En este blog, como sabéis, tenemos cuidado en tratar de deciros de vez en cuando cosas que pensamos que deberíais leer. Pero también queremos dar el servicio de contaros algunas cosas que, honestamente, pensamos que no merece la pena leer. A esta segunda categoría pertenece este post de Tiburcio, que nos habla de una biografía de Manuel Azaña recientemente publicada.
[Ahora viene la introducción coñazo del duelo del blog que, como tiene que colgar los post, aprovecha para sus cagaditas; es recomendable, por lo tanto, buscar la línea solitaria que hay más bajo y que reza Os dejo con el elefante budista, y seguir leyendo desde allí.]
Azaña es uno de esos personajes de la Historia de España que están sufriendo una suerte inversa. Lo normal con un personaje histórico es que sus contemporáneos lo juzguen con pasión y la Historia lo haga de forma más ecuánime, de forma que los juicios van convergiendo. Por poner un ejemplo, los historiadores de hoy en día no sostienen, ni de lejos, opiniones tan encontradas sobre Napoleón como las que albergó Francia bajo su mandato.
En la Historia, sin embargo, hay, como digo, personajes en los cuales el proceso tiende a ser inverso: más tiempo pasa, más se enconan las opiniones sobre él. Así pues don Manuel, lejos de tener una pacífica existencia en el recuerdo, en la que dentro de la natural diferencia de opiniones su imagen quede nítida, cada vez recluta más tirios y más troyanos. En España hoy se pueden encontrar desde montones de políticos a los que les gusta decirse herederos del azañismo (hasta Aznar se apuntó, no sé si sabiendo o no que, de haber sido contemporáneo de Azaña, dudo que hubiesen siquiera sido amigos); hasta personas que mantienen la idea, muy común en los tiempos de la República, de que Azaña fue el culpable de buena parte de los males de dicha República.
Y es lo que pasa: cuando en entornos así se escriben libros, son libros de parte.
Os dejo con el elefante budista.
Las biografías pueden ser subjetivas u objetivas. Las primeras se centran en las influencias que modelaron al personaje y en su desarrollo personal. Las segundas toman como eje la acción del personaje. Las biografías subjetivas suelen describir vidas de escritores por aquello de que las novelas suelen esconder mucho de la biografía, de las aficiones y de las fobias de sus autores. Las biografías objetivas se reservan a los políticos, como si éstos fueran seres puros guiados sólo por las ideas y no pudieran tener también sus edipos, sus filias y sus fobias.
En Azaña, una biografía, José María Marco parece que haya oscilado entre ofrecernos una biografía subjetiva u objetiva. Al final ni una ni otra, lo que le ha salido ha sido un churro y encima un churro de 350 páginas. Si se quitaran todas las veces que el autor se repite, creo que el libro quedaría en 200 páginas mal contadas.
Lo primero que incomoda del libro es que, a pesar de todo lo que habla de la psicología de Azaña (indolente, vanidoso, rencoroso, con un fondo de bondad natural, sentimental…), sobrevuela sin profundizar aspectos clave sobre los que otro biógrafo más concienzudo habría profundizado sin duda. Por ejemplo, el temprano contacto de Azaña con la muerte lo despacha en apenas seis líneas: «Los folletones y las aventuras poblaron los sueños de aquel niño bajito, rechonchete y ensimismado, según se describió él mismo mucho después, que entonces anheló llevar una vida errante, quizá para dejar atrás el ambiente de la casa ensombrecida por las muertes de la madre, un hermano- Carlos- el abuelo y el padre, ocurridas casi todas antes de cumplir él los diez años.» Son muchas muertes para un niño de diez años; pienso que cualquier biógrafo subjetivo serio rascaría un poco más para ver el efecto que tuvieron sobre Azaña. También merecería un poco más de atención la relación entre Azaña y su padre, un padre del cual escribió más tarde: «Ha jugado a destrozar la vida como destroza sus juguetes un niño.» Para rematar el descuido del biógrafo, alude deprisa y corriendo a la boda que el padre celebró in articulo mortis con una mujer del pueblo y a la que dejó el usufructo de toda su fortuna. El padre afirmó que lo hacía para que sus hijos no quedasen desamparados tras su muerte, aunque la opinión del pueblo fue algo distinta y peor pensada. Pienso que un biógrafo debería ir un poco más allá, contrastar versiones, sopesar pruebas.
Como no podía ser menos, en un biógrafo que pretende hacer algo de biografía subjetiva, José María Marco dedica dos páginas a los rumores sobre la presunta homosexualidad de Azaña. Si nos atenemos al libro, hay muy poco sobre lo que fundamentar esa supuesta homosexualidad: la amistad con Cipriano Rivas Cherif (perfectamente explicable sin recurrir a temas sexuales) y algunas alusiones en sus escritos literarios. Muy poco comparado con todas las trazas que apuntan a un Azaña heterosexual.
Si como biógrafo subjetivo José María Marco deja bastante que desear, como biógrafo objetivo no lo hace mucho mejor. Alterna los episodios sobre los que se explaya prolijamente con saltos en el vacío, en los que pasa deprisa y corriendo sobre situaciones. Por ejemplo, dedica siete páginas a las maniobras para descabalgar a Alcalá-Zamora de la Presidencia de la República en abril y mayo de 1936, pero apenas explica la actitud de Azaña ante la violencia previa al alzamiento del 18 de julio ni lo que pensaba sobre la posibilidad de una conspiración militar. Se explaya sobre la pelea entre Negrín y Azaña, cuando el primero quería en febrero del 39 que el segundo regresase a la zona todavía en poder de los republicanos, pero no dice nada de la reacción de Azaña ante el golpe de Casado, que terminó de derrumbar a la República.
A menudo, cuando uno desmenuza los largos párrafos, en los que parece que el autor cuenta mucho, se encuentra que un párrafo de 30 líneas contiene mucha palabrería, varios juicios de valor del escritor, algún comentario que ya se hizo dos páginas más atrás y sólo un par de informaciones realmente interesantes. Había pensado en traer a colación algún párrafo como ejemplo, pero descubro que si ya me aburrió leerlo, transcribirlo y comentarlo es una tarea superior a mis fuerzas y mi paciencia.
Lo mejor del libro es que, tal vez a pesar de su autor, consigue dar una idea de la compleja personalidad de Azaña. Como alevín de político en los años diez del siglo XX lo presenta como un diletante, indolente, algo holgazán y esteta. Como político republicano lo muestra como un hombre soberbio, vanidoso, dado a los resquemores y a veces a las pequeñas mezquindades, pero también leal con sus amigos, generoso e idealista. Donde queda mejor parado es en la parte final del libro, como Presidente de una República en guerra. José María Marco muestra un Azaña humano, preocupado por los sufrimientos de los españoles, que siente la parte de responsabilidad que ha tenido en el desastre, que, aunque consciente de su impotencia, intenta mantener por principios y por idealismo el prestigio de la institución del Presidente de la República.
Cerré el libro pensando: ¡Qué personaje más interesante! ¡Qué pena que no haya conseguido un biógrafo mejor!
viernes, octubre 05, 2007
miércoles, octubre 03, 2007
El pistolerismo (IV): auge y caída del barón de König
Debo recordarte que este post está integrado dentro de un ladrillo-coñazo del que forman parte, por su orden:
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Si después de todo esto aún tienes ganas de leer, vamos allá con the fourth leg.
El 1 de diciembre de 1919, como ya hemos dicho, las semillas del fuerte enfrentamiento social en que consistirá el pistolerismo ya están plantadas. En dicha fecha, los patronos catalanes dictaminan un cierre patronal cuyo objetivo estratégico es, literalmente, dejar sin recursos a 50.000 obreros. La espiral ha comenzado a desarrollarse pero, además, pronto se producirán nuevos elementos del drama.
El 10 de diciembre, en Madrid, se celebraba un histórico congreso de la CNT. Fue el congreso en el que la definición anarcosindicalista del sindicato fue puesta en discusión, ante la presión de no pocos miembros de acordar el ingreso de la organización en la III Internacional, lo cual habría supuesto acercar el sindicato a la órbita soviética. Las discusiones fueron amplias y enconadas y, finalmente, la personalidad de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, consiguió convencer a sus correligionarios de la importancia de no precipitar soluciones. Así pues, se decidió enviar, antes de decidir, a una delegación que conocería Moscú y comprobaría las bondades del sistema soviético. Dicha delegación estuvo formada por Ángel Pestaña, Eusebi Carbó e Hilari Arlandis; y no regresó muy convencida de que Lenin fuese un freedom maker, precisamente.
Pero en esa fecha se produciría, esta vez en Barcelona, otra reunión de mucha mayor importancia para el pistolerismo. Se produjo en el número 32 de la calle Tapicería, en la sede de un ateneo obrero de ideología legitimista (carlista). En ese acto Ramón Sales, un activista sindical, acompañado de dirigentes carlistas catalanes como Salvador Anglada o Pere Roma, fundaban la Corporación Nacional de Trabajadores-Unión de Sindicatos Libres de España; un sindicato que se conocería como El Sindicato Libre o, simplemente, el Libre, y que, a partir de ese momento, competiría con la CNT por el dominio de los obreros catalanes; y el término competencia incluye muchos tipos de enfrentamiento.
El 19 de diciembre, en medio del cierre patronal y en un ambiente de espiral violenta, dos anarconsindicalistas que se harán famosos en la Historia de España, Ramón Casanellas y Pere Matheu, se bautizan en el mundo del terrorismo obrero matando a tiros al industrial Manuel Elizalde, cuando está parado en su automóvil en la calle Roselló de Barcelona. El entierro de Elizalde es toda una manifestación de la burguesía y encona las posturas.
Los cenetistas estaban convencidos de que Elizalde había tenido participación en el asesinato de Pau Sabater, algo que probablemente no es cierto. Pero es evidente que dicha acción estaba influyendo en buena parte de las acciones violentas. Medí Martí, un pistolero anarquista, acompañado por otros cómplices, esperó en una carretera del Poble Nou a Joan Serra, el conductor del coche en el que Sabater había sido secuestrado. A pesar de que Serra no murió en el tiroteo, quedó muy malherido. El día 5 de enero, víspera de los Reyes Magos, otra partida de pistoleros atentó en su coche contra el dirigente patronal Feliu Graupere, que salió apenas herido el incidente en el que, sin embargo, resultó muerto un policía de escolta, Ricardo San Germán. Este hecho, sin embargo, colocó a los obreros en una situación muy comprometida, dado que al día siguiente el ejército declaró el estado de sitio.
El 26 de enero se acabó el cierre patronal. En ese momento, la CNT, en manos de sus miembros más radicales, decretó la huelga general; calculando que los empresarios (lo cual era cierto) habían terminado el cierre con pocos recursos, pretendían hacer caer el capitalismo. Aunque los que cayeron fueron ellos; acabado el cierre, los trabajadores volvieron en masa al trabajo; lógico, pues si alguien estaba a dos velas, eran ellos. Una reacción que dio alas, dentro del sindicato, a sus miembros más posibilistas; y, tal vez, radicalizó aún más a los del gatillo fácil.
No obstante, como ya hemos visto con anterioridad, los periodos de normalización y de tendencia a la paz siempre se corresponden con otros movimientos en sentido contrario. En este caso, los sucesos de las últimas semanas habían colocado a los empresarios en situación de guerra abierta… aunque clandestina. Las principales acciones patronales se decidían en una casa situada en el número 80 del paseo de Gracia, esquina con la calle Mallorca. Este era el piso donde el mensajero de los empresarios, Miró i Trepat, se entendía con el nefasto barón de König, el heredero de Brabo Portillo. Los sucesos, además, no hacían sino alimentar esta tendencia; el 22 de febrero, un empresario francés, Theodore Genny, era asesinado a puñaladas. Tres delincuentes comunes, Victoriá Sabater, Martí Martí y Josep Perís, fueron condenados a muerte por este asesinato. Otros activistas proyectaron matar al conde de Salvatierra, recientemente nombrado gobernador civil de Barcelona, volando el tren en el que iba. De haber consumado el atentado, que fue descubierto a tiempo, habrían realizado una auténtica matanza.
La situación era comprometida y, por ello, al barón de König y su banda les daba mucho negocio. No obstante, el austriaco era muy ambicioso. Por eso mismo urdió un plan con uno de sus secuaces, un tal Bernat Armengol, que había sido activista sindical. Contando con el know how de Armengol, que sabía cómo escribían los sindicalistas y guardaba papel de la CNT, se dedicó a enviar cartas amenazadoras a empresarios; lo que se dice, crear demanda allí donde no la había. Incluso se rumoreó que algunos de sus secuaces llegaron disparar a empresarios para acojonarlos. No contento con engañar al sector privado, König también engañó al sector público. Era informador del jefe de policía, Arlegui y, para que éste estuviese contento, se inventó la historia, falsa, de que un café llamado El Rápido era un centro de actividad terrorista, donde la policía llegó a hacer una redada el 27 de marzo. Allí mismo tuvieron la escasísima cosecha de detener a un activista mediano, Ácrata Vidal, al que dieron una paliza allí mismo, delante de los clientes.
El barón, en compañía de activistas del Libre, se dedicaba a engañar a sindicalistas y luego detenerlos. Por ello, empezaron las agresiones contra este sindicato. El 2 de abril resultó muerto el capataz de la factoría Fabra & Coats, dirigente del libre, Tomás Vives. La guerra intersindical había comenzado. Pero esto es un juego a tres bandas entre los dos sindicatos y la policía y los cuerpos parapoliciales y, en ese momento, a los cenetistas el Sindicato Libre todavía les preocupa poco. Uno de los grupos terroristas más sanguinarios de la CNT, el comandado por Progreso Ródenas, atenta en pleno paseo de Gracia contra Miró i Trepat, el mamporrero de König, aunque no consiguió acabar con él. Para qué quería más el austriaco. Hizo sus averiguaciones y, una vez que supo que Ródenas, en realidad, a quien quería matar era a Bernat Armengol, porque le habían calado, hizo que sus espías le transmitiesen la noticia de que estaría el 23 de abril en una cafetería situada en la esquina de la ronda de San Pablo y la calle Aldana, situada creo que en lo que hoy se conoce como El Raval. La banda de Ródenas se situó estratégicamente para cargarse a Armengol cuando saliese, pero ni éste salió ni se pudieron marchar de rositas, porque allí les estaba esperando la policía. Hubo heridos y detenciones, aunque algunos miembros de la banda cenetista lograron escapar, abriéndose paso a tiros.
Para los sindicalistas y los mercenarios de König, la cosa era quién mandaba en Barcelona. Como en los diálogos de las pelis del far west, ambas partes parecían tener muy claro que Barcelona era demasiado pequeña para los dos. El asunto se dirimió el día 28, en un chiringuito de la plaza del Peso de la Paja. Allí iban muy a menudo los hombres de König en plan chulo y mafioso, haciéndose los dueños del lugar. Pero esa tarde los ácratas surgieron de entre la gente y empezaron la ensalada de tiros. Mataron a dos mercenarios y perdieron a uno de sus acólitos antes de que llegase la policía. Los hombres de König dejaron de ir por el chiringuito.
Pintaban bastos para König. Le echaban de la calle y, además, había cometido un grave error. Tras los sucesos de la cafetería de El Raval, se las había ingeniado para que la policía detuviese también a Bernat Armengol. Nosotros sabemos que Armengol era un soplón que trabajaba para König, pero algo debía de haber entre ambos, porque lo cierto es que el confidente fue detenido y encarcelado. Una de las causas probables es que König podría estar tirándose a su mujer.
El caso es que Armengol acabó en la cárcel, donde le metieron con los suyos, es decir, en una galería llena de cenetistas. Armengol sabía que, allí, su vida no valía ni medio céntimo, pues todos sabían que era un soplón, así pues decidió cambiar de bando, y comenzar a delatar a los hombres de König.
En los días siguientes, los pistoleros anarquistas acabaron con Manuel Grau, colaborador de König, y con Pere Torrens i Capdevila, uno de los chulos de la plaza del Peso de la Paja. Resultó herido y, dos días después de recibir el alta, lo remataron. Así las cosas, los hombres de König intentaron recuperar su prestigio reconquistando, en la tarde del 17 de mayo, el quiosco de la plaza del Peso de la Paja. Se liaron a tiros con los anarquistas, pero el enfrentamiento quedó en tablas.
El tiroteo de la plaza del Peso de la Paja se convirtió en un problema político también en Madrid. Además, el ambiente estaba muy enrarecido porque, algunas semanas atrás, y no se sabe muy bien por qué, la policía había reaccionado pelín mal a la celebración de los juegos florares de Barcelona. Esta competición poética era uno de los principales actos del catalanismo de la época y aquel año, como otros muchos, terminó con el personal cantando Els Segadors, que ya se sabe que es el himno del catalanismo, y algún día contaremos por qué; pero a la pasma no debió de hacerle gracia, porque entraron en el local y se liaron a hostias con todo quisqui. Como consecuencia, la burguesía catalana la tomó con el gobernador de Barcelona y la cosa estaba fea.
Todos estos argumentos abonaron la estrategia del presidente del gobierno, Eduardo Dato, de exiliar al barón de König, cosa que hizo por siempre jamás pues este nefasto personaje no volvió ya a España, ni siquiera en los años de la dictadura de Primo de Rivera.
El 19 de junio, era cesado como gobernador de Barcelona el conde de Salvatierra, para alegría de los burgueses. Y ya hemos dicho que König había sido expulsado de España. El nuevo gobernador, Federico de Carlos y Bas, acudía con voluntad conciliadora a la ciudad.
¿Se ha acabado, pues, nuestra historia?
Desgraciadamente, ni de coña. Ni de remotísima coña.
La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Si después de todo esto aún tienes ganas de leer, vamos allá con the fourth leg.
El 1 de diciembre de 1919, como ya hemos dicho, las semillas del fuerte enfrentamiento social en que consistirá el pistolerismo ya están plantadas. En dicha fecha, los patronos catalanes dictaminan un cierre patronal cuyo objetivo estratégico es, literalmente, dejar sin recursos a 50.000 obreros. La espiral ha comenzado a desarrollarse pero, además, pronto se producirán nuevos elementos del drama.
El 10 de diciembre, en Madrid, se celebraba un histórico congreso de la CNT. Fue el congreso en el que la definición anarcosindicalista del sindicato fue puesta en discusión, ante la presión de no pocos miembros de acordar el ingreso de la organización en la III Internacional, lo cual habría supuesto acercar el sindicato a la órbita soviética. Las discusiones fueron amplias y enconadas y, finalmente, la personalidad de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, consiguió convencer a sus correligionarios de la importancia de no precipitar soluciones. Así pues, se decidió enviar, antes de decidir, a una delegación que conocería Moscú y comprobaría las bondades del sistema soviético. Dicha delegación estuvo formada por Ángel Pestaña, Eusebi Carbó e Hilari Arlandis; y no regresó muy convencida de que Lenin fuese un freedom maker, precisamente.
Pero en esa fecha se produciría, esta vez en Barcelona, otra reunión de mucha mayor importancia para el pistolerismo. Se produjo en el número 32 de la calle Tapicería, en la sede de un ateneo obrero de ideología legitimista (carlista). En ese acto Ramón Sales, un activista sindical, acompañado de dirigentes carlistas catalanes como Salvador Anglada o Pere Roma, fundaban la Corporación Nacional de Trabajadores-Unión de Sindicatos Libres de España; un sindicato que se conocería como El Sindicato Libre o, simplemente, el Libre, y que, a partir de ese momento, competiría con la CNT por el dominio de los obreros catalanes; y el término competencia incluye muchos tipos de enfrentamiento.
