viernes, julio 09, 2010

Monegascos

Hace ya algunos días, al mundo del papel couché se le han puesto los dientes largos con el anuncio de una nueva boda real: la del príncipe Alberto de Mónaco. Las redacciones de las revistas y los programas televisivos de casquería moral saben, además, que esta boda no es cualquier boda real. La monarquía monegasca ejerce una atracción especial en los amantes del glamour; en realidad, es la única atracción que tienen estos reyes que reinan sobre un pequeño territorio que vive del juego. El Las Vegas auténtico tuvo en el mafioso Bugsy Siegel su rey, pero en Europa las cosas están organizadas de otra manera.

Lo curioso, o tal vez destacable, de esta historia, es que la propensión de la corona monegasca hacia el escándalo y el movimiento de parejas no tiene nada de nuevo. Aquí os voy a intentar resumir los porqués de tal afirmación.

Pero, en primer lugar: ¿por qué existe la corona monegasca? Para encontrar los orígenes de la dinastía Grimaldi hay que llegar a Otón Canella, que en 1133 era cónsul de Génova y tenía un hijo llamado Grimaldo que daría nombre a la casa real; de donde se deduce que los reyes de Mónaco no se llaman Los Manolos por pura casualidad. Los descendientes de Grimaldo, Rainiero y Carlos, eran a principios del siglo XIV almirantes de la flota francesa. Eran tiempos en los que las tierras se compraban, y de esta manera los hermanos compraron las pedanías de Mónaco, Menton y Roquebrune, proclamándose señores de Mónaco. Conscientes de ser, como dice la canción, algo pequeñito, los monegascos sobrevivieron a los siglos mediante alianzas, ora con Génova, ora con Florencia, ora con el Vaticano o con España. En 1641, sin embargo, concluyeron una alianza con Francia. Desde principios de este siglo, bajo Honorato II, los soberanos de Mónaco eran ya príncipes, como actualmente. En 1731 se hizo uso por primera vez de la previsión dinástica para los casos en que el soberano muriese sin hijos varones. Es lo que le ocurrió a Antonio I. En estos casos, según las constituciones monegascas, la corona es heredada por la hija de mayor edad, pero en realidad la condición principesca recae en su marido, quien por lo tanto debe renunciar a su apellido y tomar el de Grimaldi. Así pues Luisa Hipólita, merced a estas previsiones, se convirtió en la mujer del príncipe, su marido Jacobo de Goyon-Matignon, desde entonces Jacobo I Grimaldi.

La Revolución Francesa puso a los Grimaldi en fuga, pero regresaron en 1814.

Los príncipes de Mónaco son duques de Valentinois, marqueses de los Baux, condes de Carladès, barones de Buis, duques de Mazarino, señores de Saint-Rémy y de Matignon, condes de Thorigny, barones de Saint-Lô, barones de la Luthumière y de Hambye, duques de Estouteville y de Mayenne, príncipes de Chateau-Porcien, condes de Ferrete, de Belfort, de Than y de Rosemont, barones de Altkirch, señores de Isenheim (¿no os suena este título a nobleza Rohirrim de El señor de los anillos?), marqueses de Chilly, condes de Longjumeau, marqueses de Guiscard y barones de Massy. Están, lo que se dice, en la puta calle.

Regresemos a los finales del siglo XVII. Allí encontramos a Luis I de Mónaco, bajo el reinado de Luis XIV. Luis está casado con Catalina Carlota de Gramont, a quien, como tantas otras de su clase, le han impuesto dicho matrimonio. Ella quería haberse casado con el apuesto hijo del conde de Lauzun, futuro duque de Puyguilhem y primo suyo. Los tres primeros años de dicho matrimonio transcurren en París. Catalina Carlota ha sido designada para el gabinete de Enriqueta de Inglaterra, cuñada del rey de Francia. Aunque, en realidad, permanece en la capital para así tener tiempo de zumbarse a su primo. Al príncipe Luis esta situación no le hace demasiada gracia, motivo por el cual decide llevarse a su esposa a Mónaco, o sea el culo del mundo. Puiguilhem sigue a la carroza de su amante disfrazado hasta la misma raya del principado, momento en el que tiene que darse la vuelta. Luis, dueño absoluto de su esposa como era costumbre en aquellos tiempos, encierra a su mujer en una vida provinciana, más que aburrida, plana. Pero un día, acosado por el déficit público (no había ruleta entonces), decide imponer un peaje a los navegantes que pasan por su puerto, y éstos protestan a París. Luis tiene que enviar allí a un embajador con capacidad de convicción, y no se le ocurre otra idea que enviar a su mujer.

Parece una decisión estúpida, pero no lo es. Quizá Luis conoce mejor al rey de lo que pensamos, y sabe lo que va a pasar. En efecto: en cuanto Luis XIV pone los ojos en Catalina Carlota, se prenda de ella y empieza pensar en cómo hacérselo para pinchársela. Tanto es así que, al aparecer la competencia de Puyguilhem, le ordena un traslado militar para quitárselo de enmedio, ante lo cual el primo se muestra dispuesto a dimitir del ejército y se coje un rebote de tal calibre que, días después, en una fiesta palaciega, le pisa una mano, con toda la intención, a su otrora amante.

Catalina Carlota, que aparece en los retratos de época con una cara bonita y labios carnosos pero, la verdad, más bien tapona y tirando a botijo, logra del Rey Sol todo lo que interesa. Luis consigue mantener sus peajes y sabe dios los encuentros que consigue ella; pero el caso es que los esposos monegascos acaban por separarse en 1672, iniciando con ello la de momento interminable serie de separaciones y divorcios de esta casa real.

Bastante más buena que Catalina Carlota estaba María de Lorena, hija del conde de Armagnac (por lo que podemos decir que tendría una belleza embriagadora), que se casó en 1688 con el heredero monegasco, conde de Valentinois, futuro Antonio I. Antonio era alto, corpulento y bien parecido; pero su mujer lo trataba como si fuera Torrebruno recién salido de una piscina de ácido. El marido hizo lo mismo que su predecesor, así pues castigó a su mujer encerrándola en Mónaco; ella contestó creando un escándalo mayúsculo al acusar a su suegro, para entonces ya provecto, de haber intentado violarla. Fruto de este escándalo fue devuelva a París, donde su padre la encerró en vida sin prácticamente dejarla salir de casa. Allí moriría en 1724, provocando con sus conflictos que la casa Grimaldi estuviese falta de un heredero varón, por lo que hizo falta encontrar un candidato que se quisiera casar con la joven Luisa Hipólita. La elección recayó finalmente en el conde de Matignon, que pasó a serlo de Valentinois.

Jacques de Matignon vivió en París mientras vivía su mujer, que estaba muy empeñada en ser la soberana de Mónaco. A la muerte de ésta, sin embargo, regresó a Mónaco para reinar como Jaime I. Sin embargo, algo en toda esa historia debía de no gustarle , porque en 1733, dos años después de haber sucedido a su mujer al frente del principado, recuperó su viejo condado y abdicó en la persona de su hijo Honorato.

Este Honorato III, pese a ser monegasco, era un punto filipino. Tenía una amante, la marquesa de Brignoles, por la que bebía los vientos. Tenía tantas ganas de empotrársela que, cuando fue presionado para casarse y dar descendencia a la dinastía , no se le ocurrió mejor idea que hacerlo con Marie Cathérine, la hija de su churri. Una vez casado, la niña le gustó y se dedicó a cortejarla, con lo que la madre se cogió un ataque de cuernos. No obstante, cuando llegaron a París, Marie Cathérine encontró especialmente interesantes los huesos que componían el esqueleto del príncipé Louis-Joseph de Bourbon-Condé. Cuando Honorato se enteró de que su mujer se zumbaba al noble, la encerró en un cuarto y le dio una mano de hostias. La mujer huyó a un convento. Asistida por su amante, hombre muy influyente, le puso una demanda al marido y consiguió que un tribunal dictase la separación del matrimonio. Fusioso, Honorato llegó a condenar formalmente a su mujer a muerte.

Honorato III y su familia fueron detenidos durante la Revolución, y Mónaco convertido en una subprefectura de los Alpes Marítimos. Al morir Honorato, heredó la jefatura real su hijo Honorato IV, epiléptico, casado con Luisa Felicidad, y que tenía dos hijos, Florestán y Honorato, que pasaban completamente de su destino real.

Al terminar la revolución, Talleyrand, gran amigo de Honorato IV, le restituyó el Estado de Mónaco, aunque el rey no salió de París, donde moriría tras caerse al Sena. En todo caso, después de Waterloo, Mónaco despertó el interés de la naciente potencia de Lombardía, la cual invadió la roca en nombre del rey de Cerdeña. Mientras tanto, a Honorato IV le sucedía Honorato V, su hijo, quien como dijimos no tenía demasiadas ganas de ser príncipe. A su muerte, en 1841, y puesto que no tenía hijos, le sucedió su hermano Florestán, de profesión cantante, casado con otra cantante y bailarina, Caroline Gibert.

Aunque no lo sé con certeza, supongo que la Gibert es la responsable de que la primogénita de Rainiero Grimaldi se llame Carolina. El hecho es que Carolina fue la princesa de facto, puesto que Florestán ni servía para ello ni tenía intención de intentar servir. Y no lo hizo mal, a pesar de tener que lidiar con un periodo especialmente tumultuoso en toda Europa, el de la quinta década del siglo XIX, en el cual también hubo tumultos en Mónaco, fundamentalmente porque sus habitantes se sentía discriminados fiscalmente respecto de los sardos. La pareja principesca otorgó una constitución, pero ni aún así pudo evitar la rebelión de Menton, que estableció un gobierno propio y, junto con Roquebrune, se independizó de facto. Florestán, finalmente agobiado por sus problemas, abdicó en su hijo , entonces casado con Antoniette de Merode, quien reinó como Carlos III.

Carlos III tuvo que enfrentarse a la desastrosa situación financiera de Mónaco. Ayudado por su inteligente madre Carolina, inició diversos proyectos, que tuvieron suerte variada, aunque no muy buena. Fue Carlos III (o Caroline) quien, finalmente, albergó el proyecto de convertir Montecarlo en una casa de juego. Pero lo cierto es que los primeros promotores de la cosa, Aubert, Langlois y después un tal Daval, se arruinaron con ello.

En 1860, el condado de Niza votó su anexión a Francia. Menton y Roquebrune, los dos territorios rebeldes, votaron lo mismo, con lo que Mónaco quedó aislado en un mar francés; fruto de ello fue la pragmática decisión de Carlos III de pedir la protección de Francia. Francia, en generosa respuesta, le compró Menton y Roquebrune.

En 1863, llega a Montecarlo el empresario François Blanc, que es quien verdaderamente inventa el Montecarlo moderno.

