miércoles, septiembre 18, 2013

Doping (8: y el COI vio la luz)

En realidad, no cayó ninguna venda. Si el COI se avino, finalmente, a tomarse el dopaje en serio, fue por la única razón que podía mover a Samarach y sus colegas a ello: porque comenzaron a tener la sensación de que su reputación se resentiría si no lo hacían.

En 1998, la policía francesa irrumpió en las habitaciones de los hoteles donde se alojaban un buen número de los ciclistas que competían en el Tour de Francia, y encontró toneladas de drogas por todas partes. La competición ciclista se vio sumergida en una vorágine de dudas sobre su limpieza de la que no se ha recuperado ni retirándole los entorchados al supuesto mejor ciclista de la Historia; y no debe de extrañarse de ello, puesto que ya hace tres décadas, que se dice pronto, se publicaban en la prensa deportiva viñetas alusivas a lo mucho que le estaban creciendo las tetas [sic] a Luis Ocaña. Ese mismo año, al Departamento de Justicia de los Estados Unidos llegaron algunas denuncias que hablaban de sobornos ligados a la elección de Salt Lake City como sede de los JJOO de invierno, y decidió investigarlo. Aquello fue el no va más del sinvivir olímpico: si hay algo a lo que los dirigentes deportivos temen más que a la muerte, es a los tribunales ordinarios. Un juez que no les entienda siempre corre peligro de cerrarles el chiringuito o joderles la mamandurria.

Así las cosas, el movimiento olímpico, convencido de que se estaba jugando su reputación y la posibilidad de que le empezasen a llover hostias como panes desde los tribunales del mundo mundial, apareció en febrero de 1999, en la Conferencia Mundial sobre Dopaje en el Deporte, convertido a la religión del deporte limpio. Las Naciones Unidas y varios gobiernos importantes fueron invitados a la reunión. Fruto del encuentro es la campanuda Declaración de Lausana, que viene a intentar convencernos de que el Comité Olímpico Internacional ha defendido siempre cosas que apenas meses antes de redactarse dicha declaración le importaban un culo. En el ámbito de lo útil y concreto, el principal compromiso del documento era crear una Agencia Internacional Antidopaje, que el COI se comprometía a financiar, de salida, con 25 millones de dólares.

Samaranch había perdido una batalla, la batalla de que no hubiese una política antidopaje seria. Y rápidamente perdió otra, más que nada porque se le vio el plumero (lo que tiene ser calvo). Inicialmente, el catalán esperaba retener el control absoluto por parte del COI de la nueva Agencia Internacional. Pero, claro, los gobiernos invitados a la conferencia le contestaron: macho, si me vas a meter en este lío, yo también quiero poder decir si damos whisky del bueno o garrafón. Tony Banks, entonces ministro de Deportes de Reino Unido, lo dijo bien claro: «una agencia internacional antidopaje presidida por el señor Samaranch se vería comprometida y por lo tanto es algo que preferiríamos no aceptar». En toda la boca. Por su parte, las autoridades antidopaje de los EEUU dejaron claro que no aceptarían una agencia contra esta práctica «que fuese más una operación de relaciones públicas que una solución efectiva».

Así, en noviembre de 1999 comenzó a trabajar la Agencia Mundial Antidopaje, con el reto de estar plenamente operativa para Sidney 2000. Una gran parte de su eficiencia provino del hecho de que al frente de la misma se colocase al abogado canadiense Dick Pound; persona que ya estaba fuertemente implicada contra el dopaje de tiempo atrás, pero a quien su directa implicación en la investigación y gestión del affaire Ben Johnson había disuelto todas las dudas que le pudiesen quedar.

Los principios de la WADA no fueron fáciles. Se había marcado el objetivo de hacer 10.000 tests previos a Sidney, pero hubo que rebajar el objetivo a la cuarta parte. La razón estriba, sobre todo, en que las federaciones deportivas, fundamentales para poder llevar a cabo con eficacia estas pruebas, seguían bajo el paraguas del movimiento olímpico, que había llegado a aquella conversión antidopaje aperreado y a rastras.

En Sidney, la WADA impuso la creación del cuerpo de Observadores, quince personas que tendrían la labor, y el poder, de supervisar todos los procedimientos de análisis antidopaje. Teóricamente, la agencia mundial era un mero observador en las olimpiadas australianas, pero la presencia de sus observadores funcionó razonablemente. Por ejemplo, la federación internacional de halterofilia, probablemente, y con mucho, el deporte más drogado de la Historia, suspendió al equipo rumano completo de la especialidad. Y, ya en competición, el equipo búlgaro fue invitado a coger la puerta, después de que tres de sus atletas dieran positivo en el uso de diuréticos prohibidos.

Pero no todo era cascada de colores. Pocos meses antes de Sidney, el hasta entonces responsable antidopaje del Comité Olímpico USA, Wade Exum, dimitió; pero no se limitó a dimitir, sino que se presentó ante una Corte ordinaria, ante la que presentó una denuncia contra el USOC aseverando que la mitad de los positivos por dopaje no habían sido hecho públicos; que, en realidad, el USOC estaba promoviendo el uso de drogas con su actitud; y, finalmente, aderezó sus acusaciones con insinuaciones sobre discriminación racial. Desde luego que algo había: ahí está la noticia, que surgió en aquellos momentos, de que el lanzador de peso C. J. Hunter, marido de la conocida velocista Marion Jones, había dado positivo por esteroides anabólicos, sin que se supiera. Como consecuencia de este escándalo, el nuevo COI hipermotivado con el tema del dopaje acusó en Sidney a los americanos de mantener una posición hipócrita en la materia. Los estadounidenses amagaron con no participar financieramente en la WADA, lo que provocó que Pound amenazase con sacar los gobiernos de la agencia y, por lo tanto, dejarles sin tocar pito en el tema.

Tras los juegos de Sidney, la WADA tenía muy claro que tenía que incrementar su personal y sus recursos. Pound decidió seguir hacia delante. De hecho, Dick Pound sonó, tras la retirada de Samaranch (julio 2001) para ser presidente del COI; pero los recelos de los miembros europeos del COI acabaron por favorecer al belga Jacques Rogge.

A principios del 2002, cuando fue llegando el dinero de los distintos gobiernos, la WADA se encontraba en una situación financiera más sólida. En los juegos de invierno de Salt Lake, el COI siguió dirigiendo los tests de dopaje; pero los empleados de la WADA tenían ya pleno derecho de estar presentes e intervenir en los procesos. Aunque seguía habiendo sus obstáculos. Por ejemplo, el presidente del comité organizador de los juegos trató de resistirse a la construcción de un laboratorio para los test en el mismo lugar de las competiciones. Aquel presidente, por cierto, se llamaba Mitt Romney.

Varios esquiadores fueron suspendidos durante los juegos cuando las pruebas localizaron en sus organismos un tipo de eritroproteína conocido como darbepoiteína. Asimismo Pavle Jovanovic, miembro del equipo USA de bobsleigh, también fue suspendido, en medio de protestas de su equipo, que aducía no haber sido adecuadamente informado sobre lo que podían tomar y lo que no.

Una vez más, sin embargo, la política antidopaje siguió mostrando una tendencia hacia el comportamiento caótico y arbitrario que ríete tú del clima: el atleta de bobsleigh letón Sandis Prusis, que había dado positivo por esteroides anabolizantes apenas un año antes, compitió en Salt Lake como un pichi. Había sido suspendido con tres meses, que vencieron, oh casualidad, seis días antes de la primera prueba en la que tenía que participar. El COI intentó prohibirle hacerlo, pero la Corte de Arbitraje en el Deporte concluyó que eso era competencia de las federaciones deportivas. Otro ejemplo de ilógica e incongruencia lo ofrece la esquiadora de fondo estonia Kristine Smigun, que dio positivo en un análisis y negativo en otro. Sin embargo, y a pesar de todo esto, los indicios son bastante claros de que Salt Lake fue la oportunidad en la que le empezó a quedar claro al mundo deportivo que esto de los análisis antidopaje, por fin, iba en serio.

lunes, septiembre 16, 2013

Doping (7: China como problema)

A lo largo de los años noventa, la política del COI respecto del doping no varió gran cosa. Para el olimpismo, reconocer la extensión y profundidad de las prácticas de uso de drogas en el deporte seguía suponiendo un riesgo excesivo de pérdida de apoyos económicos. El ejemplo más claro de lo que decimos es la actitud que, tras la caída del Muro en 1989, tuvo el COI hacia los escandalosos usos que se habían dado en la República Democrática Alemana. Es obvio que el COI nunca ha estado interesado en aclarar a fondo todo aquello, porque los y las atletas alemanodemocráticas siguen poseyendo unos récords y unas medallas que deberían haber devuelto. Lejos de ello, sin embargo, José Antonio Samaranch lo olvidó todo, y lo olvidó fundamentalmente en favor de un gran proyecto: la Alemania reunificada y su gran olimpiada, que él esperaba para el 2000 o 2004. Fue en la época en la que estas sedes estaban siendo designadas cuando aseveró públicamente que era imposible remontarse lo suficiente como para investigar las prácticas de doping en la RDA. Fin de la cita, caso cerrado.

Sin embargo, a pesar de esta actitud distante, la multiplicación de escándalos de dopaje estaba dejando claro que las estrategias contra el mismo debían cambiar e intensificarse. Como decíamos, los escándalos estaban ahí. En 1992, tres atletas alemanes que habían «crecido» siendo alemanes democráticos, entre ellos la campeona velocista Katrin Krabbe, fueron pillados en Sudáfrica metiéndose en el cuerpo orina de personas no drogadas. Su entrenador, Thomas Springstein, fue despedido, y los atletas suspendidos por cuatro años. Pero la cosa no había terminado.

Emil Vrijman, el abogado de los atletas, atacó la sanción recordando que, como es lógico, puesto que los deportistas estaban compitiendo en Sudáfrica, era este país el que había realizado las pruebas de orina; y destacó el hecho de que no existía un acuerdo internacional sobre la forma de proceder en este tipo de cosas, insinuando con ello que tal vez los procedimientos de los sudafricanos no habían sido los adecuados. Bajo esta presión, la federación alemana redujo la sanción de Krabbe de cuatro años a uno, lo que sentó a cuerno quemado en la IAAF. Aun así, Krabbe acudió a los tribunales ordinarios. En 1995, una corte bávara ordenó a la federación alemana y a la IAAF a indemnizarle con 2,7 millones de dólares en salarios no percibidos por razón de su suspensión.

Todas estas contradicciones en la política antidopaje fueron heredadas por los juegos de Barcelona en 1992. En muchos deportes los medallistas fueron testados, pero en otros, como por ejemplo en natación, apenas lo fueron. Además, los que se hacían se realizaban poco menos que por sorteo. El ejemplo está en la medallista de plata estadounidense (100 metros libres) Jenny Thomson, que tuvo que pasar el test; mientras que quien le ganó, la china Zhuang Yong, no. Asimismo, también se produjo un cierto escándalo cuando fue encontrado Clembuterol en el organismo de varios atletas británicos. Al parecer, su entrenador creía sinceramente que no era una substancia prohibida; y es que, realmente, no estaba en la lista de compuestos prohibidos, aunque algunos miembros de COI y federaciones lo consideraban prohibido de facto por pertenecer al mundillo de los esteroides anabolizantes. La política antidopaje, pues, era una especie de caos.

En 1993, tras la experiencia de Barcelona y algunos años antes, el olimpismo se planteó que tenía que conseguir evitar la apelación de atletas y entrenadores a los tribunales ordinarios, que se iba convirtiendo en norma, y donde solían tener las de perder (en el caso Krabbe, el juzgado había concluido que la federación alemana no tenía potestad para castigarla por algo pasado en Sudáfrica y chequeado por sudafricanos). Éste es el origen del proyecto para crear un conjunto de reglas y procedimientos universales y trasnacionales, con una Corte Suprema de Arbitraje.

