Para cualquier persona que esté un poco interesada en el mundo de los coches, las siglas SEAT (pues eso fueron, unas siglas) no le pasarán desapercibidas. En efecto, los SEAT son una parte del paisaje de nuestras ciudades y carreteras. Sin embargo, conforme España se vaya llenando de personas más y más jóvenes, SEAT dejará de ser, progresivamente, lo que fue: quizás, el más ambicioso sueño industrial de aquella España, la del franquismo, que iba a todas luces perdiendo la carrera del desarrollo económico frente al resto de Europa.
Ciertamente, casi todos los grandes desarrollos de negocio en España son fruto de monopolios o de oligopolios: Telefónica es lo que es hoy gracias a las décadas en las que explotó en solitario el negocio de las telecomunicaciones en España; los orígenes de Repsol son la antigua CAMPSA, la ENP (Empresa Nacional del Petróleo) y Butano, todas ellas monopolísticas; Tabacalera, que creo que ahora se llama Altadis y está a punto de ser vendida, fue durante mucho tiempo el único vendedor de tabaco autorizado en España (neto de don Juan March, claro). Son pocos los casos de empresas surgidas en España en un entorno de desarrollo competitivo y, de ellos, SEAT es, quizá, el que mayor significado social e histórico tiene.
SEAT se llamó primero SIAT, que eran las siglas de la Sociedad Ibérica de Automóviles de Turismo, creada en 1940, apenas terminada la guerra civil pues, por un banco de tamaño mediano con especial vocación por participar en proyectos industriales: el Banco Urquijo. Viajados que serían, sabían los hombres del Urquijo que en toda Europa comenzaba a pitar fuerte (nunca mejor dicho) el negocio automovilístico. En España ya había habido experiencias de fabricación de vehículos, por ejemplo los bellísimos Hispano-Suiza, que habían quedado más o menos cortados con la guerra. Hacía falta un fabricante en masa, capaz de producir para saciar la demanda que, con seguridad, acabaría produciéndose.
Eso sí, en España nadie, o casi nadie, sabía de construir coches, motivo por el cual desde el primer momento se buscó un primo de Zumosol, eso que en el mundo de los negocios se llama un socio tecnológico. Resultó ser la italiana FIAT, la multinacional de la familia Agnelli. Juntos, banqueros e italiano se fueron a ver al gobierno; pues, en aquellos años de autarquía, era impensable lanzar un proyecto de estas proporciones sin la anuencia de El Pardo. A Franco, aquella oferta le vino genial, embarcado como estaba en la creación de un grupo industrial público, el Instituto Nacional de Industria (INI), destinado, en la cabeza de los gestores económicos del régimen, a servir de locomotora del crecimiento industrial español. En 1950 se creó la Sociedad Española de Automóviles de Turismo, SEAT. El Estado español se reservó el control (51%), mientras el resto se lo repartían los bancos y los italianos.
SEAT tardó tres años en comenzar a producir, con una total dependencia respecto de FIAT. El primer modelo que produjo, el SEAT 1.430, era una copia del FIAT 1.430. A partir de 1957, no obstante, SEAT entra en el mito social español con el comienzo de la fabricación del SEAT 600, copia del modelo italiano del mismo nombre.
El Seiscientos es el utilitario por excelencia. Todos o casi todos los españoles que tenemos hoy cuarenta o más años hemos pasado nuestra infancia haciendo viajes en Seiscientos. Tener un Seiscientos se convirtió en la seña de prosperidad personal por excelencia. Era un coche (por lo menos el de mi padre) ruidoso, maloliente e incómodo; pero eso lo hemos sabido muchos años después de montar en él, cuando hemos descubierto la cantidad de elementos de confort que se le puede llegar a incorporar a un automóvil.
En 1957, la fábrica de SEAT todavía era apenas capaz de sacar por la puerta unos 10 coches diarios, lo cual es muy poco. En realidad, durante mucho tiempo la demanda fue muy por delante de la oferta y es por ello que los Seiscientos, como otros coches, se vendían en España con lista de espera; una lista de espera que, en ocasiones, era de varios, largos, meses. No obstante, la producción no dejó de aumentar, alcanzando su máximo en 1970, año en el que SEAT proveía al mercado con más de 210 Seiscientos diarios.
Los años sesenta fueron los años inolvidables de SEAT. Cada cinco años, la sociedad doblaba sus ventas y tenía una posición preeminente dentro del mercado interior. No obstante, no son pocos los que consideran que fue, precisamente, en esos años tan buenos cuando SEAT cavó en parte su tumba como empresa independiente. La empresa no hizo prácticamente ningún esfuerzo por sacudirse la dependencia respecto de su hermano mayor y, de hecho, no abordó prácticamente ninguna investigación. Y nosotros sabemos ahora en qué consiste el mercado de los automóviles, que cada año le incorpora a los vehículos un equipamiento más, alguna novedad de seguridad, de confort o de otro tipo, que diferencia a los modelos nuevos de los antiguos. Muy al contrario, SEAT operó en el mercado como si la fuente de leche y miel que manaba del Seiscientos no fuese a secarse nunca y como si la competencia fuese imposible.
En un movimiento pendular, muy característico de nosotros los hispanos, de esa molicie se pasa a una especie de estrategia de big bang o cambio total. Lo recuerdo bien porque uno de los varios trabajos que a lo largo de su vida tuvo mi padre fue, precisamente, vender coches en un concesionario coruñés de la SEAT. Y me acuerdo de que, siendo yo un niño, fue a Barcelona a una reunión de ventas y, a la vuelta, nos anunció: «¡Van a dejar de fabricar el Seiscientos!» Y lo dijo con el mismo tono con que hubiese anunciado la intención de Franco de declarar a España Nación Masona, o el que utilizaríamos hoy para dar la noticia de que Andreu Buenafuente ficha a José María Aznar de tertuliano.
En efecto: SEAT quería abandonar, o mejor diríamos dejar de centrarse en, el segmento de coches más pequeños, más utilitarios. Y llevaba su razón de ser la cosa, porque en España, como en toda Europa, cada vez la gente tenía más pasta, y cuando se tiene más pasta, hay dos cosas que pasan: en las mujeres, su frecuencia de compras aumenta; en los hombres, lo que aumenta es el tamaño y potencia de su coche.
Así pues, el Seiscientos tenía heredero: el SEAT 127, otra antigualla que casi no se ve hoy en día, pero en su tiempo toda una revolución: un coche algo más amplio (la verdad es que el Seiscientos es como un huevo de avestruz con ruedas) y más potente. Pero esto se pensó a principios de los setenta. Y quienes lo pensaban no contaban ni con la guerra del Yon Kippur, ni con el cabreo de la OPEP ni, consecuentemente, con la crisis del petróleo, que mandó al carajo todas esas predicciones. La pasta empezó a escasear y, de hecho, comenzó a ser buen rollo tener un coche pequeño y que gastara poca gasolina. Además, hay que tener en cuenta el proceso, entonces embrionario pero progresivo, de motorización de la mujer, y sabido es que las mujeres tienen preferencias por coches más pequeños y utilitarios que los hombres.
SEAT, con el paso cambiado, pasó en cinco años de vender uno de cada dos coches que se vendían en España a vender uno de cada tres. Y, como nunca se había preocupado de ser una empresa independiente, tampoco tenía grandes exportaciones que echarse a la boca (aparte de que el mundo entero andaba descojonado con lo del petróleo, así pues poco iba a vender).
En 1976, en medio de toda esta merdé, se produce un hecho aún peor: la dinastía Ford, ésa que nosotros pronunciamos sin d y los americanos sin r, pone sus ojos en la hoy Comunidad Valenciana e instala sus reales en Almusafes.
Para SEAT, la llegada de Ford fue la introducción de un matón más en un barrio donde ya era difícil conseguir gente que se dejase chantajear. Los planes de Ford eran, y fueron, apostar fuerte en el mercado español con un modelo, el Fiesta, de gama media. Como el 127.
Estamos más o menos en 1978, y para entonces ya está claro que SEAT no podrá sobrevivir sola. Primero se intenta, que era lo obvio, la alianza con FIAT. Pero los italianos tienen sus propios problemas, pues están fuertemente afectados por la crisis en Italia, así pues, lejos de aceptar, hacen todo lo posible por desvincularse de la empresa, y lo consiguen.
¿Por qué Volkswagen? Pues tiene toda la lógica. De hecho, la colaboración con SEAT, a partir de 1982, que culminaría con la adquisición de la compañía, ha sido largamente beneficiosa para los alemanes. Los coches del pueblo teutones tenían una reducidísima cuota de mercado en España y, merced a los acuerdos de SEAT, accedieron a la red de ventas y asistencia técnica más desarrollada que existía en dicho mercado (y esto no lo digo porque mi padre formara parte de ella; pero también, qué coño). Esto les permitió salpimentar sin problemas nuestras calles de modelos no fabricados en España, como el célebre Golf.
En segundo lugar, VW estaba muy presionado en sus costes por los elevados salarios pagados en Alemania, y fabricar en España (esto es: Zona Franca de Barcelona, Pamplona, Prat del Llobregat y Martorell) le supuso reducirlos con claridad.
En tercer lugar, mediante el acuerdo con SEAT, VW ponía una pica en el último gran mercado europeo por descubrir (hasta la caída del Muro, claro), lo que le permitía abonar un liderazgo continental para el que competía duramente con Fiat.
Eso sí, la empresa estaba en unas condiciones financieras muy comprometidas, lo que hizo necesario que, en los años previos a la privatización, el Estado (o sea, nosotros) pusiera, como accionista, un montón de pasta para poder vender la empresa limpia de polvo y paja. Hasta 250.000 millones de pesetas inyectó en esos pocos años el accionista en SEAT. Con la privatización, aún asumiría el Estado las pérdidas del último año en su accionariado (casi 37.000 millones de pesetas), amén de concederle un crédito de 186.000 millones más.
El gran acierto de SEAT, en esos años, es el modelo Ibiza, idealmente diseñado para un tipo de conductor, joven y crecientemente consumista, que empieza a surgir conforme superamos las crisis del petróleo: la primera, ya citada, y la segunda, provocada por la guerra Irán-Irak. Asimismo, se comienza a producir el Polo con tecnología compartida. Luego, ya siendo alemana, llegará la era del Toledo.
¿Ha superado SEAT esa existencia de incertidumbre casi continua? Pues la verdad es que no. Poco a poco, el fabricante español ha ido perdiendo uno de sus atractivos competitivos, como era el menor coste relativo de fabricar aquí; de hecho, tras la caída del Muro y la adquisición por Volkswagen del fabricante checo Skoda, en realidad la situación ha dado la vuelta. Pero no hay que ser pesimistas. Las cosas también cambian para bien, y uno de esos cambios positivos es el peso que ha adquirido el mercado español de automoción. No fueron pocos los agoreros que, en los años ochenta y noventa, afirmaron que la España del millón de coches de venta anual era una quimera y, sin embargo, se equivocaron. Ojo, pues, con abandonar este mercado, que no es cualquier mercado.
Quizá, alguna de las cosas que le dejemos a nuestros nietos será un modelo SEAT, por supuesto más ecológico que los actuales. ¿Por qué no?
viernes, septiembre 14, 2007
miércoles, septiembre 12, 2007
El primer genocidio
Tiburcio strikes again. Enterado, a través no sé yo de qué viles canales, de que estoy preparando un borrador de post para su blog (yo, sí, yo escribiendo sobre budismo... ¡dónde vamos a llegar!), se ha apresurado a enviarme una serie de material que ha estado pergeñando a lo largo del verano. Esto de hoy es sólo una parte. La parte más sangrienta, pues de genocidios va.
Aquí está, pues, el primer genocidio. By Tiburcio Samsa.
Los primeros homo sapiens llegaron al extremo occidental de Eurasia hace unos 40.000 años. Cuando llegaron se encontraron con lo mismo que milenios después les ocurriría a los colonos anglosajones de Norteamérica: que ésas tierras que molaban tanto ya estaban ocupadas. En este caso, por el hombre de Neandertal.
No sabemos cómo fueron las relaciones entre los sapiens y los neandertales. Lo que sí sabemos es el resultado de su encuentro: unos 10.000 años después los neandertales se habían extinguido y lo que queda de su ADN duerme en huesos polvorientos en los museos. Parece ya demostrado que no hubo cruces entre sapiens y neandertales o, si los hubo, o no produjeron descendencia o la que produjeron era estéril. El linaje del homo sapiens y el del hombre de Neandertal se habían separado hacía unos 500.000 años. Medio millón de años de evolución separada son muchos años. Ambos ya eran especies separadas sin posibilidad de entrecruzamiento.
¿Qué produjo la extinción del hombre de Neandertal? Preguntarlo es un poco como cuando el inspector Colombo entraba en la habitación, se encontraba al mayordomo con una pistola humeante en las manos y a la señora Brisby tirada en el suelo con un balazo en la cabeza y le preguntaba: «¿Sabe usted si la fallecida sufría del corazón?»
Veamos: el hombre de Neandertal llevaba viviendo desde hacía decenas de miles de años en el Europa, llega el homo sapiens y en el transcurso de 10.000 años se extingue. Verde y con asas.
Sin descartar un escenario a lo general Custer en el que el homo sapiens hubiera invitado activamente al hombre de Neandertal a salir de la escena, la extinción del hombre de Neandertal parece fácil de explicar.
De pronto en el mismo territorio se encuentran dos cazadores que ocupan exactamente el mismo nicho ecológico. Mientras los recursos sean abundantes, ambos podrán prosperar, con ventaja eso sí para el que disponga de mejor tecnología, que verá como su población aumenta más rápidamente. Si los recursos disminuyen, el menos eficiente se encontrará con menos alimentos a su disposición y eventualmente acabará extinguiéndose. Eso fue lo que sucedió: hace 30.000 años el problema del planeta no se llamaba calentamiento global, sino enfriamiento global. Como en las películas del Oeste, «no hay sitio para los dos en este pueblo, forastero». Sólo que en este caso fue el forastero el que se quedó.
Existen modelos que muestran que una leve ventaja entre dos especies que compitan por el mismo nicho ecológico puede llevar en poco tiempo a la especie desfavorecida a la extinción. La leve ventaja se traduce en el logro de más alimentos, lo que lleva a más nacimientos, que a su vez aumentan todavía más la cantidad de alimentos que van para la especie con ventaja. Con que la tasa de mortalidad de los neandertales hubiese aumentado en un 1% anual o sus nacimientos hubiesen disminuido anualmente en la misma proporción, tendríamos que podrían haberse extinguido en sólo 1.000 años.
Hay indicios de que los homo sapiens disponían de importantes ventajas sobre los neandertales. Sus herramientas líticas eran más sofisticadas y parece que sus redes comerciales estaban hasta tres veces más extendidas que las de los neandertales, lo que mostraría una organización social más elevada. En el caso de los homo sapiens, se han encontrado herramientas cuyas materias primas procedían de lugares distantes varios cientos de kilómetros. En el caso de los neandertales, los casos que se conocen apenas superan los cien kilómetros. Por otra parte, los neandertales muestran una notable falta de progreso tecnológico. Apenas se perciben avances en sus herramientas durante los 200.000 años que permanecieron en Europa. De hecho sólo hacia el final se detecta alguna mejora en sus útiles y es bastante probable que esa mejora fuera provocada por la imitación de los más exitosos homo sapiens.
Mi teoría personal es que la ventaja del homo sapiens no consistió solamente en que sus hachas de piedra fueran más eficaces. Su ventaja pudo haber residido en el lenguaje.
No se sabe a ciencia cierta cuándo apareció el lenguaje humano, entendido éste como la posibilidad de comunicar pensamientos complejos y abstractos, estructurados sintácticamente. Hace unos 50.000 años aparecen los primeros ejemplos de arte, lo que parece indicar cierta capacidad de pensamiento abstracto y posiblemente el lenguaje.
Existe un amplio consenso entre los paleontólogos de que, si bien los neandertales tenían la estructura fisiológica necesaria para el habla y posiblemente dispusieran de un lenguaje, éste sería rudimentario. Poco más que frases sencillas del tipo «ven aquí» o «león peligroso». ¿Qué podían hacer unas gentes con ese lenguaje contra unos homo sapiens capaces de decirse cosas como «cuando salga la luna, yo me acerco, le rebano el cuello al jodío centinela Neandertal y prendo fuego a sus pieles, mientras tú aprovechas la confusión para robarles la comida»?
Aquí está, pues, el primer genocidio. By Tiburcio Samsa.
Los primeros homo sapiens llegaron al extremo occidental de Eurasia hace unos 40.000 años. Cuando llegaron se encontraron con lo mismo que milenios después les ocurriría a los colonos anglosajones de Norteamérica: que ésas tierras que molaban tanto ya estaban ocupadas. En este caso, por el hombre de Neandertal.
No sabemos cómo fueron las relaciones entre los sapiens y los neandertales. Lo que sí sabemos es el resultado de su encuentro: unos 10.000 años después los neandertales se habían extinguido y lo que queda de su ADN duerme en huesos polvorientos en los museos. Parece ya demostrado que no hubo cruces entre sapiens y neandertales o, si los hubo, o no produjeron descendencia o la que produjeron era estéril. El linaje del homo sapiens y el del hombre de Neandertal se habían separado hacía unos 500.000 años. Medio millón de años de evolución separada son muchos años. Ambos ya eran especies separadas sin posibilidad de entrecruzamiento.
¿Qué produjo la extinción del hombre de Neandertal? Preguntarlo es un poco como cuando el inspector Colombo entraba en la habitación, se encontraba al mayordomo con una pistola humeante en las manos y a la señora Brisby tirada en el suelo con un balazo en la cabeza y le preguntaba: «¿Sabe usted si la fallecida sufría del corazón?»
Veamos: el hombre de Neandertal llevaba viviendo desde hacía decenas de miles de años en el Europa, llega el homo sapiens y en el transcurso de 10.000 años se extingue. Verde y con asas.
Sin descartar un escenario a lo general Custer en el que el homo sapiens hubiera invitado activamente al hombre de Neandertal a salir de la escena, la extinción del hombre de Neandertal parece fácil de explicar.
De pronto en el mismo territorio se encuentran dos cazadores que ocupan exactamente el mismo nicho ecológico. Mientras los recursos sean abundantes, ambos podrán prosperar, con ventaja eso sí para el que disponga de mejor tecnología, que verá como su población aumenta más rápidamente. Si los recursos disminuyen, el menos eficiente se encontrará con menos alimentos a su disposición y eventualmente acabará extinguiéndose. Eso fue lo que sucedió: hace 30.000 años el problema del planeta no se llamaba calentamiento global, sino enfriamiento global. Como en las películas del Oeste, «no hay sitio para los dos en este pueblo, forastero». Sólo que en este caso fue el forastero el que se quedó.
Existen modelos que muestran que una leve ventaja entre dos especies que compitan por el mismo nicho ecológico puede llevar en poco tiempo a la especie desfavorecida a la extinción. La leve ventaja se traduce en el logro de más alimentos, lo que lleva a más nacimientos, que a su vez aumentan todavía más la cantidad de alimentos que van para la especie con ventaja. Con que la tasa de mortalidad de los neandertales hubiese aumentado en un 1% anual o sus nacimientos hubiesen disminuido anualmente en la misma proporción, tendríamos que podrían haberse extinguido en sólo 1.000 años.
Hay indicios de que los homo sapiens disponían de importantes ventajas sobre los neandertales. Sus herramientas líticas eran más sofisticadas y parece que sus redes comerciales estaban hasta tres veces más extendidas que las de los neandertales, lo que mostraría una organización social más elevada. En el caso de los homo sapiens, se han encontrado herramientas cuyas materias primas procedían de lugares distantes varios cientos de kilómetros. En el caso de los neandertales, los casos que se conocen apenas superan los cien kilómetros. Por otra parte, los neandertales muestran una notable falta de progreso tecnológico. Apenas se perciben avances en sus herramientas durante los 200.000 años que permanecieron en Europa. De hecho sólo hacia el final se detecta alguna mejora en sus útiles y es bastante probable que esa mejora fuera provocada por la imitación de los más exitosos homo sapiens.
Mi teoría personal es que la ventaja del homo sapiens no consistió solamente en que sus hachas de piedra fueran más eficaces. Su ventaja pudo haber residido en el lenguaje.
No se sabe a ciencia cierta cuándo apareció el lenguaje humano, entendido éste como la posibilidad de comunicar pensamientos complejos y abstractos, estructurados sintácticamente. Hace unos 50.000 años aparecen los primeros ejemplos de arte, lo que parece indicar cierta capacidad de pensamiento abstracto y posiblemente el lenguaje.
Existe un amplio consenso entre los paleontólogos de que, si bien los neandertales tenían la estructura fisiológica necesaria para el habla y posiblemente dispusieran de un lenguaje, éste sería rudimentario. Poco más que frases sencillas del tipo «ven aquí» o «león peligroso». ¿Qué podían hacer unas gentes con ese lenguaje contra unos homo sapiens capaces de decirse cosas como «cuando salga la luna, yo me acerco, le rebano el cuello al jodío centinela Neandertal y prendo fuego a sus pieles, mientras tú aprovechas la confusión para robarles la comida»?
lunes, septiembre 10, 2007
Ejercicio de agudeza visual antidictadores
A mi amigo Dani Durán, que no tardará ni dos minutos en descubrir el truco.
Alguna vez hemos hablado en estas notas de la censura. La censura cultural y de prensa tiene muchas cosas malas y una sola buena. De la buena es de la que vamos a hablar hoy.
Esa cosa buena que tiene la censura es que aguza la inventiva. Quien quiere decir públicamente algo pero no puede porque se lo impide el Estado, la moral, el cura del pueblo o la guardia civil, trata de buscarse las vueltas para decirlo de otra manera. Yo descubrí este efecto siendo un adolescente, en los primeros años de nuestra democracia. En aquellos tiempos un cantautor catalán, Joan Manuel Serrat, compuso y grabó una canción titulada Cada loco con su tema. Muy propia de aquellos tiempos, empezaba por decir que cada uno decide lo que le gusta, para pasar a describir las preferencias del cantante de forma contrapuesta (o sea: esto me gusta, esto no me gusta).
Un día, sentado frente al televisor, vi un reportaje televisivo sobre un concierto que había dado Serrat en el Luna Park de Buenos Aires. En aquel entonces Argentina era un país bajo una dictadura, aunque en sus últimas boqueadas. Entonces Serrat comenzó a cantar su canción. Yo la había escuchado miles de veces sin darle la mayor importancia. Pero cuando llegó a un verso que dice «[prefiero] un sioux al Séptimo de Caballería», el auditorio se volvió loco. En ese momento me di cuenta de que esa letra tenía, para alguien viviendo en una dictadura militar, una intención que yo nunca le había encontrado.
El burla burlando de la censura ha existido siempre. Ahí están las letras folklóricas de significado sexual que se vienen cantando en España de tiempo atrás, tales como:
En la puerta de tu casa un tejo de oro perdí.
Nadie con el tejo daba
y yo con el tejo dí.
Esta misma técnica la aplicaban, en los últimos años del franquismo, Tip y Coll, mediante un diálogo en el que peroraban sobre lo que le había pasado al burro de un tal López. El animal, según contaban, se había despeñado por un barranco. Primero resbaló, decían, y luego el burro de López, rodó. López Rodó eran los apellidos de uno de los más afamados ministros franquistas, así pues con la dicha anécdota ambos humoristas conseguían insultarlo impunemente.
También existen mitos de la censura probablemente falsos. En los años del franquismo corría la historia de que La Codorniz, revista satírica que fue no pocas veces secuestrada por la censura, había publicado el siguiente pasatiempo: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Y nos importa tres X que nos cierren la edición».
Gente que cuente esta anécdota la hay a capazos. Incluso jurando que leyeron dicho pasatiempo. Pero gente capaz de enseñar el recorte de la revista yo, por lo menos, no he encontrado jamás alguno. Es, más que probablemente, una leyenda urbana.
La censura tiene que ver con las dictaduras. Y de una de esas dictaduras vamos a hablar hoy, concretamente de la que detentó el general Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1930.
La dictadura de Primo de Rivera (padre de José Antonio, fundador de la Falange) es habitualmente conocida como la dictablanda, ya que no fue excesivamente violenta ni brutal con sus opositores. Yo creo que esto fue así por varias razones, pero fundamentalmente dos. Primero, porque se suele entender que fueron opositores de la dictadura quienes en realidad no lo fueron. Ahí están, por ejemplo, el PSOE y la UGT, dos organizaciones teóricamente poco proclives a apoyar a un dictador militar, pero que de hecho lo hicieron, a cambio de que obtener con ello una posición monopolística en la representación obrera (en detrimento de la CNT anarquista, que contestó a ello radicalizándose, y tal vez por eso se desempeñó, años después, con tanta violencia contra gobiernos republicanos de izquierdas). El pacto entre Primo y el PSOE fue tal que el líder socialista Largo Caballero fue durante aquellos años nada menos que consejero de Estado.
La segunda razón, mucho más poderosa, es que la dictadura de Primo fue, sobre todo en sus primeros años, una dictadura popular. En no pocos libros, de texto y de no texto, se lee eso de que el golpe de Estado de Primo de 1923 se hizo para evitar las responsabilidades que estaban a punto de definirse por el desastre de Annual, en Marruecos, donde en 1921 palmaron un montón de españolitos y otro montón fue hecho prisionero. Con ser cierto que Primo quería librar al Ejército de tal oprobio, ésa es una visión reduccionista y simplista. El principal motor del golpe y la dictadura posterior fue el hecho de que la sociedad española, después de cuarenta años de Restauración; después de cuatro décadas de parlamentos que nunca terminaban sus mandatos; después de cuarenta años de gobiernos presididos por el cabildeo y el tráfico de influencias; después de cuatro décadas de un sistema democrático parlamentario en que las elecciones se amañaban sistemáticamente y, en cualquier caso, los partidos turnantes eran dominados en cada sitio por los caciques locales y, por lo tanto, usados a favor de oscuros intereses personales; después de cuatro décadas de todo eso, el personal estaba hasta los pelos. Incluso en la muy catalana Barcelona, que no tenía nada que ganar en una dictadura militar que a buen seguro no favorecería ni un tanto sus pretensiones regionalistas, autonomistas o independentistas, incluso en Barcelona, digo, el golpe de Estado fue recibido con alharacas (Primo era allí gobernador militar y fue allí donde se sublevó).
Si a eso unimos que en los primeros tres años de dictadura, Primo consiguió acabar con la sangría de la guerra de Marruecos, podemos estimar que hubo un primer momento de aquel régimen en el que el apoyo popular fue su principal argumento para mantenerse.
El problema con los dictadores es siempre el mismo: no saben irse. A partir de 1926, cuando el desembarco de Alhucemas termina con la guerra marroquí, el divorcio entre dictador y pueblo se va haciendo cada vez más amplio. Primo de Rivera se parecía mucho a su sucesor, Francisco Franco, en que por mucho que en algunas cosas no se le pudiese negar inteligencia política, en general tenía el defecto de confundir un país con el patio de un cuartel. Si te asomas al patio de un cuartel y ves al personal haciendo lo que le sale de los huevos, mandas un toque de corneta y en medio minuto has cambiado la situación: todo el mundo está formado. Pero un país no es así. En un país puede haber gente haciendo cosas que por mucho que le toques la corneta no deja de hacerlas, no forma, no se pone firmes ni canta el himno de infantería ni Cristo que lo fundó.
