jueves, junio 07, 2012

Reflexiones al socaire de la Feria del Libro

He estado en la Feria del Libro de Madrid 2012 dos veces. Dos domingos. En ambos casos, llegué pronto y me marché pronto porque, al menos los domingos, en mi opinión la Feria se convierte en un lugar impracticable para cualquier humano a partir de las 12 de la mañana.

martes, junio 05, 2012

Pirámides mistabobas

Me asomo un momentito a ésta mi ventana para solidarizarme. Para solidarizarme con las varias personas que, antes que yo y con mucho más conocimiento también, se han escandalizado en la red por el reciente otorgamiento de excelente cum laude por una universidad española (o, si lo preferís, catalana: la Politécnica de Barcelona) a la tesis de un arquitecto, Miquel Pérez-Sánchez, según la cual la pirámide de Keops fue construida para conmemorar el milenio del Diluvio Universal y estaba, entre otras cosas, coronada por una esfera con el ojo de Horus. Aquí y aquí podéis leer algunas "respuestas" a este "hito" de la intelectualidad hispano-catalana que, como digo, hablan del tema con mayor conocimiento que yo.

Como también señalan estos otros cronistas de la cosa, esto de la piramología mistaboba es cosa que viene de antiguo. En este blog ya hemos tenido la ocasión de aportar nuestro pequeño granito de arena a las interpretaciones estúpidas sobre la pretendida imposibilidad que los egipcios habrían tenido de construir las pirámides. En realidad, desde el siglo XIX los egiptólogos, y los arquitectos serios, han demostrado que todo eso son caralladas. El lector serio tiene acceso a libros que le explicarán cómo construían los egipcios; y le costará encontrar hombrecillos verdes mezclados con las cuadrillas de fellah asalariados (que no esclavos; otra imagen distorsionada que medio mundo compra de forma acrítica), aplicando en las pirámides conceptos superavanzados.

La hipótesis de la existencia, 2.000 o 1.000 años antes de Jesucristo, de una civilización no sólo más avanzada que su entorno, sino más avanzada que nosotros, que los contemplamos 4.000 años después, es una gilipollez del tamaño de la propia pirámide que toma como disculpa para desarrollarse. La razón para ello es que la tecnología no se desarrolla de forma selectiva. Aunque es posible que una civilización haga algunas cosas mejor que otras, el hecho de que todas las tecnologías se toquen un poco, se entrelacen, hace que, en términos generales, el avance técnico no pueda ser unívoco. Un pueblo, por lo tanto, no puede ser la hostia construyendo y no tener ni puta idea de cómo curarse los pies porque, como digo, todos los conocimientos técnicos están conectados. Queriendo ir al espacio desarrollas sistemas de gestión de datos, desarrollando sistemas de gestión de datos desarrollas las hojas de cálculo, desarrollando las hojas de cálculo mejoras tu capacidad de gestión en tiempo real de la información, y mejorando tu capacidad de gestionar en tiempo real la información generas sistemas de corrección automática de los movimientos excesivamente volátiles de los mercados financieros. Rápidamente, pues, lo que empezó preguntándose cómo impulsar un objeto más allá de la atmósfera termina en la prima de riesgo.

Cuando uno se encuentra con tanta y tanta momia como se ha descubierto con los dientes destrozados, tiende a pensar que entre aquellos egipcios se daban con mucha frecuencia los flemones y los abscesos en las encías (por lo que he podido leer, creo que en el clásico de Flinders Petrie sobre la vida cotidiana en el Antiguo Egipto, aunque bien pudo ser también en el monumental manual de Etienne Drioton, se especula con que los egipcios fueran primitivos fabricantes de pan, que llevaría restos de arena, que provocarían esos problemas). Cuesta creer que un pueblo sea capaz de construir edificios teóricamente imposibles para su tecnología, mientras que agarra el moflete porque, por no saber, no sabe ni luchar con eficacia contra la piorrea y los flemones. Y, como he escrito ya muchas veces, si recibió la visita de romulianos de Alpha Centauri, menuda panda de cabrones fueron, que les enseñaron a levantar edificios en lugar de a vivir sin que les doliese la boca.

La entrevista con el autor de esta investigación en La Vanguardia (enlazada más arriba) no tiene desperdicio. Obsèrvese de qué formas más sutiles se construyen las convicciones: "Como en el vértice de la pirámide había una relación con el número e, la base de los logaritmos neperianos, pensé que el diámetro de la esfera podría ser e. Hice la simulación y me di cuenta de que el perímetro en codos reales de la plataforma que trunca la pirámide en su parte superior era el número Pi. Eso me confirmó la hipótesis de trabajo. Además, la altura del vértice me salía muy próxima al cociente de dividir un millón por 3.600. Para los egipcios, el millón era el número del infinito, y 3.600 son los segundos de una hora y un grado. Podría representar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño".


Antes nos ha dicho el mismo autor que la altura de la pirámide es exactamente una división de la altura entre la Tierra y el Sol en el momento del perihelio. Ahora nos dice que hay "una relación" con el número e; que no debe de ser muy exacta cuando no nos habla de "una relación exacta". Y también nos dice que "la altura del vértice me salía muy aproximada al cociente de dividir un millón por 3.600". Y nos dice también: pensé que el diámetro de la esfera podría ser e; entonces descubrí que el perímetro de la pirámide truncada era Pi. O sea: pènsé que aquel tipo se podía parecer a George Clooney; entonces, dobló la esquina y ví que era igualito que Laurence Fishburne... ¿y?

Obsérvese, además, que el autor utiliza la expresión "esto es igual a (n veces) Pi", sin explicarla. Que algo sea igual a Pi puede significar que es casi 3, que equivale a 3,1, o que equivale a 3,14. O que es igual a 3,1416, que es la ristra de números que casi todos sabemos. Pero, si recuerdo bien las clases de mates, nada es igual a Pi, salvo Pi claro, porque Pi es un número inabarcable. 3,1416 está asumiendo una desviación del 2,3 por millón respecto de Pi expresado con 50 decimales. ¿Poco? Para tí, sí. Pero para unos pollos que son capaces de levantar un edificio que es divisor exacto de la distancia al Sol, y que está (esto afirma el autor) relacionado con un sistema de coordenadas cuyo referente es nada menos que el monte Everest, pues es, o sería, un error de la hostia.

En todo caso, como explica José Miguel Parra en el enlace que pongo más arriba, los papiros matemáticos egipcios demuestran que desconocían el número Pi; y la aproximación de la Gran Pirámide a dicho número se debe al uso de un triángulo o seqed de unas dimensiones concretas para determinar la inclinación (triángulo que se puede ver aquí). Por lo tanto, el uso de determinadas proporciones para establecer la inclinación de la pirámide resulta en una determinada relación, pero no se basa en ella.

En todo caso, alguien que, desde las orillas del Nilo, es capaz, como en el crimen de los Urquijo, sólo o en compañía de otros, de construir un edificio cuya altura es exactamente una división de la distancia entre la Tierra y el Sol... ¿cómo es posible que sólo realice aproximaciones más o menos felices al número e y, sobre todo, a una división tan sencilla como 1.000.000/3.600?  ¿Es que los romulianos se dejaron el iPad con calculadora en Alpha Centauri, o mandaron a los becarios, o qué?

Otra cosa que es enternecedora es el asunto del múltiplo de 888. Resulta que el autor de la tesis ha encontrado que un montón de dimensiones de la pirámide se relacionan con este número. Como no hay tradición en ninguna parte sobre él, el entrevistador periodístico, con su culturilla, saca el famoso asunto del 666, el número del Diablo. Y atenta la compañía con la respuesta: "El análisis del 888 nos lleva seguramente a entender que lo del 666 es un mito, como tantas cosas que nos llegan de la antigüedad. No he encontrado a nadie que me sepa explicar esta ley a nivel matemático. El dios único se oculta tras el 888. Es un tema complejo y apasionante. Utilizaron el 888 como confirmación del espacio y el tiempo del monumento."

O sea, empiezo por destrozar una gilipollez mistaboba (la del 666) para construir otra (la del 888) a pesar de que yo mismo reconozco que no tengo ni puta idea de cuáles son las relaciones o secretos que puede portar dicho número; y, a pesar de no tener ni puta idea, hago afirmaciones categóricas: "está", "utilizaron".

Eso sí, doy el aldabonazo mistabobo: "el dios único se oculta tras el 888". Pero... ¿por qué único? ¿Eran monoteístas quienes construyeron esa pirámide que se rige por las dimensiones del 888? ¿Acaso no eran muchos de ellos rígidos creyentes de la Enéada Helipolitana que, como su propio nombre indica, está formada por nueve pollos divinos?

Pero... ¡un momento! Si dividimos 888 (la proporción egipcia) entre 9 (los dioses de la Enéada) nos da aproximadamente 98, que es... ¡la distancia entre Madrid y el monasterio de El Paular!

¡Dios mío! ¿Qué sabían los egipcios que también sabían los cartujos medievales castellanos? ¿Quién es, hoy, el secreto guardián de esos adelantadísimos conocimientos piramidónico-numerales-gnóstico-astrofísicos? ¿Rouco Varela, Perales? ¿Acaso murieron con Torrebruno?

Acto seguido, el autor hace una serie de calculines relativos a la edad de la pirámide y, "con la ayuda de un avanzado programa informático" (que no falte la cita al uso de herramientas supersofisticadas, como para darle mayor empaque al mensaje) descubre que "una de las fechas en las que se cumplían los datos de Plutarco, era exactamente 1.000 años antes del día señalado por el canal que fijaba el final de las obras". ¿Una de cuántas? No nos lo dice; tal vez porque autor tan avezado en las matemáticas sabe bien que si una de dos fechas da lo que queremos, es como para sospechar; pero si es una de 25.000, ya la cosa se acerca más al concepto de lo científicamente endeble.

De ahí concluye que la pirámide celebra algo que pasó 1.000 años antes de su construcción (pero que parece ser habría que mantener en secreto, porque ningún testimonio lo indica), y ese algo es el Diluvio Universal. Como digo, lo más extraño de esta hipótesis (como la de que la pirámide estuviese coronada por una esfera que nadie reproduce ni describe, ni en la de Keops, ni en ninguna pirámide) es que nadie la cite. Siendo lo cierto que los egipcios son bastante dados a describir las grandes catástrofes de que son objeto, como bien sabe cualquiera que se haya leído el papiro de Ipuwer, incluso en diagonal, como hizo Abraham Velikowsky.

