Raspogonim, razlampasim
Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn
Aunque Khruschev trató de evitarlo, las reformas hechas sobre la KGB nunca consiguieron que dejase de ser lo que había sido la NKVD, es decir, un Estado dentro del Estado. La conspiración que descabalgó a Khruschev del poder no habría podido ser sin la KGB; y, de hecho, hoy no faltan los historiadores (y no historiadores, como yo) que coquetean con la idea de que el objetivo real del golpe de Estado no era favorecer a Breznev, sino a Shelepin. Khruschev, por otra parte, nunca consiguió tener unas buenas relaciones con la policía política.
Tras el arresto de Beria, en 1953, la mano derecha de éste,
Sergei Nikiforovitch Kruglov, fue colocado al frente del MVD, en un movimiento
que mucha gente interpretó dentro de la URSS como la garantía, por así decirlo,
de que el estalinismo policíaco seguiría aplicándose. Aquél, sin embargo, no
era sino un movimiento que buscaba garantizarse cierta tranquilidad por parte
de los antiguos berianos, que todavía controlaban importantes resortes del
poder soviético. De hecho, se realizó una limpieza a fondo de los escalafones
de la policía política en las diferentes repúblicas; limpieza que, además, fue
muy rápida, pues antes de que regresasen los fríos del otoño ya se había
completado.
En 1954 se creó un ministerio del Interior para la
Federación Rusa, que había dejado de tenerlo en los años treinta. Aunque el
movimiento pueda parecer inocente, lo cierto es que no se escapó a los ojos de
muchas personas el dato de que podía estar presagiando movimientos de mayor
calado. Dos años después, en 1956, Kruglov fue sustituido al frente del MVD por
Nikolai Dudorov, que era el jefe del departamento de Construcción del Comité
Central. Dudorov comenzó inmediatamente a adelgazar la estructura del MVD; le
quitó toneladas de grasa durante aquellos años, preparando el golpe final, que
se produjo el 13 de enero de 1962, cuando el Ministerio del Interior de la
Unión fue totalmente desmantelado, y sus competencias transferidas a los
ministerios de las diferentes repúblicas (en ese momento, pues, se pudieron
entender los porqués de haber creado un ministerio en la Federación Rusa, ocho
años antes; con ese nivel de planificación se trabajaba en la política
soviética). En la Federación Rusa, la obsesión por crear un hiato entre el
pasado y el presente llevó incluso al cambio de nombre, dado que el
departamento se pasó a llamar Ministerio de Orden Público. El departamento, sin
embargo, pronto recuperaría su viejo nombre.
El Presidium del Comité Central aprobó el 9 de enero de 1959
el estatuto de la KGB, momento a partir del cual la policía política tuvo
definidas sus funciones en materia política. Se lo definía como un órgano
político cuyo objetivo era defender a la URSS de sus enemigos, tanto internos
como externos. Cuando Shelepin llegó al mando de la KGB, la política de
adelgazamiento de viejos cuadros heredados de los tiempos anteriores continuó.
Shelepin, sin embargo, era uno de los muchos jefes de la
policía política soviética que, en realidad, tenía grandes ambiciones
políticas. Y prometía mucho, por lo que, en enero de 1963, cuando apenas
llevaba cinco años en el puesto, fue promovido al Politburo, que era lo que
quería. Fue sustituido por Vladimir Yefimovitch Semichastny, con quien, pues,
se repitió el esquema, puesto que también venía del Komsomol, donde había sido
camarada de Shelepin. Ese mismo año, el flamante nuevo director de la KGB
informó de que 46.000 agentes del servicio lo habían dejado, y que el 90% de
los generales que estaban integrados en la contrainteligencia habían sido
transferidos a puestos civiles. En esas circunstancias, la KGB estaba en
búsqueda activa de nuevos agentes, que estaba reclutando en el Komsomol y en el
propio Partido. En todo caso, se redujeron salarios y también privilegios.
La KGB es, evidentemente, el organismo soviético que ha
tenido y tiene peor imagen. Esto fue, desde luego, por cosas que hizo. Pero
también hay que reconocer que hay una parte que le llegó por cosas que no hizo.
En realidad, las personas no tienen por qué ser expertas en las pequeñas technicalities
de los cuerpos de seguridad soviéticos, y es por ello que son muchos los
que piensan que la KGB existió desde siempre, cuando como hemos visto eso no es
verdad. En puridad, por ello, se puede argumentar que muchos crímenes y
torturas que se le atribuyen a la KGB en el ideario público no son
responsabilidad suya, sino de la NKVD. Pero, como digo, ésa es una distinción
compleja para muchos; y, desde algunos puntos de vista inútil, puesto que, de
muchas maneras, la KGB no fue sino la NKVD renombrada; por lo que pocos
argumentos hay para poder rechazar la idea de que lo suyo es que se coma los
precedentes creados por su antecesora.
