viernes, septiembre 01, 2006

¿Qué sabe una castañera de la Relatividad?

En los meses de febrero y marzo de 1923, Albert Einstein, personaje que supongo que no necesita presentación, visitó España. Para entonces, ya era eso que hoy denominaríamos una estrella mediática. Llevaba dos años disfrutando del Nobel de Física e incluyó España en un periplo mundial que le llevó por América y Japón. Curiosos tiempos aquéllos en los que los Rolling Stones eran científicos dedicados a reflexionar sobre el espaciotiempo (esta frase es demagógica y estúpida pues, por mucho interés que despertara Einstein, no se puede comparar con los auténticos movimientos de masas, sobre todo femeninas, que provocaban no muchos años más tarde las visitas a España del Morritos Jaeger de lo cañí: Jorge Negrete. Yo mismo pienso que su Agua del pozo permanece insuperada).

El viaje de Herr e=mc2 se debió, al parecer, al impulso de un matemático español, Julio Rey Pastor, del que sé poco, por no decir nada. Pero Einstein fue, rápidamente, «adoptado» por la intelligentsia intelectual (valga la redundancia) española. Su cicerone principal fue nada más y nada menos que José Ortega y Gasset, el de delenda est monarchia y de yo soy yo y mis circunstancias, filósofo oficial español y de lo español.

Einstein visitó, además de Madrid (y alrededores), Barcelona y Zaragoza donde, por cierto, cumplió años. Parece que se sintió especialmente emocionado al ver, en Toledo, el arte de El Greco. Dio algunas conferencias, la principal de ellas en la Residencia de Estudiantes, que versó sobre Introducción a la teoría de la relatividad. Predecible, ¿eh?

Los organizadores de la visita «vendieron» a Einstein como el padre de una nueva forma de pensar, una concepción del mundo radicalmente diferente, tratando de trascenderlo más allá de las ya anchas paredes de la física. Esto generó en España una enorme curiosidad, motivo por el cual el alemán fue seguido por multitudes más o menos nutridas.

Sin embargo, el principal problema para los españoles era el mismo que tendrían centenares de miles de seres humanos (la mayoría adolescentes) en los siguientes 80 años: no tenían ni pajolera idea de qué significaba la teoría esa de la relatividad que, al parecer, era tan importante e iba a cambiar el mundo. Comprendían que el señor alemán de los pelos era muy listo y que había parido algo de gran inteligencia; pero no pasaban de ahí.

Una anécdota sirve para ilustrar la actitud de los españoles ante Albert Einstein. Durante una de sus visitas en Madrid, al salir de un edificio, al alemán le esperaba un coche. Una pequeña multitud de madrileños, informados del evento, estaba allí para contemplar al genio en persona. En el momento en que se subía al coche, según la prensa de la época, una mujer, castañera para más datos, gritó: «¡Viva el inventor del automóvil!»

Este grito resume la actitud del español medio de 1923 hacia Einstein. Si era tan genio, si era tan inteligente, si merecía el Nobel, si iba a cambiar el mundo, entonces más que científico debería ser inventor; y, además, haber inventado algo realmente importante: el automóvil.

A los científicos les joroba mucho que sus titanes no sean conocidos por la gente. Por ejemplo, todos o casi todos los matemáticos que conozco se cabrean mucho al recordar que la mayoría de la gente no sabe quién fue Leonard Euler; y, apostillan, de los poquísimos que lo conocen, aún son menos los que saben que no se dice /euler/, sino /oiler/. Y tienen razón al decir que cuando hablamos de gentes como Diofanto, o Galileo, o Al-Jwarizmi, o Planck, o Shrödinger, o Pauli, o Maxwell, o Arquímedes o qué se yo, estamos hablando de personas con capacidades muy fuera de lo común.

Véase el caso del matemático alemán Gauss, quien, a la tierna edad de catorce años, cuando el resto de los mortales andamos tratando de entender la fórmula para la suma de los términos de una progresión aritmética, fue capaz de descubrir que el número de números primos menores que x cuando x tiende a infinito equivale a x partido por su logaritmo neperiano. ¿A que da yuyu el niño? Como para pensar, ciertamente, que si hubiese Gausses en el fútbol, Ronaldinho jugaría en la tercera regional del Mato Grosso.

Einstein es el único caso en el que no ocurre esto. Todo el mundo conoce a Einstein, aunque no lo comprende. Es algo así como el Quijote de la Ciencia. Pero no me digáis que la anécdota de Madrid no tiene miga. Miga, además, castiza.

Por cierto, que Ortega y Einstein acabarían peleados, aunque lo que no sé es si el físico se enteró de ello. En 1937, con ocasión de la celebración del Congreso de Escritores Antifascistas en la Valencia republicana, y por lo tanto en plena guerra, Einstein remitió a dicho congreso un mensaje muy crítico con las democracias del mundo, especialmente con Estados Unidos, por su tibieza en la defensa de la República. Ortega le respondería en una revista británica poniéndolo a caer de un burro, acusándolo de insolente e ignorante.

¿De qué pie político cojeaba Einstein? Dicen las crónicas que en su visita a España se vio con Ángel Pestaña, líder que lo fue del sindicalismo anarquista. La cosa se presta al chiste fácil, claro: un tipo que cree que todo es relativo, así pues considera que los conceptos de izquierda y derecha sólo dependen de la situación del punto de referencia, ¿qué será, sino anarquista?

jueves, agosto 31, 2006

Julián Grimau

En 1976, terminado el franquismo y trece años después del fusilamiento de Julián Grimau, quien fuera su abogado civil en la causa, Amandino Rodríguez Armada; y el mejor periodista político de los años sesenta, José Antonio Novais (corresponsal de Le Monde en Madrid), escribieron un libro sobre el proceso y fusilamiento de este militante del Partido Comunista y miembro de su Comité Central. Dicho libro se llama ¿Quién mató a Julián Grimau? Título que es más que suficiente para demostrar que este hecho estaba entonces, como lo está ahora, aún por aclarar del todo.

Julián Grimau fue ejecutado, fusilado, en el campo de tiro de Carabanchel, en la madrugada del 20 de abril de 1963, sábado. La vista de su juicio se había celebrado en la mañana del jueves anterior, 18 de abril, en la sede de los juzgados militares, en la madrileña calle del Reloj. Su muerte, pues, fue una muerte supersónica, y probablemente nunca sepamos toda la verdad de lo que pasó en el día intermedio, el viernes 19 de abril de 1963, durante el cual el Consejo de Ministros estuvo reunido nada menos que diez horas, así pues es de estimar que hubo diferencia de opiniones sobre si procedía o no la conmutación de la pena, que el mundo civilizado en pleno le estaba pidiendo, en esas horas, al régimen de Franco. Finalmente, la mano del Caudillo no tembló y, probablemente, sacando la primera paletada de tierra de la tumba de Grimau, el franquismo empezó, también, a cavar la suya propia.

Grimau era miembro del Comité Central del Partido Comunista. El 7 de noviembre de 1962 se encontraba en Madrid, clandestinamente. Se citó en la plaza de Manuel Becerra con otro militante comunista, a quien varias fuentes recuerdan tan sólo como «un tal Lara». A pesar de que tomó las precauciones habituales (unas cien revueltas a pie antes de llegar al lugar de cita, para evitar ser seguido o poder percatarse de ello), fue detenido, además con cierta facilidad y signos de premeditación policial (dos policías secretos lo detuvieron en un autobús… del cual detenido y policías, qué casualidad, eran los únicos viajeros). Fue trasladado a la Dirección General de Seguridad (la Casa del Reloj de la Puerta del Sol, hoy sede de la Comunidad de Madrid), donde lo llevaron a un habitáculo de cuatro metros por tres y medio, para interrogarlo.

En el curso del interrogatorio, según la versión policial, Grimau de las ingenió para levantarse y tirarse por la ventana a la calle o, mejor dicho, al pequeño callejón de San Ricardo (seis metros en caída libre; era un segundo piso). De creer la declaración de sus interrogadores, aquél fue uno más (hubo otros después) de los «milagrosos vuelos» realizados en dependencias policiales por militantes clandestinos antifranquistas. Con total desparpajo, la policía declaró que Grimau había atravesado la ventana cerrada con su salto (a pesar de que ya hemos dicho que apenas tuvo, todo lo más, cuatro metros de carrerilla, además de ir esposado); e, ítem más, que dicho salto había sido de una notable precisión pues, teniendo la ventana dos hojas de unos 65 centímetros de ancho cada una, Grimau sólo rompió una de ellas. O sea, lo que mi teniente de la mili llamaba tiro preciso.

