El parvulario del colegio de los jesuitas de La Coruña donde estudié es (o era; hace muchos años que no lo veo) una especie de mundo aparte diseñado para que los niños más pequeños no tuviéramos que deambular por el colegio, con el natural riesgo de que nos perdiésemos o algo peor. Han pasado 41 años desde que yo lo ocupé, pero recuerdo bien un foso de arena, los juegos allí con mi amigo Carlos; recuerdo que me daba miedo escalar hasta lo más alto de una especie de laberinto escalable de tubos que había en el centro y recuerdo perfectamente el día que un compañero, por una mala suerte, me rompió una ceja con un columpio; la cicatriz todavía se nota un poco.
A mi maestra la llamábamos la Señorita Chicha. Ignoro cómo se llamaba realmente, aunque teniendo en cuenta que en Galicia es relativamente común llamarle Chicho a los luises, quizá se llamaba Luisa. Una profesora de párvulos suele estar siempre de bastante buen humor, salvo cuando echa broncas. La Señorita Chicha era famosa en el parvulario por su escasa proclividad a la bronca. Los párvulos, en justa retribución, le teníamos mucho cariño, como es de ley.
Por eso, una cosa que recuerdo vivísimamente es una mañana que tuve problemas intestinales. Esto era bastante común en aquellos años míos, y todavía había que acompañarme al excusado; no fui nada precoz en esto. La Señorita Chicha estaba explicando en ese momento que hay animales que tienen más de cuatro patas, y no podía dejar tan profundos conocimientos en el aire; así que me fui a cagar en compañía de otra maestra. Cuando volví, el recreo había comenzado. Todos mis compañeros estaban en el patio esparragando, pero yo no me fui con ellos porque iba de la mano de la maestra, y no me la soltó. Entramos en el aula. La Señorita Chicha estaba sentada mirando a ninguna parte.
‑¿Pasa algo? –preguntó su compañera.
Yo me acerqué a mi maestra. No por preocupación por ella; supongo que querría contarle que había cagado en la taza de los mayores, que es algo que a ciertas edades da mucho orgullo. Ella me estrechó contra ella y me besó el pelo. Luego suspiró y dijo:
‑Han matado a Kennedy.
Aquel Kennedy era Robert Fitzerald Kennedy, y unas horas antes había muerto por los disparos de un pringao llamado Sirhan Sirhan. Pero yo eso no lo supe hasta mucho más tarde. Conforme fui creciendo, cada vez que en mi casa se hablaba de Kennedy (mi padre, claro) se hablaba de John y de su asesinato. Por eso, porque tardé años en saber que en realidad los Kennedy asesinados eran dos, en saber que el muerto que me había hecho temblar, pues la tristeza de la Señorita Chicha me hizo sentir que algo iba realmente mal; por eso, digo, creo que el asesinato de John Fitzerald Francis Kennedy me ha interesado prácticamente desde que tengo uso de razón. Más aún: desde antes de tenerla, desde los tiempos en los que todo lo que me interesaba era cagarme en algún sitio diferente de mis calzoncillos.
En estos post busco para vosotros, lectores en su mayoría mudos según las estadísticas, enfoques que puedan ser novedosos. Las librerías del mundo, y por supuesto internet, están preñadas de lugares donde podéis leer materiales mucho mejores que los que podría escribir yo sobre el asesinato de JFK y las diferentes teorías que existen sobre él. Pudo haber dos disparos o cuatro o más de cuatro; los disparos pudieron proceder de un solo sitio o de varios. Pudo ser la obra de un loco o un atentado minuciosamente diseñado y preparado. Pero yo no voy a hablar de eso. En este terreno, me limitaré a decir es que mi opinión de humilde lector de libros es que Lee Harvey Oswald disparó contra el presidente; pero tengo mis dudas de que: a) le diese; b) fuese el único.
El enfoque que busco en este post y alguno que le seguirá es contaros lo que, tal vez, nadie os ha contado. Y, sin embargo, conforma una historia de gran interés. Tanto, que, la verdad, me extraña que nunca nadie haya filmado una película más o menos con el argumento que aquí os voy a describir. Os confieso, de hecho, que, a base de leer sobre el tema, yo he visto esa película varias veces en mi cabeza. Julia Roberts suele hacer en ella el papel de Jackie Kennedy, Kevin Spacey está caracterizado con Lyndon Johnson y Rusell Crowe interpreta a Clint Hill, por poner algunos ejemplos.
Ésta es la historia de lo que pasó inmediatamente después de los disparos. Es la historia de lo que ocurrió más o menos en las primeras dos horas tras la muerte del presidente Kennedy. Habéis visto mil veces lo que ocurrió antes. En el cine y en la tele habréis visto las tomas de la película Zapruder, habréis leído y oído hablar del tema. Eso puede que os haya dejado la sensación de que lo mollar ocurrió antes. Yo pretendo convenceros exactamente de lo contrario. Lo realmente mollar ocurrió después.
El gesto de ir a Dallas era, por parte de JFK, toda una declaración de poder. Texas en general, y Dallas muy en particular, era a principios de los años sesenta un reducto de la derecha estadounidense más recalcitrante, partidaria de la segregación racial y en buena medida convencida de que el presidente de la Unión estaba siendo contemporizador con los comunistas. Además, era y es un estado en el que la posesión de armas era ampliamente legal, así pues la oposición política no se expresaba sólo en el terreno de las ideas, sino de la acción. Haciendo un símil con el presente, imaginad a un político de un partido español de ámbito nacional que se fuese a alguno de los pueblos duros del País Vasco y se dedicase a pasearse en caravana por su centro urbano en un coche descubierto.
Dallas era territorio enemigo pero, por esas particularidades que tiene el sistema americano de partidos, no por ello dejaba de estar gobernada por el Partido Demócrata al que el propio Kennedy pertenecía. Para Kennedy, ir a Texas era una forma de reafirmar su autoridad, de dejar claro que el presidente de los Estados Unidos podía ir, dentro del país, donde quisiera. Pero, además, su viaje era un viaje político, porque lo que había en Texas era una seria disensión entre demócratas, un poco al estilo del tándem Aguirre-Gallardón en Madrid, aunque un poco más bestia.
Tratándose de un estado de perfil tan conservador, era lógico que el Partido Demócrata se compusiese en Texas de derechistas y moderados. Los derechistas fueron conocidos durante buena parte del siglo XX como demócratas jeffersonianos o tejanos regulares, y tenían, en los tiempos que cuento, un largo pedigree de defecciones a la disciplina de partido. En los años cuarenta habían dejado a Franklin Delano Roosevelt con el culo al aire, jugada que repitieron en 1952 con Adlai Stevenson. La fuerza de los tejanos regulares, sin embargo, fue dando alas a la compactación de los moderados o liberales, que encontraron su líder en un político local, Ralph Yarborough, que consiguió en 1958 ser elegido senador.
Yarborough tenía su gran contrincante en otro demócrata, John B. Conally Jr., gobernador de Texas. Conally era el exponente de la derecha demócrata y un hombre con una identificación bastante más que difusa con Kennedy y su Nueva Frontera, es decir la nueva política liberal que había comenzado a aplicar desde la Casa Blanca. En medio de este choque de trenes, la nómina de políticos tejanos demócratas se completaba con Lyndon B. Johnson, vicepresidente de los Estados Unidos que le había aportado a JFK precisamente los apoyos necesarios en Texas y el sur para poder ganar a Richard Nixon en la carrera a la presidencia. Se suponía que Johnson garantizaba la Pax Democrata entre estos políticos.
Yarborough y, sobre todo, Connally, trabajaban de forma bastante clara el uno contra el otro. A pesar de ser del mismo partido, ambos querían que su contrincante perdiese, porque ello supondría obtener la preeminencia dentro del partido en Texas, quizá por muchos años. Por eso, cuando JFK decidió poner orden en aquel desaguisado y de paso trabajarse un distrito electoral que le era escasamente afecto yendo a Texas, ambos se dieron cuenta de que quien consiguiese capitalizar aquella visita se llevaría el gato al agua.
Toda la visita de Kennedy a Texas, cuando menos toda la que se produjo hasta que dos tiros (o tres, o cuatro...) la pararon en seco, estuvo presidida por este problema. Connally, como gobernador, tenía una posición preeminente en la organización de los eventos y Yarborough, a pesar de estar relativamente arropado por políticos del ala liberal, llevaba las de perder. Así las cosas, en todos los discursos, cenas, almuerzos y demás que se fueron celebrando, Connally se preocupaba de que el senador tuviese un papel nimio o inexistente. Yarborough se fue poniendo de una mala hostia importante. El conflicto gordo surgió con el asunto de los coches. En cada población que tocaba el séquito presidencial, éste se movía como lo hizo en Dallas, es decir con una caravana de coches a escasa velocidad, saludando al público. Caravana en la que el coche fundamental era el del presidente y el del vicepresidente tenía un papel más bien de florero, tal cual es la institución de la Vicepresidencia en Estados Unidos. Connally se coló claramente al lado del presidente (y al lado del presidente estaba cuando Lee Harvey Oswald, o quienquiera que fuese quien disparó, lo hizo) y le dejó a Yarborough, a propósito, el humillante destino de acompañar a Johnson y a Lady Bird, su mujer. El senador se negó repetidas veces, generando una situación compleja que se convirtió en una hoguera convenientemente atizada por la prensa.
La mañana del día que habría de morir, John Fitzgerald Francis Kennedy desayunó de muy mala hostia por dos razones: una, el recibimiento de Dallas, uno de cuyos periódicos publicaba ese día un anuncio poniéndolo de marxista amante de los negros para abajo (o arriba, según se mire); y otra, la actitud de Yarborough, que amenazaba con hacer del viaje un, como dirían mis admiradas hormigas Trancas y Barrancas, fracaso absoluto. Kennedy le dijo a una de sus manos derechas, Larry O’Brien, que metiese a Yarborough en el coche del vicepresidente a leches si fuese necesario. No podía soportar más mamonadas. O’Brien acabó por conseguirlo, lo cual quiere decir que lo poco o mucho que se hubiese bordeado esa crisis, el mérito acabó siendo el presidente y no de aquél que estaba llamado a ser su solucionador, es decir Johnson. Los testimonios y filmaciones del desfile de coches en Dallas que terminó abruptamente a las 12,30 de la mañana frente al edificio del Book Depository en la Dealey Plaza nos indican con claridad que aquella mañana Lyndon B. Johnson iba en su coche ensimismado en sus pensamientos, sin saludar a la gente, tratando de escuchar la radio. Con cara de pocos amigos, aquella mañana el político tejano se sabía una acción de Bolsa en franca caída. Y, sin embargo, media hora después sería presidente.
Como ya he dicho, en esta película de hoy no quiero contaros lo que habéis visto miles de veces, sino lo que ocurrió después. Según la versión oficial de los hechos, la que la Comisión Warren dio por buena, el presidente Kennedy recibió dos balazos. Un primer balazo, probablemente, no le habría matado pues, pese a que el tirador probablemente había apuntado a la cabeza, en realidad dio más abajo, disparando una bala que salió por la garganta del presidente para luego hacer un extraño viaje por el cuerpo del gobernador Connally, extraño viaje que Oliver Stone ridiculiza en su película JFK, hiriéndole en varias partes. Dos segundos y pico después de ese primer disparo, según la película Zapruder (llamada así por Abraham Zapruder, un pequeño empresario que estaba filmando el paso del presidente), otro disparo dio de lleno en la cabeza del presidente, le arrancó una porción de la parte posterior del cuero cabelludo y le hizo una herida mortal de necesidad. Jackeline Kennedy, antes Bouvier y que acabaría siendo Jackeline Onassis, probablemente la primera dama más carismática de la Historia de los Estados Unidos (aunque no la más mandona: ésta fue, con permiso de Hilaria la candidata, Eleanor Rossevelt); Jackie Kennedy, digo, recordó después haber visto saltar un trozo del cráneo de su marido. La segunda bala hace un boquete tan enorme en la cabeza de Kennedy que, en los siguientes diez o quince minutos, el presidente perderá por ahí literalmente toda la sangre de su cuerpo, dejando anegado tanto el asiento el coche Lincoln en el que viajaba como el suelo de la sala de urgencia del hospital donde lo llevarán, la sala que quedará marcada para la Historia como Trauma Room #1.
Entre el primer disparo de Oswald OQF (o sea, O Quien Fuese) y el segundo y quizás el tercero hay cinco segundos críticos en los que dos personas entrenadas para reaccionar no lo hacen. Son los viajantes del asiento delantero del Lincoln: Bill Greer, experimentadísimo chófer del presidente, perteneciente al servicio secreto; y Roy Kellerman, miembro también del servicio secreto y coordinador de todos los agentes del mismo en aquella misión. Los chóferes de la gente grande son efectivamente entrenados para hacer maniobras de distracción cuando algo raro pasa y, de haber acelerado Greer o simplemente dado un volantazo, le hubiera cuando menos puesto las cosas más difíciles al tirador. Pero no fue así y, probablemente, fue por eso que el segundo tiro fuese más certero que el primero, a pesar de que, por definición, Oswald OQF contó con muchos segundos para apuntar la primera vez, pero sólo con 2,3 para apuntar la segunda (esto suponiendo que nos creamos que el asesino utilizó un rifle de cerrojo con mira telescópica como el que tenía Oswald).
En realidad, el primer agente que reacciona es Clint Hill, quien en el momento de los disparos va corriendo justo entre el coche del presidente y el que le sigue, al que llaman o llamaban Halfback y en el que va parte de la escolta del presidente. Hill intentó subir al coche para ayudar a Kennedy en el justo momento que Kellerman reaccionó y le gritó a Greer que saliese de allí cagando leches. El acelerón bien pudo matarlo. La imagen de Jackeline Kennedy subiéndose a la parte trasera del Lincoln, mil veces mostrada por la película Zapruder, hasta el punto de parecer como que quisiera huir del lugar de los disparos, tiene su razón en los intentos de la primera dama por echarle una mano a Hill. Cada uno se apoyó en el otro. Jackie logró ayudar a Hill a entrar en el coche y éste, en su impulso, logró introducir a Jackie dentro del mismo, evitando que con la inercia del acelerón cayese a la calzada.
Greer y Kellerman, más dueños de la situación ahora, encaminan el coche a toda velocidad hacia el hospital más cercano, el Parkland Memorial. Llegan a las 12 y 36.
Lo que ocurre allí se parece bastante a la palabra caos. Pero esto, si no os importa, lo dejaremos para otro día.
viernes, febrero 08, 2008
El origen de los idiomas
Hay preguntas que parecen gilipolleces, y a lo mejor hasta lo son, pero que tienen su intríngulis. Por ejemplo: ¿son todas las lenguas del mundo hijas de la misma madre? Esto de las lenguas es una cuestión batallona en muchos sitios, España entre ellos, y por lo tanto no hay tomársela a la ligera.
A mí de toda la vida se me ha atascado la fonética y esas cosas, pero sin embargo el asunto me interesa. Pero no voy a ser yo quien os diserte sobre el asunto, sino Tiburcio, que se ha enseñoreado del blog estos últimos días (para solaz mío, que así he ganado tiempo para el Medal of Honor).
¿Que qué tienen que ver los elefantes con la lengua? Pero, alma de cántaro, ¿tú has visto el pedazo de lengua que tienen los elefantes? En la mayoría de los casos, se podría jugar al ping-pong encima de ella. Esto jode bastante a los paquidermos, pues es decepcionante tener un órgano y no saber encontrarle utilidad, como bien sabemos la mayoría de los hombres de más de cuarenta.
Esta especie de insatisfacción inmanente es la que hace que Tiburcio se ocupe, de vez en cuando, de profundizar en estudios filológicos, merced a los cuales ha redactado el post de hoy, de gran interés. En el mismo os recomienda una lectura y cuando menos yo pienso seguir el consejo.
Os dejo con él.
El libro cuya lectura os voy a recomendar hoy se llama El origen de los idiomas y su autor es Merritt Ruhlen. [Nota de JdJ. Tiburcio me dice que lo ha leído en francés, aunque la edición original es en inglés: Stanford University Press, New Ed edition, 31 Mar 1997. Desconozco si hay versión en español, pero mucho me temo que no].
Ruhlen parte de que la lingüística histórica actual está muy influida por los prejuicios de los indoeuropeístas y ha bloqueado todos los intentos de hallar superfamilias de idiomas e incluso un idioma original. Los indoeuropeístas afirmarían que más allá de 5.000 años, mes más o menos, es imposible reconstruir un idioma. Ruhlen lo critica y afirma que el método comparativo da mucho más juego del que pretenden los indoeuropeístas.
Describe cómo se reconstruye un protoidioma. Tomamos varios idiomas que están emparentados. Queremos descubrir, por ejemplo, cómo se decía «astrágalo» en la lengua madre de todos ellos. La posibilidad más rara es que todos hayan conservado la palabra, en cuyo caso no hay problema. Por ejemplo: «rosa», en español, «rose» en francés y «rosa» en italiano. Podemos asumir que el latín sería al menos ros-. Si las formas difieren, empiezan los problemas: «tête» en francés y «testa» en italiano, pero «cabeza» en español; y aquí no se trata de una democracia en la que la mayoría tiene la razón.
Una manera de resolver esto es recurrir a otro idioma que sepamos que está lejanamente emparentado con los anteriores. El griego tiene «kephalon» y el ruso «golova». Todo apunta a que en el protoidioma, anterior incluso al latín, la palabra para «cabeza» empezaba por un sonido k o g con lo que el español, a pesar de estar en minoría, es el que ha conservado la palabra original del latín.
Los indoeuropeístas, al negar que el indoeuropeo esté emparentado con otras familias, se han privado del recurso anterior para saber qué forma retener cuando las distintas ramas de la familia presentan distintas palabras.
Cuando varios idiomas presentan formas semejantes pero no idénticas (por ejemplo, español «llave», italiano «chiave», francés «clé»), se puede rastrear la forma original a partir de la ley del mínimo esfuerzo (la pereza es más universal de lo que nos pensamos): los cambios fonéticos suelen ir siempre en la dirección que ahorre más trabajo al hablante. Así, la evolución más habitual es kr > k' > k, o ki > chi > shi > si > i. En el ejemplo anterior, es más normal postular que una cl- original se convirtió en ch- (pronunciado casi como ki) en italiano y en ll- en español, que no que una ch- o una ll- originales dieran en francés cl-.
El conocimiento de las tendencias de la evolución fonética es muy útil para poder comparar palabras relacionadas entre distintas lenguas. A este respecto, es importante recordar que dos lenguas pueden conservar la misma palabra de su lengua madre, pero con distinto significado. Ruhlen presenta varias palabras de idiomas amerindios: «t'in», «t'i», «ti», «sin», «shin», «shi»… en unos la palabra significa «hermano», en otros «hombre joven», en otros «niño». Los significados están lo suficientemente relacionados y la fonética lo suficientemente próxima como para que lleguemos a la conclusión de que los idiomas están emparentados y tratemos de reconstruir la palabra-madre origen. En este caso, esa palabra es «*t'ina» = hermano.
La reconstrucción lingüística trata de buscar correspondencias regulares entre los idiomas que compara. Los cambios fonéticos, cuando ocurren son universales, no afectan sólo a unas palabras, pero no a otras. La pl- latina dio en español ll-; así, planus dio llano. Entonces, ¿por qué tenemos una palabra como «plano»? Porque fue un cultismo que se introdujo en el español cuando hacía siglos que el cambio de pl- a ll- se había producido. Una observación: en ocasiones el entorno en el que se produce un fonema puede hacer que no se produzca la evolución fonética esperada. Un ejemplo de Ruhlen: el protoindoeuropeo «*t» dio en protogermánico «th». Sabiendo que en sánscrito «padre» se dice «pitár» y en latín «pater», el protogermánico debería ser «fathar» y, sin embargo, es «fadar». Para no liar más, diré que todo es una cuestión de dónde cae el acento. Si no precedía a la «*t», entonces el resultado final era d en lugar de th. Bueno, hay algunos otros factores que pueden interferir en el tema de los cambios fonéticos, pero sería complicar mucho la historia. El tema de las correspondencias fonéticas es clave para determinar si dos idiomas están efectivamente emparentados y para reconstruir la protolengua que los originó.
Los cambios fonéticos a veces no se producen o son revertidos por un fenómeno de analogía. Por ejemplo, en ruso hubo una serie de alteraciones en las palatales. Un efecto de esas alteraciones fue que el nominativo de África fuese «Afrika», pero el locativo fuese «Afritse». La analogía (si tenemos k en el nominativo, la tenemos que tener para todo el paradigma) hizo que el locativo fuese el esperable «Afrike», como si el cambio fonético jamás se hubiese producido. El serbio conoció el mismo fenómeno y sin embargo en él el nominativo es «Afrika» y el locativo «Afritsi».
Cuando se tiene un espacio geográfico extendido en el que se hablan varios idiomas emparentados y se quiere saber cuál es la cuna de esos idiomas, el lugar en el que se habló la lengua madre original, tenemos que buscar allí donde la diferencia lingüística sea máxima, porque es donde el idioma ha tenido más tiempo para evolucionar y variar.
El libro termina con veintisiete raíces que se encontraban en la lengua madre original y que son rescatables a partir del examen de treinta y dos familias de idiomas. Ruhlen aporta numerosísimos ejemplos de varios idiomas para cada una de las raíces. Sé que dando sólo un ejemplo en español o en inglés no transmito la abundancia de ejemplos que aporta, pero menos da una piedra. Las raíces son:
Aja = madre, pariente femenino de mayor edad. En español tenemos aya.
Bu(n)ka = rodilla, doblar. Inglés bow = arco.
Bur = cenizas, polvo.
Chun(g)a = nariz, oler. Español, sinus como en sinusitis. No recuerdo el origen de esta palabra, si es griego o latin ni el significado exacto en esos idiomas.
Kama = agarrar con la mano.
Kano = brazo. Inglés, hand = mano.
Kati = hueso. Español, costillas.
K'olo = agujero. Español, culo (¿a que no os esperábais que esa humilde palabra tuviese tanta prosapia?). Inglés, hole.
Kuan = perro. Latín, canis.
Ku(n) = ¿quién?. El parecido es evidente.
Kuna = mujer.
Mako = niño.
Maliq'a = mamar, amamantar, pecho. Inglés, milk = leche.
Mana = quedarse en un sitio, per-mane-cer (en el verbo español el per- es un prefijo que viene del latín. La raíz verdaderamente es -mane-).
Mano = hombre. Inglés, man = hombre.
Mena = pensar. Español, mente.
Mi(n) = ¿qué?.
Pal = dos.
Par = volar.
