Estoy seguro de que vosotros también tenéis o habéis tenido a alguno cerca. Me refiero a esas personas mayores que tienen a gala destacar la diferencia entre niveles de vida que existe entre su juventud y la de hoy en día. No negaré que se hacen un poco pesados; pero igual de innegable es que tienen más razón que Pablo Motos cuando le dice a los niños que se vayan a dormir.
España ha cambiado mucho. Cada uno de nosotros atesora sus propios elementos de comparación. Yo suelo recordar el día en que, teniendo yo diez o doce años, un poquito antes de morir Franco pues, a mi tía, que ve menos que Bob Milks, se le rompieron las gafas. Se me quedó grabada su imagen, quejándose amargamente con una frase casi homérica: «antes, cuando podías tener dos pares de gafas, era menos problema, pero ahora…»
Ahora hay gente que tiene no dos, sino tres, cuatro o cinco pares de gafas, de distintos colores, y se las va poniendo según le cuadren con lo que lleven puesto.
El otro día me compré un folleto en el Rastro. Se titula Los problemas de España ante la integración europea y está fechado en Zaragoza en 1962. Me apetecía leer un poco cómo se veía la jugada entonces y, la verdad, las conferencias que contiene el librito (cuyos autores son los profesores Ramón Tamames, Ramón Sainz de Varanda, Salvador Mollet y Bel, José Luis Lacruz Berdejo y Luis Coronel de Palma) tienen su interés. Amén de que leer cosas de otrora los tiempos tiene su aquél porque la prosodia y las referencias culturales han cambiado mucho. Como botón de muestra, copio aquí el broche final de la conferencia del profesor Sainz de Varanda sobre La estructura social española ante el Mercado Común:
«Nuestro deber de ciudadanos y europeos nos obliga a trabajar, a abordar problemas concretos, a avanzar paso a paso, a europeizarnos. Y ese deber lo tenemos los aragoneses por doble motivo. Al fin y al cabo, quien nos marcó el camino era un aragonés, que lanza en ristre perseguía a otro gran caballero andante: el Cid. Por mote llevaba una frase que pudiera servir de lema a esta conferencia: despensa y escuela».
Primera noticia que tengo de que Joaquín Costa perseguía al Cid, pero, bueno...
Y lo fue, don Ramón, lo fue. Porque la Historia de España en los últimos 40 años bien se puede resumir así: más despensa, y más escuela.
En la mentada conferencia encontré una tabla que me animó a hacer cuatro cuentas que son las que hoy quiero compartir con vosotros. Dicha tabla indicaba la renta per cápita de las diferentes provincias españolas en el año 1961. Bueno, no todas porque, por razones que se me escapan, el profesor Sainz de Varanda no cita ni a las insulares ni a Ceuta y Melilla (este último caso es más normal, pues en aquel entonces las hoy ciudades autónomas estaban administrativamente integradas en provincias andaluzas; Melilla en Málaga y Ceuta no sé si en Cádiz).
Así que esos fueron mis datos de partida. Copié las provincias y su renta por habitante y año en pesetas de 1961 y luego le hice dos operaciones: por un lado, actualizar esa cantidad con el IPC para convertirla en pesetas del 2005 y, posteriormente, dividir por 166,386 para calcular la cantidad en euros. Después me fui a visitar la página web del INE, en cuyos recovecos suelo pasar bastantes ratos por razones que tienen que ver con mi maldita costumbre de comer dos veces todos los días, y me copié los datos de la Contabilidad Regional de España, concretamente el PIB per cápita provincial, también del año 2005.
No es un cálculo totalmente afinado, pero a mí me vale. Para aquellos cuya familia haya permanecido en la misma provincia en el último medio siglo, el resultado de dividir el valor añadido por habitante real del 2005 por la renta per cápita de 1961 actualizada en euros les dará una idea de en qué medida son más ricos que sus padres o abuelos y, para aquellos lectores más provectos, les ayudará a recordar en qué medida fueron, en el pasado espero, pobres como ratas.
Pues bien: lo primero que os diré es que ese multiplicador varía entre 17,6 y 6. O sea, los españoles que menos han avanzado multiplicando su riqueza la han multiplicado por seis, que no está mal; y los que más se han ido a una diferencia realmente estratosférica, según la cual donde en 1961 un ciudadano medio tenía posibilidad de pagarse una buena cena, su sucesor en dicha condición puede hoy pagarse casi 18.
El estudio relativo, es decir de las diferencias entre territorios, es, a mi modo de ver, muy revelador. Revela, desde mi punto de vista, hasta qué punto el crecimiento económico español ha sabido ser solidario. Lejos de hacer más ricos a los territorios más ricos, son algunos de los que en 1961 eran más pobres los que muestran una evolución más positiva.
La provincia con el multiplicador más alto, ése de 17,6 que antes señalaba, es Almería. Algo que supongo que no sorprenderá a todo aquél que sepa algo (yo sé más bien poca cosa) de la profunda transformación económica que ha experimentado esta provincia al calor de modernas técnicas de explotación agrícola. A continuación, con 14,6, se sitúan Orense y Teruel. Así pues, Teruel también existe y Orense, algo que también es bastante patente, ha logrado darle la vuelta a la situación que tenía a principios de los años sesenta, un momento en el que estaba a punto de enviar al extranjero a lo mejor de su juventud por causa de la absoluta falta de perspectivas que allí había.
Si continuamos la lista hasta tener las diez primeras provincias, las que citamos siguen en este tono, es decir son, por lo general, provincias no situadas muy arriba en la clasificación de la riqueza relativa: Ávila (14,5), Granada (14,4), Albacete, Lérida y Lugo (13,3 las tres), Cáceres (13,1) y Ciudad Real (12,6).
Al profesor Sainz de Varanda, al que leemos en la cita muy aragonés él, le gustará saber, supongo, que la otra provincia aragonesa menos metropolitana, Huesca, ocupa el puesto 12, justo detrás de Murcia. Luego Soria, Cuenca, Badajoz y Burgos, provincias todas ellas situadas en la zona media-baja o baja de la tabla de la riqueza regional.
¿Que quienes son los perdedores? Con bastante claridad, el País Vasco. Vizcaya es la provincia cuyo multiplicador de 5,9 coloca al final de la tabla; pero es que encima de ella, de penúltima y con 6,0, está Guipúzcoa. Luego Asturias (7,6), Barcelona (7,3), Valencia (8,1) y Madrid (8,3). Hasta llegar a las diez últimas tenemos que contar, por orden, a Cantabria, Sevilla, Cádiz y Palencia.
Como ya he escrito alguna vez, lamento ser un zote con estas cosas del html y las ediciones y tal. Si algún día aprendo a colocar gráficos y tablas como hace Wonka, estaré encantado de compartir los datos con vosotros.
miércoles, enero 23, 2008
viernes, enero 18, 2008
¡Ahí está el Rubito!
No es inhabitual que la Historia recuerde frases famosas que empezaron guerras. Quizá el caso más citado es el Alea iacta est, la suerte está echada, que dicen pronunció Julio tras pasar el Rubicón; aunque los puristas suelen recordar que este mito es sobre todo eso pues lo que el general hizo al atravesar el río que lo colocaba fuera de la ley fue, al parecer, citar unos versos de un poeta griego que quieren decir algo así como «juguemos la partida de dados». También quiero recordar aquí otra frase quizá menos famosa pero más premonitoria, que fue el lamento del almirante Tojo cuando, tres el exitoso bombardeo japonés contra Pearl Harbour, anunció: «hemos despertado al tigre».
¿Hubo una frase que marcase el principio de la guerra española? Pues quizá sí, la hubo. Pero fue una frase que más parece una gilipollez que una frase: «¡Ahí está el Rubito!» La pronunció quien la tenía que pronunciar, esto es el general Francisco Franco, y lo hizo en medio de un episodio que es el que hoy quiero contaros: la odisea del Dragon Rapide.
5 de julio de 1936. La ciudad de Londres. En la ciudad de Londres vive un personaje bastante conservador de ideas, Luis Bolín, que en ese momento tiene como dedicación principal ser el corresponsal del diario monárquico ABC en el Reino Unido. Cuando llega a casa, la mujer de Bolín le informa de que su jefe, Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del periódico, le ha llamado desde Biarritz. Según confiesa Bolín en sus memorias, no tiene la más mínima duda de que ese detalle señala que el golpe de Estado contra la República está a punto de estallar en España. Así lo dice en sus memorias, sin más explicaciones. O sea, si un día te llama tu jefe a tu casa, es que va a haber un golpe de Estado.
Bolín espera con nerviosismo a la segunda llamada de Luca de Tena, que se produce poco después. El marqués le da instrucciones concretas y sincréticas. Debe alquilar en Reino Unido un hidroavión capaz de volar desde Canarias hasta Marruecos, preferentemente Ceuta. Un español que trabaja en la banca Kleinwort, radicada en la célebre City londinense, le facilitará el dinero necesario. El objetivo es que el avión esté en Casablanca el 11 de julio. En la ciudad marroquí de tantas resonancias fílmicas, el piloto del avión deberá esperar en un hotel determinado a la llegada de alguien que se identificará por la contraseña Galicia saluda a Francia.
Luca de Tena informa a Bolín de que la más que probable misión del piloto será ir a Canarias a recoger a alguien. ¿A quién? Para saberlo, deberá ir a la consulta de un médico de Tenerife.
Si el 31 de julio nadie hubiese aparecido por Casablanca, el piloto debería regresar a Londres.
Bolín se sintió probablemente abrumado por las circunstancias. En sus memorias asegura que tuvo claro, desde el primer momento, que el extraño pasajero del avión sería Franco. Estas cosas es muy fácil decirlas a toro pasado, pero lo que está claro es que no dudaba de que la misión estaba íntimamente relacionada con el golpe de Estado. Bolín, por lo tanto, tenía que alquilar un avión cagando leches, pero eso no es algo que sepa hacer cualquiera. Por esa razón llama a su amigo Juan de la Cierva, el inventor del autogiro, quien también residía entonces en Londres. Lo primero que hace La Cierva al conocer el encargo es echarle a Bolín un buen jarro de agua fría: en su opinión (y no se equivocó), las posibilidades de encontrar un hidroavión disponible eran nulas. Incluso dudaba de poder encontrar algún avión con el radio de autonomía requerido para esos vuelos.
El día 6, tras muchos barrigazos por los despachos de sus amigos aeronáuticos, Juan de la Cierva da con una empresa llamada Olley Air Service, con base en el pueblecito de Croydon, que al parecer posee algún avión que puede servir. Bolín se desplaza al lugar y allí habla con el capitán Olley, quien considera que el aparato más adecuado para el tipo de viaje que el cliente quiere hacer es un De Havilland Dragon Rapide de siete plazas, matrícula G-ACYR. Así pues, mucha gente cree que eso de Dragon Rapide es el nombre del avión; pero no es verdad, es simplemente parte de la denominación del modelo. De hecho, el príncipe de Gales poseía otro igual que guardaba la Olley en el mismo hangar que el que albergaba al que sería el avión de Franco.
Una vez encontrado el avión, Bolín y La Cierva trazan su plan. Como ya he dicho, aunque no tienen todos los detalles de la cosa, saben o sospechan con claridad dónde se van a meter, así que se ponen a pensar en la mejor manera de poder volar sin despertar sospechas. Delante de la mujer de Bolín, La Cierva le dice: «¿por qué no te llevas a una rubia guapa y vistosa?» Como puede verse, el mito de las rubias como seres superficiales tiene varias generaciones. Finalmente, deciden mejorar la estrategia haciendo que Bolín vuele desde Londres en compañía de un hombre y de dos mujeres rubias. O sea: dos hombres maduros con dos tías buenas, ricachones bajando al moro para echar un quiqui. Como cortina de humo, la verdad es que no está mal.
Douglas Jerrod, un editor inglés, es el encargado de buscar al amigo inglés, y acaba decidiéndose por Hugo Pollard, comandante retirado, cazador de zorros y un hombre, dice Bolín que le dijo Jerrod, «muy de tu cuerda». A la vista de las cosas que escribe Bolín en sus memorias (cosas como que el interior de la catedral de Málaga, inmediatamente tras su toma por los franquistas, todavía conservaba el hedor a rojo, que hay que ser bestia), hemos de entender que el señor Pollard no debía de ser precisamente votante del Partido Laborista.
Bolín recoge en sus memorias que Jerrod, nada más llamar a Pollard, le aconseja que les espere metiendo la cabeza bajo un grito de agua fría; lo cual parece una manera de insinuar que nuestro contacto inglés se bebía hasta el agua de los floreros. Se fueron a verle a su casa de Midhurst, en el condado de Sussex. Si es cierto lo que cuenta Bolín en sus memorias, hay que reconocer que era un buen conocedor de la cultura inglesa, pues afirma que, nada más conocer a Pollard, se arrancó a hablar con él «de la belleza de las flores en aquel verano delicioso, de la excelencia del tiempo que era, desde luego, excepcional». En efecto, la jardinería y el clima son los dos asuntos por los que debe comenzar toda conversación con un inglés de pura cepa.
Bolín termina proponiéndole a Pollard que vuele con él a Marruecos, pero que para completar la expedición hacen falta «dos chicas rubias, discretas y bien parecidas». Ante proposición tan harto sospechosa, lo único que le ocurre preguntar a Pollard (según Bolín, claro) es si viajarán asegurados a todo riesgo y, ante el anuncio de la firma de otras tantas pólizas de seguro, acepta.
Las dos rubias resultan ser una tal Dorothy, amiga de Pollard; y Diana, la hija de éste, quién se apunta entusiasmada al viaje a pesar de no saber, según Bolín, ni dónde queda Marruecos.
El capitán Olley, propietario del avión, tenía más conchas que el tal Pollard, o tal vez ideas menos definidas. Síntoma claro de que no las tenía todas consigo con esa pretendida excursión en plan canita al aire es que le dijo a Bolín que imaginaba que el viaje estaría sometido a riesgos no cubiertos habitualmente por póliza de seguros, así pues le hizo jurar solemnemente que sólo utilizaría el avión para transportarse a él mismo y a sus invitados. Esta inquietud por parte de Olley dio sus problemas, pues Bolín se dio cuenta de que, si algo le pasaba al avión, él tendría que abonarlo. Lo habló con La Cierva, y el inventor con el duque de Alba; los dos últimos acordaron que, si el avión resultaba dañado por hechos no cubiertos por el seguro, pagarían cada uno la mitad del pago garantizado.
Acto seguido, Olley le presentó al piloto, Cecil W. H. Bebb, con quien acordaron que el avión despegaría el sábado 11 de julio a las siete de la mañana.
El avión hizo escala en Burdeos, donde los viajeros tomaron unas copas con Luca de Tena y el marqués de Mérito, también en la conspiración, que se subió al avión para luego irse desde Casablanca a Tánger por sus propios medios. Según Bolín, cuando entraron en España, y por estulticia del operador de radio (al parecer, venía bolinga desde Burdeos), se perdieron y anduvieron volando en plan gilipollas hasta que vieron el Naranco de Bulnes. Con eso y mediante el poco ortodoxo sistema de volar muy bajo al pasar por estaciones de tren para tratar de leer los letreros de la población, consiguieron orientarse más o menos. Pero se les acababa el carburante y el piloto manejó la posibilidad de aterrizar en cualquier campo perdido, lo cual habría hecho imposible la misión. Finalmente, llegaron a la costa atlántica, divisaron un aeropuerto militar en el pueblo portugués de Espinho, y aterrizaron allí.
Nada más parar los motores los detuvieron, claro. Hasta un idiota sabe que no se puede aterrizar en un aeropuerto militar sin avisar, así como así.
Otra vez, la misión se podría haber ido al carajo. En el pueblo de Espinho había fiesta a la que acudieron los detenidos junto con los militares que los habían detenido y, nos dice Bolín en sus memorias, «este acontecimiento, unido al encanto de las rubias, impresionó favorablemente al oficial quien, mediado el camino, nos dijo que tanto el aparato como nosotros quedarían en libertad a primera hora de la mañana».
La pregunta es: ¿exactamente hasta qué punto unas rubias inglesas han de desplegar encantos para quebrar la voluntad de un militar portugués? Bolín no nos lo aclara. Y hay que tener en cuenta que una de las rubias era la mismísima hija de Pollard. Ejem…
Desde Espinho el avión dio un salto a Alverca, donde Bolín y mérito se reunieron con el general Sanjurjo. Asimismo, en Alverca es donde Bolín, preocupado ante la posibilidad de que la policía republicana le siguiera el paso y fuese detenido en Casablanca, le dio informaciones parciales a Pollard, especialmente la misión de ir a la casa del médico en Tenerife y darle la famosa contraseña de Galicia saluda a Francia.
Si hemos de creer a Bolín, Pollard no sólo no se dio la vuelta o se asustó sino que, como se dice en lenguaje taurino, se recreó en la suerte, indicándole a Bolín que, si tenía que ir a ver a un médico espía, lo mejor es que trucase las cosas para que la visita fuese creíble. Así, ambos escribieron en la agenda de Pollard los nombres de varios médicos en poblaciones diferentes de Europa, algunos ciertos y otros inventados, para así poder dar soporte a la historia de que el ex militar era un enfermo crónico que por eso tenía la referencia de facultativos distintos en las ciudades que visitaba.
El 13 de julio, la expedición se entera en Casablanca del asesinato de Calvo Sotelo, que se ha producido en la madrugada del mismo día en Madrid. La noticia genera en los conspiradores la reacción que se produjo en muchos otros que eran de su partida: se dan cuenta de que ya todo es imparable. Por eso, aunque las instrucciones que tenían era esperar a que alguien les contactase diciendo la famosa contraseña, deciden actuar por su cuenta y enviar el avión a Canarias. Otra decisión que salvó la operación pues, según nos cuenta Bolín, el emisario que estaban esperando nunca llegó siquiera a iniciar viaje, así pues hubieran esperado en vano. Aunque Bolín no lo dice claramente en sus memorias, parece claro que, además, la noticia de la muerte de Calvo Sotelo multiplicó en él las sospechas de que podían estar siguiéndole (a él y al marqués de Mérito), motivo por el cual tomó una decisión muy arriesgada: que los ingleses se fuesen solos a buscar a Franco a Canarias. Verdaderamente, el tal Pollard debía de ser un conservador de pies a cabeza para que el periodista le confiase esa misión.
Pollard, su hija y su amiga llegaron a cabo Juby, un pequeño saliente de la costa del antiguo Sahara Español justo enfrente de Canarias, el día 15 de julio. Ese aterrizaje, forzado por las circunstancias del vuelo, repitió la jugada de Espinho (es decir, aterrizar en un aeródromo militar sin permiso previo), sólo que esta vez el aeródromo no era portugués, sino español (para que nos entendamos: republicano). El mando de Cabo Juby, de hecho, cablegrafió al Ministerio de la Guerra en Madrid la incidencia, es decir que un avión ocupado por turistas británicos había aterrizado allí sin permiso. Sin embargo, aquí se hizo patente que Bolín había acertado con su arriesgada decisión pues, de haber ido en el avión un español, además sospechoso, con seguridad allí habrían quedado todos detenidos. Al ser ingleses, la reacción de Madrid fue ordenar la detención del avión, pero a la llegada a su destino. ¿Cuál era su destino? El aeródromo de Gando. ¿A quién tenía que ordenarle dicha detención? Al comandante militar de Canarias. Y, ¿quién era el comandante militar de Canarias? Pues Francisco Franco Bahamonde. Alguien que, obviamente, no les detuvo.
El Dragon Rapide llegó al aeropuerto grancanario de Gando el miércoles 15 de julio por la tarde. Pollard y sus rubias cogieron un barco en el Puerto de la Luz y se fueron a Santa Cruz de Tenerife, en busca del médico. Llegado a su consulta, Pollard se presentó declamando lentamente, con la pronunciación que le habían enseñado, la contraseña Galicia saluda a Francia. Con gran sorpresa, la respuesta del médico fue cabrearse e invitarlo a marcharse. Al parecer, para aquel entonces aquel hombre, que debía de ser algo así como un conspirador amateur o a tiempo parcial, había terminado hasta las narices de mensajitos y contraseñas y ya no quería saber nada más de movidas.
Aún así, debió rendir un último servicio a su causa pues Pollard le informó del hotel donde se hospedaba, hotel en el que, unas horas después, le visitó un militar joven.
Esto ocurría el jueves día 16. Franco, en cuanto fue informado de que había un avión en Gando, decidió actuar. Con la disculpa de lo rarita que estaba la situación, aisló las Canarias desde el punto de vista de las comunicaciones, no sin antes solicitar a Madrid permiso para desplazarse a la isla de Gran Canaria al funeral de un militar amigo recientemente fallecido (el general Amado Balmes). De esta manera consiguió no despertar sospechas en su desplazamiento y, además, pudo sumar Tenerife a la sublevación sin que en Madrid se coscasen de la movida.
El 17 de julio, Franco desembarca en Gran Canaria, tras lo cual se produce una lucha entre el ejército y los guardias de asalto, a los que el gobernador civil republicano ha puesto en alerta. Sin embargo, los sublevados se imponen con relativa rapidez, como ya ha ocurrido en Tenerife. No obstante, la necesidad de imponerse en Las Palmas lo retrasó, pues Franco tenía previsto salir para Marruecos el 17 de julio, pero no pudo hacerlo hasta el 18.
A Cecil Bebb, el piloto del avión, alguien le dio instrucciones de salir para Marruecos y le hizo el juego típico de entregarle medio naipe que debería completarse con otro medio que llevaría su pasajero. Sin embargo, según Bolín a Franco no le hizo falta enseñar su media carta: Bebb, nada más verlo (y una vez que aquel hombre de paisano le dijo: «Soy el general Franco», información de gran importancia para un aviador de Croydon), decidió que era la persona por la que se había hecho todo ese montaje, lo cual dice mucho de su clarividencia pues Franco era bajito, un poco barrigudo y, además, iba vestido de paisano. A mí siempre me ha parecido que a Bolín le pareció inelegante describir en sus memorias al caudillo presentando medio naipe para hacerse respetar.
Para evitar ser obstruido por alguien en su viaje en coche a Gando, Franco fue por vía marítima. El hecho de que en la playa de Gando no hubiese puerto le obligó a tirarse de la barca y, con agua hasta las rodillas, andar hasta la orilla (o sea: la barca se acercó bastante, porque las rodillas de Franco no estaban demasiado lejos del suelo).
Como bien sabemos, mientras ocurría todo esto, el ejército del Marruecos español se sublevaba, con cierta precipitación sobre los planes iniciales. El avión salió de Canarias como a la una de la tarde, paró en Agadir para repostar y allí se retrasó un poco más porque era fiesta. Como resultado, en Casablanca se hizo de noche sin que el aparato hubiese aparecido. Sin embargo, a eso de las nueve y cuarto de la noche, el avión llegó. Eso sí, cuando estaba descendiendo, hubo un apagón en el aeropuerto y las luces de la pista se apagaron. Fue, sin embargo, cosa de poco, y pronto estuvo solucionada.
Franco entró en la Casablanca francesa con un pasaporte falso, prestado por el diplomático José Antonio de Sangróniz y al que había puesto su propia foto. Como era tan tarde, los conspiradores debieron cambiar de planes y, en lugar de seguir hasta Tánger, destino último del viaje, dormir en Casablanca. Esta decisión salvó de nuevo la operación. Poco tiempo después, el marqués de Mérito, que estaba en Tánger, llamó para decir que ese aterrizaje debía desestimarse, recomendando Tetuán. Se decidió volar allí al día siguiente. Esto da que pensar que si Franco hubiera salido hacia Tánger, tal vez la habría cagado.
En el hotel, Franco se afeitó el bigote, para dificultar su reconocimiento. De él nos dice Bolín en sus memorias que «el general tenía entonces cuarenta y tres años: era bien proporcionado y bien parecido». En fin, qué podemos decir; para gustos se pintan colores pero, la verdad, una cosa es ser franquista y otra estar ciego.
En el pasaje tal vez más sincero de sus memorias, Bolín nos cuenta que él y el general durmieron aquella noche juntos en la misma habitación, en la que estuvieron dándole a la sin hueso por lo menos hasta las dos de la madrugada. Franco no era nada optimista sobre lo que iba a comenzar. «Tan negro fue el cuadro que pintó ante mis ojos», relata Bolín, «que acabé por preguntarle si podríamos vencer».
Otra cosa que nos dice Bolín es que Franco «hablaba todavía cuando, para facilitarle siquiera dos horas de descanso, apagué la luz con el pretexto de que me estaba quedando dormido». Esta capacidad de dar la brasa nocturna hasta la extenuación, de ser cierta, la compartía Franco con su entonces amigo Adolf Hitler, de quien sus cercanos han dejado escrito que era capaz de pasarse la noche entera dando la barrila. O, tal vez, es que aquella noche Franco, a pesar de todo lo que dicen sus hagiógrafos de nervios de acero y bla, bla, bla, estaba nervioso. Acojonado incluso.
A las cinco de la mañana del día siguiente, el avión salió de Casablanca. Una vez que se supo sobrevolando suelo español, Franco se puso el uniforme militar.
A la llegada a Tetuán, se produjo la que, para mí no hay duda, fue la escena más tensa para los conspiradores. Aterrizaban en Tetuán, sabiendo que el ejército de Marruecos y, consecuentemente, aquella plaza, se había sublevado. Pero no podían saber cuál había sido el resultado de la sublevación. En esa pista podían estar, perfectamente, tropas fieles a la República esperando su llegada. Franco no podía saber si al bajar del avión sería vitoreado o detenido. Al llegar al edificio principal, los viajeros vieron a cinco militares en posición de firmes. Y entonces Franco pronunció esa frase tan absurda.
‑¡Ahí está el Rubito!
Había reconocido al comandante Eduardo Sáenz de Buruaga, jefe de Regulares marroquíes. Tan seguro estaba de su fidelidad que, en ese momento, supo que la plaza era suya. Y todo empezó.
