miércoles, octubre 17, 2012

La negociación colectiva nació en Flandes

Los tercios de Flandes son una de esas cosas de la Historia de España de las que todo el mundo ha oído hablar alguna vez. Normalmente para mal porque, dentro de esa tradición tan española de quejarse por ser objeto de la Leyenda Negra pero en el fondo creérsela, la mayor parte de la gente tiene a los tercios como lo más de lo más de la crueldad de los ejércitos para con sus vencidos. Y qué razón tienen. Todo el mundo sabe que en el mundo medieval, renacentista y barroco, los ejércitos se comportaban en los lugares que invadían con una exquisitez tan acendrada que, en realidad, a las poblaciones sitiadas se les hacían los dedos huéspedes para ser tomadas de una vez.

lunes, octubre 15, 2012

Fra Girolamo (16)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercer y décimo cuarto capítulo.



Carlos VIII se las dio de reformador de Roma, aunque, en realidad, lo que hacía era negociar en secreto con Ludovico Sforza una alianza que les pudiese convenir a ambos. Mientras tanto, sin embargo, convocó a los profesores de la Sorbona, a los que sometió tres cuestiones:
  • ¿Obligaban al Papa, o no, los decretos de Pisa y Costanza, a convocar un Concilio General cada diez años; y puede exigírsele tal cosa ahora, teniendo en cuenta los graves conflictos que atraviesa la Iglesia?
  • ¿Pueden los miembros de la Iglesia, con la asistencia de los príncipes de la Cristiandad, convocar ese Concilio si el Papa no lo hace; y representaría dicho Concilio a la totalidad de la Iglesia?
  •  Si otros príncipes rehusasen participar, ¿podría el rey de Francia tomar esta decisión por sí solo?
La respuesta de los doctores de la Sorbona, que sabían bien que nunca hay que morder la mano de quien nos da de comer, fue positiva. Carlos VIII podía, si sentía tal deber, iniciar la reforma de la Iglesia; y así lo creyó Savonarola.

Pero Carlos nunca reformó nada. No tenía, de hecho, la menor intención de hacerlo. Como no tenían la menor intención de impulsarle a hacerlo los teólogos franceses, que nunca le reprocharon su inactividad final. Entre septiembre y octubre, el rey francés y Sforza llegaron a un acuerdo que incluía una tregua entre ambas partes, y la nueva invasión francesa quedó pospuesta sine die.

Es probable que los florentinos savonarolianos fuesen los únicos se sorprendiesen de ello. Francia es Francia, siempre lo ha sido y siempre lo será. Aunque ahora la veamos unida bajo los principios de la grandeur, la Revolución Francesa y tal, Francia, como nación, ha tenido tantas tensiones centrífugas como cualquier otra. Francés quiere decir amalgama de francos, borgoñones, aquitanos y normandos, eso como poco; una diversidad tan grande como la que podamos tener en otros países, sólo que gestionada de otra manera. Los castellanos nunca han cometido genocidios como los cometidos por franceses con los habitantes de la Vendée; mucho menos los celebran hoy en día, ufanos, por las calles, como sí hacen los anglicanos con los irlandeses.

Francia es un país con territorio y situación como para aspirar a ser potencia. Pero su grandeza ha sido también su problema, pues lo ha convertido en un país relativamente fácil de invadir, como bien saben los reyes medievales ingleses, o Hitler. Por esta razón, Francia es, de alguna forma, la cuna y génesis de la diplomacia, esto es de la mentira, el engaño y la traición. La palabra de Francia, en la Historia, nunca ha valido gran cosa. Francia basculó, tras la revolución luterana, entre protestantismo y catolicismo, hasta que se decidió por uno de ellos por un simple cálculo político. Una parte nada despreciable de las desgracias de España durante sus siglos decadentes tiene que ver con la estrecha dependencia de nuestra política exterior respecto de París, lo cual nos hizo víctimas de las ciclotimias del Louvre y sus inquilinos. Carlos VIII no es una excepción a esta regla enormemente pragmática, a la vez que falta de escrúpulos. Lo que nunca entiendieron los revolucionarios florentinos es que a París le importaban un cojón. Que a los doctores de la Sorbona, en el fondo, la polémica moral sobre la fiabilidad del papado les traía completamente al fresco. Quien sí lo entendió muy bien fue Ludovico Sforza, quien como buen lombardo estaba medio hecho de la misma pasta y quien, en consecuencia, mientras seguía azuzando la Liga italiana contra Francia, negociaba con ella en secreto, para llegar a un acuerdo que dejó a Florencia, literalmente, en bragas.
Para colmo, Alejandro Borgia, haciendo uso de un fino sentido político, renovó la oferta a Florencia de retornarle Pisa a cambio de su unión a la Liga. Fue un torpedo en la línea de flotación de los frateschi y un movimiento claramente favorable a los arrabbiati.

