viernes, diciembre 01, 2006
San Francisco, 1906
Sin embargo, formular así los hechos es un poco desenfocado. Las grandes catástrofes naturales no matan y generan pobreza sólo por sí mismas; en realidad, lo más dañino de ellas suele ser la reacción en cadena que provocan y su capacidad de hacer que lo que funciona bien lo haga mal. Esto pasó también recientemente con el Katrina, pues no fue tanto el huracán el que inundó a un estado, sino la rotura de diques que provocó. En la misma medida, el gran problema del terremoto de San Francisco no fue el movimiento de tierras, sino los incendios.
A principios del siglo XX, no eran pocos los expertos que en Estados Unidos sostenían que San Francisco era una yesca y que corría serio peligro de ser pasto de un incendio pavoroso. Sólo dos años antes del terremoto, un incendio ocurrido en la ciudad de Baltimore se había llevado por delante más de 1.500 edificios. Esto demuestra que ni siquiera en Estados Unidos, líder del mundo, estaba solucionado el problema de los incendios. Pocas décadas antes, en Barcelona, un orgulloso parque de bomberos privados mantenía su local abierto por temporadas para que el público pudiese admirar los cubos y las escaleras que poseía; poseer cubos y escaleras era visto como la leche merengada en materia de incendios. Sin embargo, los edificios eran iguales que ahora; en realidad, más inflamables aún. Éramos pulgas luchando contra un regimiento de artillería.
A este factor cabe añadir otro que, según no pocos expertos, está en el fondo de la virulencia que adquieren hoy en día muchas catástrofes naturales, tales como el huracán Andrew o no pocos desbordamientos de ríos, como el Missouri. Se trata del hecho de que el hombre lleva unos 150 años estableciéndose donde no debe. Hasta más o menos la mitad del siglo XIX, las decisiones de implantación de casas, villas y ciudades ha sido básicamente racional. El hombre, por así decirlo, tenía a su disposición toda la Tierra, motivo por el cual escogía las zonas más cálidas o las más húmedas, los puertos naturales más resguardados y los mejores cauces de los ríos. Paulatinamente, sin embargo, hemos aprendido a ganarle a la Naturaleza algunas manos. Hemos aprendido a ganarle terreno al mar (véase los pólderes de Holanda) o incluso a establecernos en él, como ocurre con algunas localizaciones japonesas, levantadas sobre islas artificiales. Los pesimistas sostienen que, aunque puedas ganarle una mano a la Naturaleza, ésta siempre gana la partida y acabará recuperando lo que es suyo. Sin necesidad de ser tan negativos, es lo cierto que ese tipo de actitudes, unido al crecimiento de la población y del bienestar económico, haya provocado establecimientos en lugares en los que nuestros antepasados no habrían levantado una casa ni hartos de vino; por ejemplo, cerca de cauces de ríos que tienen la mala costumbre de desbordarse cuando llueve demasiado.
En el mundo de hoy hay todo un debate sobre las catástrofes naturales. Hay quien dice que son absolutamente naturales; que lo que entendemos como una virulencia inusitada (Andrew, Katrina, etc.) lo entendemos así porque no tenemos, obviamente, series estadísticas que abarquen miles de años, que son los períodos que se deben manejar para estas cosas. Hay quien defiende que todo esto lo provoca el cambio climático. Y hay quien recuerda el factor que acabo de describir, es decir que parte de la virulencia está provocada por el hombre y su escasa sensibilidad catastrófica.
Algo de esto último hay. En San Francisco y a principios de siglo, había gentes que no estaban muy tranquilas con el hecho de que una de las zonas urbanísticas que entonces se estuviese impulsando fuese el área ganada al mar cerca de la bahía de Yerba Buena. Y el terremoto les dio la razón.
Explicando los terremotos en cristiano converso (o sea, con las palabras de un no científico al que le gusta leer de estas cosas), digamos que vivimos sentados sobre una serie de placas que se mueven. Se mueven muy despacio, menos de 5 centímetros al año, pero se mueven. Como las placas son distintas y se mueven, se rozan; o sea, no van tan deprisa como para chocar, pero sí se rozan. Los puntos de encuentro se producen en las fallas y, además, hay que tener en cuenta que los, por así decirlo, bordes de la placas no son, obviamente, lisos. Estos perfiles rugosos hacen que, a veces, el movimiento se bloquee (como ocurre siempre que frotamos una superficie rugosa contra otra). Con el tiempo (años, siglos) se acumula ahí una tensión que se libera cuando se produce una fractura en la roca. Y la tierra tiembla. En 1906, la fractura se produjo en un espacio de unos 430 kilómetros de la falla de San Andrés, con un desplazamiento máximo de 6 metros 40 centímetros. Sé también que el terremoto de San Francisco le sirvió a un científico, Harry F. Reid, para formular una teoría sobre la formación de terremotos que se conoce como teoría de ruptura de Reid; pero no sé más y, además, si supiera más, la verdad, no sé si me atrevería a explicároslo.
La gran tragedia del terremoto fue la ruptura masiva de las conducciones de gas. Casi inmediatamente, se produjeron nada menos que 52 focos de incendio distintos en el área. Además, la ruptura simultánea de los conductos de agua dejó a los bomberos, si llegaban, sin materia con la que apagar el fuego (las tuberías se rompieron por 23.000 sitios distintos). A eso de las ocho de la mañana, el fuego había avanzado tanto que los 52 focos iniciales se habían convertido en tres grandes incendios que devastaban la ciudad al oeste, al norte y al sur. San Francisco ardió durante tres días enteros y perdió uno de cada cinco de sus edificios, unos 28.000. Las pérdidas pueden calcularse en unos 550 millones de euros, de la época. El daño producido a la economía estadounidense fue casi el doble que el generado por Katrina.
Todo lo que falló hace unos meses con Katrina funcionó en el caso de San Francisco. También es cierto que eran otros tiempos, porque la principal medida dictada por el alcalde, Eugene Schmitz, para garantizar el orden social, sería hoy impensable: autorizó a la policía a disparar a los saqueadores sin previo aviso. Sin embargo, hay que decir que los primeros trenes de socorro llegaron a San Francisco apenas unas horas después de ocurrido el siniestro y que centenares de miles de personas fueron evacuadas en menos de una semana.
¿Volverá a ocurrir? Hay estudios que sostienen que la probabilidad de un nuevo terremoto de San Francisco son, en el primer tercio de este siglo, superiores al 50% (en torno al 60%). No se espera en la falla de San Andrés porque los geólogos están bastante más preocupados por otra falla, la de Hayward. Lo que sí ha avanzado es la prevención contra incendios y, muy especialmente, el abastecimiento de agua.
Podríamos decir: jugamos con más cartas marcadas en la baraja. Pero, a pesar de todo, seguimos básicamente como hace cien años: jugando una partida con la Naturaleza. Tratamos de descubrir cuál es su jugada, pero ella, como ocurre siempre con los buenos jugadores, jamás abandona su cara de póquer.
miércoles, noviembre 29, 2006
Arreglando el país: los enterados
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El primer rasgo del enterado es que él dispone de más información que nadie. Ya sea porque su primo sea el peluquero de la cuñada del Presidente del Gobierno o porque haya oído en un restaurante una conversación significativa entre dos que seguro que pertenecían al CNI, él posee datos que nadie más posee. Cuando al enterado le fallan esas fuentes privilegiadas de información, siempre le queda su capacidad para leer entre líneas y darse cuenta de lo que se cuece, que parece mentira que nadie se haya percatado todavía.
Si los enterados se contentasen con atesorar información y conspiraciones, serían soportables. Lo malo es que se empeñan en arreglar el mundo y contártelo.
Hace algún tiempo conocí a uno de esos enterados en un bar del Madrid viejo. Era un jubilado, al que le caí en gracia. En quince minutos y con una caña, arregló la situación en Iraq. Con otros quince minutos y otra caña, habría arreglado el resto de Oriente Medio. Lo curioso es que sus ideas sobre Iraq no eran mucho más descabelladas que las de Bush, Cheney y Rumsfeld. Tal vez si le diesen una oportunidad sería un mejor Secretario de Defensa de Estados Unidos que Rumsfeld. El listón no está demasiado alto.
En los siglos XVII y XVIII, a los enterados se les denominaba «arbitristas» y el tema del día no era cómo resolver lo de Iraq, sino cómo frenar la decadencia española y que el país volviera a recuperar su esplendor pasado.
Hubo arbitristas disparatados, desde luego. Mi favorito es uno que propuso que se construyeran dos grandes canales, que se encontrarían en Madrid y dividirían la Península Ibérica en cuatro territorios de idéntica superficie. Esto permitiría que toda la Península pudiese disfrutar de los beneficios del comercio marino.
Pero junto a esos arbitristas “enterados”, hubo otros que investigaron las causas de la decadencia de España y encontraron que su raíz era básicamente económica. Si hubieran escrito en inglés y se hubieran apellidado Smith hoy serían estudiados en las facultades de económicas de todo el planeta. Para su desgracia, escribieron en español y en un imperio en decadencia al que nunca se le dieron demasiado bien la propaganda y las relaciones públicas.
Uno de los primeros tratadistas de este tipo fue Martín González de Cellórigo que, ya en 1600, se adelantó a los monetaristas del siglo XX y se dio cuenta de que el mero caudal de metales preciosos no implica riqueza, sino aumento de precios. La idea de que el aumento de la masa monetaria en circulación sin un correlativo aumento en la cantidad de bienes producidos produce inflación ya había sido entrevista por González de Cellórigo trescientos años antes de que naciera Milton Friedman.
Veinte años más tarde, Sancho de Moncada se revela como uno de los primeros economistas políticos de la Historia. Sancho de Moncada hace un análisis de la situación española del siglo XVII que no desmerece de las páginas de economía de un periódico del siglo XX. Para él, la entrada de gran cantidad de metales preciosos en España tuvo como consecuencia el encarecimiento de los bienes españoles, lo que a su vez provocó la ruina de nuestras exportaciones y el aluvión de importaciones baratas que acabaron asolando la industria nacional. Las medidas por las que aboga se parecen mucho a las que aplicaron muchos países en desarrollo en los años 60 y 70 del siglo pasado, con pobres resultados, todo hay que decirlo: proteccionismo comercial y nacionalización de la industria y el comercio, aunque no en el sentido de su asunción por el Estado, sino de la expulsión de los extranjeros y su entrega a los españoles.
Que los llamamientos de Sancho de Moncada y otros arbitristas que defendían ideas similares no fueron oídos, nos lo prueba que treinta años más tarde, hacia 1650, otro arbitrista, Francisco Martínez de Mata, volvió a proponer las mismas medidas proteccionistas y de fomento de la industria nacional que los anteriores. Eso sí, el proteccionismo de Martínez de Mata no es un proteccionismo ciego, sino uno que no pierde de vista la interdependencia entre los distintos sectores de la economía.
Los arbitristas fueron una voz que clamó en el desierto. Aunque los gobernantes fueron a menudo conscientes de que estaban cargados de razón, las necesidades apremiantes de lograr un millón de ducados para continuar el asedio de Breda o de subvencionar con medio millón de ducados al Emperador austriaco para que enviase un ejército al Báltico, hicieron que lo apremiante de los compromisos a corto plazo se comiese a la conveniencia de planificar a largo plazo. Unos gobernantes cuyo horizonte mental apenas iba más allá de la llegada de la próxima flota de Indias y de las campañas militares que su plata podría costear, no estaban capacitados para aplicar los programas de los arbitristas.
lunes, noviembre 27, 2006
El Rey... ¿prudente?
