
viernes, noviembre 25, 2011
¿Quién?

jueves, noviembre 24, 2011
La segunda guerra mundial empezó en Menorca
Nunca en mi vida he estado en Menorca, pero amigos y conocidos tengo que dicen que es una isla muy atrayente, a pesar de su capitidisminuyente nombre. Es uno de esos territorios en cuya existencia tienes que estar bastante interesado, porque es bastante fácil que se te pase reparar en él, por lo chiquito. Creo recordar, incluso, que en mis infantes días colegiales alguna que otra vez se me olvidó dibujarlo en los trabajos de geografía, lo cual seguro me supondría algún que otro embroque de mi cara con la mano diestra del profesor.
Menorca, por lo tanto, es poca cosa. Como en este blog tenemos la costumbre de hablar de cosas grandes, desde Dios hasta la China, puede haber, quizá, quien piense que nunca le dedicaríamos un espacio a Menorca. Más no es el caso. Esta pequeña isla es sede de un episodio de nuestra guerra civil (el último para la isla, de hecho) que no está exento de enigmáticas dudas. Una de esas cosas de las que, al menos yo, puedo escribir en mucha mayor medida contando lo que no sé, que lo que sé. O sea, me pone. Y por eso lo escribo.
De todos es sabido que las Baleares son un territorio que, en la guerra civil, cayó pronto en manos de Franco, y así se quedó durante toda la conflagración; por mucho que los republicanos intentasen una recuperación que también es un episodio interesante de contar otro día. Pero esta afirmación no vale para Menorca. La isla de Menorca, relativamente fácil de defender, permanecía, a principios de 1939, incluso después de que Franco se pasease por Cataluña como Messi por el área del Sentmenat F.C., en manos republicanas. Mala cosa para ellos, porque, tras la caída de Cataluña, y sobre todo teniendo en cuenta que para entonces la flota republicana estaba surta en Cartagena, con el culo contra la pared y atocinada en tablas, es decir que el Mediterráneo era de Franco; tras todo eso, digo, Menorca se quedaba, literalmente, tras las líneas enemigas.
Sólo era cuestión de tiempo que cayese. Sólo era cuestión, de hecho, que desde la Barcelona tomada por Franco se enviasen buques con tropas a certificar la caída de la isla.
Antes de que el ejército invasor de Cataluña diese ese paso, sin embargo, las fuerzas nacionales situadas en Palma y Mallorca en general, fundamentalmente aéreas y con fuerte presencia italiana (anótese el dato: Mussolini ambicionaba encontrar el momento de anexionarse las islas), ya pensaron en el asunto. Si hemos de creer a Martínez Bande, ejemplo de historiador franquista muy bien documentado y razonablemente equilibrado en sus juicios, fue el teniente coronel Fernando Sartorius, jefe de la Región Aérea de Baleares, quien tomó la iniciativa.
¿Era este Sartorius algo del célebre político comunista de la Transición Nicolás Sartorius? Pues tengo yo por mí que sí, porque don Fernando era conde de San Luis, es decir ostentaba el título nobiliario de los Sartorius de toda la vida; y, si no me equivoco, don Nico, y quizá por eso era hace años tan atractivo su comunismo, procedía de la noble estirpe. Eso sí, Bande lo llama Fernando mientras que el diccionario de militares de la guerra civil de Couceiro incluye sólo una entrada a nombre de Carlos Sartorius Díaz de Mendoza.
Uno u otro Sartorius habrían sido los padres de la idea, propuesta al jefe de la fuerza aérea, general Kindelán; el cual, el día 28 de enero del 39, habría obtenido el nihil obstat de Franco. Algo se movió porque el día 3 de febrero, aviones nacionales comenzaron a lanzar sobre Menorca octavillas invitando a la rendición.
Mientras tanto, los republicanos habían hecho cambios también en la isla, nombrando gobernador militar a un marino, Luis González Ubieta, quien al parecer era masón. Este dato ha sido usado a veces por los historiadores para interpretar que los mandos militares republicanos (que para entonces estaban pensando más en la rendición que en otra cosa) colocaron a un militar que se pudiera «entender» con los nacionales.
Aquí, sin embargo, es donde los hechos comienzan a dar un giro inesperado. Sartorius se entrevista el 4 de febrero con el cónsul inglés en Mallorca, el capitán Allan Hillgarth, del que solicita, y obtiene, la puesta a disposición de un barco, el crucero Devonshire. Esto es, para cualquiera que sepa dos palabras de diplomacia, algo, como poco, irregular. Hablamos de un gobierno soberano inmiscuyéndose en una negociación bélica. No es algo que el cónsul pudiera hacer por decisión propia, de donde cabe concluir que, de una forma o de otra, el gobierno inglés tuvo que estar informado y, con mayor o menor renuencia, tuvo que dar su conformidad.
El 7 de febrero, el Devonshire llegó al puerto de Mahón. Allí se presentó González Ubieta, quien se entrevistó primero a solas con Muirheard-Gould, capitán del barco, para pasar a parlamentar, acto seguido, con Sartorius. Una vez más, nos encontramos con algo altamente irregular, como es la presencia prelativa de los ingleses en las negociaciones.
Dichas negociaciones se desarrollaron bajo las premisas siguientes: Sartorius exigía la rendición incondicional de la isla, bajo amenaza de bombardearla si resistía. A cambio, todo aquél que quisiese abandonarla podría hacerlo con la garantía del capitán inglés.
Ubieta estaba en una posición bastante incómoda. Para rendirse, necesitaba consultar, como poco, con su Alto Estado Mayor, si no con el ministro de Defensa, si no con el primer ministro. Pero el gobierno republicano, si de alguna manera lo hemos de llamar, se encontraba en esas fechas en algún lugar entre La Agullana y La Bajol, esquivando las bombas de Franco, tratando de coordinar la huida en desbandada de centenares de miles de soldados y civiles y, desde luego, sin teléfono móvil ni fijo que atender. Ubieta no podía obtener la autorización del gobierno la cual, al parecer, intentó sustituir mediante reuniones con los principales representantes del Frente Popular en la isla.
La situación, además, se tuerce más al día siguiente. Al comenzar la segunda jornada de negociaciones, Ubieta es informado de que tres batallones se han sublevado en las localidades de Ciudadela, Ferrerías y San Cristóbal, al Oeste de la isla. Dos hidroaviones de la base de Pollensa despegan para apoyar a los sublevados, a los que se une, pocas horas después, un pequeño destacamento de dos lanchas torpederas con medio centenar de soldados de aviación. A pesar de la desidia general que atora por entonces a las fuerzas republicanas, algunas unidades menorquinas se movilizan para sofocar la revuelta.
Y es en ese momento cuando los italianos (tres aviones Savoia) bombardean Mahón, causando tres muertos, diez heridos y considerables destrozos.
Como digo, el episodio de Menorca es bastante enigmático, y este detalle es, tal vez, el más enigmático de todos. ¿Quién, y por qué, da la orden de movilizar aviones para bombardear Mahón? El jefe de la fuerza aérea no puede ser, porque está en el mismo Mahón negociando la rendición con autorización de Franco para hacerlo. Tampoco tiene sentido que lo hagan otros mandos (por ejemplo, el comandante militar de Palma, general Cánovas), porque estaban preparando la «invasión» de la punta Oeste de la isla, donde tres batallones les hacen ya de cabeza de puente. No sabemos a ciencia cierta quién ordena el bombardeo, pero lo que sí sabemos es que está a punto de dar al traste con las negociaciones. El capitán del Devonshire, que había partido de Mallorca con la garantía de que no habría acciones aéreas mientras el barco estuviese en Mahón, amaga con pirarse. Y, sin barco que se pueda llevar a los que teman ser fusilados por Franco, el acuerdo deviene imposible.
Las negociaciones, sin embargo, continuaron. Se acordó que un coronel retirado, apellidado Useletti y del que, honradamente, no tengo más datos, se pusiese al mando de la isla, mientras en Ciudadela se colocaba al frente, llegado desde Pollensa, el comandante nacional Noreña; que ignoro si era pariente del teniente coronel Carlos Noreña Echevarría, que en tiempos de Franco (ahora supongo que ya no será así) encabezaba, a título honorífico, el escalafón de la escala de Estado Mayor, tras haber muerto fusilado en Madrid por haberse negado a formar parte del Estado Mayor republicano y afirmar, durante su juicio popular, su total identificación con el bando nacional.
En la noche del 8 al 9 de febrero, finalmente, el Devonshire zarpó de Mahón. En el barco viajaban Urbieta, el delegado gubernativo, militares y civiles republicanos sin que, que yo sepa, se haya aclarado nunca en qué magnitud.
¿Por qué es tan importante el suceso de Menorca? O, dicho de otra forma, ¿por qué este humilde posteador ha titulado a su artículo, ampulosamente desde luego, afirmando que la segunda guerra mundial comenzó allí? Pues, básicamente, porque Menorca supone, antes que cualquier otra cosa, un extraño caso de implicación británica en la guerra civil española.
Cualquiera que se haya leído las excelentes novelas de la serie Master & Commander sabrá que Mahón fue, durante mucho tiempo, un hub marítimo de gran importancia para el no menos importante poderío naval británico. Que UK le ha encontrado de toda la vida una utilidad estratégica de la hostia a las Baleares está fuera de toda duda; combinada con su presencia en Gibraltar, viene a garantizar una posición preeminente en el Mediterráneo casi sin competencia. Así las cosas, no es extraño que Baleares fuese el lugar donde los británicos más claramente decidiesen, sobre todo aprovechando que en la guerra todo el pescado estaba ya vendido, dar un paso al frente e implicarse. La moderna historiografía británica asevera que la operación del Devonshire fue conocida a la vez, y aprobada, por Franco y el Foreign Office. Si esta afirmación es cierta, que puede, esto vendría a darle la razón a los alemanes cuando desconfiaban del ferrolano. Los papeles internos de la diplomacia alemana, publicados hace décadas, más que sugieren que el embajador alemán en Burgos, Von Stohrer, no tenía ni puta idea de lo que se estaba cociendo en Menorca aquellos días. Según dichos telegramas, el ministerio alemán de Exteriores se enteró de la operación en la mañana del 9, leyendo la prensa inglesa. Von Stohrer contesta el 10 un tanto sonado, dando informaciones epidérmicas y desenfocadas de lo que está pasando en Menorca (por ejemplo: en fecha tan avanzada, no cita la sublevación de Ciudadela, y asevera que todos los traslados se han realizado en buques españoles).
Los alemanes, por lo tanto, estaban a por uvas. Pero no así los italianos, que eran, con mucho, los aliados de Franco más interesados por las Baleares (a pesar de que, al fin y a la postre, como bien sabemos, han sido los otros aliados los que se las han quedado). No de otra manera cabe interpretar el sospechosísimo episodio de los Savoias, un bombardeo que nadie ordenó, que no formaba parte del operativo aprobado por Franco y cuya consecuencia fue el amago inglés de abortar la operación.
