miércoles, mayo 02, 2012

Juros


Desde que existen los pueblos organizados, existen los impuestos. Y existen de una forma muy parecida, en realidad, a como son hoy en día. Sin embargo, si todo ha evolucionado, los impuestos también lo han hecho. 

En su inicio, el impuesto era un pago de pleitesía que los pueblos sometidos pagaban a su sometedor; era algo bastante parecido a una exacción mafiosa: literalmente, quien pagaba impuestos, lo hacía para no ser masacrado o esclavizado por quien se los cobraba. 

Con el nacimiento de Estados más centralizados, todo el mundo tuvo que empezar a pagar impuestos, incluso los ciudadanos de la nación impositora; aunque bien es verdad que la exención a los más ricos es cosa muy antigua. El impuesto, en su inicio, comenzó gravando los momentos en los cuales Estados sin ordenadores podían aspirar a controlar la existencia de ingresos gravables: la posesión registrada (es decir, la de bienes raíces); y el consumo. Así, los primeros impuestos gravan la propiedad inmobiliaria (con la obligada exención eclesial), determinados tipos de consumo (los más habituales: sal, vino, trigo…) y el tránsito de mercancías (los famosos portazgos). Muchos de estos impuestos son fijados en su totalidad, para después pasarse a la siempre delicada labor de distribuir el pago entre los contribuyentes; labor que no estaba exenta de enfrentamientos y problemas sin cuento.

Hay una cosa que hoy es moneda común en nuestro sistema fiscal y que, obviamente, en los primeros Estados que perfeccionaron sistemas fiscales no pudo ser posible. Una cosa que parece no tener importancia pero que, sin embargo, es fundamental para entender la suerte financiera de los Estados medievales: esa cosa se llama retención.

La retención de Hacienda es lo que hace que la financiación de los gastos públicos pueda ser fluida y continuada. De no existir la retención, el Estado depende teóricamente, para la realización de sus gastos, del momento en que la recaudación se produce. Sin posibilidad de retenciones, el presupuesto de ingresos públicos se hace notablemente impredecible y volátil.

Pero para poder practicar retenciones impositivas, un Estado necesita tener dos cosas de las que el Estado medieval carecía: una administración recaudadora centralizada (que no existía: muchos impuestos eran territoriales, y otros tenían la recaudación arrendada a particulares); y capacidad de registro rápido de información (que tardaría casi 1.000 años en llegar).

De alguna manera, es por esta falta de capacidad recaudadora constante que nace, al menos en España, el fenómeno de la deuda pública. La emisión de empréstitos, en efecto, tiene, entonces como ahora, la gran ventaja de que el Estado, como emisor, controla cuándo va a buscar dinero, o sea cuándo lo obtiene. La emisión de deuda se adapta mucho más a las necesidades de gasto de las Administraciones; aunque tiene el obvio pero de que pagar impuestos le sale gratis a quien los recauda, mientras que la deuda, en tanto que préstamo, tiene un coste para quien la emite.

España lleva emitiendo deuda desde hace siglos, y no es ésta, desde luego, la primera vez que ha tenido problemas con la misma. Hablemos del orden de todo esto. Hablemos, por lo tanto, de los juros.

Un juro no puede considerarse un título, sino más bien un certificado. Era un papel por el que se definía un privilegio a favor de la persona citada en él. Esta persona declaraba entregar al rey un capital y, a cambio, el rey le concedía el privilegio de cobrar una parte de determinados impuestos, citados en el documento, hasta una cantidad prefijada. En realidad, por lo tanto, era como una deuda, porque el capital cobrado no dejaba de ser el rendimiento esperado por la inversión; aunque se parece más a la figura de lo que hoy conocemos como deuda subordinada, puesto que dicho rendimiento estaba vinculado a la recaudación efectiva del impuesto designado.

Los juros, por lo tanto, y contra lo que ocurre hoy con la deuda pública, que en cada emisión es igual para cada comprador, eran, cada uno, de su padre y de su madre. Las características del juro que lo hacían diferente en cada caso eran:
  1. El capital a percibir, o sea el interés, era distinto en cada caso. El rendimiento figurante en el privilegio no era el fruto de ningún mercado, sino de la negociación directa entre la Hacienda del rey y el emisor (o un intermediario que éste designase, porque todo debía de hacerse en la Corte). En ocasiones, la corona pactaba con grandes banqueros, entregándoles grandes paquetes de juros para su colocación entre el público, operación en la cual pactaba con los banqueros un rendimiento mínimo por los títulos (con lo que los bancos operaban como lo que modernamente llamamos aseguradores de la emisión); pero el tipo efectivo final dependía de la negociación entre bancos e inversores.
  2.  Los impuestos a los que estaban vinculados eran impuestos concretos. O sea, si hoy se emitiesen juros, no se emitirían contra la recaudación del IVA en particular; sino, por ejemplo, contra la recaudación del IVA en Aranda de Duero. Dos juros, pues, no eran iguales, porque los impuestos a los que estaban vinculados podían tener diferentes perspectivas de recaudación. Es importante entender que, el año que la recaudación afectada era insuficiente, el Estado no tenía obligación alguna de compensar la deuda con otros ingresos (es decir: si un año no se recaudaba suficiente IVA en Aranda de Duero, el pago no tenía que producirse con el impuesto del alcohol de Burgos o el IVA de La Coruña; el inversor, simplemente, se quedaba sin sus intereses).
  3. El modo de reembolso de los juros otorgaba prelación de cobro a los más antiguos. Por lo tanto, los juros con mayor antigüedad eran más seguros, porque su cobro era más cierto. De esta manera, los juros suponían una vía de financiación muy estable para tomadores de muy largo plazo; notablemente, la Iglesia.

La emisión de deuda pública por parte de los monarcas, como operación financiero-fiscal, surgió más o menos con los Reyes Católicos; los cuales se encontraron una realidad (común a toda Europa) por la cual, en las décadas anteriores, eran las ciudades las que se habían endeudado de una forma muy fuerte, lo que hizo necesaria la intervención del Estado central, por así decirlo.

Los juros nacieron como una forma que encontraron los reyes de atraerse el poder de la nobleza. Por medio de estos privilegios, los nobles recibían unos ingresos del Estado, normalmente durante una o varias vidas, motivo por el cual estos títulos se denominaban “juros de por vida”. Sin embargo, el juro verdaderamente ligado a las vicisitudes financieras del Estado es el denominado “juro al quitar”, que es el que acabamos de describir, por el cual se comprometía una parte de los ingresos impositivos. Visto con ojos modernos, se podría decir que los juros, más que Deuda Pública, consistían en una especie de securitización o titulización de los ingresos impositivos.

Los juros, sin embargo, no tenían, como hoy en día, un valor actual, ni una duración financiera. Si la deuda actual compromete unos pagos periódicos de intereses durante un determinado tiempo (un año, cinco años, diez años…), el juro era de carácter indefinido, por lo que su poseedor obtenía su cachito de impuestos para siempre; pero, a cambio, era redimible por el rey en el momento en que considerare. Momento en el cual, la corona satisfacía el principal un día entregado, y la obligación de satisfacer el “situado” (así se llamaba la cantidad de intereses a abonar) desaparecía. La ausencia de graves fenómenos inflacionarios hacía que no hubiera necesidad de hacer más previsiones en la amortización del capital.

El tomador del juro recibía el original del privilegio, mientras que la denominada Contaduría de Las Mercedes retenía una copia. La Hacienda castellana llevaba una meticulosa contabilidad de los juros existentes y los compromisos de pago que devenían, algo que era fundamental para ella porque, en buena parte, la marcha de su presupuesto dependía de la buena fama de estos títulos, es decir de que los inversores confiasen en ellos (hoy diríamos: les diesen un rating alto); y eso sólo se conseguía llegando puntualmente con los pagos.  La necesidad de que los juros tuviesen una total confianza del mercado explica que se pagasen al contado, y en plata.

Los poseedores de los juros eran libres de enajenarlos, total o parcialmente. Esto es algo que solían hacer mucho los compradores cuando necesitaban dejar una garantía de pago (lo cual, de nuevo, demuestra la altísima confianza que se tenía en Castilla hacia estos títulos). Cada vez que se vendía un juro, era necesario comunicarlo a la Hacienda, pues ésta sólo guardaba notaría del titular inicial del privilegio. En el caso de que el juro fuese vendido a varios poseedores, además, era necesario que la Contaduría extendiese otros tantos privilegios nuevos correspondientes a cada cuotaparte de la operación.

Durante el siglo XVI, los juros se pagaron religiosamente. Fue ésta, además, la etapa en la que Carlos V y su hijo Felipe le dieron una vuelta de tuerca genial a este sistema, generando un capitalismo popular que está en los cimientos de la hegemonía castellana de la época: sobre Aragón y Portugal, en lectura interna; y sobre el resto del mundo, en externa.

Ya hemos dicho que los juros nacieron para lucrar con ellos a los nobles y a los monasterios. Sin embargo, en la España carlina y filipina había otros elementos importantes del quehacer económico, que es lo que hoy llamaríamos altoburgueses: laneros, trigueros; prominentes primeros financieros, que se lucraban de la plata de Indias. Todos estos personajes, acumulados en las ciudades, tienen una importancia en la Historia que habitualmente les negamos. No se suele decir, sin ir más lejos, que, siglos antes, son ellos, en muchos casos, los responsables de que se levantasen las catedrales, pues son sus donaciones (no, desde luego, las de los nobles) las que hacen posibles esas obras hercúleas. En los tiempos del Renacimiento castellano, el dinero de los burgueses acomodados construirá otra gran catedral que llamamos poder imperial. Ellos, en mucha mayor medida que nadie más, comprarán los juros. Por ellos es por lo que, a la llegada a Sevilla de los barcos de América, el gobierno de Madrid enviará delegados con la cartera repleta de juros a la venta. Castilla es, entonces, una economía absolutamente próspera (y lo seguirá siendo, más o menos, hasta que la solidaridad con el resto de España sacrifique una parte de los réditos de la ganadería y las industrias típicas del territorio), y sus empresarios tienen recursos suficientes como para comprar unos títulos de cuya seguridad, además, no dudan.

Los juros, además, hicieron florecer en Castilla la intermediación financiera. El Estado vendía muchos títulos directamente (igual que ahora los vende en su web), pero también hizo uso de intermediarios, como es lógico puesto que, ya lo hemos escrito, el Estado no tenía delegaciones, y todo debía hacerse en Madrid.

Con todo, los intermediarios más habituales fueron los banqueros del rey, habitualmente genoveses. El Estado renacentista español tenía tres fuentes de financiación: 
  1. Los impuestos, que eran la base de todo pero se cobraban con retraso y a través de intermediarios.  
  2. Los juros.
  3. Los llamados asientos, que no eran sino préstamos concedidos por banqueros para resolver los problemas de tesorería del gasto público, o salir en auxilio de alguna necesidad imperiosa surgida por alguna guerra.

Los asientos eran la forma más rápida de obtener dinero, y por eso Castilla siempre abusó de su recurso; algo que pagaría caro cuando su poderío económico se esfumase. Los banqueros, sin embargo, siempre querían algo en garantía y, contra lo que se pueda pensar, no siempre esa garantía se podía ejecutar contra las remesas de plata llegadas de América, porque buena parte de lo que traían los barcos era para particulares.

En realidad, el mejor elemento para satisfacer a los banqueros eran los juros. Así, los juros podían utilizarse, en terminología actual, como una garantía colateral (algunas veces, la operación se parece incluso al comprador de dos derivados de signo distinto, que con ello se cubre de los riesgos), en el caso de que el asiento aun estuviese en plazo de pago; o como una especie de aval de descuento, en los casos, que eran muchos, en que la corona se retrasase en el reembolso del asiento, y lo pagase con juros.

