miércoles, febrero 24, 2010

Vita Pauli (2)

Tarso era la principal ciudad de una región de doloroso nombre, Cilicia, y allí había nacido Saulo, se dice que algunos, pocos, años después del teórico nacimiento de Jesucristo. Dominada por varios pueblos, formó parte de la monarquía seléucida, aunque en el 170 antes de Cristo el rey Antíoco Epífanes le dio status de ciudad libre, que conservó hasta que, el año 64, fue absorbida por el imperio romano. Se puede decir que Tarso era una especie de Salamanca del área; una ciudad universitaria (aunque las universidades propiamente no existían aún) con un fuerte nivel formativo. De sus ágoras salieron filósofos de cierto renombre, como Atenodoro el Estoico o Néstor el Académico. El primero de ellos es el más sobresaliente, aunque sólo sea porque tuvo entre sus alumnos al mismísmo Octavio. 

La elite de Tarso estaba formada por hombres que tenían el privilegio de la ciudadanía romana. Pablo era un miembro de dicha elite. No sabemos a ciencia cierta por qué, aunque algunos estudiosos han recordado que los suyos eran una familia de skenopoioi, o fabricantes de tiendas (de campaña); lo cual, probablemente, pudo en su momento ser útil para generales que pasaron por Cilicia, como Marco Antonio o Pompeyo, el Warren Beatty y el Brad Pitt romanos respectivamente; y cabe recordar que la capacidad de otorgar a particulares la ciudadanía romana solía ser una prerrogativa incluida en el imperium de los jefes militares en campaña. 

Como judío, portaba el nombre arameo de Saulo, el primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín; a la cual, según las Escrituras, pertenecía el fundador de la Iglesia católica. Pablo fue siempre, y siempre se sintió, judío. «Hebreo hijo de hebreos» es la expresión que usa para definirse a sí mismo al escribirle a los filisteos. Más en concreto, en Hechos 23:6, le grita al Sanhedrín que él es «fariseo hijo de fariseos»; lo cual, de ser cierto, le colocaría ligeramente en disposición de creer la palabra cristiana, teniendo en cuenta la creencia farisea en la resurrección. 

Su educación, por lo que se sabe, fue hebrea y bastante coherente con la cosmovisión farisaica, pues el joven Saulo fue enviado a estudiar con Gamaliel, el rabino heredero de la escuela de Hillel. Él mismo reconoce en Hechos (22:3) que fue educado por Gamaliel «en la estricta observancia de la ley de nuestros padres». Al parecer (lo siento, pero en estos momentos no tengo una edición a mano), el Talmud se refiere a un alumno de Gamaliel que se habría mostrado imprudente en materias de aprendizaje. En esta cita, algunos estudiosos han querido ver una referencia al joven Saulo y a ciertas dudas o rebeldías que le habrían surgido. 

En los Hechos (3:34 y ss) aparece Gamaliel tratando de mover al Sanhedrín hacia la comprensión respecto de los cristianos; pero la referencia del Talmud vendría a explicar que su discípulo se mostrase tan cabestro con ocasión del juicio y lapidación de Esteban, por lo que, dentro de los terrenos arenosos de la especulación, cabe imaginarse a un joven Pablo de Tarso dejándose llevar por los naturales radicalismos, en este caso judíos, propios de la adolescencia; pero, al tiempo, y llevado por su sed intelectual, prestando oídos a ciertas teorías que se acabarían imponiendo dentro de su cabolo. 

Como es bien sabido por todos aquéllos que son católicos o han recibido una sólida educación católica (o incluso una educación a secas que tal nombre merezca), en algún momento de la vida de este Saulo que azuzó al personal para apiolarse al buen Esteban y luego lideró la represión de los cristianos de Judea, estando en las afueras de Damasco fue «aprehendido por el Cristo Jesús», por usar la expresión que él mismo usa en su e-mail a los filisteos. Saulo estaba en Damasco junto con una partida de represores, con la orden de detener a todo aquél que perteneciese a El Camino y llevarlo a Jerusalén cargado de cadenas. Estando allí, una gran luz lo rodeó y le provocó un desmayo, dentro del cual oyó la voz de Dios que le amonestaba: «Saul, Saul, ¿ma'at radepinni?» Que creo que quiere decir algo así como por qué narices me puteas, tío. Acto seguido, Dios le dio instrucciones de seguir hasta Damasco y esperar órdenes, cosa que hizo el converso, entre otras cosas porque el flash había sido tan fuerte que tardó tres días en recuperar la vista; y no lo hizo hasta que un devoto del Camino, Ananías, no le visitó, lo saludó como un hermano y le tomó las manos. 

Es Ananías quien le explica a Saulo que la misión que Dios le ha reservado es ser el mensajero de Jesucristo en el mundo. Creer esta versión de los hechos es, como tantas otras cosas, cuestión de Fe y, por lo tanto, entrar a valorarla sería insultante. Cabe la posibilidad, en todo caso, de que lo que se produjese en Pablo fuese una evolución de pensamiento que él revistió luego de conversión fantástica o mágica, dentro de una estrategia para impetrar su misión de divinidad. Como ya hemos insinuado con anterioridad, dentro de las muchas y variadas formas de pensamiento judío de la época, y que sólo de una forma excesivamente simplista podemos dividir en: saduceos, fariseos, esenios, zelotes, ruegos, preguntas, despedida y cierre, existían no pocas escuelas que consideraban que la llegada del Mesías, algo que era esperado y que es repetidamente telegrafiado en el Antiguo Testamento, supondría el final de la Era de la Ley (Mosaica). No es intención de este amanuense dar el coñazo más de lo estrictamente necesario; pero si queréis que algún día hablemos de las diferentes formas de ser judío en los tiempos de Jesús, no tenéis más que pedirlo; lo que pasa, ya digo, es que es un asunto un tanto cansino (o, al menos, a mí se me lo hace). 

En la madurez de su apostolado, Pablo escribirá (Romanos, 10:4): «Cuando vengo a Cristo por salvación, esto pone fin a mi búsqueda de encontrar y obtener justicia por medio de la observancia de la ley». Esta simple frase es la expresión de un cambio radical, sin el cual el cristianismo no habría pasado, a mi modo de ver, de ser una secta judía, y no precisamente de pata negra. En esta convicción paulina, o saulesca, está la clave de por qué los que no somos judíos, y probablemente nunca seríamos aceptados por los judíos como tales aunque quisiéramos serlo, podemos hacer nuestra una creencia que, en realidad, parte del mismo corpus moral y filosófico que la religión hebrea: la creencia en que la ley, las costumbres, todas las reglas en las que se han creído hasta el momento, son sustituibles por una nueva lista de obligaciones y derechos. 

La creencia judía sostiene la existencia de un pacto de hierro, tan sólido como eterno, entre Dios y su pueblo. Pablo, como Mahoma siglos después, supo ver que el siglo estaba en situación de proponer la firma de un nuevo contrato. Y nada de esto es fruto de la casualidad, sino del importante cultivo filosófico del apóstol, y su inteligencia estratégica. De Damasco, Pablo fue a Arabia. Muchos creyentes han dicho que este movimiento fue para hacer como Moisés, es decir retirarse a pensar, chatear con las zarzas ardientes, y tal. Pero es probable que no sea así, porque se nos cuenta que, a su vuelta a Damasco, fue perseguido por el etnarca nabateo Aretas, persecución por cuya causa tuvo que ser sacado por el hueco de una muralla escondido en una cesta (o sea, más o menos como Vito Andolini de Corleone, vaya). 

No sabemos a ciencia cierta, en todo caso, qué tipo de milonga se montó Saulo durante su visita a los futuros pozos de petróleo. Mi teoría personal es que Pablo, ya convertido a la teoría de superación de lo mosaico que está implícita en casi cualquier forma de creencia en el Cristo y su resurrección, fue, sin embargo, consciente de que en Jerusalén, donde estaba todo lo gordo del cristianismo, le iban a hacer tragar su propio talón izquierdo; pues, al fin y al cabo, hasta antesdeayer él mismo estaba porculizando a los cristianos. Quizá por esa razón se marchó a Arabia, para intentar hacer la guerra por su cuenta; pero allí los futuros musulmanes no le debieron hacer mucho caso y algo haría para que el etnarca, además, quisiera ponerse sus huevecillos por collar. A mi modo de ver, esta teoría la confirma el hecho de que cuando Saulo se encontró solo, fané y descangallao, por decirlo en modo tango, no le quedó otra que irse a Jerusalén y pedir plaza en el cotolengo que hasta hacía poco había intentado quemar. Y fue al llegar allí cuando el chipriota Barnabás, quizá ya de antes su amigo Barnabás (¿o su conversor? Yo, de hecho, me pregunto si la luz blanca no será en el fondo Barnabás), terció por él. 

Una vez salvada la cabeza, Saulo vuelve a Tarso, donde desaparece de la vista durante casi diez años. Poco o nada sabemos de esa época. Es probable que sufriese algún tipo de atentado, quizá por parte de partidarios de Esteban que no olvidaban su pasada inquina hacia él pero, según todos los indicios, queda apartado de la misión apostólica. Pedro y Santiago, tal y como yo lo veo, aceptaron barco como animal acuático y asumieron que Barnabás no mentía cuando decía que Saulo era buen chico en el fondo; pero, aún así, lo apartaron del headquarters cristiano, por lo que pudiera pasar. 

La suerte de Pablo no cambia hasta el año 45, cuando el único vicepresidente de la cosa cristiana que parece creer en él, Barnabás, es designado para evangelizar Antioquía, y le llama. Aunque esto no afecte directamente a Pablo, es importante, para aprehender la progresiva radicalización del cristianismo hebreo de Jerusalén, entender que más o menos por aquel tiempo se produjo un gran conflicto con el poder central romano, a cuenta de un emperador que ha sido largamente versionado en el papel y en la pantalla: Cayo Calígula. Calígula sucedió a Tiberio, tras lo cual tomó varias medidas hasta cierto punto rompedoras. De todas ellas, la que nos interesa es su decisión de liberar a Herodes Agripa de la prisión a la que le había sometido Tiberio por haberle ofendido. Calígula y Herodes se llevaban muy bien (aunque el verdadero amigo del judío era el cojo y tartamudo Claudio), tan bien que el emperador le hizo rey.

Uniendo los territorios que Felipe, el tío de Herodes, había gobernado como tetrarca hasta su muerte, y los que en su día gobernó Lisanias, formó Calígula un reino al frente del cual colocó a Herodes (detalle que provocó que Herodias, hermana de Herodes, instase a su marido Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, a reclamar la misma dignidad real para sí, con lo que consiguió que su marido se llevase un cañete imperial). 

Como bien saben quienes han visto o leído Yo, Claudio, o se han entretenido con ese curioso periodista del corazón de la Antigüedad que se llamó Cayo Suetonio, Calígula tuvo un momento en el que, quizás por una enfermedad que le afectó a la cabeza, cambió de forma de ser y comenzó a convertirse en un tipo algo despótico. Entre otras cosas, dentro de sus nuevas decisiones hizo caer en desgracia a Macro, el jefe de los pretorianos que quizá, si hemos de creer algunos rumores en los que también creía Robert Graves, hizo bastante más que mucho para animar a Tiberio a morirse para dejarle sitio a Cayo. Cuando en el año 38 Macro cayó en desgracia, con él lo hicieron varios personajes amigos suyos, entre los cuales se encontraba un tipo venal y corrupto, llamado Aulio Avilio Flaco, que había sido nombrado por Tiberio prefecto de Egipto cuando el otrora imperio pasó a ser provincia romana después de que, tras la batalla de Actium en el 31, las tropas egipcias quedasen laminadas y Cleopatra cometiese suicidio. 

Por razones que probablemente tienen que ver con sus contactos con los habitantes autóctonos de Alejandría, que odiaban a los judíos que allí había en gran número porque siempre fueron prorromanos, Flaco decidió hacerse valer ante Calígula desplegando una política antijudía. Es cierto que las manifestaciones y rebeliones que siguieron terminaron con el arresto de Flaco, que fue llevado a Roma. Pero la inquina con la que el prefecto romano se desempeñó contra los hebreos, despojándolos de casi todos sus derechos, despertó las reticencias entre éstos y el joven emperador. 

Estamos ya en los albores de la quinta década del siglo. Para entonces, Calígula ya se ha toleado bastante y anda haciéndose empanadas mentales, día sí, día también, con el asuntillo de si es un dios o deja de serlo. La megalomanía del emperador va a peor casi con los días. En la ciudad palestina de Jammia, un grupo de no judíos levanta una estatua del emperador revestido de sus dotes divinas y los judíos, considerando el hecho sacrílego, la derriban. Cuando el emperador se entera, monta en cólera y ordena al legado de Siria, Publio Petronio, que marche hacia Jerusalén con sus tropas y eleve manu militari una estatua gigante del propio Cayo en el Templo. O sea, más o menos como construir un minarete en todo el medio de la plaza de San Pedro, o decorar la Ka'aba sagrada de los musulmanes con retratos del Pantócrator. 