Del Rubicón al Rubito.
¿Hubo una frase que marcase el principio de la guerra española? Pues quizá sí, la hubo. Pero fue una frase que más parece una gilipollez que una frase: «¡Ahí está el Rubito!» La pronunció quien la tenía que pronunciar, esto es el general Francisco Franco, y lo hizo en medio de un episodio que es el que hoy quiero contaros: la odisea del Dragon Rapide.
5 de julio de 1936. La ciudad de Londres. En la ciudad de Londres vive un personaje bastante conservador de ideas, Luis Bolín, que en ese momento tiene como dedicación principal ser el corresponsal del diario monárquico ABC en el Reino Unido. Cuando llega a casa, la mujer de Bolín le informa de que su jefe, Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del periódico, le ha llamado desde Biarritz. Según confiesa Bolín en sus memorias, no tiene la más mínima duda de que ese detalle señala que el golpe de Estado contra la República está a punto de estallar en España. Así lo dice en sus memorias, sin más explicaciones. O sea, si un día te llama tu jefe a tu casa, es que va a haber un golpe de Estado.
Bolín espera con nerviosismo a la segunda llamada de Luca de Tena, que se produce poco después. El marqués le da instrucciones concretas y sincréticas. Debe alquilar en Reino Unido un hidroavión capaz de volar desde Canarias hasta Marruecos, preferentemente Ceuta. Un español que trabaja en la banca Kleinwort, radicada en la célebre City londinense, le facilitará el dinero necesario. El objetivo es que el avión esté en Casablanca el 11 de julio. En la ciudad marroquí de tantas resonancias fílmicas, el piloto del avión deberá esperar en un hotel determinado a la llegada de alguien que se identificará por la contraseña Galicia saluda a Francia.
Luca de Tena informa a Bolín de que la más que probable misión del piloto será ir a Canarias a recoger a alguien. ¿A quién? Para saberlo, deberá ir a la consulta de un médico de Tenerife.
Si el 31 de julio nadie hubiese aparecido por Casablanca, el piloto debería regresar a Londres.
Bolín se sintió probablemente abrumado por las circunstancias. En sus memorias asegura que tuvo claro, desde el primer momento, que el extraño pasajero del avión sería Franco. Estas cosas es muy fácil decirlas a toro pasado, pero lo que está claro es que no dudaba de que la misión estaba íntimamente relacionada con el golpe de Estado. Bolín, por lo tanto, tenía que alquilar un avión cagando leches, pero eso no es algo que sepa hacer cualquiera. Por esa razón llama a su amigo Juan de la Cierva, el inventor del autogiro, quien también residía entonces en Londres. Lo primero que hace La Cierva al conocer el encargo es echarle a Bolín un buen jarro de agua fría: en su opinión (y no se equivocó), las posibilidades de encontrar un hidroavión disponible eran nulas. Incluso dudaba de poder encontrar algún avión con el radio de autonomía requerido para esos vuelos.
El día 6, tras muchos barrigazos por los despachos de sus amigos aeronáuticos, Juan de la Cierva da con una empresa llamada Olley Air Service, con base en el pueblecito de Croydon, que al parecer posee algún avión que puede servir. Bolín se desplaza al lugar y allí habla con el capitán Olley, quien considera que el aparato más adecuado para el tipo de viaje que el cliente quiere hacer es un De Havilland Dragon Rapide de siete plazas, matrícula G-ACYR. Así pues, mucha gente cree que eso de Dragon Rapide es el nombre del avión; pero no es verdad, es simplemente parte de la denominación del modelo. De hecho, el príncipe de Gales poseía otro igual que guardaba la Olley en el mismo hangar que el que albergaba al que sería el avión de Franco.
Una vez encontrado el avión, Bolín y La Cierva trazan su plan. Como ya he dicho, aunque no tienen todos los detalles de la cosa, saben o sospechan con claridad dónde se van a meter, así que se ponen a pensar en la mejor manera de poder volar sin despertar sospechas. Delante de la mujer de Bolín, La Cierva le dice: «¿por qué no te llevas a una rubia guapa y vistosa?» Como puede verse, el mito de las rubias como seres superficiales tiene varias generaciones. Finalmente, deciden mejorar la estrategia haciendo que Bolín vuele desde Londres en compañía de un hombre y de dos mujeres rubias. O sea: dos hombres maduros con dos tías buenas, ricachones bajando al moro para echar un quiqui. Como cortina de humo, la verdad es que no está mal.
Douglas Jerrod, un editor inglés, es el encargado de buscar al amigo inglés, y acaba decidiéndose por Hugo Pollard, comandante retirado, cazador de zorros y un hombre, dice Bolín que le dijo Jerrod, «muy de tu cuerda». A la vista de las cosas que escribe Bolín en sus memorias (cosas como que el interior de la catedral de Málaga, inmediatamente tras su toma por los franquistas, todavía conservaba el hedor a rojo, que hay que ser bestia), hemos de entender que el señor Pollard no debía de ser precisamente votante del Partido Laborista.
Bolín recoge en sus memorias que Jerrod, nada más llamar a Pollard, le aconseja que les espere metiendo la cabeza bajo un grito de agua fría; lo cual parece una manera de insinuar que nuestro contacto inglés se bebía hasta el agua de los floreros. Se fueron a verle a su casa de Midhurst, en el condado de Sussex. Si es cierto lo que cuenta Bolín en sus memorias, hay que reconocer que era un buen conocedor de la cultura inglesa, pues afirma que, nada más conocer a Pollard, se arrancó a hablar con él «de la belleza de las flores en aquel verano delicioso, de la excelencia del tiempo que era, desde luego, excepcional». En efecto, la jardinería y el clima son los dos asuntos por los que debe comenzar toda conversación con un inglés de pura cepa.
Bolín termina proponiéndole a Pollard que vuele con él a Marruecos, pero que para completar la expedición hacen falta «dos chicas rubias, discretas y bien parecidas». Ante proposición tan harto sospechosa, lo único que le ocurre preguntar a Pollard (según Bolín, claro) es si viajarán asegurados a todo riesgo y, ante el anuncio de la firma de otras tantas pólizas de seguro, acepta.
Las dos rubias resultan ser una tal Dorothy, amiga de Pollard; y Diana, la hija de éste, quién se apunta entusiasmada al viaje a pesar de no saber, según Bolín, ni dónde queda Marruecos.
El capitán Olley, propietario del avión, tenía más conchas que el tal Pollard, o tal vez ideas menos definidas. Síntoma claro de que no las tenía todas consigo con esa pretendida excursión en plan canita al aire es que le dijo a Bolín que imaginaba que el viaje estaría sometido a riesgos no cubiertos habitualmente por póliza de seguros, así pues le hizo jurar solemnemente que sólo utilizaría el avión para transportarse a él mismo y a sus invitados. Esta inquietud por parte de Olley dio sus problemas, pues Bolín se dio cuenta de que, si algo le pasaba al avión, él tendría que abonarlo. Lo habló con La Cierva, y el inventor con el duque de Alba; los dos últimos acordaron que, si el avión resultaba dañado por hechos no cubiertos por el seguro, pagarían cada uno la mitad del pago garantizado.
Acto seguido, Olley le presentó al piloto, Cecil W. H. Bebb, con quien acordaron que el avión despegaría el sábado 11 de julio a las siete de la mañana.
El avión hizo escala en Burdeos, donde los viajeros tomaron unas copas con Luca de Tena y el marqués de Mérito, también en la conspiración, que se subió al avión para luego irse desde Casablanca a Tánger por sus propios medios. Según Bolín, cuando entraron en España, y por estulticia del operador de radio (al parecer, venía bolinga desde Burdeos), se perdieron y anduvieron volando en plan gilipollas hasta que vieron el Naranco de Bulnes. Con eso y mediante el poco ortodoxo sistema de volar muy bajo al pasar por estaciones de tren para tratar de leer los letreros de la población, consiguieron orientarse más o menos. Pero se les acababa el carburante y el piloto manejó la posibilidad de aterrizar en cualquier campo perdido, lo cual habría hecho imposible la misión. Finalmente, llegaron a la costa atlántica, divisaron un aeropuerto militar en el pueblo portugués de Espinho, y aterrizaron allí.
Nada más parar los motores los detuvieron, claro. Hasta un idiota sabe que no se puede aterrizar en un aeropuerto militar sin avisar, así como así.
Otra vez, la misión se podría haber ido al carajo. En el pueblo de Espinho había fiesta a la que acudieron los detenidos junto con los militares que los habían detenido y, nos dice Bolín en sus memorias, «este acontecimiento, unido al encanto de las rubias, impresionó favorablemente al oficial quien, mediado el camino, nos dijo que tanto el aparato como nosotros quedarían en libertad a primera hora de la mañana».
La pregunta es: ¿exactamente hasta qué punto unas rubias inglesas han de desplegar encantos para quebrar la voluntad de un militar portugués? Bolín no nos lo aclara. Y hay que tener en cuenta que una de las rubias era la mismísima hija de Pollard. Ejem…
Desde Espinho el avión dio un salto a Alverca, donde Bolín y mérito se reunieron con el general Sanjurjo. Asimismo, en Alverca es donde Bolín, preocupado ante la posibilidad de que la policía republicana le siguiera el paso y fuese detenido en Casablanca, le dio informaciones parciales a Pollard, especialmente la misión de ir a la casa del médico en Tenerife y darle la famosa contraseña de Galicia saluda a Francia.
Si hemos de creer a Bolín, Pollard no sólo no se dio la vuelta o se asustó sino que, como se dice en lenguaje taurino, se recreó en la suerte, indicándole a Bolín que, si tenía que ir a ver a un médico espía, lo mejor es que trucase las cosas para que la visita fuese creíble. Así, ambos escribieron en la agenda de Pollard los nombres de varios médicos en poblaciones diferentes de Europa, algunos ciertos y otros inventados, para así poder dar soporte a la historia de que el ex militar era un enfermo crónico que por eso tenía la referencia de facultativos distintos en las ciudades que visitaba.
El 13 de julio, la expedición se entera en Casablanca del asesinato de Calvo Sotelo, que se ha producido en la madrugada del mismo día en Madrid. La noticia genera en los conspiradores la reacción que se produjo en muchos otros que eran de su partida: se dan cuenta de que ya todo es imparable. Por eso, aunque las instrucciones que tenían era esperar a que alguien les contactase diciendo la famosa contraseña, deciden actuar por su cuenta y enviar el avión a Canarias. Otra decisión que salvó la operación pues, según nos cuenta Bolín, el emisario que estaban esperando nunca llegó siquiera a iniciar viaje, así pues hubieran esperado en vano. Aunque Bolín no lo dice claramente en sus memorias, parece claro que, además, la noticia de la muerte de Calvo Sotelo multiplicó en él las sospechas de que podían estar siguiéndole (a él y al marqués de Mérito), motivo por el cual tomó una decisión muy arriesgada: que los ingleses se fuesen solos a buscar a Franco a Canarias. Verdaderamente, el tal Pollard debía de ser un conservador de pies a cabeza para que el periodista le confiase esa misión.
Pollard, su hija y su amiga llegaron a cabo Juby, un pequeño saliente de la costa del antiguo Sahara Español justo enfrente de Canarias, el día 15 de julio. Ese aterrizaje, forzado por las circunstancias del vuelo, repitió la jugada de Espinho (es decir, aterrizar en un aeródromo militar sin permiso previo), sólo que esta vez el aeródromo no era portugués, sino español (para que nos entendamos: republicano). El mando de Cabo Juby, de hecho, cablegrafió al Ministerio de la Guerra en Madrid la incidencia, es decir que un avión ocupado por turistas británicos había aterrizado allí sin permiso. Sin embargo, aquí se hizo patente que Bolín había acertado con su arriesgada decisión pues, de haber ido en el avión un español, además sospechoso, con seguridad allí habrían quedado todos detenidos. Al ser ingleses, la reacción de Madrid fue ordenar la detención del avión, pero a la llegada a su destino. ¿Cuál era su destino? El aeródromo de Gando. ¿A quién tenía que ordenarle dicha detención? Al comandante militar de Canarias. Y, ¿quién era el comandante militar de Canarias? Pues Francisco Franco Bahamonde. Alguien que, obviamente, no les detuvo.
El Dragon Rapide llegó al aeropuerto grancanario de Gando el miércoles 15 de julio por la tarde. Pollard y sus rubias cogieron un barco en el Puerto de la Luz y se fueron a Santa Cruz de Tenerife, en busca del médico. Llegado a su consulta, Pollard se presentó declamando lentamente, con la pronunciación que le habían enseñado, la contraseña Galicia saluda a Francia. Con gran sorpresa, la respuesta del médico fue cabrearse e invitarlo a marcharse. Al parecer, para aquel entonces aquel hombre, que debía de ser algo así como un conspirador amateur o a tiempo parcial, había terminado hasta las narices de mensajitos y contraseñas y ya no quería saber nada más de movidas.
Aún así, debió rendir un último servicio a su causa pues Pollard le informó del hotel donde se hospedaba, hotel en el que, unas horas después, le visitó un militar joven.
Esto ocurría el jueves día 16. Franco, en cuanto fue informado de que había un avión en Gando, decidió actuar. Con la disculpa de lo rarita que estaba la situación, aisló las Canarias desde el punto de vista de las comunicaciones, no sin antes solicitar a Madrid permiso para desplazarse a la isla de Gran Canaria al funeral de un militar amigo recientemente fallecido (el general Amado Balmes). De esta manera consiguió no despertar sospechas en su desplazamiento y, además, pudo sumar Tenerife a la sublevación sin que en Madrid se coscasen de la movida.
El 17 de julio, Franco desembarca en Gran Canaria, tras lo cual se produce una lucha entre el ejército y los guardias de asalto, a los que el gobernador civil republicano ha puesto en alerta. Sin embargo, los sublevados se imponen con relativa rapidez, como ya ha ocurrido en Tenerife. No obstante, la necesidad de imponerse en Las Palmas lo retrasó, pues Franco tenía previsto salir para Marruecos el 17 de julio, pero no pudo hacerlo hasta el 18.
A Cecil Bebb, el piloto del avión, alguien le dio instrucciones de salir para Marruecos y le hizo el juego típico de entregarle medio naipe que debería completarse con otro medio que llevaría su pasajero. Sin embargo, según Bolín a Franco no le hizo falta enseñar su media carta: Bebb, nada más verlo (y una vez que aquel hombre de paisano le dijo: «Soy el general Franco», información de gran importancia para un aviador de Croydon), decidió que era la persona por la que se había hecho todo ese montaje, lo cual dice mucho de su clarividencia pues Franco era bajito, un poco barrigudo y, además, iba vestido de paisano. A mí siempre me ha parecido que a Bolín le pareció inelegante describir en sus memorias al caudillo presentando medio naipe para hacerse respetar.
Para evitar ser obstruido por alguien en su viaje en coche a Gando, Franco fue por vía marítima. El hecho de que en la playa de Gando no hubiese puerto le obligó a tirarse de la barca y, con agua hasta las rodillas, andar hasta la orilla (o sea: la barca se acercó bastante, porque las rodillas de Franco no estaban demasiado lejos del suelo).
Como bien sabemos, mientras ocurría todo esto, el ejército del Marruecos español se sublevaba, con cierta precipitación sobre los planes iniciales. El avión salió de Canarias como a la una de la tarde, paró en Agadir para repostar y allí se retrasó un poco más porque era fiesta. Como resultado, en Casablanca se hizo de noche sin que el aparato hubiese aparecido. Sin embargo, a eso de las nueve y cuarto de la noche, el avión llegó. Eso sí, cuando estaba descendiendo, hubo un apagón en el aeropuerto y las luces de la pista se apagaron. Fue, sin embargo, cosa de poco, y pronto estuvo solucionada.
Franco entró en la Casablanca francesa con un pasaporte falso, prestado por el diplomático José Antonio de Sangróniz y al que había puesto su propia foto. Como era tan tarde, los conspiradores debieron cambiar de planes y, en lugar de seguir hasta Tánger, destino último del viaje, dormir en Casablanca. Esta decisión salvó de nuevo la operación. Poco tiempo después, el marqués de Mérito, que estaba en Tánger, llamó para decir que ese aterrizaje debía desestimarse, recomendando Tetuán. Se decidió volar allí al día siguiente. Esto da que pensar que si Franco hubiera salido hacia Tánger, tal vez la habría cagado.
En el hotel, Franco se afeitó el bigote, para dificultar su reconocimiento. De él nos dice Bolín en sus memorias que «el general tenía entonces cuarenta y tres años: era bien proporcionado y bien parecido». En fin, qué podemos decir; para gustos se pintan colores pero, la verdad, una cosa es ser franquista y otra estar ciego.
En el pasaje tal vez más sincero de sus memorias, Bolín nos cuenta que él y el general durmieron aquella noche juntos en la misma habitación, en la que estuvieron dándole a la sin hueso por lo menos hasta las dos de la madrugada. Franco no era nada optimista sobre lo que iba a comenzar. «Tan negro fue el cuadro que pintó ante mis ojos», relata Bolín, «que acabé por preguntarle si podríamos vencer».
Otra cosa que nos dice Bolín es que Franco «hablaba todavía cuando, para facilitarle siquiera dos horas de descanso, apagué la luz con el pretexto de que me estaba quedando dormido». Esta capacidad de dar la brasa nocturna hasta la extenuación, de ser cierta, la compartía Franco con su entonces amigo Adolf Hitler, de quien sus cercanos han dejado escrito que era capaz de pasarse la noche entera dando la barrila. O, tal vez, es que aquella noche Franco, a pesar de todo lo que dicen sus hagiógrafos de nervios de acero y bla, bla, bla, estaba nervioso. Acojonado incluso.
A las cinco de la mañana del día siguiente, el avión salió de Casablanca. Una vez que se supo sobrevolando suelo español, Franco se puso el uniforme militar.
A la llegada a Tetuán, se produjo la que, para mí no hay duda, fue la escena más tensa para los conspiradores. Aterrizaban en Tetuán, sabiendo que el ejército de Marruecos y, consecuentemente, aquella plaza, se había sublevado. Pero no podían saber cuál había sido el resultado de la sublevación. En esa pista podían estar, perfectamente, tropas fieles a la República esperando su llegada. Franco no podía saber si al bajar del avión sería vitoreado o detenido. Al llegar al edificio principal, los viajeros vieron a cinco militares en posición de firmes. Y entonces Franco pronunció esa frase tan absurda.
‑¡Ahí está el Rubito!
Había reconocido al comandante Eduardo Sáenz de Buruaga, jefe de Regulares marroquíes. Tan seguro estaba de su fidelidad que, en ese momento, supo que la plaza era suya. Y todo empezó.
Del Rubicón al Rubito.
jueves, enero 17, 2008
La visión soviética de la guerra civil
Como todo el mundo sabe, las Navidades son fechas complejas para los elefantes. Las ETT proboscídeas suelen estar a tope en esos días porque, en verdad, quién no necesita un elefante por Navidad. Hay sesiones dobles en los circos, es necesario reforzar los turnos en los zoos porque van mogollón de niños y todos quieren que el animal suba la trompa y barrite un poco, esas cosas.
Es por esta razón que Tiburcio, co-editor de esta mamonada, lleva unas semanas bastante liado. No obstante, como diría el viejo ABC de Luis María Anson, nuestra centralita está bloqueada con llamadas de lectores protestando por esta ausencia (no tenemos centralita y, aunque la tuviéramos, nuestros lectores no se saben el número; pero eso son detalles sin importancia).
Hoy os traigo, anyway, un post de Tiburcio. Este blog, en mi opinión, sería un blog mucho más aburrido, y de peor calidad, si entre tanta verborrea juandejuánica no incluyese algún acertado post elefantiásico.
En el post de hoy, Tiburcio aborda una actividad que sé que le gusta, gusto que, además, es compartido en mi caso: revisar las revisiones históricas cuando su tiempo ya ha pasado. Alguien dijo una vez que pocas cosas hay más sometidas a los vaivenes de la Historia que la propia Historia, y es cierto. Cada tiempo tiene su manera de ver el pasado y cuando ese mismo tiempo es ya pasado, conviene echar la vista atrás y ver cómo se veían entonces las cosas y lo que entonces se daba por cierto; esto, quizá, nos sirva para relativizar nuestras convicciones de hoy.
El post de Tibur incide en un aspecto sobre el que habría para escribir largo y tendido: las interpretaciones no españolas de la guerra civil. En este caso, una muy concreta, que es la de la Unión Soviética. Podemos ser enormemente incapaces a la hora de leer nuestra propia situación, pero esa incapacidad se multiplica cuando lo que estamos leyendo es la situación de otro. La interpretación soviética de la guerra civil española influyó mucho a muchos historiadores, de dentro y de fuera de España, sobre todo en el aspecto crucial que trata este post, que es la consideración del conflicto como un conflicto de raíces internacionales. La URSS defendió hasta su último minuto que si había habido guerra civil en España fue, única y exclusivamente, porque así lo habían decidido Hitler y Mussolini; porque la sublevación de Franco cuadraba dentro de los planes alemano-italianos para sojuzgar Europa.
Esta versión no cuadra mucho con los hechos. Por ejemplo: es cierto que Hitler y Mussolini siempre fueron bastante amiguitos; pero no tanto como Alemania y la propia URSS cuando, en 1938 (momento en el que la guerra civil española empezaba a dar sus últimas boqueadas) se repartieron Polonia como buenos hermanos. Y luego está el argumento principal, y es que resulta abracadabrante sostener que la guerra civil española no tuvo causas internas. Sin embargo, se sostuvo y, además, mucha gente, sesuda gente en muchos casos, lo creyó. Lo cree aún, me atrevería a decir.
En fin. Os recomiendo, como siempre, la lectura del post, amén de recordaros que la Navidad ya ha pasado.
Supongo que muchos de vosotros iríais cuando érais niños, o vais ahora con vuestros hijos o nietos, a los espectáculos de marionetas al aire libre. Las representaciones de marionetas son siempre muy parecidas: hay un personaje que es el que defiende a los buenos y, cuando alguien está en peligro de ser cazado por el malo, los niños gritan su nombre, llamándolo, para que aparezca.
Os propongo que hagais lo mismo. Salís a la ventana de vuestra casa y del trabajo y gritais: «¡Tiburcioooooo!» Y lo mismo lo oye (digo yo que para eso será que tienen las orejas tan grandes los elefantes).
Os dejo con él.
La visión soviética de la guerra civil
By Tiburcio Samsa.
Hace veinte años nadie hubiera podido predecir que algún día la visión soviética de la Guerra Civil española nos resultaría tan irrelevante como la opinión que tenía el Rey Asurbanipal de la política agresiva de los elamitas. En beneficio de los sovietólogos desamparados, que vieron de un día para otro cómo entraban en la misma categoría de los sumeriólogos, la de aquellos cuyo objeto de estudio está muerto y enterrado, de los nostálgicos de la Guerra Fría y de los curiosos en general escribo unas líneas sobre qué era lo que se decía en la Unión Soviética en los años ochenta sobre la Guerra Civil española.
Tomo como base el primero de los dos volúmenes de la Historia de la Política Exterior de la URSS (Istorija Vneshnej Politiki SSSR), editado en 1986 en Moscú, bajo la redacción de A.A. Gromyko y B. N. Ponomareva. Es un libro que compré cuando aún pensaba que la sovietología podía dar dinero y todavía no me había dado cuenta de que los inviernos rusos no me van. Lo que sigue a continuación es un resumen de lo que dice el libro. Me ha parecido mejor no apostillar ni comentar y dejar que el texto hable por sí mismo. He mantenido incluso algunas de las maneras de expresarse del texto, aunque puedan resultar chocantes.
Antes de empezar, me parece interesante hacer dos observaciones. La primera es que a la Guerra Civil española se le dedican 5 páginas y ¾, en un volumen de 511 páginas. Algo más que lo dedicado a la agresión japonesa en Manchuria y a la conquista de Austria por Alemania, pero menos que lo dedicado a los acuerdos de Munich. La segunda es que el capítulo que trata este tema lleva el significativo título de La URSS y la intervención germano-italiana en España.
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 y sus primeras reformas de corte progresista causaron hondo desasosiego a la Alemania nazi y a la Italia fascista. Las fuerzas reaccionarias en España no podían aceptar la pérdida del poder y con el apoyo germano-italiano un grupo de oficiales reaccionarios encabezados por Franco se sublevaron. Alemania e Italia buscaban no sólo el establecimiento de un régimen fascista en España, sino también entorpecer las comunicaciones de Inglaterra y Francia con sus imperios coloniales, creando una amenaza a Francia por el sur.
La URSS y todas las fuerzas progresistas mundiales acudieron en defensa de la República. Sus esfuerzos se vieron entorpecidos por la actitud de Francia e Inglaterra, que querían un acercamiento a Alemania y optaron por una política de neutralidad que privó al Gobierno de la República de la posibilidad de comprar armas en el extranjero en un momento en el que Alemania e Italia abastecían a los sublevados fascistas. El instrumento de esa política fue el Comité de No Intervención.
En contraposición, la URSS en el Comité mostró su apoyo a la lucha de los demócratas españoles contra las fuerzas del fascismo y el 7 de octubre de 1936 presentó al mismo cantidad de pruebas del apoyo que recibían los sublevados y advirtió que si no se solucionaban inmediatamente las violaciones del acuerdo de no intervención, la URSS se consideraría libre de los acuerdos que la vinculaban al Comité. El 23 de octubre la URSS insistió en que se permitiese al Gobierno de la República la compra de armamento en el extranjero. El 25 de octubre finalmente el Gobierno soviético anunció que, en tanto no hubiera garantías de que cesaría el apoyo a los sublevados, se consideraba moralmente liberado de sus obligaciones hacia el Comité.
