viernes, octubre 15, 2010

Matar a Hitler (Epílogo)

Inmediatamente después del mensaje radiado de Goebbels, los teléfonos de la Bedlerstrasse se volvieron locos. La mayoría de las llamadas se correspondían con distintos jefes de unidad cuyo nivel de compromiso con la conspiración comenzaba a flaquear claramente. En realidad, el mensaje radiado había sido un mazazo, pero no tanto por afirmar que Hitler estaba vivo (cosa que, al fin y al cabo, podía seguir siendo una mentira, ya que el anuncio no lo había hecho el propio Hitler) como por la demostración palpable de que los jerarcas nazis mantenían un nivel de control de la situación lo suficientemente elevado como para seguir controlando la radio. Stauffenberg seguía repitiendo y repitiendo que no podía ser verdad, que él tenía la certeza de haber matado a Hitler. Sin embargo, a eso de las siete y algo de la tarde, Hoepner parecía estar a punto de derrumbarse, y Olbricht comenzaba a creer que Beck podría tener razón al aseverar que tal vez Hitler estaba vivo.

Cuando, a esa hora, Witzleben por fin se acercó por la Bendlestrasse, con su bastón de mariscal de campo, no estaba de muy buen humor. No quería recibir información de nadie que no fuese Beck (ciertamente, la aristocracia militar alemana siempre ha sido muy rígida) y, además, sabía, porque llegaba de la calle, que las unidades de reserva movilizadas empezaban a dispersarse. Quirnheim y Olbricht convocaron una reunión urgente de oficiales para levantar la moral, pero el remedio fue peor que la enfermedad: Franz Herber y Bode von der Heyde, dos jóvenes coroneles pronazis, espoleados por la noticia de la supervivencia, dieron por culo durante la asamblea todo lo que pudieron, y más.

Más o menos a esa misma hora, el mayor Remer llegaba a la casa de Goebbels. El ministro de Propaganda le preguntó sobre su lealtad, que Remer dijo no se había movido. Campanudamente, el ministro nazi le anunció que el destino del Reich, ahora, estaba en sus manos. En las manos de un oficial intermedio. Según Speer, tomó teatralmente las manos de Remer, las estrechó largamente y, luego, dio su gran golpe de efecto: fue al teléfono, lo descolgó, activó la línea directa con Rastenburg, pidió hablar con el Führer y, cuando le dijeron que Hitler estaba al habla, le ofreció el auricular a Remer.

El mayor del cuerpo de guardias se cagó por la pata abajo mientras aplicaba el auricular a su oreja derecha y dejaba que en su tímpano del mismo lado vibrase la inconfundible tonalidad de la voz de Hitler. El Führer también era un experto manipulador de almas, como Goebbels. Indicó a Remer que a partir de ese momento quedaba bajo su mando personal. Aquello era todo lo que necesitaba aquel modesto mayor para sentirse el salvador de la Patria.

El fundador de Salomon Brothers, en su época una famosa firma de inversiones de Wall Street, solía decir que quería que sus ejecutivos llegasen cada mañana a trabajar con el deseo de morderle el culo a un oso kodiak. Ése, exactamente, fue el espíritu con que el mayor Remer salió a la calle aquella noche. Probablemente, aunque los conspiradores hubiesen contado con diez divisiones acorazadas, lo mismo se los habría llevado por delante.

En Francia, también a eso de las siete, el mariscal Kluge estaba en la duda. Nadie sabía nada con certeza. El mariscal recibía llamadas de compañeros, como el general Von Falkenhausen, a los que no sabía a ciencia cierta qué decir. A esa hora, sin embargo, Blumentritt llegó, por fin, a La Roche-Guyon, portando una presunta orden del general Von Witzleben (presunta, porque Olbricht y Beck la habían remitido horas antes de que el general se presentase en la Bendlestrasse) ordenando el arresto de todos los oficiales importantes de la SS y los miembros del NSDAP. Aquella comunicación estuvo a punto de decidirle de que Hitler estaba muerto, pero para entonces recibió una comunicación telefónica de Keitel desde Rastenburg, informándole de que estaba vivo, así como de que Himmler era ahora el jefe del ejército de reserva, lo que significaba que ninguna orden firmada por Fromm, Hoepner o Witzleben debía ser atendida.

Kluge se sintió relajado: al fin y al cabo, si ciertamente el golpe había fracasado, él se enteraba antes de haber hecho nada a su favor. Ordenó a Blumentritt que llamase a Rastenburg, pero nadie se puso porque estaban todos reunidos. Finalmente, recordando que allí estaría Stieff, a quien conocía levemente, preguntó por él. Stieff, como sabemos, era parte de la conspiración. Pero a esas horas, viviendo en primera persona todo lo que estaba pasando en Rastenburg, tenía tan claro que el golpe había fracasado que desistió de intoxicar al jefe del frente Oeste.

Quien, sin embargo, no se resignaba, era Stuepnagel. En el momento en que Blumentritt lograba el contacto con Stieff, el general viajaba hacia La Roche-Guyon, acompañado del coronel Hofacker (primo de Stauffenberg) y del doctor Max Horst, éste último cuñado del general Speidel, también partidarios del golpe.

Kluge recibió a esta delegación deshaciéndose en deferencias, e inició una reunión con ellos a la que se unió Blumentritt. Hofacker realizó un largo discurso de un cuarto de hora sobre la necesidad de que Alemania se deshiciese de Hitler. Kluge lo escuchó con total educación y, cuando el coronel hubo terminado, zanjó la cuestión con un lacónico:

-Caballeros, el tiro ha fallado.

Seguidamente, les preguntó si cenarían con él.

En ese momento, Stuepnagel supo que estaba más muerto que vivo. En París, tropas a sus órdenes estaban deteniendo oficiales de la SS y de la Gestapo. Él había ido a La Roche-Guyon para obtener de Kluge el OK a esa orden. Y ahora sabía que el mariscal no lo daría. Estaba perdido.

Espoleado por su sentido del honor, Stuepnagel preguntó a Kluge durante la cena si podían hacer un aparte. Allí, a solas, le confesó lo de las detenciones en París. Cuando Kluge supo que su idea de que no había hecho nada a favor del golpe no era verdad, le pasó lo que Fromm unas dos o tres horas antes: tuvo un gran ataque de ira, seguido de una extraña tranquilidad que, en realidad, quería decir que no sabía qué hacer. Acabó por decirle a Stuepnagel que le quitaba el mando, y aconsejándole que desapareciese. Acto seguido, musitó para sí:

-Si por lo menos ese cerdo estuviese muerto...

Ya de noche, el oficial de la SS que en su día había rescatado a Mussolini, Otto Skorzeny, llegó a Berlín para coordinar el contraataque de la SS. Había sido intereceptado en un coche camino de Viena para poder colaborar en la obra. Algo más tarde de la medianoche, aterrizaría en Berlín Himmler, y se dirigiría inmediatamente a casa de Goebbels

A las diez y media, Herber, Von der Heyde y otros pronazis asaltaron la Bendlestrasse. Entraron en una sala de reuniones donde Olbricht estaba reunido con civiles: Eugen Gerstenmeier, Peter Yorck y Berthold Stauffenberg. Había un cuarto, Otto John, pero se había ido a las nueve. La secretaria Delia Ziegler salió por patas por el pasillo para avisar a Beck y a Hoepner, que estaban con Fromm. Por el camino, encontró a Stauffenberg y Haeften, que se dirigieron inmediatamente a la sala. Hubo un tiroteo. Stauffenberg fue herido en su único brazo. Los pronazis terminaron por ganar, arrestaron a Stauffenberg, Beck, Hoepner, Olbricht y Haeften, y liberaron a Fromm. Éste se apresuró a montar un consejo de guerra a las once de la noche. Sabedor de que las órdenes de los conspiradores, realizadas bajo tu teórico mando, le implicaban en el golpe, estaba ansioso por hacer méritos. Beck solicitó el derecho que le asistía como alto mando de recibir una pistola para suicidarse. A Hoepner le ofrecieron la misma solución, pero la rechazó.

Beck estaba tan nervioso que falló su primer tiro en la sien. Cuando le fueron a quitar la pistola, rogó por una nueva oportunidad, que Fromm le concedió. Solicitó también ayuda si fallaba, por lo que Fromm designó a un sargento para hacer el trabajo. Todo parece indicar que, realmente, lo que mató a Beck fue el disparo en la nuca del sargento, por lo que siempre se ha especulado que también en la segunda intentona falló, cuando menos en parte.

Mientras tanto, Fromm había hecho formar en el patio un pelotón de fusilamiento y, con la vista puesta en el reloj (es de suponer que sabía o suponía que Himmler, el verdadero jefe del ejército de reserva, no tardaría mucho en presentarse, y quería tener el trabajo hecho para entonces) decretó la condena a muerte de Stauffenberg, Olbricht, Quirnheim y Haeften (Hoepner, de mayor graduación, fue enviado a prisión a la espera de juicio). En realidad, Stauffenberg estaba ya muy jodido, por la fea herida recibida en el brazo. De hecho, si bajó al patio fue porque Haeften lo llevó casi en volandas.

En el Hotel Raphael de París, a esas horas, los hombres que habían obedecido las órdenes de Stuepnagel estaban cogiéndose un moco histórico. Uno de los miembros de ese grupo, el coronel Linstow, consiguió hablar con Stauffenberg cuando los pronazis entraban ya en el ministerio y, al colgar, la cascó de un infarto. Stuepnagel llegó pasadas las doce. Se limitó a unirse al consumo inmoderado de alcohol y esperar, indolentemente, al último acto del golpe, que fue la retransmisión radiada del propio Hitler, que se produjo a eso de la una.

Para entonces, los principales conspiradores estaban ya muertos. Goerdeler había huido de la Bendlestrasse y estaba escondido. Otto John, el que se había marchado a las nueve, estaba en su casa con su hermano y el hermano de Bonhoeffer, temiendo que en cualquier momento la Gestapo aporrease la puerta. Gisevius estaba escondido en un sótano. Tresckow, en el frente del Este, estaba acostado sin dormir; cuando Schlabrendorff le informó del fracaso, se limitó a sentenciar: «Me dispararé en la cabeza». Por lo que respecta a Dohnanyi, Müller, Bonhoeffer, Hoepner, Gerstenmaier, Yorck y Berthold Stauffenberg, no pudieron oír el mensaje de Hitler; en la cárcel no dejaban escuchar la radio tan tarde.

Ernst Kaltenbrunner, responsable de seguridad del Reich, se presentó en la Bendlestrasse un poco antes de las doce. Aquello detuvo las ejecuciones sumarias de Fromm. La SS tomó el edificio y, en ese momento, Fromm, radiante con sus muertos bajo el brazo, pensó que era el momento de ir a casa de Goebbels, a hacer méritos. El taimado ministro nazi lo recibió con frialdad, le anunció que estaba arrestado, y le dejó helado al decirle: «Se ha dado usted jodida prisa para poner sus testigos bajo tierra».

En París, el general de la SS Karl Oberg fue encomendado de la misión de arrestar a Stuepnagel. Cuando llegó al Hotel Raphael, se lo encontró mamado, con su gente. Stuepnagel aceptó la misión sin problemas, y le invitó a unirse a la fiesta. Y así los encontró Blumentritt, cuando llegó de La Roche-Guyon, con órdenes de Kluge de tomar el mando de Stuepnagel.

