En fin, hoy os traigo un caso del que estoy casi seguro que ninguno de vosotros sabrá nada, aunque en su tiempo fue tan famoso que incluso fue seguido más allá del Atlántico (el New York Times, de hecho, la calificó de «historia de la vida real que sólo podría ocurrir en Francia»). A ver si sé contároslo con el suficiente salero como para llevaros enganchados hasta su final.
miércoles, octubre 23, 2013
La triste historia de Élodie Ménétrier y su amiga Euphrasie Mercier
En este artículo he inventado una nueva etiqueta, Grandes casos (casi) olvidados, en la que tengo que acordarme de clasificar alguno de los posts que ya pululan por aquí, como el del Jarabo. Es verdad que de higos a brevas me gusta meter el narizón en asuntos que en su día fueron la caraba y hoy, por el natural paso del tiempo, no levantan grandes pasiones. La mayoría terminaron ante el juez, y la mayoría, también, con condena. No sé si he dicho alguna vez que La huella del crimen me moló mazo.
Etiquetas:
Grandes casos (casi) olvidados,
Siglo XIX
lunes, octubre 21, 2013
La senda de Dios (4: Cibeles)
Todas las tomas de esta serie:
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
La primera religión oriental seriamente introducida en Roma vino de Frigia, y se refería a una diosa que los latinos conocieron como Magna Mater Deum Idea.
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
La primera religión oriental seriamente introducida en Roma vino de Frigia, y se refería a una diosa que los latinos conocieron como Magna Mater Deum Idea.
jueves, octubre 17, 2013
Calentando motores
Con éste que estoy escribiendo en este momento, Historias de España alcanzará su post número 978. Al ritmo que vamos, estamos ya muy cerca del año 1000, que podría llegar incluso antes de finalizar el 2013.
No sé si la llegada del post 1.000 de este blog generará hechos extraordinarios como esperaba el milenarismo del año de igual guarismo; pero yo, en todo caso, estoy resuelto a celebrarlo de alguna manera.
Hace tiempo ya tuvimos en el blog una primera discusión sobre la materia, que he ido masticando con el tiempo, hasta llegar a la conclusión en la que he desembocado definitivamente. Como consecuencia de dicha reflexión, estos días estoy terminando en Google Drive la realización de una encuesta histórica. Ya hicimos una sobre la República cuando el blog era más joven, y esta vez el tema es algo más general.
El post número 1.000 de este blog será esta encuesta. El día que se publique os pediré que le deis cuanta más difusión posible, mejor, para así obtener cuantas más respuestas, también, mejor. Cualquier idea en materia de difusión, por cierto, será bienvenida.
Yo valoro y tengo en gran estima los comentarios que se hacen en este blog. Debo confesar que cada día los filtro más. Comencé eliminando los comentarios de quienes me insultaban a mí, todos ellos muy procelosos y valientes (jamás nadie ha prometido con nombres y apellidos darme un tiro en una cuneta); luego comencé a filtrar los que insultaban a otros; después comencé a filtrar aquellos que expresaban opiniones históricas de una forma irrespetuosa; y, finalmente, ahora estoy en la fase en la que ya tampoco paso los comentarios que establecen sus valoraciones con tintes de verdad evangélica. Ello quiere decir que quien escribe «todo el mundo sabe que» o «está sobradamente demostrado que», o hace algo más que pronunciar dichas aseveraciones, o mejor redacte de nuevo su comentario comenzando por «en mi opinión», si quiere verlo publicado.
La cosa es que, en parte por esta política de inquisidor comentarial, en parte por la calidad de mis lectores, hay un montón de posts en esta larga lista de 978 que han sido notablemente mejorados, cuando no superados, por sus apostilladores. Este blog tiene una comunidad de comentadores habituales, otra más de comentadores a salto de mata, y luego una nube de visitantes ocasionales, que aportan enorme valor añadido al trabajo de explicar la Historia de una forma lo más entretenida posible.
El corolario de todo lo dicho es que no estaría completa la labor si me limitare yo a alcanzar el post 1.000 con mi encuestita. Lo digo porque estoy seguro de que no preguntaré las cosas que debiera, o todas las que pudieran ser interesantes. Queda, pues, abierto el plazo para que, de aquí al día D, podáis, libremente, comentarme cualquier asunto que consideréis que debiera formar parte de un cuestionario, eso sí, sencillo, antifarragoso y ágil, dedicado a fijar las opiniones, mucho más que los conocimientos, que el personal tiene sobre la Historia de España.
Los comentarios del blog están abiertos a ello y también mi dirección de correo, o sea granmiserable ARROBA gmail PUNTO com. Allí nos vemos, si bien os parece.
No sé si la llegada del post 1.000 de este blog generará hechos extraordinarios como esperaba el milenarismo del año de igual guarismo; pero yo, en todo caso, estoy resuelto a celebrarlo de alguna manera.
Hace tiempo ya tuvimos en el blog una primera discusión sobre la materia, que he ido masticando con el tiempo, hasta llegar a la conclusión en la que he desembocado definitivamente. Como consecuencia de dicha reflexión, estos días estoy terminando en Google Drive la realización de una encuesta histórica. Ya hicimos una sobre la República cuando el blog era más joven, y esta vez el tema es algo más general.
El post número 1.000 de este blog será esta encuesta. El día que se publique os pediré que le deis cuanta más difusión posible, mejor, para así obtener cuantas más respuestas, también, mejor. Cualquier idea en materia de difusión, por cierto, será bienvenida.
Yo valoro y tengo en gran estima los comentarios que se hacen en este blog. Debo confesar que cada día los filtro más. Comencé eliminando los comentarios de quienes me insultaban a mí, todos ellos muy procelosos y valientes (jamás nadie ha prometido con nombres y apellidos darme un tiro en una cuneta); luego comencé a filtrar los que insultaban a otros; después comencé a filtrar aquellos que expresaban opiniones históricas de una forma irrespetuosa; y, finalmente, ahora estoy en la fase en la que ya tampoco paso los comentarios que establecen sus valoraciones con tintes de verdad evangélica. Ello quiere decir que quien escribe «todo el mundo sabe que» o «está sobradamente demostrado que», o hace algo más que pronunciar dichas aseveraciones, o mejor redacte de nuevo su comentario comenzando por «en mi opinión», si quiere verlo publicado.
La cosa es que, en parte por esta política de inquisidor comentarial, en parte por la calidad de mis lectores, hay un montón de posts en esta larga lista de 978 que han sido notablemente mejorados, cuando no superados, por sus apostilladores. Este blog tiene una comunidad de comentadores habituales, otra más de comentadores a salto de mata, y luego una nube de visitantes ocasionales, que aportan enorme valor añadido al trabajo de explicar la Historia de una forma lo más entretenida posible.
El corolario de todo lo dicho es que no estaría completa la labor si me limitare yo a alcanzar el post 1.000 con mi encuestita. Lo digo porque estoy seguro de que no preguntaré las cosas que debiera, o todas las que pudieran ser interesantes. Queda, pues, abierto el plazo para que, de aquí al día D, podáis, libremente, comentarme cualquier asunto que consideréis que debiera formar parte de un cuestionario, eso sí, sencillo, antifarragoso y ágil, dedicado a fijar las opiniones, mucho más que los conocimientos, que el personal tiene sobre la Historia de España.
Los comentarios del blog están abiertos a ello y también mi dirección de correo, o sea granmiserable ARROBA gmail PUNTO com. Allí nos vemos, si bien os parece.
martes, octubre 15, 2013
Píldoras (4: Víctor Hugo y la Historia)
Dado que, por razones diversas que tienen que ver con viajes profesionales y la salida al mercado del GTA V, os tengo un tanto abandonados, me asomo por lo menos para dejaros una perlita.
Pocos escritores hay en este mundo más idealizados por sus lectores como Víctor Hugo. VH es el macho alfa de las letras francesas, tal vez por estar un tanto faltas de un Shakespeare y un Cervantes que les elevase la moral cultural. Los franceses adoran su siglo XIX, y hacen bien porque está preñado de escritores de superior laya; de entre los cuales, en mi caso, tal vez, si hubiera de quedarme con uno, me quedaría con Balzac. Pero además de ser balzacófilo, también se puede ser victorófilo, zolófilo, dumasófilo, gautierófilo... ahí es nada. En materia de literaturas, donde se mire en el siglo XIX francés, se ve grandeza.
Pero don Víctor también tenía sus debilidades. En España le señalamos una un tanto injusta: el haber llamado a una de sus creaciones Hernani, población que lo es de eso que Unamuno decía y escribía Euscalerria (hasta que, según dejó escrito, un retrasado mental [sic] se inventó eso de Euskadi), creyendo que con ello quintaesenciaba lo español. Como digo, es burla injusta porque, ya lo siento por el nacionalismo vasco, pero en vida de Víctor Hugo ni los residentes de Hernani le daban mucho al pensamiento de que no eran españoles.
Esta píldora, sin embargo, va de que Víctor Hugo, por mucho que con justicia se lo admire, también tenía sus lagunillas. Entre ellas, la Historia.
Conocida es la anécdota del gacetillero que un día escribió una novela histórica ambientada en la antigua Roma y en la que le hacía decir a un personaje: «Ten cuidado con el centurión, que es un hombre muy maquiavélico». Cagarla con la Historia haciendo literatura es bastante fácil, igual que cagarla en el cine de ambiente histórico. Víctor Hugo no hace excepción a esta regla y, de hecho, arrastró durante su vida el pequeño o gran baldón de dos errores cometidos en sus líneas; errores que, por cierto, suelen ser caritativamente resueltos en ediciones y traducciones modernas.
Así, en un pasaje de su obra Ruy Blas, escribe el franco vate: Et serait-il descendu d'Annibal, qui prit Rome!... Caramba, don Víctor, que Aníbal fue héroe militar que hizo muchas cosas de mérito y tuvo acojonados a los romanos tiempo ha, nadie lo niega. Pero eso de adjudicarle el saco de Roma es como exagerado...
Asimismo, en otra obra, Aymerillot, el escritor pone unas palabritas en los labios de Carlomagno:
Tu rêves, dit le roi, comme un clerc de Sorbonne.
Faut-il donc tant songer pour accepter Narbonne?
Tal vez el problema del escritor es que tuvo hecho el segundo verso antes que el primero y necesitaba, por lo tanto, algo que le rimase con Narbona. Y acabo, et voilà!, encontrando la Sorbona. Olvidó, sin embargo, que escribir tales versos supone otorgar al pipínido monarca franco (dicho sea en total respeto de la Ley de la Memoria Histórica, esto es con minúscula) dotes de adivinación, puesto que la Sorbona no fue fundada hasta el año 1252, unos cuatro siglos después de que las dichas palabras hubieran sido pronunciadas. Y se llama así en honor de su fundador, el capellán de Saint Louis, Robert de Sorbon.
Queda claro, pues, que, por hacer un pareado multinacional,
Hasta el mejor de los amanuenses suelta alguna vez un borrón
y el que esté libre de pecado, que tire la primera stone.
Pocos escritores hay en este mundo más idealizados por sus lectores como Víctor Hugo. VH es el macho alfa de las letras francesas, tal vez por estar un tanto faltas de un Shakespeare y un Cervantes que les elevase la moral cultural. Los franceses adoran su siglo XIX, y hacen bien porque está preñado de escritores de superior laya; de entre los cuales, en mi caso, tal vez, si hubiera de quedarme con uno, me quedaría con Balzac. Pero además de ser balzacófilo, también se puede ser victorófilo, zolófilo, dumasófilo, gautierófilo... ahí es nada. En materia de literaturas, donde se mire en el siglo XIX francés, se ve grandeza.
Pero don Víctor también tenía sus debilidades. En España le señalamos una un tanto injusta: el haber llamado a una de sus creaciones Hernani, población que lo es de eso que Unamuno decía y escribía Euscalerria (hasta que, según dejó escrito, un retrasado mental [sic] se inventó eso de Euskadi), creyendo que con ello quintaesenciaba lo español. Como digo, es burla injusta porque, ya lo siento por el nacionalismo vasco, pero en vida de Víctor Hugo ni los residentes de Hernani le daban mucho al pensamiento de que no eran españoles.
Esta píldora, sin embargo, va de que Víctor Hugo, por mucho que con justicia se lo admire, también tenía sus lagunillas. Entre ellas, la Historia.
Conocida es la anécdota del gacetillero que un día escribió una novela histórica ambientada en la antigua Roma y en la que le hacía decir a un personaje: «Ten cuidado con el centurión, que es un hombre muy maquiavélico». Cagarla con la Historia haciendo literatura es bastante fácil, igual que cagarla en el cine de ambiente histórico. Víctor Hugo no hace excepción a esta regla y, de hecho, arrastró durante su vida el pequeño o gran baldón de dos errores cometidos en sus líneas; errores que, por cierto, suelen ser caritativamente resueltos en ediciones y traducciones modernas.
Así, en un pasaje de su obra Ruy Blas, escribe el franco vate: Et serait-il descendu d'Annibal, qui prit Rome!... Caramba, don Víctor, que Aníbal fue héroe militar que hizo muchas cosas de mérito y tuvo acojonados a los romanos tiempo ha, nadie lo niega. Pero eso de adjudicarle el saco de Roma es como exagerado...
Asimismo, en otra obra, Aymerillot, el escritor pone unas palabritas en los labios de Carlomagno:
Tu rêves, dit le roi, comme un clerc de Sorbonne.
Faut-il donc tant songer pour accepter Narbonne?
Tal vez el problema del escritor es que tuvo hecho el segundo verso antes que el primero y necesitaba, por lo tanto, algo que le rimase con Narbona. Y acabo, et voilà!, encontrando la Sorbona. Olvidó, sin embargo, que escribir tales versos supone otorgar al pipínido monarca franco (dicho sea en total respeto de la Ley de la Memoria Histórica, esto es con minúscula) dotes de adivinación, puesto que la Sorbona no fue fundada hasta el año 1252, unos cuatro siglos después de que las dichas palabras hubieran sido pronunciadas. Y se llama así en honor de su fundador, el capellán de Saint Louis, Robert de Sorbon.
Queda claro, pues, que, por hacer un pareado multinacional,
Hasta el mejor de los amanuenses suelta alguna vez un borrón
y el que esté libre de pecado, que tire la primera stone.
miércoles, octubre 09, 2013
En torno al PIAAC
Aunque son muchos los textos que podrían citarse y que se han publicado en las últimas horas, éste de El País tal vez os pueda servir de resumen elegante del debate generado por la publicación por parte de la OCDE del informe PIAAC, que es el PISA de los adultos. Un informe que mide la habilidad de las personas de más de 16 años en la comprensión lectora y numérica (es inexacto, en mi opinión, hablar de habilidad matemática; en realidad, la habilidad matemática sólo se pide en el PIAAC, como en el PISA, para los niveles más elevados). El informe es accesible en la red. Y yo, lo siento, pero no puedo evitar hacer algunos comentarios.
En primer lugar, constato a la luz de las reacciones que los españoles hemos perdido incluso la habilidad de reconocer una mala noticia cuando la tenemos delante o, peor, cuando nosotros mismos somos esa mala noticia. Los resultados del PIAAC para España son deplorables, decepcionantes, preocupantes en grado superlativo. Fin de la cita. No hay matices, ni colores. No cabe otra cosa que doblar la cerviz y decir: algo estamos haciendo mal. Muy mal. Que luego la decisión sobre qué, exactamente, estamos haciendo mal, sea más compleja, no nos debe mover a la autosuficiencia de creer los cantos de sirena que se leen por ahí.
El principal argumento que he podido leer en este sentido es muy simple: el informe es enormemente positivo para España, porque nos dice que las habilidades numéricas y de comprensión de los muy adultos son peores que las habilidades de los más jóvenes; lo cual viene a demostrar, de consuno, que la educación que recibieron los más adultos era peor que la que han recibido los más jóvenes. Corolario: las reformas educativas de la democracia han ido en el camino adecuado. Quod erat demonstrandum.
El hecho de que la teoría descrita en el párrafo supra sea esgrimida (véase el enlace a eldiario.es) por un profesor de universidad, ya nos debería dar muchas pistas. Una muy importante: en esta España nuestra, hasta los profesores de universidad son capaces de decir imbecilidades.
Nadie le niega a las reformas educativas de los últimos años su éxito a la hora de universalizar la educación. La verdad, si encima de dar a los jóvenes una educación de calidad cuestionable, no hubieran conseguido universalizarla, era como para coger a todos los jerifaltes de la Educación española de 1976 para acá y colgarlos de los pulgares en el dique de abrigo de La Coruña, con la cabeza dentro del agua. No se trata de que una mejora de las habilidades cognitivas entre jóvenes y mayores sea una buena noticia; se trata de que un empeoramiento sería, simple y llanamente, un fracaso, ya que significaría que la globalización de la educación, el avance de las tecnologías, internet, la televisión, todo eso, no sólo no ha servido para mejorar las habilidades mentales de los españoles, sino que las ha empeorado. Adjudicar al sistema educativo el mérito de que haya más españoles jóvenes que mayores que son capaces de dirimir en un supermercado qué yogur caduca antes (la prueba numerológica de nivel más bajo consistió más o menos en eso), es como afirmar que el hecho de que un joven pueda andar seis kilómetros sin cansarse y un viejo apenas dos es mérito del sistema de salud.
Detrás de la defensa a ultranza del sistema educativo frente a una valoración tan pobre como la que sale del PIAAC hay, o a mí me lo parece, un interés muy definido. El profesor de universidad que sale en defensa de la educación española tras la lectura del PIAAC no es, como él pretende, un experto independiente; es un bocas protegiendo su puesto de trabajo.
Hasta ahora, y de hecho es muy probable que así siga siendo, el gran activo con que cuentan los activistas del ámbito de la educación, para que nos entendamos los de la camiseta verde, es dar por hecho sin demostración, esto es otorgar categoría de axioma, al concepto de que están defendiendo el bien común. Que al defender la escuela pública, al oponerse a la reforma Wert (o cualesquiera otras que tratasen de poner el mérito y el esfuerzo en el lugar que un día ocuparon) es defender lo que es bueno para la mayoría; incluso bueno para todos.
