viernes, agosto 28, 2026

Ensayos soviéticos: la KGB, después de Stalin (2): Igual, o sea distinto

Raspogonim, razlampasim
Igual, o sea distinto
Viaje a la dureza
El descubrimiento de la profilaxis y el problema Solzhenitsyn

Aunque Khruschev trató de evitarlo, las reformas hechas sobre la KGB nunca consiguieron que dejase de ser lo que había sido la NKVD, es decir, un Estado dentro del Estado. La conspiración que descabalgó a Khruschev del poder no habría podido ser sin la KGB; y, de hecho, hoy no faltan los historiadores (y no historiadores, como yo) que coquetean con la idea de que el objetivo real del golpe de Estado no era favorecer a Breznev, sino a Shelepin. Khruschev, por otra parte, nunca consiguió tener unas buenas relaciones con la policía política.

Tras el arresto de Beria, en 1953, la mano derecha de éste, Sergei Nikiforovitch Kruglov, fue colocado al frente del MVD, en un movimiento que mucha gente interpretó dentro de la URSS como la garantía, por así decirlo, de que el estalinismo policíaco seguiría aplicándose. Aquél, sin embargo, no era sino un movimiento que buscaba garantizarse cierta tranquilidad por parte de los antiguos berianos, que todavía controlaban importantes resortes del poder soviético. De hecho, se realizó una limpieza a fondo de los escalafones de la policía política en las diferentes repúblicas; limpieza que, además, fue muy rápida, pues antes de que regresasen los fríos del otoño ya se había completado.

En 1954 se creó un ministerio del Interior para la Federación Rusa, que había dejado de tenerlo en los años treinta. Aunque el movimiento pueda parecer inocente, lo cierto es que no se escapó a los ojos de muchas personas el dato de que podía estar presagiando movimientos de mayor calado. Dos años después, en 1956, Kruglov fue sustituido al frente del MVD por Nikolai Dudorov, que era el jefe del departamento de Construcción del Comité Central. Dudorov comenzó inmediatamente a adelgazar la estructura del MVD; le quitó toneladas de grasa durante aquellos años, preparando el golpe final, que se produjo el 13 de enero de 1962, cuando el Ministerio del Interior de la Unión fue totalmente desmantelado, y sus competencias transferidas a los ministerios de las diferentes repúblicas (en ese momento, pues, se pudieron entender los porqués de haber creado un ministerio en la Federación Rusa, ocho años antes; con ese nivel de planificación se trabajaba en la política soviética). En la Federación Rusa, la obsesión por crear un hiato entre el pasado y el presente llevó incluso al cambio de nombre, dado que el departamento se pasó a llamar Ministerio de Orden Público. El departamento, sin embargo, pronto recuperaría su viejo nombre.

El Presidium del Comité Central aprobó el 9 de enero de 1959 el estatuto de la KGB, momento a partir del cual la policía política tuvo definidas sus funciones en materia política. Se lo definía como un órgano político cuyo objetivo era defender a la URSS de sus enemigos, tanto internos como externos. Cuando Shelepin llegó al mando de la KGB, la política de adelgazamiento de viejos cuadros heredados de los tiempos anteriores continuó.

Shelepin, sin embargo, era uno de los muchos jefes de la policía política soviética que, en realidad, tenía grandes ambiciones políticas. Y prometía mucho, por lo que, en enero de 1963, cuando apenas llevaba cinco años en el puesto, fue promovido al Politburo, que era lo que quería. Fue sustituido por Vladimir Yefimovitch Semichastny, con quien, pues, se repitió el esquema, puesto que también venía del Komsomol, donde había sido camarada de Shelepin. Ese mismo año, el flamante nuevo director de la KGB informó de que 46.000 agentes del servicio lo habían dejado, y que el 90% de los generales que estaban integrados en la contrainteligencia habían sido transferidos a puestos civiles. En esas circunstancias, la KGB estaba en búsqueda activa de nuevos agentes, que estaba reclutando en el Komsomol y en el propio Partido. En todo caso, se redujeron salarios y también privilegios.

