Lo prometido es deuda. Dije que algún día escribiría la historia de Bonnie Parker y Clyde Barrow, y aquí está. Espero que os entretenga.
Confieso que cuando termino de escribir este post es un poco tarde y tengo muchas ganas de ir al sobre. Así pues, los poemas los reproduzco sin traducir. A ver si alguno de estos días tengo un rato y los traduzco, pero no sé.
Cualquier persona con deseos de ser delincuente querría haber vivido en el sudeste medio de Estados Unidos en los años 30. Aquella zona, nucleada por metrópolis como Chicago, San Luis o Kansas City, era lo mejor de lo mejor para ellos. Eran los años de la Ley Seca y del contabando mansalva. Los años de los médicos que curaban heridas de bala sin hacer preguntas; de los abogados llamados «labios rectos», que se las sabían todas y a menudo eran más delincuentes que sus defendidos; y de las gun molls, concubinas del crimen que eran, a partes iguales, amas de casa y compañeras de atraco. El crimen estaba tan bien organizado en aquella época, y la policía era aún tan bisoña, que incluso había pequeñas capitales del crimen. En una de ellas, la ciudad de Joplin, Missouri, recalaron, en la primavera de 1933, Clyde Barrow y Bonnie Parker.
Barrow había nacido en 1910 y era un chico más bien bajo, no muy atlético y cabello castaño, que se peinaba con la raya en el centro. Tenía un aspecto considerado afeminado en la época; lo más probable es que fuese homosexual. Tenía una gran capacidad de sacrificio, lo cual lo convirtió en un delincuente especialista en enfrentar los peligros. Estando en la cárcel, muy joven, había llegado a cortarse con un hacha dos dedos del pie derecho para no tener que trabajar.
En 1932, poco después de haber salido liberado de la prisión de Huntsville, Texas, Barrow conoció a Bonnie Parker en Dallas. Ella era rubia, muy guapa, tenía un cuerpo al estilo de los que hoy gustan (más bien delgado para la época) y, cuando conoció a Barrow, era camarera y estaba casada, aunque eso no le impedía tener relaciones frecuentes con otros hombres; tan probable es que Barrow tuviese tenencias homosexuales como que Parker fuese ninfómana. Ambos encontraron comunicación en la ambición del crimen, así pues decidieron formar una pequeña banda que se haría legendaria. A los dos miembros de la misma que le dieron nombre se les unió un amigo de Bonnie, Raymond Hamilton.
Bonnie y Clyde eran fanáticos de los coches rápidos y de las armas. La de las armas era Bonnie. Cuando Barrow la conoció, apenas sabía nada sobre las extraordinarias posibilidades que ofrece una escopeta con los cañones recortados: abulta casi tan poco como una pistola y su disparo es tan brutal que deja al personal acojonado. Además de escopetas recortadas, la pareja acumuló pronto pistolas, rifles y metralletas.
Hamilton fue pronto detenido en Michigan, lo cual generó un problema para la pareja; no sólo criminal, sino relacionado con las necesidades corporales de Bonnie. En la misma Tejas, no lejos de la casa de Barrow padre, la pareja reclutó a William Daniel Jones, quien entonces tenía 17 años y ya había robado un par de coches. Pocos días después, los Barrow robaron un coche y Clyde mató a su dueño de un disparo; así que Jones ya no tenía elección, debía quedarse con ellos porque separarse hubiera supuesto tener que responder del cargo de cómplice de asesinato.
Los Barrow, que así se anunciaban en sus crímenes, querían una banda a lo grande, como las de Dillinger o de Ma Barker. Así pues, reclutaron al hermano de Clyde, Buck Barrow, que acababa de salir de Huntsville y se había casado con una mujer llamada Blanche. Ésta fue la banda que en 1933 se fue a Joplin y se dedicó a hacerse fotos, que se hicieron famosas, haciendo poses con las armas en la mano.
No obstante la tranquilidad aparente, un ciudadano responsable acabó por denunciar en la Missouri State Highway Patrol a ese extraño grupo de inquilinos. A las 16 horas del 13 de abril de 1933, el sargento G. B. Kahler, de la MSHP, dirigió una redada. Los coches de policía bloquearon las salidas de los coches. Clyde y el joven Jones, que estaban fuera de la casa, entraron apresuradamente en el garage.
Cuando empezaron los disparos, todo el mundo, salvo Blanche Barrow que no era una delincuente, supo qué hacer. Se armaron hasta los dientes y respondieron a los disparos de la policía. Uno de los cuatro alcanzó con un perdigonazo en el cuello a un policía, que murió en el acto. A un segundo le acertaron en plena cara y también lo mataron. Primero Jones y después Buck Barrow, con riesgo de sus vidas se adelantaron hacia uno de los coches de policía que estaba aparcado para bloquear la salida, con la intención de soltarle el freno de mano. Buck lo consiguió, así pues la banda ya podía huir. No obstante, se les presentó un problema añadido: Blanche Barrow, meándose de miedo, salió corriendo y echó a correr calle abajo. Tuvieron que salir con un coche a perseguirla, en medio de los disparos, y luego meterla en el coche antes de salir echando leches.
Una de las cosas que encontró la policía en el piso abandonado fue el detalle de algo que contribuiría, y mucho, a construir el mito de Bonnie & Clyde. Bonnie Parker era poeta. Escribía poemas que acabaría enviando a los periódicos, y éstos los publicarían, hecho éste que contribuyó a la construcción del mito. El poema que encontraron aquella tarde se llamaba El suicidio de Sal. Apenas estaba empezado, pero relataba la historia, verdadera o inventada, de una chica, Sal, que se suicidaba tras una vida de crímenes y falta de amor. Como he dicho, el poema apenas comenzaba a contar la vida de la tal Sal.
I was born on a ranch in Wyoming
not treated like Helen of Troy,
was taught that rods were rulers
and ranked with greasy cowboys...
Durante las semanas o meses que siguieron a la huida de Joplin, los Barrow comprobaron que también el hampa tiene sus reglas y, en su caso, les jugaban en contra. A los delincuentes no les caían bien los Barrow, probablemente por la personalidad, un poco insultante y soberbia, de Bonnie. Además, la banda de los Barrow siempre fue una banda impulsiva, que hacía las cosas casi sin pensar, lo cual quiere decir dos cosas: la primera, que se exponían a demasiados peligros para realizar atracos poco lucrativos; la segunda, que nunca tuvieron pasta suficiente como para pagar a policías, médicos y abogados corruptos y construirse, como hicieron otras bandas, refugios más o menos seguros.
Así pues, tras la huida de Joplin, los Barrow dieron tumbos por Estados Unidos como verdaderos parias. La policía los perseguía y los delincuentes pasaban de ellos. Así las cosas, era sólo cuestión de tiempo que las disensiones surgiesen. Ya hemos visto que Blanche Barrow no tenía madera para criminal; pero no era la única que quería largarse, porque Jones también estaba básicamente acojonado. Tras la huida de Joplin, estando la banda en Louisiana, Jones robó un coche por su cuenta y se piró a casa de su madre; pero allí lo encontraron los Barrow, quienes le obligaron a volver y, para atarlo más a la banda, lo implicaron más en los crímenes: en unos pocos días, Jones era cómplice del secuestro de dos policías y coautor de media docena de robos en los que se produjo un asesinato, amén de haber estado a punto de morir, con Bonnie, dentro de un coche que se incendió tras una huida.
Con todo, la policía estrechaba el cerco. De hecho, a principios de julio de 1933, los Barrow estuvieron cercados en una zona montañosa pero, tras robar el coche de un médico, consiguieron romper el cordón. El 18 de julio, la policía recibió denuncias de varios atracos a estaciones de servicios perpetrados en la misma zona por tres hombres y una mujer con los brazos vendados (Bonnie se los había quemado en lo del coche).
Ese mismo día, a las diez de la noche, tres hombres y dos mujeres, o sea ellos, llegaron al Red Crown Cabin Camp de Platte City, Missouri, y alquilaron una cabaña de ladrillo, flanqueada por dos garajes. Bonnie, Clyde y Jones tomaron una habitación y Buck y Blanche, la otra. El dueño del campo sospechó de ellos, al parecer porque le pagaron en efectivo, y comunicó con la policía. Ésta junto piezas y no tardó ni dos minutos en llamar a Kansas City para pedir refuerzos.
En la madrugada del 19 de julio, los Barrow habrían terminado sus días de no ser por la dolencia de Bonnie. El joven Jones tuvo que ir a la farmacia local a comprar vendas y pomada para sus heridas y, estando allí, escuchó a alguien comentar que había demasiados policías en la zona. Así pues, para cuando la policía llegó a la cabaña, los Barrow estaban todos en la habitación de Buck, armados hasta los dientes, y esperando. Llegó un coche blindado y se instalaron dos escudos de acero. La policía se acercó a la puerta y llamó, identificándose. Bonnie dijo a través de la puerta que los hombres no estaban y que abriría enseguida, pero que estaba desnuda. Cuatro segundos después, se oyó la voz de Clyde Barrow.
‑Shoot’em, bastards!
La suerte se alió con los delincuentes. La descarga que lanzaron no atravesó los escudos de acero pero, increíblemente, si penetró al coche blindado. Una de las balas provocó un cortocircuito en el claxon, que empezó a sonar solo. El resto de la partida de policías creyó que era una señal, y avanzó.
En ese momento, Buck Barrow salió de la cabaña a lo John Wayne, con una pistola en cada mano y disparando, seguido de Bonnie y de Blanche, que se protegían con sendos colchones. Mientras tanto, Clyde entró en el garage y sacó un coche marcha atrás. Una vez que el auto protegió a las mujeres, éstas soltaron los colchones y comenzaron a disparar (ambas; así pues, Blanche había aprendido el oficio). Luego, tuvieron que recoger a Buck, que fue alcanzado por una bala en la cabeza.
Automáticamente, el FBI comenzó en la zona la caza de Buck, en ese momento el miembro más débil del grupo, puesto que estaba gravemente herido. Unos días más tarde, un granjero encontró una hoguera apagada y unos vendajes con sangre en un parque de atracciones abandonado en Dexter, Iowa. Un vigilante, tras conocer el dato, decidió emboscarse en la zona. Pocas horas después vio llegar dos coches y, en ellos, a tres hombres y dos mujeres. El vigilante dio el queo al sheriff local, quien llamó a otros sheriff y a la Guardia Nacional de Iowa.
A medianoche, un pequeño ejército formado por policías, guardias nacionales y una proporción bastante alta de mediopensionistas, rodeó a los Barrow en el parque abandonado. El joven había pasado la tarde encadenado a un árbol, signo inequívoco de que había intentado escapar; Blanche tenía una herida en el ojo izquierdo, al parecer provocada por la esquirla de un parabrisas roto por los disparos, y Buck estaba en calzoncillos.
Fue Clyde Barrow quien vio venir a los policías y dio la alarma. Jones fue a poner el coche en marcha, pero fue alcanzado por un disparo de perdigones. Aún así, Clyde Barrow le metió en coche y lo arrancó. Bonnie se colocó agachada junto al auto para protegerse de los disparos. Pero quien fue alcanzado, en un brazo, fue su compañero, quien no pudo evitar entonces que el automóvil se estrellase contra un árbol. Tras intentar, infructuosamente, coger el segundo coche, Bonnie, Clyde y Jones escaparon, a pesar de que les perseguían decenas de personas, por el bosque.
Mientras, Buck Barrow permanecía de rodillas frente a la policía, sangrando por siete heridas distintas de su cabeza. Esa misma noche, fue desahuciado por los médicos del hospital de Dexter. Lo cual fue terrible para Clyde Barrow pues Blanche descargó contra él toda su inquina, considerándole responsable de todo por haber abandonado a su hermano. Desde entonces, ayudó todo lo que pudo a la policía.
Durante la huida a Minnesota de lo que quedaba de la banda de los Barrow, Bonnie Parker comenzó a escribir el poema que se haría famoso en aquella época, dedicado a contar la historia de la banda. Poema que, como siempre en las historias de bandas de delincuentes de aquella época, acude con prontitud a los mitos de los buenos ladrones de la Historia americana (James), amén de tratar de construir el mito, machacón en la poética de Bonnie Parker, del ladrón de buena esencia, podrido por la acción de la ley.
You’ve read the store or Jesse James
of how he lived and died.
If you still are in need of something to read
here is the story of Bonnie and Clyde.
Now Bonnie and Clyde are the Barrow gang
I’m sure you all have read
how they rob and steal
and how those who squeal
are usually found dying or dead.
There are lots of untruths to their write-ups
they are not so merciless as that;
they hate all the laws,
the stool-pidgeons, spotters and rats.
They class them as cool-blooded killers,
they say they are heartless and mean,
but I say this with pride
that I once know Clyde
when he was honest and upright and clean.
But the law fooled around,
kept trackin’im down
and lockin’im up in a cell
till he said to me:
“I’ll never be free
so I’ll meet a few of them in hell”
This road was so dimly lighted
there were no highway sings to guide,
but they made up their minds;
if the roads were all blind
they wouldn’t give up till they died...
The road gets dimmer and dimmer
sometimes you can hardly see.
Still it’s fight, man to man,
and do all you can
for they know they can never be free.
If they try to act like citizens
and rent’em a little nice flat,
about the third night they’re invited to fight
by a submachine gun rat-tat-tat.
They don’t think they are too tough to desperate,
they know the law always wins,
they’ve been shot before;
but they do not ignore
that death is the wages of sin.
From heartbreaks some people have suffered,
from weariness some people have died,
but take it all in all,
our troubles are small
till we get like Bonnie and Clyde.
Some day they will go down together
and they will bury them side by side.
To a few it means grief,
to the law is relief,
but it’s death to Bonnie and Clyde.
La vida se tornó dura para la banda Barrow tras los sucesos de Dexter. En sucesivas huidas producidas en las semanas anteriores, elevaron la cifra de personas asesinadas a nueve. Esto hizo saltar todas las costuras de la presencia de ánimo del joven Jones, quien se escapó. Cuatro meses después de la muerte de Buck Barrow, Jones fue detenido en Houston. Hizo una confesión completa y solicitó ser condenado a cadena perpetua [sic]. Bonnie Parker y Clyde Barrow, por muchos poemas que escribiesen y muchas películas que les hagan, eran un par de sádicos. La vida de Jones era tan terrible que prefería estar en la cárcel para siempre.
La marcha de Jones puso a los Barrow ante la necesidad de encontrar un compinche. Así que ambos, un día, espiaron la salida de los presos forzados de un establecimiento en el que Clyde había estado internado, la Eastham Texas State Prision Farm. Su objetivo era claro: uno de esos presos era Raymond Hamilton, el primer socio de la pareja, que entonces estaba ya condenado a 263 años de cárcel.
Atacaron a los guardias y provocaron la huida de cinco presos, entre ellos Hamilton. Tenían dos coches escondidos cerca, así que los otros cuatro presos cogieron uno y en el otro huyeron los Barrow con Hamilton. Poco más tarde recogieron a otro delincuente, Henry Methvin.
El 17 de febrero de 1934, los Barrow escaparon de una enorme redada organizada por la policía en las Cockson Hills, al este de Oklahoma, que habían sido ya refugio de malhechores en los tiempos de los hermanos James. En la huida, asaltaron un banco en Texas y luego se dirigieron a Indiana, donde Hamilton los abandonó, después de una violenta discusión sobre el reparto del botín.
Para entonces, vivían en su propio coche. El 1 de abril, dos policías se acercaron al vehículo para hacer una comprobación y fueron asesinados por la pareja. Clyde Barrow fue declarado Enemigo Público Número 1 del Estado de Texas.
Cinco días más tarde, el coche de los Barrow se enfangó en una carretera de Lost Trail, Commerce, Oklahoma. Trataron de atracar a un tipo que pasaba en coche para quitárselo, pero éste no sólo escapó sino que le contó todo a la policía. El jefe de policía, Percy Boyd, y el guardia municipal Cal Campbell fueron a ver qué pasaba. Cuando se encontraron con los Barrow, se inició un tiroteo en el que ganaron los rifles automáticos de los criminales. Los Barrow, una vez conseguido, a punta de pistola, que un camión sacase su coche del fango, acomodaron a Boyd, herido, en el asiento de atrás, y huyeron. En Fort Scott, Kansas, compraron comida y un periódico; por él supieron que Campbell había muerto. Bonnie Parker se cogió un cabreo de mil demonios cuando vio publicada una foto suya con un pitillo en la boca; lo que más le importaba en ese momento es que el país supiera que aquella foto había sido una broma y que ella no fumaba.
El joven Methvin que, como sabemos, era el tercero de la banda, tenía un padre, Iván, que vivía en Louisiana, en una zona denominada Arcadia. Ahí se montó la operación que acabaría con los Barrow, dirigida por un agente especial del FBI, L. A. Kindell; el sheriff de Arcadia, Henderson Jordan; y Frank Hamer, capitán de la Texas Highway Patrol, considerado entonces el revólver más rápido de Texas y del que también se decía que había matado a más de 75 forajidos. Fue colocado en la partida para vengar la muerte de un guardián de la prisión tejana durante la liberación de Hamilton y Methvin.
Los Barrow estaban con la mosca detrás de la oreja; entre otras cosas porque el inasequible al desaliento Hamer les había perseguido ya por nueve estados, sin perderles la pista. Así pues, dado que Methvin se obstinaba en visitar a su padre, obligaron a éste a mudarse a una casa en lo más profundo del bosque. Esta presión pudo con el señor Iván Methvin, quien decidió ir a la policía.
El 21 de mayo, cuando la banda visitó la casa de Iván Methvin, éste llamó aparte a su hijo y le explicó sus conversaciones policiales. Henry, que estaba ya tan harto de los Barrow como antes lo estuvo Jones, prometió abrirse en cuanto pudiera.
A la mañana siguiente, la banda se acercó por el pueblo de Shreveport, donde los Barrow encargaron a Methvin que hiciese la compra. La oportunidad buscada. El muchacho fue al almacén, pero no volvió.
A los Barrow esta ausencia no les puso especialmente nerviosos. Estaban acostumbrados a esas cosas y la ausencia no significaba otra cosa que Methvin se había mosqueado por algo y decidido no volver. Así pues, se metieron en el coche y se fueron a una casa abandonada que ocupaban. Dieron órdenes al padre de que buscase al hijo y quedaron al día siguiente, en la carretera entre Sailes y Gibsland, para que les informase.
Era la oportunidad de Hamer, el killer.
Durante un día, Hamer y sus hombres buscaron el mejor lugar de aquella carretera para emboscar a los Barrow. Eligieron una zona arbolada y a las tres de la madrugada del 23 de mayo, seis hombres se colocaron ahí, dispuestos a pasar la noche. Cuando amaneció, apareció Methvin padre en un camión. Hamer le ordenó que parase frente a los arbustos donde los hombres estaban emboscados y que simulase un pinchazo. El sheriff Jordan, que estaba presente, dio la instrucción de capturarlos vivos. Hamer, más pragmático, los condenó a muerte fríamente:
‑Eso será si no echan mano de las armas. Si las empuñan, duro con ellos.
A las nueve y cuarto, apareció el coche con los Barrow; él, conduciendo en calcetines y con gafas de sol; ella, con un vestido rojo. En el coche, una escopeta, once pistolas, un revólver, tres rifles automáticos y 2.000 cartuchos; los policías tenían un rifle automático, tres escopetas automáticas y dos rifles.
El coche aparcó entre el camión y los arbustos donde estaban los policías. Todo perfecto. Sin embargo, en ese momento se acercó por la carretera un camión con dos negros en la cabina. Una vez más la suerte del lado de los criminales pues, si se iniciaba el tiroteo, ese camión les podría ofrecer protección, amén de una vía de escape. Por eso Jordan se levantó, salió de la maleza y conminó a Clyde a rendirse.
Clyde Barrow abrió la portezuela de su lado, dispuesto a disparar. Bonnie blandió una pistola. Los policías lanzaron una andanada. El camión de los negros paró en seco y sus ocupantes salieron de najas campo a través. El coche de los Barrow comenzó a andar hasta que cayó en la cuneta. Los policías fueron detrás con las armas amartilladas; pero los Barrow ya estaban muertos.
Clyde Barrow murió con una escopeta en las manos que tenía siete muescas en la culata. En la culata de la pistola de Bonnie Parker había tres muescas.
En una cosa se equivocó Bonnie Parker, la poeta. Ella y su compañero no fueron enterrados juntos, side by side. Pequeño, insignificante pago para la decena de familias que rompieron, los niños huérfanos, las esposas viudas, todo para llenar su sed de violencia, su incapacidad de adaptarse socialmente y esa pulsión que tienen, de cuando en cuando, algunos americanos pirados por parecerse a Jesse James o Billy the Kid.
Hace años, muchos, muchos años, cuando el uniforme de la policía española cambió de color y pasó del gris (por eso los llamábamos grises) al marrón, en las manis gritábamos: gris o marrón, un cabrón es un cabrón.
Pues eso, familia Barrow: gris o marrón, poeta o prosista, hombre o mujer… lo que sigue.
viernes, marzo 16, 2007
miércoles, marzo 14, 2007
Breve historia de una gilipollez
Algunos de vosotros, supongo, habéis escuchado a vuestras abuelas cantar una copla que comienza:
Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Monpensier…
O, quizá, os suene más por el estribillo:
María de las Mercedes
no te vayas de Sevilla
que el nardo trocar te puede
la color de tus mejillas
Esta copla la popularizó, años después de haberse inventado, la más grande, la Shakira de su tiempo: Celia Gámez. Y España entera la cantó, porque, lo mismo que el Barça es más que un club, aquella canción era mucho más que una canción. Era la expresión del dolor de un país por una tragedia prematura, la muerte de María de las Mercedes de Orleáns, reina de España, a la tierna edad de 18 años. La historia de María de las Mercedes, de su boda por amor con el rey Alfonso y su muerte casi inmediata, es conmovedora, como conmovedoras fueron las tonadas que se compusieron para glosar su tragedia. No puede ser más amarga la letra de la también famosísima canción ¿Dónde vas, Alfonso XII?, donde se cantaba:
Los caballos de Palacio
ya no quieren pasear;
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar.
La muerte de María de las Mercedes llenó de dolor a toda España. Aunque, obviamente, hubo personas, muy allegadas a la finada, que sentirían dicho dolor con mayor intensidad. Entre ellas estaba su padre, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier. Sin duda sufrió la muerte de la hija; pero también, seguro, sufrió por más cosas. Al fin y al cabo, la boda de María de las Mercedes había supuesto para Antonio de Orleáns una especie de pedrea: consiguió ser suegro de una reina, ya que no consiguió lo que realmente quería, que era ser, él mismo, rey de España.
La historia de este Antonio de Orleáns, y de la gilipollez por la que dilapidó sus posibilidades de reinar España, es la que hoy nos ocupa.
