viernes, marzo 12, 2010
Alicante
miércoles, marzo 10, 2010
Cuando no hay salida
Por ejemplo: ¿vosotros sabríais decirme cuánta gente se suicida en España hoy en día?
Pues os quitaré la curiosidad: una persona cada dos horas y media, aproximadamente. Según el INE, en el año 2007 algo más de 3.200 personas fallecieron por suicidio o lesiones autoinflingidas.
Y la segunda pregunta: eso, ¿es mucho, o es poco?
Para contestar dicha pregunta, podríamos acudir a la comparación internacional. Pero eso es para otro tipo de blogs. Este es de Historia, así pues, y en consecuencia, este esforzado amanuense, sin cobraros IVA ni nada por ello, se ha picado picadito los datos de los fallecidos por suicidio en los primeros 94 años del siglo XX. ¿Por qué 94? Pues porque a partir de ese año, más o menos, los datos de las defunciones por causa de muerte están colgadas año a año, y me rallaba un poco tener que ir bajándome ficheros uno a uno para coger tan sólo un par de datos.
La serie histórica, tal y como queda, es tal que así:
De estos datos cabe hacer una interpretación epidérmica bastante sencilla. En los primeros años del siglo XX, los españoles se suicidaban poco, tal vez porque eran pocos o porque se morían tan pronto que no tenían tiempo de matarse a sí mismos. La cosa cambia radicalmente en los albores de la cuarta década del siglo, justo cuando se proclama la II República (y la supercrisis económica del 29, que yo creo que es bastante más responsable de esta tendencia que los hechos políticos). La Guerra Civil parece ser algo parca en suicidios, probablemente a causa de la enorme gama de posibilidades de morir que siempre alumbra una guerra (aparte las naturales dificultades de hacer estadísticas fiables); pero en la inmediata posguerra se produce un repunte muy breve pero muy brutal, hasta el punto de que el volumen de suicidios al inicio de los cuarenta no se vuelve a ver hasta mediados de los ochenta. Por último, el franquismo marca una tendencia suavemente descente en los suicidios, que repuntan al iniciarse la década de los ochenta, con subidas muy bruscas.
No obstante, el número bruto de suicidios no es una cifra muy fiable. Así que para afinar un poco más, lo que he hecho ha sido calcular la tasa de prevalencia de los suicidios sobre el total de fallecimientos, en tanto por 1.000. Esto es: número de suicidios por cada 1.000 fallecimientos totales. El resultado es un tantico sorprendente.
La serie histórica de la ratio confirma el carácter notablemente dramático de la crisis del 29 y la República sobre los suicidios en España, aunque matiza notablemente el pico de la posguerra. A mi modo de ver, nos viene a decir que en los primeros años cuarenta hay muchos suicidios porque hay muchas muertes en general, probablemente como consecuencia de la pobreza generalizada y la represión política.
Observar la ratio, en todo caso, matiza mucho, a mi modo de ver, la impresión primera de que los años del franquismo (tramado en rojo en el gráfico) marcaron un descenso de los suicidios. Así vistos, lo que muestran éstos es cierta tendencia a subir y, además, a colocarse en «suelos» del entorno de 6 suicidios por cada 1.000 fallecimientos, estratosféricamente superiores a lo observado con anterioridad.
Con todo, lo que la ratio confirma es que, claramente, los años de democracia (en verde) y muy especialmente la década de los ochenta, marcan un repunte de la situación hacia límites realmente desconocidos en el pasado reciente.
¿Por qué? Bueno, eso es pregunta para sociólogos, porque conocen la materia; y, en ausencia de éstos, para actores y cantantes, porque a éstos les da igual Juana que su hermana y tienen opinión de lo que caiga. Como ninguno de los tres es mi caso, no sé si decir algo; pero creo que echaré mi cuarto a espadas.
Es evidente que no es la democracia en sí lo que es tóxico para la estabilidad emocional y psicológica de las personas, hasta el punto de disparar su tasa de suicidios. Sí lo es, más bien, el hecho de que las dictaduras parecen ejercer en muchas capas de la población el efecto sedante de aportarles un modo de vida reglado, predecible, en el que se sienten cómodos; y, al fin y al cabo, los regímenes de libertades no hacen sino romper esa estabilidad. La democracia de los años ochenta significó reconversión industrial; significó, ahora que tanto se habla del tema, reformas en el sistema de pensiones (que forzaron la retirada del Parlamento del secretario general de la UGT, Nicolás Redondo padre, hasta entonces diputado del PSOE); significó un entorno laboral en el que eso del contrato y la empresa para toda la vida se fue el garete. También cabe preguntarse si es que eso de que la mujer haga lo que quiera no ha puesto al hombre de los nervios y/o no ha colocado a la mujer ante problemáticas que joden bastante.
Otra vía de pensamiento, creo yo que más acertada (al menos intuitivamente) se basaría en considerar que los tiempos políticos, en nuestro caso, vienen a coincidir, casi por casualidad, con corrientes evolutivas sociales más profundas, que nos habrían pillado de una forma u otra. Según esta hipótesis, la creciente importancia de los suicidios en las muertes registradas por la población española estaría más correlacionada con el hecho de que la vida, en general, se ha hecho más difícil. Éste es un factor que recuerdo bien que, cuando yo era un crío, en los años sesenta, se señalaba mucho de los Estados Unidos: un país donde era extremadamente importante tener dinero y capacidad de consumo, lo que provocaba que quienes no alcanzaban dichos estándares fuesen unos, por así decirlo, hiperfracasados. ¿Se habrá convertido España en un sistema social que expulsa a sus fracasados, abocándolos, en proporciones históricamente desconocidas, al suicidio?
Se podría pensar: es que, mal que nos pese, la tasa de suicidio no deja de ser cierto signo de desarrollo. En apoyo de esto, siempre se puede aducir la famosa leyenda urbana, que mi experiencia me dice que hay cienes y cienes de personas que creen a pies juntillas, de que Suecia es el país más suicidal de Europa y tal vez del mundo. Lo malo es que la dicha leyenda es mentira. En el año 2007, se mataron 11,4 suecos por cada 100.000 habitantes. Esta tasa es desde luego superior a la de España (6,1). Pero empalidece ante la mostrada por países como Lituania (28), Hungría (21,4) o Eslovenia (18,4). Eso sí, en las estadísticas se observa que los países con menor prelación del suicidio son mediterráneos: Chipre (2,2 suicidados por cada 100.000 habitantes) y la quebrada Grecia (2,6). Si tenemos en cuenta que la tasa italiana es también muy baja (5,2), plugue que nos preguntemos si no será que los mediterráneos se suicidan menos.
En todo caso, parece claro que en el último cuarto de siglo hemos trepado, y no es, desde luego, buena noticia esta trepada. Quizá debiéramos cantar, con Presuntos, aquello de ah/cómo hemos cambiado...
domingo, marzo 07, 2010
Vita Pauli (y último apéndice: los reyes)
Aviso de que el pdf completo de Vita Pauli está ya colgado en la biblioteca. En lo alto del menú de la izquierda tienes el vínculo para llegar allí.
El rey histórico más antiguo que es citado en la Biblia es Darío. Por lo tanto, los exégetas siempre han creído que algunos de los escritos del Viejo Testamento datan del tiempo en que Judea era parte del imperio persa. Entre el imperio persa y la dominación romana, que es la verdadera gran protagonista de los tiempos de Jesús, ocurre la dominación del imperio macedonio alejandrino. Como supongo que sabréis, tras la temprana muerte de Alejandro Magno, sus generales se dividieron su imperio creando con ello varias dinastías reales, la más importante de las cuales fue la de los ptolomeos en Egipto, que tuvo por capital Alejandría; seguida del imperio fundado en el 312 antes de Cristo en Siria por Seleuco I, con capital en Antioquía, y que conocemos como dinastía seléucida. Judea fue ptolemaica hasta el 198 antes de Cristo, año en el que la victoria seléucida en Paneion hizo que cambiase de manos.
En el 198, los seléucidas se las prometían muy felices, pero lo cierto es que estaban a punto de chocar con el primo de Zumosol. Ocho años más tarde, en la batalla de Magnesia, fueron derrotados por los romanos. La posterior Paz de Apamea dejó al imperio seléucida sin sus posesiones en Asia Menor y, además, le impuso unas reparaciones de guerra tan costosas que forzaron la caída de sus reyes en la corrupción. Dado que este proceso coincide en el tiempo con el fin de la costumbre de reservar el sumo sacerdocio judío a la dinastía zadokita, la intensa necesidad de dinero de los reyes seléucidas influirá notablemente a la hora de encumbrar a dicha posición a tipos no muy religiosos, pero ricos.
