viernes, mayo 30, 2014

El hombre que sabía hacer buen las cosas (12)

La ascensión de Breznev a la sombra de Kruschev fue semiautomática. En 1958, fue nombrado vicepresidente de la oficina del Partido encargada de la Federación Rusa. Un cargo que merece una explicación. Al contrario que el resto de repúblicas soviéticas, Rusia no tenía en la URSS un partido propio. La expresión «Partido Comunista Ruso», por lo tanto, no tiene demasiado sentido desde un punto de vista formal. Los temas de afección a la Federación Rusa se ventilaban en una oficina especial encuadrada en el secretariado del PCUS, y allí fue donde Breznev fue designado número dos. Esto le dio un gran poder a la hora, sobre todo, de repartir canonjías.


De hecho, los miembros de la Mafia del Dnieper y otros amigos de Leónidas comenzaron a prosperar. Georgy Yenyutin, que lo había sucedido al frente del distrito de Zaporozhe, fue nombrado presidente de una nueva Comisión de Control Soviética creada dentro del consejo de ministros. Asimismo, Konstantin Chernenko se integró en el aparato del Comité Central. Georgy Tsukanov fue directamente nombrado como asesor del propio Breznev, mientras Pavel Alferov era promovido como miembro de la Comisión de Control del Partido.

En abril de 1959, Leónidas Breznev recibió el honor, verdaderamente muy poco habitual, de ser la persona que intervendría en la celebración anual de la onomástica de Lenin, en el Bolshoi. De forma poco sospechosa, su discurso, de unas dos horas de duración, se dedicó a cantar las alabanzas de la persona de Nikita Kruschev (que ni siquiera se molestó en ir, por cierto). Breznev, por cierto, tampoco olvidó a Stalin, en cuya defensa cerrada salió en su discurso, adjudicándole la creación de la sociedad socialista, y destacando su labor en la lucha contra los agentes interiores del partido, trotskistas, bujarinistas y zinozievistas. Tres años después del famoso discurso secreto de Kruschev, Breznev dejaba claro hasta qué punto seguía creyendo en la dialéctica creada por el estalinismo.

Tres meses después se produjo el primer encuentro entre Breznev y Richard Nixon. Las cosas parecían irle muy bien, aunque a finales de aquel año tuvo que irse a toda prisa a Alma Ata, porque los temas de Kazajstán habían comenzado a ir como el culo.

Breznev había elegido personalmente a Iván Yakolev como su sucesor como secretario general del Partido Comunista de Kazajstán, quien, en 1957, había respondido a tanta confianza con un pequeño descenso, del 75% en la cosecha. Consecuentemente, Kruschev lo purgó en diciembre de aquel año y lo sustituyó por su primer asesor en temas agrícolas, Nikolai Belyayev. Belyayev era miembro del Presidium, lo cual da una buena medida de la importancia que el líder soviético concedió a la necesidad de arreglar las cosas en Kazajstán. La primera cosecha de Belyayev, 1958, fue buena; pero la siguiente fue un desastre. En enero de 1960, Breznev viajó a Alma Ata, cesó a Belyayev, y nombró a un amigo suyo, el hasta entonces primer ministro Dinmohamed Kunayev.

El gesto de Breznev de tomar cartas directas en el asunto se interpretó muy rápidamente como el signo de que había decidido librar la batalla para ser el número dos de la URSS, detrás de Kruschev. Puesto en el que tenía que enfrentarse con Andrei Kirichenko, que había sido líder del partido comunista ucraniano hasta 1957, año en el que su compatriota lo llamó a Moscú y lo hizo miembro del Presidium y secretario del Comité Central. Sin embargo, en enero de 1960, coincidiendo con el viaje de Breznev, había sido despedido, y enviado como secretario del partido en el oscuro distrito de Rostov-on-Don.

Parece ser, aunque es muy difícil de saber, que Kirichenko se había buscado, con unas maneras que tenía un tanto dictadoras y displicentes, muchos enemigos en la cúpula soviética, y muy especialmente Anastas Mikoyan. Sea como sea, la caída de Kirichenko dejó bien libre el espacio para Breznev.