El duque de Montpensier nació en 1824 en Francia, que es donde debe nacer un Orleáns que de ello se precie. Era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleáns-Borbón y María Amelia de las Dos Sicilias. Quiere ello decir que estaba en el mismo meollo de una de las grandes casas nobles de Francia, que entonces era aún una monarquía. Más aún: en 1830, siendo pues Antonio un niño, su padre, Luis Felipe, se alzó, con mañas un poco arteras, al trono de Francia, con lo que los Orleáns pasaron a ser príncipes. Resulta fácil adivinar que si Antonio tenía veleidades de poder, su situación le jodería bastante, pues estaba inmerso en una familia real, pero ocupaba un lugar, el quinto, que no movía, precisamente, al optimismo.
Luis Felipe era, desde muchos puntos de vista, un rey a la antigua; razón por la cual los franceses no tardarían nada más que unos años en saltar el trono por los aires. Una de las tendencias medievales de aquel Orleáns era esa costumbre tan en boga hace siglos entre reyes y nobles de casar a los hijos por razones políticas. Y, cada vez que un Orleáns, familia francesa, oteaba el horizonte en busca de oportunidades, no podía sino en fijarse en sus primos, los también franceses de origen borbones, que reinaban en España. Tenía la reina borbona de España, Isabel II, una hermana, María Luisa Fernanda de Borbón; y a por ella que se fue el taimado Orleáns, buscando, a todas luces, una carambola.
La tal carambola: todo el mundo en Europa se hacía lenguas sobre el marido de la reina Isabel, el infante Don Francisco de Asís. A veces he leído que si decían que era impotente, otras que si estaba en el armario; lo cierto es que mucha gente estaba convencida de que el matrimonio isabelino jamás engendraría heredero pues para ello hacen falta ciertos acoplamientos que, por fas o por nefas, no se producían en la regia pareja. Así las cosas, de no haber descendencia directa, la línea sucesoria debería desviarse, alcanzando a la hermana: María Luisa. Y, si ella estaba casada con un Orleáns…
Aquel matrimonio fue, en otras palabras, una OPA hostil dinástica. Así lo entendieron los ingleses, por ejemplo, los cuales, temiendo un excesivo poder de Francia en el continente, partieron peras con España tras la boda de la reina Isabel.
Del matrimonio Montpensier-Borbón se dicen muchas cosas, entre ellas que, para estar forrados, eran tirando a cutres. Los sevillanos, sus convecinos, que históricamente han sido dados a reinventar el nombre de hombres y cosas y, por ello, al portero ruso del Sevilla Dasaev le llamaban Rafaé, y a la coalición abertzale Euskal Herritarrok llamaban La Escalerita Rock, bautizaron al duque Mesié Combián (Monsieur Combien), porque siempre estaba preguntando el precio de todo.
Otra cosa que se dice de marido y de mujer es que ambos perdían el culo por ser rey y reina.
En 1848, las cosas comenzaron a torcerse. En Francia hubo una revolución y a Luis Felipe le encendieron el pelo, amén de colocarlo en la frontera. Así que la pareja Montpensier-Borbón hace caso de Josele y su famoso ¡Vente p’a España, tío!, y para aquí que se vienen. La reina Isabel II los quiere tanto y tiene tan claro que le quieren quitar la corona que les dice que se vayan a Sevilla y que Madrid ni lo pisen. Allí los duques se establecen, compran fincas, empiezan a vender naranjas, a hacer dinero, y… a financiar, con ese dinero, a los grupos revolucionarios que quieren acabar con la monarquía borbónica. Movimientos que cristalizan en Alcolea, donde Topete y Prim, en compañía de otros, dan un golpe que acaba con la monarquía.
El país quedó en manos de Prim, un militar liberal que decía, a quien le quería oír, que él tenía la solución mágica para hacer que la monarquía funcionase en España. Lo malo es que no la escribió, porque en 1870, cuando el rey elegido, Amadeo de Saboya, aún no había llegado a España, Paul y Angulo se apiolaron (coña es) al bueno de Prim, y nos quedamos sin saber cuál era esa fórmula mágica a la par que infalible. En aquel entonces, muchos fueron los que dijeron que la pasta necesaria para que Prim fuera muerto la puso Montpensier, mosqueado porque él había financiado la Gloriosa de 1868 y cuando, en justa contraprestación, exigió ser el elegido para reinar en España, Prim le mandó a tomar por donde amargan los pepinos.
Sin embargo, esto no es tan cierto. Montpensier fue un candidato serio a reinar en España y, si perdió su oportunidad, no fue, o no fue solo, por Prim, sino por él mismo, y por hacer el gilipollas. Y, si no, juzgad vosotros mismos.
Entra en nuestra escena el infante don Enrique, hermano de don Francisco de Asís y, por lo tanto, cuñado de la reina destronada, Isabel II. A pesar de ser de familia regia y tal, Enrique era un liberal. Más que eso: era, según todos los indicios, masón y republicano, lo cual tiene cierto mérito llamándose Borbón en alguna parte de la larga ristra de apellidos. Tampoco podemos olvidar que, si sospechamos que las relaciones entre la pareja Antonio-María Luisa y Francisco de Asís-Isabel no fueron lo que se dice buenas, es probable que en ello hubiese albergado cierta inquina contra el personaje que había querido joder a su hermano.
En los meses previos a la elección del nuevo rey, Montpensier repartió dinero a manos llenas entre los grandes personajes de España, logrando ganar para su partido voces tan notables como la del general Serrano o el propio Topete que había dado el golpe con Prim. El infante don Enrique, mosqueado por esta ofensiva, publicó en el diario La Época un manifiesto gravemente injurioso contra el duque.
En el tal manifiesto, entre otras lindezas, el infante decía «que soy, y seré mientras viva, el más decidido enemigo político del duque francés»; también aseveraba que lo despreciaba, «sentimiento justificado que, por su truhanería política, experimenta todo hombre digno en general, y todo buen español en particular». Para terminar vituperando a «este príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia». Como colofón, lo calificaba de «hinchado pastelero francés».
Tras un intercambio de esquelitas entre injuriado e injuriador, tan sólo para confirmar que las palabras escritas lo habían sido ciertamente por quien aparecía firmándolas, Montpensier llamó a los generales Fernández de Córdoba y Alaminos, así como a su también amigo el coronel Felipe Solís, para que exigiesen del infante una retractación pública o la reparación por las armas.
Sí: le conminó a batirse en duelo.
Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, en España los duelos eran ya más viejos que, con perdón, mear de pie. Eso de los duelos quedaba para las novelas de Dumas y las exaltaciones de los almas de cántaro. No obstante Montpensier, por cabreo o porque era un antiguo o por ambas cosas, tiró para delante. Es probable que el infante intentase no batirse; utilizó la estratagema de elegir como padrino al general Baldomero Espartero, quien entonces tenía 76 años y vivía en Logroño, enfermo. Ante la insistencia de los monpensieristas, acabó, sin embargo, designando otros padrinos: los diputados republicanos Federico Rubio y Ernigdio [sic] Santamaría.
Hubo negociaciones entre padrinos por ver de alcanzar un acuerdo sin duelo; pero la negativa del infante a todo lo que pudiese oler a retractación hizo inevitable el enfrentamiento. El duque, como ofendido, tenía derecho a elegir arma, y escogió la pistola. Ambos contendientes se situarían a nueve metros de distancia el uno del otro, y dispararían. Si fallaban, se acortaría el espacio un metro y, luego, volverían a disparar, las veces que fuera, ya sin moverse del sitio, hasta la primera sangre. Los disparos, por último, no serían simultáneos, sino consecutivos.
El duelo se celebró a las diez de la mañana del 12 de marzo de 1870, en el antiguo portazgo de las Ventas de Alcorcón, que algún día tengo que averiguar dónde leches estaba. Fueron testigos los padrinos y los médicos Luis Leiva y José Sumsi. Las pistolas se compraron en una tienda llamada Hormaechea, sita en el número 5 de la calle Alcalá.
Se sortearon las pistolas, y el turno. El infante dispararía primero.
¿Está chupado acertarle a un hombre a nueve metros? No sé, nunca lo he intentado. Las crónicas dicen que el infante disparó con mano firme; pero entonces quizá fuese miope, porque falló completamente. Le tocó el turno al duque, quien disparó con gran aplomo. Y falló. Mientras se recargaban las pistolas los padrinos, visiblemente nerviosos porque veían que aquello no paraba, pactaron, cuando menos, que la distancia no fuese acortada un metro como se había previsto. Supongo que pensaron: si no son capaces de darse, les dejamos aquí disparando hasta que se cansen o hasta que alguien haga un poco de sangre.
De nuevo disparó don Enrique, y falló de nuevo. Disparó luego Montpensier, y su bala acertó de lleno en la llave de la pistola de su oponente, partiéndose en dos. Los médicos acudieron a toda leche para certificar que dicho percance hubiera producido en el duelista alguna herida; primera sangre es primera sangre, así pues, si aquel chicotazo hubiese provocado una hemorragia, por pequeña que fuese, el duelo podría haberse dado por terminado. Sin embargo, comprobaron desanimados que el infante estaba impoluto, así pues el duelo debió proseguir.
Según un testigo, mientras recargaba su pistola, el infante masculló:
‑No lo digo por eludir el encuentro, que no sería digno de mí; pero dentro de breves instantes seré cadáver. El último disparo y el sitio en que me ha dado la bala me dan la medida de las intenciones del francés; tiene el ojo certero, lo saben sus amigos y por eso insisten en que se repita la maniobra. Pero descuiden ustedes, que quedaré con honor.
Esta confesión nos da luz sobre algunos aspectos. ¿Mala puntería? Ni de coña. Ambos eran capaces de acertarse a nueve metros. Lo que pasa es que era un duelo a primera sangre, un duelo que terminaba en cuando alguno de los contendientes fuese herido, y eso es lo que procuraban los duelistas: no disparaban a dar, sino a no dar, a dar de refilón. Sin embargo, por alguna razón, a la luz de los hechos, Montpensier decidió, en algún momento, tirar a dar.
Disparó una vez más el infante, y falló. Disparó Montpensier, y su contrincante cayó al suelo, a plomo. El tiro le perforó el hueso temporal y le desparramó los sesos por la tierra. Lo que se dice un tiro en todo el cabolo. Si hemos de creer las crónicas contemporáneas el duque, al ver lo que había hecho, mordió su pañuelo, asustado y, volviéndose a sus padrinos, chilló:
‑¿Por qué quisieron ustedes que apuntásemos?
Lo cual abre la posibilidad de que alguien, a saber por qué intereses, le hubiese calentado los cascos.
Aquel suceso acabó con las posibilidades de Montpensier. España nunca elegiría a un rey que se batía en duelo y, no sólo eso, sino que aprovechaba dicho duelo para matar a un adversario. En el momento de caer don Enrique a la dura tierra de las Ventas de Alcorcón, se tendía junto a él otro cadáver: el cadáver político de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.
Exiliados a Francia por no acatar a Amadeo de Saboya, los Montpensier-Borbón acaban pactando el matrimonio de una de sus hijas con Alfonso de Borbón. En 1877, siendo ya rey, Alfonso conoce a la bella María de las Mercedes, esa niña que, como canta la copla,
Su carita era de cera
y sus manos de marfil,
y el velo que la cubría
de color carmesí.
Así pues, al final, el ambicioso Antonio había medio conseguido su sueño. Volvería a España y el personal tendría que llamarle Alteza.
Pero el destino es el destino y, como canta Rubén Blades,
Si nasiste p’a martillo
del cielo te llueven los clavos.
Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Monpensier…
O, quizá, os suene más por el estribillo:
María de las Mercedes
no te vayas de Sevilla
que el nardo trocar te puede
la color de tus mejillas
Esta copla la popularizó, años después de haberse inventado, la más grande, la Shakira de su tiempo: Celia Gámez. Y España entera la cantó, porque, lo mismo que el Barça es más que un club, aquella canción era mucho más que una canción. Era la expresión del dolor de un país por una tragedia prematura, la muerte de María de las Mercedes de Orleáns, reina de España, a la tierna edad de 18 años. La historia de María de las Mercedes, de su boda por amor con el rey Alfonso y su muerte casi inmediata, es conmovedora, como conmovedoras fueron las tonadas que se compusieron para glosar su tragedia. No puede ser más amarga la letra de la también famosísima canción ¿Dónde vas, Alfonso XII?, donde se cantaba:
Los caballos de Palacio
ya no quieren pasear;
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar.
La muerte de María de las Mercedes llenó de dolor a toda España. Aunque, obviamente, hubo personas, muy allegadas a la finada, que sentirían dicho dolor con mayor intensidad. Entre ellas estaba su padre, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier. Sin duda sufrió la muerte de la hija; pero también, seguro, sufrió por más cosas. Al fin y al cabo, la boda de María de las Mercedes había supuesto para Antonio de Orleáns una especie de pedrea: consiguió ser suegro de una reina, ya que no consiguió lo que realmente quería, que era ser, él mismo, rey de España.
La historia de este Antonio de Orleáns, y de la gilipollez por la que dilapidó sus posibilidades de reinar España, es la que hoy nos ocupa.
El duque de Montpensier nació en 1824 en Francia, que es donde debe nacer un Orleáns que de ello se precie. Era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleáns-Borbón y María Amelia de las Dos Sicilias. Quiere ello decir que estaba en el mismo meollo de una de las grandes casas nobles de Francia, que entonces era aún una monarquía. Más aún: en 1830, siendo pues Antonio un niño, su padre, Luis Felipe, se alzó, con mañas un poco arteras, al trono de Francia, con lo que los Orleáns pasaron a ser príncipes. Resulta fácil adivinar que si Antonio tenía veleidades de poder, su situación le jodería bastante, pues estaba inmerso en una familia real, pero ocupaba un lugar, el quinto, que no movía, precisamente, al optimismo.
Luis Felipe era, desde muchos puntos de vista, un rey a la antigua; razón por la cual los franceses no tardarían nada más que unos años en saltar el trono por los aires. Una de las tendencias medievales de aquel Orleáns era esa costumbre tan en boga hace siglos entre reyes y nobles de casar a los hijos por razones políticas. Y, cada vez que un Orleáns, familia francesa, oteaba el horizonte en busca de oportunidades, no podía sino en fijarse en sus primos, los también franceses de origen borbones, que reinaban en España. Tenía la reina borbona de España, Isabel II, una hermana, María Luisa Fernanda de Borbón; y a por ella que se fue el taimado Orleáns, buscando, a todas luces, una carambola.
La tal carambola: todo el mundo en Europa se hacía lenguas sobre el marido de la reina Isabel, el infante Don Francisco de Asís. A veces he leído que si decían que era impotente, otras que si estaba en el armario; lo cierto es que mucha gente estaba convencida de que el matrimonio isabelino jamás engendraría heredero pues para ello hacen falta ciertos acoplamientos que, por fas o por nefas, no se producían en la regia pareja. Así las cosas, de no haber descendencia directa, la línea sucesoria debería desviarse, alcanzando a la hermana: María Luisa. Y, si ella estaba casada con un Orleáns…
Aquel matrimonio fue, en otras palabras, una OPA hostil dinástica. Así lo entendieron los ingleses, por ejemplo, los cuales, temiendo un excesivo poder de Francia en el continente, partieron peras con España tras la boda de la reina Isabel.
Del matrimonio Montpensier-Borbón se dicen muchas cosas, entre ellas que, para estar forrados, eran tirando a cutres. Los sevillanos, sus convecinos, que históricamente han sido dados a reinventar el nombre de hombres y cosas y, por ello, al portero ruso del Sevilla Dasaev le llamaban Rafaé, y a la coalición abertzale Euskal Herritarrok llamaban La Escalerita Rock, bautizaron al duque Mesié Combián (Monsieur Combien), porque siempre estaba preguntando el precio de todo.
Otra cosa que se dice de marido y de mujer es que ambos perdían el culo por ser rey y reina.
En 1848, las cosas comenzaron a torcerse. En Francia hubo una revolución y a Luis Felipe le encendieron el pelo, amén de colocarlo en la frontera. Así que la pareja Montpensier-Borbón hace caso de Josele y su famoso ¡Vente p’a España, tío!, y para aquí que se vienen. La reina Isabel II los quiere tanto y tiene tan claro que le quieren quitar la corona que les dice que se vayan a Sevilla y que Madrid ni lo pisen. Allí los duques se establecen, compran fincas, empiezan a vender naranjas, a hacer dinero, y… a financiar, con ese dinero, a los grupos revolucionarios que quieren acabar con la monarquía borbónica. Movimientos que cristalizan en Alcolea, donde Topete y Prim, en compañía de otros, dan un golpe que acaba con la monarquía.
El país quedó en manos de Prim, un militar liberal que decía, a quien le quería oír, que él tenía la solución mágica para hacer que la monarquía funcionase en España. Lo malo es que no la escribió, porque en 1870, cuando el rey elegido, Amadeo de Saboya, aún no había llegado a España, Paul y Angulo se apiolaron (coña es) al bueno de Prim, y nos quedamos sin saber cuál era esa fórmula mágica a la par que infalible. En aquel entonces, muchos fueron los que dijeron que la pasta necesaria para que Prim fuera muerto la puso Montpensier, mosqueado porque él había financiado la Gloriosa de 1868 y cuando, en justa contraprestación, exigió ser el elegido para reinar en España, Prim le mandó a tomar por donde amargan los pepinos.
Sin embargo, esto no es tan cierto. Montpensier fue un candidato serio a reinar en España y, si perdió su oportunidad, no fue, o no fue solo, por Prim, sino por él mismo, y por hacer el gilipollas. Y, si no, juzgad vosotros mismos.
Entra en nuestra escena el infante don Enrique, hermano de don Francisco de Asís y, por lo tanto, cuñado de la reina destronada, Isabel II. A pesar de ser de familia regia y tal, Enrique era un liberal. Más que eso: era, según todos los indicios, masón y republicano, lo cual tiene cierto mérito llamándose Borbón en alguna parte de la larga ristra de apellidos. Tampoco podemos olvidar que, si sospechamos que las relaciones entre la pareja Antonio-María Luisa y Francisco de Asís-Isabel no fueron lo que se dice buenas, es probable que en ello hubiese albergado cierta inquina contra el personaje que había querido joder a su hermano.
En los meses previos a la elección del nuevo rey, Montpensier repartió dinero a manos llenas entre los grandes personajes de España, logrando ganar para su partido voces tan notables como la del general Serrano o el propio Topete que había dado el golpe con Prim. El infante don Enrique, mosqueado por esta ofensiva, publicó en el diario La Época un manifiesto gravemente injurioso contra el duque.
En el tal manifiesto, entre otras lindezas, el infante decía «que soy, y seré mientras viva, el más decidido enemigo político del duque francés»; también aseveraba que lo despreciaba, «sentimiento justificado que, por su truhanería política, experimenta todo hombre digno en general, y todo buen español en particular». Para terminar vituperando a «este príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia». Como colofón, lo calificaba de «hinchado pastelero francés».
Tras un intercambio de esquelitas entre injuriado e injuriador, tan sólo para confirmar que las palabras escritas lo habían sido ciertamente por quien aparecía firmándolas, Montpensier llamó a los generales Fernández de Córdoba y Alaminos, así como a su también amigo el coronel Felipe Solís, para que exigiesen del infante una retractación pública o la reparación por las armas.
Sí: le conminó a batirse en duelo.
Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, en España los duelos eran ya más viejos que, con perdón, mear de pie. Eso de los duelos quedaba para las novelas de Dumas y las exaltaciones de los almas de cántaro. No obstante Montpensier, por cabreo o porque era un antiguo o por ambas cosas, tiró para delante. Es probable que el infante intentase no batirse; utilizó la estratagema de elegir como padrino al general Baldomero Espartero, quien entonces tenía 76 años y vivía en Logroño, enfermo. Ante la insistencia de los monpensieristas, acabó, sin embargo, designando otros padrinos: los diputados republicanos Federico Rubio y Ernigdio [sic] Santamaría.
Hubo negociaciones entre padrinos por ver de alcanzar un acuerdo sin duelo; pero la negativa del infante a todo lo que pudiese oler a retractación hizo inevitable el enfrentamiento. El duque, como ofendido, tenía derecho a elegir arma, y escogió la pistola. Ambos contendientes se situarían a nueve metros de distancia el uno del otro, y dispararían. Si fallaban, se acortaría el espacio un metro y, luego, volverían a disparar, las veces que fuera, ya sin moverse del sitio, hasta la primera sangre. Los disparos, por último, no serían simultáneos, sino consecutivos.
El duelo se celebró a las diez de la mañana del 12 de marzo de 1870, en el antiguo portazgo de las Ventas de Alcorcón, que algún día tengo que averiguar dónde leches estaba. Fueron testigos los padrinos y los médicos Luis Leiva y José Sumsi. Las pistolas se compraron en una tienda llamada Hormaechea, sita en el número 5 de la calle Alcalá.
Se sortearon las pistolas, y el turno. El infante dispararía primero.
¿Está chupado acertarle a un hombre a nueve metros? No sé, nunca lo he intentado. Las crónicas dicen que el infante disparó con mano firme; pero entonces quizá fuese miope, porque falló completamente. Le tocó el turno al duque, quien disparó con gran aplomo. Y falló. Mientras se recargaban las pistolas los padrinos, visiblemente nerviosos porque veían que aquello no paraba, pactaron, cuando menos, que la distancia no fuese acortada un metro como se había previsto. Supongo que pensaron: si no son capaces de darse, les dejamos aquí disparando hasta que se cansen o hasta que alguien haga un poco de sangre.
De nuevo disparó don Enrique, y falló de nuevo. Disparó luego Montpensier, y su bala acertó de lleno en la llave de la pistola de su oponente, partiéndose en dos. Los médicos acudieron a toda leche para certificar que dicho percance hubiera producido en el duelista alguna herida; primera sangre es primera sangre, así pues, si aquel chicotazo hubiese provocado una hemorragia, por pequeña que fuese, el duelo podría haberse dado por terminado. Sin embargo, comprobaron desanimados que el infante estaba impoluto, así pues el duelo debió proseguir.
Según un testigo, mientras recargaba su pistola, el infante masculló:
‑No lo digo por eludir el encuentro, que no sería digno de mí; pero dentro de breves instantes seré cadáver. El último disparo y el sitio en que me ha dado la bala me dan la medida de las intenciones del francés; tiene el ojo certero, lo saben sus amigos y por eso insisten en que se repita la maniobra. Pero descuiden ustedes, que quedaré con honor.
Esta confesión nos da luz sobre algunos aspectos. ¿Mala puntería? Ni de coña. Ambos eran capaces de acertarse a nueve metros. Lo que pasa es que era un duelo a primera sangre, un duelo que terminaba en cuando alguno de los contendientes fuese herido, y eso es lo que procuraban los duelistas: no disparaban a dar, sino a no dar, a dar de refilón. Sin embargo, por alguna razón, a la luz de los hechos, Montpensier decidió, en algún momento, tirar a dar.