La situación alcanzó una gravedad tal como no se conocía desde los tiempos en los que el memo de Antíoco Epífanes poco menos que quiso convertir el templo en un altar a Zeus, que hay que ser tonto de los cojones con siete balcones a la calle, dos trienios de antigüedad y pilas de repuesto. En Ptolemais, Petronio fue interceptado por una delegación de judíos, entre los cuales había incluso miembros de la familia de Herodes, que le dijeron que todo el pueblo judío se levantaría, y moriría si era preciso, como un solo hombre, para impedir tamaña blasfemia. Tanto le dieron la brasa a Petronio que éste escribió a Roma sugiriendo que, al menos, la cosa se aplazase hasta después de las cosechas, ganando tiempo. Calígula le contestó preguntándole qué parte de «¡Obedece!» no había entendido. 

Herodes Agripa sufrió probablemente un pequeño ictus cerebral cuando le contaron la noticia de lo que el emperador quería hacer. Tardó días en recuperarse, pero cuando lo hizo le escribió a Calígula una carta plañidera y convincente que, tal vez, tuvo la suerte de llegar a Roma cuando el niño estaba con el biorritmo ascendente, porque el caso es que decidió hacerle caso y paralizar su proyecto. La carta de Cayo a Petronio en la que le daba instrucciones de volver grupas se cruzó con otra, desesperada, del propio Petronio, en la que éste instaba al emperador a dar marcha atrás por el gran desastre que se avecinaba si seguía adelante. Cuando el emperador leyó esta última carta, quizá ya con el biorritmo decubito prono, se cogió un mosqueo del cuarenta y dos y le escribió a su legado una misiva en la que le anunciaba que le había condenado a muerte y le ofrecía, como era costumbre, la opción de suicidarse para que su familia conservase el patrimonio. Petronio, sin embargo, es uno de los tipos con más suerte de la Historia. Esta carta encontró muy mal tiempo y tardó tres meses en llegar a sus manos. Para cuando llegó, hacía unos veinte días que Petronio sabía del asesinato de Calígula. 

Las cosas, pues, estuvieron a punto de definir una guerra civil en Palestina en la que, los episodios ocurridos décadas después en Masada lo demuestran, los judíos habrían muerto, uno tras otro, bajo la espada romana, antes de permitir que su templo sagrado se convirtiese, como Calígula quería, en un templo dedicado a Zeus Epiphanes Neos, el joven Zeus manifestado, pues tal era lo que se consideraba el muchacho. El suceso, en todo caso, radicalizó a los judíos de Jerusalén, haciéndolos, si cabe, más arrimados a la tradición. 

Y ésta es la parte importante del asunto, como acabaremos por ver. Paciencia.

lunes, febrero 22, 2010

Vita Pauli (1)

Hace algunos días, Tiburcio el elefante colocó en su blog un post en el que sostenía que el triunfo del cristianismo se debía, en gran parte, a hechos azarosos. Yo le dejé un comentario breve diciéndole que no creía en esa tesis y le prometía responderle. La cosa es que pensando en esa respuesta primero me di cuenta de que no podría hacer sólo un comentario y luego me di cuenta de que ni siquiera me bastaría con un post. Contestar a Tiburcio, esto es explicar que el triunfo del cristianismo no es en modo alguno fruto de la casualidad, equivale a explicar las habilidades, la historia, y la vida, del gran arquitecto de esta creencia, que no es otro que Pablo de Tarso, conocido por los creyentes como San Pablo. Pablo de Tarso no fue apóstol de Jesús. No lo conoció (si es que alguien conoció a Jesús, claro). De hecho, en su juventud Saulo fue un furibundo anticristiano que, tras la lapidación de Esteban, se aplicó a reprimir a los creyentes incluso con saña. Sin embargo, al fin y a la postre, Pablo de Tarso es el inventor de la iglesia cristiana, y el hombre que la dota de las características necesarias para ser una iglesia mundial y superar los estrechos limites de Palestina. A mi modo de ver, Pablo de Tarso y Mahoma son los dos grandes estrategas de la Historia de la religión, dos figuras admirables de difícil parangón en la Historia de la Humanidad, pues ambos, a su manera, construyeron imperios mucho más amplios que cualesquiera otros y, además, considerablemente más duraderos en el tiempo. No hace falta creer en sus palabras para valorarlos. Cualquier aficionado a la Historia de los hombres, a la Historia hecha por hombres, debiera saber de ellos, leer sobre ellos y estudiarlos. Empiezo hoy, pues, unas notas sobre la vida de Pablo, vita Pauli, con la intención de entretenerte allí donde estés mirando esta pantalla y de conseguir que al final, cuando leas el último capítulo, te digas: «pues tenía razón este JdJ; este Pablo fue todo un tío». Beberemos de las pocas fuentes que hay para beber. Hablamos de Historia Antigua y, por ello, nuestras referencias son escasas. Habremos de hacer algo que no me parece del todo correcto, que es dar por buenas las Escrituras que nos cuentan esta historia. En todo caso, al revés de lo que a algunos nos pasa con el propio Jesucristo, de la historicidad de Pablo no cabe dudar. Comencemos, pues, con los primeros tiempos del cristianismo. Aquellos tiempos en los que Pablo era un cabrón.

jueves, febrero 18, 2010

El gran héroe americano menorquín

En la primavera de 1870, el primer almirante de la Historia de los Estados Unidos, David Glasgow Farragut, visitó diversas ciudades de Europa como embajador de buena voluntad de la nación que acababa de sufrir una guerra civil. Dentro de aquella visita a las principales ciudades del viejo continente, Farragut quiso detenerse ex profeso en la pequeña ciudad de Ciudadela, en la isla de Menorca. Lo hizo así para recordar a su padre, George, para nosotros Jorge, Farragut, quien un siglo antes había abandonado aquel lugar para fundar la primera, tal vez la más mítica, dinastía de marinos de aquel país.


Jorge Farragut nació, efectivamente, en Ciudadela, el 29 de septiembre de 1755, hijo de Antonio Farragut y Joana Mesquida. Sabemos algunas cosas, más bien pocas, sobre su adolescencia y juventud, que han llevado a los historiadores a sospechar, a menudo, que sintió muy pronto la llamada de las armas como vocación de vida, siendo uno más de esos militares de estimación progresista de los que el final del XVIII estuvo trufado; y, como muchos otros, al estallar la guerra de la independencia de los estados americanos, que lo fue también en defensa de unas ideas de libertad e igualdad, sintió la necesidad de unirse a aquella lucha.


Farragut navega con mercaderías hasta Haití, pero en Puerto Príncipe las canjea por armas y con éstas se dirige a Charleston, con la intención de unirse a los rebeldes. Allí se incorpora a la marina de Carolina del Norte , pues en la guerra de la independencia la marina de los EEUU propiamente dicha era muy pequeña (tan pequeña que dichos Estados Unidos hubieron de ganar esa guerra para poder existir). De hecho, el elemento rebelde más poderoso en el mar, en el que también acabará por enrolarse Farragut, serán los que en inglés se denominan privateers, es decir barcos privados con derecho a la piratería.


Cabe sospechar que en estas acciones Farragut debió hacer mucho dinero, aunque también recibió un balazo en un brazo que se lo dejó medio paralizado. Pero no por ello se rebajó su impulso revolucionario, porque poco tiempo después lo encontramos alistado a las órdenes del general Marion, uno de los grandes mitos de la revolución americana. Un poco más tarde, el gobernador de Carolina del Norte, Abner Nash, le confía la misión de formar y mandar una compañía de voluntarios.


Terminada la guerra y conseguida la independencia, Farragut permanece en el ejército pero lejos del mar hasta 1807. En dicho año, el presidente Jefferson lo nombrará sailing master, con lo que volverá al puente de un barco. Morirá el 4 de junio de 1817 en Pascagoula, bahía en la que poseía importantes extensiones de tierra y donde se había convertido en un americano de pura cepa.


Entre sus varios hijos, George Farragut había visto nacer el 5 de agosto de 1801 a James Glasgow Farragut, quien nació en Campell's Station, Tennessee. A los diez años de edad, este hijo de menorquín ya pertenece a la marina estadounidense. Considerando que su madre había muerto cuando tenía siete años y que desde su ingreso en la Marina ya no volvió a ver a su padre, el verdadero mentor de este segundo Farragut fue un famoso marino americano, David Porter, quien dejaría en aquel chiquillo tan honda huella que acabó cambiándose su nombre de pila original por el de su maestro.


Nada más entrar en el ejército, de la mano de Porter, Farragut había de conocer la guerra. Porque la Historia suele olvidar esta breve guerra, producida enter 1812 y 1815, cuyos dos grandes hitos fueron la toma e incendio de Washington por los ingleses y la victoria final americana, producida en Nueva Orleans. Las necesidades de la guerra hacen que Porter le entregue a Farragut el mando de uno de los barcos que toma, cuando el muchacho apenas tiene doce años. Resulta paradójico, y de hecho no sé si no será un caso único en la Historia, pero lo cierto es que, terminada la guerra, el destino de David Farragut, que ya ha combatido, que ya ha mandado un barco, será... volver a la escuela para terminar su formación.


Ya con 18 años, es destinado a la flota del Golfo de México, comandada por Porter, donde se integrará primero en un buque a las órdenes de su hermano William y luego obtendrá, por fin y con todos los pronunciamientos, el mando de un barco, el Ferret.


David Farragut nació en el Sur. Vivía en un estado sureño (Norfolk, Virginia). Se casó dos veces, y ambas con damas sureñas. Y, sin embargo, cuando estalla la guerra civil americana, se declara partidario del Norte y, una vez que Virginia se decanta por la secesión, abandona su ciudad para residir en el Estado de Nueva York. De estos detalles cabe adivinar que debería ser tan decidido en la defensa de sus ideales como ya lo había sido su padre.


En 1861, el gobierno del Norte, cada vez más convencido de que una parte tan importante como inesperada de la guerra es conseguir incomunicar al Sur de sus clientes de comercio, decide capturar la ciudad de Nueva Orleans, situada en el Golfo de México, en la desembocadura del muy literario río Mississippi. En ese momento, la experiencia acumulada en la zona años antes por Farragut jugará a su favor para comandar aquella acción.


En Nueva Orleans hay surta una flotilla confederada y, además, a ambas riberas del río, antes de llegar a la ciudad, ésta tiene dos fuertes que la protegen, Fort Jackson y Fort Saint Philip. El 18 de abril de 1862 se inició el ataque, con las órdenes tajantes de reducir los dos fuertes uno a no antes de seguir avanzando. Los barcos de Farragut bombardean durante varios días Fort Jackson, con escaso éxito. En ese momento, el comandante de la flota decide ignorar las órdenes que ha recibido y seguir hacia Nueva Orleans, pasando los fuertes sin haberlos reducido. Realiza la acción en la noche del 24 de abril, logrando que 14 de sus barcos pasen y se enfrenta a los confederados con ventaja, pues la flota de Nueva Orleans no esperaba ataque alguno mientras estuviesen en pie los fuertes. La ciudad, finalmente, se rinde y con esta victoria Farragut pasa a la Historia de su país como uno de los primeros comandantes norteños que pusieron en solfa la superioridad confederada que hasta entonces casi nadie ponía en duda. La toma de Nueva Orleans, junto con la batalla de Fort Donelson que ganó Ulysses S. Grant, son dos de estos primeros mojones.


Tras intentar infructuosamente tomar Vicksburg, Farragut hará lo propio con Galveston, Corpus Christi y Sabine Pass, con lo que en el Golfo de México apenas le queda al enemigo el puerto de Mobile. Inicialmente, Farragut solicita, sin obtenerlo, permiso para atacarlo, pero el contraataque confederado, por el que consiguen recuperar el control de algunos puertos, convence al mando del Norte de la necesidad de proceder a esta operación.


En la bahía de Mobile, Farragut se enfrentará, una vez más, a dos fuertes de defensa: Fort Morgan y Fort Gaines. La entrada a la bahía, en algunos puntos de menos de 700 metros de ancho, está minada con torpedoes, como los llaman los americanos. El Tecumesh, primer barco de la horda farragutiana que intenta penetrar, toca una mina, que estalla y le hunde. El comandante, en ese momento, da orden de entrar a toda marcha. Cuando alguien le hace notar la amenaza de las minas, dice la tradición que pronuncia una frase que se ha hecho histórica: «¡Full steam ahead damn the torpedoes!» Literalmente quiere decir a toda máquina y malditos los torpedos; pero, considerando que utilizar lenguaje malsonante era algo mucho más grave hace ciento y pico de años que hoy en día, la traducción más exacta debería ser «¡A toda máquina y que le follen a los putos torpedos de los cojones!» Lo importante, en todo caso, es que pasaron, tomaron Mobile y, por primera vez, se pudo decir que el Sur estaba bloqueado.


La marina americana ha tenido muchos contralmirantes, vicealmirantes y almirantes; pero de todas estas altas distinciones de mando marino, el primero de la lista fue David Glasgow Farragut, pues para él fueron creados tales rangos. De alguna manera, es el primer gran marino americano.


Todos los franceses aprenden, en un momento u otro, quién fue el general Lafayette, que construyó gran parte de su gloria muy lejos de sus fronteras. Entre otras cosas, no se puede ir a París sin encontrarse con el tal apellido. Sin embargo, tengo la impresión de que son pocos los españoles, y en el colectivo incluyo por supuesto a los baleáricos, que saben que la marina estaounidense, la misma del USS Nimitz y de la batalla de Midway y de los celebérrimos marines y tal, tuvo un primer jefe indiscutible que se llamó David Glasgow Farragut, hijo de Jorge, o Jordi si así se prefiere, Farragut, natural de Ciudadela, en la isla de Menorca.