De hecho, la interacción entre juros y asientos provocó la creación de los denominados juros de caución. Era un juro que se entregaba al banquero que prestaba dinero al rey, con el compromiso de mantenerlo en su poder, pudiendo venderlo sólo en caso de producirse impago del asiento original (lo cual se parece a una especie de opción o incluso, si nos ponemos muy pollas, un credit default swap). La presión de los banqueros, a los que los activos ilíquidos nunca les han gustado, hizo que estos juros finalmente se hiciesen enajenables incluso antes del impago (con lo cual pasaron a operar con una especie de reaseguro, pues en la venta del juro el banquero traspasaba el riesgo de crédito a su cliente; y, si entonces hubiese existido Bloomberg, su cotización secundaria habría aportado información precisa sobre las previsiones del mercado en torno al cumplimiento del presupuesto de ingresos de la corona).

Esta actividad generó la primera situación en la Historia de España de otro tema que hoy está muy en boga: el endeudamiento externo. Los banqueros de la corona era, o bien genoveses, o bien judíos portugueses huidos de España tras la expulsión. Pero la población fundamental era la primera (los genoveses, por cierta, eran especialmente odiados por los catalanes, quienes los llamaban moros blancos), por lo que estos banqueros, que obtenían sus pasivos de clientes italianos, procedieron, en el marco de estas operaciones, a venderle juros masivamente a estos italianos.

Durante la edad de oro de los juros, todo esto fue oro molido para la banca: ganaba dinero con los asientos (que se devolvían) y ganaba dinero con la intermediación de los juros.

El prestigio de los juros se basaba en una sola cosa: que la emisión se correspondiese con los impuestos comprometidos. Sólo de esta manera, quien compraba el juro cobraba, y el mecanismo podía seguir siendo de confianza. El problema surgió a partir del segundo cuarto del siglo XVII, cuando las obligaciones imperiales españolas, y el agotamiento del crecimiento acelerado en Castilla, comenzaron a estancar las posibilidades de la Hacienda, sin que ésta dejase de emitir juros por ello.

Había llegado el momento de crecer los juros.

El crecimiento de un juro significa, en realidad, su abaratamiento. La razón del uso de la palabra está en que los castellanos de la época desconocían el uso financiero del porcentaje y, consecuentemente, expresaban la rentabilidad de los juros poniendo en relación nominal e intereses. Los juros, así, eran, por ejemplo, de 10.000 el millar. Esto quería decir que el tomador pagaba 10.000 maravedíes a cambio de un derecho sobre 1.000 maravedíes del impuesto de que se tratase. Es lo que hoy llamaríamos una letra al 10%, en principio perpetua.

En la operación de crecimiento, la corona invitaba al tomador a acrecer el pago realizado (de ahí lo de crecimiento), conservando el pago de intereses. Por ejemplo, si un juro de 10.000 al millar se acrecía el doble, el tomador pagaba 10.000 maravedíes más, y se convertía en poseedor de un juro de 20.000 al millar. O, lo que es lo mismo: el Estado, que le debía un 10%, ahora le debía un 5%. El crecimiento de juros era, pues, una quita en toda regla.

El otro gran acto que podía realizar la Hacienda era el desempeño del juro; esto es, hacer uso de la potestad de la corona de devolver el principal, extinguiendo toda obligación de pago y liberando la recaudación tributaria correspondiente. Normalmente, el desempeño se hacía sobre títulos antiguos a alto tipo de interés, seguido de emisión de nuevos juros a un tipo menor.

¿Por qué los inversores aceptaban estas cosas? En primer lugar, porque la puntillosa administración castellana, heredera de la obra filipina, recababa constante información sobre la marcha de las cotizaciones en todas las ciudades y, por lo tanto, sabía cuándo acrecer y desempeñar con expectativas de esperar demanda para ambas operaciones. En segundo lugar, porque los juros seguían siendo una fuente de ingresos considerada razonablemente estable, y los empresarios castellanos, sometidos a los caprichos del clima, las enfermedades del ganado, los mercados internacionales, las guerras, etc., veían en esta inversión una cobertura razonablemente segura.

El sistema hizo crisis, como digo, cuando el situado de los juros vino a equivaler, prácticamente, con las posibilidades recaudatorias de la Hacienda Real. Fue, como digo, el momento en el que empezaron los crecimientos masivos: de ser operaciones selectivas pasaron, a partir de 1608, a afectar a la totalidad de la deuda de unas determinadas características. Las operaciones masivas generaron vivas protestas, especialmente por los tomadores de los juros más antiguos (que eran, ya lo hemos dicho, los que tenían un cobro más seguro).

En la tercera década del siglo XVII, los juros empezaron a experimentar problemas de demanda. Por primera vez, se encontraban con que el mercado empezaba a ser renuente a comprar los privilegios. Al reiniciarse la guerra de Flandes, ya reinando Felipe IV, el gobierno tuvo que decretar algo muy parecido a una quita o suspensión de pagos, pues redujo el rendimiento de todos los juros que estuviesen dando más del 5%; y, además, lo hizo sin desempeñarlos (amortizar el principal) ni crecerlos, sino, directamente reduciendo el rendimiento. A partir de 1630, la demanda de juros prácticamente desapareció, momento en el cual la corona comenzó una carrera desenfrenada por reducir su nivel de endeudamiento, primero dejando de pagar con plata y pasando a pagar con moneda de vellón; y, después, aplicando descuentos unilaterales en el interés, conocidos como la annata y la media annata. La medida se planteó como algo provisional y provocado por la grave crisis de las finanzas públicas de 1630, pero cinco años después se eternizó, convirtiéndose de facto en una especie de Tasa Tobin, es decir un impuesto sobre la adquisición de deuda pública. Todavía en 1727, seguía la corona peleando con este monstruo de deuda, decretando una modificación unilateral del nominal de los juros de 20.000 al millar a 33.000 al millar. Pero, al revés que un siglo antes, esto no se hacía obteniendo la diferencia del tomador; era, ya, una simple y pura quita del interés.




Quien quiera profundizar en lo que aquí se ha contado, puede acceder, gratuitamente, a un excelente trabajo, de cuya introducción he sacado buena parte del contenido de este post. Se trata del análisis Oferta y demanda de deuda pública en Castilla. Juros de alcabalas (1540-1740), debido a Carlos Álvarez Nogal y publicado en las series de Historia Económica del Banco de España. Pero a quien le guste bucear en las librerías usadas le interesará buscar el monumental La Hacienda del Antiguo Régimen, del maestro Miguel Artola; y, si busca mucho más, puede tener la suerte de encontrar un libro delicioso, titulado Hacienda Pública de España, obra de Ramón de Espínola. La edición que yo tengo es de 1849, Imprenta de Manuel de Campo, Madrid.

Asimismo, quien quiera empaparse de los crecientes problemas que el presupuesto militar creó a la Hacienda española, debería leer el insuperable Guerra y decadencia de I. A. A. Thomson.

Yo, ya lo siento, pero es que tengo debilidad por la Historia de los Impuestos.

lunes, abril 30, 2012

Una guerra de viñetas (1)


Esta viñeta, cuyo autor desconozco  (firma en la esquina inferior izquierda, pero no la decodifico), fue publicada el 18 de febrero de 1937 por el Diario Vasco. En zona republicana, pues.

Resulta una viñeta realmente excepcional por la forma directa con la que trata el tema de la sexualidad libre. Asunto que en los años treinta del siglo XX era tabú en España, también en zona republicana.

En este caso, sin embargo, el tema se pone al servicio de uno de los asuntos preferidos de los caricaturistas republicanos: la presencia de tropas moras en el bando nacional. La propaganda republicana hizo esa presencia mayor de lo que realmente era; la motejó de intolerable interferencia de tropas no españolas (lo que se dice ver la paja en ojo ajeno y blablabla); y, sobre todo, acusó a los moros de realizar crueldades sin fin, entre las cuales se encontraba en lugar preferente la violación de las mujeres. De esta manera, se trataba de construir una oposición total, civil y militar, al avance de las tropas nacionales.

El pretendido desenfreno sexual de los moros es aquí sublimado en otra cosa diferente. Aparece el soldado junto a una mujer entrada en años, que sonríe satisfecha. El diálogo que acompaña a la viñeta es:

- Usted es de los buenos...
- Yo ser... regular.


El diálogo juega con el doble sentido de la expresión "de los buenos" (la señora, de clase alta, considera a los nacionales los buenos); de la expresión "ser regular": ser regular en la cama, o pertenecer al cuerpo de regulares.

No era nada habitual, en la chistología de la época, ni en sitio alguno en realidad, explotar la figura de la mujer entrada en años (y en kilos) que, a pesar de ello, da pasos para darse una alegría al cuerpo; menos aún puliéndose a un moro. Es por ello que os la traigo aquí.

Kurdos


El imperio otomano podría considerarse una de las mayores, si no la mayor, irregularidad de la Historia moderna, a juzgar por los muchos problemas que a la postre creó desapareciendo.

Ciertamente, todos los imperios de gran tamaño que un día dejan de serlo legan en herencia al mundo un rosario de enfrentamientos, traiciones y acciones disolventes; eso lo saben bien los herederos de Alejandro, o los últimos emperadores romanos. Son, tal vez, los chinos los únicos que han conseguido desmantelar su imperio sin perder la cohesión territorial y social; aunque eso lo hicieron, en buena parte, a base de sustituir un imperio por otro.

Una de las consecuencias terribles del desmantelamiento del imperio turco es la cuestión kurda; la cual, pese a encontrarse actualmente algo más, digamos, solucionada, sigue siendo un elemento desequilibrante de primer nivel en el Oriente Medio.

La minoría racial kurda es considerada la mayor de las existentes en el mundo que carece de un Estado propio. Su “nación” se extiende por territorios situados en las actuales Turquía, Irán, Irak, Siria y la antigua URSS (sobre todo, Azerbaiyán). Aunque también hay comunidades kurdas, que han tenido su importancia, en Jordania, Líbano, Yemen, Afganistán, Pakistán y Europa, en una situación genérica que se parece mucho, o más bien muchísimo, a la diáspora palestina. Los kurdos, sin embargo, históricamente han cometido el error de no meterse con un pueblo en el punto de mira de la opinión pública occidental, como el de Israel. Esto los ha convertido en palestinos de baja intensidad.

Los kurdos son considerados originarios de cierta mezcla de etnias arias en el norte de Mesopotamia. Los arqueólogos, hasta donde yo sé, han podido datar la presencia kurda en sus tierras aproximadamente 2.500 años antes de Jesucristo. En el llamado desfiladero de Derbendigaver, por ejemplo, se han encontrado unas inscripciones que relatan guerras entre kurdos y acadios; lo que demuestra que los kurdos de entonces no eran muy listos seleccionando enemigos, pues pocos cabrones había en la zona más cabrones que los acadios. De los kardoka habla Xenofonte en su Anábasis, relatando que eran excelentes jinetes.