Es cierto que Grimau nunca acusó a la policía de haberle arrojado por la ventana, ni de haberle causado de otra forma las graves heridas en cabeza, brazos y manos (por cierto: no tenía cortes, lo cual quiere decir que rompió los cristales de la ventana con su aura). Su versión de los hechos, que Rodríguez Armada contó en 1976, se limita a algo así como una visión nebulosa, un andar como en andas, el vago recuerdo de un patio con unos obreros que trabajaban en él, y poco más. No sé si estaré muy equivocado, pero a mí me suena que, quizá, primero lo drogaron, luego lo tiraron por la ventana y, después, los propios policías rompieron la hoja de la ventana.

Con esas cosas tan repugnantemente folclóricas que tenía el franquismo, Grimau fue ingresado en el hospital penitenciario de Yeserías y procesado por tentativa de suicidio. Sí, como suena. Un juzgado de guardia incoó causa contra él por dicho motivo, aunque desconozco si alguna vez llegó a algo; probablemente no, pues menos de seis meses después de todo aquello, Grimau estaba muerto.

Trasladado posteriormente a Carabanchel, el franquismo se movilizó contra él. La prensa afecta (sobre todo el diario Arriba, órgano de la Falange), comenzó a airear lo que consideraba testimonios probados de la brutalidad y sadismo con que Grimau se había despachado durante la guerra civil en Barcelona. A pesar de tener edad para ir al frente, Grimau, según declaró por disciplina de Partido (entonces pertenecía al Partido Republicano Federal, aunque pronto se afiliaría al Comunista), decidió ingresar en la Brigada de Investigación Criminal; o sea, hacerse policía. En esta ocupación, tuvo, según las denuncias franquistas, una actuación especialmente violenta en la checa situada en el número 1 de la plaza Berenguer el Grande de Barcelona (no conozco Barcelona, así pues no sé si se sigue llamando así). La maquinaria propagandística del régimen lo acusó, y lo seguía haciendo años después, de las mayores atrocidades, entre otras haber castrado a un preso de la checa antes de fusilarlo (véase, a este efecto, el libro de Ángel Ruiz Ayúcar, Crónica agitada de ocho años tranquilos, editado en 1974 por Editorial San Martín, página 19). Como José Antonio Novais recuerda en su libro, todas estas acusaciones se sostenían en testimonios indirectos, gente que decía que había oído decir que. El director de Arriba, convocado a un acto de conciliación por un artículo del periódico en estos términos, se limitó a decir que había reproducido lo que todo el mundo sabía.

En el Consejo de Guerra no se llamó a un solo testigo.

Había un problema jurídico. Crímenes teóricamente producidos en 1938 y juzgados en 1963 tenían 25 años de antigüedad, así pues habían prescrito en los términos de la legislación penal franquista. Así lo adujo en su defensa, de hecho, el defensor militar de Grimau, capitán Alejandro Rebollo, a quien Grimau dirigió la última carta de su vida, agradeciéndole los esfuerzos que había realizado por él. Para evitar la prescripción, el tribunal se inventó la milonga de que Grimau era culpable de un «delito continuado», o sea, que, en los años de la posguerra había seguido trabajando para generar una situación de guerra civil de nuevo, es de suponer que para volver a perpetrar crímenes parecidos.

El gobierno español ocultó la fecha del Consejo de Guerra prácticamente hasta unas horas antes del jueves. Esto nos da la medida de hasta qué punto temía la fuerte reacción internacional. Para evitar una dilatada crisis, diseñó ese plan supersónico de menos de 72 horas: jueves por la mañana, Consejo de Guerra; viernes, Consejo de Ministros y no-conmutación; sábado en la madrugada, ejecución. En la angustiosa noche del 19 de abril, es de suponer, las presiones diplomáticas sobre Franco debieron de ser muy fuertes. De hecho, en su libro, Novais refiere que el abogado de Grimau consiguió hablar, esa noche, con una persona que se dijo secretario del Papa Juan XXIII. La conexión telefónica fue posible gracias a unos «amigos» de la causa de Grimau en Italia, cuya identidad el cronista no aclara. Según Novais, el secretario del Papa, además de informar de que ya se había acostado, le dio a Amandino muy buenas palabras, insinuando que el gobierno español le había dado a Juan XXIII ciertas, inconcretas, garantías sobre la vida de Grimau. A menos que algún día le dé un improbable ataque de transparencia al Vaticano, nunca sabremos hasta qué punto sólo fue una mentirijilla del sedicente secretario papal para salir del paso o, en realidad, Franco llegó esa noche incluso a mentirle al Vicario de Cristo (que será pecado mortal, digo yo).

Medio franquismo, de hecho, estaba para entonces en otra onda. Desde 1957, y con el apoyo político del almirante Luis Carrero Blanco, los denominados «tecnócratas» (ministros y altos cargos, casi todos del Opus Dei, ajenos al (pseudo)fascismo de las fuerzas que habían apoyado a Franco en el Alzamiento, pero con fuertes tintes conservadores) habían ido tomando posiciones en el gobierno. Aunque aún eran minoría. Porque el gobierno que decidió ejecutar a Grimau estaba formado por: Franco; siete militares más (Muñoz Grandes, Carrero, Camilo Alonso Vega, Martín Alonso, Pedro Nieto Antúnez, José Lacalle Larraga y Jorge Vigón); tres miembros del Opus Dei (Gregorio López Bravo, Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres); el representante de Falange (José Solís); y un totum revolutum de nueve ministros más o menos vinculados al Movimiento, o sea más franquistas que otra cosa (Castiella, Lora Tamayo, Cirilo Cánovas, José Martínez y Sánchez Arjona, José Romeo Goría, Antonio Iturmendi, Manuel Fraga Iribarne y Pedro Gual Villalbí). Así pues, incluso matemáticamente, era un Consejo de 20 personas (21, porque hemos de suponerle a Franco voto de calidad) en el que Franco tenía aseguradas ocho manos, la suya y la de los militares que, aunque sólo fuese por disciplina, obedecerían. Así pues, en el supuesto, que es mucho suponer, de que en un Consejo de Ministros presidido por Franco alguien se atreviese a forzar una votación nominal, con un empujoncito que diesen la Falange y los franquistas civiles, el Caudillo lo tenía chupado. Laureano López-Rodó, miembro también del Opus Dei y que entonces era comisario del Plan de Desarrollo, se limita a consignar en sus memorias que el Consejo leyó íntegra la sentencia de muerte dictada por el Consejo de Guerra y que «la mayoría de los miembros se inclinaron por la no concesión del indulto».

En contra de la ejecución, probablemente, Franco tuvo, cuando menos, dos posiciones: la de Fernando María Castiella, ministro de Asuntos Exteriores que ya entonces había solicitado el ingreso en la Comunidad Económica Europea y que sabía cuáles serían (cuáles fueron) las consecuencias del fusilamiento para dicho proyecto; y la de los tres ministros del Opus, atrincherados en el equipo económico del Gobierno y padres de los llamados Planes de Desarrollo, que entonces se iniciaban, y que marcaron el espectacular despegue económico de España en los años sesenta (en el que también tuvo algo que ver la emigración masiva de centenares de miles de españoles).

De hecho, en la tarde-noche de ese mismo día 19, aterrizó en Madrid el ministro francés de Hacienda, Valery Giscard d’Estaing, con el objeto de firmar un crédito de 450 millones de dólares, una pasta, para financiar el primer Plan de Desarrollo. Según confiesa lacónicamente López-Rodó, al enterarse de que Grimau sería fusilado en unas horas, estuvo a punto de regresar inmediatamente a Francia. Finalmente, cuenta Novais, se llegó al compromiso de «desoficializar» su visita (pasó el fin de semana en Toledo, en visita privada) y el lunes fue recibido con Franco muy poquito antes de salir hacia París.

De vuelta a Francia, y ya con Grimau muerto, Novais cuenta (¿Quién mató a Julián Grimau?, página 153) una anécdota que da la medida de eso que se llama «inteligencia emocional» del personaje. En una recepción en París, Giscard apareció luciendo una condecoración laureada que el gobierno español le había concedido durante su visita. El presidente De Gaulle tuvo que llamar a un miembro del protocolo para solicitar que le explicase a Monsieur le ministre que esa condecoración, concedida por un gobierno que tenía las manos manchadas de sangre de un fallecido cuyo cadáver aún estaba caliente, y con las calles de París hirviendo de manifestaciones, mejor que se la quitase de la pechera.

Éste es el cráneo previlegiado, que diría Valle-Inclán, que ha preparado el proyecto de Constitución Europea. Y luego nos extrañamos de que no haya salido adelante.