Disparó una vez más el infante, y falló. Disparó Montpensier, y su contrincante cayó al suelo, a plomo. El tiro le perforó el hueso temporal y le desparramó los sesos por la tierra. Lo que se dice un tiro en todo el cabolo. Si hemos de creer las crónicas contemporáneas el duque, al ver lo que había hecho, mordió su pañuelo, asustado y, volviéndose a sus padrinos, chilló:
‑¿Por qué quisieron ustedes que apuntásemos?
Lo cual abre la posibilidad de que alguien, a saber por qué intereses, le hubiese calentado los cascos.
Aquel suceso acabó con las posibilidades de Montpensier. España nunca elegiría a un rey que se batía en duelo y, no sólo eso, sino que aprovechaba dicho duelo para matar a un adversario. En el momento de caer don Enrique a la dura tierra de las Ventas de Alcorcón, se tendía junto a él otro cadáver: el cadáver político de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.
Exiliados a Francia por no acatar a Amadeo de Saboya, los Montpensier-Borbón acaban pactando el matrimonio de una de sus hijas con Alfonso de Borbón. En 1877, siendo ya rey, Alfonso conoce a la bella María de las Mercedes, esa niña que, como canta la copla,
Su carita era de cera
y sus manos de marfil,
y el velo que la cubría
de color carmesí.
Así pues, al final, el ambicioso Antonio había medio conseguido su sueño. Volvería a España y el personal tendría que llamarle Alteza.
Pero el destino es el destino y, como canta Rubén Blades,
Si nasiste p’a martillo
del cielo te llueven los clavos.
lunes, marzo 12, 2007
Los sucesos de Salamanca
Debo pedir perdón. De un tiempo a esta parte, recibo algunas críticas de personas cercanas a mi yo sin seudónimo, las cuales se enteran (no sé yo por qué extraños conductos, si yo no se lo cuento) de que el autor de este blog soy yo. Lo leen y me dicen que si divertido, que si interesante, que si tal... pero me critican porque escribo demasiado. Me dicen que el lector electrónico (el que lee en pantalla, o sea el lector de blogs) es menos fiel que el lector de papel y que, por eso, debiera yo moderarme en las resmas de palabras que voy vomitando aquí. Debo confesar que no sé hacerlo. Me gusta contar lo que sé, o lo que creo que sé, y cuando voy a cortar el texto, los dedos se me hacen huéspedes.
Así que, lejos de cumplir con tan bienintencionados consejos, aquí os dejo otro ladrillazo más. En fin, es hijo de mis propias manías, pues yo me pasé años queriendo saber qué narices había pasado en el 37 en Salamanca que decían que había sido tan importante pero que nadie o casi nadie contaba. Sé que me ha salido un texto superferolítico, pero prometo moderarme en el futuro.
O eso supongo.
En la primavera de 1937, la guerra civil española dio un giro de gran importancia. Fueron varias las cosas que pasaron y casi ninguna en los frentes. En realidad, la primavera de 1937 fue especialmente intensa en la retaguardia y, curiosamente, en ambos bandos, Franco por un lado y la República por el otro, en el fondo ocurrió lo mismo: en ambos casos, lo que se produjo fue una aclaración del horizonte político de las fuerzas que apoyaban a uno y otro bando. Si la República se deshizo en aquellos días de la insoportable presión que el anarquismo ejercía sobre la voluntad de hacer una guerra seria, Franco también se deshizo, por aquellos días, de su propio anarquismo disgregador e individualista. Hoy hablaremos de este último caso y de los tristísimos sucesos que provocó. Los sucesos de Salamanca.
Según estimaciones fiables, en julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS) era un partido minoritario y roto. Minoritario porque no tendría más allá de 6.000 miembros en toda España, de los cuales aproximadamente la mitad, «cayeron» en zona republicana, por lo que su efectividad era nula o inexistente; el primero de los de este grupo, el fundador y líder del partido, José Antonio Primo de Rivera, que estaba en la cárcel, primero en Madrid y después en Alicante; así como Nemesio Fernández Cuesta, Ruiz de Alda y otros notables, algunos de los cuales no sobrevivirían a la experiencia.
Este partido, no obstante haber tenido unos votos ridículos en todas las elecciones que se celebraron en la República y ser un partido de corte terrorista que había intentado matar incluso a diputados en Cortes (así, el socialista Jiménez de Asúa, en la calle Goya de Madrid), se convirtió en la gran reserva espiritual del alzamiento de las derechas, por dos razones fundamentales: la primera, porque su filosofía filofascista y de acción directa tenía muchos apoyos dentro del ejército, que fue quien realmente comandó desde el principio la rebelión; y, segundo, por el indudable aporte de combatientes que, en la siempre difícil primera hora de todo golpe de Estado, supo aportar (a petición de Mola, Falange sería capaz, en los primeros meses de la guerra, de dirigir una exitosa leva de 15.000 combatientes). No obstante, en esta situación hay algo que, supongo, no os cuadra del todo: un partido político con gran poder pero sin dirigentes de carisma. En efecto: más pronto que tarde, la pelea por liderar aquello tenía que empezar.
Comenzó pocas horas después del 20 de noviembre de 1936, es decir cuando se supo que José Antonio Primo de Rivera, el líder a quien todos esperaban en zona nacional, había sido fusilado en Alicante. Como ya hemos visto, los intentos por liberar a José Antonio fueron varios, pero chocaron con la obstinación republicana y con cierta pasividad alemana que, como veremos después, quizá tuviera su sentido. Lo importante aquí, no obstante, es tener claro que la muerte de José Antonio dejaba a la Falange sin un líder claro, situación ésta que debía resolverse lo antes posible.
A finales de 1936, sin embargo, ya no había una sola Falange. El partido se había hecho demasiado grande e importante como para permanecer con una sola facción. Dependiendo de los autores a los que leáis se os dirá que dentro de Falange había dos o tres tendencias. Una, la más clara, estaba formada por los falangistas del Norte de España, casi todos ellos personas de orígenes proletarios o casi proletarios, los cuales eran apoyados, además, por los intelectuales del partido, es decir gentes como Dionisio Ridruejo que, en aquellos primeros momentos de la guerra, sostenían posiciones abiertamente fascistas y estaban entregados a las filosofías del nuevo amanecer de la Humanidad que prometían experiencias como Italia o Alemania. Un segundo grupo eran los falangistas de corte más universitario, el mal denominado Grupo de Madrid (digo mal denominado porque había importantes elementos andaluces o extremeños) con ideas también muy radicales pero dispuestos, por así decirlo, a hacer de Falange un partido político de derechas, muy de derechas, alejado de las veleidades obreristas del fascismo (desde el falangismo se sostenían, en ocasiones, duros discursos anticapitalistas que, de hecho, hicieron relativamente fácil el diálogo tras la guerra entre cierto falangismo y cierto anarcosindicalismo). El tercer grupo estaría formado por falangistas de última hora con más experiencia política, dedicados a construir un partido político algo más moderado. Pero estos terceros, por mucho que a veces se los cite, mandan en esta historia menos que un gitano en una comisaría. Que se sepa.
El falangismo de tripas, protorrevolucionario, era un falangismo basado en iconos personales y, muerto José Antonio, escogió otro: Manuel Hedilla. Hasta la guerra, Hedilla no se había destacado especialmente dentro de Falange, aunque había demostrado su capacidad organizativa, que hizo mucho a favor del triunfo del golpe en Galicia, pues el 18 de julio le pilló en Vigo. La ausencia de líderes destacados dentro del partido, añadido al hecho de que Hedilla estaba en zona nacional y muy pronto bajó a Salamanca, donde se cortaba todo el bacalao de la guerra por parte franquista; así como su excelente relación con el general Emilio Mola, cogolpista junto con el propio Franco y con Sanjurjo, le valieron el nombramiento de jefe provisional de la Falange; provisional porque, si bien no eran pocos los miembros de la cúpula del lado nacional que sabían bien que José Antonio estaba muerto, esta realidad no se daba por cierta para mantener la moral.
Manuel Hedilla tenía dos grandes colaboradores: por un lado, el también cántabro Víctor de la Serna y, por otro, el catalán José Antonio Serrallach, personaje éste último muy interesante porque, entre otras cosas, algún testigo de aquellos días ha aseverado que le fue presentado a Hedilla por el embajador alemán en España, Wilhelm von Faupel, y que, de hecho, sería una especie de espía al servicio de los nazis. Este hecho, de ser verdad, abonaría la tesis, que de alguna manera se huele en los sucesos de Salamanca (unido a la antes mentada pasividad alemana para liberar a José Antonio) de que, tal vez, Hitler hubiese decidido jugar, a través de Falange, a controlar España. Lo cierto es que el primer candidato a mandar en Falange tras José Antonio, es decir Hedilla, tenía una copia del Mein Kampf dedicada por el Führer en persona; y que el segundo, Manuel Serrano Súñer, era uña y carne con, entre otros, el ministro nazi de exteriores, Joachim von Ribentropp.
Frente a Hedilla, De la Serna, Serrallach et altera, se encuentra el falangismo del grupo de Madrid, comandado por un sevillano, Sancho Dávila. Poco tiempo después de morir José Antonio, Sancho Dávila inició, nunca sabremos bien si motu proprio o impulsado para ello por Franco, la negociación para la fusión entre los dos grandes partidos del nacionalismo franquista: falangistas y carlistas. Lo que sí sabemos es que ya a finales de 1936 Franco estaba pensando en el tema. Por un lado, no le gustaba la propuesta de su hermano Nicolás, quien propugnaba la creación de un partido político nuevo sin base social, a la usanza de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera; pero, por otro lado, sentía aversión hacia los partidos políticos, a los que consideraba responsables de la degradación de las democracias liberales. Quería, pues, un partido que no fuese un partido, y que pudiese dominar. Aunque no era el único que deseaba la desmovilización política de falangistas y requetés. Éste era también el deseo de las fuerzas políticas monárquicas que habían batallado desde sus exigüas minorías parlamentarias durante la República y que ahora demandaban al nuevo Estado que, de alguna manera, controlase las veleidades de aquellos grupos tan radicales. Inquietud que era compartida por el gran capital y es por eso que se ha escrito que dos de los grandes muñidores de la exaltación que, en aquellos días salmantinos, acabaría provocando muertos, fueron dos elementos, Ladislao López Bassa y Vicente Orbaneja, que habían sido enviados a malmeter por algún importante financiero, deseoso de desactivar aquella bomba fascista.
Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles de conseguir, porque tanto falangistas como carlistas querían hacer las cosas por su cuenta. Hasta diciembre de 1936 no logró Franco decretar la unificación de sus fuerzas combatientes, lo cual quiere decir que, hasta entonces, un carlista, por ejemplo, era un carlista, no un soldado. De hecho, la tentativa de los carlistas de crear su propia academia militar provocó que Franco tuviese que exiliar a Portugal al líder tradicionalista, Manuel Fal Conde.
En enero de 1937, la España franquista es un hervidero de proyectos de futuro. Si dejamos volar la imaginación y damos por bueno todo lo que se ha dicho o insinuado a este respecto, en ese momento tenemos: a Hedilla trabajando para consolidar un liderazgo en Falange que haga de ésta el partido político custodio de la pureza fascista del nuevo régimen español; a Sancho Dávila coqueteando, por ideas propias o inducidas, con crear un solo partido con los carlistas; a los monárquicos de toda la vida jugando la baza del regreso, algún día, de los borbones; a las terminales de Mussolini en Salamanca trabajándose una hipotética reconstitución de la monarquía saboyana en España; al general Mola siendo, como poco, tentado para presidir un gobierno cívico-militar de las derechas; y a los nazis jugando a controlar a la Falange y, a través de ella, a Franco.
Y luego Franco, claro, mirando por su interés.
Las negociaciones entre la Falange-Dávila (acompañado por Escario y Pedro Gamero del Castillo) y el carlismo (Fal Conde, Santiago Arauz de Robles y José María Oriol) se producen a mediados de febrero de 1937 en Lisboa, pero fracasan. Los dos documentos que ambas partes se intercambian como proyectos de fusión son antípodas; uno dice dónde vas, el otro manzanas llevo. Falange quería (se creía con poder para exigir) comerse al carlismo a cambio de nebulosos compromisos de consultar a Don Javier de Borbón-Parma el día que se plantease la que llamaba «Nueva Monarquía de España, como garantía de la continuidad del Estado nacionalsindicalista y base de su Imperio» (monarquía cuya puesta en marcha tampoco quedaba muy clara en el documento, en todo caso); los carlistas querían una fusión operativa pero no jurídica, es decir una relación de primus inter pares; la integración de ambos idearios, o lo que es lo mismo la matización carlista de los puntos de Falange; y una mayor atención hacia los principios del tradicionalismo. Una vez fracasado este intento, la rivalidad entre falanges se desplaza a la propia Falange.
El Grupo de Madrid utilizará como ariete contra Hedilla a un personaje también curioso: Rafael Garcerán. Garcerán era pasante de José Antonio pero, a pocas semanas del golpe de Estado, tenía más bien poco de falangista; de hecho, ni siquiera era miembro del partido e incluso había llegado a militar en el socialismo madrileño. Fue Garcerán, de hecho, quien lanzó la idea de que, en ausencia de José Antonio, Falange debía ser comandada por un triunvirato, lo cual equivalía a atacar el personalismo de Hedilla y ponerle en dificultades, ya que iba escaso de equipo. El primer enfrentamiento serio se producirá en febrero de 1937. En dicha fecha, se produjo el primer aniversario del discurso de José Antonio en el cine Europa de Madrid; un discurso inflamado, de corte revolucionario, que el líder de Falange había pronunciado en las vísperas de las elecciones ganadas por el Frente Popular. Hedilla dio la orden de distribuir en zona nacional 25.000 copias del discurso, pero una de las terminales de Garcerán, el delegado de Prensa y Propaganda Vicente Gay, ordenó retirarlas. El jefe provincial de Burgos, José Andino, uno de los miembros de la «Falange del Norte» hedillista, lo leyó en Radio Castilla, motivo por el cual fue arrestado. Costó mucho amansar aquellas aguas pues, entre otras cosas, un grupo de hedillistas gallegos estuvo a punto de sacar a hostias a Andino de la cárcel.
Hedilla, por su parte, sigue con su tiki-taka y abre dos academias de oficiales, una en Sevilla y la otra en Salamanca; ésta, la famosa academia de Pedro Llen que tendrá un papel tan importante en los sucesos de Salamanca. Al frente de la academia salmantina se coloca un nazi finlandés, Karl Magnus von Hatmann, lo cual abona la tesis de que el movimiento por parte de Hedilla fue hecho en connivencia con Von Faupel y los nazis. Esta vez, nadie fue expulsado de España, como le ocurrió a Fal Conde.
Agustín Aznar y Sancho Dávila, falangistas del grupo de Madrid que ha fracasado en el intento de pillar cacho en el poder del partido consiguiendo fusionarlo con el carlismo, todo ello probablemente tras la amorosa mirada de Franco, se dan cuenta de que la única forma de cargarse a Hedilla es ir a por él. Así las cosas, comienzan a coleccionar acólitos. Encuentran pronto a Garcerán, que tiene ganas, y se les une José Moreno. Este cuarteto salmantino (Aznar, Garcerán, Dávila y Moreno, los padres de la movida antihedillista) consigue atraerse a algunos falangistas de cierto corte radical, tales como Jesús González Vicén y José Antonio Girón de Velasco.
El 12 de abril, sin poder esperar ni un minuto más porque este piélago de poderes y podercillos está minando la capacidad bélica del bando nacional, Franco da el francazo y convoca a los carlistas más proclives a la unificación (sobre todo, el conde de Rodezno) y les cuenta lo del decreto con el que va a crear un solo partido. Cuando Hedilla, que no está en Salamanca, se entera, su reacción es convocar un Consejo Nacional de Falange, a todas luces para oponerse, el 25 de abril siguiente. El 13 de abril, en San Sebastián, Hedilla se entrevista con Ángel Alcázar de Velasco, un joven falangista de acción que había sido condecorado por el propio José Antonio por su labor repartiendo leches en Asturias tras el golpe del 34. Alcázar de Velasco escribió sus memorias mucho más tarde, en el 76, muerto Franco y muerto Hedilla, y en ellas cuenta que, en dicha reunión, Hedilla le aseveró que Falange estaba a punto de romperse en pedazos y le conminó a espiar a un grupo de falangistas y cercanos, todos ellos más o menos identificados con el Grupo de Madrid o con la camarilla directa de Franco. Eran: Ramón Serrano Súñer, Alfonso García Valdecasas, Eduardo Aunós, Ernesto Giménez Caballero, Gumersindo García y Pedro Gamero del Castillo. Prueba también de que Hedilla esperaba que a mediados de abril hubiese follón es que, un par de días antes de los trágicos sucesos del 16-17 de abril, dio orden al delegado de Sanidad de Falange, Tomás Rodríguez, para que reforzase las estructuras asistenciales en previsión de que hubiese heridos.
El 14 de abril, en el hedillismo se produjo un movimiento tendente a enviar a alguien a Pamplona, donde los carlistas se reunían para discutir la unificación que les había propuesto Franco. Sin embargo, Hedilla no impulsó la medida. Según Alcázar de Velasco, en ese punto todavía confiaba en Franco y pensaba que era Serrano quien malmetía sobre él ante el caudillo; o sea, le pasaba como a esas personas que, tras las elecciones de 1982, se hacían empanadas mentales con las discusiones entre Felipe González y Alfonso Guerra, siendo lo cierto que actuaban coordinados. Con este espíritu se entrevistó Hedilla con uno de los padres de la unificación, el diplomático franquista José Antonio Sangróniz y Castro, el cual le vendió a Hedilla la milonga de que la unificación suponía dejarle todo el espacio político a Falange porque Franco se quería dedicar en exclusiva a ganar la guerra. Otrosí: Hedilla se tragó que Franco quería un Estado con dos jefes. O sea: no conocía a Franco.
En esos días (15 y 16 de abril de 1937), Salamanca se empieza a llenar, sospechosamente, de falangistas armados. Son los hedillistas, que salen a la calle a marcar paquete; y los conjurados de Sevilla, Madrid y Valladolid, que se apresuran a dejarse caer por la ciudad castellana. El día 16, a las once de la mañana, los conjurados se reúnen y designan un triunvirato que sustituirá a Hedilla, formado por Aznar, Garcerán y Moreno. Fuertemente armados y escoltados, se van a la calle del Toro, sede de la Junta de Mando de Falange, que está a rebosar de personal que se huele la tostada y con fuerte presencia de los guardias civiles de Lisardo Doval, un represor franquista que se ha fogueado acabando con el golpe revolucionario de Asturias. Hedilla está ya en su despacho en compañía de sus incondicionales: Víctor de la Serna, Serrallach, Maximiliano García Venero, Francisco Yela y José Sáinz. Entre De la Serna, el catalán y García Venero, los verdaderos confidentes del jefe provisional, le convencen de que no obstaculice la entrada de los tres conjurados en el edificio, probablemente para evitar la sangre. El jefe salmantino, Laporta, trató de hacer de hombre bueno y negociar con los confabulados; pero fracasó, y éstos se presentaron para cesar a Hedilla.
A las once pasadas de la mañana, allí mismo le entregan un pliego de cargos en el que, entre otras cosas, le llaman analfabeto, y le cesan. Lejos de enfrentarse, Hedilla sale de la sala y solicita, inmediatamente, una entrevista con Franco. Aquí puede estar la clave de por qué acepta con tanta naturalidad su cese; si hemos de creer a Hedilla, él había discutido ya la eventualidad de su cese por los triunviros con el teniente coronel Antonio Barroso Sánchez-Guerra, de profesión muñidor en el Cuartel General de Franco (formalmente, Jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General). Según Hedilla, éste le dio instrucciones de dejar hacer a los confabulados, dándole a entender que quien tenía el apoyo de Franco era él. Pero, quizá, a las pocas horas caería en la cuenta el falangista santanderino de que eso no era una verdad completa. Como ya he dicho, Hedilla pide una entrevista con Franco. Pero éste no le recibirá; sólo podrá ver al teniente coronel Barroso. Por su parte, el nuevo poder de Falange solicita a mediodía una entrevista con el caudillo, que les recibe a las cuatro de la tarde. No parece difícil de adivinar con qué equipo iba el generalísimo.
Por su parte, en la entrevista con Barroso éste, lejos de ofrecerle a Hedilla el apoyo de Franco, lo que le ofrece es asilo para que duerma esa noche en el Cuartel General y salve el pellejo. Hedilla, hemos que suponer que maxicabreado, se niega.
Una de las historias que circuló entre los hedillistas respecto de aquella jornada del 16 sostiene que las instrucciones de los partidarios del triunvirato era matar a Hedilla. Alcázar de Velasco, que fue condenado por los sucesos de Salamanca, dice en su libro haber trabado conocimiento en la cárcel con un tal Ángel Isasi, quien le aseguró que el 16 de abril de 1937 tenía encomendada la misión de aprovechar cualquier tumulto para clavarle un punzón a Hedilla y matarlo. No obstante, la certeza de estos datos es muy difícil de establecer.
Se escenifica el aroma de consenso respirado en Falange. El nuevo triunvirato cursa mensajes a toda España sobre la nueva situación, que no llegan a ninguna parte porque son saboteados en Correos y Telégrafos por los hedillistas. Por su parte Hedilla, a media tarde, se coge un mosqueo de puta madre cuando se da cuenta de que Franco le reserva a sus puteadores todas las atenciones que con él no ha tenido. Es por ello que convoca al jefe de Falange en Salamanca, Laporta, y le da orden de tomar por la fuerza la Junta de Mando, que está en poder del triunvirato y sus cadetes de Madrid. A última hora de la tarde llega a Salamanca otro hedillista, el consejero nacional del SEU José María Alonso Goya, quien recibe de Serrallach la orden de ir a la Academia de Pedro Llen a recoger allí a unos falangistas catalanes , que serán quienes tomen la Junta de Mando. Aunque en un principio el instructor de la academia, Von Hartmann, se niega a movilizar a los cadetes aduciendo que no hay orden escrita de Hedilla, finalmente cede y los falangistas son trasladados a Salamanca.
Hedilla asevera en sus memorias que le dio instrucciones a Goya, a través de Serrallach, de que no hubiese ningún tipo de violencia. Alcázar de Velasco, sin embargo, asevera en su libro que López Puertas, quien como veremos ahora mismo fue con Goya a la casa de Sancho Dávila, le confesó en la cárcel que llevaban instrucciones de trincar a Dávila, pero que a Garcerán lo tenían que matar. Incluso citaré otra versión según la cual también a Dávila iban a matarlo. ¿A quién creemos? Supongo que es una cuestión personal.
El relato de los hechos de la noche del 16 al 17 de abril de 1937 es, tal y como la conozco hoy, tal que así.
Alonso Goya, Daniel López Puertas y otros cuatro hedillistas (Fernando Ruiz de la Prada, Aureliano Gutiérrez Llano, Santiago Corral y Corpas) van, de madrugada, a casa de Sancho Dávila, sita en el número 3 de la calle Pérez Pujol de Salamanca, para detenerlo. La casa está en una esquina de la Plaza Mayor de Salamanca. Goya da palmadas y grita para llamar al sereno. Mientras el empleado municipal llega para abrirles, se dirige a López Puertas.