Cuando, allá por el 614 antes de Jesucristo, el rey medo Ciaxares arrasa Assur, mandando a tomar por culo a los asirios y su política de dominación esclavista sobre el resto de los pueblos mesopotámicos, los kurdos forman parte de la alianza ganadora. La interpenetración entre kurdos y medos hizo que cuando algunas de las tribus de éstos últimos se hicieron mazdeístas, los kurdos se convirtiesen también en adoradores de Zoroastro. Aunque no pocos de los kurdos desarrollaron otra creencia, preislámica, conocida como yazidismo. Una creencia que ha dado para mucho en los discos duros de los polla-escritores históricos, que alguna vez han hecho juegos malabares con estos kurdos llamados “adoradores del diablo”, no creo yo que con mucha base. El yazidismo creía en la existencia de siete ángeles custodios del mundo (supongo que no habrá un solo católico que se atreverá a levantar la mano y decir que creer esto es una chorrada), de los cuales el principal, Melek Taus, también llamado Shaytán, ha sido identificado con Satán. Identificación que tampoco está tan clara, la verdad.

Toda esta libertad religiosa quedó bastante más que en entredicho con la llegada de las siempre democráticas mesnadas mahometanas. Los hombres del Islam se apiolaron a los relapsos, quemaron sus templos, e hicieron todo lo necesario para convencer a los kurdos de que debían abrazar la religión verdadera; cosa que ellos hicieron en buena medida, claro.

Kurdo era el joven Ziryab, mosulense de toda la vida, que llegó a formar parte de la corte bagdadí de Harum al Rachid, pero que fue rápidamente fichado por Abderramán II, quien se lo trajo a Córdoba, donde Ziryab, que por encima de todo era músico, fundó el primer conservatorio de música de nuestra Historia; conservatorio donde comenzaron a escucharse las armonías orientales que hoy en día brotan, en cualquier disco, de la garganta de Camarón de Isla y Enrique Morente, o de los dedos de Paco de Lucía.

Kurdo era el mayor general musulmán de la Historia, Saladino, el hombre que consiguió parar a los franj, como ellos llamaban a los cruzados (obviamente, trataban, sin éxito, de pronunciar la palabra “franco”) y los derrotó sin paliativos, merced a sus mejores tácticas, así como otras cosas sin importancia, como que la costumbre musulmana de lavarse tres veces al día para rezar tuvo como consecuencia de las mesnadas islámicas tuviesen muchas menos epidemias que los cruzados, los cuales, por mucho que sudasen dentro de sus lorigas, no se bañaban nada más que de vez en cuando, convirtiendo sus cuerpos en una especie de Marina d’Or pulguera, piojera y chinchera.

Saladino, que tan bueno fue para los musulmanes en general fue, sin embargo, bastante mal estadista para los kurdos, pues no creó una nación cohesionada. Los kurdos siguieron siendo pueblos unidos por una lengua, una cultura y unas tradiciones, pero divididos en pequeños reinos feudales. Cerca de ellos, sin embargo, medraban los mamelucos en las armadas árabes, proceso que se combinó con la emigración masiva de los turcomanos, empujados por la marea mongol, cohesionando el proyecto de un imperio otomano.

De forma un tanto inexplicable (pero sólo un tanto, pues hasta el muy cristiano Rodrigo Díaz de Vivar ofreció su espada a señores caldeos), los kurdos engrosaron las tropas del sultán turco Selim quien, el 23 de agosto de 1514, frenó la expansión hacia el Oeste de los persas, lo que acabaría provocando el dibujo de las actuales fronteras entre Turquía e Irán, es decir la primera división seria de los kurdos entre dos naciones.

A principios del siglo XIX, el sultán otomano Magmud II inicia una política centralizadora que compromete el poder de los señores feudales kurdos. Con consecuencia de ello, se producirán las sublevaciones kurdas de Abdulrrahmán Pachá (1806); Mir Mohamed, algunos años más tarde hasta su asesinato en 1837; Yezdan Sher (1855); y, finalmente, Obeidullah, en 1880.

El imperio turco, en todo caso, da la vuelta al siglo en medio de muchas más revueltas nacionalistas, no sólo kurdas, sino también albanesas, griegas o armenias. Todo esto hará crisis en la Gran Guerra, que los turcos pierden por haberse aliado con Alemania.

En el Tratado de Mudros, 30 de enero de 1918, desparece el imperio otomano. La Turquía superviviente, apenas Anatolia, es obligada en el Tratado de Sèvres a aceptar la autodeterminación de Armenia y el Kurdistán. Los kurdos, pues, rozan la independencia; pero no la conseguirán porque el Tratado nunca se aplicará pues, en Turquía, todo cambia radicalmente con la revolución liderada por el joven militar Mustafá Kemal, Atatürk o padre de los turcos, quien se las arregla para expulsar a los dominadores extranjeros de su país y convence a los armenios de que se olviden de sus sueños independentistas mediante la realización de uno de los genocidios más vastos y bastos del siglo XX.

En 1923, Tratado de Lausana, Kemal fuerza la vuelta atrás de las condiciones de Sèvres; un año más tarde, funda la República Turca, de carácter nacionalista, hasta el punto de eliminar los restos de cultura árabe en el país y declarar el Estado no musulmán. Además, Kemal prohíbe a los kurdos residentes en su país cualquier expresión de su cultura y su lengua, y reprime con gran violencia las revueltas que se producen. En Turquía se dejan de editar mapas donde siquiera aparezca el Kurdistán.

En aquellos años y en el Kurdistán mosulí, situado fundamentalmente en el norte de Iraq, se descubrieron importantes yacimientos de petróleo. Esto, inmediatamente, hace que las potencias europeas recuperen un interés por esta zona que antes no tenían y, así, en el 1920, Gran Bretaña y Francia firman el acuerdo de San Remo, por el cual crean el fistro de Estado iraquí bajo su control. Ingleses, franceses y estadounidenses serán socios en la extracción de petróleo en la zona de Mosul.

Las sublevaciones kurdas reclamando el cumplimiento de las viejas promesas de la posguerra mundial son reprimidas. Igual destino viven los kurdos iraníes, perseguidos por el sha Reza Kahn.
En 1945 se crea, en Irán, el primer Partido Demócrata del Kurdistán, PDK, es decir la primera formación política organizada en defensa de los intereses nacionalistas kurdos. Es un movimiento que aprovecha la segunda posguerra mundial, y que da un paso más con la fundación de la denominada República de Mahabad, bajo la dirección del líder del PDK, Qazi Mohamed, así como, indirectamente, de la familia Barzani, venida desde Iraq.

Sin embargo, Mahabad durará apenas un año. La URSS, en cumplimiento de las previsiones de Yalta y otras conferencias, abandona el norte de Irán, con lo que el país queda en manos del Sha, para entonces aliado ya de Estados Unidos, el cual unifica la nación bajo su gobierno, eliminando el proyecto independentista kurdo. El 30 de marzo de 1947, muchos de los dirigentes de la efímera república, entre ellos su primer ministro, son ahorcados.

El líder kurdo Barzani será el único cabecilla importante que logrará huir de la represión producida con la caída de la República de Mahabad. Se refugia en la URSS donde permanece hasta 1958, cuando la monarquía feisalí de Iraq cae tras la revolución de Kassem. Sin embargo, tres años más tarde, ante la política iraquí de no reconocer los derechos del pueblo kurdo, Barzani volverá a la clandestinidad y al enfrentamiento.

En los últimos años del shanato proamericano en Irán, este país y Estados Unidos se convertirán en los grandes valedores del movimiento kurdo, no desde luego por convicción moral alguna, sino para así debilitar la posición de Sadam Husein en el interior de Iraq. Sin embargo, Husein capeará muy bien el temporal con el acuerdo alcanzando con su vecino persa relativo al uso del estuario de Chat-el-Arab, que supondrá el fin de la ayuda iraní a los kurdos. A partir de ahí, el dictador iraquí se aplicará contra los kurdos con una crueldad genocida, con episodios repugnantes como el bombardeo de la ciudad de Halabja con armas químicas, que produjo 5.000 muertes. En agosto de 1988, con el fin de la guerra con Irán, el régimen iraquí intensifica sus acciones represoras, causando un movimiento de centenares de miles de refugiados.

En Irán no le fue mejor. El PDK, dirigido por Abdulrahman Gasemlu, fue una de las formaciones que apoyó la revolución de los ayatolás; sin embargo, una vez llegado Jomeini al poder, la cúpula religiosa shií se olvidó muy rápidamente de aquel apoyo, con lo que los kurdos acabaron guerreando con los guardianes de la revolución. En Turquía, la fuerte implantación del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha generado diversos problemas al Estado, el cual, pese a considerar a los dirigentes del PKK meros terroristas, ha tenido que dar pasos liberalizadores, con un ojo puesto en su candidatura al ingreso en la Unión Europea.

Tras la segunda guerra del golfo y la caída de Sadam Husein, la situación de los kurdos se ha normalizado significativamente. Tienen representatividad en el Estado iraquí y determinados grados de autonomía. En Turquía, como ya hemos dicho, han visto cómo la lengua y cultura kurdas salían de la caverna de la prohibición. Sin embargo, a mi modo de ver el problema kurdo está lejos de haberse resuelto.

Como ya he dicho, sorprende bastante que la reivindicación kurda, que histórica, cultural y numéricamente es tan importante como lo pueda ser la palestina, tenga escasos adeptos en el mundo occidental, el cual, en términos generales, desconoce por completo o casi por completo el problema kurdo.

El problema kurdo es, en sí, muy complejo. Primero porque afecta no a uno, sino a varios países: Turquía, Siria, Irán, Iraq; como poco. Segundo, porque la propia actuación de los kurdos tampoco es del todo defendible. No sólo han respondido, en ocasiones, a la represión con terrorismo, como hizo el PKK en su etapa más radical; es que, además, los kurdos son beneficiarios del genocidio armenio, pues parte de sus tierras fueron ganadas gracias al mismo, bien aprovechando las muertes causadas por los turcos; bien llevándolas a cabo ellos mismos. Por lo tanto, en un entorno de reclamación de derechos históricos, tal vez, al minuto siguiente de reclamar los kurdos algunos de sus territorios, se encontrarían con que los armenios también los reclamasen.

Las guerras de Iraq han cambiado los hechos, otorgando a los kurdos un poder federal, pero están lejos de haber resuelto el problema. El Estado iraquí es un Estado débil. Y, en otros países, la cuestión kurda sigue pendiente.

A veces, verdaderamente, da la impresión de que la cuestión kurda es algo así como el resultado del compendio de todos los errores que el hombre, kurdos incluidos, ha conseguido cometer a lo largo de la Historia.

martes, abril 24, 2012

Quo vadis, euro?

La Unión Económica y Monetaria la inventó un señor llamado Jacques Delors. Un político bastante mediocre que fue nombrado ministro de Economía en Francia un año antes de la primera llegada al poder del PSOE mediante unas elecciones (en la II República  nunca ostentó la presidencia del Consejo de Ministros, así pues todos sus gobiernos se produjeron en tiempo de guerra); y, por lo tanto, es el gran implantador de la política económica de la era Mitterrand, que dejó Francia para las mulillas. Como desde que existe la Comunidad Económica Europea, Bruselas se usa como plaza de segunda para llevar allí a los desechos de tienta que no valen para la lidia de verdad, que son las economías nacionales, allá que lo mandaron su Président, bastante acostumbrado a echarle la culpa a todo Dios menos a él de sus errores; y Helmut Kohl, a quien su colega de París le metió un gol de puta madre.

