viernes, diciembre 15, 2006
Cuando las guerras empiezan a ser mediáticas
Hoy, y cara al fin de semana que es momento propio de lecturas algo más distintas, Inasequible nos trae uno de los primeros ejemplos de, si no guerra, sí batalla perdida a causa de la televisión.
Se trata de la acción del Tet, en Viet Nam.
Le cedo la palabra.
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El Tet: una victoria televisiva
Por Inasequible Aldesaliento
El Tet es el año nuevo vietnamita y se celebra, según las fases de la luna, entre la segunda quincena de enero y la primera de febrero. Durante la Guerra de Vietnam era un momento en el que las hostilidades paraban en virtud de una suerte de acuerdo tácito. Y así fue hasta 1968.
1967 no había sido un buen año para Vietnam del Norte. La guerra llevaba ya alargándose muchos años y existía el peligro de que el desánimo se extendiera entre la población. Desde 1966 EEUU había empezado a aplicar una estrategia en la que las fuerzas survietnamitas se ocupaban de la seguridad de las poblaciones, protegidas por un escudo formado por fuerzas norteamericanas con gran movilidad y potencia de fuego. Esta estrategia había disminuido la eficacia de las tácticas habituales de los norvietnamitas, de golpes rápidos a objetivos muy concretos. Para salir del callejón sin salida al que parecía que los norteamericanos les estaban llevando, el alto mando norvietnamita optó por ejecutar durante el Tet de 1968 una gran ofensiva general/levantamiento general en el sur. En términos militares españoles, un órdago a la grande.
El plan norvietnamita preveía la ocupación de centros urbanos por parte de la guerrilla comunista survietnamita del Viet Cong, con el apoyo de tropas norvietnamitas. Esto debería desencadenar un levantamiento popular y la caída del gobierno de Saigón. El plan estaba tan cogido por los pelos, que preveía incluso el uso de artillería que se capturaría al enemigo; brillante, pero primero había que capturarla. La ofensiva Tet no sólo fue osada; también supuso una ruptura con las tácticas que hasta entonces habían empleado los norvietnamitas. Por primera vez el Ejército norvietnamita no golpearía y huiría, sino que se haría fuerte en los objetivos que ocupase, aunque ello implicase esperar a que los norteamericanos les machacasen con su artillería y su aviación.
La ofensiva comenzó la noche del 30 de enero de 1968. Cuarenta poblaciones fueron atacadas. Para no entrar en un relato de batallas casa por casa, combates entre francotiradores y tanques demoliendo los reductos desde los que disparaban los comunistas, pasaré mejor al resultado de la ofensiva. Los norteamericanos perdieron unos 4.000 hombres y sus aliados survietnamitas entre 4.000 y 8.000. Frente a ellos el Ejército norvietnamita y la guerrilla del Viet Cong perdieron de 40.000 a 50.000. No hubo levantamiento popular y el Viet Cong, que perdió a muchos cuadros y combatientes en la batalla, quedó prácticamente desmantelado.
La ironía de la historia es que cuando el General Westmoreland anunció que el Tet había sido un triunfo, nadie le creyó en Estados Unidos. Las imágenes de los cadáveres del Viet Cong en el césped de la Embajada de Estados Unidos en Saigón contrastaban tanto con las promesas anteriores del Presidente Johnson de que la guerra de Vietnam se estaba ganando, que nadie le creyó. La opinión pública y los medios de comunicación hacía tiempo que habían dejado de confiar en los pronósticos optimistas de sus políticos y sus militares y, para una vez que decían la verdad, no les dieron crédito.
Así, mientras que lo lógico hubiera sido terminar este relato con lo sucedido en Hanoi tras la derrota de su ofensiva, es con los norteamericanos con quienes lo terminaremos.
El 27 de febrero, el influyente periodista Walter Cronkite comentó en su crónica que la negociación era la única manera de salir de la guerra. Un miembro de la Administración Jhonson comentó: Si hemos perdido a Cronkite, hemos perdido la guerra. Dos días después fue reemplazado el Secretario de Defensa estadounidense, Robert McNamara. El 20 de marzo, una encuesta de Gallup mostró por primera vez que en EEUU había más partidarios de la paz que de seguir la guerra. El 16 de abril, EEUU anunció la progresiva vietnamización del conflicto, es decir, que las tropas survietnamitas volverían a ocupar posiciones de primera línea. Era el primer paso hacia la retirada definitiva.
En la guerra clásica, la victoria se consideraba que correspondía al lado que al final del día hubiera quedado dueño del campo de batalla, con independencia de que hubiera sufrido más o menos bajas que el contrario. Los norvietnamitas en el Tet no consiguieron hacerse con las ciudades contestadas y tuvieron unas cinco veces más bajas que sus enemigos. Sin embargo, al final del día, fueron los vencedores. Gracias a la televisión.
miércoles, diciembre 13, 2006
Españoles esclavos
Sé de amigos a los que les gusta picar a sus amigos estadounidenses, sobre todo si son yankees, con el asunto de que hasta hace 150 años fueron unos cafres racistas que aceptaban la esclavitud del hombre en su seno.
Si sois de ésos, morderos la lengua, y dad gracias de que el estadounidense medio sepa más bien poco de la Historia del mundo.
La esclavitud humana dejó de ser legal en España algunos años después que en Estados Unidos. El reglamento que regulaba el fin de la esclavitud en las colonias de Cuba y Puerto Rico (las que quedaban) fue publicado por la Gazeta de Madrid el 24 de agosto de 1872. Desarrollaba una ley que fue leída en las Cortes por el ministro de Ultramar, Segismundo Moret, el 28 de mayo de 1870.
La crónica de dicha lectura publicada por la Gazeta (entonces la Gazeta era medio BOE, medio periódico) es un texto de lectura atentísima y demuestra que hubo un tiempo en el que nuestros gobernantes sabían utilizar altas palabras para expresar altos sentimientos (y no abusar de los anacolutos).
La abolición de la esclavitud en España es hija de La Gloriosa, la revolución que se levantó en España en septiembre de 1868 por un pueblo harto de los dejes absolutistas de la reina, Isabel II. La Gloriosa surgió de una voluntad tan radical de cambio que su eslogan no ofrece lugar a dudas: las gentes salieron a la calle gritando ¡Abajo lo existente!. Ninguno de los hombres que pertenecen a la revolución de Setiembre, afirmó Moret ante las Cortes, podría consentir por un momento que la libertad, a tan alto grado levantada en nuestra Constitución y con tanto encomio aclamada entre nosotros, no fuera bastante poderosa para redimir la más triste, la más desgraciada de las inconsecuencias humanas.
Y continuó: Era imposible que mientras en la Península nos levantábamos al más alto grado de libertad política escribiendo la Constitución de 1869, allá, lejos de nosotros, en las hermosas provincias de América, permaneciera en el fondo de una sociedad española, y como tal cristiana, abyecto y envilecido el pobre negro, reducido a la última de las condiciones a que puede conducir la negación de la libertad.
El exordio de Moret alcanza cumbres bellas de expresión al anunciar que, de ser aprobada la ley en esa sesión de las Cortes como lo fue, ya no nacerían esclavos en España y, además, aquéllos que siguiesen siéndolo verían endulzada su servidumbre contemplando nacer libres a sus hijos, mirando extinguirse en pacífica y tranquila calma los días de sus mayores; y teniendo la seguridad de que, variada ya su situación, cada hora que pase disminuye su esclavitud y los acerca a su redención.
Moret se felicitó del grande y consolador espectáculo de que la abolición de la esclavitud fuese presentada en las Cortes contando para ello con la anuencia de los propios propietarios de hombres; asunto en el que, ésta vez sí, podemos decir que estamos por encima de los estadounidenses, aunque la cosa, como veremos enseguida, tiene su explicación. Para el ministro, habría sido un opropio que se pensase, cito textual, que la bandera de Castilla ondea en los campos de América para cobijar la esclavitud. Y esta cita la dejo aquí para que quienes piensan que la concepción de España como una sola entidad es cosa muy antigua vaya dándose cuenta de que ha sido hasta antesdeayer por la tarde, en términos históricos, que hemos seguido distinguiendo los españoles a Castilla de la, por así decirlo, España no castellana.
En virtud de este deseo, se aprobó un proyecto de ley que terminaba con la esclavitud en 19 artículos. El primer artículo establecía que todos los hijos de madres esclavas nacidos desde la publicación de la ley eran declarados libres. Los niños nacidos entre el 18 de septiembre de 1868 (o sea, desde la víspera del día de la sublevación de Cádiz que inició La Gloriosa) y la fecha de publicación de la ley eran adquiridos por el Estado mediante el pago de 50 escudos por niño. Todos los esclavos que hubiesen actuado junto al ejército español en la sublevación de Cuba también eran declarados automáticamente libres. Asimismo, eran declarados libres, sin causar indemnización a sus dueños, todos los esclavos que tuviesen más de 60 años o en el futuro alcanzasen esa edad.
Vista esta regulación, podemos entender por qué la ley de abolición de la esclavitud se hizo con el consenso de los propietarios de esclavos. Es evidente que se daba cumplimiento a la obligación moral de abolir la esclavitud; pero ello se hacía sin comprometer el tejido productivo en Cuba y Puerto Rico, pues los esclavos que ya lo eran y estaban en edad de trabajar (esto es, ni eran recién nacidos ni eran viejos, porque a un esclavo le era muy difícil llegar a los 60 años de edad y, si llegaba, ya para poco servía) podrían seguir siéndolo mientras no cumpliesen 60 años.
El dueño de la esclava madre del niño que ahora nacería libre era responsable de éste. Según la ley, debía mantenerle, vestirle, asistirle en sus enfermedades darle la educación primaria y la necesaria para ejercer un arte u oficio. Eso sí, la ley también confería al dueño de la madre esclava del niño libre derecho a explotar su trabajo, sin retribuirle, hasta que tuviese 18 años. Con un notable tufo paternalista propio de la época, la ley establecía que, llegado el liberto (así los califica la ley, libertos, es decir esclavos liberados; con lo que la norma se desmiente a sí misma, pues en su origen declaraba que los niños nacían libres, o sea nunca habían sido esclavos) a dicha edad, cobraría la mitad del jornal de un hombre libre, cantidad de la que, además, percibiría sólo la mitad, guardándose la otra mitad «para formarle un peculio», que recibiría a los 22 años, porque era a esa edad, y no antes, cuando el liberto adquiría pleno uso de sus derechos civiles. Según el reglamento de desarrollo de la ley, los libertos no podrían, sin anuencia de su patrón, ni comprar, ni vender, ni ceder ni enajenar; lo cual quiere decir que eran libres, pero menos. Por mor de esta ley, por lo tanto, un niño nacido libre de madre esclava ese mismo 1870 no sería plenamente libre hasta 1892.
El esclavo era libre de decidir si quería pertenecer en casa de su antiguo dueño, en cuyo caso éste se convertía en su patrono y tenía la obligación de mantenerlo, aunque quedaba de su potestad pagarle o no salario por su trabajo. Asimismo, los esclavos que deseasen volver a África serían transportados. No he logrado encontrar referencias de si hubo, finalmente, viajes de este tipo.
Así pues, como vemos, fuimos más bien lentos, renuentes, a la hora de eliminar la esclavitud de nuestro ordenamiento jurídico. Para hacerlo, tuvimos que colocarnos bajo el palio de una revolución liberal que modificó bruscamente nuestra cultura política, tan bruscamente que nos llevó a un experimento tan catastrófico como la I República. Y, aún así, aún y a pesar de la decidida voluntad del liberalismo español de abolir la esclavitud, dicha abolición se hizo a pasos cortos, muy tenuemente, sin dejar, en el fondo, de considerar al esclavo como un ser en cierto sentido inferior por quien había que proveer, a quien había que dirigir y del que se podía sacar provecho sin salario o con medio salario.
Yo no sé vosotros. Pero yo no veo que, al menos en este punto, tengamos tanto que enseñarle a los yankees.
lunes, diciembre 11, 2006
La Semana Trágica de Barcelona
Esto fue, pues, muy telegráficamente, lo que pasó.
