martes, abril 14, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (19): El default de 1922


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 


El resultado del informe de Los Cuatro sobre la partición de la Silesia septentrional colocó al gobierno Wirth (aunque, como veremos, técnicamente debemos hablar del primer gobierno Wirth) en una situación insostenible. El 22 de octubre, en consecuencia, el Ejecutivo dimitió.

Alemania, sin embargo, no estaba para cambios. Ni el presidente Ebert los quería ni ninguno de los partidos que podían aspirar a plantear las cosas de otra manera (notablemente el SPD) tenían deseo alguno de echarse Alemania a las espaldas. Así las cosas, a Ebert no le quedó otro remedio (aunque, repito, es una forma de hablar, porque era lo que él quería) que trazar una especie de cambio lampedusiano. Y es importante decir esto, porque los cambios lampedusianos en el gobierno son una gota malaya que, aunque no tienen el efecto devastador de otros grandes gestos, sí son bastante eficientes, a la larga, a la hora de labrar la desconfianza general en el turnismo civilizado. Se tiende a generar la sensación de que el poder siempre está en manos de, que diría el papá de Mafalda, las momias recalentadas de siempre.

Ebert, en efecto, le solicitó a Wirth que siguiese en la Cancillería; pero no que lo hiciese hasta encontrar un nuevo gobierno, sino que continuase en el puesto del que se acababa de ir. La realidad, sin embargo, era terca. El DDP, miembro de la coalición de gobierno, se mostró claramente cansado de la situación y, sobre todo, preocupado por lo que se venía encima, y anunció que no entraría en la ecuación. Por su parte el partido de Stresemann, que como ya hemos visto se había convertido en un partido proclive a participar en combinaciones constitucionales, tampoco vio el momento maduro para ello.

En esa tesitura, a Wirth no le quedó otra que jugar la baza del “gobierno de personalidades”, aunque a nadie se le escapó, obviamente, que el Ejecutivo anunciado el 26 de octubre se nutría básicamente de peones del SPD y de Zentrum. De la formación centrista, además de Wirth, estaban: Andreas Hermes (Finanzas), Heinrich Brauns (Trabajo) y Johannes Giesberts (Correos); todos ellos, si repasáis las notas, miembros del gobierno anterior. Por el SPD mojaron: Gustav Bauer, vicecanciller y Tesoro; Robert Schmidt (Asuntos Económicos) y Adolf Köster (Interior). El gobierno seguía teniendo un miembro, más a título personal que otra cosa, del DDP: el eterno Otto Gessler que, desde que había sustituido a Noske, le había cogido ritmillo al ministerio.  Walther Rathenau y Eugen Schiffer dejaron el gabinete; aunque lo de Rathenau fue una especie de mete-saca, o más bien de saca-mete, porque siguió responsabilizándose de las negociaciones sobre las reparaciones. El único miembro sin afiliación era Wilhelm Göner, en Transporte. Las combinaciones de gobierno eran tan pocas que, en un gesto poco común, en la lista del 26 de octubre no había ministro de Asuntos Exteriores, por lo que, se dijo, sería Wirth quien se ocuparía de esa parte directamente (aunque, como veremos, la parte del león la asumió Rathenau).

Este gobierno sabía que se enfrentaba a curvas cerradas, y no erró. La decisión de la Sociedad de Naciones sobre el tema de Silesia provocó un incremento exponencial en la desconfianza internacional hacia la economía alemana; por no hablar de la desconfianza interna, que también se incrementó de forma palpable. Como consecuencia de la pérdida de los débiles elementos de confianza, el marco alemán se desplomó. Pronto llegó a una cotización de 600 marcos por libra esterlina; pero todo el mundo parecía tener claro que aquello no era sino la obertura de la ópera. La caída libre de la cotización real del marco (que, lógicamente, encarecía inmediatamente los pagos de reparaciones, que debo recordaros estaban establecidos en marcos-oro) no hizo sino darle la última puntilla a la posibilidad de que Alemania cumpliese con los pagos del calendario establecido. Tenía que atender dos pagos: el 15 de enero de 1922, y el 15 de febrero; y en el otoño de 1921 ya estaba prístinamente claro que a menos que le tocase el Euromillones dos o tres meses seguidos, no iba a poder.

