viernes, enero 11, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (y 3)


Los Borbones trataron de reforzar su presencia en Asia. Tal vez las Filipinas no fuesen la plataforma estratégica para la conquista de Asia, pero aún podían convertirse en la cabeza de un emporio comercial.

En 1717 llegó a Filipinas un nuevo y animoso gobernador, Fernando Manuel de Bustamante. Entre sus primeras medidas estuvo la de eliminar las corruptelas que habían ido surgiendo en torno al Galeón de Manila, para mejorar los ingresos de la Corona. Esas corruptelas consistían básicamente en embarcar bienes de tapadillo para no tener que pagar impuestos. Vinculado al saneamiento del Galeón estuvo su intento de desarrollar lazos comerciales con los estados vecinos de forma que la economía filipina fuese menos dependiente del Galeón de Manila y del comercio con China.

En 1718 envió una embajada al reino de Siam que fue un gran éxito. El 18 de julio de ese año, el enviado español firmó un acuerdo con los siameses en virtud del cual, España obtenía unos terrenos para edificar una factoría que podrían utilizar para comerciar y para aparejar barcos. Se fijaron cláusulas para regular el comercio entre Siam y Filipinas y se establecía que Siam otorgaría a España el trato de nación más favorecida.

El éxito de la embajada a Siam animó al Gobernador a enviar otra al reino de Tonkin al año siguiente. Esta embajada fue más azarosa que la anterior. Siguiendo una vieja costumbre española,- la de cagarla en el mar-, embarrancaron junto a las costas de Vietnam y hubieron de abandonar el barco. Aun así la embajada tuvo sus frutos: obtuvo el permiso para comerciar con Vietnam, así como un terreno para establecer una concesión.

Por desgracia, estos inicios prometedores quedarían en nada. El gobernador se había enajenado las voluntades de las élites manileñas con sus intentos de poner orden, no siempre ejecutados con tacto. La noche del once al doce de octubre de 1719 se produjo un motín, inspirado por sus enemigos, y el gobernador fue asesinado. La política de apertura comercial que había animado quedó en nada y Filipinas siguió dependiendo del Galeón de Manila.  

La incuria y la falta de visión sobre lo que se podía hacer con Filipinas quedaron de manifiesto en 1762 con la invasión británica. España había entrado del lado francés en la Guerra de los Siete Años en sus etapas finales, cuando el pescado ya estaba vendido. El 23 de septiembre de 1762 quince buques británicos aparecieron en la Bahía de Manila para pasmo del Arzobispo Manuel Antonio Rojas, que hacía las veces de gobernador, ya que el anterior había muerto ocho años antes y España todavía no se había molestado en reemplazarlo. El pasmo del Arzobispo se debió a que nadie le había informado de que España e Inglaterra llevaban nueve meses en guerra.

Los ingleses ocuparon Manila durante dos años e hicieron mucho daño al comercio filipino. Se apoderaron tanto del galeón que iba a salir para México, como del que estaba llegando y confiscaron todos los barcos españoles. Al perjuicio hecho por los ingleses vino a sumarse que el sistema del Galeón de Manila había empezado a quedar obsoleto. Habían surgido nuevas redes comerciales que le restaban importancia y en Hispanoamérica los textiles españoles estaban desplazando a los chinos en los gustos de la gente.

Durante el reinado de Carlos III se hizo un serio intento por rentabilizar las Filipinas y desarrollar sus posibilidades económicas. En 1778 se fundó en Manila la Sociedad Económica de Amigos del País con el objetivo de revitalizar la economía de las islas de manera racional y científica. Los proyectos que se concibieron en esos años fueron impresionantes: sederías, cultivo del tabaco, las especias y la caña de azúcar, explotación de los minerales de las islas, silvicultura y explotación de sus riquezas marinas… La realización de esos proyectos fue menos impresionante. A la larga sólo funcionó la idea de cultivar tabaco, que terminaría convirtiéndose en la principal riqueza del país en el siglo que le quedaba de dominio español, y la caña de azúcar.

En 1785 se estableció la Real Compañía de Filipinas para promover el comercio entre Filipinas y España. Por primera vez se permitió que los barcos extranjeros recalasen en Manila, aunque en un principio se limitaba a aquéllos que llevasen cargamentos de productos chinos o indios. Aunque sus inicios habían sido prometedores, a finales del siglo XVIII empezó a decaer. Las tensiones entre España e Inglaterra, la enemiga de los hispano-filipinos involucrados en el Galeón de Manila, que habían visto sus intereses afectados, los problemas con monopolios de la Corona que trabajaban con los mismos productos procedentes de Hispanoamérica y la mala gestión hicieron que la Compañía languideciese durante el primer tercio del siglo XIX hasta su disolución en 1834.

Los cambios introducidos por los Borbones en el último cuarto del siglo XVIII comportaron una mayor centralización y que el poder de Manila se hiciese sentir con más peso en el resto del archipiélago. Ya no bastaba con gobernarlo indirectamente por medio de cuatro frailes y caciques locales.

La independencia de México supuso un shock para Filipinas que nunca habían dejado de ser un apéndice del Virreinato de Nueva España. El último Galeón de Manila zarpó en 1815. Que Filipinas sobreviviese, muestra que las reformas de finales del siglo XVIII habían servido para algo. La puesta en valor de su riqueza agrícola y el fomento del comercio con Asia le permitieron superar el final del sistema del Galeón.