A partir de aquí, cuatro preguntas. La primera, obviamente, por qué fue fusilado Grimau o, si lo preferimos, por qué no le fue conmutada la pena. Un año antes, en 1962, se había producido el famoso Contubernio de Munich, que no fue otra cosa que Rodolfo Llopis, o sea el PSOE; y José María Gil-Robles, o sea la CEDA, dándose un abrazo y prometiéndose no volver a intentar matarse; todo ello bajo la atenta mirada de Dionisio Ridruejo, representante del falangismo disidente a favor de la democracia. Fuese o no fuese Munich todo lo importante que el franquismo lo hizo con su desmedida reacción, lo cierto es que, en 1963, lo que comenzaba a pitar eran conceptos como distensión, reconciliación, olvido. La bicicleta comenzaba, lenta y suavemente, a ir cuesta abajo, y la muerte de Grimau fue un inusitado e inesperado cambio de dirección.

Franco no supo ver que matando a un presunto torturador comunista lo que hacía era crear un mártir de la democracia y la libertad. Hasta Kruschev, un político tan poco demócrata que no le dolieron prendas de pisarle el cuello a Hungría, se dio cuenta del efecto con un sentido telegrama a Franco en el que, oh sorpresa de franquistas, lo apelaba de «Excelencia». El ogro soviético reconociendo, más o menos, la legitimidad del gobierno creado para acabar con la conspiración marxista judeomasónica internacional; y todo ello para salvar la vida de Grimau.

La actitud fría e insensible del franquismo hace inútil la discusión sobre la segunda cuestión, es decir la veracidad de las acusaciones contra Grimau. Ciertamente, no son los franquistas los únicos que le acusan; los anarquistas también aseveran que se desempeñó con notable crueldad en la represión de que fueron objeto la CNT y el POUM durante la guerra en Barcelona. Pero eso da igual. Habían pasado 25 años. El franquismo, machaconamente, trató de generar un paralelismo estricto entre los crímenes de Grimau y los de los nazis alemanes, que seguían en aquellas fechas siendo cazados y juzgados. Olvidaba, pues, que a Adolf Eichman, a Leon Degrelle, a Klaus Barbie, se los quería juzgar por delitos de lesa humanidad.

Fuese o no fuese Grimau un asesino, fue juzgado prácticamente sin garantías, condenado antijurídicamente y objeto de una notable crueldad y miopía política por parte de un gobierno que no supo ser clemente y darle la vuelta a la tortilla frente a la opinión pública internacional.

La tercera gran cuestión es la que titula el libro de Amandino y Novais. A Grimau lo mató Franco, desde luego. Pero suena, desde hace cuarenta años, la pregunta de por qué el PC envió a España a un miembro tan significado, teniendo como tenía militantes que hoy denominaríamos, como hacemos con los etarras, liberados (no fichados). Su abogado y Novais coquetean en su libro, claramente, con la idea de que el interlocutor de Grimau en Manuel Becerra, el tal Lara, fue también quien lo delató. Pero hay más. Es lo cierto que, en los años sesenta, el PCE se encontraba sumido en una dialéctica entre dos grandes posiciones: por un lado, la línea más dura, más estalinista, muchos de cuyos efectos acabaron siendo maoístas; y, por otro, la línea carrillista, que ya empezaba, más o menos, a diseñar la fórmula que luego se llevaría a cabo con éxito en la Transición, es decir una alianza con fuerzas políticas burguesas (incluida la dinastía borbónica) para favorecer la llegada de la democracia a España.

Se ha querido ver en Grimau, a mi juicio con pocos datos cuando no ninguno, a un representante de la primera tendencia, y en Carrillo a un dirigente del Partido que no tuvo reparos en enviarlo a una misión peligrosa a ver si había suerte y se la pegaba. Cada vez que Grimau abrió la boca en su corto periplo judicial, fue para hacer profesión de comunismo y de fidelidad al Partido; a mí me parece una persona demasiado disciplinada para estar ocupando lugar preeminente en un supuesto anticarrillismo.

Todo está nebuloso y no es nada claro. Enrique Líster, comunista que dirigió una columna del ejército republicano y después, en la URSS, llegó al con Stalin siempre difícil puesto de general del ejército soviético, acabó desgajándose del PCE por serias disensiones con Carrillo. Publicó artículos acusándole de varias cosas, entre ellas, de haber enviado a camaradas del Partido a España «sin las precauciones de seguridad imprescindibles». Pero es una acusación genérica; no citaba el nombre de Julián Grimau, a pesar de escribir estas líneas siete años después del fusilamiento. En la Transición, por cierto, Líster fundó en España el PCOE, Partido Comunista Obrero Español, que aún existe.

Si hemos de creer a la Wikipedia, ya en la democracia el Ayuntamiento de Madrid, en la época de Enrique Tierno Galván, quiso cambiarle el nombre a la avenida del Mediterráneo para llamarla avenida de Julián Grimau. Y fueron precisamente los comunistas, con el argumento de que no sería bueno para la reconciliación que presidió la Transición Política, los que bloquearon dicha propuesta.

Y así, poco a poco, este inquilino del estrecho, pero aún así nauseabundo, camarote de la Historia donde viaja el puñado de fusilados por el franquismo y tardofranquismo, ha sido olvidado. ¿Es eso bueno, o malo?

Pues ésa es la cuarta, y última, pregunta.

viernes, agosto 18, 2006

Huelga a la catalana

Una de las cosas que tiene la libertad es que, cuando se ha vivido siempre en ella, resulta difícil de imaginar la cantidad de cosas que un día no se podían hacer, o dejar de hacer. El legado más terrible que deja una dictadura es acostumbrar a sus administrados (a muchos, incluso la mayoría de ellos) a no disfrutar de derechos que para otros son esenciales. La dictadura española, esto es lo que otros llaman franquismo, fue sin duda, por lo menos para mí, el momento de la Historia de España en el que los derechos de los españoles estuvieron más constreñidos. Es cierto que si nos vamos suficientemente hacia atrás, nos es fácil encontrar épocas que parecen desmentir estos hechos. Una persona de ideología comunista disfrutaba en España en 1945 de mayor libertad de acción que, digamos, un siervo de la gleba en la Edad Media castellana. Pero eso es ilusorio, porque para la historia de los derechos civiles hay un antes y un después que no es el nacimiento de Jesucristo sino ese día, a finales del siglo XVIII, en el que el hombre puso en un papel lo que ya venía pensando, difusamente, desde mucho antes, en torno a los derechos inalienables del ser humano por el hecho de serlo. Desde ese día, todas las sociedades desarrolladas iniciaron un camino para perfeccionar su nivel de cumplimiento de esas premisas. Y el franquismo es el más sonoro y grande paso atrás de todos los dados por los españoles desde entonces. 

jueves, agosto 10, 2006

La extraña entrevista de Amaro del Rosal

Tal y como he prometido, voy a hablar aquí, en medio de la canícula, de la que a mí me parece la más extraña entrevista celebrada en el marco de los trabajos para la preparación del golpe de Estado revolucionario de izquierdas que hoy conocemos, habitualmente, como Revolución de Asturias o Revolución de Octubre.

Como es sobradamente conocido, este golpe de Estado comienza a gestarse, si no logísticamente sí en las cabezas de sus organizadores, en el otoño de 1933 cuando, tras una victoria electoral sin paliativos del centroderecha (es el Partido Radical quien gana las elecciones, pero sus resultados dejan claro que gobernar es imposible sin el concurso de la CEDA de Gil-Robles), distintas fuerzas de izquierda, y muy singularmente el PSOE primero y la UGT después, llegan a la conclusión de que esta circunstancia será aprovechada por las derechas para dar un golpe «a la alemana», esto es, instaurar una dictadura desde el gobierno (como hizo Hitler en Alemania tras ganar las elecciones, también del 33).

Estratégicamente hablando, fueron el PSOE y la UGT, su sindicato hermano, quienes arrostraron con la labor de dirigir y organizar el golpe. Esto quiere decir, por un lado, que experimentaron la indiferencia de los anarquistas, que querían revolución pero no para generar una dictadura del proletariado; y que tampoco eran muy proclives, sobre todo en la UGT, a aceptar la participación de los comunistas. Y digo lo de «sobre todo en la UGT» porque el PSOE tenía el problema de los comunistas más resuelto, por tener a muchos de ellos integrados en las Juventudes Socialistas Unificadas, una organización muy fuerte cuyo secretario general se llamaba Santiago Carrillo.

Allí donde se dio la convergencia de fuerzas de izquierda, Asturias, se acuñó un lema: UHP, que significaba Unión de Hermanos Proletarios. Antes y después de la Revolución de Asturias, UHP fue el común grito de guerra de las izquierdas. De hecho, esto fue lo que gritaron las personas del público que hostigaron a la guardia civil en el desfile conmemorativo de la República de abril de 1936, desfile que se tiñó de sangre y que fue uno de los prolegómenos de la trágica guerra española.