El PISA y el PIAAC, sin embargo, podrían llevar a algunos a pensar que, tal vez, a la green T-shirt le sobre la segunda r (no sé si me explico); que, tal vez, lo que están defendiendo esas personas son intereses particulares. El particular interés de seguir haciendo de España un país en el que se puede ser maestro opinando que el Duero pasa por la vieja Stalingrado, que la gallina es un paquidermo extinguido, o que el infante Don Juan Manuel es el seudónimo de Iñaki Urdangarín. Lo que no acabo de entender de esta historia es por qué no se oye la voz de los buenos profes. Que los hay y yo, cuando menos, tengo la clara percepción de ello.
En Twitter, en Facebook y en la barra del bar, los pofesionales [sic] de la educación se llenan la boca hablando del sistema finés, del que destacan su éxito basado en el egalitarismo. Desconocen, o hacen como que desconocen, que con su nivel de conocimientos, la inmensa mayoría de ellos jamás habrían sido maestros en Finlandia. Y así, mientras los debates siguen en la epidermis de los conocimientos, teñidos con el barniz de la ideología, las generaciones de españoles siguen saliendo de escuelas y universidades en la situación en la que están.
¿Que cuál es esa situación? Un sólo ejemplo bastará.
Imagina un tipo que viaja para su empresa en su coche. Tiene un acuerdo por su jefe por el cual cobra 20 céntimos de euro por cada kilómetro que hace con el coche, más 30 euros al día de dieta para comer y tal. Un día, esa persona hace 55 kilómetros con el coche. Pregunta: ¿cuánto cobrará en total por ese día de trabajo?
¿Lo has pillado? Bueno, pues que sepas que, si lo has pillado, perteneces a dos tercios de la población. Porque un tercio de los españoles adultos no sabe responder a esta pregunta. Este resultado es el que demuestra, véanse las declaraciones del enseñante universitario, que la educación «ha ido a mejor». En fin, como mucho, habrá ido a menos peor...
Sigamos, pues, discutiendo sobre si son galgos o podencos. Sigamos sin darnos cuenta de que el puto perro, sea galgo o sea podenco, está petado de pulgas. Es lógico que sigamos así porque, al fin y al cabo, la mayoría de quienes discuten jamás han leído a Tomás de Iriarte. Y, vistos los resultados del PIAAC, si lo leyesen, tampoco lo entenderían.
Post Scriptum: suponiendo que tengas las suficientes habilidades cognitivas, conocimiento de la angloparla o habilidad para decirle al navegador que te lo traduzca, aquí tienes la forma con que han recibido en Estados Unidos los resultados del PIAAC, nada alentadores, tampoco, en su caso. Les podríamos recordar el cuento del conde Lucanor del tipo aquél que iba comiendo altramuces amargos... Por pobreza nunca desmayéis/pues otros más pobres que vos veréis
En primer lugar, constato a la luz de las reacciones que los españoles hemos perdido incluso la habilidad de reconocer una mala noticia cuando la tenemos delante o, peor, cuando nosotros mismos somos esa mala noticia. Los resultados del PIAAC para España son deplorables, decepcionantes, preocupantes en grado superlativo. Fin de la cita. No hay matices, ni colores. No cabe otra cosa que doblar la cerviz y decir: algo estamos haciendo mal. Muy mal. Que luego la decisión sobre qué, exactamente, estamos haciendo mal, sea más compleja, no nos debe mover a la autosuficiencia de creer los cantos de sirena que se leen por ahí.
El principal argumento que he podido leer en este sentido es muy simple: el informe es enormemente positivo para España, porque nos dice que las habilidades numéricas y de comprensión de los muy adultos son peores que las habilidades de los más jóvenes; lo cual viene a demostrar, de consuno, que la educación que recibieron los más adultos era peor que la que han recibido los más jóvenes. Corolario: las reformas educativas de la democracia han ido en el camino adecuado. Quod erat demonstrandum.
El hecho de que la teoría descrita en el párrafo supra sea esgrimida (véase el enlace a eldiario.es) por un profesor de universidad, ya nos debería dar muchas pistas. Una muy importante: en esta España nuestra, hasta los profesores de universidad son capaces de decir imbecilidades.
Nadie le niega a las reformas educativas de los últimos años su éxito a la hora de universalizar la educación. La verdad, si encima de dar a los jóvenes una educación de calidad cuestionable, no hubieran conseguido universalizarla, era como para coger a todos los jerifaltes de la Educación española de 1976 para acá y colgarlos de los pulgares en el dique de abrigo de La Coruña, con la cabeza dentro del agua. No se trata de que una mejora de las habilidades cognitivas entre jóvenes y mayores sea una buena noticia; se trata de que un empeoramiento sería, simple y llanamente, un fracaso, ya que significaría que la globalización de la educación, el avance de las tecnologías, internet, la televisión, todo eso, no sólo no ha servido para mejorar las habilidades mentales de los españoles, sino que las ha empeorado. Adjudicar al sistema educativo el mérito de que haya más españoles jóvenes que mayores que son capaces de dirimir en un supermercado qué yogur caduca antes (la prueba numerológica de nivel más bajo consistió más o menos en eso), es como afirmar que el hecho de que un joven pueda andar seis kilómetros sin cansarse y un viejo apenas dos es mérito del sistema de salud.
Detrás de la defensa a ultranza del sistema educativo frente a una valoración tan pobre como la que sale del PIAAC hay, o a mí me lo parece, un interés muy definido. El profesor de universidad que sale en defensa de la educación española tras la lectura del PIAAC no es, como él pretende, un experto independiente; es un bocas protegiendo su puesto de trabajo.
Hasta ahora, y de hecho es muy probable que así siga siendo, el gran activo con que cuentan los activistas del ámbito de la educación, para que nos entendamos los de la camiseta verde, es dar por hecho sin demostración, esto es otorgar categoría de axioma, al concepto de que están defendiendo el bien común. Que al defender la escuela pública, al oponerse a la reforma Wert (o cualesquiera otras que tratasen de poner el mérito y el esfuerzo en el lugar que un día ocuparon) es defender lo que es bueno para la mayoría; incluso bueno para todos.
El PISA y el PIAAC, sin embargo, podrían llevar a algunos a pensar que, tal vez, a la green T-shirt le sobre la segunda r (no sé si me explico); que, tal vez, lo que están defendiendo esas personas son intereses particulares. El particular interés de seguir haciendo de España un país en el que se puede ser maestro opinando que el Duero pasa por la vieja Stalingrado, que la gallina es un paquidermo extinguido, o que el infante Don Juan Manuel es el seudónimo de Iñaki Urdangarín. Lo que no acabo de entender de esta historia es por qué no se oye la voz de los buenos profes. Que los hay y yo, cuando menos, tengo la clara percepción de ello.
En Twitter, en Facebook y en la barra del bar, los pofesionales [sic] de la educación se llenan la boca hablando del sistema finés, del que destacan su éxito basado en el egalitarismo. Desconocen, o hacen como que desconocen, que con su nivel de conocimientos, la inmensa mayoría de ellos jamás habrían sido maestros en Finlandia. Y así, mientras los debates siguen en la epidermis de los conocimientos, teñidos con el barniz de la ideología, las generaciones de españoles siguen saliendo de escuelas y universidades en la situación en la que están.
¿Que cuál es esa situación? Un sólo ejemplo bastará.
Imagina un tipo que viaja para su empresa en su coche. Tiene un acuerdo por su jefe por el cual cobra 20 céntimos de euro por cada kilómetro que hace con el coche, más 30 euros al día de dieta para comer y tal. Un día, esa persona hace 55 kilómetros con el coche. Pregunta: ¿cuánto cobrará en total por ese día de trabajo?
¿Lo has pillado? Bueno, pues que sepas que, si lo has pillado, perteneces a dos tercios de la población. Porque un tercio de los españoles adultos no sabe responder a esta pregunta. Este resultado es el que demuestra, véanse las declaraciones del enseñante universitario, que la educación «ha ido a mejor». En fin, como mucho, habrá ido a menos peor...
Sigamos, pues, discutiendo sobre si son galgos o podencos. Sigamos sin darnos cuenta de que el puto perro, sea galgo o sea podenco, está petado de pulgas. Es lógico que sigamos así porque, al fin y al cabo, la mayoría de quienes discuten jamás han leído a Tomás de Iriarte. Y, vistos los resultados del PIAAC, si lo leyesen, tampoco lo entenderían.
Post Scriptum: suponiendo que tengas las suficientes habilidades cognitivas, conocimiento de la angloparla o habilidad para decirle al navegador que te lo traduzca, aquí tienes la forma con que han recibido en Estados Unidos los resultados del PIAAC, nada alentadores, tampoco, en su caso. Les podríamos recordar el cuento del conde Lucanor del tipo aquél que iba comiendo altramuces amargos... Por pobreza nunca desmayéis/pues otros más pobres que vos veréis
La senda de Dios (3: y tendréis una moral)
Todas las tomas de esta serie:
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
En otra cosa se parecen las religiones orientales al cristianismo maduro de la Edad Media y, asimismo, se distinguen del panteón grecorromano: el carácter de sus sacerdotes.
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
En otra cosa se parecen las religiones orientales al cristianismo maduro de la Edad Media y, asimismo, se distinguen del panteón grecorromano: el carácter de sus sacerdotes.
lunes, octubre 07, 2013
La senda de Dios (2: in Tiberim defluxit Orontes)
Todas las tomas de esta serie:
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
Dios llegó de Oriente
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
Dios llegó de Oriente
Como poder político, esto es militar, Roma es un experimento
de occidentalización del poder griego. Grecia tenía problemas para ser un imperio
porque su estructura, su atomización en polis, no lo favorecía; y porque estaba
demasiado cerca de estructuras nacionales que eran asimismo demasiado poderosas.
Alejandro Magno cambió eso de una forma meramente provisional que sus herederos
convirtieron en un expolio; pero habría de ser Roma quien lo perfeccionase.
El gran salto cualitativo de Roma lo dan dos parientes: Cayo
Mario y su sobrino Julio. Ellos logran dominar la Galia para Roma y, dominando
la Galia, dominan el gran vivero de guerreros de lo que pronto se convertirá en
un imperio. Un vivero tan grande, tan potente y tan capaz que, igual que hace grande a Roma, acabará por destruirla.
viernes, octubre 04, 2013
La senda de Dios (1: algunas cosas a modo de introducción)
Todas las tomas de esta serie:
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
Comienzo yo a escribir, y tú a leer, una breve serie sobre Dios. Ya sabes que en este blog semos muy aficionados a hablar del cristianismo en sus orígenes y de su maestro, Jesús el nazareno. En esta serie, sin embargo, vamos a dejar a Jesús un rato en paz. Mejor, hablemos de The Boss.
Algunas cosas a modo de introducción
In Tirerim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad
Siria-Caldea, o la omnipotencia
Hay un Bien, y hay un Mal
El así llamado paganismo
Epílogo: algunas lecturas
Comienzo yo a escribir, y tú a leer, una breve serie sobre Dios. Ya sabes que en este blog semos muy aficionados a hablar del cristianismo en sus orígenes y de su maestro, Jesús el nazareno. En esta serie, sin embargo, vamos a dejar a Jesús un rato en paz. Mejor, hablemos de The Boss.
miércoles, octubre 02, 2013
Píldoras (3): qué importante es conocer los ritos
Es importante conocer
bien los ritos en los que uno se mete. Conocida es la anécdota de Michael
Robinson quien, en su época de jugador del Osasuna, acabó yendo un día a una
iglesia porque era tradición en el equipo colocarse bajo la protección de una
virgen local. También era costumbre que los jugadores, uno a uno, besaran la
imagen, pero eso Robinson no lo sabía. El cura le presentó a él la imagen el
primero y, como quiera que él no supiera que hacer, el sacerdote le hizo un
gesto con los labios indicando que debía besarla. Robinson entendió, se levantó
y... le dio dos besos al cura.
Algo parecido, pero bastante más doloroso, le ocurrió a Aengus, hijo de Natfraich, rey de la corte irlandesa de Cashel. Por su ciudadela, allá por el cuatrocientos y pico, fue a parar el hoy célebre San Patricio bajo cuya invocación tantas cervezas se beben, con la intención de convertirlos. Para entonces, Patrick había superado bastantes de las dificultades iniciales con los paganos y estaba encarrilando el catolicismo irlandés. Aengus, de hecho, ya había oído hablar del cristianismo y había decidido que le molaba bastante, así pues recibió al futuro santo con toda pompa y alharaca.
Le anunció al obispo que deseaba bautizarse, ante lo cual Patricio dijo ésta es la mía, así pues allá que vamos.
Llevaba el santo entonces, dicen las crónicas, un grueso báculo que terminaba en punta, para poder ser clavado en la tierra al recorrer las trochas que en Irlanda no son pocas, ni planas. Para proceder al bautismo de Aengus tuvo que soltarla, o sea clavarla en el suelo, con tan mala suerte que no se dio cuenta de que entre el báculo y la placa continental se encontraba el pie del rey; el cual, lógicamente, penetró con el consiguiente dolor.
Aengus, sin embargo, permaneció firme y no dejó que su rostro reflejase que estaba más jodido que Felipe Juan Froilán después de una cacería. Pero no lo hizo por ser machote ni irlandés ni leches. Lo hizo porque, simplemente, asumió que aquello era una parte del bautismo cristiano. Debió de pensar que el bautismo es una ceremonia parecida a la que tienen muchas culturas en las que los adolescentes tienen que demostrar ser suficientemente bravos como para ser hombres, y se dijo: si grito, el Patricio éste no me bautiza.
Bautizos a la irlandesa es lo que hacía falta en esta sociedad dada a la molicie y la blandura.
Algo parecido, pero bastante más doloroso, le ocurrió a Aengus, hijo de Natfraich, rey de la corte irlandesa de Cashel. Por su ciudadela, allá por el cuatrocientos y pico, fue a parar el hoy célebre San Patricio bajo cuya invocación tantas cervezas se beben, con la intención de convertirlos. Para entonces, Patrick había superado bastantes de las dificultades iniciales con los paganos y estaba encarrilando el catolicismo irlandés. Aengus, de hecho, ya había oído hablar del cristianismo y había decidido que le molaba bastante, así pues recibió al futuro santo con toda pompa y alharaca.
Le anunció al obispo que deseaba bautizarse, ante lo cual Patricio dijo ésta es la mía, así pues allá que vamos.
Llevaba el santo entonces, dicen las crónicas, un grueso báculo que terminaba en punta, para poder ser clavado en la tierra al recorrer las trochas que en Irlanda no son pocas, ni planas. Para proceder al bautismo de Aengus tuvo que soltarla, o sea clavarla en el suelo, con tan mala suerte que no se dio cuenta de que entre el báculo y la placa continental se encontraba el pie del rey; el cual, lógicamente, penetró con el consiguiente dolor.
Aengus, sin embargo, permaneció firme y no dejó que su rostro reflejase que estaba más jodido que Felipe Juan Froilán después de una cacería. Pero no lo hizo por ser machote ni irlandés ni leches. Lo hizo porque, simplemente, asumió que aquello era una parte del bautismo cristiano. Debió de pensar que el bautismo es una ceremonia parecida a la que tienen muchas culturas en las que los adolescentes tienen que demostrar ser suficientemente bravos como para ser hombres, y se dijo: si grito, el Patricio éste no me bautiza.
Bautizos a la irlandesa es lo que hacía falta en esta sociedad dada a la molicie y la blandura.
martes, octubre 01, 2013
Doping (y 9: amigos para siempre means you'll always be my friend...)
El principal objetivo de la WADA
era la creación de un código contra el dopaje que pudiera ser universalmente
utilizado. Para entonces, sus planes contaban ya con un amplio respaldo en el
mundo deportivo mundial, incluyendo la práctica totalidad de los comités
olímpicos nacionales y sus gobiernos, así como las federaciones internacionales
de medio centenar de deportes. El consenso era tal que, por primera vez, un
dirigente contra el dopaje, en este caso Dick Pound, pudo decirle a las
posibles delegaciones de los juegos de Atenas aquello de «son lentejas»: si
aceptas el código estarás en Atenas; y si no, no. Eso iba tanto por los países
como por los deportes.
viernes, septiembre 27, 2013
Píldoras (2) no es educación, es otra cosa
Es muy probable que estés convencido, o convencida, de que el gesto de taparse la boca en público cuando se bosteza es un signo dictado por la buena educación. Si es así, te equivocas. En realidad, cuando menos en su tiempo, lo que revelaba ese gesto no es que quien lo realizase fuese educado, sino que era supersticioso.
Piénsalo dos veces. Teóricamente, el gesto de taparse la boca trata de evitar a la vista de los demás el hecho de estar bostezando, esto es, no pocas veces, aburriéndose. Uno se tapa la boca para que su amigo el conferenciante no se percate de que lo que está declamando nos parece un coñazo. Pero, ¿verdaderamente ocultamos a alguien eso por el mero hecho de taparnos la boca? La verdad es que no. Es un gesto absurdo, porque no evita lo que teóricamente pretende evitar.
La verdad es otra, y hay que buscarla en la Edad Media europea y los muchos mitos negativos que se construyeron durante ella. Las epidemias y pandemias, relativamente frecuentes entonces, enseñaron a las personas que la desgracia (la enfermedad) solía anunciarse muy frecuentemente mediante síntomas que podrían parecer insulsos: sobre todo, el estornudo. Como muy bien describe Ken Follet en su novela World without end, las personas que enfermaban en las epidemias empezaban estornudando; de lo cual es muy fácil saltar a lo que podríamos llamar el pánico al estornudo y, consecuentemente, la adjudicación al mismo de características maléficas.
