miércoles, abril 29, 2009
Irresponsabilidad televisiva
En este texto voy a escribir dos palabras sobre un asunto que últimamente me hace, como dicen en la calle, de pensar.
¿Qué es lo que educa hoy a la gente? En mi opinión, casi nada más que la televisión. La gran mayoría de las ideas, de los puntos de vista, de los análisis de la realidad, que absorbe un ciudadano de hoy en día, le llegan a través de la televisión. La televisión es un referente para la ética personal, para las ambiciones del ciudadano medio y para su cosmovisión. Por eso es tan peligroso que la televisión se deje llevar por la tentación de lo fácil, lo mal hecho, o lo torvamente diseñado para explotar el hecho, palmario, de que siempre lo prohibido ejerce una atracción casi irresistible sobre las personas.
A la televisión española (así, con minúsculas, para que las abarque todas) le pasa lo que al cine: tiende a ser muy mala. A estar mal hecha. A ser un producto bastamente recauchutado, quizá escrito por guionistas estajanovistas que producen siete episodios en el tiempo que Aaron Sorkin se toma para perfeccionar una escena. Tal vez, lo digo por adelantado, no es culpa suya. Pero lo cierto es que los guiones españoles suelen ser una puta mierda salvo, quizá, en un terreno que siempre se nos ha dado bastante bien, que es el de la comedia con toques surrealistas (7 Vidas no tiene nada, pero nada, que envidiarle a Enredo, Las chicas de oro o cualquier gran comedia USA, ni Javier Cámara a, un suponer, Steve Urkel) o la adaptación de obras en sí perfectas (y estoy pensando en Los gozos y las sombras, por ejemplo).
Quitando excepciones, pues, los guiones españoles suelen ser lentos, dubitativos y, sobre todo, imperfectos. El último ejemplo que he visto ha sido Acusados, una serie creo que de Tele 5 que ha terminado recientemente su primera temporada. Debo confesar que le he dado en exceso el coñazo a mi mujer con mis cabreos. El argumento tiene más hilos sueltos que una chaqueta de punto tricotada por Franco cuando ya tenía Parkinson.
[Si no la has visto y quieres verla, déjalo aquí y vete a otro blog]
Un millonario político de campanillas, por supuesto casado, está liado con una menor y sufre el chantaje de la amiga de ésta. Un día, en una discoteca de su propiedad, y tras amenazarle la amiga con contarlo todo y chantajearle, el hijo del político se presenta allí y se la carga. Para tapar los hechos, el niño quema la discoteca, incendio en el que mueren cinco personas más.
Todo esto ocurre después de que la menor, cuando el político le haya dicho hasta aquí hemos llegado, se haya cortado las venas. En la serie se nos dice que el político cogió a la chica tras la tentativa de suicidio y la llevó a urgencias. Pero, por alguna extraña razón, nadie le vio. La trama consiste en que nadie puede vincular al político con la discoteca y, efectivamente, si alguien le hubiese visto en el hospital cuando la llevó para que le parasen la hemorragia, no habría serie. Pero el guión ni se molesta en buscar algún retruécano argumental para justificar esto.
Cuando el político, José Coronado, se entera de que su hijo se ha apiolado a la amiga chantajista y ha quemado la discoteca para tapar los hechos (otra cosa curiosa; yo habría atrancado la puerta del servicio donde estaba el cadáver y hubiera simulado un apagón), decide taparlo todo. Para taparlo, necesita tres cosas: una, comprar al policía científico que investigue el incendio, para que no diga en su informe que fue provocado. Otra, comprar al forense para que no diga en su autopsia que uno de los seis cadáveres es de alguien que no murió en el incendio sino antes. Y, por último, comprar a una fotógrafa de prensa que estuvo haciendo fotos en la discoteca y, por lo tanto, puede tener imágenes de él o de su hijo en la misma, con lo que serían situados en el lugar del crimen. En fin, el caso es que Coronado, al que le sale la pasta por las orejas, compra al científico, compra al forense… pero, por alguna extraña razón que no se nos explica, se «olvida» de comprar las fotos. La razón es que la presunta fotógrafa (en realidad las imágenes las tomó una amiga suya) es una de las protas de la serie; hay que meterla en la trama, hacer que sufra un secuestro; y, si las fotos se hubiesen vendido desde el principio, pues no habría trama alguna. Pero no se nos da explicación alguna de tamaño lagunón.
En esto entra en escena el personaje central de la trama, que es la jueza. La jueza es madre de la chica enamorada de Coronado y que se intentó suicidar. Se empeña en llevar el caso del incendio a la discoteca como una venganza personal contra el hombre que ha cagado la vida de su hija (la cual, efectivamente, acaba suicidándose). La serie es, pues, un choque de trenes: el político superpoderoso contra la jueza incorruptible. Y, sin embargo, el político tiene la partida ganada desde el primer momento. Esa jueza no puede instruir ese caso, pues tiene obvias conexiones con el mismo. Sin embargo, durante semanas y semanas, vemos a Coronado y a su gente sufrir porque la jueza les estrecha el cerco; pero nunca hacen lo primero que haría cualquiera en su situación, que es enviarle a la jueza el mensaje, claro y diáfano, de que como me sigas tocando los cojones yo tiro de manta y a ti en el Consejo del Poder Judicial te meten un cuerno por el talón derecho y te lo sacan por el ojo izquierdo. El argumento sigue, se desarrolla como una partida de póker; sólo que uno de los jugadores tiene en la manga la carta que le falta para rellenar la escalera real pero, por razones que nunca se nos explican, no la usa.
Ítem más. Llega un momento en que el político descubre que la jueza ha manipulado una prueba. Tiene incluso un testigo que lo corroborará. ¿Ordena a su abogado que dicte una providencia reclamando un juicio nulo y acusando a la jueza de prevaricación? Pues no. Deja que la cosa siga su curso hasta que le trincan y le detienen. Lo que se dice un verdadero gilipollas (y es que es habitual que los personajes de las series españolas serias hagan casi tantas gilipolleces como los de las comedias).
Al final, cuando ya está detenido, en el fondo relajado porque sabe que el asesino no es él sino su hijo y, por lo tanto, lo está protegiendo, lo admite todo ante la jueza y le dice que, en sus declaraciones oficiales, no va a citar a la hija/amante para protegerla. Generoso Coronado. Claro que el mismo tipo que en ese capítulo es generoso a la hora de proteger a una chica que ya se ha suicidado no dudó en el capítulo anterior en intentar chantajear a la misma jueza amenazándola con hacer público que su otra hija está haciendo guarreridas con su propio hijo. Esto es otra cosa propia de los argumentos de series españolas: el mismo personaje es un cabrón en la semana 11 y un cartujo no violento en la semana 12. Según vaya cuadrando para la trama, los personajes van cambiando. En las series españolas son inconcebibles personajes como Jebb Barlett (West wing), que es el mismo Barlett durante años y al cual, a partir de la tercera temporada o así, ya lo conoces tanto que hasta eres capaz de adivinar cuáles van a ser sus reacciones.
Todo esto, sin mencionar que la señora jueza no sé si tiene demasiada idea de Derecho. En el último capítulo, el niño que quemó la discoteca se suicida, y en la siguiente escena se ve a la jueza en una reunión con los padres de las víctimas de la discoteca, en las que les dice: no os preocupéis, porque el chico tenía bienes de su propiedad, así pues habrá dinero para las indemnizaciones. Digo yo que un juez debería saber que un muerto no posee bienes; que el niño podría tener propiedades, pero dichas propiedades, desde el momento en que la bala le perforó el cráneo, ya no son suyas, sino de sus herederos. Todo eso sin mencionar el pequeño detalle de que es la jueza instructora, no la que le juzga. Y, ¿qué juez querrá juzgar a un muerto? Hasta Garzón sabe que Franco no es imputable ante un tribunal.
De todas formas, lo que más me preocupó de esta serie es el mensaje subliminal (bueno, nada subliminal en realidad) que porta. El personaje de la jueza no tiene desperdicio. Asume un caso que sabe que no debe instruir. Engaña al policía científico que ha sido untado para manipular el informe prometiéndole inmunidad y luego lo mete en la cárcel. Hace que personas de su equipo cometan tropelías, entre las cuales se encuentra el allanamiento de morada, para que algún personaje se crea que las han cometido los partidarios de Coronado. Manipula una prueba obtenida ilegalmente para que aparezca como legal. Y, en el colmo de los colmos, cuando el hijo de Coronado se dirige en coche a Madrid con una grabación de video de él con su otra hija (grabación con la que quieren chantajearla), simplemente envía a dos policías de paisano que paran al chico en la carretera, le dan una mano de hostias y le roban la cámara.
El mensaje de la serie es claro: si lo que persigues es justo (o tú crees que es justo), los medios tienen poca importancia. ¿Estado de derecho, libertades civiles, habeas corpus y esas mandangas? Pues son eso, mandangas; aquí lo que importa es la justicia.
No seré yo quien niegue el, por así llamarlo, derecho de un guión de televisión de desarrollar personajes poliédricos o con aristas negativas. Lo otro sería hacer series en plan Viva la Gente o El mundo es cascada de colores, que tampoco es el caso. Pero el problema, a mi modo de ver, es que el guionista apueste por estos personajes. Blanca Portillo (la jueza) paga, efectivamente, un alto precio por su obsesión, pues una de sus hijas acaba suicidándose. Pero consigue lo que quiere, es decir culminar la instrucción del caso; algo que, por lo demás, se da de hostias con el derecho procesal. El resultado es la tesis que acabo de comentar: el fin justifica los medios. Como serie de entretenimiento, pues, bastante mala. Y, desde el punto de vista de la vertiente socioeducativa, además de mala, irresponsable.
Otro ejemplo que quiero comentar es el de Física y Química. Confieso que esta serie me tiene anonadado casi desde el primer día. Me la encontré ya en la primera temporada zapeando por casualidad (es obvio que yo no soy su target de audiencia) y no he dejado de verla de cuando en cuando, un rato (la verdad es que no soy capaz de aguantarle un capítulo; lo cual es lógico pues esta serie habla de gladiolos y a mí lo que me gusta son los pinos).
Tengo la sensación de que en la segunda temporada sus guionistas han bajado un poco el pistón y han hecho los argumentos un poco más presentables. Aunque, aún así, la cosa sigue sorprendiéndome por muchos sitios.
La primera cosa que me sorprende es que en una serie colegial, sus protagonistas jamás estudien. Es como si toda la acción de Hospital Central se desarrollase en la puerta de urgencias durante las pausas que médicos, ATS y celadores se toman para echar un cigarrillo; dando con ello la sensación de que ser médico consiste básicamente en fumar en la calle. Lejos de tener que realizar el más mínimo esfuerzo, los escasos casos en los que una escena muestra a los profesores currando lo que se ve es a un adulto explicándole a bigardos de 17 años imbecilidades que se aprenden en la educación básica. Y, para colmo, la mayoría de los profesores lo son de asignaturas que siempre se han considerado marías, del tipo de dibujo, música, teatro… El título de la serie, de hecho, no sé a qué narices viene.
Los personajes tienen una vida muy curiosa. Fulano y Fulana tienen un folloncete amoroso y Fulano le dice a Fulana: «esta noche lo hablamos». En la siguiente escena están los dos en la noche de Madrid, siendo en no pocas ocasiones más que evidente que son las dos o las tres de la mañana, zascandileando por ahí y charlando sus cositas. Y al día siguiente están en clase. El mensaje lanzado es bastante claro: uno vive la vida, y la vida es el ocio. Las clases están para rellenar la mañana; eso de tener una disciplina vital para estar despejado en clase es cosa de abueletes. Lo mismo es que lo es y yo no me he enterado.
Hay asuntos que son, como todo, opinables. Me refiero, por ejemplo, a la moral sexual inherente a la serie. A mí me da la impresión de que en esto los españoles hemos sido pendulares y, por lo tanto, hemos ido de un extremo a otro, lo cual tiene la consecuencia de seguir siendo desgraciados. Si hace treinta años el escolar (y, sobre todo, la escolar) que le daba vidilla a su aparato sexual era denostado, hoy en día el denostado es el que no lo hace. A mí me parece que la mejor forma de hacer las cosas es no denostar a nadie pero, como digo, es cuestión de gustos.
Pero por lo que me cuesta pasar es con la actitud respecto de otras cosas. En la primera temporada había un estudiante que tenía la desgracia de ser trabajador y responsable, además de chino. El tontolaba de la clase, pues en toda clase hay siempre un tontolaba que se cree Kennedy, la toma con él y le hace de todo; hasta lo pinta de verde. ¿Apuestan los guionistas por el chino? Pues no. Apuestan por el idiota que, de hecho, no hace falta darse muchas vueltas por internet para descubrir que está entre los personajes con más fans; y eso nunca es fruto de la casualidad, sino de los guiones.