En 1559, la recaudación impositiva en Castilla supuso 3.000.000 de ducados. Ese año, se estima que los gastos incurridos por el presupuesto público fueron de 2.300.000 ducados, de los que 740.000 correspondieron al presupuesto de defensa, otros 700.000 a gastos de la Corte, y aproximadamente 1.500.000 de ducados al servicio de los juros (más abajo explicaré lo que eran; en todo caso, más información aquí). En otras palabras, Castilla era un territorio fuertemente gravado por las deudas pasadas derivadas de las aventuras militares de Carlos I de España y V de Alemania; pero, aún así, sus ingresos eran capaces de sobrellevar dichas cargas con cierta holgura. Se diría que era, por lo tanto, un emisor con riesgo-país asumible.
Sesenta años más tarde, en 1621, la recaudación se había multiplicado por tres y llegó a 10.500.000 ducados. Sin embargo, los gastos habían crecido más considerablemente. Para empezar, el servicio de los juros había pasado a suponer 5.600.000 ducados, o sea se había multiplicado por 3,7. Los gastos de la corte, poco más de 1.000.000 de ducados, seguían en su línea. Había aparecido una nueva partida presupuestaria, el sostenimiento de las posesiones de la corona en Flandes, que importaba nada menos que 3.100.000 ducados. Y los gastos de defensa se habían multiplicado por cuatro, hasta casi tres millones de ducados anuales. Como consecuencia, había un déficit de algo más de un millón de ducados o, lo que es lo mismo, por cada 10 ducados que el Estado ingresaba, gastaba 11. Un déficit público del 10%: Felipe II no habría entrado en el euro ni emborrachando al mismo tiempo a Chirac, Merkel y Blair. La deuda pública (los juros) consumía por sí sola la mitad de la recaudación total. De un país en esta situación hoy diríamos que es un país quebrado.
Y, sin embargo, aquel país quebrado era el dueño del mundo. De hecho, ése era su gran problema.
Empecemos por las fuentes de financiación. Porque una Historia hermosa de estudiar es, por paradójico que lo parezca, la Historia de la Hacienda. Los impuestos no han sido siempre los mismos, ni lo ha sido tampoco la forma de recaudarlos. De hecho, el Estado renacentista no recaudaba impuestos. Sabía que realizar esa labor era extraordinariamente caro y costoso. Por eso, alquilaba las rentas del Reino, en los procesos llamados de encabezamiento. Por periodos, se subastaba la recaudación de impuestos, de forma que el adjudicatario abonaba al Estado dicha recaudación, con un descuento, y procedía a recaudar para sí. El beneficio estaba en el descuento o, eventualmente, en recaudar más de lo previsto. Así pues, los recaudadores de impuestos eran trabajadores del sector privado cuyo éxito dependía de sacar cuanto más, mejor. La mala fama del recaudador de impuestos estaba bien ganada. Algunos impuestos, en todo caso, eran recaudados por las ciudades para el rey.
Otro aspecto curioso, a nuestros ojos, de aquella Hacienda, era que la carestía y los peligros del traslado de capitales hacía que éste se desechase en muchas ocasiones. El Dioni habría tenido poco trabajo en la España del Renacimiento. Por lo tanto, las rentas recaudadas se solían gastar más o menos en el mismo lugar que se recaudaban, con lo cual los mecanismos de solidaridad territorial, en un Estado desde luego mucho menos desarrollado que el nuestro, eran, además, especialmente complejos.
La mayor parte de los impuestos eran indirectos. En Castilla había existido por tradición un impuesto directo, sobre las rentas, denominado cartinega, pero había perdido importancia.
El principal impuesto era la alcabala, una especie de precursor del IVA que gravaba las ventas de bienes raíces y otros objetos de cierto lujo, tales como los paños. La alcabala aparece a menudo ligada a la tercia, un ingreso estatal procedente del diezmo que cobraba la Iglesia católica de sus feligreses (la décima parte, cuando menos teórica, de sus rentas). El diezmo eclesiástico se cobraba en tres partes: la del episcopado, la del clero y la destinada a levantar iglesias y conventos. De este último tercio del diezmo, el Estado percibía dos tercios (tercias), por lo que las tercias venían a suponer, por lo tanto, dos novenos del diezmo total o, si se quiere, dos nonagésimas partes de la riqueza teórica del contribuyente.
La Historia de aquella época marca, de hecho, toda una lucha por parte del poder real para conseguir que la Iglesia suelte parte de su riqueza a favor de las finanzas estatales. Además de percibir las tercias, con el tiempo se crearon las tres gracias, a saber: el impuesto de cruzadas, cuyo origen es una bula papal al Estado que éste acabó por perpetuar; el excusado y el subsidio. La cruzada sufragaba los establecimientos militares de África, mientras que el subsidio pagaba las galeras. Los expertos en Hacienda no paraban de recomendarle al rey que sujetase los gastos militares de forma que se ajustasen a estos ingresos de procedencia eclesiástica. Nunca lo consiguieron.
La tercera renta ordinaria del Estado era el maestrazgo, que pagaban los maestres por serlo, esto es, por estar socialmente por encima de la gleba. A ésta se sumaba a la renta de aduanas o almojarifazgo, que ya era muy parecida a la actual, con la salvedad de que, entonces, los portazgos estaban situados no sólo en fronteras exteriores, sino también interiores. El ejemplo más claro era el puerto seco entre Castilla y Aragón.
La corona cobraba también las llamadas regalías, que eran un pago derivado de la explotación de minas y otras actividades, así como la trata de esclavos. Pero, sin duda, el impuesto más suculento para el Estado era el denominado servicio de los millones, obtenido a partir de recargos en el vino, el vinagre, el aceite, la carne, el jabón y las velas de sebo. O sea, lo que se dice un impuesto sobre las bebidas alcohólicas, el lujo (poca gente se podía permitir la carne entonces) y la luz (que era con velas, claro), todo en uno. Los millones llegaron a aportarle a Felipe II, a principios del siglo XVII, hasta 3 millones de ducados en un año, pero eran unos ingresos difíciles de conseguir, porque debían ser pactados con las Cortes. En puridad, aquellas Cortes eran básicamente una reunión de municipios con los que discutir los millones, y no siempre el rey se llevaba el gato al agua. Felipe IV, acompañado del Conde-duque de Olivares, viajaría en el siglo XVII a Barcelona para obtener de la España no castellana servicios de millones para financiar sus muchas guerras, y volvió con las manos vacías.
Un impuesto curioso era la sisa, que consistía en entregar mayores cantidades de vino u otros bienes por el mismo valor. La palabra se consolidó en nuestro idioma y hoy sisa significa robo o pequeño hurto, a menudo cometido por una persona que maneja dinero de otros. Sisar es lo que hace, por ejemplo, un niño que le hace un recado a su madre y, al volver a casa, miente levemente en el precio de lo que ha comprado, para quedarse con la diferencia.
Otra figura de aquella época que se ha quedado a vivir en nuestro idioma era la concesión de monopolios comerciales (a cambio de dinero) que hacía la corona. Se llamaban estancos.
Otros pequeños impuestos eran tasas finalistas con fines militares; por ejemplo, las fardas. La farda mayor, por ejemplo, era un impuesto sobre la propiedad que se imponía a los moriscos, y se gastaba en las defensas de Granada.
A todo esto hay que unir la llegada de plata de Indias, que ingresaba en el sistema metal precioso y valioso. La llegada masiva de plata generó en algunos periodos problemas de inflación y, a la larga, jugó en contra de las monedas de vellón que también circulaban por Castilla, generando en la práctica un sistema de doble referencia. Los banqueros de los reyes españoles siempre querían cobrar en plata, por supuesto. Y algunos de ellos tenían la sartén por el mango, porque eran dueños de las minas de azufre europeas, y España necesitaba ese azufre para obtener la plata. La plata de América, en todo caso, salvó a Felipe II en las últimas décadas del siglo XVI pues, desde 1577, se había visto obligado a reducir las alcabalas ante lo que probablemente fue un caso de insumisión fiscal masiva.
En tan temprana fecha como 1557 y 1560, Felipe II se vio obligado a suspender pagos a sus financieros, quiebra que inició la tendencia explosiva de la emisión de juros. Los juros eran títulos de deuda pública relativamente parecidos a los actuales. Devengaban un interés, pero su diferencia fundamental estaba en que, dado que hace 500 años el Estado no era garantía de nada (al revés de lo que ocurre hoy en día con las emisiones de riesgo soberano), la garantía del juro (garantía de pago) estaba en las rentas de la corona. Por lo tanto los juros estaban siempre vinculados (situados, se decía) a una determinada renta o recaudación y, en consecuencia, nada más recibir un juro, su propietario procuraba mudarlo lo antes posible a una renta más segura. La consolidación de 1560 supuso la emisión masiva de juros al 5%. Algunas opiniones ven en esta política la creación del hidalgo español improductivo: quien era rico y recibía juros se convertía en un rentista; su actividad consistía en cobrar aquellos intereses, sin trabajar.
Claro que la Hacienda, ya lo hemos visto, es sólo la mitad de la historia. Hasta 1560, más o menos, Felipe II logró sostener su imperio sin pegarse casi con nadie. Pero, a partir de ahí, entró en una dinámica de guerra total agotadora. En muy poco tiempo vinieron a unirse la defensa de Malta, la sublevación protestante en Flandes, la rebelión de Granada y las peleas con el Turco en el Mediterráneo. Solo esta última partida costaba un millón y medio de ducados al año. Las defensas en el Atlántico demandaban el doble. A todo esto hay que añadir que la mayoría de las estimaciones, hechas por los historiadores, se basan en documentación estatal que se refiere, en realidad, a gastos ordinarios. Las campañas extraordinarias se presupuestaban por separado, siendo difícil saber cuánto añaden. Por ejemplo, la victoria de Lepanto le costó, a todos los coligados, 1.100.000 ducados. Tratar de darle en el bebe a Inglaterra (con los resultados que conocemos), por su parte, le costó a Castilla la friolera de 7 millones (debo recordaros, si os habéis perdido, que la recaudación por rentas ordinarias venía a suponer unos 10 millones); y aún y con eso, ya antes de hacerse a la mar, a los integrantes de la Armada se les debían 300.000 ducados que no se les habían podido pagar.
Con todo, la auténtica sangría económica de Felipe II se llamó Flandes. Pocas veces defender la fe católica salió tan caro. En los años buenos, al principio, financiar la guerra flamenca costó millón y medio de ducados al año; conforme la cosa se fue poniendo fea, la cantidad se dobló. En 1608, la guerra de Flandes había costado 110 millones de ducados (una vez más: unas once veces la recaudación de impuestos de todo un año. Haced la cuenta con los Presupuestos Generales del Estado de este año, y ya veréis lo que os sale).
En septiembre de 1575, Felipe II haría el último intento serio de arreglar las cosas, forzando una nueva quiebra. En realidad, el objetivo de aquella quiebra fue poner los juros y los compromisos en manos castellanas o, lo que es lo mismo, mandar a freír espárragos a los banqueros genoveses que le tenían agarrado por los cataplines. Pero fracasó. La guerra atlántica, la Pérfida Albión, cambió esos planes y, para 1581, ya no quedaban fortunas en Castilla para financiar al Rey Tiraduros. Felipe II heredó de Carlos I un endeudamiento de 30 millones de ducados y dejó otro más cerca de 150 que de 100 millones.