La política del Partido y del Gobierno soviéticos quedó expresada con claridad en el telegrama que el Secretario General del Comité Central del PCUS, Stalin, le envió al Secretario General del PCE, José Díaz: «Los trabajadores de la Unión Soviética cumplen simplemente con su deber, al prestar su fuerte apoyo a las masas revolucionarias de España. Esto da cuenta de que la liberación de España del yugo de los reaccionarios fascistas no es un asunto privativo de los españoles, sino de toda la humanidad avanzada y progresista.» Así pues, la Unión Soviética prestó su ayuda al pueblo combatiente español y al Gobierno legítimo, de acuerdo con las normas del Derecho Internacional y cumpliendo con sus deberes internacionales.
El libro da como pruebas del apoyo ofrecido a la República las siguientes cantidades de armamento entregadas entre octubre de 1936 y enero de 1939: 648 aviones, 347 tanques, 60 autoametralladoras, 1.186 cañones, 20.648 pistolas y 497.813 fusiles, así como gran cantidad de granadas y proyectiles. En el otoño de 1938 el Gobierno soviético concedió al republicano un crédito por importe de 85 millones de dólares. Asimismo envió a España especialistas y asesores militares, que ayudaron enormemente a la creación de un Ejército popular regular y que coadyuvaron a las principales operaciones contra los intervencionistas fascistas y los sublevados. También participaron en la lucha voluntarios de 54 países formados en las Brigadas Internacionales. De los 42.000 voluntarios, 3.000 provenían de la URSS y de éstos más de 160 eran aviadores. Los voluntarios soviéticos dejaron más de doscientos muertos en combate.
La URSS ayudó a la República hasta sus últimos días de todas las maneras posibles: apoyo diplomático, ayuda económica… Sin embargo, las fuerzas eran muy desiguales. Sólamente el Ejército de los intervencionistas germano-italianos contaba con cerca de 300.000 soldados y oficiales. El Ejército popular republicano, apoyado por voluntarios de muchos países, combatió con un heroísmo inaudito y aunque sufrió muchas pérdidas, siguió luchando. En la lucha, como resultado de los bombardeos germano-italianos y de la represión en los territorios conquistados por los fascistas murieron más de un millón de hombres.
Pero en Londres y París se cerraban los ojos ante la brutalidad de los intervencionistas germano-italianos. En enero de 1939 se negaron a adoptar sanciones contra los agresores germano-italianos, conforme a la Carta de la Sociedad de Naciones. Ello significó que los agresores tendrían completa libertad para estrangular a la República española.
No puedo morderme más la lengua y dejar de hacer un comentario recapitulador: la Guerra Civil española, según el libro, fue la historia de la agresión que sufrió el heroico pueblo español a manos de los intervencionistas germano-italianos, agresión ante la que sólo pudo contar con la ayuda de la URSS, ya que Francia e Inglaterra optaron por una no intervención vergonzosa. Me pregunto lo que dirá a propósito de esta versión de la Guerra la Ley de Recuperación de la Memoria Histórica.
Es por esta razón que Tiburcio, co-editor de esta mamonada, lleva unas semanas bastante liado. No obstante, como diría el viejo ABC de Luis María Anson, nuestra centralita está bloqueada con llamadas de lectores protestando por esta ausencia (no tenemos centralita y, aunque la tuviéramos, nuestros lectores no se saben el número; pero eso son detalles sin importancia).
Hoy os traigo, anyway, un post de Tiburcio. Este blog, en mi opinión, sería un blog mucho más aburrido, y de peor calidad, si entre tanta verborrea juandejuánica no incluyese algún acertado post elefantiásico.
En el post de hoy, Tiburcio aborda una actividad que sé que le gusta, gusto que, además, es compartido en mi caso: revisar las revisiones históricas cuando su tiempo ya ha pasado. Alguien dijo una vez que pocas cosas hay más sometidas a los vaivenes de la Historia que la propia Historia, y es cierto. Cada tiempo tiene su manera de ver el pasado y cuando ese mismo tiempo es ya pasado, conviene echar la vista atrás y ver cómo se veían entonces las cosas y lo que entonces se daba por cierto; esto, quizá, nos sirva para relativizar nuestras convicciones de hoy.
El post de Tibur incide en un aspecto sobre el que habría para escribir largo y tendido: las interpretaciones no españolas de la guerra civil. En este caso, una muy concreta, que es la de la Unión Soviética. Podemos ser enormemente incapaces a la hora de leer nuestra propia situación, pero esa incapacidad se multiplica cuando lo que estamos leyendo es la situación de otro. La interpretación soviética de la guerra civil española influyó mucho a muchos historiadores, de dentro y de fuera de España, sobre todo en el aspecto crucial que trata este post, que es la consideración del conflicto como un conflicto de raíces internacionales. La URSS defendió hasta su último minuto que si había habido guerra civil en España fue, única y exclusivamente, porque así lo habían decidido Hitler y Mussolini; porque la sublevación de Franco cuadraba dentro de los planes alemano-italianos para sojuzgar Europa.
Esta versión no cuadra mucho con los hechos. Por ejemplo: es cierto que Hitler y Mussolini siempre fueron bastante amiguitos; pero no tanto como Alemania y la propia URSS cuando, en 1938 (momento en el que la guerra civil española empezaba a dar sus últimas boqueadas) se repartieron Polonia como buenos hermanos. Y luego está el argumento principal, y es que resulta abracadabrante sostener que la guerra civil española no tuvo causas internas. Sin embargo, se sostuvo y, además, mucha gente, sesuda gente en muchos casos, lo creyó. Lo cree aún, me atrevería a decir.
En fin. Os recomiendo, como siempre, la lectura del post, amén de recordaros que la Navidad ya ha pasado.
Supongo que muchos de vosotros iríais cuando érais niños, o vais ahora con vuestros hijos o nietos, a los espectáculos de marionetas al aire libre. Las representaciones de marionetas son siempre muy parecidas: hay un personaje que es el que defiende a los buenos y, cuando alguien está en peligro de ser cazado por el malo, los niños gritan su nombre, llamándolo, para que aparezca.
Os propongo que hagais lo mismo. Salís a la ventana de vuestra casa y del trabajo y gritais: «¡Tiburcioooooo!» Y lo mismo lo oye (digo yo que para eso será que tienen las orejas tan grandes los elefantes).
Os dejo con él.
La visión soviética de la guerra civil
By Tiburcio Samsa.
Hace veinte años nadie hubiera podido predecir que algún día la visión soviética de la Guerra Civil española nos resultaría tan irrelevante como la opinión que tenía el Rey Asurbanipal de la política agresiva de los elamitas. En beneficio de los sovietólogos desamparados, que vieron de un día para otro cómo entraban en la misma categoría de los sumeriólogos, la de aquellos cuyo objeto de estudio está muerto y enterrado, de los nostálgicos de la Guerra Fría y de los curiosos en general escribo unas líneas sobre qué era lo que se decía en la Unión Soviética en los años ochenta sobre la Guerra Civil española.
Tomo como base el primero de los dos volúmenes de la Historia de la Política Exterior de la URSS (Istorija Vneshnej Politiki SSSR), editado en 1986 en Moscú, bajo la redacción de A.A. Gromyko y B. N. Ponomareva. Es un libro que compré cuando aún pensaba que la sovietología podía dar dinero y todavía no me había dado cuenta de que los inviernos rusos no me van. Lo que sigue a continuación es un resumen de lo que dice el libro. Me ha parecido mejor no apostillar ni comentar y dejar que el texto hable por sí mismo. He mantenido incluso algunas de las maneras de expresarse del texto, aunque puedan resultar chocantes.
Antes de empezar, me parece interesante hacer dos observaciones. La primera es que a la Guerra Civil española se le dedican 5 páginas y ¾, en un volumen de 511 páginas. Algo más que lo dedicado a la agresión japonesa en Manchuria y a la conquista de Austria por Alemania, pero menos que lo dedicado a los acuerdos de Munich. La segunda es que el capítulo que trata este tema lleva el significativo título de La URSS y la intervención germano-italiana en España.
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 y sus primeras reformas de corte progresista causaron hondo desasosiego a la Alemania nazi y a la Italia fascista. Las fuerzas reaccionarias en España no podían aceptar la pérdida del poder y con el apoyo germano-italiano un grupo de oficiales reaccionarios encabezados por Franco se sublevaron. Alemania e Italia buscaban no sólo el establecimiento de un régimen fascista en España, sino también entorpecer las comunicaciones de Inglaterra y Francia con sus imperios coloniales, creando una amenaza a Francia por el sur.
La URSS y todas las fuerzas progresistas mundiales acudieron en defensa de la República. Sus esfuerzos se vieron entorpecidos por la actitud de Francia e Inglaterra, que querían un acercamiento a Alemania y optaron por una política de neutralidad que privó al Gobierno de la República de la posibilidad de comprar armas en el extranjero en un momento en el que Alemania e Italia abastecían a los sublevados fascistas. El instrumento de esa política fue el Comité de No Intervención.
En contraposición, la URSS en el Comité mostró su apoyo a la lucha de los demócratas españoles contra las fuerzas del fascismo y el 7 de octubre de 1936 presentó al mismo cantidad de pruebas del apoyo que recibían los sublevados y advirtió que si no se solucionaban inmediatamente las violaciones del acuerdo de no intervención, la URSS se consideraría libre de los acuerdos que la vinculaban al Comité. El 23 de octubre la URSS insistió en que se permitiese al Gobierno de la República la compra de armamento en el extranjero. El 25 de octubre finalmente el Gobierno soviético anunció que, en tanto no hubiera garantías de que cesaría el apoyo a los sublevados, se consideraba moralmente liberado de sus obligaciones hacia el Comité.
La política del Partido y del Gobierno soviéticos quedó expresada con claridad en el telegrama que el Secretario General del Comité Central del PCUS, Stalin, le envió al Secretario General del PCE, José Díaz: «Los trabajadores de la Unión Soviética cumplen simplemente con su deber, al prestar su fuerte apoyo a las masas revolucionarias de España. Esto da cuenta de que la liberación de España del yugo de los reaccionarios fascistas no es un asunto privativo de los españoles, sino de toda la humanidad avanzada y progresista.» Así pues, la Unión Soviética prestó su ayuda al pueblo combatiente español y al Gobierno legítimo, de acuerdo con las normas del Derecho Internacional y cumpliendo con sus deberes internacionales.
El libro da como pruebas del apoyo ofrecido a la República las siguientes cantidades de armamento entregadas entre octubre de 1936 y enero de 1939: 648 aviones, 347 tanques, 60 autoametralladoras, 1.186 cañones, 20.648 pistolas y 497.813 fusiles, así como gran cantidad de granadas y proyectiles. En el otoño de 1938 el Gobierno soviético concedió al republicano un crédito por importe de 85 millones de dólares. Asimismo envió a España especialistas y asesores militares, que ayudaron enormemente a la creación de un Ejército popular regular y que coadyuvaron a las principales operaciones contra los intervencionistas fascistas y los sublevados. También participaron en la lucha voluntarios de 54 países formados en las Brigadas Internacionales. De los 42.000 voluntarios, 3.000 provenían de la URSS y de éstos más de 160 eran aviadores. Los voluntarios soviéticos dejaron más de doscientos muertos en combate.
La URSS ayudó a la República hasta sus últimos días de todas las maneras posibles: apoyo diplomático, ayuda económica… Sin embargo, las fuerzas eran muy desiguales. Sólamente el Ejército de los intervencionistas germano-italianos contaba con cerca de 300.000 soldados y oficiales. El Ejército popular republicano, apoyado por voluntarios de muchos países, combatió con un heroísmo inaudito y aunque sufrió muchas pérdidas, siguió luchando. En la lucha, como resultado de los bombardeos germano-italianos y de la represión en los territorios conquistados por los fascistas murieron más de un millón de hombres.
Pero en Londres y París se cerraban los ojos ante la brutalidad de los intervencionistas germano-italianos. En enero de 1939 se negaron a adoptar sanciones contra los agresores germano-italianos, conforme a la Carta de la Sociedad de Naciones. Ello significó que los agresores tendrían completa libertad para estrangular a la República española.
No puedo morderme más la lengua y dejar de hacer un comentario recapitulador: la Guerra Civil española, según el libro, fue la historia de la agresión que sufrió el heroico pueblo español a manos de los intervencionistas germano-italianos, agresión ante la que sólo pudo contar con la ayuda de la URSS, ya que Francia e Inglaterra optaron por una no intervención vergonzosa. Me pregunto lo que dirá a propósito de esta versión de la Guerra la Ley de Recuperación de la Memoria Histórica.
lunes, enero 14, 2008
Libertad de expresión y vergüenza torera
Pocas cosas me gustarían y me motivarían más que saber que este blog lo lee, de vez en cuando, algún profesor de Historia o profesor a secas. Yo nunca he sido maestro y nunca lo seré y, por eso, quizás debiera callarme lo que ahora sé que van a escribir mis dedos porque, de alguna forma, quien no se dedica a algo no debiera dar consejos sobre cómo debe desarrollarse ese oficio.
Pero soy un aficionado a la Historia, aficionado que ha tenido ya la osadía de escribir unas doscientas crónicas sobre el tema, y quizá eso me da algo de fuerza moral para opinar sobre cómo debería enseñarse la Historia, y por enseñar la Historia no me refiero enseñarla a quien quiere hacer de ello su vida profesional (el estudiante universitario) sino quien recibe esa enseñanza dentro de un torbellino de conocimientos, la mayoría de los cuales le parecen inútiles. Me refiero, claro, al estudiante adolescente.
Si yo tuviese que dar clases de Historia a adolescentes les contaría pocas cosas y les haría muchas preguntas. Porque detrás de cada una de las cosas que pasaron suele haber una pregunta, una pregunta muy sencilla: y tú, ¿qué habrías hecho? Contra lo que piensa el distante educando, las cosas que cuenta la Historia le son muy cercanas, porque él mismo podría verse sometido a decisiones de parecido jaez. Luego está esa otra vertiente, que es el juicio de la Historia. Los hechos históricos han de conocerse para ser juzgados; la Historia tiene consecuencias. Nosotros, de hecho, somos esa consecuencia y, como consecuencia que somos, tenemos el derecho, sino el deber, de juzgar los factores que así nos hicieron.
Muy recientemente, el Tribunal Constitucional español ha hecho pública una sentencia en torno a la cuestión de inconstitucionalidad 5152-2000. Recomiendo vivamente a quienes sean profesores que la busquen (está disponible en Internet), que la lean y que, después, la sometan a debate entre sus alumnos. Personalmente considero que, cuando menos a algunos de ellos, les ayudará a entender, al final del ejercicio, lo importante que es conocer la Historia y lo real que es esa frase tan tópica que dice que los pueblos que desconocen su Historia están condenados a repetirla.
El asunto que está en el fondo de la sentencia es, casi diría, menor. Se refiere a la condena del propietario de una librería de Barcelona que en ella vendía diversos libros, folletos y demás en los que, entre otras cosas, se negaba la producción del Holocausto nazi sobre el pueblo judío, en los años en torno a la segunda guerra mundial. Al hilo de este asunto, que ha experimentado el habitual via crucis de sentencias, apelaciones, súplicas y demás escalones procesales, nuestro Tribunal Constitucional dirime que un artículo de nuestro Código Penal es inconstitucional en lo que se refiere a considerar delito la negación del Holocausto.
No niegan nuestros superjueces que es punible expresar juicios degradantes contra diversas razas o etnias o incitar a que sean asesinadas. Sin embargo, considera que la negación de los crímenes contra la Humanidad es una «opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos»; y que, en consecuencia, o así lo entiendo yo, la libertad de expresión nos da a todos derecho a tener una opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos, sin que por ello se nos pueda perseguir.
Aunque a cualquiera que lea este artículo supongo le quedará clara la opinión que me merece la sentencia, eso no debe ser disculpa para que se me nublen los argumentos que existen a favor de una decisión así. Los tribunales, y muy especialmente los constitucionales, son muy reacios a admitir cortapisas a la libertad de expresión. La razón de ello es, en su fondo, la misma que exhiben, por ejemplo, los enemigos de la eutanasia. Se trata de una acción, la limitación de la libertad de expresión, que además de formularla en términos generales, hay, luego, que aplicar. Siempre que admitas que alguien puede limitar la libertad de expresión, debes de tener la certeza de que los hechos sometidos a dicha limitación son indubitables o, dicho de otra forma, que nadie va a poder utilizar esa habilitación para limitar la libertad de expresión en demasía. Por eso pongo el ejemplo de la eutanasia, porque quienes la combaten dicen: el problema no está en permitir que alguien que quiere morir pueda hacerlo; el problema es que, amparado en esa habilitación, pueda algún día llegar alguien que decida que se va a apiolar a unos cuantos miles de ancianos, o de locos, o de retrasados mentales, que le estorban.
Si no he entendido mal la sentencia, en ella se dice además que una cosa es que alguien se dedique a vender panfletos diciendo que hay que matar a los judíos, y otra muy distinta que escriba que nadie los mató durante la segunda guerra mundial, que los campos de concentración no existieron, etc. Es esta segunda una agresión más difusa y, como he escrito antes, se confunde con la pura y simple opinión histórica.
Yo no soy jurista y mi voto no vale más que el de nadie. Pero me gustaría decir que no comparto la sentencia. En mi opinión, este fallo es el fruto de un análisis jurídico por el cual quienes lo realizan pretenden respetar el espíritu y la letra de la norma cuya coherencia dirimen, es decir la Constitución Española. Pero olvidan que la Constitución, con ser la norma más alta de nuestro ordenamiento, no logra tocar el techo, pues por encima de las normas hay algunas otras cosas.
Acertadísimo me parece el voto particular del magistrado Jorge Rodríguez-Zapata, en el cual le recuerda a sus compañeros algo que éstos supongo saben hasta dormidos: «El artículo 1.1 de la Constitución española declara que tanto la libertad como el pluralismo político son valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico». Dicho de otra forma: por encima de las leyes están los principios y objetivos para los cuales han sido hechas. Una Constitución democrática está hecha, primero que para cualquier cosa, para respetar, enaltecer y proteger la dignidad del ser humano. Obligar a un pueblo masacrado a convivir con negación de la memoria de esa masacre no es ni respetar, ni enaltecer ni proteger su dignidad.
Toda la argumentación del Constitucional se me aparece como un racimo de argumentos sobre la inocuidad de los juicios que niegan el Holocausto, no exentos de buenas intenciones, pero, por encima de todos, de una inocencia que me parece, sinceramente, pasmosa. A pesar de que nuestros magistrados no son tontos y parecen reconocer que se trata de juicios interesados, no dan ni un paso más y, cuando les tocaría concluir que, puesto que no son inocuos, debemos protegernos contra ellos y debemos proteger, muy especialmente a la juventud de su influencia, se frenan.
La sentencia es tan pulcra que a pesar de escribir varias veces la palabra nazi no escribe ni una sola vez la palabra fascismo. El fascismo queda definido, en uno de los puntos del texto, con la harto eufemística expresión «ideologías defensoras de la violencia como método de resolución de conflictos».
No le faltan al Tribunal motivos para pensar. El abogado del Estado, por ejemplo, les apostilla que «no se acierta a comprender por qué estaría justificada la punición del comportamiento consistente en enaltecer al autor de un crimen de genocidio y no, en cambio, la consistente en negar o justificar un crimen de genocidio o en rehabilitar a los regímenes o instituciones que amparan prácticas generadoras de delitos de genocidio». Yo creo que lleva razón. ¿Por qué razón es punible decir «Carlitos ha hecho muy bien cargándose a su mujer, porque las tías son todas unas guarras y hay que darles caña»; pero no lo es decir «no hay un solo hombre que le ponga la mano encima a su mujer; la violencia doméstica es un invento de la Internacional Femenina Judeo-Masónica»? Hay que estar muy ciego, o querer estarlo, para no darse cuenta de que el fondo de la cuestión de ambas frases es exactamente el mismo: denigrar a la mujer, colocarla en situación de ser que puede, debe incluso, ser agredido y dominado. Más aún: nos dice el abogado del Estado, con gran acierto, que profesar ideas tendentes a negar el Holocausto podría llegar a «estimular resortes psicológico-sociales no bien conocidos, y crear una atmósfera social que, como demuestra el desarrollo de los hechos en la Alemania nazi, comienza con la discriminación legal en el acceso a cargos públicos y profesiones, sigue con el estímulo de la emigración de parte de la población, y se extiende e intensifica en todos los campos de la convivencia hasta los extremos de destrucción y exterminio que conoce la Historia».
Si mi abuelo hubiese muerto en un campo de concentración; si mi abuelo, pues, hubiese sido llevado a una situación en la que llegase a pesar menos de una cuarta parte de su peso normal, después de haber sido transportado por Alemania o por Polonia en un vagón de ganado donde no se limpiaban ni los excrementos ni la basura; si mi abuelo hubiese sido obligado a ocupar una fila de personas desnudas, una fila dentro de la cual habría niños, repito, niños de seis, de ocho, de doce años, muchos de los cuales sabrían que iban a morir. Si mi abuelo hubiese sido hacinado dentro de un local cerrado desde cuyo techo comenzase a manar gas insecticida tóxico, y hubiese sido obligado a morir dando boqueadas y tratando de escalar los cuerpos desnudos de sus compañeros, en una carrera imposible y cruel por respirar el último hálito de aire no tóxico. Si mi abuelo hubiese sido obligado a todo eso, digo, un libro en el que se dijese que a las personas como mi abuelo hay que matarlas me heriría; pero un libro en el que se dijera que mi abuelo murió de un ataque de risa mientras cenaba pato a la naranja me heriría en la misma proporción. Y de un sistema democrático que no me facilitase cuando menos la protección jurídica de no tener que leer ni escuchar esas cosas pensaría que es, decididamente, perfectible.
A mi juicio, el Constitucional comete el error de no darse cuenta de que no siempre el mayor culpable de un crimen es quien lo comete realmente y que, en consecuencia, no siempre el peor pecado de inducción se produce por parte de quien ordena claramente una muerte, la pide o la exige. Adolf Hitler, el líder nacionalsocialista alemán, dio muchos mitines antes de llegar al poder. Quizá los señores magistrados deberían repasar esos discursos (claro que les costará encontrarlos, porque hay lugares del mundo donde su edición está prohibida). Si lo hicieran, verían que Hitler tardó mucho tiempo en declamar públicamente que había que ir a por los judíos; en no pocos de sus discursos los denigra, los hace diana de sus invectivas, de sus acusaciones, de su opinión subjetiva sobre la Historia; pero en modo alguno dice que haya que exterminarlos. La pregunta que yo le haría a los redactores de la sentencia es: en consecuencia, ¿podemos considerar que esos discursos son inocentes del delito de provocar un genocidio? ¿Verdaderamente no son un escalón más de una escalera muy larga que lleva a la convicción de que lo mejor que se puede hacer con tu vecino es cortarle las barbas, separarlo de su mujer y de sus hijos, obligarlo a cavar un hoyo y, una vez hecho, a que se meta dentro antes de recibir un tiro en la cabeza? ¿Verdaderamente el único culpable de ese crimen es el soldado que aprieta el gatillo?
De hecho, la parte más repugnante de la actuación antijudía de Hitler, los asesinatos en masa, jamás fue ni anunciada, ni admitida, ni tan siquiera insinuada, en los discursos del Führer; fue necesario que el ejército aliado penetrase en Polonia, Alemania y otros territorios para que pudiese descubrir la tristísima verdad que aquel señor tan valiente le ocultaba a todo el mundo.
Todo eso, sin embargo, fue posible por algo. Fue posible por las decenas, centenares, miles de ocasiones en las cuales el propio Hitler, o Goebbels, o Himmler, o Göring, o cualesquiera otros corifeos de la barbarie, dijeron y repitieron cosas como: los judíos son culpables. Ellos nos roban, ellos conspiran contra nosotros. Alemania no es grande porque los judíos mueven los hilos contra ella. Los judíos te tienen sin trabajo, los judíos son los responsables de que sólo puedas comer chucrut de mierda. Los judíos son los cabrones de esta historia.
Antes de la violencia, antes del asesinato, antes del genocidio, todo lo que hubo fueron «opiniones subjetivas e interesadas sobre acontecimientos históricos». Y qué bien le hubiese ido a la Humanidad si, en ese momento, algún juez le hubiese parado los pies al nacionalsocialismo paranoide.
Como bien recuerda en su voto particular Rodríguez-Zapata, esta actitud de considerar un crimen la trivialización o negación del genocidio nazi no es algo inhabitual. El delito existe en Alemania, Austria, Bélgica, la República Checa, Eslovaquia, Francia, Holanda, Liechtenstein, Lituania, Polonia, Rumania, Suiza y, por supuesto, Israel. Claro que todos estos países, salvo Suiza, comparten de una forma u otra una característica de la que nosotros carecemos: son países que han vivido bajo la bota nazi. Ellos, que lo vivieron, saben de lo que hablan.
En otro voto particular, el magistrado Ramón Rodríguez Arribas se muestra claramente partidario de evitar lo que él denomina «democracia ingenua», definida como aquélla que lleve «el supremo valor de la convivencia hasta el extremo de permitir la actuación impune de quienes pretenden secuestrarla o destruirla». Amén, señor magistrado. Supremo no quiere decir gilipollas.
¿Tiene derecho a la libertad de expresión quien la usa para alimentar un ambiente social que acabe con la libertad? ¿Acaso se insulta y se desprecia más diciendo «te pegué porque me salió de las narices» que diciendo «¡que no, mujer, que no fue así!; te diste con una puerta, ¿no te acuerdas?» Si la democracia es un partido de fútbol, ¿tenemos derecho a echar del campo a quien se obstina a coger la pelota con la mano y jugar al rugby?
¿Libertad de expresión, o respeto hacia las víctimas de la barbarie? Discutir esto se me hace, la verdad, bastante más útil que andar estudiando los montes más altos de la Comunidad Autónoma de turno.
