viernes, marzo 05, 2010

Vita Pauli: un apéndice

Aquí está. Un poco aburrido, lo avisé, pero está. como apéndice a la Vita Pauli, aquí tenéis una pequeña guía de urgencia de las diferentes maneras de ser judío en los tiempos de Jesús.

Los sumos sacerdotes

El antiguo Israel ha sido definido a menudo como un Templo-Estado. El Templo de Jerusalén, en efecto, es el centro de Israel y, consecuentemente, sus sumos sacerdotes juegan un papel importantísimo dentro del esquema religioso judío. Hasta la grave crisis producida durante el reinado de Antíoco IV, la condición de sumo sacerdote estaba reservada a una dinastía, la de Zadok. La principal función diferenciadora del sumo sacerdote se producía el llamado Día de la Expiación, que conocemos mejor por su expresión hebrea Yon Kippur, en el que podía entrar a una sala en lo profundo del templo donde sólo podía entrar él, a hacer un sacrificio a Dios como expiación de sí mismo y del pueblo de Israel. La tarea no era fácil: dado que el sumo sacerdote debía entrar impoluto, tenía que estar siete días antes aislado.

El último sumo sacerdote zadokita fue Onías III, que fue depuesto por Antíoco IV el año 174 antes de Cristo. De una forma no muy legítima, fue sustuido durante tres años por su hermano Jasón; pero tampoco éste apareció a los ojos de Antíoco como suficientemente helenista, por lo que fue sustituido por Menelao, que comienza la lista de sumos sacerdotes no zadokitas. Cabe decir, por cierto, que Onías IV, heredero de la familia de Zadok, emigró a Egipto, donde el faraón le autorizó a montar un templo judío zadokita en Leontópolis, el cual permaneció durante más de dos siglos hasta que lo clausuró el emperador Vespasiano.


Los hasidim

Éstos son un poco el origen de todo. Hasidim significa algo así como «gentes de Dios». Eran admiradores y seguidores de la Torah y, consecuentemente, deploraban la penetración tanto helenística como seléucida en los usos y costumbres de los judíos. Así pues, los hasidim eran vistos por muchos judíos, sobre todo jóvenes, como fachas amigos de los viejos tiempos. Sin embargo, adquieren gran importancia para la sociedad judía durante el torpe reinado de Antíoco Epífanes, quien pretende helenizar en exceso a la sociedad judía y, de hecho, desdibujar el concepto de una nación israelita. Antíoco sufrió la rebelión de los asmodeos, que tuvieron el apoyo incondicional de los hasidim.

Esta alianza duró más tiempo aún que los enfrentamientos, pero pronto los hasidim se separarían de la élite asmodea por causa de su intolerancia religiosa. Esto ocurrió, por ejemplo, en el año 152, con la promoción por parte de Alejandro Balas del sumo sacerdocio de Jonathan, un hombre de familia sacerdotal, pero sin suficientes plumas como para merecer la más alta magistratura religiosa.

Es en el reinado de Juan Hircano cuando la alianza entre los hasidim y los asmodeos se rompe definitivamente. Y es posible que de esta escisión nazcan los fariseos.


Fariseos

No está claro cuál es el origen de la palabra fariseo. Quienes quieren ver el origen de este grupo en la ruptura de los hasidim con el poder asmodeo consideran que la palabra proviene del hebreo perusim, separatistas; los fariseos, por lo tanto, serían el grupo resultante de la ruptura entre los puristas religiosos y la dinastía que quería reinar en Israel. Pero hay otras teorías; por ejemplo, se dice que podría querer decir algo así como «persianizadores», lo cual vendría del hecho de que los fariseos creían en algunos conceptos teológicos extraños para otros judíos, tales como la resurrección de la carne, el juicio final, así como la existencia de un reino de ángeles y otro de demonios.

Los fariseos, y aquí hay una pista de su origen de los hasidim, destacan por ser extremadamente puristas en materias como la comida, el respeto del sabbath, etc. La gran importancia de los fariseos para la sociedad judía de los tiempos de Jesús radica en que, a lo largo de los siglos, consolidan una interpretación de las leyes judías, transmitida oralmente, que acaba por tomarse por tan sagrada e infalible como las escrituras mismas. De hecho , mucho tiempo antes de que Jesús naciese presuntamente, ya estaba consolidada entre sus nacionales la idea de que toda esa tradición, que sigue todo un curso de transmisores hasta llegar a Shammai e Hillel, que fundan dos escuelas rabínicas distintas, en realidad procede del mismo Moisés. Según estas tradiciones, en el mismo acto en que Moisés recibió las leyes escritas, recibió esta tradición oral.

Por eso Jesús, en tanto que Mesías que anuncia la llegada de la Edad del Hombre y el fin de los días proféticos, choca frontalmente con el fariseísmo. Sus enseñanzas se dan de leches con el carácter sacro (inamovible) de la interpretación farisea de la ley.

De las dos grandes escuelas fariseas, la de Shammai propugnaba una interpretación estricta de la ley, mientras que Hillel era más flexible. Se ha querido ver en los pensamientos de Hillel el origen de las creencias cristianas; yo no estoy muy de acuerdo con esta afirmación, la verdad, como tampoco lo estoy con quienes quieren ver en Jesús a un esenio. La escuela hillelita es la que acabó imponiéndose, tras la guerra del año 66 después de Cristo, de la mano de Yonahan ben Zakkai, su rabino.

La estricta observancia de la pureza que propugnaban los fariseos es la que está en el origen de la radical separación entre hebreos y gentiles; incluso entre hebreos y samaritanos (la parábola del buen samaritano de los Evangelios es, a mi modo de ver, y sin género de dudas, un cuento inventado para putear a los fariseos o, tal vez, para marcar distancias con ellos).


Saduceos

Precisamente el rechazo del carácter sacro de la tradición es lo que distingue a los saduceos de los fariseos. Los saduceos, precisamente por su fidelidad exclusiva a la ley escrita, se veían a sí mismos como viejos o tradicionales creyentes, en oposición a los fariseos, que eran vistos como creyentes de cuño más nuevo; aún en los tiempos en los que el poder espiritual de Jerusalén había caído claramente en manos de los fariseos.

Los saduceos consideraban que el fariseísmo se había dejado penetrar de ideas extrañas a la ley mosaica. Entendían que la creencia en la resurrección de la carne, en un juicio final con premios y castigos, en ángeles y demonios, era una contaminación zoroastriana, y por eso algunos estudiosos creen que los llamaban «persianizadores». Otro elemento que los separaba era que, mientras que el judaísmo fariseo es tremendamente fatalista y creyente en la predestinación (otro probable detalle mesopotámico, pues las religiones de origen babilónico prácticamente no conceden papel alguno al albedrío humano), el saduceísmo cree en la capacidad individual de buscar o rechazar la salvación.

Los saduceos también tuvieron un papel político importante. Fueron un apoyo decidido de las dinastías asmodeas, cuando menos desde Juan Hircano. Flavio Josefo nos cuenta que Hircano fue primero un seguidor de los fariseos, hasta que una noche, en medio de una cena, les invitó a que le corrigiesen en todo momento en que le viesen apartarse del camino correcto. En ese momento Eleazar, uno de los fariseos invitados, se levantó, le tomó la palabra, y le dijo que, puesto que tenía escasas credenciales para ser sumo sacerdote, si tanto quería seguir el camino correcto debería retener los poderes temporales, pero dimitir de la alta magistratura religiosa. La intervención de Eleazar fue una grosería. La pretendida ilegitimidad de Hircano procedía de las sospechas de que su origen no fuese muy limpio, ya que se decía que su madre había estado prisionera de unos soldados seléucidas (o sea, que lo mismo se la habían beneficiado e Hircano, en consecuencia, podría no ser hebreo propiamente dicho). Como le ocurre a todo el mundo al que acusan en la cara de ser un hijo de puta, Hircano se mosqueó, pero todo lo que consiguió fue que Jonathan, otro comensal, se levantase para aclararle que lo que había dicho Eleazar era lo que pensaban los fariseos todos. Pues entonces, dijo Hircano, los fariseos todos, a tomar por culo. Y se acercó a los saduceos.

El saduceísmo es una tendencia sobradamente más elitista que el fariseísmo. En realidad, su práctica y mando estuvo siempre en manos de un puñado de familias, lo cual provocaba que no fueran muy populares entre el pueblo llano.

Por alguna razón que al menos yo desconozco, en torno al 90 antes de Cristo, durante el reinado de Alejando Janeo, los saduceos cambiaron de bando y decidieron apoyar el del rey seléucida Demetrio III, lo que marcó el principio del fin de su influencia política en Jerusalén. Janeo, una vez sofocada la rebelión, hizo crucificar a los 800 principales saduceos, y el resto huyeron del país en su mayoría.


Esenios

Los esenios son la tercera vía entre saduceos y fariseos. Se supone que son otra derivación de los hasidim surgida en la segunda centuria antes de Cristo; aunque también se ha querido ver en ellos a los seguidores de los llamados recabitas, unos hebreos que habrían decidido en la Antigüedad abjurar el modo de vida «moderno» y retirarse a dedicarse a la agricultura. Según Plinio, los esenios eran célibes, no admitían mujeres entre ellos (aunque Josefo cita a una subclase de esenios supernumerarios, que se casaban y tenían hijos), y no usaban el dinero. El autor latino se extraña de que en una comunidad así, en la que por definición nunca nace nadie, el número no se reduzca, sino todo lo contrario. Es, por lo tanto, fácil de sospechar que el ideal de pureza y vida aparte de los hechos del siglo era notablemente atractivo para muchas personas, así pues es razonable pensar que durante muchas décadas o centurias, los esenios tuviesen más demanda que oferta.

Plinio nos dice sobre el lugar de los esenios que infra hos Engada oppidum fuit; o sea, que debajo de ellos había estado la ciudad de Engada o Engedi. Pero ese «debajo» ha dado para mucha especulación. Caso de que el autor latino nos estuviese diciendo, que el probable, que el centro esenio estaba al norte de Engada, esto abonaría la tesis, bien conocida, de que ese centro esenio es en realidad Khirbet Qmram y, por lo tanto, los famosos judíos del Mar Muerto serían esenios.

Los esenios compartían con los fariseos su pasión por la pureza ceremonial. Pero, como ya hemos insinuado, tenían elementos muy notablemente propios, que han dado para más de una y más de dos pajas mentales de la historiografía marxista, porque guardaban todas sus posesiones en común y no tenían, propiamente hablando, propiedad privada. Tenían prohibido hacer sacrificios animales, jurar, enrolarse en la milicia o realizar actividad comercial. No tenían esclavos y montaron entre ellos una suerte de Estado del Bienestar que se ocupaba de los viejos, enfermos o discapacitados de la comunidad. Sólo los adultos eran admitidos en la comunidad.

Creían en la predestinación aún mucho más que los fariseos. Para ellos, todo estaba en manos de Dios. Creían en la inmortalidad del alma y consideraban que la vida biológica era un proceso en el cual la obligación del ser humano es caminar hacia la perfección virtuosa (un concepto sólidamente extendido entre todas las creencias espirituales, desde los eremitas hasta los budistas). Ofrecían sus sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, porque sus reglas propias de pureza eran tan estrictas que no podían hacerlo dentro de la liturgia común.

Ser plenamente admitido en la comunidad esenia era un curro de tres años. El primer año, iban a todas partes vestidos de lino blanco, algo así como el uniforme esenio, con la sola posesión de la estaca que, según dicta el Deuteronomio (23:12-14) ha de llevarse para cavar un agujero cuando el vientre aprieta, cagar dentro y luego taparlo (se ruega a los dueños de algunos perros se sirvan repasar el Deuteronomio). Finalizado el primer año, el novicio era admitido a los rituales con agua purificadora, pero no era hasta pasados tres años que podía participar en las comidas comunales.

