jueves, octubre 13, 2011

Sobre Cataluña

Los lectores más fieles de este blog se habrán dado cuenta de que en los comentarios a un post muy reciente se ha producido el embrión de un debate, uno más de los eternos debates entre catalanes y no catalanes. Es, ya lo he dicho, un debate eterno. Leyendo estos mensajes, contestándolos, y entendiendo a base de ver la tele de las críticas que desde Cataluña van llegando, de un tiempo a esta parte, hacia otras comunidades de España, muy especialmente Andalucía, he pensado en escribir unas notas sobre este tema.

Mi balance personal, ya lo digo por delante, es muy de gallego: eso que podemos llamar el problema catalán o la cuestión catalana surge y se emponzoña por culpa de ambas partes. Ambas riberas del río (Ebro) han cometido errores que han servido para llegar a la situación actual; lo cual quiere decir que, de alguna manera, será sólo dando marcha atrás en dichos errores que se podrá lograr esa solución o pacto definitivo de la que hablábamos en el post.

¿Cuáles han sido, entonces, los errores de España o, por decirlo en términos históricos, Castilla?

El primero y más importante es haber pretendido que una fusión fuese, en realidad, una absorción. En el siglo XV, cuando Isabel de Castilla libró su particular batalla por ser reina frente a Juana, a quien la Historia conoce como La Beltraneja, la situación del reino castellano no era como para tirar cohetes. Se trataba de un reino dominado por clanes de nobleza que estaban enfrentados entre sí y que usaban a las candidatas para ello. Mayores niveles de cohesión y estabilidad había logrado Juan de Aragón en su reino, quizá gracias a su condición, más estética que real, de primus inter pares de la nobleza local; aunque el reino carecía de los medios para realizar la política exterior que ambicionaba el rey, y que le había transmitido a su hijo Fernando. El reino de Aragón se encontraba en ese estadio en el cual una nación comercial se da cuenta de que, lejos de ganar mercados, lo que ha de hacer es poseerlos, porque los tiempos de las soluciones a la veneciana ya han pasado. La unión de las coronas de Castilla y Aragón, en tal sentido, fue la unión entre un reino y una de las facciones del otro, en provecho mutuo.

Mediante el matrimonio, Fernando de Aragón se convirtió en el jefe militar del ejército común, embarcado en la misión histórica de la Reconquista. Isabel de Castilla inventó aquello del tanto monta, monta tanto, el yugo, las flechas y toda la pesca; pero la verdad es que ni ella, ni desde luego el entourage que la había hecho reina y que no dejó de gobernar España, estaba dispuesto a hacerlo cumplir. La empresa imperial fue una empresa castellana y fueron Castilla y Portugal los dos jugadores del tablero que se reunieron en la que tal vez puede considerarse la primera conferencia de Yalta de la Historia: la de Tordesillas.

España, entendida como Castilla, siempre ha propugnado su prelación estratégica a la hora de diseñar los designios de los pueblos que se han ido mezclando en la península ibérica. Por eso, cuando desde la gobernación general del país se asevera eso de que España es un cúmulo de nacionalidades, todo eso de la unidad en la diversidad, estas afirmaciones aparecen como poco creíbles; nunca, o casi nunca, se han visto acompañadas por los hechos. Ni siquiera en los tiempos de la sacrosanta y angélica II República, compendio de todas las cosas buenas de la Historia de España para tantos, fue así. El presidente Manuel Azaña, que hizo de Zapatero en aquella ocasión, protagonizó en la persona del coronel Maciá y sus despistados delegados catalanes el mismo tipo de trile burlón que, setenta años después, practicaría otro presidente del gobierno frente a casi los mismos actores políticos.

Hay que hablar claro: si España es un compendio de naciones, entonces a esas naciones ha de otorgárseles el que, en la Edad Moderna, es el principal privilegio de las naciones: la recaudación de impuestos. Donde hay una nación hay un pueblo entendido como tal; donde hay un pueblo entendido como tal hay un proyecto colectivo que es distinto, e incluso distante, de otros que lo puedan rodear geográficamente. Y, consecuentemente, ha de existir la capacidad de financiar dicho proyecto.

Puede ser, también, que España ya no sea un compendio de naciones. Puede ser que a Cataluña, y al País Vasco, le pase un poco lo que al idioma gallego: pudo existir un momento en el que, pese a compartir la raíz latina, fuese un lenguaje plenamente distinguido del castellano, pero hoy en día está tan íntima y profundamente castellanizado que la distancia entre ambos es la mitad de la mitad. Con las mismas, si hubo un tiempo, que lo hubo, en el que el conjunto Aragón-Cataluña-Baleares-Valencia (porque no olvidemos que, en este debate histórico, el concepto Cataluña opera como una sinécdoque) fue un conjunto propio, con moneda propia, con instituciones propias, con dinámica nacional propia, hoy dicho conjunto está tan españolizado que la diferencia es mucho menos apreciable, cuando no negligible. Les guste o no a los catalanes y a los madrileños, cuando los expertos en mercadotecnia dividen España en zonas homogéneas según el comportamiento de los consumidores (la zonificación más conocida es la de Nielsen) suelen crear una extraña "provincia" consistente en las áreas metropolitanas de Madrid y de Barcelona. Porque parecerse, parecerse, lo que se dice parecerse, a lo que se parece un habitante de Sant Boi es a un habitante de Alcobendas. Para ambos, Lloret de Mar y Guadalix de la Sierra son como Marte.

Algo que habitualmente no se infiere de las famosas palabras del presidente del Gobierno, “la nación es un concepto discutido y discutible”, es que abren la puerta de una frase antónima: el concepto de la nación inexistente, o de la nación de naciones, es, en la misma medida, discutible. El problema con España, con Castilla, es que nunca ha hablado claro en este punto. En lugar de hacer suyo un proyecto, uno de los posibles, ha preferido nadar entre aguas permanentemente, consciente de que la rápida debilidad del castellanismo, que se hizo evidente desde el momento en que España comenzó a estrellarse contra el muro flamenco, le hacía, cada vez, más dependiente de la ayuda de aquéllos con los que no quería malquistarse.

A ello hay que unir que, además, desde principios del siglo XVIII España como proyecto es un proyecto francés, identificado con una dinastía francesa que no se cortó de enviar en comisión de servicio a reyes de España que ni siquiera hablaban español. Si Carlos de Habsburgo llenó el poder en España de posibilistas centroeuropeos, la caída de España en el remolino galo petó los pasillos del poder de franceses, jacobinos antes del jacobinismo; porque, dado que la Historia de Francia, en buena parte, se explica mediante la eliminación, cuando no el genocidio, de todos aquéllos que no quisieron unirse al proyecto de La Grandeur o lo pusieron en peligro, todo lo que fue quedando fue ese centralismo a ultranza que acabó teniendo nombre en la Revolución Francesa, pero existía de mucho antes.

El afrancesamiento del proyecto de España partía de la base de que en España se podía hacer con todo como en Francia se había hecho con borgoñones, normandos, hugonotes, cátaros y demás patulea: al que se mueva, pepino por el culo. Así, empiezan a pasar cosas como que los reyes prometan respetos fueristas para conseguir un abrazo y una tregua y a vuelta de correo se caguen y se meen en sus promesas, y todas esas cosas que comienzan a hacer el chiringuito ingobernable.

Para cuando el nacionalismo catalán se estructura en una idea económica, en las bases de Manresa, y reclama el Gran Derecho (recaudar los impuestos), España ya está en el plan de no dar un paso más en ese punto, apenas aceptando el fuerismo como animal acuático, y aceptándolo, tan sólo, por la cantidad de muertos que ha provocado. Para colmo, cuando, en circunstancias muy especiales, una generación de políticos españoles buenistas hasta un punto tal que a su lado Zapatero parece una desalmada abuela encabronada, van y le dan barra libre a los nacionalismos para que se desplieguen, convencidos de que tó er mundo é güeno y que eso de la España crisol de naciones funciona solito, se arrean tal hostia que lo que consiguen es convencer al centralismo de que está en la verdad de las cosas. El miedo creado por la I República es el miedo que tiene Azaña cuando coge el estatuto diseñado por los catalanes en la República (o sea, el de Nuria), y lo deja en la mitad de la mitad del cacho de un trozo.

La actitud sempiterna de España respecto del asunto de Cataluña, puesto que Cataluña ha terminado por ser el gran continuador de las ambiciones del reino de Aragón de ser algo distinto, de concebir España como una joint venture, se ha basado, por lo tanto, en el doble lenguaje y el miedo, combinados por la fuerte presión de un proyecto que es inenarrablemente centralista desde el momento en que caímos en la desgraciada órbita del amigo parisino y tuvimos que tragar con su familia real.

Este sueño, además, ha producido monstruos, el más conocido de los cuales es esa cosa llamada franquismo o, mejor deberíamos decir, falangismo. Esa puta manía de lo español de no hablar claro dejó al fin y a la postre espacio para que quienes hablasen claro fuesen los radicalismos. Así acabó por nacer el radicalismo español, una vez más de patrón francés pues los Maeztu y demás no hacen sino mirarse en el ejemplo de Action Française;el tándem Primo de Rivera-Ledesma no hacen sino tunear esta ideología.

Este radicalismo español no por casualidad acude a los Reyes Católicos para buscar su figura cimera y toma de ellos los símbolos. En la concepción de José Antonio, la unificación de las coronas de Castilla y Aragón es el único momento en el que las cosas, en lo que al proyecto España se refiere, estuvieron en su sitio; lo que demuestra que José Antonio sabía un huevo de derecho hipotecario, pero no se había mirado demasiado la Historia. Leer la Historia de España con habilidades intelectuales propias de la LOGSE permite alcanzar estas interpretaciones epidérmicas, según las cuales España tiene que estar unida porque tiene una misión imperial y un solo destino común, que es un fistro diodenal filofascista porque, en los pueblos organizados y libres, el personal tiene el destino que le sale del guaino tener; paradójicamente, hoy son los nacionalismos periféricos los que se han acercado a esta idea, y se llenan la boca hablando de Cataluña como un ente totalizador que a todos sus ciudadanos engloba, o de esa figura retórica de “los vascos y vascas”, que viene a ser más o menos lo mismo.