- Amartilla la pistola. Y que éstos [los otros cuatro de la partida] hagan lo mismo. Tomad cada uno dos bombas. Os colocáis donde yo diga y no os mováis por nada. ¿Estamos?
Subieron por la escalera, Alonso Goya y López Puertas por delante. Al llegar al piso de Dávila, Goya situó a Corpas y Ruiz en el rellano y a Gutiérrez y Corral en el zaguán del piso. Entró con López Puertas, indicándole que permaneciese a tres metros de él. El plan de Goya era: si Dávila se negaba, cosa probable, él le encañonaría, mientras López Puertas entraría con una bomba en la mano y llamando a Gutiérrez y Corral para que entrasen con él.
‑Este sale con nosotros por su pie o en parihuelas –sentenció Goya.
A partir de ahí, es difícil saber lo que pasó. Se sabe que Goya entra en el dormitorio de Sancho Dávila para detenerlo y que allí está el falangista sevillano con un guardaespaldas llamado Manuel Peral. Sancho Dávila se niega a irse con Goya.
- Vosotros me vais a matar. ¡Me vais a pasear, cabrones!
Goya trata de tranquilizarlo. Sancho Dávila, que está en camiseta y calzoncillos porque estaba durmiendo, trata de coger su pistola, que tiene bajo el colchón. En ese momento, según algunas versiones, un escolta de Dávila, fuera del dormitorio, lanza una bomba. Al volverse Goya hacia el estruendo, Peral le dispara en la nuca y lo mata. Según López Puertas, no hubo tal bomba: Peral se limitó a asomarse desde una habitación contigua, cogió por sorpresa a Goya y lo mató. En todo caso, después de que ocurre todo esto, López Puertas entra en la habitación. Ve a Goya en el suelo, a Peral agachado sobre él, y dispara a éste, matándolo. Sancho Dávila chilla pidiendo que no le maten, se abalanza sobre López Puertas y llega a morderle el brazo. Todo ese follón provocó la entrada en la habitación de Gutiérrez y Corral, que iniciaron un enfrentamiento con otros guardaespaldas de Sancho Dávila en el que, al parecer, sí que se arrojaron bombas.
Si hemos de creer a Alcázar de Velasco, uno de los cinco compañeros de Goya le confesaría, pasado el tiempo, que en la calle, antes de entrar, Goya le habría dado una instrucción muy concreta:
‑Cuando le saquemos a la calle [a Dávila] le pegas un tiro. Nadie sabrá quién ha sido.
Esta tesis, obviamente, se da de bruces con la versión que Hedilla montó de su propia vida, la de la instrucción de «cualquier cosa menos violencia» (y, si tan pacíficos eran, ¿por qué llevaban bombas?)
Según Ángel Alcázar de Velasco, quien disparó contra Goya fue Sancho Dávila. Lo cierto es que éste tenía una pistola del nueve corto y Peral, del nueve largo. La solución hubiera estado en la autopsia al cadáver de Alonso Goya; pero esa autopsia nunca se realizó, y no sabemos por qué. En alguna tumba salmantina puede estar, aún hoy, la respuesta a este misterio.
Tras detener a Sancho Dávila, los hedillistas se fueron a por Garcerán, pero éste les recibió a tiro limpio desde el balcón de su casa. Garcerán, a todas luces, estaba histérico. Ni siquiera bajó la guardia cuando llegó la guardia civil, al mando de Lisardo Doval. Les acusó de ser los asesinos de Calvo Sotelo, y siguió disparando.
Al día siguiente de estos sucesos, 18 de abril, se celebra sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Falange. A pesar de que Lisardo Doval ha cerrado Salamanca, consiguen llegar todos, salvo, claro está, Dávila, que está preso. En su discurso ante el Consejo, Hedilla afirma, y es hecho que la historiografía tiende a dar por cierto, que Sancho Dávila tenía una lista de… ¡47 nombres!, de falangistas que pensaba cargarse. Los conjurados se justifican hablando de los rumores que había de creación de un gobierno Hedilla-Mola (un bulo que fue tajantemente desmentido por el propio Mola). Hedilla es elegido jefe de Falange. Esta vez sí que es recibido por Franco; no sólo eso, sino que el caudillo le anima a salir al balcón del cuartel general, donde ambos son vitoreados en medio de un larguísimo abrazo.
Los abrazos de Franco se hicieron famosos en aquellos años. Abrazó a Eisenhower de visita a España, y Ike no tardó en morir. Abrazó al padre de Hassan II de Marruecos y también se lo cargó. Abrazó a Hedilla, y…
El día 19, Hedilla parece haber ganado. Los miembros de las centurias de falangistas de Madrid, o sea los que habían llegado a Salamanca como poco para cesarlo (según otras versiones, creíbles a la vista de cómo se las gastaban en esa familia, para matarlo) son enviados al frente. Sin embargo, a las ocho de la noche de ese día, Hedilla recibe una carta de Franco con el texto del decreto de unificación y el discurso que el caudillo va a pronunciar. Has ganado para nada, chaval. A Hedilla se le reserva en el proyecto lo que desde entonces tuvieron los falangistas: la secretaría de un movimiento presidido por Franco.
Movimiento, además, sutilmente mutilado. El decreto de unificación por supuesto que reconoce la herencia que el franquismo le debe a la Falange, hasta el punto de asumir, para la organización del Estado, los famosos puntos programáticos elaborados por José Antonio y sus adláteres. Sin embargo hay, como ya he dicho, una sutil manipulación. Los puntos asumidos son 26, pero Falange tenía 27. ¿Cuál se quedó fuera? Pues se quedó el vigésimo séptimo, fruto en su día de interminables negociaciones entre José Antonio y su socio jonsista, Ramiro Ledesma. Apoyado por las fuerzas radicales de aquellas juntas de ofensiva, donde entonces militaban algunos irreductibles franquistas del futuro como José Antonio Girón, el punto 27, redactado por las JONS, era un rechazo puro y duro de cualquier colaboración o pasteleo con fuerzas o partidos políticos. José Antonio, tras numerosas negociaciones, idas y venidas asistido por una de las «cabezas» del falangismo, Vicente Gaceo, dejó aquella cosa tan categórica en una redacción algo más difusa, en la que se aseveraba que la Falange pactaría poco (pero pactaría), aunque sólo con las fuerzas «sujetas a nuestra disciplina». Esto último es lo que Franco, en el momento de la unificación, ya no podía asumir. Allí ya no quedaba más disciplina que la suya.
El día 20, Hedilla y Franco se ven de nuevo, aunque es de suponer que ya no son tan amiguitos. Aquí es donde se produce el único movimiento que, probablemente, Franco no ha previsto: la negativa de Hedilla a conformarse con la gavela y la poltrona del mando teórico de la Falange (negativa que le dotará, ante las futuras generaciones de falangistas, de esa aureola de honrado a machamartillo que aún conserva). A todas luces, los terminales franquistas buscan una salida airosa para el asunto: tanto Von Faupel como el embajador italiano, Cantalupo, ofrecen a Hedilla un exilio dorado; se niega. Así las cosas, Hedilla es detenido el 23 de abril y procesado por atentar contra la legalidad del triunvirato que le cesó. El 29 de mayo le acusan de haber querido derrocar a Franco. Dos semanas antes, los monárquicos se han incorporado al partido de Franco, Falange Española Tradicionalista y de las JONS; ya está todo atado y bien atado.
En junio, Hedilla es condenado a muerte dos veces. El 18 de julio es indultado, aunque no se lo comunican. A partir de ahí, es encarcelado en Canarias, al parecer en condiciones bastante deplorables, aunque relativamente pronto, a principios de los años cuarenta, su régimen se suavizará por una reclusión vigilada en Mallorca. El régimen, por lo demás, supo ser generoso con Hedilla, como lo fue con otros muchos falangistas a quienes, si el franquismo no les dio el Estado fascista que querían sí, por lo menos, les llenó el estómago. Hedilla fue nombrado Asesor Social de Iberia, trabajo por el que a mediados de los años 50 cobraba 7.500 pesetas (calculo yo que unos dos mil y pico euros de hoy en día); amén de haber sido en los años cuarenta responsable de la entrada de trigo en Baleares (y acusado de corrupción en la molturación) y haber hecho otros negocios y negocietes que implicaban cierta comprensión oficial.
En suma: los sucesos de Salamanca de abril de 1937 suponen la más grave disensión interior en el seno del bando franquista. A unos conspiradores (pues eso hicieron, conspirar) a los que la guerra les empezaba a ir sobre carriles (a finales del 36 creyeron ganarla), se les apareció, en el momento más inesperado, el problema de las disensiones internas y la lucha por el liderazgo dentro del principal partido de la partida, es decir Falange Española y de las JONS. En este sentido la decisión republicana de fusilar a José Antonio, que fue probablemente un tremendo error, estuvo a piques de salirles cojonudamente, pues nada de esto habría pasado si José Antonio hubiese sido canjeado por el hijo de Largo Caballero, como se intentó; o, en cualquier caso, hubiese conseguido pasar a zona nacional como lo consiguió Serrano Súñer o Fernández-Cuesta.
¿Quién muñó todo aquello? Bueno, en primer lugar, fueron las ambiciones personales. Las de Hedilla, Sancho Dávila y Garcerán, sobre todo. Doy por cierto que los tres se vieron, en algún momento, jefes supremos de Falange; momentos que, incluso, llegaron a ser simultáneos en el tiempo. Pero, más allá, sin duda influyeron los manejos de italianos y, sobre todo, alemanes, que querían un liderazgo fuerte, y a la vez manejable, en Falange. Frente a ellos se situó el equipo médico habitual de Franco que, si hemos de creer a Alcázar de Velasco, estaba compuesto por su hermano Nicolás, Sangróniz y Barroso, sin faltar la inevitable fuerza bruta de Lisardo Doval y la colaboración esporádica, pero entusiasta, de personas como Ladislao López Bassa u Orbaneja. Y Serrano Súñer. Porque, aunque el papel de Serrano Súñer en toda esta historia es difícil de delimitar, de lo que no dudo es de que existió. Fue el redactor del decreto de unificación, algo que no habría hecho de no haber estado en el epicentro del merdé. Y, además, está ese argumento que existe siempre en las conspiraciones, que es fijarse en quién se beneficia de ellas. Y quien mandó en Falange acabada la guerra fue, precisamente, Serrano.
Hoy en día, la expresión «memoria histórica» significa, en realidad, memoria histórica ligada a los logros de la República y la represión de que fueron objeto sus defensores. Esto, entre otras consecuencias, tiene la de que estos sucesos que hoy hemos intentado contar tengan más bien poco interés; no le será fácil a ningún estudiante conseguir una buena asesoría de tesis doctoral si lo que pretende es escribir sobre los sucesos de Salamanca. Es probable, sin embargo, que en bastantes puntos haya información de interés al respecto. En la Fundación Francisco Franco, si es que el caudillo fue sistemático en la guarda de documentación, que no sé; y si esa documentación está adecuadamente tratada y clasificada, que tampoco. En archivos, supongo que ya desclasificados, de las diplomacias alemana e italiana de la época, y puede que de otros países como Reino Unido o Francia, pues es seguro que estos movimientos fueron seguidos por muchos. En documentación que tal vez conserven las familias de algunos falangistas descollantes de la época. Y en algún cadáver enterrado. Pero, como ya digo, la actitud normal que tenemos ante estos hechos es olvidarlos, hacer como que no miramos.
Y esto hará que los sucesos de Salamanca permanezcan, per saecula saeculorum, como uno de los hechos más oscuros de la oscura Historia de nuestra guerra.
Así que, lejos de cumplir con tan bienintencionados consejos, aquí os dejo otro ladrillazo más. En fin, es hijo de mis propias manías, pues yo me pasé años queriendo saber qué narices había pasado en el 37 en Salamanca que decían que había sido tan importante pero que nadie o casi nadie contaba. Sé que me ha salido un texto superferolítico, pero prometo moderarme en el futuro.
O eso supongo.
En la primavera de 1937, la guerra civil española dio un giro de gran importancia. Fueron varias las cosas que pasaron y casi ninguna en los frentes. En realidad, la primavera de 1937 fue especialmente intensa en la retaguardia y, curiosamente, en ambos bandos, Franco por un lado y la República por el otro, en el fondo ocurrió lo mismo: en ambos casos, lo que se produjo fue una aclaración del horizonte político de las fuerzas que apoyaban a uno y otro bando. Si la República se deshizo en aquellos días de la insoportable presión que el anarquismo ejercía sobre la voluntad de hacer una guerra seria, Franco también se deshizo, por aquellos días, de su propio anarquismo disgregador e individualista. Hoy hablaremos de este último caso y de los tristísimos sucesos que provocó. Los sucesos de Salamanca.
Según estimaciones fiables, en julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS) era un partido minoritario y roto. Minoritario porque no tendría más allá de 6.000 miembros en toda España, de los cuales aproximadamente la mitad, «cayeron» en zona republicana, por lo que su efectividad era nula o inexistente; el primero de los de este grupo, el fundador y líder del partido, José Antonio Primo de Rivera, que estaba en la cárcel, primero en Madrid y después en Alicante; así como Nemesio Fernández Cuesta, Ruiz de Alda y otros notables, algunos de los cuales no sobrevivirían a la experiencia.
Este partido, no obstante haber tenido unos votos ridículos en todas las elecciones que se celebraron en la República y ser un partido de corte terrorista que había intentado matar incluso a diputados en Cortes (así, el socialista Jiménez de Asúa, en la calle Goya de Madrid), se convirtió en la gran reserva espiritual del alzamiento de las derechas, por dos razones fundamentales: la primera, porque su filosofía filofascista y de acción directa tenía muchos apoyos dentro del ejército, que fue quien realmente comandó desde el principio la rebelión; y, segundo, por el indudable aporte de combatientes que, en la siempre difícil primera hora de todo golpe de Estado, supo aportar (a petición de Mola, Falange sería capaz, en los primeros meses de la guerra, de dirigir una exitosa leva de 15.000 combatientes). No obstante, en esta situación hay algo que, supongo, no os cuadra del todo: un partido político con gran poder pero sin dirigentes de carisma. En efecto: más pronto que tarde, la pelea por liderar aquello tenía que empezar.
Comenzó pocas horas después del 20 de noviembre de 1936, es decir cuando se supo que José Antonio Primo de Rivera, el líder a quien todos esperaban en zona nacional, había sido fusilado en Alicante. Como ya hemos visto, los intentos por liberar a José Antonio fueron varios, pero chocaron con la obstinación republicana y con cierta pasividad alemana que, como veremos después, quizá tuviera su sentido. Lo importante aquí, no obstante, es tener claro que la muerte de José Antonio dejaba a la Falange sin un líder claro, situación ésta que debía resolverse lo antes posible.
A finales de 1936, sin embargo, ya no había una sola Falange. El partido se había hecho demasiado grande e importante como para permanecer con una sola facción. Dependiendo de los autores a los que leáis se os dirá que dentro de Falange había dos o tres tendencias. Una, la más clara, estaba formada por los falangistas del Norte de España, casi todos ellos personas de orígenes proletarios o casi proletarios, los cuales eran apoyados, además, por los intelectuales del partido, es decir gentes como Dionisio Ridruejo que, en aquellos primeros momentos de la guerra, sostenían posiciones abiertamente fascistas y estaban entregados a las filosofías del nuevo amanecer de la Humanidad que prometían experiencias como Italia o Alemania. Un segundo grupo eran los falangistas de corte más universitario, el mal denominado Grupo de Madrid (digo mal denominado porque había importantes elementos andaluces o extremeños) con ideas también muy radicales pero dispuestos, por así decirlo, a hacer de Falange un partido político de derechas, muy de derechas, alejado de las veleidades obreristas del fascismo (desde el falangismo se sostenían, en ocasiones, duros discursos anticapitalistas que, de hecho, hicieron relativamente fácil el diálogo tras la guerra entre cierto falangismo y cierto anarcosindicalismo). El tercer grupo estaría formado por falangistas de última hora con más experiencia política, dedicados a construir un partido político algo más moderado. Pero estos terceros, por mucho que a veces se los cite, mandan en esta historia menos que un gitano en una comisaría. Que se sepa.
El falangismo de tripas, protorrevolucionario, era un falangismo basado en iconos personales y, muerto José Antonio, escogió otro: Manuel Hedilla. Hasta la guerra, Hedilla no se había destacado especialmente dentro de Falange, aunque había demostrado su capacidad organizativa, que hizo mucho a favor del triunfo del golpe en Galicia, pues el 18 de julio le pilló en Vigo. La ausencia de líderes destacados dentro del partido, añadido al hecho de que Hedilla estaba en zona nacional y muy pronto bajó a Salamanca, donde se cortaba todo el bacalao de la guerra por parte franquista; así como su excelente relación con el general Emilio Mola, cogolpista junto con el propio Franco y con Sanjurjo, le valieron el nombramiento de jefe provisional de la Falange; provisional porque, si bien no eran pocos los miembros de la cúpula del lado nacional que sabían bien que José Antonio estaba muerto, esta realidad no se daba por cierta para mantener la moral.
Manuel Hedilla tenía dos grandes colaboradores: por un lado, el también cántabro Víctor de la Serna y, por otro, el catalán José Antonio Serrallach, personaje éste último muy interesante porque, entre otras cosas, algún testigo de aquellos días ha aseverado que le fue presentado a Hedilla por el embajador alemán en España, Wilhelm von Faupel, y que, de hecho, sería una especie de espía al servicio de los nazis. Este hecho, de ser verdad, abonaría la tesis, que de alguna manera se huele en los sucesos de Salamanca (unido a la antes mentada pasividad alemana para liberar a José Antonio) de que, tal vez, Hitler hubiese decidido jugar, a través de Falange, a controlar España. Lo cierto es que el primer candidato a mandar en Falange tras José Antonio, es decir Hedilla, tenía una copia del Mein Kampf dedicada por el Führer en persona; y que el segundo, Manuel Serrano Súñer, era uña y carne con, entre otros, el ministro nazi de exteriores, Joachim von Ribentropp.
Frente a Hedilla, De la Serna, Serrallach et altera, se encuentra el falangismo del grupo de Madrid, comandado por un sevillano, Sancho Dávila. Poco tiempo después de morir José Antonio, Sancho Dávila inició, nunca sabremos bien si motu proprio o impulsado para ello por Franco, la negociación para la fusión entre los dos grandes partidos del nacionalismo franquista: falangistas y carlistas. Lo que sí sabemos es que ya a finales de 1936 Franco estaba pensando en el tema. Por un lado, no le gustaba la propuesta de su hermano Nicolás, quien propugnaba la creación de un partido político nuevo sin base social, a la usanza de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera; pero, por otro lado, sentía aversión hacia los partidos políticos, a los que consideraba responsables de la degradación de las democracias liberales. Quería, pues, un partido que no fuese un partido, y que pudiese dominar. Aunque no era el único que deseaba la desmovilización política de falangistas y requetés. Éste era también el deseo de las fuerzas políticas monárquicas que habían batallado desde sus exigüas minorías parlamentarias durante la República y que ahora demandaban al nuevo Estado que, de alguna manera, controlase las veleidades de aquellos grupos tan radicales. Inquietud que era compartida por el gran capital y es por eso que se ha escrito que dos de los grandes muñidores de la exaltación que, en aquellos días salmantinos, acabaría provocando muertos, fueron dos elementos, Ladislao López Bassa y Vicente Orbaneja, que habían sido enviados a malmeter por algún importante financiero, deseoso de desactivar aquella bomba fascista.
Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles de conseguir, porque tanto falangistas como carlistas querían hacer las cosas por su cuenta. Hasta diciembre de 1936 no logró Franco decretar la unificación de sus fuerzas combatientes, lo cual quiere decir que, hasta entonces, un carlista, por ejemplo, era un carlista, no un soldado. De hecho, la tentativa de los carlistas de crear su propia academia militar provocó que Franco tuviese que exiliar a Portugal al líder tradicionalista, Manuel Fal Conde.
En enero de 1937, la España franquista es un hervidero de proyectos de futuro. Si dejamos volar la imaginación y damos por bueno todo lo que se ha dicho o insinuado a este respecto, en ese momento tenemos: a Hedilla trabajando para consolidar un liderazgo en Falange que haga de ésta el partido político custodio de la pureza fascista del nuevo régimen español; a Sancho Dávila coqueteando, por ideas propias o inducidas, con crear un solo partido con los carlistas; a los monárquicos de toda la vida jugando la baza del regreso, algún día, de los borbones; a las terminales de Mussolini en Salamanca trabajándose una hipotética reconstitución de la monarquía saboyana en España; al general Mola siendo, como poco, tentado para presidir un gobierno cívico-militar de las derechas; y a los nazis jugando a controlar a la Falange y, a través de ella, a Franco.
Y luego Franco, claro, mirando por su interés.
Las negociaciones entre la Falange-Dávila (acompañado por Escario y Pedro Gamero del Castillo) y el carlismo (Fal Conde, Santiago Arauz de Robles y José María Oriol) se producen a mediados de febrero de 1937 en Lisboa, pero fracasan. Los dos documentos que ambas partes se intercambian como proyectos de fusión son antípodas; uno dice dónde vas, el otro manzanas llevo. Falange quería (se creía con poder para exigir) comerse al carlismo a cambio de nebulosos compromisos de consultar a Don Javier de Borbón-Parma el día que se plantease la que llamaba «Nueva Monarquía de España, como garantía de la continuidad del Estado nacionalsindicalista y base de su Imperio» (monarquía cuya puesta en marcha tampoco quedaba muy clara en el documento, en todo caso); los carlistas querían una fusión operativa pero no jurídica, es decir una relación de primus inter pares; la integración de ambos idearios, o lo que es lo mismo la matización carlista de los puntos de Falange; y una mayor atención hacia los principios del tradicionalismo. Una vez fracasado este intento, la rivalidad entre falanges se desplaza a la propia Falange.
El Grupo de Madrid utilizará como ariete contra Hedilla a un personaje también curioso: Rafael Garcerán. Garcerán era pasante de José Antonio pero, a pocas semanas del golpe de Estado, tenía más bien poco de falangista; de hecho, ni siquiera era miembro del partido e incluso había llegado a militar en el socialismo madrileño. Fue Garcerán, de hecho, quien lanzó la idea de que, en ausencia de José Antonio, Falange debía ser comandada por un triunvirato, lo cual equivalía a atacar el personalismo de Hedilla y ponerle en dificultades, ya que iba escaso de equipo. El primer enfrentamiento serio se producirá en febrero de 1937. En dicha fecha, se produjo el primer aniversario del discurso de José Antonio en el cine Europa de Madrid; un discurso inflamado, de corte revolucionario, que el líder de Falange había pronunciado en las vísperas de las elecciones ganadas por el Frente Popular. Hedilla dio la orden de distribuir en zona nacional 25.000 copias del discurso, pero una de las terminales de Garcerán, el delegado de Prensa y Propaganda Vicente Gay, ordenó retirarlas. El jefe provincial de Burgos, José Andino, uno de los miembros de la «Falange del Norte» hedillista, lo leyó en Radio Castilla, motivo por el cual fue arrestado. Costó mucho amansar aquellas aguas pues, entre otras cosas, un grupo de hedillistas gallegos estuvo a punto de sacar a hostias a Andino de la cárcel.
