Nos ha pasado lo mejor que nos podía pasar. De verdad. Los Juegos Olímpicos no son ningún negocio. De hecho, no lo es ninguna competición deportiva de altura mundial. De la Copa América, en su momento, se dijo que reportaba muchos más beneficios que unas olimpiadas porque sus aficionados y practicantes son todos pijos y forrados de pasta; y, la verdad, no parece que para Valencia haya un antes y un después de la Copa América. Los Juegos Olímpicos, más o menos hasta México o Munich, fueron básicamente el sueño del barón Pierre de Coubertin, y tal (bueno, también fueron el sueño de Hitler y otros; pero no nos vamos a poner estupendos). A partir de Montreal, sin embargo, fueron abducidos por dos cosas. La primera de ellas fue la política, porque las Olimpiadas se convirtieron en una especie de anexo a la guerra de Vietnam, sólo que sin armas. La segunda fue el negocio. El olimpismo comenzó a concebirse como un negocio, como una teórica máquina de hacer dinero que reclamaba su parte por ponerse en marcha; esto, que ya era perceptible en los últimos setenta, se convirtió en la norma con la llegada a la presidencia del COI del español José Antonio Samaranch quien, de hecho, fue contratado para acabar convirtiendo los JJOO en una NBA o en una Fórmula 1 a lo bestia. Lugares, pues, donde lo menos importante es que gane el mejor o que la gente vaya altius, citius, fortius y bla, sino que haya mogollón de espectadores sentados frente al televisor en el que, en los ínterin, les van a meter publicidad a cojón de pato el segundo. La quintaesencia del espíritu olímpico moderno es Sergei Bubka, aquel pertiguista ucraniano que se paseaba por las competiciones de la Golden Gala y sólo batía el récord del mundo de la especialidad (un centímetro más...) si le pagaban para ello. Eso es el deporte de elite moderno: una almoneda, con reglas de almoneda. ¿Qué cuáles son las reglas de la almoneda? Pues, fundamentalmente, una: el que quiera culo, que se moje el peces. O, dicho de otra forma: para sacar pasta, antes tienes que poner pasta. Y, como la oferta es ganar mucha pasta, con las mismas tienes que poner, antes, mucha pasta. Lo cual convierte la apuesta de organizar unos juegos olímpicos en una apuesta extraordinariamente arriesgada.
Hay cosas de las que nunca o casi nunca se habla. Por ejemplo, la amortización. De toda la vida, cuando creas un activo de tu propiedad, tienes que provisionar, año a año, su depreciación, para que tu balance siga mostrando tu situación patrimonial verdadera. El principio de que dentro de los costes de una inversión hay que incluir la amortización de los activos adquiridos o creados es de libro. Cuando se hacen las cuentas de muchos proyectos de infraestructuras, este tema de amortización se suele preterir con elegancia. Nosotros mismos, los españoles, cuando montamos nuestra primera, absurda, línea de alta velocidad Madrid-Sevilla (para fomentar, se dijo entonces, el eje de transporte Madrid-Lisboa que, a día de hoy, y han pasado veinte años, ni está ni se le espera), comenzamos a defendernos al poco de comenzar a circular los trenes afirmando que «la línea era rentable». Esa rentabilidad se conseguía obviando la amortización de toda la infraestructura, que se le encalomaba a la caja común de la pasta pública, y a otra cosa. El mismo truco del almendruco, esto es no contabilizar la amortización de las inversiones, es el que sirve para presentar estos presupuestos en negro de las Olimpiadas. O del Fórum de las Culturas. O de la Expo mañica, o.... Pongamos por caso: montamos una Exposición Internacional en Viveiro, provincia de Lugo. Allí, junto al mar y tal y tumba. Prevemos que van a venir visitantes que multiplicarán la población de Viveiro por diez, y la habitual carga de turistas veraniegos, que la hay, por tres. Eso quiere decir que hay que construir hoteles, y que hay que renovar la estructura de distribución de agua, porque, caso contrario, el día que haya diez veces la población de Viveiro intentando beber, no saldrá nada por el grifo. Pues bien: luego, cuando se hacen las cuentas, se incluye en el beneficio la actividad hotelera, sobre todo los puestos de trabajo de los nuevos hoteles, pero nunca la amortización de los mismos. Y, por supuesto, de la amortización de la nueva red de distribución de agua, que Viveiro no necesitaba antes de la Expo y que si no se hubiese celebrado ésta nunca habría tenido que construir, ya ni hablamos. Todo eso, sin mencionar que, a menos que los visitantes de la Expo se queden prendados de la costa de A Mariña, al año siguiente no volverán, con lo que los hoteles por encima de la capacidad turística estructural de la zona acabarán cerrando (sin haberse terminado de amortizar, por cierto).
Así se construyen las enormes cifras de beneficio de las Olimpiadas.
Pero es que, además, a veces ni siquiera maquillando los datos, las Olimpiadas consiguen dar beneficios. Hay juegos, como Pekín o Moscú, de los que poco sabemos, más bien nada. De otros sabemos que fueron sonoros fracasos; que se puede perder pasta con unas Olimpiadas, incluso cuando se celebran en fecha tan señalada como su centenario. Que los griegos, que son tan desorganizadillos, pierdan dinero organizando unos Juegos Olímpicos, se podría llegar a entender. Pero es que ésa es una trampa en la que también han caído gentes más serias (bastante más serias que nosotros, sin ir más lejos) como los canadienses.
Hay que entender, también, aunque sea una perogrullada, que las candidaturas a ser sede olímpica no son de los países, sino de las ciudades. La carga impositiva general puede ayudar y ayuda; pero quien carga con la mayor parte del esfuerzo es el colectivo de residentes en la ciudad de que se trate, que son quienes han de financiar el esfuerzo. Y Madrid, a día de hoy, es la ciudad más endeudada de España y puede que de Europa. Alberto Ruiz Gallardón, el padre de este proyecto, nunca entendió, a mi modo de ver, algo que se puede formular de la siguiente manera: o se soterra la M-30, o se organizan unos Juegos Olímpicos; pero las dos cosas no pueden ser; la goma no da para tanto. En realidad, claro, es que Gallardón pensaba que con el soterramiento de la autopista urbana iba a generar una operación inmobiliaria de dimensiones poceras seseñeras que se lo iba a financiar todo a base de cesiones de suelo al municipio y bla. Pero se le pinchó la burbuja. Eso sí, no se entiende cómo es posible que, tras ese tremendo pinchazo, que está provocando que por las costas de España se estén colgando ya anuncios pilotados por la Sareb de pisos que se ofrecen hoy por la mitad que hace apenas dos años; tras este pinchazo, digo, se nos sigan vendiendo las virtudes de la Olimpiada, cuando éstas se basan, básicamente, en ese modelo que nos ha fallado. El error de presentarse a las del 2016 todavía tenía un pase. Pero sostenella y no enmendalla para el 2020 es, verdaderamente, preagónico, y viene a demostrar que, muy a menudo, el despacho de trabajo del gobernante, más que un lugar de gestión, es una burbuja de inmunodeprimido.
De habérsenos concedido los Juegos, antes de su celebración, tal es mi convencimiento, la tasa de basuras, el impuesto de bienes inmuebles y todo lo demás, habrían comenzado a subir. Para no bajar ya nunca, porque sabido es que toda unidad de cuenta monetaria en el bolsillo del particular, sometida a la impulsión de un sistema tributario, experimenta un movimiento centrífugo uniformemente acelerado. Como los precios y como otras muchas cosas.
Lo que nos toca ahora es concentrarnos en pagar lo de que debemos, no en adquirir nuevas deudas. Manda huevos que haya tenido que ser una asamblea de millonarios de dudosa moralidad económica quien nos lo haya hecho ver.
Hay, a mi modo de ver, razones palmarias para explicar por qué nos han dado boleta a las primeras de cambio, cuando resulta que íbamos a ganar sin bajarnos de la limusina, y tal. Hace cuatro años nuestro problema era la seguridad (el terrorismo) y esta vez mucha gente decía que, como eso estaba solucionado, ese adalid del trabajo bien hecho y el pan sudado con la frente propia llamado Alberto de Mónaco tendría que callarse y ya no había problema. Dudoso. Madrid es una ciudad en la que hace muy poco tiempo unas adolescentes han muerto aplastadas en un acto multitudinario que, al lado de los que se montan en unas Olimpiadas, es una reunión de cuatro matados. Todo el mundo que ha querido ha podido escuchar la repugnante grabación en la que un empleado municipal le dice a una comunicante desesperada que se lo tiene que currar y arrastrar el cadáver mobibundo de su amiga 300 metros para que lo recoja una ambulancia. A lo mejor hay quien se piensa que como eso pasa en español, la gente en Suiza no se entera. Se equivocan. En realidad, en Suiza y en otros países, el alcalde habría dimitido la misma noche de las muertes y si, por una casualidad de la vida, hubiese sobrevivido en el puesto hasta la difusión de la dicha grabación, lo habría hecho entonces. Si la candidatura de Madrid podría haber tenido alguna posibilidad por este flanco habría sido si la responsable de aquel desaguisado no hubiese estado presente en Buenos Aires. Ya bastante problema es que en España seamos tan diferentes que en una de nuestras tres ciudades internacionales (Madrid, Barcelona, Sevilla) tengamos un alcalde que todo lo que puede hacer si un día visita la ciudad Stephen Hawking, o Jimmy Carter, o o Richard Gere, es invitarle a tomarse a relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor. Pero es que, además, si ese líder, o lideresa, iletrada, es responsable de unos hechos que levantan serias sospechas de que en Madrid sepamos manejar multitudes, y aun así nos pegamos a la poltrona con Super Glue, pues para qué queremos más.
Otra cosa que ha pasado recientemente en España es que se ha sentado en el banquillo a unos señores que eran dopadores industriales, que sometían, cuando menos desde hace once años, la sangre de deportistas a procesos de refurbishment acompañados de barra libre de eritopoietina, hormonas, testosterona e insulina; que costó un huevo encausarlos, porque los juzgados se hicieron los orejas; y que las condenas finales dejaron bastante claro que, en España, intentar ganar por la vía anabolizante sale barato de cojones. Ya pueden decir misa ortodoxa en griego los sucesivos secretarios de Estado para el deporte, que España no por ello dejará de ser una plaza sospechosa para el deporte de la jeringuilla. Y ahora mismo el COI sabe que lo único que le podría poner el momio en peligro es que el dopaje se cargase el sueño olímpico. En su presentación, Tokio se aprestó a decir dos cosas: una, que no hay radiación en Tokio; otra, que nunca ningún atleta japonés ha dado positivo en un control antidoping. Es lo que hay y, también, es lo que no hay.
Hay, de todas formas, un grupo, digamos, social, que en este tema de la candidatura de Madrid ha quedado como el ass: los medios de comunicación y los periodistas. Vale que el periodismo deportivo no es, precisamente, de los más clarividentes que existen. Como es práctica común en el periodismo español colocar a un tipo del Atleti a seguir al Atleti, a otro del Madrid a seguir al Madrid, etc., la capacidad de discernimiento del periodista medio es muy limitada (imagínese un medio de comunicación que fichase a un contertulio de El gato al agua para seguir al PP, a otro de Al Rojo Vivo para seguir al PSOE y a IU, a otro de la TV3 para seguir a CiU... Pues eso mismo es el periodismo deportivo español). Si a eso le unimos que todos los grandes grupos de comunicación españoles, que tienen alguna que otra esperanza porque RTVE ha tenido experiencias muy poco edificantes recientemente (como los juegos de Pekín, que le costaron un Congo y de audiencia tampoco fueron como para emocionarse), nos hemos encontrado con un periodismo acrítico que ni siquiera se ha hecho ni media pregunta sobre la escandalosa afirmación, escandalosa por no decir goebbelsianamente manipuladora, de que el 91% de los españoles apoyaban los juegos. Todo ha sido consenso, cascada de colores y apoyo oficial obligado. Ni en las mejores dictaduras.
Back to basics. Invertir se reduce siempre a lo mismo: a detectar que las expectativas racionales de beneficio superan a los riesgos asumidos. Los Juegos Olímpicos hace ya muchos años que no cumplen con esta condición, pero el extraño prestigio del Comité Olímpico (extraño porque ahí está la lista de sus miembros conspicuos; échesele un vistazo al histórico del Comité Olímpico Español, y no hay que remontarse mucho...) hace que todavía haya ciudades pollas que sigan mordiendo la manzana. Será, supongo yo, porque los representantes públicos, que son siempre los que lo comienzan, son como ese Gran Capitán al que acusaron de hacer planes contando con aportaciones que no eran suyas. Lo que de toda la vida se ha llamado, en español, tirar con pólvora del Rey.
Bien está lo que se acaba. Porque ésa es otra: a ver si se acaba ya de una vez.
lunes, septiembre 09, 2013
jueves, septiembre 05, 2013
Doping (6: Ben)
No hay que tener mucha memoria
para recordar qué pasó en Seúl el 24 de septiembre de 1988. Ese día, un hombre
hecho a sí mismo, un jamaicano emigrado que supuestamente a base de tesón,
gimnasio y no creérselo, había llegado a ser el primer velocista del mundo,
batió humillantemente a quien, hasta entonces, había sido el primer velocista
del mundo: Carl Lewis, El hijo del
viento.
Desde que los rusos, allá por la
Olimpiada de Munich, o sea los tiempos de Valery Borsov, habían tenido que
rendirse al hecho de que, cuando menos en las competiciones masculinas, los
blancos no podían competir con los velocistas negros, la disciplina había
estado dominada por corredores estadounidenses. Esto le daba mucha tirria a
mucha gente en el mundo entero, España incluida; y, si unimos este
antiamericanismo que porta la lógica de ponerse siempre del lado del débil la
cuidadosa imagen que Johnson había alimentado de sí mismo, ese humilde
emigrante que se metió a semidiós, ya tenemos todo el cóctel completo. Tres
cuartos de mundo vibraron encantados al ver a Johnson traspasar la línea,
sobrado, encima realizando una marca sideral: 9,79. Desde la victoria en los
400 metros vallas en Munich del ugandés John Akii-Bua, que batió el récord olímpico
como el que lava, que no se veía nada igual.
Dos días menos dos horas después de aquella final, Charlie Francis, entrenador de Johnson, estaba en su habitación de hotel, disfrutando del momento, cuando llamaron a la puerta. Era Dave Lyon, gerente del equipo de atletismo canadiense al que pertenecía Johnson. Pálido, le dijo: «Tenemos que ir a la Comisión Médica. Ben ha dado positivo en esteroides».
Ya hemos comentado que en el
campeonato del mundo de Roma, Johnson había competido hasta las trancas, y las barrancas, de
Probenecid. En realidad, visto lo visto en los quince años anteriores, sólo era
cuestión de tiempo que el tema del dopaje diese un salto cualitativo. Ese salto
consiste en que un atleta de primera fila resulte estar tan puesto de drogas
que su dopaje sea innegable. Y es que hay una diferencia entre que un campeón
se dope y que lo haga un campeón mediático.
No hace ahora ni tres años que Michael Phelps ha tenido que sufrir todo un escándalo
público por haber sido pillado fumando petas; que atletas de élite fuman maría
no se duda; pero no es lo mismo que un miembro del equipo de 4x400 se fume un
peta que lo haga el mejor nadador desde Mark Spitz, es decir una persona en la
que millones de niños dentro y fuera de Estados Unidos se están mirando. A
Johnson le pasó lo mismo. Su caso no se podía obviar tan fácilmente y, además,
su marca, una marca que estaba muy por encima de las posibilidades de los
velocistas del momento, le jugaba en contra.
José Antonio Samaranch, por su
parte, informó a Dick Pound de que «algo terrible ha pasado». Pound preguntó si
se había muerto alguien, y el catalán le contestó: «Peor; Ben Johnson ha dado
positivo».
Lo que siguió, en unas pocas
horas, es lo que tendría que haber pasado en el olimpismo, de una forma más
escalonada, en los veinte años anteriores. Los Juegos Olímpicos, a finales de
los ochenta, ya no tenían nada que ver con el sueño de Coubertain, sino con la
pela. Eran, y son, un mero soporte para hacer dinero. Y el dinero es el ser más
cobarde de la Tierra. Diadora, que acababa de firmar un contrato de 2,4
millones de dólares con Johnson, lo rompió ipso
flauto. La Kyodo Oil Co., que tenía en Japón una campaña de anuncios
televisivos con la imagen del canadiense, la retiró de las pantallas, como
dicen en Chile, al tiro.
… y el mundo, como por arte de
magia, de repente creyó en las
bondades de la lucha contra el doping. El mayor ejemplo lo dio el líder
soviético, Mikhail Gorvachev. Se gastó dos millones y medio de dólares en
establecer un laboratorio flotante en la costa de Corea que proveyó de tests de
dopaje previos a las competiciones a los atletas soviéticos, con la instrucción
de que aquellos atletas y entrenadores que no lo superasen lo pasarían mal.
Aunque no está claro, parece que hubo atletas que no llegaron a competir por
esta causa.
Le siguieron Bulgaria y Hungría;
ambos comités olímpicos, tras recibir los análisis realizados, retiraron a sus
equipos de halterofilia (da la sensación, leyendo sobre el dopaje, que al
último halterófilo honrado lo debieron de fusilar en la Gran Guerra). Los
escándalos en el equipo americano fueron varios (ocho atletas habían dado ya
positivo por efedrina en los trials),
pero guarreando consiguieron esquivarlo.
Los análisis de Seúl hacían
pensar que, como mínimo, la mitad de los atletas habían usado algún tipo de
dopaje. La mitad...