Filipinas se reorientó convirtiéndose en una economía orientada a la exportación, que era la vía en la que la habían puesto las reformas borbónicas. El tabaco, el azúcar, la copra, el abacá, el arroz, el café y el añil se convirtieron en sus principales productos de exportación. Esta orientación exportadora se vio favorecida por el creciente interés europeo por Asia y por la apertura del Canal de Suez y la aparición de los barcos de vapor, que facilitaron las comunicaciones entre Filipinas y España.

Hubo un momento en la segunda mitad de la década de los 50 y la primera mitad de los sesenta del siglo XIX, en los que a España le volvieron a entrar resabios imperialistas y nuevamente pareció que Filipinas podría ser el trampolín para una España que quería adquirir un mayor protagonismo en Asia.

En 1858 tropas españolas procedentes de Filipinas participaron en la expedición que envió a Cochinchina el Emperador francés Napoleón III. La excusa para la intervención fue el asesinato del vicario apostólico en Tonkín, que era el dominico español José María Díaz Sanjurjo. Mientras que los franceses montaron la expedición con objetivos coloniales claros, España participó en ella sin saber por qué se metía. De hecho, el Capitán General de Filipinas no vio con buenos ojos esta aventura que distraía fuerzas de lo que de verdad importaba: el sometimiento de los moros de Mindanao. Al final, la aventura de Cochinchina sólo sirvió para que pudiéramos sacar pecho diciéndonos que aún éramos una gran potencia. O sea, que salimos de aquello echando pecho y con cara de gilipollas. La que se nos quedó cuando vimos que Francia se instalaba en el país como potencia colonizadora.

Aunque con torpeza, en esos años España desarrolló una actividad en Asia muy intensa para lo que había sido la norma en el siglo anterior. Abrió embajadas en Pekín y Tokio y consulados generales en Yokohama, Singapur, Macao y Shanghai. En octubre de 1864 España firmó con China un Tratado de Amistad y Navegación que, entre otras cosas, reguló la emigración de chinos a Filipinas. En 1868 se firmó un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Japón y dos años después uno similar con Siam.
El mayor activismo español también se puso de manifiesto en otras dos áreas: Mindanao y el Pacífico, aunque en ambos casos estuviese motivado más por la conciencia de la debilidad propia que por mostrar lo chulos que éramos. Se trataba de demostrar a otras potencias que éramos capaces de ejercer una soberanía efectiva sobre los territorios que poseíamos o sobre los que teníamos títulos.

En 1851 España organizó una expedición militar contra el Sultanato de Sulu, que terminó con la firma de un tratado de paz un tanto ambiguo que los españoles interpretaron en el sentido de que el sultán reconocía la soberanía española sobre su territorio. A nivel internacional, la campaña sirvió para mostrar a otras potencias que España consideraba que el archipiélago de Sulu y la isla de Basilán pertenecían a su esfera de influencia. Durante la década de los sesenta, España afianzó su dominio sobre Mindanao y tomó medidas para su administración efectiva. En 1876 España lanzó una nueva expedición contra Sulu, dado que era evidente que los nativos no interpretaban el Tratado de 1851 de la misma manera que los españoles. El 22 de julio de 1878 España y el Sultán de Sulu firmaron el Tratado que regiría sus relaciones hasta el final de la presencia española en Filipinas. El Tratado estableció una suerte de protectorado español sobre el sultanato, que retenía una amplia autonomía en cuestiones de administración interna y de comercio.

En el Pacífico España intentó labrarse un imperio en Micronesia. España tenía títulos históricos para atribuirse casi todo el Pacífico, pero la Conferencia de Berlín de 1885 había establecido que lo que valía era la ocupación efectiva, no los títulos históricos. España tenía alguna presencia en Guam y las Marianas, pero siempre las había tenido muy abandonadas y no les había sacado ningún rendimiento. En la década de los ochenta del siglo XIX España trató de recuperar el tiempo perdido. Consiguió que su principal competidor en la región, Alemania, le reconociese en 1885 sus derechos sobre la Micronesia y trató de colonizarlas con fortuna desigual.

Tal vez fuera durante las últimas décadas de su dominio colonial, cuando España tuvo más claro lo que hacer con las Filipinas y fuese más consciente de su valor económico y geoestratégico. Lo que faltó entonces fue lucidez para acomodar las aspiraciones de los filipinos a un mayor autogobierno y los medios para hacerse respetar por otras potencias. Igual que España había reconocido el valor de las Filipinas, otros países, desde Alemania hasta Japón, pasando por Bélgica, que llegó a ofrecer comprar las islas a España, y EEUU también lo habían hecho y con ese reconocimiento estaba el de la debilidad de España y el de que teníamos los días contados en las Filipinas.

jueves, enero 10, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (2)


Si suenan disparatados todos estos proyectos de conquistar Indochina a partir de las Filipinas, ¿qué no diremos de la idea de apoderarse de China? Manel Ollé ha dedicado el libro “La empresa de China” a describir todos los delirios hispanos de finales del XVI sobre cuál sería la mejor manera de hacerse con el Imperio del Medio. 