Hedilla, por su parte, sigue con su tiki-taka y abre dos academias de oficiales, una en Sevilla y la otra en Salamanca; ésta, la famosa academia de Pedro Llen que tendrá un papel tan importante en los sucesos de Salamanca. Al frente de la academia salmantina se coloca un nazi finlandés, Karl Magnus von Hatmann, lo cual abona la tesis de que el movimiento por parte de Hedilla fue hecho en connivencia con Von Faupel y los nazis. Esta vez, nadie fue expulsado de España, como le ocurrió a Fal Conde.
Agustín Aznar y Sancho Dávila, falangistas del grupo de Madrid que ha fracasado en el intento de pillar cacho en el poder del partido consiguiendo fusionarlo con el carlismo, todo ello probablemente tras la amorosa mirada de Franco, se dan cuenta de que la única forma de cargarse a Hedilla es ir a por él. Así las cosas, comienzan a coleccionar acólitos. Encuentran pronto a Garcerán, que tiene ganas, y se les une José Moreno. Este cuarteto salmantino (Aznar, Garcerán, Dávila y Moreno, los padres de la movida antihedillista) consigue atraerse a algunos falangistas de cierto corte radical, tales como Jesús González Vicén y José Antonio Girón de Velasco.
El 12 de abril, sin poder esperar ni un minuto más porque este piélago de poderes y podercillos está minando la capacidad bélica del bando nacional, Franco da el francazo y convoca a los carlistas más proclives a la unificación (sobre todo, el conde de Rodezno) y les cuenta lo del decreto con el que va a crear un solo partido. Cuando Hedilla, que no está en Salamanca, se entera, su reacción es convocar un Consejo Nacional de Falange, a todas luces para oponerse, el 25 de abril siguiente. El 13 de abril, en San Sebastián, Hedilla se entrevista con Ángel Alcázar de Velasco, un joven falangista de acción que había sido condecorado por el propio José Antonio por su labor repartiendo leches en Asturias tras el golpe del 34. Alcázar de Velasco escribió sus memorias mucho más tarde, en el 76, muerto Franco y muerto Hedilla, y en ellas cuenta que, en dicha reunión, Hedilla le aseveró que Falange estaba a punto de romperse en pedazos y le conminó a espiar a un grupo de falangistas y cercanos, todos ellos más o menos identificados con el Grupo de Madrid o con la camarilla directa de Franco. Eran: Ramón Serrano Súñer, Alfonso García Valdecasas, Eduardo Aunós, Ernesto Giménez Caballero, Gumersindo García y Pedro Gamero del Castillo. Prueba también de que Hedilla esperaba que a mediados de abril hubiese follón es que, un par de días antes de los trágicos sucesos del 16-17 de abril, dio orden al delegado de Sanidad de Falange, Tomás Rodríguez, para que reforzase las estructuras asistenciales en previsión de que hubiese heridos.
El 14 de abril, en el hedillismo se produjo un movimiento tendente a enviar a alguien a Pamplona, donde los carlistas se reunían para discutir la unificación que les había propuesto Franco. Sin embargo, Hedilla no impulsó la medida. Según Alcázar de Velasco, en ese punto todavía confiaba en Franco y pensaba que era Serrano quien malmetía sobre él ante el caudillo; o sea, le pasaba como a esas personas que, tras las elecciones de 1982, se hacían empanadas mentales con las discusiones entre Felipe González y Alfonso Guerra, siendo lo cierto que actuaban coordinados. Con este espíritu se entrevistó Hedilla con uno de los padres de la unificación, el diplomático franquista José Antonio Sangróniz y Castro, el cual le vendió a Hedilla la milonga de que la unificación suponía dejarle todo el espacio político a Falange porque Franco se quería dedicar en exclusiva a ganar la guerra. Otrosí: Hedilla se tragó que Franco quería un Estado con dos jefes. O sea: no conocía a Franco.
En esos días (15 y 16 de abril de 1937), Salamanca se empieza a llenar, sospechosamente, de falangistas armados. Son los hedillistas, que salen a la calle a marcar paquete; y los conjurados de Sevilla, Madrid y Valladolid, que se apresuran a dejarse caer por la ciudad castellana. El día 16, a las once de la mañana, los conjurados se reúnen y designan un triunvirato que sustituirá a Hedilla, formado por Aznar, Garcerán y Moreno. Fuertemente armados y escoltados, se van a la calle del Toro, sede de la Junta de Mando de Falange, que está a rebosar de personal que se huele la tostada y con fuerte presencia de los guardias civiles de Lisardo Doval, un represor franquista que se ha fogueado acabando con el golpe revolucionario de Asturias. Hedilla está ya en su despacho en compañía de sus incondicionales: Víctor de la Serna, Serrallach, Maximiliano García Venero, Francisco Yela y José Sáinz. Entre De la Serna, el catalán y García Venero, los verdaderos confidentes del jefe provisional, le convencen de que no obstaculice la entrada de los tres conjurados en el edificio, probablemente para evitar la sangre. El jefe salmantino, Laporta, trató de hacer de hombre bueno y negociar con los confabulados; pero fracasó, y éstos se presentaron para cesar a Hedilla.
A las once pasadas de la mañana, allí mismo le entregan un pliego de cargos en el que, entre otras cosas, le llaman analfabeto, y le cesan. Lejos de enfrentarse, Hedilla sale de la sala y solicita, inmediatamente, una entrevista con Franco. Aquí puede estar la clave de por qué acepta con tanta naturalidad su cese; si hemos de creer a Hedilla, él había discutido ya la eventualidad de su cese por los triunviros con el teniente coronel Antonio Barroso Sánchez-Guerra, de profesión muñidor en el Cuartel General de Franco (formalmente, Jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General). Según Hedilla, éste le dio instrucciones de dejar hacer a los confabulados, dándole a entender que quien tenía el apoyo de Franco era él. Pero, quizá, a las pocas horas caería en la cuenta el falangista santanderino de que eso no era una verdad completa. Como ya he dicho, Hedilla pide una entrevista con Franco. Pero éste no le recibirá; sólo podrá ver al teniente coronel Barroso. Por su parte, el nuevo poder de Falange solicita a mediodía una entrevista con el caudillo, que les recibe a las cuatro de la tarde. No parece difícil de adivinar con qué equipo iba el generalísimo.
Por su parte, en la entrevista con Barroso éste, lejos de ofrecerle a Hedilla el apoyo de Franco, lo que le ofrece es asilo para que duerma esa noche en el Cuartel General y salve el pellejo. Hedilla, hemos que suponer que maxicabreado, se niega.
Una de las historias que circuló entre los hedillistas respecto de aquella jornada del 16 sostiene que las instrucciones de los partidarios del triunvirato era matar a Hedilla. Alcázar de Velasco, que fue condenado por los sucesos de Salamanca, dice en su libro haber trabado conocimiento en la cárcel con un tal Ángel Isasi, quien le aseguró que el 16 de abril de 1937 tenía encomendada la misión de aprovechar cualquier tumulto para clavarle un punzón a Hedilla y matarlo. No obstante, la certeza de estos datos es muy difícil de establecer.
Se escenifica el aroma de consenso respirado en Falange. El nuevo triunvirato cursa mensajes a toda España sobre la nueva situación, que no llegan a ninguna parte porque son saboteados en Correos y Telégrafos por los hedillistas. Por su parte Hedilla, a media tarde, se coge un mosqueo de puta madre cuando se da cuenta de que Franco le reserva a sus puteadores todas las atenciones que con él no ha tenido. Es por ello que convoca al jefe de Falange en Salamanca, Laporta, y le da orden de tomar por la fuerza la Junta de Mando, que está en poder del triunvirato y sus cadetes de Madrid. A última hora de la tarde llega a Salamanca otro hedillista, el consejero nacional del SEU José María Alonso Goya, quien recibe de Serrallach la orden de ir a la Academia de Pedro Llen a recoger allí a unos falangistas catalanes , que serán quienes tomen la Junta de Mando. Aunque en un principio el instructor de la academia, Von Hartmann, se niega a movilizar a los cadetes aduciendo que no hay orden escrita de Hedilla, finalmente cede y los falangistas son trasladados a Salamanca.
Hedilla asevera en sus memorias que le dio instrucciones a Goya, a través de Serrallach, de que no hubiese ningún tipo de violencia. Alcázar de Velasco, sin embargo, asevera en su libro que López Puertas, quien como veremos ahora mismo fue con Goya a la casa de Sancho Dávila, le confesó en la cárcel que llevaban instrucciones de trincar a Dávila, pero que a Garcerán lo tenían que matar. Incluso citaré otra versión según la cual también a Dávila iban a matarlo. ¿A quién creemos? Supongo que es una cuestión personal.
El relato de los hechos de la noche del 16 al 17 de abril de 1937 es, tal y como la conozco hoy, tal que así.
Alonso Goya, Daniel López Puertas y otros cuatro hedillistas (Fernando Ruiz de la Prada, Aureliano Gutiérrez Llano, Santiago Corral y Corpas) van, de madrugada, a casa de Sancho Dávila, sita en el número 3 de la calle Pérez Pujol de Salamanca, para detenerlo. La casa está en una esquina de la Plaza Mayor de Salamanca. Goya da palmadas y grita para llamar al sereno. Mientras el empleado municipal llega para abrirles, se dirige a López Puertas.
- Amartilla la pistola. Y que éstos [los otros cuatro de la partida] hagan lo mismo. Tomad cada uno dos bombas. Os colocáis donde yo diga y no os mováis por nada. ¿Estamos?
Subieron por la escalera, Alonso Goya y López Puertas por delante. Al llegar al piso de Dávila, Goya situó a Corpas y Ruiz en el rellano y a Gutiérrez y Corral en el zaguán del piso. Entró con López Puertas, indicándole que permaneciese a tres metros de él. El plan de Goya era: si Dávila se negaba, cosa probable, él le encañonaría, mientras López Puertas entraría con una bomba en la mano y llamando a Gutiérrez y Corral para que entrasen con él.
‑Este sale con nosotros por su pie o en parihuelas –sentenció Goya.
A partir de ahí, es difícil saber lo que pasó. Se sabe que Goya entra en el dormitorio de Sancho Dávila para detenerlo y que allí está el falangista sevillano con un guardaespaldas llamado Manuel Peral. Sancho Dávila se niega a irse con Goya.
- Vosotros me vais a matar. ¡Me vais a pasear, cabrones!
Goya trata de tranquilizarlo. Sancho Dávila, que está en camiseta y calzoncillos porque estaba durmiendo, trata de coger su pistola, que tiene bajo el colchón. En ese momento, según algunas versiones, un escolta de Dávila, fuera del dormitorio, lanza una bomba. Al volverse Goya hacia el estruendo, Peral le dispara en la nuca y lo mata. Según López Puertas, no hubo tal bomba: Peral se limitó a asomarse desde una habitación contigua, cogió por sorpresa a Goya y lo mató. En todo caso, después de que ocurre todo esto, López Puertas entra en la habitación. Ve a Goya en el suelo, a Peral agachado sobre él, y dispara a éste, matándolo. Sancho Dávila chilla pidiendo que no le maten, se abalanza sobre López Puertas y llega a morderle el brazo. Todo ese follón provocó la entrada en la habitación de Gutiérrez y Corral, que iniciaron un enfrentamiento con otros guardaespaldas de Sancho Dávila en el que, al parecer, sí que se arrojaron bombas.
Si hemos de creer a Alcázar de Velasco, uno de los cinco compañeros de Goya le confesaría, pasado el tiempo, que en la calle, antes de entrar, Goya le habría dado una instrucción muy concreta:
‑Cuando le saquemos a la calle [a Dávila] le pegas un tiro. Nadie sabrá quién ha sido.
Esta tesis, obviamente, se da de bruces con la versión que Hedilla montó de su propia vida, la de la instrucción de «cualquier cosa menos violencia» (y, si tan pacíficos eran, ¿por qué llevaban bombas?)
Según Ángel Alcázar de Velasco, quien disparó contra Goya fue Sancho Dávila. Lo cierto es que éste tenía una pistola del nueve corto y Peral, del nueve largo. La solución hubiera estado en la autopsia al cadáver de Alonso Goya; pero esa autopsia nunca se realizó, y no sabemos por qué. En alguna tumba salmantina puede estar, aún hoy, la respuesta a este misterio.
Tras detener a Sancho Dávila, los hedillistas se fueron a por Garcerán, pero éste les recibió a tiro limpio desde el balcón de su casa. Garcerán, a todas luces, estaba histérico. Ni siquiera bajó la guardia cuando llegó la guardia civil, al mando de Lisardo Doval. Les acusó de ser los asesinos de Calvo Sotelo, y siguió disparando.
Al día siguiente de estos sucesos, 18 de abril, se celebra sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Falange. A pesar de que Lisardo Doval ha cerrado Salamanca, consiguen llegar todos, salvo, claro está, Dávila, que está preso. En su discurso ante el Consejo, Hedilla afirma, y es hecho que la historiografía tiende a dar por cierto, que Sancho Dávila tenía una lista de… ¡47 nombres!, de falangistas que pensaba cargarse. Los conjurados se justifican hablando de los rumores que había de creación de un gobierno Hedilla-Mola (un bulo que fue tajantemente desmentido por el propio Mola). Hedilla es elegido jefe de Falange. Esta vez sí que es recibido por Franco; no sólo eso, sino que el caudillo le anima a salir al balcón del cuartel general, donde ambos son vitoreados en medio de un larguísimo abrazo.
Los abrazos de Franco se hicieron famosos en aquellos años. Abrazó a Eisenhower de visita a España, y Ike no tardó en morir. Abrazó al padre de Hassan II de Marruecos y también se lo cargó. Abrazó a Hedilla, y…
El día 19, Hedilla parece haber ganado. Los miembros de las centurias de falangistas de Madrid, o sea los que habían llegado a Salamanca como poco para cesarlo (según otras versiones, creíbles a la vista de cómo se las gastaban en esa familia, para matarlo) son enviados al frente. Sin embargo, a las ocho de la noche de ese día, Hedilla recibe una carta de Franco con el texto del decreto de unificación y el discurso que el caudillo va a pronunciar. Has ganado para nada, chaval. A Hedilla se le reserva en el proyecto lo que desde entonces tuvieron los falangistas: la secretaría de un movimiento presidido por Franco.
Movimiento, además, sutilmente mutilado. El decreto de unificación por supuesto que reconoce la herencia que el franquismo le debe a la Falange, hasta el punto de asumir, para la organización del Estado, los famosos puntos programáticos elaborados por José Antonio y sus adláteres. Sin embargo hay, como ya he dicho, una sutil manipulación. Los puntos asumidos son 26, pero Falange tenía 27. ¿Cuál se quedó fuera? Pues se quedó el vigésimo séptimo, fruto en su día de interminables negociaciones entre José Antonio y su socio jonsista, Ramiro Ledesma. Apoyado por las fuerzas radicales de aquellas juntas de ofensiva, donde entonces militaban algunos irreductibles franquistas del futuro como José Antonio Girón, el punto 27, redactado por las JONS, era un rechazo puro y duro de cualquier colaboración o pasteleo con fuerzas o partidos políticos. José Antonio, tras numerosas negociaciones, idas y venidas asistido por una de las «cabezas» del falangismo, Vicente Gaceo, dejó aquella cosa tan categórica en una redacción algo más difusa, en la que se aseveraba que la Falange pactaría poco (pero pactaría), aunque sólo con las fuerzas «sujetas a nuestra disciplina». Esto último es lo que Franco, en el momento de la unificación, ya no podía asumir. Allí ya no quedaba más disciplina que la suya.
El día 20, Hedilla y Franco se ven de nuevo, aunque es de suponer que ya no son tan amiguitos. Aquí es donde se produce el único movimiento que, probablemente, Franco no ha previsto: la negativa de Hedilla a conformarse con la gavela y la poltrona del mando teórico de la Falange (negativa que le dotará, ante las futuras generaciones de falangistas, de esa aureola de honrado a machamartillo que aún conserva). A todas luces, los terminales franquistas buscan una salida airosa para el asunto: tanto Von Faupel como el embajador italiano, Cantalupo, ofrecen a Hedilla un exilio dorado; se niega. Así las cosas, Hedilla es detenido el 23 de abril y procesado por atentar contra la legalidad del triunvirato que le cesó. El 29 de mayo le acusan de haber querido derrocar a Franco. Dos semanas antes, los monárquicos se han incorporado al partido de Franco, Falange Española Tradicionalista y de las JONS; ya está todo atado y bien atado.
En junio, Hedilla es condenado a muerte dos veces. El 18 de julio es indultado, aunque no se lo comunican. A partir de ahí, es encarcelado en Canarias, al parecer en condiciones bastante deplorables, aunque relativamente pronto, a principios de los años cuarenta, su régimen se suavizará por una reclusión vigilada en Mallorca. El régimen, por lo demás, supo ser generoso con Hedilla, como lo fue con otros muchos falangistas a quienes, si el franquismo no les dio el Estado fascista que querían sí, por lo menos, les llenó el estómago. Hedilla fue nombrado Asesor Social de Iberia, trabajo por el que a mediados de los años 50 cobraba 7.500 pesetas (calculo yo que unos dos mil y pico euros de hoy en día); amén de haber sido en los años cuarenta responsable de la entrada de trigo en Baleares (y acusado de corrupción en la molturación) y haber hecho otros negocios y negocietes que implicaban cierta comprensión oficial.
En suma: los sucesos de Salamanca de abril de 1937 suponen la más grave disensión interior en el seno del bando franquista. A unos conspiradores (pues eso hicieron, conspirar) a los que la guerra les empezaba a ir sobre carriles (a finales del 36 creyeron ganarla), se les apareció, en el momento más inesperado, el problema de las disensiones internas y la lucha por el liderazgo dentro del principal partido de la partida, es decir Falange Española y de las JONS. En este sentido la decisión republicana de fusilar a José Antonio, que fue probablemente un tremendo error, estuvo a piques de salirles cojonudamente, pues nada de esto habría pasado si José Antonio hubiese sido canjeado por el hijo de Largo Caballero, como se intentó; o, en cualquier caso, hubiese conseguido pasar a zona nacional como lo consiguió Serrano Súñer o Fernández-Cuesta.
¿Quién muñó todo aquello? Bueno, en primer lugar, fueron las ambiciones personales. Las de Hedilla, Sancho Dávila y Garcerán, sobre todo. Doy por cierto que los tres se vieron, en algún momento, jefes supremos de Falange; momentos que, incluso, llegaron a ser simultáneos en el tiempo. Pero, más allá, sin duda influyeron los manejos de italianos y, sobre todo, alemanes, que querían un liderazgo fuerte, y a la vez manejable, en Falange. Frente a ellos se situó el equipo médico habitual de Franco que, si hemos de creer a Alcázar de Velasco, estaba compuesto por su hermano Nicolás, Sangróniz y Barroso, sin faltar la inevitable fuerza bruta de Lisardo Doval y la colaboración esporádica, pero entusiasta, de personas como Ladislao López Bassa u Orbaneja. Y Serrano Súñer. Porque, aunque el papel de Serrano Súñer en toda esta historia es difícil de delimitar, de lo que no dudo es de que existió. Fue el redactor del decreto de unificación, algo que no habría hecho de no haber estado en el epicentro del merdé. Y, además, está ese argumento que existe siempre en las conspiraciones, que es fijarse en quién se beneficia de ellas. Y quien mandó en Falange acabada la guerra fue, precisamente, Serrano.
Hoy en día, la expresión «memoria histórica» significa, en realidad, memoria histórica ligada a los logros de la República y la represión de que fueron objeto sus defensores. Esto, entre otras consecuencias, tiene la de que estos sucesos que hoy hemos intentado contar tengan más bien poco interés; no le será fácil a ningún estudiante conseguir una buena asesoría de tesis doctoral si lo que pretende es escribir sobre los sucesos de Salamanca. Es probable, sin embargo, que en bastantes puntos haya información de interés al respecto. En la Fundación Francisco Franco, si es que el caudillo fue sistemático en la guarda de documentación, que no sé; y si esa documentación está adecuadamente tratada y clasificada, que tampoco. En archivos, supongo que ya desclasificados, de las diplomacias alemana e italiana de la época, y puede que de otros países como Reino Unido o Francia, pues es seguro que estos movimientos fueron seguidos por muchos. En documentación que tal vez conserven las familias de algunos falangistas descollantes de la época. Y en algún cadáver enterrado. Pero, como ya digo, la actitud normal que tenemos ante estos hechos es olvidarlos, hacer como que no miramos.
Y esto hará que los sucesos de Salamanca permanezcan, per saecula saeculorum, como uno de los hechos más oscuros de la oscura Historia de nuestra guerra.
viernes, marzo 09, 2007
Feliz karma de fin de semana
www.asiabudayrollitosprimavera.blogspot.com Nuevo blog de Tiburcio Samsa (antes Inasequible Aldesaliento)
Los más suspicaces de entre los lectores de este blog ya habrán caído en la cuenta de que el nombre de uno de sus corredactores, Inasequible Aldesaliento, es un seudónimo. De hecho, creo que Yaser Arafat e Inasequible son las dos personas que en el siglo XX han mantenido más sigilo sobre su auténtica identidad. Hoy vamos a desvelar aquí este misterio.
Inasequible Aldesaliento se llama, en realidad, Tiburcio Samsa; un ser relativamente desgraciado que ha tenido una vida compleja. Hace ya años que se aficionó por las filosofías orientales y muy especialmente por el budismo. Yo no sé si es muy creyente pero sí que es muy experto; tal vez es que para ser experto en una religión es necesario no creer mucho en ella, o tal vez, simplemente, es que Tiburcio es así.
La profundización en el budismo llevó a Tiburcio a conocer bastante a fondo toda esa historia de la reencarnación, algo que le provocó algunos desarreglos hormonales y, sobre todo, un problema de reencarnación espontánea por el cual una mañana despertó convertido en un elefante. Tras unos momentos de natural desorientación, Samsa (Tiburcio) comenzó a verle el punto fácil a la cosa: siendo elefante ves mundo si te apuntas a un circo; comes mogollón de pan duro si te colocas en un zoo; y, sobre todo, tienes una memoria que te cagas. Ésta fue la razón por la que Tiburcio empezó a leer y a acumular informaciones, algunas de las cuales vierte en este blog como bien sabéis.
