sábado, mayo 29, 2010

The Euzkadi Armada (2)

Una de las ideas que se obtiene de la lectura de memorias escritas por combatientes o simpatizantes republicanos es la de que, en ese lado de la guerra civil, la impresión durante las primeras semanas de la guerra era de que la iban a ganar por goleada. Las milicias populares y, en general, los partidarios del Frente Popular, recibieron con lógico optimismo la noticia de que plazas como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao habían resistido el embate golpista, combinada con el hecho de que el principal activo bélico de los alzados permanecía empantanado en África. Muchas personas y muchos estrategas creyeron que ganarían la guerra a las primeras de cambio con la punta del rabo (éste es el espíritu, de hecho, de la primera alocución radiada de Prieto tras el golpe) y, consecuentemente, se llevaron la desagradable sorpresa de comprobar que no era así. Es en este entorno de significado simbólico en el que hay que situar episodios como el Alcázar de Toledo o la acción de Legutiano. Cada uno en su terreno. Para los vascos, Villarreal de Álava fue la triste demostración de que no eran ni tan fuertes ni tan superiores, y de que, tal vez, habían escogido el bando equivocado si lo que querían era ganar, y los que habían acertado eran los navarricos.

En aquel invierno, primero de la guerra, se aumentaron los efectivos con tres nuevos reemplazos. Pero el ejército vasco seguía teniendo el mismo problema que semanas antes: la carencia casi absoluta de mandos bregados en las técnicas militares. Es lógico que toneladas de españoles para los cuales todo el contacto con el Ejército ha sido pasarnos un año de nuestra vida desfilando y haciendo chorradas podamos pensar, en algún momento, que un militar es un tipo que sabe marcar el paso y poco más. Lejos de ello, el oficio militar puede ser tan o más complicado que el de ingeniero de una central nuclear; y, además, exactamente igual que el ingeniero tiene que dar lo mejor de sí mismo el día que hay un escape radiactivo, del militar se espera que lo haga en caso de guerra. Los inspectores del ejército republicano que realizaron informes sobre las tropas vascas no dejan lugar a dudas en sus notas en que, también en Euskadi (y digo también porque éste fue el gran mal de las milicias populares), el ejército era una armada de chichinabo, con escasos niveles de disciplina y mandos por lo general muy jóvenes que probablemente se sabían de memoria artículos de Sabino Arana; pero en técnica militar estaban más bien peces. El general Martínez Cabrera, por ejemplo, describe a las tropas de Euskadi como «más bien grupos de hombres fuertes y bien cuidados que batallones en el verdadero sentido militar del término».

En febrero de 1937 empiezan los problemas en serio. Como ya hemos tenido ocasión de comentar, tras las primeras semanas de 1937 y ante los problemas registrados en Guadalajara, Franco cambia de objetivo a corto plazo y se dirige hacia el Norte. Pronto es bastante evidente para la República que los golpistas preparan grandes acciones en este teatro, que es un teatro muy ancho y, por decirlo así, amenazado por todos los lados, incluso el mar. El gobieno vasco monta en cólera cuando los aviones de guerra que estaban en Lamiako y Sondika son trasladados a Asturias, «dejando», afirma el gobierno autónomo en un cablegrama a Valencia, «riqueza industrial Vizcaya indefensión absoluta». El 27 de febrero ocurrirá otra cosa sobre cuya importancia se ha discutido mucho pero que, en todo caso, no puede considerarse sino una putada: el ingeniero Alejandro Goicoechea, diseñador del llamado Cinturón de Hierro de Bilbao, deserta al bando franquista.

El Cinturón de Hierro de Bilbao, verdadero mito de la guerra que sus constructores decían poco menos que capaz de parar al mismísimo Godzilla, era, como digo, la gran esperanza blanca de los bilbainos. Consecuentemente, no son pocos los que consideran que la huida de Goicoechea, que conocía bien su estructura y sus puntos débiles, fue fatal para la ciudad. No obstante, también cabe anotar aquí que algunos conspicuos combatientes han dejado dicho o escrito que aquel cinturón era más bien cintita, y de hierro nada. Era una estructura de protección, sin duda; pero no está claro hasta qué punto tenía la capacidad de detener una invasión en superioridad de condiciones como la que enfrentó.

Al finalizar el primer trimestre del año 37, el ejército vasco tiene en las trincheras 40.000 hombres, por lo que su problema sigue sin ser de efectivos; aunque empiece a serlo ya de material, cosa que no ha pasado hasta entonces, gracias al efectivo bloqueo naval de los franquistas. Con todo, su problema sigue siendo la descoordinación táctica, pues los diferentes sectores del frente se entienden poco entre ellos y se ajustan malamente. En este sentido, quizá, el ir perdiendo la guerra ayudó a los gudaris, pues conforme tuvieron que defender menos territorio, más fácil les fue coordinarse.

El 31 de marzo comienza el anunciado y temido ataque franquista, con mayor fuerza incluso de lo esperado. El gobierno vasco reaccionó reuniéndose con todos los mandos de la zona, también los del EPR, y llamando a cuatro nuevas quintas, movilizando a todos los hombres aptos y creando un Tribunal Militar de Euskadi. De entonces son los angustiosos mensajes de Aguirre a Valencia solicitando aviones que nunca llegarán.

Los vascos adoptan como puntos de resistencia el monte Sebigan y los Inchortas, pero será en este momento, ante el grave empuje enemigo, cuando paguen el error de haber creído que los mandos militares pueden improvisarse de la noche a la mañana. El gran problema de las tropas vascas durante esta ofensiva es la indisciplina o, si se prefiere, la incapacidad de los mandos para controlar los deseos de los soldados de, en viendo las cosas puteonas, hacerle un calvo al enemigo y salir de najas. Algunas unidades deben ser desarmadas ante el grave peligro de indisciplina y otras, simple y sencillamente, aparecen en Bilbao.

El 25 de abril, el gobierno vasco da otro paso en el acercamiento al gobierno central. Es en esa fecha, casi nueve meses después de comenzada la guerra, que acepta la estructuración del ejército de la misma forma que el EPR, en divisiones y brigadas, una decisión básica de libro cuando dos fuerzas combaten juntas. Pero es que ellos, claro, eran vascos. Distintos.

Un día después de esta decisión, cae Eibar. Al siguiente, Marquina. El 28, caen Durango y Lequeitio. Al día siguiente, Guernica. Hay que remontarse muy al final de la guerra para encontrar una semana tan negra.

El 5 de mayo llega la gran respuesta de Aguirre, quien además de lehendakari es aún consejero de Defensa, a la situación desesperada. ¿Podría ser entregar la dirección táctica de la guerra al EPR? Podría ser. Pero no es. La decisión consiste en asumir él personalmente el mando de las tropas. Dicho de otra forma: a pesar de los gestos que ha tenido que ir realizando por mor de los difíciles resultados de la guerra, el gobierrno vasco sigue soñando con dirigir un ejército vasco, de vascos y para los vascos. Ciertamente, los nacionalistas vascos llaman la atención sobre un hecho que no se puede negar: lo primero que tiene que ser capaz de hacer un jefe militar es mantener las tropas en combate, es decir aportarles moral y combatividad. Y esto es algo que, en el País Vasco cuando menos de 1937, sólo podía hacer el PNV. Por lo demás, también hay que decir que la alergia vasca a las unidades no vascas también tenía su razón de ser. Como bien señalan diversos testimonios, la llegada a Bilbao y su zona de unidades de Asturias y Santander, unidades normalmente con adscripción ideológica de izquierdas, supuso la producción en Euskadi de hechos que hasta entonces no habían sido normales; notablemente, las agresiones, o cosas peores, de religiosos. Dado que las izquierdas con pistola de la guerra civil fueron mucho menos democráticas y amantes de los derechos humanos de lo que por lo general pretenden hoy sus nietos, en una comunidad como la vasca, que no tenía ni medio problema de desafección con su fe católica y sus ministros, la cosa no es tan fácil como decir que a Euskadi llegaron tropas del resto de España a ayudar.

El 29 de mayo, si los franquistas escupen, el lapo mancha los contrafuertes del Cinturón de Hierro de Bilbao.

Por esas fechas, y siguiendo la petición de los propios vascos, el gobierno central envía allí a un general, Mariano Gámir Ulibarri. Aguirre está dispuesto a entregarle el mando sobre las tropas, pero no a dejar de ser consejero de Defensa (una vez más, la polisemia...). Gámir, sin embargo, es un bombero con un cubo agujereado y una pala de playa al que envían en solitario a apagar el incendio del Liceo de Barcelona. Para entonces, las unidades de gudaris están mal pertrechadas, estrechitas de moral y absolutamente carentes de mandos intermedios con las bragas bien puestas. El 12 de junio, los franquistas inician el embate contra el famoso Cinturón. Las brigadas I, V y VI nacionales entran por el cinturón sin grandes dificultades (utilizando un tramo especialmente mal dotado, cierto es), provocan la práctica desaparición de la I División de Euskadi, y penetran más de dos kilómetros por el valle de Asúa. Ese mismo día, los franquistas tienen ya la posibilidad de ubicar piezas a tiro de la ciudad, a la que comienzan a hostigar.

Prieto, quien también se plantea la huida a Santander de las tropas republicanas, decide finalmente, probablemente por la importancia industrial del enclave, que éstas coloquen su línea de resistencia en la orilla izquierda del Nervión. Consecuentemente, el 14 Gámir ordena la voladura de los puentes sobre la ría; pero la I brigada navarra hará inútil este gesto, pues logra cruzarla en un movimiento muy audaz, y crear una cabeza de puente. El 15 se decreta la movilización general en Bilbao. El 16 comienza a bombardearse Archanda. Es ese día cuando el gobierno vasco se reúne y decide abandonar la ciudad. El día 17, ya rodeado Bilbao por el sur, Aguirre pedirá un último y, a mi modo de ver, bastante estúpido, esfuerzo a tres de sus batallones de gudaris más acérrimos: la reconquista del casino de Archanda. Los nacionalistas lo conseguirán, a sangre y fuego, pero por muy poco tiempo.

El gobierno vasco abandona Euskadi.

El 6 de agosto, ya fuera de Euskadi, los gudaris dejarán de llamarse Ejército Vasco para pasar a ser el XIV Cuerpo de Ejército de la República. El 14, se rompe el frente santanderino y el coronel Adolfo Prada, jefe supremo del XIV Cuerpo, ordena su repliegue a una línea de contención. Pero las tropas no combaten ya y están en un total estado de descomposición. Tres batallones desertan esa noche y se dirigen a Santoña.

Santoña...

jueves, mayo 27, 2010

The Euzkadi Armada (1)

Pues sí. Como ya se ha dicho en los comentarios, en casos con absoluta precisión, las palabras citadas por mí en mi último post son del general Franco, en una reunión del Consejo Nacional de Falange. Cosas veredes.

Llevo unos días ausente. La culpa no es mía, sino de un herpes zóster que se ha empeñado en darme la barrila, aparte de fiebre y otras cosas. Pero finalmente he podido regresar a mis lecturas y escrituras, poco a poco. Aquí estamos de nuevo.

Vamos allá con el asunto del ejército de Euskadi.