La visión fuera de Alemania, sin embargo, era muy diferente. La caída del marco estaba provocando, en un efecto clásico, una primera espiral inflacionaria. Efectivamente, la devaluación de la moneda, como primera providencia, encarece todo aquello que un país debe comprar (en nuestro caso, un ejemplo es el petróleo, que necesitamos y no tenemos); y, en segunda derivada, al abaratar las exportaciones, supone insuflar masa monetaria vía sector exterior: lo cual, automáticamente, eleva los precios. Como consecuencia de esto, normalmente, cuando una moneda se deprecia (y no digamos ya si llega a un punto en el que no se deprecia, sino que se desprecia), lo que ven los países extranjeros es, sobre todo, la inflación. Un fenómeno que, por otra parte, tiene un grave riesgo contagio para los países del entorno.

Francia, que está a dos pasos de Alemania, consideraba que los germanos no estaban haciendo todo lo que debían para luchar contra la inflación. Es más: una parte muy significativa de la sociedad francesa, sobre todo esos hogares donde se lloraba a los hijos y a los nietos muertos en el Marne o en Verdún, consideraba que Alemania estaba cebando el crecimiento de precios de manera torticera, para luego poner cara de mosquita muerta y decir que no podía atender los pagos.

En diciembre de 1921, a pocas semanas de la fecha para el primer pago, el marco se encontraba en 1.040 pavos la libra. En ese punto, era obvio que Alemania no podía juntar la pasta fuck you, pay me por sí sola; tal y como los propios alemanes habían afirmado en el encuentro de Londres, hacía falta un préstamo internacional.

En el mundo de 1921, empero, no existían instituciones económicas internacionales, ni existían polos financieros como el chino-asiático, o el medio oriente. Los únicos dos lugares donde se podía aspirar a encontrar un sindicato de bancos con capacidad de prestarle a Berlín la pastizara que necesitaba eran Londres y Nueva York. En Nueva York, sin embargo, los banqueros estadounidenses tendían a concebir Europa como euro trash, y desde luego no querían oír hablar de Alemania. Los banqueros de Londres, obviamente, seguían un principio fundamental, que es huir por decreto de todo aquello de lo que tu competidor huye como de la peste.

En estas condiciones, el gobierno Wirth, y Alemania entera, estaban, literalmente, entre la espada y la pared. La espada era Francia. Un país que no había escondido, en los doce meses anteriores, que veía enormes ventajas y virtudes en la invasión de la cuenca del Ruhr. Por lo tanto, no quería saber nada de componendas. Esto es algo que un gobierno alemán podía compensar mediante la disciplina presupuestaria y sobre todo económica. Pero, en este punto, a los políticos alemanes se les hacía presente esa máxima que, ochenta o noventa años después, habría de verbalizar el político luxemburgués Jean Claude Juncker: “los políticos, por lo general, sabemos lo que hay que hacer; pero lo que no sabemos es ganar unas elecciones después”. En problema alemán, en todo caso, era peor, pues no estaba ventilando una prevalencia política, sino ser capaz de diluir las fuertes tensiones revolucionarias existentes en el país. En un marco político en el que el USPD, el KPD, el KAPD y otras fuerzas de izquierda eran tan importantes, y todas ellas estaban llamando al estallido social y la revolución marxista, el gobierno no contemplaba un plan de austeridad como una salida posible. Sin embargo, si no lo aplicaba se sometía el riesgo de que Francia rompiese la cuerda e invadiese el Ruhr; gesto que podría excitar a los revolucionarios de derechas.