Conocí a Tiburcio en el zoo de Copenhague, en marzo del 2001. Iba yo por ahí con clandestinos trozos de pan, porque hoy está prohibido alimentar a los animales en los zoos, pero yo sigo teniendo nostalgia de mis paseos infantiles por la Casa de Fieras del Retiro y de Perico, el simpático elefante que incluso cogía pesetas del suelo con la trompa. Mientras alimentaba indolentemente a un elefante indio, discutía con mi compañero de paseo sobre la Batalla del Ebro. Cuál no sería mi sorpresa cuando, de repente, el elefante que estaba delante de mí dijo: «Qué equivocado estás, chaval; el ejército republicano jamás supo contraatacar».
Yo no es que sea muy tiquismiquis, pero, la verdad, que un elefante me corrigiese en materia bélica, me jodió bastante. En las guerras los elefantes están para portar a los generales y llevarse las hostias, nada más. Así pues, denuncié a Tiburcio ante las autoridades y conseguí que fuese imputado por ser de naturaleza humana reencarnada; le cayeron siete millones de pesetas por estafa y la expulsión de Dinamarca.
Si os estais preguntando cómo es posible que alguien a quien le has obligado a soltar la mosca por valor siete millones de pesetas sea amigo tuyo, os diré que yo, en el fondo, tampoco lo entiendo. Pero es que Tiburcio es muy raro. Claro que, según mi mujer, yo también soy un tanto raro, pues no son normales los coruñeses que se cartean con elefantes.
Dado que Tiburcio lleva una existencia muelle, alimentado por la caridad y ganándose unas monedas a base de barritar las horas y las medias horas, ha tenido tiempo más que suficiente para seguir profundizando en el budismo. Además de viajar por Asia varias veces y tal. Es por eso que Tiburcio ha abierto un blog y sí, todas las mamonadas que llevo escritas en este post son sólo para recomendároslo.
El budismo es cosa extraña a la Historia de España. Asia, no tanto. Algún día hablaremos de Ali-Bey, el irrepetible catalán que la recorrió haciéndose pasar por moro de toda la vida. Y luego está la evangelización del Japón, básicamente fallida, entre otras cosas. En todo caso, supongo que a no pocos de vosotros, el budismo os generará curiosidad. Pues sabed que en el blog de Tiburcio encontraréis la mejor información.
Eso sí, si le queréis preguntar algo, os recomiendo que le mandéis al tiempo una bolsa de cacahuetes.
Los más suspicaces de entre los lectores de este blog ya habrán caído en la cuenta de que el nombre de uno de sus corredactores, Inasequible Aldesaliento, es un seudónimo. De hecho, creo que Yaser Arafat e Inasequible son las dos personas que en el siglo XX han mantenido más sigilo sobre su auténtica identidad. Hoy vamos a desvelar aquí este misterio.
Inasequible Aldesaliento se llama, en realidad, Tiburcio Samsa; un ser relativamente desgraciado que ha tenido una vida compleja. Hace ya años que se aficionó por las filosofías orientales y muy especialmente por el budismo. Yo no sé si es muy creyente pero sí que es muy experto; tal vez es que para ser experto en una religión es necesario no creer mucho en ella, o tal vez, simplemente, es que Tiburcio es así.
La profundización en el budismo llevó a Tiburcio a conocer bastante a fondo toda esa historia de la reencarnación, algo que le provocó algunos desarreglos hormonales y, sobre todo, un problema de reencarnación espontánea por el cual una mañana despertó convertido en un elefante. Tras unos momentos de natural desorientación, Samsa (Tiburcio) comenzó a verle el punto fácil a la cosa: siendo elefante ves mundo si te apuntas a un circo; comes mogollón de pan duro si te colocas en un zoo; y, sobre todo, tienes una memoria que te cagas. Ésta fue la razón por la que Tiburcio empezó a leer y a acumular informaciones, algunas de las cuales vierte en este blog como bien sabéis.
Conocí a Tiburcio en el zoo de Copenhague, en marzo del 2001. Iba yo por ahí con clandestinos trozos de pan, porque hoy está prohibido alimentar a los animales en los zoos, pero yo sigo teniendo nostalgia de mis paseos infantiles por la Casa de Fieras del Retiro y de Perico, el simpático elefante que incluso cogía pesetas del suelo con la trompa. Mientras alimentaba indolentemente a un elefante indio, discutía con mi compañero de paseo sobre la Batalla del Ebro. Cuál no sería mi sorpresa cuando, de repente, el elefante que estaba delante de mí dijo: «Qué equivocado estás, chaval; el ejército republicano jamás supo contraatacar».
Yo no es que sea muy tiquismiquis, pero, la verdad, que un elefante me corrigiese en materia bélica, me jodió bastante. En las guerras los elefantes están para portar a los generales y llevarse las hostias, nada más. Así pues, denuncié a Tiburcio ante las autoridades y conseguí que fuese imputado por ser de naturaleza humana reencarnada; le cayeron siete millones de pesetas por estafa y la expulsión de Dinamarca.
Si os estais preguntando cómo es posible que alguien a quien le has obligado a soltar la mosca por valor siete millones de pesetas sea amigo tuyo, os diré que yo, en el fondo, tampoco lo entiendo. Pero es que Tiburcio es muy raro. Claro que, según mi mujer, yo también soy un tanto raro, pues no son normales los coruñeses que se cartean con elefantes.
Dado que Tiburcio lleva una existencia muelle, alimentado por la caridad y ganándose unas monedas a base de barritar las horas y las medias horas, ha tenido tiempo más que suficiente para seguir profundizando en el budismo. Además de viajar por Asia varias veces y tal. Es por eso que Tiburcio ha abierto un blog y sí, todas las mamonadas que llevo escritas en este post son sólo para recomendároslo.
El budismo es cosa extraña a la Historia de España. Asia, no tanto. Algún día hablaremos de Ali-Bey, el irrepetible catalán que la recorrió haciéndose pasar por moro de toda la vida. Y luego está la evangelización del Japón, básicamente fallida, entre otras cosas. En todo caso, supongo que a no pocos de vosotros, el budismo os generará curiosidad. Pues sabed que en el blog de Tiburcio encontraréis la mejor información.
Eso sí, si le queréis preguntar algo, os recomiendo que le mandéis al tiempo una bolsa de cacahuetes.
martes, marzo 06, 2007
Cartas Cruzadas (II): Lo peor de la República
En esta segunda edición de nuestras cartas cruzadas, Ina y yo nos hemos planteado la siguiente cuestión: ¿cuál es el personaje que nos parece más nefasto de la II República española? Como era de esperar, no nos hemos puesto de acuerdo, lo cual entiendo que enriquece la sección.
Quedan aquí nuestras dos opiniones.
La carta de Inasequible
Querido Juan:
Cuando me propusiste un debate sobre quién fue el político más nefasto de la II República española, al principio creí que sería una cuestión peliaguda. La II República estuvo plagada de medianías, algunas inocuas y otras bastante peligrosas. Ha sido el deseo de reivindicar la II República frente a la dictadura franquista lo que ha hecho que muchas de esas medianías se mitificasen y adquiriesen casi el tinte de genios.
Como te digo, pensé que me costaría encontrar entre tanto mediocre quién fue el más nefasto de todos, pero la respuesta me vino antes de lo que me esperaba. El peor de todos fue, sin duda, Francisco Largo Caballero.
Cuando llegó la República, Largo Caballero era el secretario general del principal partido de izquierdas, el PSOE, y de uno de los principales sindicatos españoles, la UGT. Tenía 62 años y una larga carrera política a sus espaldas: entró en el ayuntamiento de Madrid en 1905 y en las Cortes en 1917 y había sido consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera. Tenía fama de hombre austero y nadie dudaba de su dominio de la cuestión obrera. De hecho fue el primer Ministro de Trabajo de la República y fue un Ministro competente.
El Largo Caballero que me cae simpático termina en 1933 y ahí empieza el Largo Caballero que me irrita y que fue un desastre.
Largo Caballero se tomó fatal la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933. Fue en ese momento donde empieza a dar muestras, como tantos otros políticos de la época, de un concepto patrimonialista de la República: si la República no estaba mandada por los suyos, que eran los verdaderos republicanos, entonces no era legítima y la insurrección se convertía en una herramienta válida para derrocarla.
Es cierto que esta actitud la tuvieron muchos y que ya desde antes de 1933 había muchos políticos españoles con ganas de llegar a las manos con los contrarios. ¿Por qué me parece peor Largo Caballero que José Antonio Primo de Rivera o el fascista José María Albiñana, por poner dos ejemplos? Por la sencilla razón de que Largo Caballero podía movilizar a grandes masas y fue el responsable de la radicalización del principal partido de la izquierda y de uno de los principales sindicatos. José Antonio Primo de Rivera y José María Albiñana jugaban casi en los márgenes del sistema y apenas sí lograban el respeto de sus teóricos aliados de derechas. En una España más tranquila apenas habrían podido jugar al papel de moscas cojoneras. Ellos solitos nunca hubieran podido ni derribar el sistema ni crear disturbios importantes. Largo Caballero sí que tenía las masas para hacerlo y lo intentó. Lo menos que se puede decir es que fue un irresponsable.
He mencionado una de sus motivaciones para actuar como actuó: el sentido patrimonialista de la República. La otra está más extendida y quien esté libre de ella que tire la primera piedra: la vanidad. A Largo Caballero le apodaron el Lenin español y sospecho que el apodo se le subió a la cabeza. Me imagino que la idea de ser el padre de la Unión de Repúblicas Soviéticas Españolas debió de producirle más de un orgasmo. Ser Ministro de Trabajo lo es cualquiera, pero líder de una revolución proletaria…
Desde comienzos de 1934 Largo Caballero considera que es necesario un levantamiento proletario: hay que echar a las derechas del poder y asegurarle a él un lugar preeminente en la Historia de los pueblos. Sus tesis radicales triunfaron en el comité nacional del PSOE , provocando la dimisión de moderados como Besteiro, Saborit y Trifón Gómez. Gracias en buena medida a Largo Caballero, el PSOE desde enero de 1934 inicia una deriva hacia la extralegalidad.
Ya sólo podemos conjeturar lo que habría ocurrido en octubre de 1934 si el PSOE hubiera optado por la legalidad y las derechas hubieran visto en él a un aliado para mantener el orden republicano. Los revolucionarios de octubre hicieron lo peor que pueden hacer los insurgentes: ser derrotados. La revolución de octubre fue un prodigio de mala organización y optimismo desenfrenado. Igual de chapucera que el Alzamiento del 18 de julio de 1936. Lo peor que tuvo fue que colocó a España en la cuesta abajo de la guerra civil. Tras octubre de 1934, las derechas no pudieron ver a las izquierdas más que como unos revolucionarios peligrosos contra los que había que armarse. Las izquierdas, por su parte, llenas de revanchismo y con el recuerdo de la dura represión, sobre todo en Asturias, se prometieron que la próxima vez lo harían mejor y saldarían cuentas debidamente.
Por desgracia, ni el fracaso de octubre de 1934 ni los meses que pasó en la cárcel devolvieron el seso a Largo Caballero. Hay ancianos que en la senectud pierden la cabeza por alguna corista y tratan de volver a sentirse jóvenes entre sus brazos. A Largo Caballero le pasó eso con la revolución. Fue una tragedia para España que sus niveles de testosterona no hubieran sido más elevados y no hubiera optado más bien por vivir alguna aventura loca con alguna obrera del sindicato. Como digo, lo vivido no le había enseñado nada. Durante la campaña electoral de 1936 pronunció perlas como que si las derechas ganaban, él procedería a «declarar la guerra civil». Poco antes había declarado, con moderación manifiesta, que deseaba una República sin lucha de clases y pensaba que para ello era necesario que desapareciera una clase. Pensemos que esto lo decía el líder del principal partido de la izquierda y un hombre que tenía posibilidades reales de llegar al gobierno.
Durante los últimos meses de paz, Largo Caballero se dedicó a lo que mejor sabía hacer por aquellos días: inflamar a las multitudes con soflamas revolucionarias. Toda una demostración de prudencia en el ambiente electrizado de la España de 1936.
En resumen, cuando haya que elaborar la lista de responsables de que España tuviera una guerra civil, uno de los lugares de honor habría que reservárselo a Largo Caballero, el Lenin español.
La carta de JdJ
Querido Ina:
Me propones que te escriba una carta explicándote cuál fue, en mi opinión, el personaje más nefasto de la II República española. Desde entonces a hoy, que he empezado a cabrilear los dedos sobre el teclado, han pasado varios días. No sabía qué escribirte. Fundamentalmente, porque no acababa de entender el sentido de tu propuesta. No sé si por personaje más nefasto de la República entendemos quien más daño le quiso hacer o quien más daño le pudo hacer. Y no es asunto baladí. Porque si la opción es la primera, creo que elegiría al general Sanjurjo, porque fue el personaje que viajó, en poco más de un año, de poner a la guardia civil al servicio de la República a dirigir un golpe de Estado contra ella; además de dirigir el golpe de Estado del 36, algo que la Historia posterior tiende a ocultar. Es, evidentemente, quien menos quiso a la República y quien menos creyó, de consuno, en la capacidad de los españoles de resolver democráticamente sus problemas.
Sanjurjo, no obstante, no fue quien más daño le hizo a la República. Se pasó buena parte de aquellos años obviamente apartado de la vida pública. Quien más daño le hizo a la República, a mi entender, fue Manuel Azaña.
Sí, Azaña, sí. Ya sé, Ina, que Azaña tiene muy buena prensa. Ya sé que es un político que tiene la rara cualidad de que ambas partes del espectro actual, izquierdas y derechas, lo reclaman para su acervo ideológico. Ya sé que, para muchos españoles, Azaña ejemplifica el respeto por los valores democráticos y la ambición de una España mejor, una España moderna, justa y solidaria. Y yo no dudo que Azaña albergaba esos altos deseos. A los políticos, sin embargo, no se les juzga por sus visiones, sino por sus acciones.
En primer lugar, Azaña cargó con algunas de las grandes reformas que tenían que cambiar a España. Fue el adalid del laicismo del Estado (con su famosa sentencia parlamentaria, «España ha dejado de ser católica»); como ministro de la Guerra, realizó la reforma del ejército, una reforma que, a trazo grueso, le copiaría Narcís Serra varias décadas después; y, como presidente del gobierno republicano del primer bienio (1931-1933), impulsó la reforma agraria.
Y, sin embargo, fracasó en los tres intentos.
El laicismo del Estado se consiguió a base de una violencia que la República pagaría muy cara con el tiempo. No cuesta imaginarse las tristes entrevistas que muchos diplomáticos republicanos acabarían teniendo en las cancillerías de Europa y América, durante la guerra civil, pidiendo una ayuda militar y política que no llegaba desde países que les contestaban, machaconamente: es que usted quema iglesias y no hace nada por impedirlo. Estados Unidos tuvo una guerra civil por el asunto de la esclavitud; pero, una vez terminada, a nadie se le ocurrió quemar y saquear las plantaciones sureñas donde habían trabajado generaciones de esclavos negros; y mucho menos se le ocurrió a los políticos yankees dar orden a la Guardia Nacional de observar el espectáculo sin intervenir. En España, sin embargo, el laicismo del Estado significó la patente de corso de la violencia contra el catolicismo; patente de corso que comenzó en el famoso consejo de ministros al que le llegó la noticia del saqueo del convento de la calle de la Flor. El propagandismo franquista se pasó décadas refocilándose en la idea de que Azaña albergaba un resquemor agrio contra los curas. Será verdad sólo a medias, si acaso. Pero lo cierto es que no supo ver, cuando ya era presidente del Gobierno, que la libertad de expresión consiste en defender el derecho de tu enemigo a hablar (porque defender el de tu amigo es demasiado fácil); y que el respeto a las libertades públicas consiste en garantizárselas a quien más odias.
La reforma del ejército consistió en ofrecer a un montón de mandos el retiro a sueldo completo para limpiar los cuarteles de militares estrellados sin otra cosa que hacer que pensar en asonadas. Insisto en que esta reforma fue copiada por el general Gutiérrez Mellado primero, y por Narcís Serra después, durante la Transición y los primeros gobiernos del PSOE. La Historia deberá reconocer, algún día, que Gutiérrez Mellado y Serra lo hicieron setenta veces mejor que Azaña. Básicamente porque cuando el fascismo se planteó dar la vuelta a la tortilla de la Transición, apenas encontró para ello a un marino pirado, un guardia civil dispuesto a todo y un general con ínfulas de ser lo que no era. Sin embargo Azaña, tras su tan cacareada reforma militar, dejó intacto el conflicto básico del ejército español de la época (africanos contra amigos del escalafón) y a la inmensa mayoría de quienes odiaban la República con mando en plaza. A Gutiérrez Mellado le pilló el golpe del 23-F con un solo conspirador de talla al frente de una capitanía general (bueno, dos si contamos a Merry Gordon). El 18 de julio del 36, y sin contar más apoyos que los hubo, Francisco Franco era capitán general de Canarias, dominaba el ejército de África, y Emilio Mola tenía a su disposición Navarra entera, con lo que eso suponía.
Y la reforma agraria. ¡Ay, la reforma agraria!
Hay toda una corriente de la Historia de la República dedicada a esto. Ahora veo que se publican libros tendentes a demostrar que salió mejor de lo que siempre se ha dicho. Yo no dudo que en la República llegase a haber entregas de tierras y, sobre todo, lo que hubo fue la famosa Ley de Términos Municipales, según la cual un patrón agrícola no podía buscar jornaleros en otro pueblo mientras en el suyo hubiese un jornalero parado; ley que generó un alza inmediata de los salarios rurales. Pero es que el problema de la reforma agraria de Azaña no es tanto lo que hizo, como lo que no hizo. Y aquí llegamos al gran reproche que yo, cuando menos, tengo para este político.
Azaña era un maestro de la creación de expectativas. Una persona poco dada a medir sus palabras. Hombre político cien por cien, no escatimaba un apoyo si para conseguirlo tenía que decir algo pasado de tono. Así las cosas, durante el bienio constituyente de la República, durante el cual fue en su mayor parte él presidente del gobierno, utilizó muy a menudo el verbo triturar. Azaña prometió triturar el viejo Estado monárquico, triturar las estructuras de poder económico, triturar todo lo que no le gustaba. Probablemente, en él ese verbo no era más que una metáfora inelegante. Pero Azaña no podía olvidar que, en la misma manifestación y de la mano, llevaba aliados para los cuales el significado del verbo triturar era literal; porque el socialismo de los años 30, en tanto que marxista y propugnador de la lucha de clases, lo que quería era triturar, literalmente, a la derecha política y social.
Así pues, Azaña prometió: trituraremos el viejo régimen. Luego llegó la reforma agraria, y los jornaleros del sur vieron cómo los señoritos de siempre seguían al frente de sus latifundios; jodidos, eso sí; pagando salarios más altos, eso sí. Pero no triturados. Y decidieron triturarlos ellos. Eso fue Castilblanco, o Casas Viejas, el pozo de mierda en el que se ahogó Azaña. Y la culpa la tuvo él, porque él fue quien le dio Red Bull a esos sueños de violencia impune y lucha de clases.
Con los catalanes le pasó exactamente lo mismo. Para ganarse a la Esquerra, que dominaba al electorado catalán como no lo ha vuelto a hacer un partido político en Cataluña ni creo que vuelva jamás, Azaña les cantó los cantos de sirena que hicieron falta. Luego, cuando llegó el momento de rellenar las grandes palabras estatutarias de pesetas, él mismo se tuvo que poner de canto, porque las cuentas no salían. Pero no tuvo, claro, la fuerza moral de frenar las ansias golpistas de la Generalitat cuando, en 1934, las derechas tascaron el freno de la autonomía o, más bien, la frenaron como se frenan los reactores comerciales: invirtiendo los motores. Es más que probable que Azaña tratase, en privado, de refrenar las iras catalanistas, así como las obreristas del PSOE que en el 34 estaba preparando el golpe de Estado que daría en octubre. Pero lo que queda para el juicio de la Historia son las palabras públicas; y en los mitines prerrevolucionarios de Azaña, en sus discursos de finales del 33 y del 34, hay mucho más de veladas amenazas justificadas que de intento de disminuir la crispación. Siempre lo mismo. Hay un LP de los Kinks que se llama: Give the people what they want. Si cambiamos give por tell, tenemos a Manuel Azaña.
De lo que pasó después de las elecciones del Frente Popular, mejor no hablar. Azaña se dejó nombrar presidente de la República, algo que no debió permitir porque sabía que era una jugada de Largo para quitarlo de en medio en el juego del poder. Y, una vez estallada la guerra, fue derivando lentamente hacia posiciones comprensivas y pacíficas (sus famosas tres pes: paz, piedad y perdón) que le habrían hecho un gran favor a España de haber existido, un suponer, en febrero del 36. Porque, a la luz de la modernidad, de nuestros días, es claro que la democracia nos da derecho a batir al contrario en las urnas, pero no a machacarlo. Se dirá: es que Azaña temía el advenimiento del fascismo. Pero, ya que era tan inteligente, podría haberse dado cuenta de qué elemento se repite en multitud de advenimientos fascistas en la Europa de su época: el miedo a la revolución marxista. La mejor manera de luchar contra el fascismo habría sido equidistarse de ambos extremos, haber sido una auténtica izquierda republicana de corte burgués, haber cambiado el país poco a poco pero, eso sí, sin dejar que ni falangistas ni albiñanistas ni japistas extremos, pero tampoco socialistas revolucionarios, anarcosindicalistas, poumistas o comunistas, tirasen una piedra sin recibir una pelota de goma o similar. Ni un solo día de su vida, la República dejó de ser un enorme problema de orden público. Y, de eso, la responsabilidad es de Manuel Azaña, que la gobernó.
Por lo demás, algo que resulta curioso, casi increíble, es que un régimen que llegó mediante una rebelión cívica y pacífica como la del 14 de abril de 1931 estuviese, apenas unas semanas después, provocando muertos, heridos e incendios. En 1931 la olla estaba caliente; pero es obvio que alguien subió el fuego aún más.
Y, aunque en realidad quien más gobernó fue el Partido Radical nadie, durante los cinco años que duró la II República española, tuvo más tiempo en su poder el mando de la cocina que Manuel Azaña. Él fue la gran referencia de la izquierda burguesa, tenía el respeto del Partido Socialista y una creíble imagen exterior. En 1931, podía haber presentado este programa político: paz para todo el país; piedad para los desfavorecidos; perdón para quienes hasta hoy nos han dominado. Pero, para darse cuenta de que ésa era la vía, Manuel Azaña tuvo que perder una guerra civil.
Tampoco es como para alabarle las capacidades visionarias.
Quedan aquí nuestras dos opiniones.
La carta de Inasequible
Querido Juan:
Cuando me propusiste un debate sobre quién fue el político más nefasto de la II República española, al principio creí que sería una cuestión peliaguda. La II República estuvo plagada de medianías, algunas inocuas y otras bastante peligrosas. Ha sido el deseo de reivindicar la II República frente a la dictadura franquista lo que ha hecho que muchas de esas medianías se mitificasen y adquiriesen casi el tinte de genios.
Como te digo, pensé que me costaría encontrar entre tanto mediocre quién fue el más nefasto de todos, pero la respuesta me vino antes de lo que me esperaba. El peor de todos fue, sin duda, Francisco Largo Caballero.