La situación para el bando de Savonarola era tan crítica que el fraile se vio impelido a tomar una decisión de gran calado: desafiar la prohibición vaticana, y volver al púlpito. En realidad, fue una decisión más fácil de lo que parece pues, perdido ya el apoyo francés que era su principal aval político, Savonarola sabía que no le quedaban más que dos opciones: obedecer como un buen hombre de la grey divina, y hundirse de por vida en lo más profunda de algún priorato de la campiña toscana; o animar el enfrentamiento total, la rebelión contra el Papa. En la Navidad de 1497, el fraile celebró una misa y dio de comulgar a 300 personas. El domingo de Epifanía, fue la Signoria en pleno la que acudió a su oficio. No nos hacemos mucha idea, pero aquel gesto fue, nunca mejor dicho, la hostia: el gobierno de Florencia prestaba homenaje a un fraile excomulgado por el Vaticano, gesto que quedó confirmado, días después, con su decisión de abrir el Doumo (mientras las iglesias donde predicaban críticos a Savonarola permanecían cerradas) para permitirle predicar.

Días antes del sermón de Savonarola, en Florencia comenzaron a verse las figuras, siempre prostibularias y chulescas, de los mercenarios. Soldados pagados que comenzaron a contar, a quien les preguntaba, que habían sido contratados por los frateschi. Para colmo, con las horas se supo que el dinero de las soldadas había sido obtenido mediante un préstamo contra los activos del Monte de Piedad. Si el partido de Savonarola no estaba preparando un golpe de Estado, se parecía mucho.
El escándalo del préstamo de los mercenarios aconsejó a Savonarola anunciar que anulaba su sermón, para el cual se estaban instalando tribunas de madera en la nave del Duomo. Nunca sabremos con certeza si ese gesto venía a significar que el fraile se daba cuenta de que su lucha era inútil y estaba, por ello, dispuesto a claudicar. Nunca lo sabremos porque, en realidad, el proceso ya no lo controlaba él. Lo controlaba su partido político. Había pasado demasiado tiempo desde la revolución florentina, demasiado tiempo en el que los frateschi habían cargado con buena parte del gobierno de la ciudad, como para que no se hubiese creado ya una tupida red de intereses que hacía que muchos de los partidarios de Savonarola no pudiesen permitirse un paso atrás por su parte. Él anunció que no predicaría, pero, casi automáticamente, la Signoria anunció que lo haría el domingo 11 de febrero. Había elecciones en marzo, y el gobierno popular necesitaba desesperadamente que Savonarola actuase antes para cambiar el sentir de los votos.

El vicario del arzobispado de Florencia intervino cerrando el púlpito y prohibiendo a todos los eclesiásticos acudir al sermón. La Signoria respondió dándole dos horas para cambiar de idea, bajo amenaza de echarlo de la ciudad.

Finalmente, el domingo 11, el sermón de Savonarola no decepcionó.

Fue un sermón muy metafórico, sin decir nombres, pero en el que el fraile dejó clara su intención de no obedecer a quien no se rige por los principios de la caridad, porque en ese caso es, dijo, una herramienta rota.

Savonarola recordó el espectáculo automático que se había producido en Florencia el día que se le comunicó la excomunión; la apertura inmediata de tabernas y burdeles, y la orgía en que se convirtieron las calles. Consiguientemente, acusó al Vaticano, sin nombrarlo, de estar dispuesto a disolver toda la virtud de Florencia.

El problema para Savonarola fueron las alusiones, muchas, que hizo en su sermón a la proximidad de un momento divino, mágico, milagroso. Sus adversarios, que no eran tontos, reaccionaron como siempre se reacciona ante un mistabobo que dice ser capaz de realizar actos sobrenaturales: exigiéndole que los lleve a cabo.

Savonarola contraatacó como de hecho hacen muchos engañabobos: generando un milagro negativo. El último día de Carnaval, reunió a los florentinos en la Piazza y los bendijo, mientras les pedía que rezasen a Dios para que, si no consideraba sus gestos y su labor suficiente, enviase en ese momento una columna de fuego que lo hundiese en el Infierno. Cosa que, evidentemente, no pasó. Pero, como también pasa a menudo (menos a menudo de lo que debería, pero bueno…), la promenade apenas convenció a los florentinos, que habían esperado ver un caballo blanco bajar del cielo, o algo así. Entonces, los frateschi lo intentaron organizando una nueva hoguera de las vanidades, pero hubo escaso entusiasmo esta vez.

En las elecciones de marzo, el partido arrabbiati consiguió la mayoría. También se quedaron con la casi totalidad de los Diez y de los Ochenta.

El principio del fin.

miércoles, octubre 10, 2012

Fra Girolamo (15)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo , décimo tercer  y décimo cuarto capítulo.