El bostezo formó parte muy pronto de este catálogo de gestos de mal agüero. Lo cual también es lógico, pues muchas enfermedades (la hepatitis, por ejemplo) causan en quien las sufre un enorme cansancio, que se muestra, entre otras cosas, a través de la somnolencia y el consiguiente bostezo permanente. La gente luego moría de esas enfermedades, lo cual hacía fácil que la cultura popular vinculase bostezo, dolencia y muerte. El bostezo, además, tiene otra característica que lo hace acreedor de las peores sospechas: suele ser contagioso.
El hombre medieval creía a pies juntillas en los poderes de la adivinación, la magia y los hechizos. Sus tatarabuelos paganos eran tanto o más supersticiosos que él, pero al menos tenían religiones que establecían normas y procedimientos para contrarrestar estos efectos, como el sacrificio ritual de animales y todo eso. El cristianismo eliminó todas estas prácticas, aunque acabase por recibirlas parcialmente a través del exorcismo. El hombre cristiano, pues, se debatía entre las cosas que seguía creyendo, y el hecho de que no le estaba permitido creerlas.
Probablemente la mayor creencia supersticiosa fue, y siguió siendo, la del mal de ojo y, en general, las condenaciones y hechizos realizados por personas supuestamente poseedoras de poderes especiales, las cuales condenaban a alguien por diversas razones a la desgracia o a la enfermedad. Dispuesta a creer como estaba la sociedad medieval, cualquier reunión en día de mercado, o incluso tras la misa, se convertía en un conciliábulo en el que los vecinos referían, sin género de duda, historias de personas que habían sido malditas. Como los brujos y brujas de entonces no eran tontos, la maldición preferida era siempre la misma, o sea la que con mayor seguridad se produciría: el deterioro de la salud. El mal de ojo, entonces, consistía en maldecir a alguien a sufrir dolencias, a veces bien localizadas, otras más genéricas, e incluso la muerte.
Una consecuencia muy habitual de estas maldiciones es que el maldito, repentinamente, perdía el vigor. Se convertía en una persona menos activa y más cansada. Esto quiere decir: bostezaba. Muchas personas creían que quien comenzaba a bostezar inesperadamente había sufrido un mal de ojo; y no sólo eso, sino que consideraban que, al abrir la boca para bostezar, empeoraba las cosas porque los espíritus de la maldición, las miasmas de la enfermedad, entraban en su cuerpo por la boca abierta.
Así pues, los hombres y mujeres de nuestra Edad Media se tapaban la boca al bostezar por dos razones fundamentales: primera, para no empeorar su salud, pues consideraban que podrían haber sido objeto de un mal de ojo por el cual los demonios estarían intentando entrar en ellos; y, segunda, para que los demás no fuesen conscientes de que habían sido malditos.
No lo hacían, pues, por educación, sino por superstición.
Piénsalo dos veces. Teóricamente, el gesto de taparse la boca trata de evitar a la vista de los demás el hecho de estar bostezando, esto es, no pocas veces, aburriéndose. Uno se tapa la boca para que su amigo el conferenciante no se percate de que lo que está declamando nos parece un coñazo. Pero, ¿verdaderamente ocultamos a alguien eso por el mero hecho de taparnos la boca? La verdad es que no. Es un gesto absurdo, porque no evita lo que teóricamente pretende evitar.
La verdad es otra, y hay que buscarla en la Edad Media europea y los muchos mitos negativos que se construyeron durante ella. Las epidemias y pandemias, relativamente frecuentes entonces, enseñaron a las personas que la desgracia (la enfermedad) solía anunciarse muy frecuentemente mediante síntomas que podrían parecer insulsos: sobre todo, el estornudo. Como muy bien describe Ken Follet en su novela World without end, las personas que enfermaban en las epidemias empezaban estornudando; de lo cual es muy fácil saltar a lo que podríamos llamar el pánico al estornudo y, consecuentemente, la adjudicación al mismo de características maléficas.
El bostezo formó parte muy pronto de este catálogo de gestos de mal agüero. Lo cual también es lógico, pues muchas enfermedades (la hepatitis, por ejemplo) causan en quien las sufre un enorme cansancio, que se muestra, entre otras cosas, a través de la somnolencia y el consiguiente bostezo permanente. La gente luego moría de esas enfermedades, lo cual hacía fácil que la cultura popular vinculase bostezo, dolencia y muerte. El bostezo, además, tiene otra característica que lo hace acreedor de las peores sospechas: suele ser contagioso.
El hombre medieval creía a pies juntillas en los poderes de la adivinación, la magia y los hechizos. Sus tatarabuelos paganos eran tanto o más supersticiosos que él, pero al menos tenían religiones que establecían normas y procedimientos para contrarrestar estos efectos, como el sacrificio ritual de animales y todo eso. El cristianismo eliminó todas estas prácticas, aunque acabase por recibirlas parcialmente a través del exorcismo. El hombre cristiano, pues, se debatía entre las cosas que seguía creyendo, y el hecho de que no le estaba permitido creerlas.
Probablemente la mayor creencia supersticiosa fue, y siguió siendo, la del mal de ojo y, en general, las condenaciones y hechizos realizados por personas supuestamente poseedoras de poderes especiales, las cuales condenaban a alguien por diversas razones a la desgracia o a la enfermedad. Dispuesta a creer como estaba la sociedad medieval, cualquier reunión en día de mercado, o incluso tras la misa, se convertía en un conciliábulo en el que los vecinos referían, sin género de duda, historias de personas que habían sido malditas. Como los brujos y brujas de entonces no eran tontos, la maldición preferida era siempre la misma, o sea la que con mayor seguridad se produciría: el deterioro de la salud. El mal de ojo, entonces, consistía en maldecir a alguien a sufrir dolencias, a veces bien localizadas, otras más genéricas, e incluso la muerte.
Una consecuencia muy habitual de estas maldiciones es que el maldito, repentinamente, perdía el vigor. Se convertía en una persona menos activa y más cansada. Esto quiere decir: bostezaba. Muchas personas creían que quien comenzaba a bostezar inesperadamente había sufrido un mal de ojo; y no sólo eso, sino que consideraban que, al abrir la boca para bostezar, empeoraba las cosas porque los espíritus de la maldición, las miasmas de la enfermedad, entraban en su cuerpo por la boca abierta.
Así pues, los hombres y mujeres de nuestra Edad Media se tapaban la boca al bostezar por dos razones fundamentales: primera, para no empeorar su salud, pues consideraban que podrían haber sido objeto de un mal de ojo por el cual los demonios estarían intentando entrar en ellos; y, segunda, para que los demás no fuesen conscientes de que habían sido malditos.
No lo hacían, pues, por educación, sino por superstición.
martes, septiembre 24, 2013
Píldoras (1): el casamiento de una Borbón
[Se me ha ocurrido, para entretener esperas entre artículo y artículo, ir vomitando por aquí pequeñas cosas que me encuentro en mis lecturas y que no dan para un post propiamente dicho. Espero no molestar...]
De la obra Histoire d'une grande dame du XVIIIeme siècle, de Lucien Perey (1887), entresaco este relato que hace una aristócrata parisina, la princesa de Ligne (en realidad, la princesa polaca Helena Massalska, que se casaría con el príncipe Charles de Ligne), de la boda de mademoiselle de Bourbonne (sic; Helenita no debía de ser muy buena escribiendo el francés), otra pija como ella.
Mademoiselle regresó un día [a su internado; el convento de Abbaye-aux-Bois] muy triste, y se encerró un rato largo en el despacho de la señora de Rochechouart [algo así como la jefa de estudios]. Finalmente, dos días después, nos confesó a sus amigas que se casaba con el conde de Avaux, hijo del marqués de Mesme (sic. En realidad, es Mesmes). Todas la rodeamos para hacerle cien preguntas. Ella tenía entonces apenas doce años; tenía previsto hacer su primera comunión en ocho días, y ahora se casaría ocho días después de la primera comunión para después regresar al convento. Estaba tan deprimida que acabamos por preguntarle si es que su marido no le gustaba. Ella nos confesó que el conde era muy feo y muy viejo, y que iría a verla al día siguiente.
Al día siguiente, cuando se levantó, mademoiselle de Bourbonne recibió un gran bouquet; a medio día, llegó el conde. Sus compañeras lo encontramos, como ella había anunciado, abominable. Cuando ella salió del encuentro, todas le dijimos: «¡Verdad que tu marido es feo! Si yo fuese tú, no lo desposaría. ¡Qué desgracia!» A lo que ella respondió: «Me casaré con él, porque es lo que quiere mi padre. Pero nunca lo querré; eso seguro».
Se acordó que no se volviesen a ver hasta el día en que ella hiciese la primera comunión, para que así ella no se distrajese de su preparación. Finalmente, ella hizo la primera comunicación ocho días después, y, cuatro o cinco días después, se casó en la capilla del hotel d'Havre...»
Leedle este cuento a vuestras hijas y nietas de doce años, a ver qué cara ponen.
De la obra Histoire d'une grande dame du XVIIIeme siècle, de Lucien Perey (1887), entresaco este relato que hace una aristócrata parisina, la princesa de Ligne (en realidad, la princesa polaca Helena Massalska, que se casaría con el príncipe Charles de Ligne), de la boda de mademoiselle de Bourbonne (sic; Helenita no debía de ser muy buena escribiendo el francés), otra pija como ella.
Mademoiselle regresó un día [a su internado; el convento de Abbaye-aux-Bois] muy triste, y se encerró un rato largo en el despacho de la señora de Rochechouart [algo así como la jefa de estudios]. Finalmente, dos días después, nos confesó a sus amigas que se casaba con el conde de Avaux, hijo del marqués de Mesme (sic. En realidad, es Mesmes). Todas la rodeamos para hacerle cien preguntas. Ella tenía entonces apenas doce años; tenía previsto hacer su primera comunión en ocho días, y ahora se casaría ocho días después de la primera comunión para después regresar al convento. Estaba tan deprimida que acabamos por preguntarle si es que su marido no le gustaba. Ella nos confesó que el conde era muy feo y muy viejo, y que iría a verla al día siguiente.
Al día siguiente, cuando se levantó, mademoiselle de Bourbonne recibió un gran bouquet; a medio día, llegó el conde. Sus compañeras lo encontramos, como ella había anunciado, abominable. Cuando ella salió del encuentro, todas le dijimos: «¡Verdad que tu marido es feo! Si yo fuese tú, no lo desposaría. ¡Qué desgracia!» A lo que ella respondió: «Me casaré con él, porque es lo que quiere mi padre. Pero nunca lo querré; eso seguro».
Se acordó que no se volviesen a ver hasta el día en que ella hiciese la primera comunión, para que así ella no se distrajese de su preparación. Finalmente, ella hizo la primera comunicación ocho días después, y, cuatro o cinco días después, se casó en la capilla del hotel d'Havre...»
Leedle este cuento a vuestras hijas y nietas de doce años, a ver qué cara ponen.
lunes, septiembre 23, 2013
Noticia del hermafrodita Reyes Carrasco
He porfiado lo mío, pero la verdad es que apenas he conseguido encontrar referencias a un caso curioso de la España decimonónica, como es el del hermafrodita de Huelva Reyes Carrasco. En realidad, la única referencia extensa que he encontrado es un artículo de los historiadores Francisco Vázquez y Andrés Moreno, aparecido en el número 258 de la revista Historia 16. Los autores afirman haber encontrado todo lo que relatan en una revista médica del siglo XIX que, de momento, aparece como la única fuente primaria que he logrado localizar sobre este caso. Como veréis, se trata de una vida bastante novelesca, casi se diría que una película de cine.
miércoles, septiembre 18, 2013
Doping (8: y el COI vio la luz)
En realidad, no cayó ninguna
venda. Si el COI se avino, finalmente, a tomarse el dopaje en serio, fue por la
única razón que podía mover a Samarach y sus colegas a ello: porque comenzaron
a tener la sensación de que su reputación se resentiría si no lo hacían.
En 1998, la policía francesa
irrumpió en las habitaciones de los hoteles donde se alojaban un buen número de los
ciclistas que competían en el Tour de Francia, y encontró toneladas de drogas
por todas partes. La competición ciclista se vio sumergida en una vorágine de
dudas sobre su limpieza de la que no se ha recuperado ni retirándole los
entorchados al supuesto mejor ciclista de la Historia; y no debe de extrañarse de ello, puesto que ya hace tres décadas, que se dice pronto, se publicaban en la prensa deportiva viñetas alusivas a lo mucho que le estaban creciendo las tetas [sic] a Luis Ocaña. Ese mismo año, al
Departamento de Justicia de los Estados Unidos llegaron algunas denuncias que
hablaban de sobornos ligados a la elección de Salt Lake City como sede de los
JJOO de invierno, y decidió investigarlo. Aquello fue el no va más del sinvivir
olímpico: si hay algo a lo que los dirigentes deportivos temen más que a la
muerte, es a los tribunales ordinarios. Un juez que no les entienda siempre corre peligro de cerrarles el chiringuito o joderles la mamandurria.
Así las cosas, el movimiento
olímpico, convencido de que se estaba jugando su reputación y la posibilidad de
que le empezasen a llover hostias como panes desde los tribunales del mundo
mundial, apareció en febrero de 1999, en la Conferencia Mundial sobre Dopaje en
el Deporte, convertido a la religión del deporte limpio. Las Naciones Unidas y
varios gobiernos importantes fueron invitados a la reunión. Fruto del encuentro
es la campanuda Declaración de Lausana, que viene a intentar convencernos de
que el Comité Olímpico Internacional ha defendido siempre cosas que apenas
meses antes de redactarse dicha declaración le importaban un culo. En el ámbito
de lo útil y concreto, el principal compromiso del documento era crear una
Agencia Internacional Antidopaje, que el COI se comprometía a financiar, de
salida, con 25 millones de dólares.
Samaranch había perdido una
batalla, la batalla de que no hubiese una política antidopaje seria. Y
rápidamente perdió otra, más que nada porque se le vio el plumero (lo que tiene
ser calvo). Inicialmente, el catalán esperaba retener el control absoluto por
parte del COI de la nueva Agencia Internacional. Pero, claro, los gobiernos
invitados a la conferencia le contestaron: macho, si me vas a meter en este
lío, yo también quiero poder decir si damos whisky del bueno o garrafón. Tony
Banks, entonces ministro de Deportes de Reino Unido, lo dijo bien claro: «una
agencia internacional antidopaje presidida por el señor Samaranch se vería comprometida y por lo tanto es
algo que preferiríamos no aceptar». En toda la boca. Por su parte, las
autoridades antidopaje de los EEUU dejaron claro que no aceptarían una agencia
contra esta práctica «que fuese más una operación de relaciones públicas que
una solución efectiva».
Así, en noviembre de 1999 comenzó
a trabajar la Agencia Mundial Antidopaje, con el reto de estar plenamente
operativa para Sidney 2000. Una gran parte de su eficiencia provino del hecho
de que al frente de la misma se colocase al abogado canadiense Dick Pound;
persona que ya estaba fuertemente implicada contra el dopaje de tiempo atrás,
pero a quien su directa implicación en la investigación y gestión del affaire Ben Johnson había disuelto todas
las dudas que le pudiesen quedar.
Los principios de la WADA no
fueron fáciles. Se había marcado el objetivo de hacer 10.000 tests previos a
Sidney, pero hubo que rebajar el objetivo a la cuarta parte. La razón estriba,
sobre todo, en que las federaciones deportivas, fundamentales para poder llevar
a cabo con eficacia estas pruebas, seguían bajo el paraguas del movimiento
olímpico, que había llegado a aquella conversión antidopaje aperreado y a
rastras.
En Sidney, la WADA impuso la
creación del cuerpo de Observadores, quince personas que tendrían la labor, y
el poder, de supervisar todos los procedimientos de análisis antidopaje.
Teóricamente, la agencia mundial era un mero observador en las olimpiadas
australianas, pero la presencia de sus observadores funcionó razonablemente.
Por ejemplo, la federación internacional de halterofilia, probablemente, y con
mucho, el deporte más drogado de la Historia, suspendió al equipo rumano
completo de la especialidad. Y, ya en competición, el equipo búlgaro fue
invitado a coger la puerta, después de que tres de sus atletas dieran positivo
en el uso de diuréticos prohibidos.
Pero no todo era cascada de
colores. Pocos meses antes de Sidney, el hasta entonces responsable antidopaje
del Comité Olímpico USA, Wade Exum, dimitió; pero no se limitó a dimitir, sino
que se presentó ante una Corte ordinaria, ante la que presentó una denuncia
contra el USOC aseverando que la mitad de los positivos por dopaje no habían
sido hecho públicos; que, en realidad, el USOC estaba promoviendo el uso de
drogas con su actitud; y, finalmente, aderezó sus acusaciones con insinuaciones
sobre discriminación racial. Desde luego que algo había: ahí está la noticia,
que surgió en aquellos momentos, de que el lanzador de peso C. J. Hunter,
marido de la conocida velocista Marion Jones, había dado positivo por
esteroides anabólicos, sin que se supiera. Como consecuencia de este escándalo,
el nuevo COI hipermotivado con el tema del dopaje acusó en Sidney a los
americanos de mantener una posición hipócrita en la materia. Los estadounidenses
amagaron con no participar financieramente en la WADA, lo que provocó que Pound
amenazase con sacar los gobiernos de la agencia y, por lo tanto, dejarles sin
tocar pito en el tema.
Tras los juegos de Sidney, la
WADA tenía muy claro que tenía que incrementar su personal y sus recursos.
Pound decidió seguir hacia delante. De hecho, Dick Pound sonó, tras la retirada
de Samaranch (julio 2001) para ser presidente del COI; pero los recelos de los
miembros europeos del COI acabaron por favorecer al belga Jacques Rogge.
A principios del 2002, cuando fue
llegando el dinero de los distintos gobiernos, la WADA se encontraba en una
situación financiera más sólida. En los juegos de invierno de Salt Lake,
el COI siguió dirigiendo los tests de dopaje; pero los empleados de la WADA
tenían ya pleno derecho de estar presentes e intervenir en los procesos. Aunque
seguía habiendo sus obstáculos. Por ejemplo, el presidente del comité
organizador de los juegos trató de resistirse a la construcción de un
laboratorio para los test en el mismo lugar de las competiciones. Aquel
presidente, por cierto, se llamaba Mitt Romney.
