jueves, abril 15, 2010
Cambio de ciclo
En 1963, funcionaba en Praga una emisión de radio de los comunistas españoles destinada a sus militantes clandestinos en España. 1963 fue el año que Franco fusiló a Julián Grimau. Tras la noticia de dicho fusilamiento, los redactores de aquel programa leyeron la lista completa del gobierno franquista que había votado la ejecución, pronunciando la palabra «asesino» detrás de cada nombre. Santiago Carrillo, ya por entonces líder y estratega del PCE, les afeó un poco la acción. Nos guste o no, les vino a decir, algunos o muchos de esos tipos a los que hoy habéis llamado asesinos son los tipos con los que algún día tendremos que pactar.
Retened la anécdota en la memoria. Al final del post la recordaré de nuevo.
Viendo en la tele y leyendo en la prensa la sustancia y los ecos del reciente acto de desagravio al juez Garzón en la Universidad Complutense me he preguntado si no estaremos siendo testigos de un cambio de ciclo. Y lo digo porque para mí ya es claro y evidente que la pretendida defensa de la persona del juez Baltasar Garzón es mucho más que eso y porta muchos, y más importantes, significados.
Puede ser, tal y como lo veo yo, que nos encontremos ante una mutación social, cultural y de conocimiento cuyas consecuencias es difícil prever. Una mutación cuyo elemento fundamental es poner el contador de España a cero en 1975, y volver a empezar. Contra lo que piensan muchos defensores de ese pleonasmo llamado memoria histórica, sus intentos no lo son de negar o reescribir la historia de España entre 1939 y 1975; lo que están negando es esa misma Historia entre 1975 y el momento presente.
¿Garzón? La verdad es que eso de la prevaricación de Garzón me parece bastante chorras. Según mi entender, lo que ha perpetrado este ciudadano es más una torpeza que un error, menos aún un delito; es una aplicación excesiva de un principio, el de justicia universal, que en todo caso no está del todo claro y al que aún le queda mucho trecho para definirse. Estoy con quienes defienden a Garzón en que esto de la prevaricación con la llamada Causa General contra el franquismo bien podría haberse resuelto, aún encontrándolo culpable (que, insisto, yo más que culpable lo que le veo es torpe), con un cachete en el culete. La prevaricación es una cosa bastante más seria. Con las otras dos querellas que le quedan, ya no estoy tan seguro que no haya miga procesal. Pero es que todo esto ya da igual porque, dado el tono que los defensores del juez han querido dar a su defensa, las technicalities del asunto han dejado de tener importancia.
El tono que tanto Garzón como sus corifeos han adoptado para su defensa ha provocado que los autos del juez Luciano Varela se refieran, por lo que leo, cada vez menos a la sustancia de la cuestión (la prevaricación) y cada vez más a todo lo que la rodea. Este juicio tiene toda la pinta de haberse convertido en uno de esos juicios en los que acabaremos discutiendo sobre quién mató a Kennedy o, más en concreto, cuál ha de ser la interpretación, por lo visto única, que debemos dar (todos, puesto que es única) a los hechos históricos de la II República, la Guerra Civil y el franquismo. Aquí, a mi modo de ver, está el cambio de ciclo, o intento de cambio de ciclo. Y es un cambio que se basa en varios presupuestos discutibles. Entre ellos:
Debe existir una sola interpretación de los hechos
¿Por qué? He hecho esta pregunta tanto personalmente como a través de la red y casi siempre he recibido la misma respuesta: porque así ha sido en otros casos (otros casos suele querer decir otro caso, es decir el nazismo alemán).
Quienes defienden esta idea, a mi modo de ver, olvidan un par de cosas. La primera es que la de Hitler y la de Franco son dictaduras de orígenes distintos. Una surge de una guerra civil y la otra no. El matiz es importante porque, en el caso del franquismo, hace que su análisis se quede incompleto si no se acompaña de un análisis de la Guerra Civil, que es un proceso complejísimo en el que juegan muchos factores, algunos de ellos presentes sobre el tablero de España desde siglo y medio antes de su estallido.
Pero olvidan otra cosa. Memorias de jerifaltes nazis que se muestran comprensivos hacia Hitler, y personas que se dijeron fieles a su memoria hasta la muerte, hay unas cuantas. Yo no creo que en Alemania se dictase en 1945 una Verdad Histórica que todos tuvieran que seguir. Se dictó, sí, una verdad judicial relativa a las actuaciones genocidas del nazismo. Lo que ha enterrado a los hitlerianos no han sido los jueces; ha sido el juicio histórico, abrumadoramente mayoritario (que no monolítico). Porque es el juicio histórico el que toma las riendas cuando las responsabilidades penales se han agotado.
En este entorno de cosas, llama la atención que todo este follón de la memoria histórica se vaya a montar en un momento en el que el juicio histórico, por así llamarlo, prorrepublicano, estaba ganando la partida por goleada. Soltándose el pelo, la memoria histórica ha conseguido exactamente lo contrario, no ya de lo que buscaba, sino de lo que tenía.
El intento por imponer una sola interpretación de la Historia de España en el siglo XX está siendo tóxico y lo será más aún conforme pase el tiempo. La razón de esta toxicidad es que las filosofías de pensamiento único, por definición, tratan a todo lo que se desvía de la misma manera. Es irrelevante que un punto de vista sea más o menos moderado; si no cuadra con la visión prometida, es acusado de falso, de erróneo, o de cosas peores.
Quienes han inventado esta estrategia ya están contemplando, y lo que les rondará, el resultado de su labor: cuanto más radical es un escritor de la Historia, cuanto más profranquista se muestra, más vende. Más se lee. Pero ése, paradójicamente, no es un fenómeno que se hayan currado esos autores. Es un fenómeno que han creado sus contrarios, precisamente ellos, los que abominan de esos libros. Si hubieran sido más partidarios del libre debate intelectual, un debate sin victoria final por definición, estos autores no venderían ni un mango.
Dicho más claro: hace ahora diez y pico de años, cuando la memoria histórica ni estaba ni se la esperaba en el debate social e intelectual, la interpretación de la guerra civil y el franquismo era prácticamente consensual, decididamente prorrepublicana. Pasado ese tiempo y una vez que hemos atravesado el cedazo del intento de imponer una versión de los hechos, nos encontramos con que cada vez que un decidido opositor de dicha verdad única saca un libro, vende como si fuese Dan Brown. Se da, pues, la triste paradoja de que quienes han intentado imponer una sola versión de las cosas le han dado alas precisamente a la contraversión que combatían. El punto de vista historiográfico de pura ortodoxia franquista estaba, hace quince o veinte años, muerto y enterrado. Pero sus enemigos lo han resucitado. Mi más cordial enhorabuena.
Es necesario rehabilitar la memoria histórica
Como he insinuado párrafos más arriba, en 1975, sí, puede. En el 2010, no. Han transcurrido más de 12.500 días desde aquél en el que murió el general Franco. 300.000 horas que muchas personas han ocupado es investigar a fondo y escribir libremente centenares, si no miles, de libros dedicados a la represión franquista, a la organización del golpe militar del 36, a los diferentes aspectos de la guerra civil, al conteo de víctimas de la misma. A ninguno de estos autores se le han cercenado las alas en modo censura; lejos de ello, muchos de ellos han gozado de becas, subvenciones y otras ayudas al uso. España lleva, pues, 35 años escribiendo lo que le sale del pie sobre la Guerra Civil y el franquismo.
Es cierto que hay muchas historias personales que desvelar. La guerra civil y el franquismo son una amalgama de más de un millón de historias personales con muy mal final. Pero también es evidentemente que, por mucho que queramos correr, es y será imposible alcanzar la investigación de todas ellas. Cosa que, por otra parte, nadie ha hecho. No hay un solo país en el mundo que pueda decir que sepa cómo, dónde y en qué circunstancias han muerto todos sus muertos.
En todo caso, el problema de la memoria histórica es que quiere pasar esa investigación por el tamiz judicial. Juzgar los asesinatos no como delitos históricos, sino como delitos penales. Dado que todo delito penal precisa de la existencia de un culpable, de ahí la charlotada garzonita de solicitar la certificación de que el que está bajo la losa del Valle de los Caídos es Franco y no Elvis. Sin embargo, para bien o para mal, han pasado décadas, amén de una amnistía libremente votada por el Parlamento. Quien tiene hoy sobre sí la labor de investigar quién mató a Lorca es Ian Gibson, no el titular del juzgado de instrucción número X de Granada. La memoria histórica quiere hacer lo que la Transición, conscientemente, se negó a hacer. Es por ello que digo que no es la Historia de Franco la que pretende negar, sino la de Suárez, y la de González.
La memoria histórica, además, lejos de rehabilitar la Historia, en ocasiones la enfanga, porque parte de presupuestos muy discutibles que, obviamente, como doctrina de pensamiento único que es, pretende imponer.
Se parte de la base de que el bando republicano en 1936 estaba formado exclusivamente por defensores de la democracia. Para dudar de esta afirmación, no hay más que ver lo democráticamente que se desempeñaron algunas de las fuerzas de dicho bando allí donde tuvieron poder.
Se parte de la base de que el golpe de Estado fue organizado por una camarilla de militares con apoyos exteriores en las potencias fascistas, más algunos cresos y terratenientes y la connivencia de la Iglesia católica. Lo cual también es discutible pues, independientemente de quién organizase el golpe de Estado, el hecho de que no menos de un tercio de España cayese de su lado en las primeras horas (a pesar de que, como golpe de Estado, fue bastante chapuzas) viene a ser un indicativo de que, guste o no, dicho golpe respondía a las necesidades e inquietudes de una parte de la sociedad española, no de cuatro millonarios mal contados y una decena de cardenales adiposos. De hecho, sólo admitiendo esta idea, a mi modo de ver, es como se puede entender que Franco durase cuarenta años, de la misma forma que tampoco se puede sostener que Fidel lleve décadas en el poder en Cuba a base sólo de represión. Y para afirmar esto no hace falta ser castrista.
Se parte de la base de que el golpe de Estado franquista, por lo tanto, se hizo contra todo y contra todos, y que sólo la ayuda italoalemana, mezclada con la inanidad francobritánica, explican la victoria de Franco. Ésta, que parece una discusión exclusivamente centrada en el ámbito puramente militar, es, en realidad, una polémica mucho más profunda. Esa suerte de fatalismo bélico está tratando de soslayar el hecho de que, independientemente de que Franco fuese o no ducho en el lanzamiento del penalty, la República hizo denodados esfuerzos por no pararlo. Dejarlo todo en un mero «si no es por Hitler, te habíamos dado hasta en el cielo de la boca» es una manera de no entrar a conocer cómo, cómo de mal quiero decir, funcionaron los gobiernos de la República en guerra, los gravísimos errores que cometieron, y la magnitud de sus responsabilidades.
Se parte, por último, de la base de que para interpretar la Guerra Civil basta la realización de un análisis puramente epidérmico, porque sus causas, estructura y consecuencias son cosas que están bastante claritas. Basta echar una mirada al esquema de la Guerra Civil Española cuando quien lo hace es alguien con conocimiento de causa (y, para muestra, esta excelente propuesta de Eborense) para darse cuenta de que la GCE no es cuestión que puedan explicar los Lunnis en una tarde.
El gran caldo de cultivo de la memoria histórica, en este sentido, es la insondable, absoluta, pavorosa falta de formación del español medio; más insondable, más absoluta y más pavorosa cuanto más joven es. Entiéndase: yo no creo que una persona cultivada en los conocimientos vaya necesariamente a adoptar una visión equidistante frente a la GCE. No son pocos los casos de personas que conozco que, habiéndose empapado de conocimientos, sostienen postulados muy cercanos a los que defiende la tentativa de nuevo pensamiento único. Lo que me estomaga es encontrarme, una vez y otra, con obispos de la nueva verdad predicándola a base de repetir conceptos que están, todo lo más, en las dos o tres primeras páginas de los prólogos de los libros de Historia, cuando no en un recuadrito de la página par de un libro de Sociales de la ESO.