Otro miembro de la dinastía, que reinaría como Alberto I de Mónaco, se casó con María Victoria de Beauharnais. Mira que ha habido matrimonios tormentosos en Mónaco, pero ése se lleva la palma. Los esposos incluso discutían en plena calle, como una vez en pleno paseo de los Ingleses de Niza, cuando se dijeron de todo menos ectoplasma. Alberto acabó cogiendo una carta que guardaba de Napoleón III conminándole a casarse con Victoria y la envió al Vaticano, el cual anuló el matrimonio aceptando el argumento de que se había producido con coacciones. En Mónaco siempre han sido muy hábiles convenciendo a Roma de la necesidad de anular matrimonios.

Tras su anulación, Alberto I se convirtió en el primer príncipe de Mónaco que sentó a una americana en el trono. Se casó con una mujer que dicen muy bella, Alice Heine, viuda del duque de Richelieu; poco después, al morir Carlos III, accedieron al trono. A Alberto, sin embargo, le interesaba mucho más el fondo de mar que el fondo de la persona de su mujer. Se pasaba días enteros con su buque oceanográfico (que, para más coña, llevaba el nombre de su señora) mientras que su consorte se comía los mocos en palacio. Al final, la americana se divorció.

Así llegó la corte monegasca hasta Rainiero, el hombre que, según cuenta la leyenda, probablemente, falsa, se encontró por casualidad en un pasillo del palacio con una mujer americana, la actriz Grace Kelly, que lo visitaba dentro de un grupo de turistas, y se lo enseñó personalmente, durante lo cual se prendó de ella. Es más que probable que él invitase a la Kelly a visitar el palacio cuando algo ya había entre los dos. Grace era hija de un magnate americano de la construcción y actriz de éxito, merced a su indudable belleza y, sobre todo, a una mirada muy especial, que las mujeres dirán hermosa y los hombres calentona. Rainiero se prendó de ella y se fue a Estados Unidos, oficialmente a hacerse un chequeo, aunque en realidad fue a negociar con el constructor y a terminar de cortejar a su amada.

Rainiero de Mónaco y Grace Kelly vivieron una historia de cuento de hadas, una especie de Cenicienta del siglo XX, que enamoró a dos o tres generaciones de europeos; mito al que puso la guinda la desgraciada muerte de la princesa en accidente de tráfico. Sin embargo, la historia de la monarquía monegasca está llena de escándalos y, aunque los príncipes siempre fueron muy cuidadosos de evitarlos, no pudieron sortear el hecho de que los hijos, y sobre todo las hijas, les saliesen un poco ranas. Tuvieron una hija que fue en su tiempo, probablemente, una de las hembras más hermosas del continente. A Carolina, sin embargo, le costó bastante sentar la cabeza, llevó una vida un tanto desenfrenada que cristalizó en su boda con Philippe Junot; el primer hombre, dicen, que, lejos de sentirse impresionado por su belleza, se decidó a destacarle sus defectos. El matrimonio Junot fue la leche, vendió revistas y periódicos a tutiplén, pero fue finalmente anulado. Carolina, si no recuerdo mal, se casó con el italiano Stefano Casiraghi, del que sin embargo enviudó para casarse con Ernesto de Hannover, hoy en día fuente de inspiración de miles y miles de chistes, todos ellos con la misma temática. Con todo, Carolina ha sido superada por su hermana Estefanía, cantante a tiempo parcial, profesional sin oficio conocido el resto del día, y aficionada a las relaciones border line, alguna de las cuales, y esto lo escribo de memoria, creo que incluso le puso los cuernos con cámara delante y todo.

Ahora, el príncipe se nos casa. Y lo hará en una ceremonia en la que le prometerá a su novia amor eterno. Es de suponer que los fantasmas de palacio, cuando tal cosa haga, mirarán para otro lado.

miércoles, julio 07, 2010

La guerra civil bis (y 11)

Nota previa: si todo va bien, pinchando aquí accederás al fichero rtf (así lo dejo para su conversión a formatos de E-book) con el texto completo de esta serie.

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Como afirmaba en mi anterior post, nada es casualidad en los últimos años cuarenta. Son los años en los que se consolida la guerra fría, las negociaciones sobre Berlín van naufragando poco a poco, y los bloques se definen. Para Estados Unidos, hablar de amenaza fascista es como hablarle en el 2010 a casi cualquiera de sentar a Franco en el banquillo. Hasta ese momento, el franquismo ha intentado, y ha fallado. Pero con la creación de la OTAN y el comienzo del despliegue militar USA en Europa, la cosa cambia.


El 11 de enero de 1950 será un señor llamado John Kee el que, por utilizar la expresión de Churchill, haga girar un poquito los goznes de la Historia. Míster Kee, presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes de Washington, declara públicamente que los EEUU deben establecer unas relaciones diplomáticas normales con España. Su argumento es que, sin España, la Europa occidental está incompleta. ¿No era España un país fascista? Bueno, sí, nos dice Mr. Kee; pero si «modifica su régimen y rectifica sus métodos armonizándose con el resto de Europa», ya la cosa cambia. A partir de ese mismo día, de esa misma declaración, los franquistas de trinchera, los ideólogos que ganaron la guerra, comienzan a perder terreno dentro del aparato de la Administración, en favor de los llamados tecnócratas, bien cobijados bajo el ala del almirante Carrero. La misión de estos tecnócratas, mayoritariamente reclutados en las filas del Opus Dei, será construir un régimen franquista con pinta de respetable. Ésta, y no otra, es la razón de su pujanza.

Casi simultáneamente a las declaraciones de Kee, Dean Acheson, secretario de Estado, declarará ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado que los EEUU están dispuestos a enviar un embajador a España en cuanto la ONU modifique su acuerdo de 1946. Argumenta Acheson, y no le falta razón, que la retirada de los embajadores, lejos de debilitar a Franco, lo ha consolidado, entre otras cosas, remacha, porque no se ve qué gobierno lo puede reemplazar; lo que es una clara alusión al patio de Monipodio en que se ha convertido el antifranquismo, con un teórico gobierno democrático en la sombra al que buena parte de sus «súbditos» teóricos dan por muerto.

Por si no estuviese suficientemente claro, Acheson termina su perorata anunciando algo que es fundamental: la disposición de los EEUU a darle a Franco créditos suficientes para sus proyectos económicos. La respuesta de Albornoz es premonitoria. «La actitud de los Estados Unidos respecto al régimen franquista», dirá, «aportará más que cualquier otro acontecimiento internacional una ayuda preciosa a los comunistas de la península». En esto acierta el viejo zorro republicano. A partir más o menos de ese momento, comunismo y antifranquismo comenzarán a ser, cada vez, más sinónimos.

Perú, Bolivia, Costa Rica y Colombia envían su «enterado» del mensaje de los EEUU mediante el gesto de designar embajadores en Madrid. Panamá rompe relaciones con la República.

De culo, y contra el viento.

Estalla la guerra de Corea. El 1 de agosto de 1950, un portavoz de la embajada española en Washington declara la total solidaridad de la España de Franco con Estados Unidos. Ese mismo día, el Senado aprueba créditos de 4.700 millones de dólares a naciones amigas para rearmamento; el conflicto coreano le ha enseñado a la Casa Blanca que la Guerra Fría se puede calentar, así pues los americanos quieren que sus gentes tengan con qué defenderse. El senador demócrata por Nevada Pat McCarran propone que 100 millones se dirijan a España. La propuesta se aprueba, aunque mediando un tecnicismo para impedir que la pasta venga propiamente del Plan Marshall. Acheson expresa su oposición a la medida porque, dice, Franco no ha dado pasos democratizadores. El 3 de agosto, Truman se expresa en los mismos términos. El Senado, no obstante, envía el proyecto a la Cámara, la cual aprueba un crédito de 62,5 millones de dólares. Truman sigue oponiéndose... pero no hace uso del veto presidencial.

Los países latinoamericanos conservadores, notablemente la República Dominicana y Perú, inician una ofensiva para lograr que en la próxima Asamblea de la ONU se incluya la eliminación el acuerdo del 46. El Comité Político de la Liga Árabe, asimismo, vota la reinstauración de relaciones diplomáticas con España.

La quinta Asamblea General de la ONU comienza en Flushing Meadows el 19 de septiembre. El 21, se aprueba la inclusión de la cuestión española en el orden del día. Eso sí, la cuestión, cómo no, se remite primero a una Comisión ad hoc. En esos días, siete de los más afamados escritores franceses: André Gide, Louis Martin-Chauffier, Paul Rivet, Jean Cassou, Albert Camus, Claude Aveline y Jean Marie Domenach, firman un manifiesto a favor de la República española.

En la Comisión de la ONU, que comienza a trabajar el 27 de octubre, los latinoamericanos conservadores y Filipinas presentan una proposición que incluye la abrogación de la decisión del 46 y el permiso para que España pueda formar parte de las organizaciones internacionales de la ONU, como Unicef, la FAO... El 31 se vota y es aprobada con los votos afirmativos de: Afganistán, Argentina, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, China, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Egipto, El Salvador, Grecia, Haití, Honduras, Islandia, Persia, Irak, Líbano, Liberia, Países Bajos, Nicaragua, Pakistán, Panamá, Paraguay, Perñú, Filipinas, Arabia Saudita, Siria, Tailandia, Turquía, Unión Sudafricana, EEUU, Venezuela y Yemen. Votan en contra: Bielorrusia, Checoslovaquia, Guatemala, Israel, México, Polonia, Ucrania, URSS, Uruguay y Yugoslavia. Abstenciones: Australia, Birmania, Cuba, Dinamarca, Etiopía, Francia, India, Indonesia, Nueva Zelanda, Noruega, Suecia y Reino Unido.

Este voto, que se repitió en la Asamblea, fue calificado de ultraje por los republicanos. Prieto es el primero en reaccionar. El 3 de noviembre, desde San Juan de Luz, envía al PSOE una carta en la que reconoce su absoluto fracaso, se acusa de «haber inducido a nuestro partido a fiarse de poderosos gobiernos democráticos que no merecían esa confianza», y dimite. Llopis, secretario general del PSOE, envía una carta encabronada a la COMISCO en la que, entre otras cosas, ruge: «Ni un solo país de Europa dirigido por socialistas ha votado contra Franco».

Albornoz dimite el 30 de noviembre, aunque siguió en el puesto (claro que, ¿en qué puesto, exactamente?) hasta el 8 de julio de 1951. El 13 de agosto, Martínez Barrio encarga la formación de nuevo gobierno al político leonés Félix Gordón Ordax. Por mucho que lo intentó, Gordón no pudo formar un gobierno de partidos, sino de personas. Los partidos, para entonces, estaban o agotados, o cabreados, o ambas cosas. El gobierno Gordón es:

  • Presidencia y Hacienda: Félix Gordón Ordax.
  • Estado: Fernando Valera.
  • Justicia: Juan Puig y Ferreté.
  • Acción en el Interior y en el Exilio: Julio Just.
  • Información, Propaganda y Archivos: Eugenio Arauz.
  • Asuntos militares: general Emilio Herrera.
  • Ministros consejeros: José María de Semprún (Roma); José Antonio Balbontín (Londres); y Victoria Kent (Nueva York).