En suma, pues, lo que hizo el segundo gobierno Wirth, a finales de 1921, fue juzgar que era menos arriesgado agitar el avispero de la derecha que el de la izquierda. Y hay que decir que los datos les avalaban. El golpe de Kapp había sido un golpe de opereta; sin embargo, la revolución de Munich sí que había contado con un apoyo importante; y la propia huelga general que había acabado con Kapp era otra demostración de que las masas obreras estaban mucho más organizadas que las masas ultranacionalistas (y la virtud, por llamarla de alguna manera, de Adolf Hitler, fue precisamente cambiar esto en relativamente poco tiempo).

Los partidos constitucionalistas alemanes, por lo tanto, prefirieron cotizar una resistencia de derechas a  cotizar una resistencia de izquierdas. Decidieron jugar la carta, bien conocida en España, de “por lo menos no viene la ultraderecha”. Pero este cálculo tenía una falla; bueno, en realidad la tiene siempre. Para que funcione esta estrategia, hace falta que, socialmente hablando, derechas e izquierdas sean compartimentos estancos. Que, recordando a Unamuno, quien apoye a los hunos, no apoye a los hotros, y viceversa. El cálculo, sin embargo, falla por el hecho de que la ideología de las clases menos favorecidas de una sociedad es mucho más porosa de lo que se prevé en esta ecuación. Todo lo que necesitaba la ultraderecha alemana para ganarse a elementos sociales habituales de la izquierda era una buena crisis nacional; y encontrar a alguien que supiera colocar a las masas de pringaos que, Santos Discépolo scribit, laburan noche a noche como un buey, ante problemas muy, muy complejos, para acto seguido aportarles una solución muy, muy sencilla. Ese alguien fue Josef Göbels, y el mérito de haberlo sabido fichar, aunque personal e ideológicamente eran bastante incompatibles, fue de Adolf Hitler Poezl.

El 15 de diciembre, el gobierno alemán informó a la Comisión Aliada de Reparaciones de que, dada la situación económica comprometida del país, y del fracaso de las negociaciones para conseguir un préstamo internacional, sería incapaz de atender los pagos previstos para enero y febrero mediante. Conscientes de que Francia se iba a poner como el Puma de Baracoa, trataron de buscar apoyos en Londres, donde sabían que la clase política era más proclive a mostrarse algo más tenue. Friedich Starmer, embajador alemán en Londres, le envió una carta a Lord Curzon en la que le decía que el gobierno alemán “no ha dejado una piedra sin voltear” en la búsqueda de una solución para el problema del pago de las reparaciones. Y recordaba que la única forma de atender los pagos era obtener un préstamo que se les había negado en la plaza londinense. El gobierno alemán sugería que los dos pagos se aplazasen.

Los aliados convocaron una conferencia en Londres a pelo puta, el 18 de diciembre. Visto lo visto, aceptaron el principio de que Alemania no iba a poder pagar. Así que acordaron acordar un nuevo calendario de pagos, que se debería fijar en una conferencia a celebrar en enero de 1922 en Cannes.

En ese momento, el Estado alemán debía más de 400.000 millones de marcos. El presupuesto del gobierno central había saltado por los aires, por la presión de los subsidios sociales, impulsados por el doble efecto de la inflación y del creciente número de peticionarios. En ese entorno, sin embargo, el gobierno alemán se negaba a reducir su gasto o a incrementar los impuestos. Los precios subían, y la única solución que aplicó la cancillería fue la que le gusta a Eduardo Garzón: imprimir más dinero. Garzón es un señor que ha estudiado economía, pero, por razones que resulta fácil sospechar, no ha estudiado a José Antonio Girón de Velasco, conspicuo miembro de Falange Española Tradicionalista y de las JONS; el hombre que fue un poco el último franquista, incluso tras la muerte de Franco. Girón fue muchos años ministro de Trabajo; y siéndolo, a mediados de los años cincuenta del siglo XX, cuando los trabajadores estaban agobiados por la inflación, decretó una subida salarial L'Oreal (porque yo lo valgo) del 25%. Girón estaba convencido de que así hacía a los trabajadores un 50% más ricos; pero lo que se hizo evidente, una vez que la inflación se incrementó todavía más, fue que los había hecho incluso más pobres de lo que eran antes de la medida. Porque la riqueza no se mide por el dinero que tienes en la cartera; se mide por el pan que puedes comprar con ese dinero.

