viernes, julio 02, 2010

La guerra civil bis (9)

Tras el gobierno Llopis, la República en el exilio entra en cierta contradicción, pues será Álvaro de Albornoz, la misma persona que en la lejana reunión parisina del 39 opinaba que ya no había gobierno republicano, quien presida tal cosa. Martínez Barrio intentó antes que Giral, Pi i Suñer o Aguirre formasen dicho gobierno. Pero los tres se negaron ante la imposibilidad de convocar a filas al PSOE, la UGT y la CNT. Finalmente, y a su pesar, Barrio tuvo que claudicar y encargar la formación de un gobierno formado exclusivamente por republicanos de la izquierda burguesa. Es éste el gobierno Albornoz, compuesto por:

  • Presidente y ministro de Asuntos Exteriores, Álvaro de Albornoz (IR).
  • Justicia y Hacienda: Fernando Valera (UR).
  • Ministro de Gobernación: Julio Just (IR).
  • Ministro de Defensa: general Hernández Sarabia (independiente).
  • Ministro de Emigración: Manuel Torres Campañá (UR).
  • Ministro de Instrucción Pública e Información: Salvador Quemades (IR).
  • Ministro de Economía: Eugenio Arauz (Partido Federal).

Lo primero que quiere hacer Albornoz es convocar a las Cortes. Así, consigue del presidente Barrio dicha convocatoria, que se gira el 17 de septiembre de 1947 previendo la reunión para el 23 de noviembre. Se contaba con la anuencia del gobierno francés, que incluso había prestado el castillo de Blois. Esta reunión, sin embargo, no se produjo tal y como estaba prevista, al acelerarse los acontecimientos en Naciones Unidas. Por su parte, por esos mismos tiempos Prieto tuvo una destacada actuación internacional, siendo recibido por altas autoridades tanto en París como en Londres. Su problema, sin embargo, era que las negociaciones con los monárquicos no avanzaban. Gil-Robles, siguiendo evidentemente las instrucciones de Juan de Borbón a juzgar por el tono de su nota de respuesta a la Ley de Sucesión, se negaba en redondo a aceptar ningún referendo sobre la forma de Estado, sino la aceptación de la monarquía por parte de los republicanos (que es, hemos de recordar una vez más, exactamente lo que acabaría pasando en el 75). En estas condiciones, un acuerdo total entre republicanos y monárquicos antifranquistas se hacía imposible, por mucho que porfiaban en ello tanto Reino Unido como, cada vez más, Francia.

El 6 de noviembre de 1947, en Lake Success, la comisión política de Naciones Unidas anuncia que el asunto de España se va a tratar de nuevo. Un tecnicismo procedimental, sin embargo, aplazó esta discusión hasta el 10. Pero estamos aún quince días antes de la fecha teóricamente prevista para la celebración de las Cortes republicanas; esto es lo que explica que fuesen aplazadas.

El día 11, la delegación polaca, que como vemos actuó en todo momento de punta de lanza del bloque de Este, presenta una propuesta de resolución que conmina a la Asamblea de la ONU a tomar en un mes como máximo una decisión sobre medidas a aplicar contra España en el marco del artículo 41 de la Carta de Naciones Unidas. Esto es, Polonia apuesta por el bloqueo económico a Franco. Argumentaba Óscar Lange que el famoso plazo razonable de la resolución adoptada el año anterior estaba más que vencido. Checoslovaquia, la URSS, Bielorrusia y Yugoslavia apoyaron la moción. Y, más allá, la gran inmensidad blanca: todo el resto de la Asamblea votó en contra, considerando inaplicable a la España de Franco el mentado artículo 41 pues, hay que recordarlo, su aplicación presupone que aquél sobre quien se aplica sea una amenaza para la paz internacional; y a finales de 1947 estaba ya bastante claro que Franco no pensaba atacar a nadie.

En la tarde, un grupo de países latinoamericanos prorrepublicanos (Cuba, Guatemala, México, Panamá, Uruguay, Venezuela y Chile) presentan otra moción también contra Franco, pero en términos mucho más etéreos. Para sorpresa general, tres países europeos (Bélgica, Holanda y Luxemburgo, o sea lo que se conocía como el Benelux) presentaron una propuesta que se limitaba a sorprenderse de que hubiera habido países que no retiraron los embajadores, a pesar de lo estatuido en la resolución entonces vigente.

La Comisión política, finalmente, salió de este impasse. Y no creeríais cómo lo hizo. Los más listos de entre vosotros tal vez hayais adivinado que lo hizo... creando una subcomisión.

Esta subcomisión comenzó a trabajar el mismo día siguiente, 12 de noviembre, con la participación de Cuba, Panamá, México, Guatemala, Uruguay, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Polonia, Yugoslavia e India. El punto que se encontró en común en sus discusiones fue pasarle la pelota al Consejo de Seguridad. Así pues, se aprobó una resolución que se reafirmaba en la resolución de 12 de diciembre de 1946 y otorgaba la confianza al Consejo de Seguridad para que «ejerza sus responsabilidades tan pronto como considere que la situación de España lo exija». Llevada la moción a la Comisión Política, Reino Unido se apresuró a declarar que la veía guay y que la votaría. Gromiko, por la URSS, anunció que también lo haría, aunque la consideraba floja. Esas dos tomas de palabra aprobaron la moción de facto. La votación fue un mero formalismo.

Finalmente, la Asamblea aprobó la moción. Pero si las aspiraciones republicanas se habían debilitado ya en la subcomisión y la comisión, en la Asamblea fue peor aún. Merced a los votos combinados de Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá, Costa Rica, Australia, República Dominicana, El Salvador, Grecia, Honduras, Holanda, Nicaragua, Perú, Filipinas, Turquía y África del Sur, de la resolución se quitó el literal: «renueva la resolución adoptada en esta fecha [12 de diciembre de 1946] respecto a las relaciones de los Estados miembros y de las Naciones Unidas con España». Esto es: de una resolución ya bastante edulcorada se quitó incluso la referencia a la renovación de la recomendación de retirar los embajadores. Lo que empezó, por lo tanto, con Polonia pidiendo el bloqueo económico, terminó con Naciones Unidas admitiendo que cada uno haría con su embajador lo que le petase.

En los bajos fondos de la diplomacia internacional de la ONU, había un nuevo factor que jugaría a partir de entonces en contra de la causa antifranquista. A Franco, esto es bien sabido, nunca le gustaron los judíos. Acabó tolerándolos de forma oficiosa, pero, a pesar de las prisas que se dió por dejar de ser fascista, nunca abandonó esa cosa tan nazi de considerar a los judíos los padres de casi todo mal, y en su último mitin de la plaza de Oriente, tras los fusilamientos del 75, enfermo y achacoso, aún sacaría a pasear eso tan típico en él de la conjura judeomasónica que, con la pertinaz sequía, han quedado en el recuerdo como dos de sus mantras más habituales.

En 1947, un nuevo asunto estaba en ebullición en el ámbito internacional: el asunto palestino. Era ésta una pelea del mayor interés para los países árabes, hasta entonces más bien proclives a apoyar, de alguna manera, la causa del antifranquismo en la ONU. Sin embargo, ya en aquella Asamblea de 1947, durante las discusiones del asunto palestino, recibieron el apoyo de países como Argentina o El Salvador, en ese momento decididos apoyos del franquismo. Los argentinos, sobre todo, cuando llegó el momento de votar la resolución sobre España, se cobraron el favor. Es por esto que Afganistán, Egipto, Irak, Líbano, Pakistán y Arabia Saudita, naciones que en su mayoría se habían mostrado proclives a los postulados republicanos, cambiaron su voto en la votación de la resolución y se abstuvieron.

Pasada aquella Asamblea, hasta Albornoz, que como presidente del Gobierno estaba obligado a ser el eterno optimista, tuvo que reconocer que en los medios del exilio la depresión podía cortarse hasta con un cuchillito de ésos de mierda que te dan en los aviones.

Si, por lo menos, Albornoz fracasase para alimentar a Prieto, algo tendría que llevarse a la boca el antifranquismo. Pero es que esto tampoco ocurre. Los intentos del PSOE de aglutinar a todo el antifranquismo en una solidaridad española naufragan por incomparecencia de los republicanos que apoyan al gobierno en el exilio y por la práctica descomposición de la ANFD del interior. Para colmo, el republicanismo, digamos, oficial, sigue aún emperrado en no darse cuenta de que todos los apoyos que puede obtener llegan del mismo lado del mundo. En el congreso de Izquierda Republicana, Albornoz asevera que «España es un país a la vez occidental y oriental», chorrada histórico-antropológica donde las haya, y que «tenemos que afirmar nuestro papel de árbitro entre los dos bloques». El republicanismo en el exilio sigue sin poder renunciar al apoyo del bloque comunista, algo que le juega claramente en contra en según qué despachos. Y éstos son la IR del exterior. Los del interior son aún peores. La IR del interior de España declara a Reino Unido enemigo de España, y la responsabiliza de la pervivencia de Franco. Cosas de la vida: Esquerra Republicana de Cataluña contestaría a este manifiesto instando a Izquierda Republicana a residenciarse en la URSS. Por su parte, Prieto dirá: «España debe formar parte del bloque occidental europeo. La neutralidad que acaba de proponer el señor Albornoz es imposible».

El 10 de febrero de 1948, como consecuencia del resultado de la Asamblea de las Naciones Unidas, de la desunión de los republicanos bien evidenciada por Albornoz y Prieto y, no hay que olvidarlo, de la labor porculizante de la diplomacia franquista, cae el único baldón real que soportaban las espaldas de Franco: Francia abre sus fronteras. Los republicanos tratan de convencer al mundo de que ya se lo esperaban. Y ya se lo esperaban, sí; pero eso no reduce el jodimiento ni medio centímetro.

En mayo, el Consejo Europeo celebra reunión en La Haya. Su comisión política aprueba una resolución condenatoria del franquismo en términos que difícilmente pueden ser más etéreos. Para colmo, Reino Unido la entierra en la llamada comisión de coordinación, por lo que la asamblea ni siquiera la conoce. Eso sí, a dicho congreso han sido invitados Prieto y Gil-Robles (otro bofetón de Londres al gobierno teóricamente legítimo de la República en el exilio) y ha permitido al líder socialista pronunciar un discurso en el que proclama su equidistancia de lo que denomina los dos totalitarismos: franquismo y comunismo. Qué mala memoria la del viejo zorro socialista.