Alguien debería haberle explicado a los guionistas de esta serie (aunque parece que en la segunda temporada lo han medio entendido) que el bullying es una cosa muy seria; que la historia de no pocas mujeres con la garganta seccionada por su ex marido empezó el día que ese ex marido pintó a un chino de verde y no pasó nada; y que, consecuentemente, se puede hacer las cosas bien, se puede reventar las audiencias, sin necesidad de dar golpes éticos bajos.
Eso sí, mis personajes preferidos de la serie son los adultos. Los profesores. Aparte de tener los típicos problemas de siempre en las series de enredo, o sea noviazgos y embarazos entrecruzados (en toda serie española que dure más de cuatro temporadas es axioma matemático que todos acaban acostándose con todos en algún momento), son tan angélicos que asustan. Con la única excepción de una profesora que se ha traído de Camera Café su papel de borde, son tipos que todo lo entienden, todo lo negocian y en todo, al fin y a la postre, acaban abatiéndose. No sé, tal vez es que sea así. Tal vez es que hoy en día, en el mundo de la educación, no tienes más remedio que darle la razón a los alumnos en nueve ocasiones de cada diez (y en la que queda empatas). Pero el asunto es que ellos no sólo lo hacen; es que, además, les parece de pila máster. Les mola el rollo de que les traten, mutatis mutandis, como una puta mierda.
Especialmente relevante me parece la relación de una de las maestras con una de las alumnas, de la cual es tutora. Por razones que se me escapan porque deben de haber sido explicadas en los muchísimos minutos de la serie que no he visto, esta niñata es una especie de imbécil asilvestrada que está contra el mundo y, sobre todo, contra su tutora, que es su tía creo, a la que trata peor de lo que yo trato a mis trapos de cocina. Una niña que, por decirlo rápidamente, tiene un bofetón faraónico casi cada vez que abre la boca. La otra, en cambio, cada vez que tienen bronca la mira y la remira, trata de razonar; la niña no razona (más que nada porque el personaje es como medio lerdo) y suele terminar las conversaciones con alguna referencia hiriente a la mierda de vida de su tutora. Y ella la ve marchar con sus ojos bóvedos; porque en las discusiones entre adulto y adolescente, ojo al dato, éste siempre tiene, por lo visto, la última palabra. La niña jamás se queda sin postre, o sin salir. Lejos de ello, si el problema es que a la tutora no le gusta el novio que se ha echado (el tontolaba acosador) la solución acaba siendo que la tutora le dé al chico una llave de la casa para que se puedan ir a follar cuando les apetezca.
En general, cada vez que en ese colegio algún adulto toma una decisión mínimamente polémica surge la voz de algún otro adulto que dice algo así como: «Pero eso, ¿lo vamos a decir, así, sin discutirlo, sin negociar?» Con esa actitud, los profesores dejan de ser responsables de la educación para convertirse en meros gestores de la misma. Que lo mismo es el mensaje que se está buscando.
Hace ya mucho que el tiempo de las series de cartón-piedra se acabó. Hace años, en efecto, las series de televisión era puras moralinas que escondían la realidad. Pero eso hoy se ha acabado. La mejor serie que he visto últimamente, The wire (primera temporada) es un buen ejemplo de este cambio. Los policías que persiguen a un mafioso drogadicto negro no son mucho mejores que el tipo al que persiguen. El personaje central de la serie es un tipo impresentable al que el 90% de la humanidad clasificaría a la tercera conversación (como mucho) en la carpeta de machitos gilipollas. Los policías, cuando manejan pasta de la droga, sufren la tentación de robarla, y en ocasiones la roban. Por lo demás, el politiqueo de las altas esferas policiales es verdaderamente repugnante. No obstante, en medio de todo eso la serie no olvida algunos principios fundamentales, tales como que el que vende droga es el malo de la historia, nos pongamos como nos pongamos.
Lejos de ello, la televisión española se instala en un relativismo moral que no puede sino ser algo buscado y pretendido. Da la impresión de que esto lo hacen los guionistas amparados por el argumento mayor de «yo es que estoy reflejando la realidad». Argumento totalmente falso porque la inmensa mayoría de las tramas de las series españolas tienen una relación con la realidad apenas anecdótica (a los médicos de urgencias, por ejemplo, les suele llamar la atención, y les divierte, que los personajes de Hospital Central se pasen la vida gritando y corriendo de un lado a otro). Y quizás es que piensen que están sólo entreteniendo. Luego los gestores televisivos, cuando alguien en un foro público los tacha de irresponsables, se dan golpes de pecho y dicen aquello de Calimero de nadie me comprende.
Y, por el camino, subido en la grupa de la irresponsabilidad de nuestras showpersons, el personal aprende lo que aprende.
¿Quién es?
lunes, abril 27, 2009
Casas Viejas
Cada uno de estos tercios tuvo su tumba. La tumba del Frente Popular fue el golpe de Estado y la guerra civil. La tumba de las derechas fueron los escándalos del estraperlo y el caso Nombela-Tayá. Y la tumba del primer bienio de la República fue el feo asunto de Casas Viejas. Que es tan, tan feo, que hoy es el día que el pueblo de Casas Viejas ya no se llama Casas Viejas.
Ocurrió hace ahora 76 años, en 1933. Al iniciarse ese año, el anarquismo dijo basta. Los anarquistas y anarcosindicalistas siempre habían sido compañeros de viaje del sueño republicano, pero unos compañeros de viaje bastante incómodos. El sueño republicano fue alumbrado por políticos burgueses que no creían en otra cosa que en los regímenes parlamentarios reformistas, y algunos de izquierdas, situados casi siempre en el PSOE, los cuales, si bien eran en muchos casos marxistas avant la lettre, o bien se sacudían con elegancia esas teorías o bien las aplazaban hasta un futuro teórico lo suficientemente lejano como para convertirse, por la vía de los hechos, en avales del parlamentarismo burgués. Quizá el mayor ejemplo de esta tendencia pueda ser Julián Besteiro, quien se decía y consideraba marxista pero que, sin embargo, desde la tribuna de la presidencia de las Cortes, tras la aprobación de la Constitución republicana, no ahorraba epítetos positivos para el sistema parlamentario inglés y el posibilismo laborista.
Los anarquistas, sin embargo, estaban hechos de otra pasta. Llevaban 50 años luchando por el comunismo libertario y no iban a andarse con medias tintas. A ello se unió el parcial, en ocasiones completo, fracaso de la reforma agraria republicana, fracaso en el que tuvieron que ver defectos de diseño, el obstruccionismo de los propietarios y, sobre todo, la falta de financiación. El fracaso de la reforma agraria hizo que el anarquismo, que nunca había abandonado del todo las áreas rurales sobre todo en el sur de Andalucía, recibiese notables apoyos gracias a la profunda desilusión que muchos aparceros tenían hacia la República, en la que seguían muriéndose de hambre. Hay que hacer notar que parte de ese hambre era culpa de la propia República pues ésta, para evitar el abuso de los patronos con los jornaleros a la hora de fijarles salarios, dictó su llamada Ley de Términos Municipales, por mor de la cual no se podían contratar jornaleros fuera del término municipal donde estuviese ubicada la explotación. Esta medida fue muy positiva en aquellos lugares donde había explotaciones. Pero allí donde no las había o no se explotaban, condenaba a los jornaleros al hambre, pues no podían emplearse nada más que donde no había empleo.
El divorcio del anarquismo con la República se hizo más intenso en 1932, cuando la FAI organizó una serie de acciones revolucionarias en la cuenca del Llobregat, que hubieron de ser reprimidas y que hicieron al gobierno deportar a Guinea a dirigentes faístas como Durruti o Ascaso.
El 8 de enero de 1933, el anarquismo sacó músculo en Sevilla, Zaragoza, Logroño, Lérida, Granada, Barcelona y Valencia. Fue una insurrección en toda regla reprimida como tal por el gobierno. Sin embargo, esa represión no pudo impedir que la mecha revolucionaria se extendiese por el sur de Andalucía, y pronto hubo conflictos en Sanlúcar, La Rinconada, Utrera, Alcalá de Guadaira, Arcos de la Frontera...
Casas Viejas estaba, y está, situado en medio de ese merdé, en la provincia de Cádiz y perteciendo, entonces, al municipio de Medina Sidonia. Tenía unos 1.200 habitantes, todos o casi todos de los cuales vivían del campo. En el área había 6.000 hectáreas cultivables, pero en 1932 sólo se habían trabajado 1.300, porque los propietarios se negaban a explotarlas en las condiciones que les imponía la legislación. Por lo tanto, se estima que en aquel año habían trabajado unos 100 jornaleros en toda la aldea, lo cual suponía una astronómica cifra de paro del 80%.
El 10 de enero, los estrategas anarquistas decidieron el estallido de una insurrección en toda la baja Andalucía, y sus correligionarios en Casas Viejas recibieron la orden de unirse a ella. El día 11 un grupo de anarquistas izó una bandera rojinegra en el pueblo, tomó sus escopetas de caza y se dirigió al cuartel de la guardia civil, donde los efectivos que allí estaban se negaron a secundar la rebelión. Ambos bandos se enfrentaron a tiros, resultando dos guardias heridos. Los sublevados tomaron el control del pueblo.
El gobierno civil de Cádiz, al tener noticia de esta insurrección, envió refuerzos. A las cinco de la tarde del mismo día 11 llegó al pueblo el teniente Fernández Artal, de la Guardia de Asalto, al mano de 12 guardias y cuatro números de la guardia civil. Logró liberar a los sitiados en el cuartelillo y, en general, sacar del pueblo a los rebeldes. Sin embargo, una pequeña partida, liderada por Curro Cruz, a quien todos conocían como Seisdedos, se hizo fuerte en una de las casas. Fernández Artal hizo dos intentos de componenda y los dos le salieron mal: primero le envió a un guardia para parlamentar, que fue herido y apresado por los anarquistas; y después a un detenido, el cual se unió a los sitiados. En total, allí dentro hay cinco hombres, dos mujeres y un niño. Fernández Artal, puesto que se hace de noche y tiene controlada la situación, decide esperar al día siguiente.
Mientras el teniente de Asalto espera, el primer acto real de la tragedia levanta el telón en Madrid. A la Puerta del Sol, sede de la Dirección General de Seguridad, llegan las noticias de Casas Viejas. Es director general Arturo Menéndez. Menéndez es en ese momento, como poco, un hombre presionado para impedir que la revolución brote en el sur de Andalucía; en buena parte, pues, su actuación de las próximas horas se basará en el deseo de evitar eso como sea. Prueba de que es así es que tres días antes de la sublevación de Casas Viejas, la DGS había hecho pública una nota de prensa en la cual instaba a las fuerzas de seguridad a «redoblar el rigor empleado» contra los sediciosos.
Menéndez ordena más refuerzos. Pero los refuerzos salen de Madrid, lo cual es lo primero que huele mal en toda esta historia, porque lo normal es que los refuerzos se envíen desde más cerca mejor, porque así llegan antes. Una compañía de guardias de asalto al mano del capitán Manuel Rojas Feigespan, hombre de absoluta confianza de Menéndez, se mete en el expreso de Andalucía de esa noche camino del sur. Menéndez acude personalmente a la estación del Mediodía a despedirlos, algo que tampoco es my normal.
Pero Menéndez tiene razones para acudir al andén. Una vez allí, se acerca a Rojas y le da órdenes taxativas: «ni heridos ni prisioneros cuando se haga fuego contra la fuerza». Así pues, el capitán Rojas viajó al sur convencido de que tenía patente de corso para hacer lo que creyese conveniente.
En la mañana siguiente, Rojas está ya en Casas Viejas. Intenta evacuar a lo sitiados con bombas de mano, sin conseguirlo. Apresurado por solventar el problema cuanto antes, resuelve hacerlo mediante el fuego. Los guardias lanzan sobre la casa piedras envueltas en trapos empapados de gasolina y acercados a la llama antes del lanzamiento.
Al inicio del incendio, una mujer y el niño huyen de la casa. Luego otra mujer y un hombre intentan huir, pero son abatidos por los tiros de los guardias. El resto de los revolucionarios mueren abrasados vivos en el inmueble.
Son las ocho de la mañana. Rojas ha conseguido lo que quería. El pueblo casi entero está acojonado en sus casas. Pero, por alguna razón, juzga que aún hay que dar un paso más. Ordena registrar las casas una por una y proceder a la detención de sospechosos. Se generó una cuerda de 14 detenidos que, inexplicablemente, fueron fusilados, desarmados y atados, tras haber sido paseados frente al cuartelillo que horas antes tenían sitiado.
Los hechos hacen mella en la conciencia del teniente Fernández Artal, el cual probablemente tuvo algo muy parecido a un ataque de ansiedad. Rojas lo tranquiliza y de paso le recuerda que lo mejor que puede hacer es cerrar la boca sobre lo que ha visto y, luego, toma el camino de Madrid.
