jueves, agosto 02, 2007

Intermezzo

Como muchas otras gentes, las que este blog escriben tienen sus momentos de asueto. Yo, la verdad, aún voy a permanecer al pie de mi cañón unos días, pero el hecho de que siga aún alejado de mi domicilio habitual (y de mi ordenador) aconsejan, en mi opinión, echar el cierre con algunos días de adelanto.

Así pues, durante el mes de agosto estaré por ahí y no creo que escriba (aunque todo puede ocurrir) hasta finales de agosto o principios de septiembre.

No obstante lo dicho, os voy a dejar con algo distinto y un poco más largo, por si queréis entretener las horas agosteñas. Se trata de un cuento que escribí ya hace algunos años y que, si tenéis la paciencia de leer, descubriréis que no está en modo alguno desconectado de las cosas que habitualmente se ventilan aquí.

En todo caso, que disfrutéis el verano, aquéllos que estais en verano; y para los lectores australes, que los hay, paciencia, que en unos mesecitos estaréis vosotros arriba, y nosotros debajo.

Un saludo a todos.




El billete

By JdJ


Armando se preguntaba con frecuencia cuánto tiempo hacía que la pastelería había dado la impresión de estar a la última moda. Las paredes estaban pintadas de un verde que había oscurecido con el tiempo y los muebles y vitrinas, sencillos y angulosos, eran en su sencillez propios de otros tiempos. A pesar de los constantes cuidados de su madre, el polvo se había concentrado en algunas esquinas y los vidrios se habían esmerilado un poco con el uso; las típicas señales de un local que necesita una reforma.

Era la primera hora tarde del domingo, el último momento antes de cerrar. Le había tocado estar de guardia. Habían pasado las horas en las que se vendía pan, después las de la venta de pasteles, pastas de té y golosinas, y ahora era tan sólo el tiempo de los rezagados. El tiempo en el que no solía entrar nadie. Eso frustraba a Armando aún más, porque aquel domingo no tenía que haberle tocado trabajar. Al día siguiente tenía un examen muy importante de histología y le hubiera gustado tener algo más de tiempo para repasar las lecciones más importantes. Sus padres le habían dicho días atrás que no se preocupase, que ellos se encargarían. Pero el invierno había cambiado los planes. Esa mañana, su padre se había despertado tosiendo cavernosamente y con décimas. Ahora estaba en el piso de arriba, sudando y durmiendo plácidamente. Y él no tuvo argumentos para resistirse cuando su madre le dijo que ella tenía que atender el obrador. De la abuela Beatriz poco se podía esperar ya. Así pues, la lenta y silenciosa tarde dominical caía como una manta pesada sobre el Madrid de los Austrias y Armando, aburrido, apenas tenía fuerzas y ganas para desear que diesen las cuatro y media y recordarse, con un amargo sentimiento de fracaso, la de veces que se había repetido que él no sería pastelero.

Tenía veintidós años y otras vocaciones. Es cierto que antes de quitarse los pantalones cortos ya sabía montar nata, mezclar los ingredientes de la crema pastelera e incluso hornear un hojaldre en el punto justo que necesitan unos buenos bolovanes. Pero también había empezado muy pronto a aburrirse de estar rodeado de azúcares, tipos de leche, almendras, huevos y demás; también había empezado a aburrirse sin remedio en las interminables horas que se pasan detrás de un mostrador, viendo a la gente pasar más allá del escaparate, esas horas que estragan cualquier voluntad y acaban impidiendo otro ejercicio que no sea la contemplación inane y el cronometraje meticuloso de la monotonía. Su padre era pastelero, como lo había sido el abuelo Cosme. Y su madre no había hecho sino ocupar su lugar en el negocio. Sin embargo, él había tenido vocación por la medicina desde muy pronto y no le gustaba cuestionarse si realmente era una vocación o, simplemente, la esclusa escogida para huir de esa aburrida celda de futuro.
Esa tarde de noviembre, fría y de luz equívoca, se repetía, una vez más, que todavía quedaba media hora y que no vendría nadie. Se metió en la pequeña trastienda y trasteó con un pequeño transistor, pero eso sólo le sirvió para darse cuenta, una vez más, de lo insulsos que encontraba los programas de radio un domingo por la tarde. Viajó de palabras huecas a música incomprensible hasta que apagó el aparato. Casi en el mismo momento en que lo hizo, la campanilla de la puerta de la entrada trastabilló con un canto estridente. En realidad, la llegada del cliente inesperado le sentó todavía peor que el aburrimiento anterior. Los tenderos se acostumbran antes a la soledad que a las sorpresas.

Cuando salió de la trastienda, se encontró esperando junto al mostrador a un hombre muy viejo. Enjuto, encorvado y de piel muy pálida, lo único que parecía seguir vivo en aquel anciano eran los ojos, hundidos en dos cuencas surcadas de arrugas como la arena después de una riada. Dos manos nervudas, salpicadas de venas verdes, reposaban sobre el cristal con un temblor tan perceptible como interminable. Armando suspiró. Sólo a estos tipos se les ocurre que una pastelería va a seguir abierta un domingo a las cuatro y diez, pensó.

- Buenas tardes. ¿Qué va a ser?

El viejo lo miraba sin decir nada, con el labio inferior colgando, como si llevase allí horas sin intención de estar en otra parte. Armando elevó la voz.

- ¿Puede decirme qué desea?

El viejo no parecía ser sordo. Todos los indicios eran de que era imbécil o estaba sonado. Armando había gritado bien fuerte; era imposible que a alguien tan sordo y con esa edad le permitiesen andar solo por la calle. Si seguía allí, tan quieto y con esa expresión bobalicona, era porque quería. O porque acababa de fallecer de una hemiplejía. O porque eso tenía que pasar en aquel domingo en que le habían jodido desde bien por la mañana. Le costó a Armando recuperar de su interior las claves de la amabilidad pero, finalmente, fue capaz de salir del mostrador y acercarse al hombre. Una vez allí, se colocó cerca de uno de los oídos e hizo bocina con las manos.

- ¡Vamos a cerrar, señor!

El viejo giró la cabeza sin poner en juego un solo músculo más de su rostro.

- No me grites, que no soy sordo.

«Ahora con coñas», pensó Armando. Era demasiado. Tenía que repasar la histología, cosa que le llevaría todo el resto de la tarde. Así que había perdido todo un día de fiesta sin haberse tomado siquiera una cerveza con los amigos, sin un paseo, sin una puñetera media hora de asueto. Y ahora el viejo aquél jodiendo con la sorna del jubilado sin otra cosa que hacer. Resolvió, pues, que lo echaría más o menos amablemente.

- Pues si no está sordo, ya me habrá oído. Estamos cerrados, abuelo. ¡Cerrados!

- Nunca cambiarás. Siempre tan cascarrabias.

Armando no prestó demasiada atención a esas palabras. Estaba demasiado nublado por la decisión que había tomado de sacar al anciano del local y cerrar la pastelería en ese mismo momento, de una vez. Tenía un mal día y aquel zombie había sido la guinda.

- Dígame ahora mismo lo que quiere, abuelo. Y márchese.

El viejo se rió sin dientes, como si fuese a vomitar en cada espasmo.

- ¿Ahora me llamas abuelo? ¿Desde cuándo me ha cambiado el apodo?

- ¿Apodo, qué apodo? ¿Me va decir de una vez lo que quiere?

- Ya sabes lo que quiero.

Armando respiró pesadamente. Varias veces. No empezaba a cansarse. Ya estaba cansado.

- Márchese ahora mismo. Mire, no quiero hacerle nada, así que…

- Estamos solos, ¿no? Pensé que no eran necesarias las… formalidades.

- ¿Formalidades? Deje de alucinar, abuelo. No me canse. Es la última vez que se lo pregunto: ¿Qué coño quiere?

El viejo bajó la vista y sus labios temblaron. Parecía un robot estropeado tratando de procesar una instrucción complicada. Armando lo tomó de un brazo pero el anciano, en su más que evidente debilidad, encontró algo para permanecer bien plantado donde estaba, sin dejarse arrastrar. Finalmente habló, en un susurro.

- Medio kilo de pastas de chocolate ‑dijo; y repitió lentamente, como explicando una lección complicada‑: Pastas. De chocolate. Medio kilo.

Miró a Armando y sus ojos suplicaban algo.

En pocos segundos, Armando estaba detrás del mostrador colocando en la cajita de medio kilo las pastas. Lo hacía nerviosamente, con gestos bruscos. Tuvo que desechar un par porque las apretó tanto al cogerlas que las rompió. No le importó. Tenía prisa por terminar. Pesó la caja, ajustó la ración a lo requerido, la envolvió, ató el cordel alrededor y se la entregó al viejo informándole del importe. El viejo tomó la caja como si contuviese lo último que iba a comer en su vida, con gestos lentos y emocionados. Cuando la tuvo en su poder, metió la mano derecha en el bolsillo de su gabán, sacó medio billete cortado por la mitad y lo puso encima del mostrador.

Era un billete antiguo que debió de ser marrón. Armando lo tomó entre sus dedos. Parecía a punto de desintegrarse. Levantó la vista hacia el anciano, más extrañado que airado.

- ¿Qué es esto? ¿Es todo lo que tiene?

El viejo no dijo nada. Armando se debatió entre la idea de abroncar al anciano y la de dejarlo marchar, sin más. Se acordó del examen de histología, del día perdido. Del cansancio y la soledad de la fría mañana en el fondo de aquel local deprimente.

- Bueno, vale. Para usted la perra gorda. Le regalo las puñeteras pastas. Pero márchese de una vez.

El viejo pareció entender. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta arrastrando los pies. Había dado dos breves pasos cuando se paró y se volvió. Su boca temblaba mucho más ahora y su expresión era la de un padre que contempla a su hijo gravemente enfermo.

- Adiós, amigo. Hasta siempre.

Armando lo observó marcharse, cargado de hombros. Dentro de su gabán oscuro parecía la caricatura de un hombre. Esperó a que saliese y traspasase el escaparate, calle arriba, para acercarse a la puerta, salir a la acera y bajar el telón de hierro. Desde el portal de al lado abrió con su llave la puerta que daba al local, lo cerró por dentro y apagó las luces. Cinco minutos más tarde estaba en su caliente dormitorio, repasando la histología.

No volvió a recordar al viejo loco hasta la noche, a la hora de la cena. Su madre lo llamó con insistencia varias veces antes de que saliese. No lo hizo hasta que no hubo terminado de repasar todas las lecciones que había decidido releer antes del examen. Fue su pequeña rebelión ante la imposición de aquel domingo estúpido. Cuando llegó a la mesa todo el mundo estaba cenando. Su madre había terminado de servir las verduras (también el plato de Armando, que lo esperaba humeando) y masticaba en silencio, dando la impresión de que no había nadie más que ella en la habitación. Su padre, pálido y con los ojos cargados, tragaba con dificultad. Y la abuela Beatriz, empequeñecida, casi calva y con esa expresión casi idiota que tenía en el rostro desde hace años, mareaba las viandas llevándoselas a la boca de cuando en cuando. Armando se disculpó tenuemente por su tardanza, pero a nadie pareció importarle. En la televisión resumían los goles de la jornada.

- ¿Cómo estás, papá? ‑preguntó por decir algo.

Su padre gruñó algo que lo mismo quería decir «mejor» que «muy fastidiado». Armando no tuvo ánimos de aclararlo.

- ¿Has terminado de estudiar? ‑preguntó su madre, sin levantar la vista del plato, después de muchos segundos de silencio.

- Sí, creo que sí.

- ¿Cuándo es el examen ese? ‑le preguntó su padre, con voz rota.

- Mañana. Mañana por la mañana.

- Entonces el martes estarás en el homenaje.

Lo había olvidado. El homenaje. Maldijo Armando aquel estúpido domingo, capaz de borrarle de la mente incluso las cosas que le importaban.

- Por supuesto. No me lo perdería por nada. Además, tengo que ir, ¿no?

Su padre asintió sin palabras. En verdad, Armando ni quería ni podía faltar. En el acto iba a dejar de ser militante de las Juventudes Comunistas para ingresar en el Partido Comunista. Y le iban a dar el carné con el número 345. El número del abuelo Cosme.

Como si estuviera adivinando sus pensamientos, la abuela Beatriz le miró y habló con esa voz suya, parkinsoniana, nacida en una garganta en galerna permanente.

- Ya puedes estar orgulloso, Mando…

- Lo estoy, abuela ‑contestó él que, en verdad, así se sentía‑. Pero lo importante es el homenaje al abuelo Cosme. Él es el protagonista.