El 19 de diciembre, en medio del cierre patronal y en un ambiente de espiral violenta, dos anarconsindicalistas que se harán famosos en la Historia de España, Ramón Casanellas y Pere Matheu, se bautizan en el mundo del terrorismo obrero matando a tiros al industrial Manuel Elizalde, cuando está parado en su automóvil en la calle Roselló de Barcelona. El entierro de Elizalde es toda una manifestación de la burguesía y encona las posturas.
Los cenetistas estaban convencidos de que Elizalde había tenido participación en el asesinato de Pau Sabater, algo que probablemente no es cierto. Pero es evidente que dicha acción estaba influyendo en buena parte de las acciones violentas. Medí Martí, un pistolero anarquista, acompañado por otros cómplices, esperó en una carretera del Poble Nou a Joan Serra, el conductor del coche en el que Sabater había sido secuestrado. A pesar de que Serra no murió en el tiroteo, quedó muy malherido. El día 5 de enero, víspera de los Reyes Magos, otra partida de pistoleros atentó en su coche contra el dirigente patronal Feliu Graupere, que salió apenas herido el incidente en el que, sin embargo, resultó muerto un policía de escolta, Ricardo San Germán. Este hecho, sin embargo, colocó a los obreros en una situación muy comprometida, dado que al día siguiente el ejército declaró el estado de sitio.
El 26 de enero se acabó el cierre patronal. En ese momento, la CNT, en manos de sus miembros más radicales, decretó la huelga general; calculando que los empresarios (lo cual era cierto) habían terminado el cierre con pocos recursos, pretendían hacer caer el capitalismo. Aunque los que cayeron fueron ellos; acabado el cierre, los trabajadores volvieron en masa al trabajo; lógico, pues si alguien estaba a dos velas, eran ellos. Una reacción que dio alas, dentro del sindicato, a sus miembros más posibilistas; y, tal vez, radicalizó aún más a los del gatillo fácil.
No obstante, como ya hemos visto con anterioridad, los periodos de normalización y de tendencia a la paz siempre se corresponden con otros movimientos en sentido contrario. En este caso, los sucesos de las últimas semanas habían colocado a los empresarios en situación de guerra abierta… aunque clandestina. Las principales acciones patronales se decidían en una casa situada en el número 80 del paseo de Gracia, esquina con la calle Mallorca. Este era el piso donde el mensajero de los empresarios, Miró i Trepat, se entendía con el nefasto barón de König, el heredero de Brabo Portillo. Los sucesos, además, no hacían sino alimentar esta tendencia; el 22 de febrero, un empresario francés, Theodore Genny, era asesinado a puñaladas. Tres delincuentes comunes, Victoriá Sabater, Martí Martí y Josep Perís, fueron condenados a muerte por este asesinato. Otros activistas proyectaron matar al conde de Salvatierra, recientemente nombrado gobernador civil de Barcelona, volando el tren en el que iba. De haber consumado el atentado, que fue descubierto a tiempo, habrían realizado una auténtica matanza.
La situación era comprometida y, por ello, al barón de König y su banda les daba mucho negocio. No obstante, el austriaco era muy ambicioso. Por eso mismo urdió un plan con uno de sus secuaces, un tal Bernat Armengol, que había sido activista sindical. Contando con el know how de Armengol, que sabía cómo escribían los sindicalistas y guardaba papel de la CNT, se dedicó a enviar cartas amenazadoras a empresarios; lo que se dice, crear demanda allí donde no la había. Incluso se rumoreó que algunos de sus secuaces llegaron disparar a empresarios para acojonarlos. No contento con engañar al sector privado, König también engañó al sector público. Era informador del jefe de policía, Arlegui y, para que éste estuviese contento, se inventó la historia, falsa, de que un café llamado El Rápido era un centro de actividad terrorista, donde la policía llegó a hacer una redada el 27 de marzo. Allí mismo tuvieron la escasísima cosecha de detener a un activista mediano, Ácrata Vidal, al que dieron una paliza allí mismo, delante de los clientes.
El barón, en compañía de activistas del Libre, se dedicaba a engañar a sindicalistas y luego detenerlos. Por ello, empezaron las agresiones contra este sindicato. El 2 de abril resultó muerto el capataz de la factoría Fabra & Coats, dirigente del libre, Tomás Vives. La guerra intersindical había comenzado. Pero esto es un juego a tres bandas entre los dos sindicatos y la policía y los cuerpos parapoliciales y, en ese momento, a los cenetistas el Sindicato Libre todavía les preocupa poco. Uno de los grupos terroristas más sanguinarios de la CNT, el comandado por Progreso Ródenas, atenta en pleno paseo de Gracia contra Miró i Trepat, el mamporrero de König, aunque no consiguió acabar con él. Para qué quería más el austriaco. Hizo sus averiguaciones y, una vez que supo que Ródenas, en realidad, a quien quería matar era a Bernat Armengol, porque le habían calado, hizo que sus espías le transmitiesen la noticia de que estaría el 23 de abril en una cafetería situada en la esquina de la ronda de San Pablo y la calle Aldana, situada creo que en lo que hoy se conoce como El Raval. La banda de Ródenas se situó estratégicamente para cargarse a Armengol cuando saliese, pero ni éste salió ni se pudieron marchar de rositas, porque allí les estaba esperando la policía. Hubo heridos y detenciones, aunque algunos miembros de la banda cenetista lograron escapar, abriéndose paso a tiros.
Para los sindicalistas y los mercenarios de König, la cosa era quién mandaba en Barcelona. Como en los diálogos de las pelis del far west, ambas partes parecían tener muy claro que Barcelona era demasiado pequeña para los dos. El asunto se dirimió el día 28, en un chiringuito de la plaza del Peso de la Paja. Allí iban muy a menudo los hombres de König en plan chulo y mafioso, haciéndose los dueños del lugar. Pero esa tarde los ácratas surgieron de entre la gente y empezaron la ensalada de tiros. Mataron a dos mercenarios y perdieron a uno de sus acólitos antes de que llegase la policía. Los hombres de König dejaron de ir por el chiringuito.
Pintaban bastos para König. Le echaban de la calle y, además, había cometido un grave error. Tras los sucesos de la cafetería de El Raval, se las había ingeniado para que la policía detuviese también a Bernat Armengol. Nosotros sabemos que Armengol era un soplón que trabajaba para König, pero algo debía de haber entre ambos, porque lo cierto es que el confidente fue detenido y encarcelado. Una de las causas probables es que König podría estar tirándose a su mujer.
El caso es que Armengol acabó en la cárcel, donde le metieron con los suyos, es decir, en una galería llena de cenetistas. Armengol sabía que, allí, su vida no valía ni medio céntimo, pues todos sabían que era un soplón, así pues decidió cambiar de bando, y comenzar a delatar a los hombres de König.
En los días siguientes, los pistoleros anarquistas acabaron con Manuel Grau, colaborador de König, y con Pere Torrens i Capdevila, uno de los chulos de la plaza del Peso de la Paja. Resultó herido y, dos días después de recibir el alta, lo remataron. Así las cosas, los hombres de König intentaron recuperar su prestigio reconquistando, en la tarde del 17 de mayo, el quiosco de la plaza del Peso de la Paja. Se liaron a tiros con los anarquistas, pero el enfrentamiento quedó en tablas.
El tiroteo de la plaza del Peso de la Paja se convirtió en un problema político también en Madrid. Además, el ambiente estaba muy enrarecido porque, algunas semanas atrás, y no se sabe muy bien por qué, la policía había reaccionado pelín mal a la celebración de los juegos florares de Barcelona. Esta competición poética era uno de los principales actos del catalanismo de la época y aquel año, como otros muchos, terminó con el personal cantando Els Segadors, que ya se sabe que es el himno del catalanismo, y algún día contaremos por qué; pero a la pasma no debió de hacerle gracia, porque entraron en el local y se liaron a hostias con todo quisqui. Como consecuencia, la burguesía catalana la tomó con el gobernador de Barcelona y la cosa estaba fea.
Todos estos argumentos abonaron la estrategia del presidente del gobierno, Eduardo Dato, de exiliar al barón de König, cosa que hizo por siempre jamás pues este nefasto personaje no volvió ya a España, ni siquiera en los años de la dictadura de Primo de Rivera.
El 19 de junio, era cesado como gobernador de Barcelona el conde de Salvatierra, para alegría de los burgueses. Y ya hemos dicho que König había sido expulsado de España. El nuevo gobernador, Federico de Carlos y Bas, acudía con voluntad conciliadora a la ciudad.
¿Se ha acabado, pues, nuestra historia?
Desgraciadamente, ni de coña. Ni de remotísima coña.
lunes, octubre 01, 2007
El Callao (y II)
Era una guerra que España no podía ganar. Desde luego, en momento alguno se planteó, siquiera remotamente, el traslado de tropas de tierra para hacer una guerra como es debido; todo lo que intentó España fue castigar alguna población costera con su escuadra, para así forzar un final más o menos honroso de las hostilidades, a ser posible con anuencia para las reivindicaciones hispanas. Fue entonces cuando se decidió bombardear Valparaíso y cuando, para ordenar dicha medida, el ministro de Estado (Asuntos Exteriores), Bermúdez de Castro, envió al almirante de la escuadra, el gallego Casto Méndez Núñez, un oficio en el que le conminaba a sucumbir con gloria en mares enemigos mejor que regresar a España con vergüenza; despacho éste que provocó la respuesta de Méndez Núñez que de una forma o de otra todos los españoles, al menos los de mi generación, hemos oído referir alguna vez: «Si desgraciadamente no consiguiese una paz honrosa para España, cumpliré las órdenes de VE destruyendo la ciudad de Valparaíso, aunque se necesario para ello combatir antes con las escuadras inglesa y americana, allí reunidas, y la de Su Majestad se hundirá en estas aguas antes de volver a España deshonrada, cumpliendo así lo que su Majestad, su Gobierno y el País desean, esto es: primero honra sin Marina, que Marina sin honra».
Como se aprecia en las palabras de Méndez, la clave de todo este enfrentamiento eran Estados Unidos e Inglaterra, pues ambos países tenían barcos surtos en Valparaíso, amén de muchos intereses en Chile que les aconsejaban mediar para que no hubiese leches. Así las cosas, el comodoro Rodgers y Lord Denman, jefes de la flota gringa y británica, se pusieron a darle la barrila al almirante español para que declarase en qué condiciones no iniciaría el bombardeo de la bella ciudad chilena. Finalmente, Méndez Núñez aceptó poner como condición que Chile declarase que no había tenido el propósito de ofender a España, (amén de devolver la Covadonga), a cambio de lo cual España declararía que no tenía intención de conquistar el país (o sea, declarábamos lo obvio) y devolvería diversos botines y prisioneros de guerra. El acuerdo se sellaría, cómo no, con un intercambio protocolario de cañonazos, 21 como casi siempre, haciéndose el primero de ellos por parte de una fortaleza chilena. Quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí ya sabrá que este orden venía, de alguna manera, a significar que Chile se disculpaba ante España.
Chile no aceptó las condiciones. Lo cual no quiere decir estrictamente que no quisieran la amistad con España o que le diesen una importancia capital a lo del cañonazo. En realidad, lo que pasó es que los diplomáticos británicos en el país, no se sabe muy bien por qué, se dedicaron a comerles la oreja a los chilenos con que España, en cualquier caso, no iba a proceder al bombardeo de Valparaíso. Así pues, creyéndose salvos de la agresión con que se les amenazaba, nos hicieron la higa.
Méndez Núñez anunció el bombardeo de Valparaíso para el 31 de marzo de 1866, si no había avenencia. Debió de ser muy convincente pues el comodoro Rodgers, que hasta entonces había jugado a no creerse la acción, no sólo se puso de su parte, sino que anunció que la flota americana se iba de najas del puerto chileno. Se ofrecieron algunas soluciones al conflicto, que Chile no aceptó. El gobierno chileno, ciertamente, o estaba muy seguro de que los españoles estaban acojonados, o se había fumado algo, o tenía en su seno una cuota respetable de imbéciles; incluso, es posible que ocurrieran las tres cosas a la vez, porque su propuesta para solucionar el conflicto no se le ocurriría ni a un teletubbie con diarrea: un duelo internacional entre la flota española y la aliada, eso sí con la condición de que España retirase de la contienda su barco más moderno, la Numancia.
El 31 de marzo, desde las 9,15 hasta las 12 de la mañana, tras un aviso de dos cañonazos para que las escuadras americana e inglesa abandonasen el puerto, los barcos de guerra españoles Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Vencedora bombardearon la ciudad semidesierta de Valparaíso, cuyos habitantes estaban en las alturas circundantes. Causaron las bombas daños por valor de unos 55 millones de pesetas de la época, según Chile.
Todo parece indicar que el bombardeo de Valparaíso envalentonó a la escuadra española, que empezó a albergar un proyecto más ambicioso, como era repetir el bombardeo, pero esta vez en la plaza de El Callo, auténtica plaza naval fuerte de los peruanos. Madrid quería que, tras Valparaíso, se bombardeasen diversas poblaciones menores, como Itique. Méndez Núñez se presentó en el puerto peruano el 27 de abril, avisando de que en cuatro días lo bombardearía.
El Callao era, ya lo he dicho, un puerto fuertemente protegido por dos torres blindadas y un total de 88 piezas de artillería, a lo que hay que sumar algunas medidas de urgencia tomadas por los peruanos, como el hundimiento en la costa de torpedos unidos a la costa por cables eléctricos. Los pocos barcos peruanos del puerto tenían cuatro piezas más. Por el contrario, por España estaban: la Numancia, que armaba 40 cañones; la Almansa, con 50; la Villa de Madrid, con 46; la Resolución, con 40; la Blanca; 36; la Vencedora, 3. En total, 215 piezas, aunque debe recordarse que eran barcos y que los barcos tienen esa cosa que se llama babor y estribor y, si se dispara por babor, no se puede disparar por estribor a menos que le queramos dar al horizonte. Así pues, la capacidad real de fuego era la mitad de esta cifra.
No obstante lo que acabamos de decir, no son pocos los historiadores españoles que destacan la franca desigualdad de fuerzas existente en la acción, a favor de los peruanos. Fundamentalmente, porque ellos estaban en casa, y tenían todo un país a las espaldas para proveerse de lo que necesitasen. Los barcos españoles no tenían ni un solo punto donde reabastecerse o repararse en más de 1.000 kilómetros. Esto viene a demostrar fehacientemente ese viejo aforismo de que en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo depende del color del cristal con que se mira. Los peruanos, por su parte, tienden a pensar que fue una lucha desigual, pero llevando ellos la peor parte.
La víspera del bombardeo, el almirante Méndez Núñez recibió, de manos del alférez de navío, Álvarez de Toledo, un oficio del gobierno de Madrid ordenando el regreso de la escuadra. La respuesta de Méndez Núñez fue:
- Mañana, día 2, bombardeo El Callao. Usted no ha llegado todavía. Llegará pasado mañana y, en cuanto me comunique la orden del gobierno, me apresuraré a cumplirla.
Así pues, el bombardeo de El Callao nunca debió producirse.
El bombardeo se inició a las 11,50 horas del 2 de mayo de 1866. Los barcos españoles sufrieron diversas situaciones, entre los cuales cabe destacar que el almirante Méndez Núñez, que se encontraba en la Numancia, fue herido; o que la Almansa tuvo que retirarse un tiempo del fuego por sufrir un incendio a bordo. Con todo, los daños fueron muchos más para las personas en tierra, hasta el punto de que a eso de las cuatro de la tarde sólo tres de las 88 piezas de la línea de puerto seguían disparando a los españoles. El fuego cesó a las cuatro y cuarenta de la tarde, cuando la mayoría de las embarcaciones españolas estaban ya casi sin munición. La batalla se saldó para los españoles con unos daños en sus fragatas y goletas que a ellos mismos sorprendieron por su levedad. El error fue de los peruanos, los cuales, a todas luces, se apuntaron a una estrategia de dejar entrar a los españoles en la rada para luego cañonearlos a lo bestia; estrategia errónea pues sus piezas de mejor calibre eran dificilísimas, cuando no imposibles, de usar en distancias cortas, con lo cual los pepinos más gordos, lejos de impactar en los barcos, los pasaban por encima.
Las fuerzas españolas registraron en la acción 43 muertos y 151 heridos, casi todos ellos marineros pues sólo dos, Enrique Godínez y Ramón Rull, eran guardiamarinas. Por parte peruana, las fuentes españolas cifran las bajas en 2.000, entre los cuales se contó el ministro de la Guerra y Marina, José Gálvez, y el coronel Zavala, hermano de Juan Zavala, que en ese mismo momento era ministro español de Marina. Muchas pérdidas se debieron a que los peruanos colocaron un frente de trincheras en el puerto pensando que los españoles querrían desembarcar en El Callao; cosa que, que yo sepa, nunca se nos pasó por la cabeza, así pues aquellos infantes murieron como chinches por una prevención inútil. Eso, sin olvidar que, como hemos dicho, el almirante español tenía orden de volver grupas.
Para colmo, 17 años después de la acción, el marino que sustituyó a Méndez Núñez al mando cuando resultó herido, Novo y Colsón, escribió un libro en el que decía lindezas como «las posiciones tomadas por la escuadra para batir a las fortalezas fueron tan poco estratégicas, que difícilmente se hubieran podido elegir peores».
Según este experimentado marino, a la escuadra española le habría bastado atacar El Callao desde el sur, maniobrando desde el sur de la isla de San Lorenzo en dirección este, para haber dispuesto para bombardear de un espacio amplio y profundo, con mucha capacidad de maniobra pues; mientras que la segunda división se podría haber colocado frente a la batería de Santa Rosa, desde donde podía bombardear sin que la fortaleza situada al norte del puerto pudiese alcanzarla. De esta manera, las baterías de la parte sur del puerto habrían quedado entre los dos grupos, que las habrían destruido con facilidad, pudiendo después unirse en el bombardeo a la fortaleza norte. Lejos de esto, los españoles se colocaron en El Callao en lugares donde siempre había algún cañón que les podía disparar.
O sea: fue una chulería.
Fue, en efecto, un intento por mostrarse ampulosamente belicosos, con desprecio hacia el peligro y la muerte. En mi opinión, algo hizo, para qué negarlo, cierto espíritu español de desprecio hacia el latinoamericano, en el sentido de creerle incapaz de presentar batalla seria en un terreno en el que España acumulaba ya entonces un glorioso pasado de siglos. Colocarse a tiro de los cañones peruanos cuando todos o casi todos ellos podían ser atacados desde posiciones seguras fue un gesto como el del matón que se enfrenta a otro en la calle haciéndole señas para que se acerque y diciendo: «Pégame, anda, pégame. Ven y pégame, si tienes huevos».
Creo que aquellos marinos, herederos ya se ha dicho de la inmortal honra de Lepanto y tal, se maquinaron primero lo que iba a pasar y, después, tuvieron completa certeza: España no presentaría batalla. En Madrid, alguien con dos dedos de frente se había dado cuenta de dos cosas: una, que el ejército y la marina españoles ya no eran lo que habían sido; dos, que los propios tiempos habían cambiado y que ya no estaba sonando la hora en la que el honor está por encima de la política y la diplomacia.
Fue una machada, una machada absurda que nos costó 43 vidas, y a los peruanos 2.000. ¿Salvamos el honor? Digamos que el 98% de españoles actualmente vivos, y creo que me quedo corto, que no saben una puñetera palabra de la acción de El Callao, son la demostración palpable de que más que salvar el honor, hicimos el gilipollas.
La batalla de El Callao, por último, no tiene ganador ni perdedor. Usualmente, desde España se suele argumentar que la ganamos nosotros, pues dejamos el puerto hecho una braga, destrozamos todas las piezas y causamos muchas más bajas que las que sufrimos. Los peruanos, por su parte, recuerdan que el bombardeo terminó a las cuatro y cuarenta y que a las cinco en punto el pueblo de El Callao podría estar descojonado, pero no había sido tomado por los españoles.