Se habla mucho de los Tercios de Flandes como ejemplo de ejército cruel que sometía las poblaciones que invadía a pillaje. En este panorama, cabe entender que, para muchos soldados, el saqueo era la única forma de cobrar algo. El soldado de la época de Felipe II es, en efecto, un ladrón, un extorsionador y, las más de las veces, alguien que, dado que no cobra, compagina el oficio militar con cualquier otro, convirtiéndose en una especie de militar a tiempo parcial.
En suma: la Historia del reinado de Felipe II y algunos años después es la Historia de un Estado que no se resigna a ser pequeño. Las evidencias eran bastante evidentes en el sentido de que Castilla ya no daba más de sí y que había una dependencia excesiva de la plata americana, recurso volátil donde los haya. El Rey Prudente probó a recargar las alcabalas, imponer sisas, pedir millones; pero nunca, que se sepa, acudió a la solución más lógica, que hubiera sido la tijera. El pie forzado fue siempre conseguir ingresos suficientes para poder armar galeras suficientes, equipar tercios por doquier, para seguir demostrando la grandeza de Castilla, que era la grandeza de España.
El Rey Prudente. Otro día hablaremos de lo que hacía por las noches, después de haber arruinado a su imperio.
viernes, noviembre 24, 2006
Weekend: Alejandro Magno
Pero de ciencia no voy a hablar. Para eso está Omalaled. Otra de las lecturas «extra blog» que realizo es la Histoira, pero del mundo. Sé que a Ina le ocurre lo mismo, es más, él, como persona que es muy viajada, tiene otra visión de muchas cosas más, por así decirlo, global que la mía.
Ambos, Ina y yo mismo, hemos reflexionado alguna vez, por correo electrónico, sobre si a los pacientes lectores de estas notas les molestarían las digresiones. Porque este blog se llama Historias de España y no pretende nada más que contar Historias de España (ya sé que aquí detrás hay una discusión interminable, y es qué es España; pero eso forma parte del juego). Incluso manejamos la posibilidad de crear otro blog hermano, Historias del Mundo, y volcar ahí nuestras lecturas de más allá de los Pirineos. No obstante, lo hemos desechado por razones logísticas. Este blog es gratis para el que lo lee y gratis para el que lo escribe. Y así seguirá siendo, porque ésta es la grandeza de internet. Mi retribución es la constancia, via mensajes, o sino la sospecha, de que alguien ha podido aprender algo que no sabía leyendo esto. Una de las cosas más divertidas que me han pasado desde que empecé este blog es el pequeño paquete de lectores que me ha confesado un triunfo en alguna reunión familiar o de amigos contando la anécdota de Miguel de Molina y los fachas que le petardeaban el espectáculo por ser maricón.
No tenemos, pues, capacidad para mantener dos blogs históricos a la vez.
De momento, he pensado en una solución. Dado que el fin de semana es tiempo de lecturas diferentes, los viernes, sábados o domingos trataré de utilizarlos para colocar estos post slightly off topic. Por eso el de hoy se llama Weekend.
Tomadlo como una licencia del jefe. A los autores nos gusta hablar de muchas cosas de la Historia del mundo.
Hoy le toca a Ina.
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¿Quién fue Alejandro Magno?
By Inasequible Aldesaliento
A Alejandro Magno lo descubrí en la novela El muchacho persa de Mary Renault. En dicha novela, Renault describe a Alejandro como una persona carismática, generosísima, inteligente, osada. Casi más que un conquistador, es un hombre curioso, deseoso de conocer el mundo. Desgraciadamente su condición de rey le obliga a ir acompañado de un ejército de macedonios y a conquistar las tierras que va pisando.
La visión que ofrece Mary Renault no puede ser más idílica y justifica hasta los episodios más controvertidos de la carrera del macedonio. Cuando los tirios le ofrecen sumisión y Alejandro quiere imponerles que le dejen hacer sacrificios de estado en el templo de Melcarte, Reanult no lo ve como una imposición sacrílega a los tirios sino como una manera de poner a prueba la lealtad de su sumisión. La negativa de los tirios a lo solicitado llevaría a un largo asedio que terminaría con la destrucción de la ciudad. El saqueo de la inerme Persépolis lo presenta como el inevitable premio para sus hombres a los que había refrenado para que no saquearan ni Babilonia ni Susa. No obstante, ni tan siquiera Renault puede justificar de una manera coherente el incendio del palacio de Persépolis. El asesinato de Parmenión lo justifica por el hecho de que Alejandro había mandado ajusticiar a su hijo, que al parecer había estado envuelto en una conspiración para asesinarlo. Tanto si era inocente como si no (y Mary Renault se decanta más bien por lo segundo), no resultaba seguro, estando en territorio hostil, dejar a sus espaldas a un general a cuyo hijo acababa de ejecutar y que podía reclamar venganza. Finalmente, el deseo de Alejandro, tras haber derrotado a Poros, de seguir adelante, más allá del Indo, hasta el Ganges y el océano (que él creía que estaba mucho más cercano de lo que de verdad está), Mary Renault lo presenta como el sueño de un visionario que simplemente aspira a alcanzar los confines de la tierra no para conquistarlos, sino por curiosidad.
Después de haber leído a Mary Renault, uno toma la biografía de Alejandro que escribió Roger Caratini y parece que estuviese leyendo la vida de un personaje completamente diferente. Caratini lo presenta como un tirano caprichoso y megalomaníaco con brotes de violencia irracional que fueron haciéndose más frecuentes a medida que sus éxitos le iban alejando de la realidad. Para que no le falte nada, Caratini hasta le atribuye un inmenso edipo hacia su madre, la terrible Olimpia. Eso sí, Caratini le reconoce una serie de virtudes, como la generosidad, el valor personal y la austeridad, que se le han venido reconociendo desde la Antigüedad.
Tal vez, para determinar quién fue Alejandro Magno debamos acudir a la fuente histórica más fidedigna que nos ha llegado: la Anábasis de Alejandro Magno, que Flavio Arriano escribió en el siglo II n.e. Su libro es un libro sobrio, donde se nota que el escritor había tenido experiencia militar. Arriano tuvo acceso a fuentes que no nos han llegado, como el relato de Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro. Aunque cuando escribió, ya se había forjado la leyenda de Alejandro Magno, posiblemente el retrato más exacto del conquistador al que tengamos hoy acceso sea el de Arriano.
El retrato que traza Arriano se parece más al de Mary Renault que al de Caratini. Ya en Arriano aparecen los rasgos más amables del carácter de Alejandro, como eran su generosidad, su valor y la camaradería con sus hombres. Eso sí, Arriano insiste más que Mary Renault en dos rasgos sombríos de su personalidad: su excesivo amor por la bebida y los raptos de cólera, que a menudo estaban vinculados a sus grandes borracheras. Fue en uno de esos raptos en los que mató de un lanzazo a Clito, uno de sus compañeros, por una absurda discusión entre borrachos. Leyendo a Arriano, da la impresión de que los ataques de cólera y la impaciencia fueron aumentando con los años en intensidad y frecuencia. Tal vez, si hubiera vivido más, sí que hubiera terminado por parecerse a la imagen del tirano megalomaníaco y un poco psicópata que traza Caratini.
Una última cuestión que habría que plantearse es la del juicio histórico que nos merece Alejandro Magno. Pienso que no puede ser más que negativo.
El Imperio persa había logrado unificar los territorios que iban desde el Indo hasta el Egeo y desde Egipto hasta el Asia Central. Era un imperio muy descentralizado, donde los distintos pueblos gozaban de gran libertad para dirigir sus propios asuntos. Prácticamente sólo se les pedía que aceptaran la presencia de un sátrapa, que aportasen tributos y que contribuyesen con tropas cuando se les pidiese. Era un imperio que había pasado ya su época expansiva y que militarmente era un gigante con pies de barro. Posiblemente, sin Alejandro, su destino final habría sido caer bajo los golpes de algún otro conquistador o fragmentarse cuando Persépolis hubiera sido incapaz de contener las fuerzas centrífugas del imperio.
¿Con qué sustituyó Alejandro a ese imperio benévolo? Con nada. Podemos pensar que fue el efecto del destino, que se lo llevó antes de que hubiera tenido tiempo para dotar a sus conquistas de una estructura política sólida. Pero esa idea, que busca dejar a Alejandro en buen lugar, está equivocada.
Alejandro había visto como su padre Filipo II había sido asesinado inesperadamente mientras preparaba precisamente la campaña militar contra el Imperio persa. Poco antes de su muerte, había visto cómo su amante Hefestión moría joven de un tifus mal curado. Él mismo había estado a punto de morir como consecuencia de un flechazo en el ataque a una ciudad india. Por consiguiente, Alejandro no podía ignorar que la muerte era una realidad que le podía atacar en cualquier momento.
Otros conquistadores posiblemente se habrían detenido tras la conquista de Persépolis, habrían abandonado los territorios orientales del imperio, que además de más abruptos estaban menos desarrollados económicamente, y habrían empezado a levantar el edificio político del imperio. En todo caso, tras el regreso de la India, el movimiento lógico era el de empezar a administrar sus conquistas.
Es cierto que tras su regreso de la India tomó algunas medidas que parecían indicar su deseo de crear un imperio mestizo persa-macedonio. Pero muy pronto la impaciencia le dominó y abandonó el papel de administrador que debía de resultarle bastante aburrido. Exploró el Tigris, se dedicó al ocio, licenció a los veteranos que querían regresar a Macedonia, preparó unos fastuosos funerales para Hefestión (había algo excesivo en Alejandro, cuando amaba, cuando combatía y cuando sufría) y… empezó a preparar una flota para circunnavegar la Península Arábiga.
Siempre es posible especular con lo que hubiera sucedido si Alejandro hubiera muerto anciano y hubiera tenido más tiempo para organizar sus conquistas. La realidad es que no dispuso de ese tiempo y el poco tiempo que le dejó el destino apenas lo empleó en esos menesteres. A su muerte, no dejó un heredero indiscutido ni un sistema de sucesión organizado. El resultado fueron treinta años de guerras entre sus generales y la división del imperio. Posiblemente los pueblos de Oriente Medio y del Asia Central hubieran preferido no haber conocido a Alejandro Magno.
martes, noviembre 21, 2006
Curiosas ausencias
Nuestros políticos no parecen darse cuenta, o no quieren, de que la imagen del investigador histórico, especialmente el amateur que, como yo, no vive de esto y por lo tanto no tiene mañanas para ir a donde quiera a tomar notas; esa imagen, digo, ha cambiado. Hoy, el investigador histórico ya no es sólo el tipo embutido en legajos o cajas de documentación; también es una persona que, con paciencia y esfuerzo, navega con su ordenador desde su casa, bajándose e imprimiéndose imágenes de documentos para su estudio y cotejo.
