viernes, septiembre 28, 2007

El Callao (i)

Las relaciones de una metrópoli con sus ex colonias nunca son fáciles, y España no es en ello una excepción. Tenemos los españoles una actitud hacia los países que un día fueron posesiones nuestras entre ligeramente culpable y básicamente pasota. La mayor parte de la gente que conozco, incluso personas de alto nivel cultural, se podría decir que lo desconoce todo de Latinoamérica; todo lo que no sea fútbol, claro.

España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.

En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.

España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.

Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.

El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.

Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.

El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.

En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano, Manuel Salcedo.

Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.

Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.

Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.

Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».

Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.

La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.

Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.

El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.

El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.

Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».

No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.

No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.

En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.

El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.

No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.

Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.

Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).

Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.

Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.

A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.

miércoles, septiembre 26, 2007

Saludos a «Público»... o casi

Esta mañana, en los quioscos de España, nos hemos encontrado con una sorpresa, sorpresa siempre agradable: un nuevo periódico.

La aparición de un nuevo periódico diario fastidia a una estricta minoría de la población, formada por los quiosqueros que se ven obligados a buscar sitio en un espacio ya abigarrado; y complace, o debería complacer, al resto.

El saludo a Público desde este blog me parece obligado porque ha tenido una idea o iniciativa que aquí no podemos sino aplaudir: dedicar a la Historia una página específica. Bueno, deberíamos decir que media página específica, pues en el número de hoy, el primero, la mitad del conocimiento histórico que Público podría regalarnos ha sido okupado por un anuncio de zumos de verduras. Quiere ello decir una de dos cosas: a) o bien los de Público tienen un estudio de mercadotecnia que demuestra una correlación entre la afición por la Historia y el consumo de zumos de verduras, en cuyo caso podría informarles de que, en mi caso, dicho estudio yerra (en el de Tiburcio también, pues los elefantes no consumen zumos); b) o bien tenían el anuncio, no tenían dónde ponerlo y eligieron la página de Historia. Vosotros mismos, decidid la que más os guste.

No obstante, hacer una página de Historia es cuestión batallona y en la que se puede, a mi modo de ver, meter la pata con facilidad. En su estreno, Público nos ofrece cuatro piezas, a saber:

- Un texto principal dedicado a la odisea del cadáver de Benito Mussolini que, dado que sólo tiene siete párrafos, no se mete nada más que en la Historia que cuenta, sin analizar el entorno (cómo cayó Mussolini y algunas otras cositas interesantes).

- Una efemérides.

- El anuncio de una exposición.

- Un suelto titulado «Pasaron por aquí», destinado a hacer, en unas pocas líneas, un perfil urgente de algún personaje histórico que, entiendo yo, hubiera estado en España.

Para el estreno de esta última sección o minisección, Público ha escogido a Abd-el-Krim, o sea el líder de las cabilas marroquíes que tanto disgusto nos provocó, especialmente en Annual. A mí lo primero que me ha costado entender es lo de hablar de Abd-el-Krim en una sección que se titula «Pasaron por aquí». Cierto es que este hombre estudio en Melilla y Salamanca; pero yo creo que es más cierto que «Nosotros pasamos por allí». Pero, en fin, eso son opiniones.

Lo que ya no es tan opinable, o a mí no me lo parece, es la urgente descripción de su caída. Dice Público (las negritas son mías): «Fundó la República del Rif en 1921. Los franceses contraatacaron y el dirigente capituló en 1926».

A ver. Si alguien le tenía ganas a Abd-el-Krim, éramos nosotros. Entre otras cosas, porque este caudillo jamás pudo hacerle a los gabachos una putada del tamaño de la que nos hizo a nosotros en Annual (independientemente de que nosotros nos la buscásemos haciendo la guerra a la remanguillé o, como se dice en mi tierra gallega, d'aquela maneira). Por lo demás, en España, desde 1923, existía una dictadura militar, la comandada por el general Miguel Primo de Rivera, que en gran parte se alzó para poder tapar las vergüenzas del ejército en Annual, que estaban a punto de ser públicamente discutidas en las Cortes a raíz del famosísimo Informe Picasso. Evidentemente, lo primero que hizo Primo nada más hacerse con el poder fue cerrar el Parlamento. No Martini, no party. Si no hay tribuna, no hay discusión.

Por la dicha razón, uno de los objetivos que Primo se fijó claramente desde el primer día en que comenzó a gobernar España con su especial estilo, entre caudillo y despachador de quesos de oveja, fue terminar con la guerra de Marruecos. Porque la guerra de Marruecos estaba detrás de casi todo lo que había hecho tambalearse España en el pasado reciente, pues no sólo está el desastre de Annual, que acabó con la restauración; también hay que recordar la Semana Trágica de Barcelona, que empezó por el embarque de tropas hacia África.

Así pues, la acción bélica que marcó el inicio del fin de la guerra de Marruecos y la capitulación de Abd-el-Krim fue el desembarco de Alhucemas, en el que unos 10.000 soldados españoles fueron transportados por una armada, eso sí, en la que había barcos hispanos y franceses, porque en esto ibéricos y galos íbamos de la manirri. El desembarco de Alhucemas, en el que algunos han creído ver (ampulosamente, en mi opinión; aunque ya sabéis que el que sabe de ejércitos no soy yo sino Tibur) un antecedente de D-Day de Normandía, fue un éxito militar y acabó por forzar la capitulación del cadí.

Éste fue lo que, al parecer, Público considera un contraataque francés.

Quizá tenga algo que ver en esa valoración que el comandante en jefe de la operación portase el apellido Primo de Rivera. O que el general en jefe de las tropas «francesas», lejos de llamarse Du Pont o Duplessis o Neprendslait, se llamaba Sanjurjo, José Sanjurjo. El mismo José Sanjurjo que en 1932 se alzó en armas contra la II República, y en el 36 de nuevo, aunque en este último caso no vivió para comprobar las consecuencias. O que en la operación de Alhucemas y adláteres fuese donde se ganó los galones de general un joven coronel llamado Francisco Franco.

Quede claro: los apellidos Primo de Rivera, Sanjurjo y Franco no están, precisamente, en mi lista privada de coleguitas. Pero es que la Historia es la Historia. Muchas, muchísimas veces es opinable, pero hay cosas que no entran ni con calzador. Y eso de que la guerra de Marruecos terminó gracias a un contraataque francés, con todos los respetos, no se lo creen ni en París.

Así pues, bien empezamos.

lunes, septiembre 24, 2007

El nacimiento del Sindicato del Crimen

En la totalidad de los tres scripts de El Padrino, nadie pronuncia una sola vez la palabra Mafia. Fue, al parecer, una imposición a Francis Ford Coppola, provocada por algún tipo de demanda en tal sentido, presentada por alguna de las varias asociaciones de italonorteamericanos que existen en Estados Unidos. Y es que la Mafia es un algo poderoso, a la vez que atractivo. Y bastante universal pues, a pesar de ser un fenómeno de nacimiento en Italia y desarrollo fundamentalmente en los Estados Unidos, su desarrollo a través de todo un subgénero fílmico ha hecho que, de una forma o de otra, todos sepamos un poco de los mafiosos. 

viernes, septiembre 21, 2007

La guerra fetén

Como bien sabréis los que sois lo suficientemente listos como para frecuentar su blog, Tiburcio Samsa, a la par que elefante, es budista. Estoy ligeramente informado sobre las consecuencias que ser budista tiene para los humanos pero, sinceramente, no tengo demasiada información sobre cómo se cuece esta filosofía dentro de un paquidermo. Mis amigos budistas, y tengo varios, suelen ser gente silenciosa y tirando a cauta. No sé si un elefante budista se reconocerá porque nunca va el primero de la manada, ni tampoco el último; o, tal vez, es que son budistas los elefantes ésos de los circos que han aprendido a postrarse.


El caso es que, siendo budista, Tiburcio creerá, digo yo, en la reencarnación. Nunca se lo he preguntado, pero lo doy por hecho, porque para alguien que se sabe incapaz de hacer cosas tan placenteras como dedicarse a estallar las pompitas de los plásticos de embalaje (o si no, ya me diréis cómo se las arregla un elefante para hacerlo), es una indudable ilusión creer en una vida posterior en la que ello será posible. La teoría, además, explicaría la mala leche de Tiburcio. Si no estoy equivocado, la reencarnación se basa en la creencia de que se viven muchas vidas y son los méritos de la vida n-1 los que deciden en qué te reencarnarás en la vida n. Si partimos de la base teórica (discutible, cierto es) de que en la escala de los seres vivos un elefante es un ser inferior al registrador de la propiedad, deberemos colegir que el hecho de que Tiburcio sea un elefante y no un registrador de la propiedad se debe a algún defecto suyo; y yo apostaría por su mala leche.


Toda esta cadena de chorradas la escribo para sustentar un hecho que este blog hace cada vez más incontrovertible: en una vida anterior, Tiburcio debió ser elefante de guerra. No sé si númida, cartaginés o persa. No sé si lo habrán montado (con perdón) Yugurta, Atila o Artajerjes. Pero que a este chico le gusta la guerra más que a mí los Solano Classic, está fuera de toda duda. Hoy, en este post, nos habla, cómo no, de guerra. De la grande, de la definitiva; de la, como dice él, guerra fetén. Y tiene razón. La segunda guerra mundial tiene mucho atractivo por esas cosas de Hitler y el cine y tal. Pero, para guerra, ciertamente, la que hubo antes, la primera.


Os dejo con Ina, aunque yo tocaré los cataplines alguna vez, entre corchetes, porque entre las cosas que él os va a contar hay alguna que me peta precisar.



La guerra fetén. By Tiburcio Samsa.




La II Guerra Mundial no fue más que la repetición con más medios de la I Guerra Mundial. Fue muy vistosa, pero no hizo más que confirmar los resultados de la I Guerra Mundial, que fue donde de verdad se repartió el bacalao. Podemos decir que la Historia del siglo XX ha consistido en ver qué hacíamos con el legado de la I Guerra Mundial.

¿Cuál fue ese legado de la I Guerra Mundial con el que llevamos casi un siglo intentando sobrevivir? Yo lo resumiría en los siguientes puntos:

* Emergencia de Estados Unidos como superpotencia. A comienzos del siglo XX, la economía norteamericana ya se había aproximado en términos de producción a la europea. En 1914 Estados Unidos ya era una potencia mundial con la que había que contar, aunque muchos europeos, afectados de ombliguismo, no quisieran verlo. Sin la Gran Guerra, tal vez Estados Unidos habría entrado en el tablero mundial como una gran potencia entre otras grandes potencias. La Gran Guerra permitió que Estados Unidos adelantase a las potencias europeas. A su término Europa estaba endeudada con Estados Unidos, cuya tardía intervención salvó el día para los aliados.



[Siendo cierto este análisis, creo debe completarse con un viaje que Estados Unidos había iniciado ya décadas atrás, y es el abandono del aislacionismo. En tiempos de Teddy Roosevelt, Estados Unidos comienza a reflexionar sobre que tiene un papel que jugar en el mundo y que no puede circunscribirse a la acción exclusiva dentro de América, tal y como propugnaba la denominada doctrina Monroe. No fue un proceso ni fácil ni corto: otro Roosevelt, Franklin Delano, tuvo muchísimas dificultades para romperlo varias décadas después, hasta el punto de especularse que conocía los planes de ataque de Pearl Harbour, pero que dejó que la agresión se produjese para poder tener una razón de entrar en la guerra.]