Tras el positivo de Johnson y el
ámbito de completo descaro que había alcanzado el tema, aquéllos que habían
sido tradicionalmente el obstáculo principal para una política antidopaje
adecuada, es decir las federaciones nacionales, ya no tuvieron más remedio que
ir a las ruedas de prensa poniendo cara seria, prometer que siempre habrían
sido, y siempre serían, intransigentes con el uso de drogas, y ponerse a
trabajar para cumplirlo. El gobierno canadiense, primero y principal afectado
por el escándalo Johnson, creó una comisión especial que no tardó en concluir
que el problema del dopaje en el deporte era sistemático. Este fue el momento aprovechado
por De Merode para proponer la puesta en marcha de un cártel mundial
antidopaje, que fue estudiado y aprobado en una conferencia en Moscú,
patrocinada por la UNESCO, a finales del mismo año 1988. El hecho de que
Estados Unidos no fuese miembro de la UNESCO no fue problema, porque ya antes
las autoridades soviéticas y americanas habían llegado a un acuerdo para
realizar controles antidopaje cruzados entre ellos; acuerdos que, poco tiempo
después, se habían ampliado a la práctica totalidad de los países habituales
del medallero. A todo ese buen rollo, en todo caso, no fue ajeno el hecho de
que la URSS, para entonces, había asumido ya que no podía mantener el ritmo de
los estadounidenses en lo que a desarrollo de nuevas drogas se refiere, así
pues había adoptado una posición totalmente colaboradora que, en realidad, era
una posición interesada. En la asamblea del COI del verano de 1989, De Merode
propuso la creación de una nueva comisión médica en el seno del Comité.
A pesar de todo lo que se pueda
decir sobre el escándalo mundial de grandes proporciones que supuso el positivo
de Ben Johnson, y a pesar de todos estos avances formales, la verdad es que la década de los noventa no fue, precisamente,
ejemplo de cambio de dirección. Ya hemos insinuado, o dicho, que las fuerzas
dentro del propio movimiento olímpico, y no digamos entre las federaciones
nacionales, no empujaban precisamente en la dirección de tomarse el dopaje en
serio y limpiar el deporte de prácticas cuestionables. Ciertamente, la caída
del muro en 1989 aportó un elemento de distensión muy importante, al eliminar
la rivalidad política. Pero el dopaje era algo más que un problema entre
sistemas políticos; de hecho, conforme en el mundo cada vez más gente estaba en
disposición de tener televisión y hobbies
(no hay que desdeñar en lo absoluto el papel de los telespectadores asiáticos
en el desarrollo en los últimos veinte años de los deportes-espectáculo), el
tema del dopaje y del deporte había dejado de ser un tema de política, para
pasar a ser un tema de dinero. Y nadie quería renunciar a él, entre ellos los
sacerdotes custodios del movimiento olímpico.
Como dijo el príncipe de Merode,
«Samaranch sabía que necesitaba dinero; pero el problema del dinero es que
luego dependes de él»; o, más en concreto, de quien te lo prestó. El presidente
del COI, en su paroxismo por rebajar el tono de las críticas hacia el dopaje,
llegó a decir que todo aquello que no afectase a la salud no debía considerarse
doping. Fue tras la caída del Muro, cuando como he dicho el dopaje pudo drenar
parte de su presión, cuando se planteó
dar algunos pasos para demostrar al mundo que el Comité estaba implicado en la lucha
contra las drogas en el deporte. No obstante, Samaranch tenía una obsesión, que
comparte con todos y cada uno de los dirigentes deportivos que ha habido en
España y en el mundo entero: la obsesión de mantener los conflictos deportivos
fuera del ámbito de los tribunales ordinarios. Si hubiese construido una
autoridad como es de ley en materia de dopaje, habría terminado teniendo que
admitir que ésta pudiese acudir en sus acusaciones a los tribunales (como, de
hecho, ocurre hoy en día: los más sonados casos de dopaje han terminado en la
bancada frente al juez). Pero como no quería eso, siguió permitiendo que la
estructura de lucha contra el dopaje permaneciese fragmentada y,
consecuentemente, siguiese tomando decisiones abiertamente arbitrarias.
Los casos del lanzador de peso
Randy Barnes y del velocista Butch Reynolds, ambos estadounidenses que habían
apelado a su federación nacional tras haber dado positivo en competiciones
internacionales, dejaron claro que, al menos en algunos países, y EEUU era uno
de ellos, los atletas que jugaban sucio podían esperar acciones de protección por
parte de sus mayores. Butch Reynolds fue rehabilitado por la federación
americana, muy a pesar de que tanto la IAAF como algunos miembros de The
Athletic Congress (la autoridad americana) estaban a favor de sancionarlo. En
realidad, la cosa va mucho más allá. Reynolds demandó a la IAAF por los meses
que había pasado en el alero de la opinión pública mundial, durante los cuales
había sufrido la consiguiente pérdida de contratos publicitarios; y un juez
estadounidense falló a su favor, condenando a la IAAF a pagarle 27,3 millones
de dólares. Aunque en apelación la condena fue revertida, aquello dejó claro
que la coordinación internacional antidopaje, a pesar del escandalazo del
jovencito humilde hecho a sí mismo, seguía apestando.
lunes, septiembre 02, 2013
Reza Aslan: Zealot
Autor: Reza Aslan.
Título: Zealot: the life and times of Jesus de Nazareth.
Editorial: Random House, 16 de julio del 2013.
Extensión: 296 páginas.
Calificación moral: mayores con reparos.
Está convirtiéndose en una costumbre inveterada que invierta yo una porción de mis vacaciones de verano leyendo algún libro sobre la figura histórica de Jesús de Nazaret. Este año le ha tocado el turno a Reza Aslan y su libro Zealot: the life and times of Jesus de Nazareth. Como casi siempre con este tema, se trata de una lectura no exenta de polémica, nada mal escrita (de un tiempo a esta parte, no pocos jesusólogos, sobre todo en Estados Unidos, han adquirido habilidades periodísticas y marquetinianas, y tienen páginas web y todo); pero, por encima de todo, discutible.
Aslan es hijo de lo que él denomina «musulmanes de fe tibia» (emigrados iraníes forzosos), y cuenta en el prólogo del libro que descubrió a Jesús durante un campamento siendo un adolescente, aunque luego, conforme se fue convirtiendo en un scholar experto en la antigüedad hebrea y bla, comenzó a tener problemas para casar todo lo que creía con lo que sabía. Fruto de esas dudas y del esfuerzo de conocimiento que vienen a suponer es este libro, donde Aslan trata de desnudar a Jesús, por así decirlo, de todo aquello que lo adorna pero es ahistórico, cuando no antihistórico, para llegar a un destilado final que, de alguna manera, pretende que sea algo así como el conjunto de cosas sobre Jesús que pueden considerarse innegables. Su esfuerzo, pues, se parece bastante, en su esencia, al que ya recensionamos en este blog de Bart Ehrman, aunque hay que decir que Aslan se moja bastante más que el chulesco autor citado supra.
Creo que cualquier apreciación por mi parte sobre el libro de Aslan y sobre el tema en sí de la historicidad de Jesús debería comenzar por un concepto primario que, sin embargo, creo que nunca he puesto por escrito, lo cual supone cierta falta de respeto hacia mis lectores. Lo escribiré ahora, pues.
Este primer concepto esencial es que yo, la verdad, sin que esto suene despreciativo, creo que la investigación de los orígenes del cristianismo lleva ya bastante tiempo un poco estancada, si no mucho. En mi opinión, el gran salto cualitativo de conocimiento en esta materia se dio en la segunda mitad del siglo XIX y, a partir de ahí, lo que tenemos son diferentes tentativas de reinventar el salmorejo. Sí, ya sé que entre el periodo que yo considero fundamental y el presente hay cosas como el descubrimiento de los rollos del Mar Muerto; pero yo creo que la importancia que se le da a este descubrimiento, por no citar otros más recientes y mediáticos como el enterramiento de Talpiot, es bastante menor de lo que se pretende. Entiéndase: no se trata de materiales menores; se trata de materiales menores a la hora de adverar o desmentir la historicidad de Jesús de Nazaret y los orígenes del cristianismo. El cristianismo, y pronto espero escribir un poquito más sobre esto, es el resultado del contacto entre judaísmo y platonismo (muy especialmente en Alejandría, en el gabinete de estudio de Filón) y del paganismo.... Sí, lo has leído bien. El cristianismo, en mi opinión, no surge contra el paganismo, sino desde él. Es la filosofía moral que finalmente responde con eficiencia preguntas que las religiones que hoy llamamos paganas ya se estaban haciendo. Pero es que esto se sabe desde Fustel de Coulanges, desde Frazier, desde Cumont. Quien quiera enterarse de estas teorías, con facilidad puede encontrar primeras ediciones de las mismas de 1880, o similar.
Desarrollar mis ideas a este respecto, no obstante, nos desviaría del motivo de este post. Baste apuntarlas, únicamente, como sustento a esta afirmación mía de que la investigación bíblica, evangélica y jesuista ofrece, a mi modo de ver, pocas novedades desde hace tiempo. Los textos son los mismos, los referentes básicos no han cambiado. La arqueología, neto de Talpiot y las diversas teorías serias o simples conachadas que ha provocado, tampoco puede dar muchas respuestas nuevas. Así pues, en toda obra sobre esta materia, por mucho que su autor se empeñe en enmascararlo, hay bastante de más de lo mismo.
Aslan no es una excepción. De hecho, su teoría básica, que sus editores han querido hacer bien evidente porque saben que es atractiva, es una teoría que estuvo muy en boga tras la década de los sesenta, cuando tantas personas descubrieron por qué Jesús llevaba dos mil años dejándose el pelo largo. En aquella época, las nuevas formas de pensar quisieron ver en Jesús a un hippie más o menos vocacional y, sobre todo, a un revolucionario de mayor o menor laya. Las teologías de la liberación más o menos elegantemente construidas quisieron ver en él al primer comunista de la Historia (que, vaya: ¿qué se hizo de los Gracos?); una especie de Che Guevara adelantado, y tal, y tumba. Los investigadores bíblicos hacía ya mucho tiempo que habían descubierto que la bienintencionada traducción que los padres Nácar y Colunga, en los evangelios de uso común en escuelas y hogares españoles, habían hecho del término griego lestai era precisamente eso: una traducción bienintencionada que quería convertir a los compañeros de Jesús en el Gólgota en ladrones, cuando en realidad eran, más que probablemente, zelotes o, con mayor precisión, activistas creyentes más o menos en las mismas cosas en las que creyó, tiempo después, el denominado partido zelote.
Aslan considera que Jesús fue, básicamente, una especie de líder zelote o zelotoide. Un predicador surgido de la aldea de Nazaret para predicar una serie de cosas que él conecta directamente con el hecho de que los diferentes regímenes religioso-temporales de Jerusalén fueron, básicamente, regímenes corruptos en los que miembros de élites familiares (en términos occidentales podríamos decir que aristocráticas, aunque aquella aristocracia provenía de la fe y de las costumbres y no del poderío militar) adquirían el privilegio de ser Sumo Sacerdote de las autoridades romanas; autoridades metropolitanas que, además, y en este punto el libro de Aslan es muy claro, preciso y convincente, se caracterizaron, durante prácticamente todo el periodo que va desde la teórica muerte de Jesús hasta Masada, por ser, ellos mismos, unos personajes de dudosísima moralidad colectiva. En un entorno, pues, de prefectos ladrones y de sumos sacerdotes asociados con ellos, surgió este Jesús que hablaba de la autenticidad de la fe en Dios y de ponerlo todo patas arriba, como por otra parte ya anunciaban las escrituras.
Reza Aslan hace en su libro algunas apreciaciones de gran interés. Su principal objetivo, que él mismo confiesa, es contextualizar adecuadamente el desarrollo del relato o los relatos sobre la vida de Jesús en el momento histórico del pueblo judío; y es en este terreno donde el libro es, en mi opinión, especialmente clarividente. El autor pasa bastante de los escritos de Pablo de Tarso, lo cual es bastante lógico porque el fundador del cristianismo gentil, realmente, da toda la impresión en sus cartas, sobre todo en aquéllas que le son atribuidas con mayor verosimilitud, de no saber nada sobre la vida de Jesús. En realidad, de todo de lo que habla Pablo en sus cartas es de la crucifixión y, sobre todo, de la resurrección de Jesús. Pero, a pesar de ser una persona que ha pasado tiempo en Jerusalén con Pedro, el teórico discípulo de Jesús primus inter pares, y Santiago, también teórico hermano del Mesías, no parece interesado en contar ninguno de los muchos detalles que con seguridad le habrían referido.
[¿Por qué teórico primer discípulo de Jesús? Pues porque una lectura sinóptica del famoso pasaje de la piedra y sobre esta piedra edificaré bla bla bla levanta, a mi modo de ver, más que serias dudas de que esa condición realmente fuese cierta o, más concretamente, contemporánea de Jesús. Y, a la vista de los Hechos, esto es a la vista de que sabemos que Pedro fue uno de los que aceptó la jefatura de una de las iglesias cristianas, la cristiano-judía, bien podría ser que muchas de las cosas que los Evangelios dicen en procura de ese papel especial fuesen elaboraciones posteriores; una forma, bien conocida, de hacer que el presente justifique el pasado. Pero, bueno, éste es otro tema...]
Reza Aslan nos recuerda que todos los evangelios fueron escritos después del año 70 de nuestra Era. Esto es, después de que los romanos, hasta los huevos de las conachadas de los hebreos, se fuesen a por ellos, entrasen en Jerusalén y no dejasen en pie ni los ceniceros del Templo. Para el autor, tras aquella debacle, que las respuestas suicidas y eso no mellaron en su importancia, provocó en el mundo judío una reacción clara contra el pensamiento belicista, hoy diríamos independentista, de zelotes y otros radicales, alimentando una concepción más moderada de lo hebreo. En este punto le falta al libro, en mi opinión, algún análisis algo más profundo de lo mucho que, en mi opinión, colaboró para esta moderación el contacto del judaísmo con el platonismo y la pulsión, por así decirlo, hacia la religión moral. Porque el mundo antiguo, en aquel mismo momento, estaba cambiando; cansado de religiones que eran mezcla de fe y magia, buscaba la forma de construir creencias que colocasen la responsabilidad de la virtud y la felicidad no sobre los hombros de los dioses, sino de los hombres. No obstante, y a pesar de estas carencias, el punto de vista de la obra es, a mi modo de ver, muy acertado.
Para sostener esa interpretación de Jesús como un predicador independentista judío con contenido social y, diríamos hoy, antisistema, Aslan hace algunas interpretaciones que, además de ser, como todas, discutibles, son un poco forzadas. Por ejemplo, interpreta el famoso pasaje del denario y el mensaje de Jesús («dadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»), no como se ha hecho canónicamente durante mucho tiempo, es decir considerando que lo que quiere decir es que el creyente debe ocuparse de las cosas espirituales y que a él los temas terrenales se la bufan. Según Aslan, este pasaje quiere decir: devolverle la moneda al César porque es suya puesto que en ella está su rostro; pero devuélvasele al Dios de Israel la tierra que eligió para su pueblo. Como digo, es una interpretación bastante coherente con lo que los estudiosos de la Biblia destacan muy habitualmente, y es que el mesianismo judío era un mesianismo ligado a la llegada de un líder terrenal que establecería el Reino de Dios en la Tierra; pero, aún así, es, o a mi me lo parece, un tanto forzada.
A pesar del título del libro, en realidad Aslan niega que Jesús fuese un zelote porque, dice, este partido no surgió hasta treinta años después de su muerte. Tampoco quiere ver en él una persona que propugnase la violencia, «aunque», matiza, «sus visiones sobre la violencia eran más complejas de lo que normalmente se acepta» (bien es verdad que, para sostener las posiciones violentas en Jesús, se apoya en pasajes como la Pasión, de los que él mismo duda). Sin ser todo eso, dice, lo que sí fue es un profeta mesiánico (una vez más, la promesa de un reino de Dios terrenal) que fue crucificado por los romanos (probablemente, dice, sin intervención del Sanedrín; establece muchas dudas sobre esa parte del relato) porque ponía en peligro la ocupación romana de Palestina.
Sinceramente, yo encuentro bastante difícil comprar esta teoría. Si Jesús hubiese llegado a ser tan poderoso como para suponer objetivamente una amenaza para los romanos, hay varias preguntas que hacerse. La primera es por qué Josefo le dedica apenas una mención en sus libros, y además una mención indirecta (porque, en realidad, Josefo alude a los cristianos, no a Jesús). Cuesta creer que un siglo tan convulso, del que ha quedado puntual recuerdo de asesinatos personales de grandes sacerdotes del Templo, no quedase una traza más visible de alguien que tenía que tener toda una caterva de seguidores activos, y activos quiere decir haciendo algo contra el poder romano, como para que la metrópoli del mundo lo considerase una amenaza.
La segunda pregunta es por qué es ejecutado con tanta facilidad. Tras el prendimiento de Jesús, nos cuentan los Evangelios, sus doce apóstoles se diluyen y le niegan. ¿Cómo podía Jesús poner en peligro la estabilidad del protectorado romano ayudado tan sólo por doce pollos que unos pocos años antes estaban pescando percas? Aslan aborda este problema levantando serias dudas sobre el relato de la Pasión; dudas que este bloguero comparte, hasta el punto de considerar que raramente habrá algo de verdad en todo lo que los Evangelios cuentan. Pero sigue sin explicar cómo es posible que, en el marco de un pueblo que está a la que salta por su independencia temporal y religiosa frente a un poder que no le gusta, un tipo que entra en Jerusalén en loor de multitud es torturado y crucificado horas después sin que pase nada. Bueno, si hemos de creer el relato de la Pasión, la cosa va más allá; porque los tipos que lo aclaman, horas después, lo cambian por un pollas que está en la cárcel. Todo esto mediando una seria preocupación por parte del prefecto Pilatos por salvar a Jesús; preocupación que, en esto estoy totalmente de acuerdo con Aslan, es insostenible desde cualquier punto de vista.