La discusión sobre quién ganó la batalla de El Callao es una más de las muchas gilipolleces que componen este episodio histórico.
Como se aprecia en las palabras de Méndez, la clave de todo este enfrentamiento eran Estados Unidos e Inglaterra, pues ambos países tenían barcos surtos en Valparaíso, amén de muchos intereses en Chile que les aconsejaban mediar para que no hubiese leches. Así las cosas, el comodoro Rodgers y Lord Denman, jefes de la flota gringa y británica, se pusieron a darle la barrila al almirante español para que declarase en qué condiciones no iniciaría el bombardeo de la bella ciudad chilena. Finalmente, Méndez Núñez aceptó poner como condición que Chile declarase que no había tenido el propósito de ofender a España, (amén de devolver la Covadonga), a cambio de lo cual España declararía que no tenía intención de conquistar el país (o sea, declarábamos lo obvio) y devolvería diversos botines y prisioneros de guerra. El acuerdo se sellaría, cómo no, con un intercambio protocolario de cañonazos, 21 como casi siempre, haciéndose el primero de ellos por parte de una fortaleza chilena. Quien haya tenido la paciencia de leer hasta aquí ya sabrá que este orden venía, de alguna manera, a significar que Chile se disculpaba ante España.
Chile no aceptó las condiciones. Lo cual no quiere decir estrictamente que no quisieran la amistad con España o que le diesen una importancia capital a lo del cañonazo. En realidad, lo que pasó es que los diplomáticos británicos en el país, no se sabe muy bien por qué, se dedicaron a comerles la oreja a los chilenos con que España, en cualquier caso, no iba a proceder al bombardeo de Valparaíso. Así pues, creyéndose salvos de la agresión con que se les amenazaba, nos hicieron la higa.
Méndez Núñez anunció el bombardeo de Valparaíso para el 31 de marzo de 1866, si no había avenencia. Debió de ser muy convincente pues el comodoro Rodgers, que hasta entonces había jugado a no creerse la acción, no sólo se puso de su parte, sino que anunció que la flota americana se iba de najas del puerto chileno. Se ofrecieron algunas soluciones al conflicto, que Chile no aceptó. El gobierno chileno, ciertamente, o estaba muy seguro de que los españoles estaban acojonados, o se había fumado algo, o tenía en su seno una cuota respetable de imbéciles; incluso, es posible que ocurrieran las tres cosas a la vez, porque su propuesta para solucionar el conflicto no se le ocurriría ni a un teletubbie con diarrea: un duelo internacional entre la flota española y la aliada, eso sí con la condición de que España retirase de la contienda su barco más moderno, la Numancia.
El 31 de marzo, desde las 9,15 hasta las 12 de la mañana, tras un aviso de dos cañonazos para que las escuadras americana e inglesa abandonasen el puerto, los barcos de guerra españoles Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Vencedora bombardearon la ciudad semidesierta de Valparaíso, cuyos habitantes estaban en las alturas circundantes. Causaron las bombas daños por valor de unos 55 millones de pesetas de la época, según Chile.
Todo parece indicar que el bombardeo de Valparaíso envalentonó a la escuadra española, que empezó a albergar un proyecto más ambicioso, como era repetir el bombardeo, pero esta vez en la plaza de El Callo, auténtica plaza naval fuerte de los peruanos. Madrid quería que, tras Valparaíso, se bombardeasen diversas poblaciones menores, como Itique. Méndez Núñez se presentó en el puerto peruano el 27 de abril, avisando de que en cuatro días lo bombardearía.
El Callao era, ya lo he dicho, un puerto fuertemente protegido por dos torres blindadas y un total de 88 piezas de artillería, a lo que hay que sumar algunas medidas de urgencia tomadas por los peruanos, como el hundimiento en la costa de torpedos unidos a la costa por cables eléctricos. Los pocos barcos peruanos del puerto tenían cuatro piezas más. Por el contrario, por España estaban: la Numancia, que armaba 40 cañones; la Almansa, con 50; la Villa de Madrid, con 46; la Resolución, con 40; la Blanca; 36; la Vencedora, 3. En total, 215 piezas, aunque debe recordarse que eran barcos y que los barcos tienen esa cosa que se llama babor y estribor y, si se dispara por babor, no se puede disparar por estribor a menos que le queramos dar al horizonte. Así pues, la capacidad real de fuego era la mitad de esta cifra.
No obstante lo que acabamos de decir, no son pocos los historiadores españoles que destacan la franca desigualdad de fuerzas existente en la acción, a favor de los peruanos. Fundamentalmente, porque ellos estaban en casa, y tenían todo un país a las espaldas para proveerse de lo que necesitasen. Los barcos españoles no tenían ni un solo punto donde reabastecerse o repararse en más de 1.000 kilómetros. Esto viene a demostrar fehacientemente ese viejo aforismo de que en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo depende del color del cristal con que se mira. Los peruanos, por su parte, tienden a pensar que fue una lucha desigual, pero llevando ellos la peor parte.
La víspera del bombardeo, el almirante Méndez Núñez recibió, de manos del alférez de navío, Álvarez de Toledo, un oficio del gobierno de Madrid ordenando el regreso de la escuadra. La respuesta de Méndez Núñez fue:
- Mañana, día 2, bombardeo El Callao. Usted no ha llegado todavía. Llegará pasado mañana y, en cuanto me comunique la orden del gobierno, me apresuraré a cumplirla.
Así pues, el bombardeo de El Callao nunca debió producirse.
El bombardeo se inició a las 11,50 horas del 2 de mayo de 1866. Los barcos españoles sufrieron diversas situaciones, entre los cuales cabe destacar que el almirante Méndez Núñez, que se encontraba en la Numancia, fue herido; o que la Almansa tuvo que retirarse un tiempo del fuego por sufrir un incendio a bordo. Con todo, los daños fueron muchos más para las personas en tierra, hasta el punto de que a eso de las cuatro de la tarde sólo tres de las 88 piezas de la línea de puerto seguían disparando a los españoles. El fuego cesó a las cuatro y cuarenta de la tarde, cuando la mayoría de las embarcaciones españolas estaban ya casi sin munición. La batalla se saldó para los españoles con unos daños en sus fragatas y goletas que a ellos mismos sorprendieron por su levedad. El error fue de los peruanos, los cuales, a todas luces, se apuntaron a una estrategia de dejar entrar a los españoles en la rada para luego cañonearlos a lo bestia; estrategia errónea pues sus piezas de mejor calibre eran dificilísimas, cuando no imposibles, de usar en distancias cortas, con lo cual los pepinos más gordos, lejos de impactar en los barcos, los pasaban por encima.
Las fuerzas españolas registraron en la acción 43 muertos y 151 heridos, casi todos ellos marineros pues sólo dos, Enrique Godínez y Ramón Rull, eran guardiamarinas. Por parte peruana, las fuentes españolas cifran las bajas en 2.000, entre los cuales se contó el ministro de la Guerra y Marina, José Gálvez, y el coronel Zavala, hermano de Juan Zavala, que en ese mismo momento era ministro español de Marina. Muchas pérdidas se debieron a que los peruanos colocaron un frente de trincheras en el puerto pensando que los españoles querrían desembarcar en El Callao; cosa que, que yo sepa, nunca se nos pasó por la cabeza, así pues aquellos infantes murieron como chinches por una prevención inútil. Eso, sin olvidar que, como hemos dicho, el almirante español tenía orden de volver grupas.
Para colmo, 17 años después de la acción, el marino que sustituyó a Méndez Núñez al mando cuando resultó herido, Novo y Colsón, escribió un libro en el que decía lindezas como «las posiciones tomadas por la escuadra para batir a las fortalezas fueron tan poco estratégicas, que difícilmente se hubieran podido elegir peores».
Según este experimentado marino, a la escuadra española le habría bastado atacar El Callao desde el sur, maniobrando desde el sur de la isla de San Lorenzo en dirección este, para haber dispuesto para bombardear de un espacio amplio y profundo, con mucha capacidad de maniobra pues; mientras que la segunda división se podría haber colocado frente a la batería de Santa Rosa, desde donde podía bombardear sin que la fortaleza situada al norte del puerto pudiese alcanzarla. De esta manera, las baterías de la parte sur del puerto habrían quedado entre los dos grupos, que las habrían destruido con facilidad, pudiendo después unirse en el bombardeo a la fortaleza norte. Lejos de esto, los españoles se colocaron en El Callao en lugares donde siempre había algún cañón que les podía disparar.
O sea: fue una chulería.
Fue, en efecto, un intento por mostrarse ampulosamente belicosos, con desprecio hacia el peligro y la muerte. En mi opinión, algo hizo, para qué negarlo, cierto espíritu español de desprecio hacia el latinoamericano, en el sentido de creerle incapaz de presentar batalla seria en un terreno en el que España acumulaba ya entonces un glorioso pasado de siglos. Colocarse a tiro de los cañones peruanos cuando todos o casi todos ellos podían ser atacados desde posiciones seguras fue un gesto como el del matón que se enfrenta a otro en la calle haciéndole señas para que se acerque y diciendo: «Pégame, anda, pégame. Ven y pégame, si tienes huevos».
Creo que aquellos marinos, herederos ya se ha dicho de la inmortal honra de Lepanto y tal, se maquinaron primero lo que iba a pasar y, después, tuvieron completa certeza: España no presentaría batalla. En Madrid, alguien con dos dedos de frente se había dado cuenta de dos cosas: una, que el ejército y la marina españoles ya no eran lo que habían sido; dos, que los propios tiempos habían cambiado y que ya no estaba sonando la hora en la que el honor está por encima de la política y la diplomacia.
Fue una machada, una machada absurda que nos costó 43 vidas, y a los peruanos 2.000. ¿Salvamos el honor? Digamos que el 98% de españoles actualmente vivos, y creo que me quedo corto, que no saben una puñetera palabra de la acción de El Callao, son la demostración palpable de que más que salvar el honor, hicimos el gilipollas.
La batalla de El Callao, por último, no tiene ganador ni perdedor. Usualmente, desde España se suele argumentar que la ganamos nosotros, pues dejamos el puerto hecho una braga, destrozamos todas las piezas y causamos muchas más bajas que las que sufrimos. Los peruanos, por su parte, recuerdan que el bombardeo terminó a las cuatro y cuarenta y que a las cinco en punto el pueblo de El Callao podría estar descojonado, pero no había sido tomado por los españoles.
La discusión sobre quién ganó la batalla de El Callao es una más de las muchas gilipolleces que componen este episodio histórico.
viernes, septiembre 28, 2007
El Callao (i)
Las relaciones de una metrópoli con sus ex colonias nunca son fáciles, y España no es en ello una excepción. Tenemos los españoles una actitud hacia los países que un día fueron posesiones nuestras entre ligeramente culpable y básicamente pasota. La mayor parte de la gente que conozco, incluso personas de alto nivel cultural, se podría decir que lo desconoce todo de Latinoamérica; todo lo que no sea fútbol, claro.
España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.
En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.
España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.
Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.
El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.
Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.
El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.
En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano, Manuel Salcedo.
Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.
Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.
Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.
Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».
Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.
La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.
Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.
El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.
El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.
Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».
No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.
No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.
En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.
El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.
No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.
Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.
Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).
Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.
Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.
A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.
España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.
En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.
España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.
Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.
El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.
Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.
El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.
En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano, Manuel Salcedo.
Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.
Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.
Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.
Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».
Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.
La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.
Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.
El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.
El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.
Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».
No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.
No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.
En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.
El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.
No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.
Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.
Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).
Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.
Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.
A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.
miércoles, septiembre 26, 2007
Saludos a «Público»... o casi
Esta mañana, en los quioscos de España, nos hemos encontrado con una sorpresa, sorpresa siempre agradable: un nuevo periódico.
La aparición de un nuevo periódico diario fastidia a una estricta minoría de la población, formada por los quiosqueros que se ven obligados a buscar sitio en un espacio ya abigarrado; y complace, o debería complacer, al resto.
El saludo a Público desde este blog me parece obligado porque ha tenido una idea o iniciativa que aquí no podemos sino aplaudir: dedicar a la Historia una página específica. Bueno, deberíamos decir que media página específica, pues en el número de hoy, el primero, la mitad del conocimiento histórico que Público podría regalarnos ha sido okupado por un anuncio de zumos de verduras. Quiere ello decir una de dos cosas: a) o bien los de Público tienen un estudio de mercadotecnia que demuestra una correlación entre la afición por la Historia y el consumo de zumos de verduras, en cuyo caso podría informarles de que, en mi caso, dicho estudio yerra (en el de Tiburcio también, pues los elefantes no consumen zumos); b) o bien tenían el anuncio, no tenían dónde ponerlo y eligieron la página de Historia. Vosotros mismos, decidid la que más os guste.
No obstante, hacer una página de Historia es cuestión batallona y en la que se puede, a mi modo de ver, meter la pata con facilidad. En su estreno, Público nos ofrece cuatro piezas, a saber:
- Un texto principal dedicado a la odisea del cadáver de Benito Mussolini que, dado que sólo tiene siete párrafos, no se mete nada más que en la Historia que cuenta, sin analizar el entorno (cómo cayó Mussolini y algunas otras cositas interesantes).
- Una efemérides.
- El anuncio de una exposición.
- Un suelto titulado «Pasaron por aquí», destinado a hacer, en unas pocas líneas, un perfil urgente de algún personaje histórico que, entiendo yo, hubiera estado en España.
Para el estreno de esta última sección o minisección, Público ha escogido a Abd-el-Krim, o sea el líder de las cabilas marroquíes que tanto disgusto nos provocó, especialmente en Annual. A mí lo primero que me ha costado entender es lo de hablar de Abd-el-Krim en una sección que se titula «Pasaron por aquí». Cierto es que este hombre estudio en Melilla y Salamanca; pero yo creo que es más cierto que «Nosotros pasamos por allí». Pero, en fin, eso son opiniones.
Lo que ya no es tan opinable, o a mí no me lo parece, es la urgente descripción de su caída. Dice Público (las negritas son mías): «Fundó la República del Rif en 1921. Los franceses contraatacaron y el dirigente capituló en 1926».
A ver. Si alguien le tenía ganas a Abd-el-Krim, éramos nosotros. Entre otras cosas, porque este caudillo jamás pudo hacerle a los gabachos una putada del tamaño de la que nos hizo a nosotros en Annual (independientemente de que nosotros nos la buscásemos haciendo la guerra a la remanguillé o, como se dice en mi tierra gallega, d'aquela maneira). Por lo demás, en España, desde 1923, existía una dictadura militar, la comandada por el general Miguel Primo de Rivera, que en gran parte se alzó para poder tapar las vergüenzas del ejército en Annual, que estaban a punto de ser públicamente discutidas en las Cortes a raíz del famosísimo Informe Picasso. Evidentemente, lo primero que hizo Primo nada más hacerse con el poder fue cerrar el Parlamento. No Martini, no party. Si no hay tribuna, no hay discusión.
Por la dicha razón, uno de los objetivos que Primo se fijó claramente desde el primer día en que comenzó a gobernar España con su especial estilo, entre caudillo y despachador de quesos de oveja, fue terminar con la guerra de Marruecos. Porque la guerra de Marruecos estaba detrás de casi todo lo que había hecho tambalearse España en el pasado reciente, pues no sólo está el desastre de Annual, que acabó con la restauración; también hay que recordar la Semana Trágica de Barcelona, que empezó por el embarque de tropas hacia África.
Así pues, la acción bélica que marcó el inicio del fin de la guerra de Marruecos y la capitulación de Abd-el-Krim fue el desembarco de Alhucemas, en el que unos 10.000 soldados españoles fueron transportados por una armada, eso sí, en la que había barcos hispanos y franceses, porque en esto ibéricos y galos íbamos de la manirri. El desembarco de Alhucemas, en el que algunos han creído ver (ampulosamente, en mi opinión; aunque ya sabéis que el que sabe de ejércitos no soy yo sino Tibur) un antecedente de D-Day de Normandía, fue un éxito militar y acabó por forzar la capitulación del cadí.
Éste fue lo que, al parecer, Público considera un contraataque francés.
Quizá tenga algo que ver en esa valoración que el comandante en jefe de la operación portase el apellido Primo de Rivera. O que el general en jefe de las tropas «francesas», lejos de llamarse Du Pont o Duplessis o Neprendslait, se llamaba Sanjurjo, José Sanjurjo. El mismo José Sanjurjo que en 1932 se alzó en armas contra la II República, y en el 36 de nuevo, aunque en este último caso no vivió para comprobar las consecuencias. O que en la operación de Alhucemas y adláteres fuese donde se ganó los galones de general un joven coronel llamado Francisco Franco.
Quede claro: los apellidos Primo de Rivera, Sanjurjo y Franco no están, precisamente, en mi lista privada de coleguitas. Pero es que la Historia es la Historia. Muchas, muchísimas veces es opinable, pero hay cosas que no entran ni con calzador. Y eso de que la guerra de Marruecos terminó gracias a un contraataque francés, con todos los respetos, no se lo creen ni en París.
Así pues, bien empezamos.
La aparición de un nuevo periódico diario fastidia a una estricta minoría de la población, formada por los quiosqueros que se ven obligados a buscar sitio en un espacio ya abigarrado; y complace, o debería complacer, al resto.
El saludo a Público desde este blog me parece obligado porque ha tenido una idea o iniciativa que aquí no podemos sino aplaudir: dedicar a la Historia una página específica. Bueno, deberíamos decir que media página específica, pues en el número de hoy, el primero, la mitad del conocimiento histórico que Público podría regalarnos ha sido okupado por un anuncio de zumos de verduras. Quiere ello decir una de dos cosas: a) o bien los de Público tienen un estudio de mercadotecnia que demuestra una correlación entre la afición por la Historia y el consumo de zumos de verduras, en cuyo caso podría informarles de que, en mi caso, dicho estudio yerra (en el de Tiburcio también, pues los elefantes no consumen zumos); b) o bien tenían el anuncio, no tenían dónde ponerlo y eligieron la página de Historia. Vosotros mismos, decidid la que más os guste.
No obstante, hacer una página de Historia es cuestión batallona y en la que se puede, a mi modo de ver, meter la pata con facilidad. En su estreno, Público nos ofrece cuatro piezas, a saber:
- Un texto principal dedicado a la odisea del cadáver de Benito Mussolini que, dado que sólo tiene siete párrafos, no se mete nada más que en la Historia que cuenta, sin analizar el entorno (cómo cayó Mussolini y algunas otras cositas interesantes).
- Una efemérides.
- El anuncio de una exposición.
- Un suelto titulado «Pasaron por aquí», destinado a hacer, en unas pocas líneas, un perfil urgente de algún personaje histórico que, entiendo yo, hubiera estado en España.
Para el estreno de esta última sección o minisección, Público ha escogido a Abd-el-Krim, o sea el líder de las cabilas marroquíes que tanto disgusto nos provocó, especialmente en Annual. A mí lo primero que me ha costado entender es lo de hablar de Abd-el-Krim en una sección que se titula «Pasaron por aquí». Cierto es que este hombre estudio en Melilla y Salamanca; pero yo creo que es más cierto que «Nosotros pasamos por allí». Pero, en fin, eso son opiniones.
Lo que ya no es tan opinable, o a mí no me lo parece, es la urgente descripción de su caída. Dice Público (las negritas son mías): «Fundó la República del Rif en 1921. Los franceses contraatacaron y el dirigente capituló en 1926».