Pero a este circo le van a seguir creciendo los enanos. De hecho, hay un enano que está a punto de darles un disgusto jodidillo.


En el verano de 1948, la veleta de una casa de Estoril, que llevaba años queriendo mirar hacia el sur, da un giro inesperado de 180 grados, mandando a tomar por culo el sueño de una convergencia entre antifranquistas monárquicos y republicanos.

miércoles, junio 30, 2010

La guerra civil bis (8)

En efecto, el 17 de diciembre de 1946, en México, Indalecio Prieto pronuncia un discurso furibundo contra el gobierno Giral. Debemos recordar, en este sentido, que desde el primer momento Prieto dejó claro y diáfano que su apoyo al gobierno Giral estaba basado únicamente en que éste fuese eficiente en la consecución de sus objetivos. Sin embargo, la lectura de Prieto sobre el resultado de la Asamblea de la ONU no iba por ahí. Apoyándose en el hecho de que la ONU no había decidido ninguna sanción económica contra Franco y sí, en cambio, una medida de adscripción voluntaria como es la retirada de embajadores (y no le faltaba razón: unos la llevaron a cabo, y otros no), Prieto sustantivó su idea de que la estrategia Giral se había demostrado menos eficiente que la unión de todas las fuerzas antifranquistas, monárquicos incluidos, y el desarrollo de un proyecto como el propugnado por Reino Unido para formar un gobierno provisional con miembros de derecha y de izquierda.

La conferencia de Prieto de 17 de diciembre, a pesar de concluir con la recomendación al PSOE de retirarse del gobierno Giral que éste no atendería, es un hito histórico en el antifranquismo republicano. Es la primera vez que se plantea sin ambages una idea que la República en el exilio nunca se había planteado hasta entonces: la idea de que la unión contra Franco exigía del concurso de fuerzas que en su día no estuvieron en el Frente Popular, que incluso lo combatieron. Aceptar esta idea era demasiado para la mayoría de los republicanos históricos, los cuales, desde casi 1931, habían tenido, en no pocos casos, un concepto patrimonial de la República que les llevó a considerar que todo lo que fuese gobierno de otros grupos que no fueran ellos no era República.

El 22 de enero de 1947, ante el apoyo expectante del PSOE y el explícito recibido por Izquierda Republicana, Giral reúne a su gobierno. En dicha reunión, Giral presenta un programa que, en su sustancia, pretende recoger el guante arrojado por Estados Unidos y tomar para sí la labor de derribar a Franco. Para ello, dicho programa propone la intensificación de las acciones de resistencia en el interior de España. Eso sí, Giral, que por mucho que esté en contra sabe que las palabras de Prieto pisan el terreno firme de una oposición de interior que cada vez se siente más divorciada de sus antiguos líderes exiliados, incluye en su programa la unión y coordinación de todas las fuerzas de interior en un Consejo de Resistencia.

Es Sánchez Guerra, al fin y al cabo uno de los miembros del republicanismo más cercano a las derechas, el que le arroja a Giral el jarro de agua fría a la cara. En su intervención, opina que el catedrático de Farmacia no es la persona más indicada para llevar a cabo el programa que acaba de explicar porque, añade, una vez agotadas, en la Asamblea General, todas las posibilidades de ganar la guerra civil bis en el ámbito internacional, no queda otra que la convergencia con la oposición de derechas del interior del país. El viejo político independiente dimite como ministro y lo mismo harán, tras consultar a su organización, los ugetistas Trifón Gómez y Enrique de Francisco. Martínez Prieto y Leiva, de la CNT, hacen lo propio, con lo que lo que denominamos partidos de izquierda burguesa se quedan solos.

De todas las tomas de posición que se hacen públicas en esa hora, quizá la más puesta en razón sea, al menos en mi opinión, sea la de la CNT. Los anarquistas consideran que los resultados, o más bien los no-resultados, de la Asamblea de la ONU, colocan «la solución del problema español fuera del alcance del instrumento legitimista de la República: el gobierno republicano del doctor Giral»; además de referirse a la «política de intransigencia» del gobierno Giral que la ha «separado abiertamente» tanto de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas como de la propia ONU.

Los cenetistas, que en la Historia de España son culpables de haber hecho tanto y tanto análisis radicalmente desenfocado son, sin embargo, y en estos momentos, quienes mejor leen el partido. La ONU quiere lo que quiere, y está dispuesta a llegar hasta donde está. La oposición de interior tiene los huevos pelados de que la detengan y la fostien en las comisarías. En esas condiciones, los antifranquistas de interior, que empiezan a ser tratados como verdaderos antifranquistas por encima de los exiliados y de los maquis que le hacen la guerra a Franco, lo que quieren es que Franco se vaya, y no les importa cómo. Si ha de irse mediando un pacto en el que el sueño republicano del 31 sea arrugado como kleenex y arrojado a la basura de la Historia, pues se hará. Y, de hecho, se hizo.

El presidente Martínez Barrio encarga formar gobierno al republicano Augusto Barcia, con la instrucción de buscar el mayor consenso posible, pero bajo el factor común de que el objetivo de lucha del gobierno ha de ser la reinstauración de la República. En esas condiciones, tanto PSOE como UGT le dan el no a Barcia; CNT, por su parte, le señala que, siendo Barcia un estrecho colaborador de Giral, no ve diferencia con el cambio. Barcia, por lo tanto, fue compelido por las circunstancias a renunciar al encargo. Por ello, Barrio encargó la labor a Rodolfo Llopis, quien sí que logró formar gobierno sobre la base de acercar posiciones con la oposición del interior y alineamiento con la ONU pero, eso sí, exigiendo que, el día que se celebrase esa consulta al pueblo español, fuese el gobierno de la República el que tuviese el mando del país; el gran cambio, sin embargo, es que la República, ahora, acepta, cosa que no hacía el gobierno Giral, que en dicho gobierno haya carteras en manos de fuerzas de derechas.

El gobierno quedó formado de la siguiente manera.

  • Presidente y ministro de Estado: Rodolfo Llopis (PSOE).
  • Justicia: Manuel de Irujo (PNV).
  • Hacienda: Fernando Valera (UR).
  • Defensa: Julio Just (IR).
  • Instrucción Pública: Miquel Santaló (Izquierda Catalana).
  • Emigración: Trifón Gómez (UGT).
  • Economía nacional: un ministro comunista de posterior designación (Uribe, si no estoy errado).
  • Información: un ministro cenetista de posterior designación.

En esta lista, en todo caso, falta el gran muñidor, que no es otro que Indalecio Prieto, la auténtica alma de este proyecto de creación de una Asamblea Constituyente en la que sólo faltarían los franquistas que siguiesen siéndolo (es decir, ni a los franquistas renegados como Ridruejo se les negaba ya sitio). La gran oposición republicana, plasmada en un manifiesto dado a la prensa, proviene del negrinismo.

En marzo de 1947, Llopis es recibido por el presidente belga y su ministro de Asuntos Exteriores, en un importante espaldarazo diplomático a su política; espaldarazo que completó en marzo Edouard Herriot, presidente de la Asamblea Francesa, recibiendo al gobierno en pleno. Llopis, como todos los republicanos del exilio, quería saber una cosa. Quería saber cuál era el significado que habría quedarle al sintagma «en un plazo razonable» que, como recordará todo paciente lector de estas notas, se encontraba en la resolución de Naciones Unidas. Spaak, el ministro belga, opinó que ese plazo deberían ser seis meses, lo cual equivaldría a decir que, si Franco no se había ido en junio de ese año, la ONU tendría que tomar las medidas pertinentes.

La clave de esta nueva etapa, digamos, semilegitimista de la República en el exilio, es, claramente, las negociaciones con los monárquicos. Pero éstas no son nada fáciles. Los monárquicos quieren en 1947 lo mismo que querrán durante todo el franquismo y otendrán en la Transición: que, cualquiera que sea la consulta que se le haga al pueblo español, dicha consulta sea posterior a la instauración de la monarquía como forma de Estado. El antiguo Frente Popular, por su parte, insistía en la necesidad de un tratamiento absolutamente neutro, para que el pueblo español pudiese decidir libremente.

Republicanos y monárquicos, en todo caso, se habían olvidado de que en el tablero había una pieza más: Franco.

En marzo de 1947, Luis Carrero Blanco, subsecretario entonces de Presidencia del Gobierno, se presenta en Estoril, asumiendo la incómoda misión de presentarle a Juan de Borbón el proyecto de ley de Sucesión del franquismo; el texto legal que dice que España es un Reino y, por lo tanto, debe ser gobernado por un rey; pero, al mismo tiempo, deja la cuestión de decidir qué rey en manos de Franco. El 31 de marzo, a las 11 de la mañana, se produce la entrevista, que fue la leche. Carrero le dió el proyecto al Borbón para que lo estudiase, y se fue. Diez minutos después, regresó y le dio al vizconde de Rocamora el recado de que le dijese al jefe de la casa borbónica que el proyecto que le había dado iba a ser anunciado esa misma noche por Radio Nacional. Para cuando Juan de Borbón quiso pedirle explicaciones al almirante, éste se había ido a la naja.

Como respuesta a este putadón, auténtica jugada de trilero que demuestra que o bien Franco o bien alguien cercano a él estaba bien dotado para el timo, el 7 de abril Juan de Borbón publica su famoso manifiesto, en el que dice que la nueva ley «prevé un sistema [sucesorio] por completo opuesto al de las leyes que históricamente han regulado la sucesión de la corona», citando nombres como el de Balmes, y soltando por la boca lindezas democráticas del calado de la que sigue: «Frente a este intento, yo tengo el deber inexcusable de hacer una pública y solemne afirmación del supremo principio de la legitimidad que encarno, de los imprescindibles derechos de soberanía que la Providencia de Dios ha querido que vinieran a confluir en mi persona». Asimismo, el jefe de la casa real borbónica se muestra partidario de «un Estado de Derecho inspirado en los principios esenciales de la vida de la Nación y que obligue por igual a gobernantes y gobernados».

En mi opinión, esta nota de Juan de Borbón fue muy poco reflexionada por él y por su entorno porque, o yo estoy muy equivocado, o dice exactamente lo que El Pardo esperaba que dijese. Desde un punto de vista democrático de segunda mitad de siglo XX, es una nota casi, o sin casi, impresentable. El jefe de la casa real no se refiere al concepto de democracia; se permite citar a teóricos más viejos (y fachas) que mear de pie contra la tapia de una iglesia; cita a la providencia divina a la hora de desplegar los méritos por los cuales los españoles deben aceptarle; por supuesto, ni se acuerda de la solución plebiscitaria que se supone que apoya en las negociaciones con los republicanos; y, en general, lo que hace es, como digo, hacerle un favor al franquismo. Tras el manifiesto, Franco bien podrá susurrar: «si pensáis que yo soy facha, mirad éste...»