La abuela Beatriz se emocionó. Lo hacía muy a menudo, incluso delante de una telenovela barata. Pero eso no restó significado a su cuello estragado, sus manos agitadas y la caída de su mirada aguanosa.

La que, sin embargo, parecía algo fastidiada era la madre.

- Bueno, ojalá que esto sirva para que Mando no tenga que exponerse el día de mañana como el abuelo Cosme.

- Esto no tiene nada que ver, mamá ‑protestó Armando‑. Los tiempos han cambiado y ahora la lucha es otra. Pero eso sólo aumenta el mérito de los que se la jugaron entonces.

- Tu madre ‑informó el padre, hablando despacio para no atraer la tos‑ es de los que opinan que lo mejor es olvidar.

La mujer dejó caer con leve estrépito sobre el plato de loza los cubiertos que estaba utilizando.

- Lo dices como si fuese un pecado mortal.

- No somos creyentes ‑contestó el padre, masticando indolentemente.

- Eso ya lo sé. Pero parecemos tener pecados como los curas. Por ejemplo, olvidar el pasado.

El padre de Armando volvió la vista hacia su mujer con una mezcla de extrañeza y el embrión de la ira.

- Los hombres que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.

La mujer rió amargamente.

- ¡Qué bonito! Las frasecitas de costumbre. ¡Por Dios! Estamos en el año 2000, Cosme. Si no dejas de mirar al pasado, nunca verás el futuro. Que yo sepa, ya no quedan patrullas de anarquistas en la esquina de aquí al lado fusilando a quien les da la gana.

- Pero quedan fascistas ‑interrumpió Armando‑. Muchos. Y hay que seguir luchando contra ellos.

- ¡Por Dios, Mando! ¡No digas imbecilidades!

Armando no quería discutir con su madre. Intercambió un parpadeo inteligente con su padre y ambos se callaron, no sin antes sonreírse levemente, de medio lado. Ambos se entendían bien, ambos comprendían. Incluso encontraban lógico que ella, que al fin y al cabo se había incorporado a la familia cuando se casó, no valorase lo suficiente que durante décadas aquella misma pastelería, casi con la misma pintura y los mismos muebles, fuese uno de los lugares de Madrid donde se intercambiaban correos los comunistas del interior con los del exterior. Éstos últimos entraban en España clandestinamente y se dirigían a la tienda para recoger sus sobres y dejar otros donde el abuelo Cosme leía la nueva contraseña que utilizaría el próximo visitante. Más de veinte años exponiendo la vida en aquella labor callada sin la cual, como rezaba la carta del mismísimo Julio Llamazares, Secretario General del PCE, que semanas atrás había recibido el padre de Armando, la oposición a la dictadura habría sido imposible. Tanto Armando como su padre sentían que todo lo que tenía la familia era eso: una pastelería venida a menos y el recuerdo de un héroe. Y la voluntad de repetir sus hazañas si era preciso. Ambos estaban convencidos de que un buen comunista no necesita nada más.

Puesto que se entendían entre ellos, la incomprensión de la madre era un dato casi irrelevante. Pero, en cualquier caso, Armando no quería discutir con ella. Siendo casi un adolescente había alfabetizado a algunos viejos militantes y allí había aprendido que algunos de ellos, aunque sólo fuesen unos niños durante la guerra, guardaban de ella un recuerdo que era una empinada cordillera de desgracias y privaciones. Y está la paz, además. La paz que para muchos significó huida y exilio y para todos los demás, la mayoría, silencio, mentira, hipocresía de supervivencia. No pocos de aquellos jubilados y jubiladas, al calor de su actual calefacción central y frente a televisores panorámicos a través de los cuales podían incluso comprar pequeños electrodomésticos casi mágicos, habían puesto un cortafuegos entre esto y aquello, dando por bien vividas ambas vidas pero sin dejar que unas se comunicasen con las otras. Ante ese tipo de gente, pensaba Armando, lo mejor es cambiar de conversación. Y eso trató de hacer. Y por ello, sólo por ese deseo de no beligerancia, fue por lo que se acordó del viejo loco.

- Esta tarde, en la tienda, a última hora, me ha pasado algo muy curioso.

Nadie le contestó. Las brumas del enfrentamiento anterior seguían ahí.

- A punto de cerrar entró un viejo senil. Quería medio kilo de pastas. Se las tuve que regalar.

Aquello sí que se ganó la atención de su madre y una disimulada mirada de reprobación de su padre. Él sabía que ocurriría, pero prefería discutir por eso.

- ¿Medio kilo? ¿Y se lo regalas?

- Deberías haberlo visto, mamá. El tipo estaba loco.

- Haberme llamado. Ya verías lo rápido que echo yo a los locos.

- Joder, mamá. Tampoco es eso.

- Si no es para tanto ‑terció su padre‑, pon tú en la caja lo que no pagó el viejo.

La base del estómago de Armando ardió. Aquella incomprensión se sumaba al domingo asqueroso que había tenido que pasar. No podía soportar percibir una injusticia de ese calibre.

- Las pondré, papá. No te preocupes. Mañana mismo, antes de irme a clase. Qué coño, ahora mismo bajo y pongo el dinero.

- Mando, no es eso…

- ¿Y qué es, mamá? Me paso todo el puñetero día detrás del mostrador cuando no me tocaba, pongo en peligro el examen de histología y luego… y luego aparece un tipo de cien años sordo y gilipollas que me empieza a llamar de tú y me dice que soy un cascarrabias y se queda allí, como un vegetal y luego me paga con medio billete caducado… ¿qué tenía que hacer, llamar a la policía por medio kilo de pastas?

Aunque no lo deseaba, no había podido evitar gritar. Trataba de no hacerlo, porque la abuela Beatriz era muy sensible a las broncas y enseguida empezaba a llorar como si fuese a haber asesinatos. Aquella vez no fue una excepción. Cuando Armando se fijó en ella, lo miraba con un pánico muy limpio, neto, en los ojos. Había soltado los cubiertos y, detenida en sus inacabables temblores nerviosos, no le apartaba la vista. Su boca se doblaba en un rictus de angustia.

- Mando, tu abuela…

- Vale, vale. Me callo. Pero es que no soporto que seáis tan histéricos con el dinero…

- ¡Déjalo, Armando! ‑su padre tosió después de elevar la voz‑. Déjalo estar ya, hombre. Un anciano grillado no tiene tanta importancia. Vale, y medio de pastas tampoco.

- Aquí tengo el billete ‑contestó Armando, más calmado, metiendo la mano en el bolsillo derecho del pantalón‑. Lo mismo vale algo.

Se lo tendió a su padre, que observó el papel sobado con curiosidad.

- Coño, sí que estaba mal el viejo ése. Esto es… espera, no se ve bien. Abuela, mire. Esto le traerá recuerdos.

El padre de Armando le alcanzó el medio billete a la abuela Beatriz. Ella lo cogió y lo observó como si fuese un cadáver inesperado. Respiró pesadamente.

- Son veinticinco pesetas ‑informó su padre‑. Dinero de la República.

- ¿De la República? ‑contestó Armando‑. Nunca había visto uno.

- Pues tu abuela sí. ¿A que sí, mamá?

La anciana no hablaba. Miraba y remiraba el billete y enarcaba las cejas como si se estuviese reencontrando con un viejo amigo. Tardó muchos segundos en hablar mientras los otros tres comensales la observaban sin saber qué decir.

- Veinticinco pesetas… ‑terminó por mascullar‑. Medio kilo de pastas de chocolate no valía tanto.

La madre de Armando se levantó con cierto estrépito y comenzó a recoger los platos.

- Pues ahora valen más. Mucho más.

Armando se alzó de hombros. Estaba visto que aquella noche cualquier cosa que se dijese acabaría en discusión. En la televisión, Roberto Carlos trataba inútilmente de justificar una derrota. Se concentró en la pantalla, decidiendo que era lo mejor que podía hacer.

El examen de histología no fue mal. Tampoco demasiado bien, pero sí lo suficiente como para que Armando estuviese satisfecho. Pero terminó agotado, a eso de las doce y media. Como todavía estaba fastidiado por haber perdido todo el domingo entre la pastelería y el examen, decidió fumarse las clases de ese día y marcharse a casa. A mediodía entró en la pastelería y encontró a su madre sola y con cara de pocos amigos.

Le tendió un par de billetes verdes.

- Toma. Las pastas. Pero que no se te olvide el cambio.

Su madre, por toda respuesta, sacó unas monedas de la caja registradora y se las dio, después de haber guardado los billetes en uno de los cajetines. Sólo después dijo con voz neutra.

- ¿Qué tal el examen?

- Bien, creo.

- ¿Bien, o bien creo?

- Bien, creo.

- Menos da una piedra ‑contestó su madre, torciendo la boca.

- ¿Todavía estás de mala leche?

Su madre suspiró.

- Tu padre está peor. Tiene un pito en el pecho. El médico ha dicho que la cosa va a ser larga.

Armando comprendió. Aquella matrona, acostumbrada a cargar sobre sus espaldas toda su casa y la mitad de un negocio, también tenía derecho a la debilidad. Entró en el mostrador y la besó.

- Sube, anda. Yo me quedo.

- ¿Tú? ¿Pero no decías ayer que…?

- Mamá, por favor. Vete. Olvídate de lo que decía ayer. Sube, anda.

Consiguió arrancarle una sonrisa y algo que pareció una caricia. Se marchó sin una palabra más.

Julio Llamazares, secretario general del Partido Comunista de España, le había hecho llegar un par de días antes al padre de Armando el borrador del discurso que leería al día siguiente en el acto de homenaje a los héroes de la oposición interna. Armando lo tenía consigo y entretuvo la soledad de la tienda releyéndolo. Citaba a Cosme Seisdedos tres veces, lo cual hacía parecer que su abuelo era el más destacado de los homenajeados. En realidad, eso era, pensaba Armando, porque ninguno de los otros había dejado un nieto que quisiese ingresar en el Partido. Pero, aún así, se regodeó con esas tres citas, hechas con el lenguaje preciso y cargado de sentimientos de las arengas. Estaba imaginando la voz del líder pronunciando ese nombre a través de los altavoces cuando temblaron unas contra otras las campanillas de la puerta. Armando levantó la vista. Una mujer entrada en años, gorda y con escaso pelo rizado había entrado en la tienda. Cruzó mentalmente una apuesta consigo mismo: palmeras o, en todo caso, una napolitana para tomar, sin envolver.

- Buenos días. ¿Qué desea?

La mujer no dijo nada. Abrió su bolso y buscó dentro hasta que sacó un enorme monedero. Sacó dos billetes y los puso encima del mostrador de cristal.

- Tengo la sospecha de que mi padre dejó ayer a deber aquí unas pastas.

La sorpresa dejó helado a Armando. Desde la noche de ayer no había vuelto a pensar en el viejo senil de la tarde anterior. Y lo que menos podía esperar es que su hija se preocupase de pagar su deuda.

- Estuvo… estuvo un señor aquí, sí. Yo le atendí. Pero ya le dije que no se preocupara, que le invitaba.

- Insisto en que me las cobre.

Armando se fue a la caja a darle el cambio a la mujer. Y a rumiar la tenue luz de culpa que veía en su interior. Se arrepentía de haberle gritado a aquel hombre, de haberle hablado con brusquedad. El tipo imbécil del día anterior era, de repente, un viejo desorientado. Un dolor en su estómago le castigó.

- Oiga, señora… ‑balbució cuando le alcanzó las monedas‑. Si su padre le dijo, bueno, que yo le hablé un poco… no sé, un poco fuerte, yo es que…

- No se preocupe ‑contestó la mujer, con voz resignada‑. Soy yo quien le tengo que pedir perdón. No me di cuenta de lo que había hecho hasta que por la noche le encontré el paquete de pastas. Mi padre no lleva nunca dinero encima, así que le pregunté cómo las había conseguido.

- Bueno, yo se las regalé.

- Ni hablar. Está muy mayor, el pobre. Se le va la cabeza.

- Ya. Me hablaba cómo si me conociese.

- ¡No me diga! ‑la tristeza se instaló en los pómulos de la mujer‑. Es que ya no reconoce a veces, ¿sabe? Hay momentos en que se empeña en que yo soy su madre.

- Lo siento.

- Ya, gracias. Pero ése es mi problema, no el suyo. Entró aquí a comprar las pastas como pudo entrar en cualquier otro sitio. Pero vi en el envoltorio el nombre y la dirección de la pastelería y decidí venir a pagárselas.

- No tenía por qué hacerlo.

- Gracias, pero lo prefiero así. Espero que nos disculpe.

Armando sintió una corriente de ternura hacia aquella mujer. Iba vestida de luto, con ropas de nylon de tienda barata. Se repetía a sí mismo que no debería cobrarle.