Habíamos dejado a Fra Girolamo Savonarola contra las cuerdas. Y os prometí que la cosa iba a cambiar. Y cambió. El 19 de junio de 1497, cinco días después de producido el evento, llegó a Florencia la noticia de que Giovanni Borgia, segundo duque de Gandía e hijo del Papa Alejandro, había sido asesinado. Y no de cualquier manera, pues su cuerpo había sido arrastrado y arrojado al Tíber por sus asesinos, después de haberlo mutilado y desfigurado.

La muerte de Juanito cambió a Alejandro. Después de tres días en los que no salió de su habitación, no comió, no se movió, acabó por levantarse para una reunión que se había puesto para el 19, el mismo día que Florencia era informada de las noticias. Alejandro Borgia, un hombre follador, putero, bebedor y mejor comedor; el mismo hombre que había estallado en carcajadas la primera vez que había leído las acusaciones de Savonarola hacia la indignidad papal, realizó una confesión en regla ante los cardenales. Afirmó que estaba arrepentido. Afirmó que había visto cosas durante sus 72 horas de retiro. Afirmó que ya no le movía la pasión por nada. Y nombró una comisión de seis cardenales para estudiar la reforma de la Iglesia.

Así pues, una vez más, las profecías del buen fraile de San Marcos habían acertado.

Con la misma tranquilidad con que los florentinos habían votado, en mayo, un gobierno de opositores a Savonarola, en julio votaron uno que le era totalmente fiel; y siguieron haciéndolo durante medio año, impulsados por el prestigio inesperadamente recuperado por el prior. Una vez sólidamente cubierto en casa, el fraile reclamó, a través del cardenal de Perugia, uno de sus corresponsales vaticanos, la anulación de la excomunión. La cosa estaba cerca, porque el Papa había comentado en privado que la decisión se había publicado en un mal momento e, incluso, contra su criterio personal. Sin embargo, en este punto Savonarola tuvo mala suerte. Cuando el Papa estaba ya blandito y dispuesto a darle la razón, llegó a sus manos el folleto escrito por él tras la excomunión, y las críticas exageradas del mismo le cabrearon. Aun así, y a pesar de una primera tentación de mandar todo el asunto a tomar por culo, aceptó las sugerencias de quienes le decían que lo traspasase a la comisión por la reforma.

La Comisión estaba presidida por un viejo amigo y partidario de Savonarola: el cardenal Caraffa, de Nápoles. Sin embargo, eso no era demasiado buena noticia. Caraffa llevaba ya tiempo encabronado con el fraile, porque la idea de formar la congregación tusco-romana había sido suya, y le jodía mucho la oposición cerril que había hecho Savonarola a la idea.

Lo que siguieron fueron semanas muy al tipo del Renacimiento italiano, todo cabildeo, conversaciones a media voz y movidas varias. El gobierno de Florencia, para no hacer difícil a Savonarola el no poder predicar, cerró todas las iglesias de la ciudad, bajo la excusa de que podía producirse un brote de peste. Los frailes de San Marcos enviaron un breve al Papa diciendo maravillas de Savonarola, “a pesar de que no es de aquí” (el localismo italiano, siempre tan presente). Se recogieron en la ciudad hasta 300 firmas de personajes influyentes en defensa del dominico. Inmediatamente, la oposición de la ciudad criticó la iniciativa, que consideraba inconstitucional (y lo era; aquella recogida de firmas para un particular, aprovechando la estructura de un gobierno público, era puro chavismo savonaroliano).

La cuestión de los firmantes, a los que los arrabbiati intentaron, sin éxito, aplicar penas propias de criminales del Estado, le demostró a Girolamo Savonarola que, tal vez, los tiempos de su vida política habían terminado. Existen muchos indicios de que se lo planteó; aunque uno, cuando estudia a Savonarola, siempre tiene la sensación de que la suya es una sique bastante difícil de abarcar, así pues lo que parece voluntad sincera por volver a ser un humilde fraile también parece a veces simple y pura ambición calculada.

En todo caso, la retirada era realmente difícil. Girolamo Savonarola se había convertido, en muchas partes de Italia, en campeón de aquellos que, por razones normalmente muy mundanas, tenían cuentas pendientes con el Papa, que no se olvide en aquel entonces era un poder temporal como lo pueda ser ahora la Merkel. Su celda monacal, de tiempo atrás, recibía un montón de discretas visitas de personas que llegaban a la ciudad embozadas, y embozadas se marchaban, sin desvelar sus muy nobles identidades. Además, Savonarola había creado un partido político; un partido cuyo líder era él. Ni Francesco Valori, ni Pagolantonio Soderini, Rudolfo Rudolfi, Giovanni Cambi, todos ellos devotos frateschi, podían siquiera soñar con emularlo. Pero todos ellos vivían, de una forma u otra, de la política. Y si Savonarola se retiraba, se quedaban sin momio.