Además, había un nuevo problema.

Con la caída del Muro, habían desparecido progresivamente los países del bloque soviético y eso, paulatinamente, había supuesto una menor frecuencia de prácticas de dopaje. Pero a partir de Barcelona 1992, comenzó a verse claro que había un nuevo jugador que había tomado las riendas de la forma soviética de hacer deporte: la República Popular China.

Los chinos que fueron a Barcelona eran ya entrenados y desarrollados como atleta con el concurso continuado de las drogas. Cuando Lin Yi estableció un nuevo récord olímpico en los 200 metros estilos en una piscina catalana, la cosa era tan escandalosa que su entrenador tuvo que apresurarse a afirmar que jamás había caído en las manos de ninguno de los antiguos entrenadores de la República Democrática Alemana que, sólo por casualidad, habían encontrado trabajo en China tras caer el Muro. En los mundiales de atletismo de Stuttgart, donde nada menos que tres atletas coparon la prueba de los 3.000 metros femeninos, sus competidoras comenzaron a hablar descaradamente de dopaje. Todo el mundo se fijaba para entonces de que China parecía repetir el patrón que un día mostró la RDA: atletas femeninas que progresan mucho más rápido que sus colegas masculinos.

Esta vez, la Prensa sí que se dio cuenta de la movida, cuando menos la occidental, y se comenzaron a publicar reportajes y artículos reclamando que se hiciese algo. Pero el movimiento olímpico no estaba del todo convencido. Incluso cuando fue informado de que siete nadadoras chinas habían dado positivo entre 1991 y 1993 en diversas pruebas, siguió sin hacer nada. En los juegos asiáticos de 1994 en Hiroshima, fueron once los nadadores chinos que dieron positivo, pero el propio De Merode descartó públicamente cualquier acción al respecto; afirmando, en un ejemplo de cinismo exacerbado, que eran «accidentes que pueden ocurrir en cualquier parte». En una reunión, en 1995, entre miembros del COI, de la FINA (Federación Internacional de Natación) y autoridades chinas, en Beijing, los visitantes se limitaron a señalar que los casos de dopaje era «sucesos individuales».

Pero, claro, la gente que pierde en estas condiciones no se queda quieta. La Federación Alemana de Natación anunció, inmediatamente, que no acudiría a los mundiales de la especialidad que se iban a celebrar en Beijing. Ralf Beckman, portavoz de la federación, lo pudo decir más alto, pero no más claro: «no queremos participar en una competición que va a ser un nido de dopaje». La federación australiana, mucho más poderosa en el mundo de la natación como es bien sabido, fue más allá y pidió una prohibición de competir para todos los nadadores chinos durante cuatro años. De hecho Australia, Estados Unidos, Japón y Canadá se unieron para boicotear la participación de China en la competición de la Asociación Pan Pacífica de Natación. «No vamos a permitir», afirmaron los representantes de los Estados Unidos aquella vez, «que se repita la historia de la República Democrática Alemana».

Los chinos reaccionaron publicando en 1995 una nueva política contra el dopaje. Y la cosa pareció funcionar, porque en Atlanta 1996 ni un solo chino dio positivo (aunque también es cierto que los nadadores chinos se llevaron una sola medalla de oro; casualidad…) Pero en esa música, el COI no había tocado pito alguno.

Cara a Atlanta, fueron los Estados Unidos los que empezaron a ponerse serios con el tema, en buena parte impulsados por su vicepresidente, Al Gore, persona totalmente convencida de la necesidad de eliminar las drogas del deporte. En los primeros meses de aquel año, el comité olímpico estadounidense desarrolló unas nuevas normas antidopaje en las que, entre otras cosas, reducía a 48 horas el plazo en el que un atleta sería avisado de que iba a ser sometido a controles. En Atlanta se gastó más que nunca antes en controles antidoping, contratándose los servicios de hasta 600 personas que llevaron a cabo 1.800 pruebas.

En  paralelo a aquellos juegos, el problema del dopaje seguía encontrándose con problemas en los tribunales debido a la inexistencia de una sola política en todos los países. En 1995, la nadadora estadounidense Jessica Folchi (que entonces tenía 15 años) dio positivo en esteroides y castigada por su federación por dos años. Sus abogados apelaron la decisión ante una corte de Nueva York. La federación estadounidense de natación, temiendo una condena súper-cara, dio marcha atrás en su decisión y la dejó en manos de la FINA. Los tribunales entonces apoyaron a Folchi, lo que provocó que la FINA reimpusiera la sanción de dos años en el ámbito internacional. Afortunadamente para el olimpismo, Folchi no consiguió calificarse para los juegos de Atlanta. De haber conseguido la mínima, se habría producido el conflicto de una competidora suspendida por la federación internacional, pero autorizada a nadar por los tribunales ordinarios.

Por todos estos hechos, todo el mundo sabía que el gran tema de la reunión del COI de 1997 tenía que ser la construcción de un entorno internacional que llevase a una sola definición de dopaje, y a una sola política contra él. Pero las ganas de hacerlo eran tan intensas que fue entonces cuando Samaranch echó gasolina a la hoguera afirmando que la lista de sustancias prohibidas debía ser reducida para dejarla sólo en aquellas drogas que, además de mejorar el rendimiento de sus atletas, fuesen dañinas para su salud. Finalmente, el presidente tuvo que envainársela, y el COI comenzó a trabajar en un código internacional contra el dopaje. En 1998 Dick Pound, sin embargo, presionó más recordando que, en realidad, nada se resolvería hasta que no se construyese una autoridad internacional en la materia.


La venda estaba cayendo. Treinta años después, que se dice pronto. El COI, sin duda alguna, es un cotolengo de gentes honradas.

miércoles, septiembre 11, 2013

Digesto allendista

Para los muy, muy aficionados, que se saltan esa regla de que en internet no hay que escribir más de cuatro párrafos, va este post que es, en realidad, re-post.

Hace cuarenta años de la muerte de Salvador Allende, y por eso quiero yo dejaros hoy aquí, acopiados en un solo texto, los diferentes posts que hice en su día sobre él y sobre el golpe de Estado en Chile. Hasta ahora han estado dispersos en el blog y no referenciados entre ellos, lo que supongo dificultaba su consulta. El texto que sigue los acopia y ordena todos.

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Salvador Allende no cayó del cielo. Ni subió de los infiernos. Salvador Allende es el resultado de una evolución que en Chile se venía produciendo ya de tiempo atrás, y que no pocas veces se había terminado por plantear como un enfrentamiento frontal, y mutualmente exclusivo, entre una oligarquía terrateniente e industrial y lo que en aquel país se conoce como los rotos; que no deben confundirse con los rojos españoles, pero se les parecen mucho. El siglo XX y, sobre todo, su segunda mitad, hicieron prácticamente inevitable la eclosión de la conciencia política de la clase obrera y campesina chilena, con elementos muy significativamente locales, sorprendentes para un observador externo. Sorprende, por ejemplo, que durante el periodo de mandato de Salvador Allende el Partido Socialista, al que él pertenecía, mostrase un radicalismo revolucionario casi absoluto, de forma que debía ser el Partido Comunista el que refrenase sus tendencias. Como también sorprende encontrarse con movimientos como el MAPU, de un leninismo casi de libro pero de inspiración cristiana.

Reflexiones en la Diada, o la ocasión perdida

Este 11 de septiembre del 2013 se celebra, una vez más, la conmemoración del día de reivindicación de la identidad nacional catalana. Se celebra, además, en un ambiente que lleva ya algún tiempo enrarecido y radicalizado por uno de los lados; mientras que el otro actúa como ese sacerdote del Novecento de Bernardo Bertolucci, que se ponía a cantar en el confesionario para no escuchar las denuncias de una feligresa contra los camisas negras. Ambas, actitudes muy edificantes que mueven al optimismo sobre el logro de una solución pactada.

A mí me compete, en este blog, hablar más del pasado que del presente. Aunque, en realidad, creo que las reflexiones de este día, en realidad, tienen mucho que ver con el pasado. De alguna manera, lo que vivimos ahora es una situación enquistada. El resultado de muchos años de construcción de una desconfianza común. En términos históricos, deberíamos pensar que estamos en una situación nada negativa. Cataluña, hoy, está gobernada principalmente por unos políticos que, en teoría, debieran sentirse más herederos de la Lliga Regionalista de Françesc Cambó que de la Esquerra Republicana de Lluis Companys, aunque sólo sea porque ésta sigue vivita y coleando. Cambó, en su día, reacciónó ante el gesto de Françesc Maciá de proclamar la república catalana, en abril del 31, dedicándole los peores epítetos. El nacionalismo catalán de corte conservador ha sido tan cañero como el que más (en 1916 dio la espantada y se marchó del Parlamento de Madrid), pero siempre ha, o había, tenido una idea de España. Así pues, teóricamente, que Cataluña la gobiernen partidos burgueses conservadores en lo social debería ser buen síntoma para España. Pero no lo es.

¿Por qué no lo es? Pues, en mi opinión, no lo es porque el montaje actual del Estado, generado en la Transición, no tenía el objetivo de solucionar el problema territorial, sino de tirar para delante con la democracia. Son cosas distintas. Distintas, sobre todo, de la otra gran oportunidad en la que se planteó este problema, que fue la II República. El momento en el que se perdió la gran ocasión histórica de articular, definitivamente, el Estado español. Una vez más, por la torpeza de tirios, troyanos, rabassaires y castellets.

Lo diré, así, para empezar, y así dejar las cosas claras: España, como proyecto, siempre ha propendido al federalismo. El foralismo, que hoy conservan los vascos y los navarros pero del que se beneficiaron otros muchos territorios de España frente a sus monarcas durante mucho tiempo, no es sino una forma imperfecta, apresurada, anticuada y socialmente discutible, de federalismo. Si tan antigua es la nación española como sostienen sus hagiógrafos, échese la cuenta de todos los años durante los cuales fue nación e imperio antes de que nos debilitásemos y cayésemos en manos del imperialismo francés, que nos trajo un rey que no hablaba español (pero, vaya, que el Archiduque de Austria tampoco hablaba catalán, que se diga...) y que nos impuso un modelo de Estado que no era el nuestro. Con los monarcas franceses, que no han dejado de dirigir nuestra Casa Real salvo en el interludio, más chusco que otra cosa, de Su Majestad Amadeo non capisco niente, es cuando nos llegó el Estado centralizado, unitario según la terminología usada hasta el franquismo. Pero el Estado centralizado no está en nuestro ADN. No por casualidad el carlismo, que defiende esas leyes viejas combatidas por esa Constitución de 1812 que ellos consideraban, con razón, ideológicamente más francesa que española; no por casualidad, digo, esos defensores de la pureza de los fueros y las Cortes medievales que los Borbones dejaron de convocar, fueron también quienes sostuvieron, durante un siglo, las reivindicaciones territoriales.

España, decían aquellos carlistas de la primera hora del carlismo, se ha regido siempre por un rey, y unas Cortes. Si el rey quiere pasta, se la tiene que pedir a las Cortes. Qué es eso de un rey acochinado en Versalles, mandando sobre todos, inventándose impuestos que todo el mundo le habrá de pagar por su cara bonita. Y unos cojones. El rey pedirá a los territorios; y los territorios le darán, o no. Como ocurrió, cienes y cienes de veces, en un sentido o en otro, en las Cortes a las que acudieron los Reyes Católicos, y Felipe II, y sus herederos Austrias, a pedir pasta.

El liberalismo español, de inspiración francesa, era jacobino, central. Como, además, el carlismo, además de una posición ideológica, se convirtió, por tres veces, en una alternativa bélica, esto movió a los liberales a encastillarse en sus ideas y conservar la Constitución del 12 y sus principios como un insecto precámbrico en una piedra de ámbar transparente, fosilizados, inamovibles, innegociables. Mientras sus ideas de progreso iban abriendo las puertas al librepensamiento, la educación reglada, la libertad de expresión y los derechos del hombre, se las iban cerrando al federalismo natural de España.

