Ando pensando ahora mismo que hace tiempo que no dejo ninguna adivinanza finisemanal.
Así que, vaya, sin preámbulos:
¿En qué ciudad vivió casi toda su vida el inventor de la carta-bomba (y, de hecho, la envió)?
Ojo, nos os vaya, la pregunta, a estallar en las manos...
viernes, mayo 18, 2012
Imperator follator: Calígula
Si de las historias que sobre Tiberio se puede y se suele
dudar, la intensidad, consenso y frecuencia de los relatos que los
historiadores antiguos han hecho de Cayo Calígula dejan poco margen para pensar
en una mentira.
Cayo Caligula, llamado así porque de niño era el juguete de
las legiones que comandaba su padre Germánico (Calígula es diminuto de caliga,
bota; significa, por lo tanto, botita, mote que se refiere a las botas
militares de niño que llevaba), no terminó su vida siendo normal. No está claro
que tuviese siempre problemas mentales; aunque Robert Graves lo dibuja como un
sicópata de nacimiento que, incluso, mata a su padre de miedo, no me parece a
mí que algo así se pueda afirmar con rotundidad, porque, como emperador, tuvo
unos inicios al parecer bastante equilibrados, hasta un momento en que enfermó, tan gravemente que se temió por su vida;
pudo ser esa enfermedad la que le provocase los problemas que tuvo.
Hay que decir, en todo caso, que hay analistas de Calígula,
como el francés Régis Martin en su libro sobre los doce césares, que reducen
eso que podríamos denominar el misterio Calígula a términos bastante sencillos.
Para Martin, por ejemplo, las excentricidades y los abusos de poder cometidos
por Calígula serían el simple reflejo del hecho de que adquirió un poder casi
total, imperial, siendo muy joven; y que, además, siguiendo a su padre,
Germánico, fue criado en la vertiente oriental del imperio romano; una parte
del mundo acostumbrada a los reyes con poder absoluto, ejercido no pocas veces
con brutalidad. La combinación de ambos factores, el aburrimiento y la
propensión al poder total, explicarían buena parte de su conducta.
Cayo Calígula se casó en el año 33 con una hija de Marco Silano, Julia Claudila. A todas luces, fue un matrimonio político, porque de esta forma emparentaba con uno de los patricios más poderosos del imperio, buscando con ello consolidar su situación. Junia, sin embargo, murió de parto tres años más tarde, tras lo cual Calígula empezó a mostrar su propensión a las relaciones no muy normales pues, en lugar de casarse, como habría sido lo normal, inició una relación con la mujer de Macrón, prefecto de la guardia pretoriana, quien probablemente consintió la situación por interés de poder.
Progresivamente, el abuso de poder de Calígula se fue
haciendo más, como decíamos, oriental. Sus actos se convirtieron cada vez en más
arbitrarios. Conocida es la anécdota que cuenta Suetonio según la cual un día,
decidiendo quiénes de una fila de hombres habrían de ser castigados, y
observando que había dos en la fila que no tenían pelo, ordenó las ejecuciones a calvo ad calvum, es decir, de calvo a
calvo.
Sin embargo, hay que tener ojo al juzgar a Calígula porque, en ocasiones, hay quien piensa que el evidente espíritu borderline del joven emperador hace pasar por locuras cosas que pudieron ser otra cosa. Cuando hemos hablado de Tiberio ya hemos dicho que la adaptación de la clase otrora dominante en Roma a la existencia de una poderosísima familia real no fue fácil. Si Tiberio se enfrentó al Senado pero se ocupó mucho de mostrarle respeto, Calígula fue mucho más irrespetuoso y provocador. Ambos emperadores tuvieron más o menos los mismos problemas, pero Calígula, aprovechando, sobre todo al inicio de su mandato, el hecho de ser hijo de un personaje extraordinariamente popular como el malhadado Germánico, tuvo mucha menos paciencia.
Un caso de lo que aquí comento es el famosísimo gesto de nombrar
a su caballo, Incitatus, cónsul de Bitinia (no de la misma Roma, como habitualmente
se dice de forma errónea). Es cierto que Calígula bebía los vientos por aquel
caballo que, por cierto, era español. Es cierto que lo tenía a cuerpo de rey
con varias decenas de personas cuidando de él constantemente; pero eso, la
verdad, es algo que no sólo Calígula ha hecho por un buen caballo de carreras.
Sin embargo, y siendo cierto que Incitatus era muy importante para él, puede
ser que el gesto de nombrarlo cónsul no tuviese que ver con que estuviera loco, como
habitualmente se ha dicho; sino que fuese un calculado gesto de desprecio hacia el
Senado, una manera de dejar claro que las instituciones romanas, como
emperador, le importaban un cojón.
Estuviese loco o cuerdo, es muy difícil sostener que
Calígula no enfermase de poder, lo cual lo convirtió en el tipo servil y
miserable que describen los historiadores. Tanto Dión Casio como Suetonio, por
ejemplo, cuentan el caso de Livia Orestila y Calpurnio Pisón, dos pijos romanos
que decidieron casarse y, siendo como eran niños fresa, decidieron invitar al
emperador a su boda. Calígula, que asistió, se prendó inmediatamente de Livia y
allí mismo, en los esponsales, la hizo llevar a su palacio, donde la convirtió
en su amante. Aunque más bien habría que decir que la violó porque, días
después, y tras descubrir que Livia se veía con su marido legal a escondidas,
los desterró a los dos por cometer actos impíos (que tiene huevos).
Un argumento que abona la tesis de la locura de Calígula, un poco sobreexplotado por Graves en su novela, son las constantes referencias que el emperador hacía al panteón divino para casi todo lo que hacía. Graves, siguiendo en parte a Suetonio, interpretó que eso quería decir que Calígula se creía un dios; y podía tener razones para creerlo, pues, al fin y al cabo, personas de carne y hueso como Octavio Augusto, lo eran. Sin embargo, esa constante apelación a la condición divina bien puede formar parte de usos no relacionados con la locura, sino con la lucha por el poder: en el marco de una tensión constante con la oligarquía senatorial, Calígula acudiría al apoyo divino o semidivino para sustentar sus posiciones y reivindicaciones. Pero eso no es tan raro: ¿cuántos gobernantes europeos de nuestra Edad Media y Moderna, por no decir mandatarios de países musulmanes, han sacado adelante sus ideas, proyectos o estrategias con el argumento de que “Dios lo quiere”? ¿Cuántos hombres de Estado, desde Isabel la Católica hasta el general Franco, no se han considerado responsables, tan sólo, ante Dios y ante la Historia?
Sea como sea, Calígula justificó su “matrimonio” con Livia Orestila aduciendo que se quería casarse como Augusto y Rómulo; uno,dios; el otro, símbolo romano por excelencia.
Pero luego siguió. En el año 39, separó a Lolia Paulina de los brazos de su marido, Cayo Memnio; ella no debió satisfacerlo con su actitud, pues la repudió, formalmente por ser estéril; pero, al tiempo, la prohibió estar con ningún otro hombre. De manera un tanto sorprendente, después de muchas relaciones de este tipo, volvió a casarse, esta vez con Cesonia. Reconstruyendo la figura de esta mujer con los testimonios existentes, se podría decir que era una mujer con la que Calígula ya había tenido relaciones. Era, probablemente, una cortesana, una puta, quizás de lujo; “mujer echada a perder por los excesos y los lujos” (luxuriae lasciviae perditae), la llama Suetonio. Al parecer, Cesonia se quedó embarazada (no está claro que de Calígula), pero el emperador se casó con ella, cuando estaba ya de ocho meses, porque quería tener un hijo en treinta días. Según Suetonio, se casaron después del parto: Uxorio nomine non prius dignatus est quam enixam, uno atque eodem die professus et maritum se eius et patrem infantis ex ea nata (una vez que alumbró, él quiso honrarla llamándola su mujer y, en el mismo día, se declaró marido suyo y padre de la hija que acababa de tener).
Pocas personas dudan de que este matrimonio fue por amor. Cesonia no era de las grandes familias patricias; apenas era medio hermana de un cónsul menor en la Historia Romana, Corbulón (que, además, lo fue en el año 40, es decir precisamente cuando ya era cuñado de Calígula). Cuando se casó con Calígula, era bastante mayor y había parido ya tres hijos (sin contar a Julia Drusila). Suetonio afirma que el atractivo de Cesonia para Calígula estribaba en que ella compartía con él sus perversiones. Verdaderamente, si Cesonia tenía por suyo el oficio de la coyunda, es posible que eso ocurriese. Pero también son posibles otras tesis, porque es evidente que Calígula tenía una intención clara de tener un sucesor. Su primera mujer murió de parto y a la segunda la repudió por estéril; aunque la separación de Lolia Paulina parece incorporar otros elementos, no hay que descartar que, verdaderamente, no fuese capaz de quedarse embarazada. Por otro lado, la fertilidad de Cesonia estaba fuera de toda duda. Tanto que, aunque los testimonios son equívocos sobre si se casaron antes o después de que ella tuviese su cuarto parto, hay razones para pensar que la hija que tuvo fuese del emperador.
La rapidez con que Calígula reacciona “honrando” a Cesonia con un nombre o categoría totalmente respetable, hacen pensar que Calígula y ella se amaban sinceramente, y que el emperador sintió un cariño real por Julia Drusila, la niña; lo cual en Calígula era mucho, y abona, en mi opinión, la tesis de que se trataba de su hija. Además, hay que tener en cuenta que los conspiradores que acaban con el emperador, que lo hacen, muchos de ellos, con la intención de cobrarse una venganza total de todo lo que tenga una relación con él, también asesinaron a Cesonia y a la pobre niña, que entonces tenía sólo dos años.
La rapidez con que Calígula reacciona “honrando” a Cesonia con un nombre o categoría totalmente respetable, hacen pensar que Calígula y ella se amaban sinceramente, y que el emperador sintió un cariño real por Julia Drusila, la niña; lo cual en Calígula era mucho, y abona, en mi opinión, la tesis de que se trataba de su hija. Además, hay que tener en cuenta que los conspiradores que acaban con el emperador, que lo hacen, muchos de ellos, con la intención de cobrarse una venganza total de todo lo que tenga una relación con él, también asesinaron a Cesonia y a la pobre niña, que entonces tenía sólo dos años.
En todo caso, si Cesonia fue puta, no fue la única que
visitó el tálamo de Calígula. Piralis, probablemente la escort más famosa de su tiempo, fue proveedora del emperador con
mucha frecuencia. Aunque a Calígula, según los relatos, lo que le gustaba era
tirarse a mujeres patricias durante sus fiestas, incluso delante de sus
maridos. En otras ocasiones, se las llevaba a alguna habitación, para luego
volver y discutir con el marido las virtudes y defectos que había encontrado.
Además, Calígula, es conclusión lógica de la lectura de los
clásicos, practicó el incesto. Tuvo relaciones sexuales muy frecuentes, con
seguridad, con su hermana Drusila; y, probablemente, también con Agripina y
Livila, sus otras dos hermanas. Si hemos de creer a Suetonio, Calígula estaba
enamorado de Drusila desde siempre, puesto que la desfloró cuando todavía no
era ni adolescente; y se la habría robado a su marido legal, Lucio Casio
Longino. De hecho, a la muerte de Drusila, la convirtió en diosa.
En todo caso, no podemos olvidar lo dicho anteriormente sobre la “base oriental” de la educación de Calígula. El emperador conocía muy bien las tradiciones egipcias, donde el matrimonio (faraónico) entre hermanos, y aún entre padres e hijos, era relativamente normal.
Nadie en sus cabales niega los excesos sexuales de Calígula. Lo que pasa es que, con el tiempo, se ha producido toda una corriente historiográfica que rechaza o matiza su explicación como un caso de locura, y liga, como hemos dicho aquí, estas prácticas con el deseo del emperador de humillar a la clase senatorial que, en su idea, habría humillado a su familia en los tiempos de Tiberio (verdaderamente, lo hizo). Además, ha de tenerse en cuenta que, si alguien hubiera escrito la Historia de Roma en sus años desde el punto de vista de la gente normal, las gentes del census capiti, los habitantes de la maloliente Subura romana, es probable que no se pararía en las anécdotas que cuentan los historiadores cuyas obras se han conservado, o apenas las citaría. La Historia de Roma que nos ha quedado escrita es una Historia que transcurre en los grandes gabinetes del poder. Es como si mañana alguien escribiese una Historia del franquismo sin salir de las paredes de El Pardo. Yo no creo que los romanos de a pie de la época de Calígula se sintiesen amenazados por su locura, ni de lejos. Es más, da la impresión de que el emperador siempre tuvo claro que era en el pueblo donde debía buscar el apoyo que, probablemente, la clase dirigente le racaneaba, como ya se lo racaneó a Tiberio y no se atrevió a racanearle a Octavio y Julio. Consecuentemente, no hay que descartar que el reinado caliguliano fuese, en realidad, menos escandaloso de lo que ahora nos parece; aunque fue, con casi total seguridad, ejercido por alguien que, como poco, tenía problemas para ponerse límites y, en consecuencia, traspasaba líneas rojas constantemente, por ejemplo y sobre todo en el campo de la sexualidad.
Porque tenía problemas para ver los límites y respetarlos es
por lo que Cayo Calígula acabó mostrándole a los patricios que no descartaba,
en modo alguno, acabar con ellos, asesinarlos, ejecutarlos, privarlos de sus
riquezas. Porque tenía problemas para distinguir los límites, Cayo Calígula no
se dio cuenta de que eso colocaba a muchas personas en la cúpula romana en una
situación en la que, simple y llanamente, estaban más seguros intentando acabar
con él que sentándose a esperar. Un ejemplo muy claro de lo tóxico que para él terminó siendo su incapacidad de ver límites es que tanto el marido de su hermana muerta, Lucio Casio Longino, como sus dos hermanas supervivientes, estuvieron implicados en las conspiraciones que acabaron con él.
Fue, por lo tanto, el mismo quien se condenó.