Girolamo, sin embargo, quería una salida. Y, obstinado como era, la buscó. Lo primero que hizo fue decidirse por Valori, que le parecía el más valioso de sus acólitos (en este punto, en mi humilde opinión, la cagó; Valori le enamoró por sus habilidades retóricas, pero era un tipo demasiado amoral). Y, una vez que había tomado esa decisión, comenzó a decir, en reuniones y conciliábulos, que lo que Florencia necesitaba era la figura de un gonfaloniero; un caudillo militar nombrado para largos periodos de gobierno, al estilo del Dux de Venecia.

Aquel mes de julio de 1497, la peste rebrotó en la Toscana. Como siempre en esos casos, la ciudad pronto se quedó como la Castellana una tarde de agosto. Algunos frailes enfermaron en San Marcos, por lo que Savonarola ordenó la salida hacia el campo de 70 de ellos. En medio de la desgracia, Girolamo Savonarola fue feliz de nuevo. De nuevo, su convento era un convento y su día a día, hacer la caridad con los necesitados.

Sin embargo, ya lo hemos dicho, si soñaba con volver a la humilde existencia frailuna durante aquél que fue el último verano de su vida, Savonarola se equivocaba. Su partido político monopolizaba el gobierno de la ciudad, y las gestiones para anular la excomunión iban bien. De hecho, el Vaticano pedía bien poca cosa: un acto de contricción y de obediencia, por ejemplo aceptar la disciplina tusco-romana. Pero el fraile, obstinado, no estaba dispuesto a aceptar nada más que la restitución pura y dura de su estatus.

En agosto, se abrió en Florencia el juicio contra cinco ciudadanos ricos, acusados de favorecer a Piero de Medici. Durante el mismo, los frateschi, tal es al menos mi opinión, cometieron un gravísimo error de cálculo político, impulsados por Valori y sus carencias de cintura. Como ya hemos contado, en ese momento el partido de Savonarola estaba incubando la idea de hacer de Valori el futuro gonfaloniero de la ciudad. Por esa razón, lo colocaron en primera fila como acusador. Paquito, que no estaba exento de dotes oratorias, no sólo bloqueó el derecho que asistía a los acusados de apelar al Gran Consejo, sino que consiguió para ellos la condena a muerte.

Lo que los frateschi pensaron que sería una demostración de valor y dureza bien acogida por el personal, se les volvió en contra. Florencia, lejos de disfrutar como los pollas-coulottes de la Revolución Francesa viendo morir a sus vecinos, se horrorizó. Se horrorizó tanto, que Valori perdió un apoyo que le era fundamental para garantizar las mayorías del Partido Popular: el apoyo de los no significados.

No fue el del juicio el único error cometido por el partido. Totalmente mesmerizado por las creencias de Savonarola, y de una forma harto inexplicable, el partido frateschi mantuvo también, contra viento y marea, el apoyo a Francia. Carlos, el rey francés, preparaba una nueva invasión de la península en otoño, y había prometido a los florentinos que empezaría por Pisa, para devolvérsela a la ciudad. Lo increíble no es que Carlos dijese esas cosas; la Historia demuestra que un rey francés juraría ser hijo de Winnie de Pooh si eso le supusiera alguna ventaja; lo increíble es que los toscanos le creyesen.

Como no podía ser de otra manera, la galofilia del partido popular florentino afectó seriamente en el Vaticano la causa de Savonarola y su excomunión. Alejandro, cada vez más, era partidario de “cobrarle” al fraile el derecho a dar sus jodidos sermones a cambio de su implicación con la Liga. Savonarola, lejos de ello, cuanto más intensos se hacían los rumores de que los franceses venían en septiembre, más intransigente se mostraba.

La cosa tenía sus motivos. Carlos VIII también había cambiado, como el Papa. A él también se le había muerto un hijo, el Delfín de Francia, y eso le había hecho mirar las cosas de otra manera. Ahora era menos putero, más austero, y comandaba un movimiento de reforma de la iglesia en Francia, tendente a eliminar sus gastos y privilegios excesivos. Era, pues, el hombre ideal para acunar la idea que cada vez tomaba más cuerpo en la mente de Savonarola: convocar un Concilio General para discutir su caso. Era el hombre del momento, se decía en Europa: el barrendero que puede limpiar Roma.

Y ya sabemos todos que cuando a un francés le musitas al oído que puede pasar a la Historia, orgasma hasta por las pestañas.

lunes, octubre 08, 2012

Fra Girolamo (14)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo  y décimo tercer capítulo.



