viernes, junio 05, 2009

Estajanovistas

Víctor Martínez, en un comentario al post anterior a éste, me dedica un montón de flores, que yo le agradezco de cuore, entre las cuales incluye ésta: «eres el Stakhanov del cibermundo». Camarada Martínez, tu alabanza me llena de orgullo socialista, que lo sepas. Pero, entre los velos del orgullo, he encontrado la reflexión que sigue: ¡qué viejo se ha quedado Stakhanov! Ciertamente, creo que cualquier español de hoy, incluso aunque tenga sólo trece o catorce años, es susceptible de conocer la palabra estajanovista y saber que designa al que trabaja sin descanso el tiempo que haga falta, y normalmente muy deprisa. Pero, quizá, puede que haya quien no esté muy puesto en el origen de la palabra. Así pues, se me ha ocurrido hacer un pequeño receso mafioso y contar la historia de Alexis Stakhanov, el obrero cachoburro. 

martes, junio 02, 2009

La mafia en sus orígenes (2): De don Ciccio Caccia a la «victoria» de Caserta

El odio entre la Mafia y el fascismo italiano es cosa bien conocida. Bugsy Siegel, por ejemplo, quería ir a Italia a matar a Mussolini. Y los mafiosos locales no le andaban a la zaga. La cosa tiene lógica. El fascismo es una ideología totalitaria, palabra que todo el mundo conoce pero cuyo significado quizá se escapa a veces. Totalitario quiere decir que aspiras a controlar hasta el último rincón de la existencia social. En todo quieres mandar. Quieres que todo el mundo, de alguna manera, te tenga que obeceder en algo. La Mafia, sin embargo, sólo se obedece a sí misma. Es su naturaleza. Por utilizar una frase típica de las pelis del oeste, Italia no era lo suficientemente grande como para albergar al mismo tiempo a Mussolini y a la Mafia.

En mayo de 1924, un triunfante don Benito, señor de Italia, visitó Sicilia. En un pueblo llamado Piana dei Greci fue recibido por un hombre más bien bajito llamado Ciccio Cuccia, que era el jefe de la Mafia local además de podestá del área (juez nombrado a dedo). Tras visitar el pequeño pueblo Mussolini sugirió una visita por las zonas rurales de alrededor. Los locales asintieron.

Cuando don Ciccio llegó al automóvil oficial de Mussolini y vio al pequeño ejército de policías que lo acompañaba de escolta, estalló en cólera. Se volvió hacia el Duce y le dijo, más o menos, que estando don Ciccio con él, no necesitaba ni un solo protector. Nadie se atrevería siquiera a mirarlo torvamente. Mussolini comprobó, alucinado, cómo los propios prebostes facistas locales aprobaban las palabras del podestá. Finalmente, tuvo que aceptar el trayecto sin un solo escolta.

Aquel pequeño viaje tuvo que ser humillante para un infatuado como Mussolini. Quizá fue la primera y única vez desde su llegada al poder y antes de su defenestración en que tuvo que asumir que no era el número uno. Para empezar, cuando entraba en su coche, don Ciccio se volvió y se limitó a decir:

- ¡El que toque a mi amigo Mussolini se las tendrá que ver conmigo y con los míos!

Y luego está lo peor. El mafioso se colocó de pie en el coche descubierto, junto al Duce, y correspondía con saludos y sonrisas a los vítores de la población al paso del vehículo.

De regreso a Roma, Mussolini cursó orden al prefecto de Palermo, Cesare Mori, de que detuviese a Ciccio Cuccia. En realidad, Mori no tenía ninguna gana de tocar la punta del pelo de un solo mafioso. Al fin y al cabo él gobernaba Sicilia y sabía bien que, vistiendo camisa negra, azul o mediopensionista, en Sicilia ni las hojas de los árboles se atrevían a caer en otoño sin permiso de su ziu correspondiente. Pero Mussolini debió de insistir mucho, especialmente después de que don Ciccio cometiese la humorada de ir a Roma, donde pretendía reunirse con su colega; así que le preparó una celada a su llegada de aquel viaje y, en lugar de conducirle a tomar un aperitivo como le prometió, lo llevó a la prisión palermitana de Ucciardione.

El encarcelamiento del capo de Partinico dio el pistoletazo de salida de una vasta campaña antiMafia llevada a cabo por Mori, que terminó de convencer a la Mafia de que el fascismo no era para ellos.

La estructura administrativa fascista era efectiva en la lucha contra la Mafia. En un país sin elecciones, los mafiosos no podían comprar políticos, pues éstos no dependían de ellos, sino de la jerarquía fascista, para llegar a ser diputados o gobernadores. Por lo demás, si la Mafia es violenta, los camisas negras no iban por la vida precisamente dando rociadas de lilimento. Mori comenzó a obtener bastantes éxitos con sus operaciones, lo cual lo instaló en la megalomanía. Una megalomanía que terminó por convencerle de que no había reto en el mundo, y muy especialmente en la Mafia, que fuese imposible para él.

Mori, por lo tanto, decidió jugar en la Champions League de la lucha contra el crimen organizado. Creyéndose el Lionel Messi de la Historia Policial, puso sus ojos en una muy poderosa familia mafiosa palermitana, los Madonie, dirigida por un conocido oculista de la ciudad, Alfredo Cucco, quien además era diputado en Roma. Aquella investigación, conforme fue profundizando, fue sacando a la luz la connivencia en negocios de los grandes capos de la Mafia, con conexiones en el Estado. Así pues, Superman Mori fue destituido sin ruido.

Durante los años de Mussolini, en todo caso, se crearía el gran tridente mafioso del que se beneficiarían los Estados Unidos una vez que entrasen en guerra. Ese triángulo estaba formado por: Calogero Vizzini, capo de Villalba y jefe in pectore de la Mafia siciliana; Charlie Lucky Luciano, co-constructor en Estados Unidos del sindicato del crimen; y Vito Genovese, otro miembro de la Cosa Nostra que en 1936 hubo de salir de EEUU y acabó en Italia, donde hizo muy buenas migas con el fascismo y, además, sirvió de enlace entre la Mafia y la Cosa Nostra.


Como diría Sofía Petrillo: Sicilia, 1943.

La segunda guerra mundial avanza. Todo el mundo sabe que en 1944 se produjo el desembarco de Normandía, pero antes se produjo otro hecho de igual o mayor importancia, que fue el desembarco aliado en el norte de África, que le creó un frente más a Hitler y que permitió a los aliados, fundamentalmente estadounidenses, atacar por el flanco más débil del Eje, que era Italia. Los aficionados a los shooter recordaréis algunas de las misiones de Call of Duty 1 y 2, sobre todo las de la Big Red One, tras el desembarco aliado en Sicilia.

El 7 de febrero de 1943, dos oficiales de la inteligencia militar americana visitaron la prisión de Dannemora, cerca de Canadá. Solicitaron ver al preso Charlie Lucky Luciano, que había sido condenado en 1936 a 50 años de prisión por delito fiscal. Querían pedir ayuda al jefe mafioso. Sabían que su organización controlaba los muelles de Nueva York, y tenían informaciones de que agentes proalemanes habían conseguido infiltrarse en los mismos con el objeto de sabotear los suministros para los aliados. Los soldados de Luciano debían identificarlos y señalarlos para que la policía se pudiera encargar de ellos.

Pero había más. Los militares americanos fueron enormemente transparentes con Luciano. Le ofrecieron el traslado a una prisión más confortable a Albany. Pero es que incluso le contaron algo que Roosevelt ni siquiera le había contado a su mujer Eleanor: lo planes secretos para desembarcar en Sicilia.

El mito dice que Luciano garantizó a los americanos la colaboración de los sicilianos. Mentira. El americano no podía garantizar tal cosa y los militares lo sabían. Lo que le pidieron aquella tarde a Luciano no fue la connivencia de los sicilianos, sino que se la pidiese a quien realmente podía proveerla: Calogero Vizzini, don Calo.

El 23 de abril, de madrugada, estos dos militares sacaron a Luciano de la cárcel, también vestido de militar, y lo trasladaron al norte de África. El 2 de mayo, los tres se metieron en un minisubmarino que buceó hasta las costas de Gela, en Sicilia. Desembarcaron de madrugada en una playa donde les esperaba uno de los pisciotti locales, que los llevó a Villalba.

Vizzini puso una sola condición al trato que Luciano le propuso: poder quedarse con las armas que encontrase por el camino. Los militares jamás hablaron directamente del tema con don Calo. Un patri ranni no discute asuntos de negocios con rifardu.

El mayor éxito de Vizzini lo consiguió en la noche del 15 de julio de 1943, en Agrigento. Allí estaba situada la 5ª División del III Ejército italiano, que tenía que defender el terreno del empuje aliado. Estaba al mando de un oficial alemán, el Oberleutenant Wolfgang Ross; y el coronel Milani, de sólidas creencias fascistas, condecorado con la Cruz de Hierro.

Cuando Ross se acercó por las posiciones de la división, el espectáculo que vio lo dejó helado. Traseros. Montones de traseros. Culos a medio desvestir, accionando en el silencio de la noche. Una división entera del ejército italiano se estaba desnudando (los americanos llamaron a esta operación secreta con el nombre en clave strip-tease). Tardó el alemán en darse cuenta de lo que pasaba: los soldados se estaban cambiando y poniendo ropa de paisano. No uno, ni dos, ni doscientos. Todos. Sin excepción. Se vestían de paisano y se susurraban: «volvemos a casa». 6.000 hombres habían decidido no luchar, le habían dado una mano de hostias a los oficiales que habían intentado meterlos en vereda y habían visto cómo el resto de la oficialidad, más pragmágtica, simple y llanamente se había largado. Teléfonos, telégrafos. Hasta el último puto aparato de la División había sido inutilizado.

Lo que Ross y Milani no lograban comprender era de dónde habían sacado 6.000 soldados ropa de paisano. Claro que nosotros sabemos la respuesta. Muy cerca de donde estaban, alguien había enviado una flota de ¡¡¡150 camiones!!! repletos de ropa; camiones que ahora estaban siendo cargados con las armas y municiones que los soldados tiraban.

Ambos, alemán e italiano, hicieron lo que un oficial debe hacer en estas circunstancias. Sacaron sus pistolas y amenazaron con matar a todo el que desertase. Pero, claro, cuando los desertores son 6.000, lo más normal que ocurra, y ocurrió, es que el que acabe en el suelo cosido a balazos seas tú. Así, pues, se produjo la victoria aliada de Caserta, en la que sólo hubo dos muertos: Ross y Milani.

La colaboración entre la Mafia y los Estados Unidos llegará lejos. Mucho más lejos.


Y me voy, que estoy haciendo el Be a Legend del PES 09 y ayer me fichó el Athletic de Bilbao. Voy a ver si me aplico, porque tengo la sensación de que se han enterado de que no soy vasco, y por eso no me pasan el balón. Aunque no debería de ser por eso, porque, al fin y al cabo, el portero del Athletic se llama... ¡¡¡Kawashima!!!

Nos vemos.

lunes, junio 01, 2009

La mafia en sus orígenes (1): Don Vito

Un refrán gallego dice: el Miño se lleva la fama, y el Sil el agua. Completamente cierto. El río Miño lo conoce todo dios y al pobre Sil no lo conocen nada más que los naturales, a pesar de bajar más caudaloso. A veces pasa esto con la fama histórica. Hay personajes que se hacen muy conocidos en el consciente colectivo y otros, que quizá fueron más importantes, son poco conocidos.

Si sabes algo del mundo de la mafia supongo que conoces nombres como los de Dutch Schultz, Al Capone, Charlie Lucky Luciano, Lepke, Adonis, Bugsy Siegel... La lista es bastante larga pero tiene un denominador en común: se trata de nombres de la llamada Cosa Nostra, es decir la mafia americana. Hollywood es responsable de ello. Algunas de las mejores películas de la historia del cine han tenido a la mafia como asunto central. Eso marca. No son pocas las personas que consideran que la segunda parte de El Padrino es la mejor película sobre la mafia que se ha filmado (yo, personalmente, prefiero Goodfellas). Y conviene recordar aquí esta segunda tentativa de Francis Ford Coppola porque una de las cosas que nos cuenta esa segunda parte es la relación entre Don Corleone, interpretado por Robert de Niro, y su socio italiano, Don Tomassino, que se queda inválido tras una arriesgada acción para matar al capo responsable de la desgracia de la familia del niño Vito Andolini, que después sería el mayor mafioso de América.

Pero hoy, en este post, descubriréis que el hecho de que Mario Puzo escogiese para su padrino el nombre de Vito no es en modo alguno casualidad.