Los esenios se levantaban antes del amanecer para recitar sus oraciones en común y trabajaban en la agricultura hasta medio día. Entonces se bañaban, se ponían el uniforme de lino y los miembros plenos participaban en una modesta colación, en la que podían hablar sólo por turnos, respetando la jerarquía. Después se ponían de nuevo las ropas de trabajo y volvían al tajo hasta la noche, cuando había una cena comunal en la que sí podían asistir no miembros.



Zelotes

Según Hipólito, los esenios se dividieron en cuatro partidos distintos, dentro de los cuales había uno que rechazaba completamente el contacto con los gentiles. Este partido fue llamado de los Zelotes o Sicarios. El modelo zelote es Phineas, de quien nos habla, por ejemplo, el libro de los Números (25) cuando describe la apostasía de los judíos de Baal-peor, que fue reprimida por Moisés con la ayuda de Phineas, que asesina a un judío que ha traído a una madianita a la que se está pasando por la piedra pómez, y luego ensarta a la madianita también, deteniendo con ello la maldición de Jehová sobre su pueblo descastado. Esa ira divina se denomina en griego zeloo o zelos, y de ahí el nombre.

Si la tradición zelote nace de la historia de Phineas, que es una historia violenta, es lógico que se trate de un grupo de judíos gustosos de coger el cuchillo, y usarlo. Zelote es un tal Menahem que trata de comandar a los judíos en su revuelta contra Roma, en el 66 después de Cristo; y más que probables zelotes son los ladrones (lestai en griego) de los que habla Josefo y que en el año 67 tomaron el control del Templo, liderados por un tal Juan de Gischala. Como es bien sabido, esta confusión flaviana entre zelotes y ladrones es de gran importancia para los cristianos, porque abona la tesis de que los famosos compañeros de tormento de Jesús (como decía una respuesta de la Antología del Disparate: «Jesús fue conducido al monte Calvario, donde fue crucificado junto con otros dos ladrones») no eran cortabolsas, sino zelotes. Como lo era Barrabás, de quien se nos dice que estaba en la cárcel por haber matado a alguien durante una insurrección, y es aclamado por el personal cuando lo liberan (esto, por cierto, hace aún más increíble la historia del juicio de Jesús, puesto que ningún prefecto en sus cabales liberaría a un tipo de esa calaña ni aunque se lo pidiera Inés Sastre vestida de lagarterana y montando un caballo blanco con alas).

Los exégetas tienden a considerar que los zelotes se consolidan como grupo propio más o menos en el año 6 de nuestra era, tras la deposición de Arquelao. En este momento es cuando Judea se convierte en provincia romana y, consecuentemente, el legado de Siria, Publio Sulpicio Quirino, decreta un censo para establecer el tributo que se deberá pagar. Según las fuentes, un tal Judas, zelote, unido a un tal Sadduk, fariseo, inspiraron una revuelta causada por el rechazo a la idea de que los hebreos debieran pagar tributo a gentiles.

Ésta es la gran diferencia de los zelotes que los convierte, a ojos de muchos, en algo así como la ETA hebrea del tiempo: mientras otras escuelas del judaísmo son puras y estrictas, pero dicha pureza judaica no les lleva a rechazar el hecho de vivir bajo la administración de no hebreos, los zelotes no admiten esta posibilidad. La persona que, en los Evangelios, le pregunta a Jesús si deben los judíos pagar tributo a los romanos (y Jesús responde aquello de dad al César lo que es del César bla bla bla), es más que probablemente, si no un zelote, un simpatizante de ellos. Los zelotes, teológicamente hablando, son básicamente fariseos. Lo que pasa es que los fariseos se sientan a esperar la llegada de los tiempos divinos, mientras que los zelotes se sienten en la obligación de provocarlos.

Los zelotes, por cierto, se hicieron famosos por llevar dagas, sicae en latín, escondidas entre sus ropajes. De ahí que también les llamasen sicarii, que es de donde viene nuestro sicario.


La comunidad de Qmram

El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto afloró la existencia de estos judíos, que han despertado mucha curiosidad desde entonces. Parece ser que su origen son los maskilim de que habla el libro de Daniel, es decir los virtuosos.

En el año 152 antes de Cristo, cuando Jonathan, hijo de Judas el Macabeo, accedió al sumo sacerdocio de la mano de Alejandro Balas, los fariseos lo consideraron un ultraje. Pero los maskilim, que ambicionaban términos de virtud aún mayores, se opusieron con mayor fuerza. Ellos, como virtuosos, eran zadokitas; nadie podía ser sumo sacerdote a menos que perteneciese a la saga de los Zadok. Como consecuencia de estos enfrentamientos, una parte de estos maskilim pudo decidir irse a alguna zona solitaria a vivir bajo sus propias reglas de voluntarios de la pureza y la santidad. Se configuraron como personas eternamente preparadas para ser los hombres de Dios cuando éste regresase a la Tierra y reclamase sus servicios. Por ello, su vida consistía en purificarse y llevar una vida recta.

La comunidad de Qmram estaba estrictamente jerarquizada, con los sacerdotes en el vértice. Sin embargo, tenían una asamblea general que era la que debía aceptar a los nuevos miembros. Esos miembros pasaban entonces dos años de noviciado. En el primero retenían su propiedad privada y en el segundo debían entregarle todo al tesorero, aunque el caudal permanecía separado hasta que el miembro era totalmente admitido.

Las faltas en la comunidad se castigaban con un año sin poder estar en contacto con la pureza de los demás, además de la reducción de las raciones en un cuarto. Las faltas muy graves se castigaban con la incomunicación, tras la cual el castigado debía de pasar un periodo de reaprendizaje de dos años para poder volver a tener el carné.

No existen grandes evidencias de que los comunitarios de Qmram fuesen célibes, aunque resulta probable que muchos de ellos lo fuesen.

El fariseísmo más estricto, el shammaíta, es considerablemente más blando que las reglas de Qmram. Por ejemplo, el respeto del sabbath era mucho más estrecho. La regla de la comunidad llega al punto de decir que si un animal pariese a su cría con la mala suerte de que ésa cayese en un hoyo o en un pozo, si era sabbath, el comunitario debía dejarla morir sin hacer nada.

Los hombres de Qmram estaban convencidos de estar viviendo los años finales de la Humanidad predichos por los profetas, y esperaban la señal que les mostrase la llegada de la nueva era. Estas creencias proféticas los ligarían con algunas de las principales creencias de los primeros cristianos. Pero, dee todas formas, las mayores coincidencias se dan con los esenios.

jueves, marzo 04, 2010

De pajas, y de vigas

El martes pasado por la noche estuve viendo el debate de Madrid Opina en Telemadrid. El primer asunto que se trató a fondo fue el de la muerte del disidente Orlando Zapata en Cuba; un tema siempre espinoso porque España, en general, siempre ha tenido problemas a la hora de aclararse sobre lo que piensa acerca del régimen cubano.


Decidí escribir estas líneas porque me sorprendió que, por encima de todas las intervenciones, cada una de colores distintos como es lógico y positivo, sonaba un bajo continuo, como en los conciertos barrocos, consistente en esta idea: lo que se haga, que se haga sin poner en peligro las relaciones con Cuba. Hay que respetar a Cuba. Tenemos muchos negocios en Cuba. Hay demasiados intereses como para tirar de la cuerda. Como digo, incluso flamantes portavoces del anticastrismo, de una forma más o menos velada, aceptaban esta idea.


Cuando el próximo verano esté dando sus últimas boqueadas, hara 35 años que el régimen del general Francisco Franco fusiló a unos activistas de ETA y del FRAP. Fue un acto extemporáneo en el que lo peor de lo peor del régimen franquista se empeñó en revivir los usos de décadas atrás y demostrar que a la España franquista nadie le jugaba, no un órdago, tres míseras piedras.

El franquismo, por cierto, argumentó que aquellos tipos eran terroristas y que, por lo tanto, bien fusilados estaban. Llama la atención el extraño parecido que tiene este argumento con otros que se oyen por aquí últimamente. Y es que, como dijo el maestro Muñoz Seca, los extremeños se tocan.


Traigo a colación a este post dos fotos que he encontrado por ahí, precisamente de aquel final del verano de 1975. Olof Palme era jefe de gobierno en Suecia. En Europa se montó la mundial contra la dictadura española; especialmente en Portugal, que acababa de derribar la suya, donde la embajada española fue poco menos que saqueada.


Grupos antifranquistas suecos montaron cuestiaciones por la calle para pedir dinero que enviar a las familias de los fusilados. Y Palme, sabiendo con seguridad que su imagen sería foto mundial, salió a la calle, se colocó el cartel peticionario, y participó en la cuestación como uno más.


Sólo dejo aquí una pregunta: ¿qué habríamos pensado los españoles demócratas si Palme hubiera decidido quedarse en su despacho porque: a) no hay que poner en peligro las relaciones con España; b) hay que respetar a España; c) al fin y al cabo, tenemos negocios en España?






miércoles, marzo 03, 2010

Vita Pauli (4)

Pasa el tiempo. La labor evangelizadora en Asia Menor cada día va mejor. Llega un día en el que incluso cabe sospechar que la iglesia cristiana, en realidad, tiene ya más fieles gentiles que judíos. Es el momento, que decimos hoy en día, que llega el peligro de morir de éxito. La palabra mágica es: sincretismo.

El sincretismo es aquel proceso por el cual un creyente de la creencia A se convierte en acólito de la creencia B, pero se trae, por así decirlo, elementos de la creencia A consigo. En realidad, el sincretismo será más que probablemente practicado por la propia Iglesia católica dentro de algunos siglos, cuando decida jugar en la Champions League de ser la iglesia universal del ser humano occidental y necesite, por lo tanto, absorber a miles y miles de mitraístas, baquianos, creyentes en Cibeles, en Atis, en Thot, en Osiris; y lo que haga sea transliterar algunos de sus mitos y de sus ritos para convertirlos en ritos cristianos, como ocurre con la Navidad. Pero estamos en un momento muy previo para eso. De momento, el cristianismo es tan sólo un prometedor Alcorcón F.C. que parece apuntar maneras para ser algún día, con mucha suerte, club de primera.

El problema para un cristianismo que cada vez es más gentil y menos judío es que, en realidad, la creencia en Jesucristo es una creencia judía. La consideración de Jesús como un Mesías, un enviado, es una creencia judía que está en las profecías de dicha religión. A los gentiles este montaje teológico les sonó tan extraño que incluso confundieron en nombre griego del Mesías, Christos, con un nombre de pila, Chrestos, habitual en los esclavos; y es por ello que Cristo comenzó a ser tomado como un nombre de persona, como si fuera el primer apellido de Jesús (Cristo) o parte de su nombre (Jesucristo); en lugar de ser lo que es, que es un apelativo. Jesús es el Cristo porque es el Mesías. Es como si mañana le dijera yo a un amigo que no hable español: «Yo soy Juan y soy tu confidente», y mi interlocutor sacase la conclusión de que mi nombre es Juan Confidente.

Es por esta razón de que los gentiles tendían a no saber lo que es un Mesías que Jesús y Dios comenzaron a ser llamados Señor (Kyrios... remember Kyrie Eleison) o Jesús Hijo de Dios (Theos Hypsistos), conceptos que los no judíos entendían mejor. Es por la dicha razón que hoy cantamos en la iglesia aquello de «El Señor hizo en mí maravillas/gloria al Señor».