Conocer la Guerra Civil es algo más que haber leído algún librito escrito originalmente en inglés. Para conocer la Guerra Civil, hay que empezar por entender lo que pasó en España en 1808, y luego ir rellenando el puzzle poco a poco. Para conocer la Guerra Civil hay que dar muy pocas cosas por sagradas, y acostumbrarse a los traspiés.
No, no es necesario rehabilitar la memoria histórica. Es necesario conocer la Historia. Y debatirla.
Son posibles las acciones políticas y penales contra el franquismo
El general Francisco Franco murió en la cama. Así lo decidieron las principales cancillerías occidentales, a las que les bastaron las promesas de apertura tras su fallecimiento hechas por los cuadros del propio franquismo; así lo decidieron las formaciones políticas antifranquistas a la derecha del PCE, representativas de la sociedad no franquista como pronto demostraron las elecciones democráticas; y así lo decidieron los llamados azules, franquistas que sabían que no podrían seguir siéndolo sin Franco y de que, como bien dice el bolero, el reloj siempre marca las horas.
Este hecho es un hecho doloroso y jodido para muchos puntos de vista. Pero es. Cualquiera que sea la acción que se tome, la victoria que se consiga, no va a cambiar. Se dice ahora, a menudo, que España es uno de los pocos países que no se ha reconciliado con su Historia. Aparte de que yo no veo a los ingleses muy reconciliados con su actitud secular respecto de Irlanda o a los franceses muy reconciliados con la bajada de pantalones nacional que realizaron mayoritariamente tras ser invadidos por Hitler, por poner sólo dos ejemplos, es que quien dice eso olvida que en la actuación de España, de la España democrática, hay una decisión consciente de no reclamar dicha reparación. Esa renuncia está en el mensaje por la Reconciliación Nacional del PCE en el 56 y está, sobre todo, en el llamado Contubernio de Munich.
¿Pueden las generaciones posteriores, o sea nosotros, cambiar ese juicio? Desde luego. Nada hay más expuesto a los vaivenes de la Historia que la Historia misma. Nuestra labor y la de las generaciones venideras, de hecho, es y será juzgar a la generación de la Transición política y calificar su trabajo. Es perfectamente legítimo defender que la Transición fue incompleta, fue un pastiche, fue un error. Se puede defender que lo que habría que haber hecho era otra cosa. Pero lo que no se puede es poner el contador a cero porque, para bien o para mal, han pasado 35 años, y donde hace 35 años se podría haber incoado un juicio penal contra mucha gente, hoy no se puede, por las dos razones combinadas de que esos crímenes están amnistiados (pues los demócratas del 2010 son tan libres de pensar que es un gran error amnistiar los crímenes franquistas como libres fueron los de 1975 de pensar lo contrario, y actuar en consecuencia) y de que sus autores están, casi todos, muertos.
La Historia se revisa cada vez que alguien mínimamente interesado en ella pone sus ojos en un libro y lo lee. Pero lo que no se puede hacer con la Historia es revivirla.
La represión franquista justifica la existencia de españoles con distintos derechos
El franquismo era un régimen asimétrico donde unos tenían derechos y otros menos o ninguno en lo absoluto. La forma de acabar con un régimen asimétrico es crear uno simétrico, no repetir el esquema, sólo que dándole la vuelta. Esto lo dice la Lección 1 del libro de Primero de Democracia.
Un fascista, aparte de otras muchas cosas que serían fruto un análisis más largo, es una persona que está deseando salirse del sistema. Un fascista odia la democracia y está intentando encontrar motivos para cargársela. Y, precisamente por eso, defender la idea de que una querella no debería ni estudiarse porque la ha presentado una determinada organización; sustantivar, por lo tanto, la idea de que en una democracia existen ciudadanos de primera y de segunda, no es joder a ese fascista; es alimentarlo. Si a un fascista le das a elegir entre que Garzón sea finalmente condenado o que su causa sea archivada por el solo motivo de que fue presentada por Falange, con seguridad escogerá lo segundo. Le es mucho más provechoso. Lo primero serviría para quitar de en medio a un tipo que de todas formas es atacable por otros flancos. Lo segundo le dará, de por vida, la disculpa perfecta para seguir siendo un fascista.
Y volvemos a Praga, 1963. Si la anécdota es cierta (que vaya usted a saber; con las anécdotas, ya se sabe…), revela una honda inteligencia estratégica por parte de la principal formación antifranquista de la época, que era el PCE sin duda alguna. No hay que analizar si quienes impulsaron esa filosofía se taparon la nariz o no. Si sufrían haciéndolo o no. Lo único importante es que lo hicieron. Decidieron que el carrilito histórico por donde se movería España sería un carrilito sin exclusiones que buscase la aportación de todos. Pudo ser de otra manera, desde luego. Y ni siquiera es necesario compartir la idea de que la elegida fue la mejor manera posible.
Pero lo que no se puede es entrar en la máquina del tiempo e intentar que las cosas sean como no fueron. Cambiar el carrilito.
La Historia es una vieja terca y sorda, y no hay manera de hacerla ir por donde no ha ido.
miércoles, abril 14, 2010
Consulta
En el caso de que alguna de las personas que leen este blog sea versada en la ciencia de generar ficheros en formato legible para libros electrónicos, y además se sienta capaz de explicárselo a alguien para quien bit son las siglas de Bureau of Industry Trade, sírvase escribirme a mi correo electrónico, granmiserable arroba hotmail punto com.
Fin del mensaje
La revolución iraní (4)
Qom, ciudad santa de los chiitas. Son los días en los que el clero también lame sus heridas. Al fin y al cabo, no puede decir que la derrota de Mossadeq no les concierna, puesto que el líder religioso, Kashani, fue su mano derecha espiritual, hasta el límite de aceptar la presidencia del Majlis. Los ayatolás, por lo tanto, también han perdido la batalla, y lo saben.
Es por esos años que un hojat al-Islam especializado en fiqh (jurisprudencia) empieza a llamar la atención por el creciente número de seguidores que alimentan su hawza. Se llama Ruhallah Jomeini. Es una persona austera e inteligente. Lo suficiente como para tener una explicación para lo que ha pasado, que es precisamente lo que todo el mundo demanda. Jomeini le dice a sus oyentes: el error de Mossadeq y de Kashani fue centrarse el petróleo. El petróleo no importa. Lo que hay que ambicionar no es el poder sobre el petróleo, sino el imperio del Islam. Todo lo demás es tributario de este gran objetivo.
Éste es un elemento fundamental del jomeinismo y, al tiempo, su gran limitación. Jomeini no compagina religión y política, sino que supedita absolutamente ésta a aquélla. Es, evidentemente, una limitación que no se verá clara hasta que tenga el poder en las manos pero, de alguna manera, existe desde el principio.
El éxito creciente de Jomeini, en cualquier caso, acabó por levantar las suspicacias y el temor del Sha. Por eso el monarca Palhevi, en alocución radiada, retó a Jomeini, aunque sin citarlo, preguntando públicamente al clero iraní qué pensaba de uno de sus miembros que aceptaba dinero de extranjeros. La puya tenía relación con una cantidad enviada por el presidente egipcio; Nasser, a la hawza de Jomeini.
Esta provocación del Sha tiene gran importancia porque, aparte de provocar al día siguiente las aclaraciones por parte de Jomeini (el dinero era para viudas y huérfanos), también fue el momento elegido por éste para realizar un movimiento increíble y de gran importancia para su revolución.
En la primera toma de esta serie os he contado que en los primeros años del islamismo, cuando los partidarios de Alí fueron declarados clandestinos, las gentes eran obligadas a apostatar de él en público para demostrar su fidelidad. De aquellos tiempos data la práctica chiita de la tuqi'a o disimulo; práctica según la cual, en determinadas circunstancias, un chiita podía hacer como que no era chiita, para mover a sus enemigos al error.
Jomeini, espoleado por la oposición del palacio y claramente embarcado en una estrategia de imposición del Islam en Irán, declaró el fin de la tuqi'a. Afirmó que había llegado el momento de que los chiitas proclamasen aquello por lo que creían. Y este movimiento tiene gran importancia, porque multiplicaría, en los meses y años siguientes, el poder del chiismo en todo el mundo musulmán y árabe. Convirtió a Jomeini en el primer líder religioso que se enfrentaba frontalmente al Sha (no olvidemos que Kashani se enfrentó con la situación del mercado del petróleo, no tanto con el Sha), lo cual, con el tiempo, le garantizó el status de máximo dirigente revolucionario.
El Sha reaccionó (1962) con la llamada revolución blanca, que pretendía vender modernidad a Irán: reforma agraria y un ambicioso programa de igualdad de sexos que incluía la elegibilidad de las mujeres. Provocó la oposición de Jomeini y le obligó a buscar el apoyo de los mullás más jóvenes, puesto que no contaba, entonces, con un apoyo consensuado entre los ayatolás.
La petición de Jomeini al Sha tenía tres puntos: eliminación de la esclavitud respecto de los Estados Unidos; respeto al Islam; y empleo de las riquezas del país en luchar contra la pobreza y la exclusión. El Sha ni se molestó en contestar.
En marzo de 1963, la tensión era evidente en las vísperas del sermón de Jomeini, previsto para el aniversario de la muerte de Jaafar es-Sadiq, sexto de los doce imanes del chiismo. No obstante, elementos de la Savak infiltrados en su hawza le reventaron la cosa. Al día siguiente, esos mismos políticias penetraron en la escuela islámica para detener a varios de sus miembros, y hubo unos disturbios que provocaron 22 muertos.
El cerco sobre Jomeini prosiguió mediante la oferta del gobierno de Teherán, realizada en la persona del ayatollah al-uzma Shariatmandari, en el sentido de que todo aquel signo de Dios que se sintiese inseguro en Qom a causa de los disturbios podría ser trasladado a Iraq; una oferta envenenada que buscaba separar a los líderes religiosos y aislar a Jomeini.
El 5 de junio, con ocasión de la fiesta del majlis el-arbain, que honraba a los muertos en el ataque sufrido por el seminario de Faydiyauh, Jomeini, fiel a su propio anuncio de que el disimulo se había ido a tomar por la parte del cuerpo que precisamente rima con disimulo, lanzó una filípica contra el Sha en la que no se calló nada. Le apeló de hombre enfermo y miserable, entre otras cosas. Quizá buscaba lo que pasó o quizá es que, simplemente, dentro de su esquema mental esos ataques tan directos y desinhibidos eran necesarios. El caso es que el siguiente, lógico, paso del gobierno, fue detener a Jomeini, que entonces era ayatollah, así pues aún podía ser detenido. Inmediatamente, tanto en Qom como en Teherán, donde se le trasladó, se multiplicaron las manifestaciones de defensa del líder religioso. A las 72 horas de detención, un seminarista de Qom se fue a la entrada del Majlis y se apioló al primer ministro, Hassan Alí Mansur.
Jomeini fue trasladado y abandonado en la frontera irano-turca. Como era de esperar, Jomeini regresó y se dirigió a Najaf. Mientras tanto, el Sha se llevaba por delante en Qom a todo lo que se movía.