La inquina de Savonarola contra los objetos que consideraba prueba de vanidad ha sido exagerada muy a menudo, en lo que supone de destrucción de cosas que hoy consideraríamos de gran valor artístico. Lo que ardió, por varias veces, en la Piazza della Signoria, fue un conjunto de cosas caras; tanto, que en la segunda hoguera de las vanidades incluso hubo un judío veneciano que ofreció 120.000 escudos por llevárselas. Sin embargo, el escándalo contemporáneo por aquellos hechos fue prácticamente inexistente, y ello porque, a pesar como digo de lo que sostienen los mitos, en aquellas piras ardieron obras de arte de escaso valor. Únicamente se suelen citar entre las víctimas del fuego con algo de valor algunas copias de obras de Bocaccio, y algunos dibujos de Fra Bartolommeo.

Savonarola, de hecho, tenía una gran sensibilidad personal hacia los objetos culturalmente valiosos. Cuando el gobierno de Florencia puso a la venta una serie de manuscritos y códices de la biblioteca Medici, hizo que San Marcos los adquiriese, aunque para ello tuviese que vender algunas tierras del monasterio. Aquellos códices pueden hoy visitarse en la Biblioteca Mediceo Laurenciana gracias a que el fraile evitó su dispersión, cuando no pérdida, mediante la venta a compradores diversos.

Las mayores críticas a las hogueras de las vanidades las recibiría Savonarola desde su propio partido. Muchos frateschi, en efecto, no entendían por qué aquellos bienes tan caros habían sido quemados, en lugar de vendidos. Esto, en parte, era también un síntoma de la marea baja que empezaba a experimentar el radicalismo savonaroliano, una vez que las condiciones de la ciudad se estabilizaban e incluso mejoraban un poco. El prior de San Marcos presionaba casi cada día a los magistrados de la ciudad para que hiciesen cumplir sus estrictas normas contra el vicio, pero éstos eran cada vez más reluctantes a hacerlo.

Mientras esto ocurría, la recién creada congregación tusco-romana presionaba en el Vaticano al Papa Alejandro para que excomulgase al fraile, convencidos como estaban de que era la única forma de pararlo. Sin embargo, Alejandro no estaba por la labor de fomentar el enfrentamiento. En marzo de 1497, envió a un emisario secreto a la ciudad para ofrecerle al gobierno la devolución de Pisa, a cambio de que Florencia se uniese a la Liga. El emisario que asimismo envió Florencia a Roma se encontró a un Papa de tonos muy nacionalistas (lo cual tiene su coña, teniendo en cuenta sus leves orígenes italianos) que decía ver en la tentativa de la Liga una posibilidad de unificar Italia (cabe entender que bajo su mandato o tutela), e instando a los florentinos a portarse como italianos y “dejar a los franceses donde deben quedarse”; o sea, en Francia. Florencia, sin embargo, rechazó la oferta, y lo hizo, fundamentalmente, porque sabía que el Papa prometía cosas que no podía cumplir, porque los venecianos no estaban por la labor de permitir que Pisa retornase a sus antiguos señores.

En esas estaba la política internacional, cuando, el 27 de abril, Piero de Medici se presentó en las afueras de Florencia. En los meses anteriores, la verdad, el otrora gobernante de Florencia no había pasado un tiempo muy agradable. Se había convertido en una especie de palestino de las cortes italianas: todos sus colegas de las grandes familias peninsulares reconocían la injusticia y desgracia que había caído sobre él, pero no lo querían en su mesa ni media hora. Por ello, Piero el medio idiota languidecía en Roma, en casa de su hermano el cardenal, donde llevó una existencia aislada, controlada por sus más cercanos, quienes le comieron la oreja con la milonga de que no tenía nada más que presentarse a las puertas de la ciudad para que ésta cayese, feliz y contenta, a sus pies.

Cuando se presentó en las puertas de la ciudad, sin embargo, estaban cerradas. Llovía a mares y esperó en vano, varias horas, hasta que se convenció de que no se las abrirían.

La visita de Piero de Medici fue una mera anécdota para él, pero importantísima para Florencia. Dentro de la ciudad, el hecho de que el Medici hubiera tenido la valentía de presentarse allí hizo sospechar que tal vez contaba con una quinta columna interior, lo que inmediatamente provocó una lucha interna de grandes proporciones. Los arrabbiati se lanzaron , en primer lugar, contra los bigi, principales sospechosos, que fueron golpeados y linchados con violencia. Cuando esto se acabó, la violencia indignada era ya tanta, y estaba tan disparada, que no supo parar, así que tomó a los frateschi como objetivos. Sólidamente asentados en los cargos de gobierno elegidos para mayo y junio, los arrabbiati decidieron realizar una campaña contra los hombres de Savonarola, iniciada con una manifestación monstruo para la que eligieron el día de la Ascensión, o sea el 4 de mayo.