Considera el autor que Osiris, el moderno Onofre, era un pollo físico, un extranjero que trajo a Egipto la agricultura; o, tal vez, la metáfora de un pueblo entero. Llama la atención al teoría cuando antes ha dicho que "el génesis egipcio es diluvial", como lo son otros muchos; frase en la que está apuntando algo a mi modo de ver más preciso, como es la conexión del mito osiríaco con otras creencias religiosas, que se desarrollan durante milenios y acaban instilándose en el propio cristianismo. El principio del mundo se explica mediante un diluvio en las tradiciones trazables en: Australia, Babilonia, entre los indios canadientes, las razas originales bolivianas, en Borneo, en China, entre los masai, en las islas Fiji, Guayana, Polinesia, la antigua Grecia, Persia, Islandia, la India, Malasia, Nueva Zelanda, México, Perú, la península itálica, Vietnam...

Más parece que Osiris es una realización de la sociedad egipcia de una serie de mitos genéticos y religiosos que se repiten en el ámbito mediterráneo, por no decir en el mundo entero.

Lo más triste de toda esta milonga, en todo caso, es el hecho de que esta sarta de teorías, digamos, no exentas de cierto folklorismo, haya merecido un cum laude por parte de una universidad española. Es más que posible que alguno, si no todos, de los miembros del tribunal que han concedido dicha calificación luego salgan a la calle con una camiseta verde pidiendo una enseñanza de calidad. Pero ellos, pidiendo eso, son un oxímoron con pies. Porque una universidad que de tal se precie no puede dar cabida a este tipo de desarrollos intelectuales. Es más: el detalle es una demostración de que la enseñanza de calidad no es, desde luego, un problema de dinero. Porque si el dinero se gasta en pagarle el sueldo a un pollas para que dé clase. más que invertir en enseñanza de calidad, lo que sirve es para ampliar el pudridero.

No puedo confirmar plenamente las noticias que llegan de que las próximas tesis doctorales que juzgará la universidad española estén dedicadas a demostrar:

Que Jenofonte se llamaba, en realidad, Jenaro Fontenova, y era de Madrigal de las Altas Torres.

Que Lluis Companys era descendiente directo de una dinastía ostrogoda emparentada con Zoroastro, escondida durante siglos en los sótanos de una posada de Ametlla del Mar, donde al parecer aprendieron el catalán.

Que el número 3 es la representación simbólica de las trompas de Falopio de Santa Ana.

... y que la mediana estadística del número de toques de balón que hace la Roja por partido, dividido por la magnitud gnóstica representada por el número de pliegues de la túnica del rey David del pórtico de Platerías de la Catedral de Santiago, resulta ser un múltiplo aproximado de la proporción áurea que, dividido por el número de polvos que se estima echó Felipe V, demuestra fehacientemente que el pico Aneto estuvo una vez situado en las coordenadas aproximadas donde hoy está la villa de Nightmute, Alaska.

lunes, junio 04, 2012

Fra Girolamo (2)

En efecto; con su gesto de entrar en el convento dominico, Girolamo Savonarola creía haber ingresado en un cotolengo de pureza divina y, sin embargo, se encontró con una prolongación del mundo externo del que huía. Sus superiores no se preocupaban de rezar y santificar sus actos, sino de incrementar, en la medida de lo posible, la riqueza e influencia conventuales. Él creía que encontraría santos en vida en los claustros de la casa de Dios; pero los únicos santos eran los que vivían en los libros. Como respuesta, incrementó, todavía más, su austeridad e inmolación. En un mundo como el renacentista, que tendía a superar exageraciones ascéticas como la de los monjes y monjas medievales que dormían sobre el ataúd en el que algún día dormirían su sueño eterno, poco a poco, su extrema austeridad y autocrueldad le ganó fama de santo.

viernes, junio 01, 2012

Fra Girolamo (1)


El 25 de abril de 1475, de una forma bastante sorpresiva para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, Girolamo Savonarola ingresaba en el monasterio boloñés de San Domenico. En la carta que le envió a sus padres, ya desde Bolonia, les explicaba que su decisión venía forzada por el hecho de que no podía encontrar un solo hombre en el mundo que hiciese el bien, y que se negaba a vivir como un animal más entre las bestias. De alguna forma, pues, cabe concluir de esta misiva que, en tan temprana edad, Savonarola ya había desarrollado buena parte de la forma de ser, y de pensar, que lo llevaría a convertirse en uno de los principales hombres de la Historia de la península itálica, y quizás de la Europa, de su tiempo.

martes, mayo 29, 2012

Yo, no

Ya sé que voy a escribir hoy sobre un tema que apenas tiene que ver con la Historia; pero de vez en cuando hago estas travesuras en mi blog, que para eso es mío :-)

Pero es que quiero decirlo: yo, no. Cuando se oye por ahí a las gentes que administran Madrid hablando de "todos los madrileños" como los que están detrás del proyecto de solicitar que esta ciudad sea sede de unos Juegos Olímpicos, me interesa dejar claro que yo resido en Madrid; que aquí pago mi IBI, mi impuesto de circulación, mi arbitrio de plusvalías cuando vendo la vivienda, mi Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, y toda la pesca. Que vivo en Madrid, estoy censado en Madrid, voto en Madrid. Y no estoy de acuerdo con que esta ciudad sea candidata a organizar unos Juegos Olímpicos.

Lo dicho: Yo, no.

¿Por qué? Bueno, el origen de todo, alguna vez lo he comentado, ha sido el hecho de la excesiva frecuencia con que observo que los administradores de Madrid toman el poder sobre el espacio público sin consultar a nadie ni tener en cuenta las necesidades de los residentes. Tengo la desgracia de pasar los fines de semana de mi vida en una vivienda del centro de Madrid, eso que antiguamente se llamaba el distrito electoral de Palacio; y no menos de diez o doce domingos al año, me quedo sin calle, sin poder aparcar, o si he aparcado el coche sin poder moverlo; sin poder incluso cruzarla, porque resulta que el Ayuntamiento ha decidido que la calle le pertenezca a Las que Corren Contra el Cáncer de Mama, o Los que Corren la Maratón Popular, o Los que se Tocan los Huevos en la Calle Para Celebrar el 4 de Julio, o Los Que Celebran la Fiesta de la Bicicleta, o Los Devotos de la Virgen de la Candelaria de Urupapá o a Los que Ocupan la Calle porque les Sale de los Cojones.

Los administradores de la ciudad la administran; no la poseen. Que alguna vez que otra haya que hacer alguna celebración, no lo pongo en duda. Si España gana el mundial de fútbol una vez cada cuatro años, bien estará que lo celebremos en Colón; pero si hubiera diez mundiales al año y todos los ganase, la verdad, con todos mis respetos, que se vaya la puñetera Roja, con su autobús de dos pisos, a celebrar al Cerro de los Ángeles, o a los Monegros.

Lo de nuestro Ayuntamiento es exagerado por demás y, lo siento, pero me da igual, y lo escribo porque como ya he opinado esto mismo en el pasado me conozco alguna que otra respuesta, que Mapoma pague por ocupar las calles con sus etíopes campeones del mundo. Yo soy quien no puedo circular libremente por mi barrio, y no veo un duro.

Así pues, mi primera reacción ante la eventualidad de una Olimpiada en Madrid es acojonarme. Imagino la cantidad de calles, plazas, intersecciones y aceras que quedarían embargadas porque es que resulta que pasa Rafa Nadal camino del meadero o se celebra un encuentro de lanzadores de jabalina irlandeses escrofulosos. Imagino la cantidad de veces que habría que resetear el móvil por los barridos de la policía (que son muy curiosos: te tuestan el teléfono pero no te enteras, así que lo mismo te está llamando tu madre, anegada en lágrimas, porque se ha muerto tu tía Puri, y tú sigues por ahí, de cachondeo...)

No hay más que acercarse por el Bernabéu o el Calderón o el Palacio de los Deportes el día que hay partido o canta Madonna para irse haciendo una idea de lo que son estas reuniones de masas. O la feria de San Isidro, en el curso de la cual el Ayuntamiento usurpa calzadas enteras para convertirlas en improvisados aparcamientos, mientras al vecino de la zona que le vayan dando. Elévese cualquiera de estas cositas a la sexta potencia, y tendremos una Olimpiada.

Otra cosa por la que no quiero la Olimpiada es porque no me apetece pagar el café con leche a tres euros de hoy en día. Con la Expo, en las cafeterías de Sevilla el café subió a cien pesetas. Que levanten la mano los sevillanos que volvieron a verlo a setenta tras la celebración.

La tercera gran razón por la que no quiero la Olimpiada es porque no podemos pagarla. Sí, ya sé que el 80% de las instalaciones están hechas. Pero eso sólo quiere decir que todavía hay que gastar un euro más por cada cuatro gastados.

Todo esto, en cualquier caso, queda anulado por un gran argumento: "Es incómodo, pero merece la pena, porque luego la ciudad queda chuli y se gana un montón de pasta".

Lo cual, simple y llanamente, es mentira.

¿Las olimpiadas dan dinero? Bueno, digamos mejor que algunas olimpiadas dan dinero, como Los Àngeles. En realidad, la mayoría de las olimpiadas pierden pasta por un tubo.

El estadio olímpico de Montreal se terminó de pagar en el 2006 (¡¡¡treinta años después!!!) Yo, personalmente, no conozco a nadie que haya ido jamás a hacer turismo a Montreal; menos aún, con el argumento de que "es que allí fue la Olimpiada". Se podría escribir: "los griegos a duras penas sobrevivieron a las consecuencias de sus JJOO"; pero sería mentira, porque, en realidad, no han sobrevivido. La todopoderosa URSS tuvo que arrañar recursos, sobre todo alimentarios, de todos sus países satélite, para alimentar a las hordas participantes en su Olimpiada; nadie sabe a ciencia cierta cuánto palmaron, y eso que muchos países no fueron. Lo mismo pasa con los chinos, que no dicen ni mú de los excelentes resultados que por lo visto tuvieron. Y en Sidney hay infraestructuras construidas para la Olimpiada que ya no se usan a día de hoy. Como las habrá en Londres porque Londres, entre otras cosas, está construyendo un pabellón de balonmano con capacidad para 12.000 personas. Los ingleses aman el balonmano más o menos lo mismo que los banderines de Gibraltar Español.

En realidad, el gran trile de ese rollo de que unas Olimpiadas dan dinero, Barcelona incluída, está en un concepto que se llama amortización. Amortizar es lo que todos deberíamos hacer y no hacemos, pero que las empresas vienen obligadas. Cuando compras un bien, has de provisionar, cada año, su pérdida de valor pues, de lo contrario, tu patrimonio es menor. La amortización es un elemento fundamental del flujo de caja de cualquier empresa, y de sus beneficios.