Cuando llegó la República, Largo Caballero era el secretario general del principal partido de izquierdas, el PSOE, y de uno de los principales sindicatos españoles, la UGT. Tenía 62 años y una larga carrera política a sus espaldas: entró en el ayuntamiento de Madrid en 1905 y en las Cortes en 1917 y había sido consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera. Tenía fama de hombre austero y nadie dudaba de su dominio de la cuestión obrera. De hecho fue el primer Ministro de Trabajo de la República y fue un Ministro competente.
El Largo Caballero que me cae simpático termina en 1933 y ahí empieza el Largo Caballero que me irrita y que fue un desastre.
Largo Caballero se tomó fatal la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933. Fue en ese momento donde empieza a dar muestras, como tantos otros políticos de la época, de un concepto patrimonialista de la República: si la República no estaba mandada por los suyos, que eran los verdaderos republicanos, entonces no era legítima y la insurrección se convertía en una herramienta válida para derrocarla.
Es cierto que esta actitud la tuvieron muchos y que ya desde antes de 1933 había muchos políticos españoles con ganas de llegar a las manos con los contrarios. ¿Por qué me parece peor Largo Caballero que José Antonio Primo de Rivera o el fascista José María Albiñana, por poner dos ejemplos? Por la sencilla razón de que Largo Caballero podía movilizar a grandes masas y fue el responsable de la radicalización del principal partido de la izquierda y de uno de los principales sindicatos. José Antonio Primo de Rivera y José María Albiñana jugaban casi en los márgenes del sistema y apenas sí lograban el respeto de sus teóricos aliados de derechas. En una España más tranquila apenas habrían podido jugar al papel de moscas cojoneras. Ellos solitos nunca hubieran podido ni derribar el sistema ni crear disturbios importantes. Largo Caballero sí que tenía las masas para hacerlo y lo intentó. Lo menos que se puede decir es que fue un irresponsable.
He mencionado una de sus motivaciones para actuar como actuó: el sentido patrimonialista de la República. La otra está más extendida y quien esté libre de ella que tire la primera piedra: la vanidad. A Largo Caballero le apodaron el Lenin español y sospecho que el apodo se le subió a la cabeza. Me imagino que la idea de ser el padre de la Unión de Repúblicas Soviéticas Españolas debió de producirle más de un orgasmo. Ser Ministro de Trabajo lo es cualquiera, pero líder de una revolución proletaria…
Desde comienzos de 1934 Largo Caballero considera que es necesario un levantamiento proletario: hay que echar a las derechas del poder y asegurarle a él un lugar preeminente en la Historia de los pueblos. Sus tesis radicales triunfaron en el comité nacional del PSOE , provocando la dimisión de moderados como Besteiro, Saborit y Trifón Gómez. Gracias en buena medida a Largo Caballero, el PSOE desde enero de 1934 inicia una deriva hacia la extralegalidad.
Ya sólo podemos conjeturar lo que habría ocurrido en octubre de 1934 si el PSOE hubiera optado por la legalidad y las derechas hubieran visto en él a un aliado para mantener el orden republicano. Los revolucionarios de octubre hicieron lo peor que pueden hacer los insurgentes: ser derrotados. La revolución de octubre fue un prodigio de mala organización y optimismo desenfrenado. Igual de chapucera que el Alzamiento del 18 de julio de 1936. Lo peor que tuvo fue que colocó a España en la cuesta abajo de la guerra civil. Tras octubre de 1934, las derechas no pudieron ver a las izquierdas más que como unos revolucionarios peligrosos contra los que había que armarse. Las izquierdas, por su parte, llenas de revanchismo y con el recuerdo de la dura represión, sobre todo en Asturias, se prometieron que la próxima vez lo harían mejor y saldarían cuentas debidamente.
Por desgracia, ni el fracaso de octubre de 1934 ni los meses que pasó en la cárcel devolvieron el seso a Largo Caballero. Hay ancianos que en la senectud pierden la cabeza por alguna corista y tratan de volver a sentirse jóvenes entre sus brazos. A Largo Caballero le pasó eso con la revolución. Fue una tragedia para España que sus niveles de testosterona no hubieran sido más elevados y no hubiera optado más bien por vivir alguna aventura loca con alguna obrera del sindicato. Como digo, lo vivido no le había enseñado nada. Durante la campaña electoral de 1936 pronunció perlas como que si las derechas ganaban, él procedería a «declarar la guerra civil». Poco antes había declarado, con moderación manifiesta, que deseaba una República sin lucha de clases y pensaba que para ello era necesario que desapareciera una clase. Pensemos que esto lo decía el líder del principal partido de la izquierda y un hombre que tenía posibilidades reales de llegar al gobierno.
Durante los últimos meses de paz, Largo Caballero se dedicó a lo que mejor sabía hacer por aquellos días: inflamar a las multitudes con soflamas revolucionarias. Toda una demostración de prudencia en el ambiente electrizado de la España de 1936.
En resumen, cuando haya que elaborar la lista de responsables de que España tuviera una guerra civil, uno de los lugares de honor habría que reservárselo a Largo Caballero, el Lenin español.
La carta de JdJ
Querido Ina:
Me propones que te escriba una carta explicándote cuál fue, en mi opinión, el personaje más nefasto de la II República española. Desde entonces a hoy, que he empezado a cabrilear los dedos sobre el teclado, han pasado varios días. No sabía qué escribirte. Fundamentalmente, porque no acababa de entender el sentido de tu propuesta. No sé si por personaje más nefasto de la República entendemos quien más daño le quiso hacer o quien más daño le pudo hacer. Y no es asunto baladí. Porque si la opción es la primera, creo que elegiría al general Sanjurjo, porque fue el personaje que viajó, en poco más de un año, de poner a la guardia civil al servicio de la República a dirigir un golpe de Estado contra ella; además de dirigir el golpe de Estado del 36, algo que la Historia posterior tiende a ocultar. Es, evidentemente, quien menos quiso a la República y quien menos creyó, de consuno, en la capacidad de los españoles de resolver democráticamente sus problemas.
Sanjurjo, no obstante, no fue quien más daño le hizo a la República. Se pasó buena parte de aquellos años obviamente apartado de la vida pública. Quien más daño le hizo a la República, a mi entender, fue Manuel Azaña.
Sí, Azaña, sí. Ya sé, Ina, que Azaña tiene muy buena prensa. Ya sé que es un político que tiene la rara cualidad de que ambas partes del espectro actual, izquierdas y derechas, lo reclaman para su acervo ideológico. Ya sé que, para muchos españoles, Azaña ejemplifica el respeto por los valores democráticos y la ambición de una España mejor, una España moderna, justa y solidaria. Y yo no dudo que Azaña albergaba esos altos deseos. A los políticos, sin embargo, no se les juzga por sus visiones, sino por sus acciones.
En primer lugar, Azaña cargó con algunas de las grandes reformas que tenían que cambiar a España. Fue el adalid del laicismo del Estado (con su famosa sentencia parlamentaria, «España ha dejado de ser católica»); como ministro de la Guerra, realizó la reforma del ejército, una reforma que, a trazo grueso, le copiaría Narcís Serra varias décadas después; y, como presidente del gobierno republicano del primer bienio (1931-1933), impulsó la reforma agraria.
Y, sin embargo, fracasó en los tres intentos.
El laicismo del Estado se consiguió a base de una violencia que la República pagaría muy cara con el tiempo. No cuesta imaginarse las tristes entrevistas que muchos diplomáticos republicanos acabarían teniendo en las cancillerías de Europa y América, durante la guerra civil, pidiendo una ayuda militar y política que no llegaba desde países que les contestaban, machaconamente: es que usted quema iglesias y no hace nada por impedirlo. Estados Unidos tuvo una guerra civil por el asunto de la esclavitud; pero, una vez terminada, a nadie se le ocurrió quemar y saquear las plantaciones sureñas donde habían trabajado generaciones de esclavos negros; y mucho menos se le ocurrió a los políticos yankees dar orden a la Guardia Nacional de observar el espectáculo sin intervenir. En España, sin embargo, el laicismo del Estado significó la patente de corso de la violencia contra el catolicismo; patente de corso que comenzó en el famoso consejo de ministros al que le llegó la noticia del saqueo del convento de la calle de la Flor. El propagandismo franquista se pasó décadas refocilándose en la idea de que Azaña albergaba un resquemor agrio contra los curas. Será verdad sólo a medias, si acaso. Pero lo cierto es que no supo ver, cuando ya era presidente del Gobierno, que la libertad de expresión consiste en defender el derecho de tu enemigo a hablar (porque defender el de tu amigo es demasiado fácil); y que el respeto a las libertades públicas consiste en garantizárselas a quien más odias.
La reforma del ejército consistió en ofrecer a un montón de mandos el retiro a sueldo completo para limpiar los cuarteles de militares estrellados sin otra cosa que hacer que pensar en asonadas. Insisto en que esta reforma fue copiada por el general Gutiérrez Mellado primero, y por Narcís Serra después, durante la Transición y los primeros gobiernos del PSOE. La Historia deberá reconocer, algún día, que Gutiérrez Mellado y Serra lo hicieron setenta veces mejor que Azaña. Básicamente porque cuando el fascismo se planteó dar la vuelta a la tortilla de la Transición, apenas encontró para ello a un marino pirado, un guardia civil dispuesto a todo y un general con ínfulas de ser lo que no era. Sin embargo Azaña, tras su tan cacareada reforma militar, dejó intacto el conflicto básico del ejército español de la época (africanos contra amigos del escalafón) y a la inmensa mayoría de quienes odiaban la República con mando en plaza. A Gutiérrez Mellado le pilló el golpe del 23-F con un solo conspirador de talla al frente de una capitanía general (bueno, dos si contamos a Merry Gordon). El 18 de julio del 36, y sin contar más apoyos que los hubo, Francisco Franco era capitán general de Canarias, dominaba el ejército de África, y Emilio Mola tenía a su disposición Navarra entera, con lo que eso suponía.
Y la reforma agraria. ¡Ay, la reforma agraria!
Hay toda una corriente de la Historia de la República dedicada a esto. Ahora veo que se publican libros tendentes a demostrar que salió mejor de lo que siempre se ha dicho. Yo no dudo que en la República llegase a haber entregas de tierras y, sobre todo, lo que hubo fue la famosa Ley de Términos Municipales, según la cual un patrón agrícola no podía buscar jornaleros en otro pueblo mientras en el suyo hubiese un jornalero parado; ley que generó un alza inmediata de los salarios rurales. Pero es que el problema de la reforma agraria de Azaña no es tanto lo que hizo, como lo que no hizo. Y aquí llegamos al gran reproche que yo, cuando menos, tengo para este político.
Azaña era un maestro de la creación de expectativas. Una persona poco dada a medir sus palabras. Hombre político cien por cien, no escatimaba un apoyo si para conseguirlo tenía que decir algo pasado de tono. Así las cosas, durante el bienio constituyente de la República, durante el cual fue en su mayor parte él presidente del gobierno, utilizó muy a menudo el verbo triturar. Azaña prometió triturar el viejo Estado monárquico, triturar las estructuras de poder económico, triturar todo lo que no le gustaba. Probablemente, en él ese verbo no era más que una metáfora inelegante. Pero Azaña no podía olvidar que, en la misma manifestación y de la mano, llevaba aliados para los cuales el significado del verbo triturar era literal; porque el socialismo de los años 30, en tanto que marxista y propugnador de la lucha de clases, lo que quería era triturar, literalmente, a la derecha política y social.
Así pues, Azaña prometió: trituraremos el viejo régimen. Luego llegó la reforma agraria, y los jornaleros del sur vieron cómo los señoritos de siempre seguían al frente de sus latifundios; jodidos, eso sí; pagando salarios más altos, eso sí. Pero no triturados. Y decidieron triturarlos ellos. Eso fue Castilblanco, o Casas Viejas, el pozo de mierda en el que se ahogó Azaña. Y la culpa la tuvo él, porque él fue quien le dio Red Bull a esos sueños de violencia impune y lucha de clases.
Con los catalanes le pasó exactamente lo mismo. Para ganarse a la Esquerra, que dominaba al electorado catalán como no lo ha vuelto a hacer un partido político en Cataluña ni creo que vuelva jamás, Azaña les cantó los cantos de sirena que hicieron falta. Luego, cuando llegó el momento de rellenar las grandes palabras estatutarias de pesetas, él mismo se tuvo que poner de canto, porque las cuentas no salían. Pero no tuvo, claro, la fuerza moral de frenar las ansias golpistas de la Generalitat cuando, en 1934, las derechas tascaron el freno de la autonomía o, más bien, la frenaron como se frenan los reactores comerciales: invirtiendo los motores. Es más que probable que Azaña tratase, en privado, de refrenar las iras catalanistas, así como las obreristas del PSOE que en el 34 estaba preparando el golpe de Estado que daría en octubre. Pero lo que queda para el juicio de la Historia son las palabras públicas; y en los mitines prerrevolucionarios de Azaña, en sus discursos de finales del 33 y del 34, hay mucho más de veladas amenazas justificadas que de intento de disminuir la crispación. Siempre lo mismo. Hay un LP de los Kinks que se llama: Give the people what they want. Si cambiamos give por tell, tenemos a Manuel Azaña.
De lo que pasó después de las elecciones del Frente Popular, mejor no hablar. Azaña se dejó nombrar presidente de la República, algo que no debió permitir porque sabía que era una jugada de Largo para quitarlo de en medio en el juego del poder. Y, una vez estallada la guerra, fue derivando lentamente hacia posiciones comprensivas y pacíficas (sus famosas tres pes: paz, piedad y perdón) que le habrían hecho un gran favor a España de haber existido, un suponer, en febrero del 36. Porque, a la luz de la modernidad, de nuestros días, es claro que la democracia nos da derecho a batir al contrario en las urnas, pero no a machacarlo. Se dirá: es que Azaña temía el advenimiento del fascismo. Pero, ya que era tan inteligente, podría haberse dado cuenta de qué elemento se repite en multitud de advenimientos fascistas en la Europa de su época: el miedo a la revolución marxista. La mejor manera de luchar contra el fascismo habría sido equidistarse de ambos extremos, haber sido una auténtica izquierda republicana de corte burgués, haber cambiado el país poco a poco pero, eso sí, sin dejar que ni falangistas ni albiñanistas ni japistas extremos, pero tampoco socialistas revolucionarios, anarcosindicalistas, poumistas o comunistas, tirasen una piedra sin recibir una pelota de goma o similar. Ni un solo día de su vida, la República dejó de ser un enorme problema de orden público. Y, de eso, la responsabilidad es de Manuel Azaña, que la gobernó.
Por lo demás, algo que resulta curioso, casi increíble, es que un régimen que llegó mediante una rebelión cívica y pacífica como la del 14 de abril de 1931 estuviese, apenas unas semanas después, provocando muertos, heridos e incendios. En 1931 la olla estaba caliente; pero es obvio que alguien subió el fuego aún más.
Y, aunque en realidad quien más gobernó fue el Partido Radical nadie, durante los cinco años que duró la II República española, tuvo más tiempo en su poder el mando de la cocina que Manuel Azaña. Él fue la gran referencia de la izquierda burguesa, tenía el respeto del Partido Socialista y una creíble imagen exterior. En 1931, podía haber presentado este programa político: paz para todo el país; piedad para los desfavorecidos; perdón para quienes hasta hoy nos han dominado. Pero, para darse cuenta de que ésa era la vía, Manuel Azaña tuvo que perder una guerra civil.
Tampoco es como para alabarle las capacidades visionarias.
Etiquetas:
Cartas cruzadas,
II República,
Siglo XX
domingo, marzo 04, 2007
[Pequeña] nómina de asonadas
Una de las cosas para las que me parece útil el conocimiento de la Historia es para luchar contra los tópicos. Dado que en el pasado, muchas veces, las cosas no fueron como ahora, conocer la Historia supone luchar contra esa sensación tópica que mucha gente tiene (por eso es tópica) de que todo lo que vivimos hoy lo hemos vivido siempre.
Una sensación tópica con la que he vivido desde hace muchos años es una suerte de superioridad que no pocas personas en España sienten hacia otros países de habla hispana. Esta sensación parte de la consideración de España, y de su Historia, como un ente que se ha visto y se ve libre de los problemas estructurales que se hacen evidentes en no pocos países de Latinoamérica.
Lo cierto, sin embargo, es que no hay un solo problema que estos países experimenten o hayan experimentado que nos sea ajeno a nosotros. Es cierto, por ejemplo, que en los países latinoamericanos ha habido dictaduras pavorosas; también lo es que alguno de ellos, caso de Chile, acumulan en su Historia más años de democracia que nosotros mismos. Es cierto que no pocos países latinoamericanos están fuertemente endeudados; como lo es que en la España de finales del siglo XIX el servicio de la deuda estatal consumía casi la mitad del presupuesto público, situación de bancarrota de facto que algunos países latinoamericanos no han alcanzado nunca.
También se suele recordar mucho, en España, lo comunes que son las asonadas militares en los países latinoamericanos. Y de eso va este post.
Lo que sigue es la descripción somera de los pronunciamientos militares ocurridos en España de los que yo tengo noticia por mis lecturas, a lo largo del siglo XIX.
Todos sabemos que esta Historia empieza con el 2 de mayo, fecha en la que se produce un levantamiento popular contra los franceses invasores. Levantamiento que, tras varios años de guerrilla y guerra a secas, consiguió la salida de las tropas de Napoleón y el regreso a España de Fernando VII, rey Borbón, a quien el pueblo de Madrid saludó con el grito de ¡Vivan las caenas!, o sea viva las cadenas, en indicación de rechazo a las ideas liberales y democráticas de los franceses y el apoyo al absolutismo español de toda la vida.
Fernando VII militaba, a todas luces, en aquella idea de que España debía ser una monarquía absoluta, así pues, apoyado como he dicho por el pueblo, procedió, nada más llegar a la capital de España, a clausurar el palacio de María de Aragón, donde se reunían las Cortes nacidas del sueño de Cádiz, y a perseguir a los liberales.
Esto, sin embargo, airó a no pocos liberales, algunos de ellos militares, que habían ansiado la vuelta del rey, pero de un rey más democrático. Por eso, en diciembre de 1814, el general Espoz y Mina comenzó la larga retahíla de golpes de Estado militares decimonónicos, con un intento fallido de asaltar la ciudadela de Pamplona, tras el cual huyó a Francia [Nota para coruñeses: la mujer de Espoz y Mina era doña Juana de Vega, mujer que da nombre a una centriquísima calle de nuestra ciudad]. Pocos meses después, en 1815, era el general Díaz Porlier quien dirigía un golpe de Estado liberal en Galicia, también fracasado, que le costó la vida, pues fue ahorcado. En 1816 aún hubo otra conspiración liberal, conocida como El Triángulo, de resultas de la cual fue también ahorcado uno de sus cabecillas, Vicente Richard.
Cero de tres es un resultado como para desanimar a cualquiera. Pero no a nuestros militares afrancesados. Esperaron un poquito, hasta el 5 de abril de 1817, fecha del levantamiento de Caldetas, dirigido por los generales Lacy y Miláns del Bosch, antepasado éste del Miláns del Bosch que asimismo se alzaría contra el gobierno democrático en Valencia el 23 de febrero de 1981. En 1818, por supuesto, tocaba golpe, aunque no hubo, porque fue abortado por la policía antes de tiempo. Su inspirador, el coronel Joaquín Vidal, fue apresado y ahorcado, algunos meses después, junto con otros catorce colegas de asonada.
El empeño de los liberales por dar el golpe (en los dos sentidos de la frase) acabaría por encontrar su razón de ser en la famosísima sublevación de Cabezas de San Juan; la de Riego, sí.
La cosa es como sigue. En las postrimerías de 1819, las cosas en la América española se estaban poniendo decúbito prono para España pues todos los pueblos del Cono Sur y Centroamérica suspiraban, y más que suspiraban, por su independencia. Fernando VII se dio cuenta de que tenía que enviar allí a los marines a repartir leches, razón por la cual concentró en Cádiz a un número nada desdeñable de tropas, a las órdenes del general O’Donell. Aquella guerra, la de América, era a principios del siglo XIX tan impopular entre la tropa como lo sería la de Marruecos cien años después; ni soldados ni oficiales querían ir a Perú, a Colombia, a Chile o a la Pampa a diñarla de cualquier mosquetonazo. Al parecer, aquéllos que aún sentían arder en su pecho el fuego patrio lo apagaron con la ayuda de los reales de vellón de, generosamente, habrían repartido ciertos extraños señores argentinos que a Cádiz se allegaron para comprar voluntades. El gobierno, mosqueado con O’Donell, le quitó el mando; pero no, no era él quien más trabajaba por el golpe, sino eso que llamamos los mandos intermedios. El 1 de enero de 1820, el comandante del segundo batallón de Asturias, Rafael del Riego, se pronunció en Cabezas de San Juan y declamó: a América, que vaya la repostera autora de tus días. Esta vez, sin embargo, no se produjo el tipo fueguillo rápidamente acalmado; no habían pasado más que unas horas y al pronunciamiento de Riego se unían otros en La Coruña, Ferrol y Vigo (esa liberal Galicia decimonónica), y luego el pronunciamiento del marqués de Lazán en Zaragoza, Mina en Navarra y, finalmente, el de O’Donell en Ocaña.
El rey juró la Constitución liberal y Riego quedaría impreso en nuestra iconografía como símbolo de la libertad. Él y su himno, que es el himno que, por error, hace un año o así le tocaron al equipo español de Copa Davis en Australia. Ese himno que mucha gente canta con una letra que dice:
Si los curas y frailes supieran
la paliza que van a llevar
bajarían del coro cantando:
¡Libertad, libertad, libertad!
Aunque yo puedo ofrecer otras versiones de la época. Por ejemplo, ésta se cantaba por los tiempos de primera guerra carlista:
Disfrazado de perro de presa
un carlista se vino a Madrid
pero un guardia del Ayuntamiento
la morcilla le dio en Chamberí.
O ésta otra, propia de algunos años más tarde:
Espartero le dio a la reina
¡Hija mía de mi corazón
si no tienes bastante milicia
formaremos otro batallón…
El siguiente golpe de Estado se produce en 1823, que es lo que tarda Fernando VII en hartarse de la farsa liberal y conseguir que las monarquías absolutas europeas le metan en España a los Cien Mil Hijos de San Luis para darle la vuelta a la tortilla.
Como es bien sabido, en aquella Corte absolutista again de Fernando VII, el rey Capullo, se produjo el choque de trenes de la competencia entre dos mujeres, ambas cuñadas del rey. Eran ellas María Francisca, esposa del infante Don Carlos (de donde el carlismo); y la otra Luisa Carlota, esposa del también infante Francisco de Paula. Eran, pues, el Marichalar y el Urdangarín de la época, sólo que ellas manejaban de la leche y venían a representar las dos vías de evolución de la monarquía borbónica: una, absolutista a machamartillo y la otra, algo más moderada y liberaloide.