En fin, además de esta crítica, que hago extensiva a todas las fuerzas políticas de este país con más de treinta años de historia, que son unas cuantas, así como a fundaciones varias, me gustaría detenerme sobre la visión que el PSOE tiene de sí mismo y de su pasado. Está en el subapartado Historia del apartado Nuestro Partido. Allí, a base de textos breves, se cuenta la Historia del PSOE en sus diversas etapas. A continuación os copio todos los textos hasta la muerte de Franco. Todas las cursivas y negritas que leeréis son mías, y después del texto explicaré por qué.
«El Partido Socialista se fundó clandestinamente en Madrid, el 2 de mayo de 1879, en torno a un núcleo de intelectuales y obreros, fundamentalmente tipógrafos, encabezados por Pablo Iglesias.
El primer programa del nuevo partido político fue aprobado en una asamblea de 40 personas, el 20 de julio de ese mismo año.
El PSOE fue así uno de los primeros partidos socialistas que se fundaron en Europa, como expresión de los afanes e intereses de las nuevas clases trabajadoras nacidas de la revolución industrial.
Desde entonces, ha orientado su labor hacia el logro de los grandes ideales emancipatorios del socialismo, con los cambios lógicos de estrategia que los momentos históricos han impuesto en cada caso, y que libre y democráticamente han decidido el conjunto de los afiliados.
Desde su fundación en 1879, el Partido fue aumentando el número de sus militantes y asentando su base teórica. La necesidad de defender adecuadamente los derechos de los trabajadores impulsó la creación de una organización sindical socialista. Así nació la Unión General de Trabajadores (UGT), cuyo Congreso fundacional se celebró en Barcelona, en 1888.
En las elecciones de 1910, Pablo Iglesias obtuvo un escaño y se convirtió en la primera voz del movimiento obrero español que se pudo oír en el Parlamento.
Esta progresiva implantación del socialismo español fue permitiendo plantear una importante crítica social y una creciente contestación popular a las limitaciones políticas de la Restauración, cuyo sistema permitía que los derechos civiles fueran burlados y que se produjese el reparto de poder entre los partidos liberal y conservador y el turno en el desempeño de las tareas de Gobierno.
La condición no beligerante de España durante la Primera Guerra Mundial, iniciada en 1914, hizo posible un cierto desarrollo económico que permitió amasar importantes fortunas a determinados sectores de la burguesía, mientras que los trabajadores sufrían las consecuencias de una tremenda subida de precios, que disminuía por días la capacidad adquisitiva de sus salarios. El malestar ante esta situación, junto a la creciente demanda de libertades más efectivas planteada por amplios sectores de la población, crearon un ambiente de movilización social a favor de un cambio político, a cuyo frente se pusieron el PSOE y la UGT, encabezando un movimiento huelguístico que conmocionó a la burguesía en agosto de 1917 y que fue duramente reprimido.
Los acontecimientos de la Revolución Rusa de octubre de 1917 y la fundación de la III Internacional por Lenin introdujeron elementos de división en el movimiento obrero internacional. En España, el intento de "dirigismo" de la Internacional Leninista suscitó un vivo debate en el PSOE, que dio lugar a que los partidarios de Lenin en este Partido lo abandonaran para fundar el Partido Comunista de España (PCE).
Tras los siete años de dictadura militar del general Primo de Rivera, la alternativa republicana, apoyada por el PSOE, triunfa en las elecciones del 14 de abril de 1931, dando lugar a la inmediata instauración de la II República, en un clima de entusiasmo popular.
Los candidatos socialistas en coalición con los republicanos obtienen 115 escaños en el Parlamento. Juntos emprenden una decidida política de reformas impulsada por un Gobierno en el que están presentes tres ministros socialistas: Largo Caballero, Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos.
Esas reformas, especialmente la Reforma Agraria y la Legislación Laboral, son contestadas con una dura oposición por las fuerzas políticas de derechas.
La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) obtendrá un importante apoyo en las elecciones de noviembre de 1933, dando lugar al desplazamiento de las fuerzas progresistas del poder.
El endurecimiento de las posiciones conservadoras y el fuerte impacto popular causado por la represión de la revolución de Asturias, provocaron la unión de las fuerzas progresistas republicanas en un único bloque político: el Frente Popular, que ganó las elecciones de 1936, lo que permitió continuar la política de reformas iniciada en 1931. Sin embargo, estas expectativas se vieron truncadas por el golpe de estado militar que, alentado por la derecha española, sumió al país en una cruenta guerra civil que se prolongó desde 1936 a 1939.
El apoyo del fascismo internacional a Franco, la inhibición de los países democráticos, la mayor disponibilidad de recursos económicos de los sublevados y otros factores, dieron lugar, tras largos y duros combates, a la derrota del Gobierno de la República.
El desenlace de la guerra civil abrió un periodo histórico difícil para la sociedad española, en general, y para los socialistas, en particular.
A pesar de ello, siguieron combatiendo en la clandestinidad o desde el exilio. En 1953, Tomás Centeno, Secretario General de UGT y dirigente del PSOE, moría víctima de la represión en la Dirección General de Seguridad. Dos años después, había en el penal de Burgos más de 1.200 socialistas, llegando a coincidir en las cárceles franquistas un total de seis Comisiones Ejecutivas.
Sin embargo, el PSOE durante el franquismo desarrolló una significativa acción opositora, participando en las huelgas de los años 50 y 60, enfrentándose a la dictadura en condiciones muy duras y sometido a una constante persecución policial.
Ya en los años 70, el PSOE se convierte en una seria amenaza para el declinante régimen franquista, por sus relaciones con las fuerzas democráticas europeas y su imagen de partido socialista democrático dentro de España. En 1974 se celebra en Suresnes (Francia) el 26 Congreso del Partido, que elige a Felipe González Secretario General.
Cuando en 1976 (aún en la clandestinidad), el Partido decide celebrar en Madrid su 27 Congreso, el PSOE está jugando ya un papel fundamental en la vida política española. La legalización del Partido Socialista se produce en febrero de 1977.
La creación, junto con otros partidos democráticos, de una coordinadora común de oposición y negociación, obliga a abrir un proceso de reforma política que desemboca en las elecciones democráticas de 1977, en las que triunfa la UCD, mientras el PSOE se consolida como el primer partido de la oposición.»
Bien. A raíz de este texto, los personajes fundamentales de la historia del PSOE, de 1879 a 1977, fueron:
- Pablo Iglesias, que lo fundó y luego salió diputado.
- Francisco Largo Caballero, que fue ministro en el primer gobierno de la República.
- Indalecio Prieto, por lo mismo.
- Fernando de los Ríos, por lo mismo.
- Tomás Centeno, por ser víctima de la represión franquista.
- Felipe González, por ser elegido secretario general en 1974.
Esta nómina olvida:
- Que Francisco Largo Caballero, además de ser ministro de Trabajo en el primer gobierno de la República, fue Presidente del Gobierno durante la guerra (lo de que fue Consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera puedo entender que el PSOE no tenga demasiadas ganas de ponerlo).
- Que Indalecio Prieto, además de ser ministro de Hacienda en los tiempos de la República, fue ministro durante la guerra encargado de la dirección nada menos que de las operaciones bélicas.
- Que hubo un militante del PSOE llamado Juan Negrín (del que, desde luego, el PSOE abomina como si fuese el Maligno) que presidió el Gobierno de España durante buena parte de la guerra.
- Que hubo otro dirigente del PSOE, llamado Julián Besteiro, que fue presidente del Congreso. También es cierto que impulsó y colaboró activamente en el golpe del coronel Casado contra la República. Pero también es cierto que, al final de la guerra, se quedó en Madrid (y fue el único) a enfrentar su destino, muriendo enfermo en la cárcel. En mi opinión, y con todos mis respetos hacia Tomás Centeno y su familia, si hay que citar a un socialista significado muerto por la represión de Franco, ese alguien es Julián Besteiro.
- Que entre Pablo Iglesias, fundador; y Felipe González, secretario general en Suresnes, el PSOE tuvo unos cuantos dirigentes de partido, notablemente el propio Largo Caballero y, por ejemplo, Rodolfo Llopis, que fue SG durante los años de la clandestinidad.
Más allá, las otras itálicas tienen que ver con cosas como:
- No se dice quién organizó la huelga general de 1917 (Largo Caballero, Besteiro y Saborit).
- Se cita de pasada la Revolución de Asturias (se dice que la CEDA la utilizó para su reacción derechista), con lo que el texto pasa de puntillas sobre dos hechos: primero, que la Revolución de Asturias fue un golpe de Estado revolucionario en toda regla, cuyo principal objetivo era hacerse con los edificios principales del gobierno en Madrid; y dos, que el PSOE fue quien organizó aquella movida.
- De hecho, este resumen, ladinamente, trata de desbastar al PSOE de la República de toda veleidad revolucionaria marxista aseverando que los partidarios de Lenin se fueron todos al PCE; y olvida, supongo que interesadamente, que Largo Caballero, o sea su líder, era llamado el Lenin español (también por, entre otros, las Juventudes Socialistas) y que hay mogollón de fotos de la época de manifestaciones en las que su retrato es paseado junto con el del ruso aquél bajito y con barba de chivo.
- Se dice que el PSOE apoyó la alternativa republicana en 1930. Lo cual es verdad, aunque sólo con la puntita. En un texto algo más sincero que éste, debería reconocerse que Indalecio Prieto estuvo en el Pacto de San Sebastián a título personal y que, de hecho, a Largo no le gustó un pelo que hubiese ido.
- Otra verdad a medias, por no decirlo de otra manera, que contiene el texto es la aseveración de que uno de los factores a favor de Franco en la guerra fue «la mayor disponibilidad de recursos económicos de los sublevados». El bando republicano contaba, como acabamos de ver en un reciente post, con un cash de casi 4.000 millones de pesetas de la época y, es más, en el first strike del golpe de Estado, retuvo casi todas, si no todas, las grandes áreas productivas del país, notablemente el norte industrial, Cataluña y Levante. El 19 de julio de 1936, la mayor parte del PIB español era republicana.
- No se rinde el homenaje justo que merece la oposición interna del PSOE en los años difíciles y, muy especialmente, la muy meritoria labor de Antonio Amat (a quien, esto hay que reconocerlo, sí homenajea, un poquito, el Partido Socialista de Euskadi)
Tienen su miga estos textos. Especialmente, como ya he dicho, la actitud que el PSOE guarda hacia Juan Negrín y hacia los oscuros años de la primera posguerra, cuando en el seno del partido pasaron muchas cosas, pocas de ellas agradables (discutieron por la pasta).
Pero yo, que soy no sé si un romántico o un gilipollas, pienso que los partidos políticos tienen una responsabilidad que va más allá de la que puedan tener otras instituciones más de medio pelo. Es difícilmente creíble en el presente un partido político que es incapaz de asumir su Historia; y yo creo que todos, racionalmente, podemos reconocer, sin problemas, que en cien años de Historia no es que pueda haber, es que tiene que haber momentos oscuros.
sábado, noviembre 18, 2006
Objetivo: salvar a José Antonio
De José Antonio se ha hablado mucho y es, por lo tanto, personaje muy conocido. Era hijo del general Miguel Primo de Rivera, que había sido dictador de España entre 1923 y 1930, y cuya defección fue el principio del fin de la monarquía de Alfonso XIII. Cuentan las crónicas que era un abogado no exento de habilidad como litigante, aunque siempre tuvo un temperamento violento. Salta, nunca mejor dicho, a la escena de la Historia de España durante un acto en Madrid en el que un conferenciante tuvo palabras peyorativas para su padre. José Antonio, desde una fila trasera del público, saltó desde el respaldo del asiento anterior hacia el escenario para darse de hostias con el conferenciante.