En la mayoría de los casos, cuando se producen unos JJOO, nadie calcula la amortización de las infraestructuras que se construyen. En realidad, para que unas Olimpiadas den dinero de verdad, sus beneficios no sólo deberían ser tales que los ingresos superasen a los gastos (concepto normal de beneficio en estos casos); además, los ingresos deberían generar un excedente suficiente como para permitir amortizar los bienes construidos. Porque si no es así, si nadie, ni el Comité Olímpico, ni el Comité Organizador, ni la ciudad anfitriona, ni el Estado del país anfitrión, amortiza La Peineta, entonces alguien, por definición, está perdiendo patrimonio cada segundo que pasa.

Ese alguien somos nosotros. Todos nosotros.

(Este mecanismo de no amortizar la infraestructura es el mismo que se usa para hacer rentable el AVE, por cierto).

Se nos dice: una olimpiada genera un montón de actividad después de producida. Vienen mogollón de turistas porque la gente del mundo se entera de que existes.

En una de sus novelas de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán hace a su protagonista coger un taxi en Bangkok, Tailandia. El taxista habla con él y le pregunta de dónde es. Cuando Carvalho le dice que de Barcelona, el taxista se pone a declamar: "Barcelona, Maradona; Barcelona, Maradona..."

Con todos los respetos, eso de que unas olimpiadas te dan visibilidad mundial funcionará para Saint Lô o para Viveiro, provincia de Lugo; pero a Barcelona, Madrid, París, Tokio o Chicago, ni puta falta que les hace; acabamos de leer, y es verdad total, que la edad de oro de Guardiola ha hecho más por Barcelona que una Olimpiada de ocho meses.

Es mentira que la gente decida viajar a una ciudad en el año N+1 porque en el año N organizó una Olimpiada. Eso lo saben bien en Barcelona, donde tuvieron que ponerse a parir echando hostias el fistro diodenal del Fórum de las Culturas para darle a la ciudad la continuidad que por lo visto le iban a aportar las Olimpiadas by default. Eso lo saben casi todos los organizadores de Expos mundiales, que se apresuraron a aprovechar la ocasión para crear algo más duradero, desde la Torre Eiffel hasta el Atomium, porque eso sí que trae visitantes.

El truco del almendruco es presentar el gasto como una inversión. Construir infraestructuras deportivas es, así, de entrada, un gasto, no una inversión. Por la simple razón de que una piscina de 50 metros no es el desdoblamiento de una carretera. Eso sí, como demostró la Olimpiada de Barcelona, un proyecto olímpico también tiene una vertiente urbanística, que en principio se autofinancia, porque cuando los deportistas dejan la Villa Olímpica, te quedan unas viviendas cojonudas para vender.

Pues sí. Pero, ¿y si falla? Porque resulta que una cosa que hemos aprendido, dolorosamente, en los últimos tiempos, es que no siempre una vivienda a la venta encuentra comprador; o banco que financie la compra. ¿Acaso no iba a ser la operación Madrid Río-soterramiento de la M30 un negocio seguro? ¿No se iba a hacer allí un huevo de pasta comercializando suelo y viviendas? Madrid Río será la polla de Montoya, no lo niego; pero, amable lector, si eres ciudadano de Madrid, permíteme que te recuerde que, bonito y todo, todavía lo debes. Y que, ítem más, la posibilidad de que se financie con suelo se ha sfumatto.

Así, a las claras: una Olimpiada es una operación económica de riesgo. De muy alto riesgo. Tan alto, que los dedos se hacen huéspedes para contar todos los que se han dado una hostia en todos los morros en las últimas décadas organizándola. El triunfo, si llega, tendrá muchos padrinos pero el fracaso, si se produce, sólo tendrá un pagano: tú. Y yo, claro.

Sinceramente, no creo que tengamos el chirri para estos ruidos.

Yo, no.

lunes, mayo 28, 2012

Dónde vas, triste de ti...


Una vez más, para empezar este artículo os voy a llamar la atención sobre un efecto que yo llamo el espejismo del presente. Este pequeño síndrome indoloro y de poca importancia consiste en considerar que lo que pasa en el presente siempre es lo más de lo más de lo que le ha pasado a la Humanidad en toda su existencia. El síndrome del presente tiene una base cierta, desde luego. Es probable que la mayor manifestación en las calles de la Historia de España se haya producido hace relativamente poco tiempo; pero eso es así por la simple razón de que hoy hay más españoles que hace cien años, y que los que hay tienen más posibilidades de allegarse al lugar de la mani que las que tenían sus abuelos. Si alguno de mis amables lectores tiene la paciencia de leerse en la prensa de la época los relatos de una manifestación monstruo que hubo en Madrid en 1930 tras un gravísimo accidente laboral en unas obras de la calle Alonso Cano (manifestación que acrisoló la reacción frente al accidente y otras muchas cosas), encontrará que lo que dicen esas crónicas del espacio que ocupaba la masa de manifestantes es bastante parecido al que ocuparon los que asistieron a la mani contra la guerra de Irak. Pero, claro, no es lo mismo llenar las calles en los albores del siglo XXI que setenta años antes.

viernes, mayo 25, 2012

Nuevo alumbramiento

Llevo unos días muy liado y con poco tiempo para sentarme al ordenador. No obstante, he ido avanzando en algún que otro futuro post y, en paralelo, también me las he arreglado para terminar de peinar La derrota de Aquiles, mi segundo libro. Esta vez, a causa de la crisis, el precio ha subido 14 céntimos, hasta el euro justo :-D

Mis lectores del blog deben saber que este ensayo es más grande, y yo diría que completo, que el conjunto de posts en los que está basado. Hay todo un capítulo, el dedicado al colapso final de la URSS, que es totalmente nuevo: nunca se ha publicado en el blog.

Como quiera que Kindle tarda horas o días en poner efectivamente en publicación el libro (por eso no puedo poner aun enlace), os dejo hoy su prólogo, para que os vayáis haciendo una idea.

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Pocos hechos históricos hay más fascinantes que la revolución rusa. Lo fue en el momento de producirse, pues vino a suponer la dramática colocación de la clase obrera en primera línea de la Historia; y lo siguió siendo durante décadas; primero, como alternativa general a todo lo que el marxismo consideraba regímenes burgueses; y, a partir de la segunda posguerra mundial, como elemento de referencia fundamental para todos aquéllos que deseaban propugnar un modelo alternativo al representado por los Estados Unidos de Norteamérica.

Verdaderamente, la URSS es un importantísimo experimento dentro de la Historia de la Humanidad. Un experimento fallido. Sus defensores, normalmente, pueden gestionar este problema, porque los fallos se pueden explicar de muchas maneras. Desde los años sesenta, de hecho, eran ya comunes las explicaciones de politólogos y estudiosos, en el sentido de que las fallas del comunismo no se debían a él, sino que eran meras consecuencias del hecho de que el sistema soviético tuviese que desarrollarse en un ambiente hostil, dominado por su enemigo estadounidense. Esta tesis no deja de ser curiosa, puesto que porta, de forma un tanto connotada, el hecho sistemáticamente negado por los sovietófilos: la pérdida, por parte de la URSS, de la Guerra Fría. Pues si Estados Unidos podía acorralar a la URSS, eso sólo podía ser porque la hubiese vencido. Los que van perdiendo, o empatando, no tienen, por lo general, capacidad de acorralar a nadie.

Con todo, el gran elemento que desorientó definitivamente a las visiones facilonas o directamente proclives a la URSS, fue la extraordinaria rapidez y ausencia de conflicto con que desapareció. En este sentido, el mutis por el foro de la Historia por parte del comunismo fue muchísimo menos traumático que su entrada. La entrada en escena de la revolución marxista, hasta entonces un hecho teórico como otros muchos, vino precedida de décadas de dramática y crudelísima inestabilidad y violencia en Rusia, y tuvo como consecuencia una muy sangrienta guerra civil. Alumbrar un régimen comunista no fue fácil y costó un genocidio; en realidad, varios.

El gran poder acumulado por la URSS, y el hecho de que su importancia pasó muy pronto a ser mundial, con un rosario de países que dependían de su modelo y otros muchos que coqueteaban con dicha dependencia en mayor o menor medida, hizo pensar a muchos, en realidad a todos, que la URSS era too big to fail. Porque nadie, jamás, que haya leído yo, siquiera avizoró que, algún día, el régimen soviético se disolvería como un azucarillo.

Y, sin embargo, así fue.

Este ensayo trata de analizar los elementos que pueden explicar por qué se produjo esto. Por qué uno de los dos ejércitos más poderosos del mundo y, probablemente, la policía con mayor capacidad de control social; por qué un país cuya élite gobernante no había sido ni medianamente molestada por oposición interna alguna durante siete décadas; por qué, al fin y a la postre, un régimen blindado para durar 107 años, simple y llanamente, desapareció.

Hay una cosa que este ensayo hace a propósito, y por eso quiero dejarla clara en este punto. Hablo en él de los condicionamientos económicos, que tuvieron gran importancia, más en los países satélites de la URSS que en la Unión misma. Sin embargo, le he puesto algo de sordina a la cuestión económica porque, en mi opinión, hablar en exceso de la economía, apoyarse en exceso en el colapso económico de la URSS como explicación de su desaparición, puede resultar equívoco.
La importancia de la economía en el colapso soviético es innegable. Pero, a mi modo de ver, en el caso de la URSS, el colapso económico es sólo un síntoma y aquí, al menos, la intención es elaborar un relato en torno a las razones profundas de la caída. La China del siglo XXI ha demostrado que es posible orillar la contradicción interna de la economía centralizada, incapaz de garantizar tasas de crecimiento sólidas y continuadas; aunque también es cierto que eso lo ha hecho negando, cada vez en mayor medida, las esencias de la propia economía centralizada. Esto es algo que también podía haber hecho la URSS, y de hecho tentó hacerlo varias veces. Así pues, puesto que la economía no lo explica todo, hay que dejar espacio para otros ejercicios.

Ejercicios que están muy relacionados con una pregunta aparentemente sencilla, pero cuya contestación no es, a mi modo de ver, nada fácil: ¿cuándo, exactamente, colapsó la URSS? ¿Cuándo alcanzó el país ese punto de no retorno en el cual el edificio ya no puede hacer otra cosa más que derrumbarse? Porque las personas que están en un edificio que se derrumba no lo abandonan un segundo antes de que caiga; lo hacen bastante antes, que es cuando alguien grita: “¡Todo el mundo fuera, va a derrumbarse!”