- No tiene que pedirme perdón, mujer. Sólo espero que su padre esté bien.

La mujer se miró los zapatos y suspiró de nuevo. Tardó en acumular fuerzas para hablar otra vez.

- ¿Me haría usted un favor?

- Si está en mi mano…

- Déjeme una tarjeta de la pastelería.

Armando se la dio y ella sacó un bolígrafo del bolso y escribió rápidamente unas notas. Le entregó a Armando el pedazo de papel. Había escrito: «Clara María Lugones». Y dos teléfonos.

- El primer número es el de nuestra casa ‑informó la mujer, señalando con la punta del bolígrafo en la tarjeta‑. En el segundo me encuentra de siete a nueve. Son unas oficinas que están aquí al lado, limpio allí. Si mi padre volviese…

- Entiendo ‑interrumpió Armando‑. La llamaré si eso pasa.

- No lo ponga nervioso, por favor ‑la voz de la mujer había adquirido un tono de súplica‑. Si lo ve muy despistado, llámele Beto. Todo el mundo lo llama así. Quizá eso le centre un poco.

- No se preocupe. Y gracias por el dinero.

- Adiós, señor.

Poco tiempo después de haberse marchado la mujer, Armando cerró la pastelería para la hora de la comida. Resolvió no contar de momento su encuentro con la mujer. Tampoco recuperó su dinero de la caja registradora. Seguía teniendo mala conciencia y eso propulsó su silencio. Comió mirando la televisión, reposó unos minutos en el sofá y, después, a las cinco, se ofreció para bajar a la tienda. La tarde fue intensa, con bastantes clientes y mucho que hacer. No fue hasta las siete o siete y media cuando se encontró solo tras el mostrador y volvió repasar, una vez más, el discurso de Llamazares. En la página cuatro dio un respingo y sintió que la columna vertebral se le helaba en décimas de segundo.

El secretario general del PCE citaba entre los comunistas desaparecidos a Herminio Lugones, alias Beto.




A las ocho de la noche de aquel lunes, Armando Seisdedos cerró la pastelería familiar. Había atendido a unos pocos clientes de última hora y había releído seis veces más el discurso de Llamazares. Cerró la pastelería pero no apagó las luces. Siguió dentro porque quería utilizar el teléfono de la tienda, no el de casa. Llamó a un buen amigo de su padre, cuadro del Partido. No le costó disimular. Le hizo ver que estaba emocionado y agradecido por el acto del día siguiente. Le dijo que había leído el discurso del Secretario General y que quería saber quién le había dado las referencias históricas de su abuelo y de todos los demás héroes de la oposición interna. Su interlocutor le dio el nombre de un catedrático de la Complutense, también militante. Colgó sin más. Buscó en la guía el apellido de aquel hombre y encontró tres referencias. Las dos primeras no tenían nada que ver con el PCE y también les colgó de forma abrupta. En la tercera llamada, un hombre maduro cogió el teléfono, con voz cansada.

Armando pronunció su nombre y le preguntó si era el catedrático universitario. Su interlocutor lo reconoció con prevención.

- Soy Armando Seisdedos. El nieto de Cosme Seisdedos.

- Oh. Encantado de conocerte. He estudiado a tu abuelo, sí. De hecho, yo mismo…

- Sí, lo sé. Sé que es usted quien ha facilitado la información para el homenaje. Le estoy muy agradecido.

- No hay de qué, muchacho. Pero podías habérmelo dicho mañana mismo en persona. No entiendo por qué me llamas a estas horas.

- Perdone, señor. Le pido disculpas, pero necesito saber algo, y saberlo ahora.

El catedrático reflexionó en silencio. Armando pensó que en sus dudas pesaría finalmente el prestigio de su abuelo y no se equivocó.

- Todo esto es un poco extraño. Pero, en fin, tú dirás.

Armando tomó aire y trató de poner en orden sus ideas.

- ¿Qué sabe de Herminio Lugones?

- Nada, creo. ¿Quién es Herminio Lugones?

- ¡Cómo que no sabe nada! Herminio Lugones es Beto, es… el discurso del Secretario General también lo cita.

El catedrático no se tomó tiempo para contestar.

- ¡Ah! ¡Haber empezado por ahí! A menudo, sólo recuerdo los apodos. Bueno, Beto era uno más. Un militante del interior.

- Lo suponía. Y, ¿qué fue de él?

- Nadie lo sabe a ciencia cierta ‑explicó el catedrático‑. En su día se dijo que la policía lo localizó y detuvo. Pero jamás nadie coincidió con él en la cárcel y los archivos policiales, que se pudieron consultar después del 75, tampoco dicen nada. Se lo tragó la tierra. O se lo tragó el franquismo, quién sabe.

Armando sintió una punzada de decepción.

- ¿Desaparecido? Pero, ¿por qué?

- Ya le he dicho que nadie sabe qué pasó. Más difícil entonces sería saber por qué, chico. Alguna vez, cuando me veía con La Pasionaria, la he oído recordar a ese hombre como un auténtico militante dispuesto a todo. Quizá lo consideraron tan peligroso que en lugar de detenerlo lo mataron sin dejar rastro. No sería el primer caso. Pero, si puedo preguntar, ¿a qué viene este interés tan repentino?

- Bueno… ‑balbuceó Armando‑, todo forma parte de mi deseo por saber de mi abuelo. Oiga, dígame sólo una cosa más.

- Tú dirás.

- ¿Le dice algo un billete de veinticinco pesetas de la República cortado por la mitad?

El catedrático pensó largo rato.

- Nada. Nada en absoluto. ¿Debería tener un significado para mí?

- Sí, supongo. Algún tipo de señal o de mensaje.

- Podría ser ‑contestó el catedrático‑. Los correos hacían cosas así. La clave era comprar determinada cosa o, quizá, pagar de determinada forma. Era el único modo de…

Armando ya había colgado. Un frío le bajaba por los hombros. De repente recordaba y comprendía. Apagó apresuradamente la tienda y subió a su casa. Entró como una exhalación en el salón-comedor. Allí, la abuela Beatriz veía la televisión con mirada ausente.

Estaban solos. El padre de Armando seguía en la cama y su madre estaría haciendo la cena. Se sentó junto a su abuela, arrimando una silla.

- Abuela, el billete. El billete de veinticinco pesetas. Lo conservas, ¿verdad?

La anciana lo miró como si llevase años esperando esa pregunta. De un bolsillo de su bata sacó el pedazo de papel y lo observó de nuevo como la noche anterior, con una especie de miedo atávico.

- Es una señal, ¿verdad? Una señal entre comunistas clandestinos.

La mano de la vieja tembló más que de costumbre. En un instante, pareció renacer y con gestos inusitadamente lúcidos rompió el billete en varios pedazos.

- Haz caso de tu madre, Mando. Y no te montes historias en la cabeza.

- Puedes romperlo, abuela. Es más tuyo que de nadie. Pero dime la verdad. Es una señal, ¿verdad?

- ¿Una señal de qué? ‑protestó la anciana con aprensión‑ ¿De qué me estás hablando?

- Abuela, lo sé todo ‑contestó Armando, con suavidad‑. Me acabo de dar cuenta ahora mismo.

- ¿Darte cuenta? ¿De qué?

- De que yo dije ayer que aquel viejo me había comprado medio kilo de pastas. Pero tú sabías que todas eran de chocolate. Ésa era la otra señal, ¿verdad? Un tipo que compra medio kilo de pastas de chocolate con medio billete de veinticinco pesetas. Y tú sabes lo que significa.

La abuela Beatriz bajó la vista y comenzó a lagrimear. Movía los labios susurrando algo que Armando no podía oír.

- ¿Qué dices, abuela? Háblame, por favor. Cuéntamelo. Es una señal, ¿de qué?

- No quiero… ‑terminó por decir la abuela con voz audible‑ no quiero que te pase nada.

- Por Dios, abuela, ¿qué me va a pasar?

- Prométeme que no se lo dirás a nadie. Prométemelo.

- Vale, te lo prometo. No lo contaré. Pero dime qué significa esa señal. Necesito saberlo, abuela.

La vieja siguió llorando. Armando la dejó que se tranquilizase. Esperó pacientemente hasta que la abuela Beatriz recuperó un temblor habitual en su cuerpo y algo de compostura. Cuando así lo hizo, habló con voz ronca.

- Beto ha recibido la orden. La que estaba esperando. Ayer vino a comunicarlo a través del correo.

La vieja le miró con el pánico troquelado en las pupilas.

- Esta tarde. En el Paseo de Recoletos. Va a matar a Franco.





A las doce de la mañana del día siguiente, martes, la plaza de toros de Vista Alegre estaba llena a rebosar. Había allí grupos con pancartas y banderas rojas vociferando y cantando. El acto fue hermoso. Hablaron los dirigentes regionales, luego los líderes de Comisiones Obreras y, por fin, el Secretario General del PCE. Todos ellos utilizaron el mismo tono tenso, encendido y pleno de significado en sus intervenciones. En el escenario, tras los oradores, un gran panel blanco estaba lleno de fotografías. Decenas, centenares de imágenes de los héroes anónimos del comunismo que eran homenajeados en aquel acto. La multitud enardecida interrumpía a menudo las palabras de los líderes con aplausos y gritos.

Armando Seisdedos y su padre estaban en la primera fila de sillas, esperando su turno para mostrarse ante el público al final del acto. A pesar de la fiebre y del desastroso estado de sus pulmones, Cosme no se había querido perder el acto. Parecía que el homenaje se lo hiciesen a él. Estaba tieso en la silla, aguantándose las lágrimas, apretando los labios. Su mandíbula cuadrada soportaba toda la entereza que era capaz de disimular. Su hijo lo observaba con escepticismo y, al tiempo, con ternura. Pensó si lo mejor sería callarse como le había exigido su abuela e, incluso, lo hizo durante mucho tiempo; pero, lentamente, la convicción de que no era quién para decidir el nivel de estupidez de los demás, y menos de un padre, creció en él. Así que, durante el aburrido discurso de un dirigente menor, acercó su boca al oído de su padre, y le musitó:

- ¿Sabes dónde estuve anoche?

- No. No viniste a cenar, a tu madre no le sentó muy bien. Podrías habernos dado una explicación.

- Estaba en Recoletos, frente a la Biblioteca Nacional. Impedí el asesinato de Franco.

Cosme se separó de su hijo y lo miró como si le estuviesen naciendo serpientes en lugar de pelo.

- Mando, pero, ¿qué estupideces dices?

- La verdad, papá ‑contestó Armando, sobreponiéndose a los aplausos‑. Ayer por la tarde, Herminio Beto Lugones se apostó en el Paseo de Recoletos para matar a Franco de regreso del Palacio de Correos.

- ¿Cómo? ¿Franco? ¿Beto Lugones? Pero, ¿qué…?

- Beto Lugones, sí. Está ahí ‑Armando señaló a una foto del mural trasero del escenario, la séptima por la izquierda de la cuarta fila contando desde arriba. A cinco fotos de distancia estaba el abuelo Cosme‑. Lo creas o no, ese hombre, que todos dan por desaparecido, estaba ayer a las nueve de la noche en Recoletos esperando que pasara Franco.

Su padre se rascó la barbilla.

- Armando, ¿tú estás bien? ‑se le notaba que le costaba creer que estuviese diciendo lo que decía‑. Franco ha muerto, hijo. Hace veinticinco años. ¿De qué narices me estás hablando?

Armando tomó aire. Ahora ya no podía volver atrás y lo que estaba por venir le daba miedo.

- Te estoy hablando del viejo loco que entró en la tienda el domingo.

- ¿Aquél tipo? ¿Ese tío quería matar a Franco?

- Sí. El billete era una señal. Y el medio kilo de pastas también. Una operación muy sencilla. Cuando Beto me la contó ayer parecía imposible que fallara.

El público rugió de nuevo como respuesta a una alusión a la legalización de las drogas. Padre e hijo, sin embargo, estaban completamente solos en medio de aquel barullo.

- Un camarada del Partido ‑explicó Armando‑ se había infiltrado en los talleres de El Pardo. El Rolls cubierto, el regalo de Hitler, se estropeó aquel día de invierno de 1941. Una serie de coincidencias hábilmente urdidas provocarían que el general usase un coche descubierto. Y a Beto Lugones no le importaba morir, como a los anarquistas de principios de siglo. Lo creas o no, ayer llevaba dentro de la camisa cuatro granadas con munición de guerra. Supongo que ya has adivinado que, para él, estos últimos cincuenta y nueve años no han pasado.