Así nos va.

No sé si en Ciudadela, en Menorca o en Baleares hay alguna estatua que recuerde a Jorge Farragut. Lo que sí sé que hay es una que en Nueva York homenajea a su hijo David.


miércoles, febrero 17, 2010

Mi cuarto a espadas

Bueno, pues después de haberos planteado preguntas, no puedo por menos que echar mi cuarto a espadas.


No sé si hace falta dar más horas de Historia o de Filosofía porque, sinceramente, desconozco las que hay en los currículos actuales. Desde luego, tengo la sensación, que dolientemente sustantivaba Pedro Mena en su comentario, de que son pocas o, cómo diría, mal aprovechadas.


No creo que para sentirse miembro de una comunidad haya que ser patriota. El patriotismo es, a mi modo de ver, otra cosa que tiene más que ver con la capacidad de sacrificarte personalmente, bien sea poniendo dinero o pegando tiros, por el bien de tu colectividad o de tu nación. Pero aunque no estés dispuesto a sacrificios así, no por eso vas a dejar de sentirte parte de algo.

Creo que España, hoy, está enferma de franquismo. Sí. He dicho hoy, he dicho enferma, y he dicho de franquismo. Las cohortes de españoles maduros de hoy, digamos por encima de los 40 tacos, queremos pensar que hemos superado una etapa vivida de diversas maneras, la mayoría de ellas no muy agradables. Pero lo cierto es que el franquismo sigue presente en nuestras vidas. En algunas cosas, porque lo que tenemos hoy es en gran parte lo que se construyó en tiempos de Franco (por ejemplo, el mercado laboral) y en otras, la gran mayoría, porque nuestra incapacidad de no negar confirma que, de alguna manera, seguimos instilados por esa cosmovisión que damos por superada.


¿Qué quiere decir capacidad de no negar? Quiere decir que el antifranquismo vehemente que practicamos nos lleva a ser incapaces de apearnos de negaciones que construimos cuando Franco estaba vivo o recién muerto. Dicho de otra forma: nada que al franquismo le pareciese bien nos puede parecer bien a los españoles de hoy. El franquismo fue un régimen que exaltó hasta la saciedad el patriotismo y la identificación de lo español. Nunca se apeó de aquel anacoluto ledesmiano, adoptado por José Antonio, de la unidad de destino en lo universal, que vaya usted a saber lo que quería decir.


La España que superó a Franco (según su propia teoría) no quiere llamarse España, no quiere conocerse, y no quiere defenderse. Y esto es así porque estas tres cosas: tener el nombre de España en la boca hasta para mear, poner el conocimiento de España sobre cualquier otro y defender una imagen imperial e inmanente de la nación, son tres cosas que hizo Franco.


A mi modo de ver, sin embargo, estas mismas tres características que he citado son las que deberían informar cualquier currículo bien hecho de Historia para alumnos de la ESO y Bachillerato.


En primer lugar: España se llama España. Se ha llamado así en la Historia desde muy pronto, conformándose de diversas maneras conforme pasaba el tiempo, pero siempre manteniendo su identidad propia. España no es Francia ni es Portugal. Si a España le quitamos Cataluña, o Baleares, o la provincia de Ávila, históricamente hablando a lo que resulte tendremos que buscarle un nombre, porque ya no será, propiamente, España. Hablamos de un proyecto que ya existía en bastante más que potencialidad hace bastantes siglos y que se concretó como proyecto político hace más o menos 600 años. Es, también, un proyecto enormemente complejo y conflictivo, y esto también se debe saber, por varias razones.

La primera de ellas es que, según como las contemos, las diferencias y disensiones internas de España le han provocado, no una, sino no menos de cinco guerras civiles, como poco; de las cuales cuatro se han producido en lo que podríamos denominar (históricamente) los minutos más recientes.


La segunda es que España, al revés que muchos de sus vecinos, tuvo, para lograr su independencia y cohesión, que firmar un pacto religioso más estrecho que el del resto de naciones. Tiene razón el comentario que recuerda que la Inquisición es un invento francés. Hubiera tenido razón cualquier otro que nos hubiera recordado que si nuestros obispos patrios nos parecen fachas y cabrones, quizá estaríamos diciendo lo mismo si por algún ardid de la Historia hubiéramos acabado dominados por Calvino, que tenía tela el gachó. Pero todo eso no puede nublar el hecho de que España es un proyecto, en gran medida, católico, se erige de hecho en el principal defensor de la Iglesia católica ante el mundo, y que eso le ha aportado importantes riquezas (artísticas, por ejemplo), pero también ha abocado a nuestra sociedad a un radicalismo sobre el tema que hace que o seamos inmensamente católicos o inmensamente laicistas, como si no fuésemos capaces de encontrar términos medios.


La tercera razón por la cual España es un proceso conflictivo es porque su formación es un choque de trenes, una alianza de imperios menores que buscan (y consiguen) la hegemonía europea mediante su adición; pero que, precisamente por eso, condenan a la nación a ser una nación dual, con dos tendencias marcadamente distintas. La fusión de Castilla y Levante se produce en el siglo XV, pero en el siglo XIX la masilla todavía no estaba seca. En gran parte, España no es España a pesar de esa tensión; es esa tensión.


Cualquier español educado debería estar obligado a saber de dónde salió España, por dónde transitó y dónde se encuentra. Sin traumas estragantes ni apriorismos enfermizos. Con sus contradicciones y sus enfrentamientos, desde luego. Con voz crítica, pero proporcionada a los tiempos y, lo que es más importante, evitando ese pecado tan nuestro de tender siempre a admirar lo foráneo. Porque, como creo que alguien ha escrito en los comentarios al post anterior, los indígenas americanos pueden hoy contar su Historia, entre otras cosas, porque están sobre la tierra en número muy superior al de otros indígenas, a los que otros colonizadores, se supone que más civilizados que nosotros, no les dieron la ocasión de seguir existiendo.

Todo esto es especialmente importante respecto de nuesstra Historia más reciente, porque es, obviamente, la más reciente, y porque, precisamente por eso, es una Historia sobre la que podemos, o incluso deberíamos, aspirar a que cualquier español, por joven que sea, desarrollase un juicio personal. No sé si alguna vez he contado que la decisión de escribir este blog la tomé una tarde de verano en que, casi sin darme cuenta, le pregunté a mi sobrino, que entonces tenía 14 años, qué sabía de la guerra civil española. «No sé», me contestó; «creo que es algo que ocurrió en 1952» (nota: su nivel de conocimiento a día de hoy, a las puertas de la universidad, es el mismo). Esto, sinceramente, no puede ser. Vale que la imagen del criajo estadounidense recitando artículos de la Constitución americana queda un poco exajerado; pero que ni siquiera sepamos cómo nos llamamos, ni cómo se llamaban nuestros padres, es de traca. No tiene sentido que una persona que ha recibido una cultura general que se considera mínima se sepa los nombres de los parques naturales que hay en España y desconozca que hubo una guerra civil hace apenas setenta años. Puede que ninguno de sus parientes ni él mismo hayan estado jamás en un parque natural pero, sin embargo, es prácticamente imposible que alguien en las anteriores cuatro generaciones no haya sufrido esa guerra.

Cuando nuestros políticos hablan de pactos de educación, hablan de dos cosas: una, de gasto presupuestario; otra, de enseñanzas técnicas que sirvan para trabajar. Personalmente, ahora que parece que el asunto del consenso educativo va por buen camino, mis esperanzas de que un hipotético pacto educativo abarque esta cuestión de definir lo que todo español debería saber y conocer, son nulas. Porque la educación en España, simplemente, ha abandonado ese objetivo. Ya no le importa tener un conjunto de conocimientos mínimos. Hemos renunciado a explicarnos a nosotros mismos.

El desconocimiento de la Historia es algo que concita el vivo interés de quienes la manipulan. Cuando uno manipula la Historia, falsea sus datos o simplemente los retuerce para que casen con su propia visión de los hechos, se convierte, en una sociedad informada, en un mercader más que ofrece su mercancía intelectual, pero sabiendo que sus compradores probablemente han ido a otros puestos a buscar y comparar. Pero cuando la Historia se desconoce, ese mismo manipulador puede aspirar a que sus lectores, o cuando menos muchos de ellos, no tengan acceso a más versión que la suya. En cuyo caso darán los hechos que él describe, y tal y como los describe, por totalmente ciertos.

Realmente, la Historia no es necesaria para salir adelante en el mercado laboral. Uno puede ser un excelente dealer de divisa, un fontanero apañado, un comercial de éxito o un ATS eficiente sin saber quién fue Cronwell. Pero, desconociendo la Historia, desconocerá también que él, él mismo, es el producto de algo; la consecuencia de un montón de cosas que han pasado antes. Desconociendo la Historia, nos descnocemos a nosotros mismos.

lunes, febrero 15, 2010

Brainstormeando

Un brainstorming o tormenta de ideas es un método que a veces se usa para superar bloqueos creativos o buscar soluciones imposibles. Consiste en encerrar a varias personas en una sala, proponerles una situación concreta y animarles, después, a decir todo lo que se les ocurra sobre la materia, por estúpido que pueda parecer. Es un método que a veces es efectivo, aunque otras no tiene más consecuencia que la ya enunciada, es decir: el personal comienza a soltar estupideces por la boca. Lo digo con conocimiento de causa.

Hace días que estaba pensando en plantear un pequeño brainstorm, y lo he escrito ahora movido por el hecho de que ando escaso de tiempo, así pues, si no puedo escribir un post, he pensado que lo mismo lo escribís vosotros :-)

Es una pregunta o cadena de preguntas muy sencilla. Ahora que se habla tanto de pacto de la Educación, de poner un poco de orden en la cosa de la formación patria y hablando, por supuesto, de Historia, ¿creéis vosotros que existe un mínimo de conocimientos históricos que todo plan de estudios debería contener?

Se me ocurren varias subpreguntas de desarrollo para esta cuestión. A saber:

1.- ¿Debe el sistema educativo español tener una sola definición (mutatis mutandis) para España? ¿Qué es España; qué debe ser para un educando? ¿Existe? ¿Es la mera suma de unos elementos, es una suma cuyo resultado es superior/inferior a la suma de esos elementos? ¿Cuándo comenzó a existir?

2.- ¿Qué debe saber un español educado sobre todo aquello que no es él? ¿Qué han de saber los extremeños sobre Cataluña, los gallegos sobre Andalucía, los catalanes sobre Canarias?

3.- ¿Qué se debería enseñar sobre el papel de la religión en la formación y desarrollo de España? ¿Es España el resultado de la Reconquista y, por lo tanto, de un proyecto de exclusividad religiosa? ¿Es la auténtica España el fruto de la arabización de un territorio hispano-romano cristianizado? ¿Ninguna de las dos anteriores?

4.- ¿Es imprescindible que formen parte de los conocimientos del educando las persecuciones realizadas en la persona de los no cristianos (judíos y musulmanes)? ¿En qué sentido, con qué contenidos?

5.- ¿Qué actitud debería difundir la educación sobre la actuación de España en América?

6.- ¿Qué debe saber un español educado sobre los siglos de la decadencia de España?

7.- ¿Y sobre la España de la Guerra de Independencia y el siglo XIX?

8.- ¿Qué ha de transmitirse sobre la génesis, desarrollo y consecuencias de la Guerra Civil Española?

¿Alguna opinión?

miércoles, febrero 10, 2010

Aceras: la solución

Me he retrasado a la hora de escribir la solución al enigma de las aceras porque ayer tuve junta de vecinos. No obstante, pocos minutos después de haber colocado el post, como podréis comprobar leyendo los mensajes, ya se había encontrado la solución: era, sí, la calle Carretas.

Y pues que os veo puestísimos en la Historia de Madrid, ya os anuncio que no será la única calle de la que hablaremos en el futuro. Otras adivinanzas no son tan fáciles.

Pero vayamos con la calle Carretas, y sus aceras.

La primera orden de colocar aceras en Madrid data de 1612, pero doscientos años antes había sido sistemáticamente incumplida, porque en 1834 no había ni un metro. La razón estriba en que no siempre ha habido gallardones mandones en nuestra Historia. Aquellas primeras aceras que el Consejo de Castilla ordenó poner debían ser colocadas por los particulares dueños de las casas. Los inquilinos de cada inmueble, según la orden, debían costear la colocación de unas aceras de unos seis pies (aproximadamente un metro) de profundidad a todo lo ancho de las fachadas. De esta manera, uniéndose unas aceras privadas con otras, se formaría la acera de las calles.