A ver. Si alguien le tenía ganas a Abd-el-Krim, éramos nosotros. Entre otras cosas, porque este caudillo jamás pudo hacerle a los gabachos una putada del tamaño de la que nos hizo a nosotros en Annual (independientemente de que nosotros nos la buscásemos haciendo la guerra a la remanguillé o, como se dice en mi tierra gallega, d'aquela maneira). Por lo demás, en España, desde 1923, existía una dictadura militar, la comandada por el general Miguel Primo de Rivera, que en gran parte se alzó para poder tapar las vergüenzas del ejército en Annual, que estaban a punto de ser públicamente discutidas en las Cortes a raíz del famosísimo Informe Picasso. Evidentemente, lo primero que hizo Primo nada más hacerse con el poder fue cerrar el Parlamento. No Martini, no party. Si no hay tribuna, no hay discusión.
Por la dicha razón, uno de los objetivos que Primo se fijó claramente desde el primer día en que comenzó a gobernar España con su especial estilo, entre caudillo y despachador de quesos de oveja, fue terminar con la guerra de Marruecos. Porque la guerra de Marruecos estaba detrás de casi todo lo que había hecho tambalearse España en el pasado reciente, pues no sólo está el desastre de Annual, que acabó con la restauración; también hay que recordar la Semana Trágica de Barcelona, que empezó por el embarque de tropas hacia África.
Así pues, la acción bélica que marcó el inicio del fin de la guerra de Marruecos y la capitulación de Abd-el-Krim fue el desembarco de Alhucemas, en el que unos 10.000 soldados españoles fueron transportados por una armada, eso sí, en la que había barcos hispanos y franceses, porque en esto ibéricos y galos íbamos de la manirri. El desembarco de Alhucemas, en el que algunos han creído ver (ampulosamente, en mi opinión; aunque ya sabéis que el que sabe de ejércitos no soy yo sino Tibur) un antecedente de D-Day de Normandía, fue un éxito militar y acabó por forzar la capitulación del cadí.
Éste fue lo que, al parecer, Público considera un contraataque francés.
Quizá tenga algo que ver en esa valoración que el comandante en jefe de la operación portase el apellido Primo de Rivera. O que el general en jefe de las tropas «francesas», lejos de llamarse Du Pont o Duplessis o Neprendslait, se llamaba Sanjurjo, José Sanjurjo. El mismo José Sanjurjo que en 1932 se alzó en armas contra la II República, y en el 36 de nuevo, aunque en este último caso no vivió para comprobar las consecuencias. O que en la operación de Alhucemas y adláteres fuese donde se ganó los galones de general un joven coronel llamado Francisco Franco.
Quede claro: los apellidos Primo de Rivera, Sanjurjo y Franco no están, precisamente, en mi lista privada de coleguitas. Pero es que la Historia es la Historia. Muchas, muchísimas veces es opinable, pero hay cosas que no entran ni con calzador. Y eso de que la guerra de Marruecos terminó gracias a un contraataque francés, con todos los respetos, no se lo creen ni en París.
Así pues, bien empezamos.
lunes, septiembre 24, 2007
El nacimiento del Sindicato del Crimen
En la totalidad de los tres scripts de El Padrino, nadie pronuncia una sola vez la palabra Mafia. Fue, al parecer, una imposición a Francis Ford Coppola, provocada por algún tipo de demanda en tal sentido, presentada por alguna de las varias asociaciones de italonorteamericanos que existen en Estados Unidos. Y es que la Mafia es un algo poderoso, a la vez que atractivo. Y bastante universal pues, a pesar de ser un fenómeno de nacimiento en Italia y desarrollo fundamentalmente en los Estados Unidos, su desarrollo a través de todo un subgénero fílmico ha hecho que, de una forma o de otra, todos sepamos un poco de los mafiosos.
viernes, septiembre 21, 2007
La guerra fetén
Como bien sabréis los que sois lo suficientemente listos como para frecuentar su blog, Tiburcio Samsa, a la par que elefante, es budista. Estoy ligeramente informado sobre las consecuencias que ser budista tiene para los humanos pero, sinceramente, no tengo demasiada información sobre cómo se cuece esta filosofía dentro de un paquidermo. Mis amigos budistas, y tengo varios, suelen ser gente silenciosa y tirando a cauta. No sé si un elefante budista se reconocerá porque nunca va el primero de la manada, ni tampoco el último; o, tal vez, es que son budistas los elefantes ésos de los circos que han aprendido a postrarse.
El caso es que, siendo budista, Tiburcio creerá, digo yo, en la reencarnación. Nunca se lo he preguntado, pero lo doy por hecho, porque para alguien que se sabe incapaz de hacer cosas tan placenteras como dedicarse a estallar las pompitas de los plásticos de embalaje (o si no, ya me diréis cómo se las arregla un elefante para hacerlo), es una indudable ilusión creer en una vida posterior en la que ello será posible. La teoría, además, explicaría la mala leche de Tiburcio. Si no estoy equivocado, la reencarnación se basa en la creencia de que se viven muchas vidas y son los méritos de la vida n-1 los que deciden en qué te reencarnarás en la vida n. Si partimos de la base teórica (discutible, cierto es) de que en la escala de los seres vivos un elefante es un ser inferior al registrador de la propiedad, deberemos colegir que el hecho de que Tiburcio sea un elefante y no un registrador de la propiedad se debe a algún defecto suyo; y yo apostaría por su mala leche.
Toda esta cadena de chorradas la escribo para sustentar un hecho que este blog hace cada vez más incontrovertible: en una vida anterior, Tiburcio debió ser elefante de guerra. No sé si númida, cartaginés o persa. No sé si lo habrán montado (con perdón) Yugurta, Atila o Artajerjes. Pero que a este chico le gusta la guerra más que a mí los Solano Classic, está fuera de toda duda. Hoy, en este post, nos habla, cómo no, de guerra. De la grande, de la definitiva; de la, como dice él, guerra fetén. Y tiene razón. La segunda guerra mundial tiene mucho atractivo por esas cosas de Hitler y el cine y tal. Pero, para guerra, ciertamente, la que hubo antes, la primera.
Os dejo con Ina, aunque yo tocaré los cataplines alguna vez, entre corchetes, porque entre las cosas que él os va a contar hay alguna que me peta precisar.
La guerra fetén. By Tiburcio Samsa.
La II Guerra Mundial no fue más que la repetición con más medios de la I Guerra Mundial. Fue muy vistosa, pero no hizo más que confirmar los resultados de la I Guerra Mundial, que fue donde de verdad se repartió el bacalao. Podemos decir que la Historia del siglo XX ha consistido en ver qué hacíamos con el legado de la I Guerra Mundial.
¿Cuál fue ese legado de la I Guerra Mundial con el que llevamos casi un siglo intentando sobrevivir? Yo lo resumiría en los siguientes puntos:
* Emergencia de Estados Unidos como superpotencia. A comienzos del siglo XX, la economía norteamericana ya se había aproximado en términos de producción a la europea. En 1914 Estados Unidos ya era una potencia mundial con la que había que contar, aunque muchos europeos, afectados de ombliguismo, no quisieran verlo. Sin la Gran Guerra, tal vez Estados Unidos habría entrado en el tablero mundial como una gran potencia entre otras grandes potencias. La Gran Guerra permitió que Estados Unidos adelantase a las potencias europeas. A su término Europa estaba endeudada con Estados Unidos, cuya tardía intervención salvó el día para los aliados.
[Siendo cierto este análisis, creo debe completarse con un viaje que Estados Unidos había iniciado ya décadas atrás, y es el abandono del aislacionismo. En tiempos de Teddy Roosevelt, Estados Unidos comienza a reflexionar sobre que tiene un papel que jugar en el mundo y que no puede circunscribirse a la acción exclusiva dentro de América, tal y como propugnaba la denominada doctrina Monroe. No fue un proceso ni fácil ni corto: otro Roosevelt, Franklin Delano, tuvo muchísimas dificultades para romperlo varias décadas después, hasta el punto de especularse que conocía los planes de ataque de Pearl Harbour, pero que dejó que la agresión se produjese para poder tener una razón de entrar en la guerra.]
La II Guerra Mundial fue una repetición y ampliación de la jugada. Mientras que británicos y franceses tal vez hubieran podido derrotar a los alemanes sin ayuda en 1918, en 1940 no lo hubieran podido hacer sin la intervención norteamericana. Incluso puede afirmarse que sin los armamentos que Estados Unidos proporcionó a la URSS en 1941 y 1942, tal vez los alemanes hubieran podido derrotarla en el invierno de 1941. Si al término de la Gran Guerra Estados Unidos podía ser visto como un primus inter pares, al término de la II Guerra Mundial era como el primo de zumosol cargado de esteroides e inyectado de hormona del crecimiento.
* Conflicto árabe-israelí. Es probable que en Oriente Medio hubiera habido tortas en cualquier caso. Muchos años antes de la I Guerra Mundial, los sionistas habían iniciado su movimiento para crear un estado judío en Palestina. Lo que cambió las cosas fue la Declaración Balfour de 1917, por la que Gran Bretaña se comprometía a la creación de un hogar nacional judío en Palestina [también cierto, aunque yo creo que mucho más importante fue el acuerdo Sykes-Picott]. Eso fue como azuzar un avispero. En vísperas de la II Guerra Mundial las espadas entre árabes y judíos ya estaban más que levantadas. La II Guerra Mundial lo que hizo fue acelerar la creación de un estado de Israel, que en todo caso se hubiera acabado creando con o sin guerra.
Otro efecto de la Gran Guerra fue el mapa de Oriente Medio tal y como lo conocemos. Los británicos y marginalmente los franceses ocuparon las regiones no-turcas del Imperio Otomano. En la Conferencia de El Cairo de 1921 los británicos con una parte de frivolidad y otra de improvisación delinearon las fronteras de Oriente Medio. Iraq surgió como reino porque tenía petróleo y había que satisfacer a los hashemitas a los que se les habían hecho muchas promesas incumplidas. Jordania era un trozo de desierto que se convirtió en país para satisfacer a otro príncipe hashemita. Palestina quedó como un protectorado británico, que debía de servir para proteger al Canal de Suez de ataques procedentes del norte y el este. Arabia Saudí se formó con los trozos de desierto que no interesaban a nadie, más que a los saudíes a los que había que recompensar por su ayuda en la guerra, aunque fuera a costa de los hashemitas que controlaban el Hedjaz.
En resumen, la Gran Guerra nos dejó un mapa de Oriente Medio manifiestamente mejorable y la II Guerra Mundial no cambió nada de eso.
* Desaparición del Imperio Austro-Húngaro. Desde el siglo XVI el Imperio de los Habsburgos había controlado el centro de Europa y había ofrecido estabilidad en esa zona. El Imperio Habsburgo entró en el siglo XX muy tocado del ala. Sus estructuras obsoletas no eran las más indicadas para hacer frente a los nuevos nacionalismos. Es posible que incluso sin Gran Guerra el Imperio Habsburgo no hubiese sobrevivido. Pero sin la Gran Guerra, tal vez la ruptura habría sido menos traumática y las fronteras resultantes más lógicas (por citar algunos ejemplos: las mayorías húngaras de la Transilvania, hoy rumana, y la Voivodina, hoy serbia, habrían podido permanecer dentro de Hungría; se habría mantenido la distinción entre serbios y croatas y no se les habría unido en un inestable Reino de Yugoslavia; la Austria post-imperial habría podido integrarse en Alemania de una manera menos violenta que la del Anschluss hitleriano…). Sí, seguramente sin la Gran Guerra no habríamos conocido los conflictos balcánicos de los años 90.
* El inicio del fin de los imperios coloniales europeos. Durante la Gran Guerra se pidió a algunas de las colonias un esfuerzo bélico importante, lo que tuvo consecuencias de cara al surgimiento en ellas de una conciencia nacional. Australia (que no era técnicamente una colonia) recuerda especialmente el desembarco de Gallipoli, donde murieron miles de australianos. Las tropas indias fueron claves en la campaña de Mesopotamia. Muchos senegaleses murieron en las fronteras francesas.
De más trascendencia fueron los Doce Puntos del Presidente Wilson para lograr una paz justa y duradera. No fueron pocos los que advirtieron el doble rasero de reconocer los derechos de las minorías nacionales en Europa y olvidarse de los de los pueblos colonizados. Una señal de que ya no era tan sencillo colonizar como antes de 1914 fue el hecho de que las colonias de los vencidos se entregaran a los vencedores en calidad de mandatos, no de colonias. Tal vez de facto no pareciera muy relevante, pero ya indicaba hacia dónde se encaminaba la sociedad internacional.
Hay una última consecuencia de la I Guerra Mundial que influyó sobre el siglo XX, pero cuya influencia ya ha expirado: el triunfo del comunismo. La Rusia zarista anterior a la guerra estaba industrializándose y había iniciado unas tímidas reformas liberalizadoras. Es seguro que sin la Gran Guerra, el comunismo no habría triunfado. Y no lo digo yo, lo pensaba Lenin que en los años previos a la guerra se encontraba alicaído, viendo que nunca triunfarían.
Lo curioso es que el comunismo, que fue una de las ideologías en alza en el período de entreguerras y que fue la ideología rival del capitalismo durante la Guerra Fría, se ha desvanecido del tablero sin dejar más que unas cuantas repúblicas populares exóticas (Cuba, Corea del Norte y poco más) y unos partidos comunistas que, o no tienen posibilidades de alcanzar el poder o, cuando las tienen, se comportan más como socialdemócratas que como comunistas. Supongo que dentro de unos siglos veremos el comunismo como vemos a Atila, a Tamerlán, o a Ajnatón, torbellinos históricos que pasaron como un vendaval por la Historia, pero que apenas dejaron rastro. No creo que la Europa actual hubiese sido muy diferente sin los cuarenta y cinco años de comunismo que pasó Europa del Este y la propia Rusia, posiblemente sin Revolución de Octubre, no habría sido muy diferente de la actual, una semidemocracia autoritaria.
En fin, que deberíamos ver menos películas sobre el desembarco en Normandía y Pearl Harbour y estudiar un poco más la I Guerra Mundial, que es la fetén.
El caso es que, siendo budista, Tiburcio creerá, digo yo, en la reencarnación. Nunca se lo he preguntado, pero lo doy por hecho, porque para alguien que se sabe incapaz de hacer cosas tan placenteras como dedicarse a estallar las pompitas de los plásticos de embalaje (o si no, ya me diréis cómo se las arregla un elefante para hacerlo), es una indudable ilusión creer en una vida posterior en la que ello será posible. La teoría, además, explicaría la mala leche de Tiburcio. Si no estoy equivocado, la reencarnación se basa en la creencia de que se viven muchas vidas y son los méritos de la vida n-1 los que deciden en qué te reencarnarás en la vida n. Si partimos de la base teórica (discutible, cierto es) de que en la escala de los seres vivos un elefante es un ser inferior al registrador de la propiedad, deberemos colegir que el hecho de que Tiburcio sea un elefante y no un registrador de la propiedad se debe a algún defecto suyo; y yo apostaría por su mala leche.
Toda esta cadena de chorradas la escribo para sustentar un hecho que este blog hace cada vez más incontrovertible: en una vida anterior, Tiburcio debió ser elefante de guerra. No sé si númida, cartaginés o persa. No sé si lo habrán montado (con perdón) Yugurta, Atila o Artajerjes. Pero que a este chico le gusta la guerra más que a mí los Solano Classic, está fuera de toda duda. Hoy, en este post, nos habla, cómo no, de guerra. De la grande, de la definitiva; de la, como dice él, guerra fetén. Y tiene razón. La segunda guerra mundial tiene mucho atractivo por esas cosas de Hitler y el cine y tal. Pero, para guerra, ciertamente, la que hubo antes, la primera.
Os dejo con Ina, aunque yo tocaré los cataplines alguna vez, entre corchetes, porque entre las cosas que él os va a contar hay alguna que me peta precisar.
La guerra fetén. By Tiburcio Samsa.
La II Guerra Mundial no fue más que la repetición con más medios de la I Guerra Mundial. Fue muy vistosa, pero no hizo más que confirmar los resultados de la I Guerra Mundial, que fue donde de verdad se repartió el bacalao. Podemos decir que la Historia del siglo XX ha consistido en ver qué hacíamos con el legado de la I Guerra Mundial.
¿Cuál fue ese legado de la I Guerra Mundial con el que llevamos casi un siglo intentando sobrevivir? Yo lo resumiría en los siguientes puntos:
* Emergencia de Estados Unidos como superpotencia. A comienzos del siglo XX, la economía norteamericana ya se había aproximado en términos de producción a la europea. En 1914 Estados Unidos ya era una potencia mundial con la que había que contar, aunque muchos europeos, afectados de ombliguismo, no quisieran verlo. Sin la Gran Guerra, tal vez Estados Unidos habría entrado en el tablero mundial como una gran potencia entre otras grandes potencias. La Gran Guerra permitió que Estados Unidos adelantase a las potencias europeas. A su término Europa estaba endeudada con Estados Unidos, cuya tardía intervención salvó el día para los aliados.
[Siendo cierto este análisis, creo debe completarse con un viaje que Estados Unidos había iniciado ya décadas atrás, y es el abandono del aislacionismo. En tiempos de Teddy Roosevelt, Estados Unidos comienza a reflexionar sobre que tiene un papel que jugar en el mundo y que no puede circunscribirse a la acción exclusiva dentro de América, tal y como propugnaba la denominada doctrina Monroe. No fue un proceso ni fácil ni corto: otro Roosevelt, Franklin Delano, tuvo muchísimas dificultades para romperlo varias décadas después, hasta el punto de especularse que conocía los planes de ataque de Pearl Harbour, pero que dejó que la agresión se produjese para poder tener una razón de entrar en la guerra.]
La II Guerra Mundial fue una repetición y ampliación de la jugada. Mientras que británicos y franceses tal vez hubieran podido derrotar a los alemanes sin ayuda en 1918, en 1940 no lo hubieran podido hacer sin la intervención norteamericana. Incluso puede afirmarse que sin los armamentos que Estados Unidos proporcionó a la URSS en 1941 y 1942, tal vez los alemanes hubieran podido derrotarla en el invierno de 1941. Si al término de la Gran Guerra Estados Unidos podía ser visto como un primus inter pares, al término de la II Guerra Mundial era como el primo de zumosol cargado de esteroides e inyectado de hormona del crecimiento.
* Conflicto árabe-israelí. Es probable que en Oriente Medio hubiera habido tortas en cualquier caso. Muchos años antes de la I Guerra Mundial, los sionistas habían iniciado su movimiento para crear un estado judío en Palestina. Lo que cambió las cosas fue la Declaración Balfour de 1917, por la que Gran Bretaña se comprometía a la creación de un hogar nacional judío en Palestina [también cierto, aunque yo creo que mucho más importante fue el acuerdo Sykes-Picott]. Eso fue como azuzar un avispero. En vísperas de la II Guerra Mundial las espadas entre árabes y judíos ya estaban más que levantadas. La II Guerra Mundial lo que hizo fue acelerar la creación de un estado de Israel, que en todo caso se hubiera acabado creando con o sin guerra.
Otro efecto de la Gran Guerra fue el mapa de Oriente Medio tal y como lo conocemos. Los británicos y marginalmente los franceses ocuparon las regiones no-turcas del Imperio Otomano. En la Conferencia de El Cairo de 1921 los británicos con una parte de frivolidad y otra de improvisación delinearon las fronteras de Oriente Medio. Iraq surgió como reino porque tenía petróleo y había que satisfacer a los hashemitas a los que se les habían hecho muchas promesas incumplidas. Jordania era un trozo de desierto que se convirtió en país para satisfacer a otro príncipe hashemita. Palestina quedó como un protectorado británico, que debía de servir para proteger al Canal de Suez de ataques procedentes del norte y el este. Arabia Saudí se formó con los trozos de desierto que no interesaban a nadie, más que a los saudíes a los que había que recompensar por su ayuda en la guerra, aunque fuera a costa de los hashemitas que controlaban el Hedjaz.
