Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Muy a menudo se ha considerado que las elecciones de 1919 fueron un espaldarazo global a la república de Weimar, puesto que los tres partidos directamente implicados en su defensa, aunque con diferentes niveles de compromiso (SPD, Zentrum y DDP) se habían llevado tres cuartas partes del voto total. La derecha nostálgica de los viejos tiempos de Alemania, es decir el DNVP y el DVP, se quedaba aproximadamente en un 15% de los votos. El suyo, pues, fue un poco el resultado de Alianza Popular en las primeras elecciones democráticas tras la dictadura de Franco.
El 3 de febrero, los consejos de
trabajadores y soldados formados en el marco del proceso de posguerra
entregaron formalmente sus poderes a la Asamblea Nacional. El primer lugar
designado para reunir a los diputados resultó ser Weimar, una tranquila ciudad
en Turingia, por miedo a que en Berlín hubiese manifas y movidas. Es por esta
razón que esta localidad ha terminado por dar nombre a este experimento que,
entre 1918 y 1933, llamaría a los alemanes a votar nueve veces, y registraría
20 coaliciones de gobierno diferentes, y ningún gobierno totalmente monocolor. El paraíso de los enemigos del bipartidismo, que terminó, ejem, con una dictadura nacionalsocialista (y ahí lo dejo...)
La primera sesión de la flamante
Asamblea de la república de Weimar se celebró el 6 de febrero. Una cosa que
habitualmente no se dice es que la mayoría de los diputados quisieron que el
régimen siguiera llamándose Imperio Alemán o Reich, aunque fuese normalmente
conocido como república de Weimar.
El discurso de Ebert fue vibrante. Yo diría que una mezcla entre Cayetana Álvarez de Toledo y Ana Oramas. Vino a decir que los aliados no habían vencido a Alemania. Que habían luchado,
y vencido, contra el kaiserismo; pero que el káiser ya no estaba. En
consecuencia, continuó, los aliados ni podían ni querían imponer condiciones de
esclavitud durante décadas a aquella nueva Alemania, a aquella otra Alemania (y los franceses que habían estado alguna vez en Cádiz contestaban: noniná).
El 11 de febrero se procedió a la
elección de la nueva figura del presidente de la república o Reichspräsident. Se había decidido que,
puesto que la república necesitaba tener un presidente lo antes posible, fuese
elegido por los propios diputados electos, sin adornos ni hostias. Era bastante
obvio quien iba a ganar, y fue quien ganó. Ebert consiguió 277 votos, es decir,
unos 100 más que los suyos; mientras que el conde Arthur von
Ponsadowsky-Wehner, candidato derechista del DNVP, se llevó 49 votos.
Recibieron un voto cada uno: Philipp Scheidemann, del SPD, y el sufrido
Matthias Erzberger, del Zentrum. 51 diputados depositaron votos inválidos, así
que probablemente votaron a Rita Irasema, Carlos Jesús, Alvar el padre de Vickie el Vikingo, Urobe, Gorm (yo le habría votado), o algo así. El 25 de
octubre se acordó que el mandato del presidente abarcaría hasta el 30 de junio
de 1925, momento en el que ya se votaría un nuevo presidente por sufragio de
los alemanes, alemanas y alemanos.
Así que Ebert tuvo que dar un
segundo discurso, como presidente entrante; discurso en el que, entre otras
cosas, expresó su ilusión de lograr algún día la fusión con los hermanos
austríacos. Lo que se dice empezar haciendo amigos en el ámbito geopolítico europeo; la verdad, Ebert tenía menos cintura que Alexanco. Luego, como presidente, lo primero que hizo fue llamar a Scheidemann
para encargarle la formación de un gobierno como canciller. Este gobierno tenía
carácter provisional, pues estaría en el machito sólo hasta que la Constitución
se convirtiese en ley.
Scheidemann formó un gobierno de
los más votados. Incluyó miembros del SPD, el Zentrum y el DDP; lo que vino a
conocerse como “la coalición de Weimar”, y vendría a ser un mecanismo de
mayorías bastante común en esos años. Venía a ser como una coalición formada
por los elementos más moderados del PSOE, en plan Page y tal; y los menos
radicales del PP, en plan la señora ésa Guardiola y tal.
De todas formas, el gobierno era
básicamente socialdemócrata, con siete ministros, contando al canciller: Gustav
Noske estaba en Defensa, Otto Landsberg en Justicia, Rudolf Wissell en Asuntos Económicos, Gustav Bauer en Trabajo,
Robert Schmidt en Alimentación, y Eduard David sin cartera. En cuanto al DDP,
tenía como vicecanciller a Eugen Schiffer (reemplazado el 17 de abril por
Bernhard Dernberg); Hugo Preuss en Interior; y Georg Gotheim, en Tesoro. El
Zentrum tenía otros tres miembros: Matthias Erzberger, sin cartera; Johannes
Bell, Colonias; y Johaness Giesberts,
Postmaster General. El gobierno se completaba con un independiente: el
conde Ulrich von Brockdorff-Rantzau, que llevaba siendo ministro de Asuntos
Exteriores desde diciembre de 1918, y allí siguió.