Fundó Falange Española, un partido de corte fascista mucho más mussoliniano que hitleriano, que más tarde se fusionaría con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, de parecida ideología, para formar Falange España y de las JONS. El asesinato del militante Matías Montero fue para él un acicate; cuentan las crónicas que estaba en una cacería cuando recibió la noticia y que, nada más saberla, declaró que sus días de vida cómoda se habían acabado. Yo tengo una foto de José Antonio saliendo del cementerio ese día, y es lo cierto que su rostro lo dice todo.
En tiempos de la República fueron tan comunes los entierros de falangistas muertos violentamente que a José Antonio le pusieron el mote de Simón el Enterrador. Fue parlamentario durante los años de gobiernos de las derechas, aunque sin siquiera acercarse a la posibilidad de gobernar. En febrero de 1936, en las elecciones que ganó el Frente Popular, cometió el error de no pactar con las derechas la inclusión de candidatos de Falange en sus listas. Es bastante chusco pensar que a José Antonio siempre le preocupara que Falange fuese utilizada por otros, porque eso exactamente es lo que hizo Franco con el partido que él había fundado.
La llegada del Frente Popular al gobierno supuso la ilegalización de Falange y la detención de sus dirigentes. Decisión que no puede considerarse en modo alguno ni inmoderada ni antidemocrática. Si consideramos una brutalidad el asesinato por socialistas del diputado José Calvo Sotelo, no podemos olvidar que fueron falangistas joseantonianos los que, algunos meses antes, intentaron hacer lo mismo con un diputado socialista en la calle Goya de Madrid.
José Antonio decía que quería «una España alegre y faldicorta» y algunas otras cosas que suenan bien; pero no cabe duda de que propugnaba, con claridad, un estado fascista. Los 27 puntos programáticos de Falange dejan poco lugar a dudas al respecto. Además de contener algunas de las coletillas propias del franquismo (aquello de «España es una unidad de destino en lo universal» que repetíamos como loros todos los estudiantes de Formación del Espíritu Nacional), los puntos falangistas hablaban sin ambages de un Estado totalitario que, en pura ortodoxia fascista, otorgaba al hombre el derecho a ser libre, pero siempre en el seno de una supraestructura de mayor importancia, la nación. Su gran baza estratégica (punto 9) era la concepción de España como un inmenso sindicato de productores, es decir una especie de Estado sindical (éste, «¡Estado sindical!», era el grito reivindicativo de los falangistas en el primer franquismo) que, a la larga, venía a significar organizar la sociedad como un ejército. Sin embargo, el falangismo tenía indudables ribetes anticapitalistas (véase el punto 10, por ejemplo), que llevaba a algunos de sus miembros más radicales a proponer medidas como la nacionalización de la banca. Se han señalado no pocas veces puntos de anclaje entre falangismo y anarcosindicalismo y hay bastantes testimonios, de hecho, de que parte de la militancia del primero provino del segundo, y aún del marxismo.
Como ya se ha dicho casi todo, a mí me gustaría hoy escribir unas líneas sobre algo que yo creo que se conoce poco, y son los planes y negociaciones que hubo en su día, estallada ya la guerra, para sacar a José Antonio de la cárcel.
José Antonio, por suerte para él, había sido trasladado, en julio de 1936, de la cárcel Modelo de Madrid, donde más que probablemente habría sido masacrado junto con otros correligionarios como Ruiz de Alda, a la de Alicante. Esto permitió que hubiese negociaciones para canjearlo por algún preso republicano de la misma importancia. El candidato fundamental era el hijo del líder socialista Francisco Largo Caballero. Cuando estalló la guerra, este muchacho estaba cumpliendo el servicio militar en la unidad de Transmisiones del Regimiento de El Pardo. El regimiento de El Pardo era claramente golpista, hasta el punto de en su seno se llegó a albergar un plan para asesinar al presidente Manuel Azaña, que tenía allí su residencia. Este plan no se llevó a cabo pero, al estallar la guerra y fracasar el golpe en Madrid, este regimiento se marchó a las cercanas posiciones de Segovia, en poder de los nacionales, y se llevó con él a Largo Caballero hijo. Lo trasladaron a Sevilla, donde Gonzalo Queipo de Llano lo custodiaba.
En septiembre de 1936, el padre de este muchacho, Francisco Largo Caballero, accedió a la presidencia del Gobierno. Su antecesor en el cargo, José Giral, entonces ministro sin cartera encargado, entre otras, de la labor de gestionar los canjes de prisioneros, planteó ante el consejo (formado por socialistas, comunistas, PNV, Izquierda Republicana, Unión Republicana y Esquerra Republicana de Catalunya) el canje Primo de Rivera/Largo Caballero. Pues bien: no sólo todos los grupos políticos se mostraron contrarios al canje, sino que el propio presidente zanjó el tema con una frase lapidaria: «Señores, no me obliguen ustedes a sumir el papel de Guzmán el Bueno».
A pesar de este fracaso palmario, los falangistas no tiraron la toalla. El periodista y escritor falangista Eugenio Montes, gran amigo de José Antonio, tuvo encuentros en París con personas más o menos cercanas con el gobierno del Frente Popular: José Ortega y Gasset, Felipe Sánchez Román y Santiago Alba.
Según escribió Maximiliano García Venero en la biografía por encargo de Manuel Hedilla, que entonces era el Jefe Nacional de Falange, Montes viajó a Burgos desde París para informar al propio Hedilla de que sus gestionen habían tenido éxito, y que Indalecio Prieto, ministro socialista, exigía treinta rehenes y seis millones de pesetas a cambio del líder falangista. Sin embargo, poco tiempo después Prieto, o quienquiera que fuese que hablaba en nombre de Prieto si es que la oferta existió en realidad, se desdijo de ella aduciendo, argumento creíble, que la cárcel de Alicante estaba custodiada por milicianos de la Federación Anarquista Ibérica, y que el Gobierno no tenía autoridad para llegar allí y ordenar que sacasen ni a ese preso ni a ninguno. Esto es, ya digo, más que probablemente cierto, porque los primeros meses de guerra, yo diría que el primer año por lo menos, fueron un lamentable espectáculo de desgobierno en el área republicana, con las bandas y partidos campando por sus respetos. Como muestra, cuando Dolores Ibárruri, La Pasionaria, se dirigía a París algunos meses después, se encontró con la humillante escena de que, a su paso por Barcelona, unos milicianos anarquistas le exigiesen el pasaporte e incluso coqueteasen con la idea de impedirle seguir viaje. Lo cuenta ella misma, indignada, en sus memorias.
La Opción C de Falange fue pasar a la acción. Agustín Aznar, un destacado miembro del partido (sin relación con los Aznar de los que desciende el ex presidente del Gobierno), se fue a visitar a Franco a Cáceres en compañía de otros doce falangistas y después fue a ver a Queipo, quien le dio un millón de pesetas extraídos de la caja del Banco de España de Sevilla. Era septiembre de 1936.
Una vez conseguido el dinero, la partida de falangistas embarcó en la futura patria de Rocío Jurado, Chipiona, en el torpedero alemán Iltis, que les llevó hasta Alicante. A la zona roja, pues.
En Alicante contaban con la ayuda, fundamentalmente, de un alemán, Joaquim von Knobloch, que había sido nombrado cónsul alemán honorario en la ciudad levantina, aunque rechazado por el gobierno republicano por ser miembro del NSDAP (el partido nacionalsocialista de Adolf Hitler).
Agustín Aznar, el falangista de mayor fuste en aquella brigadilla, entró en Alicante con un pasaporte alemán a nombre de August Gaetner, expedido por el consulado alemán en Sevilla. Para desembarcar tuvo que hacerlo de tapadillo, porque el encargado de negocios de la embajada alemana en Madrid, Voelckers, que estaba en Alicante para organizar allí las dependencias consulares, prohibió el desembarco de los españoles desde el torpedero.
Una vez en Alicante, Aznar tomó con contacto con las hermanas Carmen y Matilde Pérez, ambas falangistas e hijas de un práctico del puerto de Alicante que, si hemos de creer el testimonio que ellas mismas dan en el libro de García Venero, pasó, a través de Von Knobloch, información sobre buques llegados al puerto para que fuesen bombardeados por los sublevados.
Entre todos buscaron a un rojo sobornable. Éste resultó ser un tipo al que apodaban El Vaselina (probablemente cenetista). Von Knobloch se le acercó y, haciéndose pasar por periodista, le ofreció 10.000 pesetas por conseguirle una entrevista con Primo de Rivera. Como viese que El Vaselina no le hacía ascos a la historia, se lanzó y le ofreció un millón por liberarlo. El Vaselina contestó lo que los matones de Don Vito Corleone: es difícil, pero se puede intentar.
Entonces, Von Knobloch le dijo que le presentaría a un francés que era quien iba a financiar la operación. El francés era Agustín Aznar.
El Vaselina les dijo que había que darse prisa. Según él, habían llegado de Málaga varias personas con la única intención de matar a José Antonio. De hecho el gobernador de la provincia, el republicano Vázquez Limón, había reforzado la guardia de la cárcel.
A Agustín Aznar intentan detenerlo pocas horas después de aquella entrevista. Se zafa como puede. Entonces se intenta llevarlo al torpedero, pero Voecklers se niega y, más aún, insta a su protocónsul para que el falangista salga de la embajada antes de cuatro horas.
Von Knoblock busca un uniforme de teniente de navío alemán para camuflar a Aznar. El tema es problemático, porque el falangista está gordísimo. Finalmente, con una chaqueta ajustadita y unos pantalones prendidos con imperdibles, Aznar, acompañado por los otros falangistas, embarca en una nave que se hará famosa para la Historia algunos años más tarde: el Graf von Spee.
Von Knoblock fue expulsado de Alicante, ante sus actuaciones claramente pronazis, pero desde Sevilla siguió trabajando para el rescate del líder de Falange.
Entonces, llega el plan D, urdido de la siguiente manera: El consignatario de la naviera Ybarra en Sevilla, Gabriel Ravello, iría a Alicante previamente provisto de algunos millones de pesetas. Una vez llegado su barco, y por costumbre inveterada, los marinos debían presentar sus respetos al gobernador civil, por lo que éste subiría al barco. Una vez en el barco, el práctico del puerto (el falangista Pérez de quien ya hemos hablado, o sea el padre de Carmen y de Matilde) procuraría un encuentro discreto entre Vázquez Limón y Ravello en el que éste trataría de sobornar al gobernador para que salvase a José Antonio.
En el buque cisterna Hansa, y tras una entrevista de Von Knobloch con el propio Franco en el que éste fue informado del plan, llegaron a Alicante el diplomático nazi, Ravello y Pedro Gamero, otro de los falangistas de postín. Llamaron a Voecklers para que subiese al barco a visitarlos, pero éste se negó. Parece que está bastante claro que este Voecklers no quería saber nada con la liberación de José Antonio; lo cual no quiere decir, necesariamente, que fuese prorrepublicano. Ya he dicho que la Falange le hacía mucho más tilín a Mussolini.