El experimento hizo crisis en la I República española. Pero precisamente porque no había podido desarrollarse un liberalismo federalista, acomodado a los tiempos, evolucionario, la construcción del Estado federal acabó en manos de ideologías mucho menos fiables, cuando no directamente alejadas de la realidad. Porque don Francisco Pi i Margall, en realidad, no vivía en España, sino en un universo paralelo donde sus teorías del libre pacto, ante las cuales Rousseau aparece como un Hobbes cualquiera, se llevaban a cabo sin problemas. La realidad, sin embargo, fue terca, y construir la España Federal por implosión generó el merdé del cantonalismo, en el que provincias vecinas se declararon la guerra como si fuesen Serbia y Bosnia.

En el comienzo del siglo XX, todo el mundo medianamente inteligente parecía tener claro que el tema de los territorios de España se había enquistado hasta convertirse en un problema supurante, y que más temprano que tarde habría que sajarlo, doliese lo que doliese. Esto ya era así al final de la primera guerra mundial pero, pocos años después, la eclosión de una dictadura militar que durante siete años se portó los catalanes como la siguiente de la lista se portaría con los vascos, acabó por dejar bastante claras las cosas.

Pero esa dictadura se acabó. Y dejó paso a la gran, verdadera oportunidad que ha tenido España de resolver este problema: la II República.

¿Por qué la II República y no la Transición? Pues no por que fuese un régimen más democrático; que ésta, la verdad, es una afirmación más que discutible (la Transición, con todos sus defectos, redactó una Ley Antiterrorista; pero no una Ley de Defensa de la República, que es, de largo, muchísimo menos respetuosa con los derechos fundamentales); sino porque la República, al revés que la Transición, se tiznó rápìdamente de un espíritu de ahora sí; de oportunidad histórica para resolver las cuestiones, de solucionar de una vez por todas los temas que llevaban creciendo torcidos cien o doscientos años. La Transición, ya lo he dicho antes, tuvo otro espíritu; tuvo un  espíritu de transacción de hacer lo que había que hacer para que nadie se pusiera de canto. Y, en ese espíritu, copió lo peor de la II República, por mucho que a corto plazo le pudiera ser rentable.

¿Cuáles fueron los posicionamientos básicos sobre la cuestión territorial cuando llegó la II República? Pues, lo primero de todo, y aquí está la raíz de la oportunidad perdida, lo que fueron es equívocos.

Si hay alguien que piensa que en la Transición se jugó al trile de engañar al contrario, debería repasarse la Historia de la II República. Antes de que esta surgiese, en puridad antes de que nadie, y nadie es nadie, pudiese avizorar la llegada de la República en el corto plazo, se produjo, en el verano de 1930, una reunión de casi todas las fuerzas republicanas: el Pacto de San Sebastián. Al pacto de San Sebastián no acudieron los nacionalistas vascos, que tenían un follón interno entre ellos de mil demonios entre tradicionalistas, peneuvistas y los progresistas de Acción Nacionalista Vasca y, además, por su perfil conservador recelaban de algunos, si no muchos, de los integrantes de la reunión. Sí fueron los catalanes, ampliamente representados; y también los nacionalistas gallegos, aunque representados por un político, Santiago Casares Quiroga, que en realidad estaba más interesado en tocar pelo en la gobernación de Madrid que en conseguir la autodeterminación gallega.

Quien piense que en el Pacto de San Sebastián se habló de igualdad, de derechos, de reforma agraria, de democracia, o algo así, que se lo vaya quitando de la cabeza. Es consenso prácticamente total de los participantes que escribieron sobre la reunión que en el encuentro de San Sebastián, hablar, hablar, lo que se dice hablar, se habló de un solo tema: Cataluña.

El nacionalismo catalán, especialmente el representado históricamente por Esquerra y algún otro grupo no muy lejano como el Estat Catalá, se caracteriza mucho por esta manera de hacer las cosas. Si un Armagedon está a punto de caer sobre la Tierra, se convoca una reunión en la Casa Blanca para discutir si se envía a Bruce Willis que le ponga un pepino en el subsuelo, y los nacionalistas catalanes son invitados, lo más probable es que contesten: o se habla del derecho a la autodeterminación de Cataluña, o no vamos. Así las cosas, si por la reunión de San Sebastián nos tenemos que regir, llegaremos a la conclusión de que el gran problema histórico que tenía España a las puertas de la República no era la desigualdad del campo, ni los derechos de la clase obrera, ni la alfabetización de las gentes, ni la regeneración de la vida pública, ni la revitalización de la economía, ni la igualdad de sexos, ni nuestra posición exterior, ni la educación, ni el bienestar colectivo; era el problema catalán. Y, probablemente, es que era así.

Algún día, si tenemos tiempo y ganas y oportunidad, hablaremos in extenso de esta reunión donostiarra, de quién fue y de quién no fue, de lo que se habló, todo eso. Pero baste, a los efectos de estas notas, con decir que se habló, fundamentalmente, de Cataluña. Pero que, como siempre que políticos de Madrid y de Barcelona hablan sobre este tema; sean dichos políticos demócratas, fascistas, de derechas, marxistas, anarcoides o ingenieros químicos; como siempre, digo, no se habló claro.

Sucintamente: los nacionalistas catalanes se marcharon de Donostia convencidos de que había una concertación republicana para hacer de España un Estado federal; mientras que los no nacionalistas o incluso frontalmente contrarios al nacionalismo, salieron de allí pensando que les habían vendido a los nengs una mula ciega; un autonomismo light disfrazado de pitufo federaloide.

Entendámonos: en San Sebastián quedó claro, que diría Jardiel Poncela, como el caldo de un asilo, que el pueblo catalán expresaría su voluntad en forma de un Estatuto creado en Cataluña y votado por los catalanes. Pero, al mismo tiempo, también quedó claro que las Cortes Constituyentes de Madrid entenderían de dicho Estatuto. Para unos, los catalanes, eso suponía el mero trámite de sancionar su voluntad; una especie de vise que el Parlamento de Madrid colocaría al pie del texto que se le presentase desde Barcelona. Para otros, los de Madrid, suponía retener para el Parlamento nacional la potestad de mantener y de quitar del texto que llegase de Barcelona lo que les diese la gana.

¿Lo estás pensando? Deberías, sí: exactamente la misma confusión que en el famoso «Pasqual, aprobaré en el Parlamento el Estatuto que venga de Cataluña». Maragall se levantó a apaludir como fan poseso convencido de que eso quería decir lo que quería decir. Y Zapatero se lo tomó como una promesa electoral más. Una de ésas que cumples a tu manera o, qué coño, la incumples si hace falta. José Luis Rodríguez Zapatero es, a su manera, todo un republicano; y no, precisamente, en el mejor sentido de la palabra.

La República nació, todo el mundo lo sabe, con ese espíritu fraternal y, como decía, un poso filosófico-político dispuesto a resolver de una vez los problemas estructurales de España, de cuya permanencia se responsabilizaba a la Restauración. La República, en esto, fue como ese joven padre que se dice que él no va a cometer con su hijo los errores que cometió su padre con él; historia que termina, no pocas veces, como termina.

Además, hay que tener en cuenta que un coronel retirado, Françesc Maciá, comenzó a cargarse este ambiente positivo con el gesto de declarar la República catalana. Cuando Macía y Companys se hacen cargo, por el artículo 33, del Ayuntamiento y la Diputación, lo hacen, así lo afirmó el primero de ellos en su proclama, «en nombre de Cataluña»; y, horas después, proclaman «el Estado catalán bajo el régimen de una república catalana», invitando a «los otros pueblos de España» a constituir una confederación.

Françesc Maciá pudo cargarse allí mismo, en sus primeras horas, la República. Tuvo suerte de que elementos importantísimos del mando militar español, como el director general de la Guardia Civil (un tal Sanjurjo) habían decidido ya ponerse a disposición del nuevo orden. De haber existido el día 14 de abril un núcleo duro de militares monárquicos dispuestos a dar la batalla, podrían haber intentado arrastrar al Ejército entero con el argumento de que la decisión de Barcelona era contraria a la unidad de España (que lo era); y, consecuentemente, no sé si haber revertido la situación. Pero hostias, las habría habido, y hoy no estaríamos hablando del proceso tan natural del 14 de abril. El segundo problema creado por este gesto es que condicionó, obviamente, todo el debate sobre la forma de Estado. Dicho en plata: los políticos de izquierda burguesa, el mundo Azaña podríamos decir, que en otras circunstancias habría querido creer que el nacionalismo catalán pretendía tan sólo un Estatuto, ahora sabían que la pretensión de Maciá, pronto de Companys, no era crear ningún esquema basado en la existencia superior de una nación española. El corolario de ello es que le cogieron miedo al Estado Federal y, aunque siguieron apoyándolo de palabra, de obra y de omisión pasaron de él como de deglutir deyecciones.

El primer proyecto de Constitución de la República lo elaboró una Comisión Jurídica (hoy lo llamamos Comisión de Codificación, que ya era el nombre que tenía el órgano antes de la República) que entregó un proyecto con un montón de votos particulares que defendían con bastante convicción que la República conformase España como un Estado federal. Pero en la ponencia constitucional, presidida por el socialista Jiménez de Asúa, la cosa ya comenzó a ponerse de canto. Al final del proceso, el Estado Federal fue defendido en las Cortes tan sólo por los grupos nacionalistas (Esquerra, Lliga, Unió Socialista de Catalunya, Acció Catalana, Federación Republicana Gallega, Vasco-Navarros por el Estatuto) y el viejo Partido Federal de ideología pimargalliana y sus exiguos 13 diputados. Fuera de Cataluña, País Vasco y Galicia, pues, el federalismo tenía menos apoyos que la defensa del Estado centralista que, realizada en solitario por los agrarios y algunos independientes de derechas, contó con 26 votos, que se consideraron, en la época, casposa calderilla parlamentaria. Y, sin embargo, como digo, era exactamente el doble de lo que el federalismo captó fuera de las comunidades históricas.

El grueso de aquellas Cortes constituyentes, por razones muy diversas, y por un total de 237 diputados seguros más otros fluctuantes, se lo ganó una teoría que había sido alumbrada por los nacionalistas gallegos: el llamado, entonces, Estado integral, y que hoy llamamos Estado de las autonomías. Un modelo basado en:

1) Derecho de autogobierno, según algunos para las comunidades históricas, según otros para todo quisqui.

2) Artículo en la Constitución que delimita las competencias exclusivas del Estado central, las quiera o no la región (entre ellos, la Hacienda Pública).

3) Proceso de definición de las competencias a ejercer por la autonomía propuesto por la región, pero aprobado por el Parlamento de Madrid.

Este esquema, ya lo he dicho, fue una transacción inventada por diputados que un año antes eran federalistas, cuando menos de boquilla, a causa, sobre todo, de la situación creada por Cataluña con su decisión unilateral de declararse un Estado propio, por mucho que después la revirtiese; y, tampoco hay que olvidarlo, los enormes recelos de los políticos republicanos hacia la autonomía vasca, por el corte radicalmente conservador de sus más que probables gobernantes. Porque suena hoy un tanto extraño, pero lo cierto es que aquel PNV de 1931 tenía una reivindicación de autogobierno fundamental: poder negociar un Concordato propio con el Vaticano.