La II Guerra Mundial fue una repetición y ampliación de la jugada. Mientras que británicos y franceses tal vez hubieran podido derrotar a los alemanes sin ayuda en 1918, en 1940 no lo hubieran podido hacer sin la intervención norteamericana. Incluso puede afirmarse que sin los armamentos que Estados Unidos proporcionó a la URSS en 1941 y 1942, tal vez los alemanes hubieran podido derrotarla en el invierno de 1941. Si al término de la Gran Guerra Estados Unidos podía ser visto como un primus inter pares, al término de la II Guerra Mundial era como el primo de zumosol cargado de esteroides e inyectado de hormona del crecimiento.

* Conflicto árabe-israelí. Es probable que en Oriente Medio hubiera habido tortas en cualquier caso. Muchos años antes de la I Guerra Mundial, los sionistas habían iniciado su movimiento para crear un estado judío en Palestina. Lo que cambió las cosas fue la Declaración Balfour de 1917, por la que Gran Bretaña se comprometía a la creación de un hogar nacional judío en Palestina [también cierto, aunque yo creo que mucho más importante fue el acuerdo Sykes-Picott]. Eso fue como azuzar un avispero. En vísperas de la II Guerra Mundial las espadas entre árabes y judíos ya estaban más que levantadas. La II Guerra Mundial lo que hizo fue acelerar la creación de un estado de Israel, que en todo caso se hubiera acabado creando con o sin guerra.

Otro efecto de la Gran Guerra fue el mapa de Oriente Medio tal y como lo conocemos. Los británicos y marginalmente los franceses ocuparon las regiones no-turcas del Imperio Otomano. En la Conferencia de El Cairo de 1921 los británicos con una parte de frivolidad y otra de improvisación delinearon las fronteras de Oriente Medio. Iraq surgió como reino porque tenía petróleo y había que satisfacer a los hashemitas a los que se les habían hecho muchas promesas incumplidas. Jordania era un trozo de desierto que se convirtió en país para satisfacer a otro príncipe hashemita. Palestina quedó como un protectorado británico, que debía de servir para proteger al Canal de Suez de ataques procedentes del norte y el este. Arabia Saudí se formó con los trozos de desierto que no interesaban a nadie, más que a los saudíes a los que había que recompensar por su ayuda en la guerra, aunque fuera a costa de los hashemitas que controlaban el Hedjaz.

En resumen, la Gran Guerra nos dejó un mapa de Oriente Medio manifiestamente mejorable y la II Guerra Mundial no cambió nada de eso.

* Desaparición del Imperio Austro-Húngaro. Desde el siglo XVI el Imperio de los Habsburgos había controlado el centro de Europa y había ofrecido estabilidad en esa zona. El Imperio Habsburgo entró en el siglo XX muy tocado del ala. Sus estructuras obsoletas no eran las más indicadas para hacer frente a los nuevos nacionalismos. Es posible que incluso sin Gran Guerra el Imperio Habsburgo no hubiese sobrevivido. Pero sin la Gran Guerra, tal vez la ruptura habría sido menos traumática y las fronteras resultantes más lógicas (por citar algunos ejemplos: las mayorías húngaras de la Transilvania, hoy rumana, y la Voivodina, hoy serbia, habrían podido permanecer dentro de Hungría; se habría mantenido la distinción entre serbios y croatas y no se les habría unido en un inestable Reino de Yugoslavia; la Austria post-imperial habría podido integrarse en Alemania de una manera menos violenta que la del Anschluss hitleriano…). Sí, seguramente sin la Gran Guerra no habríamos conocido los conflictos balcánicos de los años 90.

* El inicio del fin de los imperios coloniales europeos. Durante la Gran Guerra se pidió a algunas de las colonias un esfuerzo bélico importante, lo que tuvo consecuencias de cara al surgimiento en ellas de una conciencia nacional. Australia (que no era técnicamente una colonia) recuerda especialmente el desembarco de Gallipoli, donde murieron miles de australianos. Las tropas indias fueron claves en la campaña de Mesopotamia. Muchos senegaleses murieron en las fronteras francesas.

De más trascendencia fueron los Doce Puntos del Presidente Wilson para lograr una paz justa y duradera. No fueron pocos los que advirtieron el doble rasero de reconocer los derechos de las minorías nacionales en Europa y olvidarse de los de los pueblos colonizados. Una señal de que ya no era tan sencillo colonizar como antes de 1914 fue el hecho de que las colonias de los vencidos se entregaran a los vencedores en calidad de mandatos, no de colonias. Tal vez de facto no pareciera muy relevante, pero ya indicaba hacia dónde se encaminaba la sociedad internacional.

Hay una última consecuencia de la I Guerra Mundial que influyó sobre el siglo XX, pero cuya influencia ya ha expirado: el triunfo del comunismo. La Rusia zarista anterior a la guerra estaba industrializándose y había iniciado unas tímidas reformas liberalizadoras. Es seguro que sin la Gran Guerra, el comunismo no habría triunfado. Y no lo digo yo, lo pensaba Lenin que en los años previos a la guerra se encontraba alicaído, viendo que nunca triunfarían.

Lo curioso es que el comunismo, que fue una de las ideologías en alza en el período de entreguerras y que fue la ideología rival del capitalismo durante la Guerra Fría, se ha desvanecido del tablero sin dejar más que unas cuantas repúblicas populares exóticas (Cuba, Corea del Norte y poco más) y unos partidos comunistas que, o no tienen posibilidades de alcanzar el poder o, cuando las tienen, se comportan más como socialdemócratas que como comunistas. Supongo que dentro de unos siglos veremos el comunismo como vemos a Atila, a Tamerlán, o a Ajnatón, torbellinos históricos que pasaron como un vendaval por la Historia, pero que apenas dejaron rastro. No creo que la Europa actual hubiese sido muy diferente sin los cuarenta y cinco años de comunismo que pasó Europa del Este y la propia Rusia, posiblemente sin Revolución de Octubre, no habría sido muy diferente de la actual, una semidemocracia autoritaria.

En fin, que deberíamos ver menos películas sobre el desembarco en Normandía y Pearl Harbour y estudiar un poco más la I Guerra Mundial, que es la fetén.

martes, septiembre 18, 2007

El primer Borbón motorizado

Imaginaros esta escena: un día, en su voluntad por hacer cada vez más dinero, los fabricantes de los coches de Fórmula 1, ésos que conducen Fernando Alonso y el pérfido Lewis Hamilton, deciden poner a la venta réplicas de esos coches para el uso particular. En fin, si lo compras no puedes pasarlo de 120 kilómetros a la hora pero, al fin y al cabo, como dicen los sajones, it’s up to you. Automáticamente, todos los aficionados a la velocidad con suficiente dinero tratan de hacerse con uno.

Uno de esos aficionados resulta ser Juan Carlos I, rey de España. El rey, en efecto, decide comprarse con su pasta un coche de Fórmula 1. Y lo que provoca con esa decisión es una reunión del gobierno. Los ministros de Zapatero y el propio Zapatero se reúnen en Moncloa para alcanzar el acuerdo unánime de solicitar al rey que no se compre el coche.

Un gobierno solicitando al jefe del Estado que no se compre un coche. ¿Podéis imaginar una situación más gilipollas?

Pues no me la he inventado. Ocurrió, no con Juan Carlos de Borbón sino con su abuelo, Alfonso XIII; y, lógicamente, no era Zapatero quien presidía el gobierno, sino el mallorquín Antonio Maura.

Ocurrió a principios de siglo, más concretamente en 1904. En aquel entonces, Alfonso XIII era poco más que un adolescente imberbe que ya era rey a causa de la prematura muerte, algunos años antes, de su padre Alfonso XII. En España apenas había automóviles, y los que había eran caprichos de aristócratas millonarios. Sin embargo, tener coche empezaba a ser de lo más chic, y sabido es que a los reyes estas cosas de lo que está de moda les suelen molar bastante.

Alfonso decidió comprarse varios coches en Francia, que entonces era el principal constructor europeo de estas máquinas. A sus 18 años y compartiendo esa característica genética de los Borbones, que siempre han sido muy deportistas (de hecho, por alguna extraña razón los miembros de las familias reales, pudiendo elegir ser matemáticos, ingenieros, pintores, novelistas o antropólogos, casi siempre deciden dedicarse al deporte), el rey Alfonso quería un coche para sacarlo por ahí y ponerlo a buena velocidad. Ya hemos dicho, además, que tener coche entonces era cosa de aristócratas y éstos, la verdad, lo primero que hacían nada más estrenar el buga era ir a enseñárselo a su majestad, en parte para que se habituase a la novedad, en parte, hemos de suponer, para darle en todo el bebe: tú serás majestad, Majestad, pero no tienes coche. Ajo y agua.

Lo que no era el coche entonces es medio de transporte de fiar. O sea, servía para correr, para subir y bajar cuestas y para chulearse de pilotaje y tal; pero el coche servir, servir, lo que se dice servir, para el transporte personal, no servía. Las carreteras, en primer lugar, eran una puñetera mierda, y así siguieron hasta el magno plan de carreteras puesto en marcha en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, o sea veinte años después de los tiempos que ahora relatamos. En segundo lugar, la mecánica de los vehículos era compleja y en casos torpe, así pues lo normal es que cualquier coche, pasados unos cuantos kilómetros, se estropease sin causa aparente, como hacen hoy los sistemas operativos; y como no solía haber talleres, la reparación corría a cargo de los propios viajeros, motivo por el cual en aquel entonces a los chóferes se les llamaba mecánicos. Y, por último, está el asunto de que, como todavía no existían las competiciones de la Fórmula 1 para poner a prueba los neumáticos, las ruedas eran otra puñetera mierda, así pues si no fallaba la mecánica fallaban éstas. Cuando alguien quería de verdad llegar a algún sitio, iba en carreta, en ferrocarril o andando. Pero no en coche porque si iba en coche sabía que no llegaría.

Esta inutilidad del automóvil, que hoy debemos explicar para poder situarnos, animó, dentro del gobierno, la discusión sobre si era lógico que el rey se comprase los putos coches franceses. A los ministros, además, les preocupaba enormemente el asunto de la velocidad. A la monarquía borbónica ya le había pasado el finiquito rozando con la inesperada muerte de Alfonso XII, que sólo por los pelos dejó heredero varón sobre este mundo, y al gobierno no le hacía gracia que su hijo pusiera en peligro su integridad física haciendo el cabra por las corredoiras patrias. Alfonso tenía 18 años y no había generado aún descendencia; a lo que hay que unir que su familia colateral, que habría de sustituirle en la línea dinástica caso de que se arrease una hostia al volante y la palmase, no era en modo alguno del gusto de las fuerzas izquierdistas del país, por lo que su eventual elevación sería fuente de problemas enormes. Era necesario que el rey pariese varones, pues, y el automóvil aparecía como un obstáculo objetivo para ello (algo que hoy sabemos que es incierto, pues en el interior de los coches se han diseñado, y se siguen diseñando, un montón de varones y hembras).

Hemos de pensar, además, que buena parte de los ministros de aquel gobierno eran provectos. Y ser viejo en 1904 significaba haber nacido allá por 1830 o similar; es lógico que guardasen hacia el automóvil la misma prevención que los ancianos de hoy en día tienen hacia los cachivaches que usan sus bisnietos. El coche era entonces al ministro jubilado lo que el Bluetooth es hoy a la tía abuela Remorina. El principal opositor al coche en el seno del gobierno fue Faustino Rodríguez San Pedro, que entonces contaría más de setenta años, aunque, a pesar de ello, demostró capacidades sobradas para haberse dedicado, en otro tiempo, a diseñar crash tests y otras pruebas de seguridad al volante. Don Faustino, a la sazón ministro de Estado (Asuntos Exteriores), argumentó ante el resto del gobierno que la distancia entre asientos traseros y delanteros de los automóviles era muy corta, lo cual hacía al vehículo peligroso. No inventó el cinturón de seguridad de pura chiripa. En lo que sí se equivocó el Moratinos de aquellos tiempos fue al vaticinar que los automóviles caerían pronto en desuso, que eran flor de un día.