Stuepnagel fue reclamado en Berlín por Keitel. En el coche en el que hizo el viaje solicitó una parada a la altura de Sedan, un lugar de gran significado para cualquier militar prusiano por la importante batalla que allí decidió la guerra franco-prusiana. Salió a mear, aunque en realidad salió para suicidarse. Se cascó un tiro en la sien que reventó su ojo derecho. Lo encontraron flotando inconsciente en el río. En el hospital de Verdún lo curaron lo suficiente como para estar presente en su consejo de guerra.

Kluge, por su parte, envió a Hitler un extenso informe acusando de todo a Stuepnagel. Pero cuando vio llegar a La Roche-Guyon al mariscal de campo Walther Model, con órdenes de sustituirle, supo que estaba condenado. Fue llamado a Berlín. En el viaje en coche, pararon para comer y Kluge se sentó al pie de un árbol para tomar su almuerzo. Su almuerzo, y una dosis de veneno con la que se mató.

En la mañana del 21 de julio, Tresckow se levantó, tomó un coche, condujo hasta el frente y penetró en tierra de nadie, justo entre las líneas alemanas y rusas. Luego hizo varios disparos al aire, quizá para que pareciese que se había visto envuelto en algún tipo de enfrentamiento. Luego cogió una granada, tiró de la anilla. Y la dejó en su mano. En realidad, su compañero Schlabrendorff, que sin éxito intentó convencerle de que no se matase, es el militar de mayor rango que, habiendo estado implicado en el golpe, salvó el pellejo. Aunque también llegó a estar detenido por la Gestapo y coqueteando con la idea de matarse, porque fue salvajemente torturado.

Fellgiebel y Stieff, los compañeros de Stauffenberg en Rastenburg, fueron arrestados, al igual de Hofacker y Finckh. Witzleben, quien había llegado tarde a la Bendlestrasse y se había marchado no más tarde de las diez, fue arrestado en la mañana del día siguiente. Por lo que se refiere a Goerdeler, dado que la Gestapo aprendió en la documentación incautada que tenía un importante papel previsto en la nueva Alemania surgida del golpe, puso precio a su cabeza (un millón de marcos). Huyó de Berlín y llegó hasta Marienburgo, donde durmió en la sala de espera de la estación de tren. Allí lo reconoció una mujer, que lo denunció y facilitó su arresto. Los nazis, por cierto, nunca le pagaron a la señora el millón de marcos.

Kleist y Delia Ziegler fueron arrestados. Gisevius, sin embargo, logró escabullirse, aunque no podía volver a su casa, así pues pasó todo el invierno berlinés cagado de frío porque sólo tenía ropa de verano, hasta que, en enero del año siguiente, consiguió pasar a Suiza. Por lo que respecta a Otto John, aprovechó que era asesor jurídico de la Lufthansa; se limitó a tomar, con toda normalidad, el vuelo de la compañía que, el 24 de julio, le llevó de Berlín a Madrid, y allí se multiplicó por cero. Otros conspiradores que se salvaron fueron Schlabrendorff, Müller, Pastor Niemöller, o los familiares de Stauffenberg, Goerdeler, Tresckow y Hofacker. Estaban todos en un campo de concentración liberado por los estadounidenses el 4 de mayo de 1945.

El 22 de septiembre, la Gestapo encontró y abrió el refugio de papeles de Donanhyi en Zossen. Fruto de la documentación encontrada pudo probar la implicación de personas como Canaris u Oster.

Se estima que no menos de 7.000 personas fueron arrestadas e interrogadas en relación con el golpe, de los cuales unos 200 fueron ejecutados. Antes, algunos fueron torturados, otros mantenidos encadenados, o sin comida. Los libros que he podido consultar dicen que no sólo se filmaron los juicios, sino también las ejecuciones. Lo que no sé es si esas películas siguen existiendo y, si es así, quién las custodia.



He citado en este conjunto de posts decenas de nombres. La inmensa mayoría de ellos, militares. Espero, pues, haberte convencido de que, si quieres hablar con propiedad, cuando te refieras a los alemanes que lucharon durante la segunda guerra mundial, no debes utilizar la expresión «los nazis».

La inmensa mayoría de los citados en esta serie dio su vida para convencerte de esto.

miércoles, octubre 13, 2010

Matar a Hitler (7: Goebbels into action)

Pues sí. El gordo general Fromm hubiera preferido que se lo tragase la tierra cuando Stauffenberg, su jefe de gabinete; y Olbritch, su jefe de intendencia, le comunicaron que, en realidad, las órdenes vinculadas al golpe de Estado ya habían sido distribuidas en todo el ejército de reserva bajo su mando teórico. En realidad, hubo un primer momento en que le contaron el cuento de que todo era cosa de un coronel suyo, Mertz von Quirheim; el cual, probablemente por estar en la conspiración y por mantener su honor, confesó unas culpas que no eran suyas. Stauffenberg, sin embargo, no pudo resistirlo cuando vio a Fromm dispuesto a arrestar a Von Quirheim y hacer caer sobre él todo el peso de su autoridad, y le confesó que él era el asesino del Führer. Para entonces, el despacho de Fromm estaba ya lleno de conspiradores. Así pues, cuando el alto mando se levantó para declarar bajo arresto a los golpistas, Von Kleist y Haeften, presentes, colocaron sendas pistolas en su prominente barriga, bajándole los humos.

Aquel día por la tarde, se dio el caso casi inusual en la Historia de que un mismo ejército, el de reserva alemán, tuvo al mismo tiempo tres jefes. Estaba Fromm, medio arrestado. Estaba, también Hoepner, quien sustituyó a Fromm tras que éste fuese confinado, cambiándose el uniforme allí mismo. Y estaba Himmler, el cual había sido nombrado por Hitler en cuanto el Führer se dio cuenta de que todo lo que estaba pasando tenía su centro en Berlín y en estas unidades.

Los conspiradores, en todo caso, se demostraron malos guardianes. Fromm y su adjunto, Heinz Ludwig Bartram, habían sido confinados en una sala de reuniones; pero los presos no tardaron mucho en darse cuenta de que dicha sala no tenía una, sino dos puertas. Casa con dos puertas, mala es de guardar, escribió creo que Tirso de Molina, y gran verdad es. Así pues Bartram, de cuya capacidad para el movimiento hábil todo lo que hay que decir es que sólo tenía una pierna, consiguió seguir en contacto con el resto del ministerio e incluso aprender las rutinas de comprobación de los guardias responsables de controlar que seguían dentro de la sala.

El trato dado a Fromm, inesperado para algunos conspiradores que esperaban su implicación, abrió las primeras fisuras en el movimiento. Von Helldorf, por ejemplo, abandonó exasperado el ministerio por dicha causa.

A causa de las órdenes de Valquiria, a las cinco menos cuarto se había declarado la ley marcial, y a partir de de las cinco y media comenzaron a llover las llamadas de unidades en demanda de instrucciones, que eran atendidas por Olbricht y Stauffenberg. Beck, por su parte, se encargó de hablar con Stuepnagel en Francia; el general, no muy convencido, le intimó que hablase con el mariscal de campo Hans Günther von Kluge, jefe de toda la cosa francesa, en La Roche-Guyon, cosa que Beck haría demasiado tarde.

En medio de todo este follón, se presenta en el edificio del ministerio el coronel de la SS Piffraeder, junto con otros dos miembros del cuerpo. Llegó, se plantó delante de los conspiradores, taconeó, levantó el brazo, dijo aquello de Heil Hitler y pidió permiso para hablar en privado con el coronel Von Stauffenberg. Gisevius, presente en la escena, conocía bien a este SS Oberführer Piffraeder, sabía que era un nazi vocacional y que, por lo tanto, no podía estar ahí para nada bueno. Advirtió a Stauffenberg, así pues éste se presentó a la entrevista con su pequeña guardia pretoriana (Hans Fritzsche, Von Kleist y Kurt von Hammerstein, todos ellos jóvenes oficiales de su cuerda). Estas cuatro personas colocaron al coronel y sus acompañantes bajo arresto.

Era, no obstante, media tarde. Según Valquiria, para entonces el centro administrativo de Berlín debía estar en manos de las tropas leales; y en las radios debía haber proclamas de los golpistas. Y, lo que es peor, nadie había ejecutado todavía los tres asesinatos previstos: Josef Goebbels; el general Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo tras el asesinato de Reynald Heydrich; y Heinrich Müller, más conocido como «Gestapo Müller», jefe de la sección cuarta de este cuerpo (y, de paso, considerado el jerarca nazi de mayor graduación del que nada se ha sabido tras la caída de Berlín). A causa de esta inoperancia, en el ministerio había grandes discusiones. Algunos de los conspirados querían hacer uso de los policías al mando de Von Hellforf; pero otros conspiradores, que acabaron por ser mayoritarios, preferían mantener el golpe como un movimiento meramente militar. Las discusiones eran tan fuertes que incluso hubo un momento en que Keitel llamó desde Rastenburg y nadie lo atendió (confieso que les entiendo; algo parecido me pasó a mí en la mili. Doy fe que, cuando estás en medio de una discusión, ni cuenta te das cuando comienza a sonar el himno nacional).

Más o menos a media tarde se presentó en el ministerio el general Von Kotzleisch, comandante del distrito de Berlín, en demanda de noticias. Se negó a tratar con Hoepner porque no aceptó su nuevo mando sobre el ejército de reserva, y también rechazó los términos conciliadores de Beck. Tuvo que ser puesto bajo arresto. Los arrestados comenzaban a ser multitud.

A eso de las seis, por fin, las primeras unidades movilizadas por los mensajes de Valquiria se dejan ver por la Bendlestrasse. Estas unidades eran un batallón de guardias, unidades del servicio de formación de tiro, así como unidades de la academia de Infantería de Doeberitz. Lo más granado de esas tropas eran los guardias, al mando del mayor Otto Ernst Remer, quien, paradójicamente, era un furibundo creyente nazi; aunque su jefe directo, general Kurt von Haase, simpatizaba con el golpe.

Este mayor Remer fue el encargado, dentro de las órdenes repartidas a la llegada de las unidades, de arrestar a Goebbels. Arrestarlo, y tal vez matarlo.

Hay, ciertamente, muchas cosas jodidamente malas que se pueden decir de Josef Goebbels y de su esposa, entre capulla y mística. Pero que era un cobarde o un imbécil no están en la lista. De hecho, el golpe de Estado contra Hitler estaba a punto de chocar contra él.

A las cinco de la tarde, Goebbels había hablado personalmente por teléfono con Hitler, así pues a él no le podían hacer lo que a Remer, es decir contarle que estaba muerto y esperar que lo creyese. Hitler le había ordenado que saliese en la radio asegurando que el Führer estaba vivo, aunque le dejó carta blanca para organizarlo como creyese que convenía. Goebbels llamó a su lado a Albert Speer, el arquitecto ojito derecho de Hitler y ministro de Armamento, teóricamente para pedirle consejo, aunque si hemos de creer a Speer, éste sacó más bien la conclusión de que lo que quería Goebbels era asegurarse de que no estaba implicado en el golpe. Asimismo, Goebbels movilizó por teléfono al Leinstandarte Adolf Hitler, que viene a ser algo así como la guardia mora de Hitler pero en plan SS, y que estaba estacionada en Lichterfelde, entonces a unos cinco kilómetros de Berlín.