La relación entre Jesús y Juan el Bautista es también objeto de análisis en este libro; análisis que está entre lo mejor del manuscrito. Aslan recuerda que Juan el Bautista fue un líder religioso que, exactamente igual que Jesús, era venerado años después de su muerte por sus discípulos y, al fin y a la postre, acaba insinuando con bastante claridad que Jesús fuese un discípulo de este primer predicador; con lo que las cosas que los Evangelios vienen a decir de que Juan conoció, comprendió y asumió la superioridad del Hijo de Dios, son relatos adecuadamente colocados en las Escrituras con posterioridad.
En suma, estamos ante un libro muy atractivo por su carácter histórico, elegante en muchas de sus interpretaciones; y, por supuesto, discutible como todos. Una lectura interesante si se hace con cierto espíritu abierto, y no como los elementos más religiosos de los Estados Unidos, que consideran que se trata de una obra en la que «un demócrata acusa a Reagan de haber sido mal republicano». Pero tampoco marca un antes y un después en este tema, probablemente porque habilitar dicha marca es imposible. Casi todo en este ámbito es voluntario. Cada uno cree lo que quiere creer.
jueves, agosto 29, 2013
Reflexiones en torno a la intervención de un tercero en una guerra civil
Desde que comenzaron los disturbios de este verano en Egipto, venía yo comentando en Facebook cosas; textos en los que acababa, de una forma u otra, hablando de la guerra civil española. Finalmente, alguno de mis amigos acabó por preguntarme, de frente y por derecho, si realmente yo lograba ver algún tipo de similitud entre ambas situaciones. Leyendo esa pregunta me di cuenta de que sí, de que las veía; y más que las veo ahora que el foco de interés se ha desplazado a Siria y la posible intervención americana. Pero, claro, estas son cosas que hay que explicar.
No es la primera vez que digo, y no será la última, que la Historia sufre las consecuencias de la tendencia que todo ser humano con ideología (o sea, todo ser humano; hasta quien cree no tenerla) tiene a interpretar la realidad de forma que no ponga en cuestión o en peligro los presupuestos de dicha ideología. Este deseo es el que lleva a las personas a confiar en explicaciones sencillas de la realidad. Un fenómeno químico no se puede explicar con eficiencia diciendo que «coges una cosa azul, la echas en una transparente, y entonces sale un poco de humo y el líquido se pone rojo». Pero la Historia sí. De hecho, lo que la mayor parte de la gente sabe (y quiere saber) de la Historia se asemeja bastante a la descripción que acabamos de hacer de la mezcla de dos compuestos químicos. A quien describe le importa un bledo la composición de la cosa azul y de la transparente; datos ambos que son fundamentales para entender por qué se produce una reacción exógena y un cambio de color. En Historia ocurre mucho esto; en realidad, ocurre constantemente, porque la Historia es un campo del saber que está mucho más tiznado de ideas que la química (lo cual no le impidió a Daniel Cohn-Bendit, en el curso de las sagradas jornadas de Mayo, decir que la ciencia estaba al servicio del Estado burgués, y que había que enseñarla de otra forma).
Que la guerra civil es uno de esos asuntos que parece haber nacido para ser pasto de generalizaciones es bastante obvio. En términos generales, la Historia de la guerra civil, tal y como la conocen la mayoría de quienes la conocen, se basa en conceptos sencillos para los que no se admiten matizaciones, mucho menos enmiendas a la totalidad. El concepto de que todas las fuerzas republicanas eran demócratas en el sentido actual, es uno de ellos. El concepto de que Azaña tenía razón y la mayoría de los españoles quería la reforma religiosa que se abordó en la Constitución del 31, es otro (y muy importante; porque matizarlo, o enmendarlo, vendría a suponer admitir la idea de que Azaña, a quien se tiene por uno de los políticos más profundos de nuestra Historia, era en realidad un señor que se regía no pocas veces por conceptitos de la Señorita Pepis; y defender esta trinchera es una conditio sine qua non de bastantes historiadores).
Pero hay otro concepto, o más bien la interacción de tres sub-conceptos, que es el que me interesa en este post. Se trata, como digo, de tres afirmaciones entrelazadas que, juntas, conforman un concepto. Y que se podrían expresar así:
1) La República perdió la guerra civil porque no recibió la ayuda de las potencias europeas.
2) La no-intervención es el mero resultado de un egoísmo de quienes deberían haber decidido la intervención, incluso contrario a su opinión pública.
3) Al final, la no-intervención fue inútil, porque lo que pretendía parar, la guerra mundial, no lo paró.
La interacción de estos tres sub-conceptos nos permite obtener una explicación bastante sencilla para el inexplicable dato al que la historiografía hispana lleva 80 años intentando encontrarle una explicación: que la República perdiese la guerra. La guerra se perdió porque unos recibieron ayuda, y otros no, y, last but not least, porque las democracias europeas no se embarcaron en la defensa de la democracia en España.
Y aquí es donde los temas se abrochan, bastante, con el presente.
El presente, a mi modo de ver, nos enseña que en esta explicación histórica hay un error de base, que puede parecer inapreciable, pero está ahí. La afirmación «Francia e Inglaterra deberían haber intervenido en la guerra civil española» está partiendo de la base de que intervenir en la guerra civil de otro país es algo que está chupado que lo flipas. Pero la verdad es que no es así. Ni de coña, vamos.
La reacción de los militares egipcios contra el presidente al-Mursi y los Hermanos Musulmanes viene a ser una buena demostración de que hay una parte del razonamiento que falla. Esta parte es aquélla que dice que las democracias europeas deberían haber defendido la democracia española. Para que esto sea así de fácil, tiene que producirse una situación en la que las democracias siempre defiendan democracias. Pero eso no es lo que ha pasado en Egipto. Lo que ha pasado en Egipto nos ha permitido a todos, a poco que estemos mínimamente conectados en Facebook y en Twitter, contemplar cómo demócratas sincerísimos y de toda la vida aplauden un golpe de Estado.
La correlación estricta «demócrata inglés defiende a demócrata español» es incierta, como es incierto calificar de solución democrática al hecho de que un jefe militar se alce contra los excesos de un gobernante elegido por los votos, y se haga con el poder político merced a la promesa de corregirlos (cosa que los militares siempre hacen sin fecha clara; el general al-Sisi no ha hecho nada muy diferente de lo que hizo el general Primo de Rivera, que se tiró siete años).
Hay un argumento claro para que creyentes en la democracia, dentro y fuera de Egipto, hayan vitoreado a unos helicópteros que llegaron, cuando menos de momento, para dejarles sin ella. Ese argumento tiene que ver con los excesos sectarios de los Hermanos Musulmanes en el poder, que estaban, fundamentalmente, creando una Constitución a la imagen y semejanza de sus filias y fobias, diseñada para cualquier cosa menos para integrar a sus adversarios políticos, que es lo que debe hacer una Constitución.
Pero es que, en este terreno, se pueden recordar muchas cosas. La primera de todas, que la Constitución republicana de 1931 tiene, desde luego, muchas virtudes; pero la de ambicionar la integración de «el otro» no está entre ellas. Y que, si la Constitución de todas formas pudo salvar los muebles, desde luego la Ley para la Defensa de la República no lo hizo en lo absoluto. La República, dicho sea en llano, aprobó una ley por la cual todo aquél que el ministro del Interior no considerase suficientemente republicano podía ser castigado por él mismo (ni siquiera por los jueces); sus posesiones podían ser intervenidas, sus periódicos cerrados e, incluso, la propia persona podría ser desterrada.
Hay más, desde luego. Por ejemplo, en el debate sobre orden público del 16 de junio de 1936, José María Gil-Robles se refirió a informaciones publicadas en la prensa inglesa según las cuales los conductores interurbanos eran parados en España por partidas alegales de militantes de izquierdas armados, los cuales les conminaban a realizar aportaciones «voluntarias» al Socorro Rojo Internacional.
Otro elemento que se podría recordar aquí es el hecho de que el Frente Popular, cuando ganó las elecciones del 36, lo hizo prometiendo el excarcelamiento de los detenidos por el golpe de Estado revolucionario del 34. Pero no es que lo cumpliese aprobando una amnistía; lo hizo abriendo, simple y llanamente, las cárceles, en un acto alegal que precisamente por esa alegalidad tiene poco de democrático. Para cuando Azaña firmó el decreto de amnistía, muchos de aquellos presos (y de paso todos los comunes; los ladrones, los hostiadores de tías, los pederastas, los violadores) estaban en la calle, como bien cuenta Pasionaria en sus memorias de la cárcel de Oviedo; que abrió ella misma de par de par, sin existir apoyo legal alguno para el gesto, acompañada por otra persona que había sido elegido diputada como ella.
Last, but not least, aunque jorobe un poco recordarlo, el régimen republicano fue un régimen en el que un grupo de policías cabreados fueron a la casa de un diputado aforado, lo secuestraron, en lo que paraban en un semáforo le pegaron un tiro, lo dejaron tirado en la puerta del cementerio y, ojo que aquí está lo importante, jamás fueron juzgados, prácticamente ni siquiera interrogados, al respecto. Aquellos tipos estaban cabreados a causa del asesinato de un compañero suyo, el teniente Castillo. Castillo había protagonizado, el 15 de abril de 1936, una dudosa actuación durante los disturbios en la plaza de Manuel Becerra en el entierro del alférez Anastasio de los Reyes; disturbios durante los cuales disparó a quemarropa sobre un joven civil de 19 años que estaba desarmado, Miguel Llaguno. Lo realmente alucinante de esta historia es que Castillo fue asesinado apenas dos meses después cuando se dirigía al trabajo. Esto es: jamás fue juzgado, ni siquiera suspendido cautelarmente, tras haber disparado sobre Llaguno.
Que los Hermanos Musulmanes albergaban, y albergan, el proyecto de hacer de Egipto un Estado islamista en el que todas las demás sensibilidades de los creyentes de Alá no tengan ni puñetera cabida, no lo tengo en lo absoluto en duda. Pero, que yo sepa, todavía no habían llegado al punto de haber aprobado leyes proscribiendo de facto de la vida pública a los no integristas; todavía no habían intentado hacer el país suyo generando patotas de activistas armados que, un suponer, solicitasen, arma en ristre, «gavelas voluntarias» a los muchos turistas de Karnak y de Luxor; todavía no habían practicado la simple y pura justicia parcial hacia los excesos islamistas practicados por su propia policía; y todavía no habían practicado el asesinato impune de políticos de la oposición, con la anuencia silenciosa de los resortes del Estado.
Si no habían hecho todavía nada de esto y, aun así, para tanta gente la intervención del ejército ha estado justificada, ¿por qué los ciudadanos demócratas de Francia e Inglaterra deberían considerar, en 1936, que había que apoyar una implicación de sus países en la guerra civil española, en defensa del Frente Popular (que no de la República; porque todo lo que era República y no era Frente Popular, con algunas excepciones como Luis Lucia, se puso del lado que se puso)?
El otro ejemplo que nos aporta el presente más rabioso es Siria. En Siria hay una guerra civil cuya composición es compleja y confusa. No está del todo claro exactamente de qué van los dos bandos, de qué se componen y cuáles son las razones de cada uno para agredir al otro. En esto ya hay una primera lección. Cualquier persona que esté inmersa en una guerra civil deberá asumir, si quiere tener una imagen adecuada de su entorno internacional, que las imágenes e informaciones que dentro pueden ser precisas, fuera son tibias y desdibujadas. Es más: el espectador exterior, a la hora de juzgar los hechos que ocurren en un tercer país, no hace grandes esfuerzos de comprensión, y se guía por hechos más bien epidérmicos. Así, en la polémica sobre si Estados Unidos puede, tiene derecho, o debe bombardear Siria, se ven posiciones de personas que, por ejemplo, rechazan esa intervención porque la va a hacer Estados Unidos (y ellos son antiamericanos). Otros, porque la oposición a la que favorece el debilitamiento de al-Assad son «los de Hamas y al-Quaeda» (cito de cosas que he ido leyendo) y, por lo tanto, nos vamos a hacer un pan con dos tortas.
Tenemos que tener en cuenta tres cosas, pues: una, que, como acabo de comentar, la idea que se hacen las sociedades de «lo que pasa» en el país problemático de turno es bastante imprecisa. Dos, intervenir supone implicarse: mandar cosas o personas; eventualmente, tener víctimas. Tres, no intervenir supone exactamente lo contrario.
La conjunción de estos tres hechos nos llevará a una conclusión clara: si hablamos de un país y su relación con otro en el que hay una guerra civil, lo que encontramos es que los consensos en torno a no hacer nada son mucho más sencillos que en torno a hacer algo.
Una sociedad que no ha sido agredida es mucho más proclive a aglutinarse en torno al concepto del «no» que en torno al concepto del «sí»; y, cuando se produce la agresión, las tornas son exactamente las contrarias. Obsérvese, sin ir más lejos, que en una España que estaba gobernada exactamente por los mismos que hoy en día (aunque los actuales tienen, eso es cierto, un afán de protagonismo internacional mucho menor) las fuerzas de izquierdas no tuvieron problema a la hora de aglutinarse en torno a un No a la guerra; pero, en el momento presente, esas mismas fuerzas están divididas entre el no, el sí, y el sí pero. Ésta es la razón por la cual no habría habido implicación norteamericana en la segunda guerra mundial de no haber existido Pearl Harbor; mientras la guerra no iba con ellos, los americanos querían aislacionismo; y si Hitler masacraba judíos o los camicie nere mataban a hostias a gente por la calle, what me worry? Dentro de esas mismas izquierdas que hace años bramaron porque EEUU se estaba inventando lo de las armas de destrucción masiva y pasando de la ONU, hoy se ven posturas de quienes no le hacen ascos a una intervención antes de que el uso de armas químicas haya sido adverado e incluso, en arabescos conceptuales acojonantes, casi conciben el Consejo de Seguridad como un estorbo.
Yo, sinceramente, no sé de dónde se sacan cierta historiografía española y sus diversos fanboys la idea, más o menos connotada en las cosas que dicen, escriben y opinan, de que a Reino Unido no le habría costado nada montar una intervención británica en la guerra española; la idea, pues, de que la sociedad británica lo habría entendido sin fisuras o al menos en una mayoría suficiente. Insisto en que, estructuralmente hablando, a todo gobierno siempre le será más fácil encontrar consenso en torno al no que al sí. Pero es que, además, hay que tener en cuenta el fuerte componente antibélico que había tenido la oposición laborista durante toda la década de los treinta, unido a la convicción de los políticos de que Reino Unido no estaba preparada para un enfrentamiento bélico a gran escala. A todo ello hay que unir un hecho que desde España recibe todos los parabienes del mundo y que, sin embargo, yo juzgo fundamental a la hora de inclinar la balanza británica a favor del no: las brigadas internacionales.
Juan Negrín, a lo largo de su convulsa vida de exiliado tras la guerra civil, se peló los labios de dar conferencias e intervenir en debates varios diciendo que nunca le habían gustado las brigadas. Él, que había estado al frente del gobierno al que supuestamente las potencias europeas deberían haber prestado su ayuda; él, que por razón de sus querencias personales y su poliglosía estaba muy presente en los asuntos exteriores de la República, sabía bien lo mucho que aquel proyecto del Partido Comunista había obstaculizado ese concepto de «demócrata ayuda a demócrata». Con los años, las décadas y la memoria histórica y bla, los miembros de las brigadas internacionales se han convertido en «combatientes por la libertad». Pero no eran exactamente eso. Eran combatientes por el comunismo, hasta el punto de tratar bastante mal a los despistados ácratas que se apuntaban al proyecto e incluso, si hemos de creer al socialista Justo Martínez Amutio, fusilar a varios de ellos. Con la leva y envío de las brigadas internacionales, el PC salvó, se dice, Madrid; pero, desde luego, en lo que se se refiere a conseguir otro tipo de brigadas internacionales que se uniesen a aquéllas, la República lo perdió todo. Exactamente igual que hay personas que rechazan la intervención en Siria, sin querer saber más, por el simple hecho de que «la hacen los Estados Unidos» (y la rechazaban en Serbia, a pesar de que periodistas y ONGs regresaban de Bosnia pidiéndola a gritos), el núcleo duro de la sociedad británica jamás habría aceptado que our boys se fuesen a jugar la vida codo con codo con los comunistas, o se implicasen vía venta de armas (armas que, por cierto, Reino Unido básicamente no tenía, y por eso las estaba fabricando aceleradamente).
El caso de Francia es aún más obvio, teniendo en cuenta que en aquel país existía una fortísima opinión pública de derechas, que no es que dudase sino que tenía muy claras sus simpatías por los golpistas; y un Frente Popular que tenía que tener en cuenta esa presencia casi cada día. Para colmo, como plañideramente se quejó José Antonio Aguirre en un informe al gobierno durante la guerra que activó las tímidas e inútiles negociaciones de la República con el Vaticano, para colmo, digo, la actitud del bando republicano hacia la Iglesia hizo que la mera idea de que Francia pudiese decidir una ayuda a la República consistente en enviar tan sólo un oficinista despistado para que cortase los teletipos en el Ministerio de la Guerra, aparece como un chiste.
En ambos países, en todo caso, las mayorías sociales silenciosas, esos tipos que ni salían a la calle para hacer cuestaciones por la República ni organizaban misas a favor de Franco, carecían de aliciente alguno para decantarse de lado de una intervención en la guerra española. Como ocurre ahora con Siria, y ocurrió incluso en Libia antes.