En el año 1909, pues tal fue el que albergó esta algarada, la Restauración cuenta con más de treinta años ya de existencia. Es cierto que el rey que reina ya no es el mismo, pues Alfonso XII ya está muerto y ha sido sucedido por su hijo, Alfonso XIII, aún joven. Pero permanece el sistema puesto en marcha por Cánovas del Castillo, muy de corte anglosajón, basado en el turno pacífico de dos grandes partidos, el conservador y el liberal. Los dos arquitectos del bipartidismo civilizado, Cánovas y Sagasta, han muerto ya. Al frente del liberalismo se encuentra un político provecto, Segismundo Moret, quien siente ya en su nuca el aliento de otro político liberal entonces joven que aprovechará, en los próximos años, su gran cercanía con el rey para urdir mil maniobras; se trata de Álvaro de Figueroa, conde de Romanones.
En el campo conservador, a la herencia de Cánovas y de Francisco Silvela se ha seguido la de un político originariamente liberal: Antonio Maura. Maura manda en el partido conservador y el partido conservador es el que gobierna. La segunda gran pieza de ese gobierno, tras su cabeza, es el ministro que hoy denominaríamos del Interior, Juan de la Cierva. De la Cierva es un hombre de ideas claramente conservadoras y muy amigo del orden; es, un poco, el Fraga Iribarne de su tiempo.
Hasta 1909, y aunque ha habido algunos episodios chuscos (algún día escribiremos sobre el debate de investidura más corto de la Historia y de la inacabable moral del marqués de la Vega de Armijo), el turno entre los dos partidos más o menos se ha respetado. Pero se romperá en 1909. Y será a causa de la Semana Trágica.
España es un país hasta cierto punto agostado. Hay síntomas muy preocupantes. Por ejemplo, los ejércitos modernos, como el inglés, el francés o el alemán, registran entonces una tasa de un oficial por cada 20 soldados, más o menos; en el español hay un oficial por cada 5 o 6 soldados. El país tiene una caterva de 60.000 funcionarios, un montón, de los cuales la mitad son… sacerdotes, pues España es un país católico y confesional en el que quienes dicen misa cobran por ello, como cobra quien extiende los certificados de penales. La nómina pública tiene a un maestro o catedrático por cada seis curas. Se hace un padrón en Madrid, del que resulta una población de 595.586 personas.
España sestea. Hasta el 9 de julio, cuando estalla la guerra.
Ese día, un grupo de marroquíes ataca y mata a unos obreros de las obras del ferrocarril de Melilla. El comandante de las tropas de Melilla contesta atacando a los moros hasta hacerlos retroceder, no sin antes sufrir la muerte de un oficial y de varios soldados. Esta acción provocará el inicio de la guerra de Marruecos, cuyo clímax, el desastre de Annual, provocará, dentro de 14 años, el golpe de Estado del general Primo de Rivera.
La guerra de Marruecos, como problema social, no es, como podría serlo hoy, un problema entre pacifistas y belicistas. Lo que emponzoñará la vida de España desde aquel día hasta el final de las hostilidades es la intrínseca discriminación existente en la recluta de soldados.
Unos ochenta años antes de los hechos que relatamos, un personaje bastante conocido de la Historia de España, Juan Álvarez Mendizábal (el de la desamortización), había llegado a la presidencia del gobierno (1835) en unas condiciones harto complicadas a causa de la sangría de la primera guerra carlista. En el intento de allegar recursos para dicha guerra, Mendizábal inventó una medida transitoria que habría de durar décadas: un impuesto sobre el servicio militar. El sujeto pasivo de dicho impuesto era quienes, debiendo combatir, no lo hacían, e importaba la suma (fabulosa) de entre 1.000 a 4.000 reales, más un caballo en buen estado. En la práctica, esta medida transitoria provocó que, durante todo el siglo XIX y parte del XX, la guerra (o el servicio militar, en tiempo de paz) fuese un sangrante ejemplo de clasismo: los ricos, que podían pagar el impuesto, se quedaban en casa; y los pobres pechaban con el fusil y con la muerte. De estos tiempos son la costumbre de algunos padres de poner a sus hijos nombre de mujer (Cruz o Rosario eran nombres de hombre relativamente comunes) y un seguro de vida específico, el seguro de quintas, que era un producto de capitalización que los padres comenzaban a acopiar al nacimiento del hijo varón con el objetivo de que, pasados los años, el ahorro hubiese alcanzado la magnitud del impuesto, para librarle de la guerra. En el lenguaje de la época se comenzó a hablar de los cuotas, tal era el nombre que recibían los jóvenes burgueses que se libraban del servicio mediante el pago del impuesto.
El primer error del gobierno fue disponer, el mismo día 10 de julio, la movilización de la Brigada Mixta de Cataluña.
De todas las regiones de España, Cataluña era la más indicada para la movilización (tenía muchas tropas, un puerto grande y barcos en él), pero la menos, al mismo tiempo. La guerra era cosa de pobres y si había un lugar en el que los pobres estaban organizados y tenían conciencia de clase, ése era la industriosa y relativamente próspera Cataluña (relativamente próspera porque en 1909 vivía una situación de paro endémico, causado por el bajo precio internacional de los productos textiles, que también le echó gasolina a la hoguera). Para colmo, el coordinador de toda la historia bélica había de ser el ministro de la Guerra, el general Linares, quien antes de ser ministro había sido… capitán general de Cataluña. Tiró de donde sabía que había.
El 14 de julio, embarcó hacia Melilla el Batallón de Cazadores de Barcelona, al que siguieron los batallones de Mérida, de Alba de Tormes, de Alfonso XII y de Cazadores de Estella. El día 18 embarcó, por su parte, el Batallón de Cazadores de Reus, compuesto íntegramente por soldados catalanes. Se armó la de Dios.
Era domingo (otra torpeza gubernamental). En un muelle tomado por la policía, las esposas de los soldados, pues muchos estaban casados, lloraban a gritos. Desde la popa del barco, los mismos soldados que iban movilizados gritaban mueras a la policía, a Maura, a Romanones y a la guerra, siendo aclamados por el público en los muelles. Los obreros, desde los muelles, gritan: «¡Tirad los fusiles! ¡Que vayan los cuotas! ¡Que vayan los hijos de Comillas y Güell! (alusión a dos de los principales accionistas del ferrocarril de Melilla)». Ya el día 14, en el primer embarque, unas damas católicas habían llevado medallas de santos a los Cazadores de Barcelona y éstos las habían tirado al mar, desdeñosamente. En los mitines que inmediatamente celebraron socialistas y anarquistas en toda Cataluña, los discursos se ven acompañados por los gritos desgarradores de las mujeres.
El gobierno, en todo caso, no se toma en serio las cosas. El 21 de julio, los diputados de la Esquerra piden la apertura urgente de las Cortes, y La Cierva les contesta tomándolos a chirigota. En realidad, no es desprecio, sino antigüedad: hasta el siglo XX, todo lo que apañaba un gobierno para empezar una guerra era la opinión de los países vecinos y del propio ejército; a eso que llamamos el pueblo no se le había preguntado nunca y aquella vez tampoco se le preguntó.
El 18 de julio (de 1909, obviously), la Federación Socialista de Cataluña votó la huelga general. El día 20, socialistas y anarquistas convocaron juntos un histórico mitin en Tarrasa, del que salió un comunicado en el que se afirmaba el derecho de los marroquíes a su independencia, se llamaba a la huelga general, se decían cosas como que a los reunidos se la sudaba que en Marruecos prevaleciese la media luna sobre la cruz y se hacían propuestas como, cito textualmente, «que se formen regimientos de curas y frailes, que a más de estar interesados en los triunfos de la religión católica, no tienen ni familia ni hogar, y no producen la menor utilidad al país». Era gobernador de Barcelona Ossorio y Gallardo, un liberal de mente abierta que acabaría en las filas republicanas. Prohibió las reuniones preparatorias de la huelga, pero aún así éstas se celebraron de forma más o menos clandestina y el domingo 25 bajaron a Barcelona obreros de Sabadell, de Tarrasa, de Igualada y de Badalona, que estaban, a las doce de la noche, todos apiñados en la sede de la Casa del Pueblo, en la calle Nueva de San Francisco. Los activistas obreros, consiguieron, a eso de la una, dar esquinazo al policía que les vigilaba, que se fue a redactar un informe bastante tranquilizador, mientras ellos se reunían en una chocolatería para preparar, nunca mejor dicho, el pastel.
El lunes, 26 de julio, amanece la Semana Trágica de Barcelona con un montón de líderes obreros estratégicamente dispuestos por la ciudad, pasando a todo el mundo la consigna de no trabajar. La SEAT del momento, o sea la Hispano-Suiza, se declara en huelga ese mismo día. Los piquetes logran acojonar a los carreteros, con lo que la huelga consigue paralizar el tráfico de la ciudad. De Madrid se exige represión. Ossorio se niega. Su negativa se convierte en dimisión. En Barcelona manda el ejército. A primera hora de la tarde, los tranvías vuelven a las cocheras. La huelga general es del cien por cien. Comienza la violencia. En los barrios extremos de la ciudad y en la Barcelona gótica se levantan barricadas.
A pesar de ser la Semana Trágica un movimiento sin cabeza ni planificación (sus propios impulsores no creían en las posibilidades de triunfo de la huelga), de lunes a jueves, hasta que llegan tropas de refresco, la calle es de la protesta. Primero, la huelga se extiende a Sabadell, a Mataró, a Granollers, Manresa y Tarrasa; luego se vuelan puentes y vías férreas, en un intento de incomunicar Cataluña del resto de España para evitar el envío de tropas. Los huelguistas vuelan las estaciones eléctricas, dejan Barcelona sin gas, rompen casi todos los 7.000 faroles públicos. Se quemaron conventos e iglesias. Sin embargo, no hay una estrategia; los huelguistas no tienen una acción coordinada para hacerse con los edificios cruciales, o con las fábricas. Al revés que otras movilizaciones que vivirá España bien pronto, ésta de la Semana Trágica es, tan sólo, un puñetazo en la mesa. Y, después de eso, nada.
En total, entre alzados y paseantes, murieron 104 personas. Hubo 296 heridos. Sólo en el barrio de Gracia se levantaron 76 barricadas. 21 de las 56 iglesias de la ciudad fueron incendiadas, y 30 de los 75 conventos. El único barrio por donde no pasó la Semana Trágica fue Sarriá, defendido, desde el primer día, por el entonces relativamente numeroso carlismo catalán.
Se practicaron centenares de detenciones, algunas de las cuales pasaron a la jurisdicción militar. Pero, de todos los procesos, uno destacará especialmente: el de Francisco Ferrer Guardia.
Ferrer Guardia era un anarquista que dirigía una denominada Escuela Moderna y de quien se dijo, en la época de los sucesos que hoy cuento, que había tenido algunas connivencias con Mateo Morral, el anarquista que trató de matar a Alfonso XIII; incluso se insinuó que había participado en dicho atentado, pero que su rastro había desaparecido misteriosamente de las actuaciones judiciales realizadas sobre el mismo.
Ferrer participó en la Semana Trágica; pero de ahí a decir que la organizó hay un trecho muy difícil de recorrer que el gobierno Maura-La Cierva, sin embargo, recorrió sin problemas. El programa de Ferrer, que escribió en un pasquín, recoge todos los tópicos del anarquismo vehemente de la época: abolición de las leyes, expulsión de las órdenes religiosas, disolución de los tribunales y del ejército, derribo de las iglesias, expropiación de la banca… No obstante, Ferrer no tenía madera de Lenin, ni de lejos.
La condena a muerte de este conspirador fue, a todas luces, exagerada. Así lo entendió media Europa y, de hecho, dicha condena provocó en todo el continente una corriente de solidaridad con el condenado y de antiespañolismo que no tiene nada que envidiarle a los años de Olof Palme recogiendo firmas contra Franco por los fusilamientos de militantes de ETA y FRAP, o, algunos años antes, el escándalo organizado en torno al fusilamiento de Julián Grimau. Para muchos europeos, Ferrer fue fusilado, en la madrugada del 13 de agosto de 1909, por defender la escuela laica; la leyenda negra española en estado puro.