Primo de Rivera estaba dispuesto a muchas cosas, pero no a volver a un sistema de partidos políticos (igual, otra vez, que Franco). Despreciaba a los políticos y se consideraba a sí mismo liberado de sus vicios. Se tenía por un hombre de enorme capacidad de comunicación con su pueblo, cosa que hacía a través de un sistema poco común, las notas oficiosas, especie de mezcla entre bando municipal, carta personal y nota de prensa que escribía de vez en cuando, y que eran de inserción obligada en la prensa. Su referente era el jefe del Estado, o sea el rey Alfonso XIII, por quien probablemente no sentía excesivo afecto personal, por decirlo finamente. Primo y el rey nunca se entendieron bien, a pesar del entusiasmo con que el rey aceptó el golpe de Estado (y por el que sería juzgado como traidor por la República). Primo no se fiaba de Alfonso, hasta el punto de acuñar el verbo borbonear que, para el general, significaba algo así como engañar o marear. «A mí no me borbonea éste», solía decir.
Durante toda la dictadura, pero sobre todo en la segunda mitad, Primo de Rivera estableció una muy estricta censura de prensa. Como ya he escrito, sus propias notas oficiosas eran de obligada inserción y, más allá, los contenidos de los periódicos estaban estrictamente controlados. Conforme le fueron apareciendo enemigos al general (entre los que cabe anotar al arma de Artillería, que hubo de disolver; a los catalanes, que trataron de darle un golpe de Estado en El Garraf; o incluso a los conservadores dinásticos de Sánchez Guerra, que dieron otro golpe en Valencia), esta censura se hizo peor y ya sólo tenía libertad de opinión la Unión Patriótica, especie de partido político títere creado por el propio Primo para dar a su régimen una apariencia democrática que no engañaba a nadie.
No se podía publicar libremente, pues. Pero eso no importa a los periodistas con imaginación, como José Antonio Balbontín. Balbontín era un personaje de ideas avanzadas, que se fueron haciendo más avanzadas en la República, de temperamento muy sanguíneo y, desde luego, un cachondo mental, que es lo que hay que ser siempre para burlar la censura.
Había fundado, ya lo he dicho, Primo un partido, la Unión Patriótica, y dicho partido tenía un periódico de cámara que se llamaba La Nación. Balbontín maquinó la mayor venganza contra una censura dictatorial: esquivarla y, además, en su propio terreno.
Simulando ser una señora entrada en años y aficionada a los ripios apellidada Valdecilla, Balbontín remitió a La Nación un soneto laudatorio del general/dictador. Un poema estomagante lleno de topicazos románticos y neobarrocos, muy del gusto de la [mala] poética del siglo XIX. La Nación, cómo no, lo publicó. Helo aquí.
Paladín de la patria redimida,
recio soldado que pelea y canta,
ira de Dios que, cuando azota, es santa,
místico rayo que al matar es vida.
Otra es España a tu virtud rendida;
ella es feliz bajo tu noble planta.
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva,
rencores viejos de la edad medieva
rompió tu lanza, que a los viles trunca
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!
Dejemos las cosas claras. Que nadie se escude en lo distinto que fue el pasado, porque vencido el primer cuarto del siglo XX, este poema era tan hortera como lo pueda ser hoy. Que nadie piense que estaba dentro del buen gusto de la época escribir chorradas como «está en paz tu grey bajo el amado/chorro de luz de tu inmortal cayado». Y mira que se dijeron y escribieron imbecilidades durante el franquismo; pero no sé de nadie que se atreviese a llamar a Franco «pastor santo». No sé el vuestro, pero mi preferido, sin duda alguna, es el verso sobre el hampón que en odio se amamanta.
La señora Valdecilla era, pues, una imbécil ripiosa. Pero más imbécil era, aún, el director de La Nación, por ordenar la publicación de este engendro. Porque engendro es, pero no por lo que él pensaba.
La publicación del poema fue un escándalo. ¿Por qué? Pues porque, en la misma mañana que se publicó, Primo era el hazmerreír de todo Madrid, de España entera.
¿Por qué? No creo que os resulte muy difícil descubrirlo.
Alguna vez hemos hablado en estas notas de la censura. La censura cultural y de prensa tiene muchas cosas malas y una sola buena. De la buena es de la que vamos a hablar hoy.
Esa cosa buena que tiene la censura es que aguza la inventiva. Quien quiere decir públicamente algo pero no puede porque se lo impide el Estado, la moral, el cura del pueblo o la guardia civil, trata de buscarse las vueltas para decirlo de otra manera. Yo descubrí este efecto siendo un adolescente, en los primeros años de nuestra democracia. En aquellos tiempos un cantautor catalán, Joan Manuel Serrat, compuso y grabó una canción titulada Cada loco con su tema. Muy propia de aquellos tiempos, empezaba por decir que cada uno decide lo que le gusta, para pasar a describir las preferencias del cantante de forma contrapuesta (o sea: esto me gusta, esto no me gusta).
Un día, sentado frente al televisor, vi un reportaje televisivo sobre un concierto que había dado Serrat en el Luna Park de Buenos Aires. En aquel entonces Argentina era un país bajo una dictadura, aunque en sus últimas boqueadas. Entonces Serrat comenzó a cantar su canción. Yo la había escuchado miles de veces sin darle la mayor importancia. Pero cuando llegó a un verso que dice «[prefiero] un sioux al Séptimo de Caballería», el auditorio se volvió loco. En ese momento me di cuenta de que esa letra tenía, para alguien viviendo en una dictadura militar, una intención que yo nunca le había encontrado.
El burla burlando de la censura ha existido siempre. Ahí están las letras folklóricas de significado sexual que se vienen cantando en España de tiempo atrás, tales como:
En la puerta de tu casa un tejo de oro perdí.
Nadie con el tejo daba
y yo con el tejo dí.
Esta misma técnica la aplicaban, en los últimos años del franquismo, Tip y Coll, mediante un diálogo en el que peroraban sobre lo que le había pasado al burro de un tal López. El animal, según contaban, se había despeñado por un barranco. Primero resbaló, decían, y luego el burro de López, rodó. López Rodó eran los apellidos de uno de los más afamados ministros franquistas, así pues con la dicha anécdota ambos humoristas conseguían insultarlo impunemente.
También existen mitos de la censura probablemente falsos. En los años del franquismo corría la historia de que La Codorniz, revista satírica que fue no pocas veces secuestrada por la censura, había publicado el siguiente pasatiempo: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Y nos importa tres X que nos cierren la edición».
Gente que cuente esta anécdota la hay a capazos. Incluso jurando que leyeron dicho pasatiempo. Pero gente capaz de enseñar el recorte de la revista yo, por lo menos, no he encontrado jamás alguno. Es, más que probablemente, una leyenda urbana.
La censura tiene que ver con las dictaduras. Y de una de esas dictaduras vamos a hablar hoy, concretamente de la que detentó el general Miguel Primo de Rivera entre 1923 y 1930.
La dictadura de Primo de Rivera (padre de José Antonio, fundador de la Falange) es habitualmente conocida como la dictablanda, ya que no fue excesivamente violenta ni brutal con sus opositores. Yo creo que esto fue así por varias razones, pero fundamentalmente dos. Primero, porque se suele entender que fueron opositores de la dictadura quienes en realidad no lo fueron. Ahí están, por ejemplo, el PSOE y la UGT, dos organizaciones teóricamente poco proclives a apoyar a un dictador militar, pero que de hecho lo hicieron, a cambio de que obtener con ello una posición monopolística en la representación obrera (en detrimento de la CNT anarquista, que contestó a ello radicalizándose, y tal vez por eso se desempeñó, años después, con tanta violencia contra gobiernos republicanos de izquierdas). El pacto entre Primo y el PSOE fue tal que el líder socialista Largo Caballero fue durante aquellos años nada menos que consejero de Estado.
La segunda razón, mucho más poderosa, es que la dictadura de Primo fue, sobre todo en sus primeros años, una dictadura popular. En no pocos libros, de texto y de no texto, se lee eso de que el golpe de Estado de Primo de 1923 se hizo para evitar las responsabilidades que estaban a punto de definirse por el desastre de Annual, en Marruecos, donde en 1921 palmaron un montón de españolitos y otro montón fue hecho prisionero. Con ser cierto que Primo quería librar al Ejército de tal oprobio, ésa es una visión reduccionista y simplista. El principal motor del golpe y la dictadura posterior fue el hecho de que la sociedad española, después de cuarenta años de Restauración; después de cuatro décadas de parlamentos que nunca terminaban sus mandatos; después de cuarenta años de gobiernos presididos por el cabildeo y el tráfico de influencias; después de cuatro décadas de un sistema democrático parlamentario en que las elecciones se amañaban sistemáticamente y, en cualquier caso, los partidos turnantes eran dominados en cada sitio por los caciques locales y, por lo tanto, usados a favor de oscuros intereses personales; después de cuatro décadas de todo eso, el personal estaba hasta los pelos. Incluso en la muy catalana Barcelona, que no tenía nada que ganar en una dictadura militar que a buen seguro no favorecería ni un tanto sus pretensiones regionalistas, autonomistas o independentistas, incluso en Barcelona, digo, el golpe de Estado fue recibido con alharacas (Primo era allí gobernador militar y fue allí donde se sublevó).
Si a eso unimos que en los primeros tres años de dictadura, Primo consiguió acabar con la sangría de la guerra de Marruecos, podemos estimar que hubo un primer momento de aquel régimen en el que el apoyo popular fue su principal argumento para mantenerse.
El problema con los dictadores es siempre el mismo: no saben irse. A partir de 1926, cuando el desembarco de Alhucemas termina con la guerra marroquí, el divorcio entre dictador y pueblo se va haciendo cada vez más amplio. Primo de Rivera se parecía mucho a su sucesor, Francisco Franco, en que por mucho que en algunas cosas no se le pudiese negar inteligencia política, en general tenía el defecto de confundir un país con el patio de un cuartel. Si te asomas al patio de un cuartel y ves al personal haciendo lo que le sale de los huevos, mandas un toque de corneta y en medio minuto has cambiado la situación: todo el mundo está formado. Pero un país no es así. En un país puede haber gente haciendo cosas que por mucho que le toques la corneta no deja de hacerlas, no forma, no se pone firmes ni canta el himno de infantería ni Cristo que lo fundó.
Primo de Rivera estaba dispuesto a muchas cosas, pero no a volver a un sistema de partidos políticos (igual, otra vez, que Franco). Despreciaba a los políticos y se consideraba a sí mismo liberado de sus vicios. Se tenía por un hombre de enorme capacidad de comunicación con su pueblo, cosa que hacía a través de un sistema poco común, las notas oficiosas, especie de mezcla entre bando municipal, carta personal y nota de prensa que escribía de vez en cuando, y que eran de inserción obligada en la prensa. Su referente era el jefe del Estado, o sea el rey Alfonso XIII, por quien probablemente no sentía excesivo afecto personal, por decirlo finamente. Primo y el rey nunca se entendieron bien, a pesar del entusiasmo con que el rey aceptó el golpe de Estado (y por el que sería juzgado como traidor por la República). Primo no se fiaba de Alfonso, hasta el punto de acuñar el verbo borbonear que, para el general, significaba algo así como engañar o marear. «A mí no me borbonea éste», solía decir.
Durante toda la dictadura, pero sobre todo en la segunda mitad, Primo de Rivera estableció una muy estricta censura de prensa. Como ya he escrito, sus propias notas oficiosas eran de obligada inserción y, más allá, los contenidos de los periódicos estaban estrictamente controlados. Conforme le fueron apareciendo enemigos al general (entre los que cabe anotar al arma de Artillería, que hubo de disolver; a los catalanes, que trataron de darle un golpe de Estado en El Garraf; o incluso a los conservadores dinásticos de Sánchez Guerra, que dieron otro golpe en Valencia), esta censura se hizo peor y ya sólo tenía libertad de opinión la Unión Patriótica, especie de partido político títere creado por el propio Primo para dar a su régimen una apariencia democrática que no engañaba a nadie.
No se podía publicar libremente, pues. Pero eso no importa a los periodistas con imaginación, como José Antonio Balbontín. Balbontín era un personaje de ideas avanzadas, que se fueron haciendo más avanzadas en la República, de temperamento muy sanguíneo y, desde luego, un cachondo mental, que es lo que hay que ser siempre para burlar la censura.
Había fundado, ya lo he dicho, Primo un partido, la Unión Patriótica, y dicho partido tenía un periódico de cámara que se llamaba La Nación. Balbontín maquinó la mayor venganza contra una censura dictatorial: esquivarla y, además, en su propio terreno.
Simulando ser una señora entrada en años y aficionada a los ripios apellidada Valdecilla, Balbontín remitió a La Nación un soneto laudatorio del general/dictador. Un poema estomagante lleno de topicazos románticos y neobarrocos, muy del gusto de la [mala] poética del siglo XIX. La Nación, cómo no, lo publicó. Helo aquí.
Paladín de la patria redimida,
recio soldado que pelea y canta,
ira de Dios que, cuando azota, es santa,
místico rayo que al matar es vida.
Otra es España a tu virtud rendida;
ella es feliz bajo tu noble planta.
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva,
rencores viejos de la edad medieva
rompió tu lanza, que a los viles trunca
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!
Dejemos las cosas claras. Que nadie se escude en lo distinto que fue el pasado, porque vencido el primer cuarto del siglo XX, este poema era tan hortera como lo pueda ser hoy. Que nadie piense que estaba dentro del buen gusto de la época escribir chorradas como «está en paz tu grey bajo el amado/chorro de luz de tu inmortal cayado». Y mira que se dijeron y escribieron imbecilidades durante el franquismo; pero no sé de nadie que se atreviese a llamar a Franco «pastor santo». No sé el vuestro, pero mi preferido, sin duda alguna, es el verso sobre el hampón que en odio se amamanta.
La señora Valdecilla era, pues, una imbécil ripiosa. Pero más imbécil era, aún, el director de La Nación, por ordenar la publicación de este engendro. Porque engendro es, pero no por lo que él pensaba.
La publicación del poema fue un escándalo. ¿Por qué? Pues porque, en la misma mañana que se publicó, Primo era el hazmerreír de todo Madrid, de España entera.
¿Por qué? No creo que os resulte muy difícil descubrirlo.
viernes, septiembre 07, 2007
Puto Jueves
La Historia está llena de misterios sin resolver. Cosas que nadie sabe a ciencia cierta cómo ocurrieron. Conforme nos vamos más atrás en el tiempo, más densidad de misterios encontramos, y más historiadores que, muchas veces, son fundamentalmente especuladores, interpretadores de los signos de la realidad, que les llegan en forma de mitos, cuentos, canciones, leyendas, restos arqueológicos o versiones absolutamente parciales.
Los misterios, en todo caso, no son exclusivos de la Historia Antigua. De hecho, a día de hoy no hace ni ochenta años de uno de los episodios históricos que más inquietud ha despertado y sobre el que, en el fondo, menos consenso hay: la Gran Depresión americana. Por increíble que pueda parecer en un hecho ocurrido hace tan poco tiempo, además en el país más desarrollado del mundo, hoy es el día que sigue habiendo una discusión abierta sobre por qué ocurrió.
Sabemos, por supuesto, qué ocurrió. Todo empezó el 24 de octubre de 1929, el día que ha pasado a la Historia como el Jueves Negro; y su tremenda continuación, cinco días después, en el conocido como Martes Negro. Como siempre cuando hablamos de asuntos relacionados con la cotización financiera, en realidad estamos hablando de expectativas.
Los economistas, cuando no les escucha nadie y no pueden ser acusados de ser políticamente incorrectos, suelen decir que para un elevado crecimiento económico no hay nada mejor que una gran catástrofe natural o, mejor, una guerra. Sobre todo si la ganas, claro. Ambas situaciones son susceptibles de generar fuertes destrucciones que generan reconstrucciones lo cual, paradójicamente, funciona como revulsivo económico. En los felices años veinte del siglo ídem, las economías ganadoras de la primera guerra mundial, y sustancialmente los Estados Unidos que, además de ganarla, no había tenido pérdidas en su territorio, experimentaron un crecimiento extraordinario; a costa, por cierto, de los países perdedores y los neutrales, que habían hecho su agosto durante la guerra. Es el caso de España, que se forró de pasta mientras el resto de Europa se daba de hostias, pero para la que el final de la guerra fue un desastre económico de primera magnitud, especialmente en el caso de Cataluña.
En los años veinte se generó cierta expectativa de crecimiento interminable. La fiesta no parecía ser capaz de parar. Entonces la ciencia económica era puramente liberal, así pues tenía una creencia ciega en que el mercado se autorregula sin problemas. Especialmente, los economistas clásicos creían que el gran tridente de la economía (esto es: precios, salarios y tipos de interés) tendía, de forma natural, al equilibrio. Por ejemplo: si los precios caen, los salarios ganan poder adquisitivo, luego las personas incrementan la demanda, lo cual eleva los precios: reequilibrio. O: si los precios caen los tipos de interés, que no son sino un precio (del dinero) caerán también; pero entonces será más barato invertir, con lo que la inversión productiva crecerá, crecerá el empleo, aumentarán los salarios, con ellos la demanda, y con ella los precios: reequilibrio.
La consecuencia fundamental de creer en las teorías del reequilibrio es que permite creer en situaciones de crecimiento constante, esto es, el sistema se va reequilibrando en niveles de producción y renta cada vez superiores. Esta convicción hizo a muchos inversores financieros muy descuidados. Invertir en los mercados de capitales (la Bolsa es uno de ellos, y es el ejemplo que casi siempre se toma) se parece un poco a jugar al ajedrez: importa tu movimiento, pero también importan los movimientos que tu contrincante hará después de ese movimiento tuyo. Cuando compramos una acción a 1.000 estamos comprando la expectativa de que se ponga a 1.000 y algo (a menos que seamos un inversor gilipollas, que también los hay); si nuestra expectativa es que baje a 990, en lugar de comprarla, la venderemos. Tenemos, pues, que tener una expectativa de crecimiento del valor, expectativa que, además, debe superar a la rentabilidad libre de riesgo, que es la que podemos obtener sin mancharnos las manos. Por ejemplo, si una letra del Tesoro español, que es un activo fidelísimo con alta calificación crediticia, nos da un 3,5% de interés, entonces nuestra inversión con riesgo (compra de acciones) debe poseer una expectativa de revalorización del 3,51% o superior.
El cadillac de la operativa bursátil es la compra a crédito: yo compro un paquetón de acciones el 1 de enero con un dinero que no tengo; alguien me lo presta al 6% anual. Pero yo hago eso porque tengo la expectativa de que, en un año, las acciones que compro van a revalorizarse, digamos, un 20%. El 31 de diciembre vendo las acciones, que son mías, pillo el 20%, le devuelvo a mi acreedor sus seis puntitos, y con los 14 que me sobran me compro un buen juego de palos de golf. Tutti contenti.
Pero no hay más que expectativas. ¿Qué es lo que ocurre cuando no se cumplen?
Una historia, probablemente falsa, nos dice que Joseph Kennedy, el patriarca de la familia que acabaría dando a los Estados Unidos un presidente, un casi presidente y un senador voceras, no se pilló los dedos en la crisis bursátil del 29 porque algunas semanas antes, mientras le lustraban los zapatos en la Quinta Avenida, su limpiabotas le dijo: «Eh, señor Kennedy, ¿quiere un buen soplo para Wall Street? Me han dicho que es seguro». Kennedy, al instante, pensó: de una Bolsa donde hasta los limpiabotas meten dinero lo mejor que se puede hacer es marcharse.
La anécdota, ya lo he dicho, es probablemente falsa. Pero, al mismo tiempo, cierta. Porque lo que es un hecho es que, en los Estados Unidos de 1929, había una confianza ciega en el avance permanente de las cotizaciones bursátiles (como he dicho, una especie de teoría del reequilibrio insinuada), y ese era un fenómeno del que participaba la sociedad americana entera. También los limpiabotas. Pero, claro, un limpiabotas, para comprar en Bolsa, tiene que comprar a crédito.
El 3 de septiembre de aquel año, el índice Dow Jones encontró su cima: 381,17 puntos. A partir de ahí, empezó a caer y en un mes perdió cosa de un 17%. Esto disparó la inquietud del personal, y llegó el Jueves Negro. Ante la caída en picado de aquel día, los grandes banqueros americanos se reunieron, juntaron su pasta y al día siguiente, viernes 25, se presentaron en el parqué haciendo ofertas de compra de grandes paquetes de acciones de empresas señeras del mercado, a precios por encima de las cotizaciones oficiales. Esto calmó los ánimos, aunque sólo durante un par de días.
El fin de semana fue un constante bombardeo periodístico. La prensa, siempre tan amiga de describir las cosas con tintes dramáticos, le calentó la cabeza de tal forma a los norteamericanos durante el fin de semana que el lunes todos los traders del mercado se presentaron en el parqué con los bolsillos llenos de órdenes de venta como sea, a cualquier precio: el americano medio había decidido irse de najas de la Bolsa.
El lunes 28, las cotizaciones cayeron un 13% y el Martes Negro un 12% más, lo cual es, con perdón de la expresión, la puta leche. En esa semana se volatilizó un valor equivalente de 30.000 millones de dólares. Lo cual lo mismo no nos da ni frío ni calor pues hoy, en Wall Street, un día de bajada normalita, «desaparecen» 100.000 millones de dólares sin que los informativos televisivos siquiera se hagan eco. Sin embargo, para que podáis valorar la magnitud del hostión, os diré que Estados Unidos no había llegado a gastarse 30.000 millones de dólares en el esfuerzo bélico de la primera guerra mundial.
O sea: 17% en el mes previo, más o menos un 10% el jueves, un 13% el lunes y un 12% el martes. Eso es una caidita del 43%, más o menos. Ahora pensad en el limpiabotas. Con unas ganancias de, digamos, 500 dólares mensuales, entró en la Bolsa el 3 de septiembre comprando 1.500 dólares en acciones a crédito, con dos meses de plazo: debe devolverlo el 3 de noviembre. Le prestaron el dinero al 6% anual, pero como son dos meses, o sea la sexta parte del año, debe pagar un 1%: el 3 de noviembre debe devolver 1.515 dólares. Y… ¿qué tiene? Pues acciones que valen 1.500 x 0,43 = 645 dólares... y bajando. El 29 de octubre, nuestro limpiabotas necesita encontrar, en cinco días, 355 dólares, lo cual es el 70% de lo que gana en un mes, es decir, él tarda 21 días en ganar tanto dinero (eso suponiendo que no coma, que duerma en la calle y que se fume, como cantaba Moncho Alpuente, los pelillos del sobaco).
Aquí tenéis, mutatis mutandis, el triste rostro escondido de la compra bursátil a crédito.
Los limpiabotas, en todo caso, no se suicidaron. Los que se tiraron desde los balcones de sus casas y de sus oficinas fueron los grandes especuladores del mercado, ya que ellos eran como el limpiabotas, sólo que donde éste había pedido 1.500 dólares, ellos habían pedido un millón, o diez, o cien millones de dólares. Pero, con todos los respetos hacia los financieros, la Gran Depresión fue mucho más que eso. De todas las fotos que he visto que hacen la crónica de aquellos tiempos hay una que siempre me ha enternecido especialmente y, como ocurre hoy con casi todo, la podéis ver en Internet, reproduce la cena de Navidad en casa de un granjero de Iowa. Fijaros en la imagen. El granjero tiene cuatro hijos (no sabemos si su mujer ha muerto o simplemente no posa) que comen de pie, porque en esa casa sólo hay una silla. Las vestimentas de los niños en la cena más importante del año lo dicen todo. Y la comida no se ve, ellos la tapan, pero se adivina magra y escasa. A la derecha de la foto se adivina el hornillo sobre el que se calienta el café.
Es de justicia reconocer que, probablemente, los grandes paganos de la Depresión fueron los granjeros estadounidenses, los trabajadores agrícolas. Buena parte de ellos eran propietarios y dejaron de serlo. Toda crisis financiera (bursátil) acaba siendo pronto una crisis bancaria, porque los bancos son, al fin y al cabo, los que están detrás de todos esos préstamos que, repentinamente, pasan a ser fallidos. Cuando un banco va mal, llama a retreta a todo dinero y lo pone a formar en su caja fuerte; esto quiere decir que se aplica a una política de recuperación de créditos como sea y, cuando no los puede recuperar o cobrar, ejecuta la garantía inherente al préstamo, que suele ser hipotecaria.
En 1932, el comercio mundial era la mitad que en 1929. La primera consecuencia de la Gran Depresión fue una paralización brutal de la actividad económica que afectó a los intercambios, lo cual afectó directamente a la agricultura. Los agricultores perdieron negocio y, en esas condiciones, no pudieron servir los créditos que tenían, y los bancos se quedaron con sus granjas. Cualquiera que se siente un sábado por la tarde delante del televisor a ver pelis americanas verá que, en cuanto a la acción transcurre en los estados agrícolas, la figura del banco buitre que se queda con la granja del prota sigue, aún hoy, presente en los guiones.
El segundo gran pagano fue el obrero industrial. En el mes y medio que siguió al Martes Negro se perdieron en Estados Unidos unos 15.000 empleos diarios, creando un ejército de parados casi coincidente con la cifra actual de asalariados de la economía española (ahí es nada).
¿Qué pasó en la Gran Depresión? Bueno, ya he dicho que eso no es tan fácil de contestar. Para mí está claro, desde luego, que la teoría del reequilibrio falló y que quien tenía razón era John Maynard Keynes. En una serie de cartas abiertas que le escribió al presidente Roosevelt durante la Depresión, este conocido economista dejó claro que la Gran Depresión demuestra que una economía puede llegar a generar ingresos tan bajos que no merece la pena producir más, y equilibrarse en esa situación, sin ser capaz de salir de ahí. La teoría de Keynes, y de muchos después de él, es que ese «empujoncito» que necesita la economía tiene que venir del gasto público. Lo cierto es que FDR le hizo bastante caso pues la política que sacó a Estados Unidos de la Depresión, el conocido como New Deal, se basó, sobre todo, en un programa bestial de obras públicas que permitió al Estado dar curro a un montón de parados.
También se ha dicho que la Gran Depresión fue una crisis de sobreproducción, y probablemente es cierto. En un entorno de optimismo total, de expectativas siempre crecientes, la generación de capacidad productiva tiende a no tener fin. Sin embargo, quien genera capacidad productiva está actuando en la oferta, pero luego está la demanda. De alguna forma, la economía estadounidense, y mundial, en los años veinte, cayó en lo que muchos llaman la situación de la bicicleta: mientras sigas pedaleando no hay problema; pero si te paras, te esmorras la jeta contra el suelo. Una vez más, la teoría del reequilibrio opera aquí. Esa teoría nos dice, o decía, que si el consumo decrece, también lo harán los tipos de interés, con lo que las inversiones serán más baratas y crecerán. Fue también Keynes quien explicó algo por otra parte muy obvio: quien invierte, el empresario, lo hace porque la inversión es barata, sí. Pero necesita otra cosa, que es la expectativa de beneficio.
Todos tememos a la inflación. Sobre todo aquellos de nosotros, que somos legión, que hemos vivido o vivimos inflaciones de dos dígitos (10% anual o más). Pero hay algo peor que la inflación, y es la deflación. El descenso generalizado y continuado de precios se produce por un derrumbe de las expectativas que detrae el consumo hasta tan punto que la oferta no se sostiene a los precios en los que fue inicialmente formulada. El problema de la deflación es cuando genera una espiral en la que oferta y demanda se responden la una a la otra con apuestas cada vez más a la baja; en esa situación, los precios caen, pero también caen las rentas (fundamentalmente, porque lo que es precio para el comprador es renta para el vendedor), generándose una espiral de pobreza, una contracción del consumo, en la que cada vez más producción sobra, luego cada vez hacen falta menos trabajadores, luego cada vez hay más paro, luego vuelve a caer la renta, luego los precios reaccionan cayendo de nuevo, luego la producción desciende, luego sobran de nuevo trabajadores…
Y así mucho, como decían del Bolero de Ravel.