Algunos de vosotros ya me habréis leído alguna que otra vez que en mi modesta opinión, modesta porque los hechos puramente bélicos no son lo mío, la guerra civil se decidió en la campaña del Norte y, más específicamente, con la toma por los nacionales de un Bilbao impoluto y con su maquinaria industrial en perfecto estado de revista. Sea o no sea cierta esta aseveración, lo que sí lo es es que el asunto de la guerra en el País Vasco, o más concretamente el del ejército de Euskadi, es un asunto muchas veces analizado por la literatura sobre la guerra. Y tiene su interés, porque es, de alguna manera, un asunto que acrisola uno de los grandes problemas del ejército republicano y sustenta la idea de que el bando de las izquierdas, cuando menos en parte, perdió la guerra por causade sus propios errores.

El Estatuto de Autonomía del País Vasco fue aprobado el 1 de octubre de 1936 por un centenar de diputados españoles. Paradójicamente, pues, esta decisión se tomaba el mismo día que en general Franco accedía a la jefatura del Estado nacional. El día 7, juraba su cargo el primer gobierno vasco, presidido por José Antonio Aguirre.

Con estos dos movimientos, la República atrajo hacia sí a un grupo político, el nacionalismo vasco, que en modo alguno tenía vocación para ello. El PNV era un partido fuertemente conservador, ideológicamente más cercano al bando nacional que al republicano, y especialmente refractario a los postulados de las izquierdas obreristas y laicas. El bando nacional nunca pareció demasiado proclive a hacerle guiños al nacionalismo vasco para ganárselo, así pues los vascos acabaron por sacrificar su ideología en el altar del autonomismo, aunque eso les costase la defección de algunos de sus miembros más conspicuos, como Luis de Arana, hermano de Sabino el inventor del nacionalismo vasco moderno, quien se dio de baja del PNV cuando supo que éste se avenía a colabrar con fuerzas no vascas (las izquierdas).

El 8 de agosto de 1936, la Junta de Defensa de Azpeitia decide la creación del Eusko Gudarostea o Ejército Vasco. Esta decisión, en buena medida impulsada por el Euskadi Buru Batzar, está relacionda con la lentitud con que el mando de Madrid reacciona, una vez comenzada la guerra, en todo lo que tiene que ver con el Norte; algo hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que en las primeras semanas de la guerra casi todo se ventila en el eje que va de Cádiz a Madrid. En realidad, Madrid no se toma en serio el frente del norte hasta mediados de septiembre, cuando las tropas nacionales están ya a punto de entrar en San Sebastián; la reacción consiste en nombrar un jefe de operaciones en la persona del capitán de Estado Mayor Francisco Ciutat.

El nombramiento de Ciutat forma parte de una estrategia que tiene que ver con el cambio de gobierno de la República, el 4 de septiembre, y la llegada de Francisco Largo Caballero al cargo de primer ministro. Largo es el primer responsable gubernamental que se preocupa seriamente por la colaboración de los vascos en la guerra civil y cuando se lo plantea a Manuel de Irujo mediante la oferta de hacerlo ministro, se encuentra con la reivindicación de éste de que se apruebe previamente el Estatuto de autonomía. El 23 de septiembre, efectivamente, Irujo será nombrado ministro sin cartera, gesto que vinculará al PNV a la suerte de la República y que será el espaldarazo final para la aprobación del Estatuto.

La formación del gobierno vasco, sin embargo, marcará el inicio de la descoordinación de fuerzas. Aguirre no sólo es nombrado presidente del dicho Ejecutivo; también es nombrado consejero de Defensa. Por lo tanto, los vascos realizan un movimiento que también se aprecia en el caso del gobierno catalán, es decir ejecutivos autonómicas abrogándose competencia que son exclusivas del Estado central. En realidad, el movimiento de Aguirre tiene su lógica. Estamos en octubre de 1936, es decir un momento en la historia de la guerra civil en el que el bando republicano es todavía un cachondeo de milicias al servicio de diferentes ideologías, poco parecidas a un ejército adecuadamente establecido. El gobierno vasco, que no lo olvidemos es un gobierno social e ideológicamente de derechas, no quiere que eso le ocurra. Por ello, el 25 de octubre el diario oficial de Euskadi publica el decreto por el que se somete a todas las fuerzas militares que operan en el País Vasco a «la autoridad superior del Consejero de Defensa de Euzkadi». Esto supone, por lo tanto, crear un mando militar propio, distinto del del llamado Ejército del Norte. El derecho llama a cuatro reemplazos, uniformiza a las tropas y, en un detalle que no escapará a la izquierdas, pasa de crear el comisariado político en las unidades, como ocurre en el EPR. En la formación del Estado Mayor de este ejército vasco será nombrado el teniente coronel Federico Montaud como máximo responsable, siendo jefe de operaciones el comandante Modesto Arambarri.

Existen diversos testimonios, no pocos de ellos nacionalistas, en el sentido que el Ejército de Euskadi estuvo bien pertrechado y dotado de hombres, probablemente en mayor medida que lo estuvieron las tropas que luchaban en Asturias y Santander. Sin embargo, esto es lo que compete a las tropas de tierra, puesto que la marina, y sobre todo la aviación, nunca dejaron de ser un problema grave para las fuerzas vascas. De hecho, la Historia de la guerra civil en el País Vasco es un constante fluir de cablegramas desde Bilbao a Madrid solicitando unos aviones que nunca llegan, ausencia que le da a Franco una superioridad en el aire de la cual los bombardeos impunes de Durango y Guernica son el ejemplo más sobresaliente y al tiempo conocido. Indalecio Prieto, responsable en ese momento de aportar esas fuerzas, dijo, tanto entonces como a lo largo de sus plañideros repasos de memoria en el exilio, que él, como bilbaino de adopción, ardía en deseos de completar esos deseos del gobierno vasco. Pero aquí resulta difícil saber a quién creer. Según Largo y el propio Prieto, los culpables fueron los rusos, dueños y señores de la aviación republicana, quienes nunca quisieron auxiliar a una porción del frente que no les era ideológicamente proclive. La acusación tiene, desde luego, una lógica aplastante. Pero no es menos cierto que el centro de operaciones de Madrid no se sentía precisamente feliz con un ejército vasco que ejercía de tal.

En el caso de la marina, más de lo mismo. La flota del almirante Buiza protegió Bilbao al principio de la guerra, pero acabó marchándose y dejando tras de sí únicamente dos destructores, el Císcar y el José Luis Díez, y tres submarinos, a los cuales el gobierno vasco unió la infatuadamente conocida como Marina Auxiliar de Guerra de Euzkadi, que no eran sino unos bacaladeros reinventados como buques de guerra.

De una u otra forma, el 14 de noviembre un gran desfile por las calles de Bilbao mostró el poderío de este ejército de nuevo cuño. En una nueva coincidencia de fechas, ese mismo día era nombrado jefe del Ejército del Norte, de obediencia a gobierno de Valencia, el general Francisco Llano de la Encomienda, con el cual los desencuentros y las discusiones fueron constantes. Las relaciones imposibles entre Llano y Montaud dejan claro que ambas partes no tenían una idea clara de quién mandaba. El primer objetivo del ejército vasco fue plenamente coherente con su carácter nacionalista: reconquistar Vitoria, acción que, desde un punto de vista estratégico general, era poco menos que una chorrada. El 30 de noviembre se inicia una operación que debe culminar con la toma de Vitoria y Miranda de Ebro. Esta acción, sin embargo, queda empantada en Villarreal de Álava, o Legutiano. El fracaso total de la acción de Vitoria abre los ojos de los vascos; la cosa no es tan fácil como los balances triunfalistas de Aguirre quieren hacer ver.

A partir de ahí, la cuesta abajo.


viernes, mayo 21, 2010

Tiroleses

Bueno, a la vista está que no se puede con vosotros. En efecto, el padre de la anécdota es Sancho Dávila quien, con su propuesta de llamar a los mandos de Falange tiroleses pretendía homenajear a los héroes de la batalla de Teruel ocurrida durante la guerra civil.

Dado que todavía estoy ocupado en cosas que me obstaculizan, no puedo retribuiros con un post como bien os merecéis por vuestra fidelidad combinada con sapiencia. Pero, por lo menos, os dejo aquí una pequeña adivinanza más.

A ver si sabéis quién es el autor de estas palabras:

El mundo liberal cae víctima del cáncer de sus errores. Y con él caen el imperialismo comercial de los capitalistas financieros y los millones de desempleados.

miércoles, mayo 19, 2010

Adivinanza falangista

Como siempre que ando excesivamente liado con cosas de curro y tal, echo mano de las adivinanzas para mantener las neuronas a punto.


Esta de hoy la leí en un viejo ejemplar de Historia y Vida (quien decía haberla recibido de testimonio directo de un testigo) y me llamó la atención.


La cuestión es ésta: la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, FET de las JONS, partido único del franquismo, tenía un Consejo Nacional que, la verdad, sobre todo pasados los primeros años del régimen se convirtió en un mero adorno del mismo, sin mayores competencias. Sus reuniones solían consumirse estudiando asuntos de escaso valor, puesto que todo el bacalao del partido (en la medida que el partido cortase bacalao) lo cortaba la Junta Política o el ministro secretario general del Movimiento con su equipo. Factor común Franco, obviamente.


No ha de extrañar, por lo tanto, que en una de las reuniones de dicho Consejo se tratase un tema de tanta hondura como los nombres que deberían llevar los distintos mandos de las milicias falangistas, al estilo de los flechas y los pelayos.


Durante dicha discusión, un representante del partido, por cierto bastante significado, realizó la propuesta de que los mandos de Falange se llamasen tiroleses. Sustantivó dicha propuesta afirmando que, de esa manera, se haría homenaje público a unos héroes de la Historia del Partido.


¿Quiénes eran esos héroes?


Para nota: ¿quién fue ese falangista superconocido?


Pista: hay que ser un perfecto ignorante para poder acertar esta adivinanza.

lunes, mayo 17, 2010

La revolución mexicana

La revolución mexicana ejerce sobre muchas personas, y entre ellas se encuentran no pocos españoles, una suerte de atracción indefinible. Entiendo que hay varias razones para ello. La primera, obvia, es la cercanía. Ambos países hablamos la misma lengua, tenemos herencias culturales comunes, y hemos estado hondamente ligados en la Historia. La segunda razón es que la revolución mexicana puede considerarse, de alguna manera, una revolución pendiente, como demuestran movimientos como el surgido en Chiapas hace, como quien dice, un cuarto de hora histórico. El español medio tiene siempre cierta tendencia a la simpatía por el perdedor, lo cual alimenta este sentimiento, digamos, prorrevolucionario. Por último, esta simpatía se ve favorecida por el elemento catalizador que siempre supone la existencia de mártires. La revolución mexicana tiene mártires y, fundamentalmente, uno bien conocido: Emiliano Zapata.

La independencia de México propiamente dicha comienza en 1867, cuando se produce la victoria definitiva sobre el emperador Maximiliano, la restitución de la Constitución nacional de diez años antes y la llegada al poder de un líder carismático: Benito Juárez. Sin embargo, Juárez fallecerá sin haber podido terminar la reconstrucción del país, lo cual abrirá un típico proceso de lucha entre facciones del que saldrá ganador un militar, el coronel Porfirio Díaz. Inicialmente, Díaz le es fiel a la senda liberal iniciada por los primeros padres de la patria mexicana, pero pronto se deja atraer por los cantos de sirena de la erótica del poder, siempre tan poderosa, y en 1884 modifica la Constitución para eliminar la limitación a las reelecciones y poder eternizarse como presidente. Porfirio Díaz, convertido ya en pseudodictador de facto, embarca al país en un proyecto de modernización y crecimiento, en el cual, sin embargo, se va dejando cosas por el camino. Al igual que le ocurrirá a la España de principios del siglo XX, generándose con ello un conflicto que estalló en la II República, el sector agrario, mayoritario entre la población y muy especialmente en extensas zonas del país, se queda atrás en la modernización y la racionalización de la propiedad.