Las referencias a Sicilia son constantes en la historia de la familia Corleone y en el resto del cine mafioso (salvo, lógicamente, cuando la mafia tratada es la irlandesa o la negra de Harlem). Y es que en Silicia empezó todo. Pero una prueba de que todo este mundo está oscurecido es que, cuando os plantéis delante de alguien que diga saber de la mafia y rece los nombres que aquí ya se han citado, no tenéis más que contestarle: «muy bien; pero ahora, dime un nombre, uno solo, de un famoso capo de la mafia siciliana de Sicilia».

Hoy quiero salvar un poquito esta oscuridad hablándoos de mafiosos que nunca salieron de la isla de Sicilia. Hombres a quienes el mismísimo Lucky Luciano admiraba y respetaba. Hombres que, además, debieran llevarse todos los méritos de una historia conocida por todos, que es la connivencia entre los mafiosos y el gobierno americano durante el desembarco aliado en Italia durante la segunda guerra mundial. He llegado a oír cosas como que los carros de combate americanos llevaban dibujadas dos letras L, o sea Lucky Luciano, para garantizarse su seguridad. La verdad de las cosas es que, de haber hecho esto, los americanos no se habrían garantizado apoyo alguno por parte de los sicilianos. No era Luciano, sino, en este caso, don Calo Vizzini, quien quitaba y ponía apoyos en la isla. Pero ya llegaremos a eso. De momento, empecemos por el principio, o sea el génesis.



Parece existir cierto consenso al situar el nacimiento de la mafia en 1738, y señalar la responsabilidad que en ello tuvo nuestro buen rey Carlos III, que entonces era rey de Nápoles. En 1738 se produjo una sequía brutal en Italia que generó una hambruna desesperante en Calabria. Los calabreses huyeron del hambre cruzando el estrecho de Messina e invadiendo literalmente Sicilia. Los sicilianos los odiaron pronto porque aquellos scacciapagliari, es decir segadores de paja, segaban todo lo comestible que veían, dejando la tierra yerma. De haber actuado el rey Carlos adecuadamente y haber protegido a los sicilianos de los abusos de los calabreses, las cosas hubieran ido de otra manera. Pero no fue así. Los sicilianos precisaron crear su propio sistema de seguridad contra los invasores, sistema que alumbró a la mafia.

Por toda Sicilia comenzaron a patrullar a miles los soldados básicos de la mafia, conocidos como pisciotti, armados. Cazaron literalmente a casi 14.000 calabreses. Estos grupos de resistencia, que pronto comenzaron a cobrar por la misma, se denominaban cosche, en singular cosca (que significa, según los contextos, mulso o alcachofa). Los jefes de cosca no eran padrinos, sino tíos (ziu).

Cuando el problema de los calabreses se resolvió, las cosche existentes amagaron con empezar a luchar por el poder. Pero la gran novedad de la mafia estriba en darse cuenta de que esa estrategia no lleva a ninguna parte y que es mejor entenderse y repartirse lo que haya. En fecha tan temprana como 1742 se produjo ya la primera reunión de zii, de capos, en la que se coordinaron y repartieron territorios. Se pactó que cada cosca sería independiente y que los conflictos que pudieran surgir los dirimiría un uomo di respettu u hombre respetuoso. Una afirmación común y, a mi modo de ver, errónea, es que estos hombres de respeto son el antecedente de los capos mafiosos. Dicho antecedente hay que buscarlo en los zii; de hecho, los hombres de respeto, en su origen, eran de avanzada edad, siempre más de 60 años, y tenían que estar desconectados de la labor de las mafias; así pues, difícilmente podrían comandarlas.

En 1783, la mafia se enfrentó a una nueva invasión calabresa. Para entonces, se había organizado para plantar cara a los recaudadores de impuestos que llegaban de Nápoles, a los que mató en gran número; y había instituido la costumbre de que los productores le pagasen un porcentaje de sus ganancias, conocido en Sicilia como pizzu, o sea pizca, bocado. En 1793, cuando el reino de Dos Sicilias le declara la guerra a la Francia revolucionaria, la mafia organizará el evitamiento de la recluta por los jóvenes sicilianos. Esta campaña acabará por extender definitivamente su influencia por toda la isla.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando el rey Victor Manuel y su primer ministro Cavour inician desde el Piamonte la reunificación de Italia, la mafia decide apoyar el movimiento. Los jefes de las cosche consideran que la monarquía borbónica está muerta y, además, no le hacen ascos a una dominación desde un sitio tan lejano como Piamonte. Así pues, pactan con Cavour la ayuda del pueblo a un desembargo de Garibaldi en la isla.

Una vez que la guerra de reunificación de Italia hubo terminado, los problemas entre Sicilia y la metrópoli comenzaron pronto. Lo racional es pensar que los zii jamás pensaron en otra cosa que en dominar la isla a su antojo y, por eso, cuando Piamonte pretende recaudar allí impuestos y cuando, más tarde, Italia comience sus guerras coloniales que harán necesarias las levas de jóvenes, la mafia, que hasta entonces había manejado el cotarro, se da cuenta de que formar parte de Italia no es ningún chollo.

De esta segunda mitad del siglo XIX, época de gran pobreza para Sicilia, datan la gran parte de las emigraciones masivas de sicilianos, que tienen América como destino. Una vez en Estados Unidos, muchos de estos sicilianos, pisciotti en su tierra de origen, reproducen el esquema. En un principio, crean una organización llamada la Mano Negra; es la organización a la que, si recordáis, pertenece don Fanucci, el mafioso de barrio a quien mata Vito Corleone en la puerta de su casa. Luego fundan lo que se llamó la Cosca Nostra, es decir nuestra organización, que acabaría por llamarse Cosa Nostra.

El primer emperador de la mafia siciliana fue Vito Cascio Ferro. Don Vito es el primer ziu que tiene la visión de crear algo parecido a eso que conocemos por crimen organizado. La mafia comenzó a establecer pequeños impuestos por una gran variedad de servicios, y a prosperar consecuentemente.

Vito Cascio tuvo que enfrentarse , además, al primer problema serio con las fuerzas del orden. En Estados Unidos, la policía se había dado ya cuenta de las importantes connivencias de los miembros de la Mano Negra con personas residentes en Silicia. Así pues, decidió enviar a un policía, Jack Petrosino, para investigar sobre el terreno. Petrosino llegó a Palermo acompañado de dos mafiosos que creía arrepentidos. Ese mismo día, Cascio visitó a un diputado siciliano llamado Petrani , a quien pidió prestado su coche. Buscó por Palermo al recién llegado Petrosino y, cuando lo encontró, se bajó del coche y lo mató de un único disparo. Si ya era respetado, aquel asesinato elevó a don Vito a los altares de la mafia siciliana.

Para este creador de la mafia moderna, mucho más poderoso que las organizaciones italoamericanas que, para entonces, todavía estaban luchando por prevalecer frente a otras mafias, y muy especialmente la irlandesa, la primera guerra mundial fue el chollo final. Las elevadas necesidades de material y sobre todo de animales forró a la mafia. Muchas comisiones de compras estaban asimismo compradas, así pues en realidad era la mafia la que ponía el precio por los pertrechos vendidos al ejército. Las tentativas de hacer justicia no prosperaron. Nadie habló.

La primera prueba de fuego llegaría en la primavera de 1924. Muchas cosas acababan de cambiar en Italia. La marcha sobre Roma, los camisas negras... En Italia mandaba un nuevo Duce; Benito Mussolini. Un hombre que no admitía compartir mando con otro jefe.

El choque era inevitable.

En un par de días, gritad y me despertaré.

viernes, mayo 29, 2009

Los godos molan (y 5). El viejo Wamba

En septiembre del año 653, Recesvinto accedió al trono de España en solitario. Pocas semanas antes, un tal Froia había dirigido una nueva revuelta, en la que se alió con los vascos y consecuentemente pudo producir una importante devastación en el norte de la península. Los alzados destrozaron un montón de iglesias e incluso llegaron a sitiar Zaragoza.

Recesvinto fue el caudillo que llegó a Zaragoza y la liberó de la creciente amenaza que se cernía sobre la ciudad. Pero, como hemos dicho, en términos históricos, la verdadera importancia de este rey estriba en el paso dado en el terreno jurídico para avanzar en la definición de eso que hoy llamamos España. Existen indicios de que desde el mismísimo inicio de su reinado, Recesvinto tenía en medio de las cejas la idea de revisar el ya viejo código de Leovigildo. En la apertura del VIII concilio de Toledo, el rey hizo un llamamiento a los obispos (que eran lo más parecido a un parlamento que había entonces) a que revisaran a fondo la legislación para eliminar de la misma todo lo que de desenfocado o superfluo se encontrase.

El código finalmente publicado por Recesvinto contenía 324 leyes de Leovigildo, 99 de Chindasvinto y 87 leyes nuevas. Pero lo realmente importante de este código es que obligaba a todos los habitantes del reino y, por lo tanto, rompía con la dualidad entre godos e hispanorromanos que hasta entonces había vertebrado la nación. Aunque es muy difícil adivinar los porqués de la reforma, es obvio que, al abolir el derecho romano, los godos cercenaron definitivamente el poder que pudieran tener los cargos hispanorromanos, notablemente la administración de justicia. Es probable, por lo tanto, que la reforma de Recesvinto venga a significar el momento en el que los godos se sintieron, por primera vez, con fuerza, real y moral, suficiente como para echarse a todo el país a las espaldas.

Recesvinto murió en el 672. El mismo día de su óbito, los nobles del reino eligieron a Wamba como nuevo monarca. El nuevo rey intentó al principio pasar de la historia, pues, dice en las crónicas, era bastante viejo para poder enfrentarse a los desastres que ocurrían en el país; lo que las crónicas no nos dicen es qué tipo de desastres eran ésos. No obstante, aceptó, al parecer convencido por la actitud de los grandes jefes territoriales o duces, los cuales le informaron de que si no aceptaba se lo pasarían por la piedra.

Lo primero que hizo Wamba en cuanto fue rey fue lo mismo que Guardiola en la final de copa: arremeter contra los vascos. Pero cuando estaba en ésas, le llegó la comunicación de que en la Galicia hispanogoda, un tal Ilderico, apoyado por el obispo Gunildo y el abad Ranimiro, se habían alzado contra su poder. Tomaron rápidamente control de la mitad este de la Septimania, aunque la capital de la provincia, Narbona, se les resistió.

Wamba nombró como general de las fuerzas de rescate a un tal Paulo, que no es un nombre godo sino latino; lo cual quizá nos da la medida de hasta qué punto, en aquellos tiempos que fueron los de la reforma de Recesvinto, los propios círculos de poder de los germanos habían cambiado.

La corrupción política es algo que ha existido de toda la vida. En aquellos tiempos, no sólo tenía que ver con acumular pasta sino también con acumular poder real. Paulo marchó hacia la Septimania para sofocar la rebelión. Iba en compañía de varios comandantes, entre ellos Ranosildo, que era gobernador de la provincia tarraconense, y un gardingo o alto noble de la corte llamado Hildigiso. Ranosildo e Hildigiso, quizá cabreados por tener nombres más propios de renos del tiro de Santa Claus que de militares de pelo en pecho, comenzaron a comerle la oreja a Paulo con que si él tenía el poder, o sea las tropas, por qué, además de pasarse a Ilderico por la entrepierna, no se llevaba también por delante al abuelo Wamba. Los planes de estos conspirados llegaron a los oídos de Argebado, obipo de Narbona, el cual se apresuró a enviarle un e-mail al rey. No obstante, para entonces Paulo entraba en Narbona y se hacía ungir rey; existen indicios de que Argebado, incluso, llegó a unírsele.

Al parecer, Paulo no quería luchar con Wamba por el copo. Su interés se centraba en ser rey de la Septimania y la Tarraconense, o sea una especie de rey catalán antes de los Países Catalanes, y dejar a Wamba reinar en el sur. Cuando Ilderico se unió a Paulo, Wamba había perdido el control de su nación desde el extremo de la Septimania hasta más o menos Barcelona.

Wamba debía de ser un tío listo. Procedió con cautela. Quizá recordaba la rebelión de Froia, de la que nosotros casi nada sabemos. Era consciente de que, a base de salir de la comunidad autónoma a repartir hostias por Euskadi Sur-Sur-Sur, los vascos se habían internacionalizado y habían adquirido la habilidad, y la costumbre, de cerrar alianzas bélicas. Es posible que tuviese información de que euskaldunes y paulistas estuviesen en tratos; y, por lo tanto, decidió secar esa fuente.

En lugar de entrar en la Galia, donde entró Wamba fue en el País Vasco. Al parecer, montó una del cuarenta y dos, hasta no dejar ni un cabolo con chapela vivo. Los vascos, claro, claudicaron. Y, evidentemente, pasaron de ayudar a Paulo.