La KGB es, evidentemente, el organismo soviético que ha tenido y tiene peor imagen. Esto fue, desde luego, por cosas que hizo. Pero también hay que reconocer que hay una parte que le llegó por cosas que no hizo. En realidad, las personas no tienen por qué ser expertas en las pequeñas technicalities de los cuerpos de seguridad soviéticos, y es por ello que son muchos los que piensan que la KGB existió desde siempre, cuando como hemos visto eso no es verdad. En puridad, por ello, se puede argumentar que muchos crímenes y torturas que se le atribuyen a la KGB en el ideario público no son responsabilidad suya, sino de la NKVD. Pero, como digo, ésa es una distinción compleja para muchos; y, desde algunos puntos de vista inútil, puesto que, de muchas maneras, la KGB no fue sino la NKVD renombrada; por lo que pocos argumentos hay para poder rechazar la idea de que lo suyo es que se coma los precedentes creados por su antecesora.

A pesar de todo ello, lo justo es reconocer que, desde un punto de vista funcional y competencial, comparar la KGB con el MVD estalinista es muy exagerado. La clave del asunto reside en que la KGB siguió siendo un cuerpo represivo, lo que la hace acreedora de todos los precedentes de los organismos que existían antes que ella; pero también es cierto que la intensidad con la que aplicó dicha represión, medida en detenciones y sentencias, parece ser, según no pocos indicios, muy inferior.

La idea, muy común en occidente, de que la acción represiva de la URSS siguió siendo la misma después de la muerte de Stalin, merece algunos matices. El primero y más importante es que, con la muerte del dictador fascista de izquierdas, la policía política mantuvo su poder para investigar a las personas; pero perdió la capacidad de juzgarlas y condenarlas por sí misma. La desaparición de las temidas troikas supuso que las personas investigadas ahora tenían que pasar por los tribunales. Eso, teniendo en cuenta cómo funcionaba el sistema judicial soviético, tampoco es que fuese una garantía como para alegrarse; pero algo es algo. Más allá, en realidad el funcionamiento del sistema, siendo como era la URSS un sistema político que tenía una ley rajoyana, puesto que los decretos se cumplían o no, dependía en gran medida de los deseos de los dirigentes en cada momento. La URSS fue cruelmente represiva cuando a Breznev le salió de los cojones que lo fuera; y fue relativamente comprensiva cuando al mismo tipo le dio por ser buena gente, o aparentar serlo. Pero por el camino la KGB dejó de ser un grupo de tipos que podían llegar a tu casa, darte una mano de hostias a ti, a tu mujer y a tus hijos, y cagaros la vida con un chasquido de dedos.

La alta justicia, la que afectaba a los casos de importancia política, siguió siendo, en esencia, la justicia estalinista, sólo que sin paredones. En lo demás, sin embargo, el pos estalinismo no hizo sino un control + c, control + v del estalinismo. Cuando el Politburo estaba interesado en el caso de una persona, ni los jueces eran muy exigentes al demandar pruebas, ni se podía decir que la sentencia no estuviese, en realidad, redactada from scratch. Por otra parte, las garantías procesales que fijaban las propias leyes aprobadas por ese mismo Politburo desaparecían como por arte de magia. La parte positiva del asunto reside en que, al tratar de renunciar en todo lo posible el régimen a la pena de muerte, los casos políticos, sobre todo los de los disidentes, se eternizaban en el tiempo, y era prácticamente imposible que no acabasen siendo conocidos en occidente; a partir de ese momento, el régimen se veía obligado a enfrentarse a una realidad a la que no estaba en modo alguno acostumbrado.