El día 12, el ministerio de la Gobernación, actual del Interior, regentado por Casares Quiroga, informa en una nota de los hechos de Casas Viejas. Da una cifra aproximada de víctimas (18 o 19), se refiere únicamente al episodio de la casa y los sitiados, asevera que la operación se realizó con bombas de mano y cita el incendio sólo para justificarlo como consecuencia de las mismas. Los hechos, sin embargo, habían tenido muchos testigos, especialmente desde las trochas de los alrededores del pueblo. Campesinos que pudieron huir de la represión posterior fueron a Medina Sidonia y comenzaron a contar lo que habían visto. El día 15, dos periódicos de Madrid deciden destacar enviados especiales. La Libertad envía nada menos que a Ramón J. Sender; y La Tierra envía a Eduardo de Guzmán, quizá su mejor informador y autor de interesantes libros sobre la República y la Guerra Civil. Pese a luchar con el mutismo oficial, de la mano o la pluma de estos enviados, el día 19 la prensa empieza a publicar retazos de verdad.
En aquel entonces la República tenía una costumbre hasta cierto punto insana por lo poco ejemplarizante que ha heredado nuestra democracia, y es ésa de dar a los parlamentarios más vacaciones que las de la hija del marqués. El Parlamento no abre sus puertas hasta el 1 de febrero pero, para cuando lo hace, lo hace para servir de caja de resonancia del enorme follón de Casas Viejas. Ese mismo día Eduardo Ortega y Gasset, diputado radical-socialista (y, por lo tanto, teórico socio del gobierno) presenta una interpelación y un informe en el que asevera con precisión que once personas han sido asesinadas mientras estaban atadas e inermes. Casares (inexplicablemente, diría yo) ni siquiera está en el hemiciclo, así pues tiene que contestar el subsecretario, Carlos Esplá, el cual hace un papelón que apenas calla las bocas menos exigentes.
El día 2 ya es Lerroux, es decir el jefe de la minoría opositora al gobierno más numerosa, el que se levanta, provocando la contestación del mismísimo Azaña, jefe de gobierno. En esta intervención, Azaña utiliza esa típica estrategia que dice que cuando no quieras hablar de lo particular, extiéndete en lo general. Azaña se lanza a peroratas sobre la acción general del gobierno y sobre Casas Viejas, además de decir que ya está todo aclarado, pronuncia la célebre, desgraciadísima frase, de «en Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir». Esta frase sólo se justifica aceptando que Azaña era tonto, que en mi opinión puede ser con mucha mayor probabilidad de lo que habitualmente se acepta; que, en ese momento, no supiera realmente lo que había pasado en Casas Viejas (pero si dijo eso sin saberlo, alto tonto sí que era); o ambas cosas a la vez.
Se propone la creación de una comisión parlamentaria. El gobierno, que tiene casi 20 muertos sobre la mesa, tiene el cuajo de rechazarla (123 votos a 81).
A los hagiógrafos de don Manuel Azaña les gusta recordar que, tras este debate, el presidente del Gobierno se aplicó a saber lo que realmente había pasado en Casas Viejas y de hecho encargó al teniente coronel Romeu una investigación. Todos estos datos son ciertos. Pero, sin embargo, no dejan de formar parte de una, a mi modo de ver, excesiva comprensión para con Azaña. El 2 de febrero, cuando se levanta en las Cortes para contestar a Lerroux, han pasado ya 20 días desde la matanza de Casas Viejas, y los abrumadores testimonios publicados por la prensa hacen imposible a nadie creer que la versión de Casares es la correcta. De hecho, el gesto de Azaña, encargando una investigación propia, deja ver claramente que él mismo lo piensa. Resulta muy difícil de creer que Azaña fuese a la sesión del día 2 completamente ciego. Que no supiera aún con certeza, tiene un pase. Pero que ni siquiera sospechase, eso no se lo cree ni el que asó la manteca. Así pues Azaña, en las Cortes, se levantó, si no para mentir, sí para sospechar que estaba mintiendo.
El 13 de febrero, en su diario, Azaña dice que recibe noticias de Casas Viejas y que se teme lo peor. Esta entrada del diario sirve para que quienes creen en él sustenten que antes no sabía nada. Pero eso mismo convierte a Azaña en un presidente del Gobierno delante del cual los policías se cargan impunemente a más de 15 personas y él se tira un mes entero sin saberlo.
El día 23 el diputado Salvador Sediles, sobreviviente de la sublevación de Jaca por cierto, hace público en el parlamento las averiguaciones hechas por los diputados por libre y sobre el terreno. Es la primera vez que en las Cortes se oye completa la versión real de lo ocurrido.
Azaña se levanta a contestar. Lo que hace es dividir los hechos en dos periodos distintos. Hay uno que va hasta las 8 de la mañana del 12 y otro que ocupa lo que ocurrió después. Del primero asevera que se respetó la legalidad a machamartillo. Y, sobre el segundo, realiza un retruécano políticamente irresponsable, o mejor yo diría impresentable: «¿Tenemos nosotros algo que ver con el que haya podido faltar a sus obligaciones en Casas Viejas ni en ninguna otra parte?» Acojonante. Un presidente del Gobierno confesando, negro sobre blanco, que si alguien, utilizando el aval de formar parte de las fuerzas de seguridad, va y se pasa metiéndole unos tiritos a unos mataos, él no tiene por qué ser responsable. De la bronca que se montó el gobierno se hizo tanta caquita que se le disolvió el cuajo y acabó por permitir la formación de la comisión parlamentaria (173 votos contra 130).
Para aquel entonces el principal implicado en la cuestión, el capitán Rojas, estaba tratando de tapar bocas. Viajó a Sevilla para tratar de tranquilizar al cada vez más histérico Fernández Artal. Pero, sin embargo, mientras estaba haciendo eso, cinco capitanes de Seguridad firmaban un acta, que hacían llegar a Azaña, en la que, entre otras cosas, declaraban que en enero de 1933 el Director General de Seguridad les dio instrucciones «de que en los encuentros que hubiera con los revoltosos con motivo de los sucesos que se avecinaban en aquellos días, el gobierno no quería ni heridos ni prisioneros». Obsérvese que el acta pone en los labios de Menéndez las palabras «el gobierno no quiere». Para más inri, además de a Azaña, le enviaron el acta a un diputado de la oposición, el radical Tomás Peyre.
Los firmantes del documento fueron apartados del servicio y expedientados. Azaña, por su parte, llamó a su presencia a Rojas, quien confirmó en la entrevista haber recibido las órdenes y, consiguientemente, avaló el acta, aunque aún negaba las ejecuciones a sangre fría.
El 2 de marzo, la oposición ensayó una nueva censura al gobierno por el asunto de Casas Viejas. Azaña se defendió calificando el acta de los capitanes de movida política. Hubo quien pensó que había saltado la valla y que saldría de aquélla con los cojoncillos en su sitio. Pero apenas unas horas después, el día 3, Fernández Artal estalló. Estando en Madrid, se sinceró con sus compañeros del cuartel de Pontejos, los cuales le recomendaron que hablase, por lo que prestó en la DGS, y ante un abogado del Estado, una declaración en la que confirmaba la producción de ejecuciones sin legalidad alguna.
La publicación de esta confesión provocó la dimisión de Menéndez, incapaz ya de permanecer en el cargo. El consejo de ministros, en reunión de urgencia, ordenó un careo ante el juez de Rojas y Fernández Artal. Si lo montó para solucionar el asunto, la cosa le salió mal, porque fue Rojas el que se derrumbó y acabó por reconocerlo todo.
El 7 de marzo, mes y medio después de los hechos y dos semanas después del informe Sediles, Azaña se levantó en el Parlamento para reconocer los fusilamientos por primera vez. Presentó el nombramiento del juez especial como una demostración de la preocupación del gobierno por esclarecer los hechos.
El 10 de marzo, la comisión parlamentaria culminó sus trabajos, en los que hablaba de fusilamientos sumarios ordenados por la Dirección General de Seguridad. Se exculpaba totalmente a los miembros del gobierno. El 16 de marzo, la oposición boicoteó la votación de este dictamen, que quedó aprobado por 210 votos contra uno.
Sin embargo, la aritmética parlamentaria no lo es todo en democracia. El gobierno perdió, seguidas, las elecciones municipales parciales de abril de aquel año y, después, las convocadas para las vocalías del Tribunal de Garantías. La gota malaya de la oposición obligó a Azaña a dimitir en septiembre de 1933. Pocas semanas después, la derecha arrasaba en las urnas.
¿Cuál es la valoración que cabe hacer de Casas Viejas? Muchos historiadores han destacado, en los últimos años, la inocencia básica de Azaña, sosteniendo que el presidente del gobierno no supo de la existencia de los asesinatos impunes como muy pronto hasta el 19 de marzo. A mi modo de ver, esta interpretación no tiene pase. En democracia, como bien le recordarían una vez a Felipe González hablando del GAL, un presidente del gobierno es culpable tanto de saber, como de no saber. Porque el presi que no sabe que el seno de su administración se viola la ley es culpable de no saberlo, como lo es quien ordena dicha violación a sabiendas.
A mi modo de ver, además, en la oscuridad de esta historia queda desdibujada la figura de Arturo Menéndez. Es muy difícil pensar en un director general de Seguridad que da por su cuenta y riesgo una orden tan tajante como evitar la producción de heridos o prisioneros. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que eso es algo que se acabará volviendo contra uno mismo si, finalmente, sale a la luz y verdaderamente no se cuenta con apoyo de arriba. Así pues, me resulta muy difícil de creer que, cuando menos, don Santiago Casares Quiroga no estuviese informado, cuando no fuese el padre de la citada instrucción. Y, nuevamente, me cuesta creer que un ministro del Interior dé una orden así sin tener claro que Manitú la apoya.
Bartolomé Barba, capitán del ejército y destacado militar proalzamiento (fundaría la Unión Militar Española) fue por ahí contando, en esos días, que el día 11 se encontraba de guardia y que escuchó a Azaña decir «ni heridos ni prisioneros; tiros a la barriga». La mayoría de los historiadores se inclinan por pensar que esto fue una invención opositora y que Azaña nunca dio esa instrucción. Muy probablemente, es así. Don Manuel Azaña no es un asesino. Es, tan sólo, un mal, bastante más malo de lo que se suele decir, presidente del gobierno.
La República, además, acabó por abrochar con este asunto de Casas Viejas uno de sus esperpentos legales más acendrados. Porque el ya ex director general de Seguridad vio su causa sobreseída en el proceso por los sucesos; proceso en el que el capitán Rojas fue condenado a 21 años de prisión. Quizá por el cabreo que se pilló por comerse el marrón él solito, llegada la guerra Rojas se pasó al otro bando y participó en la represión en Granada.
sábado, abril 25, 2009
Los Teofilatos (y 3)
Otón, apenas un joven de 18 años, ambicionaba el nostálgico proyecto de recrear en la ciudad los viejos oropeles de la perdida civilización romana. Se hacía llamar Italicus Saxonicus, a la antigua usanza, y realizó nombramientos entre los nobles romanos que venían más o menos a coincidir con los existentes en los tiempos antiguos. A Gregorio Teofilato, por ejemplo, lo nombró prefecto de la flota. La flota no existía, pero existía la boca del Tíber, sobre la que el prefecto ejercía poder, cosa que Gregorio comenzó a hacer para su beneficio. Esto, probablemente, lo enfrentó con el emperador, con lo que Gregorio, ni corto ni perezoso, se alió de nuevo con sus viejos amigos romanos y le montó a Otón un golpe de Estado en toda regla. Italicus Saxonicus, así, fue sitiado en el palacio del Aventino durante tres días completos. Sitiados por el tusculano, el emperador y el Papa Silvestre salieron cagando virutas de Roma el 16 de febrero del año 1001.
Es verdaderamente desgraciado el destino de este Otón. En efecto, en la defensa de Italia, había derramado la sangre de sus germanos y ya no tenía ejército. Así pues, fue rápidamente olvidado por quienes antes le habían obedecido, y vagó durante dos años, hasta su muerte, crecientemente desequilibrado y deprimido. Silvestre, protegido por su fama de nigromante, regresó a Roma, donde no fue acosado. Murió en mayo del 1003. Su epitafio, que puede consultarse en el Liber Pontificalis, es enigmático a la par que amargo: «el mundo, al borde del triunfo, su paz ahora desaparecida, se retorció de dolor, y la tambaleante Iglesia olvidó su descanso».
A la larga, y a la corta también, el epitafio del sabio Silvestre se rebeló muy acertado. Su muerte despertó automáticamente todos los antagonismos internos en la lucha por el papado. Tras dos nombramientos de transición, se impuso la figura, y la espada, de Gregorio el Tusculano, el cual impuso a uno de sus hijos en el papado. Murió el Papa joven, y entonces la tiara pasó a otro de sus hermanos. Así de simple. Y, cuando este hermano murió, el papado quedó, ya, definitivamente en bragas. Con el nombre de Benedicto IX, fue elegido Papa Teofilato, nieto de Gregorio de Tusculum.
Tenía catorce años.
Catorce.
Años.