Al frente de la Comisión y, last but not least, en su vida posterior de Asesor Áulico del Mundo, o sea en plan ex político tirando con la pólvora del Imperio, Delors se convierte en el gran teórico de la Unión Económica y Monetaria o UEM, que se basa en dos grandes pilares: uno, la reforma constitucional de la CE, que se convierte en una Unión Europea y pasa a funcionar, tras el tratado de Mastrique, de una forma algo más ágil; dos, el proceso de convergencia norminal, por el cual todas las economías europeas que lo deseasen se acercarían entre sí cumpliendo tres criterios: inflación, deuda y déficit. Una convergencia nominal, pues, que se suponía, en los apresurados análisis delorsianos, que los países que cumpliesen esas tres condiciones serían suficientemente homogéneos para poder soportar mancomunadamente una sola moneda única. Sabido es que, desde Bretton Woods, el subyacente de la moneda ya no es ningún elemento físico, como lo fue el oro, sino las propias economías que emiten dicha moneda. La UEM es como una unificación monetaria con patrón oro existente en el que los países se pusiesen de acuerdo en que las reservas de unos y otros países, a pesar de estar constituidas en oro de distintos quilates, tienen un valor unitario más o menos equivalente. O, más a lo bruto: como si diez amigos formasen una empresa de alquiler de coches aportando sus vehículos, partiendo de la base de que, siendo todos los vehículos monovolumen, y habiendo sido matriculados todos más o menos en el mismo plazo temporal (por ejemplo, dos años), se asume que valen más o menos lo mismo.

Que hubo un aviso, lo hubo. La UEM tenía otra precondición, que era formar parte del Sistema Monetario Europeo, un sistema de disciplina cambiaria por el cual las monedas que formasen parte del mismo se comprometían a fluctuar dentro de una banda estrecha respecto de un tipo central. En consecuencia, caso de salirse la moneda por arriba (excesiva apreciación) o por abajo (excesiva depreciación), los gobiernos se comprometían a tomar las políticas que fuesen necesarias, y los bancos centrales a intervenir en los mercados comprando y vendiendo lo que también hiciese falta.

El SME fue un aviso porque, ya en los ochenta, dejó claro un elemento importante: los países utilizaban las normas, las retorcían, en su propio beneficio. La UEM era un ejercicio de bona fides que, por lo tanto, presuponía que todos cumplirían las reglas sin engañar; pero no fue así. Un caso fuimos nosotros, los españoles, que en los ochenta metimos la pela en el SME a un tipo de cambio excesivamente alto. Los tipos de interés estaban disparados, el crédito también, y el gobierno necesitaba que invertir en pesetas fuese un poquito menos atractivo, así pues encareció la operación por esta vía. Como quiera que no fuimos los únicos que utilizamos los tipos centrales del SME, mecanismo europeo, para resolver problemas internos, a principios de los años noventa, empezando por algunas divisas escandinavas, el momio petó. Una de las coronas norteñas, ahora mismo no me acuerdo pero juraría que fue la sueca, decidió que ya estaba bien de meterle inyecciones de dopamina al zombie para que siguiese trastabillándose, y decidió dejar su moneda en free float. A este signo de debilidad, que no fue contestado, en primera instancia, por una acción coordinada de los bancos centrales que dejase claro que Europa estaba dispuesta a dejarse las pestañas defendiendo sus relaciones de cambio, se siguió la típica espiral especuladora que acaba teniendo la culpa de todo en las mentes de tanta gente, que no se da cuenta de que el que roba en una tienda porque se la encuentra vacía y con la puerta abierta, ladrón es, desde luego; pero no es el iniciador de la cosa.

John Major se apresuró a sacar la estérlin del SME. Las acciones del pérfido inglés siempre señalan lo que toda rata haría en situación análoga, y de ellas cabría aprender. No obstante, Europa permaneció impasible el alemán. Lo cual, aparte de un juego de palabras tonto, también tiene su significado. Porque una de las razones de la crisis monetaria de principios de los noventa fue que Alemania, como es bien sabido, se había reunificado en los noventa.

En efecto: Alemania era una de nuevo, o como quizás había sido siempre, pues no sé si sabéis que en la antigua RFA hay periódicos que, durante cuatro décadas, jamás utilizaron la expresión "República Democrática de Alemania", porque para ellos no existían dos alemanias. Esta unificación, lo recordaréis los más provectos, se hizo en plan regalo de Navidad. No sólo los alemanes del Berlín Este que, los primeros días, cruzaron la Puerta de Brandenburgo, fueron obsequiados con dinero contante y sonante para que lo gastasen im Paradies; sino que, más adelante, recibieron el más valioso regalo aún de la equivalencia 1:1 entre marcos del Oeste y marcos del Este. La cotización realista era, mutatis mutandis, de 1:10.

Imagínate, lector que cada mes recibes de tu empleador unos 1.000 euros, que, de la noche a la mañana, éste fuese y te pagase 10.000. ¿Qué harías? No, no respondas, que es muy obvio. Si te van los libros, te irías a una librería y te comprarías un facsímil carísimo del Libro de Horas medieval conocido como Biblia Rajoyensis. Si te van los coches, te comprarías ese descapotable que te mola, en plan segundo vehículo para, que se decía antes en España, hacer señor. Si te van los videojuegos, te comprarías una Neuroconsola Trifásica Experimental con conexiones sinápticas autocoordinadas.

El tipo de cambio de la unificación multiplicó artificialmente la masa monetaria alemana, generando unas tensiones inflacionarias brutales. La respuestas del Bundesbank, banco central teutón con altísimos niveles de autonomía (es mi opinión que el presidente del Bundesbank es más independiente del canciller alemán de lo que lo es Artur Mas de Mariano  Rajoy, por ejemplo), respondió calentando su tipo lombardo de referencia. Lo cual, en un sistema en el que el resto de monedas no podían mover su relación de cambio más que estrechamente, suponía que el resto de Europa se veía impelida a comprar masa monetaria alemana, importando inflación. Dicho de otra forma: Alemania se reunificó a costa de los equilibrios macroeconómicos de sus socios; y, no por casualidad, el rosario de devaluaciones del SME, que de hecho acabaron con él (se acabó acordando una banda de fluctuación tan generosa que ni era banda ni una mierda), comenzó el día que el Bundesbank desmintió las predicciones del mercado en lo que a la relajación de sus tipos se refiere.

Esto es, pues, la Unión Económica y Monetaria:

1) La clara percepción de que las economías locales no trabajan para Europa, sino que hacen trabajar a Europa en su propio beneficio.

2) La evidencia de que la primera que hace eso cuando le conviene es la economía directora, que es Alemania.

3) La consecuencia de que, así las cosas, una economía que es fundamental para construir una Europa realmente fuerte, la Yunaiti Kindon, se ponga de perfil, claramente temerosa de que asociarse con estos pollos a fondo se pueda llevar por delante su posición mundial como plaza financiera.

4) La instrumentación de una convergencia formal que, teniendo en cuenta el punto 1), muchos cumplirán tan sólo formalmente (remember Greece...)

5) La existencia, en el plano real, de diferencias enormes y de gran calado entre economías, que hace que en unas parcelas del autobús del euro los asientos estén limpios y huelan a ozonopino y en otros haya hasta chinches viviendo entre la gomaespuma.

Last but not least, el euro conviene enormemente a sus dos principales impulsores, que son Jacques Chirac y Helmut Kohl. El canciller alemán ya ha decidido, a principios de los noventa, que la UE será ampliada. En realidad, le importa tres cojones que los países candidatos estén poco menos que desmantelados después de cinco décadas de leninismo, que han demostrado la gran veracidad de esa frase que dice que una sardina es una ballena que ha pasado por todas las etapas del socialismo científico, menos la última (o sea, la que nunca llega; la que según Ceaucescu llegaría creo que en el 2040, y según la nomenklatura breznevita, en 1980). Todo eso, digo, le importa poco, porque lo que quiere Kohl es una moneda única, una referencia-dólar europea, que sea el solado de la vía de colonización económica de sus mercados naturales. Hitler utilizó las Panzerdivisionen y se equivocó; es considerablemente más barato, y efectivo, usar el Deutsche Bank. En lugar de gasear a los hebreos, hagamos lo que ellos, sólo que mejor.

Con todo, es a Chirac, ese político todo honradez y eficacia, a quien más le conviene la historia, porque si hay un país que se ha descabalgado del podio de la competitividad global (económica, social, intelectual, cultural, lingüística) en los últimos cien años, ése es Francia. Quien reparte hostias no hace sino demostrar su debilidad y, si nos paramos a mirarlo, Francia lleva décadas dándose de hostias con todo Dios, desde los huertanos murcianos hasta los pescadores de Cornualles. A todo le tienen miedo porque en todas las mesas de ping-pong les baten tipos que hace ochenta años no sabían ni coger una raqueta con la mano. Francia tiene una función pública ineficiente, un Estado del Bienestar carísimo, unas tensiones territoriales que su jacobinismo genético le impide reconocer, un sector productivo excesivamente intervenido y, para colmo, el tipo que les iba a sacar de ésta es un follador compulsivo que bastante tiene con que los jueces no le metan en Sing-Sing. En tales circunstancias, a Francia le viene de coña meter a sus competidores en su mismo club, impidiéndoles que puedan realizar devaluaciones competitivas. Ergo, euro.

El euro tenía que nacer. A pesar del enorme escepticismo, obviamente nunca confesado, con que fue recibido en Washington, donde cada vez que los mercados europeos se brotan ocurre lo de Qué bello es vivir: suenan unas campanitas y alguien, estadounidense por supuesto, se gana sus alas. A pesar de que la convergencia nominal era un temita más que discutible. A pesar de que los pocos referenda realizados dejaron claro que la masa europea no lo tenía demasiado claro, salvo en países que, como España, han pasado tantos años llamando a la puerta de Europa y soñando con sus tierras que manaban leche y miel, que el euroescepticismo es poco menos que una herejía.



En estas condiciones, ¿adónde va el euro? Pues, en mi opinión, a uno de los caminos: a la mierda, o al cuartel.

La primera hipótesis no creo que haya que explicarla mucho. El euro se romperá el día que a alguna de sus economías fundamentales, igual que le vino de coña crearlo, le venga de coña romperlo. Esto, de momento, no está tan claro que le convenga ni a Alemania ni a Francia, porque las razones estructurales que llevaron a ambos países a impulsar el proceso siguen ahí, y no se han perfeccionado: ni Alemania ha terminado su invasión oriental, ni Francia ha avanzado significativamente en su recuperación como potencia real. Especialmente, para mí que Francia no está en absoluto interesada en romper el euro, como no lo está ninguna de las economías (como la nuestra) que se pueden considerar economías con tendencia a la depreciación. Fuere por la relación de cambio, fuere por la reacción monetaria a la inflación provocada por dicha depreciación, lo cierto es que las devaluaciones son fábricas de pobreza para la población interior; especialmente la población endeudada. A nosotros los españoles, si saliésemos del euro o nos echasen, esos 50.000 deshauciados al año por no poder pagar la hipoteca nos iban a parecer un chollo. La suerte de la sociedad francesa, con su deuda pública en el punto de mira de los rating, no iba a ser muy distinta.

Alemania, por su parte, está financiando sus cuentas públicas casi a coste cero y, manteniendo el euro, evita que otros puedan deteriorar su balanza de pagos, algo que impediría de hecho mantener esta situación. Ciertamente, hay competidores que se la traen floja, como Grecia; pero hacer que España volviese a la peseta serían, para ella, palabras mayores: un mes mas tarde, por cada pieza de recambio que la Volkswagen decidiese fabricar en Alemania, estaría perdiendo pasta, porque en la Zona Franca de Barcelona, los catalanes estarían en condiciones de fabricarla con iguales o mejores estándares de calidad y, de repente, cojonudamente más barata.