De forma escasamente sorpresiva, pues, la política del gobierno alemán contra la inflación y la pobreza del alemán medio no hizo sino incrementar ambas. En las tiendas comenzó a faltar de todo; comenzó a haber rebeliones de gente hambrienta. En los últimos tres meses del año, el precio de la cesta de compra básica se incrementó un 40%.

En esta situación, entre el 6 y el 13 de enero de 1922 se reunió la Comisión Aliada de Reparaciones en Cannes. Acudieron tanto Aristide Briand como David Lloyd George, junto con representantes de los gobiernos belga e italiano. Walther Rathenau presidió la delegación alemana.

Según todos los indicios, los británicos, haciendo uso de su histórica incapacidad para entender todo lo que pasa fuera de sus fronteras, llegaron a Cannes convencidos de que se podría llegar a un acuerdo definitivo que resolviese el tema de las reparaciones once and for all. Pero nada más bajarse de los coches, y antes de haber tomado posesión de las habitaciones, ya estaba claro que no iba a ser así. Las posturas de los participantes estaban muy alejadas. De hecho, lo único que acordaron fue lo que tenían que acordar, que era el default alemán de los pagos de enero y febrero de 1922. Algo que era ya más que evidente, pues Cannes terminó apenas 48 horas antes de que Alemania debiera hacer el primer pago, y estaba más que claro que los germanos no tenían ni un mango.

Esta asunción, sin embargo, no llegó sin condiciones. La primera condición que impuso Francia fue que el default del gran pago previsto para el 15 de enero no se produciría sino a cambio de que Alemania comenzase a pagar, a partir del día 18, 31 millones de marcos cada diez días.

La segunda condición fue que, en los diez días posteriores al 13 de enero, el gobierno alemán debería presentar un plan de reformas presupuestarias y cambiarias. Se fijó que el pago total de reparaciones de 1922 serían 720 millones de marcos-oro, además de entregas en especie por valor de 1.450 millones de marcos-oro. Los alemanes prometieron cumplir.

La otra gran decisión de Cannes fue celebrar una gran conferencia en Génova, en el mes de abril, para resolver las grandes cuestiones de las reparaciones.

El 12 de enero, saltó la bomba. En París, prácticamente desde el día 3, el clima político se había ido enrareciendo. La oposición al primer ministro Briand comenzó a motejarlo de nenaza. Cuando se supo que había aceptado la idea de la conferencia de Génova (que era una idea de Lloyd George), no pocos franceses interpretaron que se iba a cambiar Versalles; que a Francia los británicos y los alemanes, en comandita con Washington de vieja'el visillo, le iban a robar la merienda.

El presidente Millerand llamó el 12 a Briand a París con urgencia. Briand llegó, vio y perdió. Tras dos o tres llamadas de móvil, le quedó claro que si presentaba una moción de confianza le iban a meter un palo de fregona por el culo; así que dimitió dos minutos antes de que lo echaran.

El 15 de enero, dos días después de terminar Cannes, llegó al gobierno Raymond Poincaré. Un tipo para el cual todo lo se puede hacer con una salchicha de Frankfurt es introducirla por el orto de un alemán a ver si con suerte revienta. Un hombre convencido de que el gobierno alemán estaba desbocando a propósito su masa monetaria para disparar la inflación y explosionar el marco y, así, dejar de pagar. Un hombre convencido de que, si conseguía acabar con el tratado de Versalles y sus cláusulas, Alemania volvería a agredir a sus vecinos europeos.

Lo que se dice, pues, un tipo radical que vivía fuera de la realidad.

O no.

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