viernes, junio 22, 2012

A euro, oiga, a euro







Pues hala, ya está. Algunos avezados lectores ya se han enterado antes, pero declaro oficialmente a la venta La derrota de Aquiles. Un ensayo sobre el fracaso de la Unión Soviética. Disponible aquí.




miércoles, junio 20, 2012

Fra Girolamo (4)


Aquella visita al Medici dio comienzo a la breve, pero intensa, historia de la relación entre el famoso noble florentino y el no menos famoso fraile y agitador político ferrarense. Que contamos, más o menos, en este capitulito de la serie.

lunes, junio 18, 2012

Preguntas al aire (la ofensiva de Extremadura)

Leer buenos libros responde preguntas, pero también plantea muchas otras. Especialmente, cuando no eres un experto en la materia. Ya he escrito muchas veces en este post que el tema estrictamente militar se me hace un tanto complicado de entender y de abarcar en mis lecturas históricas y por ello, aunque en la Historia es inevitable encontrarse con hombres batallando, no es de eso de lo que más me empapo.

Sin embargo, la afición por la Historia y por los saberes bélicos va unida muy a menudo. Aunque de vez en cuando tengo la oportunidad de plantearle cuestiones así a mi amigo Tiburcio, creo que no está de más exponer al aire, de cuando en cuando, alguna de estas preguntas.

La, o las, que me rondan la cabeza últimamente, tienen que ver con la guerra civil, y con un punto bélico de la misma.

En la primavera de 1937 cayó el gobierno de la Victoria. O sea, el gobierno Largo Caballero, en el que éste ocupaba no sólo la presidencia del Consejo, sino el Ministerio de la Guerra, esto es la dirección militar de la contienda. Fue un gobierno un tanto raro, por no decir bastante, en el que la enemiga entre Largo Caballero y el Partido Comunista se fue haciendo cada vez más y más intensa. Se dice habitualmente que Largo labró su caída el día que echó de su despacho al embajador soviético, Rosemberg, quien le estaba "aconsejando" sobre algunos movimientos bélicos. Según Largo, él se portó con todo decoro y diplomacia, aunque con firmeza. Según otros testigos, le montó un pollo de la hostia. Marcel Rosemberg desapareció en los sótanos del estalinismo sin haber dado su versión.

La crisis de gobierno por la cual cayó Largo fue, no es una coña, bastante larga (y, por seguir con el chistecito fácil, escasamente caballerosa). Azaña la cuenta con bastante puntillosidad en sus escritos. De tiempo atrás, los comunistas venían criticando la dirección de la guerra llevada por Caballero, y muy especialmente su apoyo al general Asensio, a quien los comunistas motejaban, los días que estaban de buenas, de simpático; y al que, de una forma un tanto cínica todo hay que decirlo, culparon de la pérdida de Málaga (la pérdida de Málaga, tal es mi opinión responde un poco a esa frase tan española que dice entre todos la mataron, y ella sola se murió). El enfrentamiento hizo crisis con la retirada de los dos ministros comunistas en una sesión del consejo de ministros; que vino continuada por una actitud por parte de la Ejecutiva del PSOE (o sea, Prieto) y de los republicanos burgueses, en el sentido de que sin los comunistas, el ministerio entraba en crisis.

Azaña, que todavía se creía que estaba dirigiendo un Estado y coordinando la acción de un gobierno, en lugar del cachondeo soberano en que se había convertido la España republicana, ambicionaba reducir el gobierno pues consideraba, y en esto no se equivocaba, que no es de recibo que un Ejecutivo que está librando una guerra, y por lo tanto está centrando todos sus esfuerzos en ello, tenga 18 ministros. Le dijo varias veces a Largo (y después a Negrin) que con 8 o 9 iba de sobra; lo cual, teniendo en cuenta que en el momento en que hablaba el Presidente los ministerios militares no estaban unificados, venía a significar arbitrar apenas cinco departamentos puramente no bélicos, o así. Sin embargo, esa reducción fue apenas posible, pues los ministerios, para entonces, existían, además de (en algunos casos, en lugar de) vertebrar acciones administrativas, para hacerle sitio a todas las fuerzas del Frente Popular más, en algunos casos, a la CNT, que no había formado del FP, pero que como si.

Repasemos la Historia de estos hechos. El día 7 de aquel mes, según las Memorias de Manuel Azaña, presidente de la República, Largo Caballero, que era su primer ministro, le habló sapos y culebras del general José Miaja. Miaja parece ser, en realidad, la gran bestia negra de Largo, no tanto por ser quien más se le opuso, como por ser aquél de quien el socialista hubiera esperado una actitud distinta, más proclive a su política. Simplificando mucho, se podría decir que Largo Caballero acabó por ser el más "militar" de los dirigentes de la guerra por el lado republicano; y, por militar hemos de entender civil dispuesto a dejar el tema de la guerra en manos de los militares. Como digo, esta frase no deja de ser una simplificación pues, al fin y al cabo, si con la mano derecha Largo se creaba un Estado Mayor más o menos formado por militares, con la izquierda permitía que el movimiento antiinsurreccional espontáneo en plan "Armas para el Pueblo" siguiese existiendo; para desesperación de los comunistas, que pensaban (y no se equivocaban) que las guerras civiles no se ganan con pasión revolucionaria, sino con buenos ejércitos. Hubiera sido posible, en teoría, un acuerdo entre ambas partes pues, en el fondo, tengo por mí que Largo y los comunistas querían lo mismo: ganar la guerra oponiendo un ejército al ejército que les atacaba. Sin embargo, los caminos eran distintos: los comunistas querían que la guerra la ganase su ejército, lo cual suponía instituir en las filas la figura del comisario político, y en los rangos esa otra figura muy comúne en el bando republicano del militar nacido del pueblo, y de la que es máximo exponente, que no único, Enrique Líster. A esto, Caballero no estaba dispuesto a jugar porque, exactamente igual que los comunistas, al mismo tiempo que peleaba por ganarle la guerra a Franco, peleaba por ganar otra guerra aguas adentro de la República: la guerra por la dominación, mando y control del proceso revolucionario.

Desde 1934, en realidad desde el año anterior, Largo había jugado una baza. La baza que comenzó a vivir con el famoso eslógan de su periódico Claridad: "¡Atención al disco rojo!" Con este inocente símil automovilístico, Largo dejaba claro que consideraba llegado el momento de virar definitivamente la República, romper amarras con las organizaciones burguesas y armar en España la revolución de corte marxista que ambicionaba. Sólo el fracaso del golpe de Estado revolucionario de octubre le hará cambiar de idea y volver al pacto con Azaña, Martínez Barrio, y resto de políticos republicanos, a quienes Alá les conserve, allá donde estén, la clarividencia política.

A finales de 1933, Largo Caballero echa de la dirección de la UGT al tridente socialisto-conservador liderado por Julián Besteiro, una de las almas de la huelga general del 17 que, sin embargo, ha dejado de creer en las posibilidades de la revolución marxista. Con este movimiento, Largo entra en un proceso sin marcha atrás que marca una espiral revolucionaria creciente y de la que forma parte su unión con los comunistas; unión que, por supuesto, él espera controlar, que es lo mismo que esperan hacer sus probables socios.

Los comunistas, por su parte, se encuentran en ese momento directamente afectados por el cambio estratégico operado en el internacionalismo bolchevique con la llegada de la década de los treinta. A lo largo de los veinte, la URSS, o sea Stalin, ha mantenido una operativa, a la que no es ajena el auge del fascismo (puesto que se aprovecha de la debilidad intrínseca que provoca en la izquierda) de considerar los acuerdos con los socialistas totalmente imposibles. Son los tiempos en los que Moscú moteja a los socialistas europeos (notablemente, los alemanes) de socialfascistas (de la misma manera que llama anarcofascistas a los ceneteros, expresión que recuperará en su momento durante la guerra civil). Esta estrategia se calza una hostia del cuarenta y dos en Alemania, donde la década de los veinte deja claro que ni siquiera en un entorno hiperinflacionario en el que hasta los probos funcionarios son pobres de solemnidad, la revolución bolchevique es posible. Vale que Karl Liebnecht y, sobre todo, Rosa Luxemburgo, no eran los dos líderes ideales para sacar adelante este tema (dudaban demasiado), pero, en realidad, el embate contra la democracia parlamentaria y la República de Weimar fracasó, en mayor medida, por la miopía comunista a la hora de buscar alianzas; alianzas, en todo caso, punto menos que imposibles, puesto que Stalin no estaba dispuesto a compartir el poder con nadie una vez triuntante, y esto es algo que todo el mundo sabía, pues para entonces la suerte de anarquistas, nihilistas, social-revolucionarios y mencheviques en la URSS era sobradamente conocido.

De aquella hostia surge la nueva estrategia, diseñada y explicada por el búlgaro Dimitrov al frente de la Internacional Comunista, del socialismo en un solo país (ahora es posible ser comunista dentro de las fronteras propias sin sentir la necesidad de cumplir el mandato de la revolución mundial) y de la alianza estratégica con las fuerzas burguesas. El comunismo, por lo tanto, puede, y debe, buscar el monopolio de la izquierda desde dentro de los sistemas liberal-parlamentarios, colaborando con ellos y, lo que es más importante, pactando con ellos. Hasta el fracaso alemán, el comunismo propugna el llamado frente obrero: se aliará con cualesquiera organizaciones obreras cuyos integrantes deseen dicha colaboración; pero esto es algo que no se discutirá con los dirigentes (porque los dirigentes son seudofascistas). En 1934 y en España, por ejemplo, esta teoría (no acordar estratégicamente nada con los dirigentes) hará que los comunistas se apunten al golpe de Estado revolucionario sólo en Asturias y en el último minuto, y sólo bajo su lema bottom-up, la famosérrima UHP (Unión de Hermanos Proletarios); aunque, con el tiempo, acaben intentando monopolizar los hechos asturianos como si ellos los hubiesen concebido y llevado a cabo (más cierto es, sin embargo, que es la implicación anarquista la que explica por qué en Asturias prendió lo que no prendió en todo el resto de España).