El 17 de noviembre de 1952, la España de Franco ingresa en la UNESCO. El 28 de agosto del año siguiente, el Vaticano firma un concordato con Franco. Un mes más tarde, el 26 de septiembre, Alberto Martín Artajo, ministro franquista de Asuntos Exteriores; y James Clement Dunn, embajador de EEUU en España, firman el primer pacto que acabará sellando el levantamiento de bases americanas en territorio español. Franco cobra pasta por eso. Pero cobra más. En enero de 1955, España recibe estatus de observador permanente en la ONU. José María de Areilza, embajador en Washington, sondea la opinión de la URSS sobre una entrada de España en la ONU. La respuesta de Moscú es que si los países occidentales le apoyan en algún que otro ingreso más, no pondrá problemas.

En la X Asamblea, celebrada en Nueva York, se celebra una primera transacción: la entrada de Austria, Portugal e Italia (candidatos occidentales) a cambio de Bulgaria, Hungría y Rumania (candidatos de la URSS). A Gromiko todavía se le ha quedado fuera Mongolia. Negocia el apoyo de los países latinoamericanos. Éstos piden un precio. Y el precio es Franco.

Gordón Ordax se multiplica. Envía decenas de cartas y telegramas a todos los países amigos. Incluso envía un mensaje desesperado a Molotov solicitando el veto de la URSS a la entrada de España. Inútil. Moscú y Washington ya han llegado a un acuerdo en la entrada de 16 países, entre ellos España. En la sesión del 14 de diciembre de 1955, España recibe 55 votos a favor de su ingreso, cero negativos y la abstención de Bélgica y de México.

Franco ha alcanzado, también esta vez, sus últimos objetivos en la guerra civil bis.



En este momento en que dejamos a la República española en el exilio bajo la batuta de Félix Gordón, quizá su último mohicano de primera fila, presta a vivir, a partir de ese momento, una existencia fantasmagórica que culminará en 1977 con una autodisolución que ya no le interesa a nadie; en este momento en que terminamos estas notas, digo, quizá sea momento de recapitular un poco y preguntarse por qué Franco ganó la guerra civil bis.



Pues bien: Franco ganó la guerra civil a secas, en buena parte, a causa de los errores de sus contendientes. Y en la guerra civil bis ocurrirá esto mismo.

La República en el exilio pecará de irredenta. Menos presionados que sus compañeros de interior, que viven con el aliento de la Brigada Social franquista en sus nucas, los exiliados españoles, con la sola excepción del prietismo y algunos anarquistas, permanecerán refractarios a la idea de que cualquier solución que eche a Franco es válida. No es lo mismo querer que se vaya Franco que querer que vuelva la República. El segundo de estos deseos introduce un pie forzado que no gusta en aquellas cancillerías que tienen que dar su nihil obstat al proyecto. La República, tal y como era en 1936, pudo regresar a España si, como esperaba Negrín, la segunda guerra mundial hubiese estallado antes de terminar la civil española. Una vez que eso no ocurrió, lo mejor habría sido olvidar la posibilidad. Sin embargo, los políticos republicanos hicieron exactamente lo contrario.

La República en el exilio pecó de desunida y, al mismo tiempo, no supo desunirse lo suficiente. A pesar de que los intentos de todos sus gobiernos es ser integradores y meter a todo el mundo en el saco, sus divisiones son evidentes casi desde el principio, y está el gran problema del comunismo. Muchos republicanos fueron reacios a echar al PCE del nido del cuco, lo cual les distanció de aliados naturales que querían hacer precisamente eso. Como consecuencia, los amigos de la República escuchaban historias diferentes según quién les hablase, y por eso Dean Acheson pudo acabar por decir que acabar con Franco plantearía el problema de su sustitución. Esta desunión republicana, además, dio alas al monarquismo español, que operó en todo este proceso como fuerte elemento distorsionador.

Porque, efectivamente, en este proceso hay tres grandes elementos distorsionadores.

El primero es Juan de Borbón, un tipo que juega a una cosa los años pares, y a otra los impares. Un hombre para el cual la reinstauración de la monarquía en España era, cuando menos en los años aquí relatados, sideralmente más importante que la reinstauración de las libertades. El monarquismo puso al antifranquismo caliente caliente y luego le echó un balde de agua helada, a cambio de un pacto etéreo que Franco administró durante veinte años. Al monarquismo español le faltó esa misma capacidad de sacrificio de la que careció el republicanismo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer para que volviesen las libertades a España.

El segundo son los comunistas. Los comunistas distorsionaron la República durante la guerra civil y siguieron haciendo lo mismo durante la guerra bis. Hasta mediados de los cincuenta, cuando agotados ellos mismos y bajo el paraguas de una URSS que ya no está dispuesta a dejarse muchas plumas puteando a Franco, se caigan del guindo y desarrollen la teoría de la reconciliación nacional; hasta entonces, digo, el comunismo español trabajará, aún a su pesar, en contra de la normalización democrática de España casi con tanto denuedo como el propio Franco. Están pero no están. Colaboran pero no colaboran. Apoyan soluciones pacíficas pero mantienen el recurso a la violencia. Y dañan al republicanismo, que nunca logrará dejar de ser sospechoso ante quienes acabarán por preferir el franquismo.

El tercer gran elemento distorsionador es Franco. Franco es tenido por su exilio como un hombre sin recursos internacionales tras el final de la guerra mundial. No hay que reprochárselo; yo hubiera pensado lo mismo. Pero el franquismo es infravalorado por sus enemigos; sigue, en parte, siéndolo hoy, de hecho. Los comunistas que invaden España por los Pirineos en 1944 forman doce divisiones con 500 hombres, que vienen a ser dos compañías. Lo hacen así porque están convencidos de que, horas o días después de comenzar su acción, habrán formado las doce divisiones con los voluntarios que se les van a unir espontáneamente. Lo que encuentran es un país que les apedrea y ayuda todo lo que puede al ejército enviado a apiolárselos. España, por comodidad, por atavismo, por miedo, por lo que sea, está con Franco. Le sigue en su etapa fascista, y le sigue en la no-fascista.

Entre 1946 y 1955, Franco juega sus cartas y maneja los tiempos setenta mil veces mejor que cualquiera de sus contrincantes. Probablemente, desde muy pronto sabe que ni Londres ni Washington están por la labor de echarlo a patadas de España; ésa es su seguridad. La partida de la guerra civil bis es una partida de mus en la que Franco lleva la de perete, pero se las ha arreglado para ver la seña de su compañero, así pues envida con el solomillo que el otro, que además es mano, lleva. Por lo que se refiere a la República institucional y al tan bienintencionado como ambiciosamente torpe Prieto, cada descarte apenas consiguen ligar jugadas mediocres. Y, además, todo dios les ve las cartas. No se puede ganar al póker a una mesa de cabrones sin algún as en la manga. Para un as que tuvieron, el acuerdo con los monárquicos, se fue perdiendo el culo al yatecito de Franco, y si te he visto no me acuerdo.

¿Podrían haber sido las cosas de otra forma? Sinceramente, creo que no. Pero ésa es sólo mi opinión.

lunes, julio 05, 2010

La guerra civil bis (10)

El 25 de agosto de 1948, en un yate propiedad de un industrial vasco y acompañado por un pequeño séquito, Juan de Borbón se acercó al yate Azor, la nave usada por Franco en sus vacaciones, anclado a corta distancia de la costa de San Sebastián. Dos destructores acompañaban al barco de Franco, y su marinería presentó armas al Borbón, tanto al pasar al yate como al salir de él. Franco y Juan de Borbón departieron durante tres horas. En el curso de dicha entrevista, el jefe del Estado le ofreció al jefe de la casa real española designar algún día a su hijo Juan Carlos como heredero del trono, lo cual vendría a suponer que a partir de entonces el muchacho tendría un proceso de educación monitorizado por ambas partes. En resumidas cuentas: Franco le ofreció a la casa de Borbón volver a reinar en España a cambio de tener la oportunidad de convertir a su heredero en un franquista.

El Pardo sabía muy bien lo que hacía. La fecha, 1948, no es casualidad. Diez años después del fin de la guerra civil, Franco, para entonces, ha sobrevivido a lo peor del hambre de la posguerra; ha sobrevivido a los planes, más o menos deletéreos, de imponer la monarquía mediante la fuerza simbólica de los generales monárquicos; ha sobrevivido al escrito de 27 procuradores de sus Cortes en favor de la monarquía; ha sobrevivido a las más que probables presiones internacionales, notablemente británicas, a favor de la solución monárquica; y ha sobrevivido al bloqueo internacional. Todo eso sólo se consigue con una cosa que los tiempos actuales, probablemente para evitar lo doloroso de tal asunción, tienden a olvidar e incluso a negar: un fuerte y masivo apoyo popular. El Franco de 1948 es un líder nacional que está muy lejos de estar cuestionado. Que esto fuese así por miedo, por prudencia o por interés de los españoles, sería cuestión de otro post. Lo que más importa aquí son los hechos. Juan de Borbón, a lo largo de la segunda mitad de los cuarenta, se ha ido convenciendo progresivamente del poder y la fuerza sociológicos de Franco y ha decidido, simple y llanamente, pactar con él. Es cierto que en el momento de la entrevista no le da su anuencia al plan propuesto; pero el plan propuesto, al fin y a la postre, se pone en marcha. Y eso es todo un síntoma.

No parece que a Juan de Borbón llegar a dicho acuerdo más o menos tácito con Franco le suponga ningún prurito moral por estar dejando en la estacada a esa facción del republicanismo en el exilio, y del antifranquismo del interior, que aceptó la idea de que era necesario un acuerdo con los monárquicos. La entrevista entre Franco y Juan de Borbón es, por parte de aquél, una jugada maestra, y, por parte de éste, una defección en toda regla. Por lo demás, aunque el entonces jefe de la casa real da toda la impresión de ser persona de limitadas capacidades analíticas, no podían faltarle finos observadores en su entorno que le hiciesen ver que el paso que iba a dar rompería, quizá definitivamente, al republicanismo, diviendo y, por lo tanto, debilitando sus ya magras posibilidades. Así fue. No pocos republicanos irredentos, y por supuesto los comunistas, se podría decir que celebraron la entrevista en lo que tenía de confirmación de que la vía Prieto era una cagada. Por su parte los prietistas intentaron hacer como si que no ocurría nada e incluso forzaron a toda hostia, espoleados quizá por el hecho de que los propios monárquicos se dieron cuenta de lo que habían hecho, el llamado Pacto de San Juan de Luz, en el que ambas partes renuevan su voluntad de colaborar en unos términos etéreos y difusos, como no podía ya ser de otra manera. Prueba del paroxismo intelectual en el que cayó el republicanismo posibilista es la enloquecida afirmación realizada por Prieto en la presentación del pacto, según la cual «si estallase otra guerra mundial, la permanencia de Franco en el poder sería uno de los mayores peligros a los que tendrían que enfrentarse los adversarios de Stalin en el Occidente europeo». Sic. ¿Franco, ayudando, siquiera indirectamente, a Stalin? ¿El mismo Franco que incluso pensó en no acudir a un partido internacional oficial con Rusia en el Bernabéu?