Y, eso, sin tener en cuenta que estés endeudado. Porque, en un entorno deflacionario, será difícil que el interés de tu deuda caiga al mismo ritmo que lo hacen tus ingresos, por lo que, a mayor deflación, más deuda real tienes, luego eres más pobre, luego consumes menos, luego los precios bajan, luego sobran más trabajadores…
Y así mucho, again.
Hay, no obstante, más dudas. Se discute mucho, por ejemplo, sobre si la política monetaria fue la adecuada pues, de hecho, tras la primera guerra mundial la política monetaria (es decir, la que controla los efectivos que tiene a su disposición el sistema) tendió a ser claramente deflacionaria. En todo caso, lo que está más claro es que, desde el punto de vista monetario, una vez que la Depresión estalló, no se hizo gran cosa por pararla. Digo esto porque en un entorno deflacionario, el pánico hace que muchas personas, en realidad, intensifiquen su pobreza, al malvender los activos de que disponen (inmuebles, acciones, bonos, etc.) que en ese momento no valen gran cosa. Muchos economistas piensan que la Reserva Federal debería haber tomado una medida bastante parecida al famoso Corralito argentino, impidiendo estas disposiciones durante un tiempo.
¿Y España? Pues España fue pagano de aquella situación, como el resto del mundo, porque la Depresión fue rápidamente exportada por su inventor. Europa estaba saliendo aún de una guerra muy cruel, reconstruyéndose a crédito americano, y a todos nos pasó un poco lo que al granjero de la foto. Muchos bancos norteamericanos reaccionaron a la situación repatriando masas de capital, con lo que exportaron el problema. A principios de la década de los 30, España tenía tasas de paro pavorosas en muchas áreas, que fueron el caldo de cultivo de la mayor parte de los grandes conflictos de orden público que se produjeron durante la República.
Y la pregunta habitual es: ¿puede volver a pasar? Y yo os respondo: si los economistas, que son muy leídos, no se atreven a contestar esa pregunta, ¿por qué narices me pedís a mí que lo haga?
Teóricamente, la crisis bursátil no puede volver a ocurrir porque los mercados, hoy, tienen disciplinas más estrechas que hace ochenta años y hoy no se pueden producir caídas de esta magnitud sin que se intervenga en el mercado o incluso se cierre. Eso sí, teóricamente. Porque, al final, estamos hablando de expectativas. Si el personal tiene malas expectativas y quiere pirarse del parqué, lo hará. Le podrás cerrar el parqué un día, dos, un mes o dos. Pero si en ese tiempo no les tranquilizas, en cuanto vuelvas a abrir las puertas, allí estarán para vender.
Hay, en mi opinión, una parte sustancial de la Gran Depresión que sigue viva: las expectativas excesivas, a veces incluso alimentadas por quienes menos deberían hacerlo, es decir los políticos. Tener buen feeling del futuro no es malo; pero sí lo es que ese feeling, en realidad, no se sustente en nada. Hace veinte o treinta años, todo el mundo estaba acostumbrado a ver la economía como una especie de gráfica sinusoidal, con ciclos expansivos y recesivos más o menos regulares. Desde la primera guerra del Golfo, más o menos, vivimos un periodo continuamente expansivo, lo cual es ya mucho tiempo (unos quince años) y nos puede llevar a considerar que la fiesta ya no va a parar.
Más o menos lo mismo que pensaron nuestros abuelos y bisabuelos.
Los misterios, en todo caso, no son exclusivos de la Historia Antigua. De hecho, a día de hoy no hace ni ochenta años de uno de los episodios históricos que más inquietud ha despertado y sobre el que, en el fondo, menos consenso hay: la Gran Depresión americana. Por increíble que pueda parecer en un hecho ocurrido hace tan poco tiempo, además en el país más desarrollado del mundo, hoy es el día que sigue habiendo una discusión abierta sobre por qué ocurrió.
Sabemos, por supuesto, qué ocurrió. Todo empezó el 24 de octubre de 1929, el día que ha pasado a la Historia como el Jueves Negro; y su tremenda continuación, cinco días después, en el conocido como Martes Negro. Como siempre cuando hablamos de asuntos relacionados con la cotización financiera, en realidad estamos hablando de expectativas.
Los economistas, cuando no les escucha nadie y no pueden ser acusados de ser políticamente incorrectos, suelen decir que para un elevado crecimiento económico no hay nada mejor que una gran catástrofe natural o, mejor, una guerra. Sobre todo si la ganas, claro. Ambas situaciones son susceptibles de generar fuertes destrucciones que generan reconstrucciones lo cual, paradójicamente, funciona como revulsivo económico. En los felices años veinte del siglo ídem, las economías ganadoras de la primera guerra mundial, y sustancialmente los Estados Unidos que, además de ganarla, no había tenido pérdidas en su territorio, experimentaron un crecimiento extraordinario; a costa, por cierto, de los países perdedores y los neutrales, que habían hecho su agosto durante la guerra. Es el caso de España, que se forró de pasta mientras el resto de Europa se daba de hostias, pero para la que el final de la guerra fue un desastre económico de primera magnitud, especialmente en el caso de Cataluña.
En los años veinte se generó cierta expectativa de crecimiento interminable. La fiesta no parecía ser capaz de parar. Entonces la ciencia económica era puramente liberal, así pues tenía una creencia ciega en que el mercado se autorregula sin problemas. Especialmente, los economistas clásicos creían que el gran tridente de la economía (esto es: precios, salarios y tipos de interés) tendía, de forma natural, al equilibrio. Por ejemplo: si los precios caen, los salarios ganan poder adquisitivo, luego las personas incrementan la demanda, lo cual eleva los precios: reequilibrio. O: si los precios caen los tipos de interés, que no son sino un precio (del dinero) caerán también; pero entonces será más barato invertir, con lo que la inversión productiva crecerá, crecerá el empleo, aumentarán los salarios, con ellos la demanda, y con ella los precios: reequilibrio.
La consecuencia fundamental de creer en las teorías del reequilibrio es que permite creer en situaciones de crecimiento constante, esto es, el sistema se va reequilibrando en niveles de producción y renta cada vez superiores. Esta convicción hizo a muchos inversores financieros muy descuidados. Invertir en los mercados de capitales (la Bolsa es uno de ellos, y es el ejemplo que casi siempre se toma) se parece un poco a jugar al ajedrez: importa tu movimiento, pero también importan los movimientos que tu contrincante hará después de ese movimiento tuyo. Cuando compramos una acción a 1.000 estamos comprando la expectativa de que se ponga a 1.000 y algo (a menos que seamos un inversor gilipollas, que también los hay); si nuestra expectativa es que baje a 990, en lugar de comprarla, la venderemos. Tenemos, pues, que tener una expectativa de crecimiento del valor, expectativa que, además, debe superar a la rentabilidad libre de riesgo, que es la que podemos obtener sin mancharnos las manos. Por ejemplo, si una letra del Tesoro español, que es un activo fidelísimo con alta calificación crediticia, nos da un 3,5% de interés, entonces nuestra inversión con riesgo (compra de acciones) debe poseer una expectativa de revalorización del 3,51% o superior.
El cadillac de la operativa bursátil es la compra a crédito: yo compro un paquetón de acciones el 1 de enero con un dinero que no tengo; alguien me lo presta al 6% anual. Pero yo hago eso porque tengo la expectativa de que, en un año, las acciones que compro van a revalorizarse, digamos, un 20%. El 31 de diciembre vendo las acciones, que son mías, pillo el 20%, le devuelvo a mi acreedor sus seis puntitos, y con los 14 que me sobran me compro un buen juego de palos de golf. Tutti contenti.
Pero no hay más que expectativas. ¿Qué es lo que ocurre cuando no se cumplen?
Una historia, probablemente falsa, nos dice que Joseph Kennedy, el patriarca de la familia que acabaría dando a los Estados Unidos un presidente, un casi presidente y un senador voceras, no se pilló los dedos en la crisis bursátil del 29 porque algunas semanas antes, mientras le lustraban los zapatos en la Quinta Avenida, su limpiabotas le dijo: «Eh, señor Kennedy, ¿quiere un buen soplo para Wall Street? Me han dicho que es seguro». Kennedy, al instante, pensó: de una Bolsa donde hasta los limpiabotas meten dinero lo mejor que se puede hacer es marcharse.
La anécdota, ya lo he dicho, es probablemente falsa. Pero, al mismo tiempo, cierta. Porque lo que es un hecho es que, en los Estados Unidos de 1929, había una confianza ciega en el avance permanente de las cotizaciones bursátiles (como he dicho, una especie de teoría del reequilibrio insinuada), y ese era un fenómeno del que participaba la sociedad americana entera. También los limpiabotas. Pero, claro, un limpiabotas, para comprar en Bolsa, tiene que comprar a crédito.
El 3 de septiembre de aquel año, el índice Dow Jones encontró su cima: 381,17 puntos. A partir de ahí, empezó a caer y en un mes perdió cosa de un 17%. Esto disparó la inquietud del personal, y llegó el Jueves Negro. Ante la caída en picado de aquel día, los grandes banqueros americanos se reunieron, juntaron su pasta y al día siguiente, viernes 25, se presentaron en el parqué haciendo ofertas de compra de grandes paquetes de acciones de empresas señeras del mercado, a precios por encima de las cotizaciones oficiales. Esto calmó los ánimos, aunque sólo durante un par de días.
El fin de semana fue un constante bombardeo periodístico. La prensa, siempre tan amiga de describir las cosas con tintes dramáticos, le calentó la cabeza de tal forma a los norteamericanos durante el fin de semana que el lunes todos los traders del mercado se presentaron en el parqué con los bolsillos llenos de órdenes de venta como sea, a cualquier precio: el americano medio había decidido irse de najas de la Bolsa.
El lunes 28, las cotizaciones cayeron un 13% y el Martes Negro un 12% más, lo cual es, con perdón de la expresión, la puta leche. En esa semana se volatilizó un valor equivalente de 30.000 millones de dólares. Lo cual lo mismo no nos da ni frío ni calor pues hoy, en Wall Street, un día de bajada normalita, «desaparecen» 100.000 millones de dólares sin que los informativos televisivos siquiera se hagan eco. Sin embargo, para que podáis valorar la magnitud del hostión, os diré que Estados Unidos no había llegado a gastarse 30.000 millones de dólares en el esfuerzo bélico de la primera guerra mundial.
O sea: 17% en el mes previo, más o menos un 10% el jueves, un 13% el lunes y un 12% el martes. Eso es una caidita del 43%, más o menos. Ahora pensad en el limpiabotas. Con unas ganancias de, digamos, 500 dólares mensuales, entró en la Bolsa el 3 de septiembre comprando 1.500 dólares en acciones a crédito, con dos meses de plazo: debe devolverlo el 3 de noviembre. Le prestaron el dinero al 6% anual, pero como son dos meses, o sea la sexta parte del año, debe pagar un 1%: el 3 de noviembre debe devolver 1.515 dólares. Y… ¿qué tiene? Pues acciones que valen 1.500 x 0,43 = 645 dólares... y bajando. El 29 de octubre, nuestro limpiabotas necesita encontrar, en cinco días, 355 dólares, lo cual es el 70% de lo que gana en un mes, es decir, él tarda 21 días en ganar tanto dinero (eso suponiendo que no coma, que duerma en la calle y que se fume, como cantaba Moncho Alpuente, los pelillos del sobaco).
Aquí tenéis, mutatis mutandis, el triste rostro escondido de la compra bursátil a crédito.
Los limpiabotas, en todo caso, no se suicidaron. Los que se tiraron desde los balcones de sus casas y de sus oficinas fueron los grandes especuladores del mercado, ya que ellos eran como el limpiabotas, sólo que donde éste había pedido 1.500 dólares, ellos habían pedido un millón, o diez, o cien millones de dólares. Pero, con todos los respetos hacia los financieros, la Gran Depresión fue mucho más que eso. De todas las fotos que he visto que hacen la crónica de aquellos tiempos hay una que siempre me ha enternecido especialmente y, como ocurre hoy con casi todo, la podéis ver en Internet, reproduce la cena de Navidad en casa de un granjero de Iowa. Fijaros en la imagen. El granjero tiene cuatro hijos (no sabemos si su mujer ha muerto o simplemente no posa) que comen de pie, porque en esa casa sólo hay una silla. Las vestimentas de los niños en la cena más importante del año lo dicen todo. Y la comida no se ve, ellos la tapan, pero se adivina magra y escasa. A la derecha de la foto se adivina el hornillo sobre el que se calienta el café.
Es de justicia reconocer que, probablemente, los grandes paganos de la Depresión fueron los granjeros estadounidenses, los trabajadores agrícolas. Buena parte de ellos eran propietarios y dejaron de serlo. Toda crisis financiera (bursátil) acaba siendo pronto una crisis bancaria, porque los bancos son, al fin y al cabo, los que están detrás de todos esos préstamos que, repentinamente, pasan a ser fallidos. Cuando un banco va mal, llama a retreta a todo dinero y lo pone a formar en su caja fuerte; esto quiere decir que se aplica a una política de recuperación de créditos como sea y, cuando no los puede recuperar o cobrar, ejecuta la garantía inherente al préstamo, que suele ser hipotecaria.
En 1932, el comercio mundial era la mitad que en 1929. La primera consecuencia de la Gran Depresión fue una paralización brutal de la actividad económica que afectó a los intercambios, lo cual afectó directamente a la agricultura. Los agricultores perdieron negocio y, en esas condiciones, no pudieron servir los créditos que tenían, y los bancos se quedaron con sus granjas. Cualquiera que se siente un sábado por la tarde delante del televisor a ver pelis americanas verá que, en cuanto a la acción transcurre en los estados agrícolas, la figura del banco buitre que se queda con la granja del prota sigue, aún hoy, presente en los guiones.
El segundo gran pagano fue el obrero industrial. En el mes y medio que siguió al Martes Negro se perdieron en Estados Unidos unos 15.000 empleos diarios, creando un ejército de parados casi coincidente con la cifra actual de asalariados de la economía española (ahí es nada).
¿Qué pasó en la Gran Depresión? Bueno, ya he dicho que eso no es tan fácil de contestar. Para mí está claro, desde luego, que la teoría del reequilibrio falló y que quien tenía razón era John Maynard Keynes. En una serie de cartas abiertas que le escribió al presidente Roosevelt durante la Depresión, este conocido economista dejó claro que la Gran Depresión demuestra que una economía puede llegar a generar ingresos tan bajos que no merece la pena producir más, y equilibrarse en esa situación, sin ser capaz de salir de ahí. La teoría de Keynes, y de muchos después de él, es que ese «empujoncito» que necesita la economía tiene que venir del gasto público. Lo cierto es que FDR le hizo bastante caso pues la política que sacó a Estados Unidos de la Depresión, el conocido como New Deal, se basó, sobre todo, en un programa bestial de obras públicas que permitió al Estado dar curro a un montón de parados.
También se ha dicho que la Gran Depresión fue una crisis de sobreproducción, y probablemente es cierto. En un entorno de optimismo total, de expectativas siempre crecientes, la generación de capacidad productiva tiende a no tener fin. Sin embargo, quien genera capacidad productiva está actuando en la oferta, pero luego está la demanda. De alguna forma, la economía estadounidense, y mundial, en los años veinte, cayó en lo que muchos llaman la situación de la bicicleta: mientras sigas pedaleando no hay problema; pero si te paras, te esmorras la jeta contra el suelo. Una vez más, la teoría del reequilibrio opera aquí. Esa teoría nos dice, o decía, que si el consumo decrece, también lo harán los tipos de interés, con lo que las inversiones serán más baratas y crecerán. Fue también Keynes quien explicó algo por otra parte muy obvio: quien invierte, el empresario, lo hace porque la inversión es barata, sí. Pero necesita otra cosa, que es la expectativa de beneficio.
Todos tememos a la inflación. Sobre todo aquellos de nosotros, que somos legión, que hemos vivido o vivimos inflaciones de dos dígitos (10% anual o más). Pero hay algo peor que la inflación, y es la deflación. El descenso generalizado y continuado de precios se produce por un derrumbe de las expectativas que detrae el consumo hasta tan punto que la oferta no se sostiene a los precios en los que fue inicialmente formulada. El problema de la deflación es cuando genera una espiral en la que oferta y demanda se responden la una a la otra con apuestas cada vez más a la baja; en esa situación, los precios caen, pero también caen las rentas (fundamentalmente, porque lo que es precio para el comprador es renta para el vendedor), generándose una espiral de pobreza, una contracción del consumo, en la que cada vez más producción sobra, luego cada vez hacen falta menos trabajadores, luego cada vez hay más paro, luego vuelve a caer la renta, luego los precios reaccionan cayendo de nuevo, luego la producción desciende, luego sobran de nuevo trabajadores…
Y así mucho, como decían del Bolero de Ravel.
Y, eso, sin tener en cuenta que estés endeudado. Porque, en un entorno deflacionario, será difícil que el interés de tu deuda caiga al mismo ritmo que lo hacen tus ingresos, por lo que, a mayor deflación, más deuda real tienes, luego eres más pobre, luego consumes menos, luego los precios bajan, luego sobran más trabajadores…
Y así mucho, again.
Hay, no obstante, más dudas. Se discute mucho, por ejemplo, sobre si la política monetaria fue la adecuada pues, de hecho, tras la primera guerra mundial la política monetaria (es decir, la que controla los efectivos que tiene a su disposición el sistema) tendió a ser claramente deflacionaria. En todo caso, lo que está más claro es que, desde el punto de vista monetario, una vez que la Depresión estalló, no se hizo gran cosa por pararla. Digo esto porque en un entorno deflacionario, el pánico hace que muchas personas, en realidad, intensifiquen su pobreza, al malvender los activos de que disponen (inmuebles, acciones, bonos, etc.) que en ese momento no valen gran cosa. Muchos economistas piensan que la Reserva Federal debería haber tomado una medida bastante parecida al famoso Corralito argentino, impidiendo estas disposiciones durante un tiempo.
¿Y España? Pues España fue pagano de aquella situación, como el resto del mundo, porque la Depresión fue rápidamente exportada por su inventor. Europa estaba saliendo aún de una guerra muy cruel, reconstruyéndose a crédito americano, y a todos nos pasó un poco lo que al granjero de la foto. Muchos bancos norteamericanos reaccionaron a la situación repatriando masas de capital, con lo que exportaron el problema. A principios de la década de los 30, España tenía tasas de paro pavorosas en muchas áreas, que fueron el caldo de cultivo de la mayor parte de los grandes conflictos de orden público que se produjeron durante la República.
Y la pregunta habitual es: ¿puede volver a pasar? Y yo os respondo: si los economistas, que son muy leídos, no se atreven a contestar esa pregunta, ¿por qué narices me pedís a mí que lo haga?
Teóricamente, la crisis bursátil no puede volver a ocurrir porque los mercados, hoy, tienen disciplinas más estrechas que hace ochenta años y hoy no se pueden producir caídas de esta magnitud sin que se intervenga en el mercado o incluso se cierre. Eso sí, teóricamente. Porque, al final, estamos hablando de expectativas. Si el personal tiene malas expectativas y quiere pirarse del parqué, lo hará. Le podrás cerrar el parqué un día, dos, un mes o dos. Pero si en ese tiempo no les tranquilizas, en cuanto vuelvas a abrir las puertas, allí estarán para vender.
Hay, en mi opinión, una parte sustancial de la Gran Depresión que sigue viva: las expectativas excesivas, a veces incluso alimentadas por quienes menos deberían hacerlo, es decir los políticos. Tener buen feeling del futuro no es malo; pero sí lo es que ese feeling, en realidad, no se sustente en nada. Hace veinte o treinta años, todo el mundo estaba acostumbrado a ver la economía como una especie de gráfica sinusoidal, con ciclos expansivos y recesivos más o menos regulares. Desde la primera guerra del Golfo, más o menos, vivimos un periodo continuamente expansivo, lo cual es ya mucho tiempo (unos quince años) y nos puede llevar a considerar que la fiesta ya no va a parar.
Más o menos lo mismo que pensaron nuestros abuelos y bisabuelos.
miércoles, septiembre 05, 2007
Los hombrecillos verdes ya son abuelos
Supongo que las personas aficionadas a la Historia somos, asimismo, aficionadas a los aniversarios más o menos redondos. Por eso, no quiero que pase el año 2007 sin recordar un aniversario, si bien no específico de la Historia de España, sí, desde luego, de bastante impacto en nuestros pagos (y en todos).
En este año que estamos viviendo hace sesenta que nació el fenómeno OVNI.
El 24 de junio de 1947, un hombre de negocios y piloto de avioneta que entonces tenía 32 años, Kenneth Arnold, reportó haber visto varios objetos volar en fila cerca de Mount Rainier, Washington. No está muy claro la forma que tenían, pero la descripción que al parecer prendió entre los periodistas fue la de que aquellas naves se movían como un platillo de café si se lanza para que rebote sobre el agua (al parecer, por lo tanto, hay gente en el mundo que se dedica a lanzar platillos de café para que reboten sobre el agua). Es, al parecer, el origen de la costumbre de llamarle a eso platillo volante.
Evidentemente, los extraterrestres que fueron a visitar Mount Rainer no estaban solos. En las semanas posteriores, comenzaron los avistamientos, y la cosa tomó proporciones mundiales a partir del 4 de julio, cuando una tripulación de la United Airlines dijo ver nueve platillos volantes por la zona, y la prensa se echó de bruces a la historia. A partir de ese momento, los avistamientos se contaron por docenas de modo que se ha llegado a estimar más de 800 sólo en aquel año 1947.
De donde se deduce que los extraterrestres leen habitualmente la prensa.
En aquel año sucedió todavía otra cosa más, susceptible de animar la imaginación humana. Ese mismo mes de junio, un granjero de Nuevo México, Mack Brazel, descubrió en sus terrenos unos extraños restos. Pocos días después, el 9 de julio, la prensa ya daba por hecho que se trataba de los restos de un platillo volante. Al parecer, Brazel había encontrado los restos el 14 de junio, pero no le había dado demasiada importancia. Fue días después, cuando todos los periódicos empezaron a dar la matraca con lo de Arnold, cuando se mosqueó y llamó al sheriff, el cual habría tomado muestras del aparato ya en los primeros días de julio, en plena euforia ufológica, y la bola comenzó a crecer.
No mucho, durante algunos años. Sin embargo, a partir de los años ochenta, el incidente de Roswell ha tenido una especie de segunda juventud, a la luz de libros e investigaciones realizadas sobre el hecho. El clímax se alcanzó ahora hace unos doce años, cuando en Reino Unido apareció el supuesto video de la autopsia que se le habría practicado al cuerpo de uno de los extraterrestres encontrados tras lo que, según esta teoría, sería el accidente de un platillo volante con personal dentro (recientes investigaciones de la Guardia Civil española parecen apuntar a que la hostia se debió a un exceso de velocidad, motivo por el cual ya se ha iniciado el preceptivo proceso de retirada de puntos al conductor de la nave).
Los escépticos suelen defender que lo que Brazel encontró tirado en su campo eran los restos de un globo estratosférico, es decir uno más de un proyecto, llamado Proyecto Mogul, que Estados Unidos habría estado preparando para utilizar globos para soltar bombas atómicas sobre países enemigos desde grandes alturas. Pero hasta esta tesis tiene su parte morbosa, pues también se ha llegado a decir que el Proyecto Mogul utilizó prisioneros de guerra japoneses, bajitos y delgaditos, para meterlos en las cestas de aquellos globos (que yo sepa, nunca se ha explicado para qué tenían que ir esos enanos asiáticos en el globo, aparte de para congelarse), por lo que, según esta teoría, en efecto los restos de Roswell contenían cuerpos, aunque no eran cuerpos de extraterrestres, sino de… japoneses. O sea, para medio mundo, la misma historia mutatis mutandis.
Curiosa teoría. Empezaría por una pregunta: en junio de 1947, esos japoneses tan desgraciados eran prisioneros… ¿de qué guerra exactamente?
En fin. Yo no soy experto en ciencia y, además, he aprendido a lo largo de los años que no hay labor más idiota que discutir sobre OVNIS. Quienes no creemos en la cosa tenemos una visión absolutamente escéptica, y quienes creen en ello absolutamente creyente. Pero no puedo resistirme a decir un par de cosas.
Como leí una vez en un artículo de Sheldon Glashow, premio Nobel de Física y profe de mates y física en la Universidad de Boston para más datos, resulta bastante estúpido considerar que veremos a un extraterrestre antes de oírlo. Contra lo que suele pensar mucha gente, es más bien poco probable que si existe otra vida en el Universo, sea exactamente como la nuestra, o sea con cabezas, manos, brazos, piernas, pies y abogados; esto lo explica muy bien Carl Sagan en su afamada serie Cosmos. Sin embargo, argumenta Glashow, lo que difícilmente cambiará de una civilización a otra es la tecnología, porque la tecnología se basa en la suma de inteligencia y naturaleza (es decir, en la aplicación de una sobre la otra), o sea en la física, la química, el magnetismo y todas esas cosas tan difíciles de entender, y que son más o menos las mismas allí donde vayamos.
La tesis es ésta: una civilización extraterrestre podrá ser notablemente diferente a nosotros. Podrá no tener bazos, o no tener ojos. Podrá alimentarse de helio en lugar de morcilla de Burgos. Pero, en el momento en que se plantee viajar por el espacio a grandes distancias, hará lo mismo que hemos hecho nosotros: enviar ondas antes que cuerpos.
En efecto: enviar una señal de radio de aquí a Neptuno es, y siempre será, millones de veces más sencillo, y barato, que enviar a un ingeniero aeronáutico de setenta y seis kilos, nacido en Jarandilla de la Vera. Por esa regla de tres, alguien que es capaz, como en Close Encounters, de enviar una nave con colorines a esa casa rural galáctica llamada Tierra, ha sido capaz antes de enviar ondas. Así pues, antes que verlos, los oiríamos. Y, si no los oímos, es que no les vemos ni, de momento, les veremos.
Y, ¿qué oiríamos? Carl Sagan, en su novela Contactos, aporta una hipótesis sugestiva: números primos.
Hablábamos antes de vida inteligente. Porque supongo que estamos de acuerdo en que no nos basta con que haya vida; puede existir un planeta con agua helada en sus casquetes polares, dentro de la cual vivan paramecios y vorticelas que se reproduzcan por meiosis (y aquí, exactamente aquí, acaban mis recuerdos de la Biología de primero de BUP). Pero si esos paramecios no son capaces de abstraer, de concatenar, y de pensar, nosotros podremos descubrirlos a ellos algún día; pero ellos no nos descubrirían ni con la ayuda del paramecio McGyver.
Para que una supuesta civilización alienígena pueda venir por aquí a darse un garbeo necesita, pues, ser inteligente. Ser capaz de reflexionar sobre lo que le rodea, y cambiarlo. Lo que pasa es que esa reflexión no tiene por qué ser la misma entre distintas formas de vida. El ejemplo que se me ocurre es la química orgánica. La llamamos así, creo, porque se ocupa de los compuestos que portan los elementos que asimismo componen la vida en la Tierra. Pero, claro, si el cuerpo de los extraterrestres pontevedrianos (del planeta Pontevedria, que está al lado del planeta Oriense) no está basado en esos elementos sino en, digamos, el tantalio, entonces su química orgánica será distinta. Todo eso sin tener en cuenta que es estadísticamente imposible que humanos y pontevedrianos hayamos sido capaces de desarrollar la misma notación para la formulación química (de momento, los humanos estamos solos en el Universo, y ya hemos inventado varias), por lo que mensajes entre civilizaciones basados en dicha notación química probablemente no serían entendidos.