Poko = brazo. Inglés, bough = rama. Como curiosidad: en el inglés pidgin de Camerún, la rama del 'arbol se dice hand for stick, o sea, «la mano del palo».
Puti = vagina. Ejemplo en español... sí, eso mismo.
Teku = pierna , pie.
Tik = dedo, uno. Latín, digitus = dedo.
Tika = tierra.
Tsaku = pierna, pie.
Tsuma = pelo, cabello.
Aq'wa = agua.
Post Scriptum de JdJ: Dado que soy un poco cabroncete, tras editar y releer el excelente post de Tiburcio, no puedo resistir la tentación de, a la luz de la lista de palabras originales con que lo termina, intentar una pequeña redacción en protolengua:
Par por k'olo tik tsaku poko bunka chunga crac. Kun puti mana tik kati?
O sea:
«Volé por el agujero [y de la hostia] me rompí una pierna, un brazo, una rodilla y la nariz. ¿Quién coño dejó un hueso [para que tropezase]?
A mí de toda la vida se me ha atascado la fonética y esas cosas, pero sin embargo el asunto me interesa. Pero no voy a ser yo quien os diserte sobre el asunto, sino Tiburcio, que se ha enseñoreado del blog estos últimos días (para solaz mío, que así he ganado tiempo para el Medal of Honor).
¿Que qué tienen que ver los elefantes con la lengua? Pero, alma de cántaro, ¿tú has visto el pedazo de lengua que tienen los elefantes? En la mayoría de los casos, se podría jugar al ping-pong encima de ella. Esto jode bastante a los paquidermos, pues es decepcionante tener un órgano y no saber encontrarle utilidad, como bien sabemos la mayoría de los hombres de más de cuarenta.
Esta especie de insatisfacción inmanente es la que hace que Tiburcio se ocupe, de vez en cuando, de profundizar en estudios filológicos, merced a los cuales ha redactado el post de hoy, de gran interés. En el mismo os recomienda una lectura y cuando menos yo pienso seguir el consejo.
Os dejo con él.
El libro cuya lectura os voy a recomendar hoy se llama El origen de los idiomas y su autor es Merritt Ruhlen. [Nota de JdJ. Tiburcio me dice que lo ha leído en francés, aunque la edición original es en inglés: Stanford University Press, New Ed edition, 31 Mar 1997. Desconozco si hay versión en español, pero mucho me temo que no].
Ruhlen parte de que la lingüística histórica actual está muy influida por los prejuicios de los indoeuropeístas y ha bloqueado todos los intentos de hallar superfamilias de idiomas e incluso un idioma original. Los indoeuropeístas afirmarían que más allá de 5.000 años, mes más o menos, es imposible reconstruir un idioma. Ruhlen lo critica y afirma que el método comparativo da mucho más juego del que pretenden los indoeuropeístas.
Describe cómo se reconstruye un protoidioma. Tomamos varios idiomas que están emparentados. Queremos descubrir, por ejemplo, cómo se decía «astrágalo» en la lengua madre de todos ellos. La posibilidad más rara es que todos hayan conservado la palabra, en cuyo caso no hay problema. Por ejemplo: «rosa», en español, «rose» en francés y «rosa» en italiano. Podemos asumir que el latín sería al menos ros-. Si las formas difieren, empiezan los problemas: «tête» en francés y «testa» en italiano, pero «cabeza» en español; y aquí no se trata de una democracia en la que la mayoría tiene la razón.
Una manera de resolver esto es recurrir a otro idioma que sepamos que está lejanamente emparentado con los anteriores. El griego tiene «kephalon» y el ruso «golova». Todo apunta a que en el protoidioma, anterior incluso al latín, la palabra para «cabeza» empezaba por un sonido k o g con lo que el español, a pesar de estar en minoría, es el que ha conservado la palabra original del latín.
Los indoeuropeístas, al negar que el indoeuropeo esté emparentado con otras familias, se han privado del recurso anterior para saber qué forma retener cuando las distintas ramas de la familia presentan distintas palabras.
Cuando varios idiomas presentan formas semejantes pero no idénticas (por ejemplo, español «llave», italiano «chiave», francés «clé»), se puede rastrear la forma original a partir de la ley del mínimo esfuerzo (la pereza es más universal de lo que nos pensamos): los cambios fonéticos suelen ir siempre en la dirección que ahorre más trabajo al hablante. Así, la evolución más habitual es kr > k' > k, o ki > chi > shi > si > i. En el ejemplo anterior, es más normal postular que una cl- original se convirtió en ch- (pronunciado casi como ki) en italiano y en ll- en español, que no que una ch- o una ll- originales dieran en francés cl-.
El conocimiento de las tendencias de la evolución fonética es muy útil para poder comparar palabras relacionadas entre distintas lenguas. A este respecto, es importante recordar que dos lenguas pueden conservar la misma palabra de su lengua madre, pero con distinto significado. Ruhlen presenta varias palabras de idiomas amerindios: «t'in», «t'i», «ti», «sin», «shin», «shi»… en unos la palabra significa «hermano», en otros «hombre joven», en otros «niño». Los significados están lo suficientemente relacionados y la fonética lo suficientemente próxima como para que lleguemos a la conclusión de que los idiomas están emparentados y tratemos de reconstruir la palabra-madre origen. En este caso, esa palabra es «*t'ina» = hermano.
La reconstrucción lingüística trata de buscar correspondencias regulares entre los idiomas que compara. Los cambios fonéticos, cuando ocurren son universales, no afectan sólo a unas palabras, pero no a otras. La pl- latina dio en español ll-; así, planus dio llano. Entonces, ¿por qué tenemos una palabra como «plano»? Porque fue un cultismo que se introdujo en el español cuando hacía siglos que el cambio de pl- a ll- se había producido. Una observación: en ocasiones el entorno en el que se produce un fonema puede hacer que no se produzca la evolución fonética esperada. Un ejemplo de Ruhlen: el protoindoeuropeo «*t» dio en protogermánico «th». Sabiendo que en sánscrito «padre» se dice «pitár» y en latín «pater», el protogermánico debería ser «fathar» y, sin embargo, es «fadar». Para no liar más, diré que todo es una cuestión de dónde cae el acento. Si no precedía a la «*t», entonces el resultado final era d en lugar de th. Bueno, hay algunos otros factores que pueden interferir en el tema de los cambios fonéticos, pero sería complicar mucho la historia. El tema de las correspondencias fonéticas es clave para determinar si dos idiomas están efectivamente emparentados y para reconstruir la protolengua que los originó.
Los cambios fonéticos a veces no se producen o son revertidos por un fenómeno de analogía. Por ejemplo, en ruso hubo una serie de alteraciones en las palatales. Un efecto de esas alteraciones fue que el nominativo de África fuese «Afrika», pero el locativo fuese «Afritse». La analogía (si tenemos k en el nominativo, la tenemos que tener para todo el paradigma) hizo que el locativo fuese el esperable «Afrike», como si el cambio fonético jamás se hubiese producido. El serbio conoció el mismo fenómeno y sin embargo en él el nominativo es «Afrika» y el locativo «Afritsi».
Cuando se tiene un espacio geográfico extendido en el que se hablan varios idiomas emparentados y se quiere saber cuál es la cuna de esos idiomas, el lugar en el que se habló la lengua madre original, tenemos que buscar allí donde la diferencia lingüística sea máxima, porque es donde el idioma ha tenido más tiempo para evolucionar y variar.
El libro termina con veintisiete raíces que se encontraban en la lengua madre original y que son rescatables a partir del examen de treinta y dos familias de idiomas. Ruhlen aporta numerosísimos ejemplos de varios idiomas para cada una de las raíces. Sé que dando sólo un ejemplo en español o en inglés no transmito la abundancia de ejemplos que aporta, pero menos da una piedra. Las raíces son:
Aja = madre, pariente femenino de mayor edad. En español tenemos aya.
Bu(n)ka = rodilla, doblar. Inglés bow = arco.
Bur = cenizas, polvo.
Chun(g)a = nariz, oler. Español, sinus como en sinusitis. No recuerdo el origen de esta palabra, si es griego o latin ni el significado exacto en esos idiomas.
Kama = agarrar con la mano.
Kano = brazo. Inglés, hand = mano.
Kati = hueso. Español, costillas.
K'olo = agujero. Español, culo (¿a que no os esperábais que esa humilde palabra tuviese tanta prosapia?). Inglés, hole.
Kuan = perro. Latín, canis.
Ku(n) = ¿quién?. El parecido es evidente.
Kuna = mujer.
Mako = niño.
Maliq'a = mamar, amamantar, pecho. Inglés, milk = leche.
Mana = quedarse en un sitio, per-mane-cer (en el verbo español el per- es un prefijo que viene del latín. La raíz verdaderamente es -mane-).
Mano = hombre. Inglés, man = hombre.
Mena = pensar. Español, mente.
Mi(n) = ¿qué?.
Pal = dos.
Par = volar.
Poko = brazo. Inglés, bough = rama. Como curiosidad: en el inglés pidgin de Camerún, la rama del 'arbol se dice hand for stick, o sea, «la mano del palo».
Puti = vagina. Ejemplo en español... sí, eso mismo.
Teku = pierna , pie.
Tik = dedo, uno. Latín, digitus = dedo.
Tika = tierra.
Tsaku = pierna, pie.
Tsuma = pelo, cabello.
Aq'wa = agua.
Post Scriptum de JdJ: Dado que soy un poco cabroncete, tras editar y releer el excelente post de Tiburcio, no puedo resistir la tentación de, a la luz de la lista de palabras originales con que lo termina, intentar una pequeña redacción en protolengua:
Par por k'olo tik tsaku poko bunka chunga crac. Kun puti mana tik kati?
O sea:
«Volé por el agujero [y de la hostia] me rompí una pierna, un brazo, una rodilla y la nariz. ¿Quién coño dejó un hueso [para que tropezase]?
lunes, febrero 04, 2008
El día que Hitler declaró la guerra a los Estados Unidos
Nuestro admirado Tiburcio sigue inasequible al desaliento con la idea de desasnarnos en materia de segunda guerra mundial. Algún día debería escribir algún librito juntando todas estas letras, un libro que bien podría titularse Aprendiendo a comprender la guerra mundial.
Hoy, su cuarto a espadas se dirige a un episodio quizá no muy conocido: la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos. Espero que el texto os ilumine como lo ha hecho conmigo.
Os dejo con él.
El 11 de septiembre de 1941, cuatro días después del ataque japonés a Pearl Harbour, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos. El momento escogido para la declaración de guerra parecía que lo hubiera elegido su peor enemigo. 6 días antes la ofensiva sobre Moscú se había detenido y los soviéticos habían pasado al contraataque. Resultaba evidente que no podría haber otro intento de noquear a la URSS hasta el siguiente verano. ¿Por qué Hitler decidió atizar un avispero cuando ya estaba metido en un berenjenal?
Antes que nada hay que disipar un equívoco que a veces se oye. El Pacto Tripartito que vinculaba a Alemania y a Japón no forzaba a Hitler a declarar la guerra a Estados Unidos. La declaración de guerra sólo era automática si Estados Unidos era el agresor, lo que no había sido el caso. Hay quien ha sostenido que, con este gesto, Hitler pretendía mostrar a Japón que estaban en el mismo barco. Sin embargo, curiosamente no pidió a Japón que hiciera un gesto recíproco y declarara la guerra a la URSS. Además, había algo futil en el gesto. Con el ataque a Pearl Harbour Japón se había colocado en el barco alemán lo quisiera o no. Tampoco me convence la idea de que al declarar la guerra a EEUU, Hitler se aseguraba de que Japón no concluyese una paz por separado.
Aunque haya habido historiadores que hayan sostenido que Hitler pensó que podría mantener a Estados Unidos al margen de la guerra en Europa, me parecen más creíbles las afirmaciones de Alfred Jodl, quien afirma que en diciembre de 1940, al firmar la directiva que ponía en marcha la operación Barbarroja, Hitler le dijo que debían solucionar todos los problemas continentales de Europa en 1941, porque para 1942 EEUU estaría en condiciones de intervenir en Europa. El ejemplo de la I Guerra Mundial dejaba claro que era muy probable que EEUU acudiese en ayuda de sus primos anglosajones. Y si ese ejemplo no hubiese bastado, ahí estaban las acciones norteamericanas de los últimos meses: firma de un convenio con Gran Bretaña en septiembre de 1940, que puso a disposición de dicho país 50 destructores para la lucha antisubmarina; el Préstamo-Arriendo (marzo de 1941) que facilitó a Gran Bretaña la adquisición de armamento y fue vista por muchos como un paso hacia la beligerancia total.
Hitler era consciente de que Roosevelt estaba deseando entrar en guerra y hasta diciembre de 1941 no quiso darle ocasiones. Así, el día antes del inicio de Barbarroja, ordenó a los oficiales de la Armada que se abstuvieran de cualquier acción hostil contra navíos de EEUU, incluso si estaban atacando submarinos alemanes. ¿Por qué de pronto, en el peor de los momentos, pasó de evitar la guerra con EEUU a desearla?
Ian Kershaw lo atribuye a la chulería de no dejar que Estados Unidos le tomase la delantera. Más o menos: “Ya que vamos a ir a la guerra, que sea yo el que lo diga” (paréntesis: una amiga mía a su regreso de unas vacaciones en Inglaterra quedó con su novio para decirle que rompía. El novio, que se olía la tostada, no la dejó hablar y antes de que ella hubiera podido decir nada, anunció la ruptura. Al final quedó jodido, pero con el honor a salvo). Incluso Kershaw estima, -y no es el único- que Hitler pensó que la intervención japonesa le aseguraba la victoria. Mientras los japoneses debilitaban a los británicos en Asia y mantenían ocupados a los norteamericanos, él podría centrarse en la tarea de destruir la URSS.
Me parecen más atractivas las tesis de John Lukacs en The Hitler of History. Lukacs dice que para noviembre de 1941 Hitler se había dado cuenta de que no podía ganar la guerra que se había propuesto. La Blitzkrieg había fracasado en la URSS. La ofensiva contra Moscú fue entonces más la jugada del ludópata que se apuesta el reloj cuando ha perdido todo su dinero, que el órdago a grande del jugador de mus que lleva tres reyes. Lo que quedaba ahora era una guerra larga, de desgaste y de resultado incierto. Así, la declaración de guerra no habría sido el gesto de chulería del que cree que va a ganar, sino el acto fatalista y dramático del que ve que los hados le son adversos y dice: «¿Es eso lo que queréis? Pues adelante.»
Un inciso: he leído en ocasiones que Hitler minusvaloraba a Estados Unidos y que no era consciente de todo su poderío. Me cuesta creer eso. Hitler tenía un ojo muy fino para calibrar el poderío de los adversarios, aunque a menudo ese ojo quedase desenfocado por su tendencia a magnificar sus debilidades. En el caso de Estados Unidos, parece que Hitler tenía en poco las cualidades combativas de sus soldados y la calidad de su armamento, pero que en cambio respetaba su poderío industrial. Si vemos la aplicación con que Hitler eludió las provocaciones hasta finales de 1941, creo que hay motivos para pensar que respetaba y hasta temía un poco a Estados Unidos.
En todo caso, en una cosa Ian Kershaw tiene razón: declarando la guerra Hitler no hizo sino adelantarse a lo inevitable.
Hoy, su cuarto a espadas se dirige a un episodio quizá no muy conocido: la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos. Espero que el texto os ilumine como lo ha hecho conmigo.
Os dejo con él.
El 11 de septiembre de 1941, cuatro días después del ataque japonés a Pearl Harbour, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos. El momento escogido para la declaración de guerra parecía que lo hubiera elegido su peor enemigo. 6 días antes la ofensiva sobre Moscú se había detenido y los soviéticos habían pasado al contraataque. Resultaba evidente que no podría haber otro intento de noquear a la URSS hasta el siguiente verano. ¿Por qué Hitler decidió atizar un avispero cuando ya estaba metido en un berenjenal?
Antes que nada hay que disipar un equívoco que a veces se oye. El Pacto Tripartito que vinculaba a Alemania y a Japón no forzaba a Hitler a declarar la guerra a Estados Unidos. La declaración de guerra sólo era automática si Estados Unidos era el agresor, lo que no había sido el caso. Hay quien ha sostenido que, con este gesto, Hitler pretendía mostrar a Japón que estaban en el mismo barco. Sin embargo, curiosamente no pidió a Japón que hiciera un gesto recíproco y declarara la guerra a la URSS. Además, había algo futil en el gesto. Con el ataque a Pearl Harbour Japón se había colocado en el barco alemán lo quisiera o no. Tampoco me convence la idea de que al declarar la guerra a EEUU, Hitler se aseguraba de que Japón no concluyese una paz por separado.
Aunque haya habido historiadores que hayan sostenido que Hitler pensó que podría mantener a Estados Unidos al margen de la guerra en Europa, me parecen más creíbles las afirmaciones de Alfred Jodl, quien afirma que en diciembre de 1940, al firmar la directiva que ponía en marcha la operación Barbarroja, Hitler le dijo que debían solucionar todos los problemas continentales de Europa en 1941, porque para 1942 EEUU estaría en condiciones de intervenir en Europa. El ejemplo de la I Guerra Mundial dejaba claro que era muy probable que EEUU acudiese en ayuda de sus primos anglosajones. Y si ese ejemplo no hubiese bastado, ahí estaban las acciones norteamericanas de los últimos meses: firma de un convenio con Gran Bretaña en septiembre de 1940, que puso a disposición de dicho país 50 destructores para la lucha antisubmarina; el Préstamo-Arriendo (marzo de 1941) que facilitó a Gran Bretaña la adquisición de armamento y fue vista por muchos como un paso hacia la beligerancia total.
Hitler era consciente de que Roosevelt estaba deseando entrar en guerra y hasta diciembre de 1941 no quiso darle ocasiones. Así, el día antes del inicio de Barbarroja, ordenó a los oficiales de la Armada que se abstuvieran de cualquier acción hostil contra navíos de EEUU, incluso si estaban atacando submarinos alemanes. ¿Por qué de pronto, en el peor de los momentos, pasó de evitar la guerra con EEUU a desearla?
Ian Kershaw lo atribuye a la chulería de no dejar que Estados Unidos le tomase la delantera. Más o menos: “Ya que vamos a ir a la guerra, que sea yo el que lo diga” (paréntesis: una amiga mía a su regreso de unas vacaciones en Inglaterra quedó con su novio para decirle que rompía. El novio, que se olía la tostada, no la dejó hablar y antes de que ella hubiera podido decir nada, anunció la ruptura. Al final quedó jodido, pero con el honor a salvo). Incluso Kershaw estima, -y no es el único- que Hitler pensó que la intervención japonesa le aseguraba la victoria. Mientras los japoneses debilitaban a los británicos en Asia y mantenían ocupados a los norteamericanos, él podría centrarse en la tarea de destruir la URSS.
Me parecen más atractivas las tesis de John Lukacs en The Hitler of History. Lukacs dice que para noviembre de 1941 Hitler se había dado cuenta de que no podía ganar la guerra que se había propuesto. La Blitzkrieg había fracasado en la URSS. La ofensiva contra Moscú fue entonces más la jugada del ludópata que se apuesta el reloj cuando ha perdido todo su dinero, que el órdago a grande del jugador de mus que lleva tres reyes. Lo que quedaba ahora era una guerra larga, de desgaste y de resultado incierto. Así, la declaración de guerra no habría sido el gesto de chulería del que cree que va a ganar, sino el acto fatalista y dramático del que ve que los hados le son adversos y dice: «¿Es eso lo que queréis? Pues adelante.»
Un inciso: he leído en ocasiones que Hitler minusvaloraba a Estados Unidos y que no era consciente de todo su poderío. Me cuesta creer eso. Hitler tenía un ojo muy fino para calibrar el poderío de los adversarios, aunque a menudo ese ojo quedase desenfocado por su tendencia a magnificar sus debilidades. En el caso de Estados Unidos, parece que Hitler tenía en poco las cualidades combativas de sus soldados y la calidad de su armamento, pero que en cambio respetaba su poderío industrial. Si vemos la aplicación con que Hitler eludió las provocaciones hasta finales de 1941, creo que hay motivos para pensar que respetaba y hasta temía un poco a Estados Unidos.
En todo caso, en una cosa Ian Kershaw tiene razón: declarando la guerra Hitler no hizo sino adelantarse a lo inevitable.
miércoles, enero 30, 2008
Don Carlos
El Romanticismo es buena cosa para la cultura. Supuso la ruptura con la relativa frialdad neoclásica y, en general, introdujo en el mundo de las formas y de la estética un gusto por lo irracional que, de unas formas o de otras, ha hecho evolucionar la cultura en los últimos doscientos años. Sin embargo, para la Historia no ha sido tan bueno. Los románticos, ya se ha dicho, tenían un punto irracional del que hacían gala y, además, profesaban una admiración sin límite por algunas etapas históricas, como la Edad Media, que los hacía poco equilibrados a la hora de juzgar los tiempos pasados.
La Historia de España es, de alguna manera, víctima del punto de vista romántico. Son varios los episodios que se podrían citar, pero hoy me voy a referir a uno muy concreto: la vida del infante Don Carlos, hijo de Felipe II llamado a sucederle al frente del Imperio español sobre el que nunca se ponía el sol. Diversos escritores románticos, y muy especialmente Schiller (en música, Verdi), se fijaron en el mito de este desgraciado hijo de rey, presuntamente esclavizado y martirizado por su extraño padre. La verdad es que su padre era realmente extraño. Más bien, casi toda la familia Austria desde los Reyes Católicos hasta el Rey Prudente era para echarla de comer aparte. Con tiempo iremos hablando de ellos, poco a poco. Pero con ser Felipe raro, no es esa rareza, y mucho menos su pretendida crueldad, la que está detrás de los sufrimientos de Don Carlos.
El problema del infante era, simple y llanamente, que estaba como una regadera.
En 1568, Europa se conmocionó con la casi increíble noticia del arresto del infante Don Carlos, que entonces tenía 23 años de edad, por orden de su propio padre. No es muy normal que los príncipes vayan a la trena como cualquier chorizo de la plaza de Callao. Menos aún aquel hombre, que estaba llamado a dominar el mundo, pues iba a heredar de su padre España, los Países Bajos, las posesiones italianas, la América española, amén de casarse con la hija mayor del emperador alemán Maximiliano II la cual, para más inri, según las crónicas de la época estaba que te cagas. Todo esto se fue a la mierda con el arresto, y terminó de irse cinco meses después, cuando Don Carlos moría en la cárcel.