Para más inri, la reacción de los republicanos a un proyecto de ley que define España como un reino no puede ser otra que decir que España es una república y eso es lo que debe volver a ser.

Ambos, monárquicos y republicanos, cayeron en el trile del franquismo, que los dejó en bragas, y sin desgastarse. Los republicanos se dedicaron a decir, en entrevistas periodísticas, que aún era posible el acuerdo con los monárquicos. Pero ese acuerdo, el 8 de abril de 1947, estaba un poco más lejos, se mirase como se mirase.

Como en una relación causa-efecto (y es que probablemente lo es), al antifanquismo le crecen los enanos. Los socialistas del exilio cada vez dejan más claro que no creen que las instituciones republicanas deban pervivir. En el interior, los comunistas abandonan la ANFD, incapaces de superar sus diferencias con socialistas y cenetistas partidarios de la entente con los monárquicos.

En el plano internacional, la ONU deja claro que no se cree el referendo franquista de la Ley de Sucesión y, más aún, deja a España fuera tanto de la conferencia de Estados europeos como del Plan Marshall. Sin embargo, el tiempo pasa, el «plazo razonable» se consume, y el Consejo de Seguridad no parece dispuesto a mover un dedo. Llopis trata de presionarles dando una imagen de unidad antifranquista convocando las Cortes republicanas, incluso, opina Prieto, con presencia de diputados de derechas; pero dicha reunión no se produce. En septiembre, en Toulouse, el PSOE celebra un congreso en el que se acuerda que la solución al problema español pasa por la actuación de todas las fuerzas antifascistas sin excepción; y que es necesario apoyar «fórmulas más realizables»; una forma elegante de decir que los socialistas ya no se creen la milonga de que los españoles van a recibir algún día a la República en el exilio aplaudiendo con las orejas.

En su discurso, Prieto utiliza la palabra «enemigo» para definir al Partido Comunista, lo que introduce una grave disensión dentro del republicanismo, ya que otras formaciones, como IR, UR o algunos nacionalistas, no son partidarios de participar en ningún viaje en el que no estén los comunistas. Finalmente, el congreso aprueba una resolución por la que se apuesta por las fórmulas de transición defendidas por Naciones Unidas (en realidad, por la Nota Tripartita) y estableciendo la implantación de la República como algo accidental que si viene, viene; y si no, pues no. El PSOE, concluye la resolución, participará en el gobierno siempre y cuando éste no le estorbe (ésta es la palabra usada en la resolución) en sus actuaciones.

El congreso del PSOE de Toulouse, que fue rabiosamente anticomunista, colocó a Llopis, socialista, en una posición desabrida, pues presidía un gobierno con participación de los comunistas y de otros grupos que consideraban dicha participación absolutamente necesaria. «Las decisiones tomadas por su partido en Toulouse», le escribirá a Llopis Vicente Uribe, ministro comunista, «son una amenaza de guerra civil entre los republicanos». Tan desagrida es la situación, que el gobierno Llopis, como no puede ser de otra forma, cae el 6 de agosto.

domingo, junio 27, 2010

La guerra civil bis (7)

Apenas 24 horas después de la apertura de la Asamblea en Flushing Meadows, comienzan las buenas noticias para la República. Trygve Lie, secretario general, cita la permanencia del régimen fascista en España en su primer informe a la Asamblea y, apenas unas horas después, Bélgica anuncia que pretende proponer que el asunto de coloque en el orden del día, entre otras cosas por la protección dada por la España de Franco a Leon Degrelle. Contra Franco se suceden las intervenciones de Noruega, Bielorrusia, Checoslovaquia, Francia y el propio Molotov, ministro soviético. El 1 de noviembre, se aprobaba sin votos en contra colocar el asunto en el orden del día de la Asamblea.

El 4 de noviembre, el delegado cubano, en connivencia con Fernando de los Ríos, presenta una moción iluminada por Prieto quien, en los últimos tiempos, ha madurado la idea de un referendo sobre el modo de Estado en España, bajo la vigilancia de los gobiernos latinoamericanos. Sin embargo, esta propuesta, además de recibir la oposición procedente de su inviabilidad, es también recibida con hostilidad por el gobierno Giral, que se considera el único gobierno democrático legítimo de España y, por lo tanto, no está dispuesto a admitir la propuesta de formar un gobierno de hombres buenos en España que sustituya al del exilio en la legalidad.

El 4 de diciembre, el Comité Político y de Seguridad de la Asamblea inicia la discusión del asunto español. Polonia abre el fuego con las acusaciones ya conocidas, y es totalmente apoyada por Venezuela. A continuación, el senador estadounidense Conally presenta una propuesta de resolución en la que se recomienda que la España de Franco sea excluida de todos los organismos internacionales. La moción dice también: «El pueblo español debe probar al mundo que tiene un gobierno cuya autoridad procede del consentimiento de los gobernados y que a fin de alcanzar este objetivo, el general Franco tiene que que entregar sus poderes a un gobierno provisional representativo del pueblo español que respete la libertad de palabra, de religión y de reunión y que convoque unas elecciones, a favor de las cuales el pueblo español, liberado de toda coacción y de toda intimidación, pueda expresar su voluntad».

Esta resolución, en suma, es un intento de sustantivar el principio de no intervención y dejar del lado del propio pueblo español, por así decirlo, la tarea de conseguir que Franco se vaya. Además, se caracteriza por cierto ninguneo al gobierno del exilio, por aceptar la doctrina Prieto de un gobierno interno formado por personalidades cuya función sería convocar las elecciones.

Más allá, Conally, durante la defensa de su moción, asevera con claridad que el objetivo de sustituir a Franco por un gobierno democrático no puede alcanzarse mediante una acción del exterior. En Flushing Meadows, pues, se disuelve, por primera vez, la esperanza, un tanto vana la verdad, de los republicanos en el sentido de que el mundo libre iba a mover un solo tanque para echar a Franco de España. Más allá, Conally expresa una idea que no es en modo alguno nueva: la ruptura de relaciones diplomáticas y el bloqueo económico, lejos de suponer un problema para Franco, lo supondrían para el pueblo español (décadas después, los defensores del castrismo dirán lo mismo del bloqueo americano a Cuba). Insinúa el senador norteamericano que Franco no es un problema para la seguridad internacional, y vuelve a sacar a pasear el concepto de la Nota Tripartita en el sentido de que todo cambio en España debe producirse sin guerra civil. Al día siguiente, sir Hartley Shawcross, delegado británico, suscribe hasta las comas de la argumentación de Washington, destacando, si cabe, con mayor fuerza aún el argumento de no intervención: si tan amante de la democracia es el pueblo español, llega a decir, acabará encontrando el camino para imponerla. Tanto una como otra potencia parecen dispuestas a esperar lo que haga falta para que eso ocurra. Y eso, exactamente eso, es lo que hicieron. Francia y la URSS, entre otros, intervienen a favor de la moción polaca. Ante la cerrazón de posiciones, la Comisión decide... crear una Subcomisión.

Esta subcomisión aprobará una resolución que sigue calificando el régimen de Franco de fascista y recomienda «que se impida al gobierno español franquista adherirse a las instituciones internacionales creadas por Naciones Unidas (...) hasta la formación de un gobierno aceptable en España». Asimismo, recomienda que, «si en un plazo razonable no queda establecido un gobierno que obtenga su autoridad de la voluntad de los gobernados (...) el Consejo de Seguridad estudie las medidas adecuadas a tomar para remediar esta situación» (párrafo éste que no puede ser más etéreo). Por último, recomienda «desde ahora a todos los miembros de las Naciones Unidas que retiren de Madrid los embajadores y ministros plenipotenciarios allí acreditados». La Asamblea adoptó finalmente esta resolución con el voto a favor de Australia, Bélgica, Bolivia, Brasil, Bielorrusia, Chile, China, Checoslovaquia, Dinamarca, Etiopía, Francia, Guatemala, Haití, Islandia, India, Irán, Liberia, Luxemburgo, México, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Filipinas, Polonia, Suecia, Ucrania, Reino Unido, EEUU, Uruguay, URSS, Venezuela y Yugoslavia. En contra votaron Argentina, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador y Perú. Se abstuvieron Afganistán, Canadá, Colombia, Cuba, Egipto, Grecia, Honduras, Líbano, Países Bajos, Arabia Saudita, Siria, Turquía y Sudáfrica.

Fue una victoria para la República. La posición inicial de Londres y Washington había sido matizada, y se había conseguido la abstención de los países árabes, a los que Franco había tentado insinuando la liberación del pueblo marroquí del Protectorado.

Pero, si la República ganó, ¿por qué empezaron a ir mal las cosas?

Hay una teoría, la más conspiranoica de todas. Según ella, los tentáculos de las cloacas del franquismo serían muy largos y contarían con elementos en el exilio para dar por culo. Sinceramente, no la creo. Franco tenía un enorme poder, pero en el interior de España. Fuera del país, viviendo donde vivían, la mayoría de los prebostes republicanos eran intocables y, al fin y a la postre, la estrategia del exilio era cosa de cuatro.

Otra teoría nos llevaría a considerar que los dos semi-perdedores de la Asamblea, Reino Unido y EEUU, que empezaban a ver ventajas en la pervivencia de Franco y, sobre todo, veían un montón de incertidumbres en la democratización del país, moviesen sus hilos. Esta tesis sí que es más creíble, aunque no sé si alguna vez se demostrará por completo.

Hay, en todo caso, una tercera hipótesis, tan humana como, por lo tanto, creíble: la simple y pura envidia. En paralelo a la pelea por el regreso de la democracia a España había una pelea de poder; una pelea en torno a quién la haría regresar y cómo y, consecuentemente, quién se pondría la medalla. No hay que olvidar, además, que esta pelea se producía entre tendencias ideológicas que se habían llevado literalmente a hostias en un pasado no muy lejano; y si se habían unido en el Frente Popular de las elecciones del 36 era porque, de alguna manera, todos pensaban estar aprovechándose de los otros, y todos pensaban que podrían deshacerse de compañeros incómodos cuando les conviniese.