A Palhevi le tocaría la lotería en 1967, con la fulgurante victoria israelí sobre sus enemigos árabes. Aquello acabó definitivamente con el liderazgo panárabe de Nasser. Para colmo, por esas fechas Reino Unido liquidó sus protectorados en el golfo, que se federaron a cambio de la independencia, lo cual retiró de las aguas de la zona a la flota británica. Dos de los poderes que podían haber hecho sombra al liderazgo regional del Sha, pues, desaparecieron casi al mismo tiempo. El 26 de octubre de 1967, el Sha se coronaba a sí mismo, en una ceremonia que había aplazado hasta el momento en que su nueva esposa, Farah Diba, le dio un heredero. Fue una celebración fastuosa que hizo las delicias de las revistas de papel cuché, y que sólo fue superada, en 1972, con la celebración de los 2.500 años de la monarquía aqueménida en Persépolis. Como pequeño detalle de lo que fue aquella boda, baste decir que, para que todos los servicios a los invitados estuviesen a pleno rendimiento, se levantaron varias centrales eléctricas en pleno desierto.
Como si al Sha le hubiese caído una bendición, en 1973 llegó la guerra del Yon Kippur, el mosqueo árabe y la movida de la OPEP poniendo el precio del petróleo por las nubes. Aquello, por supuesto, multiplicó la riqueza de Irán.
Todos estos factores hicieron que el Sha pensara en sí mismo para ser el centro de la denominada doctrina Nixon, desarrollada por la Casa Blanca tras el fiasco de Vietnam, según la cual los intereses americanos en el mundo deben garantizarse mediante la instrumentación, en cada zona, de estados potentes con función policial, amigos de Estados Unidos pero no Estados Unidos mismo. De hecho, esta doctrina se concretó en la zona con la formación de una coalición anticomunista llamada Safari Club, de escasa eficiencia. La doctrina Nixon tuvo una larga vida geopolítica hasta que fue sustituida por la doctrina Bush con la primera y segunda guerra del Golfo, con las que ha regresado la intervención directa americana, así como la doctrina Obama (aunque yo prefiero llamarle, al menos de momento, el tran-tran Obama) en Afganistán.
El 1 de junio de 1972, Iraq nacionalizó el petróleo y, además, en 1974, tras la guerra del Yon Kippur, comenzó a poner obstáculos a los acuerdos de no agresión entre Israel, Egipto y Siria. Esto molestó un poco a Kissinger. Por eso, los americanos decidieron reactivar una de las peticiones que les había hecho Mohammed Palhevi para que le ayudaran atizando el conflicto kurdo en Iraq para debilitarlo. Nunca se pretendió, para desgracia de los kurdos, ayudarles a ganar. Entre otras cosas, Irán también tenía una minoría kurda, y el Sha sabía que si los kurdos iraquíes ganaban, también querrían lo suyo. Pero el grifo de las armas manó para ellos.
En 1975, sin embargo, la falta de paciencia del Sha, uno de sus muchos defectos, le hizo cambiar de criterio. Se cansó de esperar que los kurdos obtuviesen victorias sonoras contra Bagdad, así que retuvo un gran alijo de armamento llegado a Teherán para la guerrilla y se puso en contacto con Sadam Husein. En marzo de aquel año, en la conferencia de la OPEP de Argel, y ante la atenta mirada del presidente local Houari Bumedián, ambos dirigentes se reunieron y acordaron que Irán cortase el grifo de los kurdos. En Washington juraron en arameo.
En algún momento entre 1965 y 1975, un observador superficial habría encontrado serias dificultades para desmentir al Sha si le dijera, como probablemente le diría, que su shanato estaba totalmente consolidado y que no había, nunca mejor dicho, moros en la costa.
Pero se equivocaba. Porque no había acabado con Jomeini.
domingo, abril 11, 2010
La revolución iraní (3)
En la década de los cincuenta el Sha nombra primer ministro a Alí Razmara, cuyo principal objetivo es abordar un convenio suplementario al ya existente con los británicos para la explotación petrolífera que mejore los beneficios para los persas. Tras acordarse entre las partes, pasó al Majlis para su estudio, motivo por el cual fue nombrada una subcomisión presidida por un elemento fundamental de la política iraní de la época: el doctor Alí Mossadeq.
Mossadeq y su formación política, el Frente Nacional, se habían convertido en los campeones de una idea rompedora: la nacionalización del negocio petrolífero. Esto generó un enfrentamiento casi constante con el palacio real y también con Razmara. De hecho, el día que éste fue ratificado por el Majlis, Mossadeq le montó un pollo de la leche por presentarse ante los diputados como haji. Un haji es un musulmán que ha peregrinado a la Meca, aunque entre los persas se usa a veces como título honorífico. Razmara lo usó para no tener que presentarse ante el Majlis como lo que verdaderamente era, es decir el general Razmara, un conmilitón. Mossadeq le negó la condición de haji y quiso echarle de la sala, aunque no lo consiguió.
Esta anécdota nos demuestra hasta qué punto, poco a poco, la mera línea política del Frente Nacional se ligaba a los sentimientos religiosos. Por eso Mossadeq contaba en su Frente con una especie de ala religiosa, comandada por el ayatollah Abul Kasem Kashani; grupo que, además, se veía en competición con otros más radicales, como los Fedayin-i-Islam (sacrificadores del Islam) de Navab Savafi. A la presión nacionalista y religiosa hay que unir, además, la de los comunistas del partido Tudeh.
El 20 de febrero de 1951, apenas ocho días después de la boda del Sha con la que quizá fue la primera gran figura de la prensa mundial del corazón, la princesa Soraya Esfandiani (a la que acabaría por repudiar a causa de su esterilidad), Razmara fue asesinado. Su asesino, Jalil Tahmusby, un fedayin, dio su filiación aseverando que era Abdullah (servidor de Dios) Muwaheddy (que cree en un solo Dios). Que el estamento religioso estaba con los rebeldes lo demuestra el detalle de que el gobierno no logró encontrar ni un solo imán que aceptase celebrar los funerales.
El asesinato de Razmara marcó el inicio de una serie de movilizaciones en las que comenzó a mostrarse un elemento fundamental de la revolución iraní: el antiamericanismo. La mayoría de los manifestantes en las calles gritaban mueras a Harry Truman, presidente de los EEUU.
En una tormentosa sesión del Majlis, en la que Mossadeq hizo callar al primer ministro en funciones y al propio presidente del Parlamento instándoles a que diesen vivas a la nacionalización del petróleo, el Sha sometió a los diputados una terna de posibles primeros ministros: Famihi, que lo era en funciones; Alí Soheily, embajador en Londres; y Husseín Alí, consejero de la corte. El Majlis, encendido por Mossadeq, para entonces un anciano de setenta años que, a decir de quienes lo conocieron, era un excelente orador, rechazó los tres nombres. Fue un mensaje claro para el palacio real. Lo que el Majlis quería era que el rey dejase de jugar con la pelotita del poder y se dedicase, todo lo más, a ese fistro llamado «poder arbitral» en el que, tradicionalmente, los reyes absolutistas se han refugiado cuando no han querido que se les notase lo que eran o querían ser. Es cierto que el Majlis llegó a aceptar el nombramiento de Hussein Alí como primer ministro. Pero es más que probable que lo hiciesen sabiendo que sería un nombramiento efímero, entre otras cosas porque el primero que no quería a Alí de primer ministro era él mismo, pues se retiró de la terna y sólo tras gestiones personales del Sha osó volver. Así las cosas, al Sha no le quedó otra que nombrar primer ministro al primer político del país: Alí Mossadeq.
El 19 de abril de 1951 fue nombrado primer ministro. El día 30, tan sólo once días después, se aprobaba la ley de nacionalización del petróleo. Así de claro lo tenían el doctor Mossadeq y su Frente Nacional. Evidentemente, y se pongan gentes como Hugo Chávez decubito prono o decubito supino, estas cosas tienen sus consecuencias. La Iranian Oil Co., británica, suspendió ipso facto los pagos a Irán, lo cual dejó a una parte importante de los funcionarios del país sin sueldo de la noche a la mañana. El 26 de mayo, el gobierno de Londres se querelló contra el de Teherán en la corte internacional de La Haya, a cuya instancia se abrió una negociación de buen rollito que, como no llegó a nada, paralizó todos los pozos de petróleo aquel 31 de julio.
En 1952, los británicos rompieron relaciones diplomáticas con Irán, mientras que Estados Unidos permaneció entre dos aguas, como hace siempre que los problemas de un aliado suyo de toda la vida, como Londres, le vienen bien (y es que una cosa es ser amigos y otra ser gilipollas; una cosa es tener creencias, en este caso capitalistas, y otra creérselas). Eso sí, en 1953 Irán cayó en una crisis económica de la hostia ante la cual el gobierno, desposeído de las rentas del petróleo, poco podía hacer, por lo que aparecieron las disensiones entre Mossadeq y Kashani. Ambos, además, tenían un nuevo factor en contra: en 1952, la llamada revolución de los oficiales libres había acabado con el rey Faruk de Egipto, así pues todas las cancillerías occidentales estaban de los nervios con las revoluciones nacionalisto-musulmanas como la iraní.
Los británicos de la vieja Oil Co. empezaron a pensar en deshacerse de Mossadeq y Kashani probablemente desde el mismo momento que les quitaron la concesión. Por lo que se refiere a Washington, fue el acojone que les entró de que, en la situación de creciente conflictividad creada por el desempleo y la pobreza, la URSS se las acabase ingeniando para entrar en el país y garantizarse la salida al golfo Pérsico. Así se dijo, sin ir más lejos, en una reunión en Washington, el 25 de junio de 1953. Tres meses después, dato importante, de la muerte de Stalin, y por lo tanto un momento en el que el mando soviético se estaba reorganizando.
Era ahora o nunca. Y fue ahora. En general Fazlullah Zahedi dio un golpe de Estado, y sustituyó a Mossadeq. Éste moriría unos cinco años después, cuando fue puesto en libertad. Pero muchos revolucionarios musulmanes o de izquierdas no corrieron esa suerte, y fueron muertos en las primeras semanas de represión realizada por el ejército del Sha. La nacionalización fue abolida, aunque el mercado del petróleo tenía nuevas reglas: ahora, las compañías norteamericanas tenían un 40% de lo que antes había sido sólo de los ingleses. Asimismo, el Sha creó inmediatamente una policía secreta, la famosa Savak, al frente de la cual situó al coronel Nassiri, otro de los golpistas, que en los siguientes veinte años sería responsable de terribles torturas y represiones. Entre otras normas, el nuevo régimen dictó una por la cual todos los periódicos tenían que publicar cada día una foto del Sha en primera página. En el país se prohibió la pública exposición de cualquier obra de creación en la que apareciese el asesinato de un rey (como Hamlet, por ejemplo).
En menos de tres años tras el golpe de Estado, al menos 50.000 personas se habían exiliado de Irán, a los que habría que unir los represaliados. Esta situación, además, movió a muchos elementos de la oposición a considerar que el error de Mossadeq había sido considerar que se podía llegar a donde quería por medios democráticos y, por lo tanto, se apuntaron directamente al terrorismo. Es en estos años cuando nace la Mojahiddin Jalk, organización de corte islámico aunque con muchos postulados propios de la defensa del Tercer Mundo; y la Fedayin Jalk, de corte más marxista. Entre los activistas de estas organizaciones había personas como Ibrahim Yazdi o Sadeq Qotbzadeh, que acabarían colaborando con la revolución jomeinista. Un elemento importante para entender la inquina del régimen de los ayatolás contra Israel es, además del propio nacionalismo musulmán, el hecho de que la dictadura del Sha post-golpe inició una estrecha colaboración, no sólo con la CIA sino también con el Mossad.
En relativamente poco tiempo, y a pesar de la guerra de guerrillas, Teherán estaba dominada por el Sha y su gente. Así las cosas, su oposición necesitaba cambiar el centro de gravedad. Y era natural que miraran hacia donde miraron.