Por el camino hacia el Estado integral se coló una idea que en la República no pudo llevar a cabo por falta de tiempo, pero que estaba destinada a vivir una larga vida décadas atrás. La expresó uno de los políticos menos políticos de aquel Parlamento, el diputado por la Agrupación para el Servicio de la República José Ortega y Gasset, de profesión filósofo. Ortega se subió a la tribuna para expresar la posición de su grupo sobre el proyecto de redactado constitucional sobre la forma de Estado y dijo que, en lógica, lo que todo el mundo consideraba era una regulación para que Cataluña, País Vasco, Navarra y Galicia gozasen de estatus diferentes coherentes con sus tradiciones fueristas o su voluntad de autogobierno, debía de llegar a todos. A todo aquel que lo quisiera. A toda región que se considerase con derecho a ello, y voluntad para arrostrarlo. Aquella idea fue tan mal recibida en aquellas Cortes que, en puridad, sólo recibió un apoyo definido; el del diputado republicano gallego Ramón Tenreiro. Sin embargo, cuarenta años después, pasada la larga noche de piedra del franquismo, fue la opción elegida. Es cierto que se diseñaron dos velocidades constitucionales para las autonomías; pero hasta el más lerdo de los diputados constituyentes de la Transición tenía que darse cuenta de que pasado el tiempo, o sea ahora, esa diferencia sería irrelevante.

Esta opción, lo hemos dicho, no tuvo demasiados adeptos en la República, y esto es así porque la concepción en aquellos tiempos del problema territorial español era mucho más precisa. Se trataba de resolver el problema de quien, por Historia, lengua o tradición, quería gobernarse; entendiéndose que todos los demás se colmaban siendo gobernados desde el Estado central. En el momento en que se plantea un Estado en el que todas las regiones son autónomas, es necesario plantear el problema de la solidaridad entre ellos, que es lo que ha hecho petar el actual estado de cosas; porque el que paga se cansa de ver que, un año detrás de otro, el que cobra siga pasando el recibo al cobro.

Aun y a pesar de ser, ya lo he dicho, más precisa la percepción del problema en aquellos tiempos, no por ello dejó de descarrilar. El sistema autonómico o «Estado integral» se construyó a base de podar notablemente el Estatuto venido de Barcelona; algo que los catalanes entendían se les había garantizado que no se haría. A partir de ahí, que aflorase el conflicto de la Ley de Cultivos era sólo cuestión de tiempo. Por lo demás, que Barcelona plantease de nuevo, en 1934, su rebelión respecto del Estado central, mediante un auténtico golpe de Estado independentista, se podría haber evitado; hubiera bastado con que al frente de la Generalitat estuviese alguien con miras más largas que Lluis Companys, hecho éste que no era nada difícil, la verdad. Companys era tan buena persona como político mediocre.

Finalmente, Madrid conservó la llave de la caja (elemento fundamental del federalismo es que no sea así) porque los pilotos políticos de la República, Azaña fundamentalmente, perdieron muy pronto la confianza en los catalanes, comenzaron a acordarse en sus diarios de la famosa frase de Espartero de que Barcelona hay que bombardearla cada cincuenta años, y buscaron vías de transacción para conservar todos los resortes del poder en manos de lo que ellos consideraban la República, esto es: Madrid. Cataluña, por su parte, acumulando en apenas tres años dos actos de descarada deslealtad institucional (que, en muchos países del mundo, habrían supuesto perder toda ilusión de ser autónoma durante por lo menos un siglo, cuando no for good), se convirtió en lo territorial en lo que las izquierdas republicanas fueron en lo social: un ente cagaprisas que, precisamente por su apresuramiento en hacer en meses lo que no se había hecho en cien años, acabó provocando que el régimen tomase un exceso de velocidad para la vía, y descarrilase en la primera curva cerrada.

La Transición no podía parecerse a ese proceso. Mal que le pese a los líderes históricos de los partidos sobre todo de izquierdas, la Transición no llegó porque el general Franco se fuese a Barajas y tomase un avión para exiliarse como, salvando las distancias tecnológicas, hizo Alfonso XIII en 1931. La  Transición llegó después de que Franco se muriese en la cama, asegurando que lo que dejaba lo había diseñado él. A partir de ahí, la obsesión de los pilotos del proceso es que nadie encontrase razones para extrañarse del proceso afirmando que no era eso a lo que había venido. La solución tenía que ser café para todos y alguien, en el momento oportuno, se acordó de aquel viejo discurso de Ortega... La República, en cambio, había echado a su antecesor, y tenía un cheque en blanco, firmado por la sociedad española en la puerta del Sol, ante el ayuntamiento de Eibar, en todas las esquinas de España, para resolver las cosas de una vez. Se encontró, sin embargo, con el problema de que aquellos políticos, por mucho que tanta gente los tenga en una nube, hicieron empalidecer a los actuales en lo que a mezquindad, cortedad de miras y demagogia se refiere. En 1931, en un momento en el que España habría aceptado su conversión en Estado Federal sin más resistencias que las de un pequeño grupo parlamentario formado por diputados castellanos apenas unidos por su fe católica y sus ideas conservadoras en lo social, prefirieron, unos, en Madrid, jugar al equívoco; y otros, en Barcelona, a la deslealtad. Menos mal que eso es el pasado, y hoy esas cosas ya no pasan, ¿verdad?

El Pokemon de la Transición ha evolucionado con los años y se ha convertido en un ser fofo, problemático y cascarrabias. Bueno, la verdad es que los nacionalismos siempre han sido cascarrabias; abuela cabreada de España le llamaba al País Vasco Claudio Sánchez Albornoz. La solución que parece que se busca es ahondar en la asimetría del Estado de las autonomías; o sea, coger lo peor de éste, y lo peor del esquema federal. Bull's eye. El enquistamiento que se producirá acabará por producir, en realidad ya lo está produciendo, un efecto muy español, y es que la deriva federal no llegue como llegan las cosas, esto es tras discusiones, valoraciones y cross-checking; sino de la mano de demagogos ignorantes, que no saben de lo que están hablando y ponen en el Estado Federal la ilusión de que lo va a solucionar todo de una forma natural. Lo que se dice plantar, de nuevo, las semillas del fracaso.

Si uno coge hoy a una decena de políticos de primerísima fila, los encierra en la habitación de un hotel, y les conmina a discutir el principal problema estructural de España, las probabilidades son altísimas de que se pongan de acuerdo en hablar de una cosa: Cataluña. Exactamente igual que hace 83 años.

Lo que se dice un movimiento lampedusiano.

lunes, septiembre 09, 2013

Lo mejor que nos podía pasar

Nos ha pasado lo mejor que nos podía pasar. De verdad. Los Juegos Olímpicos no son ningún negocio. De hecho, no lo es ninguna competición deportiva de altura mundial. De la Copa América, en su momento, se dijo que reportaba muchos más beneficios que unas olimpiadas porque sus aficionados y practicantes son todos pijos y forrados de pasta; y, la verdad, no parece que para Valencia haya un antes y un después de la Copa América. Los Juegos Olímpicos, más o menos hasta México o Munich, fueron básicamente el sueño del barón Pierre de Coubertin, y tal (bueno, también fueron el sueño de Hitler y otros; pero no nos vamos a poner estupendos). A partir de Montreal, sin embargo, fueron abducidos por dos cosas. La primera de ellas fue la política, porque las Olimpiadas se convirtieron en una especie de anexo a la guerra de Vietnam, sólo que sin armas. La segunda fue el negocio. El olimpismo comenzó a concebirse como un negocio, como una teórica máquina de hacer dinero que reclamaba su parte por ponerse en marcha; esto, que ya era perceptible en los últimos setenta, se convirtió en la norma con la llegada a la presidencia del COI del español José Antonio Samaranch quien, de hecho, fue contratado para acabar convirtiendo los JJOO en una NBA o en una Fórmula 1 a lo bestia. Lugares, pues, donde lo menos importante es que gane el mejor o que la gente vaya altius, citius, fortius y bla, sino que haya mogollón de espectadores sentados frente al televisor en el que, en los ínterin, les van a meter publicidad a cojón de pato el segundo. La quintaesencia del espíritu olímpico moderno es Sergei Bubka, aquel pertiguista ucraniano que se paseaba por las competiciones de la Golden Gala y sólo batía el récord del mundo de la especialidad (un centímetro más...) si le pagaban para ello. Eso es el deporte de elite moderno: una almoneda, con reglas de almoneda. ¿Qué cuáles son las reglas de la almoneda? Pues, fundamentalmente, una: el que quiera culo, que se moje el peces. O, dicho de otra forma: para sacar pasta, antes tienes que poner pasta. Y, como la oferta es ganar mucha pasta, con las mismas tienes que poner, antes, mucha pasta. Lo cual convierte la apuesta de organizar unos juegos olímpicos en una apuesta extraordinariamente arriesgada.

Hay cosas de las que nunca o casi nunca se habla. Por ejemplo, la amortización. De toda la vida, cuando creas un activo de tu propiedad, tienes que provisionar, año a año, su depreciación, para que tu balance siga mostrando tu situación patrimonial verdadera. El principio de que dentro de los costes de una inversión hay que incluir la amortización de los activos adquiridos o creados es de libro. Cuando se hacen las cuentas de muchos proyectos de infraestructuras, este tema de amortización se suele preterir con elegancia. Nosotros mismos, los españoles, cuando montamos nuestra primera, absurda, línea de alta velocidad Madrid-Sevilla (para fomentar, se dijo entonces, el eje de transporte Madrid-Lisboa que, a día de hoy, y han pasado veinte años, ni está ni se le espera), comenzamos a defendernos al poco de comenzar a circular los trenes afirmando que «la línea era rentable». Esa rentabilidad se conseguía obviando la amortización de toda la infraestructura, que se le encalomaba a la caja común de la pasta pública, y a otra cosa. El mismo truco del almendruco, esto es no contabilizar la amortización de las inversiones, es el que sirve para presentar estos presupuestos en negro de las Olimpiadas. O del Fórum de las Culturas. O de la Expo mañica, o.... Pongamos por caso: montamos una Exposición Internacional en Viveiro, provincia de Lugo. Allí, junto al mar y tal y tumba. Prevemos que van a venir visitantes que multiplicarán la población de Viveiro por diez, y la habitual carga de turistas veraniegos, que la hay, por tres. Eso quiere decir que hay que construir hoteles, y que hay que renovar la estructura de distribución de agua, porque, caso contrario, el día que haya diez veces la población de Viveiro intentando beber, no saldrá nada por el grifo. Pues bien: luego, cuando se hacen las cuentas, se incluye en el beneficio la actividad hotelera, sobre todo los puestos de trabajo de los nuevos hoteles, pero nunca la amortización de los mismos. Y, por supuesto, de la amortización de la nueva red de distribución de agua, que Viveiro no necesitaba antes de la Expo y que si no se hubiese celebrado ésta nunca habría tenido que construir, ya ni hablamos. Todo eso, sin mencionar que, a menos que los visitantes de la Expo se queden prendados de la costa de A Mariña, al año siguiente no volverán, con lo que los hoteles por encima de la capacidad turística estructural de la zona acabarán cerrando (sin haberse terminado de amortizar, por cierto).

Así se construyen las enormes cifras de beneficio de las Olimpiadas.

Pero es que, además, a veces ni siquiera maquillando los datos, las Olimpiadas consiguen dar beneficios. Hay juegos, como Pekín o Moscú, de los que poco sabemos, más bien nada. De otros sabemos que fueron sonoros fracasos; que se puede perder pasta con unas Olimpiadas, incluso cuando se celebran en fecha tan señalada como su centenario. Que los griegos, que son tan desorganizadillos, pierdan dinero organizando unos Juegos Olímpicos, se podría llegar a entender. Pero es que ésa es una trampa en la que también han caído gentes más serias (bastante más serias que nosotros, sin ir más lejos) como los canadienses.