El primero de los iluminados fue el agustino Martín de Rada, quien en 1569 dirigió una carta a Felipe II, en la que le venía a decir que conquistar China no sería mucho más difícil que conquistar el imperio azteca, que unos cuantos hombres bragados podían conseguirlo ya que “la gente de China no es nada belicosa (…) mediante Dios, fácilmente y con no mucha gente, serán sujetados.” Cinco años después el escribano real Hernando Riquel cifró el número de combatientes necesarios para la conquista: “menos de sesenta buenos soldados españoles”. No está mal la proporción: cada soldado español tendría que ocuparse de domeñar a tres millones de chinos. Por su parte, el Cabildo de México se dedicaba a soñar como la lechera del cuento. En una carta que dirigió a Felipe II en 1567 le pidió “repartir la tierra de las dichas Islas del Poniente (Filipinas) y de la China, perpetuándola entre los descubridores y pobladores.”

En 1576 el gobernador de Filipinas Francisco de Sande propuso un plan de conquista de Filipinas marginalmente más realista: harían falta entre cuatro y seis mil hombres armados de pica y arcabuz. Bien esto ya era una proporción más factible: un español por cada 30.000 chinos. El plan propuesto consiste en empezar conquistando una provincia china. A partir de ahí, se conquistará el resto del imperio con ayuda de los propios chinos que verán a los españoles como libertadores. Eso a menos que se encontrasen con un inca o un azteca y les contase su propia experiencia. La argumentación de Sande no ofrece desperdicio y merecería figurar en una antología de la chulería y desprecio del extranjero. La conquista sería sencilla porque los chinos son cobardes, ineptos para cabalgar y usar armas, ladrones, haraganes, preferirían vender a sus hijos antes que ponerse a trabajar y es un país sin ciencia ni saber.

De Sande podría ser un iluminado, pero no estaba solo en sus desvaríos. En 1578 el oidor de la Audiencia de Guatemala, Diego García de Palacios, propuso que se reclutasen 4.000 hombres en América y se les embarcase en seis galeras rumbo a China.

Curiosamente, la Corte a miles de kilómetros de distancia, era mucho más realista sobre las posibilidades de una empresa tan descabellada. El Consejo de Indias le hizo notar a García de Palacios que China era un país inmenso y que “para la defensa y amparo de este tan extendido reino (hay) casi cinco millones de hombres de guarnición, los cuales de arcabuces, picas y carceletes, espadas y flechas y de las demás armas, máquinas e instrumentos bélicos que se usan en esta Europa.”

Renunciar a un sueño es lo más difícil. El jesuita Alonso Sánchez, que había recorrido China entre marzo de 1582 y marzo de 1583, escribió una relación en la que decía que la evangelización de China tendría que hacerse a punta de arcabuces. Dados los beneficios espirituales que los chinos podrían extraer de la evangelización, todo estribaba en calcular el número de arcabuces que serían necesarios. En un ejercicio de “realismo”, Alonso Sánchez los calculaba en 10.000. Adviértase que a cada memorial que se dirigía a la Corona se iba elevando el número de fuerzas necesarias. Empezamos con menos de 60 buenos soldados españoles en 1564 y veinte años después ya estamos en 10.000. Aun en 1586 Juan Bautista Román volvió a elevar la cifra de combatientes necesarios: unos 15.000 entre soldados españoles, cristianos que se reclutarían en Japón e indios filipinos. Eso sí Román contaba con un arma secreta: “no consiste en la multitud del ejército la victoria, que del cielo nos ha de venir fortaleza”.

En 1586 se celebraron en Manila las juntas generales de los estados de Filipinas, para debatir cuestiones de interés general para las islas. El partido belicista volvió al ataque con sus planes para la conquista de China. El encargado de redactar la estrategia de ataque fue Alonso Sánchez, que propuso que la empresa la acometiesen juntos los castellanos de Manila y los portugueses de Macao. Los primeros atacarían por Fujien y los segundos por Guangdong. En cuanto a los contingentes necesarios, Sánchez volvió a incrementar las cifras: entre 10.000 y 12.000 hombres de todos los reinos de España, 6.000 indios de las Visayas y 6.000 japoneses, a los que habría que sumar los hombres que aportasen los portugueses.

Alonso Sánchez era un hombre con una misión y no dudó en realizar el arriesgado viaje a España para defender el proyecto. El 28 de junio de 1586 embarcó en Cavite, rumbo a Acapulco, adonde llegó el 1 de enero de 1587. Sánchez permaneció en México hasta mediados de 1587. A mediados de septiembre de ese año llegó a Sanlúcar de Barrameda y finalmente en diciembre pudo tener audiencia con Felipe II y presentarle su memorial. Sánchez no podía saber que su memorial llegaba en un momento muy inconveniente, ya que Felipe II tenía toda su atención puesta en la preparación de la Armada Invencible.

Durante toda la primera mitad de 1588 se discutieron en Madrid las distintas propuestas de las juntas generales de Filipinas. La empresa de China, que ya había tenido sus detractores tanto entre quienes la consideraban irrealizable como entre quienes dudaban de que España tuviese títulos legítimos para apoderarse de China, quedó definitivamente enterrada cuando llegaron a la Corte las noticias del desastre de la Armada Invencible.

