jueves, noviembre 25, 2010

El Vaticano y el SIDA

Hace algunos días, las primeras planas de los periódicos del mundo han recogido unas declaraciones de Benedicto XVI, jefe del Estado Vaticano, admitiendo que el uso del preservativo es aceptable desde el punto de vista de la moral católica cuando se dan ciertos supuestos. Automáticamente, como pasa siempre que la Iglesia católica habla, se ha montado una buena; lo cual, por cierto, es una prueba más de que algunas sociedades actuales, la española entre ellas, son mucho menos laicas de lo que pretenden ser. Que en España se practica un laicismo total frente a la religión ortodoxa rusa lo demuestra que cada vez que el Gran Patriarca habla, ni nos enteramos. Que nos enteremos siempre de lo que dice el Papa demuestra que a mucha gente le importan sus palabras mucho más de lo que quiere reconocer.

En mi opinión, esta declaración papal, que con seguridad los teólogos apuntalarán con miles de precedentes, pues la teología es una ciencia que sirve para soportar casi cualquier cosa, es un movimiento estratégico. La Iglesia católica vive hoy en día uno de sus peores momentos, por culpa de sus errores. Probablemente, cuando en el siglo XX las sociedades europeas comenzaron a avanzar hacia la laicidad de hecho (pues un católico que no practica es un laico de hecho), pensó el Vaticano que le estaba pasando lo peor que le puede pasar. Pero no fue así. El escándalo Ambrosiano hizo aparecer al Vaticano como un turbio especulador más de la caterva de compravendedores financieros sin escrúpulos. Fue, por decirlo así, el primer toque. El segundo ha llegado con las denuncias masivas, y crecientes, de casos de pederastia en el seno de la Iglesia; pederastia que supone además un gravísimo abuso de poder, pues se ha producido por parte de sacerdotes que tenían un poder coercitivo real sobre sus víctimas, que eran sus alumnos, sus discípulos, incluso sus seguidores. El Vaticano ha tratado de hacer como que no entendía que el problema no estaba en la pederastia en sí, sino en la fuerte sospecha de que no pocos jerifaltes de la Iglesia han sabido de esos abusos, y han callado. La Vaticano way of life, basada en el secreto y la ocultación, ha mostrado finalmente sus contradicciones. Y porque hay que recuperar imagen frente al mundo, se dicen cosas como la del condón.

La declaración del condón, como decía, ha provocado una inmediata batahola de comentarios en plan ya era hora. Y ha sido comentario habitual el recordarle al Papa la cantidad de muertos de SIDA que se han producido en África, como insinuando, o más bien afirmando, que toda esa gente se habría salvado si Roma no se hubiese empeñado en que hay que jincar a pelo.

Sea la Iglesia todo lo torpe y mentirosa que es, este argumento es, con perdón de quienes crean en él, una gilipollez.


Más o menos a principios de los años sesenta, según se especula, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquida dio el salto de especie, pasando de los primates al hombre. Teniendo en cuenta sus vías naturales de contagio, esto da para pensar que en algunas zonas de África, la selva es una fiesta. Se han encontrado trazas de seropositividad ya en muestras de sangre extraídas a personas en Kinshasha, Congo, en 1959.

La doctora Anne Bayley, establecida en Lusaka, Tanzania, es la primera facultativa residente en África que reconoce el SIDA como una dolencia específica, después de años en los cuales en el continente se habían producido muertes por la enfermedad, pocas, que no fueron reconocidas como causadas por la misma. En enero de 1983, la doctora Bayley tuvo que rendirse a la evidencia de algo que ya venía observando de tiempo atrás: allí, en Lusaka, se observaba una frecuencia excesivamente elevada del sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer de piel que suele atacar a los enfermos de SIDA. En 1984, un grupo de expertos occidentales que estudiaron los enfermos registrados en Kigali concluyeron que el perfil del seropositivo africano no se correspondía con el que se empezaba a ver en Estados Unidos. Si en San Francisco la mayoría de los enfermos eran hombres homosexuales sexualmente activos y drogadictos intravenosos, los seropositivos de Kigali tendían a ser de ambos sexos, heterosexuales, promiscuos, y no pocos tenían relaciones habituales con prostitutas. Aquellos eran los años en los que las organizaciones gays clamaban en el mundo entero por la estigmatización de la homosexualidad, pues en Occidente SIDA y homosexualidad se consideraban íntimamente correlacionadas. Ya entonces, sin embargo, los epidemiólogos tenían claro que el SIDA en África era debido a la práctica del sexo de toda la vida de Dios.

En 1984, los hechos de guerra, que siempre han sido grandes difusores de enfermedades (recuérdese la gripe española, sin ir más lejos), hizo su trabajo. Las tropas tanzanas, en su avance hacia el norte para luchar contra Idi Amín, se infectaron de la enfermedad. Los camioneros ugandeses, aficionados a hacer paradas en distintos lugares de descanso de la carretera, hicieron el resto. Un estudio realizado en 1986 en Lyantonde, una población importante en el cruce de carreteras de la zona, descubrió que el 67% de las camareras y asalariadas de los locales de alterne eran seropositivas. A partir de ahí, el SIDA se extendió rapidísimamente por el África negra.

Pero lo que habitualmente no se cuenta es que la reacción de las clases dirigentes africanas fue dar la espalda a la enfermedad, y negarla. No pocos gobernantes africanos prefirieron ver en el SIDA una falsa alarma, una invención occidental que formaba parte de una especie de conspiración racista destinada a convencer a los africanos de que no debían follar, reduciendo de esta manera el poderío de crecimiento de la población.

El ministro de salud de Zimbabwe, por ejemplo, ordenó a los médicos del país que no identificasen el SIDA como causa de muerte. Eso es llegar bastante más lejos de lo que jamás ha llegado el Vaticano. A otro país de la zona, Kenia, le ocurrió con esta historia como le ocurría a la pequeña villa costera de Tiburón. Aún sabiendo que se encontraban ante un grave problema de salud pública, prefirieron mirar hacia otro lado para así no erosionar la producción turística del país, su principal fuente de divisas, por miedo a que las noticias sobre la enfermedad acabasen reduciendo la cifra de visitantes blancos. Así pues, el país se aplicó a una estrategia de mordaza en la que los medios de comunicación, y desde luego los discursos públicos, rara vez hablaban de la enfermedad, de su extensión, o de su profilaxis.

Hay que tener en cuenta que, además, el machismo no es, contra lo que pueda parecer al escuchar a algunas feministas, un problema sólo de los países desarrollados. En realidad, en los subdesarrollados es mucho peor. Los mensajes alarmistas sobre el SIDA atacaban el centro de flotación de la autoestima masculina, que es la práctica del sexo. Así pues, en algunos países africanos se puso de moda enfrentarse a la realidad con un tono entre chulesco y temerario, sin que las autoridades públicas intentasen cambiar las cosas. Una frase muy popular en la época en los países de habla swahilli fue: Acha inwe dogedoge siachi, que quiere decir algo así como «que me mate, yo nunca abandonaré a las jovencitas». En los países afrofrancófonos, el SIDA comenzó a ser conocido como Syndrome Imaginaire pour Décourager les Amoreux, o sea enfermedad inventada para acojonar a los amantes.

En los años ochenta, cruciales para impedir la extensión de la enfermedad, sólo dos países africanos, Uganda y Senegal, pusieron en marcha programas anti-SIDA. Desde 1986, el presidente ugandés, Yoweri Museveni, fue el primer líder africano que se atrevió a tomar la bandera de concienciación a su pueblo sobre los devastadores efectos de la enfermedad. Con mayor valentía aún, comenzó a manejar en sus discursos conceptos como la cautela amorosa y la monogamia. Solía utilizar la metáfora del termitero: si alguien va caminando por el campo y ve una pequeña montaña que es un nido de termitas lleno de agujeros, mete el dedo en uno y las hormigas le muerden, ¿de quién es la culpa?

Con todo, el ejemplo más claro de gravísima procrastinación oficial en este asunto lo da Sudáfrica. A principios de los noventa, la enfermedad se extendió con rapidez. El gobierno racista del apartheid puso en marcha campañas de prevención, ante las que encontró una seria resistencia. Los activistas antigubernamentales comenzaron a distribuir el mensaje de que aquellas campañas eran una conspiración tendente a convencer a los negros de que no se reprodujesen y así reducir su supremacía demográfica. Allí llamaban al AIDS Afrikaner Invention to Deprive us of Sex.

Nelson Mandela declaró la lucha contra el SIDA un proyecto presidencial de primera magnitud, pero en la realidad avanzó poco, probablemente abrumado por otros problemas que tenía el país (desempleo, pobreza, vivienda...). En 1998, el ministro sudafricano de Salud, Nokosazana Dlamini-Zuma, anunció que la aziclotimidina, una medicina que se había demostrado efectiva a la hora de prevenir la transferencia del SIDA de madres a hijos, no sería puesta a disposición de los sudafricanos por motivos de coste, a pesar de que éste había sido reducido por el fabricante. Para cuando, en 1999, Mandela dejó su puesto a Thabo Mbeki, el 10% de los sudafricanos eran seropositivos.

Inexplicablemente, Mbeki prestó oídos, cada vez más, a aquellos científicos que cuestionaban incluso la existencia del virus del SIDA o que fuese otra cosa que un virus pasajero. Algunos de estos expertos explicaban el consenso en el mundo occidental en torno a la enfermedad como una conspiración de las grandes farmacéuticas para forrarse a costa de África (tiempo después clamaban contra esas mismas farmacéuticas porque no querían bajar los precios para que los medicamentos se pudieran vender en el continente; es evidente que una de las dos tesis tiene que ser falsa, las dos a la vez no se pueden dar: si quieres forrarte, tendrás que poner un precio pagable, y si pones un precio impagable, entonces no te forras). En un paroxismo de demagogia vírica, esos que podríamos llamar científicos críticos comenzaron a decir que los retrovirales no sólo eran caros, además eran tóxicos, más dañinos que la propia enfermedad.

En el año 2000, Mbeki impulsó la celebración de un panel internacional presidencial sobre el SIDA con el objeto de dejar claros los hechos; forma de plantear las cosas que venía a sugerir que la explicación canónica de la enfermedad no pasaba de ser una teoría. Mbeki trufó el congreso de científicos disidentes y envió una carta a Kofi Annan, secretario general de la ONU; Bill Clinton, presidente de los EEUU; y Tony Blair, sufridor en casa de Our Precious Queen, explicando su creencia de que todas las teorías sobre la materia debían ser respetadas y exploradas. Acto seguido, hizo declaraciones en defensa de esos mismos disidentes, a los que retrató como víctimas de una persecución. «Estamos siendo, dijo, compelidos a hacer hoy lo mismo que la tiranía racista del apartheid hizo, sólo porque hay una visión científica contra la que está prohibido disentir».

En la Casa Blanca investigaron seriamente si la carta era una coña de algún cachondo mental.

El presidente de la Conferencia Mundial sobre el SIDA que se celebró en Sudáfrica en junio del 2000, profesor Hoosen Coovadia, solicitó a Mbeki que permaneciese ajeno a los debates científicos. La respuesta del presidente fue azuzar a sus ministros y portavoces para que la tomasen con Coovadia, cuestionando sus credenciales académicas y apelándolo de «tropa de primera línea de la industria farmacéutica». 5.000 científicos, incluyendo premios Nobel y directores de los más prestigiosos centros de investigación médica del mundo, firmaron con ocasión de la conferencia un manifiesto aseverando que el HIV causaba el SIDA. El ministro sudafricano de Salud, Manto Tshabalala-Msimang, lo recibió considerándolo un «documento elitista»; como si los barrenderos de Soweto supiesen más de microbiología que los catedráticos del MIT. El portavoz de Mbeki, Parks Mankahlana, anunció que si los firmantes le hacían llegar su papel al Presidente, «encontrará para él un lugar confortable entre las papeleras de su oficina».

En la apertura de la conferencia, Mbeki repitió todos sus mantras iconoclastas, sin faltar uno. Desde sus enciclopédicos conocimientos médicos, pontificó: «Un virus no puede causar un síndrome». Su propia oficina hizo pública una nota de prensa acusando a las asociaciones que demandaban la provisión de antirretrovirales en los hospitales de querer envenenar a los negros. En una reunión de cuadros parlamentarios del Congreso Nacional Africano, aseveró que las críticas hacia su política respecto del SIDA era una conspiración de la CIA, en alianza con las farmacéuticas, para desacreditarle como el líder del mundo en desarrollo para lograr un papel más importante en el concierto económico mundial. En una conferencia en la universidad de Fort Hare, afirmó que las críticas a sus ideas sobre el SIDA estaban alimentadas por motivos racistas.

En 1999, el 10% de los sudafricanos era seropositivo. En el 2000, un año después de comenzar las conachadas de Mbeki, el porcentaje se había doblado. En honor a conspicuos miembros del ANC, entre ellos Mandela, cabe decir que se desgañitaron en los periódicos tratando de convencer a la gente de que lo primero era luchar contra la enfermedad.