La Semana Trágica, o más concretamente el fusilamiento de Francisco Ferrer, marca un antes y un después para España. Son un montón las cosas que no vuelven a ser iguales. En primer lugar, el anarcosindicalismo será dotado de un mártir y de una voluntad de organización de la que antes carecía. Sobre el cadáver de Ferrer comienza a construirse la CNT que diseñará, en buena parte, el triste futuro de España en las tres décadas siguientes. En segundo lugar, el escándalo de la ejecución de Ferrer acabará con el gobierno Maura y acabará, de hecho, con algo mucho más importante: con el turno pacífico pues, desde entonces, el partido liberal, que hasta ese momento ha sido un aliado de los conservadores contra los partidos republicanos y obreros, construirá una conjunción con los primeros que cristalizará en 1930 en el Pacto de San Sebastián. Ni siquiera Cataluña se libra de las consecuencias. La muerte de Ferrer supone la voladura de Solidaritat Catalana, la conjunción de fuerzas nacionalistas generada alrededor del catalanismo altoburgués de la Lliga, que no sólo no hizo nada por apoyar la Semana Trágica, sino que celebró su represión. El nacionalismo de izquierdas nace de esa decepción y, durante el resto del siglo, ya no hará otra cosa que crecer.
El 20 de octubre de aquel año, en las Cortes, Segismundo Moret reclama a Maura que dimita. Maura se niega, seguro en su mayoría, pues la matemática parlamentaria está de su lado. Moret ataca al ministro La Cierva, acusándole de ser excesivamente cruel con Barcelona. Éste le contesta que la política de blandenguería ante la revolución la practicó Moret en 1906 y le acusa de haber conseguido, con esa actitud, provocar el atentado de Mateo Morral contra el rey (debe recordarse que esta bomba mató a 23 personas del público). Una acusación muy dura. Los liberales nunca la perdonarán.
A las palabras de La Cierva se sigue un gran escándalo. Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, espeta: «Yo hablaré mañana, porque no hay más remedio que hablar, y ya veré si es el último discurso que hago como monárquico». El general Luque, que luego será ministro de la guerra, afirma: «yo no tengo de monárquico ni el canto de un duro y, a poco que me aprieten, tiro también el duro».
Ya he dicho que la matemática parlamentaria estaba con Maura. Pero en la España de 1909 había algo de más importancia que los votos de las Cortes.
Cuando, algunas horas después, Antonio Maura se encuentra frente al rey Alfonso XIII, éste le estrecha la mano y le dice: «¿Viene usted solo? Ya sabía yo que iba usted a prestar un gran servicio a la Patria y ala monarquía. ¿Qué le parece Moret como sucesor?»
La suerte está echada. Desde ese día, el turno de partidos de la Restauración está ya, de alguna manera, muerto, y en España comienza otro ciclo histórico, que acabará causando centenares de miles de muertos.
Y todo eso por no saber, por no querer entender un grito muy sencillo: no a la guerra.
viernes, diciembre 08, 2006
Una visita obligada
Digo que es casi una obligación y estoy pensando en las personas más jóvenes porque quizá, hoy me he dado cuenta, el mundo cambia y quienes estamos en él tendemos a no darnos cuenta de ello (es lo que se llama hacerse viejo, supongo). Yo he ido hoy a visitar la exposición en compañía de un adolescente de 14 años. Él iba a ver una exposición sobre los nazis; lo cual quiere decir que iba engañado. Porque, aunque supiese, como ya sabía, que el origen de los movimientos nazis y skin que conoce (o sea: que critican en sus canciones los raperos a los que admira) estaba en algo que pasó hace bastantes años, apenas tenía ideas muy genéricas sobre el nazismo y sus porqués. En realidad, él creía estar yendo a una exposición sobre el mundo skin, cuando lo cierto es que no hay ni una cabeza rapada en toda la exposición (salvo las de los prisioneros de los campos de exterminio).
Yo apenas he reparado, al entrar en la pequeña sala en la que se exhiben los fondos custodiados por la fundación José María Castañé y que proceden, casi todos, del archivo de quien fuera juez en Nuremberg, el teniente coronel Benjamín Kaplan, apenas he reparado, repito, en las imágenes relativas a los crímenes contra la humanidad. Para mí son algo cotidiano con lo que crecí, de una u otra forma. Con esa soberbia que tiene el que sabe, en el fondo pensaba, aunque no lo supiera, que por saberlo yo todo el mundo tiene que saberlo. En un momento me di la vuelta y me fijé en mi compañero adolescente, que estaba detrás de mí. Lo noté algo pálido y como troquelado en la vista de una foto que colgaba del techo. Cuando miré la instantánea, vi el primer plano de un hombre muerto sobre el suelo, desnudo. Un hombre ya sólo piel y huesos muerto con los brazos en cruz, como un Cristo, con el último suspiro agotado impreso aún en el rostro.
Fue en ese momento cuando comprendí la utilidad de la memoria. Cuando comprendí que han pasado los años y que, quizá, y no digo que eso sea negativo en sí, ciertas imágenes van perdiendo vigencia.
Tengo un sabor agridulce en la boca, pues. Es dulce porque, sinceramente, me alegro de que hoy, aquí, se pueda crecer sin saber en realidad gran cosa sobre el hombre y su corte de fanáticos que decidieron acabar con los locos, con los subnormales, con los homosexuales, con los judíos, con los gitanos, con los marxistas; y en ello, especialmente en su cruzada antijudía, obraron la matanza colectiva más repugnante que recuerda la Historia. Agria, porque no hay que olvidar aquello de que los que desconocen la Historia se condenan a repetirla.
Aquellos de vosotros que peinais ya casi canas o que, como yo, ya peinais bien poca cosa, por favor, si vivís en Madrid, id a verla, y llevad a vuestros hijos. La mayor parte de la exposición, que por otra parte no es muy grande y se puede visitar en algo más de media hora con bastante atención (eso contando con ver entero el video resumen que allí mismo se proyecta) se refiere a los archivos de Kaplan, esto es son legajos ligados a los juicios de Nuremberg. La exposición tiene mucho menos morbo del que este post quizá transmite.
Llevad a vuestros hijos porque la Historia, esta Historia, hay que conocerla. Porque es la mejor manera de expresar lo que hay al final de esa cuesta que empieza el día que un tipo le mete un gol al equipo de tus amores y tú te dejas llevar por la fácil tentación de reaccionar llamándole puto negro. Y porque es una historia que, por una vez, termina bien. En Nuremberg, por mucho que su juicio haya recibido críticas de parcialidad (ciertas, pues algún juzgador estaba, en el momento de juzgar, masacrando a miles de inocentes en sus propios campos de concentración), la Humanidad estuvo a la altura. Si el hombre hubiera pasado página de los crímenes cometidos por la Alemania nazi, crímenes de guerra y también crímenes contra la humanidad, habría descendido dos peldaños en la evolución.
Nuremberg fue un aviso para navegantes. Una forma de decir que en la guerra y en la dominación no vale todo. Que cuando se tiene el poder sobre una nación o sobre un pueblo pueden dictarse leyes inanes con los crímenes propios, pero hay otra legalidad por encima de esa legalidad, que es la del género humano. Sí, ya sé que después de Nuremberg, en estos sesenta años que han pasado, ha habido genocidios y crímenes de guerra que se han ido de rositas. Pero el camino está trazado.
Aquellos que leais en alemán podéis deteneros en las cuatro o cinco cartas de prisioneros que se exponen. Cartas casi telegráficas, muy formales, obviamente censuradas. No os costará leer entre líneas, porque todas tienen un triste aroma de despedida. También podréis ver los certificados de pureza aria, las estrellas de David que los judíos debían llevar cosidas en lugar visible de su ropa, la propaganda que identifica a los judíos con las ratas. Ein Volk, ein Reich, ein Führer.
Y el juicio, claro. Obviamente, la documentación se refire a los principales encausados, los de la primera hornada, esto es: Hermann Göring, ministro del Aire, condenado a muerte aunque se suicidó antes de la ejecución; Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler en el NSDAP que sería condenado a cadena perpetua y que se convertiría en el último preso de este juicio en la cárcel berlinesa de Spandau; Joachim Ribentropp, ministro de Asuntos Exteriores (gran amigo de Ramón Serrano Súñer), condenado a muerte; Wilhelm von Keitel, mariscal de campo, condenado a muerte; Ernst Kaltenbrunner, nazi austríaco que ocupó puestos en materia de policía y seguridad, condenado a muerte; Alfred Rosemberg, uno de los propagandistas del nazismo a través del Volkische Beobachter, condenado a muerte; Hans Frank, abogado nazi, condenado a muerte; Wilhelm Frick, ministro del Interior con Hitler, condenado a muerte; Julius Streicher, propagandista nazi antijudío, condenado a muerte; Walther Emanuel Funk, ministro de Economía, cadena perpetua; Hjalmar Schacht, también ministro de Economía, absuelto; Karl Dönitz, responsable de la marina alemana, condenado a 10 años de prisión; Erik Raeder, almirante de la armada, cadena perpetua; Baldur von Schirach, jefe de las juventudes hitlerianas, condenado a 20 años de prisión; Fritz Sauckel, ministro de Trabajo, condenado a muerte; Alfred Jodl, militar de alta graduación, condenado a muerte; Franz von Papen, político conservador que ayudó al ascenso de Hitler al poder, absuelto; Arthur Seyss-Inquart, jefe del nazismo en Austria y propulsor de la Anchluss, condenado a muerte; Albert Speer, arquitecto y hombre muy cercano a Hitler, además de ministro de Armamento, condenado a 20 años de prisión; Konstantin von Neurath, diplomático, condenado a 15 años de prisión; y Hans Fritzsche, propagandista a las órdenes de Joseph Goebbels, absuelto.
A algunos de estos caballeros la vida les daría una segunda oportunidad. Quizá el caso más claro es el de Albert Speer , que encandilaba a Hitler con sus maquetas del nuevo Berlín que construiría una vez terminada la guerra, quien saldría de la cárcel y se dedicaría a escribir artículos y libros autojustificativos. De hecho, el pero más gordo que le veo yo a la película El hundimiento es, precisamente, lo mucho que se deja llevar por la versión que tenía Speer de las cosas, lo cual hace aparecer a su personaje como un tipo bastante equilibrado y casi consciente del mal cometido por el régimen nazi. Lo cierto es que Speer era un hombre de la estrecha confianza de Hitler y que Hitler, en confianza, no se cortaba un pelo diciendo las cosas. Así pues, Speer tenía que saber muy bien de qué era capaz su jefe.
Como a los niños y adolescentes bastante les llegará con ver las fotos y los recuerdos de la exposición, es a los más mayores a los que os recomiendo la monumental biografía de Hitler escrita por Ian Kernshaw, editada ya en España en libro de bolsillo (barato, pues); y un clásico editado por Alianza Universidad para quienes querais profundizar en serio en los porqués del nazismo: La dictadura alemana (dos tomos), obra de Karl Dietrich Bracher.
Y dos películas; para equilibrar, una comedia y un drama. La comedia se llama Un, dos, tres, y fue filmada en 1961 por el maestro Billy Wilder, director de origen austríaco que decía que los austríacos eran los tipos más inteligentes del mundo, porque habían conseguido convencer a la humanidad de que Beethoven era austríaco (nació en Bonn, Alemania) y que Hitler era alemán (nació en Austria). En esta comedia, James Cagney es el delegado de la Coca-Cola en Berlín y descubre que la hija de su super-jefe, durante una breve visita a Alemania, se ha enamorado de un comunista de Berlín Este (Horst Buchholz, en el mejor papel de su vida, y es decir mucho). Un personaje secundario, el secretario de Cagney, Schlemmer, no tiene desperdicio.
El drama es Vencedores y vencidos (Judgement at Nuremberg) y fue filmada el mismo año, 1961, por uno de los grandes genios de Hollywood, Stanley Kramer. Se han hecho más películas sobre los juicios de Nuremberg, pero ésta es la película sobre Nuremberg. Aunque su planteamiento es sorprendente: uno de los mejores actores de todos los tiempos, pareja de la mejor actriz de todos los tiempos, es decir Spencer Tracy, es un juez americano jubilado a quien le ofrecen, de cuarto o quinto plato, ser el magistrado-presidente de uno de los últimos tribunales de Nuremberg. El tiempo ha pasado, los grandes juicios terminaron, aquellos condenados están fusilados o encerrados, y ahora tocan los personajillos menores de la Alemania nazi. En el mundo, además, se respira otro ambiente: llega la guerra fría y los americanos empiezan a barruntar que los alemanes, ahora, son sus amigos. En ese entorno, Tracy juzgará a un destacado profesor alemán, el doctor Ernst Janning, interpretado por Burt Lancaster.