Si Octaviano se las arregló para hacer del papado algo escandaloso, Teofilato consiguió convertirlo en algo ridículo, patético. Seis meses después de haber ocupado el Laterano, Benedicto Teofilato sufrió un primer golpe de Estado cuando oficiaba una misa (hay que imaginarse la escena: un tipo que anda por tercero de la ESO, con la tiara puesta y cantando la misa...) en la basílica de San Pedro. A Teofilato lo salvó la coincidencia astronómica de que se produjese un eclipse de sol que sus asesinos tomaron como un mal presagio, por lo que salieron de la iglesia por patas.
En una cosa se parecía Teofilato a su pariente y antecesor Octaviano: era un mujeriego. Esto jodió a los romanos, los cuales albergaron nuevos planes de clasificarlo por la B de Varios o, como se dice hoy, multiplicarlo por cero. Así pues, Benedicto huyó a Alemania, donde procuró la protección de Conrado, el rey local. Una vez más, un Papa sacó a relucir el juguetito de la corona imperial, y Conrado tragó el anzuelo. Benedicto excomulgó al arzobispo de Milán, que comandaba una coalición lombarda para frenar a Conrado, y regresó a Roma rodeado por un fuerte contingente de teutones.
En los dos años que siguieron, Teofilato Benedicto dejó chiquito a su pariente Juan XII. El Papa se gastaba las muchas riquezas obtenidas de honrados peregrinos en contratar mercenarios y echar polvos con putas. Aunque todo eso existía sólo por el apoyo militar de los alemanes. Cuando estos se fueron (eran mercenarios, y no iban a pasarse la vida lejos de sus casas), Teofilato, inteligentemente, cogió el canasto de las chufas y se fue a Tusculum, donde su tío, ya conde, le acogió. Allí, abrigado por los suyos, Benedicto reflexionó y se dio cuenta de algo obvio: todo el peligro de muerte que pendía sobre él, que era mucho, estaba justificado en el hecho de que fuese Papa. Así que decidió dejar de serlo ya que, entre otras cosas, quería casarse.
Pero quería seguir siendo millonario. Primero pensó en arramblar con las riquezas vaticanas, como de hecho habían hecho otros pontífices antes que él; pero se encontró las arcas vacías. En esas condiciones, lo único que podía hacer era vender el papado, es decir, obtener un préstamo contra los beneficios futuros de la institución. Buscando alguien a quien le gustase aquello contactó con su padrino, Giovanni Gratiano, arcipreste de la iglesia de San Juan de la Porta Latina. Padrino y ahijado/Papa cerraron el trato por 1.500 libras de oro.
Hay mucha gente que piensa que el movimiento de Gratiano fue bienintencionado. De hecho, don Juanito tenía aquel dinero ahorrado para restaurar una iglesia, lo que nos hace pensar que era piadoso y esas cosas. De hecho, su compra fue asesorada por dos prelados, el monje Hildebrando y Pedro Damián, que eran conspicuos representantes de un movimiento reformador de la iglesia que eliminase la corrupción de la curia.
Bueno, el caso es que, después de pagar 1.500 libras de oro, Giovanni Gratiano se convirtió en el vicario de Cristo en la Tierra con el nombre de Gregorio VI.
La verdad es que Gregorio poco hizo. Las finanzas vaticanas eran un desastre y Roma precisaba un tuneado a fondo. Pero no fue ése el peor problema. El peor problema es que Benedicto, que se había retirado inicialmente a los Montes Albanos, se aburrió pronto de lo de casarse y tal y, además, es de suponer que se le acabó la pasta. Así que regresó a Roma y reanudó su pontificado, sólidamente apoyado por muchos teólogos, los cuales sostenían un sutil argumento que bien demuestra lo chorras que puede llegar a ser esto del derecho teológico: al haber cometido el Papa simonía, su acto no era válido. Así pues, Gregorio no era Papa y quien, en consecuencia, permanecía en el cargo, era precisamente el Papa que había cometido simonía.
Para terminar de joder la marrana, Silvestre III, un Papa o Papillo o Papete que se había hecho nombrar durante la primera huida de Benedicto, regresó también a Roma.
Si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. Tres Papas en Roma, a la vez. Flipante.
Hartos de tanta mamonada, los romanos se fueron a ver al emperador, a quien llevaban combatiendo durante siglos, y le entregaron la ciudad. Llegó el 20 de diciembre del 1046 para presidir un sínodo cuyo tema principal fue qué hacer con aquellos tres capullos. A Silvestre III se lo quitaron de enmedio enseguida, pues formalmente nunca había sido nombrado Papa. Al pobre Gregorio acabaron convenciéndolo de que se quitase de enmedio, así pues se exilió en compañía de Hildebrando (quien ni de coña había dicho su última palabra).
El tercer acto fue deponer a Benedicto y poner a un candidato imperial. Pero Benedicto, que había huido a Tusculum, regresó en cuando los alemanes volvieron grupas hacia casa y se dedicó a dar por culo entre los romanos, excitando su costumbre de tener papas nombrados por ellos, y no por un sucio teutón de mierda. El cuento le duró ocho meses. Porque cuando, en julio del 1048, el emperador Enrique III se presentó en Roma con su pandi, a Benedicto no le apoyaron ni los hobbits.
Tras huir de Roma, Benedicto murió, nadie sabe a ciencia cierta cómo. Su hermano, conde reinante en Tusculum, logró colocar en el papado a un pariente, pero sólo durante unos meses. La suerte de los Teofilatos se había acabado. Fueron las fuerzas imperiales, y muy especialmente Hildebrando, los que tomaron las riendas del papado y comenzaron a hacerlo fuerte. 30 años después, en Canosa, el papa Gregorio VII, que un día había sido monje y se había llamado Hildebrando, humilló a sus pies al emperador romano-germánico. Otra cosa que hizo fue retirar a los romanos el monopolio de facto para el nombramiento del obispo de Roma, así como la creación del Colegio Cardenalicio para así generar una élite de poder donde otros no pudiesen meter cuchara.
El mejor resumen de la obra de los Teofilatos es, para mí, la alocución de Arlondo, obispo de Orleans, en el concilio de Reims:
«¡Oh, Roma, cuán digna eres de compasión y qué espesas tinieblas han sucedido a la dulce luz que derramabas sobre nuestros cielos! Allí resplandecían los León, los Gregorio, los Gelasio... Entonces, la Iglesia podía llamarse universal. ¿Por qué hoy tantos obispos, ilustres por su ciencia y virtud, se han de someter a los monstruos que la deshonran? Si el hombre que se sienta en ese trono sublime carece de caridad y de sabiduría, es un ídolo; lo mismo daría consultar a un trozo de mármol. ¿A quién, pues, acudiremos cuando tengamos necesidad de consejo sobre las cosas divinas? Volvamos hacia Bélgica y Germania, donde brillan tantos obispos, lumbreras de la religión, e invoquemos su juicio, ya que el de Roma se vende a peso de oro y pertenece al que ofrece más. Y si, oponiéndose a Gelasio, alguno nos dijera que la Iglesia romana es juez nato de todas las iglesias, le responderemos: ¡Comenzad por colocar en Roma un Papa infalible!»
Este apasionante balance es obra, en buena parte, de los Teofilatos. Cuyo nombramiento, teóricamente, fue iluminado por el Espíritu Santo.
jueves, abril 23, 2009
Los Teofilatos (2)
El Santo Padre reinante murió tan sólo un año después. Así pues, la principal silla de la cristiandad, el lugar reservado para el deputy god de la Iglesia católica, fue ocupado por un jovencito imberbe, tan bien educado que apenas chapurreaba el latín, y del que lo mejor que se puede decir es que era un puto broncas. Octaviano eligió el nombre de Juan XII, con lo que inició la costumbre papal de elegir un nombre distinto del que se ha tenido hasta entonces. Las crónicas de la época, que en todo caso pueden no estar exentas de alguna exageración, lo acusan de cositas como convertir el palacio Laterano en un lupanar y beneficiarse a peregrinas en la misma basílica de San Pedro. Un angelito. Aparte de ludópata, no tenía medida con las tías que le hacían tilín, regalándoles posesiones y aún joyas del tesoro vaticano.
Su error fue regalar tierras, porque eso ponía en peligro la posición de las casas nobles ya existentes. Éstas se aglutinaron alrededor de Berengario, que había sucedido a Hugo como rey de Italia. Pero Juan/Octaviano tenía sus métodos. Por ejemplo, llamar en auxilio al monarca germánico Otón, que ambicionaba ser emperador; el cual, al fin y al cabo, y merced a la chorrada de la donación de Constantino, tenía que pasar por el Vaticano para lograrlo.
Otón de Sajonia era la gran esperanza blanca del sueño imperial que Europa no había abandonado nunca, aunque en los tiempos que relatamos el referente mítico ya no era tanto el imperio romano como los bellos tiempos del carolingio, siglo y medio atrás. Otón era un gobernante decidido y con visión integradora, así pues logró colocar bajo su espada a los muy diversos condados alemanes. Pero lo que lo hizo grande más allá del equivalente a Deutschland fue que logró frenar en seco a los hunos, invasores que acojonaban, y de qué manera, a los europeos. El 10 de agosto del 955, en Ausburgo, Otón les dió a los hunos hasta en el cielo de la boca. La batalla de Ausburgo es injustamente olvidada por aquéllos a los que les gusta atesorar batallas sangrientas, porque allí murieron hasta los piojos de las cabezas de germanos y orientales. El ganador de la batalla, es decir Germania, tuvo decenas de miles de bajas aquel día; así que tratad de imaginaros la pila de muertos que se produjo en el bando de los hunos.
Otón fue vitoreado por los supervivientes de Ausburgo como Imperator; algo que no se escuchaba en los bosques de Europa de mucho tiempo atrás. Podría sentirse, sin lugar a dudas, el sucesor de Carlomagno; al fin y al cabo, gobernaba sobre un territorio sobre el cual había sentado sus reales un día el ancho y brutal rey franco. Sin embargo, hay algo que Otón no tenía y Carlomagno sí; el francés había tenido un León XIII que, sentado sobre la pretendida (falsa) legitimidad otorgada por Constantino, había coronado a Carlos como emperador y, consecuentemente, sucesor de esos emperadores a quien todos admiraban, nimbados por la niebla de la Historia. Pero la decisión de coronar a un emperador germano por el Papa Formoso había provocado unos de los mayores conflictos que jamás se vieron en Roma, y Otón lo sabía. Por eso, cuando se presentó en la ciudad eterna, el 2 de febrero del 961, lo hizo abrumadoramente rodeado por sus rubios pretorianos.
Llegaron hasta las escaleras de San Pedro en medio del sepulcral silencio de los romanos. Al llegar allí, Otón descabalgó, pero se guardó de ordenar a su escudero Ansfield que siguiese detrás de él con la espada preparada. Arriba se encontró con el joven Papa Juan, quien le introdujo, en medio de una procesión, en la basílica oscura. Y allí, junto a la tumba de San Pedro que había sido saqueada de sus tesoros, lo coronó y dio nacimiento a lo que conocemos como Sacro Imperio Romano-Germánico.
Todo parece indicar que Juan, en su estupidez de camorrista de medio pelo, de Latin King de la Salvación, creyó estar dándole a un salvaje un puñado de abalorios sin valor. Quizá creyó que el puto alemán tomaría su coronita de mierda y se volvería a los bosques a adorar a los árboles, creer en espíritus y, lo más importante, a dejar de dar por culo. Es normal que alguien tan egoísta y limitadito como este Vicario de Cristo juerguista y mentiroso no se diese cuenta de que tenía delante de sí a uno de esos raros especímenes que de vez en cuando brotan en el mundo del poder, capaz de mirar más allá y tener planes ambiciosos, históricamente hablando.
Otón tenía ya cincuenta años. El Papa Juan tenía 20 y la costumbre de ir empalmado por la vida. Lo primero que hizo el alemán nada más ser emperador fue llevárselo a un aparte y darle la brasa con que se dejase de vidas licenciosas. Juan miró al suelo y fingió haber visto la luz. Pero sólo lo hacía para quitarse de enmedio al puto viejo. En cuanto Otón abandonó Roma, dos semanas después, y convencido de que el alemán le quería gobernar (y la verdad es que no se equivocaba), ¿qué hizo este Octaviano, signo y cumbre de la honradez y la hombría de bien? Pues ofrecerse a coronar emperador ¡a su enemigo Berengario!, a cambio de su apoyo. Cuando Berengario se negó, más que nada porque bastante tenía con conservar la cabeza unida a los hombros con la de hostias que le estaba arreando Otón, Juan se lo ofreció al hijo de don Beren, Adalberto. Lo cual riza el rizo de las putadas de este Papa venal (uno de los varios, por no decir muchos, de la lista), pues Adalberto, para presentar batalla a Otón, se había aliado con los sarracenos de Provenza. Dicho de otra forma: la alianza del Papa con Adalberto abría las puertas de Roma a los musulmanes. ¡Ole con ole y ole!