Tengo por mí que ese bombardeo es la demostración que de Mussolini algo sabía; lo cual no es difícil, porque Palma le pertenecía en ese momento. Algo supo. Lo que supo no le gustó y decidió, lisa y llanamente, hacerlo zozobrar. De alguna manera, en Menorca tropas italianas bombardearon intereses británicos; de ahí la metaforilla de que ese día comenzó la segunda guerra mundial.
Con todo, el episodio de Menorca tiene otro significado, difícil de medir en sus dimensiones exactas, pero de gran importancia. Como ya os he descrito, la rendición de Menorca provino de una negociación friendly entre militares republicanos que no tenían nada que ofrecer y mandos nacionales que se mostraron comprensivos. Fue una rendición de la que escaparon muchos de los que quisieron escapar, aunque algunos, con las prisas, quedasen finalmente atrapados.
La negociación de Ubieta levantó en los militares republicanos la ilusión de un armisticio con Franco. De una especie de entente entre profesionales de la milicia, por la cual el general ferrolano comprendería que los uniformados no hicieron otra cosa que cumplir con su deber. Algunos de los jefes militares profesionales de la República, de hecho, soñaban con conservar sus rangos como si tal cosa; Casado, sin ir más lejos, así lo esperaba. La rendición de Menorca dio alas a quienes pensaban, en el bando republicano, que una tal transacción era posible. Así pues, de alguna manera, el episodio alimentó el golpismo contra el gobierno de Negrín que acabaría desencadenando el final de la guerra.
Eso sí, se equivocaron al valorar a Franco y sus posibilidades de pactar un acuerdo. De medio a medio.
martes, noviembre 22, 2011
El mandarín está vestido
Bueno, aquí está el texto que hoy se publica también en el blog de Tiburcio, en lógica devolución de la visita que nos hizo la semana pasada.
El mandarín está vestido. By JdJ
A principios del siglo XX, la revolución rusa levantó una ola de ilusión en todos aquellos que, en el mundo, creían tanto en la necesidad como en la posibilidad de un cambio radical del mismo hacia la justicia y la felicidad social. A pesar de los muchos y exitosos intentos del régimen soviético para mantener viva esa llama, pasadas las décadas, y sobre todo tras el estallido de la guerra fría y el consecuente enfriamiento de las posibilidades del comunismo en los grandes países europeos, la URSS fue decepcionando. Esto, sin embargo, no significó, en modo alguno, que los buscadores de utopías detuviesen sus explotaciones mineras entre los seguidores de Carlos Marx. En realidad, el fracaso de la URSS como potencia democrática (a pesar de haber inventado para sí misma el extraño fistro de democracia popular) impulsó todavía más la asunción acrítica del concepto de que los regímenes marxistas eran democráticos, progresistas y avanzados. La creencia, simplemente, se desplazó al que fue, durante la segunda mitad del siglo XX , el gran elemento reivindicador del progresismo: el Tercer Mundo.
El Tercer Mundo, en proceso de descolonización en muchos casos es, en efecto, un poco el ecologismo del último tranco del siglo XX. Una idea asumida por muchos de una forma bastante automática. El Tercer Mundo, según esta idea, se convierte en un territorio que es objeto de una agresión, la del mundo desarrollado, lo que le convierte en inocente ante cualquiera de sus problemas. Varias decenas de dictadores, algunos de ellos justamente colocados en el hall of fame de la atrocidad inhumana en la Historia de la Humanidad, han vivido de coña gracias a que Londres, en París o Nueva York estuviesen petados de escritores, directores de cine, tornero-fresadores, periodistas, biólogos, intelectuales en general y algún que otro mediopensionista firmador de manifiestos, que no estaban dispuestos a admitir que los problemas de los países en desarrollo tuviesen otro origen que la secretaría de Estado USA y elementos similares.
En medio de este proceso se cuela el comunismo chino de Mao Zedong. Que es un comunismo distinto a otros comunismos, sólo comparable al titismo yugoslavo; que, sin embargo, era una ideología en buena parte inexportable. El maoísmo, pese a llevarse bien con la URSS en sus principios, acaba pronto enfrentado con él, en parte por diferencias ideológicas; en parte por diferencias estratégicas; en parte por la voluntad de liderazgo mundial de Mao; y en parte, ya en los últimos tiempos de este dictador que jamás se lavó los dientes, porque los EEUU vieron el hueco entre los socios comunistas, e ipso pacto se personaron en Pekín, a dar por culo.
El maoísmo tenía elementos que lo hacían más atractivo a los ojos de la progresía intelectual de los años sesenta y siguientes, por ser un comunismo tercermundista, que volvía a las raíces leninistas (del origen del leninismo) que veían en los campesinos la clave de la revolución. Si toda revolución comunista tiende a liberar a una clase social, la revolución maoísta, además, ofrecía la liberación no sólo del hombre pobre, sino del país pobre, de la mitad pobre del mundo.
Una oferta atractiva. Tan atractiva como para mantener a miles y miles de ciudadanos cultivados del mundo occidental cautivados y ciegos durante años en los cuales Mao aprovechó su ceguera para matar a 70 millones de chinos; convirtiéndose con ello, de largo, en el mayor genocida de la Historia.
La historia de cómo tanta gente pudo estar tan ciega es, a mi modo de ver, la historia de una gran vergüenza.
En 1949, cuando en Europa y América se empieza a hablar de China, todavía vive Josif Stalin, y los regímenes soviéticos y chino dan toda la impresión de ser tan hermanos como lo pudieron parecer, hace ahora treinta años, Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Ambos eran arietes en la lucha contra el imperialismo. Y permanecerían así hasta, más o menos, diez años después, cuando los problemas fronterizos comenzaron a cambiar las cosas hasta alimentar un enfrentamiento que terminó por ser cainita.
Antes de eso, en 1955, el peregrinaje de intelectuales occidentales comenzó en dirección a China, ahora que no había más remedio que contar malas cosas si el viaje era a Moscú. Este primer viaje lo hizo una miembra conspicua de la intelectualidad parisina, Simone de Beauvoir, compañera en la vida, y en la miopía, de ese gran adalid de la coherencia democrática que se llamaba Jean Paul Sartre. Simona fue a China y volvió orgasmando por las esquinas.
La justificación de las miopías suele ser, principalmente, la falta de información: yo no veía mal; simplemente, estaba mal informado. En el caso de China, sin embargo, esta disculpa es poco creíble. Desde muy pronto, analistas como David Rosenthal estaban denunciando lo que estaba pasando en China en forma de eliminación masiva de personas. Sin embargo, a la Beauvoir aquello no le impresionó demasiado. Chou en Lai, primer ministro entonces, le confesó en su viaje, fríamente, que 830.000 enemigos del pueblo habían sido «destruidos»; pero no debió de parecerle inhumano. Habremos de suponer que pensó que se lo merecían. Además, a su vuelta a París, declaró su convencimiento de que en China los ciudadanos sólo eran arrestados bajo sospecha de sabotaje o conspiración contra el Estado. En la misma frase, confesó que no había ninguna manera de comprobar la cifra facilitaba por ella de que los juicios políticos habían afectado «sólo» a 600.000 personas (comparación: Franco encarceló, se dice, a unas 300.000 personas) y que todos los juicios habían sido legales y respetando los derechos de los imputados. Nunca explicó cómo sabía tanto de unos juicios que ni había visto ni sabía cuántos eran. Más aún, sentenció: «Ningún ciudadano chino es molestado por sus opiniones». Comenzaba la monumental mascarada «Mao mola».
El mayor propagandista del maoísmo fue, sin ningún lugar a dudas, Edgar Snow. Además de contar mil maravillas de la China que conoció, fue durante toda su vida y producción articulística un gran proveedor de argumentos de comprensión hacia el maoísmo. Sin ir más lejos, confesó que eso de «destruir» a 830.000 sonaba mal; pero que, bueno, es que hay que saber chino. En chino, según él, el verbo «destruir» no implica desaparición física. Con los años se ha sabido que Mao, en aquel entonces, estaba incluso enterrando a gente viva. Debe de ser que no sabía mucha semántica. Más allá, otra de las proezas de Snow fue afirmar sin sombra de duda, a pesar de no tener ni una estadística ni prueba fehaciente de ello, que la pena de muerte sólo se aplicaba en China en la persona de quienes habían causado la muerte de otros.
Edgar Snow había sido primero un admirador de Chang Kai Chek, pero en Pekín leyó las obras políticas de Bernard Shaw, y cambió de mito. En 1936 consiguió tomar contacto con el Ejército Rojo, lo que le permitió conocer y entrevistar a militares que habían participado en la Larga Marcha, convirtiéndose con ello en el primer occidental que hablaba de la revolución china.
Con todo, los buscadores de explicaciones más o menos exóticas de lo que veían son legión. Es muy interesante, por ejemplo, la historia de Agnes Smedley, una periodista norteamericana que quizá fue la que vivió más de cerca la auténtica vida de los revolucionarios chinos. Durante la revolución, estando con las tropas, se cayó de su caballo y quedó medio inválida. Aun así, siguió con las tropas, sufriendo todas sus privaciones. En 1937 pudo visitar personalmente a Lin Piao. De vuelta a Estados Unidos, cuando estalló la guerra fría, y después la de Corea, EEUU le negó la visa para volver a China, cosa que no pudo hacer hasta 1960. Lo que contó de esta visita es enternecedor. Coincidió con un periodo de elecciones, por supuesto de partido único. En un salto mortal acojonante, reconoció que, efectivamente, las elecciones sólo tenían candidatos únicos (a ver cómo podía haber dicho lo contrario); pero, argumentó, ¡el proceso estaba diseñado para fomentar la «involucración psicológica masiva» del pueblo chino! Una interpretación muy parecida a la del propio Snow: en China no había elecciones libres porque el campesino chino había tomado la libre decisión de delegar el poder en otros (de por vida, por lo que se ve).
El escritor Basil Davidson, de visita en China al final de la guerra de Corea, con todos los gastos pagados por la Britain-China Friendship Association, escribió a su vuelta que China no era, desde luego, un régimen parlamentario democrático, pero que «la dictadura china no tiene nada en común con la de Hitler o Mussolini». Es probable que no lo dijera porque Mao acabase matando a no menos de 15 chinos por cada judío que mató Hitler. Davidson aceptó, además, un criterio propio del leninismo, que sería multirrepetido durante años en Occidente: China era una dictadura sólo ante quienes no eran obreros ni campesinos.
Davidson insistió en sus artículos en que si no existía el derecho de huelga en China era porque la armonía social lo hacía innecesario. Estaba reproduciendo sin saberlo, en los años cincuenta del siglo pasado, los mismos argumentos, pero calcaditos, que en ese mismo momento se estaban manejando en el régimen de Franco en España para no dotar a los trabajadores de ese mismo derecho.