Con todo, la lucha agraria en México adquiere tintes muy distintos, mucho más dramáticos, que el ya de por sí complejo problema agrario español. La pelea agraria en México es una pelea por el agua, que las grandes haciendas tienden a monopolizar en detrimento de los pequeños propietarios y los predios comunales. La Ley de Terrenos Baldíos, en 1894, trata de racionalizar el aprovechamiento de terrenos sin dueños o con documentos de propiedad dudosos aunque, en realidad, se convierte en un instrumento para intensificar la concentración de la tierra en manos de los grandes terratenientes. Este conflicto, como digo existente ya en los últimos años del siglo XIX, irá madurando en la primera década del XX y convergiendo con las clases medias profesionales de las ciudades, asimismo atacadas por la crisis económica y el desempleo, además de crecientemente concienciadas sobre la necesidad de exigir libertades y, más concretamente, el regreso a la senda constitucional de 1857.

En 1910, estas dos aspiraciones distintas pero en el fondo confluyentes, las de los campesinos y las clases profesionales urbanas, se acrisolan en la persona de Francisco Madero, un acaudalado de Coahuila que en 1904 ha iniciado su carrera política y que funda un movimiento contra la reelección del presidente, y lanza un manifiesto en compañía de algunos nombres importantes de la Historia mexicana como José Vasconcelos. El gobierno decide perseguirlo y efectivamente lo detiene en San Luis Potosí. Madero, sin embargo, logra huir a San Antonio, hogar tejano de los Spurs, y allí hace público su llamado Programa de San Luis. El documento de San Luis es fundamental para entender la revolución mexicana, porque es el documento en el que Madero, que para poder mantener su oposición necesita que los campesinos se levanten, ofrece en el mismo reparación para las reivindicaciones de las clases rurales y, más concretamente, la revisión de las disposiciones sobre terrenos baldíos. En la práctica, pues, Madero promete a los líderes agrarios la devolución de tierras a los campesinos a cambio de su apoyo activo.

El manifiesto de San Luis inaugura la revolución agraria mexicana. Pancho Villa y Abraham González en Chihuahua; Maytorena en Sonora; los hermanos Gutiérrez en Coahuila; Emiliano Zapata en Morelos; y otros líderes en Zacatecas y otras áreas del país, se levantan contra el gobierno y bajo la autoridad de Madero. En seis meses, laminan a un poder estatal al que pillan en bragas, nada preparado para algo así. El 21de mayo de 1911, Porfirio Díaz firma el Tratado de Ciudad Juárez. Un tratado extraño por demasiado generoso por parte de los vencedores.

Madero, quizá demasiado obsesionado con respetar un legalismo que sus aliados agraristas no van a entender, acepta un trato con Díaz basado en cierto equilibrio de fuerzas. El hasta entonces presidente acepta salir de México hacia el exilio, pero a cambio de que Madero resigne el poder revolucionario y acepte la formación de un gobierno de transición que convoque elecciones. Como digo, se trata de un gesto hasta cierto punto inusitado en la Historia, pues lo más común en la vida del hombre es que quien gane se quede con el machito por las buenas o por las buenas. Lejos de ello, Madero le dejó el puesto a su ministro Francisco León de la Barra y, en cumplimiento de los acuerdos, suspendió las reformas sociales que había prometido y procedió a instar el licenciamiento de las tropas revolucionarias.

Esta situación provocó el rápido mosqueo de los revolucionarios más radicales, sobre todo campesinos, que se negaron a licenciarse y convirtieron el país en un rosario de conflictos. Para acabar con esa interinidad, Madero adelantó las elecciones, que ganó de calle con su Partido Constitucional Progresista.

La llegada definitiva de Madero a la presidencia sirvió para dejar en evidencia la fragilidad de la alianza pragmática entre clases medias y campesinado. Para entonces, ambas tendencias tenían intereses claramente distintos, antagónicos a veces, así pues la labor de gobierno consensual se hizo cada vez más difícil, hasta ser imposible. Madero propugnó una recuperación de terrenos baldíos que afectó a 20 millones de hectáreas; pero eso, cualquiera que se le eche un vistazo a un mapa de México se dará cuenta, era el chocolate del loro, así pues ni de coña el maderismo radical se apaciguó por ello.

El 25 de noviembre de 1911, apenas un mes y unos días tras la victoria electoral de Madero, Zapata se alza contra el presidente y, en el denominado Plan de Ayala, designa nuevo líder a Pascual Orozco. Un maestro de primaria, Otilio Montaño, será el gran ideólogo del zapatismo de Ayala.

La guerra de Morelos se extendió a otros territorios limítrofes con rapidez. El 25 de mayo de 1912, a Zapata se une el propio Pascual Orozco a quien ha ofrecido la jefatura de la revolución. Fue Orozo quien derrotó en México DF a las tropas gubernamentales, comandadas por el general José González Palas. Para colmo, esta derrota dio alas a la derecha porfirista, comandada por el sobrino del ex presidente, Félix Díaz, el cual se alzó en Veracruz el 16 de octubre del mismo año. Díaz, sin embargo, no consiguió que alguna unidad militar más allá de la ciudad de su asonada se le uniese, por lo que se rindió y fue encarcelado junto al también porfirista Bernardo Reyes, que había realizado su propio levantamiento fracasado con anterioridad.

A pesar de tener relativamente controlada la situación, Madero cometió un error grave, y fue malquistarse con los Estados Unidos y con su embajador, Henry Lane Wilson. En la pelea de las dos grandes potencias mundiales, Inglaterra y EEUU, por ganar influencia económica en el sabroso mercado mexicano, Madero favoreció a los ingleses, lo que provocó que los estadounidenses acabaran decidiendo apoyar las intentonas antimaderistas.

El 9 de febrero de 1913, un porfirista, el general Mondragón, liberó a Reyes y a Díaz. Madero, presionado, confió la contrarrevolución al general Victoriano Huerta, quien en realidad estaba en relaciones con el embajador Wilson y con el propio Díaz, con el que pactó que el primero sería presidente para preparar el terreno a unas elecciones y la presidencia del segundo. Huerta acabaría por hacer detener a Madero, quien posteriormente sería asesinado durante un traslado. Poco a poco, Huerta se fue deshaciendo de quienes podían estar delante de él en la prelación para la presidencia, ignaurando una dictadura personal.

La dictadura de Huerta fue muy dura. Suprimió libertades públicas e hizo asesinar a líderes revolucionarios, como Abraham González. Disolvió los centros obreros y el propio Parlamento. Sin embargo, siempre tuvo enfrente a la revolución ruralista que, de la mano de caudillos como Venustiano Carranza, Villa o el propio Zapata, pugnaba por dominar la situación en los mismos estados rurales donde se había producido la revolución contra Madero. Una vez más, además, EEUU operó como fiel de la balanza, pues el presidente americano, Wodrow Wilson, decidió que no le convenía Huertas, por lo cual le impuso un embargo de armas mientras, en paralelo, daba ayudas diversas a los revolucionarios. Huertas intentó entonces una alianza con Alemania, lo cual provocó el desembarco de 23.000 marines en Veracruz y el aislamiento definitivo de la presidencia. En julio de 1914, el dictador abandonaba el país, y el general Álvaro Obregón entraba en la capital.

El regreso del constitucionalismo, sin embargo, no podía ya parar a Carranza, Villa y Zapata, tres líderes militares y políticos entre los cuales seguían vivas las previsiones realizadas en el ya viejo Plan de San Luis. No obstante, había marcadas diferencias entre ellos. Venustiano Carranza, sin ir más lejos, era un líder de ideas conservadoras y sin casi campesinos entre sus partidarios. Resulta increíble, y muy difícil de entender para quien no es mexicano, que el villismo haya podido ser una especie de submovimiento del movimiento carrancista, teniendo en cuenta las hondas diferencias existentes entre unos y otros, pues Pancho Villa se nutría fundamentalmente de líderes agrarios o de otros sectores obreros (como el empleado de ferrocarriles Rodolfo Fierro) o, incluso, personas de discutible catadura.

Quizá Pancho Villa sea, en la práctica, el más radical de los revolucionarios mexicanos, teniendo en cuenta que procedió a expropiaciones sin indemnización e incluso a la expulsión de propietarios, como hizo con algunos españoles. Villa es, además, un revolucionario más del corte que estamos acostumbrados a encontrar en el siglo XX. Zapata, más romántico y cercano al siempre potente anarquismo rural mexicano, repartía las tierras que conseguía entre los campesinos. Villa, mostrando tendencias más centralizadoras, mantenía las tierras en poder de una autoridad central, acercándose con ello a esquemas comunistas.

Estas tres revoluciones, carrancista, villista y zapatista, se acabaron reuniendo en Aguascalientes, para dirimir sus diferencias. Los problemas, sin embargo, surgieron desde el primer momento, pues tanto Carranza como Villa le pusieron la proa a la asamblea allí constituida. La convención, pues, terminó en una nueva guerra civil, en la que Pancho Villa y Emiliano Zapata se aliaron contra Carranza... y los estadounidenses. Éstos últimos hicieron valer su poderío en las batallas de Celaya y Aguascalientes, con lo que Carranza tomó el control de todo el centro del país. Los dos contrincantes, que de todas formas tenían hondas diferencias entre ellos, se retiraron. Villa fue derrotado en Agua Prieta, tras lo cual su ejército se dividió y se convirtió en una serie de partidas sueltas, una especie de maquis a la mexicana, que actuó hasta 1920, aunque ya consolidado el poder de Carranza. En la llamada Convención de Sabinas, Villa se rindió definitivamente. Murió víctima de un atentado cometido por Jesús Salas Trujillo.

Por su parte Zapata, retirado en Morelos, seguía siendo un problema. Por eso Carranza exigió su muerte.El coronel Jesús Guajardo organizó un complot contra el líder agrarista el cual, traicionado, murió cosido a balazos en la hacienda Chimaneca. Aunque, como decía al principio de este post, con la muerte del Zapata hombre nació el Zapata mito.

A partir de ese momento, México iniciaría un proceso de institucionalización que le ha llevado a estar gobernado durante décadas por un partido cuyo nombre es el extraño oxímoron Partido Revolucionario Institucional. No obstante, la revolución mexicana dejó tras de sí una estela de imágenes más o menos románticas (lo cual quiere decir ciertas) sobre las acciones de sus protagonistas, y un poso que sigue ahí, como demuestra el resurgir, cada cierto tiempo, de un agrarismo radical en el país. De todas estas figuras, es sin duda la de Emiliano Zapata, un Robin Hood con sombrero charro que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, el que mayor fascinación despierta.