- Joder, Mando. La hostia…

El orador se había arrancado con La Internacional y ahora la plaza entera coreaba la canción. Quizá Armando y su padre eran los únicos que no cantaban ni levantaban el puño. La gente todavía seguía cantando cuando el padre gritó.

- ¿Qué hiciste, Mando?

- ¡Qué iba a hacer, papá! Llamé a la hija del pobre hombre y ella llamó al hospital y a la policía. Lo entretuve hasta que llegaron. No hubo problemas, está más muerto que vivo. Y enfermo de Alzheimer. Creo que por eso no distingue el pasado del presente.

- ¿Crees? Coño, Mando, es evidente. Un tipo que pretende matar a Franco en el año 2000 no tiene muy claro el calendario.

- Ya. O no quiere tenerlo claro.

El himno había terminado. El público aplaudía a rabiar. Padre e hijo se miraban, una vez más, en silencio. Armando sabía que su padre sospechaba. Y sentía pena por él y por sí mismo.

- Papá… ‑dijo al fin, mientras el último orador, el Secretario General del PCE, subía a la tribuna‑, papá… el abuelo Cosme traicionó a Beto Lugones. Lo delató. Beto Lugones nunca llegó a Recoletos. Lo detuvieron antes. Antes incluso de que pudiese ir a la pastelería a comprar medio kilo de pastas de chocolate para señalar la inminencia del atentado.

Su padre no dijo nada. Armando no sabría decir siquiera si lo veía.

- Papá, el abuelo Cosme era un delator. Un confidente de la policía. Los fascistas sabían que era del PCE, sabían que era su correo, pero debieron pensar que era más útil mantenerlo así que detenerlo. O tal vez fue la otra condición que puso por delatar el atentado contra Franco. Por eso la abuela no quería que…

El nombre de Cosme Seisdedos resonó en los altavoces. El Secretario General les señaló con el dedo a ambos y el público los atronó con un aplauso cerrado. Vecinos del público los zarandearon exhibiendo emocionadas sonrisas. Ambos recibieron las felicitaciones como alucinados, sin vida, esperando que los dejaran en paz. Pronto el público se subió a otra ola oratoria de su dirigente y pareció olvidarlos. Sólo entonces el padre de Armando pareció despertar de un mal sueño.

- ¿Otra… otra condición? ¿Qué quieres decir con eso, Mando?

Armando trató de sonreír y pasó un brazo por detrás de los hombros de su padre. Allí, tan cerca, a pesar del griterío, podía susurrar.

- El abuelo se convirtió en confidente a cambio de la vida de Beto Lugones. Eran amigos, papá. Muy amigos. Beto se pasó años escribiéndole cartas al abuelo. Algunas las leí anoche. Y no son las cartas de un resentido, créeme, sino de alguien que echa de menos a su amigo, a su compañero, a su camarada.

- Pero tu abuelo fue… fue el que jodió a ese tipo ‑salmodió Cosme hijo, escuchándose.

- Espera, papá. Espera. Beto Lugones no fue encarcelado ni torturado ni asesinado. Esos cabrones se limitaron a internarlo en un siquiátrico. Estuvo allí muchos años. Cuando salió, en el sesenta y ocho, era ya viejo y estaba un poco sonado. Su hija lo cuidó. Hace un par de años la familia regresó a Madrid. Él ya estaba muy enfermo. Su ficha, sus datos, sus referencias, se perderían en cualquier caja fuerte. Los franquistas lo olvidaron y los comunistas nunca volvieron a saber de él. El único que recordaba era él. Y el domingo pasado decidió cumplir de una vez con su deber.

Padre e hijo se miraban derrotados. Sonó una voz en los altavoces que pronunciaba el nombre de Armando Seisdedos y la multitud aplaudió de nuevo. El nieto de Cosme Seisdedos se levantó para subir a la tribuna. Mientras subía las escaleras y una vez arriba, seguía mirando a su padre.



Armando recibió su carné del PCE con el número 345. Fue abrazado por todos los líderes y vitoreado como el símbolo de que la lucha continúa. Luego tomó el micrófono y, con voz entrecortada, pronunció un breve discurso en el que, en resumen, habló de la importancia del compromiso con las ideas propias pero, matizó, todo gran hombre debe siempre ser coherente con su condición humana, principio y fin de todas las cosas. Acto seguido, hizo un extraño, pero intenso, panegírico de la amistad.

De todos los discursos que se pronunciaron aquella mañana, el de Armando Seisdedos fue el que arrancó los aplausos más tibios. Los informativos del día, que encontraron sus palabras insulsas, torpes y vacías de contenido, ni siquiera lo citaron.

viernes, julio 27, 2007

History Quiz #1

Ayer por la noche, mientras miraba distraídamente el concurso ¿Eres más listo que un niño de primaria?, se me ocurrió que una manera entretenida de contar algún pequeño detallito histórico, de vez en cuando, es hacerlo en forma de quiz o de pequeño cuestionario. Así que me puse a rebuscar en mis lecturas recientes y en cosas que tenía apuntadas de otras no tan recientes, pequeños detalles que me habían llamado la atención de alguna manera, y construí un test de diez preguntas.

Así pues, esto es algo así como el concurso ¿Sabes más que un imbécil cuyo hobby es leer libros de Historia? Un pequeño divertimento en el que se ofrecen algunas alternativas de respuesta. No hay ningún objetivo concreto, ni pretendo con ello demostrar nada. Tan sólo entretener un breve paso en un momento de asueto más o menos planificado, que supongo que es la situación en la que estamos todos cuando caemos en la página de un blog que visitamos a menudo o por primera vez.

Espero que te entretengas comprobando lo que sabes, y lo que no sabes. Las respuestas están al final del texto, con alguna pequeña explicación.

1) ¿Cómo se llamaba el perro doméstico de Pablo Iglesias, fundador del PSOE?

a. Marx
b. Engels
c. Borbón
d. Maura

2) ¿Qué es, o era, un «cimbrio»?

a. Se denominó cimbrios a una tendencia de los demócratas impulsores de La Gloriosa de 1868 que aceptaron la solución monárquica propuesta por Prim.
b. Se denominó cimbrios a los partidarios del marqués de Floridablanca.
c. Se denominó cimbrios a los miembros de las brigadas internacionales procedentes de la comarca italiana de Cimbria
d. Se denominó cimbrios a los terroristas anarquistas italianos que pulularon por España en el siglo XIX. Cimbrio era, por ejemplo, Angiolillo, el asesino de Cánovas.

3) En las últimas semanas de la guerra civil un coronel republicano, Segismundo Casado, dio un golpe de Estado con el objetivo de acabar con la guerra y rendir a la República ante Franco. Esta decisión fue anunciada en una alocución radiada en la que el militar fue precedido por dos dirigentes de la República. ¿Sabrías decir cuales?

a. Juan Simeón Vidarte (PSOE) y Santiago Carrillo (PCE).
b. Julián Besteiro (PSOE) y Cipriano Mera (CNT).
c. Diego Abad de Santillán (CNT) e Indalecio Prieto (PSOE).
d. Mariano Ansó (Izquierda Republicana) y Lluis Companys (Esquerra Republicana de Cataluña).

4) ¿Quién fue acusado por la oposición clandestina, en tiempos del franquismo, de haber dicho «todos los catalanes son una mierda»?

a. El almirante Luis Carrero Blanco, en aquel momento Ministro secretario de la Presidencia.
b. Francisco Franco, durante su primera entrevista con el presidente estadounidense Dwight Eisenhower
c. Luis Galinsoga, director del periódico La Vanguardia.
d. Curro Romero, tras un escándalo en la plaza monumental de Barcelona.

5) ¿Contra quién ha librado (de momento) su última guerra Granada?

a. Contra Jaén
b. Contra Castilla y Aragón (o sea, contra los Reyes Católicos).
c. Contra Francia (guerra de la Independencia).
d. Contra el Magreb

6) En los años del franquismo y la oposición, ¿qué significaba «Felipe»?

a. Era la referencia por la que se conocía a Felipe González Márquez, militante del PSOE que fue nombrado secretario general en el congreso de Suresnes.
b. Los «felipes» eran el nombre que recibían las furgonetas en las que se transportaban los policías antidisturbios, más conocidos como «grises».
c. Se trataba de una consigna clandestina usada por las Comisiones Obreras para dar la orden de huelga. Felipe significa FLP: Fuerza Libre Proletaria. Así, los dirigentes clandestinos sólo tenían que decir cosas como «mañana viene Felipe» para señalar que al día siguiente comenzaba la huelga.
d. Por esas siglas se conocía el FLP, Frente de Liberación Popular, movimiento antifranquista de interior.

7) Jordi Pujol, que llegaría a ser presidente de la Generalitat de Cataluña, fue detenido y torturado por el franquismo en 1960 tras un agrio suceso en un concierto del Orfeón Catalán. Contra las instrucciones dadas por la autoridad, el público de la representación artística, Pujol incluido, se obstinó en cantar una canción. ¿Qué canción?

a. El cant de la senyera
b. Els segadors
c. El himno del Barça
d. El himno carlista Por Dios, por la Patria y el Rey

8) Llegada la democracia y la transición política, ¿cuál fue la principal razón de que Galicia fuera considerada comunidad histórica junto a Cataluña y el País Vasco?

a. Por el peso histórico de la revuelta de los irmandiños.
b. Porque los autonomistas gallegos lograron el apoyo de la Comunidad Europea.
c. Porque así lo dictaminó la Real Academia de Historia.
d. Por haber tenido un estatuto de autonomía en vigor, ya durante la guerra civil

9) ¿Por dónde salió Alfonso XIII de España?

a. Por Cartagena
b. Por Badajoz
c. Por Irún
d. Por Barajas, en avión.

10) Entre los antifranquistas de los años cincuenta y sesenta, fue extraordinariamente famoso el apellido Eymar. ¿Sabrías decir por qué?

a. Era el apellido del funcionario francés que durante veinte años se ocupó de las peticiones de asilo político, de las que muchos huidos se beneficiaron.
b. Era el apellido del comisario jefe de la brigada político-social
c. Era el apellido del coronel que presidía el Juzgado Especial Militar para la represión de la masonería y el comunismo.
d. Era el alias clandestino de Santiago Carrillo.



RESPUESTAS

Pregunta 1: D.
Miguel Maura, hijo del político Antonio Maura que en la República ocupó la cartera de Gobernación (hoy Interior) cuenta en sus memorias que cierto verano lo pasó en San Rafael junto a una casa donde veraneaba Pablo Iglesias. Una mañana, escuchó a una mujer llamar: «¡Maura, Maura!» Creyendo que le llamaban, salió de la casa, pero sólo para comprobar que la mujer que gritaba era alguien de la casa de Iglesias, y que el Maura al que llamaba no era él, sino el perro.

Pregunta 2: A.
Los cimbrios, en efecto, eran diputados de perfil revolucionario que, sin embargo, se mostraban acordes con la normalización monárquica de Prim. Lo que no está muy claro es de dónde venía la palabrita.

Pregunta 3: B.
En aquella alocución habló primero Besteiro por expreso deseo de Casado, para darle prestigio al movimiento. Por lo que se refiere a Mera, su intervención estuvo motivada en demostrarle a los comunistas que el golpe de Estado contaba con una milicia a su favor, la formada por los anarquistas.

Pregunta 4: C.
Fue Luis Galinsoga, director administrativamente impuesto de La Vanguardia.

Pregunta 5: A.
La provincia o cantón de Granada se proclamó, como tantos otros territorios, independiente al final de la I República, y llegó a declararle la guerra a la provincia de Jaén. Que yo sepa, es la última vez que Granada, como tal territorio, ha estado en guerra.

Pregunta 6: D.
El Felipe o Frente de Liberación Popular era una formación de gran importancia en la oposición antifranquista a principios de los años sesenta. De hecho el franquismo persiguió con saña a su principal dirigente, el diplomático Julio Cerón.

Pregunta 7: A.
El cant de la senyera es un poema de Joan Maragall y aquel concierto se concibió como un homenaje al poeta. A última hora, el gobierno civil decidió suspender el canto del poema, pero el público se obstinó en entonarlo. El suceso provocó un rosario de detenciones y torturas de catalanistas, sobre todo católicos.

Pregunta 8: D.
Fueron consideradas comunidades históricas aquellas que podían reivindicar una experiencia autonomista en el pasado. Galicia, aunque por los pelos, podía sostener dicha reivindicación.

Pregunta 9: A.
Se manejó la posibilidad de que fuese a Portugal por Badajoz, pero se reputó el viaje demasiado largo. En cuando a la salida por los Pirineos, probablemente se quisieron evitar problemas de orden público en Cataluña.