Simona La Estrábica, en una de sus visitas, fue llevada por los jerifaltes chinos a visitar una prisión. La llevaron a ver la denominada Prisión Uno, es decir una especie de cárcel-estudio de cine que los chinos habían levantado para las visitas extranjeras, con presos de coña, flores por todas partes, puertas abiertas sin cerrojos, programas de estudio y un hospital de la pitri mitri. Beauvoir asumió, a la luz de lo que vio, que todas las prisiones en China eran iguales, y así lo dejó escrito. Nunca explicó, sin embargo, cómo se había cerciorado de que aquel lugar no era singular.
En general, los viajeros occidentales a China no parecen haberse planteado con medio espíritu crítico la verdad de lo que veían. Anna Louise Strong, tal vez la más dedicada propagandista soviética en el mundo sajón, vivió en China, en un apartamento propio y disfrutando de secretaria, coche, chófer, comida y señora de la limpieza. No hay constancia de que se plantease seriamente si el chino medio, tal vez, no vivía así.
En 1955, a la Simona le siguió el Juan Pablo, su costillo. Sartre desplegó en su viaje toda su amplia capacidad de inventarse sus pensamientos y valoraciones, y creérselos. Hizo un vaticinio que podríamos considerar histórico: China, aprendiendo de la experiencia de la URSS (que, ahora que le había insultado apelándolo en el congreso de Wrocklaw de hiena dactilográfica, ya no le molaba tanto), no realizaría ninguna colectivización agraria, sino que aplicaría el socialismo voluntario. Pues sí; tres añitos más tarde llegó el Gran Salto Adelante, experimento colectivizador que dejó la experiencia de la URSS en un juego de teletubbies.
Este proceso, el Gran Salto Adelante, supuso, en la práctica, colectivizar y esclavizar un país entero, del tamaño de un continente, a la mayor gloria de unos objetivos de desarrollo económico que habían de convertir China en un líder mundial. Mao dejó bien claro que lo que quería era que los chinos produjesen y que, si para producir tenían que dejar de comer, por él, de puta madre. Será por eso que en aquellos años millones de chinos murieron literalmente de hambre mientras fabricaban en sus hornos caseros acero como posesos porque Mao quería ser el líder mundial en la producción de la tal cosa.
A la intelectualidad occidental, sin embargo, el Gran Salto Adelante le pareció lo más de lo más, Mari Loli. El doctor Joshua Horn, médico británico afincado en Pekín, bramaba feliz que la colectivización del campo era el resultado de la libre decisión de los campesinos (que estaban siendo colectivizados a hostias a pocos kilómetros de su casa). En 1959, el diácono de Canterbury, peripatético personaje del propagandismo procomunista occidental como se vieron pocos, estuvo en el país y declaró que de no haber sido por la colectivización, millones de personas habrían muerto; hemos de suponer que en lugar de los que ya estaban muriendo, de los que, sin embargo, no dijo nada. El escritor Felix Green dijo, incluso, que el proceso de colectivización había sido tan espontáneo que el gobierno había sido pillado por sorpresa.
En realidad, en 1955 Mao había dado la orden de que se creasen casi un millón y medio de comunas en toda China que incluyesen, al menos, a la mitad de la población campesina. El sistema funcionó mal y causó una terrible hambruna (que, como hemos dicho, monseñor de Canterbury no fue capaz de ver, quizá porque pensase que los chinos son genéticamente delgados). Edgar Snow acudió en auxilio del régimen echándole la culpa a la sequía; eso sí, a principios de los sesenta, cuando el PC Chino dio carpetazo a la yenka maoísta, con toda naturalidad admitió que la precipitación de la colectivización había causado los problemas, y a otra cosa, mariposa.
En mayo y junio de 1957 se produjo la llamada de las Cien Flores por parte de Mao. Fue una especie de proyecto para que, durante aquel tiempo, floreciesen en China (de ahí el nombre cursi) las ideas y los proyectos. Simone de Beauvoir se aprestó a declarar que aquella iniciativa llevaba las libertades más lejos de lo que nunca habían ido en una democracia. Las Cien Flores, de hecho, brotaron. Animados por la invitación, pensadores chinos se adelantaron a criticar el excesivo imperialismo de Mao, así como la brutalidad de su Justicia, que por entonces decía ya estar en cerca del millón de apiolados. El Partido se acojonó, llamó a Mao a capítulo, y éste dio marcha atrás. El régimen hizo uso de una herramienta que le era muy querida: la pública humillación y confesión de los errores, forzada en la persona, por ejemplo, de Lo Lung Chi, vicepresidente de la Liga China por la Democracia. Los mismos intelectuales que habían recibido con entusiasmo democrático las florecitas permanecieron, ahora, básicamente callados.
Como es lógico, la intelectualidad europea recibió, en términos generales, la implicación de China en la guerra de Corea como una acción defensiva, plenamente justificable. Sin embargo, hasta hace bien poco tiempo han estado poco interesados en referirse a la intervención en Tibet, que poco de autodefensiva puede tener; las cositas del Dalai Lama, efectivamente, rara vez aparecen en los escritos de los sinólogos de salón de la mejor época de la gauche divine. Más aún, el régimen chino contó con excelentes voceros, como la inevitable Simone, que, sin haber puesto un pie en el Tibet, escribió en Occidente informes interesantísimos sobre el elevado desarrollo de sus escuelas, autopistas, créditos sin intereses, y otras milongas. ¿Problemas? Hombre, sí, los había. Pero se debían a «el empeño de las tribus nómadas de volver a su anárquico modo de vida». Para la De Beauvoir, por lo visto, alguien que quiere llevar un modo de vida anárquico (y eso admitiendo la certitud del diagnóstico) no tiene derecho a hacerlo. Más revolucionariamente coherente fue la explicación ofrecida por Felix Green: la resistencia tibetana se circunscribía a 20.000 terratenientes y tibetanos reaccionarios; a los cuales, según el catón marxista, es lícito negarles el derecho a la vida.
A mediados de los años sesenta, el régimen chino experimentó una vuelta de tuerca más con la revolución cultural, fruto del pacto tácito entre Mao y Lin Piao.
Mao había quedado tocado por el fracaso del Gran Salto Adelante, que se había convertido en el Gran Hostión contra el Suelo. La facción más moderada del Partido, bajo el liderazgo del Presidente chino Liu Shao Chi, comenzó a tocarle las bowlings. En 1959, Peng Te Huai, ministro de Defensa, había visitado la URSS y allí había reclamado un ejército chino mejor organizado y había criticado el Gran Salto Adelante. Mao, enfurecido, exigió su cabeza. Sin embargo, debilitado por sus fracasos económicos, hubo de claudicar. A principios de los sesenta, China tuvo que imponer su propia versión de la NEP leninista, permitiendo la pequeña propiedad privada y el funcionamiento de mercados libres. Mao perdió después el control sobre el mundo cultural y la prensa del Partido.
A partir de ahí, contraatacó; y lo hizo, como hemos dicho, aliado con Lin Piao, que controlaba la Guardia Roja; institución que fue utilizada como pandilla de matones que, de facto, dio un golpe de Estado dentro del Estado, tomando el control total del país, iniciando el culto cuasidivino a la personalidad de Mao, y eliminando a los enemigos; antiméritos todos éstos que, sin embargo, no impidieron que esta institución tan democrática fuese emulada en los países occidentales, España incluida, a través de la Joven Guardia Roja. Párese el lector a pensar qué dirían los firmadores de manifiestos si alguien hubiese creado en España, en los años setenta, las Nuevas Juventudes Hitlerianas.
Controlado el país, en 1966 Mao lanzó su gran eslogan: todo el país tenía que tomar ejemplo de su ejército; de nuevo, el líder comunista chino se mostraba como un acendrado franquista. Esta idea se vino a combinar con la demanda de que todo lo que no tuviese raíz revolucionaria fuese destruido; así, en abril comenzaron, en la prensa de nuevo controlada por el líder, los ataques contra la literatura clásica. En junio de aquel mismo año comenzaron las purgas, especialmente extensas en el ámbito cultural. Escuelas y universidades fueron cerradas, y para cuando se reabrieron, los alumnos encontraron al frente de las aulas a miembros de la Guardia Roja. De julio data la famosísima foto de Mao nadando en el Yang Tse. En agosto, una vez que logró controlar totalmente el Comité Central del Partido, Mao lo convocó y le hizo decretar algo así como el recomienzo de la revolución contra la burguesía; aunque esta vez, en la lista de enemigos, figuraban también los cargos elitistas del propio partido. Millones de guardias rojos desfilaron en Pekín durante ocho días, mostrándole a todo el mundo que al que se moviese, le cortarían los cojones.
Rápidamente, Liu Shao Chi y otro moderado que acabaría sobreviviendo a la experiencia, Deng Xiao Ping, fueron colocados bajo arresto domiciliario. La mujer de Liu fue llevada ante una especie de corte judicial de desviacionistas, ridículamente disfrazada, para público escarnio. Peng Te Huai, el otrora ministro de defensa, fue llevado ante diez mil personas, cargado de collares con paneles de madera que señalaban sus faltas, en un espectáculo intolerable que, curiosamente, no se sabe de muchos teóricos de la Leyenda Negra que lo criticasen con pasión, igual de escandalizados porque 400 años antes se hiciese, por decisión inquisitorial, algo parecido con los conversos.
Lo que los intelectuales occidentales prochinos hicieron fue de traca. Lejos de criticar a Mao por tanta crueldad, le alabaron la capacidad de clemencia por no estar dando audiencia al clamor que había en la calle para que matase a todos aquellos revisionistas. Pocas, poquísimas noticias tenemos en sus libros de los centenares de miles, sino millones, de chinos cultivados que, en el entorno de la revolución cultural, fueron arrebatados de sus lugares de residencia para ser llevados a trabajar en condiciones infrahumanas en granjas que eran en realidad campos de concentración disfrazados de pitufo. Aún a día de hoy, de hecho, y a pesar de los muchos libros, de ficción y de no ficción, publicados sobre el tema, la revolución cultural, como le ocurre también a los campos siberianos de Stalin, sigue sin figurar en el puesto que en justicia le corresponde en la lista de los genocidios planificados del siglo XX. A los ojos de un montón de gente, el único genocida del siglo XX fue Hitler (bueno, y Franco; aunque Franco, al lado de Mao, era Rita Irasema).