Esta es una cuestión que no tiene respuesta precisa en el momento presente, cuando menos en mi opinión. ¿Quién asestó la puñalada final a la URSS? Pudo ser Richard Nixon, por ejemplo; su visita a Pekín, y los cambios sistémicos que acabó provocando en el juego mundial de poderes labraron un porvenir imposible para la URSS, cuyo estatus dependía, en buena medida, de la conservación de la situación pactada en Yalta. También pudo ser Ronald Reagan, con su brusco giro estratégico en la cuestión armamentística, que dejó a los soviéticos sin espacio para revolverse. O pudo ser el propio reformismo soviético, los Andropov (quizá), Gorvachov, etc.

Yo creo que fue Leónidas Breznev.

Según esta tesis, la gran desgracia de la URSS es que Leónidas Breznev viviese los diez últimos años de su vida. La crisis económica de los setenta, en los países democráticos, acabó llevándose por delante a todos los gobiernos a los que les estalló en las manos; lo cual es lógico, porque todos eran gobiernos diseñados para gestionar una abundancia que, de repente, desapareció; y carecían de discurso para la austeridad. Este cambio abocó a muchos países occidentales a cambios muy dramáticos, de signos diversos: Francia y España, a la izquierda; Reino Unido y Estados Unidos, hacia la derecha. Pero, al fin y a la postre, esos cambios colocaron las cosas en su sitio, permitieron el refresco de las estrategias, y acabaron mutando en crecimiento y flexibilidad.

El gran defecto de la URSS, sin embargo, fue siempre su rigidez. Rigidez que, en los tiempos de Breznev, llegó a cotas siderales. Al líder soviético todo lo que importaba era no ser un nuevo Khruschev; él moriría, y murió, en la cama y ostentando la Secretaría General del PCUS. Para conseguir eso, dio tantas garantías a todas las partes interesadas en el juego de poder que, tomando una máquina que ya avanzaba a paso de tortuga, la paró por completo y la clavó al suelo.

Ciertamente, la muerte prematura de Breznev, probablemente, poco habría conseguido. Vivo Milhail Suslov, la nomenklatura soviética, con seguridad, lo habría preferido a cualquier otro. Y, si no, habría sido Kossigin; o Gromiko. Difícilmente habría quedado sitio para el reformismo. Pero, al menos, alguna posibilidad habría de que el modelo soviético jugase una carta que, sin embargo, merced a su longevidad, Breznev se llevó a la tumba, cosida a la manga.

La URSS murió, a mi modo de ver, por no haber sabido adaptarse y reaccionar a todo lo que pasó en el mundo entre 1975 y 1985. El 1 de enero de 1986, el Telón de Acero, mutatis mutandis, había caído. Para entonces Milhail Gorvachov llevaba unos meses al frente del Kremlin. Pero, la verdad sea dicha, ya daba igual.

miércoles, mayo 23, 2012

Más con menos

La mayor parte de las personas que me rodean en mi vida, digamos, "oficial", no sólo saben poco de Historia, sino que no les interesa. La Historia no es, hay que entenderlo cuando te gusta, un tema fácil de conversación, como no lo es, un suponer, la bioquímica. Si discutes de bioquímica con un bioquímico, lo normal es que te sientas frustrado y él se aburra. Ésta es, para mí, una de las razones por la cual existe el deporte colectivo. Todo el mundo tiene en la cabeza la forma ideal de distribuir los recursos con que cuenta Tito Vilanova, que no necesariamente coincide con la que él llevará a cabo. Pero no todo el mundo tiene herramientas suficientes para ofrecer alternativas al Pacto de Tordesillas.

De vez en cuando, sin embargo, como las tertulias entre amigos son ricas y viajan con rapidez de unos temas a otros y, además, tienen una gran capacidad de ilusionarse con asuntos que inicialmente son chorradas, va y salta la liebre, y aparece, como si tal cosa, un debate histórico. El otro día me pasó eso, con varios buenos amigos alrededor de un pincho de tortilla. Ponderando méritos, de momento dentro del mundo de la empresa, discutíamos sobre cuál de los nuevos tycoons, desde el fundador de Facebook hasta Amancio Ortega, tenía más mérito. Los cuatro descubrimos pronto que hay un especímen de hombre de éxito pero de no mucho mérito, que ejemplificamos en la figura de Charles Foster Kane, el ciudadano Kane que interpretara Orson Welles. Kane construía un gran imperio, sí; pero, aunque desgraciado, ya era millonario cuando llevaba pantalones cortos. No es lo mismo que encerrarte en el garage de tu casa, inventar una maquinita que juega al tres en raya y, más allá, andandirri, construir la Microsoft. O Apple. O Google. O...

Resbalando por los puntos suspensivos, llegamos, yo no sé muy bien cómo, a la Historia. Podría haber sido yo quien propusiese tal cambio; pero la verdad es que no fue así. De una forma natural y difícil de describir, nos encontramos discutiendo sobre este mismo concepto, pero en el terreno histórico. ¿Quién, de alguna manera, consiguió más con menos? Y hubo candidatos para todos los gustos.

Surgió, por ejemplo, Mahatma Ghandi. La tesis es alentadora e interesante: con muy poco, pues Ghandi vivía muy modestamente y contaba con muy pocos medios efectivos para difundir su mensaje, consiguió la independencia de la India. Esta tesis primaria, sin embargo, fue rápidamente discutida. En primer lugar, porque la frase "Ghandi consiguió la independencia de la India" es una generalización buenista excesiva. La independencia de la India tiene más que ver con la segunda guerra mundial, que obviamente dejó a Gran Bretaña hecha una braga; a la clarividencia de Clement Attle de darse cuenta de que aquel momio no se sostenía ni medio minuto más; y el sacrificio personal, probablemente muy costoso, que hizo Winston Churchill aceptando el principio de que la corona inglesa debía desprenderse de su mayor joya.

Otro argumento en contra de Ghandi es que él, personalmente, podía ser un pacifista y tal; pero lo cierto es que la independencia de la India está muy lejos de ser un lecho de rosas en el que Rita Irasema canta Lanza perfume mientras unas bailarinas de Bollywood se contorsionan en segundo plano. La independencia de la India supuso una dolorosísima particiòn, que conllevó el exilio masivo de quienes estaban mal colocados (hindús en la zona musulmana de Mohammed Ali Jinnah, musulmanes en la zona que gobernaría Pandit Nehru); exilio durante el cual un montón de gentes fueron apioladas, en ocasiones mediante prácticas tan poco edificantes como mutilarle los senos a las mujeres antes de matarlas, o arrancarles a los hombres los ojos con ganchos.

Una cosa curiosa que trajo la conversación por sí sola es que surgían, casi de forma natural, nombres de dictadores. Se recordó, en este sentido, la situación casi terminal con que se encontró Adolf Hitler en Alemania, con un desempleo millonario y una industria en constantes fibrilaciones auriculares; como se recordó la situación que tuvo que gestionar Mao Zedong, en la que no sólo se enfrentaba a una fuerza política, el Kuomingtang, extraordinariamente ambiciosa, sino insultantemente superior en medios a la suya. Y no sólo eso; en el caso de Mao, existe, además, el agravante de que recibió instrucciones del mando (Moscú) de contemporizar con su enemigo, lo cual provocó que Chang Kai Chek se dedicase a matar comunistas a pares mientras éstos sonreían como chinos que no entienden lo que se les está diciendo. Aunque no quepa hablar de dictador sensu stricto, también surgió la figura inevitable de Napoleón Bonaparte, el hombre que puso a Europa de rodillas usando para ello el ejército de un país que salía del periodo más inestable de su Historia.

En términos generales, aunque con algún que otro voto particular, estuvimos de acuerdo en que no tendría mucho sentido otorgar la medalla del Más por Menos a una persona que fuese dictadora, entiendo por esto persona que, viviendo en tiempos en los que la soberanía popular era ya un hecho conocido, no la ejerciese o permitiese. Entendimos que el hecho de ser dictador, de no tener que someterse a más auditoría que las de Dios y la Historia, es ya de por sí una ayuda suficientemente relevante como para pensar que la carrera se hace por el carril de dentro, haciendo, pues, menos metros que otros en las curvas.

A partir de ahí, comenzaron a surgir candidaturas bastante curiosas. Uno de mis contertulios defendió, con pasión encomiable, la candidatura de Enrique el Navegante (o Nave Gante, como le hice yo notar, en apostilla un tanto pollas; puesto que era nieto de Juan de Gante...). En la Edad Moderna, decía, ha habido tres breakthroughs que han cambiado las fronteras del mundo: uno es el ferrocarril, otro es internet. Pero el primero, según mi contertulio, eran los años de los navegantes y, muy especialmente, las enseñanzas surgidas de la denominada Escuela de Sagres, que sin Enrique, probablemente, jamás habría existido. Entre cerveza y cerveza, recordando la idea genial del portugués de reunir en un solo lugar, inventado para la ocasión, todo el saber disperso sobre las fronteras del mundo, alguien lo llamó "el inventor del I+D+I", que no deja de tener coña. Pero, de nuevo, surgieron las contraversiones. Otros nos preguntábamos hasta qué punto los logros de Enrique, asomando al mundo occidental al balcón del cabo Bojador y mostrando todo lo que había más allá, no se apoyaban en el poder intrínseco que en aquel momento atesoraba la economía de Portugal. O sea, nos decíamos: cuando un científico descubre una terapia genética contra la salmonelosis, ¿qué parte de mérito tiene él, y qué parte la Slacker Corporation, que financió las investigaciones?

Un poco en este terreno, surgió la candidatura colectiva de la casa real holandesa. Los Países Bajos, se decía, ni siquiera llegaron a la Edad Moderna siendo un país. Sufrieron una guerra de décadas. El país en sí, por lo demás, es bastante feraz y, además, no hay que olvidar que una parte sustancial del mismo ha tenido que ser robado al mar. Holanda nunca contó especialmente desde el punto de vista militar, teniendo que echar mano de alianzas. Y, aún así, se las arregló para construir un imperio; un imperio comercial y financiero (suya es, de hecho, la primera espiral especulativa que se conoce, la de los tulipanes) con importantísimas posesiones en ultramar.

Para los lectores de este blog, que sé que los hay (entre ellos, Tiburcio) que son duchos en asuntos bélicos, debo reconocerles que no había entre el público gentes aficionadas como ellos; así pues, a pesar de que el bélico es un terreno natural para esta discusión (qué general ganó batallas, o guerras, contando con fuerzas objetivamente inferiores), lamento decir que este tipo de temas se trataron de pasada. Me dio tiempo a mí, eso sí, de citar a Cayo Mario, quien, en mi opinión, se encontró una Roma que las estaba pasando putas en sus posesiones itálicas y galicanas y que, además, tenía una institución militar obsoleta, basada en algo parecido al concepto de hidalguía o propiedad, con la que apenas habría podido defenderse de las tendencias centrípetas que, sobre todo en las principales ciudades itálicas, eran más que evidentes. Con muy poco, es decir los habitantes del census capiti, acostumbrados a vivir y morir lejos de la realidad militar (y sus eventuales recompensas), Mario construyó una máquina militar que le dio la vuelta a la situación y empezó a poner a Roma en el puesto que finalmente hubieron de reconocerle el mundo, y la Historia.