A pesar de que el PSOE y la UGT, como ya digo, asumieron la coordinación del golpe en «semisolitario» (al fin y al cabo, eran dos organizaciones), ésta tuvo, con seguridad, muchos colaboradores. Amaro del Rosal, que es mi fuente principal para lo que aquí cuento, se jacta en sus escritos de que la Revolución de Asturias tuvo banqueros (creo que la expresión concreta es: «tuvo sus Juan March»), aunque se guarda de dar nombres. Pero, evidentemente, donde más colaboradores buscó la revolución fue entre las personas con capacidad de dar golpe. Las personas con armas.

A finales de 1933 y principios de 1934 se celebraron diversas sesiones del Comité Nacional de UGT que, básicamente, sirvieron para la defección de la dirección del sindicato (sobre todo Besteiro, Gómez y Saborit), contraria al golpe. En dichas actas, se repite varias veces información proveniente de reuniones entre las comisiones ejecutivas del PSOE y de la UGT en las que se reproducen declaraciones de Indalecio Prieto en el sentido de que el golpe de Estado contaba con el apoyo activo de militares, incluso del máximo rango. Véase, a este respecto, la primera intervención de Besteiro en la sesión del Consejo con fecha 31 de diciembre de 1933, en la que pone en boca de Prieto la siguiente admonición de «elementos del Ejército (...) incluso jefes de unidades importantes»: ustedes son la única fuerza democrática organizada: láncense, que después vamos nosotros.

Si Prieto decía la verdad o se marcaba un farol (o se lo marcaba, menos probable, Besteiro) es algo que no creo que sepamos nunca.

La Revolución, en octubre de 1934, tardó en producirse (algunos dirán: nunca se produjo), porque Largo Caballero (probablemente, porque confiaba en el presidente Alcalá-Zamora) no se quiso creer los rumores de que la CEDA entraba en el gobierno. Para cuando esto se confirmó, el gobierno había declarado el estado de guerra, acuartelando a las tropas, situación en la cual muchos de los militares seriamente comprometidos con el golpe (de mediana graduación en muchos casos) carecían de poder para poner de su parte a las tropas, por encontrarse en el cuartel militares de superior rango. Hecho éste, es decir, el hecho de que la presencia de militares de alto rango abortase la revolución, que viene a desmentir a Prieto: no parece que hubiese muchos generales en el fregado.

Donde sí encontró la revolución acólitos fue en la guardia civil y, sobre todo, la guardia de asalto, cuerpo de orden público creado por la República y que sí contaba con muchos mandos, sobre todo intermedios, de decidida filiación socialista y aún comunista y anarquista (fueron varios guardias de asalto y un mando de la guardia civil, de hecho, los que el 13 de julio de 1936 asesinarían a José Calvo Sotelo).

De entre estos conspiradores de la guardia, Del Rosal cita a dos tenientes, Moreno y el tristemente célebre teniente Castillo (cuyo asesinato provocaría el de Calvo Sotelo), a un cabo, Colón; y a los guardias Matesanz, Rey y Ferrete.

Pues bien. Según se puede leer en los recuerdos de Del Rosal, el cabo Colón y el guardia Matesanz le hablaron un día de la «buena disposición» de un jefe de las tropas de Asalto. Un teniente coronel. Agustín Muñoz Grandes.

Sí. El mismo que, menos de diez años después de aquella entrevista (que debió ser en algún momento de 1934), estaba en Rusia, comandando la División Azul, embarcado, pues, en una cruzada anticomunista.

El encuentro entre Amaro del Rosal, revolucionario socialista; y Agustín Muñoz Grandes, teniente coronel fascista en el futuro, pero como se verá no en potencia (no todavía) tuvo lugar un día a las 11 de la mañana en una cafetería situada en la acera de los impares de la calle Carretas, semiesquina Puerta del Sol. Como quien dice, a tiro de un escupitajo del Ministerio de la Gobernación (ocupado hoy por Esperanza Aguirre).

Según la notaría que dejó el revolucionario ugetista, se habló de la difícil situación política de España en ese momento. Por lo que parece, fue Del Rosal quien más habló, explayándose sobre la voluntad de la clase obrera de no permitir pasos atrás en la construcción de la República; pero sin citar el supuesto de acciones subversivas. A lo más que llegó, si es que sus recuerdos son fieles, fue a expresarse al teniente coronel su convicción de que la guardia de asalto era y seguiría siendo «uno de los principales sostenes de la República». Muñoz Grandes contestó, siempre según su interlocutor, criticando las frecuentes huelgas y conflictos obreros que en ese momento se producían, señalando que dichas algaradas ponían en peligro esa República que parecían querer defender. Del Rosal contestó argumentando que eso era consecuencia de una situación de flagrante injusticia social.

Repentinamente, Muñoz Grandes consultó su reloj y se despidió amablemente, anunciándole al ugetista una segunda entrevista, que nunca se produjo. Lo que sí asevera Del Rosal es que ni después de esa entrevista, ni tampoco después de que fracasara el golpe, tomó Muñoz Grandes la más mínima represalia contra conspiradores de la guardia de asalto, a pesar de que, según convicción del ugetista, sabía perfectamente quiénes eran.

¿Curioso? Menos de lo que parece. En la interpretación de la Historia reciente de España hay demasiada derecha y demasiada izquierda. Si algo identifica a la interpretación ideologizada de los hechos es que se sustenta en clichés. Uno de esos clichés es la consideración de los militares franquistas como eso mismo casi desde su nacimiento. Y lo cierto es que los militares que luego fueron franquistas eran, años antes, lo mismo que cualquier otro mediopensionista: personas buscándose la vida.

Encontramos a Queipo de Llano dirigiendo en 1930 las conspiraciones para traer la República y colaborando, y de qué manera, en 1936 para destruirla. Ahora vemos que Muñoz Grandes, en fecha tan cercana a la guerra civil como 1934, mantuvo extraños contactos con los organizadores de un golpe de estado revolucionario. Un inglés diría: just improving my chances. Comprobando mis posibilidades. Como decían Tip y Coll: el no, ya lo llevas.

Pero hay más casos. Casares Quiroga, presidente del Gobierno en 1936, le negó a las fuerzas de orden público la potestad de vigilar una reunión (conspiratoria) que celebraba en Navarra el general Mola, aduciendo que no le cabía la menor duda de la fe republicana de quien fue luego uno de los jefes de la sublevación contra la República. Del propio Franco no se puede decir que exhibiese una clara significación antirrepublicana, menos aún reaccionaria, al menos hasta que fue Jefe del Estado Mayor de Gil-Robles y en los tiempos (febrero del 36) en que amagó con presentarse a las elecciones por Cuenca en una candidatura de derechas.

Los militares, como todo el mundo, observan varios caballos antes de apostar por uno. Y cambian de caballo, algunos, con relativa facilidad. Para muestra, ahí tenemos el interesante periplo de Muñoz Grandes, quien, según Del Rosal, tuvo esa extraña entrevista con él en 1934. Y unos diez años después, condecorado como caballero de la Cruz de Hierro nazi y adulado por Hitler en persona, abrigaba la idea de comandar una especie de corrección germanófila de una España que, al albur de la evolución de la guerra mundial, comenzaba a virar hacia los aliados; lo cual hubiera pasado por apartar a Franco de alguna manera, probablemente reservándole una jefatura del Estado meramente decorativa. Lo cuenta muy bien un libro bastante reciente de Xavier Moreno Juliá, La División Azul. Muy, muy recomendable.

Por cierto: ¿cómo neutralizó Franco a Muñoz Grandes? Pues con dos pasos. Paso 1: lo nombró teniente general, de forma que dejó de ser general, ergo dejó de tener mando en tropa. Paso 2: lo nombró jefe de su propia Casa Militar. Así pues, Franco conocía, décadas antes de que se filmase y aún se escribiese, el sutil consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero ten más cerca aún a tus enemigos.

jueves, agosto 03, 2006

Perfiles: Fernando de Rosa

El 16 de septiembre de 1936, en un lugar de la sierra de Madrid denominado La Salamanca, cayó herido de muerte Fernando de Rosa; persona que, a pesar de que su nombre pueda llevar a engaño, no era español, sino italiano.

Tiene su interés la figura de Fernando de Rosa porque es algo así como un prebrigadista internacional pues, aunque muchas de sus actuaciones están ligadas a las brigadas y, más concretamente, a la Columna Garibaldi (formada, claro está, por italianos), su presencia e historia en España se dilata más atrás en el tiempo. La valoración que de su figura encuentro en los libros es variable según quién la haga, y eso sin salir del bando republicano.