Pero, en realidad, el año 1960 acabaría relevándose como una auténtica putada para él.

En mayo de 1960, Breznev pareció alcanzar la cumbre de su carrera, si las cosas se leen con ojos occidentales. En efecto, con dicha fecha fue nombrado sucesor de Yakov Sverdlov, Mijail Kalinin, Nikolai Shvernik y Kliment Voroshilov como jefe del Estadol soviético o Presidente de la URSS.

Leónidas Breznev era, pues, el jefe del Estado. Pero eso, en la URSS, apenas significaba nada. En un sistema político donde el Partido era mucho más importante que el gobierno, el presidente de la URSS era poco más que una figura cosmética que no servía para nada. Juzgue el lector, sin ir más lejos, cuánta gente puede recitar, casi sin errores, la lista de los líderes del Partido Comunista de la URSS desde Lenin hasta Gorvachov, y cuántos habían siquiera oído hablar de los antecitados como presidentes de la Unión.

Aquella elección era una putada para Leónidas. Un paso atrás, un gran paso atrás. Pero, entonces… ¿qué había pasado?

Aquel año de 1960, un avión espía U2 estadounidense, pilotado por Gary Powers, había sido derribado cerca de Sverdlovsk. Todo el escándalo que supuso aquel suceso acabó, rápidamente, en volverse contra Kruschev y, por simpatía, contra Breznev.

Desde septiembre de 1959, en la prensa soviética, lo cual quiere decir en sus centros de poder, se podía adivinar una cierta tendencia crítica hacia la política de Kruschev hacia Occidente. En aquel mes, el líder soviético había visitado EEUU y había tenido las cordiales y famosas conversaciones de Camp David con el presidente Eisenhower. Los comunistas acérrimos y grupos de las fuerzas armadas soviéticas se aliaron rápidamente en contra de estas tentativas de entendimiento. Mijail Suslov y Frol Kozlov eran los dos arietes de esa oposición, que había forzado no pocos gestos de endurecimiento de las posiciones soviéticas. El derribo del U2 no hizo sino llevar este debate a una temperatura mucho más elevada que en el pasado.

Kruschev había basado su estrategia en política exterior en el principio general de que los estadounidenses eran de fiar. Obviamente, para su oposición el incidente del U2 demostraba exactamente lo contrario, y más todavía cuando Eisenhower, presionado por los hechos, acabó por reconocer que había ordenado personalmente espiar a la Unión Soviética.

El 4 de mayo, apenas tres días después del derribo, había reunión del Comité Central, y en la misma Kruschev tuvo la oportunidad de comprobar hasta qué punto las cosas se le habían complicado. Todas las propuestas de calado que se presentaron en la reunión estaban encaminadas a mitigar el poder del secretario general. El secretariado del Comité fue reducido en su tamaño y colocado bajo el control de Frol Kozlov. Y, además, tres personas no especialmente ligadas a Kruschev fueron elevadas al Presidium: Aleksei Kosigyn, nombrado también primer viceprimer ministro; Nikolai Podgorny; y Dimitri Poliansky. Anastas Mikoyan, el gran apoyo de Kruschev, fue severamente derrotado. Y a Breznev le dieron la patada hacia arriba, haciéndole presidente de la Unión.

Breznev luchó como gato panza arriba. El 6 de mayoi, el Soviet Supremo confirmó su nombramiento, aunque aun seguía siendo miembro del secretariado del Partido. Del 11 al 14 de dicho mes, se celebraba en el Kremlin una gran conferencia de contenido político dirigida a los militares. La conferencia estaba dirigida por el ministro de Defensa, mariscal Rodion Malinovsky, y el jefe del comisariado político, general F. Golikov. Pero lo realmente importante es que de los tres ponentes civiles (Suslov, Nikolai Ignatov, otro kruschevista caído en desgracia, y Breznev), el tercero fue el único que habló. Detalle con el que Leónidas consiguió escenificar el apoyo que recibía del Ejército; apoyo que, como sabemos, se había trabajado duramente a lo largo de aquellos años.

