viernes, julio 27, 2007
History Quiz #1
Así pues, esto es algo así como el concurso ¿Sabes más que un imbécil cuyo hobby es leer libros de Historia? Un pequeño divertimento en el que se ofrecen algunas alternativas de respuesta. No hay ningún objetivo concreto, ni pretendo con ello demostrar nada. Tan sólo entretener un breve paso en un momento de asueto más o menos planificado, que supongo que es la situación en la que estamos todos cuando caemos en la página de un blog que visitamos a menudo o por primera vez.
Espero que te entretengas comprobando lo que sabes, y lo que no sabes. Las respuestas están al final del texto, con alguna pequeña explicación.
1) ¿Cómo se llamaba el perro doméstico de Pablo Iglesias, fundador del PSOE?
a. Marx
b. Engels
c. Borbón
d. Maura
2) ¿Qué es, o era, un «cimbrio»?
a. Se denominó cimbrios a una tendencia de los demócratas impulsores de La Gloriosa de 1868 que aceptaron la solución monárquica propuesta por Prim.
b. Se denominó cimbrios a los partidarios del marqués de Floridablanca.
c. Se denominó cimbrios a los miembros de las brigadas internacionales procedentes de la comarca italiana de Cimbria
d. Se denominó cimbrios a los terroristas anarquistas italianos que pulularon por España en el siglo XIX. Cimbrio era, por ejemplo, Angiolillo, el asesino de Cánovas.
3) En las últimas semanas de la guerra civil un coronel republicano, Segismundo Casado, dio un golpe de Estado con el objetivo de acabar con la guerra y rendir a la República ante Franco. Esta decisión fue anunciada en una alocución radiada en la que el militar fue precedido por dos dirigentes de la República. ¿Sabrías decir cuales?
a. Juan Simeón Vidarte (PSOE) y Santiago Carrillo (PCE).
b. Julián Besteiro (PSOE) y Cipriano Mera (CNT).
c. Diego Abad de Santillán (CNT) e Indalecio Prieto (PSOE).
d. Mariano Ansó (Izquierda Republicana) y Lluis Companys (Esquerra Republicana de Cataluña).
4) ¿Quién fue acusado por la oposición clandestina, en tiempos del franquismo, de haber dicho «todos los catalanes son una mierda»?
a. El almirante Luis Carrero Blanco, en aquel momento Ministro secretario de la Presidencia.
b. Francisco Franco, durante su primera entrevista con el presidente estadounidense Dwight Eisenhower
c. Luis Galinsoga, director del periódico La Vanguardia.
d. Curro Romero, tras un escándalo en la plaza monumental de Barcelona.
5) ¿Contra quién ha librado (de momento) su última guerra Granada?
a. Contra Jaén
b. Contra Castilla y Aragón (o sea, contra los Reyes Católicos).
c. Contra Francia (guerra de la Independencia).
d. Contra el Magreb
6) En los años del franquismo y la oposición, ¿qué significaba «Felipe»?
a. Era la referencia por la que se conocía a Felipe González Márquez, militante del PSOE que fue nombrado secretario general en el congreso de Suresnes.
b. Los «felipes» eran el nombre que recibían las furgonetas en las que se transportaban los policías antidisturbios, más conocidos como «grises».
c. Se trataba de una consigna clandestina usada por las Comisiones Obreras para dar la orden de huelga. Felipe significa FLP: Fuerza Libre Proletaria. Así, los dirigentes clandestinos sólo tenían que decir cosas como «mañana viene Felipe» para señalar que al día siguiente comenzaba la huelga.
d. Por esas siglas se conocía el FLP, Frente de Liberación Popular, movimiento antifranquista de interior.
7) Jordi Pujol, que llegaría a ser presidente de la Generalitat de Cataluña, fue detenido y torturado por el franquismo en 1960 tras un agrio suceso en un concierto del Orfeón Catalán. Contra las instrucciones dadas por la autoridad, el público de la representación artística, Pujol incluido, se obstinó en cantar una canción. ¿Qué canción?
a. El cant de la senyera
b. Els segadors
c. El himno del Barça
d. El himno carlista Por Dios, por la Patria y el Rey
8) Llegada la democracia y la transición política, ¿cuál fue la principal razón de que Galicia fuera considerada comunidad histórica junto a Cataluña y el País Vasco?
a. Por el peso histórico de la revuelta de los irmandiños.
b. Porque los autonomistas gallegos lograron el apoyo de la Comunidad Europea.
c. Porque así lo dictaminó la Real Academia de Historia.
d. Por haber tenido un estatuto de autonomía en vigor, ya durante la guerra civil
9) ¿Por dónde salió Alfonso XIII de España?
a. Por Cartagena
b. Por Badajoz
c. Por Irún
d. Por Barajas, en avión.
10) Entre los antifranquistas de los años cincuenta y sesenta, fue extraordinariamente famoso el apellido Eymar. ¿Sabrías decir por qué?
a. Era el apellido del funcionario francés que durante veinte años se ocupó de las peticiones de asilo político, de las que muchos huidos se beneficiaron.
b. Era el apellido del comisario jefe de la brigada político-social
c. Era el apellido del coronel que presidía el Juzgado Especial Militar para la represión de la masonería y el comunismo.
d. Era el alias clandestino de Santiago Carrillo.
RESPUESTAS
Pregunta 1: D.
Miguel Maura, hijo del político Antonio Maura que en la República ocupó la cartera de Gobernación (hoy Interior) cuenta en sus memorias que cierto verano lo pasó en San Rafael junto a una casa donde veraneaba Pablo Iglesias. Una mañana, escuchó a una mujer llamar: «¡Maura, Maura!» Creyendo que le llamaban, salió de la casa, pero sólo para comprobar que la mujer que gritaba era alguien de la casa de Iglesias, y que el Maura al que llamaba no era él, sino el perro.
Pregunta 2: A.
Los cimbrios, en efecto, eran diputados de perfil revolucionario que, sin embargo, se mostraban acordes con la normalización monárquica de Prim. Lo que no está muy claro es de dónde venía la palabrita.
Pregunta 3: B.
En aquella alocución habló primero Besteiro por expreso deseo de Casado, para darle prestigio al movimiento. Por lo que se refiere a Mera, su intervención estuvo motivada en demostrarle a los comunistas que el golpe de Estado contaba con una milicia a su favor, la formada por los anarquistas.
Pregunta 4: C.
Fue Luis Galinsoga, director administrativamente impuesto de La Vanguardia.
Pregunta 5: A.
La provincia o cantón de Granada se proclamó, como tantos otros territorios, independiente al final de la I República, y llegó a declararle la guerra a la provincia de Jaén. Que yo sepa, es la última vez que Granada, como tal territorio, ha estado en guerra.
Pregunta 6: D.
El Felipe o Frente de Liberación Popular era una formación de gran importancia en la oposición antifranquista a principios de los años sesenta. De hecho el franquismo persiguió con saña a su principal dirigente, el diplomático Julio Cerón.
Pregunta 7: A.
El cant de la senyera es un poema de Joan Maragall y aquel concierto se concibió como un homenaje al poeta. A última hora, el gobierno civil decidió suspender el canto del poema, pero el público se obstinó en entonarlo. El suceso provocó un rosario de detenciones y torturas de catalanistas, sobre todo católicos.
Pregunta 8: D.
Fueron consideradas comunidades históricas aquellas que podían reivindicar una experiencia autonomista en el pasado. Galicia, aunque por los pelos, podía sostener dicha reivindicación.
Pregunta 9: A.
Se manejó la posibilidad de que fuese a Portugal por Badajoz, pero se reputó el viaje demasiado largo. En cuando a la salida por los Pirineos, probablemente se quisieron evitar problemas de orden público en Cataluña.
Pregunta 10: C.
Enrique Eymar, coronel mutilado, se hizo tristemente célebre por presidir la sala militar especial creada para la represión de los delitos políticos.
miércoles, julio 25, 2007
Memes
Así pues, vamos allá con los ocho secretos inconfesables, y a la vez confesables, de JdJ.
1.- Soy tremendamente maniático. Con los años he conseguido que nadie lo note, o eso creo yo, pero muchas cosas que hago cada día están presididas por la manía. Supongo que todo empezó por mi madre, que nunca ha soportado que en la mesa se pusiera el pan boca abajo; decía que eso hacía llorar a la Virgen y yo debí creérmelo. Es el día de hoy y, si estoy en una encopetada comida de trabajo y percibo que alguien cercano a mí ha dejado el pan boca abajo, trato de buscarme la vida para darle la vuelta. Quiero decir que me porto bien y eso pero si, por una casualidad, mi compañero comensal se levanta al baño o a atender el móvil, le coloco el pan. En La Coruña vivía en un sexto piso y a la altura del quinto había una ventana baja. Un día le di al pasar un golpe con los nudillos en el cristal y, a partir de entonces, ya no podía pasar sin dar dicho golpe; incluso, algunos días que recuerdo se me olvidó, me las arreglé para que mi madre me enviase a la calle a algún recado (lo cual, no ha de olvidarse, eran doce pisos gratuitos, seis de bajada y seis de subida) para poder dar el toque. Luego me dio por dar el golpe con la cabeza. Era ridículo.
2.- Soy incapaz de ver Cuando ruge la marabunta. De todas las pelis que me dieron miedo en la infancia, ésta es la que más miedo me dio. Sólo tenía siete años y aún así me las ingenié, no sé cómo, para informarme en enciclopedias y esas cosas sobre la escasa probabilidad que existe de que Galicia experimente una invasión de hormigas carnívoras. No obstante haber pasado los años y todo eso, no obstante de vivir en Madrid y por ello ser consciente de que las hormigas llegarían a Madrid con la panza llena tras su paso por Getafe, Parla, Majadahonda, Las Rozas o San José de Valderas; no obstante todo eso, digo, es una película que no puedo ver. Me sigue dando demasiado repelús.
3.- No soporto a Tarantino. Me parece banal, aburrido e inconsistente. En realidad, éste no es un secreto inconfesable. Es un secreto que he debido guardar para poder seguir siendo medianamente popular en mi entorno. Por alguna razón que desconozco, hay personas en este mundo que soportan mejor que les digas que su aliento huele a repugnancia galáctica que una confesión tan sencilla como: «Tarantino me parece un tostón».
4.- Sólo he sido fan de un conjunto rockero: Los Bravos. En aquella época, yo era un niño, en casa no teníamos tocadiscos, así pues aquella fue una afición radiofónica. Pero recuerdo que era capaz de pasarme horas escuchando las radiofórmulas gallegas esperando que pusieran alguna canción de Los Bravos, cosa que era frecuente porque eran muy populares. Nunca llamé a los programas de peticiones por dos razones: una, porque juzgué que se me notaba bastante la edad al teléfono, así pues era poco probable que me tomasen en serio; otra, porque mis padres, previsores, habían colocado el teléfono en la pared aproximadamente a un metro sesenta del suelo, y yo no llegaba. Pero recuerdo bien que el día que se publicó que el grupo se disolvería porque Mike Kennedy se iba a casar, pasé dos horas hincado de rodillas rezando… ¡para que no se casase!
Los hechos son, por cierto, que no se casó y que Los Bravos, de aquélla, no se separaron. Lo cual demuestra que los designios del Señor son, verdaderamente, inescrutables (o que le mola Los chicos con las chicas).
5.- En los años de mi adolescencia se investigó en mi colegio (Santa María del Mar, padres jesuitas, La Coruña) el misterioso origen de unas explosiones. Se producían a primera hora de la tarde en diversos lugares de la campa que rodeaba (y rodea, creo) el colegio, y nadie sabía muy bien a ciencia cierta por qué. Las explosiones desaparecieron con el mismo misterio con el que aparecieron.
Pues bien: todo tiene que ver con el día que descubrimos, en clase de química, la fantástica reacción exógena que realiza el sodio sólido al contacto con el agua. Es un experimento jodidillo porque la reacción es muy, muy exógena; con ir a Youtube y teclear sodium en el buscador, se accede a decenas de videos sobre el asunto.