El 21 de septiembre de 1948, en París, se abre la III Asamblea de la ONU. Allí sigue existiendo el bando republicano y el bando comprensivo con el franquismo. Pero está el asunto palestino y su capacidad de arrastre. Argentina, acompañada por algunos países latinoamericanos, trata de poner en marcha una tercera vía, y arrastra con ella a los países árabes, interesados en que las naciones sudamericanas renueven su apoyo a los palestinos. Aún así, la tercera vía no aprece ser suficientemente fuerte, pues no logra designar a su candidato para presidir la Asamblea.

Pero, en todo caso, lo que caracteriza esta Asamblea es la escasez de pronunciamientos sobre España y las pocas ganas que se le notan a los delegados de armar bulla con la historia. Una carta de Albornoz en este sentido fue como tratar de hundir un portaaviones con un merengue. Además, durante el año 1948 habían sido ya varios los países que habían violado el acuerdo de la ONU aún vigente, y habían enviado embajadores a Madrid; tal ocurrió con la República Dominicana, El Salvador, Perú, Bolivia y Paraguay.

El balance de mierda que el republicanismo podía exhibir de la Asamblea de 1948 decidió a Albornoz a dimitir. El 6 de diciembre, Martínez Barrio le encarga de nuevo la formación del gobierno. Éste se constituye el 16 de febrero, claramente diseñado para incrementar su capacidad de influencia internacional, de la siguiente manera:

  • Presidencia y Estado: Álvaro de Albornoz (IR).
  • Vicepresidente y Hacienda: Fernando Valera (UR):
  • Justicia: José Maldonado (IR).
  • Ministro sin cartera y secretario del Consejo: Eugenio Arauz (Partido Federal).
  • Ministros sin cartera con misión en América: Félix Gordón Ordax, general Asensio Torrado y Vicente Sol Sánchez.
  • Ministros sin cartera con misión en Europa: Manuel Serra Moret y José María de Semprún y Gurrea.

En marzo der 1949, y a pesar de la insistencia en sentido contrario de Portugal, España es preterida en la formación de la OTAN, organización en la que, curiosidades de la vida, será un gobierno socialista quien se adhiera. Éste es también el año del golpe de Estado en Venezuela que instaura la dictadura de Pérez Jiménez, giro copernicano con el que el antifranquismo pierde un aliado y el franquismo gana un embajador.

En abril de 1949 se celebra la nueva Asamblea de la ONU, en Lake Success. Albornoz, consciente de que ya pelea para empatar el partido, y eso con suerte, trata de influir en las delegaciones amigas para que toda discusión sobre España se aplace. No lo consigue. En la discusión, se ponen encima de la mesa propuestas que, salvo la pura renovación de la decisión de 1946, se refieren a prohibición de tratados comerciales o determinadas exportaciones, como material de guerra. Brasil, en un movimiento ya agónico para la República, presenta una moción para que la ONU, sin cuestionar la resolución del 46, deje libertad a sus miembros para hacer lo que quieran (cosa que muchos ya están haciendo).

El 4 de mayo, comenzó el debate del asunto en la Comisión Política. La URSS y sus satélites convirtieron pronto la discusión en una dura diatriba de la política de defensa de Reino Unido y EEUU. Por supuesto, Polonia se encargó de presentar una resolución dura, que fue rechazada por una mayoría aplastante. Igual pasó en la Asamblea. Pero la guerra civil bis aún no había terminado porque el franquismo, tal y como pretendía, no había conseguido dejar de ser nación apestada en la ONU y, cuando menos sobre el papel, 1946 seguía en pie.

A la luz de lo que pasó, debió de ser entonces cuando Franco llamó al primo de Zumosol y le susurró al oído: you need me, pal.

viernes, julio 02, 2010

La guerra civil bis (9)

Tras el gobierno Llopis, la República en el exilio entra en cierta contradicción, pues será Álvaro de Albornoz, la misma persona que en la lejana reunión parisina del 39 opinaba que ya no había gobierno republicano, quien presida tal cosa. Martínez Barrio intentó antes que Giral, Pi i Suñer o Aguirre formasen dicho gobierno. Pero los tres se negaron ante la imposibilidad de convocar a filas al PSOE, la UGT y la CNT. Finalmente, y a su pesar, Barrio tuvo que claudicar y encargar la formación de un gobierno formado exclusivamente por republicanos de la izquierda burguesa. Es éste el gobierno Albornoz, compuesto por:

  • Presidente y ministro de Asuntos Exteriores, Álvaro de Albornoz (IR).
  • Justicia y Hacienda: Fernando Valera (UR).
  • Ministro de Gobernación: Julio Just (IR).
  • Ministro de Defensa: general Hernández Sarabia (independiente).
  • Ministro de Emigración: Manuel Torres Campañá (UR).
  • Ministro de Instrucción Pública e Información: Salvador Quemades (IR).
  • Ministro de Economía: Eugenio Arauz (Partido Federal).

Lo primero que quiere hacer Albornoz es convocar a las Cortes. Así, consigue del presidente Barrio dicha convocatoria, que se gira el 17 de septiembre de 1947 previendo la reunión para el 23 de noviembre. Se contaba con la anuencia del gobierno francés, que incluso había prestado el castillo de Blois. Esta reunión, sin embargo, no se produjo tal y como estaba prevista, al acelerarse los acontecimientos en Naciones Unidas. Por su parte, por esos mismos tiempos Prieto tuvo una destacada actuación internacional, siendo recibido por altas autoridades tanto en París como en Londres. Su problema, sin embargo, era que las negociaciones con los monárquicos no avanzaban. Gil-Robles, siguiendo evidentemente las instrucciones de Juan de Borbón a juzgar por el tono de su nota de respuesta a la Ley de Sucesión, se negaba en redondo a aceptar ningún referendo sobre la forma de Estado, sino la aceptación de la monarquía por parte de los republicanos (que es, hemos de recordar una vez más, exactamente lo que acabaría pasando en el 75). En estas condiciones, un acuerdo total entre republicanos y monárquicos antifranquistas se hacía imposible, por mucho que porfiaban en ello tanto Reino Unido como, cada vez más, Francia.

El 6 de noviembre de 1947, en Lake Success, la comisión política de Naciones Unidas anuncia que el asunto de España se va a tratar de nuevo. Un tecnicismo procedimental, sin embargo, aplazó esta discusión hasta el 10. Pero estamos aún quince días antes de la fecha teóricamente prevista para la celebración de las Cortes republicanas; esto es lo que explica que fuesen aplazadas.

El día 11, la delegación polaca, que como vemos actuó en todo momento de punta de lanza del bloque de Este, presenta una propuesta de resolución que conmina a la Asamblea de la ONU a tomar en un mes como máximo una decisión sobre medidas a aplicar contra España en el marco del artículo 41 de la Carta de Naciones Unidas. Esto es, Polonia apuesta por el bloqueo económico a Franco. Argumentaba Óscar Lange que el famoso plazo razonable de la resolución adoptada el año anterior estaba más que vencido. Checoslovaquia, la URSS, Bielorrusia y Yugoslavia apoyaron la moción. Y, más allá, la gran inmensidad blanca: todo el resto de la Asamblea votó en contra, considerando inaplicable a la España de Franco el mentado artículo 41 pues, hay que recordarlo, su aplicación presupone que aquél sobre quien se aplica sea una amenaza para la paz internacional; y a finales de 1947 estaba ya bastante claro que Franco no pensaba atacar a nadie.

En la tarde, un grupo de países latinoamericanos prorrepublicanos (Cuba, Guatemala, México, Panamá, Uruguay, Venezuela y Chile) presentan otra moción también contra Franco, pero en términos mucho más etéreos. Para sorpresa general, tres países europeos (Bélgica, Holanda y Luxemburgo, o sea lo que se conocía como el Benelux) presentaron una propuesta que se limitaba a sorprenderse de que hubiera habido países que no retiraron los embajadores, a pesar de lo estatuido en la resolución entonces vigente.

La Comisión política, finalmente, salió de este impasse. Y no creeríais cómo lo hizo. Los más listos de entre vosotros tal vez hayais adivinado que lo hizo... creando una subcomisión.

Esta subcomisión comenzó a trabajar el mismo día siguiente, 12 de noviembre, con la participación de Cuba, Panamá, México, Guatemala, Uruguay, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Polonia, Yugoslavia e India. El punto que se encontró en común en sus discusiones fue pasarle la pelota al Consejo de Seguridad. Así pues, se aprobó una resolución que se reafirmaba en la resolución de 12 de diciembre de 1946 y otorgaba la confianza al Consejo de Seguridad para que «ejerza sus responsabilidades tan pronto como considere que la situación de España lo exija». Llevada la moción a la Comisión Política, Reino Unido se apresuró a declarar que la veía guay y que la votaría. Gromiko, por la URSS, anunció que también lo haría, aunque la consideraba floja. Esas dos tomas de palabra aprobaron la moción de facto. La votación fue un mero formalismo.

Finalmente, la Asamblea aprobó la moción. Pero si las aspiraciones republicanas se habían debilitado ya en la subcomisión y la comisión, en la Asamblea fue peor aún. Merced a los votos combinados de Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá, Costa Rica, Australia, República Dominicana, El Salvador, Grecia, Honduras, Holanda, Nicaragua, Perú, Filipinas, Turquía y África del Sur, de la resolución se quitó el literal: «renueva la resolución adoptada en esta fecha [12 de diciembre de 1946] respecto a las relaciones de los Estados miembros y de las Naciones Unidas con España». Esto es: de una resolución ya bastante edulcorada se quitó incluso la referencia a la renovación de la recomendación de retirar los embajadores. Lo que empezó, por lo tanto, con Polonia pidiendo el bloqueo económico, terminó con Naciones Unidas admitiendo que cada uno haría con su embajador lo que le petase.

En los bajos fondos de la diplomacia internacional de la ONU, había un nuevo factor que jugaría a partir de entonces en contra de la causa antifranquista. A Franco, esto es bien sabido, nunca le gustaron los judíos. Acabó tolerándolos de forma oficiosa, pero, a pesar de las prisas que se dió por dejar de ser fascista, nunca abandonó esa cosa tan nazi de considerar a los judíos los padres de casi todo mal, y en su último mitin de la plaza de Oriente, tras los fusilamientos del 75, enfermo y achacoso, aún sacaría a pasear eso tan típico en él de la conjura judeomasónica que, con la pertinaz sequía, han quedado en el recuerdo como dos de sus mantras más habituales.