María Francisca fue la primera en mover ficha con las asonadas del brigadier Capapé, por un lado; y de los generales Grimarest y Bessières, por el otro. No llegaron a nada porque los ejércitos estaban hasta las cejas de oficiales liberales, así pues era difícil moverlos con un objetivo absolutista. Posteriormente, un cabecilla absolutista catalán, José Bussons, conocido como El Jep dels Estanys, y el coronel Rafi-Vidal, dieron otro golpe de Estado, fracasado, en Cataluña.
Muerto el rey y comenzadas las guerras carlistas, la rueda de las asonadas no dejó de rodar. Poco después de dicho fallecimiento, el capitán Cardero dirigió un golpe de Estado contra el gobierno moderado, golpe que consistió en tomar con ochocientos hombres la Casa de Correos (actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol) y hacerse fuerte allí. Fue un golpe de coña, pero aún así fue trágico porque el general que allí fue a sofocarlo, José Canterac, habría de morir estúpidamente. Los sublevados, por cierto, no fueron castigados. Salieron de la Casa tocando marchitas y más contentos que unas pascuas, camino del frente del Norte.
También hemos de anotar, en aquella época, el golpe del general Latre en Andalucía, o el motín de los sargentos de La Granja, en el que la regente fue obligada a firmar un decreto volviendo a poner en vigor la Constitución del 12, La Pepa. O la sublevación de oficiales de la brigada de Van-Halen en Aravaca [siempre que leo esto me los imagino bajando a Madrid por la cuesta de las Perdices, con melenas hasta los hombros y guitarras eléctricas]; o la sublevación de Miranda de Ebro donde perdió la vida Ceballos de la Escalera; o la de Pamplona, donde moriría el general Sarsfield.
En 1840, terminada la guerra civil (por el momento), progresistas y moderados debían convivir; pero lo cierto es que éstos últimos, apoyados por la reina regente, querían el mal del jefe progresista Espartero y quedarse con el poder. Por esta razón, en octubre de 1841, dos generales: Manuel de la Concha y Diego de León, dirigen una operación de secuestro de la reina Isabel II y de su hermana la infanta Luisa Fernanda, secuestro que no puede llevarse a cabo por la heroica resistencia del regimiento de alabarderos de palacio, al mando del coronel Dulce.
Espartero creyó haber cortado la cabeza de la serpiente con la ejecución de Diego de León. Sin embargo, poco después de la ejecución, Borso di Carminati se alzó en Zaragoza, y se vio secundado por Piquero y Montes de Oca en Vitoria, O’Donell en Pamplona (sí, el mismo que se había unido a Riego; hay militares que le dan a pelo y a pluma) y Oribe en Toro. La sublevación, no obstante, fracasó.
En 1843, sin embargo, los enemigos de los progresistas habían conseguido crear un ambiente en su contra en media España. El general Narváez, el Espadón de Loja, se había coligado con el general Serrano, el que hoy da nombre a la calle pija, así como Zurbano y Seoane; se alzó en Torrejón de Ardoz, donde aún no había una base militar estadounidense, pero se dominaba Madrid. El regente salió por patas de España.
No obstante, dentro del propio gobierno conservador habría disensiones, y la negativa que recibieron sus facciones más progres de reformar la Constitución les movió a montar, casi ipso facto, movidas en Cataluña, Aragón, Galicia, Alicante, Murcia y Cartagena. Los progresistas, por su parte, se nuclearon alrededor del general Zurbano –such is life‑ el cual se animó a alzarse en su tierra, Logroño, más concretamente en las cercanías de Haro, en un pronunciamiento que Narváez aplastó sin demasiado esfuerzo, y que le costó la vida.
No obstante, ya hemos visto que los progresistas, o sea liberales, no cejaban fácilmente en el empeño de alzarse. El 2 de abril de 1846 hubo una sublevación en Lugo; en mayo de 1848, el comandante Buceta toma la plaza Mayor de Madrid, invasión que declinó no sin una dura lucha en la que moriría el general José Fulgosio. En Sevilla, poco después, se sublevaron el comandante Del Portal y el capitán Mola (abuelo del general Mola que se alzaría con Franco el 18 de julio de 1936). En febrero de 1854 el golpe fue en Zaragoza y lo dio el coronel Hose. En junio, nuevamente O’Donell, junto con los generales Dulce, Ros de Olano y Echagüe, se enfrentaría con las tropas gubernamentales, comandadas por el general Blaser, el puente de Vicálvaro, enfrentamiento tras el cual se retiraron al bello castillo de Manzanares, desde donde se lanzaría un célebre manifiesto, que redactó el no menos célebre político Antonio Cánovas del Castillo. Espartero apareció en Zaragoza y en Madrid el pueblo se sublevó, a las órdenes del general Evaristo San Miguel. Entre la Vicalvarada, la llegada de Espartero y tal, la revolución triunfó.
¿Tranquilidad? Ni de coña. En 1856, dos años después, ya estaban los propios liberales progresistas divididos. El personal adoraba a Espartero, pero odiaba a O’Donell, que era ministro de la guerra. Por ello, la Milicia Nacional se alzó contra él y O’Donell tuvo que reunir para hacerle frente nada menos que 10.000 hombres. A partir de ahí la cosa se calma un poco, entre otras cosas porque estábamos en guerra en África y no era cosa de andar con milongas. Pero, aún así, en 1860 habría un pronunciamiento carlista, dirigido por el mariscal Jaime Ortega.
Para entonces, gobernaba O’Donell y su Unión Patriótica, pero, a pesar de la retirada de Espartero a Logroño, había otros militares liberales que querían destacar. Por ejemplo, Juan Prim, quien dirigió el pronunciamiento de Villarejo, en enero de 1866. Tampoco hay que olvidar la sublevación del cuartel de San Gil, el 22 de junio de 1866, cuando los progresistas jugaron un órdago contra O’Donell con el concurso de Manuel Becerra y de conocidos conspiradores como Pierrad. Este golpe dio para dos días de luchas y casi mil muertos (a los que hay que sumar 68, sí, 68 fusilados).
Muerto O’Donell le sucedió González Bravo, quien dejó de hacer caso a algunos militares amigos del conde de La Bisbal, lo cual provocó que éstos empezasen a pensar, rápidamente, en apiolárselo. Para ello no dudaron en aliarse con Prim, el cual, hemos de recordar, se había alzado contra su otrora jefe político. Pero les dio igual. Esta alianza de difícil naturaleza fue la que estuvo detrás del alzamiento, el 18 de septiembre de 1868, del comandante de la fragata Zaragoza, Topete, en Cádiz; alzamiento que terminaría con la victoria del puente de Alcolea y esa revolución que llamamos La Gloriosa, por la cual la reina Isabel II fue puesta de patitas en Francia. Aquel experimento, como sabemos, acabaría con la disolución del parlamento por el general Pavía y el golpe de Estado de Martínez Campos que trajo de nuevo a los Borbones a España en la persona de Alfonso XII.
Tras la Restauración, el golpismo quedó de manos de los políticos progresistas más radicales, sobre todo Ruiz Zorrilla, quien llegó a alzar tropas, con poco éxito, en Badajoz. Luego empezó la moda de los levantamientos republicanos. Un tal Ferrándiz, comandante, se alzó con treinta soldados (sic) en Santa Coloma de Farnés; otro sargento, llamado Casero, lo hizo en Cartagena y en Madrid, en septiembre de 1889, se alzó el brigadier Villacampa.
¿Los habéis contado? Yo sí: son cuarenta. Entre 1808 y 1889, que son 80 años, contáis cuarenta asonadas, y seguro que no están todas. Y ni siquiera hemos terminado el siglo. En el siglo XX aún nos quedarían por contar el golpe de Primo de Rivera, los dos golpes contra Primo (el de San Juan y el de Sánchez Guerra), la sublevación de Jaca, la de Cuatro Vientos, la revolución de Asturias; podemos incluir en la lista de golpes ese nonato que fue la creación de las Juntas de Defensa; y, por supuesto, no podemos olvidar ni el golpe de estado de 1936 ni el de 1981.
Con esta cantidad de muertos en el armario, ¿quién se siente superior?
Una sensación tópica con la que he vivido desde hace muchos años es una suerte de superioridad que no pocas personas en España sienten hacia otros países de habla hispana. Esta sensación parte de la consideración de España, y de su Historia, como un ente que se ha visto y se ve libre de los problemas estructurales que se hacen evidentes en no pocos países de Latinoamérica.
Lo cierto, sin embargo, es que no hay un solo problema que estos países experimenten o hayan experimentado que nos sea ajeno a nosotros. Es cierto, por ejemplo, que en los países latinoamericanos ha habido dictaduras pavorosas; también lo es que alguno de ellos, caso de Chile, acumulan en su Historia más años de democracia que nosotros mismos. Es cierto que no pocos países latinoamericanos están fuertemente endeudados; como lo es que en la España de finales del siglo XIX el servicio de la deuda estatal consumía casi la mitad del presupuesto público, situación de bancarrota de facto que algunos países latinoamericanos no han alcanzado nunca.
También se suele recordar mucho, en España, lo comunes que son las asonadas militares en los países latinoamericanos. Y de eso va este post.
Lo que sigue es la descripción somera de los pronunciamientos militares ocurridos en España de los que yo tengo noticia por mis lecturas, a lo largo del siglo XIX.
Todos sabemos que esta Historia empieza con el 2 de mayo, fecha en la que se produce un levantamiento popular contra los franceses invasores. Levantamiento que, tras varios años de guerrilla y guerra a secas, consiguió la salida de las tropas de Napoleón y el regreso a España de Fernando VII, rey Borbón, a quien el pueblo de Madrid saludó con el grito de ¡Vivan las caenas!, o sea viva las cadenas, en indicación de rechazo a las ideas liberales y democráticas de los franceses y el apoyo al absolutismo español de toda la vida.
Fernando VII militaba, a todas luces, en aquella idea de que España debía ser una monarquía absoluta, así pues, apoyado como he dicho por el pueblo, procedió, nada más llegar a la capital de España, a clausurar el palacio de María de Aragón, donde se reunían las Cortes nacidas del sueño de Cádiz, y a perseguir a los liberales.
Esto, sin embargo, airó a no pocos liberales, algunos de ellos militares, que habían ansiado la vuelta del rey, pero de un rey más democrático. Por eso, en diciembre de 1814, el general Espoz y Mina comenzó la larga retahíla de golpes de Estado militares decimonónicos, con un intento fallido de asaltar la ciudadela de Pamplona, tras el cual huyó a Francia [Nota para coruñeses: la mujer de Espoz y Mina era doña Juana de Vega, mujer que da nombre a una centriquísima calle de nuestra ciudad]. Pocos meses después, en 1815, era el general Díaz Porlier quien dirigía un golpe de Estado liberal en Galicia, también fracasado, que le costó la vida, pues fue ahorcado. En 1816 aún hubo otra conspiración liberal, conocida como El Triángulo, de resultas de la cual fue también ahorcado uno de sus cabecillas, Vicente Richard.
Cero de tres es un resultado como para desanimar a cualquiera. Pero no a nuestros militares afrancesados. Esperaron un poquito, hasta el 5 de abril de 1817, fecha del levantamiento de Caldetas, dirigido por los generales Lacy y Miláns del Bosch, antepasado éste del Miláns del Bosch que asimismo se alzaría contra el gobierno democrático en Valencia el 23 de febrero de 1981. En 1818, por supuesto, tocaba golpe, aunque no hubo, porque fue abortado por la policía antes de tiempo. Su inspirador, el coronel Joaquín Vidal, fue apresado y ahorcado, algunos meses después, junto con otros catorce colegas de asonada.
El empeño de los liberales por dar el golpe (en los dos sentidos de la frase) acabaría por encontrar su razón de ser en la famosísima sublevación de Cabezas de San Juan; la de Riego, sí.
La cosa es como sigue. En las postrimerías de 1819, las cosas en la América española se estaban poniendo decúbito prono para España pues todos los pueblos del Cono Sur y Centroamérica suspiraban, y más que suspiraban, por su independencia. Fernando VII se dio cuenta de que tenía que enviar allí a los marines a repartir leches, razón por la cual concentró en Cádiz a un número nada desdeñable de tropas, a las órdenes del general O’Donell. Aquella guerra, la de América, era a principios del siglo XIX tan impopular entre la tropa como lo sería la de Marruecos cien años después; ni soldados ni oficiales querían ir a Perú, a Colombia, a Chile o a la Pampa a diñarla de cualquier mosquetonazo. Al parecer, aquéllos que aún sentían arder en su pecho el fuego patrio lo apagaron con la ayuda de los reales de vellón de, generosamente, habrían repartido ciertos extraños señores argentinos que a Cádiz se allegaron para comprar voluntades. El gobierno, mosqueado con O’Donell, le quitó el mando; pero no, no era él quien más trabajaba por el golpe, sino eso que llamamos los mandos intermedios. El 1 de enero de 1820, el comandante del segundo batallón de Asturias, Rafael del Riego, se pronunció en Cabezas de San Juan y declamó: a América, que vaya la repostera autora de tus días. Esta vez, sin embargo, no se produjo el tipo fueguillo rápidamente acalmado; no habían pasado más que unas horas y al pronunciamiento de Riego se unían otros en La Coruña, Ferrol y Vigo (esa liberal Galicia decimonónica), y luego el pronunciamiento del marqués de Lazán en Zaragoza, Mina en Navarra y, finalmente, el de O’Donell en Ocaña.
El rey juró la Constitución liberal y Riego quedaría impreso en nuestra iconografía como símbolo de la libertad. Él y su himno, que es el himno que, por error, hace un año o así le tocaron al equipo español de Copa Davis en Australia. Ese himno que mucha gente canta con una letra que dice:
Si los curas y frailes supieran
la paliza que van a llevar
bajarían del coro cantando:
¡Libertad, libertad, libertad!
Aunque yo puedo ofrecer otras versiones de la época. Por ejemplo, ésta se cantaba por los tiempos de primera guerra carlista:
Disfrazado de perro de presa
un carlista se vino a Madrid
pero un guardia del Ayuntamiento
la morcilla le dio en Chamberí.
O ésta otra, propia de algunos años más tarde:
Espartero le dio a la reina
¡Hija mía de mi corazón
si no tienes bastante milicia
formaremos otro batallón…
El siguiente golpe de Estado se produce en 1823, que es lo que tarda Fernando VII en hartarse de la farsa liberal y conseguir que las monarquías absolutas europeas le metan en España a los Cien Mil Hijos de San Luis para darle la vuelta a la tortilla.
Como es bien sabido, en aquella Corte absolutista again de Fernando VII, el rey Capullo, se produjo el choque de trenes de la competencia entre dos mujeres, ambas cuñadas del rey. Eran ellas María Francisca, esposa del infante Don Carlos (de donde el carlismo); y la otra Luisa Carlota, esposa del también infante Francisco de Paula. Eran, pues, el Marichalar y el Urdangarín de la época, sólo que ellas manejaban de la leche y venían a representar las dos vías de evolución de la monarquía borbónica: una, absolutista a machamartillo y la otra, algo más moderada y liberaloide.
María Francisca fue la primera en mover ficha con las asonadas del brigadier Capapé, por un lado; y de los generales Grimarest y Bessières, por el otro. No llegaron a nada porque los ejércitos estaban hasta las cejas de oficiales liberales, así pues era difícil moverlos con un objetivo absolutista. Posteriormente, un cabecilla absolutista catalán, José Bussons, conocido como El Jep dels Estanys, y el coronel Rafi-Vidal, dieron otro golpe de Estado, fracasado, en Cataluña.
Muerto el rey y comenzadas las guerras carlistas, la rueda de las asonadas no dejó de rodar. Poco después de dicho fallecimiento, el capitán Cardero dirigió un golpe de Estado contra el gobierno moderado, golpe que consistió en tomar con ochocientos hombres la Casa de Correos (actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol) y hacerse fuerte allí. Fue un golpe de coña, pero aún así fue trágico porque el general que allí fue a sofocarlo, José Canterac, habría de morir estúpidamente. Los sublevados, por cierto, no fueron castigados. Salieron de la Casa tocando marchitas y más contentos que unas pascuas, camino del frente del Norte.
También hemos de anotar, en aquella época, el golpe del general Latre en Andalucía, o el motín de los sargentos de La Granja, en el que la regente fue obligada a firmar un decreto volviendo a poner en vigor la Constitución del 12, La Pepa. O la sublevación de oficiales de la brigada de Van-Halen en Aravaca [siempre que leo esto me los imagino bajando a Madrid por la cuesta de las Perdices, con melenas hasta los hombros y guitarras eléctricas]; o la sublevación de Miranda de Ebro donde perdió la vida Ceballos de la Escalera; o la de Pamplona, donde moriría el general Sarsfield.
En 1840, terminada la guerra civil (por el momento), progresistas y moderados debían convivir; pero lo cierto es que éstos últimos, apoyados por la reina regente, querían el mal del jefe progresista Espartero y quedarse con el poder. Por esta razón, en octubre de 1841, dos generales: Manuel de la Concha y Diego de León, dirigen una operación de secuestro de la reina Isabel II y de su hermana la infanta Luisa Fernanda, secuestro que no puede llevarse a cabo por la heroica resistencia del regimiento de alabarderos de palacio, al mando del coronel Dulce.
Espartero creyó haber cortado la cabeza de la serpiente con la ejecución de Diego de León. Sin embargo, poco después de la ejecución, Borso di Carminati se alzó en Zaragoza, y se vio secundado por Piquero y Montes de Oca en Vitoria, O’Donell en Pamplona (sí, el mismo que se había unido a Riego; hay militares que le dan a pelo y a pluma) y Oribe en Toro. La sublevación, no obstante, fracasó.
En 1843, sin embargo, los enemigos de los progresistas habían conseguido crear un ambiente en su contra en media España. El general Narváez, el Espadón de Loja, se había coligado con el general Serrano, el que hoy da nombre a la calle pija, así como Zurbano y Seoane; se alzó en Torrejón de Ardoz, donde aún no había una base militar estadounidense, pero se dominaba Madrid. El regente salió por patas de España.
No obstante, dentro del propio gobierno conservador habría disensiones, y la negativa que recibieron sus facciones más progres de reformar la Constitución les movió a montar, casi ipso facto, movidas en Cataluña, Aragón, Galicia, Alicante, Murcia y Cartagena. Los progresistas, por su parte, se nuclearon alrededor del general Zurbano –such is life‑ el cual se animó a alzarse en su tierra, Logroño, más concretamente en las cercanías de Haro, en un pronunciamiento que Narváez aplastó sin demasiado esfuerzo, y que le costó la vida.
No obstante, ya hemos visto que los progresistas, o sea liberales, no cejaban fácilmente en el empeño de alzarse. El 2 de abril de 1846 hubo una sublevación en Lugo; en mayo de 1848, el comandante Buceta toma la plaza Mayor de Madrid, invasión que declinó no sin una dura lucha en la que moriría el general José Fulgosio. En Sevilla, poco después, se sublevaron el comandante Del Portal y el capitán Mola (abuelo del general Mola que se alzaría con Franco el 18 de julio de 1936). En febrero de 1854 el golpe fue en Zaragoza y lo dio el coronel Hose. En junio, nuevamente O’Donell, junto con los generales Dulce, Ros de Olano y Echagüe, se enfrentaría con las tropas gubernamentales, comandadas por el general Blaser, el puente de Vicálvaro, enfrentamiento tras el cual se retiraron al bello castillo de Manzanares, desde donde se lanzaría un célebre manifiesto, que redactó el no menos célebre político Antonio Cánovas del Castillo. Espartero apareció en Zaragoza y en Madrid el pueblo se sublevó, a las órdenes del general Evaristo San Miguel. Entre la Vicalvarada, la llegada de Espartero y tal, la revolución triunfó.
¿Tranquilidad? Ni de coña. En 1856, dos años después, ya estaban los propios liberales progresistas divididos. El personal adoraba a Espartero, pero odiaba a O’Donell, que era ministro de la guerra. Por ello, la Milicia Nacional se alzó contra él y O’Donell tuvo que reunir para hacerle frente nada menos que 10.000 hombres. A partir de ahí la cosa se calma un poco, entre otras cosas porque estábamos en guerra en África y no era cosa de andar con milongas. Pero, aún así, en 1860 habría un pronunciamiento carlista, dirigido por el mariscal Jaime Ortega.
Para entonces, gobernaba O’Donell y su Unión Patriótica, pero, a pesar de la retirada de Espartero a Logroño, había otros militares liberales que querían destacar. Por ejemplo, Juan Prim, quien dirigió el pronunciamiento de Villarejo, en enero de 1866. Tampoco hay que olvidar la sublevación del cuartel de San Gil, el 22 de junio de 1866, cuando los progresistas jugaron un órdago contra O’Donell con el concurso de Manuel Becerra y de conocidos conspiradores como Pierrad. Este golpe dio para dos días de luchas y casi mil muertos (a los que hay que sumar 68, sí, 68 fusilados).
Muerto O’Donell le sucedió González Bravo, quien dejó de hacer caso a algunos militares amigos del conde de La Bisbal, lo cual provocó que éstos empezasen a pensar, rápidamente, en apiolárselo. Para ello no dudaron en aliarse con Prim, el cual, hemos de recordar, se había alzado contra su otrora jefe político. Pero les dio igual. Esta alianza de difícil naturaleza fue la que estuvo detrás del alzamiento, el 18 de septiembre de 1868, del comandante de la fragata Zaragoza, Topete, en Cádiz; alzamiento que terminaría con la victoria del puente de Alcolea y esa revolución que llamamos La Gloriosa, por la cual la reina Isabel II fue puesta de patitas en Francia. Aquel experimento, como sabemos, acabaría con la disolución del parlamento por el general Pavía y el golpe de Estado de Martínez Campos que trajo de nuevo a los Borbones a España en la persona de Alfonso XII.
Tras la Restauración, el golpismo quedó de manos de los políticos progresistas más radicales, sobre todo Ruiz Zorrilla, quien llegó a alzar tropas, con poco éxito, en Badajoz. Luego empezó la moda de los levantamientos republicanos. Un tal Ferrándiz, comandante, se alzó con treinta soldados (sic) en Santa Coloma de Farnés; otro sargento, llamado Casero, lo hizo en Cartagena y en Madrid, en septiembre de 1889, se alzó el brigadier Villacampa.
¿Los habéis contado? Yo sí: son cuarenta. Entre 1808 y 1889, que son 80 años, contáis cuarenta asonadas, y seguro que no están todas. Y ni siquiera hemos terminado el siglo. En el siglo XX aún nos quedarían por contar el golpe de Primo de Rivera, los dos golpes contra Primo (el de San Juan y el de Sánchez Guerra), la sublevación de Jaca, la de Cuatro Vientos, la revolución de Asturias; podemos incluir en la lista de golpes ese nonato que fue la creación de las Juntas de Defensa; y, por supuesto, no podemos olvidar ni el golpe de estado de 1936 ni el de 1981.
Con esta cantidad de muertos en el armario, ¿quién se siente superior?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)