Así pues, si la UE aguanta (lo cual es lo mismo que decir si la situación alcanza los adecuados niveles de desesperación; algo cuya llegada pueden estar señalando indicios como la dimisión ayer del primer ministro holandés), la solución es el cuartel: más euro, más UE, más unificación. Unificación real. O sea, la frase reciente del ministro De Guindos, alias Gárgamel, a Artur Mas: como vengan otros a hacer el Presupuesto del Estado, te vas a enterar tú de lo que es un pepino madurito presionando tu esfínter.

Y aquí está la clave, el gran problema: la soberanía. La soberanía, primero que todo, de los Estados. Pero, también, de los elementos dentro del Estado, como las comunidades autónomas, las regiones, los länder, las políticas en favor de determinado tipo de trabajadores, etc. La única forma de que el euro sobreviva fuerte es que sea una moneda seria y que, por lo tanto, en todas las esquinas de su economía las cosas no sólo sean parecidas (Unión Económica y Monetaria) sino que se hagan de parecida manera; lo que se llama, pues, unificación fiscal.

A mi modo de ver, lo que está cotizando en las primas de riesgo europeas no es, o no es sólo o, mejor, no es principalmente, la incapacidad de desarrollar las economías de que se trate. Lo que está cotizando es la incapacidad de la Unión Europea de poner orden en la casa. La única forma de parar esto es que Bruselas demuestre que sabe dar puñetazos sobre la mesa, y los Estados miembros demuestren que saben respetar esos puñetazos.

Pero eso, claro, supone hacer que los políticos hagan menos política. Y los hechos demuestran, bien a las claras, que los únicos alcohólicos que dejan de beber son aquéllos que son bien conscientes del daño que se están haciendo.

Y está, por último, la reacción de la sociedad. Porque que la sociedad europea lleva desde la Gran Guerra viviendo tendencias centrífugas. El final de la primera guerra mundial certificó un proceso que había empezado a mediados del siglo XIX, con la revolución de 1848, el Manifiesto Comunista, la desaparición del crédito universal de la Iglesia católica, y otras tantas cositas. La rapidísima evolución de la sociedad europea hizo imposible, en el espacio de poco más de cincuenta años, el universo de Metternicht, donde grandes carriers multinacionales conformaban un mundo sencillo de entender, formado por muy pocas unidades (imperios) con un concepto colonial de vida: colonial hacia afuera (me quedo con África, y al negro que lo jodan) y colonial hacia dentro (yo gobierno, y al que no le guste que lo jodan como al negro de África).

La pregunta, que quizá respondan los politólogos e historiadores del siglo XXIII, es en qué medida este fenómeno hace crisis. Porque todos los fenómenos hacen crisis; no hay un movimiento que se pueda mantener eternamente. Es obvio que las tendencias centrífugas alcanzan un punto de equilibrio (de máxima utilidad marginal, en términos microeconómicos), lo sobrepasan, y comienzan a tener utilidades marginales, primero menores, y luego negativas. Es lo que en economía se suele explicar con el ejemplo de los bombones: el primero te sabe a gloria, el segundo incluso mejor...; pero cuando vas por el bombón 27, o eres un adicto, o estás deseando que al que inventó los bombones le grapen el escroto a la oreja derecha.

Llevamos centrifugando Europa unos 150 años, y la pregunta es si esta crisis es la dramática, dolorosa expresión de un cambio de dirección de la dinámica. Si es así, desde luego, el proceso de cambio, el proceso por el que pasamos a ser centrípetos y a tender a la centralización again, no va a estar exento de dilataciones, y dolores mil. 

lunes, abril 23, 2012

Los carolingios en España


Allá por los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado, según me informó una vez el arzobispado compostelano, en la catedral se dejaron de rezar algunas misas por el alma de algunos personajes principales de la Historia de Europa de los últimos siglos, que habían tenido especial atención hacia el fenómeno jacobeo. O sea, las misas se siguen diciendo, pero ya no se les dedican, quizá por entender que los cristianos que aún están en carne mortal ya han pedido suficientemente por su acceso a la Gloria y la Gracia de Dios. La consulta que les hice tiene que ver con que Gonzalo Torrente Ballester, en uno de sus libros de juventud (Compostela y su ángel, creo que se llama) afirma que a principios de agosto de cada año, una de las mismas celebradas en la catedral se encomienda al alma de Carlomagno desde la muerte de éste. De ser cierta la afirmación, y Torrente no tenía por qué mentir, serían más de 1.100 misas las que en Compostela se dijeron para rogarle a Dios que acogiese en su seno al rey franco. Rúa del Franco se llama, también, la principal vía enológico-tapera del Santiago actual, pequeña arteriola medieval que llevaba a la catedral a los peregrinos; y del Franco se llama porque, para los primeros jacobeos, franco era sinónimo de peregrino. Ellos dirían, pues, "peregrinas como un francés" como nosotros decimos "trabajas como un chino".

Para Santiago, en efecto, Carlomagno es un personaje fundamental. Pero no es el único rincón de España que le debe mucho. Cataluña, sin ir más lejos, le debe el inicio de su muy querida identificación nacional, que comenzó a surgir, embrionariamente, cuando consiguió no ser territorio vasallo de Córdoba; logro que le debe, en tu totalidad, al emperador franco (con minúsculas).

Es por ello que, como comentaba en mi post anterior, la labor hispana de Carlomagno merece un artículo especial.

Para entender lo que el emperador hizo en España debéis comprender el elemento fundamental de la tesis del artículo anterior: el imperio carolingio es un proyecto multinacional que combina la ambición personal de poder con un proyecto de dominación religiosa; o, más concretamente, de construcción en la Europa Occidental de un poder tan ancho en sus territorios, tan poderoso en sus armadas y en sus ideas, como el imperio oriental nucleado en Constantinopla; bueno, si podía ser más, mejor.En la Europa premedieval hay una tensión entre Este y Oeste que, en algunos puntos, recuerda a la Guerra Fría. Constantino el Grande cambió la capitalidad del imperio romano por pura cobardía o admisión de debilidad. Sabía que no podría con la presión de los germánicos que, además, como se ha señalado repetidas veces, no habían invadido el imperio violando a sus vírgenes, sino alistándose en su ejército; en realidad, los posibles de una resistencia romana al poder godo eran inexistentes, porque habría sido como pedirle a un cuerpo que luchase contra sus propios macrófagos: de perder, perdería; de ganar, moriría

La fundación del imperio de Oriente, sin embargo, dejó pendiente la cuestión de la dominación. El egalitarismo es probablemente la más bonita de las filosofías del hombre; pero, tal vez por eso, es totalmente extraña a las pulsiones humanas. El hombre siempre propende a la dominación, porque en una diferencia, la que sea, siempre hay alguien que ha de ganar, y alguien que ha de perder. La elección de Constantino fue enormemente acertada, porque escogió situar el nuevo experimento de imperio romano en un territoril fértil, encrucijada del comercio y el transporte, puerta del Oriente, y con unos enemigos que, en el momento en que el Grande tomó su decisión, eran mucho menos temibles que aquellos alemanes rubios, altos, secretos o confesados adoradores de árboles, que ya por entonces coqueteaban, a su manera, con la idea de la supremacía aria. En realidad, Consti se equivocó; la realidad es que cuando alguien es poderoso y rico, el deseo de robarle ennoblece y alimenta a sus vecinos, así pues, como las moscas van a la mierda, búlgaros, eslavos en general, siriacos, persas y demás, pronto se aplicaron a rapiñar aquel chollo llamado Constantinopolis.

Justiniano, un tipo muy inteligente que tuvo, además, la suerte, de que la poca inteligencia que le faltaba se la aportó su señora, fue el primero que, propiamente, se dio cuenta de aquel error. Como digo, fue probablemente Teodora Fernández de Kirchner, mucho mejor conocedora que su costillo de la lorza oriental del imperio, la que se dio cuenta de que la dominación soñada de eso que hoy llamamos Oriente Medio nunca se produciría. Desde los lágidas y los seléucidas, la ancha franja de territorios desde el Nilo hasta el Éufrates había aprendido a ser ella misma, y no estaba dispuesta a jugar un juego de sumisión. Por esta razón, Justiniano resucitó el viejo sueño imperial old fashion, y decidió entrar en Italia, a plantarle cara al ostrogodo, y de paso al Papa.

A partir de ahí, se inicia un fenómeno de flujo y reflujo, en el que la parte teóricamente más proclive al fracaso en el inicio, Roma, acabará entrando a saco en Constantinopla, en el verdadero final del imperio oriental, que no es, por lo tanto, la entrada de los turcos que toda mi cohorte demográfica estudió en la escuela como inicio del Renacimiento. Y, en esa estrategia exitosa, a pesar de que es en buena medida fallido, el experimento carolingio ocupa un lugar de primer nivel. Sin Carlomagno, no habría existido la idea imperial occidental. Pero la idea imperial occidental no podría existir si Hispania no fuese elemento fundamental de la misma. Idea en potencia, porque la península está tomada por los musulmanes y, los siglos VIII y IX, ya se puede poner el Papa decubito prono o decubito supino, no hay quien les tosa. Además, una idea Europea, una especie de OTAN religiosa que se proteja de todo lo que le amenace, aun no existe: ningún Papa llamará a la Cruzada para recuperar España, como la llamaría siglos más tarde para tomar Jerusalén.

España es, tiene que ser, una de las joyas de la corona imperial. Para Carlomagno, pues, mirar más allá de los Pirineos no es una opción. Es, yo al menos estoy convencido de ello, una de ésas conditia sine quibus non que Roma le pone para consolidar su alianza estratégico-moral-religioso-militar.

A Carlomagno, en el marco de esta alianza, no le vale sólo con defender la cruz; defiende, además, determinada cruz, esto es, la unidad eclesial total, pues Roma teme, y hace bien en temer, las tendencias centrífugas entre los cristianos; que son tan fuertes que en Constantinopla generarán incluso crueles masacres en los siguientes 500 años. No olvidemos lo mucho que tuvo que remar el papado para obtener la conversión de Recaredo.

Carlomagno, además, juega la baza evidente de lo que efectivamente lo es, y es su condición de único contrapoder de los musulmanes. Aupado sobre la victoria de su abuelo, Carlos Martel, quien en Poitiers frenó definitivamente el avance musulmán hacia el centro del continente, Carlomagno se convierte en una fuerza militar de importancia, la única capaz de hacer sombra a Córdoba; y esto es algo en lo que se fijan no sólo los cristianos, pues la corona asturiana no tardará en tratar de tenerlo cerca; sino, también, los propios enemigos musulmanes del califa.

Es un grupo de éstos el que se desplaza a Paderborn, en la actual Alemania, a entrevistarse con un Carlomagno que está organizando en ese momento la marca sajona. Van presididos por Sulaiman Ibn al-Arabi, molt honorable walí en cap de Barcelona, y le ofrecen su apoyo si entra en la península y le prometen la entrega de Zaragoza, es decir de la cuenca del Ebro. A Carlomagno la oferta le pone, pues sabe que necesita crear una marca hispana que deje fuera del alcance de los moros la Septimania; además, dominar la cuenca del Ebro le pone en posición de fagocitar a los navarros y, quién sabe, incluso a la incipiente monarquía asturiana pospelagiana. Sin embargo, la expedición fue un fracaso porque, a la llegada a la capital maña, el walí de la ciudad se negará a entregarla, con lo que las tropas carolingias deberán retirarse con cierta precipitación. Tanta, que serán malamente emboscados en Roncesvalles por vascos, o tal vez gascones, en una batalla que se convirtió en el primer poema épico de la literatura francesa: La canción de Roldán.Y que, como casi todas las cosas que los franceses cuentan de sí mismos en tonos épicos, es eso que los hebreos llaman un midrash; en vallekano, una puta rallada de cabolo.