La reflexión lleva a Sagan a la conclusión de que sólo hay un conocimiento científico abstracto universal: las matemáticas; y, dentro de las matemáticas, eso que los matemáticos llaman teoría de los números. O sea, si yo golpeo el suelo con el pie una vez y mi vecino lo golpea dos veces, entonces mi vecino ha hecho mi mismo gesto el doble de veces que yo. Y eso es así en la Tierra, en Neptuno, en la Nube de Magallanes e incluso en la Comunidad Autónoma de Euskadi. ¿Reflexionará toda vida inteligente sobre el origen de la vida, sobre la estructura básica de la materia o sobre las figuras cónicas? Probablemente sí, aunque no es seguro. Pero con lo que no puede haberse dejado de encontrar es con los números. Máxime si se ha planteado viajar, personalmente o con las ondas, a millones de años-luz. Los números están ahí, en la naturaleza. Un ciempiés tiene catorce patas (creo); otra civilización podrá decir Kgtterds en lugar de catorce, pero seguirá siendo catorce, esto es uno más que Jgdsttgs, que, como todo el mundo sabe, significa trece.
Si los números son universales, también lo son sus relaciones. Por lo tanto, en todo el universo, los números pares son divisibles por dos. Y, reflexionaba Sagan, existirán los números primos, esto es aquéllos que sólo son divisibles por sí mismos y por la unidad. Y serán los mismos.
Si alguien inteligente se sienta a la consola de su emisor de ondas de radio y aprieta el pulsor que hace salir la señal (digamos, un pitido) cuatro veces, sabrá, porque es inteligente, que no está describiendo un número primo, porque cuatro es divisible por dos. Y, si piensa un poquito en el hipotético receptor de su señal, acabará dándose cuenta de que, si es inteligente, también sabrá entender esta diferencia.
Así las cosas, si algún día, escuchando las emisiones de radio que llegan a la Tierra desde cualquier punto del universo, escuchásemos cuatro pitidos, podríamos pensar que es una emisión inteligente, o no; podría ser fruto de la casualidad, o algún fenómeno natural que no sabría yo explicar. Pero si escuchamos una emisión que emite primero un pitido; luego dos; luego tres; luego cinco; luego siete; luego once; luego trece; si escuchamos eso, digo, sabremos que es una emisión realizada por vida inteligente, porque está reproduciendo la lista de los números primos, y eso no puede ser fruto de la caótica acción de la casualidad. Y si esa emisión, como sería lógico, empieza a repetirse, entonces la cosa estará más que clara.
Éste es el tipo de cosas que, en mi opinión, debería explicar una televisión verdaderamente educativa y de servicio público, en lugar de enfangarse en historietas sobre que si en un pueblo de Huesca alguien ha visto una paellera de colores desde cuyo borde unos hombrecillos color lavanda saludaban con la mano.
La historia de la búsqueda de vida inteligente desde un punto de vista más, ejem, sólido que la creencia en hombrecillos verdes que disparan pistolas láser comienza, que yo sepa, en la localidad de Green Bank, en Virginia. Allí existía, supongo que existirá aún, un observatorio de radioastronomía en el que trabajaba un joven científico llamado Frank Drake, que fue el primero que pensó un poco en serio en eso de recibir emisiones desde el espacio exterior. Para ello, contó con la colaboración de un ingeniero del prestigioso Massachussetts Institute of Technology (MIT), Sam Harris, el cual le prestó a Drake un amplificador que éste necesitaba adjuntar a la parabólica del observatorio para tratar de captar estas señales. En la noche del 7 al 8 de abril de 1960, el hombre se abrió por primera vez de orejas para intentar escuchar señales extraterrestres. Aquella noche Drake probó con Tau Ceti, una estrella que está aquí al lado, a 12 años-luz; y con Epsilon Eridani, a 10,5. No tuvo éxito. Nadie lo ha tenido desde entonces.
La actividad de Drake, unida al trabajo paralelo en el mismo campo de dos físicos de la universidad de Cornell, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, llevó a la comunidad científica a interesarse por la pregunta de cuántas civilizaciones extraterrestres pueden existir en ese inmenso barrio de favelas siderales que llamamos Universo visible (o, más bien, audible).
El punto de partida de los científicos que se reunieron en Green Bank a finales de 1961 era el que ya he expresado by the way Glashow: civilización inteligente será aquélla capaz de generar tecnologías susceptibles de ser captadas por la radioastronomía, no por las pupilas. Bajo este punto de vista, las civilizaciones inteligentes y suficientemente tecnológicas como para hacerse oír eran el subconjunto de las civilizaciones inteligentes, las cuales eran un subconjunto de aquellos planetas donde se hubiera generado la vida, los cuales eran un subconjunto de los planetas habitables de sistemas con soles similares al sol, los cuales eran un subconjunto de todas las estrellas similares al sol (pues no todas éstas tendrían planetas).
Como cualquier estudiante aplicadillo de matemáticas sabe, si sumamos probabilidades las incrementamos y si las multiplicamos las reducimos. La probabilidad de que alguien lea este post O de que se llame Eduardo (o = suma) es más alta que las dos probabilidades separadas (la suma de los lectores de este blog y los Eduardos incluye a los que lo leen y no se llaman así y los que se llaman así y no lo leen); mientras que la probabilidad de que alguien lea este artículo Y se llame Eduardo (y = multiplicación) es más pequeña: además de estar leyendo el blog, amigo, tienes que llamarte Eduardo para cumplir la condición.
Basándose en esto, Drake creó una fórmula en la que probabilidad de que se generen en el universo estrellas parecidas al sol se multiplicaba por las probabilidades de existencia de un planeta habitable, de generación de vida, de generación de inteligencia y de generación de tecnología. Y todo ello multiplicado por la vida media de la civilización (pues nosotros desapareceremos algún día, así pues es probable que, si hay o va a haber vida en el Universo, no seamos contemporáneos de ella). Es la conocida como ecuación de Drake, y aquéllos de entre los científicos que creen en la existencia de otras vidas en el Universo le profesan, de una forma u otra, pleitesía.
En Green Bank se reunieron once científicos que, básicamente, discutieron sobre las probabilidades que había que fijar en cada uno de los multiplicandos de la ecuación de Drake. No fue fácil. No estaban muy de acuerdo, por ejemplo, sobre la posibilidad de aparición de un planeta habitable en un sistema generado por una estrella del tamaño del sol. En torno a la formación de la vida, había incluso quien pensaba que la probabilidad correspondiente no era cero coma algo, sino igual a uno. Ese alguien era un joven astrónomo llamado Carl Sagan. Sagan sostenía que la vida había aparecido en la Tierra por la interacción de una serie de elementos muy comunes en el Universo y, por así decirlo, sin sorpresas; en consecuencia, pensaba que, siempre que se diesen las mismas circunstancias, la vida acabaría por surgir. También eran muy optimistas en torno al desarrollo de la inteligencia. Alguno de los asistentes incluso llegó a sostener que, en la propia Tierra, la inteligencia se había desarrollado no una, sino dos veces: una, en el homo sapiens; y otra, en los delfines.
Tras todas aquellas discusiones, los coleguitas de Green Bank llegaron a la conclusión de que N, es decir el número probable de civilizaciones tecnológicamente preparadas para enviar señales desde allí fuera, estaba entre 1.000 y 1.000.000.000.
Este resultado, a mi acientífico modo de ver extraordinariamente optimista, es el que está detrás de las actividades SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence, búsqueda de inteligencia extraterrestre) que se han producido, con sus altos y sus bajos presupuestarios, en los últimos cuarenta años. Lo cierto es que todas las actividades SETI se han hecho a ciegas; se han hecho para buscar algo que no se sabe a ciencia cierta siquiera si existe; ésta es la razón por lo que, a pesar de que no oculto mi admiración por Carl Sagan, encuentro, en su caso, pelín exageradas sus ácidas críticas a la alquimia o a la astrología como seudociencias que se basan en que sus acólitos crean sin ver. Pues eso mismo, creer sin ver, es SETI. La diferencia entre SETI y la astrología está, a mi modo de ver, en la seriedad del trabajo que contiene uno, mientras que la otra es una coña marinera. Con los años, el magisterio de Sagan se ha hecho más que evidente; pero no hay que olvidar que tras el segundo congreso sobre este tema, celebrado en 1971 en Byukaran, Armenia, el matemático Alfred Adler llegó a referirse, por escrito, a Sagan como «un imbécil con talento» que «cabalga en las sutilezas y profundidades que los prudentes apenas se atreven a recorrer de puntillas e invade terrenos de los que no conoce nada». Sic.
Con todo, y dado que la discusión científica sobre la vida inteligente en el universo es muchísimo más interesante que la consulta al mejor vidente mediático del momento, en las últimas décadas el asunto de la vida en el Universo ha dado para discusiones muy jugosas. No pocos biólogos, por ejemplo, han discutido el relativo determinismo de Sagan, señalando que, si bien podría ser cierto que en determinadas condiciones siempre aparecerá la vida, lo que no está nada claro es que vaya a aparecer algo parecido al hombre. Incluso se ha discutido el punto de vista que sitúa el listón de la inteligencia tecnológica en la perceptibilidad radioastronómica. Para algunos científicos, las tecnologías de radio no tienen por qué ser las que desarrolle siempre una civilización tecnológica.
Sea o no sea cierto que los OVNIS existen, lo que no cabe desmentir es que el asunto se ha convertido en un negocio de proporciones galácticas. Tengo por mí que la ufología tiene su punto, porque a muchas personas les sirve, en su tierna adolescencia, como punto de entrada a la lectura. Cuando tienes catorce años no sueles tener el cuerpo para leer a Sandor Marai, pero sí te molan enormemente esas historias sobre que si hay una piedra inca de hace tres mil años donde aparece un sumo sacerdote que es el vivo retrato de José Luis Perales; o que si hay unas marcas en un campo de Illinois que parecen ser de las ruedas de un Volvo S60 de quinientos metros de eslora. Así, pues, lees. Lees cosas que lo mismo no te educan demasiado la mente, pero por lo menos lees. Una vez pillado el ritmillo, lo mismo en unos años acabas en Marai. Que es de lo que se trata.
Y, claro, si algún día te encuentras de bruces con algún alienígena extraterrestre, siempre te queda la posibilidad de saludarle preguntándole, como el bilbaino del chiste: «Y, tu civilización, ¿cuántos kilos levanta?» Aunque yo, que tengo un espíritu ligeramente volteriano, creo que lo primero que les preguntaría sería si han inventado los impuestos; dependiendo de la respuesta, incluso podría llegar a decidirme por la abducción voluntaria.
En este año que estamos viviendo hace sesenta que nació el fenómeno OVNI.
El 24 de junio de 1947, un hombre de negocios y piloto de avioneta que entonces tenía 32 años, Kenneth Arnold, reportó haber visto varios objetos volar en fila cerca de Mount Rainier, Washington. No está muy claro la forma que tenían, pero la descripción que al parecer prendió entre los periodistas fue la de que aquellas naves se movían como un platillo de café si se lanza para que rebote sobre el agua (al parecer, por lo tanto, hay gente en el mundo que se dedica a lanzar platillos de café para que reboten sobre el agua). Es, al parecer, el origen de la costumbre de llamarle a eso platillo volante.
Evidentemente, los extraterrestres que fueron a visitar Mount Rainer no estaban solos. En las semanas posteriores, comenzaron los avistamientos, y la cosa tomó proporciones mundiales a partir del 4 de julio, cuando una tripulación de la United Airlines dijo ver nueve platillos volantes por la zona, y la prensa se echó de bruces a la historia. A partir de ese momento, los avistamientos se contaron por docenas de modo que se ha llegado a estimar más de 800 sólo en aquel año 1947.
De donde se deduce que los extraterrestres leen habitualmente la prensa.
En aquel año sucedió todavía otra cosa más, susceptible de animar la imaginación humana. Ese mismo mes de junio, un granjero de Nuevo México, Mack Brazel, descubrió en sus terrenos unos extraños restos. Pocos días después, el 9 de julio, la prensa ya daba por hecho que se trataba de los restos de un platillo volante. Al parecer, Brazel había encontrado los restos el 14 de junio, pero no le había dado demasiada importancia. Fue días después, cuando todos los periódicos empezaron a dar la matraca con lo de Arnold, cuando se mosqueó y llamó al sheriff, el cual habría tomado muestras del aparato ya en los primeros días de julio, en plena euforia ufológica, y la bola comenzó a crecer.
No mucho, durante algunos años. Sin embargo, a partir de los años ochenta, el incidente de Roswell ha tenido una especie de segunda juventud, a la luz de libros e investigaciones realizadas sobre el hecho. El clímax se alcanzó ahora hace unos doce años, cuando en Reino Unido apareció el supuesto video de la autopsia que se le habría practicado al cuerpo de uno de los extraterrestres encontrados tras lo que, según esta teoría, sería el accidente de un platillo volante con personal dentro (recientes investigaciones de la Guardia Civil española parecen apuntar a que la hostia se debió a un exceso de velocidad, motivo por el cual ya se ha iniciado el preceptivo proceso de retirada de puntos al conductor de la nave).
Los escépticos suelen defender que lo que Brazel encontró tirado en su campo eran los restos de un globo estratosférico, es decir uno más de un proyecto, llamado Proyecto Mogul, que Estados Unidos habría estado preparando para utilizar globos para soltar bombas atómicas sobre países enemigos desde grandes alturas. Pero hasta esta tesis tiene su parte morbosa, pues también se ha llegado a decir que el Proyecto Mogul utilizó prisioneros de guerra japoneses, bajitos y delgaditos, para meterlos en las cestas de aquellos globos (que yo sepa, nunca se ha explicado para qué tenían que ir esos enanos asiáticos en el globo, aparte de para congelarse), por lo que, según esta teoría, en efecto los restos de Roswell contenían cuerpos, aunque no eran cuerpos de extraterrestres, sino de… japoneses. O sea, para medio mundo, la misma historia mutatis mutandis.
Curiosa teoría. Empezaría por una pregunta: en junio de 1947, esos japoneses tan desgraciados eran prisioneros… ¿de qué guerra exactamente?
En fin. Yo no soy experto en ciencia y, además, he aprendido a lo largo de los años que no hay labor más idiota que discutir sobre OVNIS. Quienes no creemos en la cosa tenemos una visión absolutamente escéptica, y quienes creen en ello absolutamente creyente. Pero no puedo resistirme a decir un par de cosas.
Como leí una vez en un artículo de Sheldon Glashow, premio Nobel de Física y profe de mates y física en la Universidad de Boston para más datos, resulta bastante estúpido considerar que veremos a un extraterrestre antes de oírlo. Contra lo que suele pensar mucha gente, es más bien poco probable que si existe otra vida en el Universo, sea exactamente como la nuestra, o sea con cabezas, manos, brazos, piernas, pies y abogados; esto lo explica muy bien Carl Sagan en su afamada serie Cosmos. Sin embargo, argumenta Glashow, lo que difícilmente cambiará de una civilización a otra es la tecnología, porque la tecnología se basa en la suma de inteligencia y naturaleza (es decir, en la aplicación de una sobre la otra), o sea en la física, la química, el magnetismo y todas esas cosas tan difíciles de entender, y que son más o menos las mismas allí donde vayamos.
La tesis es ésta: una civilización extraterrestre podrá ser notablemente diferente a nosotros. Podrá no tener bazos, o no tener ojos. Podrá alimentarse de helio en lugar de morcilla de Burgos. Pero, en el momento en que se plantee viajar por el espacio a grandes distancias, hará lo mismo que hemos hecho nosotros: enviar ondas antes que cuerpos.
En efecto: enviar una señal de radio de aquí a Neptuno es, y siempre será, millones de veces más sencillo, y barato, que enviar a un ingeniero aeronáutico de setenta y seis kilos, nacido en Jarandilla de la Vera. Por esa regla de tres, alguien que es capaz, como en Close Encounters, de enviar una nave con colorines a esa casa rural galáctica llamada Tierra, ha sido capaz antes de enviar ondas. Así pues, antes que verlos, los oiríamos. Y, si no los oímos, es que no les vemos ni, de momento, les veremos.
Y, ¿qué oiríamos? Carl Sagan, en su novela Contactos, aporta una hipótesis sugestiva: números primos.
Hablábamos antes de vida inteligente. Porque supongo que estamos de acuerdo en que no nos basta con que haya vida; puede existir un planeta con agua helada en sus casquetes polares, dentro de la cual vivan paramecios y vorticelas que se reproduzcan por meiosis (y aquí, exactamente aquí, acaban mis recuerdos de la Biología de primero de BUP). Pero si esos paramecios no son capaces de abstraer, de concatenar, y de pensar, nosotros podremos descubrirlos a ellos algún día; pero ellos no nos descubrirían ni con la ayuda del paramecio McGyver.
Para que una supuesta civilización alienígena pueda venir por aquí a darse un garbeo necesita, pues, ser inteligente. Ser capaz de reflexionar sobre lo que le rodea, y cambiarlo. Lo que pasa es que esa reflexión no tiene por qué ser la misma entre distintas formas de vida. El ejemplo que se me ocurre es la química orgánica. La llamamos así, creo, porque se ocupa de los compuestos que portan los elementos que asimismo componen la vida en la Tierra. Pero, claro, si el cuerpo de los extraterrestres pontevedrianos (del planeta Pontevedria, que está al lado del planeta Oriense) no está basado en esos elementos sino en, digamos, el tantalio, entonces su química orgánica será distinta. Todo eso sin tener en cuenta que es estadísticamente imposible que humanos y pontevedrianos hayamos sido capaces de desarrollar la misma notación para la formulación química (de momento, los humanos estamos solos en el Universo, y ya hemos inventado varias), por lo que mensajes entre civilizaciones basados en dicha notación química probablemente no serían entendidos.
La reflexión lleva a Sagan a la conclusión de que sólo hay un conocimiento científico abstracto universal: las matemáticas; y, dentro de las matemáticas, eso que los matemáticos llaman teoría de los números. O sea, si yo golpeo el suelo con el pie una vez y mi vecino lo golpea dos veces, entonces mi vecino ha hecho mi mismo gesto el doble de veces que yo. Y eso es así en la Tierra, en Neptuno, en la Nube de Magallanes e incluso en la Comunidad Autónoma de Euskadi. ¿Reflexionará toda vida inteligente sobre el origen de la vida, sobre la estructura básica de la materia o sobre las figuras cónicas? Probablemente sí, aunque no es seguro. Pero con lo que no puede haberse dejado de encontrar es con los números. Máxime si se ha planteado viajar, personalmente o con las ondas, a millones de años-luz. Los números están ahí, en la naturaleza. Un ciempiés tiene catorce patas (creo); otra civilización podrá decir Kgtterds en lugar de catorce, pero seguirá siendo catorce, esto es uno más que Jgdsttgs, que, como todo el mundo sabe, significa trece.
Si los números son universales, también lo son sus relaciones. Por lo tanto, en todo el universo, los números pares son divisibles por dos. Y, reflexionaba Sagan, existirán los números primos, esto es aquéllos que sólo son divisibles por sí mismos y por la unidad. Y serán los mismos.
Si alguien inteligente se sienta a la consola de su emisor de ondas de radio y aprieta el pulsor que hace salir la señal (digamos, un pitido) cuatro veces, sabrá, porque es inteligente, que no está describiendo un número primo, porque cuatro es divisible por dos. Y, si piensa un poquito en el hipotético receptor de su señal, acabará dándose cuenta de que, si es inteligente, también sabrá entender esta diferencia.
Así las cosas, si algún día, escuchando las emisiones de radio que llegan a la Tierra desde cualquier punto del universo, escuchásemos cuatro pitidos, podríamos pensar que es una emisión inteligente, o no; podría ser fruto de la casualidad, o algún fenómeno natural que no sabría yo explicar. Pero si escuchamos una emisión que emite primero un pitido; luego dos; luego tres; luego cinco; luego siete; luego once; luego trece; si escuchamos eso, digo, sabremos que es una emisión realizada por vida inteligente, porque está reproduciendo la lista de los números primos, y eso no puede ser fruto de la caótica acción de la casualidad. Y si esa emisión, como sería lógico, empieza a repetirse, entonces la cosa estará más que clara.
Éste es el tipo de cosas que, en mi opinión, debería explicar una televisión verdaderamente educativa y de servicio público, en lugar de enfangarse en historietas sobre que si en un pueblo de Huesca alguien ha visto una paellera de colores desde cuyo borde unos hombrecillos color lavanda saludaban con la mano.
La historia de la búsqueda de vida inteligente desde un punto de vista más, ejem, sólido que la creencia en hombrecillos verdes que disparan pistolas láser comienza, que yo sepa, en la localidad de Green Bank, en Virginia. Allí existía, supongo que existirá aún, un observatorio de radioastronomía en el que trabajaba un joven científico llamado Frank Drake, que fue el primero que pensó un poco en serio en eso de recibir emisiones desde el espacio exterior. Para ello, contó con la colaboración de un ingeniero del prestigioso Massachussetts Institute of Technology (MIT), Sam Harris, el cual le prestó a Drake un amplificador que éste necesitaba adjuntar a la parabólica del observatorio para tratar de captar estas señales. En la noche del 7 al 8 de abril de 1960, el hombre se abrió por primera vez de orejas para intentar escuchar señales extraterrestres. Aquella noche Drake probó con Tau Ceti, una estrella que está aquí al lado, a 12 años-luz; y con Epsilon Eridani, a 10,5. No tuvo éxito. Nadie lo ha tenido desde entonces.
La actividad de Drake, unida al trabajo paralelo en el mismo campo de dos físicos de la universidad de Cornell, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, llevó a la comunidad científica a interesarse por la pregunta de cuántas civilizaciones extraterrestres pueden existir en ese inmenso barrio de favelas siderales que llamamos Universo visible (o, más bien, audible).
El punto de partida de los científicos que se reunieron en Green Bank a finales de 1961 era el que ya he expresado by the way Glashow: civilización inteligente será aquélla capaz de generar tecnologías susceptibles de ser captadas por la radioastronomía, no por las pupilas. Bajo este punto de vista, las civilizaciones inteligentes y suficientemente tecnológicas como para hacerse oír eran el subconjunto de las civilizaciones inteligentes, las cuales eran un subconjunto de aquellos planetas donde se hubiera generado la vida, los cuales eran un subconjunto de los planetas habitables de sistemas con soles similares al sol, los cuales eran un subconjunto de todas las estrellas similares al sol (pues no todas éstas tendrían planetas).
Como cualquier estudiante aplicadillo de matemáticas sabe, si sumamos probabilidades las incrementamos y si las multiplicamos las reducimos. La probabilidad de que alguien lea este post O de que se llame Eduardo (o = suma) es más alta que las dos probabilidades separadas (la suma de los lectores de este blog y los Eduardos incluye a los que lo leen y no se llaman así y los que se llaman así y no lo leen); mientras que la probabilidad de que alguien lea este artículo Y se llame Eduardo (y = multiplicación) es más pequeña: además de estar leyendo el blog, amigo, tienes que llamarte Eduardo para cumplir la condición.
Basándose en esto, Drake creó una fórmula en la que probabilidad de que se generen en el universo estrellas parecidas al sol se multiplicaba por las probabilidades de existencia de un planeta habitable, de generación de vida, de generación de inteligencia y de generación de tecnología. Y todo ello multiplicado por la vida media de la civilización (pues nosotros desapareceremos algún día, así pues es probable que, si hay o va a haber vida en el Universo, no seamos contemporáneos de ella). Es la conocida como ecuación de Drake, y aquéllos de entre los científicos que creen en la existencia de otras vidas en el Universo le profesan, de una forma u otra, pleitesía.
En Green Bank se reunieron once científicos que, básicamente, discutieron sobre las probabilidades que había que fijar en cada uno de los multiplicandos de la ecuación de Drake. No fue fácil. No estaban muy de acuerdo, por ejemplo, sobre la posibilidad de aparición de un planeta habitable en un sistema generado por una estrella del tamaño del sol. En torno a la formación de la vida, había incluso quien pensaba que la probabilidad correspondiente no era cero coma algo, sino igual a uno. Ese alguien era un joven astrónomo llamado Carl Sagan. Sagan sostenía que la vida había aparecido en la Tierra por la interacción de una serie de elementos muy comunes en el Universo y, por así decirlo, sin sorpresas; en consecuencia, pensaba que, siempre que se diesen las mismas circunstancias, la vida acabaría por surgir. También eran muy optimistas en torno al desarrollo de la inteligencia. Alguno de los asistentes incluso llegó a sostener que, en la propia Tierra, la inteligencia se había desarrollado no una, sino dos veces: una, en el homo sapiens; y otra, en los delfines.
Tras todas aquellas discusiones, los coleguitas de Green Bank llegaron a la conclusión de que N, es decir el número probable de civilizaciones tecnológicamente preparadas para enviar señales desde allí fuera, estaba entre 1.000 y 1.000.000.000.
Este resultado, a mi acientífico modo de ver extraordinariamente optimista, es el que está detrás de las actividades SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence, búsqueda de inteligencia extraterrestre) que se han producido, con sus altos y sus bajos presupuestarios, en los últimos cuarenta años. Lo cierto es que todas las actividades SETI se han hecho a ciegas; se han hecho para buscar algo que no se sabe a ciencia cierta siquiera si existe; ésta es la razón por lo que, a pesar de que no oculto mi admiración por Carl Sagan, encuentro, en su caso, pelín exageradas sus ácidas críticas a la alquimia o a la astrología como seudociencias que se basan en que sus acólitos crean sin ver. Pues eso mismo, creer sin ver, es SETI. La diferencia entre SETI y la astrología está, a mi modo de ver, en la seriedad del trabajo que contiene uno, mientras que la otra es una coña marinera. Con los años, el magisterio de Sagan se ha hecho más que evidente; pero no hay que olvidar que tras el segundo congreso sobre este tema, celebrado en 1971 en Byukaran, Armenia, el matemático Alfred Adler llegó a referirse, por escrito, a Sagan como «un imbécil con talento» que «cabalga en las sutilezas y profundidades que los prudentes apenas se atreven a recorrer de puntillas e invade terrenos de los que no conoce nada». Sic.
Con todo, y dado que la discusión científica sobre la vida inteligente en el universo es muchísimo más interesante que la consulta al mejor vidente mediático del momento, en las últimas décadas el asunto de la vida en el Universo ha dado para discusiones muy jugosas. No pocos biólogos, por ejemplo, han discutido el relativo determinismo de Sagan, señalando que, si bien podría ser cierto que en determinadas condiciones siempre aparecerá la vida, lo que no está nada claro es que vaya a aparecer algo parecido al hombre. Incluso se ha discutido el punto de vista que sitúa el listón de la inteligencia tecnológica en la perceptibilidad radioastronómica. Para algunos científicos, las tecnologías de radio no tienen por qué ser las que desarrolle siempre una civilización tecnológica.
