Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Esto, sin embargo, pasó muchos
años después. En 1919, Mayr se estaba convirtiendo en el primer hombre que
alimentaba las ambiciones de Hitler, pavimentando el camino por el que podía
transitar con más eficiencia.
El 7 de mayo de 1919, los aliados
presentaron a la delegación alemana presidida por el conde Ulrich von
Brockdorff-Rantzau, las condiciones de la rendición germana. Lo hicieron en el
Hotel Palace Trianon, muy cerca de Versalles. Los aliados ni permitieron a los
alemanes estar en los trabajos de diseño de las condiciones, ni tampoco les
dieron boleta para discutirlos previamente a la comunicación. Eso sí, les
dieron quince días para plantear objeciones a cláusulas concretas. El conde
Brockdorff-Rantzau protestó vivamente contra el hecho de que Alemania fuese
considerado la única responsable de la guerra. Wilson llegó a decir: “los
alemanes son verdaderamente estúpidos”.
Las condiciones, por otra parte,
eran tan duras como predecibles. Alsacia y Lorena volvían a ser francesas (y ahí siguen, aunque, creedme: no apostéis). El
territorio alemán en la orilla occidental del Rhin sería ocupado por los
aliados durante al menos 15 años; el premio por buen comportamiento para
Alemania sería la retirada alemana de Colonia en cinco años, Coblenza en diez y
Mainz en 15. La orilla izquierda de Rhin y la derecha en una anchura de 31
kilómetros quedaban totalmente desmilitarizadas. El Saar, una zona fundamental
para la provisión de carbón, sería gobernado durante quince años por una
comisión de la Liga de las Naciones. En ese tiempo, Francia controlaría las
minas carboníferas de la región (se entendía que éste era el tiempo que necesitaría para lograr la plena operatividad de las suyas propias). Pasados los quince años, el pueblo del Saar
debería decidir si querían permanecer bajo control de la Liga (en la práctica,
bajo control francés); si unirse con Francia; o si regresar a Alemania; o sea, lo que se dice elegir entre Guatemala, Guatepeor y Guatelahostia. Esta
cláusula, además de una puñalada trapera a la economía alemana (hoy en día,
vendría a equivaler que un tercero se quedase con el control total del sector
energético de un país), era una cláusula, cómo decirlo, muy francesa. Porque
ser alemán no es que sea muy atractivo; pero, realmente, sólo un francés puede
llegar a pensar que alguien va a votar formar parte de Francia pudiendo ser cualquier otra cosa. Los franceses,
por otra parte, colocaron una cláusula, de nuevo muy francesa, según la cual,
si el pueblo del Saar decidiese ser alemán, entonces los alemanes podrían comprarle las minas a los franceses.
Bélgica recibió en Trianon
Moresnete, Eupen y Malmédy, aunque se admitió que los residentes de estas tres
regiones podrían decidir su destino en referendo (aquí ya estamos hablando de
elegir entre ser alemán o ser belga; sinceramente, no sabría qué coño votar).
También se decidió permitir un referendo en Schleswig del Norte; referendo en
el que los esleswicheros septentrionales decidieron que no querían ser
alemanes, sino daneses. En este punto, la verdad, les doy la razón. No hay
color. Es como elegir entre ser vasco o esquimal.
Si en su orilla occidental
Alemania quedaba seriamente mutilada, en la oriental aquello ya era un puto
matadero. El Estado polaco que se creó en Trianon incluyó la Silesia
septentrional, un área industrial de primer nivel, además de Posen y la Prusia
oriental, ésta última incluyendo lo que se llamaba, y se llama, el Corredor
Polaco, con lo que la Prusia oriental quedaba totalmente desgajada de Alemania (problemón que ya analizaremos en la serie específica posterior a ésta).
A Polonia se le concedieron también importantes derechos de comercio en Danzig,
o Gdansk, como prefiráis, que fue declarada ciudad libre bajo la autoridad de
la Liga de las Naciones. El tema era jodido, porque Gdansk era el puerto
tradicional de Polonia; pero en ese momento era étnicamente más alemana que los
calzoncillos de Goethe. También se le quitó a Alemania el puerto de Memel,
aunque no sería hasta 1925 que quedaría adjudicado a Lituania. Pero, vamos, los
puntos de vista que tienen alemanes y lituanos sobre esta esquina norte de
Prusia oriental quedan bien claros en que unos llaman a este territorio Memelland,
y los otros klaipedos krastas.