Sin embargo, estando ellos en el puerto llegó otro barco alemán, el Deutschland, cuyo mando, el almirante Carls, era mucho más proclive a la cosa. Se mostró dispuesto a ayudar a la conspiración. La operación de subida al barco del gobernador se montó en otro barco alemán, el Sillacs. Pero se presentó Voecklers, y prohibió a Von Knobloch que intentase abordar al gobernador. Los alemanes no volvieron a intentar la liberación.
En paralelo, visto el fracaso, Hedilla y Aznar le plantean a Franco la opción de una toma de comandos. Según García Venero, Franco dio su aprobación (aunque debo decir que no era su estilo, y resulta difícil de creer). El caso es que un centenar de falangistas fue concentrado en Sevilla, entre los cuales, por cierto, se encontraba, siempre según García Venero, el primer español que brilló en la elite de los pesos pesados de boxeo: Paulino Uzcudun. Fue un mes y medio de entrenamiento, pero el comando no llegó a actuar. El plan necesitaba de la complicidad de alguien en zona roja pero, a pesar de ofrecer los falangistas ocho millones y rescatar, junto con José Antonio, al cómplice, no lograron encontrar uno.
Se ha dicho, y yo lo creo, que el empeño republicano por fusilar a José Antonio fue un error. Algunas teorías sostienen, un poco en línea con lo que aquí se ha contado de fuente falangista, que Indalecio Prieto quería que José Antonio acabase en zona nacional, porque consideraba que sus ideas anticapitalistas minarían la retaguardia ideológica de los sublevados y sembrarían la división. No lo sé, pero tiene lógica que alguien, aunque sólo fuese una persona, tuviese en la cúpula republicana la claridad de mente como para darse cuenta de eso. La Falange luchó al lado de Franco con la misma bravura que lo habría hecho de haber estado José Antonio para darle las órdenes. La muerte del Jefe Nacional no minó un ápice la combatividad del bando sublevado y su supervivencia, como poco, habría supuesto un problema para Franco pues, con bastante probabilidad, José Antonio habría puesto muchas dificultades al decreto de unificación que creó la Falange Española Tradicionalista y de las JONS.
Pero esto ya son juicios históricos, esto es, subjetivos.
martes, noviembre 14, 2006
El oro de Moscú
Los dos hombres son Mariano Ansó, ex ministro de Justicia del presidente Juan Negrín durante la guerra; y Antonio Melchor de las Heras, abogado del Estado y asesor jurídico del ministerio franquista de Asuntos Exteriores. Ansó lleva, más o menos, veinte años sin poder pisar España. Va a Madrid a entregar algo. Un legado.
El viaje es continuación de una gestión realizada el día 18 de diciembre de ese año, unos días antes pues, por Rómulo Negrín, quien comparece ante Enrique Pérez-Hernández y Moreno, cónsul adjunto de España en París, para hacer entrega de todos los documentos que su padre, Juan Negrín, fallecido algunos días antes en París, atesoraba sobre el oro español entregado en depósito en el Comisariado del Pueblo de Hacienda de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El viaje a Madrid viene a completar esta gestión.
Antes de ese día, y también después, los mitos y leyendas en torno al llamado oro de Moscú han sido constantes y, de hecho, a pesar del paso del tiempo es un asunto que aún da bastante que hablar.
Hagamos un poco de historia.
Con el estallido de la guerra, una de las cosas que se rompió fue el Banco de España. Y no sólo por la decisión de la Generalidad de Cataluña, que ya hemos visto, de intervenir sus sedes en la región. Además, entre su cúpula hubo deserciones, sobre todo la del subgobernador, Pedro Pan, que se pasó a la zona nacional. Asimismo, uno de los más reputados miembros de su Servicio de Estudios, Fernández Baños, fue trasladado en diciembre de 1936 a Valencia, desde donde gestionó la salida de España de toda su familia y de él mismo, incorporándose también el Banco de España franquista. Con esto la gestión del Banco, en un momento en el que toda gestión pasó a ser política, no se pudo, en modo alguno, independizar del proceso.
Ya el 13 de septiembre de 1936, Manuel Azaña, presidente de la República; y Juan Negrín, ministro de Hacienda, aparecen como firmantes de un decreto semiclandestino (su facsímil puede consultarse en el libro de Ansó, Yo fui ministro de Negrín, Madrid, Espejo de España, 1976) que autoriza al gobierno, ante el hecho palmario de que las tropas nacionales avanzan hacia Madrid, a trasladar el oro existente en el Banco de España a lugar seguro. Antes incluso de esa fecha, el ministro de Hacienda anterior a Negrín, Enrique Ramos, ya había solicitado autorización al gobierno para que el banco vendiese unos 25 millones de pesetas en oro, aunque en este caso se trataba de defender a la peseta en los mercados internacionales.
Los cálculos más afinados consideran que, en el momento de estallar el conflicto, hay en el Banco de España oro por valor de 5.295 millones de pesetas (para que os hagáis una idea, y apoyándonos en datos que ya he escrito en pasados post, eso viene a ser más o menos el gasto de guerra de Cataluña entre 1936 y 1939, multiplicado por cuatro).
El gobierno de Largo Caballero toma la decisión, que siempre será polémica, de trasladar el oro a Moscú. Y digo que es polémica porque será interminable la discusión sobre si, como defienden quienes apoyaron la medida, Moscú era el único destino posible; o existían otras alternativas. La primera, obviamente, es Suiza. Sin embargo, Suiza presentaba el problema de que el oro debería atravesar físicamente Francia, y Francia había mostrado ya cierta hostilidad hacia el uso exterior de divisas y metales preciosos por parte de la República, así que una incautación siempre era posible; de hecho, el gobierno español tenía de tiempo atrás un oro depositado en Mont de Marsans, también con el objetivo de utilizarlo para defender la peseta, y ahora el gobierno francés se negaba a movilizarlo a petición de sus legítimos dueños (los franceses, siempre tan amigos de decidir por otros). Por su parte, la fría actitud de Reino Unido lo descartaba como objetivo. Moscú presentaba la ventaja de que el viaje era posible, entre Cartagena y Odessa, por un mar relativamente controlado en el que no se produciría la intercepción de mercantes rusos. Algunos críticos con la medida apuntan que se pudo pensar en Nueva York. Ahí queda la duda.
Por cierto, que hubo un voluntario: el gobierno catalán. La Generalidad se ofreció para que Barcelona fuese el destino, entonces seguro, del oro español. Su idea, que yo sepa, no fue nunca considerada ni medio en serio.
Entre julio de 1937 y enero de 1937 comenzó a salir oro de España, aunque no por la vía ni con el destino que se ha hecho famoso. Entre dichas fechas, la República vendió al Banco de Francia (sí, al presunto incautador) 194 toneladas de oro que valdrían, según mis cálculos, unos 1.500 millones de pesetas. Es sólo en una segunda fase que las reservas restantes (sigo con mis cuentas: unos 3.900 millones) fueron trasladadas a Cartagena, donde la mayoría sería embarcada con destino a Rusia. En total, 7.800 cajas por un valor de unos 518 millones de dólares (los mentados 3.900 millones de pesetas).
El traslado a Cartagena fue realizado por carabineros, miembros por lo tanto de un cuerpo de orden público que dependía directamente del propio ministerio de Hacienda. Hay testimonios de que todos eran militantes socialistas. No obstante, algunos puntos del transporte fueron vigilados por una unidad del denominado Quinto Regimiento, al mando de Valentín González, El Campesino, entonces furibundo comunista. Este detalle labró la leyenda de que el traslado del oro fue también controlado por los comunistas, leyenda que parece ser eso mismo más que otra cosa.
El 25 de octubre de 1936, el oro se cargó en cuatro barcos rusos: el Jruso, el Neva, el Kim y el Volgores. En dichos barcos viajaban funcionarios del Banco de España y de la Dirección General del Tesoro, encargados de comprobar el recuento del oro a la llegada a Rusia.
A partir de ahí, todo parece indicar que las cosas dejaron de funcionar.
En primer lugar, el oro fue utilizado, durante toda la guerra, como pago por el material de guerra y auxiliar con que la URSS proveyó a la República. Sin embargo, la calidad de esa ayuda está sometida a duda. En su inicio, los pedidos de armas deberían ser realizados por una institución centralizada, la Comisión de Armamento y Munición, y repartidos en el ejército republicano por una unidad de la misma que se estableció en Albacete, cuyo presidente era Diego Martínez Barrio (presidente de las Cortes, asimismo) y su comisario político el diputado Ángel Pestaña, máximo representante del anarquismo trientista, de carácter más moderado que el de la CNT o la FAI. Esta oficina central de entregas, sin embargo, nunca llegó a funcionar adecuadamente, según testimonio del gobernador civil de Albacete en aquellos tiempos (Justo Martínez Amutio: Chantaje a un pueblo, Madrid, G. del Toro, 1974). Un aspecto todavía no demasiado estudiado es la influencia que tuvo en la eficiencia bélica de la República esta distribución ineficiente de los recursos que llegaban, los cuales, según Amutio, se dedicarían preferentemente a unidades comunistas. El referido memorialista se queja, además, de algo que también refieren otras fuentes, que es la escasa calidad del material vendido por los rusos a alto precio. Incluso, en el colmo de la ineficacia, se queja de entregas de aviones en los que el fuselaje fue desembarcado en Levante y los motores en Bilbao. Gerald Howson, probablemente el estudioso más serio y sólido de la ayuda militar soviética a la República, ha calculado que, sólo mintiendo en el tipo de cambio (usando cambios erróneos peseta-dólar), la URSS le pudo chulear a la República unos 50 millones de dólares. Los rusos, por cierto, exigían el pago previo al envío del material; cosa que no le pasó a Franco, el cual, por ejemplo, en 1944 todavía estaba cerrando pufos con los alemanes. Y eso a pesar de que la garantía del pago (el oro) estaba bajo su custodia.
En paralelo, los funcionarios que hemos dejado en los mercantes camino de Odessa llegaron allí y pronto comprobaron que los rusos eran insultantemente lentos realizando una operación coñazo, pero al fin y al cabo fácil, como es contar 7.800 cajas. A los funcionarios se les había dicho que estarían más o menos un mes fuera de España (habían calculado diez días de curro para el arqueo) y, transcurrido dicho mes, fueron a quejarse al embajador español en Moscú, Marcelino Pascua, pues tenían la sensación de que ni en cuatro meses iban a terminar ( o sea: cuatro meses son como 100 días laborables, que para 7.800 cajas salen a 78 cajas por día; trabajando 10 horas, nos sale que los rusos venían tardando en contar 8 cajas a la hora).
Consecuencia de las protestas: a los dos meses, fueron realojados, cada uno en solitario. Se les colocó un policía de escolta que no les dejaba ni para orinar y se les censuró la correspondencia con sus propios familiares. Algunos de ellos, en realidad, no regresarían a España en toda la guerra.
El 1 de agosto de 1938, según comunicación recibida por Negrín, las reservas de oro estaban ya prácticamente agotadas. Como la República.
El oro de Moscú no fue dilapidado ni tampoco fue, como pretendió la propaganda franquista, utilizado por los republicanos exiliados para vivir como curas en París o en México. Según las cuentas entregadas por Rómulo Negrín y Mariano Ansó, y que han sido estudiadas por el historiador económico Pablo Martín Aceña (El oro de Moscú y el oro de Berlín, Madrid, Taurus), el que fuera presidente del Gobierno republicano durante la guerra se guardó mucho de custodiar los comprobantes que, básicamente, demuestran el uso del oro para la compra de material militar. Que ese material fuese, como dicen testigos como Martínez Amutio, para comprar no el material necesario, sino el que los consejeros soviéticos consideraban necesario; que fuese o no distribuido de una forma equitativa entre las unidades que lo necesitaban; que fuese de buena o mala calidad, ya es otra historia.