A la postre, la empresa de China sería redimensionada al objetivo infinitamente más modesto de establecer un enclave comercial en la costa, similar al que tenían los portugueses en Macao. En 1598 el gobernador Francisco Tello de Guzmán autorizó a Juan Zamudio a viajar a China para obtener alguna concesión que pudiera servir para el comercio. Zamudio obtuvo El Pinal, una isla cerca de Cantón, así como el uso de unos almacenes en dicha ciudad. La factoría, aunque prometedora, fue abandonada al cabo de dos años. En su abandono influyó sobre todo la inquina de los portugueses de Macao, que no querían competencia y le pusieron todos los palos en las ruedas que pudieron.  A ello se sumó el desinterés de Felipe III, que prefería mantener las paces entre sus súbditos portugueses y castellanos y más ahora que los holandeses habían empezado a penetrar en los mares asiáticos. Finalmente hay que hacer notar la dejadez de los españoles de Manila, que se habían acostumbrado al sistema del Galeón de Manila y tampoco presionaron por defender el establecimiento de El Pinal.

Hasta ahora he hablado básicamente de fracasos y empresas descabelladas, pero también hubo momentos en los que Filipinas mostró que podía ser una base estratégica clave para que España fuera un actor a tener en cuenta en Asia.

El 15 de enero de 1606 Pedro de Acuña partió de Manila con una flota y más de 3.000 hombres con la misión, que consiguió, de conquistar las islas Molucas. Nueve años después el Gobernador Juan de Silva concibió la operación estratégica más osada que los españoles intentarían nunca en Asia. Se trataba de dirigir una armada hispano-portuguesa contra Java, Banda y las Molucas para limpiarlas de holandeses. Casi tan importante como ese objetivo estratégico sería el hecho de que por primera vez portugueses y españoles colaborarían en Asia, en lugar de ponerse zancadillas. La empresa prometía y desde un punto de vista estratégico era razonable, pero tal vez estuviera por encima de las posibilidades reales de Filipinas. Para organizar su armada, de Silva prácticamente tuvo que dejar desguarnecidas las islas y al final, esa armada que había costado tanto organizar y en la que se habían depositado tantas esperanzas, acabó regresando a Manila destartalada, víctima de las fiebres y sin haber pegado un solo tiro.

En 1626 salió de Filipinas una expedición bajo el mando de Antonio Valdés con rumbo a Formosa, donde los españoles se instalaron. Formosa representaba una importante escala en las rutas comerciales entre China y Manila. Inexplicablemente, los españoles perdieron interés en la isla a los pocos años, desguarneciéndola para hacer la guerra a los moros de Mindanao. En 1642 los holandeses, aprovechándose de esta incuria española, se la arrebataron a los españoles.

Para mediados del siglo XVII los españoles ya habían adoptado una clara actitud defensiva y estaba claro que Filipinas no serviría de plataforma estratégica para conquistar nada. A lo más que llegábamos era a darnos de tortas con los moros de Mindanao, que se negaban a dejarse conquistar.

miércoles, enero 09, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (1)


Hoy el blog se hace anfitrión de Tiburcio Samsa, quien en su propio blog publica en estos días tres tomas, que aquí reproduzco, dedicadas a la pequeña Historia de España en Filipinas. Son tres tomas que irán seguidas y que nos entretendrán mucho la semana.

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Los españoles llegaron a las islas Filipinas de casualidad. Dado que el Tratado de Tordesillas había reservado el hemisferio oriental a Portugal, en 1518 el Emperador Carlos encargó a Magallanes que buscase una ruta por el oeste hacia las islas de las especias. Tras un viaje accidentado, el 16 de marzo de 1521, Magallanes llegó a la isla de Leyte. Magallanes apreció maravillado la belleza de las Filipinas y comprobó en sus propias carnes el “bahala na” filipino. Habiendo intentando mezclarse en la política local entre los distintos caciques, fue emboscado y asesinado el 27 de abril de 1521 por los hombres de Lapu Lapu, que no supieron valorar sus esfuerzos por intervenir en sus asuntos. En realidad Magallanes fue la primera víctima de una pauta que se repetiría en los siguientes siglos con los españoles: no saber ni qué coño estaban haciendo en las Filipinas ni qué coño hacer con ellas.

A Carlos V saber que había unas islas muy hermosas con unos nativos a los que a ratos les daba el “bahala na” y te acuchillaban, no le emocionó ni poco ni mucho. Su interés estaba puesto en las islas de las especias, las Molucas. En los años siguientes envió hasta tres expediciones a las islas. Las tres fracasaron. En 1529, aburrido, firmó con Portugal el Tratado de Zaragoza y le vendió sus derechos sobre las islas. Tan poco era el interés de Carlos V por las islas, que no se mencionaron en el Tratado, aunque, según la demarcación estipulada, caerían en lo sucesivo en la órbita portuguesa.

Aunque con el Tratado de Zaragoza España había renunciado a Asia, la renuncia se hacía muy dolorosa, cuando el continente albergaba tantas riquezas. En 1535 fue nombrado como primer Virrey de Nueva España D. Antonio de Mendoza, quien inmediatamente se aplicó a extender las fronteras del virreinato en dirección a lo que hoy es el suroeste de EEUU y a explorar la costa pacífica. Por esas fechas España volvió a pensar en las Filipinas. Desde el Tratado de Zaragoza Portugal no había hecho ningún intento por colonizarlas. Era imaginable que si España le presentaba el hecho consumado de su ocupación, Portugal no protestase demasiado. En 1542 el Virrey Mendoza envió a Ruy López de Villalobos a Filipinas con la misión de establecer una colonia en ellas. La expedición fue un fracaso: la enemistad de los moros de Mindanao y la pobreza del lugar escogido para el asentamiento hicieron que no prosperase. El único logro de la expedición de Villalobos fue que dio a las islas su nombre definitivo de “islas Filipinas” en honor al Príncipe heredero Felipe.