En resumen, la Gran Guerra nos dejó un mapa de Oriente Medio manifiestamente mejorable y la II Guerra Mundial no cambió nada de eso.
* Desaparición del Imperio Austro-Húngaro. Desde el siglo XVI el Imperio de los Habsburgos había controlado el centro de Europa y había ofrecido estabilidad en esa zona. El Imperio Habsburgo entró en el siglo XX muy tocado del ala. Sus estructuras obsoletas no eran las más indicadas para hacer frente a los nuevos nacionalismos. Es posible que incluso sin Gran Guerra el Imperio Habsburgo no hubiese sobrevivido. Pero sin la Gran Guerra, tal vez la ruptura habría sido menos traumática y las fronteras resultantes más lógicas (por citar algunos ejemplos: las mayorías húngaras de la Transilvania, hoy rumana, y la Voivodina, hoy serbia, habrían podido permanecer dentro de Hungría; se habría mantenido la distinción entre serbios y croatas y no se les habría unido en un inestable Reino de Yugoslavia; la Austria post-imperial habría podido integrarse en Alemania de una manera menos violenta que la del Anschluss hitleriano…). Sí, seguramente sin la Gran Guerra no habríamos conocido los conflictos balcánicos de los años 90.
* El inicio del fin de los imperios coloniales europeos. Durante la Gran Guerra se pidió a algunas de las colonias un esfuerzo bélico importante, lo que tuvo consecuencias de cara al surgimiento en ellas de una conciencia nacional. Australia (que no era técnicamente una colonia) recuerda especialmente el desembarco de Gallipoli, donde murieron miles de australianos. Las tropas indias fueron claves en la campaña de Mesopotamia. Muchos senegaleses murieron en las fronteras francesas.
De más trascendencia fueron los Doce Puntos del Presidente Wilson para lograr una paz justa y duradera. No fueron pocos los que advirtieron el doble rasero de reconocer los derechos de las minorías nacionales en Europa y olvidarse de los de los pueblos colonizados. Una señal de que ya no era tan sencillo colonizar como antes de 1914 fue el hecho de que las colonias de los vencidos se entregaran a los vencedores en calidad de mandatos, no de colonias. Tal vez de facto no pareciera muy relevante, pero ya indicaba hacia dónde se encaminaba la sociedad internacional.
Hay una última consecuencia de la I Guerra Mundial que influyó sobre el siglo XX, pero cuya influencia ya ha expirado: el triunfo del comunismo. La Rusia zarista anterior a la guerra estaba industrializándose y había iniciado unas tímidas reformas liberalizadoras. Es seguro que sin la Gran Guerra, el comunismo no habría triunfado. Y no lo digo yo, lo pensaba Lenin que en los años previos a la guerra se encontraba alicaído, viendo que nunca triunfarían.
Lo curioso es que el comunismo, que fue una de las ideologías en alza en el período de entreguerras y que fue la ideología rival del capitalismo durante la Guerra Fría, se ha desvanecido del tablero sin dejar más que unas cuantas repúblicas populares exóticas (Cuba, Corea del Norte y poco más) y unos partidos comunistas que, o no tienen posibilidades de alcanzar el poder o, cuando las tienen, se comportan más como socialdemócratas que como comunistas. Supongo que dentro de unos siglos veremos el comunismo como vemos a Atila, a Tamerlán, o a Ajnatón, torbellinos históricos que pasaron como un vendaval por la Historia, pero que apenas dejaron rastro. No creo que la Europa actual hubiese sido muy diferente sin los cuarenta y cinco años de comunismo que pasó Europa del Este y la propia Rusia, posiblemente sin Revolución de Octubre, no habría sido muy diferente de la actual, una semidemocracia autoritaria.
En fin, que deberíamos ver menos películas sobre el desembarco en Normandía y Pearl Harbour y estudiar un poco más la I Guerra Mundial, que es la fetén.
martes, septiembre 18, 2007
El primer Borbón motorizado
Imaginaros esta escena: un día, en su voluntad por hacer cada vez más dinero, los fabricantes de los coches de Fórmula 1, ésos que conducen Fernando Alonso y el pérfido Lewis Hamilton, deciden poner a la venta réplicas de esos coches para el uso particular. En fin, si lo compras no puedes pasarlo de 120 kilómetros a la hora pero, al fin y al cabo, como dicen los sajones, it’s up to you. Automáticamente, todos los aficionados a la velocidad con suficiente dinero tratan de hacerse con uno.
Uno de esos aficionados resulta ser Juan Carlos I, rey de España. El rey, en efecto, decide comprarse con su pasta un coche de Fórmula 1. Y lo que provoca con esa decisión es una reunión del gobierno. Los ministros de Zapatero y el propio Zapatero se reúnen en Moncloa para alcanzar el acuerdo unánime de solicitar al rey que no se compre el coche.
Un gobierno solicitando al jefe del Estado que no se compre un coche. ¿Podéis imaginar una situación más gilipollas?
Pues no me la he inventado. Ocurrió, no con Juan Carlos de Borbón sino con su abuelo, Alfonso XIII; y, lógicamente, no era Zapatero quien presidía el gobierno, sino el mallorquín Antonio Maura.
Ocurrió a principios de siglo, más concretamente en 1904. En aquel entonces, Alfonso XIII era poco más que un adolescente imberbe que ya era rey a causa de la prematura muerte, algunos años antes, de su padre Alfonso XII. En España apenas había automóviles, y los que había eran caprichos de aristócratas millonarios. Sin embargo, tener coche empezaba a ser de lo más chic, y sabido es que a los reyes estas cosas de lo que está de moda les suelen molar bastante.
Alfonso decidió comprarse varios coches en Francia, que entonces era el principal constructor europeo de estas máquinas. A sus 18 años y compartiendo esa característica genética de los Borbones, que siempre han sido muy deportistas (de hecho, por alguna extraña razón los miembros de las familias reales, pudiendo elegir ser matemáticos, ingenieros, pintores, novelistas o antropólogos, casi siempre deciden dedicarse al deporte), el rey Alfonso quería un coche para sacarlo por ahí y ponerlo a buena velocidad. Ya hemos dicho, además, que tener coche entonces era cosa de aristócratas y éstos, la verdad, lo primero que hacían nada más estrenar el buga era ir a enseñárselo a su majestad, en parte para que se habituase a la novedad, en parte, hemos de suponer, para darle en todo el bebe: tú serás majestad, Majestad, pero no tienes coche. Ajo y agua.
Lo que no era el coche entonces es medio de transporte de fiar. O sea, servía para correr, para subir y bajar cuestas y para chulearse de pilotaje y tal; pero el coche servir, servir, lo que se dice servir, para el transporte personal, no servía. Las carreteras, en primer lugar, eran una puñetera mierda, y así siguieron hasta el magno plan de carreteras puesto en marcha en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, o sea veinte años después de los tiempos que ahora relatamos. En segundo lugar, la mecánica de los vehículos era compleja y en casos torpe, así pues lo normal es que cualquier coche, pasados unos cuantos kilómetros, se estropease sin causa aparente, como hacen hoy los sistemas operativos; y como no solía haber talleres, la reparación corría a cargo de los propios viajeros, motivo por el cual en aquel entonces a los chóferes se les llamaba mecánicos. Y, por último, está el asunto de que, como todavía no existían las competiciones de la Fórmula 1 para poner a prueba los neumáticos, las ruedas eran otra puñetera mierda, así pues si no fallaba la mecánica fallaban éstas. Cuando alguien quería de verdad llegar a algún sitio, iba en carreta, en ferrocarril o andando. Pero no en coche porque si iba en coche sabía que no llegaría.
Esta inutilidad del automóvil, que hoy debemos explicar para poder situarnos, animó, dentro del gobierno, la discusión sobre si era lógico que el rey se comprase los putos coches franceses. A los ministros, además, les preocupaba enormemente el asunto de la velocidad. A la monarquía borbónica ya le había pasado el finiquito rozando con la inesperada muerte de Alfonso XII, que sólo por los pelos dejó heredero varón sobre este mundo, y al gobierno no le hacía gracia que su hijo pusiera en peligro su integridad física haciendo el cabra por las corredoiras patrias. Alfonso tenía 18 años y no había generado aún descendencia; a lo que hay que unir que su familia colateral, que habría de sustituirle en la línea dinástica caso de que se arrease una hostia al volante y la palmase, no era en modo alguno del gusto de las fuerzas izquierdistas del país, por lo que su eventual elevación sería fuente de problemas enormes. Era necesario que el rey pariese varones, pues, y el automóvil aparecía como un obstáculo objetivo para ello (algo que hoy sabemos que es incierto, pues en el interior de los coches se han diseñado, y se siguen diseñando, un montón de varones y hembras).
Hemos de pensar, además, que buena parte de los ministros de aquel gobierno eran provectos. Y ser viejo en 1904 significaba haber nacido allá por 1830 o similar; es lógico que guardasen hacia el automóvil la misma prevención que los ancianos de hoy en día tienen hacia los cachivaches que usan sus bisnietos. El coche era entonces al ministro jubilado lo que el Bluetooth es hoy a la tía abuela Remorina. El principal opositor al coche en el seno del gobierno fue Faustino Rodríguez San Pedro, que entonces contaría más de setenta años, aunque, a pesar de ello, demostró capacidades sobradas para haberse dedicado, en otro tiempo, a diseñar crash tests y otras pruebas de seguridad al volante. Don Faustino, a la sazón ministro de Estado (Asuntos Exteriores), argumentó ante el resto del gobierno que la distancia entre asientos traseros y delanteros de los automóviles era muy corta, lo cual hacía al vehículo peligroso. No inventó el cinturón de seguridad de pura chiripa. En lo que sí se equivocó el Moratinos de aquellos tiempos fue al vaticinar que los automóviles caerían pronto en desuso, que eran flor de un día.
Antonio Maura, pues, quedó obligado de transmitir al joven rey la decisión del gobierno de solicitarle que no comprase los coches. Aunque Alfonso no se quejó delante de él, todo parece indicar que se cogió un mosqueo del cuarenta y dos. Primero, porque ya había encargado los coches, y se sentía por lo tanto obligado a recibirlos. Segundo, porque, como a cualquier adolescente, le parecería que aquellos ancianos calaveras eran unos siesos aburridos que querían putearle.
Era entonces costumbre en España, costumbre que ya no se seguía casi en ningún otro país europeo, que el rey y el jefe de gobierno despachasen los asuntos diariamente. Para las ocasiones en las que el rey no estaba en Madrid, normalmente de vacaciones, existía una figura, que era el llamado ministro de jornada, que era un miembro del gobierno encargado de sustituir al primer ministro en los despachos. Todo parece indicar que el verano de 1904 se lo pasó el joven rey Alfonso protestando casi diariamente por el asunto de los automóviles. Manuel Allendesalazar, ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas y, además, ministro de jornada en septiembre de 1904, le escribe a Maura desde San Sebastián, con fecha 10 de dicho mes, que el rey «a diario busca el tema» durante los despachos. O sea, cabe imaginarse al joven Borbón diciendo algo así como: «Bueno, señor ministro, todo eso de las subvenciones al olivo está muy bien, pero, ¿qué hay de mis coches?».
Según el testimonio de Allendesalazar, el rey argumentaba que estaba dispuesto a someterse a todas las reglas de prudencia que se le impusiesen, o sea que prometía que no le iba a pisar... demasiado. Pero que, a cambio, le costaba asumir que se le prohibiese conducir. Tanto es así que Alfonso, que como hemos dicho había pagado los vehículos con su pasta, acabó anunciando que los iba a comprar sí o sí. El gobierno, ante los hechos consumados, decidió que en lugar de llegar a San Sebastián fuesen a Madrid, para poder tenerlos controlados; quedando en la ciudad donde veraneaba el rey tan sólo una berlina eléctrica, «como muchas que usan las señoras», explica Allendesalazar en su carta. Cabe asumir que la tal berlina no corría una mierda.
La postura del gobierno español no podía ser más anacrónica. El rey español no era ya ni de lejos la primera testa coronada europea que se compraba un automóvil. Aunque, quizá, otros colegas majestuosos fuesen más prudentes al volante que él. Luego veremos por qué.
No está claro hasta qué punto esta chorrada malquistó al rey con Maura y sus ministros. Poco tiempo después de estos dimes y diretes, se produjo una crisis en la que cayó el gobierno Maura; una crisis a raíz de la cual el rey Alfonso ha sido tildado, no pocas veces, de caprichoso y veleta. Había que proveer el puesto de Jefe del Estado Mayor Central. El general Linares, ministro de la Guerra, tenía un candidato que era el general Loño. Sin embargo, Alfonso XIII se negó, aseverando que el puesto tenía que ser para otro militar, el marqués de Polavieja. Todo el gobierno se declaró a favor de la candidatura de Loño y la respuesta de Alfonso XIII fue mantener su predilección por Polavieja y aceptar la renuncia de los ministros. De todos.
Sin duda, lo mejor que se puede decir de la actitud del rey en este punto es que se extralimitó. Por mucho que, constitucionalmente, tuviese la potestad de hacer lo que hizo, la mínima lógica derivada del ejercicio de un poder arbitral como el de un rey dicta que sólo razones potísimas pueden justificar la negativa a aceptar el nombramiento para un algo cargo militar de una persona apoyada, no ya por el ministro del ramo, que debería bastar, sino del gobierno entero. Dado que el rey hoy tiene poderes mucho más recortados, deberemos acudir a la analogía con el presidente del gobierno. Es como si Zapatero recibiese la propuesta de un ministro para nombrar subsecretario de su departamento, se empeñase en defender a otro candidato y, además, al encontrarse con que todos los ministros apoyaban la propuesta de su compañero, los cesara a todos. Si eso hiciera, la prensa le daría la del pulpo, como es de ley.
¿Tuvo algo que ver en esta reacción excesiva, caprichosa y torpe del rey que estuviese previamente calentado con el asunto de los coches? La mayor parte de los historiadores piensa que no. Pero, claro, eso es algo que no podemos saber, a menos que algún día aparezcan unas memorias del Borbón.
De todas formas, todo parece indicar que Alfonso se salió con la suya: recibió los coches y, además, se dedicó a correr con ellos. En una carta remitida a Maura el 4 de agosto de 1907 por el senador Marcelo Azcárraga, éste introduce este jugoso párrafo:
Personas allegadas a la Casa Real creen que las grandes velocidades y los largos viajes en automóvil han perdido bastante en la afición del Rey, pues en el último, verificado de La Granja a San Sebastián, la Reina llegó muy estropeada, el Rey aburrido, los automóviles rotos y deshechos. El único que llegó bien fue un Renault de 24-30 HP, y se le oyó decir al rey: «Éste, por lo menos, es seguro».
O sea: fue ella. Como en tantos otros matrimonios patrios, fue ella, la señora, la que dijo: Alfonso, a mí no me vuelves a llevar así; o dejas de correr, o me voy en taxi. Pero que a él le gustaba pisarle, creo que es algo que queda fuera de toda duda.
Y es que a aquel Borbón, según todas las apariencias, le gustaban las actividades border line más que a mí la morcilla de arroz. En una carta al presidente del gobierno, fechada en Sevilla el 25 de febrero de 1909 (poco tiempo después de un viaje a Francia donde había asistido a las primeras demostraciones de aeroplanos), el propio rey introduce este párrafo:
Confieso que me costó bárbaramente no subir en el aeroplano de Wright, pues a la vista es más seguro que un automóvil: hace lo que quiere y, además, parece que se mueve en el vacío. Pero, en fin, ya me han salido dos muelas de juicio, y se impusieron.
Genio y figura…
Uno de esos aficionados resulta ser Juan Carlos I, rey de España. El rey, en efecto, decide comprarse con su pasta un coche de Fórmula 1. Y lo que provoca con esa decisión es una reunión del gobierno. Los ministros de Zapatero y el propio Zapatero se reúnen en Moncloa para alcanzar el acuerdo unánime de solicitar al rey que no se compre el coche.
Un gobierno solicitando al jefe del Estado que no se compre un coche. ¿Podéis imaginar una situación más gilipollas?
Pues no me la he inventado. Ocurrió, no con Juan Carlos de Borbón sino con su abuelo, Alfonso XIII; y, lógicamente, no era Zapatero quien presidía el gobierno, sino el mallorquín Antonio Maura.
Ocurrió a principios de siglo, más concretamente en 1904. En aquel entonces, Alfonso XIII era poco más que un adolescente imberbe que ya era rey a causa de la prematura muerte, algunos años antes, de su padre Alfonso XII. En España apenas había automóviles, y los que había eran caprichos de aristócratas millonarios. Sin embargo, tener coche empezaba a ser de lo más chic, y sabido es que a los reyes estas cosas de lo que está de moda les suelen molar bastante.
Alfonso decidió comprarse varios coches en Francia, que entonces era el principal constructor europeo de estas máquinas. A sus 18 años y compartiendo esa característica genética de los Borbones, que siempre han sido muy deportistas (de hecho, por alguna extraña razón los miembros de las familias reales, pudiendo elegir ser matemáticos, ingenieros, pintores, novelistas o antropólogos, casi siempre deciden dedicarse al deporte), el rey Alfonso quería un coche para sacarlo por ahí y ponerlo a buena velocidad. Ya hemos dicho, además, que tener coche entonces era cosa de aristócratas y éstos, la verdad, lo primero que hacían nada más estrenar el buga era ir a enseñárselo a su majestad, en parte para que se habituase a la novedad, en parte, hemos de suponer, para darle en todo el bebe: tú serás majestad, Majestad, pero no tienes coche. Ajo y agua.
Lo que no era el coche entonces es medio de transporte de fiar. O sea, servía para correr, para subir y bajar cuestas y para chulearse de pilotaje y tal; pero el coche servir, servir, lo que se dice servir, para el transporte personal, no servía. Las carreteras, en primer lugar, eran una puñetera mierda, y así siguieron hasta el magno plan de carreteras puesto en marcha en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, o sea veinte años después de los tiempos que ahora relatamos. En segundo lugar, la mecánica de los vehículos era compleja y en casos torpe, así pues lo normal es que cualquier coche, pasados unos cuantos kilómetros, se estropease sin causa aparente, como hacen hoy los sistemas operativos; y como no solía haber talleres, la reparación corría a cargo de los propios viajeros, motivo por el cual en aquel entonces a los chóferes se les llamaba mecánicos. Y, por último, está el asunto de que, como todavía no existían las competiciones de la Fórmula 1 para poner a prueba los neumáticos, las ruedas eran otra puñetera mierda, así pues si no fallaba la mecánica fallaban éstas. Cuando alguien quería de verdad llegar a algún sitio, iba en carreta, en ferrocarril o andando. Pero no en coche porque si iba en coche sabía que no llegaría.
Esta inutilidad del automóvil, que hoy debemos explicar para poder situarnos, animó, dentro del gobierno, la discusión sobre si era lógico que el rey se comprase los putos coches franceses. A los ministros, además, les preocupaba enormemente el asunto de la velocidad. A la monarquía borbónica ya le había pasado el finiquito rozando con la inesperada muerte de Alfonso XII, que sólo por los pelos dejó heredero varón sobre este mundo, y al gobierno no le hacía gracia que su hijo pusiera en peligro su integridad física haciendo el cabra por las corredoiras patrias. Alfonso tenía 18 años y no había generado aún descendencia; a lo que hay que unir que su familia colateral, que habría de sustituirle en la línea dinástica caso de que se arrease una hostia al volante y la palmase, no era en modo alguno del gusto de las fuerzas izquierdistas del país, por lo que su eventual elevación sería fuente de problemas enormes. Era necesario que el rey pariese varones, pues, y el automóvil aparecía como un obstáculo objetivo para ello (algo que hoy sabemos que es incierto, pues en el interior de los coches se han diseñado, y se siguen diseñando, un montón de varones y hembras).