En agosto del 2001, la Treatment Action Campaign, una organización anti-SIDA, se personó en los tribunales instándoles a forzar al gobierno a facilitar nevirapina a las madres seropositivas y, así, reducir la transmisión fetal. El gobierno se negó, pero perdió; en el Supremo, y en el Constitucional. A pesar de lo humillante de la derrota, el ministro de Salud seguía recomendando remedios contra la enfermedad del tipo de comer ajo o beber aceite de oliva. Para cuando el gobierno dobló la cerviz y puso en marcha un programa anti-SIDA, la enfermedad había causado ya un millón de muertos.

Nada de esto, sin embargo, fue de público y masivo conocimiento en Occidente. Los periódicos no lo consideraron noticia y los habituales centinelas que, desde la intelectualidad, están siempre a la caza de las cosas que se hacen mal en este mundo, tampoco se ocuparon de llamar la atención sobre los gravísimos errores que en África estaban cometiendo los propios africanos contra sí mismos. Probablemente, esto fue así porque realizar estas denuncias hubiera sido antiaxiomático. El pensamiento único siempre funciona mediante axiomas, y uno de los más importantes, en el momento presente, es considerar al Tercer Mundo como un lugar cuyos pobladores nunca son culpables de nada. Las desgracias del Tercer Mundo siempre son causadas por el Primer Mundo. Reconocer que en Sudáfrica había un pollo reaccionando con inexplicable temeridad ante una pandemia horrísona que mataba diaramente a centenares de sus conciudadanos habría supuesto desmentir el mito del buen salvaje. Y hay gente, en realidad mucha gente, para la que los mitos son mucho más importantes que la realidad.

Durante todo ese tiempo, cierto, un tipo polaco vestido de blanco, blanco de tez además, decía en Roma que eso de ponerse gomita está feo. Pero no parece que fuese él quien más influyó en que miles, millones de africanos pasaran entre diez y veinte años exponiéndose continuamente al HIV, cuando ya el mundo entero sabía los riesgos que eso comportaba.

miércoles, noviembre 24, 2010

Un toque pesimista

En los tiempos de la Transición, en Barcelona, como en otros muchos lugares de España, circulaban los manifiestos como churros. Se hacían manifiestos por todo y para todo, manifiestos que tenían más éxito cuantos más firmantes tenían pero, sobre todo, cuantos más firmantes de los habituales conseguían. En Cataluña, según tienen contado personajes de la época, era habitual que, cuando un contacto que pasaba un manifiesto a la firma, te dijera: «Ya lo han firmado Llach y Lluch». En efecto, cualquier manifiesto que se preciase debía llevar la firma de Lluis Lach y su interminable estaca, y el hoy llorado Ernest Lluch.

La realidad no ha cambiado. Hoy por hoy, en España, un manifiesto, para serlo, tiene que llevar firmas como la de Pedro Almodóvar o Willy (sic) Toledo. De lo contrario, la prensa casi ni se ocupa del asunto. Hace pocos días, un grupo de 100 economistas publicó un manifiesto sobre la reforma del sistema español de pensiones y otro sobre la reforma laboral. Apenas se ha tenido noticia del asunto. Días atrás, asimismo, otro grupo de empresarios y académicos ha publicado lo que denominan la Declaración TransformaEspaña, en la que tratan de tomar posición ante la encrucijada histórica en la que, según el manifiesto, está el país. El espacio dedicado por los medios a estos folios ha sido menos de la mitad del que le habrían dedicado a un manifiesto firmado por Pedro Almodóvar y Willy (sic) Toledo contra la extinción del somormujo petirrojo de los bosques de las islas Vanuatu o sobre el cambio climático. Porque, por lo visto, y para pasmo de escépticos, el riesgo de que dentro de cien años la temperatura de la Tierra haya subido en no sé cuántos grados es más cierto que el riesgo de que nuestro mercado laboral o de pensiones descarrilen a causa de esa entelequia metafísica llamada crisis económica.

Ambos manifiestos, y sobre todo el último de los citados, tienen, sin embargo, y casi diría que independientemente de su contenido, importancia. Porque es verdad que España está, hoy por hoy, en una encrucijada histórica. Fundamentalmente histórico-económica, pero también con otros matices. En esta hora, a mi modo de ver, el país se divide en dos partes bien delimitadas: los que son capaces de ver esto, y los que no lo ven. Y en el tamaño de estas dos mitades es mucho lo que nos estamos jugando.

No hablaré de los manifiestos, que cualquiera puede leerlos y sacar sus consecuencias. Creo que lo que compete a este blog, que lo es de Historia aunque de vez en cuando se marque algún off topic, es señalar algunos aspectos que, a mi modo de ver, se observan en el devenir histórico de España como proyecto, y que deben tenerse en cuenta a la hora de analizar la hora presente, que es hora comprometida.

Empezando por el principio, el primer problema de España es que su historia muestra y demuestra nuestra escasa capacidad para el consenso. La otra gran crisis económica mundial se produjo en los años treinta. La reacción en países con hondas tradiciones democráticas, y estoy pensando en Reino Unido, fueron los gobiernos de concentración nacional en los que, bajo el liderazgo del partido más votado, existían amplios niveles de colaboración, todo lo crítica que se quiera, en los aspectos nucleares de la crisis. La Historia de España, sin embargo, se caracteriza por el enfrentamiento entre posiciones. Tuvo que llegar una situación tan especial e irrepetible (esperemos) como el final de la larguísima dictadura militar para que España fuese capaz de quebrar esta tendencia en los Pactos de la Moncloa.

Una crisis como la que vivimos demanda soluciones muy dolorosas. Demanda, fundamentalmente, que cosas que hoy el Estado está dando deje de darlas, o deje de darlas en las condiciones de coste objetivo que hoy tienen. Seamos claros. Lo que el futuro ofrece son cosas como el copago por la sanidad, tasas de sustitución de las pensiones más bajas, tipos impositivos al alza, menos subvenciones, menos ayudas. Al contrario de lo que se pensó en un primer momento de la crisis, cuando se iba a refundar el capitalismo y todas aquellas declaraciones tan rimbombantes, el Estado, de esta crisis, no saldrá más gordo, sino todo lo contrario. Y la cosa tiene su lógica, porque lo que nos ha enseñado la crisis es que hay que evitar los riesgos sistémicos; hay que evitar que alguien (un banco, por ejemplo), por ser muy grande, pueda, al caer, arrastrar en su caída a otros muchos. Pero, si hay que evitar los riesgos sistémicos, ¿por qué pensaremos que los Estados no pueden serlo? O sea, ¿qué haría más daño a la economía mundial: el colapso del Banco Santander, o el colapso del Estado chino?

Ningún partido político, en democracia, suele tener el apoyo de más del 45% de la población, y de ese porcentaje no menos de 15 puntos son volátiles, es decir están formados por personas que pueden perfectamente votar a otro. En estas circunstancias, ningún partido político en su sano juicio electoral abordará la implantación de esas soluciones dolorosas; le va su supervivencia en ello.

España es un país escasamente reformista por esta razón. La Historia nos demuestra que las reformas avanzan a tirones, con frenos y marchas atrás constantes, al albur del momento político-electoral. Esto es así porque cada vez que un partido en el gobierno se ha planteado realizar una reforma profunda ni se le ha pasado por la cabeza acordarla con la oposición; ni a la oposición se le ocurre, siquiera por un minuto, tener otra actitud que esperar su momento en el machito para cargársela. La Constitución de la II República es un muy buen ejemplo de este efecto.

Otra consecuencia de esta desunión calculada es que el país muestra cierta torpeza a la hora de enfrentar las verdaderas crisis, normalmente porque las enfrenta con enormes dosis de populismo. A mi modo de ver, la única crisis económica de gran calado que España supo enfrentar bien, aparte aquélla para la cual los Pactos de la Moncloa fueron la purga, fue la derivada de la pérdida de las últimas colonias; y es por esa habilidad que Raimundo Fernández Villaverde tiene su nombre inscrito en una de las principales vías de Madrid. Sin embargo, la crisis del 29 se afrontó de forma desunida y populachera, fiándolo todo a que las importantes reservas de oro del país daban margen para hacer unas cuantas, que se dice en mi tierra, conachadas, lo que generó un paro obrero de la pitri mitri, especialmente en el campo, fenómeno que no es en absoluto ajeno a lo que luego pasó. La crisis del Yon Kippur, asimismo, se enfrentó con altísimas dosis de populismo. Hagan lo que crean conveniente, les decía Franco a sus ministros en el Consejo, pero no suban el precio de la gasolina. Los españoles pagamos carísimo el hecho de que el viejo general no fuese capaz de entender que cuando los costes de algo suben, su precio ha de hacerlo en consecuencia, o la economía se sangra. El petróleo no es como un recluta, no obedece órdenes de mando.

El segundo problema es que nuestro modelo de competitividad está en crisis. Cada país es un modelo de negocio en sí mismo. No estoy hablando de eso de la vocación sectorial, que si la construcción o las energías renovables. Estoy hablando del modelo ecosocial que permite a un país situarse en el entorno internacional como destino atractivo para la inversión. El modelo tradicional español, que duró siglos, era el de una economía fundamentalmente exportadora que basaba buena parte de su riqueza en los réditos obtenidos en sus riquísimas colonias. En el siglo XIX, los proteccionistas catalanes se desgañitaron escribiendo páginas y páginas clamando por la escasa industrialización del país y anunciando que, yendo como iba el mundo, esa falta de industria nacional sería la debacle. Y no se equivocaron.

España tuvo que reinventarse económicamente hablando después de 1898, en un parto lento y dificultoso. Tras la segunda guerra mundial, con el desarrollo económico de Europa, escogió un modelo económico basado en una mano de obra barata que, tras la llegada de los primeros años del PSOE y de la mano del ministro Boyer, se combinó con una radical liberalización de las condiciones para la inversión extranjera. Ese modelo ha aportado notables dividendos desde que en 1986 entramos en la Comunidad Económica Europea, pero se ha acabado. Hoy por hoy, la hora/hombre hispana empalidece en sus costes frente a la hora/hombre letona, y eso sin entrar en el pequeño detalle de que el letón tiende a trabajar más horas. Si vemos las cosas desde un punto de vista global y metemos a China en el bombo, ya podemos ir suicidándonos.

Teóricamente, todo modelo de mano de obra barata se acaba reconvirtiendo, conforme el país se autofinancia con las ganancias, en un modelo distinto basado en la excelencia. Dicho coloquialmente: un productor alemán de teléfonos empieza por instalarse en España porque los trabajadores cobran poco comparativamente con el alemán, pero termina quedándose porque los ingenieros españoles son capaces de diseñar procesos que fabrican teléfonos mucho mejores en mucho menos tiempo.

Y aquí es donde España, en el entorno del último cuarto de siglo, ha fallado. Los últimos 25 años del siglo XX tenían que haber sido los del despegue del sistema educativo español, pero han sido los de su derrumbe. España no ha solucionado ninguna de las deudas históricas de su educación (la más visible de ellas, el dominio de la koiné internacional, hace décadas el francés, hoy el inglés, como segundo idioma) y ha generado otras nuevas. La apuesta educativa española no sólo ha reducido dramáticamente el nivel de exigencia, sino que ha fallado como modelo porque su output son profesionales focalizados (personas que, básicamente, sólo saben de ciencias, o sólo saben de letras, etc.), cuando para cualquier observador avezado le es palmario, desde hace muchos años, que al profesional de éxito se le exige, cada vez más, que sea multidisciplinar. Como ejemplo claro, en el mundo de la empresa de hoy hay cienes de cienes de cienes de cienes de ejecutivos que tienen que estar adecuadamente versados, a la vez, de temas técnicos (por ejemplo, ingenieriles) y jurídicos.

A mi modo de ver, un buen sistema educativo se asemeja a la pieza de un automóvil. El fabricante de un cigüeñal utiliza la competición deportiva, donde esa pieza es sometida a un estrés muy superior al normal de la carretera, para afinar su diseño. Parte de la base, cierta, de que un cigüeñal que es capaz de soportar 10.000 kilómetros en condiciones extremas será capaz de soportar tranquilamente 500.000 kilómetros en condiciones normales. Puesto que los educandos no hacen otra cosa que estudiar (wishful thinking), la escuela se concibe como esa competición donde el cigüeñal es sometido a un estrés específico, que sirve como garantía de que en el mundo laboral seguirá respondiendo.

Éste es, más o menos, el modelo Moyano, que imperó en España durante mucho tiempo, aunque con una prevalencia de las Humanidades que hoy tiene menos justificación, más una serie de medidas relativas al maestro, basadas en principios tan sencillos como que aquél que va a examinar es lógico que se examine antes para demostrar que puede. El actual modelo educativo, en cambio, ha dado la vuelta a la tortilla. Hoy, la escuela es la tranquila vida muelle del coche que se limita a ir y volver del trabajo todos los días; y el mundo laboral es la competición rabiosa. Como consecuencia, lo normal es que, a la segunda o tercera carrera, el cigüeñal se parta en dos.