En clase de química nos enseñaron echando un pequeño trozo de sodio en un matraz con agua. El sodio era previamente envuelto en papel de periódico para que se fuese humedeciendo poco a poco, eliminando la violencia de la reacción.
Algunas personas (éste es mi meme, así pues no daré más nombres), por llamarnos de alguna manera, nos sentimos fascinados por el experimento y nos hicimos la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si cogiésemos una cantidad algo mayor de sodio envuelta en periódicos y la dejásemos en algún paraje inhóspito y solitario? ¿Qué ocurriría cuando pasara lo que, indefectiblemente, acaba ocurriendo en La Coruña en los meses escolares, esto es que se ponga a llover?
Nuestro experimento falló un montón de veces. Cogimos el sodio (por no decir que lo robamos), lo envolvimos, lo abandonamos y luego esperamos. Se ponía a llover, pero no pasaba nada. Entonces, antes de irnos a casa, regresábamos al lugar del crimen, recuperábamos el sodio y lo reintegrábamos al laboratorio.
Era una cuestión de dosis y de capas de periódico. Investigamos por el método de prueba y error, y error, y error. Hasta que un día… ¡bingo! Estábamos en clase de latín, tras la comida, se puso a jarrear y, de repente, en la lejanía, detrás del comedor, se escuchó un sonido, como una pequeña detonación.
Dado que habíamos dado con las dimensiones adecuadas, celebramos un par de explosiones más. Luego lo dejamos, conscientes de que el FBI nos seguía de cerca los pasos. Además, a las chicas, cuando les contamos nuestra hazaña, no pareció impresionarles, por lo que cegamos esa vía de desarrollo personal por no considerarla rentable.
He oído que en los laboratorios de química escolares hoy ya no se guarda sodio. Y es que los maestros son gente sabia.
6.- Nunca he conseguido entender la genialidad del Ulises de Joyce.
7.- Mi sueño incumplido confesado (mucha gente lo conoce) es aprender a tocar el piano. Pero el inconfesado es conducir un camión de gran tonelaje por una autopista.
8.- Finalmente: no suelo comer paella. Y, para ahorrar explicaciones, suelo decir que no me gusta. Aunque no es del todo verdad. La verdad es que me gusta, pero en bocadillo. Y las pocas veces que me he atrevido a decir tal cosa, he tenido la sensación de estar blasfemando gravemente, o algo así.
Bueno, paso la bola a Omalaled, Dani Durán, a Berna Wang y a la parejita Chiki/Mike, amén de al inefable Tiburcio, a ver si se confiesan.
sábado, julio 21, 2007
Franco, 1; Falange, 0
viernes, julio 20, 2007
Qué vergüenza
Hoy se ha secuestrado de los quioscos españoles una publicación, El Jueves, por publicar una imagen (una caricatura) sexualmente explícita de dos miembros de la familia real española. Todo ello es cierto: es una caricatura, y es sexualmente explícita. Pero lo importante no es eso. Lo importante es si es injuriosa. Y, la verdad, en un país que, para bien o para mal, permite que canales de televisión generalista difundan películas de sexo explícito; en un país donde concursantes televisivos son encerrados durante meses en una casa para, entre otras cosas, hacer de sus retozos bajo el edredón un espectáculo masivo retransmitido en directo; en un país donde los caricaturistas pintan a personas públicas y los convierten en cualquier cosa; en un país donde ocurre todo eso, considerar una grave injuria el dibujo de dos personas acoplándose, resulta difícil de sostener.
Conste una cosa: a mí, personalmente, esa portada me parece de muy mal gusto. Pero ése no es el tema. Tampoco me parecen de buen gusto tratamientos paródicos que veo por ahí. Ahora mismo estoy pensando en la caricatura que traza Family Guy (Padre de Familia) de Stephen Hawking en el episodio en el que el chucho Brian Griffin trata de acabar su carrera universitaria. Muy, muy mal gusto. Pero responder al mal gusto con la prohibición, lejos de castigarlo, sería, es, santificarlo.
Escribo estas líneas en este blog mío porque va de la Historia de España, y la Historia de España está preñada de secuestros de publicaciones y atropellos a la libre expresión de las ideas; pero es, o era, Historia. La primera cosa que hizo la monarquía cobardemente huida a Francia y regresada tras la guerra de la Independencia, esa monarquía que engañó a los liberales que la apoyaban afirmando su fidelidad con una senda constitucional en la que no creía, la primera cosa que hizo, digo, fue aprobar una ley de imprenta que mandaba a las catacumbas a todo aquel que no aplaudiese con las orejas al deseado Borbón. La Historia del siglo XIX español es un Guadiana de periodos de libertad de prensa entreverado con largos interludios absolutistas o absolutistoides en los que las imprentas, de nuevo, debían callar.
Cuando todo ese montaje forzado y absurdo se vino abajo llegó una República democrática que, sin embargo, tiene en su debe enormes déficit de libertad, precisamente por los periódicos que, a decenas, cerró y secuestró durante diversos periodos. Y qué decir de Franco, la Espada de Trento capaz de cerrarle la revista a todo el que se movía, de volar el edificio entero de un periódico y de manipular las películas de puro divertimento a mayor gloria de las esencias de la muy católica España. Pero todo eso pasó, hasta el día en que apareció en una portada una imagen sexualmente explícita. Gran pecado, por lo visto.
Yo no sé si es o no es cierto eso que al parecer dice ahora la familia real española de que nada de esto va con ellos, que ellos no han pedido el secuestro. Lo que sí sé es que, si fuesen listos, estarían ahora mismo llamando al juez Del Olmo para implorarle que dé marcha atrás. Muy republicano debe de ser el señor magistrado, porque, desde luego, si pretendía hacerle un favor a la institución monárquica, si pretendía protegerla, hoy había sido un día estupendo para que, en lugar de ir a trabajar, se hubiese comprado a una PSP y hubiese ocupado el tiempo intentando pasar de los 50.000 puntos en el Lumines. Porque más que un favor, lo que les ha hecho es una putada. Y ellos, por lo que se ve, se dejan hacer.
La cuenta es sencilla: compárese el número de personas que, en las próximas 72 horas, verán y juzgarán esta portada, y las que la hubieran visto y juzgado de no haber existido el secuestro.
Cráneos previlegiados.
martes, julio 17, 2007
Olvidados de la memoria histórica
Hoy se multiplican los homejanes por parte de quienes se sienten herederos de la República (y lo escribo así porque, con los votos en la mano, la República fue fundamentalmente el PSOE y un montón de partidos que nadie sabe hoy a ciencia cierta qué herederos tienen; y, recíprocamente, a los antepasados de no pocos de los herederos de hoy no los votaba ni Dios). A los excombatientes, a los brigadistas internacionales. Está bien. Pero es poco. En una guerra, ya lo he escrito, hay muchas historias entrelazadas, la mayoría olvidadas.
Hoy quiero desempolvar cuatro: las de Arvid Harnack, Harro Schulze-Boysen, y sus respectivas mujeres. Al final del texto explicaré por qué.
Arvid Harnack nació en 1901, en el seno de una familia burguesa, formada sobre todo por profesores y funcionarios, muy religiosos. En 1918, acabada la guerra, milita durante algún tiempo en organizaciones ultranacionalistas (que son la semilla del nazismo), pero acaba haciéndose comunista. En 1927, consigue una beca de la Fundación Rockefeller para viajar a Estados Unidos, concretamente a Wisconsin, para estudiar los movimientos sindicales americanos. Allí conoce a una mujer, Mildred Fish, con la que se casa y vuelve a Alemania.
Hoy es el día que las escuelas de Wisconsin celebran, cada 16 de septiembre, el Mildred Fish Harnack Day. En este post os voy a explicar por qué.
En Alemania, Harnack monta un grupo de estudio que, en 1932, viaja a la Unión Soviética para analizar in situ la economía planificada. Allí es contactado por dos de los líderes de Komintern, Otto Kuusinen y Osip Piatnisky, ambos, por lo tanto, miembros del Partido Comunista con la función de impulsar la revolución mundial. Ambos consiguen captar a Harnack para que trabaje para la URSS.
En 1933, los nazis llegan al poder. Ese mismo año, Harnack consigue una jefatura en el servicio de relaciones económicas con Rusia del Ministerio de Economía. Mildred, mientras tanto, traduce y da clases. En 1937, momento en que la olla alemana ya está muy caliente, el matrimonio viaja a Estados Unidos, donde los amigos, sobre todo de Mildred, les ofrecen ayuda para no regresar. Harnack, sin embargo, se niega, lo cual sirve para que casi todos en el círculo americano piensen que se ha vuelto nazi.
Y no son los únicos que lo piensan. Para los nacionalsocialistas, el gesto de regresar tiene un valor claro: se trata de un hombre de confianza. Así que Harnack participa nada menos que en los trabajos previos de la firma del pacto alemán-soviético entre Hitler y Stalin, y se convierte en uno de los más altos funcionarios del Ministerio de Economía.
Harro Schulze-Boysen es casi un aristócrata. Nacido en 1912, es sobrino-nieto de una de las glorias de la armada alemana, el almirante Von Tirpitz. Su padre llegó a ser jefe de Estado Mayor de las tropas alemanas que ocuparon Holanda en la segunda guerra mundial.
A los 17 años, encontramos al joven Harro desfilando entre las filas de una organización juvenil muy conservadora, la Jungdeutscher Order. Sin embargo, en los años de la universidad, Shulze-Boysen se apartará del protonazismo de su adolescencia, así como del comunismo, promoviendo una especie de tercera vía revolucionaria, que ha de generar un cambio social radical, no se sabe muy bien cómo. Crea una revista donde escriben colaboradores de todo pelaje.
Cuando llega Hitler, en 1933, esa táctica de permitir todo tipo de puntos de vista le costará cara. Harro es arrestado por las temidas SS, que lo meten en un calabozo y le dan varias manos de hostias. La familia, pudiente e influyente, consigue sacarlo, pero el Shulze-Boysen que sale de la celda ya no es el mismo: ahora odia a los nazis con todo su corazón y sólo vivirá para vengarse.
En 1936, Harro endereza su vida, cuando menos de puertas para afuera, tras casarse con Libertas Haas-Haye, una chica de muy buena familia, incluso lejanamente emparentada con el Kaiser. Una familia, además, muy bien relacionada, como la suya propia. Testigo de la boda será un prominente nazi: Hermann Göring, el jefe de la Luftwaffe (fuerzas aéreas). A todas luces, Harrito ha lavado su difícil pasado liberal a los ojos de los nazis.
Shulze-Boysen se trabaja a tope al idiota Göring y consigue que éste le meta en el Instituto de Investigaciones Hermann Göring.
Así que tenemos, en 1936, a dos alemanes de ley, uno funcionario del Ministerio de Economía, y otro introducido en el Ejército del Aire, los dos con un intachable marchamo nacionalsocialista. Ambos fieles a la causa y dispuestos a morir por ella.
Y, sin embargo, ambos son el centro de la sección berlinesa de la Orquesta Roja, es decir, la red de espías soviéticos en Alemania y los territorios ocupados.
Gilles Perrault, en su libro dedicado a esta Orquesta Roja, nos traza la forma de trabajar de este cuarteto a través de un reclutamiento: el del teniente Herbert Gollnow.
Gollnow era un joven militar, ávido de ascensos y medallas, que estaba loco por ser destinado al frente para poder ganarlas. Estando en la Luftwaffe, habló con Shulze-Boysen por ver si le podía ayudar. Harro, lejos de hacerle caso, le convenció de que su futuro estaba en Berlín, cerca de él, pero, eso sí, para medrar debía de hablar inglés. Así que le convenció para que pusiera un anuncio en la prensa pidiendo un profesor particular y se ofreció, asimismo, para estudiar con él las ofertas.
Gollnow recibió dos ofertas por su anuncio. Una era de un mediopensionista cualquiera el cual, por supuesto, pidió dinero por las clases. Shulze-Boysen le convenció de que era demasiado caro. La segunda oferta era de una profesora americana que se mostró entusiasmada por poder practicar el inglés por las tardes, mientras tomaba el té con su alumno; tan, tan entusiasmada que se mostró dispuesta a hacerlo sin cobrar.
