miércoles, marzo 18, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (7): Munich


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 

En las elecciones de 1919 votó todo dios: el 83%, 30 millones de personas. Entre los seis principales partidos (he acopiado los resultados en un Excel; pero eso llegará al final de la serie) el que recibió el mayor respaldo fue el SPD, aunque sus 165 diputados se quedaron muy lejos de los 212 que hacían falta para una mayoría. En el espacio de centro, se producía un enfrentamiento muy reñido entre Zentrum y el DDP, que entre ambos juntaban tantas sillas como el SPD. La derecha cosechaba un 10% de los votos, clara secuela del cansancio de la guerra y los tiempos imperiales. Mientras que la ultraizquierda, ésa que por una manifa había llegado a pensar que Alemania estaba con ella, sumaba 22 diputados.

Muy a menudo se ha considerado que las elecciones de 1919 fueron un espaldarazo global a la república de Weimar, puesto que los tres partidos directamente implicados en su defensa, aunque con diferentes niveles de compromiso (SPD, Zentrum y DDP) se habían llevado tres cuartas partes del voto total. La derecha nostálgica de los viejos tiempos de Alemania, es decir el DNVP y el DVP, se quedaba aproximadamente en un 15% de los votos. El suyo, pues, fue un poco el resultado de Alianza Popular en las primeras elecciones democráticas tras la dictadura de Franco.

El 3 de febrero, los consejos de trabajadores y soldados formados en el marco del proceso de posguerra entregaron formalmente sus poderes a la Asamblea Nacional. El primer lugar designado para reunir a los diputados resultó ser Weimar, una tranquila ciudad en Turingia, por miedo a que en Berlín hubiese manifas y movidas. Es por esta razón que esta localidad ha terminado por dar nombre a este experimento que, entre 1918 y 1933, llamaría a los alemanes a votar nueve veces, y registraría 20 coaliciones de gobierno diferentes, y ningún gobierno totalmente monocolor. El paraíso de los enemigos del bipartidismo, que terminó, ejem, con una dictadura nacionalsocialista (y ahí lo dejo...)

La primera sesión de la flamante Asamblea de la república de Weimar se celebró el 6 de febrero. Una cosa que habitualmente no se dice es que la mayoría de los diputados quisieron que el régimen siguiera llamándose Imperio Alemán o Reich, aunque fuese normalmente conocido como república de Weimar.

El discurso de Ebert fue vibrante. Yo diría que una mezcla entre Cayetana Álvarez de Toledo y Ana Oramas. Vino a decir que los aliados no habían vencido a Alemania. Que habían luchado, y vencido, contra el kaiserismo; pero que el káiser ya no estaba. En consecuencia, continuó, los aliados ni podían ni querían imponer condiciones de esclavitud durante décadas a aquella nueva Alemania, a aquella otra Alemania (y los franceses que habían estado alguna vez en Cádiz contestaban: noniná).

El 11 de febrero se procedió a la elección de la nueva figura del presidente de la república o Reichspräsident. Se había decidido que, puesto que la república necesitaba tener un presidente lo antes posible, fuese elegido por los propios diputados electos, sin adornos ni hostias. Era bastante obvio quien iba a ganar, y fue quien ganó. Ebert consiguió 277 votos, es decir, unos 100 más que los suyos; mientras que el conde Arthur von Ponsadowsky-Wehner, candidato derechista del DNVP, se llevó 49 votos. Recibieron un voto cada uno: Philipp Scheidemann, del SPD, y el sufrido Matthias Erzberger, del Zentrum. 51 diputados depositaron votos inválidos, así que probablemente votaron a Rita Irasema, Carlos Jesús, Alvar el padre de Vickie el Vikingo, Urobe, Gorm (yo le habría votado), o algo así. El 25 de octubre se acordó que el mandato del presidente abarcaría hasta el 30 de junio de 1925, momento en el que ya se votaría un nuevo presidente por sufragio de los alemanes, alemanas y alemanos.