Antonio Maura, pues, quedó obligado de transmitir al joven rey la decisión del gobierno de solicitarle que no comprase los coches. Aunque Alfonso no se quejó delante de él, todo parece indicar que se cogió un mosqueo del cuarenta y dos. Primero, porque ya había encargado los coches, y se sentía por lo tanto obligado a recibirlos. Segundo, porque, como a cualquier adolescente, le parecería que aquellos ancianos calaveras eran unos siesos aburridos que querían putearle.

Era entonces costumbre en España, costumbre que ya no se seguía casi en ningún otro país europeo, que el rey y el jefe de gobierno despachasen los asuntos diariamente. Para las ocasiones en las que el rey no estaba en Madrid, normalmente de vacaciones, existía una figura, que era el llamado ministro de jornada, que era un miembro del gobierno encargado de sustituir al primer ministro en los despachos. Todo parece indicar que el verano de 1904 se lo pasó el joven rey Alfonso protestando casi diariamente por el asunto de los automóviles. Manuel Allendesalazar, ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas y, además, ministro de jornada en septiembre de 1904, le escribe a Maura desde San Sebastián, con fecha 10 de dicho mes, que el rey «a diario busca el tema» durante los despachos. O sea, cabe imaginarse al joven Borbón diciendo algo así como: «Bueno, señor ministro, todo eso de las subvenciones al olivo está muy bien, pero, ¿qué hay de mis coches?».

Según el testimonio de Allendesalazar, el rey argumentaba que estaba dispuesto a someterse a todas las reglas de prudencia que se le impusiesen, o sea que prometía que no le iba a pisar... demasiado. Pero que, a cambio, le costaba asumir que se le prohibiese conducir. Tanto es así que Alfonso, que como hemos dicho había pagado los vehículos con su pasta, acabó anunciando que los iba a comprar sí o sí. El gobierno, ante los hechos consumados, decidió que en lugar de llegar a San Sebastián fuesen a Madrid, para poder tenerlos controlados; quedando en la ciudad donde veraneaba el rey tan sólo una berlina eléctrica, «como muchas que usan las señoras», explica Allendesalazar en su carta. Cabe asumir que la tal berlina no corría una mierda.

La postura del gobierno español no podía ser más anacrónica. El rey español no era ya ni de lejos la primera testa coronada europea que se compraba un automóvil. Aunque, quizá, otros colegas majestuosos fuesen más prudentes al volante que él. Luego veremos por qué.

No está claro hasta qué punto esta chorrada malquistó al rey con Maura y sus ministros. Poco tiempo después de estos dimes y diretes, se produjo una crisis en la que cayó el gobierno Maura; una crisis a raíz de la cual el rey Alfonso ha sido tildado, no pocas veces, de caprichoso y veleta. Había que proveer el puesto de Jefe del Estado Mayor Central. El general Linares, ministro de la Guerra, tenía un candidato que era el general Loño. Sin embargo, Alfonso XIII se negó, aseverando que el puesto tenía que ser para otro militar, el marqués de Polavieja. Todo el gobierno se declaró a favor de la candidatura de Loño y la respuesta de Alfonso XIII fue mantener su predilección por Polavieja y aceptar la renuncia de los ministros. De todos.

Sin duda, lo mejor que se puede decir de la actitud del rey en este punto es que se extralimitó. Por mucho que, constitucionalmente, tuviese la potestad de hacer lo que hizo, la mínima lógica derivada del ejercicio de un poder arbitral como el de un rey dicta que sólo razones potísimas pueden justificar la negativa a aceptar el nombramiento para un algo cargo militar de una persona apoyada, no ya por el ministro del ramo, que debería bastar, sino del gobierno entero. Dado que el rey hoy tiene poderes mucho más recortados, deberemos acudir a la analogía con el presidente del gobierno. Es como si Zapatero recibiese la propuesta de un ministro para nombrar subsecretario de su departamento, se empeñase en defender a otro candidato y, además, al encontrarse con que todos los ministros apoyaban la propuesta de su compañero, los cesara a todos. Si eso hiciera, la prensa le daría la del pulpo, como es de ley.

¿Tuvo algo que ver en esta reacción excesiva, caprichosa y torpe del rey que estuviese previamente calentado con el asunto de los coches? La mayor parte de los historiadores piensa que no. Pero, claro, eso es algo que no podemos saber, a menos que algún día aparezcan unas memorias del Borbón.

De todas formas, todo parece indicar que Alfonso se salió con la suya: recibió los coches y, además, se dedicó a correr con ellos. En una carta remitida a Maura el 4 de agosto de 1907 por el senador Marcelo Azcárraga, éste introduce este jugoso párrafo:

Personas allegadas a la Casa Real creen que las grandes velocidades y los largos viajes en automóvil han perdido bastante en la afición del Rey, pues en el último, verificado de La Granja a San Sebastián, la Reina llegó muy estropeada, el Rey aburrido, los automóviles rotos y deshechos. El único que llegó bien fue un Renault de 24-30 HP, y se le oyó decir al rey: «Éste, por lo menos, es seguro».

O sea: fue ella. Como en tantos otros matrimonios patrios, fue ella, la señora, la que dijo: Alfonso, a mí no me vuelves a llevar así; o dejas de correr, o me voy en taxi. Pero que a él le gustaba pisarle, creo que es algo que queda fuera de toda duda.

Y es que a aquel Borbón, según todas las apariencias, le gustaban las actividades border line más que a mí la morcilla de arroz. En una carta al presidente del gobierno, fechada en Sevilla el 25 de febrero de 1909 (poco tiempo después de un viaje a Francia donde había asistido a las primeras demostraciones de aeroplanos), el propio rey introduce este párrafo:

Confieso que me costó bárbaramente no subir en el aeroplano de Wright, pues a la vista es más seguro que un automóvil: hace lo que quiere y, además, parece que se mueve en el vacío. Pero, en fin, ya me han salido dos muelas de juicio, y se impusieron.

Genio y figura…

viernes, septiembre 14, 2007

SEAT

Para cualquier persona que esté un poco interesada en el mundo de los coches, las siglas SEAT (pues eso fueron, unas siglas) no le pasarán desapercibidas. En efecto, los SEAT son una parte del paisaje de nuestras ciudades y carreteras. Sin embargo, conforme España se vaya llenando de personas más y más jóvenes, SEAT dejará de ser, progresivamente, lo que fue: quizás, el más ambicioso sueño industrial de aquella España, la del franquismo, que iba a todas luces perdiendo la carrera del desarrollo económico frente al resto de Europa.

Ciertamente, casi todos los grandes desarrollos de negocio en España son fruto de monopolios o de oligopolios: Telefónica es lo que es hoy gracias a las décadas en las que explotó en solitario el negocio de las telecomunicaciones en España; los orígenes de Repsol son la antigua CAMPSA, la ENP (Empresa Nacional del Petróleo) y Butano, todas ellas monopolísticas; Tabacalera, que creo que ahora se llama Altadis y está a punto de ser vendida, fue durante mucho tiempo el único vendedor de tabaco autorizado en España (neto de don Juan March, claro). Son pocos los casos de empresas surgidas en España en un entorno de desarrollo competitivo y, de ellos, SEAT es, quizá, el que mayor significado social e histórico tiene.

SEAT se llamó primero SIAT, que eran las siglas de la Sociedad Ibérica de Automóviles de Turismo, creada en 1940, apenas terminada la guerra civil pues, por un banco de tamaño mediano con especial vocación por participar en proyectos industriales: el Banco Urquijo. Viajados que serían, sabían los hombres del Urquijo que en toda Europa comenzaba a pitar fuerte (nunca mejor dicho) el negocio automovilístico. En España ya había habido experiencias de fabricación de vehículos, por ejemplo los bellísimos Hispano-Suiza, que habían quedado más o menos cortados con la guerra. Hacía falta un fabricante en masa, capaz de producir para saciar la demanda que, con seguridad, acabaría produciéndose.

Eso sí, en España nadie, o casi nadie, sabía de construir coches, motivo por el cual desde el primer momento se buscó un primo de Zumosol, eso que en el mundo de los negocios se llama un socio tecnológico. Resultó ser la italiana FIAT, la multinacional de la familia Agnelli. Juntos, banqueros e italiano se fueron a ver al gobierno; pues, en aquellos años de autarquía, era impensable lanzar un proyecto de estas proporciones sin la anuencia de El Pardo. A Franco, aquella oferta le vino genial, embarcado como estaba en la creación de un grupo industrial público, el Instituto Nacional de Industria (INI), destinado, en la cabeza de los gestores económicos del régimen, a servir de locomotora del crecimiento industrial español. En 1950 se creó la Sociedad Española de Automóviles de Turismo, SEAT. El Estado español se reservó el control (51%), mientras el resto se lo repartían los bancos y los italianos.

SEAT tardó tres años en comenzar a producir, con una total dependencia respecto de FIAT. El primer modelo que produjo, el SEAT 1.430, era una copia del FIAT 1.430. A partir de 1957, no obstante, SEAT entra en el mito social español con el comienzo de la fabricación del SEAT 600, copia del modelo italiano del mismo nombre.

El Seiscientos es el utilitario por excelencia. Todos o casi todos los españoles que tenemos hoy cuarenta o más años hemos pasado nuestra infancia haciendo viajes en Seiscientos. Tener un Seiscientos se convirtió en la seña de prosperidad personal por excelencia. Era un coche (por lo menos el de mi padre) ruidoso, maloliente e incómodo; pero eso lo hemos sabido muchos años después de montar en él, cuando hemos descubierto la cantidad de elementos de confort que se le puede llegar a incorporar a un automóvil.

En 1957, la fábrica de SEAT todavía era apenas capaz de sacar por la puerta unos 10 coches diarios, lo cual es muy poco. En realidad, durante mucho tiempo la demanda fue muy por delante de la oferta y es por ello que los Seiscientos, como otros coches, se vendían en España con lista de espera; una lista de espera que, en ocasiones, era de varios, largos, meses. No obstante, la producción no dejó de aumentar, alcanzando su máximo en 1970, año en el que SEAT proveía al mercado con más de 210 Seiscientos diarios.

Los años sesenta fueron los años inolvidables de SEAT. Cada cinco años, la sociedad doblaba sus ventas y tenía una posición preeminente dentro del mercado interior. No obstante, no son pocos los que consideran que fue, precisamente, en esos años tan buenos cuando SEAT cavó en parte su tumba como empresa independiente. La empresa no hizo prácticamente ningún esfuerzo por sacudirse la dependencia respecto de su hermano mayor y, de hecho, no abordó prácticamente ninguna investigación. Y nosotros sabemos ahora en qué consiste el mercado de los automóviles, que cada año le incorpora a los vehículos un equipamiento más, alguna novedad de seguridad, de confort o de otro tipo, que diferencia a los modelos nuevos de los antiguos. Muy al contrario, SEAT operó en el mercado como si la fuente de leche y miel que manaba del Seiscientos no fuese a secarse nunca y como si la competencia fuese imposible.