Por cierto, visto que Adalberto no se decidía, Juan llegó a negociar con los bizantinos y hasta con los hunos.
Otón, quien se resistía a perder la ilusión de que Juan pudiese reformarse, decidió enviar a un propio a Roma para comprobar con sus propios ojos que estaba haciendo todas las cabronadas que se le atribuían. Ese enviado fue nuestro amigo Liutprando de Cremona, el que apelaba de puta para arriba tanto a la abuela como a la bisabuela de este cráneo previlegiado. El monje, a su llegada a Roma, se encontró a un Papa altivo y desafiante, dispuesto a incumplir las promesas de reforma que le había hecho por carta al emperador y acusándole a él de haberle traicionado. Pero, de todas formas, antes de que el monje regresara a los reales del germano, éste se movió, pues en el interín Adalberto resolvió sus dudas y decidió ir a Roma a ser coronado emperador por el Papa.
La sola noticia de que Otón se dirigía a Roma (lo hizo con lentitud porque era verano y en verano la efectividad de sus tropas norteñas se reducía) levantó a los romanos contra el Papa y Adalberto, que fueron poco menos que cercados por el populacho en la residencia del pontífice. Juan, nada más conocer la cercanía del emperador, se dirigió a San Pedro, robó todo lo que pudo y huyó a Tívoli junto con su cómplice.
Nada más llegar a Roma, Otón, con la ayuda de Liutprando, convocó un sínodo. Tenía que desplegarse con mucha mano izquierda pues los prelados de la curia eran tipos muy especiales (siempre lo han sido, lo siguen siendo y es de suponer que lo serán siempre). Habían visto a papas ladrones, violadores, incapaces de mantener su palabra, pero todo eso como que lo asumían. Lo que por lo visto no podían asumir es que un seglar (Otón) se atreviese a cesar a un Papa.
Otón elaboró una pormenorizada lista de delitos cometidos por el Santo Padre y le conminó a acudir al sínodo a defenderse, eso sí garantizándole que sería juzgado según los cánones de la Iglesia, lo cual en realidad daba igual porque sería muy difícil encontrar uno solo en el que el señor pontífice no hubiese hecho sus necesidades. Juan respondió con una carta en la que amenazaba de excomunión a todo aquél que nombrase otro Papa. El sínodo le respondió recordándole, entre otras cosas, que la redacción de su carta era «más propia de un muchacho estúpido que de un obispo» (de donde se deduce que hasta entonces no se habían dado cuenta de que Octaviano sólo era un muchacho estúpido) y le devolvían la amenaza de excomunión en su persona si no se presentaba. Finalmente, la racionalidad llegó al sínodo, se depuso a Juan y se eligió a León VIII. Aunque Otón hizo un esfuerzo político con este nombramiento, pues el Papa era romano, el hecho de que los romanos no hubiesen tenido nada que ver en su elección soliviantó a los vecinos de la ciudad, acostumbrados a nombrar papas prácticamente en exclusiva. Otón sofocó la rebelión pero, instantes después, tuvo que abandonar la ciudad para perseguir a Berengario y Adalberto.
Momento aprovechado por Juan para regresar.
En el 964, el Papa depuesto convocó un sínodo al que acudieron solamente unos 30 prelados literalmente cagados de miedo, pues todos habían votado la deposición del Papa. Ésa fue la señal del declive de Juan, y del papado. Con sus imbecilidades, Octaviano había conseguido colocar el solio pontificio quizá en la peor posición de toda su Historia. Es posible que nunca antes, y nunca después, del reinado de este Teofilato rijoso y vendepatrias, haya el papado significado tan poco más allá de las murallas de Roma; y digo esto a despecho de cismas y otras situaciones bien comprometidas. La situación era especialmente jodida en uno de los grandes viveros del catolicismo europeo, Francia, que parecía mostrarse proclive a escindirse, y lo justificó apelando al Papa, al loro, de «monstruo desprovisto de todo conocimiento humano y divino, desgracia del mundo». Como decimos en mi tierra: ¡Ca... rallo!
Juan consiguió el frágil apoyo de los obispos que quedaban en Roma a base de medidas tan evangélicas y propias del Vicario de Cristo como azotar o amputarle la nariz a los disidentes. Pero no logró nada, porque los curas europeos habían tomado ya su opción por Otón, por muy seglar que fuese.
Como fin lógico al sainete de la vida de Octaviano, ésta se extinguió cuando aún Otón estaba camino de Roma con la intención de apiolárselo. Al Papa de Roma lo mató un marido ultrajado que le sorprendió en el acto de tirarse a su mujer, y que, en consecuencia (y es que hay que ver la cantidad de gente descreída que hay que no respeta las púrpuras) le arreó tal mano de hostias que Juanito la espichó tres días después.
Otón llegó a Roma y sometió a la ciudad. Ésta se rebeló. Esto pasó varias veces durante el reinado de Otón, y el de su hijo Otón II, y el de su nieto Otón III. Allá por el año 1000, los Teofilatos parecían definitivamente alejados de la Historia. Pero no fue así. Eran condes de Tusculum, y todavía darían más guerra.
martes, abril 21, 2009
Los Teofilatos (1)
Corre, más o menos, el año 890. De Tusculum llega a Roma un tal Teofilato. Aquella era una emigración bastante normal. Roma es la metrópoli y Tusculum una pequeña ciudad etrusca donde los límites para los ambiciosos son demasiado estrechos. Sabemos poco de la vida de Teofilato, pero lo suficiente como para asumir que supo encontrar el éxito. Recibe los títulos de duque y de senador, además ser juez imperial. Durante el calificado como Sínodo Horrendo, del que tal vez hablemos algún día, Teofilato tuvo los cataplines de apoyar al partido de Sergio, a pesar de que éste había tenido que salir de Roma; pero no le salió mal la jugada, por cuando Sergio acabó regresando a la ciudad eterna. Esto, sin duda, le confirió poder e influencia. Pero, sin embargo, como los historiadores han destacado muchas veces, aproximadamente a partir del año 900, todos los registros que se conservan dejan de hablar de él para hablar de su mujer, Teodora. A todas luces, su esposa tomó el poder en su lugar, y lo ejerció.
Hay un problema al valorar históricamente a las mujeres destacadas de la antigüedad. La forma más sencilla de atacar a una mujer cuando se es contrario a ella es apelarla de zorra, de puta, de pendón desorejado. Esto siempre ha sido así: un hombre follador es un tipo que aprovecha las cosas que le ofrece la vida, pero una mujer promiscua es la hez. La principal fuente histórica de aquella época son los escritos de un monje, Liutprando de Cremona, decididamente contrario a los Teofilatos, y muy especialmente a las Teofilatas. Califica a Teodora de «ramera sin vergüenza» y asevera que gobernó Roma como un hombre (¿quiere eso decir que la gobernó mal?). Nos informa de que tuvo dos hijas, Marozia y Teodora, que superaron a la madre en puterío. Como digo, es dable sospechar que parte de esta violencia verbal se debe a la exageración del escritor (y me refiero a Teodora hija). Aunque algo de verdad debe haber a la luz de los datos que conocemos; por ejemplo que Marozia, casi casi con su primera regla, se quedó embarazada nada menos que del Papa Sergio, y tuvo un niño que sería, asimismo, Papa.
Lo que sí es bastante claro es que en el 911, a la muerte del Papa Sergio que era el auténtico capo di tutti cappi romano, Teodora madre, que había explotado adecuadamente el hecho de que su jovencísima hija Marozia era la que alegraba el pilingui del Santo Padre, se convirtió en el primer poder de la ciudad. Al principio, Teodora se anduvo con cuidado y es por eso que fueron papas dos de los hombres de su círculo político, los cuales, sin embargo, fallecieron muy poco después. Tras estos dos experimentos, Teodora resolvió jugar fuerte e imponer en el papado a su amante, el obispo de Rávena. Juan, obispo, se convirtió en Juan X, Papa, en el 914.
Teodora casó a su hija Marozia, que se había quedado algo parecido a viuda después de que el Papa Sergio la palmase, con un noble italiano, Alberico, marqués de Camerino. Alberico era un soldado. Había conseguido el marquesado a hostias y una vez conseguido había consolidado una tropa de mercenarios veteranos que fueron la dote que, con seguridad, Teodora valoró. La boda de Marozia supuso el traslado a Roma de aquellas fuerzas del orden, lo cual sirvió para poner a la ciudad definitivamente bajo el control de los Teofilatos.
Dicen los que saben de esto que el Papa Juan X no cumplió con lo que cabía esperar de su llegada al pontificado. Su vida se había reducido a ser un monje que le hizo tilín a Teodora, a partir de cuyo momento fue ascendiendo en el escalafón católico. Así pues, cabe esperar que hubiera sido un Papa venal y cabroncete, como otros tantos muchos. Más no fue así, pues, al parecer, fue un hombre de Estado más que razonablemente aceptable.
Además, a Teofilato, Juan y Alberico, que ahora gobernaban Roma a pachas cada uno en su esfera de poder, les cabe el mérito histórico de haber impulsado y dirigido la última campaña militar exitosa del ejército romano, el mismo que de la mano de Mario, Pompeyo el Magno, de Marco Antonio, de Quinto Sertorio, de Julio, de Marco Agripa, de Germánico, de Trajano, de tantos y tantos otros, había sido el ejército más poderoso del mundo. Formaron una liga italiana con la que consiguieron lo que aquí en España no conseguimos, que fue impedir la penetración sarracena en el país.
No obstante, aquella coalición era más frágil de lo que parecía. Marozia, en realidad, odiaba al amante de su madre, el Papa y, consecuentemente, cuando Teodora murió, su posición se hizo delicada. Así que Juan hizo lo que se ha hecho de toda la vida de Dios en una situación así, que es buscar un aliado. Lo encontró en la persona de Hugo de Provenza, con quien pactó que si le ayudaba, sería coronado rey de Italia. Sin embargo, Marozia también movió pieza y, concretamente, aprovechando que se había quedado viuda de nuevo, le ofreció a Guy, hermanastro de Hugo y señor feudal de la Toscana, en matrimonio. Los esponsales pusieron en manos de la más que probable causa de la leyenda de la papisa Juana un ejército respetable.
Aunque Juan volvió a Roma y logró sobrevivir un par de años, en 928, tras un motín, fue capturado y encarcelado. Marozia lo dejó morir de hambre en su celda de San'Angelo; decisión que, como veremos, fue premonitoria de su mismo destino. Tres años después, Marozia hizo nombrar Papa a su primer hijo, el que había tenido con Sergio. Tenía 20 tacos.
Ser Papa era cosa importante, porque, a causa de la gilipollez de la donación de Constantino (trapacería papal donde las haya, de la que también algún día habría que hablar) todo Occidente consideraba que la decisión de nombrar emperador (y la Europa de entonces se consideraba aún el viejo imperio romano) estaba en manos del sumo pontífice. Marozia ya había colocado a su propio hijo en el sillón de quien tenía que realizar ese nombramiento. Ahora ya sólo hacía falta que el candidato adecuado tuviese suficiente apoyo militar como para que nadie le tosiera caso de ser nombrado. Y tener poderío militar pasaba por amigarse con Hugo de Provenza.
Si Hugo de Provenza hubiese nacido algunos siglos después de cuando nació, probablemente hoy se harían películas sobre él, con algún actor de ésos que sabe hacer de malo-malo en su papel. Aparte de una persona de un sadismo y una propensión a la cabronada realmente refinadas, era el típico gobernante frío para el cual no existían obstáculos. Hay gente que cree que Maquiavelo inventó algo; pero la verdad es que la gente que cree eso suele ser gente que no ha leído demasiado sobre la Edad Media (y el imperio romano o bizantino, no digamos).
Otra característica de Hugo es que era notablemente rijoso, hasta el punto de que en una tierra como aquella Italia, en la que se follaba en las horas pares y en las impares también, y se hacía en panaderías, aceras, sacristías, criptas y lo que cayese, en un mundo así, digo, su corte era considerada un burdel. Es natural que Marozia le pareciese un trofeo atractivo. Sin embargo, no podía casarse con ella porque Marozia, como sabemos, estaba casada con su hermanastro Guy. Ni corto ni perezoso, Hugo mancilló sin un pestañeo la memoria de su madre declarando que Guy era un bastardo y, cuando éste protestó, lo encarceló y, una vez allí, hizo que le arrancasen los ojos. Además, ya estaba casado. Pero su esposa tuvo el detallazo de morir a tiempo para que él se pudiera presentar en el 932 en Roma para desposar a Marozia.
Todo iba bien. Pero había una pieza suelta.