Hizo lo que pudo. Pero, aun así, en julio, Leónidas Illich Breznev dejó de ser miembro del secretariado del Partido Comunista de la Unión Soviética. Otra vez en la mierda.


Jamás un presidente de la URSS había logrado regresar a la primera línea de la política tras haber sido nombrado. Jamás, claro, hasta que llegó Breznev.

jueves, mayo 29, 2014

Un kilo

He sido yo mismo, según el Google Analytics.

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miércoles, mayo 28, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (11)

La pregunta de si el Plan de las Tierras Vírgenes fue una gran idea o una cagada permanecerá siempre en la agenda de debate de los fiquis sovietólogos. Mi friquiopinión es que Breznev, en parte por suerte y tal vez en parte por su bien entrenado ojo agrícola, saltó de Kazajstán en el momento adecuado. Yo no sé gran cosa de agricultura; de hecho, si por mi fuera no habría por mi casa ni una sola de las plantas de interior que riega mi costilla. Pero, aun así, tengo leído que plantar, plantar y plantar todo el suelo disponible, todos los años, es muy mala estrategia a la larga, porque el suelo se erosiona, se agosta y produce menos. A partir de 1958, la cosecha kazaja comenzó a decaer, sobre todo en términos medios de producción por hectárea. Pero eso ya no era responsabilidad de Leo.

lunes, mayo 26, 2014

Anschluss (4: el Grupo de Leopoldo)

La prensa austríaca del 12 de julio destacaba unánimemente, tras haber sido adecuadamente «trabajada» por la Cancillería, que el acuerdo suponía que el movimiento nacionalsocialista ilegal de Austria estaba condenado. En un efecto parecido al que podría haber introducido en el bando republicano de la guerra civil española el pacto Molotov-Ribentropp de haber continuado la guerra entonces, la prensa austríaca se jactaba del hecho de que, manteniendo planes insurreccionales contra el Estado, el nacionalsocialismo local no sólo se convertía en un traidor a su país, sino al propio Hitler. Esta interpretación de la opinión publicada era incluso más ciegamente optimista entre las elites gobernantes, que de hecho estaban convencidas de que el nacionalsocialismo alpino, tras el acuerdo, se despoblaría.

viernes, mayo 23, 2014

Por qué me meto contigo

En el hilo de comentarios del último post que he escrito, un amable lector (asiduo, por el contenido de su crítica) me afeaba la conducta de «meterme siempre con los de menos de 30 años». Ya tuvo una respuesta por mi parte, escueta que, por lo tanto, no parece mía (porque yo la última vez que fui escueto fue el día que le expliqué a mi primera novia qué quería hacer esa tarde). Es obvio que no me pude quedar contento con las dos o tres líneas que le dediqué, así pues me fueron rodando algunas ideas en la cabeza que espero destilar aquí, en este post-aftermath sobre la cuestión de la educación y por qué «me meto» tanto con los que la la han recibido en los últimos diez o veinte años.

martes, mayo 20, 2014

Padres, maestros y tuits: ¡Es la educación, estúpidos!

Anda el mundo hispano muy revuelto con el tema de la criminalidad de palabra en las redes sociales. Lo que parece haberlo disparado todo ha sido la cascada de comentarios provocada por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, pero la cosa viene de antiguo. Hoy mismo he visto la noticia de que un dirigente de Nuevas Generaciones del PP ha amenazado de muerte al diputado gatoclarinete Alberto Garzón; y, al tiempo, un amigo mío, gallego, me ha informado de que incluso el accidente del tren de Angrois provocó ya algunos tuits despectivos hacia los muertos por su condición galaica. Aquí mismo se puede comprobar el tipo de apelaciones que tiene que soportar en Twitter la periodista Ana Pastor. Y qué decir de cuando la delegada del Gobierno en Madrid se arreó el toñazo en la moto...