Así pues, como digo, esa idea que se trasluce de vez en cuando en comentarios y escritos, según la cual un tipo como Neville Chamberlain no habría tenido ningún problema en ir al Parlamento y anunciar la implicación del país en la guerra española a favor de uno de los dos bandos, es una idea compuesta de grandes cantidades de optimismo histórico, pero cero realismo.
Las potencias democráticas europeas, en todo caso, tenían otras razones para no intervenir. En realidad, es que durante aquellos tiempos miraron poco hacia España, porque tenían la vista puesta en otra esquina de Europa. De esto prometo que hablaré pronto.
No es la primera vez que digo, y no será la última, que la Historia sufre las consecuencias de la tendencia que todo ser humano con ideología (o sea, todo ser humano; hasta quien cree no tenerla) tiene a interpretar la realidad de forma que no ponga en cuestión o en peligro los presupuestos de dicha ideología. Este deseo es el que lleva a las personas a confiar en explicaciones sencillas de la realidad. Un fenómeno químico no se puede explicar con eficiencia diciendo que «coges una cosa azul, la echas en una transparente, y entonces sale un poco de humo y el líquido se pone rojo». Pero la Historia sí. De hecho, lo que la mayor parte de la gente sabe (y quiere saber) de la Historia se asemeja bastante a la descripción que acabamos de hacer de la mezcla de dos compuestos químicos. A quien describe le importa un bledo la composición de la cosa azul y de la transparente; datos ambos que son fundamentales para entender por qué se produce una reacción exógena y un cambio de color. En Historia ocurre mucho esto; en realidad, ocurre constantemente, porque la Historia es un campo del saber que está mucho más tiznado de ideas que la química (lo cual no le impidió a Daniel Cohn-Bendit, en el curso de las sagradas jornadas de Mayo, decir que la ciencia estaba al servicio del Estado burgués, y que había que enseñarla de otra forma).
Que la guerra civil es uno de esos asuntos que parece haber nacido para ser pasto de generalizaciones es bastante obvio. En términos generales, la Historia de la guerra civil, tal y como la conocen la mayoría de quienes la conocen, se basa en conceptos sencillos para los que no se admiten matizaciones, mucho menos enmiendas a la totalidad. El concepto de que todas las fuerzas republicanas eran demócratas en el sentido actual, es uno de ellos. El concepto de que Azaña tenía razón y la mayoría de los españoles quería la reforma religiosa que se abordó en la Constitución del 31, es otro (y muy importante; porque matizarlo, o enmendarlo, vendría a suponer admitir la idea de que Azaña, a quien se tiene por uno de los políticos más profundos de nuestra Historia, era en realidad un señor que se regía no pocas veces por conceptitos de la Señorita Pepis; y defender esta trinchera es una conditio sine qua non de bastantes historiadores).
Pero hay otro concepto, o más bien la interacción de tres sub-conceptos, que es el que me interesa en este post. Se trata, como digo, de tres afirmaciones entrelazadas que, juntas, conforman un concepto. Y que se podrían expresar así:
1) La República perdió la guerra civil porque no recibió la ayuda de las potencias europeas.
2) La no-intervención es el mero resultado de un egoísmo de quienes deberían haber decidido la intervención, incluso contrario a su opinión pública.
3) Al final, la no-intervención fue inútil, porque lo que pretendía parar, la guerra mundial, no lo paró.
La interacción de estos tres sub-conceptos nos permite obtener una explicación bastante sencilla para el inexplicable dato al que la historiografía hispana lleva 80 años intentando encontrarle una explicación: que la República perdiese la guerra. La guerra se perdió porque unos recibieron ayuda, y otros no, y, last but not least, porque las democracias europeas no se embarcaron en la defensa de la democracia en España.
Y aquí es donde los temas se abrochan, bastante, con el presente.
El presente, a mi modo de ver, nos enseña que en esta explicación histórica hay un error de base, que puede parecer inapreciable, pero está ahí. La afirmación «Francia e Inglaterra deberían haber intervenido en la guerra civil española» está partiendo de la base de que intervenir en la guerra civil de otro país es algo que está chupado que lo flipas. Pero la verdad es que no es así. Ni de coña, vamos.
La reacción de los militares egipcios contra el presidente al-Mursi y los Hermanos Musulmanes viene a ser una buena demostración de que hay una parte del razonamiento que falla. Esta parte es aquélla que dice que las democracias europeas deberían haber defendido la democracia española. Para que esto sea así de fácil, tiene que producirse una situación en la que las democracias siempre defiendan democracias. Pero eso no es lo que ha pasado en Egipto. Lo que ha pasado en Egipto nos ha permitido a todos, a poco que estemos mínimamente conectados en Facebook y en Twitter, contemplar cómo demócratas sincerísimos y de toda la vida aplauden un golpe de Estado.
La correlación estricta «demócrata inglés defiende a demócrata español» es incierta, como es incierto calificar de solución democrática al hecho de que un jefe militar se alce contra los excesos de un gobernante elegido por los votos, y se haga con el poder político merced a la promesa de corregirlos (cosa que los militares siempre hacen sin fecha clara; el general al-Sisi no ha hecho nada muy diferente de lo que hizo el general Primo de Rivera, que se tiró siete años).
Hay un argumento claro para que creyentes en la democracia, dentro y fuera de Egipto, hayan vitoreado a unos helicópteros que llegaron, cuando menos de momento, para dejarles sin ella. Ese argumento tiene que ver con los excesos sectarios de los Hermanos Musulmanes en el poder, que estaban, fundamentalmente, creando una Constitución a la imagen y semejanza de sus filias y fobias, diseñada para cualquier cosa menos para integrar a sus adversarios políticos, que es lo que debe hacer una Constitución.
Pero es que, en este terreno, se pueden recordar muchas cosas. La primera de todas, que la Constitución republicana de 1931 tiene, desde luego, muchas virtudes; pero la de ambicionar la integración de «el otro» no está entre ellas. Y que, si la Constitución de todas formas pudo salvar los muebles, desde luego la Ley para la Defensa de la República no lo hizo en lo absoluto. La República, dicho sea en llano, aprobó una ley por la cual todo aquél que el ministro del Interior no considerase suficientemente republicano podía ser castigado por él mismo (ni siquiera por los jueces); sus posesiones podían ser intervenidas, sus periódicos cerrados e, incluso, la propia persona podría ser desterrada.
Hay más, desde luego. Por ejemplo, en el debate sobre orden público del 16 de junio de 1936, José María Gil-Robles se refirió a informaciones publicadas en la prensa inglesa según las cuales los conductores interurbanos eran parados en España por partidas alegales de militantes de izquierdas armados, los cuales les conminaban a realizar aportaciones «voluntarias» al Socorro Rojo Internacional.
Otro elemento que se podría recordar aquí es el hecho de que el Frente Popular, cuando ganó las elecciones del 36, lo hizo prometiendo el excarcelamiento de los detenidos por el golpe de Estado revolucionario del 34. Pero no es que lo cumpliese aprobando una amnistía; lo hizo abriendo, simple y llanamente, las cárceles, en un acto alegal que precisamente por esa alegalidad tiene poco de democrático. Para cuando Azaña firmó el decreto de amnistía, muchos de aquellos presos (y de paso todos los comunes; los ladrones, los hostiadores de tías, los pederastas, los violadores) estaban en la calle, como bien cuenta Pasionaria en sus memorias de la cárcel de Oviedo; que abrió ella misma de par de par, sin existir apoyo legal alguno para el gesto, acompañada por otra persona que había sido elegido diputada como ella.
Last, but not least, aunque jorobe un poco recordarlo, el régimen republicano fue un régimen en el que un grupo de policías cabreados fueron a la casa de un diputado aforado, lo secuestraron, en lo que paraban en un semáforo le pegaron un tiro, lo dejaron tirado en la puerta del cementerio y, ojo que aquí está lo importante, jamás fueron juzgados, prácticamente ni siquiera interrogados, al respecto. Aquellos tipos estaban cabreados a causa del asesinato de un compañero suyo, el teniente Castillo. Castillo había protagonizado, el 15 de abril de 1936, una dudosa actuación durante los disturbios en la plaza de Manuel Becerra en el entierro del alférez Anastasio de los Reyes; disturbios durante los cuales disparó a quemarropa sobre un joven civil de 19 años que estaba desarmado, Miguel Llaguno. Lo realmente alucinante de esta historia es que Castillo fue asesinado apenas dos meses después cuando se dirigía al trabajo. Esto es: jamás fue juzgado, ni siquiera suspendido cautelarmente, tras haber disparado sobre Llaguno.
Que los Hermanos Musulmanes albergaban, y albergan, el proyecto de hacer de Egipto un Estado islamista en el que todas las demás sensibilidades de los creyentes de Alá no tengan ni puñetera cabida, no lo tengo en lo absoluto en duda. Pero, que yo sepa, todavía no habían llegado al punto de haber aprobado leyes proscribiendo de facto de la vida pública a los no integristas; todavía no habían intentado hacer el país suyo generando patotas de activistas armados que, un suponer, solicitasen, arma en ristre, «gavelas voluntarias» a los muchos turistas de Karnak y de Luxor; todavía no habían practicado la simple y pura justicia parcial hacia los excesos islamistas practicados por su propia policía; y todavía no habían practicado el asesinato impune de políticos de la oposición, con la anuencia silenciosa de los resortes del Estado.
Si no habían hecho todavía nada de esto y, aun así, para tanta gente la intervención del ejército ha estado justificada, ¿por qué los ciudadanos demócratas de Francia e Inglaterra deberían considerar, en 1936, que había que apoyar una implicación de sus países en la guerra civil española, en defensa del Frente Popular (que no de la República; porque todo lo que era República y no era Frente Popular, con algunas excepciones como Luis Lucia, se puso del lado que se puso)?
El otro ejemplo que nos aporta el presente más rabioso es Siria. En Siria hay una guerra civil cuya composición es compleja y confusa. No está del todo claro exactamente de qué van los dos bandos, de qué se componen y cuáles son las razones de cada uno para agredir al otro. En esto ya hay una primera lección. Cualquier persona que esté inmersa en una guerra civil deberá asumir, si quiere tener una imagen adecuada de su entorno internacional, que las imágenes e informaciones que dentro pueden ser precisas, fuera son tibias y desdibujadas. Es más: el espectador exterior, a la hora de juzgar los hechos que ocurren en un tercer país, no hace grandes esfuerzos de comprensión, y se guía por hechos más bien epidérmicos. Así, en la polémica sobre si Estados Unidos puede, tiene derecho, o debe bombardear Siria, se ven posiciones de personas que, por ejemplo, rechazan esa intervención porque la va a hacer Estados Unidos (y ellos son antiamericanos). Otros, porque la oposición a la que favorece el debilitamiento de al-Assad son «los de Hamas y al-Quaeda» (cito de cosas que he ido leyendo) y, por lo tanto, nos vamos a hacer un pan con dos tortas.
Tenemos que tener en cuenta tres cosas, pues: una, que, como acabo de comentar, la idea que se hacen las sociedades de «lo que pasa» en el país problemático de turno es bastante imprecisa. Dos, intervenir supone implicarse: mandar cosas o personas; eventualmente, tener víctimas. Tres, no intervenir supone exactamente lo contrario.
La conjunción de estos tres hechos nos llevará a una conclusión clara: si hablamos de un país y su relación con otro en el que hay una guerra civil, lo que encontramos es que los consensos en torno a no hacer nada son mucho más sencillos que en torno a hacer algo.
Una sociedad que no ha sido agredida es mucho más proclive a aglutinarse en torno al concepto del «no» que en torno al concepto del «sí»; y, cuando se produce la agresión, las tornas son exactamente las contrarias. Obsérvese, sin ir más lejos, que en una España que estaba gobernada exactamente por los mismos que hoy en día (aunque los actuales tienen, eso es cierto, un afán de protagonismo internacional mucho menor) las fuerzas de izquierdas no tuvieron problema a la hora de aglutinarse en torno a un No a la guerra; pero, en el momento presente, esas mismas fuerzas están divididas entre el no, el sí, y el sí pero. Ésta es la razón por la cual no habría habido implicación norteamericana en la segunda guerra mundial de no haber existido Pearl Harbor; mientras la guerra no iba con ellos, los americanos querían aislacionismo; y si Hitler masacraba judíos o los camicie nere mataban a hostias a gente por la calle, what me worry? Dentro de esas mismas izquierdas que hace años bramaron porque EEUU se estaba inventando lo de las armas de destrucción masiva y pasando de la ONU, hoy se ven posturas de quienes no le hacen ascos a una intervención antes de que el uso de armas químicas haya sido adverado e incluso, en arabescos conceptuales acojonantes, casi conciben el Consejo de Seguridad como un estorbo.
Yo, sinceramente, no sé de dónde se sacan cierta historiografía española y sus diversos fanboys la idea, más o menos connotada en las cosas que dicen, escriben y opinan, de que a Reino Unido no le habría costado nada montar una intervención británica en la guerra española; la idea, pues, de que la sociedad británica lo habría entendido sin fisuras o al menos en una mayoría suficiente. Insisto en que, estructuralmente hablando, a todo gobierno siempre le será más fácil encontrar consenso en torno al no que al sí. Pero es que, además, hay que tener en cuenta el fuerte componente antibélico que había tenido la oposición laborista durante toda la década de los treinta, unido a la convicción de los políticos de que Reino Unido no estaba preparada para un enfrentamiento bélico a gran escala. A todo ello hay que unir un hecho que desde España recibe todos los parabienes del mundo y que, sin embargo, yo juzgo fundamental a la hora de inclinar la balanza británica a favor del no: las brigadas internacionales.
Juan Negrín, a lo largo de su convulsa vida de exiliado tras la guerra civil, se peló los labios de dar conferencias e intervenir en debates varios diciendo que nunca le habían gustado las brigadas. Él, que había estado al frente del gobierno al que supuestamente las potencias europeas deberían haber prestado su ayuda; él, que por razón de sus querencias personales y su poliglosía estaba muy presente en los asuntos exteriores de la República, sabía bien lo mucho que aquel proyecto del Partido Comunista había obstaculizado ese concepto de «demócrata ayuda a demócrata». Con los años, las décadas y la memoria histórica y bla, los miembros de las brigadas internacionales se han convertido en «combatientes por la libertad». Pero no eran exactamente eso. Eran combatientes por el comunismo, hasta el punto de tratar bastante mal a los despistados ácratas que se apuntaban al proyecto e incluso, si hemos de creer al socialista Justo Martínez Amutio, fusilar a varios de ellos. Con la leva y envío de las brigadas internacionales, el PC salvó, se dice, Madrid; pero, desde luego, en lo que se se refiere a conseguir otro tipo de brigadas internacionales que se uniesen a aquéllas, la República lo perdió todo. Exactamente igual que hay personas que rechazan la intervención en Siria, sin querer saber más, por el simple hecho de que «la hacen los Estados Unidos» (y la rechazaban en Serbia, a pesar de que periodistas y ONGs regresaban de Bosnia pidiéndola a gritos), el núcleo duro de la sociedad británica jamás habría aceptado que our boys se fuesen a jugar la vida codo con codo con los comunistas, o se implicasen vía venta de armas (armas que, por cierto, Reino Unido básicamente no tenía, y por eso las estaba fabricando aceleradamente).
El caso de Francia es aún más obvio, teniendo en cuenta que en aquel país existía una fortísima opinión pública de derechas, que no es que dudase sino que tenía muy claras sus simpatías por los golpistas; y un Frente Popular que tenía que tener en cuenta esa presencia casi cada día. Para colmo, como plañideramente se quejó José Antonio Aguirre en un informe al gobierno durante la guerra que activó las tímidas e inútiles negociaciones de la República con el Vaticano, para colmo, digo, la actitud del bando republicano hacia la Iglesia hizo que la mera idea de que Francia pudiese decidir una ayuda a la República consistente en enviar tan sólo un oficinista despistado para que cortase los teletipos en el Ministerio de la Guerra, aparece como un chiste.
En ambos países, en todo caso, las mayorías sociales silenciosas, esos tipos que ni salían a la calle para hacer cuestaciones por la República ni organizaban misas a favor de Franco, carecían de aliciente alguno para decantarse de lado de una intervención en la guerra española. Como ocurre ahora con Siria, y ocurrió incluso en Libia antes.
Así pues, como digo, esa idea que se trasluce de vez en cuando en comentarios y escritos, según la cual un tipo como Neville Chamberlain no habría tenido ningún problema en ir al Parlamento y anunciar la implicación del país en la guerra española a favor de uno de los dos bandos, es una idea compuesta de grandes cantidades de optimismo histórico, pero cero realismo.
Las potencias democráticas europeas, en todo caso, tenían otras razones para no intervenir. En realidad, es que durante aquellos tiempos miraron poco hacia España, porque tenían la vista puesta en otra esquina de Europa. De esto prometo que hablaré pronto.
miércoles, agosto 28, 2013
Doping (5: a peor)
La situación del doping en los juegos de Moscú fue tan
escandalosa que acabó por convencer al príncipe De Merode de que había que
hacer algo, y hacerlo ya. Su primer paso en este sentido fue negociar con la
IAAF, es decir la federación internacional de atletismo, un acuerdo para que
los controles antidopaje se realizasen no sólo durante los Juegos Olímpicos,
sino también en los años intermedios. Es obvio que el COI no era nadie para
realizar comprobaciones en competiciones no olímpicas; ésta es una labor que le
correspondía, en el atletismo, a la IAAF, y la aceptó, siquiera parcialmente.