Como España ha dejado de vivir el franquismo pero vive el franquismo inverso, todo esto está presente en la calle y en las gentes. Son escasos los falangistas, cierto; pero son bastantes más los que se resisten a conceder que no exista un proyecto español que deba respetarse sí o sí. Y yo no digo que no sea así; lo que digo es que eso será, en todo caso, el resultado de una discusión que nunca se ha tenido, que nunca la nación española ha fomentado ni permitido. Que, probablemente, debió hacerse en la Transición, pero se orilló porque en aquel momento nuestra democracia, por decirlo mal pero con mucha precisión, no tenía el coño para ruidos.

Esta estrategia de no hablar claro se puede apreciar muy bien en la reciente polémica creada por un político catalán que ha criticado la molicie de los perceptores de las prestaciones especiales diseñadas para jornaleros del campo en el sur de España. La polémica no tendría mucho sentido, o más bien tendría otro tono, si todo el mundo tuviese claro que España, como Estado social, está conformada constitucionalmente como una organización en la cual las personas que tienen más aportan para transferir recursos a los que tienen menos; es, pues, una nación socialmente solidaria. Que esas personas pobres estén en Figueras o en Don Benito es irrelevante. Sin embargo, orillando el debate histórico de qué es España, y no solo eso sino aprobando en paralelo normas como el Estatuto catalán, que se basa en el concepto de que la solidaridad en España es entre territorios, se permite que se produzcan estas interpretaciones. Y, por el camino, el camino que realmente deberíamos transitar, que es la discusión en torno a la eficiencia del PER, queda enterrado bajo un falso debate sobre si los catalanes pagan o dejan de pagar a los jornaleros de Marinaleda.

El radicalismo españolista es culpable, asimismo, de haber inventado otro elemento jodidísimo del debate territorial: el concepto de lengua propia. España siempre ha amado y valorado su idioma, que siempre ha tenido cotas muy elevadas de universalidad. Pero nunca nadie como los falangistas fomentó la idea del español como la lengua propia; la lengua que no sólo hablaban los españoles, sino que les hacía españoles. Hablad la lengua del Imperio, dictaminaba el falangismo más radical tras el final de la guerra civil. Contra lo que se pueda pensar, el concepto de lengua propia, que está en todos los estatutos de autonomía de España de territorios en los que se habla algo más que castellano, no es un concepto creado por el autonomismo. Es falangismo reciclado, perceptible en conceptos absurdos como que el catalán tiene que hablar catalán o el valenciano valenciano (que, además, no es catalán), porque si no lo hace es algo así como un catalán o valenciano de baja intensidad, una bomba sucia filológica.

Cada individuo tiene una lengua propia, que es la que le enseña su madre, la que utiliza, al principio de su vida, para pedir pan, cariño, o la comodidad de ser llevado en brazos. El 4 de julio, bajo la bandera de las barras y estrellas, se apiñan centenares de miles de estadounidenses cuya lengua propia es el castellano, el ruso, el polaco, el arapahoe, el maorí, el italiano. La lengua propia de las naciones no existe: pariéndola, el fascismo español parió un aborto; y el nacionalismo periférico, adoptándolo, no hizo sino alimentar un monstruito que siempre nos estará jodiendo mientras viva.

España es culpable, pues. Pero Cataluña está lejos, muy, muy lejos, de ser un mero ente pasivo, inocente, que todo lo que ha hecho ha sido ser el objeto de estas culpas.

Obviamente, la primera culpa de Cataluña y del nacionalismo catalán es manipular la Historia. Uno puede sentirse agraviado siempre que lo esté; pero de ahí a pretender convencer al mundo de que ese agravio ha existido siempre, hay un paso que los nacionalistas de toda laya dan con una elegancia digna de mejor labor. Con la misma facilidad con que Hitler interpreta en sus teorías que Alemania es un imperio cuyo desarrollo ha sido siempre alevemente impedido por fuerzas ignotas distribuidas por toda Europa, el nacionalismo catalán quiere ver en todos y cada uno de los conflictos que ha protagonizado en la Historia de España las raíces de un sentimiento separatista. Poco le importan hechos tan poco compadecidos con esa realidad como que la corona de Aragón fuese bastante más amplia que eso que se llaman países catalanes; o que las conquistas imperiales aragonesas se consolidaron gracias al espadón de militares andaluces; o que el Corpus de Sangre fuese provocado por una presencia militar escasamente formada por españoles y provocase una misiva de la Diputación que empezaba por hacer profesión de fe en la corona; o que Rafael de Casanovas fuese un señor que estuviese muy lejos de morir con Cataluña en los labios. Por no citar hechos más palmarios aún, como que los reyes de España, desde Felipe II hasta Carlos IV, tuvieron siete u ocho preocupaciones mayores en que pensar que no fuesen las reivindicaciones de los catalanes (cosa que no le pasa a los reyes actuales). El nacionalismo convierte una guerra dinástica en la procura de un sueño independentista que los catalanes guardarían como un grimorio sagrado de siglos atrás, y ni una cosa, ni la otra, son del todo ciertas.

Cataluña es culpable de esa monumental manipulación, como es culpable de la adopción de ese falangismo reciclado, al que me refería con anterioridad, de la lengua propia. Todo lo que rodea a la lengua usada en un sentido mítico identitario se hace enormemente complejo; esto es algo que cualquier estudioso serio del franquismo sabe pero, por razones que tienen que ver con cómo se hizo la Transición, en la democracia hemos cometido el tremendo error de repetirlo. No fue así siempre: los cronistas extranjeros de la España de la preguerra civil y de la guerra señalan, no pocas veces, la sencillez del planteamiento catalán en ese momento. A Franz Borkenau, autor de The Spanish Cockpit, un obrero catalán le explica, durante los años de la República, que el enfrentamiento con Madrid se ha terminado porque el problema que los catalanes tenían era que no se les dejaba hablar en catalán; una vez que se les deja, ¿por qué seguir enfadados?

Los largos años del franquismo, sin embargo, aportaron al nacionalismo ese invento de la lengua propia, que ellos adoptaron con total proclividad. Ahora ya no se trata de que pueda llevarse a cabo el uso de la lengua en la que una parte de la cultura y la vida catalanas se despliega. Ahora se trata de que toda la cultura y la vida catalanas se despliegue en esa lengua, porque es la lengua propia y, consecuentemente, las otras (la otra, vaya) son impropias. Como impropias eran, en tiempo del franquismo, las lenguas hoy cooficiales con el castellano.

El nacionalismo catalán ha adoptado, en este punto como en otros, planteamientos que no necesitaba. Y que no los necesitaba es obvio si uno estudia la evolución de ese mismo nacionalismo en el pasado bien reciente y la ausencia de esas ideas. El nacionalismo catalán tradicional, de hecho, era consciente de que no hay progreso de Cataluña sin progreso de España. El discurso catalanista de finales del siglo XIX y principios del XX es un discurso que combina, por una parte, la concepción de una idea de España y de sus necesidades. Tengo en mi biblioteca un libro de 1916 que aglutina una serie de conferencias sobre política económica pronunciadas en 1916 en Barcelona por políticos de la Solidaridad Catalana; y la palabra Cataluña prácticamente no se cita. En ocho o nueve conferencias diferentes se aborda todo: la industria, la agricultura, los transportes, el sector financiero... y la palabra de los conferenciantes, todos ellos constantes reclamadores de su autonomía federal, de sus mancomunidades efectivas, todos ellos políticos relapsos que abandonaron por aquellas fechas las Cortes de Madrid porque no entendían a Cataluña, todos ellos, digo, disertan sobre lo que España debe de hacer en materia económica.

Este hecho, la idea de España, se combinaba entonces, como ahora, con un segundo factor, que es la simple y pura defensa de los también simples y puros intereses de Cataluña. Los catalanes no llevan, como pensarán algunos, menos de diez años sacando a pasear el concepto de balanza fiscal. De hecho, este concepto trufa ya las discusiones del Estatuto catalán de la República. Eso de “nosotros ponemos más de lo que recibimos” es discurso viejo del nacionalismo catalán. Pero es un discurso parcial, porque esconde dos grandes elementos: uno, que el concepto en sí de balanza fiscal es una chorrada atécnica, que la balanza fiscal real no hay quien la calcule (y esto es algo que hace setenta años ya explicó en el Parlamento José Calvo Sotelo, fino hacendista); y, dos, que en esa hipotética balanza habría, de hacerla, que colocarlo todo.

En 1898, con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, el modelo económico catalán, que ya venía renqueando de décadas atrás, colapsó. Colapsó tan gravemente que una institución como la banca catalana, hasta entonces todo lo provechosa que podía ser la banca en España y en seria competencia con la banca madrileña, desapareció para no volver hasta que un día el neonacionalismo finisecular pujolista creyó que una cosa que llamó Banca Catalana resucitaría el sueño hasta que la entidad quebró y acabó en los sótanos del hoy BBVA.

La reacción de España al colapso del modelo catalán fue sacrificarse para evitar dicha pérdida. No fue una reacción en modo alguno altruista; en realidad, históricamente esa España que no es Cataluña ha entendido que la necesita para sobrevivir; es, en este punto, Cataluña la que se empeña en no entender. En realidad, ya durante todo el siglo XIX Cataluña había condicionado la política económica española, que en lugar de apuntarse al libre comercio, que le habría metido en vena toneladas de modernidad, se apuntó al proteccionismo gremialista y neomedieval que reclamaba Foment del Treball, retrasando el progreso nacional y entrando en una espiral que, como ocurre varias veces en la Historia (sin ir más lejos, con la crisis del 29) vino a enmascarar una guerra, la del 14 (conflicto en el que, al calor de la neutralidad, los mismos industriales que estaban a punto de irse a la mierda, se forraron). Pero Cataluña le debe al resto de España esa implicación solidaria en sus necesidades, como le debe que los intereses particularísimos de los industriales catalanes retrasasen prácticamente hasta la muerte de Franco la construcción en España de un sistema fiscal racional y equilibrado (para muestra, la reforma Alba de 1918, descarrilada por los industriales catalanes y vascos, a los que no les salió del pingo pagar un impuesto de sociedades).