Fue, por lo tanto, el mismo quien se condenó.
miércoles, mayo 16, 2012
Imperator follator (Tiberio)
El joven Tiberio, que como ya hemos leído no era hijo de
Augusto sino de Livia y su anterior marido, tuvo un primer matrimonio que,
según todos los indicios, fue una mezcla de matrimonio de conveniencia y por
amor. Es muy probable que el compromiso no fuese casualidad porque era muy
político: tomó la mano de Vipsania Agripina, hija de Marco Agripa (lo cual, por
cierto, la convertía en nieta de Cecilio Ático, quien ha pasado a la Historia
por ser el receptor de las cartas de Cicerón que se estudiaban en la escuela
pleistocénica). Marco Agripa era uno de los principales suportes del octavismo
y, por lo tanto, como digo aquel matrimonio debió de tener bastante de
político. Sin embargo, también debió de tener algo que ver con el amor, porque
Tiberio se enamoró de Vipsania perdidamente.
Aunque Livia no fuese la hija de
puta que pinta Graves, difícil es que no fuese una mujer de gran determinación;
y eso, probablemente, causó problemas a Tiberio, un joven más bien pusilánime. En
Vipsania, Tiberio encontró a la follamiga ideal y, por eso, para él fue una
enorme catástrofe personal que Octavio, dentro del proyecto decidido con su mujer
de legarle a su hijastro la alteza imperial, le obligase a divorciarse de ella
para casarlo con su propia hija, Julia. Marido y mujer ya habían tenido un
hijo, Druso; pero Vipsania estaba embarazada por segunda vez cuando el
emperador decretó su divorcio. Tiberio nunca se recuperó del golpe y nunca dejó
de querer a la que, probablemente, siempre consideró su mujer. Nos ha llegado
el relato de una vez que, por casualidad, se cruzaron en la calle, y el relato
nos dice que el rostro y la mirada de Tiberio dejaban tan poco espacio a la
interpretación, que Augusto tomó medidas severas para que jamás volviesen a
verse.
Julia, por su parte, era un putón verbenero. Un pendón
desorejado. Más ligera de cascos que el ganador del Grand National. La
entrepierna de la hija de Augusto parecía el intercambiador de Nuevos Ministerios
a las ocho de la mañana; y sus aficiones, probablemente, se vieron enervadas
tras casarla su padre con un tipo a quien ella le repugnaba, no porque fuese
fea ni cabrona, sino porque estaba enamorado de otra. Sabido es, además, que
las mujeres llevan pelín mal eso de que su churri tenga ojos para otros elementos
de la manada; y Tiberio tenía más que ojos. Para colmo, cuando Tiberio (o algún
otro colaborador) consiguió preñar a Julia, la hija de Augusto resultó ser
de caderas infinitesimales, y el niño la palmó; el detalle fue más que
suficiente para que el marido pasara a dirigirle apenas la palabra a su mujer.
Tal y como nos cuenta Veleyo Patérculo en términos que dejan
poco espacio para la interpretación, la
situación fue llegando, poco a poco, a un punto en el cual el emperador no
podía hacer oídos sordos. Ya hemos dicho que Octavio podía estar palote palote
de siete a cuatro, pero no por ello dejaba de cuidar del prestigio del Estado y
el qué dirán. Por eso mismo, no tuvo ningún reparo en meterle a su hija por el
culo un billete sólo de ida a la enana isla Pandataria, que viene a ser como
exiliar a alguien hoy en día a Perejil.
Según Tácito, la distancia de Vispania y el matrimonio
obligado con Julia fueron el motivo del autoexilio de Tiberio a la isla de
Rodas. Tiene sentido la cosa. La otra razón por la que Tiberio podría haberse
ido de Roma, que maneja Graves por ejemplo, es que sintiese que perdía el favor
de Octavio; pero esto no está demasiado claro. Más parece que Tiberio,
melancólico y amargado, se marchó a la isla griega porque estaba, cuarta
arriba, cuarta abajo, hasta los cojones de la pelea por la sucesión imperial.
Tiberio, sin embargo, hubo de ser llamado a Roma a la muerte
del Augusto, para ocupar su lugar. Hoy, muchos historiadores se inclinan a
considerar el reinado de Tiberio como un reinado básicamente positivo para los
romanos en general, aunque, en lo político (y esto es muy importante a la hora
de interpretar su figura histórica), también se caracterizó por una enorme
tensión política.
Pensemos: Julio fue, más que emperador, dictador, por la
fuerza de su espada, su inacabable inteligencia política, su enorme carisma y
el hecho, nada despreciable, de que en Roma hubo una guerra civil, y la ganó
él. La muerte de Julio dejó claro que en Roma seguían existiendo notables
tensiones prorrepublicanas y un clima de guerra civil en el que eso que en el
Renacimiento italiano se llamará los gonfalonieros
tenían una oportunidad; tal cosa era, en mi opinión, Marco Antonio. Octavio
acabó con todo eso y estabilizó la institución, con la notable ayuda de Marco
Agripa, entre otros. Pero su figura, indudablemente, era la de un vencedor que,
por la espada, se había llevado por delante a sus contrincantes.
Tiberio es, pues, el primer emperador que no hereda la
espada, sino la institución ganada con ello (el Imperio). Y, por eso mismo, es
el primer emperador que registrará tensiones con el Senado, o si se prefiere
con la oligarquía tradicionalmente gobernante. Tensiones que son lógicas: hasta
Julio, la oligarquía patricia y su cursus
honorum (por el cual, simple y llanamente, para ser alcalde, senador o ministro
había que demostrar antes que se era suficientemente rico para serlo, cosa que
prácticamente solo eran los patricios) lo domina todo, salvo algunas migajas entregadas:
el normalmente demagógico contrapoder de los tribunos de la plebe, y una
esquinita del Estado republicano confiada al ordo equester o nobleza menor.
Cuanto tienes el monopolio de un sector y éste es
liberalizado, sólo puedes ir para abajo: si tienes el 100% del mercado,
obviamente no puedes ganar más cuota; todo lo que te puede pasar es que tus
competidores se queden con parte de tu cruasán. El gran orden patricio romano
tenía el monopolio del poder republicano de
facto, y la existencia del emperador suponía una obvia reducción del mismo.
Mientras Roma se sacudió en el terremoto de las guerras civiles, optó por
permitir la solución del mando único; pero no eran pocos los que soñaban con
regresar a los good old days a las
primeras de cambio. Pero los emperadores, o sea Augusto, jugaron con magistral
arte político la carta amenazadora del caos. Octavio, literalmente, acojonó a
la sociedad romana con la ruptura de la normalidad que él les había
garantizado. En vibrante escena de la
novela de Graves, durante unos disturbios, una garrida Livia se asoma a una
ventana de palacio, se enfrenta con el populacho vociferante, y les reprocha
que pidan el regreso de la República pues la República, les escupe, es el caos.
Cuando Augusto murió, dejaba una línea trazada que era muy
difícil de quebrar. Pero eso no quiere decir, necesariamente, que el Senado le
otorgase a su sucesor una carta en blanco. Lejos de ello, el reinado de Tiberio
es, en buena parte, la historia de un rosario de encuentros y desencuentros
entre el emperador y su clase política. Problemática en la que la propaganda
jugó un papel importante; entre ella, la propaganda sexual.
Tiberio, ya lo hemos dicho, probablemente fue un emperador
no exento de eficiencia. Pero, al menos en mi opinión, era un tipo amargado,
extraordinariamente melancólico; es incluso probable que tras su divorcio de
Vipsania fuese víctima de una depresión que permanecería latente, apareciendo y
desapareciendo como un Guadiana, el resto de su vida. Esto es algo que
atestigua su propia actitud ante el poder, pues no hay que olvidar que, cuando
Tiberio se retira a Rodas, lo hace en medio de un enorme debate constitucional
sobre quién deberá suceder a Augusto a su muerte.
¿Por qué el problema? Pues porque Tiberio no era hijo de Augusto.
Era hijo de Tiberio Claudio Nerón y, por lo tanto, no pertenecía a la gens
Julia (para que nos entendamos: la familia real), sino a la Claudia (podríamos
decir: más o menos, un Marichalar). De hecho, Tiberio era un Claudio por
partida doble, ya que Livia Drusila, su madre, era hija de Apio Claudio
Pulcher. Por lo tanto, juntaba en sí las dos ramas de la gens Claudia, la
denominada rama de Nerón, y la de Pulcher. Sin embargo, en una concepción
hereditaria del imperio, tenían, para muchos, prevalencia los vástagos de la
gens Julia, la de Augusto; e incluso Agripa o su familia. De hecho, no es hasta
la muerte de sus nietos Cayo y Lucio que Augusto se decidió por adoptar al
hijastro que andaba en Rodas ajeno a todo.
Yo creo, contra la opinión de otros, que la marcha de
Tiberio a Rodas fue sincera. No fue un movimiento estratégico calculado por su
madre, como pretende Graves. Rodas fue un episodio de la ciclotimia pasota del
emperador, como lo sería, regresado a Roma, su decisión de dejar todo el poder
en manos de un parvenu, Elio Sejano, quien
crearía un régimen represivo de terror, no exento de tintes populistas, que
agostó Roma. Sejano cayó, según Graves, por una conspiración de Calígula. En
realidad, tengo yo por más probable que el instigador de dicha movida fuese su
socio conspirador en la novela, Macrón, jefe de los pretorianos y perro fiel
del propio Sejano. Sería lógico que Macrón, ante el deterioro físico de Tiberio
que hacía prever su muerte o su incapacidad, tuviese claro que Sejano no iba a
sobrevivir a la debilidad de su mentor, y decidiese adelantarse a los
acontecimientos liderando una reacción contra su jefe. Esto explicaría la
enorme crueldad de la represión macroniana que, según Tácito, empedró las
calles de Roma de cadáveres de todos los sexos y de todas las edades.
El periodo de Sejano, sin embargo, fue posible gracias a que
Tiberio se embutió en un segundo retiro, ya emperador, esta vez en la isla de
Capri. Tanto Tácito como Suetonio relatan en sus obras bacanales, perversiones
y parafilias sexuales sin cuento en aquella isla, con ejércitos de adolescentes
de ambos sexos prostituidos, obligados a triscar por los bosques como ninfas. Y
a un emperador Tiberio entregado a prácticas entre sádicas y exageradas, muy
centradas en la felación que, nos cuentan estos historiadores, incluso obligaba
a realizar a niños apenas destetados. Estos relatos son la base del mito de
Tiberio como un emperador especialmente pervertido en lo sexual, mito que
Robert Graves compró al 100% en su famosa novela.
Sin embargo, hay cosas aquí que opinar. En primer lugar, hay
historiadores de la época, como Dion Casio y los dos Plinios, que ni siquiera
citan estos hechos. A lo que hay que unir que Tácito odiaba a Tiberio, y más lo
odiaba aún Suetonio, que era, no lo olvidemos, republicano y miembro del ordo equester, esto es, antiimperial por
definición.
El de Suetonio, además, es un relato especialmente extraño,
pues él mismo reconoce que hasta el año 26 a.C., cuando se retira a Capri,
Tiberio vive en Roma desempeñándose como un emperador tan preocupado por el
déficit público que “cutre” es una palabra que se le puede aplicar bien sin
temor a exagerar; y, más aún, liderando diversas campañas para recuperar los
valores morales de la vieja sociedad romana. De repente, sin embargo, Suetonio
pasa a pintarlo en Capri enculando niños y desvirgando niñas, amén de entregado
a complejas prácticas de voyeurismo parafílico.
Además, ni un solo historiador refiere historias siquiera
parecidas del retiro anterior de Rodas; aunque justo es reconocer que Tácito
hace una referencia, genérica, a que allí se entregó a “desenfrenos secretos”.
Como siguiente elemento, cabe recordar que, como hemos dicho
antes, Tiberio “disfrutaba” de un cierto odio de las gens patricias, notables
impulsoras de no pocas de las obras históricas que nos han llegado. Y que, más
aún, como emperador persiguió a la familia de Germánico (especialmente a su
mujer, con la que llevó como el culo); y es precisamente este tronco genético
el que, a través de Cayo Calígula, Claudio y Nerón, acopiará los años de poder
subsiguientes a Tiberio; bien pudieron ceder a la tentación de hacer que la propaganda
lo denigrase.
Existe, no obstante, la posibilidad de que las cosas que se
cuentan sean ciertas, o medio ciertas. Un dato inquietante en Tácito y Suetonio
es que ambos señalen al unísono (de todas formas, se ha especulado con que
ambos utilizasen la misma fuente, hoy
desaparecida) que la degradación de Tiberio se intensificó tras la reacción y
ejecución de Sejano en Roma. Es posible, desde luego, que Tiberio, un hombre
sufriente y amargado, llegase a un punto, al conocer las tropelías y crueldades
cometidas en su nombre por su lugarteniente, que le impulsase a decretar una
represión tan sangrienta como la que ejercitó, tras la cual, literalmente, se
le habría ido la pinza.
También hay algunos testimonios que apuntan a la posibilidad de que la personalidad de Tiberio incluyese ciertos tonos sociopáticos, necesarios para la persona que se dedica a torturar a otros. Suetonio dejó escrito que Tiberio era zurdo y, en realidad, tenía tanta fuerza en la mano izquierda que, nos dice, era capaz de golpear en la cabeza a un niño e incluso a un adolescente y hacerle sangre. Este detalle, evidentemente, tiene que proceder de una anécdota real, quizá el castigo a un esclavo, y revela una evidente capacidad de dañar con absoluta falta de empatía.
No obstante lo dicho, son muchos los estudiosos que hoy ven
terreno más que sólido para sostener la idea de que la presunta fama de Tiberio
como follador compulsivo fue fabricada por la propaganda y es, en su práctica
totalidad, falsa.
Yo imagino, más bien, a un Tiberio que, a fuerza de sufrir
la soledad, acabó por buscarla. Se quedó solo cuando Vipsania salió de su vida.
Lo hizo para casarse con una mujer extraordinariamente ambiciosa que quería ser
emperatriz y que, al parecer, se pasaba el día reprochándole su carácter
pusilánime y tirándose a todo lo que se movía. Amedrentado y asqueado a partes
iguales, acabó solo. Permanentemente solo porque, aparte de Elio Sejano, la
Historia no registra la figura de ese amigo, o esa amante, en la cual descansar
el pecho las noches en que lo ves todo negro. Que en la larga vida de Tiberio,
debieron de ser muchas.