Quizá pensaron que eso obligaría a Savonarola a huir, como de hecho le recomendó su gente. Pero, si lo pensaron, es que no lo conocían. El fraile anunció que, lejos de huir, protagonizaría las fiestas con un sermón. La noche antes de dicho sermón, un grupo de arrabbiati entró en la iglesia y, entre otras cosas, se cagó [sic] en el altar. Cuando Savonarola llegó al templo, la mierda había sido retirada por sus frailes, pero a las puertas había una multitud rabiosa reclamando venganza.

El sermón de Savonarola, probablemente, era en su inicio un sermón relativamente conciliador. Pero, ante la presión de la gente, adoptó un tono bien distinto. Como Savonarola no era ningún imbécil, se guardó mucho de utilizar el tono del enfrentamiento y el de la guerra civil, sino en el del martirio personal. Aseguró a sus fieles que “el tiempo del juicio ha llegado” y que él había visto claro que la primera víctima del mismo sería él. Que había visto que sería traicionado y vendido como José a los egipcios; y vaticinó que “una vez que los bárbaros hayan encontrado la paz entre ellos, devastarán Italia”. Acto seguido, dedicó a sus enemigos las palabras de Jesús en la cruz: “perdonadlos, porque no saben lo que hacen”.

Si buscaba el fraile tranquilizar los ánimos, no lo consiguió. En ese momento de su sermón, algunas cosas no muy claras ocurrieron. Hay quien dice que fue una especie de pánico colectivo por un ruido inesperado (al parecer, a alguien se le cayó una caja de limosnas al suelo), hay quien dice que fue un ataque en toda regla. Lo que es un hecho es que dentro de la iglesia se produjo un caos increíble, en medio de los gritos de Saronarola para no responder a las agresiones, mientras trataba de salir del templo protegido con una gran cruz.

El gobierno de Florencia respondió a los hechos cerrando todas iglesias. Una comisión fue creada para devolver la paz en la ciudad. El ambiente estaba súper enfrentado y en las esquinas de la ciudad había más nervios que en un filete del Lidl. Incluso Savonarola hizo pública una carta en la que renunciaba provisionalmente a predicar, por un siaca. A pesar de ello, los arrabbiati exigieron, en la Signoria, su prohibición total, que no prosperó.

Seriamente preocupado por las gestiones crecientes de sus enemigos ante el Papa, Savonarola le escribió una carta extraordinariamente conciliadora en la que le invitaba a no hacer caso de nadie y leer directamente sus sermones. En un ejercicio de cinismo bastante acusado, argumentó que sus ataques habían sido siempre de carácter general, y que nunca se había dirigido contra Papa alguno de forma individual.

A Alejandro aquella carta le gustó. Pero le dio igual, porque le llegó días después de que hubiese despachado la prohibición total de predicar para el fraile. Gracias, sin embargo, a que el portador de la orden, un tal Camerino, estaba acojonado por su seguridad personal una vez entregada la misiva, y no se atrevía a entrar en Florencia, pudo recuperarla

… o no.

Camerino, que era enemigo declarado de Savonarola, nunca entró en Florencia, así pues pudo devolver el breve a su autor. Sin embargo, el hecho de que el Papa hubiese utilizado una forma un tanto extraña para expresar su voluntad jugó en contra del secreto que quiso darle a la comunicación al final. En lugar de una comunicación de carácter universal, Alejandro había redactado la carta en forma de instrucciones específicas para las parroquias florentinas. Camerino, estando en Siena, decidió renunciar a comunicar la carta en la ciudad… pero no a las iglesias, y por eso le dio una copia a un fraile, que la llevó a algunas de ellas. Finalmente, pues, seis iglesias de Florencia, que habían recibido la comunicación, la publicaron.

Los arrabbiati, para los cuales esta prohibición de predicar (unida de la advertencia a quien escuchase a Savonarola de caer en excomunión y herejía) era oro molido, colocaron la ciudad de Florencia en momento fiesta. Y qué momento. Las campanas tañeron al vuelo. Se abrieron las tabernas. Algunos palios de las iglesias terminaron arrastrados por las calles. Los burdeles regresaron a la velocidad de crucero; al mismo tiempo se montó un follón y se folló un montón. A una procesión del pequeño ejército de adolescentes de Savonarola le dieron una mano de hostias. Muchos florentinos iban en la noche a las calles adyacentes a San Marcos, donde le cantaban serenatas pornográficas al fraile.

Dos días después, un folleto editado por Savonarola declaraba la excomunión inválida, por estar basada en acusaciones falsas. Siguió celebrando misa en San Marcos y, en un segundo folleto, insinuaba la posibilidad de solicitar la convocatoria de un Concilio General.

Las cosas no le pintaban bien.

Pero él tenía una flor en el culo.

Las cosas, de hecho, estaban a punto de cambiar.

viernes, octubre 05, 2012

Republicanos vietnamitas

[¡Chúpate ésta, Tiburcio!]