Antíoco VI Epífanes, que como su propio sobrenombre indica se creía la encarnación de Zeus en la Tierra (sólo superado, algún siglo más tarde, por Cayo Calígula, que se creía Zeus mismo), intentó anexionar Egipto a su imperio para volver a ser grande, pero fue frenado por los romanos en el 168 AC. En Jerusalén, las noticias de su derrota animaron a los puristas a intentar derribar al sumo sacerdote Menelao, bastante helenizante, en la persona de Jasón, hermano de Onías III y, por lo tanto, descendiente de la estirpe de Zadok. La rebelión hizo aque Antíoco considerase a Jerusalén una ciudad traidora y, a su vuelta, la saquease, Templo incluído.
Así las cosas, Jerusalén fue declarada ciudad no judía (manda huevos) y su templo, aún controlado por Menelao El Pelota, dedicado a Zeus Olímpico. Como resultado, todos los judíos se levantaron como un solo hombre, y encontraron como líderes a Matatías, sacerdote asmodeo, y sus cinco hijos, entre los cuales sobresalía Judas Macabeo. La enorme habilidad de este último como jefe militar de guerrilla hizo que, finalmente, los planes helenizantes hubieran de ser abandonados, y el Templo dedicado de nuevo al culto de su Dios. En todo caso, los asmodeos no se quedaron tranquilos con esta victoria, y continuaron la lucha hasta el año 142 AC, cuando el último hijo vivo de Matatías, Simón, consiguió la plena autonomía de Judea. Los judíos eligieron a Simón como su líder político y religioso «por siempre, hasta la llegada del Mesías».
Simón el asmodeo y su descendencia habría que abrir una etapa de más o menos un siglo de gobierno autónomo de Judea y de ocupación del sumo sacerdocio. Su hijo, Juan Hircano, unió al reino Idumea, Samaria y parte de Galilea. Sus hijos Aristóbulo y Alejandro Janeo continuaron el expansionismo judío hasta que el reino de Judea casi alcanzó el tamaño que había tenido en los good old days de David y Salomón. Estos últimos miembros de la dinastía simoníaca, además, adoptaron el título de rey. Rey de los judíos, como rezaba el sarcástico cartel que había sobre la cabeza de Jesús cuando fue crucificado.
El problema para la monarquía simoníaca es que su último miembro, Sandrito, había montado un Estado militar imperialista de tales dimensiones que tenía al país agotado. A su muerte, ocurrida en el 76 AC, fue sucedido por su hermana, Salomé Alejandra; con su hijo mayor Hircano II ocupando el sumo sacerdocio y el más joven, el muy ambicioso Aristóbulo II, la capitanía general del ejército. En el 67 AC, a la muerte de Salomé, ambos hermanos se enfrentaron en una guerra civil. En realidad, Hircano no era sino la fachada que estaba utilizando el noble idumeo Antipater para llevar a cabo sus ambiciones de descabalgar a los asmodeos y hacerse con el reino. Antipater se dio cuenta de que el que manda, manda; así, cuando en el año 63 Pompeyo se presentó en la zona procedente de la guerra contra Mitrídates, rey del Ponto, y para anexionar Siria al imperio romano, en lugar de enfrentársele, como hizo Aristóbulo, se puso de su lado. De esta manera, consiguió que el bello e infatuado Pompeyo le hiciese el trabajo sucio, esto es someter a Jerusalén a sitio y someterlo, anexionando Judea al imperio. Pompeyo llegó a Judea teniendo poderes absolutamente plenos, que le habían sido concedidos por la Lex Manilia. Estaba tan seguro de sí mismo (bueno, la verdad es que siempre fue así de chulo) que cuando se enteró de que en el Templo judío había un sancta sanctorum en el que nunca entraba nadie, salvo el sumo sacerdote el día del Yon Kippur y tras siete días de purificación, se empeñó en visitarlo personalmente. Y lo hizo.
Hircano II fue confirmado en el sumo sacerdocio de la provincia romana de Judea, con Antipater manejando los hilos detrás de él. En los siguientes años, Antipater se trabajó a los romanos y muy especialmente a Julio, el cual le hizo ciudadano de pleno derecho y lo nombró prefecto de Judea. Consiguió sobrevivir políticamente al asesinato del César, pero fue asesinado en el año 43 AC, con lo que su labor debió ser continuado por su hijos Fasael y Herodes. Cuando Marco Antonio adquirió el control de la zona tras la batalla de Philippi, los nombró co-tetrarcas.
Dos años más tarde, en el 40, los partos invadieron Judea y colocaron un rey asmodeo, concretamente Antígono, hijo de Aristóbulo II. Fasael Antipater fue capturado y asesinado, pero Herodes Antipater huyó a Roma, donde el Senado lo proclamó rey de los judíos. En el año 37, con la ayuda del ejército romano, Herodes Antipater entraba en la Jerusalén reconquistada.
Herodes Antipater, que reinaría 33 años, hizo todo lo posible porque los judíos no le viesen como un idumeo usurpador. Repudió a su mujer, Doris, para poder casarse con Marián, la nieta de Aristóbulo. Pero aún así no consiguió ser querido por sus súbditos. Además, tenía el problema de que una de las mayores amigas de Cleopatra, la faraona de Egipto, era Alejandra, hija de Hircano y suegra de Marián. Cleopatra, que estaba en ese momento en lo mejor con Marco Antonio, ambicionaba que Judea volviese a ser, como en los viejos tiempos, parte del imperio egipcio, y trataba de convencer a su novio de que la apoyase, lo cual amenazaba con destrozar a Antipater.
En el año 36, siempre intentando llevarse bien con los judíos, y sobre todo con Alejandra, Herodes accedió a nombrar a Aristóbulo III, hijo de Marián y por lo tanto hijastro suyo, sumo sacerdote. El pobre Aristóbulo, sin embargo, se ahogó algunos meses después mientras se bañaba. No fueron pocos los que creyeron que su padrastro había tenido algo que ver. Marián, indignada, habló con su suegra, ésta con Cleopatra y ésta con Marco Antonio, quien accedió a investigar el hecho.
Afortunadamente para Antipater, que fue imputado y conminado a presentarse ante Antonio en Laodicea, éste en paralelo, como bien sabemos, estaba conspirando junto con Cleopatra contra Octavio, el cual le mandó la flota al mando de Agripa y le infligió una derrota definitiva en Actium, el año 31. Ambos se suicidaron poco después, como también es bien sabido.
Octavio se reunió con Antipater en Rodas y, contra lo que éste pensaba (al fin y al cabo, había sido uno de los aliados de Marco Antonio), le confirmó como rey de los judíos e incluso le otorgó alguna tierra más, como la comarca de Jericó.
Herodes Antipater fue un buen administrador y constructor, que mejoró las instalaciones de Jerusalén y construyó algunas fortalezas defensivas, entre las cuales se encuentra la de Masada, que acabaría siendo crítica para la identidad judía porque ahí se inmolarían decenas de zelotes rodeados por los romanos.
Su política, además, había sido la de no buscar enfrentamientos con el fundamentalismo judío. Ni siquiera tomó medidas contra los ciudadanos, sobre todo fariseos, que rehusaron realizar el juramiento de fidelidad a su persona que instituyó en el 17 AC. Pero en sus últimos años esto fue cambiando y los castigos a los actos farisaicos fueron siendo cada vez peores.
Herodes declaró herederos suyos a Aristóbulo y Alejandro, ambos hijos suyos con Marían y, consecuentemente, al menos medio asmodeos, lo cual hacía fue que fueran mejor vistos por los judíos ortodoxos que su propio padre. No obstante, a ambos los ejecutó en el año 7 AC por conspirar contra él; algo que ya había hecho con su madre años antes. En estas circunstancias, Herodes tuvo que asociar al trono a Antipater, su primer hijo, fruto de su matrimonio con Doris, la mujer en su día repudiada por él. Sin embargo, a éste también lo despojó de todos sus oropeles, también por sospechas de conspiración.
Antipater se estaba quedando sin herederos. Literalmente, tenía que optar por las sobras. Y las sobras eran el joven Herodes, hijo de la conocida como segunda Marián, hija del sumo sacerdote Simon Boethus, con la que se había casado el rey en el año 23 tras apiolarse a la primera Marián. Pero en el año 5 también este Herodes cayó en desgracia; Herodes Antipater se divorció de su madre e incluso le quitó a Simón el sumo sacerdocio. Así las cosas, fue nombrado heredero del trono el hijo de este Herodes caído en desgracia, de nombre Antipas.
Antipas ni siquiera era hijo pata negra de Herodes; era el producto de un polvete con una esposa menor, la samaritana Maltake. Tenía un hermano mayor y más importante, Arquelao, pero por alguna razón Antipater no se fiaba de él.