Así que Ebert tuvo que dar un segundo discurso, como presidente entrante; discurso en el que, entre otras cosas, expresó su ilusión de lograr algún día la fusión con los hermanos austríacos. Lo que se dice empezar haciendo amigos en  el ámbito geopolítico europeo; la verdad, Ebert tenía menos cintura que Alexanco. Luego, como presidente, lo primero que hizo fue llamar a Scheidemann para encargarle la formación de un gobierno como canciller. Este gobierno tenía carácter provisional, pues estaría en el machito sólo hasta que la Constitución se convirtiese en ley.

Scheidemann formó un gobierno de los más votados. Incluyó miembros del SPD, el Zentrum y el DDP; lo que vino a conocerse como “la coalición de Weimar”, y vendría a ser un mecanismo de mayorías bastante común en esos años. Venía a ser como una coalición formada por los elementos más moderados del PSOE, en plan Page y tal; y los menos radicales del PP, en plan la señora ésa Guardiola y tal.

De todas formas, el gobierno era básicamente socialdemócrata, con siete ministros, contando al canciller: Gustav Noske estaba en Defensa, Otto Landsberg en Justicia, Rudolf Wissell en  Asuntos Económicos, Gustav Bauer en Trabajo, Robert Schmidt en Alimentación, y Eduard David sin cartera. En cuanto al DDP, tenía como vicecanciller a Eugen Schiffer (reemplazado el 17 de abril por Bernhard Dernberg); Hugo Preuss en Interior; y Georg Gotheim, en Tesoro. El Zentrum tenía otros tres miembros: Matthias Erzberger, sin cartera; Johannes Bell, Colonias; y Johaness Giesberts,  Postmaster General. El gobierno se completaba con un independiente: el conde Ulrich von Brockdorff-Rantzau, que llevaba siendo ministro de Asuntos Exteriores desde diciembre de 1918, y allí siguió.

El gobierno Scheidemann lanzó un programa de gobierno del cual el punto fundamental era la consecución de un tratado de paz basado en los 14 puntos de Wilson; o sea, era un gobierno que, a pesar de tener a Erzberger en su seno, al parecer no le escuchó, o él no le explicó a sus compañeros de qué palo iban los franceses. Scheidemann quería a Alemania en la Sociedad de Naciones, y un acuerdo de desarme global de todas las naciones. También prometió una reforma educativa profunda que diese oportunidades a todos; una profunda democratización del Ejército; garantías para la libertad de opinión, de religión y de prensa, así como una extensión de los poderes sindicales.

Como suele ocurrir muchas veces, sobre todo cuando los procesos los lideran las izquierdas, los hombres que habían inaugurado la república de Weimar estaban tan convencidos de que estaban haciendo cosas chulísimas, que asumieron que todo el mundo iba a aceptar su programa como el compendio de todo bien. Esa impresión, sin embargo, duró poco. El 21 de febrero, dos semanas después de la apertura de la Asamblea de Weimar, Kurt Eisner, el primer ministro de Baviera, que lo era gracias a una coalición de izquierdas, fue asesinado en Munich. Iba por la calle con su guardaespaldas, su secretario Félix Fechenbach, y un colega llamado Benno Merkle, camino del parlamento bávaro, cuando un tipo llamado Anton Graf von Arco auf Valley le disparó en la espalda y en la cabeza. 

Anton tenía 22 años, era estudiante de leyes, y había sido teniente en un regimiento bávaro. Era simpatizante de las derechas, aunque la presencia de sangre judía en sus antepasados lo había dejado fuera de la Sociedad Thule. Explicó sus motivaciones en el hecho de que, según él, Eisner era un bolchevique y un judío. Arco-Valley fue condenado a muerte, aunque se le conmutó por una pena de prisión y, de todas formas, fue perdonado cinco años después. Curiosamente, mientras estaba sirviendo su periodo de prisión en Landsberg, acabaron por desalojarlo de su celda habitual para hacerle sitio a un preso nuevo llamado Adolf Hitler. A pesar de su perfil muy derechista, nunca fue del gusto de los nazis, por ser más bien partidario del regreso de la monarquía bávara. De hecho, incluso la Gestapo lo investigó por sospechar que proyectaba atentar contra Hitler. Murió en junio de 1945, recién acabada la guerra, cuando una calesa en la que iba colisionó con un vehículo estadounidense.