España tiene que modificar su sistema educativo con absoluta urgencia si quiere poder presentar dentro de diez años un entorno de oferta de capital humano distinto al que ofrece hoy. La crisis es un lago muy profundo. El actual sistema educativo ya no nos puede ayudar a salir del agua, pero el futuro sistema educativo sí nos puede ayudar a secarnos pronto cuando hayamos salido. Si otros se secan antes que nosotros, permaneceremos mojados y cogeremos una (otra) pulmonía.

La reforma educativa no es, además, un asunto sólo de conocimientos. Debería ser, en realidad, la espadaña de otra discusión histórica en la que parecemos no querer entrar a fondo, y es la discusión en torno a los valores que queremos defender. Hace décadas, la cuestión religiosa estaba el centro de este debate; hoy yo creo que no, pero eso no quiere decir que no haya debate.

Cabe preguntarse, por ejemplo, por qué, en España, es delito ser rico. A mi modo de ver, éste es un fenómeno que tiene mucho que ver con la aproximación esencialmente ácrata que ha tenido siempre el pensamiento social de izquierdas en nuestro país, y que nos distingue de casi todos nuestros vecinos, excepción hecha de Italia. El éxito económico, en España, no sólo es algo atacable, sino que es inmoral; y éste es un precepto que sonará bien extraño a cualquier británico, holandés o alemán a quien se lo contemos.

Pero en la reforma educativa encontramos otro problema. ¿Reformar el sistema educativo? Tenga usted en cuenta, señor escribidor, que eso es cosa de las autonomías. Lo cual nos lleva al temita del modelo de Estado.

Otro mal histórico de España, de la España contemporánea, ha sido su excesiva dependencia de las reivindicaciones regionales. Ya Felipe IV se encontró en Barcelona con unas instituciones aragonesas abiertamente hostiles a participar en la financiación de sus acromegálicos gastos bélicos. En el siglo XIX, como es bien sabido, crecieron los particularismos nacionalistas, que acabaron convirtiéndose en el lobby de mayor poder en el país. Terminada la primera guerra mundial, en un momento dulce económicamente hablando pero que paradójicamente colocaba al país a las puertas de una crisis económica tan previsible como grave, un ministro con razonables conocimientos hacendísticos, Santiago Alba, diseñó el que pudo ser el primer sistema fiscal a la empresa realmente moderno. Hasta entonces, el gravamen sobre la actividad económica era fundamentalmente indirecto (el odiado impuesto decimonónico sobre consumos), pero en 1919 ya era bastante evidente que la fiscalidad de la actividad también había de ir hacia el generador del valor añadido, es decir la empresa. Vascos y catalanes, que obviamente estaban llamados a ser los principales paganos de la reforma, le pusieron la proa y la enviaron a dormir el sueño de los justos.

Cuando un grupo de españoles se reunió en 1930 en San Sebastián con la intención, no tanto de diseñar la transición a la República, como de discutir la modernización de España, la mayor parte de su tertulia se consumió en una sola cosa: dar suficientes garantías para las reivindicaciones de los nacionalistas catalanes, allí presentes. Y qué decir de la Transición política, proceso en el cual dos grandes elementos como son el sistema electoral y la propia organización del Estado son el resultado de la tensión con los nacionalismos.

Hay que repensar la relación entre Estado central y autonomías. Desde las Bases de Manresa y la Ley Paccionada hasta aquí, hemos ensayado un montón de modelos, y casi ninguno ha funcionado (probablemente, el más exitoso es el Fuero navarro; pero tiene el problema de que no es exportable, y ahí está el conflicto con los vascos, conflicto económico me refiero, para demostrarlo). Tampoco ha funcionado el centralismo: nosotros, los españoles, que le dimos una buena patada en su rojo culo al francés, no somos jacobinos. Somos güelfos, y poco más.

Pero es urgente que definamos quién define en España la política económica y, sobre todo, hasta dónde llegan sus prerrogativas derivadas de ello. Porque de nada sirve decir que es el gobierno central el que debe marcar la estrategia, si luego la ejecución por parte de quienes gastan y actúan en la economía es libre. Un ejemplo muy sencillo: si mañana el gobierno español decide que los tiempos no están como para gastar en un Ministerio de Cultura, ¿tiene o no tiene potestad para cerrar las consejerías de Cultura de las comunidades autónomas? Y qué decir de la urgentísima reforma del sistema educativo...

Yo sí creo, en definitiva, que estamos en una encrucijada histórica. Pero, al contrario que los participantes en TransformaEspaña, la verdad es que no soy optimista. Todo lo contrario. España es un país muy creativo y trabajador. Pero tiene también otra característica, y es que tiene una elevadísima propensión a persistir en sus errores. Para que el repensamiento que es necesario se pudiese llevar a cabo, necesitaríamos ser mil veces más autocríticos de lo que somos.

Un ejemplo de lo que digo. La mayoría de nosotros, los españoles, nos descojonamos de la risa con series como The Simpsons, Family Guy o American Dad; las tres son series enormemente críticas con los Estados Unidos, con su sociedad, con su Historia, con su forma de ser; series que no dejan títere con cabeza y en las que aparece hasta el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, motejado comúnmente de tonto del culo o cosa parecida. E, insisto, nos parecen cojonudas.

Pero de lo que no nos damos cuenta es de que en España sería imposible realizar una serie así. Imagine el lector lo que pasaría al día siguiente de que en un episodio apareciese Montilla robando carteras en el Metro de Madrid; o Núñez Feijóo dando discursos públicos en gallego y luego viendo en casa películas de Xan das Bolas haciendo de pailán de pueblo y riéndose de él; o Cándido Méndez aprovechando que un mendigo parado está dormido para robarle un jersey. Puede argumentarse que ese tipo de humor ácido existe en España, y se suele poner en ejemplo de Vaya Semanita. Pero no olvidemos que en ese programa los vascos se ríen de los vascos. Los mismos vascos que se descojonan viéndolo pondrían la el grito en el cielo si esos mismos sketch los elaborase, un suponer, la televisión andaluza.

Las personas que no repiten sus errores son aquéllas que tienen capacidad de ser autocríticas y de poner en solfa sus propios presupuestos mentales. Lo que, a mi modo de ver, demuestra la Historia, es que no es, desgraciadamente, nuestro caso.

lunes, noviembre 22, 2010

Camarada Felipe

Felipe II, el Rey Prudente, es, probablemente, uno de los personajes más controvertidos de la Historia de España. Como todo lo que es controvertido en nuestra Historia, el resultado de esa controversia es que el personaje resulte ser pasto de una interpretación histórica radicalmente alternativa. Unos consideran a Felipe II el rey de la gran y mejor España de la Historia, mientras que otros lo consideran el gran responsable de la decadencia del país. Como ocurre casi siempre que las interpretaciones son radicales, y cuando menos en mi opinión, ambas opiniones tienen parte de razón, y un mucho de sinrazón.

Felipe II, como la guerra civil del 36, como la relación de España con la religión católica, como el problema catalán, como algunas otras cosas, no es algo que pueda juzgarse con dos de pipas. Ni algo que pueda aspirar a ser algún día fruto de un juicio con aspiraciones de consenso.

No es mi idea de hoy desarrollar en algo tan humilde como el post de un aficionado a leer Historia el asunto que acabo de desplegar. Sólo quiero dejar aquí algunos apuntes destinados a contar algunas cosas de este rey, curioso a la par que insoportable, comprensivo a la vez que excesivamente rígido; un rey oxímoron, al fin y a la postre. Apuntes que pretenden, de alguna manera, sorprender al lector porque, tal vez, no los esperaría en tamaño personaje.

A mi modo de ver, lo primero que hay que colocar en su sitio, no sólo en lo ateniente a Felipe II sino a todo el Imperio español en su conjunto, es el asunto de la relación con los indios americanos. Falta a la realidad cualquier teoría que espere de los europeos renacentistas otro trato al indígena que no se base en la convicción de que se trata de un ser inferior, iletrado, inculto y falto de creencias. Hasta bien entrado el siglo XX, los indígenas de los pueblos colonizados, por europeos primero y norteamericanos después, eran conocidos, en español, inglés, francés y alemán, como «salvajes»; lo cual creo da la medida del tratamiento, en modo alguno igualitario, otorgado a estos pueblos, que fueron por lo tanto invadidos y conquistados. No obstante España, por diversas razones que sería complejo analizar aquí, ha sido objeto de una especie de propaganda histórica tendente a convencer al mundo de que su trato con los indios americanos fue especialmente cruel.

Sin embargo, hay elementos para pensar que el trato dado por los españoles a los indios en el siglo XVI, y del cual el principal ejecutor fue Felipe II, no tiene parangón con el dado, por ejemplo, a los indios de Norteamérica, además y para más inri, 200 o 300 años después. De hecho, la administración de Felipe II desarrolló la llamada legislación de Indias, que cualquiera puede consultar, y de la que no hay paralelo alguno para los soiux, navajos, apaches o dakotas. Ciertamente, la relación de los españoles con los indios fue, como decía, una relación desde la superioridad y la imposición. Cuando la legislación establece el principio de conseguir que los indios «sean enseñados y vivan en paz y noticia», es evidente que se refiere a cierto tipo de enseñanzas. Cabe considerar, en todo caso, que dichas enseñanzas ni siquiera se intentaron para con sus vecinos del norte.

La legislación de Indias eximió de todo impuesto indirecto a los impresos o manuscritos llevados a las Indias, con el objeto de favorecer así la extensión de la cultura (o, mejor, de cierta cultura; pero es que ninguna potencia colonizadora fue liberal en este terreno) en aquellas tierras. De modo y forma que ya en 1575 se imprimían libros en México, por cierto, hasta en doce lenguas indígenas; y resulta una pregunta interesante cuántos libros, de cualquier tipo, se imprimieron en Nueva York, en Boston o en Chicago, en las lenguas indias.

Una cédula real sobre las Indias dice: «Para servir a Dios Nuestro Señor y al bien público de nuestros reinos, conviene que nuestros vasallos, súbditos y naturales tengan en ellos Universidades y estudios generales, donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y Facultades y por el mucho amor y voluntad que tenemos de favorecer a dichos súbditos y desterrar de ellos las tinieblas de la ignorancia, creamos y fundamos estudios generales en las ciudades de Lima y Méjico». Este párrafo, con seguridad debido a la propia pluma del rey Felipe, que era autor directo de muchas de sus cédulas, revela un evidente paternalismo superior. Pero cabe preguntarse si ingleses, franceses o estadounidenses se ocuparon alguna vez de que indios, habitantes de la Conchinchina o de Argelia, o indios, nuevamente, fuesen instruidos y graduados en nada y abandonasen las tinieblas de la ignorancia. En la América española se fundaron 24 universidades mayores y menores; 25, contando la de Manila. En las reservas indias se han fundado casinos.

Hay elementos en la legislación de Indias que tienen un tufo moderno. Por ejemplo, los virreyes estaban obligados a presentar un inventario de todos sus bienes al abandonar el cargo; es obvio que esta norma se cumplió así, así; pero si la existencia actual de políticos corruptos no mella la voluntad de pedirles cuentas, el hecho de que existiesen virreyes venales no le resta intención a esta medida, que hay que recordar que tiene casi 500 años.

La legislación de Indias establece otros principios, como la obligación de corregidores y justicias de instruir a los indios en técnicas agrícolas. Asimismo, prohibía el trabajo de los indios de menos de 18 años de edad.

Esta última idea nos lleva a otro curioso elemento de la política de Felipe II: sus normas en materia laboral. En un edicto regulador del trabajo en las minas del Franco Condado, se establece: «Todos los obreros de las fortificaciones y de las fábricas trabajarán ocho horas al día, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde. Las horas serán distribuidas por los ingenieros según el tiempo más conveniente para evitar a los obreros el ardor del sol y permitirles el cuidar de su salud y su conservación, sin que falten a sus deberes». La jornada de ocho horas para el conjunto de los trabajadores es un logro del siglo XX. El edicto, asimismo, establecía la instauración de un economato para los obreros, así como la obligación pagar los jornales también por los días de fiesta (esto de no trabajar y aún así cobrar es algo de antesdeayer por la tarde).

Asimismo, en una cédula de 19 de octubre de 1573, que trata sobre las obras del monasterio de El Escorial, se dispone que a los aparejadores de carpintería y albañilería se les dispusiera de un permiso de diez días con percepción íntegra del salario disfrutado en nómina. Obvio es decir que las vacaciones pagadas aún tardarían cuatro siglos en llegar. En el caso de sufrir un accidente el obrero, se le debía abonar la mitad del jornal durante su recuperación.