En esta película hay grandes actores, como Marlene Dietrich o Maximilian Schell, y otros algo más mediocres a los que, sin embargo, Kramer sabe sacar lo mejor de sí mismos (es el caso de Richard Widmark). La escena del interrogatorio de Rudolph Petersen (Montgomery Clift) es, en mi opinión, antológica, y una pequeña lección de interpretación para estos actorazos que tenemos hoy en día, que cuando lloran no sabes muy bien si están llorando o les pica un testículo.
¿Se me ha olvidado comentar que la exposición es gratuita y que el Círculo está en el centro de Madrid, excelentemente comunicado por lo tanto?
Id a verla. Se lo debéis.
miércoles, diciembre 06, 2006
Vergüenza
No lo voy a copiar entero. Es un artículo un poco largo. Pero sí voy a copiar algunas frases. Dice el autor:
«Han pasado siglos, han pasado eras, durante los cuales los poetas no han cesado de cantar las excelencias de la mujer, ni los moralistas se han cansado de recomendarla al resto de los hombres. Han pasado siglos, han pasado eras, y desde las alturas de la década XIX, un hombre religioso y sabio ha mirado a través de los tiempos y ha interrogado a los genios que pasaron. Los genios le han hablado todos de la superioridad moral de la mujer».
Y, en otro punto del artículo, dice su autor:
«Han pasado siglos, han pasado eras de religiones de amor y poesía; los cantos a las diosas, los cantos a las vírgenes, los cantos a las madres han dejado profundas huellas en nuestros corazones; pero todavía, en el rincón oscuro de un hogar frío, la pobre Margot espera impaciente y temblorosa la llegada del macho enfurecido que agite la quietud de su miseria pasiva y resignada con estremecimientos de amores brutales y enfermos». Más adelante, el autor se pregunta: «¿A quién se le ocurre pedir a los borrachos que liberten a sus mujeres? ¿No sería mucho más cuerdo pedir a las mujeres que se libren de los borrachos?»
Es un alegato, sí, contra la violencia doméstica. Ya es de por sí vergonzoso tener que admitir la existencia de ésta en una sociedad que decimos moderna y desarrollada. Pero lo que más vergüenza me da de todo es tener que recordaros, lectores, que éste es un blog de Historia. Que El País, periódico madrileño, no fue fundado en 1975, sino refundado. Con el mismo nombre tuvo una existencia anterior, durante la primera mitad del siglo pasado, como periódico de corte intelectual e ideología republicana.
El artículo que os he citado fue publicado, sí, por El País. El 5 de octubre de 1906. Hace ahora cien años. Su autor fue Julián Besteiro. Hace tantos, tantos años de este artículo que, cuando lo escribió, Besteiro era aún un socialista de nuevo cuño.
Y nos cabe preguntarnos cuántas de las palabras escritas por él, hace ahora cien años, han sido acalladas por el tiempo. Ni una sola, quizás.
Hoy, como hace cien años, sigue siendo necesario el consejo con el que, hace casi 37.000 días, Julián Besteiro terminaba su artículo: «Mujer, sé digna, y sé fuerte».
viernes, diciembre 01, 2006
San Francisco, 1906
Sin embargo, formular así los hechos es un poco desenfocado. Las grandes catástrofes naturales no matan y generan pobreza sólo por sí mismas; en realidad, lo más dañino de ellas suele ser la reacción en cadena que provocan y su capacidad de hacer que lo que funciona bien lo haga mal. Esto pasó también recientemente con el Katrina, pues no fue tanto el huracán el que inundó a un estado, sino la rotura de diques que provocó. En la misma medida, el gran problema del terremoto de San Francisco no fue el movimiento de tierras, sino los incendios.
A principios del siglo XX, no eran pocos los expertos que en Estados Unidos sostenían que San Francisco era una yesca y que corría serio peligro de ser pasto de un incendio pavoroso. Sólo dos años antes del terremoto, un incendio ocurrido en la ciudad de Baltimore se había llevado por delante más de 1.500 edificios. Esto demuestra que ni siquiera en Estados Unidos, líder del mundo, estaba solucionado el problema de los incendios. Pocas décadas antes, en Barcelona, un orgulloso parque de bomberos privados mantenía su local abierto por temporadas para que el público pudiese admirar los cubos y las escaleras que poseía; poseer cubos y escaleras era visto como la leche merengada en materia de incendios. Sin embargo, los edificios eran iguales que ahora; en realidad, más inflamables aún. Éramos pulgas luchando contra un regimiento de artillería.
A este factor cabe añadir otro que, según no pocos expertos, está en el fondo de la virulencia que adquieren hoy en día muchas catástrofes naturales, tales como el huracán Andrew o no pocos desbordamientos de ríos, como el Missouri. Se trata del hecho de que el hombre lleva unos 150 años estableciéndose donde no debe. Hasta más o menos la mitad del siglo XIX, las decisiones de implantación de casas, villas y ciudades ha sido básicamente racional. El hombre, por así decirlo, tenía a su disposición toda la Tierra, motivo por el cual escogía las zonas más cálidas o las más húmedas, los puertos naturales más resguardados y los mejores cauces de los ríos. Paulatinamente, sin embargo, hemos aprendido a ganarle a la Naturaleza algunas manos. Hemos aprendido a ganarle terreno al mar (véase los pólderes de Holanda) o incluso a establecernos en él, como ocurre con algunas localizaciones japonesas, levantadas sobre islas artificiales. Los pesimistas sostienen que, aunque puedas ganarle una mano a la Naturaleza, ésta siempre gana la partida y acabará recuperando lo que es suyo. Sin necesidad de ser tan negativos, es lo cierto que ese tipo de actitudes, unido al crecimiento de la población y del bienestar económico, haya provocado establecimientos en lugares en los que nuestros antepasados no habrían levantado una casa ni hartos de vino; por ejemplo, cerca de cauces de ríos que tienen la mala costumbre de desbordarse cuando llueve demasiado.
En el mundo de hoy hay todo un debate sobre las catástrofes naturales. Hay quien dice que son absolutamente naturales; que lo que entendemos como una virulencia inusitada (Andrew, Katrina, etc.) lo entendemos así porque no tenemos, obviamente, series estadísticas que abarquen miles de años, que son los períodos que se deben manejar para estas cosas. Hay quien defiende que todo esto lo provoca el cambio climático. Y hay quien recuerda el factor que acabo de describir, es decir que parte de la virulencia está provocada por el hombre y su escasa sensibilidad catastrófica.
Algo de esto último hay. En San Francisco y a principios de siglo, había gentes que no estaban muy tranquilas con el hecho de que una de las zonas urbanísticas que entonces se estuviese impulsando fuese el área ganada al mar cerca de la bahía de Yerba Buena. Y el terremoto les dio la razón.
Explicando los terremotos en cristiano converso (o sea, con las palabras de un no científico al que le gusta leer de estas cosas), digamos que vivimos sentados sobre una serie de placas que se mueven. Se mueven muy despacio, menos de 5 centímetros al año, pero se mueven. Como las placas son distintas y se mueven, se rozan; o sea, no van tan deprisa como para chocar, pero sí se rozan. Los puntos de encuentro se producen en las fallas y, además, hay que tener en cuenta que los, por así decirlo, bordes de la placas no son, obviamente, lisos. Estos perfiles rugosos hacen que, a veces, el movimiento se bloquee (como ocurre siempre que frotamos una superficie rugosa contra otra). Con el tiempo (años, siglos) se acumula ahí una tensión que se libera cuando se produce una fractura en la roca. Y la tierra tiembla. En 1906, la fractura se produjo en un espacio de unos 430 kilómetros de la falla de San Andrés, con un desplazamiento máximo de 6 metros 40 centímetros. Sé también que el terremoto de San Francisco le sirvió a un científico, Harry F. Reid, para formular una teoría sobre la formación de terremotos que se conoce como teoría de ruptura de Reid; pero no sé más y, además, si supiera más, la verdad, no sé si me atrevería a explicároslo.
La gran tragedia del terremoto fue la ruptura masiva de las conducciones de gas. Casi inmediatamente, se produjeron nada menos que 52 focos de incendio distintos en el área. Además, la ruptura simultánea de los conductos de agua dejó a los bomberos, si llegaban, sin materia con la que apagar el fuego (las tuberías se rompieron por 23.000 sitios distintos). A eso de las ocho de la mañana, el fuego había avanzado tanto que los 52 focos iniciales se habían convertido en tres grandes incendios que devastaban la ciudad al oeste, al norte y al sur. San Francisco ardió durante tres días enteros y perdió uno de cada cinco de sus edificios, unos 28.000. Las pérdidas pueden calcularse en unos 550 millones de euros, de la época. El daño producido a la economía estadounidense fue casi el doble que el generado por Katrina.
Todo lo que falló hace unos meses con Katrina funcionó en el caso de San Francisco. También es cierto que eran otros tiempos, porque la principal medida dictada por el alcalde, Eugene Schmitz, para garantizar el orden social, sería hoy impensable: autorizó a la policía a disparar a los saqueadores sin previo aviso. Sin embargo, hay que decir que los primeros trenes de socorro llegaron a San Francisco apenas unas horas después de ocurrido el siniestro y que centenares de miles de personas fueron evacuadas en menos de una semana.
¿Volverá a ocurrir? Hay estudios que sostienen que la probabilidad de un nuevo terremoto de San Francisco son, en el primer tercio de este siglo, superiores al 50% (en torno al 60%). No se espera en la falla de San Andrés porque los geólogos están bastante más preocupados por otra falla, la de Hayward. Lo que sí ha avanzado es la prevención contra incendios y, muy especialmente, el abastecimiento de agua.
Podríamos decir: jugamos con más cartas marcadas en la baraja. Pero, a pesar de todo, seguimos básicamente como hace cien años: jugando una partida con la Naturaleza. Tratamos de descubrir cuál es su jugada, pero ella, como ocurre siempre con los buenos jugadores, jamás abandona su cara de póquer.
miércoles, noviembre 29, 2006
Arreglando el país: los enterados
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El primer rasgo del enterado es que él dispone de más información que nadie. Ya sea porque su primo sea el peluquero de la cuñada del Presidente del Gobierno o porque haya oído en un restaurante una conversación significativa entre dos que seguro que pertenecían al CNI, él posee datos que nadie más posee. Cuando al enterado le fallan esas fuentes privilegiadas de información, siempre le queda su capacidad para leer entre líneas y darse cuenta de lo que se cuece, que parece mentira que nadie se haya percatado todavía.
Si los enterados se contentasen con atesorar información y conspiraciones, serían soportables. Lo malo es que se empeñan en arreglar el mundo y contártelo.
Hace algún tiempo conocí a uno de esos enterados en un bar del Madrid viejo. Era un jubilado, al que le caí en gracia. En quince minutos y con una caña, arregló la situación en Iraq. Con otros quince minutos y otra caña, habría arreglado el resto de Oriente Medio. Lo curioso es que sus ideas sobre Iraq no eran mucho más descabelladas que las de Bush, Cheney y Rumsfeld. Tal vez si le diesen una oportunidad sería un mejor Secretario de Defensa de Estados Unidos que Rumsfeld. El listón no está demasiado alto.
En los siglos XVII y XVIII, a los enterados se les denominaba «arbitristas» y el tema del día no era cómo resolver lo de Iraq, sino cómo frenar la decadencia española y que el país volviera a recuperar su esplendor pasado.
Hubo arbitristas disparatados, desde luego. Mi favorito es uno que propuso que se construyeran dos grandes canales, que se encontrarían en Madrid y dividirían la Península Ibérica en cuatro territorios de idéntica superficie. Esto permitiría que toda la Península pudiese disfrutar de los beneficios del comercio marino.
Pero junto a esos arbitristas “enterados”, hubo otros que investigaron las causas de la decadencia de España y encontraron que su raíz era básicamente económica. Si hubieran escrito en inglés y se hubieran apellidado Smith hoy serían estudiados en las facultades de económicas de todo el planeta. Para su desgracia, escribieron en español y en un imperio en decadencia al que nunca se le dieron demasiado bien la propaganda y las relaciones públicas.