A pesar de todos los fracasos, a los españoles les costaba renunciar a poner el pie en Asia. Apenas llegado al Trono, Felipe II decidió en 1559 que había que buscar una ruta que permitiera hacer el tornaviaje a México desde Filipinas y dio instrucciones en ese sentido al Virrey de Nueva España, Luis Velasco. En sus instrucciones señala que las Filipinas estaban dentro de la esfera de influencia española y apunta al objetivo final de la empresa: insertarse en las lucrativas rutas comerciales con China. Es muy probable que Felipe II supiese que las Filipinas estaban en la esfera portuguesa y que estuviese jugando al despistado. De hecho tanto el Virrey Velasco como algunos consejeros le indicaron que las Filipinas eran portuguesas, pero el que manda, manda.

La expedición zarpó del Puerto de La Navidad el 21 de noviembre de 1564. La mandaba Miguel de Legazpi, pero el principal personaje allí era el fraile y navegante Andrés de Urdaneta, quien estaba convencido de que existía una ruta de tornaviaje. La flota llegó a Filipinas en febrero del año siguiente. Mientras Miguel de Legazpi daba los primeros pasos para iniciar la colonización de las islas, Urdaneta se aprestó a buscar el tornaviaje. En junio de 1564 partió de Cebú en dirección a México y el 8 de octubre llegó a Acapulco, después de 129 días de navegación. El descubrimiento del tornaviaje fue lo que hizo posible la colonización de Filipinas, ya que permitía comunicarse con las islas sin pasar por el territorio controlado por los portugueses. Una consecuencia indirecta fue que Filipinas se gobernaría desde el Virreinato de Nueva España y se vería más como un apéndice del mismo, como la última colonia española de América, que como el trampolín hacia Asia. Pero eso sólo ocurriría en el siglo XVII, cuando España, cada vez más agotada, ya no tenía fuerzas para empresas imperiales. Antes de que eso ocurriera, durante unas pocas décadas a finales del siglo XVI y comienzos del XVII sí que pareció que Filipinas podría convertirse en la cabeza de un gran imperio español en Asia.

Las primeras décadas del dominio español en Filipinas fueron prodigiosas. La colonia apenas se había establecido y tuvo que hacer frente al ataque del pirata chino Limahong que estuvo a punto de apoderarse de Manila en 1574 y que además coincidió con la rebelión de Lakandula y Rajah Suleiman, a la rebelión pampangueña de 1585, a las depredaciones del pirata Cavendish, quien además capturó el Galeón de Manila en 1587 causando grandes pérdidas monetarias, y a la gran revuelta de la comunidad china en 1603, que estuvo en un tris de conquistar Intramuros. Pues bien, a pesar de todos esos conflictos los españoles intentaron que Filipinas fuera su trampolín para la conquista de Asia.

En 1578 el Gobernador Francisco de Sande recibió al sultán de Borneo, que le pidió ayuda contra su hermano, que le había usurpado el Trono. De sande no necesitó que se lo repitieran dos veces. Montó una expedición con 400 españoles, 1.500 filipinos y 300 nativos de Borneo partidarios del sultán legítimo. El sultán recuperó el trono con la ayuda española y Borneo se incorporó a los dominios españoles… durante tres años. Los que necesitó el usurpador para arrebatar nuevamente el trono a su hermano con ayuda portuguesa.

En 1593 el Gobernador Gómez Përez Dasmariñas organizó una expedición para conquistar las Molucas. La expedición quedó abortada cuando los remeros chinos se sublevaron y mataron al gobernador y a ochenta de los españoles. A pesar de este desastre, tres años después los españoles de Manila se dejaron seducir por los cantos de sirena de los aventureros Blas Ruíz de Hernán González y Diego Belloso, que se habían convertido en los factótums del país, y les convencieron de que Camboya podía convertirse en una dependencia de España. El Gobernador Antonio de Morga no veía muy claro el asunto, pero la presión del bando belicista y el de las órdenes religiosas, que ya se veían evangelizando camboyanos, fue más fuerte.

Y así, el 19 de enero de 1596 120 soldados partieron a bordo de tres naves a las órdenes de Juan Juárez de Gallinato. La expedición no fue demasiado gloriosa: uno de los barcos embarrancó en la desembocadura del Mekong y sus hombres tuvieron que subir a pie hasta Phnom Penh, otro se extravió y acabó en el estrecho de Malaca. El tercero al menos llegó a destino. Los adjetivos “bienvenida” y “venturosa” no describen adecuadamente la presencia de los expedicionarios españoles en Phnom Penh. Su estancia terminó con el barrio chino saqueado, las fortificaciones quemadas y el rey camboyano muerto. Casi parecían hooligans ingleses de vacaciones en Benidorm.