Goebbels vivía a un paso de la puerta de Brandenburgo. Cuando Speer llegó, se lo encontró hablando en tres o cuatro teléfonos a la vez. Al poco, el ministro de Armamento cayó en la cuenta , asomándose por la ventana, de que había tropas formando cerca de la casa. En ese mismo momento, Hans Hagen, también devoto nacionalsocialista y adjunto al mayor Remer, consiguió que le cogiesen el teléfono en el ocupadísimo domicilio de Goebbels. Hagen avisó al ministro de Propaganda del envío de tropas contra él, y le recomendó que hablase con Remer, cuya lealtad al Führer, le aseguró, seguía incólume. En realidad, el propio Remer era quien había enviado dicho mensaje.

Siempre he considerado más que posible que tanto Remer como Hagen estuviesen en ese punto jugando a dos barajas. Algo pasadas las seis de la tarde, ambos habían cumplido a rajatabla las órdenes de Valquiria, así pues si los golpistas vencían no serían ellos represaliados. Sin embargo, querían seguridades de que las cosas eran como los conspiradores decían, y por eso Hagen hizo de explorador. Se vio con Goebbels a la vista de la puerta de Brandenburgo, recibió del ministro seguridades de que Hitler estaba vivo y, al salir de la casa, se las arregló para pillar una moto y se largó a toda pastilla, a distribuir la noticia de que el Führer estaba vivo. En ese momento el general Von Haase, probablemente por recibir información sobre los movimientos orquestales en la oscuridad de Remer, deshizo la orden de que fuese el mayor el encargado de arrestar a Goebbels. Este detalle, y una nueva conversación con Hitler en la que el Führer debió dejar muy claro que sus órdenes debían ser cumplidas unmittelbar, decidieron a Goebbels a proceder a la radiodifusión del mensaje, que se produjo a las 18,45 horas.

Repasando, pues: Goebbels sabía desde las cinco de la tarde que Hitler estaba vivo, a menos que creyese que los zombies saben marcar el teléfono (ésta parece más bien una creencia propia de Himmler). Pero no radió la noticia hasta casi dos horas después. A mi modo de ver, hay dos posibilidades aquí. Una, que Goebbels esperase a ver si el golpe había triunfado, para jugar sus cartas. Otra, que fuese así de cauteloso porque, en realidad, si receló hasta de Speer, no sabía en quién podía contar. Mi opción personal, sin dudarlo, es la segunda. Goebbels tenía que saber que los conspiradores, en todo caso, lo considerarían un alter ego de Hitler, así pues en una Alemania sin el Führer no habría sitio para él respirando. El ministro de Propaganda no era tan idiota como para creer, como creyó Himmler al final de la guerra, que negociando hábilmente con el conde Bernardotte se podría ir de rositas. La diferencia de intelectos de Goebbels y Himmler es similar a la que existe entre un Porsche y un Warburg-Trabant.

En La Roche-Guyon, hacia las siete, Von Kluge atendía la llamada del general Beck, quien le intimaba a unirse a la conspiración. Mientras le escuchaba, alguien le pasó una transcripción del mensaje de Goebbels. Algunos en el ministerio, de todos modos, la habían escuchado en directo.

En la Bendlerstrasse, el personal se fue por los pantys.

lunes, octubre 11, 2010

La vieja máxima del barón de Rotschild

Me he largado de puente, así pues coloco el blog en situación, como decían en un sainete, decubito supino, uséase acostao.


Antes, eso sí, os dejo una pequeña reflexión que sólo es epidérmicamente histórica. El barón de Rotschild fue, probablemente, el mayor banquero del siglo XIX; lo cual es decir mucho porque en esos cien años hubo un montón de banqueros y magnates realmente ricos. Dicen que el barón tenía alguna que otra máxima de negocios, de las cuales la más famosa, quizá, es ésta: En tiempo de crisis, haz patrimonio.


Quiere esta máxima decir que el rico que consigue que una crisis económica le pille con pasta en la cartera, normalmente se hará más rico, porque lo que hará será comprar activos, sobre todo inmobiliarios, a precios realmente bajos, para luego hacer negocio con ellos cuando las cosas vayan bien.


Me dio por preguntarme si esto es así; si, verdaderamente, los agentes económicos operan como el barón de Rotschild. Así que me fui a la web del Centro de Gestión Catastral y para la Cooperación Tributaria, o sea el catastro, que tiene desde hace años la amabilidad de poner a disposición de los curiosos algunas tablas estadísticas.


Me bajé los datos sobre titulares de bienes inmobiliarios urbanos del 2006 (antes de la crisis) y del 2009 (ya en la crisis). La base de datos discrimina dichos propietarios según el número de bienes que poseen, hasta llegar al máximo de los que poseen, en una sola provincia, más de 50 activos inmobiliarios distintos.


Así que comparé las cifras. Y el resultado lo expresé en una hoja Excel que, si todo va bien, se puede consultar pinchando aquí.


Y pues, es verdad. El número de propietarios de bienes inmuebles ha crecido en tres años, según el catastro, entre un 20 y un 30% normalmente, aunque hay provincias que más (especialmente Melilla) y otra que menos (Burgos). Pero, si vemos las evoluciones porcentuales por categorías, observaremos que el crecimiento de propietarios de un solo bien inmobiliario (lo que se suele denominar el común de los mortales con hipoteca) ha crecido muy por debajo de la ratio del total de propietarios; y esto es así porque los multipropietarios han crecido mucho más. En no pocas ocasiones, más que se han doblado. De hecho, da la impresión de que cuanto más avanzamos en la escala, cuando más propietario son los propietarios, más ha aumentado su número. Este patrón, sin embargo, tiende a romperse, con algún patrón geográfico, pues esa ruptura afecta a los dos territorios insulares, al Este de Galicia y a la provincia de Palencia.


Hay, pues, bastantes más Rotschild de lo que parece.

miércoles, octubre 06, 2010

Madrid

Ya sé que el resultado de las elecciones primarias en el PSOE de Madrid, el domingo pasado, puede entenderse de muchas maneras. La mayoría de ellas, interpretaciones centradas en el corto plazo que, probablemente por eso, aciertan, porque el corto plazo es el agua donde mejor respiran las escamas de la clase política. No obstante lo dicho, también hay alguna que otra interpretación de largo plazo, que son las que a mí más me gustan. En ese sentido, yo creo que lo que pasó el domingo 3 en Madrid es que una federación regional acostumbrada a ser federación, pero no regional, se encabronó definitivamente y quiso dejar claro que eso de manipular lo madrileño como si lo madrileño no existiese se ha acabado. Un proceso interesante y curioso, en el que ya llueve sobre mojado, y que, quizá, abre toda una dinámica histórica de nuevo cuño.

Madrid es la capital del Reino, y poco más. También podría decirse poco menos, cierto es, pero el «poco más» tiene mucho sentido en un país, como España, que se ha instalado en un continuado debate regional. Hasta cierto punto, Madrid no existe o ha tardado mucho en existir. De hecho, sin la famosa reforma provincial de 1830, realizada por el ministro Francisco Javier de Burgos y vigente hasta hoy en día (con permiso de las veguerías catalanas), es posible que Madrid, como provincia, siguiera siendo la realidad móvil y blandi-blub que fue durante siglos.

Madrid fue ganada para la corona cristiana por el rey Alfonso VI en el año 1083, en el curso de una campaña contra las poblaciones de la entonces denominada Transierra, integradas en el reino dinúnida toledano, que, por lo tanto, incluía el alfoz (especie de trasunto medieval del distrito) madrileño. ¿Qué dimensiones tenía dicho alfoz, dicha Comunidad de Madrid primigenia? No es fácil saberlo porque juzgamos tiempos que no habían inventado aún ni la videoconsola ni la costumbre de ponerlo todo por escrito, orígenes ambos de la felicidad y desgracia humanas; pero los historiadores vienen a señalar que aquel alfoz era un territorio relativamente concentrado, con algunos señoríos dispersos, que abarcaba el propio Madrid, Torrelodones y sus excelentes rimas, La Zarzuela aún sin inquilino, El Pardo donde aún era mal rollo nacer ciervo, Alcobendas que de aquella ya esperaba el metro, Villanueva, Barajas que aún era un pueblo de bajos vuelos, Viveros, Vaciamadrid, Perales del Río, Torrejón de Velasco, Húmera y los terrenos del arroyo Butarque, de los Meaques y de Antequina.

Dos años después cae la propia Toledo y los cristianos clonan el reino musulmán, de modo y forma que las tierras toledanas abarcan desde la sierra del Guadarrama hasta Sierra Morena, y tienen por gran puerto comercial el de Valencia.

A Madrid ciudad le cuesta tomar identidad propia, aunque con la reforma de Alfonso XI, que crea la figura de los corregidores, especie de delegados del Gobierno cuya función es sentar sus reales, nunca mejor dicho, allí donde residen, para así contrarrestar el elevado poder de los nobles; con la llegada de los corregidores y del de Madrid, digo, la ciudad comienza a tener su personalidad política. En las Cortes castellanas de 1425 no asiste ningún representante de Madrid; pero entre las 16 villas que están representadas en las de 1437 ya está la futura capital de España. Este hecho supone la creación de algo parecido a una provincia, es decir los territorios de los cuales lleva el voto el diputado.

Es cierto que aún en 1474, cuando se repartan las aljamas o mezquitas de Castilla, y dado que el reparto se hace por obispados, todavía se habla del obispado de Toledo como, por así decirlo, cabeza de partido. Pero en algún momento entre dicho año y 1490, cuando hubo un nuevo repartimiento, se pasa a la filosofía provincial, así pues en este último año Madrid es citada como provincia propia junto con las otras que conforman Castilla y que son: Ávila, Burgos, Córdoba, Cuenca, Guadalajara, Jaén, Murcia, Salamanca, Sevilla, Soria, Toledo, Valladolid y Zamora.

A finales del siglo XVI, más concretamente en el censo de 1594, la provincia de Madrid está dividida en cinco partijas o distritos, que son: la Villa de Madrid, el condado de Puño en Rostro, el Sexmo de Casarrubios, la Alcarria (Zorita de los Canes), y Maqueda. La partija de la Villa de Madrid incluye poblamientos como Getafe, Villaverde, Fuencarral, Chamartín, Aravaca, los carabancheles, Las Rozas, Majadahonda, Vallecas, Pozuelo, Leganés, Vicálvaro, Coslada, Alcorcón, San Sebastián de los Reyes o Fuenlabrada. El condado de Puño en Rostro ocupa sitios como Alcobendas, San Agustín (sin apellido), El Álamo, Barajas o Griñón. El Sexmo de Casarrubios incluye las moralejas (de Enmedio y La Mayor), Brunete, Quijorna o La Zarzuela. Zorita y Maqueda están formadas por las poblaciones de su área. Por lo tanto, la provincia no tenía unidad territorial, pues toda el área de Zorita estaba separada de las otras partijas. Además, en términos actuales, diversas poblaciones eran de Madrid y hoy no lo son: Borox, Casarrubios del Monte y Valmojado son hoy de Toledo. Asimismo, todo el partido de Zorita de los Canes, menos Brea, está hoy en Guadalajara. Por lo que se refiere a Maqueda, Parla y Mejorada del Campo están en Madrid, pero el resto de las poblaciones están en Guadalajara, Toledo o Cuenca.

Todavía el censo de 1717, un siglo después, establece una composición de la provincia de Madrid en la que hay un montón de poblaciones que hoy forman parte, sobre todo, de Guadalajara y Toledo, que son en realidad las dos provincias con las que Madrid se ha batido tradicionalmente el cobre territorial.