Miraron a Qom, la ciudad de los ayatolás.
viernes, abril 09, 2010
La revolución iraní (2)
El regreso a las esencias del Islam, fundamentalmente como reacción a la creciente influencia de la civilización occidental, no es un fenómeno únicamente del siglo XX. Los wahabitas árabes, en el siglo XVIII, o los sanussis libios del siguiente, son ejemplos de visiones muy cercanas a este sentimiento. Jamaleddin el-Afghani, quizá el primer pensador que se dio cuenta de que el mundo musulmán no estaba amenazado sólo de una invasión militar, sino también de la invasión cultural occidental, murió en 1897.
Irán, dada su situación geográfica, se encontraba en todo el medio de la gran confrontación entre las dos potencias del Oriente Medio en las últimas décadas del siglo XIX: Rusia, que anhelaba, y probablemente sigue anhelando de alguna manera, una salida al golfo Pérsico; y Gran Bretaña, que merced a sus conquistas en el área (sobre todo Egipto) era, con mucho, la potencia con más intereses en el área. A ello hay que unir que en el siglo XIX no le faltaron a Persia los monarcas entre ineptos y corruptos, como Nasruddin Sha, que intentó venderle al aventurero Julius de Reuter una macroconcesión de prácticamente todo negocio en el país por la irrisoria cifra de 10.000 libras al año.
En 1890, se produjo la que quizás pueda considerarse primera agarrada seria entre el poder temporal y el espiritual. Nasruddin, que seguía buscando la forma de alimentar su faltriquera, le vendió al inglés Talbot la concesión del tabaco plantado en Persia durante 50 años a cambio de 15.000 libras y una participación en los beneficios de la compañía. Escandalizado, el muhtahid Haji Mirza Ahirazi emitió una fatwa u opinión autorizada que declaraba pecaminoso fumar. Os lo podréis creer o no, pero lo cierto es que al día siguiente, el país en pleno había dejado de fumar. La concesión tuvo que retirarse.
El 1 de mayo de 1896, un seguidor de al-Afghani, probablemente como venganza por haber expulsado a su líder de Persia, asesinó al sha Nasruddin. Le sucedió Muzaffaruddin Sha, el cual tuvo que enfrentarse a la continuación de los sucesos y conflictos revolucionarios, que le obligaron a promulgar una Constitución en 1906 y convocar el primer Majlis o Parlamento. Claro que Muzaffaruddin, una vez que consiguió el vital apoyo ruso para ello, declaró proscrita la Constitución e incluso bombardeó el Majlis.
En 1907, Gran Bretaña y Rusia llegan a un acuerdo que divide Persia en tres partes: un norte de influencia rusa, un sur británico y una zona central, Teherán incluida, de carácter neutral. En 1908, en Mesjid i-Suleiman, se extrae petróleo por primera vez en el país.
En la primera guerra mundial, Persia jugó el típico papel de país formalmente neutral que, por mor de su situación, era lugar de encuentro y navajeo de espías y demás lumpenejército. Como sabréis si habéis leído algo sobre la vida del famoso Lawrence de Arabia, el final del conflicto encendió la región hasta límites insospechados, pues los británicos, y en menor medida los rusos, se portaron con aquellas naciones árabes y musulmanas como el mal ligón: antes de joder todo es prometer, pero después de haber jodido, no hay nada de lo prometido.
La independencia que repetidamente habían prometido los aliados nunca llegaba y, además, toda la zona estaba fuertemente influida por el ejemplo de Musfafá Kemal, quien en Turquía estaba construyendo una nación desde los rescoldos del viejo imperio otomano. Era el tiempo de los caudillos y los señores de la guerra, y Persia no fue una excepción. El sargento Reza Mirza, que en la guerra había ascendido por caerle en gracia a los ingleses, acabó por deponer al último sha de la dinastía Qajar, y fue él mismo proclamado sha en 1925. A la hora de nombrar a su dinastía, eligió el nombre de la lengua hablada en Persia antes del Islam, Palhevi, y renombró el país para llamarlo Irán, que también es una denominación anterior a la de Persia.
Años después, como bien sabemos, estalló la segunda guerra mundial, que volvió a dividir a las fuerzas de la zona. Los monarcas tradicionalmente más proocidentales, es decir las casas hashemita y saudita, querían la victoria de los aliados. Sin embargo, el rey Faruk de Egipto y el sha (que habían estrechado lazos casando al heredero iraní con la hermana mayor de Faruk, aunque finalmente ésta se divorciaría), preferían que ganase Hitler. De hecho, Irán se trufó de espías alemanes que se movían por el golfo como Pedro por su casa. La jugada, claro, le salió mal. El gesto de Hitler de invadir la URSS le costó a Reza el trono, ya que británicos y soviéticos invadieron Irán y le invitaron a abdicar a favor de su heredero Mohammed.
En la segunda guerra mundial ha aparecido en escena un nuevo actor: los Estados Unidos de Norteamérica. Franklin Delano Roosevelt, que lógicamente estuvo en Teherán para asistir a la célebre conferencia que lleva el nombre de la ciudad, dejó dicho que lo que más le había llamado la atención de Irán era la falta de árboles en las laderas de las montañas. Tan superficial juicio es una buena metáfora del hecho de que los americanos nunca parecen haber hecho esfuerzos muy serios por comprender a los persas, unos tipos que ya filosofaban y enseñaban aritmética en sus escuelas cuando ellos aún iban por la vida sin nada más serio que hacer que intentar tirarse a Pocahontas.
Aún así, y probablemente gracias a los oficios del embajador americano en Teherán, Leland B. Morris, el cual encandiló al sha, la penetración americana fue mucha y consistente. Incluso la gendarmería iraní tenía un jefe americano, el coronel H. Norman Schwartzkopf. Durante la guerra había 28.000 soldados americanos allí, y precisamente fue la retirada de los soldados al final del conflicto la que generó los problemas entre los aliados, porque nadie quería marcharse antes que los otros. La retirada fue finalmente regulada por la declaración de Teherán, hecha al final de la conferencia de dicho nombre, y firmada por FDR, Stalin y Churchill el 1 de diciembre de 1943. Este documento comprometía la retirada de las tropas a los seis meses de finalizadas las hostilidades y, de hecho, al caer Hitler los iraníes se apresuraron a exigir que el personal se abriese. Sin embargo, le dejaron claro a la Casa Blanca que su demanda, en el caso de EEUU, era sólo retórica. Querían que los americanos se quedasen.
En mayo de 1946, soviéticos y británicos dejaron Irán. Pero los marines se quedaron. Eso sí, fue una marcha no-marcha porque los rusos, en el área norteña del país que siempre habían controlado (y que en realidad seguían considerando suya) se apresuraron a mantener tropas y promover gobiernos títere que siguieran sus instrucciones. Así ocurrió en Azerbaián y en el Kurdistán iraní.
En paralelo, se producía una cascada de peticiones de concesiones petrolíferas por parte tanto americana como soviética, lo cual tensionaba la situación en el gobierno iraní. Para evitar estas tensiones, y probablemente también gracias a la generosidad de algunos representantes de la Anglo-Iranian Oil Company, el Majlis aprobó una norma que aplazaba sine die el estudio de nuevas concesiones petrolíferas. La medida favoreció, claro, al que ya tenía agujeros abiertos en la tierra, es decir los británicos. Pero esta situación, sobre todo porque redobló la presión de los soviéticos sobre Irán, tuvo la consecuencia de hacer al país más dependiente aún de los americanos.
Como hemos dicho, la retirada soviética de Irán, en virtud de la declaración de Teherán, había sido sólo cosmética. No sólo permanecían en el norte sino que tenían, en el caso de Azerbaián, el gobierno títere de Pishevari. Qavam es-Sultaneh, primer ministro persa, viajó a Moscú para convencer a los soviéticos de que se retirasen. Stalin, que no era muy amigo de perder el tiempo discutiendo polladas, fue directamente al grano y le dijo que todo lo que pasaba, pasaba porque los británicos eran los únicos que tenían acceso al petróleo, y sugirió la creación de una compañía mixta soviético-irania (con control soviético) para la explotación de los pozos del norte. Es-Sultaneh replicó que la decisión del Majlis impedía hacer eso, lo cual, probablemente, no fue entendido por Stalin. No creo que Stalin pudiese entender que un parlamento pudiera parar nada.
Es-Sultaneh llevaba en su cuerpo el ADN de muchas generaciones de comerciantes. Es uno de los pocos tipos que pueden decir que tangó a Stalin. Le prometió la concesión, sacó al Tudeh, partido comunista iraní, de la clandestinidad, y dio muestas, pues, de connivencia prosoviética. Convocó elecciones para formar un Majlis que le tendiese un puente de plata a los soviéticos, pero les engañó. Con el pretexto de que las elecciones presuponían el pleno control de Teherán en el país, las tropas del sha entraron en diciembre de 1946 en Tabriz, y el régimen de Pishevari cayó sin que Moscú moviese una ceja. Después de eso, hubo elecciones, se formó el Majlis, y el Majlis votó... contra la concesión a los soviéticos.
En toda la boca.
Desde aquel día, toda la política iraní se ha escrito comenzando con la p de petróleo.
martes, abril 06, 2010
La revolución iraní (1)
Voy a ir con cuidado, porque en estos post, además, voy a tiburcear. El que realmente sabe de Asia es Tiburcio; yo apenas paso, a veces, de saber que Asia queda un poco más allá de Guadalajara. A su digno magisterio, en todo caso, someto estas notas, y de paso se las dedico.
Supongo que todos estaremos de acuerdo si a la pregunta de cuál es la revolución más importante del siglo XX, contestamos que la Revolución Rusa. Sin embargo, no tengo tan claro que unos contertulios de dentro de cien o ciento cincuenta años estén de acuerdo con esa afirmación. Es posible, si todo sigue como va, que dentro de ese tiempo la revolución tenida por más importante, por duradera y generadora de consecuencias, sea la revolución islamista; o sea, Irán y otras cosas que ocurrieron antes, durante y después de la revolución jomeinista. No me extrañaría demasiado que dentro de cien años poco o nada quede del marxismo ortodoxo y, sin embargo, es más que probable que la ley coránica siga aplicándose en muchos lugares como se aplica hoy en día, y que el islamismo siga siendo una entidad política de orden mundial. Por esta razón, a mi modo de ver, es adecuado que volvamos la vista hacia el Irán de finales de los setenta y repasemos un poco los presupuestos y praxis de aquella revolución.
Pero antes de empezar con la Historia propiamente dicha hay que escribir otro post. Un post en el que te quiero decir dos cosas. La primera, más corta, es simple: si eres de esas personas que utilizas indistintamente las palabras «árabe» y «musulmán», que sepas que estás cometiendo un primero, y gordo, error. El arabismo es una cultura y organización social propia del área de donde nació la irradiación del islamismo; pero en el mundo hay mogollón de musulmanes no árabes; de hecho, no he echado la cuenta, pero tengo la sensación de que son muchos más.
A nadie en sus cabales se le ocurre apelar de árabe a un indonesio, a un bosnio o a un chino (musulmán, claro está; que hay muchos más de los que crees). Pero, por razones que probablemente tienen que ver con la geopolítica, mucha gente apela de árabes a los persas mesopotámicos y, cuando habla de la revolución jomeinista, habla del peligro árabe, de la influencia árabe, etc.