Si así fue su vida, triste sarcasmo es que la imagen que
haya quedado de él es la de un tipo de bacanal continua.
jueves, mayo 10, 2012
Imperator follator (Julio y Octavio)
La imagen de los viejos romanos clásicos entregados a
bacanales de vino y sexo ha cautivado a decenas, si no centenares, de
generaciones. De hecho, en los tiempos contemporáneos los creadores de
películas y novelas cuya atracción se basaba en el morbo sexual han usado mucho
de esta imaginería, centrándose, sobre todo, en la siempre extraña e
inquietante figura de Cayo Calígula.
Por todo ello, es lícito preguntarse si, realmente, todas
aquellas demostraciones corpóreas son ciertas. Y lo primero que cabe contestarse
es que no lo podemos saber con exactitud. De los tiempos antiguos, por
definición, los testimonios que nos han llegado son pocos y, por lo tanto, su
veracidad es difícil de establecer. Ya sé que en la famosa Pompeya aparecieron
mosaicos que representaban escenas subiditas de tono. Pero pararos a pensar,
por un momento, que si un cometa se estrellase contra la Tierra y nuestra
existencia desapareciese, quizá, dentro de miles o millones de años, una nueva
civilización acabaría descubriendo algún libro o foto de alguna pintura clásica
de la anunciación de María; y, a la vista del cuadro, bien podría concluir que
los humanos tenían alas y una aureola dorada que les circundaba la cabeza.
No obstante lo dicho, parece bastante claro que algo de
verdad hay. Aunque no toda. Nos centraremos, en estos comentarios, en los
emperadores romanos más conocidos, entre
ellos el primero de la lista: Julio César.
Julio no era casto en modo alguno. Romani, servati uxores, moechum calvum adducimus, cantaban sus
legiones al entrar en triunfo en Roma. Romanos, guardad a vuestras mujeres, que
os traemos aquí al follador calvo. Nos cuentan algunos relatos, asimismo, que
en los prolegómenos de la decisiva batalla de Farsalia, durante la arenga a sus
soldados, se dedicó a hacer humoradas eróticas con un pepino que tenía en la
mano. Tiene poco de rara la cosa. Julio era un soldado y, como soldado, no
podía ser un tipo que le hiciese muchos ascos a la coyunda con mujer. Aunque
todo parece indicar que, más que un follador desenfrenado, fue un follador
estratégico.
Julio César se casó tres veces, y las tres lo hizo por
conveniencia política. Cornelia, su primera mujer, era hija de Cornelio Cinna,
que había sido dictador de Roma del 86 al 84 a.C. y que pertenecía al partido
antisilano, al que Julio estaba adherido por razones obvias, dado su estrechos
parentesco y relación con el gran enemigo de Sila: Cayo Mario. Tenía 15 años
cuando se casó con Cornelia y 17 cuando se enfrentó frontalmente con Sila, tras
la orden de éste de que la repudiase. Cornelia, sin embargo, murió pronto (68
a.C.) y, un año después, César se casó con Pompeya, hija de Quinto Pompeyo Rufo
y, por lo tanto, nieta de Sila. Como vemos, Julio, con total desparpajo,
cambiaba de partido político mediante el casamiento. Cinco años más tarde, sin
embargo, Pompeya fue relacionada con el escándalo protagonizado por Publio
Clodio Pulcher, quien se había introducido, disfrazado de mujer, en una
celebración en casa de César, al parecer con la intención de pulirse a su
señora. La enorme popularidad de Clodio hizo
que César volviese su crítica hacia su mujer pronunciando esa famosa frase que
se traduce así así, porque más bien quiere decir: me divorcio porque considero
que no puedo tener una mujer que sea objeto de sospecha.
Tres años después de su divorcio, Julio se casó de nuevo,
esta vez con Calpurnia, hija de Calpurnio Pisón, aliado suyo. Al que se uniría,
de momento, Pompeyo, puesto que se casó con Julia, hija de César.
Pero estas son solo las relaciones oficiales. Suetonio le
atribuye a César, además, amoríos más o menos largos con Postumia, la esposa de
Servio Sulpicio; Lolia, mujer de Aulo Gabino; o Tertula, la mujer de Marco
Craso. Pero, por encima de todas ellas, se señala como gran amante de Julio a
Servilia, la madre de Marco Bruto. ¿Quiere ello decir que, tal vez, el
famosérrimo tu quoque, fili, era literal?
No parece, pues la mayor parte de los indicios apuntan a que Julio sentía por
el joven más una admiración por sus habilidades que un amor paternal.
La relación de Julio con Servilia tenía también una vis
política fundamental, puesto que era hermanastra de uno de los principales hombres
políticos del momento: Catón. Como también lo fue la mantenida con la reina
egipcia Cleopatra, con la que todo parece indicar César no estuvo nunca eso que
se dice colgado, sino que la utilizó en el marco de sus movimientos contra su
hermano, Ptolomeo XIV. Algunos historiadores de la época incluso dudan de que
el tan famoso como misterioso Cesarión, hijo de Cleopatra, fuese hijo de Julio.
La afamada serie Roma, de la BBC, recoge
de alguna manera esta versión, haciendo al niño hijo de Pullo, el legionario
que es uno de los dos protagonistas principales de la serie.
Según el griego Dion Casio, al final de su existencia, en la
cumbre del poder dictatorial de César, sus partidarios llegarían a defender la
necesidad de una ley que permitiese al dictador, literalmente, follar con quien
le apeteciese.
El gran asuntillo sexual que ha perseguido a César durante
2.000 años, e inclusodurante su vida, es el de su estancia en Bitinia,
en la corte del rey Nicomedes. Fue ésta una estancia bastante larga y, además,
al volver a la metrópoli, César se las arregló para regresar de nuevo. Lo cual
alimentó, rápidamente, la especie de que Julio era homosexual, y Nicomedes su
chochito. Existen testimonios de que hubo senadores, que, durante los debates
con Julio, lo trataron a propósito con el género femenino; uno, incluso, dijo
de él que era “el esposo de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”.
Sila, su enemigo, lo llamaba “el hombre
del cinturón flojo”, lo cual era una alusión directa a la forma de vestir
habitual de los homos de la época, que llevaban la toga más suelta (ignoro
por qué). Conocida es también la admonición pública con que Cicerón recibió la
victoria cesarea frente a Pompeyo, afirmando que nunca habría esperado que un
hombre tan poco ceñido pudiese ganarle (hay que añadir, para entender esta
frase, que de la heterosexualidad de Pompeyo; más aún, de su condición de lo
que hoy llamamos Macho Alfa, no dudaba nadie).
Coleen McCollough, erudita biógrafa moderna de César, no
cree la historia de Nicomedes. Este bloguero diría que no, pero sí. No, en el
sentido de que César fuese homosexual, en el sentido en que más que probablemente
lo fuera, por ejemplo, Calígula. No practicó el amor con hombres normalmente.
Pero sí, porque para Julio, es al menos lo que para mí se destila de las líneas
anteriores, el sexo era parte de la carrera por el poder. Seducir, para él, era
allanar su camino hacia el poder. Y no parece que Julio fuese de los que se
arredraban ante el hecho de que la seducción tuviese que producirse sobre
elementos volumétricamente más abundantosos que los que se encuentran en una
entrepierna femenina. Eso sí, acusaciones como las de Catulo, que apuntan hacia
la relación con amantes menores por puro placer (como sí pudo tenerlos Sila), son difíciles de creer.
Tras la exagerada vida de Julio, le sucedió Octavio, quien
claramente derivó hacia una existencia algo más calmada. En buena parte hijo
político de Julio, Octavio también practicó el casamiento por razón de poder.
Su primera mujer, Claudia, era hija de Publio Clodio e hijastra de Marco
Antonio; Octavio se casó con ella para consolidar el que se conoce
habitualmente como segundo triunvirato (43 a.C.) Dos años después, la repudió
sin siquiera haberla desflorado (todo un detalle, porque era una niña).
Inmediatamente, Octavio se casó con Escribonia, tía política
de Sexto Pompeyo. En apenas un año, tuvieron tiempo de tener una hija, la
escandalosa Julia; pero, pasados más o menos doce meses, se divorciaron en
medio de grandes peleas.
Aquí, sin embargo, acabó la identificación de Octavio con
Julio pues éste, que con el detalle demuestra que tenía criterio y no estaba
dispuesto a seguir las costumbres habituales, se casó por amor. Y cómo se casó.
Se enamoró de un pibón de 19 años, Livia, que no sólo estaba casada con Tiberio
Claudio Nerón, sino que estaba embarazada de seis meses (de su hijo Tiberio,
que sería emperador). En enero del año 38, Octavio le guindó la piba a Tiberio,
y se casó con ella. A partir de entonces, Livia se convirtió en su gran
confidente y un verdadero contrapoder en la sombra; aunque sus acciones y
habilidades como asesina envenenadora, de las que tanto eco se hace Robert
Graves en su I, Claudius, están lejos
de estar atestadas.
Un historiador clásico, Aurelio Víctor, dice de Octavio que
experimentaba una flagrante haud modice
luxuria; o sea, que estaba más empalmado que un mandril. Es posible que sea
cierto. Y hasta es posible que, como dicen otros, se hiciese llevar jovencitas a palacio para
darle lustre al lápiz. Pero todo ello, si lo hizo, lo hizo con sentido de
hombre de Estado, y evitando a toda costa el escándalo. Aunque es posible que
una vez se le fuese la mano, con la muy sensual Terencia, mujer de Mecenas, a
la que quizás tuvo que llevarse a la Galia porque sus condumios en Roma eran ya
vox populi.
A la muerte de Octavio, le sucedió Tiberio, su hijastro. Con
él, comenzó el, probablemente, reinado imperial más famoso por motivos sexuales
y, por ello mismo también, más sometido a discusión.
Dejémosle, por el momento, casado con su hermanastra Julia
El Putón.
lunes, mayo 07, 2012
Mahoma
En el año 570 de nuestra era, con bastante probabilidad,
nació Mahoma, en el seno de un clan árabe, los Banu Haxim, que, en el tiempo de
la pujanza omeya, había perdido bastante de su fuerza pretérita. Los primeros
cuarenta años de su vida son apenas conocidos, aunque se sabe que se casó con
una mujer unos veinte años mayor que él, Jadicha, a la cual Mahoma amó tan intensamente
que algunos islamistas han llegado a decir que, de haberle sobrevivido, quizás
el Islam hoy sería monógamo como el cristianismo. Jadicha tenía una pequeña
fortuna que más que probablemente administraría su marido, por lo que podemos
estimar que Mahoma, si no era comerciante, debía de conocer algunos de los
trucos de esa profesión.
No conocemos información esencial sobre qué pudo pasar en el
610 para que, repentinamente, Mahoma se creyese llamado por Dios. Se ha dicho,
desde el descubrimiento de los famosos rollos del Mar Muerto, que pudo ser el
contacto con estas comunidades esenias las que lo llevaron por ese camino;
también puede ser, por qué no, que el arcángel Gabriel se le apareciese en el
monte Hira, le entregase un libro y le invitase a leerlo, como afirma la
tradición.
Es importante entender que la revelación que recibe Mahoma
no proviene de un Dios distinto del Dios de los cristianos. Para los árabes,
hablar de Alá es como para un hispanoparlante hablar de Dios. El Alá que
provocó, por así decirlo, la iluminación de Mahoma es el mismo Dios de Abraham,
y de Jacob; el Dios padre del Nuevo Testamento. Un musulmán que se precie de
serlo no encontrará problema en rezar el Padre Nuestro.
Tras la revelación del monte Hira, Mahoma acopió una estrecha
corte de creyentes: además de él mismo, contó con Jadicha, su mujer; su primo
Alí abi Talib, que se había casado con su hija Fátima; y que será quien, a
través de sus hijos y nietos de Mahoma, Hasán y Husayn, hará nacer las
diferentes ramas del mahometanismo.
Desde el 610, año de la revelación, hasta el 622, es decir
la primera etapa prosélita de Mahoma, éste parece haber encontrado importantes
niveles de aquiescencia entre las personas de más baja clase social de su
entorno, por lo que podemos entender que su mensaje se produjo, probablemente,
con un importante contenido de orden social, reivindicativo incluso. Esto pudo
granjearle la enemiga de los ricos y comerciantes, quienes podrían haberse
planteado acabar con él, de no ser Mahoma miembro del clan hashimí, quien lo
protegió de facto.
Tras unos años de existencia azarosa y poco relevante, se
produjo en el entorno del oasis de Yatrib, es decir en las inmediaciones de
Medina, un largo enfrentamiento entre tribus al que nadie parecía encontrarle
solución. Por ello, los contendientes buscaron la figura de un mediador, y
escogieron a Mahoma porque para entonces ya tenía fama de equilibrado y,
además, había, al parecer, pasado algunos años de su infancia en la zona de
Medina. Mahoma aceptó la labor y, por ello, burló la vigilancia de sus
guardianes mequíes para huir a Medina. Esto ocurrió el 15 de julio del 622,
fecha utilizada por los musulmanes para iniciar la cuenta del tiempo.
En Medina
continuó con su labor profetizadora, y esto es algo que muchos islamólogos ven
claramente en el Corán, porque Medina, entonces, tenía una importante población
de creencia judía, a la cual Mahoma habría intentado atraerse. Y lo hizo de la
misma manera que el cristianismo, siglos antes, se atrajo a mitraístas,
creyentes en Cibeles y en otros cultos: adaptando su propia teología con
elementos que le fuesen familiares a esos creyentes. Como digo, esta es la
razón, a decir de muchos expertos, de que existan en el Corán decretos como el
ayuno en el día de Ashura (fecha de celebración mosaica; conmemora el ayuno que
hizo Moisés después de salir los judíos de Egipto) o la santidad musulmana de
la ciudad de Jerusalén (aunque ésta se la podía haber ahorrado, porque con los
siglos ha acabado por dar unos problemas de la hueva). Es muy probable que
fuese la escasa audiencia de los judíos hacia estas estipulaciones lo que
acabase provocando que Mahoma decidiese girar la liturgia hacia elementos
puramente árabes, tales como la oración mirando a La Meca o el, por así
decirlo, sistema de ayuno propio (que conocemos como Ramadán). Cabe recordar,
en este sentido, que también los primeros padres de nuestra iglesia hicieron
todo lo posible por distinguir su Pascua de la judía.