La nueva estrategia comunista cambia el Frente Obrero por el Frente Popular; que ya sí que es una alianza desde arriba, una alianza de despachos, una alianza estratégica que se hace para conseguir cosas en el futuro. Así pues, Largo va al Frente Popular convencido de que lo maneja totalmente, de que lo posee, de que él es el Lenin Español (entre otras cosas, no se da cuenta de que ese mito lo puesto en marcha, y alimentado, los comunistas); mientras que los comunistas van al Frente Popular convencidos de que lo van a poder manipular para hacerlo suyo (cosa que, de hecho, ocurrirá durante la guerra). Los comunistas se llevan a Santiago Carrillo a Moscú, donde el fogoso becario socialista ve la Luz, tras lo cual la fusión, a escala de imberbes, entre socialistas y comunistas es un hecho; fusión que se hace a total ventaja de los últimos sin que Largo Caballero aparente darse cuenta.

La guerra coloca a a estos dos contendientes en el mismo gobierno, y luchando en el mismo bando. En Moscú, Stalin se asusta. Los republicanos que clamaban por la intervención en la guerra española en su día, y todos los corifeos que han tenido y tienen durante décadas, en enciclopedias de Historia, en foros de internet y en cualesquiera ubicaciones, no entienden por qué Europa entera bajó los brazos cuando estalló la guerra civil española. En realidad, la explicación es muy fácil y bien conocida. Las potencias europeas temían cualquier movimiento que pusidera en ídem la maquinaria de Hitler. Pero más que nadie lo temía Josif Stalin, que sabía que el objetivo de Alemania era su país (Alemania nunca quiso extenderse hacia el Oeste; si abrió ese frente fue sólo por la alianza táctica entre Inglaterra, Francia y Polonia); y sabía, además, que necesitaba tiempo para armar su ejército.

También sabía Stalin que sus dos futuros aliados, Inglaterra y Francia, tenían el mismo miedo que él, y que lo último que querían era un follón a sus espaldas. Es crudo decirlo, pero que Franco quisiera tomar España para montar allí una dictadura y poner a todo Dios a ir a misa y cantar loas a Isabel y Fernando (seguiremos luchando...) por las calles, no les parecía un follón; probablemente, porque ya se preocuparon los franquistas anglo y francoparlantes de explicárselo ipso facto nada más empezar la guerra (y, en este punto de tranquilizar a las potencias liberales, cumple una función crucial, a mi entender, la pastoral colectiva de los obispos en apoyo de Franco; por eso, entre otras cosas, el general tenía tanta prisa en que la publicaran).

El follón que temían Londres y París (incluso el París de Leon Blum y su Frente Popular) era una revolución probolchevique que colocase una pica estalinista en Madrid. Una novedad de este tipo podría colocar a la sociedad francesa, que tenía entonces, como sigue teniendo, una derecha escasamente proclive al acuerdo con otro que no sea ella misma, y con posiciones de filosofía política notablemente radicales; una novedad de ese tipo, digo, podía colocar a Francia al borde de su propia guerra civil; y, consecuentemente, a Inglaterra en una posición de extremada debilidad frente a Alemania.

Así pues, Stalin no quiso soltar la presa española porque le reportaba unos pingües beneficios (se llevó el oro y, una vez en casa, se lo fue aplicando a base de ventas de armas donde incluso él mismo fijaba la relación de cambio) y porque era un paso en su estrategia para hacerse, finalmente, con el Frente Popular; pero tenía que hacerlo de forma refrenada, para que sus socios liberales en Europa no pensaran que iba a favorecer en España la eclosión de un proceso revolucionario.

Ésta es la razón, al fin y a la postre, de que los comunistas alumbrasen la teoría de que había que ganar la guerra y, después, hacer la revolución; y de que a Stalin, más que estorbarle Franco, en ese punto le estorbase el empeño anarquista y poumista de sostener que revolución y guerra eran el mismo proceso. Y que Largo no pusiera freno a este radicalismo revolucionario es lo que, en mi opinión, hizo que en la primavera de 1937, los comunistas decidieran (en Moscú, no en Madrid) que no podían seguir apoyándolo. La bronca con Rosemberg fue sólo una anécdota o, si se prefiere, la disculpa perfecta.


Pero volvamos a Largo, Azaña, y Miaja. Lo que Largo Caballero tenía contra Miaja era su política de contemporizar (cuando no, en la visión del político socialista) identificarse con, las teorías e ideas que sobre la guerra defendían los comunistas. Y que conocemos por algunas cartas que se han publicado de aquellos tiempos, que los asesores soviéticos enviaron a Moscú. Los comunistas, como acabamos de escribir, querían controlar la dirección de la guerra y consideraban que Largo era en exceso comprensivo con el movimiento popular con que se había iniciado la resistencia republicana en los primeros compases de la guerra y que, en su opinión (y en la mía), impedía la creación de un ejército que como tal pudiese considerarse. De ahí la campaña comunista, que al parecer Miaja observó sin reaccionar, contra el general Asensio, principal asesor militar de Largo. Según Largo, la inquina de los comunistas tenía su centro en que él se negaba a dejarles nombrar comisarios en los ejércitos y que, en general, se oponía a que se hiciese política en el frente.

Algunas horas después del encuentro con Largo, diversas representaciones del Frente Popular visitaron a Azaña para convencerlo de que la situación del gobierno era insostenible. José Giral, que visitó a Azaña en representación de los republicanos, le informó de que los dos ministros comunistas, Uribe y Hernandez, estaban dispuestos a plantar batalla en el siguiente consejo. También le dijo que las izquierdas burguesas, los comunistas y los socialistas estaban unidos en este tema; aunque, obviamente, cuando se refería a los socialistas, se tenía que referir a los prietistas. Sucintamente, anunció Giral, en el siguiente consejo de ministros los comunistas pedirían una rectificación en la dirección de la guerra, además de insinuar la salida (= expulsión) del gobierno de las centrales sindicales, UGT y CNT.

En el siguiente consejo, sin embargo, no pasó nada. Pero en el siguiente, los comunistas pusieron encima de la mesa la necesidad de disolver el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), a lo que Largo, apoyado únicamente por los cenetistas, se negó. Los dos comunistas respondieron retirándose y, cuando Largo tratase de continuar el consejo, republicanos y prietistas intervinieron para decir que, en esas circunstancias, consideraban que se había planteado una crisis de gobierno.

Largo Caballero, en el conjunto de cartas que redactó tras la guerra y que forman su especie de autobiografía, relata que se reunió con Azaña, ante el que presentó su dimisión. El presidente de la República, en una actitud que casa bastante con lo que cuenta en sus diarios, le pidió que la retirase, animándole a irse, como tenía previsto, a coordinar la ofensiva que se preparaba en Extremadura para cambiar el sentido de la guerra, tras la cual, si todo le salía bien, le dijo Azaña, el ambiente sería otro. Largo dice que accedió de mala gana; lo cual difícilmente es verdad. Lo de la mala gana, digo.

Nos sigue contando Largo que para la misma tarde de la entrevista con Azaña estaba prevista la salida hacia Extremadura. Sin embargo, antes de poder realizarla, se presentaron en su despacho, Ramón Lamoneda, Juan Negrín y Anastasio de Gracia; todos, socialistas que acabarían orbitando bastante cerca del planeta comunista. Venían a comunicarle que los tres ministros socialistas designados por la Ejecutiva del partido habían dimitido, como respuesta a la dimisión comunista. Largo les contestó con la lógica parda de preguntarse por qué unos socialistas mostraban tantos escrúpulos en respetar las decisiones de los comunistas, si se tomaban contra un presidente socialista (estos pequeños matices de la Historia del PSOE no suelen ser muy tratados, ni por sus líderes, ni por sus turiferarios). Los tres se escudaron en que era una decisión de la Ejecutiva.

La interpretación que hace Largo en sus memorias de esta reunión tiene muchos visos de ser cierta. Caballero dice, y no le falta razón, que habiendo él dimitido, no tenía sentido empujarle. Más bien, añade, lo que pasó fue que tanto socialistas como, sobre todo, comunistas, se enteraron de lo de Extremadura, y se pusieron nerviosos. El historiador poumista Víctor Alba asevera, en este sentido, que un mando comunista, el jefe de la aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros, recibió instrucciones del Partido de no prestar aviones a la operación extremeña (¡ole con el Frente Antifascista!). Asimismo, Largo dice en sus memorias que, en realidad, Lamoneda, Negrín y De Gracia venían de una reunión con Bujeda, dirigente comunista, en la que éste había dicho que lo de Extremadura había que pararlo como fuese, porque, dijo, era el principio de un golpe de Estado que Largo Caballero prentendía dar con el apoyo de la CNT.

Largo visitó a Azaña con nuevas noticias; es decir, lo que le había contado el trío de la bencina del PSOE. El presidente de la República hizo sus llamadas y, según dice Largo que le dijo, no encontró oposición a que siguiera siendo primer ministro. Y es posible que así fuera, porque los comunistas, lo que querían, es que dejase de ser ministro de la Guerra, cargo que compaginaba. En todo caso, es un hecho cierto que Azaña le encargó a Largo la formación del nuevo gobierno.