Felipe V, un rey francés al fin y al cabo, cuando logra gobernar a sus anchas en España y en Castilla, se da cuenta de que la distribución territorial del país es un sudoku de la leche y por lo tanto promueve su reforma. Crea los corregimientos y las alcaldías mayores; un poco más tarde, reinando ya Fernando VI, se crearán las intendencias o provincias. Carlos III remata la faena publicando, en 1785, una distribución provincial completa de España. En esta descripción, como no puede ser de otra manera, figuran muchos pueblos que hoy no existen por ser sardinitas que se han comido peces más grandes. Ambroz, por ejemplo, hoy forma parte de Vicálvaro (que, asimismo, forma parte de Madrid); Fuente el Fresno estuvo un día, con su identidad propia y todo, en algún lugar de San Sebastián de los Reyes; Húmera, cuyo nombre no ha desaparecido, ha sido engullida por la muy muy pija Pozuelo, o sea, Pozuelo; a la ampulosamente llamada Moraleja La Mayor se la ha tragado, para entonces, la teóricamente más modesta Moraleja de Enmedio. Getafe se ha comido Perales del Manzanares, Leganés la Polvoranca… como se ve, hay poblaciones que ya entonces tienen vocación de ser importantes.

En total, la provincia de Madrid de Carlos III tenía unas 325.000 hectáreas, bastante menos que ahora. Y es que la reforma de Carlos III no logra lo buscado, que es conseguir la integridad territorial de las provincias. Sin ir más lejos, entre Madrid y Toledo se le queda al buen rey un tamponcillo llamado distrito de Chinchón, perteneciente nada menos que a Segovia.

En 1799, por real orden, se disuelve el partido guadalajareño de Colmenar Viejo, que es otorgado a la provincia de Madrid. En 1801, la provincia queda organizada en dos grandes partidos, que son Madrid y Alcalá de Henares. Madrid gana mucho este año, pues, con la incorporación del corredor del Henares. Además, es en este año de 1801 que dependerán de Madrid, por primera vez en su Historia, San Fernando de Henares, San Lorenzo de El Escorial y una buena parte de El Pardo, hasta entonces considerados Reales Sitios y, por lo tanto, con entidad específica. En la reforma de 1801 le apiolamos 38 ayuntamientos a Guadalajara y 49 a Toledo.

Aunque esta división no dura mucho. En 1810 José Bonaparte, el rey francés 2.0, copia en España la estructura francesa y aprueba una división por prefecturas. El afrancesado de amenazador nombre pero dulce apellido Armando Melón es quien realiza esa nueva división, que marca un antes y un después.

Los franceses de 1810 son revolucionarios. Amigos de las ideas nuevas. Racionalistas. Melón actúa, al diseñar sus cartografías, sobre una división de cosas que se basa en criterios históricos. Hasta 1810, los municipios o grupos de municipios lo son por razones históricas: éstas fueron tierras del conde de Tal; este pueblo ha dependido siempre del mercado mensual de Pascual; cosas así. Melón, como buen enciclopedista, entiende que esas cosas son farfolla. Que la mejor forma de dividir las tierras es seguir las pautas que la propia tierra da.

En otras palabras: en 1810, los terrenos de España dejan de dividirse por razones históricas, para pasar a organizarse según criterios geográficos. Ya otro afrancesado, el cura y erudito riojano José Antonio Llorente, se había basado en los ríos en un primer proyecto para la nueva administración napoleónica. Eso sí, los franchutes mantienen la calificación de dos subprefecturas en Madrid, una en la ciudad y otra en Alcalá, pues más que probablemente era ése el punto de vista más lógico en la época. La reforma bonapartista deja fuera de Madrid localidades como San Martín de Valdeiglesias , Cenicientos, Aranjuez o Cadalso de los Vidrios.

Con todo, será con la reforma de 1830, hasta hoy definitiva, con la que Madrid, al albur de ser la capital y de lograr la cohesión provincial buscada en el proyecto, gane más. Queda la provincia formada por 225 ayuntamientos y casi 8.000 kilómetros cuadrados, de los que gana, respecto al censo de finales del XVI, casi 6.000, siendo Guadalajara y Toledo los principales contribuyentes netos. A Guadalajara le gana, por ejemplo, todo el arco de la sierra norte, incluyendo poblaciones como Torrelaguna, Buitrago, el muy sabroso Patones o La Puebla de la Sierra, que cito aquí porque me gusta muchísimo más el nombre que tenía entonces: La Puebla Nueva de la Mujer Muerta; o las áreas de Collado-Villalba, Cercedilla y Colmenar Viejo; además de Galapagar, Guadarrama o Miraflores de la Sierra. Como puede verse, pues, la Sierra de Madrid, tal y como hoy la conocemos, era, en realidad, la Sierra de Guadalajara, hasta hace hoy algo menos de 200 años.

A Segovia le quitamos el valle del Lozoya, Rascafría, Chapinería, Chinchón, Navalagamella, Navalcarnero, Robledo de Chavela, San Martín de la Vega, Villaconejos, Villanueva de la Cañada… A Toledo Cenicientos, Aranjuez, Estremera, Fuentidueña, Humanes, Móstoles, Nuevo Baztán, Paracuellos, Perales de Tajuña, Pinto, Pozuelo, Talamanca, Torrejón, Villaviciosa… Eso sí: a Guadalajara le cedimos el área de Zorita, y a Toledo Maqueda, Seseña o Valmojado. No se pudo evitar acabar con todas las interpolaciones, pues, por ejemplo, el término de Majadahonda quedó dividido en dos, una parte en Madrid y otra en Segovia.

La reforma de 1830 fue una reforma económica. Buscó que todas las provincias de España tuviesen en su interior recursos suficientes como para conseguir su desarrollo económico. Madrid, hasta entonces, era económicamente poco relevante, aunque su condición de broche entre las dos Castillas le había labrado la capitalidad. El intento fue, por lo tanto, permitirle a la provincia vivir por sí misma; poder ser, algún día, entidad propia.

Madrid creció, con las décadas y los siglos, siendo tierra de nadie. Políticos, escritores y simples viandantes han destacado, en estos últimos doscientos años, que ser de Madrid era en realidad ser de cualquier otro sitio, concibiendo la ciudad (en este caso la ciudad, no la provincia) como un ente abierto a todo y a todos. En el siglo XX, en todo caso, Madrid se beneficia de dos grandes tendencias centralistas, ambas llevadas a cabo por dictadores. El general Primo de Rivera, inventor del circuito de firmes especiales como se llamaba entonces a la red de carreteras, concibió ésta con la forma radial que hoy tiene, en la que todo acaba por confluir en Madrid. Por su parte, el general Franco, cuando ganó la guerra civil, tenía claro cuáles eran sus tres grandes enemigos: los partidos políticos en general, el comunismo en particular, y los nacionalismos periféricos. Por ello, con la única, curiosa y explicable excepción de Navarra, hizo que el franquismo abominase de lo periférico y se convirtiese en un régimen rabiosamente centralista.

Cuarenta años así tiñeron al sentir madrileño (pues, a mi modo de ver, aún no se puede hablar de madrileñismo, cuando menos en el sentido político) de cierto complejo de culpabilidad.
Este complejo de culpabilidad explica que, al llegar la Transición democrática, la sociedad madrileña no se sintiese especialmente feliz con la idea de formar parte de ninguna autonomía. Parecía obvio que Madrid no podía unirse a ninguna de las dos autonomías a las que naturalmente podía pertenecer, es decir Castilla León o Castilla La Mancha (especialmente esta segunda, por ser Madrid provincia situada, como se decía en tiempos de Felipe II, aquende los puertos), entre otras cosas porque éstas habrían recelado de ello, ante el peligro de ser fagocitadas por la fuerte personalidad de la capital. Madrid, pues, había de ser comunidad uniprovincial, como oportunamente demandan los ayuntamientos provinciales el 25 de febrero de 1983, iniciando un rapidísimo proceso por el cual en junio ya están constituidas las instituciones madrileñas.

Madrid tiene una bandera que apenas se ve, salvo en el culo de los coches, un himno cuya música no son capaces de tararear ni mil madrileños, y que tiene una letra que es una estupidez, por mucho que se deba a la pluma sagrada, dicen, de Agustín García Calvo. Así pues, da la sensación de que Madrid es autónomo por la mera circunstancia del pacto alcanzado entre la UCD y el PSOE en el verano de 1981, al calor del buen rollito consensual creado por el golpe de Estado del 23-F, por el cual se acuerda entre las dos grandes fuerzas políticas la redacción de una monstruosa cláusula Camps que afecta a todo el Estado: lejos del sistema que habían inventado los nacionalistas, en el cual autonomías propiamente dichas sólo serían las históricas, ahora se acuerda que todas las autonomías, incluso las que no tienen casi demanda social, serán, con el tiempo, autonomías plenas, con su educación, su sanidad, y hasta su policía si les peta.

Es Madrid, pues, una autonomía al tran tran, como en el mus. Una autonomía eternamente puesta en solfa, sobre todo por el gran poder que compite con ella: el Ayuntamiento de Madrid. Todos los alcaldes de Madrid, de una forma o de otra, han pensado que, en realidad, la Comunidad de Madrid debería ser la antigua diputación provincial, esto es una institución con competencias únicamente más allá de la raya del oso y el madroño. Cada vez que la CAM mete las zarpas en algo que afecta a la villa, a su alcaldía se le rebotan las almorranas. Esto, como bien demuestra el ticket Aguirre/Gallardón, no tiene nada que ver con las ideologías políticas; de todas formas, Joaquín Leguina podría contar, supongo, que más o menos lo mismo le ocurría a él con don Enrique Tierno, el de los bandos.

Pero Madrid es una economía muy rica. Lo entendió a la primera Leguina, quien pensó que los madrileños bien podían soportar una pequeña sobrepresión fiscal que él quería utilizar, si no recuerdo mal, para hacer del viejo asentamiento de Polvoranca una especie de Silicon Valley castizo. Que la cosa no le saliese porque hubiese una rebelión ciudadana no desmiente el hecho central de que en Madrid, haber, haber, hay mucha pasta.

Curioso destino éste, pues. Hay en España autonomías cuyos ciudadanos se sienten muy autónomos pero que andan siempre sur la paille. Y la CAM, que es tan consciente de carecer de identidad excluyente que se define como La Suma de Todos, nada en pasta.

La pregunta es si esto está cambiando.

Desde la sociología e incluso la Historia podría sostenerse que Madrid está sometida desde hace unos treinta años a un lento pero constante proceso de mutación. En los años ochenta, la eclosión de eso que se dio en llamar la movida, y que fue un movimiento entre cultural e identitario, comienza a armar las cosas. Por lo demás, es en esos años cuando en el seno del PSOE la nomenklatura gobernante, deseosa de olvidar que una vez hubo una dictadura en España y que ellos no hacían gran cosa para derribarla, comienza a desplazar a quienes sí tenían un nutrido currículo opositor. El PSOE debela electoralmente al Partido Socialista Popular, fagocita a su líder Enrique Tierno y, para que se estrelle, lo encauza como candidato a la alcaldía de Madrid, que se tiene por feudo difícil de atacar por el flanco izquierdo. En las elecciones, sin embargo, socialistas y comunistas consiguen ganar la gobernación de la ciudad y Tierno es alcalde.