Pregunta 10: C.
Enrique Eymar, coronel mutilado, se hizo tristemente célebre por presidir la sala militar especial creada para la represión de los delitos políticos.

miércoles, julio 25, 2007

Memes

El ínclito Wonka, lector de estas notas, me ha colocado dentro de una cadena bloguera de la que, como casi todos los que nos vemos en ella, no sabía nada hasta el día en que me encontré en ella eslabonado. Se trata de una especie de tú la llevas bloguero destinado a la difusión masiva de memes (el meme, al parecer, es algo así como la mínima unidad de información cultural, o sea como el gene pero con conceptos) en los que se debe confesar ocho secretos inconfesables (hasta el día de la confesión, se entiende). Yo me lo he pensado mucho, porque tenía mucho donde elegir.

Así pues, vamos allá con los ocho secretos inconfesables, y a la vez confesables, de JdJ.

1.- Soy tremendamente maniático. Con los años he conseguido que nadie lo note, o eso creo yo, pero muchas cosas que hago cada día están presididas por la manía. Supongo que todo empezó por mi madre, que nunca ha soportado que en la mesa se pusiera el pan boca abajo; decía que eso hacía llorar a la Virgen y yo debí creérmelo. Es el día de hoy y, si estoy en una encopetada comida de trabajo y percibo que alguien cercano a mí ha dejado el pan boca abajo, trato de buscarme la vida para darle la vuelta. Quiero decir que me porto bien y eso pero si, por una casualidad, mi compañero comensal se levanta al baño o a atender el móvil, le coloco el pan. En La Coruña vivía en un sexto piso y a la altura del quinto había una ventana baja. Un día le di al pasar un golpe con los nudillos en el cristal y, a partir de entonces, ya no podía pasar sin dar dicho golpe; incluso, algunos días que recuerdo se me olvidó, me las arreglé para que mi madre me enviase a la calle a algún recado (lo cual, no ha de olvidarse, eran doce pisos gratuitos, seis de bajada y seis de subida) para poder dar el toque. Luego me dio por dar el golpe con la cabeza. Era ridículo.

2.- Soy incapaz de ver Cuando ruge la marabunta. De todas las pelis que me dieron miedo en la infancia, ésta es la que más miedo me dio. Sólo tenía siete años y aún así me las ingenié, no sé cómo, para informarme en enciclopedias y esas cosas sobre la escasa probabilidad que existe de que Galicia experimente una invasión de hormigas carnívoras. No obstante haber pasado los años y todo eso, no obstante de vivir en Madrid y por ello ser consciente de que las hormigas llegarían a Madrid con la panza llena tras su paso por Getafe, Parla, Majadahonda, Las Rozas o San José de Valderas; no obstante todo eso, digo, es una película que no puedo ver. Me sigue dando demasiado repelús.

3.- No soporto a Tarantino. Me parece banal, aburrido e inconsistente. En realidad, éste no es un secreto inconfesable. Es un secreto que he debido guardar para poder seguir siendo medianamente popular en mi entorno. Por alguna razón que desconozco, hay personas en este mundo que soportan mejor que les digas que su aliento huele a repugnancia galáctica que una confesión tan sencilla como: «Tarantino me parece un tostón».

4.- Sólo he sido fan de un conjunto rockero: Los Bravos. En aquella época, yo era un niño, en casa no teníamos tocadiscos, así pues aquella fue una afición radiofónica. Pero recuerdo que era capaz de pasarme horas escuchando las radiofórmulas gallegas esperando que pusieran alguna canción de Los Bravos, cosa que era frecuente porque eran muy populares. Nunca llamé a los programas de peticiones por dos razones: una, porque juzgué que se me notaba bastante la edad al teléfono, así pues era poco probable que me tomasen en serio; otra, porque mis padres, previsores, habían colocado el teléfono en la pared aproximadamente a un metro sesenta del suelo, y yo no llegaba. Pero recuerdo bien que el día que se publicó que el grupo se disolvería porque Mike Kennedy se iba a casar, pasé dos horas hincado de rodillas rezando… ¡para que no se casase!

Los hechos son, por cierto, que no se casó y que Los Bravos, de aquélla, no se separaron. Lo cual demuestra que los designios del Señor son, verdaderamente, inescrutables (o que le mola Los chicos con las chicas).

5.- En los años de mi adolescencia se investigó en mi colegio (Santa María del Mar, padres jesuitas, La Coruña) el misterioso origen de unas explosiones. Se producían a primera hora de la tarde en diversos lugares de la campa que rodeaba (y rodea, creo) el colegio, y nadie sabía muy bien a ciencia cierta por qué. Las explosiones desaparecieron con el mismo misterio con el que aparecieron.

Pues bien: todo tiene que ver con el día que descubrimos, en clase de química, la fantástica reacción exógena que realiza el sodio sólido al contacto con el agua. Es un experimento jodidillo porque la reacción es muy, muy exógena; con ir a Youtube y teclear sodium en el buscador, se accede a decenas de videos sobre el asunto.

En clase de química nos enseñaron echando un pequeño trozo de sodio en un matraz con agua. El sodio era previamente envuelto en papel de periódico para que se fuese humedeciendo poco a poco, eliminando la violencia de la reacción.

Algunas personas (éste es mi meme, así pues no daré más nombres), por llamarnos de alguna manera, nos sentimos fascinados por el experimento y nos hicimos la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si cogiésemos una cantidad algo mayor de sodio envuelta en periódicos y la dejásemos en algún paraje inhóspito y solitario? ¿Qué ocurriría cuando pasara lo que, indefectiblemente, acaba ocurriendo en La Coruña en los meses escolares, esto es que se ponga a llover?

Nuestro experimento falló un montón de veces. Cogimos el sodio (por no decir que lo robamos), lo envolvimos, lo abandonamos y luego esperamos. Se ponía a llover, pero no pasaba nada. Entonces, antes de irnos a casa, regresábamos al lugar del crimen, recuperábamos el sodio y lo reintegrábamos al laboratorio.

Era una cuestión de dosis y de capas de periódico. Investigamos por el método de prueba y error, y error, y error. Hasta que un día… ¡bingo! Estábamos en clase de latín, tras la comida, se puso a jarrear y, de repente, en la lejanía, detrás del comedor, se escuchó un sonido, como una pequeña detonación.

Dado que habíamos dado con las dimensiones adecuadas, celebramos un par de explosiones más. Luego lo dejamos, conscientes de que el FBI nos seguía de cerca los pasos. Además, a las chicas, cuando les contamos nuestra hazaña, no pareció impresionarles, por lo que cegamos esa vía de desarrollo personal por no considerarla rentable.

He oído que en los laboratorios de química escolares hoy ya no se guarda sodio. Y es que los maestros son gente sabia.


6.- Nunca he conseguido entender la genialidad del Ulises de Joyce.

7.- Mi sueño incumplido confesado (mucha gente lo conoce) es aprender a tocar el piano. Pero el inconfesado es conducir un camión de gran tonelaje por una autopista.

8.- Finalmente: no suelo comer paella. Y, para ahorrar explicaciones, suelo decir que no me gusta. Aunque no es del todo verdad. La verdad es que me gusta, pero en bocadillo. Y las pocas veces que me he atrevido a decir tal cosa, he tenido la sensación de estar blasfemando gravemente, o algo así.

Bueno, paso la bola a Omalaled, Dani Durán, a Berna Wang y a la parejita Chiki/Mike, amén de al inefable Tiburcio, a ver si se confiesan.

sábado, julio 21, 2007

Franco, 1; Falange, 0

Quienes no tienen el gusto o el deseo de explorar y conocer la Historia cometen muchos errores al juzgarla; y uno de los más comunes es la simplificación. La visión parcial o, por qué no decirlo, ignorante, suele adolecer siempre de simplismo, por medio del cual se tiende a convertir los hechos pasados en algo sustancialmente diferente de los presentes: creemos ver en nuestro tiempo contemporáneo algo que no se parece en nada a pasado, porque es mucho mejor. Esto ocurre, por ejemplo, con las tendencias políticas. Todos nosotros vivimos en un mundo donde las tendencias ideológicas son muchas, y tendemos a pensar que éste es un fenómeno relativamente moderno; pensamos en el mundo de hace siglos y lo vemos como un mundo donde poco menos que sólo había una forma de pensar. 

viernes, julio 20, 2007

Qué vergüenza

Hace ahora entre treinta y cuarenta años, era todo un mérito poder decir, en la tertulia del bar, que se había logrado leer el último número de El Papus, Hermano Lobo y, sobre todo, La Codorniz, antes de su secuestro. El secuestro de una publicación, esto es su retirada de los quioscos para que no pueda ser leída por el público, es el no va más de la censura, el cadillac del déficit democrático. En democracia, sólo la injuria y la calumnia directas justifican el secuestro de una publicación. Y una acción de este tipo nunca es una buena noticia.

Hoy se ha secuestrado de los quioscos españoles una publicación, El Jueves, por publicar una imagen (una caricatura) sexualmente explícita de dos miembros de la familia real española. Todo ello es cierto: es una caricatura, y es sexualmente explícita. Pero lo importante no es eso. Lo importante es si es injuriosa. Y, la verdad, en un país que, para bien o para mal, permite que canales de televisión generalista difundan películas de sexo explícito; en un país donde concursantes televisivos son encerrados durante meses en una casa para, entre otras cosas, hacer de sus retozos bajo el edredón un espectáculo masivo retransmitido en directo; en un país donde los caricaturistas pintan a personas públicas y los convierten en cualquier cosa; en un país donde ocurre todo eso, considerar una grave injuria el dibujo de dos personas acoplándose, resulta difícil de sostener.

Conste una cosa: a mí, personalmente, esa portada me parece de muy mal gusto. Pero ése no es el tema. Tampoco me parecen de buen gusto tratamientos paródicos que veo por ahí. Ahora mismo estoy pensando en la caricatura que traza Family Guy (Padre de Familia) de Stephen Hawking en el episodio en el que el chucho Brian Griffin trata de acabar su carrera universitaria. Muy, muy mal gusto. Pero responder al mal gusto con la prohibición, lejos de castigarlo, sería, es, santificarlo.

Escribo estas líneas en este blog mío porque va de la Historia de España, y la Historia de España está preñada de secuestros de publicaciones y atropellos a la libre expresión de las ideas; pero es, o era, Historia. La primera cosa que hizo la monarquía cobardemente huida a Francia y regresada tras la guerra de la Independencia, esa monarquía que engañó a los liberales que la apoyaban afirmando su fidelidad con una senda constitucional en la que no creía, la primera cosa que hizo, digo, fue aprobar una ley de imprenta que mandaba a las catacumbas a todo aquel que no aplaudiese con las orejas al deseado Borbón. La Historia del siglo XIX español es un Guadiana de periodos de libertad de prensa entreverado con largos interludios absolutistas o absolutistoides en los que las imprentas, de nuevo, debían callar.

Cuando todo ese montaje forzado y absurdo se vino abajo llegó una República democrática que, sin embargo, tiene en su debe enormes déficit de libertad, precisamente por los periódicos que, a decenas, cerró y secuestró durante diversos periodos. Y qué decir de Franco, la Espada de Trento capaz de cerrarle la revista a todo el que se movía, de volar el edificio entero de un periódico y de manipular las películas de puro divertimento a mayor gloria de las esencias de la muy católica España. Pero todo eso pasó, hasta el día en que apareció en una portada una imagen sexualmente explícita. Gran pecado, por lo visto.

Yo no sé si es o no es cierto eso que al parecer dice ahora la familia real española de que nada de esto va con ellos, que ellos no han pedido el secuestro. Lo que sí sé es que, si fuesen listos, estarían ahora mismo llamando al juez Del Olmo para implorarle que dé marcha atrás. Muy republicano debe de ser el señor magistrado, porque, desde luego, si pretendía hacerle un favor a la institución monárquica, si pretendía protegerla, hoy había sido un día estupendo para que, en lugar de ir a trabajar, se hubiese comprado a una PSP y hubiese ocupado el tiempo intentando pasar de los 50.000 puntos en el Lumines. Porque más que un favor, lo que les ha hecho es una putada. Y ellos, por lo que se ve, se dejan hacer.

La cuenta es sencilla: compárese el número de personas que, en las próximas 72 horas, verán y juzgarán esta portada, y las que la hubieran visto y juzgado de no haber existido el secuestro.

Cráneos previlegiados.

martes, julio 17, 2007

Olvidados de la memoria histórica

Hablamos mucho de memoria histórica. De hacer justicia con el pasado de muchas personas. Y, sin embargo, esta intención, no pocas veces, es notablemente parcial. Porque la Historia entierra a muchas personas, héroes y villanos, sin que ni siquiera quienes debieran ocuparse de que no sea así se preocupen por ello.