El veterano estuquista de la UGT aceptó, pero sobre la base de que habría que cambiar la estructura del gobierno. Así que preparó con los suyos un esquema, en el que, sobre todo, refundía todos los ministerios militares en uno solo (como ocurre hoy en día, sin ir más lejos). Hecho este esquema, lo envió a las formaciones del Frente Popular. Al poco de salir la carta de Presidencia, los mismos tres mensajeros, Lamoneda, Negrín y De Gracia, visitaron al presidente para pedirle el ministerio de Defensa, de nueva creación, para Indalecio Prieto. Para Largo, eso era como pedirle a Mouriho que deje el banquillo del Madrid a Tito Vilanova. Así pues, Largo se negó, no sin razón, aduciendo que no tiene mucho sentido poner al frente de la guerra a un tipo que no cree que la guerra se pueda ganar. Un par de horas después, del PSOE llegó una carta oficial anunciando la postura del partido (del mismo partido al que pertenecía Largo) de no participar en su gobierno, a menos que los comunistas fuesen invitados a participar en él, y Prieto ocupase la cartera de Defensa.

Aunque hay gente para todo y, por lo tanto, hay quien niega todo lo que se tercie, resulta muy difícil de defender la idea de que no hubiese una coalición comunisto-prietista contra Largo Caballero, en la que Negrín participaba encantado en ese punto, con la aquiescencia sorda de los republicanos.

Esa misma noche, Azaña convocó en su despacho a José Díaz (PCE); Ramón Lamoneda, secretario de la Ejecutiva del PSOE; Indalecio Prieto (a pesar de que, dimitido el gobierno, todo su puesto era el de vocal de dicha Ejecutiva); Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes y de Unión Republicana; y Salvador Quemades, en representación de Izquierda Republicana (un tipo curioso, este Quemades, que viajó de la CNT a IR sin billete de vuelta). El último en ser convocado fue el propio Largo.

Azaña, claramente, había hablado antes con José Díaz, y se había asegurado de que los comunistas estaban dispuestos a aceptar a Largo presidente del gobierno si dejaba Defensa. Además, el PSOE seguía vinculando su presencia en el gobierno a la de los comunistas (con lo que, en la práctica, también pedía la dimisión de Largo como general en jefe); IR se negaba a estar en un gobierno sin los comunistas; UR dijo que no pondría obstáculos a lo que se hiciese; e Indalecio Prieto, simple y llanamente, se quedó callado (según Largo; según Azaña, Largo no estaba físicamente presente en la reunión, y Prieto fue el primero en hablar).

Según Azaña, el famoso temor de Bujeda, o sea el golpismo de Largo, no estaba totalmente exento de base. Nos cuenta en sus Memorias que Martínez Barrio le dijo, pocas horas después de la defección comunista del gobierno, que temía la actitud de la UGT y la CNT si Largo salía del gobierno (es probable que lo hablase con más gente; por ejemplo, con los comunistas. Y es probable que por eso éstos aceptasen que siguiese presidiendo el Ejecutivo, sólo que sin controlar la guerra). Azaña, sin embargo, no creía en esa posibilidad porque, dice en sus memorias, "la gente ya está harta de abusos y de ineptitudes"... curiosa forma de describir la operativa del bando republicano en la primera mitad del 37.

Azaña, ya lo hemos visto, decidió apostar por la patada a seguir, y le dio el consejo a Largo de que se fuese a Extremadura. Pero, nos dice en sus memorias, lo hizo pensando que el político socialista reconstituiría el gobierno antes de salir de Valencia, y no después; y, por eso, se quedó ojiplático cuando supo que Largo pretendía marcharse sin dejar el tema resuelto. Probablemente, era a Azaña al que, en este punto, le faltaba información sobre lo poco que los comunistas estaban dispuestos a hacer para que la ofensiva extremeña tuviese éxito. Además, el ambiente en la zona republicana se hizo tan proclive a la idea de que los anarquistas preparaban un levantamiento en defensa de Largo que Azaña acabó llamando a Joan Peiró, "único de los cuatro ministros de la CNT que se reputaba de moderado y sensato", dice en sus memorias; entrevista en la que el líder anarcosindicalista le dejó claro que tenían claro que la cosa no iba contra ellos (aunque, en realidad, no tardó ni un mes en ir; menudo clarividente, Peiró).

Si seguimos con las informaciones y opiniones de quien entonces era el primer magistrado de la República, el famoso esquema de Largo Caballero estaba creado para no formar gobierno. Para ir a un enfrentamiento frontal. Azaña cuenta en sus memorias que era un gobierno que otorgaba una preeminencia elevada al PSOE y a la UGT, concentraba todo el poder militar en las manos de Largo, y nombraba a Prieto ministro de Agricultura y Comercio. En realidad, la conspiración comunisto-prietista no fue sino la forma en que don Indalecio le devolvió a Largo la ración de mierda que éste le había hecho comer a aquél en el 36, cuando había fomentado la candidatura de Azaña a presidente de la República, a sabiendas de que llamaría a Prieto a formar gobierno, para después bloquear esa iniciativa en los órganos del partido, que entonces controlaba el estuquista (y en la guerra controlaba Prieto). Cierto es que en España hay toda una caterva de historiadores y mediopensionistas, algunos de ellos muchas veces subvenci, ejem, quise decir premiados, que niegan esto. Pero, al menos en mi opinión, desde que, en aquel lejano día de agosto de 1930, cuando Indalecio Prieto decidió, por su cuenta y riesgo, acudir a la reunión del Pacto de San Sebastián, y Largo Caballero reaccionase en contra para defender su liderazo en el partido; desde aquel día, digo, estos dos compañeros de partido no habían hecho otra cosa que arrearse navajazos en los riñones. En los riñones de España, quiero decir.

Por esta oposición frontal a la propuesta de Largo fue por lo que Azaña convocó la famosa reunión nocturna. Reunión a la que, es un matiz que nos hace Azaña en las memorias, Largo no quería asistir, por lo que se avino a permanecer en el edificio, a disposición del presidente si le llamaba. Finalmente, cuando todos los grupos formarlon posición en el sentido que ya hemos descrito (punto éste en el que Largo y Azaña coinciden en lo esencial), el presidente acabó por llamar al estuquista. "La discusión entre ellos", dice Azaña, y se refiere a Largo y Díaz, "rebotó". La situación la resumió Azaña: todos estaban dispuestos a que los sindicatos entrasen en el gobierno; pero los sindicatos sólo participarían en un gobierno de Largo; Largo quería, para formar gobierno, conservar Guerra o Defensa Nacional en sus manos. Díaz se negaba. La reunión terminó sin acuerdo, con un tibio compromiso de Díaz de consultar una vez más a su Comité Central. Los comunistas no tardaron ni dos horas en reunirse, reiterar su negativa, y remitirle a Azaña la comunicación.

Así las cosas, Azaña decidió, afirma en sus memorias, aprovechar la "tranquila energía" de Negrín. Que es una forma bien pollas de explicar una decisión así. Quizá porque no quería confesar por escrito que el nombre de Negrín le había sido sugerido, tal vez por los comunistas, en mi opinión poco probable. Tal vez, más probable, por Prieto, quien sabía que su tiempo para ser presidente del gobierno había pasado, y que temía terminar como Largo, enfrentado con los comunistas (como, de hecho, le ocurrió). Azaña consulta con Martínez Barrio, quien le confiesa que ha pensado para primer ministro en Álvarez del Vayo; se ignora por qué no, ya puestos, no le propuso también a Azaña los nombres del fantasma de Primo de Rivera, o de La Chelito, o de Torrebruno.

Azaña dice que diseñó un Plan B por si fallaba lo de Negrín. Consistía en encargar a un republicano (¿Giral?) formar gobierno, tarea en la que fracasaría; y, acto seguido, dar por finiquitado el Frente Popular, reunir las Cortes, pasarles el marrón, y hacer un discurso radiado al país (y abrirle de paso los frentes a Franco, supongo...). Si es verdad que tenía este Plan B, entonces no podía estar seguro de que la candidatura de Negrín iba a tener apoyos suficientes; o sea, no estaba al tanto del pasteleo. Todo el día lo pasó Azaña convencido de que los sindicatos no aceptarían ni la presidencia de Negrín, ni la pretensión de éste de reducirles el número de carteras. Pero Negrín le visitó esa noche; y tenía la lista del nuevo gobierno.




En no pocas de mis lecturas sobre la guerra civil, sobre todo por parte de historiadores más de izquierdas, se producen de cuando en cuando unas masturbaciones épicas con el tema de la nonata campaña de Extremadura y las consecuencias que habría tenido. De hecho, en sus tiempos, cuando sólo era un proyecto en el papel, eran muchos, entre ellos el propio Largo, que decían a quien quería oírle que era una operación "susceptible de cambiar el rumbo de la guerra".

Aquí es donde mi nivel de conocimiento y comprensión se frenan. De lo que sabemos de aquella acción, ¿es razonable sostener que la República tenía una baza? ¿Contaba con fuerzas y disciplina interior suficientes como para ambicionar que sus planes saliesen bien y, de nuevo, una porción y la otra de las fuerzas nacionales quedasen desconectadas, al menos por tierra? En aquel punto de la guerra, en el que, si no estoy errado, ciertas superioridades nacionales (como la aérea) se iban haciendo patentes, ¿sería esa partición tan catastrófica para los planes de Franco como pretendían sus enemigos? ¿Qué había supuesto aquella acción en materia de desguarnecimiento de otros frentes, notablemente el del Norte?