Sea como sea, la alegría de la República dura 48 putas horas. El 15 de diciembre, la Asamblea vota la resolución que, en España, hizo a Franco sacar a las calles a miles de españoles que mostraban su inquebrantable adhesión con pancartas que decían cosas como «Si ellos tienen UNO, nosotros tenemos DOS». Pero el 17 de diciembre, estalla la bomba.

viernes, junio 25, 2010

La guerra civil bis (6)

El documento de la comisión de estudio deja poco margen para las interpretaciones. Dice, con neta claridad, que «el régimen franquista es un régimen fascista calcado del de la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini». Acusa a Franco de instigar la guerra tanto como las partes contendientes y afirma que la correspondencia incautada a los nazis y fascistas tras la guerra, y utilizada en el proceso de Nuremberg, sustenta la acusación contra Franco por realización de crímenes contra la paz.

La Comisión también estuvo de acuerdo con las teorías según las cuales Franco era un peligro inminente para la paz en Europa, pues asevera que «las actividades en la frontera francesa parecen indicar que se espera posiblemente un conflicto con la España franquista».

Sin embargo, en diplomacia el diagnóstico de una situación tiene poco valor si no viene acompañado de medidas. De hecho, la Historia de la ONU está repleta de casos así. Casos en los que la institución salva la cara mediante el recurso a decir «Fulano ha sido muy malo y es culpable de todo, pero no tomo medidas contra él». En el caso del estudio del problema español, el problema se planteó a la hora de preguntarse si, una vez claro que el franquismo era un fascismo más, le era aplicable el artículo 39 de la carta de la ONU: «El Consejo de Seguridad determinará la existencia de toda amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión y hará recomendaciones o decidirá qué medidas serán tomadas de conformidad con los artículos 41 y 42 para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales».

Como ya he comentado con anterioridad, aquí está la madre del cordero. Por mucho que los republicanos y, en general, todos aquellos que en aquellos años cuarenta tenían endiosada a la ONU como el foro definitivo del orden mundial, lo cierto es que, diplomáticamente hablando, lo que más le importaba a la oposición española, es decir la brutal represión interior del franquismo contra sus opositores, era un dato menor. Lo importante para la ONU era si Franco era una amenaza para la paz, como lo habían sido Hitler y Mussolini. Esto Franco lo sabía bien, y por eso tuvo buen cuidado de no incrementar ni un milímetro su imagen belicista. Por ello, la Comisión, en un párrafo que es la peor noticia para el republicanismo español, dice: «No se ha producido todavía la ruptura de la paz. Ningún acto de agresión ha sido probado. Ninguna amenaza contra la paz se ha establecido. Por consiguiente, ninguna de las medidas de coerción enunciadas en los artículos 41 [sin tropas] y 42 [mediando el uso de la fuerza y tropas] pueden ser ordenadas en la hora actual por el Consejo de Seguridad». De los escasos triunfos de la diplomacia franquista en esos años en los que iba claramente perdiendo la partida, le queda éste, crucial a la postre: convencer a las cancillerías suficientes de que no iba a atacar a nadie, ni se iba a implicar en ninguna aventura rara. En el momento que Franco consiguió que muchos países asumiesen que él no era como Mussolini y, por lo tanto, no iba a invadir Abisinia, la posición opositora se debilitó automáticamente.

Fruto de los dimes, diretes, discusiones y arreglos que todo papel diplomático comporta, el informe de la Comisión trata de arreglar las cosas diciendo que «el Subcomité constata que reina en este momento en España una situación que si no constituye un amenaza actual en el espíritu del artículo 39, representa una situación que, de prolongarse, puede amenazar el mantenimiento de la paz y de la seguridad internacionales». El deporte preferido de Naciones Unidas es el rubgy. Y la jugada preferida, la patada a seguir. Sin embargo, como el problema estaba planteado en unos términos muy claros y los apoyos de la causa republicana no eran pocos, el informe termina apostando por una resolución del Consejo de Seguridad que recomiende la retirada de embajadores.

Al estudiar este dictamen en el Consejo de Seguridad, se produce la curiosa situación de que un amigo de la causa republicana, tratando de reivindicarla, en realidad les hace la pascua. Ese amigo es Andrej Gromiko, jefe de la diplomacia soviética durante décadas.

Estados Unidos presenta una enmienda a la resolución del Consejo en la que, ladinamente, le coloca a la recomendación de retirar los embajadores la coletilla «o, en su defecto, toda acción que considerara como eficaz y apropiada a las circunstancias actuales». Es decir, trataba de quedarse con las manos libres para mantener el embajador y hacer las cosas a su manera.

Esta enmienda enfureció a los soviéticos, quienes se dieron cuenta (hay que ser tonto del culo para no verlo) que, de aprobarse, en realidad dejaba sin efecto la eventualidad de una retirada coordinada de embajadores, que era lo que el bloque del Este buscaba. Sin embargo, Gromiko, o quien le diese las órdenes pertinentes, operó con notable torpeza. De forma sorpresiva, la URSS ejerció el veto de la enmienda estadounidense y exigió que se volviese a la moción inicial redactada por el polaco Lange, es decir al aislamiento puro y duro de Franco. El 24 de junio, Óscar Lange volvió a solicitar la votación de la moción, en un intento del bloque del Este de que todos los países se retratasen. El resultado fue que Francia, la URSS y México la apoyaran, y los otros siete miembros de turno del Consejo la tumbasen. Entonces Polonia reculó, pero hasta cierto punto era tarde. Presentó una nueva propuesta de moción que buscaba que el asunto quedase en el orden del día y hubiese un compromiso de volver a tratarlo por el Consejo (Lange proponía como tope el 1 de septiembre, es decir unos tres meses, para, dijo, darle tiempo a los republicanos a derribar el régimen de Franco. Se desconoce las milongas que le habían contado los comunistas españoles exiliados en Moscú para creer eso posible); así como la creación de una nueva Comisión de Estudio, que quedó formada por Australia, Polonia y Reino Unido. Teniendo en cuenta que Polonia quería poco menos que la ONU invadiese España y que Reino Unido había votado para que toda la cuestión pasara a la Asamblea sin recomendación alguna, por lógica, esta segunda comisión no llegó ni a media conclusión consensuada. Ya en el Consejo, Australia y Reino Unido presentaron una moción que comprometía al Consejo a mantener el problema en observación; pero Gromiko la volvió a vetar, por considerarla floja. Ante la situación de bloqueo, la moción se votó sin veto, recibiendo nueve síes y dos noes. La URSS y Polonia habían perdido incluso el apoyo de Francia que antes habían tenido.

En resumen: al comenzar la sesión del Consejo, la mayoría de los miembros eran proclives a que se tomase alguna decisión contra Franco. Pero querían apostar, todo lo más, tres o cuatro amarracos. La actitud de Gromiko, cortando el mus y cantando un órdago a la grande, colocó a esos mismos países en la posición de tener que definirse, y lo hicieron decidiéndose por la cautela, que es lo que un diplomático hace cien veces de cada cien cuando no está seguro de las consecuencias de sus actos. Gromiko, intentando ayudar a la causa republicana, le metió un pepino por donde los amargan.

Giral, amargamente, se quejaría en nota pública de los resultados de este Consejo de Seguridad del verano de 1946 indicando que su resolución era «una sentencia que no guarda relación con sus considerandos». Y tenía razón. Tan dura era la ONU diagnosticando el fascismo de Franco como blanda actuando contra él. Y, para solaz de los apoyos de Franco, tácitos o descarados, ello no había ocurrido por ninguna acción de esos amigos, sino por una terrible torpeza de uno de los mejores amigos de la República.

No obstante, ese verano del 46 es el más feliz para los republicanos exiliados. Todos los grupos políticos apoyan aún el gobierno Giral, aunque con las serias matizaciones prietistas; y el apoyo internacional es evidente en actos como el escrito firmado por más de cien diputados británicos en apoyo de la República. En Hungría, el gobierno de Zoltan Tildy reconoce oficialmente a la República. Los obreros checoslovacos se manifiestan a favor de España. La Asamblea Francesa invita a Giral a intervenir en su Comisión de Asuntos Extranjeros (ante la cual Giral, no sé muy bien basándose en qué, asevera que «el gobierno de la República puede garantizar que el orden y la disciplina no serán perturbados en España»).

Una vez más, y puesto que está en fase de envalentone, Giral se muestra contrario a un plebiscito que defina la forma de Estado, pues da por totalmente finiquitada la monarquía en España. Pero aquí empieza el gobierno Giral a pisar terreno no muy firme. La Conferencia socialista celebrada los días 27 y 28 de agosto en el exilio propugna «un régimen de libertad que permita al pueblo darse, por la vía del sufragio universal, el gobierno de su elección». En la misma línea se pronuncia, en la clandestinidad interior, la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, la cual, en un manifiesto, se compromete a aceptar toda solución contraria a sus postulados que la voluntad popular, libremente expresada, pueda tomar. La toma de posición socialisgta, esto es lo que temen los giralistas, arrastra al laborismo británico, que empieza a coquetear descaradamente con la idea de una solución monárquica.


Lo quieran o no Giral, su gobierno y las formaciones que están en el centro de su apoyo, la simple y pura reinstauración de la República está dejando de ser la única alternativa al franquismo.

El 23 de octubre comienza un nuevo acto. Tras el Consejo de Seguridad, llega la Asamblea de la ONU.

miércoles, junio 23, 2010

El rey republicano

Hace muy pocos días hemos podido contemplar, en Estocolmo, una prueba más de que es posible gastarse un montón de pasta en vestirse como un adefesio. Tal cosa acaba por aparecer en las bodas de sangre real, todas ellas tocadas de cierta propensión al exhibicionismo estético que no pocas veces cae en el ridículo. En todo caso, de esta boda se han dicho muchas cosas. Se ha casado la heredera de un trono con su profe de gimnasia, y se ha destacado lo extraño de esta situación. Lo cierto es que las bodas plebeyas de príncipes y princesas ya no sorprenden, por haberse convertido en lo normal. Pero es que en el caso de la corona sueca, esta normalidad es tanto más lógica si tenemos en cuenta su génesis. La actual casa real sueca fue iniciada por un hombre que, siendo rey, odiaba a los reyes, como odió a un emperador. Ésta es, en notas sucintas, su historia; la historia de Jean Baptiste Bernadotte.