Lo mismo ocurre con la promesa de la llegada del Reino de Dios. Para los judíos, pasados, presentes y futuros, esta expresión tiene un significado bastante claro. Pero no para los gentiles. Aquellos gentiles que no habían pisado nunca una sinagoga no sabían una mierda de las visiones de David que están en el fondo de esta promesa; y es por eso que la religión cristiana tuvo que hacer tanto hincapié en la resurección de la carne, algo en lo que no todas las teologías judías creían.

Esta necesaria «des-judaización» del cristianismo, sin embargo, tuvo como consecuencia que el cristianismo cayera en el peligro del sincretismo; en el peligro de acumular, como en un enorme sumidero intelectual, todas y cada una de las creencias que estaban en el sustrato culturo-religioso de sus nuevos prosélitos. Con ello, el cristianismo se veía en peligro de encontrarse en esa situación paradójica de las empresas que producen por encima de costes, es decir la situación por la cual, cuanto más vendes, más pierdes.

Evidentemente, esta situación acojonó, especialmente, a los máximos guardianes de la pureza, es decir la iglesia cristiana de Jerusalén, y muy probablemente también a las hermandades fariseas que eran, si no su apoyo, sí su comprensiva vecindad; pues es bien sabido lo extraño que resulta que los Evangelios hagan de los fariseos los grandes enemigos de Jesús cuando éstos, precisamente por creer en la resurección en una medida no alcanzada por los saduceos, en realidad estaban más cercanos a la doctrina cristiana (una más de las preguntas sin respuesta acerca de la labor de los evangelistas). Y es por esta razón que la iglesia de Jerusalén contraatacó.

Lucas nos cuenta en los Hechos (capítulo 15) que unos tipos de Judea subieron a Antioquía para predicar que todo aquél que no se circuncidase según la ley mosaica, no se salvaría. La expresión usada por el cronista es muy genérica, pero tengo yo por racional sospechar que lo que hubo aquí fue una delegación en toda regla de la iglesia de Jerusalén para tratar de poner las cosas en su sitio. Un pequeño golpe de Estado circunciso que se basaba en dejarse de hostias (nunca mejor dicho) y hacer que fuese claro como el caldo de un asilo, y para todos, el principio de que ser cristiano implicaba seguir las leyes milenarias de los judíos. Más que probablemente, se trataba, además, de una manera de evitar la entrada dentro de la iglesia cristiana de elementos sincréticos o sólo medio creyentes. Esto fue así incluso a pesar de que los propios teólogos judíos no se ponían de acuerdo en la materia. En las disputas teóricas entre dos de las principales corrientes del judaísmo, por ejemplo, la escuela de Shammai sostenía que todo gentil que se convirtiese debía circuncidarse; mientras que la escuela de Hillel, más comprensiva, establecía que no, siempre y cuando las obligaciones espirituales ligadas a la circuncisión fuesen respetadas.

Algo antes de la llegada de los predicadores de Judea, Pedro estaba ya en Antioquía; no sabemos si para tratar este tema u otro. Lo que sí nos cuentan los exégetas es que, cuando llegaron los predicadores, éstos traían un mensaje de Santiago para Pedro/Piedra, en el que más o menos le decía que habían llegado a Jerusalén noticias de que se sentaba con gentiles e incluso compartía comida con ellos; que eso había causado sorpresa entre los cristianos e indignación entre los judíos no cristianos con los que convivían. Y que se cortase un pelo.

Supongo que sabéis que para los judíos la comida no es cosa baladí. Las restricciones que tenemos los católicos, eso de no comer carne los viernes y tal, son caralladas al lado de los escrúpulos de la religión hebrea a la hora de definir qué alimentos son kosher. Para los judíos, que un judío compartiese comida gentil con gentiles era la hostia. Los cristianos de Jerusalén, que necesitaban como el comer la comprensión y el apoyo de los judíos oficiales, se encontraban ante el problema de que éstos, ahora, no les veían como personas pías y observantes de la ley, porque un hebreo que tal sea no se sienta a la mesa de unos mediopensionistas y se come lo que le ponen en el plato. Ni de coña.

Pablo, sin embargo, no podía dar marcha atrás. Llevaba entonces varios años predicando a los gentiles, cada vez más gentiles totalmente alejados de la teología y la moral hebreas. Gentes a las que, por lo tanto, no podía contarles que salvarse consistía en respetar una sedicente ley mosaica inventada por unos tipos de otra nación y otra cultura. Eso sería como predicar el cristianismo en Palencia sosteniendo que para salvarse hay que practicar las costumbres del pueblo azerbaiano. Como decirles a los valencianos que no pueden tirar petardos porque resulta que el Dios auténtico habló en el Cáucaso y allí consideran que los petardos con cosa del diablo. Pablo, en resumen, sabía que, si aceptaba la ligazón mosaica del cristianismo, conforme más se alejase de Jerusalén, menos colines se iba a comer, hasta llegar a un punto en el que no se comería ninguno. Él le contaba a sus prosélitos que para salvarse sólo hacía falta el perdón de Dios y la Fe en Él. Si ahora tenía que introducir una disposición adicional que dijese «y además rajarse la cebolleta», sabía que podía haber problemas o, lo que es peor, retrocesos.

Esto generó el segundo gran concilio del cristianismo, aunque no se llame así. Delegados de la iglesia de Antioquía se desplazaron a Jerusalén para un gran debate sobre la materia. Los Hechos nos dicen que los judíos, apoyados por fariseos, presentaron la moción de que la circuncisión tenía que ser conditio sine qua non para la salvación. Pero perdieron. Según los Hechos, fue Santiago el que intervino finalmente para aportar el argumento final: vista la exposición de Barnabás y de Pablo sobre sus logros entre los gentiles, resultaba obvio que Dios había entrado en ellos. Pero si Dios había entrado en ellos, ¿como podrían los hombres negarlo?

Evidentemente, no tenemos forma de contrastarlo, pero yo diré aquí que se me hace difícil tamaña prueba de comprensión en Santiago. O, mejor dicho: la narración que conocemos es sincrética, como un acta de una junta de accionistas que sólo recogiese la constitución de la misma y los acuerdos aprobados, sin información alguna de los debates intermedios. No podemos saber, por lo tanto, cuáles fueron los argumentos, y sobre todo las amenazas, que se vertieron en medio de la discusión. No podemos saber hasta qué punto lo que pasó allí fue, simple y llanamente, que la iglesia de Pablo y Barnabás era ya tan grande que, en realidad, la de Santiago, Pedro y Juan no podía aspirar a imponerse sobre aquélla. No podemos saber si hubo amenaza de escisión y, si la hubo, quién la blandió. No podemos, por lo tanto, saber si las sabias palabras de Santiago son fruto de la amorosa comprensión, o una simple y pura cesión.

Pero eso sólo significaba que los gentiles no tendrían que circuncidarse. Quedaba la otra cuestión: ¿podían gentiles y judíos comer juntos? ¿Podía un judío sentarse una mesa con tipos que comían alimentos sanguiñolientos? ¿Podía un judío aceptar la relativa mayor laxitud gentil en lo que al contacto de los dos sexos se refiere?

Esta discusión, probablemente, fue mucho, muchísimo más agria, larga y jodida que la del pito. Una vez más, si hemos de creer a las fuentes que tenemos, fue Santiago el que encontró una fórmula de compromiso: los gentiles serían aceptados en la mesa de los judíos, siempre y cuando se abstuviesen de practicar ciertas cosas especialmente rechazables por parte hebrea: básicamente, comer alimentos asociados de alguna manera a alguna idolatría, y carne que aún contuviese sangre, así como respetar las reglas judías del contacto entre sexos.

El decreto de Jerusalén supuso una victoria sin paliativos de los gentiles. Cierto que se les impusieron ciertas restricciones. Pero consiguieron lo que Pablo y Barnabás habían ido a buscar a Jerusalén, y es que fuesen reconocidos miembros de pleno derecho de la iglesia cristiana.

Esta fue la segunda, y más importante, victoria del cristianismo. Lo hiciesen de buen grado o presionados, fruto del convencimiento o la transacción, con el decreto de Jerusalén los judíos cristianos aceptaron un status quo que, suponía, colocar las semillas de una religión universal. Pablo había ganado su partida. Suyo era el gobernalle de la nave. Era su interpretación de las cosas la que se había impuesto y, como él había previsto, esa victoria tuvo como consecuencia, en las siguientes décadas, el crecimiento constante del cristianismo, la formación de un tsunami de conversiones que acabaría teniendo su clímax, siglos más tarde, en la solemne chorrada que conocemos como herencia de Constantino.

Aún nos quedaría seguir los pasos del viejo Saulo hasta su probable decapitación, quizá en el lugar marcado por la tradición y ocupado hoy por la iglesia romana de San Paolo fuori le Mura. Pero en estos tiempos descreídos, tal vez sea demasiado cristianismo.

Le dedico esta serie a Chiky Orange, más que nada porque me da la gana.

lunes, marzo 01, 2010

Vita Pauli (3)

Desde que, en el año 200 Antes de Cristo, Judea fuese incorporada al imperio seléucida, que tenía su capital en Antioquía, esta ciudad se convirtió en destino principal de los judíos que abandonaban Palestina. Era una ciudad con una gran actividad comercial.

miércoles, febrero 24, 2010

Vita Pauli (2)

Tarso era la principal ciudad de una región de doloroso nombre, Cilicia, y allí había nacido Saulo, se dice que algunos, pocos, años después del teórico nacimiento de Jesucristo. Dominada por varios pueblos, formó parte de la monarquía seléucida, aunque en el 170 antes de Cristo el rey Antíoco Epífanes le dio status de ciudad libre, que conservó hasta que, el año 64, fue absorbida por el imperio romano. Se puede decir que Tarso era una especie de Salamanca del área; una ciudad universitaria (aunque las universidades propiamente no existían aún) con un fuerte nivel formativo. De sus ágoras salieron filósofos de cierto renombre, como Atenodoro el Estoico o Néstor el Académico. El primero de ellos es el más sobresaliente, aunque sólo sea porque tuvo entre sus alumnos al mismísmo Octavio. 

La elite de Tarso estaba formada por hombres que tenían el privilegio de la ciudadanía romana. Pablo era un miembro de dicha elite. No sabemos a ciencia cierta por qué, aunque algunos estudiosos han recordado que los suyos eran una familia de skenopoioi, o fabricantes de tiendas (de campaña); lo cual, probablemente, pudo en su momento ser útil para generales que pasaron por Cilicia, como Marco Antonio o Pompeyo, el Warren Beatty y el Brad Pitt romanos respectivamente; y cabe recordar que la capacidad de otorgar a particulares la ciudadanía romana solía ser una prerrogativa incluida en el imperium de los jefes militares en campaña. 

Como judío, portaba el nombre arameo de Saulo, el primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín; a la cual, según las Escrituras, pertenecía el fundador de la Iglesia católica. Pablo fue siempre, y siempre se sintió, judío. «Hebreo hijo de hebreos» es la expresión que usa para definirse a sí mismo al escribirle a los filisteos. Más en concreto, en Hechos 23:6, le grita al Sanhedrín que él es «fariseo hijo de fariseos»; lo cual, de ser cierto, le colocaría ligeramente en disposición de creer la palabra cristiana, teniendo en cuenta la creencia farisea en la resurrección. 

Su educación, por lo que se sabe, fue hebrea y bastante coherente con la cosmovisión farisaica, pues el joven Saulo fue enviado a estudiar con Gamaliel, el rabino heredero de la escuela de Hillel. Él mismo reconoce en Hechos (22:3) que fue educado por Gamaliel «en la estricta observancia de la ley de nuestros padres». Al parecer (lo siento, pero en estos momentos no tengo una edición a mano), el Talmud se refiere a un alumno de Gamaliel que se habría mostrado imprudente en materias de aprendizaje. En esta cita, algunos estudiosos han querido ver una referencia al joven Saulo y a ciertas dudas o rebeldías que le habrían surgido. 