Gollnow, impulsado por su superior en la Luftwaffe, se tragó el anzuelo: la profesora altruista no era otra que Mildred Fish Harnack.
Mildred ejerció con pericia su labor de calientapollas. Cada tarde, a las cinco, se sentaba a tomar el té con su alumno el teniente y le decía cosas como que tenía que mirarla fijamente a los labios cuando hablaba para captar la pronunciación. Gestitos, posturitas. Era una mujer muy bella, probablemente, según Perrault, lesbiana. Hemos de suponer que al joven Gollnow cada vez se le trababa más la lengua y, más aún, ni siquiera era el único apéndice que se le trababa.
Un día, en el invierno de 1941 a 1942, Arvid Harnack entró en la sala. Realizó con Gollnow un viejo truco de espía: si quieres que alguien te dé información, muéstrale, como si tal cosa, que tú tienes más. Hablaron de la guerra. Gollnow se quejó de que el frente del Este estuviese empantanado. Harnack anunció que eso iba a cambiar. Gollnow, educadamente, le explicó que, si iba a haber movimientos en el Este, él debería saberlo. Entonces Harnack, como el que habla de cualquier gilipollez, le habó de un movimiento masivo de prisioneros del Cáucaso que era una clara demostración de que algo había de pasar, y del cual el teniente no tenía ni idea. Gollnow quedó fascinado y, desde entonces, no tuvo reparo en ventilar en aquella casa los mayores secretos, creyendo estar entre personas que ya los conocían.
No debieron pasar muchos días antes que Gollnow y Mildred Fish se acostasen por primera vez. Siempre según Perrault, Mildred le presentó a Libertas, la mujer de Shulze-Boysen, también lesbiana; y se montaron un trío. Lo llamaban las Veladas de los Catorce Puntos, nombre que se refiere a los puntos de las cartillas de racionamiento. Las mujeres tenían que acudir con vestido equivalente al que se podía comprar con catorce puntos, por lo que iban semidesnudas.
Sabido es que el sexo es la vía más antigua del mundo para soltar la lengua de un ser humano. Gollnow cantó de plano. Llegó incluso a confesarle a sus dos amantes todos los detalles de una expedición de paracaidistas alemanes que iban a saltar tras las líneas rusas, ninguno de los cuales llegó al suelo: los soviéticos sabían dónde, cuándo y cómo iban a saltar y los fusilaron en el aire.
Shulze-Boysen amplió las Veladas de los Catorce Puntos. El todo Berlín iba a su casa a probar el folleteo. Y que nadie piense que esta política discriminaba a las espías. El libro de Perrault incluye un testimonio según el cual el propio Shulze-Boysen reclutó a un joven soldado, de nombre Heilman. El chico se enamoró del apuesto jefe de la Luftwaffe y éste no tuvo reparo en acostarse con él.
«He metido mi venganza en el congelador»; éstas fueron las palabras que Harro Shulze-Boysen pronunció ante un conocido en 1933, tras salir de los calabozos de la SS. Todo parece indicar que éste fue siempre su impulso. No era comunista, en lo absoluto. Era alguien humillado que quería vengarse y llegaba donde no llegaba nadie. Porque el gran problema de la oposición alemana al nazismo es que estaba formada por alemanes, así pues, a muchos opositores, además de repugnarles Hitler, les repugnaba que Alemania perdiese la guerra. A Shulze-Boysen, no. Él quería aplastar a esos jodidos nazis y, por eso, junto a su compañero el comunista Harnack, hizo impagables servicios a la URSS, el mayor de ellos avisarles del cambio de estrategia de Hitler, cuando decidió no intentar tomar Moscú y virar hacia el sureste para hacerse con el petróleo del Cáucaso; tentativa durante la cual, como sabemos cayó en el pozo de Stalingrado, donde, no por casualidad, le estaban esperando los rusos.
¿Qué tienen que ver Harnack, Shulze-Boysen, Mildred Fish y Libertas Haas-Haye con nuestra memoria histórica? Pues tienen que ver, porque no sólo espiaron para prevenir sobre los ataques a la URSS. Por Alemania pasaba también mucha documentación sobre los movimientos del ejército franquista, pues eran movimientos combinados con el ejército alemán, especialmente en la aviación, que era el arma que, precisamente, Shulze-Boysen se tenía más «trabajada». Sabemos, pues, que estos espías informaron a Moscú, y Moscú a Madrid, sobre un montón de acciones previstas por Franco, lo que permitió a la República prever muchos golpes. Ellos, por lo tanto, y aunque estos servicios fueron obviamente previos a la guerra alemana, también se jugaron la vida por España.
Fueron detenidos en 1942 y ejecutados en los meses siguientes. Así pues, descansan en paz. La paz de los olvidados.
martes, julio 10, 2007
ANV, en sus inicios
ANV, sin embargo, tiene, como se han preocupado de recordar muchas personas en los últimos tiempos, una larga historia. Todo parece indicar, de hecho, que, a despecho de discusiones más precisas en torno a la legalidad de sus candidatos, lo que parece estar muy claro es la enorme distancia existente entre su nacimiento y su presente. Hoy quiero dedicar estas líneas a contaros lo que sé sobre aquél.
ANV nació el 30 de noviembre de 1930, con el denominado manifiesto de San Andrés. Lo primero que hay que entender es ese tiempo. En noviembre de 1930, hace poco menos de un año que la dictadura del general Primo de Rivera ha quedado herida de muerte con el cese del general, a principios de año, y el nombramiento al frente del gobierno del general Dámaso Berenguer, el cual creyó, inocentemente, que podría encauzar la monarquía en su beneficio, cuando lo que había en ese momento en España era una marea republicana que se demostró imparable. No hace muchas semanas del manifesto se han reunido en San Sebastián diversas fuerzas de izquierdas y nacionalistas para llegar a un acuerdo, el Pacto de San Sebastián, de donde ha salido hasta el futuro gabinete republicano. España huele a República y, más concretamente, Cataluña, el País Vasco y Galicia huelen a algún tipo de autonomía. Todos los partidos nacionalistas ven llegado el momento de que sus aspiraciones sean tenidas en cuenta.
El País Vasco, sin embargo, tiene un problema bastante grave. Los orígenes más directos del nacionalismo vasco están en el foralismo, es decir la defensa de los fueros y las leyes viejas que otorgan privilegios a los denominados territorios históricos. El foralismo es un movimiento distinto, por ejemplo, del nacionalismo catalán, que tiene otra naturaleza; y ha sido tradicionalmente defendido, en el País Vasco, por fuerzas sociales de corte muy conservador, íntimamente ligadas a la Iglesia católica. Como resultado, cuando la situación madura o parece madurar para los nacionalismos inscritos en España, el vasco es un nacionalismo que defienden, en exclusiva, fuerzas de derecha, presididas por el ideario de Sabino Arana, de quien se pueden decir muchas cosas, pero que era un enamorado del igualitarismo no es una de ellas. De hecho, la izquierda obrerista vasca, cuyo nacimiento y crecimiento eran lógicos teniendo en cuenta que el País Vasco era una de las dos grandes áreas industriales de España, se desarrolló a espaldas del nacionalismo y, de hecho, demostrando una amplia desconfianza hacia el mismo dado su carácter reaccionario.
Prueba de ello es que de la principal líder obrerista crecida en parte en el País Vasco, Dolores Ibárruri Pasionaria, pocos testimonios autonomistas, menos aún independentistas, se conservan. Y de la otra gran figura del obrerismo vasco, Indalecio Prieto (nacido en Asturias, pero bilbaíno de adopción), los testimonios españolistas son legión.
En 1930, por lo tanto, nacionalismo vasco significa sabinismo de tintes reaccionarios y, sobre todo, confesionales; los diputados vascos presentarán dura pelea durante los debates de la Constitución republicana de 1931 a cuenta del laicismo del Estado. El PNV es la ya fuerza claramente hegemónica de esta tendencia, aunque en compañía de algunos grupos sindicales (Solidaridad de Obreros Vascos, hoy existente) y de otro corte, como la Federación de Mendigoizales, una especie de montañeros que desde principios de siglo realizaban excursiones dedicadas, además de a excursionar, a difundir el ideario de Don Sabino. En los tiempos de la República, cuando el PNV se vuelve posibilista y acepta la vía de un estatuto de autonomía que será aprobado ya en plena guerra, los nacionalistas independentistas se escindirán en un grupo llamado Jagi-Jagi, aunque con escasa fuerza (aunque esto de que tenían escasa fuerza lo he leído en un escrito del PNV, los hechos parecen darles la razón).
Los tiempos han acabado por demostrar, sin embargo, que izquierda y nacionalismo no necesariamente están enfrentados. Lo cual viene a significar que se puede ser nacionalista sin ser por ello un burgués y, al tiempo, que el significado de la izquierda ha cambiado mucho durante el siglo XX, pues, ciertamente, cuando ser socialista era sostener una ideología internacionalista, ello venía a suponer que un socialista de La Coruña se debía sentir más hermano de un obrero indonesio que de su vecino sastre lucense. En 1930, sin embargo, eso de que desde la izquierda se asumiese el nacionalismo vasco era como pensar que Joan Laporta vaya a sacar un DVD bailando chotis. Y éste, precisamente, es el espacio que intentó ocupar, tímidamente, ANV.
ANV nace, fundamentalmente, de personas escindidas del PNV. Lo cual no es ninguna novedad, pues todo nuevo nacionalismo vasco, en aquella época, debe surgir de ahí. Su programa, expresado en el manifiesto de San Andrés, es más bien liberal y de clase media, aunque rápidamente definirá como su labor el lograr una entente entre el nacionalismo y las izquierdas vascas. Lo que ocurre es que esta tentativa quedó definida en una asamblea de ANV celebrada en Bilbao, tras una serie de reuniones en los ayuntamientos donde tenía presencia, que se celebró en 1936. La guerra cortó de cuajo estos intentos. Los indicios hacen sospechar, en todo caso, que el inicio de la guerra no sólo cercenó la labor de ANV, sino que la libró de una triste escisión. Algunos de los nombres más importantes en la formación de este partido, como Justo Gárate, o el abogado Luis Urrengoechea, Anacleto Ortueta, Luis Areitioaurtena, Tomás Bilbao o Andrés Resca, eran personajes de corte burgués liberal que no se encontraron nada cómodos con la deriva del partido, motivo por el cual el enfrentamiento bélico les pilló a muchos poniendo tierra política de por medio. Según las referencias que he leído, en aquel entonces la principal implantación de ANV se daba en Baracaldo.
Una clara definición del acercamiento que ANV quería hacer con las izquierdas fue su encuadramiento en el Frente Popular. Esta decisión no fue comprendida por el PNV, que consideraba que el nacionalismo vasco que se integrase en el Frente Popular pecaba de falta de patriotismo; e incluso por algunos militares de ANV, ya que, al parecer, militamtes de este partido habían resultado muertos a manos de socialistas (un correligionario asesinado en Baracaldo que habría denunciado, antes de morir, a su agresor, así como otro asesinado por la espalda en una romería en Santurce).
Al comenzar la guerra, ANV formó cuatro batallones, dato éste que nos tiene que dar la muestra de su relativa importancia, puesto que, si hemos de creer a dirigentes de aquel momento como Luís Ruiz de Aguirre, para entrar en los batallones de ANV se exigía ser militante (además de razonablemente joven, claro). Otra prueba de que era una fuerza respetada es que formó parte de la caótica Junta de Defensa de Guipúzcoa, que fracasó rápidamente en su misión de impedir el avance de las tropas franquistas (mejor dicho: molistas) desde Navarra. Lo cierto es que esta junta era el Patio de Monipodio, con escasísima presencia de militares profesionales capaces de organizar la resistencia (amén de la sospecha, que existe siempre con las fuerzas republicanas al inicio de la guerra, de que de haber existido militares en buen número, tampoco les habrían dejado las fuerzas políticas mandar).