Pero vayamos por partes. Flash back. Ahora en la película se ve la imagen de una real boda fastuosa mientras unas letras superpuestas nos informan: «25 años antes». En efecto, estamos en 1543, cuando aún faltan dos años para que nazca Don Carlos, y la boda acojonante a la que acudimos es la que se produce entre Felipe, hijo del emperador Carlos V de Alemania y I de España, y María, la hija del rey Joao III de Portugal. Marido y mujer que, además, son primos carnales, puesto que la madre de la novia, Catalina, era hermana del emperador Carlos; no quedando ahí la cosa pues el padre de la novia, el rey Joao, y la madre del novio, Isabel, también eran hermanos. Así pues, Felipe y María eran doblemente primos, casi hermanos.
Hay quien dice que el tabú del incesto existe en todas las sociedades para evitar estas cosas, es decir que la sangre se vicie por la vía de no obtener, por así decirlo, genomas de refresco. Así pues, que Carlos saliese rarito puede tener que ver con esa consanguineidad. Aunque hay otros factores. Creo que hoy es también claro que no pocas locuras tienen carácter hereditario y, al fin y al cabo, Felipe II llevaba en su ADN la firma de Juana, llamada por la Historia La Loca, en mi opinión con entero merecimiento del mote aunque modernos relectores históricos la quieran reivindicar. El tercer factor que cabe citar es el embarazo en sí. Al parecer, María de Portugal tenía dificultades para superar, corpóreamente hablando, la edad del pavo y convertirse en una mujer hecha y derecha que se pudiera dedicar a la actividad principal de toda princesa, esto es quedarse embarazada. Los médicos de la Corte, por ello, realizaron con ella toda serie de putadas, entre las que no faltaron sangrías periódicas.
Cualquier mujer que esté hoy o lo haya estado en edad de criar sabe que el primer consejo que le dan a una mujer en una clínica de fertilidad cuando va allí a ver si le pueden dar Zumosol a sus óvulos es: «sáquese usted un poquito de sangre cada noche, y verá cómo la preñez viene sola». En fin, la medicina antigua tenía estas gilipolleces. Es evidente que si a una embarazada le provocamos una anemia lo que estamos haciendo es ponerle las cosas al feto más difíciles que a McGyver. Como consecuencia del tratamiento recibido, pues, María estaba muy débil cuando, en 1545, se quedó finalmente embarazada. Y esto no es algo con lo que haya que especular pues, tan sólo cuatro días después del parto del niño, su corazón dijo al carajo, y se paró for good.
Carlos mostró desde muy niño rasgos de cierto desequilibrio cruel. Por ejemplo, llegó a herir a tres de sus nodrizas mediante otros tantos mordiscos violentos en sus pezones. Las cosas que se saben de él recuerdan mucho al último Austria, el rey Carlos II, llamado El Hechizado. Como a él, a Don Carlos le costó mucho aprender a hablar, pues tenía tres años cuando empezó a balbucear algunas palabras; cuando lo hizo, hablaba como un gilipollas, motivo por el cual le cortaron el frenillo de la lengua (como puede verse, Don Carlos era un desequilibrado; pero, en manos de aquellos médicos, se convertía en desequilibrado y medio).
Una característica de algunos desequilibrados, que los hace tan adecuados para el trabajo de dictador, es la insensibilidad hacia el dolor ajeno. Carlos, de eso, tenía mucho; además, era príncipe, y eso ayudaba. Con siete años se cabreó con un paje y, ni corto ni perezoso, exigió que fuese ahorcado. Como no le hicieron caso, se declaró en huelga de hambre, que sólo abandonó cuando ahorcaron en su presencia a un muñeco que se parecía al paje; de donde deducimos que tampoco debía de ser un lince precisamente pues hasta yo, que soy medio idiota, sé distinguir a mi vecino de un muñeco que se parece a mi vecino.
Otro aspecto refinado de su crueldad se manifestaba con los animales. Los conejos que le traían los hacía asar vivos y tuvo una tortuga como mascota, a la que encabronó de tal manera con sus jueguecitos que, un día, la tortuga le mordió en un dedo. Ni corto ni perezoso, le arrancó la cabeza de un mordisco. Otro día se encerró en una caballeriza con veinte caballos, a los que maltrató del tal manera que los equinos acabaron inservibles y bañándose en su propia sangre.
Desde muy chiquito, abandonó la primera persona al hablar. Se refería a sí mismo como «el niño», y hablaba de sí mismo en tercera persona. Aunque esto, probablemente, no es muy raro; he visto a algunos niños pequeños hacerlo durante una temporada.
Es mi convencimiento personal, aparte de que me parece un hecho completamente lógico, que el hecho de ser príncipe agravó la locura de Don Carlos, sobre todo por la vía de la megalomanía. Hay que recordar, en este punto, que el muchacho apenas tenía once años de edad cuando fue elevado de la condición de infante a la de príncipe. Un episodio con su abuelo Carlos deja claro que aquel zote pensaba que todo el mundo estaba a su servicio. Como es bien sabido, el emperador se retiró en vida, para morir en el bellísimo monasterio de Yuste. Cuando llegó a España para su retiro, paró unos días en Valladolid, donde conoció a su nieto, al que entonces aún no había visto en toda su vida. Llevaba el emperador un artilugio entonces desconocido en España: una estufa portátil. Su nieto la vio y se encaprichó con ella. El viejo emperador, por supuesto, le contestó que y unos cojones. Entonces Don Carlos montó un expolio de tal calibre que el mismísimo Carlos V, acojonado, tuvo que jurarle solemnemente que, a su muerte, él heredaría la puta estufa. Sólo entonces se tranquilizó el príncipe.
Caprichoso hasta la médula, Carlangas hacía cosas de guardia urbano. Su primo el rey de Portugal trajo una vez un elefante de África y se lo regaló. Don Carlos quedó tan prendado del proboscídeo que hacía que se lo subiesen a su habitación. No le arriendo la ganancia al personal de limpieza del palacio cada vez que el animal se cagase por el pasillo.
El domingo 19 de abril de 1562, Don Carlos bajaba las escaleras de su residencia en Alcalá de Henares. En una escalera resbaló, bajó rodando y se pegó un hostión con la cabeza contra una puerta cerrada. Tuvo fiebres unos días, lo normal, pero cosa de una semana después, la herida de la cabeza se complicó y comenzó a supurar. La fiebre subió, el príncipe comenzó a irse por la pata abajo y la pierna derecha dejó de responderle. Lo dieron por muerto con seguridad, hasta el punto que el rey Felipe llegó a ordenar los funerales. No obstante, los médicos acabaron salvándolo mediante una trepanación con la que limpiaron la herida. Aunque lo que España creyó en aquel entonces fue otra cosa pues, después de la operación, alguien se acordó de que en un convento cercano se veneraban los huesos de un tal fraile Diego que había sido muy bueno, así pues fueron allí, pillaron el esqueleto, lo acostaron en la cama junto al enfermo y anduvieron un rato tamborileándole con los huesos en la cabeza al moribundo, que acabó por recuperarse, tal vez porque la impresión de despertarte y encontrarte acostado con un esqueleto es una de esa cosas que te aminan a levantarte. Pero la enfermedad fue tan grave que, cuando se levantó de la cama, pesaba menos de 40 kilos. Tenía 17 años.
Hay quien dice que el príncipe nunca se recuperó de aquella hostia. En 1564 lo encontramos ya incorporado a la Corte, pues ya era mayor, se había acordado ya el matrimonio con Ana la buenorra, y tenía que convertirse en un auténtico cortesano. La descripción que nos dejó el embajador alemán en Madrid del candidato es como para salir huyendo el día de la boda. Nos dice que el príncipe tenía el cabello castaño, la frente alta, ojos verdes, barbilla saliente (marca de la casa), cutis indefinido, estrechez de pecho (herencia de su anémica crisis de dos años antes), un hombro más alto que el otro, una pierna izquierda bastante más larga que la derecha, muslos exageradamente delgados y, en general, dificultades visibles para el uso de la mitad derecha de su cuerpo. Voz atiplada y un poco femenina, rara vez se aseaba, comía como una bestia y nunca bebía alcohol, aunque el agua había que filtrársela con nieve porque nunca la encontraba suficientemente fría.
O sea: igualito que Richard Gere en Oficial y Caballero, sólo que codificado.
El pueblo informado y los maledicentes de la Corte bautizaron a Don Carlos «el capón». Si hemos de creer en el paralelismo entre Don Carlos y Carlos II, deberíamos recordar aquí que, en la autopsia de El Hechizado, una de las cosas que sorprendió a los médicos fue que tenía unos testículos minúsculos que, al parecer, aparecieron negros y como marchitos. Dado que la Historia tiene por casi cierto que Don Carlos pudo sufrir raquitismo en su infancia (lo que explicaría los muslines y otras cosas), es posible que eso también afectase a su sexualidad. Los hombres de la corte de Felipe II iban contando a los embajadores que lo que ocurría es que su primera vez no había sido gran cosa y, por eso, había resuelto permanecer doncello hasta el matrimonio, como el chico que ama a Laura. Pero es una explicación poco convincente. De hecho, en 1567 contrató a tres médicos que le ayudasen a follar. Le prepararon un brebaje, pero debía de ser peor que la Viagra porque a la chica que se tenía que pasar por la piedra le pagaron un pastón y le compraron una casa para que no fuese por ahí contando lo que había pasado o, mejor dicho, lo que no había pasado. Aún así, todo Madrid se enteró de la historia.
Con el tiempo en la Corte, su megalomanía empeoró. Un día caminaba por la calle ya en la noche y tuvo la mala suerte de no oír las voces de alguien que, desde una ventana, lanzaba a la calle unos orines y quizás otros productos corpóreos más sólidos, como entonces era costumbre porque las casas no tenían water close. Encabronado, dio orden de que todos los habitantes de la casa fuesen muertos y la casa quemada, y costó bastante no cumplir la orden. En otra ocasión al duque de Alba, por oscuras razones, se le tiró con un puñal en la mano.
En 1567, Felipe II resuelve suspender su proyectada visita a los Países Bajos. El megalómano Don Carlos llega a la conclusión que eso es un desaire hacia él, una muestra de desconfianza. Es el momento en el que rompe ya definitivamente con su padre, al que desde ese momento odiará como a la tortuga que un día le mordió. Además, decide huir de España. Su locura fue probablemente en aumento pues desarrolló una manía persecutoria en que la quería ver el palacio repleto de enemigos, hasta tal punto que un mecánico francés, Luis de Foix, tuvo que construirle un artilugio que le permitía atrancar la puerta de la habitación desde la cama. Se hizo construir un libro de hierro para poder tirárselo a la cabeza a quien entrase a por él en la habitación.
Lo que sabemos es que Felipe II estuvo puntualmente informado de los planes de su hijo. Don Carlos le confesó sus planes a Don Juan de Austria, hijo bastardo del emperador Carlos, a quien le faltó tiempo para contárselo al rey. Asimismo, Don Carlos, en el curso de una confesión, aseveró que sentía un odio mortal hacia su padre, motivo por el cual el fraile confesor no sólo le dio la absolución, sino que se fue rápidamente con el queo al rey (y ole con ole y ole el secreto de confesión).
El domingo 18 de enero de 1568, sabiendo el rey por el correo mayor Raimundo de Taxis que Don Carlos había pedido caballos frescos y que, por lo tanto, la huida era inminente, Felipe II hizo romper en secreto el artilugio que atrancaba la puerta, esperó a que su hijo estuviese dormido y entonces, acompañado por Ruy Gómez de Silva, el duque de Feria, el prior Antonio de Toledo y Luis Quijada, se fue a por él.
Lo encontraron en la habitación dormido con un yelmo puesto, una cota de malla y una espada junto a él. Sin despertarlo, le quitaron la espada, una pistola que tenía bajo la almohada y el libro de hierro. Cuando se despertó, el rey le informó, glacialmente, que estaba preso y que nunca volvería a salir de aquella habitación, que unos lacayos ya estaban cegando clavando maderas en las ventanas. Don Carlos reaccionó malamente. Intentó tirarse al fuego de la chimenea, pero el cura se lo impidió. Luego agarró un candelabro con el que intentó abrirse la cabeza a hostiones, pero también se lo impidieron.
En su cautiverio, que finalmente se produjo en una torre de palacio, Don Carlos se negó a comer y cayó en un estado catatónico que recuerda al de la reina Juana; pasaba horas tumbado en el suelo mirando a ninguna parte. A veces se tostaba en la estufa y otras mandaba pedir hielo, lo picaba, lo extendía dentro de la cama y luego se metía dentro, casi desnudo.
En julio de 1568 se tomó una empanada enorme entera que le dio mucha sed. Para calmarla tomó cantidades enormes de agua helada, como era su costumbre. La consecuencia fue una diarrea brutal que, débil como estaba, acabó con él el 24 de julio, a las cuatro de la mañana. Las crónicas nos dicen que murió plenamente consciente, confortado con los santos sacramentos y pidiendo perdón por sus ofensas tanto a Dios como a su padre. A mí, la verdad, me cuesta creerlo.
El gran misterio histórico de esta movida es la razón del arresto. Algunos historiadores han llegado a decir que Don Carlos no huía a humo de pajas; que en realidad había llegado a algún tipo de entendimiento con los rebeldes de los Países Bajos para irse allí y, una vez huido, liderar una secesión del territorio bajo su corona. A mí esta teoría siempre me ha costado creerla, primero porque, que yo sepa, las constancias documentales, siquiera de la sospecha, son escasas. Y, en segundo lugar, está el propio Don Carlos. Era un tipo tan desequilibrado que, aunque sólo fuese por su propia seguridad, es más que probable que se encontrase muy vigilado por los agentes de su padre. Si en condiciones normales es difícil conspirar contra un rey, ¿cómo será de difícil cuando ese mismo rey, conspires o no, está vigilándote hasta cuando vasa mear?
La lista de los reyes de España tiene algunos hitos bastante negrillos. Algunos reyes han sido malos y otros muy malos. Y todo parece indicar, la verdad, que, se pongan Schiller y Giuseppe Verdi debubito supino, decubito prono o como se pongan, si este pollo llega a reinar, hoy lo recordaríamos en el pelotón de los torpes.
La Historia de España es, de alguna manera, víctima del punto de vista romántico. Son varios los episodios que se podrían citar, pero hoy me voy a referir a uno muy concreto: la vida del infante Don Carlos, hijo de Felipe II llamado a sucederle al frente del Imperio español sobre el que nunca se ponía el sol. Diversos escritores románticos, y muy especialmente Schiller (en música, Verdi), se fijaron en el mito de este desgraciado hijo de rey, presuntamente esclavizado y martirizado por su extraño padre. La verdad es que su padre era realmente extraño. Más bien, casi toda la familia Austria desde los Reyes Católicos hasta el Rey Prudente era para echarla de comer aparte. Con tiempo iremos hablando de ellos, poco a poco. Pero con ser Felipe raro, no es esa rareza, y mucho menos su pretendida crueldad, la que está detrás de los sufrimientos de Don Carlos.
El problema del infante era, simple y llanamente, que estaba como una regadera.
En 1568, Europa se conmocionó con la casi increíble noticia del arresto del infante Don Carlos, que entonces tenía 23 años de edad, por orden de su propio padre. No es muy normal que los príncipes vayan a la trena como cualquier chorizo de la plaza de Callao. Menos aún aquel hombre, que estaba llamado a dominar el mundo, pues iba a heredar de su padre España, los Países Bajos, las posesiones italianas, la América española, amén de casarse con la hija mayor del emperador alemán Maximiliano II la cual, para más inri, según las crónicas de la época estaba que te cagas. Todo esto se fue a la mierda con el arresto, y terminó de irse cinco meses después, cuando Don Carlos moría en la cárcel.
Pero vayamos por partes. Flash back. Ahora en la película se ve la imagen de una real boda fastuosa mientras unas letras superpuestas nos informan: «25 años antes». En efecto, estamos en 1543, cuando aún faltan dos años para que nazca Don Carlos, y la boda acojonante a la que acudimos es la que se produce entre Felipe, hijo del emperador Carlos V de Alemania y I de España, y María, la hija del rey Joao III de Portugal. Marido y mujer que, además, son primos carnales, puesto que la madre de la novia, Catalina, era hermana del emperador Carlos; no quedando ahí la cosa pues el padre de la novia, el rey Joao, y la madre del novio, Isabel, también eran hermanos. Así pues, Felipe y María eran doblemente primos, casi hermanos.
Hay quien dice que el tabú del incesto existe en todas las sociedades para evitar estas cosas, es decir que la sangre se vicie por la vía de no obtener, por así decirlo, genomas de refresco. Así pues, que Carlos saliese rarito puede tener que ver con esa consanguineidad. Aunque hay otros factores. Creo que hoy es también claro que no pocas locuras tienen carácter hereditario y, al fin y al cabo, Felipe II llevaba en su ADN la firma de Juana, llamada por la Historia La Loca, en mi opinión con entero merecimiento del mote aunque modernos relectores históricos la quieran reivindicar. El tercer factor que cabe citar es el embarazo en sí. Al parecer, María de Portugal tenía dificultades para superar, corpóreamente hablando, la edad del pavo y convertirse en una mujer hecha y derecha que se pudiera dedicar a la actividad principal de toda princesa, esto es quedarse embarazada. Los médicos de la Corte, por ello, realizaron con ella toda serie de putadas, entre las que no faltaron sangrías periódicas.
Cualquier mujer que esté hoy o lo haya estado en edad de criar sabe que el primer consejo que le dan a una mujer en una clínica de fertilidad cuando va allí a ver si le pueden dar Zumosol a sus óvulos es: «sáquese usted un poquito de sangre cada noche, y verá cómo la preñez viene sola». En fin, la medicina antigua tenía estas gilipolleces. Es evidente que si a una embarazada le provocamos una anemia lo que estamos haciendo es ponerle las cosas al feto más difíciles que a McGyver. Como consecuencia del tratamiento recibido, pues, María estaba muy débil cuando, en 1545, se quedó finalmente embarazada. Y esto no es algo con lo que haya que especular pues, tan sólo cuatro días después del parto del niño, su corazón dijo al carajo, y se paró for good.
Carlos mostró desde muy niño rasgos de cierto desequilibrio cruel. Por ejemplo, llegó a herir a tres de sus nodrizas mediante otros tantos mordiscos violentos en sus pezones. Las cosas que se saben de él recuerdan mucho al último Austria, el rey Carlos II, llamado El Hechizado. Como a él, a Don Carlos le costó mucho aprender a hablar, pues tenía tres años cuando empezó a balbucear algunas palabras; cuando lo hizo, hablaba como un gilipollas, motivo por el cual le cortaron el frenillo de la lengua (como puede verse, Don Carlos era un desequilibrado; pero, en manos de aquellos médicos, se convertía en desequilibrado y medio).
Una característica de algunos desequilibrados, que los hace tan adecuados para el trabajo de dictador, es la insensibilidad hacia el dolor ajeno. Carlos, de eso, tenía mucho; además, era príncipe, y eso ayudaba. Con siete años se cabreó con un paje y, ni corto ni perezoso, exigió que fuese ahorcado. Como no le hicieron caso, se declaró en huelga de hambre, que sólo abandonó cuando ahorcaron en su presencia a un muñeco que se parecía al paje; de donde deducimos que tampoco debía de ser un lince precisamente pues hasta yo, que soy medio idiota, sé distinguir a mi vecino de un muñeco que se parece a mi vecino.
Otro aspecto refinado de su crueldad se manifestaba con los animales. Los conejos que le traían los hacía asar vivos y tuvo una tortuga como mascota, a la que encabronó de tal manera con sus jueguecitos que, un día, la tortuga le mordió en un dedo. Ni corto ni perezoso, le arrancó la cabeza de un mordisco. Otro día se encerró en una caballeriza con veinte caballos, a los que maltrató del tal manera que los equinos acabaron inservibles y bañándose en su propia sangre.
Desde muy chiquito, abandonó la primera persona al hablar. Se refería a sí mismo como «el niño», y hablaba de sí mismo en tercera persona. Aunque esto, probablemente, no es muy raro; he visto a algunos niños pequeños hacerlo durante una temporada.
Es mi convencimiento personal, aparte de que me parece un hecho completamente lógico, que el hecho de ser príncipe agravó la locura de Don Carlos, sobre todo por la vía de la megalomanía. Hay que recordar, en este punto, que el muchacho apenas tenía once años de edad cuando fue elevado de la condición de infante a la de príncipe. Un episodio con su abuelo Carlos deja claro que aquel zote pensaba que todo el mundo estaba a su servicio. Como es bien sabido, el emperador se retiró en vida, para morir en el bellísimo monasterio de Yuste. Cuando llegó a España para su retiro, paró unos días en Valladolid, donde conoció a su nieto, al que entonces aún no había visto en toda su vida. Llevaba el emperador un artilugio entonces desconocido en España: una estufa portátil. Su nieto la vio y se encaprichó con ella. El viejo emperador, por supuesto, le contestó que y unos cojones. Entonces Don Carlos montó un expolio de tal calibre que el mismísimo Carlos V, acojonado, tuvo que jurarle solemnemente que, a su muerte, él heredaría la puta estufa. Sólo entonces se tranquilizó el príncipe.
Caprichoso hasta la médula, Carlangas hacía cosas de guardia urbano. Su primo el rey de Portugal trajo una vez un elefante de África y se lo regaló. Don Carlos quedó tan prendado del proboscídeo que hacía que se lo subiesen a su habitación. No le arriendo la ganancia al personal de limpieza del palacio cada vez que el animal se cagase por el pasillo.
El domingo 19 de abril de 1562, Don Carlos bajaba las escaleras de su residencia en Alcalá de Henares. En una escalera resbaló, bajó rodando y se pegó un hostión con la cabeza contra una puerta cerrada. Tuvo fiebres unos días, lo normal, pero cosa de una semana después, la herida de la cabeza se complicó y comenzó a supurar. La fiebre subió, el príncipe comenzó a irse por la pata abajo y la pierna derecha dejó de responderle. Lo dieron por muerto con seguridad, hasta el punto que el rey Felipe llegó a ordenar los funerales. No obstante, los médicos acabaron salvándolo mediante una trepanación con la que limpiaron la herida. Aunque lo que España creyó en aquel entonces fue otra cosa pues, después de la operación, alguien se acordó de que en un convento cercano se veneraban los huesos de un tal fraile Diego que había sido muy bueno, así pues fueron allí, pillaron el esqueleto, lo acostaron en la cama junto al enfermo y anduvieron un rato tamborileándole con los huesos en la cabeza al moribundo, que acabó por recuperarse, tal vez porque la impresión de despertarte y encontrarte acostado con un esqueleto es una de esa cosas que te aminan a levantarte. Pero la enfermedad fue tan grave que, cuando se levantó de la cama, pesaba menos de 40 kilos. Tenía 17 años.