Nuestro Juan Bautista nació el 26 de enero de 1763, de una familia dedicada tradicionalmente a la sastrería. Su padre, Henri Bernadotte, murió teniendo su hijo 17 años, dejando la familia en una situación económica comprometida que acabó por decidir al joven a enrolarse en el ejército. Su primer destino fue Ajaccio, en Córcega , donde, por lógica, es más que probable que, durante sus paseos, se cruzase con algún miembro de la familia Bonaparte.

Con 21 años lo encontramos sirviendo, ya de sargento, en Grenoble, y conocido por todos los militares como Sergeant Bellejambe, o Sargento Piernabella, mote que alude a su éxito con las mujeres. Es tanto tal éxito que incluso el guapo sargento se liga a una grenoblina con un nombre tan sensual como Catalina L'Amour, y le hace una hija, Olimpia Bernadotte, que morirá siendo niña.

Estalla la Revolución Francesa. Por mor de la misma, el jefe de la guarnición, el coronel D'Ambert, a causa de su condición noble, es condenado a muerte. Bernadotte, quien durante toda su vida se caracterizará por ser fiel a sus ideas y planteamientos, le defiende. Luego, a la guerra; primero en Bélgica y luego, conforme avance el ejército francés, en Austria. Como siguiente campaña, Bernadotte es enviado a Italia, con 20.000 hombres, a auxiliar a un general llamado Napoleón Bonaparte. El encuentro entre ambos aflora una neta antipatía, lógica entre un militar como Bernadotte, de sólidas convicciones republicanas; y otro, como Napoleón, que, si bien no ha descubierto aún sus cartas, no se recata en esconder la elevada opinión que tiene de sí mismo y de su misión histórica.

Hagamos una breve pausa en la vida de Juan Bautista.

El 18 de septiembre de 1793, en Marsella, una jovencita espera a las puertas de las dependencias oficiales, adonde ha ido para terciar en favor de su padre y su hermano, que han sido detenidos por los comités revolucionarios. A pesar de sus porfías, no consigue gran cosa. Pero esa tarde-noche, un hombre entra en la sala donde ella está esperando y se fija en ella, Bernardine Desirée Clary. Ese hombre es José Bonaparte, el hermano de Napoleón que algún día será el despreciado rey de España. Si en aquel momento una voz en off le hubiese dicho a él que sería rey de Nápoles y de España, y a ella que sería reina de Suecia y de Noruega, es de suponer que se habrían descojonado de la risa.

José consigue la liberación de los Clary y, automáticamente, comienza a cortejar a las dos hermanas, Desirée y Julia, para terminar casándose con la segunda de ellas. Aunque, antes de esa boda, cuando aún José está pelando la pava con Desirée, su hermano Napoleón visitó Marsella y conoció a las hermanas. Opinó, según cuenta en sus memorias Desirée, que ésta era demasiado impulsiva para José, así pues le recomendó que se casase con Julia (y, como sabemos, el hermano le hizo caso). Por su parte, Napoleón decidió casarse con Desirée. Así pues, la que sería reina de Suecia y de Noruega bien pudo ser emperatriz de Francia.

Como he dicho, fue Napoleón quien decidió que aquella era su esposa perfecta. Pero con el mismo desparpajo que hizo esa decisión, la deshizo año y medio después, cuando conociese en París a Josefina de Beauharnais, quien sería su mujer. Desirée quedó absolutamente desolada e incluso le prometió a su ya ex novio guardarle las ausencias hasta la muerte, como era bastante normal en aquellas jovencitas románticas.

Desirée Clary y Jean Baptiste Bernadotte se conocerían en París, en una recepción de José Bonaparte, unos dos años después de que Napoleón la dejase marchándose, nunca mejor dicho, a la francesa. Se casaron el 17 de agosto de 1798. Pero los, y sobre todo las, amantes de las historias de amor, tienen muchos elementos para pensar que ambos estaban predestinados. En junio de 1789, un joven oficial Bernardotte seguía a su coronel D'Ambert y recaló en Marsella. Su coronel le dio un salvoconducto para que cierto civil de la calle Roma de dicha ciudad le diera alojamiento. El joven Jean Baptiste fue a la casa y le dio al dueño el papelito. Al casero no debió gustarle el porte de Piernabella, o quizá le pareció indigno de su casa hospedar a un puto sargento, motivo por el cual lo despachó con una disculpa.

Aquel hombre era monsieur Clary, y la casa de la calle Roma la vivienda de su familia y, por lo tanto, también la de la jovencita Desirée. Quienes nueve años después fueron marido y mujer no se conocieron aquel día por razón de lo cutre que fue el suegro.

Con su matrimonio, Bernadotte se convirtió asimismo en pariente de los Bonaparte. Pero Napoleón no le quería en París; seguía sin caerle bien. Lo mandó de comandante del ejército del Rhin. Pero el año siguiente, el gobierno republicano lo nombró ministro de la Guerra, por lo que regresó a París. Por aquel entonces nace el único hijo de la pareja y, por cierto, se produce un gesto de enorme ternura por parte de Desirée: le escribe una carta a Napoleón, entonces en Egipto, pidiéndole que sea el padrino del niño. Una forma muy femenina de decir: te he perdonado, hijoputa.

Juan Bautista dura en el proceloso lago de la alta política parisina exactamente seis semanas. Pasado ese tiempo, las envidias en la cúpula republicana comportan su cese. Merced a esta decisión, fomentada sobre todo por Barras, cuando llegue el 18 de Brumario y el golpe de Estado de Napoleón, Bernadotte no estará ahí para oponerle resistencia. En un encuentro posterior, el futuro rey de Suecia le dirá al futuro Emperador: «si yo hubiese sido ministro el 18 de Brumario, con seguridad os habría fusilado».

Esta afirmación es, más que probablemente, una exageración. En París mucha gente espera que Bernadotte salga de casa y se ponga al frente de milicias más o menos organizadas, que todo el mundo sabe están dispuestas a obedecerle. Pero no lo hace. Según todos los indicios, es José Bonaparte quien le come la oreja y acaba convenciéndole de que no se inmiscuya.

Ya en el poder, Napoleón hace todo lo posible por alejar a ese incómodo Bernadotte, que una vez se ha quedado en casa sin hacer nada, pero que lo mismo en cualquier momento decide hacer las cosas de otra manera. Incluso le ofrece la embajada en Estados Unidos, que éste no acepta. En 1804, cuando Napoleón decide su upgrading a la condición de emperador, consigue que Juan Bautista acepte la situación sin oponerse. Para recompensarle, lo nombra gobernador general de Hannover, gesto que, sin él saberlo, va a conseguir que al general, con el tiempo, le toque el gordo. En la famosa ceremonia de autocoronación de Napoleón como emperador, Jean Baptiste Bernadotte será quien porte el collar imperial.

Estamos en 1810. En Suecia, la dinastía reinante, los Vasa, se extingue. El último rey se ha vuelto loco y por eso le ha tenido que sustituir su tío, bastante decrépito, con el nombre de Carlos XIII. El Parlamento sueco busca un candidato para elegirlo rey. Y se fijan en el administrador de Hannover y algunas villas hanseáticas, de quien todo el mundo dice maravillas. Dicho y hecho: el 21 de agosto de 1810, el Parlamento elige rey a Jean Baptiste Bernadotte.

¿Se lo piensa mucho Juan Bautista? Es posible, porque es un republicano convencido. Probablemente, hay dos factores que pesan en su decisión positiva: por un lado, el hecho de que la monarquía sueca sea una monarquía constitucional, lo cual la hace más tragadera a ojos de un republicano. Por otro lado, lo mal, pero mal mal, que le sienta el ofrecimiento a Napoleón Bonaparte.

Bernadotte renuncia a la nacionalidad francesa y llega a Suecia el 20 de octubre de 1810. El pueblo les recibe con entusiasmo y eso place al futuro rey; pero no tanto a la futura reina. Pocos días después de llegar, Desirée está hasta las tetas de tanto frío, y decide volver a París. Será reina de Suecia por internet. De hecho, cuando los enemigos de Napoleón, entre los cuales se encontrará su marido, entren en París, cuatro años después, ella estará allí para contemplarlo.

El 5 de febrero de 1818, Carlos XIII muere y se produce la inmediata proclamación de Carl Johan, pues tal es el nombre que adopta Bernadotte. No es hasta junio de 1823 que se le reunirá la reina, que hasta entonces permanecerá en París.

El 8 de marzo de 1844, fallece Carl Johan, rey de Suecia y de Noruega. Al desnudarlo para prepararlo para los funerales, los sirvientes encontrarán un tatuaje en su brazo que nadie había visto antes. El tatuaje, probablemente un calentón de juventud, dice: «¡Abajo los reyes!»


Así pues, de alguna manera, Jean Baptiste Bernadotte, o Carl Johan de Suecia y de Noruega si lo preferís, fue un extraño caso de rey republicano. Con un inicio así, ¿quién se extraña de la existencia de un consorte profesor de gimnasia?

domingo, junio 20, 2010

La guerra civil bis (5)

1946 es un muy mal año para Franco. No sólo el Partido Comunista, en el interior, se cae del guindo de que no puede hacer la guerra por su cuenta, con lo que disuelve la Junta Suprema de Unión Nacional para ingresar en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. Además, la antigua formación de Gil Robles, los monárquicos, los liberales y conservadores de la República, se unen en torno a Juan de Borbón y publican en París un manifiesto, que obliga al Caudillo a exiliar en Canarias al general Kindelán, notorio monárquico. No obstante, el jefe del Estado no está por la labor de mostrarse débil, y el 22 de febrero, contra la oponión internacional, fusila a Cristino García y un grupo de maquis.

Ante tamaña actitud, el 26 de febrero de aquel año el Consejo de Ministros francés decide cerrar la frontera pirenaica a partir del 1 de marzo. Esta decisión busca, claramente, que El Pardo rompa relaciones diplomáticas con Francia. Franco, de hecho, cerró la frontera un día antes de lo que la fecha prevista por los franceses, aunque no dio el paso diplomático esperado.

Es en esta situación en la que el gobierno de los Estados Unidos propone a las otras dos potencias aliadas occidentales la realización de una toma de posición pública conjunta. Dicha nota, la famosa Nota Tripartita, se publica el 5 de marzo de aquel año. Dentro de la nota, los tres firmantes afirman que «desean que unos dirigentes españoles patriotas y liberales consigan provocar la retirada pacífica de Franco, la abolición de Falange y el establecimiento de un gobierno provisional o encargado de la expedición de los asuntos corrientes, bajo cuya autoridad el pueblo español tuviera la posibilidad de determinar libremente el tipo de gobierno que desea y de elegir sus representantes». También dice la nota: «a despecho de las medidas represivas tomadas por el régimen actual contra los esfuerzos ordenados del pueblo español para expresar y dar forma a sus aspiraciones políticas, los tres gobiernos esperan que el pueblo español no conocerá de nuevo los horrores y las amargas experiencias de la guerra civil».