Varios esquiadores fueron
suspendidos durante los juegos cuando las pruebas localizaron en sus organismos
un tipo de eritroproteína conocido como darbepoiteína. Asimismo Pavle
Jovanovic, miembro del equipo USA de bobsleigh, también fue suspendido, en
medio de protestas de su equipo, que aducía no haber sido adecuadamente
informado sobre lo que podían tomar y lo que no.
lunes, septiembre 16, 2013
Doping (7: China como problema)
A lo largo de los años noventa,
la política del COI respecto del doping no varió gran cosa. Para el olimpismo,
reconocer la extensión y profundidad de las prácticas de uso de drogas en el
deporte seguía suponiendo un riesgo excesivo de pérdida de apoyos económicos.
El ejemplo más claro de lo que decimos es la actitud que, tras la caída del
Muro en 1989, tuvo el COI hacia los escandalosos usos que se habían dado en la
República Democrática Alemana. Es obvio que el COI nunca ha estado interesado
en aclarar a fondo todo aquello, porque los y las atletas alemanodemocráticas
siguen poseyendo unos récords y unas medallas que deberían haber devuelto.
Lejos de ello, sin embargo, José Antonio Samaranch lo olvidó todo, y lo olvidó
fundamentalmente en favor de un gran proyecto: la Alemania reunificada y su
gran olimpiada, que él esperaba para el 2000 o 2004. Fue en la época en la que
estas sedes estaban siendo designadas cuando aseveró públicamente que era
imposible remontarse lo suficiente como para investigar las prácticas de doping
en la RDA. Fin de la cita, caso cerrado.
Sin embargo, a pesar de esta
actitud distante, la multiplicación de escándalos de dopaje estaba dejando
claro que las estrategias contra el mismo debían cambiar e intensificarse. Como
decíamos, los escándalos estaban ahí. En 1992, tres atletas alemanes que habían
«crecido» siendo alemanes democráticos, entre ellos la campeona velocista Katrin
Krabbe, fueron pillados en Sudáfrica metiéndose en el cuerpo orina de personas
no drogadas. Su entrenador, Thomas Springstein, fue despedido, y los atletas
suspendidos por cuatro años. Pero la cosa no había terminado.
Emil Vrijman, el abogado de los
atletas, atacó la sanción recordando que, como es lógico, puesto que los
deportistas estaban compitiendo en Sudáfrica, era este país el que había
realizado las pruebas de orina; y destacó el hecho de que no existía un acuerdo
internacional sobre la forma de proceder en este tipo de cosas, insinuando con
ello que tal vez los procedimientos de los sudafricanos no habían sido los
adecuados. Bajo esta presión, la federación alemana redujo la sanción de Krabbe
de cuatro años a uno, lo que sentó a cuerno quemado en la IAAF. Aun así, Krabbe
acudió a los tribunales ordinarios. En 1995, una corte bávara ordenó a la
federación alemana y a la IAAF a indemnizarle con 2,7 millones de dólares en
salarios no percibidos por razón de su suspensión.
Todas estas contradicciones en la
política antidopaje fueron heredadas por los juegos de Barcelona en 1992. En
muchos deportes los medallistas fueron testados, pero en otros, como por
ejemplo en natación, apenas lo fueron. Además, los que se hacían se realizaban
poco menos que por sorteo. El ejemplo está en la medallista de plata
estadounidense (100 metros libres) Jenny Thomson, que tuvo que pasar el test; mientras
que quien le ganó, la china Zhuang Yong, no. Asimismo, también se produjo un
cierto escándalo cuando fue encontrado Clembuterol en el organismo de varios
atletas británicos. Al parecer, su entrenador creía sinceramente que no era una
substancia prohibida; y es que, realmente, no estaba en la lista de compuestos
prohibidos, aunque algunos miembros de COI y federaciones lo consideraban
prohibido de facto por pertenecer al mundillo de los esteroides anabolizantes. La
política antidopaje, pues, era una especie de caos.
En 1993, tras la experiencia de
Barcelona y algunos años antes, el olimpismo se planteó que tenía que conseguir
evitar la apelación de atletas y entrenadores a los tribunales ordinarios, que
se iba convirtiendo en norma, y donde solían tener las de perder (en el caso
Krabbe, el juzgado había concluido que la federación alemana no tenía potestad
para castigarla por algo pasado en Sudáfrica y chequeado por sudafricanos).
Éste es el origen del proyecto para crear un conjunto de reglas y
procedimientos universales y trasnacionales, con una Corte Suprema de
Arbitraje.
Además, había un nuevo problema.
Con la caída del Muro, habían
desparecido progresivamente los países del bloque soviético y eso,
paulatinamente, había supuesto una menor frecuencia de prácticas de dopaje.
Pero a partir de Barcelona 1992, comenzó a verse claro que había un nuevo
jugador que había tomado las riendas de la forma soviética de hacer deporte: la
República Popular China.
Los chinos que fueron a Barcelona
eran ya entrenados y desarrollados como atleta con el concurso continuado de
las drogas. Cuando Lin Yi estableció un nuevo récord olímpico en los 200 metros
estilos en una piscina catalana, la cosa era tan escandalosa que su entrenador
tuvo que apresurarse a afirmar que jamás había caído en las manos de ninguno de
los antiguos entrenadores de la República Democrática Alemana que, sólo por
casualidad, habían encontrado trabajo en China tras caer el Muro. En los
mundiales de atletismo de Stuttgart, donde nada menos que tres atletas coparon
la prueba de los 3.000 metros femeninos, sus competidoras comenzaron a hablar
descaradamente de dopaje. Todo el mundo se fijaba para entonces de que China
parecía repetir el patrón que un día mostró la RDA: atletas femeninas que
progresan mucho más rápido que sus colegas masculinos.
Esta vez, la Prensa sí que se dio
cuenta de la movida, cuando menos la occidental, y se comenzaron a publicar
reportajes y artículos reclamando que se hiciese algo. Pero el movimiento
olímpico no estaba del todo convencido. Incluso cuando fue informado de que
siete nadadoras chinas habían dado positivo entre 1991 y 1993 en diversas
pruebas, siguió sin hacer nada. En los juegos asiáticos de 1994 en Hiroshima,
fueron once los nadadores chinos que dieron positivo, pero el propio De Merode
descartó públicamente cualquier acción al respecto; afirmando, en un ejemplo de
cinismo exacerbado, que eran «accidentes que pueden ocurrir en cualquier
parte». En una reunión, en 1995, entre miembros del COI, de la FINA (Federación
Internacional de Natación) y autoridades chinas, en Beijing, los visitantes se
limitaron a señalar que los casos de dopaje era «sucesos individuales».
Pero, claro, la gente que pierde
en estas condiciones no se queda quieta. La Federación Alemana de Natación
anunció, inmediatamente, que no acudiría a los mundiales de la especialidad que
se iban a celebrar en Beijing. Ralf Beckman, portavoz de la federación, lo pudo
decir más alto, pero no más claro: «no queremos participar en una competición
que va a ser un nido de dopaje». La federación australiana, mucho más poderosa
en el mundo de la natación como es bien sabido, fue más allá y pidió una
prohibición de competir para todos
los nadadores chinos durante cuatro años. De hecho Australia, Estados Unidos,
Japón y Canadá se unieron para boicotear la participación de China en la
competición de la Asociación Pan Pacífica de Natación. «No vamos a permitir»,
afirmaron los representantes de los Estados Unidos aquella vez, «que se repita
la historia de la República Democrática Alemana».
Los chinos reaccionaron
publicando en 1995 una nueva política contra el dopaje. Y la cosa pareció
funcionar, porque en Atlanta 1996 ni un solo chino dio positivo (aunque también
es cierto que los nadadores chinos se llevaron una sola medalla de oro; casualidad…)
Pero en esa música, el COI no había tocado pito alguno.
Cara a Atlanta, fueron los
Estados Unidos los que empezaron a ponerse serios con el tema, en buena parte
impulsados por su vicepresidente, Al Gore, persona totalmente convencida de la
necesidad de eliminar las drogas del deporte. En los primeros meses de aquel
año, el comité olímpico estadounidense desarrolló unas nuevas normas antidopaje
en las que, entre otras cosas, reducía a 48 horas el plazo en el que un atleta
sería avisado de que iba a ser sometido a controles. En Atlanta se gastó más
que nunca antes en controles antidoping, contratándose los servicios de hasta
600 personas que llevaron a cabo 1.800 pruebas.
En paralelo a aquellos juegos, el problema del
dopaje seguía encontrándose con problemas en los tribunales debido a la
inexistencia de una sola política en todos los países. En 1995, la nadadora
estadounidense Jessica Folchi (que entonces tenía 15 años) dio positivo en
esteroides y castigada por su federación por dos años. Sus abogados apelaron la
decisión ante una corte de Nueva York. La federación estadounidense de
natación, temiendo una condena súper-cara, dio marcha atrás en su decisión y la
dejó en manos de la FINA. Los tribunales entonces apoyaron a Folchi, lo que
provocó que la FINA reimpusiera la sanción de dos años en el ámbito internacional.
Afortunadamente para el olimpismo, Folchi no consiguió calificarse para los
juegos de Atlanta. De haber conseguido la mínima, se habría producido el conflicto
de una competidora suspendida por la federación internacional, pero autorizada
a nadar por los tribunales ordinarios.
Por todos estos hechos, todo el
mundo sabía que el gran tema de la reunión del COI de 1997 tenía que ser la
construcción de un entorno internacional que llevase a una sola definición de dopaje,
y a una sola política contra él. Pero las ganas de hacerlo eran tan intensas
que fue entonces cuando Samaranch echó gasolina a la hoguera afirmando que la
lista de sustancias prohibidas debía ser reducida
para dejarla sólo en aquellas drogas que, además de mejorar el rendimiento de
sus atletas, fuesen dañinas para su salud. Finalmente, el presidente tuvo que
envainársela, y el COI comenzó a trabajar en un código internacional contra el
dopaje. En 1998 Dick Pound, sin embargo, presionó más recordando que, en
realidad, nada se resolvería hasta que no se construyese una autoridad
internacional en la materia.
La venda estaba cayendo. Treinta
años después, que se dice pronto. El COI, sin duda alguna, es un cotolengo de
gentes honradas.
miércoles, septiembre 11, 2013
Digesto allendista
Para los muy, muy aficionados, que se saltan esa regla de que en internet no hay que escribir más de cuatro párrafos, va este post que es, en realidad, re-post.
Hace cuarenta años de la muerte de Salvador Allende, y por eso quiero yo dejaros hoy aquí, acopiados en un solo texto, los diferentes posts que hice en su día sobre él y sobre el golpe de Estado en Chile. Hasta ahora han estado dispersos en el blog y no referenciados entre ellos, lo que supongo dificultaba su consulta. El texto que sigue los acopia y ordena todos.
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Hace cuarenta años de la muerte de Salvador Allende, y por eso quiero yo dejaros hoy aquí, acopiados en un solo texto, los diferentes posts que hice en su día sobre él y sobre el golpe de Estado en Chile. Hasta ahora han estado dispersos en el blog y no referenciados entre ellos, lo que supongo dificultaba su consulta. El texto que sigue los acopia y ordena todos.
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Salvador Allende no cayó del cielo. Ni subió de los infiernos. Salvador
Allende es el resultado de una evolución que en Chile se venía produciendo ya
de tiempo atrás, y que no pocas veces se había terminado por plantear como un
enfrentamiento frontal, y mutualmente exclusivo, entre una oligarquía
terrateniente e industrial y lo que en aquel país se conoce como los rotos;
que no deben confundirse con los rojos españoles, pero se les parecen mucho. El
siglo XX y, sobre todo, su segunda mitad, hicieron prácticamente inevitable la
eclosión de la conciencia política de la clase obrera y campesina chilena, con
elementos muy significativamente locales, sorprendentes para un observador
externo. Sorprende, por ejemplo, que durante el periodo de mandato de Salvador Allende
el Partido Socialista, al que él pertenecía, mostrase un radicalismo
revolucionario casi absoluto, de forma que debía ser el Partido Comunista el
que refrenase sus tendencias. Como también sorprende encontrarse con
movimientos como el MAPU, de un leninismo casi de libro pero de inspiración
cristiana.
Reflexiones en la Diada, o la ocasión perdida
Este 11 de septiembre del 2013 se celebra, una vez más, la conmemoración del día de reivindicación de la identidad nacional catalana. Se celebra, además, en un ambiente que lleva ya algún tiempo enrarecido y radicalizado por uno de los lados; mientras que el otro actúa como ese sacerdote del Novecento de Bernardo Bertolucci, que se ponía a cantar en el confesionario para no escuchar las denuncias de una feligresa contra los camisas negras. Ambas, actitudes muy edificantes que mueven al optimismo sobre el logro de una solución pactada.
A mí me compete, en este blog, hablar más del pasado que del presente. Aunque, en realidad, creo que las reflexiones de este día, en realidad, tienen mucho que ver con el pasado. De alguna manera, lo que vivimos ahora es una situación enquistada. El resultado de muchos años de construcción de una desconfianza común. En términos históricos, deberíamos pensar que estamos en una situación nada negativa. Cataluña, hoy, está gobernada principalmente por unos políticos que, en teoría, debieran sentirse más herederos de la Lliga Regionalista de Françesc Cambó que de la Esquerra Republicana de Lluis Companys, aunque sólo sea porque ésta sigue vivita y coleando. Cambó, en su día, reacciónó ante el gesto de Françesc Maciá de proclamar la república catalana, en abril del 31, dedicándole los peores epítetos. El nacionalismo catalán de corte conservador ha sido tan cañero como el que más (en 1916 dio la espantada y se marchó del Parlamento de Madrid), pero siempre ha, o había, tenido una idea de España. Así pues, teóricamente, que Cataluña la gobiernen partidos burgueses conservadores en lo social debería ser buen síntoma para España. Pero no lo es.
¿Por qué no lo es? Pues, en mi opinión, no lo es porque el montaje actual del Estado, generado en la Transición, no tenía el objetivo de solucionar el problema territorial, sino de tirar para delante con la democracia. Son cosas distintas. Distintas, sobre todo, de la otra gran oportunidad en la que se planteó este problema, que fue la II República. El momento en el que se perdió la gran ocasión histórica de articular, definitivamente, el Estado español. Una vez más, por la torpeza de tirios, troyanos, rabassaires y castellets.
Lo diré, así, para empezar, y así dejar las cosas claras: España, como proyecto, siempre ha propendido al federalismo. El foralismo, que hoy conservan los vascos y los navarros pero del que se beneficiaron otros muchos territorios de España frente a sus monarcas durante mucho tiempo, no es sino una forma imperfecta, apresurada, anticuada y socialmente discutible, de federalismo. Si tan antigua es la nación española como sostienen sus hagiógrafos, échese la cuenta de todos los años durante los cuales fue nación e imperio antes de que nos debilitásemos y cayésemos en manos del imperialismo francés, que nos trajo un rey que no hablaba español (pero, vaya, que el Archiduque de Austria tampoco hablaba catalán, que se diga...) y que nos impuso un modelo de Estado que no era el nuestro. Con los monarcas franceses, que no han dejado de dirigir nuestra Casa Real salvo en el interludio, más chusco que otra cosa, de Su Majestad Amadeo non capisco niente, es cuando nos llegó el Estado centralizado, unitario según la terminología usada hasta el franquismo. Pero el Estado centralizado no está en nuestro ADN. No por casualidad el carlismo, que defiende esas leyes viejas combatidas por esa Constitución de 1812 que ellos consideraban, con razón, ideológicamente más francesa que española; no por casualidad, digo, esos defensores de la pureza de los fueros y las Cortes medievales que los Borbones dejaron de convocar, fueron también quienes sostuvieron, durante un siglo, las reivindicaciones territoriales.
España, decían aquellos carlistas de la primera hora del carlismo, se ha regido siempre por un rey, y unas Cortes. Si el rey quiere pasta, se la tiene que pedir a las Cortes. Qué es eso de un rey acochinado en Versalles, mandando sobre todos, inventándose impuestos que todo el mundo le habrá de pagar por su cara bonita. Y unos cojones. El rey pedirá a los territorios; y los territorios le darán, o no. Como ocurrió, cienes y cienes de veces, en un sentido o en otro, en las Cortes a las que acudieron los Reyes Católicos, y Felipe II, y sus herederos Austrias, a pedir pasta.
El liberalismo español, de inspiración francesa, era jacobino, central. Como, además, el carlismo, además de una posición ideológica, se convirtió, por tres veces, en una alternativa bélica, esto movió a los liberales a encastillarse en sus ideas y conservar la Constitución del 12 y sus principios como un insecto precámbrico en una piedra de ámbar transparente, fosilizados, inamovibles, innegociables. Mientras sus ideas de progreso iban abriendo las puertas al librepensamiento, la educación reglada, la libertad de expresión y los derechos del hombre, se las iban cerrando al federalismo natural de España.
El experimento hizo crisis en la I República española. Pero precisamente porque no había podido desarrollarse un liberalismo federalista, acomodado a los tiempos, evolucionario, la construcción del Estado federal acabó en manos de ideologías mucho menos fiables, cuando no directamente alejadas de la realidad. Porque don Francisco Pi i Margall, en realidad, no vivía en España, sino en un universo paralelo donde sus teorías del libre pacto, ante las cuales Rousseau aparece como un Hobbes cualquiera, se llevaban a cabo sin problemas. La realidad, sin embargo, fue terca, y construir la España Federal por implosión generó el merdé del cantonalismo, en el que provincias vecinas se declararon la guerra como si fuesen Serbia y Bosnia.