En realidad, en los años 67 y siguientes, incluso después de la defenestración final de Liu (octubre del 68), la revolución cultural provocó una enorme guerra interna. En Shangai y Pekín, cuando las ciudades fueron tomadas por facciones radicales de la Guardia Roja, hubo unas hostias como panes en las calles. De hecho, la propia Guardia comenzó a romperse en facciones que se mataban entre sí. Los divinos scholars sinólogos, sin embargo, seguían visitando el país, y hablando del mundo como cascada de colores a su vuelta. Lin Piao mató a 90.000 personas en Shezuan, 40.000 en Kwantung. Nada de esto, sin embargo, lo vieron los que decían describir la «verdadera China». Especialmente recomendable encuentro un libro llamado Report from a Chinese village, obra del impagable intelectual sueco Gunnar Myrdal, quien visitó un pueblo chino en todo el centro de la Revolución Cultural (1967). En sus páginas, Myrdal acusa a Moscú, Washington, Tokio y Taipei (curiosa coalición) de tender un velo de desconocimiento sobre la RC, y asevera cosas como que todos los chinos usaban radios de transistor y acudían a asambleas locales donde los temas de gobierno eran discutidos. Se ignora, sinceramente, el país que visitó. El capítulo en el que describe a los guardias rojos llegando a la aldea tiene los tintes idílicos de una imaginaria entrevista entre Pocoyó y Winnie de Pooh.
Felix Green describió la RC como un ejercicio nacional de autoanálisis, necesario para sacudirse los vicios burgueses. Joan Robinson, profesora de Economía en la universidad de Cambridge (shit you, little parrot), la describió como «un movimiento desde abajo, con escaso control desde arriba» dirigido por la voluntad «del público de re-educar al Partido». Por su parte, María Antonietta Macciochi, diputada italiana del PCI que visitó China en 1970, sentenció tras su visita que «no hay ni rastro de alienación en China». Sacó esa conclusión tras ser recibida a su llegada al aeropuerto por dos filas de niñas cantantes. Lo curioso es que Macciochi, en un ejercicio increíble de transparencia por parte de los chinos, fue informada en la universidad de Tsinghua del enfrentamiento que la misma había vivido entre dos facciones de la Guardia Roja, que había terminado con tres mil pollos matándose por las esquinas del campus; y, aun así, ello no le impidió escribir que el régimen chino era «compacto e integrado». Además, escribió de China que era un país «absolutamente egalitario, en el que todas las distinciones de rango han sido abolidas».
En 1968, un grupo de profesores de universidad americanos fundaron el Comité de Investigadores Asiáticos, conocido por sus siglas CCAS. Este comité se fundó para oponerse a la guerra de Vietnam pero, entre sus actividades, y honradamente no sé con qué financiación, preparó un viaje de quince de sus miembros que pasaron 31 días en China.
Este CCAS hizo visitas realmente curiosas. Salieron encantados, por ejemplo, de un campo de entrenamiento de milicias voluntarias en Nanking… a pesar de que los chinos no se cortaron un pelo de enseñarles a niños de diez y doce años disparando fusiles y morteros. Aquello, por lo que se ve, les pareció de lo más normal. Los herederos de sus cátedras, por supuesto, estaban treinta años después rasgándose las vestiduras por la existencia en África de niños-soldado.
Y es que hay quien dice lo que piensa, y quien dice, simple y llanamente, lo que está de moda pensar en cada momento.
La operación, espontánea o diseñada, bien o malintencionada, de disfraz de la realidad de la china maoísta, del maoísmo en sí, es una de las mayores operaciones de manipulación que recuerda la Historia reciente de la Humanidad. China, como el resto de los regímenes comunistas del presente y del pasado, se ha beneficiado de ese extraño fenómeno por el cual los Michael Moore que le toca vivir, en lugar de criticarlos, se ponen de su parte. Centenares de intelectuales franceses, alemanes, estadounidenses, británicos, españoles, son responsables de esta mentira o, como poco, de contar verdades como puños de las que en realidad no sabían nada, por un simple prurito ideológico.
Sorprende, sinceramente, comprobar cómo tanta gente, que se supone que está por encima del normal de la gente a la hora de pensar, pudo pensar tan poco, y convencerse con tanta pasión de que el rey, el mandarín en este caso, estaba vestido.
lunes, noviembre 21, 2011
¿Y los indignados?
Como bien reza su título, el gráfico que aquí os pongo reproduce la evolución histórica de lo que podríamos denominar las tres «tasas indignadas», o sea los tres viveros donde puede estar el no-voto indignado: la abstención, el voto en blanco y el voto nulo.
Realmente, colegir que todos quienes toman la opción de no votar, votar el blanco o votar nulo son supporters del movimiento 15-M es hacer una generalización bastante bestial, sobre todo en lo que se refiere a la abstención. Abstenerse, la gente se abstiene por muchas razones que no necesariamente se identifican con una postura activa en pro de un sistema diferente y cualesquiera que sean las cosas que defienda este movimiento (que ése es su gran problema, por otra parte; saber de qué va). Pero, bueno, aceptando barco como animal acuático, lo que nos enseña este gráfico es que en el 2011 no se ha producido un rebrote bestial, significativo de este fenómeno. Pero la cosa tiene sus matices.
Porque rebrote ha habido; eso sí, no es el mayor de la historia. Si en el 2008 y el 2011 hubiesen votado las mismas personas (que es como yo creo que hay que hacer la comparación, para evitar efectos demográficos), en torno a un millón de personas más se habrían abstenido y votado en blanco/nulo. Sin embargo, si hacemos el mismo ejercicio con el 2000, encontraremos que entonces hubo 600.000 teóricos indignados más que en estas elecciones (siempre y cuando entonces hubiese votado el mismo número de ciudadanos que ayer). La cifra es, también, inferior a las elecciones de 1989, 1986 y 1979.
Sin embargo, también es cierto que el voto nulo supera los 300.000 sobres por primera vez en 25 años, algo que también le pasa al voto en blanco. Pero, aún así, cabe recordar que entre los dos no llegan al 3% del electorado. Un conjunto de votos que está en torno a un 40% por debajo de los conseguidos por una formación como, por ejemplo, UPyD.
A este indignado movimiento siempre le quedará el terreno para la especulación sobre qué porción del pastel de la abstención le corresponde. Formas de cálculo, hay muchas.
El ejercicio que yo he hecho es el siguiente: % de abs/nulo/blanco sobre el promedio de porcentajes históricos. Es decir: en qué medida ha habido ayer más de cualquiera de las tres cosas respecto de lo que la historia nos dice podría ser el el abstencionismo y la votación nula o blanca «estructural».
Haciendo este cálculo, resultaría que de la abstención de ayer 2,2 puntos porcentuales (546.156 votantes) serían imputables al 15-M; 0,53 puntos de votos en blanco (131.067) y 0,24 de votos nulos (58.279) serían también imputables al movimiento. En total, en torno a 725.000 oersonas o, si se prefiere, el 8% de la abstención, el 39% del voto en blanco, y el 18% de los votos nulos producidos ayer. Una vez más, las cifras son discutibles, porque siempre quedará la duda sobre cuántos electores que ya eran abstencionistas, que ya votaban en blanco o nulo, se han unido al movimiento, que, es de suponer, no serán pocos.
Los resultados, así calculados, no son, en modo alguno, malos. Revelan un rebrote en buena parte escondido, porque se entrevera en cifras a mi modo de ver difíciles de interpretar. Sin embargo, hay un par de cosas que tener en cuenta. Pescar, han pescado. Pero:
a) No han pescado, ni de lejos, lo suficiente como para poder decir que comprometen el sistema electoral, le «sacan los colores». La gente ha votado; no ha votado mucho menos que en el pasado ni reciente ni más remoto, y no les ha otorgado un nivel de apoyo que se pueda considerar material o significativo frente a los resultados de los propios partidos.
b) Lo que, desde mi punto de vista, es peor para los estrategas (si es que los tiene) del movimiento: lo que ha pescado, lo ha pescado entre los que ya le eran proclives antes incluso de que la indignación existiese, pudiéndose estimar que ha movilizado a unas 725.000 personas que se podría pensar hace tiempo no eran cercanas a sus postulados.
Se puede argumentar, desde luego, que 725.000 almas no es moco de pavo; es una cifra bastante equivalente, por ejemplo, al crecimiento de votos del Partido Popular, que ha ganado por goleada. Pero es que la prioridad del movimiento 15-M no está en el crecimiento del PP, sino en la sangría del PSOE. El PSOE ha perdido 4.300.000 votos en números redondos, y éste es, claramente, el nogal bajo el cual está el 15-M esperando la caída de los frutos para recogerlos. Y el movimiento, como mucho, se ha llevado uno de cada seis votantes desengañados del PSOE. Su cosecha ha sido muy parecida a la que se ha llevado IU, es decir la otra alternativa que yo veo cercana a los indignados; IU y el 15-M han competido en el mismo «mercado» y, básicamente, han empatado. Pero su empate deja encima de la mesa la pequeña duda de dónde están los 3 millones de votos que aún sobran, y por qué ni una ni el otro han sido capaces de captarlos. En el ámbito de la izquierda, por lo tanto, el PSOE retiene, impulota, la posibilidad de aplastar a ambos (enviando uno al olvido y otro a la representación testimonial en el Congreso) en el momento en que consiga que sus votantes vuelvan. A menos, quizá, que indignados e IU se uniesen; pero, teniendo en cuenta las características del movimiento 15-M, ¿cuántos miembros-barra-simpatizantes perdería si se identificase con una opción política concreta?
En suma, quienes crean en este movimiento multiforme e indefinido tienen terreno para el optimismo. Pero, en mi opinión, al mismo tiempo cometerían un grave error si cayeran en él.
viernes, noviembre 18, 2011
La muerte del gobernador Pérez Dasmariñas
De nuevo vuelve hoy a este blog, como artista invitado, Tiburcio Samsa. Este post se publica hoy en el blog de Tiburcio y en éste. Dentro de poco, cuando yo termine una cosita que estoy haciendo, seré yo quien pase un rato en casa del elefante.
La muerte del Gobernador Pérez Dasmariñas. By Tiburcio Samsa.
El Tratado de Tordesillas dividió el mundo en dos hemisferios, uno para Portugal y otro para Castilla, de forma que en lugar de darse capones el uno al otro se los dieran a los desgraciados indígenas que cayeran en sus respectivos dominios. El Tratado funcionó razonablemente bien, si quitamos algunas pataditas que se daban a la espinilla por debajo de la mesa. Aun así, hubo un contencioso que el Tratado no consiguió resolver satisfactoriamente: a quien pertenecían las Islas Molucas.
Los portugueses conquistaron el importante emporio comercial de Malaca en 1511. Inmediatamente tras la conquista comenzaron a explorar las rutas que iban hacia el sur, hacia las islas de las especias, y para 1513 ya habían llegado a las islas Molucas. Uno de los portugueses que en aquellos años visitó las Molucas fue Magallanes.
Magallanes más tarde se enemistó con la Corona portuguesa porque consideró que no había recompensado adecuadamente sus servicios y se pasó al Emperador Carlos V. Magallanes, armado con los mapas de sus viajes, convenció al Emperador de que las islas Molucas caían dentro de su hemisferio y de que era posible alcanzarlas yendo todo el rato hacia Poniente. En aquel tiempo los geógrafos estaban convencidos de que debía existir un paso que comunicase el Atlántico con el Mar del Sur descubierto pocos años antes por Núñez de Balboa. Magallanes se proponía encontrar ese paso.