A los madrileños del siglo XIX no les gustó nada la novedad. Consideraban que las aceras no hacían falta, porque ya iban las personas de a pie tan ricamente andando por la calle junto a caballos y carromatos, sin que hubiese problema para ello. Aunque es más que probable que los problemas, de hecho, existiesen. No olvidemos que la costumbre de conducir por la izquierda, que hoy por hoy sostienen casi en solitario los ingleses, cual irredenta aldea gala, proviene del hecho de que los conductores de carros solían llevar las riendas con la mano fuerte (la derecha) y en la izquierda llevaban la fusta para cambiar de marchas a hostia limpia. Cuando se sentaban a la izquierda del carro, como nosotros en el coche para circular a la continental, el brazo izquierdo quedaba por fuera, con lo que, al soltar un fustazo, a veces, en lugar de arrearle al caballo, le arreaban a un señor de Murcia que pasaba por allí. Circulando por la izquierda, y cambiando en consecuencia la situación del conductor, éste dejaba su brazo izquierdo en el centro del carro, siendo menos probables las agresiones.

El caso es que fue en esta calle Carretas donde Madrid estrenó aceras, como ya han adivinado muchos.

Sobre el origen del nombre, en efecto tiene que ver con la revuelta de los comuneros, aquellos hombres tan castellanos. Cuando estalló la revuelta, Madrid permaneció neutral, cosa que no gustó a las grandes ciudades del entorno, como Segovia o Toledo, las cuales deseaban el estallido de conflictos en la hoy capital para auxiliarla y generalizar la rebelión. En aquel entonces gobernaba Madrid como alcalde un tal Vargas, el cual se dio perfecta cuenta de que si los madrileños se cabreaban tendría poco con que enfriarlos. Así pues, llamó al alcázar a los hidalgos de la villa, les confió su defensa, y se marchó a Alcalá de Henares a allegar tropas para garantizar el orden.

Es muy probable que los procomuneros madrileños estuviesen esperando esta ausencia, porque nada más salir Vargas por la puerta, ellos se levantaron. Las familias singulares de Madrid, que entonces eran los Luxán, los Luzon, o los Herrera, nada pudieron hacer para parar a las hordas comuneras que hicieron suyas las calles. Los hidalgos se reunieron en la plaza de la villa, en la Torre de los Lujanes si mis referencias no son inexactas, mientras por la calle pasaban los paisanos dando vivas a Padilla. La situación fue tan comprometida que todas las familias de tronío o posibles de la ciudad, nos cuentan las crónicas, llevaron a sus hijas al convento de Santo Domingo para allí tenerlas a cubierto de tocamientos, vilipendios y violaciones; intención que muchos no pudieron cumplir porque al poco tiempo en el convento no se cabía de tanta tía que había dentro. Este detalle me hace pensar que la rebelión comunera madrileña fue algo más que una rebelión dinástica; esta presunta saña contra los púberes de la clase noble quizá nos está señalando cierto contenido social.

Los hidalgos, comandados por la mujer de Vargas (que debía ser de armas tomar la señora) se refugiaron en el alcázar, donde el pueblo los sometió a sitio. Sin embargo, pronto llegó la noticia de que de Alcalá llegaba Vargas con las tropas. En ese momento fue cuando los sublevados decidieron inventar la Comuna varios siglos antes y parapetarse ante la llegada del enemigo.

En la construcción de parapetos, se arrancaron tablas incluso de tumbas, pero lo que se utilizó, más que nada, fueron carretas. Salieron los sublevados del recinto de la muralla con todas las que encontraron y, en campo abierto, hicieron su barrera para recibir a Vargas que llegaba de Alcalá. El alcalde les intimó la rendición, pero ellos respondieron con una descarga cerrada. Entonces comenzó la batalla, que los comuneros empezaron a perder muy pronto, en cuando, a su espalda, los nobles salieron por las puertas de la muralla a hostigarlos.

Algunas crónicas dicen que los comuneros, entonces, albergaron la idea de utilizar escudos humanos. Había en las afueras de aquel entonces un hospital de tísicos, llamado de San Ricardo, y estuvieron pensando en sacar a los enfermos y ponerlos en las carretas, para que así, si les disparaban, fueran ellos los que muriesen. De hecho, sabido es que finalmente hubo negociación entre Vargas y los comuneros, y que se les permitió salir de Madrid a refugiarse en Segovia y en Toledo; es probable que esta transacción se produjese por el gesto de colocar inocentes en la primera línea de fuego.

Nos dicen las crónicas que aquellas carretas fueron las primeras barricadas formadas en Madrid. Cierto o no, lo que sí lo es es que allí quedaron, formadas, pues los soldados del alcalde prefirieron dejarlas por si los comuneros regresaban a atacar Madrid, para poder usar el parapeto. El lugar donde estuvo dicho parapeto siempre fue recordado como de las carretas y, por eso mismo, cuando fue calle, conservó el nombre.

Bueno, y ya que no habéis dicho nada sobre la otra calle que cité, la de la Montera, por la que en verdad no se preguntaba, aquí os voy a dejar un postre sobre la misma.

La calle de la Montera, hoy famosa más que nada por el puterío y tal, se ha llamado de muy variadas formas. Que yo haya descubierto, ha sido la calle de la Inclusa, de San Roque y de San Luis obispo. Lo de la Inclusa le viene porque en la dicha calle, en el lugar de la iglesia de San Luis, hubo antes una imagen de la Virgen muy venerada custodiada por la cofradía del Consuelo, dedicada a acoger y asistir a los niños incluseros.

Sobre el origen del nombre hay, que yo sepa, tres teorías. La primera, más plausible, es que la calle toma el nombre de la cercanía de los montes de Fuencarral, que eran empinados y hacían la forma de una montera.

La segunda teoría, no muy extendida, defiende que en dicha calle pudo vivir una hembra de simpar belleza, mujer de un montero del rey.

La tercera se refiere al paseo que por aquella zona habría dado el rey Sancho IV, acompañado de la reina María y de su joven infante D. Fernando. En dicho paseo, se dice, el rey habría perdido la montera sin reparar en ello y, un rato largo después, cuando lo descubriese, habría reaccionado con ira hacia sus acompañantes por no haberle avisado. Dice esta historia que en la calle hubo un trozo de piedra en que se escribió «Al pasar esta vereda/perdió el rey la montera».

Otro día os cuento más de más calles.

lunes, febrero 08, 2010

Aceras

Este lunes he preferido escribir sobre el presente, así pues he reflexionado en el blog hermano sobre la reforma laboral anunciada.

Pero como no hay que dar hilo sin puntada, os dejo con una cuestioncilla que resolveremos el miércoles.

La cuestioncilla precisa de que os informe de algo que, en todo caso, aunque no lo sepáis ya lo intuís: las calles de nuestras ciudades no siempre tuvieron aceras. De hecho, las aceras son una cosa relativamente moderna.

Las primeras calles que tuvieron aceras en Madrid fueron dos. Una os la digo: la calle de la Montera. ¿Cuál sería la otra?

Como pistas os diré que la colocación de las mentadas aceras data de 1834 y que la calle en cuestión debe su nombre, que aún hoy conserva, a la rebelión de los comuneros. Aunque esta última pista lo mismo despista más que pista, qué le vamos a hacer.

Hasta el miércoles.

viernes, febrero 05, 2010

La Mano Negra

En algún momento de principios del siglo XX, en el barrio neoyorkino de Little Italy, un joven Vito Corleone, de origen Vito Andolini, acude a un teatro musical con su amigo, que será su socio y consigliere, Genco Abbandando. Genco quiere enseñarle a Vito a una actriz de la que se ha enamorado. Cuando ella sale al escenario y ambos la están admirando, un hombre se levanta algunas filas más adelante y Genco, cabreado, le insulta y le conmina a que se quite. Cuando el hombre se vuelve, Genco se da cuenta de que es don Fanucci, el mafioso del barrio, y le pide perdón humildemente. Vito le pregunta quién es ese tipo y Genco, por toda respuesta, contesta: la Mano Negra.

Ésta es la referencia a este concepto que está más mano del común de los mortales de hoy en día (al menos del común cinéfilo) sobre la Mano Negra. Pero es bastante más que una organización mafiosa. En España, de hecho, tuvo otro significado, aunque sin perder los elementos de secretismo y clandestinidad. Hoy quiero hablaros de esa Mano Negra y del sonadísimo proceso judicial de que fue objeto, proceso en el que se dictaron ocho condenas a muerte. Ocho. Ni Franco superó eso.

Estamos en el último cuarto del siglo XIX. En Andalucía. Un lugar con extensas zonas rurales a las que la mano policial y gubernamental llega malamente, a pesar de que hace ya algunos años que el entonces jefe de gobierno Ramón María Narváez ha impulsado la creación, precisamente, de la Guardia Civil para cambiar eso. En la zona de influencia de la villa gaditana de Arcos de la Frontera se han producido diversos hechos que han culminado con la muerte de algunas personas. Sin embargo, las autoridades se encuentran con la sorpresa de que, al interrogar a los parientes y deudos de las víctimas, estos niegan la existencia de agresiones o asesinatos, y refieren extrañas, a menudo incoherentes, historias de accidentes laborales y otras desgracias fatales. Las autoridades se empeñarán en investigar estos hechos, y acabarán por encontrar un caso; todo un caso.

Pero vayamos por partes. Hablemos un poco, antes, de anarquismo.

En el congreso obrero de La Haya, celebrado en 1872, el marxismo de Marx y Engels se separó definitivamente, y de momento para siempre, del anarquismo que, con sus diversos matices, fue desarrollado por autores como Proudhon, Bakunin o Kropotkin. Asimismo, el anarquismo pronto se distinguió entre lo que se denomina anarquismo individualista y anarquismo comunista. Ambas ideologías propugnan la eliminación de la propiedad privada, pero mientras una la acepta para los bienes de consumo, la otra va al copo y exige la total colectivización de todo y defiende ideas como el egalitarismo, es decir que en una unidad de producción, por ejemplo una empresa, todo el mundo gane exactamente lo mismo.

La primera revolución de izquierdas de la Historia de España es La Gloriosa de 1868, madre de una Constitución, la de 1869, que es quizá la más bella de todas las constituciones hechas en España. Esta revolución levantó ciertas ilusiones entre los grupos obreristas, pero lo cierto es que tras la reacción conservadora que se produjo en toda Europa tras la revuelta de la Comuna en París, la Internacional obrera fue ilegalizada en España. Aún así, los grupos anarquistas sobrevivieron de forma semiclandestina. El final del sueño republicano tras la entrada de Pavía en el Congreso y la saguntada provocó una persecución cerril por parte del nuevo régimen restaurador en la persona de los anarquistas, los cuales, como reacción lógica, se radicalizaron, abrazando el anarquismo comunista y la metodología de la acción directa, que fácil y rápidamente deriva en el simple y puro terrorismo. Será un anarquista italiano con nombre de entrenador del Jerez CF, Angiolillo, quien mate a Cánovas, el gran representante de ese régimen represor.

A partir de 1881, el régimen de la Restauración abre un poco la mano, y es el momento en el que se produce el enfrentamiento entre los dos grandes focos, y las dos grandes sensibilidades, del anarquismo español. Porque anarquistas los había en muchos lugares, pero sus principales viveros eran el campo andaluz (del sur de Andalucía sobre todo, ya que el norte, Jaén sobre todo, siempre ha sido de una orientación más marxista) y las industrias catalanas. En ambos casos hablamos de obreros y jornaleros que trabajaban por salarios de miseria, pero las miserias eran distintas, porque los catalanes, con un nivel de vida un poco mejor y con unos patronos algo más dialogantes que los terratenientes, tenían aspiraciones a ser legales y poder, por lo tanto, negociar, con dureza, pero negociar. El anarquismo andaluz, consciente de que la negociación es poco menos que imposible, es en aquellos tiempos, sin embargo, un anarquismo de enfrentamiento y acción directa; como lo acabará siendo también el catalán, pero más tarde.

Mientras el anarquismo catalán ambiciona la creación de una confederación del trabajo (cosa que hará en la segunda década del siglo XX), el anarquismo andaluz deriva hacia otro modelo: el modelo de sociedades secretas, pequeñas células de juramentados, dedicados al atentado personal, el secuestro de terratenientes y el incendio de cosechas como método de presión. La Mano Negra.

Allá por 1883, y como respuesta a estos atentados, las fuerzas económicas del sur andaluz, sobre todo las gaditanas y jerezanas, deciden actuar contra estos grupúsculos, y montan la investigación de esos presuntos crímenes, comandada por el sargento Oliver.

El salto cualitativo en las investigaciones lo dio un comandante de la Benemérita, llamado Pérez Monforte según mis noticias, el cual encuentra un día un cuadernillo de notas manuscrito. Este cuadernillo, cuyo contenido y origen son hoy aún discutidos, se tomó por parte de los investigadores como ejemplar de la sociedad secreta la Mano Negra, es decir como prueba fehaciente de la existencia de esta sociedad secreta o, diríamos hoy, célula terrorista de legales.

El inicio del documento es una prueba más de literatura anarquista, no exenta de interesante carga lírica: «Cuando existe en la tierra para el bienestar de los hombres ha sido creado por la actividad fecunda de los trabajadores; la absurda y criminal organización social hace que aquéllos produzcan mientras que los ricos se quedan el fruto de su esfuerzo; debe mantenerse un odio profundo hacia todos los partidos políticos; es ilegítima cualquier propiedad adquirida con el trabajo ajeno, aunque sólo sea por la renta y el interés; y sólo es realmente legítima la lograda por el trabajo personal y directo».

