Es una expresión ya un poco en desuso; pero todavía hay mucha gente que la conoce y la utiliza. Se dice «quedar como Cagancho en Almagro» como sinónimo de hacer las cosas verdaderamente mal y en público. Y es una expresión bonita desde el punto de vista histórico porque su precedente es muy concreto. Y no hace ni un año que cumplió ochenta. Por eso hoy quiero contaros de dónde viene.
Lo primero es explicar lo de Cagancho. Joaquín Rodríguez, de mote Cagancho, fue uno de los más famosos toreros de su época, en las primeras décadas del siglo pasado. Y decir eso es decir mucho. Un rapero americano de éxito o Ronaldinho son personas de parecido nivel de conocimiento y admiración, aunque yo creo, sinceramente, que en un ámbito local de España, la fama de Cagancho les supera. En los años veinte los toros eran prácticamente, junto con el cabaret y el teatro, las únicas diversiones de masas existentes. El fútbol aún no era lo que es hoy y el cine estaba en mantillas. Así pues, debemos entender que este matador de toros era un gran líder de masas con una capacidad de atracción reservada a muy poca gente.
Por eso, cuando en agosto de 1927 se anunció que en la corrida del día 26 torearía el maestro en Almagro, todo el mundo tuvo claro que se produciría una auténtica marea humana hacia este pequeño pueblo. La principal comunicación con Almagro, en aquellos momentos en que la red de carreteras estaba prácticamente inventándose, era el ferrocarril, concretamente el que venía de Ciudad Real. Y aquel día llegó a la estación de Almagro con gente subida a los estribos, sentada en los topes, en cualquier parte. El tren venía repleto de personas que habían pagado en Ciudad Real auténticas fortunas en la reventa para poder estar en aquella corrida.
Según los testimonios que he podido consultar, cuando menos entonces la plaza de Almagro era un lugar elástico donde la gente se apretujaba más o menos según quién viniera. Como aquella vez había tanta expectación, se llenó hasta la bola; una hora antes de comenzar en festejo ya no se cabía dentro. Las crónicas meteorológicas nos dicen que hacía un sol que derretía los testículos.
Formaban terna con Cagancho Antonio Márquez y Manuel del Pozo, Rayito. Dos toreros de menor jaez. El primer germen de aquella mala tarde, de ésas que según Chiquito de la Calzada tiene cualquiera, fueron precisamente aquellos largos minutos en los que el personal estuvo embotellado en la plaza, codo con codo, pasando un calor de la hostia y escuchando los rumores de los maledicentes, según los cuales Cagancho no llegaría a aquella placita de mierda y a última hora se disculparía de actuar. Desde fuera de la plaza, Radio Macuto radiaba que el maestro no había llegado al pueblo. Los nervios se pusieron a flor de piel. Pero llegó. A las seis en punto, hora del paseíllo, pero llegó.
Salió al ruedo un primer toro colorado de la ganadería de Pérez Tabernero. Tomó seis varas y mandó al suelo a varios jinetes. Márquez y Rayito, como era entonces costumbre, hicieron sus correspondientes quites (si el toro fue siete veces al caballo, tuvieron un montón de oportunidades para ello). Sin embargo, aquí se empezó a ver que Cagancho había llegado a Almagro desganado. Sobraron las oportunidades, sí. Pero él no hizo un solo quite. El toro le tocaba a Márquez y éste, a la hora de matar, comenzó a montar la tangana, pues se encaró con el morlaco sin muleta y se dedicó, simple y llanamente, a apuñalarlo. Fue advertido por la presidencia y recibió sonora bronca. Para entonces, el personal llevaba ya más de una hora pasando calor y, hemos de suponer, pasándose la bota de vino. Alegres, cabreados, alegres según el momento.
Rayito, dicen las crónicas, estuvo bien con su segundo. El tercero, primero de Cagancho, era un toro colorado y bragao. Hasta el momento Cagancho ni siquiera había desplegado el capote (no había hecho ni un solo quite) y siguió en la línea. No es que yo entienda mucho de toros, pero es una ley universal que si ante un animal dudas, lo acaba notando. Consciente de que era su toro y de que no podía dejar de hacer un quite, Cagancho intentó ejecutarlo, pero el toro le desarmó, haciendo volar la capa, momento en el que el maestro salió cagando leches hacia la barrera. Ahí fue donde empezó la bronca de verdad.
En la lidia propiamente dicha, el torero se mostró distante y cobarde. A la mínima que el toro le miraba, echaba a correr. Tanto miedo tenía Cagancho que hizo algo increíble: pinchó al toro en el cuello, y después en el brazuelo, lugares ambos absolutamente vedados, no ya para un torero de gran fama, sino para un puto estudiante de primero de la escuela de tauromaquia.
En ese momento el teniente Juan Ayuso, jefe del destacamento de la guardia civil que vigilaba el espectáculo, dio orden a sus hombres de que impidiesen que nadie saltase al callejón. Con ese sexto sentido que da el portar tricornio, ya se había dado cuenta de que aquella tarde se iba a ganar el sueldo.
Cagancho pinchó nueve veces más y entró a descabellar cinco. A la arena comenzaron a llover primero las almohadillas; cuando se acabaron las almohadillas, las botas de vino; cuando se acabaron las botas, botijos; y cuando se acabaron los botijos, cualquier cosa sólida.
Dato importante: nadie tira una bota por usar. Estarían ya vacías. El personal tenía un calor de cojones; había pagado una fortuna para ver a un tipo huir del toro y asaetearlo alevemente; y, además, estaban mamados. Aquello no podía salir bien.
Márquez, dicen, estuvo cojonudo con el cuarto. Pero al público le dio igual. Rayito también cumplió. No obstante, la gente quería que saliera el sexto, a ver si el señor Galáctico destapaba de una puta vez ese tarro de las esencias que dicen que tienen los toreros artistas.
Para colmo, el toro que le salió a Cagancho no era un toro, sino un oso Kodiak bien alimentado. En la suerte de varas, mató a varios caballos (entonces los caballos de picar no llevaban peto). Todo el mundo en la arena se puso nervioso. Los subalternos toreaban a siete kilómetros de los cuernos, Márquez hizo un quite desde su casa, los picadores se hacían caquita cuando el morlaco todavía estaba a diez metros de ellos, y los banderilleros no banderillearon tirando los garapullos como dardos porque no les dejaron.
Cagancho, al parecer, estaba preparado para situaciones así. En la faena propiamente dicha, sacó una muleta descomunal y comenzó a torear con el pico de la tela, manteniendo por lo tanto al toro en otra galaxia. No contento con eso, en uno de los pases, mientras el toro estaba a su lado, le largó un espadazo en el vientre, y luego otro. El toro, claro, se cabreó más de lo que ya de por sí se cabrea un toro cuando lo lidian. Lo miró mal, así que el torero tiró los trastos y repitió la suerte del tercer toro: a toda hostia hacia la barrera. Y, una vez dentro, como el toro se le acercase, ¡le pinchó de nuevo!
El tercer aviso, signo de que el toro es devuelto al corral porque el torero es incapaz de matarlo, sonó mientras Cagancho seguía intentando matar al animal sin salir de la barrera. Lo hacía pinchándole en los costados, en los brazuelos, en cualquier lugar menos allí donde ha de hacerse según marca el arte de Cúchares. Aquellos de los subalternos que se atrevían a saltar a la arena lo hacían con sus espadas debajo de las muletas, se acercaban al toro y le pinchaban también alevosamente, en cualquier parte. A aquel toro no lo mataron. Lo asesinaron.
Estaba el toro vivo, y el ruedo ya comenzaba a llenarse de espectadores que, sudorosos, cabreados y borrachos, habían saltado a la arena con la nada serena intención de saltarle los empastes a hostias al torero gitano.
La guardia civil es mucha guardia civil. Pero una turba enfervorizada puede con todo. Son más y, una vez que el ser humano llega a ese punto en que todo le importa un huevo, no hay argumento que les frene. Las gentes comenzaron a perseguir a Cagancho, el cual intentó, con la espada en la mano, salir de najas de la plaza. Un espectador le agarró del cuello y, arrojándole en dirección contraria, le gritó.
‑¡Al toro, coño! ¡Cobarde!
Otro le arreó una hostia en pleno carrillo. Y allí estaba Cagancho, en medio de un ruedo lleno de gente que le rodeaba para darle una paliza; ruedo en el que todavía había un toro vivo, sangrando por sus mil heridas, soltando tornillazos y llevándose a la gente por delante.
Entonces cargó el ejército, concretamente un destacamento de Caballería que se encontraba allí reforzando a la guardia civil. A caballo y en plan cabrón, consiguieron convencer al público de que se tranquilizase un poco. No sin esfuerzo, despejaron el anillo. Ocho guardias civiles rodearon a Cagancho y lo sacaron de la plaza, entre una lluvia de todo tipo de objetos y fluidos corporales humanos, preferentemente faríngeos, epigástricos y nasales.
El fracaso de Cagancho en Almagro es, efectivamente, la bronca más gorda ocurrida jamás en un espectáculo público en España. La marcha del diestro fue seguida de disturbios en los alrededores de la plaza en los cuales las fuerzas del orden tuvieron que cargar a caballo con una virulencia que ríete tú de los pipiolos antisistema. Almagro aquella tarde fue una batalla campal. Tan, tan fuerte, que quedó en la memoria de los españoles, para los cuales, aún sin haber estado allí, aún sin haberlo vivido, «quedar como Cagancho en Almagro» se les grabó en la memoria como el símbolo de, que diría Barrancas, un fracaso absoluto.
Los testimonios que he podido leer describen a un Cagancho todavía vestido de plata refugiado en el salón de actos del Ayuntamiento de Almagro, custodiado por la guardia civil para que el personal que estaba en la calle no lo matase, fumando indolentemente y como resignado. Así es la vida. Yo quería quedar bien, pero lo que no pue zé, no pue zé. Uno de sus subalternos se queja a la guardia civil.
-¿A usted le parece lógico que a éste [Cagancho] lo quieran meter en la cárcel por no haber matado un toro y a nosotros nos quieran hacer lo mismo por matarlo?
Debían de ser toda una pandilla de cráneos previlegiados.
jueves, marzo 06, 2008
martes, marzo 04, 2008
Lecturas de Historia militar
Como sabéis bien los seguidores de este rincón electrónico, gustamos en él, de vez en cuando, en compartir las cosas que leemos. Yo menos porque, como he confesado muchas veces, la gran parte de mis lecturas es de libros descatalogados y me parece un putadón ponerme a hacer croniquillas de libros que, en algunos casos, me ha costado hasta dos o tres años encontrar.
Tiburcio está hecho de otra pasta. Dado que tiene bastantes más narices que yo, el polvillo de los libros viejos le toca los cojones, así pues cuando lee libros usados se pone a estornudar, con esos estornudos hipohuracanados propios de Pepepótamo y los elefantes lo cual, al parecer, ha provocado ya que haya sido desahuciado por dos o tres caseros quisquillosos. La penúltima vez que nos vimos le regalé un libro/panfleto de Mauricio Karl, tal vez el más furibundo propagandista de la más ultramontana Falange, que llevaba el sugerente título de Sodomitas. Supongo que algún día nos lo comentará (el libro lo merece, por lo exagerado), pero va despacio porque cada doce páginas le cuestan una sinusitis. Y deberéis entender que una sinusitis de elefante duele de la hostia (más o menos como unas hemorroides de mandril).
Samsa ha asumido su hándicap dedicándose a los libros nuevos, con lo que todos salís ganando, pues sus recensiones son más fáciles de encontrar. Hoy nos diserta sobre sus lecturas en materia de Historia bélica, eso que se suele llamar Militaria. Os dejo con él.
La Historia militar ha sido tradicionalmente casi un coto vedado de los anglosajones. Son ellos quienes más se han interesado por la materia y han producido muy buenos libros, aunque siempre arrimando el ascua a su sardina. Quien lea, por ejemplo, los libros de la editorial Osprey dedicados a batallas de nuestra Guerra de Independencia (Guerra Peninsular, Peninsular War para los ingleses), llegará a la conclusión de que fueron batallas casi exclusivament entre franceses e ingleses y que los pocos españoles que pasaban por ahí no hacían más que estorbar. Cierto que nuestro Ejército de comienzos del XIX no era para echar cohetes y que nuestros generales no solían ser unos genios de la estrategia, pero creo que algún mérito tuvimos y algo contribuimos a expulsar a los franceses de España.
Hace muchos años la Editorial San Martín, que no sé si sigue existiendo [Nota de JdJ: existe, y acude a ferias del libro como la de Madrid], publicó algunos libritos sobre temas tales como las fuerzas mecanizadas alemanas de la II Guerra Mundial. Eran libros divulgativos, ideales para adolescentes que se habían leído a Sven Hassel y poco más.
Otro de los escasos ejemplos de Historia militar escrita por españoles son las monografías que el Servicio Histórico Militar ha publicado sobre las batallas y campañas de la Guerra Civil. Son libros tan completos como áridos. El texto típico de esos libros es más o menos: «A las siete de la mañana del 16 de marzo, dos compañías del Segundo Tabor de Regulares reanudaron el ataque sobre la cota 316 con el apoyo de dos piezas de artillería de 75 mm. Frente a ellos, los restos del primer Batallón de la 13ª Brigada Mixta, al mando del comandante Otero, contaban para su defensa con dos ametralladoras Maxim y…» Esta mezcla de informe burocrático y relato militar es como tomar mazapán con la garganta seca.
Recientemente la Editorial Almena ha sacado una colección de libros al estilo de los de la Editorial Osprey sobre hechos de nuestra Historia militar. Son libros de unas ochenta páginas con ocho páginas de ilustraciones de calidad desigual en el centro. De estos libros he leído cuatro: Grandes batallas de la Reconquista (I), de Manuel González Pérez, José Ignacio Lago y Ángel García Pinto; Ceriñola 1503, de Francisco M. Canales; La campaña de Pensacola, 1781, de Manuel Petinal; y 1ª Guerra Carlista, de César Alcalá. Lamento decir que son muy irregulares y que no están al nivel de la calidad de los de Osprey.
Grandes batallas de la Reconquista (I) ofrece, dentro de su brevedad, una visión histórica bastante completa de la situación que acabó llevando a la invasión de los almorávides. La pena es que la demagogia y el patrioterismo puedan con la objetividad histórica de los autores: «Si no hubo fusión entre los invasores bereberes y los cristianos españoles no fue por una cuestión racial, ni mucho menos (…) esa tremenda estupidez del racismo, esa ideología trasnochada e infame que atenta contra todo principio humano, jamás ha tenido ni tendrá eco entre los pueblos latinos del Mediterráneo. Sencillamente, los invasores africanos trataban de imponer su cultura, fundamentada única y exclusivamente en su religión islámica y la población española (…) se resistió a abjurar de sus raíces latinas y cristianas.» No critico el contenido de este párrafo, porque me faltan datos para saber si sus afirmaciones son correctas. Lo que critico es la forma: esto es un panfleto, no un libro de Historia militar.
Hay otros momentos en los que incluso tengo mis reservas sobre el contenido: «A una población que se sentía abandonada, la victoria de Don Pelayo en Covadonga le dio las fuerzas necesarias para soportar con resignación la ocupación hasta el día que fueran liberados.» ¿Hasta qué punto la población hispanorromana se sentía identificada con las élites visigodas? ¿Qué grado de cohesión real tenía el Estado visigodo en sus momentos finales? ¿De verdad la población se sintió abandonada o pensó que había cambiado un dominador por otro? ¿No está sobrevalorando la batalla de Covadonga, una escaramuza menor, que convenció a los árabes, que en todo caso ya habían tragado más terreno del que podían digerir, de dejar tranquilos a los asturianos? ¿Realmente podemos trasladar a la España del siglo VIII los conceptos de ocupación y liberación? Aquí creo que la demagogia ha podido sobre la Historia.
Las descripciones de las batallas en sí no son malas, aunque los autores caigan en un lirismo exagerado. Así, en la descripción de la batalla de Sagrajas tenemos a «don Alfonso en vanguardia del mortífero huracán de caballos y hombres» y a Yusuf que «debió pensar que el cielo se abría para derramar sus bendiciones sobre él. Ni en sus mejores y frecuentes delirios habría soñado que la batalla se desarrollaría de esta manera». Creo que entre la aridez del Servicio Histórico Militar y el lirismo de este libro hay un terreno intermedio.
Ceriñola, 1503 le deja a uno con ganas de saber más sobre el panorama político que llevó a las campañas italianas del Gran Capitán. Los juegos maquiavélicos de la Italia de finales del XV hubieran dado para mucho más. La descripción de los jefes y ejércitos enfrentados es suficientemente informativa. También está bien descrito el curso de las campañas que llevaron a la conquista de Nápoles por el Gran Capitán.
La campaña de Pensacola, 1781 trata de la conquista por Bernardo de Gálvez de Pensacola en la Florida. Este hecho de armas estuvo olvidado durante muchos años hasta que en vísperas de las celebraciones del Segundo Centenario de la Independencia de Estados Unidos alguien lo rescató de los archivos, lo desempolvó y lo magnificó un tanto. En todo caso era bonito poder mostrar que España había contribuido a la independencia de Estados Unidos, contribución que muestra la cortedad de miras de nuestros gobernantes. ¡A quién se le ocurre ayudar a liberar unas colonias que estaban a dos pasos de las nuestras!
Por más que en 1976 se hubieran recordado los hechos de Pensacola con bombo y platillo e incluso creo recordar que se editó un sello conmemorativo de la gesta, hay que poner las cosas en perspectiva. Se trató de una expedición de 32 buques, que transportaban a 3.200 hombres y que iban a atacar una fortaleza defendida por 2.000 soldados y 500 aliados indios. Para comparar, diré que la campaña que terminó con la batalla de Yorktown y que empezó un mes después que la de Pensacola Cornswallis la inició con 7.000 hombres, de los que sólo 5.000 estaban en condiciones de combatir, y Lafayette la inició con 3.000. O sea, que la campaña de Pensacola fue de un tamaño promedio tirando a bajo en la escala americana, donde no hubo batallas que movieran las magnitudes de ejércitos de las campañas napoleónicas. Eso sí, Pensacola sí que contribuyó a la independencia norteamericana, al impedir que los británicos pudieran concentrar todas sus fuerzas en el sur de las 13 Colonias en apoyo de la campaña que Cornwallis inició en abril.
Para mi gusto es el mejor libro de los que he leído de la colección. La pena es que las ilustraciones dejen que desear.
Con 1ª Guerra Carlista pasa lo contrario: es el peor de los cuatro libros y sin embargo es el que tiene las mejores ilustraciones (su autor es Augusto Ferrer Dalmau). El libro tiene 80 páginas y seguramente se quedaría en 60 si le quitásemos todas las citas textuales que el autor incluye. Lo de incluir tantas citas textuales sin apenas comentario crítico me huele a artimaña de autor perezoso, que quería llegar como fuera a las 80 páginas que le habían pedido.
Mientras que la introducción política y la presentación de los ejércitos enfrentados son aceptables, la parte militar hace aguas por todas partes. Parece un navío español en Trafalgar (la metáfora militar resulta la más adecuada aquí). El sitio de Bilbao se relata con gran apoyo de citas y detalles, pero sin dar nunca una verdadera visión de conjunto ni presentar los aspectos estratégicos de la situación. Todo se ve empeorado por el hecho de que no hay planos ni croquis, aparte de la pequeña reproducción un mapa antiguo de Bilbao, con lo que se hace muy difícil seguir la evolución de las operaciones.
La descripción de la Expedición Real que en 1837 llevó al pretendiente Don Carlos a las puertas de Madrid, es de lo peor que he leído en un libro de Historia militar. El relato se inicia con el detalle de las tropas que la constituyeron y de sus comandantes. Lo malo es que la relación de los comandantes acaba pareciendo la página de nombramientos del BOE, lo que en un libro de 400 páginas hubiera podido tener sentido, pero en éste no. Por si alguien duda, puedo informar que en el Servicio de Administración Militar iban los ordenadores Uriz, Gaspar Díaz de Labandero y Bernardino Beotas, que el Caballerizo de Campo era Mariano de Carvajal y los ujieres Torrens y Sidón. También sé quiénes eran los seis capellanes de altar que acompañaban a Don Carlos y el nombre del encargado del botiquín. Pueden parecer detalles banales, pero al autor le han ayudado a rellenar un par de páginas por la cara. Tras el prolijo detalle de los nombres, el autor incluye el Manifiesto de Cáseda, que proclamó el pretendiente al inicio de la expedición; dos páginas más que se quita de encima. Su interpretación del Manifiesto es que «sólo presentándose ante Madrid la guerra finalizaría. Todo estaba pactado.» No entraré en el relato de la Expedición, que realiza con la desgana habitual.
Lo más interesante ocurre cuando los carlistas llegan ante Madrid. La ciudad está inerme y desmoralizada. ¿Por qué el pretendiente no dio la orden de atacar? El autor da dos explicaciones. Una, estratégica: no convenía entrar en la ciudad mientras estuviera cerca el poderoso ejército que mandaba el General Espartero. Otra, política: el posible pacto con la Regente María Cristina se rompió cuando ésta vio que el general Espartero podía asegurar la supervivencia de la monarquía liberal por la fuerza de las armas. Todo esto el autor lo explica deslavazadamente, apoyándose casi en exclusiva en el testimonio del Príncipe Lichnowsky, ayudante de campo de Don Carlos. Es la práctica del historiador vago: acudir a un testimonio contemporáneo de los hechos y pegarse a él. Así uno se ahorra los engorros de tener que contrastar distintas fuentes y, de paso, puede meter largas parrafadas del testimonio utilizado y ahorrarse trabajo. En todo caso, las explicaciones que da el autor están dadas con tanta brevedad, que lo más que puede decir el lector al que no se le haya caído todavía el libro de las manos es «puede».
Si las explicaciones sobre por qué Don Carlos renunció a entrar en Madrid decepcionan por lo escuetas, lo que resulta desconcertante es la siguiente afirmación: «Durante la retirada (la expedición carlista) fue perseguida por Espartero. (…) lo cierto es que Espartero no la atacó frontalmente. Cubrió su retirada sin humillarla con una derrota sin precedentes. Quizás no quería precipitar el final de la guerra.» ¡Qué tacto el de Espartero, que no quería derrotar decisivamente a sus enemigos! Cuando se hacen afirmaciones tan osadas como ésta, lo menos el autor debería justificarlas un poco, aunque fuese copiando párrafos enteros del Príncipe Lichnowsky.
En fin, dejaré aquí la crítica del libro y la dejaré con un comentario positivo: las ilustraciones de Ferrer Dalmau me han encantado.