Aún así, Felipe II no pudo evitar sufrir la que bien puede ser la primera huelga, o una de las primeras, de la Historia de España. Ocurrió en 1577 y su motivo fue la detención por el alcalde de El Escorial de unos canteros vizcaínos, a causa de alguna falta menor. La rabia del resto de los canteros, que entendían injusta la detención, se extendió a todos los obreros del monasterio, que dejaron de trabajar. La huelga terminó con eso que hoy se llama la cesión de la patronal. El rey, informado del acontecimiento, pasó palabra.

Otras cosas debidas a aquel reinado, cuando menos de forma embrionaria, son la inspección de enseñanza, creada por cédula de 15 de enero de 1573, que ordena a los justicias visitar periódicamente las escuelas, comprobando que los maestros realizan su labor, son aptos para ella, así como si se reza la doctrina cristiana. En algún sitio he leído que, incluso, el rey llegó a establecer beneficios para estudiantes pensionados en el extranjero, lo que podría ser tomado como un precedente del Erasmus.

El último apunte de este extraño olorcillo a modernidad que se aprecia en algunas legislaciones de rey tan envarado tiene que ver con eso que hoy llamamos ecologismo. Felipe II formó en Aranjuez, en 1555, el que algunos tienen por primer jardín botánico de Europa. Por lo demás, aquí copio el literal de una instrucción que en 1571 le envía a Diego de Covarrubias: «Una cosa deseo ver acabada de tratar, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento dellos; temo que los que vieneren después de nosotros y han de tener mucha queja de que se los dejamos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días». Si esto lo llega a decir el presunto jefe Seattle, con la frase se habrían decorado miles de habitaciones de colegio mayor.

Lo hermoso de las cosas es lo complicadas que son.

jueves, noviembre 18, 2010

¿El fin del gallardoneo?

Puede que estemos asistiendo al fin del gallardoneo, o puede que no. Todo se reduce a la pregunta de si el peso de 7.000 millones de euros, en este momento impagables, va a hundir o no a la persona de este conspicuo político, que nunca ha escondido la altura y anchura de sus ambiciones. Pero, en todo caso, leyendo las noticias sobre la materia que hoy se publican, yo al menos tengo cierta sensación de final de ciclo. En política el camino nunca se termina porque las instituciones son eternas; pero eso no quiere decir que no haya ciclos. Yo veo en lo que leo el fin del gallardoneo.

El general Primo de Rivera, dictador de España, usaba el verbo borbonear para definir aquellas situaciones en las que Alfonso XIII pretendía metérsela por detrás. «A mí éste no me borbonea», le oían decir sus colaboradores, aunque una cosa es predicar y otra dar trigo, pues, al fin y a la postre, el ilustre coronado se la metió. El gallardoneo puede pensarse como algo parecido, es decir la acción de buscarse la vida en favor de unas ambiciones personales a través del cargo ostentado. Alberto Ruiz Gallardón tiene para sí una ambición política, y es obvio que se cree lo suficientemente capaz y lo suficientemente joven como para perseguirla. Hace ya muchos años que debió concluir que mandar en Madrid, sólo se manda si se manda en España, así pues hizo de las instituciones madrileñas su trampolín particular. Lo intentó con la Comunidad de Madrid pero, como en aquel entonces la CAM tenía menos competencias, ergo manejaba menos pasta, prefirió dar un salto al Ayuntamiento de Madrid, desde donde ha intentado forjarse una imagen de verso suelto de derechas, be water my friend, eficiente logrador de retos difíciles. Lo malo es que los retos no los ha conseguido (la Olimpiada será en Londres y en Río) y ahora tiene que pagarlos. Y, como digo, ya veremos si la hipoteca acaba o no con él.

Pero la cuestión del gallardoneo es bastante más que la ambición de un tipo. De ser sólo eso, no creo que escribiese ni una línea. La cuestión Gallardón es, de alguna manera, la expresión de algo que tiene una honda raigambre en nuestra Historia, que es una enorme asignatura pendiente de España como proyecto: integrar adecuadamente en la estructura esa figura llamada ayuntamiento.

Se podría decir que en la Historia moderna de España los ayuntamientos han sido protagonistas de primer nivel. El hecho de que se nos diga y se nos repita que Móstoles fue la primera institución española que le declaró la guerra al odiado francés (tan odiado que nos ha dejado a una de sus familias colocadas en Zarzuela) demuestra bien a las claras que en la que llamamos guerra de la Independencia el poder local, a falta de otro muy probablemente, tuvo un papel primario. Éste fue el primer gran pecado de los ayuntamientos: demostrar que eran capaces de ser fuertes y hacer cosas. En cuanto Fernando VII, ese rey tan injustamente no decapitado, pisó España y comenzó a albergar el proyecto de volver a rehabilitar España, para entonces una Sagrada Familia inconclusa, para que volviese a ser la pirámide de Keops que siempre había sido, tuvo claro que a los ayuntamientos les tenía que negar el pan, la sal, la playstation y hasta el Hemoal.

En realidad, en el siglo XIX todo conspiró en contra de los ayuntamientos. Por el lado regalista, los borbones tenían muy claro que ellos no le llegaban a Napoleón ni al extremo inferior de los testículos, así pues los movimientos populares que echaron al hermano de Pepe Botella del país bien podrían echarlos a ellos (y no erraban: lo hemos hecho ya dos veces). Por el lado liberal, sus hondas raíces jacobinas, en España bastante jacoboinas, impulsaban al liberalismo patrio a ser, como fue, fuertemente centralista, como bien saben los catalanes decimonónicos, que no se sabe muy bien si eran proteccionistas porque eran nacionalistas, o eran nacionalistas porque eran proteccionistas. Por último, el localismo tuvo la desgracia de ser abrazado por la gran ideología perdedora del siglo, que no es otra que el tradicionalismo trabucaire y meapilas de los diferentes carlismos. Con el foralismo vasco, que al fin y al cabo se basa en los privilegios medievales, cayó el municipalismo, que al fin y al cabo busca su legitimidad histórica en los mismos hechos. Sólo los navarros, y eso por lo paccionadamente listos que son, se libraron de la quema.

Con todo, la gran, gran desgracia del municipalismo español se llama I República. La República Federal Española de 1873 es un sueño de Francisco Pi y Margall. Si hubiese creído en la parapsicología y lo metanormal, quizá don Françesc se habría dado cuenta que tener por apellido un número que llaman irracional era una señal del Cielo. El señor Pi, con sus infinitos decimales que nunca se repiten, era un gran pensador, pero al fin y a la postre un pensador irracional. Nunca reflexionó en serio sobre la diferencia entre describir en un papel la Ínsula Barataria y gobernarla de verdad.

Pi y Margall soñó una España proudhoniana que nunca había existido, y nunca existió. Una España formada por la acumulación de libres contratos de adhesión de las personas, los barrios, las aldeas, las ciudades, las provincias y finalmente las regiones. El poder estatal, lejos de ser lo que había sido hasta entonces, es decir un poder en sí mismo que irradiaba a sus ciudadanos, era tan sólo el resultado de las pequeñas cesiones de poder hechas por los individuos desde la base; y quien da, puede quitar. En la práctica, el pimargalismo venía a suponer un municipalismo exacerbado. El poder residía en los ayuntamientos.

A Pi, como a todos los intelectuales de alguna forma influidos por las ideas anarquistas, que son más roussonianas que las mismísimas obras de Rousseau, las cuentas le salían porque creía que los actores del Estado Federal serían fieles y, por lo tanto, respetarían el contrato con el Estado. Pero la deriva de la I República, incluyendo el asuntillo de Cartagena, la proclamación nocturna de la república sevillana, los varios intentos de irse a tomar vientos por parte de los catalanes et altera, demuestra a las claras que erraba.

La caída de la I República entierra el municipalismo español bajo una losa de granito cuyo epitafio dice: «tengo problemas más graves». Desde aquel día no ha levantado cabeza. Ya en la propia República, el pimargalismo es barrido por el castelarismo. Castelar creía que la República Federal es un régimen en el que el Estado, fuente primera y única del poder, lo cede, de una forma más o menos graciosa, a otras instituciones que están más abajo en la pirámide. El autonomismo actual es vástago de esa rama; quizá sólo por casualidad, la avenida Pi i Margall de Madrid se llama hoy Gran Vía, pero la plaza de Castelar conserva su nombre.

Durante gran parte del siglo XX, y muy especialmente durante el franquismo, ser alcalde no era gran cosa. Que hubo alcaldes que fueron realmente famosos, como el inolvidable edil condal Porcioles, nadie lo duda. Pero en los tiempos de la Restauración, de la II República y, sobre todo, en los tiempos de Franco, todo el mundo sabía que para medrar, lo que había que ser es gobernador civil. Los gobernadores civiles eran mucho más necesarios porque en sus manos estaba la manipulación electoral; y, cuando dejó de haber elecciones, sus funciones dentro del Movimiento Nacional, o sea sus prerrogativas como mandamases locales del partido único, hacían que, cuando gentes ambiciosas como Adolfo Suárez buscaban acomodo, no pensaran en ser alcaldes, pese a la estabilidad en el empleo, sino gobernadores civiles; Suárez lo fue de Segovia, si no me falla la memoria. Es obvio que hubo alcaldes que cambiaron la fisonomía de sus ciudades. Pero era un empleo que lucía poco y que, sin embargo, se prestaba a múltiples críticas de las que la nomenklatura franquista se libraba. Hoy nadie recuerda a Arespacochaga, el alcalde que cavó el túnel bajo la plaza Mayor de Madrid; pero él, allá donde esté, seguro que se sigue acordando de los progenitores de todos los que le pusieron a parir.

Para alcalde valía cualquiera. Cuando Franco entró en Barcelona, hizo nombrar alcalde a un capitán del ejército. Anécdota que se presta al chiste de que tal vez fue así porque la cabra de la Legión estaba, como de costumbre, demasiado mamada.

La llegada de la democracia cambió las cosas. Aunque menos. Ya en las postrimerías del franquismo, en su entonces famoso Espíritu del 12 de febrero, AKA El cambio lampedusiano hacia la democracia dictatorial, Moisés Franco Bahamonde, por boca de su portavoz Aarón Arias Navarro, ofreció a los españoles ávidos de libertad la zanahoria de que podrían elegir directamente a sus alcaldes. El dato lo dice todo de la importancia que se le daba en El Pardo a la institución local, que hasta pensaban que podía ser electiva (ergo pestilente). Por razón de este trato entre desinteresado y malintencionado, cuando llegó la democracia, a los ayuntamientos los pilló sin demasiada tradición de mando, carentes de una Hacienda propia, totalmente dependientes de Madrid y sin atractivo para la clase política. Para colmo la Transición, al reinventar un castelarismo con suficientes elementos de pimargalismo como para mantener contentos a vascos y catalanes, saca a pasear el concepto de autonomía, a ratos histórica a ratos no, y lo mete en medio. A los ayuntamientos, ahora que podían tocar pelo, van y les ponen una carabina. Y la carabina empieza a zampar bollos y a engordar que lo flipas.

Esta situación, en extremo negativa, fue cambiada, dada la vuelta diría yo, por los dos inventores del gallardoneo, ambos políticos en mayor o menor medida preteridos por los centros de poder de sus partidos. Pasqual Maragall en Barcelona, y Enrique Tierno Galván en Madrid. El caso más evidente es el de Tierno. Es colocado en la cúspide de la lista socialista por Madrid porque quienes mandan en el PSOE no quieren zascandileando por la política nacional a un tipo que puede contar muchas cosas de los tiempos en los que resistir al franquismo era un riesgo auténtico y a ellos, los jefes del momento, no se les veía por asambleas y cenáculos. Tierno estorba, y como es un tipo al que le gustan mucho las jugadas estéticas y representativas, se piensa que el papel de ir por la vida inaugurando fuentes le gustará. Además, lo designan para perder.

Pero Tierno gana. De una forma un tanto extraña y bipartita, pero gana. Y no sólo gana, sino que descubre que, cuando se manda en una ciudad suficientemente grande, en realidad se cuenta con resortes mil para convertirse en un personaje de alta relevancia.

Es evidente que Tierno jamás pensó en competir contra González por el liderazgo del PSOE. Pero también es evidente que el día que González o Zapatero tengan la desgracia de dar el último suspiro, no tendrán, ni de coña, los funerales que tuvo Tierno, con todo el pueblo de Madrid llorándole. El Viejo Profesor, como era llamado este extraño socialista que recibió al Papa en Madrid hablándole en latín, labró un nuevo modo de gobierno municipal. Bueno, no tan nuevo, pues uno de sus pilares básicos, que es gastarse la pasta gansa organizándole a los madrileños unas fiestas de puta madre, no se aparta ni medio milímetro del panem et circenses de hace 2.000 años.