Herodes Antipater murió en marzo del 4 AC; no sin antes, según los cristianos, haber decretado la matanza de los inocentes, que valiente chorrada es. Probablemente enloquecido por décadas viendo conspiraciones en todas partes, apenas unos días antes de su muerte decretó la ejecución de Herodes Antipater junior, el hijo de Marián la segunda y, en lugar de dejárselo todo a Antipas, dividió el reino en tres: a Herodes Antipas le dejaba Galilea y Peraea como tetrarca; a Herodes Arquelao le dejaba Judea, Samaria e Idumea con título de rey; y una serie de territorios al Este del lago de Galilea a Herodes Felipe o Filipo, el tercer hermano por la vía de otro matrimonio de Herodes Antipater junior, en este caso con la denominada por la Historia Cleopatra de Jerusalén (para distinguirla de la de la nariz y la leche de burra).
Los tres hermanos se fueron flechados a Roma a defender sus derechos para ser los verdaderos reyes de todo. Entre medias, un tal Judas, cuyo padre había sido ejecutado por Antipater, lanzó una rebelión en Galilea en el curso de la cual llegó a tomar la ciudad de Séforis. En Roma, Augusto confirmó los términos del testamento de Antipater, pero muy pronto, en el 6 DC, tuvo que destituir a Arquelao por los enormes problemas que causaba su etnarcado (porque le negó el título de rey), entre ellos su matrimonio con la princesa capadocia Glafira, que había sido la mujer de su medio hermano Alejandro; algo que estaba en contra de la ley judía, que prohibía, no sé si sigue prohibiendo, el matrimonio con la viuda de un hermano. Es tras esta destitución en el año 6 cuando Judea se convierte en una provincia romana bajo el mando de un prefecto.
Herodes Antipas, de lejos el más listo de toda esta panda, se las arregló para que en su tetrarcado no se le presentasen problemas a Roma. No se puede decir lo mismo, sin embargo, de sus relaciones con los judíos. Se casó primero con una princesa nabatea, hija del rey Aretas, pero pasó de ella cuando conoció a Herodias, tía suya y al tiempo hermana política, puesto que era hija de su medio hermano Aristóbulo y estaba casada con su tío Herodes Felipe (no confundir con el Herodes Felipe que recibió una parte de la herencia de Antipater; éste era ciudadano privado y vivía en Roma).
La crítica de este matrimonio, impío a ojos de los judíos, es la que le costó la cabeza a Juan el Bautista.
El principal problema que le supuso este matrimonio a Herodes Antipas fue Agripa, el hijo anterior de Herodias que estaba en Roma. En la capital del imperio, Agripa se había hecho muy amigo de Antonia y de sus hijos Druso y Claudio (el cojo tartamudo que sería emperador). Esta amistad no gustaba al emperador Tiberio y, consecuentemente, a la muerte de Druso, Agripa cayó en desgracia y fue pseudodesterrado a Idumea. Herodias le comió la oreja (y quién sabe si otras cosas) a su nuevo marido para conseguir un mejor tratamiento para su hijo, cosa que consiguió; fue trasladado a Tiberias y acabó de nuevo en Roma, donde intentó poner a Tiberio contra Antipas, pero no lo consiguió. Fue adscrito a la guardia personal de Tiberio Gemelo, donde pudo labrar una gran amistad con Cayo Calígula. No obstante, sus críticas a Tiberio dieron con él en prisión.
viernes, marzo 05, 2010
Vita Pauli: un apéndice
Los sumos sacerdotes
El antiguo Israel ha sido definido a menudo como un Templo-Estado. El Templo de Jerusalén, en efecto, es el centro de Israel y, consecuentemente, sus sumos sacerdotes juegan un papel importantísimo dentro del esquema religioso judío. Hasta la grave crisis producida durante el reinado de Antíoco IV, la condición de sumo sacerdote estaba reservada a una dinastía, la de Zadok. La principal función diferenciadora del sumo sacerdote se producía el llamado Día de la Expiación, que conocemos mejor por su expresión hebrea Yon Kippur, en el que podía entrar a una sala en lo profundo del templo donde sólo podía entrar él, a hacer un sacrificio a Dios como expiación de sí mismo y del pueblo de Israel. La tarea no era fácil: dado que el sumo sacerdote debía entrar impoluto, tenía que estar siete días antes aislado.
El último sumo sacerdote zadokita fue Onías III, que fue depuesto por Antíoco IV el año 174 antes de Cristo. De una forma no muy legítima, fue sustuido durante tres años por su hermano Jasón; pero tampoco éste apareció a los ojos de Antíoco como suficientemente helenista, por lo que fue sustituido por Menelao, que comienza la lista de sumos sacerdotes no zadokitas. Cabe decir, por cierto, que Onías IV, heredero de la familia de Zadok, emigró a Egipto, donde el faraón le autorizó a montar un templo judío zadokita en Leontópolis, el cual permaneció durante más de dos siglos hasta que lo clausuró el emperador Vespasiano.
Los hasidim
Éstos son un poco el origen de todo. Hasidim significa algo así como «gentes de Dios». Eran admiradores y seguidores de la Torah y, consecuentemente, deploraban la penetración tanto helenística como seléucida en los usos y costumbres de los judíos. Así pues, los hasidim eran vistos por muchos judíos, sobre todo jóvenes, como fachas amigos de los viejos tiempos. Sin embargo, adquieren gran importancia para la sociedad judía durante el torpe reinado de Antíoco Epífanes, quien pretende helenizar en exceso a la sociedad judía y, de hecho, desdibujar el concepto de una nación israelita. Antíoco sufrió la rebelión de los asmodeos, que tuvieron el apoyo incondicional de los hasidim.
Esta alianza duró más tiempo aún que los enfrentamientos, pero pronto los hasidim se separarían de la élite asmodea por causa de su intolerancia religiosa. Esto ocurrió, por ejemplo, en el año 152, con la promoción por parte de Alejandro Balas del sumo sacerdocio de Jonathan, un hombre de familia sacerdotal, pero sin suficientes plumas como para merecer la más alta magistratura religiosa.
Es en el reinado de Juan Hircano cuando la alianza entre los hasidim y los asmodeos se rompe definitivamente. Y es posible que de esta escisión nazcan los fariseos.
Fariseos
No está claro cuál es el origen de la palabra fariseo. Quienes quieren ver el origen de este grupo en la ruptura de los hasidim con el poder asmodeo consideran que la palabra proviene del hebreo perusim, separatistas; los fariseos, por lo tanto, serían el grupo resultante de la ruptura entre los puristas religiosos y la dinastía que quería reinar en Israel. Pero hay otras teorías; por ejemplo, se dice que podría querer decir algo así como «persianizadores», lo cual vendría del hecho de que los fariseos creían en algunos conceptos teológicos extraños para otros judíos, tales como la resurrección de la carne, el juicio final, así como la existencia de un reino de ángeles y otro de demonios.
Los fariseos, y aquí hay una pista de su origen de los hasidim, destacan por ser extremadamente puristas en materias como la comida, el respeto del sabbath, etc. La gran importancia de los fariseos para la sociedad judía de los tiempos de Jesús radica en que, a lo largo de los siglos, consolidan una interpretación de las leyes judías, transmitida oralmente, que acaba por tomarse por tan sagrada e infalible como las escrituras mismas. De hecho , mucho tiempo antes de que Jesús naciese presuntamente, ya estaba consolidada entre sus nacionales la idea de que toda esa tradición, que sigue todo un curso de transmisores hasta llegar a Shammai e Hillel, que fundan dos escuelas rabínicas distintas, en realidad procede del mismo Moisés. Según estas tradiciones, en el mismo acto en que Moisés recibió las leyes escritas, recibió esta tradición oral.
Por eso Jesús, en tanto que Mesías que anuncia la llegada de la Edad del Hombre y el fin de los días proféticos, choca frontalmente con el fariseísmo. Sus enseñanzas se dan de leches con el carácter sacro (inamovible) de la interpretación farisea de la ley.
De las dos grandes escuelas fariseas, la de Shammai propugnaba una interpretación estricta de la ley, mientras que Hillel era más flexible. Se ha querido ver en los pensamientos de Hillel el origen de las creencias cristianas; yo no estoy muy de acuerdo con esta afirmación, la verdad, como tampoco lo estoy con quienes quieren ver en Jesús a un esenio. La escuela hillelita es la que acabó imponiéndose, tras la guerra del año 66 después de Cristo, de la mano de Yonahan ben Zakkai, su rabino.
La estricta observancia de la pureza que propugnaban los fariseos es la que está en el origen de la radical separación entre hebreos y gentiles; incluso entre hebreos y samaritanos (la parábola del buen samaritano de los Evangelios es, a mi modo de ver, y sin género de dudas, un cuento inventado para putear a los fariseos o, tal vez, para marcar distancias con ellos).