Tras esta derrota militar, Carlomagno, que de todas formas controla los Pirineos, pone sus ojos en la iglesia hispana. Es un proceso que ya hemos contado en parte cuando hablábamos del origen del mito de Santiago.

Para Carlomagno, la iglesia de la península es un problema. En los tiempos visigodos, los obispos, reunidos sistemáticamente en concilios toledanos, han sido medio Estado. Están acostumbrados a serlo y, además, registran el apoyo de la monarquía asturiana, que está dispuesta a luchar contra los musulmanes pero, al tiempo, recela de ser integrada en un imperio franco.

En el 784, durante el concilio de Sevilla, esta situación más o menos larvada estalla con la querella del adopcionismo. El arzobispo Elipando de Toledo, en efecto, se muestra partidario de una concepción teológica por la cual el Jesucristo hombre no fue propiamente hijo de Dios, sino hijo adoptivo (de ahí el nombre). La ortodoxia romana sostenía (y sostiene) que Jesús es hijo único de Dios (nacido de Dios padre antes de todos los tiempos, reza el Credo; es el rastro que en los tiempos modernos dejó esta querella). En defensa de la ortodoxia se alzan el obispo Eterio de Osma y el monje Beato de Liébana, el inventor del mito jacobeo. Pero, en realidad, ésta es una movida mucho más profunda. Detrás del conflicto está la mano de Carlomagno, defensor de la ortodoxia romana; y detrás de la actitud de Elipando, por mucho que creyese lo que decía, está la intención de sustentar la autonomía de la Iglesia española.

En ese punto, en Oviedo se produce un cambio importantísimo: Mauregato, rey hasta ese momento, es sustituido por Alfonso II, quien decide inclinarse del lado carolingio, por lo que rápidamente rompe con la Iglesia de Toledo. En el 792, Carlomagno muñe un concilio en Ratisbona cuyo principal objetivo (cumplido) es obligar a retractarse al gran apoyo de Elipando, el obispo Félix de Urgel. Siete años después, el concilio de Aquisgrán lo condenará a permanecer en Lyon hasta su muerte. Este movimiento permite el control total por parte de los clérigos carolingios de la sede de Urgel, elemento fundamental para la consolidación del poder franco en la Marca Hispánica.Y, lo que es más importante, sella la alianza entre los monarcas asturianos y el imperio carolingio, una alianza que marcará el destino de España. El destino, en primer lugar, de la sede compostelana, pues el entendimeinto entre Oviedo y Aquisgrán supondrá el apoyo incondicional del imperio carolingio hacia el mito jacobeo; Carlomagno "enviará" toneladas de francos a la sede compostelana, y Santiago se convertirá en la gran luz de la cristiandad medieval, construyendo un cordón umbilical entre la España y la Europa cristianas. Más a largo plazo, esta alianza, unida al efecto traumatúrgico y unificador de la empresa de la Reconquista, convertirá a España en el stronghold del proyecto imperial romano, haciendo de nuestra tierra el principal baluarte del catolicismo en el mundo (con permiso de Polonia, mucho más católica que nosotros, pero históricamente menos decisiva en lo militar, que es de lo que se trata). En el siglo XIX, cuando media Europa haya abandonado a los papas, España seguirá siendo católica, apostólica y romana.  

Territorialmente hablando, sin embargo, en Cataluña termina, prácticamente, el imperialismo carolingio en España. Los navarros se independizaron del poder omeya en el siglo VIII con la ayuda de unos nobles muladíes, es decir visigodos en origen que se convirtieron al Islam: los Banu Qasi, nietos y bisnietos de Fortún, conde visigodo. En el 806, Córdoba somete estas tierras, que piden ayuda a los carolingios. Sin embargo, en la segunda década de este siglo, los Banu Qasi volverán a tomar el control de la zona del Ebro y acabarán por echar a los francos. Antes, en el 810, la dominación franca en Aragón, ejercida por un conde llamado Oriol, es desplazada por un noble local, Aznar Galindo; y, aunque este Ansar altomedieval no consiga deshacerse del todo de los francos, finalmente, una alianza entre los Banu Qasi y los Arista, desde Navarra, acabará de echarlos.

Como resultado, Carlomagno sólo conseguirá dos elementos de poder permanentes en España: uno, el control de Cataluña; otro, el impulso del mito jacobeo, inventado por sus aliados en la polémica adopcionista, en el marco de una alianza estratégica con la monarquía asturiana, intensificada además, cuando los navarros y aragoneses se ponen de canto. Su gran fracaso será controlar a la Iglesia local.
Todos estos elementos son de extraordinaria importancia para la Historia de España, y es por ello que la etapa carolingia es tan importante. La peregrinación jacobea será fundamental para España y para Europa. El control de la Marca Hispánica como único territorio hispano de influencia carolingia tenderá a hacerlo distinto: Carlomagno es, sin duda, el primer plantador del hecho diferencial catalán. Máxime si se tiene en cuenta que no sólo aparta Cataluña del resto de las dominaciones en la península, sino que lo hace sin crear una estructura de real dependencia respecto de Aquisgrán. La Marca Hispánica, de hecho, se conformó como una débil unión de condados independientes, coordinados por una asamblea anual, en los cuales todos los nobles al frente soñaban con consolidar un poder vitalicio a su favor.

Esta situación, además, se radicalizó o agravó cuando las querellas de Luis el Piadoso con sus hijos envolvieron el imperio franco en una guerra civil. Los condes catalanes hubieron de tomar partido y, en las sucesivas políticas de alianzas con los contendientes, van teniendo cada vez más poder.
Bera, que fue el primer conde barcelonés, intentó sacudirse el yugo franco en el 820, sin conseguirlo. A partir de ahí, Aquisgrán dejará de confiar en los nobles locales y nombrará gobernadores francos, como Rampón o Bernardo de Septimania. Este Bernardo cometió el error de apoyar a Luis el Joven en las querellas entre los hijos del Piadoso, puesto que el tratado de Verdún, que creaba el territorio occidental para Carlos el Calvo, supuso su cese inmediato y su sustitución por dos clientes del nuevo rey: los hermanos Sunifredo y Suñer. Ambos conseguirán que sus hijos les sucedan en el cargo condal, creando con ello el germen de un poder catalán hereditario por sí mismo.

Con la muerte de Carlos el Calvo, 877, los enormes problemas de estabilidad que se le plantean al reino franco, y que ya hemos visto, dejan enorme libertad a los condes locales, que reinan sobre Cataluña prácticamente sin oposición. El nombramiento del defensor de París, Eudes, como rey, y la consecuente ruptura de la línea carolingia, generará toda una serie de rebeliones de nobles que, a lo largo de todo el territorio franco, entenderán que dicha ruptura les otorga fuerza moral a ellos para independizarse. Flandes, Borgoña o Aquitania inician estos procesos, como lo inicia Cataluña de la mano de Vilfredo, considerado el primer gobernante autónomo de la región, y que a su muerte dejará sus tierras a sus hijos: a Sunifredo Urgel; a su hijo voyeur, Mirón II, Cerdaña y Besalú; y a sus hijos Borrell y Suñer, Barcelona y Gerona.

Una vez conseguido el poder civil efectivo, los catalanes se aplican al siguiente paso, que es construir una Iglesia propia. En el año 888, los condes catalanes crean un arzobispado en Urgel; su arzobispado propio, lo que explica que sea tan importante la Seo para el catalanismo.

No se puede decir, por lo tanto, que la huella carolingia en España sea ni débil ni despreciable. España es, en gran parte, la oposición al francés. Y en eso seguimos.

miércoles, abril 18, 2012

Carlomagno


El árbol genealógico de Carlomagno no es fácil de contar. Veréis. Pipino de Lenden, que fue mayordomo (=gobernante efectivo) de Austrasia, una nación franca, casó con Iduberga, quien le dio tres hijos: Grimoaldo, quien le sucedió en el cargo y sería padre de un rey merovingio (Kildeberto); Gertrudis; y Bega. Bega, que entre los godos era nombre de pollo, no de polla, casó con Angisela, una de las dos hijas del arzobispo de Metz, Arnulfo.

El matrimonio de Bega y Angisela tuvo un solo vástago, a quien pusieron el nombre del abuelo y es por ello que se lo conoce como Pipino de Heristal. Casó Pipino dos veces: con Calpaida y con Plectruda, con las que tuvo cuatro hijos. El primero de ellos debía de ir todo el día colocado, pues se llamaba Drogón; luego estaba Grimoaldo, como su tío-abuelo; luego Childebrando; y, finalmente, Carlos Martel, que fue quien heredó el cargo de mayordomo de palacio y cuyo nombre era memorizado por los escolares de mi época por haber parado los pies a los musulmanes. Charly casó también dos veces, con Crotudis y Suanahilda, con las que tuvo seis hijos: la primera, Hiltruda, llegaría a ser casi reina, pues se casó con Odilón, que era duque de Baviera; luego están Carlomán, Jerónimo, Remigio, Bernardo, y Pipino, conocido por la Historia como el Breve, que llegaría a ser rey de los francos.

Pipino el Breve y su mujer Bertrada tuvieron, asimismo, seis hijos: Rotaida, Adelaida, Carlomán, Pipino, Gisela… y Carlos, futuro Carlomagno.

Este conjunto padres e hijos se despliega más o menos entre el 650 y el 780, que son los años en los que las dinastías merovingias acaban por irse a tomar por saco y llega la breve, pero intensísima, dominación carolingia.

Pipino de Lenden,  ya lo hemos dicho, era mayordomo, o sea gobernador, de Austrasia, y a su muerte legó el puesto a su hijo, Grimoaldo. Grimoaldo se sintió el rey más poderoso de la nación franca de la época, motivo por el cual llegó a situar a su hijo, Kildeberto, al frente de la corona merovingia. Pipino de Heristal, nieto de Pipino de Lenden y sobrino de Grimoaldo, recogió buena parte de esa hegemonía ejercida por ambos, acumulando en su sola persona tres mayordomías o gobiernos: la de Austrasia, la de Neustria, y la de Borgoña. Sin embargo, Pipino de Heristal murió en el 714 sin dejar las cosas muy claras, con lo que la vieja Galia conquistada por Julio para los romanos se hundió en algo muy parecido a una guerra civil, agravada porque los islamitas, viendo las cosas propicias, atravesaron los Pirineos y se hicieron con la Septimania (el territorio encabezado por Narbona). 

A causa de esta necesidad fue por lo que Carlos Martel, probablemente un hijo bastardo, se hizo con el control del poder y derrotó a los musulmanes en Poitiers. El prestigio conseguido con dicha victoria, unido al apoyo sin fisuras de la Iglesia, le permitió gobernar incluso sobre territorios que no eran suyos, como Aquitania, pasando del formal rey merovingio, Thierry IV, quien, de todas formas, acabó por morir.

Carlos Martel murió en el 741, dejando dos hijos ya mayores, Pipino, llamado El Breve, y Carlomán. A pesar de que ambos tenían la ambición de continuar la dinastía, la nobleza franca, celosa de sus privilegios, les obligó a restaurar a un monarca merovingio: Kilderico II. Sin embargo, ambos fueron los gobernadores efectivos de la tierra franca bajo su mando, puesto que Carlomán fue mayordomo de Austrasia y Pipino de Neustria y Borgoña; Carlomán, en cualquier caso, abandonaría pronto el cargo, con lo que su hermano se los quedó todos.