El nacionalismo colonial se basa en la imagen de un país colonizado cuyo colonizador explota sin piedad ni preocupación alguna por el bienestar de sus naturales. Cataluña, históricamente hablando, no puede exhibir esa imagen. Es, más bien, al revés. Es, más bien, ella la que ha condicionado la evolución económica del resto de España. Es en este sentido que el cachondo de Agustín de Foxá decía que Cataluña es la única metrópoli del mundo que vive obsesionada con separarse de sus colonias.

Todo esto lo sabían los nacionalistas viejos, y es por eso que no practicaban el victimismo. Pero la ausencia de memoria del moderno nacionalismo ha provocado que haga un uso industrial de dicho sentimiento, incluso tratándose, como acabo de decir, de un territorio que tiene poco margen para justificarlo.

Porque el nacionalismo catalán ha abrazado el victimismo, su postrer error, que es en el que se encuentra en el momento presente, consiste en ser incapaz de jugar el partido que ha acabado presentándose. El victimismo catalán está diseñado para que la idea central de la movida sea que Madrid aplasta a Cataluña. En el momento en que lo que ha pasado es que fuera de Cataluña se ha comenzado a convertir en verdad social la imagen de una Cataluña que aplasta al resto, el discurso ha devenido torpe y absurdo.

La mala resolución del problema catalán durante la República, la represión del movimiento del 34 (que fue un golpe de Estado independista, cosa que no suelen recordar quienes acusan a Madrid de ser desleal... ¿hay algo más desleal que un golpe de Estado?), los desencuentros entre Madrid y Barcelona durante la guerra, que hicieron más por Franco que toda la fuerza aérea nacional, y la decisión del nacionalismo catalán de levitar fuera de la realidad y aislarse durante la larga noche del exilio (los catalanes no estuvieron en el Contubernio de Munich porque no se iba a hablar de lo suyo), alimentaron durante décadas el alma del victimismo catalán y construyeron ese mundo de mitos intocables que es hoy este nacionalismo.

El otro día le comentaba a un amigo residente en Cataluña, que en un comentario dejó los amargos versos de Machado sobre Castilla, que tal vez un problema de Cataluña es que no tenga poetas así; vates más catalanes que el pan tumaca que, sin embargo, hayan cantado con amargura el lado oscuro de su tierra. Lejos de ello, el nacionalismo catalán actúa como si no hubiese lado oscuro; como si, sin ir más lejos, Cataluña no fuese, a día de hoy, quizá el territorio de España donde más caro es vivir, donde más cara sale el agua, y las autopistas, y tantas cosas. Lejos de dejar entrar el aire de la crítica, Cataluña se concibe a sí misma como el compendio de todo bien; es todo lo contrario que Castilla/España, que no para de darse golpes de pecho por haber quemado judíos y violado mujeres aztecas. En consecuencia, los mitos catalanes son intocables, y por alguna esquina de You Tube pulula un video, muy visto fuera de Cataluña, donde se muestra cuál es el destino que le cabe esperar a alguien a quien, en un programa de la televisión catalana, se le ocurra la valentía de criticar a Lluis Companys. Ello a pesar de ser don Luisote un personaje con más fondo de armario que la comisión gestora del Día del Orgullo Gay.

El mito-victimismo catalán funcionó extraordinariamente durante la Transición porque la Transición, en buena parte, se construyó sobre él. En los años ochenta, sin embargo, el nacionalismo catalán recibió un toque. Se formó una operación de centro-derecha, buscando inventar el PSOE del otro lado, y al frente de la misma se puso la mano derecha de Pujol, Miquel Roca. En aquellos tiempos, el siempre afilado Alfonso Guerra dijo en público que Roca nunca podría ganar unas elecciones en España. Roca saltó como el Puma de Baracoa: eso me lo dices porque soy catalán. La respuesta de Guerra es importantísima para entender este problema: no es que seas catalán, le dijo; es que eres nacionalista catalán.

Los catalanes nacionalistas son un subconjunto de los catalanes, como los nacionalistas gallegos son un subconjunto de los gallegos o los habitantes de Vitoria que se duchan por las mañanas son un subconjunto de los vitorianos (ampliamente mayoritario, espero). El victimismo catalán, sin embargo, cuadraba mal aceptando esto. ¿Cómo podía haber catalanes que no sintiesen la mordedura de la persecución española? Por lo tanto, el nacionalismo jugó la baza de la identificación de ambas cosas. Catalán, por lo tanto, equivale a nacionalista catalán. Es posible que Roca, a día de hoy, todavía no entienda qué le quiso decir Guerra aquella vez, hace treinta años.

En los famosos tiempos de la República, ni se le habría ocurrido hacer eso. Por muchos votos que cosechase entonces la Esquerra, cualquier catalán medio cultivado sabía que en Cataluña había una clase obrera a la cual todo eso de la identidad nacional catalana se la rechuflaba. El victimismo, combinado con la movida de la lengua propia y la manipulación de la Historia, tuvo como objetivo cambiar eso.

Cataluña, sin embargo, se ha encontrado con un inesperado cambio de guión. Al nacionalismo español o castellano le ocurrió lo mismo tras la muerte de Franco cuando, de repente, tuvo que convivir en el mismo dormitorio con otras sensibilidades territoriales que no entendía. Fruto de esa falta de adaptación son las toneladas de chorradas que desde esas posturas se dijeron del autonomismo, que fue ridiculizado en artículos periodísticos y novelas de éxito para solaz de muchos salones de clase media.

Los nacionalistas de toda laya nunca pensaron que eso les podría pasar a ellos porque creyeron que ser nacionalista es algo connatural a ser demócrata; así pues, sus postulados nunca se pondrían en solfa. Desde el 2004, sin embargo, estos mismos nacionalistas, y muy específicamente los catalanes, se encontraron con el problema de morir de éxito. En el palacio de la Moncloa, por primera vez en la Historia de la democracia, se sentó un primer ministro que se dedicó a sobreactuar su total y natural asunción del fenómeno de lo catalán, obligado por el hecho de que los votos cosechados allí por el PSC le eran totalmente necesarios para mantenerse en el poder. Así las cosas, el hombre de Moncloa emitió su nihil obstat para el pacto de gobierno con ERC (craso error, porque suponía amigarse con un socio que nunca aceptaría ser moderado) y no escondió sus preferencias por soluciones a la catalana, como ocurrió con la famosa operación de Endesa. Como consecuencia, afloró la condición, que en realidad siempre ha tenido, colonizadora del catalanismo, y los goznes comenzaron a chirriar. Cuando los catalanes habituales en Madrid regresaron a Barcelona contando que en su hotel del centro ya no se servía cava catalán, el problema comenzó a mostrarse.

Cataluña tenía, en ese punto, una encrucijada. Podía haber tomado el sendero estrecho, pedregoso y empinado, pero al fin y al cabo virtuoso, de entonar un mea culpa histórico y comenzar desde ahí. O podía tomar la autopista de montar victimismo sobre victimismo. Esto último es lo que hizo. No sólo ponemos un montón de pasta, sino que encima caemos mal. Sorprende comprobar que muchos catalanes que piensan así son capaces de preguntarse incrédulos, dos minutos después, cómo es posible que los estadounidenses no sean capaces de entender por qué el resto del mundo los odia. En el fondo, es el mismo problema, y resulta relativamente sencillo de ver. Pero el nacionalismo catalán está tan profundamente falto de autocrítica que es imposible que lo vea.

En suma, lo que tenemos son dos partes enfrentadas. Una no quiere hablar claro y la otra se pasa todo el día mirando a su espejito mágico y preguntándole quién es el más guapo; y cómo el espejito recibe jugosas subvenciones de quien le está preguntando, ya sabemos cuál es, siempre, su respuesta. Es un círculo vicioso en el que ambos lados, castellanos y catalanes, están muy cómodos. Hay mucha pasta y muchos votos en no entenderse, y por eso ambas partes bailan, constantemente, la ceremonia de la confusión. Y del desencuentro.

Es, lamentablemente, lo que hay.

El mantra de los eurobonos

En momentos en los que la economía interesa a todos, surgen los mantras.

En el fondo, el hombre actual no se diferencia demasiado de su tatarabuelo que andaba triscando por los bosques convencido de que estaban petados de duendes, trasgos y enanitos; así pues, el ser humano sigue buscando lo mismo que buscaba cuando sacrificaba corderos en el ara del sumo sacerdote: algo que le libere de los problemas a cambio de un esfuerzo mínimo.

Los mantras ideológicos cumplen hoy en día la función que antes cumplían la danza de la lluvia, los sacrificios humanos o los rezos al Dios Piraña. Los modernos sacerdotes (de soltera medios de comunicación) repiten el hare Krishna, hare hare, las veces que hagan falta, para que finalmente los feligreses no vean otra cosa. Esto, como digo, siempre ha sido así. La España del siglo XIX, por ejemplo, tenía dos mantras que se repiten en su literatura con una machaconería cansina: por un lado, el mantra euskocatalán que adjudicaba todos los males de la Tierra a los aranceles bajos, esto es a la libertad de comercio; y, por otro, el mantra generalizado de que el único responsable de la pobreza de los españoles era el impuesto de consumos, o sea el IVA de la época.

En los últimos años, más o menos, hemos ido de mantra en mantra. Primero fue el mantra de que la crisis, toda la crisis, tenía su origen en el sector financiero. Lamentablemente, no es exactamente así; de hecho, el sector financiero no es tan fuerte como para provocar por sí solo una crisis tan profunda; como, por otra parte, demuestra ya la crisis del 29, que parece una crisis bursátil, pero en realidad es mucho más.