Saduceos
Precisamente el rechazo del carácter sacro de la tradición es lo que distingue a los saduceos de los fariseos. Los saduceos, precisamente por su fidelidad exclusiva a la ley escrita, se veían a sí mismos como viejos o tradicionales creyentes, en oposición a los fariseos, que eran vistos como creyentes de cuño más nuevo; aún en los tiempos en los que el poder espiritual de Jerusalén había caído claramente en manos de los fariseos.
Los saduceos consideraban que el fariseísmo se había dejado penetrar de ideas extrañas a la ley mosaica. Entendían que la creencia en la resurrección de la carne, en un juicio final con premios y castigos, en ángeles y demonios, era una contaminación zoroastriana, y por eso algunos estudiosos creen que los llamaban «persianizadores». Otro elemento que los separaba era que, mientras que el judaísmo fariseo es tremendamente fatalista y creyente en la predestinación (otro probable detalle mesopotámico, pues las religiones de origen babilónico prácticamente no conceden papel alguno al albedrío humano), el saduceísmo cree en la capacidad individual de buscar o rechazar la salvación.
Los saduceos también tuvieron un papel político importante. Fueron un apoyo decidido de las dinastías asmodeas, cuando menos desde Juan Hircano. Flavio Josefo nos cuenta que Hircano fue primero un seguidor de los fariseos, hasta que una noche, en medio de una cena, les invitó a que le corrigiesen en todo momento en que le viesen apartarse del camino correcto. En ese momento Eleazar, uno de los fariseos invitados, se levantó, le tomó la palabra, y le dijo que, puesto que tenía escasas credenciales para ser sumo sacerdote, si tanto quería seguir el camino correcto debería retener los poderes temporales, pero dimitir de la alta magistratura religiosa. La intervención de Eleazar fue una grosería. La pretendida ilegitimidad de Hircano procedía de las sospechas de que su origen no fuese muy limpio, ya que se decía que su madre había estado prisionera de unos soldados seléucidas (o sea, que lo mismo se la habían beneficiado e Hircano, en consecuencia, podría no ser hebreo propiamente dicho). Como le ocurre a todo el mundo al que acusan en la cara de ser un hijo de puta, Hircano se mosqueó, pero todo lo que consiguió fue que Jonathan, otro comensal, se levantase para aclararle que lo que había dicho Eleazar era lo que pensaban los fariseos todos. Pues entonces, dijo Hircano, los fariseos todos, a tomar por culo. Y se acercó a los saduceos.
El saduceísmo es una tendencia sobradamente más elitista que el fariseísmo. En realidad, su práctica y mando estuvo siempre en manos de un puñado de familias, lo cual provocaba que no fueran muy populares entre el pueblo llano.
Por alguna razón que al menos yo desconozco, en torno al 90 antes de Cristo, durante el reinado de Alejando Janeo, los saduceos cambiaron de bando y decidieron apoyar el del rey seléucida Demetrio III, lo que marcó el principio del fin de su influencia política en Jerusalén. Janeo, una vez sofocada la rebelión, hizo crucificar a los 800 principales saduceos, y el resto huyeron del país en su mayoría.
Esenios
Los esenios son la tercera vía entre saduceos y fariseos. Se supone que son otra derivación de los hasidim surgida en la segunda centuria antes de Cristo; aunque también se ha querido ver en ellos a los seguidores de los llamados recabitas, unos hebreos que habrían decidido en la Antigüedad abjurar el modo de vida «moderno» y retirarse a dedicarse a la agricultura. Según Plinio, los esenios eran célibes, no admitían mujeres entre ellos (aunque Josefo cita a una subclase de esenios supernumerarios, que se casaban y tenían hijos), y no usaban el dinero. El autor latino se extraña de que en una comunidad así, en la que por definición nunca nace nadie, el número no se reduzca, sino todo lo contrario. Es, por lo tanto, fácil de sospechar que el ideal de pureza y vida aparte de los hechos del siglo era notablemente atractivo para muchas personas, así pues es razonable pensar que durante muchas décadas o centurias, los esenios tuviesen más demanda que oferta.
Plinio nos dice sobre el lugar de los esenios que infra hos Engada oppidum fuit; o sea, que debajo de ellos había estado la ciudad de Engada o Engedi. Pero ese «debajo» ha dado para mucha especulación. Caso de que el autor latino nos estuviese diciendo, que el probable, que el centro esenio estaba al norte de Engada, esto abonaría la tesis, bien conocida, de que ese centro esenio es en realidad Khirbet Qmram y, por lo tanto, los famosos judíos del Mar Muerto serían esenios.
Los esenios compartían con los fariseos su pasión por la pureza ceremonial. Pero, como ya hemos insinuado, tenían elementos muy notablemente propios, que han dado para más de una y más de dos pajas mentales de la historiografía marxista, porque guardaban todas sus posesiones en común y no tenían, propiamente hablando, propiedad privada. Tenían prohibido hacer sacrificios animales, jurar, enrolarse en la milicia o realizar actividad comercial. No tenían esclavos y montaron entre ellos una suerte de Estado del Bienestar que se ocupaba de los viejos, enfermos o discapacitados de la comunidad. Sólo los adultos eran admitidos en la comunidad.
Creían en la predestinación aún mucho más que los fariseos. Para ellos, todo estaba en manos de Dios. Creían en la inmortalidad del alma y consideraban que la vida biológica era un proceso en el cual la obligación del ser humano es caminar hacia la perfección virtuosa (un concepto sólidamente extendido entre todas las creencias espirituales, desde los eremitas hasta los budistas). Ofrecían sus sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, porque sus reglas propias de pureza eran tan estrictas que no podían hacerlo dentro de la liturgia común.
Ser plenamente admitido en la comunidad esenia era un curro de tres años. El primer año, iban a todas partes vestidos de lino blanco, algo así como el uniforme esenio, con la sola posesión de la estaca que, según dicta el Deuteronomio (23:12-14) ha de llevarse para cavar un agujero cuando el vientre aprieta, cagar dentro y luego taparlo (se ruega a los dueños de algunos perros se sirvan repasar el Deuteronomio). Finalizado el primer año, el novicio era admitido a los rituales con agua purificadora, pero no era hasta pasados tres años que podía participar en las comidas comunales.
Los esenios se levantaban antes del amanecer para recitar sus oraciones en común y trabajaban en la agricultura hasta medio día. Entonces se bañaban, se ponían el uniforme de lino y los miembros plenos participaban en una modesta colación, en la que podían hablar sólo por turnos, respetando la jerarquía. Después se ponían de nuevo las ropas de trabajo y volvían al tajo hasta la noche, cuando había una cena comunal en la que sí podían asistir no miembros.
Zelotes
Según Hipólito, los esenios se dividieron en cuatro partidos distintos, dentro de los cuales había uno que rechazaba completamente el contacto con los gentiles. Este partido fue llamado de los Zelotes o Sicarios. El modelo zelote es Phineas, de quien nos habla, por ejemplo, el libro de los Números (25) cuando describe la apostasía de los judíos de Baal-peor, que fue reprimida por Moisés con la ayuda de Phineas, que asesina a un judío que ha traído a una madianita a la que se está pasando por la piedra pómez, y luego ensarta a la madianita también, deteniendo con ello la maldición de Jehová sobre su pueblo descastado. Esa ira divina se denomina en griego zeloo o zelos, y de ahí el nombre.
Si la tradición zelote nace de la historia de Phineas, que es una historia violenta, es lógico que se trate de un grupo de judíos gustosos de coger el cuchillo, y usarlo. Zelote es un tal Menahem que trata de comandar a los judíos en su revuelta contra Roma, en el 66 después de Cristo; y más que probables zelotes son los ladrones (lestai en griego) de los que habla Josefo y que en el año 67 tomaron el control del Templo, liderados por un tal Juan de Gischala. Como es bien sabido, esta confusión flaviana entre zelotes y ladrones es de gran importancia para los cristianos, porque abona la tesis de que los famosos compañeros de tormento de Jesús (como decía una respuesta de la Antología del Disparate: «Jesús fue conducido al monte Calvario, donde fue crucificado junto con otros dos ladrones») no eran cortabolsas, sino zelotes. Como lo era Barrabás, de quien se nos dice que estaba en la cárcel por haber matado a alguien durante una insurrección, y es aclamado por el personal cuando lo liberan (esto, por cierto, hace aún más increíble la historia del juicio de Jesús, puesto que ningún prefecto en sus cabales liberaría a un tipo de esa calaña ni aunque se lo pidiera Inés Sastre vestida de lagarterana y montando un caballo blanco con alas).