Hay que entender, también, aunque sea una perogrullada, que las candidaturas a ser sede olímpica no son de los países, sino de las ciudades. La carga impositiva general puede ayudar y ayuda; pero quien carga con la mayor parte del esfuerzo es el colectivo de residentes en la ciudad de que se trate, que son quienes han de financiar el esfuerzo. Y Madrid, a día de hoy, es la ciudad más endeudada de España y puede que de Europa. Alberto Ruiz Gallardón, el padre de este proyecto, nunca entendió, a mi modo de ver, algo que se puede formular de la siguiente manera: o se soterra la M-30, o se organizan unos Juegos Olímpicos; pero las dos cosas no pueden ser; la goma no da para tanto. En realidad, claro, es que Gallardón pensaba que con el soterramiento de la autopista urbana iba a generar una operación inmobiliaria de dimensiones poceras seseñeras que se lo iba a financiar todo a base de cesiones de suelo al municipio y bla. Pero se le pinchó la burbuja. Eso sí, no se entiende cómo es posible que, tras ese tremendo pinchazo, que está provocando que por las costas de España se estén colgando ya anuncios pilotados por la Sareb de pisos que se ofrecen hoy por la mitad que hace apenas dos años; tras este pinchazo, digo, se nos sigan vendiendo las virtudes de la Olimpiada, cuando éstas se basan, básicamente, en ese modelo que nos ha fallado. El error de presentarse a las del 2016 todavía tenía un pase. Pero sostenella y no enmendalla para el 2020 es, verdaderamente, preagónico, y viene a demostrar que, muy a menudo, el despacho de trabajo del gobernante, más que un lugar de gestión, es una burbuja de inmunodeprimido.

De habérsenos concedido los Juegos, antes de su celebración, tal es mi convencimiento, la tasa de basuras, el impuesto de bienes inmuebles y todo lo demás, habrían comenzado a subir. Para no bajar ya nunca, porque sabido es que toda unidad de cuenta monetaria en el bolsillo del particular, sometida a la impulsión de un sistema tributario, experimenta un movimiento centrífugo uniformemente acelerado. Como los precios y como otras muchas cosas.

Lo que nos toca ahora es concentrarnos en pagar lo de que debemos, no en adquirir nuevas deudas. Manda huevos que haya tenido que ser una asamblea de millonarios de dudosa moralidad económica quien nos lo haya hecho ver.

Hay, a mi modo de ver, razones palmarias para explicar por qué nos han dado boleta a las primeras de cambio, cuando resulta que íbamos a ganar sin bajarnos de la limusina, y tal. Hace cuatro años nuestro problema era la seguridad (el terrorismo) y esta vez mucha gente decía que, como eso estaba solucionado, ese adalid del trabajo bien hecho y el pan sudado con la frente propia llamado Alberto de Mónaco tendría que callarse y ya no había problema. Dudoso. Madrid es una ciudad en la que hace muy poco tiempo unas adolescentes han muerto aplastadas en un acto multitudinario que, al lado de los que se montan en unas Olimpiadas, es una reunión de cuatro matados. Todo el mundo que ha querido ha podido escuchar la repugnante grabación en la que un empleado municipal le dice a una comunicante desesperada que se lo tiene que currar y arrastrar el cadáver mobibundo de su amiga 300 metros para que lo recoja una ambulancia. A lo mejor hay quien se piensa que como eso pasa en español, la gente en Suiza no se entera. Se equivocan. En realidad, en Suiza y en otros países, el alcalde habría dimitido la misma noche de las muertes y si, por una casualidad de la vida, hubiese sobrevivido en el puesto hasta la difusión de la dicha grabación, lo habría hecho entonces. Si la candidatura de Madrid podría haber tenido alguna posibilidad por este flanco habría sido si la responsable de aquel desaguisado no hubiese estado presente en Buenos Aires. Ya bastante problema es que en España seamos tan diferentes que en una de nuestras tres ciudades internacionales (Madrid, Barcelona, Sevilla) tengamos un alcalde que todo lo que puede hacer si un día visita la ciudad Stephen Hawking, o Jimmy Carter, o o Richard Gere, es invitarle a tomarse a relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor. Pero es que, además, si ese líder, o lideresa, iletrada, es responsable de unos hechos que levantan serias sospechas de que en Madrid sepamos manejar multitudes, y aun así nos pegamos a la poltrona con Super Glue, pues para qué queremos más.

Otra cosa que ha pasado recientemente en España es que se ha sentado en el banquillo a unos señores que eran dopadores industriales, que sometían, cuando menos desde hace once años, la sangre de deportistas a procesos de refurbishment acompañados de barra libre de eritopoietina, hormonas, testosterona e insulina; que costó un huevo encausarlos, porque los juzgados se hicieron los orejas; y que las condenas finales dejaron bastante claro que, en España, intentar ganar por la vía anabolizante sale barato de cojones. Ya pueden decir misa ortodoxa en griego los sucesivos secretarios de Estado para el deporte, que España no por ello dejará de ser una plaza sospechosa para el deporte de la jeringuilla. Y ahora mismo el COI sabe que lo único que le podría poner el momio en peligro es que el dopaje se cargase el sueño olímpico. En su presentación, Tokio se aprestó a decir dos cosas: una, que no hay radiación en Tokio; otra, que nunca ningún atleta japonés ha dado positivo en un control antidoping. Es lo que hay y, también, es lo que no hay.

Hay, de todas formas, un grupo, digamos, social, que en este tema de la candidatura de Madrid ha quedado como el ass: los medios de comunicación y los periodistas. Vale que el periodismo deportivo no es, precisamente, de los más clarividentes que existen. Como es práctica común en el periodismo español colocar a un tipo del Atleti a seguir al Atleti, a otro del Madrid a seguir al Madrid, etc., la capacidad de discernimiento del periodista medio es muy limitada (imagínese un medio de comunicación que fichase a un contertulio de El gato al agua para seguir al PP, a otro de Al Rojo Vivo para seguir al PSOE y a IU, a otro de la TV3 para seguir a CiU... Pues eso mismo es el periodismo deportivo español). Si a eso le unimos que todos los grandes grupos de comunicación españoles, que tienen alguna que otra esperanza porque  RTVE ha tenido experiencias muy poco edificantes recientemente (como los juegos de Pekín, que le costaron un Congo y de audiencia tampoco fueron como para emocionarse), nos hemos encontrado con un periodismo acrítico que ni siquiera se ha hecho ni media pregunta sobre la escandalosa afirmación, escandalosa por no decir goebbelsianamente manipuladora, de que el 91% de los españoles apoyaban los juegos. Todo ha sido consenso, cascada de colores y apoyo oficial obligado. Ni en las mejores dictaduras.

Back to basics. Invertir se reduce siempre a lo mismo: a detectar que las expectativas racionales de beneficio superan a los riesgos asumidos. Los Juegos Olímpicos hace ya muchos años que no cumplen con esta condición, pero el extraño prestigio del Comité Olímpico (extraño porque ahí está la lista de sus miembros conspicuos; échesele un vistazo al histórico del Comité Olímpico Español, y no hay que remontarse mucho...) hace que todavía haya ciudades pollas que sigan mordiendo la manzana. Será, supongo yo, porque los representantes públicos, que son siempre los que lo comienzan, son como ese Gran Capitán al que acusaron de hacer planes contando con aportaciones que no eran suyas. Lo que de toda la vida se ha llamado, en español, tirar con pólvora del Rey.

Bien está lo que se acaba. Porque ésa es otra: a ver si se acaba ya de una vez.

jueves, septiembre 05, 2013

Doping (6: Ben)

No hay que tener mucha memoria para recordar qué pasó en Seúl el 24 de septiembre de 1988. Ese día, un hombre hecho a sí mismo, un jamaicano emigrado que supuestamente a base de tesón, gimnasio y no creérselo, había llegado a ser el primer velocista del mundo, batió humillantemente a quien, hasta entonces, había sido el primer velocista del mundo: Carl Lewis, El hijo del viento.

Desde que los rusos, allá por la Olimpiada de Munich, o sea los tiempos de Valery Borsov, habían tenido que rendirse al hecho de que, cuando menos en las competiciones masculinas, los blancos no podían competir con los velocistas negros, la disciplina había estado dominada por corredores estadounidenses. Esto le daba mucha tirria a mucha gente en el mundo entero, España incluida; y, si unimos este antiamericanismo que porta la lógica de ponerse siempre del lado del débil la cuidadosa imagen que Johnson había alimentado de sí mismo, ese humilde emigrante que se metió a semidiós, ya tenemos todo el cóctel completo. Tres cuartos de mundo vibraron encantados al ver a Johnson traspasar la línea, sobrado, encima realizando una marca sideral: 9,79. Desde la victoria en los 400 metros vallas en Munich del ugandés John Akii-Bua, que batió el récord olímpico como el que lava, que no se veía nada igual.

Dos días menos dos horas después de aquella final, Charlie Francis, entrenador de Johnson, estaba en su habitación de hotel, disfrutando del momento, cuando llamaron a la puerta. Era Dave Lyon, gerente del equipo de atletismo canadiense al que pertenecía Johnson. Pálido, le dijo: «Tenemos que ir a la Comisión Médica. Ben ha dado positivo en esteroides».

Ya hemos comentado que en el campeonato del mundo de Roma, Johnson había competido hasta las trancas, y las barrancas, de Probenecid. En realidad, visto lo visto en los quince años anteriores, sólo era cuestión de tiempo que el tema del dopaje diese un salto cualitativo. Ese salto consiste en que un atleta de primera fila resulte estar tan puesto de drogas que su dopaje sea innegable. Y es que hay una diferencia entre que un campeón se dope y que lo haga un campeón mediático. No hace ahora ni tres años que Michael Phelps ha tenido que sufrir todo un escándalo público por haber sido pillado fumando petas; que atletas de élite fuman maría no se duda; pero no es lo mismo que un miembro del equipo de 4x400 se fume un peta que lo haga el mejor nadador desde Mark Spitz, es decir una persona en la que millones de niños dentro y fuera de Estados Unidos se están mirando. A Johnson le pasó lo mismo. Su caso no se podía obviar tan fácilmente y, además, su marca, una marca que estaba muy por encima de las posibilidades de los velocistas del momento, le jugaba en contra.

José Antonio Samaranch, por su parte, informó a Dick Pound de que «algo terrible ha pasado». Pound preguntó si se había muerto alguien, y el catalán le contestó: «Peor; Ben Johnson ha dado positivo».

Lo que siguió, en unas pocas horas, es lo que tendría que haber pasado en el olimpismo, de una forma más escalonada, en los veinte años anteriores. Los Juegos Olímpicos, a finales de los ochenta, ya no tenían nada que ver con el sueño de Coubertain, sino con la pela. Eran, y son, un mero soporte para hacer dinero. Y el dinero es el ser más cobarde de la Tierra. Diadora, que acababa de firmar un contrato de 2,4 millones de dólares con Johnson, lo rompió ipso flauto. La Kyodo Oil Co., que tenía en Japón una campaña de anuncios televisivos con la imagen del canadiense, la retiró de las pantallas, como dicen en Chile, al tiro.

… y el mundo, como por arte de magia, de repente creyó en las bondades de la lucha contra el doping. El mayor ejemplo lo dio el líder soviético, Mikhail Gorvachev. Se gastó dos millones y medio de dólares en establecer un laboratorio flotante en la costa de Corea que proveyó de tests de dopaje previos a las competiciones a los atletas soviéticos, con la instrucción de que aquellos atletas y entrenadores que no lo superasen lo pasarían mal. Aunque no está claro, parece que hubo atletas que no llegaron a competir por esta causa.

Le siguieron Bulgaria y Hungría; ambos comités olímpicos, tras recibir los análisis realizados, retiraron a sus equipos de halterofilia (da la sensación, leyendo sobre el dopaje, que al último halterófilo honrado lo debieron de fusilar en la Gran Guerra). Los escándalos en el equipo americano fueron varios (ocho atletas habían dado ya positivo por efedrina en los trials), pero guarreando consiguieron esquivarlo.

Los análisis de Seúl hacían pensar que, como mínimo, la mitad de los atletas habían usado algún tipo de dopaje. La mitad...