En 1947, un nuevo asunto estaba en ebullición en el ámbito internacional: el asunto palestino. Era ésta una pelea del mayor interés para los países árabes, hasta entonces más bien proclives a apoyar, de alguna manera, la causa del antifranquismo en la ONU. Sin embargo, ya en aquella Asamblea de 1947, durante las discusiones del asunto palestino, recibieron el apoyo de países como Argentina o El Salvador, en ese momento decididos apoyos del franquismo. Los argentinos, sobre todo, cuando llegó el momento de votar la resolución sobre España, se cobraron el favor. Es por esto que Afganistán, Egipto, Irak, Líbano, Pakistán y Arabia Saudita, naciones que en su mayoría se habían mostrado proclives a los postulados republicanos, cambiaron su voto en la votación de la resolución y se abstuvieron.

Pasada aquella Asamblea, hasta Albornoz, que como presidente del Gobierno estaba obligado a ser el eterno optimista, tuvo que reconocer que en los medios del exilio la depresión podía cortarse hasta con un cuchillito de ésos de mierda que te dan en los aviones.

Si, por lo menos, Albornoz fracasase para alimentar a Prieto, algo tendría que llevarse a la boca el antifranquismo. Pero es que esto tampoco ocurre. Los intentos del PSOE de aglutinar a todo el antifranquismo en una solidaridad española naufragan por incomparecencia de los republicanos que apoyan al gobierno en el exilio y por la práctica descomposición de la ANFD del interior. Para colmo, el republicanismo, digamos, oficial, sigue aún emperrado en no darse cuenta de que todos los apoyos que puede obtener llegan del mismo lado del mundo. En el congreso de Izquierda Republicana, Albornoz asevera que «España es un país a la vez occidental y oriental», chorrada histórico-antropológica donde las haya, y que «tenemos que afirmar nuestro papel de árbitro entre los dos bloques». El republicanismo en el exilio sigue sin poder renunciar al apoyo del bloque comunista, algo que le juega claramente en contra en según qué despachos. Y éstos son la IR del exterior. Los del interior son aún peores. La IR del interior de España declara a Reino Unido enemigo de España, y la responsabiliza de la pervivencia de Franco. Cosas de la vida: Esquerra Republicana de Cataluña contestaría a este manifiesto instando a Izquierda Republicana a residenciarse en la URSS. Por su parte, Prieto dirá: «España debe formar parte del bloque occidental europeo. La neutralidad que acaba de proponer el señor Albornoz es imposible».

El 10 de febrero de 1948, como consecuencia del resultado de la Asamblea de las Naciones Unidas, de la desunión de los republicanos bien evidenciada por Albornoz y Prieto y, no hay que olvidarlo, de la labor porculizante de la diplomacia franquista, cae el único baldón real que soportaban las espaldas de Franco: Francia abre sus fronteras. Los republicanos tratan de convencer al mundo de que ya se lo esperaban. Y ya se lo esperaban, sí; pero eso no reduce el jodimiento ni medio centímetro.

En mayo, el Consejo Europeo celebra reunión en La Haya. Su comisión política aprueba una resolución condenatoria del franquismo en términos que difícilmente pueden ser más etéreos. Para colmo, Reino Unido la entierra en la llamada comisión de coordinación, por lo que la asamblea ni siquiera la conoce. Eso sí, a dicho congreso han sido invitados Prieto y Gil-Robles (otro bofetón de Londres al gobierno teóricamente legítimo de la República en el exilio) y ha permitido al líder socialista pronunciar un discurso en el que proclama su equidistancia de lo que denomina los dos totalitarismos: franquismo y comunismo. Qué mala memoria la del viejo zorro socialista.

Pero a este circo le van a seguir creciendo los enanos. De hecho, hay un enano que está a punto de darles un disgusto jodidillo.


En el verano de 1948, la veleta de una casa de Estoril, que llevaba años queriendo mirar hacia el sur, da un giro inesperado de 180 grados, mandando a tomar por culo el sueño de una convergencia entre antifranquistas monárquicos y republicanos.

miércoles, junio 30, 2010

La guerra civil bis (8)

En efecto, el 17 de diciembre de 1946, en México, Indalecio Prieto pronuncia un discurso furibundo contra el gobierno Giral. Debemos recordar, en este sentido, que desde el primer momento Prieto dejó claro y diáfano que su apoyo al gobierno Giral estaba basado únicamente en que éste fuese eficiente en la consecución de sus objetivos. Sin embargo, la lectura de Prieto sobre el resultado de la Asamblea de la ONU no iba por ahí. Apoyándose en el hecho de que la ONU no había decidido ninguna sanción económica contra Franco y sí, en cambio, una medida de adscripción voluntaria como es la retirada de embajadores (y no le faltaba razón: unos la llevaron a cabo, y otros no), Prieto sustantivó su idea de que la estrategia Giral se había demostrado menos eficiente que la unión de todas las fuerzas antifranquistas, monárquicos incluidos, y el desarrollo de un proyecto como el propugnado por Reino Unido para formar un gobierno provisional con miembros de derecha y de izquierda.

La conferencia de Prieto de 17 de diciembre, a pesar de concluir con la recomendación al PSOE de retirarse del gobierno Giral que éste no atendería, es un hito histórico en el antifranquismo republicano. Es la primera vez que se plantea sin ambages una idea que la República en el exilio nunca se había planteado hasta entonces: la idea de que la unión contra Franco exigía del concurso de fuerzas que en su día no estuvieron en el Frente Popular, que incluso lo combatieron. Aceptar esta idea era demasiado para la mayoría de los republicanos históricos, los cuales, desde casi 1931, habían tenido, en no pocos casos, un concepto patrimonial de la República que les llevó a considerar que todo lo que fuese gobierno de otros grupos que no fueran ellos no era República.

El 22 de enero de 1947, ante el apoyo expectante del PSOE y el explícito recibido por Izquierda Republicana, Giral reúne a su gobierno. En dicha reunión, Giral presenta un programa que, en su sustancia, pretende recoger el guante arrojado por Estados Unidos y tomar para sí la labor de derribar a Franco. Para ello, dicho programa propone la intensificación de las acciones de resistencia en el interior de España. Eso sí, Giral, que por mucho que esté en contra sabe que las palabras de Prieto pisan el terreno firme de una oposición de interior que cada vez se siente más divorciada de sus antiguos líderes exiliados, incluye en su programa la unión y coordinación de todas las fuerzas de interior en un Consejo de Resistencia.

Es Sánchez Guerra, al fin y al cabo uno de los miembros del republicanismo más cercano a las derechas, el que le arroja a Giral el jarro de agua fría a la cara. En su intervención, opina que el catedrático de Farmacia no es la persona más indicada para llevar a cabo el programa que acaba de explicar porque, añade, una vez agotadas, en la Asamblea General, todas las posibilidades de ganar la guerra civil bis en el ámbito internacional, no queda otra que la convergencia con la oposición de derechas del interior del país. El viejo político independiente dimite como ministro y lo mismo harán, tras consultar a su organización, los ugetistas Trifón Gómez y Enrique de Francisco. Martínez Prieto y Leiva, de la CNT, hacen lo propio, con lo que lo que denominamos partidos de izquierda burguesa se quedan solos.

De todas las tomas de posición que se hacen públicas en esa hora, quizá la más puesta en razón sea, al menos en mi opinión, sea la de la CNT. Los anarquistas consideran que los resultados, o más bien los no-resultados, de la Asamblea de la ONU, colocan «la solución del problema español fuera del alcance del instrumento legitimista de la República: el gobierno republicano del doctor Giral»; además de referirse a la «política de intransigencia» del gobierno Giral que la ha «separado abiertamente» tanto de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas como de la propia ONU.

Los cenetistas, que en la Historia de España son culpables de haber hecho tanto y tanto análisis radicalmente desenfocado son, sin embargo, y en estos momentos, quienes mejor leen el partido. La ONU quiere lo que quiere, y está dispuesta a llegar hasta donde está. La oposición de interior tiene los huevos pelados de que la detengan y la fostien en las comisarías. En esas condiciones, los antifranquistas de interior, que empiezan a ser tratados como verdaderos antifranquistas por encima de los exiliados y de los maquis que le hacen la guerra a Franco, lo que quieren es que Franco se vaya, y no les importa cómo. Si ha de irse mediando un pacto en el que el sueño republicano del 31 sea arrugado como kleenex y arrojado a la basura de la Historia, pues se hará. Y, de hecho, se hizo.

El presidente Martínez Barrio encarga formar gobierno al republicano Augusto Barcia, con la instrucción de buscar el mayor consenso posible, pero bajo el factor común de que el objetivo de lucha del gobierno ha de ser la reinstauración de la República. En esas condiciones, tanto PSOE como UGT le dan el no a Barcia; CNT, por su parte, le señala que, siendo Barcia un estrecho colaborador de Giral, no ve diferencia con el cambio. Barcia, por lo tanto, fue compelido por las circunstancias a renunciar al encargo. Por ello, Barrio encargó la labor a Rodolfo Llopis, quien sí que logró formar gobierno sobre la base de acercar posiciones con la oposición del interior y alineamiento con la ONU pero, eso sí, exigiendo que, el día que se celebrase esa consulta al pueblo español, fuese el gobierno de la República el que tuviese el mando del país; el gran cambio, sin embargo, es que la República, ahora, acepta, cosa que no hacía el gobierno Giral, que en dicho gobierno haya carteras en manos de fuerzas de derechas.

El gobierno quedó formado de la siguiente manera.

  • Presidente y ministro de Estado: Rodolfo Llopis (PSOE).
  • Justicia: Manuel de Irujo (PNV).
  • Hacienda: Fernando Valera (UR).
  • Defensa: Julio Just (IR).
  • Instrucción Pública: Miquel Santaló (Izquierda Catalana).
  • Emigración: Trifón Gómez (UGT).
  • Economía nacional: un ministro comunista de posterior designación (Uribe, si no estoy errado).
  • Información: un ministro cenetista de posterior designación.

En esta lista, en todo caso, falta el gran muñidor, que no es otro que Indalecio Prieto, la auténtica alma de este proyecto de creación de una Asamblea Constituyente en la que sólo faltarían los franquistas que siguiesen siéndolo (es decir, ni a los franquistas renegados como Ridruejo se les negaba ya sitio). La gran oposición republicana, plasmada en un manifiesto dado a la prensa, proviene del negrinismo.

En marzo de 1947, Llopis es recibido por el presidente belga y su ministro de Asuntos Exteriores, en un importante espaldarazo diplomático a su política; espaldarazo que completó en marzo Edouard Herriot, presidente de la Asamblea Francesa, recibiendo al gobierno en pleno. Llopis, como todos los republicanos del exilio, quería saber una cosa. Quería saber cuál era el significado que habría quedarle al sintagma «en un plazo razonable» que, como recordará todo paciente lector de estas notas, se encontraba en la resolución de Naciones Unidas. Spaak, el ministro belga, opinó que ese plazo deberían ser seis meses, lo cual equivaldría a decir que, si Franco no se había ido en junio de ese año, la ONU tendría que tomar las medidas pertinentes.