lunes, mayo 19, 2014

Anschluss (3: el acuerdo)

Los primeros contactos entre Von Papen y Von Schuschnigg habían comenzado, realmente, apenas un poco antes del famoso concierto en el que se sacó por primera vez la idea de un pacto sólido entre ambas naciones. En realidad, Von Papen conoció al canciller austríaco el 1 de mayo de 1935, durante la fiesta de la Constitución. Viejo y hábil diplomático, Papen supo excitar, a un tiempo, el germanismo de Von Schuschnigg y sus enormes ganas de deshacer su pacto de gobierno con el príncipe Starhemberg.

jueves, mayo 15, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (10)

El joven y prometedor burócrata comunista Leónidas Breznev heredó una tierra teóricamente independiente situada donde Cristo perdió la tarjeta sanitaria de la Comunidad de Madrid y que puede considerarse un buen ejemplo del tipo de panachés humanos creados por el estalinismo. Porque uno podrá pensar que Kazajstán estaba formada de kazajos. Error. En realidad, aquella república, además de por locales, estaba poblada, en bastante proporción, por alemanes residentes en las riberas de Volga que habían sido desterrados allí durante la segunda guerra mundial, chechenos (ésos que luego volvieron a casa para poner bombas), polacos, e incluso descendientes de los ucranianos que utilizara el zar en el siglo XIX para colonizar aquellas tierras, y que todavía se sentían ucranianos en mayor medida de que kazajos. Por no citar las miles y miles de personas de otros variados destinos que habían sido deportados, ellos o sus familias, por la policía zarista, o por la comunista.

lunes, mayo 12, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (9)

El imperio dictatorial de Iosif Stalin desapareció dejando tres herederos, cada uno de ellos poseedor de uno de los tres pilares de la URSS: Kruschev controlaba el partido, Beria la policía, y Malenkov la maquinaria estatal.

Beria fue, de los tres, el que estuvo menos ágil y más torpón. Da la impresión de que al georgiano, que probablemente temía ser purgado por Stalin, le bastó con la muerte de aquél a quien consideraba el origen de todos los peligros contra su persona; y, consecuentemente, no se dio cuenta de que había una lucha por el poder que realizar, una lucha en la que sus dos contrincantes no tardaron en aliarse.

viernes, mayo 09, 2014

Mis libros (2)









miércoles, mayo 07, 2014

Anchluss (2: por qué Von Schusschnigg llegó a creerse sus propios lereles)

El año 1936, que tan resonantes recuerdos nos presenta a los españoles, fue también muy importante para Austria. Los primeros tres o cuatro primeros meses de esta anualidad marcan el punto en el cual el conservadurismo en el poder en Austria, nominalmente en el marco de un sistema democrático parlamentario pero en la realidad en un sistema semiautoritario, llega a la conclusión de que puede llegar a un pacto con Hitler que le permita preservar su identidad. dos factores fundamentales colaboraron para construir esta errónea convicción. Los siguientes párrafos están destinados a apuntarlos.

lunes, mayo 05, 2014

Anchluss (1: aquel concierto de la Filarmónica)

En el otoño de 1935, mientras los gobiernos españoles de derechas naufragaban bajo el peso de los escándalos y la huida hacia adelante del tándem Alcalá Zamora-Portela, un canciller volvía al trabajo. Se trataba de Kurt von Shuschnigg, primer mandatario austríaco, que había pasado las semanas anteriores confinado y como alelado.

lunes, abril 28, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (8)

Iosif Stalin murió, oficiamente, hablando, un poquito más tarde de las 10 de la noche del día 5 de marzo de 1953. Si no fue una circunstancia plantificada y ejecutada, que esto es algo difícil de establecer, entonces fue algo bastante sorprendente para todos los hombres del poder soviético, muchos de los cuales no es que esperaran la muerte de su jefe, sino que más bien temían la suya propia a manos de él.

viernes, abril 25, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (7)

Verdaderamente, hablar en un congreso del PCUS era una gran cosa. Pero también era un encargo amenazante.