Tierno, que quería ser joven, se debió comprar un día un disco de los Kinks y escuchó aquella canción que se llama Give the people what they want. Y allí encontró su mantra. Bajo la presión de Tiernos, Margalles, tiernitos y margallitos, los ayuntamientos se convirtieron en plataformas de servicios dependientes de la demanda de los ciudadanos. Una política que ha generado una confusión de la pitri mitri entre los poderes públicos españoles, pues ha provocado que todos hagan de todo, y es por eso que en España hay ministerio nacional de Educación, consejerías regionales de Educación, y concejalías locales de Educación; obvio es que dos de estas tres administraciones están haciendo algo que no deben; pero, en puridad, no sabemos bien cuáles. Y así nos va en la España de hoy, un país en que podemos encontrar, en cualquier ciudad de tamaño mediano, hasta cinco tipos distintos de residencias de ancianos; de dependencia estatal, de dependencia autonómica, de dependencia local, de dependencia privada sin ánimo de lucro, y de dependencia privada con ánimo de lucro.

Esta tendencia, en todo caso, alumbró el gallardoneo, es decir, el aprovechamiento del poder local en beneficio de la carrera política de quien lo ostenta. Pasqual Maragall acabó gobernando Cataluña, sin ir más lejos. Rosa Aguilar tampoco puede decir que le haya ido mal. Mi paisano Paco Vázquez es embajador del Estado del que supongo le gustaría ser jefe (si Dios hubiese querido). Qué decir de Jesús Gil (if I say you are black, then you are black), o su replicante Julián Muñoz. Hasta el Dioni, si no recuerdo mal, quiso ser alcalde de El Molar... Es lógico que Gallardón se mirase al espejo y dijese: «Espejito, espejito, ¿por qué no yo?»

La clave de todo, sin embargo, está donde siempre: en la caja. La autonomía municipal sólo es posible, en puridad, si existe autonomía fiscal. Si no existe autonomía fiscal, los ayuntamientos tiran con pólvora del rey, con lo que se condenan a sufrir crisis de financiación periódicas, como de hecho ha pasado ya varias veces desde 1976. La primera norma contra la demagogia del gobernante nos dice que, para que pueda comprar caramelos para los niños, deba antes cobrárselos a sus padres. Si puede comprar los caramelos sin subir los impuestos, entonces, en lugar de comprar humildes peta-zetas, comprará pasteles de la mejor calidad.

Los 7.000 millones de deuda del Ayuntamiento de Madrid son el reflejo, además de una gestión en cuya calificación no entraré, el fin de ese ciclo. La crisis ecofinanciera, que ha acabado con tantas cosas, parece querer acabar con el gallardoneo.

Puede, por lo tanto, que esté sonando la hora de alcaldes quizá más oscuros, quizá menos vistosos para debates televisivos y entrevistas en la radio, pero más dados a tener las calles limpias, las fuentes manando agua, los perros con correa, los botellones bajo control...; esas cositas que hacen las gentes que gestionan.

O puede que lo haya pasado tan bien escribiendo este post que ahora mismo esté siendo objeto de un ataque de optimismo.

miércoles, noviembre 17, 2010

Granada

Cualquier español medianamente educado de mi generación, por las posteriores no pondría la mano en el fuego, conoce la frase que, según la tradición, escuchó Boabdil el Chico de labios de su madre mientras dejaba para siempre Granada: «Llora ahora como mujer lo que no has sabido defender como hombre». Supongo que hoy en día no se habla mucho de ella; si a la sultana la llega a pillar Bibiana Aido por allí cerca, le hubiera arreado una colleja de aquí te espero. Bromas aparte, la Historia de Granada tiene algo de mágico, y detrás de esa frase, que por cierto no fue pronunciada hacia la persona de Boabdil sino de todos los hombres que con él marchaban, tiene, también, bastantes más contenidos que bueno es explicar. La caída de Granada es, en sí, el guión de una película de amor y guerra.

Fernando III, rey de Castilla, es, probablemente, el gran re-cristianizador de España. Fue él quien, a partir de 1231, inició una serie de campañas contra el moro en las que se hizo con bastiones como Córdoba o Sevilla, conquistas que dejaron herida de muerte a la España musulmana; la cual, en todo caso, desde 1223 estaba inmersa en una intensa lucha intestina, tras la muerte sin descendencia del monarca almohade Abu Yucub Yussuf II. El mismo año que Fernando III comenzó su particular cruzada andalusí, un reyezuelo jienense, Muhammad ben Yusuf ben Nasr, se apoderó de la ciudad de Granada y estableció allí su capital. Supongo que es de ese Nasr con que termina el nombre de este rey de donde viene la costumbre de denominar al reino de Granada como reino nazarí.

Los monarcas nazaríes aprendieron a portarse como cualquier grupo político minoritario, pero relevante. Cuando los vientos del norte de África llegaban puteones, se aliaban con los cristianos contra sus hermanos de fe y de poco más. Cuando eran los cristianos los que se pasaban de frenada, era hacia el Magreb adonde miraban en busca de alianzas.

Llegamos a los últimos años de aquel reino granadino, para fijarnos en Fátima, o Aixa como también la llaman. Fátima, sultana, era hija de Muhammad X, llamado El Cojo, vaya usted a saber por qué; esposa de Muley Hacen y madre de Abú Abdalá, quien también sería rey, el último rey de Granada, con el sobrenombre de Boabdil.

El casamiento de Fátima y Muley, primos de sangre, fue puramente político. Al parecer, Fátima era un callo malayo ciclón B; sobre ella han especulado los estudiosos que pudiera tener una cosa que se llama virilismo hipofisario, que no sé muy bien lo que es pero sospecho que Shakira no lo sufre. Características propias de Fátima, según estas teorías, serían el hirsutismo, hipertricosis, bigotón, barbita mejillera, voz viril y, según leo, «atenuación del instinto genital»; como los libros que consulto son antiguos, de la posibilidad de que fuese bollera no encuentro razón. Las gentes de su tiempo la llamaban La Horra, que viene a ser la frígida.

Otra característica de Fátima, mucho más importante para lo que aquí relatamos, es su fanatismo religioso. Ella es una musulmana de la m a la a, cree en la guerra santa y en la obligación de sus muy altos parientes de cumplir con ella.

El casamiento, no obstante, convenía a los arreglos reales. Los Reyes Católicos, por cierto, concedieron dispensa para que los novios pudieran casarse, siendo como eran parientes directos.

La descendencia del rey Muley y su sultana fueron tres niños y una niña. Pero los cronistas contemporáneos no cuentan que, llegado un momento, Muley comienza a darse a los placeres «con cantoras y danzaderas», que no será algo que le reprochemos, la verdad. Descuida a las fuerzas armadas que son, al fin y a la postre, el sustento de su momio, además de imponer tributos y más tributos, pues las putas de calidad, a todo lo largo y ancho de la Historia, siempre han costado una pasta.

A pesar de convertirse en un pichabrava, Muley sigue formalmente casado con Fátima. Pero eso se termina finalmente a los veinte años de matrimonio, cuando el rey repudia a su esposa. En la ciudad es vendida, dentro de un grupo de chiquillos, una niña que entonces tendrá 10 o 12 años, y que los granadinos conocerán como La Rumía, es decir la cristiana convertida a la fe de Mahoma. La niña es adjudicada a la casa del rey, donde la colocan al servicio de una de sus hijas para que le barra las habitaciones. El cronista Hernando de Baeza, que no se recata de contarnos que Muley tiraba absolutamente a todo lo que se movía en palacio, nos cuenta que cuando el rey vio a la niña, se encoñó con ella como un Sánchez Dragó cualquiera, y ordenó a un paje que se la trajera. El resto de las miembras del serrallo, siempre según Baeza, esperaron a la chavala después del polvo y le dieron una mano de hostias.

Enterado Muley de la paliza, desde el primer momento creyó ser obra de Fátima, así que apartó y protegió a la niña, y la colmó de preces (y de fluidos, claro). Los amantes se instalaron en la Torre de Comares mientras Fátima, con sus hijos, vivía en el Cuarto de los Leones.

La Rumía se llamaba, probablemente, Isabel de Solís. Pero los moros le pusieron Soraya. Soraya le dio al rey dos hijos, Cad y Nazar, ambos nacidos musulmanes pero que se convertirían al cristianismo tras caer Granada, con los nombres de Alonso y Juan de Granada.

Mucho antes de que eso ocurriera, el partido fatimista de Granada comenzó a especular con que Boabdil fuese a ser desposeído de sus derechos dinásticos en la persona de Cad, el hijo mayor de la Rumía; como luego veremos, es probable que algo de eso hubiera. La pérdida de Alhama, en 1428, dio a Fátima todos los elementos necesarios para el golpe de Estado.

Con la muerte de uno de los hijos de Fátima, y ante la posibilidad de que su dolencia fuese contagiosa, tanto Boabdil como su hermano Yusuf pudieron abandonar el ambiente fuertemente vigilado del Cuarto de los Leones y trasladarse a otra dependencia. De allí huyeron, y fueron llevados a Guadix por los abencerrajes. En Guadix, Boabdil fue proclamado rey y Yusuf marchó a Almería.

En Granada, el partido fatimista logró enervar los ánimos y provocar manifestaciones de descontento en las calles. Estos grupos organizados provocaron unos fortísimos disturbios nocturnos ante los que el ejército de Muley, como hemos dicho antes descuidado en su organización y disciplina, poco pudo hacer. Así pues, el rey, con su esposa y sus hijos, se refugió en el castillo de Mondújar, y luego en Málaga.

La victoria de Boabdil, sin embargo, no hizo sino exacerbar la lucha por el poder entre abencerrajes y zebríes. Los cristianos, mientras tanto, preparaban las cosas para sacar tajada, concretamente la invasión de la importante villa de Loja. Pero fueron detenidos en sus intenciones por Muley Hacen, o más bien por su hermano menor El Zagal, el 15 de julio de 1482. Tras la victoria, Muley siguió hacia Gibraltar, tratando de recuperar su reino con la espada.

Aquellos movimientos de Muley fueron posibles gracias al genio militar de su hermano y supusieron, en cualquier caso, golpear al partido fatimista con su propia estrategia. Los granadinos, hasta entonces encantados con Boabdil, conocedores de aquellas acciones, comenzaron a preguntarse por qué su rey no se lanzaba a la guerra contra el cristiano como hacía aquél que había sido destronado. Por ello, en abril de 1483, Fátima y Aliatar, alcalde de Loja, consiguieron que Boabdil levantase el pendón de guerra para realizar una incursión por la frontera.

La despedida de Granada fue, a decir de los cronistas, impresionante. Es probable que nadie, jamás, se haya vestido en la Historia de España como se vestían los musulmanes cuando querían. Una tradición histórica dice que unos emisarios cristianos llegados a Medina-Azahara se postraron ante el camarero que les abrió la puerta, creyéndole el mismísimo Abderramán por la riqueza de sus ropajes. El pueblo vibraba de alegría como en la escena de la coronación de Carlos V en Bolonia que nos retrata Manuel Mújica en Bomarzo. Pero una mujer lloraba. Quizá la tía más buena de toda Granada. Moraima, la esposa de Boabdil, un pibón Defcon 1 según las crónicas, lloraba junto a Fátima al ver a su marido ir a la guerra; gesto éste que el bujarrón fatimero se aprestó a reprocharle. Fátima, en efecto, le afeó la conducta, y hay que reconocer que su argumento no carecía de base: un rey nazarí, le dijo, estaba más seguro durmiendo en una tienda de campaña que en su palacio.

Algo se debía barruntar Moraima, sin embargo. Probablemente, tenía claro que no era la única nenaza de aquel matrimonio. Así las cosas, Boabdil cumplió como lo que era. En Lucena, los cristianos le dieron hasta en la epiglotis. El otrora orgulloso Boabdil acabó participando en una deshonrosa retirada musulmana, desordenda y anárquica, hasta llegar a un arroyo, donde su caballo fue muerto y tuvo que empezar a huir a pie. Fue localizado tras unos matorrales, acojonado.

Enterado de lo de Lucena, Muley Hacen tiró para Granada, a dar por culo. Fátima, que se entera, sale de najas de la ciudad, y se refugia en Almería, con Yusuf, donde El Zagal los sitia y vence. El general de Muley le envía a la Alhambra la cabeza de su hijo. Uno menos...

¿Por qué los puntos suspensivos? Pues porque no sé si os habéis dado cuenta de que, en la sociedad entre los hermanos, el que tiene la fuerza es El Zagal. Así las cosas, no tiene nada de extraño que el general comience a plantearse que, si quita al rey de enmedio, él podría reivindicar el trono para sí. La Rumía, que se rumia, sin tilde, la cosa, convence a su marido de que abdique rápidamente en la persona de su hijo Cad, nombrando regente a su mujer. Pero fue un gesto tardío. Retirado Muley a Salobreña, El Zagal envía emisarios a Granada con los que Soraya intenta negociar, sin éxito. El Zagal es proclamado rey de Granada y Soraya y sus hijos son enviados a Salobreña.