Magallanes partió de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Mandaba una escuadra de cinco navíos y 234 hombres. Magallanes encontró el paso que buscaba en noviembre de 1520 y pasó al Pacífico. El 6 de marzo de 1521, en la isla filipina de Mactán, encontró algo que no había ido buscando, la muerte. Juan Sebastián Elcano le sustituyó al mando de la expedición y fue él quien llegó a las Molucas y de allí continuó hasta España.
Puede que a Carlos V le fascinase saber que uno de sus navegantes había circunnavegado el globo y había demostrado que efectivamente era redondo. De lo que estoy seguro es de que le fascinó todavía más saber que efectivamente era posible alcanzar las Molucas por poniente, sin tener que atravesar la parte del globo atribuida a los portugueses.
En 1525 Carlos V envió una importante expedición rumbo a las Molucas, a la cual el adjetivo exitosa no se le puede aplicar demasiado. En 1529 se firmó con Portugal el Tratado de Zaragoza, en virtud del cual Carlos V vendió sus derechos sobre las islas. Los motivos fueron tres: 1) Habiéndose casado tres años antes con Isabel de Portugal, su política buscaba el acercamiento a Lisboa; 2) Quería centrarse en el escenario centroeuropeo y para ello prefería tener paz con Portugal; 3) No se había descubierto todavía el tornaviaje, que permite cruzar el Pacífico en dirección este, con lo que no había manera de llevar las especias de las Molucas a Europa sin atravesar el hemisferio portugués.
La situación cambiaría radicalmente con el reinado de Felipe II. Los españoles descubrieron el tornaviaje. Desde finales de la década de los 60 del siglo XVI tuvieron una base en Filipinas que podía servir de plataforma para llegar a las Molucas. Y, finalmente, en 1580 Felipe II unió las coronas de España y fue su política ordenar que los gobernadores de Filipinas socorriesen en lo posible a los portugueses en las Molucas. Y es aquí donde entra el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas.
Gómez Pérez Dasmariñas era natural de Galicia. Había sido gobernador de León y corregidor de Murcia, Lorca y Cartagena. En esos cargos Dasmariñas se reveló como un administrador eficiente y concienzudo. Como recompensa, Felipe II le nombró gobernador de Filipinas en 1589.
Dasmariñas llegó a Filipinas en mayo de 1590. Cuando llegó se encontró con que Manila no tenía fortificaciones y que le habían dejado las arcas vacías. Puso en orden los asuntos hacendísticos y en poco tiempo fue capaz de dotar a Manila de una muralla y de establecer una fundición para producir cañones.
Tan pronto hubo consolidado la situación en Manila, Dasmariñas empezó a verse tentado por las islas Molucas. Varios de sus consejeros, como los jesuitas Antonio Marta y Gaspar Gómez y Jerónimo de Acevedo, se pusieron a pincharle para que acometiese la empresa. Una carta del padre Marta resume los argumentos para emprender la campaña: 1) El señuelo de la gloria que alcanzaría, algo importantísimo para un general de aquellos tiempos; hoy habría hablado de dineros; 2) Las riquezas que las islas aportarían a la Monarquía; 3) Ganar al Cristianisno las más de doscientas mil almas que se estimaba que habitaban en aquellas islas. El padre Marta traza también una coyuntura estratégica complicada: los musulmanes del archipiélago están unidos al rey de Ternate y andan crecidos a causa de la captura el año anterior de una galeota que procedía de Goa. El rey de Tidore, aliado teórico de los españoles, se mostraba timorato y prefería nadar entre dos aguas y sus contribuciones eran siempre menores de las prometidas.
Aunque la situación estratégica se presentase complicada, los argumentos eran de peso: gloria y riquezas en la tierra y méritos en el cielo. Por mucho menos que eso los caballeros de aquel tiempo se tiraban a la piscina sin comprobar si tenía agua. Dasmariñas comenzó a preparar cuatro galeras para la empresa.
Uno de los principales problemas con los que se encontró Dasmariñas fue la falta de remeros. Compró a los esclavos que los jefes locales tenían a su servicio, pero no fueron suficientes para dotar a todas las naves. Pidió entonces a la numerosa colonia china que le proporcionasen 250 hombres para dotar a la nave capitana. Para dorarles la píldora, les dijo que recibirían dos pesos mensuales de paga, que no irían encadenados, que se les permitiría tener armas para que sirvieran luego como soldados y que sólo remarían en momentos críticos en los que no hubiera más remedio. ¡Era todo un ofertón! Realmente los chinos debían de tener muy buenos sindicatos.
A pesar del ofertón, a los chinos lo de ir de remeros no les apetecía ni poco ni mucho. El Gobernador apretó al gobernador de la comunidad china y éste viendo que peligraba su posición les dijo a sus compatriotas que, se pusieran como se pusieran, había que encontrar 250 remeros. Al final los chinos hicieron una colecta y recaudaron 20.000 pesos para repartir entre los 250 que se ofrecieran voluntarios. Los ochenta pesos de sueldo, unida a la paga de dos pesos mensuales, ya eran palabras mayores y hubo más voluntarios de los que se necesitaban.
La armada zarpó de Manila el 17 de octubre de 1593. Dasmariñas iba en la nave capitana. Con él iban ochenta españoles y los 250 remeros chinos. El 19 de octubre salieron de Cavite, un puerto al sur de Manila. El 25 de octubre la nave capitana se distanció de las otras naves que navegaban a vista de tierra y ese día uno no sabe que fue más Dasmariñas, si imprudente o confiado.
Ese día la nave se encontró con vientos contrarios y hubo que bogar fuerte. A los chinos, que más o menos les habían vendido que aquello sería un viaje de placer, la cosa les empezó a mosquear. Dasmariñas no mejoró mucho las cosas, cuando los apostrofó, les dijo que remaban como mariconas y que como no pusiesen más empeño les iba a cargar de cadenas y les iba a cortar las coletas. Esto último era la afrenta peor para un chino. En fin, cuando estás en un barco en alta mar con gente que te supera a razón de tres a uno y a la que has dejado que conserven sus armas, o bien les tratas con guante de seda o bien los desarmas y los encadenas. Dasmariñas optó por el suicidio: no hizo ni lo uno ni lo otro.
Los chinos acordaron que los españoles se iban a enterar, empezando por Dasmariñas. Al llegar la hora de dormir, cada uno se acostó al lado de un español. Para no dejar nada al albur, acordaron que a una señal cada uno se pondría una túnica blanca para distinguirse en el fragor del combate y a continuación degollarían al español que tuvieran al lado. Todo ocurrió con tanto sigilo y velocidad, que muy pocos lograron escapar a la escabechina saltando por la borda y de éstos la mayor parte murieron ahogados, porque, aunque la playa estaba cerca, la corriente era muy fuerte.
El Gobernador, que estaba durmiendo en su recámara, acabó despertándose con el ruido. Los chinos le dijeron que saliese a aplacar una pendencia que había surgido entre ellos y los españoles. Dasmariñas, confiado, salió en camisón de dormir y ya no volvió a entrar.
Lo que sucedió después en la nave capitana lo sabemos porque de la escabechina se salvaron el fraile Francisco Montilla y el secretario del Gobernador, Juan de Cuéllar. Aquella noche los chinos no repararon en ellos y cuando más tarde repararon, ya se les habían pasado las ganas de matar, pero sólo un poquito.
Los chinos determinaron volver a China con la nave que habían capturado. Se les había ocurrido que tal vez no fueran muy bien recibidos en Manila después de lo que habían hecho. Asustados al ver que los vientos y las corrientes les eran contrarias, empezaron a hacer sacrificios a sus dioses y hubo casos de posesión, en los que los posesos indicaban lo que se debía hacer.
Pararon en Ilocos a hacer agua y allí los locales, que ya sabían lo que habían hecho con el Gobernador, les tendieron una emboscada cuando bajaron a tierra en la que mataron a 20 de ellos. Finalmente, tras muchos avatares, lograron costear la isla y llegar al reino de Tonquín, cuyo rey se apoderó de todo lo que llevaba la galera y, según unos, los metió en prisión, y según otros, los dejó a su suerte, sin más bienes que las ropas que llevaban puestas.
martes, noviembre 15, 2011
El pobre Nerón
Quo Vadis es un madrugador ejemplo del fenómeno best seller, especialmente después de que Hollywood se fijase en la novela para adaptarla al cine. En esta epopeya sobre los primeros cristianos de la capital del mundo, rabiosamente antihistórica, se cuentan muchos cuentos sobre aquella época. Pero, sobre todo, se cuenta uno, alimentado durante mucho tiempo por la propia Iglesia: el mito del emperador Nerón llevado por su egolatría y su crueldad, provocando el incendio de Roma porque tenía deseos de reconstruirla, y culpando a los cristianos de ello para provocar una masacre entre los fieles a Cristo, cada vez más numerosos.
En verdad, pocos lugares comunes del pretendido conocimiento histórico pueden ser más falsos. Nerón no quemó Roma; de hecho, a poco que se conozcan los hechos, o lo que se puede saber de ellos, que no lo hizo es más que evidente. La Historia, no obstante, pertenece no a quienes la hacen, sino a quienes están en condiciones de manipularla.
El incendio de Roma ocurrió un 18 de julio, concretamente del año 64; 32 años después de la teórica muerte de Cristo. Hizo un día tórrido aquel julio, con viento del sur que traía el aliento del Sáhara y batía una ciudad semidesierta, abandonada por los ciudadanos acomodados. El primero de ellos, el emperador, Nerón, que llevaba ya días en Ancio, navegando (hay costumbres reales que no cambiarán nunca).

Encima de estas palabras os he reproducido un mapa de la Roma de aquel día, tal y como lo trazó hace algunas décadas el historiador francés Georges Roux. Más o menos en el centro encontraréis una cruz. Allí, al Este de la colina palatina, comenzó el fuego. Concretamente, había allí una serie de tiendas callejeras abigarradas que rodeaban el Circo Máximo para venderle de todo a los asistentes a los espectáculos. El correlato actual con Madrid, por lo tanto, sería que el fuego se iniciase entre los puestos de banderas y bufandas que rodean el Bernabéu el día de partido.
El incendio tomó fuerza y comenzó a rodar por zonas cada vez más grandes, todo ello con rapidez. En lo cual no hay nada extraño. La Roma clásica jamás resolvió adecuadamente su problema con el fuego; nunca dispuso de métodos de extinción adecuados ni eficientes, razón por la cual las casas de varios pisos, que los romanos sabían levantar, sólo proliferaban en los barrios más modestos; vivir en un quinto piso en Roma era una sutil forma de suicidio.