Hay más incógnitas. ¿Verdaderamente ocurrió, como pretenden algunas fuentes anticomunistas (seamos más precisos: antiestalinistas; pues algunas de estas fuentes, como Víctor Alba, eran comunistas), que los comunistas hicieron todo lo posible por petardear aquella ofensiva? La cosa tendría sentido, desde luego, porque si Largo esperaba contrarrestrar con aquella ofensiva la creciente influencia comunista, tendría lógica, como digo, que los comunistas se la griparan. Según Azaña, Largo le sugirió algo así como que si retornaba victorioso de Extremadura, se ocuparía de apiolarse a todos los militares en el mando de ideología comunista o pleitesía roja (como Miaja). Si le metieron los comunistas la zancadilla, ¿lo hicieron solos, o en compañía de otros?

Resumamos: ¿tuvo la República, de verdad, una oportunidad de tomar la iniciativa en la guerra en Extremadura? Y si la tuvo o no la tuvo, ¿actuó coordinada?

miércoles, junio 13, 2012

Gobierno de concentración

El primero fue el político catalán Josep Antoni Duran Lleida. Pero no ha sido el único. Catedráticos, ex gobernantes, etc., abogan porque España tenga un gobierno de concentración para resolver la situación que está cayendo. Yo, personalmente, así, de primeras, no tengo nada que oponer a la petición, que hasta me podría parecer bien. Sin embargo, tengo mis dudas sobre su practicabilidad.

El gobierno de concentración es una figura ajena a la Historia de España. En dicha Historia se cuentan, en mi opinión, tres concentraciones que de tal se puedan reputar, eso sí, retorciendo el concepto para que "concentración" pueda aparejarse con "coalición de amplio espectro" que, en realidad, son cosas distintas.

La primera es la concentración (que, más bien, fue una alianza estratégica, pues no significó la actuación coordinada de los pactantes) de las fuerzas republicanas y socialistas con el ala izquierda dominante del liberalismo dinástico, tras la Semana Trágica de Barcelona, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia y todo lo que vino detrás, que se concretó en el grito ¡Maura, no! Aquella concentración terminó como el rosario de la aurora. Canalejas, poco tiempo antes de su desgraciada muerte, estaba ya literalmente hasta los cojones de la alianza con las fuerzas más a la izquierda de él; y, de hecho, alguna de ellas no tardaría mucho en montar una huelga general, en 1917. Sin embargo, aquella fue una concentración que yo reputo exitosa, porque, básicamente, bloqueó el acceso al poder gubernamental de Antonio Maura (y de su alter ego, Juan de la Cierva), pues el viejo político conservador presidió muchos menos gobiernos que los que, por lógica, debería haber encabezado en un turnismo normal. La coalición antimaurista, en efecto, provocó que los conservadores aceptasen la idea de otros liderazgos (notablemente, el de Eduardo Dato); y, lo que es más importante, al Borbón le entró en la cabeza la idea de que mantener a Maura lejos de la presidencia era lo que había que hacer.

La segunda concentración es la unidad de acción, más o menos coordinada, que se produce entre las derechas españolas en el año 33, que las lleva a la victoria frente a un ámbito republicano muy desgastado por la "anécdota" de Casas Viejas, entre otras. Esta especie de concentración conservadora provoca la definitiva desafección de parte del radicalismo (el de Martínez Barrio), que se acerca a las izquierdas; pero, básicamente, permanece unida en torno, primero, al Partido Radical, y después la CEDA (y fin de la historia, porque sólo dos personas tan desconectadas con la realidad como Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Portela Valladares pudieron pensar que éste último sería capaz de aglutinar una parte significativa de ese efecto a su favor).

La tercera concentración que yo veo es la que sigue a la victoria del 33, esto es la del 36: el Frente Popular. El Frente Popular es, de hecho, el mayor ejemplo de concentración que al menos yo veo en la Historia de España, porque se trató, en buena medida, de una coalición bastante organizada y discutida, aunque, finalmente, fueran sólo los partidos republicanos burgueses los que formasen gobierno; y, sobre todo, una coalición muy amplia, pues englobó desde posiciones claramente burguesas hasta el radicalismo marxista del Bloc Obrer y Camperol (al que reputo, en ese tiempo, situado bastante más a la izquierda que el Partido Comunista).

Como tercer ejemplo y medio, habría que citar la Solidaridad Catalana que, en la segunda década del siglo XX, dio la espantá del Parlamento español. Y paro de contar, porque no quiero contar en esta lista los gobiernos de concentración producidos durante la guerra civil, puesto que se montaron, obviamente, en medio de situaciones bélicas y, además, más abajo comentarmos sobre eso, fueron una concentración, digamos, bastante diluida. 

Si aceptáis los párrafos anteriores (que no tenéis por qué), tendréis que aceptar dos hechos:

1) Las concentraciones en España siempre han sido imperfectas. Lo cual quiere decir que los que se concentran no se someten a una disciplina común. Se limitan a unirse porque el momento lo demanda, pero todos ellos conservan su autonomía. No hay más que ver los ejemplos que yo mismo he desechado, es decir los gobiernos del lado republicano durante la guerra civil, que se combatieron con saña entre ellos (hasta llegar a matarse unos a otros, literalmente) y se caracterizaron por cosas tan poco edificantes en gobiernos de concentración como que unos estuviesen haciendo levas mientras otros, sus socios, recomendasen a sus jóvenes no atenderlas.

Otro ejemplo de imperfección en la concentración, hasta el punto de no citarlo en la lista porque no puede considerarse tal, es la pretendida convergencia republicana tras la caída de Isabel II. A pesar de que los progresistas republicanos eran conscientes de que la I República estaba amenazada por todas partes (carlistas y alfonsinos) y que eso sólo se podía contrarrestar con una república fuerte, se dividieron en federalistas y unionistas, en intransigentes y benévolos, y se combatieron unos a otros de tal manera que, en la realidad, el momento en que Salmerón sucede a Pi i Margall, se produce al frente del gobierno de España un cambio mucho más radical que el que pudo operarse cuando Felipe González dejó sitio a José María Aznar.

Las concentraciones españolas, pues, no son concentraciones. El mejor ejemplo es el Frente Popular: un club al que todos los que se apuntan lo hacen para manipular al resto de los socios, y laminarlos. Azaña entró en el FP para controlar primero, y capitidisminuir después, a los revolucionarios marxistas; Prieto entró en el FP para usarlo de trampolín para ganarle a Largo la batalla por el poder en el PSOE; Largo entró en el FP para usarlo de escudo en su procura del liderazgo total del obrerismo español, dictadura del proletariado mediante, y que no le volviera a pasar lo del 34; y los comunistas entraron en el FP porque se lo ordenó la Internacional, para establecer una alianza táctica con la burguesía, a la que con posterioridad iban a asestar el rejón de muerte (o ésa, por lo menos, era la estrategia de Dimitrov).

Ni uno solo de los socios del Frente Popular se apuntó al mismo para sacar a España del marasmo en que estaba a finales de 1935. A mi modo de ver, el espíritu de unión del Frente Popular está bien quintaesenciado en el gesto de Felipe Sánchez Román, que una tarde redacta la carta programática de la coalición y, horas después, se niega a firmar lo que él mismo ha escrito.

2) Las concentraciones, en España, se hacen contra alguien. No a favor de nada ni para resolver nada. Los progresistas de principios del XX se unen para servir de dique de contención del maurismo. La Solidaridad Catalana se une contra Madrid. Las derechas del 33 se unen contra la coalición constitucional republicana y, según los integrantes de ésta, contra la propia República. El Frente Popular se crea contra las derechas.

No hay en España demasiados ejemplos, si es que hay alguno, de una concentración a la británica: un momento en el que, a causa de una situación comprometida o desesperada, todas las fuerzas políticas relevantes se ponen a las órdenes de una de ellas, la mayoritaria, sacrificando en ello todos (incluyendo quien les encabeza) posiciones partidarias y reivindicaciones de toda la vida, en aras de ofrecer una sola política que dé imagen de unidad. Como ya he dicho líneas arriba, ni siquiera en medio del mayor y más urgente de los motivos de concentración, la guerra, los españoles han mostrado capacidad para realizar estas premisas.

No sé si hace falta recordar que durante la guerra civil española hay un caso de un gobernante asesinado minutos antes de tomar posesión: Antonio Sesé; y jamás a ningún historiador serio se le ha ocurrido siquiera insinuar que los franquistas o la quinta columna tuviesen algo que ver en su asesinato, porque es bien evidente que fueron quienes hasta bien poco antes compartían "concentración" con él quienes se lo cargaron. De aquellos tiempos es la enternecedora escena que cuenta Diego Abad de Santillán en la que, reunidos los anarquistas con sus socios en el palacio de la Generalitat, es tal el clima de buen rollo y colaboración que se respira en la reunión que, una vez en contacto con una batería artillera situada en la costa controlada por anarquistas, les da orden de llamarle cada diez minutos... y bombardear el palacio si no se pone (o sea, si lo han detenido, o se lo han apiolado). La escenita de marras, en ¿Por qué perdimos la guerra? Página 98 en esta versión.

Típicamente ácrata, por cierto, eso de decirle a los artilleros "obrad como queráis".

Ni siquiera el, para muchos, y por ello no muy bien documentados, monolítico bando franquista, se salva de este juicio. La coalición ganadora de la guerra civil, a pesar de que se formuló como un proyecto militar y se colocó bajo un mando único inicialmente bélico, pero rápidamente reconvertido a mando político; a pesar de todo eso, digo, incluso el bando franquista registró en el seno de su "concentración" unas tensiones de tal calibre que acabaron a tiros.