De este mantra pasamos al mantra de que no, que la crisis era el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Pero, claro, menuda burbuja ésa que destruye más de cuatro millones de empleos. Lamentablemente, hay algo más.

Entonces llegó el mantra de la voracidad de los mercados. Todo lo que pasa es porque los mercados quieren ganar dinero a costa de tumbar la economía real. Alguna vez he leído por ahí a epidemiólogos decir que una pandemia puede ser voraz, pero nunca acabará con el género humano, por la simple razón de que los virus no son gilipollas: nadie extingue a la casa donde vive. Sin embargo, por alguna razón extraña, hay mucha gente que cree que los mercados están dispuestos a acabar con aquello que les da de comer, que no es otra cosa que la economía real. Por otro lado, lamentablemente para este mantra, se han limitado las posiciones a corto, o sea se ha acabado teóricamente con la fuente de la especulación, y el resultado ha sido peor incluso (como, por otra parte, ya habían predicho algunos).

El penúltimo mantra es el de los eurobonos. La solución a la crisis de la deuda en algunos países de Europa es que el que emita esa deuda sea Europa entera, o al menos el área euro. Momento en el cual se perderá, o eso dice el mantra, la diferencia entre el bono español y el alemán, así pues tendremos todas las ventajas de este último.

Éste es el punto en el que, en mi opinión, conviene hablar unas líneas de Goodfellas.

En esta obra maestra de Martin Scorsese, el hostelero Sonny Bunz, que posee un restaurante frecuentado por mafiosos, está a mal traer con Tommy DeVito, uno de los matones de la banda de Paulie Cicero y que es, verdaderamente, un mal bicho. Una noche, Bunz le reclama a DeVito la abultada deuda que acumula en copas y éste, por toda respuesta, le rompe una botella de whisky en la cabeza. Entonces Bunz decide que la única solución para que DeVito lo respete es que su jefe, Paulie, sea co-dueño del restaurante. Le ofrece una participación y el jefe mafioso, finalmente y tras alguna reticencia más retórica que otra cosa, acepta.

A partir de ese momento, Bunz tiene lo que quiere: nadie puede meterse con él, porque si alguien se mete con él, tiene derecho a exigir de Cicero y de sus matones que le revienten las piernas. Pero, claro, tiene que pagar. Cualquier cosa que pase, nos cuenta Henry Hill en voz en off, por fastidiosa que sea, Bunz debe pagar el tributo de Cicero. Llueva, nieve o haga sol. Haya ingresos, o no. Además, Cicero, que ahora es dueño de un negocio legal, simplemente lo utiliza para comprar a crédito mercancías que nunca abona y a venderlas con descuento. Como consecuencia, el restaurante firma y firma deudas y, nos dice Hill, al final, cuando ya no hay crédito, cuando ya no hay posibilidad de pedir ni un dólar más, los mafiosos queman el restaurante. Porque el restaurante, la verdad, a los mafiosos les importa una mierda.

Nadie parece pensar que los eurobonos son un poco eso. Evidentemente, para países como Irlanda, Portugal, Italia o España (de Grecia creo no cabe ya hablar), financiar su déficit público emitiendo deuda solidaria con Alemania, Países Bajos o Luxemburgo es una buena idea de partida. Supone que ahora esas economías también estarán detrás de los títulos que vendemos; ahora somos socios de Paulie Cicero. Sin embargo, este concepto, así, a la llana, como se maneja en los mantras, olvida un principio fundamental en economía, y es que nada es gratis.

Es evidente que Paulie algo querrá a cambio de asociarse con nosotros. Afortunadamente, y a despecho de mantras y explicaciones sencillitas de la realidad, el jefe de la banda no quiere arruinarnos quedándose con todo lo que hay de valor en nuestro local para después quemarlo. Pero lo que sí exigirá, con total seguridad, es mandar.

Deuda es compromiso de pago. El compromiso es tanto más sólido cuanto más solvente se es. Solvente quiere decir que se tiene la capacidad de pagar hoy, y dentro de veinte años. Los particulares demuestran su solvencia avalando los préstamos con bienes propios o de terceros. Los países demuestran su solvencia avalando sus deudas con el valor de su economía. El día de mañana, si existen eurobonos, lo que nuestro socio hará, simple y llanamente, será exigirnos que nunca permitamos que el valor de nuestra economía se deteriore en exceso.

Por esta razón, me cuesta entender por qué personas que antesdeayer criticaban con fiereza la reforma constitucional sobre el gasto público, hoy repitan entre albricias el mantra de los eurobonos. Porque si la reforma constitucional nos constriñe, los eurobonos irían más allá. Si nuestro déficit público pasara a financiarse con títulos de deuda emitidos solidariamente con Alemania, Francia y Reino Unido, automáticamente Berlín, París y Londres pasarían a reclamar ciertos niveles de control sobre ese mismo deficit público que ellos están contribuyendo solidariamente a financiar.

En consecuencia, los gobiernos europeos ya no serían completamente libres para elaborar sus presupuestos. En primer lugar, porque su estructura de gasto público se habría convertido, de alguna manera, en subyacente del bono europeo, así pues el emisor de dichos bonos exigiría la capacidad de controlar dicho subyacente. En términos sencillos, esto supondría que, para poder construir una carretera entre Olmedillo y Barcina del Cuervo Tuerto habría que preguntarle antes a Bruselas si le parece bien; lo cual, al fin y a la postre, supone convencer a un tipo de Colonia de que los olmedillenses se ponen perdidos de barro cada vez que van a la feria de Barcina.

La segunda razón por la que se perdería soberanía presupuestaria es que la deuda que financia al Estado dejaría de ser emitida por el propio Estado. La deuda estatal se coloca en subastas sometidas al mercado (obviamente, si nadie ofrece 100, pues habrá que vender a otro precio), pero en las que el Tesoro pone el tipo de partida. Por lo tanto, al hacer los Presupuestos, el Gobierno tiene cierto margen racional de maniobra para calcular los intereses que va a pagar por la deuda, puesto que, al fin y al cabo, va a ser él mismo el que va a fijar el interés de partida en las subastas. Pero si ahora la deuda la emite un tercero, sera éste el que fije el tipo. Ciertamente, por pura lógica, al mezclarse economías «de tipo alto», como España, con economías «de tipo bajo», como Alemania, nosotros no tenemos nada más que ganar. Ahora. Pero la vida es muy larga, y no hace mucho hemos estado en circunstancias bien diferentes, con nuestro spread más reducido que el de otros países europeos. Ese día, pagaríamos un sobrecoste presupuestario por la vía de tipos de deuda más elevados que aquéllos a los que podríamos aspirar. Y es lo que les va a pasar a los alemanes; ¿acaso alguien creerá que lo harán gratis et amore?

En el debate sobre los eurobonos ha surgido una propuestra transaccional, destinada a mitigar el miedo de los países más ricos y estables a que acaben financiando la locura de gasto de los países tiraduros. Según esta propuesta, los eurobonos financiarían el endeudamiento de un país sólo hasta determinado límite (se ha propuesto el de la UEM: 60% del PIB), por encima del cual los Estados deberían emitir deuda propia, con su propio aval. Esta propuesta tendría la consecuencia, a mi modo de ver, de que, para los países más problemáticos, toda la deuda emitida por encima del tramo de eurobonos se convertiría en deuda de baja calificación, a tipos muy elevados. Por lo tanto, presupuestariamente hablando habría que gestionar dos gastos financieros (rendición de pagos de la deuda) totalmente diferentes.

Una cosa que me sorprende de este mantra es que no se levanten voces nacionalistas contra él. El nacionalismo en España tiene un fuerte contenido económico, lógicamente, porque España es un estado federal que no es federal, en el cual las regiones pueden gastar lo que quieran pero no lo recaudan (salvo vascos y navarros, claro). La tensión económica nacionalista siempre viene por ahí; de hecho, el nuevo Estatuto catalán, sobre todo los primeros borradores de los tiempos de Pascual, aprobaré el Estatuto que apruebe el Parlamento catalán, no es más que una forma de resolver este problema conservando en manos estatales el principio de recaudación, pero otorgándoselo a Cataluña por la vía de los hechos.

Sin embargo, el día que hubiera eurobonos, la pérdida de soberanía presupuestaria y fiscal por parte del Estado español caería por la bajante, empapando a todos los pisos de abajo. Los PIB catalán o vasco pasarían a ser tan subyacentes del eurobono como el español y, consecuentemente, el emisor de los títulos exigiría un control sobre las políticas de ingresos y gastos ligados a dichos PIB en la misma medida que lo iba a exigir del español. En este sentido, no sería descabellado, a mi modo de ver, que algún que otro economista en Baden-Baden concluyese, un suponer, que los sistemas forales de cupo son incompatibles con la emisión de euro-eusko-bonos, a menos que dichos sistemas forales se sometan a una supradisciplina presupuestaria. Con lo cual, al enemigo tradicional, Madrid, se uniría otro más: Bruselas.

Reclamar los eurobonos significa, al fin y a la postre, confesar que uno, por sí mismo, no es capaz de tener una estructura de gastos suficientemente moderada como para poder financiarla sin problemas. Confesar que no sabemos llevar el restaurante nosotros solos, y sacarle beneficio.

Se atribuye al Nobel de Economía Paul Samuelson el concepto de que nadie en sus cabales se mete en la cama con un gorila. La razón, sencilla: una vez que lo has hecho, ya careces de poder de decisión sobre cuál va a ser el sexo esa noche.

Ahora, es el gorila el que decide por ti.

viernes, octubre 07, 2011

¿Quién paga las promesas electorales?



Lo siento por los que os quedéis, pero este cura se va de puente hasta el día del Pilar y, como suele ocurrir en circunstancias puenteras, andará alejado de los ordenadores y las wi-fis, lo que podría (sólo podría) abocar a este blog a cinco días de silencio.

Como recado de oración, comedimiento y contricción, os dejo este gráfico y sus comentarios adjuntos.