Uno de los primeros tratadistas de este tipo fue Martín González de Cellórigo que, ya en 1600, se adelantó a los monetaristas del siglo XX y se dio cuenta de que el mero caudal de metales preciosos no implica riqueza, sino aumento de precios. La idea de que el aumento de la masa monetaria en circulación sin un correlativo aumento en la cantidad de bienes producidos produce inflación ya había sido entrevista por González de Cellórigo trescientos años antes de que naciera Milton Friedman.
Veinte años más tarde, Sancho de Moncada se revela como uno de los primeros economistas políticos de la Historia. Sancho de Moncada hace un análisis de la situación española del siglo XVII que no desmerece de las páginas de economía de un periódico del siglo XX. Para él, la entrada de gran cantidad de metales preciosos en España tuvo como consecuencia el encarecimiento de los bienes españoles, lo que a su vez provocó la ruina de nuestras exportaciones y el aluvión de importaciones baratas que acabaron asolando la industria nacional. Las medidas por las que aboga se parecen mucho a las que aplicaron muchos países en desarrollo en los años 60 y 70 del siglo pasado, con pobres resultados, todo hay que decirlo: proteccionismo comercial y nacionalización de la industria y el comercio, aunque no en el sentido de su asunción por el Estado, sino de la expulsión de los extranjeros y su entrega a los españoles.
Que los llamamientos de Sancho de Moncada y otros arbitristas que defendían ideas similares no fueron oídos, nos lo prueba que treinta años más tarde, hacia 1650, otro arbitrista, Francisco Martínez de Mata, volvió a proponer las mismas medidas proteccionistas y de fomento de la industria nacional que los anteriores. Eso sí, el proteccionismo de Martínez de Mata no es un proteccionismo ciego, sino uno que no pierde de vista la interdependencia entre los distintos sectores de la economía.
Los arbitristas fueron una voz que clamó en el desierto. Aunque los gobernantes fueron a menudo conscientes de que estaban cargados de razón, las necesidades apremiantes de lograr un millón de ducados para continuar el asedio de Breda o de subvencionar con medio millón de ducados al Emperador austriaco para que enviase un ejército al Báltico, hicieron que lo apremiante de los compromisos a corto plazo se comiese a la conveniencia de planificar a largo plazo. Unos gobernantes cuyo horizonte mental apenas iba más allá de la llegada de la próxima flota de Indias y de las campañas militares que su plata podría costear, no estaban capacitados para aplicar los programas de los arbitristas.
lunes, noviembre 27, 2006
El Rey... ¿prudente?
En 1559, la recaudación impositiva en Castilla supuso 3.000.000 de ducados. Ese año, se estima que los gastos incurridos por el presupuesto público fueron de 2.300.000 ducados, de los que 740.000 correspondieron al presupuesto de defensa, otros 700.000 a gastos de la Corte, y aproximadamente 1.500.000 de ducados al servicio de los juros (más abajo explicaré lo que eran; en todo caso, más información aquí). En otras palabras, Castilla era un territorio fuertemente gravado por las deudas pasadas derivadas de las aventuras militares de Carlos I de España y V de Alemania; pero, aún así, sus ingresos eran capaces de sobrellevar dichas cargas con cierta holgura. Se diría que era, por lo tanto, un emisor con riesgo-país asumible.
Sesenta años más tarde, en 1621, la recaudación se había multiplicado por tres y llegó a 10.500.000 ducados. Sin embargo, los gastos habían crecido más considerablemente. Para empezar, el servicio de los juros había pasado a suponer 5.600.000 ducados, o sea se había multiplicado por 3,7. Los gastos de la corte, poco más de 1.000.000 de ducados, seguían en su línea. Había aparecido una nueva partida presupuestaria, el sostenimiento de las posesiones de la corona en Flandes, que importaba nada menos que 3.100.000 ducados. Y los gastos de defensa se habían multiplicado por cuatro, hasta casi tres millones de ducados anuales. Como consecuencia, había un déficit de algo más de un millón de ducados o, lo que es lo mismo, por cada 10 ducados que el Estado ingresaba, gastaba 11. Un déficit público del 10%: Felipe II no habría entrado en el euro ni emborrachando al mismo tiempo a Chirac, Merkel y Blair. La deuda pública (los juros) consumía por sí sola la mitad de la recaudación total. De un país en esta situación hoy diríamos que es un país quebrado.
Y, sin embargo, aquel país quebrado era el dueño del mundo. De hecho, ése era su gran problema.
Empecemos por las fuentes de financiación. Porque una Historia hermosa de estudiar es, por paradójico que lo parezca, la Historia de la Hacienda. Los impuestos no han sido siempre los mismos, ni lo ha sido tampoco la forma de recaudarlos. De hecho, el Estado renacentista no recaudaba impuestos. Sabía que realizar esa labor era extraordinariamente caro y costoso. Por eso, alquilaba las rentas del Reino, en los procesos llamados de encabezamiento. Por periodos, se subastaba la recaudación de impuestos, de forma que el adjudicatario abonaba al Estado dicha recaudación, con un descuento, y procedía a recaudar para sí. El beneficio estaba en el descuento o, eventualmente, en recaudar más de lo previsto. Así pues, los recaudadores de impuestos eran trabajadores del sector privado cuyo éxito dependía de sacar cuanto más, mejor. La mala fama del recaudador de impuestos estaba bien ganada. Algunos impuestos, en todo caso, eran recaudados por las ciudades para el rey.
Otro aspecto curioso, a nuestros ojos, de aquella Hacienda, era que la carestía y los peligros del traslado de capitales hacía que éste se desechase en muchas ocasiones. El Dioni habría tenido poco trabajo en la España del Renacimiento. Por lo tanto, las rentas recaudadas se solían gastar más o menos en el mismo lugar que se recaudaban, con lo cual los mecanismos de solidaridad territorial, en un Estado desde luego mucho menos desarrollado que el nuestro, eran, además, especialmente complejos.
La mayor parte de los impuestos eran indirectos. En Castilla había existido por tradición un impuesto directo, sobre las rentas, denominado cartinega, pero había perdido importancia.
El principal impuesto era la alcabala, una especie de precursor del IVA que gravaba las ventas de bienes raíces y otros objetos de cierto lujo, tales como los paños. La alcabala aparece a menudo ligada a la tercia, un ingreso estatal procedente del diezmo que cobraba la Iglesia católica de sus feligreses (la décima parte, cuando menos teórica, de sus rentas). El diezmo eclesiástico se cobraba en tres partes: la del episcopado, la del clero y la destinada a levantar iglesias y conventos. De este último tercio del diezmo, el Estado percibía dos tercios (tercias), por lo que las tercias venían a suponer, por lo tanto, dos novenos del diezmo total o, si se quiere, dos nonagésimas partes de la riqueza teórica del contribuyente.
La Historia de aquella época marca, de hecho, toda una lucha por parte del poder real para conseguir que la Iglesia suelte parte de su riqueza a favor de las finanzas estatales. Además de percibir las tercias, con el tiempo se crearon las tres gracias, a saber: el impuesto de cruzadas, cuyo origen es una bula papal al Estado que éste acabó por perpetuar; el excusado y el subsidio. La cruzada sufragaba los establecimientos militares de África, mientras que el subsidio pagaba las galeras. Los expertos en Hacienda no paraban de recomendarle al rey que sujetase los gastos militares de forma que se ajustasen a estos ingresos de procedencia eclesiástica. Nunca lo consiguieron.
La tercera renta ordinaria del Estado era el maestrazgo, que pagaban los maestres por serlo, esto es, por estar socialmente por encima de la gleba. A ésta se sumaba a la renta de aduanas o almojarifazgo, que ya era muy parecida a la actual, con la salvedad de que, entonces, los portazgos estaban situados no sólo en fronteras exteriores, sino también interiores. El ejemplo más claro era el puerto seco entre Castilla y Aragón.
La corona cobraba también las llamadas regalías, que eran un pago derivado de la explotación de minas y otras actividades, así como la trata de esclavos. Pero, sin duda, el impuesto más suculento para el Estado era el denominado servicio de los millones, obtenido a partir de recargos en el vino, el vinagre, el aceite, la carne, el jabón y las velas de sebo. O sea, lo que se dice un impuesto sobre las bebidas alcohólicas, el lujo (poca gente se podía permitir la carne entonces) y la luz (que era con velas, claro), todo en uno. Los millones llegaron a aportarle a Felipe II, a principios del siglo XVII, hasta 3 millones de ducados en un año, pero eran unos ingresos difíciles de conseguir, porque debían ser pactados con las Cortes. En puridad, aquellas Cortes eran básicamente una reunión de municipios con los que discutir los millones, y no siempre el rey se llevaba el gato al agua. Felipe IV, acompañado del Conde-duque de Olivares, viajaría en el siglo XVII a Barcelona para obtener de la España no castellana servicios de millones para financiar sus muchas guerras, y volvió con las manos vacías.
Un impuesto curioso era la sisa, que consistía en entregar mayores cantidades de vino u otros bienes por el mismo valor. La palabra se consolidó en nuestro idioma y hoy sisa significa robo o pequeño hurto, a menudo cometido por una persona que maneja dinero de otros. Sisar es lo que hace, por ejemplo, un niño que le hace un recado a su madre y, al volver a casa, miente levemente en el precio de lo que ha comprado, para quedarse con la diferencia.
Otra figura de aquella época que se ha quedado a vivir en nuestro idioma era la concesión de monopolios comerciales (a cambio de dinero) que hacía la corona. Se llamaban estancos.
Otros pequeños impuestos eran tasas finalistas con fines militares; por ejemplo, las fardas. La farda mayor, por ejemplo, era un impuesto sobre la propiedad que se imponía a los moriscos, y se gastaba en las defensas de Granada.
A todo esto hay que unir la llegada de plata de Indias, que ingresaba en el sistema metal precioso y valioso. La llegada masiva de plata generó en algunos periodos problemas de inflación y, a la larga, jugó en contra de las monedas de vellón que también circulaban por Castilla, generando en la práctica un sistema de doble referencia. Los banqueros de los reyes españoles siempre querían cobrar en plata, por supuesto. Y algunos de ellos tenían la sartén por el mango, porque eran dueños de las minas de azufre europeas, y España necesitaba ese azufre para obtener la plata. La plata de América, en todo caso, salvó a Felipe II en las últimas décadas del siglo XVI pues, desde 1577, se había visto obligado a reducir las alcabalas ante lo que probablemente fue un caso de insumisión fiscal masiva.
En tan temprana fecha como 1557 y 1560, Felipe II se vio obligado a suspender pagos a sus financieros, quiebra que inició la tendencia explosiva de la emisión de juros. Los juros eran títulos de deuda pública relativamente parecidos a los actuales. Devengaban un interés, pero su diferencia fundamental estaba en que, dado que hace 500 años el Estado no era garantía de nada (al revés de lo que ocurre hoy en día con las emisiones de riesgo soberano), la garantía del juro (garantía de pago) estaba en las rentas de la corona. Por lo tanto los juros estaban siempre vinculados (situados, se decía) a una determinada renta o recaudación y, en consecuencia, nada más recibir un juro, su propietario procuraba mudarlo lo antes posible a una renta más segura. La consolidación de 1560 supuso la emisión masiva de juros al 5%. Algunas opiniones ven en esta política la creación del hidalgo español improductivo: quien era rico y recibía juros se convertía en un rentista; su actividad consistía en cobrar aquellos intereses, sin trabajar.
Claro que la Hacienda, ya lo hemos visto, es sólo la mitad de la historia. Hasta 1560, más o menos, Felipe II logró sostener su imperio sin pegarse casi con nadie. Pero, a partir de ahí, entró en una dinámica de guerra total agotadora. En muy poco tiempo vinieron a unirse la defensa de Malta, la sublevación protestante en Flandes, la rebelión de Granada y las peleas con el Turco en el Mediterráneo. Solo esta última partida costaba un millón y medio de ducados al año. Las defensas en el Atlántico demandaban el doble. A todo esto hay que añadir que la mayoría de las estimaciones, hechas por los historiadores, se basan en documentación estatal que se refiere, en realidad, a gastos ordinarios. Las campañas extraordinarias se presupuestaban por separado, siendo difícil saber cuánto añaden. Por ejemplo, la victoria de Lepanto le costó, a todos los coligados, 1.100.000 ducados. Tratar de darle en el bebe a Inglaterra (con los resultados que conocemos), por su parte, le costó a Castilla la friolera de 7 millones (debo recordaros, si os habéis perdido, que la recaudación por rentas ordinarias venía a suponer unos 10 millones); y aún y con eso, ya antes de hacerse a la mar, a los integrantes de la Armada se les debían 300.000 ducados que no se les habían podido pagar.