Existen bastantes indicios de que, a principios de los años sesenta del siglo pasado, la KGB se decía, cada vez que era consultada, crecientemente preocupada por el incremento de la disidencia dentro de la URSS. Esto, las cosas como son, bien podía ser la típica estrategia de dar mucho miedo para que te den pasta y medios; pero todo parece indicar que la inquietud era real. Nada en el mundo soviético volvió a ser lo mismo después de la revolución húngara; y los movimientos de la China comunista tampoco movían al optimismo. Algunos autores hablan de que 1962 fue un año que fue testigo de una cierta explosión de las protestas hacia el funcionamiento de la URSS; pero, obviamente, la verdad de estas cosas no es fácil de asegurar. Algunas fuentes apuntan a un florecimiento en dicho año de los folletos clandestinos antigubernamentales. Aquello no era necesariamente un movimiento anticomunista: muchos de los folletos defendían al trío de políticos de la elite soviética que habían defendido en su día la prevalencia del gobierno sobre el partido, es decir: Malenkov, Kaganovitch y Molotov. La KGB identificó a algo más de 1.000 autores diferentes de más de 6.500 folletos y pasquines.

A finales del mes de mayo de 1962, en medio de una crisis muy grave de abastecimientos, el gobierno subió el precio de los alimentos; al mismo tiempo, ordenó a los gerentes de las fábricas un incremento en los objetivos de producción sin tocar los salarios. Además, poco tiempo antes se había prohibido a los agricultores integrados en los kolkhozes plantar en parcelas privadas. En consecuencia, aunque obviamente en la URSS no se hacían encuestas de opinión, todo era pues tezanismo en estado puro, incluso para los observadores occidentales era evidente que el camarada secretario general nunca había sido menos popular que ahora.

En Novocherkask, una población situada en la región de Rostov y el Don, las cosas se pusieron sobaco de grillo muy rápidamente. Entre el 1 y el 3 de junio de 1962, en una factoría importante que había en la población surgió una protesta que, rápidamente, se extendió a toda la ciudad. Hubo manifestaciones, bloqueos de trenes, ataques a sedes del Partido y de la propia KGB, y agresiones a policías. Se envió al ejército a reprimir a los manifestantes; pero los soldados confraternizaban con los obreros, y los mandos se negaron a dar la orden de disparar. El tema terminó como Budapest: el gobierno envió tropas desde Moscú que aplastaron la revuelta por el artículo 33. Total, nada: que se sepa, 23 muertos y muchos más heridos.

Novocherkask fue un aviso muy serio para los jerarcas soviéticos. Les enseñó, primero, que no caían simpáticos; algo que, las cosas como son, si hechos como aquél tenían que explicarles, muy listos no eran. Pero les enseñó, sobre todo, que Budapest podía ocurrir en la misma Unión Soviética, y que en el fondo no estaban preparados para enfrentarse a ello. Además, ahora se dieron cuenta de cuál era la consecuencia de practicar décadas de desarraigo entre las poblaciones y el Partido. Efectivamente, el sistema soviético había quedado muy tocado por la primera experiencia ucraniana, que a Stalin le costó mucho enderezar. En Ucrania, incluso muchos sinceros comunistas no tenían reparo en decir que eran ucranianos antes que comunistas, por lo que el PCU se convirtió, a ratos, en una formación más nacionalista que comunista. Como eso no se podía permitir fue por lo que la URSS comenzó a hacer uso de cuadros totalmente desarraigados respecto del territorio al que eran enviados. Leónidas Breznev, por ejemplo, fue sucesivamente el hombre fuerte del Partido en Moldavia, república con la que no tenía ningún tipo de vinculación; y Kazajstán, que menos aún. Esa política había servido para que a las repúblicas se les hubiesen bajado los humos nacionalistas; pero ahora tenían la contraprestación negativa de que, en la mayoría de las esquinas del país, los hombres fuertes del Partido carecían de carisma o de confianza ciudadana.

Después de Novocherkask, y de otros conflictos que muy probablemente le siguieron pero de los que sabemos poco, los hombres del Partido tenían dos vías posibles: o darse cuenta de que el sistema era un sistema fallido y necesitaba reforma; o robustecer la policía política para que cerrase bocas a base de romper dientes. Obviamente, escogieron la segunda. Ningún político, en realidad, elige nunca la primera. Pero si es comunista, la cosa ya no puede estar más clara.

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