Hoy se multiplican los homejanes por parte de quienes se sienten herederos de la República (y lo escribo así porque, con los votos en la mano, la República fue fundamentalmente el PSOE y un montón de partidos que nadie sabe hoy a ciencia cierta qué herederos tienen; y, recíprocamente, a los antepasados de no pocos de los herederos de hoy no los votaba ni Dios). A los excombatientes, a los brigadistas internacionales. Está bien. Pero es poco. En una guerra, ya lo he escrito, hay muchas historias entrelazadas, la mayoría olvidadas.

Hoy quiero desempolvar cuatro: las de Arvid Harnack, Harro Schulze-Boysen, y sus respectivas mujeres. Al final del texto explicaré por qué.

Arvid Harnack nació en 1901, en el seno de una familia burguesa, formada sobre todo por profesores y funcionarios, muy religiosos. En 1918, acabada la guerra, milita durante algún tiempo en organizaciones ultranacionalistas (que son la semilla del nazismo), pero acaba haciéndose comunista. En 1927, consigue una beca de la Fundación Rockefeller para viajar a Estados Unidos, concretamente a Wisconsin, para estudiar los movimientos sindicales americanos. Allí conoce a una mujer, Mildred Fish, con la que se casa y vuelve a Alemania.

Hoy es el día que las escuelas de Wisconsin celebran, cada 16 de septiembre, el Mildred Fish Harnack Day. En este post os voy a explicar por qué.

En Alemania, Harnack monta un grupo de estudio que, en 1932, viaja a la Unión Soviética para analizar in situ la economía planificada. Allí es contactado por dos de los líderes de Komintern, Otto Kuusinen y Osip Piatnisky, ambos, por lo tanto, miembros del Partido Comunista con la función de impulsar la revolución mundial. Ambos consiguen captar a Harnack para que trabaje para la URSS.

En 1933, los nazis llegan al poder. Ese mismo año, Harnack consigue una jefatura en el servicio de relaciones económicas con Rusia del Ministerio de Economía. Mildred, mientras tanto, traduce y da clases. En 1937, momento en que la olla alemana ya está muy caliente, el matrimonio viaja a Estados Unidos, donde los amigos, sobre todo de Mildred, les ofrecen ayuda para no regresar. Harnack, sin embargo, se niega, lo cual sirve para que casi todos en el círculo americano piensen que se ha vuelto nazi.

Y no son los únicos que lo piensan. Para los nacionalsocialistas, el gesto de regresar tiene un valor claro: se trata de un hombre de confianza. Así que Harnack participa nada menos que en los trabajos previos de la firma del pacto alemán-soviético entre Hitler y Stalin, y se convierte en uno de los más altos funcionarios del Ministerio de Economía.



Harro Schulze-Boysen es casi un aristócrata. Nacido en 1912, es sobrino-nieto de una de las glorias de la armada alemana, el almirante Von Tirpitz. Su padre llegó a ser jefe de Estado Mayor de las tropas alemanas que ocuparon Holanda en la segunda guerra mundial.

A los 17 años, encontramos al joven Harro desfilando entre las filas de una organización juvenil muy conservadora, la Jungdeutscher Order. Sin embargo, en los años de la universidad, Shulze-Boysen se apartará del protonazismo de su adolescencia, así como del comunismo, promoviendo una especie de tercera vía revolucionaria, que ha de generar un cambio social radical, no se sabe muy bien cómo. Crea una revista donde escriben colaboradores de todo pelaje.

Cuando llega Hitler, en 1933, esa táctica de permitir todo tipo de puntos de vista le costará cara. Harro es arrestado por las temidas SS, que lo meten en un calabozo y le dan varias manos de hostias. La familia, pudiente e influyente, consigue sacarlo, pero el Shulze-Boysen que sale de la celda ya no es el mismo: ahora odia a los nazis con todo su corazón y sólo vivirá para vengarse.

En 1936, Harro endereza su vida, cuando menos de puertas para afuera, tras casarse con Libertas Haas-Haye, una chica de muy buena familia, incluso lejanamente emparentada con el Kaiser. Una familia, además, muy bien relacionada, como la suya propia. Testigo de la boda será un prominente nazi: Hermann Göring, el jefe de la Luftwaffe (fuerzas aéreas). A todas luces, Harrito ha lavado su difícil pasado liberal a los ojos de los nazis.

Shulze-Boysen se trabaja a tope al idiota Göring y consigue que éste le meta en el Instituto de Investigaciones Hermann Göring.

Así que tenemos, en 1936, a dos alemanes de ley, uno funcionario del Ministerio de Economía, y otro introducido en el Ejército del Aire, los dos con un intachable marchamo nacionalsocialista. Ambos fieles a la causa y dispuestos a morir por ella.

Y, sin embargo, ambos son el centro de la sección berlinesa de la Orquesta Roja, es decir, la red de espías soviéticos en Alemania y los territorios ocupados.

Gilles Perrault, en su libro dedicado a esta Orquesta Roja, nos traza la forma de trabajar de este cuarteto a través de un reclutamiento: el del teniente Herbert Gollnow.

Gollnow era un joven militar, ávido de ascensos y medallas, que estaba loco por ser destinado al frente para poder ganarlas. Estando en la Luftwaffe, habló con Shulze-Boysen por ver si le podía ayudar. Harro, lejos de hacerle caso, le convenció de que su futuro estaba en Berlín, cerca de él, pero, eso sí, para medrar debía de hablar inglés. Así que le convenció para que pusiera un anuncio en la prensa pidiendo un profesor particular y se ofreció, asimismo, para estudiar con él las ofertas.

Gollnow recibió dos ofertas por su anuncio. Una era de un mediopensionista cualquiera el cual, por supuesto, pidió dinero por las clases. Shulze-Boysen le convenció de que era demasiado caro. La segunda oferta era de una profesora americana que se mostró entusiasmada por poder practicar el inglés por las tardes, mientras tomaba el té con su alumno; tan, tan entusiasmada que se mostró dispuesta a hacerlo sin cobrar.

Gollnow, impulsado por su superior en la Luftwaffe, se tragó el anzuelo: la profesora altruista no era otra que Mildred Fish Harnack.

Mildred ejerció con pericia su labor de calientapollas. Cada tarde, a las cinco, se sentaba a tomar el té con su alumno el teniente y le decía cosas como que tenía que mirarla fijamente a los labios cuando hablaba para captar la pronunciación. Gestitos, posturitas. Era una mujer muy bella, probablemente, según Perrault, lesbiana. Hemos de suponer que al joven Gollnow cada vez se le trababa más la lengua y, más aún, ni siquiera era el único apéndice que se le trababa.

Un día, en el invierno de 1941 a 1942, Arvid Harnack entró en la sala. Realizó con Gollnow un viejo truco de espía: si quieres que alguien te dé información, muéstrale, como si tal cosa, que tú tienes más. Hablaron de la guerra. Gollnow se quejó de que el frente del Este estuviese empantanado. Harnack anunció que eso iba a cambiar. Gollnow, educadamente, le explicó que, si iba a haber movimientos en el Este, él debería saberlo. Entonces Harnack, como el que habla de cualquier gilipollez, le habó de un movimiento masivo de prisioneros del Cáucaso que era una clara demostración de que algo había de pasar, y del cual el teniente no tenía ni idea. Gollnow quedó fascinado y, desde entonces, no tuvo reparo en ventilar en aquella casa los mayores secretos, creyendo estar entre personas que ya los conocían.

No debieron pasar muchos días antes que Gollnow y Mildred Fish se acostasen por primera vez. Siempre según Perrault, Mildred le presentó a Libertas, la mujer de Shulze-Boysen, también lesbiana; y se montaron un trío. Lo llamaban las Veladas de los Catorce Puntos, nombre que se refiere a los puntos de las cartillas de racionamiento. Las mujeres tenían que acudir con vestido equivalente al que se podía comprar con catorce puntos, por lo que iban semidesnudas.

Sabido es que el sexo es la vía más antigua del mundo para soltar la lengua de un ser humano. Gollnow cantó de plano. Llegó incluso a confesarle a sus dos amantes todos los detalles de una expedición de paracaidistas alemanes que iban a saltar tras las líneas rusas, ninguno de los cuales llegó al suelo: los soviéticos sabían dónde, cuándo y cómo iban a saltar y los fusilaron en el aire.

Shulze-Boysen amplió las Veladas de los Catorce Puntos. El todo Berlín iba a su casa a probar el folleteo. Y que nadie piense que esta política discriminaba a las espías. El libro de Perrault incluye un testimonio según el cual el propio Shulze-Boysen reclutó a un joven soldado, de nombre Heilman. El chico se enamoró del apuesto jefe de la Luftwaffe y éste no tuvo reparo en acostarse con él.

«He metido mi venganza en el congelador»; éstas fueron las palabras que Harro Shulze-Boysen pronunció ante un conocido en 1933, tras salir de los calabozos de la SS. Todo parece indicar que éste fue siempre su impulso. No era comunista, en lo absoluto. Era alguien humillado que quería vengarse y llegaba donde no llegaba nadie. Porque el gran problema de la oposición alemana al nazismo es que estaba formada por alemanes, así pues, a muchos opositores, además de repugnarles Hitler, les repugnaba que Alemania perdiese la guerra. A Shulze-Boysen, no. Él quería aplastar a esos jodidos nazis y, por eso, junto a su compañero el comunista Harnack, hizo impagables servicios a la URSS, el mayor de ellos avisarles del cambio de estrategia de Hitler, cuando decidió no intentar tomar Moscú y virar hacia el sureste para hacerse con el petróleo del Cáucaso; tentativa durante la cual, como sabemos cayó en el pozo de Stalingrado, donde, no por casualidad, le estaban esperando los rusos.

¿Qué tienen que ver Harnack, Shulze-Boysen, Mildred Fish y Libertas Haas-Haye con nuestra memoria histórica? Pues tienen que ver, porque no sólo espiaron para prevenir sobre los ataques a la URSS. Por Alemania pasaba también mucha documentación sobre los movimientos del ejército franquista, pues eran movimientos combinados con el ejército alemán, especialmente en la aviación, que era el arma que, precisamente, Shulze-Boysen se tenía más «trabajada». Sabemos, pues, que estos espías informaron a Moscú, y Moscú a Madrid, sobre un montón de acciones previstas por Franco, lo que permitió a la República prever muchos golpes. Ellos, por lo tanto, y aunque estos servicios fueron obviamente previos a la guerra alemana, también se jugaron la vida por España.

Fueron detenidos en 1942 y ejecutados en los meses siguientes. Así pues, descansan en paz. La paz de los olvidados.

martes, julio 10, 2007

ANV, en sus inicios

Hace ahora un año, nadie o casi nadie, sobre todo en España pero fuera del País Vasco, tenía ni idea de a qué respondían las siglas ANV y el nombre de Acción Nacionalista Vasca. Rápidamente, sin embargo, ANV ha saltado a la primera línea de la discusión política, sobre todo por haber sido señalada como el reducto en el que los miembros de Batasuna, organización política ilegal, se refugiaron para sortear dicha ilegalidad durante las pasadas elecciones municipales celebradas en España.

ANV, sin embargo, tiene, como se han preocupado de recordar muchas personas en los últimos tiempos, una larga historia. Todo parece indicar, de hecho, que, a despecho de discusiones más precisas en torno a la legalidad de sus candidatos, lo que parece estar muy claro es la enorme distancia existente entre su nacimiento y su presente. Hoy quiero dedicar estas líneas a contaros lo que sé sobre aquél.

ANV nació el 30 de noviembre de 1930, con el denominado manifiesto de San Andrés. Lo primero que hay que entender es ese tiempo. En noviembre de 1930, hace poco menos de un año que la dictadura del general Primo de Rivera ha quedado herida de muerte con el cese del general, a principios de año, y el nombramiento al frente del gobierno del general Dámaso Berenguer, el cual creyó, inocentemente, que podría encauzar la monarquía en su beneficio, cuando lo que había en ese momento en España era una marea republicana que se demostró imparable. No hace muchas semanas del manifesto se han reunido en San Sebastián diversas fuerzas de izquierdas y nacionalistas para llegar a un acuerdo, el Pacto de San Sebastián, de donde ha salido hasta el futuro gabinete republicano. España huele a República y, más concretamente, Cataluña, el País Vasco y Galicia huelen a algún tipo de autonomía. Todos los partidos nacionalistas ven llegado el momento de que sus aspiraciones sean tenidas en cuenta.