Según dichos estatutos, la Mano Negra trabajaba mediante un denominado Tribunal Popular, que era el que decidía las acciones a tomar. Revelar la existencia de la Mano Negra estaba prohibido y el castigo por hacerlo, en una dicotomía la verdad un poco radical, podía ser «suspensión temporal o muerte violenta». Los miembros de la sociedad secreta estaban obligados a seguir sus vidas y mantener sus oficios, percibirían una especie de sueldo pero nunca podrían comentar con nadie su cuantía e ingresaban en la organización, como en las bandas y en las mafias, mediante la realización de «un servicio», más que probable eufemismo de acción terrorista. El objetivo de la Mano Negra era, literalmente, «castigar los crímenes de los burgueses por todos los medios a su alcance, bien a través del fuego, el hierro, el veneno o mediante cualquiera otra manera». En otro punto, los estatutos recuerdan que «es deber de los miembros enseñar a sus hijos y en general a todos los trabajadores a tener odio a los ricos y a todo el que quiera dominarlos o pretenda vivir a costa del trabajo de los demás».

El descubrimiento de los Estatutos de la Mano Negra fue un hecho de gran importancia, porque puso en manos de los representantes políticos y sociales de la zona la prueba irrefutable de que el gobierno Sagasta tenía que usar la mano dura contra la mano negra. En muy pocas semanas, Sagasta cumplió con lo que se esperaba de él. Nombró un juez especial e incluso habilitó un edificio concreto, el convento de Santa Catalina en Cádiz, como cárcel para los detenidos. Se tomaron medidas legales y administrativas, entre ellas el reforzamiento de los efectivos de la Guardia Civil en la zona y el desplazamiento del general Polavieja a la provincia. En apenas unas semanas, centenares de jornaleros fueron detenidos y encarcelados, acusados de ser miembros de la Mano Negra. Llegaron a ser más de mil. La verdad es que bastaba la sospecha de un terrateniente para que alguien fuese trincado.

Para entonces, el asunto de la Mano Negra había alcanzado el estatus de asunto de interés nacional. Entre mayo de 1883 y septiembre de 1884 se celebraron la friolera de 74 juicios distintos, en los que fueron condenados más de 100 imputados, doce de los cuales lo fueron a muerte.

De toda esta miríada de asuntos destacan cuatro como los grandes juicios de la Mano Negra. Se trata de los asesinatos de Fernando Olivera, Antonio Vázquez, Bartolomé Gago y el matrimonio formado por Juan Núñez y María Labrador.

Olivera fue atacado por dos individuos, Cristóbal Durán y Jaime Domínguez, el 11 de agosto de 1882. Falleció dos días después de una peritonitis que se le presentó por las agresiones.

Por su parte, el matrimonio Núñez-Labrador fue bárbaramente asesinado el 3 de diciembre de 1882 en su granja de Trebujena. Por el asesinato fueron detenidos Juan Galán, Francisco Moyuelo y Andrés Morejón.

Al día siguiente, en el cortijo de la Parrilla, una partida formada por Cristóbal Fernández Torrejón, Gregorio Sánchez Novoa, Manuel Gago, José León Ortega, Gonzalo Benítez, Antonio Valero, Salvador Moreno Piñero, Rafael Giménez y Roque Vázquez asesinan a Bartolomé Gago, más conocido como «Blanco de Benaocaz», y entierran su cadáver.

El 4 de enero de 1883, es Antonio Vázquez quien muere en el ferrado de su propiedad en Grazalema, a puñaladas de Francisco Prieto, Diego Maestre, José Doblado y Antonio Roldán.

A estos crímenes, para los que hubo detenidos y posteriormente condenados, habría que añadir el crimen de Bornos, donde es asesinado el labrador Antonio Heredia y heridos de consideración su mujer Herminia Santaolalla y su hijo; el asesinato en su domicilio de Grazalema de Juan Calvente Ríos; el de Rufino Giménez Antolín en el Puerto de Santa María; la muerte a golpes de azadón de Román Benítez Gil en Ribera de Gondomar; y el asesinato de Miguel García Biedma en el cortijo de Bernala. Todos estos crímenes quedaron sin resolver, por no poder averiguarse sus autores.

Los asesinos de Olivera fueron condenados a cadena perpetua y a 17 años de reclusión, con lo que su condena fue algo más leve. Sin embargo, los tres asesinos del ventero Antonio Vázquez fueron condenados a muerte. Asimismo, en el juicio relativo al matrimonio asesinado Juan Galán, que fue considerado autor de las dos muertes, también fue condenado a la pena capital.

Pero el superproceso por excelencia, sin lugar a dudas, es el del Blanco de Benaocaz. Es en este juicio en el que se produce el récord, verdaderamente difícil de igualar, de ocho penas de muerte en un solo fallo.

En el juicio hubo 16 imputados y se escuchó el testimonio de 48 testigos. Estos testigos, sin embargo, no sirvieron para fijar la autoría del crimen. En realidad, ésta se estableció procesalmente porque los propios imputados quisieron. El anarquismo ibérico, en tanto que ideología rabiosamente individualista, ponía mucho el acento en la asunción de responsabilidades. Manuel Gago, uno de los imputados, confesó su participación casi fríamente. Confesó que había recibido la orden de matar al Blanco, que para colmo era su primo. Eso, sin embargo, no le supuso problema porque, declaró ante el juez, si le hubieran ordenado matar a su padre lo mismo lo habría hecho.

El motivo del crimen no fue que el asesinado fuese un explotador. Era un antiguo miembro de la organización que se había apartado de la misma. Francisco y Pedro Corbacho, Manuel y Bartolomé Gago, Cristóbal Fernández Torrejón, José León Ortega, Gregorio Sánchez Novoa y Juan Ruiz fueron condenados a la pena de muerte por asesinato con los agravantes de nocturnidad, premeditación, alevosía, despoblado y cuadrilla. Por su parte Roque Vázquez, Gonzalo Benítez, Salvador Moreno Piñero, Rafael Giménez Becerra, Agustín Martínez, Antonio Valero y Cayetano Cruz fueron condenados a 17 años y 4 meses de reclusión. José Fernández Barrios fue condenado sólo por responsabilidad civil, sin cárcel.

Tras la apelación al Supremo, fallida, las ejecuciones se verificaron el 14 de junio de 1884, con el mismo garrote vil que había segado la nuca del cura Merino. Participaron tres verdugos, los de Madrid, Burgos y Albacete, percibiendo su soldada más una onza de oro por ejecutado. Sólo hubo siete ejecuciones porque José León Ortega fue eximido de la pena por haberse vuelto loco en la cárcel.

La Mano Negra murió con el último de aquellos ajusticiados. Muchos de sus miembros fueron desterrados a las colonias, aunque algunos volverían con cuentagotas años después, cuando sus procesos se revisaron. Pero lo que no murió fue el anarquismo rural andaluz. A principios de la última década del siglo, el bakuninista madrileño Félix Grávalo se desplazó a Cádiz para captar adeptos y, bajo su organización, se volvieron a levantar células ácratas. Suya fue la inspiración para la acción del 8 de enero de 1892, cuando varios cientos de jornaleros intentaron tomar el pueblo gaditano de La Caulina para crear en él un cantón anarquista. En los gravísimos incidentes que siguieron fueron asesinadas dos personas, el viajante José Soto y el escribiente Antonio Palomino, al parecer porque los alzados encontraron que tenían las manos demasiado suaves para ser trabajadores. Por estos actos fueron enviados al garrote José Fernández Lamela, Manuel Silva Leal, Antonio Zarzuela Pérez y Manuel Fernández Reina; y a cadena perpetua Félix Grávalo, Manuel Calvo Caro, Antonio González Macías y José Romero Lamas.

A partir de ahí el anarquismo deriva hacia el anarcosindicalismo, y comienza a utilizar la huelga como elemento de presión. Pero la violencia sigue ahí, como bien demuestran, ya en la República, los hechos de Casas Viejas.

miércoles, febrero 03, 2010

Palomares á feira

A veces, al hablar de Historia, hay que hablar de microhistoria. Los hechos históricos son una cosa y luego está la microhistoria de los lugares y las personas; ésa que pertenece tan sólo a familias, locales de algún lugar, allegados. Es lo común que a la mayoría de las personas nos interese más la Historia que las microhistorias, sobre todo de lugares o personas que no conocemos o sobre las que no sabemos nada. Yo, sin embargo, hoy me voy a atrever a contaros una microhistoria. La que yo he llamado El Palomares gallego (o sea, á feira). Ya sabéis que el pueblo costero de Palomares, en el sur, se hizo famoso porque en sus aguas cayó una bomba americana que se dijo nuclear, lo cual, en tiempos del franquismo, provocó eso que ahora se llama alarma social, y que entonces se llamaba acojone a secas, de que las aguas estuvieran contaminadas. El conflicto inmortalizó la imagen de un gallego, el ministro Manuel Fraga, bañándose en aquella playa, en plan David Hasselhoff cutre y fondón, para demostrar a España y al mundo que allí no pasaba nada.

La historia que hoy os cuento la contaré como la refiere Manuel Barro Quelle en su interesantísimo y ameno libro San Ciprián, parroquia de Lieiro, editado por Ediciós do Castro en su serie Limiar Etnografía (mi edición es de 1989).

San Ciprián, o mejor San Cibrao que es como se llama ahora, y está bien que sea así porque en la misma provincia de Lugo no es el único San Ciprián que existe, es una de las huellas humanas existentes en uno de esos rincones soberbios que tiene España, y que es la costa cantábrica al norte de la provincia de Lugo. Yo, como buen coruñés de La Coruña, crecí medio convencido de que Lugo era una entelequia de ficción. El deporte nacional coruñés es denostar a los compostelanos (y el de los compostelanos la recíproca: una vez colgaron en el puente de la Autopista del Atlántico, dirección Coruña, un cartel cachondo que decía: A la playa de Santiago, 65 kilómetros) y a los vigueses. A los lucenses los dejamos en paz pero, como ya digo, yo creo que eso es así porque la mayoría cree que en realidad no existen.

Lugo, sin embargo, existe. Existe, a pesar de ser la parte discriminada de esa esquina ya de por sí un poquito discrimada que llamamos Galicia; esa región a la que las autovías y los trenes rápidos suelen llegar con un sospechoso retraso. Eso sí, los lucenses, a fuerza de ser considerados entes de ficción durante tanto tiempo, han crecido por su cuenta, y eso hace que, en algunas cosas, Lugo no se parezca a nada, salvo a sí misma. Llegas a San Cibrao con el oído medio acostumbrado al gallego; pero apenas medio día allí te enseñará que, en realidad, no hablas gallego; no, cuando menos, ese gallego. Los lucenses ponen los acentos tónicos en otros sitios, contraen lo que otros expanden, expanden lo que otros ni pronuncian y, por animarse a ser distintos, hasta rompen una de las reglas de oro del gallego, que es la ausencia de ese fonema tan castellano que es la jota. Fonema que sobrevive, como irredento galo, en la aldea de Astérix el Lucense.

Eso sí, el no haberse enterado, o haberse enterado a medias, de que los humanos, en estos últimos tiempos, nos hemos vuelto una panda de cabrones, hace que estas gentes de San Cibrao sean, cómo diría, especiales. Ya es agradable para un gallardonita pasear a su perro por un lugar que no tiene semáforos. Pero es que San Cibrao, además de no tener semáforos, tampoco tiene hijos de puta. Los coches paran cuando aún estás a siete metros de llegar al paso de cebra. Primero paran en silencio. Pasados unos días, tocan la bocina. ¿Mala hostia? Pues no: te están saludando. Y en mi restaurante preferido, siempre me preguntan si quiero repetir. ¿Qué más se puede ambicionar?

Debes visitar San Cibrao, créeme. Un pueblo pequeño con esta pequeña ría en la que el mar se acuesta y se estira cada día.


Si vuelves a este mismo paseo unas horas más tarde, podrás ver la misma escena, pero sin agua.
Eppur si mouve:


Como toda la costa norte de Lugo, el mayor atractivo que encontrarás serán los contrastes. Para muestra, este pedazo lluvión en alta mar mientras en tierra, lo adivinarás, hacía un solaco importante.


En, fin si no vas, te lo perderás. Y, bien pensando, tampoco estará mal, porque tocaremos a más.



Pero, de todas formas, de lo que yo quiero hablarte hoy es de esto:



Esta imagen está tomada en la playa de O Torno, quizá la principal de las cuatro (sic) playas de San Cibrao. Obviamente, es un monumento. Si te acercas, intuirás en la placa que lo acompaña que se trata de un monumento homenaje a la Armada española.

Todo esto plantea varias preguntas. Por ejemplo: ¿por qué San Cibrao, provincia de Lugo, se sintió un día compelida a homenajear a la Armada española? ¿Qué favor le pudieron hacer los marinos? Y, sobre todo, ¿qué leches es eso que hay en el monumento, escoltado por cuatro pequeños obeliscos? ¿Un pote gallego? ¿La marmita de Panorámix?

Barro Quelle nos saca de dudas: es una bomba.