Ciertamente, Tierno le hizo muchas putadas a Madrid, la mayor de ellas, a mi modo de ver, ser uno de los impulsores del primer boom inmobiliario de la capital que comenzó a hacer impagable el sueño de tener una vivienda aquí. Pero con su estilo culto y a la vez socarrón y política de guiños a la galería, de la cual quizá el mayor exponente sea su famoso «todos a colocarse, y al loro», logró encandilar a los madrileños, hasta el punto de que su muerte provocó en Madrid la mayor manifestación de duelo colectivo desde la muerte de Franco.

A lo largo de los ochenta y los noventa, y al calor de esta evolución social de Madrid como lugar de aluvión pero con su personalidad, surgieron diversas voces que hablaban y se quejaban del maltrato histórico hacia Madrid o, si se prefiere, el mal negocio de ser la capital. En mi opinión, si ser capital es mal negocio yo soy Raphael vestido de lagarterana, y es quizá por esa incongruencia de base que dichos movimientos llegan a poco; los propios rebeldes que consiguieron que Leguina diese marcha atrás con su 4% intentaron luego crear un partido madrileñista, con escaso éxito.

Esperanza Aguirre cambia esto. A mi modo de ver, alguien hay en su equipo que se ha estudiado muy bien el discurso del nacionalismo y le ha recomendado clonarlo. La estrategia es, en el fondo, sencilla. El nacionalismo vive siempre, o casi siempre, de definir un enemigo opresor. España oprime a Cataluña o al País Vasco. Roma se gasta la pasta que gana Lombardía. Praga pone su bota sobre el cuello de los Sudetes. Europa impide que Alemania tenga su espacio vital. La Europa continental siempre está intentando engañar a las Islas Británicas.

Tras la rocambolesca pérdida de la gobernación de la Comunidad de Madrid por parte del PSOE, este partido inicia una estrategia notablemente equivocada con la CAM. Dice Vito Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Los estrategas socialistas no han visto The Godfather, porque hacen exactamente lo contrario. Tratan de rendir a la Comunidad de Madrid por hambre presupuestaria. Lo cual es todo lo que necesitaban en la Puerta del Sol para sacar a pasear su estrategia clonada.

El gobierno olvida Madrid. El gobierno no invierte en Madrid. Al gobierno no le interesa Madrid. Son éstos mensajes que hemos escuchado los residentes en Madrid machaconamente en los últimos años y, a juzgar por las encuestas, han cebado. He aquí el hecho histórico: el discurso nacionalista ha funcionado en una de las regiones menos nacionalistas de Europa. Tras los diferentes exabruptos nacidos al albur de la discusión sobre el nuevo Estatuto de Cataluña, el discurso social español avanza hacia un esquema inverso: un esquema en el que son los catalanes los que se llevan un dinero discutiblemente suyo, mientras los madrileños han de aportar lo que sin duda lo es. Cualquier persona que conserve textos y folletos de la época en la que la policía le daba de hostias a Jordi Pujol por cantar según qué cosas en público sabrá que ese discurso, hace medio siglo, circulaba en la dirección exactamente contraria.

Lo que para muchos será una mera anécdota, para mí tiene su importancia. Me refiero a la historia del político del PP que se permite criticar a Trinidad Jiménez por tener acento de Málaga. Como digo, muchos pensarán que es una fruslería o una idiotez. Y quizá lo sea. Pero, para mí, es un síntoma. Hace quince años, además de ser una idiotez, a nadie se le habría ocurrido cometerla. Pero hoy resulta que para un político existen expectativas claras de poder erosionar la imagen de una candidata (bueno, ex candidata) a presidir Madrid a base de decir que ni siquiera sabe hablar como hablamos aquí. En Cataluña, por cierto, no son pocos los catalanes que se ponen como el puma de Baracoa con el catalán de baja calidad que al parecer habla su president. Ojo.

Así interpreto yo los resultados del día 3. Hasta antes de ayer, puesto que no existía Madrid, puesto que Madrid era una entelequia, en su Federación Socialista se podía entrar desde Moncloa como Montgomery en Bruselas, poner a todo dios firmes, y decidir que a las elecciones se presentase Paco Porras o quien le saliese al jefe de los melendrillos. Pero, esta vez, la FSM le ha contestado al jefe: eso hazlo en Barcelona, si tienes huevos. Tomás Gómez ha trabajado su imagen como candidato de la militancia, que quiere decir de la militancia madrileña. A Madrid, han dicho los militantes el domingo, ni Dios le dicta la redacción del día.

Si son escaramuzas que empiezan y terminan en sí mismas o es signo de algo más permanente, más estructural; si son signos, en suma, del nacimiento de la identidad política madrileña, el tiempo lo dirá.

lunes, octubre 04, 2010

Matar a Hitler (6: La hora de la verdad)

Eran las 12.42 del 20 de julio de 1944. Stauffenberg, Haeften y Fellgiebel escucharon la deflagración y no tuvieron duda alguna de que habían matado a Hitler. Fellgiebel se separó para comunicar con Berlín, mientras que la prioridad para los otros dos era superar, cuando antes, los dos puntos de control de la SS que aún les quedaban para huir de la guarida del lobo.

El segundo perímetro de seguridad anotó la llegada de Stauffenberg a las 12,44. El conde se bajó del coche, exigió hablar por teléfono con el oficial de guardia y, una vez que lo consiguió, le conminó a dejarle pasar. Funcionó. En el tercer punto de control intentó lo mismo. Pero para entonces ya habían llegado a los puestos de control las órdenes de que nadie saliese de Rastenburg sin una autorización especial. No obstante, Stauffenberg telefoneó de nuevo, y consiguió que el oficial de guardia le transmitiese al sargento del puesto la orden de dejarle pasar. El coche partió a toda leche hacia el aeropuerto. Dentro de él, sus ocupantes iban desmantelando en piezas la segunda bomba, y tirándolas al bosque. A las 13,15 horas, apenas 33 minutos después de haber estallado la bomba, despegaron hacia Berlín.

Fellgiebel, mientras tanto, se dirigía a la escena de la explosión. Todo el mundo allí estaba convencido de que un avión ruso había pasado y tirado una bomba, con tanta precisión que le había dado al estado mayor alemán en todo su centro. Eso, lógicamente, convenía a la conspiración. Sin embargo, creyó quedarse sin aliento cuando vio salir de entre los escombros, trastabillando, la inconfundible figura un tanto retaca y el rostro no menos inconfundible tocado con un pequeño bigote. Adolf Hitler, ante sus ojos, salía del lugar del suceso por su propio pie.

¿Qué había pasado? Varias cosas. En primer lugar, tal y como Stauffenberg había temido, las ventanas abiertas habían operado como erosionadoras para la violencia de la explosión. Además, el tablón de la mesa, enorme y muy pesado, también se había llevado lo suyo. Y, además, estaba el coronel Brandt. Un hombre a quien no recordamos todo lo que deberíamos.

Este humilde coronel Brandt, del que al menos de momento ni siquiera he conseguido averiguar su nombre de pila, cambió muy probablemente la Historia. Él solito. No estaba llamado a ello, pues tan sólo era un oscuro oficial jefe del gabinete del general Heusinger. En su condición de tal, estaba en la reunión de Rastenburg, aunque en un segundo plano. Como persona no singular, iba brujuleando por aquí y por allá, según el sector del enorme mapa sobre la mesa que necesitase mirar. La casualidad quiso que, en su expedición, se colocase detrás de Hitler, muy cerca de él e, intentando acercarse a la mesa, con mucha probabilidad dio un pequeño puntapié a la cartera de Stauffenberg, metiéndola más adentro, totalmente debajo del tablero de la mesa, y debilitando con ello la capacidad dañina de la explosión.

Brandt le había salvado la vida a Hitler. Y lo hizo donando la suya, pues la explosión le mató a él, como mató al general Korten, jefe del staff de la Luftwaffe; al general Schmundt, jefe adjunto de las Fuerzas Armadas; y a un tal señor Berger, estenógrafo. También fueron gravemente heridos el general del Aire Bodenschatz y el coronel Bergmann, adjunto al propio Hitler.

En el momento de la explosión, Hitler estaba comprobando la información del mapa situada en el distrito de Kurland. Por ello, estaba totalmente inclinado sobre la mesa, porque dicho distrito estaba justo en el otro lado de donde se encontraba. Todas las partes vitales de Hitler, por lo tanto, estaban en la vertical del tablero de la mesa, lo que hizo que éste le sirviese de escudo. El Führer no estaba lo que se dice ileso: apenas movía el brazo derecho, la pierna derecha la tenía quemada (era la más cercana a la bomba); se le habían dañado los tímpanos y, finalmente, las nalgas se le habían quedado, según descripción que hizo el mismo, como las de un babuino. Su primera reacción, al parecer, fue encabronarse porque la bomba había destrozado sus pantalones. Eran nuevos.

Rápidamente superado el trauma de sus pantalones, sin embargo, Hitler se aclaró la cabeza y dio la orden de sellar Rastenburg desde aquel mismo momento. Nadie en el exterior, dijo, debería saber del estallido de la bomba. Fellgiebel sintió que la columna vertebral se le derretía. Él sabía que Von Stauffenberg volaba hacia Berlín convencido de haber matado a Hitler, así pues tenía que arreglárselas para hacerles algún tipo de señal a los de Berlín. Sin embargo, para cuando llegó a su mando de señales, se lo encontró ya totalmente controlado por la SS.

Hitler reclamó a Heinrich Himmler, que estaba apenas a 25 kilómetros de Rastenburg, para investigar el suceso. Antes de que llegase, conforme todo el mundo se fue dando cuenta de que aquella bomba no podía haber caído de un avión ruso, ya eran varios los que pensaban en Stauffenberg, su extraña y oportuna decisión de abandonar la sala, además del hecho evidente de que no estaba allí, como responsable de lo ocurrido.

A la una de la tarde, mientras Olbricht y Hoepner hacían una angustiosa sobremesa en la Bendlerstrasse, en todo Berlín sólo había una persona que sabía que en Rastenburg había habido una explosión: Josef Goebbels, ministro de Propaganda.

A eso de las dos de la tarde, Gisevius y Helldorf, angustiados por la falta de información, se arriesgaron a llamar a Arthur Nebe, jefe del departamento de Investigación Criminal, con quien habían convenido que trataría de obtener información por su cuenta. Nebe les contó que lo único que había transmitido Radio Macuto hasta aquel momento es que había habido algún tipo de explosión en la guarida del lobo, y que Himmler había ordenado una investigación.

En París, para aportar aún más misterio a la cosa, Finckh recibió otra llamada misteriosa desde Zossen. La misma voz de la llamada anterior deletreó: Abgelaufen. O sea: lanzado.

Aunque la voz colgó sin más, Finckh llegó a la conclusión de que debía activar el protocolo previsto para el golpe, según el cual debía desplazarse a las afueras de París, al Estado Mayor del frente occidental, e informar al jefe de gabinete de Kluge, general Blumentritt, que no era un conspirador, de que se había producido un golpe de Estado. A eso de las tres de la tarde, en efecto, Finckh le declaró oficialmente a Blumentritt que la Gestapo había dado un golpe de Estado en Berlín, que Hitler estaba muerto y que se había formado un gobierno con los generales Beck, Witzleben y el doctor Goerdeler.