Sea o no sea cierto que los OVNIS existen, lo que no cabe desmentir es que el asunto se ha convertido en un negocio de proporciones galácticas. Tengo por mí que la ufología tiene su punto, porque a muchas personas les sirve, en su tierna adolescencia, como punto de entrada a la lectura. Cuando tienes catorce años no sueles tener el cuerpo para leer a Sandor Marai, pero sí te molan enormemente esas historias sobre que si hay una piedra inca de hace tres mil años donde aparece un sumo sacerdote que es el vivo retrato de José Luis Perales; o que si hay unas marcas en un campo de Illinois que parecen ser de las ruedas de un Volvo S60 de quinientos metros de eslora. Así, pues, lees. Lees cosas que lo mismo no te educan demasiado la mente, pero por lo menos lees. Una vez pillado el ritmillo, lo mismo en unos años acabas en Marai. Que es de lo que se trata.
Y, claro, si algún día te encuentras de bruces con algún alienígena extraterrestre, siempre te queda la posibilidad de saludarle preguntándole, como el bilbaino del chiste: «Y, tu civilización, ¿cuántos kilos levanta?» Aunque yo, que tengo un espíritu ligeramente volteriano, creo que lo primero que les preguntaría sería si han inventado los impuestos; dependiendo de la respuesta, incluso podría llegar a decidirme por la abducción voluntaria.
lunes, septiembre 03, 2007
Cartas cruzadas (III): ¿Qué nos queda de la dominación musulmana?
¿Qué tal? ¿Habéis sido buenos? Eso espero. Yo, por mi parte, he hecho estas semanas las cosas lo mejor que he podido, lo cual quiere decir que he descansado a lo bestia. Una de las cosas que me ha dado tiempo a hacer ha sido acercarme un rato al zoo, donde alguien me sopló que se encontraba, en un intercambio de verano, el elefante Tiburcio. Al parecer, según él mismo me refirió, tiene algunos problemas técnicos cuando echa a correr por las estepas, pues la trompa tiende a quedársele atrás, se le mete entre las piernas y, bastante a menudo, acaba dándose uno o dos trompazos en los huevos; y, por una sencilla ley de proporcionalidad, a mayores huevos mayor dolor, así pues las testicularias a los elefantes les suelen doler bastante. Por eso vino a Madrid, para estudiar un Máster Velocípedo Paquidérmico que se imparte en la Casa de Campo y que, al parecer, tiene bastante fama entre los proboscídeos.
Tuvimos, pues, Tiburcio y yo ocasión de tomarnos un par de café y hablar de esto y de esotro. Hablamos de Pío Baroja, de la identidad oriental y de Gil-Robles, entre otros asuntos variados. Tiburcio intentó explicarme no sé qué del nirvana, pero es que cuando se pone a explicarte eso, su cuerpo se levanta unos centímetros del suelo, y a mí la visión de un elefante levitando me pone nervioso. Inevitablemente, yo le interrumpía con alguna pregunta chorras, rompiendo su concentración.
Una vez que nos separamos quedamos, cómo no, en seguir escribiéndonos cartas. Y me ha parecido un detalle adecuado el comenzar esta nueva serie de posts con las siguientes que nos hemos cruzado, en las que el tema ha sido propuesto por Tiburcio. Contendemos hoy sobre la pregunta de si persiste, o no, huella de la dominación musulmana en nuestra España de hoy.
He aquí lo alumbrado.
La carta de Tiburcio
Querido JdJ:
Cuando Europa ninguneaba al franquismo, a éste le gustaba exaltar los tradicionales lazos que nos unían al mundo árabe, como si una visita de Saddam Hussein a Madrid (que se produjo) pudiera reemplazar la de de Gaulle, que nunca se produjo y ya le hubiera gustado a Franco. Pero la leyenda de que España tiene unos lazos tradicionales con el mundo árabe no terminó con Franco. Los políticos de la democracia la han retomado y ahora ha adquirido carta de naturaleza en la Alianza de Civilizaciones, que parece que España, por haber tenido en su territorio a los árabes durante 700 años, pudiera tener con ellos una relación especial y privilegiada. Pero, ¿es eso cierto? ¿Qué nos queda de verdad de esos setecientos años?
Mi respuesta es muy poco, casi nada: unos cuantos centenares de palabras en el idioma, la música flamenca, la Alhambra y algunos monumentos más, y los pinchos morunos (esto último es una suposición mía).
Lo primero que he oído en ocasiones es que la invasión árabe separó la Historia medieval de España de la del resto del continente, nos hizo distintos e impidió que el feudalismo alcanzase su pleno desarrollo en nuestro país. Quienes afirman eso suelen tener en la cabeza una Historia medieval de Europa estándar, para la que todo lo que no hubiera ocurrido en el norte de Francia, Flandes y el Rhin no cuenta. España tuvo su invasión árabe. Italia tuvo dominación bizantina, invasiones lombardas, ocupación árabe en Sicilia y el sur, luchas con el Imperio… Inglaterra tuvo invasiones vikingas, conquista normanda y Carta Magna… ¿Quién tuvo una Edad Media normal?
La siguiente leyenda es la de la España de las tres culturas, conviviendo en paz y armonía. Es cierto que musulmanes, judíos y cristianos no se tiraban los trastos a la cabeza en nuestro país, lo cual en el contexto de la Edad Media ya era mucho. Pero esa coexistencia pacífica no la tenemos que confundir con multiculturalismo. El judío vivía en su judería, el cristiano en su barrio y el moro en su morería; de mezclarse, poco. Que el califa cordobés tuviera médicos judíos y los reyes cristianos recurrieran a prestamistas judíos, no es un ejemplo de tolerancia, sino de sentido práctico. Las aspirinas y los maravedíes no conocen de religión.
La España de las tres culturas empezó a estropearse a finales del siglo XI, cuando primero los almorávides y luego los almohades, llegaron a la Península trayendo la jihad y una moral más austera. Almorávides y almohades eran guerreros puritanos y fanáticos, que no estaban dispuestos a las componendas y acomodaciones con los cristianos que los reyes de taifas practicaban. Los cristianos respondieron con la misma moneda y entre ellos empezó a difundirse un espíritu de cruzada, que se hizo evidente en las Navas de Tolosa.
Cuando los Reyes Católicos unieron las coronas de Castilla y Aragón e iniciaron la construcción de un estado moderno en España, lo hicieron bajo la base de la unidad religiosa. No es casualidad que la única institución que al principio era común a ambos reinos fuese la Inquisición. En el siglo XV, disensión religiosa equivalía a disensión política y, después de las experiencias de las guerras civiles castellanas, lo último que querían los Reyes Católicos eran vasallos que no se doblegaran.
Tras la conquista de Granada, los musulmanes que quedaron en España vivieron como una minoría marginada, malamente tolerada y con poco contacto con el resto del país. La rebelión de las Alpujarras y la posterior expulsión de los moriscos en 1609 marcaron el fin de esa minoría. En todo caso, para cuando esa minoría desapareció de nuestro país, hacía mucho que los musulmanes habían dejado de contar en España. No hay más que ver las «numerosas» ocasiones en las que las obras literarias del siglo XVI introducen algún personaje morisco, aunque sea de secundario.
En Muslims in the Philippines, el historiador filipino Cesar Adib Majul cuenta sorprendido cómo los informes que escribían los sacerdotes españoles sobre los musulmanes de Mindanao y Sulu mostraban una ignorancia supina sobre el Islam. En su libro incluye un par de descripciones de la oración musulmana escritas por curas españoles del siglo XVI, que muestran que no se habían enterado de nada. Cesar Adib Majul no entiende que los españoles conocieran tan poco de una religión a la que se habían enfrentado durante setecientos años. Yo lo entiendo: la nacionalidad española, tal y como se había ido forjando desde el siglo XIV, lo había hecho en contra del moro. La guerra contra el moro se había configurado como un elemento clave de la identidad nacional. El moro no era español. Conocer su cultura y su religión falsa no merecían la pena. El período de Al-Andalus no formaba parte de la Historia de España, era otra cosa.
Con los Borbones, España, que había dejado de ser una potencia hegemónica, se volvió un poco más normal. Seguíamos siendo muy católicos, pero habíamos bajado en varios grados nuestra militancia. Nuestra política exterior ya no se movía según parámetros religiosos, sino de interés geoestratégico, como los de todo el mundo. Los Borbones no llevaron a cabo una política antimusulmana. Donde hubo luchas con los musulmanes (norte de África y sur de Filipinas) fue sólo porque éstos interferían en nuestros intereses. Los musulmanes ya nos interesaban tan poco que ni tan siquiera les odiábamos.
La Guerra de África, que empezó a lo tonto y acabó ocupando 66 años de nuestra historia, tampoco llevó a una mejor comprensión del musulmán. Más bien sirvió para que triunfasen los estereotipos. Todos los musulmanes eran iguales que los rifeños a los que nos costaba tanto derrotar: taimados, traicioneros, embusteros, crueles, perezosos… Es más, durante todos esos años y aún después, triunfó la palabra moro, que denotaba tanto el prejuicio como la ignorancia, porque podía utilizarse tanto para designar al norteafricano (tanto al árabe como al bereber), al árabe (que no se le pidiera a la gente hilar con que hay árabes cristianos o que en el norte de África hay musulmanes que no son árabes; y ya no hablemos de quienes eran capaces de distinguir entre árabes, turcos y persas, que eso era para nota) como al musulmán.
Sin el aislamiento del franquismo, sin el petróleo de Oriente Medio (por el interés te quiero, Andrés) y sin los monumentos árabes de nuestro país, que se han convertido en una fuente de ingresos turísticos, posiblemente hoy tendríamos tan olvidado nuestro pasado musulmán como tenía a Franco aquel estudiante que te preguntó por el dictador Fernando Franco.
Lo dicho. De moros no nos queda casi nada y los famosos 700 años que los tuvimos en la Península empiezan a desdibujarse tanto como los 70.000 años que tuvimos a los neandertales.
La carta de JdJ
Querido Tiburcio:
Creo que el problema está en el concepto de traza. Para que a una sociedad le queden trazas de otras que en otros tiempos se desarrollaron en su tierra no hace falta que las costumbres, ni la religión, se mantengan. De hecho, España y Europa son civilizaciones cristianas, y ello es así a pesar de que hoy por hoy el complicado entramado de formas de pensar y de actuar impulsado por la creencia en Jesucristo no esté demasiado presente en nuestro día a día.
En tal sentido, yo sí considero que la dominación musulmana ha dejado una honda huella en nosotros, huella permanente aún hoy en día; y esto es lo que hace que nos parezcamos, en algunas cosas, poco a nuestros vecinos europeos, con los que se supone que compartimos patio de luces.
La principal traza de la civilización musulmana en España es, paradójicamente, negativa. No podemos negar que somos medio musulmanes por la forma en que los rechazamos. Cuando en el siglo XIX al Vaticano ya no le quedaba ningún imperio ni ningún reino al que adjuntar a sus ambiciones diplomáticas, pasotismo éste que permitió la creación del Estado italiano; cuando eso pasaba, digo, España seguía prestando su pleno apoyo al desprestigiado vicario de Cristo. Y esto es así porque España tuvo que defender la cristiandad como ninguna otra nación de Europa se vio obligada a hacer. Para un saboyano, por ejemplo, defender la cristiandad era un concepto invasor: coger el ferry e irse a tomar Jerusalén. Para los españoles, sin embargo, defender la cruz supuso recuperar las campanas de la catedral de Santiago pues los musulmanes, en España, entraron hasta la cocina.
Asimismo, en mi opinión nuestro pasado musulmán nos genera un contacto y una relación muy especial con el Mogreb. Esto tiene que ver muy directamente con la reivindicación de Ceuta y Melilla. No son pocas las personas que identifican el caso de Ceuta y de Melilla con el de Gibraltar cuando, en realidad, no tienen nada que ver. Del Peñón fueron desalojados españoles para hacerle sitio a unos ingleses que querían instalarse ahí por motivos estratégicos; sin embargo, cuando los musulmanes comenzaron a crear en el Mogreb sociedades complejas y entes nacionales, los españoles ya estaban en Ceuta y en Melilla, de donde no habían desalojado a nadie. La presencia en el Mogreb ha sido siempre parte de la Historia de España y, en realidad, a mí me sorprende mucho escuchar a las voces que defienden que España debe afirmar su identidad musulmana negarle, de seguido, el Mogreb su derecho a afirmar su identidad cristiana, a través precisamente de Ceuta y Melilla. ¿En qué quedamos? La relación de España con el norte de África ha sido siempre distinta de la que ha tenido el resto de Europa.
Creo que lo natural que debemos hacer los españoles con nuestro pasado musulmán es algo parecido a lo que hacen los australianos con su pasado quinqui. Durante mucho tiempo, los australianos han sabido que su nación surgió, en buena medida, de los detritus sociales de que Inglaterra se quería deshacer, ladrones y asesinos que no tenían cabida en la metrópoli y que por ello fueron desplazados al culo del mundo, supongo, con la esperanza de que se los merendase un jaquetón. Esto ha generado una relación conflictiva con esa identidad que, con el tiempo, se lima, y hoy es el día en el que muchos australianos, lejos de huir de esa identidad, la exageran, haciendo de sus antepasados unos hijoputas de mayor caletre de lo que en realidad lo fueron. El caso es tener un antepasado realmente impresentable.
La dominación musulmana de España, de haberse consolidado, nos habría jodido bien. Tras unos siglos muy buenos, el modus vivendi musulmán se estaba degradando en España, primero por presión de los fundamentalistas, y segundo por la extrema atomización del poder: los famosos reinos de taifas. La Alhambra es muy bonita, pero Boabdil estaba, cuando fue expulsado, a punto de echar su reino a los brazos de los genoveses, a falta de nada mejor. Seguir siendo musulmanes nos habría apartado de la evolución que se estaba cociendo en Europa; y qué decir del sueño imperial, puesto que no creo que ningún siervo de Alá le hubiese dado un duro a Colón, así pues hoy los culebrones televisivos estarían todos repletos de personajes llamados Sebastiao Nuno y Dulce Amarela, y hablarían portugués. Lo cual no excluye, por cierto, que nosotros mismos lo hablásemos también.
Desde ese punto de vista, el barrido de la religión musulmana de España es, quizá, un proceso inevitable, una de esas cosas que, en los libros de historiografía marxista, pasan sí o sí porque las tendencias sociales quieren. Pero de ahí a negar ese pasado hay un paso muy grande. Ellos nos dejaron una concepción de la vida que, si bien no cabe calificar de hedonista, sí lo es, desde luego, comparada con la de nuestros vecinos del norte. Una parte de nuestra fogosidad, de nuestro individualismo, elementos nucleares de nuestra creatividad, tienen que ver con la visión del mundo que tuvieron aquellas sociedades musulmanas.
Son, por así decirlo, nuestro hecho diferencial europeo.
Tuvimos, pues, Tiburcio y yo ocasión de tomarnos un par de café y hablar de esto y de esotro. Hablamos de Pío Baroja, de la identidad oriental y de Gil-Robles, entre otros asuntos variados. Tiburcio intentó explicarme no sé qué del nirvana, pero es que cuando se pone a explicarte eso, su cuerpo se levanta unos centímetros del suelo, y a mí la visión de un elefante levitando me pone nervioso. Inevitablemente, yo le interrumpía con alguna pregunta chorras, rompiendo su concentración.
Una vez que nos separamos quedamos, cómo no, en seguir escribiéndonos cartas. Y me ha parecido un detalle adecuado el comenzar esta nueva serie de posts con las siguientes que nos hemos cruzado, en las que el tema ha sido propuesto por Tiburcio. Contendemos hoy sobre la pregunta de si persiste, o no, huella de la dominación musulmana en nuestra España de hoy.
He aquí lo alumbrado.
La carta de Tiburcio
Querido JdJ:
Cuando Europa ninguneaba al franquismo, a éste le gustaba exaltar los tradicionales lazos que nos unían al mundo árabe, como si una visita de Saddam Hussein a Madrid (que se produjo) pudiera reemplazar la de de Gaulle, que nunca se produjo y ya le hubiera gustado a Franco. Pero la leyenda de que España tiene unos lazos tradicionales con el mundo árabe no terminó con Franco. Los políticos de la democracia la han retomado y ahora ha adquirido carta de naturaleza en la Alianza de Civilizaciones, que parece que España, por haber tenido en su territorio a los árabes durante 700 años, pudiera tener con ellos una relación especial y privilegiada. Pero, ¿es eso cierto? ¿Qué nos queda de verdad de esos setecientos años?
Mi respuesta es muy poco, casi nada: unos cuantos centenares de palabras en el idioma, la música flamenca, la Alhambra y algunos monumentos más, y los pinchos morunos (esto último es una suposición mía).
Lo primero que he oído en ocasiones es que la invasión árabe separó la Historia medieval de España de la del resto del continente, nos hizo distintos e impidió que el feudalismo alcanzase su pleno desarrollo en nuestro país. Quienes afirman eso suelen tener en la cabeza una Historia medieval de Europa estándar, para la que todo lo que no hubiera ocurrido en el norte de Francia, Flandes y el Rhin no cuenta. España tuvo su invasión árabe. Italia tuvo dominación bizantina, invasiones lombardas, ocupación árabe en Sicilia y el sur, luchas con el Imperio… Inglaterra tuvo invasiones vikingas, conquista normanda y Carta Magna… ¿Quién tuvo una Edad Media normal?
La siguiente leyenda es la de la España de las tres culturas, conviviendo en paz y armonía. Es cierto que musulmanes, judíos y cristianos no se tiraban los trastos a la cabeza en nuestro país, lo cual en el contexto de la Edad Media ya era mucho. Pero esa coexistencia pacífica no la tenemos que confundir con multiculturalismo. El judío vivía en su judería, el cristiano en su barrio y el moro en su morería; de mezclarse, poco. Que el califa cordobés tuviera médicos judíos y los reyes cristianos recurrieran a prestamistas judíos, no es un ejemplo de tolerancia, sino de sentido práctico. Las aspirinas y los maravedíes no conocen de religión.
La España de las tres culturas empezó a estropearse a finales del siglo XI, cuando primero los almorávides y luego los almohades, llegaron a la Península trayendo la jihad y una moral más austera. Almorávides y almohades eran guerreros puritanos y fanáticos, que no estaban dispuestos a las componendas y acomodaciones con los cristianos que los reyes de taifas practicaban. Los cristianos respondieron con la misma moneda y entre ellos empezó a difundirse un espíritu de cruzada, que se hizo evidente en las Navas de Tolosa.
Cuando los Reyes Católicos unieron las coronas de Castilla y Aragón e iniciaron la construcción de un estado moderno en España, lo hicieron bajo la base de la unidad religiosa. No es casualidad que la única institución que al principio era común a ambos reinos fuese la Inquisición. En el siglo XV, disensión religiosa equivalía a disensión política y, después de las experiencias de las guerras civiles castellanas, lo último que querían los Reyes Católicos eran vasallos que no se doblegaran.
Tras la conquista de Granada, los musulmanes que quedaron en España vivieron como una minoría marginada, malamente tolerada y con poco contacto con el resto del país. La rebelión de las Alpujarras y la posterior expulsión de los moriscos en 1609 marcaron el fin de esa minoría. En todo caso, para cuando esa minoría desapareció de nuestro país, hacía mucho que los musulmanes habían dejado de contar en España. No hay más que ver las «numerosas» ocasiones en las que las obras literarias del siglo XVI introducen algún personaje morisco, aunque sea de secundario.
En Muslims in the Philippines, el historiador filipino Cesar Adib Majul cuenta sorprendido cómo los informes que escribían los sacerdotes españoles sobre los musulmanes de Mindanao y Sulu mostraban una ignorancia supina sobre el Islam. En su libro incluye un par de descripciones de la oración musulmana escritas por curas españoles del siglo XVI, que muestran que no se habían enterado de nada. Cesar Adib Majul no entiende que los españoles conocieran tan poco de una religión a la que se habían enfrentado durante setecientos años. Yo lo entiendo: la nacionalidad española, tal y como se había ido forjando desde el siglo XIV, lo había hecho en contra del moro. La guerra contra el moro se había configurado como un elemento clave de la identidad nacional. El moro no era español. Conocer su cultura y su religión falsa no merecían la pena. El período de Al-Andalus no formaba parte de la Historia de España, era otra cosa.
Con los Borbones, España, que había dejado de ser una potencia hegemónica, se volvió un poco más normal. Seguíamos siendo muy católicos, pero habíamos bajado en varios grados nuestra militancia. Nuestra política exterior ya no se movía según parámetros religiosos, sino de interés geoestratégico, como los de todo el mundo. Los Borbones no llevaron a cabo una política antimusulmana. Donde hubo luchas con los musulmanes (norte de África y sur de Filipinas) fue sólo porque éstos interferían en nuestros intereses. Los musulmanes ya nos interesaban tan poco que ni tan siquiera les odiábamos.
La Guerra de África, que empezó a lo tonto y acabó ocupando 66 años de nuestra historia, tampoco llevó a una mejor comprensión del musulmán. Más bien sirvió para que triunfasen los estereotipos. Todos los musulmanes eran iguales que los rifeños a los que nos costaba tanto derrotar: taimados, traicioneros, embusteros, crueles, perezosos… Es más, durante todos esos años y aún después, triunfó la palabra moro, que denotaba tanto el prejuicio como la ignorancia, porque podía utilizarse tanto para designar al norteafricano (tanto al árabe como al bereber), al árabe (que no se le pidiera a la gente hilar con que hay árabes cristianos o que en el norte de África hay musulmanes que no son árabes; y ya no hablemos de quienes eran capaces de distinguir entre árabes, turcos y persas, que eso era para nota) como al musulmán.
Sin el aislamiento del franquismo, sin el petróleo de Oriente Medio (por el interés te quiero, Andrés) y sin los monumentos árabes de nuestro país, que se han convertido en una fuente de ingresos turísticos, posiblemente hoy tendríamos tan olvidado nuestro pasado musulmán como tenía a Franco aquel estudiante que te preguntó por el dictador Fernando Franco.
Lo dicho. De moros no nos queda casi nada y los famosos 700 años que los tuvimos en la Península empiezan a desdibujarse tanto como los 70.000 años que tuvimos a los neandertales.
La carta de JdJ
Querido Tiburcio:
Creo que el problema está en el concepto de traza. Para que a una sociedad le queden trazas de otras que en otros tiempos se desarrollaron en su tierra no hace falta que las costumbres, ni la religión, se mantengan. De hecho, España y Europa son civilizaciones cristianas, y ello es así a pesar de que hoy por hoy el complicado entramado de formas de pensar y de actuar impulsado por la creencia en Jesucristo no esté demasiado presente en nuestro día a día.
En tal sentido, yo sí considero que la dominación musulmana ha dejado una honda huella en nosotros, huella permanente aún hoy en día; y esto es lo que hace que nos parezcamos, en algunas cosas, poco a nuestros vecinos europeos, con los que se supone que compartimos patio de luces.
La principal traza de la civilización musulmana en España es, paradójicamente, negativa. No podemos negar que somos medio musulmanes por la forma en que los rechazamos. Cuando en el siglo XIX al Vaticano ya no le quedaba ningún imperio ni ningún reino al que adjuntar a sus ambiciones diplomáticas, pasotismo éste que permitió la creación del Estado italiano; cuando eso pasaba, digo, España seguía prestando su pleno apoyo al desprestigiado vicario de Cristo. Y esto es así porque España tuvo que defender la cristiandad como ninguna otra nación de Europa se vio obligada a hacer. Para un saboyano, por ejemplo, defender la cristiandad era un concepto invasor: coger el ferry e irse a tomar Jerusalén. Para los españoles, sin embargo, defender la cruz supuso recuperar las campanas de la catedral de Santiago pues los musulmanes, en España, entraron hasta la cocina.
Asimismo, en mi opinión nuestro pasado musulmán nos genera un contacto y una relación muy especial con el Mogreb. Esto tiene que ver muy directamente con la reivindicación de Ceuta y Melilla. No son pocas las personas que identifican el caso de Ceuta y de Melilla con el de Gibraltar cuando, en realidad, no tienen nada que ver. Del Peñón fueron desalojados españoles para hacerle sitio a unos ingleses que querían instalarse ahí por motivos estratégicos; sin embargo, cuando los musulmanes comenzaron a crear en el Mogreb sociedades complejas y entes nacionales, los españoles ya estaban en Ceuta y en Melilla, de donde no habían desalojado a nadie. La presencia en el Mogreb ha sido siempre parte de la Historia de España y, en realidad, a mí me sorprende mucho escuchar a las voces que defienden que España debe afirmar su identidad musulmana negarle, de seguido, el Mogreb su derecho a afirmar su identidad cristiana, a través precisamente de Ceuta y Melilla. ¿En qué quedamos? La relación de España con el norte de África ha sido siempre distinta de la que ha tenido el resto de Europa.
Creo que lo natural que debemos hacer los españoles con nuestro pasado musulmán es algo parecido a lo que hacen los australianos con su pasado quinqui. Durante mucho tiempo, los australianos han sabido que su nación surgió, en buena medida, de los detritus sociales de que Inglaterra se quería deshacer, ladrones y asesinos que no tenían cabida en la metrópoli y que por ello fueron desplazados al culo del mundo, supongo, con la esperanza de que se los merendase un jaquetón. Esto ha generado una relación conflictiva con esa identidad que, con el tiempo, se lima, y hoy es el día en el que muchos australianos, lejos de huir de esa identidad, la exageran, haciendo de sus antepasados unos hijoputas de mayor caletre de lo que en realidad lo fueron. El caso es tener un antepasado realmente impresentable.
La dominación musulmana de España, de haberse consolidado, nos habría jodido bien. Tras unos siglos muy buenos, el modus vivendi musulmán se estaba degradando en España, primero por presión de los fundamentalistas, y segundo por la extrema atomización del poder: los famosos reinos de taifas. La Alhambra es muy bonita, pero Boabdil estaba, cuando fue expulsado, a punto de echar su reino a los brazos de los genoveses, a falta de nada mejor. Seguir siendo musulmanes nos habría apartado de la evolución que se estaba cociendo en Europa; y qué decir del sueño imperial, puesto que no creo que ningún siervo de Alá le hubiese dado un duro a Colón, así pues hoy los culebrones televisivos estarían todos repletos de personajes llamados Sebastiao Nuno y Dulce Amarela, y hablarían portugués. Lo cual no excluye, por cierto, que nosotros mismos lo hablásemos también.
Desde ese punto de vista, el barrido de la religión musulmana de España es, quizá, un proceso inevitable, una de esas cosas que, en los libros de historiografía marxista, pasan sí o sí porque las tendencias sociales quieren. Pero de ahí a negar ese pasado hay un paso muy grande. Ellos nos dejaron una concepción de la vida que, si bien no cabe calificar de hedonista, sí lo es, desde luego, comparada con la de nuestros vecinos del norte. Una parte de nuestra fogosidad, de nuestro individualismo, elementos nucleares de nuestra creatividad, tienen que ver con la visión del mundo que tuvieron aquellas sociedades musulmanas.
Son, por así decirlo, nuestro hecho diferencial europeo.
jueves, agosto 02, 2007
Intermezzo
Como muchas otras gentes, las que este blog escriben tienen sus momentos de asueto. Yo, la verdad, aún voy a permanecer al pie de mi cañón unos días, pero el hecho de que siga aún alejado de mi domicilio habitual (y de mi ordenador) aconsejan, en mi opinión, echar el cierre con algunos días de adelanto.
Así pues, durante el mes de agosto estaré por ahí y no creo que escriba (aunque todo puede ocurrir) hasta finales de agosto o principios de septiembre.
No obstante lo dicho, os voy a dejar con algo distinto y un poco más largo, por si queréis entretener las horas agosteñas. Se trata de un cuento que escribí ya hace algunos años y que, si tenéis la paciencia de leer, descubriréis que no está en modo alguno desconectado de las cosas que habitualmente se ventilan aquí.