El gobierno Scheidemann lanzó un
programa de gobierno del cual el punto fundamental era la consecución de un
tratado de paz basado en los 14 puntos de Wilson; o sea, era un gobierno que, a
pesar de tener a Erzberger en su seno, al parecer no le escuchó, o él no le
explicó a sus compañeros de qué palo iban los franceses. Scheidemann quería a
Alemania en la Sociedad de Naciones, y un acuerdo de desarme global de todas las naciones. También
prometió una reforma educativa profunda que diese oportunidades a todos; una
profunda democratización del Ejército; garantías para la libertad de opinión,
de religión y de prensa, así como una extensión de los poderes sindicales.
Como suele ocurrir muchas veces, sobre todo cuando los procesos los lideran las izquierdas, los hombres que habían inaugurado la república de Weimar estaban tan convencidos de que estaban haciendo cosas chulísimas, que asumieron que todo el mundo iba a aceptar su programa como el compendio de todo bien. Esa impresión, sin embargo, duró poco. El 21 de febrero, dos semanas después de la apertura de la Asamblea de Weimar, Kurt Eisner, el primer ministro de Baviera, que lo era gracias a una coalición de izquierdas, fue asesinado en Munich. Iba por la calle con su guardaespaldas, su secretario Félix Fechenbach, y un colega llamado Benno Merkle, camino del parlamento bávaro, cuando un tipo llamado Anton Graf von Arco auf Valley le disparó en la espalda y en la cabeza.
Anton tenía 22 años, era estudiante de
leyes, y había sido teniente en un regimiento bávaro. Era simpatizante de las
derechas, aunque la presencia de sangre judía en sus antepasados lo había
dejado fuera de la Sociedad Thule. Explicó sus motivaciones en el hecho de que,
según él, Eisner era un bolchevique y un judío. Arco-Valley fue condenado a
muerte, aunque se le conmutó por una pena de prisión y, de todas formas, fue
perdonado cinco años después. Curiosamente, mientras estaba sirviendo su
periodo de prisión en Landsberg, acabaron por desalojarlo de su celda habitual
para hacerle sitio a un preso nuevo llamado Adolf Hitler. A pesar de su perfil
muy derechista, nunca fue del gusto de los nazis, por ser más bien partidario
del regreso de la monarquía bávara. De hecho, incluso la Gestapo lo investigó
por sospechar que proyectaba atentar contra Hitler. Murió en junio de 1945,
recién acabada la guerra, cuando una calesa en la que iba colisionó con un
vehículo estadounidense.
Lo verdaderamente paradójico del
asunto es que lo más probable es que Eisner estuviese dirigiéndose al
parlamento para dimitir. Días antes, en las elecciones bávaras, su partido, el
USPD, o sea los socialdemócratas más izquierdosos, había sacado un 2,5% de los
votos y 3 escaños; una puta mierda frente al 33% del SPD y del recientemente
creado Partido del Pueblo Bávaro o BVP (Bayerische
Volkspartei), que había ganado con un 35%.
El ambiente bávaro estaba más
enfrentado que Juana Rivas en una facultad de Derecho. De hecho, el anuncio del
asesinato provocó una montonera de puta madre en el salón de sesiones.
Repentinamente un tipo llamado Alois Lindner, simpatizante del USPD y de profesión camarero
en la estación de tren de la ciudad, y que se había colado en el salón de
sesiones, sacó una pipa y comenzó a disparar, apuntando a Eduard Auer, el líder
del SPD bávaro. Auer estaba a punto de hablar, y fue seriamente herido. En la
movida hubo dos muertos más: el comandante Paul Ritter von Jahreiss,
funcionario del Ministerio de la Guerra bávaro; y el político conservador
Heinrich Osel.
Lindner estaba convencido de que
Auer había ordenado el asesinato de Eisner. Se escapó del lugar de autos (que entrase y escapase lo dice todo de la seguridad del parlamento bávaro) y acabó
refugiado en Hungría. De ahí fue extraditado y le cayeron 14 años; fue liberado
en una amnistía. Una vez libre, decidió marcharse a la URSS, pero desde 1943 ya
no se sabe más de él. Aunque seguro que Stalin no tiene nada que ver en esta
falta de noticias.
La pérdida por goleada de las
elecciones en Berlín movió a la izquierda radical a hacer lo que siempre hacen
los comunistas cuando pierden elecciones, que es casi todas las veces que se
presentan a elecciones: buscar dónde poder montarla. La izquierda, efectivamente,
siempre ha vivido de juntar suficiente gente para un rodea el Congreso que les permita fabricar la ilusión, porque casi
siempre es un invento, de que representan a “la gente” o, como se decía, hace
cien años, al Pueblo. El escenario más propicio que se ofrecía para esto en
Alemania era, sin duda, Baviera. Un lugar socialmente descojonado tras la
guerra que vivía horas de intensa inestabilidad política.