Cuando los árabes, de la mano de Mahoma y de sus generales, comenzaron a expandirse por la Tierra toda, exportaron dos cosas: su civilización, y sus creencias. Y hay quien tomó una cosa, u otra. Los magrebíes, por ejemplo, tomaron las dos cosas. Los maronitas se arabizaron, pero siguieron siendo cristianos. Y los persas tomaron la creencia, pero no el arabismo. Así pues, que te quede claro, porque es importante: ser musulmán no quiere decir que se sea árabe. Esto es especialmente cierto cuando se es persa y se habla farsi porque los persas, cualquier tomo de Historia Antigua te lo desvelará, habían saltado muchas vallas cuando los árabes todavía eran un pueblo de cabreros y camelleros nómadas sin profeta. Pero no es eso todo. Porque los persas son, sí, musulmanes. Pero unos musulmanes especiales, distintos.
La segunda cosa que voy a contarte hoy es qué narices quiere decir eso de musulmán shií o chiita. Un chiita no es un chimpancé con hipo. Un chiita es un creyente, en ocasiones un hondo creyente, musulmán. Con unas creencias especialmente bien dotadas para alimentar una revolución como la que impulsó el ayatollah Jomeini.
Los musulmanes tienen tres ciudades sagradas: en La Meca está la casa de Alá y la famosa piedra Ka'aba; los musulmanes deben peregrinar allí al menos una vez en la vida. También en Arabia está Medina, la ciudad a donde Mahoma huyó (huída que puso el reloj cronológico de los musulmanes a cero), donde murió y fue enterrado; y Jerusalén, ciudad a la que miraban en sus rezos los primeros musulmanes y que fue testigo del viaje a los cielos del profeta.
Pero los chiitas tienen cuatro ciudades santas más. Najaf, lugar donde está enterrado el imán Alí, que es casi tan importante para ellos como el propio Mahoma; Kerbala, lugar donde se produjo el martirio de Hussein, el hijo de Alí, y de sus acólitos; Meshed, donde está enterrado el imán Reza; y Qom, donde está enterrada Fátima, la hermana de Reza.
Pero, ¿qué es ser chiita?
Todo empieza el 8 de junio del 632. Ese día murió Mahoma. En otro post he dicho que Pablo de Tarso y Mahoma me parecen, con enorme diferencia, los dos personajes punteros de la Historia de las religiones porque en ambos casos no hace falta ser creyente para distinguir en ellos a dos personas de una inteligencia estratégica y capacidad de empatía social absolutamente fuera de lo común. Hasta el punto de que creo firmemente que todo aquel estudioso de los personajes de la Historia que no se detenga en Pablo y Mahoma está dejando de lado dos de los objetos de estudio más interesantes que puede encontrar en el devenir del hombre.
Mahoma y Jesús tienen notables diferencias. Jesús es profeta pero al mismo tiempo es el Dios cuya profecía anuncia. Mahoma es sólo profeta y de hecho su sucesor al frente de los musulmanes, Abu Bakr, se empeñó mucho en convencer a sus acólitos de que debían adorar a Alá, no a Mahoma. Jesús aclara a las primeras de cambio que su reino no es de este mundo, que al César lo que es del César y tal, porque vive (si es que vivió, claro) en un entorno en el que el pueblo que incuba su creencia vive una dominación que no puede soñar con sacudirse. Mahoma, sin embargo, es un líder religioso y a la vez un líder militar, un hombre de conquista. No llama a sus fieles a darle a nadie lo que es de nadie sino a dominar. Ciertamente, la Iglesia cristiana pronto descubrió las mieles de meter el cuezo en el poder temporal. Pero en el caso del islamismo de Mahoma, ese maridaje no es posterior: es esencial. Mahoma es un líder religioso y un líder político y, precisamente por eso, el 8 de junio del 632 fue tan problemático, ya que Mahoma, en un gesto de cierta torpeza naïf cuando menos curioso en persona con tanta inteligencia estratégica, murió sin dejar un hijo ni haber señalado con su dedo de poder a un heredero.
A Mahoma sólo le sobrevivió una hija, Fátima, que estaba casada con Alí ibn Abi Talib, quien asimismo era primo de Mahoma. Siendo muy niño, Alí había abrazado la religión musulmana, convirtiéndose en un islámico de primera hora, en un camisa vieja, con la gran ventaja de que, además, y al revés que otros primeros conversos de mayor edad que él, él no había tenido ni la ocasión ni la oportunidad de adorar a otros dioses. Era, por lo tanto, un musulmán puro, de principio a fin.
Por alguna razón que quizás se me escapa, sin embargo, en el entorno de Mahoma había personas que preferían a otro candidato, Abu Bakr, el padre de Ayesha, la esposa preferida del profeta que, además, era la que estaba con él cuando murió. Abu podía exhibir medallas tan importantes como Alí. Era converso de primera hora como él y, además, era el lugarteniente elegido por Mahoma para acompañarlo a Medina en ocasión de la Hégira. Él fue el elegido, pues, decisión que fue aceptada por Alí, el cual participó en el homenaje al nuevo líder de la grey musulmana.
Pero Abu Bakr murió muy pronto, apenas dos años después, en agosto del 634.
Tras dicha muerte, tampoco le llegó el tiempo a Alí. Abu Bakr había designado sucesor en la persona de Omar ibn al-Jattab, el primer gran general de los ejércitos que, Corán en mano, se harían temibles durante varios siglos en todo el norte de África y una parte de Europa llamada Hispania. Un esclavo persa se apioló a Omar en el 644, pero una vez más el consejo designado para elegir al nuevo líder pasó de Alí y se decidió por Utmán ibn Affan. Pero también Utmán fue asesinado, en el 656, luego veremos cómo; y entonces, sí. Entonces, Alí se convirtió en el cuarto califa de los musulmanes.
Hay quien ha querido ver en esta resistencia para el nombramiento de Alí una serie de conflictos de índole tribal y social. El islamismo, como el cristianismo unos cuantos siglos antes, basó una gran parte de su éxito en elaborar mensajes que fuesen atractivos a los oídos de los más desposeídos. Dentro de la escala de simpatías por este origen, Alí era, probablemente, el líder islámico más proclive a los pobres y desheredados, lo cual tiene su lógica pues él mismo nació pobre de solemnidad. Es posible que la resistencia a que fuese califa proviniese de clases y clanes de comerciantes y creyentes bien situados, a los que no les gustarían estas cositas. De hecho, Utmán había permitido ciertas ostentaciones de riqueza entre sus protegidos, lo cual incrementó la oposición a su persona. La cosa fue seria. En el 656, los descontentos montaron una patota, se fueron a Medina, rodearon la casa de Utmán, lo encontraron leyendo el Corán y lo mandaron al sitio donde no hacen falta ojos para leer.
Alí adoptó una postura conciliadora. Para empezar, se negó a ser califa con el sólo apoyo de los asesinos de Utmán, y sólo aceptó el puesto cuando los notables de La Meca y Medina le dieron su apoyo. Pero ni aún así pudo evitar que la comunidad musulmana se abocase a una guerra civil.
Elementos utmanófilos, pertenecientes por lo tanto a las castas y clanes para las cuales el tercer califato fue un chollo, se negaron a aceptar a Alí, aduciendo que la comunidad musulmana no había sido consultada. El principal portavoz de esta resistencia fue Muawiya ibn Abu Sufyan, gobernador de Siria. Muawiya, que era, como Utmán, un Banu Umaiya, decretó la persecución de los asesinos de su compadre y responsabilizó a Alí de los hechos.
En Siffin, a orillas del Éufrates, las dos primeras, incompatibles, versiones del islamismo se vieron las caras para repartirse unas hostias como panes. Se ha dicho que fue una batalla un poco como nuestra guerra civil, en el sentido de que se enfrentó un ejército de milicianos enfervorizados pero de escasa organización militar (Alí) con una armada organizada y acostumbrada a la batalla (Muawiya). Pero no hubo batalla, propiamente. Dice la tradición que Muawiya ordenó a sus soldados que atasen ejemplares del Corán a las lanzas y proclamasen: «Que decida la palabra de Dios». Esto era algo que ningún musulmán podía saltarse, así pues se llegó al rápido acuerdo de resolver las cosas mediante un arbitraje decidido por dos representantes, uno por bando. No obstante, la elección no quedó clara, pues al parecer Muawiya no jugó muy limpio, por lo que los dos se sintieron califas. Lo que siguieron fueron años de un Islam dividido.
En enero del 661, en la ciudad iraquí de Kufa, Alí fue asesinado. A su muerte quedaban dos hijos, Hassan y Hussein, que ahora representaban la casa del profeta, pues eran descendientes suyos. Hassan tenía un carácter pacífico y contemplativo, así que se retiró a Medina. Pero Hussein tenía el punto guerrero de su abuelo. Por eso, se resistió a Muawiya y, a la muerte de éste en el 680, a su hijo Yazid, nombrado por su padre heredero del califato.
En el otoño del 680, Hussein abandona Medina con su pequeño ejército y se dirige a Iraq, hacia Kufa, para hacerle la guerra a Yazid. Éste, sin embargo, lo cerca antes de llegar, en Kerbala. Allí, viéndolo todo perdido, Hussein aceptó su martirio, motivo por el cual, para los chiitas, esta historia tiene gran importancia, yo diría que más o menos la misma que la pasión de Jesús para los cristianos. Pero, sobre todo, la historia de Hussein marca un elemento importantísimo del chiismo: su, digamos, pasión por el martirio. El martirio es parte importante y fundamental del chiismo, porque está en su origen.
Los califas Umayya, Omeya para nosotros, iniciaron una feroz persecución del chiismo. Apostatar de Alí era conditio sine qua non para demostrar que se era musulmán.
¿Hay otras razones, además de las históricas, para la división básica de los musulmanes entre sunitas y chiitas? Pues sí. Existen razones teológicas para ello. Mahoma pronunció una máxima o hadith que dice: «Os he legado lo que siempre os guiará si queréis aceptarlo: el libro de Dios y las prácticas de mi vida». Los sunitas hacen una interpretación estricta de esta frase y por lo tanto sostienen que la religión islámica se basa en el Corán y en lo que Mahoma hizo. Los chiitas, sin embargo, consideran que esta frase debe interpretarse como las prácticas de Mahoma y de su familia. Esto hace que el chiismo crea en una continuidad de imanes o intérpretes de la ley coránica, que llega hasta el décimo segundo imán (873); y que les lleva, aquí está la importancia, a conceder a la familia de Mahoma (es decir, a Alí y a sus hijos) no la condición de meros humanos falibles, sino la de claros receptores del mensaje divino.
Ambos musulmanes, suníes y chiitas, creen en el Mahdi, es decir en un último imán que llegará algún día, creencia que es muy cercana al mesianismo judío que rodea la figura de Jesús. Los suníes creen que ese Mahdi será alguien del linaje de Mahoma que llegará al final de los tiempos. Los chiitas, sin embargo, creen que ese Mahdi fue el décimo segundo imán, Muhammad ibn Hasan ibn Alí, que nació en Samarra en el 868 de nuestra era, hijo del undécimo imán; y que habría permanecido oculto desde el martirio de su padre (874); en algún momento regresará como redentor (esta teología puede parecer chorras, pero antes de decir cosa tal, más le valdría al lector de educación cristiana darse cuenta de que eso es lo que él cree o ha creído en algún momento de su vida: Jesús vino, se fue y volverá algún día). Mientras tanto, el islamismo chiita avanza gracias a los fuqaha, los doctores especialmente versados en la interpretación de la ley coránica.
Por debajo de todo esto, como ya he pretendido insinuar, hay importantes elementos de carácter social. El chiismo es una religión más cercana a las personas de extracción más humilde y, en general, atractiva para ellos, así como los más jóvenes, pues sabido es que la juventud es etapa proclive a las causas perdidas, discriminadas o preteridas. Arrastra tras de sí una honda tradición de persecución e incluso clandestinidad, lo cual forja el carácter y hace a sus creyentes especialmente duros. Esto tiene su importancia a la hora de estudiar la revolución jomeinista de Irán.