En todo caso, la difícil conexión entre musulmanes y judíos
plantó la semilla de la fuerte procura monopolística de los musulmanes,
absolutamente patente aun a día de hoy, pues son los islámicos los países
confesionales donde más difícil, cuando no directamente prohibido, es la
profesión de cualquier otra fe.
En todo caso, consolidado ya su gobierno mediní, a partir
del 622, Mahoma pudo comenzar con el que, probablemente, era su objetivo desde
el principio, pues Mahoma comparte con el otro gran creador de religiones,
Saulo de Tarso, la innegable característica de ser un excelente estratega,
sobre todo en el largo plazo. Para mí, por lo tanto, lo más probable es que
Mahoma no soñara nunca con consolidar una simple creencia local, sino con
construir una religión universal, capaz de cautivar (o de invadir) a gentes del
mundo entero.
Sin embargo, en su expansión, que era al tiempo religiosa y
política, chocó con los coraixíes o coraixitas, es decir los habitantes de la
zona de La Meca. En Badr los derrotó, pero en la batalla de Uhud, los mequíes
le dieron a su ejército hasta en los bosones de las ingles. Por cierto, que se
tiene por bastante probable que esta derrota fuese el origen de la prohibición
musulmana de beber vino. Al parecer, en las tabernas de Medina se largó de la
leche contra Mahoma por aquella derrota, motivo por el cual, dicen algunos
estudiosos, éste incluyó en el Corán suras contra el vino. No obstante, hay que
tener en cuenta que el Corán no prohíbe, en realidad, la ingesta de vino;
previene a los creyentes contra el efecto de mamarse, porque hace que las
personas no sepan ni lo que dicen ni lo que piensan (la más clara, la sura denominada
de Las Abejas (43, si no he contado mal), que ordena al creyente no rezar
bebido). La sura conocida como de la mesa servida asegura que el vino es
abominación del demonio, pero recomienda
evitarlo. La prohibición estricta del consumo de vino es, más que probablemente,
posterior a Mahoma (y en modo alguno total, ni en la Historia, ni en el mundo
musulmán).
El general mequí, al-Jalid ben al-Walid, decidió, tras Uhud,
marchar hacia Medina para acabar con Mahoma de una vez. Sin embargo Mahoma realizó una serie de obras
en Medina, mediante la construcción de tapias y fosos, que hicieron la ciudad
inexpugnable. Asimismo, secó el oasis de provisiones, con lo que los sitiadores
comenzaron pronto a experimentar serios problemas con la alimentación, y
tuvieron que retirarse.
El desprestigio sufrido por las tropas mequíes cambió las
cosas en la que terminaría siendo ciudad santa de los musulmanes. Las familias
de dinero, ante la sospecha de que tal vez no sería posible oponer a las tropas
de Mahoma una oposición eficiente, comenzaron a pensar en abrazar su religión
como forma de pacto. De esta manera, en el 628 las fuertes oposiciones
iniciales a la organización de
peregrinaciones hacia La Meca fueron vencidas, marcando el auténtico punto de
inflexión del poder de Mahoma. Al año siguiente, Mahoma peregrinó a la Kaaba
por primera vez, peregrinación que duró tres días durante los cuales los
coraixíes abandonaron la ciudad. Al año siguiente, los coraixíes se rebelaron,
pero fue una lucha desigual, entre otras cosas porque los conversos entre sus
filas se contaban por centenares.
En marzo del 632, Mahoma peregrinó de nuevo a La Meca,
peregrinación durante la cual promulgó un número muy elevado de disposiciones
destinadas a estructurar el nuevo Estado musulmán y su moral pública, y que aún
hoy son la base del Derecho en la mayoría de los países musulmanes. Es probable
que él mismo se sintiese morir de su malaria crónica. El 8 de junio, pocos días
después de una ceremonia en la que se echó a los pies de sus fieles y les pidió
perdón por todas las ofensas que les pudiera haber causado, falleció en los
brazos de su esposa Aixa.
Terminaba un proceso de gran interés, y comenzaba otro de
mayor interés aún, del que hablaremos pronto.
Pour en savoir plus, no podrás hacer nada mejor que leerte el, para mí, monumental, Mahoma, de Maurice Gaudefroy-Demombynes, editado en España por Akal. Menos densa, la biografía de mismo nombre de Juan Vernet.
miércoles, mayo 02, 2012
Juros
Desde que existen los pueblos organizados, existen los
impuestos. Y existen de una forma muy parecida, en realidad, a como son hoy en
día. Sin embargo, si todo ha evolucionado, los impuestos también lo han hecho.
En su inicio, el impuesto era un pago de pleitesía que los pueblos sometidos
pagaban a su sometedor; era algo bastante parecido a una exacción mafiosa:
literalmente, quien pagaba impuestos, lo hacía para no ser masacrado o
esclavizado por quien se los cobraba.
Con el nacimiento de Estados más centralizados, todo el
mundo tuvo que empezar a pagar impuestos, incluso los ciudadanos de la nación
impositora; aunque bien es verdad que la exención a los más ricos es cosa muy
antigua. El impuesto, en su inicio, comenzó gravando los momentos en los cuales
Estados sin ordenadores podían aspirar a controlar la existencia de ingresos
gravables: la posesión registrada (es decir, la de bienes raíces); y el
consumo. Así, los primeros impuestos gravan la propiedad inmobiliaria (con la
obligada exención eclesial), determinados tipos de consumo (los más habituales:
sal, vino, trigo…) y el tránsito de mercancías (los famosos portazgos). Muchos
de estos impuestos son fijados en su totalidad, para después pasarse a la
siempre delicada labor de distribuir el pago entre los contribuyentes; labor
que no estaba exenta de enfrentamientos y problemas sin cuento.
Hay una cosa que hoy es moneda común en nuestro sistema
fiscal y que, obviamente, en los primeros Estados que perfeccionaron sistemas
fiscales no pudo ser posible. Una cosa que parece no tener importancia pero
que, sin embargo, es fundamental para entender la suerte financiera de los
Estados medievales: esa cosa se llama retención.
La retención de Hacienda es lo que hace que la financiación
de los gastos públicos pueda ser fluida y continuada. De no existir la
retención, el Estado depende teóricamente, para la realización de sus gastos,
del momento en que la recaudación se produce. Sin posibilidad de retenciones,
el presupuesto de ingresos públicos se hace notablemente impredecible y
volátil.
Pero para poder practicar retenciones impositivas, un Estado
necesita tener dos cosas de las que el Estado medieval carecía: una
administración recaudadora centralizada (que no existía: muchos impuestos eran
territoriales, y otros tenían la recaudación arrendada a particulares); y
capacidad de registro rápido de información (que tardaría casi 1.000 años en
llegar).
De alguna manera, es por esta falta de capacidad recaudadora
constante que nace, al menos en España, el fenómeno de la deuda pública. La
emisión de empréstitos, en efecto, tiene, entonces como ahora, la gran ventaja
de que el Estado, como emisor, controla cuándo va a buscar dinero, o sea cuándo
lo obtiene. La emisión de deuda se adapta mucho más a las necesidades de gasto
de las Administraciones; aunque tiene el obvio pero de que pagar impuestos le
sale gratis a quien los recauda, mientras que la deuda, en tanto que préstamo,
tiene un coste para quien la emite.
España lleva emitiendo deuda desde hace siglos, y no es
ésta, desde luego, la primera vez que ha tenido problemas con la misma.
Hablemos del orden de todo esto. Hablemos, por lo tanto, de los juros.
Un juro no puede considerarse un título, sino más bien un
certificado. Era un papel por el que se definía un privilegio a favor de la
persona citada en él. Esta persona declaraba entregar al rey un capital y, a
cambio, el rey le concedía el privilegio de cobrar una parte de determinados
impuestos, citados en el documento, hasta una cantidad prefijada. En realidad,
por lo tanto, era como una deuda, porque el capital cobrado no dejaba de ser el
rendimiento esperado por la inversión; aunque se parece más a la figura de lo
que hoy conocemos como deuda subordinada, puesto que dicho rendimiento estaba
vinculado a la recaudación efectiva del impuesto designado.
Los juros, por lo tanto, y contra lo que ocurre hoy con la
deuda pública, que en cada emisión es igual para cada comprador, eran, cada
uno, de su padre y de su madre. Las características del juro que lo hacían
diferente en cada caso eran:
- El capital a percibir, o sea el interés, era distinto en cada caso. El rendimiento figurante en el privilegio no era el fruto de ningún mercado, sino de la negociación directa entre la Hacienda del rey y el emisor (o un intermediario que éste designase, porque todo debía de hacerse en la Corte). En ocasiones, la corona pactaba con grandes banqueros, entregándoles grandes paquetes de juros para su colocación entre el público, operación en la cual pactaba con los banqueros un rendimiento mínimo por los títulos (con lo que los bancos operaban como lo que modernamente llamamos aseguradores de la emisión); pero el tipo efectivo final dependía de la negociación entre bancos e inversores.
- Los impuestos a los que estaban vinculados eran impuestos concretos. O sea, si hoy se emitiesen juros, no se emitirían contra la recaudación del IVA en particular; sino, por ejemplo, contra la recaudación del IVA en Aranda de Duero. Dos juros, pues, no eran iguales, porque los impuestos a los que estaban vinculados podían tener diferentes perspectivas de recaudación. Es importante entender que, el año que la recaudación afectada era insuficiente, el Estado no tenía obligación alguna de compensar la deuda con otros ingresos (es decir: si un año no se recaudaba suficiente IVA en Aranda de Duero, el pago no tenía que producirse con el impuesto del alcohol de Burgos o el IVA de La Coruña; el inversor, simplemente, se quedaba sin sus intereses).
- El modo de reembolso de los juros otorgaba prelación de cobro a los más antiguos. Por lo tanto, los juros con mayor antigüedad eran más seguros, porque su cobro era más cierto. De esta manera, los juros suponían una vía de financiación muy estable para tomadores de muy largo plazo; notablemente, la Iglesia.
La emisión de deuda pública por parte de los monarcas, como
operación financiero-fiscal, surgió más o menos con los Reyes Católicos; los
cuales se encontraron una realidad (común a toda Europa) por la cual, en las
décadas anteriores, eran las ciudades las que se habían endeudado de una forma
muy fuerte, lo que hizo necesaria la intervención del Estado central, por así
decirlo.
Los juros nacieron como una forma que encontraron los reyes
de atraerse el poder de la nobleza. Por medio de estos privilegios, los nobles
recibían unos ingresos del Estado, normalmente durante una o varias vidas,
motivo por el cual estos títulos se denominaban “juros de por vida”. Sin
embargo, el juro verdaderamente ligado a las vicisitudes financieras del Estado
es el denominado “juro al quitar”, que es el que acabamos de describir, por el
cual se comprometía una parte de los ingresos impositivos. Visto con ojos
modernos, se podría decir que los juros, más que Deuda Pública, consistían en
una especie de securitización o titulización de los ingresos impositivos.
Los juros, sin embargo, no tenían, como hoy en día, un valor
actual, ni una duración financiera. Si la deuda actual compromete unos pagos
periódicos de intereses durante un determinado tiempo (un año, cinco años, diez
años…), el juro era de carácter indefinido, por lo que su poseedor obtenía su
cachito de impuestos para siempre; pero, a cambio, era redimible por el rey en
el momento en que considerare. Momento en el cual, la corona satisfacía el
principal un día entregado, y la obligación de satisfacer el “situado” (así se
llamaba la cantidad de intereses a abonar) desaparecía. La ausencia de graves
fenómenos inflacionarios hacía que no hubiera necesidad de hacer más
previsiones en la amortización del capital.
El tomador del juro recibía el original del privilegio,
mientras que la denominada Contaduría de Las Mercedes retenía una copia. La
Hacienda castellana llevaba una meticulosa contabilidad de los juros existentes
y los compromisos de pago que devenían, algo que era fundamental para ella
porque, en buena parte, la marcha de su presupuesto dependía de la buena fama
de estos títulos, es decir de que los inversores confiasen en ellos (hoy
diríamos: les diesen un rating alto); y eso sólo se conseguía llegando
puntualmente con los pagos. La necesidad
de que los juros tuviesen una total confianza del mercado explica que se
pagasen al contado, y en plata.
Los poseedores de los juros eran libres de enajenarlos,
total o parcialmente. Esto es algo que solían hacer mucho los compradores cuando
necesitaban dejar una garantía de pago (lo cual, de nuevo, demuestra la
altísima confianza que se tenía en Castilla hacia estos títulos). Cada vez que
se vendía un juro, era necesario comunicarlo a la Hacienda, pues ésta sólo
guardaba notaría del titular inicial del privilegio. En el caso de que el juro
fuese vendido a varios poseedores, además, era necesario que la Contaduría
extendiese otros tantos privilegios nuevos correspondientes a cada cuotaparte
de la operación.
Durante el siglo XVI, los juros se pagaron religiosamente.
Fue ésta, además, la etapa en la que Carlos V y su hijo Felipe le dieron una
vuelta de tuerca genial a este sistema, generando un capitalismo popular que
está en los cimientos de la hegemonía castellana de la época: sobre Aragón y
Portugal, en lectura interna; y sobre el resto del mundo, en externa.
Ya hemos dicho que los juros nacieron para lucrar con ellos
a los nobles y a los monasterios. Sin embargo, en la España carlina y filipina
había otros elementos importantes del quehacer económico, que es lo que hoy
llamaríamos altoburgueses: laneros, trigueros; prominentes primeros financieros,
que se lucraban de la plata de Indias. Todos estos personajes, acumulados en
las ciudades, tienen una importancia en la Historia que habitualmente les
negamos. No se suele decir, sin ir más lejos, que, siglos antes, son ellos, en
muchos casos, los responsables de que se levantasen las catedrales, pues son sus
donaciones (no, desde luego, las de los nobles) las que hacen posibles esas
obras hercúleas. En los tiempos del Renacimiento castellano, el dinero de los
burgueses acomodados construirá otra gran catedral que llamamos poder imperial.