El único ejemplo de concentración real que ofrece la Historia de España, y limitado a la parcialidad de lo económico, son los llamados pactos de la Moncloa. Es el único momento en el que se llega a un pacto de gobierno en el que no gana nadie; en el que todos ceden y, consecuentemente, todos consiguen. Sin embargo, las diferencias de tono del discurso político y el día de hoy dan que pensar que la argamasa que unió a las fuerzas que firmaron los pactos de la Moncloa no fue, como se ha podido pensar, la gravedad de la situación económica, sino el miedo a una involución. Si no fuese así, entiendo yo, los Pactos de la Moncloa II ya se estarían negociando, con luz y taquigrafos.

Por eso dudo tanto de que un gobierno de concentración sea la solución para el momento presente. Léase el punto 1). No sería un gobierno de concentración. Cualquier tentativa de este calibre, a mi modo de ver, respondería más al modelo estratégico del Frente Popular: una reunión pretendidamente justificada por algún hecho importante (en el 36, el avance del fascismo; en el 2012, la crisis económica) en la que todos los participantes se unirían con un interés espurio al oficialmente declarado.

Además, en el caso español, también desde el punto de vista histórico, existe otro elemento que no hay que olvidar: el papel de los interlocutores sociales y, muy especialmente, de los sindicatos. El sindicalismo español, tanto el de clase como el orgánico, está acostumbrado a ser parte del gobierno. Lo fue durante la guerra civil, incluso llegando al paroxismo de que organizaciones que rechazaban la autoridad, como las anarquistas, la ejercieron de hecho en regiones enteras, como Cataluña o Aragón. Lo fue durante el franquismo, que hizo de la Organización Sindical un centro de poder tan importante que luego se pasó veinte años desactivando la bomba que él mismo había cebado. Esto ha introducido históricamente en las diferentes coaliciones (pues no se puede hablar de concentraciones casi en ningún caso, como este post argumenta) un elemento extraño: unos miembros que no lo son por la fuerza de los votos, sino por la fuerza de la calle, de la Constitución o de normas de corte fascista corporativo y que, por lo tanto, no están sometidos a ningún cedazo sobre su actuación. Pueden hacer, decir y defender lo que quieran, porque no hay referendo que los apee en el caso de que se equivoquen; y lo saben. Cualquier partido político que se mete en una coalición y la petardea sabe que corre un riesgo: el riesgo de que el personal se cosque de la estrategia, no le guste, y a la próxima no le vote. Pero cuando no se está en una coalición por la fuerza de los votos sino por mor de otras fuerzas de valoración más compleja, la cosa cambia.

Por todas estas razones, cabe pensar, por lo tanto, que un gobierno de concentración, lejos de ser una salida, podría ser todo lo contrario: un desastre.

Mejor la dejamos como está, que así es la rosa.

lunes, junio 11, 2012

Fra Girolamo (3)


Savonarola, entre debilitado por su martirio voluntario y sugestionado por sus lecturas y reflexiones, comenzó a tener visiones que le decían que el Azote que limpiaría la Iglesia estaba a punto de llegar. Otros padres tiene la medicina que sabrán contestar a este cuestión mejor que yo; pero, a mi modo de ver, todavía no está muy estudiado el punto de hasta qué ídem una persona autosugestionada (como claramente lo era Savonarola, tras sus apocalípticas lecturas) y sometida a un entorno físico de debilidad constante (pérdida de sangre causada por sus mortificaciones, unida a una alimentación voluntariamente pobre) pudo ser objeto de visiones más o menos alucinógenas.

jueves, junio 07, 2012

Reflexiones al socaire de la Feria del Libro

He estado en la Feria del Libro de Madrid 2012 dos veces. Dos domingos. En ambos casos, llegué pronto y me marché pronto porque, al menos los domingos, en mi opinión la Feria se convierte en un lugar impracticable para cualquier humano a partir de las 12 de la mañana.

martes, junio 05, 2012

Pirámides mistabobas

Me asomo un momentito a ésta mi ventana para solidarizarme. Para solidarizarme con las varias personas que, antes que yo y con mucho más conocimiento también, se han escandalizado en la red por el reciente otorgamiento de excelente cum laude por una universidad española (o, si lo preferís, catalana: la Politécnica de Barcelona) a la tesis de un arquitecto, Miquel Pérez-Sánchez, según la cual la pirámide de Keops fue construida para conmemorar el milenio del Diluvio Universal y estaba, entre otras cosas, coronada por una esfera con el ojo de Horus. Aquí y aquí podéis leer algunas "respuestas" a este "hito" de la intelectualidad hispano-catalana que, como digo, hablan del tema con mayor conocimiento que yo.

Como también señalan estos otros cronistas de la cosa, esto de la piramología mistaboba es cosa que viene de antiguo. En este blog ya hemos tenido la ocasión de aportar nuestro pequeño granito de arena a las interpretaciones estúpidas sobre la pretendida imposibilidad que los egipcios habrían tenido de construir las pirámides. En realidad, desde el siglo XIX los egiptólogos, y los arquitectos serios, han demostrado que todo eso son caralladas. El lector serio tiene acceso a libros que le explicarán cómo construían los egipcios; y le costará encontrar hombrecillos verdes mezclados con las cuadrillas de fellah asalariados (que no esclavos; otra imagen distorsionada que medio mundo compra de forma acrítica), aplicando en las pirámides conceptos superavanzados.

La hipótesis de la existencia, 2.000 o 1.000 años antes de Jesucristo, de una civilización no sólo más avanzada que su entorno, sino más avanzada que nosotros, que los contemplamos 4.000 años después, es una gilipollez del tamaño de la propia pirámide que toma como disculpa para desarrollarse. La razón para ello es que la tecnología no se desarrolla de forma selectiva. Aunque es posible que una civilización haga algunas cosas mejor que otras, el hecho de que todas las tecnologías se toquen un poco, se entrelacen, hace que, en términos generales, el avance técnico no pueda ser unívoco. Un pueblo, por lo tanto, no puede ser la hostia construyendo y no tener ni puta idea de cómo curarse los pies porque, como digo, todos los conocimientos técnicos están conectados. Queriendo ir al espacio desarrollas sistemas de gestión de datos, desarrollando sistemas de gestión de datos desarrollas las hojas de cálculo, desarrollando las hojas de cálculo mejoras tu capacidad de gestión en tiempo real de la información, y mejorando tu capacidad de gestionar en tiempo real la información generas sistemas de corrección automática de los movimientos excesivamente volátiles de los mercados financieros. Rápidamente, pues, lo que empezó preguntándose cómo impulsar un objeto más allá de la atmósfera termina en la prima de riesgo.

Cuando uno se encuentra con tanta y tanta momia como se ha descubierto con los dientes destrozados, tiende a pensar que entre aquellos egipcios se daban con mucha frecuencia los flemones y los abscesos en las encías (por lo que he podido leer, creo que en el clásico de Flinders Petrie sobre la vida cotidiana en el Antiguo Egipto, aunque bien pudo ser también en el monumental manual de Etienne Drioton, se especula con que los egipcios fueran primitivos fabricantes de pan, que llevaría restos de arena, que provocarían esos problemas). Cuesta creer que un pueblo sea capaz de construir edificios teóricamente imposibles para su tecnología, mientras que agarra el moflete porque, por no saber, no sabe ni luchar con eficacia contra la piorrea y los flemones. Y, como he escrito ya muchas veces, si recibió la visita de romulianos de Alpha Centauri, menuda panda de cabrones fueron, que les enseñaron a levantar edificios en lugar de a vivir sin que les doliese la boca.

La entrevista con el autor de esta investigación en La Vanguardia (enlazada más arriba) no tiene desperdicio. Obsèrvese de qué formas más sutiles se construyen las convicciones: "Como en el vértice de la pirámide había una relación con el número e, la base de los logaritmos neperianos, pensé que el diámetro de la esfera podría ser e. Hice la simulación y me di cuenta de que el perímetro en codos reales de la plataforma que trunca la pirámide en su parte superior era el número Pi. Eso me confirmó la hipótesis de trabajo. Además, la altura del vértice me salía muy próxima al cociente de dividir un millón por 3.600. Para los egipcios, el millón era el número del infinito, y 3.600 son los segundos de una hora y un grado. Podría representar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño".


Antes nos ha dicho el mismo autor que la altura de la pirámide es exactamente una división de la altura entre la Tierra y el Sol en el momento del perihelio. Ahora nos dice que hay "una relación" con el número e; que no debe de ser muy exacta cuando no nos habla de "una relación exacta". Y también nos dice que "la altura del vértice me salía muy aproximada al cociente de dividir un millón por 3.600". Y nos dice también: pensé que el diámetro de la esfera podría ser e; entonces descubrí que el perímetro de la pirámide truncada era Pi. O sea: pènsé que aquel tipo se podía parecer a George Clooney; entonces, dobló la esquina y ví que era igualito que Laurence Fishburne... ¿y?

Obsérvese, además, que el autor utiliza la expresión "esto es igual a (n veces) Pi", sin explicarla. Que algo sea igual a Pi puede significar que es casi 3, que equivale a 3,1, o que equivale a 3,14. O que es igual a 3,1416, que es la ristra de números que casi todos sabemos. Pero, si recuerdo bien las clases de mates, nada es igual a Pi, salvo Pi claro, porque Pi es un número inabarcable. 3,1416 está asumiendo una desviación del 2,3 por millón respecto de Pi expresado con 50 decimales. ¿Poco? Para tí, sí. Pero para unos pollos que son capaces de levantar un edificio que es divisor exacto de la distancia al Sol, y que está (esto afirma el autor) relacionado con un sistema de coordenadas cuyo referente es nada menos que el monte Everest, pues es, o sería, un error de la hostia.