Hemos de pensar, además, que buena parte de los ministros de aquel gobierno eran provectos. Y ser viejo en 1904 significaba haber nacido allá por 1830 o similar; es lógico que guardasen hacia el automóvil la misma prevención que los ancianos de hoy en día tienen hacia los cachivaches que usan sus bisnietos. El coche era entonces al ministro jubilado lo que el Bluetooth es hoy a la tía abuela Remorina. El principal opositor al coche en el seno del gobierno fue Faustino Rodríguez San Pedro, que entonces contaría más de setenta años, aunque, a pesar de ello, demostró capacidades sobradas para haberse dedicado, en otro tiempo, a diseñar crash tests y otras pruebas de seguridad al volante. Don Faustino, a la sazón ministro de Estado (Asuntos Exteriores), argumentó ante el resto del gobierno que la distancia entre asientos traseros y delanteros de los automóviles era muy corta, lo cual hacía al vehículo peligroso. No inventó el cinturón de seguridad de pura chiripa. En lo que sí se equivocó el Moratinos de aquellos tiempos fue al vaticinar que los automóviles caerían pronto en desuso, que eran flor de un día.
Antonio Maura, pues, quedó obligado de transmitir al joven rey la decisión del gobierno de solicitarle que no comprase los coches. Aunque Alfonso no se quejó delante de él, todo parece indicar que se cogió un mosqueo del cuarenta y dos. Primero, porque ya había encargado los coches, y se sentía por lo tanto obligado a recibirlos. Segundo, porque, como a cualquier adolescente, le parecería que aquellos ancianos calaveras eran unos siesos aburridos que querían putearle.
Era entonces costumbre en España, costumbre que ya no se seguía casi en ningún otro país europeo, que el rey y el jefe de gobierno despachasen los asuntos diariamente. Para las ocasiones en las que el rey no estaba en Madrid, normalmente de vacaciones, existía una figura, que era el llamado ministro de jornada, que era un miembro del gobierno encargado de sustituir al primer ministro en los despachos. Todo parece indicar que el verano de 1904 se lo pasó el joven rey Alfonso protestando casi diariamente por el asunto de los automóviles. Manuel Allendesalazar, ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas y, además, ministro de jornada en septiembre de 1904, le escribe a Maura desde San Sebastián, con fecha 10 de dicho mes, que el rey «a diario busca el tema» durante los despachos. O sea, cabe imaginarse al joven Borbón diciendo algo así como: «Bueno, señor ministro, todo eso de las subvenciones al olivo está muy bien, pero, ¿qué hay de mis coches?».
Según el testimonio de Allendesalazar, el rey argumentaba que estaba dispuesto a someterse a todas las reglas de prudencia que se le impusiesen, o sea que prometía que no le iba a pisar... demasiado. Pero que, a cambio, le costaba asumir que se le prohibiese conducir. Tanto es así que Alfonso, que como hemos dicho había pagado los vehículos con su pasta, acabó anunciando que los iba a comprar sí o sí. El gobierno, ante los hechos consumados, decidió que en lugar de llegar a San Sebastián fuesen a Madrid, para poder tenerlos controlados; quedando en la ciudad donde veraneaba el rey tan sólo una berlina eléctrica, «como muchas que usan las señoras», explica Allendesalazar en su carta. Cabe asumir que la tal berlina no corría una mierda.
La postura del gobierno español no podía ser más anacrónica. El rey español no era ya ni de lejos la primera testa coronada europea que se compraba un automóvil. Aunque, quizá, otros colegas majestuosos fuesen más prudentes al volante que él. Luego veremos por qué.
No está claro hasta qué punto esta chorrada malquistó al rey con Maura y sus ministros. Poco tiempo después de estos dimes y diretes, se produjo una crisis en la que cayó el gobierno Maura; una crisis a raíz de la cual el rey Alfonso ha sido tildado, no pocas veces, de caprichoso y veleta. Había que proveer el puesto de Jefe del Estado Mayor Central. El general Linares, ministro de la Guerra, tenía un candidato que era el general Loño. Sin embargo, Alfonso XIII se negó, aseverando que el puesto tenía que ser para otro militar, el marqués de Polavieja. Todo el gobierno se declaró a favor de la candidatura de Loño y la respuesta de Alfonso XIII fue mantener su predilección por Polavieja y aceptar la renuncia de los ministros. De todos.
Sin duda, lo mejor que se puede decir de la actitud del rey en este punto es que se extralimitó. Por mucho que, constitucionalmente, tuviese la potestad de hacer lo que hizo, la mínima lógica derivada del ejercicio de un poder arbitral como el de un rey dicta que sólo razones potísimas pueden justificar la negativa a aceptar el nombramiento para un algo cargo militar de una persona apoyada, no ya por el ministro del ramo, que debería bastar, sino del gobierno entero. Dado que el rey hoy tiene poderes mucho más recortados, deberemos acudir a la analogía con el presidente del gobierno. Es como si Zapatero recibiese la propuesta de un ministro para nombrar subsecretario de su departamento, se empeñase en defender a otro candidato y, además, al encontrarse con que todos los ministros apoyaban la propuesta de su compañero, los cesara a todos. Si eso hiciera, la prensa le daría la del pulpo, como es de ley.
¿Tuvo algo que ver en esta reacción excesiva, caprichosa y torpe del rey que estuviese previamente calentado con el asunto de los coches? La mayor parte de los historiadores piensa que no. Pero, claro, eso es algo que no podemos saber, a menos que algún día aparezcan unas memorias del Borbón.
De todas formas, todo parece indicar que Alfonso se salió con la suya: recibió los coches y, además, se dedicó a correr con ellos. En una carta remitida a Maura el 4 de agosto de 1907 por el senador Marcelo Azcárraga, éste introduce este jugoso párrafo:
Personas allegadas a la Casa Real creen que las grandes velocidades y los largos viajes en automóvil han perdido bastante en la afición del Rey, pues en el último, verificado de La Granja a San Sebastián, la Reina llegó muy estropeada, el Rey aburrido, los automóviles rotos y deshechos. El único que llegó bien fue un Renault de 24-30 HP, y se le oyó decir al rey: «Éste, por lo menos, es seguro».
O sea: fue ella. Como en tantos otros matrimonios patrios, fue ella, la señora, la que dijo: Alfonso, a mí no me vuelves a llevar así; o dejas de correr, o me voy en taxi. Pero que a él le gustaba pisarle, creo que es algo que queda fuera de toda duda.
Y es que a aquel Borbón, según todas las apariencias, le gustaban las actividades border line más que a mí la morcilla de arroz. En una carta al presidente del gobierno, fechada en Sevilla el 25 de febrero de 1909 (poco tiempo después de un viaje a Francia donde había asistido a las primeras demostraciones de aeroplanos), el propio rey introduce este párrafo:
Confieso que me costó bárbaramente no subir en el aeroplano de Wright, pues a la vista es más seguro que un automóvil: hace lo que quiere y, además, parece que se mueve en el vacío. Pero, en fin, ya me han salido dos muelas de juicio, y se impusieron.
Genio y figura…
viernes, septiembre 14, 2007
SEAT
Para cualquier persona que esté un poco interesada en el mundo de los coches, las siglas SEAT (pues eso fueron, unas siglas) no le pasarán desapercibidas. En efecto, los SEAT son una parte del paisaje de nuestras ciudades y carreteras. Sin embargo, conforme España se vaya llenando de personas más y más jóvenes, SEAT dejará de ser, progresivamente, lo que fue: quizás, el más ambicioso sueño industrial de aquella España, la del franquismo, que iba a todas luces perdiendo la carrera del desarrollo económico frente al resto de Europa.
Ciertamente, casi todos los grandes desarrollos de negocio en España son fruto de monopolios o de oligopolios: Telefónica es lo que es hoy gracias a las décadas en las que explotó en solitario el negocio de las telecomunicaciones en España; los orígenes de Repsol son la antigua CAMPSA, la ENP (Empresa Nacional del Petróleo) y Butano, todas ellas monopolísticas; Tabacalera, que creo que ahora se llama Altadis y está a punto de ser vendida, fue durante mucho tiempo el único vendedor de tabaco autorizado en España (neto de don Juan March, claro). Son pocos los casos de empresas surgidas en España en un entorno de desarrollo competitivo y, de ellos, SEAT es, quizá, el que mayor significado social e histórico tiene.
SEAT se llamó primero SIAT, que eran las siglas de la Sociedad Ibérica de Automóviles de Turismo, creada en 1940, apenas terminada la guerra civil pues, por un banco de tamaño mediano con especial vocación por participar en proyectos industriales: el Banco Urquijo. Viajados que serían, sabían los hombres del Urquijo que en toda Europa comenzaba a pitar fuerte (nunca mejor dicho) el negocio automovilístico. En España ya había habido experiencias de fabricación de vehículos, por ejemplo los bellísimos Hispano-Suiza, que habían quedado más o menos cortados con la guerra. Hacía falta un fabricante en masa, capaz de producir para saciar la demanda que, con seguridad, acabaría produciéndose.
Eso sí, en España nadie, o casi nadie, sabía de construir coches, motivo por el cual desde el primer momento se buscó un primo de Zumosol, eso que en el mundo de los negocios se llama un socio tecnológico. Resultó ser la italiana FIAT, la multinacional de la familia Agnelli. Juntos, banqueros e italiano se fueron a ver al gobierno; pues, en aquellos años de autarquía, era impensable lanzar un proyecto de estas proporciones sin la anuencia de El Pardo. A Franco, aquella oferta le vino genial, embarcado como estaba en la creación de un grupo industrial público, el Instituto Nacional de Industria (INI), destinado, en la cabeza de los gestores económicos del régimen, a servir de locomotora del crecimiento industrial español. En 1950 se creó la Sociedad Española de Automóviles de Turismo, SEAT. El Estado español se reservó el control (51%), mientras el resto se lo repartían los bancos y los italianos.
SEAT tardó tres años en comenzar a producir, con una total dependencia respecto de FIAT. El primer modelo que produjo, el SEAT 1.430, era una copia del FIAT 1.430. A partir de 1957, no obstante, SEAT entra en el mito social español con el comienzo de la fabricación del SEAT 600, copia del modelo italiano del mismo nombre.
El Seiscientos es el utilitario por excelencia. Todos o casi todos los españoles que tenemos hoy cuarenta o más años hemos pasado nuestra infancia haciendo viajes en Seiscientos. Tener un Seiscientos se convirtió en la seña de prosperidad personal por excelencia. Era un coche (por lo menos el de mi padre) ruidoso, maloliente e incómodo; pero eso lo hemos sabido muchos años después de montar en él, cuando hemos descubierto la cantidad de elementos de confort que se le puede llegar a incorporar a un automóvil.
En 1957, la fábrica de SEAT todavía era apenas capaz de sacar por la puerta unos 10 coches diarios, lo cual es muy poco. En realidad, durante mucho tiempo la demanda fue muy por delante de la oferta y es por ello que los Seiscientos, como otros coches, se vendían en España con lista de espera; una lista de espera que, en ocasiones, era de varios, largos, meses. No obstante, la producción no dejó de aumentar, alcanzando su máximo en 1970, año en el que SEAT proveía al mercado con más de 210 Seiscientos diarios.
Los años sesenta fueron los años inolvidables de SEAT. Cada cinco años, la sociedad doblaba sus ventas y tenía una posición preeminente dentro del mercado interior. No obstante, no son pocos los que consideran que fue, precisamente, en esos años tan buenos cuando SEAT cavó en parte su tumba como empresa independiente. La empresa no hizo prácticamente ningún esfuerzo por sacudirse la dependencia respecto de su hermano mayor y, de hecho, no abordó prácticamente ninguna investigación. Y nosotros sabemos ahora en qué consiste el mercado de los automóviles, que cada año le incorpora a los vehículos un equipamiento más, alguna novedad de seguridad, de confort o de otro tipo, que diferencia a los modelos nuevos de los antiguos. Muy al contrario, SEAT operó en el mercado como si la fuente de leche y miel que manaba del Seiscientos no fuese a secarse nunca y como si la competencia fuese imposible.
En un movimiento pendular, muy característico de nosotros los hispanos, de esa molicie se pasa a una especie de estrategia de big bang o cambio total. Lo recuerdo bien porque uno de los varios trabajos que a lo largo de su vida tuvo mi padre fue, precisamente, vender coches en un concesionario coruñés de la SEAT. Y me acuerdo de que, siendo yo un niño, fue a Barcelona a una reunión de ventas y, a la vuelta, nos anunció: «¡Van a dejar de fabricar el Seiscientos!» Y lo dijo con el mismo tono con que hubiese anunciado la intención de Franco de declarar a España Nación Masona, o el que utilizaríamos hoy para dar la noticia de que Andreu Buenafuente ficha a José María Aznar de tertuliano.
En efecto: SEAT quería abandonar, o mejor diríamos dejar de centrarse en, el segmento de coches más pequeños, más utilitarios. Y llevaba su razón de ser la cosa, porque en España, como en toda Europa, cada vez la gente tenía más pasta, y cuando se tiene más pasta, hay dos cosas que pasan: en las mujeres, su frecuencia de compras aumenta; en los hombres, lo que aumenta es el tamaño y potencia de su coche.
Así pues, el Seiscientos tenía heredero: el SEAT 127, otra antigualla que casi no se ve hoy en día, pero en su tiempo toda una revolución: un coche algo más amplio (la verdad es que el Seiscientos es como un huevo de avestruz con ruedas) y más potente. Pero esto se pensó a principios de los setenta. Y quienes lo pensaban no contaban ni con la guerra del Yon Kippur, ni con el cabreo de la OPEP ni, consecuentemente, con la crisis del petróleo, que mandó al carajo todas esas predicciones. La pasta empezó a escasear y, de hecho, comenzó a ser buen rollo tener un coche pequeño y que gastara poca gasolina. Además, hay que tener en cuenta el proceso, entonces embrionario pero progresivo, de motorización de la mujer, y sabido es que las mujeres tienen preferencias por coches más pequeños y utilitarios que los hombres.
SEAT, con el paso cambiado, pasó en cinco años de vender uno de cada dos coches que se vendían en España a vender uno de cada tres. Y, como nunca se había preocupado de ser una empresa independiente, tampoco tenía grandes exportaciones que echarse a la boca (aparte de que el mundo entero andaba descojonado con lo del petróleo, así pues poco iba a vender).
En 1976, en medio de toda esta merdé, se produce un hecho aún peor: la dinastía Ford, ésa que nosotros pronunciamos sin d y los americanos sin r, pone sus ojos en la hoy Comunidad Valenciana e instala sus reales en Almusafes.
Para SEAT, la llegada de Ford fue la introducción de un matón más en un barrio donde ya era difícil conseguir gente que se dejase chantajear. Los planes de Ford eran, y fueron, apostar fuerte en el mercado español con un modelo, el Fiesta, de gama media. Como el 127.
Estamos más o menos en 1978, y para entonces ya está claro que SEAT no podrá sobrevivir sola. Primero se intenta, que era lo obvio, la alianza con FIAT. Pero los italianos tienen sus propios problemas, pues están fuertemente afectados por la crisis en Italia, así pues, lejos de aceptar, hacen todo lo posible por desvincularse de la empresa, y lo consiguen.
¿Por qué Volkswagen? Pues tiene toda la lógica. De hecho, la colaboración con SEAT, a partir de 1982, que culminaría con la adquisición de la compañía, ha sido largamente beneficiosa para los alemanes. Los coches del pueblo teutones tenían una reducidísima cuota de mercado en España y, merced a los acuerdos de SEAT, accedieron a la red de ventas y asistencia técnica más desarrollada que existía en dicho mercado (y esto no lo digo porque mi padre formara parte de ella; pero también, qué coño). Esto les permitió salpimentar sin problemas nuestras calles de modelos no fabricados en España, como el célebre Golf.
En segundo lugar, VW estaba muy presionado en sus costes por los elevados salarios pagados en Alemania, y fabricar en España (esto es: Zona Franca de Barcelona, Pamplona, Prat del Llobregat y Martorell) le supuso reducirlos con claridad.
En tercer lugar, mediante el acuerdo con SEAT, VW ponía una pica en el último gran mercado europeo por descubrir (hasta la caída del Muro, claro), lo que le permitía abonar un liderazgo continental para el que competía duramente con Fiat.
Eso sí, la empresa estaba en unas condiciones financieras muy comprometidas, lo que hizo necesario que, en los años previos a la privatización, el Estado (o sea, nosotros) pusiera, como accionista, un montón de pasta para poder vender la empresa limpia de polvo y paja. Hasta 250.000 millones de pesetas inyectó en esos pocos años el accionista en SEAT. Con la privatización, aún asumiría el Estado las pérdidas del último año en su accionariado (casi 37.000 millones de pesetas), amén de concederle un crédito de 186.000 millones más.
El gran acierto de SEAT, en esos años, es el modelo Ibiza, idealmente diseñado para un tipo de conductor, joven y crecientemente consumista, que empieza a surgir conforme superamos las crisis del petróleo: la primera, ya citada, y la segunda, provocada por la guerra Irán-Irak. Asimismo, se comienza a producir el Polo con tecnología compartida. Luego, ya siendo alemana, llegará la era del Toledo.
¿Ha superado SEAT esa existencia de incertidumbre casi continua? Pues la verdad es que no. Poco a poco, el fabricante español ha ido perdiendo uno de sus atractivos competitivos, como era el menor coste relativo de fabricar aquí; de hecho, tras la caída del Muro y la adquisición por Volkswagen del fabricante checo Skoda, en realidad la situación ha dado la vuelta. Pero no hay que ser pesimistas. Las cosas también cambian para bien, y uno de esos cambios positivos es el peso que ha adquirido el mercado español de automoción. No fueron pocos los agoreros que, en los años ochenta y noventa, afirmaron que la España del millón de coches de venta anual era una quimera y, sin embargo, se equivocaron. Ojo, pues, con abandonar este mercado, que no es cualquier mercado.
Quizá, alguna de las cosas que le dejemos a nuestros nietos será un modelo SEAT, por supuesto más ecológico que los actuales. ¿Por qué no?
Ciertamente, casi todos los grandes desarrollos de negocio en España son fruto de monopolios o de oligopolios: Telefónica es lo que es hoy gracias a las décadas en las que explotó en solitario el negocio de las telecomunicaciones en España; los orígenes de Repsol son la antigua CAMPSA, la ENP (Empresa Nacional del Petróleo) y Butano, todas ellas monopolísticas; Tabacalera, que creo que ahora se llama Altadis y está a punto de ser vendida, fue durante mucho tiempo el único vendedor de tabaco autorizado en España (neto de don Juan March, claro). Son pocos los casos de empresas surgidas en España en un entorno de desarrollo competitivo y, de ellos, SEAT es, quizá, el que mayor significado social e histórico tiene.
SEAT se llamó primero SIAT, que eran las siglas de la Sociedad Ibérica de Automóviles de Turismo, creada en 1940, apenas terminada la guerra civil pues, por un banco de tamaño mediano con especial vocación por participar en proyectos industriales: el Banco Urquijo. Viajados que serían, sabían los hombres del Urquijo que en toda Europa comenzaba a pitar fuerte (nunca mejor dicho) el negocio automovilístico. En España ya había habido experiencias de fabricación de vehículos, por ejemplo los bellísimos Hispano-Suiza, que habían quedado más o menos cortados con la guerra. Hacía falta un fabricante en masa, capaz de producir para saciar la demanda que, con seguridad, acabaría produciéndose.