Hay quien dice que el príncipe nunca se recuperó de aquella hostia. En 1564 lo encontramos ya incorporado a la Corte, pues ya era mayor, se había acordado ya el matrimonio con Ana la buenorra, y tenía que convertirse en un auténtico cortesano. La descripción que nos dejó el embajador alemán en Madrid del candidato es como para salir huyendo el día de la boda. Nos dice que el príncipe tenía el cabello castaño, la frente alta, ojos verdes, barbilla saliente (marca de la casa), cutis indefinido, estrechez de pecho (herencia de su anémica crisis de dos años antes), un hombro más alto que el otro, una pierna izquierda bastante más larga que la derecha, muslos exageradamente delgados y, en general, dificultades visibles para el uso de la mitad derecha de su cuerpo. Voz atiplada y un poco femenina, rara vez se aseaba, comía como una bestia y nunca bebía alcohol, aunque el agua había que filtrársela con nieve porque nunca la encontraba suficientemente fría.
O sea: igualito que Richard Gere en Oficial y Caballero, sólo que codificado.
El pueblo informado y los maledicentes de la Corte bautizaron a Don Carlos «el capón». Si hemos de creer en el paralelismo entre Don Carlos y Carlos II, deberíamos recordar aquí que, en la autopsia de El Hechizado, una de las cosas que sorprendió a los médicos fue que tenía unos testículos minúsculos que, al parecer, aparecieron negros y como marchitos. Dado que la Historia tiene por casi cierto que Don Carlos pudo sufrir raquitismo en su infancia (lo que explicaría los muslines y otras cosas), es posible que eso también afectase a su sexualidad. Los hombres de la corte de Felipe II iban contando a los embajadores que lo que ocurría es que su primera vez no había sido gran cosa y, por eso, había resuelto permanecer doncello hasta el matrimonio, como el chico que ama a Laura. Pero es una explicación poco convincente. De hecho, en 1567 contrató a tres médicos que le ayudasen a follar. Le prepararon un brebaje, pero debía de ser peor que la Viagra porque a la chica que se tenía que pasar por la piedra le pagaron un pastón y le compraron una casa para que no fuese por ahí contando lo que había pasado o, mejor dicho, lo que no había pasado. Aún así, todo Madrid se enteró de la historia.
Con el tiempo en la Corte, su megalomanía empeoró. Un día caminaba por la calle ya en la noche y tuvo la mala suerte de no oír las voces de alguien que, desde una ventana, lanzaba a la calle unos orines y quizás otros productos corpóreos más sólidos, como entonces era costumbre porque las casas no tenían water close. Encabronado, dio orden de que todos los habitantes de la casa fuesen muertos y la casa quemada, y costó bastante no cumplir la orden. En otra ocasión al duque de Alba, por oscuras razones, se le tiró con un puñal en la mano.
En 1567, Felipe II resuelve suspender su proyectada visita a los Países Bajos. El megalómano Don Carlos llega a la conclusión que eso es un desaire hacia él, una muestra de desconfianza. Es el momento en el que rompe ya definitivamente con su padre, al que desde ese momento odiará como a la tortuga que un día le mordió. Además, decide huir de España. Su locura fue probablemente en aumento pues desarrolló una manía persecutoria en que la quería ver el palacio repleto de enemigos, hasta tal punto que un mecánico francés, Luis de Foix, tuvo que construirle un artilugio que le permitía atrancar la puerta de la habitación desde la cama. Se hizo construir un libro de hierro para poder tirárselo a la cabeza a quien entrase a por él en la habitación.
Lo que sabemos es que Felipe II estuvo puntualmente informado de los planes de su hijo. Don Carlos le confesó sus planes a Don Juan de Austria, hijo bastardo del emperador Carlos, a quien le faltó tiempo para contárselo al rey. Asimismo, Don Carlos, en el curso de una confesión, aseveró que sentía un odio mortal hacia su padre, motivo por el cual el fraile confesor no sólo le dio la absolución, sino que se fue rápidamente con el queo al rey (y ole con ole y ole el secreto de confesión).
El domingo 18 de enero de 1568, sabiendo el rey por el correo mayor Raimundo de Taxis que Don Carlos había pedido caballos frescos y que, por lo tanto, la huida era inminente, Felipe II hizo romper en secreto el artilugio que atrancaba la puerta, esperó a que su hijo estuviese dormido y entonces, acompañado por Ruy Gómez de Silva, el duque de Feria, el prior Antonio de Toledo y Luis Quijada, se fue a por él.
Lo encontraron en la habitación dormido con un yelmo puesto, una cota de malla y una espada junto a él. Sin despertarlo, le quitaron la espada, una pistola que tenía bajo la almohada y el libro de hierro. Cuando se despertó, el rey le informó, glacialmente, que estaba preso y que nunca volvería a salir de aquella habitación, que unos lacayos ya estaban cegando clavando maderas en las ventanas. Don Carlos reaccionó malamente. Intentó tirarse al fuego de la chimenea, pero el cura se lo impidió. Luego agarró un candelabro con el que intentó abrirse la cabeza a hostiones, pero también se lo impidieron.
En su cautiverio, que finalmente se produjo en una torre de palacio, Don Carlos se negó a comer y cayó en un estado catatónico que recuerda al de la reina Juana; pasaba horas tumbado en el suelo mirando a ninguna parte. A veces se tostaba en la estufa y otras mandaba pedir hielo, lo picaba, lo extendía dentro de la cama y luego se metía dentro, casi desnudo.
En julio de 1568 se tomó una empanada enorme entera que le dio mucha sed. Para calmarla tomó cantidades enormes de agua helada, como era su costumbre. La consecuencia fue una diarrea brutal que, débil como estaba, acabó con él el 24 de julio, a las cuatro de la mañana. Las crónicas nos dicen que murió plenamente consciente, confortado con los santos sacramentos y pidiendo perdón por sus ofensas tanto a Dios como a su padre. A mí, la verdad, me cuesta creerlo.
El gran misterio histórico de esta movida es la razón del arresto. Algunos historiadores han llegado a decir que Don Carlos no huía a humo de pajas; que en realidad había llegado a algún tipo de entendimiento con los rebeldes de los Países Bajos para irse allí y, una vez huido, liderar una secesión del territorio bajo su corona. A mí esta teoría siempre me ha costado creerla, primero porque, que yo sepa, las constancias documentales, siquiera de la sospecha, son escasas. Y, en segundo lugar, está el propio Don Carlos. Era un tipo tan desequilibrado que, aunque sólo fuese por su propia seguridad, es más que probable que se encontrase muy vigilado por los agentes de su padre. Si en condiciones normales es difícil conspirar contra un rey, ¿cómo será de difícil cuando ese mismo rey, conspires o no, está vigilándote hasta cuando vasa mear?
La lista de los reyes de España tiene algunos hitos bastante negrillos. Algunos reyes han sido malos y otros muy malos. Y todo parece indicar, la verdad, que, se pongan Schiller y Giuseppe Verdi debubito supino, decubito prono o como se pongan, si este pollo llega a reinar, hoy lo recordaríamos en el pelotón de los torpes.
lunes, enero 28, 2008
Para todo hay una vez anterior
Andan los tiempos presentes en España revueltos e interesantes. Son elecciones. Cuando las urnas están a punto de abrirse, es tradición que la clase política se ponga dadivosa, hasta unos límites que hacen pensar si la democracia perfecta no sería aquélla que celebrase elecciones cada mes.
Son tiempos, pues, de promesas y paseos por los mercados. La última de estas promesas, a juzgar por lo que bullían esta mañana las barras de las cafeterías de Madrid, ha dado para mucho. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha anunciado que, como al hacer las cuentas públicas sobra dinero, es decir que el Estado ha gastado menos que lo que recaudó, nos va a devolver parte de esa pasta en junio, a razón de 400 euretes por contribuyente.
A mí, filosóficamente, la medida me parece cojonuda. Las ocho sábanas de 50 euros están mucho mejor en mi cartera que en la de Solbes, sin lugar a dudas. Eso sí, la medida me plantea diversos problemas técnicos, tales como: ¿a cuánto tocamos los que hacemos declaraciones conjuntas: a 400 o a 800 euros? ¿Cómo van a pillar sus 400 euros los que no declaran porque están por debajo del umbral? Pero eso son, ya he dicho, precisiones técnicas.
Otra cosa que he leído en el día de hoy, y que va más con el tono de este blog (y que nadie se preocupe, que de Historia vamos a hablar antes de que se acabe) es que la parte crítica contra la medida, formada por los contrincantes políticos a los que, por desgracia para ellos, la idea no se les ocurrió antes, ha atacado al presidente y calificándolo de cacique al estilo, se ha dicho, de Romero Robledo y el conde de Romanones. En fin, que Romero y Romanones mangonearon a lo bestia no lo pongo en duda; pero, puestos a recordar caciques, se me ocurren otros más caciques aún que ellos.
Lo que sí quería comentaros, siquiera brevemente, es que nada más ver la noticia ayer en el telediario, con su justificación ligada al superávit público, tuve una vaga sensación de dejá vu. De que yo había sabido algo de este asunto antes. La sensación me ha acompañado todo el día de hoy hasta que he podido volver a casa y enterrar la nariz en mis libros. Y me ha costado pero, al fin… ¡Eureka!
Nos lo cuenta Federico Bravo Morata en su libro La dictadura. II: 1927-1930 (página 61), con estas palabras:
«El 2 de enero [de 1928], el Gobierno hace pública una nota según la cual se ha cerrado el ejercicio anterior con un superávit de 12 millones de pesetas. Parte de esa cantidad disponible va a emplearse en desempeñar prendas que permanecen adormecidas en los almacenes del Monte de Piedad, a razón de 25 pesetas por lote como importe máximo. Ésta es una medida habilísima, y no es la primera vez que se realiza, como ya queda registrado en otra ocasión anterior. Son miles de amas de casa que bendecirán el nombre del general por esta generosidad, que permitirá recuperar sin desembolso las queridas prendas que un día tuvieron que llevar al Monte».
Así que ya sabe el presidente del Gobierno. Si le atacan, puede defenderse aseverando que su decisión tiene precedentes. Eso sí, el autor del precedente (el general Primo de Rivera, dictador de España), no sé si le hará pandán.
Son tiempos, pues, de promesas y paseos por los mercados. La última de estas promesas, a juzgar por lo que bullían esta mañana las barras de las cafeterías de Madrid, ha dado para mucho. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha anunciado que, como al hacer las cuentas públicas sobra dinero, es decir que el Estado ha gastado menos que lo que recaudó, nos va a devolver parte de esa pasta en junio, a razón de 400 euretes por contribuyente.
A mí, filosóficamente, la medida me parece cojonuda. Las ocho sábanas de 50 euros están mucho mejor en mi cartera que en la de Solbes, sin lugar a dudas. Eso sí, la medida me plantea diversos problemas técnicos, tales como: ¿a cuánto tocamos los que hacemos declaraciones conjuntas: a 400 o a 800 euros? ¿Cómo van a pillar sus 400 euros los que no declaran porque están por debajo del umbral? Pero eso son, ya he dicho, precisiones técnicas.
Otra cosa que he leído en el día de hoy, y que va más con el tono de este blog (y que nadie se preocupe, que de Historia vamos a hablar antes de que se acabe) es que la parte crítica contra la medida, formada por los contrincantes políticos a los que, por desgracia para ellos, la idea no se les ocurrió antes, ha atacado al presidente y calificándolo de cacique al estilo, se ha dicho, de Romero Robledo y el conde de Romanones. En fin, que Romero y Romanones mangonearon a lo bestia no lo pongo en duda; pero, puestos a recordar caciques, se me ocurren otros más caciques aún que ellos.
Lo que sí quería comentaros, siquiera brevemente, es que nada más ver la noticia ayer en el telediario, con su justificación ligada al superávit público, tuve una vaga sensación de dejá vu. De que yo había sabido algo de este asunto antes. La sensación me ha acompañado todo el día de hoy hasta que he podido volver a casa y enterrar la nariz en mis libros. Y me ha costado pero, al fin… ¡Eureka!
Nos lo cuenta Federico Bravo Morata en su libro La dictadura. II: 1927-1930 (página 61), con estas palabras:
«El 2 de enero [de 1928], el Gobierno hace pública una nota según la cual se ha cerrado el ejercicio anterior con un superávit de 12 millones de pesetas. Parte de esa cantidad disponible va a emplearse en desempeñar prendas que permanecen adormecidas en los almacenes del Monte de Piedad, a razón de 25 pesetas por lote como importe máximo. Ésta es una medida habilísima, y no es la primera vez que se realiza, como ya queda registrado en otra ocasión anterior. Son miles de amas de casa que bendecirán el nombre del general por esta generosidad, que permitirá recuperar sin desembolso las queridas prendas que un día tuvieron que llevar al Monte».
Así que ya sabe el presidente del Gobierno. Si le atacan, puede defenderse aseverando que su decisión tiene precedentes. Eso sí, el autor del precedente (el general Primo de Rivera, dictador de España), no sé si le hará pandán.
La caída de Constantinopla
Supongo que ésta es una más de las cosas que han quedado enterradas en los nuevos planes de estudio, pero antes era una de esas cosas que había que saber para ser bachiller. Me refiero al dato de que la Edad Media terminó en 1453 con la caída de Constantinopla. Aparte de que esta expresión, hoy en día, es un tanto políticamente incorrecta y anticivilizoaliancera (consideramos que Constantinopla cayó porque somos cristianos; a los musulmanes quizá les parezca otra cosa), a mí siempre me planteó dudas. Nuestra enseñanza pretérita tenía muchas cosas buenas, para qué negarlo; pero también tenía estas cosas en plan cliché, que eran malamente explicadas por los profesores y que dejaban en los educandos la impresión de que el mundo se acostó un día feudal y del medioevo y se levantó al día siguiente declamando églogas, dando vivas a Petrarca y admirando la antigüedad clásica.
Estas cosas nunca, o casi nunca, pasan en Historia. Pero el concepto tiene su fondo de verdad. Constantinopla, ciudad que llevaba el nombre de uno de los grandes emperadores romanos, era por eso como el Washington actual, sólo que más decrépita (que no corrompida; en eso ambas ciudades se deben andar a la par). El hombre medieval europeo siempre se quiso pensar heredero de la vieja gloria romana, algo que supo aprovechar muy bien la institución del papado, que había vinculado la suerte del Imperio a la suya propia y que, por ello, repetidas veces durante siglos se declararía su heredera, también en lo temporal. Además de la influencia del Papa romano, Constantinopla fue el otro gran foco irradiador de las polvorientas glorias pasadas. Su caída a manos del infiel fue, por lo tanto, todo un trauma para la cristiandad.
O sea: imaginemos que Estados Unidos va a menos, a menos, a menos, tan a menos que un día Japón se convierte en el heredero de su poder y es quien resiste los embates de, por ejemplo, los chinos. Así, mientras en la mismísima Milwakee todo dios comienza a hablar mandarín, a desayunar lollitos plimavela y a pensar en Confucio, los japoneses, en Tokio, permanecen escuchando discos de Elvis, viendo películas de Chuck Norris y echándole ketchup al yakitori.
Pues bien: la caída de Constantinopla fue para los cristianos como sería, para los occidentales en este ejemplo, la noticia de que los chinos han tomado Tokio.
El conde Belisario, último gran general romano, fue un militar al servicio de la Sublime Puerta, en una historia que Robert Graves ha contado mucho mejor de lo que lo haría yo. Lo cual me recuerda que debo callarme al punto pues a lo que vine yo hoy aquí es a colocaros un artículo de Tiburcio. Es él quien realmente sabe de Constantinopla y su circunstancia, y quien ha escrito estos estupendos párrafos que siguen y que cuentan su caída.
A disfrutar.
La caída de Constantinopla. By Tiburcio Samsa.
La caída de Constantinopla
En cierta ocasión el escritor colombiano Álvaro Mutis dijo que el último acontecimiento político que había logrado interesarle había sido la caída de Constantinopla. Así pues, esta entrada va en honor a Álvaro Mutis.
Los turcos otomanos empezaron su expansión con Orján, que empezó a reinar en 1326. En 1354 los turcos pusieron pie en Europa y justo poco después murió el único rey en los Balcanes que hubiera podido frenar su avance, el serbio Esteban Dusan. Los años siguientes fueron para los otomanos años de expansión por Europa con el único revés de la expedición que en 1366 dirigió el conde Amadeo VI de Saboya y que les arrebató Gallípoli. En 1389 los turcos aplastaron a los serbios en la batalla de Kosovo Polje y en lo sucesivo los serbios serían vasallos y colaboradores de los turcos. Tras esa batalla, Bizancio vio rotas sus comunicaciones terrestres con el resto de la Cristiandad.
A finales del siglo XIV una serie de circunstancias proporcionaron la única ocasión real que hubo en todo el período para haber frenado la expansión turca en Europa y tal vez haber salvado a Constantinopla. En Asia Menor los efectos de las campañas de Tamerlán se estaban haciendo sentir incómodamente cerca de las fronteras orientales de los otomanos. En la Cristiandad, el rey Segismundo de Hungría, cuyo reino estaba en primera línea de fuego de la expansión otomana, convenció a otros monarcas de la conveniencia de organizar una cruzada contra los turcos. La cruzada de 1396 pudo montarse por un cúmulo de circunstancias excepcionales: ingleses y franceses estaban en tregua; Borgoña vio en la empresa una manera de hacer notar su creciente poderío; para los Hospitalarios, cuyas fortalezas en el Egeo se veían cada vez más amenazadas, la cruzada fue un regalo caído del cielo…
Los objetivos estratégicos de la cruzada nunca estuvieron muy claros: ¿simplemente aliviar la presión del reino de Hungría? ¿liberar las tierras danubianas del poderío otomano? ¿expulsar completamente a los turcos de Europa? Posiblemente cada jefe cruzado tuviera sus propios planes y los desacuerdos hubieran surgido tras la victoria sobre los otomanos. Pero eso no llegó a ocurrir, porque no hubo victoria. Una constante de las cruzadas medievales es la minusvaloración del enemigo musulmán y la creencia de que una buena carga de caballeros occidentales puede con todo. El 25 de septiembre de 1396 en los campos de Nicópolis pudo comprobarse que tanto optimismo estaba equivocado. Los caballeros cristianos se lanzaron al ataque con tanto entusiasmo como poco seso y el resultado fue un desastre total. Las consecuencias de Nicópolis fueron que a Occidente se le quitaron las ganas de convocar una nueva cruzada de esas dimensiones y que dio ocasión a los otomanos para consolidar sus posesiones europeas, justo en el momento en el que por oriente les llegaba la amenaza de Tamerlán.
Igual que los cruzados habían minusvalorado a los turcos en Nicópolis, los turcos minusvaloraron a Tamerlán y lo pagaron caro. El sultán Bayaceto provocó el enfrentamiento que terminó en la batalla de Angora de 1402. Los turcos fueron aplastados y Bayaceto fue capturado. Tamerlán sembró la destrucción en los dominios otomanos de Asia Menor durante algunos meses y luego se retiró sin tratar de consolidar su control sobre la región. La gran esperanza de salvación para los bizantinos al final no fue más que un espejismo, aunque les proporcionó un corto veranillo de San Martín.
Los años que siguieron a la batalla de Angora vieron cómo los hijos de Bayaceto se disputaban el trono. Uno de ellos, Solimán, fue tan lejos como para pedir ayuda a los bizantinos, declararse vasallo suyo y devolverles algunos territorios. El emperador Manuel II supo jugar hábilmente sus cartas y cuando Mehmet salió vencedor de las guerras fratricidas, supo que le tenía mucho que agradecer al emperador bizantino. Sin embargo, Manuel II siempre fue consciente de que los intereses de los dos imperios estaban demasiado contrapuestos y que a la larga el conflicto sería inevitable.
Manuel II dejó el poder a su hijo Juan en 1421 y en el lado turco murió el sultán Mehmet casi al mismo tiempo. El sucesor de Manuel, Juan VIII, creyó que podría repetir la jugada maestra de su padre y provocó disensiones entre los turcos, apoyando al usurpador Mustafá. Tuvo la mala suerte de apostar por el caballo perdedor y el sultán legítimo, Murad II, se cogió un rebote con la doblez de los bizantinos y en 1422 asedió la ciudad durante unos meses. El veranillo de San Martín de los bizantinos se había terminado.
Juan VIII entendió que la única salvación posible vendría de Occidente y decidió apostar por la unión con la Iglesia católica como vía para que los estados occidentales se interesasen por la suerte de Bizancio. Fue como si Rajoy prometiese a las bases de su partido que para ganar las elecciones se aliará con Izquierda Unida y proclamará la República ácrata y federal. Hay cosas que sólo se hacen cuando uno está o muy borracho o muy desesperado.
En 1438-39 se reunió el Concilio de Florencia en el cual se produjo la unión de las Iglesias católica y ortodoxa. El concilio tuvo bastante de trágala para los bizantinos. Cuando se conocieron los resultados en Constantinopla la población se negó a aceptarlos y el acuerdo quedó en agua de borrajas. Sus principales consecuencias fueron que los ortodoxos rusos se apartaron de Bizancio y que los turcos se cabrearon bastante porque se notaba demasiado contra quiénes iba dirigida la unión.
Al menos de tantos esfuerzos Juan VIII se sacó una pequeña cruzada en la que participaron húngaros, serbios y transilvanos. La cruzada se inició en un momento inmejorable, porque el sultán andaba ocupado en Anatolia, pero terminó con la derrota de Varna del 10 de noviembre de 1444. Es interesante resaltar que a muchísimos griegos les resultó indiferente la derrota de sus supuestos liberadores. Puestos a elegir preferían ser conquistados por los turcos que liberados por los latinos.
En 1451 Mehmet II subió al trono otomano decidido a conseguir el cromo que le faltaba en su colección de territorios, Constantinopla. La decisión era coherente desde un punto de vista geoestratégico: Constantinopla era un absceso en medio del imperio otomano y mientras existiese daría ocasión a que la Cristiandad montase nuevas expediciones militares contra los turcos.
No se podrá decir que el asedio de Constantinopla fuera una sorpresa para nadie, porque desde el comienzo Mehmet II dio pistas de lo que se proponía. Empezó la construcción de una gran fortaleza, Rumeli Hisar, a orillas del Bósforo sobre territorio que nominalmente era bizantino. Las protestas del emperador Constantino IX le dieron ocasión para recordarle que no poseía realmente nada fuera de las murallas de Constantinopla. Buscó la amistad de húngaros, venecianos y genoveses, o sea de los potenciales aliados de los bizantinos. En el otoño de 1452 concentró a sus tropas en Edirne, cerca de Constantinopla, y contrató a un fundidor de cañones húngaro. Constantino IX tampoco se quedó parado: hizo acopio de armas y alimentos y reforzó las murallas de la ciudad.