Una de mis estadísticas macroeconómicas preferidas son las Cuentas Financieras de la Economía. Es una estadística europea, lo cual quiere decir que se hace en todo el ámbito de la UE; lo cual, por cierto, permite comparaciones interesantes desde muchísimos puntos de vista. Las cuentas financieras miden, o más bien estiman, la situación de la economía en lo que se refiere a los activos financieros, que son, básicamente, renta fija, renta variable, préstamos, fondos de inversión y reservas de seguro y fondos de pensiones. Miden tanto el balance, esto es, el valor presente de ese patrimonio o esas obligaciones, como la adquisición neta, es decir en qué medida, durante un periodo, el valor ha subido (adquisición) o ha bajado (venta neta). Por supuesto, al ser un balance, analiza activos y pasivos. Así pues, al analizar el activo de renta fija, está analizando los bonos que se poseen; y al analizar el pasivo, analiza los bonos que se han emitido (ergo se deben).

Siendo así la estadística bastante completa, hay que añadir que se estima por sectores institucionales. Por lo tanto, la cuenta se hace separada para: economía total, empresas no financieras, empresas financieras, hogares, administraciones públicas y resto del mundo.

Las Cuentas Financieras son utilísimas, por ejemplo, para estudiar el endeudamiento de las familias. Basta con ir al pasivo de los hogares y buscar los préstamos (que se desagregan en: a largo plazo -hipotecas-, y a corto -crédito al consumo). O el de las empresas. Como decía antes, se puede estudiar tanto el valor global de la deuda como, desde un punto de vista más dinámico, la adquisición neta.

Hay una línea del balance que, por ser la última, a menudo se mira poco. Se denomina otras cuentas pendientes de cobro y pago. Según describe la literatura, esta cuenta es un pequeño cajón de sastre donde hay de todo; pero está, sobre todo, la contabilización de la diferencia entre los ingresos o pagos devengados, y los ingresos o pagos realmente hechos líquidos.

Corolario: si acudimos al pasivo de las Administraciones Públicas, o sea sus obligaciones, y rastreamos esta línea, esto es la diferencia entre los pagos devengados por las AAPP y los realizados, encontraremos una aproximación a la deuda acumulada por las AAPP con sus proveedores.

El gráfico que os dejo suma la adquisición neta contabilizada en las Cuentas Financieras de forma acumulada, para que se pueda ver la evolución de dicha deuda. El perfil que muestra es bastante lógico. Los años finales de la pasada década fueron claramente aprovechados por las AAPP para realizar una adquisición negativa de pasivos por cuentas pendientes. El actor público utilizó, legítima y positivamente, los años de déficit bajo o inexistente para transferir esta realidad a sus proveedores.

Sin embargo, una cosa que nos dice el gráfico, a mi modo de ver, es que el agravamiento de esta situación no se puede adjudicar completamente a la crisis. Las Comunidades Autónomas salen de la zona negativa ya en el año 2000, lo cual contrasta mucho con los ayuntamientos, que lo hacen en torno al 2006, y con la Administración Central, que sí, efectivamente, no comienza a acumular una adquisición positiva de pasivos hasta que llega la crisis.

Y yo añadiría un detalle más. Si observais la serie de las CCAA, veréis que avanza un poco «a tirones». O sea, es un poco como una escalera. Tiene una evolución, digamos, estructural, que tiene una pendiente; y luego evoluciones coyunturales, que tienen muchísima más pendiente y que aceleran coyunturalmente la adquisición. En mi opinión, si se tiene en cuenta en el gráfico en qué años hubo elecciones autonómicas y municipales, se apreciará una correlación entre estos «tirones» y las elecciones. Justo antes de las votaciones, sobre todo, las CCAA intensifican su adqusición de pasivos. Y esto ha pasado también en elecciones autonómicas recientes que no se han producido en tiempo de crisis.

El efecto también es perceptible entre las corporaciones locales, aunque en menor medida. En el caso de las Adminsitraciones Públicas, lo que se aprecia es una línea constantamente creciente desde el 2005, que sugiere una estrategia constante de aumento de los compromisos en este punto, probablemente animada por el hecho de que la situación era muy buena, e inesperadamente «pillada» por la crisis.

Datos que, a mi modo de ver, plantean una cuestión inquietante, y es hasta qué punto las Administraciones Públicas, notablemente las autonómicas, financian sus promesas electorales a base de pagar con mayor renuencia a sus proveedores.

Gracias, Espíritu Santo, por los favores recibidos.

miércoles, octubre 05, 2011

El re-98

A España le sientan mal los tiempos finiseculares.

Tuvimos un fin de siglo acojonante en el siglo XV. En el mismo año, multiplicamos por dos el universo Matrix de la civilización occidental y terminamos la empresa, secular, de la unificación de España bajo una sola identidad (religiosa, claro). Pero, a partir de ahí, las cosas no fueron demasiado bien. A finales del XVI muere Felipe II, que deja un país descojonado, que ha debido declarar dos o tres quiebras a la griega y que además, para más inri, es esclavo de su prestigio. Según cuenta muy bien Eliott en su biografía del conde-duque de Olivares, en los tiempos del valido de Felipe IV, en el Consejo de Castilla (léase Consejo de Ministros) todavía quedaban provectos prohombres del felipismo que recordaban al rey prudente con nostalgia, y que bloqueaban cualesquiera medidas de austeridad en las cuentas públicas con el argumento de mantener el prestigio de España. En Flandes, en el Milanesado, en la Valtelina, en las costas caribeñas.

Fruto de todo esto, el 1700 le pilla a España dándose de hostias entre dinastías y regiones, en un proceso que, lejos de haber terminado, no ha hecho que intensificarse con el tiempo. El final del XVIII contempla a un país finalmente esclavo del vecino francés (y digo finalmente porque el proyecto de fagocitosis de España por Francia es un proyecto de largo plazo, ambicionado en París desde cuando menos cien años antes), y del final del XIX, o sea 1898, qué contar.

La crisis de finales del siglo XX se ha hecho esperar unos años, pero ya está aquí. Lo que se ve y se oye hoy en día en España se parece mucho a muchas cosas que leo de la España del 98. El 98 fue, por encima de todo, la pérdida de prestigio internacional de España, el fin del imperio; esto se da ahora, cierto que en menor medida. Pero, en mi opinión, se parece mucho a ese despertar que todos hemos tenido (todos, no sólo Zapatero), puesto que hace cinco años nos creíamos la polla en verso: en España se vivía mejor que en cualquier parte (cosa que ya no era cierta, especialmente si tenemos en cuenta que el horario de trabajo español es quizá el peor organizado de Europa), estábamos convergiendo en salarios (más bien en costes), teníamos un modelo de crecimiento constante porque se basaba en un activo que jamás se desvaloriza (pero lo hace), y captábamos la mayor parte del nuevo trabajo generado en la UE (y por eso ahora tenemos la mayor parte de su desempleo).

Éramos un imperio, la Champions League y todas esas contraptions retóricas, y ahora resulta que sólo somos una provincia cuya capital es Berlín. Nada nuevo bajo el sol; si no tenemos, hoy, en la península, la misma hora que las Canarias (que sería lo lógico), es porque a finales del siglo XIX nuestros políticos consideraron inconcebible que no tuviésemos la misma hora que la que veía Otto von Bismarck al levantar la tapa de su reloj de mano.

El segundo factor de identidad tiene que ver con eso que se llama la destrucción del modelo económico. España tenía a finales del XIX un modelo económico basado en la posesión de ricos mercados cautivos de materias primas, sobre todo Cuba y Puerto Rico y en menor medida Filipinas, en los cuales había practicado una dominación férrea. Y todo eso era irrenunciable para nosotros; vestíamos esa condición de nostalgia, identificación, tradición y otras mandangas, pero el fondo de la cuestión es que nos llevábamos de allí nuestro PIB.

Hasta una persona liberal como el general Prim había faltado a su palabra con los autonomistas cubanos y les había dejado compuestos y sin parlamento propio. Y no hay que olvidar que, hasta finales de siglo, en aquellas tierras los españoles todavía consideraban legal la esclavitud. Eso sí que era dictadura de los mercados.

La España del siglo XX tuvo que construirse más allá de ese modelo económico, abandonar el proteccionismo y, consecuentemente, rediseñar su sector industrial. Fue un proceso doloroso que, sin embargo, muchos historiadores recuerdan fue enormemente creativo, porque obligó al personal a ponerse las pilas e innovar.

El tercer elemento identificador que yo veo es que, en el 98, doblar España la rodilla e intensificarse los movimientos centrífugos fue todo uno. El post 98 es la edad de oro de Sabino Arana y del partido de Dios y de las Leyes Viejas, y las Bases de Manresa se redactaron apenas seis años antes de que el Maine volase por los aires.

Hay un cuarto gran elemento en el 98: el regeneracionismo. El desastre del 98 generó todo un gran movimiento de reflexión sobre qué hacer con España, cómo hacer España. Se suele hablar del krausismo como gran aportación a ese debate, pero no fue la única. La verdad es que en aquel tiempo todas las ideologías, desde el catolicismo ultramontano hasta el obrerismo más radical, se aplicaron, de una forma u otra, en hacer propuestas para la regeneración del país y su reinvención.

No estoy seguro de que este proceso se esté produciendo en la España de hoy. Creo que somos, en buena parte, reos de dos problemas que lo impiden.

El primer problema es el estatalismo radical que se ha producido en toda Europa desde hace sesenta años, y que ha provocado toda una filosofía social según la cual todo esto de relanzar la economía y reilusionar el país son «cosas del gobierno». Los gobiernos, en las sociedades actuales, son responsables absolutamente de todo lo que nos pasa, y de todo lo que nos ha de pasar. Consecuentemente, no nos sentimos impelidos a reflexionar sobre qué podríamos hacer nosotros mismos, como colectividad, para mejorar la situación.