Como no podía ser de otra manera habiendo viento del sur, la primera víctima del fuego fue la colina Palatina, el Puerto Banús romano, donde estaban los mega-pijos, entre ellos los emperadores que, Nerón incluido, habían levantado allí sus palacios.
Un mensajero fue enviado inmediatamente a Ancio para avisar al emperador. Éste, al saberlo, partió a uña de caballo hacia Roma; pero las condiciones del viaje vendrían a suponer, según los historiadores, que no tardase menos de cuatro horas en llegar. Así pues, Nerón no pudo llegar a Roma hasta el final de la mañana siguiente a la declaración del incendio.
Durante la segunda jornada del incendio, éste prosigue con gran violencia, aunque al caer la tarde presenta signos de abatimiento. Sin embargo, siempre según los testimonios disponibles, en la madrugada de la tercera mañana, inesperadamente se reavivó, presentando, además, focos diferentes. No pudo considerarse plenamente controlado hasta el séptimo día.
Las columna Palatina, el Quirinal, el Viminal, el Esquilino, toda la gran Roma central se vio afectada por el incendio. De las siete colinas de Roma, cinco fueron arrasadas. De sus 14 distritos, sólo cuatro se libraron. El viejo Foro está carbonizado. Pasto de las llamas han sido edificios, sobre todo religiosos, que se consideraban ligados a la fundación de la ciudad. La Domus Augusta, la casa del emperador Octavio que se reproduce bastante fielmente en la serie televisiva I, Claudius, ha desaparecido. Los grandes almacenes de grano de donde, especialmente desde la Lex Frumentaria, hace ya muchos siglos, se abastecen los romanos a precio político, han perecido bajo las llamas. Desde el tercer o cuarto día, el pillaje y el hambre hacen su aparición.
¿Fue Nerón? ¿Contempló Nerón el espectáculo desde el balcón de su palacio, tocando su lira? Difícilmente. En primer lugar, porque, ya lo hemos dicho, no estaba presente. En segundo lugar, porque su palacio palatino fue uno de los edificios prontamente amenazado por las llamas, así pues, en lugar de tocar la lira, mejor habría hecho Nerón buscando un extintor (o tratando de salvar los muebles, como de hecho hizo). Y, en tercer lugar porque las crónicas lo que nos dibujan es la conducta irreprochable del emperador como gobernante.
Los testimonios, en este sentido, nos dibujan a un emperador empeñado desde el primer momento en salvar de su palacio las principales de las muchas obras de arte acumuladas (en lugar de estar en el balcón cantando a Bisbal) y coordinando las labores para vencer el fuego. Su actitud debió de ser tan intensa y desinteresada que los contemporáneos se asombran de haberlo visto en los barrios ardientes sin escolta; de modo y forma que hay quien dice que los enemigos del emperador, que entonces ya los tenía y ya pensaban en cargárselo, podrían haber llegado a pensar a llevar a cabo sus planes en ese momento.
Los jardines del palacio imperial, habitualmente de uso privativo del emperador, son abiertos para refugiar allí a los centenares de romanos que se han quedado sin hogar. Allí se les reparten víveres y vestidos, algunos de ellos pagados, no por el Tesoro, sino del peculio personal de Nerón. El emperador decreta la incautación de todos los alimentos almacenados en aquel momento en el puerto de Ostia, y los distribuye entre los ciudadanos romanos. Asimismo, decreta que todos los navíos que remonten el Tíber con cualquier tipo de carga regresen en el camino de vuelta cargados de escombros, para así poder limpiar rápidamente la ciudad. Asimismo, impone una tasa sobre el maíz (o sea, trigo), para evitar la especulación basada en la compra a bajo precio para acaparar y luego vender a precios prohibitivos.
No parece la actuación de un tipo al que los romanos le importan un culo. Además, en la versión de que Nerón quemó Roma hay cosas que no cuadran. Por ejemplo: ¿por qué se salvaron los barrios más humildes, que era por donde se quería expandir la ciudad, ergo el teatro de las pretendidas reformas que querría hacer Nerón? ¿Por qué iniciar el incendio en el centro, donde estaban los monumentos milenarios y admirados?
Si Nerón se preocupó por los romanos, por lógica no pudo sentirse, como pretende la famosa novela, presionado por una opinión pública que le hacía responsable del incendio. La búsqueda de ese responsable fue, probablemente, un fenómeno normal, muy humano, por el cual toda catástrofe tiene que ser culpa de alguien. Pero ese alguien no es Nerón. De hecho, para desgracia de sus enemigos, la popularidad del emperador subió como la espuma en aquellos días, y a nadie se le ocurrió insinuar que pudiera ser el culpable de lo ocurrido.
Y aquí es donde entra la tesis central hollywoodiense: Nerón buscó culpar a los cristianos para así matar dos pájaros de un tiro: uno, librarse de las responsabilidades; otro, cercenar el desarrollo de una secta que le empezaba a ser incómoda.
Ninguno de los dos pájaros, sin embargo, existió en realidad. Sobre el primero, ya hemos dicho que Nerón, en las jornadas inmediatamente posteriores al incendio, se vio reforzado en su popularidad. Y, respecto de la segunda, es una tontería y una chorrada de bastante calibre. Historiadores bastante más serios que los guionistas de Hollywood o los imaginativos inventores medievales de mártires cristianos han estimado que, en aquel entonces, podía haber en Roma, como mucho muchorum, 2.000 cristianos; por aquel entonces, incluso Pablo de Tarso reconoce que Roma ofrece más posibilidades que realidades.
Los cristianos, por lo tanto, no tenían nada de secta peligrosa; mucho menos de lobby sociopolítico en condiciones de disputarle el poder temporal a la religión oficial y, consecuentemente, al emperador. Cualquier estudio serio del primer cristianismo nos demostrará que el principal atractivo de la nueva creencia, o si se prefiere la gran innovación que sobre la inicial creencia judaica mesiánica introduce Pablo de Tarso (el verdadero inventor del cristianismo), es la voluntad de abarcar a los gentiles, primero; y a los humildes, después. Ese bellísimo pasaje del Evangelio cuando Jesucristo dice aquello de tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber (cito de memoria, pero diría que es Mateo, 25), no tiene prácticamente parangón en las creencias de la época.
El cristianismo paulista se sacude la mugre elitista de las creencias hebraicas (pueblo elegido y bla) y apuesta por una creencia universal; opción estratégica que habrá que esperar a Mahoma para volver a encontrar con la misma fuerza. Así las cosas, el cristianismo, en las décadas inmediatamente posteriores a la teórica muerte y resurrección del Hijo, podría atraer, fundamentalmente, a dos tipos de personas: en primer lugar, personas con un fuerte backround judío, porque los crestianos o cristianos eran vistos como una secta judía; y, en segundo lugar, personas de extracción humilde o de escaso/nulo peso social. Mujeres y esclavos son citados habitualmente como primeros integrantes de la grey del Pastor.
Poco hay en las fuentes disponibles que nos diga que el cristianismo estuviese en otra fase distinta que esta cigótica expansión entre los humildes. El mito de patricios muchimillonarios profesando la Fe en secreto es eso, un mito. No se entiende qué atractivo podía tener para la clase dirigente romana abrazar la fe que profesaba su repostera samaritana, o el ciemero que pasaba por la calle recogiendo detritus. Y, sin embargo, al parecer Nerón les temía.
Cualquiera que sepa dos palabras de la civilización romana aprenderá pronto que la tolerancia religiosa era su timbre. Tenía que ser así porque casi en cualquier momento de la Historia de Roma entre Julio y Adriano, un porcentaje generoso de dos dígitos de la población efectiva de la ciudad, muy especialmente las zonas donde vivían los del census capiti, estaba formado por desplazados, esclavos de cualquier parte del mundo, y prisioneros de guerra. En Roma, pues, confluían los creyentes en Attis, en Adonis, en Cibeles, en Mitra, en Osiris, en Tutatis, en Thor, en Yahvé y en Jesucristo. Es apuesta personal mía, pero sé que no falto a la verdad si estimo que en la Roma neroniana había en la ciudad un cristiano por cada diez, o veinte, mitraístas. ¿Por qué se iba a sentir Nerón especialmente amenazado por esa panda de pringaos?
Además, hay otra cosa importante que decir. Quo Vadis distingue con prístina facilidad los cristianos del resto del mundo, pero, en aquellos tiempos, ¿existía esa distinción? Y la respuesta es no. 32 años después de la muerte de Jesucristo, los cristianos no eran vistos como cristianos: eran vistos como una secta judía. Que es lo que eran propiamente hablando, al menos hasta el decreto de Jerusalén y, sobre todo, la destrucción de la ciudad santa por Tito, que marca el inicio del desplazamiento masivo de cristianos a Roma y la verdadera diferenciación estratégica entre ambas creencias.
Es un hecho, en todo caso, que los cristianos, o por lo menos algunos cristianos, fueron culpados y castigados por el incendio. Pero eso no les pasó por cristianos. Les pasó por judíos.
22 años antes del incendio, en el año 42, el emperador Clau Clau Clau Claudio, el cojo tartamudo que siguió cenando como si tal cosa el día que le comunicaron que la cabeza de su mujer Mesalina había sido separada del cuerpo, el amigo de Herodes Antipas, había decretado la expulsión de los judíos de Roma. Vaya hombre, Isabel la Católica no fue la primera (ni siquiera en España; los godos también los echaron). Los romanos eran tolerantes en materia de religión, pero rabiosamente antisemitas, a causa del poder económico acumulado por los judíos, que hacía que habitualmente tuvieran agarrados por los cojoncillos a los emperadores tiraduros. Como Claudio. O como Nerón. Nerón gastaba a manos llenas en obras de arte y cosas más terrenales, y se endeudaba para ello. Su mujer, la malhadada Popea, no le venía a la zaga; y por eso la emperatriz estaba siempre acompañada de una especie de corte de judíos, entre los cuales se encontraba el archifamoso Flavio Josefo.
Los romanos odiaban a los judíos. Y los judíos odiaban a los cristianos, con esa puta manía que tenían de no hacer demasiado caso de los signos fundamentales del judaísmo, como la circuncisión, e ir diciendo por ahí que te puedes sentar sin problema en una silla en la que se haya sentado antes una mujer que está pasando la regla, o que a su club se podía apuntar todo pichi; incluso, como hemos dicho, los esclavos y las tías. Eran los judíos, no tanto Nerón, quienes podían sentirse amenazados por esa secta que consideraban herética, como la Historia nos demuestra se sienten amenazadas siempre las creencias mayoritarias cuando surge una heterodoxia en su seno (arrianos, albigenses, luteranos, cátaros, Falun Dong, lefevrianos...) Es por ello que no pocos historiadores creen que pudieron ser los judíos del entourage imperial los que acusaron a los cristianos de haber provocado el incendio, y provocaron su represión.