Aquellos de vosotros que dominéis mínimamente el francés (el idioma, quiero decir) y seais ratas (de librería, quiero decir) quizá podáis encontrar, algún día, un libro editado en 1973 en París, reeditado al menos una vez en 1990, llamado Les soldats blancs de Ho Chi Minh. Su autor fue Jacques Doyon y con ello escribió quizá la mejor investigación sobre aquellos hombres, muchos, europeos y blancos que lucharon al lado de Ho por la liberación del Vietnam del yugo francés (esto es, en la guerra anterior a ésa que todos conocemos como guerra de Vietnam).

La lectura del libro os va a sorprender. Doyon, obviamente, buscaba, al escribirlo, rastrear los signos de franceses que un día decidieron, normalmente por razones ideológicas, pasarse al otro lado y luchar, de alguna manera, contra sí mismos. Pero el trabajo de hacer la nómina de gabachos, Doyon encontró muchos españoles. De ellos va este post porque, además, que yo sepa estos hispanos no han sido demasiado investigados.

Los republicanos de Vietnam.

España y Vietnam tienen una historia más estrecha de lo que parece. En el Saigon francés existió una calle Tay Ban-Nha (pronúnciase algo así como teebaña), que es como se dice España en vietnamita. Esto es así porque Francia tiene mucho que agradecerle a España en lo que se refiere a su aventura colonial asiática.

En 1825, el emperador Minh Mang proveyó a los europeos de una primera razón para invadir Vietnam, tras su decisión de emitir una ley de persecución de los cristianos. En 1840, tres misioneros españoles fueron asesinados en el país, acción que dispara los planes franceses para desembarcar en Conchinchina. Estados Unidos, preocupado, advierte en 1845 que no está dispuesto a tolerar aventuras colonialistas en la trastienda de China. Sin embargo, los acontecimientos de ponen a favor de los franceses. En Tonkin, un cura asturiano, apellidado Díaz Sanjurjo, es detenido (y, como se sabrá después, decapitado). En 1857, España, a través de su cónsul en París, pide formalmente a Francia que envíe un barco a la zona para liberar al sacerdote. Pero para cuando el conde Kleczkowski llega a Tonkin desde Macao, monseñor Díaz ya tiene separada la cabeza del cuerpo.

España, en noviembre de ese mismo año, promete el envío a la zona de 12.000 hombres y dos barcos, salvedad hecha de que la situación en Filipinas, con sus rebeldes, se emputezca. En enero de 1858, otro sacerdote español, monseñor Melchor, es detenido. Por todo ello, franceses y españoles acaban desembarcando en Danang, aunque el jefe de la expedición hispana, coronel Palanca, probablemente con el rabillo del ojo mirando a Washington, rehúsa la oferta francesa de continuar la invasión hasta la raya de China y, una vez asegurados sus misioneros, se vuelve a Filipinas.

España, pues, está en el origen del Vietnam francés. Pero, convertidos como estábamos en una potencia de segundo orden, con mucha honra y pocos barcos, y de retirada en Asia, la verdad no estábamos llamados a tocar más pito en aquella historia.

Sin embargo, llegó la guerra civil del 36, la derrota republicana, y el exilio de combatientes y civiles a Francia, bastante exagerado muchas veces en sus dimensiones, pero en cualquier caso bastante masivo. La mayoría de los combatientes que cruzaron la raya de Francia fueron concentrados en campos, bajo la atenta vigilancia de soldados senegaleses; no pocas veces en muy malas condiciones. Además, hay que tener en cuenta que la guerra civil fue muy larga; lo suficiente como para que algunos de sus protagonistas hubiesen alcanzado una situación personal en la que añoraban la guerra o, si se prefiere, ya no sabían hacer otra cosa. En el bando franquista ocurría lo mismo, y ésta fue una de las razones de que Franco abriese esa válvula que llamamos División Azul.

Para muchos republicanos, la División Azul fue Vietnam. En el remoto país asiático, el Vietminh luchaba por la independencia; lucha que se complicó con la presencia de dos Francias (la oficial, y la resistente) después de ser el país derrotado por Hitler. A no pocos españoles que estaban en los campos franceses y a los que la Francia de Vichy no podía dejar así como así por estar significados de alguna manera, se les acabó ofreciendo una alternativa: o ser entregados a la España franquista, o alistarse en la Legión Extranjera, con billete para Saigón. La mayor parte de los que recibieron esa oferta eligieron continuar su vida guerrera; y a ellos se les unieron otros que, simplemente, querían pegar más tiros.

La historiografía francesa ha especulado con la posibilidad de que unos 1.000 españoles llegasen a Saigon entre las filas de la Legión para defender la francofonía del Vietnam, pero acabaron pasándose a las líneas de Ho Chi Minh y del general Vo Nugyen Giap. Algunos lo pudieron hacer por ideología, pero otros muchos no tanto, teniendo en cuenta que no eran pocos entre aquellos los que habían combatido en España en unidades anarquistas.