Para ser exactos, se trata de una mina submarina de la segunda guerra mundial. Que yo sepa, nadie puede decir con exactitud de dónde pudo salir. Pero es obvio que estuvo unos veinte años bien agarrada a algún lugar, o dándose de barrigazos por el fondo de los mares, y decidió salir a la luz el día que las traicioneras corrientes la llevaron hasta esa pequeña ría sancibrense que, como has visto en las fotos, se queda escuchimizada cuando llega la marea baixa; y dicen las crónicas de aquel diciembre de 1965 que tuvo mareas de ésas que a los que no somos de mar nos dejan acojonados. Esto pasó a mediados de la década de los sesenta; hace, pues, ahora más de cuarenta años. Y apareció, como decimos, unos veinte después de cuando tenía que haber explotado.

Según tengo leído, el artefacto entró por la ría sin pedir permiso y se metió adentro, como las gaviotas hambrientas de cangrejillos, hasta llegar al puente de la carretera, que está algunos cientos de metros más allá del mar, donde quedó, debo suponer que para indiferencia de los sancribrenses, batiéndose contra los vanos, hasta que alguien la ató al puente, del lado de Lieiro, aunque con tan poca convicción que la puñetera bomba se soltó y se subió a lomos de la marea baja, otra vez camino del mar, donde acabó por reposar en la playa de O Torno, que es la que mira al Cantábrico por el lado de la ría. Una vez allí, nos cuenta Barro Quelle, «estivo moito tempo mudando de sitio, segundo as mareas». Así que podemos imaginar a los lucenses sancibrenses, de pie desde el paseo que preludia las arenas de la playa, viendo a la panzuda olla moverse de un lado a otro, según la llevaba el mar, apostando sobre dónde pararía; especulando en su gallego musical y diferente.

Ya he dicho que en San Cibrián todo se integra. Nos integramos los madrileños, y ya tiene mérito aceptarnos. Se integran los caboverdianos, los malayos, los filipinos que laboran en la flota de Burela. Se integran los españoles de diversas procedencias que han ido a dar con sus carreras laborales en la fábrica de aluminio de Alcoa, que le da al paisaje la extraña impresión de que más allá del pueblo vive Blade Runner. Los lucenses todo lo fagocitan y lo hacen suyo; te atraen y te engañan con pan, con merluzas que saben a merluza, con carne de ternera o de potro, y para cuando te das cuenta ya estás, tú también, saludando por la calle a todo cristo que te cruzas.

Puestos a integrar, en San Cibrao se integran también las bombas. Barro lo confiesa con desparpajo: «Lembramos nós [lembrar=recordar], que daquela andabamos na escola, como saiamos correndo para ir a xogar ás "chapas" á praia e o sitio preferido era a "bola da calamina", que tapabamos con area [arena] e facíamos camiños para ir subindo coas "chapas"». Dicho queda: los niños, que tenían el colegio como quien dice a dos pasos de la playa, tomaron por entretenimiento jugar sobre la panza de la bomba.

Según el cronista sancribrense, y por increíble que pueda parecer, durante todo ese rato, que debió de durar sus semanas o meses, a nadie se le ocurrió pensar seriamente que aquella mina pudiera ser peligrosa. Si algo identifica, a mi modo de ver, al auténtico gallego, es que, cualquiera que sea su ideología o extracción, suele ser una persona que cree en el destino más que la media. Hemos de suponer que aquellos habitantes vieron llegar la panzuda mina, asumieron que si aparecía tantos años más tarde era porque ya no era peligrosa, y lo dieron por cierto.

Aunque siempre hay alguien que adquiere conciencia. Un innominado ciudadano, siempre según la versión de Barro Quelle, acabó llamando a Madrid y contando lo de la bomba. Inmediatamente, se presentaron en la villa unos hombres de la Armada, especialistas en explosivos y esas cosas, y al punto descubrieron que la bomba estaba armada y que, nos dice el relato en el que aquí me baso, «poido ter explotado en calqueira intre».

En los tiempos de Franco los ayuntamientos no eran electivos (bueno, la verdad es que nada en absoluto era electivo), lo cual hacía que no fueran muy representativos. La verdadera célula social sancribrense estaba representada por la cofradía de pescadores, el viejo gremio profesional. Fue, pues, la cofradía de pescadores la que decidió solicitar a Madrid que aquella bomba no dejase el pueblo. Convenientemente desarmada (nos ha jodido), dijeron los pescadores, debería formar parte de un monumento de agradecimiento a la Armada.

Y allí se colocó, y allí está, desde 1967, supongo que la bomba original, aunque puede ser que la hayan cambiado por una reproducción, como el David de Miguel Ángel que domina la Piazza della Signora de Florencia.

Para mí que la bomba no estalló porque el pueblo, simple y llanamente, no lo merecía.

San Cibrao, parroquia de Lieiro, concello de Cervo. Lugo, Galicia, España.

domingo, enero 31, 2010

Goliat agotado (y 6)

La ambición nazi por anexionar Austria a Alemania es obvia y totalmente coherente con su ideología ultranacionalista. En 1934, Hitler ya había intentado dicha anexión, con ocasión del asesinato del canciller Eberhardt Dollfuss; pero, en ese momento, Francia e Italia se lo impidieron. En 1938, se diseñó el segundo acto de esta invasión. El canciller austriaco Schuschnigg fue convocado a la guarida de Hitler en Berchstesgaden y presionado hasta la saciedad. Se le dio leña al mono, no hasta que habló inglés, sino hasta que aceptó nombrar a un nazi, Seyss-Inquart, ministro del Interior. Este nombramiento puso a la policía austriaca en manos de los alemanes. El 9 de marzo, Schuschnigg convocó un referéndum para que los austríacos decidiesen sobre su anexión o no a Alemania. La respuesta de Hitler fue la invasión.

Al día siguiente de la invasión, Chamberlain habló en la Cámara de los Comunes con inusitada dureza contra la acción. A este discurso contestó Churchill con una alocución histórica en la que afirmó algo en lo que entonces nadie creía, y es que todo lo que estaba pasando con Hitler eran distintas partes de un programa agresor cuidadosamente diseñado, y se preguntó cuánto tiempo más esperaría Inglaterra sin hacer nada. Sin embargo, Inglaterra esperó.

En primer lugar, el ánimo pactista de Chamberlain se melló con aquella invasión, pero en modo alguno se derrumbó. Por otro lado, por extraño que nos pueda parecer a quienes sólo hemos vivido los tiempos posteriores, tiempos que han sido, cómo decirlo, de una cierta amnesia por parte de los aliados, lo cierto es que la invasión de Austria, sin contar con adeptos, sí contaba en Reino Unido con, digamos, personas neutralmente comprensivas. Un político tan poco sospechoso de filonazismo como Neville Henderson dijo públicamente que la tentativa del referéndum austríaco era un error, porque suponía mosquear a Hitler. Por lo demás, en Inglaterra en particular, y en Europa en general, existía la sensación de que, tras la disolución del imperio, Austria era una entelequia que no podría existir por sí sola. Como tercer y último factor, los estrategas en Londres y en París establecían una diferencia clara entre Austria, que era sólo miembro de la Liga de las Naciones; y Checoslovaquia, país con el que tanto Francia como Rusia tenían tratados de alianza defensiva. De alguna manera, pues, había analistas que se quedaban tranquilos pensando que Hitler le había metido mano a Austria, pero había dejado tranquila a Checoslovaquia. No se dan cuenta de que eso que he dicho de que las escaleras siempre tienen varios peldaños.

De todos los jefes de Estado no nazis, Stalin era el que veía con más claridad la amenaza. El 19 de marzo, propuso una conferencia de las grandes potencias. Es decir: la propuesta Roosevelt rediviva. El destino de la versión 2.0 fue el mismo que el de la anterior: el señor Chamberlain ordenó rechazarla e, incluso, moderó sus ataques públicos a Alemania, como si se arrepintiese de su violencia verbal tras la invasión. Incluso insinuó que, en caso de ser Checoslovaquia atacada, se pensaría eso de contestar.

Mientras los aliados dudaban, Hitler seguía con su guión.

Todo el mundo sabe que los derechos de los sudetes, minoría germanoparlante residente en Checoslovaquia, fueron la gran disculpa de Hitler para hacerse con el país. En realidad, a Hitler los sudetes, probablemente, le importaban una higa. El problema checo era para Hitler estratégico. Checoslovaquia tenía unas instalaciones de defensa envidiables, tanto es así que fueron altamente ponderadas por los generales alemanes cuando se hicieron con ellas sin disparar un solo tiro. Mientras existiese Checoslovaquia, existiría un parapeto tras el cual podía emboscarse Stalin, y no hay que olvidar que Hitler siempre pensó en la invasión de Rusia como su principal objetivo.

Todos los políticos británicos estaban, a finales de mayo del 38, convencidos de la inminencia de un ataque alemán sobre Checoslovaquia. Toda la infraestructura diplomática británica se aplicó en dejar claro a Alemania que no lo permitirían. Hitler, en ese momento, o dudó o hizo que dudaba; probablemente, fue sólo un movimiento estratégico, pues en ese momento los informes de sus generales desaconsejaban que se pelease.

El gigante franco-británico-soviético que, según la prensa mundial, le había parado los pies al de los bigotes tenía, sin embargo, los pies de barro. A Daladier y su ministro de Exteriores, Bonnet, les había costado Dios y ayuda convencer al blandito Chamberlain. De hecho, el británico en lo que pensaba era en algo parecido a la solución Hoare-Laval, es decir impulsar a los checos a hacer concesiones a los alemanes para así impedir que los aliados tuviesen que cumplir sus amenazas de intervenir. En esta convicción cumplió un papel muy importante un sentimiento insondablemente estúpido, injusto y tocahuevos al que son aficionados los británicos: el euroescepticismo, el anticontinentalismo, el considerarse ente aparte, isla distinta, respecto de Europa propiamente dicha. Esa estupidez, que explica cosas como que Reino Unido no esté en el euro, decisión que le ha costado muchos millones a su economía (amén de la convergencia de ambas divisas, en detrimento de la libra), le costó en este caso centenares de miles de muertos. Fruto de este sentimiento son cosas como la oposición cerril que, aún en 1938, exhibían laboristas y liberales frente al rearme británico, concebido como la construcción de un ejército para luchar en el continente.

A primeros de agosto, Chamberlain llamó a su despacho a Lord Runciman y le encargó un viaje a Praga donde debería presionar al presidente Benes para que cediese ante las peticiones de los sudetes. La Misión Runciman llegó a Praga el día 4. De alguna manera, Chamberlain seguía creyendo que Hitler era alguien con quien se podía pactar. Y, sin embargo, no fue así. En las dos semanas que Runciman pasó en Checoslovaquia (la mayor parte de cuyo tiempo lo gastó en mansiones aristocráticas dándose unas pitanzas de puta madre), éste sólo descubrió que Konrad Heinlein, el sedicente líder de los sudetes, no tenía margen para llegar a ningún acuerdo y, por su parte, los checos no tenían la sensación de que tuviesen que ceder en nada. Aún así, el 4 de septiembre, bajo una intensísima presión, Benes anunció que aceptaba la autonomía local de los sudetes. Toda Gran Bretaña recibió el anuncio con la convicción de que era el preludio de un acuerdo de paz estable.

El 12 de septiembre, Hitler pronunció un discurso en Nuremberg en el que se deshizo en insultos contra Benes, no sacó a relucir ni la más mínima reivindicación, y dejó bien claro que iba a por él. Automáticamente, los nazis sudetes comenzaron a montar disturbios en su tierra, que fueron sin embargo sofocados con relativa facilitad por la policía. Sin embargo, el mal ya estaba hecho. Hitler, doctorado en encuentros con los responsables políticos británicos, los conocía bien y sabía de lo que eran capaces, y de lo que no. Por lo demás, como no me he cansado de repetir en estas notas, el conflicto de Abisinia, y muy especialmente el pacto Hoare-Laval, le habían demostrado que a Londres y a París les entraba en la cabeza solucionar conflictos haciendo cesiones injustas, dando la espalda incluso a los aliados cercanos y fieles. No se equivocó, porque la reacción a su discurso fue que franceses y británicos se pusieran a discutir un plan por el cual se le ofrecería a Berlín algo que, en puridad, Berlín no había pedido: partir Checoslovaquia y anexionar el área germanoparlante al Reich.

En realidad, era Francia quien tenía que moverse. Era Francia, no Inglaterra, quien tenía un tratado defensivo con Checoslovaquia. Pero París estaba en esclerosis. Ya sé que los franceses gustan de tener de sí mismos la imagen de un pueblo que fue invadido por Alemania gracias a no se sabe qué mala suerte, porque siempre estuvo formado por una aplastante mayoría de bravos y valientes antinazis. La verdad es que, en 1938, muchos franceses no era antinazis (ni lo fueron después) y de bravos y valientes no tenían nada. Especialmente sus políticos, los cuales preferían la inacción, siempre y cuando no les comprometiese. El silencio francés dejó espacio para que la persona que se creía, infatuadamente, el hombre que pasaría a la Historia con el sobrenombre de El Pacificador, diera un paso adelante.

Neville Chamberlain decidió solucionar directamente todo aquel embrollo entrevistándose con Hitler.