En todo caso, que disfrutéis el verano, aquéllos que estais en verano; y para los lectores australes, que los hay, paciencia, que en unos mesecitos estaréis vosotros arriba, y nosotros debajo.
Un saludo a todos.
El billete
By JdJ
Armando se preguntaba con frecuencia cuánto tiempo hacía que la pastelería había dado la impresión de estar a la última moda. Las paredes estaban pintadas de un verde que había oscurecido con el tiempo y los muebles y vitrinas, sencillos y angulosos, eran en su sencillez propios de otros tiempos. A pesar de los constantes cuidados de su madre, el polvo se había concentrado en algunas esquinas y los vidrios se habían esmerilado un poco con el uso; las típicas señales de un local que necesita una reforma.
Era la primera hora tarde del domingo, el último momento antes de cerrar. Le había tocado estar de guardia. Habían pasado las horas en las que se vendía pan, después las de la venta de pasteles, pastas de té y golosinas, y ahora era tan sólo el tiempo de los rezagados. El tiempo en el que no solía entrar nadie. Eso frustraba a Armando aún más, porque aquel domingo no tenía que haberle tocado trabajar. Al día siguiente tenía un examen muy importante de histología y le hubiera gustado tener algo más de tiempo para repasar las lecciones más importantes. Sus padres le habían dicho días atrás que no se preocupase, que ellos se encargarían. Pero el invierno había cambiado los planes. Esa mañana, su padre se había despertado tosiendo cavernosamente y con décimas. Ahora estaba en el piso de arriba, sudando y durmiendo plácidamente. Y él no tuvo argumentos para resistirse cuando su madre le dijo que ella tenía que atender el obrador. De la abuela Beatriz poco se podía esperar ya. Así pues, la lenta y silenciosa tarde dominical caía como una manta pesada sobre el Madrid de los Austrias y Armando, aburrido, apenas tenía fuerzas y ganas para desear que diesen las cuatro y media y recordarse, con un amargo sentimiento de fracaso, la de veces que se había repetido que él no sería pastelero.
Tenía veintidós años y otras vocaciones. Es cierto que antes de quitarse los pantalones cortos ya sabía montar nata, mezclar los ingredientes de la crema pastelera e incluso hornear un hojaldre en el punto justo que necesitan unos buenos bolovanes. Pero también había empezado muy pronto a aburrirse de estar rodeado de azúcares, tipos de leche, almendras, huevos y demás; también había empezado a aburrirse sin remedio en las interminables horas que se pasan detrás de un mostrador, viendo a la gente pasar más allá del escaparate, esas horas que estragan cualquier voluntad y acaban impidiendo otro ejercicio que no sea la contemplación inane y el cronometraje meticuloso de la monotonía. Su padre era pastelero, como lo había sido el abuelo Cosme. Y su madre no había hecho sino ocupar su lugar en el negocio. Sin embargo, él había tenido vocación por la medicina desde muy pronto y no le gustaba cuestionarse si realmente era una vocación o, simplemente, la esclusa escogida para huir de esa aburrida celda de futuro.
Esa tarde de noviembre, fría y de luz equívoca, se repetía, una vez más, que todavía quedaba media hora y que no vendría nadie. Se metió en la pequeña trastienda y trasteó con un pequeño transistor, pero eso sólo le sirvió para darse cuenta, una vez más, de lo insulsos que encontraba los programas de radio un domingo por la tarde. Viajó de palabras huecas a música incomprensible hasta que apagó el aparato. Casi en el mismo momento en que lo hizo, la campanilla de la puerta de la entrada trastabilló con un canto estridente. En realidad, la llegada del cliente inesperado le sentó todavía peor que el aburrimiento anterior. Los tenderos se acostumbran antes a la soledad que a las sorpresas.
Cuando salió de la trastienda, se encontró esperando junto al mostrador a un hombre muy viejo. Enjuto, encorvado y de piel muy pálida, lo único que parecía seguir vivo en aquel anciano eran los ojos, hundidos en dos cuencas surcadas de arrugas como la arena después de una riada. Dos manos nervudas, salpicadas de venas verdes, reposaban sobre el cristal con un temblor tan perceptible como interminable. Armando suspiró. Sólo a estos tipos se les ocurre que una pastelería va a seguir abierta un domingo a las cuatro y diez, pensó.
- Buenas tardes. ¿Qué va a ser?
El viejo lo miraba sin decir nada, con el labio inferior colgando, como si llevase allí horas sin intención de estar en otra parte. Armando elevó la voz.
- ¿Puede decirme qué desea?
El viejo no parecía ser sordo. Todos los indicios eran de que era imbécil o estaba sonado. Armando había gritado bien fuerte; era imposible que a alguien tan sordo y con esa edad le permitiesen andar solo por la calle. Si seguía allí, tan quieto y con esa expresión bobalicona, era porque quería. O porque acababa de fallecer de una hemiplejía. O porque eso tenía que pasar en aquel domingo en que le habían jodido desde bien por la mañana. Le costó a Armando recuperar de su interior las claves de la amabilidad pero, finalmente, fue capaz de salir del mostrador y acercarse al hombre. Una vez allí, se colocó cerca de uno de los oídos e hizo bocina con las manos.
- ¡Vamos a cerrar, señor!
El viejo giró la cabeza sin poner en juego un solo músculo más de su rostro.
- No me grites, que no soy sordo.
«Ahora con coñas», pensó Armando. Era demasiado. Tenía que repasar la histología, cosa que le llevaría todo el resto de la tarde. Así que había perdido todo un día de fiesta sin haberse tomado siquiera una cerveza con los amigos, sin un paseo, sin una puñetera media hora de asueto. Y ahora el viejo aquél jodiendo con la sorna del jubilado sin otra cosa que hacer. Resolvió, pues, que lo echaría más o menos amablemente.
- Pues si no está sordo, ya me habrá oído. Estamos cerrados, abuelo. ¡Cerrados!
- Nunca cambiarás. Siempre tan cascarrabias.
Armando no prestó demasiada atención a esas palabras. Estaba demasiado nublado por la decisión que había tomado de sacar al anciano del local y cerrar la pastelería en ese mismo momento, de una vez. Tenía un mal día y aquel zombie había sido la guinda.
- Dígame ahora mismo lo que quiere, abuelo. Y márchese.
El viejo se rió sin dientes, como si fuese a vomitar en cada espasmo.
- ¿Ahora me llamas abuelo? ¿Desde cuándo me ha cambiado el apodo?
- ¿Apodo, qué apodo? ¿Me va decir de una vez lo que quiere?
- Ya sabes lo que quiero.
Armando respiró pesadamente. Varias veces. No empezaba a cansarse. Ya estaba cansado.
- Márchese ahora mismo. Mire, no quiero hacerle nada, así que…
- Estamos solos, ¿no? Pensé que no eran necesarias las… formalidades.
- ¿Formalidades? Deje de alucinar, abuelo. No me canse. Es la última vez que se lo pregunto: ¿Qué coño quiere?
El viejo bajó la vista y sus labios temblaron. Parecía un robot estropeado tratando de procesar una instrucción complicada. Armando lo tomó de un brazo pero el anciano, en su más que evidente debilidad, encontró algo para permanecer bien plantado donde estaba, sin dejarse arrastrar. Finalmente habló, en un susurro.
- Medio kilo de pastas de chocolate ‑dijo; y repitió lentamente, como explicando una lección complicada‑: Pastas. De chocolate. Medio kilo.
Miró a Armando y sus ojos suplicaban algo.
En pocos segundos, Armando estaba detrás del mostrador colocando en la cajita de medio kilo las pastas. Lo hacía nerviosamente, con gestos bruscos. Tuvo que desechar un par porque las apretó tanto al cogerlas que las rompió. No le importó. Tenía prisa por terminar. Pesó la caja, ajustó la ración a lo requerido, la envolvió, ató el cordel alrededor y se la entregó al viejo informándole del importe. El viejo tomó la caja como si contuviese lo último que iba a comer en su vida, con gestos lentos y emocionados. Cuando la tuvo en su poder, metió la mano derecha en el bolsillo de su gabán, sacó medio billete cortado por la mitad y lo puso encima del mostrador.
Era un billete antiguo que debió de ser marrón. Armando lo tomó entre sus dedos. Parecía a punto de desintegrarse. Levantó la vista hacia el anciano, más extrañado que airado.
- ¿Qué es esto? ¿Es todo lo que tiene?
El viejo no dijo nada. Armando se debatió entre la idea de abroncar al anciano y la de dejarlo marchar, sin más. Se acordó del examen de histología, del día perdido. Del cansancio y la soledad de la fría mañana en el fondo de aquel local deprimente.
- Bueno, vale. Para usted la perra gorda. Le regalo las puñeteras pastas. Pero márchese de una vez.
El viejo pareció entender. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta arrastrando los pies. Había dado dos breves pasos cuando se paró y se volvió. Su boca temblaba mucho más ahora y su expresión era la de un padre que contempla a su hijo gravemente enfermo.
- Adiós, amigo. Hasta siempre.
Armando lo observó marcharse, cargado de hombros. Dentro de su gabán oscuro parecía la caricatura de un hombre. Esperó a que saliese y traspasase el escaparate, calle arriba, para acercarse a la puerta, salir a la acera y bajar el telón de hierro. Desde el portal de al lado abrió con su llave la puerta que daba al local, lo cerró por dentro y apagó las luces. Cinco minutos más tarde estaba en su caliente dormitorio, repasando la histología.
No volvió a recordar al viejo loco hasta la noche, a la hora de la cena. Su madre lo llamó con insistencia varias veces antes de que saliese. No lo hizo hasta que no hubo terminado de repasar todas las lecciones que había decidido releer antes del examen. Fue su pequeña rebelión ante la imposición de aquel domingo estúpido. Cuando llegó a la mesa todo el mundo estaba cenando. Su madre había terminado de servir las verduras (también el plato de Armando, que lo esperaba humeando) y masticaba en silencio, dando la impresión de que no había nadie más que ella en la habitación. Su padre, pálido y con los ojos cargados, tragaba con dificultad. Y la abuela Beatriz, empequeñecida, casi calva y con esa expresión casi idiota que tenía en el rostro desde hace años, mareaba las viandas llevándoselas a la boca de cuando en cuando. Armando se disculpó tenuemente por su tardanza, pero a nadie pareció importarle. En la televisión resumían los goles de la jornada.
- ¿Cómo estás, papá? ‑preguntó por decir algo.
Su padre gruñó algo que lo mismo quería decir «mejor» que «muy fastidiado». Armando no tuvo ánimos de aclararlo.
- ¿Has terminado de estudiar? ‑preguntó su madre, sin levantar la vista del plato, después de muchos segundos de silencio.
- Sí, creo que sí.
- ¿Cuándo es el examen ese? ‑le preguntó su padre, con voz rota.
- Mañana. Mañana por la mañana.
- Entonces el martes estarás en el homenaje.
Lo había olvidado. El homenaje. Maldijo Armando aquel estúpido domingo, capaz de borrarle de la mente incluso las cosas que le importaban.
- Por supuesto. No me lo perdería por nada. Además, tengo que ir, ¿no?
Su padre asintió sin palabras. En verdad, Armando ni quería ni podía faltar. En el acto iba a dejar de ser militante de las Juventudes Comunistas para ingresar en el Partido Comunista. Y le iban a dar el carné con el número 345. El número del abuelo Cosme.
Como si estuviera adivinando sus pensamientos, la abuela Beatriz le miró y habló con esa voz suya, parkinsoniana, nacida en una garganta en galerna permanente.
- Ya puedes estar orgulloso, Mando…
- Lo estoy, abuela ‑contestó él que, en verdad, así se sentía‑. Pero lo importante es el homenaje al abuelo Cosme. Él es el protagonista.
La abuela Beatriz se emocionó. Lo hacía muy a menudo, incluso delante de una telenovela barata. Pero eso no restó significado a su cuello estragado, sus manos agitadas y la caída de su mirada aguanosa.
La que, sin embargo, parecía algo fastidiada era la madre.
- Bueno, ojalá que esto sirva para que Mando no tenga que exponerse el día de mañana como el abuelo Cosme.
- Esto no tiene nada que ver, mamá ‑protestó Armando‑. Los tiempos han cambiado y ahora la lucha es otra. Pero eso sólo aumenta el mérito de los que se la jugaron entonces.
- Tu madre ‑informó el padre, hablando despacio para no atraer la tos‑ es de los que opinan que lo mejor es olvidar.
La mujer dejó caer con leve estrépito sobre el plato de loza los cubiertos que estaba utilizando.
- Lo dices como si fuese un pecado mortal.
- No somos creyentes ‑contestó el padre, masticando indolentemente.
- Eso ya lo sé. Pero parecemos tener pecados como los curas. Por ejemplo, olvidar el pasado.
El padre de Armando volvió la vista hacia su mujer con una mezcla de extrañeza y el embrión de la ira.
- Los hombres que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.
La mujer rió amargamente.
- ¡Qué bonito! Las frasecitas de costumbre. ¡Por Dios! Estamos en el año 2000, Cosme. Si no dejas de mirar al pasado, nunca verás el futuro. Que yo sepa, ya no quedan patrullas de anarquistas en la esquina de aquí al lado fusilando a quien les da la gana.
- Pero quedan fascistas ‑interrumpió Armando‑. Muchos. Y hay que seguir luchando contra ellos.
- ¡Por Dios, Mando! ¡No digas imbecilidades!
Armando no quería discutir con su madre. Intercambió un parpadeo inteligente con su padre y ambos se callaron, no sin antes sonreírse levemente, de medio lado. Ambos se entendían bien, ambos comprendían. Incluso encontraban lógico que ella, que al fin y al cabo se había incorporado a la familia cuando se casó, no valorase lo suficiente que durante décadas aquella misma pastelería, casi con la misma pintura y los mismos muebles, fuese uno de los lugares de Madrid donde se intercambiaban correos los comunistas del interior con los del exterior. Éstos últimos entraban en España clandestinamente y se dirigían a la tienda para recoger sus sobres y dejar otros donde el abuelo Cosme leía la nueva contraseña que utilizaría el próximo visitante. Más de veinte años exponiendo la vida en aquella labor callada sin la cual, como rezaba la carta del mismísimo Julio Llamazares, Secretario General del PCE, que semanas atrás había recibido el padre de Armando, la oposición a la dictadura habría sido imposible. Tanto Armando como su padre sentían que todo lo que tenía la familia era eso: una pastelería venida a menos y el recuerdo de un héroe. Y la voluntad de repetir sus hazañas si era preciso. Ambos estaban convencidos de que un buen comunista no necesita nada más.
Puesto que se entendían entre ellos, la incomprensión de la madre era un dato casi irrelevante. Pero, en cualquier caso, Armando no quería discutir con ella. Siendo casi un adolescente había alfabetizado a algunos viejos militantes y allí había aprendido que algunos de ellos, aunque sólo fuesen unos niños durante la guerra, guardaban de ella un recuerdo que era una empinada cordillera de desgracias y privaciones. Y está la paz, además. La paz que para muchos significó huida y exilio y para todos los demás, la mayoría, silencio, mentira, hipocresía de supervivencia. No pocos de aquellos jubilados y jubiladas, al calor de su actual calefacción central y frente a televisores panorámicos a través de los cuales podían incluso comprar pequeños electrodomésticos casi mágicos, habían puesto un cortafuegos entre esto y aquello, dando por bien vividas ambas vidas pero sin dejar que unas se comunicasen con las otras. Ante ese tipo de gente, pensaba Armando, lo mejor es cambiar de conversación. Y eso trató de hacer. Y por ello, sólo por ese deseo de no beligerancia, fue por lo que se acordó del viejo loco.
- Esta tarde, en la tienda, a última hora, me ha pasado algo muy curioso.
Nadie le contestó. Las brumas del enfrentamiento anterior seguían ahí.
- A punto de cerrar entró un viejo senil. Quería medio kilo de pastas. Se las tuve que regalar.
Aquello sí que se ganó la atención de su madre y una disimulada mirada de reprobación de su padre. Él sabía que ocurriría, pero prefería discutir por eso.
- ¿Medio kilo? ¿Y se lo regalas?
- Deberías haberlo visto, mamá. El tipo estaba loco.
- Haberme llamado. Ya verías lo rápido que echo yo a los locos.
- Joder, mamá. Tampoco es eso.
- Si no es para tanto ‑terció su padre‑, pon tú en la caja lo que no pagó el viejo.
La base del estómago de Armando ardió. Aquella incomprensión se sumaba al domingo asqueroso que había tenido que pasar. No podía soportar percibir una injusticia de ese calibre.
- Las pondré, papá. No te preocupes. Mañana mismo, antes de irme a clase. Qué coño, ahora mismo bajo y pongo el dinero.
- Mando, no es eso…
- ¿Y qué es, mamá? Me paso todo el puñetero día detrás del mostrador cuando no me tocaba, pongo en peligro el examen de histología y luego… y luego aparece un tipo de cien años sordo y gilipollas que me empieza a llamar de tú y me dice que soy un cascarrabias y se queda allí, como un vegetal y luego me paga con medio billete caducado… ¿qué tenía que hacer, llamar a la policía por medio kilo de pastas?
Aunque no lo deseaba, no había podido evitar gritar. Trataba de no hacerlo, porque la abuela Beatriz era muy sensible a las broncas y enseguida empezaba a llorar como si fuese a haber asesinatos. Aquella vez no fue una excepción. Cuando Armando se fijó en ella, lo miraba con un pánico muy limpio, neto, en los ojos. Había soltado los cubiertos y, detenida en sus inacabables temblores nerviosos, no le apartaba la vista. Su boca se doblaba en un rictus de angustia.
- Mando, tu abuela…
- Vale, vale. Me callo. Pero es que no soporto que seáis tan histéricos con el dinero…
- ¡Déjalo, Armando! ‑su padre tosió después de elevar la voz‑. Déjalo estar ya, hombre. Un anciano grillado no tiene tanta importancia. Vale, y medio de pastas tampoco.
- Aquí tengo el billete ‑contestó Armando, más calmado, metiendo la mano en el bolsillo derecho del pantalón‑. Lo mismo vale algo.
Se lo tendió a su padre, que observó el papel sobado con curiosidad.
- Coño, sí que estaba mal el viejo ése. Esto es… espera, no se ve bien. Abuela, mire. Esto le traerá recuerdos.
El padre de Armando le alcanzó el medio billete a la abuela Beatriz. Ella lo cogió y lo observó como si fuese un cadáver inesperado. Respiró pesadamente.
- Son veinticinco pesetas ‑informó su padre‑. Dinero de la República.
- ¿De la República? ‑contestó Armando‑. Nunca había visto uno.
- Pues tu abuela sí. ¿A que sí, mamá?
La anciana no hablaba. Miraba y remiraba el billete y enarcaba las cejas como si se estuviese reencontrando con un viejo amigo. Tardó muchos segundos en hablar mientras los otros tres comensales la observaban sin saber qué decir.
- Veinticinco pesetas… ‑terminó por mascullar‑. Medio kilo de pastas de chocolate no valía tanto.
La madre de Armando se levantó con cierto estrépito y comenzó a recoger los platos.
- Pues ahora valen más. Mucho más.
Armando se alzó de hombros. Estaba visto que aquella noche cualquier cosa que se dijese acabaría en discusión. En la televisión, Roberto Carlos trataba inútilmente de justificar una derrota. Se concentró en la pantalla, decidiendo que era lo mejor que podía hacer.
El examen de histología no fue mal. Tampoco demasiado bien, pero sí lo suficiente como para que Armando estuviese satisfecho. Pero terminó agotado, a eso de las doce y media. Como todavía estaba fastidiado por haber perdido todo el domingo entre la pastelería y el examen, decidió fumarse las clases de ese día y marcharse a casa. A mediodía entró en la pastelería y encontró a su madre sola y con cara de pocos amigos.
Le tendió un par de billetes verdes.
- Toma. Las pastas. Pero que no se te olvide el cambio.
Su madre, por toda respuesta, sacó unas monedas de la caja registradora y se las dio, después de haber guardado los billetes en uno de los cajetines. Sólo después dijo con voz neutra.
- ¿Qué tal el examen?
- Bien, creo.
- ¿Bien, o bien creo?
- Bien, creo.
- Menos da una piedra ‑contestó su madre, torciendo la boca.
- ¿Todavía estás de mala leche?
Su madre suspiró.
- Tu padre está peor. Tiene un pito en el pecho. El médico ha dicho que la cosa va a ser larga.
Armando comprendió. Aquella matrona, acostumbrada a cargar sobre sus espaldas toda su casa y la mitad de un negocio, también tenía derecho a la debilidad. Entró en el mostrador y la besó.
- Sube, anda. Yo me quedo.
- ¿Tú? ¿Pero no decías ayer que…?
- Mamá, por favor. Vete. Olvídate de lo que decía ayer. Sube, anda.
Consiguió arrancarle una sonrisa y algo que pareció una caricia. Se marchó sin una palabra más.
Julio Llamazares, secretario general del Partido Comunista de España, le había hecho llegar un par de días antes al padre de Armando el borrador del discurso que leería al día siguiente en el acto de homenaje a los héroes de la oposición interna. Armando lo tenía consigo y entretuvo la soledad de la tienda releyéndolo. Citaba a Cosme Seisdedos tres veces, lo cual hacía parecer que su abuelo era el más destacado de los homenajeados. En realidad, eso era, pensaba Armando, porque ninguno de los otros había dejado un nieto que quisiese ingresar en el Partido. Pero, aún así, se regodeó con esas tres citas, hechas con el lenguaje preciso y cargado de sentimientos de las arengas. Estaba imaginando la voz del líder pronunciando ese nombre a través de los altavoces cuando temblaron unas contra otras las campanillas de la puerta. Armando levantó la vista. Una mujer entrada en años, gorda y con escaso pelo rizado había entrado en la tienda. Cruzó mentalmente una apuesta consigo mismo: palmeras o, en todo caso, una napolitana para tomar, sin envolver.
- Buenos días. ¿Qué desea?
La mujer no dijo nada. Abrió su bolso y buscó dentro hasta que sacó un enorme monedero. Sacó dos billetes y los puso encima del mostrador de cristal.
- Tengo la sospecha de que mi padre dejó ayer a deber aquí unas pastas.
La sorpresa dejó helado a Armando. Desde la noche de ayer no había vuelto a pensar en el viejo senil de la tarde anterior. Y lo que menos podía esperar es que su hija se preocupase de pagar su deuda.
- Estuvo… estuvo un señor aquí, sí. Yo le atendí. Pero ya le dije que no se preocupara, que le invitaba.
- Insisto en que me las cobre.
Armando se fue a la caja a darle el cambio a la mujer. Y a rumiar la tenue luz de culpa que veía en su interior. Se arrepentía de haberle gritado a aquel hombre, de haberle hablado con brusquedad. El tipo imbécil del día anterior era, de repente, un viejo desorientado. Un dolor en su estómago le castigó.
- Oiga, señora… ‑balbució cuando le alcanzó las monedas‑. Si su padre le dijo, bueno, que yo le hablé un poco… no sé, un poco fuerte, yo es que…
- No se preocupe ‑contestó la mujer, con voz resignada‑. Soy yo quien le tengo que pedir perdón. No me di cuenta de lo que había hecho hasta que por la noche le encontré el paquete de pastas. Mi padre no lleva nunca dinero encima, así que le pregunté cómo las había conseguido.
- Bueno, yo se las regalé.
- Ni hablar. Está muy mayor, el pobre. Se le va la cabeza.
- Ya. Me hablaba cómo si me conociese.
- ¡No me diga! ‑la tristeza se instaló en los pómulos de la mujer‑. Es que ya no reconoce a veces, ¿sabe? Hay momentos en que se empeña en que yo soy su madre.
- Lo siento.
- Ya, gracias. Pero ése es mi problema, no el suyo. Entró aquí a comprar las pastas como pudo entrar en cualquier otro sitio. Pero vi en el envoltorio el nombre y la dirección de la pastelería y decidí venir a pagárselas.
- No tenía por qué hacerlo.
- Gracias, pero lo prefiero así. Espero que nos disculpe.
Armando sintió una corriente de ternura hacia aquella mujer. Iba vestida de luto, con ropas de nylon de tienda barata. Se repetía a sí mismo que no debería cobrarle.
- No tiene que pedirme perdón, mujer. Sólo espero que su padre esté bien.
La mujer se miró los zapatos y suspiró de nuevo. Tardó en acumular fuerzas para hablar otra vez.
- ¿Me haría usted un favor?
- Si está en mi mano…
- Déjeme una tarjeta de la pastelería.
Armando se la dio y ella sacó un bolígrafo del bolso y escribió rápidamente unas notas. Le entregó a Armando el pedazo de papel. Había escrito: «Clara María Lugones». Y dos teléfonos.
- El primer número es el de nuestra casa ‑informó la mujer, señalando con la punta del bolígrafo en la tarjeta‑. En el segundo me encuentra de siete a nueve. Son unas oficinas que están aquí al lado, limpio allí. Si mi padre volviese…
- Entiendo ‑interrumpió Armando‑. La llamaré si eso pasa.
- No lo ponga nervioso, por favor ‑la voz de la mujer había adquirido un tono de súplica‑. Si lo ve muy despistado, llámele Beto. Todo el mundo lo llama así. Quizá eso le centre un poco.
- No se preocupe. Y gracias por el dinero.
- Adiós, señor.
Poco tiempo después de haberse marchado la mujer, Armando cerró la pastelería para la hora de la comida. Resolvió no contar de momento su encuentro con la mujer. Tampoco recuperó su dinero de la caja registradora. Seguía teniendo mala conciencia y eso propulsó su silencio. Comió mirando la televisión, reposó unos minutos en el sofá y, después, a las cinco, se ofreció para bajar a la tienda. La tarde fue intensa, con bastantes clientes y mucho que hacer. No fue hasta las siete o siete y media cuando se encontró solo tras el mostrador y volvió repasar, una vez más, el discurso de Llamazares. En la página cuatro dio un respingo y sintió que la columna vertebral se le helaba en décimas de segundo.
El secretario general del PCE citaba entre los comunistas desaparecidos a Herminio Lugones, alias Beto.
A las ocho de la noche de aquel lunes, Armando Seisdedos cerró la pastelería familiar. Había atendido a unos pocos clientes de última hora y había releído seis veces más el discurso de Llamazares. Cerró la pastelería pero no apagó las luces. Siguió dentro porque quería utilizar el teléfono de la tienda, no el de casa. Llamó a un buen amigo de su padre, cuadro del Partido. No le costó disimular. Le hizo ver que estaba emocionado y agradecido por el acto del día siguiente. Le dijo que había leído el discurso del Secretario General y que quería saber quién le había dado las referencias históricas de su abuelo y de todos los demás héroes de la oposición interna. Su interlocutor le dio el nombre de un catedrático de la Complutense, también militante. Colgó sin más. Buscó en la guía el apellido de aquel hombre y encontró tres referencias. Las dos primeras no tenían nada que ver con el PCE y también les colgó de forma abrupta. En la tercera llamada, un hombre maduro cogió el teléfono, con voz cansada.
Armando pronunció su nombre y le preguntó si era el catedrático universitario. Su interlocutor lo reconoció con prevención.
- Soy Armando Seisdedos. El nieto de Cosme Seisdedos.
- Oh. Encantado de conocerte. He estudiado a tu abuelo, sí. De hecho, yo mismo…
- Sí, lo sé. Sé que es usted quien ha facilitado la información para el homenaje. Le estoy muy agradecido.