En conjunto, los alemanes cedieron
en Trianon el 13% de su territorio europeo y seis millones de habitantes. Si
los aliados hubiesen sido un poco listos, habrían facilitado la unificación con
Austria, que ambos países querían mayoritariamente, y que habría amortiguado el
golpe. Pero, las cosas como son, allí nadie quería amortiguar una mierda. Las
condiciones de Trianon estuvieron básicamente pilotadas por franceses, y los
franceses no querían paz; querían venganza.
Otra cosa que pasó en Trianon, y
que sería crucial en el pensamiento de Hitler, fue que la totalidad de las
colonias alemanas fue puesta en manos de la Liga de las Naciones; un gesto que
hizo mucho por generar en el país la idea y sensación de agotamiento y cercado,
de acoso y derribo del Reich.
Tras el territorial, el segundo
gran elemento de la rendición fue el Nunca
Mais en términos de rearme alemán. El Ejército alemán fue limitado a
100.000 efectivos; en ese momento, a nadie entre los aliados le dio la neurona
para entender que eso, lo que iba a provocar, era un incremento exponencial en el número de unidades
paramilitares. El Estado Mayor alemán quedó disuelto, y el periodo de mando de
los oficiales germanos fue limitado a 25 años. Se prohibió el servicio militar
obligatorio (otro error; el servicio militar obligatorio se inventó para que al ejército no se apuntasen sólo los de siempre), así como la fabricación o
importación de armas. Se creó una Comisión Interaliada que tendría que
controlar todo eso.
También se redujo drásticamente el
poder naval alemán, estableciéndose una flota de menos de medio centenar de
buques de guerra. Se prohibió toda fuerza submarina. Los efectivos humanos de
la Armada quedaron limitados a 15.000. Todo lo que excediese de este lecho de
Procusto debía ser rendido a los aliados. Sin embargo, el 21 de junio, el
almirante Ludwig von Reuter, cuando estaba llevando a la flota de alta mar
alemana hacia la base británica de Scapa Flow, en las islas Orkney de Escocia,
se escapó con la flota y hundió 52 de los 74 buques de que se componía.
La rendición de Trianon también
declaró inhábiles todos los tratados comerciales que tenía firmados Alemania.
Da la impresión, por lo tanto, que la visión prevalente entre los aliados
(aunque deberíamos decir: la visión francesa) era que el futuro de Alemania
debía ser, no convertirse en una nación económicamente de segunda en Europa
como lo pueda ser hoy, por poner un ejemplo, Croacia; sino un páramo
improductivo, completamente dependiente de sus enemigos; lo que podríamos
denominar el Modelo Gaza.
Los aliados impusieron
unilateralmente el tratamiento de nación más favorecida para las ventas de sus
productos en Alemania durante cinco años; una cláusula que se entiende mal,
teniendo en cuenta que estaban dejando Alemania en una situación absolutamente
incapaz de importar una mierda durante bastante más de un lustro. Además, los
aliados se incautaron de todos los conglomerados financieros alemanes
emplazados fuera del país y, lo que es peor, impusieron una reducción del 90%
en la flota mercante germana.
Asimismo, el tratado preveía que
algún día los Países Bajos pudiesen extraditar al káiser para que fuese juzgado
por una Corte internacional, a lo que deberían sumarse otros mandos del país.
Con todo, la peor esquina del
Tratado de Trianon, el peor error de una cadena bastante larga, era el artículo
231. Este artículo era el que incluía la conocida como “cláusula de
culpabilidad bélica”. Traducción libre: “Los gobiernos aliados y asociados afirman,
y Alemania acepta, la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber
causado todas las pérdidas y daños a los que se han visto sometidos los
aliados, sus países asociados, y los ciudadanos de los mismos”. Este artículo
era el que sustentaba el principio de las reparaciones de guerra, que era lo
único que estaba claro en 1919. La cantidad exacta estaba por discutir.
Se creó una Comisión Aliada de
Reparaciones, que prometió hacer público un cálculo exacto de las mismas antes
del 1 de mayo de 1921. Eso sí, se requería un pago inmediato de 5.000 millones
de marcos oro, que debería ser depositado por el gobierno alemán entre aquel
día y 1921, acompañado por entregas en especie de carbón, ganado, barcos y
otras mercaderías.
Por último, los aliados se negaron
a atender la sugerencia germana de que Alemania entrase en la Sociedad de
Naciones.
Los términos de rendición, como
todas las cosas que elabora el ser humano, tenían sus cosas bien tiradas y
otras no tanto. Pero, como provisión general, hay que decir que aquello era
cualquier cosa menos un never more;
era, de hecho, el germen de lo que pasó, es decir, una segunda ensalada de
hostias en la generación siguiente.