Ellos, en mucha mayor medida que nadie más, comprarán los juros. Por ellos es
por lo que, a la llegada a Sevilla de los barcos de América, el gobierno de
Madrid enviará delegados con la cartera repleta de juros a la venta. Castilla
es, entonces, una economía absolutamente próspera (y lo seguirá siendo, más o menos, hasta
que la solidaridad con el resto de España sacrifique una parte de los réditos
de la ganadería y las industrias típicas del territorio), y sus empresarios
tienen recursos suficientes como para comprar unos títulos de cuya seguridad,
además, no dudan.
Los juros, además, hicieron florecer en Castilla la
intermediación financiera. El Estado vendía muchos títulos directamente (igual
que ahora los vende en su web), pero también hizo uso de intermediarios, como
es lógico puesto que, ya lo hemos escrito, el Estado no tenía delegaciones, y
todo debía hacerse en Madrid.
Con todo, los intermediarios más habituales fueron los
banqueros del rey, habitualmente genoveses. El Estado renacentista español
tenía tres fuentes de financiación:
- Los impuestos, que eran la base de todo pero se cobraban con retraso y a través de intermediarios.
- Los juros.
- Los llamados asientos, que no eran sino préstamos concedidos por banqueros para resolver los problemas de tesorería del gasto público, o salir en auxilio de alguna necesidad imperiosa surgida por alguna guerra.
Los asientos eran la forma más rápida de obtener dinero, y
por eso Castilla siempre abusó de su recurso; algo que pagaría caro cuando su
poderío económico se esfumase. Los banqueros, sin embargo, siempre querían algo
en garantía y, contra lo que se pueda pensar, no siempre esa garantía se podía
ejecutar contra las remesas de plata llegadas de América, porque buena parte de
lo que traían los barcos era para particulares.
En realidad, el mejor elemento para satisfacer a los
banqueros eran los juros. Así, los juros podían utilizarse, en terminología
actual, como una garantía colateral (algunas veces, la operación se parece
incluso al comprador de dos derivados de signo distinto, que con ello se cubre
de los riesgos), en el caso de que el asiento aun estuviese en plazo de pago; o
como una especie de aval de descuento, en los casos, que eran muchos, en que la
corona se retrasase en el reembolso del asiento, y lo pagase con juros.
De hecho, la interacción entre juros y asientos provocó la
creación de los denominados juros de caución. Era un juro que se entregaba al
banquero que prestaba dinero al rey, con el compromiso de mantenerlo en su
poder, pudiendo venderlo sólo en caso de producirse impago del asiento original
(lo cual se parece a una especie de opción o incluso, si nos ponemos muy
pollas, un credit default swap). La
presión de los banqueros, a los que los activos ilíquidos nunca les han
gustado, hizo que estos juros finalmente se hiciesen enajenables incluso antes
del impago (con lo cual pasaron a operar con una especie de reaseguro, pues en
la venta del juro el banquero traspasaba el riesgo de crédito a su cliente; y, si entonces hubiese existido Bloomberg, su cotización secundaria habría aportado información precisa sobre las previsiones del mercado en torno al cumplimiento del presupuesto de ingresos de la corona).
Esta actividad generó la primera situación en la Historia de
España de otro tema que hoy está muy en boga: el endeudamiento externo. Los
banqueros de la corona era, o bien genoveses, o bien judíos portugueses huidos
de España tras la expulsión. Pero la población fundamental era la primera (los
genoveses, por cierta, eran especialmente odiados por los catalanes, quienes
los llamaban moros blancos), por lo
que estos banqueros, que obtenían sus pasivos de clientes italianos,
procedieron, en el marco de estas operaciones, a venderle juros masivamente a
estos italianos.
Durante la edad de oro de los juros, todo esto fue oro
molido para la banca: ganaba dinero con los asientos (que se devolvían) y
ganaba dinero con la intermediación de los juros.
El prestigio de los juros se basaba en una sola cosa: que la
emisión se correspondiese con los impuestos comprometidos. Sólo de esta manera,
quien compraba el juro cobraba, y el mecanismo podía seguir siendo de
confianza. El problema surgió a partir del segundo cuarto del siglo XVII,
cuando las obligaciones imperiales españolas, y el agotamiento del crecimiento
acelerado en Castilla, comenzaron a estancar las posibilidades de la Hacienda,
sin que ésta dejase de emitir juros por ello.
Había llegado el momento de crecer los juros.
El crecimiento de un juro significa, en realidad, su
abaratamiento. La razón del uso de la palabra está en que los castellanos de la
época desconocían el uso financiero del porcentaje y, consecuentemente,
expresaban la rentabilidad de los juros poniendo en relación nominal e
intereses. Los juros, así, eran, por ejemplo, de 10.000 el millar. Esto quería
decir que el tomador pagaba 10.000 maravedíes a cambio de un derecho sobre
1.000 maravedíes del impuesto de que se tratase. Es lo que hoy llamaríamos una letra al 10%, en principio perpetua.
En la operación de crecimiento, la corona invitaba al
tomador a acrecer el pago realizado (de ahí lo de crecimiento), conservando el
pago de intereses. Por ejemplo, si un juro de 10.000 al millar se acrecía el
doble, el tomador pagaba 10.000 maravedíes más, y se convertía en poseedor de
un juro de 20.000 al millar. O, lo que es lo mismo: el Estado, que le debía un
10%, ahora le debía un 5%. El crecimiento de juros era, pues, una quita en toda regla.
El otro gran acto que podía realizar la Hacienda era el
desempeño del juro; esto es, hacer uso de la potestad de la corona de devolver
el principal, extinguiendo toda obligación de pago y liberando la recaudación
tributaria correspondiente. Normalmente, el desempeño se hacía sobre títulos
antiguos a alto tipo de interés, seguido de emisión de nuevos juros a un tipo
menor.
¿Por qué los inversores aceptaban estas cosas? En primer
lugar, porque la puntillosa administración castellana, heredera de la obra
filipina, recababa constante información sobre la marcha de las cotizaciones en
todas las ciudades y, por lo tanto, sabía cuándo acrecer y desempeñar con
expectativas de esperar demanda para ambas operaciones. En segundo lugar,
porque los juros seguían siendo una fuente de ingresos considerada
razonablemente estable, y los empresarios castellanos, sometidos a los
caprichos del clima, las enfermedades del ganado, los mercados internacionales,
las guerras, etc., veían en esta inversión una cobertura razonablemente segura.
El sistema hizo crisis, como digo, cuando el situado de los
juros vino a equivaler, prácticamente, con las posibilidades recaudatorias de
la Hacienda Real. Fue, como digo, el momento en el que empezaron los
crecimientos masivos: de ser operaciones selectivas pasaron, a partir de 1608,
a afectar a la totalidad de la deuda de unas determinadas características. Las
operaciones masivas generaron vivas protestas, especialmente por los tomadores
de los juros más antiguos (que eran, ya lo hemos dicho, los que tenían un cobro
más seguro).
En la tercera década del siglo XVII, los juros empezaron a
experimentar problemas de demanda. Por primera vez, se encontraban con que el mercado
empezaba a ser renuente a comprar los privilegios. Al reiniciarse la guerra de
Flandes, ya reinando Felipe IV, el gobierno tuvo que decretar algo muy parecido
a una quita o suspensión de pagos, pues redujo el rendimiento de todos los
juros que estuviesen dando más del 5%; y, además, lo hizo sin desempeñarlos
(amortizar el principal) ni crecerlos, sino, directamente reduciendo el
rendimiento. A partir de 1630, la demanda de juros prácticamente desapareció,
momento en el cual la corona comenzó una carrera desenfrenada por reducir su
nivel de endeudamiento, primero dejando de pagar con plata y pasando a pagar
con moneda de vellón; y, después, aplicando descuentos unilaterales en el
interés, conocidos como la annata y
la media annata. La medida se planteó
como algo provisional y provocado por la grave crisis de las finanzas públicas
de 1630, pero cinco años después se eternizó, convirtiéndose de facto en una especie de Tasa Tobin, es decir un impuesto sobre la adquisición de deuda pública. Todavía
en 1727, seguía la corona peleando con este monstruo de deuda, decretando una
modificación unilateral del nominal de los juros de 20.000 al millar a 33.000
al millar. Pero, al revés que un siglo antes, esto no se hacía obteniendo la
diferencia del tomador; era, ya, una simple y pura quita del interés.
Quien quiera profundizar en lo que aquí se ha contado, puede
acceder, gratuitamente, a un excelente trabajo, de cuya introducción he sacado
buena parte del contenido de este post. Se trata del análisis Oferta y demanda de deuda pública en
Castilla. Juros de alcabalas (1540-1740), debido a Carlos Álvarez Nogal y
publicado en las series de Historia Económica del Banco de España. Pero a quien
le guste bucear en las librerías usadas le interesará buscar el monumental La Hacienda del Antiguo Régimen, del maestro Miguel Artola; y, si busca mucho más, puede tener la
suerte de encontrar un libro delicioso, titulado Hacienda Pública de España, obra de Ramón de Espínola. La edición
que yo tengo es de 1849, Imprenta de Manuel de Campo, Madrid.
Asimismo, quien quiera empaparse de los crecientes problemas
que el presupuesto militar creó a la Hacienda española, debería leer el
insuperable Guerra y decadencia de I.
A. A. Thomson.
Yo, ya lo siento, pero es que tengo debilidad por la Historia de los Impuestos.
lunes, abril 30, 2012
Una guerra de viñetas (1)
Esta viñeta, cuyo autor desconozco (firma en la esquina inferior izquierda, pero no la decodifico), fue publicada el 18 de febrero de 1937 por el Diario Vasco. En zona republicana, pues.
Resulta una viñeta realmente excepcional por la forma directa con la que trata el tema de la sexualidad libre. Asunto que en los años treinta del siglo XX era tabú en España, también en zona republicana.
En este caso, sin embargo, el tema se pone al servicio de uno de los asuntos preferidos de los caricaturistas republicanos: la presencia de tropas moras en el bando nacional. La propaganda republicana hizo esa presencia mayor de lo que realmente era; la motejó de intolerable interferencia de tropas no españolas (lo que se dice ver la paja en ojo ajeno y blablabla); y, sobre todo, acusó a los moros de realizar crueldades sin fin, entre las cuales se encontraba en lugar preferente la violación de las mujeres. De esta manera, se trataba de construir una oposición total, civil y militar, al avance de las tropas nacionales.
El pretendido desenfreno sexual de los moros es aquí sublimado en otra cosa diferente. Aparece el soldado junto a una mujer entrada en años, que sonríe satisfecha. El diálogo que acompaña a la viñeta es:
- Usted es de los buenos...
- Yo ser... regular.
El diálogo juega con el doble sentido de la expresión "de los buenos" (la señora, de clase alta, considera a los nacionales los buenos); de la expresión "ser regular": ser regular en la cama, o pertenecer al cuerpo de regulares.
No era nada habitual, en la chistología de la época, ni en sitio alguno en realidad, explotar la figura de la mujer entrada en años (y en kilos) que, a pesar de ello, da pasos para darse una alegría al cuerpo; menos aún puliéndose a un moro. Es por ello que os la traigo aquí.
Kurdos
El imperio otomano podría considerarse una de las mayores,
si no la mayor, irregularidad de la Historia moderna, a juzgar por los muchos
problemas que a la postre creó desapareciendo.
Ciertamente, todos los imperios de gran tamaño que un día dejan de serlo legan en herencia al mundo un rosario de enfrentamientos, traiciones y acciones disolventes; eso lo saben bien los herederos de Alejandro, o los últimos emperadores romanos. Son, tal vez, los chinos los únicos que han conseguido desmantelar su imperio sin perder la cohesión territorial y social; aunque eso lo hicieron, en buena parte, a base de sustituir un imperio por otro.
Ciertamente, todos los imperios de gran tamaño que un día dejan de serlo legan en herencia al mundo un rosario de enfrentamientos, traiciones y acciones disolventes; eso lo saben bien los herederos de Alejandro, o los últimos emperadores romanos. Son, tal vez, los chinos los únicos que han conseguido desmantelar su imperio sin perder la cohesión territorial y social; aunque eso lo hicieron, en buena parte, a base de sustituir un imperio por otro.
Una de las consecuencias terribles del desmantelamiento del imperio turco es la cuestión kurda; la cual, pese a encontrarse actualmente algo más, digamos, solucionada, sigue siendo un elemento desequilibrante de primer nivel en el Oriente Medio.
La minoría racial kurda es considerada la mayor de las existentes en el mundo que carece de un Estado propio. Su “nación” se extiende por territorios situados en las actuales Turquía, Irán, Irak, Siria y la antigua URSS (sobre todo, Azerbaiyán). Aunque también hay comunidades kurdas, que han tenido su importancia, en Jordania, Líbano, Yemen, Afganistán, Pakistán y Europa, en una situación genérica que se parece mucho, o más bien muchísimo, a la diáspora palestina. Los kurdos, sin embargo, históricamente han cometido el error de no meterse con un pueblo en el punto de mira de la opinión pública occidental, como el de Israel. Esto los ha convertido en palestinos de baja intensidad.
Los kurdos son considerados originarios de cierta mezcla de
etnias arias en el norte de Mesopotamia. Los arqueólogos, hasta donde yo sé,
han podido datar la presencia kurda en sus tierras aproximadamente 2.500 años
antes de Jesucristo. En el llamado desfiladero de Derbendigaver, por ejemplo,
se han encontrado unas inscripciones que relatan guerras entre kurdos y
acadios; lo que demuestra que los kurdos de entonces no eran muy listos
seleccionando enemigos, pues pocos cabrones había en la zona más cabrones que
los acadios. De los kardoka habla Xenofonte en su Anábasis, relatando que eran
excelentes jinetes.
Cuando, allá por el 614 antes de Jesucristo, el rey medo
Ciaxares arrasa Assur, mandando a tomar por culo a los asirios y su política de
dominación esclavista sobre el resto de los pueblos mesopotámicos, los kurdos
forman parte de la alianza ganadora. La interpenetración entre kurdos y medos
hizo que cuando algunas de las tribus de éstos últimos se hicieron mazdeístas,
los kurdos se convirtiesen también en adoradores de Zoroastro. Aunque no pocos
de los kurdos desarrollaron otra creencia, preislámica, conocida como
yazidismo. Una creencia que ha dado para mucho en los discos duros de los
polla-escritores históricos, que alguna vez han hecho juegos malabares con
estos kurdos llamados “adoradores del diablo”, no creo yo que con mucha base.