Los exégetas tienden a considerar que los zelotes se consolidan como grupo propio más o menos en el año 6 de nuestra era, tras la deposición de Arquelao. En este momento es cuando Judea se convierte en provincia romana y, consecuentemente, el legado de Siria, Publio Sulpicio Quirino, decreta un censo para establecer el tributo que se deberá pagar. Según las fuentes, un tal Judas, zelote, unido a un tal Sadduk, fariseo, inspiraron una revuelta causada por el rechazo a la idea de que los hebreos debieran pagar tributo a gentiles.
Ésta es la gran diferencia de los zelotes que los convierte, a ojos de muchos, en algo así como la ETA hebrea del tiempo: mientras otras escuelas del judaísmo son puras y estrictas, pero dicha pureza judaica no les lleva a rechazar el hecho de vivir bajo la administración de no hebreos, los zelotes no admiten esta posibilidad. La persona que, en los Evangelios, le pregunta a Jesús si deben los judíos pagar tributo a los romanos (y Jesús responde aquello de dad al César lo que es del César bla bla bla), es más que probablemente, si no un zelote, un simpatizante de ellos. Los zelotes, teológicamente hablando, son básicamente fariseos. Lo que pasa es que los fariseos se sientan a esperar la llegada de los tiempos divinos, mientras que los zelotes se sienten en la obligación de provocarlos.
Los zelotes, por cierto, se hicieron famosos por llevar dagas, sicae en latín, escondidas entre sus ropajes. De ahí que también les llamasen sicarii, que es de donde viene nuestro sicario.
La comunidad de Qmram
El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto afloró la existencia de estos judíos, que han despertado mucha curiosidad desde entonces. Parece ser que su origen son los maskilim de que habla el libro de Daniel, es decir los virtuosos.
En el año 152 antes de Cristo, cuando Jonathan, hijo de Judas el Macabeo, accedió al sumo sacerdocio de la mano de Alejandro Balas, los fariseos lo consideraron un ultraje. Pero los maskilim, que ambicionaban términos de virtud aún mayores, se opusieron con mayor fuerza. Ellos, como virtuosos, eran zadokitas; nadie podía ser sumo sacerdote a menos que perteneciese a la saga de los Zadok. Como consecuencia de estos enfrentamientos, una parte de estos maskilim pudo decidir irse a alguna zona solitaria a vivir bajo sus propias reglas de voluntarios de la pureza y la santidad. Se configuraron como personas eternamente preparadas para ser los hombres de Dios cuando éste regresase a la Tierra y reclamase sus servicios. Por ello, su vida consistía en purificarse y llevar una vida recta.
La comunidad de Qmram estaba estrictamente jerarquizada, con los sacerdotes en el vértice. Sin embargo, tenían una asamblea general que era la que debía aceptar a los nuevos miembros. Esos miembros pasaban entonces dos años de noviciado. En el primero retenían su propiedad privada y en el segundo debían entregarle todo al tesorero, aunque el caudal permanecía separado hasta que el miembro era totalmente admitido.
Las faltas en la comunidad se castigaban con un año sin poder estar en contacto con la pureza de los demás, además de la reducción de las raciones en un cuarto. Las faltas muy graves se castigaban con la incomunicación, tras la cual el castigado debía de pasar un periodo de reaprendizaje de dos años para poder volver a tener el carné.
No existen grandes evidencias de que los comunitarios de Qmram fuesen célibes, aunque resulta probable que muchos de ellos lo fuesen.
El fariseísmo más estricto, el shammaíta, es considerablemente más blando que las reglas de Qmram. Por ejemplo, el respeto del sabbath era mucho más estrecho. La regla de la comunidad llega al punto de decir que si un animal pariese a su cría con la mala suerte de que ésa cayese en un hoyo o en un pozo, si era sabbath, el comunitario debía dejarla morir sin hacer nada.
Los hombres de Qmram estaban convencidos de estar viviendo los años finales de la Humanidad predichos por los profetas, y esperaban la señal que les mostrase la llegada de la nueva era. Estas creencias proféticas los ligarían con algunas de las principales creencias de los primeros cristianos. Pero, dee todas formas, las mayores coincidencias se dan con los esenios.
jueves, marzo 04, 2010
De pajas, y de vigas
Decidí escribir estas líneas porque me sorprendió que, por encima de todas las intervenciones, cada una de colores distintos como es lógico y positivo, sonaba un bajo continuo, como en los conciertos barrocos, consistente en esta idea: lo que se haga, que se haga sin poner en peligro las relaciones con Cuba. Hay que respetar a Cuba. Tenemos muchos negocios en Cuba. Hay demasiados intereses como para tirar de la cuerda. Como digo, incluso flamantes portavoces del anticastrismo, de una forma más o menos velada, aceptaban esta idea.
Cuando el próximo verano esté dando sus últimas boqueadas, hara 35 años que el régimen del general Francisco Franco fusiló a unos activistas de ETA y del FRAP. Fue un acto extemporáneo en el que lo peor de lo peor del régimen franquista se empeñó en revivir los usos de décadas atrás y demostrar que a la España franquista nadie le jugaba, no un órdago, tres míseras piedras.
El franquismo, por cierto, argumentó que aquellos tipos eran terroristas y que, por lo tanto, bien fusilados estaban. Llama la atención el extraño parecido que tiene este argumento con otros que se oyen por aquí últimamente. Y es que, como dijo el maestro Muñoz Seca, los extremeños se tocan.
Traigo a colación a este post dos fotos que he encontrado por ahí, precisamente de aquel final del verano de 1975. Olof Palme era jefe de gobierno en Suecia. En Europa se montó la mundial contra la dictadura española; especialmente en Portugal, que acababa de derribar la suya, donde la embajada española fue poco menos que saqueada.
Grupos antifranquistas suecos montaron cuestiaciones por la calle para pedir dinero que enviar a las familias de los fusilados. Y Palme, sabiendo con seguridad que su imagen sería foto mundial, salió a la calle, se colocó el cartel peticionario, y participó en la cuestación como uno más.
Sólo dejo aquí una pregunta: ¿qué habríamos pensado los españoles demócratas si Palme hubiera decidido quedarse en su despacho porque: a) no hay que poner en peligro las relaciones con España; b) hay que respetar a España; c) al fin y al cabo, tenemos negocios en España?

miércoles, marzo 03, 2010
Vita Pauli (4)
El sincretismo es aquel proceso por el cual un creyente de la creencia A se convierte en acólito de la creencia B, pero se trae, por así decirlo, elementos de la creencia A consigo. En realidad, el sincretismo será más que probablemente practicado por la propia Iglesia católica dentro de algunos siglos, cuando decida jugar en la Champions League de ser la iglesia universal del ser humano occidental y necesite, por lo tanto, absorber a miles y miles de mitraístas, baquianos, creyentes en Cibeles, en Atis, en Thot, en Osiris; y lo que haga sea transliterar algunos de sus mitos y de sus ritos para convertirlos en ritos cristianos, como ocurre con la Navidad. Pero estamos en un momento muy previo para eso. De momento, el cristianismo es tan sólo un prometedor Alcorcón F.C. que parece apuntar maneras para ser algún día, con mucha suerte, club de primera.
El problema para un cristianismo que cada vez es más gentil y menos judío es que, en realidad, la creencia en Jesucristo es una creencia judía. La consideración de Jesús como un Mesías, un enviado, es una creencia judía que está en las profecías de dicha religión. A los gentiles este montaje teológico les sonó tan extraño que incluso confundieron en nombre griego del Mesías, Christos, con un nombre de pila, Chrestos, habitual en los esclavos; y es por ello que Cristo comenzó a ser tomado como un nombre de persona, como si fuera el primer apellido de Jesús (Cristo) o parte de su nombre (Jesucristo); en lugar de ser lo que es, que es un apelativo. Jesús es el Cristo porque es el Mesías. Es como si mañana le dijera yo a un amigo que no hable español: «Yo soy Juan y soy tu confidente», y mi interlocutor sacase la conclusión de que mi nombre es Juan Confidente.
Es por esta razón de que los gentiles tendían a no saber lo que es un Mesías que Jesús y Dios comenzaron a ser llamados Señor (Kyrios... remember Kyrie Eleison) o Jesús Hijo de Dios (Theos Hypsistos), conceptos que los no judíos entendían mejor. Es por la dicha razón que hoy cantamos en la iglesia aquello de «El Señor hizo en mí maravillas/gloria al Señor».
Lo mismo ocurre con la promesa de la llegada del Reino de Dios. Para los judíos, pasados, presentes y futuros, esta expresión tiene un significado bastante claro. Pero no para los gentiles. Aquellos gentiles que no habían pisado nunca una sinagoga no sabían una mierda de las visiones de David que están en el fondo de esta promesa; y es por eso que la religión cristiana tuvo que hacer tanto hincapié en la resurección de la carne, algo en lo que no todas las teologías judías creían.