Pipino, con el poder en la mano, envió cartas a Roma, donde el Papa Zacarías le prometió su apoyo. Con estos mimbres, tomó preso a Kilderico, lo recluyó en un monasterio, y en el 751 se proclamó rey de los francos, culminando con ello el proceso de creación de la dinastía que se suele conocer como de los Pipínidos que, como acabáis de leer, no son unos peces de río, sino unos tipos. El monje Bonifacio, santo para la Iglesia católica, acabó coronando al rey en Soissons, sellando con ello una alianza de hierro entre los pipínidos y la Iglesia. No contento con dos coronaciones, en el 752 Pipino se hizo coronar de nuevo por el Papa Esteban II, junto con sus hijos Carlos (futuro Carlomagno) y Carlomán, en la abadía de Saint-Denis. Acto seguido, Pipino pagó el tributo que el Papado había exigido por su apoyo, y se desplazó con sus marines a Italia, donde guerreó contra el rey lombardo Astolfo, le conquistó una serie de tierras y, en lugar de quedárselas, se las regaló al Papa; con lo que creó una realidad que duraría más de un milenio y que conocemos como los Estados Pontificios. Asimismo, arrebató la Septimania a los musulmanes, colocándolos de nuevo al otro lado de la raya del Pirineo, y sometió a la siempre celosa de su autonomía Aquitania.

A la muerte pipinera, en el 768, los hijos del rey, Carlos I y Carlomán, se repartieron el reino, pero el reparto duró poco. En el 771 murió Carlomán, y su hermano, simplemente, pasó totalmente de los derechos dinásticos de sus sobrinos y se quedó con todos sus terrenos por el artículo 33. Necesitaba esa concentración, pero… ¿para qué?

Pues para llevar a cabo su destino. Carlomagno era un tipo extraordinariamente competitivo, ambicioso y vital. Esto se nota por lo muy follador que era, costumbre que le acabó legando a su hijo y que vendría a dar algunos problemas, como veremos. Era una persona ambiciosa e hija de su tiempo, la Alta Edad Media; un periodo más cultivado de lo que parece y en el que el sueño y la procura del regreso al Imperio Romano era algo ambicionado incluso por quienes no podían ni medianamente aspirar a ello. El modelo estaba bien cerca: no muy lejos de aquellas cortes itinerantes centroeuropeas de la época, estaba el imperio del Este, Bizancio, del cual los viajeros decían auténticas maravillas y que, a finales del siglo VII, ya había vivido algunos de sus momentos dorados; algunos, incluso, muy dorados. Bizancio, además, de la mano de la ambición de Justiniano, había sentado sus reales en Italia, en lo que claramente operaba como tampón para la creación de un imperio occidental que compitiese con él; algo que al Papado le tenía a mal traer, pues las tendencias bizantinas a apartarse de lo que hoy llamaríamos ortodoxia vaticana eran muchas y constantes: arrianismo, nestorianismo, etc. La Iglesia necesitaba un campeón, y ya en tiempos de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, se había decidido por los francos, porque veía en ellos la capacidad de aglutinar toda su tierra, cosa que los germanos tenían mucho más difícil (tan difícil que tardaron mil años en conseguirlo).

Carlomagno, pues, es la suma de un proyecto personal muy ambicioso y un proyecto político-estratégico del principal, en realidad único, poder multinacional de la época: el Papado.

Tan sólo un año después de unificar la corona con la muerte de su hermano, Carlomagno se lanzó contra los sajones, es decir el Este de su nación y, tras cinco años de pelas, organizó la marca (o territorio fronterizo) de Sajonia, hasta entonces renuente al catolicismo, y que Carlomagno evangelizó a cristazos (a ver si va a resultar que los misioneros españoles de Latinoamérica fueron los únicos…). Estando Carlomagno en Zaragoza (no citaré aquí las acciones hispanas del rey franco, porque creo que merecen un artículo aparte), el conde local Widukind se sublevó contra el yugo occidental, lo que provocó una campaña carolingia que resulta muy difícil encontrar argumentos que permitan no calificarla de simple y puro genocidio. Sinceramente, dudo mucho que en la Sajonia actual queden muchos sajones sin sangre franca. Después de esto, Carlomagno siguió invadiendo por Frisia, y hacia el Báltico. En el 799 estaba ya a las puertas de la nación de los daneses. Vencedor de los ávaros en Panonia, también incorporó Baviera a sus posesiones.

Del 773 es su campaña italiana, donde derrotó al rey Desiderio en Pavía, con lo que el rey franco se convirtió en rey franco-lombardo. Como después controlase totalmente Espoleto y Benevento, pudo con ello consolidar la formación de los Estados Pontificios. Dejó Italia al cargo de su hijo Pipino.
Ya lo hemos dicho: todo esto, sobre todo la invasión de Italia y la anexión del norte de la península, lo hacía Carlomagno en el marco de una guerra de bloques multinacionales con Bizancio. Es normal que Constantinopla contestase. Contestó en el 788, con un desembarco masivo de tropas en el norte que, sin embargo, fueron derrotadas por la oriflama en Istria.

En el año 800, hecha gran parte de la labor inicialmente ambicionada por el rey y la Iglesia, Carlomagno fue coronado emperador en Roma. Por fin el Papa tenía lo que quería: un contrapoder occidental plenamente obediente de la doctrina católica, totalmente alejado de las peligrosas teorías de los teólogos ortodoxos. La coronación produjo una inmediata segunda guerra con los bizantinos, esta vez en el Véneto.

Ésta es, sucintamente, la labor carolingia, que es muy fácil de escribir en unos parrafitos pero que fue, en realidad, hercúlea. Carlomagno luchaba contra dos fuerzas contrarias a sus designios: por una parte, el contrapoder bizantino; y, por otro, el nacimiento, cada vez más claro, del fenómeno de los señores feudales, por naturaleza disgregador y enemigo de un proyecto centralizador como el del emperador franco. A despecho de todos estos problemas, Carlomagno contaba, como ya hemos dicho, con él mismo, pues era una auténtica fuerza de la naturaleza; y con la suerte de haber nacido, crecido y llegado al poder en el momento en que la Iglesia católica se sintió lo suficientemente madura y fuerte como para reconstruir: formalmente, el imperio romano; en la realidad, una nueva potencia multinacional, un nuevo imperio, capaz de garantizar su poder en Europa, y que de hecho lo garantizó durante casi mil años.

El proyecto eclesial-personal, muñido entre el Papado y Carlomagno, para crear un imperio occidental unificado, era, sin embargo, un proyecto condenado a fracasar. Sólo el impulso personal de un estadista fuera de lo común y el escaso desarrollo que en su tiempo tenía aún el mecanismo feudal (fue durante la época carolingia que el esclavismo desapareció; tenían los hombres que dejar de ser esclavos para poder pasar a ser siervos) dilató el desenlace. El imperio occidental era imposible y pronto desapareció tras la muerte de su creador, en el 814. Sin embargo, lo que está claro es que la experiencia carolingia sirvió para dotar a toda Europa de un esquema cultural y religioso común, que contó además rápidamente con un mecanismo muy efectivo de difusión y armonización con las peregrinaciones jacobeas. El sueño imperial quedaría en manos de los otónidas, y pronto comenzaría a hablar alemán.

El sucesor de Carlomagno, su hijo Luis I el Piadoso, fue objeto de una evidente presión clerical para mantener la unidad del imperio; sin embargo, frente a la intención eclesial eclosionó rápidamente la nobleza, sobre todo la de origen germánica, defensora de las viejas tradiciones centroeuropeas que demandaban la repartición del reino entre los hijos varones del emperador.

La descendencia de Carlomagno no presentaba problema. Pipino, llamado El Jorobado, murió antes que su padre (811); Pipino el segundo, que fue rey de Italia, también le precedió (810).  Carlos, que fue rey de Neustria, murió en el 811. Y los otros dos hijos, Drogón y Hugo, abrazaron la vida santa, uno como obispo de Metz y el otro como abad de San Quintín. La familia venía completada con dos hijas: Berta y Rotruda.

Luis el Piadoso trató de compatibilizar los deseos de Iglesia y nobleza en las Ordinatio Imperii del 817, que establecían las previsiones sucesorias. Su primogénito, Lotario, heredaría la condición imperial, quedando por encima de sus hermanos: Pipino, que recibiría Aquitania; y Luis, que sería rey de Baviera. Bernardo, hijo de Pipino el hijo de Carlomagno y, asimismo pues, tan nieto del emperador como los hijos de Luis, y que además era rey de Italia, sublevó a la península contra estos acuerdos, pero fue rápidamente reprimido.

El problema surgió por el hecho de que, una vez alcanzado este statu quo, extraordinariamente frágil, Luis se encoñó con un amor otoñal, Judit de Baviera, y no se le ocurrió otra cosa que casarse con ella. Judit le dio otro hijo y heredero legítimo, a quien la Historia conoce como Carlos el Calvo. Automáticamente, la madre comenzó a mover sus palillos para meter a su infante en la herencia.

En la gusanera asamblea de Worms, año 829, Luis cedió a las presiones de su churri y metió a Carlos el Calvo en las previsiones sucesorias, creando casi de la nada un reino para él que abarcaba parte de Alemania, Alsacia, Retia y una parte de Borgoña. Sin embargo, los partidarios de Lotario, viendo que iba a heredar a ese paso un imperio de chichinabo, pusieron pies en pared y obligaron al emperador a volver a suscribir los acuerdos del 817. Sin embargo, en el 831, los llamados legitimistas, partidarios de Carlos el Calvo, forzaron una nueva vuelta de la tortilla: a lo que ya se le había ofrecido se unían ahora unas cuantas tierras como para cogerse un pedo mundial: Champaña, Mosela, además de Provenza y Septimania. Esto provocó una fulminante alianza entre unitarios, partidarios de Lotario; y regionalistas, que apoyaban a Pipino y Luis, llamado El Germánico para distinguirlo de su piadoso padre. Esta alianza dio un golpe de Estado en el 833, desentronó al emperador, y encerró a Carlos el Calvo en un monasterio. Sin embargo, a la hora de repartirse el poder entre los tres ganadores, dos de ellos se encontraron con que Lotario no estaba dispuesto a renunciar a la condición de emperador que le había legado su padre (curiosa postura la suya: afirmaba la legitimidad de la legación hecha por aquél a quien él mismo había derrocado); por lo que Luis y Pipino pronto (834) favorecieron el regreso de su padre.

Luis el Piadoso, de nuevo al frente del machito, exilió a Italia a su hijo Lotario, sacó a su benjamín del monasterio, y le concedió todavía más territorios. En el 838, lo coronó rey en Quierzy; el mismo año, muerto Pipino de Aquitania, lo coronó monarca también de este territorio; ello a pesar de que el rey muerto dejaba heredero, quien acabaría por ser Pipino II de Aquitania.

Las presiones de la Iglesia, que prefería al primogénito de Luis el Piadoso (designado emperador a la muerte de su padre, veían en él una garantía de estabilidad para el proyecto imperial) hizo que, de nuevo en Worms, 839, se llegase a un nuevo pacto, que repartía el imperio entre Lotario y Carlos, dejando de lado al tercer hijo superviviente, Luis el Germánico.

Un año después de Worms, Luis el Piadoso moría y, como no podía ser de otra forma con estos mimbres, inmediatamente estalló la guerra civil. Lotario, que formalmente era el emperador ahora, reclamó la totalidad del imperio para sí, reclamación que venía intensamente perfumada de incienso. Enfrente se encontró a sus dos hermas, Carlos y Luis, quienes le vencieron en Fontenoy-en-Puisaye, año 841.