No sé si lo recordáis, pero Marozia había tenido un hijo con Alberico de Camerino, al que puso el mismo nombre. Hijo de guerrero, era al parecer tan sanguíneo como su padre y, además, cosa importante, conocía a Hugo de Provenza y sabía bien que a su ahora padrastro no le temblaría el pulso a la hora de cegarlo o asesinarlo. Tras un incidente menor (Alberico fue obligado a servir el agua con que Hugo se iba a lavar las manos, la derramó sobre él a propósito y el padrastro lo abofeteó), Alberico salió de San'Angelo y se ofreció al pueblo de Roma para liderar una rebelión contra la dominación provenzal. El mensaje se dirigió a uno de los pueblos que, la Historia lo demuestra, más proclive es, o era, a coger el bate de béisbol y arrearse a hostias con todo lo que se menea. Las turbas rodearon el palacio del santo ángel. Y lo cierto es que Hugo, como casi todos los despiadados, en el fondo era un cagado, pues cuando se enteró, en lugar de presentar resistencia, que habría podido, sólo pensó en salir de allí.
Marozia fue atrapada y, al parecer, porque no está muy claro, su hijo Alberico resolvió no mancharse las manos con su sangre. Casi. Porque no la mató pero, al parecer, la hizo meter en los sótanos de San'Angelo, donde la emparedó para que se muriera de hambre y de sed. Era su madre, desde luego; pero estaba casada con un tipo que nunca había escondido las intenciones de apiolarse al joven guerrero y, que se sepa, jamás puso objeción.
Alberico gobernó Roma durante 20 años en los que desposeyó a su hermanastro el Papa de casi cualquier poder temporal. La política de Alberico frente al Papa se parece bastante al concepto que hoy tenemos del Papado; él no se metía en sus cositas de fe, textos sagrados, liturgias y tal, pero no les dejaba mandar en la Tierra. Así pues, aquel reinado de Alberico pareció colocar a los papas en el lugar lógico, bastantes siglos antes de que lo hiciesen realmente, pues el poder temporal del papado es algo perceptible hasta el siglo XIX.
Sin embargo, fue el propio Alberico el que dejó al Papado volver a las andadas por tener la debilidad de creer en su hijo. Octaviano. Un perfecto hijo de puta.
domingo, abril 19, 2009
Ribbentrop (y 2)
En febrero de 1938 Von Ribbentrop consiguió finalmente su sueño de ser nombrado Ministro de Asuntos Exteriores. Hitler quería mover ya el avispero centroeuropeo y Von Neurath, conservador y prudente ya no le servía. En Nuremberg Von Ribbentrop alegaría que a partir de 1938 Hitler fue su propio Ministro de Asuntos Exteriores y en buena medida es cierto. Von Ribbentrop fue más un secretario ejecutor de las órdenes de Hitler que un decisor. Sólo tuvo margen de maniobra real en aquellos temas que a Hitler no le interesaban demasiado, como Oriente Medio, o donde todavía no había tomado una decisión.
Hitler escogió a Von Ribbentrop por su servilismo y lealtad perrunas; otro rasgo que le atraía de él era su inflexibilidad, un mal rasgo para un diplomático. Von Ribbentrop había desarrollado la habilidad de coger al vuelo las opiniones de Hitler y reelaborarlas de manera que sonasen como si fueran sus propias opiniones. Con ello Hitler quedaba siempre maravillado con la sintonía entre sus ideas y las de su Ministro. Pero, por lo demás, Hitler le encontraba envarado, aburrido, pomposo, carente de sentido del humor e irritante por su vanidad.
Recién designado, tuvo que tragar con no jugar más que el papel de comparsa en la anexión de Austria. Estaba tan fuera del juego, que la anexión en sí le pilló en Londres, despidiéndose de las autoridades británicas. Tuvo que pasar por la humillación de que fuesen los británicos los que le dijesen lo que estaban haciendo los alemanes en Austria en esos mismos momentos. Decidió que la próxima vez él tenía que estar en el candelero. Y la próxima vez fue Checoslovaquia.
Durante la primavera de 1938, mientras la crisis checoslovaca se desarrollaba, Von Ribbentrop se ocupó de empeorar las cosas con declaraciones tan belicosas, que hubo algún momento en el que el Embajador británico en Londres llegó a pensar que la guerra entre Alemania y Gran Bretaña era inminente. Al mismo tiempo, procuró reforzar los lazos con Italia y Japón con el fin de formar un frente común frente a los ingleses. La alianza con los japoneses es de destacar por lo estúpida: Von Ribbentrop eliminó dos décadas de relaciones estrechas en lo político y lo militar con China a cambio de sonrisas de unos japoneses que todavía no habían descartado la posibilidad de llegar a un acuerdo con los ingleses. Mientras hacía todo eso, Von Ribbentrop azuzaba a Hitler, asegurándole que hiciera lo que hiciera los ingleses no irían a la guerra. Vamos, la que estaba liando porque se había sentido esnobeado durante su etapa de Embajador en Londres. Desde luego necesitaba una terapia para manejar su agresividad.
Toda Europa recibió con alivio el Pacto de Munich de septiembre de 1938: no habría guerra en Europa a causa de Checoslovaquia. Toda Europa, menos Von Ribbentrop. Le habían privado de la oportunidad de zurrar a los ingleses. De hecho Von Ribbentrop hizo todo lo que estuvo en sus manos para torpedear las conversaciones. Göring y Von Neurath hicieron lo posible para mantenerle al margen de los asuntos. Aunque Von Ribbentrop fue quien rió el último. Firmados los acuerdos, Hitler le dijo que no se preocupase, que ese pedazo de papel no significaba nada.
Años más tarde, Von Ribbentrop se atribuiría todo el mérito del Pacto de No Agresión con la URSS. De anticomunista furibundo en 1936, cuando salió para Londres, había pasado a ser un rabioso anglófobo y ahora los soviéticos ya no le parecían tan malos. Lo cierto es que Von Ribbentrop no fue el único en aquellos años que vio atractivo un acercamiento a la URSS. Estaban los militares que recordaban la cooperación entre ambos Ejércitos en los años 20 bajo el Tratado de Rapallo, estaba Göring, que veía la necesidad de contar con las materias primas rusas, estaban los militares y diplomáticos que deseaban evitar una guerra en dos frentes como en 1914-18…Von Ribbentrop siempre consideró este Pacto su obra maestra. ¿Hasta qué punto se le puede dar todo el crédito por él? Cierto que apoyó con entusiasmo el acercamiento a la URSS, pero no fue el único en Alemania que vio la necesidad de ese acercamiento. Además, en esta ocasión no cometió ninguna pifia memorable. Creo que le podemos otorgar al menos la mitad del mérito.
Incluso en ese momento de triunfo, Von Ribbentrop se las apañó para convertir una victoria en derrota. Con su tendencia a tomar sus deseos por realidades y a sobreestimar los aspectos positivos de las cosas, le había vendido a Hitler que el Pacto Germano-Soviético haría que los británicos retirasen su garantía a Polonia y que Italia reforzase su alianza con Alemania. Nada de eso ocurrió. Von Ribbentrop se encontró con que le había vendido a Hitler más bienes de los que tenía y ahora existía el riesgo de que la invasión de Polonia acarrease una guerra contra Francia y Gran Bretaña que Alemania tendría que combatir sin el apoyo italiano. Durante los días previos a la invasión de Polonia, cuando los británicos intentaban desesperadamente salvar la paz, Von Ribbentrop jugó una influencia nefasta. Tenía ganas de darles fuerte a los polacos y además estaba convencido de que las democracias occidentales no irían a la guerra por Polonia. Cuando el 2 de septiembre se recibió en Berlin el ultimátum británico, Von Ribbentrop aún tuvo los arrestos de decirle a un cabreado Hitler que seguía creyendo que tenía razón y que los británicos no irían a la guerra. Es probable que en agosto de 1939 sin el espoleo de Von Ribbentrop, Hitler se habría tomado más en serio el riesgo de guerra con Francia y Gran Bretaña y habría cancelado la invasión de Polonia.
Una vez hubo empezado la guerra, Von Ribbentrop empezó a ver cómo su importancia disminuía y corría el riesgo de convertirse en irrelevante. Eran los militares y los responsables económicos los que habían tomado todo el protagonismo. Todos se estaban cubriendo de gloria, menos él. Además, una consecuencia de la guerra y de las conquistas alemanas, es que cada vez eran menos los países con los que Alemania mantenía relaciones diplomáticas. Así empezaron para él unos años de actividad frenética, magros resultados y broncas continuas por parte de Hitler.
La campaña de Polonia la pasó en el tren militar de Hitler. Curioso lugar para un Ministro de Asuntos Exteriores, que hubiera debido estar en Berlin parando golpes. En 1940, como entendió que la cuestión judía era de máxima importancia para Hitler y no quería estar lejos de los focos, se convirtió en un defensor de la opción de deportar a todos los judíos a Madagascar. Hay que decir que Von Ribbentrop no era antisemita, pero, por otro lado, jamás se hubiera enfrentado a Hitler por un tema que al Führer le importaba tanto como eran los judíos. La actitud de Von Ribbentrop sobre el Holocausto está a tono con la cobardía moral de la que solía hacer gala: se puso anteojeras y procuró no ver lo que estaban haciendo con los judíos, aunque en el fondo sabía mucho más de lo que hubiese querido. También pasó 1940 elaborando planes sobre cómo sería Europa tras la victoria alemana. Su idea era la de una suerte de unión aduanera y monetaria en beneficio del Reich. Europa sería una suerte de federación, en la que uno de los federados sería mucho más que un simple federado. Otra área en la que trató de inmiscuirse fue Francia, de la cual le habían apartado. Aunque consiguió que Asuntos Exteriores tuviera formalmente algo que decir sobre la Francia de Vichy, su influencia fue escasa y nunca logró que Hitler alterase sus opiniones furiosamente anti-francesas.
Cabe decir en crédito de Von Ribbentrop que en la segunda mitad de 1940, cuando Hitler empezó a planear la invasión de la URSS, fue de los pocos que consideraron esa invasión una locura. Recordó a Hitler lo que había dicho en su día Bismarck, que nunca había que dar demasiado crédito a las opiniones de los aficionadillos sobre la debilidad rusa. Von Ribbentrop estimaba con total lógica que Alemania tenía más que ganar de la amistad con la URSS que de una guerra contra ella y que era esencial terminar primero con los británicos. Más allá de la sensatez de estas opiniones, estaba el hecho de que Von Ribbentrop veía cómo Hitler se disponía a derribar el edificio del Pacto Germano-Soviético, que consideraba como un proyecto suyo y del que estaba tan orgulloso.
Von Ribbentrop intentó en esos meses un par de combinaciones diplomáticas imaginativas dirigidas contra el Imperio Británico. Una fue crear un gran bloque euroasiático compuesto por Alemania, Italia, Japón y la URSS. Esta idea estuvo condenada desde el principio al fracaso, dado el anticomunismo visceral de Hitler y la razonable desconfianza rusa. La otra fue la de crear un frente antibritánico en el Mediterráneo uniendo a España, la Francia de Vichy e Italia a Alemania. Hitler hizo algunos esfuerzos con poca convicción en esa dirección con las entrevistas que mantuvo ese otoño con Franco, Petain y Mussolini. La posibilidad de que esa estrategia mediterránea funcionase siempre fue baja. Hitler no estaba realmente interesado en ella y los intereses de los tres países eran demasiado contrapuestos como para que hubiera sido posible acomodarlos. Para finales de 1940 resultó evidente que estas ideas quiméricas de Von Ribbentrop habían fracasado y que el camino que la diplomacia alemana iba a seguir era el de la guerra con la URSS.
Uno de los principales defectos de Von Ribbentrop era su servilismo para con Hitler. Siempre quería agradarle y una bronca fuerte por parte de éste (y durante la guerra hubo bastantes) podía bastar para dejarle postrado en cama con una depresión durante varios días. Aunque a Von Ribbentrop le diese yuyu el ataque a la URSS, como eso era lo que había ordenado el señorito, se entregó en la primera mitad de 1941 a los preparativos diplomáticos de la Operación Barbarroja.
A Von Ribbentrop le tocó procurar que los italianos no se enteraran de los preparativos militares alemanes contra la URSS. A estas alturas de la guerra, los alemanes habían empezado a cansarse de esos aliados que no conseguían conservar ni las posiciones militares ni los secretos. El 2 de junio, 20 días antes del inicio de Barbarroja, Von Ribbentrop aún tuvo la cara dura de decirle al Ministro de Asuntos Exteriores italiano, Ciano (al que detestaba), que los rumores sobre un próximo ataque alemán contra la URSS «carecían de fundamento o al menos eran excesivamente prematuros». Me pregunto cómo se tomaría Ciano la segunda parte de la frase.