Así las cosas, en la noche del 6
al 7 de abril, un grupo de socialistas de izquierda y anarquistas declararon la
República del Consejo de Soviets de Munich o Münchner Räterepublik. Los impulsores de aquella movida eran
básicamente ese tipo de libélulas que siempre frecuentan las charcas. Es decir,
no eran proletarios, sino escritores, maestros de escuela, profesionales
liberales que sabían de la realidad de las cosas más o menos lo mismo que sabe
un contertulio de TVE de cromodinámica cuántica. Se nombró un Consejo Nacional
Revolucionario, al frente del cual fue situado un chavalote de 25 años
militante del USPD, Ernst Toller, que sería exiliado y desposeído por los
nazis, acabó teniendo una estrecha relación con España durante la GCEXX, y se
suicidó en Nueva York en 1939.
Toller estuvo en el “poder” poco
tiempo; pero durante ese tiempo, su productividad legislativa fue admirable.
Legisló la jornada de ocho horas, el fin de la propiedad privada, una pensión
específica para madres, la nacionalización de todos los bienes de uso público,
y un decreto por el cual estableció que todo ciudadano de Baviera tenía 100
marcos esperándole en algún banco del Estado. Como puede verse, Eduardo Garzón,
al lado de Toller, merece el Nobel de Economía. Otra cosa que reguló es que
cualquiera podría matricularse (gratis, por supuesto) en la universidad bávara,
sin necesidad de pasar examen; aunque, en una medida curiosa, prohibió la
enseñanza de la Historia, por considerar la disciplina “hostil a la
civilización”. Lo cual, para qué nos vamos a engañar, viendo cómo se las gastan los dizque historiadores en X, da para pensar que lo mismo no iba tan descaminado.
El puesto de Delegado del Pueblo
para Asuntos Exteriores fue otorgado por Toller a un personaje que era
visitante habitual de los siquiátricos (el propio Toller había estado
internado, aunque al parecer fue por las obsesiones de su madre más que por las
suyas): el doctor Franz Lipp. El doctor Lipp se decía amigo personal e íntimo
del Francisquito (o Leoncito) Benedicto XV. Y se quejó públicamente del grave
escándalo político de que el primer ministro socialdemócrata en el exilio en
Bamberg, Johannes Hoffmann, se había llevado consigo la llave de los retretes
del edificio de gobierno. En una carta a otro colega de gobierno anunció que
había declarado la guerra a Würtemberg y Suiza, y que estaba seguro de la
victoria. A su alrededor hizo cortar todas las líneas telefónicas, porque no
soportaba el sonido de sus timbres.
El 13 de abril, unos pocos días
después de instaurado el gobierno Toller, el llamado Golpe del Domingo de Ramos
lo destituyó y sustituyó por una Segunda República del Consejo de Soviets de
Munich. El nuevo hombre fuerte era un emigrado ruso, Eugen Leviné, que había
participado activamente en la seudo revolución rusa de 1905. Leviné no era sino
el peón que situaba en el tablero el KPD para convertir la república bávara en
un Estado bolchevique al modo soviético. Los comunistas, efectivamente, crearon
un Ejército Rojo, creado a partir de levas en las fábricas, al frente del cual
situaron a Rudolf Egelhofer. Se declaró una huelga general de diez días.
El 18 de abril, en las afueras de
la ciudad, el gobierno legal exiliado de Bamberg y el gobierno revolucionario
de los soviets se vieron las caras. Los revolucionarios habían juntado unos
15.000 efectivos, mientras que Hoffmann apenas tenía 8.000, y peor
pertrechados. Los gubernamentales fueron derrotados en Dachau, momento en que
Hoffmann asumió que tenía que llamar al primo de Zumosol; y marcó el móvil de
Noske.
Noske convocó a una tropa de unos
30.000 efectivos, casi todos levados en Würtemberg y Prusia, además de los
Cuerpos Libres de Baviera, que estaban al mando del teniente general Burghard
Franz Viktor von Oven. Las tropas de Burghard Francisco Víctor del Horno
(traduciendo del inglés, por supuesto) incluían una fuerza que era una
auténtica partida de la porra, llamada El Cuerpo Libre Epp, llamada así porque
la mandaba Franz Ritter von Epp, quien ya en 1928 estaría de hoz y coz en el
NSDAP.
El 26 de abril, soldados del
Ejército Rojo de Baviera capturaron a siete miembros de la Sociedad Thule,
incluyendo su presidenta, la condesa Hella o Haila von Westarp. La sociedad
Thule, una creación del barón Ruldolf
von Sebottendorf, era abiertamente racista, utilizaba ya la
esvástica, y tenía un periódico propio, el Münchener
Beobachter, que se convertiría en el Lo País de Hitler renombrado en Völkischer Beobachter, es decir, El
Observador del Pueblo.
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