Finalmente, dos años más tarde, y sobre todo porque Lotario había podido retirarse a Italia con gran parte de sus tropas y, consecuentemente, seguía siendo una gran amenaza, los hermanos llegan a un acuerdo en Verdún. El imperio occidental queda partido en tres partes: el occidental-occidental (terrenos, en el mapa, a la izquierda del Escalda, Mosa y Ródano), para Carlos; el occidental-central, con capital en Aquisgrán, para Lotario, en calidad de emperador; y el occidental-oriental, básicamente las tierras de Angela Merkel, para Luis (que es por eso, no porque tuviese un Volkswagen, que fue llamado el Germánico).

En la Francia Occidental, Carlos tuvo muy pronto problemas, sobre todo con las incursiones normandas, unos auténticos porculos de la época, y el fortísimo sentimiento autonomista de los aquitanos, que no querían estar en más reino que el suyo (además, no se olvide, tenían un candidato legítimo a reinar sobre ellos). Tras fracasar el sitio de Toulouse, Carlos tuvo que reconocer los derechos dinásticos de Pipino II. Inmediatamente después, los bretones, oliendo la debilidad, se sublevaron y le derrotaron en tres batallas seguidas; consiguieron lo mismo, porque Carlos tuvo que reconocer la condición real del caudillo bretón Nominoë y, después, de su hijo Erispoë.

El tercer elemento de puteo, las invasiones normandas, se hizo especialmente intenso en la década del 850, en la que los normandos llegaron al Mediterráneo por Septimania; esto es, bajando el cauce de los grandes ríos franceses, se cruzaron el país de parte a parte. Para colmo, Bernard de Plantavelue en Borgoña, y Unifredo en Septimania, comienzan una larga serie de rebeliones de las casas nobles, cada vez más fuertes y seguras frente a la autoridad central del rey.

En el año 855, el viejo sueño católico-carolingio se diluye todavía más con la muerte de Lotario, que supone la división de su reino central en tres: Luis II, que fue proclamado emperador, recibió Italia; Lotario II recibió la entonces llamada Lotaringia, es decir la franja norte del reino; y Carlos, por último, recibió Provenza.

Por si fuesen poco las tensiones descritas, están las guerras entre los propios parientes. Luis el Germánico intentó, en el 858, invadir el frágil reino de Carlos el Calvo. En el 863, sería éste el que movería ficha, pues falleció su sobrino Carlos de Provenza, e intentó anexionársela. Sin embargo, en el 869, a la muerte de otro sobrino, Lotario II, entró en Lorena, fue coronado rey en Metz y se repartió el reino con su hermano Luis.

La muerte del emperador y rey de Italia, Luis II, ocurrió en el 875, momento que aprovechó Carlos el Calvo, que de verdad tenía una perra de cojones con eso de quedarse la Provenza, para quedarse con ella. Para llevar a cabo este plan, le mandó un e-mail al Papa Juan VIII, ofreciéndose como Rambo Imperial a destajo, siempre y cuando se le apoyase en sus pretensiones territoriales. El Papa dijo aquello de Dios lo quiere, y el mismo día de Navidad del 875, Carlos el Calvo era coronado emperador en Roma y, un año después, rey de Italia en Pavía.

Ese mismo año de 876 murió el hermano de Carlos, Luis el Germánico, y el reino oriental fue repartido entre sus tres hijos: Carlomán, Baviera; Luis, Franconia; y Carlos, llamado El Gordo, Alsacia, Suabia y Retia. Cómo no, su tío el alopécico, ya embarcado en el rollo imperial, se lanzó sobre ellos para destronarlos; pero le dieron hasta en el cielo de la boca en la batalla de Andernach. Entonces regresó a Italia y, apenas se había encontrado en Vercelli con el Papa, cuando un mensajero le trajo la noticia de que en la Francia occidental los nobles se habían levantado contra él. Montó una expedición contra ellos, pero murió (877) en pleno traslado.

El hijo de Carlos el Calvo, Luis II El Tartamudo, heredó el reino occidental de su padre, pero apenas tenía autoridad, porque aquel territorio adelantaba a pasos agigantados la Edad Media. Allí mandaban los nobles, y los normandos incursores (de hecho, fue la circunstancia de que aquellos francos necesitasen protección contra ellos, que sólo les podían dar los condes, que aceptasen rápidamente la servidumbre). En el 879, apenas llevaba dos años reinando, El Tartamudo la palmó, y fue sustituido como hombre fuerte del imperio por Carlos El Gordo, uno de los hijos de Luis der Deutscher, a quien hemos visto salir muy bien parado en la herencia de papá. Fatty repitió la jugada de su tío el calvo: se fue a ver al Papa, le prometió la reunificación del imperio, y consiguió ser coronado rey de Italia en Pavía en el 879 y, dos años más tarde, emperador. Además, en el 880 heredó los terrenos de su hermano Carlomán a su muerte, y en el 882 los de Luis II, lo que le permitió unificar el viejo reino de su padre.

A la muerte de Luis El Tartamudo, Carlos III El Gordo se reunió con los hijos de éste, Luis III y Carlomán, en la bella villa lorenesa de Grondeville. A ambos les garantizó su neutralidad en la herencia del tartaja, eso sí, a cambio de obtener una parte de Lorena. De hecho, Carlos el Gordo se convirtió en algo así como el guardaespaldas de los dos reyes francos, pues fueron sus tropas las que fueron a Provenza a guerrear contra un noble que se había hecho coronar rey, y que debía de estar bastante acelerado, porque se llamaba Bosón.

Luis III y Carlomán morirían en el 882 y 884, respectivamente, con lo que sus reinos pasaron a las manos de Carlos el Gordo; quien, por lo tanto, más o menos reunificó una vez más el imperio carolingio. Además, en el 887, cuando Bosón de Provenza murió, su hijo, Luis II el Ciego, le rindió pleitesía.

Todo, sin embargo, era un sueño. El Papa podía hacerse todas las pajas que quisiera en Roma pensando que tenía un emperador como los de Constantinopla (con todo y que el imperio de Oriente también tenía lo suyo…), pero no era verdad.  A finales del 885, los normandos saquearon París, y el emperador, en un gesto humillante, lejos de derrotarlos, aceptó el vasallaje de pagarles tributo. Tampoco pudo con Guido de Spoleto cuando se rebeló en Italia. En sus últimos años, además, Carlos el Gordo se volvió tolili e, incluso, buscando curarlo o mitigar su locura le trepanaron el seso, aunque no sirvió para nada. En el 887, meses antes de su muerte, fue depuesto. Y ahí se acabó todo.
Arnulfo, hijo bastardo de Carlomán, uno de los hermanos de Carlos el Gordo que había muerto tan prematuramente, se sublevó en Baviera y, el mismo año de la muerte del Gordo, fue coronado rey de Germania en Francfort (nueve años después, sería coronado emperador). Murió en el 899, momento en el que la Germania fue dividida entre sus dos hijos: Zwentiboldo se quedó con Lorena y Luis IV, llamado el Niño, reinó en el resto hasta su muerte en el 911, que la dinastía germánica de origen carolingio se extinguió, dejando paso a la Casa de Sajonia.

En Italia se produjeron guerras sin cuento entre nobles que habían casado con mujeres de estirpe carolingia, con lo que la corona imperial pasó como una falsa moneda: en el 891, Guido de Spoleto (casado con Adelaida, hija de Pipino y nieta de Carlomagno); Arnulfo, ya lo hemos visto, 896; 898, Lamberto de Spoleto (hijo de Guido y, por lo tanto, bisnieto de Carlomagno); 901, Luis III el Ciego, hijo de Bosón, el último que hizo un intento unificador (su legitimidad carolingia, bastante tenue, venía de que su padre, Bosón, se había casado  con Ermengarda, hija de Luis II rey de Italia y, por ello, nieta de Lotario, el primogénito de Luis el Piadoso); y en el 915, Berenguer I, rey de Italia, hijo de Eberardo de Friul y Gisela, la única hija de Luis el Piadoso.

Por lo que se refiere a la Francia occidental, a la muerte de Carlos el Gordo los nobles decidieron elegir mejor a alguien que les protegiese de los normandos, pasando del pedigree carolingio. En consecuencia, eligieron al defensor de París, el conde Eudes, como rey. Así, Eudes inició una dinastía inicialmente llamada Robertiana pero que pronto, a causa del mote que tenía uno de los sobrinos de Eudes, se llamó de los Capetos.

Los Capetos reinarían en Francia durante siglos. Pero no fue fácil su llegada. La presión de la legitimidad hizo que, en el 898, año de la muerte de Eudes, su hermano, el duque Roberto de Neustria, entronizase a un carolingio: Carlos el Simple, hijo de Luis el Tartamudo. Este rey de Francia tuvo un largo reinado y, además, en el 911 heredó las tierras de Carlos el Niño a su muerte. Sin embargo, en realidad sus fuerzas efectivas eran tan pocas que cuando Conrado de Sajonia se hizo con la Germania, no lo pudo impedir. Además, dentro de la propia Francia las tendencias disgregadoras eran muy fuertes: Guillermo el Piadoso en Aquitania, Vilfredo el Belloso en la vieja marca hispánica (Cataluña), Ricardo el Justiciero en Borgoña, Balduino II en Flandes, y el pesadísimo Rollón, jefe de los normandos, pasaban de su rey como de deglutir deyecciones y reinaban a su gusto.

En estas circunstancias, hasta Roberto de Neustria se alzó contra el rey y se hizo coronar. Carlos le venció y mató en Soissons, pero fue inmediatamente derrotado por un ejército de borgoñones. Radulfo capturó a Carlos el Simple y lo encerró en prisión, donde moriría (929).

Una última dilatación imperial, ya inútil, se produjo a la muerte de Radulfo, cuando el hijo de Roberto de Neustria, Hugo, llamado el Grande, se trajo de Inglaterra a un hijo de Carlos el Simple, Luis IV, llamado, con alguna exageración, de Ultramar. A este Luis IV se sucedió su hijo, Lotario; y a éste, su hijo, Luis V el Holgazán. Finalmente, en el 897, a la muerte de Luis V, el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, se hizo proclamar rey, cerrando, para siempre, la puerta de la época carolingia.

Aunque no soy experto en genealogía, el otro hijo de Luis de Ultramar, Carlos; y el hijo de éste, Otón, heredaron de Luis el Niño, quien asimismo lo heredó de su hermano Zwentiboldo, el ducado de Lorena. Así pues, los carolingios entran en el siglo XI siendo ya, simplemente, duques de Lorena. Entiendo, por ello, que la casa de Lorena será la que recoge actualmente la sangre de Carlomagno.




Fue un sueño bonito. Pero mal colocado en el tiempo. Era una era centrífuga, como bien sabrán, pronto, o ya están sabiendo para entonces, los califas musulmanes que reinan en Hispania, y que se disuelven en reinos de Taifas cada día antes del Telediario. Sin embargo, por mucho que fallase, fue crucial para Europa, y para la identidad europea. De la mano de Alcuino de York (el desarrollador de la teoría de los siete cielos), y otros ideólogos religiosos, el imperio carolingio construirá una identidad capaz de ser reconocida desde los suburbios de Varsovia hasta la verja de los almonteños. Europa, después de Carlomagno, ya no volverá a ser lo mismo. Perdió la batalla con Bizancio, eso sí, por armarse como contrapoder imperial efectivo. Pero los Papas aprendieron la lección. Algunas décadas más tarde volverán con una nueva iniciativa, mucho más exitosa para el cristianismo occidental, que es lo que conocemos como Cruzadas.

Pero ésa es ya, otra historia, para otro momento.