En un movimiento pendular, muy característico de nosotros los hispanos, de esa molicie se pasa a una especie de estrategia de big bang o cambio total. Lo recuerdo bien porque uno de los varios trabajos que a lo largo de su vida tuvo mi padre fue, precisamente, vender coches en un concesionario coruñés de la SEAT. Y me acuerdo de que, siendo yo un niño, fue a Barcelona a una reunión de ventas y, a la vuelta, nos anunció: «¡Van a dejar de fabricar el Seiscientos!» Y lo dijo con el mismo tono con que hubiese anunciado la intención de Franco de declarar a España Nación Masona, o el que utilizaríamos hoy para dar la noticia de que Andreu Buenafuente ficha a José María Aznar de tertuliano.

En efecto: SEAT quería abandonar, o mejor diríamos dejar de centrarse en, el segmento de coches más pequeños, más utilitarios. Y llevaba su razón de ser la cosa, porque en España, como en toda Europa, cada vez la gente tenía más pasta, y cuando se tiene más pasta, hay dos cosas que pasan: en las mujeres, su frecuencia de compras aumenta; en los hombres, lo que aumenta es el tamaño y potencia de su coche.

Así pues, el Seiscientos tenía heredero: el SEAT 127, otra antigualla que casi no se ve hoy en día, pero en su tiempo toda una revolución: un coche algo más amplio (la verdad es que el Seiscientos es como un huevo de avestruz con ruedas) y más potente. Pero esto se pensó a principios de los setenta. Y quienes lo pensaban no contaban ni con la guerra del Yon Kippur, ni con el cabreo de la OPEP ni, consecuentemente, con la crisis del petróleo, que mandó al carajo todas esas predicciones. La pasta empezó a escasear y, de hecho, comenzó a ser buen rollo tener un coche pequeño y que gastara poca gasolina. Además, hay que tener en cuenta el proceso, entonces embrionario pero progresivo, de motorización de la mujer, y sabido es que las mujeres tienen preferencias por coches más pequeños y utilitarios que los hombres.

SEAT, con el paso cambiado, pasó en cinco años de vender uno de cada dos coches que se vendían en España a vender uno de cada tres. Y, como nunca se había preocupado de ser una empresa independiente, tampoco tenía grandes exportaciones que echarse a la boca (aparte de que el mundo entero andaba descojonado con lo del petróleo, así pues poco iba a vender).

En 1976, en medio de toda esta merdé, se produce un hecho aún peor: la dinastía Ford, ésa que nosotros pronunciamos sin d y los americanos sin r, pone sus ojos en la hoy Comunidad Valenciana e instala sus reales en Almusafes.

Para SEAT, la llegada de Ford fue la introducción de un matón más en un barrio donde ya era difícil conseguir gente que se dejase chantajear. Los planes de Ford eran, y fueron, apostar fuerte en el mercado español con un modelo, el Fiesta, de gama media. Como el 127.

Estamos más o menos en 1978, y para entonces ya está claro que SEAT no podrá sobrevivir sola. Primero se intenta, que era lo obvio, la alianza con FIAT. Pero los italianos tienen sus propios problemas, pues están fuertemente afectados por la crisis en Italia, así pues, lejos de aceptar, hacen todo lo posible por desvincularse de la empresa, y lo consiguen.

¿Por qué Volkswagen? Pues tiene toda la lógica. De hecho, la colaboración con SEAT, a partir de 1982, que culminaría con la adquisición de la compañía, ha sido largamente beneficiosa para los alemanes. Los coches del pueblo teutones tenían una reducidísima cuota de mercado en España y, merced a los acuerdos de SEAT, accedieron a la red de ventas y asistencia técnica más desarrollada que existía en dicho mercado (y esto no lo digo porque mi padre formara parte de ella; pero también, qué coño). Esto les permitió salpimentar sin problemas nuestras calles de modelos no fabricados en España, como el célebre Golf.

En segundo lugar, VW estaba muy presionado en sus costes por los elevados salarios pagados en Alemania, y fabricar en España (esto es: Zona Franca de Barcelona, Pamplona, Prat del Llobregat y Martorell) le supuso reducirlos con claridad.

En tercer lugar, mediante el acuerdo con SEAT, VW ponía una pica en el último gran mercado europeo por descubrir (hasta la caída del Muro, claro), lo que le permitía abonar un liderazgo continental para el que competía duramente con Fiat.

Eso sí, la empresa estaba en unas condiciones financieras muy comprometidas, lo que hizo necesario que, en los años previos a la privatización, el Estado (o sea, nosotros) pusiera, como accionista, un montón de pasta para poder vender la empresa limpia de polvo y paja. Hasta 250.000 millones de pesetas inyectó en esos pocos años el accionista en SEAT. Con la privatización, aún asumiría el Estado las pérdidas del último año en su accionariado (casi 37.000 millones de pesetas), amén de concederle un crédito de 186.000 millones más.

El gran acierto de SEAT, en esos años, es el modelo Ibiza, idealmente diseñado para un tipo de conductor, joven y crecientemente consumista, que empieza a surgir conforme superamos las crisis del petróleo: la primera, ya citada, y la segunda, provocada por la guerra Irán-Irak. Asimismo, se comienza a producir el Polo con tecnología compartida. Luego, ya siendo alemana, llegará la era del Toledo.

¿Ha superado SEAT esa existencia de incertidumbre casi continua? Pues la verdad es que no. Poco a poco, el fabricante español ha ido perdiendo uno de sus atractivos competitivos, como era el menor coste relativo de fabricar aquí; de hecho, tras la caída del Muro y la adquisición por Volkswagen del fabricante checo Skoda, en realidad la situación ha dado la vuelta. Pero no hay que ser pesimistas. Las cosas también cambian para bien, y uno de esos cambios positivos es el peso que ha adquirido el mercado español de automoción. No fueron pocos los agoreros que, en los años ochenta y noventa, afirmaron que la España del millón de coches de venta anual era una quimera y, sin embargo, se equivocaron. Ojo, pues, con abandonar este mercado, que no es cualquier mercado.

Quizá, alguna de las cosas que le dejemos a nuestros nietos será un modelo SEAT, por supuesto más ecológico que los actuales. ¿Por qué no?

miércoles, septiembre 12, 2007

El primer genocidio

Tiburcio strikes again. Enterado, a través no sé yo de qué viles canales, de que estoy preparando un borrador de post para su blog (yo, sí, yo escribiendo sobre budismo... ¡dónde vamos a llegar!), se ha apresurado a enviarme una serie de material que ha estado pergeñando a lo largo del verano. Esto de hoy es sólo una parte. La parte más sangrienta, pues de genocidios va.


Aquí está, pues, el primer genocidio. By Tiburcio Samsa.



Los primeros homo sapiens llegaron al extremo occidental de Eurasia hace unos 40.000 años. Cuando llegaron se encontraron con lo mismo que milenios después les ocurriría a los colonos anglosajones de Norteamérica: que ésas tierras que molaban tanto ya estaban ocupadas. En este caso, por el hombre de Neandertal.

No sabemos cómo fueron las relaciones entre los sapiens y los neandertales. Lo que sí sabemos es el resultado de su encuentro: unos 10.000 años después los neandertales se habían extinguido y lo que queda de su ADN duerme en huesos polvorientos en los museos. Parece ya demostrado que no hubo cruces entre sapiens y neandertales o, si los hubo, o no produjeron descendencia o la que produjeron era estéril. El linaje del homo sapiens y el del hombre de Neandertal se habían separado hacía unos 500.000 años. Medio millón de años de evolución separada son muchos años. Ambos ya eran especies separadas sin posibilidad de entrecruzamiento.

¿Qué produjo la extinción del hombre de Neandertal? Preguntarlo es un poco como cuando el inspector Colombo entraba en la habitación, se encontraba al mayordomo con una pistola humeante en las manos y a la señora Brisby tirada en el suelo con un balazo en la cabeza y le preguntaba: «¿Sabe usted si la fallecida sufría del corazón?»



Veamos: el hombre de Neandertal llevaba viviendo desde hacía decenas de miles de años en el Europa, llega el homo sapiens y en el transcurso de 10.000 años se extingue. Verde y con asas.
Sin descartar un escenario a lo general Custer en el que el homo sapiens hubiera invitado activamente al hombre de Neandertal a salir de la escena, la extinción del hombre de Neandertal parece fácil de explicar.

De pronto en el mismo territorio se encuentran dos cazadores que ocupan exactamente el mismo nicho ecológico. Mientras los recursos sean abundantes, ambos podrán prosperar, con ventaja eso sí para el que disponga de mejor tecnología, que verá como su población aumenta más rápidamente. Si los recursos disminuyen, el menos eficiente se encontrará con menos alimentos a su disposición y eventualmente acabará extinguiéndose. Eso fue lo que sucedió: hace 30.000 años el problema del planeta no se llamaba calentamiento global, sino enfriamiento global. Como en las películas del Oeste, «no hay sitio para los dos en este pueblo, forastero». Sólo que en este caso fue el forastero el que se quedó.

Existen modelos que muestran que una leve ventaja entre dos especies que compitan por el mismo nicho ecológico puede llevar en poco tiempo a la especie desfavorecida a la extinción. La leve ventaja se traduce en el logro de más alimentos, lo que lleva a más nacimientos, que a su vez aumentan todavía más la cantidad de alimentos que van para la especie con ventaja. Con que la tasa de mortalidad de los neandertales hubiese aumentado en un 1% anual o sus nacimientos hubiesen disminuido anualmente en la misma proporción, tendríamos que podrían haberse extinguido en sólo 1.000 años.

Hay indicios de que los homo sapiens disponían de importantes ventajas sobre los neandertales. Sus herramientas líticas eran más sofisticadas y parece que sus redes comerciales estaban hasta tres veces más extendidas que las de los neandertales, lo que mostraría una organización social más elevada. En el caso de los homo sapiens, se han encontrado herramientas cuyas materias primas procedían de lugares distantes varios cientos de kilómetros. En el caso de los neandertales, los casos que se conocen apenas superan los cien kilómetros. Por otra parte, los neandertales muestran una notable falta de progreso tecnológico. Apenas se perciben avances en sus herramientas durante los 200.000 años que permanecieron en Europa. De hecho sólo hacia el final se detecta alguna mejora en sus útiles y es bastante probable que esa mejora fuera provocada por la imitación de los más exitosos homo sapiens.

Mi teoría personal es que la ventaja del homo sapiens no consistió solamente en que sus hachas de piedra fueran más eficaces. Su ventaja pudo haber residido en el lenguaje.

No se sabe a ciencia cierta cuándo apareció el lenguaje humano, entendido éste como la posibilidad de comunicar pensamientos complejos y abstractos, estructurados sintácticamente. Hace unos 50.000 años aparecen los primeros ejemplos de arte, lo que parece indicar cierta capacidad de pensamiento abstracto y posiblemente el lenguaje.

Existe un amplio consenso entre los paleontólogos de que, si bien los neandertales tenían la estructura fisiológica necesaria para el habla y posiblemente dispusieran de un lenguaje, éste sería rudimentario. Poco más que frases sencillas del tipo «ven aquí» o «león peligroso». ¿Qué podían hacer unas gentes con ese lenguaje contra unos homo sapiens capaces de decirse cosas como «cuando salga la luna, yo me acerco, le rebano el cuello al jodío centinela Neandertal y prendo fuego a sus pieles, mientras tú aprovechas la confusión para robarles la comida»?

lunes, septiembre 10, 2007

Ejercicio de agudeza visual antidictadores

A mi amigo Dani Durán, que no tardará ni dos minutos en descubrir el truco.