En los Hechos (3:34 y ss) aparece Gamaliel tratando de mover al Sanhedrín hacia la comprensión respecto de los cristianos; pero la referencia del Talmud vendría a explicar que su discípulo se mostrase tan cabestro con ocasión del juicio y lapidación de Esteban, por lo que, dentro de los terrenos arenosos de la especulación, cabe imaginarse a un joven Pablo de Tarso dejándose llevar por los naturales radicalismos, en este caso judíos, propios de la adolescencia; pero, al tiempo, y llevado por su sed intelectual, prestando oídos a ciertas teorías que se acabarían imponiendo dentro de su cabolo. 

Como es bien sabido por todos aquéllos que son católicos o han recibido una sólida educación católica (o incluso una educación a secas que tal nombre merezca), en algún momento de la vida de este Saulo que azuzó al personal para apiolarse al buen Esteban y luego lideró la represión de los cristianos de Judea, estando en las afueras de Damasco fue «aprehendido por el Cristo Jesús», por usar la expresión que él mismo usa en su e-mail a los filisteos. Saulo estaba en Damasco junto con una partida de represores, con la orden de detener a todo aquél que perteneciese a El Camino y llevarlo a Jerusalén cargado de cadenas. Estando allí, una gran luz lo rodeó y le provocó un desmayo, dentro del cual oyó la voz de Dios que le amonestaba: «Saul, Saul, ¿ma'at radepinni?» Que creo que quiere decir algo así como por qué narices me puteas, tío. Acto seguido, Dios le dio instrucciones de seguir hasta Damasco y esperar órdenes, cosa que hizo el converso, entre otras cosas porque el flash había sido tan fuerte que tardó tres días en recuperar la vista; y no lo hizo hasta que un devoto del Camino, Ananías, no le visitó, lo saludó como un hermano y le tomó las manos. 

Es Ananías quien le explica a Saulo que la misión que Dios le ha reservado es ser el mensajero de Jesucristo en el mundo. Creer esta versión de los hechos es, como tantas otras cosas, cuestión de Fe y, por lo tanto, entrar a valorarla sería insultante. Cabe la posibilidad, en todo caso, de que lo que se produjese en Pablo fuese una evolución de pensamiento que él revistió luego de conversión fantástica o mágica, dentro de una estrategia para impetrar su misión de divinidad. Como ya hemos insinuado con anterioridad, dentro de las muchas y variadas formas de pensamiento judío de la época, y que sólo de una forma excesivamente simplista podemos dividir en: saduceos, fariseos, esenios, zelotes, ruegos, preguntas, despedida y cierre, existían no pocas escuelas que consideraban que la llegada del Mesías, algo que era esperado y que es repetidamente telegrafiado en el Antiguo Testamento, supondría el final de la Era de la Ley (Mosaica). No es intención de este amanuense dar el coñazo más de lo estrictamente necesario; pero si queréis que algún día hablemos de las diferentes formas de ser judío en los tiempos de Jesús, no tenéis más que pedirlo; lo que pasa, ya digo, es que es un asunto un tanto cansino (o, al menos, a mí se me lo hace). 

En la madurez de su apostolado, Pablo escribirá (Romanos, 10:4): «Cuando vengo a Cristo por salvación, esto pone fin a mi búsqueda de encontrar y obtener justicia por medio de la observancia de la ley». Esta simple frase es la expresión de un cambio radical, sin el cual el cristianismo no habría pasado, a mi modo de ver, de ser una secta judía, y no precisamente de pata negra. En esta convicción paulina, o saulesca, está la clave de por qué los que no somos judíos, y probablemente nunca seríamos aceptados por los judíos como tales aunque quisiéramos serlo, podemos hacer nuestra una creencia que, en realidad, parte del mismo corpus moral y filosófico que la religión hebrea: la creencia en que la ley, las costumbres, todas las reglas en las que se han creído hasta el momento, son sustituibles por una nueva lista de obligaciones y derechos. 

La creencia judía sostiene la existencia de un pacto de hierro, tan sólido como eterno, entre Dios y su pueblo. Pablo, como Mahoma siglos después, supo ver que el siglo estaba en situación de proponer la firma de un nuevo contrato. Y nada de esto es fruto de la casualidad, sino del importante cultivo filosófico del apóstol, y su inteligencia estratégica. De Damasco, Pablo fue a Arabia. Muchos creyentes han dicho que este movimiento fue para hacer como Moisés, es decir retirarse a pensar, chatear con las zarzas ardientes, y tal. Pero es probable que no sea así, porque se nos cuenta que, a su vuelta a Damasco, fue perseguido por el etnarca nabateo Aretas, persecución por cuya causa tuvo que ser sacado por el hueco de una muralla escondido en una cesta (o sea, más o menos como Vito Andolini de Corleone, vaya). 

No sabemos a ciencia cierta, en todo caso, qué tipo de milonga se montó Saulo durante su visita a los futuros pozos de petróleo. Mi teoría personal es que Pablo, ya convertido a la teoría de superación de lo mosaico que está implícita en casi cualquier forma de creencia en el Cristo y su resurrección, fue, sin embargo, consciente de que en Jerusalén, donde estaba todo lo gordo del cristianismo, le iban a hacer tragar su propio talón izquierdo; pues, al fin y al cabo, hasta antesdeayer él mismo estaba porculizando a los cristianos. Quizá por esa razón se marchó a Arabia, para intentar hacer la guerra por su cuenta; pero allí los futuros musulmanes no le debieron hacer mucho caso y algo haría para que el etnarca, además, quisiera ponerse sus huevecillos por collar. A mi modo de ver, esta teoría la confirma el hecho de que cuando Saulo se encontró solo, fané y descangallao, por decirlo en modo tango, no le quedó otra que irse a Jerusalén y pedir plaza en el cotolengo que hasta hacía poco había intentado quemar. Y fue al llegar allí cuando el chipriota Barnabás, quizá ya de antes su amigo Barnabás (¿o su conversor? Yo, de hecho, me pregunto si la luz blanca no será en el fondo Barnabás), terció por él. 

Una vez salvada la cabeza, Saulo vuelve a Tarso, donde desaparece de la vista durante casi diez años. Poco o nada sabemos de esa época. Es probable que sufriese algún tipo de atentado, quizá por parte de partidarios de Esteban que no olvidaban su pasada inquina hacia él pero, según todos los indicios, queda apartado de la misión apostólica. Pedro y Santiago, tal y como yo lo veo, aceptaron barco como animal acuático y asumieron que Barnabás no mentía cuando decía que Saulo era buen chico en el fondo; pero, aún así, lo apartaron del headquarters cristiano, por lo que pudiera pasar. 

La suerte de Pablo no cambia hasta el año 45, cuando el único vicepresidente de la cosa cristiana que parece creer en él, Barnabás, es designado para evangelizar Antioquía, y le llama. Aunque esto no afecte directamente a Pablo, es importante, para aprehender la progresiva radicalización del cristianismo hebreo de Jerusalén, entender que más o menos por aquel tiempo se produjo un gran conflicto con el poder central romano, a cuenta de un emperador que ha sido largamente versionado en el papel y en la pantalla: Cayo Calígula. Calígula sucedió a Tiberio, tras lo cual tomó varias medidas hasta cierto punto rompedoras. De todas ellas, la que nos interesa es su decisión de liberar a Herodes Agripa de la prisión a la que le había sometido Tiberio por haberle ofendido. Calígula y Herodes se llevaban muy bien (aunque el verdadero amigo del judío era el cojo y tartamudo Claudio), tan bien que el emperador le hizo rey.

Uniendo los territorios que Felipe, el tío de Herodes, había gobernado como tetrarca hasta su muerte, y los que en su día gobernó Lisanias, formó Calígula un reino al frente del cual colocó a Herodes (detalle que provocó que Herodias, hermana de Herodes, instase a su marido Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, a reclamar la misma dignidad real para sí, con lo que consiguió que su marido se llevase un cañete imperial). 

Como bien saben quienes han visto o leído Yo, Claudio, o se han entretenido con ese curioso periodista del corazón de la Antigüedad que se llamó Cayo Suetonio, Calígula tuvo un momento en el que, quizás por una enfermedad que le afectó a la cabeza, cambió de forma de ser y comenzó a convertirse en un tipo algo despótico. Entre otras cosas, dentro de sus nuevas decisiones hizo caer en desgracia a Macro, el jefe de los pretorianos que quizá, si hemos de creer algunos rumores en los que también creía Robert Graves, hizo bastante más que mucho para animar a Tiberio a morirse para dejarle sitio a Cayo. Cuando en el año 38 Macro cayó en desgracia, con él lo hicieron varios personajes amigos suyos, entre los cuales se encontraba un tipo venal y corrupto, llamado Aulio Avilio Flaco, que había sido nombrado por Tiberio prefecto de Egipto cuando el otrora imperio pasó a ser provincia romana después de que, tras la batalla de Actium en el 31, las tropas egipcias quedasen laminadas y Cleopatra cometiese suicidio. 

Por razones que probablemente tienen que ver con sus contactos con los habitantes autóctonos de Alejandría, que odiaban a los judíos que allí había en gran número porque siempre fueron prorromanos, Flaco decidió hacerse valer ante Calígula desplegando una política antijudía. Es cierto que las manifestaciones y rebeliones que siguieron terminaron con el arresto de Flaco, que fue llevado a Roma. Pero la inquina con la que el prefecto romano se desempeñó contra los hebreos, despojándolos de casi todos sus derechos, despertó las reticencias entre éstos y el joven emperador. 

Estamos ya en los albores de la quinta década del siglo. Para entonces, Calígula ya se ha toleado bastante y anda haciéndose empanadas mentales, día sí, día también, con el asuntillo de si es un dios o deja de serlo. La megalomanía del emperador va a peor casi con los días. En la ciudad palestina de Jammia, un grupo de no judíos levanta una estatua del emperador revestido de sus dotes divinas y los judíos, considerando el hecho sacrílego, la derriban. Cuando el emperador se entera, monta en cólera y ordena al legado de Siria, Publio Petronio, que marche hacia Jerusalén con sus tropas y eleve manu militari una estatua gigante del propio Cayo en el Templo. O sea, más o menos como construir un minarete en todo el medio de la plaza de San Pedro, o decorar la Ka'aba sagrada de los musulmanes con retratos del Pantócrator. 

La situación alcanzó una gravedad tal como no se conocía desde los tiempos en los que el memo de Antíoco Epífanes poco menos que quiso convertir el templo en un altar a Zeus, que hay que ser tonto de los cojones con siete balcones a la calle, dos trienios de antigüedad y pilas de repuesto. En Ptolemais, Petronio fue interceptado por una delegación de judíos, entre los cuales había incluso miembros de la familia de Herodes, que le dijeron que todo el pueblo judío se levantaría, y moriría si era preciso, como un solo hombre, para impedir tamaña blasfemia. Tanto le dieron la brasa a Petronio que éste escribió a Roma sugiriendo que, al menos, la cosa se aplazase hasta después de las cosechas, ganando tiempo. Calígula le contestó preguntándole qué parte de «¡Obedece!» no había entendido. 