Con excesiva rapidez, pero de una forma lógica porque en ese momento la guerra en el País Vasco consiste en un ejército organizado peleando contra batallones de amateurs, la República pierde Irún, lo cual quiere decir que se queda sorda y ciega respecto de Francia, es decir sin capacidad de obtener recursos, legales o clandestinos, por la frontera. En el repliegue táctico, las fuerzas nacionalistas, los gudaris o patriotas vascos, se concentran en Azpeitia (aunque manteniendo la diferencias, es decir PNV y ANV por separado) y comienzan a organizar batallones razonablemente estructurados. Sin embargo, para entonces San Sebastián está perdida.
Tres meses después de empezada la guerra, ANV controla unos 5.000 gudaris. Sin embargo, por lo que he podido saber nunca actuaron unidos, como un pequeño ejército. Más bien, se organizaban en pequeños grupos que actuaban en diversos puntos de lo que en ese momento ya se puede denominar, con claridad, una retirada. El caos, no obstante, quedará muy matizado a partir del 7 de octubre de 1936, fecha histórica para el nacionalismo vasco en la que se crea el gobierno vasco, es decir una autoridad que todos, y notablemente los gudaris, reconocen y obedecen. Un aspecto que yo creo que aún no se ha investigado a fondo es el de la relación entre el gobierno vasco y el gobierno de Madrid desde el punto de vista militar. Porque, por un lado, los vascos se quejan amargamente, en sus testimonios, de que Madrid los dejó en pelotas, sin aviación, sin marina de guerra con que defenderse de la que se les venía encima. Por su parte, los testimonios desde Madrid no niegan la mayor (que el País Vasco nunca recibió los cazas que necesitaba para evitar que los franquistas y la Legión Cóndor los bombardeasen impunemente), pero aseveran que fue completamente imposible esa ayuda (según Julián Zugazagoitia, Prieto intentó «todo lo humanamente posible» para suministrar los aviones); y, sobre todo, contraatacan acusando a los vascos de una notable miopía bélica.
Seguimos aquí a Zugazagoitia, quien en la primavera de 1937 se desplazó a Bilbao y vivió de primera mano el cruel cerco de la ciudad. El gobierno de Madrid había encargado al general Llano de la Encomienda la dirección del ejército del Norte pero, según nos cuenta Zuga en sus memorias, ante él se quejó amargamente de que allí nadie le hacía ni puto caso. Las palabras que pone en boca de Llano son, pensando en un país en guerra civil, abracadabrantes:
«- Esa negativa a recibirlos [se refiere al traslado de batallones asturianos y santanderinos para la defensa de Bilbao] se fundaba en el deseo de los nacionalistas de ser ellos solos quienes defendiesen su país. Lo han dicho concretamente: Iremos con mucho gusto en ayuda de Asturias y de quien nos necesite. Pero aspiramos a ser nosotros solos quienes defendamos Euzkadi.»
Es decir: el gobierno vasco, sintiéndose el único gobierno de su territorio, se habría obstinado, según estos testimonios, en no permitir que soldados extranjeros defendiesen su suelo. Querían defenderlo solos. Y, claro, lo perdieron.
Según los líderes de entonces de ANV, los gudaris de este partido no desecharon ninguna acción bélica. Estuvieron en la acción de Villarreal, en Marquina, en Kalamúa, en Sollube, en Bizcargi, en la famosa Cota 333, en Gorbea, en Orduña; y también en Asturias, adonde acudieron ante el peligro de derrumbamiento republicano y donde hubo unidades que perdieron hasta un tercio de sus efectivos (eso sí: al socialista asturiano Juan Antonio Cabezas, en su libro Asturias, catorce meses de guerra civil, se le «escapa» un comentario sobre la decepcionante actuación de los batallones vascos en las luchas del Principado). Algunas fuentes, en todo caso, hablan de que los batallones de ANV habrían perdido hasta un 50% de sus efectivos en la guerra, lo cual es una pasada y una más que probable exageración; pero lo que sí es, probablemente, cierto, es que la masacre bélica anuló el futuro de la formación como partido político.
No parece que ANV tuviese ya una participación muy relevante en los dos hechos de la guerra en el País Vasco que permanecen, en gran parte, en el misterio de la Historia. El primero es la pregunta de por qué Bilbao fue finalmente tomada por los franquistas sin que las tropas en retirada quemasen una sola fábrica, una sola infraestructura económica de la ciudad, cuando algunos testimonios hablan de que había órdenes de hacer política de tierra quemada. ¿Huida precipitada, imposibilidad práctica o pacto con la oligarquía económica vizcaína?
La segunda gran pregunta es el Pacto de Santoña. Pero es que el Pacto de Santoña da, por si solo, para un post.
lunes, julio 09, 2007
¿Rey de España? ¡¡¡Ni de coña!!!
Ser rey no es el peor trabajo del mundo. Es cierto que casi nunca puedes hacer lo que te apetece, tienes que procurar aprender a no tener nunca un mal gesto o alguna actitud prosaica, tienes que ir un montón de veces a actos que maldita la gana que tienes de atender y, hasta hace algunas décadas, además tenías que aprender a montar a caballo que es algo que, por ejemplo, a mí me inhabilita por completo para el cargo. Sin embargo, el sueldo no es malo, las gavelas muchas y, si te va eso de que la gente te adule sí o sí, es probablemente el puesto de trabajo que más dotado está para eso (aparte de alcalde de Marbella, claro).
Por esto, porque el balance personal de ser rey es algo que suele ser positivo, en la Historia del mundo hay pocos casos en los que una nación buscase uno sin encontrarlo. Cuando un país, máxime si se trata de un país conocido y razonablemente civilizado, clama por tener un rey, suelen salirle pretendientes por todas partes. España es un ejemplo. La guerra que ganó Felipe V fue básicamente una guerra dinástica (aunque algunos puntos de vista, como los del nacionalismo catalán, quieran convertirla en otra cosa). Y las tres guerras carlistas fueron, cuando menos epidérmicamente, una lucha entre candidatos al trono. No obstante, también hay un caso en el que ocurrió lo contrario. Un caso que, una vez contado, parece alucinante. España buscaba rey, y nadie quería ocupar el puesto.
Ocurrió tras la revolución de 1868, denominada La Gloriosa. Quienes habían dado el grito de Alcolea, es decir militares liberales que habían llegado a la conclusión de que con el moderantismo borbónico, medio absoluto, medio liberal, no se llegaba a ninguna parte, también tenían claro que la república no era la solución para España. El principal muñidor de aquella revolución, el general Prim, fue siempre monárquico y es muy cierto que, de no haber caído en el magnicidio de la calle del Turco, la primera experiencia republicana española probablemente jamás se habría realizado.
No estaba, pues, en discusión que España siguiese siendo una monarquía; la única condición era que los borbones siguiesen exiliados. Sobradamente escarmentados por el trío de la bencina borbónico del siglo XIX (Carlos IV, Fernando VII e Isabel II, tres generaciones, tres, de reyes palmariamente prescindibles), los liberales triunfantes no querían volver a nadar en aquellas aguas; amén de tener muy presente a la opinión pública, ese pueblo que había salido a la calle durante la revolución bramando a gritos precisamente por la marcha de la dinastía para siempre. La verdad es que las engañifas, las marchas atrás, las medias verdades y la represión habían sido tantas que a la gente le costaba ya creer a la real familia. En 1865, ante las enormes dificultades de la Hacienda española, Isabel II decidió tener el gesto de ceder tres cuartos del Patrimonio Real para que fuese vendido; este gesto apenas le sirvió para que el republicano Castelar se preguntase en un artículo periodístico, que estuvo a punto de costarle la cátedra, con qué derecho se sentía para quedarse el otro 25%. Las represalias gubernamentales contra Castelar derivaron en unos tumultos estudiantiles de mucha gravedad. El rector universitario, Montalván, se negó a quitarle la cátedra a Castelar, y fue gubernativamente sustituido por el Marqués de Zafra; los disturbios por causa de dicho cese causaron varios muertos y heridos.
Luego vino la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil, que nos saltaremos esta vez por no ser pesados; así como la progresiva convergencia entre las dos facciones liberales, los progresistas y la Unión Liberal, que se acentuó con la muerte del gran báculo de la política derechista de Isabel II, es decir el general Narváez. Pasta no faltaba: un miembro de la familia real, el duque de Montpensier, operaba de financiador desde Lisboa. La reina y su primer ministro, González Bravo, que estaba loco por dimitir, sabían perfectamente la que se estaba montando; pero, probablemente, nunca pensaron que la Marina se sublevaría. En mi opinión, la figura fundamental de la sublevación del 68 es el almirante Topete.
Una victoria, por cierto, sobre un país desangrado: cuando el teniente coronel Escalante toma el control de la Junta Suprema de Gobierno que forman en Madrid los revolucionarios, una vez llegadas las noticias de la victoria de Alcolea, decide socorrer al pueblo, para lo cual comisiona al director del Tesoro para que ponga en su favor los recursos existentes. Y éste le informa de que hay… 14 reales en la caja. Tres pesetas y media.
Esto ocurrió en septiembre de 1868. El 11 de febrero siguiente se reunieron las nuevas cortes, que mantuvieron al general Serrano al frente del gobierno (y posteriormente lo hicieron regente) y nombraron a Nicolás María Rivero presidente de la cámara. Estas cortes se plantearían dos grandes retos: la reforma administrativa del país y la búsqueda de un rey.
Había seis candidatos:
- El duque de Montpensier, de quien ya hemos dicho que había puesto pasta para la revolución.
- Don Fernando de Coburgo, viudo de Doña María de la Gloria, reina de Portugal y consecuentemente madre del luso entonces reinante, Don Luis.
- El Príncipe Don Leopoldo de Hohenzollern.
- El Duque de Génova.
- Baldomero Espartero, duque de la Victoria y Príncipe de Vergara.
- Amadeo de Saboya, que al fin y a la postre se lo llevaría al huerto (o se lo llevarían a él, más bien).
No coloco en esta lista al rey de Portugal porque, aunque el asunto le iba muito, inconveniencias políticas mil y el hecho, palmario, de que España no habría aceptado ser reinada por el rey reinante en la nación vecina, le hicieron dejar claro que se retiraba de la puja en fecha tan temprana como septiembre de 1869.
El candidato más lógico era el duque de Montpensier. Sin embargo, no le gustaba al ala más radical de los liberales que habían ganado la revolución, probablemente por juzgar que sus convicciones democráticas eran tan sólo estratégicas. El segundo argumento de peso, quizá el más poderoso, es que Napoleón III, reinante en Francia, tenía muy claro que no lo quería en la corona de España (entiendo que porque eso incrementaba las posibilidades del de Montpensier en Francia). La tercera gran razón que dejó al duque en la cuneta ya la hemos contado aquí.
Fernando de Coburgo, o Fernando de Portugal como también se lo cita, tenía sin embargo más agarraderas. En realidad, era el candidato de los iberistas, es decir personas partidarias de una unificación política ibérica; no ha sido nunca el iberismo una ideología mayoritaria entre españoles y portugueses, que hemos tendido siempre a odiarnos educadamente; pero nunca ha desaparecido del todo. Salustiano Olózaga, entonces embajador español en París, sometió la candidatura a la opinión de Napoleón III, que era al fin y a la postre quien mandaba en Europa entonces, y al franchute la cosa no le sonó mal. Así las cosas, el gobierno comisionó a Ángel Fernández de los Ríos para marchar a Lisboa a sondear al viudo candidato. Fernández de los Ríos llevó un documento firmado de puño y letra por el gotha liberal triunfante español: Juan Prim, Práxedes Mateo Sagasta, Laureano Figuerola y Manuel Ruiz Zorrilla.