En el comienzo del siglo XX, todo el mundo medianamente inteligente parecía tener claro que el tema de los territorios de España se había enquistado hasta convertirse en un problema supurante, y que más temprano que tarde habría que sajarlo, doliese lo que doliese. Esto ya era así al final de la primera guerra mundial pero, pocos años después, la eclosión de una dictadura militar que durante siete años se portó los catalanes como la siguiente de la lista se portaría con los vascos, acabó por dejar bastante claras las cosas.
Pero esa dictadura se acabó. Y dejó paso a la gran, verdadera oportunidad que ha tenido España de resolver este problema: la II República.
¿Por qué la II República y no la Transición? Pues no por que fuese un régimen más democrático; que ésta, la verdad, es una afirmación más que discutible (la Transición, con todos sus defectos, redactó una Ley Antiterrorista; pero no una Ley de Defensa de la República, que es, de largo, muchísimo menos respetuosa con los derechos fundamentales); sino porque la República, al revés que la Transición, se tiznó rápìdamente de un espíritu de ahora sí; de oportunidad histórica para resolver las cuestiones, de solucionar de una vez por todas los temas que llevaban creciendo torcidos cien o doscientos años. La Transición, ya lo he dicho antes, tuvo otro espíritu; tuvo un espíritu de transacción de hacer lo que había que hacer para que nadie se pusiera de canto. Y, en ese espíritu, copió lo peor de la II República, por mucho que a corto plazo le pudiera ser rentable.
¿Cuáles fueron los posicionamientos básicos sobre la cuestión territorial cuando llegó la II República? Pues, lo primero de todo, y aquí está la raíz de la oportunidad perdida, lo que fueron es equívocos.
Si hay alguien que piensa que en la Transición se jugó al trile de engañar al contrario, debería repasarse la Historia de la II República. Antes de que esta surgiese, en puridad antes de que nadie, y nadie es nadie, pudiese avizorar la llegada de la República en el corto plazo, se produjo, en el verano de 1930, una reunión de casi todas las fuerzas republicanas: el Pacto de San Sebastián. Al pacto de San Sebastián no acudieron los nacionalistas vascos, que tenían un follón interno entre ellos de mil demonios entre tradicionalistas, peneuvistas y los progresistas de Acción Nacionalista Vasca y, además, por su perfil conservador recelaban de algunos, si no muchos, de los integrantes de la reunión. Sí fueron los catalanes, ampliamente representados; y también los nacionalistas gallegos, aunque representados por un político, Santiago Casares Quiroga, que en realidad estaba más interesado en tocar pelo en la gobernación de Madrid que en conseguir la autodeterminación gallega.
Quien piense que en el Pacto de San Sebastián se habló de igualdad, de derechos, de reforma agraria, de democracia, o algo así, que se lo vaya quitando de la cabeza. Es consenso prácticamente total de los participantes que escribieron sobre la reunión que en el encuentro de San Sebastián, hablar, hablar, lo que se dice hablar, se habló de un solo tema: Cataluña.
El nacionalismo catalán, especialmente el representado históricamente por Esquerra y algún otro grupo no muy lejano como el Estat Catalá, se caracteriza mucho por esta manera de hacer las cosas. Si un Armagedon está a punto de caer sobre la Tierra, se convoca una reunión en la Casa Blanca para discutir si se envía a Bruce Willis que le ponga un pepino en el subsuelo, y los nacionalistas catalanes son invitados, lo más probable es que contesten: o se habla del derecho a la autodeterminación de Cataluña, o no vamos. Así las cosas, si por la reunión de San Sebastián nos tenemos que regir, llegaremos a la conclusión de que el gran problema histórico que tenía España a las puertas de la República no era la desigualdad del campo, ni los derechos de la clase obrera, ni la alfabetización de las gentes, ni la regeneración de la vida pública, ni la revitalización de la economía, ni la igualdad de sexos, ni nuestra posición exterior, ni la educación, ni el bienestar colectivo; era el problema catalán. Y, probablemente, es que era así.
Algún día, si tenemos tiempo y ganas y oportunidad, hablaremos in extenso de esta reunión donostiarra, de quién fue y de quién no fue, de lo que se habló, todo eso. Pero baste, a los efectos de estas notas, con decir que se habló, fundamentalmente, de Cataluña. Pero que, como siempre que políticos de Madrid y de Barcelona hablan sobre este tema; sean dichos políticos demócratas, fascistas, de derechas, marxistas, anarcoides o ingenieros químicos; como siempre, digo, no se habló claro.
Sucintamente: los nacionalistas catalanes se marcharon de Donostia convencidos de que había una concertación republicana para hacer de España un Estado federal; mientras que los no nacionalistas o incluso frontalmente contrarios al nacionalismo, salieron de allí pensando que les habían vendido a los nengs una mula ciega; un autonomismo light disfrazado de pitufo federaloide.
Entendámonos: en San Sebastián quedó claro, que diría Jardiel Poncela, como el caldo de un asilo, que el pueblo catalán expresaría su voluntad en forma de un Estatuto creado en Cataluña y votado por los catalanes. Pero, al mismo tiempo, también quedó claro que las Cortes Constituyentes de Madrid entenderían de dicho Estatuto. Para unos, los catalanes, eso suponía el mero trámite de sancionar su voluntad; una especie de vise que el Parlamento de Madrid colocaría al pie del texto que se le presentase desde Barcelona. Para otros, los de Madrid, suponía retener para el Parlamento nacional la potestad de mantener y de quitar del texto que llegase de Barcelona lo que les diese la gana.
¿Lo estás pensando? Deberías, sí: exactamente la misma confusión que en el famoso «Pasqual, aprobaré en el Parlamento el Estatuto que venga de Cataluña». Maragall se levantó a apaludir como fan poseso convencido de que eso quería decir lo que quería decir. Y Zapatero se lo tomó como una promesa electoral más. Una de ésas que cumples a tu manera o, qué coño, la incumples si hace falta. José Luis Rodríguez Zapatero es, a su manera, todo un republicano; y no, precisamente, en el mejor sentido de la palabra.
La República nació, todo el mundo lo sabe, con ese espíritu fraternal y, como decía, un poso filosófico-político dispuesto a resolver de una vez los problemas estructurales de España, de cuya permanencia se responsabilizaba a la Restauración. La República, en esto, fue como ese joven padre que se dice que él no va a cometer con su hijo los errores que cometió su padre con él; historia que termina, no pocas veces, como termina.
Además, hay que tener en cuenta que un coronel retirado, Françesc Maciá, comenzó a cargarse este ambiente positivo con el gesto de declarar la República catalana. Cuando Macía y Companys se hacen cargo, por el artículo 33, del Ayuntamiento y la Diputación, lo hacen, así lo afirmó el primero de ellos en su proclama, «en nombre de Cataluña»; y, horas después, proclaman «el Estado catalán bajo el régimen de una república catalana», invitando a «los otros pueblos de España» a constituir una confederación.
Françesc Maciá pudo cargarse allí mismo, en sus primeras horas, la República. Tuvo suerte de que elementos importantísimos del mando militar español, como el director general de la Guardia Civil (un tal Sanjurjo) habían decidido ya ponerse a disposición del nuevo orden. De haber existido el día 14 de abril un núcleo duro de militares monárquicos dispuestos a dar la batalla, podrían haber intentado arrastrar al Ejército entero con el argumento de que la decisión de Barcelona era contraria a la unidad de España (que lo era); y, consecuentemente, no sé si haber revertido la situación. Pero hostias, las habría habido, y hoy no estaríamos hablando del proceso tan natural del 14 de abril. El segundo problema creado por este gesto es que condicionó, obviamente, todo el debate sobre la forma de Estado. Dicho en plata: los políticos de izquierda burguesa, el mundo Azaña podríamos decir, que en otras circunstancias habría querido creer que el nacionalismo catalán pretendía tan sólo un Estatuto, ahora sabían que la pretensión de Maciá, pronto de Companys, no era crear ningún esquema basado en la existencia superior de una nación española. El corolario de ello es que le cogieron miedo al Estado Federal y, aunque siguieron apoyándolo de palabra, de obra y de omisión pasaron de él como de deglutir deyecciones.
El primer proyecto de Constitución de la República lo elaboró una Comisión Jurídica (hoy lo llamamos Comisión de Codificación, que ya era el nombre que tenía el órgano antes de la República) que entregó un proyecto con un montón de votos particulares que defendían con bastante convicción que la República conformase España como un Estado federal. Pero en la ponencia constitucional, presidida por el socialista Jiménez de Asúa, la cosa ya comenzó a ponerse de canto. Al final del proceso, el Estado Federal fue defendido en las Cortes tan sólo por los grupos nacionalistas (Esquerra, Lliga, Unió Socialista de Catalunya, Acció Catalana, Federación Republicana Gallega, Vasco-Navarros por el Estatuto) y el viejo Partido Federal de ideología pimargalliana y sus exiguos 13 diputados. Fuera de Cataluña, País Vasco y Galicia, pues, el federalismo tenía menos apoyos que la defensa del Estado centralista que, realizada en solitario por los agrarios y algunos independientes de derechas, contó con 26 votos, que se consideraron, en la época, casposa calderilla parlamentaria. Y, sin embargo, como digo, era exactamente el doble de lo que el federalismo captó fuera de las comunidades históricas.
El grueso de aquellas Cortes constituyentes, por razones muy diversas, y por un total de 237 diputados seguros más otros fluctuantes, se lo ganó una teoría que había sido alumbrada por los nacionalistas gallegos: el llamado, entonces, Estado integral, y que hoy llamamos Estado de las autonomías. Un modelo basado en:
1) Derecho de autogobierno, según algunos para las comunidades históricas, según otros para todo quisqui.
2) Artículo en la Constitución que delimita las competencias exclusivas del Estado central, las quiera o no la región (entre ellos, la Hacienda Pública).
3) Proceso de definición de las competencias a ejercer por la autonomía propuesto por la región, pero aprobado por el Parlamento de Madrid.
Este esquema, ya lo he dicho, fue una transacción inventada por diputados que un año antes eran federalistas, cuando menos de boquilla, a causa, sobre todo, de la situación creada por Cataluña con su decisión unilateral de declararse un Estado propio, por mucho que después la revirtiese; y, tampoco hay que olvidarlo, los enormes recelos de los políticos republicanos hacia la autonomía vasca, por el corte radicalmente conservador de sus más que probables gobernantes. Porque suena hoy un tanto extraño, pero lo cierto es que aquel PNV de 1931 tenía una reivindicación de autogobierno fundamental: poder negociar un Concordato propio con el Vaticano.
Por el camino hacia el Estado integral se coló una idea que en la República no pudo llevar a cabo por falta de tiempo, pero que estaba destinada a vivir una larga vida décadas atrás. La expresó uno de los políticos menos políticos de aquel Parlamento, el diputado por la Agrupación para el Servicio de la República José Ortega y Gasset, de profesión filósofo. Ortega se subió a la tribuna para expresar la posición de su grupo sobre el proyecto de redactado constitucional sobre la forma de Estado y dijo que, en lógica, lo que todo el mundo consideraba era una regulación para que Cataluña, País Vasco, Navarra y Galicia gozasen de estatus diferentes coherentes con sus tradiciones fueristas o su voluntad de autogobierno, debía de llegar a todos. A todo aquel que lo quisiera. A toda región que se considerase con derecho a ello, y voluntad para arrostrarlo. Aquella idea fue tan mal recibida en aquellas Cortes que, en puridad, sólo recibió un apoyo definido; el del diputado republicano gallego Ramón Tenreiro. Sin embargo, cuarenta años después, pasada la larga noche de piedra del franquismo, fue la opción elegida. Es cierto que se diseñaron dos velocidades constitucionales para las autonomías; pero hasta el más lerdo de los diputados constituyentes de la Transición tenía que darse cuenta de que pasado el tiempo, o sea ahora, esa diferencia sería irrelevante.
Esta opción, lo hemos dicho, no tuvo demasiados adeptos en la República, y esto es así porque la concepción en aquellos tiempos del problema territorial español era mucho más precisa. Se trataba de resolver el problema de quien, por Historia, lengua o tradición, quería gobernarse; entendiéndose que todos los demás se colmaban siendo gobernados desde el Estado central. En el momento en que se plantea un Estado en el que todas las regiones son autónomas, es necesario plantear el problema de la solidaridad entre ellos, que es lo que ha hecho petar el actual estado de cosas; porque el que paga se cansa de ver que, un año detrás de otro, el que cobra siga pasando el recibo al cobro.
Aun y a pesar de ser, ya lo he dicho, más precisa la percepción del problema en aquellos tiempos, no por ello dejó de descarrilar. El sistema autonómico o «Estado integral» se construyó a base de podar notablemente el Estatuto venido de Barcelona; algo que los catalanes entendían se les había garantizado que no se haría. A partir de ahí, que aflorase el conflicto de la Ley de Cultivos era sólo cuestión de tiempo. Por lo demás, que Barcelona plantease de nuevo, en 1934, su rebelión respecto del Estado central, mediante un auténtico golpe de Estado independentista, se podría haber evitado; hubiera bastado con que al frente de la Generalitat estuviese alguien con miras más largas que Lluis Companys, hecho éste que no era nada difícil, la verdad. Companys era tan buena persona como político mediocre.
Finalmente, Madrid conservó la llave de la caja (elemento fundamental del federalismo es que no sea así) porque los pilotos políticos de la República, Azaña fundamentalmente, perdieron muy pronto la confianza en los catalanes, comenzaron a acordarse en sus diarios de la famosa frase de Espartero de que Barcelona hay que bombardearla cada cincuenta años, y buscaron vías de transacción para conservar todos los resortes del poder en manos de lo que ellos consideraban la República, esto es: Madrid. Cataluña, por su parte, acumulando en apenas tres años dos actos de descarada deslealtad institucional (que, en muchos países del mundo, habrían supuesto perder toda ilusión de ser autónoma durante por lo menos un siglo, cuando no for good), se convirtió en lo territorial en lo que las izquierdas republicanas fueron en lo social: un ente cagaprisas que, precisamente por su apresuramiento en hacer en meses lo que no se había hecho en cien años, acabó provocando que el régimen tomase un exceso de velocidad para la vía, y descarrilase en la primera curva cerrada.
La Transición no podía parecerse a ese proceso. Mal que le pese a los líderes históricos de los partidos sobre todo de izquierdas, la Transición no llegó porque el general Franco se fuese a Barajas y tomase un avión para exiliarse como, salvando las distancias tecnológicas, hizo Alfonso XIII en 1931. La Transición llegó después de que Franco se muriese en la cama, asegurando que lo que dejaba lo había diseñado él. A partir de ahí, la obsesión de los pilotos del proceso es que nadie encontrase razones para extrañarse del proceso afirmando que no era eso a lo que había venido. La solución tenía que ser café para todos y alguien, en el momento oportuno, se acordó de aquel viejo discurso de Ortega... La República, en cambio, había echado a su antecesor, y tenía un cheque en blanco, firmado por la sociedad española en la puerta del Sol, ante el ayuntamiento de Eibar, en todas las esquinas de España, para resolver las cosas de una vez. Se encontró, sin embargo, con el problema de que aquellos políticos, por mucho que tanta gente los tenga en una nube, hicieron empalidecer a los actuales en lo que a mezquindad, cortedad de miras y demagogia se refiere. En 1931, en un momento en el que España habría aceptado su conversión en Estado Federal sin más resistencias que las de un pequeño grupo parlamentario formado por diputados castellanos apenas unidos por su fe católica y sus ideas conservadoras en lo social, prefirieron, unos, en Madrid, jugar al equívoco; y otros, en Barcelona, a la deslealtad. Menos mal que eso es el pasado, y hoy esas cosas ya no pasan, ¿verdad?
El Pokemon de la Transición ha evolucionado con los años y se ha convertido en un ser fofo, problemático y cascarrabias. Bueno, la verdad es que los nacionalismos siempre han sido cascarrabias; abuela cabreada de España le llamaba al País Vasco Claudio Sánchez Albornoz. La solución que parece que se busca es ahondar en la asimetría del Estado de las autonomías; o sea, coger lo peor de éste, y lo peor del esquema federal. Bull's eye. El enquistamiento que se producirá acabará por producir, en realidad ya lo está produciendo, un efecto muy español, y es que la deriva federal no llegue como llegan las cosas, esto es tras discusiones, valoraciones y cross-checking; sino de la mano de demagogos ignorantes, que no saben de lo que están hablando y ponen en el Estado Federal la ilusión de que lo va a solucionar todo de una forma natural. Lo que se dice plantar, de nuevo, las semillas del fracaso.
Si uno coge hoy a una decena de políticos de primerísima fila, los encierra en la habitación de un hotel, y les conmina a discutir el principal problema estructural de España, las probabilidades son altísimas de que se pongan de acuerdo en hablar de una cosa: Cataluña. Exactamente igual que hace 83 años.
Lo que se dice un movimiento lampedusiano.
A mí me compete, en este blog, hablar más del pasado que del presente. Aunque, en realidad, creo que las reflexiones de este día, en realidad, tienen mucho que ver con el pasado. De alguna manera, lo que vivimos ahora es una situación enquistada. El resultado de muchos años de construcción de una desconfianza común. En términos históricos, deberíamos pensar que estamos en una situación nada negativa. Cataluña, hoy, está gobernada principalmente por unos políticos que, en teoría, debieran sentirse más herederos de la Lliga Regionalista de Françesc Cambó que de la Esquerra Republicana de Lluis Companys, aunque sólo sea porque ésta sigue vivita y coleando. Cambó, en su día, reacciónó ante el gesto de Françesc Maciá de proclamar la república catalana, en abril del 31, dedicándole los peores epítetos. El nacionalismo catalán de corte conservador ha sido tan cañero como el que más (en 1916 dio la espantada y se marchó del Parlamento de Madrid), pero siempre ha, o había, tenido una idea de España. Así pues, teóricamente, que Cataluña la gobiernen partidos burgueses conservadores en lo social debería ser buen síntoma para España. Pero no lo es.