Herodes Agripa sufrió probablemente un pequeño ictus cerebral cuando le contaron la noticia de lo que el emperador quería hacer. Tardó días en recuperarse, pero cuando lo hizo le escribió a Calígula una carta plañidera y convincente que, tal vez, tuvo la suerte de llegar a Roma cuando el niño estaba con el biorritmo ascendente, porque el caso es que decidió hacerle caso y paralizar su proyecto. La carta de Cayo a Petronio en la que le daba instrucciones de volver grupas se cruzó con otra, desesperada, del propio Petronio, en la que éste instaba al emperador a dar marcha atrás por el gran desastre que se avecinaba si seguía adelante. Cuando el emperador leyó esta última carta, quizá ya con el biorritmo decubito prono, se cogió un mosqueo del cuarenta y dos y le escribió a su legado una misiva en la que le anunciaba que le había condenado a muerte y le ofrecía, como era costumbre, la opción de suicidarse para que su familia conservase el patrimonio. Petronio, sin embargo, es uno de los tipos con más suerte de la Historia. Esta carta encontró muy mal tiempo y tardó tres meses en llegar a sus manos. Para cuando llegó, hacía unos veinte días que Petronio sabía del asesinato de Calígula. 

Las cosas, pues, estuvieron a punto de definir una guerra civil en Palestina en la que, los episodios ocurridos décadas después en Masada lo demuestran, los judíos habrían muerto, uno tras otro, bajo la espada romana, antes de permitir que su templo sagrado se convirtiese, como Calígula quería, en un templo dedicado a Zeus Epiphanes Neos, el joven Zeus manifestado, pues tal era lo que se consideraba el muchacho. El suceso, en todo caso, radicalizó a los judíos de Jerusalén, haciéndolos, si cabe, más arrimados a la tradición. 

Y ésta es la parte importante del asunto, como acabaremos por ver. Paciencia.

lunes, febrero 22, 2010

Vita Pauli (1)

Hace algunos días, Tiburcio el elefante colocó en su blog un post en el que sostenía que el triunfo del cristianismo se debía, en gran parte, a hechos azarosos. Yo le dejé un comentario breve diciéndole que no creía en esa tesis y le prometía responderle. La cosa es que pensando en esa respuesta primero me di cuenta de que no podría hacer sólo un comentario y luego me di cuenta de que ni siquiera me bastaría con un post. Contestar a Tiburcio, esto es explicar que el triunfo del cristianismo no es en modo alguno fruto de la casualidad, equivale a explicar las habilidades, la historia, y la vida, del gran arquitecto de esta creencia, que no es otro que Pablo de Tarso, conocido por los creyentes como San Pablo. Pablo de Tarso no fue apóstol de Jesús. No lo conoció (si es que alguien conoció a Jesús, claro). De hecho, en su juventud Saulo fue un furibundo anticristiano que, tras la lapidación de Esteban, se aplicó a reprimir a los creyentes incluso con saña. Sin embargo, al fin y a la postre, Pablo de Tarso es el inventor de la iglesia cristiana, y el hombre que la dota de las características necesarias para ser una iglesia mundial y superar los estrechos limites de Palestina. A mi modo de ver, Pablo de Tarso y Mahoma son los dos grandes estrategas de la Historia de la religión, dos figuras admirables de difícil parangón en la Historia de la Humanidad, pues ambos, a su manera, construyeron imperios mucho más amplios que cualesquiera otros y, además, considerablemente más duraderos en el tiempo. No hace falta creer en sus palabras para valorarlos. Cualquier aficionado a la Historia de los hombres, a la Historia hecha por hombres, debiera saber de ellos, leer sobre ellos y estudiarlos. Empiezo hoy, pues, unas notas sobre la vida de Pablo, vita Pauli, con la intención de entretenerte allí donde estés mirando esta pantalla y de conseguir que al final, cuando leas el último capítulo, te digas: «pues tenía razón este JdJ; este Pablo fue todo un tío». Beberemos de las pocas fuentes que hay para beber. Hablamos de Historia Antigua y, por ello, nuestras referencias son escasas. Habremos de hacer algo que no me parece del todo correcto, que es dar por buenas las Escrituras que nos cuentan esta historia. En todo caso, al revés de lo que a algunos nos pasa con el propio Jesucristo, de la historicidad de Pablo no cabe dudar. Comencemos, pues, con los primeros tiempos del cristianismo. Aquellos tiempos en los que Pablo era un cabrón.

jueves, febrero 18, 2010

El gran héroe americano menorquín

En la primavera de 1870, el primer almirante de la Historia de los Estados Unidos, David Glasgow Farragut, visitó diversas ciudades de Europa como embajador de buena voluntad de la nación que acababa de sufrir una guerra civil. Dentro de aquella visita a las principales ciudades del viejo continente, Farragut quiso detenerse ex profeso en la pequeña ciudad de Ciudadela, en la isla de Menorca. Lo hizo así para recordar a su padre, George, para nosotros Jorge, Farragut, quien un siglo antes había abandonado aquel lugar para fundar la primera, tal vez la más mítica, dinastía de marinos de aquel país.


Jorge Farragut nació, efectivamente, en Ciudadela, el 29 de septiembre de 1755, hijo de Antonio Farragut y Joana Mesquida. Sabemos algunas cosas, más bien pocas, sobre su adolescencia y juventud, que han llevado a los historiadores a sospechar, a menudo, que sintió muy pronto la llamada de las armas como vocación de vida, siendo uno más de esos militares de estimación progresista de los que el final del XVIII estuvo trufado; y, como muchos otros, al estallar la guerra de la independencia de los estados americanos, que lo fue también en defensa de unas ideas de libertad e igualdad, sintió la necesidad de unirse a aquella lucha.


Farragut navega con mercaderías hasta Haití, pero en Puerto Príncipe las canjea por armas y con éstas se dirige a Charleston, con la intención de unirse a los rebeldes. Allí se incorpora a la marina de Carolina del Norte , pues en la guerra de la independencia la marina de los EEUU propiamente dicha era muy pequeña (tan pequeña que dichos Estados Unidos hubieron de ganar esa guerra para poder existir). De hecho, el elemento rebelde más poderoso en el mar, en el que también acabará por enrolarse Farragut, serán los que en inglés se denominan privateers, es decir barcos privados con derecho a la piratería.


Cabe sospechar que en estas acciones Farragut debió hacer mucho dinero, aunque también recibió un balazo en un brazo que se lo dejó medio paralizado. Pero no por ello se rebajó su impulso revolucionario, porque poco tiempo después lo encontramos alistado a las órdenes del general Marion, uno de los grandes mitos de la revolución americana. Un poco más tarde, el gobernador de Carolina del Norte, Abner Nash, le confía la misión de formar y mandar una compañía de voluntarios.


Terminada la guerra y conseguida la independencia, Farragut permanece en el ejército pero lejos del mar hasta 1807. En dicho año, el presidente Jefferson lo nombrará sailing master, con lo que volverá al puente de un barco. Morirá el 4 de junio de 1817 en Pascagoula, bahía en la que poseía importantes extensiones de tierra y donde se había convertido en un americano de pura cepa.


Entre sus varios hijos, George Farragut había visto nacer el 5 de agosto de 1801 a James Glasgow Farragut, quien nació en Campell's Station, Tennessee. A los diez años de edad, este hijo de menorquín ya pertenece a la marina estadounidense. Considerando que su madre había muerto cuando tenía siete años y que desde su ingreso en la Marina ya no volvió a ver a su padre, el verdadero mentor de este segundo Farragut fue un famoso marino americano, David Porter, quien dejaría en aquel chiquillo tan honda huella que acabó cambiándose su nombre de pila original por el de su maestro.


Nada más entrar en el ejército, de la mano de Porter, Farragut había de conocer la guerra. Porque la Historia suele olvidar esta breve guerra, producida enter 1812 y 1815, cuyos dos grandes hitos fueron la toma e incendio de Washington por los ingleses y la victoria final americana, producida en Nueva Orleans. Las necesidades de la guerra hacen que Porter le entregue a Farragut el mando de uno de los barcos que toma, cuando el muchacho apenas tiene doce años. Resulta paradójico, y de hecho no sé si no será un caso único en la Historia, pero lo cierto es que, terminada la guerra, el destino de David Farragut, que ya ha combatido, que ya ha mandado un barco, será... volver a la escuela para terminar su formación.


Ya con 18 años, es destinado a la flota del Golfo de México, comandada por Porter, donde se integrará primero en un buque a las órdenes de su hermano William y luego obtendrá, por fin y con todos los pronunciamientos, el mando de un barco, el Ferret.


David Farragut nació en el Sur. Vivía en un estado sureño (Norfolk, Virginia). Se casó dos veces, y ambas con damas sureñas. Y, sin embargo, cuando estalla la guerra civil americana, se declara partidario del Norte y, una vez que Virginia se decanta por la secesión, abandona su ciudad para residir en el Estado de Nueva York. De estos detalles cabe adivinar que debería ser tan decidido en la defensa de sus ideales como ya lo había sido su padre.


En 1861, el gobierno del Norte, cada vez más convencido de que una parte tan importante como inesperada de la guerra es conseguir incomunicar al Sur de sus clientes de comercio, decide capturar la ciudad de Nueva Orleans, situada en el Golfo de México, en la desembocadura del muy literario río Mississippi. En ese momento, la experiencia acumulada en la zona años antes por Farragut jugará a su favor para comandar aquella acción.


En Nueva Orleans hay surta una flotilla confederada y, además, a ambas riberas del río, antes de llegar a la ciudad, ésta tiene dos fuertes que la protegen, Fort Jackson y Fort Saint Philip. El 18 de abril de 1862 se inició el ataque, con las órdenes tajantes de reducir los dos fuertes uno a no antes de seguir avanzando. Los barcos de Farragut bombardean durante varios días Fort Jackson, con escaso éxito. En ese momento, el comandante de la flota decide ignorar las órdenes que ha recibido y seguir hacia Nueva Orleans, pasando los fuertes sin haberlos reducido. Realiza la acción en la noche del 24 de abril, logrando que 14 de sus barcos pasen y se enfrenta a los confederados con ventaja, pues la flota de Nueva Orleans no esperaba ataque alguno mientras estuviesen en pie los fuertes. La ciudad, finalmente, se rinde y con esta victoria Farragut pasa a la Historia de su país como uno de los primeros comandantes norteños que pusieron en solfa la superioridad confederada que hasta entonces casi nadie ponía en duda. La toma de Nueva Orleans, junto con la batalla de Fort Donelson que ganó Ulysses S. Grant, son dos de estos primeros mojones.


Tras intentar infructuosamente tomar Vicksburg, Farragut hará lo propio con Galveston, Corpus Christi y Sabine Pass, con lo que en el Golfo de México apenas le queda al enemigo el puerto de Mobile. Inicialmente, Farragut solicita, sin obtenerlo, permiso para atacarlo, pero el contraataque confederado, por el que consiguen recuperar el control de algunos puertos, convence al mando del Norte de la necesidad de proceder a esta operación.


En la bahía de Mobile, Farragut se enfrentará, una vez más, a dos fuertes de defensa: Fort Morgan y Fort Gaines. La entrada a la bahía, en algunos puntos de menos de 700 metros de ancho, está minada con torpedoes, como los llaman los americanos. El Tecumesh, primer barco de la horda farragutiana que intenta penetrar, toca una mina, que estalla y le hunde. El comandante, en ese momento, da orden de entrar a toda marcha. Cuando alguien le hace notar la amenaza de las minas, dice la tradición que pronuncia una frase que se ha hecho histórica: «¡Full steam ahead damn the torpedoes!» Literalmente quiere decir a toda máquina y malditos los torpedos; pero, considerando que utilizar lenguaje malsonante era algo mucho más grave hace ciento y pico de años que hoy en día, la traducción más exacta debería ser «¡A toda máquina y que le follen a los putos torpedos de los cojones!» Lo importante, en todo caso, es que pasaron, tomaron Mobile y, por primera vez, se pudo decir que el Sur estaba bloqueado.