En 1952, cuando Leónidas Breznev estaba en su momento dulce en Moldavia, Iosif Stalin estaba bastante cerca de su muerte, aunque esto es algo que no sabía nadie, salvo él, si tuvo controles médicos y esas cosas; y, por supuesto, si es que se lo cargó alguien, ese alguien.

miércoles, abril 23, 2014

Mis libros: de cómo le encendimos el pelo a los gabachos

En el día del libro, se me ha ocurrido poner este post con fotos de alguno de los libros que he ido atesorando en mi vida de crápula buquinista.

Éste que os coloco hoy es una edición Ad Maiorem Kaiseri Gloriam, de 1910, sobre la guerra francoprusiana de 1870, en la cual los teutones, al grito de ¡ya era hora, coño!, le arrearon a los gabachos más hostias que merengues hacen falta para romper una campana. Tiene todo el sabor de los libros decimonónicos y su gusto inmarcesible por el grabado.

(Quede claro que esto no debe ser interpretado en modo simbólico a unas pocas horas del Madrid-Bayern.)

Auf viedersehen.







El hombre que sabía hacer las cosas bien (6)

El trabajito que le dieron a Breznev en Moldavia no era ninguna panacea. Porque Moldavía presentaba el problema de ser, en el seno de la URSS, una especie de entelequia. Se trataba de una de las repúblicas soviéticas más pequeñas, con una identidad más que discutible, hasta el punto que su pertenencia a la URSS, si hacemos abstracción del argumento estalinista o te unes o te fostio, que es el que realmente imperaba, no se entiende muy bien.

lunes, abril 21, 2014

Historia de la vieja escuela




1914, de Margaret MacMillan, no sólo es el mejor libro que sobre la primera guerra  mundial se ha publicado en este año aniversario del inicio de las hostilidades, sino que es, probablemente, el mejor libro de Historia que se ha publicado en el 2013. Así de claro. Lo es por lo menos para mí, probablemente por la forma directa y sin complejos con que converge MacMillan con mi opinión de cómo se debe de hacer Historia.

La historiografía siempre ha sido, cuando menos en mi opinión, una cueva en la que han hibernado muchos mediocres. Es muy fácil ser historiador y esconder la estulta condición propia. Basta con realizar una de tres acciones, o las tres a la vez, o cualquiera de sus combinaciones. Los tres elementos que permiten al tonto contemporáneo dárselas de experto en Historia son:

Ceñirse mucho. El historiador que dedica toda su vida al estudio único de los dolores prepuciales de Luis XIV, o a la represión de la guerra civil en las cuatro calles que van de Núñez de Balboa a Ortega y Gasset en Madrid, acaba, aunque no se aplique mucho, en ser un experto. Acaba sabiendo cosas que los demás no saben sobre los sufrimientos debidos a la hipersensibilidad del bálano del rey francés, o  cualquier otro tema particular, que de éstos, en la Historia, como en la vida, los hay a millares. Así, nos encontramos con que nuestro experto, en realidad, es un cabestro incapaz de distinguir a la guardia civil de una partida de tártaros de Tamerlán pero, a cambio, como sabe la hostia sobre la circulación fiduciaria en el Cádiz de 1848 durante una epidemia de golondrinos, da la impresión de maestría.

Este primer elemento tiene el problema de que si el asunto al que uno dedica sus investigaciones es una mierda que no le interesa a nadie, es probable que el investigador no pueda salir adelante como tal. Aquí entra en juego el segundo factor.

Este segundo factor es dedicarse a algo que sea de interés político. Normalmente, los departamentos universitarios tienen muy buen olfato para estas cosas; además, el Estado de las Autonomías ha acabado por teñir la intelectualidad académica española de un localismo aldeanista que hace bastante fácil nadar a favor de esta corriente subvencionadora. Al calor del dinero público, aquel Maestro Ciruela, que no sabía escribir y puso escuela, puede llegar a publicar docenas de libros y ser ponente habitual de esos simposios cuyos coffee break pagamos todos.