Don Fernando llevaba décadas de florentinismo cortesano a sus espaldas; tenía, por así decirlo y con perdón, los huevos pelados de sentarse en sillas chippendale del mejor tapiz en los grandes salones de Europa, así pues había aprendido a ser paciente y estratégico. Respondió afirmando que, en su opinión, el candidato ideal era Montpensier. Sabido es que los cortesanos son un poco como dicen que son las mujeres: cuando te dicen que sí, quieren decir que no y cuando te dicen que no, es que dicen que sí. Así que los españoles no se amilanaron con la respuesta. Insistieron en que lo importante era la voluntad del pueblo español (el argumento tiene sus remueldes: ¿acaso le habían consultado?) y le ofrecieron que aceptase la corona, de momento, tan sólo en privado. Sin embargo, Don Fernando objetó que había hablado con Montpensier del tema y que no podía dar ninguna esperanza. Quizás, el otro candidato le había dejado claro que, si aceptaba, era capaz de pagar otra revolución para encenderle el culo.
Como os he dicho, debéis entender el especial lenguaje de las casas reales. Ellos no hablan como vosotros. El marqués de Niza, que había hecho de mamporrero de la entrevista entre Fernández de los Ríos y el de Coburgo, resumió de la siguiente forma el encuentro: «la contestación ha sido afirmativa, pues no habiendo dicho que no, ha dicho que sí, sin responsabilidad ulterior». ¿Qué quiere decir esto? Pues, en un lenguaje no marciano, más o menos, que el consorte viudo le decía a lo españoles lo que Richard Gere en Pretty Woman: «quiero que me hagan más la pelota».
Conforme fueron desarrollándose más contactos, esta vez de la mano de Mazo, embajador en Lisboa, fueron apareciendo más cuitas. Don Fernando era beneficiario, en su calidad de consorte viudo, de una jugosa renta que le pagaba el Estado portugués. Y argumentaba que, en caso de que aceptase la corona de España pero terminase renunciando a ella (un tipo clarividente: esto mismo fue lo que le pasó a Amadeo), los portugueses le dirían: Santa Rita, Rita, Rita… Así pues, el Estado español ingresó en un banco extranjero una suma de dinero, un pastón, que garantizaba una renta del mismo calibre que la que ya estaba disfrutando.
¿Iba bien la cosa? Pues sí. Pero nos hemos olvidado de que hay franceses de por medio.
Napoleón III decidió cambiar de idea. Resulta difícil meterse en mentalidad tan laberíntica como aquella, pero podemos avizorar que, probablemente, se hubiese opuesto a cualquier cosa que tuviese visos de solidez; al francés lo que le interesaba es que la monarquía española cojease cuanto más, mejor. La oposición francesa acojonó a Don Fernando, quien acabó enviando una carta a Madrid en la que renunciaba a la corona explícitamente. Por si fuera poco su casamiento, con Madame Hensler, lo puso aún más difícil, como veremos pronto.
Meses después Napoleón, solo o con ayuda de enviados españoles, cambió de parecer de nuevo y decidió apoyar la candidatura de Don Fernando. A rodar de nuevo.
En los momentos en que la solución portuguesa perdió fuelle, ganó peso la candidatura de Hohenzollern, pero alguien se puso de canto: ¡Portugal, que ahora quería defender la candidatura del consorte viudo! Al Príncipe candidato le dejaron tan claro los portugueses que tanto ellos como los aliados que lograsen reunir le iban a ser hostiles, que éste puso unas condiciones imposibles para aceptar la corona de España: que se lo pidieran todas las potencias europeas y que hubiese un plebiscito popular en España.
El 15 de julio de 1869, Fernández de los Ríos, para entonces embajador en Lisboa, envía una carta confidencial a Madrid. La veleta ha dado otra vuelta. Es ahora Don Fernando el que acepta. Sí, el mismo que ha dicho varias veces, de palabra o por escrito, que su negativa es un caso de conciencia, que contra la conciencia no se puede ir nunca y que, por mucho que le insistiesen, iba a ser que no. Pues ahora era que sí. Eso sí, ponía dos condiciones: garantías de que las grandes potencias veían la cosa con buenos ojos, y un montaje pasivo, es decir, que todo se lo pidiesen a él sin que él diese la impresión de querer mover un dedo.
Lo cierto es que el consorte viudo estaba que no orinaba por ser rey de España. Exigió y exigió una carta oficial al respecto que, finalmente, le fue remitida por Prim. No obstante, todavía quedaban obstáculos.
Don Fernando, ya lo hemos dicho, se había casado. Con la señora Hensler, condesa de Elda, la cual en Portugal tenía una baja consideración desde el punto de vista de la familia real (era la mujer de un señor que había estado casado con una reina); pero en España, según insistía su esposo, debía ser reina; ni consorte, ni princesa, ni leches: reina. Hemos de suponer que la esposa no era ajena a tan netas reivindicaciones.
El segundo problema era dinástico. ¿Supondría la aceptación de Don Fernando que algún día las coronas de España y Portugal se uniesen? O sea, que algún descendiente reinante en Portugal pudiese acabar reivindicando sus derechos dinásticos sobre España, o viceversa. No lo quería Don Fernando y, hemos de suponer, no lo quería tampoco el gobierno portugués, quien para entonces ya estaba metido de hoz y coz en la negociación; y es que, en este supuesto, lo más probable, por muchas razones, hubiera sido que fuese España quien acabase engullendo a Portugal como, por otra parte, ya había hecho en el pasado.
El iberismo está bien, pero lo cierto es que España y Portugal son cosas distintas. No hablamos el mismo idioma (bueno: hay una parte del nacionalismo gallego que no piensa así). Organizamos nuestros estados de formas bastante diferentes. Unos matamos a los toros y los otros, no. Unos dominamos el arte de cocinar el rape y otros el bacalao. Las toallas españolas son ásperas y el jamón portugués tira a insulso. La verdad es que ni siquiera almorzamos a la misma hora. Así pues, era necesario arbitrar alguna solución que mantuviese ambas líneas dinásticas estancas.
Éste fue el punto que, al fin y a la postre, acabó con las negociaciones. Prim se obstinaba en defender el artículo 77 de la Constitución del 69, que establece una línea dinástica muy típica (primogenitura, sexo masculino y edad), mientras que Don Fernando quería algún tipo de garantía. Finalmente, España ofreció incluir en la Constitución un artículo que estableciese que, si en el futuro los derechos dinásticos de España y Portugal recaían en la misma persona, esta unión no se produciría si una sola de las dos naciones no lo quería; pero se añadía que se realizaría en caso de acuerdo. Don Fernando no pudo aceptar esa condición.
La verdad es que la actitud del portugués fue la leche. Debería haber sacado el asunto de la sucesión al principio, cosa que no hizo. Y dio tantas ilusiones a los españoles que hizo a Prim escribirle una carta ofreciéndole la corona, algo que nunca hará un representante político que se precie de inteligente para otra cosa que para recibir un sí.
El 5 de julio, cerrada la vía portuguesa, el Consejo de Ministros decide apostar por Hohenzollern. Sin embargo, el príncipe desistió una semana después, consciente de que un sí podía desencadenar una guerra. Leopoldo de Hohenzollern Sigmaringen, con esos nombres, no era, obviamente, de Barbate. Era prusiano, y Prusia era una de las dos grandes potencias continentales europeas. Francia, la otra, no iba a consentir que en su patio de atrás reinase un comedor de salchichas (de hecho, para garantizarse dicha dominación es para lo que nos envió a una de sus regias familias).
Por lo que se refiere al duque de Génova, cuando sonó su candidatura tenía 16 años y estudiaba en Inglaterra. Sin embargo, en Italia la idea no gustó, y en España ni gustó ni dejó de gustar, pues los españoles no sabían ni quién era.
Por último, Espartero era ya viejo y lo había sido todo en la política española. Pasó del tema con elegancia.
Quedaba Amadeo. El pobre Amadeo. A trancas y barrancas, se consiguió que aceptase. España tenía, de nuevo, rey.
Por los pelos.
jueves, julio 05, 2007
El 2 de mayo
Los momentos cruciales precisan de gestores cruciales; pero no fue éste el caso para nosotros. Uno de los defectos, quizá el mayor, de los sistemas monárquicos, es que son una apuesta estadísticamente condenada al fracaso. Habiendo como hay en España unos 15 millones de familias distintas, se apuesta por una sola para designar a quien ha de gobernar de entre sus miembros (designación, además, notablemente rígida en sus reglas, pues prevalecen los hombres sobre las mujeres, lo cual es absurdo; y los primogénitos sobre los siguientes, lo cual es una gilipollez del mismo calibre). Pues los reyes europeos, esto quizás hay que recordarlo, han gobernado hasta antesdeayer por la tarde; hoy son poderes arbitrales y blablabla, pero no hace mucho tiempo, y desde luego finales del XVIII, gobernaban.
Robert Graves, en sus insuperables novelas sobre el emperador Claudio, hace decir a sus personajes que el árbol de la familia patricia Claudia era capaz tan sólo de dar los mejores y los peores frutos. Algo así parece ocurrirle al árbol de los borbones. La Historia está muy de acuerdo hoy en día en que Carlos III fue un rey prudente, con notables dosis de estrategia y una idea clara del progreso; ello a pesar, y éste es dato que no suele recordarse, de que a sus contemporáneos les caía bastante mal y tendían a valorarlo en poco (Carlos III es, pues, un poco el Adolfo Suárez de la monarquía). Sin embargo, aún admitiendo esta calidad en este rey con nombre de coñá, lo cierto es que lo que vino después durante casi un siglo (por orden: Carlos IV, Fernando VII e Isabel II) es como para echarse a temblar.
Isabel II, a mi modo de ver, es culpable de ser facha. A pesar de que reinó sobre un país en el que la marea liberal (aún no demócrata, por lo menos no en todos sus elementos) era innegable, se llenaba la boca con eso de que era la reina de todos los españoles mientras que demostraba que su concepto de gobernar para todos los españoles era darle el bastón de mando al general Narváez para que se dedicase a exiliar opositores o darles de hostias en los cuarteles (amén de sacar adelante algunas de las peores leyes de imprenta que se han visto en este solar). Con todo, no llega al nivel de sus augustos padre y abuelo, los cuales no es que fueran malos gobernantes; es que fueron gobernantes traidores.
Tomemos una imagen que conocéis, por lo menos la mayoría: el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y la toma del Congreso por el teniente coronel Tejero Molina. Gracias a esa cámara de televisión que se quedó conectada, todos podemos ser testigos de lo que pasó: entrada del teniente coronel, admonición al personal («¡Quieto todo el mundo!») y ristra de disparos al techo. En ese momento, el guardia civil está poniendo en jaque a la democracia. Y, ¿qué hace su representante máximo, allí presente? Pues, lo primero, no agacharse: si han de matarlo, que lo maten. Segundo, a través de su autoridad militar (el teniente general Gutiérrez Mellado; ¿para cuándo una estatua para este militar que hizo por nosotros mucho más que muchos de los que ya las tienen en nuestras plazas?), conminar a los sediciosos para que depongan las armas.
Cuando se es máximo representante de una nación, su defensa hasta la última gota de sangre es algo que no está entre las opciones. No hacerlo es traición. Y esto es lo que, a mi modesto modo de ver, cometieron Carlos IV y su hijo en los últimos años del XVIII, primeros del XIX.
Carlos IV firmó primero una alianza con Napoleón por la cual España se convertía en coinvasora de Portugal y, luego, simplemente abdicó. Presionado por Napoleón, que quería el control directo de España, cedió su corona a cambio de una pensión de treinta millones de reales y una finca con palacio en Compiègne; es decir, lejos de ser masacrado por quien le robaba lo suyo, fue agasajado por su ladrón, motivo más que sobrado para pensar que se dejó robar encantado de la vida.
Y su hijo. Porque la primera tentativa de Carlitos fue abdicar en la persona de su hijo, probablemente pensando que Napoleón lo consideraría un satélite dócil. Sin embargo, el francés tenía otros planes, así pues comunicó a la real familia que no aceptaba este apaño. ¿Reacción de Fernando VII? Renunciar, por supuesto. ¿Enfrentarme yo, con peligro de mi vida o de sufrir encarcelamiento, pudiendo irme a mamarla al chalé francés de papuchi? Ni de coña.