Tiburcio está hecho de otra pasta. Dado que tiene bastantes más narices que yo, el polvillo de los libros viejos le toca los cojones, así pues cuando lee libros usados se pone a estornudar, con esos estornudos hipohuracanados propios de Pepepótamo y los elefantes lo cual, al parecer, ha provocado ya que haya sido desahuciado por dos o tres caseros quisquillosos. La penúltima vez que nos vimos le regalé un libro/panfleto de Mauricio Karl, tal vez el más furibundo propagandista de la más ultramontana Falange, que llevaba el sugerente título de Sodomitas. Supongo que algún día nos lo comentará (el libro lo merece, por lo exagerado), pero va despacio porque cada doce páginas le cuestan una sinusitis. Y deberéis entender que una sinusitis de elefante duele de la hostia (más o menos como unas hemorroides de mandril).
Samsa ha asumido su hándicap dedicándose a los libros nuevos, con lo que todos salís ganando, pues sus recensiones son más fáciles de encontrar. Hoy nos diserta sobre sus lecturas en materia de Historia bélica, eso que se suele llamar Militaria. Os dejo con él.
La Historia militar ha sido tradicionalmente casi un coto vedado de los anglosajones. Son ellos quienes más se han interesado por la materia y han producido muy buenos libros, aunque siempre arrimando el ascua a su sardina. Quien lea, por ejemplo, los libros de la editorial Osprey dedicados a batallas de nuestra Guerra de Independencia (Guerra Peninsular, Peninsular War para los ingleses), llegará a la conclusión de que fueron batallas casi exclusivament entre franceses e ingleses y que los pocos españoles que pasaban por ahí no hacían más que estorbar. Cierto que nuestro Ejército de comienzos del XIX no era para echar cohetes y que nuestros generales no solían ser unos genios de la estrategia, pero creo que algún mérito tuvimos y algo contribuimos a expulsar a los franceses de España.
Hace muchos años la Editorial San Martín, que no sé si sigue existiendo [Nota de JdJ: existe, y acude a ferias del libro como la de Madrid], publicó algunos libritos sobre temas tales como las fuerzas mecanizadas alemanas de la II Guerra Mundial. Eran libros divulgativos, ideales para adolescentes que se habían leído a Sven Hassel y poco más.
Otro de los escasos ejemplos de Historia militar escrita por españoles son las monografías que el Servicio Histórico Militar ha publicado sobre las batallas y campañas de la Guerra Civil. Son libros tan completos como áridos. El texto típico de esos libros es más o menos: «A las siete de la mañana del 16 de marzo, dos compañías del Segundo Tabor de Regulares reanudaron el ataque sobre la cota 316 con el apoyo de dos piezas de artillería de 75 mm. Frente a ellos, los restos del primer Batallón de la 13ª Brigada Mixta, al mando del comandante Otero, contaban para su defensa con dos ametralladoras Maxim y…» Esta mezcla de informe burocrático y relato militar es como tomar mazapán con la garganta seca.
Recientemente la Editorial Almena ha sacado una colección de libros al estilo de los de la Editorial Osprey sobre hechos de nuestra Historia militar. Son libros de unas ochenta páginas con ocho páginas de ilustraciones de calidad desigual en el centro. De estos libros he leído cuatro: Grandes batallas de la Reconquista (I), de Manuel González Pérez, José Ignacio Lago y Ángel García Pinto; Ceriñola 1503, de Francisco M. Canales; La campaña de Pensacola, 1781, de Manuel Petinal; y 1ª Guerra Carlista, de César Alcalá. Lamento decir que son muy irregulares y que no están al nivel de la calidad de los de Osprey.
Grandes batallas de la Reconquista (I) ofrece, dentro de su brevedad, una visión histórica bastante completa de la situación que acabó llevando a la invasión de los almorávides. La pena es que la demagogia y el patrioterismo puedan con la objetividad histórica de los autores: «Si no hubo fusión entre los invasores bereberes y los cristianos españoles no fue por una cuestión racial, ni mucho menos (…) esa tremenda estupidez del racismo, esa ideología trasnochada e infame que atenta contra todo principio humano, jamás ha tenido ni tendrá eco entre los pueblos latinos del Mediterráneo. Sencillamente, los invasores africanos trataban de imponer su cultura, fundamentada única y exclusivamente en su religión islámica y la población española (…) se resistió a abjurar de sus raíces latinas y cristianas.» No critico el contenido de este párrafo, porque me faltan datos para saber si sus afirmaciones son correctas. Lo que critico es la forma: esto es un panfleto, no un libro de Historia militar.
Hay otros momentos en los que incluso tengo mis reservas sobre el contenido: «A una población que se sentía abandonada, la victoria de Don Pelayo en Covadonga le dio las fuerzas necesarias para soportar con resignación la ocupación hasta el día que fueran liberados.» ¿Hasta qué punto la población hispanorromana se sentía identificada con las élites visigodas? ¿Qué grado de cohesión real tenía el Estado visigodo en sus momentos finales? ¿De verdad la población se sintió abandonada o pensó que había cambiado un dominador por otro? ¿No está sobrevalorando la batalla de Covadonga, una escaramuza menor, que convenció a los árabes, que en todo caso ya habían tragado más terreno del que podían digerir, de dejar tranquilos a los asturianos? ¿Realmente podemos trasladar a la España del siglo VIII los conceptos de ocupación y liberación? Aquí creo que la demagogia ha podido sobre la Historia.
Las descripciones de las batallas en sí no son malas, aunque los autores caigan en un lirismo exagerado. Así, en la descripción de la batalla de Sagrajas tenemos a «don Alfonso en vanguardia del mortífero huracán de caballos y hombres» y a Yusuf que «debió pensar que el cielo se abría para derramar sus bendiciones sobre él. Ni en sus mejores y frecuentes delirios habría soñado que la batalla se desarrollaría de esta manera». Creo que entre la aridez del Servicio Histórico Militar y el lirismo de este libro hay un terreno intermedio.
Ceriñola, 1503 le deja a uno con ganas de saber más sobre el panorama político que llevó a las campañas italianas del Gran Capitán. Los juegos maquiavélicos de la Italia de finales del XV hubieran dado para mucho más. La descripción de los jefes y ejércitos enfrentados es suficientemente informativa. También está bien descrito el curso de las campañas que llevaron a la conquista de Nápoles por el Gran Capitán.
La campaña de Pensacola, 1781 trata de la conquista por Bernardo de Gálvez de Pensacola en la Florida. Este hecho de armas estuvo olvidado durante muchos años hasta que en vísperas de las celebraciones del Segundo Centenario de la Independencia de Estados Unidos alguien lo rescató de los archivos, lo desempolvó y lo magnificó un tanto. En todo caso era bonito poder mostrar que España había contribuido a la independencia de Estados Unidos, contribución que muestra la cortedad de miras de nuestros gobernantes. ¡A quién se le ocurre ayudar a liberar unas colonias que estaban a dos pasos de las nuestras!
Por más que en 1976 se hubieran recordado los hechos de Pensacola con bombo y platillo e incluso creo recordar que se editó un sello conmemorativo de la gesta, hay que poner las cosas en perspectiva. Se trató de una expedición de 32 buques, que transportaban a 3.200 hombres y que iban a atacar una fortaleza defendida por 2.000 soldados y 500 aliados indios. Para comparar, diré que la campaña que terminó con la batalla de Yorktown y que empezó un mes después que la de Pensacola Cornswallis la inició con 7.000 hombres, de los que sólo 5.000 estaban en condiciones de combatir, y Lafayette la inició con 3.000. O sea, que la campaña de Pensacola fue de un tamaño promedio tirando a bajo en la escala americana, donde no hubo batallas que movieran las magnitudes de ejércitos de las campañas napoleónicas. Eso sí, Pensacola sí que contribuyó a la independencia norteamericana, al impedir que los británicos pudieran concentrar todas sus fuerzas en el sur de las 13 Colonias en apoyo de la campaña que Cornwallis inició en abril.
Para mi gusto es el mejor libro de los que he leído de la colección. La pena es que las ilustraciones dejen que desear.
Con 1ª Guerra Carlista pasa lo contrario: es el peor de los cuatro libros y sin embargo es el que tiene las mejores ilustraciones (su autor es Augusto Ferrer Dalmau). El libro tiene 80 páginas y seguramente se quedaría en 60 si le quitásemos todas las citas textuales que el autor incluye. Lo de incluir tantas citas textuales sin apenas comentario crítico me huele a artimaña de autor perezoso, que quería llegar como fuera a las 80 páginas que le habían pedido.
Mientras que la introducción política y la presentación de los ejércitos enfrentados son aceptables, la parte militar hace aguas por todas partes. Parece un navío español en Trafalgar (la metáfora militar resulta la más adecuada aquí). El sitio de Bilbao se relata con gran apoyo de citas y detalles, pero sin dar nunca una verdadera visión de conjunto ni presentar los aspectos estratégicos de la situación. Todo se ve empeorado por el hecho de que no hay planos ni croquis, aparte de la pequeña reproducción un mapa antiguo de Bilbao, con lo que se hace muy difícil seguir la evolución de las operaciones.
La descripción de la Expedición Real que en 1837 llevó al pretendiente Don Carlos a las puertas de Madrid, es de lo peor que he leído en un libro de Historia militar. El relato se inicia con el detalle de las tropas que la constituyeron y de sus comandantes. Lo malo es que la relación de los comandantes acaba pareciendo la página de nombramientos del BOE, lo que en un libro de 400 páginas hubiera podido tener sentido, pero en éste no. Por si alguien duda, puedo informar que en el Servicio de Administración Militar iban los ordenadores Uriz, Gaspar Díaz de Labandero y Bernardino Beotas, que el Caballerizo de Campo era Mariano de Carvajal y los ujieres Torrens y Sidón. También sé quiénes eran los seis capellanes de altar que acompañaban a Don Carlos y el nombre del encargado del botiquín. Pueden parecer detalles banales, pero al autor le han ayudado a rellenar un par de páginas por la cara. Tras el prolijo detalle de los nombres, el autor incluye el Manifiesto de Cáseda, que proclamó el pretendiente al inicio de la expedición; dos páginas más que se quita de encima. Su interpretación del Manifiesto es que «sólo presentándose ante Madrid la guerra finalizaría. Todo estaba pactado.» No entraré en el relato de la Expedición, que realiza con la desgana habitual.
Lo más interesante ocurre cuando los carlistas llegan ante Madrid. La ciudad está inerme y desmoralizada. ¿Por qué el pretendiente no dio la orden de atacar? El autor da dos explicaciones. Una, estratégica: no convenía entrar en la ciudad mientras estuviera cerca el poderoso ejército que mandaba el General Espartero. Otra, política: el posible pacto con la Regente María Cristina se rompió cuando ésta vio que el general Espartero podía asegurar la supervivencia de la monarquía liberal por la fuerza de las armas. Todo esto el autor lo explica deslavazadamente, apoyándose casi en exclusiva en el testimonio del Príncipe Lichnowsky, ayudante de campo de Don Carlos. Es la práctica del historiador vago: acudir a un testimonio contemporáneo de los hechos y pegarse a él. Así uno se ahorra los engorros de tener que contrastar distintas fuentes y, de paso, puede meter largas parrafadas del testimonio utilizado y ahorrarse trabajo. En todo caso, las explicaciones que da el autor están dadas con tanta brevedad, que lo más que puede decir el lector al que no se le haya caído todavía el libro de las manos es «puede».
Si las explicaciones sobre por qué Don Carlos renunció a entrar en Madrid decepcionan por lo escuetas, lo que resulta desconcertante es la siguiente afirmación: «Durante la retirada (la expedición carlista) fue perseguida por Espartero. (…) lo cierto es que Espartero no la atacó frontalmente. Cubrió su retirada sin humillarla con una derrota sin precedentes. Quizás no quería precipitar el final de la guerra.» ¡Qué tacto el de Espartero, que no quería derrotar decisivamente a sus enemigos! Cuando se hacen afirmaciones tan osadas como ésta, lo menos el autor debería justificarlas un poco, aunque fuese copiando párrafos enteros del Príncipe Lichnowsky.
En fin, dejaré aquí la crítica del libro y la dejaré con un comentario positivo: las ilustraciones de Ferrer Dalmau me han encantado.
viernes, febrero 29, 2008
El verdugo
Sin ninguna duda, El verdugo está entre mis películas preferidas del cine español. Normalmente el cine español no me gusta demasiado pues me viene a parecer lento, un poco insulso en sus historias e interpretado por actores a menudo mediocres. Pero, sin embargo, tengo debilidad por el tándem Luis García Berlanga/Rafael Azcona. El El verdugo se narra la historia de un joven sin historia que desea casarse con su novia. Sin demasiadas perspectivas, ha de tomar por la calle de en medio y hacer caso de las insinuaciones de su costilla en el sentido de heredar la profesión de su suegro. Éste, magistralmente interpretado por Pepe Isbert, es un verdugo a punto de jubilarse.
Tras las primeras tribulaciones, todo es beneficio para nuestro hombre: es calificado para conseguir una vivienda protegida, recibe un sueldo regular de funcionario, esas cosas. Su suegro le ha prometido que él será verdugo sólo nominalmente. Es la España de los años sesenta y, aunque en los diálogos de la película no se dice tan descarnadamente (la censura no lo habría permitido), sobre los personajes parece pender la idea de que la época de los fusilamientos y las ejecuciones ha terminado en la España de Franco. Sin embargo, como sabemos, Franco moriría matando. Y eso le acabará pasando a nuestro verdugo quien, estando de vacaciones en Baleares, será reclamado para realizar una ejecución. La escena muda del trayecto hacia la sala de ejecución es una escena cumbre del cine español.
El mundo siempre ha necesitado de verdugos. La existencia del verdugo es casi consustancial a la pena de muerte. Y digo casi consustancial porque, en las eras antiguas de nuestra civilización, y en distintos pueblos, ha existido la pena de muerte sin ejecutores propiamente dichos, pues matar al condenado consistía en cosas como lapidarlo en una pared, o abandonarlo en el desierto, o atarlo al suelo y después hacer pasar a una manada de caballos sobre él. Las gentes normales y corrientes también han sido y siguen siendo verdugos, como ocurre en el caso de las lapidaciones públicas. Pero, tarde o temprano, la pena de muerte acaba mutando en algo más protocolizado y, paradójicamente, más humano. El hombre, sin abandonar aún la convicción filosófica de tener el derecho de ejercer poder sobre la vida de otro hombre, se da cuenta de que la ejecución es algo que, sin ser desde luego inocuo, debe ser un poco más llevadero, o sea rápido.
Hay desde luego ejecutados en la Historia que no merecen la piedad y para los que se busca el mayor sufrimiento posible: ejemplos de ello son los judíos y conversos quemados por la Inquisición española (bueno, para ser exactos: quemados por las autoridades civiles tras la oportuna sentencia de la Inquisición), a los cuales, ya atados al poste, se les ofrecía la posibilidad de un último acto de arrepentimiento y besacruz, a cambio del cual eran estrangulados antes de arder.
Hecha la salvedad de estos ejecutados, por así decirlo, a mala hostia, para la inmensa mayoría de los ejecutados va desarrollándose, paradójicamente de la mano de ese mismo cristianismo capaz de parir la Inquisición (y es que Dios lo mismo vale para un roto que para un descosido), la idea de que las malas acciones que los han llevado al cadalso son el fruto del destino, de la mala suerte o de esas cosas que pasan. Así pues, al delincuente hay que ejecutarlo, pero hay que hacerlo con pericia, para que el hecho sea rápido.
Esto supone una evolución en dos direcciones. La primera es el perfeccionamiento de los instrumentos de ejecución: del espadazo se pasa al hachazo que se convierte en la más eficiente (aunque en modo alguno infalible) guillotina. En España, a la horca la sustituirá el llamado garrote vil, un instrumento que desnucaba al reo rápidamente, salvo cuando fallaba, claro. Teóricamente, todos o casi todos los medios de ejecución son rápidos; en la práctica, hay como siempre un montón de cosas que pueden salir mal, y salen mal.
La segunda línea de evolución es la existencia del profesional de la cosa; el ingeniero de la muerte. A María Stuart le preocupó mucho este asunto y, según algunas crónicas, antes de ser ejecutada hizo lo que muchos condenados, sobre todo ricos: untar al verdugo para garantizarse un solo tajo del hacha. Algo de esto, a la manera azcono-berlanguiana, nos dice Pepe Isbert en El verdugo cuando le confiesa a su yerno que una vez un condenado le dijo: «¡Zuerte, Maestro!»; y le regaló un reloj.
Según las fuentes que he podido consultar, diría que el Egipto de los faraones fue la primera civilización que tuvo verdugos, aunque esta afirmación es, tal vez, injusta con los chinos. En la China que conoció Marco Polo existía una cosa que se llamaba La Muerte de los Mil Días, que consistía en una lenta ejecución por sorteo. Al condenado se le presentaba una especie de bandeja con papeletas donde estaban escritos diferentes órganos y partes del cuerpo. El condenado escogía una papeleta y entonces el verdugo le cortaba aquello que estuviese escrito en el papel: una oreja, un diente, un ojo, un trozo de riñón… Entonces se esperaba a que el condenado estuviese mínimamente recuperado de la putada y se le hacía escoger otro papel. Se llamaba La Muerte de los Mil Días porque se decía que un condenado que tuviese la mala suerte de ir sacando papeletas correspondientes a porciones no vitales primero y luego las vitales podía estar así unos tres meses. Nuevamente, tenemos la corrupción: muchos condenados sobornaban al verdugo para que, «por casualidad», la primera papeleta elegida fuese alguna de las escasas que tenían escrito un órgano vital, tras cuya mutilación el reo moría rápidamente.
En los inicios de la institucionalización del verdugo, el cargo no era profesional, sino obligatorio. En ciertas zonas de Alemania, por ejemplo, era designado verdugo algún joven del pueblo donde fuese a ser la ejecución, nombramiento que podía evadirse, como casi siempre, pagando un impuesto; como resultado, as habitual, eran los muchachos de pela corta los que tenían que asumir el marrón. En algunas zonas de Francia, franceses al fin y al cabo, eran más sutiles: elegían al último hombre que se hubiese casado (aquí cabe una bromita fácil sobre el matrimonio y cómo te cambia la visión de la vida, pero vamos a dejarlo). En Bélgica, país que es como una especie de Francia más austera, elegían al verdugo entre los matarifes de la zona. En Inglaterra se comenzó muy pronto a estimular la cosa mediante el pago de un pequeño estipendio.
Los primeros verdugos de esta categoría no muy profesional solían ser gentes de muy baja estofa. Esto, unido al hecho de que las ejecuciones eran públicas y que los verdugos no estaban bien vistos, fue lo que instituyó rápidamente la costumbre, que hemos visto en cientos de pelis, de permitir al verdugo subir al cadalso con el rostro oculto tras una máscara o capuchón, para así no ser reconocido. Una cosa que se hizo en casi toda Europa durante la Edad Media y el Renacimiento fue cubrir la vacante de verdugo, caso de producirse, con los propios presos. Una idea relativamente atractiva, aunque no tanto. Verdaderamente, si hay alguien poco amigo de realizar ejecuciones, es alguien que cualquier día puede ser condenado a ser ejecutado. Como consecuencia de ello, comenzó a imponerse la costumbre de perdonar las penas al preso que asumiese la labor, si bien debía convertirse en verdugo vitalicio. Una variante especialmente refinada de esto se dio en Francia y Alemania, donde se ofrecía la vida a un miembro de la cuerda de condenados a cambio de que ejecutase a los demás; no fueron pocas las veces en las que no hubo candidatos. En España existió incluso, al parecer, un caso, el de un tal Maese Diego, que habiéndole sido impuesta la labor de actuar de verdugo, se cortó la mano.
Existen un montón de testimonios que demuestran lo arrastrado de la profesión de verdugo. La primera, que fue una profesión que pasó con mucha habitualidad de padres a hijos; tanto en Inglaterra como en Alemania, Francia o Estados Unidos hay famosas dinastías de verdugos, lo cual indica que el apellido quedaba rápidamente marcado y ya no había manera de hacer carrera en otro sitio; y la herencia que se describe en plan de coña en la película de Berlanga se dio también muchísimo en España. El segundo indicio es que, por lo que sabemos, la mayoría de los verdugos vivían en áreas apartadas de las ciudades, extramuros, rechazados en vecindad por el común de las gentes. Hacía falta ayudarles un poquito, darles ventaja. En fecha tan temprana como 1435, Juan II exime a los verdugos del pago de gabelas municipales o reales, o sea convierte la profesión en libre de impuestos.
¿Por qué este rechazo? Hago la pregunta porque, superficialmente, se puede pensar que la actitud de la gente era en esto algo cínica. O sea: acudían en masa a la plaza para ver la ejecución, pero luego despreciaban al que la realizaba. La justificación, cuando menos parcial, de esta aparente incoherencia está, a mi modo de ver, en el hecho de que lo que hoy sabemos de los verdugos antiguos no se compadece mucho con la realidad. En primer lugar, en aquellos siglos antiguos el concepto de justicia y el de tormento iban juntos. No eran sólo los frailes de la Inquisición los que rompían huesos u obligaban a la gente a beber agua hasta reventar; eran prácticas que también realizaba la justicia civil con cualquier chorizo. El verdugo, por lo tanto, era también un torturador, y la gente lo sabía. A eso hay que unir que las ejecuciones no solían ser tan limpias como ahora las vemos. En no pocos ahorcamientos, por ejemplo, el verdugo se colgaba de la espalda del reo; lo hacía para no prolongar su agonía, pero para cualquiera que viese eso (y escuchase los gritos ahogados del reo) es lógico que el que hacía eso quedase como un auténtico cabrón.
En los últimos años de la profesión de verdugo en España, había en nuestro país tres ejecutores. Uno debía residir en Madrid, el otro en Barcelona y el otro en una tercera ciudad que, no sé muy bien por qué, solía ser Burgos. Eran nombrados por el Director General de Asuntos Judiciales y Eclesiásticos, sin más requisitos que tener entre 21 y 50 años.
La profesión, al menos en nuestro país, ha caído en desuso.
Y que dure.
Tras las primeras tribulaciones, todo es beneficio para nuestro hombre: es calificado para conseguir una vivienda protegida, recibe un sueldo regular de funcionario, esas cosas. Su suegro le ha prometido que él será verdugo sólo nominalmente. Es la España de los años sesenta y, aunque en los diálogos de la película no se dice tan descarnadamente (la censura no lo habría permitido), sobre los personajes parece pender la idea de que la época de los fusilamientos y las ejecuciones ha terminado en la España de Franco. Sin embargo, como sabemos, Franco moriría matando. Y eso le acabará pasando a nuestro verdugo quien, estando de vacaciones en Baleares, será reclamado para realizar una ejecución. La escena muda del trayecto hacia la sala de ejecución es una escena cumbre del cine español.