El gran punto de referencia de De Rosa es Pietro Nenni. Político de larga y variada evolución, desde la izquierda más pura hasta el centroizquierda (hay un retrato indirecto de él muy interesante en una bellísima novela de Gaetano Tumiati: El corsé de yeso), Nenni, en 1936, estaba en España, luchando con el bando republicano, y llevaba un diario de combatiente que publicó, bien con su firma, bien con el seudónimo El miliciano rojo, en Il Nouvo Avanti, publicación que, en la Italia de Mussolini, no pasaba desde luego por sus mejores momentos de legalidad. Siendo como era Nenni un escritor (más bien periodista) no falto de estilo y capacidades, la entrada de su diario correspondiente a la muerte de De Rosa tiene tensión y mucho lirismo. Para los italianos de izquierdas, la muerte de Fernando de Rosa en una de las acciones que más orgullo provocó en el bando republicano (la defensa de la sierra de Madrid y, luego, de Madrid mismo), fue un icono de gran valor.

No obstante, no todo fue del color de rosa para este italiano de igual apellido. Amaro del Rosal, que en 1934 era el dirigente del sindicato de Banca de la UGT y que fue un personaje de indudable relevancia en la preparación del golpe de Estado revolucionario de octubre de 1934 (la mal llamada Revolución de Asturias), lo pone a caer de un burro. Sus valoraciones están en un libro que escribió a principios de los años ochenta (UGT 1934: El movimiento revolucionario de octubre. Editado por Akal, colección España sin Espejo, nombre que supongo que era una coña respecto de la conocidísima colección Espejo de España, de Planeta).

Del Rosal fue uno de los principales impulsores de la deriva de la UGT en favor de las tesis revolucionarias de Largo Caballero, que no eran aceptadas por quienes estaban al frente del sindicato a finales de 1933: el tridente de viejos sindicalistas formado por Julián Besteiro, Trifón Gómez y Andrés Saborit. En compañía de otros ugetistas de fuerte penetración socialista y revolucionaria (Pascual Tomás, Díaz Alor, etc., cada uno con diferentes intensidades), encabezó las presiones a la Ejecutiva para que se sumase a la estrategia de dar un golpe de Estado revolucionario como respuesta al cambio de tornas políticas que se había producido con la victoria electoral del centro y de la derecha. Una vez que la Ejecutiva hostil a esta estrategia hubo dimitido y fue sustituida por el propio Largo y Anastasio de Gracia, en la preparación del golpe revolucionario Del Rosal se ocupó, según sus propias confesiones, del aspecto financiero (captación de recursos), junto con Indalecio Prieto. Hay mucho que contar de la preparación de aquel golpe, y aquí me emplazo a mí mismo para ello.

Lo que no creo que haga falta explicar ni recordar demasiado es que aquel golpe fue un fracaso en Madrid y en la mayoría de España, y porque en Asturias sí prendió es por lo que lo conocemos como Revolución de Asturias. Tras el fracaso, los cabecillas de la conspiración hubieron de esconderse y huir, aunque no pocos fueron rápidamente encarcelados (entre ellos, el propio Largo). Amaro del Rosal consiguió pasar a Portugal (una dictadura de derechas ya por aquel entonces) y, una vez en Lisboa, hizo una gilipollez: solicitar ante la policía internacional asilo político. O sea, como si un agente de la CIA que conspira contra Fidel Castro pidiese asilo en Corea del Norte, más o menos. En dos o tres días, había sido entregado a la policía española.

En Madrid, más concretamente en la sede de la Dirección General de Seguridad en la calle Víctor Hugo, Del Rosal fue interrogado varias veces, normalmente de madrugada. Un día, lo suben a la sala de interrogatorios y se encuentra cara a cara con... Fernando de Rosa. En medio de ese extraño careo, la policía le lee la declaración del italiano, firmada por él, en la que no sólo confirma que era uno de los organizadores del golpe, sino que, y esto es lo que más le duele a Del Rosal, se adorna diciendo que, cuando supo el golpe fracasado, Del Rosal se tiró al suelo tirándose de los pelos y llorando, como un cobarde niño chico. Ciertamente, en el momento en que la policía conmina a que, en presencia de Amaro, el italiano confirme estos extremos, De Rosa, con su característico tartamudeo, lo niega. Sin embargo, los revolucionarios españoles ya no le perdonarán el detalle, probablemente porque lo consideran innecesario. Bajo la presión del interrogatorio, se puede llegar a acusar a alguien; pero lo que no tiene sentido es intentar, además, denigrarlo.

Amaro del Rosal da por cierta, además, la versión de la prensa de la época, según la cual Fernando de Rosa no fue detenido, sino que se presentó voluntariamente a la Policía. Sinceramente, creo que aquí el viejo ugetista se dejó llevar por la rabia y el rencor. La prensa que publicó que De Rosa se había entregado voluntariamente es la misma prensa que publicó que a Del Rosal le habían detenido tratando de pasar a Portugal disfrazado de cura, lo cual no es verdad. Eso sí, lo da tan por cierto que también puede ser que De Rosa lo admitiese.

Las relaciones del italiano con los conspiradores socialistas, al parecer, nunca volvieron a ser iguales. Estando todos en la cárcel Modelo (de Madrid), se hizo algo así como un acto de conciliación, un pelillos a la mar; pero todas las trazas son de que cada uno conservó sus resquemores. Si ahora volvemos a la guerra y a la lectura de Nenni y creemos su versión de un Fernando de Rosa al frente de los italianos de izquierdas, lanzándose a pecho descubierto a enfrentar cualquier peligro sin miedo por la propia vida, quizá podamos avizorar que el italiano, cargando con un pasado como el que tenía, y sabiendo que algunos socialistas españoles recelaban de él, se reivindicó a través de la temeridad. Y de la muerte.

Del Rosal, por último, cuenta una anécdota cuyo significado se me escapa. Después del careo que antes he relatado, ambos, Del Rosal y De Rosa, fueron interrogados conjuntamente una vez más. Cuando subían las escaleras hacia la sala, el español cuenta que el italiano le susurró: «Amaro, si te di-dicen que te qui-quites la cha-chaqueta, no te la qui-quites». Luego, en el interrogatorio, nadie instó a los interrogados a que se quitasen la chaqueta. Pero, ¿no os preguntáis qué es lo que hubiera pasado? ¿Era, tal vez, una contraseña entre policías, que De Rosa conocía, para empezar a hacer algo (por ejemplo, golpearlos)? Pero esto no tiene sentido, porque si un policía ha decidido empezar a pegarte y tiene convenido que la señal para los otros policías es pedirle al interrogado que se quite la chaqueta, no se va a parar porque el interrogado se niegue a quitársela.

Es un asunto, como poco, intrigante.

Los recuerdos de Del Rosal dan para mucho. El próximo al que espero referirme, dentro de algunos días creo, es el referido a la entrevista más extraña que rodeó la preparación del golpe de Estado revolucionario de 1934.

lunes, julio 31, 2006

Recuperando la memoria histórica

Acojo aquí, con todo el gusto y espero que no sea la última vez, una amable colaboración de mi amigo Inasequible Aldesaliento. Ina y yo tenemos una relación ya larga, en la que hemos discutido sobre un montón de asuntos relacionados con la Historia de España y del mundo. Yo creo que hace tres años que lo hacemos y hoy es el día que no nos conocemos físicamente (qué sexual ha sonado esto; aunque yo me refería únicamente al contacto visual).

Cuando puse en marcha este blog, no perdí el tiempo e invité a Ina para que colaborase en él. De hecho, y lo digo públicamente, albergo la ambición de que algún día acepte ser coeditor de estas notas.

Ina empieza su recorrido en esta lista por un tema de actualidad: la memoria histórica de la guerra civil española. Todo lo que puedo apostillar de sus notas es que, de haberlas escrito yo, habría dicho lo mismo, sólo que me habría expresado peor.

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Recuperando la memoria histórica
© Inasequible Aldesaliento™


Cuando oigo hablar de la recuperación de la memoria histórica, me da por pensar en abnegados arqueólogos toscanos recuperando vasijas etruscas en las cercanías de Florencia.

Recuperar la memoria histórica de sucesos que ocurrieron hace setenta años y sobre los que se han escrito centenares de volúmenes suena a tarea inútil, casi como discutir si Colón llegó a América a las 11 de la mañana del 12 de octubre de 1492 o a las 12 menos 20.

Por eso me parece que cuando se habla de recuperar la memoria histórica de lo ocurrido hace 70 años en España lo que en realidad se nos está diciendo es «reinterpretar la memoria histórica». Porque la Historia es siempre una, pero sus interpretaciones son infinitas.