Tras el positivo de Johnson y el ámbito de completo descaro que había alcanzado el tema, aquéllos que habían sido tradicionalmente el obstáculo principal para una política antidopaje adecuada, es decir las federaciones nacionales, ya no tuvieron más remedio que ir a las ruedas de prensa poniendo cara seria, prometer que siempre habrían sido, y siempre serían, intransigentes con el uso de drogas, y ponerse a trabajar para cumplirlo. El gobierno canadiense, primero y principal afectado por el escándalo Johnson, creó una comisión especial que no tardó en concluir que el problema del dopaje en el deporte era sistemático. Este fue el momento aprovechado por De Merode para proponer la puesta en marcha de un cártel mundial antidopaje, que fue estudiado y aprobado en una conferencia en Moscú, patrocinada por la UNESCO, a finales del mismo año 1988. El hecho de que Estados Unidos no fuese miembro de la UNESCO no fue problema, porque ya antes las autoridades soviéticas y americanas habían llegado a un acuerdo para realizar controles antidopaje cruzados entre ellos; acuerdos que, poco tiempo después, se habían ampliado a la práctica totalidad de los países habituales del medallero. A todo ese buen rollo, en todo caso, no fue ajeno el hecho de que la URSS, para entonces, había asumido ya que no podía mantener el ritmo de los estadounidenses en lo que a desarrollo de nuevas drogas se refiere, así pues había adoptado una posición totalmente colaboradora que, en realidad, era una posición interesada. En la asamblea del COI del verano de 1989, De Merode propuso la creación de una nueva comisión médica en el seno del Comité.

A pesar de todo lo que se pueda decir sobre el escándalo mundial de grandes proporciones que supuso el positivo de Ben Johnson, y a pesar de todos estos avances formales, la verdad es que la década de los noventa no fue, precisamente, ejemplo de cambio de dirección. Ya hemos insinuado, o dicho, que las fuerzas dentro del propio movimiento olímpico, y no digamos entre las federaciones nacionales, no empujaban precisamente en la dirección de tomarse el dopaje en serio y limpiar el deporte de prácticas cuestionables. Ciertamente, la caída del muro en 1989 aportó un elemento de distensión muy importante, al eliminar la rivalidad política. Pero el dopaje era algo más que un problema entre sistemas políticos; de hecho, conforme en el mundo cada vez más gente estaba en disposición de tener televisión y hobbies (no hay que desdeñar en lo absoluto el papel de los telespectadores asiáticos en el desarrollo en los últimos veinte años de los deportes-espectáculo), el tema del dopaje y del deporte había dejado de ser un tema de política, para pasar a ser un tema de dinero. Y nadie quería renunciar a él, entre ellos los sacerdotes custodios del movimiento olímpico.

Como dijo el príncipe de Merode, «Samaranch sabía que necesitaba dinero; pero el problema del dinero es que luego dependes de él»; o, más en concreto, de quien te lo prestó. El presidente del COI, en su paroxismo por rebajar el tono de las críticas hacia el dopaje, llegó a decir que todo aquello que no afectase a la salud no debía considerarse doping. Fue tras la caída del Muro, cuando como he dicho el dopaje pudo drenar parte de su presión,  cuando se planteó dar algunos pasos para demostrar al mundo que el Comité estaba implicado en la lucha contra las drogas en el deporte. No obstante, Samaranch tenía una obsesión, que comparte con todos y cada uno de los dirigentes deportivos que ha habido en España y en el mundo entero: la obsesión de mantener los conflictos deportivos fuera del ámbito de los tribunales ordinarios. Si hubiese construido una autoridad como es de ley en materia de dopaje, habría terminado teniendo que admitir que ésta pudiese acudir en sus acusaciones a los tribunales (como, de hecho, ocurre hoy en día: los más sonados casos de dopaje han terminado en la bancada frente al juez). Pero como no quería eso, siguió permitiendo que la estructura de lucha contra el dopaje permaneciese fragmentada y, consecuentemente, siguiese tomando decisiones abiertamente arbitrarias.

Los casos del lanzador de peso Randy Barnes y del velocista Butch Reynolds, ambos estadounidenses que habían apelado a su federación nacional tras haber dado positivo en competiciones internacionales, dejaron claro que, al menos en algunos países, y EEUU era uno de ellos, los atletas que jugaban sucio podían esperar acciones de protección por parte de sus mayores. Butch Reynolds fue rehabilitado por la federación americana, muy a pesar de que tanto la IAAF como algunos miembros de The Athletic Congress (la autoridad americana) estaban a favor de sancionarlo. En realidad, la cosa va mucho más allá. Reynolds demandó a la IAAF por los meses que había pasado en el alero de la opinión pública mundial, durante los cuales había sufrido la consiguiente pérdida de contratos publicitarios; y un juez estadounidense falló a su favor, condenando a la IAAF a pagarle 27,3 millones de dólares. Aunque en apelación la condena fue revertida, aquello dejó claro que la coordinación internacional antidopaje, a pesar del escandalazo del jovencito humilde hecho a sí mismo, seguía apestando.

lunes, septiembre 02, 2013

Reza Aslan: Zealot



Autor: Reza Aslan.
Título: Zealot: the life and times of Jesus de Nazareth.
Editorial: Random House, 16 de julio del 2013.
Extensión: 296 páginas.
Calificación moral: mayores con reparos.


Está convirtiéndose en una costumbre inveterada que invierta yo una porción de mis vacaciones de verano leyendo algún libro sobre la figura histórica de Jesús de Nazaret. Este año le ha tocado el turno a Reza Aslan y su libro Zealot: the life and times of Jesus de Nazareth. Como casi siempre con este tema, se trata de una lectura no exenta de polémica, nada mal escrita (de un tiempo a esta parte, no pocos jesusólogos, sobre todo en Estados Unidos, han adquirido habilidades periodísticas y marquetinianas, y tienen páginas web y todo); pero, por encima de todo, discutible.

Aslan es hijo de lo que él denomina «musulmanes de fe tibia» (emigrados iraníes forzosos), y cuenta en el prólogo del libro que descubrió a Jesús durante un campamento siendo un adolescente, aunque luego, conforme se fue convirtiendo en un scholar experto en la antigüedad hebrea y bla, comenzó a tener problemas para casar todo lo que creía con lo que sabía. Fruto de esas dudas y del esfuerzo de conocimiento que vienen a suponer es este libro, donde Aslan trata de desnudar a Jesús, por así decirlo, de todo aquello que lo adorna pero es ahistórico, cuando no antihistórico, para llegar a un destilado final que, de alguna manera, pretende que sea algo así como el conjunto de cosas sobre Jesús que pueden considerarse innegables. Su esfuerzo, pues, se parece bastante, en su esencia, al que ya recensionamos en este blog de Bart Ehrman, aunque hay que decir que Aslan se moja bastante más que el chulesco autor citado supra.

Creo que cualquier apreciación por mi parte sobre el libro de Aslan y sobre el tema en sí de la historicidad de Jesús debería comenzar por un concepto primario que, sin embargo, creo que nunca he puesto por escrito, lo cual supone cierta falta de respeto hacia mis lectores. Lo escribiré ahora, pues.

Este primer concepto esencial es que yo, la verdad, sin que esto suene despreciativo, creo que la investigación de los orígenes del cristianismo lleva ya bastante tiempo un poco estancada, si no mucho. En mi opinión, el gran salto cualitativo de conocimiento en esta materia se dio en la segunda mitad del siglo XIX y, a partir de ahí, lo que tenemos son diferentes tentativas de reinventar el salmorejo. Sí, ya sé que entre el periodo que yo considero fundamental y el presente hay cosas como el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto; pero yo creo que la importancia que se le da a este descubrimiento, por no citar otros más recientes y mediáticos como el enterramiento de Talpiot, es bastante menor de lo que se pretende. Entiéndase: no se trata de materiales menores; se trata de materiales menores a la hora de adverar o desmentir la historicidad de Jesús de Nazaret y los orígenes del cristianismo. El cristianismo, y pronto espero escribir un poquito más sobre esto, es el resultado del contacto entre judaísmo y platonismo (muy especialmente en Alejandría, en el gabinete de estudio de Filón) y del paganismo.... Sí, lo has leído bien. El cristianismo, en mi opinión, no surge contra el paganismo, sino desde él. Es la filosofía moral que finalmente responde con eficiencia preguntas que las religiones que hoy llamamos paganas ya se estaban haciendo. Pero es que esto se sabe desde Fustel de Coulanges, desde Frazier, desde Cumont. Quien quiera enterarse de estas teorías, con facilidad puede encontrar primeras ediciones de las mismas de 1880, o similar.

Desarrollar mis ideas a este respecto, no obstante, nos desviaría del motivo de este post. Baste apuntarlas, únicamente, como sustento a esta afirmación mía de que la investigación bíblica, evangélica y jesuista ofrece, a mi modo de ver, pocas novedades desde hace tiempo. Los textos son los mismos, los referentes básicos no han cambiado. La arqueología, neto de Talpiot y las diversas teorías serias o simples conachadas que ha provocado, tampoco puede dar muchas respuestas nuevas. Así pues, en toda obra sobre esta materia, por mucho que su autor se empeñe en enmascararlo, hay bastante de más de lo mismo.

Aslan no es una excepción. De hecho, su teoría básica, que sus editores han querido hacer bien evidente porque saben que es atractiva, es una teoría que estuvo muy en boga tras la década de los sesenta, cuando tantas personas descubrieron por qué Jesús llevaba dos mil años dejándose el pelo largo. En aquella época, las nuevas formas de pensar quisieron ver en Jesús a un hippie más o menos vocacional y, sobre todo, a un revolucionario de mayor o menor laya. Las teologías de la liberación más o menos elegantemente construidas quisieron ver en él al primer comunista de la Historia (que, vaya: ¿qué se hizo de los Gracos?); una especie de Che Guevara adelantado, y tal, y tumba. Los investigadores bíblicos hacía ya mucho tiempo que habían descubierto que la bienintencionada traducción que los padres Nácar y Colunga, en los evangelios de uso común en escuelas y hogares españoles, habían hecho del término griego lestai era precisamente eso: una traducción bienintencionada que quería convertir a los compañeros de Jesús en el Gólgota en ladrones, cuando en realidad eran, más que probablemente, zelotes o, con mayor precisión, activistas creyentes más o menos en las mismas cosas en las que creyó, tiempo después, el denominado partido zelote.

Aslan considera que Jesús fue, básicamente, una especie de líder zelote o zelotoide. Un predicador surgido de la aldea de Nazaret para predicar una serie de cosas que él conecta directamente con el hecho de que los diferentes regímenes religioso-temporales de Jerusalén fueron, básicamente, regímenes corruptos en los que miembros de élites familiares (en términos occidentales podríamos decir que aristocráticas, aunque aquella aristocracia provenía de la fe y de las costumbres y no del poderío militar) adquirían el privilegio de ser Sumo Sacerdote de las autoridades romanas; autoridades metropolitanas que, además, y en este punto el libro de Aslan es muy claro, preciso y convincente, se caracterizaron, durante prácticamente todo el periodo que va desde la teórica muerte de Jesús hasta Masada, por ser, ellos mismos, unos personajes de dudosísima moralidad colectiva. En un entorno, pues, de prefectos ladrones y de sumos sacerdotes asociados con ellos, surgió este Jesús que hablaba de la autenticidad de la fe en Dios y de ponerlo todo patas arriba, como por otra parte ya anunciaban las escrituras.

Reza Aslan hace en su libro algunas apreciaciones de gran interés. Su principal objetivo, que él mismo confiesa, es contextualizar adecuadamente el desarrollo del relato o los relatos sobre la vida de Jesús en el momento histórico del pueblo judío; y es en este terreno donde el libro es, en mi opinión, especialmente clarividente. El autor pasa bastante de los escritos de Pablo de Tarso, lo cual es bastante lógico porque el fundador del cristianismo gentil, realmente, da toda la impresión en sus cartas, sobre todo en aquéllas que le son atribuidas con mayor verosimilitud, de no saber nada sobre la vida de Jesús. En realidad, de todo de lo que habla Pablo en sus cartas es de la crucifixión y, sobre todo, de la resurrección de Jesús. Pero, a pesar de ser una persona que ha pasado tiempo en Jerusalén con Pedro, el teórico discípulo de Jesús primus inter pares, y Santiago, también teórico hermano del Mesías, no parece interesado en contar ninguno de los muchos detalles que con seguridad le habrían referido.