Una vez cerrado el flanco euskera, Wamba se dirigió a Barcelona a través del norte de Aragón, capturando por el camino a los jefes rebeldes Euredo, Pompedio, Gundefredo, Humulfo y Neufredo. Barcelona se le rindió, y luego siguió hasta Gerona, que hizo lo propio.

Una columna de Wamba capturó a los jefes rebeldes Ranosindo y Eldigiso en una ciudad llamada Clausurae. La captura de esta ciudad desató los esfínteres de los paulistas, pues con ella Wamba tenía el camino franco hasta Narbona. Paulo se retiró de la ciudad a Nimes, pero dejó en la capital a un gran ejército al mando de su comandante Witimiro. En una batalla relativamente corta (tres horas) las tropas de Wamba le dieron hasta en el cielo de la boca. Witimiro, según las crónicas, se refugió en una iglesia y, una vez tras el altar, sacó su espada declarando que moriría matando; pero bastó que un soldado se le acercase con un chuzo para arrearle una hostia en la cabeza para que se cagase de miedo, se echase de rodillas y se rindiese.

Wandemiro, capitán de Wamba, se dirigió a Nimes, ciudad a la que llegó por sorpresa en un amanecer, después de una marcha de una noche entera. Cogió por sorpresa a los defensores y pudo quemar las puertas de la ciudad, por lo que Paulo y los suyos se refugiaron en el anfiteatro. Wandemiro también debía de ser un tipo listo como Wamba, pues, en lugar de atacar a los anfiteatrados, dejó simplemente correr los predecibles mecanismos de la psiquis humana. Acorralados, sin escapatoria, notablemente debilitados, los capitanes de Paulo comenzaron a discutir qué hacer y, cuando descubrieron lo distanciado de sus ideas, empezaron a matarse entre sí. Los que no se mataban entre ellos eran asesinados por los propios ciudadanos de Nimes que les habían acompañado en la aventura. Paulo, incapaz de detener la matanza, se despojó de sus vestimentas reales y claudicó.

Ignoro por qué. Pero una de las acciones de Wamba tras ganar la guerra fue volver a Narbona y expulsar de la ciudad a los judíos.

El domingo 14 de octubre del 680, Wamba se sintió mortalmente enfermo y pidió la presencia de los sacerdotes. En presencia de los nobles de la corte, fue tonsurado y vestido con el hábito monástico, acto tras el cual el rey se declaba ya muerto y, por lo tanto, dejaba de ser rey. El acto de tonsurar a un moribundo, en efecto, tenía los mismos efectos que enterrarlo. Wamba, sin embargo, sobrevivió a su enfermedad. Él ya ni era rey ni podía volver a serlo. Pero podemos estimar que no quería dejar el poder, así pues hizo algo que está completamente de más en el derecho godo: nombrar sucesor suyo al conde Ervigio.

El tal Ervigio debía de tener muchas fuerzas de su parte, pues a la muerte definitiva de Wamba los obispos se apresuraron a declarar la plena legalidad de su mando. Ervigio fue un rey decididamente encuadrado en el partido de la nobleza, a la que concedió increíbles beneficios económicos, y de nuevo implacable con los judíos, contra los que dictó hasta 28 leyes punitivas que eran aplicables en su totalidad desde los diez años de edad. Entre otras cosas penó la circuncisión con la realización de un corte algo más profundo, es decir la castración (como las mujeres no tienen pito, las condenó a la mutilación de la nariz en el caso de que hubiesen participado en una circuncisión). Se instauró que un judío no podía dar una orden a un cristiano y se les restringió notablemente el derecho a viajar. En 687 Ervigio, ya muy enfermo, siguió la costumbre de Wamba y nombró sucesor en la persona de su yerno Egica, casado con su hija Cixilo.

Mala decisión. Egica, para ser rey, prometió proteger a los hijos de Ervigio. Pero, muerto éste, declaró ante los obispos que su suegro había sido un cabrón de tal calibre que la necesidad de hacer justicia era incompatible con la protección de su familia. En otras palabras: todo parece indicar que, en vida del suegro, disimuló como pudo, pero en cuanto llegó a rey se quitó al careta. Probablemente lo hizo para ganar apoyos. Pero no lo debió hacer bien, porque años más tarde el obispo de Toledo, Siseberto, lideró una rebelión para matarlo, que salió mal.

Egica prosiguió la tendencia antijudía con mayor ahínco aún que su denostado suegro. Sus medidas están claramente dirigidas a invitarles a largarse a otra parte. Les puso muy, pero muy difícil, poder ganarse la vida. E incluso llegó a decretar que todos los hijos de judíos serían separados de sus padres a los siete años, para ser entregados a familias cristianas que los educarían como tales. Aunque hubo una significativa resistencia a esta medida entre los propios sacerdotes, se aplicó en amplias zonas de España; quién sabe cuántos de nosotros descenderemos de esos niños desarraigados de sus propios padres a la fuerza. Los judíos tuvieron que esperar dos décadas para que las cosas cambiasen con la invasión musulmana; no ha de extrañar que tiendan a ver ésta como una liberación.

Egica murió como Franco, de muerte natural, en el 702. Dos años antes, había asociado al trono a su hijo Witiza, el cual reinó hasta el 710, en unos años que, según las crónicas, fueron prósperos para el país. A su muerte, el trono fue usurpado por Rodrigo. Este Rodrigo que ha pasado a la Historia, y honradamente no sé por qué, con el Don delante, no sabía la que se le venía encima. El moro Muza, que dominaba el Magreb, envió a la península a su capitán Tarik Ibn Ciyad (si se llega a llamar Ciyad Ibn Tarik, hoy Tarifa se llamaría Cillada). Tarik partió de Ceuta y desembarcó en la roca que llamaron los musulmanes Gebel Tarik, uséase Gibraltar. Rodrigo se enfrentó a los árabes, pero perdió la batalla, muy probablemente, porque su propio ejército estaba en guerra civil contra aquéllos, no sabemos muy bien quiénes,que habían reaccionado ante su okupación del trono. Cuando Muza cruzó a España, se encontró frente a él a unos resistentes que se estaban dando de hostias entre ellos, lo que facilitó la labor invasora. En alguna zona de España, un tal Aquila llegó a suceder a Rodrigo como rey, al parecer durante tres años.




Ésta es, sucintamente, la historia de los godos. Quien haya pensado alguna vez en España, en las cosas que han servido para definirla, para estructurarla como nación, habrá pasado, en sus reflexiones, por algunas de las cosas que aquí se cuentan.

Casi todo lo que pasa en la Historia de los pueblos entre la caída del imperio romano y la Baja Edad Media tiene poco glamour. Son pocas las fuentes y muchos los esfuerzos interpretativos. Así pues, es fácil pensar que hay que pasar de los godos porque ni puta falta que te hacen en el cerebro.

Y puede que sea verdad. Pero, amigo lector, si eres español, o si eres latinoamericano pero portas alguno de esos apellidos que sin duda vienen de aquí, tú eres un poco ellos. Un día, ellos fueron tú.

¿De verdad aprenderse de memoria una puta listita de nombres era tanto pedir?

martes, mayo 26, 2009

Los godos molan (4). nace la cuestión judía

Muchos de los judíos que alguna vez han vivido en España se sienten hondamente enraizados con esta tierra. Y es un sentimiento que tiene mérito, porque la verdad es que ser judío en España nunca ha sido un chollo. Todo el mundo sabe que los reyes católicos expulsaron a los judíos de España. Esto es cierto. Lo que no lo es, es que Isabel y Fernando fuesen los primeros jefes de Estado que en España se rallaron con la movida de los hebreos.

La cuestión judía se ha movido en el tiempo de forma irregular, con momentos mejores y peores pero con una melodía de fondo que era claramente antijudía. El derecho romano desarrollado en Hispania tenía ya medidas preventivas contra los judíos, aunque Alarico abolió no pocas de ellas; no sin conservar una de las nucleares, que era la prohibición de celebrar matrimonios entre romanos y judíos. Ya en los tiempos de Alarico, además, a los judíos se les prohibió ostentar cargos públicos y, si bien se les permitía reparar sus sinagogas, no se les dejaba construir nuevas. Asimismo, el proselitismo judío en la persona de cristianos estaba castigado con la muerte. Aunque los judíos no son un pueblo que se haya distinguido por el proselitismo (ellos son el pueblo elegido, no tienen la ambición de conseguir nuevos creyentes por ahí fuera), todo parece indicar que el hecho de que las creencias estuviesen en sus inicios provocaba muchas confusiones entre los ritos cristiano y hebreo, lo cual puede haber justificado este tipo de normas.

Podemos resumir diciendo, por lo tanto, que los judíos fueron, en la España goda, vigilados muy de cerca, aunque podían practicar sus cultos sin problemas. Pero en el 612, como ya decíamos, falleció el rey Gundemaro y para sucederle fue elegido Sisebuto, quien se mantendría en el trono hasta el 621. Fue ese cristianismo militante el que llevó al rey a plantearse el estatus de los judíos en Hispania. Las medidas tomadas en el pasado no habían evitado que, como una evolución lógica de la vida, hubiese judíos que medrasen hasta el punto de tener esclavos o manumitidos; y, en estos casos, éstos solían ser cristianos, con lo que se producía una situación de poder efectivo del hebreo sobre el cristiano que no era aceptable desde el punto de vista de un rey católico cien por cien (habría aquí que hacer el inciso de que, en España como en otras muchas naciones europeas, y contra lo que a menudo se cree, el cristianismo primero, y el catolicismo después, no encontraron en el mensaje de Jesucristo elemento alguno incompatible con la esclavitud humana).

Sisebuto continuó la línea jurídica de condenar con la mayor dureza el proselitismo judío. Pero fue más allá, colocándose ya en el terreno claro del antisemitismo. Es Sisebuto, por ejemplo, quien comienza a practicar las conversiones forzadas, que se hacían, por ejemplo, en la persona de los nacidos de matrimonios mixtos que, a pesar de la dureza de las leyes, se hubiesen producido. En defensa de la Iglesia católica hay que decir, en este punto, que todos los indicios que nos han llegado, especialmente los relativos al IV concilio de Toledo, indican claramente que la misma se opuso a la política de conversiones forzadas. El más claro indicio de la política de Sisebuto es el hecho de que provocó emigraciones masivas de judíos a Francia.

A la muerte de Sisebuto, le sucedió su hijo Recaredo II quien, sin embargo, sólo vivió unos días, sin que haya logrado averiguar yo hasta el momento si fue casualidad o acción enervada por algún tercero. El caso es que, muerto Recaredo II, le sucedió Suintila, el principal general de Sisebuto.

Lo primero que hubo de hacer Suintila en el trono fue subir al noreste de la península a defenderla de los vascos, que una vez más habían bajado de sus montañas y se habían dedicado al pillaje de Euskadi Sur-Sur-Sur. Sin embargo, su campaña más exitosa, que ya había apuntado siendo general de Sisebuto, fue la expulsión de los bizantinos de su área malacitana; lo que convierte a este Suintila en el primer rey español que reinó sobre toda la España concebida por el PNV (esto es, excluida la tierra de los vascos, que nunca fue gobernada por rey godo alguno).

Resulta difícil saber cómo fue, en realidad, este Suintila. El mismo cronista, Isidoro de Sevilla, lo considera lo mejor del mundo mundial en su primera historia de los godos (publicada cuando Suintila todavía era rey) o un abyecto criminal en la segunda (publicada cuando ya no lo era). Hay indicios de que Suintila pudo ser un rey populista, una especie de Hugo Chávez godo, querido por el pueblo llano pero odiado por la nobleza, aunque son conjeturas y es además imposible conocer con precisión los porqués. Lo que sí sabemos con razonable precisión es que los nobles decidieron deshacerse de él, para lo cual enviaron a uno de ellos, Sisenando, a conseguir la ayuda del rey franco Dagoberto de Neustria. El ejército borgoñón que penetró en España desde Tolosa acabó obligando a Suintila a capitular; hasta Geila, su hermano, apoyaba a sus enemigos.

En marzo del 631, Sisenando fue proclamado rey, aunque es posible que lo fuese después de una rebelión provocada por un tal Iudila del que nada se sabe. En todo caso, Sisenando controló la celebración del IV concilio de Toledo, en el que se condenaron las conversiones forzadas de los judíos, pero se estrechó el cerco sobre ellos.

Asimismo, dicho concilio consagró el sistema de elección del nuevo rey a la muerte del anterior mediante una especie de cónclave conjunto de nobles y obispos. A la muerte de Sisenando (636) se eligió a Chintila. Lo que más claro queda en los testimonios que nos han quedado de Chintila es que pasó la mayor parte de su reinado acojonado. Trata constantemente de impulsar a los concilios a exportar medidas que le protejan a él y a su familia, así pues podemos especular con la posibilidad de que su elección se produjese más o menos por los pelos y que el rey sintiese desde el principio el aliento de sus enemigos en la nuca. De hecho, se especula con que en aquella época hubieran estallado diversas rebeliones.