Es un hecho que Julio César murió en los Idus de marzo del 44 a.C. Pero podemos pasarnos años discutiendo si sus asesinos eran republicanos de pro que temían el cesarismo de César (hay nombres que marcan), si eran ambiciosos que no querían que César se adjudicase una corona a la que ellos mismos aspiraban o maridos y padres hartos de que César se cepillase una noche sí y otra tambíén a sus mujeres y a sus hijos adolescentes. Esto segundo es interpretación.

Franco participó en la conspiración antirrepublicana que condujo al 18 de julio. Eso es un hecho. ¿Lo hizo porque no quería quedarse fuera de lo que intuía que iba a ser el caballo ganador? ¿Lo hizo porque era un legalista y veía que la legalidad republicana estaba siendo tan subvertida que era necesario un golpe de timón? La respuesta a esa pregunta es interpretación y responderla tiene algo de novela policiaca. Ver las palabras de Franco en esos días y sus justificaciones a posteriori, leer las memorias veraces o no de los protagonistas de aquella época y decidir con qué carta nos quedamos.

En unos momentos en los que Oriente Medio arde, el planeta se recalienta, hay pandemias y terremotos, que haya políticos dedicados a interpretar la Historia parece un ejercicio entre pueril y futil. Estúpido, incluso.

A veces parece que el ejercicio consiste en una recuperación de la memoria histérica, conseguir revivir las pasiones de aquellos años. La ciencia histórica, el deseo de buscar interpretaciones lo más objetivas posible, no parecen estar muy alto en la lista de prioridades.

Así que cuando la pesada de mi vecina, que nunca se entera de nada, me encuentra en el ascensor y me pregunta por eso que ha dicho Zapatero en el Congreso sobre la Historia y que tenía tan buen talante, pero ella que sólo acabó el graduado escolar apenas ha entendido, la comprendo perfectamente. Yo mismo no acabo de ver la utilidad del ejercicio e intento explicarselo. Pero la pobre es un poco obtusa (sería una parlamentaria perfecta, siempre silenciosa y votando lo que le dijeran) y todo se lo tengo que repetir varias veces hasta que pierdo la paciencia y le acabo por gritar:

- Se trata de recuperar la memoria, histérica.

domingo, julio 30, 2006

La penitencia in extremis

Dentro de los ritos de la iglesia cristiana visigoda existió uno, la penitencia in extremis, quizá no especialmente diseñado para los reyes, pero sí utilizado por ellos. Probablemente por la preocupación que los monarcas y otros jerarcas tenían de poder terminar en el Infierno (quién no ha pecado siendo rey...), existía una manera de saber que se moría limpio de polvo y paja. En la penitencia in extremis, el penitente, que habitualmente se encontraba mortalmente enfermo, acudía a la iglesia y, una vez allí, se despojaba de todas sus vestiduras y adornos y, semidesnudo, confesaba sus pecados y pedía penitencia por ellos.

Como reconocimiento de absolución, el sacerdote, entonces, le afeitaba al penitente la cabeza (en otros casos, se la tonsuraban), se la cubría de ceniza, y le ponía un cilicio.

Después de eso, el penitente estaba muerto. Cierto es que si estaba enfermo y, además, se desnudaba y le ponían un cilicio, era como para morirse. Pero cuando digo que estaba muerto quiero decir que lo estaba aunque siguiese vivo. Para los visigodos, la persona que se sometía a esta penitencia estaba muerto civilmente. No podía poseer nada ni ejercer acto alguno de los vivos. Puede que se marchase trastabillando de la iglesia; pero estaba muerto.

Para los reyes, esta muerte en vida suponía, entre otras cosas, abandonar la corona.

¿Que qué pasaba si el enfermo, por esas cosas, se recuperaba milagrosamente? Respuesta: Dios no decide dos veces que uno de sus hijos ha muerto. Respirar, respira. Ha recuperado el apetito, el habla y toda su fuerza. Pero ya lo hemos dicho: estar estar, está muerto.

jueves, julio 27, 2006

Caray con Don Ferebundo

Ya sé que siempre estoy dando el coñazo, en estas entradas, con el asunto de que hay que hacer un esfuerzo por entender que en el pasado no se vivía como ahora. Y ya sé, también, que este blog se llama Historias de España y que lo que voy a contar ahora no es algo que tenga que ver con España. No directamente, aunque nadie me negará que somos uno de esos países que nos pirramos por los blasones, los escudos y la heráldica en general.

Lo de tener en cuenta las distintas formas de vida tiene que ver con el hecho de que la heráldica, o sea la interpretación de los colores, elementos y formas que se ven en los escudos heráldicos, hoy nos parece, quizá, una disciplina ajada y propia de snobs. O sea, muy snobs. Pero la heráldica ha tenido su importancia, porque, aunque ahora no nos demos cuenta, fue en su día el carné de identidad de las clases altas.

En la Edad Media, la inmensa mayoría de las personas era analfabeta. Además, ya sé que cuesta creerlo, pero no había cine, ni televisión, ni periódicos. Así pues, todo el mundo hablaba, un suponer, de Ricardo Corazón de León. Pero, ¿cuántos de los que lo conocían podían decir cómo era? ¿Cuántos lo reconocerían si se lo encontrasen?

Para evitarles a los monarcas y asimilados estos sofocones de que la gente no los reconociese, iban convenientemente enjaezados (en esto, el mundo no ha cambiado: reconocemos al banquero porque lleva puesto encima un traje de 1.000 euros) y, no pocas veces, llevaban heraldos que les anunciaban. Una historia no sé si completamente real (aunque hay que reconocer que lo parece) dice que cuando Catalina, hija de los Reyes Católicos, fue a Londres a casar con el rey inglés, llegó con algún retraso. Arturo, un poco mosqueado, hizo salir de palacio a unos emisarios para ver si la encontraban. A las afueras de Londres, estos emisarios se encontraron, efectivamente, con los heraldos españoles, que galopaban gritano: «¡La Infanta de Castilla! ¡La Infanta de Castilla!». Ingleses que eran, apenas lograron entender que aquellos dos tipos decían algo de un elephant (elefante) y un castle (castillo).

El paraje donde esto ocurrió es una plaza de Londres que hoy se llama Elephant & Castle.

Bueno. Aparte de esta anécdota, lo cierto es que el gran sistema de comunicación para decir lo que uno era o de dónde venía, era la heráldica. Sabiendo un poco de la cosa, se podía averiguar mucho del tipo ése que entraba en el pueblo, a caballo, completamente oculto por la armadura. Porque, básicamente, el escudo heráldico estaba formado por el diseño propio del lugar de donde procedía la familia de su poseedor, con una serie de adiciones que se iban haciendo conforme las familias crecían y se diversificaban.

Hoy en día, quien tiene un escudo heráldico, normalmente, lo conserva y lo enseña con orgullo. Lo cual siempre le hace quedar bien. Pero eso, por lo que leo, puede ser porque los referentes icónicos de algunos símbolos usados en los escudos se han perdido.

Esto que cito lo he leído en un excelente libro de Ariel Historia: La caballería, de Maurice Keen:

«(...) el blasón podía tener un significado más oscuro y simbólico (...) Así, Upton revela el secreto de las tres perdices que el conde de Salisbury dio a "un cierto caballero" (es discreto el no nombrarlo) después de haber sido ennoblecido por su valor en campaña. Salisbury o su consejero (casi ciertamente el mismo Upton) habían escogido del Bestiario la historia de la perdiz, que era un ave de hábitos sexuales aberrantes y aborrecibles, pues el macho montaba al macho, de donde "llevar perdices en las armas acusa al primer portador de ser un gran mentiroso o un sodomita"». Acusación, añado yo, que hoy puede tener poca importancia (me refiero a lo de sodomita, claro). Pero en el siglo XII...

Así que ya sabeis. Si algún día vuestro primo lejano, o vuestro amigo cercano, os enseña con orgullo el blasón familiar, ganado por el ilustre antepasado Don Ferebundo de Guzmán en la batalla de las Tres Colinas, y veis una o varias perdices, pensad para vosotros: caray con Don Ferebundo...

Un bofetón para la Historia

Ya se sabe que las bofetadas dan para mucho. Manos blancas no ofenden, y eso. Y el bofetón de Glen a Hilda. Pero hoy os voy a hablar de uno menos conocido, aunque no por poco citado.

El 9 de mayo de 1936, Manuel Azaña fue proclamado Presidente de la II República española. Esta proclamación se produjo en una solemne reunión de la Asamblea Electoral formada a tal efecto. La solemnidad del acto aconsejó buscarle un marco incomparable, como antes se decía, distinto a lo común. El lugar elegido fue el Palacio de Cristal del Retiro. No voy mucho por allí; ignoro, por ello, si alguna placa rememora el evento.