[¿Por qué teórico primer discípulo de Jesús? Pues porque una lectura sinóptica del famoso pasaje de la piedra y sobre esta piedra edificaré bla bla bla levanta, a mi modo de ver, más que serias dudas de que esa condición realmente fuese cierta o, más concretamente, contemporánea de Jesús. Y, a la vista de los Hechos, esto es a la vista de que sabemos que Pedro fue uno de los que aceptó la jefatura de una de las iglesias cristianas, la cristiano-judía, bien podría ser que muchas de las cosas que los Evangelios dicen en procura de ese papel especial fuesen elaboraciones posteriores; una forma, bien conocida, de hacer que el presente justifique el pasado. Pero, bueno, éste es otro tema...]

Reza Aslan nos recuerda que todos los evangelios fueron escritos después del año 70 de nuestra Era. Esto es, después de que los romanos, hasta los huevos de las conachadas de los hebreos, se fuesen a por ellos, entrasen en Jerusalén y no dejasen en pie ni los ceniceros del Templo. Para el autor, tras aquella debacle, que las respuestas suicidas y eso no mellaron en su importancia, provocó en el mundo judío una reacción clara contra el pensamiento belicista, hoy diríamos independentista, de zelotes y otros radicales, alimentando una concepción más moderada de lo hebreo. En este punto le falta al libro, en mi opinión, algún análisis algo más profundo de lo mucho que, en mi opinión, colaboró para esta moderación el contacto del judaísmo con el platonismo y la pulsión, por así decirlo, hacia la religión moral. Porque el mundo antiguo, en aquel mismo momento, estaba cambiando; cansado de religiones que eran mezcla de fe y magia, buscaba la forma de construir creencias que colocasen la responsabilidad de la virtud y la felicidad no sobre los hombros de los dioses, sino de los hombres. No obstante, y a pesar de estas carencias, el punto de vista de la obra es, a mi modo de ver, muy acertado.

Para sostener esa interpretación de Jesús como un predicador independentista judío con contenido social y, diríamos hoy, antisistema, Aslan hace algunas interpretaciones que, además de ser, como todas, discutibles, son un poco forzadas. Por ejemplo, interpreta el famoso pasaje del denario y el mensaje de Jesús («dadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»), no como se ha hecho canónicamente durante mucho tiempo, es decir considerando que lo que quiere decir es que el creyente debe ocuparse de las cosas espirituales y que a él los temas terrenales se la bufan. Según Aslan, este pasaje quiere decir: devolverle la moneda al César porque es suya puesto que en ella está su rostro; pero devuélvasele al Dios de Israel la tierra que eligió para su pueblo. Como digo, es una interpretación bastante coherente con lo que los estudiosos de la Biblia destacan muy habitualmente, y es que el mesianismo judío era un mesianismo ligado a la llegada de un líder terrenal que establecería el Reino de Dios en la Tierra; pero, aún así, es, o a mi me lo parece, un tanto forzada.

A pesar del título del libro, en realidad Aslan niega que Jesús fuese un zelote porque, dice, este partido no surgió hasta treinta años después de su muerte. Tampoco quiere ver en él una persona que propugnase la violencia, «aunque», matiza, «sus visiones sobre la violencia eran más complejas de lo que normalmente se acepta» (bien es verdad que, para sostener las posiciones violentas en Jesús, se apoya en pasajes como la Pasión, de los que él mismo duda). Sin ser todo eso, dice, lo que sí fue es un profeta mesiánico (una vez más, la promesa de un reino de Dios terrenal) que fue crucificado por los romanos (probablemente, dice, sin intervención del Sanedrín; establece muchas dudas sobre esa parte del relato) porque ponía en peligro la ocupación romana de Palestina.

Sinceramente, yo encuentro bastante difícil comprar esta teoría. Si Jesús hubiese llegado a ser tan poderoso como para suponer objetivamente una amenaza para los romanos, hay varias preguntas que hacerse. La primera es por qué Josefo le dedica apenas una mención en sus libros, y además una mención indirecta (porque, en realidad, Josefo alude a los cristianos, no a Jesús). Cuesta creer que un siglo tan convulso, del que ha quedado puntual recuerdo de asesinatos personales de grandes sacerdotes del Templo, no quedase una traza más visible de alguien que tenía que tener toda una caterva de seguidores activos, y activos quiere decir haciendo algo contra el poder romano, como para que la metrópoli del mundo lo considerase una amenaza.

La segunda pregunta es por qué es ejecutado con tanta facilidad. Tras el prendimiento de Jesús, nos cuentan los Evangelios, sus doce apóstoles se diluyen y le niegan. ¿Cómo podía Jesús poner en peligro la estabilidad del protectorado romano ayudado tan sólo por doce pollos que unos pocos años antes estaban pescando percas? Aslan aborda este problema levantando serias dudas sobre el relato de la Pasión; dudas que este bloguero comparte, hasta el punto de considerar que raramente habrá algo de verdad en todo lo que los Evangelios cuentan. Pero sigue sin explicar cómo es posible que, en el marco de un pueblo que está a la que salta por su independencia temporal y religiosa frente a un poder que no le gusta, un tipo que entra en Jerusalén en loor de multitud es torturado y crucificado horas después sin que pase nada. Bueno, si hemos de creer el relato de la Pasión, la cosa va más allá; porque los tipos que lo aclaman, horas después, lo cambian por un pollas que está en la cárcel. Todo esto mediando una seria preocupación por parte del prefecto Pilatos por salvar a Jesús; preocupación que, en esto estoy totalmente de acuerdo con Aslan, es insostenible desde cualquier punto de vista.

La relación entre Jesús y Juan el Bautista es también objeto de análisis en este libro; análisis que está entre lo mejor del manuscrito. Aslan recuerda que Juan el Bautista fue un líder religioso que, exactamente igual que Jesús, era venerado años después de su muerte por sus discípulos y, al fin y a la postre, acaba insinuando con bastante claridad que Jesús fuese un discípulo de este primer predicador; con lo que las cosas que los Evangelios vienen a decir de que Juan conoció, comprendió y asumió la superioridad del Hijo de Dios, son relatos adecuadamente colocados en las Escrituras con posterioridad.

En suma, estamos ante un libro muy atractivo por su carácter histórico, elegante en muchas de sus interpretaciones; y, por supuesto, discutible como todos. Una lectura interesante si se hace con cierto espíritu abierto, y no como los elementos más religiosos de los Estados Unidos, que consideran que se trata de una obra en la que «un demócrata acusa a Reagan de haber sido mal republicano». Pero tampoco marca un antes y un después en este tema, probablemente porque habilitar dicha marca es imposible. Casi todo en este ámbito es voluntario. Cada uno cree lo que quiere creer.

jueves, agosto 29, 2013

Reflexiones en torno a la intervención de un tercero en una guerra civil

Desde que comenzaron los disturbios de este verano en Egipto, venía yo comentando en Facebook cosas; textos en los que acababa, de una forma u otra, hablando de la guerra civil española. Finalmente, alguno de mis amigos acabó por preguntarme, de frente y por derecho, si realmente yo lograba ver algún tipo de similitud entre ambas situaciones. Leyendo esa pregunta me di cuenta de que sí, de que las veía; y más que las veo ahora que el foco de interés se ha desplazado a Siria y la posible intervención americana. Pero, claro, estas son cosas que hay que explicar.

No es la primera vez que digo, y no será la última, que la Historia sufre las consecuencias de la tendencia que todo ser humano con ideología (o sea, todo ser humano; hasta quien cree no tenerla) tiene a interpretar la realidad de forma que no ponga en cuestión o en peligro los presupuestos de dicha ideología. Este deseo es el que lleva a las personas a confiar en explicaciones sencillas de la realidad. Un fenómeno químico no se puede explicar con eficiencia diciendo que «coges una cosa azul, la echas en una transparente, y entonces sale un poco de humo y el líquido se pone rojo». Pero la Historia sí. De hecho, lo que la mayor parte de la gente sabe (y quiere saber) de la Historia se asemeja bastante a la descripción que acabamos de hacer de la mezcla de dos compuestos químicos. A quien describe le importa un bledo la composición de la cosa azul y de la transparente; datos ambos que son fundamentales para entender por qué se produce una reacción exógena y un cambio de color. En Historia ocurre mucho esto; en realidad, ocurre constantemente, porque la Historia es un campo del saber que está mucho más tiznado de ideas que la química (lo cual no le impidió a Daniel Cohn-Bendit, en el curso de las sagradas jornadas de Mayo, decir que la ciencia estaba al servicio del Estado burgués, y que había que enseñarla de otra forma).

Que la guerra civil es uno de esos asuntos que parece haber nacido para ser pasto de generalizaciones es bastante obvio. En términos generales, la Historia de la guerra civil, tal y como la conocen la mayoría de quienes la conocen, se basa en conceptos sencillos para los que no se admiten matizaciones, mucho menos enmiendas a la totalidad. El concepto de que todas las fuerzas republicanas eran demócratas en el sentido actual, es uno de ellos. El concepto de que Azaña tenía razón y la mayoría de los españoles quería la reforma religiosa que se abordó en la Constitución del 31, es otro (y muy importante; porque matizarlo, o enmendarlo, vendría a suponer admitir la idea de que Azaña, a quien se tiene por uno de los políticos más profundos de nuestra Historia, era en realidad un señor que se regía no pocas veces por conceptitos de la Señorita Pepis; y defender esta trinchera es una conditio sine qua non de bastantes historiadores).

Pero hay otro concepto, o más bien la interacción de tres sub-conceptos, que es el que me interesa en este post. Se trata, como digo, de tres afirmaciones entrelazadas que, juntas, conforman un concepto. Y que se podrían expresar así:

1) La República perdió la guerra civil porque no recibió la ayuda de las potencias europeas.
2) La no-intervención es el mero resultado de un egoísmo de quienes deberían haber decidido la intervención, incluso contrario a su opinión pública.
3) Al final, la no-intervención fue inútil, porque lo que pretendía parar, la guerra mundial, no lo paró.

La interacción de estos tres sub-conceptos nos permite obtener una explicación bastante sencilla para el inexplicable dato al que la historiografía hispana lleva 80 años intentando encontrarle una explicación: que la República perdiese la guerra. La guerra se perdió porque unos recibieron ayuda, y otros no, y, last but not least, porque las democracias europeas no se embarcaron en la defensa de la democracia en España.

Y aquí es donde los temas se abrochan, bastante, con el presente.

El presente, a mi modo de ver, nos enseña que en esta explicación histórica hay un error de base, que puede parecer inapreciable, pero está ahí. La afirmación «Francia e Inglaterra deberían haber intervenido en la guerra civil española» está partiendo de la base de que intervenir en la guerra civil de otro país es algo que está chupado que lo flipas. Pero la verdad es que no es así. Ni de coña, vamos.

La reacción de los militares egipcios contra el presidente al-Mursi y los Hermanos Musulmanes viene a ser una buena demostración de que hay una parte del razonamiento que falla. Esta parte es aquélla que dice que las democracias europeas deberían haber defendido la democracia española. Para que esto sea así de fácil, tiene que producirse una situación en la que las democracias siempre defiendan democracias. Pero eso no es lo que ha pasado en Egipto. Lo que ha pasado en Egipto nos ha permitido a todos, a poco que estemos mínimamente conectados en Facebook y en Twitter, contemplar cómo demócratas sincerísimos y de toda la vida aplauden un golpe de Estado.

La correlación estricta «demócrata inglés defiende a demócrata español» es incierta, como es incierto calificar de solución democrática al hecho de que un jefe militar se alce contra los excesos de un gobernante elegido por los votos, y se haga con el poder político merced a la promesa de corregirlos (cosa que los militares siempre hacen sin fecha clara; el general al-Sisi no ha hecho nada muy diferente de lo que hizo el general Primo de Rivera, que se tiró siete años).