El yazidismo creía en la existencia de siete ángeles custodios del mundo
(supongo que no habrá un solo católico que se atreverá a levantar la mano y
decir que creer esto es una chorrada), de los cuales el principal, Melek Taus,
también llamado Shaytán, ha sido identificado con Satán. Identificación que
tampoco está tan clara, la verdad.
Toda esta libertad religiosa quedó bastante más que en
entredicho con la llegada de las siempre democráticas mesnadas mahometanas. Los
hombres del Islam se apiolaron a los relapsos, quemaron sus templos, e hicieron
todo lo necesario para convencer a los kurdos de que debían abrazar la religión
verdadera; cosa que ellos hicieron en buena medida, claro.
Kurdo era el joven Ziryab, mosulense de toda la vida, que
llegó a formar parte de la corte bagdadí de Harum al Rachid, pero que fue rápidamente
fichado por Abderramán II, quien se lo trajo a Córdoba, donde Ziryab, que por
encima de todo era músico, fundó el primer conservatorio de música de nuestra
Historia; conservatorio donde comenzaron a escucharse las armonías orientales
que hoy en día brotan, en cualquier disco, de la garganta de Camarón de Isla y
Enrique Morente, o de los dedos de Paco de Lucía.
Kurdo era el mayor general musulmán de la Historia,
Saladino, el hombre que consiguió parar a los franj, como ellos llamaban a los
cruzados (obviamente, trataban, sin éxito, de pronunciar la palabra “franco”) y
los derrotó sin paliativos, merced a sus mejores tácticas, así como otras cosas
sin importancia, como que la costumbre musulmana de lavarse tres veces al día
para rezar tuvo como consecuencia de las mesnadas islámicas tuviesen muchas
menos epidemias que los cruzados, los cuales, por mucho que sudasen dentro de
sus lorigas, no se bañaban nada más que de vez en cuando, convirtiendo sus
cuerpos en una especie de Marina d’Or pulguera, piojera y chinchera.
Saladino, que tan bueno fue para los musulmanes en
general fue, sin embargo, bastante mal
estadista para los kurdos, pues no creó una nación cohesionada. Los kurdos
siguieron siendo pueblos unidos por una lengua, una cultura y unas tradiciones,
pero divididos en pequeños reinos feudales. Cerca de ellos, sin embargo,
medraban los mamelucos en las armadas árabes, proceso que se combinó con la
emigración masiva de los turcomanos, empujados por la marea mongol,
cohesionando el proyecto de un imperio otomano.
De forma un tanto inexplicable (pero sólo un tanto, pues
hasta el muy cristiano Rodrigo Díaz de Vivar ofreció su espada a señores
caldeos), los kurdos engrosaron las tropas del sultán turco Selim quien, el 23
de agosto de 1514, frenó la expansión hacia el Oeste de los persas, lo que
acabaría provocando el dibujo de las actuales fronteras entre Turquía e Irán,
es decir la primera división seria de los kurdos entre dos naciones.
A principios del siglo XIX, el sultán otomano Magmud II
inicia una política centralizadora que compromete el poder de los señores
feudales kurdos. Con consecuencia de ello, se producirán las sublevaciones
kurdas de Abdulrrahmán Pachá (1806); Mir Mohamed, algunos años más tarde hasta
su asesinato en 1837; Yezdan Sher (1855); y, finalmente, Obeidullah, en 1880.
El imperio turco, en todo caso, da la vuelta al siglo en
medio de muchas más revueltas nacionalistas, no sólo kurdas, sino también
albanesas, griegas o armenias. Todo esto hará crisis en la Gran Guerra, que los
turcos pierden por haberse aliado con Alemania.
En el Tratado de Mudros, 30 de enero de 1918, desparece el
imperio otomano. La Turquía superviviente, apenas Anatolia, es obligada en el
Tratado de Sèvres a aceptar la autodeterminación de Armenia y el Kurdistán. Los
kurdos, pues, rozan la independencia; pero no la conseguirán porque el Tratado
nunca se aplicará pues, en Turquía, todo cambia radicalmente con la revolución
liderada por el joven militar Mustafá Kemal, Atatürk o padre de los turcos,
quien se las arregla para expulsar a los dominadores extranjeros de su país y
convence a los armenios de que se olviden de sus sueños independentistas
mediante la realización de uno de los genocidios más vastos y bastos del siglo
XX.
En 1923, Tratado de Lausana, Kemal fuerza la vuelta atrás de las condiciones de Sèvres; un año más tarde, funda la República Turca, de carácter nacionalista, hasta el punto de eliminar los restos de cultura árabe en el país y declarar el Estado no musulmán. Además, Kemal prohíbe a los kurdos residentes en su país cualquier expresión de su cultura y su lengua, y reprime con gran violencia las revueltas que se producen. En Turquía se dejan de editar mapas donde siquiera aparezca el Kurdistán.
En 1923, Tratado de Lausana, Kemal fuerza la vuelta atrás de las condiciones de Sèvres; un año más tarde, funda la República Turca, de carácter nacionalista, hasta el punto de eliminar los restos de cultura árabe en el país y declarar el Estado no musulmán. Además, Kemal prohíbe a los kurdos residentes en su país cualquier expresión de su cultura y su lengua, y reprime con gran violencia las revueltas que se producen. En Turquía se dejan de editar mapas donde siquiera aparezca el Kurdistán.
En aquellos años y en el Kurdistán mosulí, situado
fundamentalmente en el norte de Iraq, se descubrieron importantes yacimientos
de petróleo. Esto, inmediatamente, hace que las potencias europeas recuperen un
interés por esta zona que antes no tenían y, así, en el 1920, Gran Bretaña y
Francia firman el acuerdo de San Remo, por el cual crean el fistro de Estado
iraquí bajo su control. Ingleses, franceses y estadounidenses serán socios en
la extracción de petróleo en la zona de Mosul.
Las sublevaciones kurdas reclamando el cumplimiento de las viejas promesas de la posguerra mundial son reprimidas. Igual destino viven los kurdos iraníes, perseguidos por el sha Reza Kahn.
Las sublevaciones kurdas reclamando el cumplimiento de las viejas promesas de la posguerra mundial son reprimidas. Igual destino viven los kurdos iraníes, perseguidos por el sha Reza Kahn.
En 1945 se crea, en Irán, el primer Partido Demócrata del
Kurdistán, PDK, es decir la primera formación política organizada en defensa de
los intereses nacionalistas kurdos. Es un movimiento que aprovecha la segunda
posguerra mundial, y que da un paso más con la fundación de la denominada
República de Mahabad, bajo la dirección del líder del PDK, Qazi Mohamed, así
como, indirectamente, de la familia Barzani, venida desde Iraq.
Sin embargo, Mahabad durará apenas un año. La URSS, en
cumplimiento de las previsiones de Yalta y otras conferencias, abandona el
norte de Irán, con lo que el país queda en manos del Sha, para entonces aliado
ya de Estados Unidos, el cual unifica la nación bajo su gobierno, eliminando el
proyecto independentista kurdo. El 30 de marzo de 1947, muchos de los
dirigentes de la efímera república, entre ellos su primer ministro, son
ahorcados.
El líder kurdo Barzani será el único cabecilla importante
que logrará huir de la represión producida con la caída de la República de
Mahabad. Se refugia en la URSS donde permanece hasta 1958, cuando la monarquía
feisalí de Iraq cae tras la revolución de Kassem. Sin embargo, tres años más
tarde, ante la política iraquí de no reconocer los derechos del pueblo kurdo,
Barzani volverá a la clandestinidad y al enfrentamiento.
En los últimos años del shanato proamericano en Irán, este
país y Estados Unidos se convertirán en los grandes valedores del movimiento
kurdo, no desde luego por convicción moral alguna, sino para así debilitar la
posición de Sadam Husein en el interior de Iraq. Sin embargo, Husein capeará
muy bien el temporal con el acuerdo alcanzando con su vecino persa relativo al
uso del estuario de Chat-el-Arab, que supondrá el fin de la ayuda iraní a los
kurdos. A partir de ahí, el dictador iraquí se aplicará contra los kurdos con
una crueldad genocida, con episodios repugnantes como el bombardeo de la ciudad
de Halabja con armas químicas, que produjo 5.000 muertes. En agosto de 1988,
con el fin de la guerra con Irán, el régimen iraquí intensifica sus acciones
represoras, causando un movimiento de centenares de miles de refugiados.
En Irán no le fue mejor. El PDK, dirigido por Abdulrahman
Gasemlu, fue una de las formaciones que apoyó la revolución de los ayatolás;
sin embargo, una vez llegado Jomeini al poder, la cúpula religiosa shií se
olvidó muy rápidamente de aquel apoyo, con lo que los kurdos acabaron
guerreando con los guardianes de la revolución. En Turquía, la fuerte implantación
del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha generado diversos
problemas al Estado, el cual, pese a considerar a los dirigentes del PKK meros
terroristas, ha tenido que dar pasos liberalizadores, con un ojo puesto en su
candidatura al ingreso en la Unión Europea.
Tras la segunda guerra del golfo y la caída de Sadam Husein,
la situación de los kurdos se ha normalizado significativamente. Tienen representatividad
en el Estado iraquí y determinados grados de autonomía. En Turquía, como ya
hemos dicho, han visto cómo la lengua y cultura kurdas salían de la caverna de
la prohibición. Sin embargo, a mi modo de ver el problema kurdo está lejos de
haberse resuelto.
Como ya he dicho, sorprende bastante que la reivindicación kurda, que
histórica, cultural y numéricamente es tan importante como lo pueda ser la
palestina, tenga escasos adeptos en el mundo occidental, el cual, en términos
generales, desconoce por completo o casi por completo el problema kurdo.
El problema kurdo es, en sí, muy complejo. Primero porque
afecta no a uno, sino a varios países: Turquía, Siria, Irán, Iraq; como poco.
Segundo, porque la propia actuación de los kurdos tampoco es del todo defendible.
No sólo han respondido, en ocasiones, a la represión con terrorismo, como hizo
el PKK en su etapa más radical; es que, además, los kurdos son beneficiarios
del genocidio armenio, pues parte de sus tierras fueron ganadas gracias al
mismo, bien aprovechando las muertes causadas por los turcos; bien llevándolas
a cabo ellos mismos. Por lo tanto, en un entorno de reclamación de derechos
históricos, tal vez, al minuto siguiente de reclamar los kurdos algunos de sus
territorios, se encontrarían con que los armenios también los reclamasen.
Las guerras de Iraq han cambiado los hechos, otorgando a los
kurdos un poder federal, pero están lejos de haber resuelto el problema. El
Estado iraquí es un Estado débil. Y, en otros países, la cuestión kurda sigue
pendiente.
A veces, verdaderamente, da la impresión de que la cuestión
kurda es algo así como el resultado del compendio de todos los errores que el
hombre, kurdos incluidos, ha conseguido cometer a lo largo de la Historia.
martes, abril 24, 2012
Quo vadis, euro?
La Unión Económica y Monetaria la inventó un señor llamado Jacques Delors. Un político bastante mediocre que fue nombrado ministro de Economía en Francia un año antes de la primera llegada al poder del PSOE mediante unas elecciones (en la II República nunca ostentó la presidencia del Consejo de Ministros, así pues todos sus gobiernos se produjeron en tiempo de guerra); y, por lo tanto, es el gran implantador de la política económica de la era Mitterrand, que dejó Francia para las mulillas. Como desde que existe la Comunidad Económica Europea, Bruselas se usa como plaza de segunda para llevar allí a los desechos de tienta que no valen para la lidia de verdad, que son las economías nacionales, allá que lo mandaron su Président, bastante acostumbrado a echarle la culpa a todo Dios menos a él de sus errores; y Helmut Kohl, a quien su colega de París le metió un gol de puta madre.
Al frente de la Comisión y, last but not least, en su vida posterior de Asesor Áulico del Mundo, o sea en plan ex político tirando con la pólvora del Imperio, Delors se convierte en el gran teórico de la Unión Económica y Monetaria o UEM, que se basa en dos grandes pilares: uno, la reforma constitucional de la CE, que se convierte en una Unión Europea y pasa a funcionar, tras el tratado de Mastrique, de una forma algo más ágil; dos, el proceso de convergencia norminal, por el cual todas las economías europeas que lo deseasen se acercarían entre sí cumpliendo tres criterios: inflación, deuda y déficit. Una convergencia nominal, pues, que se suponía, en los apresurados análisis delorsianos, que los países que cumpliesen esas tres condiciones serían suficientemente homogéneos para poder soportar mancomunadamente una sola moneda única. Sabido es que, desde Bretton Woods, el subyacente de la moneda ya no es ningún elemento físico, como lo fue el oro, sino las propias economías que emiten dicha moneda. La UEM es como una unificación monetaria con patrón oro existente en el que los países se pusiesen de acuerdo en que las reservas de unos y otros países, a pesar de estar constituidas en oro de distintos quilates, tienen un valor unitario más o menos equivalente. O, más a lo bruto: como si diez amigos formasen una empresa de alquiler de coches aportando sus vehículos, partiendo de la base de que, siendo todos los vehículos monovolumen, y habiendo sido matriculados todos más o menos en el mismo plazo temporal (por ejemplo, dos años), se asume que valen más o menos lo mismo.
Que hubo un aviso, lo hubo. La UEM tenía otra precondición, que era formar parte del Sistema Monetario Europeo, un sistema de disciplina cambiaria por el cual las monedas que formasen parte del mismo se comprometían a fluctuar dentro de una banda estrecha respecto de un tipo central. En consecuencia, caso de salirse la moneda por arriba (excesiva apreciación) o por abajo (excesiva depreciación), los gobiernos se comprometían a tomar las políticas que fuesen necesarias, y los bancos centrales a intervenir en los mercados comprando y vendiendo lo que también hiciese falta.