Además, admitió la inclusión de la testosterona entre las sustancias
prohibidas. Pronto, sin embargo, el deporte mundial acabaría por darse cuenta del fuerte componente estético de estos pasos.
domingo, agosto 25, 2013
Un respeto, que soy ignorante
Esta parte del programa La Sexta Noche se emitió ayer, y está dedicado a la "explicación" de la que por lo visto es la nueva fórmula matemática utilizada para el cálculo de becas en España (si no se ve, también se puede acceder aquí). El tono es bastante claro: la fórmula es apelada, además de oscurantista, de difícil y complicada; la palabra usada es dificilísima. De hecho, el presentador, al final del corte, llega a decir que sólo estudiantes de quinto de Matemáticas la pueden entender.
Independientemente de que cada uno es libre de criticar lo que no le guste, cuando menos a mí me sorprende cómo se puede hacer una exhibición tan palmaria de ignorancia y, en lugar de sentirse uno malquisto por ser eso mismo: ignorante, pretender que las cosas (la fórmula) deban adaptarse a dicha ignorancia.
Empecemos por decir que esta fórmula no es matemáticamente complicada: es aritmética básica, puesto que incluye, tan sólo, sumas, restas, multiplicaciones y divisiones... bueno, y paréntesis. Puede ser que los paréntesis, hoy en día y en las facultades de Exactas, se estudien en último año del Grado.
Me he preocupado de consultar las asignaturas que componen el primer semestre del último año del Grado de Matemáticas de la UNED. Son éstas:
Integral de Lebesgue
Ampliación de Variable Compleja
Geometría Diferencial
Procesos Estocásticos
Modelos Estocásticos
Teoría de la Decisión
Introducción a la Astronomía
Modelos de Regresión
Teoría de Juegos (Matemáticas)
Física Matemática
Los periodistas de La Sexta tienen, en todo caso. apoyos para decir lo que dicen. Aseveran que los rectores universitarios españoles afirman que es una fórmula complicada. Espero, sinceramente, que se trate de una interpretación libre de algún otro tipo de toma de posición por parte de los gobernantes de la universidad española; porque, verdaderamente, sería una muy mala noticia que los rectores de las universidades españolas, de verdad, encontrasen esta expresión aritmética dificilísima de comprender. Diría muy poco, poquísimo, de su propia formación como responsables de la gobernanza económica de instituciones públicas como las universidades. Yo, personalmente, a alguien que no entienda esta fórmula no le dejaría gestionar un presupuesto ni cinco minutos.
Por lo que más o menos se ve de la fórmula (porque, si repasáis el video, comprobaréis que quienes la presentan, puesto que no la entienden, no la explican, así pues nos falta lo fundamental, que es saber exactamente qué define cada término de la expresión; hemos, pues, de ir un poco al palpo) da la impresión que se basa en un primer reparto levelled, o sea Lavazza per tutti, que se podría identificar con lo mínimo que en España tiene que dar una beca; y de un reparto del remanente tras éste primero basado en la medida en que el estudiante ha conseguido batir determinadas medias de calificación (la de los mejores becarios, dice la presentadora, sin explicar qué percentil es ése), y la medida en que su renta familiar es baja y, por lo tanto, necesita la pasta para estudiar. Aquí está, por lo que se dijo en el programa (y dicen que dicen los rectores) el gran problema: el becando no sabe cuánta pasta le van a dar, porque eso dependerá de cómo se sitúen sus resultados académicos, y de la cantidad de gente que haya con menos pelas que él.
Tal y como yo lo interpreto: dado que las personas implicadas en el sistema universitario español son incapaces de interpretar una fórmula aritmética, el sistema de becas tiene que renunciar a ser dinámico, en el sentido de otorgar cantidades variables según cuál sea la combinación de situación socioeconómica familiar y rendimiento intelectual; para pasar a ser una especie de lista cerrada en la que todo el mundo sepa lo que va a recibir, debemos entender que irrespectivamente de lo buen estudiante que sea, o lo pobres que sean sus padres.
Dicho de otra forma: el sistema, como decía, se adapta a la ignorancia de quienes deberían entenderlo.
Vaya por delante que la crítica de oscurantista la acepto. No porque la fórmula lo sea, que no lo es para cualquiera que atendiese un poco en clase de mates (del colegio) y no se creyese la pollada boreal ésa de que hay humanos "que valen" y humanos "que no valen" para las matemáticas; sino porque los elementos que la componen no están al alcance de cualquiera. Un Ministerio de Educación que de ello se precie, tras poner a rular esta fórmula, debería crear en su web un simulador (que, vaya, no se tardaría ni una tarde en programar) en el que se informase de la evolución de las magnitudes de la fórmula y se permitiese al usuario simular el resultado con distintas hipótesis, para poder hacerse una idea cabal de las cosas. Todo esto, sin mencionar el pequeño detalle de que, antes de escribir estos párrafos, me he ido muy ufano a la web del Ministerio Wert, convencido de que habría de encontrar un espacio prevalente dedicado a explicar la fórmula y, tras varios clicks, no lo he encontrado. Así, desde luego, no.
Por lo demás, esto de las materias que dependen de referentes móviles, les guste o no a los rectores, no es nuevo. Creo que es el examen de MIR (lo digo de memoria; tengo parientes médicos que se examinaron años ha) en el que el aprobado depende de los aciertos conseguidos por los examinandos (repito que hablo de memoria, pero creo recordar, de aquellos años, que el aprobado se definía como el número de aciertos conseguidos por la mediana de examinandos). Y, además, que la cuantía de la beca dependa de los resultados académicos y el nivel de necesidad económica, parece lo lógico.
En todo caso, no era intención de estos comentarios glosar una opinión sobre la política de becas, sino sobre el hecho de que una formulación matemática, lo diré en mis términos, de primero de BUP por la mañana, pueda ser considerada alta matemática; y, además, quienes así lo hagan realicen una tan absoluta ostentación de su nivel de desconocimiento e incultura aritmética.
Esto, señores, es España.
viernes, agosto 02, 2013
miércoles, julio 24, 2013
Human Game
Título: Human Game.
Autor: Simon Reader.
Época: Segunda guerra mundial.
Sobre 10: 8.
Edición española: me temo que no.
Ya estamos a finales de julio y mis apariciones en el blog se van distanciando más, hasta llegar al Gran Distanciamiento Vacacional, afortunadamente cada vez más cercano. Pero antes de desaparecer, os quiero dejar cuando menos la recomendación de una lectura.
La principal virtud de esta lectura es que tiene un muy claro referente visual, que es el film The Great Escape, un film de 1963 firmado por John Sturges y con un larguísimo reparto (como todos los repartos largos, bastante variable en lo que a calidad de actuación se refiere) encabezado por sir Richard Attenborough, James Garner y Steve McQueen, entonces en lo mejor de su carrera.
The Great Escape fue filmada en la memoria de las varias decenas de POWs internados en el conocido como Stalag Luft III que, tras haberse conseguido escapar en una de las operaciones de este tipo más masivas de la segunda guerra mundial, y una vez recapturados, fueron fríamente asesinados por los nazis (aquí sí que cabe hablar de los nazis y no del ejército alemán; la mayoría de los asesinatos fue ejecutada por la Gestapo) sin haber sido regresados al campo de prisioneros.
El Stammlager Luft III, situado en la ciudad polaca de Sagan (Zagan), fue construido bajo las órdenes Hermann Pepepótamo Göring y diseñado para hacer imposible la fuga. Este objetivo, sin embargo, fue desmentido, y de qué manera, por una organización bien engrasada de varias decenas de prisioneros, bajo el mando del Squadron Leader Roger Joyce Bushell, un auténtico grano británico en el culo alemán. Nombrado Big X, o sea el gran organizador de aquella fuga, ordenó la construcción de tres túneles, Tom, Dick y Harry, uno de los cuales habría de servir para que cerca de un centenar de presos lograsen escaparse, tras un año de trabajos, en marzo de 1944, generando con ello un enorme trabajo de localización a los alemanes. La película, cosa extraña en las creaciones estadounidense, es bastante fiel a los hechos reales. Incluso Attenborough exhibe en el film un ojo medio cerrado, y en libro de Reader descubriréis que Bushell, de hecho, lo tenía, a causa de un accidente esquiando. Otros detalles son totalmente verídicos, como la forma con la que los prisioneros «reciclaron» la tierra de sus excavaciones; aunque otras no lo son tanto: leyendo el libro he aprendido, por ejemplo, que el periplo hacia España del prisionero interpretado en la película por James Coburn no fue, en realidad, tan sencillo.
Tras una fuga tan impresionante, se produjo una reunión en las más altas cumbres del poder nazi. En ella estuvieron el propio Adolf Hitler, Heinrich Himmler, Hermann Göring y Ernst Kaltenbrunner. En dicho encuentro, Hitler, como solía tener por costumbre, estalló en cólera. No es de extrañar, sobre todo, teniendo en cuenta que estamos ya en la primavera de 1944, un momento en el que Alemania estaba en una posición crecientemente comprometida; y, en el que, desde luego, Hitler llevaba meses convencido de que dentro de su propio ejército había gente que conspiraba contra él, motivo por el cual había tomado, entre otras, la medida de levantar acta de sus reuniones de Estado Mayor. Aunque Reader no aventure en su libro hipótesis alguna sobre las razones que pudieron mover a Hitler a ser especialmente cruel en sus decisiones, yo opino que estas dos tuvieron mucho que ver: que supiera, como sabía, que la marea de la guerra estaba bajando; y que estuviese personalmente convencido de estar rodeado de una pandilla de hijos de puta. Esto le llevó, siempre según mi opinión, a ser más hijo de puta que nadie y decretar que aquella fuga no debería salirle gratis a sus protagonistas. Ordenó matarlos, y sólo después de una negociación parece se avino a que sólo fuesen la mitad de los presos recuperados los que tuviesen esa suerte.
No parece haber ninguna razón de peso para justificar por qué unos presos fueron devueltos al Stalag Luft III y otros ya sólo volvieron en unas urnas con un cartelito que informaba de dónde y cuándo habían muerto, supuestamente mientras huían de sus captores. Es posible que todo ello se debiese a razones de oportunidad y recursos disponibles. El caso es que decenas de aquellos presos fueron asesinados en cunetas de carreteras. No tanto a mogollón, como relata la película, sino en pequeños grupos de dos, de tres, o de cuatro, según los iban pillando.
Human game comienza su relato precisamente en ese momento; el momento en el que las balas callan, la guerra termina. El momento para el Gobierno británico de honrar la palabra dada por Anthony Eden en la Cámara de los Comunes, cuando se supo lo de las muertes, de investigar, algún día, lo que los aliados consideraron desde el principio viles asesinatos.
Así pues, Simon Reader nos cuenta en su libro la peripecia de varios investigadores, el principal de ellos Frank McKenna, que son enviados a Alemania a localizar, investigar y, finalmente, encausar, a los responsables de aquellos asesinatos. A través de varios de los casos, el autor nos va describiendo la siempre difícil, agotadora, labor de buscar datos, testimonios, comprobar rumores; reconstruir, en una palabra, sucesos ocurridos durante la guerra y de los cuales sus protagonistas, obviamente, no quieren hablar. El libro despliega la labor extraordinariamente meritoria de aquel estrecho grupo de investigadores, que hubo de visitar decenas de campos de internamiento de prisioneros alemanes, viajar por todo el país, y realizar decenas, si no centenares, de horas de interrogatorio; hasta llegar a delimitar quién ordenó, quién facilitó, quién ejecutó cada una de las muertes investigadas.
Hay un producto final: en las últimas páginas del libro, una veintena de personas se verán sentadas ante el tribunal para responder por sus crímenes, y recibirán las más duras condenas. No obstante, en mi opinión lo más interesante de este libro no es la meta, sino el camino.
Es obvio que desconozco cuáles eran los objetivos principales de Simon Reader cuando escribió este libro. Desconozco si lo realmente importante para él era destacar que se logró hacer justicia, o contar el cómo. En realidad, para mí la mayor virtud de su libro está en otra cosa. Está en la descripción, habitualmente hurtada a los lectores o espectadores de cine, de un país, una sociedad, una civilización, hora y media después de terminada una guerra. Una guerra perdida.
Leyendo el libro de Reader se me venían a la memoria escenas de una, para mí, obra maestra del cine de todos los tiempos: Judgement at Nuremberg. Reader transmite en su texto la misma sensación, el mismo panorama: un país destrozado, un país en el que nadie ha pensado todavía en seguir hacia adelante, un país en el que miles y miles de sus ciudadanos están más o menos encarcelados a la espera de responder por sus actos. Un país que no puede explicar lo que acaba de hacer.
La mayoría, si no todas, de las esposas que aparecen en el libro, esposas de alguno de los elementos nazis a los que los investigadores británicos tratan de localizar, no es capaz de dar razón de dónde está su marido. Están separadas de él desde hace tiempo y ahora tratan de vivir su vida. Esta situación, como digo repetida varias veces, es una buena metáfora de la sociedad que los investigadores británicos se encuentran. Una sociedad rota, que ha perdido sus vínculos más estrechos y esenciales. Por lo demás, conforme los interrogatorios de los hombres culpables se van desplegando en las páginas, comenzamos a intuir primero, y a sentir después, algo que ha expresado, mejor que nadie, Hannah Arendt: los monstruos son, en realidad, personajes cotidianos.
El hombre que dirige la partida cuya orden es disparar en la nuca a dos aviadores británicos está inquieto porque esa noche tiene entradas para el teatro, y teme que el encarguito le vaya a dejar sin espectáculo. La inmensa mayoría de los que son localizados por los investigadores y habían conducido los coches, o incluso disparado sus armas, se excusan diciendo que recibieron órdenes, y que no haberlas cumplido les habría supuesto a ellos la condena a muerte. No hay casi, en todo el libro, ejemplos de miembros de la Gestapo que digan: sí, yo los maté, ¿qué pasa? Lo hice porque creo en esto, en esto y en esto, y lo volvería a hacer. La mayoría de los hombres que cometieron esos asesinatos trata de convencer a sus captores de que no hicieron otra cosa distinta que los bombarderos que destruyeron Dresde. No hay, pues, convicciones. No hay religión nazi. Ya no. Sólo hay alemanes normales, tratando de convencer a sus interrogadores de que hicieron lo que tenían que hacer.
Queremos creer que el asesino es un ser abyecto, distinto. Una de las formas de vencer nuestro miedo a él es pensar que, si algún día se sienta a nuestro lado en el autobús, sabremos distinguirlo. Pero la muerte puede ser un oficio más, sobre todo en la guerra. Ya nos hemos sentado en el autobús al lado del asesino; lo que pasa es que no lo sabemos.
Feliz lectura.
miércoles, julio 17, 2013
Doping; (4: la década de la vergüenza)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo y tercer capítulo.
Lo que habría que hacer con los juegos de Moscú, Montreal y Los Ángeles, sería
eliminarlos de la lista. Como si nunca se hubiesen celebrado.
Los Juegos Olímpicos de verano de Montreal iniciaron la
lista, bastante más larga de lo que se pretende, de olimpiadas catastróficas. A
los canadienses les costó un Congo organizar aquellos juegos; han tardado más
de un cuarto de siglo en pagarlos, con retornos bastante más que discutibles.
En materia de doping, tampoco es que fuesen como para tirar cohetes; más bien, la cosa fue como para meterse esos mismos cohetes por donde amargan los pepinos, y prender la mecha. Lo primero
que faltó en los juegos de Montreal fue la realización previa, por parte de los
comités nacionales, de pruebas razonables contra el doping. Y, allí donde se
hicieron, no sirvieron de nada. En los juegos de calificación estadounidenses
de Eugene, Oregón, 23 atletas, que se dice pronto, no pasaron el control
antidoping; ni uno de ellos fue sancionado y todos aquellos que se ganaron la calificación, cruzaron la frontera con Canadá como unos pichis.
A lo largo de los juegos se recogieron 1.800 muestras de
orina para realizar pruebas convencionales de localización de drogas. Se
obtuvieron tres resultados positivos. De las 275 pruebas sobre el uso de
esteroides anabolizantes, ocho dieron positivo. Dos de estos positivos fueron
suspendidos: los halterófilos estadounidenses Mark Cameron y Phil Grippaldi. De
nuevo, se montó la de Dios es Cristo en el Comité Olímpico Estadounidense. Su
presidente, Philip Krumm, se declaró muy desagradablemente sorprendido por la
suspensión de Cameron, y se quejó de que los equipos no hubiesen sido avisados
de que se iban a hacer los controles (sí; así iban los temas, entonces, con el
tema del doping. Si te voy a investigar por corrupto, me lo tienes que avisar antes) o de que las dos suspensiones hubiesen sido hechas públicas antes
de informar al propio USOC. Los americanos, en todo caso, no fueron los únicos.
El presidente del Comité Olímpico polaco, Boleslaw Kapitan, puso el grito en el
cielo cuando, seis días después de acabados los juegos y tres semanas de haber recibido
su medalla de oro, el halterófilo de aquel país Zbigniew Kaczmarek, fue
suspendido por doping.
El problema de los polacos era bastante evidente: la
eliminación de una medalla que ya consideraban suya. Pero el problema de los estadounidenses
era otro: en aquellos juegos de Montreal, ni un solo atleta de la República
Democrática Alemana fue sancionado ni total ni parcialmente; a pesar de lo
mucho que sabemos hoy en día sobre lo petados de drogas que llegaron a aquella
convocatoria. Lo lenitivo del comportamiento del olimpismo hacia el evidentísimo
escándalo de la RDA (como competidores y periodistas señalaron repetidamente
durante aquellos juegos, y cualquier filmación de las muchas que hay puede
confirmar, la mayoría de las nadadoras germanodemocráticas eran más grandes y
masivas que los competidores de sus compañeros) tuvo
unas consecuencias deplorables para la limpieza del deporte. El saltador de
palanca estadounidense Willie White lo dijo con evidente claridad: «si hemos de
competir con atletas sintéticos, nosotros mismos deberemos ser atletas
sintéticos». Consecuentemente, el USOC aprobó la creación de un comité,
presidido por el cirujano cardiovascular Irving Dardik, encargado de investigar
el uso de métodos médicos y científicos para mejorar el rendimiento de sus
atletas. El objetivo del comité incluía el uso de drogas para mejorar el
rendimiento muscular.