Alguna vez hemos hablado en estas notas de la censura. La censura cultural y de prensa tiene muchas cosas malas y una sola buena. De la buena es de la que vamos a hablar hoy.

Esa cosa buena que tiene la censura es que aguza la inventiva. Quien quiere decir públicamente algo pero no puede porque se lo impide el Estado, la moral, el cura del pueblo o la guardia civil, trata de buscarse las vueltas para decirlo de otra manera. Yo descubrí este efecto siendo un adolescente, en los primeros años de nuestra democracia. En aquellos tiempos un cantautor catalán, Joan Manuel Serrat, compuso y grabó una canción titulada Cada loco con su tema. Muy propia de aquellos tiempos, empezaba por decir que cada uno decide lo que le gusta, para pasar a describir las preferencias del cantante de forma contrapuesta (o sea: esto me gusta, esto no me gusta).

Un día, sentado frente al televisor, vi un reportaje televisivo sobre un concierto que había dado Serrat en el Luna Park de Buenos Aires. En aquel entonces Argentina era un país bajo una dictadura, aunque en sus últimas boqueadas. Entonces Serrat comenzó a cantar su canción. Yo la había escuchado miles de veces sin darle la mayor importancia. Pero cuando llegó a un verso que dice «[prefiero] un sioux al Séptimo de Caballería», el auditorio se volvió loco. En ese momento me di cuenta de que esa letra tenía, para alguien viviendo en una dictadura militar, una intención que yo nunca le había encontrado.

El burla burlando de la censura ha existido siempre. Ahí están las letras folklóricas de significado sexual que se vienen cantando en España de tiempo atrás, tales como:

En la puerta de tu casa un tejo de oro perdí.
Nadie con el tejo daba
y yo con el tejo dí.

Esta misma técnica la aplicaban, en los últimos años del franquismo, Tip y Coll, mediante un diálogo en el que peroraban sobre lo que le había pasado al burro de un tal López. El animal, según contaban, se había despeñado por un barranco. Primero resbaló, decían, y luego el burro de López, rodó. López Rodó eran los apellidos de uno de los más afamados ministros franquistas, así pues con la dicha anécdota ambos humoristas conseguían insultarlo impunemente.

También existen mitos de la censura probablemente falsos. En los años del franquismo corría la historia de que La Codorniz, revista satírica que fue no pocas veces secuestrada por la censura, había publicado el siguiente pasatiempo: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Y nos importa tres X que nos cierren la edición».

Gente que cuente esta anécdota la hay a capazos. Incluso jurando que leyeron dicho pasatiempo. Pero gente capaz de enseñar el recorte de la revista yo, por lo menos, no he encontrado jamás alguno. Es, más que probablemente, una leyenda urbana.

La censura tiene que ver con las dictaduras. Y de una de esas dictaduras vamos a hablar hoy, concretamente de la que detentó el general Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1930.

La dictadura de Primo de Rivera (padre de José Antonio, fundador de la Falange) es habitualmente conocida como la dictablanda, ya que no fue excesivamente violenta ni brutal con sus opositores. Yo creo que esto fue así por varias razones, pero fundamentalmente dos. Primero, porque se suele entender que fueron opositores de la dictadura quienes en realidad no lo fueron. Ahí están, por ejemplo, el PSOE y la UGT, dos organizaciones teóricamente poco proclives a apoyar a un dictador militar, pero que de hecho lo hicieron, a cambio de que obtener con ello una posición monopolística en la representación obrera (en detrimento de la CNT anarquista, que contestó a ello radicalizándose, y tal vez por eso se desempeñó, años después, con tanta violencia contra gobiernos republicanos de izquierdas). El pacto entre Primo y el PSOE fue tal que el líder socialista Largo Caballero fue durante aquellos años nada menos que consejero de Estado.

La segunda razón, mucho más poderosa, es que la dictadura de Primo fue, sobre todo en sus primeros años, una dictadura popular. En no pocos libros, de texto y de no texto, se lee eso de que el golpe de Estado de Primo de 1923 se hizo para evitar las responsabilidades que estaban a punto de definirse por el desastre de Annual, en Marruecos, donde en 1921 palmaron un montón de españolitos y otro montón fue hecho prisionero. Con ser cierto que Primo quería librar al Ejército de tal oprobio, ésa es una visión reduccionista y simplista. El principal motor del golpe y la dictadura posterior fue el hecho de que la sociedad española, después de cuarenta años de Restauración; después de cuatro décadas de parlamentos que nunca terminaban sus mandatos; después de cuarenta años de gobiernos presididos por el cabildeo y el tráfico de influencias; después de cuatro décadas de un sistema democrático parlamentario en que las elecciones se amañaban sistemáticamente y, en cualquier caso, los partidos turnantes eran dominados en cada sitio por los caciques locales y, por lo tanto, usados a favor de oscuros intereses personales; después de cuatro décadas de todo eso, el personal estaba hasta los pelos. Incluso en la muy catalana Barcelona, que no tenía nada que ganar en una dictadura militar que a buen seguro no favorecería ni un tanto sus pretensiones regionalistas, autonomistas o independentistas, incluso en Barcelona, digo, el golpe de Estado fue recibido con alharacas (Primo era allí gobernador militar y fue allí donde se sublevó).

Si a eso unimos que en los primeros tres años de dictadura, Primo consiguió acabar con la sangría de la guerra de Marruecos, podemos estimar que hubo un primer momento de aquel régimen en el que el apoyo popular fue su principal argumento para mantenerse.

El problema con los dictadores es siempre el mismo: no saben irse. A partir de 1926, cuando el desembarco de Alhucemas termina con la guerra marroquí, el divorcio entre dictador y pueblo se va haciendo cada vez más amplio. Primo de Rivera se parecía mucho a su sucesor, Francisco Franco, en que por mucho que en algunas cosas no se le pudiese negar inteligencia política, en general tenía el defecto de confundir un país con el patio de un cuartel. Si te asomas al patio de un cuartel y ves al personal haciendo lo que le sale de los huevos, mandas un toque de corneta y en medio minuto has cambiado la situación: todo el mundo está formado. Pero un país no es así. En un país puede haber gente haciendo cosas que por mucho que le toques la corneta no deja de hacerlas, no forma, no se pone firmes ni canta el himno de infantería ni Cristo que lo fundó.

Primo de Rivera estaba dispuesto a muchas cosas, pero no a volver a un sistema de partidos políticos (igual, otra vez, que Franco). Despreciaba a los políticos y se consideraba a sí mismo liberado de sus vicios. Se tenía por un hombre de enorme capacidad de comunicación con su pueblo, cosa que hacía a través de un sistema poco común, las notas oficiosas, especie de mezcla entre bando municipal, carta personal y nota de prensa que escribía de vez en cuando, y que eran de inserción obligada en la prensa. Su referente era el jefe del Estado, o sea el rey Alfonso XIII, por quien probablemente no sentía excesivo afecto personal, por decirlo finamente. Primo y el rey nunca se entendieron bien, a pesar del entusiasmo con que el rey aceptó el golpe de Estado (y por el que sería juzgado como traidor por la República). Primo no se fiaba de Alfonso, hasta el punto de acuñar el verbo borbonear que, para el general, significaba algo así como engañar o marear. «A mí no me borbonea éste», solía decir.

Durante toda la dictadura, pero sobre todo en la segunda mitad, Primo de Rivera estableció una muy estricta censura de prensa. Como ya he escrito, sus propias notas oficiosas eran de obligada inserción y, más allá, los contenidos de los periódicos estaban estrictamente controlados. Conforme le fueron apareciendo enemigos al general (entre los que cabe anotar al arma de Artillería, que hubo de disolver; a los catalanes, que trataron de darle un golpe de Estado en El Garraf; o incluso a los conservadores dinásticos de Sánchez Guerra, que dieron otro golpe en Valencia), esta censura se hizo peor y ya sólo tenía libertad de opinión la Unión Patriótica, especie de partido político títere creado por el propio Primo para dar a su régimen una apariencia democrática que no engañaba a nadie.

No se podía publicar libremente, pues. Pero eso no importa a los periodistas con imaginación, como José Antonio Balbontín. Balbontín era un personaje de ideas avanzadas, que se fueron haciendo más avanzadas en la República, de temperamento muy sanguíneo y, desde luego, un cachondo mental, que es lo que hay que ser siempre para burlar la censura.

Había fundado, ya lo he dicho, Primo un partido, la Unión Patriótica, y dicho partido tenía un periódico de cámara que se llamaba La Nación. Balbontín maquinó la mayor venganza contra una censura dictatorial: esquivarla y, además, en su propio terreno.

Simulando ser una señora entrada en años y aficionada a los ripios apellidada Valdecilla, Balbontín remitió a La Nación un soneto laudatorio del general/dictador. Un poema estomagante lleno de topicazos románticos y neobarrocos, muy del gusto de la [mala] poética del siglo XIX. La Nación, cómo no, lo publicó. Helo aquí.

Paladín de la patria redimida,
recio soldado que pelea y canta,
ira de Dios que, cuando azota, es santa,
místico rayo que al matar es vida.

Otra es España a tu virtud rendida;

ella es feliz bajo tu noble planta.
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
blasfema ante tu frente esclarecida.

Otro es el mundo ante la España nueva,

rencores viejos de la edad medieva
rompió tu lanza, que a los viles trunca

Ahora está en paz tu grey bajo el amado

chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!


Dejemos las cosas claras. Que nadie se escude en lo distinto que fue el pasado, porque vencido el primer cuarto del siglo XX, este poema era tan hortera como lo pueda ser hoy. Que nadie piense que estaba dentro del buen gusto de la época escribir chorradas como «está en paz tu grey bajo el amado/chorro de luz de tu inmortal cayado». Y mira que se dijeron y escribieron imbecilidades durante el franquismo; pero no sé de nadie que se atreviese a llamar a Franco «pastor santo». No sé el vuestro, pero mi preferido, sin duda alguna, es el verso sobre el hampón que en odio se amamanta.

La señora Valdecilla era, pues, una imbécil ripiosa. Pero más imbécil era, aún, el director de La Nación, por ordenar la publicación de este engendro. Porque engendro es, pero no por lo que él pensaba.

La publicación del poema fue un escándalo. ¿Por qué? Pues porque, en la misma mañana que se publicó, Primo era el hazmerreír de todo Madrid, de España entera.

¿Por qué? No creo que os resulte muy difícil descubrirlo.

viernes, septiembre 07, 2007

Puto Jueves

La Historia está llena de misterios sin resolver. Cosas que nadie sabe a ciencia cierta cómo ocurrieron. Conforme nos vamos más atrás en el tiempo, más densidad de misterios encontramos, y más historiadores que, muchas veces, son fundamentalmente especuladores, interpretadores de los signos de la realidad, que les llegan en forma de mitos, cuentos, canciones, leyendas, restos arqueológicos o versiones absolutamente parciales.

Los misterios, en todo caso, no son exclusivos de la Historia Antigua. De hecho, a día de hoy no hace ni ochenta años de uno de los episodios históricos que más inquietud ha despertado y sobre el que, en el fondo, menos consenso hay: la Gran Depresión americana. Por increíble que pueda parecer en un hecho ocurrido hace tan poco tiempo, además en el país más desarrollado del mundo, hoy es el día que sigue habiendo una discusión abierta sobre por qué ocurrió.

Sabemos, por supuesto, qué ocurrió. Todo empezó el 24 de octubre de 1929, el día que ha pasado a la Historia como el Jueves Negro; y su tremenda continuación, cinco días después, en el conocido como Martes Negro. Como siempre cuando hablamos de asuntos relacionados con la cotización financiera, en realidad estamos hablando de expectativas.