Pero soy un aficionado a la Historia, aficionado que ha tenido ya la osadía de escribir unas doscientas crónicas sobre el tema, y quizá eso me da algo de fuerza moral para opinar sobre cómo debería enseñarse la Historia, y por enseñar la Historia no me refiero enseñarla a quien quiere hacer de ello su vida profesional (el estudiante universitario) sino quien recibe esa enseñanza dentro de un torbellino de conocimientos, la mayoría de los cuales le parecen inútiles. Me refiero, claro, al estudiante adolescente.
Si yo tuviese que dar clases de Historia a adolescentes les contaría pocas cosas y les haría muchas preguntas. Porque detrás de cada una de las cosas que pasaron suele haber una pregunta, una pregunta muy sencilla: y tú, ¿qué habrías hecho? Contra lo que piensa el distante educando, las cosas que cuenta la Historia le son muy cercanas, porque él mismo podría verse sometido a decisiones de parecido jaez. Luego está esa otra vertiente, que es el juicio de la Historia. Los hechos históricos han de conocerse para ser juzgados; la Historia tiene consecuencias. Nosotros, de hecho, somos esa consecuencia y, como consecuencia que somos, tenemos el derecho, sino el deber, de juzgar los factores que así nos hicieron.
Muy recientemente, el Tribunal Constitucional español ha hecho pública una sentencia en torno a la cuestión de inconstitucionalidad 5152-2000. Recomiendo vivamente a quienes sean profesores que la busquen (está disponible en Internet), que la lean y que, después, la sometan a debate entre sus alumnos. Personalmente considero que, cuando menos a algunos de ellos, les ayudará a entender, al final del ejercicio, lo importante que es conocer la Historia y lo real que es esa frase tan tópica que dice que los pueblos que desconocen su Historia están condenados a repetirla.
El asunto que está en el fondo de la sentencia es, casi diría, menor. Se refiere a la condena del propietario de una librería de Barcelona que en ella vendía diversos libros, folletos y demás en los que, entre otras cosas, se negaba la producción del Holocausto nazi sobre el pueblo judío, en los años en torno a la segunda guerra mundial. Al hilo de este asunto, que ha experimentado el habitual via crucis de sentencias, apelaciones, súplicas y demás escalones procesales, nuestro Tribunal Constitucional dirime que un artículo de nuestro Código Penal es inconstitucional en lo que se refiere a considerar delito la negación del Holocausto.
No niegan nuestros superjueces que es punible expresar juicios degradantes contra diversas razas o etnias o incitar a que sean asesinadas. Sin embargo, considera que la negación de los crímenes contra la Humanidad es una «opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos»; y que, en consecuencia, o así lo entiendo yo, la libertad de expresión nos da a todos derecho a tener una opinión subjetiva e interesada sobre acontecimientos históricos, sin que por ello se nos pueda perseguir.
Aunque a cualquiera que lea este artículo supongo le quedará clara la opinión que me merece la sentencia, eso no debe ser disculpa para que se me nublen los argumentos que existen a favor de una decisión así. Los tribunales, y muy especialmente los constitucionales, son muy reacios a admitir cortapisas a la libertad de expresión. La razón de ello es, en su fondo, la misma que exhiben, por ejemplo, los enemigos de la eutanasia. Se trata de una acción, la limitación de la libertad de expresión, que además de formularla en términos generales, hay, luego, que aplicar. Siempre que admitas que alguien puede limitar la libertad de expresión, debes de tener la certeza de que los hechos sometidos a dicha limitación son indubitables o, dicho de otra forma, que nadie va a poder utilizar esa habilitación para limitar la libertad de expresión en demasía. Por eso pongo el ejemplo de la eutanasia, porque quienes la combaten dicen: el problema no está en permitir que alguien que quiere morir pueda hacerlo; el problema es que, amparado en esa habilitación, pueda algún día llegar alguien que decida que se va a apiolar a unos cuantos miles de ancianos, o de locos, o de retrasados mentales, que le estorban.
Si no he entendido mal la sentencia, en ella se dice además que una cosa es que alguien se dedique a vender panfletos diciendo que hay que matar a los judíos, y otra muy distinta que escriba que nadie los mató durante la segunda guerra mundial, que los campos de concentración no existieron, etc. Es esta segunda una agresión más difusa y, como he escrito antes, se confunde con la pura y simple opinión histórica.
Yo no soy jurista y mi voto no vale más que el de nadie. Pero me gustaría decir que no comparto la sentencia. En mi opinión, este fallo es el fruto de un análisis jurídico por el cual quienes lo realizan pretenden respetar el espíritu y la letra de la norma cuya coherencia dirimen, es decir la Constitución Española. Pero olvidan que la Constitución, con ser la norma más alta de nuestro ordenamiento, no logra tocar el techo, pues por encima de las normas hay algunas otras cosas.
Acertadísimo me parece el voto particular del magistrado Jorge Rodríguez-Zapata, en el cual le recuerda a sus compañeros algo que éstos supongo saben hasta dormidos: «El artículo 1.1 de la Constitución española declara que tanto la libertad como el pluralismo político son valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico». Dicho de otra forma: por encima de las leyes están los principios y objetivos para los cuales han sido hechas. Una Constitución democrática está hecha, primero que para cualquier cosa, para respetar, enaltecer y proteger la dignidad del ser humano. Obligar a un pueblo masacrado a convivir con negación de la memoria de esa masacre no es ni respetar, ni enaltecer ni proteger su dignidad.
Toda la argumentación del Constitucional se me aparece como un racimo de argumentos sobre la inocuidad de los juicios que niegan el Holocausto, no exentos de buenas intenciones, pero, por encima de todos, de una inocencia que me parece, sinceramente, pasmosa. A pesar de que nuestros magistrados no son tontos y parecen reconocer que se trata de juicios interesados, no dan ni un paso más y, cuando les tocaría concluir que, puesto que no son inocuos, debemos protegernos contra ellos y debemos proteger, muy especialmente a la juventud de su influencia, se frenan.
La sentencia es tan pulcra que a pesar de escribir varias veces la palabra nazi no escribe ni una sola vez la palabra fascismo. El fascismo queda definido, en uno de los puntos del texto, con la harto eufemística expresión «ideologías defensoras de la violencia como método de resolución de conflictos».
No le faltan al Tribunal motivos para pensar. El abogado del Estado, por ejemplo, les apostilla que «no se acierta a comprender por qué estaría justificada la punición del comportamiento consistente en enaltecer al autor de un crimen de genocidio y no, en cambio, la consistente en negar o justificar un crimen de genocidio o en rehabilitar a los regímenes o instituciones que amparan prácticas generadoras de delitos de genocidio». Yo creo que lleva razón. ¿Por qué razón es punible decir «Carlitos ha hecho muy bien cargándose a su mujer, porque las tías son todas unas guarras y hay que darles caña»; pero no lo es decir «no hay un solo hombre que le ponga la mano encima a su mujer; la violencia doméstica es un invento de la Internacional Femenina Judeo-Masónica»? Hay que estar muy ciego, o querer estarlo, para no darse cuenta de que el fondo de la cuestión de ambas frases es exactamente el mismo: denigrar a la mujer, colocarla en situación de ser que puede, debe incluso, ser agredido y dominado. Más aún: nos dice el abogado del Estado, con gran acierto, que profesar ideas tendentes a negar el Holocausto podría llegar a «estimular resortes psicológico-sociales no bien conocidos, y crear una atmósfera social que, como demuestra el desarrollo de los hechos en la Alemania nazi, comienza con la discriminación legal en el acceso a cargos públicos y profesiones, sigue con el estímulo de la emigración de parte de la población, y se extiende e intensifica en todos los campos de la convivencia hasta los extremos de destrucción y exterminio que conoce la Historia».
Si mi abuelo hubiese muerto en un campo de concentración; si mi abuelo, pues, hubiese sido llevado a una situación en la que llegase a pesar menos de una cuarta parte de su peso normal, después de haber sido transportado por Alemania o por Polonia en un vagón de ganado donde no se limpiaban ni los excrementos ni la basura; si mi abuelo hubiese sido obligado a ocupar una fila de personas desnudas, una fila dentro de la cual habría niños, repito, niños de seis, de ocho, de doce años, muchos de los cuales sabrían que iban a morir. Si mi abuelo hubiese sido hacinado dentro de un local cerrado desde cuyo techo comenzase a manar gas insecticida tóxico, y hubiese sido obligado a morir dando boqueadas y tratando de escalar los cuerpos desnudos de sus compañeros, en una carrera imposible y cruel por respirar el último hálito de aire no tóxico. Si mi abuelo hubiese sido obligado a todo eso, digo, un libro en el que se dijese que a las personas como mi abuelo hay que matarlas me heriría; pero un libro en el que se dijera que mi abuelo murió de un ataque de risa mientras cenaba pato a la naranja me heriría en la misma proporción. Y de un sistema democrático que no me facilitase cuando menos la protección jurídica de no tener que leer ni escuchar esas cosas pensaría que es, decididamente, perfectible.
A mi juicio, el Constitucional comete el error de no darse cuenta de que no siempre el mayor culpable de un crimen es quien lo comete realmente y que, en consecuencia, no siempre el peor pecado de inducción se produce por parte de quien ordena claramente una muerte, la pide o la exige. Adolf Hitler, el líder nacionalsocialista alemán, dio muchos mitines antes de llegar al poder. Quizá los señores magistrados deberían repasar esos discursos (claro que les costará encontrarlos, porque hay lugares del mundo donde su edición está prohibida). Si lo hicieran, verían que Hitler tardó mucho tiempo en declamar públicamente que había que ir a por los judíos; en no pocos de sus discursos los denigra, los hace diana de sus invectivas, de sus acusaciones, de su opinión subjetiva sobre la Historia; pero en modo alguno dice que haya que exterminarlos. La pregunta que yo le haría a los redactores de la sentencia es: en consecuencia, ¿podemos considerar que esos discursos son inocentes del delito de provocar un genocidio? ¿Verdaderamente no son un escalón más de una escalera muy larga que lleva a la convicción de que lo mejor que se puede hacer con tu vecino es cortarle las barbas, separarlo de su mujer y de sus hijos, obligarlo a cavar un hoyo y, una vez hecho, a que se meta dentro antes de recibir un tiro en la cabeza? ¿Verdaderamente el único culpable de ese crimen es el soldado que aprieta el gatillo?
De hecho, la parte más repugnante de la actuación antijudía de Hitler, los asesinatos en masa, jamás fue ni anunciada, ni admitida, ni tan siquiera insinuada, en los discursos del Führer; fue necesario que el ejército aliado penetrase en Polonia, Alemania y otros territorios para que pudiese descubrir la tristísima verdad que aquel señor tan valiente le ocultaba a todo el mundo.
Todo eso, sin embargo, fue posible por algo. Fue posible por las decenas, centenares, miles de ocasiones en las cuales el propio Hitler, o Goebbels, o Himmler, o Göring, o cualesquiera otros corifeos de la barbarie, dijeron y repitieron cosas como: los judíos son culpables. Ellos nos roban, ellos conspiran contra nosotros. Alemania no es grande porque los judíos mueven los hilos contra ella. Los judíos te tienen sin trabajo, los judíos son los responsables de que sólo puedas comer chucrut de mierda. Los judíos son los cabrones de esta historia.
Antes de la violencia, antes del asesinato, antes del genocidio, todo lo que hubo fueron «opiniones subjetivas e interesadas sobre acontecimientos históricos». Y qué bien le hubiese ido a la Humanidad si, en ese momento, algún juez le hubiese parado los pies al nacionalsocialismo paranoide.
Como bien recuerda en su voto particular Rodríguez-Zapata, esta actitud de considerar un crimen la trivialización o negación del genocidio nazi no es algo inhabitual. El delito existe en Alemania, Austria, Bélgica, la República Checa, Eslovaquia, Francia, Holanda, Liechtenstein, Lituania, Polonia, Rumania, Suiza y, por supuesto, Israel. Claro que todos estos países, salvo Suiza, comparten de una forma u otra una característica de la que nosotros carecemos: son países que han vivido bajo la bota nazi. Ellos, que lo vivieron, saben de lo que hablan.
En otro voto particular, el magistrado Ramón Rodríguez Arribas se muestra claramente partidario de evitar lo que él denomina «democracia ingenua», definida como aquélla que lleve «el supremo valor de la convivencia hasta el extremo de permitir la actuación impune de quienes pretenden secuestrarla o destruirla». Amén, señor magistrado. Supremo no quiere decir gilipollas.
¿Tiene derecho a la libertad de expresión quien la usa para alimentar un ambiente social que acabe con la libertad? ¿Acaso se insulta y se desprecia más diciendo «te pegué porque me salió de las narices» que diciendo «¡que no, mujer, que no fue así!; te diste con una puerta, ¿no te acuerdas?» Si la democracia es un partido de fútbol, ¿tenemos derecho a echar del campo a quien se obstina a coger la pelota con la mano y jugar al rugby?
¿Libertad de expresión, o respeto hacia las víctimas de la barbarie? Discutir esto se me hace, la verdad, bastante más útil que andar estudiando los montes más altos de la Comunidad Autónoma de turno.
miércoles, enero 09, 2008
El 98. Y 3: pero... ¿y Cuba?
Para España y para Estados Unidos, la guerra de Cuba fue muy importante. Pero si se llama de Cuba, eso es porque, obviamente, para quien más importante fue, es para el tercer elemento de esta serie, esto es Cuba. La guerra de Cuba es la de la independencia de la isla, esa guerra que en la Historia de cada país, si es que se ha producido, se guarda como oro en paño en medio de recuerdos casi míticos. Sin embargo, como ya sabemos de los dos artículos anteriores, en realidad Cuba no ganó aquella guerra. Tampoco la perdió. Se dio la extraña circunstancia de que otro la ganó por ella. Lo cual tiene sus consecuencias, como ahora veremos.
La cosa de si Cuba ganó o no ganó la guerra de Cuba tiene sus bemoles. Es lo cierto que España se dio por derrotada frente a los Estados Unidos; pero en los últimos cien años, una multitud de escritores y estudiosos caribeños se ha dedicado a recordarnos algo que es absolutamente cierto: cuando España y los EEUU se liaron a hostias, España era ya un contrincante fácil porque había sido reblandecido por décadas de resistencia cubana, resistencia que con la fuerza de las armas y la inestimable ayuda del general Enfermedad se había cobrado la vida de decenas de miles de españoles.
Cuba se colocó al frente de la producción mundial de azúcar a principios del siglo XIX; hecho que vino a coincidir, por cierto, con una creciente querencia de los humanos hacia este alimento, por lo menos hasta la llegada del aerobic. La condición de territorio cañero por antonomasia (cañero de caña de azúcar, claro) desarrolló enormemente su sociedad, lo cual desgraciacamente quiere decir, como suele ocurrir, que la hizo más inequitativa de lo que ya era. En un orbe en el que la mezcla de razas era mucho menos intensa de lo que lo es hoy, la cubana era, probablemente, una de las sociedades más variopintas del mundo. Como en toda la América hispana, existía el fenómeno de los criollos, es decir blancos cubanos, que se combina con lo que entonces se llamaba los peninsulares, es decir los residentes en Cuba, blancos y nacidos en España. Además de esta población estaban los negros, de los cuales unos cuantos, bastantes, eran esclavos. A mediados del siglo XIX había aproximadamente 800.000 blancos en Cuba, 230.000 negros libres y 371.000 esclavos. Bendita proporción: casi un esclavo por cada dos blancos. No he conseguido encontrar datos sobre mulatos, zambos y demás mixturas; supongo que están, de alguna manera, inclusos en estos datos.
La política cubana del siglo XIX está dominada por los peninsulares, es decir por los españoles, apoyados a menudo en los grandes terratenientes criollos, poco amigos de cambios en el status quo y, sobre todo, absolutamente contrarios a la abolición de la esclavitud. Esto generó en Cuba un sentimiento antisajón, primero antibritánico, en los años en los que Inglaterra había abandonado la esclavitud pero los EEUU no, y después también antiamericano. Así pues, una cosa que hay que tener clara es que los varios intentos de comprar Cuba llevados a cabo al menos por cuatro presidentes americanos se dieron de bruces, qué duda cabe, con el orgullo español; pero también se enfrentaron con el punto de vista de los cubanos ricos.
Sin embargo, conforme avanza el siglo XIX, el colonialismo empieza a toser. En todo el mundo, y muy especialmente en la América Latina, comienza a ser cada vez más evidente que las sociedades otrora colonizadas quieren ser dueñas de su propio destino. A los cubanos la idea paternalista inherente al colonialismo (como el indígena es tonto de la haba, mejor le gobierno yo desde la metrópoli) cada vez les pesa más y son esos mismos propietarios criollos de orden más bien conservador los que comienzan a presionar para que se reformen las instituciones cubanas y los cubanos de Cuba comiencen a gobernarse. En 1865 nace el Círculo Reformista, especie de think tank de estas intenciones. En los salones del círculo comienza a darse por hecho que la esclavitud será algún día abolida (son los años de la guerra de secesión americana), y los criollos quieren enfrentarse a los nuevos tiempos con mayores niveles de autogobierno y, anatema de los anatemas, llegan a reclamar que se elijan diputados cubanos a las Cortes españolas.
España reacciona, más que con miopía, con ceguera. A los gobernantes de Madrid las reivindicaciones de los putos cubanos les resbalan. Además, poco a poco llegan, también a Cuba, las ideologías más radicales que están naciendo en el mundo. De 1885 data la que, hasta donde yo sé, es la primera organización obrerista cubana, el Círculo de Trabajadores, de corte más anarquista que marxista. La cosa comienza a arder.
En 1868, la frustración en torno a la escasa voluntad de cambio de la metrópoli lleva a los cubanos a su primera rebelión. Para colmo, en dicho año se produce una de las grandes revoluciones históricas de España, la llamada Gloriosa, mediante la cual pusimos a la Borbona en la frontera y le metimos al globo político español un buen soplido de helio democrático. Sin embargo, para desesperación de los cubanos, al hombre fuerte de la nueva España, Juan Prim, hablarle de la autonomía de Cuba era como hablarme a mí de comer caracoles (puaj). Ya hemos dicho en otro sitio, al hablar del asesinato de Prim, que de hecho los independentistas cubanos no quedaron libres de sospecha de haber tenido algo que ver en el suceso.
El denominado Grito de Yara, que inició la rebelión, se produjo el 10 de octubre de 1868. El primer líder de la rebelión fue el propietario azucarero Carlos Manuel de Céspedes. Este Céspedes tampoco es que fuese un demócrata de la leche (ni del azúcar). Quería la independencia de Cuba, desde luego; pero aceptaba el fin de la esclavitud sólo en el caso de que los propietarios fuesen indemnizados por ello, y propugnaba el sufragio universal… de los hombres, claro.
Esta primera guerra de Cuba fue un episodio de especial violencia. Por parte de los rebeldes, por las acciones de guerrilla y bandidaje; por parte española, por los más de 30.000 matones hispano-cubanos que se organizaron en unidades militares y que se desempeñaron con sus compatriotas con una brutalidad importante. La represión española no se paraba en nada, y era capaz, por ejemplo, de condenar a trabajos forzados a chicos de 16 años. Eso hizo con uno, aunque el tiro le saldría por la culata. Porque aquel jovencito al que condenó se llamaba José Martí.
El bando rebelde sufrió pronto las consecuencias de una división que tenía mucho más color. En teoría, eran blancos contra negros. Pero había bastante más. Los blancos eran, mayoritariamente, plantadores que querían una Cuba libre y moderada. Los negros, por su parte, acumulaban las reivindicaciones de su raza, mucho más radicales. Estas diferencias se comunicaron a la propia estrategia de la guerra pues, conforme España fue acusando las heridas de una guerra tan prolongada y empezó a entonar cantos de sirena que sonaban a armisticio, los blancos tendieron a escucharlos, mientras que los líderes militares negros presionaban para seguir luchando.
Fruto del cabildeo entre Madrid y una parte de los rebeldes es la llamada Paz de Zanjón, alcanzada en 1878 por el general Arsenio Martínez Campos. Este armisticio jamás fue aceptado por Antonio Maceo, Máximo Gómez y el resto de líderes negros (bueno, Maceo era mulato). España ofreció una amnistía general, una especie de aquí no ha pasado nada, la famosa elección de diputados cubanos a las Cortes de Madrid, apertura democrática en los ayuntamientos cubanos y, por supuesto, indemnizaciones a los terratenientes por la abolición de la esclavitud. Salvo en esto último (en 1886 se produciría la definitiva abolición), con el resto de las ofertas España hizo eso que se dice de que para joder todo son promesas, pero después de haber jodido, no hay nada de lo prometido.
Cuba se dividió definitivamente en dos cubas, políticamente hablando. Por un lado, el Partido Autonomista, formado básicamente por los criollos que se creyeron la milonga de que España cumpliría lo prometido. Por el otro, el Partido Revolucionario Cubano de Martí, que de hecho no quería que la guerra hubiese terminado. ¿Qué pasó para que España incumpliese lo prometido? Pues, simple y sencillamente, que los españoles que dominaban Cuba se organizaron, fundaron el Partido de la Unión Constitucional, y desde él mangonearon todo el gobierno de la isla, bloqueando las reformas; todo ello contando con que las prometiésemos con auténtica voluntad de cumplirlas, algo sobre lo que yo dudo, y mucho. Por lo demás, el gobierno de Madrid, que se veía de nuevo embarcado en una cruenta guerra de resultado impredecible con los carlistas, no quería ni oír hablar de perder el motor económico cubano.
Hemos citado, hasta ahora casi de pasada, a Martí. Pero ahora tiene que pasar a la primera fila de esta historia. José Martí era hijo de españoles; él, de Valencia y ella, de Tenerife. Era como el tercer vértice de este triángulo que aquí dibujamos, pues, según todos los indicios, tanto le repugnaba el poder español como el eventual poder de los Estados Unidos, país del que escribió: «Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas». Fue premonitorio al vaticinar que, «llegada la hora, España preferirá entenderse con los Estados Unidos a rendir la isla a los cubanos».
La gran habilidad de Martí durante la primera mitad de la última década del siglo fue ser capaz de ampliar la base social de su movimiento. Negro como el chamizo en principio, al independentismo cubano se le ve crecientemente desleído con la incorporación de blancos criollos, normalmente pequeño burgueses que se han visto duramente golpeados por la gravísima recesión de la economía cubana, provocada por las pérdidas bélicas y por medidas tan comprensivas como la imposición por Estados Unidos, en 1894, de un arancel del 40% a las importaciones de azúcar cubano.
La guerra de la independencia que inician Martí, Maceo y Gómez en 1895 es, en parte, una guerra de la independencia, y en parte una tentativa por provocar un sustantivo cambio social en Cuba. Los ejércitos del PRC se desempeñan con importante violencia contra las grandes haciendas, a pesar de que muchas son de cubanos. Otra de sus banderas es la igualdad entre razas, sancionada en el denominado Manifiesto de Montecristi.
Prueba de la importante implicación social del independentismo cubano es que sobrevivió a dos pérdidas tan importantes como la del propio Martí (mayo de 1895) y Maceo (al año siguiente).
En 1897, el primer ministro español, el siempre maniobrero Segismundo Moret y su capitán general en Cuba, Ramón Blanco, hicieron una última intentona. Ofrecieron a los rebeldes lo que se habían negado a dar durante décadas: igualdad jurídica de cubanos y españoles, un parlamento propio en Cuba, autogobierno. Pero, claro, esa oferta la hicieron porque estaban perdiendo. Y eso los que recibieron la oferta también lo sabían; aparte de saber lo que había hecho España en el pasado con sus promesas. Luego, en 1898, se produjo la guerra entre España y Estados Unidos, con el desarrollo y resultados que ya hemos visto.
España bajó los brazos y se dejó dominar, qué remedio, por los Estados Unidos en el tratado firmado el 10 de diciembre de 1898 en París. Pero ni un solo cubano estampó su firma en aquel papel. De hecho, ni siquiera habían estado en las negociaciones. Cuba era libre. O, tal vez, tan sólo tenía otro dueño.
En 1899, las tropas americanas invadieron la isla, y no fueron tan torpes como las españolas; en poco tiempo, del ejército libertador cubano no quedaban ni los mecheros. El Congreso norteamericano acabó aprobando lo que se conoce como Platt Amedment, una decisión que de hecho convertía Cuba en un protectorado norteamericano. En 1902 fue declara la República cubana; pero esa república se parecía al sueño de Martí lo mismo que yo a Javier Bardem. Estados Unidos se abrogaba el derecho a intervenir en Cuba para proteger su independencia (manda huevos), su estabilidad, para poder dirigir la política económica de la isla y para establecer bases militares. Como bien sabemos, tras el conflicto los marines sentaron sus reales en Guantánamo, y allí siguen, con Jack Nicholson diciendo aquello de «yo desayuno cada mañana a 300 metros de mil cubanos entrenados para matarme» y bla, bla, bla.
En los albores del siglo XX, Cuba es una isla patrullada y controlada por los Estados Unidos, a veces de forma directa, a veces a través de gobernantes más o menos marioneta. En 1933, el país vivió una revolución, que acabó con el dictador Gerardo Machado, tras la cual llegó al poder un político reformista, Ramón Grau San Martín, que hizo esfuerzos evidentes por hacer de Cuba un país independiente. Sin embargo, tampoco resistió las presiones y es por ello que encontramos a Cuba en 1959, bajo el mando de Fulgencio Batista. El año que unos pelanas desembarcan en una cala, pobremente armados y sin demasiados apoyos aún, decididos a hacer brotar la revolución en su país y hacerse con el poder.
El régimen cubano, de tono e ideología un poco difusos al principio pero que pronto se convierte en un comunismo de libro, supone, cada vez más, otro penduleo, en este caso hacia el lado contrario. Si hasta Fidel Cuba pecó de una dependencia respecto de los Estados Unidos que de hecho comprometía su concepción como nación realmente independiente, la obsesión de Castro por afirmar dicha independencia le lleva, primero a una estrechísima dependencia respecto de la URSS y luego, cuando ésta se volatiliza (la URSS, no la dependencia), hacia un aislamiento político que sólo en los últimos tiempos ha matizado el régimen bolivariano en Venezuela y algunos otros experimentos latinoamericanos.