No obstante lo dicho, los republicanos en el exilio tienen, a mi entender, un borrón no demasiado aclarado a día de hoy, sobre el cual las cuentas de Negrín, obviamente, no dicen nada. Porque si las operaciones con el oro se hicieron con recibos y libramientos de por medio, las incautaciones no se hicieron así. Durante la guerra ambos bandos procedieron a incautar bienes de sus enemigos, o los que ellos consideraban que lo eran. Franco, por ejemplo, incautó las sedes de los partidos políticos y centrales sindicales. Y la República se hizo con joyas, obras de arte, dinero y otras riquezas cuyo monto no se puede fijar como el del oro de Moscú, porque cuando llegan a tu casa y te quitan un collar de oro a punta de pistola, no sueles pedir recibo. Ni quien te lo quita ofrecértelo.
Este punto de la Historia permanece más bien oscuro. Pero basta por hoy. He redactado esta entrada con un monumental dolor de cabeza, aunque a mí consultar libros me relaja, así pues estos párrafos me han hecho el efecto que a mi mujer le hace la valeriana. Os he utilizado de terapia ;O)
Pero lo de las incautaciones deberá quedar para otro día, otro post.
lunes, noviembre 13, 2006
Flabbergasted
Hace una semana, Inasequible me comentó, por correo electrónico, que, a la vista de que no pocos post de este blog registraban comentarios de los lectores, debería colocar un contador de visitas. No le hice mucho caso, aunque algunas horas después me picó la curiosidad y acabé comprobando que colocar un contador es relativamente fácil. Relativamente, porque por el camino no me cargué el blog de puñetero milagro. Debéis comprenderme; yo soy así. Ahora Blogger me informa de que si quiero cambiar a la nueva versión de Blogger y me informa que para ello debo tener una cuenta Google, y a mí todo lo que se me ocurre es preguntar si tener una cuenta Google duele, es hereditario o es compatible con la deglución de grasaspoliinsaturadas.
En fin. Que coloqué el cuentalecturas con bastante escepticismo y ahora, al visitar mis predios interneteros por casualidad, me encuentro con que está a punto de llegar a las 1.000 visitas.
Supongo que tiene truco. O sea, que mi ignorancia tecnológica no me llega como para no saber que en internet hay todo tipo de artrópodos y similares, escarabajos, arañas y demás, que visitan las páginas automáticamente, y supongo que eso pondera en el número de visitas que registra el contador. Pero es que mil visitas en una semana me parece una pasada, aunque sean del tío Google.
Y quería decíroslo, en mi nombre y, estoy seguro, también en el de Ina, mi partner. Estas cosas le impulsan a uno a seguir adelante. Y eso mismo es lo que voy a seguir haciendo.
Nos vemos, pues.
Un imperio en decadencia
Pero ya digo que cambiamos de tercio. Concretamente, al tercio de Flandes, cuando menos en parte. Hoy en día, muchos españoles, cuando queremos referirnos a nuestra intención de comenzar a tener éxitos en un terreno que nos es aún desconocido (por ejemplo, comenzar a exportar mercancías a un determinado mercado) utilizamos para ello la expresión «poner una pica en Flandes». Es dudoso, muy dudoso, que un estadounidense del año 2400 utilice la expresión «izar la bandera en Iraq», a pesar de que tiene el mismo significado. Con esto quiero decir que las guerras de Flandes, y otras tantas cosas que pasaron hace cosa de unos 400 años, fueron de una importancia muy superior a los hechos internacionales que hoy valoramos.
Cada era histórica tiene su gendarme mundial, y hubo un momento en el que dicho gendarme fue España. De los difíciles momentos en que dicho gendarme se quedó sin fuerzas va a este post. Debido a Inasequible con mis apostillas, ya sabéis, en negrita.
Un imperio en bancarrota
By Inasequilble Aldesaliento
Carlo M. Cipolla publicó un volumen titulado La decadencia económica de los imperios (Alianza Universidad, Madrid 1981) en el que defiende que la causa principal de la decadencia de los imperios es la economía. Cipolla afirma que en la vida de los imperios llega un punto de inflexión en el que asumen más compromisos de los que pueden asumir. En lugar de cortar pérdidas y retirarse a posiciones fácilmente defendibles, multiplican los asuntos de “interés vital” y por tanto irrenunciables. Entienden que es una cuestión de vida o muerte, de ser o no ser imperio, el no retroceder. El resultado final es el colapso: no hay recursos para mantener tantos compromisos y al final lo que no se quiso abandonar voluntariamente, se tiene que abandonar por la fuerza.
Los intereses vitales de los imperios son como los tumores malignos: tienden a la metástasis. Por ejemplo, Estados Unidos puede empezar definiendo como intereses vitales e irrenunciables en Oriente Medio, la defensa de Israel y que el petróleo saudí esté en manos amigas. De pronto entiende que la defensa de Israel implica otro interés vital: que no surja una potencia regional en la zona, lo que implica tener estrechamente controlados a los dos países que podrían aspirar a ese papel, Siria e Iraq. Por otra parte, puede entender que no basta con asegurarse los suministros de petróleo saudí, también hay que asegurarse los iraquíes, que son las segundas reservas petrolíferas del planeta. Insensiblemente, donde había dos intereses vitales, han acabado surgiendo cuatro y el escenario está dado para que Estados Unidos entienda como vital, llevar a cabo las siguientes acciones simultáneas: ocupar Iraq, apoyar la invasión israelí del Líbano, limarle las uñas a Siria, mantener estrechamente vigilado al régimen iraní y asegurarse de que el régimen saudí se mantiene y no es reemplazado ni por una democracia popular incontrolable ni por un gobierno islámico. La cuestión clave, que muchos estadistas han descuidado alegremente, es: ¿hay recursos suficientes para tantas tareas?
Esta desproporción entre medios y fines aplicada al Imperio español se ve tristemente en Felipe III y la Pax Hispánica, de Paul C. Allen. El libro relata las vicisitudes de la política exterior de Felipe III, especialmente en lo relativo a los Países Bajos. Felipe III, un hombre que había nacido más para vividor alegre y mundano a lo Jaime de Mora y Aragón que para monarca de un imperio lleno de problemas, heredó de su padre Felipe II más sueños imperiales y cuestiones sin resolver que doblones. Y así nos fue.
De hecho, a pesar de que en los tiempos de Felipe III y de Felipe IV los ancianos nobles del Consejo de Castilla que habían sido funcionarios de Felipe II veían a éste con nostalgia y forjaron de él la imagen del buen gobernante (el Rey Prudente), lo cierto es que fue, en mi opinión, Felipe II y no el III quien labró la bancarrota de España con una política bélica enloquecida. De hecho, Felipe II ya declaró bancarrotas durante su reinado. Lo que es más importante: según algunos historiadores, fue él quien, indirectamente, creó o educó la figura del rentista improductivo (hidalgo) que tanto daño le haría a la capacidad económica de Castilla. La necesidad de financiar sus ejércitos forzó a la monarquía felípica a financiarse, además de con la plata de Indias, mediante la emisión de juros que venían a devenir en rentas seguras para sus tomadores. Por ello, la ocupación del español pudiente dejó de ser crear riqueza para ser vivir de los juros.
Un libro más clásico que el de Allen, pero interesante por abordar el mismo problema ya en los años de Felipe II, es Guerra y decadencia, de I.A.A.A. Thomson.
Si un consejero de Felipe III hubiera tenido que definir cuáles eran los intereses vitales de España en 1600, posiblemente habría enumerado los siguientes: defender el imperio de América; asegurar las rutas marinas entre las Indias y España; derrotar a los rebeldes holandeses y erradicar el protestantismo de esas tierras; contener al Turco en el Mediterráneo; asegurarse de que Francia no levanta cabeza y dar una lección a la protestante Inglaterra. El libro de Allen muestra la discrepancia entre esos objetivos grandiosos y los recursos existentes en el caso de los Países Bajos.
A comienzos del siglo XVII se había llegado a una situación de tablas en los Países Bajos, más por las malas finanzas españolas que por los éxitos militares holandeses. Era un misterio cada año si se podría emprender una campaña militar en la zona. Todo dependía de que llegase a tiempo y bien provista la Flota de Indias y de que, por medio de espías, se supiese si el Turco iba a estar activo o no ese año en el Mediterráneo. Lo ganado en la campaña de un año bueno, podía perderse en el siguiente si la falta de doblones impedía volver a la ofensiva y no había los medios para levantar un nuevo ejército.
Debe entenderse que el ejército de Flandes fue, mayoritariamente, un ejército mercenario. Aunque había muchos españoles en él, también había soldados de otras partes del imperio pero, en cualquier caso, estaba formado por soldados y mandos que peleaban por dinero. A lo largo de la larguísima guerra de Flandes sobran los episodios en los que el ejército sitiador de una ciudad abandona el asedio, por la misma razón por la que en un anuncio actual de la tele le dan a George Clooney con la puerta en las narices: no money, no party.
La impresión es la de un imperio que estaba continuamente viviendo de prestado, desnudando a un santo para vestir a otro, esperando siempre un milagro, sabedor de que el menor contratiempo se podía convertir en catástrofe, porque no había los medios para tapar un nuevo boquete en una nave que se hundía.
El imperio español sobrevivió durante el reinado de Felipe III por una combinación de buenos diplomáticos, que lograron a base de astucia lo que las arcas vacías y los cañones sin pólvora ya no conseguían, una política algo más realista, que tendió más a la paz que a la guerra, y a que el recuerdo de las pasadas glorias españolas aún imponía a sus enemigos. Fue en ese momento cuando España hubiera debido retirarse de algunas de sus posiciones para salvaguardar el resto, pero eso hubiera implicado un grado de sabiduría que muy pocos gobernantes en el mundo han tenido.
Y, muerto Felipe III, llegaría el reinado del cuarto y de su valido, el conde-duque de Olivares. En la monumental biografía que de él ha escrito J. H. Elliot puede seguirse, con meticulosidad, la lenta y definitiva putrefacción de la situación que Ina describe en este post.
jueves, noviembre 09, 2006
Cataluña y la pasta: la guerra
Uno de los problemas bélicos del bando republicano en general (he aquí otro compromiso: hablaremos de la Hacienda española, un tema que tiene morbo porque nos llevaría a hablar del famoso oro de Moscú) fue su escasa capacidad de obtener recursos vía impuestos. Pero de esta escasa capacidad tuvieron la culpa los propios republicanos o, más concretamente, aquéllos de entre ellos que se apuntaban, como los anarquistas, a la filosofía de que la guerra se podía ganar mientras se construía la revolución social al mismo tiempo. En primer lugar, y si nos ceñimos al caso de Cataluña (y no es mal ceñirse, pues Cataluña y Aragón son las dos áreas de España donde este efecto se dejó sentir en mayor medida), ceder a la presión de realizar la revolución marxista fue una imposición, porque si repasamos aquellas ocasiones en las que el pueblo catalán fue llamado, durante la República, a expresar sus querencias políticas, nos queda bien claro que, por mucho que la CNT y el POUM, cada uno a su manera, quisieran la revolución ya, la mayor parte de los catalanes no la quería, ni ya, ni pasado mañana, ni al otro.