Con todo, la auténtica sangría económica de Felipe II se llamó Flandes. Pocas veces defender la fe católica salió tan caro. En los años buenos, al principio, financiar la guerra flamenca costó millón y medio de ducados al año; conforme la cosa se fue poniendo fea, la cantidad se dobló. En 1608, la guerra de Flandes había costado 110 millones de ducados (una vez más: unas once veces la recaudación de impuestos de todo un año. Haced la cuenta con los Presupuestos Generales del Estado de este año, y ya veréis lo que os sale).
En septiembre de 1575, Felipe II haría el último intento serio de arreglar las cosas, forzando una nueva quiebra. En realidad, el objetivo de aquella quiebra fue poner los juros y los compromisos en manos castellanas o, lo que es lo mismo, mandar a freír espárragos a los banqueros genoveses que le tenían agarrado por los cataplines. Pero fracasó. La guerra atlántica, la Pérfida Albión, cambió esos planes y, para 1581, ya no quedaban fortunas en Castilla para financiar al Rey Tiraduros. Felipe II heredó de Carlos I un endeudamiento de 30 millones de ducados y dejó otro más cerca de 150 que de 100 millones.
Se habla mucho de los Tercios de Flandes como ejemplo de ejército cruel que sometía las poblaciones que invadía a pillaje. En este panorama, cabe entender que, para muchos soldados, el saqueo era la única forma de cobrar algo. El soldado de la época de Felipe II es, en efecto, un ladrón, un extorsionador y, las más de las veces, alguien que, dado que no cobra, compagina el oficio militar con cualquier otro, convirtiéndose en una especie de militar a tiempo parcial.
En suma: la Historia del reinado de Felipe II y algunos años después es la Historia de un Estado que no se resigna a ser pequeño. Las evidencias eran bastante evidentes en el sentido de que Castilla ya no daba más de sí y que había una dependencia excesiva de la plata americana, recurso volátil donde los haya. El Rey Prudente probó a recargar las alcabalas, imponer sisas, pedir millones; pero nunca, que se sepa, acudió a la solución más lógica, que hubiera sido la tijera. El pie forzado fue siempre conseguir ingresos suficientes para poder armar galeras suficientes, equipar tercios por doquier, para seguir demostrando la grandeza de Castilla, que era la grandeza de España.
El Rey Prudente. Otro día hablaremos de lo que hacía por las noches, después de haber arruinado a su imperio.
viernes, noviembre 24, 2006
Weekend: Alejandro Magno
Pero de ciencia no voy a hablar. Para eso está Omalaled. Otra de las lecturas «extra blog» que realizo es la Histoira, pero del mundo. Sé que a Ina le ocurre lo mismo, es más, él, como persona que es muy viajada, tiene otra visión de muchas cosas más, por así decirlo, global que la mía.
Ambos, Ina y yo mismo, hemos reflexionado alguna vez, por correo electrónico, sobre si a los pacientes lectores de estas notas les molestarían las digresiones. Porque este blog se llama Historias de España y no pretende nada más que contar Historias de España (ya sé que aquí detrás hay una discusión interminable, y es qué es España; pero eso forma parte del juego). Incluso manejamos la posibilidad de crear otro blog hermano, Historias del Mundo, y volcar ahí nuestras lecturas de más allá de los Pirineos. No obstante, lo hemos desechado por razones logísticas. Este blog es gratis para el que lo lee y gratis para el que lo escribe. Y así seguirá siendo, porque ésta es la grandeza de internet. Mi retribución es la constancia, via mensajes, o sino la sospecha, de que alguien ha podido aprender algo que no sabía leyendo esto. Una de las cosas más divertidas que me han pasado desde que empecé este blog es el pequeño paquete de lectores que me ha confesado un triunfo en alguna reunión familiar o de amigos contando la anécdota de Miguel de Molina y los fachas que le petardeaban el espectáculo por ser maricón.
No tenemos, pues, capacidad para mantener dos blogs históricos a la vez.
De momento, he pensado en una solución. Dado que el fin de semana es tiempo de lecturas diferentes, los viernes, sábados o domingos trataré de utilizarlos para colocar estos post slightly off topic. Por eso el de hoy se llama Weekend.
Tomadlo como una licencia del jefe. A los autores nos gusta hablar de muchas cosas de la Historia del mundo.
Hoy le toca a Ina.
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¿Quién fue Alejandro Magno?
By Inasequible Aldesaliento
A Alejandro Magno lo descubrí en la novela El muchacho persa de Mary Renault. En dicha novela, Renault describe a Alejandro como una persona carismática, generosísima, inteligente, osada. Casi más que un conquistador, es un hombre curioso, deseoso de conocer el mundo. Desgraciadamente su condición de rey le obliga a ir acompañado de un ejército de macedonios y a conquistar las tierras que va pisando.
La visión que ofrece Mary Renault no puede ser más idílica y justifica hasta los episodios más controvertidos de la carrera del macedonio. Cuando los tirios le ofrecen sumisión y Alejandro quiere imponerles que le dejen hacer sacrificios de estado en el templo de Melcarte, Reanult no lo ve como una imposición sacrílega a los tirios sino como una manera de poner a prueba la lealtad de su sumisión. La negativa de los tirios a lo solicitado llevaría a un largo asedio que terminaría con la destrucción de la ciudad. El saqueo de la inerme Persépolis lo presenta como el inevitable premio para sus hombres a los que había refrenado para que no saquearan ni Babilonia ni Susa. No obstante, ni tan siquiera Renault puede justificar de una manera coherente el incendio del palacio de Persépolis. El asesinato de Parmenión lo justifica por el hecho de que Alejandro había mandado ajusticiar a su hijo, que al parecer había estado envuelto en una conspiración para asesinarlo. Tanto si era inocente como si no (y Mary Renault se decanta más bien por lo segundo), no resultaba seguro, estando en territorio hostil, dejar a sus espaldas a un general a cuyo hijo acababa de ejecutar y que podía reclamar venganza. Finalmente, el deseo de Alejandro, tras haber derrotado a Poros, de seguir adelante, más allá del Indo, hasta el Ganges y el océano (que él creía que estaba mucho más cercano de lo que de verdad está), Mary Renault lo presenta como el sueño de un visionario que simplemente aspira a alcanzar los confines de la tierra no para conquistarlos, sino por curiosidad.
Después de haber leído a Mary Renault, uno toma la biografía de Alejandro que escribió Roger Caratini y parece que estuviese leyendo la vida de un personaje completamente diferente. Caratini lo presenta como un tirano caprichoso y megalomaníaco con brotes de violencia irracional que fueron haciéndose más frecuentes a medida que sus éxitos le iban alejando de la realidad. Para que no le falte nada, Caratini hasta le atribuye un inmenso edipo hacia su madre, la terrible Olimpia. Eso sí, Caratini le reconoce una serie de virtudes, como la generosidad, el valor personal y la austeridad, que se le han venido reconociendo desde la Antigüedad.
Tal vez, para determinar quién fue Alejandro Magno debamos acudir a la fuente histórica más fidedigna que nos ha llegado: la Anábasis de Alejandro Magno, que Flavio Arriano escribió en el siglo II n.e. Su libro es un libro sobrio, donde se nota que el escritor había tenido experiencia militar. Arriano tuvo acceso a fuentes que no nos han llegado, como el relato de Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro. Aunque cuando escribió, ya se había forjado la leyenda de Alejandro Magno, posiblemente el retrato más exacto del conquistador al que tengamos hoy acceso sea el de Arriano.
El retrato que traza Arriano se parece más al de Mary Renault que al de Caratini. Ya en Arriano aparecen los rasgos más amables del carácter de Alejandro, como eran su generosidad, su valor y la camaradería con sus hombres. Eso sí, Arriano insiste más que Mary Renault en dos rasgos sombríos de su personalidad: su excesivo amor por la bebida y los raptos de cólera, que a menudo estaban vinculados a sus grandes borracheras. Fue en uno de esos raptos en los que mató de un lanzazo a Clito, uno de sus compañeros, por una absurda discusión entre borrachos. Leyendo a Arriano, da la impresión de que los ataques de cólera y la impaciencia fueron aumentando con los años en intensidad y frecuencia. Tal vez, si hubiera vivido más, sí que hubiera terminado por parecerse a la imagen del tirano megalomaníaco y un poco psicópata que traza Caratini.
Una última cuestión que habría que plantearse es la del juicio histórico que nos merece Alejandro Magno. Pienso que no puede ser más que negativo.
El Imperio persa había logrado unificar los territorios que iban desde el Indo hasta el Egeo y desde Egipto hasta el Asia Central. Era un imperio muy descentralizado, donde los distintos pueblos gozaban de gran libertad para dirigir sus propios asuntos. Prácticamente sólo se les pedía que aceptaran la presencia de un sátrapa, que aportasen tributos y que contribuyesen con tropas cuando se les pidiese. Era un imperio que había pasado ya su época expansiva y que militarmente era un gigante con pies de barro. Posiblemente, sin Alejandro, su destino final habría sido caer bajo los golpes de algún otro conquistador o fragmentarse cuando Persépolis hubiera sido incapaz de contener las fuerzas centrífugas del imperio.
¿Con qué sustituyó Alejandro a ese imperio benévolo? Con nada. Podemos pensar que fue el efecto del destino, que se lo llevó antes de que hubiera tenido tiempo para dotar a sus conquistas de una estructura política sólida. Pero esa idea, que busca dejar a Alejandro en buen lugar, está equivocada.
Alejandro había visto como su padre Filipo II había sido asesinado inesperadamente mientras preparaba precisamente la campaña militar contra el Imperio persa. Poco antes de su muerte, había visto cómo su amante Hefestión moría joven de un tifus mal curado. Él mismo había estado a punto de morir como consecuencia de un flechazo en el ataque a una ciudad india. Por consiguiente, Alejandro no podía ignorar que la muerte era una realidad que le podía atacar en cualquier momento.
Otros conquistadores posiblemente se habrían detenido tras la conquista de Persépolis, habrían abandonado los territorios orientales del imperio, que además de más abruptos estaban menos desarrollados económicamente, y habrían empezado a levantar el edificio político del imperio. En todo caso, tras el regreso de la India, el movimiento lógico era el de empezar a administrar sus conquistas.
Es cierto que tras su regreso de la India tomó algunas medidas que parecían indicar su deseo de crear un imperio mestizo persa-macedonio. Pero muy pronto la impaciencia le dominó y abandonó el papel de administrador que debía de resultarle bastante aburrido. Exploró el Tigris, se dedicó al ocio, licenció a los veteranos que querían regresar a Macedonia, preparó unos fastuosos funerales para Hefestión (había algo excesivo en Alejandro, cuando amaba, cuando combatía y cuando sufría) y… empezó a preparar una flota para circunnavegar la Península Arábiga.
Siempre es posible especular con lo que hubiera sucedido si Alejandro hubiera muerto anciano y hubiera tenido más tiempo para organizar sus conquistas. La realidad es que no dispuso de ese tiempo y el poco tiempo que le dejó el destino apenas lo empleó en esos menesteres. A su muerte, no dejó un heredero indiscutido ni un sistema de sucesión organizado. El resultado fueron treinta años de guerras entre sus generales y la división del imperio. Posiblemente los pueblos de Oriente Medio y del Asia Central hubieran preferido no haber conocido a Alejandro Magno.
martes, noviembre 21, 2006
Curiosas ausencias
Nuestros políticos no parecen darse cuenta, o no quieren, de que la imagen del investigador histórico, especialmente el amateur que, como yo, no vive de esto y por lo tanto no tiene mañanas para ir a donde quiera a tomar notas; esa imagen, digo, ha cambiado. Hoy, el investigador histórico ya no es sólo el tipo embutido en legajos o cajas de documentación; también es una persona que, con paciencia y esfuerzo, navega con su ordenador desde su casa, bajándose e imprimiéndose imágenes de documentos para su estudio y cotejo.