En el fondo de todo esto yace un concepto sociopolítico que cambiará tras esta traición y, aunque sufrirá retrocesos, acabará arrastrándolo todo: el concepto de pueblo soberano. El inicio de la Constitución de Cádiz es, fundamentalmente, un gran reproche a esta actitud borbónica. Dice que la soberanía reside en la nación española, que no podrá ser propiedad de familia alguna. Los diputados de Cádiz están diciendo: a mí no me vendes ni me regalas por treinta putos millones de reales y una casa con jardín. A mí no me vendes por nada, porque tú no eres nadie para venderme ni para alquilarme. Curiosamente, el concepto nacido en el proceso que parió a Napoleón, nuestro enemigo. Por eso, los liberales españoles de principios del XIX serán tan raros: aplicando sus convicciones, lucharán para vencer a quienes se las han enseñado.
Que el 2 de mayo iba a ocurrir era un hecho. La única duda era cuándo. Un político de la época, Alcalá Galiano, relata en sus memorias que aquella mañana estaba vistiéndose en su dormitorio cuando entró su madre y simplemente le dijo: «Ya ha empezado». España era ya un país dominado de facto por los franceses y cuyo espadón era el general Murat. Murat, como también hizo José Bonaparte cuando fue nombrado rey, trató de hacerse el españoloide, motivo por el cual organizaba corridas de toros. Estando la plaza abotargada de gente, alguien gritaba «¡Viva España!», y se montaba la mundial. Por todas partes, los franceses recibían pruebas fehacientes de que eran odiados.
En mayo de 1808, por supuesto Fernando VII no estaba en Madrid. En un ejercicio de obediencia digno de cualquier chucho campeón de concurso de agility, había saltado las barreras precisas y esquivado los pivotes marcados en el suelo, bajo las atentas órdenes de su dueño francés, y se había pirado de España, dejando una especie de Consejo de Regencia que hacía las veces de engañifa de que España seguía gobernada por españoles. Tan pastueña era la actitud borbona hacia el pérfido gabacho que, 24 horas antes de que empezasen las hostias, un clarividente Murat le escribía a Napoleón: «Les affaires d’Espagne sont terminées». Como diría Max Estrella, todo con cráneo previlegiado…
Claro que esta actitud era lógica. A los ojos de un general francés de aquel entonces, España era su rey su corte, o sea sus nobles; y todos ellos, sin faltar uno, estaban lamiéndole las botas comme il faut. Nadie contaba con el pueblo. Con el personal. Con los dependientes, los artesanos, las modistillas, los chulos de putas, las putas, los escribientes, los aguadores. Éstos carecían de derechos; eran el pueblo llano y el pueblo llano, dice el catecismo absolutista, es tan idiota que hay que pensar por él.
Fruto de ese hondo desprecio por lo que ahora llamamos opinión pública, pero que ha existido siempre, es la decisión del valiente y esforzado Carlos IV, refugiado en Compiègne, quien da la orden, que llega a Madrid el día 1 de mayo, de llevarse a Francia al infante Francisco de Paula y a la reina de Etruria con sus hijos. Era el acabóse. La familia real española, simplemente, se piraba. Al completo.
La noticia corrió por Madrid aquella noche como un reguero de pólvora. Los descuideros, las meretrices y las tahonas fueron su caja de resonancia. Como todo lo que corre de boca en boca, fue progresivamente tergiversado y así, al llegar la mañana, en todo Madrid se decía que el pobre infante estaba en el Palacio Real, negándose a marchar y llorando. ¿Cuál es nuestra reacción cuando vemos a un adulto intentando obligar a hacer algo a un niño que se niega a hacerlo llorando? Pues eso fue el 2 de mayo; defendiendo a un niño, los españoles giramos los goznes de nuestra Historia.
Un carruaje sale de palacio. Una multitud de madrileños, allí congregada, se lanza sobre él y corta los correajes de los caballos, que salen de najas ellos solos. En ese momento, llegan las fuerzas de orden público: un batallón francés el cual, sin previo aviso, dispara a la multitud.
Napoleón era un gran militar, yo no lo voy a poner en duda. Pero un gran militar antiguo. Hasta el 2 de mayo, la guerra se practicaba entre ejércitos y en campo abierto; las ciudades se sitiaban y como consecuencia de ello cedían, o no. Pero la guerra antigua no sabe nada de cómo se hace para entrar en una ciudad y dominarla. Esa disciplina pertenece a la guerra moderna, y es una disciplina, además, inaprensible pues los ejércitos modernos, con doscientos años de experiencia a sus espaldas, todavía no la dominan.
Monsieur de lo que sabía era de putear al enemigo en campos como Wagram o Austerlitz. Pero en las callejas de Madrid, su todopoderosa Grande Armée se enfangó. En una calleja, un destacamento de 18 dragones franceses pasa a trote corto. Desde los balcones las mujeres (pues los hombres se han marchado a por armas) les tiran de todo: tiestos, piedras, hasta muebles. Los dragones desmontan y entran en el inmueble. Se desconoce cuántas mujeres había dentro. Lo que se sabe es que sólo uno de los 18 soldados franceses consiguió volver a salir por aquel portal con vida.
En la Cuesta de la Vega, un grupo de adolescentes cerca a un destacamento de soldados armados con fusiles. Aprovechando su conocimiento de las calles, los apedrean. No quedó ni uno vivo.
Las armas del 2 de mayo son dos: el adoquín y la faca. Con preferencia del primero. Madrid no es, obviamente, ciudad asfaltada; por todas partes hay cantos suficientes como para tratar de partirle en dos la silla turca a cualquier soldado azulón. Cuando los franceses ceden, llega la orgía de sangre. Lo que Goya pintó en su carga de los mamelucos es sólo un pálido reflejo del tsunami de sadismo que se desplegó en aquellas horas. Una vez desarmados, aún vivos, moribundos o muertos, los franceses son apuñalados con saña, pateados, lapidados, ahorcados. En la calle Toledo, un grupo de franceses ve llegar una masa vociferante de gentes violentas con tal actitud que se acojonan y deciden hacerse fuertes en una calleja cortada estrecha. Los españoles meten en el callejón, a presión, a cuarenta mulos, y les fustigan las grupas, los asustan, para que en el fondo de la calle, junto a la tapia, pisen, muerdan y coceen a los franceses hasta matarlos.
Otra de las características del 2 de mayo son los niños. Todo el mundo ha oído hablar de Manuela Malasaña pero, en realidad, este nombre es una sinécdoque. Representa a muchos otros que la mitología popular ha olvidado injustamente.
Manuel Sánchez Gascón. No tenía ni quince años. Lo mató un granadero francés cerca de la iglesia de Santa María, mientras su madre lo presenciaba todo. Cosió al niño a sablazos hasta que dejó de respirar.
Manuela Malasaña. Quince años. Murió junto al parque de Monteleón, en una barricada junto a su padre, a quien pasaba las armas para que no dejase de disparar.
Clara Michel. Murió en la calle de los Milaneses mientras tiraba piedras a los franceses. Tenía nueve años.
Felipa Vicálvaro. Quince años. Murió en la plaza Mayor.
Luisa García Muñoz. Tenía siete años y vivía en un piso alto de la calle del Rubio. Siendo apedreados desde los balcones los franceses, contestaron con una descarga de fusilería que le reventó el pecho. O su madre era una inconsciente o, lo más probable, si es que estaba en el balcón es porque participaba en la agresión.
Manuela Aramagona. Muerta en el parque de Monteleón, como Malasaña. Doce años.
José Gacio. Once años. Probable participante en la carga de los mamelucos. Murió en la calle Carretas, de un disparo certero.
Gregorio Arias Calvo. Quince años. Fue detenido por los franceses tras ser pillado agrediéndoles. Fue fusilado, como otros muchos, en las tapias que hay cerquita de la Estación del Príncipe Pío. A pesar de su corta edad, se negó a llorar o implorar; insultó a su pelotón y terminó su vida con un chulesco: «¡Venga, tirar ya! ¿A qué esperáis?»
Ricardo Mozo. Catorce años. Otro que podría haber salido en el cuadro de los mamelucos. Se fue a Puerta del Sol con una onda y allí trataba de elegir oficiales franceses para matarlos. A uno lo caló y le lanzó un cantazo tan certero que el francés cayó inconsciente del caballo y murió pisoteado por su cabalgadura. Un granadero francés que lo vio partió en dos la cabeza del niño con su sable.
A estos héroes anónimos se unen los nombres más conocidos. Sobre todo los capitanes Daoiz y Velarde, dos militares que en realidad son tres (falta el teniente Ruiz, tan héroe como ellos, en mi opinión). Ellos son el trasunto de la escasa dotación militar española que ese día reside en Madrid, sobre todo en el cuartel de Monteleón, lugar hoy de paseos y botellones. Se niegan a aliarse con los franceses (algo a lo que quizá les obligaría la legalidad vigente, teniendo en cuenta las componendas firmadas con Napoleón por nuestros amigos borbones) y dan armas al pueblo. Morirán en el intento, claro.
En estos tiempos que hoy cuento, Francia tenía un pintor nacional, David. Si cerráis los ojos y traéis a la memoria el retrato de Napoleón a caballo que alguna vez hayáis visto, con seguridad será el de David. Pues bien: mientras los españoles gritaban vivas a España por las calles, mueras a Francia, y reaccionaban en consecuencia, sus reyes estaban en el país invasor, viviendo la dolce vita, y tratando de contratar al famoso David para que les pintase dos retratos de Napoleón: uno, destinado a ser colgado en el Palacio Real; y otro, en el de Aranjuez.
Además de esta actitud tan valiente y decidida, los borbones podían haber ocupado sus ocios leyendo. Por ejemplo, el Policratus, un libro escrito hacía entonces ya más de 800 años por un filósofo, Juan de Salisbury, y que comienza con estas palabras: «Entre un tirano y un príncipe hay una diferencia simple pero crucial: el príncipe obedece a la ley y gobierna al pueblo según ésta dicta, y no se tiene por otra cosa que por un servidor de su pueblo.»
Pero, claro, quién les iba a pedir a estos tipos que leyesen algo situado más allá de su ombligo.
lunes, julio 02, 2007
La radio
Está, por ejemplo, un médico catalán, que se llama Francisco Salvá y Campillo, más que probablemente eso que llamamos un superdotado, pues de él sabemos que con 20 años ya había terminado la carrera de medicina. Otra característica propia de los muy inteligentes es su ecumenismo científico. Pese a que Salvá, como médico, se preocupa fundamentalmente de las enfermedades (y muy especialmente la difusión de la vacuna Jenner), también le interesan la meteorología y la ingeniería. Como ingeniero, inventó al parecer una especie de submarino, que se llamó el barco-pez, que sin embargo no resolvía el problema del suministro de oxígeno debajo del agua. En 1795, dentro de estos trabajos ingenieriles, Salvá presenta ante la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona una memoria titulada Posibilidades de establecer comunicación a larga distancia a través del agua. Análisis el suyo que tuvo poca aceptación y durmió rápidamente el sueño de los justos.
Pese a lo cual es considerada como el primer precedente existente en España de lo que hoy es la radio.
Salvá, no obstante, era un adelantado a su tiempo. Inventa el submarino décadas antes que Monturiol y formula las bases de la radiofonía casi un siglo y medio antes de que verdaderamente se desarrolle. En realidad, en España, la radio no comienza a desarrollarse hasta que pasa una cosa que es crucial para muchos adelantos científicos y técnicos: concitar el interés militar. En 1904 se logra establecer la comunicación radiotelegráfica entre La Coruña y El Ferrol, en el marco de unas experimentaciones del Centro Eléctrico y de Comunicaciones del Ejército español. A la luz de estas experiencias, una norma de 1907 autoriza la instalación en España de un servicio radiotelegráfico. Sabemos poco de lo que ocurre en los quince años siguientes, pero sabemos que, desde luego, algo ocurre. Además de algunos hechos aislados (como, por ejemplo, la retransmisión de un concierto celebrado en Madrid a Valencia, en 1920), el principal indicio es el real decreto que da nacimiento a la radio en España, de 27 de febrero de 1923.