- No hay de qué, muchacho. Pero podías habérmelo dicho mañana mismo en persona. No entiendo por qué me llamas a estas horas.
- Perdone, señor. Le pido disculpas, pero necesito saber algo, y saberlo ahora.
El catedrático reflexionó en silencio. Armando pensó que en sus dudas pesaría finalmente el prestigio de su abuelo y no se equivocó.
- Todo esto es un poco extraño. Pero, en fin, tú dirás.
Armando tomó aire y trató de poner en orden sus ideas.
- ¿Qué sabe de Herminio Lugones?
- Nada, creo. ¿Quién es Herminio Lugones?
- ¡Cómo que no sabe nada! Herminio Lugones es Beto, es… el discurso del Secretario General también lo cita.
El catedrático no se tomó tiempo para contestar.
- ¡Ah! ¡Haber empezado por ahí! A menudo, sólo recuerdo los apodos. Bueno, Beto era uno más. Un militante del interior.
- Lo suponía. Y, ¿qué fue de él?
- Nadie lo sabe a ciencia cierta ‑explicó el catedrático‑. En su día se dijo que la policía lo localizó y detuvo. Pero jamás nadie coincidió con él en la cárcel y los archivos policiales, que se pudieron consultar después del 75, tampoco dicen nada. Se lo tragó la tierra. O se lo tragó el franquismo, quién sabe.
Armando sintió una punzada de decepción.
- ¿Desaparecido? Pero, ¿por qué?
- Ya le he dicho que nadie sabe qué pasó. Más difícil entonces sería saber por qué, chico. Alguna vez, cuando me veía con La Pasionaria, la he oído recordar a ese hombre como un auténtico militante dispuesto a todo. Quizá lo consideraron tan peligroso que en lugar de detenerlo lo mataron sin dejar rastro. No sería el primer caso. Pero, si puedo preguntar, ¿a qué viene este interés tan repentino?
- Bueno… ‑balbuceó Armando‑, todo forma parte de mi deseo por saber de mi abuelo. Oiga, dígame sólo una cosa más.
- Tú dirás.
- ¿Le dice algo un billete de veinticinco pesetas de la República cortado por la mitad?
El catedrático pensó largo rato.
- Nada. Nada en absoluto. ¿Debería tener un significado para mí?
- Sí, supongo. Algún tipo de señal o de mensaje.
- Podría ser ‑contestó el catedrático‑. Los correos hacían cosas así. La clave era comprar determinada cosa o, quizá, pagar de determinada forma. Era el único modo de…
Armando ya había colgado. Un frío le bajaba por los hombros. De repente recordaba y comprendía. Apagó apresuradamente la tienda y subió a su casa. Entró como una exhalación en el salón-comedor. Allí, la abuela Beatriz veía la televisión con mirada ausente.
Estaban solos. El padre de Armando seguía en la cama y su madre estaría haciendo la cena. Se sentó junto a su abuela, arrimando una silla.
- Abuela, el billete. El billete de veinticinco pesetas. Lo conservas, ¿verdad?
La anciana lo miró como si llevase años esperando esa pregunta. De un bolsillo de su bata sacó el pedazo de papel y lo observó de nuevo como la noche anterior, con una especie de miedo atávico.
- Es una señal, ¿verdad? Una señal entre comunistas clandestinos.
La mano de la vieja tembló más que de costumbre. En un instante, pareció renacer y con gestos inusitadamente lúcidos rompió el billete en varios pedazos.
- Haz caso de tu madre, Mando. Y no te montes historias en la cabeza.
- Puedes romperlo, abuela. Es más tuyo que de nadie. Pero dime la verdad. Es una señal, ¿verdad?
- ¿Una señal de qué? ‑protestó la anciana con aprensión‑ ¿De qué me estás hablando?
- Abuela, lo sé todo ‑contestó Armando, con suavidad‑. Me acabo de dar cuenta ahora mismo.
- ¿Darte cuenta? ¿De qué?
- De que yo dije ayer que aquel viejo me había comprado medio kilo de pastas. Pero tú sabías que todas eran de chocolate. Ésa era la otra señal, ¿verdad? Un tipo que compra medio kilo de pastas de chocolate con medio billete de veinticinco pesetas. Y tú sabes lo que significa.
La abuela Beatriz bajó la vista y comenzó a lagrimear. Movía los labios susurrando algo que Armando no podía oír.
- ¿Qué dices, abuela? Háblame, por favor. Cuéntamelo. Es una señal, ¿de qué?
- No quiero… ‑terminó por decir la abuela con voz audible‑ no quiero que te pase nada.
- Por Dios, abuela, ¿qué me va a pasar?
- Prométeme que no se lo dirás a nadie. Prométemelo.
- Vale, te lo prometo. No lo contaré. Pero dime qué significa esa señal. Necesito saberlo, abuela.
La vieja siguió llorando. Armando la dejó que se tranquilizase. Esperó pacientemente hasta que la abuela Beatriz recuperó un temblor habitual en su cuerpo y algo de compostura. Cuando así lo hizo, habló con voz ronca.
- Beto ha recibido la orden. La que estaba esperando. Ayer vino a comunicarlo a través del correo.
La vieja le miró con el pánico troquelado en las pupilas.
- Esta tarde. En el Paseo de Recoletos. Va a matar a Franco.
A las doce de la mañana del día siguiente, martes, la plaza de toros de Vista Alegre estaba llena a rebosar. Había allí grupos con pancartas y banderas rojas vociferando y cantando. El acto fue hermoso. Hablaron los dirigentes regionales, luego los líderes de Comisiones Obreras y, por fin, el Secretario General del PCE. Todos ellos utilizaron el mismo tono tenso, encendido y pleno de significado en sus intervenciones. En el escenario, tras los oradores, un gran panel blanco estaba lleno de fotografías. Decenas, centenares de imágenes de los héroes anónimos del comunismo que eran homenajeados en aquel acto. La multitud enardecida interrumpía a menudo las palabras de los líderes con aplausos y gritos.
Armando Seisdedos y su padre estaban en la primera fila de sillas, esperando su turno para mostrarse ante el público al final del acto. A pesar de la fiebre y del desastroso estado de sus pulmones, Cosme no se había querido perder el acto. Parecía que el homenaje se lo hiciesen a él. Estaba tieso en la silla, aguantándose las lágrimas, apretando los labios. Su mandíbula cuadrada soportaba toda la entereza que era capaz de disimular. Su hijo lo observaba con escepticismo y, al tiempo, con ternura. Pensó si lo mejor sería callarse como le había exigido su abuela e, incluso, lo hizo durante mucho tiempo; pero, lentamente, la convicción de que no era quién para decidir el nivel de estupidez de los demás, y menos de un padre, creció en él. Así que, durante el aburrido discurso de un dirigente menor, acercó su boca al oído de su padre, y le musitó:
- ¿Sabes dónde estuve anoche?
- No. No viniste a cenar, a tu madre no le sentó muy bien. Podrías habernos dado una explicación.
- Estaba en Recoletos, frente a la Biblioteca Nacional. Impedí el asesinato de Franco.
Cosme se separó de su hijo y lo miró como si le estuviesen naciendo serpientes en lugar de pelo.
- Mando, pero, ¿qué estupideces dices?
- La verdad, papá ‑contestó Armando, sobreponiéndose a los aplausos‑. Ayer por la tarde, Herminio Beto Lugones se apostó en el Paseo de Recoletos para matar a Franco de regreso del Palacio de Correos.
- ¿Cómo? ¿Franco? ¿Beto Lugones? Pero, ¿qué…?
- Beto Lugones, sí. Está ahí ‑Armando señaló a una foto del mural trasero del escenario, la séptima por la izquierda de la cuarta fila contando desde arriba. A cinco fotos de distancia estaba el abuelo Cosme‑. Lo creas o no, ese hombre, que todos dan por desaparecido, estaba ayer a las nueve de la noche en Recoletos esperando que pasara Franco.
Su padre se rascó la barbilla.
- Armando, ¿tú estás bien? ‑se le notaba que le costaba creer que estuviese diciendo lo que decía‑. Franco ha muerto, hijo. Hace veinticinco años. ¿De qué narices me estás hablando?
Armando tomó aire. Ahora ya no podía volver atrás y lo que estaba por venir le daba miedo.
- Te estoy hablando del viejo loco que entró en la tienda el domingo.
- ¿Aquél tipo? ¿Ese tío quería matar a Franco?
- Sí. El billete era una señal. Y el medio kilo de pastas también. Una operación muy sencilla. Cuando Beto me la contó ayer parecía imposible que fallara.
El público rugió de nuevo como respuesta a una alusión a la legalización de las drogas. Padre e hijo, sin embargo, estaban completamente solos en medio de aquel barullo.
- Un camarada del Partido ‑explicó Armando‑ se había infiltrado en los talleres de El Pardo. El Rolls cubierto, el regalo de Hitler, se estropeó aquel día de invierno de 1941. Una serie de coincidencias hábilmente urdidas provocarían que el general usase un coche descubierto. Y a Beto Lugones no le importaba morir, como a los anarquistas de principios de siglo. Lo creas o no, ayer llevaba dentro de la camisa cuatro granadas con munición de guerra. Supongo que ya has adivinado que, para él, estos últimos cincuenta y nueve años no han pasado.
- Joder, Mando. La hostia…
El orador se había arrancado con La Internacional y ahora la plaza entera coreaba la canción. Quizá Armando y su padre eran los únicos que no cantaban ni levantaban el puño. La gente todavía seguía cantando cuando el padre gritó.
- ¿Qué hiciste, Mando?
- ¡Qué iba a hacer, papá! Llamé a la hija del pobre hombre y ella llamó al hospital y a la policía. Lo entretuve hasta que llegaron. No hubo problemas, está más muerto que vivo. Y enfermo de Alzheimer. Creo que por eso no distingue el pasado del presente.
- ¿Crees? Coño, Mando, es evidente. Un tipo que pretende matar a Franco en el año 2000 no tiene muy claro el calendario.
- Ya. O no quiere tenerlo claro.
El himno había terminado. El público aplaudía a rabiar. Padre e hijo se miraban, una vez más, en silencio. Armando sabía que su padre sospechaba. Y sentía pena por él y por sí mismo.
- Papá… ‑dijo al fin, mientras el último orador, el Secretario General del PCE, subía a la tribuna‑, papá… el abuelo Cosme traicionó a Beto Lugones. Lo delató. Beto Lugones nunca llegó a Recoletos. Lo detuvieron antes. Antes incluso de que pudiese ir a la pastelería a comprar medio kilo de pastas de chocolate para señalar la inminencia del atentado.
Su padre no dijo nada. Armando no sabría decir siquiera si lo veía.
- Papá, el abuelo Cosme era un delator. Un confidente de la policía. Los fascistas sabían que era del PCE, sabían que era su correo, pero debieron pensar que era más útil mantenerlo así que detenerlo. O tal vez fue la otra condición que puso por delatar el atentado contra Franco. Por eso la abuela no quería que…
El nombre de Cosme Seisdedos resonó en los altavoces. El Secretario General les señaló con el dedo a ambos y el público los atronó con un aplauso cerrado. Vecinos del público los zarandearon exhibiendo emocionadas sonrisas. Ambos recibieron las felicitaciones como alucinados, sin vida, esperando que los dejaran en paz. Pronto el público se subió a otra ola oratoria de su dirigente y pareció olvidarlos. Sólo entonces el padre de Armando pareció despertar de un mal sueño.
- ¿Otra… otra condición? ¿Qué quieres decir con eso, Mando?
Armando trató de sonreír y pasó un brazo por detrás de los hombros de su padre. Allí, tan cerca, a pesar del griterío, podía susurrar.
- El abuelo se convirtió en confidente a cambio de la vida de Beto Lugones. Eran amigos, papá. Muy amigos. Beto se pasó años escribiéndole cartas al abuelo. Algunas las leí anoche. Y no son las cartas de un resentido, créeme, sino de alguien que echa de menos a su amigo, a su compañero, a su camarada.
- Pero tu abuelo fue… fue el que jodió a ese tipo ‑salmodió Cosme hijo, escuchándose.
- Espera, papá. Espera. Beto Lugones no fue encarcelado ni torturado ni asesinado. Esos cabrones se limitaron a internarlo en un siquiátrico. Estuvo allí muchos años. Cuando salió, en el sesenta y ocho, era ya viejo y estaba un poco sonado. Su hija lo cuidó. Hace un par de años la familia regresó a Madrid. Él ya estaba muy enfermo. Su ficha, sus datos, sus referencias, se perderían en cualquier caja fuerte. Los franquistas lo olvidaron y los comunistas nunca volvieron a saber de él. El único que recordaba era él. Y el domingo pasado decidió cumplir de una vez con su deber.
Padre e hijo se miraban derrotados. Sonó una voz en los altavoces que pronunciaba el nombre de Armando Seisdedos y la multitud aplaudió de nuevo. El nieto de Cosme Seisdedos se levantó para subir a la tribuna. Mientras subía las escaleras y una vez arriba, seguía mirando a su padre.
Armando recibió su carné del PCE con el número 345. Fue abrazado por todos los líderes y vitoreado como el símbolo de que la lucha continúa. Luego tomó el micrófono y, con voz entrecortada, pronunció un breve discurso en el que, en resumen, habló de la importancia del compromiso con las ideas propias pero, matizó, todo gran hombre debe siempre ser coherente con su condición humana, principio y fin de todas las cosas. Acto seguido, hizo un extraño, pero intenso, panegírico de la amistad.
De todos los discursos que se pronunciaron aquella mañana, el de Armando Seisdedos fue el que arrancó los aplausos más tibios. Los informativos del día, que encontraron sus palabras insulsas, torpes y vacías de contenido, ni siquiera lo citaron.
Así pues, durante el mes de agosto estaré por ahí y no creo que escriba (aunque todo puede ocurrir) hasta finales de agosto o principios de septiembre.
No obstante lo dicho, os voy a dejar con algo distinto y un poco más largo, por si queréis entretener las horas agosteñas. Se trata de un cuento que escribí ya hace algunos años y que, si tenéis la paciencia de leer, descubriréis que no está en modo alguno desconectado de las cosas que habitualmente se ventilan aquí.
En todo caso, que disfrutéis el verano, aquéllos que estais en verano; y para los lectores australes, que los hay, paciencia, que en unos mesecitos estaréis vosotros arriba, y nosotros debajo.
Un saludo a todos.
El billete
By JdJ
Armando se preguntaba con frecuencia cuánto tiempo hacía que la pastelería había dado la impresión de estar a la última moda. Las paredes estaban pintadas de un verde que había oscurecido con el tiempo y los muebles y vitrinas, sencillos y angulosos, eran en su sencillez propios de otros tiempos. A pesar de los constantes cuidados de su madre, el polvo se había concentrado en algunas esquinas y los vidrios se habían esmerilado un poco con el uso; las típicas señales de un local que necesita una reforma.
Era la primera hora tarde del domingo, el último momento antes de cerrar. Le había tocado estar de guardia. Habían pasado las horas en las que se vendía pan, después las de la venta de pasteles, pastas de té y golosinas, y ahora era tan sólo el tiempo de los rezagados. El tiempo en el que no solía entrar nadie. Eso frustraba a Armando aún más, porque aquel domingo no tenía que haberle tocado trabajar. Al día siguiente tenía un examen muy importante de histología y le hubiera gustado tener algo más de tiempo para repasar las lecciones más importantes. Sus padres le habían dicho días atrás que no se preocupase, que ellos se encargarían. Pero el invierno había cambiado los planes. Esa mañana, su padre se había despertado tosiendo cavernosamente y con décimas. Ahora estaba en el piso de arriba, sudando y durmiendo plácidamente. Y él no tuvo argumentos para resistirse cuando su madre le dijo que ella tenía que atender el obrador. De la abuela Beatriz poco se podía esperar ya. Así pues, la lenta y silenciosa tarde dominical caía como una manta pesada sobre el Madrid de los Austrias y Armando, aburrido, apenas tenía fuerzas y ganas para desear que diesen las cuatro y media y recordarse, con un amargo sentimiento de fracaso, la de veces que se había repetido que él no sería pastelero.
Tenía veintidós años y otras vocaciones. Es cierto que antes de quitarse los pantalones cortos ya sabía montar nata, mezclar los ingredientes de la crema pastelera e incluso hornear un hojaldre en el punto justo que necesitan unos buenos bolovanes. Pero también había empezado muy pronto a aburrirse de estar rodeado de azúcares, tipos de leche, almendras, huevos y demás; también había empezado a aburrirse sin remedio en las interminables horas que se pasan detrás de un mostrador, viendo a la gente pasar más allá del escaparate, esas horas que estragan cualquier voluntad y acaban impidiendo otro ejercicio que no sea la contemplación inane y el cronometraje meticuloso de la monotonía. Su padre era pastelero, como lo había sido el abuelo Cosme. Y su madre no había hecho sino ocupar su lugar en el negocio. Sin embargo, él había tenido vocación por la medicina desde muy pronto y no le gustaba cuestionarse si realmente era una vocación o, simplemente, la esclusa escogida para huir de esa aburrida celda de futuro.
Esa tarde de noviembre, fría y de luz equívoca, se repetía, una vez más, que todavía quedaba media hora y que no vendría nadie. Se metió en la pequeña trastienda y trasteó con un pequeño transistor, pero eso sólo le sirvió para darse cuenta, una vez más, de lo insulsos que encontraba los programas de radio un domingo por la tarde. Viajó de palabras huecas a música incomprensible hasta que apagó el aparato. Casi en el mismo momento en que lo hizo, la campanilla de la puerta de la entrada trastabilló con un canto estridente. En realidad, la llegada del cliente inesperado le sentó todavía peor que el aburrimiento anterior. Los tenderos se acostumbran antes a la soledad que a las sorpresas.
Cuando salió de la trastienda, se encontró esperando junto al mostrador a un hombre muy viejo. Enjuto, encorvado y de piel muy pálida, lo único que parecía seguir vivo en aquel anciano eran los ojos, hundidos en dos cuencas surcadas de arrugas como la arena después de una riada. Dos manos nervudas, salpicadas de venas verdes, reposaban sobre el cristal con un temblor tan perceptible como interminable. Armando suspiró. Sólo a estos tipos se les ocurre que una pastelería va a seguir abierta un domingo a las cuatro y diez, pensó.
- Buenas tardes. ¿Qué va a ser?
El viejo lo miraba sin decir nada, con el labio inferior colgando, como si llevase allí horas sin intención de estar en otra parte. Armando elevó la voz.
- ¿Puede decirme qué desea?
El viejo no parecía ser sordo. Todos los indicios eran de que era imbécil o estaba sonado. Armando había gritado bien fuerte; era imposible que a alguien tan sordo y con esa edad le permitiesen andar solo por la calle. Si seguía allí, tan quieto y con esa expresión bobalicona, era porque quería. O porque acababa de fallecer de una hemiplejía. O porque eso tenía que pasar en aquel domingo en que le habían jodido desde bien por la mañana. Le costó a Armando recuperar de su interior las claves de la amabilidad pero, finalmente, fue capaz de salir del mostrador y acercarse al hombre. Una vez allí, se colocó cerca de uno de los oídos e hizo bocina con las manos.
- ¡Vamos a cerrar, señor!
El viejo giró la cabeza sin poner en juego un solo músculo más de su rostro.
- No me grites, que no soy sordo.
«Ahora con coñas», pensó Armando. Era demasiado. Tenía que repasar la histología, cosa que le llevaría todo el resto de la tarde. Así que había perdido todo un día de fiesta sin haberse tomado siquiera una cerveza con los amigos, sin un paseo, sin una puñetera media hora de asueto. Y ahora el viejo aquél jodiendo con la sorna del jubilado sin otra cosa que hacer. Resolvió, pues, que lo echaría más o menos amablemente.
- Pues si no está sordo, ya me habrá oído. Estamos cerrados, abuelo. ¡Cerrados!
- Nunca cambiarás. Siempre tan cascarrabias.
Armando no prestó demasiada atención a esas palabras. Estaba demasiado nublado por la decisión que había tomado de sacar al anciano del local y cerrar la pastelería en ese mismo momento, de una vez. Tenía un mal día y aquel zombie había sido la guinda.
- Dígame ahora mismo lo que quiere, abuelo. Y márchese.
El viejo se rió sin dientes, como si fuese a vomitar en cada espasmo.
- ¿Ahora me llamas abuelo? ¿Desde cuándo me ha cambiado el apodo?
- ¿Apodo, qué apodo? ¿Me va decir de una vez lo que quiere?
- Ya sabes lo que quiero.
Armando respiró pesadamente. Varias veces. No empezaba a cansarse. Ya estaba cansado.
- Márchese ahora mismo. Mire, no quiero hacerle nada, así que…
- Estamos solos, ¿no? Pensé que no eran necesarias las… formalidades.
- ¿Formalidades? Deje de alucinar, abuelo. No me canse. Es la última vez que se lo pregunto: ¿Qué coño quiere?
El viejo bajó la vista y sus labios temblaron. Parecía un robot estropeado tratando de procesar una instrucción complicada. Armando lo tomó de un brazo pero el anciano, en su más que evidente debilidad, encontró algo para permanecer bien plantado donde estaba, sin dejarse arrastrar. Finalmente habló, en un susurro.
- Medio kilo de pastas de chocolate ‑dijo; y repitió lentamente, como explicando una lección complicada‑: Pastas. De chocolate. Medio kilo.
Miró a Armando y sus ojos suplicaban algo.
En pocos segundos, Armando estaba detrás del mostrador colocando en la cajita de medio kilo las pastas. Lo hacía nerviosamente, con gestos bruscos. Tuvo que desechar un par porque las apretó tanto al cogerlas que las rompió. No le importó. Tenía prisa por terminar. Pesó la caja, ajustó la ración a lo requerido, la envolvió, ató el cordel alrededor y se la entregó al viejo informándole del importe. El viejo tomó la caja como si contuviese lo último que iba a comer en su vida, con gestos lentos y emocionados. Cuando la tuvo en su poder, metió la mano derecha en el bolsillo de su gabán, sacó medio billete cortado por la mitad y lo puso encima del mostrador.
Era un billete antiguo que debió de ser marrón. Armando lo tomó entre sus dedos. Parecía a punto de desintegrarse. Levantó la vista hacia el anciano, más extrañado que airado.
- ¿Qué es esto? ¿Es todo lo que tiene?
El viejo no dijo nada. Armando se debatió entre la idea de abroncar al anciano y la de dejarlo marchar, sin más. Se acordó del examen de histología, del día perdido. Del cansancio y la soledad de la fría mañana en el fondo de aquel local deprimente.
- Bueno, vale. Para usted la perra gorda. Le regalo las puñeteras pastas. Pero márchese de una vez.
El viejo pareció entender. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta arrastrando los pies. Había dado dos breves pasos cuando se paró y se volvió. Su boca temblaba mucho más ahora y su expresión era la de un padre que contempla a su hijo gravemente enfermo.
- Adiós, amigo. Hasta siempre.
Armando lo observó marcharse, cargado de hombros. Dentro de su gabán oscuro parecía la caricatura de un hombre. Esperó a que saliese y traspasase el escaparate, calle arriba, para acercarse a la puerta, salir a la acera y bajar el telón de hierro. Desde el portal de al lado abrió con su llave la puerta que daba al local, lo cerró por dentro y apagó las luces. Cinco minutos más tarde estaba en su caliente dormitorio, repasando la histología.
No volvió a recordar al viejo loco hasta la noche, a la hora de la cena. Su madre lo llamó con insistencia varias veces antes de que saliese. No lo hizo hasta que no hubo terminado de repasar todas las lecciones que había decidido releer antes del examen. Fue su pequeña rebelión ante la imposición de aquel domingo estúpido. Cuando llegó a la mesa todo el mundo estaba cenando. Su madre había terminado de servir las verduras (también el plato de Armando, que lo esperaba humeando) y masticaba en silencio, dando la impresión de que no había nadie más que ella en la habitación. Su padre, pálido y con los ojos cargados, tragaba con dificultad. Y la abuela Beatriz, empequeñecida, casi calva y con esa expresión casi idiota que tenía en el rostro desde hace años, mareaba las viandas llevándoselas a la boca de cuando en cuando. Armando se disculpó tenuemente por su tardanza, pero a nadie pareció importarle. En la televisión resumían los goles de la jornada.
- ¿Cómo estás, papá? ‑preguntó por decir algo.
Su padre gruñó algo que lo mismo quería decir «mejor» que «muy fastidiado». Armando no tuvo ánimos de aclararlo.
- ¿Has terminado de estudiar? ‑preguntó su madre, sin levantar la vista del plato, después de muchos segundos de silencio.
- Sí, creo que sí.
- ¿Cuándo es el examen ese? ‑le preguntó su padre, con voz rota.
- Mañana. Mañana por la mañana.
- Entonces el martes estarás en el homenaje.
Lo había olvidado. El homenaje. Maldijo Armando aquel estúpido domingo, capaz de borrarle de la mente incluso las cosas que le importaban.
- Por supuesto. No me lo perdería por nada. Además, tengo que ir, ¿no?
Su padre asintió sin palabras. En verdad, Armando ni quería ni podía faltar. En el acto iba a dejar de ser militante de las Juventudes Comunistas para ingresar en el Partido Comunista. Y le iban a dar el carné con el número 345. El número del abuelo Cosme.
Como si estuviera adivinando sus pensamientos, la abuela Beatriz le miró y habló con esa voz suya, parkinsoniana, nacida en una garganta en galerna permanente.
- Ya puedes estar orgulloso, Mando…
- Lo estoy, abuela ‑contestó él que, en verdad, así se sentía‑. Pero lo importante es el homenaje al abuelo Cosme. Él es el protagonista.
La abuela Beatriz se emocionó. Lo hacía muy a menudo, incluso delante de una telenovela barata. Pero eso no restó significado a su cuello estragado, sus manos agitadas y la caída de su mirada aguanosa.
La que, sin embargo, parecía algo fastidiada era la madre.
- Bueno, ojalá que esto sirva para que Mando no tenga que exponerse el día de mañana como el abuelo Cosme.
- Esto no tiene nada que ver, mamá ‑protestó Armando‑. Los tiempos han cambiado y ahora la lucha es otra. Pero eso sólo aumenta el mérito de los que se la jugaron entonces.
- Tu madre ‑informó el padre, hablando despacio para no atraer la tos‑ es de los que opinan que lo mejor es olvidar.
La mujer dejó caer con leve estrépito sobre el plato de loza los cubiertos que estaba utilizando.
- Lo dices como si fuese un pecado mortal.
- No somos creyentes ‑contestó el padre, masticando indolentemente.
- Eso ya lo sé. Pero parecemos tener pecados como los curas. Por ejemplo, olvidar el pasado.
El padre de Armando volvió la vista hacia su mujer con una mezcla de extrañeza y el embrión de la ira.
- Los hombres que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.
La mujer rió amargamente.
- ¡Qué bonito! Las frasecitas de costumbre. ¡Por Dios! Estamos en el año 2000, Cosme. Si no dejas de mirar al pasado, nunca verás el futuro. Que yo sepa, ya no quedan patrullas de anarquistas en la esquina de aquí al lado fusilando a quien les da la gana.
- Pero quedan fascistas ‑interrumpió Armando‑. Muchos. Y hay que seguir luchando contra ellos.
- ¡Por Dios, Mando! ¡No digas imbecilidades!