Volvamos a Fátima. La incansable sultana piensa ahora que el movimiento lógico es que Boabdil se postre a los pies de los Reyes Católicos, les coma la oreja, y les pida ayuda contra El Zagal. En 1486, fruto de esas negociaciones llevadas a cabo por los ministrinis de la época (Aben Comixa, Alí Mucer, Mahomar el Jebis, Muhammad Lentin y Aben Saad), se firma el tratado de Porcuna. Los Reyes Católicos liberaban a Boabdil, éste se proclamaba vasallo de Castilla y se comprometía a luchar contra los reyes vigentes. Entre las cláusulas del tratado, quedan rehenes de los cristianos Sid Hamed, primogénito de Boabdil, y otros doce infantes de familias muy importantes del reino nazarí.

La firma de un tratado tan desventajoso y humillante es la razón fundamental de que los granadinos comiencen a llamar a Boabdil El Zogoibi, que es algo así como El Desdichado. Pero más bien deberían llamarse El Sin Palabra, porque lo cierto es que ni siquiera el hecho de haber dejado a su hijo de rehén (y haber dejado con ello a Moraima en peor situación que una moqueta usada) le impidió incumplir el acuerdo de Porcuna.

En realidad, el tratado fue el comienzo de unas negociaciones entre Boabdil y el equipo de Fernando el Católico, una vez que aquél recuperó Granada, para una voladura controlada del reino; el objetivo cristiano siempre fue que toda España dejase de ser musulmana. Boabdil, sin embargo, pretendía seguir siendo rey, y por ello, al mismo tiempo que negociaba con los cristianos, enervaba a los suyos para hacerles la guerra. Sin embargo, la gran batalla preparada por Boabdil, aún en contra del criterio de su madre la guerrera, quedó en poquita cosa, aunque causó gran mortandad entre los caballeros musulmanes. Y, de los que quedaron, muchos, como Abel Comixa, habían pactado con el de Aragón un tratamiento adecuado para sí y sus familias una vez completada la Reconquista, así pues no tardaron en dejar solo al rey. Bueno, no solo. Porque en ese momento de soledad a Fátima, que hasta entonces ha mostrado un realismo que su hijo no quiso apoyar, le entra la vena de defender la ciudad hasta la muerte. Los nobles nazaríes, reunidos en consejo, votan, sin embargo, por unanimidad, que no tiene sentido presentar resistencia armada.

Fernando de Aragón y Boabdil se enfrascaron entonces en una negociación interminable en torno a las capitulaciones de la rendición. El rey nazarí esgrimía constantemente dos triunfos a su favor: el primero, la posibilidad de que unas condiciones humillantes provocasen una revuelta popular que ni él mismo pudiese sofocar; y, en segundo lugar, su presunta decisión suicida de encerrarse en la ciudad y morir matando. En medio de todo eso, apareció Fátima para poner un obstáculo más. En uno de los borradores leyó que, a la entrega de las llaves de la ciudad, Boabdil (que, recordemos, al menos teóricamente era, desde Porcuna, vasallo de la corona castellana) debía hincar rodilla en tierra y besar la mano del rey cristiano. Fátima, sin embargo, insistió en que la entrega tenía que ser algo así como la rendición de Breda, esto es un acuerdo entre soberanos, entre iguales. Fernando de Aragón, que no se iba a parar en gilipolleces, accedió: Boabdil, a caballo, haría el gesto de ir a desmontar (presuntamente, para echar rodilla en tierra y lamerle los nudillos) pero Fernando, en gesto magnánimo, le pediría que siguiese en la montura. El 2 de enero de 1492, a orillas del río Genil, se entregó la ciudad.

La persona más feliz aquel día en Granada era Moraima, quien podría volver a ver a su hijo, seis años después. Y, quizá, tan feliz era Moraima como infeliz Isabel la Católica. Existen muchos indicios de que la reina cristiana llegó a tener verdadero cariño por aquel chaval. En carta al ya obispo de Granada, Hernando de Talavera, la reina católica comenta la marcha del niño con su padre, y, no sin cierto tono de angustia, propone: «paréceme que allá donde está lo debemos siempre cebar, visitándole con color de visitas a su padre, y enviándole algo». Estos deseos no se albergan en favor de un chavalote que te importa un culo.

En marchando de Granada, no sólo el rey Boabdil, sino todos los caballeros que con él marchan en total silencio, tornan a mirar la ciudad que dejan, y rompen a llorar. Y es entonces Fátima, el marimacho; Fátima, la mujer que fue apartada por su hijo tras el tratado de Porcuna, es decir en los momentos en los que el rey nazarí, con tal de quitar de enmedio a El Zagal, hizo lo que fuese, incluso mentir, faltar a su palabra, incluso hacer gestos bélicos cuyo éxito no podía garantizar; Fátima, pues, que tenía la sensación de que Granada se había perdido porque su hijo era, básicamente, un gilipuertas que había pasado de escucharla cuando más necesario le habría sido; Fátima, pues, ya no puede más, en lugar de llamarle a su hijo nenaza y tonto la haba, como debería haber hecho, dicen que dice aquello de: «Justa cosa es que el rey y los caballeros lloren como mujeres lo que no supieron defender como hombres».

Ella, obvio es, tiene los ojos secos.

viernes, noviembre 12, 2010

¿Existe el terrorismo intelectual (en España)? (y 2)

Mayo del 68 será, espero, motivo de un pronto artículo en el que trataré de contar sus antecedentes y desarrollo. Obvio aquí, por lo tanto, el relato de sus vicisitudes. Cabe hacer notar, en todo caso, que mayo del 68 no es en modo alguno, como quizá se ha pretendido alguna vez y, sobre todo, se pretende en la distancia del tiempo, un movimiento sin referencias, dependencias incluso, respecto de la alternativa marxista (en mayor medida que soviética). Fruto de los disturbios generados en aquella movida es la decisión gubernamental de 12 de junio de aquel año disolviendo once formaciones sociales y políticas, lo cual no hará sino enervar el surgimiento de nuevas organizaciones cuyo nombre deja poco lugar a la duda: Liga Comunista, Organización Comunista Internacional, Lucha Obrera, Revolución, Alianza Marxista Internacional, Tendencia Marxista Revolucionaria, Partido Comunista Revolucionario, Izquierda Proletaria, Humanidad Roja, Viva la Revolución, Línea Roja, Círculos Comunistas, Grupos Marxistas-Leninistas, Unión de los Comunistas Franceses, Frente Rojo, Comité Comunista Enver Hoxa [el dictador de Albania], Comité Comunista Josif Stalin, Partido Comunista Internacional... Si alguien, leyendo este párrafo, está recordando La Vida de Brian, que sepa que no es el único.

Todos estos nombres esconden la plétora de escisiones, y escisiones de escisiones, de la izquierda radical. Los comunistas oficiales tienen como líder a Georges Marchais. Pero buena parte de los líderes y activistas universitarios y colegiales del 68 están más a la izquierda, y su troskismo les lleva a ser seguidores de Alain Krivine. Y, por medio, la estrella rutilante del maoísmo, que ha sido abrazada por... ¿quién? ¡Otro perrito piloto! Jean Paul Sartre y su compi Simone de Beauvoir venden la publicación sinófila La Cause du Peuple por las calles de París, fotógrafos de prensa mediante. En 1973, Sartre justificará algunos de los excesos de aquellos momentos con una declaración abracadabrante: «Un régimen revolucionario debe desembarazarse de un determinado número de individuos que lo amenazan, y yo no veo otro medio que la muerte». Querrás decir el asesinato, mon ami...

¿Qué es, ideológicamente, el mayo del 68? En sus resultados, se podría decir que es un movimiento apenas revolucionario, o revolucionario de escaso éxito, que sin embargo tiene unas consecuencias más duraderas que la mayoría de las revoluciones. Todos nosotros, hoy, somos, en buena parte, hijos de mayo del 68.

El movimiento, incluyendo por supuesto sus trompeteros intelectuales, que venían a ser más o menos los mismos que hasta entonces habían sido caja de resonancia del sovietismo, tenía como primer objetivo poner en tela de juicio todos los pilares de la sociedad: los conceptos de nación (alternativa: internacionalismo, ciudadano del mundo; o, paradójicamente, nacionalismo exacerbado, siempre que se refiriese a una nación oprimida), Estado (alternativa: democracia popular, sin dejar muy claro qué quiere decir eso), familia (alternativa: amor libre, inexistencia de la autoridad paterna), escuela (alternativa: el cachondeo), empresa (alternativa: gestión o cogestión obrera), Iglesia (alternativa: Gran Hermano, Sálvame de Luxe et altera), son puestos en solfa. Incluso el concepto de manicomio cae al suelo como vulgar estatua de Stalin, con lo cual, por el camino, las sanidades públicas se han quitado de encima un problema de gónadas.

La apoyatura intelectual de este proceso de revisión completa es el estructuralismo y, sobre todo, el concepto de deconstrucción de Jacques Derrida, que es algo así como El Quijote: todo el mundo habla de él, pero pocos pueden explicar en qué consiste. Es en este contexto estructuralista en el que se pueden hacer afirmaciones como que una lengua, en sí, puede ser fascista (potente meconio teórico debido a Roland Barthes), o que se puede maridar marxismo y psicoanalismo (Marcuse).

El gran mensaje del 68, destinado a tener un gran éxito en Europa, es aquél según el cual toda autoridad puede ser puesta en duda. O, si se prefiere, la colocación del concepto de igualdad en el mismo centro de todo debate. De esos tiempos del «prohibido prohibir» es de donde parte la forma reflexiva del verbo realizar, y el concepto de «realizarse» toma forma y exigencia. Todo el mundo ha de aspirar a «realizarse», y todo lo que obstaculice ese proceso debe ser removido. Las personas eligen cómo se realizan, y si su elección pasa por, un suponer, ponerse ciegos de pastis (como ocurre con un montón de artistas, sobre todo si concebimos que hacer gorgoritos delante de un micrófono es arte), pues hay que permitírselo. Y no permitírselo se convierte en una actitud «fascista».

Mayo del 68, en este sentido, toma prestado del montaje intelectual anterior a su producción esa estrategia de estigmatizar como fascista todo lo que le estorba. El Estado es fascista, la policía es fascista, la escuela es fascista, la normativa antidrogas es fascista. La familia y la escuela, en especial, son fascistas en tanto que censuren al infante en su «realización». Este concepto es padre de algunas cosas de indudable sentido positivo (como, por ejemplo, que los educandos reciban educación sexual), pero también de excrecencias muy jodidas, fundamentalmente, dos: por un lado, la asunción de que el maestro no ha de disponer de una posición más elevada que sus alumnos; y, por otra, la idea filosófica de que la principal función de la escuela es ayudar al alumno a construir su personalidad, no transmitirle conocimientos. Hijos del 68, por lo tanto, son todos los humanos que hoy pululan por el mundo, que atesoran una sólida conciencia de la importancia de reciclar la basura y donar dinero para el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, creen que la Reconquista fue un partido de fútbol.

En el paroxismo de la igualdad educativa, en aquellos tiempos se proponen ideas como que los profesores lo sean por votación de sus alumnos (y a ver quién es el guapo que suspende o castiga), o que los alumnos formen parte de los jurados de examen. ¿Quién hizo tales propuestas? Una pista: su apellido empieza por S.

La teoría de la igualdad también viene a impulsar de forma definitiva el feminismo, que encuentra su gran soporte en un libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. La principal tesis de De Beauvoir es que no existe una natureza femenina, dado que cosas como el sentimiento maternal son desarrollos culturales. En un manifiesto publicado el 5 de abril de 1971, 343 mujeres, entre ellas la Beauvoir, Cathérine Deneuve, Margérite Duras, Jeanne Moreau, Françoise Sagan o Nadine Trintignant, se autoacusan de haber abortado. Estas 343 firmantes serán conocidas como las 343 putas, pero en un sentido positivo, reivindicativo; como cuando un latinoamericano se llama a sí mismo sudaca.

Hay que decir, en todo caso, que las feministas no fueron las únicas que hicieron pasta con el nuevo movimiento. La avispadísima escritora Esther Vilar conmociona al mundo con un libro en el que, sucintamente, viene a sostener la tesis de que la mujer domina al hombre, e insinúa que ha inventado el feminismo para hacerse la víctima y así garantizarse la pervivencia de su momio. Su aparición en el Estudio Abierto de la televisión española provoca una de las polémicas sociales más masivas de aquella España pacata, sólo superada por la surgida entre detractores y partidarios de Uri Geller.

En 1945, un joven oficial del ejército soviético envía una carta a un amigo en la que critica a Stalin. Le caen ocho años y, después de esos ocho, una vida de paria más allá del sistema. Ese joven oficial es matemático y físico, pero también tiene el don de escribir, y eso es lo que hace.

Dado que en la URSS carece de perspectiva alguna de publicar, Alexandr Solsenitsyn hace pasar a Occidente los manuscritos de sus obras, que aparecen en París. En 1969, como castigo, el sindicato soviético de escritores lo expulsa. En 1970, y es difícil que Washington sea ajena al proceso, recibe el Nobel de Literatura.