La marina americana ha tenido muchos contralmirantes, vicealmirantes y almirantes; pero de todas estas altas distinciones de mando marino, el primero de la lista fue David Glasgow Farragut, pues para él fueron creados tales rangos. De alguna manera, es el primer gran marino americano.


Todos los franceses aprenden, en un momento u otro, quién fue el general Lafayette, que construyó gran parte de su gloria muy lejos de sus fronteras. Entre otras cosas, no se puede ir a París sin encontrarse con el tal apellido. Sin embargo, tengo la impresión de que son pocos los españoles, y en el colectivo incluyo por supuesto a los baleáricos, que saben que la marina estaounidense, la misma del USS Nimitz y de la batalla de Midway y de los celebérrimos marines y tal, tuvo un primer jefe indiscutible que se llamó David Glasgow Farragut, hijo de Jorge, o Jordi si así se prefiere, Farragut, natural de Ciudadela, en la isla de Menorca.



Así nos va.

No sé si en Ciudadela, en Menorca o en Baleares hay alguna estatua que recuerde a Jorge Farragut. Lo que sí sé que hay es una que en Nueva York homenajea a su hijo David.


miércoles, febrero 17, 2010

Mi cuarto a espadas

Bueno, pues después de haberos planteado preguntas, no puedo por menos que echar mi cuarto a espadas.


No sé si hace falta dar más horas de Historia o de Filosofía porque, sinceramente, desconozco las que hay en los currículos actuales. Desde luego, tengo la sensación, que dolientemente sustantivaba Pedro Mena en su comentario, de que son pocas o, cómo diría, mal aprovechadas.


No creo que para sentirse miembro de una comunidad haya que ser patriota. El patriotismo es, a mi modo de ver, otra cosa que tiene más que ver con la capacidad de sacrificarte personalmente, bien sea poniendo dinero o pegando tiros, por el bien de tu colectividad o de tu nación. Pero aunque no estés dispuesto a sacrificios así, no por eso vas a dejar de sentirte parte de algo.

Creo que España, hoy, está enferma de franquismo. Sí. He dicho hoy, he dicho enferma, y he dicho de franquismo. Las cohortes de españoles maduros de hoy, digamos por encima de los 40 tacos, queremos pensar que hemos superado una etapa vivida de diversas maneras, la mayoría de ellas no muy agradables. Pero lo cierto es que el franquismo sigue presente en nuestras vidas. En algunas cosas, porque lo que tenemos hoy es en gran parte lo que se construyó en tiempos de Franco (por ejemplo, el mercado laboral) y en otras, la gran mayoría, porque nuestra incapacidad de no negar confirma que, de alguna manera, seguimos instilados por esa cosmovisión que damos por superada.


¿Qué quiere decir capacidad de no negar? Quiere decir que el antifranquismo vehemente que practicamos nos lleva a ser incapaces de apearnos de negaciones que construimos cuando Franco estaba vivo o recién muerto. Dicho de otra forma: nada que al franquismo le pareciese bien nos puede parecer bien a los españoles de hoy. El franquismo fue un régimen que exaltó hasta la saciedad el patriotismo y la identificación de lo español. Nunca se apeó de aquel anacoluto ledesmiano, adoptado por José Antonio, de la unidad de destino en lo universal, que vaya usted a saber lo que quería decir.


La España que superó a Franco (según su propia teoría) no quiere llamarse España, no quiere conocerse, y no quiere defenderse. Y esto es así porque estas tres cosas: tener el nombre de España en la boca hasta para mear, poner el conocimiento de España sobre cualquier otro y defender una imagen imperial e inmanente de la nación, son tres cosas que hizo Franco.


A mi modo de ver, sin embargo, estas mismas tres características que he citado son las que deberían informar cualquier currículo bien hecho de Historia para alumnos de la ESO y Bachillerato.


En primer lugar: España se llama España. Se ha llamado así en la Historia desde muy pronto, conformándose de diversas maneras conforme pasaba el tiempo, pero siempre manteniendo su identidad propia. España no es Francia ni es Portugal. Si a España le quitamos Cataluña, o Baleares, o la provincia de Ávila, históricamente hablando a lo que resulte tendremos que buscarle un nombre, porque ya no será, propiamente, España. Hablamos de un proyecto que ya existía en bastante más que potencialidad hace bastantes siglos y que se concretó como proyecto político hace más o menos 600 años. Es, también, un proyecto enormemente complejo y conflictivo, y esto también se debe saber, por varias razones.

La primera de ellas es que, según como las contemos, las diferencias y disensiones internas de España le han provocado, no una, sino no menos de cinco guerras civiles, como poco; de las cuales cuatro se han producido en lo que podríamos denominar (históricamente) los minutos más recientes.


La segunda es que España, al revés que muchos de sus vecinos, tuvo, para lograr su independencia y cohesión, que firmar un pacto religioso más estrecho que el del resto de naciones. Tiene razón el comentario que recuerda que la Inquisición es un invento francés. Hubiera tenido razón cualquier otro que nos hubiera recordado que si nuestros obispos patrios nos parecen fachas y cabrones, quizá estaríamos diciendo lo mismo si por algún ardid de la Historia hubiéramos acabado dominados por Calvino, que tenía tela el gachó. Pero todo eso no puede nublar el hecho de que España es un proyecto, en gran medida, católico, se erige de hecho en el principal defensor de la Iglesia católica ante el mundo, y que eso le ha aportado importantes riquezas (artísticas, por ejemplo), pero también ha abocado a nuestra sociedad a un radicalismo sobre el tema que hace que o seamos inmensamente católicos o inmensamente laicistas, como si no fuésemos capaces de encontrar términos medios.


La tercera razón por la cual España es un proceso conflictivo es porque su formación es un choque de trenes, una alianza de imperios menores que buscan (y consiguen) la hegemonía europea mediante su adición; pero que, precisamente por eso, condenan a la nación a ser una nación dual, con dos tendencias marcadamente distintas. La fusión de Castilla y Levante se produce en el siglo XV, pero en el siglo XIX la masilla todavía no estaba seca. En gran parte, España no es España a pesar de esa tensión; es esa tensión.


Cualquier español educado debería estar obligado a saber de dónde salió España, por dónde transitó y dónde se encuentra. Sin traumas estragantes ni apriorismos enfermizos. Con sus contradicciones y sus enfrentamientos, desde luego. Con voz crítica, pero proporcionada a los tiempos y, lo que es más importante, evitando ese pecado tan nuestro de tender siempre a admirar lo foráneo. Porque, como creo que alguien ha escrito en los comentarios al post anterior, los indígenas americanos pueden hoy contar su Historia, entre otras cosas, porque están sobre la tierra en número muy superior al de otros indígenas, a los que otros colonizadores, se supone que más civilizados que nosotros, no les dieron la ocasión de seguir existiendo.

Todo esto es especialmente importante respecto de nuesstra Historia más reciente, porque es, obviamente, la más reciente, y porque, precisamente por eso, es una Historia sobre la que podemos, o incluso deberíamos, aspirar a que cualquier español, por joven que sea, desarrollase un juicio personal. No sé si alguna vez he contado que la decisión de escribir este blog la tomé una tarde de verano en que, casi sin darme cuenta, le pregunté a mi sobrino, que entonces tenía 14 años, qué sabía de la guerra civil española. «No sé», me contestó; «creo que es algo que ocurrió en 1952» (nota: su nivel de conocimiento a día de hoy, a las puertas de la universidad, es el mismo). Esto, sinceramente, no puede ser. Vale que la imagen del criajo estadounidense recitando artículos de la Constitución americana queda un poco exajerado; pero que ni siquiera sepamos cómo nos llamamos, ni cómo se llamaban nuestros padres, es de traca. No tiene sentido que una persona que ha recibido una cultura general que se considera mínima se sepa los nombres de los parques naturales que hay en España y desconozca que hubo una guerra civil hace apenas setenta años. Puede que ninguno de sus parientes ni él mismo hayan estado jamás en un parque natural pero, sin embargo, es prácticamente imposible que alguien en las anteriores cuatro generaciones no haya sufrido esa guerra.

Cuando nuestros políticos hablan de pactos de educación, hablan de dos cosas: una, de gasto presupuestario; otra, de enseñanzas técnicas que sirvan para trabajar. Personalmente, ahora que parece que el asunto del consenso educativo va por buen camino, mis esperanzas de que un hipotético pacto educativo abarque esta cuestión de definir lo que todo español debería saber y conocer, son nulas. Porque la educación en España, simplemente, ha abandonado ese objetivo. Ya no le importa tener un conjunto de conocimientos mínimos. Hemos renunciado a explicarnos a nosotros mismos.

El desconocimiento de la Historia es algo que concita el vivo interés de quienes la manipulan. Cuando uno manipula la Historia, falsea sus datos o simplemente los retuerce para que casen con su propia visión de los hechos, se convierte, en una sociedad informada, en un mercader más que ofrece su mercancía intelectual, pero sabiendo que sus compradores probablemente han ido a otros puestos a buscar y comparar. Pero cuando la Historia se desconoce, ese mismo manipulador puede aspirar a que sus lectores, o cuando menos muchos de ellos, no tengan acceso a más versión que la suya. En cuyo caso darán los hechos que él describe, y tal y como los describe, por totalmente ciertos.

Realmente, la Historia no es necesaria para salir adelante en el mercado laboral. Uno puede ser un excelente dealer de divisa, un fontanero apañado, un comercial de éxito o un ATS eficiente sin saber quién fue Cronwell. Pero, desconociendo la Historia, desconocerá también que él, él mismo, es el producto de algo; la consecuencia de un montón de cosas que han pasado antes. Desconociendo la Historia, nos descnocemos a nosotros mismos.

lunes, febrero 15, 2010

Brainstormeando

Un brainstorming o tormenta de ideas es un método que a veces se usa para superar bloqueos creativos o buscar soluciones imposibles. Consiste en encerrar a varias personas en una sala, proponerles una situación concreta y animarles, después, a decir todo lo que se les ocurra sobre la materia, por estúpido que pueda parecer. Es un método que a veces es efectivo, aunque otras no tiene más consecuencia que la ya enunciada, es decir: el personal comienza a soltar estupideces por la boca. Lo digo con conocimiento de causa.

Hace días que estaba pensando en plantear un pequeño brainstorm, y lo he escrito ahora movido por el hecho de que ando escaso de tiempo, así pues, si no puedo escribir un post, he pensado que lo mismo lo escribís vosotros :-)

Es una pregunta o cadena de preguntas muy sencilla. Ahora que se habla tanto de pacto de la Educación, de poner un poco de orden en la cosa de la formación patria y hablando, por supuesto, de Historia, ¿creéis vosotros que existe un mínimo de conocimientos históricos que todo plan de estudios debería contener?

Se me ocurren varias subpreguntas de desarrollo para esta cuestión. A saber:

1.- ¿Debe el sistema educativo español tener una sola definición (mutatis mutandis) para España? ¿Qué es España; qué debe ser para un educando? ¿Existe? ¿Es la mera suma de unos elementos, es una suma cuyo resultado es superior/inferior a la suma de esos elementos? ¿Cuándo comenzó a existir?

2.- ¿Qué debe saber un español educado sobre todo aquello que no es él? ¿Qué han de saber los extremeños sobre Cataluña, los gallegos sobre Andalucía, los catalanes sobre Canarias?

3.- ¿Qué se debería enseñar sobre el papel de la religión en la formación y desarrollo de España? ¿Es España el resultado de la Reconquista y, por lo tanto, de un proyecto de exclusividad religiosa? ¿Es la auténtica España el fruto de la arabización de un territorio hispano-romano cristianizado? ¿Ninguna de las dos anteriores?