La Nota Tripartita fue redactada, probablemente, por funcionarios norteamericanos. Pero, probablemente, por sus venas corría sangre gallega, porque es un prodigio de ir hacia todas partes sin ir a ninguna en particular. Para el antifranquismo de a pie, no sus dirigentes, la nota tripartita fue la hueva en verso endecasílabo. La confirmación de que el mundo libre estaba contra Franco y dispuesto a actuar contra él retirándole los embajadores. Pero, en realidad, la Nota Tripartita tenía varias cargas de profundidad. Contenía, eso sí, el reconocimiento de la existencia de intentos «ordenados» de oposición al franquismo, en lo que probablemente era una alusión indirecta al «desorden» comunista, lo cual suponía un aval tácito para la oposición en el exilio. Asimismo, la Nota Tripartita compraba lo que podríamos denominar la «doctrina Prieto», según la cual se debía nombrar un gobierno de hombres buenos y democráticos que organizase unas elecciones libres. Sin embargo, el texto también tenía putadas.

La primera putada era el deseo compartido de las potencias de que la guerra civil no se repitiese. Por lo tanto, los países más poderosos del mundo libre decían, negro sobre blanco, que nadie iba a disparar una sola bala para echar a Franco; más aún, esa frase podía interpretarse como la afirmación, que con el tiempo se haría más cierta, de que, en la medida que Franco garantizase la paz o fuese un factor de paz, sería más fácil aceptarlo. La referencia a la eventual acción de españoles patriotas y liberales dejaba bien claro que, al revés de lo que ocurría para la República en el exilio, para los firmantes no todos los integrantes del Frente Popular eran invitados a formar parte del gazpacho antifranquista. Por último, la alusión a una salida pacífica de Franco dejaba claro, una vez más que las potencias no harían nada que implicase el uso de la violencia o de la fuerza.

Como digo, a no pocos exiliados de a pie la Nota Tripartita les pareció caída del cielo. Pero a los líderes republicanos les provocó un cabreo del 47. El gobierno Giral hubiera esperado una ruptura radical con el gobierno de Franco; algo parecido al bloqueo americano contra Castro, incluyendo, por supuesto, la pública admisión de la legitimidad del Ejecutivo republicano en el exilio (esto quiere decir, por lo tanto, que las aspiraciones del gobierno Giral van aún más allá de la actitud de la Casa Blanca hacia Castro, pues éste no ha dejado de ser reconocido como el jefe del Estado cubano).

Con la llegada a París el 12 de marzo de Martínez Barrio, la República estaba plenamente instalada en la capital francesa. En ese momento, Giral abordó la ampliación de su gobierno para incluir todas las fuerzas del exilio; movimiento con el que, en mi opinión, demostró que no se había enterado de nada. Se lo había dicho Rockefeller durante la reunión de la ONU. Se lo volvió a decir la Nota Tripartita en el alambicado lenguaje diplomático. Y se lo volvió a decir Prieto, líder para entonces de la facción más moderada del PSOE, quien se negaba a que los comunistas entrasen a formar parte del gobierno republicano en el exilio. Giral, sin embargo, impuso su criterio, con lo que en el gobierno exiliado entraron Santiago Carrillo, por el PCE, y Alfonso Rodríguez Castelao, por los galleguistas, junto con un conservador republicano, Rafael Sánchez Guerra, aunque este nombre permaneció en secreto porque estaba en el interior de España. Enrique de Francisco, del PSOE, entró como ministro de Economía, cubriendo la vacante dejada por Fernando de los Ríos, que dimitió como ministro de Estado por motivos de salud (en la cartera lo sustituyó Giral). Asimismo, Nicolau d'Olwer dimitió para ser nombrado embajador en México.

Giral había puesto todos los huevos en la cesta del gobierno republicano. Hasta Negrín, que seguía a su bola, publicó una nota renunciando a hacerle oposición a aquel gobierno. El 5 de abril, el gobierno polaco de concentración reconoce al gobierno republicano, y la monarquía rumana rompe relaciones con Franco. El 13 de abril les reconoce Yugoslavia, y el 27 es Bulgaria la que retira su embajador.

Como puede verse, los países que serán del bloque del Este, cada vez más en la órbita soviética, son el principal ariete internacional de la República. En la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, el representante polaco, el inasequible al desaliento Óscar Lange, saca a pasear la cuestión de la España de Franco. Fernando de los Ríos, observador oficioso, interviente para aseverar que tiene informes fidedignos según los cuales Franco tiene formado un ejército tan grande como el francés, y que lo está preparando para asentarlo en la frontera con Francia. Este paso es absolutamente necesario para los republicanos españoles porque, como dejan bien claros los debates que en el seno de la ONU se producirán en los próximos años, cada vez más la comunidad internacional exigirá, para poner pies en pared contra Franco, que éste sea una amenazada como lo fue Hitler; esto es, que sea susceptible de agredir a otros países. Es tristísimo constatar esto, porque equivale a decir que a la comunidad de países, la represión de los españoles, en realidad, no les importaba tanto. Lo cierto es que casi siempre es así.

A mi modo de ver, las exageraciones polacas y republicanas españolas, jaleadas por Radio Moscú a toda pastilla, jugaron en contra del crédito republicano. Permitieron a la Casa Blanca amorcillarse en tablas y decir que no daría un paso más mientras Polonia no demostrase, de forma fehaciente, sus afirmaciones sobre el pretendido tamaño del ejército español, sus investigaciones en materia atómica y de armas supersónicas; teorías estas dos últimas que para cualquiera que sepa algo de cómo estaba España en 1946 le moverán a la risa floja. Y es que Georges Bush no fue el primero al que se le ocurrió atacar a un dictador en la ONU afirmando que estaba desarrollando armas de destrucción masiva.

El 16 de abril, en la apertura de la 34 sesión del Consejo de Seguridad, Lange presentó la moción que impulsaba a los países a romper relaciones diplomáticas con Franco. Al día siguiente la defendió, defensa en la cual repitió la estrategia, llegando afirmar que en la localidad toledana de Ocaña, y bajo el máximo secreto, un tal doctor Bergmann von Segerstay estaba desarrollando una bomba atómica. Entre otras cosas, también acusó a Franco de ofrecer su ayuda a los japoneses en la preparación del ataque a Pearl Harbour. Como no fuera para preparar los bocadillos... ¡Tora, Tora, Tora, y de las JONS!

Francia, que como sabemos acababa de cerrar la cancela, y México apoyaron a tope la proposición polaca. Holanda, después, intervino para decir que todo aquello no eran más que conjeturas. El delegado americano, Stettinius, se ciñó a la Nota Tripartita como sus vestidos a las caderas de Uma Thurman, y aseveró que cualquier solución debería evitar una nueva guerra civil. Más claro, Alexander Cadogan, delegado británico, se negó a apoyar la propuesta polaca. Brasil también intervino para oponerse. Finalmente, la situación de bloqueo fue vencida por Australia, que tenía una posición equidistante, mediante el viejo truco de aprobar la formación de una comisión de estudio, que estuvo finalmente formada por Australia, Brasil, China, Francia y Polonia.

El gobierno Giral, en la elaboración de su memorando a la comisión de estudio, aprovechó la ocasión para soltar algo de lastre. En unas declaraciones por aquella época, por ejemplo, Giral dijo que si el pueblo español votase libremente la monarquía, ellos lo aceptarían; lo cual supone algún cambio respecto de la cerril posición anterior. No obstante, mantuvo algunas ideas y acusaciones un tanto febles. En el curso de sus dos comparecencias ante la Comisión, por ejemplo, dijo que desde febrero de 1946 existía en España un ejército alemán disfrazado, acusación que coincidía con la de los polacos, según los cuales 200.000 soldados alemanes del ejército de Vichy habían pasado a España y allí seguían, acantonados y armados. Asimismo, se hablaba de un misterioso envío de científicos alemanes a Madrid por orden de Martin Bormann, el 22 de mayo de 1945.


Y, con éstas, llegó el dictamen de la comisión.

viernes, junio 18, 2010

La guerra civil bis (4)

El 7 de noviembre de 1945, en la presentación de su gobierno ante las Cortes, José Giral aparece con una evidente voluntad integradora bajo la cual, entre otras cosas, asevera que «aspiramos a superar la oposición entre el Oeste y Rusia, adalid del Este europeo». Esta frase del informe presentado ante los diputados indica que el gobierno republicano en el exilio es, en buena parte, consciente del gran problema de política internacional que se le presenta a sus intenciones. De hecho, en buena parte es este argumento el que explica el distanciamiento de los republicanos respecto de Negrín y de los comunistas. Pero, sin embargo, es un distanciamento que no conseguirá, o más cabe decir que no podrá, ser tan intenso como le gustaría al Foreign Office, sobre todo. Como los hechos por venir en el seno de las Naciones Unidas demostrarán bien pronto, en realidad el apoyo internacional a la República se reduce a un par de apoyos diplomáticamente más o menos exóticos, como el de México, y el apoyo decidido del bloque soviético, bien que no ejercido directamente desde Moscú sino a través de diplomacias satélite. La República no puede, y en buena parte probablemente tampoco quiere, abandonar el lenguaje más que comprensivo hacia el «adalid de la Europa del Este», aunque cada vez se haga más difícil ir por la vida diciendo que se es una democracia parlamentaria y, a la vez, amiguito de semejante sistema.

Otro aspecto de cajón de madera de pino del discurso giralista es su decidido republicanismo. En el mismo informe, Giral dice: «no creemos que España, dada su Historia, pueda salvarse sino por la República». Los veteranos republicanos del exilio, políticos del exterior que, con el tiempo, estarán cada vez más divorciados de lo que se cuece en la que fue su casa, retienen como argamasa fundamental de su unión la apuesta republicana en clave binaria o maniquea: la República es Uno, la Monarquía es Cero. No se le puede reprochar esta postura a Giral et altera; es lógico, justo y necesario. Pero que las cosas sean justas no quiere decir que no sean incómodas o problemáticas. En el ajedrez de las diversas transiciones del franquismo que durante cuarenta años se irán manejando, habrá siempre un alfil situado en Londres. Y Londres, por un montón de razones, apostará siempre, de forma irrestricta de quién ostente su gobierno, por una solución monárquica para España. Por lo demás, la identificación del exilio, República = democracia y libertad, es una identificación en la que muchos no creen, y la República exiliada hará poco por acallar esos pruritos, convencida como está de que son absurdos.