Eso sí, en España nadie, o casi nadie, sabía de construir coches, motivo por el cual desde el primer momento se buscó un primo de Zumosol, eso que en el mundo de los negocios se llama un socio tecnológico. Resultó ser la italiana FIAT, la multinacional de la familia Agnelli. Juntos, banqueros e italiano se fueron a ver al gobierno; pues, en aquellos años de autarquía, era impensable lanzar un proyecto de estas proporciones sin la anuencia de El Pardo. A Franco, aquella oferta le vino genial, embarcado como estaba en la creación de un grupo industrial público, el Instituto Nacional de Industria (INI), destinado, en la cabeza de los gestores económicos del régimen, a servir de locomotora del crecimiento industrial español. En 1950 se creó la Sociedad Española de Automóviles de Turismo, SEAT. El Estado español se reservó el control (51%), mientras el resto se lo repartían los bancos y los italianos.
SEAT tardó tres años en comenzar a producir, con una total dependencia respecto de FIAT. El primer modelo que produjo, el SEAT 1.430, era una copia del FIAT 1.430. A partir de 1957, no obstante, SEAT entra en el mito social español con el comienzo de la fabricación del SEAT 600, copia del modelo italiano del mismo nombre.
El Seiscientos es el utilitario por excelencia. Todos o casi todos los españoles que tenemos hoy cuarenta o más años hemos pasado nuestra infancia haciendo viajes en Seiscientos. Tener un Seiscientos se convirtió en la seña de prosperidad personal por excelencia. Era un coche (por lo menos el de mi padre) ruidoso, maloliente e incómodo; pero eso lo hemos sabido muchos años después de montar en él, cuando hemos descubierto la cantidad de elementos de confort que se le puede llegar a incorporar a un automóvil.
En 1957, la fábrica de SEAT todavía era apenas capaz de sacar por la puerta unos 10 coches diarios, lo cual es muy poco. En realidad, durante mucho tiempo la demanda fue muy por delante de la oferta y es por ello que los Seiscientos, como otros coches, se vendían en España con lista de espera; una lista de espera que, en ocasiones, era de varios, largos, meses. No obstante, la producción no dejó de aumentar, alcanzando su máximo en 1970, año en el que SEAT proveía al mercado con más de 210 Seiscientos diarios.
Los años sesenta fueron los años inolvidables de SEAT. Cada cinco años, la sociedad doblaba sus ventas y tenía una posición preeminente dentro del mercado interior. No obstante, no son pocos los que consideran que fue, precisamente, en esos años tan buenos cuando SEAT cavó en parte su tumba como empresa independiente. La empresa no hizo prácticamente ningún esfuerzo por sacudirse la dependencia respecto de su hermano mayor y, de hecho, no abordó prácticamente ninguna investigación. Y nosotros sabemos ahora en qué consiste el mercado de los automóviles, que cada año le incorpora a los vehículos un equipamiento más, alguna novedad de seguridad, de confort o de otro tipo, que diferencia a los modelos nuevos de los antiguos. Muy al contrario, SEAT operó en el mercado como si la fuente de leche y miel que manaba del Seiscientos no fuese a secarse nunca y como si la competencia fuese imposible.
En un movimiento pendular, muy característico de nosotros los hispanos, de esa molicie se pasa a una especie de estrategia de big bang o cambio total. Lo recuerdo bien porque uno de los varios trabajos que a lo largo de su vida tuvo mi padre fue, precisamente, vender coches en un concesionario coruñés de la SEAT. Y me acuerdo de que, siendo yo un niño, fue a Barcelona a una reunión de ventas y, a la vuelta, nos anunció: «¡Van a dejar de fabricar el Seiscientos!» Y lo dijo con el mismo tono con que hubiese anunciado la intención de Franco de declarar a España Nación Masona, o el que utilizaríamos hoy para dar la noticia de que Andreu Buenafuente ficha a José María Aznar de tertuliano.
En efecto: SEAT quería abandonar, o mejor diríamos dejar de centrarse en, el segmento de coches más pequeños, más utilitarios. Y llevaba su razón de ser la cosa, porque en España, como en toda Europa, cada vez la gente tenía más pasta, y cuando se tiene más pasta, hay dos cosas que pasan: en las mujeres, su frecuencia de compras aumenta; en los hombres, lo que aumenta es el tamaño y potencia de su coche.
Así pues, el Seiscientos tenía heredero: el SEAT 127, otra antigualla que casi no se ve hoy en día, pero en su tiempo toda una revolución: un coche algo más amplio (la verdad es que el Seiscientos es como un huevo de avestruz con ruedas) y más potente. Pero esto se pensó a principios de los setenta. Y quienes lo pensaban no contaban ni con la guerra del Yon Kippur, ni con el cabreo de la OPEP ni, consecuentemente, con la crisis del petróleo, que mandó al carajo todas esas predicciones. La pasta empezó a escasear y, de hecho, comenzó a ser buen rollo tener un coche pequeño y que gastara poca gasolina. Además, hay que tener en cuenta el proceso, entonces embrionario pero progresivo, de motorización de la mujer, y sabido es que las mujeres tienen preferencias por coches más pequeños y utilitarios que los hombres.
SEAT, con el paso cambiado, pasó en cinco años de vender uno de cada dos coches que se vendían en España a vender uno de cada tres. Y, como nunca se había preocupado de ser una empresa independiente, tampoco tenía grandes exportaciones que echarse a la boca (aparte de que el mundo entero andaba descojonado con lo del petróleo, así pues poco iba a vender).
En 1976, en medio de toda esta merdé, se produce un hecho aún peor: la dinastía Ford, ésa que nosotros pronunciamos sin d y los americanos sin r, pone sus ojos en la hoy Comunidad Valenciana e instala sus reales en Almusafes.
Para SEAT, la llegada de Ford fue la introducción de un matón más en un barrio donde ya era difícil conseguir gente que se dejase chantajear. Los planes de Ford eran, y fueron, apostar fuerte en el mercado español con un modelo, el Fiesta, de gama media. Como el 127.
Estamos más o menos en 1978, y para entonces ya está claro que SEAT no podrá sobrevivir sola. Primero se intenta, que era lo obvio, la alianza con FIAT. Pero los italianos tienen sus propios problemas, pues están fuertemente afectados por la crisis en Italia, así pues, lejos de aceptar, hacen todo lo posible por desvincularse de la empresa, y lo consiguen.
¿Por qué Volkswagen? Pues tiene toda la lógica. De hecho, la colaboración con SEAT, a partir de 1982, que culminaría con la adquisición de la compañía, ha sido largamente beneficiosa para los alemanes. Los coches del pueblo teutones tenían una reducidísima cuota de mercado en España y, merced a los acuerdos de SEAT, accedieron a la red de ventas y asistencia técnica más desarrollada que existía en dicho mercado (y esto no lo digo porque mi padre formara parte de ella; pero también, qué coño). Esto les permitió salpimentar sin problemas nuestras calles de modelos no fabricados en España, como el célebre Golf.
En segundo lugar, VW estaba muy presionado en sus costes por los elevados salarios pagados en Alemania, y fabricar en España (esto es: Zona Franca de Barcelona, Pamplona, Prat del Llobregat y Martorell) le supuso reducirlos con claridad.
En tercer lugar, mediante el acuerdo con SEAT, VW ponía una pica en el último gran mercado europeo por descubrir (hasta la caída del Muro, claro), lo que le permitía abonar un liderazgo continental para el que competía duramente con Fiat.
Eso sí, la empresa estaba en unas condiciones financieras muy comprometidas, lo que hizo necesario que, en los años previos a la privatización, el Estado (o sea, nosotros) pusiera, como accionista, un montón de pasta para poder vender la empresa limpia de polvo y paja. Hasta 250.000 millones de pesetas inyectó en esos pocos años el accionista en SEAT. Con la privatización, aún asumiría el Estado las pérdidas del último año en su accionariado (casi 37.000 millones de pesetas), amén de concederle un crédito de 186.000 millones más.
El gran acierto de SEAT, en esos años, es el modelo Ibiza, idealmente diseñado para un tipo de conductor, joven y crecientemente consumista, que empieza a surgir conforme superamos las crisis del petróleo: la primera, ya citada, y la segunda, provocada por la guerra Irán-Irak. Asimismo, se comienza a producir el Polo con tecnología compartida. Luego, ya siendo alemana, llegará la era del Toledo.
¿Ha superado SEAT esa existencia de incertidumbre casi continua? Pues la verdad es que no. Poco a poco, el fabricante español ha ido perdiendo uno de sus atractivos competitivos, como era el menor coste relativo de fabricar aquí; de hecho, tras la caída del Muro y la adquisición por Volkswagen del fabricante checo Skoda, en realidad la situación ha dado la vuelta. Pero no hay que ser pesimistas. Las cosas también cambian para bien, y uno de esos cambios positivos es el peso que ha adquirido el mercado español de automoción. No fueron pocos los agoreros que, en los años ochenta y noventa, afirmaron que la España del millón de coches de venta anual era una quimera y, sin embargo, se equivocaron. Ojo, pues, con abandonar este mercado, que no es cualquier mercado.
Quizá, alguna de las cosas que le dejemos a nuestros nietos será un modelo SEAT, por supuesto más ecológico que los actuales. ¿Por qué no?
miércoles, septiembre 12, 2007
El primer genocidio
Tiburcio strikes again. Enterado, a través no sé yo de qué viles canales, de que estoy preparando un borrador de post para su blog (yo, sí, yo escribiendo sobre budismo... ¡dónde vamos a llegar!), se ha apresurado a enviarme una serie de material que ha estado pergeñando a lo largo del verano. Esto de hoy es sólo una parte. La parte más sangrienta, pues de genocidios va.
Aquí está, pues, el primer genocidio. By Tiburcio Samsa.
Los primeros homo sapiens llegaron al extremo occidental de Eurasia hace unos 40.000 años. Cuando llegaron se encontraron con lo mismo que milenios después les ocurriría a los colonos anglosajones de Norteamérica: que ésas tierras que molaban tanto ya estaban ocupadas. En este caso, por el hombre de Neandertal.
No sabemos cómo fueron las relaciones entre los sapiens y los neandertales. Lo que sí sabemos es el resultado de su encuentro: unos 10.000 años después los neandertales se habían extinguido y lo que queda de su ADN duerme en huesos polvorientos en los museos. Parece ya demostrado que no hubo cruces entre sapiens y neandertales o, si los hubo, o no produjeron descendencia o la que produjeron era estéril. El linaje del homo sapiens y el del hombre de Neandertal se habían separado hacía unos 500.000 años. Medio millón de años de evolución separada son muchos años. Ambos ya eran especies separadas sin posibilidad de entrecruzamiento.
¿Qué produjo la extinción del hombre de Neandertal? Preguntarlo es un poco como cuando el inspector Colombo entraba en la habitación, se encontraba al mayordomo con una pistola humeante en las manos y a la señora Brisby tirada en el suelo con un balazo en la cabeza y le preguntaba: «¿Sabe usted si la fallecida sufría del corazón?»
Veamos: el hombre de Neandertal llevaba viviendo desde hacía decenas de miles de años en el Europa, llega el homo sapiens y en el transcurso de 10.000 años se extingue. Verde y con asas.
Sin descartar un escenario a lo general Custer en el que el homo sapiens hubiera invitado activamente al hombre de Neandertal a salir de la escena, la extinción del hombre de Neandertal parece fácil de explicar.
De pronto en el mismo territorio se encuentran dos cazadores que ocupan exactamente el mismo nicho ecológico. Mientras los recursos sean abundantes, ambos podrán prosperar, con ventaja eso sí para el que disponga de mejor tecnología, que verá como su población aumenta más rápidamente. Si los recursos disminuyen, el menos eficiente se encontrará con menos alimentos a su disposición y eventualmente acabará extinguiéndose. Eso fue lo que sucedió: hace 30.000 años el problema del planeta no se llamaba calentamiento global, sino enfriamiento global. Como en las películas del Oeste, «no hay sitio para los dos en este pueblo, forastero». Sólo que en este caso fue el forastero el que se quedó.
Existen modelos que muestran que una leve ventaja entre dos especies que compitan por el mismo nicho ecológico puede llevar en poco tiempo a la especie desfavorecida a la extinción. La leve ventaja se traduce en el logro de más alimentos, lo que lleva a más nacimientos, que a su vez aumentan todavía más la cantidad de alimentos que van para la especie con ventaja. Con que la tasa de mortalidad de los neandertales hubiese aumentado en un 1% anual o sus nacimientos hubiesen disminuido anualmente en la misma proporción, tendríamos que podrían haberse extinguido en sólo 1.000 años.
Hay indicios de que los homo sapiens disponían de importantes ventajas sobre los neandertales. Sus herramientas líticas eran más sofisticadas y parece que sus redes comerciales estaban hasta tres veces más extendidas que las de los neandertales, lo que mostraría una organización social más elevada. En el caso de los homo sapiens, se han encontrado herramientas cuyas materias primas procedían de lugares distantes varios cientos de kilómetros. En el caso de los neandertales, los casos que se conocen apenas superan los cien kilómetros. Por otra parte, los neandertales muestran una notable falta de progreso tecnológico. Apenas se perciben avances en sus herramientas durante los 200.000 años que permanecieron en Europa. De hecho sólo hacia el final se detecta alguna mejora en sus útiles y es bastante probable que esa mejora fuera provocada por la imitación de los más exitosos homo sapiens.
Mi teoría personal es que la ventaja del homo sapiens no consistió solamente en que sus hachas de piedra fueran más eficaces. Su ventaja pudo haber residido en el lenguaje.
No se sabe a ciencia cierta cuándo apareció el lenguaje humano, entendido éste como la posibilidad de comunicar pensamientos complejos y abstractos, estructurados sintácticamente. Hace unos 50.000 años aparecen los primeros ejemplos de arte, lo que parece indicar cierta capacidad de pensamiento abstracto y posiblemente el lenguaje.
Existe un amplio consenso entre los paleontólogos de que, si bien los neandertales tenían la estructura fisiológica necesaria para el habla y posiblemente dispusieran de un lenguaje, éste sería rudimentario. Poco más que frases sencillas del tipo «ven aquí» o «león peligroso». ¿Qué podían hacer unas gentes con ese lenguaje contra unos homo sapiens capaces de decirse cosas como «cuando salga la luna, yo me acerco, le rebano el cuello al jodío centinela Neandertal y prendo fuego a sus pieles, mientras tú aprovechas la confusión para robarles la comida»?
Aquí está, pues, el primer genocidio. By Tiburcio Samsa.
Los primeros homo sapiens llegaron al extremo occidental de Eurasia hace unos 40.000 años. Cuando llegaron se encontraron con lo mismo que milenios después les ocurriría a los colonos anglosajones de Norteamérica: que ésas tierras que molaban tanto ya estaban ocupadas. En este caso, por el hombre de Neandertal.
No sabemos cómo fueron las relaciones entre los sapiens y los neandertales. Lo que sí sabemos es el resultado de su encuentro: unos 10.000 años después los neandertales se habían extinguido y lo que queda de su ADN duerme en huesos polvorientos en los museos. Parece ya demostrado que no hubo cruces entre sapiens y neandertales o, si los hubo, o no produjeron descendencia o la que produjeron era estéril. El linaje del homo sapiens y el del hombre de Neandertal se habían separado hacía unos 500.000 años. Medio millón de años de evolución separada son muchos años. Ambos ya eran especies separadas sin posibilidad de entrecruzamiento.
¿Qué produjo la extinción del hombre de Neandertal? Preguntarlo es un poco como cuando el inspector Colombo entraba en la habitación, se encontraba al mayordomo con una pistola humeante en las manos y a la señora Brisby tirada en el suelo con un balazo en la cabeza y le preguntaba: «¿Sabe usted si la fallecida sufría del corazón?»
Veamos: el hombre de Neandertal llevaba viviendo desde hacía decenas de miles de años en el Europa, llega el homo sapiens y en el transcurso de 10.000 años se extingue. Verde y con asas.
Sin descartar un escenario a lo general Custer en el que el homo sapiens hubiera invitado activamente al hombre de Neandertal a salir de la escena, la extinción del hombre de Neandertal parece fácil de explicar.
De pronto en el mismo territorio se encuentran dos cazadores que ocupan exactamente el mismo nicho ecológico. Mientras los recursos sean abundantes, ambos podrán prosperar, con ventaja eso sí para el que disponga de mejor tecnología, que verá como su población aumenta más rápidamente. Si los recursos disminuyen, el menos eficiente se encontrará con menos alimentos a su disposición y eventualmente acabará extinguiéndose. Eso fue lo que sucedió: hace 30.000 años el problema del planeta no se llamaba calentamiento global, sino enfriamiento global. Como en las películas del Oeste, «no hay sitio para los dos en este pueblo, forastero». Sólo que en este caso fue el forastero el que se quedó.
Existen modelos que muestran que una leve ventaja entre dos especies que compitan por el mismo nicho ecológico puede llevar en poco tiempo a la especie desfavorecida a la extinción. La leve ventaja se traduce en el logro de más alimentos, lo que lleva a más nacimientos, que a su vez aumentan todavía más la cantidad de alimentos que van para la especie con ventaja. Con que la tasa de mortalidad de los neandertales hubiese aumentado en un 1% anual o sus nacimientos hubiesen disminuido anualmente en la misma proporción, tendríamos que podrían haberse extinguido en sólo 1.000 años.
Hay indicios de que los homo sapiens disponían de importantes ventajas sobre los neandertales. Sus herramientas líticas eran más sofisticadas y parece que sus redes comerciales estaban hasta tres veces más extendidas que las de los neandertales, lo que mostraría una organización social más elevada. En el caso de los homo sapiens, se han encontrado herramientas cuyas materias primas procedían de lugares distantes varios cientos de kilómetros. En el caso de los neandertales, los casos que se conocen apenas superan los cien kilómetros. Por otra parte, los neandertales muestran una notable falta de progreso tecnológico. Apenas se perciben avances en sus herramientas durante los 200.000 años que permanecieron en Europa. De hecho sólo hacia el final se detecta alguna mejora en sus útiles y es bastante probable que esa mejora fuera provocada por la imitación de los más exitosos homo sapiens.
Mi teoría personal es que la ventaja del homo sapiens no consistió solamente en que sus hachas de piedra fueran más eficaces. Su ventaja pudo haber residido en el lenguaje.
No se sabe a ciencia cierta cuándo apareció el lenguaje humano, entendido éste como la posibilidad de comunicar pensamientos complejos y abstractos, estructurados sintácticamente. Hace unos 50.000 años aparecen los primeros ejemplos de arte, lo que parece indicar cierta capacidad de pensamiento abstracto y posiblemente el lenguaje.
Existe un amplio consenso entre los paleontólogos de que, si bien los neandertales tenían la estructura fisiológica necesaria para el habla y posiblemente dispusieran de un lenguaje, éste sería rudimentario. Poco más que frases sencillas del tipo «ven aquí» o «león peligroso». ¿Qué podían hacer unas gentes con ese lenguaje contra unos homo sapiens capaces de decirse cosas como «cuando salga la luna, yo me acerco, le rebano el cuello al jodío centinela Neandertal y prendo fuego a sus pieles, mientras tú aprovechas la confusión para robarles la comida»?
lunes, septiembre 10, 2007
Ejercicio de agudeza visual antidictadores
A mi amigo Dani Durán, que no tardará ni dos minutos en descubrir el truco.
Alguna vez hemos hablado en estas notas de la censura. La censura cultural y de prensa tiene muchas cosas malas y una sola buena. De la buena es de la que vamos a hablar hoy.
Esa cosa buena que tiene la censura es que aguza la inventiva. Quien quiere decir públicamente algo pero no puede porque se lo impide el Estado, la moral, el cura del pueblo o la guardia civil, trata de buscarse las vueltas para decirlo de otra manera. Yo descubrí este efecto siendo un adolescente, en los primeros años de nuestra democracia. En aquellos tiempos un cantautor catalán, Joan Manuel Serrat, compuso y grabó una canción titulada Cada loco con su tema. Muy propia de aquellos tiempos, empezaba por decir que cada uno decide lo que le gusta, para pasar a describir las preferencias del cantante de forma contrapuesta (o sea: esto me gusta, esto no me gusta).