Los Juegos Olímpicos de Moscú llegaron en 1980 sin que el
COI hubiese sido capaz de desarrollar un régimen eficiente de chequeo contra el
doping; lo cual, tras lo que acabamos de escribir, no ha de extrañar a nadie
pues, en realidad, en el seno del movimiento olímpico, y tras las experiencias
de Munich y Montreal, no había nadie, salvo quizás el príncipe De Merode y eso con muchas dudas, que
estuviera realmente implicado en la idea de desterrar el uso de drogas en el
deporte de elite.
Alexander de Merode, en una declaración que debería pasar a
la Historia del deporte por lo pollas, afirmó que los juegos de Moscú fueron
«los más puros de la Historia» desde el punto de vista del doping. Lo dijo
porque ni a un solo atleta le fue localizado el uso de drogas prohibidas; pero
eso, en realidad, fue así porque los controles de Moscú fueron un puro
cachondeo. Por su parte, los Estados Unidos, aunque ausentes en los juegos, o
quizás más bien aprovechando esa situación, estaban para entonces desarrollando
soluciones químicas para sus atletas, pensando en la convocatoria de 1984 en
Los Ángeles, donde se sentían obligados a darle una pasada a sus competidores
del Este. Además, estaba el hecho de que los juegos de 1984 fueron unas
olimpiadas a la americana, esto es, diseñadas desde el minuto uno para dar
dinero.
Estados Unidos, en efecto, siempre ha tenido muy claro que
con unas olimpiadas se puede llegar a palmar pasta a paletadas (y si no, que se
lo digan a los canadienses, o a los griegos), pero que ése no es su caso. Todo,
en los juegos olímpicos celebrados en Estados Unidos en las últimas décadas,
está subordinado a la consecución de beneficio económico. Y el beneficio económico,
en Los Ángeles, era directamente incompatible con una política estricta
antidoping que tuviese como consecuencia que semidioses del deporte que
hubiesen recibido medallas y aplausos y admiración y titulares en los
periódicos resultasen, días o semanas después, señalados con el dedo de la
acusación (y no se equivocaban: Ben Johnson perdería, años después, una
auténtica fortuna nada más ser acusado de haberse dopado).
La década de los ochenta, por lo tanto, transcurrió en medio
de una clara falta de sensibilidad hacia el doping, mientras el movimiento
olímpico, en realidad, se fijaba en otras cosas. Y es que, inevitablemente, el
peligro de quiebra del movimiento olímpico no se estimaba pudiera venir del
tema del doping, sino de los gravísimos desencuentros provocados por la Guerra
Fría, y que provocaron las series de boicots producidos según los Juegos fueran
en el Este, o en el Oeste.
En este entorno, el uso del dopaje era descarado. Frank
Shorter, segundo clasificado en la maratón de Montreal y miembro del equipo de
EEUU, fue preguntado por los periodistas sobre si pensaba ganar la prueba cuatro
años después, en Moscú. Shorter, con total desparpajo, respondió: «Por
supuesto; he encontrado unos doctores estupendos». Aquello era tan descarado y
tan industrial, que John Anderson, médico jefe de la delegación estadounidense,
afirmó que el doping en Moscú amenazaba con acabar con el movimiento olímpico
(pero eso no pasó, claro, porque ya se encargó el COI, y el comité soviético
organizador, de que los de Moscú fuesen «los juegos más puros de la Historia»).
Los resultados de Moscú fueron tan buenos, entre otras
cosas, porque la RDA, para entonces, había modificado sus protocolos químicos,
de forma que en las últimas semanas antes de competir se administraba a sus
atletas Testosterone-Depot y otros compuestos no detectables en los análisis.
Para entonces, el puesto más importante de todos
los equipos atléticos de los países más importantes eran los expertos
farmacéuticos que definían el momento exacto en que el atleta debía dejar de
tomar drogas prohibidas para tomar otras, o tomar hormonas.
Al COI todos estos temas se la fumaban, porque no eran
públicos. Pero la cosa se puso peor cuando Renate Neufeld, una velocista de la
RDA, se las arregló para desertar a Occidente llevando consigo las píldoras que
le hacían tomar. Los análisis demostraron que se trataba de anabolizantes
esteroides.
Así las cosas, a nadie le extrañará que las autoridades
soviéticas asegurasen al COI que todas sus regulaciones antidoping serían
«estrictamente cumplidas» durante los
juegos del Osito Misha. El COI, ya lo sabemos, no sólo lo creyó, sino
que defendió que así había sido. Eso sí, un cuarto de siglo después, en el
2003, Michael Kalinsky, que había sido director del departamento de bioquímica
de la Universidad del Deporte de Kiev, facilitó un documento que detallaba el
programa soviético para administrar esteroides anabolizantes a sus atletas.
Ni un solo atleta en aquellos juegos dio positivo, a pesar de
los más de 8.000 análisis realizados. Pero, en realidad, todo lo que hicieron
los atletas fue cambiar a la testosterona en el momento adecuado.
En realidad, si el movimiento olímpico internacional tuviese
lo que debiera tener, no es que debiera recuperar aquellas muestras,
analizarlas de nuevo, y quitarle las medallas y récords a los que hoy den
positivo. Como han indicado diversos estudios sobre la materia, difícilmente
habrá un medallista en Moscú, no desde luego uno de oro, que merezca su premio.
lunes, julio 15, 2013
Esclavo de uno mismo
En este enlace, donde se listan las colaboraciones que Arturo Pérez-Reverte realiza bajo el título Patente de corso, encontrará el lector ya hasta cinco capítulos que el escritor y académico ha publicado bajo el conceto de Una historia de España. Yo los he ido leyendo a salto de mata, porque considerando mis aficiones y las de muchos de mis amigos es prácticamente inevitable que acaben apareciendo en mi muro de Facebook, así pues difícilmente puedo estar desinformado de su aparición. Y, conforme los voy leyendo, más me voy decepcionando.
Mi decepción es más profunda teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, yo soy también, un poquito, de esa escuela. A mí me gusta, aunque algunas veces haya lectores a los que no, usar palabras malsonantes en mi discurso. Sinceramente, creo que las construcciones correctas y sutiles no son capaces de captar, a menudo, los hechos históricos. Lo que había en la Corte española durante los últimos meses de la vida de Carlos II era una zapatiesta de la hostia; cualquiera puede escribir un notable enfrentamiento entre banderías, pero, a mi modo de ver, captará menos la esencia de los hechos. Además, la Historia, tal es mi parecer, hay que escribirla en el lenguaje de quienes pretenden entenderla, porque si no, quienes la describen no consiguen su objetivo.
Otro elemento que a mí me parece notablemente útil al hablar de hechos pasados es acudir a ejemplos presentes para describirlos. Si alguien escribe que Franz Lizst era el Justin Bieber de su tiempo, no miente. Se ganará, probablemente, la enemiga de los melómanos estrictos, que verán en la comparación una grave afrenta a la figura del pianista decimonónico. Sin embargo, Lizst no sólo era famoso en su época por las piezas que componía o por cómo tocaba el piano, sino también por lo bueno que estaba. Las señoras de la sociedad sobre todo parisina, de hecho, iban a sus audiciones a desmayarse, exactamente igual que hacen sus tatara-tatara-tataranietas adolescentes en los conciertos de Bieber (o sus madres en los de los Beatles). Franz Lizst era un señor que tiraba absolutamente a todo lo que se movía; que además tenía una belleza bohemia, de malote macarrilla, de ésas que siempre le ha hecho tilín a las tías; y, además, solía tocar piezas al piano petadas de stacatti que él tocaba como nadie, arrobándose, moviendo la melena en sentido sur-suroeste con la violencia de los compases, entrando como en trance; cosa que se comunicaba a sus espectadoras, que se desmayaban de la emoción.
Ambas cosas, lenguaje coloquial y arrastre del pasado hacia el presente, son elementos que yo reputo fundamentales para hacer que la Historia sea interesante para el lector; para que el lector pase del segundo párrafo, que es la apuesta que hace todo blogger cuando escribe. Pero, exactamente igual que le pasa al competidor de Moto GP, existe el peligro de pasarse de frenada, o de acelerada. Esto es lo que, en mi opinión, le ha pasado a Pérez-Reverte.
Este hombre da la impresión de haberse desdoblado. De modo y forma que, ahora mismo, tenemos al Arturo Pérez-Reverte ciudadano con DNI, por un lado; y al personaje Arturo Pérez-Reverte por otro, que es un tipo que coloca borderías en su discurso, dos o tres por minuto, cuadren o no; y que se ha convertido en una especie de apóstol de la Historia contada a los gentiles. Es lo que parece que intenta en la serie que se puede leer en el enlace.
El problema para esta forma de actuar es que supone doblar la Historia como una lámina, unir los puntos de espacio-tiempo al escribir sobre ellos, y convertirlo todo en hechos comprensibles desde el lenguaje de hoy, y también desde la forma que hoy se tiene de ver las cosas. Un ejemplo de su último artículo: «Y fue el caso, o sea, que mientras el imperio se iba a tomar por saco entre bárbaros por un lado y decadencia romana por otro, y el mundo civilizado se partía en pedazos, en la Hispania ocupada por los visigodos se discutía sobre el trascendental asunto de la Santísima Trinidad. (...) O sea, cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio, que negaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tuvieran los mismos galones en la bocamanga; mientras que los nativos de origen romano, católicos obedientes a Roma, sostenían lo de un Dios uno, trino y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute».
La primera idea que transmite este párrafo es la idea de una Hispania embarcada en una discusión bastante pollas (la de la Santísima Trinidad, que me perdonen mis lectores creyentes, lo es, y bastante. Porque la naturaleza de Dios, aun creyendo en Él, es un hecho tan inaprehensible que los hombres no deberían osar discutir sobre ella) mientras el resto del mundo va a otra bola. Ambas cosas son mentira. La discusión doctrinal sobre la naturaleza de Jesús (digámoslo así, con más exactitud; porque la discusión del arrianismo no es, propiamente hablando, una discusión sobre la Trinidad, sino sobre si el señor que bajó a la Tierra a lavar el pecado de la Humanidad era hombre, Dios, hombre-Dios, Dios-hombre, o qué) ni nació en Hispania ni tuvo en Hispania su principal teatro de desarrollo. De hecho Arrio, que era libio, encontró los apoyos fundamentales a teoría en las iglesias de la costa asiática de la actual Turquía, en la propìa Libia, en Egipto, y en Constantinopla.
A mi modo de ver, un perito en Historia, yo honradamente no sé si así se reputa a sí mismo Pérez-Reverte, debería contar esta movida con el significado que tuvo. Y no es necesario salirse de los ejemplos contemporáneos para hacerlo. Porque exactamente igual que en guerras contemporáneas que «vendemos» como conflictos religiosos cuando en realidad hay mucho subsuelo social y de otro tipo (piénsese en las guerras de musulmanes contra hindús; o en los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes en Líbano), en la era de la Hispania visigoda lo que había en el mundo era un enfrentamiento cada vez más amargo entre dos bloques, el viejo imperio de Occidente y el de Oriente; que tomaban la cuestión de la naturaleza de Jesús como punto de fricción. Aquella era una lucha de poder, de zonas de influencia; y una Hispania arriana estaba, simple y llanamente, descolocada; era una bomba bizantina cebada en el patio de atrás del Papa (de hecho, en aquel entonces los bizantinos controlaban importantes áreas del Levante español). De hecho, para mí la conversión de Recaredo es la primera decisión española de nuestra Historia. Porque Recaredo, tal es mi idea, no se convierte porque se da cuenta de que la mayoría de la sociedad hispana de la época es cristiana niceica. No. Se convierte porque se da cuenta de que, solo, no va a poder garantizar la unidad de la península, así pues teme que le ocurra desde los Pirineos lo que acabará ocurriéndole a Don Rodrigo desde Marruecos. Y busca, por lo tanto, una alianza táctica con el otro gran poder fáctico de aquella Hispania, la Iglesia; alianza en la que los obispos le piden, a cambio, la conversión.
Así pues, da la impresión de que una tesis de partida (en España siempre hemos andado centrados en nuestras querellas y nos ha importado un culo lo que pasaba en el mundo) va siendo confirmada por el escritor con los datos; sean los datos proclives a la dicha confirmación, o no.
Por lo demás, supongo que es ser muy tiquismiquis, pero la expresión «cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio», se tiene muy poco. El ejército arriano no se nutría de aquéllos que eran «convertidos», o sea nuevos cristianos. Buena parte de su grey estaba formada por obispos de diversas diócesis (que, por lo tanto, ya eran cristianos) y sus correspondientes parroquias, que llevaban siendo cristianas, en no pocos casos, desde los tiempos de Pablo, o de Barnabás, de Orígenes, o de Tertuliano. Segunda cosa, Arrio no era un obispo hereje. Era un obispo que después de ser obispo, vio condenadas sus teorías. La expresión «obispo hereje» parece querer decir que, cuando Arrio desarrolló sus teorías, era consciente de estar montando una herejía. Y no hay tal, entre otras cosas porque teorías parecidas a las de Arrio, véase el docetismo, o el maurinismo, sin ir más lejos, convivieron en el mundo cristiano durante mucho tiempo, dejaron su huella en las páginas de los padres de la Iglesia, como Tertuliano; y no eran consideradas herejías propiamente hablando.
Con todo, ya lo que más llama la atención de este párrafo es eso de «y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute». Se dice, aunque no se sabe, que Arrio pudo morir envenenado. Pero lo que no murió, fue quemado. Como tampoco murieron sus seguidores; el emperador Constantino los condenó a muerte, pero fue ésa una condena más formal que otra cosa. La práctica de quemar a los herejes no se llevaba entonces. Ésta es, de hecho, una de las muchas cosas que se pueden recordar a un contertulio cuando te dice eso de que la Edad Media fue la pera limonera del oscurantismo y la violencia y, sin embargo, en el Renacimiento triunfó el Amor Humanista y el Buen Rollito Respetuoso. De todas formas, que nadie se llame a engaño, que ser judío en España en tiempos de los reyes godos no era ningún chollo.
Este párrafo, de los varios que he subrayado en estas cinco crónicas del insigne académico, es, para mí, una buena prueba de que una cosa es ser fiel al estilo propio, y otra distinta convertirse en esclavo de él. Hay mucho camino que recorrer en la explicación de la Historia, pero es un camino que debe hollarse con mucho cuidado, porque está minado. Minado de errores bienintencionados y, también, de puras y simples imbecilidades.
Mi decepción es más profunda teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, yo soy también, un poquito, de esa escuela. A mí me gusta, aunque algunas veces haya lectores a los que no, usar palabras malsonantes en mi discurso. Sinceramente, creo que las construcciones correctas y sutiles no son capaces de captar, a menudo, los hechos históricos. Lo que había en la Corte española durante los últimos meses de la vida de Carlos II era una zapatiesta de la hostia; cualquiera puede escribir un notable enfrentamiento entre banderías, pero, a mi modo de ver, captará menos la esencia de los hechos. Además, la Historia, tal es mi parecer, hay que escribirla en el lenguaje de quienes pretenden entenderla, porque si no, quienes la describen no consiguen su objetivo.
Otro elemento que a mí me parece notablemente útil al hablar de hechos pasados es acudir a ejemplos presentes para describirlos. Si alguien escribe que Franz Lizst era el Justin Bieber de su tiempo, no miente. Se ganará, probablemente, la enemiga de los melómanos estrictos, que verán en la comparación una grave afrenta a la figura del pianista decimonónico. Sin embargo, Lizst no sólo era famoso en su época por las piezas que componía o por cómo tocaba el piano, sino también por lo bueno que estaba. Las señoras de la sociedad sobre todo parisina, de hecho, iban a sus audiciones a desmayarse, exactamente igual que hacen sus tatara-tatara-tataranietas adolescentes en los conciertos de Bieber (o sus madres en los de los Beatles). Franz Lizst era un señor que tiraba absolutamente a todo lo que se movía; que además tenía una belleza bohemia, de malote macarrilla, de ésas que siempre le ha hecho tilín a las tías; y, además, solía tocar piezas al piano petadas de stacatti que él tocaba como nadie, arrobándose, moviendo la melena en sentido sur-suroeste con la violencia de los compases, entrando como en trance; cosa que se comunicaba a sus espectadoras, que se desmayaban de la emoción.
Ambas cosas, lenguaje coloquial y arrastre del pasado hacia el presente, son elementos que yo reputo fundamentales para hacer que la Historia sea interesante para el lector; para que el lector pase del segundo párrafo, que es la apuesta que hace todo blogger cuando escribe. Pero, exactamente igual que le pasa al competidor de Moto GP, existe el peligro de pasarse de frenada, o de acelerada. Esto es lo que, en mi opinión, le ha pasado a Pérez-Reverte.
Este hombre da la impresión de haberse desdoblado. De modo y forma que, ahora mismo, tenemos al Arturo Pérez-Reverte ciudadano con DNI, por un lado; y al personaje Arturo Pérez-Reverte por otro, que es un tipo que coloca borderías en su discurso, dos o tres por minuto, cuadren o no; y que se ha convertido en una especie de apóstol de la Historia contada a los gentiles. Es lo que parece que intenta en la serie que se puede leer en el enlace.