El tercer elemento, que es el que nos interesa a efectos de esta recensión, es mutar la Historia en una especie de cóctel de saberes a medio camino entre la sociología y la economía. Hace algunas décadas, para sostener esta forma de ver las cosas había que ser marxista, porque fue el marxismo el que introdujo la interpretación de que la Historia no es sino la dinámica de la lucha de clases; pero, la verdad, hoy ya ni siquiera es necesario tener ideología para creer en  esto.  Para el historiador mediocre, basta con tener fe en la idea de que los protagonistas de la Historia son las dinámicas socioeconómicas. A partir de ahí, sus investigaciones se harán mucho más fáciles porque, como sabe cualquier economista y cualquier sociólogo, una serie de datos ordenados en una tabla sirve lo mismo para demostrar que la guerra civil española la provocaron las derechas, que las izquierdas, o incluso los romulianos del doctor Spock.

Hay, sí, una Historia de la vieja escuela que, sin negar que las sociedades, sus percepciones, sus elementos culturales e ideológicos, y el modo en que los hechos económicos los hacen evolucionar, son protagonistas de la Historia, ésta no se acaba ahí. Ésta es la Historia de la vieja escuela, la Historia de los hombres y de los nombres, de los hechos, incluso de las ucronías contrafactuales, tendentes a introducir en nuestras cabezas una idea que es herética a los ojos de los historiadores mediocres y sus libros fatalistas: la idea de que las cosas pudieron ser de otra manera.

Todo el mundo sabe que la primera guerra mundial estalló cuando los serbios se cargaron al heredero de la corona dual austro-húngara, Francisco Fernando. Pero, en realidad, y esto es algo que las 800 páginas de MacMillan describen puntillosamente, esto es una convención de la misma naturaleza que ésa que dice que la Edad Media terminó en 1453. La entrada de los turcos en Constantinopla, se dice, acabó con el Medievo; y no deja de tener gracia que se diga eso, cuando, en realidad, lo que los bizantinos recordarían por mucho tiempo como algo fatal, y que de hecho fue mucho más cruel, fue la razzia de los europeos caminos de las cruzadas, algunos años antes. O sea, siempre han pasado cosas, siempre han ocurrido cosas, antes de lo que señalamos en la convención, que han sido incluso más importantes que el hecho que inocentemente consideramos como el fulminante de todo.

La primera guerra mundial pudo estallar varias veces antes del mentado asesinato. Muy específicamente, cuando Austria-Hungría se anexionó Bosnia, acción que equivalió a meter un bastón cargado de electricidad en un avispero; tras el órdago a juego del káiser alemán en Marruecos con su visita a Tánger; o en el curso de las dos guerras balcánicas previas a la propia guerra global. La médula espinal del belicismo europeo de aquella época, esto es la carrera armamentista naval entre Alemania y Gran Bretaña, llevaba desarrollándose casi dos décadas en 1914 y, a pesar de conversaciones y correveidiles, sus dos protagonistas no habían conseguido solucionarla.

El proceso de generación de las hostilidades, pues, es un proceso muy lento, de varias décadas, durante el cual las sociedades europeas van a abrazando la idea de darse de hostias. Dos de los contendientes, Austria-Hungría y Rusia, probablemente no tenían más remedio que ir a la guerra por razón de las muy complejas circunstancias en las que se encontraban; y trabajaban para ella porque tenían la sensación de que dilatar el estallido en el tiempo les jugaba en contra.

Pero lo realmente importante del libro de MacMillan es su afirmación, que repite en varios puntos del texto, de que sorprende mucho comprobar cómo un proceso que embarcó en un titilimundi de  muerte a Europa entera e incluso a los EEUU, fue, en realidad, un proceso gestionado y decidido por un número muy escaso de seres humanos; no más allá de cincuenta. Es en este punto en el que el análisis de MacMillan abraza la vieja escuela historiográfica que concede a las personas la importancia que en sí tienen. Alabado sea Dios.