El SME fue un aviso porque, ya en los ochenta, dejó claro un elemento importante: los países utilizaban las normas, las retorcían, en su propio beneficio. La UEM era un ejercicio de bona fides que, por lo tanto, presuponía que todos cumplirían las reglas sin engañar; pero no fue así. Un caso fuimos nosotros, los españoles, que en los ochenta metimos la pela en el SME a un tipo de cambio excesivamente alto. Los tipos de interés estaban disparados, el crédito también, y el gobierno necesitaba que invertir en pesetas fuese un poquito menos atractivo, así pues encareció la operación por esta vía. Como quiera que no fuimos los únicos que utilizamos los tipos centrales del SME, mecanismo europeo, para resolver problemas internos, a principios de los años noventa, empezando por algunas divisas escandinavas, el momio petó. Una de las coronas norteñas, ahora mismo no me acuerdo pero juraría que fue la sueca, decidió que ya estaba bien de meterle inyecciones de dopamina al zombie para que siguiese trastabillándose, y decidió dejar su moneda en free float. A este signo de debilidad, que no fue contestado, en primera instancia, por una acción coordinada de los bancos centrales que dejase claro que Europa estaba dispuesta a dejarse las pestañas defendiendo sus relaciones de cambio, se siguió la típica espiral especuladora que acaba teniendo la culpa de todo en las mentes de tanta gente, que no se da cuenta de que el que roba en una tienda porque se la encuentra vacía y con la puerta abierta, ladrón es, desde luego; pero no es el iniciador de la cosa.
John Major se apresuró a sacar la estérlin del SME. Las acciones del pérfido inglés siempre señalan lo que toda rata haría en situación análoga, y de ellas cabría aprender. No obstante, Europa permaneció impasible el alemán. Lo cual, aparte de un juego de palabras tonto, también tiene su significado. Porque una de las razones de la crisis monetaria de principios de los noventa fue que Alemania, como es bien sabido, se había reunificado en los noventa.
En efecto: Alemania era una de nuevo, o como quizás había sido siempre, pues no sé si sabéis que en la antigua RFA hay periódicos que, durante cuatro décadas, jamás utilizaron la expresión "República Democrática de Alemania", porque para ellos no existían dos alemanias. Esta unificación, lo recordaréis los más provectos, se hizo en plan regalo de Navidad. No sólo los alemanes del Berlín Este que, los primeros días, cruzaron la Puerta de Brandenburgo, fueron obsequiados con dinero contante y sonante para que lo gastasen im Paradies; sino que, más adelante, recibieron el más valioso regalo aún de la equivalencia 1:1 entre marcos del Oeste y marcos del Este. La cotización realista era, mutatis mutandis, de 1:10.
Imagínate, lector que cada mes recibes de tu empleador unos 1.000 euros, que, de la noche a la mañana, éste fuese y te pagase 10.000. ¿Qué harías? No, no respondas, que es muy obvio. Si te van los libros, te irías a una librería y te comprarías un facsímil carísimo del Libro de Horas medieval conocido como Biblia Rajoyensis. Si te van los coches, te comprarías ese descapotable que te mola, en plan segundo vehículo para, que se decía antes en España, hacer señor. Si te van los videojuegos, te comprarías una Neuroconsola Trifásica Experimental con conexiones sinápticas autocoordinadas.
El tipo de cambio de la unificación multiplicó artificialmente la masa monetaria alemana, generando unas tensiones inflacionarias brutales. La respuestas del Bundesbank, banco central teutón con altísimos niveles de autonomía (es mi opinión que el presidente del Bundesbank es más independiente del canciller alemán de lo que lo es Artur Mas de Mariano Rajoy, por ejemplo), respondió calentando su tipo lombardo de referencia. Lo cual, en un sistema en el que el resto de monedas no podían mover su relación de cambio más que estrechamente, suponía que el resto de Europa se veía impelida a comprar masa monetaria alemana, importando inflación. Dicho de otra forma: Alemania se reunificó a costa de los equilibrios macroeconómicos de sus socios; y, no por casualidad, el rosario de devaluaciones del SME, que de hecho acabaron con él (se acabó acordando una banda de fluctuación tan generosa que ni era banda ni una mierda), comenzó el día que el Bundesbank desmintió las predicciones del mercado en lo que a la relajación de sus tipos se refiere.
Esto es, pues, la Unión Económica y Monetaria:
1) La clara percepción de que las economías locales no trabajan para Europa, sino que hacen trabajar a Europa en su propio beneficio.
2) La evidencia de que la primera que hace eso cuando le conviene es la economía directora, que es Alemania.
3) La consecuencia de que, así las cosas, una economía que es fundamental para construir una Europa realmente fuerte, la Yunaiti Kindon, se ponga de perfil, claramente temerosa de que asociarse con estos pollos a fondo se pueda llevar por delante su posición mundial como plaza financiera.
4) La instrumentación de una convergencia formal que, teniendo en cuenta el punto 1), muchos cumplirán tan sólo formalmente (remember Greece...)
5) La existencia, en el plano real, de diferencias enormes y de gran calado entre economías, que hace que en unas parcelas del autobús del euro los asientos estén limpios y huelan a ozonopino y en otros haya hasta chinches viviendo entre la gomaespuma.
Last but not least, el euro conviene enormemente a sus dos principales impulsores, que son Jacques Chirac y Helmut Kohl. El canciller alemán ya ha decidido, a principios de los noventa, que la UE será ampliada. En realidad, le importa tres cojones que los países candidatos estén poco menos que desmantelados después de cinco décadas de leninismo, que han demostrado la gran veracidad de esa frase que dice que una sardina es una ballena que ha pasado por todas las etapas del socialismo científico, menos la última (o sea, la que nunca llega; la que según Ceaucescu llegaría creo que en el 2040, y según la nomenklatura breznevita, en 1980). Todo eso, digo, le importa poco, porque lo que quiere Kohl es una moneda única, una referencia-dólar europea, que sea el solado de la vía de colonización económica de sus mercados naturales. Hitler utilizó las Panzerdivisionen y se equivocó; es considerablemente más barato, y efectivo, usar el Deutsche Bank. En lugar de gasear a los hebreos, hagamos lo que ellos, sólo que mejor.
Con todo, es a Chirac, ese político todo honradez y eficacia, a quien más le conviene la historia, porque si hay un país que se ha descabalgado del podio de la competitividad global (económica, social, intelectual, cultural, lingüística) en los últimos cien años, ése es Francia. Quien reparte hostias no hace sino demostrar su debilidad y, si nos paramos a mirarlo, Francia lleva décadas dándose de hostias con todo Dios, desde los huertanos murcianos hasta los pescadores de Cornualles. A todo le tienen miedo porque en todas las mesas de ping-pong les baten tipos que hace ochenta años no sabían ni coger una raqueta con la mano. Francia tiene una función pública ineficiente, un Estado del Bienestar carísimo, unas tensiones territoriales que su jacobinismo genético le impide reconocer, un sector productivo excesivamente intervenido y, para colmo, el tipo que les iba a sacar de ésta es un follador compulsivo que bastante tiene con que los jueces no le metan en Sing-Sing. En tales circunstancias, a Francia le viene de coña meter a sus competidores en su mismo club, impidiéndoles que puedan realizar devaluaciones competitivas. Ergo, euro.
El euro tenía que nacer. A pesar del enorme escepticismo, obviamente nunca confesado, con que fue recibido en Washington, donde cada vez que los mercados europeos se brotan ocurre lo de Qué bello es vivir: suenan unas campanitas y alguien, estadounidense por supuesto, se gana sus alas. A pesar de que la convergencia nominal era un temita más que discutible. A pesar de que los pocos referenda realizados dejaron claro que la masa europea no lo tenía demasiado claro, salvo en países que, como España, han pasado tantos años llamando a la puerta de Europa y soñando con sus tierras que manaban leche y miel, que el euroescepticismo es poco menos que una herejía.
En estas condiciones, ¿adónde va el euro? Pues, en mi opinión, a uno de los caminos: a la mierda, o al cuartel.
La primera hipótesis no creo que haya que explicarla mucho. El euro se romperá el día que a alguna de sus economías fundamentales, igual que le vino de coña crearlo, le venga de coña romperlo. Esto, de momento, no está tan claro que le convenga ni a Alemania ni a Francia, porque las razones estructurales que llevaron a ambos países a impulsar el proceso siguen ahí, y no se han perfeccionado: ni Alemania ha terminado su invasión oriental, ni Francia ha avanzado significativamente en su recuperación como potencia real. Especialmente, para mí que Francia no está en absoluto interesada en romper el euro, como no lo está ninguna de las economías (como la nuestra) que se pueden considerar economías con tendencia a la depreciación. Fuere por la relación de cambio, fuere por la reacción monetaria a la inflación provocada por dicha depreciación, lo cierto es que las devaluaciones son fábricas de pobreza para la población interior; especialmente la población endeudada. A nosotros los españoles, si saliésemos del euro o nos echasen, esos 50.000 deshauciados al año por no poder pagar la hipoteca nos iban a parecer un chollo. La suerte de la sociedad francesa, con su deuda pública en el punto de mira de los rating, no iba a ser muy distinta.
Alemania, por su parte, está financiando sus cuentas públicas casi a coste cero y, manteniendo el euro, evita que otros puedan deteriorar su balanza de pagos, algo que impediría de hecho mantener esta situación. Ciertamente, hay competidores que se la traen floja, como Grecia; pero hacer que España volviese a la peseta serían, para ella, palabras mayores: un mes mas tarde, por cada pieza de recambio que la Volkswagen decidiese fabricar en Alemania, estaría perdiendo pasta, porque en la Zona Franca de Barcelona, los catalanes estarían en condiciones de fabricarla con iguales o mejores estándares de calidad y, de repente, cojonudamente más barata.
Así pues, si la UE aguanta (lo cual es lo mismo que decir si la situación alcanza los adecuados niveles de desesperación; algo cuya llegada pueden estar señalando indicios como la dimisión ayer del primer ministro holandés), la solución es el cuartel: más euro, más UE, más unificación. Unificación real. O sea, la frase reciente del ministro De Guindos, alias Gárgamel, a Artur Mas: como vengan otros a hacer el Presupuesto del Estado, te vas a enterar tú de lo que es un pepino madurito presionando tu esfínter.
Y aquí está la clave, el gran problema: la soberanía. La soberanía, primero que todo, de los Estados. Pero, también, de los elementos dentro del Estado, como las comunidades autónomas, las regiones, los länder, las políticas en favor de determinado tipo de trabajadores, etc. La única forma de que el euro sobreviva fuerte es que sea una moneda seria y que, por lo tanto, en todas las esquinas de su economía las cosas no sólo sean parecidas (Unión Económica y Monetaria) sino que se hagan de parecida manera; lo que se llama, pues, unificación fiscal.
A mi modo de ver, lo que está cotizando en las primas de riesgo europeas no es, o no es sólo o, mejor, no es principalmente, la incapacidad de desarrollar las economías de que se trate. Lo que está cotizando es la incapacidad de la Unión Europea de poner orden en la casa. La única forma de parar esto es que Bruselas demuestre que sabe dar puñetazos sobre la mesa, y los Estados miembros demuestren que saben respetar esos puñetazos.
Pero eso, claro, supone hacer que los políticos hagan menos política. Y los hechos demuestran, bien a las claras, que los únicos alcohólicos que dejan de beber son aquéllos que son bien conscientes del daño que se están haciendo.
Y está, por último, la reacción de la sociedad. Porque que la sociedad europea lleva desde la Gran Guerra viviendo tendencias centrífugas. El final de la primera guerra mundial certificó un proceso que había empezado a mediados del siglo XIX, con la revolución de 1848, el Manifiesto Comunista, la desaparición del crédito universal de la Iglesia católica, y otras tantas cositas. La rapidísima evolución de la sociedad europea hizo imposible, en el espacio de poco más de cincuenta años, el universo de Metternicht, donde grandes carriers multinacionales conformaban un mundo sencillo de entender, formado por muy pocas unidades (imperios) con un concepto colonial de vida: colonial hacia afuera (me quedo con África, y al negro que lo jodan) y colonial hacia dentro (yo gobierno, y al que no le guste que lo jodan como al negro de África).
La pregunta, que quizá respondan los politólogos e historiadores del siglo XXIII, es en qué medida este fenómeno hace crisis. Porque todos los fenómenos hacen crisis; no hay un movimiento que se pueda mantener eternamente. Es obvio que las tendencias centrífugas alcanzan un punto de equilibrio (de máxima utilidad marginal, en términos microeconómicos), lo sobrepasan, y comienzan a tener utilidades marginales, primero menores, y luego negativas. Es lo que en economía se suele explicar con el ejemplo de los bombones: el primero te sabe a gloria, el segundo incluso mejor...; pero cuando vas por el bombón 27, o eres un adicto, o estás deseando que al que inventó los bombones le grapen el escroto a la oreja derecha.
Llevamos centrifugando Europa unos 150 años, y la pregunta es si esta crisis es la dramática, dolorosa expresión de un cambio de dirección de la dinámica. Si es así, desde luego, el proceso de cambio, el proceso por el que pasamos a ser centrípetos y a tender a la centralización again, no va a estar exento de dilataciones, y dolores mil.
Al frente de la Comisión y, last but not least, en su vida posterior de Asesor Áulico del Mundo, o sea en plan ex político tirando con la pólvora del Imperio, Delors se convierte en el gran teórico de la Unión Económica y Monetaria o UEM, que se basa en dos grandes pilares: uno, la reforma constitucional de la CE, que se convierte en una Unión Europea y pasa a funcionar, tras el tratado de Mastrique, de una forma algo más ágil; dos, el proceso de convergencia norminal, por el cual todas las economías europeas que lo deseasen se acercarían entre sí cumpliendo tres criterios: inflación, deuda y déficit. Una convergencia nominal, pues, que se suponía, en los apresurados análisis delorsianos, que los países que cumpliesen esas tres condiciones serían suficientemente homogéneos para poder soportar mancomunadamente una sola moneda única. Sabido es que, desde Bretton Woods, el subyacente de la moneda ya no es ningún elemento físico, como lo fue el oro, sino las propias economías que emiten dicha moneda. La UEM es como una unificación monetaria con patrón oro existente en el que los países se pusiesen de acuerdo en que las reservas de unos y otros países, a pesar de estar constituidas en oro de distintos quilates, tienen un valor unitario más o menos equivalente. O, más a lo bruto: como si diez amigos formasen una empresa de alquiler de coches aportando sus vehículos, partiendo de la base de que, siendo todos los vehículos monovolumen, y habiendo sido matriculados todos más o menos en el mismo plazo temporal (por ejemplo, dos años), se asume que valen más o menos lo mismo.