En el terreno que más nos ocupa en este post, durante el VI concilio de Toledo, aún en el reinado de Chintila, la Iglesia española recibió una misiva del papa, Honorio I, en la que les instaba a incrementar su dureza respecto de los judíos. No conservamos la carta del Papa. Pero conservamos la respuesta de Braulio, obispo de Zaragoza, en la que le dice, en nombre de los obispos españoles, que ningún hombre es merecedor de penas tan severas como las que Honorio reserva a los hebreos. Por lo tanto, podemos imaginar que los castigos propuestos por Roma eran, probablemente, digamos que muy en la línea de la forma católica de castigar; y que la Iglesia española se rebeló contra dicha crueldad, argumentando que no había nada ni en los cánones ni en el propio Nuevo Testamento que justificase dicha violencia.

La carta de Braulio ha sido alabada no pocas veces por su valentía. Y es valiente, aunque lo que no es, a mi modo de ver, es una defensa de los judíos. Lo que la Iglesia española compartía totalmente con el Papa era la convicción de que los judíos debían ser perseguidos; era en los medios donde no había aquiescencia entre las partes. De hecho, Braulio, y los obispos a los que representa, se declararon partidarios de la idea de Chintila, que ya de por sí marca un cambio cualitativo en la cuestión judía, de no permitir a quien no fuese católico vivir en España. Chintila, por lo tanto, saltó el listón mucho más arriba que Sisebuto y abre, de hecho, toda una corriente de pensamiento que llega, de alguna manera, hasta el nacionalcatolicismo franquista: la teoría de una España puramente católica; no mayoritariamente católica, sino poblada sólo por católicos, pues quien no lo es, no puede ser español.

Chintila murió en el 640 y nombró sucesor a su hijo Tulga, lo que suponía pasar del cónclave casi recién instaurado. Por ello, a la muerte del rey se sucedió un periodo de intensas revueltas, en las que finalmente los contrarios a Tulga, liderados por Chindasvinto, acabaron por prevalecer. Con él, se sentó en el trono de España el pragmatismo. Si Chintila había buscado su seguridad y la de su familia instando a los concilios a aprobar cánones que las aseverasen, Chindasvinto fue más directo y dedicó su reinado a encarcelar y apiolarse a todo aquél que consideró que le podía traicionar. Eso sí, a los judíos los dejó en paz. En el 649, y siguiendo las recomendaciones de sus obispos, Chindasvinto asoció a su hijo Recesvinto al trono, de forma que, a su muerte, éste lo ocupó en solitario. El reinado de Recesvinto daría otro paso, esta vez jurídico, para la construcción de España.

Es por ello que se aconseja descansar de nuevo.

domingo, mayo 24, 2009

Los godos molan (3): Recaredo

La religión y la política, o si lo preferís la religión y la guerra, siempre han estado íntimamente unidas, y lo siguen estando. Discutiríamos eternamente sobre si la guerra se esconde detrás de la religión o es la religión la que se esconde detrás de la guerra; pero desde un punto de vista práctico, la verdad es que la diferencia no existe en el terreno de los resultados.

Si hay dos cosas que cohesionan a los pueblos que lo vas flipando, esas cosas son la lengua y la religión. La mayor parte de las personas que son algo (armenios, mongoles, españoles, vascos, uzbekos) están dispuestas a soportar que su pueblo sea agredido de diversas maneras; pero colocan la barrera infranqueable en la discriminación de su idioma y/o la negación de sus creencias. En este mundo moderno y en esta esquina del mundo, que se ha vuelto más bien laica (o, cuando menos, está en el mayor punto de laicidad de su Historia conocida) quizá sea difícil de ver, pero lo cierto es que la religión es uno de los cementos más sólidos a la hora de unir a los hombres bajo un nombre común que designe a una nación, un pueblo, o una raza.

Las religiones, por lo común, se basan en la existencia de un misterio. Por misterio hemos de entender algo imposible o difícilmente aprehensible que hace necesario el concurso de un intermediario experto. El cristianismo tiene a los sacerdotes, el budismo a los lamas y los rimpochés, el musulmanismo a los muftíes... en general, toda religión tiene presbíteros que cumplen ese papel de intérpretes que aprovechan su relativa mayor cercanía con la divinidad.
En el caso del cristianismo, y sobre todo del catolicismo, este elemento primario, que como digo está en todas las religiones pues todas las religiones tienen sacerdotes o sacerdotoides, se lleva a un extremo bastante alto. El catolicismo rechaza la libre interpretación de los mensajes de Dios y crea una institución, que es la Iglesia, la cual interpreta dicho mensaje y debe ser seguida por los creyentes en dicha interpretación. Pero la interpretación católica de las Escrituras y del mensaje de Dios es sólo una más; la básicamente prevalente hasta Lutero, pero una más. Los primeros tiempos del cristianismo, sus primeros diez o quince siglos, fueron el vivero de muchas y muy diferentes interpretaciones de esa realidad, la mayoría de las cuales son conocidas hoy con el sustantivo que desde Roma se les impuso: herejías, lo cual quiere decir doctrinas desviadas de la verdad católica (y atacables por ello).

La mayor parte de los problemas doctrinales surgidos en el seno del cristianismo durante la Edad Media tiene que ver con la Trinidad (a secas; sin Jiménez). La Trinidad es una formulación misteriosa de la existencia de Dios, un monoteísmo matizado, de difícil comprensión desde análisis simples. Siempre he pensado que esto, y no otra cosa, es lo que buscó la Iglesia de Roma con su desarrollo. Cuanto más compleja (se podría decir: más gnóstica) la teoría, mejor: eso reclamaría mayores dosis de liderazgo por parte de la propia Iglesia, como intérprete de esa verdad.

La Trinidad dio en aquellos tiempos para discusiones interminables (bizantinas, en buena medida) sobre la naturaleza del Hijo y del Espíritu Santo; sobre el tipo de voluntad de Jesucristo, humana o divina; sobre la calidad de su sufrimiento. Un curso de teología hereje sería complejo y aburrido. Pero, así, en términos muy gruesos, se puede decir que el primer gran enfrentamiento en torno al concepto de la Trinidad, es decir el momento en el que el monoteísmo judío se hace gentil de la mano de Pablo de Tarso y hace sitio cuando menos a un segundo inquilino, el Cristo; el primer gran enfrentamiento, digo, es si Jesucristo es igual que su padre, si es distinto, qué era cuando estuvo en la Tierra, y qué es ahora mismo.

La Iglesia católica defiende una visión que es bastante complicada de explicar. Está en el Credo que cualquier católico reza los fines de semana en voz alta. Jesucristo es el hijo único de Dios, de su misma naturaleza, engendrado y no creado. Lo cual viene a querer decir que Jesús es y no es el Padre, así pues ambos, y el Espíritu Santo, de alguna forma son y no son lo mismo. Siempre he pensado que en el desarrollo de toda esta historia tuvo que participar un huevo de obispos gallegos.

Los godos, de origen germánico, son cristianizados más tardíamente que los latinos. Por lo demás, cuando comienzan a expandirse hacia el sur, radicándose en terrenos del imperio romano, enrolándose en su ejército y vendiéndoles pan por las mañanas (pues ésta es la invasión goda; quien se imagine a tipos con cuernos en los cascos ganando batallas, yerra en lo fundamental), se encuentran con una organización fuertemente nacionalista a la que le cuesta considerar a esos tipos rubios, altos y que hablan tan fuerte como unos romanos más. A mi modo de ver, fueron los romanos los primeros que hicieron que los godos se sintieran godos. Así las cosas, cuando el imperio se fue a la mierda y los godos dominaron el cotarro, siguieron sintiéndose distintos de los romanos.

Ese desarrollo propio también se llevó a las ideas religiosas. Muchos godos, y entre ellos los visigodos que acabaron sentando el culo en España, eran seguidores de Arrio, un teórico para el cual el Hijo desde luego merecía la atención de los cristianos, pero no al mismo nivel que el padre, pues uno era Dios y el otro, no. El arrianismo siempre me ha parecido a mí como una versión más sencilla del cristianismo, sin tantas complicaciones teóricas. Hay un Padre, hay un Hijo, y el Padre es más que el Hijo. El Padre elije al Hijo y, por lo tanto, el Hijo no es Dios.

Arrianismo y catolicismo son ambos creencias cristianas que, probablemente, no tenían por qué tener muchas dificultades para vivir juntas. Sin embargo, para entender su enfrentamiento en la España visigoda, hay que comprender el concepto fundamental de que aquél era un país en el que vivían dos pueblos. Los visigodos, que dominaron a los hispanorromanos, se quedaron con parte de sus tierras, pero no los sometieron, puesto que los necesitaban para que el país funcionase. Aún así, establecieron dos códigos de leyes distintos, uno para godos y otro para latinos, y consecuentemente instituciones propias para cada pueblo. En este entorno, es lógico que cada uno conservase su religión.

No se puede hablar, sin embargo, de que la España arriana fuese agobiante a la hora de imponerse al catolicismo. Los católicos, en los tiempos de Leovigildo y los reyes anteriores, podían fundar iglesias y monasterios con entera libertad (libertad que se apresuraron a negar a los arrianos tras la conversión de Recaredo). Podían escribir y difundir libros sin problemas (o sea, no fueron los arrianos los que inventaron el Índice de libros prohibidos; serían los católicos). Se dan casos como el del obispo Masona de Mérida, en su día desterrado por Leovigildo, a quien en su destierro se le permitió escribirse libremente con el Papa. De hecho, cuando los católicos empezaron a ejercitar su inveterada tendencia a ir a por los que no concebían las cosas como ellos, cosa que ocurrió con el priscilianismo, la nación arriana les dejó llevar a cabo esa lucha.

La principal presión arriana era social. Si un visigodo se convertía al catolicismo, el trato que recibía era de haber dejado de ser godo para pasar a ser un latino.

Recaredo sucedió a su padre Leovigildo en algún momento de la primavera del 586. Su acceso al trono fue hasta cierto punto un suceso, pues conviene recordar que la monarquía goda no era hereditaria; así pues, que Leovigildo hubiese sido rey no tenía significado alguno para que Recaredo lo fuese también. En todo caso, Recaredo heredó varios ingredientes claros.

Heredó, en primer lugar, una guerra civil reciente, en la que las posiciones se habían radicalizado; entre otras cosas, en sus últimos años Leovigildo había extremado su política anticatólica, aunque esta afirmación hoy parece una coña teniendo en cuenta que su represión de los católicos se hizo, que sepamos, sin tocarles un pelo, mucho menos quemándolos a centenares en las plazas.

La segunda cosa que heredó Recaredo fue el conflicto con los francos, muy especialmente con Childeberto, a cuenta de las brutalidades cometidas por su madrastra Goisunda contra la joven Ingundis, hermana de Childi. Recaredo envió emisarios inmediatamente a la corte de Childeberto para ofrecer la paz. Éste aceptó. De esa manera, los visigodos se aseguraban no tener problemas con dos de los reyes francos, pues con Chilperico no tenían problemas. Sin embargo, el que se negó siquiera a recibir a los embajadores españoles fue Gontrán. No sólo eso, sino que la frontera entre su nación y la Septimania (la región comprensiva de Narbona, Nimes, etc.) quedó cerrada.

Todo hace indicar que los movimientos de Recaredo en el inicio de su reinado tienen como objetivo primario evitar una guerra con los francos. Entre otras cosas, ordenó la ejecución de Sisberto, el asesino de su hermano Hermenegildo; gesto que ganó para él, definitivamente, la neutralidad de Childeberto (bueno; en realidad, al gesto se unió también un montón de pasta). Recaredo incluso se ofreció para casarse con otra hermana de Childeberto, Clodosinda. La boda con Clodosinda, sin embargo, sólo era posible con el consentimiento de Gontrán (asimismo, tío carnal tanto de Ingundis como de la propia Clodosinda), que se negaba. Gontrán argumentó, no sin razón, que no podía enviar a su sobrina a vivir en un país donde su otra sobrina había sido en tal modo maltratada.

Sin embargo, Childeberto acabó accediendo a la boda. Y lo hizo por una razón que registra la documentación de la época: porque Recaredo se había convertido al catolicismo.