Las paellas de los domingos de aquellas unidades de la Legión francesa debían terminar bien a hostias, porque, la verdad, se nutrían de una mezcla muy curiosa. En no pocas unidades extranjeras se juntaban los españoles que huían de Franco y los alemanes que huían de los procesos contra los crímenes nazis, que ahora peleaban juntos.

La presencia española en las unidades de la Legión francesa era tan numerosa que incluso, en octubre de 1942, Ho Chi Minh dirigió una proclama al ejército enemigo invitándole a desertar… en español.

La mayor parte de los republicanos españoles, al parecer, permanecieron, por así decirlo, del lado francés durante los años que duró la segunda guerra mundial, en los cuales se produjo una cierta confluencia entre los intereses de Ho y de los partidarios resistentes de De Gaulle. Sin embargo, terminada la guerra, en 1945, Francia rompió con el líder local, momento en el cual comenzó la guerra propiamente dicha entre Francia y los vietnamitas. Fue entonces cuando muchos españoles republicanos desertaron.

Manu Leguineche, en un reportaje sobre la materia escrito en 1976 para la revista Historia Internacional, se refiere al caso de un tal Fernández como especialmente destacado. Este Fernández habría desertado del ejército francés en compañía de seis alemanes y un suizo, y prestaría un servicio muy interesante al Vietminh por su condición de blanquito. Junto con sus compañeros, se viste con uniformes de mandos de la Legión, hace formar a una compañía de profranceses, y los detiene.
También se refiere el malogrado periodista al caso de un tal Diego, andaluz y albañil, que fue uno de los primeros desertores, y que falleció en un combate en el delta del río Rojo. Justo antes de recibir la bala mortal, creyendo ganado el combate, gritó, según el relato: Ho Chi Minh muon nam!; que viene a ser algo así como un viva al líder. Es más que posible que sea el único combatiente español jamás muerto gritando en vietnamita. El reportaje de Leguineche, por cierto, aporta incluso una foto del tal Diego, formando con un pelotón del Vienminh; lo digo por si alguien tiene interés en ella.

En un artículo de internet se hace referencia a un tal Robert Pujol, que habría pasado a Indochina. 

De nuevo según Leguineche, en la definitiva batalla de Dien Bien-Phu, el general Giap tuvo al menos dos asistentes españoles: un comunista llamado Ribera, que se había pasado a la Resistencia en Francia en 1944 y que fue enviado por el PCF a Indochina, donde se pasó a las filas de Ho. Y un mítico coronel Pérez, del que, que yo sepa, poco o nada se sabe. En Dien, en todo caso, combatieron centenares de españoles republicanos del lado francés y, consecuentemente, fueron detenidos y llevados a campos de reeducación. Muchos de ellos se casaron con vietnamitas y, que yo sepa, comenzaron a volver a España de una forma escalonada, de forma que en 1967 todavía había antiguos republicanos volviendo a nuestro país, gracias a la vitola de haber sido reprimidos por los comunistas vietnamitas. He tratado de buscar trazas pensando que no sería difícil conocer relatos de españoles casados con mujeres vietnamitas en la España del 600, pero mi búsqueda ha sido, de momento, bastante infructuosa. No debieron, en todo caso, de ser muchos. El anteriormente mentado artículo en internet se refiere al libro de Joaquín Mañés, Españoles en la Legión Extranjera francesa, que afirma que fueron 16. Otros, probablemente bastantes más, nunca regresaron: un ex legionario canario, según informó en su día la revista Interviu, estuvo en Dien y luego se quedó en la zona, estableciéndose en Tailandia. La referencia de internet se refiere, también, a un médico catalán, apellidado Ripoll Fonte, alistado en la Legión Extranjera, y que acabó establecido en Camboya.

Pero no hay que olvidar que en el otro lado de la lucha también quedaron españoles, o de origen español. Como Vanderberghe, un holandés asesinado en 1952, hijo de española, que de niño había sido pastor en el País Vasco.

Leguineche, de hecho, dejó escrito que, a su llegada a Saigón en 1966, en plena guerra de Vietnam, oyó hablar allí de las unidades clandestinas estadounidenses que operaban en la oscuridad, y de que en las mismas estaba integrado un legionario español, llamado Carlos Molina, admirado por sus compañeros por su audacia y frialdad. Las otras referencias que he encontrado hablan de un legionario llamado José Cortés, prisionero en la batalla de Dien; y de un natural de Valverde del Camino llamado Antonio Palanco Pérez, quien al parecer habría andado a caballo entre Argelia y Vietnam unos años (¿podría ser el misterioso coronel Pérez?)