Esta necesaria «des-judaización» del cristianismo, sin embargo, tuvo como consecuencia que el cristianismo cayera en el peligro del sincretismo; en el peligro de acumular, como en un enorme sumidero intelectual, todas y cada una de las creencias que estaban en el sustrato culturo-religioso de sus nuevos prosélitos. Con ello, el cristianismo se veía en peligro de encontrarse en esa situación paradójica de las empresas que producen por encima de costes, es decir la situación por la cual, cuanto más vendes, más pierdes.
Evidentemente, esta situación acojonó, especialmente, a los máximos guardianes de la pureza, es decir la iglesia cristiana de Jerusalén, y muy probablemente también a las hermandades fariseas que eran, si no su apoyo, sí su comprensiva vecindad; pues es bien sabido lo extraño que resulta que los Evangelios hagan de los fariseos los grandes enemigos de Jesús cuando éstos, precisamente por creer en la resurección en una medida no alcanzada por los saduceos, en realidad estaban más cercanos a la doctrina cristiana (una más de las preguntas sin respuesta acerca de la labor de los evangelistas). Y es por esta razón que la iglesia de Jerusalén contraatacó.
Lucas nos cuenta en los Hechos (capítulo 15) que unos tipos de Judea subieron a Antioquía para predicar que todo aquél que no se circuncidase según la ley mosaica, no se salvaría. La expresión usada por el cronista es muy genérica, pero tengo yo por racional sospechar que lo que hubo aquí fue una delegación en toda regla de la iglesia de Jerusalén para tratar de poner las cosas en su sitio. Un pequeño golpe de Estado circunciso que se basaba en dejarse de hostias (nunca mejor dicho) y hacer que fuese claro como el caldo de un asilo, y para todos, el principio de que ser cristiano implicaba seguir las leyes milenarias de los judíos. Más que probablemente, se trataba, además, de una manera de evitar la entrada dentro de la iglesia cristiana de elementos sincréticos o sólo medio creyentes. Esto fue así incluso a pesar de que los propios teólogos judíos no se ponían de acuerdo en la materia. En las disputas teóricas entre dos de las principales corrientes del judaísmo, por ejemplo, la escuela de Shammai sostenía que todo gentil que se convirtiese debía circuncidarse; mientras que la escuela de Hillel, más comprensiva, establecía que no, siempre y cuando las obligaciones espirituales ligadas a la circuncisión fuesen respetadas.
Algo antes de la llegada de los predicadores de Judea, Pedro estaba ya en Antioquía; no sabemos si para tratar este tema u otro. Lo que sí nos cuentan los exégetas es que, cuando llegaron los predicadores, éstos traían un mensaje de Santiago para Pedro/Piedra, en el que más o menos le decía que habían llegado a Jerusalén noticias de que se sentaba con gentiles e incluso compartía comida con ellos; que eso había causado sorpresa entre los cristianos e indignación entre los judíos no cristianos con los que convivían. Y que se cortase un pelo.
Supongo que sabéis que para los judíos la comida no es cosa baladí. Las restricciones que tenemos los católicos, eso de no comer carne los viernes y tal, son caralladas al lado de los escrúpulos de la religión hebrea a la hora de definir qué alimentos son kosher. Para los judíos, que un judío compartiese comida gentil con gentiles era la hostia. Los cristianos de Jerusalén, que necesitaban como el comer la comprensión y el apoyo de los judíos oficiales, se encontraban ante el problema de que éstos, ahora, no les veían como personas pías y observantes de la ley, porque un hebreo que tal sea no se sienta a la mesa de unos mediopensionistas y se come lo que le ponen en el plato. Ni de coña.
Pablo, sin embargo, no podía dar marcha atrás. Llevaba entonces varios años predicando a los gentiles, cada vez más gentiles totalmente alejados de la teología y la moral hebreas. Gentes a las que, por lo tanto, no podía contarles que salvarse consistía en respetar una sedicente ley mosaica inventada por unos tipos de otra nación y otra cultura. Eso sería como predicar el cristianismo en Palencia sosteniendo que para salvarse hay que practicar las costumbres del pueblo azerbaiano. Como decirles a los valencianos que no pueden tirar petardos porque resulta que el Dios auténtico habló en el Cáucaso y allí consideran que los petardos con cosa del diablo. Pablo, en resumen, sabía que, si aceptaba la ligazón mosaica del cristianismo, conforme más se alejase de Jerusalén, menos colines se iba a comer, hasta llegar a un punto en el que no se comería ninguno. Él le contaba a sus prosélitos que para salvarse sólo hacía falta el perdón de Dios y la Fe en Él. Si ahora tenía que introducir una disposición adicional que dijese «y además rajarse la cebolleta», sabía que podía haber problemas o, lo que es peor, retrocesos.
Esto generó el segundo gran concilio del cristianismo, aunque no se llame así. Delegados de la iglesia de Antioquía se desplazaron a Jerusalén para un gran debate sobre la materia. Los Hechos nos dicen que los judíos, apoyados por fariseos, presentaron la moción de que la circuncisión tenía que ser conditio sine qua non para la salvación. Pero perdieron. Según los Hechos, fue Santiago el que intervino finalmente para aportar el argumento final: vista la exposición de Barnabás y de Pablo sobre sus logros entre los gentiles, resultaba obvio que Dios había entrado en ellos. Pero si Dios había entrado en ellos, ¿como podrían los hombres negarlo?
Evidentemente, no tenemos forma de contrastarlo, pero yo diré aquí que se me hace difícil tamaña prueba de comprensión en Santiago. O, mejor dicho: la narración que conocemos es sincrética, como un acta de una junta de accionistas que sólo recogiese la constitución de la misma y los acuerdos aprobados, sin información alguna de los debates intermedios. No podemos saber, por lo tanto, cuáles fueron los argumentos, y sobre todo las amenazas, que se vertieron en medio de la discusión. No podemos saber hasta qué punto lo que pasó allí fue, simple y llanamente, que la iglesia de Pablo y Barnabás era ya tan grande que, en realidad, la de Santiago, Pedro y Juan no podía aspirar a imponerse sobre aquélla. No podemos saber si hubo amenaza de escisión y, si la hubo, quién la blandió. No podemos, por lo tanto, saber si las sabias palabras de Santiago son fruto de la amorosa comprensión, o una simple y pura cesión.
Pero eso sólo significaba que los gentiles no tendrían que circuncidarse. Quedaba la otra cuestión: ¿podían gentiles y judíos comer juntos? ¿Podía un judío sentarse una mesa con tipos que comían alimentos sanguiñolientos? ¿Podía un judío aceptar la relativa mayor laxitud gentil en lo que al contacto de los dos sexos se refiere?
Esta discusión, probablemente, fue mucho, muchísimo más agria, larga y jodida que la del pito. Una vez más, si hemos de creer a las fuentes que tenemos, fue Santiago el que encontró una fórmula de compromiso: los gentiles serían aceptados en la mesa de los judíos, siempre y cuando se abstuviesen de practicar ciertas cosas especialmente rechazables por parte hebrea: básicamente, comer alimentos asociados de alguna manera a alguna idolatría, y carne que aún contuviese sangre, así como respetar las reglas judías del contacto entre sexos.
El decreto de Jerusalén supuso una victoria sin paliativos de los gentiles. Cierto que se les impusieron ciertas restricciones. Pero consiguieron lo que Pablo y Barnabás habían ido a buscar a Jerusalén, y es que fuesen reconocidos miembros de pleno derecho de la iglesia cristiana.
Esta fue la segunda, y más importante, victoria del cristianismo. Lo hiciesen de buen grado o presionados, fruto del convencimiento o la transacción, con el decreto de Jerusalén los judíos cristianos aceptaron un status quo que, suponía, colocar las semillas de una religión universal. Pablo había ganado su partida. Suyo era el gobernalle de la nave. Era su interpretación de las cosas la que se había impuesto y, como él había previsto, esa victoria tuvo como consecuencia, en las siguientes décadas, el crecimiento constante del cristianismo, la formación de un tsunami de conversiones que acabaría teniendo su clímax, siglos más tarde, en la solemne chorrada que conocemos como herencia de Constantino.
Aún nos quedaría seguir los pasos del viejo Saulo hasta su probable decapitación, quizá en el lugar marcado por la tradición y ocupado hoy por la iglesia romana de San Paolo fuori le Mura. Pero en estos tiempos descreídos, tal vez sea demasiado cristianismo.