Los economistas, cuando no les escucha nadie y no pueden ser acusados de ser políticamente incorrectos, suelen decir que para un elevado crecimiento económico no hay nada mejor que una gran catástrofe natural o, mejor, una guerra. Sobre todo si la ganas, claro. Ambas situaciones son susceptibles de generar fuertes destrucciones que generan reconstrucciones lo cual, paradójicamente, funciona como revulsivo económico. En los felices años veinte del siglo ídem, las economías ganadoras de la primera guerra mundial, y sustancialmente los Estados Unidos que, además de ganarla, no había tenido pérdidas en su territorio, experimentaron un crecimiento extraordinario; a costa, por cierto, de los países perdedores y los neutrales, que habían hecho su agosto durante la guerra. Es el caso de España, que se forró de pasta mientras el resto de Europa se daba de hostias, pero para la que el final de la guerra fue un desastre económico de primera magnitud, especialmente en el caso de Cataluña.

En los años veinte se generó cierta expectativa de crecimiento interminable. La fiesta no parecía ser capaz de parar. Entonces la ciencia económica era puramente liberal, así pues tenía una creencia ciega en que el mercado se autorregula sin problemas. Especialmente, los economistas clásicos creían que el gran tridente de la economía (esto es: precios, salarios y tipos de interés) tendía, de forma natural, al equilibrio. Por ejemplo: si los precios caen, los salarios ganan poder adquisitivo, luego las personas incrementan la demanda, lo cual eleva los precios: reequilibrio. O: si los precios caen los tipos de interés, que no son sino un precio (del dinero) caerán también; pero entonces será más barato invertir, con lo que la inversión productiva crecerá, crecerá el empleo, aumentarán los salarios, con ellos la demanda, y con ella los precios: reequilibrio.

La consecuencia fundamental de creer en las teorías del reequilibrio es que permite creer en situaciones de crecimiento constante, esto es, el sistema se va reequilibrando en niveles de producción y renta cada vez superiores. Esta convicción hizo a muchos inversores financieros muy descuidados. Invertir en los mercados de capitales (la Bolsa es uno de ellos, y es el ejemplo que casi siempre se toma) se parece un poco a jugar al ajedrez: importa tu movimiento, pero también importan los movimientos que tu contrincante hará después de ese movimiento tuyo. Cuando compramos una acción a 1.000 estamos comprando la expectativa de que se ponga a 1.000 y algo (a menos que seamos un inversor gilipollas, que también los hay); si nuestra expectativa es que baje a 990, en lugar de comprarla, la venderemos. Tenemos, pues, que tener una expectativa de crecimiento del valor, expectativa que, además, debe superar a la rentabilidad libre de riesgo, que es la que podemos obtener sin mancharnos las manos. Por ejemplo, si una letra del Tesoro español, que es un activo fidelísimo con alta calificación crediticia, nos da un 3,5% de interés, entonces nuestra inversión con riesgo (compra de acciones) debe poseer una expectativa de revalorización del 3,51% o superior.

El cadillac de la operativa bursátil es la compra a crédito: yo compro un paquetón de acciones el 1 de enero con un dinero que no tengo; alguien me lo presta al 6% anual. Pero yo hago eso porque tengo la expectativa de que, en un año, las acciones que compro van a revalorizarse, digamos, un 20%. El 31 de diciembre vendo las acciones, que son mías, pillo el 20%, le devuelvo a mi acreedor sus seis puntitos, y con los 14 que me sobran me compro un buen juego de palos de golf. Tutti contenti.

Pero no hay más que expectativas. ¿Qué es lo que ocurre cuando no se cumplen?

Una historia, probablemente falsa, nos dice que Joseph Kennedy, el patriarca de la familia que acabaría dando a los Estados Unidos un presidente, un casi presidente y un senador voceras, no se pilló los dedos en la crisis bursátil del 29 porque algunas semanas antes, mientras le lustraban los zapatos en la Quinta Avenida, su limpiabotas le dijo: «Eh, señor Kennedy, ¿quiere un buen soplo para Wall Street? Me han dicho que es seguro». Kennedy, al instante, pensó: de una Bolsa donde hasta los limpiabotas meten dinero lo mejor que se puede hacer es marcharse.

La anécdota, ya lo he dicho, es probablemente falsa. Pero, al mismo tiempo, cierta. Porque lo que es un hecho es que, en los Estados Unidos de 1929, había una confianza ciega en el avance permanente de las cotizaciones bursátiles (como he dicho, una especie de teoría del reequilibrio insinuada), y ese era un fenómeno del que participaba la sociedad americana entera. También los limpiabotas. Pero, claro, un limpiabotas, para comprar en Bolsa, tiene que comprar a crédito.

El 3 de septiembre de aquel año, el índice Dow Jones encontró su cima: 381,17 puntos. A partir de ahí, empezó a caer y en un mes perdió cosa de un 17%. Esto disparó la inquietud del personal, y llegó el Jueves Negro. Ante la caída en picado de aquel día, los grandes banqueros americanos se reunieron, juntaron su pasta y al día siguiente, viernes 25, se presentaron en el parqué haciendo ofertas de compra de grandes paquetes de acciones de empresas señeras del mercado, a precios por encima de las cotizaciones oficiales. Esto calmó los ánimos, aunque sólo durante un par de días.

El fin de semana fue un constante bombardeo periodístico. La prensa, siempre tan amiga de describir las cosas con tintes dramáticos, le calentó la cabeza de tal forma a los norteamericanos durante el fin de semana que el lunes todos los traders del mercado se presentaron en el parqué con los bolsillos llenos de órdenes de venta como sea, a cualquier precio: el americano medio había decidido irse de najas de la Bolsa.

El lunes 28, las cotizaciones cayeron un 13% y el Martes Negro un 12% más, lo cual es, con perdón de la expresión, la puta leche. En esa semana se volatilizó un valor equivalente de 30.000 millones de dólares. Lo cual lo mismo no nos da ni frío ni calor pues hoy, en Wall Street, un día de bajada normalita, «desaparecen» 100.000 millones de dólares sin que los informativos televisivos siquiera se hagan eco. Sin embargo, para que podáis valorar la magnitud del hostión, os diré que Estados Unidos no había llegado a gastarse 30.000 millones de dólares en el esfuerzo bélico de la primera guerra mundial.

O sea: 17% en el mes previo, más o menos un 10% el jueves, un 13% el lunes y un 12% el martes. Eso es una caidita del 43%, más o menos. Ahora pensad en el limpiabotas. Con unas ganancias de, digamos, 500 dólares mensuales, entró en la Bolsa el 3 de septiembre comprando 1.500 dólares en acciones a crédito, con dos meses de plazo: debe devolverlo el 3 de noviembre. Le prestaron el dinero al 6% anual, pero como son dos meses, o sea la sexta parte del año, debe pagar un 1%: el 3 de noviembre debe devolver 1.515 dólares. Y… ¿qué tiene? Pues acciones que valen 1.500 x 0,43 = 645 dólares... y bajando. El 29 de octubre, nuestro limpiabotas necesita encontrar, en cinco días, 355 dólares, lo cual es el 70% de lo que gana en un mes, es decir, él tarda 21 días en ganar tanto dinero (eso suponiendo que no coma, que duerma en la calle y que se fume, como cantaba Moncho Alpuente, los pelillos del sobaco).

Aquí tenéis, mutatis mutandis, el triste rostro escondido de la compra bursátil a crédito.

Los limpiabotas, en todo caso, no se suicidaron. Los que se tiraron desde los balcones de sus casas y de sus oficinas fueron los grandes especuladores del mercado, ya que ellos eran como el limpiabotas, sólo que donde éste había pedido 1.500 dólares, ellos habían pedido un millón, o diez, o cien millones de dólares. Pero, con todos los respetos hacia los financieros, la Gran Depresión fue mucho más que eso. De todas las fotos que he visto que hacen la crónica de aquellos tiempos hay una que siempre me ha enternecido especialmente y, como ocurre hoy con casi todo, la podéis ver en Internet, reproduce la cena de Navidad en casa de un granjero de Iowa. Fijaros en la imagen. El granjero tiene cuatro hijos (no sabemos si su mujer ha muerto o simplemente no posa) que comen de pie, porque en esa casa sólo hay una silla. Las vestimentas de los niños en la cena más importante del año lo dicen todo. Y la comida no se ve, ellos la tapan, pero se adivina magra y escasa. A la derecha de la foto se adivina el hornillo sobre el que se calienta el café.

Es de justicia reconocer que, probablemente, los grandes paganos de la Depresión fueron los granjeros estadounidenses, los trabajadores agrícolas. Buena parte de ellos eran propietarios y dejaron de serlo. Toda crisis financiera (bursátil) acaba siendo pronto una crisis bancaria, porque los bancos son, al fin y al cabo, los que están detrás de todos esos préstamos que, repentinamente, pasan a ser fallidos. Cuando un banco va mal, llama a retreta a todo dinero y lo pone a formar en su caja fuerte; esto quiere decir que se aplica a una política de recuperación de créditos como sea y, cuando no los puede recuperar o cobrar, ejecuta la garantía inherente al préstamo, que suele ser hipotecaria.

En 1932, el comercio mundial era la mitad que en 1929. La primera consecuencia de la Gran Depresión fue una paralización brutal de la actividad económica que afectó a los intercambios, lo cual afectó directamente a la agricultura. Los agricultores perdieron negocio y, en esas condiciones, no pudieron servir los créditos que tenían, y los bancos se quedaron con sus granjas. Cualquiera que se siente un sábado por la tarde delante del televisor a ver pelis americanas verá que, en cuanto a la acción transcurre en los estados agrícolas, la figura del banco buitre que se queda con la granja del prota sigue, aún hoy, presente en los guiones.

El segundo gran pagano fue el obrero industrial. En el mes y medio que siguió al Martes Negro se perdieron en Estados Unidos unos 15.000 empleos diarios, creando un ejército de parados casi coincidente con la cifra actual de asalariados de la economía española (ahí es nada).

¿Qué pasó en la Gran Depresión? Bueno, ya he dicho que eso no es tan fácil de contestar. Para mí está claro, desde luego, que la teoría del reequilibrio falló y que quien tenía razón era John Maynard Keynes. En una serie de cartas abiertas que le escribió al presidente Roosevelt durante la Depresión, este conocido economista dejó claro que la Gran Depresión demuestra que una economía puede llegar a generar ingresos tan bajos que no merece la pena producir más, y equilibrarse en esa situación, sin ser capaz de salir de ahí. La teoría de Keynes, y de muchos después de él, es que ese «empujoncito» que necesita la economía tiene que venir del gasto público. Lo cierto es que FDR le hizo bastante caso pues la política que sacó a Estados Unidos de la Depresión, el conocido como New Deal, se basó, sobre todo, en un programa bestial de obras públicas que permitió al Estado dar curro a un montón de parados.

También se ha dicho que la Gran Depresión fue una crisis de sobreproducción, y probablemente es cierto. En un entorno de optimismo total, de expectativas siempre crecientes, la generación de capacidad productiva tiende a no tener fin. Sin embargo, quien genera capacidad productiva está actuando en la oferta, pero luego está la demanda. De alguna forma, la economía estadounidense, y mundial, en los años veinte, cayó en lo que muchos llaman la situación de la bicicleta: mientras sigas pedaleando no hay problema; pero si te paras, te esmorras la jeta contra el suelo. Una vez más, la teoría del reequilibrio opera aquí. Esa teoría nos dice, o decía, que si el consumo decrece, también lo harán los tipos de interés, con lo que las inversiones serán más baratas y crecerán. Fue también Keynes quien explicó algo por otra parte muy obvio: quien invierte, el empresario, lo hace porque la inversión es barata, sí. Pero necesita otra cosa, que es la expectativa de beneficio.