El mundo siempre ha necesitado de verdugos. La existencia del verdugo es casi consustancial a la pena de muerte. Y digo casi consustancial porque, en las eras antiguas de nuestra civilización, y en distintos pueblos, ha existido la pena de muerte sin ejecutores propiamente dichos, pues matar al condenado consistía en cosas como lapidarlo en una pared, o abandonarlo en el desierto, o atarlo al suelo y después hacer pasar a una manada de caballos sobre él. Las gentes normales y corrientes también han sido y siguen siendo verdugos, como ocurre en el caso de las lapidaciones públicas. Pero, tarde o temprano, la pena de muerte acaba mutando en algo más protocolizado y, paradójicamente, más humano. El hombre, sin abandonar aún la convicción filosófica de tener el derecho de ejercer poder sobre la vida de otro hombre, se da cuenta de que la ejecución es algo que, sin ser desde luego inocuo, debe ser un poco más llevadero, o sea rápido.
Hay desde luego ejecutados en la Historia que no merecen la piedad y para los que se busca el mayor sufrimiento posible: ejemplos de ello son los judíos y conversos quemados por la Inquisición española (bueno, para ser exactos: quemados por las autoridades civiles tras la oportuna sentencia de la Inquisición), a los cuales, ya atados al poste, se les ofrecía la posibilidad de un último acto de arrepentimiento y besacruz, a cambio del cual eran estrangulados antes de arder.
Hecha la salvedad de estos ejecutados, por así decirlo, a mala hostia, para la inmensa mayoría de los ejecutados va desarrollándose, paradójicamente de la mano de ese mismo cristianismo capaz de parir la Inquisición (y es que Dios lo mismo vale para un roto que para un descosido), la idea de que las malas acciones que los han llevado al cadalso son el fruto del destino, de la mala suerte o de esas cosas que pasan. Así pues, al delincuente hay que ejecutarlo, pero hay que hacerlo con pericia, para que el hecho sea rápido.
Esto supone una evolución en dos direcciones. La primera es el perfeccionamiento de los instrumentos de ejecución: del espadazo se pasa al hachazo que se convierte en la más eficiente (aunque en modo alguno infalible) guillotina. En España, a la horca la sustituirá el llamado garrote vil, un instrumento que desnucaba al reo rápidamente, salvo cuando fallaba, claro. Teóricamente, todos o casi todos los medios de ejecución son rápidos; en la práctica, hay como siempre un montón de cosas que pueden salir mal, y salen mal.
La segunda línea de evolución es la existencia del profesional de la cosa; el ingeniero de la muerte. A María Stuart le preocupó mucho este asunto y, según algunas crónicas, antes de ser ejecutada hizo lo que muchos condenados, sobre todo ricos: untar al verdugo para garantizarse un solo tajo del hacha. Algo de esto, a la manera azcono-berlanguiana, nos dice Pepe Isbert en El verdugo cuando le confiesa a su yerno que una vez un condenado le dijo: «¡Zuerte, Maestro!»; y le regaló un reloj.
Según las fuentes que he podido consultar, diría que el Egipto de los faraones fue la primera civilización que tuvo verdugos, aunque esta afirmación es, tal vez, injusta con los chinos. En la China que conoció Marco Polo existía una cosa que se llamaba La Muerte de los Mil Días, que consistía en una lenta ejecución por sorteo. Al condenado se le presentaba una especie de bandeja con papeletas donde estaban escritos diferentes órganos y partes del cuerpo. El condenado escogía una papeleta y entonces el verdugo le cortaba aquello que estuviese escrito en el papel: una oreja, un diente, un ojo, un trozo de riñón… Entonces se esperaba a que el condenado estuviese mínimamente recuperado de la putada y se le hacía escoger otro papel. Se llamaba La Muerte de los Mil Días porque se decía que un condenado que tuviese la mala suerte de ir sacando papeletas correspondientes a porciones no vitales primero y luego las vitales podía estar así unos tres meses. Nuevamente, tenemos la corrupción: muchos condenados sobornaban al verdugo para que, «por casualidad», la primera papeleta elegida fuese alguna de las escasas que tenían escrito un órgano vital, tras cuya mutilación el reo moría rápidamente.
En los inicios de la institucionalización del verdugo, el cargo no era profesional, sino obligatorio. En ciertas zonas de Alemania, por ejemplo, era designado verdugo algún joven del pueblo donde fuese a ser la ejecución, nombramiento que podía evadirse, como casi siempre, pagando un impuesto; como resultado, as habitual, eran los muchachos de pela corta los que tenían que asumir el marrón. En algunas zonas de Francia, franceses al fin y al cabo, eran más sutiles: elegían al último hombre que se hubiese casado (aquí cabe una bromita fácil sobre el matrimonio y cómo te cambia la visión de la vida, pero vamos a dejarlo). En Bélgica, país que es como una especie de Francia más austera, elegían al verdugo entre los matarifes de la zona. En Inglaterra se comenzó muy pronto a estimular la cosa mediante el pago de un pequeño estipendio.
Los primeros verdugos de esta categoría no muy profesional solían ser gentes de muy baja estofa. Esto, unido al hecho de que las ejecuciones eran públicas y que los verdugos no estaban bien vistos, fue lo que instituyó rápidamente la costumbre, que hemos visto en cientos de pelis, de permitir al verdugo subir al cadalso con el rostro oculto tras una máscara o capuchón, para así no ser reconocido. Una cosa que se hizo en casi toda Europa durante la Edad Media y el Renacimiento fue cubrir la vacante de verdugo, caso de producirse, con los propios presos. Una idea relativamente atractiva, aunque no tanto. Verdaderamente, si hay alguien poco amigo de realizar ejecuciones, es alguien que cualquier día puede ser condenado a ser ejecutado. Como consecuencia de ello, comenzó a imponerse la costumbre de perdonar las penas al preso que asumiese la labor, si bien debía convertirse en verdugo vitalicio. Una variante especialmente refinada de esto se dio en Francia y Alemania, donde se ofrecía la vida a un miembro de la cuerda de condenados a cambio de que ejecutase a los demás; no fueron pocas las veces en las que no hubo candidatos. En España existió incluso, al parecer, un caso, el de un tal Maese Diego, que habiéndole sido impuesta la labor de actuar de verdugo, se cortó la mano.
Existen un montón de testimonios que demuestran lo arrastrado de la profesión de verdugo. La primera, que fue una profesión que pasó con mucha habitualidad de padres a hijos; tanto en Inglaterra como en Alemania, Francia o Estados Unidos hay famosas dinastías de verdugos, lo cual indica que el apellido quedaba rápidamente marcado y ya no había manera de hacer carrera en otro sitio; y la herencia que se describe en plan de coña en la película de Berlanga se dio también muchísimo en España. El segundo indicio es que, por lo que sabemos, la mayoría de los verdugos vivían en áreas apartadas de las ciudades, extramuros, rechazados en vecindad por el común de las gentes. Hacía falta ayudarles un poquito, darles ventaja. En fecha tan temprana como 1435, Juan II exime a los verdugos del pago de gabelas municipales o reales, o sea convierte la profesión en libre de impuestos.
¿Por qué este rechazo? Hago la pregunta porque, superficialmente, se puede pensar que la actitud de la gente era en esto algo cínica. O sea: acudían en masa a la plaza para ver la ejecución, pero luego despreciaban al que la realizaba. La justificación, cuando menos parcial, de esta aparente incoherencia está, a mi modo de ver, en el hecho de que lo que hoy sabemos de los verdugos antiguos no se compadece mucho con la realidad. En primer lugar, en aquellos siglos antiguos el concepto de justicia y el de tormento iban juntos. No eran sólo los frailes de la Inquisición los que rompían huesos u obligaban a la gente a beber agua hasta reventar; eran prácticas que también realizaba la justicia civil con cualquier chorizo. El verdugo, por lo tanto, era también un torturador, y la gente lo sabía. A eso hay que unir que las ejecuciones no solían ser tan limpias como ahora las vemos. En no pocos ahorcamientos, por ejemplo, el verdugo se colgaba de la espalda del reo; lo hacía para no prolongar su agonía, pero para cualquiera que viese eso (y escuchase los gritos ahogados del reo) es lógico que el que hacía eso quedase como un auténtico cabrón.
En los últimos años de la profesión de verdugo en España, había en nuestro país tres ejecutores. Uno debía residir en Madrid, el otro en Barcelona y el otro en una tercera ciudad que, no sé muy bien por qué, solía ser Burgos. Eran nombrados por el Director General de Asuntos Judiciales y Eclesiásticos, sin más requisitos que tener entre 21 y 50 años.
La profesión, al menos en nuestro país, ha caído en desuso.
Y que dure.
sábado, febrero 23, 2008
Johnson VS JFK (y 4)
Bueno, lo primero es cumplir con lo prometido y aportar las soluciones al pequeño test del pasado post, aunque las respuestas han sido muy acertadas.
La Cibeles, en efecto, estuvo en sus inicios en perpendicular a como está ahora, mirando hacia Neptuno.
El primer edificio, que yo sepa, donde se izó la bandera republicana en Madrid el 14 de abril de 1931 fue el Palacio de Comunicaciones, hoy Ayuntamiento de Madrid.
La cuarta del Apolo, efectivamente, era la sesión golfa del teatro Apolo, que comenzaba a medianoche.
El paseo dominical para ver y ser visto era conocido a finales del siglo XIX con el muy gráfico nombre de El Tontódromo.
Y, sí. Fue José Antonio Primo de Rivera quien nació a tiro de piedra del PP.
Hechas estas salvedades, cumplimos con el calendario con la cuarta y última toma sobre el asesinato de Kennedy.
Kenny O’Donell, la mano derecha de John Fitzgerald Kennedy, asomó la cabeza a la habitación número 13 donde se encontraba poco menos que recluido, bajo la atenta mirada vigilante del agente Rufus Youngblood, el vicepresidente Lyndon B. Johnson.
‑Esto tiene mala pinta –confesó‑. Creo que el Presidente ha muerto.
En ese momento, según todos los indicios, Johnson estaba sonado. El que verdaderamente pensaba era Youngblood. Desde el mismo momento en que había llegado al hospital Parkland, se había puesto a pensar en cómo y adónde marcharse con el vicepresidente echando leches. En su mente de agente del servicio secreto, y no me parece que le sea reprochable esa forma de pensar, el atentado había demostrado que Dallas era un lugar extremadamente peligroso. Con los años hemos llegado a acostumbrarnos a la idea de que el magnicidio pudo ser cometido por un solo loco gilipollas; pero en ese momento la idea era bastante inconcebible. Para Youngblood, lo que tenía que hacer Johnson era largarse del hospital e irse al aeródromo de Love Field, donde estaba el Air Force One, y montado en el pájaro regresar a Washington.
La tentativa, sin embargo, se encontró rápidamente con dificultades. La primera de ellas fue la resistencia de Godfrey McHugh. Como ayudante aeronáutico del presidente, le competía a él organizar el traslado y el vuelo y, simple y llanamente, se negó. McHugh fue uno de los miembros del equipo de Kennedy que aquella tarde se obstinaron en considerar que su fidelidad estaba con la persona de Kennedy y no con la institución. Llevó su fidelidad al cadáver hasta el punto de pasar casi todo el vuelo a Washington en posición de firmes, velando el ataúd.
Youngblood, sin embargo, tenía un as en la manga: su jefe estaba en Washington. En efecto, el jefe del destacamento del servicio secreto, Jerry Behn, no había acompañado al presidente aquella vez, y, dado de las comunicaciones eran problemáticas, eso le dio al agente secreto el espacio suficiente como para reaccionar. En ausencia de Behn, el jefe de los agentes era Roy Kellerman, es decir el que viajaba con Kennedy cuando le dispararon; sin embargo, Rufus Youngblood y Emory Roberts, el otro agente secreto que ya vimos que se había hecho rápidamente una composición de lugar, decidieron sacar a Johnson del hospital sin consultarle. ¿Increíble? Increíble. Pero cierto.
Los dos agentes chocaron, sin embargo, con las prevenciones de Johnson. El vicepresidente no se quería mover del hospital sin el consentimiento de algún miembro del equipo de Kennedy. Emory Roberts buscó a O’Donell y le consultó la intención de Johnson de irse del hospital; O’Donell asintió en silencio; sin embargo, la cosa no está nada clara, porque O’Donell declaró que, cuando se le consultó sobre la posibilidad de que Johnson tomase un avión y se fuera, en todo momento él había asumido que le hablaban del Air Force Two, el avión del vicepresidente; no del Air Force One. Johnson, sin embargo, sostuvo que fue O’Donell quien le pidió que se fuese en el Air Force One.
A la una y cuarto, O'Donell comunicó oficialmente a Johnson que Kennedy había muerto. En ese momento, el vicepresidente lo vio claro y dijo: nos vamos de aquí.
Así pues, las personas que ya estaban trabajando para Johnson se las arreglaron, muy probablemente, para que la gente de Kennedy creyese que se lo llevaban a la base de Carswell a pirarse de Texas en el Air Force Two; cuando, en realidad, se dirigía a Love Field a pillar el Air Force One; es decir, a dejar claro ante el mundo que ahora el presidente era él y que los cadáveres no mandan sobre naciones.
Johnson salió del Parkland con todo menos parafernalia: dos coches sin distintivos que cruzaron Dallas como sendos fantasmas. Por cierto que en uno de esos coches, sentado en las rodillas de un policía como un niño pequeño, iba una persona de la que aún no hemos hablado, pero que es fundamental en este cuadro: Ira Gearhart.
Casi desde que existen las tecnologías militares nucleares existen en Washington los tipos como Gearhart. Se los llama los hombres del maletín. Cada mañana, que yo sepa, el presidente de los Estados Unidos recibe una tarjeta y unas claves. Con esa tarjeta y con esas claves puede activar el disparo de armas nucleares, que no se puede producir sin su concurso. Evidentemente, el presidente no lleva encima el maletín donde va la máquina que dispara la bomba. Ese maletín lo lleva el hombre del maletín, el cual tiene que estar siempre a unos pocos metros del presidente.
Una constante de los magnicidios modernos contra presidentes de los Estados Unidos es que el hombre del maletín se ha despistado. Cuando un loco atentó contra Ronald Reagan, nadie se acordó del asunto del maletín hasta un rato después de que el Reagan hubiese llegado al hospital. Y, en el asesinato de Kennedy, el pobre Ira Gearhart, dado que el equipo del vicepresidente no le conocía, fue apartado de él y colocado en una habitación, la número ocho, donde al mismo tiempo hacían la cura a un negro herido. Allí lo encontró Emory Roberts después de un buen rato.
Johnson cruzó Dallas agachado por debajo del nivel de la ventanilla de su coche: Youngblood así le obligó.
El viaje fue de opereta. Como iban sin distintivos les era muy difícil no parar. Lo tuvieron que hacer al lado de un camión, los agentes se mosquearon, sacaron sus armas y casi matan de un infarto al pobre camionero. Luego encontraron una calle cortada por coches aparcados y se metieron por las aceras y el césped. Cansado de tanta milonga, el jefe de policía de Dallas, Curry, cagó toda la historia del incógnito haciendo sonar la sirena. Llegados a Love Field, se jugaron el cuello de nuevo, pues cruzaron la pista hacia el avión, violando todas las reglamentaciones civiles y militares. Eran un par de coches sonando sirenas y, claro, dentro iba el presidente de los Estados Unidos; pero, eso, ¿quién lo sabía? Si en el avión llega a haber agentes y se hubieran sentido amenazados, sabe Dios lo que habría podido pasar.
Johnson, sin embargo, no despegó. Ciertamente, cada vez veía las cosas con más claridad y tomaba decisiones más propias. Pero una de ellas fue no salir de Dallas sin Jackie Kennedy; y Jackie Kennedy, lógicamente, dejó bien claro que no saldría del hospital sin el cadáver de su marido.
Mientras en Parkland ocurría lo que luego contaremos, en Love Field se discutía ya sobre el juramento. Yo creo que Johnson no estaba muy convencido de jurar ya el cargo de presidente (algo que, como hemos visto ya, en realidad no puñetera falta hace); pero su entorno pronto le convenció. Cuando Johnson estuvo convencido, surgió otro problema: preguntó sobre la fórmula del juramento, y todos los que le rodeaban se dieron cuenta de que nadie sabía cómo cojones jura un presidente en esas circunstancias. Esto era algo que sólo podía resolver el ministro de Justicia.
O sea: Robert Fizgerald Kennedy. El hermano de la persona a la que Johnson iba a sustituir con ese juramento.
Johnson llamó a RFK a su casa de Hickory Hill, Virginia. Le preguntó si tenía objeción a que jurase el cargo inmediatamente. RFK se quedó muy sorprendido con la pregunta y opinó que preferiría que dicha ceremonia se aplazase hasta que el cadáver de su hermano estuviese en Washington. Johnson, sin embargo, no le hizo caso. Su cabeza funcionaba ya perfectamente. Y había tomado una decisión.
Robert Kennedy, pese a estar en desacuerdo con la decisión, obró con lealtad. Tal y como se había comprometido, consultó con su subsecretario, Nick Katzenbach, la gran duda de Johnson, esto es quién tenía que tomarle el juramento. Según Katzenbach, fino jurista y constitucionalista, cualquier persona con potestad para tomar juramento según las leyes federales o estatales podía hacerlo. El miembro de la Asesoría Jurídica del Ministerio Harold Reis confirmó dicha impresión, añadiendo un dato histórico que la corroboraba: a Calvin Coolidge le había tomado juramento su padre, que era juez de paz. También aclaró el otro misterio: el texto del juramento, dijo, está en la Constitución.
De nuevo, aquí hay versiones diferentes. Johnson sostuvo que cuando volvió a hablar con Kennedy para que le diese estos datos, el ministro de Justicia insistió en que debía jurar cagando leches. RFK no recordaba la conversación así.
Lo siguiente que hizo Johnson fue ponerse a la caza y captura de Sarah Hughes, una juez de distrito que había sido designada para dicho cargo precisamente gracias a las buenas artes del vicepresidente. Cuando la llamaron, su pasante informó de que estaba en paradero desconocido; la última vez que la habían visto, Hughes se dirigía al banquete del Trade Mart, es decir al acto al que se dirigía Kennedy cuando le dispararon. Finalmente, la localizaron llamando al fiscal Barefoot Sanders, que trabajaba en el mismo edificio que ella, y que subió las escaleras a toda hostia para avisarla.
Dado que ya he escrito mucho sobre este hecho y temo estar aburriéndoos, os evitaré el relato del viaje del Air Force One y las cosas que pasaron en Washington. Pero aún nos queda alguna cosa que contar del hospital; porque el cadáver de Kennedy sigue, en los momentos que relato, en Parkland. Las enfermeras Doris Nelson y Margaret Hinchcliffe lo han lavado y ya ha llegado el empresario de pompas fúnebres (Vernon Oneal) con el ataúd rápidamente escogido por la familia. En el hospital se producen aún algunas escenas surrealistas, como la del padre dominico Thomas M. Cain, que se ha presentado allí afirmando que tiene una reliquia de la cruz y que se dedica a dar vueltas por la Trauma Room primero y luego por los pasillos, como practicando extraños sortilegios.
Roy Kellerman, el coordinador de los agentes secretos, y el doctor George Burkley están en una sala de enfermeras, hablando por teléfono con Jerry Behn, el jefe del servicio secreto en Washington. En ese momento, un hombre pálido, pecoso y de mirada estrábica, entra en la sala, se les enfrenta y, muy fríamente, informa:
‑Ha habido un homicidio. No podrán salir de aquí hasta que se haya practicado la autopsia.
Ese tipo se llamaba Earl Rose y tenía, la verdad, un buen par de pelotas. Su cargo: inspector médico del condado de Dallas. Y, como inspector médico del condado de Dallas, tenía muy clara la situación: alguien había matado a alguien en Tejas y ahora unos tipos querían llevarse el cadáver fuera del Estado, contraviniendo sus leyes.
Tal vez, al leer esto, deis un respingo y penséis: joder, pero… ¡es que era el presidente! Pues no tendréis razón: era un asesinado más.
Cuando los hombres de Johnson llamaron a Barefoot Sanders para que localizase a la juez Hughes, éste, que no olvidéis que era fiscal del condado, estaba en su despacho sudando mierda. Sudaba mirando libros y precedentes, tratando de encontrar alguna manera de inculpar al asesino de Kennedy, quienquiera que fuese, de un delito federal. Pero, por increíble que os pueda parecer, a principios de los años sesenta (ahora no lo sé, la verdad), no existía en el acervo legal americano una ley que contemplase el asesinato del presidente. De hecho, desde principios del siglo XX el servicio secreto había pedido una ley que condenase explícitamente el asesinato del presidente, pero dicha ley no se había aprobado nunca hasta entonces. La única excepción existente en la ley es que el asesinato hubiese formado de una conspiración. Pero, claro, Oswald había actuado solo…
En consecuencia de todo ello, el asesino de Kennedy era, sí, culpable. Pero ante las leyes del Estado de Texas. Y el muerto, por lo tanto, también le pertenecía al Estado de Texas. O eso pesaba Rose, al menos.
Kellerman se enfrentó al funcionario:
‑Oiga, amigo. Hablamos del cadáver del presidente de los Estados Unidos, y nos lo vamos a llevar a Washington.
‑No es así como se hacen las cosas –respondió el legalista Rose‑. Cuando hay un homicidio, debe haber una autopsia.
‑Le repito que es el Presidente y nos lo llevamos.
[Inciso: Kellerman mentía, aún sin saberlo. John Fitzgerald Kennedy ya no era, en ese momento, presidente de nada.]
‑El cadáver se queda aquí.
‑Escuche, amigo. Me llamo Roy Kellerman y soy agente especial a cargo del Servicio Secreto de la Casa Blanca. Nos llevamos al presidente Kennedy a la capital.
‑Ustedes no se llevan el cadáver a ninguna parte –insistió Rose‑. Aquí hay una ley, y vamos a cumplirla.
Rose se cubrió las espaldas. Llamó a la oficina del comisario jefe de Dallas y a la sección de Homicidios de la policía. Ambos departamentos le confirmaron que debía haber una autopsia. Burkley y Kellerman se desgañitaban gritándole que se trataba del presidente de los Estados Unidos. Con un par, Rose les contestaba:
‑Eso es salirse por la tangente.
Finalmente, Rose habló con un fiscal del distrito, llamado Wade, más flexible que él; le recomendó que les dejara marchar. Pero Rose no se amilanó y siguió defendiendo su punto de vista.
El funcionario se colocó en la puerta de la habitación, bloqueándola. Los miembros del servicio secreto lo rodearon para inutilizarlo. Un policía de Dallas, como no podía ser de otra manera, acudió en ayuda del funcionario público en dificultades. Se mascaba la tragedia. Los hombres de Kennedy intentaron una salida por la comarcal: llamar a un juez de paz. El juez de paz vino, y dijo… que si se sospecha la producción de un homicidio, la autopsia es preceptiva según las leyes del Estado de Texas. Finalmente, fue la terquedad de las gentes de la Casa Blanca la que venció: Rose tuvo que hacerse a un lado.