A largo plazo Constantinopla estaba condenada a caer más tarde o más temprano en manos de los turcos. Era una cuestión de tiempo. Pero nada obligaba a que cayera en el asedio de 1453. De hecho estuvo a punto de salvarse.
El asedio empezó oficialmente el 2 de abril, cuando Mehmet II instaló sus reales en las proximidades de la ciudad y se colocó una barrera en el Cuerno de Oro. Los turcos se apostaron en una trinchera reforzada por un parapeto de tierra y una empalizada de madera que seguía el curso de las murallas de Constantinopla. Hubo entre los defensores quien propuso atacar a los otomanos mientras se instalaban en sus posiciones. Dada la disparidad de fuerzas, es probable que el ataque hubiera terminado en desastre.
El 6 de abril empezó el bombardeo de la ciudad y al día siguiente los turcos realizaron su primer asalto a la ciudad. Se trató de una empresa mal preparada y dirigida que sólo tuvo consecuencias para los asaltantes. El 11 y el 12 la flota turca atacó, pero sus barcos eran más bajos que los de los cristianos y fueron rechazados sin dificultad. A mediados de mes hubo nuevos esfuerzos otomanos que terminaron en fracaso: una ataque nocturno por sorpresa que fue rechazado; una batalla naval cerca de Constantinopla contra tres transportes genoveses y papales que llevaban refuerzos y suministros en la que los pequeños navíos turcos volvieron a demostrar que no eran rivales para los cristianos. Tras esa batalla la moral en el campo turco tocó fondo.
El 22 de abril los turcos realizaron un hazaña ingeniera: trasladaron por vía terrestre parte de su flota del Bósforo al Cuerno de Oro. De pronto la muralla norte de Constantinopla estaba también amenazada y los escasos defensores, que ya tenían problemas para cubrir el tramo terrestre de la muralla, tuvieron que estirarse al máximo para cubrir también el sector de la muralla que daba al Cuerno de Oro. De golpe la posición estratégica de los cristianos se había complicado.
Debió de ser para aliviar ese sentimiento de angustia y por creer que al tener parte de su flota ahora en el Cuerno de Oro los turcos estarían debilitados en el Bósforo, que el 28 de abril los cristianos hicieron una salida naval. Fue un desastre para ellos. El cerco se iba cerrando.
La moral en Constantinopla iba decayendo. Los efectos de la artillería turca y la constante lucha contra los minadores zapaban la moral. Surgían tensiones entre italianos y griegos. Peor todavía, el icono más sagrado de la ciudad se cayó de su plataforma mientras lo paseaban en procesión. Sin embargo, los turcos no las tenían todas consigo: una flota veneciana acababa de zarpar para ayudar a los sitiados y había rumores de que los húngaros se estaban preparando para atacar.
Mehmet II fijó el 29 de mayo como el día en que lanzarían el ataque final contra la ciudad. Seguramente sintiera que las cosas se estaban poniendo feas en el terreno internacional y que, como el asedio se alargara un poco más, alguna potencia podía verse tentada a apuñalar a su imperio por la espalda. El primer asalto lo lanzaron las fuerzas irregulares tres horas antes del alba contra la puerta de San Romano. Tras dos horas de combate y numerosas bajas, tuvieron que retirarse. El segundo asalto, en la misma zona, lo lanzaron las fuerzas provinciales, cuya disciplina era mayor. También fracasó. Las únicas fuerzas frescas que le quedaban a Mehmet II eran los jenízaros, la élite del ejército.
El tercer asalto llevaba camino de seguir el destino de los anteriores. 50 jenizaros habían logrado llegar hasta las fortificaciones interiores, pero estaban aislados y era cuestión de tiempo que los defensores los aniquilasen. De pronto, una bala perdida alcanzó al veneciano Giovanni Giustiniani Longo, que mandaba las defensas del sector. Longo, herido de muerte, se retiró. Las batallas en la Antigüedad y la Edad Media eran asuntos caóticos, donde los ánimos de unos ejércitos a menudo poco disciplinados podían cambiar en cuestión de minutos. Los defensores, al ver que Longo se retiraba y que había una bandera otomana en las murallas, fueron víctimas del pánico. Quienes defendían las murallas exteriores abandonaron sus posiciones. Nuevas tropas de jenízaros hicieron su aparición para aprovechar la oportunidad que se había presentado y lograron hacerse con una parte de las murallas interiores próxima a la puerta de San Romano. En ese momento la defensa colapsó y fue el sálvese quien pueda.
Un ejemplo de la pobre estima en que los latinos tenían a los griegos y a su amor por las disputas teológicas es la leyenda de que, mientras los turcos entraban en la ciudad, el emperador Constantino estaba discutiendo con varios teólogos sobre el sexo de los ángeles. La realidad es que no se sabe a ciencia cierta qué pasó con el emperador y que su cadáver no se recuperó. Una versión dice que murió en un intento desesperado de contener a los turcos junto a la puerta de San Romano. La otra dice que estaba intentando escapar hacia el puerto, cuando se cruzó con unos soldados turcos que, no habiéndole reconocido, le mataron.
La caída de Bizancio supuso un choque para la Cristiandad, pero fue un choque esencialmente psicológico. Bizancio había sobrevivido a la caída del Imperio Romano durante 1.000 años. Había sido un poco como ese cuñado prepotente y plasta al que luego las cosas le habían ido mal y con el que uno tal vez no se lleve demasiado bien, pero que no deja de ser como de la familia.
Para mí lo más importante de la caída de Constantinopla es que le proporcionó a Álvaro Mutis la ocasión para pronunciar una magnífica boutade.
Estas cosas nunca, o casi nunca, pasan en Historia. Pero el concepto tiene su fondo de verdad. Constantinopla, ciudad que llevaba el nombre de uno de los grandes emperadores romanos, era por eso como el Washington actual, sólo que más decrépita (que no corrompida; en eso ambas ciudades se deben andar a la par). El hombre medieval europeo siempre se quiso pensar heredero de la vieja gloria romana, algo que supo aprovechar muy bien la institución del papado, que había vinculado la suerte del Imperio a la suya propia y que, por ello, repetidas veces durante siglos se declararía su heredera, también en lo temporal. Además de la influencia del Papa romano, Constantinopla fue el otro gran foco irradiador de las polvorientas glorias pasadas. Su caída a manos del infiel fue, por lo tanto, todo un trauma para la cristiandad.
O sea: imaginemos que Estados Unidos va a menos, a menos, a menos, tan a menos que un día Japón se convierte en el heredero de su poder y es quien resiste los embates de, por ejemplo, los chinos. Así, mientras en la mismísima Milwakee todo dios comienza a hablar mandarín, a desayunar lollitos plimavela y a pensar en Confucio, los japoneses, en Tokio, permanecen escuchando discos de Elvis, viendo películas de Chuck Norris y echándole ketchup al yakitori.
Pues bien: la caída de Constantinopla fue para los cristianos como sería, para los occidentales en este ejemplo, la noticia de que los chinos han tomado Tokio.
El conde Belisario, último gran general romano, fue un militar al servicio de la Sublime Puerta, en una historia que Robert Graves ha contado mucho mejor de lo que lo haría yo. Lo cual me recuerda que debo callarme al punto pues a lo que vine yo hoy aquí es a colocaros un artículo de Tiburcio. Es él quien realmente sabe de Constantinopla y su circunstancia, y quien ha escrito estos estupendos párrafos que siguen y que cuentan su caída.
A disfrutar.
La caída de Constantinopla. By Tiburcio Samsa.
La caída de Constantinopla
En cierta ocasión el escritor colombiano Álvaro Mutis dijo que el último acontecimiento político que había logrado interesarle había sido la caída de Constantinopla. Así pues, esta entrada va en honor a Álvaro Mutis.
Los turcos otomanos empezaron su expansión con Orján, que empezó a reinar en 1326. En 1354 los turcos pusieron pie en Europa y justo poco después murió el único rey en los Balcanes que hubiera podido frenar su avance, el serbio Esteban Dusan. Los años siguientes fueron para los otomanos años de expansión por Europa con el único revés de la expedición que en 1366 dirigió el conde Amadeo VI de Saboya y que les arrebató Gallípoli. En 1389 los turcos aplastaron a los serbios en la batalla de Kosovo Polje y en lo sucesivo los serbios serían vasallos y colaboradores de los turcos. Tras esa batalla, Bizancio vio rotas sus comunicaciones terrestres con el resto de la Cristiandad.
A finales del siglo XIV una serie de circunstancias proporcionaron la única ocasión real que hubo en todo el período para haber frenado la expansión turca en Europa y tal vez haber salvado a Constantinopla. En Asia Menor los efectos de las campañas de Tamerlán se estaban haciendo sentir incómodamente cerca de las fronteras orientales de los otomanos. En la Cristiandad, el rey Segismundo de Hungría, cuyo reino estaba en primera línea de fuego de la expansión otomana, convenció a otros monarcas de la conveniencia de organizar una cruzada contra los turcos. La cruzada de 1396 pudo montarse por un cúmulo de circunstancias excepcionales: ingleses y franceses estaban en tregua; Borgoña vio en la empresa una manera de hacer notar su creciente poderío; para los Hospitalarios, cuyas fortalezas en el Egeo se veían cada vez más amenazadas, la cruzada fue un regalo caído del cielo…
Los objetivos estratégicos de la cruzada nunca estuvieron muy claros: ¿simplemente aliviar la presión del reino de Hungría? ¿liberar las tierras danubianas del poderío otomano? ¿expulsar completamente a los turcos de Europa? Posiblemente cada jefe cruzado tuviera sus propios planes y los desacuerdos hubieran surgido tras la victoria sobre los otomanos. Pero eso no llegó a ocurrir, porque no hubo victoria. Una constante de las cruzadas medievales es la minusvaloración del enemigo musulmán y la creencia de que una buena carga de caballeros occidentales puede con todo. El 25 de septiembre de 1396 en los campos de Nicópolis pudo comprobarse que tanto optimismo estaba equivocado. Los caballeros cristianos se lanzaron al ataque con tanto entusiasmo como poco seso y el resultado fue un desastre total. Las consecuencias de Nicópolis fueron que a Occidente se le quitaron las ganas de convocar una nueva cruzada de esas dimensiones y que dio ocasión a los otomanos para consolidar sus posesiones europeas, justo en el momento en el que por oriente les llegaba la amenaza de Tamerlán.
Igual que los cruzados habían minusvalorado a los turcos en Nicópolis, los turcos minusvaloraron a Tamerlán y lo pagaron caro. El sultán Bayaceto provocó el enfrentamiento que terminó en la batalla de Angora de 1402. Los turcos fueron aplastados y Bayaceto fue capturado. Tamerlán sembró la destrucción en los dominios otomanos de Asia Menor durante algunos meses y luego se retiró sin tratar de consolidar su control sobre la región. La gran esperanza de salvación para los bizantinos al final no fue más que un espejismo, aunque les proporcionó un corto veranillo de San Martín.
Los años que siguieron a la batalla de Angora vieron cómo los hijos de Bayaceto se disputaban el trono. Uno de ellos, Solimán, fue tan lejos como para pedir ayuda a los bizantinos, declararse vasallo suyo y devolverles algunos territorios. El emperador Manuel II supo jugar hábilmente sus cartas y cuando Mehmet salió vencedor de las guerras fratricidas, supo que le tenía mucho que agradecer al emperador bizantino. Sin embargo, Manuel II siempre fue consciente de que los intereses de los dos imperios estaban demasiado contrapuestos y que a la larga el conflicto sería inevitable.
Manuel II dejó el poder a su hijo Juan en 1421 y en el lado turco murió el sultán Mehmet casi al mismo tiempo. El sucesor de Manuel, Juan VIII, creyó que podría repetir la jugada maestra de su padre y provocó disensiones entre los turcos, apoyando al usurpador Mustafá. Tuvo la mala suerte de apostar por el caballo perdedor y el sultán legítimo, Murad II, se cogió un rebote con la doblez de los bizantinos y en 1422 asedió la ciudad durante unos meses. El veranillo de San Martín de los bizantinos se había terminado.
Juan VIII entendió que la única salvación posible vendría de Occidente y decidió apostar por la unión con la Iglesia católica como vía para que los estados occidentales se interesasen por la suerte de Bizancio. Fue como si Rajoy prometiese a las bases de su partido que para ganar las elecciones se aliará con Izquierda Unida y proclamará la República ácrata y federal. Hay cosas que sólo se hacen cuando uno está o muy borracho o muy desesperado.
En 1438-39 se reunió el Concilio de Florencia en el cual se produjo la unión de las Iglesias católica y ortodoxa. El concilio tuvo bastante de trágala para los bizantinos. Cuando se conocieron los resultados en Constantinopla la población se negó a aceptarlos y el acuerdo quedó en agua de borrajas. Sus principales consecuencias fueron que los ortodoxos rusos se apartaron de Bizancio y que los turcos se cabrearon bastante porque se notaba demasiado contra quiénes iba dirigida la unión.
Al menos de tantos esfuerzos Juan VIII se sacó una pequeña cruzada en la que participaron húngaros, serbios y transilvanos. La cruzada se inició en un momento inmejorable, porque el sultán andaba ocupado en Anatolia, pero terminó con la derrota de Varna del 10 de noviembre de 1444. Es interesante resaltar que a muchísimos griegos les resultó indiferente la derrota de sus supuestos liberadores. Puestos a elegir preferían ser conquistados por los turcos que liberados por los latinos.
En 1451 Mehmet II subió al trono otomano decidido a conseguir el cromo que le faltaba en su colección de territorios, Constantinopla. La decisión era coherente desde un punto de vista geoestratégico: Constantinopla era un absceso en medio del imperio otomano y mientras existiese daría ocasión a que la Cristiandad montase nuevas expediciones militares contra los turcos.
No se podrá decir que el asedio de Constantinopla fuera una sorpresa para nadie, porque desde el comienzo Mehmet II dio pistas de lo que se proponía. Empezó la construcción de una gran fortaleza, Rumeli Hisar, a orillas del Bósforo sobre territorio que nominalmente era bizantino. Las protestas del emperador Constantino IX le dieron ocasión para recordarle que no poseía realmente nada fuera de las murallas de Constantinopla. Buscó la amistad de húngaros, venecianos y genoveses, o sea de los potenciales aliados de los bizantinos. En el otoño de 1452 concentró a sus tropas en Edirne, cerca de Constantinopla, y contrató a un fundidor de cañones húngaro. Constantino IX tampoco se quedó parado: hizo acopio de armas y alimentos y reforzó las murallas de la ciudad.
A largo plazo Constantinopla estaba condenada a caer más tarde o más temprano en manos de los turcos. Era una cuestión de tiempo. Pero nada obligaba a que cayera en el asedio de 1453. De hecho estuvo a punto de salvarse.
El asedio empezó oficialmente el 2 de abril, cuando Mehmet II instaló sus reales en las proximidades de la ciudad y se colocó una barrera en el Cuerno de Oro. Los turcos se apostaron en una trinchera reforzada por un parapeto de tierra y una empalizada de madera que seguía el curso de las murallas de Constantinopla. Hubo entre los defensores quien propuso atacar a los otomanos mientras se instalaban en sus posiciones. Dada la disparidad de fuerzas, es probable que el ataque hubiera terminado en desastre.
El 6 de abril empezó el bombardeo de la ciudad y al día siguiente los turcos realizaron su primer asalto a la ciudad. Se trató de una empresa mal preparada y dirigida que sólo tuvo consecuencias para los asaltantes. El 11 y el 12 la flota turca atacó, pero sus barcos eran más bajos que los de los cristianos y fueron rechazados sin dificultad. A mediados de mes hubo nuevos esfuerzos otomanos que terminaron en fracaso: una ataque nocturno por sorpresa que fue rechazado; una batalla naval cerca de Constantinopla contra tres transportes genoveses y papales que llevaban refuerzos y suministros en la que los pequeños navíos turcos volvieron a demostrar que no eran rivales para los cristianos. Tras esa batalla la moral en el campo turco tocó fondo.
El 22 de abril los turcos realizaron un hazaña ingeniera: trasladaron por vía terrestre parte de su flota del Bósforo al Cuerno de Oro. De pronto la muralla norte de Constantinopla estaba también amenazada y los escasos defensores, que ya tenían problemas para cubrir el tramo terrestre de la muralla, tuvieron que estirarse al máximo para cubrir también el sector de la muralla que daba al Cuerno de Oro. De golpe la posición estratégica de los cristianos se había complicado.
Debió de ser para aliviar ese sentimiento de angustia y por creer que al tener parte de su flota ahora en el Cuerno de Oro los turcos estarían debilitados en el Bósforo, que el 28 de abril los cristianos hicieron una salida naval. Fue un desastre para ellos. El cerco se iba cerrando.
La moral en Constantinopla iba decayendo. Los efectos de la artillería turca y la constante lucha contra los minadores zapaban la moral. Surgían tensiones entre italianos y griegos. Peor todavía, el icono más sagrado de la ciudad se cayó de su plataforma mientras lo paseaban en procesión. Sin embargo, los turcos no las tenían todas consigo: una flota veneciana acababa de zarpar para ayudar a los sitiados y había rumores de que los húngaros se estaban preparando para atacar.
Mehmet II fijó el 29 de mayo como el día en que lanzarían el ataque final contra la ciudad. Seguramente sintiera que las cosas se estaban poniendo feas en el terreno internacional y que, como el asedio se alargara un poco más, alguna potencia podía verse tentada a apuñalar a su imperio por la espalda. El primer asalto lo lanzaron las fuerzas irregulares tres horas antes del alba contra la puerta de San Romano. Tras dos horas de combate y numerosas bajas, tuvieron que retirarse. El segundo asalto, en la misma zona, lo lanzaron las fuerzas provinciales, cuya disciplina era mayor. También fracasó. Las únicas fuerzas frescas que le quedaban a Mehmet II eran los jenízaros, la élite del ejército.
El tercer asalto llevaba camino de seguir el destino de los anteriores. 50 jenizaros habían logrado llegar hasta las fortificaciones interiores, pero estaban aislados y era cuestión de tiempo que los defensores los aniquilasen. De pronto, una bala perdida alcanzó al veneciano Giovanni Giustiniani Longo, que mandaba las defensas del sector. Longo, herido de muerte, se retiró. Las batallas en la Antigüedad y la Edad Media eran asuntos caóticos, donde los ánimos de unos ejércitos a menudo poco disciplinados podían cambiar en cuestión de minutos. Los defensores, al ver que Longo se retiraba y que había una bandera otomana en las murallas, fueron víctimas del pánico. Quienes defendían las murallas exteriores abandonaron sus posiciones. Nuevas tropas de jenízaros hicieron su aparición para aprovechar la oportunidad que se había presentado y lograron hacerse con una parte de las murallas interiores próxima a la puerta de San Romano. En ese momento la defensa colapsó y fue el sálvese quien pueda.
Un ejemplo de la pobre estima en que los latinos tenían a los griegos y a su amor por las disputas teológicas es la leyenda de que, mientras los turcos entraban en la ciudad, el emperador Constantino estaba discutiendo con varios teólogos sobre el sexo de los ángeles. La realidad es que no se sabe a ciencia cierta qué pasó con el emperador y que su cadáver no se recuperó. Una versión dice que murió en un intento desesperado de contener a los turcos junto a la puerta de San Romano. La otra dice que estaba intentando escapar hacia el puerto, cuando se cruzó con unos soldados turcos que, no habiéndole reconocido, le mataron.
La caída de Bizancio supuso un choque para la Cristiandad, pero fue un choque esencialmente psicológico. Bizancio había sobrevivido a la caída del Imperio Romano durante 1.000 años. Había sido un poco como ese cuñado prepotente y plasta al que luego las cosas le habían ido mal y con el que uno tal vez no se lleve demasiado bien, pero que no deja de ser como de la familia.
Para mí lo más importante de la caída de Constantinopla es que le proporcionó a Álvaro Mutis la ocasión para pronunciar una magnífica boutade.
miércoles, enero 23, 2008
Cuentas
Estoy seguro de que vosotros también tenéis o habéis tenido a alguno cerca. Me refiero a esas personas mayores que tienen a gala destacar la diferencia entre niveles de vida que existe entre su juventud y la de hoy en día. No negaré que se hacen un poco pesados; pero igual de innegable es que tienen más razón que Pablo Motos cuando le dice a los niños que se vayan a dormir.
España ha cambiado mucho. Cada uno de nosotros atesora sus propios elementos de comparación. Yo suelo recordar el día en que, teniendo yo diez o doce años, un poquito antes de morir Franco pues, a mi tía, que ve menos que Bob Milks, se le rompieron las gafas. Se me quedó grabada su imagen, quejándose amargamente con una frase casi homérica: «antes, cuando podías tener dos pares de gafas, era menos problema, pero ahora…»
Ahora hay gente que tiene no dos, sino tres, cuatro o cinco pares de gafas, de distintos colores, y se las va poniendo según le cuadren con lo que lleven puesto.
El otro día me compré un folleto en el Rastro. Se titula Los problemas de España ante la integración europea y está fechado en Zaragoza en 1962. Me apetecía leer un poco cómo se veía la jugada entonces y, la verdad, las conferencias que contiene el librito (cuyos autores son los profesores Ramón Tamames, Ramón Sainz de Varanda, Salvador Mollet y Bel, José Luis Lacruz Berdejo y Luis Coronel de Palma) tienen su interés. Amén de que leer cosas de otrora los tiempos tiene su aquél porque la prosodia y las referencias culturales han cambiado mucho. Como botón de muestra, copio aquí el broche final de la conferencia del profesor Sainz de Varanda sobre La estructura social española ante el Mercado Común:
«Nuestro deber de ciudadanos y europeos nos obliga a trabajar, a abordar problemas concretos, a avanzar paso a paso, a europeizarnos. Y ese deber lo tenemos los aragoneses por doble motivo. Al fin y al cabo, quien nos marcó el camino era un aragonés, que lanza en ristre perseguía a otro gran caballero andante: el Cid. Por mote llevaba una frase que pudiera servir de lema a esta conferencia: despensa y escuela».
Primera noticia que tengo de que Joaquín Costa perseguía al Cid, pero, bueno...
Y lo fue, don Ramón, lo fue. Porque la Historia de España en los últimos 40 años bien se puede resumir así: más despensa, y más escuela.