Blumentritt, al parecer, nunca dudó de las palabras de Finckh. Se limitó a comentar que se alegraba de que el gobieno hubiera caído en manos de personas que con seguridad negociarían la paz. Luego se aplicó a llamar al mariscal de campo Kluge, su jefe, para comunicarle las noticias. Pero sólo encontró a otro miembro de su gabinete, Speidel, quien le informó de que Kluge estaba fuera. No volvería hasta la tarde-noche. Speidel comenzó a preguntar el porqué de tanta urgencia. Blumentritt tenía miedo de hablar, pues sabía que la Gestapo tenía oídos muy finos. Así pues, musitó en la línea: «Están pasando cosas en Berlín» ; y luego, casi sin fuerza, la palabra «muerto». Speidel no supo qué pensar.

En Berlín, a eso de las tres y media de la tarde, el general Fritz Thiele, oficial de comunicaciones de Olbricht, consigue encontrar una extensión en Rastenburg en la que le atienden a pesar del apagón informativo decretado por Hitler. En una conversación casi en clave, obtiene el dato de que ha habido una explosión contra Hitler, pero en modo alguno la confirmación de que esté muerto o de que no lo esté. El problema para Olbricht estriba en que Stauffenberg, por mucho que haya podido correr, no va a llegar a Berlín hasta las cinco de la tarde, más o menos. Por lo tanto, el militar se tiene que enfrentar al hecho de que ha de poner en marcha Valquiria sin tener total certeza de que puede hacerlo.

A las cuatro menos cuarto, Olbricht decide lanzar las señales convenidas enValquiria, y hacerlo, además, sin el concurso de su superior Fromm, que está a apenas unos pasillos de distancia. Los mandos del ejército de reserva las lanzan a las cuatro menos diez, y a la hora en punto la mayoría de sus destinatarios en Berlín ya las conocen. A otros lugares, aún tardarán en llegar.

A las cuatro de la tarde, una hora antes de lo esperado, el avión de Stauffenberg toca tierra en Rangsdorff. Es en dicho aeropuerto donde se entera que apenas las señales de Valquiria están empezando a lanzarse, porque Fellgiebel no ha telefoneado como se esperaba. Cuando llega al ministerio se encuentra a sus compañeros envueltos en dudas. Él, sin embargo, está bien seguro. Ha visto el estallido, así pues no tiene ni la más remota duda de que Hitler ha reventado. De hecho, es tan convincente que, tras hablar con él, Olbricht decide que es momento de ir a hablar con Fromm. Se presenta ante el mando del ejército de reserva, le cuenta la movida y le sugiere que las órdenes del golpe de Estado se extiendan a la totalidad de los mandos del ejército de reserva (cosa que Olbricht ya ha hecho). Fromm, sin embargo, reacciona con cautela. Quiere que Keitel le confirme la muerte de Hitler. Para gran sorpresa de Olbricht, cuando Fromm telefonea a Rastenburg, le ponen con Keitel casi inmediatamente. El interlocutor de Fromm en Rastenburg le cuenta la verdad (esto es, que ha habido un atentado contra Hitler, pero que el Führer está casi ileso), y le pregunta dónde coño está su oficial Stauffenberg.

Olbricht, probablemente porque ya no tiene otro remedio, asume, cuando Fromm le dice que no pasa nada, que Keitel ha mentido, y que Hitler está muerto.

En muy pocos minutos, en el despacho de Olbricht se junta el gotha de la conspiración contra Hitler. Beck, incapaz de esperar en su casa, ha ido a verle. Allí están, además, Stauffenberg y Hoepner. Y, al calor de esta llegada, los oficiales jóvenes más furibundamente antihitlerianos aparecen para escuchar noticias: Ewald von Kleist, Hans Fritzsche, Von Hammerstein, Von Oppen. Aunque Erwin von Witzleben, que tenía que asumir el mando de las tropas, no apareció hasta las seis y media, aproximadamente dos horas después. Stauffenberg llama a Stuepnagel a París. Le da personalmente la noticia de la muerte de Hitler, y le conmina a proceder a la detención de los oficiales de la SS y de la Gestapo. Sin embargo el general Beck, viejo zorro, duda. No le encajan las palabras de Keitel, quizá porque le conoce y le cuesta creer que haya mentido.

El golpe, en todo caso, necesita avanzar. Ya son las cinco de la tarde y, puesto que las órdenes de Valquiria han salido, los conspiradores suponen que las tropas están marchando hacia Berlín, pues no otra cosa se les ordena en los mensajes de Valquiria. Sin embargo, habían previsto haber tomado los ministerios y las emisoras para las cuatro y, de hecho, para entonces ya se tenía que haber producido un mensaje radiado de Beck. Por eso, Stauffenberg, Olbricht, Haeften y Kleist se dirigen al despacho de Fromm, a exigirle algún paso más.

A esa misma hora, las cinco de la tarde, Himmler tiene ya una idea bastante precisa de lo que ha pasado. Ya tiene claro que el atentado es cosa de Stauffenberg, aunque a esa hora de la tarde todavía piensa que el militar mutilado ha actuado solo. En todo caso, telefonea a Berlín ordenando la detención de Stauffenberg, esté donde esté.

Al final de la tarde, cuando las órdenes de Valquiria se conocen en Rastenburg, el panorama cambia. Es entonces cuando los jerarcas nazis se dan cuenta de que están ante un golpe de Estado y, para desgracia de Fromm, creen que el responsable del ejército de reserva está implicado; él, que ha sido tan cauteloso. Hitler nombra a Himmler comandante en jefe del ejército de reserva. Con ello, el pequeño Heinrich da el último paso que siempre ambicionó: tener un mando militar.

Pero dejemos a Hitler y los suyos durante la muy británica ceremonia del té de las cinco, con un invitado de honor llamado Mussolini. Es una pena que les abandonemos, porque fue una merienda la hostia de entretenida, porque todos los jerarcas nazis que se habían apresurado a presentarse en Rastenburg para aseverar su fe inquebrantable en el Führer, es decir Ribentropp, Göring, Donitz, etc., se embarcaron en una serie de discusiones cruzadas, acusándose todos a todos de ser los responsables de lo que había pasado; fue una discusión tan parecida a las de los programas del corazón de la tele española que Hitler tuvo que cortarla pegando un berrido. Así pues, como digo, es una lástima dejarlos. Pero tenemos otras cosas que hacer.

Es mejor que comencemos otra escena. La escena en la que un asombrado Fromm, blanco como la cera y, por qué no decirlo, cagado de mierdo, se está levantando de su sillón de burócrata militar y pensando: tierra, trágame.

jueves, septiembre 30, 2010

Ubicaciones

Os informo de que he resuelto ya mis cuitas en torno al asunto de la sede de la Presidencia del Gobierno. He encontrado en la doble fila de mi librería una guía de Madrid de 1936 donde he podido comprobar que, efectivamente y como yo sospechaba, la Presidencia del Consejo de Ministros estaba entonces en el número 3 del paseo de la Castellana.

Ya que lo he mirado, he pensado copiaros aquí algunas direcciones de interés, para que así sepáis adónde habríais tenido que ir hace 75 años.

Por ejemplo, el Tribunal Constitucional. No podía estar donde está hoy más que nada porque en 1936 Madrid terminaba en el Hospital Clínico. Estaba en el número 62 de la calle San Bernardo. El Consejo de Estado, como corresponde a institución tan estable, no ha cambiado. Estaba y está en el número 93 de la calle Mayor. Al igual ocurre con las principales instituciones judiciales. El Supremo también estaba donde está.

Anoto también, porque lo leo en la guía, que la Presidencia del Gobierno, o lo que nosotros llamaríamos hoy Ministerio de la Presidencia, tenía un curioso departamento. Literalmente: la Junta Calificadora de Aspirantes a Destinos Públicos. En 1936, tanto su presidente como su secretario eran ambos tenientes coroneles del ejército. Ignoro la razón de esta especificidad.

El Ministerio de Estado o de Asuntos exteriores estaba en la plaza de la Provincia, de donde se ha movido hace poco, creo. El Ministerio de Justicia residía en su vieja sede de San Bernardo 45. El Ministerio de la Guerra en el hoy Cuartel General del Ejército, en Cibeles. A un tiro de piedra del de Marina, en el paseo del Prado con Montalbán (que sigue siendo dependencia marinera, a juzgar por la pinta de las gentes que lo guardan).

Tampoco se ha movido el Ministerio de Hacienda, que en 1936 estaba en Alcalá, 11 y hoy está en Alcalá, 9; pero tengo por mí que eso se debe a un mero cambio de numeración del viejo palacio de Aduanas. Este ministerio, por cierto, tenía ubicado en el número 4 de la calle Duque de Medinaceli la Sección de Bienes Incautados a la disuelta Compañía de Jesús. Por cierto, que la Inspección General de Carabineros, cuerpo al que pertenece Anselmo López en mi novela, estaba en el número 11 de la calle San Nicolás. Bastante cerca de la Puerta del Sol, pues.

El Ministerio de la Gobernación o de Interior estaba en Puerta del Sol, 7, o sea en la actual sede de la Comunidad de Madrid. El Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, otro que no se ha movido, estaba en el número 34 de Alcalá. El de Obras Públicas, sin embargo, como inquilino que luego fue de los Nuevos Ministerios que entonces se proyectaban (en la guía se incluye el dibujo del proyecto, que por cierto incluía un arco de triunfo), sí que estaba en lugar hoy olvidado: el número 1 del paseo de Atocha, junto al Ministerio de Agricultura, que con cambios en su denominación allí sigue. El Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión tenía dos sedes: Fernando el Santo 22 y Amador de los Ríos, 5. El Ministerio de Industria estaba en el número 37 de Serrano. Por último, el Ministerio de las Comunicaciones y de la Marina Mercante estaba en la plaza de Emilio Castelar, sin número; probablemente porque tal vez aún no tuviese números.

A ver si hay alguien que se anime a intentar adivinar cuántos cines había en Madrid en 1936.

Como postre, aquí os copio la publicidad que en la guía figura del frontón Chiki-Jai (las cursivas son mías, igual que los comentarios entre corchetes):

«En el centro de Madrid, próximo a la Puerta del sol, entre las calles de la Montera y Peligros, en Aduana, número 19, tiene el viajero [¿y por qué no el madrileño de toda la vida?] un espectáculo interesante, de sport, con la más alta manifestación de juego vasco de la pelota.

En el Frontón Chiki-Jai se encuentra reunido el mejor cuadro de señoritas pelotaris de España. Los partidos y quinielas que se juegan producen en el espectador la emoción de sentirse interesado por un color con el estímulo de verse incorporado a la habilidad y destreza de la pelotari [¿cómo de incorporado?].

Espectáculo moral y sumamente distraído [distraído, no lo dudo; moral, va a ser que no], va acompañado, si lo desea, de tomar parte de las apuestas en pro de "su color" [¿quién va a perder el tiempo apostando si puede invertirlo en admirar la habilidad y destreza de las señoritas pelotaris?].

En el Frontón Chiki-Jai, todos los días, se celebran partidos de pelota y quinielas desde las cuatro de la tarde hasta la una y media de la madrugada [hora ideal para el frontón, como todo el mundo sabe].

En la actualidad el cuadro de señoritas pelotaris está constituido por las "ases" entre las profesionales [profesionales, ¿de qué?].

Durante la estación veraniega, la empresa de Chiki-Jai cuenta con un magnífico frontón en el Paseo de Rosales, número 36, el mejor sitio de Madrid [hasta que le empezaron a caer obuses en racimos, claro], donde se disfruta una temperatura agradabilísima. Posee una terraza con restaurant, y, tanto en uno como en otro local, encontrará el visitante sevicios de bar, teléfono, guardarropa, peluquería, etc., etc. [¿dos etc.? ¡Esto promete!]»

miércoles, septiembre 29, 2010

Matar a Hitler (5: ¡Bum!)