¿Represión? Ya lo siento por los cinéfilos, pero Nerón jamás, repito, jamás contempló, en circo o anfiteatro alguno, a los cristianos cantando salmos mientras les soltaban tigres y leones para que se los comiesen. Es absolutamente falso, repetimos, absolutamente falso que los jardines imperiales neronianos se iluminasen por la noche con crucificados cristianos impregnados de brea y encendidos como teas. Falso. Todo esto se dio por cierto durante siglos porque Tácito lo cuenta en su crónica del incendio. Pero incluso décadas antes de que se escribiese Quo Vadis, los filólogos e historiadores habían descubierto que el lenguaje latino en que está escrito ese pasaje es sospechosamente moderno, nada clásico; y que las cosas que se dicen en ese párrafo no casan con el resto de los hechos contados por Tácito. Si añadimos que el texto de Tácito usado como fuente primaria es una copia realizada en un monasterio cristiano en el siglo XI, parece que es racional que pensemos que se trata de una interpolación; esto es, una piadosa invención introducida por el copista.
Para mejor entendernos: es como si mañana aparece una copia del Cantar del Mío Cid, copiada, oh casualidad, en un monasterio del PP, que dice
Con sus ojos muy grandemente llorando
tornaba la cabeza y estábalos mirando:
vio las puertas abiertas, los postigos sin candado,
y gritó: «el puto Zapatero me ha engañado»
Las decenas, centenares quizá, de cristianos que murieron durante la represión neroniana, morirían como estipulaba la ley: decapitados los ciudadanos, crucificados el resto.
La costumbre de hacer un espectáculo de bestias del zoo comiéndose humanos no se practicó en Roma hasta finales del siglo II; Nerón, pues, no pudo aplicarla. Así fue muerto, por ejemplo, San Blandín, famoso mártir francés. Se lo apiolaron los leones en, vaya coña, el circo de Lyon, en el año 177. Y, por cierto, ¿quién presidía la ceremonia? Pues no era el cabroncete de Nerón, tiempo ya muerto; sino otro emperador, Marco Aurelio, que es tenido por mucha intelectualidad por emperador filósofo y humanista. Caray con el filósofo.
En todo caso, que en el castigo o represión posterior al incendio murieran cristianos tampoco quiere decir que murieran necesariamente porque eran cristianos. Además, según las estimaciones realizadas a partir de la huella que dejaron estas ejecuciones en las crónicas contemporáneas, se estima que pudieron ser 200 o 300. Tiene coña, por lo tanto, que por 300 ejecutados, suponiendo que todos fuesen cristianos, Nerón haya pasado a la Historia como un sanguinario devorador de creyentes, cuando esta cifra empalidece al lado de las persecuciones que realizarían Diocleciano, o Cómodo, o ese demócrata-de-toda-la-vida que se llamaba Marco Aurelio.
Ni Pedro, ni Pablo, ni el tercer Papa, Clemente, nos han dejado una sola acusación contra Nerón.
El incendio de Roma del año 64 fue un accidente. Un accidente del que alguien, quizá, se acabó aprovechando, pues muy sospechosos son los indicios del inesperado rebrote del fuego el tercer día, con varios focos además. Pero Nerón no tenía ninguna razón para liderar ese incendio provocado; para entonces, estaba desbordado por los muchos romanos que petaban sus jardines, sin nada que comer ni vestidos ni posesiones, y trataba desesperadamente de luchar contra las llamas. Nerón no quemó Roma, ni desató una furia anticristiana en la ciudad.
Al César, lo que es del César.
domingo, noviembre 13, 2011
Sin pecado concebida
Cualquier cristiano que se precie de serlo sabe que el acto fundacional de la Iglesia como institución es el momento en que Jesucristo le encomienda a Pedro levantarla, y le dice aquello de que lo que él ate en la Tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desate en la Tierra quedará desatado en el Cielo. De alguna manera, la totalidad de los muchos poderes eclesiales tienen esta frase por único sustento.
La Iglesia, en este caso católica, respondió a esta labor encomendada mediante una compleja red de conceptos y obligaciones, entre los cuales quizá los más importantes (y diferenciales respecto de otras escuelas cristianas) tienen que ver con el hecho de que los católicos no son libres de interpretar la Biblia a su gusto (por eso tienen un catecismo, entre otras cosas); concepto éste que asimismo sustenta otros importantes, como el de la infalibilidad del Papa.
Asimismo, la religión católica, o más concretamente la Iglesia que la articula, se expresa y organiza a través de unos sacramentos, entre los cuales se encuentra el de la confesión. Los católicos deben confesar a un sacerdote, al menos una vez al año, sus pecados de mayor o menor cuantía. La confesión debe ir acompañada de arrepentimiento por las faltas cometidas, dolor de corazón por ser un mal cristiano, y aceptación de la penitencia que el sacerdote, que en ese momento es un directo mensajero de Dios, quiera imponer.
La confesión es un elemento fundamental del entramado de la Iglesia católica y por eso, tal vez, sorprenda descubrir que, a día de hoy, más o menos faltan unos 400 años para que el catolicismo alcance el punto en el que ha vivido el mismo tiempo con y sin confesión. La confesión, tal y como la conocemos, no es algo que se pueda decir date de ayer por la tarde; pero, con las mismas, tampoco se puede decir que forme parte de las características fundacionales de la Iglesia.
En puridad, como decíamos, no hay nada en los Evangelios que diga, así, a las claras, que un seguidor de Jesucristo debe rendir sus pecados ante un sacerdote ni ante nadie que no sea Dios mismo. Desde luego, hay pasajes como el de Mateo en el que se describe a mogollón de personas llegando a Jesucristo de todas partes, muchos de ellos después de haber escuchado las prédicas de Juan; y se nos dice que fueron bautizados «después de haber confesado sus pecados». Se trata, sin embargo, de una confesión pública, no privada, y limitada a las grandes faltas realizadas por quienes ahora querían ser purificados. Este concepto de confesión, exomologesin en las primeras versiones griegas de Mateo, así se entiende: como una pública confesión de que hasta el momento se ha sido un grave pecador. Aun trescientos años después, Cipriano de Lapsis lo sigue entendiendo así: «Ante expiata delicta, ante exomologesin factam criminis (…)». La intervención, no del sacerdote, sino del obispo (o sea, el elegido como superior) se limitaba, en simbólica imitación del gesto bautismal del Cristo, a la ceremonia de imposición de manos, por la cual el pecador entraba, o re-entraba, a formar parte de la Iglesia.
La primera Iglesia no tiene confesión porque el esquema del que ella parte, que no es otro que la religión judía, también carecía de ella. Me refiero a la confesión como nosotros la entendemos. La confesión judía era pública y se refería a aquellas personas que habían cometido faltas gravísimas que habían provocado su apartamiento de la sinagoga, y que antes de ser readmitidas debían confiar y expiar sus pecados ante la ecclesia (asamblea) y, en el caso cristiano, con la intervención final, venturosa, del jefe de dicha iglesia, es decir el obispo. Los famosos esenios, por ejemplo, aparte de tener un largo cursus honorum de años hasta poder integrarse totalmente en la comunidad, tenían también esos procesos de apartamiento y exigencia de contricción para el regreso, reservados a los que no se portaban comme il faut.
Santiago, en su epístola, describe esta ceremonia en la que una persona se enfrenta a la enfermedad mediante la oración con los más ancianos de la Iglesia y mediante la confesión de sus pecados. Algunos exégetas dicen que la expresión utilizada en la carta, «confiesa tus pecados uno tras de otro», es el único rastro que hay en toda la Biblia de una confesión realizada a humanos; el resto de las confesiones de las escrituras sagradas cristianas tienen a Dios por único interlocutor.
La primera literatura de la Iglesia no hace sino confirmar estas ideas. Clemente, en su epístola a los corintios, que se dice escrita apenas sesenta años después de la teórica ejecución de Jesucristo, describe la confesión con estas palabras: «Estando lleno de buenos designios, con gran claridad de mente y confianza religiosa, tiende tu mano a Dios, rogándole para que sea piadoso contigo, si en algo has pecado contra Él en el pasado». El acto de la confesión es, pues, un acto privado entre el pecador y su Dios.
Orígenes, una de las principales fuentes de los primeros tiempos de la Iglesia cristiana, establece que la confesión no sólo es un acto privado, sino plenamente voluntario. Y lo hace utilizando un símil escatológico: «Así aquéllos torturados por la indigestión y que tienen algo dentro de ellos que permanece crudo en sus estómagos, no se sienten liberados sino mediante una adecuada evacuación; así los pecadores, que mantienen sus actos dentro de sus pechos sintiendo una angustia interna (…) mediante la confesión y la auto-acusación, se descargan de su peso».
¿Cuándo comenzó a cambiar esto? Bueno, como bien reza el catecismo creo que del padre Ripalda (yo soy más de Astete), otros padres tiene la Iglesia que sabrán contestar a esta cuestión; pero mi opinión personal es que es más o menos a mediados del siglo III cuando la Iglesia, ya razonablemente estructurada, empieza a mover ficha para comenzar a dar más importancia a la confesión, y alcanzar algún mayor nivel de control sobre la misma. La razón, muy probablemente, no es estratégica, sino movida por la necesidad. La necesidad nacida de que las asambleas de creyentes sean cada vez más masivas y, por lo tanto, la gestión asamblearia inherente a la confesión pública sea cada vez más complicada. Así, las denominadas Constituciones Apostólicas establecen por aquella época que, en el caso de que un cristiano hubiese cometido una falta que fuese contraria a las normas de la Iglesia, sería reconvenido, primero por el obispo; después, si aún persistiere, frente a tres o cuatro testigos de confianza; y, en tercer escalón, sólo si aún seguía sin doblar la cerviz, frente a la asamblea de los creyentes. Pero, como vemos, la confesión tal y como nosotros la entendemos, es decir la confesión de que tengo malos pensamientos del hijoputa de mi primo o deseo a la mujer de Fulano, no parece por ninguna parte. Sigue estando reservada para aquéllos que perpetran burradas suficientes como para colocarse fuera de la legalidad cristiana.
Sin embargo, a pesar de este cambio estratégico, es un cambio fallido a causa de un mal muy habitual de la Historia de la Iglesia: la corrupción. A partir del momento en que, en el seno del cristianismo, se admite la idea de que un pecador puede ser privadamente perdonado, surge el problema de las gentes venales o directamente delincuentes que reclaman su derecho a pertenecer a la Iglesia porque alguien (normalmente ayudado mediante el oportuno peculio o favor de otra naturaleza) dice haberlos perdonado. Es por esta razón que el citado Cipriano de Lapsis brama: «Homo Deo esse not potest major; nec remitere aut donare indulgentia sua servus protest, quod in Dominum delictum graviore, comissum est». Traducción libre, no muy literal: El hombre no puede ser superior a Dios ni, puesto que es su servidor, otorgar indulgencia a aquél que ha cometido una falta contra Él». Nadie, sentencia don Cipri, puede perdonar los pecados cometidos contra Dios, salvo Dios mismo.