En el siglo XVI, el sha Ismail consagró el chiismo como religión oficial de Persia. Lo hizo en el marco de un enfrentamiento frontal con el sunismo del imperio otomano. Pero, fuera de éstos, son escasos los periodos en los que, en lugares como Egipto o el Yemen fatimí, el chiismo ha sido la religión oficial.
La formación religiosa de un chiita tiene seis grados. En el inicio, el novicio es un talib ilm, estudiante. Cuando se gradúa se convierte en un mujtahid, que, por lo que he leído, viene a ser algo así como alguien que se lo ha currado para tener una opinión fundada. El tercer grado es el de mubelleh-al-risala o portador del mensaje. El cuarto es hojat al-Islam o autoridad en materia de Islam. El quinto es ayatollah o signo de Dios. Y el sexto y último es ayatollah al-uzma, que quiere decir gran signo de Dios.
Ayatollah al-uzma vivos hay como setenta, y muchos, por los que he podido ver, tienen portales en internet. La Constitución de Irán de 1906 estableció que estos grandes signos de Dios no pueden ser arrestados. De hecho, si el Sha Palhevi pudo expulsar a Jomeini fue porque sólo era ayatollah a secas.
El hawza o círculo es la célula de aprendizaje teológico chiita, formada por un maestro que tiene que ser hojat al-Islam o superior, y los que aceptan ser sus discípulos. Y aquí hay una importante diferencia en el mundo musulmán. El clero sunita es un clero estatal. En los países sunitas, la religión es el Estado, el Estado es la religión y, consecuentemente, el clero es una parte del Estado y es mantenido por él. Pero los maestros chiitas no son mantenidos por el Estado. Son mantenidos por los discípulos de su hawza, que deben pagar un quinto de sus ganancias. Ésta es una de las razones por las cuales el Sha nunca pudo con Jomeini. Estuviera el ayatolá en Qom o en las cercanías de París, y aparte del hecho de que era persona de notable austeridad en sus necesidades personales, que es algo que ayuda, Jomeini se llevaba consigo su bienestar y su poder, porque éstos no dependían de la generosidad de ningún patrocinador, ni público ni privado, sino de la creciente masa de sus acólitos. Estuviera donde estuviera, Jomeini era igual de fuerte.
Ésta es, pues, la base de creencias sobre la que se asienta la revolución, a mi modo de ver, más interesante del siglo XX.
lunes, abril 05, 2010
Gran Vía

Estas dos fotos resumen cien años y son un pequeño homenaje a la Gran Vía madrileña, que en estas horas cumple un siglo. Es obvio que en momentos así todo el mundo quiere hacer homenajes. El mío, pequeñito, se va a limitar a recordar algunas cosas que ocurrieron hace ahora veinte lustros, cuando esta vía fue abierta e inaugurada.
Lo primero que hay que decir es que, en todo caso, la idea ni es nueva, ni es especialmente ambiciosa. El más ambicioso proyectista concerniente al tramo de lo que más o menos hoy es la Gran Vía fue José Bonaparte, el rey impuesto por su hermano Napoleón, quien albergó la idea de competir con los Campos Elíseos de París generando una gran avenida que empezaría en el palacio real y terminaría en Cibeles. De haberlo hecho, la cirujía realizada sobre la ciudad habría sido aún más traumática que lo que fue. Pues habéis de saber que construir la Gran Vía supuso deshacerse de más de 2.000 viviendas que había en las angostas calles que estaban antes donde hoy está la avenida.
Hace ahora cien años, comprarse el periódico costaba 0,03 céntimos de euro; el billete de tranvía costaba lo mismo; un kilo de patatas costaba 6 céntimos. Un cocido completo, 21 céntimos, y un filete con patatas, 45. En Madrid, entonces, había 735 coches matriculados, a los que habría que añadir las entonces conocidas como motosacoche, que fueron las primeras motocicletas que se vieron por la ciudad.
Los ídolos de masas de hace cien años eran toreros. Concretamente Bombita, el Guerra y Bienvenida, conocido como el Papa Negro. Este Papa Negro la arma bien gorda ese año de 1910 en la plaza de Córdoba. Tras realizar una faena aseada con la muleta, se saca de no se sabe dónde un pañuelo, se seca el sudor, se acerca indolente al toro, le seca, asimismo, el sudor de la frente al morlaco; y luego se aparta unos pasos, toma la espada, se cuadra, y lo mata. En todos los cafetines de España se describe la escena como si se hubiera visto. 2010 es también el año (2 de octubre, para ser exactos) que Vicente Pastor, tras meritoria faena, consigue que el público de Madrid berree y flamee pañuelos pidiendo una oreja; es la primera oreja que corta un torero en Madrid.
Lo más de lo más de la moda de aquel Madrid de hace cien años es abandonar el chocolate con picatostes y la reunión social a eso de las siete, para imitar la costumbre inglesa del five o'clock tea. Los madrileños, quieran o no quieran, se aficionan al agüilla amarilla, con limón o una nube de leche, y a las pastitas. No sé si se nota, pero ambas son cosas a las que yo, personalmente, nunca les he encontrado la erótica.
El 21 de abril, pocos días después de comenzar las obras de la Gran Vía, se produce otro gran acontecimiento madrileño: el Ayuntamiento decreta el fin de la normativa que prohibía a las tabernas abrir en domingo. Y es que Madrid, como España, sigue siendo católica a machamartillo... eppur si mouve. El primer domingo que abren las tabernas se bebe en la ciudad más vino que en los seis días anteriores sumados.
De todas las ocasiones que ha dado la Gran Vía de servir para el saber popular, quizá la más ingeniosa era la broma que se decía en los tiempos de la dictadura, cuando la calle se llamaba Avenida de José Antonio. ¿En qué se parece, decían los sardónicos, la Falange a los almacenes SEPU (situados en la Gran Vía)? Pues en que en ambos casos se entra por José Antonio, y se sale por Desengaño...
jueves, abril 01, 2010
Companys (y 5)
La evacuación de Barcelona fue problemática para Companys. Los grupos más radicales, que al fin y al cabo eran los que habían mandado en la zona durante toda la guerra, le reprocharon la orden de abandonar la ciudad sin lucha, porque tenían la misma ilusión que tenía el primer ministro Negrín: que, por mal que estuviesen las cosas, llegase el estallido de la segunda guerra mundial a salvar al bando republicano. Companys, sin embargo, conocía la verdad. Todos los hombres de 17 a 45 años estaban movilizados. Las armas de la policía de la ciudad habían tenido que enviarse al frente. Cataluña, en enero de 1939, estaba en la misma situación que lo estará Berlín en mayo de 1945. Y Companys no era Hitler; no era ningún loco mesiánico.
Lo que sí quiso Companys para sí fue el mismo destino que algunas semanas después tendría el socialista Julián Besteiro. Con absoluta frialdad, el presidente de Cataluña quería quedarse en el Palau de la Generalitat, esperando a los franquistas, para que éstos lo encontrasen en su sitio.
Pero había un factor final que explica todo su Via Crucis: el amor a su hijo.
De su primer matrimonio, Companys había tenido dos hijos, uno de los cuales tenía serios problemas mentales. Existen testimonios de que en no pocas visitas que el padre le hizo, solía tener estallidos de ira contra él, que el presidente catalán aguantaba con estoicismo. Lo tuvo internado en Suiza, pero luego lo cambió a un sanatorio en Bélgica porque el primero no podía pagarlo. Curiosos tiempos aquellos en los que los políticos, cuando se encontraban con que no podían pagar un manicomio, buscaban otro más barato en lugar de dedicarse a vender licencias urbanísticas y otras actividades lucrativas.
Tras salir de España, Companys se radica en París, en el número 1 del boulevard de la Seine. Allí comenzará a experimentar la soledad. A los ojos de muchos catalanes y catalanistas Companys, con su decisión de abandonar Barcelona, es el responsable de la caída de la región y, por lo tanto, le dan la espalda. Otro que le da la espalda con displicencia es el sector negrinista, promotor del llamado SERE, es decir el servicio para asistir a lo exiliados, avalado primero por Negrín y después dirigido, con el que Companys apenas tendrá relación.
La Generalitat de Catalunya se instaló en el número 25 de la rue Pepinière y allí, en abril de 1940, e formaría el primer gobierno catalán en el exilio (Pons i Pagés, Pompeu i Fabra, Serra i Hunter, Rovira i Virgili y Pi i Sunyer.
La segunda semana de junio de 1940, los alemanes entran en París. Pocos días antes, el primer ministro francés Daladier ha recomenado a Companys que abandone la ciudad. La propia policía francesa cierra la sede de la Generalitat en la rue Pepinière. Pero el presidente catalán tenía razones para no alejarse de París.
Tras haber tenido que salir de España, Companys había traído a su hijo Lluis junior, Lluiset, a un sanatorio cercano a la capital francesa que le costaba 10.000 francos mensuales. A ultimísima hora, Companys y su segunda mujer, Carme Ballester, abandonaron París para irse a la Bretaña norteña, a un pequeño pueblo llamado La Baule-les-Pins. El plan era que alguien llevase a Lluiset allí.
Al llegar los alemanes, sin embargo, el director del centro psiquiátrico se acojona y libera a los enfermos mentales, que se dispersan a la pata la llana. Eso sí, aceptó, en un rapto de altuísmo más que dudoso, hacerse cargo de dos pacientes que, quizá solo por casualidad, eran los que más pagaban: una princesa rumana y Lluiset Companys. Los metió en un coche y se los llevó.
En la carretera, sin embargo, esta expedición se encuentra con un raid alemán, que les obliga a salir del coche y tirarse a la cuneta. En la confusión, Companys se levanta, echa a andar y se pierde. Horas después, lo descubrirá un médico del ejército francés que se retira ante el avance de Hitler. Este hombre se percata de que el muchacho, que entonces tiene 19 años, no es normal, y se lo lleva. Lluiset Companys aparecería en un hospital de Limoges, tiempo después de que su padre hubiera sido fusilado.
Companys espera a su hijo en La Baule. Pero su hijo nunca llega. Está perdido en la campiña francesa, o en manos de unos médicos militares en retirada que no pueden saber quién es o dónde está su padre. El mismo padre que espera, espera, hasta que acaba haciéndose a la idea de que, vivo o muerto, ha perdido a su hijo. Y es en ese momento cuando siente todo perdido y ya le da igual.
La Baule está en plena zona alemana. La mayor parte de los republicanos que están en el área de Francia controlada por los alemanes huyen hacia el sur, a la llamada Francia libre. Muchos catalanistas instan a Companys a hacer lo mismo. Pero él, definitivamente, se niega. “No volveré a huir”, dice; “soy un hombre que siempre ha dado la cara. Por fuerza abandoné Barcelona tras mi hijo enfermo. También ahora que el gobierno francés me indicaba la conveniencia de abandonar París. Pero eso se ha acabado; pase lo que pasé, no me moveré de nuevo”.
Lluis Companys ha tirado la toalla.
El 13 de agosto de 1940, Companys almuerza y luego, según su costumbre, da un corto paseo para bajar la comida. A la vuelta a la casa, la mujer que se ocupa de las labores del hogar le dice que unas personas han estado por allí preguntando por él, y que volverán algún tiempo después.
La Gestapo.