Sobre si la revolución fue útil o inútil, es opinión que le pertenece a los propios mexicanos.

jueves, mayo 13, 2010

La encrucijada socialista

España se despertó ayer, sin saberlo (aún), en una encrucijada. Una encrucijada que ya ha vivido en varias ocasiones, la última de ellas hace ahora 50 años. La encrucijada de la bancarrota estatal. Por una serie de razones que obviaré porque no son motivo aún, desgraciadamente, de análisis histórico, el país se ha dejado llevar, en un espacio relativamente corto de apenas tres años, por una senda que le ha obligado a rehacer hacia atrás, en unos meses, el camino de más de diez años que nos llevó a una situación de equilibrio fiscal entre gastos e ingresos públicos. Luego le hicimos un sorpasso a esa marcha atrás e incluso llegamos a niveles de déficit público históricos, que es en lo que estamos ahora. Tanto ha sido así que ha sido necesario tomar en el entorno internacional una decisión que cualquier economista decente rechazaría, cual es la monetización de la deuda, es decir el gasto de las reservas que los bancos centrales tienen para defender las monedas y la estabilidad en los mercados en la compra de papelitos cuyo valor futuro no está muy claro cuál va a ser. Monetizar quiere decir reajustar la masa monetaria; hacer que pasta que hoy está situada en títulos lo esté en pasta propiamente dicha. Así pues, aún sin incrementar la masa monetaria (cosa que se hará, para poder comprar más deuda), la monetización del momento n es la inflación del momento n+1.

Alguna vez he leído que había gentes en el equipo económico del presidente Allende que consideraban la inflación como el arma macroeconómica del proletariado contra la burguesía. La veían bien porque, en la cortedad de su visión dogmática, entendían que el pobre tiene pocos gastos y muy localizados, así pues la inflación atacará más al que gasta más y en más cosas, es decir el burgués y el rico. Esta anécdota, de ser cierta (porque una cosa es lo que se lee y otra lo que pasa de verdad), demostraría que en todas partes, hasta en la Casa de la Moneda allendista, tiene que haber tontos contemporáneos. La inflación es lo peor de lo peor para todos los que la sufren. Yo sólo he sido millonario una vez en mi vida: en 1989, durante los quince días que pasé en una Argentina hiperinflacionaria y con el austral en caída libre. Yo era millonario a base de que millones de argentinos no pudiesen pagarse ni un café. Cuando llega la inflación, así está el tema. Y si es peor que peor, lo que llega no es la inflación, sino la deflación. La deflación es, simple y llanamente, el infierno.

Esta mañana le decía a mi mujer que los grandes ganadores de la crisis en la que hemos ingresado, oficialmente, ayer por la mañana, serán los chinos residentes en España. Ellos tienen la filosofía que hay que tener ahora: trabajar como cerdas, gastar sólo cuando se pueda y en lo que se pueda, y si no se puede, ajo y agua. Es lo que todos tenemos por delante, lo queramos ver o no.

Pero hay más encrucijadas tras el discurso de ayer en el Congreso, y una de ellas muy interesante: la encrucijada del PSOE.

El Partido Socialista Obrero Español nace en un entorno jodido y de escasos alicientes para su crecimiento. España, dado su carácter mediterráneo y otra serie de cosas que tienen que ver con las notables habilidades de los primeros propagandistas ácratas, mucho más peritos que los marxistas, es un país cuya clase obrera propendía más al anarquismo que al socialismo, con la excepción de algunas zonas, notablemente la cuenca minera asturiana o el campo jienense, donde las teorías socialistas siempre han tenido mucho predicamento.

El gran líder del socialismo español, el tipógrafo Pablo Iglesias, tenía notables capacidades organizativas que le hicieron ver, tras el desastre de Cuba, una norma fundamental de estrategia política que los revolucionarios tienden a olvidar: lo más importante, en política, es estar. Iglesias se dio cuenta de que, en la España constitucional de la Restauración, para ganar espacios de influencia hacía falta participar en el sistema y aprovecharse de él, en lugar de ponerle bombas. Éste es el punto en el que el socialismo empieza a ganarle la partida al anarquismo, pues éste nunca entendió, ni entiende, que no se puede volar eternamente en línea recta.

Pablo Iglesias inventó la conjunción republicano-socialista, más diseñada para el poder local que para el Congreso, porque suponía la unión de dos fuerzas dispersas y débiles (una de ellas, el republicanismo, además desprestigiada) que por adición podrían aspirar a rasgar la malla de la corrupción electoral, especialmente en las grandes ciudades, y hacerse un sitio en las tribunas nacionales. Por mor de esta alianza Iglesias y sus principales acólitos consiguieron ser diputados y su minoría pudo aspirar a ser un poco bisagra de los hechos políticos.

La intervención del PSOE en la política del primer tercio de siglo es muy importante; más de lo que cabría deducir de su fuerza parlamentaria. Republicanos y socialistas tomaron banderas cruciales para el devenir político español en aquella época; especialmente la consigna de ¡Maura, no!, que se convierte en la primera vez que el PSOE ensaya una cosa que repetirá varias veces en las décadas siguientes con notable éxito: la idea de que hay demócratas de alta calidad (los socialistas) y demócratas de baja calidad o antidemócratas (las derechas); y la conversión ante los ojos de la sociedad de una pura pelea por el poder político en una pretendida lucha hercúlea por salvar las esencias democráticas del país. Maura fue atacado por las izquierdas estratégicamente lideradas por el PSOE como presunto asesino de la democracia española, especialmente tras los sucesos de la Semana Trágica y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, que le dieron, a él y a su ministro Juan de la Cierva, vitola vitalicia de protofascistas (entonces la palabra no existía, pero el concepto sí). España, en términos generales, compró esa teoría, lo que erosionó notablemente el papel que Maura estaba llamado a jugar en la política española.

A mi modo de ver, el primer momento en el que el socialismo español se da cuenta de que está mazas es con el gobierno Canalejas, que se plantea como una reacción orquestada de liberales, republicanos, demócratas y obreristas contra el conservadurismo asesino de la Trágica. Y la cosa les funcionó, al menos hasta que Canalejas comenzó a hacer políticas liberales, demasiado conservadoras a los ojos de las izquierdas que lo sustentaban, y se produjo el enfrentamiento entre ambos (un poco como lo que va a pasar ahora entre Zapatero e Izquierda Unida). Luego Canalejas se murió porque lo mataron y tal, pero para entonces el PSOE ya estaba maduro para pensar en estrategias propias.

La huelga general de 1917, que a los socialistas lo mismo se puede decir que les salio medio bien que les salió medio mal, es el primer momento en que el PSOE decide jugar la Champions League de la política española. Iglesias, ya lo he dicho, era un buen estratega, aunque también cometió torpezas, de las que hoy nadie se quiere acordar, como amenazar de muerte de Maura en sesión parlamentaria. En todo caso, por mucho que hoy sea un icono también tenía sus limitaciones. Era un líder nacido y desarrollado para conseguir el crecimiento del socialismo; para el paso siguiente, que es el salto a la primera línea nacional, hacían falta otros líderes, y éstos fueron, sobre todo, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero.

El ticket Besteiro-Caballero, sin embargo, hace nacer un fenómeno que ya no se apartará de la Historia del PSOE: las corrientes. Besteiro era intelectualmente un marxista de libro pero tenía una vena posibilista que matizaba enormemente sus ideas. Había llegado al marxismo desde la filosofía; era, pues, un marxista de biblioteca, y por eso mismo le faltaba esa llama revolucionaria que anida en el pecho de quien se ha hecho marxista como, un suponer, Pasionaria, esto es viviendo una adolescencia en un pueblo de mierda al lado de una mina de mierda cuyos mineros de mierda cobraban sueldos de mierda que además estaban obligados a gastar en una cantina de mierda propiedad de la misma empresa de mierda que les había firmado sus contratos de mierda. Besteiro y Pasionaria eran, pues, ambos marxistas, pero son dos ejemplos que demuestran a las claras que hay formas de ser marxistas que se diferencian entre ellas casi tanto como la diferencia que hay entre ser marxista y no serlo.

Largo Caballero era estuquista. Un día, siendo joven, estaba subido a una escalera, haciendo su trabajo de mierda y blablabla..., cuando pasó una mani de la UGT, y se fue con ellos. La suya, pues, era la génesis del revolucionario de acción, que quizá no sepa gran cosa sobre las sutilezas de la superestructura dialéctica, pero tiene eso que se llama capacidad estratégica. Poseo un pequeño folleto sobre la UGT escrito por él en 1929 y allí, en esas 60 páginas, está, de una forma u otra, todo Largo Caballero.

Besteiro es la teórica dialéctica y Largo el estratega del momento. El primero se mueve por la Historia con sextante y el segundo con un pequeño GPS. Ambos se juntan en la huelga general de 1917, que fue una huelga que si llega a hundir las estructuras de la España de la Restauración habría sorprendido a sus propios organizadores. Los socialistas no querían, con aquella huelga, emular a la revolución rusa. Sabían que no podían. Lo que querían, y a mi modo de ver consiguieron, fue inaugurar una nueva etapa en la Historia de España, etapa en la cual, al Parlamento como foro de evolución política, se venía a sumar un nuevo escenario: la calle. Y la calle, dijeron los socialistas bien claro en el 17 como Fraga haría 60 años más tarde, la calle, machos, es mía.

Luego llega la dictadura primorriverista, un gran momento para el socialismo español que, sin embargo, dibujó los perfiles de su división. La dictadura marca, en efecto, una de las cumbres del pragmatismo largocaballerista: Largo escucha los cantos de sirena del general Primo de Rivera, quien le ofrece la absoluta prevalencia sindical de la UGT sobre la CNT. Así las cosas, los anarquistas son ilegalizados y perseguidos por el dictador, la UGT es soportada de una manera más o menos velada, y Largo Caballero accede al Consejo de Estado; porque, sí, esos mismos socialistas que apenas 15 años antes le ponían palos en las ruedas a Maura porque en la Tierra no había más demócrata que el PSOE e Iglesias era su profeta, fueron consejeros de Estado en un régimen dictatoral.

Esta decisión de Largo, sin embargo, lo divorcia de Besteiro, quien en mi opinión durante aquellos años incuba incluso una seria inquina personal contra el líder de la UGT. A Largo tampoco le caía muy bien Besteiro; pero aún habrá otro socialista que le caerá peor.

Indalecio Prieto, hombre medio asturiano medio bilbaino (como Pasionaria), sin estudios, hábil y maniobrero como pocos, bastante lince para los negocios, se coloca de jovencito en un periódico de Bilbao de taquígrafo, y de ahí sube hasta el cielo socialista en relativamente poco tiempo. Prieto tenía de marxista lo que yo de lagarterana. Fue siempre, por encima de todo, prietista. El Prieto de nuestros tiempos contemporáneos es Adolfo Suárez, insigne suarista. Don Indalecio comprende como nadie, casi desde el primer momento, las enormes posibilidades que ofrece el PSOE como partido político integrador capaz de ganarse bolsas de votos más allá de los barrios obreros. Inventa, de alguna manera, el PSOE moderno, aunque lo que él quería inventar era otra cosa: una plataforma personal.

Largo Caballero, hombre de grandes odios, odia a Prieto con casi cada una de las células de su epidermis. Si Prieto participa en el Pacto de San Sebastián en el que se produce la conjunción de las fuerzas republicanas, es por joder a Largo. Si Largo reacciona a dicha reunión anunciando que la presencia de Prieto en la misma no compromete la postura del PSOE, es por joder a Prieto. Y en medio está Besteiro, a quien las conchas marxistas se le han ido cayendo poco a poco, que ya en 1930 es un gran admirador del laborismo británico, es decir del socialismo que cambia el sueño revolucionario soviético por ser parte del turno de poder, y que ya por entonces va diciendo aquello de que la huelga general de 1917 fue un primer escalón hacia otras movilizaciones más fuertes que, sin embargo, según él con el tiempo han perdido su sentido.