La clave de esta nueva etapa, digamos, semilegitimista de la República en el exilio, es, claramente, las negociaciones con los monárquicos. Pero éstas no son nada fáciles. Los monárquicos quieren en 1947 lo mismo que querrán durante todo el franquismo y otendrán en la Transición: que, cualquiera que sea la consulta que se le haga al pueblo español, dicha consulta sea posterior a la instauración de la monarquía como forma de Estado. El antiguo Frente Popular, por su parte, insistía en la necesidad de un tratamiento absolutamente neutro, para que el pueblo español pudiese decidir libremente.

Republicanos y monárquicos, en todo caso, se habían olvidado de que en el tablero había una pieza más: Franco.

En marzo de 1947, Luis Carrero Blanco, subsecretario entonces de Presidencia del Gobierno, se presenta en Estoril, asumiendo la incómoda misión de presentarle a Juan de Borbón el proyecto de ley de Sucesión del franquismo; el texto legal que dice que España es un Reino y, por lo tanto, debe ser gobernado por un rey; pero, al mismo tiempo, deja la cuestión de decidir qué rey en manos de Franco. El 31 de marzo, a las 11 de la mañana, se produce la entrevista, que fue la leche. Carrero le dió el proyecto al Borbón para que lo estudiase, y se fue. Diez minutos después, regresó y le dio al vizconde de Rocamora el recado de que le dijese al jefe de la casa borbónica que el proyecto que le había dado iba a ser anunciado esa misma noche por Radio Nacional. Para cuando Juan de Borbón quiso pedirle explicaciones al almirante, éste se había ido a la naja.

Como respuesta a este putadón, auténtica jugada de trilero que demuestra que o bien Franco o bien alguien cercano a él estaba bien dotado para el timo, el 7 de abril Juan de Borbón publica su famoso manifiesto, en el que dice que la nueva ley «prevé un sistema [sucesorio] por completo opuesto al de las leyes que históricamente han regulado la sucesión de la corona», citando nombres como el de Balmes, y soltando por la boca lindezas democráticas del calado de la que sigue: «Frente a este intento, yo tengo el deber inexcusable de hacer una pública y solemne afirmación del supremo principio de la legitimidad que encarno, de los imprescindibles derechos de soberanía que la Providencia de Dios ha querido que vinieran a confluir en mi persona». Asimismo, el jefe de la casa real borbónica se muestra partidario de «un Estado de Derecho inspirado en los principios esenciales de la vida de la Nación y que obligue por igual a gobernantes y gobernados».

En mi opinión, esta nota de Juan de Borbón fue muy poco reflexionada por él y por su entorno porque, o yo estoy muy equivocado, o dice exactamente lo que El Pardo esperaba que dijese. Desde un punto de vista democrático de segunda mitad de siglo XX, es una nota casi, o sin casi, impresentable. El jefe de la casa real no se refiere al concepto de democracia; se permite citar a teóricos más viejos (y fachas) que mear de pie contra la tapia de una iglesia; cita a la providencia divina a la hora de desplegar los méritos por los cuales los españoles deben aceptarle; por supuesto, ni se acuerda de la solución plebiscitaria que se supone que apoya en las negociaciones con los republicanos; y, en general, lo que hace es, como digo, hacerle un favor al franquismo. Tras el manifiesto, Franco bien podrá susurrar: «si pensáis que yo soy facha, mirad éste...»

Para más inri, la reacción de los republicanos a un proyecto de ley que define España como un reino no puede ser otra que decir que España es una república y eso es lo que debe volver a ser.

Ambos, monárquicos y republicanos, cayeron en el trile del franquismo, que los dejó en bragas, y sin desgastarse. Los republicanos se dedicaron a decir, en entrevistas periodísticas, que aún era posible el acuerdo con los monárquicos. Pero ese acuerdo, el 8 de abril de 1947, estaba un poco más lejos, se mirase como se mirase.

Como en una relación causa-efecto (y es que probablemente lo es), al antifanquismo le crecen los enanos. Los socialistas del exilio cada vez dejan más claro que no creen que las instituciones republicanas deban pervivir. En el interior, los comunistas abandonan la ANFD, incapaces de superar sus diferencias con socialistas y cenetistas partidarios de la entente con los monárquicos.

En el plano internacional, la ONU deja claro que no se cree el referendo franquista de la Ley de Sucesión y, más aún, deja a España fuera tanto de la conferencia de Estados europeos como del Plan Marshall. Sin embargo, el tiempo pasa, el «plazo razonable» se consume, y el Consejo de Seguridad no parece dispuesto a mover un dedo. Llopis trata de presionarles dando una imagen de unidad antifranquista convocando las Cortes republicanas, incluso, opina Prieto, con presencia de diputados de derechas; pero dicha reunión no se produce. En septiembre, en Toulouse, el PSOE celebra un congreso en el que se acuerda que la solución al problema español pasa por la actuación de todas las fuerzas antifascistas sin excepción; y que es necesario apoyar «fórmulas más realizables»; una forma elegante de decir que los socialistas ya no se creen la milonga de que los españoles van a recibir algún día a la República en el exilio aplaudiendo con las orejas.

En su discurso, Prieto utiliza la palabra «enemigo» para definir al Partido Comunista, lo que introduce una grave disensión dentro del republicanismo, ya que otras formaciones, como IR, UR o algunos nacionalistas, no son partidarios de participar en ningún viaje en el que no estén los comunistas. Finalmente, el congreso aprueba una resolución por la que se apuesta por las fórmulas de transición defendidas por Naciones Unidas (en realidad, por la Nota Tripartita) y estableciendo la implantación de la República como algo accidental que si viene, viene; y si no, pues no. El PSOE, concluye la resolución, participará en el gobierno siempre y cuando éste no le estorbe (ésta es la palabra usada en la resolución) en sus actuaciones.

El congreso del PSOE de Toulouse, que fue rabiosamente anticomunista, colocó a Llopis, socialista, en una posición desabrida, pues presidía un gobierno con participación de los comunistas y de otros grupos que consideraban dicha participación absolutamente necesaria. «Las decisiones tomadas por su partido en Toulouse», le escribirá a Llopis Vicente Uribe, ministro comunista, «son una amenaza de guerra civil entre los republicanos». Tan desagrida es la situación, que el gobierno Llopis, como no puede ser de otra forma, cae el 6 de agosto.

domingo, junio 27, 2010

La guerra civil bis (7)

Apenas 24 horas después de la apertura de la Asamblea en Flushing Meadows, comienzan las buenas noticias para la República. Trygve Lie, secretario general, cita la permanencia del régimen fascista en España en su primer informe a la Asamblea y, apenas unas horas después, Bélgica anuncia que pretende proponer que el asunto de coloque en el orden del día, entre otras cosas por la protección dada por la España de Franco a Leon Degrelle. Contra Franco se suceden las intervenciones de Noruega, Bielorrusia, Checoslovaquia, Francia y el propio Molotov, ministro soviético. El 1 de noviembre, se aprobaba sin votos en contra colocar el asunto en el orden del día de la Asamblea.

El 4 de noviembre, el delegado cubano, en connivencia con Fernando de los Ríos, presenta una moción iluminada por Prieto quien, en los últimos tiempos, ha madurado la idea de un referendo sobre el modo de Estado en España, bajo la vigilancia de los gobiernos latinoamericanos. Sin embargo, esta propuesta, además de recibir la oposición procedente de su inviabilidad, es también recibida con hostilidad por el gobierno Giral, que se considera el único gobierno democrático legítimo de España y, por lo tanto, no está dispuesto a admitir la propuesta de formar un gobierno de hombres buenos en España que sustituya al del exilio en la legalidad.

El 4 de diciembre, el Comité Político y de Seguridad de la Asamblea inicia la discusión del asunto español. Polonia abre el fuego con las acusaciones ya conocidas, y es totalmente apoyada por Venezuela. A continuación, el senador estadounidense Conally presenta una propuesta de resolución en la que se recomienda que la España de Franco sea excluida de todos los organismos internacionales. La moción dice también: «El pueblo español debe probar al mundo que tiene un gobierno cuya autoridad procede del consentimiento de los gobernados y que a fin de alcanzar este objetivo, el general Franco tiene que que entregar sus poderes a un gobierno provisional representativo del pueblo español que respete la libertad de palabra, de religión y de reunión y que convoque unas elecciones, a favor de las cuales el pueblo español, liberado de toda coacción y de toda intimidación, pueda expresar su voluntad».

Esta resolución, en suma, es un intento de sustantivar el principio de no intervención y dejar del lado del propio pueblo español, por así decirlo, la tarea de conseguir que Franco se vaya. Además, se caracteriza por cierto ninguneo al gobierno del exilio, por aceptar la doctrina Prieto de un gobierno interno formado por personalidades cuya función sería convocar las elecciones.

Más allá, Conally, durante la defensa de su moción, asevera con claridad que el objetivo de sustituir a Franco por un gobierno democrático no puede alcanzarse mediante una acción del exterior. En Flushing Meadows, pues, se disuelve, por primera vez, la esperanza, un tanto vana la verdad, de los republicanos en el sentido de que el mundo libre iba a mover un solo tanque para echar a Franco de España. Más allá, Conally expresa una idea que no es en modo alguno nueva: la ruptura de relaciones diplomáticas y el bloqueo económico, lejos de suponer un problema para Franco, lo supondrían para el pueblo español (décadas después, los defensores del castrismo dirán lo mismo del bloqueo americano a Cuba). Insinúa el senador norteamericano que Franco no es un problema para la seguridad internacional, y vuelve a sacar a pasear el concepto de la Nota Tripartita en el sentido de que todo cambio en España debe producirse sin guerra civil. Al día siguiente, sir Hartley Shawcross, delegado británico, suscribe hasta las comas de la argumentación de Washington, destacando, si cabe, con mayor fuerza aún el argumento de no intervención: si tan amante de la democracia es el pueblo español, llega a decir, acabará encontrando el camino para imponerla. Tanto una como otra potencia parecen dispuestas a esperar lo que haga falta para que eso ocurra. Y eso, exactamente eso, es lo que hicieron. Francia y la URSS, entre otros, intervienen a favor de la moción polaca. Ante la cerrazón de posiciones, la Comisión decide... crear una Subcomisión.