El mejor ejemplo de todo esto es, en mi opinión, el famoso movimiento 15-M, que es un movimiento disgregador en mayor medida que aglutinador: se sabe mucho más de lo que no le gusta que de lo que le gusta. En el fondo, es un movimiento que reclama políticos que hagan lo que el movimiento quiere que hagan; o sea, no se sale ni un pelo de esa filosofía de traslación de responsabilidades. A día de hoy, un anarquista y un oyente de Federico Jiménez Losantos podrán pensar que no se parecen en nada, pero se parecen en esto: ambos reclaman del Estado que haga y piense muchas cosas que sus abuelos decían y pensaban por sí mismos (sí; he escrito anarquista, y he escrito Estado).

El segundo factor que nos influye es el franquismo inverso. 36 años de dictadura personal, políticamente identificada con los postulados de eso que llamamos las derechas, distorsionaron la Historia de España en una onda que a día de hoy todavía no se ha extinguido. En parte, España vive hoy aún un franquismo inverso, en el cual la dirección se ha dejado impoluta, sólo que se ha cambiado el sentido de la misma. En otras palabras: con la misma pasión con la que el franquismo santificaba y condenaba cosas, hoy se condenan y santifican. Pero detrás de la actitud está la misma intolerancia, la misma ausencia de debate, que había en el pasado. Consecuentemente, España entera actúa como si 36 años de su Historia fuesen un compendio de todo lo que no hay que hacer, y los 36 que siguen son el compendio de todo lo que hay que hacer.

Yo no sé si alguien se da cuenta de que dentro de 275 días llegaremos al punto en que la democracia habrá durado el mismo tiempo que la dictadura. Una vez leí que cuando dejas de fumar, puedes considerar que tu cuerpo está libre de células precancerígenas debidas a ese hábito tras juntar tantos días sin fumar como días fumaste. Tal vez es que es así. Tal vez es que tenemos que tenemos que esperar al 7 de julio del 2012 para considerar que nuestro cuerpo está liberado de las células cancerígenas del franquismo.

Sean ciertas o no estas opiniones, la pregunta que me hago estos días es: ¿en qué grandes elementos debería basarse la reflexión regeneracionista presente? ¿Cuáles son los drivers, como se dice hoy en español negocios, del cambio? ¿Hacia dónde debiéramos avanzar? ¿Qué es urgente que cambiemos, qué debiéramos conservar a toda costa? ¿Dónde nos hemos pasado, dónde nos hemos quedado cortos? ¿A quién, y a qué, deberemos dar más importancia, y a quién o qué, menos? En suma, si hemos descarrilado, porque hemos descarrilado, ¿quién será nuestro Ganivet, o nuestro Joaquín Costa, o nuestro Canalejas, por dónde nos llevará, y por dónde nos debería llevar?

Y, bueno, algunas cosas que me surgen.

En primer lugar, se me hace impepinable que coloquemos en un nivel de prioridades muy superior al actual la responsabilidad personal. O, dicho de otra forma, ese estatalismo global, esa muerte simultánea de la culpa (ni uno mismo, ni la masa, el pueblo, tiene jamás la culpa de nada) y de la fatalidad (nada ocurre por mala suerte; siempre hay alguien responsable de que haya ocurrido y, si no hay nadie, queda el Estado), han de dar marcha atrás. Hace algunos años, cuando yo era adolescente, todo dios leía a Kafka. Hoy, sin embargo, el checo es un autor casi pasado de moda, y no me extraña, porque, en buena parte, el mundo que Kafka temía, el mundo que barruntaba también Aldous Huxley, es el mundo actual, y hay un huevo de gente que está de puta madre viviendo en él. Kafka nunca pensó que a alguien le pudiese molar convertirse en una puta cucaracha, pero es un hecho de que hay un montón de gente a la que le encanta.

Porque hay una resistencia a ultranza a dejar pasar este elemento es por lo que se fabrican, y repiten como mantras, las explicaciones conspiratorias de la situación actual. Es importante que la gente crea que hay conspiradores por ahí que han urdido toda esta desgracia; porque si no lo creyeran tendrían que enfrentarse a la pregunta de en qué medida ellos mismos alimentaron el caos final (pregunta que tiene respuesta muy jodida para muchísima gente), y qué están dispuestos a hacer (léase sacrificar) para salir del mismo. Hace 800 años, sintiéndose uno enfermo o habiendo perdido la cosecha, también resultaba más cómodo echarle la culpa a la bruja del pueblo y quemarla en la plaza pública que admitir errores y ponerse a currar.

A despecho de cegueras interesadas, sin embargo, las trazas son, a mi modo de ver, bastante evidentes de que el mundo camina en un sentido bien distinto. Muchos años antes de que llegase la crisis, en medio de la fiesta de la expansión pues, ya hubo muchos países (la mayoría de los europeos, sin ir más lejos) que realizaron un cambio de letra en sus sistemas de pensiones. Las pensiones pasaron de ser DB a DC. DB quiere decir Defined Benefit y, por lo tanto, quiere decir que sabes lo que recibirás; DC quiere decir Defined Contribution y, por lo tanto, designa un sistema en el que lo que sabes es lo que pones. Este corrimiento, que insisto se ha producido igual en países proclives a votar a políticos rajoyenses, rubalcabianos o escubi dubi dúas, es como esa primera hormiga, aparentemente inofensiva, que Charlton Heston se encuentra en Cuando ruge la marabunta, sin sospechar que detrás de ese individual insecto inofensivo viene una patota de trillones de ellos que se lo comen todo.

La España futura ya no podrá ser un país en el que el administrado deje en manos de un tercero ignoto, el Estado, la administración de su vida y su bienestar. Habrá de tomar cada ciudadano un papel protagonista en su propia vida, y eso creará tensiones, porque la filosofía de que tomará más café quien más café muela chirría en las mentes de los amigos del café para todos, o sea los herederos de Mayo del 68. Hoy y en el futuro, sin embargo, la filosofía de Mayo del 68 aparece como tan primariamente atractiva como irrealizable en la práctica.

Como segundo elemento, me parece a mí que no hay más huevos que resolver la tensión nacionalista de alguna manera. Si algo nos enseñan los últimos 125 años de Historia es que España tiene la capacidad de derrochar cantidades industriales de esfuerzo en discutir, que no resolver, la cuestión de las nacionalidades. Por lo demás, el nacionalismo ha sido el gran protagonista del siglo XX. Rabiosamente nacionalistas son los fascismos; y los socialismos de un sólo país que suceden a Stalin. Rabiosamente nacionalista es el hoy titubeante imperio japonés, como lo es el emergente chino. El nacionalismo hizo saltar la URSS, al fin y a la postre. Y de la que ha sido y sigue siendo la principal potencia mundial del momento no se puede predicar, precisamente, que practique un nacionalismo tibio.

El debate en torno al nacionalismo va mucho más allá de la mera discusión intelectual. Porque por mucho que se considere absurda esta forma de pensar, por mucho que se comparta aquella famosa frase de Unamuno, salpicada de desprecio como casi todas las suyas, de que el nacionalismo es una dolencia que se cura viajando; por mucho, por lo tanto, que intelectualmente se rechace el nacionalismo, lo que no podemos negar es que, cada vez que nos despertamos, el dinosaurio sigue ahí.

Otra cosa distinta es que a los nacionalistas les interese sentarse en una mesa para discutir en serio un acuerdo de largo alcance. Hace ya mucho tiempo que los nacionalismos de los países más desarrollados han abandonado en la práctica su objetivo final (la independencia) y se han dado cuenta de que les va mucho mejor amagando pero no dando; en este punto se ha convertido en una costumbre acudir a la imagen del tipo que sacude el árbol para hacer caer los frutos. Bien pensado, el nacionalismo no tiene nada que ganar en cualquier tipo de acuerdo que elimine la tensión con la metrópoli, porque eso significa renunciar a su capacidad de obtener más, ergo mina su poder para captar votos, ergo tiende a disminuirlo con el tiempo, ergo reduce su capacidad de presión; ergo puede llegar un día en que, por haber llegado a ese acuerdo, el nacionalismo se convierta en una estrategia, más que una ideología, innecesaria e inoperante.

Es posible, por lo tanto, que se acabe tratando de una negociación, no con, sino a pesar del interlocutor. Pero el problema básico estriba en que esta crisis está siendo tan profunda, y está enseñándonos tanto sobre lo costoso que es tener el gesto del buen samaritano de ayudar al que es más debil que nosotros (Grecia lo era, y el resultado no es que los fuertes la han hecho fuerte, sino que ella los ha debilitado), que la salida de la crisis va a ser una carrera a maricón el último en la que va a haber que crear valor añadido a toda hostia y a lo bestia.

Los pedagogos podrán seguir creyendo que pueden pensar en un mundo en el que todos los niños de un aula son iguales y no se tienen que sentir mínimamente malquistados unos con otros; pero, digan ellos lo que digan, y hagan lo que hagan, el mundo que les va a esperar en la calle, en cuanto les crezcan pelos en las gónadas, no va a regalar nada, y sólo va a ser un sitio amable para los que sean capaces de entender por sí solos lo que sus maestros no les quisieron obligar a experimentar.

Los estrategas de la negociación colectiva pueden seguir pensando que no hay diferencia entre negociar un convenio colectivo en el 2017 y en 1984; pero no sólo la hay, no sólo una negociación y otra no se van a parecer en nada, sino que quien cierre los ojos no ganará nada con ello. En algún sitio, quizá en el mismo barrio, en la misma ciudad, o tal vez en otro país, en otro hemisferio incluso, habrá quien sí entienda la diferencia y la aplique. Y ese alguien, tarde o temprano, acabará echando del mercado a aquél que, sin más arma que la ideología, creyó que cerrándole la puerta de papel de fumar al Lobo Feroz ya estaba a salvo.