Cuenta Joaquín Pérez Madrigal en uno de sus libros que la mañana del 14 de abril de 1931, cuando ya se bullía con las primeras noticias macuteras de que los republicanos habían sacado unos resultados cojonudos en las municipales, Nicolás Salmerón junior pronunció un discurso en un círculo republicano en el cual, henchido de optimismo, aseguró que los republicanos serían capaces de echar al rey en cuestión de unos meses. Esta anécdota nos demuestra que nadie se esperaba aquella mañana lo que ocurriría en la tarde. Cuando el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se presenta en el hotelito de Maura en la calle Príncipe de Vergara, donde esperan todos los republicanos, a poner a la Benemérita a las órdenes de la República, todos se caen de culo. El poder les ha llovido del cielo sin tener que arrear ni media hostia.

El PSOE no estaba preparado para esto. El PSOE tenía escrito el guión que tan mal salió en diciembre de 1930, esto es el cambio de poder mediante un golpe de Estado militar republicano apoyado por una huelga general de la UGT (la intentona Galán, pues) que pusiera el país en manos de estas dos fuerzas: el ejército de izquierdas y el PSOE-UGT. Con la histórica lección de civismo que dieron los españoles el glorioso 14 de abril de 1931, las cosas se truncaron, y el socialismo no pudo evitar que la República fuese protagonizada por quienes, desde los ya lejanos tiempos de Pablo Iglesias, habían sido sus compañeros de viajes: las izquierdas republicanas burguesas.

A partir de ahí, se inicia la conflictiva relación del PSOE con la República, que no hará sino ahondar sus divisiones internas. Largo Caballero, y la demostración es la mal llamada Revolución de Asturias, nunca renunció a su plan inicial, que es hacerse con la nación mediante un proceso revolucionario de catón marxista; proceso, según él, necesario porque Largo, desde 1917, tiene el rabillo del ojo izquierdo permanentemente troquelado en el anarcosindicalismo, y su preocupación constante es que la CNT le gane a revolucionario.

Pero para entonces el PSOE tiene ya una derecha. La derecha besteirista que no renuncia a su marxismo de base pero que, imbuida de las metodologías británicas, entiende que lo que toca es apoyar a la República y soportarla como fenómeno de evolución histórica (teoría, por cierto, que será más o menos la misma que la sostenida por los ya escindidos comunistas de obediencia soviética, aunque éstos, más que por convicción ideológica, apoyan la república por la teoría leninista de que para llegar a una revolución obrera antes debe producirse una revolución burguesa apoyada por los obreros).

En medio, por supuesto, Prieto. Prieto, que no es ni una cosa ni otra. Es lo que toque ser en cada momento para poder alcanzar su objetivo, nunca conseguido ni siquiera en el exilio, de ser presidente del consejo de ministros.

Los diarios de Azaña son buena fuente para cualquiera que quiera leerlos a la hora de aprender cuántos quebraderos de cabeza le dio a los gobiernos de izquierdas de la República la eterna pregunta de si el PSOE iba o no a colaborar con ellos. Unas veces lo hizo, otras no. Aunque cada vez tendió más al no, y esto fue por la actitud de los anarquistas. La CNT le puso la proa a la república burguesa casi desde el primer día; convirtió el nuevo régimen, también desde el primer día, en un insoluble problema de orden público, en el que no hay prácticamente un solo día sin hostias. Irredentos, relapsos y bastante ciegos, los anarquistas, que no ven demasiadas diferencias entre Azaña y los empresarios catalanes que los masacraban por las calles de Barcelona en la segunda década del siglo, se ponen en contra de casi todo: de los jurados de empresa, de la reforma agraria. De todo. Esto pone de los nervios a Largo. En las reuniones de la UGT, no pocos dirigentes regionales y sectoriales se levantan para quejarse de que la CNT les está pasando por la izquierda. En el área más obrera de España, Cataluña, la UGT se convierte en un personaje de ficción.

Esta competitividad revolucionaria es la que dirime las disensiones dentro del PSOE a favor del largocaballerismo. Besteiro es descabalgado del mando en la UGT por negarse a avalar la idea de un golpe de Estado revolucionario. Prieto, cuyo estómago tiene unas paredes mucho más gruesas que el de Besteiro, lo cual le hace más fácil tragar sapos, se convierte en un Trosky de vía estrecha de la noche a la mañana y se apunta a la organización del golpe. Largo concentra en su persona el mando del PSOE y de la UGT. Al calor del proyecto de golpe de Estado, la mal llamada Revolución de Asturias, el PSOE parece haber tomado una sola dirección.

Aquello sale como el rosario de la aurora, por muchas y variadas razones que sería prolijo analizar aquí. Lo importante es que sale mal. El fracaso del golpe de Estado revolucionario, cuyo objetivo, no lo olvidemos, era instaurar en España la dictadura del proletariado, crea una tormenta de la hueva en el seno del PSOE. Paradójicamente, lamina al besteirismo, que no había participado en la asonada, puesto que los socialistas tienden a culpar a Besteiro y su inacción del fracaso revolucionario. De esta manera, el besteirismo desaparece de la Historia del PSOE hasta Suresnes. El golpe, además, deja muy tocado el caballerismo. Es, pues, la ocasión del prietismo.

Indalecio Prieto y otros tan posibilistas como él en otras formaciones inventan el Frente Popular. El Frente Popular es una cosa que los republicanos fomentan para subirse a los votos del PSOE y luego gobernar sin ellos; el PSOE inventa el Frente Popular exactamente con la misma intención respecto de los republicanos; y ambos tienen la misma idea respecto de los votos, más o menos soterrados, procedentes del anarquismo. Prieto cree que va a poder manipularlos a todos: a los republicanos y a Largo. Pero se equivoca.

Largo Caballero no es ningún idiota. Entre febrero y mayo de 1936, se descubre como gran estratega político y alcanza el máximo de su capacidad maniobrera. De sendos mandobles se carga a las dos sombras que tiene delante: Azaña y Prieto. En primer lugar, se saca de la manga un tecnicismo constitucional para follarse al presidente Alcalá-Zamora; proceso en el que contará con la decidida colaboración de Prieto, quien a esas alturas todavía cree estar trabajando para sí mismo y no para su contrincante. Una vez que Alcalá se ha pirado, consigue que el candidato para sustituirlo sea Azaña, con lo que convierte al viejo político republicano en un orondo florero sin poder efectivo. Y luego, cuando Azaña, a la hora de formar gobierno, se fija en aquél en quien más confía, que es Prieto, Largo desempolva los eternos peros del socialismo para participar activamente en el poder burgués, le recuerda al PSOE que es un partido marxista y que lo suyo no es ocupar ministerios burgueses sino trabajar por el poder obrero, y consigue que el partido vete la cantidatura de Prieto.

El siguiente movimiento de Largo no lo conocemos porque, antes de que pudiera hacerlo, llegó Franco, le dio una patada al tablero y lo mandó a tomar por culo. Con la guerra, el PSOE pierde a Caballero, que muere en el 42. Pero esto no evita que el PSOE siga escindido. El PSOE del exilio se divide entre los negrinistas, muchos de ellos más comunistas que socialistas o cuando menos partidarios de la convergencia con el PCE; republicanos estrictos, que son los que, como Rodolfo Llopis, abonan a esa República fangasmagórica en el exilio que se empeña en tratar de convencer al mundo de que es el gobierno legítimo de España (un gobierno sin territorio ni población); y prietistas, antillopistas acérrimos para los cuales la República ya no existe y lo que hay que hacer es defender en España un proceso por el cual el pueblo decida su propio futuro; teoría ésta que les lleva a una herética convergencia con los monárquicos, que dura hasta que Franco le invita a pipas al ciudadano Juan al yatecito y éste deja al resto de los demócratas en la estacada.

Prieto muere en 1962, pero su bandera posibilista, pactista, sigue ondeando de la mano del socialismo del interior, que cada vez comulga menos con los sueños de abuelo Cebolleta de los republicanos del exilio los cuales, de alguna manera, son los herederos del caballerismo. Son los tiempos de Tierno, de Morán, de gente así, que se va a la calle Hermosilla a tomar café con Gil-Robles, y tal. La estructura del PSOE, como partido que lo es del exilio, está dominada por ese republicanismo acérrimo. Pero eso estalla en Suresnes de la mano del nuevo líder socialista, Nicolás Redondo, quien promueve al mando del socialismo a un político sevillano, Felipe González, con notabilísimas habilidades estratégicas.

Yo no sé lo que González opinará de sí mismo; mi idea es que González es, básicamente, un besteirista, y su actuación durante la década de los setenta resucita en el PSOE una cosmovisión socialista que de alguna manera parecía perdida. La decisión de González de abandonar el marxismo, e inmolarse (o amagar con inmolarse) como secretario general del partido cuando le ponen la proa, tiene toda la carga de conciencia de responsabilidad histórica que tienen algunas de las decisiones de Besteiro, notablemente la de no apoyar el golpe del 34 y apoyar, en cambio, el golpe de Miaja, mal llamado golpe de Casado, al final de la guerra civil. Desde la llegada de la democracia hasta 1996, pues, a mi modo de ver el PSOE es, básicamente besteirista; sigue una línea que ha sido minoritaria históricamente dentro del partido y que, sin embargo, en esos años da la medida de sus posibilidades, que son muchas.

En 1996 la cosa cambia, porque se rompe el guión. Un político de Valladolid demuestra que lo que se denominaba el techo de Fraga, esto es que la derecha española sería siempre relevante, pero nunca gobernante, es de cristal; y lo rompe con un golpe de chota. Como siempre le ha ocurrido cada vez que el guión no le ha salido como esperaba, el PSOE empieza a delirar y a cometer actos impuros. Felipe González, que de todas maneras ya estaba básicamente amortizado, se va. El partido, inusitadamente, descubre la democracia, las elecciones primarias, elige a un líder con grandes capacidades intelectuales pero escasa empatía con su electorado, que en un debate parlamentario de altos vuelos se enfanga en una discusión interminable sobre la aplicación del criterio de devengo en las cuentas públicas del que, a buen seguro, el 80% de sus votantes no entendieron una mierda. El líder se va, o le van, vaya usted a saber. Llega otro que intenta la convergencia de las izquierdas. Miel sobre hojuelas para una derecha que suspira por los votos del centro político: mayoría absoluta y nueva dimisión.

Leyendo las cosas en términos de tendencias históricas (besteirismo, caballerismo y prietismo), habiendo fracasado la primera y no apareciendo ninguna figura señera para el prietismo, era lógico que el ganador de la partida fuese el caballerismo. A la cúpula del PSOE llega, pues, un líder cuyos presupuestos estratégicos son: la convergencia absoluta con los sindicatos; el discurso obrerista del siglo XXI, que ya no es el discurso de la revolución sino el del Estado social; y un planteamiento neto de izquierdas en las formas de gobierno: ampliación del aborto, matrimonio homosexual, laicismo, etc.

El gran problema que ha tenido el neocaballerismo es el mismo que se ha encontrado el neokennedismo de Obama en Estados Unidos: la crisis económica. La crisis lo cambia todo, y algunos se han dado cuenta antes que otros. El caballerismo ha hecho en estos tres años lo que ha hecho de toda la vida de Dios: mantenella y no enmendalla, porque el mayor temor del caballerismo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, es el reproche nacido a su izquierda. Hace setenta años, al caballerismo le obsesionaba ser sobrepasado por el comunismo libertario; hoy, y aunque esos sobrepases no tengan la misma calidad ni los mismos escenarios ni los mismos protagonistas, la preocupación sigue siendo la misma.