Esta subcomisión aprobará una resolución que sigue calificando el régimen de Franco de fascista y recomienda «que se impida al gobierno español franquista adherirse a las instituciones internacionales creadas por Naciones Unidas (...) hasta la formación de un gobierno aceptable en España». Asimismo, recomienda que, «si en un plazo razonable no queda establecido un gobierno que obtenga su autoridad de la voluntad de los gobernados (...) el Consejo de Seguridad estudie las medidas adecuadas a tomar para remediar esta situación» (párrafo éste que no puede ser más etéreo). Por último, recomienda «desde ahora a todos los miembros de las Naciones Unidas que retiren de Madrid los embajadores y ministros plenipotenciarios allí acreditados». La Asamblea adoptó finalmente esta resolución con el voto a favor de Australia, Bélgica, Bolivia, Brasil, Bielorrusia, Chile, China, Checoslovaquia, Dinamarca, Etiopía, Francia, Guatemala, Haití, Islandia, India, Irán, Liberia, Luxemburgo, México, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Filipinas, Polonia, Suecia, Ucrania, Reino Unido, EEUU, Uruguay, URSS, Venezuela y Yugoslavia. En contra votaron Argentina, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador y Perú. Se abstuvieron Afganistán, Canadá, Colombia, Cuba, Egipto, Grecia, Honduras, Líbano, Países Bajos, Arabia Saudita, Siria, Turquía y Sudáfrica.

Fue una victoria para la República. La posición inicial de Londres y Washington había sido matizada, y se había conseguido la abstención de los países árabes, a los que Franco había tentado insinuando la liberación del pueblo marroquí del Protectorado.

Pero, si la República ganó, ¿por qué empezaron a ir mal las cosas?

Hay una teoría, la más conspiranoica de todas. Según ella, los tentáculos de las cloacas del franquismo serían muy largos y contarían con elementos en el exilio para dar por culo. Sinceramente, no la creo. Franco tenía un enorme poder, pero en el interior de España. Fuera del país, viviendo donde vivían, la mayoría de los prebostes republicanos eran intocables y, al fin y a la postre, la estrategia del exilio era cosa de cuatro.

Otra teoría nos llevaría a considerar que los dos semi-perdedores de la Asamblea, Reino Unido y EEUU, que empezaban a ver ventajas en la pervivencia de Franco y, sobre todo, veían un montón de incertidumbres en la democratización del país, moviesen sus hilos. Esta tesis sí que es más creíble, aunque no sé si alguna vez se demostrará por completo.

Hay, en todo caso, una tercera hipótesis, tan humana como, por lo tanto, creíble: la simple y pura envidia. En paralelo a la pelea por el regreso de la democracia a España había una pelea de poder; una pelea en torno a quién la haría regresar y cómo y, consecuentemente, quién se pondría la medalla. No hay que olvidar, además, que esta pelea se producía entre tendencias ideológicas que se habían llevado literalmente a hostias en un pasado no muy lejano; y si se habían unido en el Frente Popular de las elecciones del 36 era porque, de alguna manera, todos pensaban estar aprovechándose de los otros, y todos pensaban que podrían deshacerse de compañeros incómodos cuando les conviniese.

Sea como sea, la alegría de la República dura 48 putas horas. El 15 de diciembre, la Asamblea vota la resolución que, en España, hizo a Franco sacar a las calles a miles de españoles que mostraban su inquebrantable adhesión con pancartas que decían cosas como «Si ellos tienen UNO, nosotros tenemos DOS». Pero el 17 de diciembre, estalla la bomba.

viernes, junio 25, 2010

La guerra civil bis (6)

El documento de la comisión de estudio deja poco margen para las interpretaciones. Dice, con neta claridad, que «el régimen franquista es un régimen fascista calcado del de la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini». Acusa a Franco de instigar la guerra tanto como las partes contendientes y afirma que la correspondencia incautada a los nazis y fascistas tras la guerra, y utilizada en el proceso de Nuremberg, sustenta la acusación contra Franco por realización de crímenes contra la paz.

La Comisión también estuvo de acuerdo con las teorías según las cuales Franco era un peligro inminente para la paz en Europa, pues asevera que «las actividades en la frontera francesa parecen indicar que se espera posiblemente un conflicto con la España franquista».

Sin embargo, en diplomacia el diagnóstico de una situación tiene poco valor si no viene acompañado de medidas. De hecho, la Historia de la ONU está repleta de casos así. Casos en los que la institución salva la cara mediante el recurso a decir «Fulano ha sido muy malo y es culpable de todo, pero no tomo medidas contra él». En el caso del estudio del problema español, el problema se planteó a la hora de preguntarse si, una vez claro que el franquismo era un fascismo más, le era aplicable el artículo 39 de la carta de la ONU: «El Consejo de Seguridad determinará la existencia de toda amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión y hará recomendaciones o decidirá qué medidas serán tomadas de conformidad con los artículos 41 y 42 para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales».

Como ya he comentado con anterioridad, aquí está la madre del cordero. Por mucho que los republicanos y, en general, todos aquellos que en aquellos años cuarenta tenían endiosada a la ONU como el foro definitivo del orden mundial, lo cierto es que, diplomáticamente hablando, lo que más le importaba a la oposición española, es decir la brutal represión interior del franquismo contra sus opositores, era un dato menor. Lo importante para la ONU era si Franco era una amenaza para la paz, como lo habían sido Hitler y Mussolini. Esto Franco lo sabía bien, y por eso tuvo buen cuidado de no incrementar ni un milímetro su imagen belicista. Por ello, la Comisión, en un párrafo que es la peor noticia para el republicanismo español, dice: «No se ha producido todavía la ruptura de la paz. Ningún acto de agresión ha sido probado. Ninguna amenaza contra la paz se ha establecido. Por consiguiente, ninguna de las medidas de coerción enunciadas en los artículos 41 [sin tropas] y 42 [mediando el uso de la fuerza y tropas] pueden ser ordenadas en la hora actual por el Consejo de Seguridad». De los escasos triunfos de la diplomacia franquista en esos años en los que iba claramente perdiendo la partida, le queda éste, crucial a la postre: convencer a las cancillerías suficientes de que no iba a atacar a nadie, ni se iba a implicar en ninguna aventura rara. En el momento que Franco consiguió que muchos países asumiesen que él no era como Mussolini y, por lo tanto, no iba a invadir Abisinia, la posición opositora se debilitó automáticamente.

Fruto de los dimes, diretes, discusiones y arreglos que todo papel diplomático comporta, el informe de la Comisión trata de arreglar las cosas diciendo que «el Subcomité constata que reina en este momento en España una situación que si no constituye un amenaza actual en el espíritu del artículo 39, representa una situación que, de prolongarse, puede amenazar el mantenimiento de la paz y de la seguridad internacionales». El deporte preferido de Naciones Unidas es el rubgy. Y la jugada preferida, la patada a seguir. Sin embargo, como el problema estaba planteado en unos términos muy claros y los apoyos de la causa republicana no eran pocos, el informe termina apostando por una resolución del Consejo de Seguridad que recomiende la retirada de embajadores.

Al estudiar este dictamen en el Consejo de Seguridad, se produce la curiosa situación de que un amigo de la causa republicana, tratando de reivindicarla, en realidad les hace la pascua. Ese amigo es Andrej Gromiko, jefe de la diplomacia soviética durante décadas.

Estados Unidos presenta una enmienda a la resolución del Consejo en la que, ladinamente, le coloca a la recomendación de retirar los embajadores la coletilla «o, en su defecto, toda acción que considerara como eficaz y apropiada a las circunstancias actuales». Es decir, trataba de quedarse con las manos libres para mantener el embajador y hacer las cosas a su manera.

Esta enmienda enfureció a los soviéticos, quienes se dieron cuenta (hay que ser tonto del culo para no verlo) que, de aprobarse, en realidad dejaba sin efecto la eventualidad de una retirada coordinada de embajadores, que era lo que el bloque del Este buscaba. Sin embargo, Gromiko, o quien le diese las órdenes pertinentes, operó con notable torpeza. De forma sorpresiva, la URSS ejerció el veto de la enmienda estadounidense y exigió que se volviese a la moción inicial redactada por el polaco Lange, es decir al aislamiento puro y duro de Franco. El 24 de junio, Óscar Lange volvió a solicitar la votación de la moción, en un intento del bloque del Este de que todos los países se retratasen. El resultado fue que Francia, la URSS y México la apoyaran, y los otros siete miembros de turno del Consejo la tumbasen. Entonces Polonia reculó, pero hasta cierto punto era tarde. Presentó una nueva propuesta de moción que buscaba que el asunto quedase en el orden del día y hubiese un compromiso de volver a tratarlo por el Consejo (Lange proponía como tope el 1 de septiembre, es decir unos tres meses, para, dijo, darle tiempo a los republicanos a derribar el régimen de Franco. Se desconoce las milongas que le habían contado los comunistas españoles exiliados en Moscú para creer eso posible); así como la creación de una nueva Comisión de Estudio, que quedó formada por Australia, Polonia y Reino Unido. Teniendo en cuenta que Polonia quería poco menos que la ONU invadiese España y que Reino Unido había votado para que toda la cuestión pasara a la Asamblea sin recomendación alguna, por lógica, esta segunda comisión no llegó ni a media conclusión consensuada. Ya en el Consejo, Australia y Reino Unido presentaron una moción que comprometía al Consejo a mantener el problema en observación; pero Gromiko la volvió a vetar, por considerarla floja. Ante la situación de bloqueo, la moción se votó sin veto, recibiendo nueve síes y dos noes. La URSS y Polonia habían perdido incluso el apoyo de Francia que antes habían tenido.

En resumen: al comenzar la sesión del Consejo, la mayoría de los miembros eran proclives a que se tomase alguna decisión contra Franco. Pero querían apostar, todo lo más, tres o cuatro amarracos. La actitud de Gromiko, cortando el mus y cantando un órdago a la grande, colocó a esos mismos países en la posición de tener que definirse, y lo hicieron decidiéndose por la cautela, que es lo que un diplomático hace cien veces de cada cien cuando no está seguro de las consecuencias de sus actos. Gromiko, intentando ayudar a la causa republicana, le metió un pepino por donde los amargan.

Giral, amargamente, se quejaría en nota pública de los resultados de este Consejo de Seguridad del verano de 1946 indicando que su resolución era «una sentencia que no guarda relación con sus considerandos». Y tenía razón. Tan dura era la ONU diagnosticando el fascismo de Franco como blanda actuando contra él. Y, para solaz de los apoyos de Franco, tácitos o descarados, ello no había ocurrido por ninguna acción de esos amigos, sino por una terrible torpeza de uno de los mejores amigos de la República.

No obstante, ese verano del 46 es el más feliz para los republicanos exiliados. Todos los grupos políticos apoyan aún el gobierno Giral, aunque con las serias matizaciones prietistas; y el apoyo internacional es evidente en actos como el escrito firmado por más de cien diputados británicos en apoyo de la República. En Hungría, el gobierno de Zoltan Tildy reconoce oficialmente a la República. Los obreros checoslovacos se manifiestan a favor de España. La Asamblea Francesa invita a Giral a intervenir en su Comisión de Asuntos Extranjeros (ante la cual Giral, no sé muy bien basándose en qué, asevera que «el gobierno de la República puede garantizar que el orden y la disciplina no serán perturbados en España»).