El problema para esta forma de actuar es que supone doblar la Historia como una lámina, unir los puntos de espacio-tiempo al escribir sobre ellos, y convertirlo todo en hechos comprensibles desde el lenguaje de hoy, y también desde la forma que hoy se tiene de ver las cosas. Un ejemplo de su último artículo: «Y fue el caso, o sea, que mientras el imperio se iba a tomar por saco entre bárbaros por un lado y decadencia romana por otro, y el mundo civilizado se partía en pedazos, en la Hispania ocupada por los visigodos se discutía sobre el trascendental asunto de la Santísima Trinidad. (...) O sea, cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio, que negaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tuvieran los mismos galones en la bocamanga; mientras que los nativos de origen romano, católicos obedientes a Roma, sostenían lo de un Dios uno, trino y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute».
La primera idea que transmite este párrafo es la idea de una Hispania embarcada en una discusión bastante pollas (la de la Santísima Trinidad, que me perdonen mis lectores creyentes, lo es, y bastante. Porque la naturaleza de Dios, aun creyendo en Él, es un hecho tan inaprehensible que los hombres no deberían osar discutir sobre ella) mientras el resto del mundo va a otra bola. Ambas cosas son mentira. La discusión doctrinal sobre la naturaleza de Jesús (digámoslo así, con más exactitud; porque la discusión del arrianismo no es, propiamente hablando, una discusión sobre la Trinidad, sino sobre si el señor que bajó a la Tierra a lavar el pecado de la Humanidad era hombre, Dios, hombre-Dios, Dios-hombre, o qué) ni nació en Hispania ni tuvo en Hispania su principal teatro de desarrollo. De hecho Arrio, que era libio, encontró los apoyos fundamentales a teoría en las iglesias de la costa asiática de la actual Turquía, en la propìa Libia, en Egipto, y en Constantinopla.
A mi modo de ver, un perito en Historia, yo honradamente no sé si así se reputa a sí mismo Pérez-Reverte, debería contar esta movida con el significado que tuvo. Y no es necesario salirse de los ejemplos contemporáneos para hacerlo. Porque exactamente igual que en guerras contemporáneas que «vendemos» como conflictos religiosos cuando en realidad hay mucho subsuelo social y de otro tipo (piénsese en las guerras de musulmanes contra hindús; o en los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes en Líbano), en la era de la Hispania visigoda lo que había en el mundo era un enfrentamiento cada vez más amargo entre dos bloques, el viejo imperio de Occidente y el de Oriente; que tomaban la cuestión de la naturaleza de Jesús como punto de fricción. Aquella era una lucha de poder, de zonas de influencia; y una Hispania arriana estaba, simple y llanamente, descolocada; era una bomba bizantina cebada en el patio de atrás del Papa (de hecho, en aquel entonces los bizantinos controlaban importantes áreas del Levante español). De hecho, para mí la conversión de Recaredo es la primera decisión española de nuestra Historia. Porque Recaredo, tal es mi idea, no se convierte porque se da cuenta de que la mayoría de la sociedad hispana de la época es cristiana niceica. No. Se convierte porque se da cuenta de que, solo, no va a poder garantizar la unidad de la península, así pues teme que le ocurra desde los Pirineos lo que acabará ocurriéndole a Don Rodrigo desde Marruecos. Y busca, por lo tanto, una alianza táctica con el otro gran poder fáctico de aquella Hispania, la Iglesia; alianza en la que los obispos le piden, a cambio, la conversión.
Así pues, da la impresión de que una tesis de partida (en España siempre hemos andado centrados en nuestras querellas y nos ha importado un culo lo que pasaba en el mundo) va siendo confirmada por el escritor con los datos; sean los datos proclives a la dicha confirmación, o no.
Por lo demás, supongo que es ser muy tiquismiquis, pero la expresión «cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio», se tiene muy poco. El ejército arriano no se nutría de aquéllos que eran «convertidos», o sea nuevos cristianos. Buena parte de su grey estaba formada por obispos de diversas diócesis (que, por lo tanto, ya eran cristianos) y sus correspondientes parroquias, que llevaban siendo cristianas, en no pocos casos, desde los tiempos de Pablo, o de Barnabás, de Orígenes, o de Tertuliano. Segunda cosa, Arrio no era un obispo hereje. Era un obispo que después de ser obispo, vio condenadas sus teorías. La expresión «obispo hereje» parece querer decir que, cuando Arrio desarrolló sus teorías, era consciente de estar montando una herejía. Y no hay tal, entre otras cosas porque teorías parecidas a las de Arrio, véase el docetismo, o el maurinismo, sin ir más lejos, convivieron en el mundo cristiano durante mucho tiempo, dejaron su huella en las páginas de los padres de la Iglesia, como Tertuliano; y no eran consideradas herejías propiamente hablando.
Con todo, ya lo que más llama la atención de este párrafo es eso de «y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute». Se dice, aunque no se sabe, que Arrio pudo morir envenenado. Pero lo que no murió, fue quemado. Como tampoco murieron sus seguidores; el emperador Constantino los condenó a muerte, pero fue ésa una condena más formal que otra cosa. La práctica de quemar a los herejes no se llevaba entonces. Ésta es, de hecho, una de las muchas cosas que se pueden recordar a un contertulio cuando te dice eso de que la Edad Media fue la pera limonera del oscurantismo y la violencia y, sin embargo, en el Renacimiento triunfó el Amor Humanista y el Buen Rollito Respetuoso. De todas formas, que nadie se llame a engaño, que ser judío en España en tiempos de los reyes godos no era ningún chollo.
Este párrafo, de los varios que he subrayado en estas cinco crónicas del insigne académico, es, para mí, una buena prueba de que una cosa es ser fiel al estilo propio, y otra distinta convertirse en esclavo de él. Hay mucho camino que recorrer en la explicación de la Historia, pero es un camino que debe hollarse con mucho cuidado, porque está minado. Minado de errores bienintencionados y, también, de puras y simples imbecilidades.
viernes, julio 12, 2013
Es lo que hay
Las primeras noticias que leo hoy apuntan a que, a mediodía, el Consejo de Ministros anunciará una nueva reforma del sector eléctrico. Periodistas generalmente bien informados sobre esta cosa aseguran que esta reforma mantendrá el déficit tarifario, una vez que en el seno del gobierno el ministerio gastador (Industria) ha perdido la batalla con el ministerio pagador (Hacienda) a la hora de que el presupuesto público se comiese su parte del dicho déficit.
¿Por qué hablar de este tema en un blog de Historia? Pues porque es Historia. Tengo por casa un librito que recoge las actas de un Congreso Nacional del Carbón celebrado en 1925. Las conclusiones del dicho congreso son notablemente enternecedoras. La que más me gusta es aquélla que habla de que, a partir de ese momento, los vehículos militares españoles a carbón (o sea, los barcos) deberán moverse quemando carbón nacional. Dicho de otra forma: se le carga al presupuesto público (porque los barcos de nuestra Armada no se financian con donaciones de Militaristas Sin Fronteras, sino con los impuestos de todos) la merdé de que el carbón español no es suficientemente competitivo respecto de sus competidores extranjeros. Repetimos: estamos hablando de hace 90 años.
A los defensores de lo público les encanta hablar de los fallos del mercado. De que lo privado no es que no sea perfecto, es que es notablemente imperfecto. Si dejamos que sea el mercado el que rija las cosas, nos dicen, los enfermos pobres serán echados con cajas destempladas de los hospitales, sólo los ricos serán abastecidos de alimentos en sus mercados, etc. La verdad, que el mercado tiene fallos es algo que los economistas, sin necesidad de ser antiliberales, saben ya hace mucho tiempo; porque la economía, señores, o el mercado si lo prefieren, no deja de ser algo que diseñan y manejan seres humanos, así pues hereda toda la patulea de sentimientos encontrados y estulticia rampante de la que hacemos gala los humanos average.
Lo que me sorprende es que a esas mismas voces no les gusta nada hablar de los fallos de lo público. De hecho, es la suya una geometría publicocéntrica que tiene muchos teoremas y un axioma, o sea, un concepto que no se demuestra por su obviedad: lo público siempre gestiona en bien de la colectividad. Si, por poner un ejemplo tonto, el sistema de educación es público, trabajará por una sociedad alfabeta, cultivada y con sentido crítico; no como la educación privada, que como todo lo que le interesa es el beneficio, dejará a sus alumnos más secos que la mojama con tal de ganar dinero (es lo que hacen, todo el mundo lo sabe, en Harvard, la mayor fábrica mundial de estúpidos que no sirven ni para pegar mangas).
Tengo por mí que es por eso que cuando menos entre mis conocidos más publicófilos no gusta mucho hablar del sistema energético español; esto es, quiero yo pensar, porque el sistema energético español es la mejor de las demostraciones posible que tenemos en nuestra Historia reciente de que el ámbito público no sólo puede fallar, sino que falla. Y falla mucho. No es que sea capaz de gestionar aparte del interés público; es capaz de gestionar contra dicho interés.
A principios del siglo XX, según cuenta Juan Verlarde en su libro sobre la Historia contemporánea de la economía española, la pérdida de Cuba, y consecuentemente de su zafra azucarera, impulsó en España la molturación de la remolacha que permitiese sustituir aquella fuente de azúcar que ahora se había, repito, perdido. Pocos años después, la reacción había sido tan fuerte que el sector azucarero estaba saturado y, por eso, se redactó y aprobó una Ley Azucarera en virtud de la cual, en España, para poder poner una industria de azúcar, era necesario que el Gobierno te diese autorización. Ahí sitúa el profesor Velarde el nacimiento del intervencionismo estatal en la economía hispana.
Desde aquel lejano día, hace ahora cien años, hasta el presente, ha sido en el fondo el mismo principio el que ha regido la actuación de los gobiernos: la licitud y necesidad de que el Estado sea quien diseñe el crecimiento y evolución de las actividades económicas, para garantizar que éste se produce sin fallos de mercado. Y el sector energético ha sido, tal vez, el teatro principal de esta filosofía. En los últimos noventa años, de hecho, el Estado no ha hecho sino intervenir en el sector energético: conservando el empleo y la actividad en las cuencas carboníferas, levantando pantanos a tutiplén y, ya en los últimos tiempos, concibiendo la provisión de electricidad a empresas y familias como una actividad consistente en que una serie de empresas privadas y públicas (Endesa lo ha sido durante décadas) no hacían sino actuar en un tablero predefinido por las normas.
El entorno habitual de la normativa económica es como las reglas del ajedrez: los operadores privados, que son los que van a jugar la partida, deciden el tablero y las piezas. Y el actor público se coloca en medio para impedir que a uno o dos de los jugadores se les ocurra acordar que, de repente, el alfil sólo va a poder mover una casilla cada vez, o que el rey se va a poder enrocar con los caballos. A partir de ahí, la cosa se queda en que seas tan malo al ajedrez como yo, o seas un Kasparov de la vida.
El sector eléctrico es diferente. En el caso del sector eléctrico, el operador público se ha arrogado competencias mucho más amplias. Por ejemplo: a mitad de la partida, darle un manotazo a las fichas, coger el tablero, poner otro encima de la mesa y declarar: «ahora jugáis a la Oca». Sus razones para ello son dos: una, que el sector energético es estratégico para cualquier economía, cosa que me parece innegable. Otra, que el Estado, consecuentemente, es responsable de definir de qué manera se produce y distribuye la energía, para así garantizar un suministro suficiente y coherente con otras cosas; notablemente, la defensa del medio ambiente y de las producciones nacionales. Este segundo concepto me parece ya mucho más discutible.
El actor más adecuado para garantizar un suministro suficiente es el Estado, desde luego. Pero sus capacidades a la hora de garantizar que sea competitivo son muy limitadas, cuando no nulas. Por definición, todo aquél que maneja recursos propios propende más a ser competitivo que aquél que tira con pólvora del rey y/o lo que hace es regular el uso de recursos que no son suyos. La mejor forma de garantizarse que un sector, sea éste el energético o la fabricación de púas de bandurria, genera su producción en las menores condiciones de coste posibles, es dejar que en ese sector entren cuantos más competidores privados, mejor. Y que nadie se engañe pensando que eso nos lleva a la pura selva del capitalismo rabioso, contaminante y socialmente inequitativo; porque aun dejando en manos de los operadores privados la propensión a la competitividad, el actor público retiene notables cotas de poder.
La industria china contamina. Contamina un huevo. Pero eso es porque, desde luego, hay unos industriales a los que las emisiones de CO2 se la fuman; pero, sobre todo, porque hay un poder público al que se la fuma el doble. Cuando tú quieres que tu sector no contamine, le dictas normas técnicas que le obligan a tener en sus fábricas un esmorciador trifásico tragahumos marca ACME, o le pones un impuesto sobre las emisiones, o directamente le prohíbes trabajar en determinadas circunstancias que te parecen excesivamente contaminantes. Una vez que has hecho eso, el sector privado coge los decretos, se los lee, y busca un nuevo punto de maximización del beneficio con las nuevas circunstancias. Entonces el Estado observa cuál es el resultado del nuevo statu quo, y pueden pasar dos cosas. Una es aquello que dice el Génesis: «Y vio que era bueno». Otra, que haya cosas que aun no le gusten. Entonces, de nuevo, decreto al canto. Y nuevo punto de maximización del beneficio calculado por los operadores privados.
La regulación eléctrica española, tal y como yo la veo, ha ido, va y me temo que seguirá yendo, más allá. Es una regulación en la que el punto de maximización del beneficio no es calculado por los operadores privados, sino por el operador público. El Estado, o más bien los gobiernos, actúa de tal manera que la conclusión tenga que ser una. El caso más claro de esto es la moratoria nuclear, una decisión por la cual un gobierno quiebra la lógica inversora de un sector energético que ha concluido que la energía nuclear es la que tiene mayor capacidad de garantizar un suministro constante a costes razonables (hoy es el día, de hecho, que es la fuente de electricidad en España que más horas curra). Como al Estado esa decisión no le gusta y además asume el principio de los grupos ecologistas de que la defensa del medio ambiente justifica esos niveles de intervención; apoyado en esas dos cosas, digo, el Estado decide una moratoria que convierte en inservibles una serie de inversiones ya realizadas o comprometidas. Hay una diferencia entre regular cómo se produce y regular si se produce o no. Esa diferencia prácticamente no existe en la regulación energética; como no existió en la Ley Azucarera, como no existe en el entramado de ayudas al carbón.
La moratoria nuclear, que no sé si lo sabes lector pero es una cosa de hace un cuarto de siglo que sigues pagando a día de hoy; la moratoria nuclear, es decir la decisión de que no se va a producir energía nuclear aunque los productores quieran producirla, ha venido a juntarse con otra decisión, que es que se van a producir energías renovables aunque los productores no quieran producirlas. Por considerar a una viciosa y a las otras virtuosas, se han tomado dos decisiones contrarias que tienen la misma naturaleza: aquí se produce, no como (condiciones de seguridad, límites de contaminación, etc.) digo yo, sino lo que digo yo.
Como las energías renovables tienen problemas para competir con las otras, el principio general de que los productores no quieren producirlas se ha de equilibrar con una de dos medidas. Una sería crear una Empresa Nacional de Energías Renovables y, desde el capital público, asumir esa parte del mercado de producción que la empresa privada no considera rentable. Ojo, que esta jugada no siempre ha salido mal; ahí están Endesa y la vieja Inespal (a Telefónica no la considero, que ésta tuvo la insignificante ayudita de operar en monopolio) como demostración de que, a veces, apostar por algo por lo que los listillos del sector privado no apuestan, es buena cosa; basta con ver en el largo plazo. La otra solución es hacer rentable a los ojos del inversor lo que no lo es. En otras palabras: una subvención o, como se denomina mayormente en este mundillo eléctrico, una prima.
Un gobierno español tomó, hace no mucho tiempo, una decisión. No es ningún secreto porque la predicó a los cuatro vientos y hasta hizo una ley completa que se suponía que regulaba el proceso (porque, sí, en España ha habido, probablemente hay, y seguro que seguirá habiendo, gobiernos que creen que la evolución del modelo económico es algo que se puede decidir en el artículo ocho de una Ley Orgánica, que se puede votar en el Parlamento; que es, pues, objeto del pacto político). Esa decisión fue que el modelo productivo y económico español, una vez perdido el sustento del sector de la construcción, se asentaría sobre el sector de las energías renovables. Cualquier persona que se vaya a la página del INE, se coja la Contabilidad Nacional por sectores y la EPA y eche cuatro sumas, descubrirá, a mi entender, lo difícil de ese reto; porque para crear un puesto de trabajo en la construcción hace falta generar como la tercera parte de valor añadido del que hace falta en el sector energético; por lo que un modelo económico basado en la energía, ya no digo en las renovables sino en la energía como un todo, tiene que poner el PIB el triple de cachondo que la construcción para poder absorber todo el desempleo que ha salido de los tajos (esto sin mencionar el pequeño detalle de que, como tenemos un sistema educativo que es un creador non-stop de la generación mejor preparada de la Historia y tal, dicha absorción tampoco está tan clara...) Con todo, el problema fundamental era otro; era que las energías renovables no eran capaces de ser tan rentables como sus competidoras. Para evitar eso, ese minus de competitividad se compensa, como se compensa el minus de competitividad del carbón nacional, mediante una subvención.
Esta filosofía general, que como digo no viene de las renovables sino que viene de más atrás: de la moratoria nuclear, de las corbetas quemando carbón nacional, del azúcar... Esta filosofía general, digo, ha generado un déficit tarifario porque, literalmente, lo que esos mismos gobiernos diseñan no se puede pagar con lo que se le puede cobrar a los consumidores sin que se considere que van a poner pies en pared. El déficit tarifario del sistema energético español no es otra cosa que la expresión de la conciencia por parte de alguien que ha montado algo de que ese algo no se sostiene. Y, consecuentemente, apuesta por la generación de un agujero, esperando que en el futuro llegue un mirlo blanco que lo tape de alguna manera.