Todo parece indicar, por lo tanto, que el movimiento de Recaredo fue un movimiento en parte provocado por la política exterior. Como ya he dicho, cuando menos en mi imaginación, Recaredo se me aparece como un rey muy consciente de la levedad de su mandato, pues entre los godos las sucesiones carnales en el trono no eran comunes; decidido a no buscar soluciones parciales o parches que apenas permitan tirar unos años; y notable analista exterior, por lo que se dio perfecta cuenta de que, en saliendo de España, en aquella Europa ya no ibas a ningún sitio diciendo que eras arriano, pues el Concilio de Nicea había ganado clarísimamente la partida. La conversión de Recaredo, que estaba destinada a marcarnos a los españoles como tales durante siglos, fue, en mi opinión, un movimiento de paz.

En el 589, Gontrán atacó la Septimania. Pero el jefe político de la región, un latino llamado Claudio, le metió tal mano de hostias en la batalla del río Aude, cerca de Carcasona, que en el campo de batalla quedaron 5.000 cadáveres francos.

Fue a inicios del 587 que Recaredo se hizo católico y fue bautizado en secreto. Según el Papa Gregorio I, en dicha conversión habría participado Leandro, el mismo sacerdote sevillano que había convertido a su hermano Hermenegildo.

Se convocó un concilio para resolver el conflicto entre arrianos y católicos, el conocido como III concilio de Toledo; pero, de todas formas, antes de que comenzase, las propiedades arrianas ya habían sido entragadas a los católicos, así pues el resultado estaba cantado. En mayo del 589 comenzaron las sesiones. El concilio declaró anatema la negación de que Jesucristo hubiese sido engendrado por Dios Padre y que fuese de su misma naturaleza, así como a quien le negase la misma naturaleza que a ambos al Espíritu Santo.

En sus inicios, de todas formas, la conversión de España al catolicismo no fue demasiado impuesta; lo cual, en mi opinión, es bastante coherente con el carácter que se adivina en Recaredo por algunos de sus actos. Las actas del concilio toledano son especialmente etéreas en lo que se refiere a quienes han sido arrianos. Como ejemplo, la Iglesia tardó casi medio siglo en dictaminar que los nacidos en la fe arriana no podían ser obispos, en lo que parece una clara evidencia de que, durante los primeros años en los que el catolicismo fue la religión nacional, una medida así o no habría sido eficiencia o no habría sido permitida por el rey. De hecho, en el III concilio de Toledo sólo cuatro obispos godos abjuraron del arrianismo.

Hubo resitencia, y mucha.

En Mérida, el obispo arriano Sunna, junto con sus amigos Segga y Vagrila, parece ser que organizaron una movida para apiolarse a Masona, el obispo católico. Cuando menos Segga pagó la cosa muy cara, pues Recaredo le cortó las manos. Por cierto, que el rey se enteró de la historia por una delación de Witerico; el cual, curiosas putadas de la Historia, acabaría siendo rey después de cargarse... al hijo de Recaredo.

Más seria parece haber sido la conspiración liderada por la siempre inquieta y tocacojones Goisunda, la cual se alió con el obispo arriano Uldila para derrocar al rey. Se descubrió todo y Uldila fue desterrado mientras que Goisunda murió poco después, no sabemos si de muerte natural (lo cual es bastante lógico).

La tercera rebelión se produjo en la Septimania. Allí, el obispo arriano Athaloc y los nobles Granista y Wildigerno se alzaron en armas contra Recaredo por la conversión, y no tuvieron problema en solicitar el apoyo del rey Gontrán (católico). No obstante Claudio volvió a ganarles otra vez como ya hiciera en Carcasona.

La cuarta movida fue impulsada por el noble Argimundo, y buscaba destronar a Recaredo. Tras desmontarse la traición, Argimundo fue decalvado y se le cortó la mano derecha.

En todo caso, lo más importante es que, con la conversión de Recaredo y sobre todo el III concilio toledano, el panorama de la permisividad religiosa entre cristianos cambia radicalmente; aunque, por lo que os acabo de contar, es racional pensar que la radicalización arriana tal vez tuvo algo que ver en ello.

Si hasta entonces los arrianos habían permitido la fe católica en su seno, como he dicho sobre todo impulsados por la consciencia de que era la preferida de medio país, con la conversión de Recaredo las cosas cambian. Se inicia la muy hispana tradición de la quema de libros que dicen cosas que a uno no le gustan, que a juzgar por los resultados debió ser masiva. Se inició también la costumbre de vedar puestos, por ejemplo en la función pública, a los arrianos. Y se inició la también inveterada costumbre de las conversiones forzosas.

Una última cosa queda clara del movimiento de Recaredo. Este rey godo inició, en el terreno jurídico, una tendencia a la que acabaría por poner la guinda, algunas décadas después, Recesvinto: la unificación jurídica entre godos e hispanorromanos. Por lo tanto, es más que racional pensar y sostener que la conversión de España tuvo mucho que ver con el intento de este rey por conseguir tener un solo pueblo bajo su corona. Desde Recaredo, las diferencias entre godos e hispanorromanos comenzarán a desdibujarse, y colocarlos bajo un mismo palio religioso es un primer e importante paso en ese camino.

Recaredo murió en diciembre del 601 y fue sucedido por su hijo, Liuva II. Pero al año y medio de reinar, teniendo aún veinte años, Witerico, como ya hemos dicho, conspiró, lo derrocó y le cortó la mano derecha (el rey no podía ser manco), e, incluso, unos meses después se lo cargó.

De Witerico sabemos que es el último rey godo que intenta llegar a un acuerdo permanente con los francos. Teoderico II de Borgoña le ofreció casarse con Ermenberga, hija de Witerico y con un nombre, la verdad, que al menos en su segunda mitad suena hoy, digamos, poco femenino. Witerico accedió y envió a Ermenilla a Francia al casamiento. Pero mientras llegaba, a Teoderico la vieja Brunequilda y su propia hermana, Teudila, le predispusieron en contra de la candidata, por lo que el borgoñón deshizo la boda (pero que se quedó con la pasta de la dote; muy francés esto). A partir de ahí, los reyes godos tuvieron claro que no tenían nada que ganar en alianzas con los francos. Quizá les hubiera dado un escalofrío de saber que la tierra que gobernaban acabaría siéndolo por una dinastía de tal origen.

A Witerico lo mataron en un banquete y fue sucedido por Gundemaro. De él sabemos que era muy religioso y que asoló la comunidad autónoma de Euskadi (aunque ambos elementos no están en modo alguno relacionados, que yo sepa). Murió en el 612 y fue sucedido por el muy, muy piadoso Sisebuto. El cual comenzaría otra costumbre inveteradamente española: la persecución de los judíos.

A bientôt.

jueves, mayo 21, 2009

Los godos molan (2): Leovigildo

Leovigildo cuenta, como en parte insinuaba yo en mi anterior post sobre la materia, de muy buena prensa entre los godófilos españoles. Y, la verdad, no es para menos. La España que heredó Leovigildo tenía enormes extensiones de la misma cuyo control efectivo por parte de los godos se había perdido en tiempos del manirroto Atanagildo; zonas que vienen a coincidir, más o menos, con los actuales territorios de Orense, Asturias y Cantabria. No sólo recuperó Leovigildo terrenos ya perdidos, sino que logró expansionar los dominios mediante la anexión, para desgracia del nacionalismo gallego, del reino suevo de Galicia.

Además, mostró una importante preocupación por los hechos financieros, que siempre es de agradecer en un jefe de Estado. Hispania era entonces un cachondeo monetario, como correspondía a un país sin soberanía monetaria que funcionaba, fundamentalmente, mediante la circulación en su territorio de monedas bizantinas. Leovigildo impulsó emisiones propias que introdujeron alguna racionalidad en aquel caos. Además, Leovigildo procedió a revisar el código legal de Eurico, creando un corpus legal que rigió a los godos durante casi un siglo.

Las crónicas, además, nos pintan a un Leovigildo que es el primer rey propiamente dicho de la Historia española. Hasta entonces los godos, como corresponde a una monarquía electiva, tenían al rey como uno más de los nobles caballeros, así pues éste no se distinguía demasiado de sus pares. Leovigildo es el primer monarca que viste como un rey (esto es, diferente a los demás) y establece cierto protocolo cortesano.

Como caudillo militar, Leovigildo tuvo dos prioridades: el sur dominado por los bizantinos y el norte, no sólo Galicia como ya hemos comentado sino también el territorio que hoy conocemos como Comunidad Autónoma de Cantabria, en el que, con mucha probabilidad, un grupo de terratenientes hispanorromanos había montado un proyecto secesionista a lo Ibarretxe, sólo que sin referéndum, y que por las referencias que tenemos pudo ser solucionado por la vía ejecutiva por Leovigildo, el cual se habría pasado por la piedra a los dichos mandamases de origen latino.

Con todo, sus grandes acciones son su sofocamiento de la revuelta de Córdoba, que duraba desde Agila; así como la penetración en Galicia. En el año 575, y en una primera fase, Leovigildo invadió la provincia de Orense, donde hizo prisionero a su caudillo militar, un tal Aspidius. Luego penetró en el reino suevo, aunque ante las llamadas del rey Miro a la negociación, alcanzaría una paz con ellos. En el 577 abandonó el norte de la península, pero no es difícil imaginar que se fiaba de Miro más bien poco. Algún tiempo antes, cuando el godo estaba separando cabezas de cuerpo en Cantabria, Miro había enviado mensajes secretos al rey franco Gontrán para intentar una pinza antileovigilda; pero sus cartas habían sido interceptadas por Chilperico, general godo, así pues el rey las conocía.

Isidoro de Sevilla nos cuenta que Leovigildo gobernaba con el cuchillo de capar en la mano. Exilió y asesinó a todo noble que se le puso por delante y le dijo que no. Pero no son pocos los historiadores que tienden a justificarlo con la importancia de su labor, que no era otra que recuperar la cohesión geográfica del país. En diez años de reinado, básicamente, lo había conseguido.

Pero una guerra civil estaba a punto de estallar.


Leovigildo tuvo una primera mujer, de la que poco o nada sabemos, que le dio dos hijos: Hermenegildo y Recaredo. Se casaría una vez más, nada más ser asociado al trono por Liuva, con Goisunda, viuda de Atanagildo; pero no tuvieron hijos (aunque Goisunda, como ahora mismo veremos, sí que los tuvo con Atanagildo). Cuando murió Liuva y por lo tanto Leovigildo llegó a ser rey en solitario, asoció a sus hijos al trono.

En el año 579, y dentro de una típica operación follodiplomática, Hermenegildo se casó con una princesa franca, Ingundis, de religión católica, hija del rey Sigeberto I y de la reina Brunequilda, hija, a su vez, de Atanagildo. Lo cual hace a Ingundis nieta de la segunda mujer de Leovigildo, Goisunda, y, por lo tanto, nos lleva a la extraña conclusión de que el rey godo casó a uno de sus hijos con su nieta; con lo que, de haber tenido Hemegi e Ingun algún hijo, habría sido, a la vez, nieto y bisnieto del rey.

En el viaje hacia España, Ingundis paró en una ciudad de la actual Francia, llamada Agde, que tenía un obispo católico, Fronimius, que era un ultrasur de la religión. El cura se pasó días dándole la brasa a la novia sobre lo cabrones que eran los arrianos y asegurándole que la obligarían a abjurar de sus creencias y, consecuentemente, la condenarían. Ingundis tenía entonces 12 años y pertenecía a una clara estirpe de princesas francas católicas, de las que ya hemos visto especímenes en estas notas. Por la dicha razón, cuando llegó a España chocó rápidamente con su abuela Goisunda, que intentó atraerla hacia el arrianismo. Goisunda, que era de armas tomar, la tiró del pelo, la agredió, la pateó en el suelo y ordenó que la desnudaran y la metieran en estanques de agua fría. Pero la Historia nos demuestra que lo peor que se puede hacer con un católico es putearlo. Ingundis no movió su fe ni un milímetro.

Leovigildo tomó la decisión de ordenar a Hermenegildo que se estableciese en Sevilla, quizá para poner a Ingundis lejos de las aviesas intenciones de Goisunda. Una vez en la ciudad hispalense, la mujer y un monje llamado Leandro con el que se asoció se aplicaron a convertir a Hermenegildo al catolicismo. Tras unas primeras reticencias, Herme acabó por caer y convertirse.

Leovigildo no podía consentir eso. El arrianismo no era exactamente la religión nacional de la España goda, pero de ahí a permitir que un príncipe asociado al trono fuese abiertamente católico mediaba un trecho. Tras negociaciones y amenazas, Hermenegildo decidió desafectarse y buscar alianzas, que encontró fácilmente (estaba en el sur, en Sevilla) entre los bizantinos.