Siempre he pensado que esta anécdota pudo cambiar el curso de la Historia del asesinato de JFK. Como sabréis todos los que os habéis interesado mínimamente por este hecho, la autopsia de JFK, y muy especialmente de su cerebro, es uno de los misterios de esta historia. Mucho menos misterio se habría producido si dicha autopsia, en lugar de haber sido realizada por los militares al regreso del cadáver, hubiese sido supervisada por el competente funcionario Earl Rose.
Y aquí lo dejo. Podría contar muchas más cosas, pero tienen ya, quizá, un interés menor. Y, además, hay otras historias esperando en el horno.
Hasta luego.
La Cibeles, en efecto, estuvo en sus inicios en perpendicular a como está ahora, mirando hacia Neptuno.
El primer edificio, que yo sepa, donde se izó la bandera republicana en Madrid el 14 de abril de 1931 fue el Palacio de Comunicaciones, hoy Ayuntamiento de Madrid.
La cuarta del Apolo, efectivamente, era la sesión golfa del teatro Apolo, que comenzaba a medianoche.
El paseo dominical para ver y ser visto era conocido a finales del siglo XIX con el muy gráfico nombre de El Tontódromo.
Y, sí. Fue José Antonio Primo de Rivera quien nació a tiro de piedra del PP.
Hechas estas salvedades, cumplimos con el calendario con la cuarta y última toma sobre el asesinato de Kennedy.
Kenny O’Donell, la mano derecha de John Fitzgerald Kennedy, asomó la cabeza a la habitación número 13 donde se encontraba poco menos que recluido, bajo la atenta mirada vigilante del agente Rufus Youngblood, el vicepresidente Lyndon B. Johnson.
‑Esto tiene mala pinta –confesó‑. Creo que el Presidente ha muerto.
En ese momento, según todos los indicios, Johnson estaba sonado. El que verdaderamente pensaba era Youngblood. Desde el mismo momento en que había llegado al hospital Parkland, se había puesto a pensar en cómo y adónde marcharse con el vicepresidente echando leches. En su mente de agente del servicio secreto, y no me parece que le sea reprochable esa forma de pensar, el atentado había demostrado que Dallas era un lugar extremadamente peligroso. Con los años hemos llegado a acostumbrarnos a la idea de que el magnicidio pudo ser cometido por un solo loco gilipollas; pero en ese momento la idea era bastante inconcebible. Para Youngblood, lo que tenía que hacer Johnson era largarse del hospital e irse al aeródromo de Love Field, donde estaba el Air Force One, y montado en el pájaro regresar a Washington.
La tentativa, sin embargo, se encontró rápidamente con dificultades. La primera de ellas fue la resistencia de Godfrey McHugh. Como ayudante aeronáutico del presidente, le competía a él organizar el traslado y el vuelo y, simple y llanamente, se negó. McHugh fue uno de los miembros del equipo de Kennedy que aquella tarde se obstinaron en considerar que su fidelidad estaba con la persona de Kennedy y no con la institución. Llevó su fidelidad al cadáver hasta el punto de pasar casi todo el vuelo a Washington en posición de firmes, velando el ataúd.
Youngblood, sin embargo, tenía un as en la manga: su jefe estaba en Washington. En efecto, el jefe del destacamento del servicio secreto, Jerry Behn, no había acompañado al presidente aquella vez, y, dado de las comunicaciones eran problemáticas, eso le dio al agente secreto el espacio suficiente como para reaccionar. En ausencia de Behn, el jefe de los agentes era Roy Kellerman, es decir el que viajaba con Kennedy cuando le dispararon; sin embargo, Rufus Youngblood y Emory Roberts, el otro agente secreto que ya vimos que se había hecho rápidamente una composición de lugar, decidieron sacar a Johnson del hospital sin consultarle. ¿Increíble? Increíble. Pero cierto.
Los dos agentes chocaron, sin embargo, con las prevenciones de Johnson. El vicepresidente no se quería mover del hospital sin el consentimiento de algún miembro del equipo de Kennedy. Emory Roberts buscó a O’Donell y le consultó la intención de Johnson de irse del hospital; O’Donell asintió en silencio; sin embargo, la cosa no está nada clara, porque O’Donell declaró que, cuando se le consultó sobre la posibilidad de que Johnson tomase un avión y se fuera, en todo momento él había asumido que le hablaban del Air Force Two, el avión del vicepresidente; no del Air Force One. Johnson, sin embargo, sostuvo que fue O’Donell quien le pidió que se fuese en el Air Force One.
A la una y cuarto, O'Donell comunicó oficialmente a Johnson que Kennedy había muerto. En ese momento, el vicepresidente lo vio claro y dijo: nos vamos de aquí.
Así pues, las personas que ya estaban trabajando para Johnson se las arreglaron, muy probablemente, para que la gente de Kennedy creyese que se lo llevaban a la base de Carswell a pirarse de Texas en el Air Force Two; cuando, en realidad, se dirigía a Love Field a pillar el Air Force One; es decir, a dejar claro ante el mundo que ahora el presidente era él y que los cadáveres no mandan sobre naciones.
Johnson salió del Parkland con todo menos parafernalia: dos coches sin distintivos que cruzaron Dallas como sendos fantasmas. Por cierto que en uno de esos coches, sentado en las rodillas de un policía como un niño pequeño, iba una persona de la que aún no hemos hablado, pero que es fundamental en este cuadro: Ira Gearhart.
Casi desde que existen las tecnologías militares nucleares existen en Washington los tipos como Gearhart. Se los llama los hombres del maletín. Cada mañana, que yo sepa, el presidente de los Estados Unidos recibe una tarjeta y unas claves. Con esa tarjeta y con esas claves puede activar el disparo de armas nucleares, que no se puede producir sin su concurso. Evidentemente, el presidente no lleva encima el maletín donde va la máquina que dispara la bomba. Ese maletín lo lleva el hombre del maletín, el cual tiene que estar siempre a unos pocos metros del presidente.
Una constante de los magnicidios modernos contra presidentes de los Estados Unidos es que el hombre del maletín se ha despistado. Cuando un loco atentó contra Ronald Reagan, nadie se acordó del asunto del maletín hasta un rato después de que el Reagan hubiese llegado al hospital. Y, en el asesinato de Kennedy, el pobre Ira Gearhart, dado que el equipo del vicepresidente no le conocía, fue apartado de él y colocado en una habitación, la número ocho, donde al mismo tiempo hacían la cura a un negro herido. Allí lo encontró Emory Roberts después de un buen rato.
Johnson cruzó Dallas agachado por debajo del nivel de la ventanilla de su coche: Youngblood así le obligó.
El viaje fue de opereta. Como iban sin distintivos les era muy difícil no parar. Lo tuvieron que hacer al lado de un camión, los agentes se mosquearon, sacaron sus armas y casi matan de un infarto al pobre camionero. Luego encontraron una calle cortada por coches aparcados y se metieron por las aceras y el césped. Cansado de tanta milonga, el jefe de policía de Dallas, Curry, cagó toda la historia del incógnito haciendo sonar la sirena. Llegados a Love Field, se jugaron el cuello de nuevo, pues cruzaron la pista hacia el avión, violando todas las reglamentaciones civiles y militares. Eran un par de coches sonando sirenas y, claro, dentro iba el presidente de los Estados Unidos; pero, eso, ¿quién lo sabía? Si en el avión llega a haber agentes y se hubieran sentido amenazados, sabe Dios lo que habría podido pasar.
Johnson, sin embargo, no despegó. Ciertamente, cada vez veía las cosas con más claridad y tomaba decisiones más propias. Pero una de ellas fue no salir de Dallas sin Jackie Kennedy; y Jackie Kennedy, lógicamente, dejó bien claro que no saldría del hospital sin el cadáver de su marido.
Mientras en Parkland ocurría lo que luego contaremos, en Love Field se discutía ya sobre el juramento. Yo creo que Johnson no estaba muy convencido de jurar ya el cargo de presidente (algo que, como hemos visto ya, en realidad no puñetera falta hace); pero su entorno pronto le convenció. Cuando Johnson estuvo convencido, surgió otro problema: preguntó sobre la fórmula del juramento, y todos los que le rodeaban se dieron cuenta de que nadie sabía cómo cojones jura un presidente en esas circunstancias. Esto era algo que sólo podía resolver el ministro de Justicia.
O sea: Robert Fizgerald Kennedy. El hermano de la persona a la que Johnson iba a sustituir con ese juramento.
Johnson llamó a RFK a su casa de Hickory Hill, Virginia. Le preguntó si tenía objeción a que jurase el cargo inmediatamente. RFK se quedó muy sorprendido con la pregunta y opinó que preferiría que dicha ceremonia se aplazase hasta que el cadáver de su hermano estuviese en Washington. Johnson, sin embargo, no le hizo caso. Su cabeza funcionaba ya perfectamente. Y había tomado una decisión.
Robert Kennedy, pese a estar en desacuerdo con la decisión, obró con lealtad. Tal y como se había comprometido, consultó con su subsecretario, Nick Katzenbach, la gran duda de Johnson, esto es quién tenía que tomarle el juramento. Según Katzenbach, fino jurista y constitucionalista, cualquier persona con potestad para tomar juramento según las leyes federales o estatales podía hacerlo. El miembro de la Asesoría Jurídica del Ministerio Harold Reis confirmó dicha impresión, añadiendo un dato histórico que la corroboraba: a Calvin Coolidge le había tomado juramento su padre, que era juez de paz. También aclaró el otro misterio: el texto del juramento, dijo, está en la Constitución.
De nuevo, aquí hay versiones diferentes. Johnson sostuvo que cuando volvió a hablar con Kennedy para que le diese estos datos, el ministro de Justicia insistió en que debía jurar cagando leches. RFK no recordaba la conversación así.
Lo siguiente que hizo Johnson fue ponerse a la caza y captura de Sarah Hughes, una juez de distrito que había sido designada para dicho cargo precisamente gracias a las buenas artes del vicepresidente. Cuando la llamaron, su pasante informó de que estaba en paradero desconocido; la última vez que la habían visto, Hughes se dirigía al banquete del Trade Mart, es decir al acto al que se dirigía Kennedy cuando le dispararon. Finalmente, la localizaron llamando al fiscal Barefoot Sanders, que trabajaba en el mismo edificio que ella, y que subió las escaleras a toda hostia para avisarla.
Dado que ya he escrito mucho sobre este hecho y temo estar aburriéndoos, os evitaré el relato del viaje del Air Force One y las cosas que pasaron en Washington. Pero aún nos queda alguna cosa que contar del hospital; porque el cadáver de Kennedy sigue, en los momentos que relato, en Parkland. Las enfermeras Doris Nelson y Margaret Hinchcliffe lo han lavado y ya ha llegado el empresario de pompas fúnebres (Vernon Oneal) con el ataúd rápidamente escogido por la familia. En el hospital se producen aún algunas escenas surrealistas, como la del padre dominico Thomas M. Cain, que se ha presentado allí afirmando que tiene una reliquia de la cruz y que se dedica a dar vueltas por la Trauma Room primero y luego por los pasillos, como practicando extraños sortilegios.
Roy Kellerman, el coordinador de los agentes secretos, y el doctor George Burkley están en una sala de enfermeras, hablando por teléfono con Jerry Behn, el jefe del servicio secreto en Washington. En ese momento, un hombre pálido, pecoso y de mirada estrábica, entra en la sala, se les enfrenta y, muy fríamente, informa:
‑Ha habido un homicidio. No podrán salir de aquí hasta que se haya practicado la autopsia.
Ese tipo se llamaba Earl Rose y tenía, la verdad, un buen par de pelotas. Su cargo: inspector médico del condado de Dallas. Y, como inspector médico del condado de Dallas, tenía muy clara la situación: alguien había matado a alguien en Tejas y ahora unos tipos querían llevarse el cadáver fuera del Estado, contraviniendo sus leyes.
Tal vez, al leer esto, deis un respingo y penséis: joder, pero… ¡es que era el presidente! Pues no tendréis razón: era un asesinado más.
Cuando los hombres de Johnson llamaron a Barefoot Sanders para que localizase a la juez Hughes, éste, que no olvidéis que era fiscal del condado, estaba en su despacho sudando mierda. Sudaba mirando libros y precedentes, tratando de encontrar alguna manera de inculpar al asesino de Kennedy, quienquiera que fuese, de un delito federal. Pero, por increíble que os pueda parecer, a principios de los años sesenta (ahora no lo sé, la verdad), no existía en el acervo legal americano una ley que contemplase el asesinato del presidente. De hecho, desde principios del siglo XX el servicio secreto había pedido una ley que condenase explícitamente el asesinato del presidente, pero dicha ley no se había aprobado nunca hasta entonces. La única excepción existente en la ley es que el asesinato hubiese formado de una conspiración. Pero, claro, Oswald había actuado solo…
En consecuencia de todo ello, el asesino de Kennedy era, sí, culpable. Pero ante las leyes del Estado de Texas. Y el muerto, por lo tanto, también le pertenecía al Estado de Texas. O eso pesaba Rose, al menos.
Kellerman se enfrentó al funcionario:
‑Oiga, amigo. Hablamos del cadáver del presidente de los Estados Unidos, y nos lo vamos a llevar a Washington.
‑No es así como se hacen las cosas –respondió el legalista Rose‑. Cuando hay un homicidio, debe haber una autopsia.
‑Le repito que es el Presidente y nos lo llevamos.
[Inciso: Kellerman mentía, aún sin saberlo. John Fitzgerald Kennedy ya no era, en ese momento, presidente de nada.]
‑El cadáver se queda aquí.
‑Escuche, amigo. Me llamo Roy Kellerman y soy agente especial a cargo del Servicio Secreto de la Casa Blanca. Nos llevamos al presidente Kennedy a la capital.
‑Ustedes no se llevan el cadáver a ninguna parte –insistió Rose‑. Aquí hay una ley, y vamos a cumplirla.
Rose se cubrió las espaldas. Llamó a la oficina del comisario jefe de Dallas y a la sección de Homicidios de la policía. Ambos departamentos le confirmaron que debía haber una autopsia. Burkley y Kellerman se desgañitaban gritándole que se trataba del presidente de los Estados Unidos. Con un par, Rose les contestaba:
‑Eso es salirse por la tangente.
Finalmente, Rose habló con un fiscal del distrito, llamado Wade, más flexible que él; le recomendó que les dejara marchar. Pero Rose no se amilanó y siguió defendiendo su punto de vista.
El funcionario se colocó en la puerta de la habitación, bloqueándola. Los miembros del servicio secreto lo rodearon para inutilizarlo. Un policía de Dallas, como no podía ser de otra manera, acudió en ayuda del funcionario público en dificultades. Se mascaba la tragedia. Los hombres de Kennedy intentaron una salida por la comarcal: llamar a un juez de paz. El juez de paz vino, y dijo… que si se sospecha la producción de un homicidio, la autopsia es preceptiva según las leyes del Estado de Texas. Finalmente, fue la terquedad de las gentes de la Casa Blanca la que venció: Rose tuvo que hacerse a un lado.
Siempre he pensado que esta anécdota pudo cambiar el curso de la Historia del asesinato de JFK. Como sabréis todos los que os habéis interesado mínimamente por este hecho, la autopsia de JFK, y muy especialmente de su cerebro, es uno de los misterios de esta historia. Mucho menos misterio se habría producido si dicha autopsia, en lugar de haber sido realizada por los militares al regreso del cadáver, hubiese sido supervisada por el competente funcionario Earl Rose.
Y aquí lo dejo. Podría contar muchas más cosas, pero tienen ya, quizá, un interés menor. Y, además, hay otras historias esperando en el horno.
Hasta luego.
martes, febrero 19, 2008
Un pequeño receso
Esta semana ando un poco liado con asuntos familiares y me parece que no le voy a poder meter mano al blog. Como sé que este rincón de la red tiene sus lectores fieles, me parece de justicia advertirlo. La serie Johnson VS JFK está muy madurita y pronto la terminaré, lo juro. Por lo demás, obran ya en mi poder un par de posts de Tiburcio en su nivel habitual. Estoy seguro que en cuanto pueda editarlos y colgarlos os van a encantar.
Mientras pasan estos días liadillos para mí, me gustaría dejaros dos cosas: una consulta y unas adivinanzas. La primera por necesidad. Las segundas por entretener.
La consulta es para aquellos lectores que estén, o que conozcan a alguien que está, en México. En España hay un par de páginas web interesantes para buscar libros de viejo. Me preguntaba si en México habría alguna referencia parecida. Estoy interesado en buscar algún libro que en España es inencontrable y que pienso que en México lo podría ser un poco más. Quien quiera responderme, puede hacerlo a mi dirección de correo.
Y luego, las adivinanzas. Son cinco preguntas relativas a Madrid, cada una con cuatro respuestas posibles. Espero que lo paséis bien tratando de adivinar las respuestas, o comprobando que las sabéis.
1.- Sin lugar a dudas, el monumento de Madrid por excelencia es la fuente de la Cibeles. Sin embargo, no siempre fue tal y como la vemos hoy. ¿En qué ha cambiado?
a. Originalmente, el carro iba tirado por tres leones, no dos.
b. La estatua llevaba originalmente en la mano un cetro real que fue quitado en tiempos de la República.
c. Estaba orientada de otra forma.
d. Su primera ubicación fue en los jardines de El Retiro.
2.- ¿Cuál fue el primer edificio oficial de Madrid en el que se izó, el 14 de abril de 1931, la bandera de la República?
a. La sede de Gobernación, actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol.
b. El Palacio de Comunicaciones.
c. El Palacio Real.
d. La Casa del Pueblo, en la calle Piamonte.
3.- A finales del siglo XIX, el summum del divertimento madrileño era conocido por todos como «la cuarta del Apolo». Pero, ¿qué era exactamente?
a. Era la cuarta sesión del teatro Apolo. Comenzaba frisando las doce de la noche.
b. Se llamaba así a la costumbre de beber una copa más (la cuarta) junto a una fuente que entonces existía en la plaza de la Cebada cuyo motivo era el dios Apolo. Se considera un precedente del actual botellón.
c. Consistía en que las mujeres asistían a una afamada y discreta cafetería, el Apolo, donde buscaban la compañía de amantes no profesionales, al estilo de lo que hacían (y no sé si siguen haciendo) las parisinas en La Coupole. Se decía «la cuarta» por el famoso dicho de «a la tercera va la vencida»: al Apolo iban las mujeres a las que, en materia de hombres, hasta la tercera les había fallado.
d. El Apolo era el seudónimo que recibía el tranvía de Madrid. En aquel entonces, los tranvías hacían tres trayectos completos y luego iban a cocheras. Tomar la cuarta del Apolo era, pues, tomar un tranvía que no pasaba. Así pues, la expresión era sinónima, simplemente, de irse de farra hasta la madrugada.
4.-Seguimos a finales del siglo XIX. En aquel entonces, lo lógico y lo chic para la burguesía madrileña, en la mañana de los domingos, era ir a misa a alguna de las variadas iglesias que había y hay por el área de Sol. Después, era común darse un paseo por la carrera de San Jerónimo y aledaños, buscando tanto ver como ser visto. ¿Cómo le llamaban los madrileños a ese paseo?
a. La Feria.
b. El Escaparate.
c. Las Cotorras.
d. El Tontódromo.
5.- ¿Qué famoso político nació en la calle Génova esquina a García Gutiérrez, como quien dice a tiro de piedra del PP?
a. Francisco Largo Caballero.
b. José Echegaray.
c. José Antonio Primo de Rivera.
d. Alberto Ruiz Gallardón.
Hala, a pasarlo bien.
Mientras pasan estos días liadillos para mí, me gustaría dejaros dos cosas: una consulta y unas adivinanzas. La primera por necesidad. Las segundas por entretener.
La consulta es para aquellos lectores que estén, o que conozcan a alguien que está, en México. En España hay un par de páginas web interesantes para buscar libros de viejo. Me preguntaba si en México habría alguna referencia parecida. Estoy interesado en buscar algún libro que en España es inencontrable y que pienso que en México lo podría ser un poco más. Quien quiera responderme, puede hacerlo a mi dirección de correo.
Y luego, las adivinanzas. Son cinco preguntas relativas a Madrid, cada una con cuatro respuestas posibles. Espero que lo paséis bien tratando de adivinar las respuestas, o comprobando que las sabéis.
1.- Sin lugar a dudas, el monumento de Madrid por excelencia es la fuente de la Cibeles. Sin embargo, no siempre fue tal y como la vemos hoy. ¿En qué ha cambiado?
a. Originalmente, el carro iba tirado por tres leones, no dos.
b. La estatua llevaba originalmente en la mano un cetro real que fue quitado en tiempos de la República.
c. Estaba orientada de otra forma.
d. Su primera ubicación fue en los jardines de El Retiro.
2.- ¿Cuál fue el primer edificio oficial de Madrid en el que se izó, el 14 de abril de 1931, la bandera de la República?
a. La sede de Gobernación, actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol.
b. El Palacio de Comunicaciones.
c. El Palacio Real.
d. La Casa del Pueblo, en la calle Piamonte.
3.- A finales del siglo XIX, el summum del divertimento madrileño era conocido por todos como «la cuarta del Apolo». Pero, ¿qué era exactamente?
a. Era la cuarta sesión del teatro Apolo. Comenzaba frisando las doce de la noche.
b. Se llamaba así a la costumbre de beber una copa más (la cuarta) junto a una fuente que entonces existía en la plaza de la Cebada cuyo motivo era el dios Apolo. Se considera un precedente del actual botellón.
c. Consistía en que las mujeres asistían a una afamada y discreta cafetería, el Apolo, donde buscaban la compañía de amantes no profesionales, al estilo de lo que hacían (y no sé si siguen haciendo) las parisinas en La Coupole. Se decía «la cuarta» por el famoso dicho de «a la tercera va la vencida»: al Apolo iban las mujeres a las que, en materia de hombres, hasta la tercera les había fallado.
d. El Apolo era el seudónimo que recibía el tranvía de Madrid. En aquel entonces, los tranvías hacían tres trayectos completos y luego iban a cocheras. Tomar la cuarta del Apolo era, pues, tomar un tranvía que no pasaba. Así pues, la expresión era sinónima, simplemente, de irse de farra hasta la madrugada.
4.-Seguimos a finales del siglo XIX. En aquel entonces, lo lógico y lo chic para la burguesía madrileña, en la mañana de los domingos, era ir a misa a alguna de las variadas iglesias que había y hay por el área de Sol. Después, era común darse un paseo por la carrera de San Jerónimo y aledaños, buscando tanto ver como ser visto. ¿Cómo le llamaban los madrileños a ese paseo?
a. La Feria.
b. El Escaparate.
c. Las Cotorras.
d. El Tontódromo.