Lo verdaderamente paradójico del asunto es que lo más probable es que Eisner estuviese dirigiéndose al parlamento para dimitir. Días antes, en las elecciones bávaras, su partido, el USPD, o sea los socialdemócratas más izquierdosos, había sacado un 2,5% de los votos y 3 escaños; una puta mierda frente al 33% del SPD y del recientemente creado Partido del Pueblo Bávaro o BVP (Bayerische Volkspartei), que había ganado con un 35%.

El ambiente bávaro estaba más enfrentado que Juana Rivas en una facultad de Derecho. De hecho, el anuncio del asesinato provocó una montonera de puta madre en el salón de sesiones. Repentinamente un tipo llamado Alois Lindner, simpatizante del USPD y de profesión camarero en la estación de tren de la ciudad, y que se había colado en el salón de sesiones, sacó una pipa y comenzó a disparar, apuntando a Eduard Auer, el líder del SPD bávaro. Auer estaba a punto de hablar, y fue seriamente herido. En la movida hubo dos muertos más: el comandante Paul Ritter von Jahreiss, funcionario del Ministerio de la Guerra bávaro; y el político conservador Heinrich Osel.

Lindner estaba convencido de que Auer había ordenado el asesinato de Eisner. Se escapó del lugar de autos (que entrase y escapase lo dice todo de la seguridad del parlamento bávaro) y acabó refugiado en Hungría. De ahí fue extraditado y le cayeron 14 años; fue liberado en una amnistía. Una vez libre, decidió marcharse a la URSS, pero desde 1943 ya no se sabe más de él. Aunque seguro que Stalin no tiene nada que ver en esta falta de noticias.

La pérdida por goleada de las elecciones en Berlín movió a la izquierda radical a hacer lo que siempre hacen los comunistas cuando pierden elecciones, que es casi todas las veces que se presentan a elecciones: buscar dónde poder montarla. La izquierda, efectivamente, siempre ha vivido de juntar suficiente gente para un rodea el Congreso que les permita fabricar la ilusión, porque casi siempre es un invento, de que representan a “la gente” o, como se decía, hace cien años, al Pueblo. El escenario más propicio que se ofrecía para esto en Alemania era, sin duda, Baviera. Un lugar socialmente descojonado tras la guerra que vivía horas de intensa inestabilidad política.

Así las cosas, en la noche del 6 al 7 de abril, un grupo de socialistas de izquierda y anarquistas declararon la República del Consejo de Soviets de Munich o Münchner Räterepublik. Los impulsores de aquella movida eran básicamente ese tipo de libélulas que siempre frecuentan las charcas. Es decir, no eran proletarios, sino escritores, maestros de escuela, profesionales liberales que sabían de la realidad de las cosas más o menos lo mismo que sabe un contertulio de TVE de cromodinámica cuántica. Se nombró un Consejo Nacional Revolucionario, al frente del cual fue situado un chavalote de 25 años militante del USPD, Ernst Toller, que sería exiliado y desposeído por los nazis, acabó teniendo una estrecha relación con España durante la GCEXX, y se suicidó en Nueva York en 1939.

Toller estuvo en el “poder” poco tiempo; pero durante ese tiempo, su productividad legislativa fue admirable. Legisló la jornada de ocho horas, el fin de la propiedad privada, una pensión específica para madres, la nacionalización de todos los bienes de uso público, y un decreto por el cual estableció que todo ciudadano de Baviera tenía 100 marcos esperándole en algún banco del Estado. Como puede verse, Eduardo Garzón, al lado de Toller, merece el Nobel de Economía. Otra cosa que reguló es que cualquiera podría matricularse (gratis, por supuesto) en la universidad bávara, sin necesidad de pasar examen; aunque, en una medida curiosa, prohibió la enseñanza de la Historia, por considerar la disciplina “hostil a la civilización”. Lo cual, para qué nos vamos a engañar, viendo cómo se las gastan  los dizque historiadores en X, da para pensar que lo mismo no iba tan  descaminado.