Que hubo un aviso, lo hubo. La UEM tenía otra precondición, que era formar parte del Sistema Monetario Europeo, un sistema de disciplina cambiaria por el cual las monedas que formasen parte del mismo se comprometían a fluctuar dentro de una banda estrecha respecto de un tipo central. En consecuencia, caso de salirse la moneda por arriba (excesiva apreciación) o por abajo (excesiva depreciación), los gobiernos se comprometían a tomar las políticas que fuesen necesarias, y los bancos centrales a intervenir en los mercados comprando y vendiendo lo que también hiciese falta.
El SME fue un aviso porque, ya en los ochenta, dejó claro un elemento importante: los países utilizaban las normas, las retorcían, en su propio beneficio. La UEM era un ejercicio de bona fides que, por lo tanto, presuponía que todos cumplirían las reglas sin engañar; pero no fue así. Un caso fuimos nosotros, los españoles, que en los ochenta metimos la pela en el SME a un tipo de cambio excesivamente alto. Los tipos de interés estaban disparados, el crédito también, y el gobierno necesitaba que invertir en pesetas fuese un poquito menos atractivo, así pues encareció la operación por esta vía. Como quiera que no fuimos los únicos que utilizamos los tipos centrales del SME, mecanismo europeo, para resolver problemas internos, a principios de los años noventa, empezando por algunas divisas escandinavas, el momio petó. Una de las coronas norteñas, ahora mismo no me acuerdo pero juraría que fue la sueca, decidió que ya estaba bien de meterle inyecciones de dopamina al zombie para que siguiese trastabillándose, y decidió dejar su moneda en free float. A este signo de debilidad, que no fue contestado, en primera instancia, por una acción coordinada de los bancos centrales que dejase claro que Europa estaba dispuesta a dejarse las pestañas defendiendo sus relaciones de cambio, se siguió la típica espiral especuladora que acaba teniendo la culpa de todo en las mentes de tanta gente, que no se da cuenta de que el que roba en una tienda porque se la encuentra vacía y con la puerta abierta, ladrón es, desde luego; pero no es el iniciador de la cosa.
John Major se apresuró a sacar la estérlin del SME. Las acciones del pérfido inglés siempre señalan lo que toda rata haría en situación análoga, y de ellas cabría aprender. No obstante, Europa permaneció impasible el alemán. Lo cual, aparte de un juego de palabras tonto, también tiene su significado. Porque una de las razones de la crisis monetaria de principios de los noventa fue que Alemania, como es bien sabido, se había reunificado en los noventa.
En efecto: Alemania era una de nuevo, o como quizás había sido siempre, pues no sé si sabéis que en la antigua RFA hay periódicos que, durante cuatro décadas, jamás utilizaron la expresión "República Democrática de Alemania", porque para ellos no existían dos alemanias. Esta unificación, lo recordaréis los más provectos, se hizo en plan regalo de Navidad. No sólo los alemanes del Berlín Este que, los primeros días, cruzaron la Puerta de Brandenburgo, fueron obsequiados con dinero contante y sonante para que lo gastasen im Paradies; sino que, más adelante, recibieron el más valioso regalo aún de la equivalencia 1:1 entre marcos del Oeste y marcos del Este. La cotización realista era, mutatis mutandis, de 1:10.
Imagínate, lector que cada mes recibes de tu empleador unos 1.000 euros, que, de la noche a la mañana, éste fuese y te pagase 10.000. ¿Qué harías? No, no respondas, que es muy obvio. Si te van los libros, te irías a una librería y te comprarías un facsímil carísimo del Libro de Horas medieval conocido como Biblia Rajoyensis. Si te van los coches, te comprarías ese descapotable que te mola, en plan segundo vehículo para, que se decía antes en España, hacer señor. Si te van los videojuegos, te comprarías una Neuroconsola Trifásica Experimental con conexiones sinápticas autocoordinadas.
El tipo de cambio de la unificación multiplicó artificialmente la masa monetaria alemana, generando unas tensiones inflacionarias brutales. La respuestas del Bundesbank, banco central teutón con altísimos niveles de autonomía (es mi opinión que el presidente del Bundesbank es más independiente del canciller alemán de lo que lo es Artur Mas de Mariano Rajoy, por ejemplo), respondió calentando su tipo lombardo de referencia. Lo cual, en un sistema en el que el resto de monedas no podían mover su relación de cambio más que estrechamente, suponía que el resto de Europa se veía impelida a comprar masa monetaria alemana, importando inflación. Dicho de otra forma: Alemania se reunificó a costa de los equilibrios macroeconómicos de sus socios; y, no por casualidad, el rosario de devaluaciones del SME, que de hecho acabaron con él (se acabó acordando una banda de fluctuación tan generosa que ni era banda ni una mierda), comenzó el día que el Bundesbank desmintió las predicciones del mercado en lo que a la relajación de sus tipos se refiere.
Esto es, pues, la Unión Económica y Monetaria:
1) La clara percepción de que las economías locales no trabajan para Europa, sino que hacen trabajar a Europa en su propio beneficio.
2) La evidencia de que la primera que hace eso cuando le conviene es la economía directora, que es Alemania.
3) La consecuencia de que, así las cosas, una economía que es fundamental para construir una Europa realmente fuerte, la Yunaiti Kindon, se ponga de perfil, claramente temerosa de que asociarse con estos pollos a fondo se pueda llevar por delante su posición mundial como plaza financiera.
4) La instrumentación de una convergencia formal que, teniendo en cuenta el punto 1), muchos cumplirán tan sólo formalmente (remember Greece...)
5) La existencia, en el plano real, de diferencias enormes y de gran calado entre economías, que hace que en unas parcelas del autobús del euro los asientos estén limpios y huelan a ozonopino y en otros haya hasta chinches viviendo entre la gomaespuma.
Last but not least, el euro conviene enormemente a sus dos principales impulsores, que son Jacques Chirac y Helmut Kohl. El canciller alemán ya ha decidido, a principios de los noventa, que la UE será ampliada. En realidad, le importa tres cojones que los países candidatos estén poco menos que desmantelados después de cinco décadas de leninismo, que han demostrado la gran veracidad de esa frase que dice que una sardina es una ballena que ha pasado por todas las etapas del socialismo científico, menos la última (o sea, la que nunca llega; la que según Ceaucescu llegaría creo que en el 2040, y según la nomenklatura breznevita, en 1980). Todo eso, digo, le importa poco, porque lo que quiere Kohl es una moneda única, una referencia-dólar europea, que sea el solado de la vía de colonización económica de sus mercados naturales. Hitler utilizó las Panzerdivisionen y se equivocó; es considerablemente más barato, y efectivo, usar el Deutsche Bank. En lugar de gasear a los hebreos, hagamos lo que ellos, sólo que mejor.
Con todo, es a Chirac, ese político todo honradez y eficacia, a quien más le conviene la historia, porque si hay un país que se ha descabalgado del podio de la competitividad global (económica, social, intelectual, cultural, lingüística) en los últimos cien años, ése es Francia. Quien reparte hostias no hace sino demostrar su debilidad y, si nos paramos a mirarlo, Francia lleva décadas dándose de hostias con todo Dios, desde los huertanos murcianos hasta los pescadores de Cornualles. A todo le tienen miedo porque en todas las mesas de ping-pong les baten tipos que hace ochenta años no sabían ni coger una raqueta con la mano. Francia tiene una función pública ineficiente, un Estado del Bienestar carísimo, unas tensiones territoriales que su jacobinismo genético le impide reconocer, un sector productivo excesivamente intervenido y, para colmo, el tipo que les iba a sacar de ésta es un follador compulsivo que bastante tiene con que los jueces no le metan en Sing-Sing. En tales circunstancias, a Francia le viene de coña meter a sus competidores en su mismo club, impidiéndoles que puedan realizar devaluaciones competitivas. Ergo, euro.
El euro tenía que nacer. A pesar del enorme escepticismo, obviamente nunca confesado, con que fue recibido en Washington, donde cada vez que los mercados europeos se brotan ocurre lo de Qué bello es vivir: suenan unas campanitas y alguien, estadounidense por supuesto, se gana sus alas. A pesar de que la convergencia nominal era un temita más que discutible. A pesar de que los pocos referenda realizados dejaron claro que la masa europea no lo tenía demasiado claro, salvo en países que, como España, han pasado tantos años llamando a la puerta de Europa y soñando con sus tierras que manaban leche y miel, que el euroescepticismo es poco menos que una herejía.
En estas condiciones, ¿adónde va el euro? Pues, en mi opinión, a uno de los caminos: a la mierda, o al cuartel.
La primera hipótesis no creo que haya que explicarla mucho. El euro se romperá el día que a alguna de sus economías fundamentales, igual que le vino de coña crearlo, le venga de coña romperlo. Esto, de momento, no está tan claro que le convenga ni a Alemania ni a Francia, porque las razones estructurales que llevaron a ambos países a impulsar el proceso siguen ahí, y no se han perfeccionado: ni Alemania ha terminado su invasión oriental, ni Francia ha avanzado significativamente en su recuperación como potencia real. Especialmente, para mí que Francia no está en absoluto interesada en romper el euro, como no lo está ninguna de las economías (como la nuestra) que se pueden considerar economías con tendencia a la depreciación. Fuere por la relación de cambio, fuere por la reacción monetaria a la inflación provocada por dicha depreciación, lo cierto es que las devaluaciones son fábricas de pobreza para la población interior; especialmente la población endeudada. A nosotros los españoles, si saliésemos del euro o nos echasen, esos 50.000 deshauciados al año por no poder pagar la hipoteca nos iban a parecer un chollo. La suerte de la sociedad francesa, con su deuda pública en el punto de mira de los rating, no iba a ser muy distinta.
Alemania, por su parte, está financiando sus cuentas públicas casi a coste cero y, manteniendo el euro, evita que otros puedan deteriorar su balanza de pagos, algo que impediría de hecho mantener esta situación. Ciertamente, hay competidores que se la traen floja, como Grecia; pero hacer que España volviese a la peseta serían, para ella, palabras mayores: un mes mas tarde, por cada pieza de recambio que la Volkswagen decidiese fabricar en Alemania, estaría perdiendo pasta, porque en la Zona Franca de Barcelona, los catalanes estarían en condiciones de fabricarla con iguales o mejores estándares de calidad y, de repente, cojonudamente más barata.
Así pues, si la UE aguanta (lo cual es lo mismo que decir si la situación alcanza los adecuados niveles de desesperación; algo cuya llegada pueden estar señalando indicios como la dimisión ayer del primer ministro holandés), la solución es el cuartel: más euro, más UE, más unificación. Unificación real. O sea, la frase reciente del ministro De Guindos, alias Gárgamel, a Artur Mas: como vengan otros a hacer el Presupuesto del Estado, te vas a enterar tú de lo que es un pepino madurito presionando tu esfínter.
Y aquí está la clave, el gran problema: la soberanía. La soberanía, primero que todo, de los Estados. Pero, también, de los elementos dentro del Estado, como las comunidades autónomas, las regiones, los länder, las políticas en favor de determinado tipo de trabajadores, etc. La única forma de que el euro sobreviva fuerte es que sea una moneda seria y que, por lo tanto, en todas las esquinas de su economía las cosas no sólo sean parecidas (Unión Económica y Monetaria) sino que se hagan de parecida manera; lo que se llama, pues, unificación fiscal.
A mi modo de ver, lo que está cotizando en las primas de riesgo europeas no es, o no es sólo o, mejor, no es principalmente, la incapacidad de desarrollar las economías de que se trate. Lo que está cotizando es la incapacidad de la Unión Europea de poner orden en la casa. La única forma de parar esto es que Bruselas demuestre que sabe dar puñetazos sobre la mesa, y los Estados miembros demuestren que saben respetar esos puñetazos.
Pero eso, claro, supone hacer que los políticos hagan menos política. Y los hechos demuestran, bien a las claras, que los únicos alcohólicos que dejan de beber son aquéllos que son bien conscientes del daño que se están haciendo.
Y está, por último, la reacción de la sociedad. Porque que la sociedad europea lleva desde la Gran Guerra viviendo tendencias centrífugas. El final de la primera guerra mundial certificó un proceso que había empezado a mediados del siglo XIX, con la revolución de 1848, el Manifiesto Comunista, la desaparición del crédito universal de la Iglesia católica, y otras tantas cositas. La rapidísima evolución de la sociedad europea hizo imposible, en el espacio de poco más de cincuenta años, el universo de Metternicht, donde grandes carriers multinacionales conformaban un mundo sencillo de entender, formado por muy pocas unidades (imperios) con un concepto colonial de vida: colonial hacia afuera (me quedo con África, y al negro que lo jodan) y colonial hacia dentro (yo gobierno, y al que no le guste que lo jodan como al negro de África).
La pregunta, que quizá respondan los politólogos e historiadores del siglo XXIII, es en qué medida este fenómeno hace crisis. Porque todos los fenómenos hacen crisis; no hay un movimiento que se pueda mantener eternamente. Es obvio que las tendencias centrífugas alcanzan un punto de equilibrio (de máxima utilidad marginal, en términos microeconómicos), lo sobrepasan, y comienzan a tener utilidades marginales, primero menores, y luego negativas. Es lo que en economía se suele explicar con el ejemplo de los bombones: el primero te sabe a gloria, el segundo incluso mejor...; pero cuando vas por el bombón 27, o eres un adicto, o estás deseando que al que inventó los bombones le grapen el escroto a la oreja derecha.
Llevamos centrifugando Europa unos 150 años, y la pregunta es si esta crisis es la dramática, dolorosa expresión de un cambio de dirección de la dinámica. Si es así, desde luego, el proceso de cambio, el proceso por el que pasamos a ser centrípetos y a tender a la centralización again, no va a estar exento de dilataciones, y dolores mil.
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