No obstante la claridad con la que se expresaba Cipriano de Lapsis (y no será el único prelado de la Historia de la Iglesia católica que se preguntará quién se ha creído que es el hombre para hacer de Dios perdonando pecados) , como decía, la propia evolución de la Iglesia, su masificación, hace necesario acudir a ciertas soluciones. Sabemos, por ejemplo, que allá por el año 370 de nuestra era, siendo Basilio obispo de Cesarea, se nombraba un prelado en cada diócesis que operaba como los médicos clasificadores de las urgencias hospitalarias: escuchaba las confesiones del personal y decidía, él, cuáles debían «pasar» a la asamblea. No obstante, como digo estas reformas son fundamentalmente organizativas. Los padres de la Iglesia (así, Hilario de Poitiers, por esa misma época) siguen aseverando que el perdón de los pecados precisa únicamente de la confesión personal a Dios. El concilio de Laodicea (372) establece que deberá ser readmitido en la Iglesia el pecador que se entregue a «la oración para confesión», a la penitencia, y que se aparte del mal camino.
Agustín, obispo de Hipona, nos dice algunos años después, ya en el siglo V: «Illi enim quos videtis agere paenitentiam, scelera commiserunt aut adulteria aut aliqua facta immania; inde agunt paenitentiam. Nam si levia peccata ipsorum essent, ad haec quotidiana oratio delenda sufficeret». O sea: aquél a quien veáis haciendo penitencia ha cometido adulterio o algún otro pecado mayor; pues para los pecados veniales, la oración diaria basta para lavarlos. Vemos, por lo tanto, que cuatro siglos después de haber nacido la Iglesia cristiana, todavía la confesión, que no es del todo privada sino más bien fundamentalmente pública (sobre todo lo que es público es la penitencia; Agustín nos da la pista de que es perfectamente posible discernir al penitente), además, se refiere únicamente a los pecados de gran gravedad.
Unos pocos años después de su muerte, sin embargo, la tendencia hacia el establecimiento de un sacramento organizado de arriba abajo, que había comenzado allá por el 250 al menos según mi visión, toma cuerpo con el Papa León el Magno. Este vicario de Cristo establece una interpretación sacramental que es de gran importancia para la evolución de la confesión: aquélla por la cual tan efectivo para el perdón de los pecados son los rezos del pecador como los rezos del sacerdote. Hasta ese momento, en la creencia cristiana cada uno rezaba por sus faltas. Pero la reforma leonina introduce el «rezaré por ti»; introducción que, al menos en mi opinión, es de importancia fundamental para comenzar a construir el papel protagonista del sacerdote en el perdón de los pecados.
El Papa León hizo lo que hizo no exactamente por ambición de poder o control sino, una vez más como en otras mil y pico de la Historia eclesial, para evitar el escándalo y la corrupción. Como ya hemos visto, de tiempo atrás se había establecido la existencia del sacerdote que escuchaba los pecados de los feligreses y decidía sobre su publicación. Inmediatamente, surgió el problema de los obispos y prelados que, por razones varias entre las cuales no pocas veces se encontraban la envidia, el odio y todos esos sentimientos tan humanos que los curas alimentan como cualquiera, se dedicaban a publicar esos pecados incluso en ocasiones que no debían, exponiendo a los feligreses a escarnios innecesarios. No pocos obispos repugnaban de esta práctica y León la combatió.
Luchando contra esta práctica corrupta es como León hubo de sostener el principio de que la confesión ante el sacerdote ha de servir para expiar los pecados; esto es, decretó, por mucho que la medida tardase en imponerse, la muerte del principal elemento de la confesión en los primeros tiempos cristianos, cual es el conocimiento por el resto de la asamblea, y la penitencia pública. Decreta el padre santo: «Sufficit enim illa confessio quae primum Deo offertur, tunc etiam sacerdoti». O sea: ha de bastar la confesión que se ofrece primero a Dios y luego al sacerdote.
Sin embargo, los síntomas son de que los fieles no hicieron demasiado caso de esta recomendación. El Papa Simplicio, a finales del siglo V, tuvo que instituir una semana del año en cada una de las tres grandes iglesias de Roma (San Pedro, San Pablo y San Laurencio) para que durante dichos días los sacerdotes estuviesen dispuestos a recibir confesiones. En realidad, esta previsión papal es el primer testimonio que tenemos de confesiones celebradas dentro de las iglesias. Entrado el siglo VI, en la regla de San Benito, la confesión no figura entre las imposiciones a los monjes.
No es hasta finales de este siglo, en torno al 580, que se comienzan a redactar penitenciales, una especie de libros de instrucciones dedicados a la confesión y, sobre todo, al tiempo de penitencia de acuerdo con el pecado cometido. Gracias a los penitenciales que nos han llegado sabemos que, cuando menos en Grecia, en aquel entonces la confesión no se practicaba de rodillas, mucho menos mediando una celosía o cualquier otra división entre confesor y confesante, sino ambos protagonistas del acto sentados uno al lado del otro o frente al otro.
Por lo que respecta a España, existen indicios claros de que la confesión no era en modo alguno práctica común en el siglo VII. Isidoro de Sevilla, en aquella época, describe en sus escritos con gran meticulosidad las obligaciones y tareas de los obispos; y no menciona entre ellas el escuchar en confesión a los fieles. Se refiere a la penitencia de los pecadores, pero los describe manchándose el rostro y la cabeza de ceniza, así pues no es muy probable que se esté refiriendo a otra cosa que pecados de gran cuantía.
A pesar de ello, la Iglesia, como tal, avanza, muy despacio, pero avanza, hacia la protocolización de la confesión. El concilio de Chalons, en el año 650, redacta un octavo canon en el que afirma que la confesión frente a un sacerdote es una prueba de penitencia. Un canon que, claramente, trata de atraer a los fieles hacia el confesionario con la obvia contraprestación de evitarles la penitencia pública.
Sin embargo, la batalla del pequeño pecado no se ha ganado. Beda, en sus comentarios al evangelio lucano, también por esa época, considera que los únicos pecados que han de ponerse en conocimiento de la Iglesia son la herejía, el judaísmo, la infidelidad y el cisma. Los otros pecados existen, pero son lavados mediante la gracia divina buscada mediante la oración. De hecho, en fecha tan tardía aun encontramos casos de cristianos que prefieren confesar sus pecados a no profesionales. Así, los centenares de británicos que, durante la vida del eremita Guthlac, peregrinaron hacia su chabola para confesarle sus pecados; y que, a su muerte, erigieron en su memoria el monasterio de Crowland.
El segundo concilio de Chalons, 813, todavía se ve obligado a reconocer que la confesión no es un hecho obligatorio. El canon 33 nos dice: «Quidam Deo solummodo confitere debere dicunt peccata, quídam vero sacerdotibus confitenda esse percensent; quod utrumque non sine magnu fructu intra sanctam fit Ecclesiam». Más o menos: hay gente que dice que los pecados se confiesan con Dios; otros que dicen que hay que visitar al sacerdote; y ambas cosas se hacen en el seno de la Iglesia. Por lo tanto, el sacerdote era visto más como un consejero que como un juez, y su principal obligación era rezar por el pecador para auparlo hacia el Paraíso.
Sin embargo, la Iglesia quiere, claramente, imponer la confesión obligatoria, y pronto encontrará un elemento fundamental: las peregrinaciones. Heito de Basilea estatuye en el 820 que los penitentes que visiten la ciudad apostólica deben confesar en su lugar de origen sus pecados, «porque han de ser atados o desatados [de la Iglesia] por su obispo o sacerdote y no por un extraño». No es, en realidad, motivo de este post; pero algún día habría que hablar de las muchas querellas que provocó esta pregunta de, en peregrinando, quién es el pichi que tiene el derecho de lavar el alma del peregrino. Lo importante a efectos de los que aquí contamos es que las peregrinaciones, sobre todo cuando, cuatro o cinco siglos después, se hagan masivas, serán una vía importante para generalizar la confesión.
El aldabonazo final, sin embargo, llega con el año 1.000. Primero, por el enorme cambio que en la sicología colectiva del cristianismo provoca el milenarismo y la sensación, o más bien convicción, de que el mundo se acaba. Y, segundo, porque nada más comenzar a extinguirse los ecos de dicho milenarismo, llegarán la cruzadas, que serán el último gran elemento que necesitaba la Iglesia para dictaminar la obligación de confesarse.
En el 1095, durante el proceso de márquetin de la cruzada, el Papa Urbano II, propone, primero el perdón para todos aquellos que asuman la cruz, y luego la confesión como medio ideal para morir limpio, si es que uno ha de morir en los combates. Y no se quedó ahí. Estableció la posibilidad de redimir mediante la cruzada cualquier tipo de pecado, lo cual es enormemente discutible. Al menos, a mí me parece que tomar la espada para defender una Jerusalén cristiana no es razón suficiente, ni aquí ni creo que en el Cielo, para perdonar a, un suponer, un asesino en serie de niños de pecho. Sin embargo, Urbano no sólo puso una autopista hacia el Cielo para los miles de puteros, cabrones, ladrones, violadores y estafadores que se fueron a las cruzadas, sino que incluso estatuyó el perdón colectivo, perdón por compañías o batallones podríamos decir, que es algo, en mi modesta, teológicamente insostenible y humanamente una gilipollez.
Urbano, en todo caso, clavó los últimos clavos que hacían falta para fijar bien la confesión obligatoria. El sínodo de Gran, 1099, establece la confesión en tres momentos del año (Semana Santa, Pentecostés y Navidad) y, finalmente, el cuarto concilio Laterano, 1215, establece la obligación de confesar al menos una vez al año (así como la de comulgar al menos una vez, en Semana Santa). Lo sentencia su canon vigésimo primero: «Omnis utriusque sexus fidelis, postquam ad annos discretionis pervenerit, omnia sua solus peccata confiteatur fideliter (saltem semel in anno) proprio sacerdoti, et injunctam sibi poenitentiam studeat pro viribus adimplere». Todo cristiano, incluso si es mujer, una vez alcanzada la edad del uso de razón, deberá confesar al menos una vez al año con su sacerdote local, y arrostrar la penitencia.
En 1.200 años, por lo tanto, la confesión pasó por muchas etapas, que, de todas formas, se conforman claramente con las características de: voluntariedad, ausencia de la intermediación sacerdotal, y limitación del conocimiento por terceros, además del propio pecador y Dios, para los pecados de especial gravedad.
Con el IV Laterano, sin embargo, la Iglesia católica comenzó una etapa completamente nueva desde este punto de vista (entre otros; el IV Laterano también es el concilio que establece el dogma de la transubstanciación del cuerpo de Cristo en la hostia). A partir de entonces, su conocimiento sobre sus fieles será mucho mayor, y mucho más preciso.
Para bien, y para mal.