Supongo que a mi amigo Eborense le gustará saber que los nombres y hombres del ejército español que ganó la Guerra de la Independencia también fueron defendidos con ardor. Bueno, nombres y hombres... tuve que amenazar con comerme toda la tortilla si María Pita no era incluída en el capazo.

La partida terminó en tablas, como tenía que ser. Estoy seguro que en una conversación como aquélla, surgida de forma espontánea, relativamente breve y no preparada, se dijeron cosas un tanto absurdas y, sobre todo, hubo un montón de referencias que se quedaron en el tintero. Por mi parte, desde luego, tras proponer unos nombres y otros, acabé por decir que mi candidatura está muy clara.

Y quien sea lector habitual de este blog no se extrañará de lo dicho.

En mi opinión, no hay en la Historia del mundo un solo personaje que con tan poco hiciese tanto, como Pablo de Tarso. Todo, absolutamente todo, lo tenía en contra. Desarrolló una creencia a partir de la fe propia de un pueblo menor en el orbe del mundo; una fe que se caracterizaba, como se caracteriza, por enormes elementos de rigidez, que hacían muy difícil su adaptación a otros mercados. La primera oposición que sufrió, por lo tanto, fue la de los propios creyentes de la fe de sus padres, que él quería identificar con la nueva que desarrolló.

La idea básica del paulismo es bífida. Por un lado, expandir una fe nacional, racial, a todas las razas del mundo, los gentiles, con especial atención hacia los que no importan un carajo: mujeres, humildes, enfermos... Por otro lado, perfeccionar la fe judía con un concepto, el de la resurrección del Mesías, diseñado para ser atractivo a los no judíos, y a los que sufren.

Mahoma, siglos después, se daría un hostión en todas las narices cuando intentó convertir a los muchos hebreos residentes en la península arábiga a las creencias descritas en el libro que le prestó el arcángel Gabriel. Falló donde el de Tarso salió razonablemente indemne, lo cual tiene su mérito.

A base de escribir cartas a comunidades de gentes de escasa laya, de patearse el mundo conocido, de tratar con gran paciencia y diplomacia a la constante amenaza de secesión de sus creyentes de origen hebreo, Pablo de Tarso estuvo en condiciones, en un periodo de tiempo muy pequeño considerado en términos históricos, de pensar en meter a Roma en su capazo. Muríó en el intento, eso sí; y no sólo eso, sino que esas cosas que tiene el guión del cristianismo, todo aquello de tú eres Pedro y mi piedra y lo que ates y desates y tal, resulta que la tumba alrededor de la cual la Iglesia católica se construye no es la suya, como debería ser, sino la de Pedro.

Nadie, lo repito, consiguió tanto partiendo de una situación tan abocada, objetivamente, al fracaso y el olvido.

Claro que, me dijeron mis contertulios, esta candidatura tampoco vale. Al fin y al cabo, le iluminaba el Espíritu Santo...

martes, mayo 22, 2012

Soon...





¿Mola?








Coming soon... :-DDD

lunes, mayo 21, 2012

A por el 10...


¡Décimo sexto en ranking de Kindle-Historia! ¡Wow!

La Restauración


Con el fracaso de la monarquía de Saboya y la I República española, al tiempo evidente y doloroso, los ojos de España se volvieron hacia la institución monárquica. Pero aquella apelación ya no podía ser, como lo había sido apenas unas décadas antes, sin condiciones. Entre 1820 y 1870, en apenas cincuenta años, habían pasado en el país un montón de cosas, entre ellas dos guerras civiles y una tercera que estaba en ciernes, que habían cambiado totalmente los puntos de vista.

La sociedad española no estaba dispuesta a aceptar un rey asentado sobre los principios de la tradición. Medio siglo antes había sido posible dar vivas al encadenamiento de un pueblo que obedece a un rey absolutista; pero, por medio, España había cambiado tanto, y tan rápido, que la presencia liberal en el país, que había sido aplastada por un ejército absolutista extranjero menos años antes que los que ahora hacen de la guerra civil, ya no podía ser obviada en modo alguno. El condicionamiento liberal era muy fuerte, así pues, mientras el carlismo español seguía hablando de rancias normas de abolengo, de cómo los borbones habían conculcado las sagradas normas de la sucesión agnaticia de la corona, España no estaba ya para escuchar esas milongas (aunque cabe recordar que este argumento, el de que el rey debe serlo porque le corresponde por derecho histórico, volvería a ser desapolillado por un príncipe presuntamente moderno, Juan el Veleta, cuando le dio la ciclotimia antifranquista). A los carlistas, a finales de siglo, les apoyaban, fundamentalmente, quienes siempre habían tenido algo más que ganar que el puro tradicionalismo católico monárquico, es decir los nacionalismos vasco y catalán.
Sin embargo, la restauración borbónica tampoco estaba clara. En París, en el palacio Basilewski, residía la reina Isabel II, que había sido puesta en la frontera por la revolución de 1868, llamada La Gloriosa; y, en realidad, un monárquico que se precie de serlo nunca aceptará que la monarquía regrese en otra persona que en la del rey depuesto, si sigue vivo. La candidatura de Isabel II, sin embargo, era incómoda y roñosa, un tanto chirriante, como sabían bien los monárquicos más, digamos, modernos de su momento. Isabel, igual que nunca se había librado de esa incómoda lesión herpética que siempre le dio de sufrir, tampoco se había librado nunca del hecho de que había nacido, y crecido, absolutista. Los españoles sabían que el concepto que tenía aquella reina de compartir derechos con el pueblo era la fórmula de Carta Otorgada, esto es, el rey dice: si te doy derechos y potestades, pueblo mío, es por la única razón de que me sale(en este caso) del juju.

Hay dos personas que, a pesar de tener un perfil conservador evidente, tenían muy claro que la vuelta de la monarquía no podía pasar por Isabel II y su entrepierna del Antiguo Régimen; dos personas, por ello, fundamentales para la Historia de España. Una es Antonio Cánovas del Castillo, el gran muñidor de la Constitución de 1876, un ejercicio jurídico interesante consistente en redactar un texto constitucional en el que, cuarta arriba, cuarta abajo, cabía cualquier cosa. La otra persona era José Isidro Pérez Ossorio Silva Zayas Téllez-Girón, marqués de Alcañices  y de los Balbases y duque de Sesto, a quien, para abreviar, la propia reina conocía como Pepe.
Pepe es un elemento importante en la Historia de España porque es, realmente, quien abate la intención de la reina de hacer un casus belli de su vuelta a España en loor de monarquía. El partido conservador, o sea la derecha de la derecha, y muy especialmente Juan de la Pezuela y Ceballos, primer conde de Cheste, le come la oreja a esta monarca exiliada, de toda la vida aquejada de cierto furor uterino, con que ella debe de ser la reina. Como digo Cheste, como otros correligionarios suyos, no hace sino aplicar el catón del buen monárquico absolutista, para el cual el derecho a la corona es inmanente y, en consecuencia, no se puede cambiar. Sin embargo, Cánovas no es de esa opinión. Opinaba este político, apoyándose en sus impresionantes conocimientos históricos, que existía un alma inmortal española de la que formaban parte, sobre todo, dos elementos: la institución monárquica, y la religión católica. Sin embargo, como acabo de decir, su visión era institucionalista, no personal; lo cual quiere decir que, en realidad, pensaba que era mejor, incluso lícito y lógico, sacrificar a las personas en aras de la institución. El marqués de los Balbases, o sea Pepe Alcañices, era de su misma opinión. Y lo era desde un monarquismo que no tenía nada que envidiarle al de Cheste. Sin ir más lejos, Alcañices tenía su casa, o sea su palacio, donde hoy está el Banco de España, en la calle Alcalá de Madrid; y, durante el reinado de Amadeo de Saboya, su mujer tenía aleccionado al servicio para que, al paso de la carroza del rey, se cerrasen todas las contraventanas, en signo de desprecio y oposición absoluta al nombramiento del italiano al frente de una corona que ellos consideraban borbónica.
Con esta fuerza moral, más otro factor no desdeñable y es que, en París, la reina era pobre como una perra (con perdón) y era la pasta de Alcañices la que le permitía vivir como vivía, fue como Sesto acabó por convencer a Isabel II de que no pusiera obstáculos a la candidatura de su joven hijo Alfonso a la corona de España. Famosa es la anécdota en la que un día, pasando el hijo al gabinete de la madre, que se encontraba con el marqués, ésta le dijera: “Alfonso, dale la mano a Pepe, que te ha hecho rey”. Frase pronunciada el 25 de junio de 1870; la misma en la que Isabel II firmó su abdicación en favor de su hijo.

Todo el mundo que sabe algo de la Historia de España sitúa en la madrugada del 3 de enero de 1874 el final de la I República española, con la entrada del general Pavía en el Congreso de los Diputados. Es así, pero no del todo. Manuel Pavía y Alburquerque era un militar de pura cepa, que a los 40 años ya era mariscal de campo, y estaba lejos de ser un derechista peligroso, pues en la Historia de España lo encontramos, por ejemplo, acompañando a Juan Prim huyendo a Portugal tras el fracaso de Villarejo de Salvanés. El primer presidente de la República, Estanislao Figueras (quizás el único ejemplo en nuestra Historia de un gobernante democrático que huyó de España tras dimitir de su cargo) echó mano de él cuando cesó al general Moriones, que estaba conspirando en Álava en favor de los borbónicos. Y Salmerón, durante su presidencia, también lo llamó para realizar una campaña anticantonal en Andalucía. De hecho, la I República española le concedió a Pavía la Laureada de San Fernando y el segundo entorchado.

A pesar de todo esto, Pavía siempre ha tenido fama de militar derechón, reaccionario, que entró en las Cortes para quebrar el rumbo de la República, que consideraba excesivamente radical. De Santiago Carrillo se dice que, al entrar los guardias civiles del teniente coronel Tejero en el Congreso el 23 de febrero de 1981, musitó: “Cuánto ha tardado en volver el caballo de Pavía”. Sin embargo, Pavía, como digo, estaba lejos de ser un personaje antirrepublicano, había defendido la República y sido condecorado por ello. Pero era, por encima de todo, anticarlista, es decir, antitradicionalista. Y fue por ello que hizo lo que hizo en enero de 1874. Él mismo explicaría ante las Cortes, años después, que “si yo no hubiese ejecutado el acto del 3 de enero, España entera me habría despreciado y el Ejército maldecido, porque sin aquel acto no hubiera terminado aquel mes sin que entrara en Madrid don Carlos de Borbón”.