Gallinato se retiró, entendiendo que Camboya era un berenjenal, pero Belloso y Ruíz pensaban que era un berenjenal donde podían hacerse ricos y se quedaron a seguir liándola parda. Pronto los aventureros, los buscavidas y los frailes de Manila empezaron a urgir al Gobernador a que enviara otra expedición a Camboya, que aún quedaban cosas que romper. Al Gobernador le dieron tanto la barrila que autorizó a que Luís Pérez Dasmariñas, el hijo de Gómez, organizase costeándola él mismo una expedición. La expedición estuvo compuesta por tres barcos, doscientos soldados y marinos y cuatro frailes. Lo de lo frailes sería para despistar más que nada. Nuevamente los españoles demostraron lo negados que eran en las cosas de la mar. La nave almirante, donde iba Luís Pérez Dasmariñas se perdió de resultas de una tempestad y terminó en Cantón, donde quedó varada durante 18 meses. Una de las naves logró llegar hasta Phnom Penh justo para ver cómo a Belloso y a Ruíz los corrían a gorrazos. Los camboyanos capturaron y quemaron la nave española. Sólo sobrevivieron tres de los españoles.

¿Qué aprendieron los frailes y el partido belicista de Manila de todo esto? ¡Que había que mandar otra expedición a Camboya! El dominicano Gabriel Quiroga de San Antonio se embarcó en un largísimo viaje hasta España para presentar un memorial al Rey Felipe III en el que se le encarecía las ventajas de emprender la mencionada expedición. En apoyo de su peregrina idea publicó en 1604 en Valladolid una “Breve y verdadera relación de los sucesos del Reino de Camboya al Rey Don Felipe Nuestro Señor”. No sé si la relación se puede encontrar hoy en día en español, pero existe una traducción al inglés que la editorial White Lotus publicó en 1998 y que es fácil de encontrar.

El epílogo de la relación de Quiroga de San Antonio merecería figurar en una antología del disparate. Aparte de conquistar Camboya, sugiere emprenderla también a gorrazos con Cochinchina, Siam y champa y deja la puerta abierta para darle unos capones a Laos. Señala la riqueza de estos reinos, pero afirma que el principal beneficio de la guerra será “la salvación de tantas almas y la difusión del evangelio”. Precisamente en lo que estaban pensando Belloso y Ruíz todo el tiempo mientras saqueaban el barrio de los comerciantes chinos en Phnom Penh. Otros beneficios que se obtendrían de la empresa sería hacerles la cusqui a los holandeses que ya habían hecho acto de presencia en esas latitudes y hacerse con los productos que producían dichos reinos. Otra ventaja que se sacaría me parece muy interesante: dar una ocupación a todos los ociosos e inútiles de México, Perú y Filipinas, que ellos solos se bastarían para la empresa, sin que fuera necesario enviar tropas desde España.

jueves, enero 03, 2013

Soixante huit (8: La batalla de Saint-Germain-des-Pres)


De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo capítulo.


Resumen de lo publicado: Las cosas entre las huestes de Sauron y los hobbits cada vez van peor. En varios puntos de Hobbiton,  durante los variados enfrentamientos, los nasgul han detenido a hobbits que iban pertrechados de armas prohibidas. Sus comparecencias en la Corte de Mordor ponen los ánimos en punto de ebullición; más todavía cuando los jueces de Sauron, en una muestra de miopía estratosférica, los condenan a penas de relativa severidad. Mientras tanto, algunos hobbits tratan de que los enanos sindicales se les unan en la guerra contra Mordor; pero los enanos, que son muy suyos, prefieren seguir viendo el espectáculo sin intervenir.

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6 de mayo de 1968. Una fecha muy importante que conviene retener.

Esa mañana, con el Quartier Latin tomado por la policía y la huelga en la universidad de París prácticamente total, salvo en las facultades de medicina y derecho, es el día señalado para que Daniel Cohn-Bendit y otros siete compañeros deban comparecer ante la denominada Comisión de Asuntos Contenciosos y Disciplinarios de la Universidad. La fecha es recibida en las calles cercanas a la universidad con la difusión, a mano, de un manifiesto en el que sus inspiradores aprovechan que, hace casi medio siglo, todavía faltaba mucho para que en Europa se desarrollasen las legislaciones estrechas de derecho a la intimidad y a los datos personales. Ese manifiesto incluye los nombres de todos los miembros del Consejo de la Universidad, las direcciones de sus casas, sus números de teléfono, todo, y termina con un inquietante: a vous de jouer, camarades.  Vosotros mismos, camaradas.

El manifiesto contiene, en su texto ideológico, estopa para casi todo el mundo. Para los reaccionarios burgueses, desde luego; como para los fascistas. Pero también para los “estalinianos” de la UEC, pero también a los distintos grupúsculos trotskistas (la JCR, la FER, la VO), a los prochinos de la UJC (m-l) o CV de base, e incluso a los “anarquistas a la Cohn-Bendit”.

El texto continúa afirmando que no es la universidad, sino “toda la sociedad la que debe destruirse” y viene firmado por “los estudiantes indignados”, sin más. Puestos a expresar alguna afinidad, estos indignados terminan su comunicado dando vivas a la Zengakuren, es decir a la organización estudiantil comunista japonesa.

Los ocho estudiantes, acompañados del ya inevitable Leclerc, llegan a la universidad cantando La Internacional (lo cual, no nos cansaremos de escribirlo, no deja de tener cierto contrasentido, tratándose de estudiantes mayoritariamente anarquistas). Intentan entrar a la vista todos juntos, pero la Comisión se niega. Hora y media de dimes y diretes después, se acuerda que el “juicio” sea, finalmente, conjunto.