Dicho esto, sin embargo, con
bastante frecuencia se escuchan y leen análisis sobre esta materia que se
aplican a analizar las cláusulas de Trianon una a una, explicando dónde
estuvieron los errores. Yo debo deciros que ésta no es mi metodología. Yo creo que
Trianon fue un error; pero no fue un error por tal o cual cláusula, como
tampoco lo fue por el hecho de las reparaciones, porque la humillación de las
reparaciones, ésta es mi opinión, explica sólo un porcentaje de Hitler; un
porcentaje que, siendo relevante, no se puede considerar material. El mayor
error no fue Trianon, sino aquello desde donde se produjo Trianon. El error fue
el armisticio.
Personalmente considero que, en
las guerras, hay un punto en el que, si se alcanza, hay que entender que parar
será un error. Y supongo que es doloroso, si no ofensivo escribir esto (supongo
que, quizás, alguno hasta pensará en el delito de odio); porque el caso es que,
a la hora de trazar un paralelismo que me pueda servir para explicarme, el que
más claro se me presenta en la cabeza es el del final de la guerra civil española del siglo XX.
Dicho de una forma sencilla: hay
un punto en una guerra en el que has de ser consciente de que vas ganando; de
que vas a ganar. Y en ese momento, por duro que sea, has de imponerte el
principio de que tienes que ganar. El
Tratado de Trianon es el resultado de los enormes destrozos y crueldades
practicados por los alemanes en los territorios que invadieron; yo diría que
sobre todo en Bélgica, donde, las cosas como son, se portaron como perfectos
hijos de puta. Pero tiene poco sentido que la respuesta a esto sea disminuir la
nación agresora, buscando que se convierta en un vertedero, al tiempo que se
exigen pagos que ni a Amancio Ortega. Esto fue así porque los aliados,
probablemente presionados en esto por Wilson, que era un nenaza; y por los
británicos, que sentían el peso en su opinión pública de las durísimas pérdidas
humanas de la guerra (las siguen celebrando hoy en día, más de un siglo
después; y abruma ver que, en los minutos de silencio en los estadios de
fútbol, no hay ni un anormal que se atreva a hacer el menor ruido). Abrumados
por esta gente, digo, los combatientes europeos continentales renunciaron a lo
que tendrían que haber hecho; a lo que Franco les habría ordenado, porque es lo
que le dijo al coronel Casado: yo no te he invitado al aeródromo de Gamonal
para discutir cómo terminamos la guerra; te he convocado para discutir cuándo
te vas a rendir, y punto.
Sé que os va a costar leer lo que
voy a escribir, pero es así: en este punto, los franceses tenían razón. La
guerra no había que pararla. Que los socialdemócratas alemanes hubieran
conseguido echar al káiser, daba igual. Que en Alemania hubiese habido una
revolución democrática, daba igual. El presidente Ebert no es sino el coronel
Segismundo Casado de esta historia. Si tan importante era que Alemania fuese
ahora una democracia, ¿por qué se le impusieron reparaciones, por qué se la
dejó sin industria, sin flota mercante, sin sector financiero? ¿Acaso todo eso
lo iba a pagar el puto káiser de su bolsillo? No: lo iban a pagar los alemanes,
porque los alemanes, todos ellos, fueron los que provocaron los horrores de la
guerra. Pero, entonces, no tenía sentido pararse en la raya del país y decir:
te voy a joder, pero tú te gobiernas solo. Lo que tenía que haber pasado en
1919 es lo que pasó en 1945. Alemania debió ser ocupada y deskaiserizada, exactamente igual que, 25 años después, fue
desnazificada. La Gran Guerra tenía que haber terminado con el suicido del
káiser Guillermo en alguna remota habitación de alguno de sus palacios. Tenía
que haber terminado con la bandera francesa ondeando en el Reichstag. De haber
sido así, quien sabe si el primer baby
boom no habría ocurrido en 1940.
El problema de la solución
adoptada en Trianon, por lo tanto, no es tanto el hecho de que se obligase a
Alemania a comulgar con una rueda de molino enorme; el problema estuvo en que
se le permitió, en realidad se le obligó a, tragarse la rueda ella sola y por
sí misma. ¿Tan poco sabían los aliados de la sociedad alemana? ¿Tan poco sabían
sobre las profundas divisiones entre sus principales grupos políticos y el
papel fundamental que jugaban en dicha sociedad las capas conservadoras, bien
protestantes, bien católicas? ¿No se pararon a pensar que Alemania, por sí
misma, jamás aceptaría el artículo 231? ¿Verdaderamente pensaron que podrían
crear un agujero negro en el mismísimo centro de Europa sin que eso les acabase
afectando?
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