¿Por qué no lo es? Pues, en mi opinión, no lo es porque el montaje actual del Estado, generado en la Transición, no tenía el objetivo de solucionar el problema territorial, sino de tirar para delante con la democracia. Son cosas distintas. Distintas, sobre todo, de la otra gran oportunidad en la que se planteó este problema, que fue la II República. El momento en el que se perdió la gran ocasión histórica de articular, definitivamente, el Estado español. Una vez más, por la torpeza de tirios, troyanos, rabassaires y castellets.
Lo diré, así, para empezar, y así dejar las cosas claras: España, como proyecto, siempre ha propendido al federalismo. El foralismo, que hoy conservan los vascos y los navarros pero del que se beneficiaron otros muchos territorios de España frente a sus monarcas durante mucho tiempo, no es sino una forma imperfecta, apresurada, anticuada y socialmente discutible, de federalismo. Si tan antigua es la nación española como sostienen sus hagiógrafos, échese la cuenta de todos los años durante los cuales fue nación e imperio antes de que nos debilitásemos y cayésemos en manos del imperialismo francés, que nos trajo un rey que no hablaba español (pero, vaya, que el Archiduque de Austria tampoco hablaba catalán, que se diga...) y que nos impuso un modelo de Estado que no era el nuestro. Con los monarcas franceses, que no han dejado de dirigir nuestra Casa Real salvo en el interludio, más chusco que otra cosa, de Su Majestad Amadeo non capisco niente, es cuando nos llegó el Estado centralizado, unitario según la terminología usada hasta el franquismo. Pero el Estado centralizado no está en nuestro ADN. No por casualidad el carlismo, que defiende esas leyes viejas combatidas por esa Constitución de 1812 que ellos consideraban, con razón, ideológicamente más francesa que española; no por casualidad, digo, esos defensores de la pureza de los fueros y las Cortes medievales que los Borbones dejaron de convocar, fueron también quienes sostuvieron, durante un siglo, las reivindicaciones territoriales.
España, decían aquellos carlistas de la primera hora del carlismo, se ha regido siempre por un rey, y unas Cortes. Si el rey quiere pasta, se la tiene que pedir a las Cortes. Qué es eso de un rey acochinado en Versalles, mandando sobre todos, inventándose impuestos que todo el mundo le habrá de pagar por su cara bonita. Y unos cojones. El rey pedirá a los territorios; y los territorios le darán, o no. Como ocurrió, cienes y cienes de veces, en un sentido o en otro, en las Cortes a las que acudieron los Reyes Católicos, y Felipe II, y sus herederos Austrias, a pedir pasta.
El liberalismo español, de inspiración francesa, era jacobino, central. Como, además, el carlismo, además de una posición ideológica, se convirtió, por tres veces, en una alternativa bélica, esto movió a los liberales a encastillarse en sus ideas y conservar la Constitución del 12 y sus principios como un insecto precámbrico en una piedra de ámbar transparente, fosilizados, inamovibles, innegociables. Mientras sus ideas de progreso iban abriendo las puertas al librepensamiento, la educación reglada, la libertad de expresión y los derechos del hombre, se las iban cerrando al federalismo natural de España.
El experimento hizo crisis en la I República española. Pero precisamente porque no había podido desarrollarse un liberalismo federalista, acomodado a los tiempos, evolucionario, la construcción del Estado federal acabó en manos de ideologías mucho menos fiables, cuando no directamente alejadas de la realidad. Porque don Francisco Pi i Margall, en realidad, no vivía en España, sino en un universo paralelo donde sus teorías del libre pacto, ante las cuales Rousseau aparece como un Hobbes cualquiera, se llevaban a cabo sin problemas. La realidad, sin embargo, fue terca, y construir la España Federal por implosión generó el merdé del cantonalismo, en el que provincias vecinas se declararon la guerra como si fuesen Serbia y Bosnia.
En el comienzo del siglo XX, todo el mundo medianamente inteligente parecía tener claro que el tema de los territorios de España se había enquistado hasta convertirse en un problema supurante, y que más temprano que tarde habría que sajarlo, doliese lo que doliese. Esto ya era así al final de la primera guerra mundial pero, pocos años después, la eclosión de una dictadura militar que durante siete años se portó los catalanes como la siguiente de la lista se portaría con los vascos, acabó por dejar bastante claras las cosas.
Pero esa dictadura se acabó. Y dejó paso a la gran, verdadera oportunidad que ha tenido España de resolver este problema: la II República.
¿Por qué la II República y no la Transición? Pues no por que fuese un régimen más democrático; que ésta, la verdad, es una afirmación más que discutible (la Transición, con todos sus defectos, redactó una Ley Antiterrorista; pero no una Ley de Defensa de la República, que es, de largo, muchísimo menos respetuosa con los derechos fundamentales); sino porque la República, al revés que la Transición, se tiznó rápìdamente de un espíritu de ahora sí; de oportunidad histórica para resolver las cuestiones, de solucionar de una vez por todas los temas que llevaban creciendo torcidos cien o doscientos años. La Transición, ya lo he dicho antes, tuvo otro espíritu; tuvo un espíritu de transacción de hacer lo que había que hacer para que nadie se pusiera de canto. Y, en ese espíritu, copió lo peor de la II República, por mucho que a corto plazo le pudiera ser rentable.
¿Cuáles fueron los posicionamientos básicos sobre la cuestión territorial cuando llegó la II República? Pues, lo primero de todo, y aquí está la raíz de la oportunidad perdida, lo que fueron es equívocos.
Si hay alguien que piensa que en la Transición se jugó al trile de engañar al contrario, debería repasarse la Historia de la II República. Antes de que esta surgiese, en puridad antes de que nadie, y nadie es nadie, pudiese avizorar la llegada de la República en el corto plazo, se produjo, en el verano de 1930, una reunión de casi todas las fuerzas republicanas: el Pacto de San Sebastián. Al pacto de San Sebastián no acudieron los nacionalistas vascos, que tenían un follón interno entre ellos de mil demonios entre tradicionalistas, peneuvistas y los progresistas de Acción Nacionalista Vasca y, además, por su perfil conservador recelaban de algunos, si no muchos, de los integrantes de la reunión. Sí fueron los catalanes, ampliamente representados; y también los nacionalistas gallegos, aunque representados por un político, Santiago Casares Quiroga, que en realidad estaba más interesado en tocar pelo en la gobernación de Madrid que en conseguir la autodeterminación gallega.
Quien piense que en el Pacto de San Sebastián se habló de igualdad, de derechos, de reforma agraria, de democracia, o algo así, que se lo vaya quitando de la cabeza. Es consenso prácticamente total de los participantes que escribieron sobre la reunión que en el encuentro de San Sebastián, hablar, hablar, lo que se dice hablar, se habló de un solo tema: Cataluña.
El nacionalismo catalán, especialmente el representado históricamente por Esquerra y algún otro grupo no muy lejano como el Estat Catalá, se caracteriza mucho por esta manera de hacer las cosas. Si un Armagedon está a punto de caer sobre la Tierra, se convoca una reunión en la Casa Blanca para discutir si se envía a Bruce Willis que le ponga un pepino en el subsuelo, y los nacionalistas catalanes son invitados, lo más probable es que contesten: o se habla del derecho a la autodeterminación de Cataluña, o no vamos. Así las cosas, si por la reunión de San Sebastián nos tenemos que regir, llegaremos a la conclusión de que el gran problema histórico que tenía España a las puertas de la República no era la desigualdad del campo, ni los derechos de la clase obrera, ni la alfabetización de las gentes, ni la regeneración de la vida pública, ni la revitalización de la economía, ni la igualdad de sexos, ni nuestra posición exterior, ni la educación, ni el bienestar colectivo; era el problema catalán. Y, probablemente, es que era así.
Algún día, si tenemos tiempo y ganas y oportunidad, hablaremos in extenso de esta reunión donostiarra, de quién fue y de quién no fue, de lo que se habló, todo eso. Pero baste, a los efectos de estas notas, con decir que se habló, fundamentalmente, de Cataluña. Pero que, como siempre que políticos de Madrid y de Barcelona hablan sobre este tema; sean dichos políticos demócratas, fascistas, de derechas, marxistas, anarcoides o ingenieros químicos; como siempre, digo, no se habló claro.
Sucintamente: los nacionalistas catalanes se marcharon de Donostia convencidos de que había una concertación republicana para hacer de España un Estado federal; mientras que los no nacionalistas o incluso frontalmente contrarios al nacionalismo, salieron de allí pensando que les habían vendido a los nengs una mula ciega; un autonomismo light disfrazado de pitufo federaloide.
Entendámonos: en San Sebastián quedó claro, que diría Jardiel Poncela, como el caldo de un asilo, que el pueblo catalán expresaría su voluntad en forma de un Estatuto creado en Cataluña y votado por los catalanes. Pero, al mismo tiempo, también quedó claro que las Cortes Constituyentes de Madrid entenderían de dicho Estatuto. Para unos, los catalanes, eso suponía el mero trámite de sancionar su voluntad; una especie de vise que el Parlamento de Madrid colocaría al pie del texto que se le presentase desde Barcelona. Para otros, los de Madrid, suponía retener para el Parlamento nacional la potestad de mantener y de quitar del texto que llegase de Barcelona lo que les diese la gana.
¿Lo estás pensando? Deberías, sí: exactamente la misma confusión que en el famoso «Pasqual, aprobaré en el Parlamento el Estatuto que venga de Cataluña». Maragall se levantó a apaludir como fan poseso convencido de que eso quería decir lo que quería decir. Y Zapatero se lo tomó como una promesa electoral más. Una de ésas que cumples a tu manera o, qué coño, la incumples si hace falta. José Luis Rodríguez Zapatero es, a su manera, todo un republicano; y no, precisamente, en el mejor sentido de la palabra.
La República nació, todo el mundo lo sabe, con ese espíritu fraternal y, como decía, un poso filosófico-político dispuesto a resolver de una vez los problemas estructurales de España, de cuya permanencia se responsabilizaba a la Restauración. La República, en esto, fue como ese joven padre que se dice que él no va a cometer con su hijo los errores que cometió su padre con él; historia que termina, no pocas veces, como termina.
Además, hay que tener en cuenta que un coronel retirado, Françesc Maciá, comenzó a cargarse este ambiente positivo con el gesto de declarar la República catalana. Cuando Macía y Companys se hacen cargo, por el artículo 33, del Ayuntamiento y la Diputación, lo hacen, así lo afirmó el primero de ellos en su proclama, «en nombre de Cataluña»; y, horas después, proclaman «el Estado catalán bajo el régimen de una república catalana», invitando a «los otros pueblos de España» a constituir una confederación.
Françesc Maciá pudo cargarse allí mismo, en sus primeras horas, la República. Tuvo suerte de que elementos importantísimos del mando militar español, como el director general de la Guardia Civil (un tal Sanjurjo) habían decidido ya ponerse a disposición del nuevo orden. De haber existido el día 14 de abril un núcleo duro de militares monárquicos dispuestos a dar la batalla, podrían haber intentado arrastrar al Ejército entero con el argumento de que la decisión de Barcelona era contraria a la unidad de España (que lo era); y, consecuentemente, no sé si haber revertido la situación. Pero hostias, las habría habido, y hoy no estaríamos hablando del proceso tan natural del 14 de abril. El segundo problema creado por este gesto es que condicionó, obviamente, todo el debate sobre la forma de Estado. Dicho en plata: los políticos de izquierda burguesa, el mundo Azaña podríamos decir, que en otras circunstancias habría querido creer que el nacionalismo catalán pretendía tan sólo un Estatuto, ahora sabían que la pretensión de Maciá, pronto de Companys, no era crear ningún esquema basado en la existencia superior de una nación española. El corolario de ello es que le cogieron miedo al Estado Federal y, aunque siguieron apoyándolo de palabra, de obra y de omisión pasaron de él como de deglutir deyecciones.
El primer proyecto de Constitución de la República lo elaboró una Comisión Jurídica (hoy lo llamamos Comisión de Codificación, que ya era el nombre que tenía el órgano antes de la República) que entregó un proyecto con un montón de votos particulares que defendían con bastante convicción que la República conformase España como un Estado federal. Pero en la ponencia constitucional, presidida por el socialista Jiménez de Asúa, la cosa ya comenzó a ponerse de canto. Al final del proceso, el Estado Federal fue defendido en las Cortes tan sólo por los grupos nacionalistas (Esquerra, Lliga, Unió Socialista de Catalunya, Acció Catalana, Federación Republicana Gallega, Vasco-Navarros por el Estatuto) y el viejo Partido Federal de ideología pimargalliana y sus exiguos 13 diputados. Fuera de Cataluña, País Vasco y Galicia, pues, el federalismo tenía menos apoyos que la defensa del Estado centralista que, realizada en solitario por los agrarios y algunos independientes de derechas, contó con 26 votos, que se consideraron, en la época, casposa calderilla parlamentaria. Y, sin embargo, como digo, era exactamente el doble de lo que el federalismo captó fuera de las comunidades históricas.
El grueso de aquellas Cortes constituyentes, por razones muy diversas, y por un total de 237 diputados seguros más otros fluctuantes, se lo ganó una teoría que había sido alumbrada por los nacionalistas gallegos: el llamado, entonces, Estado integral, y que hoy llamamos Estado de las autonomías. Un modelo basado en:
1) Derecho de autogobierno, según algunos para las comunidades históricas, según otros para todo quisqui.
2) Artículo en la Constitución que delimita las competencias exclusivas del Estado central, las quiera o no la región (entre ellos, la Hacienda Pública).
3) Proceso de definición de las competencias a ejercer por la autonomía propuesto por la región, pero aprobado por el Parlamento de Madrid.
Este esquema, ya lo he dicho, fue una transacción inventada por diputados que un año antes eran federalistas, cuando menos de boquilla, a causa, sobre todo, de la situación creada por Cataluña con su decisión unilateral de declararse un Estado propio, por mucho que después la revirtiese; y, tampoco hay que olvidarlo, los enormes recelos de los políticos republicanos hacia la autonomía vasca, por el corte radicalmente conservador de sus más que probables gobernantes. Porque suena hoy un tanto extraño, pero lo cierto es que aquel PNV de 1931 tenía una reivindicación de autogobierno fundamental: poder negociar un Concordato propio con el Vaticano.
Por el camino hacia el Estado integral se coló una idea que en la República no pudo llevar a cabo por falta de tiempo, pero que estaba destinada a vivir una larga vida décadas atrás. La expresó uno de los políticos menos políticos de aquel Parlamento, el diputado por la Agrupación para el Servicio de la República José Ortega y Gasset, de profesión filósofo. Ortega se subió a la tribuna para expresar la posición de su grupo sobre el proyecto de redactado constitucional sobre la forma de Estado y dijo que, en lógica, lo que todo el mundo consideraba era una regulación para que Cataluña, País Vasco, Navarra y Galicia gozasen de estatus diferentes coherentes con sus tradiciones fueristas o su voluntad de autogobierno, debía de llegar a todos. A todo aquel que lo quisiera. A toda región que se considerase con derecho a ello, y voluntad para arrostrarlo. Aquella idea fue tan mal recibida en aquellas Cortes que, en puridad, sólo recibió un apoyo definido; el del diputado republicano gallego Ramón Tenreiro. Sin embargo, cuarenta años después, pasada la larga noche de piedra del franquismo, fue la opción elegida. Es cierto que se diseñaron dos velocidades constitucionales para las autonomías; pero hasta el más lerdo de los diputados constituyentes de la Transición tenía que darse cuenta de que pasado el tiempo, o sea ahora, esa diferencia sería irrelevante.
Esta opción, lo hemos dicho, no tuvo demasiados adeptos en la República, y esto es así porque la concepción en aquellos tiempos del problema territorial español era mucho más precisa. Se trataba de resolver el problema de quien, por Historia, lengua o tradición, quería gobernarse; entendiéndose que todos los demás se colmaban siendo gobernados desde el Estado central. En el momento en que se plantea un Estado en el que todas las regiones son autónomas, es necesario plantear el problema de la solidaridad entre ellos, que es lo que ha hecho petar el actual estado de cosas; porque el que paga se cansa de ver que, un año detrás de otro, el que cobra siga pasando el recibo al cobro.
Aun y a pesar de ser, ya lo he dicho, más precisa la percepción del problema en aquellos tiempos, no por ello dejó de descarrilar. El sistema autonómico o «Estado integral» se construyó a base de podar notablemente el Estatuto venido de Barcelona; algo que los catalanes entendían se les había garantizado que no se haría. A partir de ahí, que aflorase el conflicto de la Ley de Cultivos era sólo cuestión de tiempo. Por lo demás, que Barcelona plantease de nuevo, en 1934, su rebelión respecto del Estado central, mediante un auténtico golpe de Estado independentista, se podría haber evitado; hubiera bastado con que al frente de la Generalitat estuviese alguien con miras más largas que Lluis Companys, hecho éste que no era nada difícil, la verdad. Companys era tan buena persona como político mediocre.
Finalmente, Madrid conservó la llave de la caja (elemento fundamental del federalismo es que no sea así) porque los pilotos políticos de la República, Azaña fundamentalmente, perdieron muy pronto la confianza en los catalanes, comenzaron a acordarse en sus diarios de la famosa frase de Espartero de que Barcelona hay que bombardearla cada cincuenta años, y buscaron vías de transacción para conservar todos los resortes del poder en manos de lo que ellos consideraban la República, esto es: Madrid. Cataluña, por su parte, acumulando en apenas tres años dos actos de descarada deslealtad institucional (que, en muchos países del mundo, habrían supuesto perder toda ilusión de ser autónoma durante por lo menos un siglo, cuando no for good), se convirtió en lo territorial en lo que las izquierdas republicanas fueron en lo social: un ente cagaprisas que, precisamente por su apresuramiento en hacer en meses lo que no se había hecho en cien años, acabó provocando que el régimen tomase un exceso de velocidad para la vía, y descarrilase en la primera curva cerrada.