Pavía, por lo tanto, tomó el Congreso y expulsó de él a los diputados. Acto seguido, reunió en el salón presidencial al general José Serrano, duque de la Torre; al marqués del Duero, Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen; al marqués de La Habana, José Gutiérrez de la Concha Irigoyen Mazos y Quintana; a los almirantes Pascual Cervera y Topete y José María Beránger y Ruiz de Apodaca; y a los políticos Práxedes Mateo Sagasta, Antonio Cánovas, Alonso Martínez, Nicolás María Rivero, Cristino Martos, Manuel Becerra, Eduardo Montero Ríos, y otros de menor calado. En ese punto, Pavía les comunica su intención de formar un gobierno que acabe con la insurrección cantonal de Cartagena, todavía vigente, y derrote a los carlistas.

Entre los políticos, hubo dos respuestas o, por decirlo así, tendencias. Cánovas propuso un gobierno más o menos tecnocrático, que resolviese más adelante los problemas ideológicos y constitucionales. Cristino Martos, por su parte, propuso la continuidad constitucional republicana, esto es, el nombramiento de una nueva Presidencia de la República. El marqués del Duero, personaje de gran importancia en la institución militar de la época que no por casualidad tiene una estatua en la Castellana de Madrid, requirió a Pavía su opinión; a lo que éste afirmó que no se oponía a la solución republicana, mientras que la república fuese unitaria (o sea, centralista y no federal); Cánovas respondió a eso afirmando su fe monárquica, pero aceptando otorgar su colaboración; o, más bien, su no-oposición.
Pavía estuvo torpón en el siguiente paso. En realidad, sólo impuso un nombre, el de Eugenio García Ruíz, como ministro del nuevo gobierno (Gobernación, o sea Interior). García Ruiz era un furibundo republicano, eso sí unitario, que lanzaba unas soflamas de la leche desde su periódico, que llevaba el significativo nombre de El Pueblo. Con este nombramiento, el militar que había entrado en las Cortes creía salvada la República; con lo que no vio que dejaba demasiados ámbitos de poder sueltos, todos los cuales se los aplicó el general pijo, o sea Serrano.

Bueno, en realidad, aquella tardorrepública era un duopolio: el ejercido por los generales Serrano y De la Concha. El otrora amante de la reina, conocido en los Madriles como El general bonito, contaba con el genio militar de Concha para presentar batalla a los carlistas y, merced a esa victoria, que debemos recordar fue el primer y principal motivo de que Pavía quebrase bruscamente el rumbo de la República, el régimen se prolongaría sin rey, otorgándole a él una presidencia vitalicia, que es lo más parecido a la corona que hay sin serlo. Cuando el marqués del Duero levantó el sitio carlista de Bilbao, por lo tanto, Serrano se apartó para dejarle a su compañero todos los laureles, lanzándole con ello el mensaje de que, si bien el poder político era suyo, el militar sería del marqués. Aquel esquema podría haber funcionado.
Sin embargo, no funcionó. El 27 de junio de aquel mismo año, en Monte Muro, una bala acertó a encontrar el cuerpo del marqués del Duero y acabar con su vida. La muerte de Concha dilató el momento de la victoria militar contra el carlismo y supuso para el duque de la Torre un traspiés insalvable, porque con él había perdido la capacidad de hacer viable su régimen unipersonal tan sólo formalmente democrático. A partir de ahí, Serrano peregrinó más que gobernó, con cuatro gobiernos distintos en apenas un año, deriva puteona que no hizo sino extender en los cuarteles el virus restauracionista, habilidosamente difundido por Cánovas y sus terminales, la primera de ellas el brigadier Luis Dabán.
Por cierto que, en su época, aquella España un tanto, o un mucho, machista, se hizo lenguas con la hipótesis de que las ambiciones de Serrano no se debiesen, o no se debiesen sólo, a su voluntad, sino a la de Antonia Domínguez y Borrell, condesa de San Antonio y duquesa consorte de la Torre; o sea, su churri.
Los testimonios contrarios a esta mujer son legión. Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, primer marqués de Villa Urrutia, hizo de ella un retrato cruel: “dama de peregrina hermosura pero de escaso intelecto, pues algo ha de quedar para las feas”. Otros la pintan en el curso de las recepciones oficiales peleando, incansable, por puestos preminentes, debidos a su condición de mujer de un ex regente; condición que, como digo, exigía fuese ejercida para sobreponerse en el protocolo a las mujeres de embajadores en uso de su mandato. Todas estas historias señalan su voluntad de hacer de su marido la primera figura de España, y de ella lo que hoy diríamos la Primera Dama. En condiciones tales, se ganó la enemiga de los monárquicos, y de todos ellos más que de ninguno de Cánovas. De hecho, Cánovas, habitualmente moderado y poco dado a la chanza, le soltó un corte de la hostia a la señora durante una cena en casa de los Serrano cuando, por ausencia de última hora del duque, ella le ofreciera su silla diciéndole: “Hoy tiene usted que remplazar a mi marido”; a lo que Cánovas respondió, con voz clara: “¿Hasta qué hora?”
La mujer de un político de la época, Jacinto María Ruíz, le escribió a la reina Isabel a París que “Dios, en su justicia, le ha dado al duque de la Torre, para su castigo, la mujer que merecía; esta mujer hace de él lo que quiere y lo llevará al abismo”. Entre otras cosas, esta jugosa carta revela detalles tan divertidos como que el general Serrano, incapaz de negarle a su mujer el ayuno de los viernes cuaresmales, cenaba con ella las viandas de vigilia y después, pretextando que se iba a Llardy a tomar café, daba cuenta allí de unos solomillos de puta madre.

Paradójicamente, otro que sintió mucho la muerte del general fue Cánovas, el capitán de la causa monárquica. Es por ello que muchos historiadores se han quejado de que las relaciones de Concha con Cánovas, o con la reina Isabel, no se hayan estudiado a fondo; afirmación que vendría a insinuar que el general podría estar detrás de la idea de dar un golpe de fuerza militar en favor de la monarquía; golpe que él era el único con prestigio suficiente para dar.
La muerte de Concha alejó toda posibilidad de un golpe militar monárquico, cuando menos en la mente de Cánovas. El político conservador se negaba en redondo a esta posibilidad, pues quería el regreso del rey con todas las de la ley. “Lo que hay que hacer es preparar la opinión ampliamente y luego aguardar con paciencia y previsión una sorpresa”, le escribe a la propia reina el 13 de abril de 1874. Y el 8 de mayo: “cualquier indisciplina puede perdernos”. Son formas elegantes de exigir a la reina que no sea pollas y dé pábulo a quienes, con seguridad, están viajando París a ofrecerle alzamientos, gritos y pronunciamientos que, Majestad, no pueden fallar.

El 28 de noviembre de 1874 es el cumpleaños del príncipe, que Cánovas, en Madrid, convierte en una manifestación de fe monárquica. El gobierno, nervioso, amenaza con deportar a los marqueses de Molíns y de Villar, monárquicos conspicuos. Asimismo, prohibió a la prensa felicitar al rey y, asimismo, prohibió en todas las fondas de España que se sirviesen comidas de más de seis cubiertos.
Sin embargo, el sentimiento en España es cada vez mayor. Agotados por una república vacilante y caótica, que ahora ha devenido en inoperante y tan sólo formalmente democrática, los españoles añoran a ese rey que la propaganda canovista les vende como si fuera la hostia en verso. Desesperado, el general Serrano impulsa la candidatura de la duquesa de Montpensier para ser reina de España, buscando dividir a los monárquicos, una vez que la abdicación de Isabel II los ha unido (bueno, neto de los carlistas, claro; que cada día cuentan menos). Sin embargo, el problema de Cánovas no era la oposición republicana, sino la fuerte presión militar en favor de un golpe. Uno de los grandes conspiradores monárquicos en la milicia, el brigadier Luis Dabán, le escribe en diciembre de 1874 una carta al general Martínez Campos en la que le informa de que teme ser destituido el mes siguiente, lo que debilitaría la causa alfonsina. El 21 de diciembre, Martínez Campos le escribe a Alfonso de Borbón confesándole: “me he hecho incompatible con don Antonio Cánovas, que podrá ver con más calma y lucidez el estado de los asuntos, pero que yo creo que no va por buen camino; y he creído de mi deber acudir a VA rogándole me autorice reservadamente para obrar independientemente de él”.
El día 27, Martínez Campos abandona Madrid, camino de Valencia. Según todos los indicios, lo hace sin haber recibido contestación del príncipe (entre otras cosas porque, merced al diario del coronel Juan de Velasco, que entonces era acompañante de Alfonso, sabemos que él no estaba en París, adonde fue enviado el mandado, sino en Inglaterra). La marcha a Valencia de Martínez Campos está provocada por un telegrama del almirante Aznar: “Naranjas en condiciones”. Es el santo y seña pactado con Dabán de que las cosas están bien para un movimiento. En Madrid, únicamente le comunica que va a pronunciarse a su amigo el general Valmaseda, y se lo insinúa a la condesa de Heredia Spínola, furibunda monárquica que suele comerle la oreja con que es demasiado blando con la situación. En esa misma casa deja una carta dirigida a Cánovas, con la instrucción de que no le sea entregada hasta que “se tenga noticia en Madrid de lo que voy a hacer”.
La discreción de Martínez de Campos tuvo su fruto. El gobierno poco supo de las intenciones monárquicas y el jefe del Estado estaba en el Norte, en la guerra. Cinco días antes de la movida, Castelar, prohombre republicano, le escribía una carta a un amigo en la que le aseguraba que la causa monárquica estaba en su punto más bajo.

Lejos de ello, el 29 de diciembre, a eso de las nueve de la mañana, Martínez Campos arenga a los soldados de la brigada Dabán a las afueras de Sagunto (el jefe de la guarnición de la ciudad, coronel Ripoll, se negó a que la proclama tuviese lugar en su interior), proclamando rey a Alfonso XII. El capitán general de Valencia el general Ignacio María del Castillo, no se opone y pide al gobierno su relevo. El general Joaquín Jovellar, jefe del Ejército del Centro, adhiere a éste al movimiento.