En diciembre de 1973, en París, se publica El Archipiélago Gulag, la obra más conocida de Solsenitsyn y, probablemente, el más efectivo torpedo que jamás recibió el sistema soviético en su línea de flotación. Aquel libro, avalado por el hecho de haber sido escrito por un premio Nobel, lo cual siempre aporta más ventas, será el manotazo definitivo que arrancará de los ojos de Occidente la venda que, cuidadosamente atada por la propaganda, los intereses y la calculada estulticia intelectual, tapaba los ojos que miraban hacia el Este.

Solsenitsyn no deja lugar a la duda. La tesis central de su libro es que el fundamento de la URSS en el terror y la represión no es ni siquiera una idea de Stalin. El hasta entonces angélico Vladimir Lenin, conceptuado en Occidente como una especie de ONG con perilla, un padre Coplillas rojo repartiendo el bien entre los desheredados, aparece como el primer conceptuador de la represión masiva de los otros, de los que estorban o dicen no, estrategia que su heredero no hace sino sublimar.

Los soviéticos arrestan al escritor pero, protegido como está por su notoriedad, lo tienen trece días en el maco, y lo expulsan. La llegada de Solsenitsyn a Occidente no hace sino empeorar las cosas y enconar el debate. En España, por cierto, al franquismo le falta tiempo para traerse a la estrella literaria al programa de José María Íñigo, donde el ruso soltará por la boca lo que los jerifaltes del régimen quieren oír: ustedes [los españoles] no saben lo que es no tener libertad. Recuerdo como si fuese el día de hoy a mi padre sentado en el comedor de nuestra casa, mirando la tele. En aquel entonces yo no entendí una mierda de lo que estaba diciendo Solsenitsyn en la caja tonta, y mi padre me lo resumió así: «El ciervo le dice al toro: tú no sabes lo que es tener cuernos».

Solsenitsyn hace predicciones. La fundamental es que Indochina se va a convertir en un Gulag. La intelectualidad de izquierdas se le tira a la chepa. Pero, desgraciadamente, acierta. El 17 de abril de 1975, los jémeres rojos entran en Phnom Penh, dan la orden a sus habitantes de que emigren al campo con inmediatez (e inmediatez quiere decir inmediatez) e inician una serie de actos altamente edificantes entre los que se encuentran, según confesiones de sus propios verdugos bastantes décadas después, estrellar bebés contra las paredes con la estimable intención de reventarles la cabeza.

En 1978, un fenómeno deja en evidencia las condiciones de vida en la zona: el fenómeno de los balseros vietnamitas. Ellos no se enteraron, no tenían parabólica en sus cayucos de mierda, pero echarse a la mar y calificarlos el Partido Comunista Francés de «reaccionarios», fue todo uno. En fin, veámosle a la cosa el lado bueno: por lo menos, no les llamó fascistas. Eso sí, la tragedia indochina, que cada vez se puede esconder menos, acaba por forzar cierto despego de la intelectualidad respecto de la ortodoxia de izquierdas. Los intelectuales, con ese fino olfato que les permite detectar siempre las mejores corrientes de viento, se solidarizan con los vietnamitas a pesar de que no hacen otra cosa que huir del régimen político que ellos han alabado sin ambages hasta antes de ayer (una cosa y la contraria, y siempre son verdad...). Raymond Aron, destacado intelectual de espíritu liberal, sale en la prensa dándose la mano con el pollo cuyo apellido empieza por S (es que estoy un poco harto de citarlo).

Un periodista, Olivier Toll, entrega un artículo en Le Nouvel Observateur en el que reconoce que «hemos colocado al régimen comunista de Vietnam del Norte en un pedestal». La redacción lo rechaza. Otro periodista de izquierdas, Jean Lacoutre, se autoacusa en los papeles de haber practicado la «información selectiva» en el asunto vietnamita. Como se dice en mi tierra: tarde piaches... De todas formas, pronto la intelectualidad encontrará sus caminitos para poner las cosas en su sitio. Así, Patrice de Beer establece esta interpretación del genocidio camboyano: «No fue otra cosa que el resultado de una guerra suscitada por los americanos». Hala, ya todo está en su sitio de nuevo.

La muerte de Mao, en 1976, provee a la intelectualidad de izquierdas con otro disgustillo, por cuanto es seguida del conocimiento masivo de las cositas que hizo este señor, aparte de la guarrísima de no haberse lavado los dientes en toda su vida. El eterno Sartre había escrito en 1960: «El marxismo es el horizonte indispensable de nuestro tiempo». Los años ochenta le contestan: pues va a ser que no, colega.

En realidad, la intelectualidad adelanta la caída del Muro. Antes de que el sistema comunista termine de derrumbarse, en un proceso al que quizá no sea ajena la debilidad manifiesta de la URSS en sus últimos diez años, el monopolio intelectual ejercido por una determinada cosmovisión se quiebra. Son los años de las primeras obras ajenas a la interpretación marxista, los libros de Jean François Revel, de Lévy, etc.

Falta de su misión clara, máxime después de 1989 con la caída del Muro, la intelectualidad cambia el registro, y encuentra dos elementos en su apoyo: el ecologismo y, sobre todo, la inmigración. Donde decía fascista ahora dice racista, o xenófobo. La utilización de los mecanismos bien conocidos de décadas atrás (monopolización del «pensamiento correcto», estigmatización de todo lo contrario) ha impedido la realización de debates reposados sobre la materia. Basta media hora de foro en foro en internet para darse cuenta de que discutir sobre la inmigración o el cambio climático equivale a resignarse a leer conceptos de gran altura filosófica como: moro de mierda, fascista, puto racista, payopony, negacionista, exaltado, hijoputa, mentiroso, y otros de parecido jaez. Los científicos partidarios de la teoría del calentamiento global se intercambian correos felicitándose de que uno de sus detractores la haya palmado. Vamos bien; pero que muy bien.




Hechas estas apreciaciones, cabe la pregunta: ¿Existe el terrorismo intelectual en España? En mi opinión, lo primero que hay que decir es que, viviendo como vivo en un país que sabe muy bien lo que significa la palabra terrorismo, yo la reservaría para los cabrones. Así pues, no creo que haya que hablar de terrorismo intelectual. Para mí, se trata más bien de un monopolio intelectual que trata de imponer un pensamiento único, y estigmatizar el contrario.

El monopolio intelectual ha existido en España a lo largo de buena parte del siglo XX. Al principio, porque se apoyaba en una dictadura que a quienes no comulgaban con dicho monopolio, no es que los estigmatizase; es que los encarcelaba. Nosotros, tal vez, tuvimos, merced a dicha dictadura, la oportunidad de entender que los monopolios intelectuales no llevan a nada bueno. Y, sin embargo, con la Transición y el régimen democrático, muchos de los elementos producidos en otros países, y notablemente en Francia, durante décadas en las que nosotros estuvimos calladitos, fueron adoptados.

España reprodujo, a partir de 1976, y de una forma acelerada, todos los elementos que antes no pudo aplicar, o sólo pudo aplicar de forma embrionaria. El monopolio intelectual afecta, por ejemplo, a la interpretación de la Historia de España, notablemente de la más reciente. La interpretación que hoy podríamos denominar canónica de la Guerra Civil tiene claros elementos de esa estrategia monopolística. Resulta, por lo tanto, por lo menos curioso comprobar que, habiendo existido la oportunidad de librarse de esta lacra, la hayamos adoptado con tanta pasión.

Y hasta el miércoles. Je pars...

lunes, noviembre 08, 2010

¿Existe el terrorismo intelectual (en España)? (1)



En algún pretérito post he dicho, y aquí lo mantengo, que de las diversas y variadas guerras de que se compuso la Guerra Fría entre mediados de los años curarenta y 1989, la URSS sólo ganó una: la guerra de la propaganda. En cualquier país del mundo, el régimen soviético y afines (afines, aún enfrentados con él), pese a ser, de largo, los mayores merecedores del calificativo «genocida», caen más simpáticos, o en ocasiones se benefician de distintos niveles de indiferencia, comparados con sus contrincantes. Aquí no se trata de hacer una historia de buenos y malos; en eso consiste, más bien, la dinámica argumental de esta inmensa operación de propaganda. No se trata, por lo tanto, de defender la virtuosidad de lo que podríamos denominar el bando norteamericano, que tiene para dar y tomar y sólo con el macartismo tiene como para esconderse unos cien años. Se trata de entender cómo fue posible que durante décadas del siglo XX, décadas en el curso de las cuales estaban ocurriendo los hechos más atroces de la Historia del mundo, tantos y tantos intelectuales pudieron vivir, no sólo ajenos a esa realidad, sino aplaudiéndola como la vanguardia del progreso del hombre.

Este proceso se analiza en un librito que me he leído en dos o tres aviones este mes, del que, por lo menos de creer al ISBN, no hay edición en español (SÉVILLIA , JEAN. Le terrorisme intelectuel de 1945 à nos jours. París, Perrin, 2004). El libro, como todo, tiene sus limitaciones y sus errores. Como toda persona que arma una tesis, el autor tiende a apartar lo que le molesta y a mostrarse consecuentemente comprensivo con diversos fenómenos ocurridos en la Francia del siglo pasado, notablemente las tomas de posición de la Iglesia católica y el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, con los que cabe poca comprensión. La lectura, por lo tanto, hay que desbastarla de cierta exageración teórica pero, más allá, la exposición de los hechos es, en algunos casos, demoledora.

La tesis de Sevillia, que tomo prestada para estos post, es que existe un terrorismo intelectual, es decir una estrategia como tal armada para procurar la prelación exclusivista de un cierto modo de pensamiento, que no siente necesidad de justificarse porque se cree, o se dice, representante del pensamiento libre del hombre. El terrorismo intelectual, por lo tanto, busca que entre los intelectuales exista un discurso único, cuyas cambiantes tesis y contenidos serán, de alguna forma, controladas por una élite. Se trata de un pensamiento de tintes progresistas, o es lo que diremos hoy, porque hasta hace dos o tres décadas, la palabra hubiera sido marxistas. Pero eso, claro, ha pasado de moda.

El 99% de los hechos descritos por Sevillia se refieren a la realidad y a la intelectualidad francesas. Ciertamente, eso hace ciertos pasajes del libro un tanto pesados para un lector, como el presente, para el cual la Historia de Francia no es precisamente el primer interés. Pero Francia tiene su interés a efectos de lo que hablamos por la fuerte influencia que ejerció su intelectualidad dentro del discurso de Occidente, y los hechos importantes que tuvieron a Francia por centro.

De la lectura del libro cabe concluir, creo yo, que eso que se llama terrorismo intelectual tiene una serie de características, a saber:

En primer lugar, la expresión del mundo en términos maniqueos. Esto quiere decir que siempre que dos se enfrentan, uno ha de ser el bueno, y el otro el malo. No puede haber fisuras aquí. Al bueno se le comprende casi cualquier desviación o error, mientras que al malo se le niega el pan, la sal y la Playstation.

En segundo lugar, el «empaquetamiento» en una sola categoría de todo lo que no concuerda con el pensamiento que se pretende defender. Es una actitud totalmente coherente con el maniqueísmo: si todo lo que no es bueno (todo lo que no piensa como yo) es malo, ¿por qué hacer distinciones en materia de maldad? El que está contra mí debe ser expulsado del nido; no importa que tan sólo tenga problemas de matiz o que quiera presentar una enmienda a la totalidad.

Esta metodología está tomada del estalinismo. El estalinismo resumió a todos sus críticos en calificativos como troskista, zinozievista, revisionista, etc., todos ellos sinónimos. Todos significaban no-estalinista, y todos terminaron frente al mismo pelotón de fusilamiento. Lo que Sevillia llama terrorismo intelectual se basa en otro concepto: el concepto de fascista, o facha si estamos en confianza. El mundo se divide, a partir de aquí, en fascistas y en antifascistas, y todo aquél que pisa el suelo tiene que elegir dónde se pone.

Este asunto tiene mucho que ver con la tercera gran catacterística de este movimiento, que es sublimar el arte de manejar las palabras. Para convertirse en un pensamiento único, la intelectualidad necesita, y en buena parte lo consiguió en el siglo pasado, adquirir el monopolio de inventar y difundir las palabras, y definir su significado. Así, como decimos, las dictaduras de derechas se convirtieron en «regímenes fascistas»; y las comunistas en «democracias populares». Hay que reconocer que no fueron los únicos que intentaron este juego; ahí está, sin ir más lejos, el general Franco y su democracia orgánica.

El final de la segunda guerra mundial operó como una especie de tabla rasa tendente a igualar a todos aquéllos que habían estado finalmente apuntados al bando que la ganó. Esto favoreció especialmente a las formaciones comunistas, que tenían un pequeño pecadillo que lavarse: su actitud, en 1939, tras la firma del pacto germano-soviético y las instrucciones que les llegaron desde Moscú de mostrarse comprensivos con el nazismo; así, el Partido Comunista francés, durante las primeras jornadas de ocupación alemana de Francia, llamaría en sus publicaciones a confraternizar con los germanos.