La Transición no podía parecerse a ese proceso. Mal que le pese a los líderes históricos de los partidos sobre todo de izquierdas, la Transición no llegó porque el general Franco se fuese a Barajas y tomase un avión para exiliarse como, salvando las distancias tecnológicas, hizo Alfonso XIII en 1931. La Transición llegó después de que Franco se muriese en la cama, asegurando que lo que dejaba lo había diseñado él. A partir de ahí, la obsesión de los pilotos del proceso es que nadie encontrase razones para extrañarse del proceso afirmando que no era eso a lo que había venido. La solución tenía que ser café para todos y alguien, en el momento oportuno, se acordó de aquel viejo discurso de Ortega... La República, en cambio, había echado a su antecesor, y tenía un cheque en blanco, firmado por la sociedad española en la puerta del Sol, ante el ayuntamiento de Eibar, en todas las esquinas de España, para resolver las cosas de una vez. Se encontró, sin embargo, con el problema de que aquellos políticos, por mucho que tanta gente los tenga en una nube, hicieron empalidecer a los actuales en lo que a mezquindad, cortedad de miras y demagogia se refiere. En 1931, en un momento en el que España habría aceptado su conversión en Estado Federal sin más resistencias que las de un pequeño grupo parlamentario formado por diputados castellanos apenas unidos por su fe católica y sus ideas conservadoras en lo social, prefirieron, unos, en Madrid, jugar al equívoco; y otros, en Barcelona, a la deslealtad. Menos mal que eso es el pasado, y hoy esas cosas ya no pasan, ¿verdad?
El Pokemon de la Transición ha evolucionado con los años y se ha convertido en un ser fofo, problemático y cascarrabias. Bueno, la verdad es que los nacionalismos siempre han sido cascarrabias; abuela cabreada de España le llamaba al País Vasco Claudio Sánchez Albornoz. La solución que parece que se busca es ahondar en la asimetría del Estado de las autonomías; o sea, coger lo peor de éste, y lo peor del esquema federal. Bull's eye. El enquistamiento que se producirá acabará por producir, en realidad ya lo está produciendo, un efecto muy español, y es que la deriva federal no llegue como llegan las cosas, esto es tras discusiones, valoraciones y cross-checking; sino de la mano de demagogos ignorantes, que no saben de lo que están hablando y ponen en el Estado Federal la ilusión de que lo va a solucionar todo de una forma natural. Lo que se dice plantar, de nuevo, las semillas del fracaso.
Si uno coge hoy a una decena de políticos de primerísima fila, los encierra en la habitación de un hotel, y les conmina a discutir el principal problema estructural de España, las probabilidades son altísimas de que se pongan de acuerdo en hablar de una cosa: Cataluña. Exactamente igual que hace 83 años.
Lo que se dice un movimiento lampedusiano.
lunes, septiembre 09, 2013
Lo mejor que nos podía pasar
Nos ha pasado lo mejor que nos podía pasar. De verdad. Los Juegos Olímpicos no son ningún negocio. De hecho, no lo es ninguna competición deportiva de altura mundial. De la Copa América, en su momento, se dijo que reportaba muchos más beneficios que unas olimpiadas porque sus aficionados y practicantes son todos pijos y forrados de pasta; y, la verdad, no parece que para Valencia haya un antes y un después de la Copa América. Los Juegos Olímpicos, más o menos hasta México o Munich, fueron básicamente el sueño del barón Pierre de Coubertin, y tal (bueno, también fueron el sueño de Hitler y otros; pero no nos vamos a poner estupendos). A partir de Montreal, sin embargo, fueron abducidos por dos cosas. La primera de ellas fue la política, porque las Olimpiadas se convirtieron en una especie de anexo a la guerra de Vietnam, sólo que sin armas. La segunda fue el negocio. El olimpismo comenzó a concebirse como un negocio, como una teórica máquina de hacer dinero que reclamaba su parte por ponerse en marcha; esto, que ya era perceptible en los últimos setenta, se convirtió en la norma con la llegada a la presidencia del COI del español José Antonio Samaranch quien, de hecho, fue contratado para acabar convirtiendo los JJOO en una NBA o en una Fórmula 1 a lo bestia. Lugares, pues, donde lo menos importante es que gane el mejor o que la gente vaya altius, citius, fortius y bla, sino que haya mogollón de espectadores sentados frente al televisor en el que, en los ínterin, les van a meter publicidad a cojón de pato el segundo. La quintaesencia del espíritu olímpico moderno es Sergei Bubka, aquel pertiguista ucraniano que se paseaba por las competiciones de la Golden Gala y sólo batía el récord del mundo de la especialidad (un centímetro más...) si le pagaban para ello. Eso es el deporte de elite moderno: una almoneda, con reglas de almoneda. ¿Qué cuáles son las reglas de la almoneda? Pues, fundamentalmente, una: el que quiera culo, que se moje el peces. O, dicho de otra forma: para sacar pasta, antes tienes que poner pasta. Y, como la oferta es ganar mucha pasta, con las mismas tienes que poner, antes, mucha pasta. Lo cual convierte la apuesta de organizar unos juegos olímpicos en una apuesta extraordinariamente arriesgada.
Hay cosas de las que nunca o casi nunca se habla. Por ejemplo, la amortización. De toda la vida, cuando creas un activo de tu propiedad, tienes que provisionar, año a año, su depreciación, para que tu balance siga mostrando tu situación patrimonial verdadera. El principio de que dentro de los costes de una inversión hay que incluir la amortización de los activos adquiridos o creados es de libro. Cuando se hacen las cuentas de muchos proyectos de infraestructuras, este tema de amortización se suele preterir con elegancia. Nosotros mismos, los españoles, cuando montamos nuestra primera, absurda, línea de alta velocidad Madrid-Sevilla (para fomentar, se dijo entonces, el eje de transporte Madrid-Lisboa que, a día de hoy, y han pasado veinte años, ni está ni se le espera), comenzamos a defendernos al poco de comenzar a circular los trenes afirmando que «la línea era rentable». Esa rentabilidad se conseguía obviando la amortización de toda la infraestructura, que se le encalomaba a la caja común de la pasta pública, y a otra cosa. El mismo truco del almendruco, esto es no contabilizar la amortización de las inversiones, es el que sirve para presentar estos presupuestos en negro de las Olimpiadas. O del Fórum de las Culturas. O de la Expo mañica, o.... Pongamos por caso: montamos una Exposición Internacional en Viveiro, provincia de Lugo. Allí, junto al mar y tal y tumba. Prevemos que van a venir visitantes que multiplicarán la población de Viveiro por diez, y la habitual carga de turistas veraniegos, que la hay, por tres. Eso quiere decir que hay que construir hoteles, y que hay que renovar la estructura de distribución de agua, porque, caso contrario, el día que haya diez veces la población de Viveiro intentando beber, no saldrá nada por el grifo. Pues bien: luego, cuando se hacen las cuentas, se incluye en el beneficio la actividad hotelera, sobre todo los puestos de trabajo de los nuevos hoteles, pero nunca la amortización de los mismos. Y, por supuesto, de la amortización de la nueva red de distribución de agua, que Viveiro no necesitaba antes de la Expo y que si no se hubiese celebrado ésta nunca habría tenido que construir, ya ni hablamos. Todo eso, sin mencionar que, a menos que los visitantes de la Expo se queden prendados de la costa de A Mariña, al año siguiente no volverán, con lo que los hoteles por encima de la capacidad turística estructural de la zona acabarán cerrando (sin haberse terminado de amortizar, por cierto).
Así se construyen las enormes cifras de beneficio de las Olimpiadas.
Pero es que, además, a veces ni siquiera maquillando los datos, las Olimpiadas consiguen dar beneficios. Hay juegos, como Pekín o Moscú, de los que poco sabemos, más bien nada. De otros sabemos que fueron sonoros fracasos; que se puede perder pasta con unas Olimpiadas, incluso cuando se celebran en fecha tan señalada como su centenario. Que los griegos, que son tan desorganizadillos, pierdan dinero organizando unos Juegos Olímpicos, se podría llegar a entender. Pero es que ésa es una trampa en la que también han caído gentes más serias (bastante más serias que nosotros, sin ir más lejos) como los canadienses.
Hay que entender, también, aunque sea una perogrullada, que las candidaturas a ser sede olímpica no son de los países, sino de las ciudades. La carga impositiva general puede ayudar y ayuda; pero quien carga con la mayor parte del esfuerzo es el colectivo de residentes en la ciudad de que se trate, que son quienes han de financiar el esfuerzo. Y Madrid, a día de hoy, es la ciudad más endeudada de España y puede que de Europa. Alberto Ruiz Gallardón, el padre de este proyecto, nunca entendió, a mi modo de ver, algo que se puede formular de la siguiente manera: o se soterra la M-30, o se organizan unos Juegos Olímpicos; pero las dos cosas no pueden ser; la goma no da para tanto. En realidad, claro, es que Gallardón pensaba que con el soterramiento de la autopista urbana iba a generar una operación inmobiliaria de dimensiones poceras seseñeras que se lo iba a financiar todo a base de cesiones de suelo al municipio y bla. Pero se le pinchó la burbuja. Eso sí, no se entiende cómo es posible que, tras ese tremendo pinchazo, que está provocando que por las costas de España se estén colgando ya anuncios pilotados por la Sareb de pisos que se ofrecen hoy por la mitad que hace apenas dos años; tras este pinchazo, digo, se nos sigan vendiendo las virtudes de la Olimpiada, cuando éstas se basan, básicamente, en ese modelo que nos ha fallado. El error de presentarse a las del 2016 todavía tenía un pase. Pero sostenella y no enmendalla para el 2020 es, verdaderamente, preagónico, y viene a demostrar que, muy a menudo, el despacho de trabajo del gobernante, más que un lugar de gestión, es una burbuja de inmunodeprimido.
De habérsenos concedido los Juegos, antes de su celebración, tal es mi convencimiento, la tasa de basuras, el impuesto de bienes inmuebles y todo lo demás, habrían comenzado a subir. Para no bajar ya nunca, porque sabido es que toda unidad de cuenta monetaria en el bolsillo del particular, sometida a la impulsión de un sistema tributario, experimenta un movimiento centrífugo uniformemente acelerado. Como los precios y como otras muchas cosas.
Lo que nos toca ahora es concentrarnos en pagar lo de que debemos, no en adquirir nuevas deudas. Manda huevos que haya tenido que ser una asamblea de millonarios de dudosa moralidad económica quien nos lo haya hecho ver.
Hay, a mi modo de ver, razones palmarias para explicar por qué nos han dado boleta a las primeras de cambio, cuando resulta que íbamos a ganar sin bajarnos de la limusina, y tal. Hace cuatro años nuestro problema era la seguridad (el terrorismo) y esta vez mucha gente decía que, como eso estaba solucionado, ese adalid del trabajo bien hecho y el pan sudado con la frente propia llamado Alberto de Mónaco tendría que callarse y ya no había problema. Dudoso. Madrid es una ciudad en la que hace muy poco tiempo unas adolescentes han muerto aplastadas en un acto multitudinario que, al lado de los que se montan en unas Olimpiadas, es una reunión de cuatro matados. Todo el mundo que ha querido ha podido escuchar la repugnante grabación en la que un empleado municipal le dice a una comunicante desesperada que se lo tiene que currar y arrastrar el cadáver mobibundo de su amiga 300 metros para que lo recoja una ambulancia. A lo mejor hay quien se piensa que como eso pasa en español, la gente en Suiza no se entera. Se equivocan. En realidad, en Suiza y en otros países, el alcalde habría dimitido la misma noche de las muertes y si, por una casualidad de la vida, hubiese sobrevivido en el puesto hasta la difusión de la dicha grabación, lo habría hecho entonces. Si la candidatura de Madrid podría haber tenido alguna posibilidad por este flanco habría sido si la responsable de aquel desaguisado no hubiese estado presente en Buenos Aires. Ya bastante problema es que en España seamos tan diferentes que en una de nuestras tres ciudades internacionales (Madrid, Barcelona, Sevilla) tengamos un alcalde que todo lo que puede hacer si un día visita la ciudad Stephen Hawking, o Jimmy Carter, o o Richard Gere, es invitarle a tomarse a relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor. Pero es que, además, si ese líder, o lideresa, iletrada, es responsable de unos hechos que levantan serias sospechas de que en Madrid sepamos manejar multitudes, y aun así nos pegamos a la poltrona con Super Glue, pues para qué queremos más.
Otra cosa que ha pasado recientemente en España es que se ha sentado en el banquillo a unos señores que eran dopadores industriales, que sometían, cuando menos desde hace once años, la sangre de deportistas a procesos de refurbishment acompañados de barra libre de eritopoietina, hormonas, testosterona e insulina; que costó un huevo encausarlos, porque los juzgados se hicieron los orejas; y que las condenas finales dejaron bastante claro que, en España, intentar ganar por la vía anabolizante sale barato de cojones. Ya pueden decir misa ortodoxa en griego los sucesivos secretarios de Estado para el deporte, que España no por ello dejará de ser una plaza sospechosa para el deporte de la jeringuilla. Y ahora mismo el COI sabe que lo único que le podría poner el momio en peligro es que el dopaje se cargase el sueño olímpico. En su presentación, Tokio se aprestó a decir dos cosas: una, que no hay radiación en Tokio; otra, que nunca ningún atleta japonés ha dado positivo en un control antidoping. Es lo que hay y, también, es lo que no hay.
Hay, de todas formas, un grupo, digamos, social, que en este tema de la candidatura de Madrid ha quedado como el ass: los medios de comunicación y los periodistas. Vale que el periodismo deportivo no es, precisamente, de los más clarividentes que existen. Como es práctica común en el periodismo español colocar a un tipo del Atleti a seguir al Atleti, a otro del Madrid a seguir al Madrid, etc., la capacidad de discernimiento del periodista medio es muy limitada (imagínese un medio de comunicación que fichase a un contertulio de El gato al agua para seguir al PP, a otro de Al Rojo Vivo para seguir al PSOE y a IU, a otro de la TV3 para seguir a CiU... Pues eso mismo es el periodismo deportivo español). Si a eso le unimos que todos los grandes grupos de comunicación españoles, que tienen alguna que otra esperanza porque RTVE ha tenido experiencias muy poco edificantes recientemente (como los juegos de Pekín, que le costaron un Congo y de audiencia tampoco fueron como para emocionarse), nos hemos encontrado con un periodismo acrítico que ni siquiera se ha hecho ni media pregunta sobre la escandalosa afirmación, escandalosa por no decir goebbelsianamente manipuladora, de que el 91% de los españoles apoyaban los juegos. Todo ha sido consenso, cascada de colores y apoyo oficial obligado. Ni en las mejores dictaduras.
Back to basics. Invertir se reduce siempre a lo mismo: a detectar que las expectativas racionales de beneficio superan a los riesgos asumidos. Los Juegos Olímpicos hace ya muchos años que no cumplen con esta condición, pero el extraño prestigio del Comité Olímpico (extraño porque ahí está la lista de sus miembros conspicuos; échesele un vistazo al histórico del Comité Olímpico Español, y no hay que remontarse mucho...) hace que todavía haya ciudades pollas que sigan mordiendo la manzana. Será, supongo yo, porque los representantes públicos, que son siempre los que lo comienzan, son como ese Gran Capitán al que acusaron de hacer planes contando con aportaciones que no eran suyas. Lo que de toda la vida se ha llamado, en español, tirar con pólvora del Rey.
Bien está lo que se acaba. Porque ésa es otra: a ver si se acaba ya de una vez.
Hay cosas de las que nunca o casi nunca se habla. Por ejemplo, la amortización. De toda la vida, cuando creas un activo de tu propiedad, tienes que provisionar, año a año, su depreciación, para que tu balance siga mostrando tu situación patrimonial verdadera. El principio de que dentro de los costes de una inversión hay que incluir la amortización de los activos adquiridos o creados es de libro. Cuando se hacen las cuentas de muchos proyectos de infraestructuras, este tema de amortización se suele preterir con elegancia. Nosotros mismos, los españoles, cuando montamos nuestra primera, absurda, línea de alta velocidad Madrid-Sevilla (para fomentar, se dijo entonces, el eje de transporte Madrid-Lisboa que, a día de hoy, y han pasado veinte años, ni está ni se le espera), comenzamos a defendernos al poco de comenzar a circular los trenes afirmando que «la línea era rentable». Esa rentabilidad se conseguía obviando la amortización de toda la infraestructura, que se le encalomaba a la caja común de la pasta pública, y a otra cosa. El mismo truco del almendruco, esto es no contabilizar la amortización de las inversiones, es el que sirve para presentar estos presupuestos en negro de las Olimpiadas. O del Fórum de las Culturas. O de la Expo mañica, o.... Pongamos por caso: montamos una Exposición Internacional en Viveiro, provincia de Lugo. Allí, junto al mar y tal y tumba. Prevemos que van a venir visitantes que multiplicarán la población de Viveiro por diez, y la habitual carga de turistas veraniegos, que la hay, por tres. Eso quiere decir que hay que construir hoteles, y que hay que renovar la estructura de distribución de agua, porque, caso contrario, el día que haya diez veces la población de Viveiro intentando beber, no saldrá nada por el grifo. Pues bien: luego, cuando se hacen las cuentas, se incluye en el beneficio la actividad hotelera, sobre todo los puestos de trabajo de los nuevos hoteles, pero nunca la amortización de los mismos. Y, por supuesto, de la amortización de la nueva red de distribución de agua, que Viveiro no necesitaba antes de la Expo y que si no se hubiese celebrado ésta nunca habría tenido que construir, ya ni hablamos. Todo eso, sin mencionar que, a menos que los visitantes de la Expo se queden prendados de la costa de A Mariña, al año siguiente no volverán, con lo que los hoteles por encima de la capacidad turística estructural de la zona acabarán cerrando (sin haberse terminado de amortizar, por cierto).
Así se construyen las enormes cifras de beneficio de las Olimpiadas.