El País Vasco, sin embargo, tiene un problema bastante grave. Los orígenes más directos del nacionalismo vasco están en el foralismo, es decir la defensa de los fueros y las leyes viejas que otorgan privilegios a los denominados territorios históricos. El foralismo es un movimiento distinto, por ejemplo, del nacionalismo catalán, que tiene otra naturaleza; y ha sido tradicionalmente defendido, en el País Vasco, por fuerzas sociales de corte muy conservador, íntimamente ligadas a la Iglesia católica. Como resultado, cuando la situación madura o parece madurar para los nacionalismos inscritos en España, el vasco es un nacionalismo que defienden, en exclusiva, fuerzas de derecha, presididas por el ideario de Sabino Arana, de quien se pueden decir muchas cosas, pero que era un enamorado del igualitarismo no es una de ellas. De hecho, la izquierda obrerista vasca, cuyo nacimiento y crecimiento eran lógicos teniendo en cuenta que el País Vasco era una de las dos grandes áreas industriales de España, se desarrolló a espaldas del nacionalismo y, de hecho, demostrando una amplia desconfianza hacia el mismo dado su carácter reaccionario.

Prueba de ello es que de la principal líder obrerista crecida en parte en el País Vasco, Dolores Ibárruri Pasionaria, pocos testimonios autonomistas, menos aún independentistas, se conservan. Y de la otra gran figura del obrerismo vasco, Indalecio Prieto (nacido en Asturias, pero bilbaíno de adopción), los testimonios españolistas son legión.

En 1930, por lo tanto, nacionalismo vasco significa sabinismo de tintes reaccionarios y, sobre todo, confesionales; los diputados vascos presentarán dura pelea durante los debates de la Constitución republicana de 1931 a cuenta del laicismo del Estado. El PNV es la ya fuerza claramente hegemónica de esta tendencia, aunque en compañía de algunos grupos sindicales (Solidaridad de Obreros Vascos, hoy existente) y de otro corte, como la Federación de Mendigoizales, una especie de montañeros que desde principios de siglo realizaban excursiones dedicadas, además de a excursionar, a difundir el ideario de Don Sabino. En los tiempos de la República, cuando el PNV se vuelve posibilista y acepta la vía de un estatuto de autonomía que será aprobado ya en plena guerra, los nacionalistas independentistas se escindirán en un grupo llamado Jagi-Jagi, aunque con escasa fuerza (aunque esto de que tenían escasa fuerza lo he leído en un escrito del PNV, los hechos parecen darles la razón).

Los tiempos han acabado por demostrar, sin embargo, que izquierda y nacionalismo no necesariamente están enfrentados. Lo cual viene a significar que se puede ser nacionalista sin ser por ello un burgués y, al tiempo, que el significado de la izquierda ha cambiado mucho durante el siglo XX, pues, ciertamente, cuando ser socialista era sostener una ideología internacionalista, ello venía a suponer que un socialista de La Coruña se debía sentir más hermano de un obrero indonesio que de su vecino sastre lucense. En 1930, sin embargo, eso de que desde la izquierda se asumiese el nacionalismo vasco era como pensar que Joan Laporta vaya a sacar un DVD bailando chotis. Y éste, precisamente, es el espacio que intentó ocupar, tímidamente, ANV.

ANV nace, fundamentalmente, de personas escindidas del PNV. Lo cual no es ninguna novedad, pues todo nuevo nacionalismo vasco, en aquella época, debe surgir de ahí. Su programa, expresado en el manifiesto de San Andrés, es más bien liberal y de clase media, aunque rápidamente definirá como su labor el lograr una entente entre el nacionalismo y las izquierdas vascas. Lo que ocurre es que esta tentativa quedó definida en una asamblea de ANV celebrada en Bilbao, tras una serie de reuniones en los ayuntamientos donde tenía presencia, que se celebró en 1936. La guerra cortó de cuajo estos intentos. Los indicios hacen sospechar, en todo caso, que el inicio de la guerra no sólo cercenó la labor de ANV, sino que la libró de una triste escisión. Algunos de los nombres más importantes en la formación de este partido, como Justo Gárate, o el abogado Luis Urrengoechea, Anacleto Ortueta, Luis Areitioaurtena, Tomás Bilbao o Andrés Resca, eran personajes de corte burgués liberal que no se encontraron nada cómodos con la deriva del partido, motivo por el cual el enfrentamiento bélico les pilló a muchos poniendo tierra política de por medio. Según las referencias que he leído, en aquel entonces la principal implantación de ANV se daba en Baracaldo.

Una clara definición del acercamiento que ANV quería hacer con las izquierdas fue su encuadramiento en el Frente Popular. Esta decisión no fue comprendida por el PNV, que consideraba que el nacionalismo vasco que se integrase en el Frente Popular pecaba de falta de patriotismo; e incluso por algunos militares de ANV, ya que, al parecer, militamtes de este partido habían resultado muertos a manos de socialistas (un correligionario asesinado en Baracaldo que habría denunciado, antes de morir, a su agresor, así como otro asesinado por la espalda en una romería en Santurce).

Al comenzar la guerra, ANV formó cuatro batallones, dato éste que nos tiene que dar la muestra de su relativa importancia, puesto que, si hemos de creer a dirigentes de aquel momento como Luís Ruiz de Aguirre, para entrar en los batallones de ANV se exigía ser militante (además de razonablemente joven, claro). Otra prueba de que era una fuerza respetada es que formó parte de la caótica Junta de Defensa de Guipúzcoa, que fracasó rápidamente en su misión de impedir el avance de las tropas franquistas (mejor dicho: molistas) desde Navarra. Lo cierto es que esta junta era el Patio de Monipodio, con escasísima presencia de militares profesionales capaces de organizar la resistencia (amén de la sospecha, que existe siempre con las fuerzas republicanas al inicio de la guerra, de que de haber existido militares en buen número, tampoco les habrían dejado las fuerzas políticas mandar).



Con excesiva rapidez, pero de una forma lógica porque en ese momento la guerra en el País Vasco consiste en un ejército organizado peleando contra batallones de amateurs, la República pierde Irún, lo cual quiere decir que se queda sorda y ciega respecto de Francia, es decir sin capacidad de obtener recursos, legales o clandestinos, por la frontera. En el repliegue táctico, las fuerzas nacionalistas, los gudaris o patriotas vascos, se concentran en Azpeitia (aunque manteniendo la diferencias, es decir PNV y ANV por separado) y comienzan a organizar batallones razonablemente estructurados. Sin embargo, para entonces San Sebastián está perdida.

Tres meses después de empezada la guerra, ANV controla unos 5.000 gudaris. Sin embargo, por lo que he podido saber nunca actuaron unidos, como un pequeño ejército. Más bien, se organizaban en pequeños grupos que actuaban en diversos puntos de lo que en ese momento ya se puede denominar, con claridad, una retirada. El caos, no obstante, quedará muy matizado a partir del 7 de octubre de 1936, fecha histórica para el nacionalismo vasco en la que se crea el gobierno vasco, es decir una autoridad que todos, y notablemente los gudaris, reconocen y obedecen. Un aspecto que yo creo que aún no se ha investigado a fondo es el de la relación entre el gobierno vasco y el gobierno de Madrid desde el punto de vista militar. Porque, por un lado, los vascos se quejan amargamente, en sus testimonios, de que Madrid los dejó en pelotas, sin aviación, sin marina de guerra con que defenderse de la que se les venía encima. Por su parte, los testimonios desde Madrid no niegan la mayor (que el País Vasco nunca recibió los cazas que necesitaba para evitar que los franquistas y la Legión Cóndor los bombardeasen impunemente), pero aseveran que fue completamente imposible esa ayuda (según Julián Zugazagoitia, Prieto intentó «todo lo humanamente posible» para suministrar los aviones); y, sobre todo, contraatacan acusando a los vascos de una notable miopía bélica.

Seguimos aquí a Zugazagoitia, quien en la primavera de 1937 se desplazó a Bilbao y vivió de primera mano el cruel cerco de la ciudad. El gobierno de Madrid había encargado al general Llano de la Encomienda la dirección del ejército del Norte pero, según nos cuenta Zuga en sus memorias, ante él se quejó amargamente de que allí nadie le hacía ni puto caso. Las palabras que pone en boca de Llano son, pensando en un país en guerra civil, abracadabrantes:

«- Esa negativa a recibirlos [se refiere al traslado de batallones asturianos y santanderinos para la defensa de Bilbao] se fundaba en el deseo de los nacionalistas de ser ellos solos quienes defendiesen su país. Lo han dicho concretamente: Iremos con mucho gusto en ayuda de Asturias y de quien nos necesite. Pero aspiramos a ser nosotros solos quienes defendamos Euzkadi

Es decir: el gobierno vasco, sintiéndose el único gobierno de su territorio, se habría obstinado, según estos testimonios, en no permitir que soldados extranjeros defendiesen su suelo. Querían defenderlo solos. Y, claro, lo perdieron.

Según los líderes de entonces de ANV, los gudaris de este partido no desecharon ninguna acción bélica. Estuvieron en la acción de Villarreal, en Marquina, en Kalamúa, en Sollube, en Bizcargi, en la famosa Cota 333, en Gorbea, en Orduña; y también en Asturias, adonde acudieron ante el peligro de derrumbamiento republicano y donde hubo unidades que perdieron hasta un tercio de sus efectivos (eso sí: al socialista asturiano Juan Antonio Cabezas, en su libro Asturias, catorce meses de guerra civil, se le «escapa» un comentario sobre la decepcionante actuación de los batallones vascos en las luchas del Principado). Algunas fuentes, en todo caso, hablan de que los batallones de ANV habrían perdido hasta un 50% de sus efectivos en la guerra, lo cual es una pasada y una más que probable exageración; pero lo que sí es, probablemente, cierto, es que la masacre bélica anuló el futuro de la formación como partido político.

No parece que ANV tuviese ya una participación muy relevante en los dos hechos de la guerra en el País Vasco que permanecen, en gran parte, en el misterio de la Historia. El primero es la pregunta de por qué Bilbao fue finalmente tomada por los franquistas sin que las tropas en retirada quemasen una sola fábrica, una sola infraestructura económica de la ciudad, cuando algunos testimonios hablan de que había órdenes de hacer política de tierra quemada. ¿Huida precipitada, imposibilidad práctica o pacto con la oligarquía económica vizcaína?

La segunda gran pregunta es el Pacto de Santoña. Pero es que el Pacto de Santoña da, por si solo, para un post.

lunes, julio 09, 2007

¿Rey de España? ¡¡¡Ni de coña!!!

Ser rey no es el peor trabajo del mundo. Es cierto que casi nunca puedes hacer lo que te apetece, tienes que procurar aprender a no tener nunca un mal gesto o alguna actitud prosaica, tienes que ir un montón de veces a actos que maldita la gana que tienes de atender y, hasta hace algunas décadas, además tenías que aprender a montar a caballo que es algo que, por ejemplo, a mí me inhabilita por completo para el cargo. Sin embargo, el sueldo no es malo, las gavelas muchas y, si te va eso de que la gente te adule sí o sí, es probablemente el puesto de trabajo que más dotado está para eso (aparte de alcalde de Marbella, claro).

Por esto, porque el balance personal de ser rey es algo que suele ser positivo, en la Historia del mundo hay pocos casos en los que una nación buscase uno sin encontrarlo. Cuando un país, máxime si se trata de un país conocido y razonablemente civilizado, clama por tener un rey, suelen salirle pretendientes por todas partes. España es un ejemplo. La guerra que ganó Felipe V fue básicamente una guerra dinástica (aunque algunos puntos de vista, como los del nacionalismo catalán, quieran convertirla en otra cosa). Y las tres guerras carlistas fueron, cuando menos epidérmicamente, una lucha entre candidatos al trono. No obstante, también hay un caso en el que ocurrió lo contrario. Un caso que, una vez contado, parece alucinante. España buscaba rey, y nadie quería ocupar el puesto.

Ocurrió tras la revolución de 1868, denominada La Gloriosa. Quienes habían dado el grito de Alcolea, es decir militares liberales que habían llegado a la conclusión de que con el moderantismo borbónico, medio absoluto, medio liberal, no se llegaba a ninguna parte, también tenían claro que la república no era la solución para España. El principal muñidor de aquella revolución, el general Prim, fue siempre monárquico y es muy cierto que, de no haber caído en el magnicidio de la calle del Turco, la primera experiencia republicana española probablemente jamás se habría realizado.