Le dedico esta serie a Chiky Orange, más que nada porque me da la gana.
lunes, marzo 01, 2010
Vita Pauli (3)
miércoles, febrero 24, 2010
Vita Pauli (2)
lunes, febrero 22, 2010
Vita Pauli (1)
jueves, febrero 18, 2010
El gran héroe americano menorquín
En la primavera de 1870, el primer almirante de la Historia de los Estados Unidos, David Glasgow Farragut, visitó diversas ciudades de Europa como embajador de buena voluntad de la nación que acababa de sufrir una guerra civil. Dentro de aquella visita a las principales ciudades del viejo continente, Farragut quiso detenerse ex profeso en la pequeña ciudad de Ciudadela, en la isla de Menorca. Lo hizo así para recordar a su padre, George, para nosotros Jorge, Farragut, quien un siglo antes había abandonado aquel lugar para fundar la primera, tal vez la más mítica, dinastía de marinos de aquel país.
Jorge Farragut nació, efectivamente, en Ciudadela, el 29 de septiembre de 1755, hijo de Antonio Farragut y Joana Mesquida. Sabemos algunas cosas, más bien pocas, sobre su adolescencia y juventud, que han llevado a los historiadores a sospechar, a menudo, que sintió muy pronto la llamada de las armas como vocación de vida, siendo uno más de esos militares de estimación progresista de los que el final del XVIII estuvo trufado; y, como muchos otros, al estallar la guerra de la independencia de los estados americanos, que lo fue también en defensa de unas ideas de libertad e igualdad, sintió la necesidad de unirse a aquella lucha.
Farragut navega con mercaderías hasta Haití, pero en Puerto Príncipe las canjea por armas y con éstas se dirige a Charleston, con la intención de unirse a los rebeldes. Allí se incorpora a la marina de Carolina del Norte , pues en la guerra de la independencia la marina de los EEUU propiamente dicha era muy pequeña (tan pequeña que dichos Estados Unidos hubieron de ganar esa guerra para poder existir). De hecho, el elemento rebelde más poderoso en el mar, en el que también acabará por enrolarse Farragut, serán los que en inglés se denominan privateers, es decir barcos privados con derecho a la piratería.
Cabe sospechar que en estas acciones Farragut debió hacer mucho dinero, aunque también recibió un balazo en un brazo que se lo dejó medio paralizado. Pero no por ello se rebajó su impulso revolucionario, porque poco tiempo después lo encontramos alistado a las órdenes del general Marion, uno de los grandes mitos de la revolución americana. Un poco más tarde, el gobernador de Carolina del Norte, Abner Nash, le confía la misión de formar y mandar una compañía de voluntarios.
Terminada la guerra y conseguida la independencia, Farragut permanece en el ejército pero lejos del mar hasta 1807. En dicho año, el presidente Jefferson lo nombrará sailing master, con lo que volverá al puente de un barco. Morirá el 4 de junio de 1817 en Pascagoula, bahía en la que poseía importantes extensiones de tierra y donde se había convertido en un americano de pura cepa.
Entre sus varios hijos, George Farragut había visto nacer el 5 de agosto de 1801 a James Glasgow Farragut, quien nació en Campell's Station, Tennessee. A los diez años de edad, este hijo de menorquín ya pertenece a la marina estadounidense. Considerando que su madre había muerto cuando tenía siete años y que desde su ingreso en la Marina ya no volvió a ver a su padre, el verdadero mentor de este segundo Farragut fue un famoso marino americano, David Porter, quien dejaría en aquel chiquillo tan honda huella que acabó cambiándose su nombre de pila original por el de su maestro.
Nada más entrar en el ejército, de la mano de Porter, Farragut había de conocer la guerra. Porque la Historia suele olvidar esta breve guerra, producida enter 1812 y 1815, cuyos dos grandes hitos fueron la toma e incendio de Washington por los ingleses y la victoria final americana, producida en Nueva Orleans. Las necesidades de la guerra hacen que Porter le entregue a Farragut el mando de uno de los barcos que toma, cuando el muchacho apenas tiene doce años. Resulta paradójico, y de hecho no sé si no será un caso único en la Historia, pero lo cierto es que, terminada la guerra, el destino de David Farragut, que ya ha combatido, que ya ha mandado un barco, será... volver a la escuela para terminar su formación.
Ya con 18 años, es destinado a la flota del Golfo de México, comandada por Porter, donde se integrará primero en un buque a las órdenes de su hermano William y luego obtendrá, por fin y con todos los pronunciamientos, el mando de un barco, el Ferret.
David Farragut nació en el Sur. Vivía en un estado sureño (Norfolk, Virginia). Se casó dos veces, y ambas con damas sureñas. Y, sin embargo, cuando estalla la guerra civil americana, se declara partidario del Norte y, una vez que Virginia se decanta por la secesión, abandona su ciudad para residir en el Estado de Nueva York. De estos detalles cabe adivinar que debería ser tan decidido en la defensa de sus ideales como ya lo había sido su padre.
En 1861, el gobierno del Norte, cada vez más convencido de que una parte tan importante como inesperada de la guerra es conseguir incomunicar al Sur de sus clientes de comercio, decide capturar la ciudad de Nueva Orleans, situada en el Golfo de México, en la desembocadura del muy literario río Mississippi. En ese momento, la experiencia acumulada en la zona años antes por Farragut jugará a su favor para comandar aquella acción.
En Nueva Orleans hay surta una flotilla confederada y, además, a ambas riberas del río, antes de llegar a la ciudad, ésta tiene dos fuertes que la protegen, Fort Jackson y Fort Saint Philip. El 18 de abril de 1862 se inició el ataque, con las órdenes tajantes de reducir los dos fuertes uno a no antes de seguir avanzando. Los barcos de Farragut bombardean durante varios días Fort Jackson, con escaso éxito. En ese momento, el comandante de la flota decide ignorar las órdenes que ha recibido y seguir hacia Nueva Orleans, pasando los fuertes sin haberlos reducido. Realiza la acción en la noche del 24 de abril, logrando que 14 de sus barcos pasen y se enfrenta a los confederados con ventaja, pues la flota de Nueva Orleans no esperaba ataque alguno mientras estuviesen en pie los fuertes. La ciudad, finalmente, se rinde y con esta victoria Farragut pasa a la Historia de su país como uno de los primeros comandantes norteños que pusieron en solfa la superioridad confederada que hasta entonces casi nadie ponía en duda. La toma de Nueva Orleans, junto con la batalla de Fort Donelson que ganó Ulysses S. Grant, son dos de estos primeros mojones.
Tras intentar infructuosamente tomar Vicksburg, Farragut hará lo propio con Galveston, Corpus Christi y Sabine Pass, con lo que en el Golfo de México apenas le queda al enemigo el puerto de Mobile. Inicialmente, Farragut solicita, sin obtenerlo, permiso para atacarlo, pero el contraataque confederado, por el que consiguen recuperar el control de algunos puertos, convence al mando del Norte de la necesidad de proceder a esta operación.
En la bahía de Mobile, Farragut se enfrentará, una vez más, a dos fuertes de defensa: Fort Morgan y Fort Gaines. La entrada a la bahía, en algunos puntos de menos de 700 metros de ancho, está minada con torpedoes, como los llaman los americanos. El Tecumesh, primer barco de la horda farragutiana que intenta penetrar, toca una mina, que estalla y le hunde. El comandante, en ese momento, da orden de entrar a toda marcha. Cuando alguien le hace notar la amenaza de las minas, dice la tradición que pronuncia una frase que se ha hecho histórica: «¡Full steam ahead damn the torpedoes!» Literalmente quiere decir a toda máquina y malditos los torpedos; pero, considerando que utilizar lenguaje malsonante era algo mucho más grave hace ciento y pico de años que hoy en día, la traducción más exacta debería ser «¡A toda máquina y que le follen a los putos torpedos de los cojones!» Lo importante, en todo caso, es que pasaron, tomaron Mobile y, por primera vez, se pudo decir que el Sur estaba bloqueado.
La marina americana ha tenido muchos contralmirantes, vicealmirantes y almirantes; pero de todas estas altas distinciones de mando marino, el primero de la lista fue David Glasgow Farragut, pues para él fueron creados tales rangos. De alguna manera, es el primer gran marino americano.
Todos los franceses aprenden, en un momento u otro, quién fue el general Lafayette, que construyó gran parte de su gloria muy lejos de sus fronteras. Entre otras cosas, no se puede ir a París sin encontrarse con el tal apellido. Sin embargo, tengo la impresión de que son pocos los españoles, y en el colectivo incluyo por supuesto a los baleáricos, que saben que la marina estaounidense, la misma del USS Nimitz y de la batalla de Midway y de los celebérrimos marines y tal, tuvo un primer jefe indiscutible que se llamó David Glasgow Farragut, hijo de Jorge, o Jordi si así se prefiere, Farragut, natural de Ciudadela, en la isla de Menorca.
