viernes, octubre 20, 2006

Las increíbles historias de la censura

Nunca he tenido la ocasión de comentar que llevo varios años estudiando inglés, gracias a mi empresa que me lo paga. Ahora trato de sacarme el CAE en un año o así y sigo una disciplina un poco férrea (preparar un examen es preparar un examen); pero tengo siempre mis porciones de conversación.

La mayor parte de mis profesores, he tenido varios en los últimos años, son estadounidenses, aunque he tenido a un inglés, una escocesa, una sueca y una aussi que era realmente guapa y divertida (miss you, Katie). A todos ellos, especialmente a los yankees, les he recomendado siempre que viesen Bienvenido Mr. Marshall. Les he garantizado que no iban a entender gran cosa (cosa que siempre se ha cumplido) pero que, por lo menos, habría una escena que les divertiría: aquélla en la que el alcalde, Pepe Isbert, sueña que es un sheriff del Far West. Después de que ven esa peli y se descojonan un rato (un profe, bostoniano, me juró que en el Sur hablan exactamente así), les digo que vean Los santos inocentes, que la vean con subtítulos, para enterarse bien. A mí me parece que es una peli que describe muy bien lo que fue España. Mi experiencia es que les cuesta entender que esa película esté describiendo una realidad ocurrida hace tan sólo cuarenta o cincuenta años.

Otra cosa que les divierte mucho es que se les hable de la censura. Pensadlo: para un ciudadano de Boston, de San Francisco o de Londres, que le hablen de la censura de prensa y de la cultura es como si le hablas a un nepalí del txacolí. Es algo tan extraño a su cultura que no pueden creerlo. Pero esto, a Dios gracias, les pasa ya a los españoles: el fin de semana pasado comprobé que mi sobrino, catorce años, tampoco puede creer que le esté contando algo que yo mismo haya vivido.

La mayor parte de los angloparlantes (y españoles) jóvenes de hoy no ha visto nunca Mogambo. Así que primero has de contarles la peli, la peli auténtica por así decirlo, y luego explicarles lo que el franquismo hizo con ella. O sea: es un film en el que un matrimonio se regala un safari por África, durante el cual ella (Grace Kelly) se enamorará del guía de la excursión (Clark Gable). La censura española obligó que en el doblaje desapareciese el adulterio, que consideraba contrario a las buenas costumbres de España. Así pues, en la versión censurada de Mogambo, Kelly y su marido eran hermanos. Unos hermanos muy cariñosos (yo nunca he abrazado ni he besado así a mi hermana, lo juro). Conforme avanza la película, se va desencadenando la tragedia, y no entiendes por qué. Porque, al fin y al cabo, en la versión censurada tanto Grace como Clark son solteros y libres. ¿Por qué no se van a liar? Ítem más: ¿por qué el hermano-soba-hermanas se mosquea de esa manera?

Mogambo ha quedado en el inconsciente colectivo de mi generación como el icono de lo absurda que puede llegar a ser la censura. Pero no es el único caso, desde luego. En Doce del patíbulo, un militar norteamericano comanda una misión suicida realizada por doce militares que han sido condenados a fuertes penas, algunos de ellos a muerte, por gravísimos delitos. Uno de esos condenados es un mafioso de origen italiano que, en la peli original, se llama Victor Franco. ¿Lo pilláis? Franco = militar = condenado a muerte. El doblaje español lo convirtió en Victor Frankie.

La muy abstrusa canción de Don McLean American Pie se llegó a distribuir en España con un estúpido pitido de 3 segundos en una frase que no le gustó a nuestra censura. Probablemente, aunque no estoy seguro, aquélla en la que McLean habla de escribir el libro del amor si la Biblia te lo dice. Cuando le cuentas esto a los yankees, te miran como supongo que mirarían a un armadillo hembra que se pusiera repentinamente a declamar versos de Coleridge.

Quizá la anécdota más graciosa que conozco tiene como protagonista a Luis García Berlanga, precisamente el autor de Bienvenido Mr. Marshall. Berlanga era muy temido por la censura porque era y es un tipo muy inteligente. Mr. Marshall tenía que ser una película de propaganda española (de hecho hay una cantante de coplas, Lolita Sevilla si no me falla la memoria, que se marca un par de números), pero lo que fue es una ácida crítica de la situación.

En los tiempos que ahora relato, en la Gran Vía de Madrid había una sala de fiestas, Pasapoga se llamaba, que tenía fama de ser antro de perdición (al estilo de la época, no os vayáis a creer). Pues bien: al someter Berlanga, el guión de una de sus películas a la censura, un censor leyó: «Toma aérea de la Gran Vía». Tomó el lápiz rojo, y tachó la escena. Otro compañero le dijo: «Pero, macho, ¿qué tiene de malo esa escena?» «Quita, quita», le contestó el otro; «tratándose de Berlanga, es capaz de meter en el plano general a un obispo saliendo de Pasapoga».

Si uno se sienta hoy delante de la tele a ver el deuvedé de El último tango en París, le costará creer que esta película estuvo prohibida en España; y que, de hecho, en los últimos años del franquismo había auténticas excursiones a la raya de Francia para verla (en francés). Se la tenía por película absolutamente pornógrafa y en no pocos lugares surgían leyendas urbanas que le contaban a los que no la habían visto escenas dignas de Nacho Vidal.

Porque ya tenemos, a la vuelta de la esquina, el fenómeno de la leyenda urbana asociado a la censura.

Es verdad aceptada por muchos, por ejemplo, que La Codorniz, revista satírica que fue secuestrada (o sea: su publicación fue impedida) varias veces, publicó una vez, en su sección de pasatiempos, el siguiente: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Nota de la R: nos importa tres X que nos secuestren la edición». Me lo ha contado mucha gente, pero jamás he encontrado a alguien que pudiese mostrarme la edición. Probablemente es mentira.

Otra cosa que pertenece a mis recuerdos fue el estreno en España (en mi caso, en La Coruña), de Jesucristo Superstar. Da vergüenza explicar hoy en día por qué esa peli era escandalosa. En primer lugar, era una ópera rock; o sea, Jesucristo cantaba la música del diablo. En segundo lugar, Judas era negro. En tercer lugar, la historia insinuaba cierto amor, digamos, muy humano, de María Magdalena hacia Jesucristo (aunque Jesucristo, si no recuerdo mal, permanecía impasible el ademán). Por último, en una canción bastante apañadita en la escena de la oración del Monte de los Olivos, se mostraba a un Jesucristo atormentado por su martirio futuro y preguntándole al Padre por qué debía morir. Todo muy hippie. En la España de la demostración sindical y la Sección Femenina, fue la caraba.

Y se contaron cosas. Como, por ejemplo (y es que en el pecado se lleva la penitencia) que el Jesucristo Superstar exhibido en España (que yo creo que estaba íntegro) estaba censurado, porque en la versión original había… una escena de cama entre Jesucristo y María Magdalena.

Buena metáfora de lo que consigue la censura: si no te dejan ver la realidad, acabas por imaginarte que es peor de lo que es.

Feliz fin de semana a todos.