Lo que hemos vivido ayer, a mi modo de ver, es una escena por la cual el caballerismo se ha subido a la tribuna y ha dicho: ya no soy caballerista. O, más bien: ya no puedo serlo. Era lo que tocaba, y lo que había que hacer. Lo interesante, ahora, es ver cuáles van a ser las consecuencias.

¿Conseguirá mutar el caballerismo en un neo-neo-caballerismo, y salir del atolladero ideológico? ¿Mutará en besteirismo? En este segundo caso, ¿hará falta un nuevo Besteiro? ¿Existe? Y, por supuesto, siempre queda la tercera vía: el prietismo. Un líder al que le dé igual Juana que su hermana, al que le dé igual ser laico que católico, liberal que conservador, revolucionario que capitalista, y que viva, única y exclusivamente, para generar poder, y conservarlo.

Pero, ¿hay, hoy, algún Prieto en el PSOE?

miércoles, mayo 12, 2010

Escritoras a fregar

¿Sirve para algo la Academia de la Lengua? Opiniones hay para todos los gustos. Ni ingleses ni estadounidenses tienen cosa que se le parezca, y no por ello el inglés es idioma en retirada ni lenguaje que se pueda considerar en mayor peligro de deteriorarse que el propio español. La Real Academia sirve, teóricamente, para decir en cada momento lo que está bien dicho y bien escrito, aunque aceptando, evidentemente, que un idioma sólo tiene un monarca, que son sus hablantes. Por lo demás, la RAE también tiene sus cositas, especialmente su sistema de cooptación para la elección de nuevos miembros que hace que, en realidad, en sus sillones no siempre se sienten los que más saben de la lengua española, sino los que mejor le caen a los que ya están sentados. Aunque escriban cosas tan folklóricas como clítorix.

lunes, mayo 10, 2010

Conversación con un monárquico

MONÁRQUICO: España es un país monárquico.

JdJ: La cuestión, con las monarquías, no es tanto si las sociedades las quieren o no las quieren, sino la capacidad que tienen de decidirlo. En realidad, a mi modo de ver la monarquía española no se ha sometido a un refrendo positivo que se pueda considerar como tal nada más que una vez en toda la Historia de España, y es el momento en el que el libre pueblo español, terminada la guerra de la Independencia, decide por abrumadora mayoría (por mucho que no votaran) que los Borbones debían volver a reinar en España. Y no deja de ser curioso que ese pseudoplebiscito promonárquico se realizase en un momento en el que el movimiento en partes importantes del resto de Europa era precisamente el contrario, es decir poner en duda la monarquía. Hay que reconocer que esto, de alguna manera, avala las tesis de que, como decía Cánovas, la monarquía forma parte de la esencia socio-histórico-política de España. Claro que Cánovas también citaba al catolicismo como elemento de dicha esencia...

En todo caso, frente a ese plebiscito hay dos (Isabel II y Alfonso XIII) en los que el mensaje claro de los españoles a sus reyes fue que no los querían. Lo de Isabel II fue una asonada militar, así pues se puede pensar (retorciendo mucho las cosas) que el pueblo no habló. Pero lo de abril del 31 no se lo salta un cabo de húsares.



MONÁRQUICO: ¡Anda! ¿Y el referéndum del 78?

JdJ: El referéndum del 78 fue una consulta empaquetada. O decías que sí a todo o decías que no a todo. Que en el 78 se sometiese a referendo la Constitución no quiere decir que se sometiese a referendo la monarquía española. De hecho, su titular, cuando se aprueba la Constitución, ya es rey de España. Lo era desde noviembre de 1975, tres años antes de la Constitución pues, en virtud a una ley que 30 años antes define España como un Reino y otra que a finales de los sesenta designa al actual rey como titular de la corona de ese Reino una vez muerto Franco; designación que es fruto de un pasteleo entre el dictador y el heredero de la corona, en el yate Azor, a cinco millas de la costa de Donosti, y en un momento en que una parte fundamental de la oposición republicana había aceptado la convergencia democrática con los monárquicos, convergencia que le obligaba a apoyar la idea de que debían ser los españoles, libremente, los que escogiesen su forma de gobierno; y convergencia de la cual el ciudadano Juan pasó elegantemente.

Por lo tanto, la Constitución del 78, y éste es un matiz importante históricamente hablando, en lo que a la forma de gobierno se refiere, no crea una situación, sino que la acepta.



MONÁRQUICO: Pero en ese momento era mejor aceptar eso que ponerse a discutirlo.

JdJ: En efecto. Igual que en aquel momento era mejor aceptar un elevado nivel de influencia de los partidos nacionalistas en la política nacional, para así evitar la defección de los nacionalismos respecto del proyecto de transición pacífica; y era mejor aceptar un razonable concordato con la Iglesia católica que evitase tensiones por ese flanco, por citar sólo dos ejemplos de muchos que se podrían invocar.

Pero resulta que ya no estamos en ese momento. En la España de hoy, son15,5 millones los ciudadanos vivos que votaron o pudieron votar la Constitución, y 30,3 millones los que no.



MONÁRQUICO: Pero, ¿realmente a los españoles les preocupa este asunto?

JdJ: No lo sabemos. No se lo hemos preguntado. Partimos de la base de que lo que dicen las encuestas sobre la valoración de las personas de la familia real, así como las demostraciones de apoyo cada vez que aparecen en público, son el aval de que la gente quiere la monarquía. Esto tampoco es nuevo, porque los reyes siempre han basado la argumentación de su pertinencia en lo mucho que les aplauden por la calle. Lo cual no se entiende muy bien, porque, por las mismas, el día que un Mateo Morral les tira una bomba, deberían abdicar.

Los dos únicos reyes en la Historia de España que admiten que la gente no les quiere son Amadeo de Saboya y Alfonso XIII. Y no pongo en la lista a Isabel II porque, en mi opinión, esta señora se marchó de España convencida de que era una camarilla de cabrones la que le echaba. El resto, por lo demás, ha asumido con total naturalidad que eran queridos.

Lo de las encuestas es opinable. Si por valoraciones fuera, en el presente momento el PSOE debería resignar el gobierno para entregárselo a UPyD, ya que Rosa Díez está mejor valorada de Zapatero. Sin embargo, todos sabemos que ser el líder más valorado no te garantiza ser también el más votado. Pero, por alguna extraña razón, esa asunción sí que la hacemos en el caso de los monarcas.


Y lo de la calle también es opinable, pues si el que más partidarios junta en la calle es quien debe ser rey, entonces tendríamos que inaugurar la dinastía Esteban, con la reina Belén y su princesa Andreíta.



MONÁRQUICO: La monarquía, en todo caso, ha demostrado que sabe modernizarse, ir con los tiempos.

JdJ: No del todo. La sucesión monárquica no es un proceso moderno, en el sentido de democrático. De hecho, no sólo no lo es, sino que no puede serlo, porque si fuese democrático debería ser electivo, y si fuese electivo ya no sería propiamente una monarquía.

Además, hay mucho que avanzar en la fiscalización de la monarquía, cosa que no le pasa a la Dirección General de Carreteras o a la Consejería de Agricultura de la Comunidad de Murcia, por citar otros dos departamentos públicos a voleo.

Cabe dudar, además, de si realmente es un camino lógico eso de modernizar la monarquía.

Si se moderniza, debería hacerlo hasta el final. Decimos que una mujer debería poder heredar la corona de España igual que un hombre, porque lo contrario es discriminación por razón de sexo, la cual ya no existe en la España moderna. Pero, ¿acaso persiste en nuestro derecho sucesorio la institución del mayorazgo? Pues no. En la España moderna ya no existe la prelación del primogénito sobre los demás hijos; hoy (o sea, no hoy, sino hace ya la punta de años que lo flipas), todos los vástagos heredan por igual, cuando menos el caudal legítimo; y, desde luego, el primogénito no pilla más por el hecho de serlo.


La monarquía, sin embargo, conserva la institución del mayorazgo. No sólo hereda el varón, sino que hereda el primer varón nacido. El único compañero de viaje que tiene en este punto es el derecho de nobleza; o sea, un compañero de viaje moderno y adaptado a los tiempos que te cagas.

Igual que la monarquía es la única institución que queda en España que discrimina a la mujer frente al hombre, también su derecho de herencia es casi el único que discrimina al hijo segundo y siguientes frente al primero. Todo esto sin mencionar que la actual línea dinástica lo es por haber preterido en la misma a un pariente del rey actual por ser sordomudo, lo cual también es discriminar al discapacitado; si el primogénito del actual príncipe fuese sordo, o paralítico, si fuese Stephen Hawking, ¿ conservaría su derecho a reinar?

Por lo tanto: puesto que la herencia, en el Derecho español actual, es la misma para todos los hijos, la corona de España, que algún día heredarán los hijos del rey, debería ser heredada por todos ellos en pie de igualdad, y lo mismo los hijos de aquél o aquella que reinase. Todo eso, claro, admitiendo barco como cornucopia silvestre, es decir admitiendo que en un país moderno, en el año 2010, nada menos que la Jefatura del Estado resulta ser una posesión hereditaria, como las acciones del Banco de Santander, la bicicleta cromada aquella tan bonita, el gramófono del bisabuelo o el libro de recetas de la abuela Gertrudis.

Pero esto nos lleva a una pregunta: si hay varios herederos con los mismos derechos, ¿quién heredará finalmente? Hay una posibilidad, que ya inventaron, aquí en España, los godos: el rey reinante decide cuál de sus hijos es el más dotado para sucederle. Pero, claro, este sistema de cooptación tiene sus imperfecciones porque, la Historia lo demuestra, no siempre, o más bien pocas veces, el rey elige a aquél que más le conviene a la nación, sino el que más le conviene a él. Es lo que pasa, de hecho, siempre o casi siempre que el sucesor lo elije una sola persona (véase al efecto la historia de los partidos políticos).

Así las cosas, aun manteniendo el dudoso principio de que la Jefatura de un Estado pertenece a una familia, aplicando las reglas del derecho normalito, para culminar la sucesión no queda otra que votar. Pero, ya que votamos, ¿por qué votamos sólo entre los Borbón y no le damos una oportunidad a los García?



MONÁRQUICO: Esa última pregunta es capciosa. Un Borbón se prepara para ser rey, y un García no.

JdJ: Bueno, sobre la formación de los aspirantes, con mayor o menor probabilidad, a reinar, hay bastantes apreciaciones que hacer.

En primer lugar, de lo que yo sé de la formación de príncipes e infantes, parece ser que han estudiado carreras muy normalitas, con algún Erasmus por ahí en Georgetown y otros sitios. No parece, por lo tanto, que sea una formación demasiado distinta de la que reciben cienes y cienes de españoles. El príncipe, además, ha recibido una sólida, o dicen que sólida, formación militar. Pero cabe preguntarse si eso de la formación militar es propio de reyes del siglo XXI, porque algunos pensamos que en el mundo actual para ser hombre de Estado es más importante saber de redes de fibra óptica que conocer la teoría del tiro artillero.