Hermenegildo se declaró rey en Sevilla y abrió una guerra civil de godos contra godos en la que, sin embargo, no parece que estuviese muy seguro de sus medios, pues durante todo el tiempo que duró, ni siquiera cuando en el 581 Leovigildo estuvo en guerra contra los vascos, intentó tomar Toledo. En realidad, durante el principio de la rebelión es más que probable que Leovigildo estuviese más preocupado por los vascos, los cuales podrían haber llegado incluso hasta Rosas, que en los ejércitos de su hijo, lo cual sugiere que la rebelión pudo tener escaso apoyo social. Fue en el 582 cuando Leovigildo pudo volver sus lanzas hacia el sur. Tomó Mérida, que entonces era capital de la Lusitania y, al año siguiente, avanzó hacia Sevilla.

En ese momento apareció el dudoso Miro el suevo en escena, probablemente tratando de obtener ganancia del caos. Pero midió mal sus pasos, porque Leovigildo le dio una mano de capones y le obligó a asociarse a su causa, con lo que la única ayuda de Hermenegildo quedó de lado bizantino. Sin embargo, Leovigildo maniobró por su cuenta y los sobornó. De modo y forma que, cuando Hermenegildo presentó batalla a las afueras de Sevilla, se encontró con la sorpresa desagradable de que sus aliados bizantinos, de repente, lo dejaban solo. En el verano del 583, Leovigildo tomó Sevilla y Hermenegildo salió por patas.

Recaredo, el otro hermano, persiguió a Hermenegildo hasta Córdoba, donde lo alcanzó y lo obligó a buscar refugio en una iglesia. El hermano entró y le convenció de que se entregase a su padre. Hermenegildo se postró a los pies de Leovigildo y pidió perdón. Su padre le alzó y le besó, pero acto seguido lo desterró a Valencia primero y luego, a Tarragona, donde acabó asesinado, en el 585, por un tal Sisberto. Teniendo en cuenta que para entonces Hermenegildo ya representaba bien poca cosa, es al menos mi opinión que ese asesinato pudo ser de encargo. De hecho, el cronista Gregorio de Tours da por hecho que fue orden del padre. Según algunas fuentes, Leovigildo habría ordenado matar a su hijo después de que éste le diese una mano de hostias a un obispo arriano que el rey había enviado para re-convertirlo.

Miro el capullete suevo había muerto en el 582, siendo sucedido por su hijo Eborico. Eborico se apresuró a negociar una paz con Leovigildo y éste a firmarla. Pero dos años después Audeca, hermano de Eborico, le hizo un golpe de Estado suevo y lo echó del trono. Hasta se casó con la mujer de su hermano, Sisegutia. Por alguna razón que no está del todo clara (quizá tuvo alguna información que se nos ha perdido), Leovigildo reaccionó a la subida al poder de Audeca abriendo una campaña para invadir Suevia. Entró en el país a sangre y fuego y prendió a Audeca, para el cual reservó el mismo destino que éste le había impuesto a su hermano Eborico: lo tonsuró y convirtió en monje de un monasterio en el culo del mundo. De esta manera, y hasta el día presente, Leovigildo incorporó Galicia como provincia española; ello a pesar de una fracasada rebelión galleguista, dirigida por un tal Malarico.

En toda esta historia hay un personaje que apenas ha aparecido: Recaredo. Recaredo hace la guerra para su padre, recorre un país quebrado por la guerra civil, contempla las expeditivas actuaciones de su padre, a quien no le temblaba la mano ante nadie y ante nada. Y cabe imaginar que se da cuenta de que todo eso, en el fondo, ocurre por una sola cosa, que es la diferencia de religión.

Todo lo que digamos de Recaredo es pura teoría. Las fuentes son pocas y por lo tanto el espacio para la especulación, anchísimo. Pero yo siempre he imaginado a este Recaredo joven, general de Leovigildo, viendo como Hispania se debate en frontales enfrentamientos religiosos, y se dice: esto no puede seguir así. Levanta la vista, mira a su alrededor, y se da cuenta de que el catolicismo está triunfando en Europa y el papado romano es cada vez más importante.

Por eso Recaredo, algún día del final del siglo VI, comienza batir dentro de su cabeza una idea. Una idea tan duradera que, en realidad, durará más o menos hasta que, en 1869, una Constitución española declare la neutralidad del Estado frente a la religión. Una idea, también, bastante genial a la hora de procurar unidad a esta Hispania siempre proclive a la ruptura.

España estaba a punto de empezar a ser católica.

Continuará, obviously.

martes, mayo 19, 2009

Sindicalistas

En la jornada del pasado lunes día 18, alcanzó la portada de Menéame, y provocó no pocos comentarios, un artículo que lleva el sugestivo nombre de Breve historia de los mamporreros, ricos y siempre sobornables sindicatos españoles. El artículo puede consultarse aquí. Su lectura, y la lectura de los comentarios, a menudo encendidos a favor y en contra, con arrepentimientos incluidos de muchos que la votaron a favor sin darse cuenta de que estaba escrita por un autor lejano a sus presupuestos ideológicos (eso es lo malo de tener ideología: la cantidad de cosas que crees buenas que ya no puedes apoyar, y la cantidad de zurullos que tienes que engullir pretendiendo que son pato a la naranja), me ha llevado a realizar algunas reflexiones sobre las raíces del sindicalismo español. Es, pues, mi cuarto a espadas en el tema, en el cual me gustaría, con todo el respeto por supuesto, hacer algunas apostillas al artículo en cuestión.

Dice Ismael Medina:

Durante el primer tercio del siglo pasado fue la autogestionaria CNT la más poderosa, combativa y radical organización sindical de España. UGT, brazo miliciano del partido socialista, le iba bastante a la zaga y desde un principio, y a diferencia de la CNT, le caracterizó la propensión a una estructura burocratizada y oportunista, muy vinculada, como el PSOE, a la masonería del Gran Oriente.

Coincido con él en que el sindicato más poderoso pudo ser, no ya en el primer tercio del siglo sino en la segunda mitad de dicho tercio, la CNT. No obstante, es injusto adjuricarle a la UGT un papel de comparsa sin capacidad movilizadora real, que es lo que yo creo que se desprende de sus palabras. La UGT organizó una huelga general en 1917 que, desde luego, no colocó al país contra las cuerdas, pero tampoco puede considerarse un fracaso absoluto, que diría mi admirado Barrancas.

De todas formas, donde a mi modo de ver yerra el artículo es al atribuir al obrerismo socialista una vinculación estrecha con la masonería. Los dos grandes personajes de referencia para el ugetismo son Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero. Ninguno de ellos fue conspicuo masón, que yo sepa. Saborit, Anguiano, Teodomiro, Pretel, Del Rosal, y casi cualesquiera otros líderes sindicales de la época, eran ajenos a la masonería. Más aún: es que Amaro del Rosal, en su libro sobre la organización del golpe de Estado revolucionario del 34, atribuye la derrota del mismo, en párrafos amargos, a la actitud disolvente de la masonería; a la que no es que insinúe, es que acusa de ser antiobrerista.

Luego dice:

Colaboró [la UGT] con la Dictadura de Primo de Rivera hasta que comenzó la conspiración para su derribo y el posterior de la monarquía

Yo no tengo demasiadas pruebas de que la UGT participase en conspiraciones para derribar la dictadura primorriverista. Al menos, en el golpe de Estado de Sánchez Guerra no aparecen, como no aparecen en la acción, entre desesperada y folklórica, de Françesc Maciá. Quizá se refiera al articulista al Pacto de San Sebastián. Pero el Pacto de San Sebastián difícilmente se pudo montar para derribar la dictadura de Primo de Rivera, puesto que el general ya estaba muerto. Quizá se refiera a la dictablanda de Berenguer. Además, a San Sebastián no fue la UGT; ni siquiera estuvo el PSOE pues el que estuvo fue Indalecio Prieto a título particular, lo cual le ocasionó problemas con Largo Caballero, quien luego adheriría al PSOE a la movida un poco a regañadientes.

Por «conspiración para el derribo de la monarquía» sólo entiendo que se pueden concebir las asonadas de Jaca y de Cuatro Vientos (pues lo de las elecciones municipales no puede considerarse conspiración). Pero ambas, curiosamente, se distinguen porque la UGT, que en principio habría comprometido su colaboración, se echó atrás. Así pues, difícilmente pudo el sindicato participar en ellas.

Lo que dice el artículo sobre la connivencia de la UGT con la Dictadura de Primo de Rivera es, básicamente, verdad, mal que le pese a la UGT. Una organización que, desde el periodo 1923-1929, ya no puede decir que carezca de un oscuro pasado de colaboración con dictaduras militares.

Luego llega esto, siempre hablando de la UGT.

Fieles a su origen, acentuaron su dependencia de la URSS, se convirtieron en instrumento del PCE, y con él y los “consejeros” soviéticos colaboraron en el descabezamiento y liquidación de la CNT y del POUM.

En apenas tres líneas, el articulista resume un proceso bastante largo y complejo en el que hay muchos más elementos que la fagocitación comunista del sindicato. Ésta se produjo, desde luego, conforme se acercaba el final de la guerra civil, porque el comunismo se consolidaba como la única fuerza política organizada en el bando republicano que estaba totalmente decidida a continuar la guerra; lo cual, unido al hecho palmario de que la República dependía de los envíos de armas desde la URSS, la convirtió en fuerza primigenia del gobierno. Pero antes pasaron muchas cosas, que tienen más que ver con la evolución de Francisco Largo Caballero, quien claramente trató, ya en 1934, de dejar a la CNT sin espacio mediante la conversión de la UGT en un sindicato tan radical o más que los propios anarcos.

Por lo demás, atribuir a la UGT el descabezamiento de la CNT y el POUM es un poco infatuado, a mi modo de ver. En 1937 quienes fueron contra la CNT y el POUM fueron todo el resto de fuerzas republicanas; y lo hicieron porque estas dos formaciones, pero muy especialmente la primera, habían hecho de Cataluña y Aragón una dictadura propia y notablemente desestructurada; y la República, si quería siquiera soñar con ganar la guerra, necesitaba a Cataluña despierta, luchando y, sobre todo, produciendo.

Otro párrafo del citado post:

Ni socialistas ni ugetistas protagonizaron una oposición atendible durante el régimen de Franco, o sea, ninguna. Comisiones Obreras comenzó a asomar la oreja a comienzos de los sesenta, parapetada tras otras agrupaciones sindicales, entre ellas las Hermandades Obreras de Acción Católica, el falangista Círculo Social Manuel Mateo o la protección que en Perkins le dispensaba su presidente del Consejo de Administración, a la sazón el ex ministro Joaquín Ruiz Jiménez, a cuyo amparo regresó a España el destacado agente comunista Marcelino Camacho, después sería su lider.

A mi modo de ver, este párrafo es una prueba más de algo que se ve mucho en foros, libros y tertulias varias en torno de la Historia: a partir de datos de certeza prácticamente incontestable, se construyen mundos de conocimiento que acaban por ser virtuales. Es totalmente cierto que la UGT no jugó casi papel alguno en la oposición antifranquista, la cual fue monopolizada por otras formaciones, especialmente el PCE, el Felipe (Frente de Liberación Popular), los de Munich, etc. No obstante, esto no quiere decir necesariamente que la UGT sea un cero a la izquierda en la historia de la oposición al franquismo. El gran servicio que rinde el sindicato al futuro del país (hoy presente) es la posición pragmática de Nicolás Redondo padre en el congreso de Suresnes, que saca al PSOE de la caverna histórica, del absurdo refocile de sus líderes en un pasado que ya no va a volver, del estúpido sueño del gobierno republicano en el exilio, para crear un partido más moderno, comandado por gente más joven (el famoso clan de la tortilla), desconectada precisamente de esa URSS con la que Ismael Medina ve tantas conexiones y enchufada, más bien, a la socialdemocracia centroeuropea, parlamentaria, posibilista y pactista.

Por lo demás, las afirmaciones en torno a CCOO son lo más desenfocado del relato. Cuando se dice que CCOO se escondió detrás de la HOAC o de organizaciones falangistas, no hay que desconocer el hecho de que, en este caso, el escondido lo era porque no podía mostrarse, pues mostrarse era, clara y simplemente, ilegal. CCOO no se escondió detrás de nadie, si por esconder entendemos la actitud de alguien que quiere deliberadamente no ser descubierto para poder dar por culo. Lo que hizo CCOO fue decidir, en acertada táctica del Partido Comunista, no enfrentarse al sindicalismo vertical franquista, sino hacerlo suyo. No extrañarse del sindicalismo, sino okuparlo.