4.- ¿Es imprescindible que formen parte de los conocimientos del educando las persecuciones realizadas en la persona de los no cristianos (judíos y musulmanes)? ¿En qué sentido, con qué contenidos?

5.- ¿Qué actitud debería difundir la educación sobre la actuación de España en América?

6.- ¿Qué debe saber un español educado sobre los siglos de la decadencia de España?

7.- ¿Y sobre la España de la Guerra de Independencia y el siglo XIX?

8.- ¿Qué ha de transmitirse sobre la génesis, desarrollo y consecuencias de la Guerra Civil Española?

¿Alguna opinión?

miércoles, febrero 10, 2010

Aceras: la solución

Me he retrasado a la hora de escribir la solución al enigma de las aceras porque ayer tuve junta de vecinos. No obstante, pocos minutos después de haber colocado el post, como podréis comprobar leyendo los mensajes, ya se había encontrado la solución: era, sí, la calle Carretas.

Y pues que os veo puestísimos en la Historia de Madrid, ya os anuncio que no será la única calle de la que hablaremos en el futuro. Otras adivinanzas no son tan fáciles.

Pero vayamos con la calle Carretas, y sus aceras.

La primera orden de colocar aceras en Madrid data de 1612, pero doscientos años antes había sido sistemáticamente incumplida, porque en 1834 no había ni un metro. La razón estriba en que no siempre ha habido gallardones mandones en nuestra Historia. Aquellas primeras aceras que el Consejo de Castilla ordenó poner debían ser colocadas por los particulares dueños de las casas. Los inquilinos de cada inmueble, según la orden, debían costear la colocación de unas aceras de unos seis pies (aproximadamente un metro) de profundidad a todo lo ancho de las fachadas. De esta manera, uniéndose unas aceras privadas con otras, se formaría la acera de las calles.

A los madrileños del siglo XIX no les gustó nada la novedad. Consideraban que las aceras no hacían falta, porque ya iban las personas de a pie tan ricamente andando por la calle junto a caballos y carromatos, sin que hubiese problema para ello. Aunque es más que probable que los problemas, de hecho, existiesen. No olvidemos que la costumbre de conducir por la izquierda, que hoy por hoy sostienen casi en solitario los ingleses, cual irredenta aldea gala, proviene del hecho de que los conductores de carros solían llevar las riendas con la mano fuerte (la derecha) y en la izquierda llevaban la fusta para cambiar de marchas a hostia limpia. Cuando se sentaban a la izquierda del carro, como nosotros en el coche para circular a la continental, el brazo izquierdo quedaba por fuera, con lo que, al soltar un fustazo, a veces, en lugar de arrearle al caballo, le arreaban a un señor de Murcia que pasaba por allí. Circulando por la izquierda, y cambiando en consecuencia la situación del conductor, éste dejaba su brazo izquierdo en el centro del carro, siendo menos probables las agresiones.

El caso es que fue en esta calle Carretas donde Madrid estrenó aceras, como ya han adivinado muchos.

Sobre el origen del nombre, en efecto tiene que ver con la revuelta de los comuneros, aquellos hombres tan castellanos. Cuando estalló la revuelta, Madrid permaneció neutral, cosa que no gustó a las grandes ciudades del entorno, como Segovia o Toledo, las cuales deseaban el estallido de conflictos en la hoy capital para auxiliarla y generalizar la rebelión. En aquel entonces gobernaba Madrid como alcalde un tal Vargas, el cual se dio perfecta cuenta de que si los madrileños se cabreaban tendría poco con que enfriarlos. Así pues, llamó al alcázar a los hidalgos de la villa, les confió su defensa, y se marchó a Alcalá de Henares a allegar tropas para garantizar el orden.

Es muy probable que los procomuneros madrileños estuviesen esperando esta ausencia, porque nada más salir Vargas por la puerta, ellos se levantaron. Las familias singulares de Madrid, que entonces eran los Luxán, los Luzon, o los Herrera, nada pudieron hacer para parar a las hordas comuneras que hicieron suyas las calles. Los hidalgos se reunieron en la plaza de la villa, en la Torre de los Lujanes si mis referencias no son inexactas, mientras por la calle pasaban los paisanos dando vivas a Padilla. La situación fue tan comprometida que todas las familias de tronío o posibles de la ciudad, nos cuentan las crónicas, llevaron a sus hijas al convento de Santo Domingo para allí tenerlas a cubierto de tocamientos, vilipendios y violaciones; intención que muchos no pudieron cumplir porque al poco tiempo en el convento no se cabía de tanta tía que había dentro. Este detalle me hace pensar que la rebelión comunera madrileña fue algo más que una rebelión dinástica; esta presunta saña contra los púberes de la clase noble quizá nos está señalando cierto contenido social.

Los hidalgos, comandados por la mujer de Vargas (que debía ser de armas tomar la señora) se refugiaron en el alcázar, donde el pueblo los sometió a sitio. Sin embargo, pronto llegó la noticia de que de Alcalá llegaba Vargas con las tropas. En ese momento fue cuando los sublevados decidieron inventar la Comuna varios siglos antes y parapetarse ante la llegada del enemigo.

En la construcción de parapetos, se arrancaron tablas incluso de tumbas, pero lo que se utilizó, más que nada, fueron carretas. Salieron los sublevados del recinto de la muralla con todas las que encontraron y, en campo abierto, hicieron su barrera para recibir a Vargas que llegaba de Alcalá. El alcalde les intimó la rendición, pero ellos respondieron con una descarga cerrada. Entonces comenzó la batalla, que los comuneros empezaron a perder muy pronto, en cuando, a su espalda, los nobles salieron por las puertas de la muralla a hostigarlos.

Algunas crónicas dicen que los comuneros, entonces, albergaron la idea de utilizar escudos humanos. Había en las afueras de aquel entonces un hospital de tísicos, llamado de San Ricardo, y estuvieron pensando en sacar a los enfermos y ponerlos en las carretas, para que así, si les disparaban, fueran ellos los que muriesen. De hecho, sabido es que finalmente hubo negociación entre Vargas y los comuneros, y que se les permitió salir de Madrid a refugiarse en Segovia y en Toledo; es probable que esta transacción se produjese por el gesto de colocar inocentes en la primera línea de fuego.

Nos dicen las crónicas que aquellas carretas fueron las primeras barricadas formadas en Madrid. Cierto o no, lo que sí lo es es que allí quedaron, formadas, pues los soldados del alcalde prefirieron dejarlas por si los comuneros regresaban a atacar Madrid, para poder usar el parapeto. El lugar donde estuvo dicho parapeto siempre fue recordado como de las carretas y, por eso mismo, cuando fue calle, conservó el nombre.

Bueno, y ya que no habéis dicho nada sobre la otra calle que cité, la de la Montera, por la que en verdad no se preguntaba, aquí os voy a dejar un postre sobre la misma.

La calle de la Montera, hoy famosa más que nada por el puterío y tal, se ha llamado de muy variadas formas. Que yo haya descubierto, ha sido la calle de la Inclusa, de San Roque y de San Luis obispo. Lo de la Inclusa le viene porque en la dicha calle, en el lugar de la iglesia de San Luis, hubo antes una imagen de la Virgen muy venerada custodiada por la cofradía del Consuelo, dedicada a acoger y asistir a los niños incluseros.

Sobre el origen del nombre hay, que yo sepa, tres teorías. La primera, más plausible, es que la calle toma el nombre de la cercanía de los montes de Fuencarral, que eran empinados y hacían la forma de una montera.

La segunda teoría, no muy extendida, defiende que en dicha calle pudo vivir una hembra de simpar belleza, mujer de un montero del rey.

La tercera se refiere al paseo que por aquella zona habría dado el rey Sancho IV, acompañado de la reina María y de su joven infante D. Fernando. En dicho paseo, se dice, el rey habría perdido la montera sin reparar en ello y, un rato largo después, cuando lo descubriese, habría reaccionado con ira hacia sus acompañantes por no haberle avisado. Dice esta historia que en la calle hubo un trozo de piedra en que se escribió «Al pasar esta vereda/perdió el rey la montera».

Otro día os cuento más de más calles.

lunes, febrero 08, 2010

Aceras

Este lunes he preferido escribir sobre el presente, así pues he reflexionado en el blog hermano sobre la reforma laboral anunciada.

Pero como no hay que dar hilo sin puntada, os dejo con una cuestioncilla que resolveremos el miércoles.

La cuestioncilla precisa de que os informe de algo que, en todo caso, aunque no lo sepáis ya lo intuís: las calles de nuestras ciudades no siempre tuvieron aceras. De hecho, las aceras son una cosa relativamente moderna.

Las primeras calles que tuvieron aceras en Madrid fueron dos. Una os la digo: la calle de la Montera. ¿Cuál sería la otra?

Como pistas os diré que la colocación de las mentadas aceras data de 1834 y que la calle en cuestión debe su nombre, que aún hoy conserva, a la rebelión de los comuneros. Aunque esta última pista lo mismo despista más que pista, qué le vamos a hacer.

Hasta el miércoles.

viernes, febrero 05, 2010

La Mano Negra

En algún momento de principios del siglo XX, en el barrio neoyorkino de Little Italy, un joven Vito Corleone, de origen Vito Andolini, acude a un teatro musical con su amigo, que será su socio y consigliere, Genco Abbandando. Genco quiere enseñarle a Vito a una actriz de la que se ha enamorado. Cuando ella sale al escenario y ambos la están admirando, un hombre se levanta algunas filas más adelante y Genco, cabreado, le insulta y le conmina a que se quite. Cuando el hombre se vuelve, Genco se da cuenta de que es don Fanucci, el mafioso del barrio, y le pide perdón humildemente. Vito le pregunta quién es ese tipo y Genco, por toda respuesta, contesta: la Mano Negra.

Ésta es la referencia a este concepto que está más mano del común de los mortales de hoy en día (al menos del común cinéfilo) sobre la Mano Negra. Pero es bastante más que una organización mafiosa. En España, de hecho, tuvo otro significado, aunque sin perder los elementos de secretismo y clandestinidad. Hoy quiero hablaros de esa Mano Negra y del sonadísimo proceso judicial de que fue objeto, proceso en el que se dictaron ocho condenas a muerte. Ocho. Ni Franco superó eso.

Estamos en el último cuarto del siglo XIX. En Andalucía. Un lugar con extensas zonas rurales a las que la mano policial y gubernamental llega malamente, a pesar de que hace ya algunos años que el entonces jefe de gobierno Ramón María Narváez ha impulsado la creación, precisamente, de la Guardia Civil para cambiar eso. En la zona de influencia de la villa gaditana de Arcos de la Frontera se han producido diversos hechos que han culminado con la muerte de algunas personas. Sin embargo, las autoridades se encuentran con la sorpresa de que, al interrogar a los parientes y deudos de las víctimas, estos niegan la existencia de agresiones o asesinatos, y refieren extrañas, a menudo incoherentes, historias de accidentes laborales y otras desgracias fatales. Las autoridades se empeñarán en investigar estos hechos, y acabarán por encontrar un caso; todo un caso.

Pero vayamos por partes. Hablemos un poco, antes, de anarquismo.

En el congreso obrero de La Haya, celebrado en 1872, el marxismo de Marx y Engels se separó definitivamente, y de momento para siempre, del anarquismo que, con sus diversos matices, fue desarrollado por autores como Proudhon, Bakunin o Kropotkin. Asimismo, el anarquismo pronto se distinguió entre lo que se denomina anarquismo individualista y anarquismo comunista. Ambas ideologías propugnan la eliminación de la propiedad privada, pero mientras una la acepta para los bienes de consumo, la otra va al copo y exige la total colectivización de todo y defiende ideas como el egalitarismo, es decir que en una unidad de producción, por ejemplo una empresa, todo el mundo gane exactamente lo mismo.