Siempre atento a las operaciones de propaganda, el comunismo aprovecha esta circunstancia para dar un paso adelante y apostar por convertirse en el héroe de la guerra. El PCF se intitula «el partido de los 75.000 fusilados», en alusión a la cifra (exagerada) de víctimas de la Resistencia comunista. En 1947, en el congreso del partido, en un momento en que la formación roza el 30% de los sufragios en las elecciones, el dirigente comunista Laurent Casanova lanza la consigna de movilizar a los intelectuales. Aunque la relación del comunismo, rígido y disciplinado, con los creadores, a algunos de los cuales les gusta hacer lo que les apetece, no fue fácil. Ahí está, por ejemplo, la famosa anécdota de Louis Aragon, quien tuvo que hacer una autocrítica ante el Partido por haber encargado a Picasso un retrato de Stalin, a la muerte del dictador. Picasso hizo lo que le gustaba hacer y, lógicamente, lo que le salió estaba bastante lejos de la estética del realismo socialista. En Moscú el retratito no gustó.

Las líneas de trabajo de la intelectualidad procomunista en la posguerra son, fundamentalmente, dos.

En primer lugar, consolidar la imagen y el concepto del resistente antifascista. Se identifica el antifascismo con la lucha por la libertad para, posteriormente, monopolizar el término por la vía, como hemos visto, de meter en la bolsa del concepto de fascista a todo lo que no gusta.

En segundo lugar, establecer la identificación estricta entre pacifismo y sintonía con la URSS. La URSS, según esta teoría, trabaja para la paz mundial, frente a un segundo actor, los Estados Unidos, que quiere quebrarla. Bajo este concepto se producen declaraciones tan abracadabrantes como la de Frédéric Joliot-Curie, premio Nobel de famosos apellidos asimismo nobelizados, según el cual la bomba atómica soviética es un factor de paz. Esta es, sin ir más lejos, al tesis del congreso intelectual mundial celebrado en agosto de 1948 en Wroclaw, Polonia, al que no falta, entre otros, Pablo Picasso.

Este congreso, por otra parte, es un buen ejemplo del juego que realiza la intelectualidad marxista para dejarle claro a todo el mundo medianamente interesado en ser admirado por sus letras que el que no se mueva, no sale en la foto. En esos años cuarenta, Jean Paul Sartre aún escribe cosas que pretenden buscar una tercera vía a las dos fuerzas enfrentadas en la Guerra Fría. En el curso del congreso, el escritor soviético Alexandre Fadeiev toma la palabra para calificar a Sartre de «hiena dactilográfica», que hay que reconocer que el insulto tiene su curro. Ese mismo año, Sartre, mensaje recibido señor, se adhiere al Rasemblement Democratique Revolutionnaire, y desde entonces será el perejil de todas las salsas y manifiestos habidos y por haber de la intelectualidad progresiva.

El apoyo de los intelectuales le fue extremadamente útil al Partido Comunista y a la URSS a la hora de actuar contra sus críticos. Como veremos más tarde, el gran momento en que la URSS se ve publicamente criticada llegará en los años setenta con la obra de Alexandr Solsenitsyn, pero en 1949 se produce ya un hito importantísimo con la publicación del libro del primer gran famoso disidente de la URSS: el ucraniano Victor Kravchenko.

A través de publicaciones directamente comunistas o medios de orientación progresista como Le Monde, multitud de escritores se lanzarán a la yugular de Kravchenko (que vendió medio millón de ejemplares, sólo en Francia, en unas pocas semanas), acusándole, sobre todo, de haber mentido en su libro, incluso de no haberlo escrito (argumento que viene a insinuar que el auténtico autor es la CIA). En esta batahola de críticas, hay algunas épicas. Por ejemplo, el profesor de Sciences-Po Jean Baby:«Jamás ha habido persecuciones en la URSS». Muy bueno lo tuyo, Juanito.

Kravchenko lleva a los tribunales a la publicación Les lettres françaises por difamación. En el juicio declara Margarete Buber-Neuman, viuda de un comunista alemán con el que residía en Moscú en 1933. Refiere al tribunal cómo su marido fue arrestado, enviado a Siberia y, con ocasión del pacto nazi-soviético, entregado a los alemanes, que lo alojaron en Ravensbrück (conocido hotel de cinco estrellas, con unos desayunos de puta madre), del que lograría escapar. Buber-Neuman describe en el juicio, y es quizá la primera vez que ocurre esto en Occidente, las deplorables condiciones de los campos de concentración soviéticos. El abogado de la publicación comunista protesta. No se les puede llamar campos de concentración porque ella misma ha dicho que no tienen alambradas. Claro que ella ha dicho que no tienen alambradas por el simple hecho de que, en medio de la puta Siberia, no las necesitan.

Éste es un fenómeno que no debiera ser extraño a los españoles. Nosotros tenemos nuestra propia literatura disidente: aquélla escrita por comunistas que lo eran durante la guerra civil, dejaron de serlo y luego escribieron libros sobre las manipulaciones cometidas por la URSS durante el conflicto. Aún es el día de hoy en que, cuando en medio de cualquier debate se argumenta recordando alguna de las cosas que esas personas escribieron, surgen de la nada un montón de expertos, algunos de ellos de campanillas, recordando que esos libros no son creíbles. Sólo por casualidad, la posibilidad de que cronicones de la guerra como los de Pasionaria, Díaz, Líster, Cordón, Hidalgo de Cisneros o cualesquiera otros comunistas de libro puedan estar trufados de mentiras o medias verdades, es una posibilidad que esos mismos expertos no se plantean.

Otro punto importante se produce en 1953, tras la ejecución en Estados Unidos de los esposos Rosemberg. Algún día debería yo hablar de esta historia. Los Rosemberg fueron ejecutados por espiar para la URSS, ante el convencimiento por parte de la opinión pública mundial de que o bien eran inocentes o bien no se había podido demostrar su culpabilidad. Al parecer, sin embargo, la constancia que tenían los EEUU de su labor como espías era bastante mayor de la que mostraron en el juicio; pero, si fue así, no lo sacaron a la luz por razones de seguridad. En todo caso, la muerte de los Rosemberg dio una oportunidad importante para la propaganda tendente a mostrar a la URSS como el eterno agredido y los EEUU como el eterno agresor.

Ese mismo año Sartre, la hiena dactilográfica, viaja a la URSS. A la vuelta, concede una entrevista a Libération. Cita: «El ciudadano soviético posee en mi opinión una total libertad de crítica». La otrora hiena se ha ganado el carné de león.

En 1956, la cosa cambia. La prensa francesa publica lo suficiente del discurso secreto de Nikita Kruschev sobre los crímenes del estalinismo (que en la URSS, donde según Sartre la libertad de crítica es total, apenas se conocerá en el tiempo de descuento, en los años ochenta). La revelación de que las acusaciones de aquéllos que habían dicho que Stalin era un genocida eran ciertas supuso un choque para la intelectualidad europea de izquierdas. Pero, aún así, se repusieron pronto, haciendo uso de un mecanismo que les serviría otras veces. Exactamente igual que, en los años ochenta, los mismos intelectuales que habían reclamado comprensión e incluso admiración para la URSS se declararon fans de la perestroika, que no era otra cosa que la voladura teóricamente controlada de todo lo que hasta entonces habían alabado, los intelectuales de mediados de los cincuenta encontraron consuelo y defensa para la situación con el argumento de que, al fin y al cabo, había sido un comunista, Kruschev, el que había lanzado el soplo de democracia en la URSS.

Lo malo es que el aliento se le terminó pronto a don Nikita. La desestalinización de la URSS fue uno de esos típicos procesos en los que se sabe cuándo empieza, pero no se sabe cuándo ni cómo acaba. El 23 de octubre de 1956, decenas de miles de húngaros, en un clima casi de paroxismo democrático, se manifiestan en Budapest y derriban una estatua de Stalin. Pocos días después, Hungría denuncia su adhesión al Pacto de Varsovia. Tres días después, 3.000 carros de combate soviéticos ponen camino hacia Budapest.

Parece que, finalmente, el armamento ruso no era un instrumento de paz.

Aunque eso, como ya he dicho, no le supone gran problema a la intelectualidad. Con el mismo desparpajo con que se había deshienizado y se había convencido de que en las calles de la URSS la gente paseaba a los perros atados con longaniza mientras hablaba (mal) del gobierno, Sartre rompe con el Partido Comunista. En la URSS, dice, «es el horror lo que domina». Y es que otra característica propia de la intelectualidad es su gran facilidad para decir, y escribir, una cosa y su contraria. En España hay casos como el de José Saramago, tan capaz de romper con el régimen cubano cuando fusiló a unos balseros, sentenciando: «hasta aquí he llegado»; como de asegurarle a Fidel Castro, bien poco tiempo después, que estaba «caminando con vosotros».

Durante los años cincuenta y sesenta, en los cuales es cada vez más difícil sostener la idea de que la URSS es el crisol donde se ha conservado, tras la segunda guerra mundial, el fuego fatuo de la auténtica democracia, la intelectualidad cambia de discurso. Son los años en los que descubre el Tercer Mundo. La descolonización y los países más pobres (aunque, en realidad, el responsable es el rosario de errores cometidos por Estados Unidos en ese terreno) proveen a no pocos intelectuales de argumentos que les permiten sostener las bases de su discurso y, al tiempo, distanciarse de los presupuestos prosoviéticos, cada día más rancios y difíciles de sostener. El tercermundismo permite afirmar la existencia de una tercera vía, lo que en su momento se denominó movimiento no alineado. Aunque, visto con la perspectiva de la Historia, pocas cosas hay más alineadas que los países no alineados; básicamente, lo que venía a ocurrir en los mismos era la instauración de gobiernos, bien proamericanos, bien prosoviéticos. Pues el Tercer Mundo, en la segunda mitad del siglo XX, no es sino el escenario caliente de la guerra fría.

La lista de héroes del tercermundismo, sin embargo, hace sospechar que esta forma de pensamiento no es tan equilibrada como sus sostenedores pretenden: Tito, Ho Chi Mihn, Sekou Turé, Fidel Castro, Che Guevara, Mao Zedong, Gadafi, Arafat, Salvador Allende... Sobre la ola protercermundista se suben genocidas declarados como el líder chino, responsable de 70 millones de muertes, que se dice pronto. Jean Paul Sartre, el mismo Sartre que bailó las veces que hicieron falta para caerle bien a la URSS y luego rompió, presuntamente, con el comunismo, le dice a los jóvenes: «Sed cubanos». El congreso internacional de inteletuales celebrado en Cuba en 1968 termina con una declaración que dice: «Es en Cuba y por el movimiento de la revolución cubana que la exigencia comunista ha encontrado, al mismo tiempo, un centro vivo y su empuje hacia el futuro». Entre los asistentes al congreso, como no podía ser de otra forma, Jean Paul Sartre. En 1999, François Maspero, importante editor de libros tercermundistas, visita Cuba y, a su vuelta, describe el país como «miseria, inercia, Estado policial, economía dolarizada». Lo dicho: hoy digo una cosa, mañana la contraria, y siempre son la verdad.

Debilitado como está el comunismo soviético entre los intelectuales de izquierdas, la ruptura de Pekín con Moscú les mueve a una nueva situación de fascinación. El Libro Rojo de Mao se traduce a las lenguas occidentales en 1967. Cuatro años más tarde, en 1971, una diputada comunista italiana, Maria Antonieta Macciocchi, publica un libro sobre el país en el que afirma que «Mao Zedong es esencialmente antidogmático y antiautoritario». En 1974, los redactores de la revista Tel Quel, con Roland Barthes a la cabeza, viajan a Pekín y vuelven entusiasmados: «En el país de Mao, materialismo y dialéctica alcanzan un grado jamás constatado de precisión, eficacia y claridad». Bien vista, esta frase tiene todo el punto de ser cierta; aunque, probablemente, no en el sentido que sus autores le quisieron dar. Un año más tarde, para su desgracia, un corso hijo de madre china y que ha pasado siete años en la prisión de Mao, Jean Pasqualini, publica un libro con sus vivencias. Resulta que lo que todos los intelectuales habían visto durante sus visitas al país (visitas estrechamente controladas por el régimen) era sólo una pequeña parte de lo que estaba pasando. Vaya por Dios.

Aunque hay que recordar que a Mao no sólo lo cortejaron los personajes de izquierdas. A su muerte, alguien tan poco sospechoso de haber leído a Engels, y mucho menos de entenderlo, como Valery Giscard d'Estaing, lo calificó de «faro del pensamiento humano».

Con todo, qué duda cabe que, para la intelectualidad de izquierdas, el mayor punto de inflexión de la década de los sesenta se produce en el famosísimo mayo del 68. Pronto lo veremos.