Fleischl, Duteuil y Cohn-Bendit serán defendidos por dos de sus profesores de universidad: Henri Lefevre (filósofo marxista francés, desarrolló el llamado humanismo marxista, interpretación de Marx que algunos, sin ir más lejos muchos de los comunistas del 68, consideran el auténtico marxismo; y otros, entre ellos muchos de los que han llevado a la práctica la dictadura del proletariado, un oxímoron. Sus teorías se oponían al estructuralismo de Althusser; polémica que sirvió para ligar de cojones durante muchos años en según qué círculos universitarios españoles. En 1978, cuando consideró que se había apartado de la ortodoxia soviética, regresó al Partido Comunista, del que se había separado. Murió en 1991); y Alain Touraine (sociólogo investigador de la sociedad post-industrial, desde el 2010 es Premio Príncipe de Asturias; aunque ningún apasionado de las ideas de Mayo del 68 habría aceptado recibir un premio de un miembro de la Casa Real española o de alguna otra, parece ser que los años lo volvieron más pragmático que eso).

Olivier Castro será defendido por su padre, abogado, y por otro profesor de Nanterre, Paul Ricoeur (quien ya desde diez años antes, tras comenzar a enseñar en la Sorbona, se había convertido en uno de los principales filósofos franceses. Su gesto de participar en la defensa de Castro, sin embargo, no fue muy bien pagado por los estudiantes, quienes acabaron por tratarlo de colaboracionista y de personaje ridículo. En 1969, durante unos conflictos en Nanterre, universidad de la que había sido nombrado rector, Ricoeur trata de proteger a los alumnos de la policía, y lo que consigue a cambio es que los educandos le caneen a fondo. Así las cosas, se fue a enseñar a Estados Unidos. Paul Ricoeur, que moriría en el 2005l, siempre tuvo un alma reivindicativa; ya se destacó en sus acciones contra la ejecución de Sacco y Vanchetti. Su error, quizá, fue no adscribirse a ningún partido o movimiento).

Por último, René Riesel será defendido por un abogado de su familia. Y el último, Michel Pourny, elaborará ante la comisión el típico discurso anarquista en plan “no admito la autoridad de esta Comisión”, y se largará de la sala.

De todas formas, esta comparecencia es un trámite previo. Los estudiantes son informados de que el viernes deben comparecer de nuevo, y será entonces cuando deban proceder a desplegar su defensa. A eso de la una, los estudiantes salen de las instalaciones universitarias y remontan el bulevar Saint Michel cantando La Internacional otra vez. Caminan por las calles del Quartier Latin, por las cuales, desde las 9 de la mañana, han estallado las granadas lacrimógenas en enfrentamientos entre los estudiantes, convocados por la UNEF, y la policía. A las 12,30, hora prevista para la reunión de los Comités de Defensa de la Represión, hay unos 6.000 manifestantes en la zona, y se decide marchar hacia algún lugar de la ciudad. A pesar de los votos y argumentos insistentes de los maoístas, que siguiendo su catón quieren ir a los barrios populares, se decide marchar hacia la Bastilla. Y es en esa marcha donde se popularizará el que será el eslogan más repetido en Mayo del 68; eslogan que no tiene nada que ver con juegos de palabras más o menos conceptualmente felices, sino con una reivindicación. Los manifestantes gritan: “¡No somos un grupúsculo!” Éste es, de hecho, el eslogan de Mayo del 68; tiene poca erótica, poco atractivo; pero cierto es que los chicos y chicas de Mayo del 68 estaban más bien poco interesados en ser realistas pidiendo lo imposible o prohibir las prohibiciones; lo que más les interesaba era contestar el discurso oficial, gubernamental, que hacía responsables de las movilizaciones a “grupúsculos” de izquierdas, a los que, al tiempo de nombrarlos así, trataba de quitar importancia. Aquel grito de Mayo del 68 era una forma de decir que los grupúsculos, en realidad, eran grupazos.

A las tres de la tarde, tras haber cruzado el Sena, la policía reacciona con una carga muy fuerte. Los estudiantes reaccionan cruzando coches en la calzada y utilizándolos de barricada. Una hora más tarde, la masa de manifestantes ha llegado a la plaza Maubert, donde permanecerán más de dos horas, llevando a cabo una batalla campal con la policía. Es a esa hora, más o menos a media tarde, cuando el SNE Sup publica un comunicado diríase que histórico, en el que llama a los profesores a tomar su sitio en la calle junto a los manifestantes. Son pocas las veces que, en democracia, una organización política o sindical ha llamado, negro sobre blanco, a tirarle piedras a la pasma.

En la rue des Fossés-Saint-Bernard, unos estudiantes rodean una lechera y la atacan. La dotación policial que está dentro tiene que salir a la naja y refugiarse en una cafetería.