Otro aspecto de la invasión que interesó sobremanera a Von Ribbentrop, al igual que a otros líderes nazis, fue la parte del botín ruso que le correspondería. Von Ribbentrop confiaba en que Rusia se despiezase en varios Estados soberanos (más o menos lo que Gorbachov y Yeltsin consiguieron cuarenta y cinco años después) en los que se establecerían gobiernos títeres. Para ello harían falta diplomáticos que ayudasen a crear las administraciones civiles de los nuevos estados y que dependerían de él. Hitler le tenía reservada una sorpresa desagradable: la administración civil sobre los territorios ocupados dependería de Alfred Rosenberg, un viejo rival de Von Ribbentrop. La única compensación que logró extraer fue que el Ministerio de Asuntos Exteriores podría enviar diplomáticos como consejeros y observadores, pero sin ningún poder. Es más, con su habitual falta de tacto, cabreó tanto a Hitler que hasta esa pequeña concesión le fue recortada: los consejeros no podrían aconsejar, sino simplemente elevar informes a Von Ribbentrop, copia de los cuales tendrían que dar a Rosenberg. Cuando el 16 de julio varios de los principales jerarcas se reunieron para debatir sobre la ocupación del territorio soviético, ni tan siquiera se molestaron en convocar a Von Ribbentrop.
Todos estos meses de intentar disuadir a Hitler del ataque contra la URSS, primero, y de tratar de forjarse una esfera de influencia en la Rusia ocupada, después, pasaron factura a las relaciones entre Hitler y Von Ribbentrop. Las tensiones acumuladas entre ambos estallaron el 28 de julio por un incidente trivial: la petición de Von Ribbentrop de que los diplomáticos pudieran también recibir una condecoración recientemente creada por valentía. Esa fue la gota que colmó el vaso. Hitler le echó una bronca que se escuchó en Londres. Von Ribbentrop tomó la decisión de recuperar a toda costa el favor de su amo y se propuso no volver a contradecirle jamás.
En esos meses Von Ribbentrop volvió a tener uno de esos errores de juicio que costaron tan caros a Alemania. Von Ribbentrop había pasado cuatro años en su juventud en EEUU y afirmaba que conocía bien el espíritu norteamericano; lo mismo que había dicho de los británicos, sobre la base del güisqui que les vendía. Von Ribbentrop afirmaba que EEUU no era un enemigo a tener en cuenta. La política exterior de Roosevelt era puro farol. El armamento norteamericano era una basurilla. EEUU era un país sin cultura ni soldados, era un país judaizado incapaz de convertirse en una raza de guerreros y ases aéreos. Siendo un país mestizo, era una nación moralmente inferior. Si decidiesen entrar en la guerra, los japoneses podrían vencerlos con facilidad. Hay perlas de sabiduría que al historiador le dejan sin palabras. No creo que Hess hubiera podido mejorar estas afirmaciones.
Tras la entrada en guerra de EEUU, Von Ribbentrop se encontró con que era un Ministro de Asuntos Exteriores con muy pocos asuntos que tratar. Ya eran muy pocos los países que seguían manteniendo relaciones diplomáticas con la Alemania nazi y de éstos, varios no pasaban de la categoría de vasallos y las relaciones con ellos ya no eran tan «exteriores». Otros jerarcas nazis se habían entrometido en sus áreas de influencia, mientras que él no había conseguido hacer lo mismo en las de ellos. Von Ribbentrop era un hombre vanidoso y desocupado, ansioso por meterse donde no le llamaban. Es ahora que la etapa ridícula de su vida da paso a la etapa patética.
Un ejemplo de las actividades a las que se entregó en aquellos años: en la primavera de 1942 organizó en una reunión en Berlin con todos los caucasianos que pudo encontrar, desde ex-príncipes hasta intérpretes de balalaika de los clubes. El objetivo era crear un embrión de gobierno del Cáucaso en el exilio. Rosenberg se indignó ante esa invasión de sus competencias y denunció ante Hitler que la reunión era un nido de espías aliados. El resultado fue que Hitler le dijo a Von Ribbentrop que se metiera en sus propios asuntos, que el Ministerio de Asuntos Exteriores no tenía nada que hacer con países con los que Alemania todavía estaba en guerra. Otra iniciativa «peculiar» de von Ribbentrop en aquellos años: ofrecer a Churchill y Roosevelt el «regalo» de un millón de judíos, con la idea de que ello entorpecería el esfuerzo bélico aliado.
Von Ribbentrop había sido siempre un peso ligero dentro de la jerarquía nazi y en aquellos años lo fue todavía más. Quienes pensaban que debían entablarse conversaciones con los Aliados, creían que Von Ribbentrop no debía dirigirlas. Goebbels intentó suplantarlo. Himmler también pensaba que no había alternativa política para poner fin a la guerra mientras Von Ribbentrop estuviese al frente de la diplomacia alemana. Hasta en su propio Ministerio había quienes conspiraban contra él, entre otras cosas, por encontrarle demasiado tibio en lo que respectaba a la cuestión judía. Lo que salvó a Von Ribbentrop al final fue el aprecio de Hitler hacia su lealtad lacayuna y que dentro del ambiente de celos que predominaba en la jerarquía nazi, cada uno prefería a un débil Von Ribbentrop al frente de Asuntos Exteriores, que no a un rival más poderoso.
Para el verano de 1943, las relaciones diplomáticas alemanas se reducían a seis territorios ocupados (Francia, Grecia, Croacia, Serbia, Dinamarca y Eslovaquia), dos marionetas japonesas (Manchuria y el gobierno chino de Nanking), seis aliados (Italia, Japón, Finlandia, Rumanía, Bulgaria y Hungría) y ocho neutrales (España, Portugal, Suecia, Suiza, la Santa Sede, Argentina, Turquía e Irlanda).Von Ribbentrop, acosado internamente y más o menos consciente de que Alemania ya no controlaba los acontecimientos, se entregó a una actividad tan frenética como inútil. Una de sus preocupaciones fue aumentar el tamaño del Ministerio de Asuntos Exteriores, que en 1943 llegó a tener tres veces más personal que el que tenía en 1938, cuando Alemania tenía relaciones con el triple de países. Otra preocupación: que varios traductores tradujesen un libro ilegible (El bolchevismo soviético tras los pasos del imperialismo zarista) a varios idiomas, con el objetivo de distribuirlos a todas las embajadas en el extranjero.
Pero no todo lo que hizo Von Ribbentrop en aquellos años fue igual de insensato. Él fue de los que quisieron que Alemania llegase a algún tipo de pacto con la URSS en el 43. Con Hitler en el poder, resultaba imposible, pero según se estaban poniendo las cosas de negras en el frente militar, tal vez fuese la única posibilidad de salir de la guerra un poco airosos. También convenció en los primeros meses de 1944 que no había que invadir Hungría, lo que crearía una diversión de fuerzas, sino que había que mantener al Almirante Horthy en el poder, pero sometiéndole a presión y obligándole a nombrar un gabinete más germanófilo. El problema de siempre con Von Ribbentrop es que, aunque era capaz de hacer juicios sensatos sobre la situación internacional, su devoción por Hitler le cegaba y acababa convirtiéndose en el ejecutor, y a veces en el corifeo, de decisiones diplomáticas absurdas.
Los últimos momentos del régimen nazi tienen algo de farsa patética. Los jerarcas intentan mantener el tipo, como si no estuviesen al borde del abismo, como si todavía hubiese un mañana de poder y gloria para ellos. Von Ribbentrop alcanzó en el final de 1944 y primeros meses de 1945 el colmo del patetismo. Toda una vida de vanidad le impedía aceptar que era un Ministro desprestigiado de un régimen agonizante. De estos meses quiero contar algunas anécdotas sobre este Von Ribbentrop cada vez más alejado de la realidad.
En noviembre de 1944 Hitler aceptó la formación de un Ejército de Liberación Nacional ruso mandado por el ex-general soviético Vlassov. Von Ribbentrop luchó para que el Ejército tuviera un componente político con el objetivo de meter finalmente la cuchara en los asuntos rusos… en un momento en el que Alemania ya no controlaba ningún territorio en la URSS. Se creó el Comité Vlassov y Hitler aceptó que, aunque no fuera soberano, el Ministerio de Asuntos Exteriores gestionase sus inexistentes relaciones internacionales.
En cierta ocasión, Von Ribbentrop y Goering entablaron delante de Hitler una disputa sobre quién de los dos estaría más cerca de Hitler en la lista de criminales de guerra que elaborasen los norteamericanos. No sé quién ganaría la discusión. En el mundo real la ganó Goering, pero Von Ribbentrop obtuvo la consolación del conseguir el segundo puesto.
En diciembre de 1944 una de las cuestiones que quitaron más el sueño a Von Ribbentrop fue la de la constitución del gobierno francés en el exilio. Von Ribbentrop deseaba que el fanático Doriot reemplazase a Fernando de Brinon como jefe del gabinete. Todo el mes de enero de 1945, fracasada ya la ofensiva de las Ardenas, Von Ribbentrop se lo pasó intentando reconciliar a los dos grupos, que se odiaban más entre sí que a los Aliados. Fueron los Aliados lo que resolvieron la trifulca: un bombardeo aliado acabó con Doriot el 22 de febrero.
En febrero de 1945, Von Ribbentrop decidió que había llegado el momento de corregir algo de lo que siempre le habían acusado: la falta de contacto con los diplomáticos destinados en Berlin. Nada más oportuno en aquellas circunstancias que organizar tés semanales en su casa con lo que quedaba de cuerpo diplomático. Los pobres invitados a cambio de un té con pastas tenían que soportar interminables monólogos sobre el peligro bolchevique y la victoria alemana. En uno de los tés, en el mes de marzo, Von Ribbentrop apareció con una gran noticia en el frente diplomático: ¡la suspensión del acuerdo económico entre Turquía y la URSS! Me imagino la cara de consternación que debieron de poner los invitados. Se preguntarían entre sí si no debería alguien informar a Von Ribbentrop de que los rusos estaban a 100 kilómetros de Berlin.
Y la guinda: el 23 de abril en el búnker de Hitler. De pronto Von Ribbentrop descubre que el Ministro de Armamentos Albert Speer ha estado discutiendo con Hitler un plan para evacuar a los gerentes de Skoda Works al oeste, para evitar que caigan en manos de los rusos. Von Ribbentrop tuvo una rabieta, porque consideraba que el asunto tenía una faceta diplomática y nadie le había consultado. Al final tragó, a condición de que en la resolución constase que había sido a iniciativa del Ministro de Asuntos Exteriores.
La imagen que Von Ribbentrop dejó de sí en Nuremberg fue la de un pobre hombre, que todavía admiraba a Hitler y que intentaba exculparse por sus acciones, ofreciendo relecturas de la Historia cuando menos peculiares. Fue en ese encarcelamiento cuando tuvo que sufrir la última afrenta a su dignidad: le leyeron el último testamento de Hitler y observó con completa estupefacción que no le mencionaba en ninguna parte. Después de dos horas de convencerle de que efectivamente Hitler no había pensado en él en sus últimos instantes, Von Ribbentrop exclamó con amargura que cómo era posible aquello, con todo lo que le había aguantado, con todo lo que le había dado. Y concluyó diciendo: «Esto me hiere más que cualquier otra cosa que pudiera haberme hecho».
Una valoración final sobre Von Ribbentrop sería que no era un completo estúpido, pero que sus buenas cualidades se vieron siempre ensombrecidas por su vanidad y por un complejo de inferioridad, que le hacía ser poco diplomático, pomposo y distante. Su servilismo hacia Hitler, con el que casi tenía una relación sado-masoquista, le nubló a menudo su mejor juicio. Y un último defecto, que para un Ministro de Asuntos Exteriores es anatema: tomarse las cosas como algo personal.
viernes, abril 17, 2009
Ribbentrop (1)
La polémica sigue ahí: ¿Hess o Ribentrop? Mi propuesta, Tiburcio, y te la hago en público, es que la próxima vez que nos veamos nos lo juguemos en una competición a ver quién escupe más lejos un hueso de ciruela (cinco intentos, se permiten los movimientos de pelvis para arriba, despegar uno o dos pies del suelo se considerará lanzamiento nulo). Bueno, si prefieres otro hueso lo podemos hablar, pero siempre y cuando no sea humano, que yo tengo ciertos escrúpulos.
Aquí os dejo con Samsa y con su amigo Joaquín.
Una de ineptos (1)
By Tiburcio Samsa.
Cuando uno pasa revista a los jerarcas del Partido Nazi, lo que más llama la atención es su inmensa mediocridad. Uno se pregunta cómo ese plantel de ineptos pudo hacerse con el poder en un país culto y avanzado como Alemania y lanzar una guerra mundial, que pudieron haber ganado.
Empecemos con el líder. Hitler era un diletante con más ganas que talento, incapaz de un esfuerzo continuado, que dirigió Alemania durante 12 años. Era un hombre que sabía algo de muchas cosas, pero mucho de nada. Su número dos, que dirigió el esfuerzo bélico alemán hasta 1942, Göring, había sido un héroe de la aviación en la I Guerra Mundial, pero en los 30 empezó a convertirse en un ser abotargado por las drogas y la corrupción, que confundía las bravatas y el amateurismo con la planificación. El jefe de las SS, Himmler, era un cobarde oportunista, siempre dispuesto a creerse la última teoría ocultista sobre el origen de los arios. A Rudolf Hess, JdJ lo describió en cierta ocasión pefectamente: un hombre con la inteligencia de un bóxer al que le hubiesen apaleado la cabeza de cachorro. Y así podría seguir. De este cuadro deprimente sólo salvaría a dos jerarcas: Goebbels, un hijoputa como la copa de un pino, pero un genio de la propaganda y la manipulación, y Albert Speer, un arquitecto y gestor más que competente y que fue uno de los pocos nazis capaz de mantener unos niveles de decencia humana.