Esa misma mañana, el grito de Sagunto se conoció en Madrid, pero el gobierno apenas dio instrucciones al gobernador civil, Juan Moreno Benítez, para que detuviese a Cánovas, el duque de Sesto, y otros monárquicos. Alcañices, por cierto, se enteró con tiempo e, inmediatamente, fue a la calle de la Madera, donde vivía Cánovas, para advertirle. Pero el político conservador se negó a moverse, porque no quería ser identificado con el movimiento insurreccional. Sin embargo, dio instrucciones a Alcañices para que huyese, y le cedió los poderes de acción que a él le había dado la reina. Así pues, Alcañices volvió a su palacio, el actual Banco de España, donde se encontró con varios amigos, entre ellos el famoso y algo violento Felipe Ducazcal. Hizo salir, solo, a su mozo de cuadras, Manuel Sánchez, a quien todos en Madrid llamaban El Calandria. Éste esperó en la calle de la Greda con un coche de alquiler, en el cual fueron ambos a casa de otro importante monárquico, Alejandro Castro; y, probablemente por no sentirse seguros ahí, acabaron por irse a hacer noche a la de José Ramiro de la Puente y Apecechea y González-Nardín, marqués de Alta Villa.
Moreno Benítez se negó a alojar al detenido Cánovas en su destino, digamos, legal, que era la pútrida e insalobre cárcel de El Saladero, en la plaza que es hoy de Santa Bárbara (llamada así porque antes había sido un matadero de cerdos). Así pues, Cánovas quedó inmovilizado en un despacho del propio gobierno civil. Hasta allí tuvo que llegarse un joven de 17 años, Julio María de la Luz Claudio Francisco de Asís Elías Nicolás José Santiago Gaspar de Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola Osorio Spínola y Blake, quien algún día sería conde de Benalúa y duque de San Pedro de Galatino pero que, entonces, no tenía más características que ser sobrino y ahijado del duque de Sesto y lo suficientemente joven como para no despertar sospechas. La propia policía le ayudó en su encomienda pues, en saliendo del palacio de Alcañices en compañía de otro tío suyo, el marqués de Castelar, la bofia detuvo a éste creyéndole el duque de Sesto, y lo llevó al gobierno civil. Allí se deshizo el error pero, mientras las aclaraciones venían, el chico tuvo tiempo de localizar a Cánovas y darle la misiva secreta que su tío le había dado para el politico conservador. De tan mala manera, pues, controló el gobierno formalmente republicano las comunicaciones entre los monárquicos.
[Aunque no tenga nada que ver con nuestra historia, Benalúa fue enterrado en Granada, a su fallecimiento, el 17 de julio de 1936; esto es, apenas horas antes de estallar la guerra civil, con lo que, probablemente, se convirtió en el último español significado cuyas exequias se produjeron antes de empezar ésta].
Al día siguiente, Sagasta y todo el gobierno estaban muy nerviosos y, en puridad, su gran esperanza era que Cánovas permanecía contrario al golpe. De hecho, al parecer Cánovas dio instrucciones al marqués de Valdeiglesias, Ignacio José Escobar y López Hermoso, propietario del diario monárquico La Época, para que éste se posicionase claramente contra el golpe. Sin embargo, si esto fue así, primero Escobar le convenció de que no podía ir contra los hechos (para entonces los conservadores, reunidos en casa del conde de Cheste, poco menos que querían descuartizarlo por no apoyar el grito de Sagunto); y, finalmente, el gobierno decidió, suspendiendo el periódico.

Durante todo el día, el gobierno sondeó los cuarteles, y lo que encontró fue tan categórico que resolvió no disparar ni un solo tiro (como de hecho ocurrió) e intentar una última medida desesperada. En la tarde, Cristino Martos visitó a Cánovas en su “cárcel” del gobierno civil.
Según el testimonio de quien luego sería marqués de Valdeiglesias, entonces un adolescente que se había colado, literalmente, en la habitación, el diálogo fue tal que así.
MARTOS: Yo respeto tu patriotismo, tus ideas y tu conducta política. Pero en este instante, cuando tenemos guerra en Cuba, guerra en el Norte y los restos de las cantonales, no creo que se deba llevar al país a otra guerra civil. El momento es inoportuno.
CÁNOVAS: Yo he deseado la restauración de otra manera, pero ante la actitud del Ejército y la opinión unánime del país, acepto y recojo el procedimiento. No puedo oponerme a él, es mi deber. Y estate tranquilo; no habrá otra guerra civil, nadie la desea; la restauración, y con ella la paz, son un hecho.
A eso de las ocho, mientras los Moreno Benítez obsequiaban con una opípara cena al detenido y sus acompañantes, el gobierno, reunido en el Ministerio de la Guerra (en Cibeles, frente al Banco de España), telegrafiaba a Serrano. Serrano les comunicó que, en el Norte, las tropas habían declarado que no lucharían contra defensores de Alfonso. En la Puerta del Sol, a esa hora, un hombre, cuya filiación ignoro, fue detenido por dar vivas a Alfonso XII. Pero, probablemente, antes de que llegase a la comisaría, el gobierno ya había cedido sus poderes en el capitán general de Madrid, quien, inmediatamente, había llamado a Cánovas a formar gobierno. El capitán general se busca un emisario de confianza para el receptor: Gonzalo de Vilches y Parga, primer conde de Vilches, apasionado hombre del aparato estatal de Isabel II que ha quedado bastante apartado de la primera línea política, y precisamente por eso de indubitables credenciales monárquicas. Pero cuando Vilches llegue al gobierno civil se encontrará con que Cánovas ya no está ahí: tras la cena, el gobernador lo ha liberado y de hecho Cánovas, con su pequeña troupe, se ha ido hacia el Ministerio de la Guerra.

Allí, una vez que llegó también el duque de Sesto, se formó el primer gobierno de regencia.  La I República había muerto. Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
El general Serrano, por su parte, se despedía en el Norte de su sueño imposible de llegar a ser, algún día, Príncipe de Vergara como Espartero. En Tudela, donde se encuentra, resigna el mando en el siguiente del escalafón (aunque mi documentación no es completa, pudo ser en Álvaro Laserna y Martínez de la Hinojosa, segundo conde de los Andes), y atraviesa la frontera.

Adivinanzas (José María Chao)

Pues sí, las respuestas, como siempre, iban bien tiradas. Hay quien dijo Vigo porque el protagonista de la anécdota, José María Chao, era de Vigo; pero la respuesta más precisa era Santiago de Compostela, porque fue allí donde este liberal a machamartillo, químico y farmacéutico, estableció su botica.

Lo de la carta dejemos que lo cuente, mejor que yo, el poeta gallego Curros Enríquez, en el delicioso libro dedicado a glosar la vida del hijo de José María, Eduardo Chao:

Paseábase un día en su despacho el general Eguía, de infausta memoria. Aquel tigre, a quien Fernando VII había hecho capitán general de Galicia, no debía hallarse de muy buen humor.

De pronto, entró en su despacho uno de sus ayudantes.

- Mi general -hubo de decirle-; acaban de entregarme este pliego urgente para VE.

- ¡Ábrelo! -Replicó el general secamente, sin dejar su paseo ni levantar la cabeza.

El oficial abrió el sobre.

- ¡Mi general! -Volvió a decir-: El pliego trae un segundo sobre, que dice: Urgentísimo y reservado.

- ¡Ábrelo! -Volvió a decir el general; y continuó paseando.

El oficial abrió el segundo sobre.

- ¡Mi general!, hay un tercer sobre, y dice: Reservadísimo. Del Rey, para el general Eguía.

El general se detuvo.

- ¡Veamos! -Dijo, alzando la frrente y recogiendo el pliego de manos de su ayudante.

Dirigióse a su mesa, se sentó en su sillón, y apoyando el pliego en uno de los cajones que tenía abiertos, introdujo el índice por uno de los dobleces y rompió el sobre.

En el mismo instante se oyó una fuerte detonación; la mesa salió en pedazos, y el general y la silla rodaron pòr el suelo.

Cuando se levantó, tenía una de las manos destrozada.

- ¡Aun me queda la otra para ahorcar al culpable! -Dijo; y luego, reparando en los restos de la carta explosiva, cuyo fulminante había rozado el general con el dedo, añadió-: ¡Nadie más que Chao es capaz de inventar obra tan perfecta!



 

viernes, mayo 18, 2012

Adivinanza

Ando pensando ahora mismo que hace tiempo que no dejo ninguna adivinanza finisemanal.

Así que, vaya, sin preámbulos:

¿En qué ciudad vivió casi toda su vida el inventor de la carta-bomba (y, de hecho, la envió)?

Ojo, nos os vaya, la pregunta, a estallar en las manos...

Imperator follator: Calígula


Si de las historias que sobre Tiberio se puede y se suele dudar, la intensidad, consenso y frecuencia de los relatos que los historiadores antiguos han hecho de Cayo Calígula dejan poco margen para pensar en una mentira.
Cayo Caligula, llamado así porque de niño era el juguete de las legiones que comandaba su padre Germánico (Calígula es diminuto de caliga, bota; significa, por lo tanto, botita, mote que se refiere a las botas militares de niño que llevaba), no terminó su vida siendo normal. No está claro que tuviese siempre problemas mentales; aunque Robert Graves lo dibuja como un sicópata de nacimiento que, incluso, mata a su padre de miedo, no me parece a mí que algo así se pueda afirmar con rotundidad, porque, como emperador, tuvo unos inicios al parecer bastante equilibrados, hasta un momento en que enfermó, tan gravemente que se temió por su vida; pudo ser esa enfermedad la que le provocase los problemas que tuvo.
Hay que decir, en todo caso, que hay analistas de Calígula, como el francés Régis Martin en su libro sobre los doce césares, que reducen eso que podríamos denominar el misterio Calígula a términos bastante sencillos. Para Martin, por ejemplo, las excentricidades y los abusos de poder cometidos por Calígula serían el simple reflejo del hecho de que adquirió un poder casi total, imperial, siendo muy joven; y que, además, siguiendo a su padre, Germánico, fue criado en la vertiente oriental del imperio romano; una parte del mundo acostumbrada a los reyes con poder absoluto, ejercido no pocas veces con brutalidad. La combinación de ambos factores, el aburrimiento y la propensión al poder total, explicarían buena parte de su conducta.

Cayo Calígula se casó en el año 33 con una hija de Marco Silano, Julia Claudila. A todas luces, fue un matrimonio político, porque de esta forma emparentaba con uno de los patricios más poderosos del imperio, buscando con ello consolidar su situación. Junia, sin embargo, murió de parto tres años más tarde, tras lo cual Calígula empezó a mostrar su propensión a las relaciones no muy normales pues, en lugar de casarse, como habría sido lo normal, inició una relación con la mujer de Macrón, prefecto de la guardia pretoriana, quien probablemente consintió la situación por interés de poder.
Progresivamente, el abuso de poder de Calígula se fue haciendo más, como decíamos, oriental. Sus actos se convirtieron cada vez en más arbitrarios. Conocida es la anécdota que cuenta Suetonio según la cual un día, decidiendo quiénes de una fila de hombres habrían de ser castigados, y observando que había dos en la fila que no tenían pelo, ordenó las ejecuciones a calvo ad calvum, es decir, de calvo a calvo.