El asunto de los nacionalismos y la necesidad de un pacto con los mismos me lleva a otro elemento que creo ver necesario: la refundación de valores de cohesión alrededor de la idea de España. Me parece increíble haber escrito esto por ser yo lo que soy, y ya lo comentaré algunas lìneas más abajo. Pero lo cierto es que, tras reflexionarlo, me ha dado por pensar que una de las corrientes contrarias que operan contra la evolución del país (evolución en todos los sentidos: económica, política, moral) es lo tremendamente pesimistas que tendemos a ser los españoles respecto de nosotros mismos.

En sus inicios, todo esto tiene que ver con que un día fuimos un Imperio. A los imperios le pasa lo mismo que le pasa al que va ganando al parchís; el resto de jugadores, si las reglas del juego lo permiten, se aliarán para que deje de ganar. Así jugaba yo con mis hermanos, permitiendo coaliciones y pactos por los cuales dos jugadores no se comían las fichas el uno al otro. De esta manera, las partidas son interminables y nunca hay alguien que domine el tablero, porque automáticamente todos los demás se vuelven contra él. Obviamente, en la coalición antiimperial siempre hay, escondido, un Caballo de Troya que lo que pretende es sacar beneficio de la situación y convertirse él mismo en emperador; y vuelta a empezar.

España ha sufrido, históricamente, una operación de propaganda muy similar a la que llevan experimentando, en los últimos sesenta o setenta años, los Estados Unidos de América. Esta campaña se basa en valorar bien a sus jerarcas cuando tienden a olvidar su papel como gendarmes del mundo (Jimmy Carter, el primer JFK de antes de lo de Cuba, el Obama que se quería ir de Irak...) y, sobre todo, destacar la cara oscura del imperio, pues todo el que manda tiene cara oscura. Así las cosas, hay gentes para las cuales lo más importante que pasó en la Historia de España fue la Inquisición, y lo más importante que ha pasado en la Historia de los Estados Unidos es el genocidio de las tribus nativas.

La gran diferencia entre España y EEUU es que aquí, quizás por falta de esa moral cohesionadora, nos lo hemos creído. Hoy, para encontrar al más arduo defensor de eso que se ha dado en llamar Leyenda Negra de España no hay que irse a Wisconsin; en cualquier departamento universitario de casi cualquier campus español encontraremos scholars que hablan y no paran de lo malo malísimos que fueron los inquisitoriales cazadores de conversos (como todo el mundo sabe, los anglicanos en Inglaterra se desplegaron con los católicos, especialmente si eran irlandeses, regalándoles playstations y decorándoles las iglesias con prímulas y rodoendros; y a los hugonotes franceses se los cargó un desgraciado virus de la erisipela) y los colonizadores de América.

Trescientos años supurando dolorosamente por la vena varicosa de la Leyenda Negra han acabado por construir un país que no cree en sí mismo. A esto lo he visto alguna vez designar como mesogenia, que vendría a ser algo así como odio a uno mismo; el antónimo de la xenofobia, que es miedo a las otras culturas. Los españoles no somos xenófobos; somos xenófilos. Nos gusta que nuestros electrodomésticos sean alemanes, y cuando nos podían contar, hace veinte años, que los terminales telefónicos que instalaban los alemanes en sus casas se fabricaban en Toledo, torcíamos el gesto con incredulidad. Nos ha costado mucho tiempo entender que el fromage estará bueno, pero es probable que en ningún país del mundo haya quesos tan variados y variadamente sabrosos como España. Durante décadas hemos visto cómo los italianos vendían por el mundo, metido en bellas botellas de cristal, el mismo aceite de oliva salido de Jaén, de Toledo o de Tarragona, que nosotros vendíamos, y seguimos vendiendo, en botellas de lejía, que tiene huevos.

Cada vez que en Meneame se cuelga y se comenta alguna noticia relacionada con la emigración de profesionales españoles hoy en día, en el capítulo de comentarios se pueden leer a un montón de jóvenes que no destilan tristeza por el hecho de que su alternativa sea irse, sino más bien algo así como liberación: por fin me marcho de este país de mierda. Si a esto añadimos el hecho, palmario, de que de cien años atrás porciones anchísimas de la población se han apuntado a sentirse catalanes, vascos, gallegos o bercianos, tenemos el horizonte completo.

El otro día estuve en la tienda de un joyero que vende relojes de una marca belga muy de moda que ha hecho una serie de pelucos decorados en su fondo con banderas del mundo. Me explicó que se forra vendiendo ejemplares con la bandera de los Estados Unidos, porque el local está relativamente cerca de la Embajada y no pocos de los trabajadores de la misma se los han comprado. Me decía que vende muy bien los relojes con la bandera de Brasil, que gusta mucho, y algunas otras escandinavas, porque quedan bonitas en el reloj. ¿Y el reloj con la bandera de España? Tuerce el gesto. No se vende tanto, me dice; es un poco cantoso ir por la calle con un peluco así.

Es curioso, pensé. El día que al fabricante se le ocurra sacar relojes con la senyera, la ikurriña o cualquiera que sea el nombre de la bandera gallega (la bautizaremos provisionalmente como La Carmiña), de fijo que se forra.

Todo esto es producto de la presión mesogénica de ciertas generaciones de españoles, a la que yo, lo confieso, pertenezco. Yo jamás, repito, jamás me pondría un reloj con la bandera de España. No por miedo ni por el qué dirán, que ésas son cosas, sobre todo la segunda, que llegados ciertos momentos de la vida te la vienen trayendo ondulante penduleante. No me lo pondría porque pertenezco a una cohorte demográfica, a un tipo de moral social, a la cual la bandera no le dice nada. La bandera de España, para mí, es el símbolo por el cual el Estado me secuestró durante un año para que trabajase gratis de camarero y llevando paraguas de la mujer de un coronel a la clínica paragüera de Sol. Porque yo, como supongo que casi todos, no puedo decir que serví en el ejército para defender a España; serví para llevar y traer paraguas, y para escanciar cafés cortados.

De alguna forma, es necesario que esta generación mía pase a ser una generación casposa y minoritaria.

Estamos aquí, de nuevo, frente a frente con el cáncer del franquismo y su metástasis, es decir el franquismo inverso. La sociedad española no cree en la idea de la patria porque la idea de la patria fue monopolizada por el franquismo. Y, sin embargo, de una forma u otra, hay que recuperarla. Los atletas de élite se concentran antes de la carrera porque saben que ganarla no consiste sólo en tener más y mejores músculos que el contrario; consiste también en correr bien, en hacer en cada momento lo que hay que hacer, y eso sólo se puede conseguir estando bien concentrado y creyendo en uno mismo. De nada nos servirá, en el futuro, tener músculo (eso si logramos tenerlo, claro) si seguimos saliendo a la pista pensando que otros nos van a dar para el pelo porque, al fin y al cabo, es nuestro destino, y si naciste p'a martillo, del cielo te llueven los clavos.

Como, quizá, último comentario, diría que un corolario importante de todo lo dicho es que el Estado español deberá reinventarse. Lo que tenemos hoy es un montaje que se hizo en y para unas determinadas circunstancias. Honradamente se pensó que sería un montaje que duraría cien años pero, por diversas razones, se ha demostrado obsoleto e ineficiente antes incluso de que sus arquitectos hayan muerto. Sucintamente, el Estado español, tal y como es hoy, no ha conseguido coordinar las dos grandes corrientes de la relación territorial: el desarrollo y la solidaridad. Desarrollo quiere decir que ni se puede ni se debe impedir que cada territorio empuje para ser más rico, más eficiente, más listo; y solidaridad quiere decir que eso no se puede hacer sin procurar un mínimo común múltiplo de inteligencia, eficiencia y bienestar para todos, como ocurre siempre en los proyectos colectivos.

Felipe IV y el conde-duque de Olivares viajaron a Barcelona el día en que su Pedro Solbes de turno les dijo que en toda Europa a los tercios españoles les estaban dando para el pelo y ya no quedaba un mango en las arcas para pagarlos. Fueron a Barcelona a pedirle al viejo reino de Aragón que se corresponsabilizase de los esfuerzos presupuestarios del proyecto España; querían regresar a Madrid con la buchaca llena y la promesa de levas entre los payeses.

Conviene estudiar bien la respuesta que recibieron. Le conviene a todo el mundo, también a los nacionalistas catalanes. Porque el no que recibieron el rey y su valido no fue, exactamente, un no insolidario. Fue, tal y como argumentaron las autoridades catalanas, la consecuencia lógica de una política llevada a cabo por Castilla, en los doscientos años anteriores, de hacer como si el resto de España fuese una colonia. Concretamente, por ejemplo, se le dijo al rey, en la cara, que la nobleza aragonesa llevaba décadas pidiendo que sus miembros entrasen en la gobernación de la nación, privilegio que les había sido negado sistemáticamente por los grandes de España, el almirante de Castilla y toda la clase política central.

Históricamente hablando, ni Cataluña ni los fueristas vascos (el nacionalismo gallego es de antesdeayer por la tarde) han sido serios candidatos a separarse de España. El invento de una Euskal Herria que merece ser por sí misma es un invento moderno; el fuerismo, que es el nacionalismo vasco de toda la vida, se corresponde con la demanda de unos derechos específicos dentro del conjunto. Un fuerista, por definición, no es independentista. Bolívar no reclamaba un fuero especial para la nación latinoamericana; reclamaba su derecho a separarla de la metrópoli. Otra cosa es que el tremendo error de las diputaciones vascas (que no las navarras), que en el siglo XIX optan por una posición irredenta y excesivamente rígida (al contrario que el foralismo navarro, que pacta con el Estado a través, creo, de la Ley Paccionada), haya terminado por generar las alucinaciones de Sabino Arana y eso que llamamos soberanismo.

Por lo que se refiere a los catalanes, uno de los nacionalistas más preclaros, Françesc Cambó, decía que a Cataluña no le convenía ser independentista, porque una Cataluña independiente tendría que caer en la órbita francesa, y París es jefe mucho más jodido que Madrid. No le falta razón. Si en Sant Boi se queman retratos del rey Juan Carlos, poca cosa pasa. Si se quemasen de Sarkozy, es capaz de enviarles a los paracas. Para muestra, basta con ver con qué facilidad o dificultad se educa en catalán en Cataluña y en sus antiguas posesiones hoy integradas en el Estado francés. En el fondo, lo que le pasaba a Cambó es que conocía la Historia y conocía, por lo tanto, el walk on the wild side que hizo Cataluña en la guerra contra Castilla producida tras el famoso Corpus de Sangre. La Diputación pidió ayuda a los franceses, los franceses ayudaron, y poco, pero muy poco, le faltó a los catalanes para acabar cantando Les Moissonneurs.