Porque la primera guerra mundial no es el choque de las placas tectónicas sociales de una serie de nacionalidades y clases sociales que entran en conflicto. No. La primera guerra mundial es el torpe error de una lista muy corta de monarcas, políticos y militares. Personas que podían haber hecho las cosas de otra manera. No sabemos con exactitud qué habría pasado si hubieran hecho las cosas de un modo distinto; pero sí sabemos que podían haberlas hechos de ese otro modo.

Que los países los gobierne gente estúpida. fútil, ambiciosa o directamente retrasada mental, tiene consecuencias. La presunta sabiduría del pueblo llano tampoco ayuda mucho, porque los pueblos, por lo general, están también surcados por arroyos de estulticia, que la demagogia, además, consigue, muy a menudo, que bajen anchurosos y preñados de caudal; como tsunamis de imbecilidad colectiva. Ésta es, en mi opinión, la gran enseñanza de la primera guerra mundial, el primer gran enfrentamiento bélico global que tenemos bien documentado; enseñanza que el libro de MacMillan transmite de forma prístina, casi sin ruido. Tal vez tenga algo que ver, dicho sea con admiración, el hecho de que la autora sea mujer, porque es muy femenino el gusto que demuestra por los detalles aparentemente nimios sobre las personas; piececitas sin importancia que, sin embargo, ensambladas todas acaban otorgando lógica a eso que llamamos decisiones de alta política.

En consecuencia, no os recomiendo; en realidad, os pido que leáis este libro. A mí, la verdad, el centenario de las narices me la pela. Lo doy por bueno si ha provocado publicaciones como ésta. Si os pido que leáis este libro es porque es un texto de plena actualidad. Si tuviese razón Engels y la Historia la hiciesen los momentos estratégicos del proletariado y la burguesía en su dialéctica histórica, cabría preguntarse para qué leches leer hoy un libro sobre 1914, si al fin y al cabo la sociedad ha cambiado, y mucho, así pues poco podremos aprender. Pero la cosa es que Fede se equivocaba. Mucho. Proletariado y burguesía podrán seguir ad calendas graecas peleándose por la puta plusvalía pero, la verdad, los hechos que luego son Historia los construyen otras cosas, y los construyen también las ambiciones, envidias, cortedades y pies forzados ideológicos de las personas que en cada momento están erguidos en los puteales del poder, tomando decisiones.

Es importante leer este libro para comprender esto. Y luego mirar a Ucrania. O a China. O

viernes, abril 11, 2014

Reflexionando

Este blog estará reflexionando sobre la muerte de Adonis durante los días por venir.

Que se pase bien.

miércoles, abril 09, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (5)

Terminada la segunda guerra mundial, allá por agosto de 1946, para Leónidas Breznez llegaba el momento de dejarse de coñas provincialistas y de, en consecuencia, intentar jugar la Champions League del poder soviético en aquella URSS estalinista en la que tan complejo y peligroso resultaba dicho juego.

lunes, abril 07, 2014

El hombre que sabía hacer bien las cosas (4)

En el verano de 1941, inmediatamente después de la invasión alemana de la Unión Soviética, Leónidas Illych Breznev entró en la elite del ejército de Stalin, los que ya Trotsky había llamado los samuráis comunistas, tras ser nombrado jefe adjunto de administración del Grupo de Ejércitos del Sur, con grado de teniente coronel. Su jefe era Leónidas Korniets, que había sido segundo secretario del partido en el distrito de Dnepropretovsk. Menos de un año después, Breznev fue ascendido a coronel y nombrado comisario político jefe del 18 Ejército, sustituyendo a otro amigo suyo, Kirilenko, que había sido llamado a Moscú para supervisar la producción de aviones. Al final de la guerra le llegaría el rango de general y el nombramiento como jefe del directorio político del IV Grupo de Ejércitos de Ucrania.