Armando no quería discutir con su madre. Intercambió un parpadeo inteligente con su padre y ambos se callaron, no sin antes sonreírse levemente, de medio lado. Ambos se entendían bien, ambos comprendían. Incluso encontraban lógico que ella, que al fin y al cabo se había incorporado a la familia cuando se casó, no valorase lo suficiente que durante décadas aquella misma pastelería, casi con la misma pintura y los mismos muebles, fuese uno de los lugares de Madrid donde se intercambiaban correos los comunistas del interior con los del exterior. Éstos últimos entraban en España clandestinamente y se dirigían a la tienda para recoger sus sobres y dejar otros donde el abuelo Cosme leía la nueva contraseña que utilizaría el próximo visitante. Más de veinte años exponiendo la vida en aquella labor callada sin la cual, como rezaba la carta del mismísimo Julio Llamazares, Secretario General del PCE, que semanas atrás había recibido el padre de Armando, la oposición a la dictadura habría sido imposible. Tanto Armando como su padre sentían que todo lo que tenía la familia era eso: una pastelería venida a menos y el recuerdo de un héroe. Y la voluntad de repetir sus hazañas si era preciso. Ambos estaban convencidos de que un buen comunista no necesita nada más.
Puesto que se entendían entre ellos, la incomprensión de la madre era un dato casi irrelevante. Pero, en cualquier caso, Armando no quería discutir con ella. Siendo casi un adolescente había alfabetizado a algunos viejos militantes y allí había aprendido que algunos de ellos, aunque sólo fuesen unos niños durante la guerra, guardaban de ella un recuerdo que era una empinada cordillera de desgracias y privaciones. Y está la paz, además. La paz que para muchos significó huida y exilio y para todos los demás, la mayoría, silencio, mentira, hipocresía de supervivencia. No pocos de aquellos jubilados y jubiladas, al calor de su actual calefacción central y frente a televisores panorámicos a través de los cuales podían incluso comprar pequeños electrodomésticos casi mágicos, habían puesto un cortafuegos entre esto y aquello, dando por bien vividas ambas vidas pero sin dejar que unas se comunicasen con las otras. Ante ese tipo de gente, pensaba Armando, lo mejor es cambiar de conversación. Y eso trató de hacer. Y por ello, sólo por ese deseo de no beligerancia, fue por lo que se acordó del viejo loco.
- Esta tarde, en la tienda, a última hora, me ha pasado algo muy curioso.
Nadie le contestó. Las brumas del enfrentamiento anterior seguían ahí.
- A punto de cerrar entró un viejo senil. Quería medio kilo de pastas. Se las tuve que regalar.
Aquello sí que se ganó la atención de su madre y una disimulada mirada de reprobación de su padre. Él sabía que ocurriría, pero prefería discutir por eso.
- ¿Medio kilo? ¿Y se lo regalas?
- Deberías haberlo visto, mamá. El tipo estaba loco.
- Haberme llamado. Ya verías lo rápido que echo yo a los locos.
- Joder, mamá. Tampoco es eso.
- Si no es para tanto ‑terció su padre‑, pon tú en la caja lo que no pagó el viejo.
La base del estómago de Armando ardió. Aquella incomprensión se sumaba al domingo asqueroso que había tenido que pasar. No podía soportar percibir una injusticia de ese calibre.
- Las pondré, papá. No te preocupes. Mañana mismo, antes de irme a clase. Qué coño, ahora mismo bajo y pongo el dinero.
- Mando, no es eso…
- ¿Y qué es, mamá? Me paso todo el puñetero día detrás del mostrador cuando no me tocaba, pongo en peligro el examen de histología y luego… y luego aparece un tipo de cien años sordo y gilipollas que me empieza a llamar de tú y me dice que soy un cascarrabias y se queda allí, como un vegetal y luego me paga con medio billete caducado… ¿qué tenía que hacer, llamar a la policía por medio kilo de pastas?
Aunque no lo deseaba, no había podido evitar gritar. Trataba de no hacerlo, porque la abuela Beatriz era muy sensible a las broncas y enseguida empezaba a llorar como si fuese a haber asesinatos. Aquella vez no fue una excepción. Cuando Armando se fijó en ella, lo miraba con un pánico muy limpio, neto, en los ojos. Había soltado los cubiertos y, detenida en sus inacabables temblores nerviosos, no le apartaba la vista. Su boca se doblaba en un rictus de angustia.
- Mando, tu abuela…
- Vale, vale. Me callo. Pero es que no soporto que seáis tan histéricos con el dinero…
- ¡Déjalo, Armando! ‑su padre tosió después de elevar la voz‑. Déjalo estar ya, hombre. Un anciano grillado no tiene tanta importancia. Vale, y medio de pastas tampoco.
- Aquí tengo el billete ‑contestó Armando, más calmado, metiendo la mano en el bolsillo derecho del pantalón‑. Lo mismo vale algo.
Se lo tendió a su padre, que observó el papel sobado con curiosidad.
- Coño, sí que estaba mal el viejo ése. Esto es… espera, no se ve bien. Abuela, mire. Esto le traerá recuerdos.
El padre de Armando le alcanzó el medio billete a la abuela Beatriz. Ella lo cogió y lo observó como si fuese un cadáver inesperado. Respiró pesadamente.
- Son veinticinco pesetas ‑informó su padre‑. Dinero de la República.
- ¿De la República? ‑contestó Armando‑. Nunca había visto uno.
- Pues tu abuela sí. ¿A que sí, mamá?
La anciana no hablaba. Miraba y remiraba el billete y enarcaba las cejas como si se estuviese reencontrando con un viejo amigo. Tardó muchos segundos en hablar mientras los otros tres comensales la observaban sin saber qué decir.
- Veinticinco pesetas… ‑terminó por mascullar‑. Medio kilo de pastas de chocolate no valía tanto.
La madre de Armando se levantó con cierto estrépito y comenzó a recoger los platos.
- Pues ahora valen más. Mucho más.
Armando se alzó de hombros. Estaba visto que aquella noche cualquier cosa que se dijese acabaría en discusión. En la televisión, Roberto Carlos trataba inútilmente de justificar una derrota. Se concentró en la pantalla, decidiendo que era lo mejor que podía hacer.
El examen de histología no fue mal. Tampoco demasiado bien, pero sí lo suficiente como para que Armando estuviese satisfecho. Pero terminó agotado, a eso de las doce y media. Como todavía estaba fastidiado por haber perdido todo el domingo entre la pastelería y el examen, decidió fumarse las clases de ese día y marcharse a casa. A mediodía entró en la pastelería y encontró a su madre sola y con cara de pocos amigos.
Le tendió un par de billetes verdes.
- Toma. Las pastas. Pero que no se te olvide el cambio.
Su madre, por toda respuesta, sacó unas monedas de la caja registradora y se las dio, después de haber guardado los billetes en uno de los cajetines. Sólo después dijo con voz neutra.
- ¿Qué tal el examen?
- Bien, creo.
- ¿Bien, o bien creo?
- Bien, creo.
- Menos da una piedra ‑contestó su madre, torciendo la boca.
- ¿Todavía estás de mala leche?
Su madre suspiró.
- Tu padre está peor. Tiene un pito en el pecho. El médico ha dicho que la cosa va a ser larga.
Armando comprendió. Aquella matrona, acostumbrada a cargar sobre sus espaldas toda su casa y la mitad de un negocio, también tenía derecho a la debilidad. Entró en el mostrador y la besó.
- Sube, anda. Yo me quedo.
- ¿Tú? ¿Pero no decías ayer que…?
- Mamá, por favor. Vete. Olvídate de lo que decía ayer. Sube, anda.
Consiguió arrancarle una sonrisa y algo que pareció una caricia. Se marchó sin una palabra más.
Julio Llamazares, secretario general del Partido Comunista de España, le había hecho llegar un par de días antes al padre de Armando el borrador del discurso que leería al día siguiente en el acto de homenaje a los héroes de la oposición interna. Armando lo tenía consigo y entretuvo la soledad de la tienda releyéndolo. Citaba a Cosme Seisdedos tres veces, lo cual hacía parecer que su abuelo era el más destacado de los homenajeados. En realidad, eso era, pensaba Armando, porque ninguno de los otros había dejado un nieto que quisiese ingresar en el Partido. Pero, aún así, se regodeó con esas tres citas, hechas con el lenguaje preciso y cargado de sentimientos de las arengas. Estaba imaginando la voz del líder pronunciando ese nombre a través de los altavoces cuando temblaron unas contra otras las campanillas de la puerta. Armando levantó la vista. Una mujer entrada en años, gorda y con escaso pelo rizado había entrado en la tienda. Cruzó mentalmente una apuesta consigo mismo: palmeras o, en todo caso, una napolitana para tomar, sin envolver.
- Buenos días. ¿Qué desea?
La mujer no dijo nada. Abrió su bolso y buscó dentro hasta que sacó un enorme monedero. Sacó dos billetes y los puso encima del mostrador de cristal.
- Tengo la sospecha de que mi padre dejó ayer a deber aquí unas pastas.
La sorpresa dejó helado a Armando. Desde la noche de ayer no había vuelto a pensar en el viejo senil de la tarde anterior. Y lo que menos podía esperar es que su hija se preocupase de pagar su deuda.
- Estuvo… estuvo un señor aquí, sí. Yo le atendí. Pero ya le dije que no se preocupara, que le invitaba.
- Insisto en que me las cobre.
Armando se fue a la caja a darle el cambio a la mujer. Y a rumiar la tenue luz de culpa que veía en su interior. Se arrepentía de haberle gritado a aquel hombre, de haberle hablado con brusquedad. El tipo imbécil del día anterior era, de repente, un viejo desorientado. Un dolor en su estómago le castigó.
- Oiga, señora… ‑balbució cuando le alcanzó las monedas‑. Si su padre le dijo, bueno, que yo le hablé un poco… no sé, un poco fuerte, yo es que…
- No se preocupe ‑contestó la mujer, con voz resignada‑. Soy yo quien le tengo que pedir perdón. No me di cuenta de lo que había hecho hasta que por la noche le encontré el paquete de pastas. Mi padre no lleva nunca dinero encima, así que le pregunté cómo las había conseguido.
- Bueno, yo se las regalé.
- Ni hablar. Está muy mayor, el pobre. Se le va la cabeza.
- Ya. Me hablaba cómo si me conociese.
- ¡No me diga! ‑la tristeza se instaló en los pómulos de la mujer‑. Es que ya no reconoce a veces, ¿sabe? Hay momentos en que se empeña en que yo soy su madre.
- Lo siento.
- Ya, gracias. Pero ése es mi problema, no el suyo. Entró aquí a comprar las pastas como pudo entrar en cualquier otro sitio. Pero vi en el envoltorio el nombre y la dirección de la pastelería y decidí venir a pagárselas.
- No tenía por qué hacerlo.
- Gracias, pero lo prefiero así. Espero que nos disculpe.
Armando sintió una corriente de ternura hacia aquella mujer. Iba vestida de luto, con ropas de nylon de tienda barata. Se repetía a sí mismo que no debería cobrarle.
- No tiene que pedirme perdón, mujer. Sólo espero que su padre esté bien.
La mujer se miró los zapatos y suspiró de nuevo. Tardó en acumular fuerzas para hablar otra vez.
- ¿Me haría usted un favor?
- Si está en mi mano…
- Déjeme una tarjeta de la pastelería.
Armando se la dio y ella sacó un bolígrafo del bolso y escribió rápidamente unas notas. Le entregó a Armando el pedazo de papel. Había escrito: «Clara María Lugones». Y dos teléfonos.
- El primer número es el de nuestra casa ‑informó la mujer, señalando con la punta del bolígrafo en la tarjeta‑. En el segundo me encuentra de siete a nueve. Son unas oficinas que están aquí al lado, limpio allí. Si mi padre volviese…
- Entiendo ‑interrumpió Armando‑. La llamaré si eso pasa.
- No lo ponga nervioso, por favor ‑la voz de la mujer había adquirido un tono de súplica‑. Si lo ve muy despistado, llámele Beto. Todo el mundo lo llama así. Quizá eso le centre un poco.
- No se preocupe. Y gracias por el dinero.
- Adiós, señor.
Poco tiempo después de haberse marchado la mujer, Armando cerró la pastelería para la hora de la comida. Resolvió no contar de momento su encuentro con la mujer. Tampoco recuperó su dinero de la caja registradora. Seguía teniendo mala conciencia y eso propulsó su silencio. Comió mirando la televisión, reposó unos minutos en el sofá y, después, a las cinco, se ofreció para bajar a la tienda. La tarde fue intensa, con bastantes clientes y mucho que hacer. No fue hasta las siete o siete y media cuando se encontró solo tras el mostrador y volvió repasar, una vez más, el discurso de Llamazares. En la página cuatro dio un respingo y sintió que la columna vertebral se le helaba en décimas de segundo.
El secretario general del PCE citaba entre los comunistas desaparecidos a Herminio Lugones, alias Beto.
A las ocho de la noche de aquel lunes, Armando Seisdedos cerró la pastelería familiar. Había atendido a unos pocos clientes de última hora y había releído seis veces más el discurso de Llamazares. Cerró la pastelería pero no apagó las luces. Siguió dentro porque quería utilizar el teléfono de la tienda, no el de casa. Llamó a un buen amigo de su padre, cuadro del Partido. No le costó disimular. Le hizo ver que estaba emocionado y agradecido por el acto del día siguiente. Le dijo que había leído el discurso del Secretario General y que quería saber quién le había dado las referencias históricas de su abuelo y de todos los demás héroes de la oposición interna. Su interlocutor le dio el nombre de un catedrático de la Complutense, también militante. Colgó sin más. Buscó en la guía el apellido de aquel hombre y encontró tres referencias. Las dos primeras no tenían nada que ver con el PCE y también les colgó de forma abrupta. En la tercera llamada, un hombre maduro cogió el teléfono, con voz cansada.
Armando pronunció su nombre y le preguntó si era el catedrático universitario. Su interlocutor lo reconoció con prevención.
- Soy Armando Seisdedos. El nieto de Cosme Seisdedos.
- Oh. Encantado de conocerte. He estudiado a tu abuelo, sí. De hecho, yo mismo…
- Sí, lo sé. Sé que es usted quien ha facilitado la información para el homenaje. Le estoy muy agradecido.
- No hay de qué, muchacho. Pero podías habérmelo dicho mañana mismo en persona. No entiendo por qué me llamas a estas horas.
- Perdone, señor. Le pido disculpas, pero necesito saber algo, y saberlo ahora.
El catedrático reflexionó en silencio. Armando pensó que en sus dudas pesaría finalmente el prestigio de su abuelo y no se equivocó.
- Todo esto es un poco extraño. Pero, en fin, tú dirás.
Armando tomó aire y trató de poner en orden sus ideas.
- ¿Qué sabe de Herminio Lugones?
- Nada, creo. ¿Quién es Herminio Lugones?
- ¡Cómo que no sabe nada! Herminio Lugones es Beto, es… el discurso del Secretario General también lo cita.
El catedrático no se tomó tiempo para contestar.
- ¡Ah! ¡Haber empezado por ahí! A menudo, sólo recuerdo los apodos. Bueno, Beto era uno más. Un militante del interior.
- Lo suponía. Y, ¿qué fue de él?
- Nadie lo sabe a ciencia cierta ‑explicó el catedrático‑. En su día se dijo que la policía lo localizó y detuvo. Pero jamás nadie coincidió con él en la cárcel y los archivos policiales, que se pudieron consultar después del 75, tampoco dicen nada. Se lo tragó la tierra. O se lo tragó el franquismo, quién sabe.
Armando sintió una punzada de decepción.
- ¿Desaparecido? Pero, ¿por qué?
- Ya le he dicho que nadie sabe qué pasó. Más difícil entonces sería saber por qué, chico. Alguna vez, cuando me veía con La Pasionaria, la he oído recordar a ese hombre como un auténtico militante dispuesto a todo. Quizá lo consideraron tan peligroso que en lugar de detenerlo lo mataron sin dejar rastro. No sería el primer caso. Pero, si puedo preguntar, ¿a qué viene este interés tan repentino?
- Bueno… ‑balbuceó Armando‑, todo forma parte de mi deseo por saber de mi abuelo. Oiga, dígame sólo una cosa más.
- Tú dirás.
- ¿Le dice algo un billete de veinticinco pesetas de la República cortado por la mitad?
El catedrático pensó largo rato.
- Nada. Nada en absoluto. ¿Debería tener un significado para mí?
- Sí, supongo. Algún tipo de señal o de mensaje.
- Podría ser ‑contestó el catedrático‑. Los correos hacían cosas así. La clave era comprar determinada cosa o, quizá, pagar de determinada forma. Era el único modo de…
Armando ya había colgado. Un frío le bajaba por los hombros. De repente recordaba y comprendía. Apagó apresuradamente la tienda y subió a su casa. Entró como una exhalación en el salón-comedor. Allí, la abuela Beatriz veía la televisión con mirada ausente.
Estaban solos. El padre de Armando seguía en la cama y su madre estaría haciendo la cena. Se sentó junto a su abuela, arrimando una silla.
- Abuela, el billete. El billete de veinticinco pesetas. Lo conservas, ¿verdad?
La anciana lo miró como si llevase años esperando esa pregunta. De un bolsillo de su bata sacó el pedazo de papel y lo observó de nuevo como la noche anterior, con una especie de miedo atávico.
- Es una señal, ¿verdad? Una señal entre comunistas clandestinos.
La mano de la vieja tembló más que de costumbre. En un instante, pareció renacer y con gestos inusitadamente lúcidos rompió el billete en varios pedazos.
- Haz caso de tu madre, Mando. Y no te montes historias en la cabeza.
- Puedes romperlo, abuela. Es más tuyo que de nadie. Pero dime la verdad. Es una señal, ¿verdad?
- ¿Una señal de qué? ‑protestó la anciana con aprensión‑ ¿De qué me estás hablando?
- Abuela, lo sé todo ‑contestó Armando, con suavidad‑. Me acabo de dar cuenta ahora mismo.
- ¿Darte cuenta? ¿De qué?
- De que yo dije ayer que aquel viejo me había comprado medio kilo de pastas. Pero tú sabías que todas eran de chocolate. Ésa era la otra señal, ¿verdad? Un tipo que compra medio kilo de pastas de chocolate con medio billete de veinticinco pesetas. Y tú sabes lo que significa.
La abuela Beatriz bajó la vista y comenzó a lagrimear. Movía los labios susurrando algo que Armando no podía oír.
- ¿Qué dices, abuela? Háblame, por favor. Cuéntamelo. Es una señal, ¿de qué?
- No quiero… ‑terminó por decir la abuela con voz audible‑ no quiero que te pase nada.
- Por Dios, abuela, ¿qué me va a pasar?
- Prométeme que no se lo dirás a nadie. Prométemelo.
- Vale, te lo prometo. No lo contaré. Pero dime qué significa esa señal. Necesito saberlo, abuela.
La vieja siguió llorando. Armando la dejó que se tranquilizase. Esperó pacientemente hasta que la abuela Beatriz recuperó un temblor habitual en su cuerpo y algo de compostura. Cuando así lo hizo, habló con voz ronca.
- Beto ha recibido la orden. La que estaba esperando. Ayer vino a comunicarlo a través del correo.
La vieja le miró con el pánico troquelado en las pupilas.
- Esta tarde. En el Paseo de Recoletos. Va a matar a Franco.
A las doce de la mañana del día siguiente, martes, la plaza de toros de Vista Alegre estaba llena a rebosar. Había allí grupos con pancartas y banderas rojas vociferando y cantando. El acto fue hermoso. Hablaron los dirigentes regionales, luego los líderes de Comisiones Obreras y, por fin, el Secretario General del PCE. Todos ellos utilizaron el mismo tono tenso, encendido y pleno de significado en sus intervenciones. En el escenario, tras los oradores, un gran panel blanco estaba lleno de fotografías. Decenas, centenares de imágenes de los héroes anónimos del comunismo que eran homenajeados en aquel acto. La multitud enardecida interrumpía a menudo las palabras de los líderes con aplausos y gritos.
Armando Seisdedos y su padre estaban en la primera fila de sillas, esperando su turno para mostrarse ante el público al final del acto. A pesar de la fiebre y del desastroso estado de sus pulmones, Cosme no se había querido perder el acto. Parecía que el homenaje se lo hiciesen a él. Estaba tieso en la silla, aguantándose las lágrimas, apretando los labios. Su mandíbula cuadrada soportaba toda la entereza que era capaz de disimular. Su hijo lo observaba con escepticismo y, al tiempo, con ternura. Pensó si lo mejor sería callarse como le había exigido su abuela e, incluso, lo hizo durante mucho tiempo; pero, lentamente, la convicción de que no era quién para decidir el nivel de estupidez de los demás, y menos de un padre, creció en él. Así que, durante el aburrido discurso de un dirigente menor, acercó su boca al oído de su padre, y le musitó:
- ¿Sabes dónde estuve anoche?
- No. No viniste a cenar, a tu madre no le sentó muy bien. Podrías habernos dado una explicación.
- Estaba en Recoletos, frente a la Biblioteca Nacional. Impedí el asesinato de Franco.
Cosme se separó de su hijo y lo miró como si le estuviesen naciendo serpientes en lugar de pelo.
- Mando, pero, ¿qué estupideces dices?
- La verdad, papá ‑contestó Armando, sobreponiéndose a los aplausos‑. Ayer por la tarde, Herminio Beto Lugones se apostó en el Paseo de Recoletos para matar a Franco de regreso del Palacio de Correos.
- ¿Cómo? ¿Franco? ¿Beto Lugones? Pero, ¿qué…?
- Beto Lugones, sí. Está ahí ‑Armando señaló a una foto del mural trasero del escenario, la séptima por la izquierda de la cuarta fila contando desde arriba. A cinco fotos de distancia estaba el abuelo Cosme‑. Lo creas o no, ese hombre, que todos dan por desaparecido, estaba ayer a las nueve de la noche en Recoletos esperando que pasara Franco.
Su padre se rascó la barbilla.
- Armando, ¿tú estás bien? ‑se le notaba que le costaba creer que estuviese diciendo lo que decía‑. Franco ha muerto, hijo. Hace veinticinco años. ¿De qué narices me estás hablando?
Armando tomó aire. Ahora ya no podía volver atrás y lo que estaba por venir le daba miedo.
- Te estoy hablando del viejo loco que entró en la tienda el domingo.
- ¿Aquél tipo? ¿Ese tío quería matar a Franco?
- Sí. El billete era una señal. Y el medio kilo de pastas también. Una operación muy sencilla. Cuando Beto me la contó ayer parecía imposible que fallara.
El público rugió de nuevo como respuesta a una alusión a la legalización de las drogas. Padre e hijo, sin embargo, estaban completamente solos en medio de aquel barullo.
- Un camarada del Partido ‑explicó Armando‑ se había infiltrado en los talleres de El Pardo. El Rolls cubierto, el regalo de Hitler, se estropeó aquel día de invierno de 1941. Una serie de coincidencias hábilmente urdidas provocarían que el general usase un coche descubierto. Y a Beto Lugones no le importaba morir, como a los anarquistas de principios de siglo. Lo creas o no, ayer llevaba dentro de la camisa cuatro granadas con munición de guerra. Supongo que ya has adivinado que, para él, estos últimos cincuenta y nueve años no han pasado.
- Joder, Mando. La hostia…
El orador se había arrancado con La Internacional y ahora la plaza entera coreaba la canción. Quizá Armando y su padre eran los únicos que no cantaban ni levantaban el puño. La gente todavía seguía cantando cuando el padre gritó.
- ¿Qué hiciste, Mando?
- ¡Qué iba a hacer, papá! Llamé a la hija del pobre hombre y ella llamó al hospital y a la policía. Lo entretuve hasta que llegaron. No hubo problemas, está más muerto que vivo. Y enfermo de Alzheimer. Creo que por eso no distingue el pasado del presente.
- ¿Crees? Coño, Mando, es evidente. Un tipo que pretende matar a Franco en el año 2000 no tiene muy claro el calendario.
- Ya. O no quiere tenerlo claro.
El himno había terminado. El público aplaudía a rabiar. Padre e hijo se miraban, una vez más, en silencio. Armando sabía que su padre sospechaba. Y sentía pena por él y por sí mismo.
- Papá… ‑dijo al fin, mientras el último orador, el Secretario General del PCE, subía a la tribuna‑, papá… el abuelo Cosme traicionó a Beto Lugones. Lo delató. Beto Lugones nunca llegó a Recoletos. Lo detuvieron antes. Antes incluso de que pudiese ir a la pastelería a comprar medio kilo de pastas de chocolate para señalar la inminencia del atentado.
Su padre no dijo nada. Armando no sabría decir siquiera si lo veía.
- Papá, el abuelo Cosme era un delator. Un confidente de la policía. Los fascistas sabían que era del PCE, sabían que era su correo, pero debieron pensar que era más útil mantenerlo así que detenerlo. O tal vez fue la otra condición que puso por delatar el atentado contra Franco. Por eso la abuela no quería que…
El nombre de Cosme Seisdedos resonó en los altavoces. El Secretario General les señaló con el dedo a ambos y el público los atronó con un aplauso cerrado. Vecinos del público los zarandearon exhibiendo emocionadas sonrisas. Ambos recibieron las felicitaciones como alucinados, sin vida, esperando que los dejaran en paz. Pronto el público se subió a otra ola oratoria de su dirigente y pareció olvidarlos. Sólo entonces el padre de Armando pareció despertar de un mal sueño.
- ¿Otra… otra condición? ¿Qué quieres decir con eso, Mando?
Armando trató de sonreír y pasó un brazo por detrás de los hombros de su padre. Allí, tan cerca, a pesar del griterío, podía susurrar.
- El abuelo se convirtió en confidente a cambio de la vida de Beto Lugones. Eran amigos, papá. Muy amigos. Beto se pasó años escribiéndole cartas al abuelo. Algunas las leí anoche. Y no son las cartas de un resentido, créeme, sino de alguien que echa de menos a su amigo, a su compañero, a su camarada.
- Pero tu abuelo fue… fue el que jodió a ese tipo ‑salmodió Cosme hijo, escuchándose.
- Espera, papá. Espera. Beto Lugones no fue encarcelado ni torturado ni asesinado. Esos cabrones se limitaron a internarlo en un siquiátrico. Estuvo allí muchos años. Cuando salió, en el sesenta y ocho, era ya viejo y estaba un poco sonado. Su hija lo cuidó. Hace un par de años la familia regresó a Madrid. Él ya estaba muy enfermo. Su ficha, sus datos, sus referencias, se perderían en cualquier caja fuerte. Los franquistas lo olvidaron y los comunistas nunca volvieron a saber de él. El único que recordaba era él. Y el domingo pasado decidió cumplir de una vez con su deber.
Padre e hijo se miraban derrotados. Sonó una voz en los altavoces que pronunciaba el nombre de Armando Seisdedos y la multitud aplaudió de nuevo. El nieto de Cosme Seisdedos se levantó para subir a la tribuna. Mientras subía las escaleras y una vez arriba, seguía mirando a su padre.
Armando recibió su carné del PCE con el número 345. Fue abrazado por todos los líderes y vitoreado como el símbolo de que la lucha continúa. Luego tomó el micrófono y, con voz entrecortada, pronunció un breve discurso en el que, en resumen, habló de la importancia del compromiso con las ideas propias pero, matizó, todo gran hombre debe siempre ser coherente con su condición humana, principio y fin de todas las cosas. Acto seguido, hizo un extraño, pero intenso, panegírico de la amistad.
De todos los discursos que se pronunciaron aquella mañana, el de Armando Seisdedos fue el que arrancó los aplausos más tibios. Los informativos del día, que encontraron sus palabras insulsas, torpes y vacías de contenido, ni siquiera lo citaron.
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