Companys, al escuchar la noticia, se sienta en el salón de la casa, toma un libro de la biblioteca de dueño (Vidas de santos; hasta donde yo sé, ese libro sigue en manos de la familia de Carme Ballester) y se pone a leer, indolentemente. Apenas unos minutos después, los alemanes llegan y lo detienen. Los cuatro agentes alemanes registraron la casa buscando las enormes fortunas que los republicanos se llevaron de España. A Companys le encontraron 70.000 francos. Si eso es tdo lo que se llevó de España, tenía de corrupto lo mismo que Justin Timberlake de letrista de Los Chichos.
El 24 de septiembre, la Gestapo traslada a Companys a Madrid (de hecho, los alemanes le entregan, no en la frontera, sino en la Puerta del Sol). Luego lo llevan a Barcelona, al castillo de Montjuïch. Según testimonios de los familiares que consiguieron visitarlo ya en Barcelona, la gran preocupación de Companys seguía siendo su hijo, a quien estaba convencido que los alemanes iban a matar en cuanto lo encontrasen. Teniendo en cuenta el cariño de los nazis por los bipolares, psicóticos, esquizofrénicos y mongólicos, es como para temerlo, desde luego. Existen algunos testimonios, no del todo claros, de que Companys pudo ser torturado, así como de la existenci de un plan para liberarlo, que habría sido descubierto con antelación y del que, por lo menos, yo no sé quién o quiénes eran los impulsores (EDITO: Gracias a Cavalls, compañero de prestigioso foro sobre la Guerra Civil Española, he podido saber que este liberador era, con casi total seguridad, Jaume Fortuny, quien lo contó en su libro Tornarem a morir? Barcelona, Portic, 1984.)
El juicio militar de Companys duró escasos 20 minutos. Fue acusado de rebelión militar y el fiscal le colgó los 50.000 muertos producidos en Cataluña durante la guerra.
Integraron dicho tribunal: Manuel González González, general de división, presidente; Manuel Gonzalo Calvo Cornejo, general de división; José Irigoyen Torres, general de brigada; Federico García Rivero y Rafael Latorre Rodas, vocales; Enrique de Querol Durán, general de brigada y fiscal auditor; Ramón de Colubí fue su defensor de oficio; el coronel Velázquez fue el ponente.
Todos los testimonios indican que Colubí hizo su trabajo, pero era un trabajo imposible. Por su parte, Companys intervino para aceptar toda la responsabilidad en lo ocurrido, pedir que no se castigase a nadie, y afirmar, así lo asevera la sentencia, que no guardaba rencor a nadie.
Lluis Companys pasó la última noche de su vida charlando hasta el amanecer con el capellán de la prisión. Se presentó en el foso descalzo, para morir pisando la tierra catalana. Delante del pelotón de fusilamiento, declaró: “matáis a un hombre honrado”. Luego dio un viva a Cataluña, y sonó la descarga.
He dicho, al iniciar esta serie, que Lluis Companys me merece tanto respeto como persona como no me lo merece como político. La historia de su muerte es la historia de un martirio personal en el que todo lo que le importa a su protagonista es la seguidad de su hijo discapacitado, por encima de la propia; lo cual es enormemente loable y conforma la figura de un hombre honrado, consigo mismo y con los demás.
Como político, sin embargo, Companys deja mucho que desear. Es un ejemplo de cómo un nacionalista puede llegar a sufrir serios problemas de miopía estratégica. Todo, o casi todo, lo que hizo y no hizo Companys desde el 19 de julio de 1936 tuvo como objetivo defender el estatus de Cataluña. Por seguir manteniendo en objetivo mayor de un autonomía semifederal, casi independiente (que no otra cosa fueron Cataluña y Euskadi durante la guerra civil, para desgracia de una República a la que mejor le habría ido con un esfuerzo bélico unificado y coordinado), Company se alió con quien hizo falta. Ya en 1934 se dejó llevar por los cantos de sirena de sospechosísimos elementos del Estat Catalá. En 1936, de nuevo, se echó en brazos del faísmo radical, de consenso imposible, avalando con su presencia y sus pecados de omisión una Cataluña revolucionaria que dejó una honda huella entre esa sociedad catalana, que también la hubo y bien nutrida, que recibió a los franquistas en Barcelona aplaudiendo hasta con los tobillos. Luego, cuando los comunistas se impusieron a los faístas, ya se puso más de canto porque Negrín se lo quería quitar de enmedio; pero para entonces, la verdad, ya daba igual.
Que Companys amaba a Cataluña no merece duda. Lo que ya es más jodido de discutir son las consecuencias de dicho amor.
lunes, marzo 29, 2010
Companys (4)
En mayo de 1937 cae Largo Caballero, en parte, o cuando menos como razón epidérmica principal, por negarse a perseguir al POUM como reclaman los comunistas. Largo, ya lo he dicho, tenía muy poquito de autonomista. Pero menos aún tenía su sucesor, Juan Negrín, a quien la dinámica de la guerra, además, obligará a asentarse en Barcelona en octubre de ese mismo año.
Con las culpas o dudas de su actuación anterior a y contemporánea de los sucesos de mayo; con la marcha de la guerra, que pinta mal; y, finalmente, con la perspectiva del trasado del gobierno de Madrid a la misma Barcelona, Companys entra en un periodo de fuerte tensión mental, con episodios de depresiones airadas, que en agosto de ese año le hace a Prieto decir ante Azaña, que lo anota: «Companys está loco; pero loco de encerrar en un manicomio». Negrín, por su parte, dice de él que es una persona sin pensamientos elevados, es decir, sin capacidad de estadista. El presidente del gobierno de Madrid opina del presidente de Cataluña que es una especie de paleto simplón.
El fondo del conflicto son las industrias de guerra. En momento ya tan avanzado para el conflicto como mediados de 1937, cuando la República está perdiendo o a punto de perder algunas cartas de su mazo sin las cuales no puede armar una jugada ni medio buena, todavía el gobierno de España carece de control sobre la industria de guerra más importante que tiene, que es la catalana. El presidente Azaña, en La Pobleta, recibe al nacionalista Carles Pi i Sunyer, que llega para explicarle lo mucho que Madrid está puteando a los catalanes, y le contraataca exhibiendo una idea que, probablemente, es bastante generalizada entre quienes dirigen la guerra: Cataluña no está haciendo todo lo que podría hacer por el esfuerzo bélico. Renace, por lo tanto, la sempiterna desconfianza entre no catalanes y catalanes, y por las mismas razones que ya ocurriera esto mismo 200 años antes.
En agosto, el gobierno central incauta el parque de artillería de Barcelona. En septiembre, interviene las industrias de guerra. La respuesta de Companys es una puñalada de pícaro: sin previo aviso, suspende el pago de jornales en las industrias, generando un caos que no le hace ningún favor al bando republicano. Por lo demás, desde ese mes de septiembre, los actos de negligencia o directamente de sabotaje se multiplican en las fábricas. A los anarquistas no les ha gustado que les pongan encima una autoridad que no les comprenda.
Quede claro, no obstante, que al catalanismo no le faltan argumentos en este terreno. Como la relación entre Companys y Largo siempre fue difícil, la consecuencia fue el constante desencuentro en este asunto de las fábricas de guerra, con agravios bastante gordos hacia Barcelona. Por ejemplo, Cataluña solicitó en su día el traslado a su zona de la maquinaria y equipos de la fábrica de pólvora de Toledo, a lo que Largo, displicentemente, se negó; luego Toledo se perdió en manos de Franco, y la pólvora rellenó los cartuchos del caudillo.Además, le intima Companys a Prieto, y tiene toda la razón, que si en Murcia se pudo fabricar pólvora durante la guerra, fue por la generosa cesión de maquinaria que realizó Cataluña.
Pero también eso que algunos llaman «españolismo» tiene sus argumentos. En noviembre de 1936 Prieto, entonces ministro de Marina y Aire, propuso a Companys que el gobierno de Madrid se comprometiese a comprar toda la producción de las industrias de guerra catalanas, proveerlas de materias primas y anticipar fondos para pagar los sueldos si la propia Generalitat le acaeciesen problemas de liquidez; y no pedían a cambio controlar las industrias (como hicieron en septiembre del 37), sino coordinarlas. En cristiano: algo tan simple y lógico como que fuesen los militares los que decidiesen quién iba a producir qué y cuándo. Companys dejó morir de inanición esa propuesta, y da la impresión de que hay que ser muy nacionalista para llegar a entender por qué. En febrero de 1937, se firma un acuerdo de papel mojado, por el cual Cataluña se reserva un cuarto de su producción bélica a cambio de que el Estado central financie la totalidad de la industria; pero, posteriormente, se reproducen los episodios de honda desconfianza mutua, en la que incluso representantes del gobierno central ven prohibida su entrada a los talleres.
En junio del 37, bajo intensa presión moscotiva, el POUM es declarado ilegal. Companys protesta, como protesta por la creciente implicación de los militares directores de la guerra con los comunistas. Azaña, para quien tampoco los prosoviéticos son plato de gusto, se despacha en su diario con displicencia: «que Companys finja escandalizarse, como campeón del Derecho, después de cuanto ha ocurrido en Cataluña bajo su mando personal, es de un cinismo insufrible». Corona la entrada con una frase lapidaria, de las de sacar a pasear en una tertulia: «Lo mejor de los políticos catalanes es no tratarlos».
Para cuando el poder anarquista de Aragón es desmantelado, más o menos entre las acciones de Brunete y de Belchite, Companys es ya como una partícula sometida a dos atracciones distintas, que no sabe a donde ir. En el mismo día defiende la medida (ante un filocomunista, el doctor Marcelino Pascua) y la pone a parir (durante una cena pública). El diputado Manuel Muñoz, que lo visita ese mes de septiembre, lo encuentra preñado de reproches hacia el gobierno de la República y resuelto, por tropecientas vez, a dimitir. Pero el 9 de noviembre, el Parlament recusa esta dimisión.
Ese mes de noviembre, Companys se ausenta un par de semanas de España, para ir a Bélgica a visitar a su hijo en el manicomio. En la zona franquista, esta visita disparó la Radio Macuto. Se dijo que lo del hijo era sólo la fachada y que, en realidad, Companys había ido a negociar una paz aparte para Cataluña que la abatiese ante el franquismo a cambio del reconocimiento de su estatus. A mi modo de ver, este asunto de las pretendidas negociaciones de las autonomías (pues Euskadi se llevó lo suyo también) con las potencias europeas para arreglar, presuntamente, paces propias, es un asunto no suficientemente estudiado aún. Resulta difícil hacer aseveraciones ciertas en este terreno a la luz de lo que se sabe. Quizás, es que tampoco hay demasiado interés por saber más. Es lo que podríamos denominar memoria histórica eficiente.
1938 es el año de la ofensiva de Franco en Aragón y del reinicio del terror en Cataluña, sólo que ahora son los comunistas y su SIM los que van a por los anarquistas y poumistas. Y se aplican con profesionalismo estalinista: en agosto, un tribunal popular solicita 28 penas de muerte, ¡y el tribunal impone 58! Tela.
En 1938, a Companys ya todo lo que le queda es la retórica. Él dice que se le ha arrebatado a Cataluña la industria, la economía y la justicia; y no miente. Es así y, por eso, sólo le quedan las pataletas. Las tiene, por ejemplo, con Azaña. Y Negrín. En sus broncas, el presidente del gobierno amaga con dimitir para dejarle a él el poder, pero sólo lo hace para acojonarle y, supongo, invitarle a reflexionar sobre qué apoyos tendría él al frente del gobierno. El 16 de agosto, al calor de la crisis de gobierno provocada por las dimisiones de Aiguader y Aguirre, un par de periódicos catalanes anuncian un posible nuevo gobierno presidido por Besteiro, con Negrín de ministro de cualquier gilipollez sin importancia. En una reacción inmediata, igual que Franco recibía toneladas de telegramas de adhesión cada vez que era criticado en el extranjero, Negrín recibe cienes y cienes de telegramas de todos los mandos habidos y por haber en el Ejército Popular de la República. Ítem más: los tanques republicanos, rusos, desfilan por el paseo de Colón de Barcelona, en claro apoyo al presidente del Consejo de Ministros. Esa mañana, pues, Negrín vino a decir, como Cisneros, éstos son mis poderes. Y el que crea que la tiene más larga, que intente darme por culo.