5.- ¿Qué famoso político nació en la calle Génova esquina a García Gutiérrez, como quien dice a tiro de piedra del PP?
a. Francisco Largo Caballero.
b. José Echegaray.
c. José Antonio Primo de Rivera.
d. Alberto Ruiz Gallardón.
Hala, a pasarlo bien.
viernes, febrero 15, 2008
Johnson VS JFK (3)
Es aún la una de la tarde de aquel triste día de noviembre. Hace pues apenas media hora que han disparado contra el presidente. El doctor Kemp, que ha aparecido fugazmente en nuestro relato, acaba de tocar el hombro de su colega para convencerle de que abandone el masaje cardiaco que, en realidad, está aplicando a un cadáver. John Fitzgerald Kennedy ha muerto. Pero el país no lo sabe. El país entero, de una forma u otra, está agolpado en los alrededores del hospital, pero aún apenas sabe que el presidente ha entrado en el mismo tras haber recibido disparos. La confirmación final la tendrá, como anuncié en mi anterior post, de Dios.
Los padres Óscar Huber y James N. Thomson eran dos simples párrocos. El equivalente espiritual al pobre residente Carrico. Ellos no estaban destinados a dar la extrema unción a un presidente, pero tuvieron que hacerlo, o al menos uno de ellos, por el simple hecho de que parroquia era la más cercana en Dallas al Parkland Hospital.
Para la familia Kennedy, en realidad fue una suerte que el elegido fuese Huber. Los Kennedy eran católicos, y como católicos creían que una persona debe morir, como suelen rezar las esquelas, confortado por los sacramentos. Toda la liturgia de la extremaunción, en todo caso, plantea algún que otro problema filosófico y teológico, pues a veces la persona moribunda lo está tanto que es fácil dudar de que, en realidad, tenga la capacidad de arrepentirse de sus pecados y de recibir dichos sacramentos con consciencia. El problema para muchos creyentes es tan importante que los reyes leoneses de la Edad Media, cuando se sentían moribundos, aceptaban un ritual por el cual eran declarados muertos aún vivos; esto era así para evitar que, por esperar mucho, no muriesen en la Gracia.
El padre Huber fue un gran consuelo para Jackie Kennedy porque, al contrario de lo que podrían haber hecho otros en su lugar, no tenía ninguna duda sobre la efectividad de lo que iba a hacer. Había tenido, algunos años antes, que administrar la extremaunción a sus propios padres, un momento en el que el deseo por creer que los confortaba le había convencido de algo que creen muchos sacerdotes, y es que el alma tarda en abandonar el cuerpo, así pues cuando se administra la extremaunción a una persona cuyas constantes vitales son inexistentes, su alma todavía está ahí para recibirla.
Así las cosas, el padre Huber entró en la Trauma Room #1, donde le esperaba el cadáver de JFK, con media cara al aire porque una más de las cosas que no funcionaron aquella mañana es que la sábana que encontraron para cubrirle era demasiado corta. Destapó por completo la cabeza del hombre que ya miraba hacia ninguna parte, se colocó la estola púrpura y blanco, y pronunció la fórmula que conocía bien.
Si capax ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
Cuando el moribundo está consciente, la fórmula empieza por «ego». «Si capax» quiere decir algo así como «en caso de que te estés enterando». John Kennedy recibió una absolución de sus pecados condicionada a que realmente supiese que la estaba recibiendo. Si es así, es algo que sólo sabe él.
Luego sacó los santos óleos, mojó un pulgar en ellos, hizo la señal de la cruz en la frente del presidente, en sus ojos y en su boca, y declamó:
Per istam sanctam Unctionem, indulgeat tibi Dominus quidquid deliquisti. Amen.
Y terminó con la bendición apostólica
Ego facultate mihi ab Apostolica Sede tributa, indulgentiam plenariam et remissionem omnium pecatorum tibi concedo et benedico te. In nombre Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
El rito de la extremaunción es así de simple. Con un moribundo no se pueden montar grandes espectáculos. Sin embargo, el padre Huber hubo de enfrentarse con la incomprensión de sus testigos. El doctor George Burkley, que estaba presente con Jackeline y las enfermeras, protestó por lo corto que había sido todo y reclamó del cura que rezase algunas oraciones. Tiempo después, el padre Huber recordaría que, antes de empezar a rezar el Ave María, fue a arrodillarse cuando descubrió dos cosas: una, que el suelo de la sala estaba lleno de sangre, sangre del presidente y de las transfusiones recibidas; y, dos, que Jackeline ya se había arrodillado a pesar de ello. Se quedó de pie, aunque el padre Thomson, que se había retrasado aparcando el coche en el que habían venido, sí se arrodilló nada más entrar en la habitación. Los sentimientos de la viuda del presidente eran posiblemente muy visibles; Thomson recordaría bien que lo primero que hizo después de salir de la sala fue acercarse a ella y afirmarle que estaba seguro de que el alma de Kennedy estaba aún en su cuerpo, por lo que el sacramento había sido plenamente eficaz.
Saliendo del hospital, los sacerdotes fueron localizados por los periodistas. Rodearon su coche en demanda de noticias. Preguntaban si el presidente había muerto. Así pues, fue el padre Huber quien dio la noticia al mundo, el cristal de la ventanilla bajado, el gesto adusto, y una frase corta en los labios:
‑Sí, ha muerto. Eso es todo.
Era cosa de la una y cuarto de la tarde. Algunos periodistas sabían ya que el presidente había muerto y no tardarían en difundirlo de forma oficiosa. Mac Kilduff, el secretario de prensa de la Casa Blanca, sabía que tenía que difundirlo. Por eso se fue en busca de Ken O’Donnell, la mano derecha de JFK (si excluimos a su hermano Robert, claro) y, probablemente, el hombre para el cual la vida dio un giro más radical aquella mañana. Se lo consultó. O’Donell estuvo de acuerdo en que era necesario anunciar la muerte del presidente, pero matizó que eso es algo que Kilduff tendría que tratar con el presidente.
Y es que el hombre que esperaba ileso en la habitación número 13, escoltado por el agente Rufus Youngblood, era ya, de alguna manera, el presidente de los Estados Unidos de América; y, de alguna otra, no lo fue nunca. En el momento en que Kilduff le planteó la posibilidad de comparecer ante la prensa, Johnson ya se había hecho una composición de lugar, ayudado por la persona que más había mantenido fría la cabeza: Youngblood. Casi desde el primer disparo, el agente había decidido que LBJ debía salir del hospital, salir de Dallas, volver a Washington y tomar allí las riendas del poder. Probablemente aprovechó todos los minutos en los que otros estuvieron ocupados con JFK para comerle la oreja y convencerlo. Para cuando Kilduff entró en la habitación, el presidente ya estaba convencido. Pretextando que aún no se sabía si todo lo que había pasado era fruto de alguna gran conspiración comunista (esto fue lo que dijo: a LBJ, lógicamente, no se podía pasar por la cabeza que a JFK lo hubiesen matado radicales tejanos), estableció que su prioridad era regresar a Washington.
Y es en este punto donde tenemos que parar un poco para hablar de una cosita que se llama Derecho Constitucional.
Estoy seguro de que, si os pregunto a la mayoría de vosotros cuál es el primer acto que tiene que realizar un vicepresidente de los Estados Unidos tras la muerte del presidente, me diréis: jurar el cargo. De hecho, aquéllos de vosotros que conozcáis la historia que aquí os voy desgranando tendréis en la memoria la foto de Lyndon B. Johnson jurando su cargo en el Air Force One. Pero yo os contesto: ¿por qué? ¿Por qué tiene el vicepresidente que jurar nada? ¿Acaso no juró, el día que tomó posesión de su cargo vicepresidencial, defender la Constitución de los Estados Unidos y todo eso? ¿Para qué jurarlo dos veces? Pues la respuesta a esas preguntas tiene su miga.
Artículo 2, Sección Primera, Cláusula Quinta, de la Constitución de los Estados Unidos de América.
In case of the removal of the President from office, or of his death, resignation, or inability to discharge the powers and duties of the said Office, the same shall devolve on the Vice President (....)
Parece un texto de fácil traducción. Pero no lo es. La clave de la dificultad está en «the same». Es una expresión que significa «el mismo», pero también «los mismos», es decir es igual en singular o en plural; como lo es en femenino y en masculino; el inglés es idioma muy económico, y tiene estas putadas. Este hecho introduce una duda difícil de resolver en la Constitución americana, pues este artículo nos dice que en el caso de que el Presidente muera o sea relevado del cargo (por ejemplo por medio de un impeachment, como estaban a punto de hacer con Nixon cuando dimitió) o se vuelve loco o inútil para ejercer los poderes y responsabilidades inherentes al cargo de Presidente, the same será ejercido(s) por el vicepresidente. ¿A qué se refiere «the same»? ¿Al cargo de presidente o a los poderes y responsabilidades inherentes al mismo?
La pregunta no es ninguna coña. Si se refiere al cargo, entonces un vicepresidente que sucede a un presidente se convierte en presidente. Pero si se refiere a los poderes y responsabilidades, entonces un vicepresidente nunca deja de ser vicepresidente; nunca llega, por decirlo así, a ser presidente. Son muchos los constitucionalistas americanos que consideran que la intención de los redactores de la Constitución era precisamente ésta. Tiene lógica, de hecho, que los Franklin, Jefferson y compañía estuviesen a favor de un sistema en el que no pudiese llegar a ser presidente de Estados Unidos alguien que no ha sido votado para ello. De hecho, los historiadores nos dicen que este artículo de la Constitución estuvo redactado de forma que establecía que, en caso de muerte y bla bla bla, el vicepresidente actuaría en las funciones de presidente en tanto no se eligiese otro presidente. En los trabajosos tiempos del diseño constitucional, el texto acabó sin embargo por perder esta redacción tan prístina.
Para cuando a LBJ se le planteó el problema, habían pasado muchas cosas. Entre ellas, los precedentes. Y, por eso, en mi pasado post os retrotraía a una casita de Williamsburg, Virginia, donde un padre, en 1841, juega a las canicas con sus hijos.
Ese padre es John Tyler, vicepresidente de los Estados Unidos en la administración de William Henry Harrison, un presidente que se había destacado, antes de serlo, por sus campañas militares contra los indios del salvaje Oeste, a los que hizo la guerra. Harrison casi acababa de acceder al cargo cuando sufrió un enfriamiento que se complicó y le llevó a la muerte. Fue la primera vez que el sistema constitucional americano se encontró con la situación por la cual un presidente moría en el cargo.
Fue pues John Tyler la primera persona que sostuvo la idea de que un vicepresidente sucede a un presidente en plenitud del cargo, en contra de la probable intención de los padres de la Constitución, como acabamos de ver. Conspicuos juristas del país, entre ellos el ex presidente John Quincy Adams, se le enfrentaron por ello. Adams, de hecho, se refiere en su diario a Tyler como «ese señor que se llama a sí mismo Presidente, y no Vicepresidente en funciones de Presidente».
Tyler, sin embargo, fue a una política de hechos consumados. El vicepresidente, no sé si lo sabéis, no vive en la Casa Blanca. Vive cerca, pero lejos. En realidad, el vicepresidente de los Estados Unidos es o era (yo me sé mejor los tiempos de JFK que los actuales) una especie de realquilado. Todo es del presidente, desde los aviones hasta los coches; para usarlos, el vicepresidente debe pedir vez. El gesto de Tyler de irse a vivir a la famosa casita fue todo un símbolo de que era presidente. Y lo machacó con el asunto del juramento que, constitucionalmente, ni puñetera falta que hace.
Después de él, se han encontrado en la misma situación que Tyler: Millard Fillmore, Andrew Johnson, Chester Arthur, Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge, Harry Truman, Lyndon B. Johnson y Gerald Ford. Creo que no me dejo ninguno. Todos ellos pasaron a ser presidentes; ninguno fue discutido por ello. Ahí queda eso para todo aquél que piense que la costumbre no es una fuente del Derecho.
¿Por qué el juramento? Pues porque Tyler cayó en la cuenta de que el mismo artículo 2, en su sección Primera, cláusula séptima, estipula que el jefe del Ejecutivo debe jurar su fidelidad a la Constitución para poder ejercer el cargo. Aunque este prurito, ya lo he dicho, es una gilipollez, porque para llegar a ser vicepresidente hace falta (como es lógico) haber jurado respeto a la Carta Magna. El juramento es totalmente innecesario. Tyler se lo inventó para que Adams y los suyos no le tocasen los cojones. Y allí sigue. Por si alguno de vosotros no entendió lo de la inercia cuando se lo explicaron en clase de Física en el bachillerato, aquí tiene una ocasión de puta madre para entenderlo de una vez.
El 6 de abril de 1841, en el Indian Queen Hotel situado en la misma avenida de Pennsylvania de Washington, John Tyler juró su cargo como presidente de los Estados Unidos. William Cranch, presidente del Tribunal del Distrito de Columbia, fue quien le tomó el juramento y, consciente de que lo que estaba haciendo era una mamonada, declara en el documento que extendió que el propio jurador era consciente de que con las promesas hechas como vicepresidente era suficiente, pero que hacía este segundo juramento para mayor cautela y para despejar dudas. Este documento, sin embargo, estaba olvidado para cuando el siguiente vicepresidente se encontró en su situación; olvidados de la coyuntura, los sucesores de Tyler repitieron la ceremonia del juramento, consolidando una situación más que discutible en la que han llegado a la presidencia personas que no está nada claro que hubieran debido ocuparla.
Paradójicamente, la Historia recuerda a Tyler por dos cosas. Una, por masacrar a los indios semínolas. Y la otra, por anexionar a la Unión precisamente al estado donde JFK encontraría la muerte.
Nuestra historia es, cada vez menos, la historia de cómo Kennedy dejó de ser presidente. En el próximo post deberemos ocuparnos de cómo Johnson lo fue. Por el momento lo vamos a dejar en la habitación número 13 del hospital, tratando de hacerse a la idea de algo increíble. A las 12 y 33 minutos de aquella mañana, estaba acabado. El presidente había tenido que ir a Texas por un enfrentamiento cainita entre políticos demócratas que se suponía que él debía controlar. Nunca lo sabremos, pero es posible que estuviese pensando en la posibilidad de que JFK no contase con él para las siguientes elecciones que, según casi todo el mundo, tenía en el bolsillo. La popularidad de JFK en sus recorridos antes del asesinato le empujaba a ello: le empujaba a pensar que los tejanos le apreciaban a él por sí mismo, así pues le votarían.
12 y 33 minutos. Lyndon B. Johnson está acabado.
12 y 35 minutos. Lyndon B. Johnson es el POTUS; el presidente de los Estados Unidos de América.
Los padres Óscar Huber y James N. Thomson eran dos simples párrocos. El equivalente espiritual al pobre residente Carrico. Ellos no estaban destinados a dar la extrema unción a un presidente, pero tuvieron que hacerlo, o al menos uno de ellos, por el simple hecho de que parroquia era la más cercana en Dallas al Parkland Hospital.
Para la familia Kennedy, en realidad fue una suerte que el elegido fuese Huber. Los Kennedy eran católicos, y como católicos creían que una persona debe morir, como suelen rezar las esquelas, confortado por los sacramentos. Toda la liturgia de la extremaunción, en todo caso, plantea algún que otro problema filosófico y teológico, pues a veces la persona moribunda lo está tanto que es fácil dudar de que, en realidad, tenga la capacidad de arrepentirse de sus pecados y de recibir dichos sacramentos con consciencia. El problema para muchos creyentes es tan importante que los reyes leoneses de la Edad Media, cuando se sentían moribundos, aceptaban un ritual por el cual eran declarados muertos aún vivos; esto era así para evitar que, por esperar mucho, no muriesen en la Gracia.
El padre Huber fue un gran consuelo para Jackie Kennedy porque, al contrario de lo que podrían haber hecho otros en su lugar, no tenía ninguna duda sobre la efectividad de lo que iba a hacer. Había tenido, algunos años antes, que administrar la extremaunción a sus propios padres, un momento en el que el deseo por creer que los confortaba le había convencido de algo que creen muchos sacerdotes, y es que el alma tarda en abandonar el cuerpo, así pues cuando se administra la extremaunción a una persona cuyas constantes vitales son inexistentes, su alma todavía está ahí para recibirla.
Así las cosas, el padre Huber entró en la Trauma Room #1, donde le esperaba el cadáver de JFK, con media cara al aire porque una más de las cosas que no funcionaron aquella mañana es que la sábana que encontraron para cubrirle era demasiado corta. Destapó por completo la cabeza del hombre que ya miraba hacia ninguna parte, se colocó la estola púrpura y blanco, y pronunció la fórmula que conocía bien.
Si capax ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
Cuando el moribundo está consciente, la fórmula empieza por «ego». «Si capax» quiere decir algo así como «en caso de que te estés enterando». John Kennedy recibió una absolución de sus pecados condicionada a que realmente supiese que la estaba recibiendo. Si es así, es algo que sólo sabe él.
Luego sacó los santos óleos, mojó un pulgar en ellos, hizo la señal de la cruz en la frente del presidente, en sus ojos y en su boca, y declamó:
Per istam sanctam Unctionem, indulgeat tibi Dominus quidquid deliquisti. Amen.
Y terminó con la bendición apostólica
Ego facultate mihi ab Apostolica Sede tributa, indulgentiam plenariam et remissionem omnium pecatorum tibi concedo et benedico te. In nombre Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
El rito de la extremaunción es así de simple. Con un moribundo no se pueden montar grandes espectáculos. Sin embargo, el padre Huber hubo de enfrentarse con la incomprensión de sus testigos. El doctor George Burkley, que estaba presente con Jackeline y las enfermeras, protestó por lo corto que había sido todo y reclamó del cura que rezase algunas oraciones. Tiempo después, el padre Huber recordaría que, antes de empezar a rezar el Ave María, fue a arrodillarse cuando descubrió dos cosas: una, que el suelo de la sala estaba lleno de sangre, sangre del presidente y de las transfusiones recibidas; y, dos, que Jackeline ya se había arrodillado a pesar de ello. Se quedó de pie, aunque el padre Thomson, que se había retrasado aparcando el coche en el que habían venido, sí se arrodilló nada más entrar en la habitación. Los sentimientos de la viuda del presidente eran posiblemente muy visibles; Thomson recordaría bien que lo primero que hizo después de salir de la sala fue acercarse a ella y afirmarle que estaba seguro de que el alma de Kennedy estaba aún en su cuerpo, por lo que el sacramento había sido plenamente eficaz.
Saliendo del hospital, los sacerdotes fueron localizados por los periodistas. Rodearon su coche en demanda de noticias. Preguntaban si el presidente había muerto. Así pues, fue el padre Huber quien dio la noticia al mundo, el cristal de la ventanilla bajado, el gesto adusto, y una frase corta en los labios:
‑Sí, ha muerto. Eso es todo.
Era cosa de la una y cuarto de la tarde. Algunos periodistas sabían ya que el presidente había muerto y no tardarían en difundirlo de forma oficiosa. Mac Kilduff, el secretario de prensa de la Casa Blanca, sabía que tenía que difundirlo. Por eso se fue en busca de Ken O’Donnell, la mano derecha de JFK (si excluimos a su hermano Robert, claro) y, probablemente, el hombre para el cual la vida dio un giro más radical aquella mañana. Se lo consultó. O’Donell estuvo de acuerdo en que era necesario anunciar la muerte del presidente, pero matizó que eso es algo que Kilduff tendría que tratar con el presidente.
Y es que el hombre que esperaba ileso en la habitación número 13, escoltado por el agente Rufus Youngblood, era ya, de alguna manera, el presidente de los Estados Unidos de América; y, de alguna otra, no lo fue nunca. En el momento en que Kilduff le planteó la posibilidad de comparecer ante la prensa, Johnson ya se había hecho una composición de lugar, ayudado por la persona que más había mantenido fría la cabeza: Youngblood. Casi desde el primer disparo, el agente había decidido que LBJ debía salir del hospital, salir de Dallas, volver a Washington y tomar allí las riendas del poder. Probablemente aprovechó todos los minutos en los que otros estuvieron ocupados con JFK para comerle la oreja y convencerlo. Para cuando Kilduff entró en la habitación, el presidente ya estaba convencido. Pretextando que aún no se sabía si todo lo que había pasado era fruto de alguna gran conspiración comunista (esto fue lo que dijo: a LBJ, lógicamente, no se podía pasar por la cabeza que a JFK lo hubiesen matado radicales tejanos), estableció que su prioridad era regresar a Washington.
Y es en este punto donde tenemos que parar un poco para hablar de una cosita que se llama Derecho Constitucional.
Estoy seguro de que, si os pregunto a la mayoría de vosotros cuál es el primer acto que tiene que realizar un vicepresidente de los Estados Unidos tras la muerte del presidente, me diréis: jurar el cargo. De hecho, aquéllos de vosotros que conozcáis la historia que aquí os voy desgranando tendréis en la memoria la foto de Lyndon B. Johnson jurando su cargo en el Air Force One. Pero yo os contesto: ¿por qué? ¿Por qué tiene el vicepresidente que jurar nada? ¿Acaso no juró, el día que tomó posesión de su cargo vicepresidencial, defender la Constitución de los Estados Unidos y todo eso? ¿Para qué jurarlo dos veces? Pues la respuesta a esas preguntas tiene su miga.
Artículo 2, Sección Primera, Cláusula Quinta, de la Constitución de los Estados Unidos de América.
In case of the removal of the President from office, or of his death, resignation, or inability to discharge the powers and duties of the said Office, the same shall devolve on the Vice President (....)
Parece un texto de fácil traducción. Pero no lo es. La clave de la dificultad está en «the same». Es una expresión que significa «el mismo», pero también «los mismos», es decir es igual en singular o en plural; como lo es en femenino y en masculino; el inglés es idioma muy económico, y tiene estas putadas. Este hecho introduce una duda difícil de resolver en la Constitución americana, pues este artículo nos dice que en el caso de que el Presidente muera o sea relevado del cargo (por ejemplo por medio de un impeachment, como estaban a punto de hacer con Nixon cuando dimitió) o se vuelve loco o inútil para ejercer los poderes y responsabilidades inherentes al cargo de Presidente, the same será ejercido(s) por el vicepresidente. ¿A qué se refiere «the same»? ¿Al cargo de presidente o a los poderes y responsabilidades inherentes al mismo?