En todo caso, como explica José Miguel Parra en el enlace que pongo más arriba, los papiros matemáticos egipcios demuestran que desconocían el número Pi; y la aproximación de la Gran Pirámide a dicho número se debe al uso de un triángulo o seqed de unas dimensiones concretas para determinar la inclinación (triángulo que se puede ver aquí). Por lo tanto, el uso de determinadas proporciones para establecer la inclinación de la pirámide resulta en una determinada relación, pero no se basa en ella.

En todo caso, alguien que, desde las orillas del Nilo, es capaz, como en el crimen de los Urquijo, sólo o en compañía de otros, de construir un edificio cuya altura es exactamente una división de la distancia entre la Tierra y el Sol... ¿cómo es posible que sólo realice aproximaciones más o menos felices al número e y, sobre todo, a una división tan sencilla como 1.000.000/3.600?  ¿Es que los romulianos se dejaron el iPad con calculadora en Alpha Centauri, o mandaron a los becarios, o qué?

Otra cosa que es enternecedora es el asunto del múltiplo de 888. Resulta que el autor de la tesis ha encontrado que un montón de dimensiones de la pirámide se relacionan con este número. Como no hay tradición en ninguna parte sobre él, el entrevistador periodístico, con su culturilla, saca el famoso asunto del 666, el número del Diablo. Y atenta la compañía con la respuesta: "El análisis del 888 nos lleva seguramente a entender que lo del 666 es un mito, como tantas cosas que nos llegan de la antigüedad. No he encontrado a nadie que me sepa explicar esta ley a nivel matemático. El dios único se oculta tras el 888. Es un tema complejo y apasionante. Utilizaron el 888 como confirmación del espacio y el tiempo del monumento."

O sea, empiezo por destrozar una gilipollez mistaboba (la del 666) para construir otra (la del 888) a pesar de que yo mismo reconozco que no tengo ni puta idea de cuáles son las relaciones o secretos que puede portar dicho número; y, a pesar de no tener ni puta idea, hago afirmaciones categóricas: "está", "utilizaron".

Eso sí, doy el aldabonazo mistabobo: "el dios único se oculta tras el 888". Pero... ¿por qué único? ¿Eran monoteístas quienes construyeron esa pirámide que se rige por las dimensiones del 888? ¿Acaso no eran muchos de ellos rígidos creyentes de la Enéada Helipolitana que, como su propio nombre indica, está formada por nueve pollos divinos?

Pero... ¡un momento! Si dividimos 888 (la proporción egipcia) entre 9 (los dioses de la Enéada) nos da aproximadamente 98, que es... ¡la distancia entre Madrid y el monasterio de El Paular!

¡Dios mío! ¿Qué sabían los egipcios que también sabían los cartujos medievales castellanos? ¿Quién es, hoy, el secreto guardián de esos adelantadísimos conocimientos piramidónico-numerales-gnóstico-astrofísicos? ¿Rouco Varela, Perales? ¿Acaso murieron con Torrebruno?

Acto seguido, el autor hace una serie de calculines relativos a la edad de la pirámide y, "con la ayuda de un avanzado programa informático" (que no falte la cita al uso de herramientas supersofisticadas, como para darle mayor empaque al mensaje) descubre que "una de las fechas en las que se cumplían los datos de Plutarco, era exactamente 1.000 años antes del día señalado por el canal que fijaba el final de las obras". ¿Una de cuántas? No nos lo dice; tal vez porque autor tan avezado en las matemáticas sabe bien que si una de dos fechas da lo que queremos, es como para sospechar; pero si es una de 25.000, ya la cosa se acerca más al concepto de lo científicamente endeble.

De ahí concluye que la pirámide celebra algo que pasó 1.000 años antes de su construcción (pero que parece ser habría que mantener en secreto, porque ningún testimonio lo indica), y ese algo es el Diluvio Universal. Como digo, lo más extraño de esta hipótesis (como la de que la pirámide estuviese coronada por una esfera que nadie reproduce ni describe, ni en la de Keops, ni en ninguna pirámide) es que nadie la cite. Siendo lo cierto que los egipcios son bastante dados a describir las grandes catástrofes de que son objeto, como bien sabe cualquiera que se haya leído el papiro de Ipuwer, incluso en diagonal, como hizo Abraham Velikowsky.

Considera el autor que Osiris, el moderno Onofre, era un pollo físico, un extranjero que trajo a Egipto la agricultura; o, tal vez, la metáfora de un pueblo entero. Llama la atención al teoría cuando antes ha dicho que "el génesis egipcio es diluvial", como lo son otros muchos; frase en la que está apuntando algo a mi modo de ver más preciso, como es la conexión del mito osiríaco con otras creencias religiosas, que se desarrollan durante milenios y acaban instilándose en el propio cristianismo. El principio del mundo se explica mediante un diluvio en las tradiciones trazables en: Australia, Babilonia, entre los indios canadientes, las razas originales bolivianas, en Borneo, en China, entre los masai, en las islas Fiji, Guayana, Polinesia, la antigua Grecia, Persia, Islandia, la India, Malasia, Nueva Zelanda, México, Perú, la península itálica, Vietnam...

Más parece que Osiris es una realización de la sociedad egipcia de una serie de mitos genéticos y religiosos que se repiten en el ámbito mediterráneo, por no decir en el mundo entero.

Lo más triste de toda esta milonga, en todo caso, es el hecho de que esta sarta de teorías, digamos, no exentas de cierto folklorismo, haya merecido un cum laude por parte de una universidad española. Es más que posible que alguno, si no todos, de los miembros del tribunal que han concedido dicha calificación luego salgan a la calle con una camiseta verde pidiendo una enseñanza de calidad. Pero ellos, pidiendo eso, son un oxímoron con pies. Porque una universidad que de tal se precie no puede dar cabida a este tipo de desarrollos intelectuales. Es más: el detalle es una demostración de que la enseñanza de calidad no es, desde luego, un problema de dinero. Porque si el dinero se gasta en pagarle el sueldo a un pollas para que dé clase. más que invertir en enseñanza de calidad, lo que sirve es para ampliar el pudridero.

No puedo confirmar plenamente las noticias que llegan de que las próximas tesis doctorales que juzgará la universidad española estén dedicadas a demostrar:

Que Jenofonte se llamaba, en realidad, Jenaro Fontenova, y era de Madrigal de las Altas Torres.

Que Lluis Companys era descendiente directo de una dinastía ostrogoda emparentada con Zoroastro, escondida durante siglos en los sótanos de una posada de Ametlla del Mar, donde al parecer aprendieron el catalán.

Que el número 3 es la representación simbólica de las trompas de Falopio de Santa Ana.

... y que la mediana estadística del número de toques de balón que hace la Roja por partido, dividido por la magnitud gnóstica representada por el número de pliegues de la túnica del rey David del pórtico de Platerías de la Catedral de Santiago, resulta ser un múltiplo aproximado de la proporción áurea que, dividido por el número de polvos que se estima echó Felipe V, demuestra fehacientemente que el pico Aneto estuvo una vez situado en las coordenadas aproximadas donde hoy está la villa de Nightmute, Alaska.

lunes, junio 04, 2012

Fra Girolamo (2)

En efecto; con su gesto de entrar en el convento dominico, Girolamo Savonarola creía haber ingresado en un cotolengo de pureza divina y, sin embargo, se encontró con una prolongación del mundo externo del que huía. Sus superiores no se preocupaban de rezar y santificar sus actos, sino de incrementar, en la medida de lo posible, la riqueza e influencia conventuales. Él creía que encontraría santos en vida en los claustros de la casa de Dios; pero los únicos santos eran los que vivían en los libros. Como respuesta, incrementó, todavía más, su austeridad e inmolación. En un mundo como el renacentista, que tendía a superar exageraciones ascéticas como la de los monjes y monjas medievales que dormían sobre el ataúd en el que algún día dormirían su sueño eterno, poco a poco, su extrema austeridad y autocrueldad le ganó fama de santo.

viernes, junio 01, 2012

Fra Girolamo (1)


El 25 de abril de 1475, de una forma bastante sorpresiva para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, Girolamo Savonarola ingresaba en el monasterio boloñés de San Domenico. En la carta que le envió a sus padres, ya desde Bolonia, les explicaba que su decisión venía forzada por el hecho de que no podía encontrar un solo hombre en el mundo que hiciese el bien, y que se negaba a vivir como un animal más entre las bestias. De alguna forma, pues, cabe concluir de esta misiva que, en tan temprana edad, Savonarola ya había desarrollado buena parte de la forma de ser, y de pensar, que lo llevaría a convertirse en uno de los principales hombres de la Historia de la península itálica, y quizás de la Europa, de su tiempo.

martes, mayo 29, 2012

Yo, no

Ya sé que voy a escribir hoy sobre un tema que apenas tiene que ver con la Historia; pero de vez en cuando hago estas travesuras en mi blog, que para eso es mío :-)

Pero es que quiero decirlo: yo, no. Cuando se oye por ahí a las gentes que administran Madrid hablando de "todos los madrileños" como los que están detrás del proyecto de solicitar que esta ciudad sea sede de unos Juegos Olímpicos, me interesa dejar claro que yo resido en Madrid; que aquí pago mi IBI, mi impuesto de circulación, mi arbitrio de plusvalías cuando vendo la vivienda, mi Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, y toda la pesca. Que vivo en Madrid, estoy censado en Madrid, voto en Madrid. Y no estoy de acuerdo con que esta ciudad sea candidata a organizar unos Juegos Olímpicos.