En la mentada conferencia encontré una tabla que me animó a hacer cuatro cuentas que son las que hoy quiero compartir con vosotros. Dicha tabla indicaba la renta per cápita de las diferentes provincias españolas en el año 1961. Bueno, no todas porque, por razones que se me escapan, el profesor Sainz de Varanda no cita ni a las insulares ni a Ceuta y Melilla (este último caso es más normal, pues en aquel entonces las hoy ciudades autónomas estaban administrativamente integradas en provincias andaluzas; Melilla en Málaga y Ceuta no sé si en Cádiz).
Así que esos fueron mis datos de partida. Copié las provincias y su renta por habitante y año en pesetas de 1961 y luego le hice dos operaciones: por un lado, actualizar esa cantidad con el IPC para convertirla en pesetas del 2005 y, posteriormente, dividir por 166,386 para calcular la cantidad en euros. Después me fui a visitar la página web del INE, en cuyos recovecos suelo pasar bastantes ratos por razones que tienen que ver con mi maldita costumbre de comer dos veces todos los días, y me copié los datos de la Contabilidad Regional de España, concretamente el PIB per cápita provincial, también del año 2005.
No es un cálculo totalmente afinado, pero a mí me vale. Para aquellos cuya familia haya permanecido en la misma provincia en el último medio siglo, el resultado de dividir el valor añadido por habitante real del 2005 por la renta per cápita de 1961 actualizada en euros les dará una idea de en qué medida son más ricos que sus padres o abuelos y, para aquellos lectores más provectos, les ayudará a recordar en qué medida fueron, en el pasado espero, pobres como ratas.
Pues bien: lo primero que os diré es que ese multiplicador varía entre 17,6 y 6. O sea, los españoles que menos han avanzado multiplicando su riqueza la han multiplicado por seis, que no está mal; y los que más se han ido a una diferencia realmente estratosférica, según la cual donde en 1961 un ciudadano medio tenía posibilidad de pagarse una buena cena, su sucesor en dicha condición puede hoy pagarse casi 18.
El estudio relativo, es decir de las diferencias entre territorios, es, a mi modo de ver, muy revelador. Revela, desde mi punto de vista, hasta qué punto el crecimiento económico español ha sabido ser solidario. Lejos de hacer más ricos a los territorios más ricos, son algunos de los que en 1961 eran más pobres los que muestran una evolución más positiva.
La provincia con el multiplicador más alto, ése de 17,6 que antes señalaba, es Almería. Algo que supongo que no sorprenderá a todo aquél que sepa algo (yo sé más bien poca cosa) de la profunda transformación económica que ha experimentado esta provincia al calor de modernas técnicas de explotación agrícola. A continuación, con 14,6, se sitúan Orense y Teruel. Así pues, Teruel también existe y Orense, algo que también es bastante patente, ha logrado darle la vuelta a la situación que tenía a principios de los años sesenta, un momento en el que estaba a punto de enviar al extranjero a lo mejor de su juventud por causa de la absoluta falta de perspectivas que allí había.
Si continuamos la lista hasta tener las diez primeras provincias, las que citamos siguen en este tono, es decir son, por lo general, provincias no situadas muy arriba en la clasificación de la riqueza relativa: Ávila (14,5), Granada (14,4), Albacete, Lérida y Lugo (13,3 las tres), Cáceres (13,1) y Ciudad Real (12,6).
Al profesor Sainz de Varanda, al que leemos en la cita muy aragonés él, le gustará saber, supongo, que la otra provincia aragonesa menos metropolitana, Huesca, ocupa el puesto 12, justo detrás de Murcia. Luego Soria, Cuenca, Badajoz y Burgos, provincias todas ellas situadas en la zona media-baja o baja de la tabla de la riqueza regional.
¿Que quienes son los perdedores? Con bastante claridad, el País Vasco. Vizcaya es la provincia cuyo multiplicador de 5,9 coloca al final de la tabla; pero es que encima de ella, de penúltima y con 6,0, está Guipúzcoa. Luego Asturias (7,6), Barcelona (7,3), Valencia (8,1) y Madrid (8,3). Hasta llegar a las diez últimas tenemos que contar, por orden, a Cantabria, Sevilla, Cádiz y Palencia.
Como ya he escrito alguna vez, lamento ser un zote con estas cosas del html y las ediciones y tal. Si algún día aprendo a colocar gráficos y tablas como hace Wonka, estaré encantado de compartir los datos con vosotros.
España ha cambiado mucho. Cada uno de nosotros atesora sus propios elementos de comparación. Yo suelo recordar el día en que, teniendo yo diez o doce años, un poquito antes de morir Franco pues, a mi tía, que ve menos que Bob Milks, se le rompieron las gafas. Se me quedó grabada su imagen, quejándose amargamente con una frase casi homérica: «antes, cuando podías tener dos pares de gafas, era menos problema, pero ahora…»
Ahora hay gente que tiene no dos, sino tres, cuatro o cinco pares de gafas, de distintos colores, y se las va poniendo según le cuadren con lo que lleven puesto.
El otro día me compré un folleto en el Rastro. Se titula Los problemas de España ante la integración europea y está fechado en Zaragoza en 1962. Me apetecía leer un poco cómo se veía la jugada entonces y, la verdad, las conferencias que contiene el librito (cuyos autores son los profesores Ramón Tamames, Ramón Sainz de Varanda, Salvador Mollet y Bel, José Luis Lacruz Berdejo y Luis Coronel de Palma) tienen su interés. Amén de que leer cosas de otrora los tiempos tiene su aquél porque la prosodia y las referencias culturales han cambiado mucho. Como botón de muestra, copio aquí el broche final de la conferencia del profesor Sainz de Varanda sobre La estructura social española ante el Mercado Común:
«Nuestro deber de ciudadanos y europeos nos obliga a trabajar, a abordar problemas concretos, a avanzar paso a paso, a europeizarnos. Y ese deber lo tenemos los aragoneses por doble motivo. Al fin y al cabo, quien nos marcó el camino era un aragonés, que lanza en ristre perseguía a otro gran caballero andante: el Cid. Por mote llevaba una frase que pudiera servir de lema a esta conferencia: despensa y escuela».
Primera noticia que tengo de que Joaquín Costa perseguía al Cid, pero, bueno...
Y lo fue, don Ramón, lo fue. Porque la Historia de España en los últimos 40 años bien se puede resumir así: más despensa, y más escuela.
En la mentada conferencia encontré una tabla que me animó a hacer cuatro cuentas que son las que hoy quiero compartir con vosotros. Dicha tabla indicaba la renta per cápita de las diferentes provincias españolas en el año 1961. Bueno, no todas porque, por razones que se me escapan, el profesor Sainz de Varanda no cita ni a las insulares ni a Ceuta y Melilla (este último caso es más normal, pues en aquel entonces las hoy ciudades autónomas estaban administrativamente integradas en provincias andaluzas; Melilla en Málaga y Ceuta no sé si en Cádiz).
Así que esos fueron mis datos de partida. Copié las provincias y su renta por habitante y año en pesetas de 1961 y luego le hice dos operaciones: por un lado, actualizar esa cantidad con el IPC para convertirla en pesetas del 2005 y, posteriormente, dividir por 166,386 para calcular la cantidad en euros. Después me fui a visitar la página web del INE, en cuyos recovecos suelo pasar bastantes ratos por razones que tienen que ver con mi maldita costumbre de comer dos veces todos los días, y me copié los datos de la Contabilidad Regional de España, concretamente el PIB per cápita provincial, también del año 2005.
No es un cálculo totalmente afinado, pero a mí me vale. Para aquellos cuya familia haya permanecido en la misma provincia en el último medio siglo, el resultado de dividir el valor añadido por habitante real del 2005 por la renta per cápita de 1961 actualizada en euros les dará una idea de en qué medida son más ricos que sus padres o abuelos y, para aquellos lectores más provectos, les ayudará a recordar en qué medida fueron, en el pasado espero, pobres como ratas.
Pues bien: lo primero que os diré es que ese multiplicador varía entre 17,6 y 6. O sea, los españoles que menos han avanzado multiplicando su riqueza la han multiplicado por seis, que no está mal; y los que más se han ido a una diferencia realmente estratosférica, según la cual donde en 1961 un ciudadano medio tenía posibilidad de pagarse una buena cena, su sucesor en dicha condición puede hoy pagarse casi 18.
El estudio relativo, es decir de las diferencias entre territorios, es, a mi modo de ver, muy revelador. Revela, desde mi punto de vista, hasta qué punto el crecimiento económico español ha sabido ser solidario. Lejos de hacer más ricos a los territorios más ricos, son algunos de los que en 1961 eran más pobres los que muestran una evolución más positiva.
La provincia con el multiplicador más alto, ése de 17,6 que antes señalaba, es Almería. Algo que supongo que no sorprenderá a todo aquél que sepa algo (yo sé más bien poca cosa) de la profunda transformación económica que ha experimentado esta provincia al calor de modernas técnicas de explotación agrícola. A continuación, con 14,6, se sitúan Orense y Teruel. Así pues, Teruel también existe y Orense, algo que también es bastante patente, ha logrado darle la vuelta a la situación que tenía a principios de los años sesenta, un momento en el que estaba a punto de enviar al extranjero a lo mejor de su juventud por causa de la absoluta falta de perspectivas que allí había.
Si continuamos la lista hasta tener las diez primeras provincias, las que citamos siguen en este tono, es decir son, por lo general, provincias no situadas muy arriba en la clasificación de la riqueza relativa: Ávila (14,5), Granada (14,4), Albacete, Lérida y Lugo (13,3 las tres), Cáceres (13,1) y Ciudad Real (12,6).
Al profesor Sainz de Varanda, al que leemos en la cita muy aragonés él, le gustará saber, supongo, que la otra provincia aragonesa menos metropolitana, Huesca, ocupa el puesto 12, justo detrás de Murcia. Luego Soria, Cuenca, Badajoz y Burgos, provincias todas ellas situadas en la zona media-baja o baja de la tabla de la riqueza regional.
¿Que quienes son los perdedores? Con bastante claridad, el País Vasco. Vizcaya es la provincia cuyo multiplicador de 5,9 coloca al final de la tabla; pero es que encima de ella, de penúltima y con 6,0, está Guipúzcoa. Luego Asturias (7,6), Barcelona (7,3), Valencia (8,1) y Madrid (8,3). Hasta llegar a las diez últimas tenemos que contar, por orden, a Cantabria, Sevilla, Cádiz y Palencia.
Como ya he escrito alguna vez, lamento ser un zote con estas cosas del html y las ediciones y tal. Si algún día aprendo a colocar gráficos y tablas como hace Wonka, estaré encantado de compartir los datos con vosotros.
viernes, enero 18, 2008
¡Ahí está el Rubito!
No es inhabitual que la Historia recuerde frases famosas que empezaron guerras. Quizá el caso más citado es el Alea iacta est, la suerte está echada, que dicen pronunció Julio tras pasar el Rubicón; aunque los puristas suelen recordar que este mito es sobre todo eso pues lo que el general hizo al atravesar el río que lo colocaba fuera de la ley fue, al parecer, citar unos versos de un poeta griego que quieren decir algo así como «juguemos la partida de dados». También quiero recordar aquí otra frase quizá menos famosa pero más premonitoria, que fue el lamento del almirante Tojo cuando, tres el exitoso bombardeo japonés contra Pearl Harbour, anunció: «hemos despertado al tigre».
¿Hubo una frase que marcase el principio de la guerra española? Pues quizá sí, la hubo. Pero fue una frase que más parece una gilipollez que una frase: «¡Ahí está el Rubito!» La pronunció quien la tenía que pronunciar, esto es el general Francisco Franco, y lo hizo en medio de un episodio que es el que hoy quiero contaros: la odisea del Dragon Rapide.
5 de julio de 1936. La ciudad de Londres. En la ciudad de Londres vive un personaje bastante conservador de ideas, Luis Bolín, que en ese momento tiene como dedicación principal ser el corresponsal del diario monárquico ABC en el Reino Unido. Cuando llega a casa, la mujer de Bolín le informa de que su jefe, Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del periódico, le ha llamado desde Biarritz. Según confiesa Bolín en sus memorias, no tiene la más mínima duda de que ese detalle señala que el golpe de Estado contra la República está a punto de estallar en España. Así lo dice en sus memorias, sin más explicaciones. O sea, si un día te llama tu jefe a tu casa, es que va a haber un golpe de Estado.
Bolín espera con nerviosismo a la segunda llamada de Luca de Tena, que se produce poco después. El marqués le da instrucciones concretas y sincréticas. Debe alquilar en Reino Unido un hidroavión capaz de volar desde Canarias hasta Marruecos, preferentemente Ceuta. Un español que trabaja en la banca Kleinwort, radicada en la célebre City londinense, le facilitará el dinero necesario. El objetivo es que el avión esté en Casablanca el 11 de julio. En la ciudad marroquí de tantas resonancias fílmicas, el piloto del avión deberá esperar en un hotel determinado a la llegada de alguien que se identificará por la contraseña Galicia saluda a Francia.
Luca de Tena informa a Bolín de que la más que probable misión del piloto será ir a Canarias a recoger a alguien. ¿A quién? Para saberlo, deberá ir a la consulta de un médico de Tenerife.
Si el 31 de julio nadie hubiese aparecido por Casablanca, el piloto debería regresar a Londres.
Bolín se sintió probablemente abrumado por las circunstancias. En sus memorias asegura que tuvo claro, desde el primer momento, que el extraño pasajero del avión sería Franco. Estas cosas es muy fácil decirlas a toro pasado, pero lo que está claro es que no dudaba de que la misión estaba íntimamente relacionada con el golpe de Estado. Bolín, por lo tanto, tenía que alquilar un avión cagando leches, pero eso no es algo que sepa hacer cualquiera. Por esa razón llama a su amigo Juan de la Cierva, el inventor del autogiro, quien también residía entonces en Londres. Lo primero que hace La Cierva al conocer el encargo es echarle a Bolín un buen jarro de agua fría: en su opinión (y no se equivocó), las posibilidades de encontrar un hidroavión disponible eran nulas. Incluso dudaba de poder encontrar algún avión con el radio de autonomía requerido para esos vuelos.
El día 6, tras muchos barrigazos por los despachos de sus amigos aeronáuticos, Juan de la Cierva da con una empresa llamada Olley Air Service, con base en el pueblecito de Croydon, que al parecer posee algún avión que puede servir. Bolín se desplaza al lugar y allí habla con el capitán Olley, quien considera que el aparato más adecuado para el tipo de viaje que el cliente quiere hacer es un De Havilland Dragon Rapide de siete plazas, matrícula G-ACYR. Así pues, mucha gente cree que eso de Dragon Rapide es el nombre del avión; pero no es verdad, es simplemente parte de la denominación del modelo. De hecho, el príncipe de Gales poseía otro igual que guardaba la Olley en el mismo hangar que el que albergaba al que sería el avión de Franco.
Una vez encontrado el avión, Bolín y La Cierva trazan su plan. Como ya he dicho, aunque no tienen todos los detalles de la cosa, saben o sospechan con claridad dónde se van a meter, así que se ponen a pensar en la mejor manera de poder volar sin despertar sospechas. Delante de la mujer de Bolín, La Cierva le dice: «¿por qué no te llevas a una rubia guapa y vistosa?» Como puede verse, el mito de las rubias como seres superficiales tiene varias generaciones. Finalmente, deciden mejorar la estrategia haciendo que Bolín vuele desde Londres en compañía de un hombre y de dos mujeres rubias. O sea: dos hombres maduros con dos tías buenas, ricachones bajando al moro para echar un quiqui. Como cortina de humo, la verdad es que no está mal.
Douglas Jerrod, un editor inglés, es el encargado de buscar al amigo inglés, y acaba decidiéndose por Hugo Pollard, comandante retirado, cazador de zorros y un hombre, dice Bolín que le dijo Jerrod, «muy de tu cuerda». A la vista de las cosas que escribe Bolín en sus memorias (cosas como que el interior de la catedral de Málaga, inmediatamente tras su toma por los franquistas, todavía conservaba el hedor a rojo, que hay que ser bestia), hemos de entender que el señor Pollard no debía de ser precisamente votante del Partido Laborista.
Bolín recoge en sus memorias que Jerrod, nada más llamar a Pollard, le aconseja que les espere metiendo la cabeza bajo un grito de agua fría; lo cual parece una manera de insinuar que nuestro contacto inglés se bebía hasta el agua de los floreros. Se fueron a verle a su casa de Midhurst, en el condado de Sussex. Si es cierto lo que cuenta Bolín en sus memorias, hay que reconocer que era un buen conocedor de la cultura inglesa, pues afirma que, nada más conocer a Pollard, se arrancó a hablar con él «de la belleza de las flores en aquel verano delicioso, de la excelencia del tiempo que era, desde luego, excepcional». En efecto, la jardinería y el clima son los dos asuntos por los que debe comenzar toda conversación con un inglés de pura cepa.
Bolín termina proponiéndole a Pollard que vuele con él a Marruecos, pero que para completar la expedición hacen falta «dos chicas rubias, discretas y bien parecidas». Ante proposición tan harto sospechosa, lo único que le ocurre preguntar a Pollard (según Bolín, claro) es si viajarán asegurados a todo riesgo y, ante el anuncio de la firma de otras tantas pólizas de seguro, acepta.
Las dos rubias resultan ser una tal Dorothy, amiga de Pollard; y Diana, la hija de éste, quién se apunta entusiasmada al viaje a pesar de no saber, según Bolín, ni dónde queda Marruecos.
El capitán Olley, propietario del avión, tenía más conchas que el tal Pollard, o tal vez ideas menos definidas. Síntoma claro de que no las tenía todas consigo con esa pretendida excursión en plan canita al aire es que le dijo a Bolín que imaginaba que el viaje estaría sometido a riesgos no cubiertos habitualmente por póliza de seguros, así pues le hizo jurar solemnemente que sólo utilizaría el avión para transportarse a él mismo y a sus invitados. Esta inquietud por parte de Olley dio sus problemas, pues Bolín se dio cuenta de que, si algo le pasaba al avión, él tendría que abonarlo. Lo habló con La Cierva, y el inventor con el duque de Alba; los dos últimos acordaron que, si el avión resultaba dañado por hechos no cubiertos por el seguro, pagarían cada uno la mitad del pago garantizado.
Acto seguido, Olley le presentó al piloto, Cecil W. H. Bebb, con quien acordaron que el avión despegaría el sábado 11 de julio a las siete de la mañana.
El avión hizo escala en Burdeos, donde los viajeros tomaron unas copas con Luca de Tena y el marqués de Mérito, también en la conspiración, que se subió al avión para luego irse desde Casablanca a Tánger por sus propios medios. Según Bolín, cuando entraron en España, y por estulticia del operador de radio (al parecer, venía bolinga desde Burdeos), se perdieron y anduvieron volando en plan gilipollas hasta que vieron el Naranco de Bulnes. Con eso y mediante el poco ortodoxo sistema de volar muy bajo al pasar por estaciones de tren para tratar de leer los letreros de la población, consiguieron orientarse más o menos. Pero se les acababa el carburante y el piloto manejó la posibilidad de aterrizar en cualquier campo perdido, lo cual habría hecho imposible la misión. Finalmente, llegaron a la costa atlántica, divisaron un aeropuerto militar en el pueblo portugués de Espinho, y aterrizaron allí.
Nada más parar los motores los detuvieron, claro. Hasta un idiota sabe que no se puede aterrizar en un aeropuerto militar sin avisar, así como así.
Otra vez, la misión se podría haber ido al carajo. En el pueblo de Espinho había fiesta a la que acudieron los detenidos junto con los militares que los habían detenido y, nos dice Bolín en sus memorias, «este acontecimiento, unido al encanto de las rubias, impresionó favorablemente al oficial quien, mediado el camino, nos dijo que tanto el aparato como nosotros quedarían en libertad a primera hora de la mañana».
La pregunta es: ¿exactamente hasta qué punto unas rubias inglesas han de desplegar encantos para quebrar la voluntad de un militar portugués? Bolín no nos lo aclara. Y hay que tener en cuenta que una de las rubias era la mismísima hija de Pollard. Ejem…
Desde Espinho el avión dio un salto a Alverca, donde Bolín y mérito se reunieron con el general Sanjurjo. Asimismo, en Alverca es donde Bolín, preocupado ante la posibilidad de que la policía republicana le siguiera el paso y fuese detenido en Casablanca, le dio informaciones parciales a Pollard, especialmente la misión de ir a la casa del médico en Tenerife y darle la famosa contraseña de Galicia saluda a Francia.
Si hemos de creer a Bolín, Pollard no sólo no se dio la vuelta o se asustó sino que, como se dice en lenguaje taurino, se recreó en la suerte, indicándole a Bolín que, si tenía que ir a ver a un médico espía, lo mejor es que trucase las cosas para que la visita fuese creíble. Así, ambos escribieron en la agenda de Pollard los nombres de varios médicos en poblaciones diferentes de Europa, algunos ciertos y otros inventados, para así poder dar soporte a la historia de que el ex militar era un enfermo crónico que por eso tenía la referencia de facultativos distintos en las ciudades que visitaba.
El 13 de julio, la expedición se entera en Casablanca del asesinato de Calvo Sotelo, que se ha producido en la madrugada del mismo día en Madrid. La noticia genera en los conspiradores la reacción que se produjo en muchos otros que eran de su partida: se dan cuenta de que ya todo es imparable. Por eso, aunque las instrucciones que tenían era esperar a que alguien les contactase diciendo la famosa contraseña, deciden actuar por su cuenta y enviar el avión a Canarias. Otra decisión que salvó la operación pues, según nos cuenta Bolín, el emisario que estaban esperando nunca llegó siquiera a iniciar viaje, así pues hubieran esperado en vano. Aunque Bolín no lo dice claramente en sus memorias, parece claro que, además, la noticia de la muerte de Calvo Sotelo multiplicó en él las sospechas de que podían estar siguiéndole (a él y al marqués de Mérito), motivo por el cual tomó una decisión muy arriesgada: que los ingleses se fuesen solos a buscar a Franco a Canarias. Verdaderamente, el tal Pollard debía de ser un conservador de pies a cabeza para que el periodista le confiase esa misión.
Pollard, su hija y su amiga llegaron a cabo Juby, un pequeño saliente de la costa del antiguo Sahara Español justo enfrente de Canarias, el día 15 de julio. Ese aterrizaje, forzado por las circunstancias del vuelo, repitió la jugada de Espinho (es decir, aterrizar en un aeródromo militar sin permiso previo), sólo que esta vez el aeródromo no era portugués, sino español (para que nos entendamos: republicano). El mando de Cabo Juby, de hecho, cablegrafió al Ministerio de la Guerra en Madrid la incidencia, es decir que un avión ocupado por turistas británicos había aterrizado allí sin permiso. Sin embargo, aquí se hizo patente que Bolín había acertado con su arriesgada decisión pues, de haber ido en el avión un español, además sospechoso, con seguridad allí habrían quedado todos detenidos. Al ser ingleses, la reacción de Madrid fue ordenar la detención del avión, pero a la llegada a su destino. ¿Cuál era su destino? El aeródromo de Gando. ¿A quién tenía que ordenarle dicha detención? Al comandante militar de Canarias. Y, ¿quién era el comandante militar de Canarias? Pues Francisco Franco Bahamonde. Alguien que, obviamente, no les detuvo.