La primera revolución de izquierdas de la Historia de España es La Gloriosa de 1868, madre de una Constitución, la de 1869, que es quizá la más bella de todas las constituciones hechas en España. Esta revolución levantó ciertas ilusiones entre los grupos obreristas, pero lo cierto es que tras la reacción conservadora que se produjo en toda Europa tras la revuelta de la Comuna en París, la Internacional obrera fue ilegalizada en España. Aún así, los grupos anarquistas sobrevivieron de forma semiclandestina. El final del sueño republicano tras la entrada de Pavía en el Congreso y la saguntada provocó una persecución cerril por parte del nuevo régimen restaurador en la persona de los anarquistas, los cuales, como reacción lógica, se radicalizaron, abrazando el anarquismo comunista y la metodología de la acción directa, que fácil y rápidamente deriva en el simple y puro terrorismo. Será un anarquista italiano con nombre de entrenador del Jerez CF, Angiolillo, quien mate a Cánovas, el gran representante de ese régimen represor.

A partir de 1881, el régimen de la Restauración abre un poco la mano, y es el momento en el que se produce el enfrentamiento entre los dos grandes focos, y las dos grandes sensibilidades, del anarquismo español. Porque anarquistas los había en muchos lugares, pero sus principales viveros eran el campo andaluz (del sur de Andalucía sobre todo, ya que el norte, Jaén sobre todo, siempre ha sido de una orientación más marxista) y las industrias catalanas. En ambos casos hablamos de obreros y jornaleros que trabajaban por salarios de miseria, pero las miserias eran distintas, porque los catalanes, con un nivel de vida un poco mejor y con unos patronos algo más dialogantes que los terratenientes, tenían aspiraciones a ser legales y poder, por lo tanto, negociar, con dureza, pero negociar. El anarquismo andaluz, consciente de que la negociación es poco menos que imposible, es en aquellos tiempos, sin embargo, un anarquismo de enfrentamiento y acción directa; como lo acabará siendo también el catalán, pero más tarde.

Mientras el anarquismo catalán ambiciona la creación de una confederación del trabajo (cosa que hará en la segunda década del siglo XX), el anarquismo andaluz deriva hacia otro modelo: el modelo de sociedades secretas, pequeñas células de juramentados, dedicados al atentado personal, el secuestro de terratenientes y el incendio de cosechas como método de presión. La Mano Negra.

Allá por 1883, y como respuesta a estos atentados, las fuerzas económicas del sur andaluz, sobre todo las gaditanas y jerezanas, deciden actuar contra estos grupúsculos, y montan la investigación de esos presuntos crímenes, comandada por el sargento Oliver.

El salto cualitativo en las investigaciones lo dio un comandante de la Benemérita, llamado Pérez Monforte según mis noticias, el cual encuentra un día un cuadernillo de notas manuscrito. Este cuadernillo, cuyo contenido y origen son hoy aún discutidos, se tomó por parte de los investigadores como ejemplar de la sociedad secreta la Mano Negra, es decir como prueba fehaciente de la existencia de esta sociedad secreta o, diríamos hoy, célula terrorista de legales.

El inicio del documento es una prueba más de literatura anarquista, no exenta de interesante carga lírica: «Cuando existe en la tierra para el bienestar de los hombres ha sido creado por la actividad fecunda de los trabajadores; la absurda y criminal organización social hace que aquéllos produzcan mientras que los ricos se quedan el fruto de su esfuerzo; debe mantenerse un odio profundo hacia todos los partidos políticos; es ilegítima cualquier propiedad adquirida con el trabajo ajeno, aunque sólo sea por la renta y el interés; y sólo es realmente legítima la lograda por el trabajo personal y directo».

Según dichos estatutos, la Mano Negra trabajaba mediante un denominado Tribunal Popular, que era el que decidía las acciones a tomar. Revelar la existencia de la Mano Negra estaba prohibido y el castigo por hacerlo, en una dicotomía la verdad un poco radical, podía ser «suspensión temporal o muerte violenta». Los miembros de la sociedad secreta estaban obligados a seguir sus vidas y mantener sus oficios, percibirían una especie de sueldo pero nunca podrían comentar con nadie su cuantía e ingresaban en la organización, como en las bandas y en las mafias, mediante la realización de «un servicio», más que probable eufemismo de acción terrorista. El objetivo de la Mano Negra era, literalmente, «castigar los crímenes de los burgueses por todos los medios a su alcance, bien a través del fuego, el hierro, el veneno o mediante cualquiera otra manera». En otro punto, los estatutos recuerdan que «es deber de los miembros enseñar a sus hijos y en general a todos los trabajadores a tener odio a los ricos y a todo el que quiera dominarlos o pretenda vivir a costa del trabajo de los demás».

El descubrimiento de los Estatutos de la Mano Negra fue un hecho de gran importancia, porque puso en manos de los representantes políticos y sociales de la zona la prueba irrefutable de que el gobierno Sagasta tenía que usar la mano dura contra la mano negra. En muy pocas semanas, Sagasta cumplió con lo que se esperaba de él. Nombró un juez especial e incluso habilitó un edificio concreto, el convento de Santa Catalina en Cádiz, como cárcel para los detenidos. Se tomaron medidas legales y administrativas, entre ellas el reforzamiento de los efectivos de la Guardia Civil en la zona y el desplazamiento del general Polavieja a la provincia. En apenas unas semanas, centenares de jornaleros fueron detenidos y encarcelados, acusados de ser miembros de la Mano Negra. Llegaron a ser más de mil. La verdad es que bastaba la sospecha de un terrateniente para que alguien fuese trincado.

Para entonces, el asunto de la Mano Negra había alcanzado el estatus de asunto de interés nacional. Entre mayo de 1883 y septiembre de 1884 se celebraron la friolera de 74 juicios distintos, en los que fueron condenados más de 100 imputados, doce de los cuales lo fueron a muerte.

De toda esta miríada de asuntos destacan cuatro como los grandes juicios de la Mano Negra. Se trata de los asesinatos de Fernando Olivera, Antonio Vázquez, Bartolomé Gago y el matrimonio formado por Juan Núñez y María Labrador.

Olivera fue atacado por dos individuos, Cristóbal Durán y Jaime Domínguez, el 11 de agosto de 1882. Falleció dos días después de una peritonitis que se le presentó por las agresiones.

Por su parte, el matrimonio Núñez-Labrador fue bárbaramente asesinado el 3 de diciembre de 1882 en su granja de Trebujena. Por el asesinato fueron detenidos Juan Galán, Francisco Moyuelo y Andrés Morejón.

Al día siguiente, en el cortijo de la Parrilla, una partida formada por Cristóbal Fernández Torrejón, Gregorio Sánchez Novoa, Manuel Gago, José León Ortega, Gonzalo Benítez, Antonio Valero, Salvador Moreno Piñero, Rafael Giménez y Roque Vázquez asesinan a Bartolomé Gago, más conocido como «Blanco de Benaocaz», y entierran su cadáver.

El 4 de enero de 1883, es Antonio Vázquez quien muere en el ferrado de su propiedad en Grazalema, a puñaladas de Francisco Prieto, Diego Maestre, José Doblado y Antonio Roldán.

A estos crímenes, para los que hubo detenidos y posteriormente condenados, habría que añadir el crimen de Bornos, donde es asesinado el labrador Antonio Heredia y heridos de consideración su mujer Herminia Santaolalla y su hijo; el asesinato en su domicilio de Grazalema de Juan Calvente Ríos; el de Rufino Giménez Antolín en el Puerto de Santa María; la muerte a golpes de azadón de Román Benítez Gil en Ribera de Gondomar; y el asesinato de Miguel García Biedma en el cortijo de Bernala. Todos estos crímenes quedaron sin resolver, por no poder averiguarse sus autores.

Los asesinos de Olivera fueron condenados a cadena perpetua y a 17 años de reclusión, con lo que su condena fue algo más leve. Sin embargo, los tres asesinos del ventero Antonio Vázquez fueron condenados a muerte. Asimismo, en el juicio relativo al matrimonio asesinado Juan Galán, que fue considerado autor de las dos muertes, también fue condenado a la pena capital.

Pero el superproceso por excelencia, sin lugar a dudas, es el del Blanco de Benaocaz. Es en este juicio en el que se produce el récord, verdaderamente difícil de igualar, de ocho penas de muerte en un solo fallo.

En el juicio hubo 16 imputados y se escuchó el testimonio de 48 testigos. Estos testigos, sin embargo, no sirvieron para fijar la autoría del crimen. En realidad, ésta se estableció procesalmente porque los propios imputados quisieron. El anarquismo ibérico, en tanto que ideología rabiosamente individualista, ponía mucho el acento en la asunción de responsabilidades. Manuel Gago, uno de los imputados, confesó su participación casi fríamente. Confesó que había recibido la orden de matar al Blanco, que para colmo era su primo. Eso, sin embargo, no le supuso problema porque, declaró ante el juez, si le hubieran ordenado matar a su padre lo mismo lo habría hecho.

El motivo del crimen no fue que el asesinado fuese un explotador. Era un antiguo miembro de la organización que se había apartado de la misma. Francisco y Pedro Corbacho, Manuel y Bartolomé Gago, Cristóbal Fernández Torrejón, José León Ortega, Gregorio Sánchez Novoa y Juan Ruiz fueron condenados a la pena de muerte por asesinato con los agravantes de nocturnidad, premeditación, alevosía, despoblado y cuadrilla. Por su parte Roque Vázquez, Gonzalo Benítez, Salvador Moreno Piñero, Rafael Giménez Becerra, Agustín Martínez, Antonio Valero y Cayetano Cruz fueron condenados a 17 años y 4 meses de reclusión. José Fernández Barrios fue condenado sólo por responsabilidad civil, sin cárcel.

Tras la apelación al Supremo, fallida, las ejecuciones se verificaron el 14 de junio de 1884, con el mismo garrote vil que había segado la nuca del cura Merino. Participaron tres verdugos, los de Madrid, Burgos y Albacete, percibiendo su soldada más una onza de oro por ejecutado. Sólo hubo siete ejecuciones porque José León Ortega fue eximido de la pena por haberse vuelto loco en la cárcel.

La Mano Negra murió con el último de aquellos ajusticiados. Muchos de sus miembros fueron desterrados a las colonias, aunque algunos volverían con cuentagotas años después, cuando sus procesos se revisaron. Pero lo que no murió fue el anarquismo rural andaluz. A principios de la última década del siglo, el bakuninista madrileño Félix Grávalo se desplazó a Cádiz para captar adeptos y, bajo su organización, se volvieron a levantar células ácratas. Suya fue la inspiración para la acción del 8 de enero de 1892, cuando varios cientos de jornaleros intentaron tomar el pueblo gaditano de La Caulina para crear en él un cantón anarquista. En los gravísimos incidentes que siguieron fueron asesinadas dos personas, el viajante José Soto y el escribiente Antonio Palomino, al parecer porque los alzados encontraron que tenían las manos demasiado suaves para ser trabajadores. Por estos actos fueron enviados al garrote José Fernández Lamela, Manuel Silva Leal, Antonio Zarzuela Pérez y Manuel Fernández Reina; y a cadena perpetua Félix Grávalo, Manuel Calvo Caro, Antonio González Macías y José Romero Lamas.

A partir de ahí el anarquismo deriva hacia el anarcosindicalismo, y comienza a utilizar la huelga como elemento de presión. Pero la violencia sigue ahí, como bien demuestran, ya en la República, los hechos de Casas Viejas.