La pregunta no es ninguna coña. Si se refiere al cargo, entonces un vicepresidente que sucede a un presidente se convierte en presidente. Pero si se refiere a los poderes y responsabilidades, entonces un vicepresidente nunca deja de ser vicepresidente; nunca llega, por decirlo así, a ser presidente. Son muchos los constitucionalistas americanos que consideran que la intención de los redactores de la Constitución era precisamente ésta. Tiene lógica, de hecho, que los Franklin, Jefferson y compañía estuviesen a favor de un sistema en el que no pudiese llegar a ser presidente de Estados Unidos alguien que no ha sido votado para ello. De hecho, los historiadores nos dicen que este artículo de la Constitución estuvo redactado de forma que establecía que, en caso de muerte y bla bla bla, el vicepresidente actuaría en las funciones de presidente en tanto no se eligiese otro presidente. En los trabajosos tiempos del diseño constitucional, el texto acabó sin embargo por perder esta redacción tan prístina.
Para cuando a LBJ se le planteó el problema, habían pasado muchas cosas. Entre ellas, los precedentes. Y, por eso, en mi pasado post os retrotraía a una casita de Williamsburg, Virginia, donde un padre, en 1841, juega a las canicas con sus hijos.
Ese padre es John Tyler, vicepresidente de los Estados Unidos en la administración de William Henry Harrison, un presidente que se había destacado, antes de serlo, por sus campañas militares contra los indios del salvaje Oeste, a los que hizo la guerra. Harrison casi acababa de acceder al cargo cuando sufrió un enfriamiento que se complicó y le llevó a la muerte. Fue la primera vez que el sistema constitucional americano se encontró con la situación por la cual un presidente moría en el cargo.
Fue pues John Tyler la primera persona que sostuvo la idea de que un vicepresidente sucede a un presidente en plenitud del cargo, en contra de la probable intención de los padres de la Constitución, como acabamos de ver. Conspicuos juristas del país, entre ellos el ex presidente John Quincy Adams, se le enfrentaron por ello. Adams, de hecho, se refiere en su diario a Tyler como «ese señor que se llama a sí mismo Presidente, y no Vicepresidente en funciones de Presidente».
Tyler, sin embargo, fue a una política de hechos consumados. El vicepresidente, no sé si lo sabéis, no vive en la Casa Blanca. Vive cerca, pero lejos. En realidad, el vicepresidente de los Estados Unidos es o era (yo me sé mejor los tiempos de JFK que los actuales) una especie de realquilado. Todo es del presidente, desde los aviones hasta los coches; para usarlos, el vicepresidente debe pedir vez. El gesto de Tyler de irse a vivir a la famosa casita fue todo un símbolo de que era presidente. Y lo machacó con el asunto del juramento que, constitucionalmente, ni puñetera falta que hace.
Después de él, se han encontrado en la misma situación que Tyler: Millard Fillmore, Andrew Johnson, Chester Arthur, Theodore Roosevelt, Calvin Coolidge, Harry Truman, Lyndon B. Johnson y Gerald Ford. Creo que no me dejo ninguno. Todos ellos pasaron a ser presidentes; ninguno fue discutido por ello. Ahí queda eso para todo aquél que piense que la costumbre no es una fuente del Derecho.
¿Por qué el juramento? Pues porque Tyler cayó en la cuenta de que el mismo artículo 2, en su sección Primera, cláusula séptima, estipula que el jefe del Ejecutivo debe jurar su fidelidad a la Constitución para poder ejercer el cargo. Aunque este prurito, ya lo he dicho, es una gilipollez, porque para llegar a ser vicepresidente hace falta (como es lógico) haber jurado respeto a la Carta Magna. El juramento es totalmente innecesario. Tyler se lo inventó para que Adams y los suyos no le tocasen los cojones. Y allí sigue. Por si alguno de vosotros no entendió lo de la inercia cuando se lo explicaron en clase de Física en el bachillerato, aquí tiene una ocasión de puta madre para entenderlo de una vez.
El 6 de abril de 1841, en el Indian Queen Hotel situado en la misma avenida de Pennsylvania de Washington, John Tyler juró su cargo como presidente de los Estados Unidos. William Cranch, presidente del Tribunal del Distrito de Columbia, fue quien le tomó el juramento y, consciente de que lo que estaba haciendo era una mamonada, declara en el documento que extendió que el propio jurador era consciente de que con las promesas hechas como vicepresidente era suficiente, pero que hacía este segundo juramento para mayor cautela y para despejar dudas. Este documento, sin embargo, estaba olvidado para cuando el siguiente vicepresidente se encontró en su situación; olvidados de la coyuntura, los sucesores de Tyler repitieron la ceremonia del juramento, consolidando una situación más que discutible en la que han llegado a la presidencia personas que no está nada claro que hubieran debido ocuparla.
Paradójicamente, la Historia recuerda a Tyler por dos cosas. Una, por masacrar a los indios semínolas. Y la otra, por anexionar a la Unión precisamente al estado donde JFK encontraría la muerte.
Nuestra historia es, cada vez menos, la historia de cómo Kennedy dejó de ser presidente. En el próximo post deberemos ocuparnos de cómo Johnson lo fue. Por el momento lo vamos a dejar en la habitación número 13 del hospital, tratando de hacerse a la idea de algo increíble. A las 12 y 33 minutos de aquella mañana, estaba acabado. El presidente había tenido que ir a Texas por un enfrentamiento cainita entre políticos demócratas que se suponía que él debía controlar. Nunca lo sabremos, pero es posible que estuviese pensando en la posibilidad de que JFK no contase con él para las siguientes elecciones que, según casi todo el mundo, tenía en el bolsillo. La popularidad de JFK en sus recorridos antes del asesinato le empujaba a ello: le empujaba a pensar que los tejanos le apreciaban a él por sí mismo, así pues le votarían.
12 y 33 minutos. Lyndon B. Johnson está acabado.
12 y 35 minutos. Lyndon B. Johnson es el POTUS; el presidente de los Estados Unidos de América.
miércoles, febrero 13, 2008
Johnson VS JFK (2)
Seguimos en Dallas. En la Dealey Plaza. Acaban de disparar al presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy. Su coche cruza las calles que teóricamente iba a cruzar lentamente a toda velocidad, camino del hospital más céntrico de la ciudad, el Parkland. Las personas que piensan que la vida es una película de cine quizá piensen que allí todo funcionará como un reloj, como de hecho ocurre en las pelis. No obstante, la realidad es un poco diferente.
Aunque, en medio del caos, lo primero que pasa es que hay personas que saben guardar la frialdad.
En el coche Halfback que circulaba detrás del del presidente, como he dicho, viajan varios miembros del servicio secreto. Entre ellos está Emory Roberts, un antiguo policía de Baltimore que es, probablemente, la primera persona que consigue mantener la mente fría en medio de aquel caos. Apenas hace cuatro o cinco segundos que han disparado contra el presidente. Pero Roberts es un policía experimentado, lo ha visto todo (probablemente, estaba mirando hacia la cabeza del presidente cuando se la reventaron) y sabe lo que ha pasado. Por eso, no puede detener a Clint Hill, que tiene más reflejos que él pero, cuando un segundo agente del coche, Jack Ready, hace honor a su apellido y se dispone a saltar del vehículo, le ordena:
‑¡No vayas, Jack!
Ready obedece, no sin renuencia. El coche gana velocidad detrás del de Kennedy, camino del hospital. Fríamente, Roberts le dice a Bill McIntyre, otro agente:
‑Le han matado. Tú y Bennet [otro agente], haceos cargo de Johnson tan pronto como nos detengamos.
En ese momento, doce y treinta y uno de la mañana, el corazón de John Fitzgerald Kennedy todavía late, aunque, probablemente, su muerte cerebral ya es un hecho (los testimonios coinciden en que sus pupilas estaban ya fijas). Pero Emory Roberts sabe cuál es su obligación: a rey muerto, rey puesto.
Y no será el único agente del servicio secreto que entenderá así las cosas. En el coche donde viajan Johnson, su mujer y un crecientemente histérico Yarborough, el agente especial Rufus Youngblood ha obligado al vicepresidente a echarse al suelo. Antes de que llegue la tarde (por lo menos en horario español), Youngblood tendrá actuaciones de nuevo muy importantes en este embrollo.
Muy pocos segundos después del atentado, cuando la comitiva va ya cagando leches hacia el Parkland Hospital pero todavía se encuentra en Elm Street, se produce una violenta pelea en el séptimo vehículo de la comitiva. Es el coche donde va Mac Kilduff, secretario de prensa de Kennedy, con cuatro periodistas escogidos. Entre éstos se encuentran los dos representantes de las grandes agencias de prensa estadounidenses: Merriman Smith, de la UPI, y Jack Bell, de la Associated Press.
Los periodistas suelen decir: en la vida como hermanos, y en la profesión como gitanos. Un periodista realmente competitivo no sólo conseguirá la exclusiva, sino que tratará de retardar el momento en que otros la compartan. Smith era un perro periodístico de la más pura raza, y apenas unos segundos le bastaron para darse cuenta de lo que había pasado. El coche de la prensa llevaba un solo teléfono, el único de que disponían aquellos periodistas (hace cuarenta años no había más teléfono móvil que estos aparatosos terminales de coche). Así pues, lo que hizo fue coger el terminal antes que nadie, dictar a su oficina de Dallas la noticia urgente… y embarcarse, después, en una interminable serie de comprobaciones con la secretaria, con el objeto de no colgar y no dar la oportunidad a Bell de enviar su noticia. Bell se puso violento, tanto que Smith tuvo que guardar el teléfono entre sus rodillas y ovillarse bajo el asiento para no perderlo. Así que ya podéis imaginar la caravana que cruza Dallas a toda velocidad: en el primer coche, el presidente con la cabeza reventada; en el segundo, los escoltas del servicio secreto haciendo cálculos con el muerto. En el coche del vicepresidente, éste se está incorporando trabajosamente desde el suelo del auto. Y, en el coche de la prensa, dos reporteros se dan de hostias.
Para cuando Smith soltó el teléfono y se lo dio a Bell, el aparato había dejado de funcionar. La UPI dio la primera noticia de los disparos a las 12 horas y 34 minutos. Tan sólo dos minutos después de que Kennedy fuese asesinado y dos minutos antes de que la comitiva llegase al hospital.
Lo que siguió demuestra que las películas son eso, películas. En el cine y en la televisión, cuando alguien llega gritando al departamento de urgencias de un hospital todo dios reacciona con una exactitud de relojero. Sin embargo, en el departamento de urgencias de Parkland el presidente de los Estados Unidos (repetimos: el presidente de los Estados Unidos) tuvo que esperar seis minutos, desangrándose por la cabeza, antes de que apareciesen unos camilleros. En realidad daba igual, porque su recuperación era imposible. Pero el retraso está ahí. Para cuando llegaron los celadores, se afanaron tanto en atender al cadáver que prácticamente se olvidaron de Connally, que sangraba porcinamente, estaba vivo y tenía salvación (de hecho, se salvó).
La siguiente dificultad fue Jackie Kennedy. Cuando llegó la camilla, ella seguía abrazada a su marido y no mostraba signos de soltarlo. El agente del servicio secreto Clint Hill se subió al estribo del Lincoln y trató de razonar con ella. Pero la primera dama (aunque, en puridad, ya casi no lo era) se obstinaba en decir que su marido estaba muerto y que, por lo tanto, tanta prisa daba igual. Hill acabó por darse cuenta del problema de Jackeline. Al presidente le faltaba por lo menos un tercio de cabeza, ella lo había visto y no quería que el mundo lo viese. El agente se sacó su propia chaqueta, se la ofreció a la primera dama y ésta envolvió con ella la cabeza de su marido. Sólo entonces consintió que se lo llevasen.
En medio de una locura en la que nadie parecía mantener la calma, algunas personas lo hicieron. Ya hemos hablado de Emory Roberts. Pero también merece un recuerdo Art Bates, un oficial del ejército al servicio de la Casa Blanca, que se dio cuenta inmediatamente de la importancia de las comunicaciones telefónicas. Siempre que el presidente se desplazaba de Washington, la Casa Blanca creaba una centralita desplazada en algún hotel (en aquel caso, en el Sheraton Dallas) que garantizaba las conexiones con la capital. Sin embargo, la centralita del hospital sólo tenía doce líneas, que pronto mostraron tendencia a colapsarse, sobre todo por la cantidad de freaks y gilipollas varios que se dedicaron a llamar para contar estupideces sobre el presidente y su curación. Bates, espíritu ordenado, cogió a una serie de militares y los fue distribuyendo por el hospital. Teléfono que veían, teléfono que cogían. Marcaban el 9. Lo volvían a marcar cuantas veces hiciera falta hasta conseguir línea. Entonces llamaban al Sheraton y contactaban con la Casa Blanca. Una vez hecho esto, alguien se quedaba con el teléfono en la mano, sin colgar, para garantizar la conexión. De esta manera, el equipo presidencial nunca estuvo incomunicado aquella mañana.
El ingreso de John Fitzgerald Kennedy en el Parkland Hospital figura en la documentación a las 12.38, con el diagnóstico GSW, gun shot wound o herida por arma de fuego. A continuación, figura el ingreso de una mujer blanca que sangraba por un labio, luego una mujer negra con dolores abdominales y, finalmente, Connally.
Kennedy fue introducido en la llamada Trauma Room número 1. Allí, las enfermeras Diana Brown y Margaret Hinchcliffe lo desnudaron hasta dejarlo sólo con su ropa interior. Uno piensa que luego entró en la sala el más supermegacatedrático de medicina del mundo mundial tejano; al fin y al cabo, era el presidente. Pero no fue así. El médico que atendió a JFK se llamaba Carles J. Carrico y, si vive hoy, no tiene ni setenta años, porque entonces tenía 24 y llevaba tan sólo dos añitos de puto residente en aquel hospital. En nuestro lenguaje, pues: quien asumió la responsabilidad (imposible) de reanimar al presidente de los Estados Unidos fue un MIR.
Carrico observó que Kennedy carecía ya de pulso y presión sanguínea, pero que, sin embargo, su corazón seguía bombeando débilmente. Técnicamente, aún estaba vivo. Así pues, le introdujo un tubo por la tráquea, para facilitar la respiración, y le instiló por vía intravenosa sal de ácido láctico.
Pronto hubo cosa de quince médicos metidos en el box, que parecía el camarote de los Hermanos Marx. Finalmente, tras mucho porfiar, sólo se quedaron los tres que eran necesarios: Malcolm Perry, cirujano; el almirante George Burkley, médico personal de Kennedy y que conocía su historial nada sencillo (el presidente sufría de melasma suprarrenal o Enfermedad de Addison); y Marion T. Jenkins, jefa de anestesiología del hospital.
Se hizo lo que se pudo, aunque con escasas esperanzas. Se le transfundió sangre, pero lo que se le metía por la pierna salía por la cabeza a borbotones, anegando el suelo del box. Buckley le aplicó las dosis de hidrocortisona indicadas para un enfermo como Kennedy. Se le colocaron dos drenajes en los espacios pleurales para extraer las secreciones del tórax que podían anegar los pulmones. Perry, observando que el tubo colocado por Carrico no realizaba su función, le hizo una traqueotomía a JFK. Y, finalmente, como medida desesperada, le aplicó al pecho de Kennedy un masaje torácico de diez minutos, sin éxito.
Para entonces, Jackeline estaba también dentro de la habitación. A pesar de las reticencias de la jefa de enfermeras, Doris Nelson, que guardaba la entrada del box, consiguió convencerla de que tenía derecho a estar con su marido en el momento en que muriese.
Era la una de la tarde cuando Kemp Clark, neurocirujano que casi acababa de entrar en el box, tocó el hombro de Perry y le dijo:
‑Es demasiado tarde, Mac.
El corazón de JFK, el último órgano que le funcionó, acababa de pararse para siempre.
Pocos minutos más tarde, en Washington se producía la escena quizás más chusca de toda esta historia; la escena en la que un miembro del servicio secreto huyó de un mediopensionista.
El día que mataron a Kennedy no fue un día especial sólo para él. También lo era para su hija Caroline, que entonces tenía seis años. La noche después del día que mataron a su padre tenía que ser la primera que Caroline durmiese fuera de casa con su amiga Agatha Pozen. La madre de dicha amiga, Liz Pozen, era la encargada de llevársela a su pequeña aventura infantil. Claro que Lyric, como la denominaba el servicio secreto (los miembros de la familia presidencial tenían todos motes iniciados por L; JFK era Lancer, Lancero) no podía ir sola, y es por eso que el coche de la señora Pozen fue seguido por un Ford del servicio secreto, conducido por el agente Tom Wells.
Cosa de media hora o cuarenta minutos después del último disparo de Oswald OQF, Liz Pozen conducía su coche monovolumen cargado de críos, entre ellos la hija del presidente de los Estados Unidos y su propia hija. Le mosqueó que los niños se callaron y, con ese sexto sentido de las madres experimentadas, pensó que estaban aburriéndose y, por lo tanto, al borde de empezar a montar bulla. Fue por eso que decidió poner la radio para entretenerlos con la música. Nada más activar el dial, una voz dijo por los altavoces:
‑(…) recibió un disparo en la cabeza y su esposa Jackie (…)
De mente rápida, la señora Pozen se hizo una composición de lugar en unas décimas de segundo, y apagó la radio.
Algunos metros por detrás del coche, Tom Wells tampoco tenía una información definitiva. Por la radio de su coche, escuchó que se había disparado contra la comitiva presidencial en Dallas, pero poco más. Entonces las noticias aún eran confusas y la conexión telefónica con el Parkland Hospital, difícil.
En el primer semáforo en rojo, ambos conductores se bajaron para conferenciar. Decidieron seguir adelante. Una vez en el coche, Wells activó la radio del servicio secreto y llamó a la central:
‑Corona, Corona. Aquí Ostentoso. Denme instrucciones sobre Lyric en vista de la situación en Dallas.
Corona, o sea la residencia presidencial de la Casa Blanca, tampoco tenía mucha información precisa. Sólo pudieron contestarle con un escueto «permanezca a la escucha». De hecho, eran momentos en los que las radios, alimentadas por la UPI, tenían informaciones más precisas que el propio servicio secreto.
En Chevy Chase, donde Liz Pozen tenía que dejar a un niño, policía y madre celebraron una segunda conferencia y decidieron seguir. Pero Wells era un tipo listo. Él solo llegó a la conclusión más lógica: fuese o no del todo cierta la información que recibía, lo que estaba claro es que en Dallas habían atentado contra el presidente. Eso podía ser un loco gilipollas, o podía ser una conspiración de altos vuelos del tipo de las que enfrenta el agente Jack Bauer en la serie 24. Lo mismo los rusos, los chinos o los calagurritanos estaban, en ese momento, lanzando comandos por Washington para apiolarse a todo Kennedy que viesen. Así pues, pasó de la actitud pasiva a la activa. Comunicó con su jefe y le dijo:
‑A menos que me des la orden contraria, me llevo a Lyric a Corona (la Casa Blanca).
En la tercera parada, Wells se encontró con el problema de Liz Pozen. Aquella mujer era brava y también sabía pensar. Terroristas o no, nadie podía saber que Caroline Kennedy se iba de pijamada aquel día, ni a dónde, ni con quién. Argumentaba que, en realidad, con quien estaba más segura la niña era con ella. Pero con el servicio secreto no se argumenta. Wells estaba histérico (estaba tan nervioso que, siendo la parada en cuesta, se le olvidó poner el freno de mano de su coche y tuvo que salir corriendo para recuperarlo), pero se mantuvo firme. Prueba de esta situación de cierto desvarío es que estuvo relativamente brusco con la niña; prácticamente, la informó de que debía volver a casa de la misma forma que lo hubiese hecho con un adulto, motivo por el cual la niña se cogió un rebote importante. Luego, una vez en el coche, no sabía tomar la dirección correcta hasta que Liz Pozen se la indicó.
Uno de los misterios que aquella anécdota es qué sabía Caroline. Quizá la radio activada por Liz Pozen dijo algo más de lo que ella recuerda. Lo cierto es que, una vez en el coche, preguntó por qué tenían que volver a casa. Antes de que Wells inventase algo, sentenció: «No importa; ya lo sé». Sin embargo, probablemente fue una frase sin mucho sentido. Horas después, cuando la institutriz de Caroline le informó de que papá se había tenido que ir al Cielo porque allí Patrick estaba muy solo (Patrick era el tercer hijo de los Kennedy, que había muerto prácticamente al nacer apenas unas semanas antes del atentado), Caroline lloró, según los testimonios, como si realmente no supiese nada. Por lo que respecta a su hermano pequeño, John-John, era tan pequeño que apenas se enteró bien de las cosas; inmediatamente después de afirmar que había entendido que su padre se había ido al Cielo, preguntaba cuándo volvería.
En Rock Creek Parkway, el Ford de Wells en el que viajaba Caroline de copiloto sobrepasó a un coche verde. En dicho coche, según el relato de Wells, viajaba un hombre de mediana edad, gordo y con una chaqueta de leñador; el típico medioburgués americano. El hombre, al pasar el coche, miró y, según sus gestos, reconoció a Caroline. Hoy en día los menores hijos de la gente famosa no son conocidos porque su imagen está protegida y nunca o casi nunca salen en la televisión; pero entonces, la imagen de los hijos de un presidente de los Estados Unidos estaba constantemente en las revistas y televisiones; eran rostros tan populares como sus padres.
La situación para este hombre innominado nos la podemos imaginar. Una mañana nos enteramos de que han atentado contra el presidente de nuestro gobierno y, en un semáforo, vemos de repente un coche sin marcas ni distintivos, en el que viaja un hombre con aspecto de estresado acompañado de la mujer del presidente. En medio de una psicosis conspirativa, es fácil imaginar que puede estar secuestrada.
Aquel hombre decidió arriesgarse y seguir al coche.
Por su parte, Wells tampoco las tenía todas consigo con que el extraño hombre leñador fuese tan sólo un buen ciudadano patriota. Quizá formaba parte de la conspiración anti-Kennedy. Así que salió echando leches por la calle y, afortunadamente, antes de llegar a Corona, lo perdió.
Y aún quedan cosas. Por ejemplo: ¿quién confirmó definitivamente al mundo que el presidente estaba muerto? Pues quien lo sabe todo, o sea Dios. O: exactamente, ¿qué delito había cometido Oswald OQF? No os precipitéis en responder, que la pregunta tiene mucha más miga de la que parece. También me queda por contar la increíble historia de un funcionario público que, a pesar de eso que se dice de que los funcionarios pasan de todo y les importa su trabajo un culo, amaba su trabajo, amaba asumir sus responsabilidades y, haciéndolo, tomó una decisión que pudo cambiar la historia de este asesinato.