Sin embargo, el hecho es que para derrotar a los militares sublevados en Cataluña en general y Barcelona en particular fue necesario armar a los civiles. Manuel D. Benavides, un propagandista socialista (filocomunista, en realidad) escribió en 1946 un libro, Guerra y revolución en Cataluña, cuya lectura os recomiendo a todos, pero muy especialmente a aquéllos que me leáis con los pies y/o el corazón en Cataluña. En dicho libro, entre otras muchas cosas interesantes (algún otro post saldrá de sus páginas), habla de decenas de miles de fusiles que fueron puestos, en los días posteriores al 18 de julio, en manos de las milicias anarquistas, y que nunca volvieron a aparecer. Desde muchos puntos de vista, Lluís Companys, Martí Esteve, Josep Tarradellas y todos los demás miembros de la Generalidad durante la guerra, legítimos representantes del pueblo catalán por mor de las urnas, fueron rehenes. Hasta mayo de 1937, del revolucionarismo ciego de anarquistas y marxistas puros. Desde entonces, de los comunistas, apoyados en el hecho palmario, que todos conocemos, de que el único apoyo de verdad que tenía la República a la hora de hacer la guerra venía de la URSS.
Para ganar la guerra hacía falta dinero. El dinero viene de los impuestos. Pero Cataluña (y, en menor medida, el resto de España) no podía recaudar impuestos porque su Generalidad, de alguna manera, había ilegalizado de facto los hechos imponibles que dichos impuestos gravaban. El 18 de agosto, el Consejo de Economía, que era como el Comité de Milicias y con composición muy parecida, aprobó un plan económico, se dice que debido en gran parte a la pluma de uno de los líderes del POUM, Andreu Nin (que acabaría, por cierto, fusilado por los comunistas en Alcalá de Henares). Se colectivizaron la gran propiedad agraria, las industrias y negocios abandonados, los servicios públicos; se redujeron los arrendamientos (en realidad, en muchos sitios dejaron de pagarse); se dictaminó el control obrero de los depósitos bancarios y compañías de seguros. En otras palabras: contra el parecer de no pocos de los miembros del bando republicano, se impuso la simultaneidad de la guerra y de la revolución. Sin olvidarnos del pequeño detalle de lo difícil que es pagar impuestos cuando sólo te dejan hacer libranzas de tus cuentas corrientes para pagar salarios y no te dejan tener en casa más de 300 pesetas.
Pero ya hemos dicho de qué iban los impuestos de los que la Generalidad tenía que obtener sus recursos. El de derechos reales, por ejemplo, gravaba las transmisiones patrimoniales, y no hay muchas ventas de inmuebles en un entorno revolucionario (lo que hubo fueron requisas). El de la contribución urbana no dejaba de gravar un concepto imposible en un régimen de corte marxista o libertario, como es la plusvalía (un marxista no puede cobrar un impuesto sobre aquello que Marx dice que se le ha alienado al obrero; en todo caso, deberá devolvérselo). Por lo que se refiere al impuesto de utilidades, se basaba en la vida de las empresas, pero éstas pasaron a ser meras distribuidoras del valor añadido que podían generar entre sus trabajadores vía salarios, con lo que desaparecieron beneficios y dividendos.
Por cada 7 euros que se recaudaron de impuestos en Cataluña en 1935, se recaudó uno solo en 1936. Especialmente impresionante fue la evolución del impuesto de derechos reales, que recaudó 19 millones de pesetas en 1935 y algo menos de 600.000 pesetas en 1936. Y esto teniendo en cuenta que medio año había transcurrido en situación de paz. Es cierto que, progresivamente, la Generalidad consiguió recuperar en buena parte la recaudación en tiempos posteriores y, sobre todo, a partir de mayo de 1937, cuando CNT-POUM y socialistas-comunistas se enfrentaron a muerte (y no es una forma de hablar), triunfando las tesis de los segundos. Sin embargo, se estima que dicha recaudación, al fin y a la postre, sólo llegó más o menos para cubrir los gastos presupuestarios de Cataluña (o sea, el trantrán de gasto que habría tenido de no haber guerra), unos 450 millones de pesetas en todo el periodo. Lo cierto es que la Generalidad gastó 1.400 millones más por efecto de la guerra.
Con todo, el aspecto de las finanzas públicas fue, probablemente, el que más libre quedó de la influencia revolucionaria. Esto se lo debe Cataluña al empuje y la inteligencia de un político incansable, que volvería a vivir para ver una Cataluña libre y democrática: Josep Tarradellas. El hombre que, a su regreso a España desde el exilio, pronunciaría la histórica frase ja soc aquí.
Tarradellas fue el consejero de Finanzas del gobierno catalán casi non stop durante toda la guerra. Sus esfuerzos por racionalizar económicamente una situación tan difícil como una guerra fueron muchos, aunque también cometió errores. En todo caso, para la Historia ha quedado con su nombre el que yo creo que es el esfuerzo más encomiable para ordenar, desde el punto de vista fiscal y presupuestario, una administración republicana en guerra. Se trata del llamado (ya digo que con justicia) Plan Tarradellas, publicado en una monumental edición especial del Diari Oficial de la Generalidad el 18 de enero de 1937, días después de que Tarradellas y un grupo de funcionarios a su servicio diseñasen en la localidad de S’Agaró nada menos que 58 decretos y órdenes. Este plan suponía la creación de nuevos impuestos, uno sobre las ventas de cualquier tipo (una especie de IVA, pues); otro sobre las percepciones activas y pasivas de los funcionarios, que fue un tremendo error por su palmario carácter discriminatorio; otro sobre los espectáculos; otro sobre la adquisición de aparatos de radio; amén de la reforma de otros impuestos existentes.
Con el Plan Tarradellas, de hecho, se estima que la Generalidad pasó a ser mucho mejor recaudador de impuestos que la Hacienda de Negrín, o sea la mal llamada de Madrid (deberíamos llamarla de Valencia o, incluso, de Barcelona). Sin embargo, algunos meses antes, en agosto de 1936, ante el agostamiento de recursos que le había provocado a Cataluña la revolución y la caída en picado de los impuestos, Tarradellas había decidido una medida sobre cuya valoración ya no cabe estar tan de acuerdo.
En los primeros meses de la guerra, en efecto, casi nada funciona en la economía catalana. No hay transacciones, no hay plusvalías. El valor añadido, por así decirlo, ha desaparecido como concepto económico real, y eso afecta a los impuestos. Para colmo, el gobierno catalán ha asumido diversas responsabilidades, como el pago de salarios cuando no es posible o la ayuda para pignoraciones y descuentos que son necesarios en la operativa mercantil (incluso la revolucionaria). Así pues, no sólo tiene un problema presupuestario al uso, es decir tener más gastos que ingresos y contabilizar déficit. Lo que tiene es un problema de tesorería: necesita dinero para pagar a las tropas, poner en marcha las industrias de guerra y, por qué no decirlo, sostener económicamente Cataluña, y las arcas están vacías.
En el verano de 1936, un desesperado Tarradellas lanza un amargo SOS al gobierno de Madrid con tres peticiones: una, un crédito a favor de la Generalidad de 50 millones de pesetas para ir tirando en el pago de las tropas y lo que viene siendo el gasto de la guerra; en segundo lugar, un crédito adicional de 30 millones de francos en París para poder comprar en el extranjero materias primas para la industria de guerra, sobre todo acero; y, en tercer lugar, autorización a la Generalidad para adquirir divisas por valor de 100 millones de pesetas, también sobre todo para adquirir materias primas.
El 22 de agosto, mientras la Generalidad está esperando una respuesta de Madrid que no llegará, llega a sus oídos que lo que ha hecho el gobierno central es remitir un telegrama al delegado de Hacienda en Barcelona ordenándole que transfiriese al Banco de España el saldo de pesetas oro y pesetas plata que obra en dicha delegación. Aunque en dicha delegación se vende esta orden como una medida contra el atesoramiento por particulares (?) y se asevera que no comportará el traslado de recursos fuera de Cataluña, el día 27 de agosto Tarradellas, bastante mosqueado, agarra el canasto de las chufas e impulsa un decreto por el cual la Generalidad tomaba el control directo de las delegaciones de Hacienda y las sucursales del Banco de España en Cataluña (Barcelona, Tarragona, Gerona, Lérida, Reus y Tortosa).
Mi impresión personal es que ya existían diferencias y resquemores entre Madrid y Barcelona, pero este movimiento terminó por enervarlas. A la luz de la Historia, resulta difícil defender la medida. De los pocos o muchos recursos bélicos con los que la República pudo hacerse para intentar resistir lo embates del ejército franquista, reforzado por italianos y alemanes, la mayor parte la puso en juego el gobierno de Madrid, a través sobre todo del uso, más o menos hábil, del famoso oro de Moscú. Parece obvio que la orden de repatriar el dinero de la delegación de Hacienda (porque en eso tenía razón la Generalidad: les estaban intentando tangar con aquello del atesoramiento) tenía como objetivo acrecentar con esos recursos las remesas con las que se pagó el material bélico de la República.
Lo cierto es que una guerra es una situación especial. Tan sostenible como la idea de que era racional que los revolucionarios aparcasen la revolución hasta ganar la guerra era, también, la idea de que Cataluña debería haber aparcado sus deseos autonomistas hasta ganar el conflicto. La falta de sintonía entre quienes estaban en verdad dirigiendo el esfuerzo bélico de la República y quienes dirigían el esfuerzo bélico catalán no fue de ninguna ayuda para dicho bando.
No obstante lo dicho, también es cierto que las culpas no se pueden cargar solo en las espaldas de la Generalidad. De lo referido queda claro que la actitud del gobierno Giral no fue precisamente limpia con los catalanes. Madrid llegó incluso a bloquear en alguna de sus embajadas transferencias de divisas que había hecho la Generalidad para poder comprar materias primas (así, 36.000 libras en París, que fueron desbloqueadas en septiembre). Aunque la Historia-ficción realmente no sirve para nada, cabe preguntarse qué habría pasado si Cataluña se hubiese colapsado, cuando menos económicamente, a finales del 36. Esto no pareció importarle demasiado al gobierno de Madrid. Hablamos, pues, de torpezas entrelazadas.
Julián Zugazagoitia, que fuera ministro de la República durante la guerra, escribió en París un libro, Guerra y vicisitudes de los españoles, poco tiempo antes de ser trasladado a España, donde Franco lo fusiló. En los últimos estertores de la guerra en Cataluña, tras la reunión del Parlamento en Figueras, describe con amargura la huída hacia la frontera francesa de ambos gobiernos, el de España y el de Cataluña, poco menos que por separado. Esta desconexión me parece a mí que fue crítica para la causa republicana. Cataluña consiguió racionalizar su sistema económico y, sobre todo, presupuestario, en condiciones mucho más duras que el resto de España; así pues, Madrid habría podido aprender de ella. En la guerra, sin embargo, sólo puede haber un jefe. Porque allí donde hay dos jefes no hay una guerra, sino dos. Ésta es una lección, quizá, que el gobierno catalán, o tal vez quienes lo tenían secuestrado, no aprendió suficientemente, ni suficientemente deprisa.