En fin, además de esta crítica, que hago extensiva a todas las fuerzas políticas de este país con más de treinta años de historia, que son unas cuantas, así como a fundaciones varias, me gustaría detenerme sobre la visión que el PSOE tiene de sí mismo y de su pasado. Está en el subapartado Historia del apartado Nuestro Partido. Allí, a base de textos breves, se cuenta la Historia del PSOE en sus diversas etapas. A continuación os copio todos los textos hasta la muerte de Franco. Todas las cursivas y negritas que leeréis son mías, y después del texto explicaré por qué.
«El Partido Socialista se fundó clandestinamente en Madrid, el 2 de mayo de 1879, en torno a un núcleo de intelectuales y obreros, fundamentalmente tipógrafos, encabezados por Pablo Iglesias.
El primer programa del nuevo partido político fue aprobado en una asamblea de 40 personas, el 20 de julio de ese mismo año.
El PSOE fue así uno de los primeros partidos socialistas que se fundaron en Europa, como expresión de los afanes e intereses de las nuevas clases trabajadoras nacidas de la revolución industrial.
Desde entonces, ha orientado su labor hacia el logro de los grandes ideales emancipatorios del socialismo, con los cambios lógicos de estrategia que los momentos históricos han impuesto en cada caso, y que libre y democráticamente han decidido el conjunto de los afiliados.
Desde su fundación en 1879, el Partido fue aumentando el número de sus militantes y asentando su base teórica. La necesidad de defender adecuadamente los derechos de los trabajadores impulsó la creación de una organización sindical socialista. Así nació la Unión General de Trabajadores (UGT), cuyo Congreso fundacional se celebró en Barcelona, en 1888.
En las elecciones de 1910, Pablo Iglesias obtuvo un escaño y se convirtió en la primera voz del movimiento obrero español que se pudo oír en el Parlamento.
Esta progresiva implantación del socialismo español fue permitiendo plantear una importante crítica social y una creciente contestación popular a las limitaciones políticas de la Restauración, cuyo sistema permitía que los derechos civiles fueran burlados y que se produjese el reparto de poder entre los partidos liberal y conservador y el turno en el desempeño de las tareas de Gobierno.
La condición no beligerante de España durante la Primera Guerra Mundial, iniciada en 1914, hizo posible un cierto desarrollo económico que permitió amasar importantes fortunas a determinados sectores de la burguesía, mientras que los trabajadores sufrían las consecuencias de una tremenda subida de precios, que disminuía por días la capacidad adquisitiva de sus salarios. El malestar ante esta situación, junto a la creciente demanda de libertades más efectivas planteada por amplios sectores de la población, crearon un ambiente de movilización social a favor de un cambio político, a cuyo frente se pusieron el PSOE y la UGT, encabezando un movimiento huelguístico que conmocionó a la burguesía en agosto de 1917 y que fue duramente reprimido.
Los acontecimientos de la Revolución Rusa de octubre de 1917 y la fundación de la III Internacional por Lenin introdujeron elementos de división en el movimiento obrero internacional. En España, el intento de "dirigismo" de la Internacional Leninista suscitó un vivo debate en el PSOE, que dio lugar a que los partidarios de Lenin en este Partido lo abandonaran para fundar el Partido Comunista de España (PCE).
Tras los siete años de dictadura militar del general Primo de Rivera, la alternativa republicana, apoyada por el PSOE, triunfa en las elecciones del 14 de abril de 1931, dando lugar a la inmediata instauración de la II República, en un clima de entusiasmo popular.
Los candidatos socialistas en coalición con los republicanos obtienen 115 escaños en el Parlamento. Juntos emprenden una decidida política de reformas impulsada por un Gobierno en el que están presentes tres ministros socialistas: Largo Caballero, Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos.
Esas reformas, especialmente la Reforma Agraria y la Legislación Laboral, son contestadas con una dura oposición por las fuerzas políticas de derechas.
La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) obtendrá un importante apoyo en las elecciones de noviembre de 1933, dando lugar al desplazamiento de las fuerzas progresistas del poder.
El endurecimiento de las posiciones conservadoras y el fuerte impacto popular causado por la represión de la revolución de Asturias, provocaron la unión de las fuerzas progresistas republicanas en un único bloque político: el Frente Popular, que ganó las elecciones de 1936, lo que permitió continuar la política de reformas iniciada en 1931. Sin embargo, estas expectativas se vieron truncadas por el golpe de estado militar que, alentado por la derecha española, sumió al país en una cruenta guerra civil que se prolongó desde 1936 a 1939.
El apoyo del fascismo internacional a Franco, la inhibición de los países democráticos, la mayor disponibilidad de recursos económicos de los sublevados y otros factores, dieron lugar, tras largos y duros combates, a la derrota del Gobierno de la República.
El desenlace de la guerra civil abrió un periodo histórico difícil para la sociedad española, en general, y para los socialistas, en particular.
A pesar de ello, siguieron combatiendo en la clandestinidad o desde el exilio. En 1953, Tomás Centeno, Secretario General de UGT y dirigente del PSOE, moría víctima de la represión en la Dirección General de Seguridad. Dos años después, había en el penal de Burgos más de 1.200 socialistas, llegando a coincidir en las cárceles franquistas un total de seis Comisiones Ejecutivas.
Sin embargo, el PSOE durante el franquismo desarrolló una significativa acción opositora, participando en las huelgas de los años 50 y 60, enfrentándose a la dictadura en condiciones muy duras y sometido a una constante persecución policial.
Ya en los años 70, el PSOE se convierte en una seria amenaza para el declinante régimen franquista, por sus relaciones con las fuerzas democráticas europeas y su imagen de partido socialista democrático dentro de España. En 1974 se celebra en Suresnes (Francia) el 26 Congreso del Partido, que elige a Felipe González Secretario General.
Cuando en 1976 (aún en la clandestinidad), el Partido decide celebrar en Madrid su 27 Congreso, el PSOE está jugando ya un papel fundamental en la vida política española. La legalización del Partido Socialista se produce en febrero de 1977.
La creación, junto con otros partidos democráticos, de una coordinadora común de oposición y negociación, obliga a abrir un proceso de reforma política que desemboca en las elecciones democráticas de 1977, en las que triunfa la UCD, mientras el PSOE se consolida como el primer partido de la oposición.»
Bien. A raíz de este texto, los personajes fundamentales de la historia del PSOE, de 1879 a 1977, fueron:
- Pablo Iglesias, que lo fundó y luego salió diputado.
- Francisco Largo Caballero, que fue ministro en el primer gobierno de la República.
- Indalecio Prieto, por lo mismo.
- Fernando de los Ríos, por lo mismo.
- Tomás Centeno, por ser víctima de la represión franquista.
- Felipe González, por ser elegido secretario general en 1974.
Esta nómina olvida:
- Que Francisco Largo Caballero, además de ser ministro de Trabajo en el primer gobierno de la República, fue Presidente del Gobierno durante la guerra (lo de que fue Consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera puedo entender que el PSOE no tenga demasiadas ganas de ponerlo).
- Que Indalecio Prieto, además de ser ministro de Hacienda en los tiempos de la República, fue ministro durante la guerra encargado de la dirección nada menos que de las operaciones bélicas.
- Que hubo un militante del PSOE llamado Juan Negrín (del que, desde luego, el PSOE abomina como si fuese el Maligno) que presidió el Gobierno de España durante buena parte de la guerra.
- Que hubo otro dirigente del PSOE, llamado Julián Besteiro, que fue presidente del Congreso. También es cierto que impulsó y colaboró activamente en el golpe del coronel Casado contra la República. Pero también es cierto que, al final de la guerra, se quedó en Madrid (y fue el único) a enfrentar su destino, muriendo enfermo en la cárcel. En mi opinión, y con todos mis respetos hacia Tomás Centeno y su familia, si hay que citar a un socialista significado muerto por la represión de Franco, ese alguien es Julián Besteiro.
- Que entre Pablo Iglesias, fundador; y Felipe González, secretario general en Suresnes, el PSOE tuvo unos cuantos dirigentes de partido, notablemente el propio Largo Caballero y, por ejemplo, Rodolfo Llopis, que fue SG durante los años de la clandestinidad.
Más allá, las otras itálicas tienen que ver con cosas como:
- No se dice quién organizó la huelga general de 1917 (Largo Caballero, Besteiro y Saborit).
- Se cita de pasada la Revolución de Asturias (se dice que la CEDA la utilizó para su reacción derechista), con lo que el texto pasa de puntillas sobre dos hechos: primero, que la Revolución de Asturias fue un golpe de Estado revolucionario en toda regla, cuyo principal objetivo era hacerse con los edificios principales del gobierno en Madrid; y dos, que el PSOE fue quien organizó aquella movida.
- De hecho, este resumen, ladinamente, trata de desbastar al PSOE de la República de toda veleidad revolucionaria marxista aseverando que los partidarios de Lenin se fueron todos al PCE; y olvida, supongo que interesadamente, que Largo Caballero, o sea su líder, era llamado el Lenin español (también por, entre otros, las Juventudes Socialistas) y que hay mogollón de fotos de la época de manifestaciones en las que su retrato es paseado junto con el del ruso aquél bajito y con barba de chivo.
- Se dice que el PSOE apoyó la alternativa republicana en 1930. Lo cual es verdad, aunque sólo con la puntita. En un texto algo más sincero que éste, debería reconocerse que Indalecio Prieto estuvo en el Pacto de San Sebastián a título personal y que, de hecho, a Largo no le gustó un pelo que hubiese ido.
- Otra verdad a medias, por no decirlo de otra manera, que contiene el texto es la aseveración de que uno de los factores a favor de Franco en la guerra fue «la mayor disponibilidad de recursos económicos de los sublevados». El bando republicano contaba, como acabamos de ver en un reciente post, con un cash de casi 4.000 millones de pesetas de la época y, es más, en el first strike del golpe de Estado, retuvo casi todas, si no todas, las grandes áreas productivas del país, notablemente el norte industrial, Cataluña y Levante. El 19 de julio de 1936, la mayor parte del PIB español era republicana.
- No se rinde el homenaje justo que merece la oposición interna del PSOE en los años difíciles y, muy especialmente, la muy meritoria labor de Antonio Amat (a quien, esto hay que reconocerlo, sí homenajea, un poquito, el Partido Socialista de Euskadi)
Tienen su miga estos textos. Especialmente, como ya he dicho, la actitud que el PSOE guarda hacia Juan Negrín y hacia los oscuros años de la primera posguerra, cuando en el seno del partido pasaron muchas cosas, pocas de ellas agradables (discutieron por la pasta).
Pero yo, que soy no sé si un romántico o un gilipollas, pienso que los partidos políticos tienen una responsabilidad que va más allá de la que puedan tener otras instituciones más de medio pelo. Es difícilmente creíble en el presente un partido político que es incapaz de asumir su Historia; y yo creo que todos, racionalmente, podemos reconocer, sin problemas, que en cien años de Historia no es que pueda haber, es que tiene que haber momentos oscuros.
sábado, noviembre 18, 2006
Objetivo: salvar a José Antonio
De José Antonio se ha hablado mucho y es, por lo tanto, personaje muy conocido. Era hijo del general Miguel Primo de Rivera, que había sido dictador de España entre 1923 y 1930, y cuya defección fue el principio del fin de la monarquía de Alfonso XIII. Cuentan las crónicas que era un abogado no exento de habilidad como litigante, aunque siempre tuvo un temperamento violento. Salta, nunca mejor dicho, a la escena de la Historia de España durante un acto en Madrid en el que un conferenciante tuvo palabras peyorativas para su padre. José Antonio, desde una fila trasera del público, saltó desde el respaldo del asiento anterior hacia el escenario para darse de hostias con el conferenciante.
Fundó Falange Española, un partido de corte fascista mucho más mussoliniano que hitleriano, que más tarde se fusionaría con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, de parecida ideología, para formar Falange España y de las JONS. El asesinato del militante Matías Montero fue para él un acicate; cuentan las crónicas que estaba en una cacería cuando recibió la noticia y que, nada más saberla, declaró que sus días de vida cómoda se habían acabado. Yo tengo una foto de José Antonio saliendo del cementerio ese día, y es lo cierto que su rostro lo dice todo.
En tiempos de la República fueron tan comunes los entierros de falangistas muertos violentamente que a José Antonio le pusieron el mote de Simón el Enterrador. Fue parlamentario durante los años de gobiernos de las derechas, aunque sin siquiera acercarse a la posibilidad de gobernar. En febrero de 1936, en las elecciones que ganó el Frente Popular, cometió el error de no pactar con las derechas la inclusión de candidatos de Falange en sus listas. Es bastante chusco pensar que a José Antonio siempre le preocupara que Falange fuese utilizada por otros, porque eso exactamente es lo que hizo Franco con el partido que él había fundado.