Probablemente, eso sí, quien crece en una familia real adquiere unos conocimientos por encima de la media sobre aspectos puramente esenciales de la institución, como son el protocolo y esas cosas. Pero aquí, una vez más, cabe preguntarse si esas cosas, todo eso de que no poder levantarse de la mesa si el rey sigue comiendo o que hay que ser grande de España para poder llevar la cabeza cubierta en su presencia (¿también una visitante musulmana, por cierto?), no son, en realidad, reminiscencias medievales con los que me mejor acabamos.0

Pero hay más. En Europa habrá, yo qué sé, unas veinte dinastías reinantes en los diferentes países. Esas 20 dinastías han reinado entre, más o menos, los siglos XV y XIX. Eso son 500 años. 500 años son 20 generaciones. Si en cada generación cada dinastía real genera, entre príncipes, infantes, primos, sobrinos, etc., digamos 10 miembros (cálculo muy conservador, pues las familias reales suelen ser bastante prolíficas), entonces tenemos que en 500 años las familias reales han generado 4.000 miembros de familias reales (que son 20 por 20 por 10), los cuales han sido mantenidos por sus pueblos, han tenido la mejor educación que su época procuraba y, en general, un bienestar varias veces superior al del común de los mortales.


De esos 4.000 miembros de familias reales que han vivido en condiciones privilegiadas, ¿cuántos poetas sobresalientes me puedes citar? ¿Sabes de algún físico, algún astrónomo, algún cartógrafo, algún químico, algún historiador, algún filólogo? O sea, por poner un ejemplo extranjero para que no dé tiña; si te asomas a internet y ves una foto del prince Harry, o sea el que algún día será jefe del Estado británico, ¿a ti te da la impresión de ser un tipo que sabe hallar la primitiva de una función o distinguir un sintagma nominal de uno verbal? ¿Cuántas fotos has visto a lo largo de tu vida de su padre, el flamante Príncipe de Gales, leyendo un libro, y cuántas jugando al polo?


Si te vas hoy mismo al desierto del Gobi y arrancas de allí a una familia de nómadas analfabetos, te los traes al palacio real de Madrid y los mantienes a cuerpo de rey, a ellos y a todos sus descendientes, durante 500 años, estoy seguro que a la vuelta de cinco siglos te habrán aportado, eso es cierto, una larga lista de vividores; pero también se las habrán arreglado para parir algún que otro poeta, matemático, historiador, economista, director de cine, etc. Alguien, yo qué sé, por pedir algo, para quien Miguel Delibes sea más importante que Fernando Alonso. Claro que a lo mejor el problema lo tengo yo pues, como no me gusta navegar ni esquiar, tiendo a no valorar las habilidades propias de los príncipes.


En todo caso, vale: aceptamos barco como lamelibranquio hermenéutico, y partimos de la base de que sí, de que los aspirantes a rey se preparan para ser reyes. Esto quiere decir, por lo tanto, que para ser rey hay que formarse; para ser rey no vale cualquiera, no vale un piernas que pase por la calle. Pero, en ese caso, ¿por qué se le permite a los miembros de la familia real, potenciales reyes, casarse con periodistas y jugadores de balonmano?

Esto nos lleva a una tautología: para poder ser moderna, la monarquía debería ser rancia.


MONÁRQUICO: En todo caso, el papel arbitral de la monarquía es innegable.

JdJ: Lo que no se puede, a mi modo de ver, es jugar con dos barajas distintas, escogiendo en cada caso el descarte que más le interesa a uno. Eso, como decía antes, ya lo hizo Johnny King en los años cuarenta, cuando tan pronto la legitimidad de la corona española surgía de la voluntad de los españoles como de la legitimidad histórica de su dinastía, al albur de por dónde daba el viento.

La mayor parte de las veces que un rey, una dinastía o sus partidarios quieren justificar su legitimidad acuden a la legitimidad histórica. Otras veces, acuden al papel arbitral de la monarquía. Pero lo que tienen que hacer es decidirse por un argumento o por otro. Si se dice que la legitimidad monárquica es histórica, entonces no se puede aceptar que la monarquía es necesaria por su papel arbitral, porque, históricamente, lo que he hecho la monarquía, también la española, no ha sido arbitrar, es decir mantenerse au dessus de la melée y tratar de que quienes mandaban de verdad se pusieran de acuerdo (poder arbitral). Lo que históricamente han hecho los reyes ha sido ejercer, ellos, el poder a secas; mandar en el país, en muchísimas ocasiones incluso contra la voluntad de la mayoría o de minorías muy relevantes de la sociedad española.

Cabe preguntarse, además, qué legitimidad histórica aportan episodios como los de un rey que engaña a su pueblo comprometiendo una senda constitucional a la que luego traiciona (Fernando VII); una reina que responde a las peticiones de ser un monarca constitucional aprobando una carta otorgada en la que concede a su propio pueblo las libertades que graciablemente a ella le petan (Isabel II); o un rey que aplaude un golpe de Estado militar cuya primera medida de gobierno es enviar a dormir el sueño de los justos las gravísimas responsabilidades de algunos de sus amigos, y tal vez las de él mismo (Alfonso XIII). Porque si es cierto que «por sus obras los conoceréis», la legitimidad histórica de no pocos reyes españoles es como para esconderla.

Si optamos por defender el papel arbitral de la monarquía, entonces no podemos aducir las razones de legitimidad histórica; porque esa legitimidad histórica, como digo, no tiene nada que ver con el poder arbitral que dibuja la Constitución del 78. Pero si no hay legitimidad histórica, ¿cuál será la razón para que ese poder arbitral deba ser ejercido por el miembro de una determinada familia, para colmo miembro y no miembra, para recolmo el primero de los miembros nacidos y no cualquiera de los demás; para rerecolmo que no sea discapacitado?



MONARQUÍA: Pues lejos de lo que dices, la pertinencia del poder arbitral del rey queda bien clara en la Historia: las dos veces que España ha sido una República, fue un desastre.

JdJ: Cierto. La I República se desarrolló en medio de una guerra civil y una insurrección cantonal que estuvo a piques de acabar con el país (ahí sí que se rompía España); y la II República acabó con otra guerra civil que trajo cuatro décadas de dictadura militar.

Pero si los fracasos del pasado son un aval para rechazar fórmulas presentes, ¿acaso la monarquía no los tiene? Que los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II fueron reyes razonablemente buenos se puede sostener, aunque en el caso del último hay que aceptar barco como polisíndeton con trastero iluminado y asumir que un rey que lleva a su país a la quiebra económica, la bancarrota y la suspensión de pagos es un buen rey. Pero luego llegan Felipe III y Felipe IV que no son ninguna maravilla, especialmente este último que se empeña en no darse cuenta de que España no puede pagar ni un cacho de una mitad de un trozo de todos los gastos militares en los que se mete por mantener su prestigio. Luego llegan otros reyes que mejor no calificar (esto es hacerle un favor histórico a la monarquía) hasta Carlos III, que es tenido por el mejor de la añada. Tras él llegan Carlos IV y su hijo Fernando, los cuales traicionan a su país y lo venden por un plato de lentejas y un chalé en Francia con caballitos y todo. De Isabel II no hay más que decir que hubo que echarla de España. El ciudadano Amadeo, como ya he dicho, por lo menos tuvo la decencia de darse cuenta de que no lo quería ni la nobleza, que lo ninguneaba, y se piró. Alfonso XII tuvo un pase pero a su hijo hubo que echarlo de nuevo.

El resultado de todo esto es que con la monarquía tampoco nos ha ido bien. Con la monarquía hemos tenido quiebras, guerras civiles, hambrunas, hiperinflación, enfrentamientos cainitas entre territorios, marchas atrás históricas…



MONÁRQUICO: ¡Precisamente por eso! ¡La monarquía ha aprendido de esas experiencias!

JdJ: ¿Y la república qué es, tonta del culo? En todo caso, no es que diga que la república es una organización ideal para el Estado. También tiene sus peros. Pero, por lo menos, la podemos mutar sin cambiarla, con sólo modificar los nombres de sus magistrados.

viernes, mayo 07, 2010

Comuneros (y 3)

Pues sí. Característica propia de muchos movimientos revolucionarios es que su sector más moderado, que en el fondo se siente incómodo al lado de combatientes más radicales, comience a albergar la idea de negociar con el enemigo. En el caso de la rebelión comunera, a este hecho ayudó también que Carlos I no fuese ningún idiota y tuviese, de hecho, verdadera madera de estadista. De haber sido un chulo de putas, como lo han sido otros muchos reyes en la Historia, al haberse enterado en Alemania de la rebelión, habría montado en cólera y jurado no dejar en Castilla piedra sobre piedra. Lejos de ello, Carlos I se dió cuenta de que lo mejor, ante el pollo que se había montado y que corría el peligro de convertirse en una rebelión de profundísimas raíces, era contemporizar.

Así pues, aún en Alemania, el inflexible Carlos se convirtió en Carlos el comprensivo. Anunció que las ciudades que se le uniesen quedaban eximidas de la exacción aprobada en las Cortes de Santiago e incorporó a la regencia a dos personas de entre los más notables del país: el condestable de Castilla, Íñigo de Velasco; y el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez. Ambos consiguieron una estupenda perla para el rey flamenco: Burgos, entonces ciudad con intereses industriales, muy interesada en hacer negocios con Flandes, se unió al bando real.

Este tipo de cosas hizo perder prestigio a los nobles e incluso a los burgueses dentro del movimiento comunero. En consecuencia, progresivamente dicho movimiento va estando cada vez más dominado por los radicales, lo cual debilita sus posibilidades bélicas. De hecho, cuando el ejército real se dirigió a Torrelobatón a presentarles batalla, Padilla, reconociendo que no estaba en condiciones de presentarla, se desplazó a Toro. El 23 de abril de 1521, en medio de una fortísima tormenta, los realistas avistaron a la armada comunera cerca del pueblo de Villalar. En las condiciones que tenía el terreno, lamentablemente embarrado, la ventaja realista, que se basaba en que poseía unas fuerzas de caballería que los comuneros no tenían, fue decisiva. La batalla no tuvo color y Padilla, Bravo y Maldonado fueron apresados. Les montaron un consejo de guerra en unos minutillos y al día siguiente, con la fresca, los decapitaron. Tras su muerte, el movimiento comunero se disolvió como un azucarillo, con la sola excepción de Toledo, donde la mujer de Padilla, María Pacheco, mantuvo durante un tiempo una feroz resistencia.

¿Hasta dónde llega el radicalismo del movimiento comunero? El radicalismo existe, qué duda cabe. Pero es importante entender que es un radicalismo más antinoble que antimonárquico. Lejos de los objetivos que se fijarán, dos siglos y medio después, otras revoluciones, la comunera ni sueña con poner en cuestión el poder real castellano; de hecho, su campeona es Juana, representante, para Padilla y lo suyos, de la pureza monárquica.

De hecho, lo que los comuneros querían era depender del rey. Querían, en lenguaje de la época, ser de realengo. Querían que muchas posesiones de la nobleza volviesen a ser propiedad de la monarquía, porque era en los nobles donde veían la explotación y la injusticia. El carácter antinoble del movimiento comunero trufa sus dos grandes documentos programáticos, conocidos como los Capítulos de Valladolid y la Ley Perpetua. Ambos documentos se basan, en gran medida, en el testamento de Isabel la Católica pues la reina, igual que le pasó a Lenin cuando ya estaba gagá y se dedicó a escribir que si Stalin era un cabrón, se acordó, en el momento de su muerte, del poder que le había dado a la nobleza, a todas luces excesivo, y se queja de ello con amargura en sus últimas voluntades. Estas quejas daban a ojos de los comuneros legitimidad para reclamar la reversión de muchos señoríos, especialmente los que habían sido concedidos tras la muerte de la reina.