El Dragon Rapide llegó al aeropuerto grancanario de Gando el miércoles 15 de julio por la tarde. Pollard y sus rubias cogieron un barco en el Puerto de la Luz y se fueron a Santa Cruz de Tenerife, en busca del médico. Llegado a su consulta, Pollard se presentó declamando lentamente, con la pronunciación que le habían enseñado, la contraseña Galicia saluda a Francia. Con gran sorpresa, la respuesta del médico fue cabrearse e invitarlo a marcharse. Al parecer, para aquel entonces aquel hombre, que debía de ser algo así como un conspirador amateur o a tiempo parcial, había terminado hasta las narices de mensajitos y contraseñas y ya no quería saber nada más de movidas.
Aún así, debió rendir un último servicio a su causa pues Pollard le informó del hotel donde se hospedaba, hotel en el que, unas horas después, le visitó un militar joven.
Esto ocurría el jueves día 16. Franco, en cuanto fue informado de que había un avión en Gando, decidió actuar. Con la disculpa de lo rarita que estaba la situación, aisló las Canarias desde el punto de vista de las comunicaciones, no sin antes solicitar a Madrid permiso para desplazarse a la isla de Gran Canaria al funeral de un militar amigo recientemente fallecido (el general Amado Balmes). De esta manera consiguió no despertar sospechas en su desplazamiento y, además, pudo sumar Tenerife a la sublevación sin que en Madrid se coscasen de la movida.
El 17 de julio, Franco desembarca en Gran Canaria, tras lo cual se produce una lucha entre el ejército y los guardias de asalto, a los que el gobernador civil republicano ha puesto en alerta. Sin embargo, los sublevados se imponen con relativa rapidez, como ya ha ocurrido en Tenerife. No obstante, la necesidad de imponerse en Las Palmas lo retrasó, pues Franco tenía previsto salir para Marruecos el 17 de julio, pero no pudo hacerlo hasta el 18.
A Cecil Bebb, el piloto del avión, alguien le dio instrucciones de salir para Marruecos y le hizo el juego típico de entregarle medio naipe que debería completarse con otro medio que llevaría su pasajero. Sin embargo, según Bolín a Franco no le hizo falta enseñar su media carta: Bebb, nada más verlo (y una vez que aquel hombre de paisano le dijo: «Soy el general Franco», información de gran importancia para un aviador de Croydon), decidió que era la persona por la que se había hecho todo ese montaje, lo cual dice mucho de su clarividencia pues Franco era bajito, un poco barrigudo y, además, iba vestido de paisano. A mí siempre me ha parecido que a Bolín le pareció inelegante describir en sus memorias al caudillo presentando medio naipe para hacerse respetar.
Para evitar ser obstruido por alguien en su viaje en coche a Gando, Franco fue por vía marítima. El hecho de que en la playa de Gando no hubiese puerto le obligó a tirarse de la barca y, con agua hasta las rodillas, andar hasta la orilla (o sea: la barca se acercó bastante, porque las rodillas de Franco no estaban demasiado lejos del suelo).
Como bien sabemos, mientras ocurría todo esto, el ejército del Marruecos español se sublevaba, con cierta precipitación sobre los planes iniciales. El avión salió de Canarias como a la una de la tarde, paró en Agadir para repostar y allí se retrasó un poco más porque era fiesta. Como resultado, en Casablanca se hizo de noche sin que el aparato hubiese aparecido. Sin embargo, a eso de las nueve y cuarto de la noche, el avión llegó. Eso sí, cuando estaba descendiendo, hubo un apagón en el aeropuerto y las luces de la pista se apagaron. Fue, sin embargo, cosa de poco, y pronto estuvo solucionada.
Franco entró en la Casablanca francesa con un pasaporte falso, prestado por el diplomático José Antonio de Sangróniz y al que había puesto su propia foto. Como era tan tarde, los conspiradores debieron cambiar de planes y, en lugar de seguir hasta Tánger, destino último del viaje, dormir en Casablanca. Esta decisión salvó de nuevo la operación. Poco tiempo después, el marqués de Mérito, que estaba en Tánger, llamó para decir que ese aterrizaje debía desestimarse, recomendando Tetuán. Se decidió volar allí al día siguiente. Esto da que pensar que si Franco hubiera salido hacia Tánger, tal vez la habría cagado.
En el hotel, Franco se afeitó el bigote, para dificultar su reconocimiento. De él nos dice Bolín en sus memorias que «el general tenía entonces cuarenta y tres años: era bien proporcionado y bien parecido». En fin, qué podemos decir; para gustos se pintan colores pero, la verdad, una cosa es ser franquista y otra estar ciego.
En el pasaje tal vez más sincero de sus memorias, Bolín nos cuenta que él y el general durmieron aquella noche juntos en la misma habitación, en la que estuvieron dándole a la sin hueso por lo menos hasta las dos de la madrugada. Franco no era nada optimista sobre lo que iba a comenzar. «Tan negro fue el cuadro que pintó ante mis ojos», relata Bolín, «que acabé por preguntarle si podríamos vencer».
Otra cosa que nos dice Bolín es que Franco «hablaba todavía cuando, para facilitarle siquiera dos horas de descanso, apagué la luz con el pretexto de que me estaba quedando dormido». Esta capacidad de dar la brasa nocturna hasta la extenuación, de ser cierta, la compartía Franco con su entonces amigo Adolf Hitler, de quien sus cercanos han dejado escrito que era capaz de pasarse la noche entera dando la barrila. O, tal vez, es que aquella noche Franco, a pesar de todo lo que dicen sus hagiógrafos de nervios de acero y bla, bla, bla, estaba nervioso. Acojonado incluso.
A las cinco de la mañana del día siguiente, el avión salió de Casablanca. Una vez que se supo sobrevolando suelo español, Franco se puso el uniforme militar.
A la llegada a Tetuán, se produjo la que, para mí no hay duda, fue la escena más tensa para los conspiradores. Aterrizaban en Tetuán, sabiendo que el ejército de Marruecos y, consecuentemente, aquella plaza, se había sublevado. Pero no podían saber cuál había sido el resultado de la sublevación. En esa pista podían estar, perfectamente, tropas fieles a la República esperando su llegada. Franco no podía saber si al bajar del avión sería vitoreado o detenido. Al llegar al edificio principal, los viajeros vieron a cinco militares en posición de firmes. Y entonces Franco pronunció esa frase tan absurda.
‑¡Ahí está el Rubito!
Había reconocido al comandante Eduardo Sáenz de Buruaga, jefe de Regulares marroquíes. Tan seguro estaba de su fidelidad que, en ese momento, supo que la plaza era suya. Y todo empezó.
Del Rubicón al Rubito.
¿Hubo una frase que marcase el principio de la guerra española? Pues quizá sí, la hubo. Pero fue una frase que más parece una gilipollez que una frase: «¡Ahí está el Rubito!» La pronunció quien la tenía que pronunciar, esto es el general Francisco Franco, y lo hizo en medio de un episodio que es el que hoy quiero contaros: la odisea del Dragon Rapide.
5 de julio de 1936. La ciudad de Londres. En la ciudad de Londres vive un personaje bastante conservador de ideas, Luis Bolín, que en ese momento tiene como dedicación principal ser el corresponsal del diario monárquico ABC en el Reino Unido. Cuando llega a casa, la mujer de Bolín le informa de que su jefe, Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del periódico, le ha llamado desde Biarritz. Según confiesa Bolín en sus memorias, no tiene la más mínima duda de que ese detalle señala que el golpe de Estado contra la República está a punto de estallar en España. Así lo dice en sus memorias, sin más explicaciones. O sea, si un día te llama tu jefe a tu casa, es que va a haber un golpe de Estado.
Bolín espera con nerviosismo a la segunda llamada de Luca de Tena, que se produce poco después. El marqués le da instrucciones concretas y sincréticas. Debe alquilar en Reino Unido un hidroavión capaz de volar desde Canarias hasta Marruecos, preferentemente Ceuta. Un español que trabaja en la banca Kleinwort, radicada en la célebre City londinense, le facilitará el dinero necesario. El objetivo es que el avión esté en Casablanca el 11 de julio. En la ciudad marroquí de tantas resonancias fílmicas, el piloto del avión deberá esperar en un hotel determinado a la llegada de alguien que se identificará por la contraseña Galicia saluda a Francia.
Luca de Tena informa a Bolín de que la más que probable misión del piloto será ir a Canarias a recoger a alguien. ¿A quién? Para saberlo, deberá ir a la consulta de un médico de Tenerife.
Si el 31 de julio nadie hubiese aparecido por Casablanca, el piloto debería regresar a Londres.
Bolín se sintió probablemente abrumado por las circunstancias. En sus memorias asegura que tuvo claro, desde el primer momento, que el extraño pasajero del avión sería Franco. Estas cosas es muy fácil decirlas a toro pasado, pero lo que está claro es que no dudaba de que la misión estaba íntimamente relacionada con el golpe de Estado. Bolín, por lo tanto, tenía que alquilar un avión cagando leches, pero eso no es algo que sepa hacer cualquiera. Por esa razón llama a su amigo Juan de la Cierva, el inventor del autogiro, quien también residía entonces en Londres. Lo primero que hace La Cierva al conocer el encargo es echarle a Bolín un buen jarro de agua fría: en su opinión (y no se equivocó), las posibilidades de encontrar un hidroavión disponible eran nulas. Incluso dudaba de poder encontrar algún avión con el radio de autonomía requerido para esos vuelos.
El día 6, tras muchos barrigazos por los despachos de sus amigos aeronáuticos, Juan de la Cierva da con una empresa llamada Olley Air Service, con base en el pueblecito de Croydon, que al parecer posee algún avión que puede servir. Bolín se desplaza al lugar y allí habla con el capitán Olley, quien considera que el aparato más adecuado para el tipo de viaje que el cliente quiere hacer es un De Havilland Dragon Rapide de siete plazas, matrícula G-ACYR. Así pues, mucha gente cree que eso de Dragon Rapide es el nombre del avión; pero no es verdad, es simplemente parte de la denominación del modelo. De hecho, el príncipe de Gales poseía otro igual que guardaba la Olley en el mismo hangar que el que albergaba al que sería el avión de Franco.
Una vez encontrado el avión, Bolín y La Cierva trazan su plan. Como ya he dicho, aunque no tienen todos los detalles de la cosa, saben o sospechan con claridad dónde se van a meter, así que se ponen a pensar en la mejor manera de poder volar sin despertar sospechas. Delante de la mujer de Bolín, La Cierva le dice: «¿por qué no te llevas a una rubia guapa y vistosa?» Como puede verse, el mito de las rubias como seres superficiales tiene varias generaciones. Finalmente, deciden mejorar la estrategia haciendo que Bolín vuele desde Londres en compañía de un hombre y de dos mujeres rubias. O sea: dos hombres maduros con dos tías buenas, ricachones bajando al moro para echar un quiqui. Como cortina de humo, la verdad es que no está mal.
Douglas Jerrod, un editor inglés, es el encargado de buscar al amigo inglés, y acaba decidiéndose por Hugo Pollard, comandante retirado, cazador de zorros y un hombre, dice Bolín que le dijo Jerrod, «muy de tu cuerda». A la vista de las cosas que escribe Bolín en sus memorias (cosas como que el interior de la catedral de Málaga, inmediatamente tras su toma por los franquistas, todavía conservaba el hedor a rojo, que hay que ser bestia), hemos de entender que el señor Pollard no debía de ser precisamente votante del Partido Laborista.
Bolín recoge en sus memorias que Jerrod, nada más llamar a Pollard, le aconseja que les espere metiendo la cabeza bajo un grito de agua fría; lo cual parece una manera de insinuar que nuestro contacto inglés se bebía hasta el agua de los floreros. Se fueron a verle a su casa de Midhurst, en el condado de Sussex. Si es cierto lo que cuenta Bolín en sus memorias, hay que reconocer que era un buen conocedor de la cultura inglesa, pues afirma que, nada más conocer a Pollard, se arrancó a hablar con él «de la belleza de las flores en aquel verano delicioso, de la excelencia del tiempo que era, desde luego, excepcional». En efecto, la jardinería y el clima son los dos asuntos por los que debe comenzar toda conversación con un inglés de pura cepa.
Bolín termina proponiéndole a Pollard que vuele con él a Marruecos, pero que para completar la expedición hacen falta «dos chicas rubias, discretas y bien parecidas». Ante proposición tan harto sospechosa, lo único que le ocurre preguntar a Pollard (según Bolín, claro) es si viajarán asegurados a todo riesgo y, ante el anuncio de la firma de otras tantas pólizas de seguro, acepta.
Las dos rubias resultan ser una tal Dorothy, amiga de Pollard; y Diana, la hija de éste, quién se apunta entusiasmada al viaje a pesar de no saber, según Bolín, ni dónde queda Marruecos.
El capitán Olley, propietario del avión, tenía más conchas que el tal Pollard, o tal vez ideas menos definidas. Síntoma claro de que no las tenía todas consigo con esa pretendida excursión en plan canita al aire es que le dijo a Bolín que imaginaba que el viaje estaría sometido a riesgos no cubiertos habitualmente por póliza de seguros, así pues le hizo jurar solemnemente que sólo utilizaría el avión para transportarse a él mismo y a sus invitados. Esta inquietud por parte de Olley dio sus problemas, pues Bolín se dio cuenta de que, si algo le pasaba al avión, él tendría que abonarlo. Lo habló con La Cierva, y el inventor con el duque de Alba; los dos últimos acordaron que, si el avión resultaba dañado por hechos no cubiertos por el seguro, pagarían cada uno la mitad del pago garantizado.
Acto seguido, Olley le presentó al piloto, Cecil W. H. Bebb, con quien acordaron que el avión despegaría el sábado 11 de julio a las siete de la mañana.
El avión hizo escala en Burdeos, donde los viajeros tomaron unas copas con Luca de Tena y el marqués de Mérito, también en la conspiración, que se subió al avión para luego irse desde Casablanca a Tánger por sus propios medios. Según Bolín, cuando entraron en España, y por estulticia del operador de radio (al parecer, venía bolinga desde Burdeos), se perdieron y anduvieron volando en plan gilipollas hasta que vieron el Naranco de Bulnes. Con eso y mediante el poco ortodoxo sistema de volar muy bajo al pasar por estaciones de tren para tratar de leer los letreros de la población, consiguieron orientarse más o menos. Pero se les acababa el carburante y el piloto manejó la posibilidad de aterrizar en cualquier campo perdido, lo cual habría hecho imposible la misión. Finalmente, llegaron a la costa atlántica, divisaron un aeropuerto militar en el pueblo portugués de Espinho, y aterrizaron allí.
Nada más parar los motores los detuvieron, claro. Hasta un idiota sabe que no se puede aterrizar en un aeropuerto militar sin avisar, así como así.
Otra vez, la misión se podría haber ido al carajo. En el pueblo de Espinho había fiesta a la que acudieron los detenidos junto con los militares que los habían detenido y, nos dice Bolín en sus memorias, «este acontecimiento, unido al encanto de las rubias, impresionó favorablemente al oficial quien, mediado el camino, nos dijo que tanto el aparato como nosotros quedarían en libertad a primera hora de la mañana».
La pregunta es: ¿exactamente hasta qué punto unas rubias inglesas han de desplegar encantos para quebrar la voluntad de un militar portugués? Bolín no nos lo aclara. Y hay que tener en cuenta que una de las rubias era la mismísima hija de Pollard. Ejem…
Desde Espinho el avión dio un salto a Alverca, donde Bolín y mérito se reunieron con el general Sanjurjo. Asimismo, en Alverca es donde Bolín, preocupado ante la posibilidad de que la policía republicana le siguiera el paso y fuese detenido en Casablanca, le dio informaciones parciales a Pollard, especialmente la misión de ir a la casa del médico en Tenerife y darle la famosa contraseña de Galicia saluda a Francia.
Si hemos de creer a Bolín, Pollard no sólo no se dio la vuelta o se asustó sino que, como se dice en lenguaje taurino, se recreó en la suerte, indicándole a Bolín que, si tenía que ir a ver a un médico espía, lo mejor es que trucase las cosas para que la visita fuese creíble. Así, ambos escribieron en la agenda de Pollard los nombres de varios médicos en poblaciones diferentes de Europa, algunos ciertos y otros inventados, para así poder dar soporte a la historia de que el ex militar era un enfermo crónico que por eso tenía la referencia de facultativos distintos en las ciudades que visitaba.
El 13 de julio, la expedición se entera en Casablanca del asesinato de Calvo Sotelo, que se ha producido en la madrugada del mismo día en Madrid. La noticia genera en los conspiradores la reacción que se produjo en muchos otros que eran de su partida: se dan cuenta de que ya todo es imparable. Por eso, aunque las instrucciones que tenían era esperar a que alguien les contactase diciendo la famosa contraseña, deciden actuar por su cuenta y enviar el avión a Canarias. Otra decisión que salvó la operación pues, según nos cuenta Bolín, el emisario que estaban esperando nunca llegó siquiera a iniciar viaje, así pues hubieran esperado en vano. Aunque Bolín no lo dice claramente en sus memorias, parece claro que, además, la noticia de la muerte de Calvo Sotelo multiplicó en él las sospechas de que podían estar siguiéndole (a él y al marqués de Mérito), motivo por el cual tomó una decisión muy arriesgada: que los ingleses se fuesen solos a buscar a Franco a Canarias. Verdaderamente, el tal Pollard debía de ser un conservador de pies a cabeza para que el periodista le confiase esa misión.
Pollard, su hija y su amiga llegaron a cabo Juby, un pequeño saliente de la costa del antiguo Sahara Español justo enfrente de Canarias, el día 15 de julio. Ese aterrizaje, forzado por las circunstancias del vuelo, repitió la jugada de Espinho (es decir, aterrizar en un aeródromo militar sin permiso previo), sólo que esta vez el aeródromo no era portugués, sino español (para que nos entendamos: republicano). El mando de Cabo Juby, de hecho, cablegrafió al Ministerio de la Guerra en Madrid la incidencia, es decir que un avión ocupado por turistas británicos había aterrizado allí sin permiso. Sin embargo, aquí se hizo patente que Bolín había acertado con su arriesgada decisión pues, de haber ido en el avión un español, además sospechoso, con seguridad allí habrían quedado todos detenidos. Al ser ingleses, la reacción de Madrid fue ordenar la detención del avión, pero a la llegada a su destino. ¿Cuál era su destino? El aeródromo de Gando. ¿A quién tenía que ordenarle dicha detención? Al comandante militar de Canarias. Y, ¿quién era el comandante militar de Canarias? Pues Francisco Franco Bahamonde. Alguien que, obviamente, no les detuvo.
El Dragon Rapide llegó al aeropuerto grancanario de Gando el miércoles 15 de julio por la tarde. Pollard y sus rubias cogieron un barco en el Puerto de la Luz y se fueron a Santa Cruz de Tenerife, en busca del médico. Llegado a su consulta, Pollard se presentó declamando lentamente, con la pronunciación que le habían enseñado, la contraseña Galicia saluda a Francia. Con gran sorpresa, la respuesta del médico fue cabrearse e invitarlo a marcharse. Al parecer, para aquel entonces aquel hombre, que debía de ser algo así como un conspirador amateur o a tiempo parcial, había terminado hasta las narices de mensajitos y contraseñas y ya no quería saber nada más de movidas.
Aún así, debió rendir un último servicio a su causa pues Pollard le informó del hotel donde se hospedaba, hotel en el que, unas horas después, le visitó un militar joven.
Esto ocurría el jueves día 16. Franco, en cuanto fue informado de que había un avión en Gando, decidió actuar. Con la disculpa de lo rarita que estaba la situación, aisló las Canarias desde el punto de vista de las comunicaciones, no sin antes solicitar a Madrid permiso para desplazarse a la isla de Gran Canaria al funeral de un militar amigo recientemente fallecido (el general Amado Balmes). De esta manera consiguió no despertar sospechas en su desplazamiento y, además, pudo sumar Tenerife a la sublevación sin que en Madrid se coscasen de la movida.
El 17 de julio, Franco desembarca en Gran Canaria, tras lo cual se produce una lucha entre el ejército y los guardias de asalto, a los que el gobernador civil republicano ha puesto en alerta. Sin embargo, los sublevados se imponen con relativa rapidez, como ya ha ocurrido en Tenerife. No obstante, la necesidad de imponerse en Las Palmas lo retrasó, pues Franco tenía previsto salir para Marruecos el 17 de julio, pero no pudo hacerlo hasta el 18.
A Cecil Bebb, el piloto del avión, alguien le dio instrucciones de salir para Marruecos y le hizo el juego típico de entregarle medio naipe que debería completarse con otro medio que llevaría su pasajero. Sin embargo, según Bolín a Franco no le hizo falta enseñar su media carta: Bebb, nada más verlo (y una vez que aquel hombre de paisano le dijo: «Soy el general Franco», información de gran importancia para un aviador de Croydon), decidió que era la persona por la que se había hecho todo ese montaje, lo cual dice mucho de su clarividencia pues Franco era bajito, un poco barrigudo y, además, iba vestido de paisano. A mí siempre me ha parecido que a Bolín le pareció inelegante describir en sus memorias al caudillo presentando medio naipe para hacerse respetar.
Para evitar ser obstruido por alguien en su viaje en coche a Gando, Franco fue por vía marítima. El hecho de que en la playa de Gando no hubiese puerto le obligó a tirarse de la barca y, con agua hasta las rodillas, andar hasta la orilla (o sea: la barca se acercó bastante, porque las rodillas de Franco no estaban demasiado lejos del suelo).
Como bien sabemos, mientras ocurría todo esto, el ejército del Marruecos español se sublevaba, con cierta precipitación sobre los planes iniciales. El avión salió de Canarias como a la una de la tarde, paró en Agadir para repostar y allí se retrasó un poco más porque era fiesta. Como resultado, en Casablanca se hizo de noche sin que el aparato hubiese aparecido. Sin embargo, a eso de las nueve y cuarto de la noche, el avión llegó. Eso sí, cuando estaba descendiendo, hubo un apagón en el aeropuerto y las luces de la pista se apagaron. Fue, sin embargo, cosa de poco, y pronto estuvo solucionada.