Así nos va.
No sé si en Ciudadela, en Menorca o en Baleares hay alguna estatua que recuerde a Jorge Farragut. Lo que sí sé que hay es una que en Nueva York homenajea a su hijo David.
miércoles, febrero 17, 2010
Mi cuarto a espadas
No sé si hace falta dar más horas de Historia o de Filosofía porque, sinceramente, desconozco las que hay en los currículos actuales. Desde luego, tengo la sensación, que dolientemente sustantivaba Pedro Mena en su comentario, de que son pocas o, cómo diría, mal aprovechadas.
No creo que para sentirse miembro de una comunidad haya que ser patriota. El patriotismo es, a mi modo de ver, otra cosa que tiene más que ver con la capacidad de sacrificarte personalmente, bien sea poniendo dinero o pegando tiros, por el bien de tu colectividad o de tu nación. Pero aunque no estés dispuesto a sacrificios así, no por eso vas a dejar de sentirte parte de algo.
Creo que España, hoy, está enferma de franquismo. Sí. He dicho hoy, he dicho enferma, y he dicho de franquismo. Las cohortes de españoles maduros de hoy, digamos por encima de los 40 tacos, queremos pensar que hemos superado una etapa vivida de diversas maneras, la mayoría de ellas no muy agradables. Pero lo cierto es que el franquismo sigue presente en nuestras vidas. En algunas cosas, porque lo que tenemos hoy es en gran parte lo que se construyó en tiempos de Franco (por ejemplo, el mercado laboral) y en otras, la gran mayoría, porque nuestra incapacidad de no negar confirma que, de alguna manera, seguimos instilados por esa cosmovisión que damos por superada.
¿Qué quiere decir capacidad de no negar? Quiere decir que el antifranquismo vehemente que practicamos nos lleva a ser incapaces de apearnos de negaciones que construimos cuando Franco estaba vivo o recién muerto. Dicho de otra forma: nada que al franquismo le pareciese bien nos puede parecer bien a los españoles de hoy. El franquismo fue un régimen que exaltó hasta la saciedad el patriotismo y la identificación de lo español. Nunca se apeó de aquel anacoluto ledesmiano, adoptado por José Antonio, de la unidad de destino en lo universal, que vaya usted a saber lo que quería decir.
La España que superó a Franco (según su propia teoría) no quiere llamarse España, no quiere conocerse, y no quiere defenderse. Y esto es así porque estas tres cosas: tener el nombre de España en la boca hasta para mear, poner el conocimiento de España sobre cualquier otro y defender una imagen imperial e inmanente de la nación, son tres cosas que hizo Franco.
A mi modo de ver, sin embargo, estas mismas tres características que he citado son las que deberían informar cualquier currículo bien hecho de Historia para alumnos de la ESO y Bachillerato.
En primer lugar: España se llama España. Se ha llamado así en la Historia desde muy pronto, conformándose de diversas maneras conforme pasaba el tiempo, pero siempre manteniendo su identidad propia. España no es Francia ni es Portugal. Si a España le quitamos Cataluña, o Baleares, o la provincia de Ávila, históricamente hablando a lo que resulte tendremos que buscarle un nombre, porque ya no será, propiamente, España. Hablamos de un proyecto que ya existía en bastante más que potencialidad hace bastantes siglos y que se concretó como proyecto político hace más o menos 600 años. Es, también, un proyecto enormemente complejo y conflictivo, y esto también se debe saber, por varias razones.
La primera de ellas es que, según como las contemos, las diferencias y disensiones internas de España le han provocado, no una, sino no menos de cinco guerras civiles, como poco; de las cuales cuatro se han producido en lo que podríamos denominar (históricamente) los minutos más recientes.
La segunda es que España, al revés que muchos de sus vecinos, tuvo, para lograr su independencia y cohesión, que firmar un pacto religioso más estrecho que el del resto de naciones. Tiene razón el comentario que recuerda que la Inquisición es un invento francés. Hubiera tenido razón cualquier otro que nos hubiera recordado que si nuestros obispos patrios nos parecen fachas y cabrones, quizá estaríamos diciendo lo mismo si por algún ardid de la Historia hubiéramos acabado dominados por Calvino, que tenía tela el gachó. Pero todo eso no puede nublar el hecho de que España es un proyecto, en gran medida, católico, se erige de hecho en el principal defensor de la Iglesia católica ante el mundo, y que eso le ha aportado importantes riquezas (artísticas, por ejemplo), pero también ha abocado a nuestra sociedad a un radicalismo sobre el tema que hace que o seamos inmensamente católicos o inmensamente laicistas, como si no fuésemos capaces de encontrar términos medios.
La tercera razón por la cual España es un proceso conflictivo es porque su formación es un choque de trenes, una alianza de imperios menores que buscan (y consiguen) la hegemonía europea mediante su adición; pero que, precisamente por eso, condenan a la nación a ser una nación dual, con dos tendencias marcadamente distintas. La fusión de Castilla y Levante se produce en el siglo XV, pero en el siglo XIX la masilla todavía no estaba seca. En gran parte, España no es España a pesar de esa tensión; es esa tensión.
Cualquier español educado debería estar obligado a saber de dónde salió España, por dónde transitó y dónde se encuentra. Sin traumas estragantes ni apriorismos enfermizos. Con sus contradicciones y sus enfrentamientos, desde luego. Con voz crítica, pero proporcionada a los tiempos y, lo que es más importante, evitando ese pecado tan nuestro de tender siempre a admirar lo foráneo. Porque, como creo que alguien ha escrito en los comentarios al post anterior, los indígenas americanos pueden hoy contar su Historia, entre otras cosas, porque están sobre la tierra en número muy superior al de otros indígenas, a los que otros colonizadores, se supone que más civilizados que nosotros, no les dieron la ocasión de seguir existiendo.
Todo esto es especialmente importante respecto de nuesstra Historia más reciente, porque es, obviamente, la más reciente, y porque, precisamente por eso, es una Historia sobre la que podemos, o incluso deberíamos, aspirar a que cualquier español, por joven que sea, desarrollase un juicio personal. No sé si alguna vez he contado que la decisión de escribir este blog la tomé una tarde de verano en que, casi sin darme cuenta, le pregunté a mi sobrino, que entonces tenía 14 años, qué sabía de la guerra civil española. «No sé», me contestó; «creo que es algo que ocurrió en 1952» (nota: su nivel de conocimiento a día de hoy, a las puertas de la universidad, es el mismo). Esto, sinceramente, no puede ser. Vale que la imagen del criajo estadounidense recitando artículos de la Constitución americana queda un poco exajerado; pero que ni siquiera sepamos cómo nos llamamos, ni cómo se llamaban nuestros padres, es de traca. No tiene sentido que una persona que ha recibido una cultura general que se considera mínima se sepa los nombres de los parques naturales que hay en España y desconozca que hubo una guerra civil hace apenas setenta años. Puede que ninguno de sus parientes ni él mismo hayan estado jamás en un parque natural pero, sin embargo, es prácticamente imposible que alguien en las anteriores cuatro generaciones no haya sufrido esa guerra.
Cuando nuestros políticos hablan de pactos de educación, hablan de dos cosas: una, de gasto presupuestario; otra, de enseñanzas técnicas que sirvan para trabajar. Personalmente, ahora que parece que el asunto del consenso educativo va por buen camino, mis esperanzas de que un hipotético pacto educativo abarque esta cuestión de definir lo que todo español debería saber y conocer, son nulas. Porque la educación en España, simplemente, ha abandonado ese objetivo. Ya no le importa tener un conjunto de conocimientos mínimos. Hemos renunciado a explicarnos a nosotros mismos.
El desconocimiento de la Historia es algo que concita el vivo interés de quienes la manipulan. Cuando uno manipula la Historia, falsea sus datos o simplemente los retuerce para que casen con su propia visión de los hechos, se convierte, en una sociedad informada, en un mercader más que ofrece su mercancía intelectual, pero sabiendo que sus compradores probablemente han ido a otros puestos a buscar y comparar. Pero cuando la Historia se desconoce, ese mismo manipulador puede aspirar a que sus lectores, o cuando menos muchos de ellos, no tengan acceso a más versión que la suya. En cuyo caso darán los hechos que él describe, y tal y como los describe, por totalmente ciertos.
Realmente, la Historia no es necesaria para salir adelante en el mercado laboral. Uno puede ser un excelente dealer de divisa, un fontanero apañado, un comercial de éxito o un ATS eficiente sin saber quién fue Cronwell. Pero, desconociendo la Historia, desconocerá también que él, él mismo, es el producto de algo; la consecuencia de un montón de cosas que han pasado antes. Desconociendo la Historia, nos descnocemos a nosotros mismos.