Todos tememos a la inflación. Sobre todo aquellos de nosotros, que somos legión, que hemos vivido o vivimos inflaciones de dos dígitos (10% anual o más). Pero hay algo peor que la inflación, y es la deflación. El descenso generalizado y continuado de precios se produce por un derrumbe de las expectativas que detrae el consumo hasta tan punto que la oferta no se sostiene a los precios en los que fue inicialmente formulada. El problema de la deflación es cuando genera una espiral en la que oferta y demanda se responden la una a la otra con apuestas cada vez más a la baja; en esa situación, los precios caen, pero también caen las rentas (fundamentalmente, porque lo que es precio para el comprador es renta para el vendedor), generándose una espiral de pobreza, una contracción del consumo, en la que cada vez más producción sobra, luego cada vez hacen falta menos trabajadores, luego cada vez hay más paro, luego vuelve a caer la renta, luego los precios reaccionan cayendo de nuevo, luego la producción desciende, luego sobran de nuevo trabajadores…

Y así mucho, como decían del Bolero de Ravel.

Y, eso, sin tener en cuenta que estés endeudado. Porque, en un entorno deflacionario, será difícil que el interés de tu deuda caiga al mismo ritmo que lo hacen tus ingresos, por lo que, a mayor deflación, más deuda real tienes, luego eres más pobre, luego consumes menos, luego los precios bajan, luego sobran más trabajadores…

Y así mucho, again.

Hay, no obstante, más dudas. Se discute mucho, por ejemplo, sobre si la política monetaria fue la adecuada pues, de hecho, tras la primera guerra mundial la política monetaria (es decir, la que controla los efectivos que tiene a su disposición el sistema) tendió a ser claramente deflacionaria. En todo caso, lo que está más claro es que, desde el punto de vista monetario, una vez que la Depresión estalló, no se hizo gran cosa por pararla. Digo esto porque en un entorno deflacionario, el pánico hace que muchas personas, en realidad, intensifiquen su pobreza, al malvender los activos de que disponen (inmuebles, acciones, bonos, etc.) que en ese momento no valen gran cosa. Muchos economistas piensan que la Reserva Federal debería haber tomado una medida bastante parecida al famoso Corralito argentino, impidiendo estas disposiciones durante un tiempo.

¿Y España? Pues España fue pagano de aquella situación, como el resto del mundo, porque la Depresión fue rápidamente exportada por su inventor. Europa estaba saliendo aún de una guerra muy cruel, reconstruyéndose a crédito americano, y a todos nos pasó un poco lo que al granjero de la foto. Muchos bancos norteamericanos reaccionaron a la situación repatriando masas de capital, con lo que exportaron el problema. A principios de la década de los 30, España tenía tasas de paro pavorosas en muchas áreas, que fueron el caldo de cultivo de la mayor parte de los grandes conflictos de orden público que se produjeron durante la República.

Y la pregunta habitual es: ¿puede volver a pasar? Y yo os respondo: si los economistas, que son muy leídos, no se atreven a contestar esa pregunta, ¿por qué narices me pedís a mí que lo haga?

Teóricamente, la crisis bursátil no puede volver a ocurrir porque los mercados, hoy, tienen disciplinas más estrechas que hace ochenta años y hoy no se pueden producir caídas de esta magnitud sin que se intervenga en el mercado o incluso se cierre. Eso sí, teóricamente. Porque, al final, estamos hablando de expectativas. Si el personal tiene malas expectativas y quiere pirarse del parqué, lo hará. Le podrás cerrar el parqué un día, dos, un mes o dos. Pero si en ese tiempo no les tranquilizas, en cuanto vuelvas a abrir las puertas, allí estarán para vender.

Hay, en mi opinión, una parte sustancial de la Gran Depresión que sigue viva: las expectativas excesivas, a veces incluso alimentadas por quienes menos deberían hacerlo, es decir los políticos. Tener buen feeling del futuro no es malo; pero sí lo es que ese feeling, en realidad, no se sustente en nada. Hace veinte o treinta años, todo el mundo estaba acostumbrado a ver la economía como una especie de gráfica sinusoidal, con ciclos expansivos y recesivos más o menos regulares. Desde la primera guerra del Golfo, más o menos, vivimos un periodo continuamente expansivo, lo cual es ya mucho tiempo (unos quince años) y nos puede llevar a considerar que la fiesta ya no va a parar.

Más o menos lo mismo que pensaron nuestros abuelos y bisabuelos.

miércoles, septiembre 05, 2007

Los hombrecillos verdes ya son abuelos

Supongo que las personas aficionadas a la Historia somos, asimismo, aficionadas a los aniversarios más o menos redondos. Por eso, no quiero que pase el año 2007 sin recordar un aniversario, si bien no específico de la Historia de España, sí, desde luego, de bastante impacto en nuestros pagos (y en todos).

En este año que estamos viviendo hace sesenta que nació el fenómeno OVNI.

El 24 de junio de 1947, un hombre de negocios y piloto de avioneta que entonces tenía 32 años, Kenneth Arnold, reportó haber visto varios objetos volar en fila cerca de Mount Rainier, Washington. No está muy claro la forma que tenían, pero la descripción que al parecer prendió entre los periodistas fue la de que aquellas naves se movían como un platillo de café si se lanza para que rebote sobre el agua (al parecer, por lo tanto, hay gente en el mundo que se dedica a lanzar platillos de café para que reboten sobre el agua). Es, al parecer, el origen de la costumbre de llamarle a eso platillo volante.

Evidentemente, los extraterrestres que fueron a visitar Mount Rainer no estaban solos. En las semanas posteriores, comenzaron los avistamientos, y la cosa tomó proporciones mundiales a partir del 4 de julio, cuando una tripulación de la United Airlines dijo ver nueve platillos volantes por la zona, y la prensa se echó de bruces a la historia. A partir de ese momento, los avistamientos se contaron por docenas de modo que se ha llegado a estimar más de 800 sólo en aquel año 1947.

De donde se deduce que los extraterrestres leen habitualmente la prensa.

En aquel año sucedió todavía otra cosa más, susceptible de animar la imaginación humana. Ese mismo mes de junio, un granjero de Nuevo México, Mack Brazel, descubrió en sus terrenos unos extraños restos. Pocos días después, el 9 de julio, la prensa ya daba por hecho que se trataba de los restos de un platillo volante. Al parecer, Brazel había encontrado los restos el 14 de junio, pero no le había dado demasiada importancia. Fue días después, cuando todos los periódicos empezaron a dar la matraca con lo de Arnold, cuando se mosqueó y llamó al sheriff, el cual habría tomado muestras del aparato ya en los primeros días de julio, en plena euforia ufológica, y la bola comenzó a crecer.

No mucho, durante algunos años. Sin embargo, a partir de los años ochenta, el incidente de Roswell ha tenido una especie de segunda juventud, a la luz de libros e investigaciones realizadas sobre el hecho. El clímax se alcanzó ahora hace unos doce años, cuando en Reino Unido apareció el supuesto video de la autopsia que se le habría practicado al cuerpo de uno de los extraterrestres encontrados tras lo que, según esta teoría, sería el accidente de un platillo volante con personal dentro (recientes investigaciones de la Guardia Civil española parecen apuntar a que la hostia se debió a un exceso de velocidad, motivo por el cual ya se ha iniciado el preceptivo proceso de retirada de puntos al conductor de la nave).

Los escépticos suelen defender que lo que Brazel encontró tirado en su campo eran los restos de un globo estratosférico, es decir uno más de un proyecto, llamado Proyecto Mogul, que Estados Unidos habría estado preparando para utilizar globos para soltar bombas atómicas sobre países enemigos desde grandes alturas. Pero hasta esta tesis tiene su parte morbosa, pues también se ha llegado a decir que el Proyecto Mogul utilizó prisioneros de guerra japoneses, bajitos y delgaditos, para meterlos en las cestas de aquellos globos (que yo sepa, nunca se ha explicado para qué tenían que ir esos enanos asiáticos en el globo, aparte de para congelarse), por lo que, según esta teoría, en efecto los restos de Roswell contenían cuerpos, aunque no eran cuerpos de extraterrestres, sino de… japoneses. O sea, para medio mundo, la misma historia mutatis mutandis.

Curiosa teoría. Empezaría por una pregunta: en junio de 1947, esos japoneses tan desgraciados eran prisioneros… ¿de qué guerra exactamente?

En fin. Yo no soy experto en ciencia y, además, he aprendido a lo largo de los años que no hay labor más idiota que discutir sobre OVNIS. Quienes no creemos en la cosa tenemos una visión absolutamente escéptica, y quienes creen en ello absolutamente creyente. Pero no puedo resistirme a decir un par de cosas.

Como leí una vez en un artículo de Sheldon Glashow, premio Nobel de Física y profe de mates y física en la Universidad de Boston para más datos, resulta bastante estúpido considerar que veremos a un extraterrestre antes de oírlo. Contra lo que suele pensar mucha gente, es más bien poco probable que si existe otra vida en el Universo, sea exactamente como la nuestra, o sea con cabezas, manos, brazos, piernas, pies y abogados; esto lo explica muy bien Carl Sagan en su afamada serie Cosmos. Sin embargo, argumenta Glashow, lo que difícilmente cambiará de una civilización a otra es la tecnología, porque la tecnología se basa en la suma de inteligencia y naturaleza (es decir, en la aplicación de una sobre la otra), o sea en la física, la química, el magnetismo y todas esas cosas tan difíciles de entender, y que son más o menos las mismas allí donde vayamos.

La tesis es ésta: una civilización extraterrestre podrá ser notablemente diferente a nosotros. Podrá no tener bazos, o no tener ojos. Podrá alimentarse de helio en lugar de morcilla de Burgos. Pero, en el momento en que se plantee viajar por el espacio a grandes distancias, hará lo mismo que hemos hecho nosotros: enviar ondas antes que cuerpos.

En efecto: enviar una señal de radio de aquí a Neptuno es, y siempre será, millones de veces más sencillo, y barato, que enviar a un ingeniero aeronáutico de setenta y seis kilos, nacido en Jarandilla de la Vera. Por esa regla de tres, alguien que es capaz, como en Close Encounters, de enviar una nave con colorines a esa casa rural galáctica llamada Tierra, ha sido capaz antes de enviar ondas. Así pues, antes que verlos, los oiríamos. Y, si no los oímos, es que no les vemos ni, de momento, les veremos.

Y, ¿qué oiríamos? Carl Sagan, en su novela Contactos, aporta una hipótesis sugestiva: números primos.

Hablábamos antes de vida inteligente. Porque supongo que estamos de acuerdo en que no nos basta con que haya vida; puede existir un planeta con agua helada en sus casquetes polares, dentro de la cual vivan paramecios y vorticelas que se reproduzcan por meiosis (y aquí, exactamente aquí, acaban mis recuerdos de la Biología de primero de BUP). Pero si esos paramecios no son capaces de abstraer, de concatenar, y de pensar, nosotros podremos descubrirlos a ellos algún día; pero ellos no nos descubrirían ni con la ayuda del paramecio McGyver.