¿Cuál de todos éstos fue el más inepto? JdJ opina que Hess. No está mal escogido, pero JdJ hace trampa, porque Hess jugaba en una categoría aparte. Pienso que Hess tenía serios problemas mentales y por eso no me parece justo incluirlo en este concurso de ineptitud. Sería como introducir a un parapléjico en un campeonato de salto con pértiga; no sería justo para el parapléjico. Eliminado Hess, me parece que la opción más obvia es la de Joachim von Ribbentrop.
Von Ribbentrop entró en la jerarquía nazi merced a un malentendido. Von Ribbentrop ideológicamente estaba más próximo a los conservadores nacionalistas. Pero a comienzos de los 30 se dejó atraer por los nazis, cuando se le dijo que el partido necesitaba a cosmopolitas como él y que si se incorporaba al partido se vería recompensado más tarde. Esta oferta tocó dos de sus puntos flacos: era un trepa y era muy vanidoso. El malentendido al que me refiero es el siguiente: Hitler era un hombre muy poco viajado. A comienzos de los 30 su experiencia vital se reducía a la bohemia vienesa, las trincheras de Francia y el ambiente macarra de las cervecerías muniquesas. Cuando conoció a Von Ribbentrop, éste le pareció el colmo del refinamiento: un comerciante de vinos y champán, que hablaba inglés y francés y se codeaba con lo mejor de la aristocracia inglesa y francesa. Alguien con más mundo habría sabido ver a Von Ribbentrop como lo que era: un arribista acomplejado, un poco viajado, al que la aristocracia aceptaba porque sus licores le eran útiles. Para cuando Hitler se quiso dar cuenta de su error, ya era demasiado tarde.
Von Ribbentrop hubiera querido un alto cargo en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Hitler, que desconfiaba de las burocracias, sobre todo de aquéllas lastradas por el peso de la tradición, le ofreció algo más codicioso: ser su agente diplomático informal. A Von Ribbentrop, con lo que le gustaban los títulos y los honores, le supo a poco, pero aceptó y se entregó al oficio con su mentalidad de viajante de comercio. Había que vender la Alemania nazi igual que se vendían los champanes franceses. El producto que vendía era el de una Alemania anticomunista, preparada para crear un vasto frente antibolchevique, que deseaba la devolución de sus colonias, aunque podía olvidarse del tema a cambio de que le dejaran manos libres en Europa Oriental.
Aunque en esos primeros viajes no tuvo ninguna metedura de pata memorable, ya dejó ver sus carencias. La primera era su tendencia a repetirse y a no escuchar. Otra era su tendencia a interpretar la cortesía diplomática como una indicación de acuerdo. Cuando un diplomático te escucha sin rechistar y luego te acompaña hasta la puerta y te despide con una palmadita en la espalda, en realidad te está mandando a tomar por culo. Más defectos de Ribbentrop: su poca perspicacia política, que le llevaba a entrevistarse con segundones y medianías, porque nunca se daba cuenta de dónde residía el poder verdadero; su convicción de que era más importante de lo que era, lo que le llevaba a formular promesas que luego no podía mantener; su gusto por lo secreto y lo conspiratorio, que no se daba cuenta de que en las negociaciones hay cosas que deben hacerse a plena luz y otras que requieren discreción y no deben hacerse abiertamente; y para rematar, era un hombre con un fuerte complejo de inferioridad, que le hacía ser muy sensible ante cualquier ofensa real o imaginada. Tan pronto se sentía ofendido, que era casi siempre, dejaba de comportarse de una manera racional y personalizaba el asunto.
Al vanidoso de Von Ribbentrop no le bastaba con ser el agente diplomático informal de Hitler. Quería un título, un nombramiento y en abril de 1934 lo obtuvo: Comisario para el Desarme. Un ejemplo de su manera de actuar: apenas nombrado, Hitler le encargó que viajase a Londres y Roma para sondear su reacción ante las denuncias francesas de la política de rearme alemana. Von Ribbentrop llegó a Londres de manera dramática, como si fuese un personaje de película de espías. Afirmó que se trataba sólo de una visita de negocios, pero se dejó tirar de la lengua y confesó que iba a tener una reunión también en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Parece que pretendía hacer creer a los franceses que estaba en negociaciones secretas con los ingleses. Lo que consiguió fue cabrear a los ingleses, que empezaron a desconfiar de él. Nuevamente había olvidado que hay un momento para conspirar y otro para hablar de frente.
Durante los meses que ocupó el cargo, Von Ribbentrop consiguió alienarse las simpatías que aun le profesaban los ingleses con su torpeza y sus obvios intentos de abrir una brecha entre Francia y Gran Bretaña. Pero él nunca se dio cuenta de eso. No fue capaz de penetrar más allá de la fina cortesía y aún más fina ironía británicas. Lo curioso es que sus informes siempre optimistas y vanagloriosos sobre sus visitas fueron creídos por Hitler, a quien le divertía que un diplomático aficionado (al igual que él, que era un estadista aficionado) se metiese en el terreno de los diplomáticos profesionales.
En junio de 1935 Von Ribbentrop acudió a la Conferencia Naval de Londres como Embajador at large. Lo primero que hizo fue excluir al Embajador alemán en Londres de todo acceso a las negociaciones. El pobre Embajador para enterarse de lo que estaba ocurriendo en la sala negociadora tenía que reunirse a escondidas en los baños con el agregado naval de la Embajada. No quiero pensar en las explicaciones que hubiera tenido que dar el Embajador si les hubiesen pillado allí. «Oiga, que no es lo que se piensa, que es que estamos deliberando.» Von Ribbentrop tuvo en esa Conferencia la suerte del novato. Nada más empezar lanzó un ultimátum: o los británicos aceptaban que la Armada alemana tuviese el 35% del volumen de la Armada britanica o se retiraban de la Conferencia. Fue un farol brusco, pero funcionó. Los británicos estaban convencidos de que si los alemanes se iban de la Conferencia sin un acuerdo, harían lo que les diera la gana (ignoraban que era eso lo que pensaban hacer con acuerdo o sin acuerdo). Mejor comprometerles a un acuerdo que no satisfacía del todo a los británicos, que dejarles por libre. Von Ribbentrop pudo venderle el éxito a Hitler, mientras le hacía guiños, indicándole lo buen Ministro de Asuntos Exteriores que sería.
En mi opinión fue en julio de 1936 cuando finalmente la Ley de Murphy se le aplicó a Von Ribentrop y fue ascendido a un puesto en el que su incompetencia quedaría de manifiesto: Embajador en Londres. El Embajador alemán, Leopold von Hoesch, el mismo que tenía que citarse en los baños con su agregado naval, había muerto unas semanas antes, tal vez envenenado por la Gestapo. El Ministro de Asuntos Exteriores, Konstantin von Neurath [nota de JdJ: futuro contertulio de Hess en Spandau], vio una ocasión dorada para deshacerse de ese metomentodo que estaba intentando moverle la silla. Propuso a Hitler que le nombrase Embajador en Londres. Von Neurath confiaba en que no sólo se lo quitaría de en medio, sino que Von Ribbentrop haría alguna cagada clamorosa que le pondría en evidencia ante Hitler. Göring, que también se esperaba lo peor, trató de advertirle a Hitler de que Von Ribbentrop era una mala elección y que de Gran Bretaña sólo conocía los güisquis. Hitler le replicó que también conocía a Sir Fulano y a Lord Mengano. La respuesta de Göring fue: «Sí, lo malo es que ellos también conocen a Ribbentrop».Von Ribbentrop, que entendía que se lo estaban quitando de enmedio, acogió el destino con un entusiasmo perfectamente descriptible.
Un ejemplo de la perspicacia diplomática de Von Ribbentrop es el encuentro que tuvo con Sir Robert Vansittart en agosto de 1936, mientras hacía sus preparativos para incorporarse a su nuevo destino. Vansittart era el Subsecretario Permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores y uno de los pocos que supo ver desde el inicio la agresividad y expansionismos inherentes a la Alemania nazi. Von Ribbentrop en sus memorias señala que en ese encuentro Vansittart estuvo muy poco comunicativo y que él tuvo que llevar todo el peso de la conversación. No es así como Vansittart recordaría luego la conversación. Lo que recordaría fue que von Ribbentrop no le dejó meter baza. Vansittart pensó de él que era «superficial, aprovechado y no realmente simpático». También opinó que tenía «la vanidad herida de un pavo real en el momento del celo». Lo mejor es que cuatro días después de este encuentro, Von Ribbentrop escribió una nota a Hitler describiéndole su conversación con Vansittart y diciendo que éste estaba completamente de acuerdo con Hitler sobre el futuro de las relaciones exteriores y que creía posible un cambio en la actitud británica hacia Alemania. !Y este genio de la perspicacia iba a ser el que dirigiese las relaciones con Gran Bretaña en un momento tan delicado!
Von Ribbentrop no se incorporó a su Embajada hasta finales de octubre, para mosqueo de los ingleses; su falta de entusiasmo por el puesto era demasiado evidente. En un alarde de celeridad y eficacia, cometió su primera metedura de pata nada más pisar suelo inglés. Saludó a los periodistas ingleses que le esperaban con el saludo nazi (medio minuto de saludo, para que quedase bien claro que no había sido un movimiento reflejo del brazo) y les leyó un comunicado que él mismo había escrito. El comunicado abogaba por el entendimiento entre los dos pueblos en aras de detener la expansión del comunismo, «la más terrible de las enfermedades». Al día siguiente visitó al Ministro de Asuntos Exteriores, Sir Anthony Eden, y le informó de lo afortunados que eran los ingleses al tener como Embajador en Londres a un colaborador íntimo de Hitler, que podría transmitirles a la perfección sus pensamientos. Eden se lo agradeció, pero le recordo que para conocer lo que pensaba Hitler ya tenían al Embajador británico en Berlín, lo que esperaban de Von Ribbentrop era que transmitiese a Hitler lo que pensaban ellos, los británicos.
Los dos objetivos de Von Ribbentrop durante su Embajada fueron la recuperación de las colonias alemanas (una mera moneda de cambio para lograr lo que de verdad interesaba a Hitler: manos libres para sus ambiciones en Europa Oriental) y atraer a Gran Bretaña al Pacto Anti-Comintern. Para frustración de los británicos, a cambio de lo anterior, los alemanes no parecían dispuestos a ofrecer contrapartidas concretas sobre la seguridad europea. Von Ribbentrop acabó de estropear las cosas con su ineptitud para entender verdaderamente a los británicos. Por ejemplo, equivocó completamente su lectura de la abdicación del Rey Eduardo VIII, que vio como el resultado de una conspiración de los elementos anti-alemanes, que al final sería derrotada con la reinstauración del monarca en el trono. El lado bueno de la abdicación fue que le permitió presentar a Hitler una razón plausible del fracaso de su Embajada: la conspiración de un grupo anti-alemán que habían forzado la abdicación de un Rey pro-alemán y que había manipulado a una opinión pública que veía a Alemania con simpatía. Como eso se correspondía con los prejuicios del nada viajado Hitler, la trola coló.
Durante el segundo semestre de 1937, Von Ribbentrop estuvo más preocupado viajando y moviéndole la silla a Von Neurath que por el país ante el que estaba representando a su Gobierno. Sentía que había fracasado en su Embajada y que los ingleses le habían esnobeado. Ambas cosas eran ciertas, pero la segunda se la había trabajado a pulso. A partir de ese momento Von Ribbentrop se convirtió en un acérrimo anglófobo y partidario de la alianza entre Alemania, Italia y Japón. Justo a tiempo, porque los elementos más radicales del Partido ya abogaban por la guerra y el enfrentamiento con Gran Bretaña. Lo mejor es que siendo todavía Embajador en Londres participó en Roma en la firma del Pacto Tripartito del 5 de noviembre de 1937 que desprendía un claro tufillo antibritánico. Lo triste es que a finales de año Gran Bretaña dio pasos conciliadores (disposición a dar satisfacción a Alemania en el tema colonial, visita de Lord Halifax a Berlín y apartamiento de Sir Vansittart). Abrirse a ese acercamiento habría implicado dejar en la estacada a sus nuevos aliados, italianos y japoneses. En todo caso, aquí no se le puede echar toda la culpa a Von Ribbentrop. Las condiciones bajo las cuales Hitler queria acercarse a los británicos, hubieran sido inaceptables para éstos.
Y ya lo tenemos escalando el último escalón hasta la jefatura de la diplomacia nazi. Así pues, continuará...