Decimos esto porque esta norma, además de contener la lógica declaración de la radiodifusión como servicio público y monopolio estatal, contiene no pocas amenazas, en el sentido de que las emisoras ya existentes y alegales (es decir, no creadas al amparo de normativa anterior, dedicada al levantamiento de emisoras no comerciales) serían consideradas clandestinas, desmontadas y sus propietarios multados. Y sabido es que las leyes nunca o casi nunca crean castigos para delitos eventuales, sino existentes. Parece obvio, por lo tanto, que cierta actividad, digamos, alegal, debía de existir.
Lo más probable es que esta actividad fuese especialmente intensa en el norte de Aragón y Cataluña, es decir en la raya de los Pirineos. Para entonces, Francia ya hacía sus pinitos en esta materia, y para ello contaba con un antenón, por todos conocido, llamado Torre Eiffel. Algunos testimonios hablan de que algunas rocas de galena eran capaces de pillar de este lado de la frontera, algunas veces, dichas emisiones, motivo por el cual la afición a la radio nació allí.
El comienzo oficial de la radio se produce, efectivamente, en Barcelona, a las siete de la tarde del 14 de noviembre de 1924. Un puñado de barceloneses, aquel día y a aquella hora, escucharon en los auriculares de sus radios de galena siete campanadas y luego la voz del primer locutor de España, José María Guillén García, diciciendo:
Acaban de dar las siete de la tarde. Aquí, la estación E.A.J. 1, la primera autorizada por la Dirección General de Comunicaciones para el servicio público en España.
Así pues, como ya ocurrió con el ferrocarril, Barcelona se había adelantado a Madrid. Aunque la capital no se durmió. La autorización E.A.J. 2 se concede en nombre de la madrileña Radio España, de la que he encontrado el plan de su primer programa, también de 1924. Una juerga, como podéis leer:
1.- Seis de la tarde. Solemne inauguración de las emisiones de esta nueva empresa.
2.- Salutación de Radio España.
3.-Homenaje a los grandes músicos a cargo del sexteto [qué músicos y qué sexteto, de momento no lo sé].
4.- Conferencia a cargo de D. Ricardo María Urgoiti, culto ingeniero y erudito sinhilista [sic].
5.- Canto por el notable tenor Enrique Mirayé.
6..- Concierto por el sexteto Radio España [será el mismo que el del punto 3].
7.- Discurso de la elocuente señorita Cristina de Arteaga: La mujer en España.
8.- Concierto por el sexteto de la Estación.
9.- Canto del Himno de la Raza por un coro infantil de 40 niños.
10.- Salutación a cargo de D. Luis de Oteyza, presidente honorario de la Asociación de la Radio Española.
11.- Concierto por el sexteto de la Estación.
12.- Coro de voces infantiles: Lago, de Friedich Händel.
13.- Canto por el notable tenor Enrique Miravé.
14.- Lectura de unas cuartillas por el eminente dramaturgo, gloria del teatro contemporáneo. D. Manuel Linares Rivas.
Los aparatos de radio fueron racionalmente baratos al principio. Los primeros de batalla que comenzaron a venderse tenían el tamaño de una caja de puros y valían seis pesetas, aunque había que pagar los auriculares aparte. De esa misma época tengo noticias que el rango de sueldo que se estableció a favor de los maestros nacionales (y sabido es que los profes de escuela no se han destacado en nuestra Historia por estar bien pagados) era de entre 2.500 y 8.000 pesetas al año. De aquí podemos deducir que un maestrillo pobremente pagado (2.500 pesetas) tenía de dedicar algo más de una cuatricentésima parte de su sueldo para comprarse una radio de éstas. Lo cual, sobre un sueldo de 30.000 euros al año de hoy en día, nos daría 72 euros, que no está mal. Pero, claro, estamos hablando de los primeros tiempos; tiempos en los que lo que se vendía, además de las propias radios, eran los componentes sueltos para que cada uno se construyese la radio en casa, pues éstas eran tan básicas que no había que ser un manitas para la construcción. Pronto llegaron las radios de lámparas y con altavoz, de las que he visto anuncios en la prensa de la época con costos por encima de las 1.000 pesetas (que vendrían a ser como 10.000 de los 30.000 euros de sueldo que antes decíamos); éstas sí, verdaderamente prohibitivas, como lo fueron luego las primeras televisiones.
Las radios emiten en trancos, por la mañana, por la tarde y por la noche, y comienzan, poco a poco, a marcar el horario de los españoles, los cuales adaptan su sueño, sus quehaceres y obligaciones, a los ritmos de estos aparatos tan simpáticos. En realidad, aunque éste no es un blog de semiótica de la comunicación de masas (ni ganas que tiene de serlo), es lo cierto que la radio cambia, también, el punto de vista de los ciudadanos los cuales pasan a tener a su disposición información sobre hechos que ocurren a veces muy lejos de sus hogares. El mundo se hace pequeño y eso es algo que a algunos no les gusta: las principales chanzas contra la radio que se leerán entonces se refieren a la cantidad de chorradas sobre las que habla, que no le interesan a nadie.
En junio de 1925 nació Unión Radio, germen de la Sociedad Española de Radiodifusión, o sea la cadena SER, pistoletazo de salida para el desarrollo de la radio privada.
La radio sólo conoció desde entonces el desarrollo y pronto, apenas doce años después, comenzaría con claridad su andadura como medio de aleccionamiento masivo. Fue un militar, Gonzalo Queipo de Llano, el que «descubrió» la radio tras tomar Sevilla para las tropas de Franco. Desde la capital hispalense inició la costumbre de lanzar soflamas radiofónicas, sabedor de que las ondas no son algo que se pueda frenar fácilmente, así pues que no sólo sería escuchado por sus correligionarios, sino también por el enemigo. El franquismo tuvo muy clara la importancia de la radio con la fundación de la Radio Nacional de España, emisora que ejerció, hasta la llegada de la democracia, el monopolio informativo, puesto que todas las emisoras españolas, también las privadas, tenían que conectarse con el «parte hablado» de Radio Nacional.
Otro punto importante de la Historia de la radio de España, éste vivido por no pocos de nosotros, fue el 23 de febrero de 1981, fecha del golpe de Estado del teniente coronel Tejero Molina, y el general Armada Comyn, y sabe Dios quién más. Rápidamente neutralizada la televisión, la radio fue el espacio de libertad que siguió emitiendo toda aquella tarde, contribuyendo más que nadie (repito: más que nadie) a tranquilizar a la población y darle la sensación de que el éxito golpista era relativo.
miércoles, junio 27, 2007
Hatshepsut
Y tiene su importancia porque Hatshepsut es un caso que se debe conocer y seguir. La Historia del Egipto antiguo está repleta de momentos alucinantes (mi preferido es Pepi II, el faraón que reinó cien años), y uno de los más sobresaliantes, y bellos, es el del reinado de esta mujer, a quien podéis ver en algún que otro museo del mundo con barba postiza, postura hombruna y unas tetas más bien disimuladas. Pues Hatshepsut no fue, propiamente, faraona de Egipto, sino faraón.
Egipto fue un país primero, y un imperio después, extraordinariamente bien organizado, próspero y finalmente expansionista. Como siempre ocurre con los imperios, los egipcios pronto se supieron el ombligo del mundo y se consideraron eternos (y casi lo fueron; entre Narmer, el rey serpiente, y la poco fiable Cleopatra, media un espacio superior a eso que llamamos civilización cristiana) e invencibles. Por eso, cuando su mundo se deterioró, hasta límites insospechados, y fueron invadidos por un pueblo de muertos de hambre, los hicsos, no fueron capaces de creérselo.
En la mitología egipcia, el periodo de los faraones hicsos aparece como un periodo de oscuridad, tristeza, como estar en el infierno. Hay un libro, el llamado Papiro de Ipuwer, que recuerda esos tiempos en términos tan catastróficos que a un escritor bastante dado a las historias fantasiosas, Abraham Velikowsky, le dio como para elaborar la teoría de que en realidad lo que había pasado entonces es que un cometa había pasado cerca de la Tierra, generando una catástrofe de proporciones gigantescas. En fin, cosas de Iker Jiménez et altera.
Las lamentaciones de Ipuwer dejan ver, más bien, el llanto por un país repentinamente desestructurado:
Los vigilantes dicen: «vámonos a robar» (...) Los habitantes de las marismas poseen escudos (...) El hombre ve a su hijo como a su enemigo (...) Los hombres virtuosos caminan en duelo por las cosas que ocurren sobre la tierra (...) Por todas partes, los extranjeros se han convertido en egipcios.
A lo que voy. La dominación hicsa fue tan desgraciada para los egipcios que éstos estaban dispuestos a estarle eternamente agradecido a quien fuese capaz de expulsar a aquellos macarras. Por eso la denominada XVIII dinastía tiene tanta fama y fue tan admirada; eran los sucesores de aquellos héroes.
De la XVIII dinastía era Tutmosis I, uno de los grandes-grandes faraones de Egipto, capaz de llegar con sus tropas hasta el actual Irak. Tutmosis, como todos los faraones, tuvo una esposa real, Ahmose, y un huevo de concubinas; en Egipto la poligamia de Faraón estaba obviamente permitida (él era Dios, y Dios hace lo que quiere) pero, al mismo tiempo, la línea dinástica era sagrada; a lo que hay que añadir que, en realidad, Tutmosis era un parvenu, un puto civil que había llegado a faraón porque Amenhotep murió sin descendiente; así que Ahmose era la portadora de la sangre real. Sin embargo, la muerte de Tutmosis planteó de nuevo el problema, porque de dicha línea dinástica no dejaba hijo varón alguno, sino una chica: Hatshepsut.
Si llevamos en España, en el 2007, unos dos años mareando la perdiz con que si cambiamos la Constitución para que la corona la puedan heredar las primogénitas, imaginaros hace 3.500 años. Hatshepsut tenía la legalidad dinástica de su mano, pero era tía. Esto dio espacio suficiente para el desarrollo de ambiciones personales por parte de personajes de la Corte, los cuales decidieron pasar de ella. Se rescató a uno de los hijos de Tutmosis, habido con una concubina, y se lo coronó como Tutmosis II.
Hemos de reconocer que, de ser Hatshepsut un hombre, esta historia sólo habría tenido un final: la guerra civil. Pero ella era una mujer y una mujer, me atrevería yo a decir, muy lista. Sabía dos cosas: la primera, que no podían matarla porque era necesaria para labrar la legitimidad dinástica de aquel montaje. En el Egipto antiguo las bodas entre hermanos y hermanastros de la familia real no eran infrecuentes, así pues la mejor manera de eliminar toda duda sobre la legitimidad de Tutmosis II era casarlo con su medio hermana, la hija de Tutmosis y Ahmose (o sea, una Borbón-Borbón, sólo que faraónicamente hablando).
La segunda cosa que sabía Hatshepsut, y si no la sabía obviamente la averiguó después del bodorrio, era que su joven marido tenía menos futuro en el mundo de los vivos que José Tomás en Esquerra Republicana. De hecho, fue faraón tres años nada más, tras los cuales la palmó.
Tres años le bastaron a Hatshepsut para llevar a cabo su plan. Al fin y al cabo, ¿por qué la habían preterido? ¿Por tía? No, ni de coña. En aquel Egipto el faraón era un personaje tan etéreo para el común de los mortales, tan distante, que su sexo no tenía tanta importancia; de hecho, no son pocos los egiptólogos que sostienen que el reinado de Hatshepsut (largo para la época: 15 años) fue aceptado con bastante naturalidad por los egipcios.
No, el problema eran las intrigas. Los intereses. Lo que ella necesitaba era un partido que la apoyase. Y eso, en aquel Egipto, suponía una de dos cosas: o el ejército, o la iglesia.