A principios de los años sesenta, Estados Unidos ambiciona claramente recuperar su perla. Parece ser que la CIA llegó a manejar planes propios de auténticos tontos del culo, como envenenar los zapatos de Castro (sic) durante alguna de sus estancias fuera de Cuba. Al presidente John Fitzgerald Kennedy le pareció de coña en su inicio que sus marines intentasen la invasión de la isla, aunque después del fiasco de Bahía Cochinos parece que se le bajaron los humos; quizá nunca lo sepamos con certitud, pero no son pocas las teorías que sostienen que Cuba está detrás del asesinato de JFK, bien por algún tipo de implicación, bien porque fuese cometido por elementos estadounidenses, mafiosos, cabreados por toda la pasta perdida en Cuba y por la decisión del presidente de suspender toda actividad contra Castro. Tal vez si alguna de estas tesis es cierta, algún día en Cuba cambian los vientos y no se llevan los papeles que tal vez reposan en sus archivos, logremos saber algo más.
En 1989 cae el Muro de Berlín. Pero sólo el que se ve. El que no se ve y que rodea la isla de Cuba (excepción hecha de la bahía de Guantánamo) sigue ahí, firme. El año que viene cumplirá 50 años. Y puede parecer lo contrario, pero es mi opinión que el principal elemento de esta historia no es, ni de coña, Historia.
Alguien dijo una vez de México: pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Si le preguntamos a un cubano castrista, o a un no cubano simpatizante del castrismo, probablemente nos dirá que eso fue cierto de Cuba una vez, pero que ya no le es aplicable. La Historia de este país, no obstante, demuestra lo contrario. Y las consecuencias de la Historia, muchas veces, nosotros creemos verlas muertas. Pero no debemos engañarnos porque, las más de las veces, tan sólo están dormidas.
La cosa de si Cuba ganó o no ganó la guerra de Cuba tiene sus bemoles. Es lo cierto que España se dio por derrotada frente a los Estados Unidos; pero en los últimos cien años, una multitud de escritores y estudiosos caribeños se ha dedicado a recordarnos algo que es absolutamente cierto: cuando España y los EEUU se liaron a hostias, España era ya un contrincante fácil porque había sido reblandecido por décadas de resistencia cubana, resistencia que con la fuerza de las armas y la inestimable ayuda del general Enfermedad se había cobrado la vida de decenas de miles de españoles.
Cuba se colocó al frente de la producción mundial de azúcar a principios del siglo XIX; hecho que vino a coincidir, por cierto, con una creciente querencia de los humanos hacia este alimento, por lo menos hasta la llegada del aerobic. La condición de territorio cañero por antonomasia (cañero de caña de azúcar, claro) desarrolló enormemente su sociedad, lo cual desgraciacamente quiere decir, como suele ocurrir, que la hizo más inequitativa de lo que ya era. En un orbe en el que la mezcla de razas era mucho menos intensa de lo que lo es hoy, la cubana era, probablemente, una de las sociedades más variopintas del mundo. Como en toda la América hispana, existía el fenómeno de los criollos, es decir blancos cubanos, que se combina con lo que entonces se llamaba los peninsulares, es decir los residentes en Cuba, blancos y nacidos en España. Además de esta población estaban los negros, de los cuales unos cuantos, bastantes, eran esclavos. A mediados del siglo XIX había aproximadamente 800.000 blancos en Cuba, 230.000 negros libres y 371.000 esclavos. Bendita proporción: casi un esclavo por cada dos blancos. No he conseguido encontrar datos sobre mulatos, zambos y demás mixturas; supongo que están, de alguna manera, inclusos en estos datos.
La política cubana del siglo XIX está dominada por los peninsulares, es decir por los españoles, apoyados a menudo en los grandes terratenientes criollos, poco amigos de cambios en el status quo y, sobre todo, absolutamente contrarios a la abolición de la esclavitud. Esto generó en Cuba un sentimiento antisajón, primero antibritánico, en los años en los que Inglaterra había abandonado la esclavitud pero los EEUU no, y después también antiamericano. Así pues, una cosa que hay que tener clara es que los varios intentos de comprar Cuba llevados a cabo al menos por cuatro presidentes americanos se dieron de bruces, qué duda cabe, con el orgullo español; pero también se enfrentaron con el punto de vista de los cubanos ricos.
Sin embargo, conforme avanza el siglo XIX, el colonialismo empieza a toser. En todo el mundo, y muy especialmente en la América Latina, comienza a ser cada vez más evidente que las sociedades otrora colonizadas quieren ser dueñas de su propio destino. A los cubanos la idea paternalista inherente al colonialismo (como el indígena es tonto de la haba, mejor le gobierno yo desde la metrópoli) cada vez les pesa más y son esos mismos propietarios criollos de orden más bien conservador los que comienzan a presionar para que se reformen las instituciones cubanas y los cubanos de Cuba comiencen a gobernarse. En 1865 nace el Círculo Reformista, especie de think tank de estas intenciones. En los salones del círculo comienza a darse por hecho que la esclavitud será algún día abolida (son los años de la guerra de secesión americana), y los criollos quieren enfrentarse a los nuevos tiempos con mayores niveles de autogobierno y, anatema de los anatemas, llegan a reclamar que se elijan diputados cubanos a las Cortes españolas.
España reacciona, más que con miopía, con ceguera. A los gobernantes de Madrid las reivindicaciones de los putos cubanos les resbalan. Además, poco a poco llegan, también a Cuba, las ideologías más radicales que están naciendo en el mundo. De 1885 data la que, hasta donde yo sé, es la primera organización obrerista cubana, el Círculo de Trabajadores, de corte más anarquista que marxista. La cosa comienza a arder.
En 1868, la frustración en torno a la escasa voluntad de cambio de la metrópoli lleva a los cubanos a su primera rebelión. Para colmo, en dicho año se produce una de las grandes revoluciones históricas de España, la llamada Gloriosa, mediante la cual pusimos a la Borbona en la frontera y le metimos al globo político español un buen soplido de helio democrático. Sin embargo, para desesperación de los cubanos, al hombre fuerte de la nueva España, Juan Prim, hablarle de la autonomía de Cuba era como hablarme a mí de comer caracoles (puaj). Ya hemos dicho en otro sitio, al hablar del asesinato de Prim, que de hecho los independentistas cubanos no quedaron libres de sospecha de haber tenido algo que ver en el suceso.
El denominado Grito de Yara, que inició la rebelión, se produjo el 10 de octubre de 1868. El primer líder de la rebelión fue el propietario azucarero Carlos Manuel de Céspedes. Este Céspedes tampoco es que fuese un demócrata de la leche (ni del azúcar). Quería la independencia de Cuba, desde luego; pero aceptaba el fin de la esclavitud sólo en el caso de que los propietarios fuesen indemnizados por ello, y propugnaba el sufragio universal… de los hombres, claro.
Esta primera guerra de Cuba fue un episodio de especial violencia. Por parte de los rebeldes, por las acciones de guerrilla y bandidaje; por parte española, por los más de 30.000 matones hispano-cubanos que se organizaron en unidades militares y que se desempeñaron con sus compatriotas con una brutalidad importante. La represión española no se paraba en nada, y era capaz, por ejemplo, de condenar a trabajos forzados a chicos de 16 años. Eso hizo con uno, aunque el tiro le saldría por la culata. Porque aquel jovencito al que condenó se llamaba José Martí.
El bando rebelde sufrió pronto las consecuencias de una división que tenía mucho más color. En teoría, eran blancos contra negros. Pero había bastante más. Los blancos eran, mayoritariamente, plantadores que querían una Cuba libre y moderada. Los negros, por su parte, acumulaban las reivindicaciones de su raza, mucho más radicales. Estas diferencias se comunicaron a la propia estrategia de la guerra pues, conforme España fue acusando las heridas de una guerra tan prolongada y empezó a entonar cantos de sirena que sonaban a armisticio, los blancos tendieron a escucharlos, mientras que los líderes militares negros presionaban para seguir luchando.
Fruto del cabildeo entre Madrid y una parte de los rebeldes es la llamada Paz de Zanjón, alcanzada en 1878 por el general Arsenio Martínez Campos. Este armisticio jamás fue aceptado por Antonio Maceo, Máximo Gómez y el resto de líderes negros (bueno, Maceo era mulato). España ofreció una amnistía general, una especie de aquí no ha pasado nada, la famosa elección de diputados cubanos a las Cortes de Madrid, apertura democrática en los ayuntamientos cubanos y, por supuesto, indemnizaciones a los terratenientes por la abolición de la esclavitud. Salvo en esto último (en 1886 se produciría la definitiva abolición), con el resto de las ofertas España hizo eso que se dice de que para joder todo son promesas, pero después de haber jodido, no hay nada de lo prometido.
Cuba se dividió definitivamente en dos cubas, políticamente hablando. Por un lado, el Partido Autonomista, formado básicamente por los criollos que se creyeron la milonga de que España cumpliría lo prometido. Por el otro, el Partido Revolucionario Cubano de Martí, que de hecho no quería que la guerra hubiese terminado. ¿Qué pasó para que España incumpliese lo prometido? Pues, simple y sencillamente, que los españoles que dominaban Cuba se organizaron, fundaron el Partido de la Unión Constitucional, y desde él mangonearon todo el gobierno de la isla, bloqueando las reformas; todo ello contando con que las prometiésemos con auténtica voluntad de cumplirlas, algo sobre lo que yo dudo, y mucho. Por lo demás, el gobierno de Madrid, que se veía de nuevo embarcado en una cruenta guerra de resultado impredecible con los carlistas, no quería ni oír hablar de perder el motor económico cubano.
Hemos citado, hasta ahora casi de pasada, a Martí. Pero ahora tiene que pasar a la primera fila de esta historia. José Martí era hijo de españoles; él, de Valencia y ella, de Tenerife. Era como el tercer vértice de este triángulo que aquí dibujamos, pues, según todos los indicios, tanto le repugnaba el poder español como el eventual poder de los Estados Unidos, país del que escribió: «Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas». Fue premonitorio al vaticinar que, «llegada la hora, España preferirá entenderse con los Estados Unidos a rendir la isla a los cubanos».
La gran habilidad de Martí durante la primera mitad de la última década del siglo fue ser capaz de ampliar la base social de su movimiento. Negro como el chamizo en principio, al independentismo cubano se le ve crecientemente desleído con la incorporación de blancos criollos, normalmente pequeño burgueses que se han visto duramente golpeados por la gravísima recesión de la economía cubana, provocada por las pérdidas bélicas y por medidas tan comprensivas como la imposición por Estados Unidos, en 1894, de un arancel del 40% a las importaciones de azúcar cubano.
La guerra de la independencia que inician Martí, Maceo y Gómez en 1895 es, en parte, una guerra de la independencia, y en parte una tentativa por provocar un sustantivo cambio social en Cuba. Los ejércitos del PRC se desempeñan con importante violencia contra las grandes haciendas, a pesar de que muchas son de cubanos. Otra de sus banderas es la igualdad entre razas, sancionada en el denominado Manifiesto de Montecristi.
Prueba de la importante implicación social del independentismo cubano es que sobrevivió a dos pérdidas tan importantes como la del propio Martí (mayo de 1895) y Maceo (al año siguiente).
En 1897, el primer ministro español, el siempre maniobrero Segismundo Moret y su capitán general en Cuba, Ramón Blanco, hicieron una última intentona. Ofrecieron a los rebeldes lo que se habían negado a dar durante décadas: igualdad jurídica de cubanos y españoles, un parlamento propio en Cuba, autogobierno. Pero, claro, esa oferta la hicieron porque estaban perdiendo. Y eso los que recibieron la oferta también lo sabían; aparte de saber lo que había hecho España en el pasado con sus promesas. Luego, en 1898, se produjo la guerra entre España y Estados Unidos, con el desarrollo y resultados que ya hemos visto.
España bajó los brazos y se dejó dominar, qué remedio, por los Estados Unidos en el tratado firmado el 10 de diciembre de 1898 en París. Pero ni un solo cubano estampó su firma en aquel papel. De hecho, ni siquiera habían estado en las negociaciones. Cuba era libre. O, tal vez, tan sólo tenía otro dueño.
En 1899, las tropas americanas invadieron la isla, y no fueron tan torpes como las españolas; en poco tiempo, del ejército libertador cubano no quedaban ni los mecheros. El Congreso norteamericano acabó aprobando lo que se conoce como Platt Amedment, una decisión que de hecho convertía Cuba en un protectorado norteamericano. En 1902 fue declara la República cubana; pero esa república se parecía al sueño de Martí lo mismo que yo a Javier Bardem. Estados Unidos se abrogaba el derecho a intervenir en Cuba para proteger su independencia (manda huevos), su estabilidad, para poder dirigir la política económica de la isla y para establecer bases militares. Como bien sabemos, tras el conflicto los marines sentaron sus reales en Guantánamo, y allí siguen, con Jack Nicholson diciendo aquello de «yo desayuno cada mañana a 300 metros de mil cubanos entrenados para matarme» y bla, bla, bla.
En los albores del siglo XX, Cuba es una isla patrullada y controlada por los Estados Unidos, a veces de forma directa, a veces a través de gobernantes más o menos marioneta. En 1933, el país vivió una revolución, que acabó con el dictador Gerardo Machado, tras la cual llegó al poder un político reformista, Ramón Grau San Martín, que hizo esfuerzos evidentes por hacer de Cuba un país independiente. Sin embargo, tampoco resistió las presiones y es por ello que encontramos a Cuba en 1959, bajo el mando de Fulgencio Batista. El año que unos pelanas desembarcan en una cala, pobremente armados y sin demasiados apoyos aún, decididos a hacer brotar la revolución en su país y hacerse con el poder.
El régimen cubano, de tono e ideología un poco difusos al principio pero que pronto se convierte en un comunismo de libro, supone, cada vez más, otro penduleo, en este caso hacia el lado contrario. Si hasta Fidel Cuba pecó de una dependencia respecto de los Estados Unidos que de hecho comprometía su concepción como nación realmente independiente, la obsesión de Castro por afirmar dicha independencia le lleva, primero a una estrechísima dependencia respecto de la URSS y luego, cuando ésta se volatiliza (la URSS, no la dependencia), hacia un aislamiento político que sólo en los últimos tiempos ha matizado el régimen bolivariano en Venezuela y algunos otros experimentos latinoamericanos.
A principios de los años sesenta, Estados Unidos ambiciona claramente recuperar su perla. Parece ser que la CIA llegó a manejar planes propios de auténticos tontos del culo, como envenenar los zapatos de Castro (sic) durante alguna de sus estancias fuera de Cuba. Al presidente John Fitzgerald Kennedy le pareció de coña en su inicio que sus marines intentasen la invasión de la isla, aunque después del fiasco de Bahía Cochinos parece que se le bajaron los humos; quizá nunca lo sepamos con certitud, pero no son pocas las teorías que sostienen que Cuba está detrás del asesinato de JFK, bien por algún tipo de implicación, bien porque fuese cometido por elementos estadounidenses, mafiosos, cabreados por toda la pasta perdida en Cuba y por la decisión del presidente de suspender toda actividad contra Castro. Tal vez si alguna de estas tesis es cierta, algún día en Cuba cambian los vientos y no se llevan los papeles que tal vez reposan en sus archivos, logremos saber algo más.
En 1989 cae el Muro de Berlín. Pero sólo el que se ve. El que no se ve y que rodea la isla de Cuba (excepción hecha de la bahía de Guantánamo) sigue ahí, firme. El año que viene cumplirá 50 años. Y puede parecer lo contrario, pero es mi opinión que el principal elemento de esta historia no es, ni de coña, Historia.
Alguien dijo una vez de México: pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Si le preguntamos a un cubano castrista, o a un no cubano simpatizante del castrismo, probablemente nos dirá que eso fue cierto de Cuba una vez, pero que ya no le es aplicable. La Historia de este país, no obstante, demuestra lo contrario. Y las consecuencias de la Historia, muchas veces, nosotros creemos verlas muertas. Pero no debemos engañarnos porque, las más de las veces, tan sólo están dormidas.
viernes, enero 04, 2008
Nin
Andreu Nin nació en 1892 en El Vendrell, en una familia dedicada al negocio de la zapatería. Hijo pues de una familia con recursos modestos y, además, de extracción más bien rural, dándosele razonablemente bien eso de estudiar era bastante lógico que su destino tuviese que ver con el magisterio. Por eso estudió para ser profesor y, una vez terminados los estudios, se colocó en la Escuela Oraciana y en el Ateneo Obrero que, en 1911, estaba situado en el barrio de La Barceloneta. Sin embargo, el contacto con la cultura y el saber forjan rápidamente en él otra vocación: el periodismo. Cuando lleva tres años de maestro, abandona este trabajo para comenzar a escribir para publicaciones de corte progresista, tales como Justicia Social (socialista), Poble Catalá (nacionalista de izquierdas) y, por supuesto, la Revista Pedagógica.
Desde 1911, año de su primer trabajo como hemos visto, es miembro del Partido Socialista. Sin embargo, a partir de 1915 comienza a tener problemas con el partido, a causa de discrepancias ideológicas y, por qué no decirlo, también porque Nin, como casi todos los líderes, tenía madera de líder casi desde el primer minuto de su vida. En un primer momento, Nin intenta compaginar su actividad política con la generación de valor añadido, y se desplaza nada menos que a Egipto, donde colabora con la gestión de un negocio de importación y exportación. Sin embargo, vuelve a España en 1917, el año de la revolución rusa y de la huelga general revolucionaria (HGR) del PSOE (la que podríamos denominar HGR1, ya que la HGR2 es la mal llamada Revolución de Asturias). Estos hechos hacen hervir la sangre del joven ideólogo, quien se decide a convertirse en un revolucionario full time.
En 1920 lo encontramos siendo detenido por mogollón de policías, tal que fuese Jason Bourne, en su condición de dirigente del sindicato de profesiones liberales de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Este dato nos indica que, para entonces, Andreu Nin ha dejado de ser un socialista y ha pasado a creer en listones revolucionarios más altos, o sea más radicales. En mayo de dicho año será designado para representar a los anarcosindicalistas en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja. Trabaja de hecho para esta organización en Berlín, aunque es finalmente expulsado de Alemania tras el asesinato en Madrid del primer ministro Eduardo Dato (8 de marzo de 1921), en el que la policía cree ver clara la implicación de Nin, motivo por el cual solicita su extradición. Alemania no debía de ver tan claras las cosas porque no concedió dicha extradición, aunque sí expulsa a Nin a la URSS. Allí ingresa en el Partido Comunista, donde llegará a ser secretario del soviet de Moscú, lo cual no sé si daba mucho trabajo, pero tiene pinta de ser una credencial marxista de cierta enjundia.
En 1927, sin embargo, Nin fue expulsado del PCUS por sus inclinaciones troskistas. Para entonces ya había muerto Lenin, mandaba Stalin y ya se sabe lo que hizo Stalin con los troskistas e, incluso, con muchos que no lo eran. De todas formas, esta expulsión será oro molido para los comunistas en 1937, cuando monten su campaña contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) dirigido por Nin, a quien, echando mano de estos antecedentes, apelarán de troskista y de traidor a la causa de la II República Española. Sabido es que en esto de la República y la Guerra Civil hay muchos lugares comunes que han sido aceptados acríticamente durante décadas incluso por sesudos historiadores. El que aquí nos ocupa es ese que dice que el POUM era un partido troskista. Lo cierto es, o por lo menos eso pretendo exponer en este post, que el POUM no era troskista. Pero es que, además, hay un vicio de partida en toda esta historia, pues, ¿y si lo fuera? En una República en la que cabían la socialdemocracia, el socialismo marxista, el comunismo estalinista, el anarcosindicalismo, el anarquismo a secas, el radical-socialismo, la izquierda burguesa, el republicanismo conservador, el nacionalismo vasco católico, el aconfesional, el nacionalismo catalán burgués, el pequeño burgués, el independentismo y unas cuantas cosas más, ¿por qué extraña razón no cabía el troskismo?
Todo esto se resume en una pregunta: ¿por qué razón, exactamente, torturó y asesinó la URSS a Andreu Nin?
En fin, continuemos con la historia. Aún en su etapa troskista, nuestro aún joven Andreu Nin funda Izquierda Comunista, una formación con dicho corte. Pero aquí las cosas empiezan a no cuadrar, pues en fecha tan pronta como 1934, León Trosky rompe con IC, formación a la que considera claramente fuera de sus postulados. ¿Se puede ser troskista sin Trosky? Según los estalinistas, sí.
La IC de Nin, sin embargo, es una mierdecilla dentro del proceloso horizonte de organizaciones obreristas crecidas al amparo de la avenida de la República y de la democracia. Es por ello que acabará haciendo caso de las apelaciones de un colega suyo, Julián Gorkin, quien le convence de ir a una fusión con un grupúsculo liderado por quien, para mí, fue la auténtica materia gris de aquella formación: Joaquín Maurín. Maurín había fundado el Bloc Obrer y Camperol, o sea Bloque Obrero y Campesino, otra mierdecilla que, unida a IC, se fue convirtiendo en algo más oloroso. Luego se les unió Jordi Arquer, otro teórico marxista que tenía su propio grupo, ampulosamente denominado Partit Comunista Catalá. La suma de IC, BOC y PCC es el Partido Obrero de Unificación Marxista, o POUM, cuya creación se produjo el 29 de septiembre de 1935.
Las cosas con Trosky iban, ya lo he dicho, de puta pena desde 1934. Pero en 1936 fueron a peor, cuando el POUM tomó la decisión, sabia decisión en mi opinión, de entrar en el Frente Popular. Digo sabia porque, aunque el POUM era especialmente fuerte en algunas áreas de Cataluña, singularmente Lérida, presentando candidaturas propias difícilmente podía aspirar a nada en aquellas elecciones, e integrado en el Frente Popular consiguió tocar pelo y colocar algún diputado. A Trosky, sin embargo, estos matices le traían al fresco y por eso los denunció por traidores. Aún así Nin, que ya establecido en Barcelona se gana la vida traduciendo del ruso, se ocupará de verter al catalán la Historia de la Revolución Rusa de su otrora amigo político Lev Davidovich.
¿Por qué nunca llegaron a entenderse el POUM y los otros comunistas o, si se prefiere, los comunistas y los otros comunistas del POUM? Como ya he dicho, en no pocos libros de Historia y resúmenes varios se nos quiere vender la milonga de que aquello fue la exportación a España del conflicto surgido en la URSS entre dos tendencias bolcheviques: el estalinismo y el troskismo. A mí me parece más bien cierto que eso no tuvo demasiado que ver. La pugna entre Stalin y Trosky no afectó en España gran cosa, pues la izquierda marxista española tenía otras muchas cosas en las que pensar, bastante más cercanas.
El problema entre los partidos marxistas obreros, planteado prácticamente desde el primer día de la República, fue una suerte de competición a ver quién meaba, revolucionariamente hablando, más lejos. En el entorno del obrerismo patrio encontramos, como principales tendencias, al socialismo (PSOE), el comunismo (las Juventudes Socialistas y, luego, el Partido Comunista), el otro comunismo (sobre todo, el POUM) y los anarquistas (CNT y FAI). Cuatro viajeros en el mismo coche, tres de ellos marxistas y el cuarto aún más radical. En esas circunstancias, era sólo cuestión de tiempo que se plantease el conflicto entre pragmatismo y revolución.
En sus juicios autoexculpatorios de la guerra civil (es decir, la literatura sobre el asunto publicada en Moscú en los treinta años posteriores al conflicto), el Partido Comunista se declara culpable de no haberse dado cuenta, en 1931, de que la avenida de la República era una revolución de corte burgués, aunque terminó por darse cuenta de ello. Si tomamos un diccionario marxista-español, español-marxista, veremos que ese concepto quiere decir que el PC decidió defender una postura tendente más a apoyar la consolidación de la República que la consecución de la dictadura del proletariado en el corto plazo. Sin embargo, no fue ésta la postura de los anarquistas. La CNT llevaba ya años, desde los del pistolerismo, soñando con huelgas revolucionarias cuyo objetivo no era obtener mejoras salariales sino, pura y simplemente, cargarse el sistema para implantar el comunismo libertario.
Dentro de la izquierda obrerista republicana, pues, existen dos tendencias claras: la pragmática, que prefiere consolidar la República burguesa y deja los sueños de Engels para más adelante; y la nidecoña, que decía algo así como lo que diría, décadas después, Jim Morrison, el líder de los Doors: We want the World, and we want it, now!
La mal llamada Revolución de Asturias es un resultado de estas tensiones. Es la decisión por parte del PSOE (bueno, en realidad, de la UGT) por tratar de ocupar un espacio, el espacio revolucionario, que los anarcosindicalistas les estaban guindando por la jeró. Y, en todo este orden de cosas (más bien desorden), el POUM toma una decisión. El ticket Nin-Maurín decide que se apunta a lo de la revolución permanente. En febrero de 1936, pocas jornadas después de la victoria del Frente Popular, el mismísimo Andreu Nin escribirá estas palabras en la revista del partido Nueva Era: «La contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras la que clase obrera empujará la revolución hacia delante».
Éste fue el pecado de Nin y del POUM: apuntarse al bando nidecoña. Decisión en la que la opinión de Trosky pesó más o menos lo mismo que pesa la mía cuando se trata de que mi mujer y yo decidamos qué peli vamos a ver.
Los dos compromisarios del POUM en la elección del presidente de la República tras el cese de Alcalá-Zamora no votaron a Azaña, como hicieron las fuerzas del Frente Popular. Votaron a Ramón González Peña, líder sindicalista asturiano que se había destacado durante el golpe revolucionario del 34.