Sin embargo, hay que tener ojo al juzgar a Calígula porque, en ocasiones, hay quien piensa que el evidente espíritu borderline del joven emperador hace pasar por locuras cosas que pudieron ser otra cosa. Cuando hemos hablado de Tiberio ya hemos dicho que la adaptación de la clase otrora dominante en Roma a la existencia de una poderosísima familia real no fue fácil. Si Tiberio se enfrentó al Senado pero se ocupó mucho de mostrarle respeto, Calígula fue mucho más irrespetuoso y provocador. Ambos emperadores tuvieron más o menos los mismos problemas, pero Calígula, aprovechando, sobre todo al inicio de su mandato, el hecho de ser hijo de un personaje extraordinariamente popular como el malhadado Germánico, tuvo mucha menos paciencia.
Un caso de lo que aquí comento es el famosísimo gesto de nombrar a su caballo, Incitatus, cónsul de Bitinia (no de la misma Roma, como habitualmente se dice de forma errónea). Es cierto que Calígula bebía los vientos por aquel caballo que, por cierto, era español. Es cierto que lo tenía a cuerpo de rey con varias decenas de personas cuidando de él constantemente; pero eso, la verdad, es algo que no sólo Calígula ha hecho por un buen caballo de carreras. Sin embargo, y siendo cierto que Incitatus era muy importante para él, puede ser que el gesto de nombrarlo cónsul no tuviese que ver con que estuviera loco, como habitualmente se ha dicho; sino que fuese un calculado gesto de desprecio hacia el Senado, una manera de dejar claro que las instituciones romanas, como emperador, le importaban un cojón.
Estuviese loco o cuerdo, es muy difícil sostener que Calígula no enfermase de poder, lo cual lo convirtió en el tipo servil y miserable que describen los historiadores. Tanto Dión Casio como Suetonio, por ejemplo, cuentan el caso de Livia Orestila y Calpurnio Pisón, dos pijos romanos que decidieron casarse y, siendo como eran niños fresa, decidieron invitar al emperador a su boda. Calígula, que asistió, se prendó inmediatamente de Livia y allí mismo, en los esponsales, la hizo llevar a su palacio, donde la convirtió en su amante. Aunque más bien habría que decir que la violó porque, días después, y tras descubrir que Livia se veía con su marido legal a escondidas, los desterró a los dos por cometer actos impíos (que tiene huevos).

Un argumento que abona la tesis de la locura de Calígula, un poco sobreexplotado por Graves en su novela, son las constantes referencias que el emperador hacía al panteón divino para casi todo lo que hacía. Graves, siguiendo en parte a Suetonio, interpretó que eso quería decir que Calígula se creía un dios; y podía tener razones para creerlo, pues, al fin y al cabo, personas de carne y hueso como Octavio Augusto, lo eran. Sin embargo, esa constante apelación a la condición divina bien puede formar parte de usos no relacionados con la locura, sino con la lucha por el poder: en el marco de una tensión constante con la oligarquía senatorial, Calígula acudiría al apoyo divino o semidivino para sustentar sus posiciones y reivindicaciones. Pero eso no es tan raro: ¿cuántos gobernantes europeos de nuestra Edad Media y Moderna, por no decir mandatarios de países musulmanes, han sacado adelante sus ideas, proyectos o estrategias con el argumento de que “Dios lo quiere”? ¿Cuántos hombres de Estado, desde Isabel la Católica hasta el general Franco, no se han considerado responsables, tan sólo, ante Dios y ante la Historia?

Sea como sea, Calígula justificó su “matrimonio” con Livia Orestila aduciendo que se quería casarse como Augusto y Rómulo; uno,dios; el otro, símbolo romano por excelencia.

Pero luego siguió. En el año 39, separó a Lolia Paulina de los brazos de su marido, Cayo Memnio; ella no debió satisfacerlo con su actitud, pues la repudió, formalmente por ser estéril; pero, al tiempo, la prohibió estar con ningún otro hombre. De manera un tanto sorprendente, después de muchas relaciones de este tipo, volvió a casarse, esta vez con Cesonia. Reconstruyendo la figura de esta mujer con los testimonios existentes, se podría decir que era una mujer con la que Calígula ya había tenido relaciones. Era, probablemente, una cortesana, una puta, quizás de lujo; “mujer echada a perder por los excesos y los lujos” (luxuriae lasciviae perditae), la llama Suetonio. Al parecer, Cesonia se quedó embarazada (no está claro que de Calígula), pero el emperador se casó con ella, cuando estaba ya de ocho meses, porque quería tener un hijo en treinta días. Según Suetonio, se casaron después del parto: Uxorio nomine non prius dignatus est quam enixam, uno atque eodem die professus et maritum se eius et patrem infantis ex ea nata (una vez que alumbró, él quiso honrarla llamándola su mujer y, en el mismo día, se declaró marido suyo y padre de la hija que acababa de tener).
Pocas personas dudan de que este matrimonio fue por amor. Cesonia no era de las grandes familias patricias; apenas era medio hermana de un cónsul menor en la Historia Romana, Corbulón (que, además, lo fue en el año 40, es decir precisamente cuando ya era cuñado de Calígula). Cuando se casó con Calígula, era bastante mayor y había parido ya tres hijos (sin contar a Julia Drusila). Suetonio afirma que el atractivo de Cesonia para Calígula estribaba en que ella compartía con él sus perversiones. Verdaderamente, si Cesonia tenía por suyo el oficio de la coyunda, es posible que eso ocurriese. Pero también son posibles otras tesis, porque es evidente que Calígula tenía una intención clara de tener un sucesor.  Su primera mujer murió de parto y a la segunda la repudió por estéril; aunque la separación de Lolia Paulina parece incorporar otros elementos, no hay que descartar que, verdaderamente, no fuese capaz de quedarse embarazada. Por otro lado, la fertilidad de Cesonia estaba fuera de toda duda. Tanto que, aunque los testimonios son equívocos sobre si se casaron antes o después de que ella tuviese su cuarto parto, hay razones para pensar que la hija que tuvo fuese del emperador.

La rapidez con que Calígula reacciona “honrando” a Cesonia con un nombre o categoría totalmente respetable, hacen pensar que Calígula y ella se amaban sinceramente, y que el emperador sintió un cariño real por Julia Drusila, la niña; lo cual en Calígula era mucho, y abona, en mi opinión, la tesis de que se trataba de su hija. Además, hay que tener en cuenta que los conspiradores que acaban con el emperador, que lo hacen, muchos de ellos, con la intención de cobrarse una venganza total de todo lo que tenga una relación con él, también asesinaron a Cesonia y a la pobre niña, que entonces tenía sólo dos años.
En todo caso, si Cesonia fue puta, no fue la única que visitó el tálamo de Calígula. Piralis, probablemente la escort más famosa de su tiempo, fue proveedora del emperador con mucha frecuencia. Aunque a Calígula, según los relatos, lo que le gustaba era tirarse a mujeres patricias durante sus fiestas, incluso delante de sus maridos. En otras ocasiones, se las llevaba a alguna habitación, para luego volver y discutir con el marido las virtudes y defectos que había encontrado.
Además, Calígula, es conclusión lógica de la lectura de los clásicos, practicó el incesto. Tuvo relaciones sexuales muy frecuentes, con seguridad, con su hermana Drusila; y, probablemente, también con Agripina y Livila, sus otras dos hermanas. Si hemos de creer a Suetonio, Calígula estaba enamorado de Drusila desde siempre, puesto que la desfloró cuando todavía no era ni adolescente; y se la habría robado a su marido legal, Lucio Casio Longino. De hecho, a la muerte de Drusila, la convirtió en diosa.

En todo caso, no podemos olvidar lo dicho anteriormente sobre la “base oriental” de la educación de Calígula. El emperador conocía muy bien las tradiciones egipcias, donde el matrimonio (faraónico) entre hermanos, y aún entre padres e hijos, era relativamente normal.

Nadie en sus cabales niega los excesos sexuales de Calígula. Lo que pasa es que, con el tiempo, se ha producido toda una corriente historiográfica que rechaza o matiza su explicación como un caso de locura, y liga, como hemos dicho aquí, estas prácticas con el deseo del emperador de humillar a la clase senatorial que, en su idea, habría humillado a su familia en los tiempos de Tiberio (verdaderamente, lo hizo). Además, ha de tenerse en cuenta que, si alguien hubiera escrito la Historia de Roma en sus años desde el punto de vista de la gente normal, las gentes del census capiti, los habitantes de la maloliente Subura romana, es probable que no se pararía en las anécdotas que cuentan los historiadores cuyas obras se han conservado, o apenas las citaría. La Historia de Roma que nos ha quedado escrita es una Historia que transcurre en los grandes gabinetes del poder. Es como si mañana alguien escribiese una Historia del franquismo sin salir de las paredes de El Pardo. Yo no creo que los romanos de a pie de la época de Calígula se sintiesen amenazados por su locura, ni de lejos. Es más, da la impresión de que el emperador siempre tuvo claro que era en el pueblo donde debía buscar el apoyo que, probablemente, la clase dirigente le racaneaba, como ya se lo racaneó a Tiberio y no se atrevió a racanearle a Octavio y Julio. Consecuentemente, no hay que descartar que el reinado caliguliano fuese, en realidad, menos escandaloso de lo que ahora nos parece; aunque fue, con casi total seguridad, ejercido por alguien que, como poco, tenía problemas para ponerse límites y, en consecuencia, traspasaba líneas rojas constantemente, por ejemplo y sobre todo en el campo de la sexualidad.
Porque tenía problemas para ver los límites y respetarlos es por lo que Cayo Calígula acabó mostrándole a los patricios que no descartaba, en modo alguno, acabar con ellos, asesinarlos, ejecutarlos, privarlos de sus riquezas. Porque tenía problemas para distinguir los límites, Cayo Calígula no se dio cuenta de que eso colocaba a muchas personas en la cúpula romana en una situación en la que, simple y llanamente, estaban más seguros intentando acabar con él que sentándose a esperar. Un ejemplo muy claro de lo tóxico que para él terminó siendo su incapacidad de ver límites es que tanto el marido de su hermana muerta, Lucio Casio Longino, como sus dos hermanas supervivientes, estuvieron implicados en las conspiraciones que acabaron con él.

Fue, por lo tanto, el mismo quien se condenó.