Sólo hay, sin embargo, dos maneras de tapar ese agujero: que lo pague el Tesoro público, o que lo pague el bolsillo de los consumidores. Dos alternativas que, en realidad, son sólo una, porque no sé si te das cuenta, querido y paciente lector, de que el Tesoro no obtiene sus recursos concursando en Pasapalabra. Y lo que parece que ha pasado ahora es que el Tesoro ha dicho que él no paga una mierda. Así que, amigo, ya sabes lo que te toca: tarde o temprano llamarán a tu puerta y será el tío Paco el de la Luz, con las rebajas.
Se oyen voces, o más bien se leen dedos, por ahí, diciendo que el caos eléctrico lo deben asumir quienes lo han generado. Yo no sé si son conscientes de lo que dicen. Mal que nos pese, quienes nos han metido en ésta no nos pueden sacar de ella; negro sobre blanco, no tienen los recursos para hacerlo, porque lo que hay aquí es un agujero, un agujero de pasta. Y, en una economía, tener, tener, lo que se dice tener pasta, sólo la tenemos quienes la tenemos. Vendiendo los coches oficiales y poniéndole un impuesto a los propietarios de las fincas que ocupa Diego Cañamero no haríamos más que tirar un merengue contra el casco del Titanic.
A mi modo de ver, la evolución, que no la solución porque solución no existe, está en lo de siempre: en la transparencia. Hoy en día que las ciencias avanzan que es una barbaridá, y los ordenadores no te digo, no creo que le sea muy difícil al entramado energético ofrecerle al cliente un buen estadillo cada mes, siquiera construido con las medidas de todo el sistema, indicándole de dónde ha venido cada electrón que ha visitado sus cables, y qué costes ha traído aparejados. Las personas que pagamos todo esto deberíamos tener la posibilidad de saber en qué medida estamos pagando unas cosas y las otras, porque sin esa información la decisión sobre si queremos que nuestro sistema energético sea un sistema de galgos o de podencos se convierte en una decisión puramente ideológica. Peor: se convierte en lo que es, es decir, una decisión oscura, opaca y hurtada a la visión pública, tomada por unos pocos.
Y ya, puestos a pedir, no sería mala cierta reversión de la Historia, y que en este país nuestro comenzase a haber líderes sociales y políticos que concibiesen su papel en la economía como el de alguien que marca los límites de la adecuada política medioambiental, del mercado laboral adecuado y un par de cosillas más y, después, deja hacer. Pero, claro, tratándose de España, esto es un país en el que políticos que se dicen liberales han gobernado años regulando que en sus territorios las tiendas abrían cuando a ellos les saliese de debajo del ombligo; un país cuya opinión pública, ante el espectáculo de un subsector financiero entero gobernado por las instituciones públicas que se va al carajo va y le llaman a eso las consecuencias del neocapitalismo rabioso; de un país así, digo, más bien poco se puede esperar en este flanco.
Volveremos a tener Ley Azucarera. En cuanto se les ocurra.
¿Por qué hablar de este tema en un blog de Historia? Pues porque es Historia. Tengo por casa un librito que recoge las actas de un Congreso Nacional del Carbón celebrado en 1925. Las conclusiones del dicho congreso son notablemente enternecedoras. La que más me gusta es aquélla que habla de que, a partir de ese momento, los vehículos militares españoles a carbón (o sea, los barcos) deberán moverse quemando carbón nacional. Dicho de otra forma: se le carga al presupuesto público (porque los barcos de nuestra Armada no se financian con donaciones de Militaristas Sin Fronteras, sino con los impuestos de todos) la merdé de que el carbón español no es suficientemente competitivo respecto de sus competidores extranjeros. Repetimos: estamos hablando de hace 90 años.
A los defensores de lo público les encanta hablar de los fallos del mercado. De que lo privado no es que no sea perfecto, es que es notablemente imperfecto. Si dejamos que sea el mercado el que rija las cosas, nos dicen, los enfermos pobres serán echados con cajas destempladas de los hospitales, sólo los ricos serán abastecidos de alimentos en sus mercados, etc. La verdad, que el mercado tiene fallos es algo que los economistas, sin necesidad de ser antiliberales, saben ya hace mucho tiempo; porque la economía, señores, o el mercado si lo prefieren, no deja de ser algo que diseñan y manejan seres humanos, así pues hereda toda la patulea de sentimientos encontrados y estulticia rampante de la que hacemos gala los humanos average.
Lo que me sorprende es que a esas mismas voces no les gusta nada hablar de los fallos de lo público. De hecho, es la suya una geometría publicocéntrica que tiene muchos teoremas y un axioma, o sea, un concepto que no se demuestra por su obviedad: lo público siempre gestiona en bien de la colectividad. Si, por poner un ejemplo tonto, el sistema de educación es público, trabajará por una sociedad alfabeta, cultivada y con sentido crítico; no como la educación privada, que como todo lo que le interesa es el beneficio, dejará a sus alumnos más secos que la mojama con tal de ganar dinero (es lo que hacen, todo el mundo lo sabe, en Harvard, la mayor fábrica mundial de estúpidos que no sirven ni para pegar mangas).
Tengo por mí que es por eso que cuando menos entre mis conocidos más publicófilos no gusta mucho hablar del sistema energético español; esto es, quiero yo pensar, porque el sistema energético español es la mejor de las demostraciones posible que tenemos en nuestra Historia reciente de que el ámbito público no sólo puede fallar, sino que falla. Y falla mucho. No es que sea capaz de gestionar aparte del interés público; es capaz de gestionar contra dicho interés.
A principios del siglo XX, según cuenta Juan Verlarde en su libro sobre la Historia contemporánea de la economía española, la pérdida de Cuba, y consecuentemente de su zafra azucarera, impulsó en España la molturación de la remolacha que permitiese sustituir aquella fuente de azúcar que ahora se había, repito, perdido. Pocos años después, la reacción había sido tan fuerte que el sector azucarero estaba saturado y, por eso, se redactó y aprobó una Ley Azucarera en virtud de la cual, en España, para poder poner una industria de azúcar, era necesario que el Gobierno te diese autorización. Ahí sitúa el profesor Velarde el nacimiento del intervencionismo estatal en la economía hispana.
Desde aquel lejano día, hace ahora cien años, hasta el presente, ha sido en el fondo el mismo principio el que ha regido la actuación de los gobiernos: la licitud y necesidad de que el Estado sea quien diseñe el crecimiento y evolución de las actividades económicas, para garantizar que éste se produce sin fallos de mercado. Y el sector energético ha sido, tal vez, el teatro principal de esta filosofía. En los últimos noventa años, de hecho, el Estado no ha hecho sino intervenir en el sector energético: conservando el empleo y la actividad en las cuencas carboníferas, levantando pantanos a tutiplén y, ya en los últimos tiempos, concibiendo la provisión de electricidad a empresas y familias como una actividad consistente en que una serie de empresas privadas y públicas (Endesa lo ha sido durante décadas) no hacían sino actuar en un tablero predefinido por las normas.
El entorno habitual de la normativa económica es como las reglas del ajedrez: los operadores privados, que son los que van a jugar la partida, deciden el tablero y las piezas. Y el actor público se coloca en medio para impedir que a uno o dos de los jugadores se les ocurra acordar que, de repente, el alfil sólo va a poder mover una casilla cada vez, o que el rey se va a poder enrocar con los caballos. A partir de ahí, la cosa se queda en que seas tan malo al ajedrez como yo, o seas un Kasparov de la vida.
El sector eléctrico es diferente. En el caso del sector eléctrico, el operador público se ha arrogado competencias mucho más amplias. Por ejemplo: a mitad de la partida, darle un manotazo a las fichas, coger el tablero, poner otro encima de la mesa y declarar: «ahora jugáis a la Oca». Sus razones para ello son dos: una, que el sector energético es estratégico para cualquier economía, cosa que me parece innegable. Otra, que el Estado, consecuentemente, es responsable de definir de qué manera se produce y distribuye la energía, para así garantizar un suministro suficiente y coherente con otras cosas; notablemente, la defensa del medio ambiente y de las producciones nacionales. Este segundo concepto me parece ya mucho más discutible.
El actor más adecuado para garantizar un suministro suficiente es el Estado, desde luego. Pero sus capacidades a la hora de garantizar que sea competitivo son muy limitadas, cuando no nulas. Por definición, todo aquél que maneja recursos propios propende más a ser competitivo que aquél que tira con pólvora del rey y/o lo que hace es regular el uso de recursos que no son suyos. La mejor forma de garantizarse que un sector, sea éste el energético o la fabricación de púas de bandurria, genera su producción en las menores condiciones de coste posibles, es dejar que en ese sector entren cuantos más competidores privados, mejor. Y que nadie se engañe pensando que eso nos lleva a la pura selva del capitalismo rabioso, contaminante y socialmente inequitativo; porque aun dejando en manos de los operadores privados la propensión a la competitividad, el actor público retiene notables cotas de poder.
La industria china contamina. Contamina un huevo. Pero eso es porque, desde luego, hay unos industriales a los que las emisiones de CO2 se la fuman; pero, sobre todo, porque hay un poder público al que se la fuma el doble. Cuando tú quieres que tu sector no contamine, le dictas normas técnicas que le obligan a tener en sus fábricas un esmorciador trifásico tragahumos marca ACME, o le pones un impuesto sobre las emisiones, o directamente le prohíbes trabajar en determinadas circunstancias que te parecen excesivamente contaminantes. Una vez que has hecho eso, el sector privado coge los decretos, se los lee, y busca un nuevo punto de maximización del beneficio con las nuevas circunstancias. Entonces el Estado observa cuál es el resultado del nuevo statu quo, y pueden pasar dos cosas. Una es aquello que dice el Génesis: «Y vio que era bueno». Otra, que haya cosas que aun no le gusten. Entonces, de nuevo, decreto al canto. Y nuevo punto de maximización del beneficio calculado por los operadores privados.
La regulación eléctrica española, tal y como yo la veo, ha ido, va y me temo que seguirá yendo, más allá. Es una regulación en la que el punto de maximización del beneficio no es calculado por los operadores privados, sino por el operador público. El Estado, o más bien los gobiernos, actúa de tal manera que la conclusión tenga que ser una. El caso más claro de esto es la moratoria nuclear, una decisión por la cual un gobierno quiebra la lógica inversora de un sector energético que ha concluido que la energía nuclear es la que tiene mayor capacidad de garantizar un suministro constante a costes razonables (hoy es el día, de hecho, que es la fuente de electricidad en España que más horas curra). Como al Estado esa decisión no le gusta y además asume el principio de los grupos ecologistas de que la defensa del medio ambiente justifica esos niveles de intervención; apoyado en esas dos cosas, digo, el Estado decide una moratoria que convierte en inservibles una serie de inversiones ya realizadas o comprometidas. Hay una diferencia entre regular cómo se produce y regular si se produce o no. Esa diferencia prácticamente no existe en la regulación energética; como no existió en la Ley Azucarera, como no existe en el entramado de ayudas al carbón.
La moratoria nuclear, que no sé si lo sabes lector pero es una cosa de hace un cuarto de siglo que sigues pagando a día de hoy; la moratoria nuclear, es decir la decisión de que no se va a producir energía nuclear aunque los productores quieran producirla, ha venido a juntarse con otra decisión, que es que se van a producir energías renovables aunque los productores no quieran producirlas. Por considerar a una viciosa y a las otras virtuosas, se han tomado dos decisiones contrarias que tienen la misma naturaleza: aquí se produce, no como (condiciones de seguridad, límites de contaminación, etc.) digo yo, sino lo que digo yo.
Como las energías renovables tienen problemas para competir con las otras, el principio general de que los productores no quieren producirlas se ha de equilibrar con una de dos medidas. Una sería crear una Empresa Nacional de Energías Renovables y, desde el capital público, asumir esa parte del mercado de producción que la empresa privada no considera rentable. Ojo, que esta jugada no siempre ha salido mal; ahí están Endesa y la vieja Inespal (a Telefónica no la considero, que ésta tuvo la insignificante ayudita de operar en monopolio) como demostración de que, a veces, apostar por algo por lo que los listillos del sector privado no apuestan, es buena cosa; basta con ver en el largo plazo. La otra solución es hacer rentable a los ojos del inversor lo que no lo es. En otras palabras: una subvención o, como se denomina mayormente en este mundillo eléctrico, una prima.
Un gobierno español tomó, hace no mucho tiempo, una decisión. No es ningún secreto porque la predicó a los cuatro vientos y hasta hizo una ley completa que se suponía que regulaba el proceso (porque, sí, en España ha habido, probablemente hay, y seguro que seguirá habiendo, gobiernos que creen que la evolución del modelo económico es algo que se puede decidir en el artículo ocho de una Ley Orgánica, que se puede votar en el Parlamento; que es, pues, objeto del pacto político). Esa decisión fue que el modelo productivo y económico español, una vez perdido el sustento del sector de la construcción, se asentaría sobre el sector de las energías renovables. Cualquier persona que se vaya a la página del INE, se coja la Contabilidad Nacional por sectores y la EPA y eche cuatro sumas, descubrirá, a mi entender, lo difícil de ese reto; porque para crear un puesto de trabajo en la construcción hace falta generar como la tercera parte de valor añadido del que hace falta en el sector energético; por lo que un modelo económico basado en la energía, ya no digo en las renovables sino en la energía como un todo, tiene que poner el PIB el triple de cachondo que la construcción para poder absorber todo el desempleo que ha salido de los tajos (esto sin mencionar el pequeño detalle de que, como tenemos un sistema educativo que es un creador non-stop de la generación mejor preparada de la Historia y tal, dicha absorción tampoco está tan clara...) Con todo, el problema fundamental era otro; era que las energías renovables no eran capaces de ser tan rentables como sus competidoras. Para evitar eso, ese minus de competitividad se compensa, como se compensa el minus de competitividad del carbón nacional, mediante una subvención.
Esta filosofía general, que como digo no viene de las renovables sino que viene de más atrás: de la moratoria nuclear, de las corbetas quemando carbón nacional, del azúcar... Esta filosofía general, digo, ha generado un déficit tarifario porque, literalmente, lo que esos mismos gobiernos diseñan no se puede pagar con lo que se le puede cobrar a los consumidores sin que se considere que van a poner pies en pared. El déficit tarifario del sistema energético español no es otra cosa que la expresión de la conciencia por parte de alguien que ha montado algo de que ese algo no se sostiene. Y, consecuentemente, apuesta por la generación de un agujero, esperando que en el futuro llegue un mirlo blanco que lo tape de alguna manera.
Sólo hay, sin embargo, dos maneras de tapar ese agujero: que lo pague el Tesoro público, o que lo pague el bolsillo de los consumidores. Dos alternativas que, en realidad, son sólo una, porque no sé si te das cuenta, querido y paciente lector, de que el Tesoro no obtiene sus recursos concursando en Pasapalabra. Y lo que parece que ha pasado ahora es que el Tesoro ha dicho que él no paga una mierda. Así que, amigo, ya sabes lo que te toca: tarde o temprano llamarán a tu puerta y será el tío Paco el de la Luz, con las rebajas.
Se oyen voces, o más bien se leen dedos, por ahí, diciendo que el caos eléctrico lo deben asumir quienes lo han generado. Yo no sé si son conscientes de lo que dicen. Mal que nos pese, quienes nos han metido en ésta no nos pueden sacar de ella; negro sobre blanco, no tienen los recursos para hacerlo, porque lo que hay aquí es un agujero, un agujero de pasta. Y, en una economía, tener, tener, lo que se dice tener pasta, sólo la tenemos quienes la tenemos. Vendiendo los coches oficiales y poniéndole un impuesto a los propietarios de las fincas que ocupa Diego Cañamero no haríamos más que tirar un merengue contra el casco del Titanic.
A mi modo de ver, la evolución, que no la solución porque solución no existe, está en lo de siempre: en la transparencia. Hoy en día que las ciencias avanzan que es una barbaridá, y los ordenadores no te digo, no creo que le sea muy difícil al entramado energético ofrecerle al cliente un buen estadillo cada mes, siquiera construido con las medidas de todo el sistema, indicándole de dónde ha venido cada electrón que ha visitado sus cables, y qué costes ha traído aparejados. Las personas que pagamos todo esto deberíamos tener la posibilidad de saber en qué medida estamos pagando unas cosas y las otras, porque sin esa información la decisión sobre si queremos que nuestro sistema energético sea un sistema de galgos o de podencos se convierte en una decisión puramente ideológica. Peor: se convierte en lo que es, es decir, una decisión oscura, opaca y hurtada a la visión pública, tomada por unos pocos.
Y ya, puestos a pedir, no sería mala cierta reversión de la Historia, y que en este país nuestro comenzase a haber líderes sociales y políticos que concibiesen su papel en la economía como el de alguien que marca los límites de la adecuada política medioambiental, del mercado laboral adecuado y un par de cosillas más y, después, deja hacer. Pero, claro, tratándose de España, esto es un país en el que políticos que se dicen liberales han gobernado años regulando que en sus territorios las tiendas abrían cuando a ellos les saliese de debajo del ombligo; un país cuya opinión pública, ante el espectáculo de un subsector financiero entero gobernado por las instituciones públicas que se va al carajo va y le llaman a eso las consecuencias del neocapitalismo rabioso; de un país así, digo, más bien poco se puede esperar en este flanco.
Volveremos a tener Ley Azucarera. En cuanto se les ocurra.
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