En enero de 1936, otro miembro del POUM, Ignacio Iglesias, escribía esta perla en la misma revista: «Nada más alejado del marxismo que el pacifismo. Un marxista jamás es pacifista. Estamos contra la guerra imperialista porque estamos por la guerra civil». Con un par.
De donde se deduce que el POUM fue anchamente satisfecho en sus aspiraciones.
El conflicto entre los partidos obreros existente en tiempos de paz (pragmáticos contra nidecoñas) se transmitió a la propia guerra civil, mutando en un conflicto ligeramente diferente en su superficie, pero igual en su base. La izquierda obrera se dividió entre los pocoapoco, partidarios de ganar la guerra y después hacer la revolución; y los nihartodevino, partidarios de hacer la revolución al mismo tiempo que trataban de ganar la guerra.
Fuerza fundamental de los nihartodevino fue, claramente, el anarcosindicalismo de la CNT y el anarquismo de la FAI. Pero no hay que olvidar al POUM. El POUM, desde apoyos populares más modestos ciertamente, hizo lo único que podía hacer en coherencia con sus actos, pues parece lógico que quien ha sido un nidecoña en tiempos de paz, sea un nihartodevino en tiempo de guerra.
Algún día hablaremos de esto más a fondo. En todo caso, baste con exponer aquí que el laboratorio en que la CNT-FAI-POUM pudieron poner en marcha sus ideas, Cataluña y Aragón, se sumió en un caos revolucionario de tal calibre que, por mucho que no nos guste a casi nadie reconocerlo, lo cierto es que cuando los franquistas llegaron a Barcelona la gente aplaudía con las orejas por las calles, porque en su mayor parte estaban, simple y llanamente, hartos. En el batiburrillo de la reacción contra los golpistas de Barcelona, la CNT se apropió de 30.000 fusiles que había en el cuartel de Sant Andreu; con esas armas blindó a sus militantes y creó un poder omnímodo de facto ante el cual las instituciones legales, es decir la Generalitat de Lluis Companys, mandaba menos que un gitano en un cuartelillo de la guardia civil.
Pero alguien dijo basta. Y ese alguien eran, además, los comunistas. Los que habían traído al primo de Zumosol del bando republicano, es decir las armas y los cooperantes rusos. Socialistas y comunistas, con la anuencia más o menos muda de los catalanistas, decidieron que ya estaba bien, y que a aquellos tipos había que darles en todo el bebe. Eso fueron los sucesos de mayo del 37, una auténtica miniguerra civil dentro de la guerra civil, que se merecen que los dejemos aquí, apenas formulados, para algún día, si hay tiempo y ganas, contarlos más a fondo. Dejémoslo por el momento en que, tras aquellos sucesos, el poder de la CNT quedó seriamente recortado en toda Cataluña y el POUM, como especie de franquicia marxista que era de estas fuerzas, cayó en picado.
El 16 de junio de 1937, en el crepúsculo de los sucesos de mayo pues, Andreu Nin fue detenido en la sede del Comité Ejecutivo del POUM por un grupo de policías llegados expresamente de Madrid para realizar la detención. Lo trasladan a Valencia, sede del gobierno central, donde pasa unas horas, tras las cuales es trasladado a Madrid. Pasa un par de días preso en una checa que había en el mismo paseo de la Castellana (entonces bastante más corto que hoy en día) para ser finalmente trasladado a Alcalá de Henares, donde llegará a hacer hasta cuatro declaraciones. Se desconoce hasta que punto lo habían dejado blandito a hostias durante las mismas.
El 25 de junio, el periódico del PC, Mundo Obrero, lanza una campaña al más puro estilo de Stalin. En un artículo titulado La fuga del bandido Nin, relata una presunta fuga del líder del POUM de Alcalá de Henares que no se la creería ni Peter Griffin después de haberse tragado un tripi. Según Mundo Obrero, Nin se había fugado de su prisión gracias a la ayuda de agentes de la Gestapo disfrazados de brigadistas internacionales. Unos activistas nazis, pues, que además de nazis eran tontos del culo puesto que, siempre según esta versión tan sólida, se habían dejado olvidada su documentación auténtica en el lugar del suceso (como todo el mundo sabe, cuando un espía se aventura en zona enemiga para realizar una operación secreta jamás olvida su carné, su pasaporte, su libro de familia y el certificado de penales). Cuando los comunistas ofrezcan esta misma versión al subsecretario de Justicia, Juan Simeón Vidarte, éste se limitará a preguntarles si es que piensan que él es retrasado mental o qué.
Tiene su lógica el cabreo del gobierno republicano. Nin, junto con José Calvo Sotelo y Antonio Sesé, pueden considerarse los tres crímenes más antijurídicos de la República y la guerra civil. Calvo Sotelo, porque era diputado cuando lo sacaron de su casa para matarlo; Sesé, porque era conseller de la Generalitat como tal nombrado cuando alguien se lo apioló a tiros (de hecho, lo mataron cuando ibaa tomar posesión); y Nin, porque había sido también conseller de la Generalitat, así pues era una persona aforada que, de ser condenada por algo, lo tenía que ser con la intervención del Tribunal de Garantías Constitucionales.
Lo que daría yo por tener una filmación del Consejo de Ministros en el que estalló este conflicto. En el gobierno republicano había entonces dos ministros comunistas, Uribe y Hernández. Medio gobierno (Indalecio Prieto, Irujo, Velao y Giner de los Ríos) se les tiró a degüello, exigiendo que revelasen el paradero de Nin. Los comunistas se defendieron como pudieron, o sea mal. A finales de junio, es Companys quien trata de presionar al primer ministro Negrín y al presidente Azaña. Claro que para entonces Azaña ya piensa de Companys que es una especie de mamón calzonazos, así pues no le hace ni puñetero caso.
Miguel Moreno Laguía, juez instructor del sumario de la desaparición, concluye la instrucción del mismo sin poder dirimir si Nin está preso, si ha huido, o siquiera si está vivo. El líder de POUM está cubierto por un sudario de oscuridad como sólo sabía ponerlos el padrecito Stalin, uno de los más afamados undertakers de la Historia Universal.
Hoy damos por hecho que Nin fue torturado hasta la muerte y/o ejecutado por la NKVD, antecedente de la KGB soviética. Así lo han venido a reconocer, tácitamente, algunos protagonistas de aquella época y, al parecer, llegó a averiguar el comisario especial que fue puesto tras las pistas.
Creo que el cuerpo de Nin nunca ha sido encontrado. Si es así, es uno de esos esqueletos que siguen esperando ser exhumados algún día. Lo que no sé es si su búsqueda cuadra o cuadraría mucho con el discurso de la Memoria Histórica. Al fin y al cabo, es un raro represaliado. Represaliado por sus coleguitas, cuando menos teóricos.
Desde 1911, año de su primer trabajo como hemos visto, es miembro del Partido Socialista. Sin embargo, a partir de 1915 comienza a tener problemas con el partido, a causa de discrepancias ideológicas y, por qué no decirlo, también porque Nin, como casi todos los líderes, tenía madera de líder casi desde el primer minuto de su vida. En un primer momento, Nin intenta compaginar su actividad política con la generación de valor añadido, y se desplaza nada menos que a Egipto, donde colabora con la gestión de un negocio de importación y exportación. Sin embargo, vuelve a España en 1917, el año de la revolución rusa y de la huelga general revolucionaria (HGR) del PSOE (la que podríamos denominar HGR1, ya que la HGR2 es la mal llamada Revolución de Asturias). Estos hechos hacen hervir la sangre del joven ideólogo, quien se decide a convertirse en un revolucionario full time.
En 1920 lo encontramos siendo detenido por mogollón de policías, tal que fuese Jason Bourne, en su condición de dirigente del sindicato de profesiones liberales de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Este dato nos indica que, para entonces, Andreu Nin ha dejado de ser un socialista y ha pasado a creer en listones revolucionarios más altos, o sea más radicales. En mayo de dicho año será designado para representar a los anarcosindicalistas en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja. Trabaja de hecho para esta organización en Berlín, aunque es finalmente expulsado de Alemania tras el asesinato en Madrid del primer ministro Eduardo Dato (8 de marzo de 1921), en el que la policía cree ver clara la implicación de Nin, motivo por el cual solicita su extradición. Alemania no debía de ver tan claras las cosas porque no concedió dicha extradición, aunque sí expulsa a Nin a la URSS. Allí ingresa en el Partido Comunista, donde llegará a ser secretario del soviet de Moscú, lo cual no sé si daba mucho trabajo, pero tiene pinta de ser una credencial marxista de cierta enjundia.
En 1927, sin embargo, Nin fue expulsado del PCUS por sus inclinaciones troskistas. Para entonces ya había muerto Lenin, mandaba Stalin y ya se sabe lo que hizo Stalin con los troskistas e, incluso, con muchos que no lo eran. De todas formas, esta expulsión será oro molido para los comunistas en 1937, cuando monten su campaña contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) dirigido por Nin, a quien, echando mano de estos antecedentes, apelarán de troskista y de traidor a la causa de la II República Española. Sabido es que en esto de la República y la Guerra Civil hay muchos lugares comunes que han sido aceptados acríticamente durante décadas incluso por sesudos historiadores. El que aquí nos ocupa es ese que dice que el POUM era un partido troskista. Lo cierto es, o por lo menos eso pretendo exponer en este post, que el POUM no era troskista. Pero es que, además, hay un vicio de partida en toda esta historia, pues, ¿y si lo fuera? En una República en la que cabían la socialdemocracia, el socialismo marxista, el comunismo estalinista, el anarcosindicalismo, el anarquismo a secas, el radical-socialismo, la izquierda burguesa, el republicanismo conservador, el nacionalismo vasco católico, el aconfesional, el nacionalismo catalán burgués, el pequeño burgués, el independentismo y unas cuantas cosas más, ¿por qué extraña razón no cabía el troskismo?
Todo esto se resume en una pregunta: ¿por qué razón, exactamente, torturó y asesinó la URSS a Andreu Nin?
En fin, continuemos con la historia. Aún en su etapa troskista, nuestro aún joven Andreu Nin funda Izquierda Comunista, una formación con dicho corte. Pero aquí las cosas empiezan a no cuadrar, pues en fecha tan pronta como 1934, León Trosky rompe con IC, formación a la que considera claramente fuera de sus postulados. ¿Se puede ser troskista sin Trosky? Según los estalinistas, sí.
La IC de Nin, sin embargo, es una mierdecilla dentro del proceloso horizonte de organizaciones obreristas crecidas al amparo de la avenida de la República y de la democracia. Es por ello que acabará haciendo caso de las apelaciones de un colega suyo, Julián Gorkin, quien le convence de ir a una fusión con un grupúsculo liderado por quien, para mí, fue la auténtica materia gris de aquella formación: Joaquín Maurín. Maurín había fundado el Bloc Obrer y Camperol, o sea Bloque Obrero y Campesino, otra mierdecilla que, unida a IC, se fue convirtiendo en algo más oloroso. Luego se les unió Jordi Arquer, otro teórico marxista que tenía su propio grupo, ampulosamente denominado Partit Comunista Catalá. La suma de IC, BOC y PCC es el Partido Obrero de Unificación Marxista, o POUM, cuya creación se produjo el 29 de septiembre de 1935.
Las cosas con Trosky iban, ya lo he dicho, de puta pena desde 1934. Pero en 1936 fueron a peor, cuando el POUM tomó la decisión, sabia decisión en mi opinión, de entrar en el Frente Popular. Digo sabia porque, aunque el POUM era especialmente fuerte en algunas áreas de Cataluña, singularmente Lérida, presentando candidaturas propias difícilmente podía aspirar a nada en aquellas elecciones, e integrado en el Frente Popular consiguió tocar pelo y colocar algún diputado. A Trosky, sin embargo, estos matices le traían al fresco y por eso los denunció por traidores. Aún así Nin, que ya establecido en Barcelona se gana la vida traduciendo del ruso, se ocupará de verter al catalán la Historia de la Revolución Rusa de su otrora amigo político Lev Davidovich.
¿Por qué nunca llegaron a entenderse el POUM y los otros comunistas o, si se prefiere, los comunistas y los otros comunistas del POUM? Como ya he dicho, en no pocos libros de Historia y resúmenes varios se nos quiere vender la milonga de que aquello fue la exportación a España del conflicto surgido en la URSS entre dos tendencias bolcheviques: el estalinismo y el troskismo. A mí me parece más bien cierto que eso no tuvo demasiado que ver. La pugna entre Stalin y Trosky no afectó en España gran cosa, pues la izquierda marxista española tenía otras muchas cosas en las que pensar, bastante más cercanas.
El problema entre los partidos marxistas obreros, planteado prácticamente desde el primer día de la República, fue una suerte de competición a ver quién meaba, revolucionariamente hablando, más lejos. En el entorno del obrerismo patrio encontramos, como principales tendencias, al socialismo (PSOE), el comunismo (las Juventudes Socialistas y, luego, el Partido Comunista), el otro comunismo (sobre todo, el POUM) y los anarquistas (CNT y FAI). Cuatro viajeros en el mismo coche, tres de ellos marxistas y el cuarto aún más radical. En esas circunstancias, era sólo cuestión de tiempo que se plantease el conflicto entre pragmatismo y revolución.
En sus juicios autoexculpatorios de la guerra civil (es decir, la literatura sobre el asunto publicada en Moscú en los treinta años posteriores al conflicto), el Partido Comunista se declara culpable de no haberse dado cuenta, en 1931, de que la avenida de la República era una revolución de corte burgués, aunque terminó por darse cuenta de ello. Si tomamos un diccionario marxista-español, español-marxista, veremos que ese concepto quiere decir que el PC decidió defender una postura tendente más a apoyar la consolidación de la República que la consecución de la dictadura del proletariado en el corto plazo. Sin embargo, no fue ésta la postura de los anarquistas. La CNT llevaba ya años, desde los del pistolerismo, soñando con huelgas revolucionarias cuyo objetivo no era obtener mejoras salariales sino, pura y simplemente, cargarse el sistema para implantar el comunismo libertario.
Dentro de la izquierda obrerista republicana, pues, existen dos tendencias claras: la pragmática, que prefiere consolidar la República burguesa y deja los sueños de Engels para más adelante; y la nidecoña, que decía algo así como lo que diría, décadas después, Jim Morrison, el líder de los Doors: We want the World, and we want it, now!
La mal llamada Revolución de Asturias es un resultado de estas tensiones. Es la decisión por parte del PSOE (bueno, en realidad, de la UGT) por tratar de ocupar un espacio, el espacio revolucionario, que los anarcosindicalistas les estaban guindando por la jeró. Y, en todo este orden de cosas (más bien desorden), el POUM toma una decisión. El ticket Nin-Maurín decide que se apunta a lo de la revolución permanente. En febrero de 1936, pocas jornadas después de la victoria del Frente Popular, el mismísimo Andreu Nin escribirá estas palabras en la revista del partido Nueva Era: «La contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras la que clase obrera empujará la revolución hacia delante».
Éste fue el pecado de Nin y del POUM: apuntarse al bando nidecoña. Decisión en la que la opinión de Trosky pesó más o menos lo mismo que pesa la mía cuando se trata de que mi mujer y yo decidamos qué peli vamos a ver.
Los dos compromisarios del POUM en la elección del presidente de la República tras el cese de Alcalá-Zamora no votaron a Azaña, como hicieron las fuerzas del Frente Popular. Votaron a Ramón González Peña, líder sindicalista asturiano que se había destacado durante el golpe revolucionario del 34.
En enero de 1936, otro miembro del POUM, Ignacio Iglesias, escribía esta perla en la misma revista: «Nada más alejado del marxismo que el pacifismo. Un marxista jamás es pacifista. Estamos contra la guerra imperialista porque estamos por la guerra civil». Con un par.
De donde se deduce que el POUM fue anchamente satisfecho en sus aspiraciones.
El conflicto entre los partidos obreros existente en tiempos de paz (pragmáticos contra nidecoñas) se transmitió a la propia guerra civil, mutando en un conflicto ligeramente diferente en su superficie, pero igual en su base. La izquierda obrera se dividió entre los pocoapoco, partidarios de ganar la guerra y después hacer la revolución; y los nihartodevino, partidarios de hacer la revolución al mismo tiempo que trataban de ganar la guerra.
Fuerza fundamental de los nihartodevino fue, claramente, el anarcosindicalismo de la CNT y el anarquismo de la FAI. Pero no hay que olvidar al POUM. El POUM, desde apoyos populares más modestos ciertamente, hizo lo único que podía hacer en coherencia con sus actos, pues parece lógico que quien ha sido un nidecoña en tiempos de paz, sea un nihartodevino en tiempo de guerra.
Algún día hablaremos de esto más a fondo. En todo caso, baste con exponer aquí que el laboratorio en que la CNT-FAI-POUM pudieron poner en marcha sus ideas, Cataluña y Aragón, se sumió en un caos revolucionario de tal calibre que, por mucho que no nos guste a casi nadie reconocerlo, lo cierto es que cuando los franquistas llegaron a Barcelona la gente aplaudía con las orejas por las calles, porque en su mayor parte estaban, simple y llanamente, hartos. En el batiburrillo de la reacción contra los golpistas de Barcelona, la CNT se apropió de 30.000 fusiles que había en el cuartel de Sant Andreu; con esas armas blindó a sus militantes y creó un poder omnímodo de facto ante el cual las instituciones legales, es decir la Generalitat de Lluis Companys, mandaba menos que un gitano en un cuartelillo de la guardia civil.
Pero alguien dijo basta. Y ese alguien eran, además, los comunistas. Los que habían traído al primo de Zumosol del bando republicano, es decir las armas y los cooperantes rusos. Socialistas y comunistas, con la anuencia más o menos muda de los catalanistas, decidieron que ya estaba bien, y que a aquellos tipos había que darles en todo el bebe. Eso fueron los sucesos de mayo del 37, una auténtica miniguerra civil dentro de la guerra civil, que se merecen que los dejemos aquí, apenas formulados, para algún día, si hay tiempo y ganas, contarlos más a fondo. Dejémoslo por el momento en que, tras aquellos sucesos, el poder de la CNT quedó seriamente recortado en toda Cataluña y el POUM, como especie de franquicia marxista que era de estas fuerzas, cayó en picado.
El 16 de junio de 1937, en el crepúsculo de los sucesos de mayo pues, Andreu Nin fue detenido en la sede del Comité Ejecutivo del POUM por un grupo de policías llegados expresamente de Madrid para realizar la detención. Lo trasladan a Valencia, sede del gobierno central, donde pasa unas horas, tras las cuales es trasladado a Madrid. Pasa un par de días preso en una checa que había en el mismo paseo de la Castellana (entonces bastante más corto que hoy en día) para ser finalmente trasladado a Alcalá de Henares, donde llegará a hacer hasta cuatro declaraciones. Se desconoce hasta que punto lo habían dejado blandito a hostias durante las mismas.
El 25 de junio, el periódico del PC, Mundo Obrero, lanza una campaña al más puro estilo de Stalin. En un artículo titulado La fuga del bandido Nin, relata una presunta fuga del líder del POUM de Alcalá de Henares que no se la creería ni Peter Griffin después de haberse tragado un tripi. Según Mundo Obrero, Nin se había fugado de su prisión gracias a la ayuda de agentes de la Gestapo disfrazados de brigadistas internacionales. Unos activistas nazis, pues, que además de nazis eran tontos del culo puesto que, siempre según esta versión tan sólida, se habían dejado olvidada su documentación auténtica en el lugar del suceso (como todo el mundo sabe, cuando un espía se aventura en zona enemiga para realizar una operación secreta jamás olvida su carné, su pasaporte, su libro de familia y el certificado de penales). Cuando los comunistas ofrezcan esta misma versión al subsecretario de Justicia, Juan Simeón Vidarte, éste se limitará a preguntarles si es que piensan que él es retrasado mental o qué.
Tiene su lógica el cabreo del gobierno republicano. Nin, junto con José Calvo Sotelo y Antonio Sesé, pueden considerarse los tres crímenes más antijurídicos de la República y la guerra civil. Calvo Sotelo, porque era diputado cuando lo sacaron de su casa para matarlo; Sesé, porque era conseller de la Generalitat como tal nombrado cuando alguien se lo apioló a tiros (de hecho, lo mataron cuando ibaa tomar posesión); y Nin, porque había sido también conseller de la Generalitat, así pues era una persona aforada que, de ser condenada por algo, lo tenía que ser con la intervención del Tribunal de Garantías Constitucionales.
Lo que daría yo por tener una filmación del Consejo de Ministros en el que estalló este conflicto. En el gobierno republicano había entonces dos ministros comunistas, Uribe y Hernández. Medio gobierno (Indalecio Prieto, Irujo, Velao y Giner de los Ríos) se les tiró a degüello, exigiendo que revelasen el paradero de Nin. Los comunistas se defendieron como pudieron, o sea mal. A finales de junio, es Companys quien trata de presionar al primer ministro Negrín y al presidente Azaña. Claro que para entonces Azaña ya piensa de Companys que es una especie de mamón calzonazos, así pues no le hace ni puñetero caso.
Miguel Moreno Laguía, juez instructor del sumario de la desaparición, concluye la instrucción del mismo sin poder dirimir si Nin está preso, si ha huido, o siquiera si está vivo. El líder de POUM está cubierto por un sudario de oscuridad como sólo sabía ponerlos el padrecito Stalin, uno de los más afamados undertakers de la Historia Universal.
Hoy damos por hecho que Nin fue torturado hasta la muerte y/o ejecutado por la NKVD, antecedente de la KGB soviética. Así lo han venido a reconocer, tácitamente, algunos protagonistas de aquella época y, al parecer, llegó a averiguar el comisario especial que fue puesto tras las pistas.
Creo que el cuerpo de Nin nunca ha sido encontrado. Si es así, es uno de esos esqueletos que siguen esperando ser exhumados algún día. Lo que no sé es si su búsqueda cuadra o cuadraría mucho con el discurso de la Memoria Histórica. Al fin y al cabo, es un raro represaliado. Represaliado por sus coleguitas, cuando menos teóricos.
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jueves, enero 03, 2008
Precios históricos
Hola, ¿qué tal? Feliz año a todos.
No, no vuelvo a asomarme a la ventana con la prometida tercera toma sobre la guerra de Cuba (que ya está, de todas formas, en máquinas). A veces incluso un blog sobre Historia debe ser tributario de la realidad, aunque parezca que no. O, al menos, a mí me lo parece.
Así que hoy voy a hacer un poco de intrusismo y a meterme en los terrenos más propios de Malaprensa, web en la que, para los que no lo saben, Josu Mezo y Wonka se dedican a sacarle los colores a los medios de comunicación patrios con alguna que otra cosa que publican. Evidentemente, zapatero a tus zapatos, lo mío es comentar cosas de Historia. Pero hoy esto de la prensa y de la Historia como que se juntan a causa del petróleo. Una de las cosas por las que está hoy revuelta la prensa es con esto del «máximo histórico» del petróleo. Resulta que los contratos de futuros sobre algunos tipos de petróleo han alcanzado en Estados Unidos los 100 dólares por barril, barrera psicológica y, ya digo, histórica.
O histérica.
La prensa tiene una responsabilidad muy elevada. Muchas personas piensan y sienten las cosas de determinadas formas, influidas por la prensa. Así pues, no es lo mismo que yo diga algo en la barra de un bar que lo diga la prensa en sus páginas. Por eso, los mensajes han de estar aquilatados y tener un poco de cuidado al mover al personal, bien a confianzas excesivas, bien a aspaventosos pánicos con poco o nulo sentido. La frase «el precio del petróleo alcanza un máximo histórico» puede entenderse (sobre todo si no se explica) como sinónima de «el petróleo nunca ha estado tan caro como ahora». Y ahí, lo siento, es donde la frase no es tan cierta.
He tomado dos ingredientes: por un lado, la última memoria estadística de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), accesible en su página web. Por otro, la aplicación, actualmente en pruebas, para la consulta de estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Dos herramientas, pues, de público y notorio uso.
La OPEP publica un histórico del precio del barril de petróleo que comienza cuando dicho precio empieza a ser importante para todos nosotros, es decir allá por 1970. En aquellos años, se producirá la guerra del Yon Kippur entre árabes e israelíes en la que, como viene siendo costumbre, éstos le encenderán el pelo a aquéllos y los árabes, como fruto de ese mosqueo y viendo el apoyo generalizado del mundo occidental a los judíos, decidirán darle al mundo donde más le duele, esto es en la cartera. De esta forma, el barril de petróleo que costaba en 1970 1,67 dólares pasó a costar, en 1974, 10,73 dólares. Para que los lectores más yogurines, que no tenían en aquellos años uso de razón o uso a secas, puedan hacerse una idea del hostión que fue aquello, baste que piensen en su buga de hoy en día. Digamos que le metes cada diez días 30 litros de gasofa a tu coche, con un coste de 29,40 euros; y yo te pregunto: si en tres añitos de nada ese reposte pasara a costarte 188 euracos de vellón, ¿acaso no venderías el coche para comprarte unos patines?
Ésta, y no otra, fue la crisis del petróleo de los años setenta. Crisis que, además, en España se agravó, porque a lo largo del año 1974 y 1975 en todos los países europeos se tomaron medidas de ahorro y ajuste, mientras que en España el general Franco se obstinaba, un consejo de ministros tras otro, en exigir que los precios de la gasolina no se corrigiesen en exceso. Morir Franco y ser la crisis completamente insoslayable fue todo uno, y la que nos cayó encima en los años siguientes fue de aúpa. Aquellos de mis lectores que lo hayais vivido recordaréis bien aquella España tapizada de carteles con el eslógan Si usted puede, España no puede, alusivos al consumo de energía, en los que se nos conminaba a todos los españoles (de usted, eso sí; eran otros tiempos, también para la publicidad) a consumir sólo lo estrictamente necesario.