Un montón de memorialistas de aquellos tiempos recuerdan esa ceremonia. Y todos, o casi todos, se acuerdan de citar un hecho nada decoroso que allí ocurrió. En los alrededores del palacio, un socialista le arreó un bofetón (por lo menos) a otro socialista.

Los implicados fueron Luis Araquistain y Julián Zugazagoitia. Araquistain pertenece a la casta de ideólogos del PSOE y es un personaje a quien yo creo que los análisis sobre el PSOE en la República no prestan toda la atención que debieran. Pertenecía a la vertiente más revolucionaria del partido; no sé si decir que era largocaballerista, o que Largo Caballero era, en realidad, araquistainoide. Zugazagoitia, por su parte, era el director de «El Socialista» y tendía, en los tiempos de la República, a ser más prietista que otra cosa. Indalecio Prieto representaba una especie de tercera vía entre los socialistas más revolucionarios (Largo Caballero) y los que no lo eran (sobre todo, Besteiro).

Una anécdota muy celebrada de Prieto y Araquistain cuenta que estaban los dos en el Congreso, durante un debate plúmbeo, que Araquistain iba pasando a base de leer un libro sobre Carlos Marx y su vida. En un determinado momento, le susurró a Prieto.

-Qué curioso. Aquí dice que Marx sufría terriblemente de hemorroides.

Prieto, mirando al techo con los ojos entornados (el gesto Prieto by default), murmuró.

-Mira tú, en algo tenía que acabar yo siendo marxista.

Así que si tenemos, en las afueras del Palacio de Cristal, a un admirador de Marx y a un prietista, ya tenemos bastante claro lo que pasó. En mayo de 1936, el gran debate en la izquierda era revolución sí, revolución no (o más bien: no todavía). Largo Caballero propugnaba, por así decirlo, que los obreros terminasen lo que empezaron en la Revolución de Asturias. Prieto era más partidario de colaborar con los gobiernos burgueses (Azaña) y dejar las grandes noticias para un poco más tarde. Zugazagoitia era el director de «El Socialista», así pues era el gran apoyo público que, dentro del partido, tenían las tesis de Prieto.

Amaro del Rosal, un socialista que escribió a principios de los años ochenta un libro sobre la Revolución de Asturias (1934: El movimiento revolucionario de octubre. Editado por Akal), evoca en él la imagen del pobre Zuga buscando sus gafas, caídas al suelo con el bofetón, mientras Araquistain le sigue dedicando epítetos que, aunque no reproducidos, cabe imaginarse.

Triste borrón para una jornada solemne. ¿Os imaginais lo que dirían los periódicos si, durante la investidura de un gobierno, dos diputados del mismo partido se diesen de leches en la carrera de San Jerónimo, delante del Parlamento?

Lo más curioso de toda esta historia es la evolución ideológica que el tiempo va generando. En la reciente biografía que de Indalecio Prieto ha escrito Octavio Cabezas (no tengo ahora mismo delante el libro y temo no recordar la editorial; no obstante, con la referencia del personaje y el biógrafo -hagiógrafo- es suficiente para encontrarlo), se dedica bastante espacio a la aún dilatada vida que el líder socialista tuvo después de terminada la guerra civil. Vida que le dio, cosas veredes, como para encontrarse con un Araquistain que trataba de convencerle de... no malquistarse con los Estados Unidos de Dwight Eisenhower, un señor que tal vez tuviese hemorroides, no lo niego. Pero de marxista seguro que tenía muy poco.

A Zugazagoitia no le dejó evolucionar Franco. Refugiado en París en los últimos meses de la guerra, fue preso por la Francia de Vichy y entregado a España, donde fue fusilado. Aún así, en esos tiempos antes de la detención le dio para escribir uno de los libros que se consideran más equilibrados en la descripción de la guerra desde el punto de vista de los vencidos: Guerra y vicisitudes de los españoles. La edición que yo tengo está editada en París en 1940. Pero no sería mala idea que se reeditase, en una edición crítica, este importante libro. Y que se recupere la memoria de este socialista que, en compañía de su amigo Cruz Salido, fue innoble e innecesariamente fusilado por la ceguera de Franco.

Le doy importancia al bofetón del Palacio de Cristal porque, a mi modo de ver, simboliza muchas cosas. Nos demuestra que difícilmente podía conseguirse, en el 36, un adecuado entendimiento entre fuerzas contrarias (derechas e izquierdas) si éstas mismas tenían serios enfrentamientos internos que les llevaban a la violencia. Cuando menos mi biblioteca tiene bastantes libros escritos «en caliente», meses o años después de la guerra, en los que los anarquistas ponen a parir a los comunistas, los comunistas a los socialistas, los socialistas a otros socialistas, los centralistas a los nacionalistas... Se nos miente cuando se transmite la idea de una República basada en una sola idea; en realidad, hubo varias repúblicas, y ése fue uno de los orígenes del problema.

Volveré sobre ello, seguro.

miércoles, julio 26, 2006

¿Un incendio, dice? Pues... ¡a los cañones!

Los habitantes del mundo moderno no nos damos hoy cuenta. Pero hasta hace muy poco tiempo, la historia del hombre, y muy especialmente de las ciudades, ha sido la historia de la lucha contra el fuego. Los bomberos son cosa moderna y, con organización municipal, comenzaron a existir hace poco más de cien años en España. Hasta entonces, el sofocamiento de los incendios en las ciudades era cosa complicada. 

martes, julio 25, 2006

Jaca: ¿golpe de Estado o chapuza?

Hoy en día, Hollywood trata de convencernos de que el mundo está repleto de personas que saben los correos electrónicos que escribimos, las llamadas que hacemos, los amigos que tenemos y los que no tenemos. Quizá influidos por estas ideas, tendemos a pensar que el mundo no sólo es así, sino que siempre lo ha sido. La realidad de las cosas es que los hechos que acabamos conociendo como históricos, muchas veces, lejos de ser hechos impolutamente organizados o vigilados, son una chapuza. Por ejemplo: la sublevación republicana de Jaca.

El 12 de diciembre de 1930, en la madrugada, el capitán Fermín Galán se sublevó en contra de la monarquía y a favor de la república en la guarnición donde estaba, en Jaca. Teóricamente, este movimiento suyo, que acabó costándole la vida, a él y al capitán Ángel García Hernández, aquél era un movimiento coordinado que tenía que prender una mecha que, lógicamente, se extendiese por todo el país. Prueba de esta coordinación es que, durante toda esa semana, se desplazó a Jaca un puñado de civiles, casi todos socios del Ateneo de Madrid y fervientes republicanos, para estar presentes en la sublevación.

Los conspiradores republicanos estaban bastante organizados y en conexión con grupos de izquierdas. Por la parte militar, su principal coordinador, extraños retruécanos de la Historia, era el general Gonzalo Queipo de Llano; sí, el mismo que «reinó» en Sevilla para Franco, algunos años más tarde. Galán era un viejo conspirador republicano porque ya había participado en la «sanjuanada», por lo que había pasado tres años en el castillo de Montjuich. Para Galán, era básico que su pronunciamiento se produjese antes de que el invierno duro llegase a Jaca, porque entonces no pocos pasos de montaña quedarían cegados por la nieve. Sin embargo, el pronunciamiento republicano se hacía esperar; o, más bien, se multiaplazó. Primero, estuvo fijado para el 12 de octubre, pero la delación de un militar conspirador aconsejó aplazarlo. Entonces se fijó para el 18 de noviembre, pero no pudo ser porque en esas fechas hubo una huelga general en Madrid a causa de los obreros muertos en la obra de la calle Alonso Cano (si, ya, ya; un día también tengo que contar esto). Luego se fijó el 26 de noviembre, pero también se fastidió porque uno de los conspiradores, Ramón Franco, se escapó del presidio militar donde lo tenían preso, lo cual puso nerviosas a las autoridades. Problablemente hartos de tanto golpus interruptus, los conspiradores decidieron, según Queipo, que se alzarían en la semana que terminaba aquel 13 de diciembre de 1930. O no. Los conspiradores de Valencia, que algún problema tendrían, pidieron un pequeño aplazamiento, hasta el 15. Y aquí empezó la chapuza.

El 9 de diciembre, el capitán Galán recibe la orden de los conspiradores de alzarse a las cinco de la mañana del día 12 de diciembre, salvo contraorden. Nosotros ya sabemos que hubo contraorden. Y la hubo. Hacia Jaca, el gobierno republicano en la sombra envió a una persona bien conocida de la Historia, Santiago Casares Quiroga (que sería presidente del Gobierno el 18 de julio del 36), para avisar a Galán de que no, que no era el 12 sino el 15. Según el testimonio de un militar que se alzó con Galán, Salvador Sediles, Casares Quiroga y sus dos acompañantes (de apellidos Graco Marsá y Pastoriza) se tomaron una hora para cenar en Huesca y llegaron a Jaca a la una de la madrugada del día 12. Cuatro horas antes, pues, de que Galán se alzase. En una ciudad tan pequeña como Jaca, y sabiendo los viajeros como sabían, según Sediles, que Galán se alojaba en el Hotel Mur de dicha ciudad, tenían tiempo más que suficiente para avisarle.