(Pues no. Este blog no hace huelga)


El día D, en efecto, Stauffenberg se levantó como cualquier otro día en el apartamento que ocupaba en Wansee. Se acicaló (insistía en hacerlo solo) y luego se reunió con su adjunto, el teniente Werner von Haeften. Haeften estaba tan implicado en los planes conspiradores que incluso tenía una segunda cartera con una bomba con las instrucciones de usarla si la primera, por alguna razón, fallaba. Voló junto con Stieff a Rastenburg en un Heinkel puesto a su disposición por el general Wagner, el cual también sabía de qué iba la movida. Tocaron tierra a eso de las diez de la mañana, dos horas antes de la reunión.

El complejo de Rastenburg tenía tres perímetros de seguridad, los tres controlados por la SS. Stauffenberg se enteró de que Hitler había retrasado el encuentro una hora, hasta la una de la tarde. Es algo que solía pasar con cierta normalidad, puesto que Hitler, según es sobradamente conocido, solía trasnochar mucho, especialmente si encontraba a alguien para soltarle alguna de sus interminables peroratas, y nunca tenía prisa para levantarse. Stauffenberg aprovechó el tiempo para buscal a Fellgiebel y discutir con él el «apagón» comunicativo de Rastenburg en el momento del atentado.

Iniciada la mañana, Hitler cambió de idea y adelantó media hora la conferencia. La razón de ello es que necesitaba tiempo para recibir a las dos y media a Benito Mussolini, el cada vez más fantasmagórico Duce italiano, que venía a verle.

En Berlín, el general Hoepner, que tenía sus propias razones para ser un antihitleriano (el Führer le había destituido por incompetente) se dirije a ayudar a Olbricht en su puesto; su misión es tomar en su momento el mando del Ejército de Reserva, en el caso de que el general Fromm, como todos sospechan, se niegue a unirse a la conspiración. El general conde Wolf von Helldorf, presidente de la policía de Berlín, tenía ya en esa mañana una pequeña fuerza policial preparada por si las moscas. Por su parte en París el conspirador que había comprometido su acción, Stuepnagel, estaba solo en su cuartel general del hotel Majestic de la avenida Kléber de París. Allí no le cabía esperar la ayuda de nadie; a esas alturas de la guerra, todo aquel mando que no estaba en el frente ruso comiendo mierda y sangre, tenía motivos para estarle agradecido a Hitler. Sin embargo, en el estamento de los oficiales de menor graduación, Stuepnagel sí que tenía compañeros, muy especialmente Cäsar von Hofacker, primo de Stauffenberg. Eso sí, el conspirador en Francia sabía que su superior jefe, el general Kluge, en realidad tenía una posición muy típica de los golpes de Estado, y que, por ejemplo, Gonzalo Queipo de Llano se encontraría en no pocas de las guarniciones de Sevilla el 18 de julio de 1936. Kluge estaba dispuesto a unirse a la rebelión, pero únicamente cuando los primeros compases hubiesen pasado y el golpe se hubiese consolidado.

Así pues, cuando estaban a punto de dar las 12, tenemos:

A Stauffenberg, Stieff, Haeften y Fellgiebel esperando, nerviosos, en Rastenburg el principio de la reunión.

A Olbricht comiéndose las uñas en el Ministerio de la Guerra en Berlín, adonde pronto llegaría Hoepner para darle conversación.

A Beck, en su casa en las afueras de Berlín, esperando.

A Stuepnagel, en el Hotel Majestic de París esperando una llamada.

Y, finalmente, en Berlín, al conde Von Helldorf, discretamente acuartelado.

Todo este montaje depende de una sola cosa: del esperado estado de shock en el que los conspiradores esperan que quede el Estado nazi después de que Hitler haya reventado en pedazos.

Pasadas las 12,30, cuando la reunión en Rastenburg ya ha comenzado (aunque ellos creen que no comienza hasta la una), Olbricht y Hoepner almuerzan en la cafetería del Ministerio. Sabido es que nadie come en la cafetería de un Ministerio por gusto, pues si en algo se parecen los ministerios del mundo es en la insoportable levedad de sus menús del día. Si ambos conspiradores dan ese paso es para dar sensación de normalidad; para intentar que nadie se pregunte qué hace un tipo como Hoepner allí. Le han dejado a la secretaria de Olbricht, Frau Ziegler, que les avise de cualquier llamada de Rastenburg. Pero dicha llamada no llega.

Más lo menos a la misma hora, en París ocurre algo que, que yo sepa, nunca se ha aclarado del todo. En la rue de Surène, un miembro del gabinete de Kluge, el coronel Frinckh, recibe una llamada de teléfono de alguien que dice llamar desde Zossen y que se limita a decir, pausadamente: «Ejercicio». Conocedor Frinckh de las intenciones conspiradoras, informa inmediatamente a Hofacker. Como digo, ninguno de los dos supo nunca quién les llamó.

En Rastenburg, comienza la reunión. Stauffenberg se retrasa un poco por haberse dejado en el vestíbulo su gorra y su cinturón. Keitel le riñe. El Führer no admite retrasos. Stauffenberg se disculpa, se pone el cinturón, abre su cartera, y activa disimuladamente la bomba. Desde ese momento, tiene diez minutos hasta la detonación. Tres se consumen andando hacia la sala. Una vez allí, por lo tanto, Stauffenberg tiene siete minutos para acercarse lo más posible a Hitler, dejar la cartera disimuladamente, pretextar cualquier problemilla y salir a la naja.

Entra en la sala. Una mesa muy larga con unas veinte personas alrededor, entre las cuales no están ni Göring ni Himmler. Eso no arredra a Stauffenberg. Ya está hablado que, aunque sea a Hitler solo, la acción se llevará a cabo. En la sala hace un calor de cojones (es julio), así pues las ventanas están abiertas. Eso, piensa Stauffenberg, va a reducir la onda explosiva, así pues es necesario poner la bomba bien cerca de Hitler.

El general Heusinger, jefe de Operaciones, está haciendo una exposición sobre la situación del frente oriental. Una exposición pesimista. Todo el mundo escucha. A Stauffenberg, el corazón se le pone a mil por hora. Heusinger, de forma casi plañidera, está clamando por tener más reservas. Él, Stauffenberg, está allí representando precisamente al comandante del Ejército de Reserva. Si Hitler, en ese momento, se dirige a él y le insta a explicar la situación del Ejército de Reserva, no habrá tiempo para huir. La bomba estallará mientras él esté hablando.

Hitler le salva la vida (por el momento, claro). El Führer decide que antes de discutir lo de la reserva prefiere que la exposición sobre el frente del Este termine. Todos los ojos vuelven a Heusinger. Es mi momento, piensa Stauffenberg. Coloca su cartera en el suelo y la empuja levemente con el pie, hasta colocarla prácticamente a los pies de Hitler, apoyada contra una de las sólidas borriquetas de madera que sujetan el tablero de la mesa. Entonces pretexta la necesidad de hacer una llamada a Berlín, esquiva la mirada de pocos amigos de Keitel, y se larga de la sala antes de que a alguien se le ocurra ordenarle que se quede.

En el momento que Stauffenberg llega al coche donde le esperan Haeften Fellgiebel, la sala de reuniones de Rastenburg vuela por los aires.


Bum.

domingo, septiembre 26, 2010

Matar a Hitler (4: El conde Von Stauffenberg)

A pesar de los movimientos de la Gestapo, los conspiradores no paraban. Aquel verano de 1943, Tresckow se montó una baja por enfermedad que aprovechó para desarrollar planes detallados para el asesinato de Hitler. Goerdeler, mientras tanto, intentaba acercarse a Churchill, enviándole vía Estocolmo un memorando describiendo cuáles serían las intenciones de un hipotético gobierno alemán post-Hitler. No obstante, en otoño la Gestapo todavía daría un golpe más, pues, a través de un infiltrado, consiguió desarticular un pequeño grupo conspirador liderado por dos mujeres: la viuda de Wilhelm Solf, que había sido embajador alemán en Tokio; y otra mujer llamada Elizabeth von Thadden.

Para octubre de 1943, sin embargo, Beck mejoraba de sus dolencias, lo cual era una buena noticia. Y también ocurrió otra cosa: Tresckow trajo al grupo de la resistencia a un amigo suyo, el coronel conde Klaus von Stauffenberg.

Klaus von Stauffernberg era muy valioso para la resistencia por diversas razones. En primer lugar, era un convencido de la causa, hasta el punto de haber ejercido de prosélito sobre la necesidad de acabar con Hitler ante el general Erich von Manstein, quien durante los tiempos del célebre colapso de Stalingrado era comandante en jefe del frente del Este. Además, era un héroe mutilado de guerra. En 1943, en Túnez, su vehículo había sido alcanzado por un proyectil y le hirió tan gravemente que perdió una mano, un antebrazo, tres dedos de la mano superviviente y el ojo izquierdo. A pesar de tan graves heridas, se las arregló para seguir movilizado, por supuesto en labores de oficina. Fue destinado al equipo del general Olbricht, en el gabinete de guerra situado en la Bendlestrasse de Berlín. Allí pudo tener muy frecuentes relaciones con Tresckow sin despertar sospechas. En realidad, Von Stauffenberg no es sino el símbolo, o el síntoma, de la toma de «poder» dentro de la resistencia de una generación más joven que la de Beck y Goerdeler.

En estos tiempos nació la llamada operación Valkiria, destinada a coordinar un golpe de Estado coincidente con la muerte de Hitler. Dicho golpe se disfrazaría de una acción militar necesaria para parar un presunto levantamiento de las decenas y decenas de miles de trabajadores forzados no alemanes que había ya en territorio del Reich.

En noviembre de 1943, se diseñaron dos operaciones suicidas, con sus correspondientes voluntarios, para matar a Hitler. En la primera, el barón Axel von dem Bussche, que había sido designado para diseñar un nuevo abrigo para Hitler, se comprometió a poner una bomba para que el Führer volase por los aires el día que se lo probase. Sin embargo, Hitler nunca encontró tiempo para lo del abrigo, lo cual no es extraño teniendo en cuenta que dirigía una guerra con varios frentes. Tanto se retrasó la prueba que Von Bussche acabó por ser herido en el frente, por lo que la misión se hizo imposible. Entonces, el joven militar Ewald von Kleist se ofreció para sustituirlo, pero fracasó. Otros conspiradores estuvieron preparados para matar a Hitler durante una visita al frente oriental, pero Hitler no lo visitó. Otro voluntario, el coronel Von Breitenbach, estuvo en una reunión con Hitler preparado para dispararle, pero no logró acercarse lo suficiente; Hitler se presentó en la reunión literalmente blindado por una barrera de pechos de la SS.

A principios de 1944, para colmo, desapareció la Abwehr, absorbida por el servicio de inteligencia militar al frente del cual estaba Schelemberg. Otro que tuvo muy mala suerte fue el mayor Stieff, el receptor de las falsas botellas de Cointreau donde iba la bomba que había de matar a Hitler en el aire. Las guardó en un lugar seguro, hasta el día que el mecanismo que había fallado en el avión decidió dejar de fallar, y explotaron. Afortunadamente para él, el relator de la investigación correspondiente fue Werner Schrader, el custodio del Memorando X y comprometido con la resistencia.