Hubo una segunda crisis del petróleo: la provocada por la guerra entre Irán e Irak, en los primeros años ochenta. En 1979, la OPEP dixit, el barril costaba unos 17 dólares, y tres años después había trepado a 32. Otra subidilla de gónadas, no tan bestia como la anterior, pero que también dejó fuertes secuelas en la economía.
Y ahora pasa un poco lo mismo. Si el precio medio del petróleo en el 2007 hubiera sido de 100 dólares (lo cual no es cierto, puesto que son precios medios y lo que ha pasado, de momento, es que el barril ha alcanzado ese precio un día), habría multiplicado su precio casi por tres desde el 2004. ¿Estamos, pues, ante algo de la magnitud de las crisis del Yon Kippur y la hostiada entre persas?
En economía hay una cosa muy graciosa que se llama inflación. Los precios suben en un proceso que está ligado a la actividad económica y su crecimiento, de forma que se generan, en realidad, dos precios para cada cosa: el precio nominal, expresado en pasta de cada año; y el precio real, en el que dicha pasta es deflactada en la proporción que lo hacen los precios, para hacer dicho precio comparable con el de años anteriores o posteriores. La deflactación supone, por lo tanto, tomar un año base y pasar todos los precios históricos a pasta de dicho año.
En el ámbito de la OCDE, según la ídem, la inflación, en el periodo 1970-2006, se ha multiplicado por 10. Es decir, que, cuando menos en términos estadísticos, para comprar en la OCDE hoy lo que en 1970 se compraba con un dólar, necesitamos 10 dólares. Hay, pues, que corregir los precios del petróleo de acuerdo con la inflación, tomar un año base y expresar todos los precios históricos por barril teniendo en cuenta la relación de precios entre dicho año base y cada uno de los demás.
He hecho ese ejercicio tomando como año base el 2007, asumiendo que la inflación en la OCDE el año pasado (aún no se ha publicado) haya sido del 3%, y asumiendo, cosa que como he dicho antes no es cierta, que en el 2007 el precio medio del barril de petróleo hubiese alcanzado los 100 dólares (cosa que, repito por tercias, no es verdad; el precio medio ha sido más bajo). Haciendo dicho ejercicio, resulta que hay tres años en la serie, 1980 a 1982, en los que el precio ajustado del barril de petróleo estuvo más alto que los 100 dólares del 2007. Expresado en dólares de hoy en día, el barril de petróleo costó 116,8 dólares en 1980, 118,9 en 1981, y 107,8 en 1982.
Pero aún hay más. ¿De dónde sale la pasta para pagar el petróleo? De la cartera. Y, ¿cuál es la cartera de la OCDE? Pues una cosa que se llama Producto Interior Bruto, esto es el valor añadido generado por la actividad económica. El PIB es un poco como el salario de las naciones, su renta. Y es importante ponerlo en comparación con los precios porque está definiendo la capacidad de pago. Si imaginamos un asalariado que sólo consume un bien (por ejemplo, patatas fritas), nos podemos encontrar con que en el año N, a ese consumidor las papas le cuestan 1 euro la bolsa y él tiene un salario de 100 euros; al año siguiente las patatas multiplican su precio por 5, pero eso no quiere decir estrictamente que nuestro consumidor sea más pobre, porque si su salario ha crecido más (por ejemplo, se ha multiplicado por 10) su capacidad de consumo es mayor. En el año N podía comprar 100/1 = 100 bolsas de patatas, mientras que en el año N+1 puede comprar 1.000/5 = 200 bolsas de patatas. Los precios han crecido mucho, pero él es doblemente rico (aparte de, probablemente, obeso, hipertenso e hipercolesterolémico).
¿Qué ha hecho el PIB de la OCDE en el periodo? En términos reales, se ha multiplicado por 1,6 (en términos nominales, por 16). Lo importante es que si antes habíamos convertido la curva de precios históricos del barril de petróleo deflactándola con la inflación, ahora tenemos que corregirla de acuerdo con la tasa de crecimiento del PIB porque, como acabamos de decir, además de saber que el barril valía en 1975 un equivalente a 72 dólares de hoy en día, también deberemos tener en cuenta que el valor añadido existente en dicho año para pagar dicha factura era de 30 billones de dólares de hoy en día (nuestro PIB actual, o sea la pasta que hoy tenemos para pagar, es de 37 billones).
Si hacemos esta doble corrección, encontraremos que el petróleo, sí, ha estado mucho más caro en el pasado. Tomando 2007 como valor 100, el índice alcanza 102,6 en 1974; 129,6 en 1980; 144,6 en el año siguiente; 146,8 en 1982; 127,3 en 1983; 118,1 en 1984; y 107,4 en 1985. Dicho de otra forma, para alcanzar una situación asumible a la del año de la primera victoria del PSOE (1982), una situación asumible en términos reales (libre de inflación) y relacionada con la renta disponible, el petróleo debería estar alcanzando un máximo histórico de 147 dólares por barril, no 100 (y todo esto, lo digo por cuarta vez, asumiendo que el precio medio del barril de petróleo ha sido de 100 dólares, cosa que no es cierta).
Hay un tercer factor: la cotización del dólar. Porque el petróleo se paga en dólares. Pero, bueno, por esto he hecho el truqui de tomar como base el conjunto de la OCDE, ya que sus estadísticas se formulan en dólares y me ahorro este paso. Pero, a la hora de nacionalizar este cálculo, vaya que la relación de cambio del dólar tiene su importancia. A finales de los setenta nuestra pela estaba machacada por el dólar, pero da la casualidad de que en estos tiempos actuales es nuestra moneda, el euro, la que le está arreando en las canillas a la todopoderosa divisa USA.
Así pues, ¿máximo histórico, o demasiada vagancia a la hora de buscar datos y enmarcar una noticia comme il faut?
Un consejo: mejor dejar a los historiadores la labor de definir qué es, y qué no es, histórico.
No, no vuelvo a asomarme a la ventana con la prometida tercera toma sobre la guerra de Cuba (que ya está, de todas formas, en máquinas). A veces incluso un blog sobre Historia debe ser tributario de la realidad, aunque parezca que no. O, al menos, a mí me lo parece.
Así que hoy voy a hacer un poco de intrusismo y a meterme en los terrenos más propios de Malaprensa, web en la que, para los que no lo saben, Josu Mezo y Wonka se dedican a sacarle los colores a los medios de comunicación patrios con alguna que otra cosa que publican. Evidentemente, zapatero a tus zapatos, lo mío es comentar cosas de Historia. Pero hoy esto de la prensa y de la Historia como que se juntan a causa del petróleo. Una de las cosas por las que está hoy revuelta la prensa es con esto del «máximo histórico» del petróleo. Resulta que los contratos de futuros sobre algunos tipos de petróleo han alcanzado en Estados Unidos los 100 dólares por barril, barrera psicológica y, ya digo, histórica.
O histérica.
La prensa tiene una responsabilidad muy elevada. Muchas personas piensan y sienten las cosas de determinadas formas, influidas por la prensa. Así pues, no es lo mismo que yo diga algo en la barra de un bar que lo diga la prensa en sus páginas. Por eso, los mensajes han de estar aquilatados y tener un poco de cuidado al mover al personal, bien a confianzas excesivas, bien a aspaventosos pánicos con poco o nulo sentido. La frase «el precio del petróleo alcanza un máximo histórico» puede entenderse (sobre todo si no se explica) como sinónima de «el petróleo nunca ha estado tan caro como ahora». Y ahí, lo siento, es donde la frase no es tan cierta.
He tomado dos ingredientes: por un lado, la última memoria estadística de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), accesible en su página web. Por otro, la aplicación, actualmente en pruebas, para la consulta de estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Dos herramientas, pues, de público y notorio uso.
La OPEP publica un histórico del precio del barril de petróleo que comienza cuando dicho precio empieza a ser importante para todos nosotros, es decir allá por 1970. En aquellos años, se producirá la guerra del Yon Kippur entre árabes e israelíes en la que, como viene siendo costumbre, éstos le encenderán el pelo a aquéllos y los árabes, como fruto de ese mosqueo y viendo el apoyo generalizado del mundo occidental a los judíos, decidirán darle al mundo donde más le duele, esto es en la cartera. De esta forma, el barril de petróleo que costaba en 1970 1,67 dólares pasó a costar, en 1974, 10,73 dólares. Para que los lectores más yogurines, que no tenían en aquellos años uso de razón o uso a secas, puedan hacerse una idea del hostión que fue aquello, baste que piensen en su buga de hoy en día. Digamos que le metes cada diez días 30 litros de gasofa a tu coche, con un coste de 29,40 euros; y yo te pregunto: si en tres añitos de nada ese reposte pasara a costarte 188 euracos de vellón, ¿acaso no venderías el coche para comprarte unos patines?
Ésta, y no otra, fue la crisis del petróleo de los años setenta. Crisis que, además, en España se agravó, porque a lo largo del año 1974 y 1975 en todos los países europeos se tomaron medidas de ahorro y ajuste, mientras que en España el general Franco se obstinaba, un consejo de ministros tras otro, en exigir que los precios de la gasolina no se corrigiesen en exceso. Morir Franco y ser la crisis completamente insoslayable fue todo uno, y la que nos cayó encima en los años siguientes fue de aúpa. Aquellos de mis lectores que lo hayais vivido recordaréis bien aquella España tapizada de carteles con el eslógan Si usted puede, España no puede, alusivos al consumo de energía, en los que se nos conminaba a todos los españoles (de usted, eso sí; eran otros tiempos, también para la publicidad) a consumir sólo lo estrictamente necesario.
Hubo una segunda crisis del petróleo: la provocada por la guerra entre Irán e Irak, en los primeros años ochenta. En 1979, la OPEP dixit, el barril costaba unos 17 dólares, y tres años después había trepado a 32. Otra subidilla de gónadas, no tan bestia como la anterior, pero que también dejó fuertes secuelas en la economía.
Y ahora pasa un poco lo mismo. Si el precio medio del petróleo en el 2007 hubiera sido de 100 dólares (lo cual no es cierto, puesto que son precios medios y lo que ha pasado, de momento, es que el barril ha alcanzado ese precio un día), habría multiplicado su precio casi por tres desde el 2004. ¿Estamos, pues, ante algo de la magnitud de las crisis del Yon Kippur y la hostiada entre persas?
En economía hay una cosa muy graciosa que se llama inflación. Los precios suben en un proceso que está ligado a la actividad económica y su crecimiento, de forma que se generan, en realidad, dos precios para cada cosa: el precio nominal, expresado en pasta de cada año; y el precio real, en el que dicha pasta es deflactada en la proporción que lo hacen los precios, para hacer dicho precio comparable con el de años anteriores o posteriores. La deflactación supone, por lo tanto, tomar un año base y pasar todos los precios históricos a pasta de dicho año.
En el ámbito de la OCDE, según la ídem, la inflación, en el periodo 1970-2006, se ha multiplicado por 10. Es decir, que, cuando menos en términos estadísticos, para comprar en la OCDE hoy lo que en 1970 se compraba con un dólar, necesitamos 10 dólares. Hay, pues, que corregir los precios del petróleo de acuerdo con la inflación, tomar un año base y expresar todos los precios históricos por barril teniendo en cuenta la relación de precios entre dicho año base y cada uno de los demás.
He hecho ese ejercicio tomando como año base el 2007, asumiendo que la inflación en la OCDE el año pasado (aún no se ha publicado) haya sido del 3%, y asumiendo, cosa que como he dicho antes no es cierta, que en el 2007 el precio medio del barril de petróleo hubiese alcanzado los 100 dólares (cosa que, repito por tercias, no es verdad; el precio medio ha sido más bajo). Haciendo dicho ejercicio, resulta que hay tres años en la serie, 1980 a 1982, en los que el precio ajustado del barril de petróleo estuvo más alto que los 100 dólares del 2007. Expresado en dólares de hoy en día, el barril de petróleo costó 116,8 dólares en 1980, 118,9 en 1981, y 107,8 en 1982.
Pero aún hay más. ¿De dónde sale la pasta para pagar el petróleo? De la cartera. Y, ¿cuál es la cartera de la OCDE? Pues una cosa que se llama Producto Interior Bruto, esto es el valor añadido generado por la actividad económica. El PIB es un poco como el salario de las naciones, su renta. Y es importante ponerlo en comparación con los precios porque está definiendo la capacidad de pago. Si imaginamos un asalariado que sólo consume un bien (por ejemplo, patatas fritas), nos podemos encontrar con que en el año N, a ese consumidor las papas le cuestan 1 euro la bolsa y él tiene un salario de 100 euros; al año siguiente las patatas multiplican su precio por 5, pero eso no quiere decir estrictamente que nuestro consumidor sea más pobre, porque si su salario ha crecido más (por ejemplo, se ha multiplicado por 10) su capacidad de consumo es mayor. En el año N podía comprar 100/1 = 100 bolsas de patatas, mientras que en el año N+1 puede comprar 1.000/5 = 200 bolsas de patatas. Los precios han crecido mucho, pero él es doblemente rico (aparte de, probablemente, obeso, hipertenso e hipercolesterolémico).
¿Qué ha hecho el PIB de la OCDE en el periodo? En términos reales, se ha multiplicado por 1,6 (en términos nominales, por 16). Lo importante es que si antes habíamos convertido la curva de precios históricos del barril de petróleo deflactándola con la inflación, ahora tenemos que corregirla de acuerdo con la tasa de crecimiento del PIB porque, como acabamos de decir, además de saber que el barril valía en 1975 un equivalente a 72 dólares de hoy en día, también deberemos tener en cuenta que el valor añadido existente en dicho año para pagar dicha factura era de 30 billones de dólares de hoy en día (nuestro PIB actual, o sea la pasta que hoy tenemos para pagar, es de 37 billones).
Si hacemos esta doble corrección, encontraremos que el petróleo, sí, ha estado mucho más caro en el pasado. Tomando 2007 como valor 100, el índice alcanza 102,6 en 1974; 129,6 en 1980; 144,6 en el año siguiente; 146,8 en 1982; 127,3 en 1983; 118,1 en 1984; y 107,4 en 1985. Dicho de otra forma, para alcanzar una situación asumible a la del año de la primera victoria del PSOE (1982), una situación asumible en términos reales (libre de inflación) y relacionada con la renta disponible, el petróleo debería estar alcanzando un máximo histórico de 147 dólares por barril, no 100 (y todo esto, lo digo por cuarta vez, asumiendo que el precio medio del barril de petróleo ha sido de 100 dólares, cosa que no es cierta).
Hay un tercer factor: la cotización del dólar. Porque el petróleo se paga en dólares. Pero, bueno, por esto he hecho el truqui de tomar como base el conjunto de la OCDE, ya que sus estadísticas se formulan en dólares y me ahorro este paso. Pero, a la hora de nacionalizar este cálculo, vaya que la relación de cambio del dólar tiene su importancia. A finales de los setenta nuestra pela estaba machacada por el dólar, pero da la casualidad de que en estos tiempos actuales es nuestra moneda, el euro, la que le está arreando en las canillas a la todopoderosa divisa USA.
Así pues, ¿máximo histórico, o demasiada vagancia a la hora de buscar datos y enmarcar una noticia comme il faut?
Un consejo: mejor dejar a los historiadores la labor de definir qué es, y qué no es, histórico.
viernes, diciembre 21, 2007
53.801 felicitaciones
Este blog se toma hoy unas vacaciones. Ya sabéis, lo he comentado otras veces, que cuando dejo de trabajar también dejo de conectarme a internet, cuando menos por algunos días. La semana que viene es una de esas etapas, así pues el blog no se refrescará hasta el año que viene.
Dado que estamos a finales del año natural, me gustaría hacer algo de balance de esta experiencia que empezó hace cosa de año y medio y que, por lo tanto, ésta es la primera vez que cumple un año completo. Balance que debe comenzar con mi felicitación por el año a 53.801 personas. No conozco el nombre de más allá de diez o doce; el resto me son desconocidas. Según Analytics, 53.801 es el número de usuarios que se han conectado a este blog en el curso del año 2007 (alguien me escribió una vez que estas estadísticas no incluyen a quienes se conectan a través de programas de feed y tal, pero honradamente no lo sé).
No sé si os parecen muchos o pocos. A mí me parecen un mogollón. Este blog no tiene más objetivo que compartir; compartir algo que es, a la par que hermoso y hasta divertido, necesario, y es el conocimiento histórico. Cuando empecé a escribir mis post, jamás pensé que podría aspirar a haberle contado historietas a 53.801 personas; ese día de agosto del 2006, si alguien me hubiese preguntado, me habría conformado con 2.000 o 3.000 contertulios. Yo soy el primer sorprendido de esta visualización y debo decir que, con ella de por medio, esas cosas sobre las que leo de vez en cuando, eso de la pájara del blogger y tal, no me afectan. No encuentro razón para que me afecten.
Otro dato que me parece interesante es que el total de páginas vistas es de 101.019. Lo cual quiere decir que cada uno de los visitantes, como media, ha leído casi dos páginas. Esta sensación de que quien viene se queda es, quizá, la que más placer me provoca.
La página más vista (26.396) es, como cabe esperar, el escaparate. El personal entra, mayoritariamente, a ver qué hay, a ver cuál es la oferta del día. En segundo lugar, de largo, ha quedado el excelente post de Tiburcio sobre si Adolf Hitler pudo ganar la segunda mundial, que ha sido visitado 9.382 veces.
22.727 usuarios del año 2007, uno de cada tres, son usuarios recurrentes. Son, por así decirlo, el núcleo duro de este blog. Para ellos, doble felicitación.
Teniendo en cuenta el factor geográfico, de las 76.368 visitas de este año, 55.587 se hicieron desde España. Con 3.539, se ha situado en segundo lugar México, después Argentina (2.238), Perú (2.107), Colombia (1.679), Chile (1.675), Francia (1.240), Estados Unidos (1.234), Venezuela (1.082) y Alemania (863).
Las ciudades más activas son Madrid (23.134 visitas), Barcelona (3.440 visitas), Valencia (1.799), México D.F. (1.296), Santiago de Chile (1.211), Lima (1.192), Bogotá (988), Zaragoza (924) y Sevilla (911).
Otro hecho curioso que anotaré es la extraña composición de los orígenes que más tiempo invierten en el sitio. El líder es un usuario de las Islas Barbados, que se conectó una vez y estuvo 16 minutos. Al ser el único usuario ¿barbadense?, ésa resulta ser la media de las Barbados, motivo por el cual quedan los primeros. Luego están uno o varios usuarios que, desde Gabón, han entrado este año cuatro veces en el sitio, invirtiendo en cada visita como media 5 minutos 16 segundos, que también está muy bien. A corta distancia les siguen los usuarios conectados desde Austria y desde Polonia.
Este año ha habido 660 accesos desde mi tierra, La Coruña. Uf. Seis más y hubiera llegado la Apocalipsis. Sonia, si me estás leyendo, un bico y bon Nadal.
En mi propio nombre y en el de Tiburcio el elefante, os deseo un buen descanso a los que lo tengáis, que será la mayoría, aunque sólo sea durante uno o dos días. Por mi parte, me voy estos días de asueto en compañía de mi Play2 y mis libros; la vida se me distribuye, en porcentajes asimétricos eso sí, entre la lectura sobre la Historia y la inútil práctica de diversos juegos de habilidad y reflejos, de entre los cuales debo reconocer que mis preferidos son los shooters. El año que viene seguiré sin hablaros de las diferentes fases del Call of duty, que es al fin y al cabo un vicio privado, pero llegaré con nuevas historias sobre la Historia, amén de alguna que otra serie que sigue abierta. Y luego está Tiburcio, claro. El verdadero crack de este blog.
Hasta la próxima lectura, brothers.
Dado que estamos a finales del año natural, me gustaría hacer algo de balance de esta experiencia que empezó hace cosa de año y medio y que, por lo tanto, ésta es la primera vez que cumple un año completo. Balance que debe comenzar con mi felicitación por el año a 53.801 personas. No conozco el nombre de más allá de diez o doce; el resto me son desconocidas. Según Analytics, 53.801 es el número de usuarios que se han conectado a este blog en el curso del año 2007 (alguien me escribió una vez que estas estadísticas no incluyen a quienes se conectan a través de programas de feed y tal, pero honradamente no lo sé).
No sé si os parecen muchos o pocos. A mí me parecen un mogollón. Este blog no tiene más objetivo que compartir; compartir algo que es, a la par que hermoso y hasta divertido, necesario, y es el conocimiento histórico. Cuando empecé a escribir mis post, jamás pensé que podría aspirar a haberle contado historietas a 53.801 personas; ese día de agosto del 2006, si alguien me hubiese preguntado, me habría conformado con 2.000 o 3.000 contertulios. Yo soy el primer sorprendido de esta visualización y debo decir que, con ella de por medio, esas cosas sobre las que leo de vez en cuando, eso de la pájara del blogger y tal, no me afectan. No encuentro razón para que me afecten.
Otro dato que me parece interesante es que el total de páginas vistas es de 101.019. Lo cual quiere decir que cada uno de los visitantes, como media, ha leído casi dos páginas. Esta sensación de que quien viene se queda es, quizá, la que más placer me provoca.
La página más vista (26.396) es, como cabe esperar, el escaparate. El personal entra, mayoritariamente, a ver qué hay, a ver cuál es la oferta del día. En segundo lugar, de largo, ha quedado el excelente post de Tiburcio sobre si Adolf Hitler pudo ganar la segunda mundial, que ha sido visitado 9.382 veces.
22.727 usuarios del año 2007, uno de cada tres, son usuarios recurrentes. Son, por así decirlo, el núcleo duro de este blog. Para ellos, doble felicitación.
Teniendo en cuenta el factor geográfico, de las 76.368 visitas de este año, 55.587 se hicieron desde España. Con 3.539, se ha situado en segundo lugar México, después Argentina (2.238), Perú (2.107), Colombia (1.679), Chile (1.675), Francia (1.240), Estados Unidos (1.234), Venezuela (1.082) y Alemania (863).
Las ciudades más activas son Madrid (23.134 visitas), Barcelona (3.440 visitas), Valencia (1.799), México D.F. (1.296), Santiago de Chile (1.211), Lima (1.192), Bogotá (988), Zaragoza (924) y Sevilla (911).
Otro hecho curioso que anotaré es la extraña composición de los orígenes que más tiempo invierten en el sitio. El líder es un usuario de las Islas Barbados, que se conectó una vez y estuvo 16 minutos. Al ser el único usuario ¿barbadense?, ésa resulta ser la media de las Barbados, motivo por el cual quedan los primeros. Luego están uno o varios usuarios que, desde Gabón, han entrado este año cuatro veces en el sitio, invirtiendo en cada visita como media 5 minutos 16 segundos, que también está muy bien. A corta distancia les siguen los usuarios conectados desde Austria y desde Polonia.
Este año ha habido 660 accesos desde mi tierra, La Coruña. Uf. Seis más y hubiera llegado la Apocalipsis. Sonia, si me estás leyendo, un bico y bon Nadal.
En mi propio nombre y en el de Tiburcio el elefante, os deseo un buen descanso a los que lo tengáis, que será la mayoría, aunque sólo sea durante uno o dos días. Por mi parte, me voy estos días de asueto en compañía de mi Play2 y mis libros; la vida se me distribuye, en porcentajes asimétricos eso sí, entre la lectura sobre la Historia y la inútil práctica de diversos juegos de habilidad y reflejos, de entre los cuales debo reconocer que mis preferidos son los shooters. El año que viene seguiré sin hablaros de las diferentes fases del Call of duty, que es al fin y al cabo un vicio privado, pero llegaré con nuevas historias sobre la Historia, amén de alguna que otra serie que sigue abierta. Y luego está Tiburcio, claro. El verdadero crack de este blog.
Hasta la próxima lectura, brothers.
martes, diciembre 18, 2007
El 98. 2: Y USA cogió su fusil
Si analizamos las cosas superficialmente, podemos llegar a la conclusión de que la celebérrima doctrina Monroe, «América para los americanos», es una teoría aislacionista. Lo es, pero sólo en parte. En realidad, es la base de un modelo expansionista o imperialista por el cual Estados Unidos reclama el papel mundial que cree merecer.
Poco después de iniciarse la segunda mitad del siglo XIX, los Estados Unidos vivieron su crisis más aguda, una crisis que estuvo a punto de terminar con el país tal y como lo conocemos. Sin embargo, tras una guerra de gran crueldad, consiguió pervivir, bien que con algunas tensiones en su seno que seguirían percibiéndose, con absoluta nitidez, cien años después e incluso hoy en día.
Solventado el problema de su secesión, los Estados Unidos, un país de dimensiones subcontinentales, decidió que había llegado su momento.
De alguna forma, el expansionismo había formado siempre parte del modo de ser americano. Al fin y al cabo, ¿acaso no había sido expansionismo la conquista del Oeste? Por otra parte, existe una razón económica para sustentar el expansionismo estadounidense: la grave crisis que afectó al país en la última década del siglo XIX, un país cuyo modelo de crecimiento se basaba en un aumento exponencial de la productividad que, por lo tanto, para sostenerse necesitaba encontrar mercados más allá de sus propias fronteras.
La elite gobernante y pensadora finisecular norteamericana sostuvo e impulsó el expansionismo. Hablamos de personas como el político John Hay, que llegaría a ser secretario de Estado, o Henry Cabot Lodge, un senador multicitado en aquella época. Pero, tal vez, donde con más claridad se puede ver trazado este viaje hacia el imperialismo es en el libro del marino Alfred Thayer Mahan, The influence of sea power upon History 1660-1783. En este análisis histórico, el capitán Mahan quiso demostrar la tesis de que el auge y la caída de los grandes imperios había tenido siempre una relación directa con la capacidad o incapacidad naval, tanto militar como comercial, de dichos imperios. El libro de Mahan era una llamada para la modernización de la flota naval estadounidense, consejo que no cayó en saco roto pues, de hecho, los últimos años del siglo XIX contemplaron la fabulosa construcción de un poderío naval tan elevado que Estados Unidos logró superar a Gran Bretaña, dueño tradicional de los mares, y todavía medio siglo después pudo soportar un ataque como el de Pearl Harbour y rehacerse en relativamente poco tiempo.