Franco entró en la Casablanca francesa con un pasaporte falso, prestado por el diplomático José Antonio de Sangróniz y al que había puesto su propia foto. Como era tan tarde, los conspiradores debieron cambiar de planes y, en lugar de seguir hasta Tánger, destino último del viaje, dormir en Casablanca. Esta decisión salvó de nuevo la operación. Poco tiempo después, el marqués de Mérito, que estaba en Tánger, llamó para decir que ese aterrizaje debía desestimarse, recomendando Tetuán. Se decidió volar allí al día siguiente. Esto da que pensar que si Franco hubiera salido hacia Tánger, tal vez la habría cagado.
En el hotel, Franco se afeitó el bigote, para dificultar su reconocimiento. De él nos dice Bolín en sus memorias que «el general tenía entonces cuarenta y tres años: era bien proporcionado y bien parecido». En fin, qué podemos decir; para gustos se pintan colores pero, la verdad, una cosa es ser franquista y otra estar ciego.
En el pasaje tal vez más sincero de sus memorias, Bolín nos cuenta que él y el general durmieron aquella noche juntos en la misma habitación, en la que estuvieron dándole a la sin hueso por lo menos hasta las dos de la madrugada. Franco no era nada optimista sobre lo que iba a comenzar. «Tan negro fue el cuadro que pintó ante mis ojos», relata Bolín, «que acabé por preguntarle si podríamos vencer».
Otra cosa que nos dice Bolín es que Franco «hablaba todavía cuando, para facilitarle siquiera dos horas de descanso, apagué la luz con el pretexto de que me estaba quedando dormido». Esta capacidad de dar la brasa nocturna hasta la extenuación, de ser cierta, la compartía Franco con su entonces amigo Adolf Hitler, de quien sus cercanos han dejado escrito que era capaz de pasarse la noche entera dando la barrila. O, tal vez, es que aquella noche Franco, a pesar de todo lo que dicen sus hagiógrafos de nervios de acero y bla, bla, bla, estaba nervioso. Acojonado incluso.
A las cinco de la mañana del día siguiente, el avión salió de Casablanca. Una vez que se supo sobrevolando suelo español, Franco se puso el uniforme militar.
A la llegada a Tetuán, se produjo la que, para mí no hay duda, fue la escena más tensa para los conspiradores. Aterrizaban en Tetuán, sabiendo que el ejército de Marruecos y, consecuentemente, aquella plaza, se había sublevado. Pero no podían saber cuál había sido el resultado de la sublevación. En esa pista podían estar, perfectamente, tropas fieles a la República esperando su llegada. Franco no podía saber si al bajar del avión sería vitoreado o detenido. Al llegar al edificio principal, los viajeros vieron a cinco militares en posición de firmes. Y entonces Franco pronunció esa frase tan absurda.
‑¡Ahí está el Rubito!
Había reconocido al comandante Eduardo Sáenz de Buruaga, jefe de Regulares marroquíes. Tan seguro estaba de su fidelidad que, en ese momento, supo que la plaza era suya. Y todo empezó.
Del Rubicón al Rubito.
jueves, enero 17, 2008
La visión soviética de la guerra civil
Como todo el mundo sabe, las Navidades son fechas complejas para los elefantes. Las ETT proboscídeas suelen estar a tope en esos días porque, en verdad, quién no necesita un elefante por Navidad. Hay sesiones dobles en los circos, es necesario reforzar los turnos en los zoos porque van mogollón de niños y todos quieren que el animal suba la trompa y barrite un poco, esas cosas.
Es por esta razón que Tiburcio, co-editor de esta mamonada, lleva unas semanas bastante liado. No obstante, como diría el viejo ABC de Luis María Anson, nuestra centralita está bloqueada con llamadas de lectores protestando por esta ausencia (no tenemos centralita y, aunque la tuviéramos, nuestros lectores no se saben el número; pero eso son detalles sin importancia).
Hoy os traigo, anyway, un post de Tiburcio. Este blog, en mi opinión, sería un blog mucho más aburrido, y de peor calidad, si entre tanta verborrea juandejuánica no incluyese algún acertado post elefantiásico.
En el post de hoy, Tiburcio aborda una actividad que sé que le gusta, gusto que, además, es compartido en mi caso: revisar las revisiones históricas cuando su tiempo ya ha pasado. Alguien dijo una vez que pocas cosas hay más sometidas a los vaivenes de la Historia que la propia Historia, y es cierto. Cada tiempo tiene su manera de ver el pasado y cuando ese mismo tiempo es ya pasado, conviene echar la vista atrás y ver cómo se veían entonces las cosas y lo que entonces se daba por cierto; esto, quizá, nos sirva para relativizar nuestras convicciones de hoy.
El post de Tibur incide en un aspecto sobre el que habría para escribir largo y tendido: las interpretaciones no españolas de la guerra civil. En este caso, una muy concreta, que es la de la Unión Soviética. Podemos ser enormemente incapaces a la hora de leer nuestra propia situación, pero esa incapacidad se multiplica cuando lo que estamos leyendo es la situación de otro. La interpretación soviética de la guerra civil española influyó mucho a muchos historiadores, de dentro y de fuera de España, sobre todo en el aspecto crucial que trata este post, que es la consideración del conflicto como un conflicto de raíces internacionales. La URSS defendió hasta su último minuto que si había habido guerra civil en España fue, única y exclusivamente, porque así lo habían decidido Hitler y Mussolini; porque la sublevación de Franco cuadraba dentro de los planes alemano-italianos para sojuzgar Europa.
Esta versión no cuadra mucho con los hechos. Por ejemplo: es cierto que Hitler y Mussolini siempre fueron bastante amiguitos; pero no tanto como Alemania y la propia URSS cuando, en 1938 (momento en el que la guerra civil española empezaba a dar sus últimas boqueadas) se repartieron Polonia como buenos hermanos. Y luego está el argumento principal, y es que resulta abracadabrante sostener que la guerra civil española no tuvo causas internas. Sin embargo, se sostuvo y, además, mucha gente, sesuda gente en muchos casos, lo creyó. Lo cree aún, me atrevería a decir.
En fin. Os recomiendo, como siempre, la lectura del post, amén de recordaros que la Navidad ya ha pasado.
Supongo que muchos de vosotros iríais cuando érais niños, o vais ahora con vuestros hijos o nietos, a los espectáculos de marionetas al aire libre. Las representaciones de marionetas son siempre muy parecidas: hay un personaje que es el que defiende a los buenos y, cuando alguien está en peligro de ser cazado por el malo, los niños gritan su nombre, llamándolo, para que aparezca.
Os propongo que hagais lo mismo. Salís a la ventana de vuestra casa y del trabajo y gritais: «¡Tiburcioooooo!» Y lo mismo lo oye (digo yo que para eso será que tienen las orejas tan grandes los elefantes).
Os dejo con él.
La visión soviética de la guerra civil
By Tiburcio Samsa.
Hace veinte años nadie hubiera podido predecir que algún día la visión soviética de la Guerra Civil española nos resultaría tan irrelevante como la opinión que tenía el Rey Asurbanipal de la política agresiva de los elamitas. En beneficio de los sovietólogos desamparados, que vieron de un día para otro cómo entraban en la misma categoría de los sumeriólogos, la de aquellos cuyo objeto de estudio está muerto y enterrado, de los nostálgicos de la Guerra Fría y de los curiosos en general escribo unas líneas sobre qué era lo que se decía en la Unión Soviética en los años ochenta sobre la Guerra Civil española.
Tomo como base el primero de los dos volúmenes de la Historia de la Política Exterior de la URSS (Istorija Vneshnej Politiki SSSR), editado en 1986 en Moscú, bajo la redacción de A.A. Gromyko y B. N. Ponomareva. Es un libro que compré cuando aún pensaba que la sovietología podía dar dinero y todavía no me había dado cuenta de que los inviernos rusos no me van. Lo que sigue a continuación es un resumen de lo que dice el libro. Me ha parecido mejor no apostillar ni comentar y dejar que el texto hable por sí mismo. He mantenido incluso algunas de las maneras de expresarse del texto, aunque puedan resultar chocantes.
Antes de empezar, me parece interesante hacer dos observaciones. La primera es que a la Guerra Civil española se le dedican 5 páginas y ¾, en un volumen de 511 páginas. Algo más que lo dedicado a la agresión japonesa en Manchuria y a la conquista de Austria por Alemania, pero menos que lo dedicado a los acuerdos de Munich. La segunda es que el capítulo que trata este tema lleva el significativo título de La URSS y la intervención germano-italiana en España.
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 y sus primeras reformas de corte progresista causaron hondo desasosiego a la Alemania nazi y a la Italia fascista. Las fuerzas reaccionarias en España no podían aceptar la pérdida del poder y con el apoyo germano-italiano un grupo de oficiales reaccionarios encabezados por Franco se sublevaron. Alemania e Italia buscaban no sólo el establecimiento de un régimen fascista en España, sino también entorpecer las comunicaciones de Inglaterra y Francia con sus imperios coloniales, creando una amenaza a Francia por el sur.
La URSS y todas las fuerzas progresistas mundiales acudieron en defensa de la República. Sus esfuerzos se vieron entorpecidos por la actitud de Francia e Inglaterra, que querían un acercamiento a Alemania y optaron por una política de neutralidad que privó al Gobierno de la República de la posibilidad de comprar armas en el extranjero en un momento en el que Alemania e Italia abastecían a los sublevados fascistas. El instrumento de esa política fue el Comité de No Intervención.
En contraposición, la URSS en el Comité mostró su apoyo a la lucha de los demócratas españoles contra las fuerzas del fascismo y el 7 de octubre de 1936 presentó al mismo cantidad de pruebas del apoyo que recibían los sublevados y advirtió que si no se solucionaban inmediatamente las violaciones del acuerdo de no intervención, la URSS se consideraría libre de los acuerdos que la vinculaban al Comité. El 23 de octubre la URSS insistió en que se permitiese al Gobierno de la República la compra de armamento en el extranjero. El 25 de octubre finalmente el Gobierno soviético anunció que, en tanto no hubiera garantías de que cesaría el apoyo a los sublevados, se consideraba moralmente liberado de sus obligaciones hacia el Comité.
La política del Partido y del Gobierno soviéticos quedó expresada con claridad en el telegrama que el Secretario General del Comité Central del PCUS, Stalin, le envió al Secretario General del PCE, José Díaz: «Los trabajadores de la Unión Soviética cumplen simplemente con su deber, al prestar su fuerte apoyo a las masas revolucionarias de España. Esto da cuenta de que la liberación de España del yugo de los reaccionarios fascistas no es un asunto privativo de los españoles, sino de toda la humanidad avanzada y progresista.» Así pues, la Unión Soviética prestó su ayuda al pueblo combatiente español y al Gobierno legítimo, de acuerdo con las normas del Derecho Internacional y cumpliendo con sus deberes internacionales.
El libro da como pruebas del apoyo ofrecido a la República las siguientes cantidades de armamento entregadas entre octubre de 1936 y enero de 1939: 648 aviones, 347 tanques, 60 autoametralladoras, 1.186 cañones, 20.648 pistolas y 497.813 fusiles, así como gran cantidad de granadas y proyectiles. En el otoño de 1938 el Gobierno soviético concedió al republicano un crédito por importe de 85 millones de dólares. Asimismo envió a España especialistas y asesores militares, que ayudaron enormemente a la creación de un Ejército popular regular y que coadyuvaron a las principales operaciones contra los intervencionistas fascistas y los sublevados. También participaron en la lucha voluntarios de 54 países formados en las Brigadas Internacionales. De los 42.000 voluntarios, 3.000 provenían de la URSS y de éstos más de 160 eran aviadores. Los voluntarios soviéticos dejaron más de doscientos muertos en combate.
La URSS ayudó a la República hasta sus últimos días de todas las maneras posibles: apoyo diplomático, ayuda económica… Sin embargo, las fuerzas eran muy desiguales. Sólamente el Ejército de los intervencionistas germano-italianos contaba con cerca de 300.000 soldados y oficiales. El Ejército popular republicano, apoyado por voluntarios de muchos países, combatió con un heroísmo inaudito y aunque sufrió muchas pérdidas, siguió luchando. En la lucha, como resultado de los bombardeos germano-italianos y de la represión en los territorios conquistados por los fascistas murieron más de un millón de hombres.
Pero en Londres y París se cerraban los ojos ante la brutalidad de los intervencionistas germano-italianos. En enero de 1939 se negaron a adoptar sanciones contra los agresores germano-italianos, conforme a la Carta de la Sociedad de Naciones. Ello significó que los agresores tendrían completa libertad para estrangular a la República española.
No puedo morderme más la lengua y dejar de hacer un comentario recapitulador: la Guerra Civil española, según el libro, fue la historia de la agresión que sufrió el heroico pueblo español a manos de los intervencionistas germano-italianos, agresión ante la que sólo pudo contar con la ayuda de la URSS, ya que Francia e Inglaterra optaron por una no intervención vergonzosa. Me pregunto lo que dirá a propósito de esta versión de la Guerra la Ley de Recuperación de la Memoria Histórica.
Es por esta razón que Tiburcio, co-editor de esta mamonada, lleva unas semanas bastante liado. No obstante, como diría el viejo ABC de Luis María Anson, nuestra centralita está bloqueada con llamadas de lectores protestando por esta ausencia (no tenemos centralita y, aunque la tuviéramos, nuestros lectores no se saben el número; pero eso son detalles sin importancia).
Hoy os traigo, anyway, un post de Tiburcio. Este blog, en mi opinión, sería un blog mucho más aburrido, y de peor calidad, si entre tanta verborrea juandejuánica no incluyese algún acertado post elefantiásico.
En el post de hoy, Tiburcio aborda una actividad que sé que le gusta, gusto que, además, es compartido en mi caso: revisar las revisiones históricas cuando su tiempo ya ha pasado. Alguien dijo una vez que pocas cosas hay más sometidas a los vaivenes de la Historia que la propia Historia, y es cierto. Cada tiempo tiene su manera de ver el pasado y cuando ese mismo tiempo es ya pasado, conviene echar la vista atrás y ver cómo se veían entonces las cosas y lo que entonces se daba por cierto; esto, quizá, nos sirva para relativizar nuestras convicciones de hoy.
El post de Tibur incide en un aspecto sobre el que habría para escribir largo y tendido: las interpretaciones no españolas de la guerra civil. En este caso, una muy concreta, que es la de la Unión Soviética. Podemos ser enormemente incapaces a la hora de leer nuestra propia situación, pero esa incapacidad se multiplica cuando lo que estamos leyendo es la situación de otro. La interpretación soviética de la guerra civil española influyó mucho a muchos historiadores, de dentro y de fuera de España, sobre todo en el aspecto crucial que trata este post, que es la consideración del conflicto como un conflicto de raíces internacionales. La URSS defendió hasta su último minuto que si había habido guerra civil en España fue, única y exclusivamente, porque así lo habían decidido Hitler y Mussolini; porque la sublevación de Franco cuadraba dentro de los planes alemano-italianos para sojuzgar Europa.
Esta versión no cuadra mucho con los hechos. Por ejemplo: es cierto que Hitler y Mussolini siempre fueron bastante amiguitos; pero no tanto como Alemania y la propia URSS cuando, en 1938 (momento en el que la guerra civil española empezaba a dar sus últimas boqueadas) se repartieron Polonia como buenos hermanos. Y luego está el argumento principal, y es que resulta abracadabrante sostener que la guerra civil española no tuvo causas internas. Sin embargo, se sostuvo y, además, mucha gente, sesuda gente en muchos casos, lo creyó. Lo cree aún, me atrevería a decir.
En fin. Os recomiendo, como siempre, la lectura del post, amén de recordaros que la Navidad ya ha pasado.
Supongo que muchos de vosotros iríais cuando érais niños, o vais ahora con vuestros hijos o nietos, a los espectáculos de marionetas al aire libre. Las representaciones de marionetas son siempre muy parecidas: hay un personaje que es el que defiende a los buenos y, cuando alguien está en peligro de ser cazado por el malo, los niños gritan su nombre, llamándolo, para que aparezca.
Os propongo que hagais lo mismo. Salís a la ventana de vuestra casa y del trabajo y gritais: «¡Tiburcioooooo!» Y lo mismo lo oye (digo yo que para eso será que tienen las orejas tan grandes los elefantes).
Os dejo con él.
La visión soviética de la guerra civil
By Tiburcio Samsa.
Hace veinte años nadie hubiera podido predecir que algún día la visión soviética de la Guerra Civil española nos resultaría tan irrelevante como la opinión que tenía el Rey Asurbanipal de la política agresiva de los elamitas. En beneficio de los sovietólogos desamparados, que vieron de un día para otro cómo entraban en la misma categoría de los sumeriólogos, la de aquellos cuyo objeto de estudio está muerto y enterrado, de los nostálgicos de la Guerra Fría y de los curiosos en general escribo unas líneas sobre qué era lo que se decía en la Unión Soviética en los años ochenta sobre la Guerra Civil española.
Tomo como base el primero de los dos volúmenes de la Historia de la Política Exterior de la URSS (Istorija Vneshnej Politiki SSSR), editado en 1986 en Moscú, bajo la redacción de A.A. Gromyko y B. N. Ponomareva. Es un libro que compré cuando aún pensaba que la sovietología podía dar dinero y todavía no me había dado cuenta de que los inviernos rusos no me van. Lo que sigue a continuación es un resumen de lo que dice el libro. Me ha parecido mejor no apostillar ni comentar y dejar que el texto hable por sí mismo. He mantenido incluso algunas de las maneras de expresarse del texto, aunque puedan resultar chocantes.
Antes de empezar, me parece interesante hacer dos observaciones. La primera es que a la Guerra Civil española se le dedican 5 páginas y ¾, en un volumen de 511 páginas. Algo más que lo dedicado a la agresión japonesa en Manchuria y a la conquista de Austria por Alemania, pero menos que lo dedicado a los acuerdos de Munich. La segunda es que el capítulo que trata este tema lleva el significativo título de La URSS y la intervención germano-italiana en España.
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 y sus primeras reformas de corte progresista causaron hondo desasosiego a la Alemania nazi y a la Italia fascista. Las fuerzas reaccionarias en España no podían aceptar la pérdida del poder y con el apoyo germano-italiano un grupo de oficiales reaccionarios encabezados por Franco se sublevaron. Alemania e Italia buscaban no sólo el establecimiento de un régimen fascista en España, sino también entorpecer las comunicaciones de Inglaterra y Francia con sus imperios coloniales, creando una amenaza a Francia por el sur.
La URSS y todas las fuerzas progresistas mundiales acudieron en defensa de la República. Sus esfuerzos se vieron entorpecidos por la actitud de Francia e Inglaterra, que querían un acercamiento a Alemania y optaron por una política de neutralidad que privó al Gobierno de la República de la posibilidad de comprar armas en el extranjero en un momento en el que Alemania e Italia abastecían a los sublevados fascistas. El instrumento de esa política fue el Comité de No Intervención.
En contraposición, la URSS en el Comité mostró su apoyo a la lucha de los demócratas españoles contra las fuerzas del fascismo y el 7 de octubre de 1936 presentó al mismo cantidad de pruebas del apoyo que recibían los sublevados y advirtió que si no se solucionaban inmediatamente las violaciones del acuerdo de no intervención, la URSS se consideraría libre de los acuerdos que la vinculaban al Comité. El 23 de octubre la URSS insistió en que se permitiese al Gobierno de la República la compra de armamento en el extranjero. El 25 de octubre finalmente el Gobierno soviético anunció que, en tanto no hubiera garantías de que cesaría el apoyo a los sublevados, se consideraba moralmente liberado de sus obligaciones hacia el Comité.
La política del Partido y del Gobierno soviéticos quedó expresada con claridad en el telegrama que el Secretario General del Comité Central del PCUS, Stalin, le envió al Secretario General del PCE, José Díaz: «Los trabajadores de la Unión Soviética cumplen simplemente con su deber, al prestar su fuerte apoyo a las masas revolucionarias de España. Esto da cuenta de que la liberación de España del yugo de los reaccionarios fascistas no es un asunto privativo de los españoles, sino de toda la humanidad avanzada y progresista.» Así pues, la Unión Soviética prestó su ayuda al pueblo combatiente español y al Gobierno legítimo, de acuerdo con las normas del Derecho Internacional y cumpliendo con sus deberes internacionales.
El libro da como pruebas del apoyo ofrecido a la República las siguientes cantidades de armamento entregadas entre octubre de 1936 y enero de 1939: 648 aviones, 347 tanques, 60 autoametralladoras, 1.186 cañones, 20.648 pistolas y 497.813 fusiles, así como gran cantidad de granadas y proyectiles. En el otoño de 1938 el Gobierno soviético concedió al republicano un crédito por importe de 85 millones de dólares. Asimismo envió a España especialistas y asesores militares, que ayudaron enormemente a la creación de un Ejército popular regular y que coadyuvaron a las principales operaciones contra los intervencionistas fascistas y los sublevados. También participaron en la lucha voluntarios de 54 países formados en las Brigadas Internacionales. De los 42.000 voluntarios, 3.000 provenían de la URSS y de éstos más de 160 eran aviadores. Los voluntarios soviéticos dejaron más de doscientos muertos en combate.
La URSS ayudó a la República hasta sus últimos días de todas las maneras posibles: apoyo diplomático, ayuda económica… Sin embargo, las fuerzas eran muy desiguales. Sólamente el Ejército de los intervencionistas germano-italianos contaba con cerca de 300.000 soldados y oficiales. El Ejército popular republicano, apoyado por voluntarios de muchos países, combatió con un heroísmo inaudito y aunque sufrió muchas pérdidas, siguió luchando. En la lucha, como resultado de los bombardeos germano-italianos y de la represión en los territorios conquistados por los fascistas murieron más de un millón de hombres.
Pero en Londres y París se cerraban los ojos ante la brutalidad de los intervencionistas germano-italianos. En enero de 1939 se negaron a adoptar sanciones contra los agresores germano-italianos, conforme a la Carta de la Sociedad de Naciones. Ello significó que los agresores tendrían completa libertad para estrangular a la República española.
No puedo morderme más la lengua y dejar de hacer un comentario recapitulador: la Guerra Civil española, según el libro, fue la historia de la agresión que sufrió el heroico pueblo español a manos de los intervencionistas germano-italianos, agresión ante la que sólo pudo contar con la ayuda de la URSS, ya que Francia e Inglaterra optaron por una no intervención vergonzosa. Me pregunto lo que dirá a propósito de esta versión de la Guerra la Ley de Recuperación de la Memoria Histórica.
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