Quien sí tuvo noticias en forma de bombardeo fue Dohnanyi. La prisión de Tegel fue uno de los objetivos de un raid aéreo sobre Berlín en noviembre de 1943, y el prisionero sufrió diversas heridas que forzaron su internamiento en un hospital. Aunque en febrero de 1944 fue trasladado al hospital militar de Buch, dejó de sufrir interrogatorios.

En junio de 1944, llega la oportunidad. Von Stauffenberg fue propuesto para ser jefe de gabinete del general Fromm, comandante en jefe del llamado Ejército de Reserva, formado fundamentalmente por aquellos militares que no estaban ya en condiciones de ir al frente del Este. Fromm tenía sitio en las sesiones de estado mayor de Hitler, y, como es lógico, no siempre podía ir. Esto quiere decir que el coronel conde Klaus von Stauffenberg, probablemente uno de los hombres del entramado «oficial» del Reich que más decidido estaba de matar a Hitler, tendría la oportunidad de estar codo con codo con él. El 7 de junio de 1944, que se sepa, fue el primer encuentro militar en las alturas en el que Stauffenberg estuvo cerca del Führer. Tal y como pudo comprobar enseguida, su alto cargo, y su condición de mutilado, hacía que la SS no se preocupase de cachearlo.

Beck y Olbricht, conscientes de estar ante la mejor oportunidad posible, se apresuraron a hacer su trabajo y atraer al proyecto al general Erich Fellgiebel. Fellgiebel era fundamental en todo aquel montaje porque ocupaba la jefatura de comunicaciones del ejército. Sólo él podía conseguir mantener el cuartel general de Rastenburg ciego y mudo tras la muerte de Hitler, como precisaban los golpistas para poder hacerse con Berlín.

El 3 de julio, en Berchtesgarden, donde se encontraba Hitler, Stauffenberg se vio con Stieff, quien le entregó dos bombas. Allí mismo, en la guarida montañosa, se convocó una reunión el día 11, a la que debía asistir el coronel. El conde debía colocar la bomba para que estallase al poco tiempo y luego llamar a Olbricht a Berlín, quien pondría en marcha Valkiria; en realidad, según los planes, Olbricht le tenía que echar un par de huevos, porque debía colocar a las tropas en la calle a las 11 de la mañana, es decir una hora antes de comenzar la reunión de estado mayor y la prevista muerte de Hitler, además de sin conocimiento del general Fromm, comandante en jefe de dichas tropas. Por eso era tan fundamental controlar las comunicaciones. Sin embargo, el día 11 ni Göring ni Hitler fueron la reunión. El 14, además, de forma inopinada Hitler transfirió su cuartel general a Rastenburg.

Al día siguiente, 15, Hitler convocó una nueva reunión ya en Rastenburg, a la que de nuevo debía acudir Stauffenberg. Pero, de nuevo, Göring y Hitler faltaron a la cita. Olbricht medio sacó las tropas a la calle, pretextando luego un extraño ejercicio táctico, aunque no se libró de la bronca de Fromm.

El error del día 15, según discutieron el 16 Beck, Olbricht y el propio Stauffenberg, hacía imposible activar Valkiria hasta que Hitler no hubiese muerto. Eso sí, los conspirados habían recibido noticias de Stuepnagel, gobernador militar en Francia, en el sentido de que coordinaría acciones con Valkiria cuando ésta se iniciase.

Finalmente, Stauffenberg fue convocado a una nueva reunión, el 20 de julio. Su personal día D. El día que, en frase de Churchill (refiriéndose a Stalingrado) pudieron volver a girar los goznes de la Historia.

viernes, septiembre 24, 2010

Matar a Hitler (3: La puta Gestapo)

Más o menos por los tiempos del atentado fallido contra Hitler en el aire se produjo el intento por parte de elementos de la resistencia de atraer a sus proyectos de Heinrich Himmler. Aunque pueda parecer increíble, lo cierto es que esta tesis no está exenta de lógica. Himmler no era especialmente inteligente (aunque, al lado de gentes como Ribentropp o Hess, era un licenciado en exactas con premio extraordinario) y, aún así (o tal vez por eso mismo) era tremendamente ambicioso. Mediada la segunda guerra mundial que, no lo olvidemos, venía a suponer más o menos los diez años de Hitler en el poder y algunos más al frente del partido, no era Himmler el único miembro de la cúpula nazi que se preguntaba quién mandaría cuando Hitler dejase de hacerlo. Himmler, además, al menos hasta la catástrofe de Stalingrado, podía bien pensar que estaba perdiendo la partida a favor de Göring; aunque, como digo, más allá la cosas le sonrieron un poco más, puesto que Stalingrado fue uno más de los ejemplos en los que Göring prometió algo que no cumplió (en este caso, el correcto abastecimiento de las tropas en la bolsa), lo que le hizo perder puntos.

Un último factor importante es el hecho de que, en 1943, en expresión de Churchill, giraron los goznes de la Historia, y las tornas de la guerra empiezan a cambiar en contra de Alemania. Es un hecho que, más adelante, con la guerra perdida, Himmler intentará lavar su propio culo a espaldas de Hitler (por ejemplo, tratando de pactar con los judíos la liberación de unos cuantos miles de los campos de concentración a cambio de ser protegido); no es nada extraño, pues, que se pensase que podía ser proclive a algún tipo de oposición al Führer que le dejase a él en buen lugar.

El 26 de agosto de 1943, el ministro prusiano de Finanzas, Johannes Popitz, se entrevistó con Himmler. Pudo verle gracias a Carl Langbehn, miembro de la resistencia que había hechos labores de inteligencia para Himmler.

Popitz trató de alimentar el ego de Himmler aseverando que la labor del Führer estaba siendo dilapidada, y aseverando que él era el único posible salvador; por lo que instaba a Himmler a llevar a cabo negociaciones de paz a espaldas de Hitler. Himmler, sin embargo, respondió con evasivas. Quizá, la guerra no estaba aún lo suficientemente madura para esa conversación.

Lejos de ayudar a la resistencia Himmler, a través de la Gestapo, la perseguía. La Historia del III Reich es, en buena parte, la Historia de un enfrentamiento continuado y cainita entre la Abwehr y la Gestapo por ser la CIA de Hitler; pelea que finalmente ganaría la Gestapo, precisamente, tras estallar la bomba contra Hitler. Hasta 1942, en realidad, la Gestapo estuvo básicamente ocupada en desmantelar la Rote Kapelle, es decir la red de espionaje de inspiración comunista existente en Alemania. Pero, tras dar con sus cabecillas y detenerlos, pudo centrarse en esta otra resistencia que aquí constato, que tiene un carácter mucho más conservador.

Los éxitos fueron rápidos. A principios de 1943, la Gestapo detuvo a los dos jóvenes hermanos Hans y Sophie Scholl, que realizaban proselitismo antihitleriano en la universidad de Munich; y los puso en manos del superjuez nazi Roland Freisler. Los Scholl se autoincriminaron buscando que no hubiese más investigaciones, pero, pese a ser ejecutados, se produjeron un centenar más de detenciones. La resistencia no podía quedarse quieta. El conde Peter Yorck, vinculado a Dohnanyi, viajó a Suiza para mantener contactos con Allen Dulles, respresentante de EEUU, para convencerle, sin éxito, de una mayor implicación aliada en las acciones de la resistencia.

En marzo de 1943, Ludwig Beck fue operado de un cáncer de estómago, lo cual debilitó a la resistencia. Por aquellas fechas, Himmler nombró a Ernst Kaltenbrunner jefe de Seguridad del Reich, lo cual marcó un agravamiento de las acciones de la Gestapo. El propio Canaris, al cual Himmler le había confesado, probablemente para ponerlo nervioso, que estaba investigando un golpe de Estado de los generales, fue interrogado.

Manfred Roeder, uno de los mejores investigadores de la Gestapo, había trincado por un delito económico a un hombre relacionado con la resistencia, Schmidthuber, al que metió en la prisión de Tegel una buena temporada para ablandarlo. Finalmente, Schmidthuber acabó por ceder y se mostró dispuesto a hablar acerca de acciones realizadas con miembros de la resistencia como Müller o Dohnanyi.

El 5 de abril de 1943, las investigaciones de Roeder y la Gestapo dieron frutos por fin. Ese día el mismísimo Roeder, acompañado tan sólo por Franz Xaver Sonderegger, también oficial de la Gestapo, llamó sin previo aviso a las oficinas de la Abwehr. Preguntaron por Canaris, que les recibió extremadamente solícito. Fríamente , Roeder le exigió que les llevase a la oficina de Dohnanyi.

Canaris encargó a Oster la labor de llevar a los dos oficiales de la Gestapo a la presencia de Dohnanyi. Una vez en el despacho de éste, Roeder y Sonderegger conminaron a Dohnanyi a que abriese los cajones de su mesa y su caja fuerte. Éste obedeció, y pronto todos los papeles guardados en estos sitios estaban extendidos sobre la mesa. Roeder se aplicó a estudiarlos, pero Sonderegger, no. Era un experto perro de presa, conocía su oficio muy bien y sabía que, tal vez, la clave de la investigación no estaba en los papeles, que eran muchos y estaban desordenados, sino quizá en los rostros de las personas a las que vigilaban. No se equivocó. En un momento dado, captó claramente una señal de mus de Dohnany a Oster, señalando levemente uno de los papeles de la mesa. Sonderegger esperó a que Oster intentase hacerse con el papel y, cuando lo hizo, lo pilló en bragas. Aquel papel, marcado con una O, contenía un esquema de cómo debería ser la administración de Alemania tras la caída de Hitler. Luego aparecieron más documentos comprometedores. Dohnanyi salió de la sede de la Abwehr camino de la carcel militar de Tegel (el mismo pueblo que hoy da nombre al aeropuerto berlinés).

Aquella acción fue una indudable victoria de la Gestapo. Pero parcial. Con todo, Dohnanyi logró escabullir a los policías la llave de los archivos secretos que tenía en Zossen, donde había tralla para implicar a todos los conspiradores hasta el corvejón. Dohnanyi había tenido la inteligencia de pegar la llave a una carpeta que contenía papeles insulsos de gestión, así pues Oster no tuvo problemas en recuperarla. No obstante, la documentación incautada condujo a la rápida detención de la mujer de Dohnanyi, Christine; su hermano, Dietrich Bonhoeffer; Josef Müller y la mujer de éste. Oster no fue detenido, pero sí colocado bajo intensa vigilancia. Para todos los presos, la prioridad se convirtió en seguir en Tegel, es decir detenidos bajo jurisdicción militar, y no en las mazmorras de la Gestapo, donde su destino era mucho más incierto.

Roester bautizó a todo aquel grupo como la Schwartz Kapelle, o banda negra. Aunque los presos no estaban formalmente bajo su jurisdicción, sí los interrogó y los sometió a fuerte tortura psicológica, amenazándoles con llevarles a sus cárceles o con hacerle algo a sus parientes.

En cuanto a una de las claves de esta historia, los papeles de Zossen, fueron, con mucha probabilidad, parcialmente destruidos por Oester, y el resto pasaron a manos del coronel Werner Schrader, destinado en el alto mando de Zossen. Schrader escondió lo papeles en una granja de su cuñado en Brunswick. En 1944, cuando conociendo el fallo del atentado contra Hitler, Schrader se suicidó, su mujer los destruyó.