No estaba, pues, en discusión que España siguiese siendo una monarquía; la única condición era que los borbones siguiesen exiliados. Sobradamente escarmentados por el trío de la bencina borbónico del siglo XIX (Carlos IV, Fernando VII e Isabel II, tres generaciones, tres, de reyes palmariamente prescindibles), los liberales triunfantes no querían volver a nadar en aquellas aguas; amén de tener muy presente a la opinión pública, ese pueblo que había salido a la calle durante la revolución bramando a gritos precisamente por la marcha de la dinastía para siempre. La verdad es que las engañifas, las marchas atrás, las medias verdades y la represión habían sido tantas que a la gente le costaba ya creer a la real familia. En 1865, ante las enormes dificultades de la Hacienda española, Isabel II decidió tener el gesto de ceder tres cuartos del Patrimonio Real para que fuese vendido; este gesto apenas le sirvió para que el republicano Castelar se preguntase en un artículo periodístico, que estuvo a punto de costarle la cátedra, con qué derecho se sentía para quedarse el otro 25%. Las represalias gubernamentales contra Castelar derivaron en unos tumultos estudiantiles de mucha gravedad. El rector universitario, Montalván, se negó a quitarle la cátedra a Castelar, y fue gubernativamente sustituido por el Marqués de Zafra; los disturbios por causa de dicho cese causaron varios muertos y heridos.

Luego vino la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil, que nos saltaremos esta vez por no ser pesados; así como la progresiva convergencia entre las dos facciones liberales, los progresistas y la Unión Liberal, que se acentuó con la muerte del gran báculo de la política derechista de Isabel II, es decir el general Narváez. Pasta no faltaba: un miembro de la familia real, el duque de Montpensier, operaba de financiador desde Lisboa. La reina y su primer ministro, González Bravo, que estaba loco por dimitir, sabían perfectamente la que se estaba montando; pero, probablemente, nunca pensaron que la Marina se sublevaría. En mi opinión, la figura fundamental de la sublevación del 68 es el almirante Topete.

Una victoria, por cierto, sobre un país desangrado: cuando el teniente coronel Escalante toma el control de la Junta Suprema de Gobierno que forman en Madrid los revolucionarios, una vez llegadas las noticias de la victoria de Alcolea, decide socorrer al pueblo, para lo cual comisiona al director del Tesoro para que ponga en su favor los recursos existentes. Y éste le informa de que hay… 14 reales en la caja. Tres pesetas y media.

Esto ocurrió en septiembre de 1868. El 11 de febrero siguiente se reunieron las nuevas cortes, que mantuvieron al general Serrano al frente del gobierno (y posteriormente lo hicieron regente) y nombraron a Nicolás María Rivero presidente de la cámara. Estas cortes se plantearían dos grandes retos: la reforma administrativa del país y la búsqueda de un rey.

Había seis candidatos:

- El duque de Montpensier, de quien ya hemos dicho que había puesto pasta para la revolución.

- Don Fernando de Coburgo, viudo de Doña María de la Gloria, reina de Portugal y consecuentemente madre del luso entonces reinante, Don Luis.

- El Príncipe Don Leopoldo de Hohenzollern.

- El Duque de Génova.

- Baldomero Espartero, duque de la Victoria y Príncipe de Vergara.

- Amadeo de Saboya, que al fin y a la postre se lo llevaría al huerto (o se lo llevarían a él, más bien).

No coloco en esta lista al rey de Portugal porque, aunque el asunto le iba muito, inconveniencias políticas mil y el hecho, palmario, de que España no habría aceptado ser reinada por el rey reinante en la nación vecina, le hicieron dejar claro que se retiraba de la puja en fecha tan temprana como septiembre de 1869.

El candidato más lógico era el duque de Montpensier. Sin embargo, no le gustaba al ala más radical de los liberales que habían ganado la revolución, probablemente por juzgar que sus convicciones democráticas eran tan sólo estratégicas. El segundo argumento de peso, quizá el más poderoso, es que Napoleón III, reinante en Francia, tenía muy claro que no lo quería en la corona de España (entiendo que porque eso incrementaba las posibilidades del de Montpensier en Francia). La tercera gran razón que dejó al duque en la cuneta ya la hemos contado aquí.

Fernando de Coburgo, o Fernando de Portugal como también se lo cita, tenía sin embargo más agarraderas. En realidad, era el candidato de los iberistas, es decir personas partidarias de una unificación política ibérica; no ha sido nunca el iberismo una ideología mayoritaria entre españoles y portugueses, que hemos tendido siempre a odiarnos educadamente; pero nunca ha desaparecido del todo. Salustiano Olózaga, entonces embajador español en París, sometió la candidatura a la opinión de Napoleón III, que era al fin y a la postre quien mandaba en Europa entonces, y al franchute la cosa no le sonó mal. Así las cosas, el gobierno comisionó a Ángel Fernández de los Ríos para marchar a Lisboa a sondear al viudo candidato. Fernández de los Ríos llevó un documento firmado de puño y letra por el gotha liberal triunfante español: Juan Prim, Práxedes Mateo Sagasta, Laureano Figuerola y Manuel Ruiz Zorrilla.

Don Fernando llevaba décadas de florentinismo cortesano a sus espaldas; tenía, por así decirlo y con perdón, los huevos pelados de sentarse en sillas chippendale del mejor tapiz en los grandes salones de Europa, así pues había aprendido a ser paciente y estratégico. Respondió afirmando que, en su opinión, el candidato ideal era Montpensier. Sabido es que los cortesanos son un poco como dicen que son las mujeres: cuando te dicen que sí, quieren decir que no y cuando te dicen que no, es que dicen que sí. Así que los españoles no se amilanaron con la respuesta. Insistieron en que lo importante era la voluntad del pueblo español (el argumento tiene sus remueldes: ¿acaso le habían consultado?) y le ofrecieron que aceptase la corona, de momento, tan sólo en privado. Sin embargo, Don Fernando objetó que había hablado con Montpensier del tema y que no podía dar ninguna esperanza. Quizás, el otro candidato le había dejado claro que, si aceptaba, era capaz de pagar otra revolución para encenderle el culo.

Como os he dicho, debéis entender el especial lenguaje de las casas reales. Ellos no hablan como vosotros. El marqués de Niza, que había hecho de mamporrero de la entrevista entre Fernández de los Ríos y el de Coburgo, resumió de la siguiente forma el encuentro: «la contestación ha sido afirmativa, pues no habiendo dicho que no, ha dicho que sí, sin responsabilidad ulterior». ¿Qué quiere decir esto? Pues, en un lenguaje no marciano, más o menos, que el consorte viudo le decía a lo españoles lo que Richard Gere en Pretty Woman: «quiero que me hagan más la pelota».

Conforme fueron desarrollándose más contactos, esta vez de la mano de Mazo, embajador en Lisboa, fueron apareciendo más cuitas. Don Fernando era beneficiario, en su calidad de consorte viudo, de una jugosa renta que le pagaba el Estado portugués. Y argumentaba que, en caso de que aceptase la corona de España pero terminase renunciando a ella (un tipo clarividente: esto mismo fue lo que le pasó a Amadeo), los portugueses le dirían: Santa Rita, Rita, Rita… Así pues, el Estado español ingresó en un banco extranjero una suma de dinero, un pastón, que garantizaba una renta del mismo calibre que la que ya estaba disfrutando.

¿Iba bien la cosa? Pues sí. Pero nos hemos olvidado de que hay franceses de por medio.

Napoleón III decidió cambiar de idea. Resulta difícil meterse en mentalidad tan laberíntica como aquella, pero podemos avizorar que, probablemente, se hubiese opuesto a cualquier cosa que tuviese visos de solidez; al francés lo que le interesaba es que la monarquía española cojease cuanto más, mejor. La oposición francesa acojonó a Don Fernando, quien acabó enviando una carta a Madrid en la que renunciaba a la corona explícitamente. Por si fuera poco su casamiento, con Madame Hensler, lo puso aún más difícil, como veremos pronto.

Meses después Napoleón, solo o con ayuda de enviados españoles, cambió de parecer de nuevo y decidió apoyar la candidatura de Don Fernando. A rodar de nuevo.

En los momentos en que la solución portuguesa perdió fuelle, ganó peso la candidatura de Hohenzollern, pero alguien se puso de canto: ¡Portugal, que ahora quería defender la candidatura del consorte viudo! Al Príncipe candidato le dejaron tan claro los portugueses que tanto ellos como los aliados que lograsen reunir le iban a ser hostiles, que éste puso unas condiciones imposibles para aceptar la corona de España: que se lo pidieran todas las potencias europeas y que hubiese un plebiscito popular en España.

El 15 de julio de 1869, Fernández de los Ríos, para entonces embajador en Lisboa, envía una carta confidencial a Madrid. La veleta ha dado otra vuelta. Es ahora Don Fernando el que acepta. Sí, el mismo que ha dicho varias veces, de palabra o por escrito, que su negativa es un caso de conciencia, que contra la conciencia no se puede ir nunca y que, por mucho que le insistiesen, iba a ser que no. Pues ahora era que sí. Eso sí, ponía dos condiciones: garantías de que las grandes potencias veían la cosa con buenos ojos, y un montaje pasivo, es decir, que todo se lo pidiesen a él sin que él diese la impresión de querer mover un dedo.

Lo cierto es que el consorte viudo estaba que no orinaba por ser rey de España. Exigió y exigió una carta oficial al respecto que, finalmente, le fue remitida por Prim. No obstante, todavía quedaban obstáculos.

Don Fernando, ya lo hemos dicho, se había casado. Con la señora Hensler, condesa de Elda, la cual en Portugal tenía una baja consideración desde el punto de vista de la familia real (era la mujer de un señor que había estado casado con una reina); pero en España, según insistía su esposo, debía ser reina; ni consorte, ni princesa, ni leches: reina. Hemos de suponer que la esposa no era ajena a tan netas reivindicaciones.

El segundo problema era dinástico. ¿Supondría la aceptación de Don Fernando que algún día las coronas de España y Portugal se uniesen? O sea, que algún descendiente reinante en Portugal pudiese acabar reivindicando sus derechos dinásticos sobre España, o viceversa. No lo quería Don Fernando y, hemos de suponer, no lo quería tampoco el gobierno portugués, quien para entonces ya estaba metido de hoz y coz en la negociación; y es que, en este supuesto, lo más probable, por muchas razones, hubiera sido que fuese España quien acabase engullendo a Portugal como, por otra parte, ya había hecho en el pasado.



El iberismo está bien, pero lo cierto es que España y Portugal son cosas distintas. No hablamos el mismo idioma (bueno: hay una parte del nacionalismo gallego que no piensa así). Organizamos nuestros estados de formas bastante diferentes. Unos matamos a los toros y los otros, no. Unos dominamos el arte de cocinar el rape y otros el bacalao. Las toallas españolas son ásperas y el jamón portugués tira a insulso. La verdad es que ni siquiera almorzamos a la misma hora. Así pues, era necesario arbitrar alguna solución que mantuviese ambas líneas dinásticas estancas.

Éste fue el punto que, al fin y a la postre, acabó con las negociaciones. Prim se obstinaba en defender el artículo 77 de la Constitución del 69, que establece una línea dinástica muy típica (primogenitura, sexo masculino y edad), mientras que Don Fernando quería algún tipo de garantía. Finalmente, España ofreció incluir en la Constitución un artículo que estableciese que, si en el futuro los derechos dinásticos de España y Portugal recaían en la misma persona, esta unión no se produciría si una sola de las dos naciones no lo quería; pero se añadía que se realizaría en caso de acuerdo. Don Fernando no pudo aceptar esa condición.

La verdad es que la actitud del portugués fue la leche. Debería haber sacado el asunto de la sucesión al principio, cosa que no hizo. Y dio tantas ilusiones a los españoles que hizo a Prim escribirle una carta ofreciéndole la corona, algo que nunca hará un representante político que se precie de inteligente para otra cosa que para recibir un sí.

El 5 de julio, cerrada la vía portuguesa, el Consejo de Ministros decide apostar por Hohenzollern. Sin embargo, el príncipe desistió una semana después, consciente de que un sí podía desencadenar una guerra. Leopoldo de Hohenzollern Sigmaringen, con esos nombres, no era, obviamente, de Barbate. Era prusiano, y Prusia era una de las dos grandes potencias continentales europeas. Francia, la otra, no iba a consentir que en su patio de atrás reinase un comedor de salchichas (de hecho, para garantizarse dicha dominación es para lo que nos envió a una de sus regias familias).

Por lo que se refiere al duque de Génova, cuando sonó su candidatura tenía 16 años y estudiaba en Inglaterra. Sin embargo, en Italia la idea no gustó, y en España ni gustó ni dejó de gustar, pues los españoles no sabían ni quién era.

Por último, Espartero era ya viejo y lo había sido todo en la política española. Pasó del tema con elegancia.

Quedaba Amadeo. El pobre Amadeo. A trancas y barrancas, se consiguió que aceptase. España tenía, de nuevo, rey.

Por los pelos.