Y, nos queda, sobre todo, un personaje que hasta ahora ha permanecido en segundo plano: Lyndon B. Johnson, que, en los momentos que relato, ya no se sabe muy bien qué cargo ocupa, pues desde algunos puntos de vista podría considerarse que sigue siendo vicepresidente de los Estados Unidos, pero desde otros ya es presidente. Pero esta historia que ocurre en noviembre de 1963 comienza mucho antes. Comienza 121 años antes, en una casita de Williamsburg, Virginia, y comienza con un padre que está en el salón de su casa jugando a las canicas con sus hijos.
Pero no quiero cansaros. Será otro día, en otra toma.
Aunque, en medio del caos, lo primero que pasa es que hay personas que saben guardar la frialdad.
En el coche Halfback que circulaba detrás del del presidente, como he dicho, viajan varios miembros del servicio secreto. Entre ellos está Emory Roberts, un antiguo policía de Baltimore que es, probablemente, la primera persona que consigue mantener la mente fría en medio de aquel caos. Apenas hace cuatro o cinco segundos que han disparado contra el presidente. Pero Roberts es un policía experimentado, lo ha visto todo (probablemente, estaba mirando hacia la cabeza del presidente cuando se la reventaron) y sabe lo que ha pasado. Por eso, no puede detener a Clint Hill, que tiene más reflejos que él pero, cuando un segundo agente del coche, Jack Ready, hace honor a su apellido y se dispone a saltar del vehículo, le ordena:
‑¡No vayas, Jack!
Ready obedece, no sin renuencia. El coche gana velocidad detrás del de Kennedy, camino del hospital. Fríamente, Roberts le dice a Bill McIntyre, otro agente:
‑Le han matado. Tú y Bennet [otro agente], haceos cargo de Johnson tan pronto como nos detengamos.
En ese momento, doce y treinta y uno de la mañana, el corazón de John Fitzgerald Kennedy todavía late, aunque, probablemente, su muerte cerebral ya es un hecho (los testimonios coinciden en que sus pupilas estaban ya fijas). Pero Emory Roberts sabe cuál es su obligación: a rey muerto, rey puesto.
Y no será el único agente del servicio secreto que entenderá así las cosas. En el coche donde viajan Johnson, su mujer y un crecientemente histérico Yarborough, el agente especial Rufus Youngblood ha obligado al vicepresidente a echarse al suelo. Antes de que llegue la tarde (por lo menos en horario español), Youngblood tendrá actuaciones de nuevo muy importantes en este embrollo.
Muy pocos segundos después del atentado, cuando la comitiva va ya cagando leches hacia el Parkland Hospital pero todavía se encuentra en Elm Street, se produce una violenta pelea en el séptimo vehículo de la comitiva. Es el coche donde va Mac Kilduff, secretario de prensa de Kennedy, con cuatro periodistas escogidos. Entre éstos se encuentran los dos representantes de las grandes agencias de prensa estadounidenses: Merriman Smith, de la UPI, y Jack Bell, de la Associated Press.
Los periodistas suelen decir: en la vida como hermanos, y en la profesión como gitanos. Un periodista realmente competitivo no sólo conseguirá la exclusiva, sino que tratará de retardar el momento en que otros la compartan. Smith era un perro periodístico de la más pura raza, y apenas unos segundos le bastaron para darse cuenta de lo que había pasado. El coche de la prensa llevaba un solo teléfono, el único de que disponían aquellos periodistas (hace cuarenta años no había más teléfono móvil que estos aparatosos terminales de coche). Así pues, lo que hizo fue coger el terminal antes que nadie, dictar a su oficina de Dallas la noticia urgente… y embarcarse, después, en una interminable serie de comprobaciones con la secretaria, con el objeto de no colgar y no dar la oportunidad a Bell de enviar su noticia. Bell se puso violento, tanto que Smith tuvo que guardar el teléfono entre sus rodillas y ovillarse bajo el asiento para no perderlo. Así que ya podéis imaginar la caravana que cruza Dallas a toda velocidad: en el primer coche, el presidente con la cabeza reventada; en el segundo, los escoltas del servicio secreto haciendo cálculos con el muerto. En el coche del vicepresidente, éste se está incorporando trabajosamente desde el suelo del auto. Y, en el coche de la prensa, dos reporteros se dan de hostias.
Para cuando Smith soltó el teléfono y se lo dio a Bell, el aparato había dejado de funcionar. La UPI dio la primera noticia de los disparos a las 12 horas y 34 minutos. Tan sólo dos minutos después de que Kennedy fuese asesinado y dos minutos antes de que la comitiva llegase al hospital.
Lo que siguió demuestra que las películas son eso, películas. En el cine y en la televisión, cuando alguien llega gritando al departamento de urgencias de un hospital todo dios reacciona con una exactitud de relojero. Sin embargo, en el departamento de urgencias de Parkland el presidente de los Estados Unidos (repetimos: el presidente de los Estados Unidos) tuvo que esperar seis minutos, desangrándose por la cabeza, antes de que apareciesen unos camilleros. En realidad daba igual, porque su recuperación era imposible. Pero el retraso está ahí. Para cuando llegaron los celadores, se afanaron tanto en atender al cadáver que prácticamente se olvidaron de Connally, que sangraba porcinamente, estaba vivo y tenía salvación (de hecho, se salvó).
La siguiente dificultad fue Jackie Kennedy. Cuando llegó la camilla, ella seguía abrazada a su marido y no mostraba signos de soltarlo. El agente del servicio secreto Clint Hill se subió al estribo del Lincoln y trató de razonar con ella. Pero la primera dama (aunque, en puridad, ya casi no lo era) se obstinaba en decir que su marido estaba muerto y que, por lo tanto, tanta prisa daba igual. Hill acabó por darse cuenta del problema de Jackeline. Al presidente le faltaba por lo menos un tercio de cabeza, ella lo había visto y no quería que el mundo lo viese. El agente se sacó su propia chaqueta, se la ofreció a la primera dama y ésta envolvió con ella la cabeza de su marido. Sólo entonces consintió que se lo llevasen.
En medio de una locura en la que nadie parecía mantener la calma, algunas personas lo hicieron. Ya hemos hablado de Emory Roberts. Pero también merece un recuerdo Art Bates, un oficial del ejército al servicio de la Casa Blanca, que se dio cuenta inmediatamente de la importancia de las comunicaciones telefónicas. Siempre que el presidente se desplazaba de Washington, la Casa Blanca creaba una centralita desplazada en algún hotel (en aquel caso, en el Sheraton Dallas) que garantizaba las conexiones con la capital. Sin embargo, la centralita del hospital sólo tenía doce líneas, que pronto mostraron tendencia a colapsarse, sobre todo por la cantidad de freaks y gilipollas varios que se dedicaron a llamar para contar estupideces sobre el presidente y su curación. Bates, espíritu ordenado, cogió a una serie de militares y los fue distribuyendo por el hospital. Teléfono que veían, teléfono que cogían. Marcaban el 9. Lo volvían a marcar cuantas veces hiciera falta hasta conseguir línea. Entonces llamaban al Sheraton y contactaban con la Casa Blanca. Una vez hecho esto, alguien se quedaba con el teléfono en la mano, sin colgar, para garantizar la conexión. De esta manera, el equipo presidencial nunca estuvo incomunicado aquella mañana.
El ingreso de John Fitzgerald Kennedy en el Parkland Hospital figura en la documentación a las 12.38, con el diagnóstico GSW, gun shot wound o herida por arma de fuego. A continuación, figura el ingreso de una mujer blanca que sangraba por un labio, luego una mujer negra con dolores abdominales y, finalmente, Connally.
Kennedy fue introducido en la llamada Trauma Room número 1. Allí, las enfermeras Diana Brown y Margaret Hinchcliffe lo desnudaron hasta dejarlo sólo con su ropa interior. Uno piensa que luego entró en la sala el más supermegacatedrático de medicina del mundo mundial tejano; al fin y al cabo, era el presidente. Pero no fue así. El médico que atendió a JFK se llamaba Carles J. Carrico y, si vive hoy, no tiene ni setenta años, porque entonces tenía 24 y llevaba tan sólo dos añitos de puto residente en aquel hospital. En nuestro lenguaje, pues: quien asumió la responsabilidad (imposible) de reanimar al presidente de los Estados Unidos fue un MIR.
Carrico observó que Kennedy carecía ya de pulso y presión sanguínea, pero que, sin embargo, su corazón seguía bombeando débilmente. Técnicamente, aún estaba vivo. Así pues, le introdujo un tubo por la tráquea, para facilitar la respiración, y le instiló por vía intravenosa sal de ácido láctico.
Pronto hubo cosa de quince médicos metidos en el box, que parecía el camarote de los Hermanos Marx. Finalmente, tras mucho porfiar, sólo se quedaron los tres que eran necesarios: Malcolm Perry, cirujano; el almirante George Burkley, médico personal de Kennedy y que conocía su historial nada sencillo (el presidente sufría de melasma suprarrenal o Enfermedad de Addison); y Marion T. Jenkins, jefa de anestesiología del hospital.
Se hizo lo que se pudo, aunque con escasas esperanzas. Se le transfundió sangre, pero lo que se le metía por la pierna salía por la cabeza a borbotones, anegando el suelo del box. Buckley le aplicó las dosis de hidrocortisona indicadas para un enfermo como Kennedy. Se le colocaron dos drenajes en los espacios pleurales para extraer las secreciones del tórax que podían anegar los pulmones. Perry, observando que el tubo colocado por Carrico no realizaba su función, le hizo una traqueotomía a JFK. Y, finalmente, como medida desesperada, le aplicó al pecho de Kennedy un masaje torácico de diez minutos, sin éxito.
Para entonces, Jackeline estaba también dentro de la habitación. A pesar de las reticencias de la jefa de enfermeras, Doris Nelson, que guardaba la entrada del box, consiguió convencerla de que tenía derecho a estar con su marido en el momento en que muriese.
Era la una de la tarde cuando Kemp Clark, neurocirujano que casi acababa de entrar en el box, tocó el hombro de Perry y le dijo:
‑Es demasiado tarde, Mac.
El corazón de JFK, el último órgano que le funcionó, acababa de pararse para siempre.
Pocos minutos más tarde, en Washington se producía la escena quizás más chusca de toda esta historia; la escena en la que un miembro del servicio secreto huyó de un mediopensionista.
El día que mataron a Kennedy no fue un día especial sólo para él. También lo era para su hija Caroline, que entonces tenía seis años. La noche después del día que mataron a su padre tenía que ser la primera que Caroline durmiese fuera de casa con su amiga Agatha Pozen. La madre de dicha amiga, Liz Pozen, era la encargada de llevársela a su pequeña aventura infantil. Claro que Lyric, como la denominaba el servicio secreto (los miembros de la familia presidencial tenían todos motes iniciados por L; JFK era Lancer, Lancero) no podía ir sola, y es por eso que el coche de la señora Pozen fue seguido por un Ford del servicio secreto, conducido por el agente Tom Wells.
Cosa de media hora o cuarenta minutos después del último disparo de Oswald OQF, Liz Pozen conducía su coche monovolumen cargado de críos, entre ellos la hija del presidente de los Estados Unidos y su propia hija. Le mosqueó que los niños se callaron y, con ese sexto sentido de las madres experimentadas, pensó que estaban aburriéndose y, por lo tanto, al borde de empezar a montar bulla. Fue por eso que decidió poner la radio para entretenerlos con la música. Nada más activar el dial, una voz dijo por los altavoces:
‑(…) recibió un disparo en la cabeza y su esposa Jackie (…)
De mente rápida, la señora Pozen se hizo una composición de lugar en unas décimas de segundo, y apagó la radio.
Algunos metros por detrás del coche, Tom Wells tampoco tenía una información definitiva. Por la radio de su coche, escuchó que se había disparado contra la comitiva presidencial en Dallas, pero poco más. Entonces las noticias aún eran confusas y la conexión telefónica con el Parkland Hospital, difícil.
En el primer semáforo en rojo, ambos conductores se bajaron para conferenciar. Decidieron seguir adelante. Una vez en el coche, Wells activó la radio del servicio secreto y llamó a la central:
‑Corona, Corona. Aquí Ostentoso. Denme instrucciones sobre Lyric en vista de la situación en Dallas.
Corona, o sea la residencia presidencial de la Casa Blanca, tampoco tenía mucha información precisa. Sólo pudieron contestarle con un escueto «permanezca a la escucha». De hecho, eran momentos en los que las radios, alimentadas por la UPI, tenían informaciones más precisas que el propio servicio secreto.
En Chevy Chase, donde Liz Pozen tenía que dejar a un niño, policía y madre celebraron una segunda conferencia y decidieron seguir. Pero Wells era un tipo listo. Él solo llegó a la conclusión más lógica: fuese o no del todo cierta la información que recibía, lo que estaba claro es que en Dallas habían atentado contra el presidente. Eso podía ser un loco gilipollas, o podía ser una conspiración de altos vuelos del tipo de las que enfrenta el agente Jack Bauer en la serie 24. Lo mismo los rusos, los chinos o los calagurritanos estaban, en ese momento, lanzando comandos por Washington para apiolarse a todo Kennedy que viesen. Así pues, pasó de la actitud pasiva a la activa. Comunicó con su jefe y le dijo:
‑A menos que me des la orden contraria, me llevo a Lyric a Corona (la Casa Blanca).
En la tercera parada, Wells se encontró con el problema de Liz Pozen. Aquella mujer era brava y también sabía pensar. Terroristas o no, nadie podía saber que Caroline Kennedy se iba de pijamada aquel día, ni a dónde, ni con quién. Argumentaba que, en realidad, con quien estaba más segura la niña era con ella. Pero con el servicio secreto no se argumenta. Wells estaba histérico (estaba tan nervioso que, siendo la parada en cuesta, se le olvidó poner el freno de mano de su coche y tuvo que salir corriendo para recuperarlo), pero se mantuvo firme. Prueba de esta situación de cierto desvarío es que estuvo relativamente brusco con la niña; prácticamente, la informó de que debía volver a casa de la misma forma que lo hubiese hecho con un adulto, motivo por el cual la niña se cogió un rebote importante. Luego, una vez en el coche, no sabía tomar la dirección correcta hasta que Liz Pozen se la indicó.
Uno de los misterios que aquella anécdota es qué sabía Caroline. Quizá la radio activada por Liz Pozen dijo algo más de lo que ella recuerda. Lo cierto es que, una vez en el coche, preguntó por qué tenían que volver a casa. Antes de que Wells inventase algo, sentenció: «No importa; ya lo sé». Sin embargo, probablemente fue una frase sin mucho sentido. Horas después, cuando la institutriz de Caroline le informó de que papá se había tenido que ir al Cielo porque allí Patrick estaba muy solo (Patrick era el tercer hijo de los Kennedy, que había muerto prácticamente al nacer apenas unas semanas antes del atentado), Caroline lloró, según los testimonios, como si realmente no supiese nada. Por lo que respecta a su hermano pequeño, John-John, era tan pequeño que apenas se enteró bien de las cosas; inmediatamente después de afirmar que había entendido que su padre se había ido al Cielo, preguntaba cuándo volvería.
En Rock Creek Parkway, el Ford de Wells en el que viajaba Caroline de copiloto sobrepasó a un coche verde. En dicho coche, según el relato de Wells, viajaba un hombre de mediana edad, gordo y con una chaqueta de leñador; el típico medioburgués americano. El hombre, al pasar el coche, miró y, según sus gestos, reconoció a Caroline. Hoy en día los menores hijos de la gente famosa no son conocidos porque su imagen está protegida y nunca o casi nunca salen en la televisión; pero entonces, la imagen de los hijos de un presidente de los Estados Unidos estaba constantemente en las revistas y televisiones; eran rostros tan populares como sus padres.
La situación para este hombre innominado nos la podemos imaginar. Una mañana nos enteramos de que han atentado contra el presidente de nuestro gobierno y, en un semáforo, vemos de repente un coche sin marcas ni distintivos, en el que viaja un hombre con aspecto de estresado acompañado de la mujer del presidente. En medio de una psicosis conspirativa, es fácil imaginar que puede estar secuestrada.
Aquel hombre decidió arriesgarse y seguir al coche.
Por su parte, Wells tampoco las tenía todas consigo con que el extraño hombre leñador fuese tan sólo un buen ciudadano patriota. Quizá formaba parte de la conspiración anti-Kennedy. Así que salió echando leches por la calle y, afortunadamente, antes de llegar a Corona, lo perdió.
Y aún quedan cosas. Por ejemplo: ¿quién confirmó definitivamente al mundo que el presidente estaba muerto? Pues quien lo sabe todo, o sea Dios. O: exactamente, ¿qué delito había cometido Oswald OQF? No os precipitéis en responder, que la pregunta tiene mucha más miga de la que parece. También me queda por contar la increíble historia de un funcionario público que, a pesar de eso que se dice de que los funcionarios pasan de todo y les importa su trabajo un culo, amaba su trabajo, amaba asumir sus responsabilidades y, haciéndolo, tomó una decisión que pudo cambiar la historia de este asesinato.
Y, nos queda, sobre todo, un personaje que hasta ahora ha permanecido en segundo plano: Lyndon B. Johnson, que, en los momentos que relato, ya no se sabe muy bien qué cargo ocupa, pues desde algunos puntos de vista podría considerarse que sigue siendo vicepresidente de los Estados Unidos, pero desde otros ya es presidente. Pero esta historia que ocurre en noviembre de 1963 comienza mucho antes. Comienza 121 años antes, en una casita de Williamsburg, Virginia, y comienza con un padre que está en el salón de su casa jugando a las canicas con sus hijos.
Pero no quiero cansaros. Será otro día, en otra toma.
viernes, febrero 08, 2008
Johnson VS JFK (1)
El parvulario del colegio de los jesuitas de La Coruña donde estudié es (o era; hace muchos años que no lo veo) una especie de mundo aparte diseñado para que los niños más pequeños no tuviéramos que deambular por el colegio, con el natural riesgo de que nos perdiésemos o algo peor. Han pasado 41 años desde que yo lo ocupé, pero recuerdo bien un foso de arena, los juegos allí con mi amigo Carlos; recuerdo que me daba miedo escalar hasta lo más alto de una especie de laberinto escalable de tubos que había en el centro y recuerdo perfectamente el día que un compañero, por una mala suerte, me rompió una ceja con un columpio; la cicatriz todavía se nota un poco.
A mi maestra la llamábamos la Señorita Chicha. Ignoro cómo se llamaba realmente, aunque teniendo en cuenta que en Galicia es relativamente común llamarle Chicho a los luises, quizá se llamaba Luisa. Una profesora de párvulos suele estar siempre de bastante buen humor, salvo cuando echa broncas. La Señorita Chicha era famosa en el parvulario por su escasa proclividad a la bronca. Los párvulos, en justa retribución, le teníamos mucho cariño, como es de ley.
Por eso, una cosa que recuerdo vivísimamente es una mañana que tuve problemas intestinales. Esto era bastante común en aquellos años míos, y todavía había que acompañarme al excusado; no fui nada precoz en esto. La Señorita Chicha estaba explicando en ese momento que hay animales que tienen más de cuatro patas, y no podía dejar tan profundos conocimientos en el aire; así que me fui a cagar en compañía de otra maestra. Cuando volví, el recreo había comenzado. Todos mis compañeros estaban en el patio esparragando, pero yo no me fui con ellos porque iba de la mano de la maestra, y no me la soltó. Entramos en el aula. La Señorita Chicha estaba sentada mirando a ninguna parte.
‑¿Pasa algo? –preguntó su compañera.
Yo me acerqué a mi maestra. No por preocupación por ella; supongo que querría contarle que había cagado en la taza de los mayores, que es algo que a ciertas edades da mucho orgullo. Ella me estrechó contra ella y me besó el pelo. Luego suspiró y dijo:
‑Han matado a Kennedy.
Aquel Kennedy era Robert Fitzerald Kennedy, y unas horas antes había muerto por los disparos de un pringao llamado Sirhan Sirhan. Pero yo eso no lo supe hasta mucho más tarde. Conforme fui creciendo, cada vez que en mi casa se hablaba de Kennedy (mi padre, claro) se hablaba de John y de su asesinato. Por eso, porque tardé años en saber que en realidad los Kennedy asesinados eran dos, en saber que el muerto que me había hecho temblar, pues la tristeza de la Señorita Chicha me hizo sentir que algo iba realmente mal; por eso, digo, creo que el asesinato de John Fitzerald Francis Kennedy me ha interesado prácticamente desde que tengo uso de razón. Más aún: desde antes de tenerla, desde los tiempos en los que todo lo que me interesaba era cagarme en algún sitio diferente de mis calzoncillos.
En estos post busco para vosotros, lectores en su mayoría mudos según las estadísticas, enfoques que puedan ser novedosos. Las librerías del mundo, y por supuesto internet, están preñadas de lugares donde podéis leer materiales mucho mejores que los que podría escribir yo sobre el asesinato de JFK y las diferentes teorías que existen sobre él. Pudo haber dos disparos o cuatro o más de cuatro; los disparos pudieron proceder de un solo sitio o de varios. Pudo ser la obra de un loco o un atentado minuciosamente diseñado y preparado. Pero yo no voy a hablar de eso. En este terreno, me limitaré a decir es que mi opinión de humilde lector de libros es que Lee Harvey Oswald disparó contra el presidente; pero tengo mis dudas de que: a) le diese; b) fuese el único.
El enfoque que busco en este post y alguno que le seguirá es contaros lo que, tal vez, nadie os ha contado. Y, sin embargo, conforma una historia de gran interés. Tanto, que, la verdad, me extraña que nunca nadie haya filmado una película más o menos con el argumento que aquí os voy a describir. Os confieso, de hecho, que, a base de leer sobre el tema, yo he visto esa película varias veces en mi cabeza. Julia Roberts suele hacer en ella el papel de Jackie Kennedy, Kevin Spacey está caracterizado con Lyndon Johnson y Rusell Crowe interpreta a Clint Hill, por poner algunos ejemplos.
Ésta es la historia de lo que pasó inmediatamente después de los disparos. Es la historia de lo que ocurrió más o menos en las primeras dos horas tras la muerte del presidente Kennedy. Habéis visto mil veces lo que ocurrió antes. En el cine y en la tele habréis visto las tomas de la película Zapruder, habréis leído y oído hablar del tema. Eso puede que os haya dejado la sensación de que lo mollar ocurrió antes. Yo pretendo convenceros exactamente de lo contrario. Lo realmente mollar ocurrió después.
El gesto de ir a Dallas era, por parte de JFK, toda una declaración de poder. Texas en general, y Dallas muy en particular, era a principios de los años sesenta un reducto de la derecha estadounidense más recalcitrante, partidaria de la segregación racial y en buena medida convencida de que el presidente de la Unión estaba siendo contemporizador con los comunistas. Además, era y es un estado en el que la posesión de armas era ampliamente legal, así pues la oposición política no se expresaba sólo en el terreno de las ideas, sino de la acción. Haciendo un símil con el presente, imaginad a un político de un partido español de ámbito nacional que se fuese a alguno de los pueblos duros del País Vasco y se dedicase a pasearse en caravana por su centro urbano en un coche descubierto.