Otro capítulo importantísimo de la ideología comunera es su exigencia, siquiera embrionaria, de un orden fiscal. Los comuneros se quejan de la existencia injutificada de portazgos (pequeñas aduanas locales), de la injusticia en el gravamen de las bulas de cruzada o de las alcabalas, que eran algo así como el IVA medieval. En este punto, debemos de tener en cuenta que a nosotros, ciudadanos del siglo XXI, nos parece cosa muy fácil dirimir quién debe pagar qué. Hoy, comparar rentas y situaciones económicas es sencillo pues vivimos en un mundo de registros informatizados e información más o menos perfecta. Pero hemos de pensar que los impuestos renacentistas eran ya como los nuestros (esto es, exacciones sobre determinados hechos imponibles, fuesen éstos la venta de sal o cualquier otra cosa) pero sin nuestra capacidad de conocimiento. Esto era especialmente importante en aquellos impuestos que dependían de la situación patrimonial, pues no había catastros ni censos ni cosa parecida. En ese entorno de cosas, la corrupción y la injusticia eran de fácil producción y, por lo tanto, las protestas comuneras bien pueden interpretarse como la apelación a una racionalización eficiente del sistema fiscal, que tardaría varios siglos en llegar.

Otro elemento de modernidad de la ideología comunera son sus propuestas en materia de justicia. Aquí encontramos también una ambición racionalizadora muy encomiable. Se propone que la pena de confiscación sea una pena extraordinaria que sólo pueda imponerse por sentencia firme. Se defiende la independencia de los funcionarios judiciales, que deberían cobrar sólo de la corona y no de los nobles. Se exige la eliminación de la arbitrariedad a la hora de decidir cuándo se veían los casos. Y se exigía la existencia de una segunda instancia de apelación.

En términos generales, como puede sospecharse de lo dicho, los comuneros son, en buena parte, los grandes representantes en la Historia de España de lo que se ha dado en llamar la teoría contractualista de la monarquía; es decir, la idea de que la legitimidad real no proviene de la sangre ni cosas así, sino de un contrato con el pueblo sobre el que reina, contrato que ha de respetar.

La derrota de los comuneros supuso la adscripción de España a un regalismo estricto que, décadas y siglos después, cuando empecemos a tener reyes corruptos, limitaditos, directamente tontos del culo o simple y llanamente traidores e impresentables, pagaremos muy, muy cara. Tampoco hay que pasarse porque no está nada claro que una victoria comunera nos hubiera convertido en el Japón de los años setenta del siglo XX. Pero de muchas de las cosas de las que se habló en la Castilla comunera no se volvió a hablar en la Castilla a secas hasta que no nos hubimos convertido en un país de mierda.

jueves, mayo 06, 2010

Pros y contras

Con vuestro permiso, dado que mi blog económico lo tengo prácticamente abandonado, me animo a colocar este off-topic aquí, en medio de la historia de los comuneros.

El caso es que me he fijado, supongo que como mucha gente, en la declaración de ayer del Presidente del Gobierno, en el sentido de que es necesario reducir el déficit público, pero piano piano, para no comprometer el crecimiento económico.

Dice bien el presidente. Lo que teme que le pase a él le ocurrió a Roosevelt en la crisis del 29: la atacó creando el Estado social y mediante un programa de obras públicas que hizo declarar a uno de los miembros de su gobierno que EEUU tenía varios millones de personas empleadas sin que, en realidad, se supiera muy bien qué estaban haciendo. Aquello recuperó el tono de la economía estadounidense pero, precisamente cuando Roosevelt consideró que la cosa ya había madurado y que podía cerrar la espita, a la retirada del gasto público le siguió una coyuntura casi peor que la anterior.

Lo que quizás no le guste tanto oír a Zapatero es que esta confesión suya de ayer, de alguna forma, le quita la razón, a él y a tantos keynesianos como él que consideran que de las crisis de confianza se puede salir a base de poner a funcionar en las oficinas públicas la máquina de gastar. El hecho de que ahora la economía española esté atrapada en una pretendida dependencia del gasto público, y que lo haga sin haber salido de la crisis, es la mejor demostración de que no se puede salir de ésta exclusivamente con recetas de gasto público.

Pero, en todo caso, me gustaría hacer dos o tres reflexiones un poco más en profundo, con la ayuda de la Contabilidad Nacional. ¿Tan importante ha sido el papel del sector público?

He dividido España (o, más concretamente, los sectores institucionales de su economía) en sólo dos partes: Administraciones Públicas, y resto. En el resto, por lo tanto, están los hogares, las empresas financieras y las no financieras. Para este análisis, he juzgado que su tratamiento diferenciado apenas aportaría nada.

Empezando por el valor añadido bruto, o si lo preferís la riqueza generada, la evolución reciente de estas magnitudes es como sigue:



En los años inmediatamente anteriores a la crisis (años muy buenos económicamente), el VAB de las Administraciones Públicas se situó en un 11,7%, más o menos, del VAB total de la economía. Dicho de otra forma, de cada 100 euros de riqueza generados, 11,7 lo eran por el actor público. En el conjunto del 2009, concretamente, se ha ido al 13,7%, es decir ha ganado dos puntos porcentuales de PIB, que son algo así como 20.000 millones de euros. Aquí tenemos, pues, la contribución del gasto público al evitamiento de la crisis. Podríamos decir que si el Estado no hubiera hecho nada; si no hubiese modificado su actuación por el estallido de la crisis y se hubiese obstinado en mantener su papel como era antes de comenzar, la caída del PIB habría sido mucho más grave, en torno a dos puntos de riqueza que el PIB del 2009 sí tiene y no habría tenido si las AAPP no hubiesen reaccionado.
¿Se ha sustantivado este mayor papel de las AAPP a través del consumo final?




El consumo final de las AAPP rozaba, antes de la crisis, el 10% del consumo final de la economía, y en el 2009 se situó en el 11,4%. Según mis cálculos, el consumo añadido por las AAPP como consecuencia de la crisis (o sea, esos 1,4 puntos porcentuales de más) vienen a suponer unos 11.250 millones de euros.
Donde, para mi gusto, ha estado la participación verdaderamente relevante de las AAPP, sobre todo en términos relativos, ha sido en la formación bruta de capital fijo o, como la llamábamos de soltera, inversión. Sumemos las magnitudes de las AAPP y del resto de la economía.



En primer lugar, hay que darse cuenta de que la curva de la formación bruta de capital presenta diferencias respecto de las otras que hemos visto: en este caso, la quiebra de la tendencia observada hasta el 2007 es muchísimo más radical. La inversión ha caído mucho más que el consumo o el VAB. Hay que tener en cuenta, desde luego, que los proyectos inversores de las empresas no financieras se han frenado, como también lo ha hecho la FBCF de los hogares, que está compuesta casi exclusivamente por compra de vivienda.

Aquí es donde se ha dado un relevo más claro. En el año 2006, último completo de la larga expansión económica que ha precedido a esta crisis, la inversión pública fue exactamente del 12% de la inversión total de la economía. En el año 2009 ha trepado hasta el 17,6%. Las AAPP han puesto en juego 14.600 millones de euros adicionales de inversión, según mis cálculos, inducidos por la crisis. Evidentemente, si esto se frenase, y si no hay cambio en la tendencia descendente del resto de la economía, el resultado sería complejo.

Existen, pues, muchos elementos para sustentar la afirmación hecha de que no se puede parar la máquina de gastar sin comprometer el crecimiento económico. Pero aún hay otro dato.

La Contabilidad Nacional por sectores institucionales calcula una última línea que es la capacidad o necesidad de financiación de cada sector; es decir, en qué medida cada sector, o la economía en su conjunto, es capaz de generar los recursos que necesita para financiar la actividad que está realizando. Una vez más, veamos el gráfico con la serie histórica de esta magnitud.

El principio de la serie (año 2000) define muy bien la situación de la economía española en sus años buenos: una economía suavemente deficitaria, con necesidad neta de financiación, a la que puede responder, sin embargo, con facilidad merced a su elevado ritmo de creación de riqueza, y con un sector público que es prácticamente superavitario o en todo caso está muy cercano al equilibrio. En los años de economía acelerada, 2005 y siguientes, la posición de financiación de los sectores privados (resto de la economía) se deteriora notablemente; tanto empresas como, sobre todo, familias, se sobreendeudan, en un proceso que no será por veces que instituciones como el Banco de España destacaron alarmados, a lo cual el actor público reacciona convirtiéndose en un ente superavitario en materia de capacidad de financiación.

En los años 2008 y 2009, la situación cambia radicalmente. Los sectores privados, que estaban endeudándose a mansalva para financiar su expansión porque la economía iba bien, reaccionan con inmediatez al deterioro de la situación económica iniciando una corrección radical de su posición de endeudamiento que, asimismo, es una reacción a la restricción del crédito. La curva cambia de dirección de una forma brusca, de manera que apenas necesitan año y medio para pasar de una situación de profundo déficit de financiación a situación cero o, como dicen los comerciantes del Rastro, ni p'a ti ni p'a mí.

Las Administraciones Públicas toman el camino contrario, en una estrategia anticíclica, como decía, de corte keynesiano. El Estado gasta cuando la economía ahorra, consciente de que tiene que operar de contrapeso para matizar las consecuencias de la crisis.

El problema es dónde sitúa esto a las AAPP el final del 2009. Con una necesidad de financiación de 117.000 millones de euros, el actor público se encuentra con unas altísimas necesidades de conseguir recursos, lo cual lo convierte en un competidor de primera magnitud en los mercados de capitales, no desde luego como demandante de préstamos bancarios sino, fundamentalmente, como emisor de deuda, así como mediante la gestión de sus propias deudas comerciales, pues pagar con retraso no deja de ser una forma de financiarse a corto plazo.

Hay, pues, un balance: el balance entre la vertiente traumatúrgica del gasto público, que es innegable y se traduce en su evidente rol de sostén de la economía para que no caiga más de lo que ha caído; y la vertiente tóxica, que consiste en las distorsiones y frenos al propio crecimiento que introduce el Estado como ente necesitado de una financiación que por ello deja de recibir el resto de la economía. Esta vertiente tóxica es la que sitúa, además, en sus justos términos las consecuencias de los eventuales downgrading de la deuda española, pues a menos rating, más spread, luego la deuda es más cara (hay que ofrecer más tipo para venderla) y se produce un efecto explosivo, autoalimentado, que hace que cada vez cueste más cubrir esa necesidad de financiación.

Soluciones, sólo hay dos: o el Estado gasta menos, o el resto de la economía toma el relevo y comienza a invertir, recupera su tono de consumo y creación de valor añadido. En puridad, hay una tercera vía, y es que el Estado recaude más, es decir, mejore su posición de financiación aumentando sus ingresos, que es lo que persigue la subida del IVA. Pero si veis la curva del consumo final acabaréis por llegar a la conclusión, o al menos a mí me ha pasado, de que a menos que la curva descendente que se ve en la gráfica deje de serlo, subir el IVA puede ser hacerse un pan con unas tortas, porque la base imponible del impuesto, que al fin y al cabo es el consumo, al ser menor, podría incluso revertir menos recaudación.

El problema que yo tengo es que, a día de hoy, no sé cuál de las dos soluciones, o las dos, se ha tomado.