Hemos dicho que el  SNE Sup, en ese momento, está llamando al profesorado a la lucha. Pero no es el único movimiento profesoral. En Nanterre, a las cinco y media, en medio de un ambiente extrañamente calmo, el decano Pierre Grappin ha convocado una reunión de todo el personal enseñante. Hay más de 200. Cuando Grappin comienza a hablar, un profesor de literatura, Guy Michaud, le interrumpe para repetir la consigna del SNE Sup: los profesores deben estar en la calle, luchando codo con codo con los alumnos. Algo menos de 100 asistentes, en ese momento, abandonan la sala, camino de la calle. Diez de ellos serán recibidos minutos después por el ministro Alain Peyrefitte. Le dicen que cese la represión inmediatamente y, para sustentar esta postura, le argumentan que la violencia en Nanterre se ha exagerado, y que, en realidad, ha sido la suspensión de las clases por el decano la que ha emputecido las cosas. Es táctica común de la guerrilla urbana, ciertamente, crear el problema y luego tratar de convencer al mundo de que el problema real es la reacción que se ha tenido al mismo. Lo que ya es de traca es que señores catedráticos se traguen eso. Pero ya se sabe que, cuando queremos tragar, no hay truño suficientemente ancho para nuestra epiglotis.

Un poco antes de las siete, los estudiantes y profesores, ya unidos, abandonan como pueden la plaza Maubert y tiran por el bulevar Raspail. Pronto se les unirá una delegación de profesores de la facultad de Ciencias que viene de intentar convencer a sus mayores de que cese la represión. Está Laurent Schwartz, y Claude Chevalley (importante matemático francés, muerto en 1984; tenía inquietudes políticas, aunque nunca militó).

En el bulevar Saint Michel, algunos estudiantes han roto una valla y la queman en medio de la calzada. De nuevo, gases lacrimógenos. Las barricadas se levantan, sobre todo, en la rue du Four, donde vuelan las piedras. La carga policial obliga a los manifestantes hasta recular, en un hecho no exento de simbolismo, hasta el monumento a Diderot.

Es la batalla campal de Saint-Germain-des-Pres. El enfrentamiento entre estudiantes y gobierno que colocará Mayo del 68 en un punto de no retorno, por varias razones. La primera porque el poder, representado aquí por una anacrónica comisión de conflictos universitaria, no sabe ver que los ocho estudiantes inculpados no podían, aquel lunes, salir de su audiencia igual que entraron. Ciertamente, para entonces los estudiantes ya eran responsables de hacer algo más que gritar por la calle (porque aquéllos de entre quienes desde el primer día se manifestaron en Mayo del 68 y tenían intenciones pacíficas no llegarían ni al 1%); pero hubiera sido un movimiento más inteligente haberlos exonerado aquella mañana, cuando menos en parte, de sus acusaciones; y no hacer la tontería que se hizo, esto es citarlos para el viernes parea que se defendiesen. El mero detalle está demostrando el estrabismo catastrófico que sufría el poder político francés aquel mes de aquel año; nadie, en la Administración gala, pareció darse cuenta de que, con la dinámica que tenían los acontecimientos, esperar al viernes equivalía a aplazar la solución varios siglos; entre un día y otro, eran muchas las cosas que podían pasar.

La segunda cosa que pasó es que con la batalla de Saint-Germain-des-Pres, la guerrilla urbana estudiantil se profesionalizó. Días después, cuando los obreros se unan a las manifestaciones, los estudiantes les darán clase, en plena calle, sobre la mejor manera de resistir los gases lacrimógenos o de montar una barricada. En Saint Germain, lo que había comenzado el 22 de marzo se convierte, por una vez y para siempre, en un movimiento revolucionario (en realidad, debe escribirse termina de convertirse; siempre lo fue). En un movimiento revolucionario que ya ha ido mucho más lejos que la revolución oficial. En mi opinión, en aquella manifestación violenta, aquella batalla en toda regla por el centro de París, la policía no queda en demasiado buen lugar; pero el Partido Comunista es, de hecho, el gran perdedor. La ortodoxia revolucionaria, la estrategia política basada en que exista una élite que dice cuándo ha de tirarse la piedra y cuánto esconderse la mano, queda con el culo al aire en la tarde del 6 de mayo. A partir de aquel día, quien en Francia, en Europa o en el mundo considera que debe hacer la revolución, aprende que no necesita un Politburó para llevar a cabo sus deseos. Unos jovenzanos de Nanterre y La Sorbona le provocan al Poder, en cinco o seis horas del 6 de mayo de 1968, más problemas de los que le ha dado todo el PCF desde el final de la guerra mundial.

Y la tercera cosa que ocurre es la actitud de los profesores. Como ya he escrito o insinuado, la verdad, bastante difícil de entender. Pero está ahí, al fin y al cabo. La mitad del estamento profesoral (son la mitad de los asistentes a la asamblea de Grappin los que la abandonan), premios Nobel incluidos, se apunta al bombardeo, y se baja a la calle a tirar adoquines. A la larga, lo pagará muy caro, porque su actitud, cuando sea conocida por el votante francés, animará una década entera de neogaullismo; en el gobierno y, también, en la universidad.

A las ocho y media de la noche, prime time galo, Alain Peyrefitte es entrevistado en la ORTF por el periodista Yves Mourouzi. El señor ministro parece un disco rayado: las autoridades universitarias han derrochado paciencia con los estudiantes. Todo esto es resultado de que, en términos de libertad, a los estudiantes se les ha dado la mano y ellos han cogido, primero el codo, luego el hombro. Hay en París 160.000 estudiantes y la mayoría lo que quiere es examinarse.

De donde no hay…