Hay, por lo demás, una frase en el informe Giral que, la verdad, se podía haber ahorrado. Ésta: «Si la desventura, a nuestro pesar, hiciera imposible una solución de paz para nuestro problema, lo que acusaría inmadurez en la conciencia moral internacional, el gobierno de la República no vacilaría en aceptar, con inmenso dolor, y así lo declara, la responsabilidad de la violencia». Ojalá viviesen los testigos de aquellos tiempos para poder contarnos por qué narices se incluyó esta frase en el informe, por qué estúpida razón se hizo una lectura tan torpe de los tiempos y de las situaciones.

En noviembre de 1945, el mundo era un boxeador agotado que hace dos minutos ha ganado un combate a los puntos tras quince asaltos durísimos. El púgil sólo desea una cosa: quedarse tranquilo. Y sólo rechaza una cosa: tener que volver a subir al ring a boxear. Empapados de su filosofía moral según la cual el mundo libre tenía que hacer lo que fuese por echar a Franco, los republicanos españoles fueron, a mi modo de ver, incapaces de percibir que Occidente no estaba por la labor de echarlo a hostias, a menos que Franco hiciese de Hitler y se dedicase a consolidar e incrementar su ejército para, por ejemplo, preparar una acción sobre Gibraltar. Algo que el Caudillo, obviamente, se guardó mucho de hacer.

La filosofía republicana es aquélla que sostiene que la violencia es legítima contra lo ilegítimo. La filosofía de las agotadas sociedades europeas que han perdido hijos y padres a miles en la guerra es que ni de coña va a volver a haber leches. Como veremos cuando lleguemos a la famosísima Nota Tripartita, verdadero eje y pivote de la historia que se cuenta en estas notas, será allí donde las grandes cancillerías contesten, indirectamente, a esta desgraciada salida de pata de banco de Giral y, por extensión, de la República en el exilio.

La cuestión de confianza subsiguiente al informe no fue sencilla. Alfonso Rodríguez Castelao, en representación de los republicanos gallegos; Lasarte, por el PNV; Cordero, por el Partido Federal; y Gomáriz, de Unión Republicana, la apoyaron. Sin embargo, Lamoneda, socialista negrinista; Uribe, comunista, y Fernández Clérigo, en representación de un grupo llamado Agrupación de Izquierda Republicana, intervinieron para decir que hubieran preferido a Negrín de presidente del gobierno. Ante tamañas intervenciones en apoyo de un militante del PSOE para primer ministro, otro militante del PSOE, Indalecio Prieto, se levantó para defender a Giral. Como se ve, el socialismo estaba muy unido en aquel entonces.

En todo caso, la confianza se otorgó por aclamación, es decir sin votación; y a mi modo de ver es una pena, porque de haberse votado se dispondría de una información muy interesante para el análisis histórico actual. La cosa iba sobre carriles. Pero, claro, estaba presente en aquellas Cortes uno de esos políticos acostumbrados a dar una de cal, y otra de arena.

Al día siguiente, 8 de noviembre, en el turno de explicación de voto, Indalecio Prieto elaboró un discurso muy medido que puso de los nervios a Giral y a su gobierno. Básicamente, la tesis del discurso fue: apoyo al gobierno Giral, siempre y cuando sirva para lo que tiene que servir, es decir para conseguir que las potencias mundiales echen a Franco. Si no, ya lo siento, pero que le den. Más aún: Prieto lanzó el Misil Pershing sobre la República en el exilio cuando pronunció la siguiente frase: «obedeceremos lo que se nos diga desde dentro de España cuando lo diga voz autorizada. Si allí se traza un camino, desde luego digno, que no sea el que hemos emprendido nosotros aquí, nosotros lo seguiremos sin vacilaciones».

La diferencia entre el antifranquismo de interior y del exilio es, básicamente, que el primero de ellos, como estaba comiendo mierda todos lo días, acabó por ser mucho más posibilista que el segundo. Por decirlo de alguna manera: los antifranquistas clandestinos apostaron pronto por cualquier fórmula que acabase con Franco, mientras que los antifranquistas exiliados sólo estaban dispuestos a aceptar aquéllas de esas fórmulas que cuadrasen con su cosmovisión política. Estamos hablando, claro, de la forma de Estado. Tierno Galván describe muy bien en sus memorias como para la mayoría de los socialistas de interior llegar a la democracia bajo el ala de un rey no les producía urticaria republicana; de hecho, los socialistas de hoy son los nietos de ese posibilismo. El Prieto de noviembre de 1945 ya sabe cosas. Sabe que hay por ahí un runrún de convergencia con las fuerzas conservadoras pero democráticas (hecho éste que repugna a muchos republicanos exiliados, para los cuales conservador democrático es un oxímoron), y no está dispuesto a dejar que ese proceso, que reputa con muchas más posibilidades de triunfo que la oposición frontal y republicana al franquismo (y los hechos demuestran que acertaba), se haga sin que él participe.

Prueba de ese posibilismo de la oposición de interior es la formación, por republicanos, socialistas y anarquistas de interior, de la llamada Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, que se produce por aquel entonces y es casi contemporánea de la creación por los comunistas de la Unión Nacional Antifascista. La ANFD, en su primer comunicado, declara que «no tiene relación alguna» con la Junta Suprema de Unión Nacional inspirada por el PCE y asevera que «rechaza por igual el contubernio con el enemigo y la irresponsabilidad peligrosa del amigo». Mientras Giral, por lo tanto, llama a Stalin «adalid de la Europa del Este», el antifranquismo de interior no comunista se apresta a aseverar que ellos no van con los comunistas ni a comprar lotería. La ANFD sufrió la infiltración de un tapado de la policía franquista, y todos sus miembros, salvo Sánchez Guerra, fueron detenidos.

Así las cosas, el gobierno, a través de Gordón Ordax, presentó una moción que finalizaba abruptamente las deliberaciones de las Cortes, para evitar que hubiese bronca.

En ese mismo año, 1945, se ha lanzado un manifiesto que asevera que «el régimen del general Franco, inspirado en sus orígenes por los sistemas totalitarios de las potencias del Eje tan contrarios al carácter de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra está creando». Estas afirmaciones tan categóricas las hace un ciudadano llamado Juan de Borbón, que apenas algún año antes de escribir estas lindezas se presentaba voluntario para luchar a favor de ese régimen inspirado por el fascismo y contrario al carácter del pueblo español, sin que pareciese que estos handicap le preocupasen mucho. Ahora, sin embargo, los movimientos franquistas tendentes a hacer de España un reino sin rey, mueven a Juan a tratar de alinearse con la oposición al franquismo.

Quizá el Borbón, o los gilrrobleses que le rodeaban, pensaron que esta declaración por parte del jefe de la Casa de Borbón crearía una fractura dentro del franquismo. Pronto descubrieron, sin embargo, que los monárquicos franquistas eran, en realidad, franquistas monárquicos. Hubo, desde luego, monárquicos que pensaron que los militares de tal filiación tomarían el poder y llamarían a Juan de Borbón para tomar el gobernalle del Estado; pero nada de eso ocurrió. Todo lo que ocurrió es que un fiel colaborador de Franco como el duque de Alba, embajador en Londres desde 1930, presentó la dimisión. Hay quien ha dicho que la cúpula militar monárquica le ofreció a Juan de Borbón que el aviador Juan Antonio Ansaldo lo recogiese en Lisboa para llevarle al aeródromo de Puerta de Hierro, donde sería recibido por los militares, que le acompañarían al Pardo a convencer a Franco de que no retrasase más el retorno de la monarquía. Sin embargo, para entonces hasta Juan de Borbón, que nunca fue un fino analista que digamos, entendía que en la España de Franco nada podía cambiar sin la anuencia de Franco (salvo, claro, que se muriese, como le pasó en el 75). Nadie habría convencido al pueblo español de 1945 de la necesidad de un cambio que Franco no reputase necesario.

En noviembre de aquel año de 1945, la Venezuela de Rómulo Bethancourt se une a México, Guatemala y Panamá en la lista de países que reconocen el gobierno republicano en el exilio como el legítimo de España. El 19 de diciembre, la Comisión de Asuntos Extranjeros de la Asamblea Francesa pide al gobierno que rompa sus relaciones con Franco. El 21 de diciembre, Míster Armour, embajador de Estados Unidos en Madrid, abandona el país.

En enero de 1946, media Europa considera que al régimen de Franco le quedan dos telediarios.Para entonces, la lista de los que han repudiado a Franco es larga: México, Rusia, China, Checoslovaquia, Polonia, Austria, Hungría, Bolivia, Yugoslavia, Bulgaria y Rumania. Los parlamentos de Cuba, Ecuador, Uruguay y Francia han solicitado la ruptura de relaciones. México, Guatemala, Panamá y Venezuela han reconocido la legitimidad del gobierno republicano. El 8 de febrero, el mismo día que las Naciones Unidas aprobaban una moción antifranquista presentada por Panamá y que no recibió ni un solo voto en contra, Giral llega a París. Instalar al gobierno republicano en el exilio en la capital francesa es uno de los pasos que se han diseñado para mejorar su presencia internacional.

Las cosas pintan bien. Y, a ojos de muchísimos exiliados, sobre todo de a pie, pasarán a pintar aún mejor con el siguiente acto de esta historia. Este acto, sin embargo, a pesar de ser epidérmicamente prorrepublicano, lleva en su seno el germen de lo que, con el tiempo, hará que las tornas se vuelvan a favor de Franco.

Hablamos, hablaremos, de lo que la Historia conoce como Nota Tripartita.

miércoles, junio 16, 2010

El mantra autonómico

Las situaciones de crisis sirven para muchas cosas, entre las cuales se encuentra el afloramiento de problemas y debates que permanecían dormidos. Uno de los mantras de esta crisis, en este sentido, consiste en hablar del gasto y de la deuda de las autonomías y de la necesidad de refrenarlo, reformarlo o, añaden los más radicales, incluso terminar con él. Esta última propuesta de Fuera Autonomías revela hasta qué punto el debate está emputecido. En puridad, no habría mejor manera de acabar hundiendo a este país en el pozo maloliente de la pobreza, que acabar con las autonomías y la importante caterva de hogares que viven de ellas de una forma directa, nos guste o no. Pero, en todo caso, el debate en torno a las autonomías está revelando toda una discusión vieja, que no es ni siquiera de cuño español.