Por lo demás, entender que los huelgones del 62, comenzando en Asturias y llegando a casi todos los rincones de la España industrial, son una mera enseñada de oreja, es una manera de verlo; o quizá es que, en realidad, fueron organizadas por el Círculo Social Manuel Mateo. No es mi punto de vista, desde luego. Con las huelgas del 62, CCOO, más que la oreja, enseñó medio cuerpo entero, acojonó al franquismo sindical que ya desde entonces fue un poco a rebufo de los acontecimientos; y enseñó al antifranquismo una vía de evolución que al fin y a la postre se demostró mucho más eficiente que el enfrentamiento frontal. Que, por cierto, CCOO fue, nadie lo duda, un sindicato de tendencia comunista. Pero no monopolizado por el PCE porque el Partido Comunista, después de la experiencia dedicidamente putomiérdica de la OSO, se dio cuenta de que con organizaciones monopolísticas no iba a ninguna parte. En consecuencia, la afirmación de que todos quienes estaban en CCOO en los años sesenta eran comunistas, mucho menos disciplinados obedientes del PCE, sería notablemente aventurada.

La afirmación de que la CIA financió al antifranquismo sindical la he oído y leído muchas veces. Ésta es una más. Como todas las anteriores, se produce sin pruebas. Quizá American Dad nos lo aclare algún día.

Se dice, además, en el artículo, que el nuevo socialismo, comprometido con la monarquía, era una traición a la mayoría de los españoles. Me quedo sin saber a qué mayoría se refiere el articulista. ¿A los antifranquistas? Esta tesis supondría defender dos conceptos combinados: en primer lugar, que los antifranquistas eran la mayoría de los españoles, cosa que el propio artículo niega y que es, realmente, muy discutible; y dos, que los antifranquistas estaban en contra de la vuelta de la monarquía, o sea eran republicanos. Y, por muy republicano que pueda sentirse quien esto escribe, no puede por menos que reconocer que o los españoles que votaron libremente en 1978 estaban todos drogados, o no parece que la solución finalmente adoptada les pareciese mal.

Quizá, por la mayoría de los españoles, se refiere el articulista a la mayoría de españoles que estaban, de palabra, obra y, sobre todo, omisión, con Franco; o, por lo menos, no estaban contra Franco. Pero si se refiere a éstos, entonces, con la vuelta de la monarquía, quien engañó a estos españoles no fue el socialismo, sino Franco. Puesto que fue él quien dictaminó dicha reinstauración, que yo sepa.

Como digo, la afirmación queda confusa y no se entiende.

Por último, hay un argumento sempiterno en el artículo, que es bastante habitual en la retórica de quienes, con perfecto derecho por supuesto, y desde luego con mi respeto, teorizan sobre el concepto de que el franquismo no fue ni tan malo ni tan diabólico como sus críticos pretenden. Me refiero al asunto de los derechos del trabajador en los tiempos de Franco.

Los derechos laborales son un mundo muy complejo. En tiempos de crisis puede parecer que todo lo que importa de un puesto de trabajo es tenerlo; y, desde luego, para quien no ha encontrado trabajo o lo ha perdido y lo busca, probablemente es así. Pero si admitimos el principio de que una legislación laboral, para ser respetuosa con el trabajador, todo lo que tiene que hacer es garantizarle su puesto de trabajo, lo que tenemos es un esquema en el que todo se sacrifica a cambio de dicho concepto. El franquismo, ciertamente, aprobó una legislación laboral muy rígida, mucho más que la actual, en la que el trabajador tenía muchos más derechos a la hora de perder su puesto de trabajo. Sin embargo, era una estructura paternalista en la que todo lo demás se organizaba a través de una organización única, crecientemente burocratizada. Elementos tan importantes en la valoración del puesto de trabajo como el salario, la jornada laboral, los derechos representativos, estaban intervenidos por la organización sindical, que era quien los decidía (cuando menos en principio; hubo, claro, evolución, provocada por las huelgas en gran medida). Esto es lo que nunca entendió el franquismo y quizá no entienden algunos de sus defensores de hoy en día. El paro no es el único motivo para convocar una huelga salvaje. Las huelgas del 62 comenzaron por una reclamación salarial que era más que lógica; no era una petición nada descabellada.

Por lo demás, sistemas laborales como los del franquismo están muy bien mientras las cosas van bien. Pero cuando las cosas van mal, las costuras se abren. Dicen que Franco decía, en sus últimos consejos de ministros cuando le hablaban de la incipiente crisis económica: «Lo que quieran, pero no toquen el precio de la gasolina». En economía, y por la anécdota da la impresión de que el general, en 40 años, nunca encontró dos tardes libres para comprenderlo, uno no puede hacer como que los problemas no le afectan. Los parámetros económicos los mueve la realidad, no los mueven los decretos-ley. Por eso, sistemas como el franquista, en el que los salarios, el empleo, los precios de un montón de productos, y tantas cosas, estaban intervenidos, colapsan con la llegada de dificultades. Las ucronías son todas opinables, ciertamente; pero es desde luego mi opinión que Franco, de haber vivido tres o cuatro años más, puesto que habría mantenido ese mercado laboral bucólico que describen sus hagiógrafos; puesto que habría seguido empeñado en que la gasolina no podía subir todo lo que tenía que subir; puesto que habría impedido que el teléfono, la luz, los transportes y tantas otras cosas ajustasen a tiempo sus precios, nos habría metido en una crisis económica muchísimo más grave que la que tuvimos; crisis en la que, con legislación franquista o sin ella, el paro habría sido acromegálico; porque cuando te quedas sin parné para pagar las nóminas, que haya una ley orgánica que diga que no puedes despedir a tus trabajadores es algo que, sinceramente, tiene un valor que tiende a cero.

De la crisis económica del 73, brutal, profunda, amargante, salimos gracias a los Pactos de la Moncloa. Pactos en los que, nos guste o no, los sindicatos fueron parte fundamental. Y la pregunta que tenemos que hacernos, a la hora de valorar la evolución histórica de los sindicatos españoles (el presente es otra historia en la que yo, deliberadamente, prefiero no entrar), es si la CNT los habría firmado.

En mi opinión, la respuesta es, claramente, no. La Historia lo corrobora. A la CNT no le valió la legislación laboral de Largo Caballero. Boicoteó sus jurados de empresa siempre que pudo. No le valió el régimen de libertades de la República, que combatió en la calle con producción de muertos y heridos. Por no valer, ni siquiera le valió la presunta implantación del marxismo, que pasó de apoyar en toda España menos en Asturias. No le valió la coordinación del gobierno republicano en guerra bajo un mando político. ¿Por qué hemos de pensar que le hubiese valido una transición parlamentaria a la democracia basada en el pacto económico de todas las fuerzas políticas y sindicales relevantes?

La prevalencia de UGT y CCOO en el panorama sindical, no lo dudo, pudo ser fruto de una política de ayuda estratégica por parte de los partidos políticos de la transición y todas las fuerzas que desde el exterior les apoyaban. Pero fue, en gran parte, el fruto de un cambio. Porque el sindicalismo había cambiado como había cambiado la política. Igual que los españoles de 1975 dieron la espalda al PSOE Histórico, al PCE (a pesar de llegar a ser parlamentario, no alcanzó los resultados que muchos ambicionaban) y a tantas y tantas formaciones que entonces reclamaban más o menos a las claras la herencia del revolucionarismo republicano de variado signo; igual que los votantes eligieron partidos de corte moderado, parlamentario, esos mismos ciudadanos, en tanto que obreros o trabajadores, rechazaron el sindicalismo de la confrontación directa, dieron la espalda a la lucha obrerista vinculada a las utopías revolucionarias, y prefirieron formaciones que, más que traicionar a la gente, lo que hicieron fue leer el signo de los tiempos. Fue, desde luego, un penalty que Marcelino Camacho y Nicolás Redondo metieron por la escuadra. Pero es que su alternativa histórica, el anarcosindicalismo, hizo lo que siempre ha hecho: tirarlo fuera a propósito, fallarlo a sabiendas porque eso de tirar penalties no le va, o no le iba. Y esa estrategia, en los años treinta, cuando en España había miles de pedanías en las que la gente se moría de hambre física, tenía su público. En 1976, se quedó a verlas venir, porque 40 años no pasan en balde.

En suma: el sindicalismo español tiene muertos en el armario. Muchos. Connivencias con dictaduras, el no demasiado claro proceso de «devolución» del patrimonio sindical y, probablemente, su dinámica presente. Pero de ahí a sostener que esto siempre ha sido así, que históricamente hablando no tenemos nada que agradecerle a las centrales sindicales, media un trecho, a mi modo de ver, radical, profunda e injustamente demagógico.

viernes, mayo 15, 2009

Los godos molan (1)

A los jóvenes, e incluso no tan jóvenes, que lean este blog, leer este post no les creará emoción alguna. Pero a los talluditos, probablemente, les va a causar un escalofrío. ¿Los godos? Pues sí, los godos. Que, además, molan.

La lista de los reyes godos, o visigodos, ha perseguido a generaciones de españoles durante años. Aunque los godos reinaron en España durante relativamente poco tiempo, lo intrincado de su historia, y sobre todo lo intricado de sus nombres, hizo que la puta lista pasara rápidamente a la categoría de coñazo superferolítico. Si a eso le añadimos que la Historia escolar siempre ha mostrado predilección, de entre los tiempos antiguos, por otros más modernos, tipo Reyes Católicos y tal, pues ahí tenemos, a la vuelta de la esquina, la discriminación en la persona de estos reyes que, sin embargo, tienen su importancia. Normalmente se tiende a creer que tuvieron poca, quizá por dos razones. La primera, obvia, es la gran escasez de testimonios que dejaron. De hecho, los historiadores de esas épocas se las ven y se las desean para encontrar fuentes que les digan algo de lo que pasó y, la verdad, yo creo que es más lo que no sabemos que lo que sabemos. Otro síntoma normalmente citado del insulso paso de los visigodos por España es el escaso rastro dejado en el idioma, pues el español tiene muy poquitas palabras de origen germánico-godo. La segunda razón es que como a los godos los árabes los pasaron por encima como, ejem, el Barça al Madrid, pues tampoco se los valora mucho como guerreros.

Los godos no son la leche en verso, para qué negarlo. Pero sí tienen importancia, sobre todo algunos de ellos. Y, lo que es más importante, su Historia tampoco es tan aburrida.

Voy a intentar demostrároslo.

Los godos son germánicos de origen y se asientan en la Europa occidental conforme el imperio romano va cediendo terreno y dejando de ser imperio. Los germánicos fueron varias veces invadidos y dominados por los romanos, lo cuales acabaron por romanizarlos en un tanto y, en los siglos posteriores al imperio propiamente dicho, transmitiéndoles la religión cristiana, que los pueblos godos tendieron a admitir como propia; aunque entre ellos tenía mucha fuerza el arrianismo, una creencia que daba al Padre preeminencia sobre el Hijo y que sería la principal alternativa al catolicismo en su época. Algunos de estos pueblos godos traspasaron los Pirineos y entraron en España al final del siglo V, dominándola completa salvo más o menos lo que hoy es Galicia, pues formaba parte del reino suevo (pueblo también germánico); y el País Vasco, contra el cual libraron frecuentes guerras defensivas.

Sin embargo, en ese momento la dominación goda no era propiamente una dominación hispánica, pues todo el territorio formaba parte del vasto imperio acumulado por Alarico II, que llegaba hasta el sur del Loira. Los amplios dominios de Alarico despertaron la codicia de otro pueblo godo llamado a tener mucho predicamento en la Historia de Europa: los francos. Su rey Clodoveo presentó batalla a Alarico y en el año 507 le dio una buena mano de hostias en Vouillé, cerca de Poitiers. Fruto de esa batalla, los visigodos perdieron sus territorios franceses, salvo la provincia Narbonense, que no por casualidad viene a coincidir con esa parte del país vecino donde gustan los toros y existen aficiones tan sospechosamente españolas.

La monarquía visigoda era electiva. No pocas veces en su devenir, como veremos, fue hereditaria, pero eso fue con notables dificultades, tan notables que es imposible hablar de dinastías entre los reyes godos. Pero que esto fuese así no quiere decir que los reyes, by default, ambicionasen dejarle el momio a sus crianzas. Alarico II soñaba con dejarle la corona a su hijo Amalarico, pero éste era tan sólo un niño cuando su padre murió en la batalla contra Clodoveo. Los nobles godos eligieron como rey en Narbona a un hijo ilegítimo de Alarico, de nombre Gesaleico (más vale que os vayáis acostumbrando a estos nombrecitos; apenas acabamos de empezar). Gesaleico reanudó la guerra contra los francos, pero perdía una final detrás de otra, y ya se había retirado a España esperando que los Pirineos parasen a los gabachos cuando la solución le vino de Italia, donde Teodorico, rey ostrogodo, decidió intervenir para bajarle los humos a los sarkozys en potencia.