Un día, sentado frente al televisor, vi un reportaje televisivo sobre un concierto que había dado Serrat en el Luna Park de Buenos Aires. En aquel entonces Argentina era un país bajo una dictadura, aunque en sus últimas boqueadas. Entonces Serrat comenzó a cantar su canción. Yo la había escuchado miles de veces sin darle la mayor importancia. Pero cuando llegó a un verso que dice «[prefiero] un sioux al Séptimo de Caballería», el auditorio se volvió loco. En ese momento me di cuenta de que esa letra tenía, para alguien viviendo en una dictadura militar, una intención que yo nunca le había encontrado.
El burla burlando de la censura ha existido siempre. Ahí están las letras folklóricas de significado sexual que se vienen cantando en España de tiempo atrás, tales como:
En la puerta de tu casa un tejo de oro perdí.
Nadie con el tejo daba
y yo con el tejo dí.
Esta misma técnica la aplicaban, en los últimos años del franquismo, Tip y Coll, mediante un diálogo en el que peroraban sobre lo que le había pasado al burro de un tal López. El animal, según contaban, se había despeñado por un barranco. Primero resbaló, decían, y luego el burro de López, rodó. López Rodó eran los apellidos de uno de los más afamados ministros franquistas, así pues con la dicha anécdota ambos humoristas conseguían insultarlo impunemente.
También existen mitos de la censura probablemente falsos. En los años del franquismo corría la historia de que La Codorniz, revista satírica que fue no pocas veces secuestrada por la censura, había publicado el siguiente pasatiempo: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Y nos importa tres X que nos cierren la edición».
Gente que cuente esta anécdota la hay a capazos. Incluso jurando que leyeron dicho pasatiempo. Pero gente capaz de enseñar el recorte de la revista yo, por lo menos, no he encontrado jamás alguno. Es, más que probablemente, una leyenda urbana.
La censura tiene que ver con las dictaduras. Y de una de esas dictaduras vamos a hablar hoy, concretamente de la que detentó el general Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1930.
La dictadura de Primo de Rivera (padre de José Antonio, fundador de la Falange) es habitualmente conocida como la dictablanda, ya que no fue excesivamente violenta ni brutal con sus opositores. Yo creo que esto fue así por varias razones, pero fundamentalmente dos. Primero, porque se suele entender que fueron opositores de la dictadura quienes en realidad no lo fueron. Ahí están, por ejemplo, el PSOE y la UGT, dos organizaciones teóricamente poco proclives a apoyar a un dictador militar, pero que de hecho lo hicieron, a cambio de que obtener con ello una posición monopolística en la representación obrera (en detrimento de la CNT anarquista, que contestó a ello radicalizándose, y tal vez por eso se desempeñó, años después, con tanta violencia contra gobiernos republicanos de izquierdas). El pacto entre Primo y el PSOE fue tal que el líder socialista Largo Caballero fue durante aquellos años nada menos que consejero de Estado.
La segunda razón, mucho más poderosa, es que la dictadura de Primo fue, sobre todo en sus primeros años, una dictadura popular. En no pocos libros, de texto y de no texto, se lee eso de que el golpe de Estado de Primo de 1923 se hizo para evitar las responsabilidades que estaban a punto de definirse por el desastre de Annual, en Marruecos, donde en 1921 palmaron un montón de españolitos y otro montón fue hecho prisionero. Con ser cierto que Primo quería librar al Ejército de tal oprobio, ésa es una visión reduccionista y simplista. El principal motor del golpe y la dictadura posterior fue el hecho de que la sociedad española, después de cuarenta años de Restauración; después de cuatro décadas de parlamentos que nunca terminaban sus mandatos; después de cuarenta años de gobiernos presididos por el cabildeo y el tráfico de influencias; después de cuatro décadas de un sistema democrático parlamentario en que las elecciones se amañaban sistemáticamente y, en cualquier caso, los partidos turnantes eran dominados en cada sitio por los caciques locales y, por lo tanto, usados a favor de oscuros intereses personales; después de cuatro décadas de todo eso, el personal estaba hasta los pelos. Incluso en la muy catalana Barcelona, que no tenía nada que ganar en una dictadura militar que a buen seguro no favorecería ni un tanto sus pretensiones regionalistas, autonomistas o independentistas, incluso en Barcelona, digo, el golpe de Estado fue recibido con alharacas (Primo era allí gobernador militar y fue allí donde se sublevó).
Si a eso unimos que en los primeros tres años de dictadura, Primo consiguió acabar con la sangría de la guerra de Marruecos, podemos estimar que hubo un primer momento de aquel régimen en el que el apoyo popular fue su principal argumento para mantenerse.
El problema con los dictadores es siempre el mismo: no saben irse. A partir de 1926, cuando el desembarco de Alhucemas termina con la guerra marroquí, el divorcio entre dictador y pueblo se va haciendo cada vez más amplio. Primo de Rivera se parecía mucho a su sucesor, Francisco Franco, en que por mucho que en algunas cosas no se le pudiese negar inteligencia política, en general tenía el defecto de confundir un país con el patio de un cuartel. Si te asomas al patio de un cuartel y ves al personal haciendo lo que le sale de los huevos, mandas un toque de corneta y en medio minuto has cambiado la situación: todo el mundo está formado. Pero un país no es así. En un país puede haber gente haciendo cosas que por mucho que le toques la corneta no deja de hacerlas, no forma, no se pone firmes ni canta el himno de infantería ni Cristo que lo fundó.
Primo de Rivera estaba dispuesto a muchas cosas, pero no a volver a un sistema de partidos políticos (igual, otra vez, que Franco). Despreciaba a los políticos y se consideraba a sí mismo liberado de sus vicios. Se tenía por un hombre de enorme capacidad de comunicación con su pueblo, cosa que hacía a través de un sistema poco común, las notas oficiosas, especie de mezcla entre bando municipal, carta personal y nota de prensa que escribía de vez en cuando, y que eran de inserción obligada en la prensa. Su referente era el jefe del Estado, o sea el rey Alfonso XIII, por quien probablemente no sentía excesivo afecto personal, por decirlo finamente. Primo y el rey nunca se entendieron bien, a pesar del entusiasmo con que el rey aceptó el golpe de Estado (y por el que sería juzgado como traidor por la República). Primo no se fiaba de Alfonso, hasta el punto de acuñar el verbo borbonear que, para el general, significaba algo así como engañar o marear. «A mí no me borbonea éste», solía decir.
Durante toda la dictadura, pero sobre todo en la segunda mitad, Primo de Rivera estableció una muy estricta censura de prensa. Como ya he escrito, sus propias notas oficiosas eran de obligada inserción y, más allá, los contenidos de los periódicos estaban estrictamente controlados. Conforme le fueron apareciendo enemigos al general (entre los que cabe anotar al arma de Artillería, que hubo de disolver; a los catalanes, que trataron de darle un golpe de Estado en El Garraf; o incluso a los conservadores dinásticos de Sánchez Guerra, que dieron otro golpe en Valencia), esta censura se hizo peor y ya sólo tenía libertad de opinión la Unión Patriótica, especie de partido político títere creado por el propio Primo para dar a su régimen una apariencia democrática que no engañaba a nadie.
No se podía publicar libremente, pues. Pero eso no importa a los periodistas con imaginación, como José Antonio Balbontín. Balbontín era un personaje de ideas avanzadas, que se fueron haciendo más avanzadas en la República, de temperamento muy sanguíneo y, desde luego, un cachondo mental, que es lo que hay que ser siempre para burlar la censura.
Había fundado, ya lo he dicho, Primo un partido, la Unión Patriótica, y dicho partido tenía un periódico de cámara que se llamaba La Nación. Balbontín maquinó la mayor venganza contra una censura dictatorial: esquivarla y, además, en su propio terreno.
Simulando ser una señora entrada en años y aficionada a los ripios apellidada Valdecilla, Balbontín remitió a La Nación un soneto laudatorio del general/dictador. Un poema estomagante lleno de topicazos románticos y neobarrocos, muy del gusto de la [mala] poética del siglo XIX. La Nación, cómo no, lo publicó. Helo aquí.
Paladín de la patria redimida,
recio soldado que pelea y canta,
ira de Dios que, cuando azota, es santa,
místico rayo que al matar es vida.
Otra es España a tu virtud rendida;
ella es feliz bajo tu noble planta.
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva,
rencores viejos de la edad medieva
rompió tu lanza, que a los viles trunca
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!
Dejemos las cosas claras. Que nadie se escude en lo distinto que fue el pasado, porque vencido el primer cuarto del siglo XX, este poema era tan hortera como lo pueda ser hoy. Que nadie piense que estaba dentro del buen gusto de la época escribir chorradas como «está en paz tu grey bajo el amado/chorro de luz de tu inmortal cayado». Y mira que se dijeron y escribieron imbecilidades durante el franquismo; pero no sé de nadie que se atreviese a llamar a Franco «pastor santo». No sé el vuestro, pero mi preferido, sin duda alguna, es el verso sobre el hampón que en odio se amamanta.
La señora Valdecilla era, pues, una imbécil ripiosa. Pero más imbécil era, aún, el director de La Nación, por ordenar la publicación de este engendro. Porque engendro es, pero no por lo que él pensaba.
La publicación del poema fue un escándalo. ¿Por qué? Pues porque, en la misma mañana que se publicó, Primo era el hazmerreír de todo Madrid, de España entera.
¿Por qué? No creo que os resulte muy difícil descubrirlo.
Alguna vez hemos hablado en estas notas de la censura. La censura cultural y de prensa tiene muchas cosas malas y una sola buena. De la buena es de la que vamos a hablar hoy.
Esa cosa buena que tiene la censura es que aguza la inventiva. Quien quiere decir públicamente algo pero no puede porque se lo impide el Estado, la moral, el cura del pueblo o la guardia civil, trata de buscarse las vueltas para decirlo de otra manera. Yo descubrí este efecto siendo un adolescente, en los primeros años de nuestra democracia. En aquellos tiempos un cantautor catalán, Joan Manuel Serrat, compuso y grabó una canción titulada Cada loco con su tema. Muy propia de aquellos tiempos, empezaba por decir que cada uno decide lo que le gusta, para pasar a describir las preferencias del cantante de forma contrapuesta (o sea: esto me gusta, esto no me gusta).
Un día, sentado frente al televisor, vi un reportaje televisivo sobre un concierto que había dado Serrat en el Luna Park de Buenos Aires. En aquel entonces Argentina era un país bajo una dictadura, aunque en sus últimas boqueadas. Entonces Serrat comenzó a cantar su canción. Yo la había escuchado miles de veces sin darle la mayor importancia. Pero cuando llegó a un verso que dice «[prefiero] un sioux al Séptimo de Caballería», el auditorio se volvió loco. En ese momento me di cuenta de que esa letra tenía, para alguien viviendo en una dictadura militar, una intención que yo nunca le había encontrado.
El burla burlando de la censura ha existido siempre. Ahí están las letras folklóricas de significado sexual que se vienen cantando en España de tiempo atrás, tales como:
En la puerta de tu casa un tejo de oro perdí.
Nadie con el tejo daba
y yo con el tejo dí.
Esta misma técnica la aplicaban, en los últimos años del franquismo, Tip y Coll, mediante un diálogo en el que peroraban sobre lo que le había pasado al burro de un tal López. El animal, según contaban, se había despeñado por un barranco. Primero resbaló, decían, y luego el burro de López, rodó. López Rodó eran los apellidos de uno de los más afamados ministros franquistas, así pues con la dicha anécdota ambos humoristas conseguían insultarlo impunemente.
También existen mitos de la censura probablemente falsos. En los años del franquismo corría la historia de que La Codorniz, revista satírica que fue no pocas veces secuestrada por la censura, había publicado el siguiente pasatiempo: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Y nos importa tres X que nos cierren la edición».
Gente que cuente esta anécdota la hay a capazos. Incluso jurando que leyeron dicho pasatiempo. Pero gente capaz de enseñar el recorte de la revista yo, por lo menos, no he encontrado jamás alguno. Es, más que probablemente, una leyenda urbana.
La censura tiene que ver con las dictaduras. Y de una de esas dictaduras vamos a hablar hoy, concretamente de la que detentó el general Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1930.
La dictadura de Primo de Rivera (padre de José Antonio, fundador de la Falange) es habitualmente conocida como la dictablanda, ya que no fue excesivamente violenta ni brutal con sus opositores. Yo creo que esto fue así por varias razones, pero fundamentalmente dos. Primero, porque se suele entender que fueron opositores de la dictadura quienes en realidad no lo fueron. Ahí están, por ejemplo, el PSOE y la UGT, dos organizaciones teóricamente poco proclives a apoyar a un dictador militar, pero que de hecho lo hicieron, a cambio de que obtener con ello una posición monopolística en la representación obrera (en detrimento de la CNT anarquista, que contestó a ello radicalizándose, y tal vez por eso se desempeñó, años después, con tanta violencia contra gobiernos republicanos de izquierdas). El pacto entre Primo y el PSOE fue tal que el líder socialista Largo Caballero fue durante aquellos años nada menos que consejero de Estado.
La segunda razón, mucho más poderosa, es que la dictadura de Primo fue, sobre todo en sus primeros años, una dictadura popular. En no pocos libros, de texto y de no texto, se lee eso de que el golpe de Estado de Primo de 1923 se hizo para evitar las responsabilidades que estaban a punto de definirse por el desastre de Annual, en Marruecos, donde en 1921 palmaron un montón de españolitos y otro montón fue hecho prisionero. Con ser cierto que Primo quería librar al Ejército de tal oprobio, ésa es una visión reduccionista y simplista. El principal motor del golpe y la dictadura posterior fue el hecho de que la sociedad española, después de cuarenta años de Restauración; después de cuatro décadas de parlamentos que nunca terminaban sus mandatos; después de cuarenta años de gobiernos presididos por el cabildeo y el tráfico de influencias; después de cuatro décadas de un sistema democrático parlamentario en que las elecciones se amañaban sistemáticamente y, en cualquier caso, los partidos turnantes eran dominados en cada sitio por los caciques locales y, por lo tanto, usados a favor de oscuros intereses personales; después de cuatro décadas de todo eso, el personal estaba hasta los pelos. Incluso en la muy catalana Barcelona, que no tenía nada que ganar en una dictadura militar que a buen seguro no favorecería ni un tanto sus pretensiones regionalistas, autonomistas o independentistas, incluso en Barcelona, digo, el golpe de Estado fue recibido con alharacas (Primo era allí gobernador militar y fue allí donde se sublevó).
Si a eso unimos que en los primeros tres años de dictadura, Primo consiguió acabar con la sangría de la guerra de Marruecos, podemos estimar que hubo un primer momento de aquel régimen en el que el apoyo popular fue su principal argumento para mantenerse.
El problema con los dictadores es siempre el mismo: no saben irse. A partir de 1926, cuando el desembarco de Alhucemas termina con la guerra marroquí, el divorcio entre dictador y pueblo se va haciendo cada vez más amplio. Primo de Rivera se parecía mucho a su sucesor, Francisco Franco, en que por mucho que en algunas cosas no se le pudiese negar inteligencia política, en general tenía el defecto de confundir un país con el patio de un cuartel. Si te asomas al patio de un cuartel y ves al personal haciendo lo que le sale de los huevos, mandas un toque de corneta y en medio minuto has cambiado la situación: todo el mundo está formado. Pero un país no es así. En un país puede haber gente haciendo cosas que por mucho que le toques la corneta no deja de hacerlas, no forma, no se pone firmes ni canta el himno de infantería ni Cristo que lo fundó.
Primo de Rivera estaba dispuesto a muchas cosas, pero no a volver a un sistema de partidos políticos (igual, otra vez, que Franco). Despreciaba a los políticos y se consideraba a sí mismo liberado de sus vicios. Se tenía por un hombre de enorme capacidad de comunicación con su pueblo, cosa que hacía a través de un sistema poco común, las notas oficiosas, especie de mezcla entre bando municipal, carta personal y nota de prensa que escribía de vez en cuando, y que eran de inserción obligada en la prensa. Su referente era el jefe del Estado, o sea el rey Alfonso XIII, por quien probablemente no sentía excesivo afecto personal, por decirlo finamente. Primo y el rey nunca se entendieron bien, a pesar del entusiasmo con que el rey aceptó el golpe de Estado (y por el que sería juzgado como traidor por la República). Primo no se fiaba de Alfonso, hasta el punto de acuñar el verbo borbonear que, para el general, significaba algo así como engañar o marear. «A mí no me borbonea éste», solía decir.
Durante toda la dictadura, pero sobre todo en la segunda mitad, Primo de Rivera estableció una muy estricta censura de prensa. Como ya he escrito, sus propias notas oficiosas eran de obligada inserción y, más allá, los contenidos de los periódicos estaban estrictamente controlados. Conforme le fueron apareciendo enemigos al general (entre los que cabe anotar al arma de Artillería, que hubo de disolver; a los catalanes, que trataron de darle un golpe de Estado en El Garraf; o incluso a los conservadores dinásticos de Sánchez Guerra, que dieron otro golpe en Valencia), esta censura se hizo peor y ya sólo tenía libertad de opinión la Unión Patriótica, especie de partido político títere creado por el propio Primo para dar a su régimen una apariencia democrática que no engañaba a nadie.
No se podía publicar libremente, pues. Pero eso no importa a los periodistas con imaginación, como José Antonio Balbontín. Balbontín era un personaje de ideas avanzadas, que se fueron haciendo más avanzadas en la República, de temperamento muy sanguíneo y, desde luego, un cachondo mental, que es lo que hay que ser siempre para burlar la censura.
Había fundado, ya lo he dicho, Primo un partido, la Unión Patriótica, y dicho partido tenía un periódico de cámara que se llamaba La Nación. Balbontín maquinó la mayor venganza contra una censura dictatorial: esquivarla y, además, en su propio terreno.
Simulando ser una señora entrada en años y aficionada a los ripios apellidada Valdecilla, Balbontín remitió a La Nación un soneto laudatorio del general/dictador. Un poema estomagante lleno de topicazos románticos y neobarrocos, muy del gusto de la [mala] poética del siglo XIX. La Nación, cómo no, lo publicó. Helo aquí.
Paladín de la patria redimida,
recio soldado que pelea y canta,
ira de Dios que, cuando azota, es santa,
místico rayo que al matar es vida.
Otra es España a tu virtud rendida;
ella es feliz bajo tu noble planta.
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva,
rencores viejos de la edad medieva
rompió tu lanza, que a los viles trunca
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!
Dejemos las cosas claras. Que nadie se escude en lo distinto que fue el pasado, porque vencido el primer cuarto del siglo XX, este poema era tan hortera como lo pueda ser hoy. Que nadie piense que estaba dentro del buen gusto de la época escribir chorradas como «está en paz tu grey bajo el amado/chorro de luz de tu inmortal cayado». Y mira que se dijeron y escribieron imbecilidades durante el franquismo; pero no sé de nadie que se atreviese a llamar a Franco «pastor santo». No sé el vuestro, pero mi preferido, sin duda alguna, es el verso sobre el hampón que en odio se amamanta.
La señora Valdecilla era, pues, una imbécil ripiosa. Pero más imbécil era, aún, el director de La Nación, por ordenar la publicación de este engendro. Porque engendro es, pero no por lo que él pensaba.
La publicación del poema fue un escándalo. ¿Por qué? Pues porque, en la misma mañana que se publicó, Primo era el hazmerreír de todo Madrid, de España entera.
¿Por qué? No creo que os resulte muy difícil descubrirlo.
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