Pero el libro de Mahan va mucho más allá del simple consejo de construir más barcos; diseña, quizá por primera vez en la Historia americana, un sistema de aprovisionamientos y presencia militar/comercial de orden mundial. El capitán comienza argumentando que si se quiere tener una flota ganadora hace falta poder echarle carbón en cualquier punto del mundo, por lo que se necesitan estaciones de aprovisionamiento; y de esa idea va construyendo la de la amplia presencia internacional de los Estados Unidos, en territorios amigos o colonizados.
Esta evolución se produce, también, desde un profundo, intenso nacionalismo. Las gentes de Estados Unidos son un aluvión de gentes del mundo entero que, además, han masacrado a los americanos auténticos (los indios). Sin embargo, en un proceso sorprendente, las generaciones son rapidísimamente asimiladas a la idea de lo americano, hasta el punto de que los habitantes de Estados Unidos, o cuando menos los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) se sienten superiores en términos casi racistas. Josiah Strong escribe en su libro Our Country, en 1885: «Can anyone doubt that this race, unless devitalized by alcohol and tobacco, is destined to disposess many weaker races, assimilate others, and mold de remainder, until, in a very true and important sense, it has Anglo-Saxonized mankind?» (¿Puede alguien dudar de que esta raza, aún debilitada por el alcohol y el tabaco, está destinada a desposeer a muchas razas débiles, asimilar otras y moldear al resto hasta que, en un sentido verdadero e importante, tenga una humanidad anglo-sajonizada?)
En este caldo de cultivo, en los años anteriores a la guerra hispano-estadounidense creció en el país todo un movimiento que se ha dado en llamar jingoísmo. Un famoso espectáculo musical inglés de la época incluía a un personaje, llamado Jingo, un tipo que nunca buscaba pelea pero que, sin embargo, era tremendamente susceptible, así pues respondía siempre que era tan sólo levemente provocado. Theodor Roosevelt, el machista y racista militar que llegará a la Casa Blanca cuando toda esta olla está hirviendo, será el mayor jingoísta del país, argumentando que Estados Unidos no quiere luchar con nadie pero que, si lo hace, «tenemos los barcos, tenemos los hombres y tenemos el dinero necesario». En ninguna de las tres cosas mentía.
En el fondo, el jingoísmo es una ideología un poco tramposa. Teóricamente, significa yo me voy a quedar quietecito mientras no me provoquen. Pero, con el tiempo, cada vez más el concepto de «no me provoquen» empezó a significar, cada vez más, «no hagan lo que yo quiero que hagan». A Estados Unidos, en todo caso, le ha costado muchas décadas asumir su papel de líder mundial y, todavía, Franklin Delano Roosevelt tuvo que enfrentarse, en la segunda guerra mundial, a una opinión pública que era más bien poco proclive a la idea de mandar a sus chicos a las playas de Normandía. De hecho, esta situación es la que ha provocado que la Historia se pregunte constantemente en qué condiciones se produjo la anexión japonesa de Pearl Harbour, hasta qué punto FDR lo sabía, y hasta qué punto dejó que ocurriese, porque sabía que era la forma de conseguir que el país entrase en la guerra.
Hay otro factor que explica notablemente la escalada que llevó a la guerra contra España: la prensa. El siglo XIX es el momento de los grandes inventores de la prensa sensacionalista, los editores William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. Especialmente el primero, que inspiró el personaje de James Foster Kane en la inolvidable obra maestra de Orson Welles. Una anécdota de Hearst, no sé si cierta pero desde luego creíble, es que en cierta ocasión envió a un periodista a Cuba para que le enviase crónicas sobre la guerra de los mambises contra los españoles. El corresponsal, después de unos días de aclimatación, envió un telegrama que más o menos decía: «No guerra en Cuba. Puedo enviar poemas». Hearst le contestó: «Tú envía poemas. La guerra la pongo yo».
El gran chollo para la prensa amarilla estadounidense (que, por cierto, se llama amarilla por un personaje de una tira de los periódicos de Hearst, que era completamente amarillo como lo son hoy los Simpson) fue el general Weyler. Como ya hemos visto al analizar el punto de vista español, Weyler llegó a Cuba a aplicar la mano dura, y la aplicó. Esta política fue ampliamente recogida, y en ocasiones «creativamente amplificada», por la prensa amarilla estadounidense, creándose con ello una imagen de los españoles como invasores medievales que trataban a la insurgencia cubana con violencia inquisitorial.
Las presiones jingoístas y de la prensa fueron continuadas en el último cuarto de siglo. El presidente Grover Cleveland era un decidido pacifista, y consiguió evitarlas. Pero su sucesor, William McKinley, no tuvo tanta suerte.
A los americanos siempre les ha gustado tener presidentes que han luchado en la guerra. Hoy por hoy, sigue siendo de cierta importancia que los candidatos hicieran alguna cosita en Vietnam. McKinley llegó a la presidencia, entre otras cosas, porque había luchado en la guerra de secesión, algo que ya empezaba a estar lejano (de hecho, fue el último presidente de los EEUU que estuvo en esa guerra). Resultó elegido en 1896. Era un tipo muy religioso y más bien pacífico. De hecho, trató de enfriar la olla cubana convenciendo a España de alguna solución pactada, del tipo de dotar a Cuba con el estatus que entonces tenía Canadá en la Commonwealth o, como hemos visto, directamente venderle la isla a Estados Unidos. También sabemos el tipo de respuesta que le dio España. De hecho, lo que hicimos los españoles fue despreciar a McKinley, pues aquel metodista estaba muy lejos de dar la imagen de lo que entonces pensábamos que debía ser un hombre de Estado. España, de hecho, tenía muy poca idea del poder y la capacidad de Estados Unidos, pues seguía siendo un país eurocéntrico. En decisiones como la adopción de su horario oficial (que está extrañamente alineado con el de Berlín), la España de finales del siglo XIX está mostrando claramente que hace una lectura del poder mundial un poco aún de los tiempos de Napoleón, cuando las cosas han cambiado ya un poquito.
En febrero de 1898, por fin la prensa amarilla encontró lo que estaba buscando para prender la mecha. El New York Journal, propiedad de Hearst, publicó una carta confidencial del embajador español en Washington, Enrique Dupuy de Lome, a un amigo en La Habana, en la que ponía a McKinley de tonto para abajo. La cosa se puso chula.
Y entonces ocurrió lo del Maine.
Remenber the Maine, to the hell with Spain. Éste fue el pareado (en pronunciación inglesa, Maine y Spain riman) que la prensa amarilla repetiría machaconamente tras el incidente. El buque de guerra estadounidense Maine se encontraba el 15 de febrero surto en el puerto de La Habana tras haber sido enviado allí para proteger los intereses americanos en caso de que surgiesen problemas con los españoles. Ese día, el barco explotó, matando a 266 estadounidenses.
A día de hoy, lo cual casi seguro quiere decir para siempre, no sabemos exactamente qué pasó. La comisión española de investigación concluyó que la explosión tuvo un origen interno y, probablemente, accidental. La comisión estadounidense, por el contrario, concluyó que la explosión había sido externa y se había debido a una mina o un torpedo, por supuesto colocado o lanzado por España. Esta tesis permaneció inalterada por parte americana hasta 1911, cuando el caso se volvió a investigar, aunque la única variación que generó dicha investigación fue la teoría de que la mina, probablemente, era más pequeña de lo inicialmente estimado.
En 1976, un almirante estadounidense, Hyman G. Rickover, dirigió una nueva investigación sobre el asunto. Ya con casi cien años de distancia, los estadounidenses se mostraron más cercanos a las tesis españolas y, de hecho, este equipo de investigación tomó como la tesis más probable que la explosión fuese generada por un fuego en alguna de las calderas de carbón del barco. En febrero de 1998, coincidiendo con el centenario del evento, la revista National Geographic hizo su propia investigación, usando simulaciones por ordenador y esas cosas, y llegó a una conclusión que más parece gallega que estadounidense: lo mismo fue una explosión interior que exterior. Muy listos los del Geographic. Gracias a ellos, hemos podido descartar la tesis de que el Maine fuese impactado por la estrella que mató a los dinosaurios.
Sea la que sea la razón del estallido del Maine, lo cierto es que ejerció sobre la sociedad norteamericana exactamente el mismo efecto que el ataque de Pearl Harbour. Las encuestas de aquella época indican una opinión pública que se definía en un 90% por el odio a España; un nivel de consenso parecido al alcanzado en el 2004 en España contra la guerra de Iraq. Los jingoístas se sentaban en las escaleras del Capitolio, demandando guerra. McKinley, en realidad, seguía sin querer la guerra. Pero ya no pudo parar al Congreso, que la declaró el 25 de abril. Las peticiones de guerra eran constantes en la prensa y en las calles. Muchos historiadores estadounidenses suelen criticar a España por no querer vender Cuba a causa de nuestra acromegálica idea del honor, que nos hacía incapaces de aceptar un trato así. Y es cierto que España se creía en la necesidad de defender su reputación; pero lo cierto es que Estados Unidos también entró en la guerra por la misma razón. Para los americanos, la agresión del Maine fue un golpe en la reputación de lo americano y, por eso, exigieron venganza, acción. Y la tuvieron.
Como ya sabemos, fue una guerra corta y desigual; lo cual no evitó que la prensa amarilla siguiera haciendo de las suyas, afirmando cosas como que España tenía planes para invadir la costa Este por sitios como Newport o Rhode Island. Para mearse de risa.
En la conferencia de París, celebrada en diciembre de 1898 y en la que España dijo adiós a los restos de sus colonias, no estuvieron ni los insurgentes cubanos ni los filipinos (no olvidemos que la primera batalla de la guerra de Cuba es la de Cavite y que la dominación de Filipinas también está sobre la mesa). Con esto, Estados Unidos dejaba bastante claro lo que le importaban los movimientos independentistas, algo de lo que volveremos a hablar en la tercera toma de este coñazo, cuando hablemos desde el punto de vista cubano.
Dejando aparte Cuba de momento, lo que sí conviene decir aquí es que el gran problema de París no fue Cuba, sino Filipinas. Estados Unidos tenía miedo de abandonar las islas y dejarlas a su suerte sin dueño, porque no confiaba en Aguinaldo, el líder independentista, y sabía que Alemania andaba por esas aguas buscando islas para dominar (por ejemplo, las Carolinas que acabó afanándole a España). Por ello, McKinley y sus estrategas comenzaron a elaborar argumentos variados para justificar la anexión a los Estados Unidos, algunos de estos argumentos tan peregrinos como que los EEUU habían sido llamados a cristianizar Filipinas (un país ya entonces mayoritariamente católico, esto es, cristianizado by default). España, en un último intento de pillar algo, argumentó en París que Estados Unidos nunca había intentado invadir Filipinas, así pues no tenía derecho a anexionarse la isla así como así; ésta es la razón de que McKinley aceptase pagarnos 20 millones de dólares (por Filipinas, no por Cuba). El acuerdo fue aprobado por el Senado por un estrecho margen, teniendo en cuenta que la tentativa despertó en el país toda una campaña anti-imperialista en la que participó, entre otros, el célebre escritor Mark Twain. Este sector de la intelligentsia americana llegaba tarde. Sus pretensiones de quebrar el proceso imperialista era ya algo más naive que otra cosa. Aunque tampoco se vaya a creer nadie que era un movimiento democrático; a la mayoría de los contrarios a la anexión lo que les preocupaba es que, si Estados Unidos se dedicaba a pillar territorios por ahí, acabase por contaminarse su pureza WASP.
La decisión, en todo caso, inició una guerra de guerrillas en Filipinas en el mismo 1898. En cuatro años, le costó 4.000 vidas americanas. Filipinas no sería independiente hasta 1946.
En suma, la guerra de Cuba sirvió para que Estados Unidos tensara los músculos y se diese cuenta de que, ahora, era el matón del barrio. Aunque, como sabemos bien, sus bravuconadas, luego, no le han salido siempre bien.
Poco después de iniciarse la segunda mitad del siglo XIX, los Estados Unidos vivieron su crisis más aguda, una crisis que estuvo a punto de terminar con el país tal y como lo conocemos. Sin embargo, tras una guerra de gran crueldad, consiguió pervivir, bien que con algunas tensiones en su seno que seguirían percibiéndose, con absoluta nitidez, cien años después e incluso hoy en día.
Solventado el problema de su secesión, los Estados Unidos, un país de dimensiones subcontinentales, decidió que había llegado su momento.
De alguna forma, el expansionismo había formado siempre parte del modo de ser americano. Al fin y al cabo, ¿acaso no había sido expansionismo la conquista del Oeste? Por otra parte, existe una razón económica para sustentar el expansionismo estadounidense: la grave crisis que afectó al país en la última década del siglo XIX, un país cuyo modelo de crecimiento se basaba en un aumento exponencial de la productividad que, por lo tanto, para sostenerse necesitaba encontrar mercados más allá de sus propias fronteras.
La elite gobernante y pensadora finisecular norteamericana sostuvo e impulsó el expansionismo. Hablamos de personas como el político John Hay, que llegaría a ser secretario de Estado, o Henry Cabot Lodge, un senador multicitado en aquella época. Pero, tal vez, donde con más claridad se puede ver trazado este viaje hacia el imperialismo es en el libro del marino Alfred Thayer Mahan, The influence of sea power upon History 1660-1783. En este análisis histórico, el capitán Mahan quiso demostrar la tesis de que el auge y la caída de los grandes imperios había tenido siempre una relación directa con la capacidad o incapacidad naval, tanto militar como comercial, de dichos imperios. El libro de Mahan era una llamada para la modernización de la flota naval estadounidense, consejo que no cayó en saco roto pues, de hecho, los últimos años del siglo XIX contemplaron la fabulosa construcción de un poderío naval tan elevado que Estados Unidos logró superar a Gran Bretaña, dueño tradicional de los mares, y todavía medio siglo después pudo soportar un ataque como el de Pearl Harbour y rehacerse en relativamente poco tiempo.
Pero el libro de Mahan va mucho más allá del simple consejo de construir más barcos; diseña, quizá por primera vez en la Historia americana, un sistema de aprovisionamientos y presencia militar/comercial de orden mundial. El capitán comienza argumentando que si se quiere tener una flota ganadora hace falta poder echarle carbón en cualquier punto del mundo, por lo que se necesitan estaciones de aprovisionamiento; y de esa idea va construyendo la de la amplia presencia internacional de los Estados Unidos, en territorios amigos o colonizados.
Esta evolución se produce, también, desde un profundo, intenso nacionalismo. Las gentes de Estados Unidos son un aluvión de gentes del mundo entero que, además, han masacrado a los americanos auténticos (los indios). Sin embargo, en un proceso sorprendente, las generaciones son rapidísimamente asimiladas a la idea de lo americano, hasta el punto de que los habitantes de Estados Unidos, o cuando menos los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) se sienten superiores en términos casi racistas. Josiah Strong escribe en su libro Our Country, en 1885: «Can anyone doubt that this race, unless devitalized by alcohol and tobacco, is destined to disposess many weaker races, assimilate others, and mold de remainder, until, in a very true and important sense, it has Anglo-Saxonized mankind?» (¿Puede alguien dudar de que esta raza, aún debilitada por el alcohol y el tabaco, está destinada a desposeer a muchas razas débiles, asimilar otras y moldear al resto hasta que, en un sentido verdadero e importante, tenga una humanidad anglo-sajonizada?)
En este caldo de cultivo, en los años anteriores a la guerra hispano-estadounidense creció en el país todo un movimiento que se ha dado en llamar jingoísmo. Un famoso espectáculo musical inglés de la época incluía a un personaje, llamado Jingo, un tipo que nunca buscaba pelea pero que, sin embargo, era tremendamente susceptible, así pues respondía siempre que era tan sólo levemente provocado. Theodor Roosevelt, el machista y racista militar que llegará a la Casa Blanca cuando toda esta olla está hirviendo, será el mayor jingoísta del país, argumentando que Estados Unidos no quiere luchar con nadie pero que, si lo hace, «tenemos los barcos, tenemos los hombres y tenemos el dinero necesario». En ninguna de las tres cosas mentía.
En el fondo, el jingoísmo es una ideología un poco tramposa. Teóricamente, significa yo me voy a quedar quietecito mientras no me provoquen. Pero, con el tiempo, cada vez más el concepto de «no me provoquen» empezó a significar, cada vez más, «no hagan lo que yo quiero que hagan». A Estados Unidos, en todo caso, le ha costado muchas décadas asumir su papel de líder mundial y, todavía, Franklin Delano Roosevelt tuvo que enfrentarse, en la segunda guerra mundial, a una opinión pública que era más bien poco proclive a la idea de mandar a sus chicos a las playas de Normandía. De hecho, esta situación es la que ha provocado que la Historia se pregunte constantemente en qué condiciones se produjo la anexión japonesa de Pearl Harbour, hasta qué punto FDR lo sabía, y hasta qué punto dejó que ocurriese, porque sabía que era la forma de conseguir que el país entrase en la guerra.
Hay otro factor que explica notablemente la escalada que llevó a la guerra contra España: la prensa. El siglo XIX es el momento de los grandes inventores de la prensa sensacionalista, los editores William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. Especialmente el primero, que inspiró el personaje de James Foster Kane en la inolvidable obra maestra de Orson Welles. Una anécdota de Hearst, no sé si cierta pero desde luego creíble, es que en cierta ocasión envió a un periodista a Cuba para que le enviase crónicas sobre la guerra de los mambises contra los españoles. El corresponsal, después de unos días de aclimatación, envió un telegrama que más o menos decía: «No guerra en Cuba. Puedo enviar poemas». Hearst le contestó: «Tú envía poemas. La guerra la pongo yo».
El gran chollo para la prensa amarilla estadounidense (que, por cierto, se llama amarilla por un personaje de una tira de los periódicos de Hearst, que era completamente amarillo como lo son hoy los Simpson) fue el general Weyler. Como ya hemos visto al analizar el punto de vista español, Weyler llegó a Cuba a aplicar la mano dura, y la aplicó. Esta política fue ampliamente recogida, y en ocasiones «creativamente amplificada», por la prensa amarilla estadounidense, creándose con ello una imagen de los españoles como invasores medievales que trataban a la insurgencia cubana con violencia inquisitorial.
Las presiones jingoístas y de la prensa fueron continuadas en el último cuarto de siglo. El presidente Grover Cleveland era un decidido pacifista, y consiguió evitarlas. Pero su sucesor, William McKinley, no tuvo tanta suerte.
A los americanos siempre les ha gustado tener presidentes que han luchado en la guerra. Hoy por hoy, sigue siendo de cierta importancia que los candidatos hicieran alguna cosita en Vietnam. McKinley llegó a la presidencia, entre otras cosas, porque había luchado en la guerra de secesión, algo que ya empezaba a estar lejano (de hecho, fue el último presidente de los EEUU que estuvo en esa guerra). Resultó elegido en 1896. Era un tipo muy religioso y más bien pacífico. De hecho, trató de enfriar la olla cubana convenciendo a España de alguna solución pactada, del tipo de dotar a Cuba con el estatus que entonces tenía Canadá en la Commonwealth o, como hemos visto, directamente venderle la isla a Estados Unidos. También sabemos el tipo de respuesta que le dio España. De hecho, lo que hicimos los españoles fue despreciar a McKinley, pues aquel metodista estaba muy lejos de dar la imagen de lo que entonces pensábamos que debía ser un hombre de Estado. España, de hecho, tenía muy poca idea del poder y la capacidad de Estados Unidos, pues seguía siendo un país eurocéntrico. En decisiones como la adopción de su horario oficial (que está extrañamente alineado con el de Berlín), la España de finales del siglo XIX está mostrando claramente que hace una lectura del poder mundial un poco aún de los tiempos de Napoleón, cuando las cosas han cambiado ya un poquito.
En febrero de 1898, por fin la prensa amarilla encontró lo que estaba buscando para prender la mecha. El New York Journal, propiedad de Hearst, publicó una carta confidencial del embajador español en Washington, Enrique Dupuy de Lome, a un amigo en La Habana, en la que ponía a McKinley de tonto para abajo. La cosa se puso chula.
Y entonces ocurrió lo del Maine.
Remenber the Maine, to the hell with Spain. Éste fue el pareado (en pronunciación inglesa, Maine y Spain riman) que la prensa amarilla repetiría machaconamente tras el incidente. El buque de guerra estadounidense Maine se encontraba el 15 de febrero surto en el puerto de La Habana tras haber sido enviado allí para proteger los intereses americanos en caso de que surgiesen problemas con los españoles. Ese día, el barco explotó, matando a 266 estadounidenses.
A día de hoy, lo cual casi seguro quiere decir para siempre, no sabemos exactamente qué pasó. La comisión española de investigación concluyó que la explosión tuvo un origen interno y, probablemente, accidental. La comisión estadounidense, por el contrario, concluyó que la explosión había sido externa y se había debido a una mina o un torpedo, por supuesto colocado o lanzado por España. Esta tesis permaneció inalterada por parte americana hasta 1911, cuando el caso se volvió a investigar, aunque la única variación que generó dicha investigación fue la teoría de que la mina, probablemente, era más pequeña de lo inicialmente estimado.
En 1976, un almirante estadounidense, Hyman G. Rickover, dirigió una nueva investigación sobre el asunto. Ya con casi cien años de distancia, los estadounidenses se mostraron más cercanos a las tesis españolas y, de hecho, este equipo de investigación tomó como la tesis más probable que la explosión fuese generada por un fuego en alguna de las calderas de carbón del barco. En febrero de 1998, coincidiendo con el centenario del evento, la revista National Geographic hizo su propia investigación, usando simulaciones por ordenador y esas cosas, y llegó a una conclusión que más parece gallega que estadounidense: lo mismo fue una explosión interior que exterior. Muy listos los del Geographic. Gracias a ellos, hemos podido descartar la tesis de que el Maine fuese impactado por la estrella que mató a los dinosaurios.
Sea la que sea la razón del estallido del Maine, lo cierto es que ejerció sobre la sociedad norteamericana exactamente el mismo efecto que el ataque de Pearl Harbour. Las encuestas de aquella época indican una opinión pública que se definía en un 90% por el odio a España; un nivel de consenso parecido al alcanzado en el 2004 en España contra la guerra de Iraq. Los jingoístas se sentaban en las escaleras del Capitolio, demandando guerra. McKinley, en realidad, seguía sin querer la guerra. Pero ya no pudo parar al Congreso, que la declaró el 25 de abril. Las peticiones de guerra eran constantes en la prensa y en las calles. Muchos historiadores estadounidenses suelen criticar a España por no querer vender Cuba a causa de nuestra acromegálica idea del honor, que nos hacía incapaces de aceptar un trato así. Y es cierto que España se creía en la necesidad de defender su reputación; pero lo cierto es que Estados Unidos también entró en la guerra por la misma razón. Para los americanos, la agresión del Maine fue un golpe en la reputación de lo americano y, por eso, exigieron venganza, acción. Y la tuvieron.
Como ya sabemos, fue una guerra corta y desigual; lo cual no evitó que la prensa amarilla siguiera haciendo de las suyas, afirmando cosas como que España tenía planes para invadir la costa Este por sitios como Newport o Rhode Island. Para mearse de risa.
En la conferencia de París, celebrada en diciembre de 1898 y en la que España dijo adiós a los restos de sus colonias, no estuvieron ni los insurgentes cubanos ni los filipinos (no olvidemos que la primera batalla de la guerra de Cuba es la de Cavite y que la dominación de Filipinas también está sobre la mesa). Con esto, Estados Unidos dejaba bastante claro lo que le importaban los movimientos independentistas, algo de lo que volveremos a hablar en la tercera toma de este coñazo, cuando hablemos desde el punto de vista cubano.
Dejando aparte Cuba de momento, lo que sí conviene decir aquí es que el gran problema de París no fue Cuba, sino Filipinas. Estados Unidos tenía miedo de abandonar las islas y dejarlas a su suerte sin dueño, porque no confiaba en Aguinaldo, el líder independentista, y sabía que Alemania andaba por esas aguas buscando islas para dominar (por ejemplo, las Carolinas que acabó afanándole a España). Por ello, McKinley y sus estrategas comenzaron a elaborar argumentos variados para justificar la anexión a los Estados Unidos, algunos de estos argumentos tan peregrinos como que los EEUU habían sido llamados a cristianizar Filipinas (un país ya entonces mayoritariamente católico, esto es, cristianizado by default). España, en un último intento de pillar algo, argumentó en París que Estados Unidos nunca había intentado invadir Filipinas, así pues no tenía derecho a anexionarse la isla así como así; ésta es la razón de que McKinley aceptase pagarnos 20 millones de dólares (por Filipinas, no por Cuba). El acuerdo fue aprobado por el Senado por un estrecho margen, teniendo en cuenta que la tentativa despertó en el país toda una campaña anti-imperialista en la que participó, entre otros, el célebre escritor Mark Twain. Este sector de la intelligentsia americana llegaba tarde. Sus pretensiones de quebrar el proceso imperialista era ya algo más naive que otra cosa. Aunque tampoco se vaya a creer nadie que era un movimiento democrático; a la mayoría de los contrarios a la anexión lo que les preocupaba es que, si Estados Unidos se dedicaba a pillar territorios por ahí, acabase por contaminarse su pureza WASP.
La decisión, en todo caso, inició una guerra de guerrillas en Filipinas en el mismo 1898. En cuatro años, le costó 4.000 vidas americanas. Filipinas no sería independiente hasta 1946.
En suma, la guerra de Cuba sirvió para que Estados Unidos tensara los músculos y se diese cuenta de que, ahora, era el matón del barrio. Aunque, como sabemos bien, sus bravuconadas, luego, no le han salido siempre bien.
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