Tenía Teorodico un gran general, Ibbas, que obligó a los francos a levantar el sitio de Arlés, que tenían prácticamente ganado; y que fue el mismo que, tiempo después (511) entró en España con órdenes de mandar a tomar por culo a Gesaleico, pues el bastardo, en un movimiento propio de la época (y de otras muchas, como la presente) había decidido aliarse con sus enemigos de antaño en contra de quien le había salvado el trasero. La batalla decisiva en la que Gesaleico fue derrotado se produjo muy cerquita de Barcelona, tras lo cual el rey huyó a Bizancio, aunque a un tercio de camino fue encontrado y convenientemente apiolado.

Teodorico, que era abuelo de Amalarico, actuó de regente de su corona hasta el 526, año en que murió. Tras heredar la corona, Amalarico firmó un tratado con Atalarico, sucesor de Teodorico (todo rico, rico) por el cual las fronteras de la corona visigoda quedaron básicamente fijadas. Además, en un intento por evitar las agresiones de los francos, decidió emparentar con ellos, así pues se casó con Clotilde, hija de Clodoveo.

Los francos eran católicos (algunos siglos después un franco, Carlomagno, se convertiría en campeón terrenal del papado). Pero Amalarico era arriano. El rey, probablemente, asumió que en situaciones así, la esposa toma las creencias del marido y se jode. Pero Clotilde debía ser de armas tomar, porque se negó a abjurar de su catolicismo. Amalarico, en un gesto un tanto bárbaro, la maltrató e incluso hizo que le lanzasen (a su mujer) bostas de vaca y de caballo cuando iba camino de misa. Según algunas versiones, como la de Gregorio de Tours (pero no hay que olvidar que es franchute), Amalarico probablemente pegaba a su mujer, de modo y forma que ésta acabó por enviarle a Childerberto, su hermano, una carta con un pañuelo suyo manchado de sangre. Algunos historiadores creen que la historia de la sangre es una invención a tiempo.

Childerberto reunió a su pandi, con la que derrotó a Amalarico en Narbona. El rey, además, murió poco después en extrañas circunstancias, más que probablemente asesinado, cuando intentaba encontrar refugio en una iglesia en Barcelona. Pero por alguna razón que desconocemos, los francos no entraron en España. Quizá es que es cierto que sólo pretendían rescatar a la princesa. En todo caso, un comandante nombrado por Teodorico durante su regencia, de nombre Teudis, sucedió a Amalarico, lo cual ha hecho pensar a muchos estudiosos que probablemente tuvo algo que ver en su tropiezo final; y, pienso yo, quizá estaba conchabado con Clodoveo, Clotilde y Childerberto, y es por eso que le dejaron en paz. Sabemos poco de cómo era este rey como tal (aunque sabemos que fue muy permisivo con los católicos, lo cual abona la tesis de su entendimiento inicial con los francos), aunque sabemos que era un buen militar, pues consiguió, a través de su principal general Teudigiselo que, cuando años después los francos decidieron por fin cruzar los Pirineos y llegaron a Zaragoza a sangre y fuego, tuviesen que terminar huyendo mientras expelían por sus anos paté de colon de forma incontinente.

Por el sur, sin embargo, Teudis fue vencido por los bizantinos, que llegaban por el norte de África y tomaron Ceuta (nótese el leve detalle de que visigodos y bizantinos ya peleaban por el dominio de Ceuta antes de que el Islam dijese esta boca es mía). Por cierto, que cuando los visigodos cruzaron el Estrecho y la retomaron, la volvieron a perder, y para siempre, por respetar el descanso dominical, durante el cual los bizantinos los encontraron desarmados y sesteando.

Teudis murió asesinado, aunque sabemos poco de los detalles, y fue brevemente sucedido por Teudigiselo; el cual, así mismo, fue asesinado en Sevilla en el curso de un banquete cuando, según las crónicas, estaba completamente mamado. En el 549 subió al trono Agila, que heredó una corona en retroceso, seriamente amenazada por los bizantinos. Tanto, que estos acabaron por saltar desde África y tomaron para sí el área de Málaga. Estando en situación tan débil, un nombre local, Atanagildo, se estableció en Sevilla, desde donde montó un golpe de Estado para mandar a Agila a amargar pepinos. En marzo del 555, los propios partidarios de Agila, viendo que no era capaz de vencer a la coalición entre Atanagildo y los bizantinos, lo asesinaron y aclamaron a aquél como nuevo rey.

En ese punto, la Hispania visigoda daba la impresión de estar a punto de convertirse, como ocurriría siglos después en la dominación musulmana, en un reino de taifas. Sin embargo, Atanagildo consiguió morir como Franco, o sea en la cama, lo cual en un rey godo es todo un récord. Fue sucedido por su mujer Goisvinda y, posteriormente, por un tal rey Liuva.

A Liuva le pasa lo mismo que a William Baldwin: toda su fama se la debe a su hermano. Durante su reinado, asoció en efecto a su hermano a la corona goda. Al morir en el 572, por lo tanto, le dejó el poder a él. Lo cual hizo rey de España a Leovigildo, a decir de muchos uno de los mejores reyes de España.

Confieso que yo soy más bien recaredista; pero, desde luego, admito que Leovigildo bien merece una pausa y un post para él solito.

miércoles, mayo 13, 2009

Santa Sábana (para Tiburcio)

Querido Tiburcio:

He decidido dejarte aquí unas líneas con una especie de recarta cruzada porque, como ya has comprobado en los comentarios a las cartas que colgamos recién, el asunto de la Sábana Santa de Turín ha generado su aquél entre nuestros lectores. Éste, creo, es ya de por sí un factor para escribir este post. El otro es que sufro de pies planos y, por lo tanto, hacer la ruta mongola de Santiago me supondría un esfuerzo de tal calibre que espero que entiendas que debo hacer cuanto sea posible para ganar. Ya sé que a los elefantes eso de que tener los pies planos sea un problema os suena a cachondeo. La verdad, no sabes la suerte qué tienes, especialmente desde que a los horteras del mundo se les ha ocurrido la feliz idea de preñar la tierra de suelos de mármol y sucedáneos.

Yo no te voy a discutir la autenticidad de la Sábana Santa desde el punto de vista del Carbono 14 o el Cadmio 27. Tampoco eso que llamas «detalles anatómicos» aunque, la verdad, a mí siempre me ha parecido sospechoso el hecho de que la imagen negativa de la Sábana se pareciese tanto a la que todos o casi todos tenemos del presunto retratado. Como si alguien llegase ahora y dijese que en Francia hubo un tipo que inventó la fotografía en 1770 y enseñase una presunta foto de Napoleón en la que, vaya por Dios, diese la puta casualidad de que el emperador tuviese la mano metida en la pechera.

Hay cosas que no termino de entender de esa sábana, pero tienen que ver más bien con mi concepto de la creencia que la sustenta.

En el fondo de mis dudas reside la doctrina del cristianismo en general, y el catolicismo muy en particular, sobre el asunto de los milagros. Si yo creo en Dios, y creo que Jesucristo era su hijo de la misma naturaleza, engendrado y no creado, y tal, entonces creo que tanto Dios que estaba en el cielo como Jesús que estaba en la tierra eran omniscientes, omnipresentes y omnipotentes. Así las cosas, obviamente no le voy a negar a Jesús la capacidad de curar a un ciego. Alguien que Lo Puede Todo puede curar a un ciego, pues curar a un ciego es una más de las cosas que forman parte de Todo.

Que Jesucristo hiciese milagros durante su estancia entre nosotros, por lo tanto, lo puedo entender. Evidentemente, el padre de la raza humana es quien mejor sabe lo cerrilmente incrédulo que puede ser el hombre, así pues los prodigios eran necesarios para dejar claro que esta vez sí, macho, esta vez no estás delante delante de un milenarista de medio pelo, un puto esenio becario, sino delante del Auténtico Mesías. Hace muchos, muchísimos años, en un aula del colegio de los jesuitas de La Coruña, tuvimos un grupo de alumnos de primaria y el cura que nos daba religión una discusión sobre los porqués de Cristo para resucitar a su amigo Lázaro. Nosotros opinábamos que lo había hecho para demostrar que era Dios. El cura decía que no, que lo hizo porque como vio a las hermanas contritas y era amigo del muerto, se apiadó de él. Han pasado treinta años y sigo pensando que el argumento del páter no tenía pase. Alguien que sabe que existe la vida eterna y que es inconmensurablemente feliz para los virtuosos, ¿qué valor podrá dar al dolor pasajero por la muerte de un hermano, apenas un brevísimo destello en la Inmensidad de la Luz Eterna? Lo resucitó por la misma razón por la que hizo todos los demás milagros: para demostrar que era el Cristo.

Esa demostración, sin embargo, quedó. Cristo llegó, predicó, se sacrificó por nosotros, murió como un hombre, sufriendo lo indecible, luego resucitó y se marchó; y, al marcharse, dijo que volvería una sola vez más, la última. El día del Juicio Final (escena, por cierto, que no me resisto a recordar que ya está en la iconografía del Pesaje de Almas del antiguo Egipto; casualidad...)


La cuestión es: si todo esto es así, ¿por qué dejó un autógrafo?


En pura teoría cristiana, al menos como yo la interpreto, el autógrafo de Cristo son sus palabras, su mensaje; tal y como lo reconocen los Evangelios canónicos, que según la Iglesia son los fetén y todo eso. ¿En cuál de ellos dice «Está escrito: cuando el Padre me llame a su diestra, os dejaré mi imagen indeleble para que mirándola podáis alabarme y recordarme»? Lo que Cristo dice en los Evangelios es, más o menos: aquí estoy yo, y mi vida, mis palabras, mi muerte, han de ser un testimonio para que a partir de este día la Humanidad quede liberada de su pecado original y sea una Comunión con su Iglesia. Sus Hechos y sus Palabras. No dice nada de su foto.

Una vez, en un autobús camino del otro extremo de Europa, un cura franciscano me dijo, y como me lo dijo yo lo registro, que muchos de los grandes de la Iglesia no creen en los milagros pos-Jesucristo. Creo recordar que me citó a Juan de la Cruz. Y, la verdad, me parece una teoría perfecta. Dios ya habló, a través de su Hijo, durante el tiempo que éste estuvo entre nosotros. Una vez que se fue, el tiempo de los prodigios se ha terminado. Lo que queda es su mensaje, que debería ser lo suficientemente potente como para bastar. Una teología que para convencer necesita convertir serpientes en churros rellenos de chocolate puede ser una gran cosa desde el punto de vista de la repostería, pero bastante inútil en términos de vida eterna.

Así pues, el principal «pero» que le pongo yo a la Sábana Santa es su porqué. Es evidente que si existe y es auténtica, existe porque media una decisión divina. El Padre, sólo o en compañía de Otros (o sea, el hijo y la palomica que vive con ellos, como dice la Antología del Disparate) decidió dejar una huella indeleble del cadáver de Jesucristo en la estameña con que fue rodeado para su enterramiento. Pero la pregunta es por qué. Puestos a dejar una huella indeleble, ¿por qué Jesucristo no giró un dedo y levantó una montaña de color azul tungsteno en medio del lago Tiberíades? ¿O por qué no esculpió en la cara visible la de Luna la frase «Immanuel estuvo aquí» en los setecientos mil idiomas extinguidos, existentes y por existir?

La razón que nos lleva a sostener por qué Jesucristo no redecoró la Luna es la misma, a mi modo de ver, que nos lleva a sostener que la Sábana Santa es una chorrada. Si Jesucristo es Dios y por lo tanto se sabía portador del Más Valioso Mensaje de la Humanidad; si, además, como ya hizo su padre siglos antes en el Paraíso, había decidido que el hombre es libre de creer o no creer, que, por lo tanto, ser hombre significa, en buena parte, debatirse en ese problema y decidir. Si es el hombre el que se salva o se condena, entonces la actitud lógica es darle el librito con las reglas de juego y luego pirarse. Sin más. La Sábana Santa parece como un último acto de intentar dejar clara la Verdad, cuando la Verdad, cualquier persona con Fe lo sabe, se defiende por sí misma, no necesita sabanitas con rostros barbados impresos en ella para pervivir. Prueba de ello es que muchos de los miles de millones de católicos que en el mundo creen o han creído nunca han tenido o no tuvieron noticia de la Sábana Santa; y es fácil avizorar que, si ésta no existiese, creerían igual.

Así las cosas, te diré, mi querido Tiburcio, que me parece lógico aque aquellos que no creen discutan, discutamos, tu teoría de que la Sábana Santa es auténtica. Pero lo que verdaderamente me extraña es que haya católicos que crean en ella. Porque, a mi modo de ver, ser creyente, por lo menos como a mí me enseñaron a serlo, te lleva, recto recto, a la conclusión de que no debes creer en ella.

Ahora, a la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, nadie le va a enseñar a dar triples saltos mortales con tirabuzón atrás.

Tuyo,

Jota.