Pero es que, además, a veces ni siquiera maquillando los datos, las Olimpiadas consiguen dar beneficios. Hay juegos, como Pekín o Moscú, de los que poco sabemos, más bien nada. De otros sabemos que fueron sonoros fracasos; que se puede perder pasta con unas Olimpiadas, incluso cuando se celebran en fecha tan señalada como su centenario. Que los griegos, que son tan desorganizadillos, pierdan dinero organizando unos Juegos Olímpicos, se podría llegar a entender. Pero es que ésa es una trampa en la que también han caído gentes más serias (bastante más serias que nosotros, sin ir más lejos) como los canadienses.
Hay que entender, también, aunque sea una perogrullada, que las candidaturas a ser sede olímpica no son de los países, sino de las ciudades. La carga impositiva general puede ayudar y ayuda; pero quien carga con la mayor parte del esfuerzo es el colectivo de residentes en la ciudad de que se trate, que son quienes han de financiar el esfuerzo. Y Madrid, a día de hoy, es la ciudad más endeudada de España y puede que de Europa. Alberto Ruiz Gallardón, el padre de este proyecto, nunca entendió, a mi modo de ver, algo que se puede formular de la siguiente manera: o se soterra la M-30, o se organizan unos Juegos Olímpicos; pero las dos cosas no pueden ser; la goma no da para tanto. En realidad, claro, es que Gallardón pensaba que con el soterramiento de la autopista urbana iba a generar una operación inmobiliaria de dimensiones poceras seseñeras que se lo iba a financiar todo a base de cesiones de suelo al municipio y bla. Pero se le pinchó la burbuja. Eso sí, no se entiende cómo es posible que, tras ese tremendo pinchazo, que está provocando que por las costas de España se estén colgando ya anuncios pilotados por la Sareb de pisos que se ofrecen hoy por la mitad que hace apenas dos años; tras este pinchazo, digo, se nos sigan vendiendo las virtudes de la Olimpiada, cuando éstas se basan, básicamente, en ese modelo que nos ha fallado. El error de presentarse a las del 2016 todavía tenía un pase. Pero sostenella y no enmendalla para el 2020 es, verdaderamente, preagónico, y viene a demostrar que, muy a menudo, el despacho de trabajo del gobernante, más que un lugar de gestión, es una burbuja de inmunodeprimido.
De habérsenos concedido los Juegos, antes de su celebración, tal es mi convencimiento, la tasa de basuras, el impuesto de bienes inmuebles y todo lo demás, habrían comenzado a subir. Para no bajar ya nunca, porque sabido es que toda unidad de cuenta monetaria en el bolsillo del particular, sometida a la impulsión de un sistema tributario, experimenta un movimiento centrífugo uniformemente acelerado. Como los precios y como otras muchas cosas.
Lo que nos toca ahora es concentrarnos en pagar lo de que debemos, no en adquirir nuevas deudas. Manda huevos que haya tenido que ser una asamblea de millonarios de dudosa moralidad económica quien nos lo haya hecho ver.
Hay, a mi modo de ver, razones palmarias para explicar por qué nos han dado boleta a las primeras de cambio, cuando resulta que íbamos a ganar sin bajarnos de la limusina, y tal. Hace cuatro años nuestro problema era la seguridad (el terrorismo) y esta vez mucha gente decía que, como eso estaba solucionado, ese adalid del trabajo bien hecho y el pan sudado con la frente propia llamado Alberto de Mónaco tendría que callarse y ya no había problema. Dudoso. Madrid es una ciudad en la que hace muy poco tiempo unas adolescentes han muerto aplastadas en un acto multitudinario que, al lado de los que se montan en unas Olimpiadas, es una reunión de cuatro matados. Todo el mundo que ha querido ha podido escuchar la repugnante grabación en la que un empleado municipal le dice a una comunicante desesperada que se lo tiene que currar y arrastrar el cadáver mobibundo de su amiga 300 metros para que lo recoja una ambulancia. A lo mejor hay quien se piensa que como eso pasa en español, la gente en Suiza no se entera. Se equivocan. En realidad, en Suiza y en otros países, el alcalde habría dimitido la misma noche de las muertes y si, por una casualidad de la vida, hubiese sobrevivido en el puesto hasta la difusión de la dicha grabación, lo habría hecho entonces. Si la candidatura de Madrid podría haber tenido alguna posibilidad por este flanco habría sido si la responsable de aquel desaguisado no hubiese estado presente en Buenos Aires. Ya bastante problema es que en España seamos tan diferentes que en una de nuestras tres ciudades internacionales (Madrid, Barcelona, Sevilla) tengamos un alcalde que todo lo que puede hacer si un día visita la ciudad Stephen Hawking, o Jimmy Carter, o o Richard Gere, es invitarle a tomarse a relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor. Pero es que, además, si ese líder, o lideresa, iletrada, es responsable de unos hechos que levantan serias sospechas de que en Madrid sepamos manejar multitudes, y aun así nos pegamos a la poltrona con Super Glue, pues para qué queremos más.
Otra cosa que ha pasado recientemente en España es que se ha sentado en el banquillo a unos señores que eran dopadores industriales, que sometían, cuando menos desde hace once años, la sangre de deportistas a procesos de refurbishment acompañados de barra libre de eritopoietina, hormonas, testosterona e insulina; que costó un huevo encausarlos, porque los juzgados se hicieron los orejas; y que las condenas finales dejaron bastante claro que, en España, intentar ganar por la vía anabolizante sale barato de cojones. Ya pueden decir misa ortodoxa en griego los sucesivos secretarios de Estado para el deporte, que España no por ello dejará de ser una plaza sospechosa para el deporte de la jeringuilla. Y ahora mismo el COI sabe que lo único que le podría poner el momio en peligro es que el dopaje se cargase el sueño olímpico. En su presentación, Tokio se aprestó a decir dos cosas: una, que no hay radiación en Tokio; otra, que nunca ningún atleta japonés ha dado positivo en un control antidoping. Es lo que hay y, también, es lo que no hay.
Hay, de todas formas, un grupo, digamos, social, que en este tema de la candidatura de Madrid ha quedado como el ass: los medios de comunicación y los periodistas. Vale que el periodismo deportivo no es, precisamente, de los más clarividentes que existen. Como es práctica común en el periodismo español colocar a un tipo del Atleti a seguir al Atleti, a otro del Madrid a seguir al Madrid, etc., la capacidad de discernimiento del periodista medio es muy limitada (imagínese un medio de comunicación que fichase a un contertulio de El gato al agua para seguir al PP, a otro de Al Rojo Vivo para seguir al PSOE y a IU, a otro de la TV3 para seguir a CiU... Pues eso mismo es el periodismo deportivo español). Si a eso le unimos que todos los grandes grupos de comunicación españoles, que tienen alguna que otra esperanza porque RTVE ha tenido experiencias muy poco edificantes recientemente (como los juegos de Pekín, que le costaron un Congo y de audiencia tampoco fueron como para emocionarse), nos hemos encontrado con un periodismo acrítico que ni siquiera se ha hecho ni media pregunta sobre la escandalosa afirmación, escandalosa por no decir goebbelsianamente manipuladora, de que el 91% de los españoles apoyaban los juegos. Todo ha sido consenso, cascada de colores y apoyo oficial obligado. Ni en las mejores dictaduras.
Back to basics. Invertir se reduce siempre a lo mismo: a detectar que las expectativas racionales de beneficio superan a los riesgos asumidos. Los Juegos Olímpicos hace ya muchos años que no cumplen con esta condición, pero el extraño prestigio del Comité Olímpico (extraño porque ahí está la lista de sus miembros conspicuos; échesele un vistazo al histórico del Comité Olímpico Español, y no hay que remontarse mucho...) hace que todavía haya ciudades pollas que sigan mordiendo la manzana. Será, supongo yo, porque los representantes públicos, que son siempre los que lo comienzan, son como ese Gran Capitán al que acusaron de hacer planes contando con aportaciones que no eran suyas. Lo que de toda la vida se ha llamado, en español, tirar con pólvora del Rey.
Bien está lo que se acaba. Porque ésa es otra: a ver si se acaba ya de una vez.
jueves, septiembre 05, 2013
Doping (6: Ben)
No hay que tener mucha memoria
para recordar qué pasó en Seúl el 24 de septiembre de 1988. Ese día, un hombre
hecho a sí mismo, un jamaicano emigrado que supuestamente a base de tesón,
gimnasio y no creérselo, había llegado a ser el primer velocista del mundo,
batió humillantemente a quien, hasta entonces, había sido el primer velocista
del mundo: Carl Lewis, El hijo del
viento.
Desde que los rusos, allá por la
Olimpiada de Munich, o sea los tiempos de Valery Borsov, habían tenido que
rendirse al hecho de que, cuando menos en las competiciones masculinas, los
blancos no podían competir con los velocistas negros, la disciplina había
estado dominada por corredores estadounidenses. Esto le daba mucha tirria a
mucha gente en el mundo entero, España incluida; y, si unimos este
antiamericanismo que porta la lógica de ponerse siempre del lado del débil la
cuidadosa imagen que Johnson había alimentado de sí mismo, ese humilde
emigrante que se metió a semidiós, ya tenemos todo el cóctel completo. Tres
cuartos de mundo vibraron encantados al ver a Johnson traspasar la línea,
sobrado, encima realizando una marca sideral: 9,79. Desde la victoria en los
400 metros vallas en Munich del ugandés John Akii-Bua, que batió el récord olímpico
como el que lava, que no se veía nada igual.
Dos días menos dos horas después de aquella final, Charlie Francis, entrenador de Johnson, estaba en su habitación de hotel, disfrutando del momento, cuando llamaron a la puerta. Era Dave Lyon, gerente del equipo de atletismo canadiense al que pertenecía Johnson. Pálido, le dijo: «Tenemos que ir a la Comisión Médica. Ben ha dado positivo en esteroides».
Ya hemos comentado que en el
campeonato del mundo de Roma, Johnson había competido hasta las trancas, y las barrancas, de
Probenecid. En realidad, visto lo visto en los quince años anteriores, sólo era
cuestión de tiempo que el tema del dopaje diese un salto cualitativo. Ese salto
consiste en que un atleta de primera fila resulte estar tan puesto de drogas
que su dopaje sea innegable. Y es que hay una diferencia entre que un campeón
se dope y que lo haga un campeón mediático.
No hace ahora ni tres años que Michael Phelps ha tenido que sufrir todo un escándalo
público por haber sido pillado fumando petas; que atletas de élite fuman maría
no se duda; pero no es lo mismo que un miembro del equipo de 4x400 se fume un
peta que lo haga el mejor nadador desde Mark Spitz, es decir una persona en la
que millones de niños dentro y fuera de Estados Unidos se están mirando. A
Johnson le pasó lo mismo. Su caso no se podía obviar tan fácilmente y, además,
su marca, una marca que estaba muy por encima de las posibilidades de los
velocistas del momento, le jugaba en contra.
José Antonio Samaranch, por su
parte, informó a Dick Pound de que «algo terrible ha pasado». Pound preguntó si
se había muerto alguien, y el catalán le contestó: «Peor; Ben Johnson ha dado
positivo».
Lo que siguió, en unas pocas
horas, es lo que tendría que haber pasado en el olimpismo, de una forma más
escalonada, en los veinte años anteriores. Los Juegos Olímpicos, a finales de
los ochenta, ya no tenían nada que ver con el sueño de Coubertain, sino con la
pela. Eran, y son, un mero soporte para hacer dinero. Y el dinero es el ser más
cobarde de la Tierra. Diadora, que acababa de firmar un contrato de 2,4
millones de dólares con Johnson, lo rompió ipso
flauto. La Kyodo Oil Co., que tenía en Japón una campaña de anuncios
televisivos con la imagen del canadiense, la retiró de las pantallas, como
dicen en Chile, al tiro.
… y el mundo, como por arte de
magia, de repente creyó en las
bondades de la lucha contra el doping. El mayor ejemplo lo dio el líder
soviético, Mikhail Gorvachev. Se gastó dos millones y medio de dólares en
establecer un laboratorio flotante en la costa de Corea que proveyó de tests de
dopaje previos a las competiciones a los atletas soviéticos, con la instrucción
de que aquellos atletas y entrenadores que no lo superasen lo pasarían mal.
Aunque no está claro, parece que hubo atletas que no llegaron a competir por
esta causa.
Le siguieron Bulgaria y Hungría;
ambos comités olímpicos, tras recibir los análisis realizados, retiraron a sus
equipos de halterofilia (da la sensación, leyendo sobre el dopaje, que al
último halterófilo honrado lo debieron de fusilar en la Gran Guerra). Los
escándalos en el equipo americano fueron varios (ocho atletas habían dado ya
positivo por efedrina en los trials),
pero guarreando consiguieron esquivarlo.
Los análisis de Seúl hacían
pensar que, como mínimo, la mitad de los atletas habían usado algún tipo de
dopaje. La mitad...
Tras el positivo de Johnson y el
ámbito de completo descaro que había alcanzado el tema, aquéllos que habían
sido tradicionalmente el obstáculo principal para una política antidopaje
adecuada, es decir las federaciones nacionales, ya no tuvieron más remedio que
ir a las ruedas de prensa poniendo cara seria, prometer que siempre habrían
sido, y siempre serían, intransigentes con el uso de drogas, y ponerse a
trabajar para cumplirlo. El gobierno canadiense, primero y principal afectado
por el escándalo Johnson, creó una comisión especial que no tardó en concluir
que el problema del dopaje en el deporte era sistemático. Este fue el momento aprovechado
por De Merode para proponer la puesta en marcha de un cártel mundial
antidopaje, que fue estudiado y aprobado en una conferencia en Moscú,
patrocinada por la UNESCO, a finales del mismo año 1988. El hecho de que
Estados Unidos no fuese miembro de la UNESCO no fue problema, porque ya antes
las autoridades soviéticas y americanas habían llegado a un acuerdo para
realizar controles antidopaje cruzados entre ellos; acuerdos que, poco tiempo
después, se habían ampliado a la práctica totalidad de los países habituales
del medallero. A todo ese buen rollo, en todo caso, no fue ajeno el hecho de
que la URSS, para entonces, había asumido ya que no podía mantener el ritmo de
los estadounidenses en lo que a desarrollo de nuevas drogas se refiere, así
pues había adoptado una posición totalmente colaboradora que, en realidad, era
una posición interesada. En la asamblea del COI del verano de 1989, De Merode
propuso la creación de una nueva comisión médica en el seno del Comité.
A pesar de todo lo que se pueda
decir sobre el escándalo mundial de grandes proporciones que supuso el positivo
de Ben Johnson, y a pesar de todos estos avances formales, la verdad es que la década de los noventa no fue, precisamente,
ejemplo de cambio de dirección. Ya hemos insinuado, o dicho, que las fuerzas
dentro del propio movimiento olímpico, y no digamos entre las federaciones
nacionales, no empujaban precisamente en la dirección de tomarse el dopaje en
serio y limpiar el deporte de prácticas cuestionables. Ciertamente, la caída
del muro en 1989 aportó un elemento de distensión muy importante, al eliminar
la rivalidad política. Pero el dopaje era algo más que un problema entre
sistemas políticos; de hecho, conforme en el mundo cada vez más gente estaba en
disposición de tener televisión y hobbies
(no hay que desdeñar en lo absoluto el papel de los telespectadores asiáticos
en el desarrollo en los últimos veinte años de los deportes-espectáculo), el
tema del dopaje y del deporte había dejado de ser un tema de política, para
pasar a ser un tema de dinero. Y nadie quería renunciar a él, entre ellos los
sacerdotes custodios del movimiento olímpico.
Como dijo el príncipe de Merode,
«Samaranch sabía que necesitaba dinero; pero el problema del dinero es que
luego dependes de él»; o, más en concreto, de quien te lo prestó. El presidente
del COI, en su paroxismo por rebajar el tono de las críticas hacia el dopaje,
llegó a decir que todo aquello que no afectase a la salud no debía considerarse
doping. Fue tras la caída del Muro, cuando como he dicho el dopaje pudo drenar
parte de su presión, cuando se planteó
dar algunos pasos para demostrar al mundo que el Comité estaba implicado en la lucha
contra las drogas en el deporte. No obstante, Samaranch tenía una obsesión, que
comparte con todos y cada uno de los dirigentes deportivos que ha habido en
España y en el mundo entero: la obsesión de mantener los conflictos deportivos
fuera del ámbito de los tribunales ordinarios. Si hubiese construido una
autoridad como es de ley en materia de dopaje, habría terminado teniendo que
admitir que ésta pudiese acudir en sus acusaciones a los tribunales (como, de
hecho, ocurre hoy en día: los más sonados casos de dopaje han terminado en la
bancada frente al juez). Pero como no quería eso, siguió permitiendo que la
estructura de lucha contra el dopaje permaneciese fragmentada y,
consecuentemente, siguiese tomando decisiones abiertamente arbitrarias.
Los casos del lanzador de peso
Randy Barnes y del velocista Butch Reynolds, ambos estadounidenses que habían
apelado a su federación nacional tras haber dado positivo en competiciones
internacionales, dejaron claro que, al menos en algunos países, y EEUU era uno
de ellos, los atletas que jugaban sucio podían esperar acciones de protección por
parte de sus mayores. Butch Reynolds fue rehabilitado por la federación
americana, muy a pesar de que tanto la IAAF como algunos miembros de The
Athletic Congress (la autoridad americana) estaban a favor de sancionarlo. En
realidad, la cosa va mucho más allá. Reynolds demandó a la IAAF por los meses
que había pasado en el alero de la opinión pública mundial, durante los cuales
había sufrido la consiguiente pérdida de contratos publicitarios; y un juez
estadounidense falló a su favor, condenando a la IAAF a pagarle 27,3 millones
de dólares. Aunque en apelación la condena fue revertida, aquello dejó claro
que la coordinación internacional antidopaje, a pesar del escandalazo del
jovencito humilde hecho a sí mismo, seguía apestando.
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