Dallas era territorio enemigo pero, por esas particularidades que tiene el sistema americano de partidos, no por ello dejaba de estar gobernada por el Partido Demócrata al que el propio Kennedy pertenecía. Para Kennedy, ir a Texas era una forma de reafirmar su autoridad, de dejar claro que el presidente de los Estados Unidos podía ir, dentro del país, donde quisiera. Pero, además, su viaje era un viaje político, porque lo que había en Texas era una seria disensión entre demócratas, un poco al estilo del tándem Aguirre-Gallardón en Madrid, aunque un poco más bestia.
Tratándose de un estado de perfil tan conservador, era lógico que el Partido Demócrata se compusiese en Texas de derechistas y moderados. Los derechistas fueron conocidos durante buena parte del siglo XX como demócratas jeffersonianos o tejanos regulares, y tenían, en los tiempos que cuento, un largo pedigree de defecciones a la disciplina de partido. En los años cuarenta habían dejado a Franklin Delano Roosevelt con el culo al aire, jugada que repitieron en 1952 con Adlai Stevenson. La fuerza de los tejanos regulares, sin embargo, fue dando alas a la compactación de los moderados o liberales, que encontraron su líder en un político local, Ralph Yarborough, que consiguió en 1958 ser elegido senador.
Yarborough tenía su gran contrincante en otro demócrata, John B. Conally Jr., gobernador de Texas. Conally era el exponente de la derecha demócrata y un hombre con una identificación bastante más que difusa con Kennedy y su Nueva Frontera, es decir la nueva política liberal que había comenzado a aplicar desde la Casa Blanca. En medio de este choque de trenes, la nómina de políticos tejanos demócratas se completaba con Lyndon B. Johnson, vicepresidente de los Estados Unidos que le había aportado a JFK precisamente los apoyos necesarios en Texas y el sur para poder ganar a Richard Nixon en la carrera a la presidencia. Se suponía que Johnson garantizaba la Pax Democrata entre estos políticos.
Yarborough y, sobre todo, Connally, trabajaban de forma bastante clara el uno contra el otro. A pesar de ser del mismo partido, ambos querían que su contrincante perdiese, porque ello supondría obtener la preeminencia dentro del partido en Texas, quizá por muchos años. Por eso, cuando JFK decidió poner orden en aquel desaguisado y de paso trabajarse un distrito electoral que le era escasamente afecto yendo a Texas, ambos se dieron cuenta de que quien consiguiese capitalizar aquella visita se llevaría el gato al agua.
Toda la visita de Kennedy a Texas, cuando menos toda la que se produjo hasta que dos tiros (o tres, o cuatro...) la pararon en seco, estuvo presidida por este problema. Connally, como gobernador, tenía una posición preeminente en la organización de los eventos y Yarborough, a pesar de estar relativamente arropado por políticos del ala liberal, llevaba las de perder. Así las cosas, en todos los discursos, cenas, almuerzos y demás que se fueron celebrando, Connally se preocupaba de que el senador tuviese un papel nimio o inexistente. Yarborough se fue poniendo de una mala hostia importante. El conflicto gordo surgió con el asunto de los coches. En cada población que tocaba el séquito presidencial, éste se movía como lo hizo en Dallas, es decir con una caravana de coches a escasa velocidad, saludando al público. Caravana en la que el coche fundamental era el del presidente y el del vicepresidente tenía un papel más bien de florero, tal cual es la institución de la Vicepresidencia en Estados Unidos. Connally se coló claramente al lado del presidente (y al lado del presidente estaba cuando Lee Harvey Oswald, o quienquiera que fuese quien disparó, lo hizo) y le dejó a Yarborough, a propósito, el humillante destino de acompañar a Johnson y a Lady Bird, su mujer. El senador se negó repetidas veces, generando una situación compleja que se convirtió en una hoguera convenientemente atizada por la prensa.
La mañana del día que habría de morir, John Fitzgerald Francis Kennedy desayunó de muy mala hostia por dos razones: una, el recibimiento de Dallas, uno de cuyos periódicos publicaba ese día un anuncio poniéndolo de marxista amante de los negros para abajo (o arriba, según se mire); y otra, la actitud de Yarborough, que amenazaba con hacer del viaje un, como dirían mis admiradas hormigas Trancas y Barrancas, fracaso absoluto. Kennedy le dijo a una de sus manos derechas, Larry O’Brien, que metiese a Yarborough en el coche del vicepresidente a leches si fuese necesario. No podía soportar más mamonadas. O’Brien acabó por conseguirlo, lo cual quiere decir que lo poco o mucho que se hubiese bordeado esa crisis, el mérito acabó siendo el presidente y no de aquél que estaba llamado a ser su solucionador, es decir Johnson. Los testimonios y filmaciones del desfile de coches en Dallas que terminó abruptamente a las 12,30 de la mañana frente al edificio del Book Depository en la Dealey Plaza nos indican con claridad que aquella mañana Lyndon B. Johnson iba en su coche ensimismado en sus pensamientos, sin saludar a la gente, tratando de escuchar la radio. Con cara de pocos amigos, aquella mañana el político tejano se sabía una acción de Bolsa en franca caída. Y, sin embargo, media hora después sería presidente.
Como ya he dicho, en esta película de hoy no quiero contaros lo que habéis visto miles de veces, sino lo que ocurrió después. Según la versión oficial de los hechos, la que la Comisión Warren dio por buena, el presidente Kennedy recibió dos balazos. Un primer balazo, probablemente, no le habría matado pues, pese a que el tirador probablemente había apuntado a la cabeza, en realidad dio más abajo, disparando una bala que salió por la garganta del presidente para luego hacer un extraño viaje por el cuerpo del gobernador Connally, extraño viaje que Oliver Stone ridiculiza en su película JFK, hiriéndole en varias partes. Dos segundos y pico después de ese primer disparo, según la película Zapruder (llamada así por Abraham Zapruder, un pequeño empresario que estaba filmando el paso del presidente), otro disparo dio de lleno en la cabeza del presidente, le arrancó una porción de la parte posterior del cuero cabelludo y le hizo una herida mortal de necesidad. Jackeline Kennedy, antes Bouvier y que acabaría siendo Jackeline Onassis, probablemente la primera dama más carismática de la Historia de los Estados Unidos (aunque no la más mandona: ésta fue, con permiso de Hilaria la candidata, Eleanor Rossevelt); Jackie Kennedy, digo, recordó después haber visto saltar un trozo del cráneo de su marido. La segunda bala hace un boquete tan enorme en la cabeza de Kennedy que, en los siguientes diez o quince minutos, el presidente perderá por ahí literalmente toda la sangre de su cuerpo, dejando anegado tanto el asiento el coche Lincoln en el que viajaba como el suelo de la sala de urgencia del hospital donde lo llevarán, la sala que quedará marcada para la Historia como Trauma Room #1.
Entre el primer disparo de Oswald OQF (o sea, O Quien Fuese) y el segundo y quizás el tercero hay cinco segundos críticos en los que dos personas entrenadas para reaccionar no lo hacen. Son los viajantes del asiento delantero del Lincoln: Bill Greer, experimentadísimo chófer del presidente, perteneciente al servicio secreto; y Roy Kellerman, miembro también del servicio secreto y coordinador de todos los agentes del mismo en aquella misión. Los chóferes de la gente grande son efectivamente entrenados para hacer maniobras de distracción cuando algo raro pasa y, de haber acelerado Greer o simplemente dado un volantazo, le hubiera cuando menos puesto las cosas más difíciles al tirador. Pero no fue así y, probablemente, fue por eso que el segundo tiro fuese más certero que el primero, a pesar de que, por definición, Oswald OQF contó con muchos segundos para apuntar la primera vez, pero sólo con 2,3 para apuntar la segunda (esto suponiendo que nos creamos que el asesino utilizó un rifle de cerrojo con mira telescópica como el que tenía Oswald).
En realidad, el primer agente que reacciona es Clint Hill, quien en el momento de los disparos va corriendo justo entre el coche del presidente y el que le sigue, al que llaman o llamaban Halfback y en el que va parte de la escolta del presidente. Hill intentó subir al coche para ayudar a Kennedy en el justo momento que Kellerman reaccionó y le gritó a Greer que saliese de allí cagando leches. El acelerón bien pudo matarlo. La imagen de Jackeline Kennedy subiéndose a la parte trasera del Lincoln, mil veces mostrada por la película Zapruder, hasta el punto de parecer como que quisiera huir del lugar de los disparos, tiene su razón en los intentos de la primera dama por echarle una mano a Hill. Cada uno se apoyó en el otro. Jackie logró ayudar a Hill a entrar en el coche y éste, en su impulso, logró introducir a Jackie dentro del mismo, evitando que con la inercia del acelerón cayese a la calzada.
Greer y Kellerman, más dueños de la situación ahora, encaminan el coche a toda velocidad hacia el hospital más cercano, el Parkland Memorial. Llegan a las 12 y 36.
Lo que ocurre allí se parece bastante a la palabra caos. Pero esto, si no os importa, lo dejaremos para otro día.
A mi maestra la llamábamos la Señorita Chicha. Ignoro cómo se llamaba realmente, aunque teniendo en cuenta que en Galicia es relativamente común llamarle Chicho a los luises, quizá se llamaba Luisa. Una profesora de párvulos suele estar siempre de bastante buen humor, salvo cuando echa broncas. La Señorita Chicha era famosa en el parvulario por su escasa proclividad a la bronca. Los párvulos, en justa retribución, le teníamos mucho cariño, como es de ley.
Por eso, una cosa que recuerdo vivísimamente es una mañana que tuve problemas intestinales. Esto era bastante común en aquellos años míos, y todavía había que acompañarme al excusado; no fui nada precoz en esto. La Señorita Chicha estaba explicando en ese momento que hay animales que tienen más de cuatro patas, y no podía dejar tan profundos conocimientos en el aire; así que me fui a cagar en compañía de otra maestra. Cuando volví, el recreo había comenzado. Todos mis compañeros estaban en el patio esparragando, pero yo no me fui con ellos porque iba de la mano de la maestra, y no me la soltó. Entramos en el aula. La Señorita Chicha estaba sentada mirando a ninguna parte.
‑¿Pasa algo? –preguntó su compañera.
Yo me acerqué a mi maestra. No por preocupación por ella; supongo que querría contarle que había cagado en la taza de los mayores, que es algo que a ciertas edades da mucho orgullo. Ella me estrechó contra ella y me besó el pelo. Luego suspiró y dijo:
‑Han matado a Kennedy.
Aquel Kennedy era Robert Fitzerald Kennedy, y unas horas antes había muerto por los disparos de un pringao llamado Sirhan Sirhan. Pero yo eso no lo supe hasta mucho más tarde. Conforme fui creciendo, cada vez que en mi casa se hablaba de Kennedy (mi padre, claro) se hablaba de John y de su asesinato. Por eso, porque tardé años en saber que en realidad los Kennedy asesinados eran dos, en saber que el muerto que me había hecho temblar, pues la tristeza de la Señorita Chicha me hizo sentir que algo iba realmente mal; por eso, digo, creo que el asesinato de John Fitzerald Francis Kennedy me ha interesado prácticamente desde que tengo uso de razón. Más aún: desde antes de tenerla, desde los tiempos en los que todo lo que me interesaba era cagarme en algún sitio diferente de mis calzoncillos.
En estos post busco para vosotros, lectores en su mayoría mudos según las estadísticas, enfoques que puedan ser novedosos. Las librerías del mundo, y por supuesto internet, están preñadas de lugares donde podéis leer materiales mucho mejores que los que podría escribir yo sobre el asesinato de JFK y las diferentes teorías que existen sobre él. Pudo haber dos disparos o cuatro o más de cuatro; los disparos pudieron proceder de un solo sitio o de varios. Pudo ser la obra de un loco o un atentado minuciosamente diseñado y preparado. Pero yo no voy a hablar de eso. En este terreno, me limitaré a decir es que mi opinión de humilde lector de libros es que Lee Harvey Oswald disparó contra el presidente; pero tengo mis dudas de que: a) le diese; b) fuese el único.
El enfoque que busco en este post y alguno que le seguirá es contaros lo que, tal vez, nadie os ha contado. Y, sin embargo, conforma una historia de gran interés. Tanto, que, la verdad, me extraña que nunca nadie haya filmado una película más o menos con el argumento que aquí os voy a describir. Os confieso, de hecho, que, a base de leer sobre el tema, yo he visto esa película varias veces en mi cabeza. Julia Roberts suele hacer en ella el papel de Jackie Kennedy, Kevin Spacey está caracterizado con Lyndon Johnson y Rusell Crowe interpreta a Clint Hill, por poner algunos ejemplos.
Ésta es la historia de lo que pasó inmediatamente después de los disparos. Es la historia de lo que ocurrió más o menos en las primeras dos horas tras la muerte del presidente Kennedy. Habéis visto mil veces lo que ocurrió antes. En el cine y en la tele habréis visto las tomas de la película Zapruder, habréis leído y oído hablar del tema. Eso puede que os haya dejado la sensación de que lo mollar ocurrió antes. Yo pretendo convenceros exactamente de lo contrario. Lo realmente mollar ocurrió después.
El gesto de ir a Dallas era, por parte de JFK, toda una declaración de poder. Texas en general, y Dallas muy en particular, era a principios de los años sesenta un reducto de la derecha estadounidense más recalcitrante, partidaria de la segregación racial y en buena medida convencida de que el presidente de la Unión estaba siendo contemporizador con los comunistas. Además, era y es un estado en el que la posesión de armas era ampliamente legal, así pues la oposición política no se expresaba sólo en el terreno de las ideas, sino de la acción. Haciendo un símil con el presente, imaginad a un político de un partido español de ámbito nacional que se fuese a alguno de los pueblos duros del País Vasco y se dedicase a pasearse en caravana por su centro urbano en un coche descubierto.
Dallas era territorio enemigo pero, por esas particularidades que tiene el sistema americano de partidos, no por ello dejaba de estar gobernada por el Partido Demócrata al que el propio Kennedy pertenecía. Para Kennedy, ir a Texas era una forma de reafirmar su autoridad, de dejar claro que el presidente de los Estados Unidos podía ir, dentro del país, donde quisiera. Pero, además, su viaje era un viaje político, porque lo que había en Texas era una seria disensión entre demócratas, un poco al estilo del tándem Aguirre-Gallardón en Madrid, aunque un poco más bestia.
Tratándose de un estado de perfil tan conservador, era lógico que el Partido Demócrata se compusiese en Texas de derechistas y moderados. Los derechistas fueron conocidos durante buena parte del siglo XX como demócratas jeffersonianos o tejanos regulares, y tenían, en los tiempos que cuento, un largo pedigree de defecciones a la disciplina de partido. En los años cuarenta habían dejado a Franklin Delano Roosevelt con el culo al aire, jugada que repitieron en 1952 con Adlai Stevenson. La fuerza de los tejanos regulares, sin embargo, fue dando alas a la compactación de los moderados o liberales, que encontraron su líder en un político local, Ralph Yarborough, que consiguió en 1958 ser elegido senador.
Yarborough tenía su gran contrincante en otro demócrata, John B. Conally Jr., gobernador de Texas. Conally era el exponente de la derecha demócrata y un hombre con una identificación bastante más que difusa con Kennedy y su Nueva Frontera, es decir la nueva política liberal que había comenzado a aplicar desde la Casa Blanca. En medio de este choque de trenes, la nómina de políticos tejanos demócratas se completaba con Lyndon B. Johnson, vicepresidente de los Estados Unidos que le había aportado a JFK precisamente los apoyos necesarios en Texas y el sur para poder ganar a Richard Nixon en la carrera a la presidencia. Se suponía que Johnson garantizaba la Pax Democrata entre estos políticos.
Yarborough y, sobre todo, Connally, trabajaban de forma bastante clara el uno contra el otro. A pesar de ser del mismo partido, ambos querían que su contrincante perdiese, porque ello supondría obtener la preeminencia dentro del partido en Texas, quizá por muchos años. Por eso, cuando JFK decidió poner orden en aquel desaguisado y de paso trabajarse un distrito electoral que le era escasamente afecto yendo a Texas, ambos se dieron cuenta de que quien consiguiese capitalizar aquella visita se llevaría el gato al agua.
Toda la visita de Kennedy a Texas, cuando menos toda la que se produjo hasta que dos tiros (o tres, o cuatro...) la pararon en seco, estuvo presidida por este problema. Connally, como gobernador, tenía una posición preeminente en la organización de los eventos y Yarborough, a pesar de estar relativamente arropado por políticos del ala liberal, llevaba las de perder. Así las cosas, en todos los discursos, cenas, almuerzos y demás que se fueron celebrando, Connally se preocupaba de que el senador tuviese un papel nimio o inexistente. Yarborough se fue poniendo de una mala hostia importante. El conflicto gordo surgió con el asunto de los coches. En cada población que tocaba el séquito presidencial, éste se movía como lo hizo en Dallas, es decir con una caravana de coches a escasa velocidad, saludando al público. Caravana en la que el coche fundamental era el del presidente y el del vicepresidente tenía un papel más bien de florero, tal cual es la institución de la Vicepresidencia en Estados Unidos. Connally se coló claramente al lado del presidente (y al lado del presidente estaba cuando Lee Harvey Oswald, o quienquiera que fuese quien disparó, lo hizo) y le dejó a Yarborough, a propósito, el humillante destino de acompañar a Johnson y a Lady Bird, su mujer. El senador se negó repetidas veces, generando una situación compleja que se convirtió en una hoguera convenientemente atizada por la prensa.
La mañana del día que habría de morir, John Fitzgerald Francis Kennedy desayunó de muy mala hostia por dos razones: una, el recibimiento de Dallas, uno de cuyos periódicos publicaba ese día un anuncio poniéndolo de marxista amante de los negros para abajo (o arriba, según se mire); y otra, la actitud de Yarborough, que amenazaba con hacer del viaje un, como dirían mis admiradas hormigas Trancas y Barrancas, fracaso absoluto. Kennedy le dijo a una de sus manos derechas, Larry O’Brien, que metiese a Yarborough en el coche del vicepresidente a leches si fuese necesario. No podía soportar más mamonadas. O’Brien acabó por conseguirlo, lo cual quiere decir que lo poco o mucho que se hubiese bordeado esa crisis, el mérito acabó siendo el presidente y no de aquél que estaba llamado a ser su solucionador, es decir Johnson. Los testimonios y filmaciones del desfile de coches en Dallas que terminó abruptamente a las 12,30 de la mañana frente al edificio del Book Depository en la Dealey Plaza nos indican con claridad que aquella mañana Lyndon B. Johnson iba en su coche ensimismado en sus pensamientos, sin saludar a la gente, tratando de escuchar la radio. Con cara de pocos amigos, aquella mañana el político tejano se sabía una acción de Bolsa en franca caída. Y, sin embargo, media hora después sería presidente.
Como ya he dicho, en esta película de hoy no quiero contaros lo que habéis visto miles de veces, sino lo que ocurrió después. Según la versión oficial de los hechos, la que la Comisión Warren dio por buena, el presidente Kennedy recibió dos balazos. Un primer balazo, probablemente, no le habría matado pues, pese a que el tirador probablemente había apuntado a la cabeza, en realidad dio más abajo, disparando una bala que salió por la garganta del presidente para luego hacer un extraño viaje por el cuerpo del gobernador Connally, extraño viaje que Oliver Stone ridiculiza en su película JFK, hiriéndole en varias partes. Dos segundos y pico después de ese primer disparo, según la película Zapruder (llamada así por Abraham Zapruder, un pequeño empresario que estaba filmando el paso del presidente), otro disparo dio de lleno en la cabeza del presidente, le arrancó una porción de la parte posterior del cuero cabelludo y le hizo una herida mortal de necesidad. Jackeline Kennedy, antes Bouvier y que acabaría siendo Jackeline Onassis, probablemente la primera dama más carismática de la Historia de los Estados Unidos (aunque no la más mandona: ésta fue, con permiso de Hilaria la candidata, Eleanor Rossevelt); Jackie Kennedy, digo, recordó después haber visto saltar un trozo del cráneo de su marido. La segunda bala hace un boquete tan enorme en la cabeza de Kennedy que, en los siguientes diez o quince minutos, el presidente perderá por ahí literalmente toda la sangre de su cuerpo, dejando anegado tanto el asiento el coche Lincoln en el que viajaba como el suelo de la sala de urgencia del hospital donde lo llevarán, la sala que quedará marcada para la Historia como Trauma Room #1.
Entre el primer disparo de Oswald OQF (o sea, O Quien Fuese) y el segundo y quizás el tercero hay cinco segundos críticos en los que dos personas entrenadas para reaccionar no lo hacen. Son los viajantes del asiento delantero del Lincoln: Bill Greer, experimentadísimo chófer del presidente, perteneciente al servicio secreto; y Roy Kellerman, miembro también del servicio secreto y coordinador de todos los agentes del mismo en aquella misión. Los chóferes de la gente grande son efectivamente entrenados para hacer maniobras de distracción cuando algo raro pasa y, de haber acelerado Greer o simplemente dado un volantazo, le hubiera cuando menos puesto las cosas más difíciles al tirador. Pero no fue así y, probablemente, fue por eso que el segundo tiro fuese más certero que el primero, a pesar de que, por definición, Oswald OQF contó con muchos segundos para apuntar la primera vez, pero sólo con 2,3 para apuntar la segunda (esto suponiendo que nos creamos que el asesino utilizó un rifle de cerrojo con mira telescópica como el que tenía Oswald).
En realidad, el primer agente que reacciona es Clint Hill, quien en el momento de los disparos va corriendo justo entre el coche del presidente y el que le sigue, al que llaman o llamaban Halfback y en el que va parte de la escolta del presidente. Hill intentó subir al coche para ayudar a Kennedy en el justo momento que Kellerman reaccionó y le gritó a Greer que saliese de allí cagando leches. El acelerón bien pudo matarlo. La imagen de Jackeline Kennedy subiéndose a la parte trasera del Lincoln, mil veces mostrada por la película Zapruder, hasta el punto de parecer como que quisiera huir del lugar de los disparos, tiene su razón en los intentos de la primera dama por echarle una mano a Hill. Cada uno se apoyó en el otro. Jackie logró ayudar a Hill a entrar en el coche y éste, en su impulso, logró introducir a Jackie dentro del mismo, evitando que con la inercia del acelerón cayese a la calzada.
Greer y Kellerman, más dueños de la situación ahora, encaminan el coche a toda velocidad hacia el hospital más cercano, el Parkland Memorial. Llegan a las 12 y 36.
Lo que ocurre allí se parece bastante a la palabra caos. Pero esto, si no os importa, lo dejaremos para otro día.
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