Hatshepsut se decidió por la iglesia. No por casualidad esta faraona aparece siempre íntimamente ligada a Amón-Ra, el dios situado en la cumbre de la denominada Enéada Heliopolitana (Ra, Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Neftis). Ayudada por su mejor consejero y más que probable amante, el arquitecto Senenmut, firmó un pacto con los sacerdotes para hacerse con el poder. Sin embargo, y a pesar de lo que hemos dicho de la naturalidad con que fue aceptada la reina (de hecho, si siquiera era la primera mujer faraón), todo parece indicar que tuvo que hacer varias cosas para mantener el tipo. La primera de ellas, no cargarse a su sobrino e hijastro Tutmosis III, todavía un niño, como habría sido de ley (unos cuantos cientos de años después, dos hermanos ptolomeos, o sea Cleopatra y su coleguita, tratarán denodadamente de matarse el uno al otro). Lejos de cargárselo, Hatshepsut lo mantuvo en la corte y lo hizo aparecer en estelas y bajorrelieves. Fue una especie de gobierno de dos faraones en el que la proclamación de Hatshepsut se vio claramente apoyada por los curas. Pero como Tutmosis era jovencito y ella se las sabía todas, es más que claro que gobernó quien gobernó.
Por fin, la taimada Hatshepsut consiguió reinar. Un reinado largo y muy próspero para Egipto que siempre hemos considerado bien representado por la gran obra realizada entonces, el denominado templo de Deir-el-Bahari, en el que algunas imaginaciones quieren ver el tributo de amor de Senenmut a Hatshepsut. Sea o no cierto, todo parece indicar que la reina murió poco después de terminarse esta obra.
Merced a esta historia, no fácil, Hatshepsut se ha ganado un puesto entre las mujeres egipcias universalmente admiradas, que son ella misma y la bella Nefertiti. Y ha construido un mito lo suficientemente fuerte como para hacer decir, hoy, a los responsables del museo de El Cairo, que su identificación es el mayor descubrimiento de la egiptología desde que, en 1922, se rompiesen los sellos de la tumba de ese faraón de medio pelo que se llamó Tutankamón.
lunes, junio 25, 2007
Hombres de milicia
Hoy quiero preguntaros: en vuestra opinión, ¿cuál es el primer militar de la Historia de España?
No es pregunta fácil. España forma parte, junto con Egipto, Macedonia, Roma, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, forma parte, digo, de un selecto club de ejércitos imperiales, capaces, algún día, de dominar partes enormes del mundo. Ya sé, ya sé que luego llega Paul Kennedy para convencernos de que eso no está tan bien, porque el imperialismo militar es la mejor manera de arruinar a un imperio. Pero, bueno, otros intentaron ser imperios sin conseguirlo (y si no, que se lo digan a Hitler) y se arruinaron igual; así pues, como diría el andalú, que nos quiten lo bailao.
Un ejército imperial ha debido tener grandes generales. España los ha tenido, y nada malos. Aquí ensayo una lista, ampliable (Tiburcio, por favor, si apartas la trompa y lees esto, no aportes más allá de cuarenta nombres, chato) con algunos de los candidatos que yo creo deben estar. No están todos los que son, pero al menos pretendo que todos los que estén, sean.
Eso sí, como recientemente, en el post sobre la mujer más importante de la Historia de España, algún lector dijo que si se podía explicar quién era quién, esto voy a hacer ahora, dedicándole a alguna línea a cada candidato.
Bueno, y si queréis votarles, en público o en privado, me ofrezco voluntario para sumar los votos y publicar la media. No creo que seamos muchos, pero siempre puede salir algo. De 0 a 10, empiezo yo mismo.
ALMANZOR (7,5 puntos): De todos los caudillos militares musulmanoespañoles, escojo a éste, creo que con justicia. En su época, tanto él como sus ejércitos fueron invencibles y se pasearon por España entera. Almanzor llegó a tomar la ciudad de Santiago de Compostela, al norte-norte de España pues, una auténtica proeza militar. La tradición dice que, habiendo respetado el sepulcro del apóstol Santiago, se llevó las campanas de la catedral (no sin antes saquearla) a hombros de cristianos. Putadita que sería devuelta por Fernando III unos dos siglos después, cuando Córdoba retornó a ser cristiana.
ÁLVAREZ DE CASTRO, Mariano (6 puntos). Uno de mis preferidos, aunque no el único, de nuestra guerra contra el pérfido monsieur. No por estratega ni por hábil a la hora de gestionar recursos, sino por andar sobrado de eso que se le supone al soldado, pero que no siempre tiene: valor. Mariano Álvarez de Castro era el comandante de la plaza de Gerona, dentro de la cual contaba con 5.600 soldados, que fueron cercados por 18.000 efectivos del mejor ejército del mundo, el francés, comandados por el conde Saint-Cyr, que no era ningún gilipollas en la cosa de pegar tiros. En esas condiciones, Álvarez de Castro y los gerundenses aguantaron siete meses, que costaron la vida de dos tercios de las fuerzas sitiadas. Don Mariano fue preso por los franceses quienes, según he leído en algunos lugares, lo maltrataron e incluso se podía decir que lo torturaron, por lo que murió poco después.
CHURRUCA, Cosme Damián (5 puntos). Triste enseñanza la que nos deja la vida de este donostiarra de Motrico: entre españoles, no hay nada como perder para que te olviden. De haber sido don Cosme de New Hampshire, seguro que ya Clint Eastwood habría filmado su vida. Marino y científico con gran experiencia, curtido en varias batallas en medio mundo, desde España hasta La Martinica, se cuela en la Historia en la famosísima batalla de Trafalgar, en la que comandó el navío San Juan Nepomuceno, que fue cercado por seis navíos ingleses, ante los cuales vendió cara su piel, sus foques y sus sobrejuanetes. El mito nos dice de él que una bala le arrancó una pierna y que, colocando el muñón sobre un barril de serrín, siguió disparando. Difícil de creer, ciertamente; pero su valor es innegable, como lo es su pericia como marino.
DÍAZ DE VIVAR, Rodrigo (7 puntos). Aunque el Cid no es propiamente un mililtar, sí es verdad que fue un jefe militar muy respetado, aunque un poco veleta con eso de las fidelidades. Sin duda, es uno de los personajes que más hondo han calado en el sentir de lo español, muy a menudo identificado con él. Es míticamente famoso por ser un líder de tanta hondura que logró ganar una batalla después de muerto.
ESPARTERO, Baldomero (7,5 puntos). Este militar cuyo padre debía de ser un poco cachondo mental (lo digo por lo del nombre y apellido en pareado) es el mayor ejemplo existente en la Historia de España, y uno de los mayores del mundo, de militar hecho a sí mismo. Comenzando su carrera militar de soldado raso, las guerras carlistas le vienen a ver con sus oportunidades de ascenso. En las acciones armadas del siglo XIX brilla Espartero por sí solo y alcanza pronto los más altos entorchados. Militar de ideas tirando a liberales, conforma en la Historia de su época un poco la contraimagen de Narváez, que sería el más digno representante de las derechas moderadas. Cuando los liberales, hartos de los devaneos absolutistoides de la regente María Cristina, deciden pasaportarla al extranjero, será Espartero el designado para ser regente mientras Isabel II no tiene la mayoría de edad (razón por la cual don Baldomero, además de capitán general, es príncipe, príncipe de Vergara). En un paroxismo total, décadas después, cuando sea Isabel la pasaportada y otro militar, Prim, esté buscando desesperadamente un rey para España, no serán pocos los que propongan a Espartero, quien declinó amablemente la invitación. Así pues Espartero, hombre del origen más humilde, fue regente y pudo incluso llegar a ser rey.
FERNÁNDEZ DE CORDOVA, Gonzalo (8 puntos). Más conocido como el Gran Capitán, fue el primer general de los reyes católicos e, incluso, hay algún deslenguado que dice que para la reina fue algo más que un militar apuesto. Gonzalo Fernández de Córdova iba para militarcillo de medio pelo, pero su empuje y sabiduría bélicas hicieron de él un elemento imprescindible para el naciente imperio español, especialmente en las posesiones italianas. Militarmente hablando, fue un hombre renovador que supo dar a los ejércitos mucha más movilidad de la que tenían.
MARTÍN DÍEZ, Juan. Juan Martín (9 puntos), más conocido como El Empecinado, es mi preferido. Por dos razones. La primera, porque es un militar renovador. Es él quien, al inicio de la Guerra de la Independencia, se da cuenta de que en campo abierto contra los gabachos no hay nada que hacer, y se aplica a joderles la marrana. Con sus tropas, más bien escasas, se dedica a atacar las líneas de suministro francesas y retirarse después, iniciando una guerra de desgaste, o de guerrillas como se ha dado en llamar, contra la que Napoleón y toda su grandeur no estaba preparado.
La segunda razón de mi admiración es la fidelidad. Juan Martín luchó primero contra la Revolución Francesa (cuando España le declaró la guerra a Francia por la ejecución de Luis XVI); pero luego, cuando volvió a luchar contra el francés, lo hizo por defender la Constitución de Cádiz, fidelidad que ya nunca abandonaría. Fernando VII, el Borbón Sin Palabra, hijo del Borbón Sin Cerebro (Carlos IV), trató de ganarlo para la causa absolutista, pero El Empecinado se lo dijo muy clarito: tú podrás cambiar de chaqueta, chato; pero no el hijo de mi madre (si no quería la Constitución, que no la hubiera jurado; pero yo la juré, y jamás cometeré la infamia de faltar a un juramento). En respuesta, cuando vino la reacción absolutista, los Cien Mil Hijos de San Luis y todo aquello, Martín fue perseguido, apresado, metido en una jaula como una alimaña y colocado frente al pueblo para ser escarnecido. Fue, por supuesto, ahorcado; pero nunca abjuró de sus ideas y de su deber constitucional, que es algo que un militar, cuando es de pura cepa, respeta siempre. Y siempre quiere decir siempre.
SPINOLA, Ambrosio (8 puntos). Noble genovés de rancia tradición de obediencia española, su vida militar se consumirá, principalmente, en la interminable guerra de Flandes. Inmensamente rico, su ambición de gloria militar le llevó a unirse a los ejércitos de Felipe III en lo que hoy es Bélgica y los Países Bajos, donde ya guerreaba su hermano. Militar de especial inteligencia para las labores de asedio, siempre difíciles en los pantanosos llanos flamencos, fue ganando peso en el ejército de Flandes hasta ser su máximo responsable. En realidad, Spínola no sólo fue general, sino financiador; varias veces rozó la bancarrota porque, agostado como estaba el Tesoro español y teniendo en cuenta que el genovés era propenso a pasarse de frenada, adelantaba los sueldos de los tercios y luego las pasaba putas para cobrar de Madrid. Velázquez lo inmortalizó en su famoso cuadro La rendición de Breda. Es el que está pillando la llave.
ZUMALACÁRREGUI, Tomás de (7 puntos). General carlista en la primera guerra que lleva dicho nombre, a pesar de contar con elementos relativamente escasos logró mantener en jaque a las tropas españolas (o mejor dicho las otras tropas españolas), llegando incluso a extender en no pocas cancillerías europeas la idea de que los isabelinos podían perder la guerra. Décimo hijo de una familia de once, para colmo se queda sin padre a los cuatro años. Su madre quería que fuese chupatintas, pero a él la guerra contra el francés le pilla en Zaragoza (Agustina de Aragón es buena prueba de la que allí se montó), momento en el que este ormaiztegitarra (¿se dice así?) siente la llamada de las hostias. Hombre furibundamente religioso y conservador, a pesar de la evolución de las cosas no se apea de su absolutismo y, en consecuencia, al llegar Isabel al trono se apunta al bando del carlismo. Peleando con este ejército aprovecha la difícil orografía del norte de España para desesperar a los generales isabelinos, de modo y forma que consiguió encencerle el pelo a militares tan buenos como el propio Espartero o Espoz y Mina. Ordenado que le fue por Don Carlos de poner sitio a Bilbao (él quería tomar Vitoria, pero en Bilbao había más pasta y el ejército carlista andaba corto de numerario), una bala perdida le hirió en una pierna y murió, bastante tontamente, de septicemia.