Sin embargo, ¿qué hace Casares? Pues irse a otro hotel (llamado, irónicamente, Hotel La Paz), meterse en la cama y dormirse. Las razones para ello, por lo menos hasta donde me alcanzan las lecturas, son, por decirlo elegantemente, difíciles de saber.

Chapuza conspiradora. Pero es hay más. Porque un conspirador siempre tiene delante un objeto de la conspiración. El objeto, en este caso, es un militar también muy conocido, el Director General de Seguridad, Emilio Mola (sí: Mola y Queipo estaban uno enfrente del otro en diciembre del año 30). ¿Controlaba Mola?

Pues él mismo reconoce en sus memorias que no. Ya hemos dicho que el alzamiento se produce a las cinco de la mañana del día 12. A mediodía de dicha jornada, Mola está despachando un asunto insulso con un funcionario Telégrafos (uno de esos tipos que mandar, no manda, pero sabe muchas cosas, porque para eso trabaja en comunicaciones). En el apartado de comentarios generales, ambos abordan la situación política y el funcionario, como si tal cosa, hace el comentario de que la situación es comprometida, pero peor se puede poner si se repiten más sucesos como los de Jaca.

En ese momento, el Director General de Seguridad, el teórico hombre mejor informado de España, el funcionario con más soplones, informadores y espías a sueldo del país, pregunta:

-¿Qué pasa en Jaca?

¿Y Queipo? Pues el jefe de los conspiradores, el cappo di tutti cappi, el coordinador de toda la movida, se entera de que Jaca se ha sublevado, ¡mientras toma café, como si tal cosa, en su cafetería preferida, a última hora de la tarde del día 12! Cuando Queipo se entera, el gobierno ya ha decretado el estado de guerra en Aragón.

Para que veais que, en cuestiones conspiradoras y conspiratrices, las cosas no están, siempre, atadas y bien atadas. De hecho, no lo están casi nunca.

A ver si en un próximo post tengo tiempo de contar la sublevación del día 15, conocida como sublevación de Cuatro Vientos. Porque fue otra chapuza, hasta el punto que hay una escena que contar, una discusión en un café, que parece sacada de la imaginación calenturienta de algún inventor de historias imposibles.

lunes, julio 24, 2006

¡Ah, la lengua!

Ahora está muy de moda rescatar cosas buenas o destacables de ese periodo de la Historia de España en el que, por segunda vez, el país adoptó la forma estatal republicana. Se habla de los avances en la legislación que realizó la República en ámbitos sociales; quizá la creación de los jurados mixtos (hoy lo llamamos a eso negociación salarial) sea uno de esos logros más interesantes, aunque también es cierto que, por un lado, muchos patronos los boicotearon; y, por el otro, a la CNT tampoco le gustaban (coartaban, según ellos, la libertad del individuo).

Pero hoy traigo aquí una que me ha sorprendido gratamente. La he leído en un libro que hoy se encuentra raramente: La paz fue posible. Yo tengo una edición de Ariel de principios de los setenta, y su autor es Joaquín Chapaprieta.

Chapaprieta fue un abogado que, ya desde principios del siglo XX, ocupó escaño en las Cortes. Antes de llegar la República, se adhirió a un pequeño grupo de diputados vinculado a Rafael Gasset, no lejano a la ideología del Partido Radical. Todo ello, sin embargo, no le impidió conservar cierta vitola de independiente y, de hecho, con los dos principales cabezas del Partido Radical, Alejandro Lerroux y Santiago Alba, tuvo sus más y sus menos. Algún día contaremos aquí los porqués, cuando haya tiempo para escribir y describir el escándalo del estraperlo y el affaire Nombela-Tayá.

Lo importante es que este personaje del que os hablo fue primero ministro de Hacienda (el realidad, ya se había fogueado siendo la mano derecha de Santiago Alba cuando éste intentó diseñar la reforma fiscal española tras la Gran Guerra, reforma de la que también hablaremos algún día); y, después, durante el que se conoce como el bienio negro, es decir el periodo que va desde la revolución de Asturias (octubre del 34) hasta la victoria del Frente Popular (febrero del 36), llegó a presidente del Consejo de Ministros.

En un dibujo que aparece reproducido en las memorias de Gil-Robles, supongo que tomado de la prensa de la época y que señala los inmuebles en los que se movía la política madrileña durante la república, aparece, entre otros, el domicilio de Chapaprieta, que estaba en el número 59 del paseo de la Castellana.

Mucho me estoy enrrollando. El caso en que en sus Memorias, Chapaprieta refiere que, en 1935, siendo presidente del Gobierno, le comentó un día al Presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, lo mucho que a Chapaprieta le azoraba que los decretos y leyes que en España se elaboraban estuviesen tan mal escritos. Alcalá-Zamora era académico; con seguridad, de la lengua; y yo creo que también de la Historia, aunque no estoy seguro. Así pues, ambos coincidieron en el diagnóstico e, incluso, Alcalá le confesó a Chapaprieta que tenía redactadas unas notas sobre lo que podría ser un proyecto de ley, o quizás de decreto u orden, para obligar a que todos los textos legales aprobados fuesen sometidos a una adecuada revisión de estilo.

Según Chapaprieta, ese proyecto de Alcalá-Zamora fue aceptado por él, y añade que cree que se llegó a leer en las Cortes (o sea, que se aprobó). Yo no lo he encontrado en la base de datos histórica del BOE. He buscado por palabras clave como revisión, estilo, lengua, lenguaje, en todo el año 1935. Pero no la he encontrado.

En fin. He aquí un muy buen detalle de los tiempos republicanos. Porque lo cierto es que nuestras leyes, decretos y órdenes ministeriales, hoy, parecen escritas casi todas con el pie izquierdo.

domingo, enero 01, 2006

Biblioteca de Historias de España

Ojo: he tenido algunos problemas con los enlaces de esta página, pero de momento al menos a mí me rulan. Si no te funcionasen, házmelo saber y, de todos modos, cualquier pdf que quieras, pídemelo en granmiserableARROBAhotmailPUNTOcom

Un saludo.



Esta es la biblioteca de Historias de España. Aquí iré dejando algunos pdf con historias especialmente largas o textos no publicados en el blog que me mole compartir con vosotros.

Puedes bajarte los textos libremente, puedes leerlos, mandárselos a un enemigo o incluso a algún amigo. Puedes imprimirlos, encanutillarlos, subrayarlos y, en términos generales, usarlos para cualquier cosa que se suele usar un texto. Si deseas pagar por alguno de ellos, en el blog tienes un botón de donación.

Lo que no puedes hacer es modificarlos ni hacer pasta con ellos. Ni plagiarlos, obviously. Además, siempre que hables de ellos, has de citar al autor y, a ser posible, el blog.


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Esta información se os ofrece gracias al desinteresado trabajo de la lectora Inmaculada García.

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Series largas de Historias de España

Qué duro es esto. Un paseo de urgencia por la enfermedad y la muerte del general Franco.

Goliat agotado. Cómo y por qué las potencias occidentales ayudaron a trazar el camino hacia la segunda guerra mundial.

Vita Pauli. Aventuras y desventuras del fundador del cristianismo

Matar a Hitler. La historia del atentado contra el Führer que casi acaba con su vida.

La «normalidad» del 36. Crónica apresurada de seis meses muy calentitos.

Franco y el poder. La fructífera (para él) relación del dictador con el poder.

Anchluss. La anexión de Austria, y su importancia para la guerra civil española.

El proceso revolucionario clásico: Girolamo Savonarola, el reformador de Florencia.

La historia de sir John Moore en España.

El hombre que lo sabía hacer todo bien. Leónidas Breznev, o el estalinismo después de Stalin.

La derrota de Aquiles. Reflexiones sobre la URSS y su decadencia

Literatura


La oportunidad de Judas. Novela histórica. En abril de 1948, el cadáver de un hombre indocumentado es descubierto en un vertedero de Madrid con las manos cortadas. La policía consigue identificarlo como Anselmo López, un veterano de la División Azul condecorado por heridas de guerra. La investigación de su asesinato será encomendada al policía Carlos Luján, quien la llevará a cabo a lo largo de 27 años, es decir la práctica totalidad del régimen franquista.
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