Si ets catalá, l'assenyalo el deure! Ésta es la frase serena pero categórica que pronuncia en la radio Companys en enero del 39, iniciada la ofensiva franquista sobre la región. Si eres catalán, te señalo tu deber. Pero Cataluña caerá, como una fila de fichas de dominó; Barcelona, casi sin resistencia. El 22 de enero, se intima la evacuación de la capital. Poco a poco, todos van acercándose a los Pirineos. En sus últimas etapas catalanas, Companys residirá en Darnius, Azaña en La Bajol y Negrín en La Agullana. Ni siquiera son capaces de dormir todos bajo el mismo topónimo. A esos niveles ha llegado aquel consenso de hierro que un día se llamó Frente Popular. Cuando Companys sale de España, lo citan en La Bajol, a las siete de la mañana. Cuando llega, hace una hora que Azaña se ha ido; el presidente de la República se ha negado a salir con él, por miedo de que Companys trate de hacer parecer ese gesto como la huida de dos iguales.
El martirio final de El Pajarito está a punto de comenzar.
miércoles, marzo 24, 2010
Companys (3)
Yo sobre el asunto, y en mi estado de sapiencia o inopia, considero que los sucesos de mayo son un enfrentamiento perfectamente orquestado , que no por casualidad viene a coincidir con el desplazamiento de Largo Caballero del gobierno de Madrid y otras cosas. Los comunistas, está bastante claro en las cartas que se intercambian con Moscú y que se han publicado, están casi desde el primer día de la guerra preocupados por la charlotada antijerárquica que es el bando republicano, sin mando efectivo (algo a lo que también colaboraban ellos, dando órdenes contrarias a las de Prieto), con una milicia popular que sólo con dificultad se consigue travestir en ejército, y con un régimen de taifas sindicales obrantes en diferentes puntos del país, notablemente Cataluña y Aragón. Conscientes de que el asunto de Cataluña es bastante escandaloso y crítico para ganar la guerra, porque Cataluña es el principal activo productor con que cuenta la República, los comunistas, solos o en compañía de otros, resuelven eliminar el virreinato ácrata en el que se ha convertido Cataluña, pastelito rojinegro cuya guinda es el president Companys, quien a ratos sigue pensando que lidera un proyecto soberanista de corte burgués, cuando lo que está haciendo es avalar el puro y simple secuestro de las calles de Barcelona, de las fábricas, de las vidas de muchas personas, por parte del faísmo irredento.
Todo comienza, a mi modo de ver, el cuatro de marzo. Ese día, los anarquistas protestan por un decreto del conseller Aiguader por el cual quedan disueltas las patrullas de control, en el marco de una reorganización (racionalización, más bien), de los servicios de orden público, que ni son de orden, ni son públicos. La CNT-FAI teme, con lógica, que ése sea un movimiento para desarmarlos. Y si me quitas el arma, le dice Richad Harris a Gene Hackman en Sin perdón, la obra maestra de Clint Eastwood, me dejas a merced de mis enemigos.
La protesta anarquista provocará una larguísima crisis del gobierno catalán, que tardará un mes en resolverse, y en la cual se cambiarán mogollón de cosas para que todo sigua igual, pues la relación de fuerzas entre partidos y sindicatos se mantiene; y, lo que es más importante, Aiguader sigue de conseller de Interior, y Rodríguez Salas se mantiene como su mamporrero.
Impasible el ademán, los anarquistas mantienen las patrullas de control, de las que los sociocomunistas se retiran. El 6 de abril, el gobierno catalán hace una declaración a la prensa en la que, entre otras cosas, perpetra lo siguiente: «El consejo de la Generalitat, ante la anormal situación del orden público, no puede continuar sus tareas bajo la presión, el peligro y el desorden que supone la existencia de grupos que en algunos lugares de Cataluña tratan de imponerse por la coacción y comprometen la revolución y la guerra. Por lo tanto, el gobierno suspende su reunión, y espera que inmediatamente todos aquéllos que no dependen del Consejo de la Generalitat se retiren de la calle, para disipar de inmediato la inquietud y la alarma en que ahora vive Cataluña».
Es una nota enternecedora de Companys, Casanovas, Tarradellas y todos los políticos de Esquerra que formalmente controlan el gobierno catalán. ¿Los catalanes viven inquietud y alarma ahora, el 6 de abril de 1937? Y, ¿qué han vivido durante los más de seis meses anteriores, durante los cuales las patrullas montadas en veloces coches incautados (no se sabe en base a qué ley) con las palabras CNT y/o FAI y/o POUM escritas en las portezuelas, han hecho de la ciudad su serrallo particular?
A partir de ahí, la mierda. Como digo, unos dicen que fue una conspiración montada por los rusos; los comunistas, por su parte, se defienden aseverando que Von Faupel, embajador alemán en Salamanca, le habría dicho a Franco que tenía espías en Cataluña que lo montaron todo.
El hecho frío es que el 3 de mayo de 1937, lunes, a las tres de la tarde, fuerzas de la Generalitat, controladas por el duetto Aiguader/Rodríguez Salas, intentan tomar la Telefónica, que estaba, si no ando muy agilipollado (que puede) en la FNAC, o así. Lo hacen para colocar ahí un comisario del gobierno que controle cositas como la que le había pasado a Azaña 48 horas antes. Los anarquistas, que controlan una parte del edificio (la otra la controla la UGT; todo muy edificante), se ponen de canto, y empiezan las hostias.
A Companys la movida le pilla en Benicarló, donde ha ido para entrevistarse con Largo. Vuelve a toda leche a Barcelona y, horas después, se quejará ante Azaña de que Aiguader no compartió con nadie en el gobierno sus intenciones. Según revela Azaña en su Cuaderno de la Pobleta, en las confesiones de Companys hay una abracadabrante. Dice que Tarradellas sí que supo de las intenciones de su responsable de Interior antes de que llevase a cabo la acción, aunque ya había dado las órdenes. Pero, dice Azaña que le dijo Companys, le dejó hacer «por el hábito de que cada uno hiciese lo que se le antojara e incapacidad de mandar». O sea, que el gobierno catalán se caracterizaba en 1937 porque su gran muñidor, Tarradellas, había perdido la costumbre de mandar, porque allí todo el mundo hacía lo que le salía del pingo. Y que viva el Estado de Derecho.
A las nueve de la noche, Tarradellas y Jaume Miravitlles salen del Palau de la Generalitat en dirección al Palau de Pedralbes, donde está Azaña, literalmente acojonado. Le ha dicho a Companys por teléfono que hay anarquistas en los jardines. Companys le ha dicho que no se preocupe, que no le harán nada, que la Generalitat le garantiza la vida, y Azaña le ha creído a medias (yo no le habría creído en lo absoluto). Así pues, para demostrarle dicho poder, van los dos jerifaltes esquerreros al encuentro de ¿su? presidente. Tardan, a las nueve de la noche, una hora y media. Una hora y media. Calcúlese el número de barricadas que tuvieron que pasar.
Unas 72 horas después de empezar el baile, cuando los tiros se oyen por toda Barcelona, Aiguader se traga su orgullo esquerro-soberanista, y le envía un teletipo al gobierno de Valencia solicitando refuerzos. Largo Caballero contesta lacónicamente con un mensaje jodidillo para unos ojos independentistas: «De acuerdo con el Estatuto, el gobierno (de Madrid) está decidido a encargarse del orden público. Digan si tienen algo que objetar.» Le responde el propio Companys en un notable ejercicio de equilibrio en el alambre: «Respecto a orden público, creo deben cooperar en reforzar disponibilidades consejero seguridad interior. Ante responsabilidad esto pueda agravarse, el gobierno republicano puede adoptar disposiciones estime necesarias». O sea: tú qué dices de que vas a mandar en mi patio, centralista de los cojones; pero, claro, como en mi patio está habiendo unas hostias como panes, en el caso de que no logre controlarlas, ven a salvarme, coño.
El miércoles 5, por la tarde, están en Barcelona los ministros del gobierno central Federica Montseny y Juan García Oliver, anarquistas, junto con Abad de Santillán, Alfredo Martínez, Pedro Herrera y Mariano R. Vázquez, todos de su cuerda, y los socialistas Pascual Tomás, Muñoz y Hernández Zancajo. Los anarquistas echan un órdago: proponen la creación de un consejo de emergencia a pachas entre la CNT y la UGT. Companys y Tarradellas se niegan (Companys, por cierto, acaba de enviarle un teletipo a Largo adivinando que los anarquistas plantearán condiciones duras y advirtiéndole de que «conviene tenerlo preparado todo»). En medio de la negociación, llaman a Companys unos mossos d'esquadra para informar de que los anarquistas tienen retenidos a ocho de sus compañeros en un local sindical. Le intiman a Companys para que retenga a Abad de Santillán en condición de rehén (sic). Cuando se entera, Abad se pone como el puma de Baracoa. Agarra un teléfono y llama a un pequeño destacamento ácrata que hay en Montjuïch, al cargo de unos cañones de artillería. Les ordena que le llamen cada media hora y que, si no responde él o alguno de los otros anarquistas allí presentes, bombardeen la Generalitat. Sic.
Finalmente, gracias sobre todo a la actitud conciliadora que trae Montseny, se forma un consejo de emergencia, donde están Carles Martí Feced (ERC), Antoni Sesé (UGT), Valerio Mas (CNT) y Joaquim Pou, de la Unió de Rabassaires. Pero Sesé nunca llegará a probar las mieles del cargo. Camino de su toma de posesión, es asesinado. Así está el tema.
El gobierno de Madrid ha enviado dos destructores, el Lepanto y el Sánchez Barcaiztegui, para proteger a Azaña. El jueves 6 llegan a Barcelona 80 camiones con 5.000 guardias de asalto, además de dos compañías motorizadas. Companys ya no puede negarse. El gobierno de Madrid ha tomado, o retomado, las competencias de Interior en Barcelona. De hecho, desaparece la consellería de Defensa, que tan ampulosamente creó Companys para marcar paquetillo de Estado soberano y tal.
El 26 de junio, en alocución radiada, Companys perpetra lo que otrosí se dice: «El Orden Público se mantiene asimismo bajo la responsabilidad del Gobierno Central, que dispone aquí de medios que no teníamos. Cataluña gestionará la devolución del orden Público y, mientras perdure la actual situación interna, como después y siempre, mantendrá una leal y abnegada cooperación con el Gobierno de Valencia en la empresa histórica de vencer al fascismo».
Mucho debió de costarle pronunciar estas palabras. A pesar de su notable carga de cinismo. Porque el problema del gobierno catalán no era que no tuviese medios para luchar contra unos hombres malos que se le pusieron enfrente. El problema es que esos hombres malos habían sido mimados, amparados, consentidos, alabados y cultivados por el gobierno catalán. Pues menos de un año antes de que Companys dijera, ante los micrófonos radiofónicos, que garantizaba una «actitud inflexible contra todos los que se aparten de las normas dadas por el gobierno», les estaba diciendo a esos mismos que no aceptaban normas que él les pertenecía, y les instaba a exprimirle como un limón, y luego tirarle al váter.
¿Quedó el tema solucionado? Pues, como reza la serie famosa, los problemas crecen...