Hay un argumento claro para que creyentes en la democracia, dentro y fuera de Egipto, hayan vitoreado a unos helicópteros que llegaron, cuando menos de momento, para dejarles sin ella. Ese argumento tiene que ver con los excesos sectarios de los Hermanos Musulmanes en el poder, que estaban, fundamentalmente, creando una Constitución a la imagen y semejanza de sus filias y fobias, diseñada para cualquier cosa menos para integrar a sus adversarios políticos, que es lo que debe hacer una Constitución.

Pero es que, en este terreno, se pueden recordar muchas cosas. La primera de todas, que la Constitución republicana de 1931 tiene, desde luego, muchas virtudes; pero la de ambicionar la integración de «el otro» no está entre ellas. Y que, si la Constitución de todas formas pudo salvar los muebles, desde luego la Ley para la Defensa de la República no lo hizo en lo absoluto. La República, dicho sea en llano, aprobó  una ley por la cual todo aquél que el ministro del Interior no considerase suficientemente republicano podía ser castigado por él mismo (ni siquiera por los jueces); sus posesiones podían ser intervenidas, sus periódicos cerrados e, incluso, la propia persona podría ser desterrada.

Hay más, desde luego. Por ejemplo, en el debate sobre orden público del 16 de junio de 1936, José María Gil-Robles se refirió a informaciones publicadas en la prensa inglesa según las cuales los conductores interurbanos eran parados en España por partidas alegales de militantes de izquierdas armados, los cuales les conminaban a realizar aportaciones «voluntarias» al Socorro Rojo Internacional.

Otro elemento que se podría recordar aquí es el hecho de que el Frente Popular, cuando ganó las elecciones del 36, lo hizo prometiendo el excarcelamiento de los detenidos por el golpe de Estado revolucionario del 34. Pero no es que lo cumpliese aprobando una amnistía; lo hizo abriendo, simple y llanamente, las cárceles, en un acto alegal que precisamente por esa alegalidad tiene poco de democrático. Para cuando Azaña firmó el decreto de amnistía, muchos de aquellos presos (y de paso todos los comunes; los ladrones, los hostiadores de tías, los pederastas, los violadores) estaban en la calle, como bien cuenta Pasionaria en sus memorias de la cárcel de Oviedo; que abrió ella misma de par de par, sin existir apoyo legal alguno para el gesto, acompañada por otra persona que había sido elegido diputada como ella.

Last, but not least, aunque jorobe un poco recordarlo, el régimen republicano fue un régimen en el que un grupo de policías cabreados fueron a la casa de un diputado aforado, lo secuestraron, en lo que paraban en un semáforo le pegaron un tiro, lo dejaron tirado en la puerta del cementerio y, ojo que aquí está lo importante, jamás fueron juzgados, prácticamente ni siquiera interrogados, al respecto. Aquellos tipos estaban cabreados a causa del asesinato de un compañero suyo, el teniente Castillo. Castillo había protagonizado, el 15 de abril de 1936, una dudosa actuación durante los disturbios en la plaza de Manuel Becerra en el entierro del alférez Anastasio de los Reyes; disturbios durante los cuales disparó a quemarropa sobre un joven civil de 19 años que estaba desarmado, Miguel Llaguno. Lo realmente alucinante de esta historia es que Castillo fue asesinado apenas dos meses después cuando se dirigía al trabajo. Esto es: jamás fue juzgado, ni siquiera suspendido cautelarmente, tras haber disparado sobre Llaguno.

Que los Hermanos Musulmanes albergaban, y albergan, el proyecto de hacer de Egipto un Estado islamista en el que todas las demás sensibilidades de los creyentes de Alá no tengan ni puñetera cabida, no lo tengo en lo absoluto en duda. Pero, que yo sepa, todavía no habían llegado al punto de haber aprobado leyes proscribiendo de facto de la vida pública a los no integristas; todavía no habían intentado hacer el país suyo generando patotas de activistas armados que, un suponer, solicitasen, arma en ristre, «gavelas voluntarias» a los muchos turistas de Karnak y de Luxor; todavía no habían practicado la simple y pura justicia parcial hacia los excesos islamistas practicados por su propia policía; y todavía no habían practicado el asesinato impune de políticos de la oposición, con la anuencia silenciosa de los resortes del Estado.

Si no habían hecho todavía nada de esto y, aun así, para tanta gente la intervención del ejército ha estado justificada, ¿por qué los ciudadanos demócratas de Francia e Inglaterra deberían considerar, en 1936, que había que apoyar una implicación de sus países en la guerra civil española, en defensa del Frente Popular (que no de la República; porque todo lo que era República y no era Frente Popular, con algunas excepciones como Luis Lucia, se puso del lado que se puso)?

El otro ejemplo que nos aporta el presente más rabioso es Siria. En Siria hay una guerra civil cuya composición es compleja y confusa. No está del todo claro exactamente de qué van los dos bandos, de qué se componen y cuáles son las razones de cada uno para agredir al otro. En esto ya hay una primera lección. Cualquier persona que esté inmersa en una guerra civil deberá asumir, si quiere tener una imagen adecuada de su entorno internacional, que las imágenes e informaciones que dentro pueden ser precisas, fuera son tibias y desdibujadas. Es más: el espectador exterior, a la hora de juzgar los hechos que ocurren en un tercer país, no hace grandes esfuerzos de comprensión, y se guía por hechos más bien epidérmicos. Así, en la polémica sobre si Estados Unidos puede, tiene derecho, o debe bombardear Siria, se ven posiciones de personas que, por ejemplo, rechazan esa intervención porque la va a hacer Estados Unidos (y ellos son antiamericanos). Otros, porque la oposición a la que favorece el debilitamiento de al-Assad son «los de Hamas y al-Quaeda» (cito de cosas que he ido leyendo) y, por lo tanto, nos vamos a hacer un pan con dos tortas.

Tenemos que tener en cuenta tres cosas, pues: una, que, como acabo de comentar, la idea que se hacen las sociedades de «lo que pasa» en el país problemático de turno es bastante imprecisa. Dos, intervenir supone implicarse: mandar cosas o personas; eventualmente, tener víctimas. Tres, no intervenir supone exactamente lo contrario.

La conjunción de estos tres hechos nos llevará a una conclusión clara: si hablamos de un país y su relación con otro en el que hay una guerra civil, lo que encontramos es que los consensos en torno a no hacer nada son mucho más sencillos que en torno a hacer algo.

Una sociedad que no ha sido agredida es mucho más proclive a aglutinarse en torno al concepto del «no» que en torno al concepto del «sí»; y, cuando se produce la agresión, las tornas son exactamente las contrarias. Obsérvese, sin ir más lejos, que en una España que estaba gobernada exactamente por los mismos que hoy en día (aunque los actuales tienen, eso es cierto, un afán de protagonismo internacional mucho menor) las fuerzas de izquierdas no tuvieron problema a la hora de aglutinarse en torno a un No a la guerra; pero, en el momento presente, esas mismas fuerzas están divididas entre el no, el sí, y el sí pero. Ésta es la razón por la cual no habría habido implicación norteamericana en la segunda guerra mundial de no haber existido Pearl Harbor; mientras la guerra no iba con ellos, los americanos querían aislacionismo; y si Hitler masacraba judíos o los camicie nere mataban a hostias a gente por la calle, what me worry? Dentro de esas mismas izquierdas que hace años bramaron porque EEUU se estaba inventando lo de las armas de destrucción masiva y pasando de la ONU, hoy se ven posturas de quienes no le hacen ascos a una intervención antes de que el uso de armas químicas haya sido adverado e incluso, en arabescos conceptuales acojonantes, casi conciben el Consejo de Seguridad como un estorbo.

Yo, sinceramente, no sé de dónde se sacan cierta historiografía española y sus diversos fanboys la idea, más o menos connotada en las cosas que dicen, escriben y opinan, de que a Reino Unido no le habría costado nada montar una intervención británica en la guerra española; la idea, pues, de que la sociedad británica lo habría entendido sin fisuras o al menos en una mayoría suficiente. Insisto en que, estructuralmente hablando, a todo gobierno siempre le será más fácil encontrar consenso en torno al no que al sí. Pero es que, además, hay que tener en cuenta el fuerte componente antibélico que había tenido la oposición laborista durante toda la década de los treinta, unido a la convicción de los políticos de que Reino Unido no estaba preparada para un enfrentamiento bélico a gran escala. A todo ello hay que unir un hecho que desde España recibe todos los parabienes del mundo y que, sin embargo, yo juzgo fundamental a la hora de inclinar la balanza británica a favor del no: las brigadas internacionales.

Juan Negrín, a lo largo de su convulsa vida de exiliado tras la guerra civil, se peló los labios de dar conferencias e intervenir en debates varios diciendo que nunca le habían gustado las brigadas. Él, que había estado al frente del gobierno al que supuestamente las potencias europeas deberían haber prestado su ayuda; él, que por razón de sus querencias personales y su poliglosía estaba muy presente en los asuntos exteriores de la República, sabía bien lo mucho que aquel proyecto del Partido Comunista había obstaculizado ese concepto de «demócrata ayuda a demócrata». Con los años, las décadas y la memoria histórica y bla, los miembros de las brigadas internacionales se han convertido en «combatientes por la libertad». Pero no eran exactamente eso. Eran combatientes por el comunismo, hasta el punto de tratar bastante mal a los despistados ácratas que se apuntaban al proyecto e incluso, si hemos de creer al socialista Justo Martínez Amutio, fusilar a varios de ellos. Con la leva y envío de las brigadas internacionales, el PC salvó, se dice, Madrid; pero, desde luego, en lo que se se refiere a conseguir otro tipo de brigadas internacionales que se uniesen a aquéllas, la República lo perdió todo. Exactamente igual que hay personas que rechazan la intervención en Siria, sin querer saber más, por el simple hecho de que «la hacen los Estados Unidos» (y la rechazaban en Serbia, a pesar de que periodistas y ONGs regresaban de Bosnia pidiéndola a gritos), el núcleo duro de la sociedad británica jamás habría aceptado que our boys se fuesen a jugar la vida codo con codo con los comunistas, o se implicasen vía venta de armas (armas que, por cierto, Reino Unido básicamente no tenía, y por eso las estaba fabricando aceleradamente).

El caso de Francia es aún más obvio, teniendo en cuenta que en aquel país existía una fortísima opinión pública de derechas, que no es que dudase sino que tenía muy claras sus simpatías por los golpistas; y un Frente Popular que tenía que tener en cuenta esa presencia casi cada día. Para colmo, como plañideramente se quejó José Antonio Aguirre en un informe al gobierno durante la guerra que activó las tímidas e inútiles negociaciones de la República con el Vaticano, para colmo, digo, la actitud del bando republicano hacia la Iglesia hizo que la mera idea de que Francia pudiese decidir una ayuda a la República consistente en enviar tan sólo un oficinista despistado para que cortase los teletipos en el Ministerio de la Guerra, aparece como un chiste.

En ambos países, en todo caso, las mayorías sociales silenciosas, esos tipos que ni salían a la calle para hacer cuestaciones por la República ni organizaban misas a favor de Franco, carecían de aliciente alguno para decantarse de lado de una intervención en la guerra española. Como ocurre ahora con Siria, y ocurrió incluso en Libia antes.

Así pues, como digo, esa idea que se trasluce de vez en cuando en comentarios y escritos, según la cual un tipo como Neville Chamberlain no habría tenido ningún problema en ir al Parlamento y anunciar la implicación del país en la guerra española a favor de uno de los dos bandos, es una idea compuesta de grandes cantidades de optimismo histórico, pero cero realismo.

Las potencias democráticas europeas, en todo caso, tenían otras razones para no intervenir. En realidad, es que durante aquellos tiempos miraron poco hacia España, porque tenían la vista puesta en otra esquina de Europa. De esto prometo que hablaré pronto.