Lo dicho: Yo, no.

¿Por qué? Bueno, el origen de todo, alguna vez lo he comentado, ha sido el hecho de la excesiva frecuencia con que observo que los administradores de Madrid toman el poder sobre el espacio público sin consultar a nadie ni tener en cuenta las necesidades de los residentes. Tengo la desgracia de pasar los fines de semana de mi vida en una vivienda del centro de Madrid, eso que antiguamente se llamaba el distrito electoral de Palacio; y no menos de diez o doce domingos al año, me quedo sin calle, sin poder aparcar, o si he aparcado el coche sin poder moverlo; sin poder incluso cruzarla, porque resulta que el Ayuntamiento ha decidido que la calle le pertenezca a Las que Corren Contra el Cáncer de Mama, o Los que Corren la Maratón Popular, o Los que se Tocan los Huevos en la Calle Para Celebrar el 4 de Julio, o Los Que Celebran la Fiesta de la Bicicleta, o Los Devotos de la Virgen de la Candelaria de Urupapá o a Los que Ocupan la Calle porque les Sale de los Cojones.

Los administradores de la ciudad la administran; no la poseen. Que alguna vez que otra haya que hacer alguna celebración, no lo pongo en duda. Si España gana el mundial de fútbol una vez cada cuatro años, bien estará que lo celebremos en Colón; pero si hubiera diez mundiales al año y todos los ganase, la verdad, con todos mis respetos, que se vaya la puñetera Roja, con su autobús de dos pisos, a celebrar al Cerro de los Ángeles, o a los Monegros.

Lo de nuestro Ayuntamiento es exagerado por demás y, lo siento, pero me da igual, y lo escribo porque como ya he opinado esto mismo en el pasado me conozco alguna que otra respuesta, que Mapoma pague por ocupar las calles con sus etíopes campeones del mundo. Yo soy quien no puedo circular libremente por mi barrio, y no veo un duro.

Así pues, mi primera reacción ante la eventualidad de una Olimpiada en Madrid es acojonarme. Imagino la cantidad de calles, plazas, intersecciones y aceras que quedarían embargadas porque es que resulta que pasa Rafa Nadal camino del meadero o se celebra un encuentro de lanzadores de jabalina irlandeses escrofulosos. Imagino la cantidad de veces que habría que resetear el móvil por los barridos de la policía (que son muy curiosos: te tuestan el teléfono pero no te enteras, así que lo mismo te está llamando tu madre, anegada en lágrimas, porque se ha muerto tu tía Puri, y tú sigues por ahí, de cachondeo...)

No hay más que acercarse por el Bernabéu o el Calderón o el Palacio de los Deportes el día que hay partido o canta Madonna para irse haciendo una idea de lo que son estas reuniones de masas. O la feria de San Isidro, en el curso de la cual el Ayuntamiento usurpa calzadas enteras para convertirlas en improvisados aparcamientos, mientras al vecino de la zona que le vayan dando. Elévese cualquiera de estas cositas a la sexta potencia, y tendremos una Olimpiada.

Otra cosa por la que no quiero la Olimpiada es porque no me apetece pagar el café con leche a tres euros de hoy en día. Con la Expo, en las cafeterías de Sevilla el café subió a cien pesetas. Que levanten la mano los sevillanos que volvieron a verlo a setenta tras la celebración.

La tercera gran razón por la que no quiero la Olimpiada es porque no podemos pagarla. Sí, ya sé que el 80% de las instalaciones están hechas. Pero eso sólo quiere decir que todavía hay que gastar un euro más por cada cuatro gastados.

Todo esto, en cualquier caso, queda anulado por un gran argumento: "Es incómodo, pero merece la pena, porque luego la ciudad queda chuli y se gana un montón de pasta".

Lo cual, simple y llanamente, es mentira.

¿Las olimpiadas dan dinero? Bueno, digamos mejor que algunas olimpiadas dan dinero, como Los Àngeles. En realidad, la mayoría de las olimpiadas pierden pasta por un tubo.

El estadio olímpico de Montreal se terminó de pagar en el 2006 (¡¡¡treinta años después!!!) Yo, personalmente, no conozco a nadie que haya ido jamás a hacer turismo a Montreal; menos aún, con el argumento de que "es que allí fue la Olimpiada". Se podría escribir: "los griegos a duras penas sobrevivieron a las consecuencias de sus JJOO"; pero sería mentira, porque, en realidad, no han sobrevivido. La todopoderosa URSS tuvo que arrañar recursos, sobre todo alimentarios, de todos sus países satélite, para alimentar a las hordas participantes en su Olimpiada; nadie sabe a ciencia cierta cuánto palmaron, y eso que muchos países no fueron. Lo mismo pasa con los chinos, que no dicen ni mú de los excelentes resultados que por lo visto tuvieron. Y en Sidney hay infraestructuras construidas para la Olimpiada que ya no se usan a día de hoy. Como las habrá en Londres porque Londres, entre otras cosas, está construyendo un pabellón de balonmano con capacidad para 12.000 personas. Los ingleses aman el balonmano más o menos lo mismo que los banderines de Gibraltar Español.

En realidad, el gran trile de ese rollo de que unas Olimpiadas dan dinero, Barcelona incluída, está en un concepto que se llama amortización. Amortizar es lo que todos deberíamos hacer y no hacemos, pero que las empresas vienen obligadas. Cuando compras un bien, has de provisionar, cada año, su pérdida de valor pues, de lo contrario, tu patrimonio es menor. La amortización es un elemento fundamental del flujo de caja de cualquier empresa, y de sus beneficios.

En la mayoría de los casos, cuando se producen unos JJOO, nadie calcula la amortización de las infraestructuras que se construyen. En realidad, para que unas Olimpiadas den dinero de verdad, sus beneficios no sólo deberían ser tales que los ingresos superasen a los gastos (concepto normal de beneficio en estos casos); además, los ingresos deberían generar un excedente suficiente como para permitir amortizar los bienes construidos. Porque si no es así, si nadie, ni el Comité Olímpico, ni el Comité Organizador, ni la ciudad anfitriona, ni el Estado del país anfitrión, amortiza La Peineta, entonces alguien, por definición, está perdiendo patrimonio cada segundo que pasa.

Ese alguien somos nosotros. Todos nosotros.

(Este mecanismo de no amortizar la infraestructura es el mismo que se usa para hacer rentable el AVE, por cierto).

Se nos dice: una olimpiada genera un montón de actividad después de producida. Vienen mogollón de turistas porque la gente del mundo se entera de que existes.

En una de sus novelas de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán hace a su protagonista coger un taxi en Bangkok, Tailandia. El taxista habla con él y le pregunta de dónde es. Cuando Carvalho le dice que de Barcelona, el taxista se pone a declamar: "Barcelona, Maradona; Barcelona, Maradona..."

Con todos los respetos, eso de que unas olimpiadas te dan visibilidad mundial funcionará para Saint Lô o para Viveiro, provincia de Lugo; pero a Barcelona, Madrid, París, Tokio o Chicago, ni puta falta que les hace; acabamos de leer, y es verdad total, que la edad de oro de Guardiola ha hecho más por Barcelona que una Olimpiada de ocho meses.

Es mentira que la gente decida viajar a una ciudad en el año N+1 porque en el año N organizó una Olimpiada. Eso lo saben bien en Barcelona, donde tuvieron que ponerse a parir echando hostias el fistro diodenal del Fórum de las Culturas para darle a la ciudad la continuidad que por lo visto le iban a aportar las Olimpiadas by default. Eso lo saben casi todos los organizadores de Expos mundiales, que se apresuraron a aprovechar la ocasión para crear algo más duradero, desde la Torre Eiffel hasta el Atomium, porque eso sí que trae visitantes.

El truco del almendruco es presentar el gasto como una inversión. Construir infraestructuras deportivas es, así, de entrada, un gasto, no una inversión. Por la simple razón de que una piscina de 50 metros no es el desdoblamiento de una carretera. Eso sí, como demostró la Olimpiada de Barcelona, un proyecto olímpico también tiene una vertiente urbanística, que en principio se autofinancia, porque cuando los deportistas dejan la Villa Olímpica, te quedan unas viviendas cojonudas para vender.

Pues sí. Pero, ¿y si falla? Porque resulta que una cosa que hemos aprendido, dolorosamente, en los últimos tiempos, es que no siempre una vivienda a la venta encuentra comprador; o banco que financie la compra. ¿Acaso no iba a ser la operación Madrid Río-soterramiento de la M30 un negocio seguro? ¿No se iba a hacer allí un huevo de pasta comercializando suelo y viviendas? Madrid Río será la polla de Montoya, no lo niego; pero, amable lector, si eres ciudadano de Madrid, permíteme que te recuerde que, bonito y todo, todavía lo debes. Y que, ítem más, la posibilidad de que se financie con suelo se ha sfumatto.

Así, a las claras: una Olimpiada es una operación económica de riesgo. De muy alto riesgo. Tan alto, que los dedos se hacen huéspedes para contar todos los que se han dado una hostia en todos los morros en las últimas décadas organizándola. El triunfo, si llega, tendrá muchos padrinos pero el fracaso, si se produce, sólo tendrá un pagano: tú. Y yo, claro.

Sinceramente, no creo que tengamos el chirri para estos ruidos.