El puesto de Delegado del Pueblo para Asuntos Exteriores fue otorgado por Toller a un personaje que era visitante habitual de los siquiátricos (el propio Toller había estado internado, aunque al parecer fue por las obsesiones de su madre más que por las suyas): el doctor Franz Lipp. El doctor Lipp se decía amigo personal e íntimo del Francisquito (o Leoncito) Benedicto XV. Y se quejó públicamente del grave escándalo político de que el primer ministro socialdemócrata en el exilio en Bamberg, Johannes Hoffmann, se había llevado consigo la llave de los retretes del edificio de gobierno. En una carta a otro colega de gobierno anunció que había declarado la guerra a Würtemberg y Suiza, y que estaba seguro de la victoria. A su alrededor hizo cortar todas las líneas telefónicas, porque no soportaba el sonido de sus timbres.

El 13 de abril, unos pocos días después de instaurado el gobierno Toller, el llamado Golpe del Domingo de Ramos lo destituyó y sustituyó por una Segunda República del Consejo de Soviets de Munich. El nuevo hombre fuerte era un emigrado ruso, Eugen Leviné, que había participado activamente en la seudo revolución rusa de 1905. Leviné no era sino el peón que situaba en el tablero el KPD para convertir la república bávara en un Estado bolchevique al modo soviético. Los comunistas, efectivamente, crearon un Ejército Rojo, creado a partir de levas en las fábricas, al frente del cual situaron a Rudolf Egelhofer. Se declaró una huelga general de diez días.

El 18 de abril, en las afueras de la ciudad, el gobierno legal exiliado de Bamberg y el gobierno revolucionario de los soviets se vieron las caras. Los revolucionarios habían juntado unos 15.000 efectivos, mientras que Hoffmann apenas tenía 8.000, y peor pertrechados. Los gubernamentales fueron derrotados en Dachau, momento en que Hoffmann asumió que tenía que llamar al primo de Zumosol; y marcó el móvil de Noske.

Noske convocó a una tropa de unos 30.000 efectivos, casi todos levados en Würtemberg y Prusia, además de los Cuerpos Libres de Baviera, que estaban al mando del teniente general Burghard Franz Viktor von Oven. Las tropas de Burghard Francisco Víctor del Horno (traduciendo del inglés, por supuesto) incluían una fuerza que era una auténtica partida de la porra, llamada El Cuerpo Libre Epp, llamada así porque la mandaba Franz Ritter von Epp, quien ya en 1928 estaría de hoz y coz en el NSDAP.

El 26 de abril, soldados del Ejército Rojo de Baviera capturaron a siete miembros de la Sociedad Thule, incluyendo su presidenta, la condesa Hella o Haila von Westarp. La sociedad Thule, una creación del barón Ruldolf von Sebottendorf, era abiertamente racista, utilizaba ya la esvástica, y tenía un periódico propio, el Münchener Beobachter, que se convertiría en el Lo País de Hitler renombrado en Völkischer Beobachter, es decir, El Observador del Pueblo.

El 30 de abril, el régimen comunista bávaro cometió un grave error. Todos los detenidos, unidos a tres que lo habían sido en otra redada, fueron fusilados. Parece ser que la genial idea fue de Egelhofer, que al parecer era un motorista poco sutil que se pasaba de frenada en cada curva. En Munich, la noticia de las ejecuciones en el patio trasero de la escuela Luitpold se conocieron pronto; se conocieron, además, habitualmente distorsionadas con detalles como que a los hombres fusilados les habían cortado los genitales. Esto hizo que los Freikorps saliesen a la calle en una orgía de violencia. Durante días, muchas personas, no pocas de ellas totalmente ajenas al comunismo, fueron asesinadas on the spot. En un solo incidente, por ejemplo, 53 prisioneros de guerra rusos fueron asesinados. El 1 de mayo, las tropas gubernamentales, lideradas por los Freikorps, afrontaron la reconquista de Munich.

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