Una vez más, y puesto que está en fase de envalentone, Giral se muestra contrario a un plebiscito que defina la forma de Estado, pues da por totalmente finiquitada la monarquía en España. Pero aquí empieza el gobierno Giral a pisar terreno no muy firme. La Conferencia socialista celebrada los días 27 y 28 de agosto en el exilio propugna «un régimen de libertad que permita al pueblo darse, por la vía del sufragio universal, el gobierno de su elección». En la misma línea se pronuncia, en la clandestinidad interior, la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, la cual, en un manifiesto, se compromete a aceptar toda solución contraria a sus postulados que la voluntad popular, libremente expresada, pueda tomar. La toma de posición socialisgta, esto es lo que temen los giralistas, arrastra al laborismo británico, que empieza a coquetear descaradamente con la idea de una solución monárquica.


Lo quieran o no Giral, su gobierno y las formaciones que están en el centro de su apoyo, la simple y pura reinstauración de la República está dejando de ser la única alternativa al franquismo.

El 23 de octubre comienza un nuevo acto. Tras el Consejo de Seguridad, llega la Asamblea de la ONU.

miércoles, junio 23, 2010

El rey republicano

Hace muy pocos días hemos podido contemplar, en Estocolmo, una prueba más de que es posible gastarse un montón de pasta en vestirse como un adefesio. Tal cosa acaba por aparecer en las bodas de sangre real, todas ellas tocadas de cierta propensión al exhibicionismo estético que no pocas veces cae en el ridículo. En todo caso, de esta boda se han dicho muchas cosas. Se ha casado la heredera de un trono con su profe de gimnasia, y se ha destacado lo extraño de esta situación. Lo cierto es que las bodas plebeyas de príncipes y princesas ya no sorprenden, por haberse convertido en lo normal. Pero es que en el caso de la corona sueca, esta normalidad es tanto más lógica si tenemos en cuenta su génesis. La actual casa real sueca fue iniciada por un hombre que, siendo rey, odiaba a los reyes, como odió a un emperador. Ésta es, en notas sucintas, su historia; la historia de Jean Baptiste Bernadotte.

Nuestro Juan Bautista nació el 26 de enero de 1763, de una familia dedicada tradicionalmente a la sastrería. Su padre, Henri Bernadotte, murió teniendo su hijo 17 años, dejando la familia en una situación económica comprometida que acabó por decidir al joven a enrolarse en el ejército. Su primer destino fue Ajaccio, en Córcega , donde, por lógica, es más que probable que, durante sus paseos, se cruzase con algún miembro de la familia Bonaparte.

Con 21 años lo encontramos sirviendo, ya de sargento, en Grenoble, y conocido por todos los militares como Sergeant Bellejambe, o Sargento Piernabella, mote que alude a su éxito con las mujeres. Es tanto tal éxito que incluso el guapo sargento se liga a una grenoblina con un nombre tan sensual como Catalina L'Amour, y le hace una hija, Olimpia Bernadotte, que morirá siendo niña.

Estalla la Revolución Francesa. Por mor de la misma, el jefe de la guarnición, el coronel D'Ambert, a causa de su condición noble, es condenado a muerte. Bernadotte, quien durante toda su vida se caracterizará por ser fiel a sus ideas y planteamientos, le defiende. Luego, a la guerra; primero en Bélgica y luego, conforme avance el ejército francés, en Austria. Como siguiente campaña, Bernadotte es enviado a Italia, con 20.000 hombres, a auxiliar a un general llamado Napoleón Bonaparte. El encuentro entre ambos aflora una neta antipatía, lógica entre un militar como Bernadotte, de sólidas convicciones republicanas; y otro, como Napoleón, que, si bien no ha descubierto aún sus cartas, no se recata en esconder la elevada opinión que tiene de sí mismo y de su misión histórica.

Hagamos una breve pausa en la vida de Juan Bautista.

El 18 de septiembre de 1793, en Marsella, una jovencita espera a las puertas de las dependencias oficiales, adonde ha ido para terciar en favor de su padre y su hermano, que han sido detenidos por los comités revolucionarios. A pesar de sus porfías, no consigue gran cosa. Pero esa tarde-noche, un hombre entra en la sala donde ella está esperando y se fija en ella, Bernardine Desirée Clary. Ese hombre es José Bonaparte, el hermano de Napoleón que algún día será el despreciado rey de España. Si en aquel momento una voz en off le hubiese dicho a él que sería rey de Nápoles y de España, y a ella que sería reina de Suecia y de Noruega, es de suponer que se habrían descojonado de la risa.

José consigue la liberación de los Clary y, automáticamente, comienza a cortejar a las dos hermanas, Desirée y Julia, para terminar casándose con la segunda de ellas. Aunque, antes de esa boda, cuando aún José está pelando la pava con Desirée, su hermano Napoleón visitó Marsella y conoció a las hermanas. Opinó, según cuenta en sus memorias Desirée, que ésta era demasiado impulsiva para José, así pues le recomendó que se casase con Julia (y, como sabemos, el hermano le hizo caso). Por su parte, Napoleón decidió casarse con Desirée. Así pues, la que sería reina de Suecia y de Noruega bien pudo ser emperatriz de Francia.

Como he dicho, fue Napoleón quien decidió que aquella era su esposa perfecta. Pero con el mismo desparpajo que hizo esa decisión, la deshizo año y medio después, cuando conociese en París a Josefina de Beauharnais, quien sería su mujer. Desirée quedó absolutamente desolada e incluso le prometió a su ya ex novio guardarle las ausencias hasta la muerte, como era bastante normal en aquellas jovencitas románticas.

Desirée Clary y Jean Baptiste Bernadotte se conocerían en París, en una recepción de José Bonaparte, unos dos años después de que Napoleón la dejase marchándose, nunca mejor dicho, a la francesa. Se casaron el 17 de agosto de 1798. Pero los, y sobre todo las, amantes de las historias de amor, tienen muchos elementos para pensar que ambos estaban predestinados. En junio de 1789, un joven oficial Bernardotte seguía a su coronel D'Ambert y recaló en Marsella. Su coronel le dio un salvoconducto para que cierto civil de la calle Roma de dicha ciudad le diera alojamiento. El joven Jean Baptiste fue a la casa y le dio al dueño el papelito. Al casero no debió gustarle el porte de Piernabella, o quizá le pareció indigno de su casa hospedar a un puto sargento, motivo por el cual lo despachó con una disculpa.

Aquel hombre era monsieur Clary, y la casa de la calle Roma la vivienda de su familia y, por lo tanto, también la de la jovencita Desirée. Quienes nueve años después fueron marido y mujer no se conocieron aquel día por razón de lo cutre que fue el suegro.

Con su matrimonio, Bernadotte se convirtió asimismo en pariente de los Bonaparte. Pero Napoleón no le quería en París; seguía sin caerle bien. Lo mandó de comandante del ejército del Rhin. Pero el año siguiente, el gobierno republicano lo nombró ministro de la Guerra, por lo que regresó a París. Por aquel entonces nace el único hijo de la pareja y, por cierto, se produce un gesto de enorme ternura por parte de Desirée: le escribe una carta a Napoleón, entonces en Egipto, pidiéndole que sea el padrino del niño. Una forma muy femenina de decir: te he perdonado, hijoputa.

Juan Bautista dura en el proceloso lago de la alta política parisina exactamente seis semanas. Pasado ese tiempo, las envidias en la cúpula republicana comportan su cese. Merced a esta decisión, fomentada sobre todo por Barras, cuando llegue el 18 de Brumario y el golpe de Estado de Napoleón, Bernadotte no estará ahí para oponerle resistencia. En un encuentro posterior, el futuro rey de Suecia le dirá al futuro Emperador: «si yo hubiese sido ministro el 18 de Brumario, con seguridad os habría fusilado».

Esta afirmación es, más que probablemente, una exageración. En París mucha gente espera que Bernadotte salga de casa y se ponga al frente de milicias más o menos organizadas, que todo el mundo sabe están dispuestas a obedecerle. Pero no lo hace. Según todos los indicios, es José Bonaparte quien le come la oreja y acaba convenciéndole de que no se inmiscuya.

Ya en el poder, Napoleón hace todo lo posible por alejar a ese incómodo Bernadotte, que una vez se ha quedado en casa sin hacer nada, pero que lo mismo en cualquier momento decide hacer las cosas de otra manera. Incluso le ofrece la embajada en Estados Unidos, que éste no acepta. En 1804, cuando Napoleón decide su upgrading a la condición de emperador, consigue que Juan Bautista acepte la situación sin oponerse. Para recompensarle, lo nombra gobernador general de Hannover, gesto que, sin él saberlo, va a conseguir que al general, con el tiempo, le toque el gordo. En la famosa ceremonia de autocoronación de Napoleón como emperador, Jean Baptiste Bernadotte será quien porte el collar imperial.

Estamos en 1810. En Suecia, la dinastía reinante, los Vasa, se extingue. El último rey se ha vuelto loco y por eso le ha tenido que sustituir su tío, bastante decrépito, con el nombre de Carlos XIII. El Parlamento sueco busca un candidato para elegirlo rey. Y se fijan en el administrador de Hannover y algunas villas hanseáticas, de quien todo el mundo dice maravillas. Dicho y hecho: el 21 de agosto de 1810, el Parlamento elige rey a Jean Baptiste Bernadotte.

¿Se lo piensa mucho Juan Bautista? Es posible, porque es un republicano convencido. Probablemente, hay dos factores que pesan en su decisión positiva: por un lado, el hecho de que la monarquía sueca sea una monarquía constitucional, lo cual la hace más tragadera a ojos de un republicano. Por otro lado, lo mal, pero mal mal, que le sienta el ofrecimiento a Napoleón Bonaparte.

Bernadotte renuncia a la nacionalidad francesa y llega a Suecia el 20 de octubre de 1810. El pueblo les recibe con entusiasmo y eso place al futuro rey; pero no tanto a la futura reina. Pocos días después de llegar, Desirée está hasta las tetas de tanto frío, y decide volver a París. Será reina de Suecia por internet. De hecho, cuando los enemigos de Napoleón, entre los cuales se encontrará su marido, entren en París, cuatro años después, ella estará allí para contemplarlo.

El 5 de febrero de 1818, Carlos XIII muere y se produce la inmediata proclamación de Carl Johan, pues tal es el nombre que adopta Bernadotte. No es hasta junio de 1823 que se le reunirá la reina, que hasta entonces permanecerá en París.

El 8 de marzo de 1844, fallece Carl Johan, rey de Suecia y de Noruega. Al desnudarlo para prepararlo para los funerales, los sirvientes encontrarán un tatuaje en su brazo que nadie había visto antes. El tatuaje, probablemente un calentón de juventud, dice: «¡Abajo los reyes!»


Así pues, de alguna manera, Jean Baptiste Bernadotte, o Carl Johan de Suecia y de Noruega si lo preferís, fue un extraño caso de rey republicano. Con un inicio así, ¿quién se extraña de la existencia de un consorte profesor de gimnasia?