Yo, no.

lunes, mayo 28, 2012

Dónde vas, triste de ti...


Una vez más, para empezar este artículo os voy a llamar la atención sobre un efecto que yo llamo el espejismo del presente. Este pequeño síndrome indoloro y de poca importancia consiste en considerar que lo que pasa en el presente siempre es lo más de lo más de lo que le ha pasado a la Humanidad en toda su existencia. El síndrome del presente tiene una base cierta, desde luego. Es probable que la mayor manifestación en las calles de la Historia de España se haya producido hace relativamente poco tiempo; pero eso es así por la simple razón de que hoy hay más españoles que hace cien años, y que los que hay tienen más posibilidades de allegarse al lugar de la mani que las que tenían sus abuelos. Si alguno de mis amables lectores tiene la paciencia de leerse en la prensa de la época los relatos de una manifestación monstruo que hubo en Madrid en 1930 tras un gravísimo accidente laboral en unas obras de la calle Alonso Cano (manifestación que acrisoló la reacción frente al accidente y otras muchas cosas), encontrará que lo que dicen esas crónicas del espacio que ocupaba la masa de manifestantes es bastante parecido al que ocuparon los que asistieron a la mani contra la guerra de Irak. Pero, claro, no es lo mismo llenar las calles en los albores del siglo XXI que setenta años antes.

viernes, mayo 25, 2012

Nuevo alumbramiento

Llevo unos días muy liado y con poco tiempo para sentarme al ordenador. No obstante, he ido avanzando en algún que otro futuro post y, en paralelo, también me las he arreglado para terminar de peinar La derrota de Aquiles, mi segundo libro. Esta vez, a causa de la crisis, el precio ha subido 14 céntimos, hasta el euro justo :-D

Mis lectores del blog deben saber que este ensayo es más grande, y yo diría que completo, que el conjunto de posts en los que está basado. Hay todo un capítulo, el dedicado al colapso final de la URSS, que es totalmente nuevo: nunca se ha publicado en el blog.

Como quiera que Kindle tarda horas o días en poner efectivamente en publicación el libro (por eso no puedo poner aun enlace), os dejo hoy su prólogo, para que os vayáis haciendo una idea.

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Pocos hechos históricos hay más fascinantes que la revolución rusa. Lo fue en el momento de producirse, pues vino a suponer la dramática colocación de la clase obrera en primera línea de la Historia; y lo siguió siendo durante décadas; primero, como alternativa general a todo lo que el marxismo consideraba regímenes burgueses; y, a partir de la segunda posguerra mundial, como elemento de referencia fundamental para todos aquéllos que deseaban propugnar un modelo alternativo al representado por los Estados Unidos de Norteamérica.

Verdaderamente, la URSS es un importantísimo experimento dentro de la Historia de la Humanidad. Un experimento fallido. Sus defensores, normalmente, pueden gestionar este problema, porque los fallos se pueden explicar de muchas maneras. Desde los años sesenta, de hecho, eran ya comunes las explicaciones de politólogos y estudiosos, en el sentido de que las fallas del comunismo no se debían a él, sino que eran meras consecuencias del hecho de que el sistema soviético tuviese que desarrollarse en un ambiente hostil, dominado por su enemigo estadounidense. Esta tesis no deja de ser curiosa, puesto que porta, de forma un tanto connotada, el hecho sistemáticamente negado por los sovietófilos: la pérdida, por parte de la URSS, de la Guerra Fría. Pues si Estados Unidos podía acorralar a la URSS, eso sólo podía ser porque la hubiese vencido. Los que van perdiendo, o empatando, no tienen, por lo general, capacidad de acorralar a nadie.

Con todo, el gran elemento que desorientó definitivamente a las visiones facilonas o directamente proclives a la URSS, fue la extraordinaria rapidez y ausencia de conflicto con que desapareció. En este sentido, el mutis por el foro de la Historia por parte del comunismo fue muchísimo menos traumático que su entrada. La entrada en escena de la revolución marxista, hasta entonces un hecho teórico como otros muchos, vino precedida de décadas de dramática y crudelísima inestabilidad y violencia en Rusia, y tuvo como consecuencia una muy sangrienta guerra civil. Alumbrar un régimen comunista no fue fácil y costó un genocidio; en realidad, varios.

El gran poder acumulado por la URSS, y el hecho de que su importancia pasó muy pronto a ser mundial, con un rosario de países que dependían de su modelo y otros muchos que coqueteaban con dicha dependencia en mayor o menor medida, hizo pensar a muchos, en realidad a todos, que la URSS era too big to fail. Porque nadie, jamás, que haya leído yo, siquiera avizoró que, algún día, el régimen soviético se disolvería como un azucarillo.

Y, sin embargo, así fue.

Este ensayo trata de analizar los elementos que pueden explicar por qué se produjo esto. Por qué uno de los dos ejércitos más poderosos del mundo y, probablemente, la policía con mayor capacidad de control social; por qué un país cuya élite gobernante no había sido ni medianamente molestada por oposición interna alguna durante siete décadas; por qué, al fin y a la postre, un régimen blindado para durar 107 años, simple y llanamente, desapareció.

Hay una cosa que este ensayo hace a propósito, y por eso quiero dejarla clara en este punto. Hablo en él de los condicionamientos económicos, que tuvieron gran importancia, más en los países satélites de la URSS que en la Unión misma. Sin embargo, le he puesto algo de sordina a la cuestión económica porque, en mi opinión, hablar en exceso de la economía, apoyarse en exceso en el colapso económico de la URSS como explicación de su desaparición, puede resultar equívoco.
La importancia de la economía en el colapso soviético es innegable. Pero, a mi modo de ver, en el caso de la URSS, el colapso económico es sólo un síntoma y aquí, al menos, la intención es elaborar un relato en torno a las razones profundas de la caída. La China del siglo XXI ha demostrado que es posible orillar la contradicción interna de la economía centralizada, incapaz de garantizar tasas de crecimiento sólidas y continuadas; aunque también es cierto que eso lo ha hecho negando, cada vez en mayor medida, las esencias de la propia economía centralizada. Esto es algo que también podía haber hecho la URSS, y de hecho tentó hacerlo varias veces. Así pues, puesto que la economía no lo explica todo, hay que dejar espacio para otros ejercicios.

Ejercicios que están muy relacionados con una pregunta aparentemente sencilla, pero cuya contestación no es, a mi modo de ver, nada fácil: ¿cuándo, exactamente, colapsó la URSS? ¿Cuándo alcanzó el país ese punto de no retorno en el cual el edificio ya no puede hacer otra cosa más que derrumbarse? Porque las personas que están en un edificio que se derrumba no lo abandonan un segundo antes de que caiga; lo hacen bastante antes, que es cuando alguien grita: “¡Todo el mundo fuera, va a derrumbarse!”

Esta es una cuestión que no tiene respuesta precisa en el momento presente, cuando menos en mi opinión. ¿Quién asestó la puñalada final a la URSS? Pudo ser Richard Nixon, por ejemplo; su visita a Pekín, y los cambios sistémicos que acabó provocando en el juego mundial de poderes labraron un porvenir imposible para la URSS, cuyo estatus dependía, en buena medida, de la conservación de la situación pactada en Yalta. También pudo ser Ronald Reagan, con su brusco giro estratégico en la cuestión armamentística, que dejó a los soviéticos sin espacio para revolverse. O pudo ser el propio reformismo soviético, los Andropov (quizá), Gorvachov, etc.

Yo creo que fue Leónidas Breznev.

Según esta tesis, la gran desgracia de la URSS es que Leónidas Breznev viviese los diez últimos años de su vida. La crisis económica de los setenta, en los países democráticos, acabó llevándose por delante a todos los gobiernos a los que les estalló en las manos; lo cual es lógico, porque todos eran gobiernos diseñados para gestionar una abundancia que, de repente, desapareció; y carecían de discurso para la austeridad. Este cambio abocó a muchos países occidentales a cambios muy dramáticos, de signos diversos: Francia y España, a la izquierda; Reino Unido y Estados Unidos, hacia la derecha. Pero, al fin y a la postre, esos cambios colocaron las cosas en su sitio, permitieron el refresco de las estrategias, y acabaron mutando en crecimiento y flexibilidad.

El gran defecto de la URSS, sin embargo, fue siempre su rigidez. Rigidez que, en los tiempos de Breznev, llegó a cotas siderales. Al líder soviético todo lo que importaba era no ser un nuevo Khruschev; él moriría, y murió, en la cama y ostentando la Secretaría General del PCUS. Para conseguir eso, dio tantas garantías a todas las partes interesadas en el juego de poder que, tomando una máquina que ya avanzaba a paso de tortuga, la paró por completo y la clavó al suelo.

Ciertamente, la muerte prematura de Breznev, probablemente, poco habría conseguido. Vivo Milhail Suslov, la nomenklatura soviética, con seguridad, lo habría preferido a cualquier otro. Y, si no, habría sido Kossigin; o Gromiko. Difícilmente habría quedado sitio para el reformismo. Pero, al menos, alguna posibilidad habría de que el modelo soviético jugase una carta que, sin embargo, merced a su longevidad, Breznev se llevó a la tumba, cosida a la manga.

La URSS murió, a mi modo de ver, por no haber sabido adaptarse y reaccionar a todo lo que pasó en el mundo entre 1975 y 1985. El 1 de enero de 1986, el Telón de Acero, mutatis mutandis, había caído. Para entonces Milhail Gorvachov llevaba unos meses al frente del Kremlin. Pero, la verdad sea dicha, ya daba igual.