España, en este sentido, es parte de un debate histórico que se produce en otros países, por ejemplo Alemania, donde el federalismo más o menos camuflado se ha impuesto por motivos que van más allá de la voluntad de los pueblos. La organización del Estado alemán es una organización claramente buscada para diseñar una nación con un poder descentralizado más acorde con lo que era la Alemania de posguerra: un país con varios dueños. A España le ocurre lo mismo. España es un país que tiene varios dueños, algunos de los cuales viven en Madrid, y otros no. Agustín de Foxá, personaje de notable capacidad irónica, solía decir que Cataluña es la única metrópoli del mundo obsesionada con independizarse de sus colonias. En realidad, no se trata de que Cataluña sea o no sea España; se trata de que Cataluña es una de las dos grandes salas de máquinas de España y, consecuentemente, no hay diseño posible para este barco que no incluya características suficientemente aceptables por su parte.

El (pseudo) federalismo catalán y la extraña mezcla entre soberanismo moderno y foralismo medieval que conforma el nacionalismo vasco condicionan la Historia de España de todo el siglo XX y, consecuentemente, eran una de las principales incógnitas de la ecuación en 1975 cuando, con la muerte del general Franco, se cerró el larguísimo paréntesis que para la cuestión abrió su dictadura. Todos los planes de avance de España desde el Pacto de San Sebastián de 1930 hasta la PlataJunta democrática antifranquista han tenido que hacer un primer trabajo consistente en limar asperezas ideológicas entre socialistas, comunistas, anarquistas, liberales, conservadores y mediopensionistas; y, luego, han tenido que abordar un segundo trabajo, que es coger el momio resultante y hacerlo coherente con las aspiraciones de los nacionalistas.

Durante el franquismo los nacionalismos, en buena parte por las ronchas que tenían en la piel en su difícil relación con la República durante la guerra civil (más difícil cuanto más cercana al comunismo se quiso dicha República) , se extrañaron de la oposición al general, haciendo la guerra por su cuenta. Y así les fue. Para cuando Franco se murió, a los catalanes y vascos en el mundo no los conocía ni Dios. Quien más, quien menos, tenía sus apoyos: los republicanos irredentos, el de México; los socialistas moderados, el de Billy Brandt y Olof Palme; los comunistas, el de sus padres. Pero la cuestión catalana y vasca le importaba un bledo a las cancillerías en las que se coció la salsa constitucional de la Transición. Es más que probable que Henry Kissinger pensara que Guernica era un pescado.

Los nacionalistas, sin embargo, fueron extraordinariamente rápidos y eficientes a la hora de volver a colocarse en primera línea de interés. Las izquierdas exiliadas, de corte más propio de la República, se encontraron rápidamente con la sorpresa de que las izquierdas finiseculares, siguiendo ese proceso por el cual la autodeterminación de los pueblos se había convertido en centro de sus discursos, se habían hecho nacionalistas. Socialistas y comunistas superaron con elegancia esa contradicción interior inherente al hecho de decir, con la comisura izquierda de la boca, que todos los proletarios del mundo son tus hermanos; y decir, con la derecha, que hay que favorecer a la región propia.

Todo esto se acrisoló en la discusión de la Constitución del 78, que es un texto elegante para muchas cosas, pero en materia de autonomías, hay que reconocerlo, está bastante cerca de ser una puta mierda. Vale que un texto constitucional, como norma genérica que es, debe proveer en general. Pero una cosa es diseñar un marco general, y otra no diseñar ningún marco en lo absoluto. Más claro: el problema no está en las autonomías; está en su relación con el Estado central, porque nadie, a día de hoy, puede decir cuáles son los límites de dicha relación.

A la Transición política sólo le preocupaba una cosa de verdad en materia autonómica. Bueno, dos: en primer lugar, que nadie que pudiera exhibir un leve atisbo de voluntad autonómica en su pasado, desde la rebelión de los comuneros hasta la extraña figura de Rafael Casanovas, desde los dibujos de Castelao hasta los discursos de Blas Infante, se quedase sin su autonomía. En segundo lugar, que todo este cachondeo no alcanzase a los ingresos fiscales del Estado.

La única línea roja que se pintó de verdad en la Constitución del 78 fue la línea roja de que, en España, los impuestos los recauda el Estado central, excepción hecha de las comunidades forales, que los recaudan por su cuenta y luego cada año le pagan al Estado por los servicios prestados en la comunidad (es lo que se llama cupo), en un esquema que resulta abracadabrante que sea defendido por políticos que se supone que defienden el concepto de la solidaridad de los que más tienen para con los que menos.

Más allá de esta línea, que es la misma que le preocupaba a Azaña y consiguientemente no dejó traspasar a los catalanes, se permitió todo. Se diseñó, sí, un esquema dual, un esquema de autonomías completas y autonomías de baja intensidad. Son los artículos 143 y 151 de la Constitución, más el 138 que deja uno de ellos, en realidad, sin contenido.

Las autonomías del 143 son las autonomías de medio pelo: Aragón, Asturias, Baleares, Cantabria, Castilla y León, Castilla La Mancha, Extremadura, Madrid, Murcia y La Rioja. Las del 151 son las históricas (País Vasco, Cataluña y Galicia) más la otra foral (Navarra) más un pequeño grupetto de se entiende, más o menos, que tienen una intensidad autonómica mayor que la media (Andalucía, Canarias y Comunidad Valenciana). Esta clasificación, a mi modo de ver, no tiene ni pies ni cabeza. El independentismo canario, históricamente hablando, es bastante poca cosa; los canarios no han tenido jamás nada ni medio parecido a la rebelión de los Comuneros castellanos. La identidad valenciana, entendida como específica y diferenciada de la española, no se sabe muy bien de dónde sale; Andalucía tiene alguna tradición más, pero escasamente autonomista. Y, sin embargo, es autonomía de baja intensidad Baleares, que no sólo tiene idioma propio (ahora incluso dos, contando el alemán), sino que no siempre ha sido parte integrante en su totalidad de eso que llamamos la nación española.

Se supone que las autonomías del 143 son autonomías que se dedican al fomento de la actividad económica, los servicios sociales y las obras públicas. Las del 151, además, tienen competencias en materia de educación y sanidad y, algunas, seguridad pública. Pero, claro, está el 138, artículo según el cual toda región que tiene más de cinco años de Estatuto, hoy en día todas, tiene ya pedigree regional suficiente para poder asumir la totalidad de las competencias.

Este montajito, como digo difuso y genérico como hay pocos, es el que ha abocado a España a la situación actual, en la que uno de cada dos euros gastados por el actor público es gastado por las autonomías. Y esto ha ocurrido así mientras el Estado central apenas ha adelgazado, con lo que las estructuras se han duplicado. La insoportable levedad de la regulación constitucional de las autonomías, que como fruto del pacto de la Transición, consistente en no provocar ronchas a los nacionalistas a cualquier precio, es tan genérica que en realidad no marca apenas límite alguno para el desarrollo constitucional, es la que ha permitido que una de esas autonomías haya aprobado un Estatuto basado en el principio de que la decisión del Estado de transferirle dinero está mediatizada por una serie de normas que están en dicho Estatuto (con lo que una norma menor pasa a condicionar a la mayor); y los guardianes de la pureza constitucional lleven cuatro años, cuatro, decidiendo si eso está bien o mal escrito. Y no me extraña que no se pongan de acuerdo porque la Constitución, decir, decir, lo que se dice decir, poco dice al respecto.

En este entorno, como consecuencia de todo lo dicho, cada vez habrá que hablar más de las cifras de las autonomías. La que se ha sacado a pasear más en los últimos tiempos es la de la deuda. El asunto de la deuda de las autonomías tiene bastante atractivo porque permite muchas interpretaciones. Hay quien piensa, por ejemplo, que la autonomía que está más endeudada es la que tiene una deuda mayor. Ésta es una visión bastante paleta, con perdón de la palabra. Bajo ese punto de vista, la persona más endeudada de España quizá sea la baronesa Thyssen; lo cual no quiere decir, ni por asomo, que tenga ni la mitad de dificultad para cumplir con sus compromisos que la que tengo yo para pagar mi hipoteca.

Hay quien calcula la deuda de acuerdo con el PIB regional pues el PIB regional, al fin y al cabo, define la capacidad final de pago que cada región tiene. Pero esto también es equívoco porque las competencias asumidas no son las mismas y, consecuentemente, tampoco lo es la estructura de gastos.

Así las cosas, yo me he decidido por un indicador un poco más pedestre, que es el multiplicador de presupuestos. Esto es: poner en relación el nivel de deuda, publicado por el Banco de España, con el gasto presupuestario total. Es una ratio que viene a significar lo siguiente: si una autonomía decidiese dejar de hacer absolutamente todo lo que hace para dedicar la totalidad de sus ingresos a amortizar su deuda, ¿cuánto tardaría?

Lo que me sale es estre fistro.



La Comunidad Valenciana es la comunidad más endeudada de España. Según mis cálculos, tardaría casi un año entero en devolver todo lo que debe, dedicando el gasto actual a pagarla. Baleares supera los 300 días y Cataluña los 250. La CAM está ligeramente por encima de los 200. Y estas cuatro comunidades son las que están por encima de la tasa de las autonomías consideradas en su conjunto.

No he tenido tiempo de buscar la cifra de gasto total de los presupuestos estatales, pero tengo la sensación de que esta ratio no es exageramente superior a la que se obtendría en el caso de la Administración Central, sobre todo si la aislamos de la Seguridad Social.
Y es que, de hecho, la deuda de las Comunidades Autónomas, aunque ya sé que es un mantra actual, no tiene pinta de haber crecido de una forma exponencial. Las CCAA han alcanzado en muy pocos años el 40% del gasto del Estado. Pero su deuda no es, ni de lejos, el 40% de la deuda total de las AAPP. Según las Cuentas Financieras de la Economía Española, es apenas el 16%.
Pero, claro, la cosa tiene truco. Las autonomías (y la Administración Central) han aprovechado el agujero metodológico europeo por el cual el endeudamiento de empresas participadas por la Administración no consolida dentro de la deuda de los entes públicos, para crear una miríada de empresas y empresitas participadas que se han endeudado, deuda que en realidad es deuda pública no contabilizada. Y nadie sabe a ciencia cierta a cuánto asciende.