Hitler y Chamberlain se entrevistaron tres veces: en Berchtesgaden, en Godesberg y en Munich. En la primera de estas entrevistas, que es la nos interesa ahora, Chamberlain cometió un error de principiante, que fue verse a solas con el Führer. Aquel 15 de septiembre, frente a frente sin otra presencia que el traductor de Hitler, el canciller alemán jugó a placer con el bienintencionado primer ministro. Primero lo llevó al punto de ebullición mostrándose decepcionado con la poca chicha de los ofrecimientos del inglés, para luego, como si le sacasen un favor, ofrecer detener a sus tropas de momento a cambio de que Gran Bretaña aceptase la autodeterminación de los sudetes. En realidad, como se ha sabido posteriormente, Hitler no ofreció nada; su operación de invasión de Checoslovaquia estaba planificada para el 1 de octubre, pero eso Chamberlain no lo sabía, así pues creyó que le arrancaba una prórroga inexistente.

Chamberlain volvió el día 16 a Londres para consultar con sus grupos políticos y aliados la oferta. El día 19, en un ejercicio de cinismo planetario, los laboristas, repentinamente solidarizados con la causa checa, le instaron a mostrarse firme ante Hitler; como que podría haber hecho mejor si Reino Unido se hubiese rearmado adecuadamente durante los meses y años en los que esos mismos laboristas clamaban contra ello.

La entente franco-británica forzó la máquina con Benes y éste, tras recibir el no de Stalin, cedió el 22 de septiembre.

Con aquel sí debajo del brazo, Chamberlain volvió a Alemania, soñando con posar para la prensa junto a un sonriente Hitler, amigos para siempre means you'll always be my friend / na naino naino naino naino naino ná... Fue en ese momento, en ese preciso momento, en el que Hitler se quitó la careta.

El Führer que recibió a Chamberlain en Godesberg estaba en los últimos estadios de su muy calculada estrategia de tensión, ésa que había denunciado Churchill hasta quedarse sin voz, sin éxito. Frente a la oferta de Chamberlain de una transferencia ordenada del territorio, Hitler, a pesar de tener lo que teóricamente quería, informó fríamente al inglés de que su intención era entrar con su ejército sí o sí. Chamberlain volvió a Londres con el único éxito de haber arrancado de Hitler una breve prórroga de la invasión hasta el 1 de octubre; prórroga que no era tal pues, como sabemos, ésa era la fecha indicada para la acción militar.

El 28 de septiembre, la Cámara de los Comunes se reunió en un ambiente prebélico. En un país que había pasado del rearme como de comer mierda y que había creído siempre en su euroescepticismo de los cojones, de repente se instalaban cañones antiaéreos y se cavaban trincheras en los parques. Se decía en los mentideros que aquel día se iba a vivir una repetición del discurso de sir Edward Grey cuando, el 4 de agosto de 1914, dio un ultimátum a Alemania tras la invasión de Bélgica. Se decía que Downing Street estaba hasta los huevos y que no haría más concesiones.

En el clímax de levantarse para hablar, Neville Chamberlain recibió un recado de un edecán. Lo leyó, y lo que leía pareció trastornarlo. Luego respiró profundamente y, con voz campanuda (los británicos ponen voz campanuda como nadie), anunció que Hitler había admitido una reunión de las cuatro grandes potencias para resolver el asunto.

Un hombre, un solo hombre, expresó a las claras lo que pensaba de aquel anuncio que, inmediatamente, relajó la tensión de la sala. Ese hombre era Anthony Eden, quien abandonó la cámara sin miramientos. Churchill, por su parte, permaneció sentado en su sitio, taciturno. Probablemente, fueron los únicos en toda la cámara que se preguntaron por qué alguien que lleva cinco año haciendo promesas y no cumpliéndolas se va a levantar un día y, justo cuando tiene en su mano lo reivindicado, va a decidir volverse honrado.

Gran Bretaña y Francia fueron a Munich encantados. Encantados de pensar que iban a conseguir una solución, la que fuese, que les evitase la guerra. Mussolini, la cuarta potencia de la mesa, no sólo aceptó estar, sino que consiguió arrogarse el papel de diseñador de la solución con presuntas concesiones de Hitler que se aprobaría en Munich. Esto nos garantiza que Hitler sabía lo que le iban a proponer mucho antes de que se lo propusieran.

El 29 de septiembre por la mañana, los negociantes de Munich salieron de sus casas. A las dos y media de la madrugada del 30, ya habían firmado. A esa reunión estaban convocados los checos. Pero, para cuando llegaron a la sala, Hitler y Mussolini se habían marchado y sólo quedaban sus teóricos aliados, quienes les explicaron que acababan de firmar un papel que consolidaba la partición del país. El gobierno Benes capituló doce horas después.

El acuerdo de Munich, el papel que se supone introducía cesiones por parte de Hitler a Godesberg, se basaba en dos cosas. En primer lugar, Berlín formaría una comisión para la fijación de las fronteras de Checoslovaquia, en la que los checos deberían estar presentes. La segunda concesión era que esa comisión tendría soberanía para decidir, si así lo consideraba, que zonas mayoritariamente sudetes no pasaran a ser alemanas. Hitler sabía bien lo que firmaba. Dos minutos después de haberlo hecho, se cagó y se meó en lo firmado; jamás un solo checo apareció por la dicha comisión.

Lo jodido del asunto es que el Chamberlain que llegó el 30 de septiembre a Londres era un hombre exultante convencido de que había hecho Historia; y recibido así por los cándidos ingleses. Se trajo a Londres un papel, que supongo reposará en el Foreign Office, en el que Hitler había firmado que a partir de ese momento participaría en una política de consulta mutua en Europa. Al parecer, Hitler lo firmó sin siquiera haberlo leído. Para qué, si no lo iba a cumplir...

Hitler eliminó en Munich todos los problemas que le podrían haber causado cuarenta divisiones checas; quizá por eso, cuando fue a por Francia, pudo ir con todo lo gordo. Y consiguió algo más jodido aún para los aliados; a partir de aquel día, a Moscú le quedó claro que las cancillerías occidentales no se iban a mojar el culo por los asuntos orientales, así pues buscó su propio buen rollito con Hitler.

Para la Historia queda la vibrante declaración de Duff Cooper, el último miembro del gobierno Chamberlain que hasta el último momento presionó para que el acuerdo de Munich no se firmase. En los Comunes anunció su dimisión, y lo hizo con una confesión que no dejaba en muy buen lugar al resto de sus compañeros: “He renunciado al privilegio de servir como lugarteniente de un dirigente por el que sigo profesando la más profunda admiración y afecto. Puedo que haya arruinado mi carrera política. Pero eso importa poco; conservo algo que para mí es de gran valor, pues puedo seguir andando por el mundo con la cabeza bien alta».

Semanas después, Polonia y Hungría plantearon sus reivindicaciones territoriales sobre Checoslovaquia. La letra de Munich decía que deberían resolverse en otra conferencia de las cuatro potencias. Lejos de ello, Hitler, en la históricamente famosa Sentencia de Viena, las resolvió por su cuenta, terminando con ello de atomizar el país y hacerlo desaparecer. Seis meses más tarde, los alemanes ocuparon Praga.

Aunque a los británicos hoy les cueste reconocerlo, Chamberlain fue un héroe. El tipo que les había traído la paz. Eso sí, la experiencia les dijo que lo mejor era rearmarse y, automáticamente, comenzaron a florecer las llamadas para que ello se hiciese, acompañadas de aspavientos sobre lo mal que se habían hecho las cosas hasta entonces. ¿Llamadas por parte de quién? Pues de quién va a ser: de los laboristas, cómo no.

Faltaba entonces ya medio año, o así, para que estallase la segunda guerra mundial.

La historia de Hitler, Mussolini, Baldwin, Chamberlain, Daladier, Laval, Bonnet, Eden, Hoare, y algunos otros, es una historia que, a mi modo de ver, debería llevarnos a reflexionar sobre algunos puntos.

Punto uno: con los matones no se negocia. A un matón, o se le meten dos hostias para que se relaje, o se le deja hacer porque es más fuerte que uno. La ilusión de que un matón va a volverse Campanilla por mor de una negociación es propia de personas con una mentalidad estratégica apenas embrionaria.

Punto dos: la diplomacia internacional siempre ha sido igual y siempre lo será. Así pues, siempre es más fuerte quien está solo que quien basa su fuerza en formar parte de una alianza; porque alianza es sólo una manera formal de decir jaula de grillos.

Punto tres: el belicismo matonista genera guerras; pero el pacifismo modelo Mundo Cascada de Colores las genera aún peores. Lo tristísimo de las guerras más sangrientas es comprobar cuántas personas pudieron prevenirlas y no lo hicieron y, además, forzaron esa inacción con toda su buena voluntad.

Punto cuatro: siempre que se acepten condiciones en una negociación ha de ser a cambio de contraprestaciones claras, exigibles y comprobables. Cuando un negociador todo lo que pone en aval de sus promesas es su pretendida buena voluntad, lo que hay que hacer es levantarse de la mesa e irse de copas.

Punto cinco: durante todo el proceso que hemos visto, la opinión de Goliat era clara. Goliat, o sea Gran Bretaña, era un gigante pacifista, buenista se dice hoy. Goliat creyó en las buenas intenciones de David no menos de tres veces durante cinco años en los que David no hizo otra cosa que putear, mentir, faltar a su palabra y, sobre todo, acumular piedras con las que bombarder al gigante. Quienes se dieron cuenta de la jugada de David fueron tildados de catastrofistas, de aguafiestas, de belicistas; aunque acabarían por formar el gobierno nacional que finalmente plantó cara a Hitler. De ello se deduce, a mi modo de ver, que, por mucho que nos duela, la opinión mayoritaria no siempre es la certera. Razón por la cual hacen falta responsables políticos que hagan lo que crean que deben hacer y, luego, se la jueguen ante el Tribunal de la Historia, que es el que verdaderamente da y quita.

Y, en todo caso, si vis pacem...

PS: Esta serie completa de artículos, fundida en un solo pdf, es descargable desde la bibioteca de Historias de España.

viernes, enero 29, 2010

Goliat agotado (5)

Uno de los karmas habituales de alguna historiografía y de mucho admirador del bando republicano de la guerra civil española consiste en pensar que, en realidad, la guerra se perdió por razón de la inacción francobritánica. Esta tesis nos dice que la doctrina de no intervención en el conflicto español sostenida por las dos grandes cancillerías europeas, unida a la ayuda italiana y alemana a Franco, desequilibró de forma crítica la relación de fuerzas entre los dos bandos contendientes.

No seré yo, especialmente sabiendo como sé que este blog se honra de tener lectores que saben mucho más que yo de temas bélicos, quien entre en la discusión sobre los medios que cada uno tuvo y cómo supo, o no supo, coordinarlos y utilizarlos. Lo que sí aventuraré es la opinión de que, desde un punto de vista político, la mera ilusión de que Francia y/o Inglaterra pudieran haber hecho algo distinto de lo que hicieron, o sea nada, es, a mi modo de ver, totalmente ilusoria.

Mi tesis es que las posibilidades de que hubiese una intervención occidental en España fueron nulas. Inexistentes. Cero. Nunca existieron salvo ya al final de la guerra, como Negrín esperaba, si ésta hubiese estallado antes de lo que lo hizo (aunque, teniendo en cuenta que el prolegómeno de la guerra fue el pacto nazi-soviético, ya me explicará el doctor Negrín con qué armamento esperaba parar a Franco en las primeras jornadas de esa guerra).

Creo que lo expuesto hasta ahora, sobre todo en los que se refiere al dubitativo rearme inglés y a la actitud claramente dividida de las potencias frente al conflicto de Abisinia, demuestra claramente que ni Inglaterra tenía muchas armas o tropas para prestarle a España, ni una connivencia francobritánica era digna de esperarse en este asunto. La República española, a mi modo de ver, se pasó tres años haciéndose pajas mentales con una posibilidad que jamás lo fue.

Este asunto está muy lleno de mitos y medias verdades. Por ejemplo, Louis Levy, amigo de Leon Blum, el jefe de gobierno de izquierdas francés, publicó en aquellos tiempos que Blum intentó, sin éxito, convencer a Anthony Eden de la necesidad de intervenir juntos en España en defensa de la República legítima que, además, argumentaba Blum, era amiga de ambos países. Esta afirmación es tenida por cierta en muchos casos y, sin embargo, es muy dudosa. Francia tenía un gobierno de izquierdas pero una solidísima oposición de derechas, que incluso admiraba a Hitler como figura política y que, de haber visto armas o soldados franceses cruzar los Pirineos, habría montado la mundial, generando una inestabilidad política justo en el momento en que Francia menos la necesitaba. Más parece que Blum lo que quiso fue alguna forma de no intervención que le salvase la cara. Por lo que se refiere a Eden, siempre fue un decidido no intervencionista, pero es que, además, la República se lo puso, por así decirlo, muy fácil. Porque el segundo elemento del pretendido argumento de Blum (la proclividad de la República hacia Francia y Reino Unido) se puso rápidamente en entredicho desde las primeras horas tras el golpe de Estado, cuando el desgobierno español permitió que fuerzas de izquierdas, los famosos «incontrolados» de la historiografía acrítica de izquierdas (que haberla haina, como en la derecha), campasen por sus respetos y creasen de hecho minirregímenes políticos que casaban bastante mal con la idea de la democracia parlamentaria. Otras cositas, como prohibir de facto la profesión de las creencias religiosas católicas, o las matanzas de la Modelo, no ayudaron demasiado a convencer a París y Londres de que Madrid era un amigo de la democracia, las libertades y los derechos humanos.