No obstante, como decía antes, la pulsión nacionalista es innegable. Ni siquiera nos es privativa. En Italia ocurre lo mismo, y es fácil escuchar a los piamonteses eso de que se matan a trabajar para que los napolitanos se toquen los huevos. Sería necesario, pues, llegar a un pacto, y ese pacto, esto es lo que creo yo, tendría que acercarse a la idea de un Estado central que garantice, incluso recuperando competencias, ese level playing field al que todos los españoles, por el hecho de serlo, tienen derecho; quedando de la mano de las comunidades autónomas el, digámoslo en términos foralistas, amejoramiento de dichas condiciones. Lo que ha fracasado, a mi modo de ver, es el modelo basado en que ese mínimo de bienestar se pueda garantizar mediante la plena prestación de servicios de las comunidades autónomas y su consecuente coordinación.

A la decepción del 98 le siguió un largo proceso de autoflagelación en el que España (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...) se lo reprochó absolutamente todo. Pero ese proceso, paradójicamente, acabó creando un subproceso enormemente creativo que generaría toneladas de progreso en las décadas subsiguientes. En el momento presente, probablemente, entramos en lo peor, que es la fase Hardy har har o, como se le conoció aquí, Tristón. En nuestra mano está, supongo, ser capaces de pasar a la Fase 2.

¿Ideas?

martes, octubre 04, 2011

Justificando el mal

Hoy hacemos de blog "espejo", reproduciendo una entrada que Tiburcio publica hoy en su propio blog. La razón es que la temática también le hace pandán a este blog, y es por eso que publicamos el post en ambos lados. Ahí va.


Justificando el mal. By Tirburcio Samsa.

Los juicios de Núremberg tienen algo fascinante. Tal vez sea la única vez en la Historia en la que un grupo de hombres que se vieron envueltos en unos crímenes atroces, explican su actuación. Además, a diferencia de lo que, por ejemplo, ocurrió con el tribunal que juzgó a los khmeres rojos, no son los líderes los únicos que hablan, sino también personas que ocupaban los segundos y los terceros escalones en la jerarquía.

Leon Goldensohn fue un psiquiatra norteamericano que entrevistó a los procesados y a los testigos con el fin de elaborar un informe psiquiátrico. Con él los acusados se sinceraron algo más que con sus abogados, aunque nunca terminaron de creerse que lo que le dijeran no sería utilizado en su contra. Los testimonios recogidos por Goldensohn han sido recientemente publicados por la Editorial Taurus bajo el título “Las entrevistas de Núremberg”.

Lo primero que llama al leerlas la atención es la falta de arrepentimiento de los acusados. Goldensohn señala a menudo la falta de emoción cuando se refieren a los crímenes. Sus manifestaciones sobre los crímenes tienen algo de estereotipado, algo que no termina de sonar del todo convincente. Casi el más convincente es Kurt Daluege, coronel de las SS y Protector de Bohemia-Moravia desde 1943. Preguntado si se considera culpable, responde con un par que “no” y se queda tan ancho. Uno percibe en la autojustificación de los demás varias líneas de defensa.

La primera es afirmar que sólo se enteraron de los crímenes una vez terminada la guerra. El Mariscal von Manstein ignoraba que los Einsatzgruppen de las SS que operaban en su retaguardia se dedicaban a exterminar a civiles inocentes acusados de ser judíos o comunistas. Göring, que durante muchos años fue el número dos del régimen, no estaba al corriente, sí había escuchado algunos rumores, pero nunca les había dado crédito. Walter Schellenberg, que trabajaba en los servicios de inteligencia, visitó en 1943 el campo de concentración de Oranienburg y “no vi nada raro”. A éste le sueltas en una playa normanda el 6 de junio de 1944 y no habría visto más que a domingueros comiendo tortilla.

Resulta curioso que gente que estaba tan cerca de Hitler no se hubiese dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, cuando estudios más recientes muestran que el exterminio de los judíos era un secreto a voces. Una anécdota que leí: cuando los rusos entraron en Alemania internaron a muchos civiles en campos temporales. Lo primero que hacían era llevarles a las duchas. Los alemanes entraban aterrados, pensando que les iban a gasear. ¿De dónde les habría venido la extraña idea de que las duchas son un sitio donde te matan por asfixia, cuando eso lo ignoraba hasta el propio Göring?

En general los acusados echaban todas las culpas del Holocausto sobre cinco personas: Hitler, Himmler, Heydrich, Göbbels y Bormann. En determinado momento, Goldensohn ironiza sobre lo oportuno que resulta que de los responsables del Holocausto cuatro estuvieran muertos y el quinto desaparecido.

Otra línea de defensa es que ellos sólo cumplían órdenes. Este argumento siempre me ha parecido interesante. ¿Por qué la obediencia debe ser una virtud? La disciplina es necesaria para que una sociedad funcione, pero debe estar atemperada por la ética. Matar a un niño no es menor crimen porque te lo hayan ordenado.

Goldensohn preguntó a la mayoría de ellos porqué no habían dimitido de sus cargos. Las respuestas habituales eran que en estado de guerra habría sido desleal y que Hitler no se lo habría permitido. Ninguno da la respuesta que creo que hubiera sido la más verdadera y la más honesta: estaba montado en el machito y disfrutando de mis privilegios; me resultaba más cómodo no ver lo que estaba sucediendo a mi alrededor.

Resulta interesante que muchos de los acusados aducen momentos en los que fueron buenos y salvaron a alguien para demostrar que en el fondo son buenos chicos, o sea, que ellos no pudieron estar tan involucrados en la crueldad del régimen nazi. En esta línea, la mayor parte hacen ímprobos esfuerzos por mostrar a Goldensohn que ellos no eran antisemitas. Al parecer en el régimen nazi no hubo más antisemitas que Hitler, Himmler y Göbbels.

Göring afirma: “Siempre que un judío me pedía ayuda, yo se la prestaba” y narra sus esfuerzos por conseguir que determinadas categorías de judíos (p.ej. los condecorados con la cruz de hierro en la I Guerra Mundial) quedaran exentos de las leyes antijudías. Oswald Pohl gestionaba el oro que provenía de los campos de concentración y cuyo origen último eran las alianzas, las monturas de las gafas y hasta los dientes de las víctimas. Conocía el origen de ese oro, pero aun así se esfuerza por aparecer como un buen chico: “Que provenía de los judíos exterminados es algo que supe yo y que sabía todo el mundo. Pero yo no lo toqué. Me limité a enviarlo a Himmler por medio de mi oficina…” Gestionaba los réditos económicos de los campos de concentración, pero “no participé en el asesinato de los judíos.” Von dem Bach-Zelewski fue uno de los principales oficiales de las SS y lideró una unidad antipartisana en Rusia. A pesar de eso era un buen tipo que fue demandado por ayudar a los judíos de Königsberg, mientras gobernó Silesia ordenó que no se persiguiera a los judíos y que no hubiera guetos y, desde luego, mientras él estuvo en Silesia Auschwitz fue un simple campo de trabajo, no uno de exterminio. Increíblemente el Tribunal le condenó a cadena perpetua. ¿Será que no les convenció el relato de tanta bondad?

Ya el colmo es el argumento de “puede que las cosas fuesen malas, pero sin mí habrían sido todavía peores.” El rey de ese argumento fue Otto Ohlendorf. Ohlendorf había sido el responsable del Einsatzgruppe D, al que se acusa de haber cometido unas 90.000 ejecuciones de civiles en la retaguardia rusa. Entre los ejecutados había facinerosos tan temibles como niños de cinco años y ancianas de ochenta. Para empezar Ohlendorf no cree que su grupo ejecutase a 90.000 personas, sino que calcula que debieron de ser 60.000 ó 70.000. Parece que la inocencia fuese una mera cuestión contable. Ohlendorf era el responsable del grupo, pero no tuvo que realizar las ejecuciones personalmente y solamente las presenció brevemente en dos ocasiones. En realidad, “yo sólo tenía que ocuparme de que se hiciera de la forma más humanitaria posible” y dice más adelante: “me encargué de que no se produjeran atrocidades ni tratos brutales.” Vamos, que las víctimas deberían estar agradecidas de que Ohlendorf fuese el responsable y no algún otro cabrón. Por cierto, que me encanta enterarme de que te hagan desnudarte al pie de una fosa y te peguen un tiro no es un trato brutal.

En su indignación, Goldensohn se permite unos comentarios, que serían aplicables a casi todos los demás acusados y que, para mí, representan el meollo de todo el asunto: “Ha puesto el peso de los asesinatos en masa sobre los hombros de Heydrich. No siente más remordimiento que el puramente nominal. Parece un espectro quemado; y su conciencia, si así se puede llamar, está limpia como una patena, e igual de vacía. Muestra un ápice de afecto, nada llamativo. Su actitud es la de “¿por qué se me culpa? Yo no hice nada.”

Goldensohn también las hacía preguntas personales sobre su infancia, sobre sus cónyuges, sobre sus hijos. Leyendo sus respuestas uno advierte que eran personas normales, capaces de sentir afecto por sus seres queridos, capaces de sentir amistad, de apreciar el arte, de mostrarse generosos. Esa es la principal lección de Núrenberg: quienes cometieron esas atrocidades eran personas normales, personas como nosotros. Si la vanidad, el miedo, la comodidad, la ambición, etc. llevaron a esas personas corrientes a colaborar con un sistema perverso, ¿cómo sabemos que nosotros no habríamos reaccionado de la misma manera si hubiésemos estado en sus zapatos?