Para que una supuesta civilización alienígena pueda venir por aquí a darse un garbeo necesita, pues, ser inteligente. Ser capaz de reflexionar sobre lo que le rodea, y cambiarlo. Lo que pasa es que esa reflexión no tiene por qué ser la misma entre distintas formas de vida. El ejemplo que se me ocurre es la química orgánica. La llamamos así, creo, porque se ocupa de los compuestos que portan los elementos que asimismo componen la vida en la Tierra. Pero, claro, si el cuerpo de los extraterrestres pontevedrianos (del planeta Pontevedria, que está al lado del planeta Oriense) no está basado en esos elementos sino en, digamos, el tantalio, entonces su química orgánica será distinta. Todo eso sin tener en cuenta que es estadísticamente imposible que humanos y pontevedrianos hayamos sido capaces de desarrollar la misma notación para la formulación química (de momento, los humanos estamos solos en el Universo, y ya hemos inventado varias), por lo que mensajes entre civilizaciones basados en dicha notación química probablemente no serían entendidos.

La reflexión lleva a Sagan a la conclusión de que sólo hay un conocimiento científico abstracto universal: las matemáticas; y, dentro de las matemáticas, eso que los matemáticos llaman teoría de los números. O sea, si yo golpeo el suelo con el pie una vez y mi vecino lo golpea dos veces, entonces mi vecino ha hecho mi mismo gesto el doble de veces que yo. Y eso es así en la Tierra, en Neptuno, en la Nube de Magallanes e incluso en la Comunidad Autónoma de Euskadi. ¿Reflexionará toda vida inteligente sobre el origen de la vida, sobre la estructura básica de la materia o sobre las figuras cónicas? Probablemente sí, aunque no es seguro. Pero con lo que no puede haberse dejado de encontrar es con los números. Máxime si se ha planteado viajar, personalmente o con las ondas, a millones de años-luz. Los números están ahí, en la naturaleza. Un ciempiés tiene catorce patas (creo); otra civilización podrá decir Kgtterds en lugar de catorce, pero seguirá siendo catorce, esto es uno más que Jgdsttgs, que, como todo el mundo sabe, significa trece.

Si los números son universales, también lo son sus relaciones. Por lo tanto, en todo el universo, los números pares son divisibles por dos. Y, reflexionaba Sagan, existirán los números primos, esto es aquéllos que sólo son divisibles por sí mismos y por la unidad. Y serán los mismos.

Si alguien inteligente se sienta a la consola de su emisor de ondas de radio y aprieta el pulsor que hace salir la señal (digamos, un pitido) cuatro veces, sabrá, porque es inteligente, que no está describiendo un número primo, porque cuatro es divisible por dos. Y, si piensa un poquito en el hipotético receptor de su señal, acabará dándose cuenta de que, si es inteligente, también sabrá entender esta diferencia.

Así las cosas, si algún día, escuchando las emisiones de radio que llegan a la Tierra desde cualquier punto del universo, escuchásemos cuatro pitidos, podríamos pensar que es una emisión inteligente, o no; podría ser fruto de la casualidad, o algún fenómeno natural que no sabría yo explicar. Pero si escuchamos una emisión que emite primero un pitido; luego dos; luego tres; luego cinco; luego siete; luego once; luego trece; si escuchamos eso, digo, sabremos que es una emisión realizada por vida inteligente, porque está reproduciendo la lista de los números primos, y eso no puede ser fruto de la caótica acción de la casualidad. Y si esa emisión, como sería lógico, empieza a repetirse, entonces la cosa estará más que clara.

Éste es el tipo de cosas que, en mi opinión, debería explicar una televisión verdaderamente educativa y de servicio público, en lugar de enfangarse en historietas sobre que si en un pueblo de Huesca alguien ha visto una paellera de colores desde cuyo borde unos hombrecillos color lavanda saludaban con la mano.

La historia de la búsqueda de vida inteligente desde un punto de vista más, ejem, sólido que la creencia en hombrecillos verdes que disparan pistolas láser comienza, que yo sepa, en la localidad de Green Bank, en Virginia. Allí existía, supongo que existirá aún, un observatorio de radioastronomía en el que trabajaba un joven científico llamado Frank Drake, que fue el primero que pensó un poco en serio en eso de recibir emisiones desde el espacio exterior. Para ello, contó con la colaboración de un ingeniero del prestigioso Massachussetts Institute of Technology (MIT), Sam Harris, el cual le prestó a Drake un amplificador que éste necesitaba adjuntar a la parabólica del observatorio para tratar de captar estas señales. En la noche del 7 al 8 de abril de 1960, el hombre se abrió por primera vez de orejas para intentar escuchar señales extraterrestres. Aquella noche Drake probó con Tau Ceti, una estrella que está aquí al lado, a 12 años-luz; y con Epsilon Eridani, a 10,5. No tuvo éxito. Nadie lo ha tenido desde entonces.

La actividad de Drake, unida al trabajo paralelo en el mismo campo de dos físicos de la universidad de Cornell, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, llevó a la comunidad científica a interesarse por la pregunta de cuántas civilizaciones extraterrestres pueden existir en ese inmenso barrio de favelas siderales que llamamos Universo visible (o, más bien, audible).

El punto de partida de los científicos que se reunieron en Green Bank a finales de 1961 era el que ya he expresado by the way Glashow: civilización inteligente será aquélla capaz de generar tecnologías susceptibles de ser captadas por la radioastronomía, no por las pupilas. Bajo este punto de vista, las civilizaciones inteligentes y suficientemente tecnológicas como para hacerse oír eran el subconjunto de las civilizaciones inteligentes, las cuales eran un subconjunto de aquellos planetas donde se hubiera generado la vida, los cuales eran un subconjunto de los planetas habitables de sistemas con soles similares al sol, los cuales eran un subconjunto de todas las estrellas similares al sol (pues no todas éstas tendrían planetas).

Como cualquier estudiante aplicadillo de matemáticas sabe, si sumamos probabilidades las incrementamos y si las multiplicamos las reducimos. La probabilidad de que alguien lea este post O de que se llame Eduardo (o = suma) es más alta que las dos probabilidades separadas (la suma de los lectores de este blog y los Eduardos incluye a los que lo leen y no se llaman así y los que se llaman así y no lo leen); mientras que la probabilidad de que alguien lea este artículo Y se llame Eduardo (y = multiplicación) es más pequeña: además de estar leyendo el blog, amigo, tienes que llamarte Eduardo para cumplir la condición.

Basándose en esto, Drake creó una fórmula en la que probabilidad de que se generen en el universo estrellas parecidas al sol se multiplicaba por las probabilidades de existencia de un planeta habitable, de generación de vida, de generación de inteligencia y de generación de tecnología. Y todo ello multiplicado por la vida media de la civilización (pues nosotros desapareceremos algún día, así pues es probable que, si hay o va a haber vida en el Universo, no seamos contemporáneos de ella). Es la conocida como ecuación de Drake, y aquéllos de entre los científicos que creen en la existencia de otras vidas en el Universo le profesan, de una forma u otra, pleitesía.

En Green Bank se reunieron once científicos que, básicamente, discutieron sobre las probabilidades que había que fijar en cada uno de los multiplicandos de la ecuación de Drake. No fue fácil. No estaban muy de acuerdo, por ejemplo, sobre la posibilidad de aparición de un planeta habitable en un sistema generado por una estrella del tamaño del sol. En torno a la formación de la vida, había incluso quien pensaba que la probabilidad correspondiente no era cero coma algo, sino igual a uno. Ese alguien era un joven astrónomo llamado Carl Sagan. Sagan sostenía que la vida había aparecido en la Tierra por la interacción de una serie de elementos muy comunes en el Universo y, por así decirlo, sin sorpresas; en consecuencia, pensaba que, siempre que se diesen las mismas circunstancias, la vida acabaría por surgir. También eran muy optimistas en torno al desarrollo de la inteligencia. Alguno de los asistentes incluso llegó a sostener que, en la propia Tierra, la inteligencia se había desarrollado no una, sino dos veces: una, en el homo sapiens; y otra, en los delfines.

Tras todas aquellas discusiones, los coleguitas de Green Bank llegaron a la conclusión de que N, es decir el número probable de civilizaciones tecnológicamente preparadas para enviar señales desde allí fuera, estaba entre 1.000 y 1.000.000.000.

Este resultado, a mi acientífico modo de ver extraordinariamente optimista, es el que está detrás de las actividades SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence, búsqueda de inteligencia extraterrestre) que se han producido, con sus altos y sus bajos presupuestarios, en los últimos cuarenta años. Lo cierto es que todas las actividades SETI se han hecho a ciegas; se han hecho para buscar algo que no se sabe a ciencia cierta siquiera si existe; ésta es la razón por lo que, a pesar de que no oculto mi admiración por Carl Sagan, encuentro, en su caso, pelín exageradas sus ácidas críticas a la alquimia o a la astrología como seudociencias que se basan en que sus acólitos crean sin ver. Pues eso mismo, creer sin ver, es SETI. La diferencia entre SETI y la astrología está, a mi modo de ver, en la seriedad del trabajo que contiene uno, mientras que la otra es una coña marinera. Con los años, el magisterio de Sagan se ha hecho más que evidente; pero no hay que olvidar que tras el segundo congreso sobre este tema, celebrado en 1971 en Byukaran, Armenia, el matemático Alfred Adler llegó a referirse, por escrito, a Sagan como «un imbécil con talento» que «cabalga en las sutilezas y profundidades que los prudentes apenas se atreven a recorrer de puntillas e invade terrenos de los que no conoce nada». Sic.

Con todo, y dado que la discusión científica sobre la vida inteligente en el universo es muchísimo más interesante que la consulta al mejor vidente mediático del momento, en las últimas décadas el asunto de la vida en el Universo ha dado para discusiones muy jugosas. No pocos biólogos, por ejemplo, han discutido el relativo determinismo de Sagan, señalando que, si bien podría ser cierto que en determinadas condiciones siempre aparecerá la vida, lo que no está nada claro es que vaya a aparecer algo parecido al hombre. Incluso se ha discutido el punto de vista que sitúa el listón de la inteligencia tecnológica en la perceptibilidad radioastronómica. Para algunos científicos, las tecnologías de radio no tienen por qué ser las que desarrolle siempre una civilización tecnológica.

Sea o no sea cierto que los OVNIS existen, lo que no cabe desmentir es que el asunto se ha convertido en un negocio de proporciones galácticas. Tengo por mí que la ufología tiene su punto, porque a muchas personas les sirve, en su tierna adolescencia, como punto de entrada a la lectura. Cuando tienes catorce años no sueles tener el cuerpo para leer a Sandor Marai, pero sí te molan enormemente esas historias sobre que si hay una piedra inca de hace tres mil años donde aparece un sumo sacerdote que es el vivo retrato de José Luis Perales; o que si hay unas marcas en un campo de Illinois que parecen ser de las ruedas de un Volvo S60 de quinientos metros de eslora. Así, pues, lees. Lees cosas que lo mismo no te educan demasiado la mente, pero por lo menos lees. Una vez pillado el ritmillo, lo mismo en unos años acabas en Marai. Que es de lo que se trata.

Y, claro, si algún día te encuentras de bruces con algún alienígena extraterrestre, siempre te queda la posibilidad de saludarle preguntándole, como el bilbaino del chiste: «Y, tu civilización, ¿cuántos kilos levanta?» Aunque yo, que tengo un espíritu ligeramente volteriano, creo que lo primero que les preguntaría sería si han inventado los impuestos; dependiendo de la respuesta, incluso podría llegar a decidirme por la abducción voluntaria.