A ello hay que unir el hecho de que tanto franceses como británicos tenían la sensación de que en la carrera de los armamentos, Hitler iba mucho más deprisa. Nunca he leído algún libro en el que figuren censos fiables de las fuerzas británicas y francesas disponibles en el verano del 36, pero lo que sí he leído son memorias de políticos del momento, como el propio Eden, Chamberlain o MacMillan, que nos dicen que detraer efectivos en una guerra en aquel momento habría sido, cuando menos para Reino Unido, una locura.

Por último, hay que considerar que, en política internacional, si haces una cosa, debes entender que con ello otorgas a otros el derecho de hacer lo mismo. Que Hitler quería Austria y Checoslovaquia no era ya ningún secreto en 1936. De haber intervenido Francia e Inglaterra en España, bien podría Berlín tomarles la palabra, abandonando incluso a Franco si hubiera sido preciso, para echarse acto seguido sobre ambos países situados a su oriente, sin negociaciones ni nada; a hostia limpia. Difícilmente podrían haber aducido Londres y París la ausencia de legitimidad para estas invasiones, con las cuales Alemania habría ganado mucho más que las potencias, que sólo habrían conseguido controlar España (todo esto aceptando barco como animal acuático, esto es que los mismos republicanos que nacionalizaban empresas por el artículo 37, permitían la propiedad privada sólo en pequeños negocios, toleraban en su seno las colectivizaciones ácratas, permitían la creación de checas y el asesinato de los burgueses en las cunetas, etc., fuesen a asumir su conversión en una democracia liberal parlamentaria).

La guerra civil española provocó una polarización de posiciones en Francia que disparó la crispación, generando cierta esclerosis del gobierno que benefició directamente a Alemania, pues ralentizó el rearme galo. En Inglaterra el enfrentamiento ideológico se reprodujo, aunque con algo menos de violencia en el lenguaje y en los actos, como corresponde a los británicos (de entonces). Muchos de los políticos en el gobierno entonces, de corte conservador, se burlan con mayor o menor elegancia en sus memorias de la honda incongruencia de los laboristas: pedían la inmediata intervención en España de tropas británicas, apenas semanas después de haber defendido en la tribuna pública que el rearme británico era una gilipollez.

El primer movimiento francobritánco no llegó hasta el otoño de 1937, es decir con el frente norte (en mi opinión, la guerra) ya perdido para la República. Fue la Conferencia de Nyon, en la que ambas potencias tomaron posición contra las acciones incontroladas en el Mediterráneo y se pusieron de acuerdo para patrullarlo conjuntamente.

En una cosa, sin embargo, aciertan los críticos de la no intervención francobritánica: aseguran que con ella las potencias creían haber comprado la paz, pero sólo consiguieron aplazar la guerra. Europa, por voluntad de Hitler, estaba en el camino de Munich.

Por increíble que pueda parecer a toro pasado, durante la segunda mitad de 1936 ni la guerra civil española, ni Hitler ni Cristo que los fundó fueron los temas de preocupación del país que era crucial para la seguridad de Europa y el mundo, es decir Inglaterra. En ese tiempo, los ingleses estaban centrados en los rumores en torno a la posibilidad de que el rey Eduardo VIII tuviese la intención de casarse con una mujer que tenía dos maridos vivitos y coleando; es decir, con una divorciada. Esta historia es bien conocida y, por lo tanto, base recordar que el 11 de diciembre de aquel año, el rey abdicó. Lo importante a efectos de lo que aquí se cuenta es que la opinión pública británica pasó esos seis meses pensando en otras cosas y que la crisis constitucional supuso el retraso en el cese del Ejecutivo Baldwin, necesario para renovar la labor del gobierno.

No fue hasta mayo del 37, pocos días después de la coronación del nuevo rey, que Baldwin dimitió para ser sustituido por Neville Chamberlain, hasta entonces canciller del Exchequer. El nefando Sam Hoare dejó los temas militares (el Almirantazgo) para ser ministro del Interior; aunque, tras la dimisión de Eden, pasaría a formar parte del llamado Grupo de los Cuatro (Neville Chamberlain, Edward Halifax, Samuel Hoare y John Simon) que dirigió la estrategia internacional de Inglaterra. En el puesto naval le sustituyó Duff Cooper. Inskip siguió siendo el gran coordinador de la defensa nacional, lo cual dio continuidad al esfuerzo, aunque en el terreno militar hubo algún que otro cambio difícil de entender. Por ejemplo, Chamberlain cesó en 1938 a Lord Swinton al frente del ejército del aire, a pesar de los varios logros que había conseguido en el robustecimiento de la RAF, para sustituirlo por un menos resolutivo Kingsley Wood. Eden seguía siendo ministro de Asuntos Exteriores. De momento.

Neville Chamberlain era un pactista. Estaba honradamente convencido de que se podía pactar con Hitler. Había creído la versión de los nazis de que el Führer se mostraba así de capullo porque tenía una serie de reivindicaciones irrenunciables (su Lebensraun) y que, una vez que las consiguiese, se apaciguaría. Le costó ver, por lo tanto, que muchas cosas que estaban pasando señalaban con bastante claridad que se avecinaba la debacle. Además, tuvo que enfrentarse, en aquellos meses, con una clara desafección por parte de la Commonwealth. A Australia y Nueva Zelanda no les preocupaba Hitler y por ello dejaron claro que, más que ayudar a Inglaterra, estarían pendientes de los movimientos de Japón. En Sudáfrica, las leches entre germanófilos y aliadófilos eran casi diarias. Y Canadá no quería entrar en guerra al lado de Inglaterra. A todo ello hay que unir la propia oposición dentro de Gran Bretaña, ya que los laboristas y muchos liberales se opusieron al servicio militar nacional hasta muy poco tiempo antes de estallar efectivamente la guerra.

En mi opinión, don Neville pecó de precipitación. Como no quería, o sentía que no podía, ir por la vía del rearme y la construcción de una coalición aliada, optó por intentar romper el Eje cortejando a Italia. Dentro de esa política dio pasos de gran torpeza. En julio de 1937, mientras los japoneses apretaban su invasión de China, le escribió una carta personal a Mussolini que no consultó con Eden. Más aún. Durante aquel otoño de 1937, se carteó varias veces con su cuñada, la viuda de Austen Chamberlain, una señora que vivía en Roma y, además, era admiradora de Mussolini. Es más que probable que los servicios secretos italianos interceptaran esa correspondencia, a través de la cual tenían información de primera mano sobre los pensamientos estratégicos de su principal enemigo.

Anthony Eden, mientras tanto, decidió aprovechar las acciones de Japón, que habían puesto a Estados Unidos muy nervioso, para tratar de conseguir lo que sólo conseguiría Pearl Harbour, es decir una mayor implicación de la potencia americana en la paz europea. Sin embargo, Estados Unidos era, entonces, un país decididamente no intervencionista, así pues no consiguió el inglés llevarlos a su terreno. Además de este fracaso, Eden cometió otro error, que fue nombrar para el puesto crucial de embajador británico en Berlín, de donde salía sir Eric Philips, al titular de la legación en Buenos Aires, sir Neville Henderson. Henderson era una persona, al parecer, propensa a ponerse muy nerviosa y propensa, además, a actuar por su puta cuenta en medio de esos ataques de nervios. Tener en Berlín semejante bomba de relojería se demostraría como letal para los intereses aliados.

En medio de este juego en el que primer ministro y titular del Foreign Office parecían diseñar y tutelar políticas diferentes, llegó una invitación a Londres por parte del pígnico jerifalte nazi Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, para asistir en Berlín a una competición deportiva. Fue uno más de los acercamientos, entre melosos y mentirosos, de los nazis. Chamberlain mordió el anzuelo y envió a lord Halifax, obviamente no con la intención de contemplar a unos deportistas dando saltitos, sino de entrevistarse con Hitler. En mi opinión, esa entrevista fue todo lo que le faltaba a Hitler para entender que los planes que tenía (primero Austria, luego Checoslovaquia, luego Polonia, luego Rusia y luego lo que tocara) no sólo los debía, sino que los podía llevar a cabo.

Ante el apocado Halifax se desplegó un Hitler en estado puro. Hablaron, por ejemplo, de la India y de los problemas acuciantes que ya se le presentaban a la corona británica con Ghandi y el Partido del Congreso de Nehru. Con total frialdad, como quien recomienda una receta de cocina, Hitler le dijo a Halifax que, si fuese su problema, lo resolvería en unas pocas horas asesinando al líder pacifista y a todos lo demás cabecillas del independentismo. Como quiera que Halifax, flemático él, disimulara su asco, Hitler siguió adelante. Entonces le habló de una curiosa teoría suya. Según el Führer, cuando una nación tiene reivindicaciones territoriales (como las de Alemania), el asunto se puede resolver sólo de dos maneras: una es la guerra. La otra, lo que él llamaba «razón mayor», que era algo así como fabricar algún tipo de mentira para poder entregar ese terreno al demandante sin derramar sangre. En otras palabras: Hitler, quizá inspirado por el hecho de que Laval y Hoare no habían intentado nada muy distinto con Abisinia, le propuso a Halifax que Londres se inventase alguna milonga para entregarle lo que, de otra forma, él iba a conseguir a base de hostias.

Si el interlocutor de Hitler hubiera sido, un suponer, Winston Churchill, con seguridad, nada más oír eso, se habría levantado, habría musitado un "señor mío, esta entrevista ha terminado", y se habría marchado del despacho sin siquiera estrechar la mano de su interlocutor. Pero Halifax estaba hecho de una madera mucho más blanda. Y no sólo eso, porque había llegado a Berlín con una instrucción clara de Chamberlain: pacta, pacta, pacta. Así pues, en lugar de hacer lo que debiera haber hecho, hizo lo contrario. No sólo no mostró indignación, sino que comenzó a desplegar argumentos sobre algunas concesiones que se le podrían hacer a Alemania, a su debido momento, en sus reivindicaciones territoriales.

A Hitler le debió quedar claro en esa entrevista que los británicos, por decirlo claramente, no tenían huevos. Y es de suponer que, cuando meses después, leyese el teletipo con la dimisión de Eden y su sustitución por Halifax, se debió descojonar de la risa. Y luego, cuando se le pasó la carcajada, hizo otra cosa, como veremos al final de este post.

En los siguientes meses, el conflicto entre Downing Street y el Foreign Office se hizo irrespirable. Eden no podía soportar los esfuerzos de Chamberlain por enamorar a Mussolini, esfuerzos que el primer ministro redobló tras el regreso de Halifax de Berlín.

La gota que colmó el vaso tuvo relación con Estados Unidos. En ausencia de Eden, Roosevelt comunicó a Londres una propuesta en la cual la Casa Blanca proponía una reunión diplomática de todos los países el 22 de enero de 1938, con el objeto de deplorar la situación internacional y alcanzar un acuerdo entre todos sobre los principios básicos que deberían regir las relaciones geoestratégicas. Era una jugada bastante bien diseñada. Roosevelt era presidente de un pueblo que no quería entrar en la guerra (de hecho, sólo lo hizo cuando los japoneses les entraron). Necesitaba un cambio de opinión pública. Su más que probable cálculo era que las potencias del Eje se negarían a acudir a esa cumbre diplomática, lo cual haría evidentes ante el mundo sus intenciones de no respetar regla alguna, lo cual atraería a densas capas de la opinión americana, conscientes entonces de que la actitud de Estados Unidos tenía que volver a ser la de los tiempos de Wilson, hacia el alineamiento sin paliativos con los aliados.

La propuesta era alambicada y podría haber funcionado, o no. Pero es que no lo sabremos. Porque el primer ministro, en ausencia de su titular de Asuntos Exteriores, reunido únicamente con su estrecho círculo de asesores, la rechazó.

Cuando Eden regresó a Inglaterra y se enteró de lo que había pasado, se colocó en abierta rebeldía respecto de su propio primer ministro. Por su cuenta y riesgo, envió instrucciones a sus embajadores para que tratasen de reconstruir la situación con un lógicamente cabreadísimo Roosevelt, que no había conseguido nada y, además, había quedado en bragas delante de su opinión pública.

Pero lo importante de todo es lo que acabamos de contar: poco más de un año y medio antes del estallido de la segunda guerra mundial, en el gobierno británico primer ministro y titular de Exteriores tenían cada uno una estrategia, y la llevaban a cabo uno a espaldas del otro. Insisto: éstos son los tipos de los cuales buena parte de la historiografía española espera una decisión unitaria para intervenir en la guerra española. Ja.

El enfrentamiento era cainita. Chamberlain seguía empeñado en que podía embaucar a Mussolini. Eden, mucho más práctico, exigía que, para creer en esa posibilidad, el Duce debería dar un paso, y sugería la retirada de los soldados italianos de España. Cuando el embajador italiano Grandi pasó de entrevistarse con Eden pretextando que tenía un partido de golf (sic), Chamberlain no sólo no le afeó la conducta, sino que le invitó a Downing Street.

El 20 de febrero de 1938, Eden dimitió, y fue sustuido por Edward Halifax, el pusilánime.

Hitler, ya digo, probablemente se descojonó.

Y, tres semanas después, invadió Austria.