A pesar de todo ello, lo justo es reconocer que, desde un
punto de vista funcional y competencial, comparar la KGB con el MVD estalinista
es muy exagerado. La clave del asunto reside en que la KGB siguió siendo un
cuerpo represivo, lo que la hace acreedora de todos los precedentes de los
organismos que existían antes que ella; pero también es cierto que la
intensidad con la que aplicó dicha represión, medida en detenciones y
sentencias, parece ser, según no pocos indicios, muy inferior.
La idea, muy común en occidente, de que la acción represiva
de la URSS siguió siendo la misma después de la muerte de Stalin, merece
algunos matices. El primero y más importante es que, con la muerte del dictador
fascista de izquierdas, la policía política mantuvo su poder para investigar a
las personas; pero perdió la capacidad de juzgarlas y condenarlas por sí misma.
La desaparición de las temidas troikas supuso que las personas investigadas
ahora tenían que pasar por los tribunales. Eso, teniendo en cuenta cómo
funcionaba el sistema judicial soviético, tampoco es que fuese una garantía
como para alegrarse; pero algo es algo. Más allá, en realidad el funcionamiento
del sistema, siendo como era la URSS un sistema político que tenía una ley
rajoyana, puesto que los decretos se cumplían o no, dependía en gran
medida de los deseos de los dirigentes en cada momento. La URSS fue cruelmente
represiva cuando a Breznev le salió de los cojones que lo fuera; y fue
relativamente comprensiva cuando al mismo tipo le dio por ser buena gente, o
aparentar serlo. Pero por el camino la KGB dejó de ser un grupo de tipos que
podían llegar a tu casa, darte una mano de hostias a ti, a tu mujer y a tus
hijos, y cagaros la vida con un chasquido de dedos.
La alta justicia, la que afectaba a los casos de importancia
política, siguió siendo, en esencia, la justicia estalinista, sólo que sin
paredones. En lo demás, sin embargo, el pos estalinismo no hizo sino un control
+ c, control + v del estalinismo. Cuando el Politburo estaba interesado en el
caso de una persona, ni los jueces eran muy exigentes al demandar pruebas, ni
se podía decir que la sentencia no estuviese, en realidad, redactada from
scratch. Por otra parte, las garantías procesales que fijaban las propias
leyes aprobadas por ese mismo Politburo desaparecían como por arte de magia. La
parte positiva del asunto reside en que, al tratar de renunciar en todo lo
posible el régimen a la pena de muerte, los casos políticos, sobre todo los de
los disidentes, se eternizaban en el tiempo, y era prácticamente imposible que
no acabasen siendo conocidos en occidente; a partir de ese momento, el régimen
se veía obligado a enfrentarse a una realidad a la que no estaba en modo alguno
acostumbrado.
Existen bastantes indicios de que, a principios de los años
sesenta del siglo pasado, la KGB se decía, cada vez que era consultada,
crecientemente preocupada por el incremento de la disidencia dentro de la URSS.
Esto, las cosas como son, bien podía ser la típica estrategia de dar mucho
miedo para que te den pasta y medios; pero todo parece indicar que la inquietud
era real. Nada en el mundo soviético volvió a ser lo mismo después de la
revolución húngara; y los movimientos de la China comunista tampoco movían al
optimismo. Algunos autores hablan de que 1962 fue un año que fue testigo de una
cierta explosión de las protestas hacia el funcionamiento de la URSS; pero,
obviamente, la verdad de estas cosas no es fácil de asegurar. Algunas fuentes
apuntan a un florecimiento en dicho año de los folletos clandestinos
antigubernamentales. Aquello no era necesariamente un movimiento anticomunista:
muchos de los folletos defendían al trío de políticos de la elite soviética que
habían defendido en su día la prevalencia del gobierno sobre el partido, es
decir: Malenkov, Kaganovitch y Molotov. La KGB identificó a algo más de 1.000
autores diferentes de más de 6.500 folletos y pasquines.
A finales del mes de mayo de 1962, en medio de una crisis
muy grave de abastecimientos, el gobierno subió el precio de los alimentos; al
mismo tiempo, ordenó a los gerentes de las fábricas un incremento en los
objetivos de producción sin tocar los salarios. Además, poco tiempo antes se
había prohibido a los agricultores integrados en los kolkhozes plantar en
parcelas privadas. En consecuencia, aunque obviamente en la URSS no se hacían
encuestas de opinión, todo era pues tezanismo en estado puro, incluso para los
observadores occidentales era evidente que el camarada secretario general nunca
había sido menos popular que ahora.
En Novocherkask, una población situada en la región de
Rostov y el Don, las cosas se pusieron sobaco de grillo muy rápidamente. Entre
el 1 y el 3 de junio de 1962, en una factoría importante que había en la
población surgió una protesta que, rápidamente, se extendió a toda la ciudad.
Hubo manifestaciones, bloqueos de trenes, ataques a sedes del Partido y de la
propia KGB, y agresiones a policías. Se envió al ejército a reprimir a los
manifestantes; pero los soldados confraternizaban con los obreros, y los mandos
se negaron a dar la orden de disparar. El tema terminó como Budapest: el
gobierno envió tropas desde Moscú que aplastaron la revuelta por el artículo 33.
Total, nada: que se sepa, 23 muertos y muchos más heridos.
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