La llegada del Frente Popular al gobierno supuso la ilegalización de Falange y la detención de sus dirigentes. Decisión que no puede considerarse en modo alguno ni inmoderada ni antidemocrática. Si consideramos una brutalidad el asesinato por socialistas del diputado José Calvo Sotelo, no podemos olvidar que fueron falangistas joseantonianos los que, algunos meses antes, intentaron hacer lo mismo con un diputado socialista en la calle Goya de Madrid.
José Antonio decía que quería «una España alegre y faldicorta» y algunas otras cosas que suenan bien; pero no cabe duda de que propugnaba, con claridad, un estado fascista. Los 27 puntos programáticos de Falange dejan poco lugar a dudas al respecto. Además de contener algunas de las coletillas propias del franquismo (aquello de «España es una unidad de destino en lo universal» que repetíamos como loros todos los estudiantes de Formación del Espíritu Nacional), los puntos falangistas hablaban sin ambages de un Estado totalitario que, en pura ortodoxia fascista, otorgaba al hombre el derecho a ser libre, pero siempre en el seno de una supraestructura de mayor importancia, la nación. Su gran baza estratégica (punto 9) era la concepción de España como un inmenso sindicato de productores, es decir una especie de Estado sindical (éste, «¡Estado sindical!», era el grito reivindicativo de los falangistas en el primer franquismo) que, a la larga, venía a significar organizar la sociedad como un ejército. Sin embargo, el falangismo tenía indudables ribetes anticapitalistas (véase el punto 10, por ejemplo), que llevaba a algunos de sus miembros más radicales a proponer medidas como la nacionalización de la banca. Se han señalado no pocas veces puntos de anclaje entre falangismo y anarcosindicalismo y hay bastantes testimonios, de hecho, de que parte de la militancia del primero provino del segundo, y aún del marxismo.
Como ya se ha dicho casi todo, a mí me gustaría hoy escribir unas líneas sobre algo que yo creo que se conoce poco, y son los planes y negociaciones que hubo en su día, estallada ya la guerra, para sacar a José Antonio de la cárcel.
José Antonio, por suerte para él, había sido trasladado, en julio de 1936, de la cárcel Modelo de Madrid, donde más que probablemente habría sido masacrado junto con otros correligionarios como Ruiz de Alda, a la de Alicante. Esto permitió que hubiese negociaciones para canjearlo por algún preso republicano de la misma importancia. El candidato fundamental era el hijo del líder socialista Francisco Largo Caballero. Cuando estalló la guerra, este muchacho estaba cumpliendo el servicio militar en la unidad de Transmisiones del Regimiento de El Pardo. El regimiento de El Pardo era claramente golpista, hasta el punto de en su seno se llegó a albergar un plan para asesinar al presidente Manuel Azaña, que tenía allí su residencia. Este plan no se llevó a cabo pero, al estallar la guerra y fracasar el golpe en Madrid, este regimiento se marchó a las cercanas posiciones de Segovia, en poder de los nacionales, y se llevó con él a Largo Caballero hijo. Lo trasladaron a Sevilla, donde Gonzalo Queipo de Llano lo custodiaba.
En septiembre de 1936, el padre de este muchacho, Francisco Largo Caballero, accedió a la presidencia del Gobierno. Su antecesor en el cargo, José Giral, entonces ministro sin cartera encargado, entre otras, de la labor de gestionar los canjes de prisioneros, planteó ante el consejo (formado por socialistas, comunistas, PNV, Izquierda Republicana, Unión Republicana y Esquerra Republicana de Catalunya) el canje Primo de Rivera/Largo Caballero. Pues bien: no sólo todos los grupos políticos se mostraron contrarios al canje, sino que el propio presidente zanjó el tema con una frase lapidaria: «Señores, no me obliguen ustedes a sumir el papel de Guzmán el Bueno».
A pesar de este fracaso palmario, los falangistas no tiraron la toalla. El periodista y escritor falangista Eugenio Montes, gran amigo de José Antonio, tuvo encuentros en París con personas más o menos cercanas con el gobierno del Frente Popular: José Ortega y Gasset, Felipe Sánchez Román y Santiago Alba.
Según escribió Maximiliano García Venero en la biografía por encargo de Manuel Hedilla, que entonces era el Jefe Nacional de Falange, Montes viajó a Burgos desde París para informar al propio Hedilla de que sus gestionen habían tenido éxito, y que Indalecio Prieto, ministro socialista, exigía treinta rehenes y seis millones de pesetas a cambio del líder falangista. Sin embargo, poco tiempo después Prieto, o quienquiera que fuese que hablaba en nombre de Prieto si es que la oferta existió en realidad, se desdijo de ella aduciendo, argumento creíble, que la cárcel de Alicante estaba custodiada por milicianos de la Federación Anarquista Ibérica, y que el Gobierno no tenía autoridad para llegar allí y ordenar que sacasen ni a ese preso ni a ninguno. Esto es, ya digo, más que probablemente cierto, porque los primeros meses de guerra, yo diría que el primer año por lo menos, fueron un lamentable espectáculo de desgobierno en el área republicana, con las bandas y partidos campando por sus respetos. Como muestra, cuando Dolores Ibárruri, La Pasionaria, se dirigía a París algunos meses después, se encontró con la humillante escena de que, a su paso por Barcelona, unos milicianos anarquistas le exigiesen el pasaporte e incluso coqueteasen con la idea de impedirle seguir viaje. Lo cuenta ella misma, indignada, en sus memorias.
La Opción C de Falange fue pasar a la acción. Agustín Aznar, un destacado miembro del partido (sin relación con los Aznar de los que desciende el ex presidente del Gobierno), se fue a visitar a Franco a Cáceres en compañía de otros doce falangistas y después fue a ver a Queipo, quien le dio un millón de pesetas extraídos de la caja del Banco de España de Sevilla. Era septiembre de 1936.
Una vez conseguido el dinero, la partida de falangistas embarcó en la futura patria de Rocío Jurado, Chipiona, en el torpedero alemán Iltis, que les llevó hasta Alicante. A la zona roja, pues.
En Alicante contaban con la ayuda, fundamentalmente, de un alemán, Joaquim von Knobloch, que había sido nombrado cónsul alemán honorario en la ciudad levantina, aunque rechazado por el gobierno republicano por ser miembro del NSDAP (el partido nacionalsocialista de Adolf Hitler).
Agustín Aznar, el falangista de mayor fuste en aquella brigadilla, entró en Alicante con un pasaporte alemán a nombre de August Gaetner, expedido por el consulado alemán en Sevilla. Para desembarcar tuvo que hacerlo de tapadillo, porque el encargado de negocios de la embajada alemana en Madrid, Voelckers, que estaba en Alicante para organizar allí las dependencias consulares, prohibió el desembarco de los españoles desde el torpedero.
Una vez en Alicante, Aznar tomó con contacto con las hermanas Carmen y Matilde Pérez, ambas falangistas e hijas de un práctico del puerto de Alicante que, si hemos de creer el testimonio que ellas mismas dan en el libro de García Venero, pasó, a través de Von Knobloch, información sobre buques llegados al puerto para que fuesen bombardeados por los sublevados.
Entre todos buscaron a un rojo sobornable. Éste resultó ser un tipo al que apodaban El Vaselina (probablemente cenetista). Von Knobloch se le acercó y, haciéndose pasar por periodista, le ofreció 10.000 pesetas por conseguirle una entrevista con Primo de Rivera. Como viese que El Vaselina no le hacía ascos a la historia, se lanzó y le ofreció un millón por liberarlo. El Vaselina contestó lo que los matones de Don Vito Corleone: es difícil, pero se puede intentar.
Entonces, Von Knobloch le dijo que le presentaría a un francés que era quien iba a financiar la operación. El francés era Agustín Aznar.
El Vaselina les dijo que había que darse prisa. Según él, habían llegado de Málaga varias personas con la única intención de matar a José Antonio. De hecho el gobernador de la provincia, el republicano Vázquez Limón, había reforzado la guardia de la cárcel.
A Agustín Aznar intentan detenerlo pocas horas después de aquella entrevista. Se zafa como puede. Entonces se intenta llevarlo al torpedero, pero Voecklers se niega y, más aún, insta a su protocónsul para que el falangista salga de la embajada antes de cuatro horas.
Von Knoblock busca un uniforme de teniente de navío alemán para camuflar a Aznar. El tema es problemático, porque el falangista está gordísimo. Finalmente, con una chaqueta ajustadita y unos pantalones prendidos con imperdibles, Aznar, acompañado por los otros falangistas, embarca en una nave que se hará famosa para la Historia algunos años más tarde: el Graf von Spee.
Von Knoblock fue expulsado de Alicante, ante sus actuaciones claramente pronazis, pero desde Sevilla siguió trabajando para el rescate del líder de Falange.
Entonces, llega el plan D, urdido de la siguiente manera: El consignatario de la naviera Ybarra en Sevilla, Gabriel Ravello, iría a Alicante previamente provisto de algunos millones de pesetas. Una vez llegado su barco, y por costumbre inveterada, los marinos debían presentar sus respetos al gobernador civil, por lo que éste subiría al barco. Una vez en el barco, el práctico del puerto (el falangista Pérez de quien ya hemos hablado, o sea el padre de Carmen y de Matilde) procuraría un encuentro discreto entre Vázquez Limón y Ravello en el que éste trataría de sobornar al gobernador para que salvase a José Antonio.
En el buque cisterna Hansa, y tras una entrevista de Von Knobloch con el propio Franco en el que éste fue informado del plan, llegaron a Alicante el diplomático nazi, Ravello y Pedro Gamero, otro de los falangistas de postín. Llamaron a Voecklers para que subiese al barco a visitarlos, pero éste se negó. Parece que está bastante claro que este Voecklers no quería saber nada con la liberación de José Antonio; lo cual no quiere decir, necesariamente, que fuese prorrepublicano. Ya he dicho que la Falange le hacía mucho más tilín a Mussolini.
Sin embargo, estando ellos en el puerto llegó otro barco alemán, el Deutschland, cuyo mando, el almirante Carls, era mucho más proclive a la cosa. Se mostró dispuesto a ayudar a la conspiración. La operación de subida al barco del gobernador se montó en otro barco alemán, el Sillacs. Pero se presentó Voecklers, y prohibió a Von Knobloch que intentase abordar al gobernador. Los alemanes no volvieron a intentar la liberación.
En paralelo, visto el fracaso, Hedilla y Aznar le plantean a Franco la opción de una toma de comandos. Según García Venero, Franco dio su aprobación (aunque debo decir que no era su estilo, y resulta difícil de creer). El caso es que un centenar de falangistas fue concentrado en Sevilla, entre los cuales, por cierto, se encontraba, siempre según García Venero, el primer español que brilló en la elite de los pesos pesados de boxeo: Paulino Uzcudun. Fue un mes y medio de entrenamiento, pero el comando no llegó a actuar. El plan necesitaba de la complicidad de alguien en zona roja pero, a pesar de ofrecer los falangistas ocho millones y rescatar, junto con José Antonio, al cómplice, no lograron encontrar uno.
Se ha dicho, y yo lo creo, que el empeño republicano por fusilar a José Antonio fue un error. Algunas teorías sostienen, un poco en línea con lo que aquí se ha contado de fuente falangista, que Indalecio Prieto quería que José Antonio acabase en zona nacional, porque consideraba que sus ideas anticapitalistas minarían la retaguardia ideológica de los sublevados y sembrarían la división. No lo sé, pero tiene lógica que alguien, aunque sólo fuese una persona, tuviese en la cúpula republicana la claridad de mente como para darse cuenta de eso. La Falange luchó al lado de Franco con la misma bravura que lo habría hecho de haber estado José Antonio para darle las órdenes. La muerte del Jefe Nacional no minó un ápice la combatividad del bando sublevado y su supervivencia, como poco, habría supuesto un problema para Franco pues, con bastante probabilidad, José Antonio habría puesto muchas dificultades al decreto de unificación que creó la Falange Española Tradicionalista y de las JONS.
Pero esto ya son juicios históricos, esto es, subjetivos.