viernes, octubre 05, 2012

Republicanos vietnamitas

[¡Chúpate ésta, Tiburcio!]


Aquellos de vosotros que dominéis mínimamente el francés (el idioma, quiero decir) y seais ratas (de librería, quiero decir) quizá podáis encontrar, algún día, un libro editado en 1973 en París, reeditado al menos una vez en 1990, llamado Les soldats blancs de Ho Chi Minh. Su autor fue Jacques Doyon y con ello escribió quizá la mejor investigación sobre aquellos hombres, muchos, europeos y blancos que lucharon al lado de Ho por la liberación del Vietnam del yugo francés (esto es, en la guerra anterior a ésa que todos conocemos como guerra de Vietnam).

La lectura del libro os va a sorprender. Doyon, obviamente, buscaba, al escribirlo, rastrear los signos de franceses que un día decidieron, normalmente por razones ideológicas, pasarse al otro lado y luchar, de alguna manera, contra sí mismos. Pero el trabajo de hacer la nómina de gabachos, Doyon encontró muchos españoles. De ellos va este post porque, además, que yo sepa estos hispanos no han sido demasiado investigados.

Los republicanos de Vietnam.

España y Vietnam tienen una historia más estrecha de lo que parece. En el Saigon francés existió una calle Tay Ban-Nha (pronúnciase algo así como teebaña), que es como se dice España en vietnamita. Esto es así porque Francia tiene mucho que agradecerle a España en lo que se refiere a su aventura colonial asiática.

En 1825, el emperador Minh Mang proveyó a los europeos de una primera razón para invadir Vietnam, tras su decisión de emitir una ley de persecución de los cristianos. En 1840, tres misioneros españoles fueron asesinados en el país, acción que dispara los planes franceses para desembarcar en Conchinchina. Estados Unidos, preocupado, advierte en 1845 que no está dispuesto a tolerar aventuras colonialistas en la trastienda de China. Sin embargo, los acontecimientos de ponen a favor de los franceses. En Tonkin, un cura asturiano, apellidado Díaz Sanjurjo, es detenido (y, como se sabrá después, decapitado). En 1857, España, a través de su cónsul en París, pide formalmente a Francia que envíe un barco a la zona para liberar al sacerdote. Pero para cuando el conde Kleczkowski llega a Tonkin desde Macao, monseñor Díaz ya tiene separada la cabeza del cuerpo.

España, en noviembre de ese mismo año, promete el envío a la zona de 12.000 hombres y dos barcos, salvedad hecha de que la situación en Filipinas, con sus rebeldes, se emputezca. En enero de 1858, otro sacerdote español, monseñor Melchor, es detenido. Por todo ello, franceses y españoles acaban desembarcando en Danang, aunque el jefe de la expedición hispana, coronel Palanca, probablemente con el rabillo del ojo mirando a Washington, rehúsa la oferta francesa de continuar la invasión hasta la raya de China y, una vez asegurados sus misioneros, se vuelve a Filipinas.

España, pues, está en el origen del Vietnam francés. Pero, convertidos como estábamos en una potencia de segundo orden, con mucha honra y pocos barcos, y de retirada en Asia, la verdad no estábamos llamados a tocar más pito en aquella historia.

Sin embargo, llegó la guerra civil del 36, la derrota republicana, y el exilio de combatientes y civiles a Francia, bastante exagerado muchas veces en sus dimensiones, pero en cualquier caso bastante masivo. La mayoría de los combatientes que cruzaron la raya de Francia fueron concentrados en campos, bajo la atenta vigilancia de soldados senegaleses; no pocas veces en muy malas condiciones. Además, hay que tener en cuenta que la guerra civil fue muy larga; lo suficiente como para que algunos de sus protagonistas hubiesen alcanzado una situación personal en la que añoraban la guerra o, si se prefiere, ya no sabían hacer otra cosa. En el bando franquista ocurría lo mismo, y ésta fue una de las razones de que Franco abriese esa válvula que llamamos División Azul.

Para muchos republicanos, la División Azul fue Vietnam. En el remoto país asiático, el Vietminh luchaba por la independencia; lucha que se complicó con la presencia de dos Francias (la oficial, y la resistente) después de ser el país derrotado por Hitler. A no pocos españoles que estaban en los campos franceses y a los que la Francia de Vichy no podía dejar así como así por estar significados de alguna manera, se les acabó ofreciendo una alternativa: o ser entregados a la España franquista, o alistarse en la Legión Extranjera, con billete para Saigón. La mayor parte de los que recibieron esa oferta eligieron continuar su vida guerrera; y a ellos se les unieron otros que, simplemente, querían pegar más tiros.

La historiografía francesa ha especulado con la posibilidad de que unos 1.000 españoles llegasen a Saigon entre las filas de la Legión para defender la francofonía del Vietnam, pero acabaron pasándose a las líneas de Ho Chi Minh y del general Vo Nugyen Giap. Algunos lo pudieron hacer por ideología, pero otros muchos no tanto, teniendo en cuenta que no eran pocos entre aquellos los que habían combatido en España en unidades anarquistas.

Las paellas de los domingos de aquellas unidades de la Legión francesa debían terminar bien a hostias, porque, la verdad, se nutrían de una mezcla muy curiosa. En no pocas unidades extranjeras se juntaban los españoles que huían de Franco y los alemanes que huían de los procesos contra los crímenes nazis, que ahora peleaban juntos.

La presencia española en las unidades de la Legión francesa era tan numerosa que incluso, en octubre de 1942, Ho Chi Minh dirigió una proclama al ejército enemigo invitándole a desertar… en español.

La mayor parte de los republicanos españoles, al parecer, permanecieron, por así decirlo, del lado francés durante los años que duró la segunda guerra mundial, en los cuales se produjo una cierta confluencia entre los intereses de Ho y de los partidarios resistentes de De Gaulle. Sin embargo, terminada la guerra, en 1945, Francia rompió con el líder local, momento en el cual comenzó la guerra propiamente dicha entre Francia y los vietnamitas. Fue entonces cuando muchos españoles republicanos desertaron.

Manu Leguineche, en un reportaje sobre la materia escrito en 1976 para la revista Historia Internacional, se refiere al caso de un tal Fernández como especialmente destacado. Este Fernández habría desertado del ejército francés en compañía de seis alemanes y un suizo, y prestaría un servicio muy interesante al Vietminh por su condición de blanquito. Junto con sus compañeros, se viste con uniformes de mandos de la Legión, hace formar a una compañía de profranceses, y los detiene.
También se refiere el malogrado periodista al caso de un tal Diego, andaluz y albañil, que fue uno de los primeros desertores, y que falleció en un combate en el delta del río Rojo. Justo antes de recibir la bala mortal, creyendo ganado el combate, gritó, según el relato: Ho Chi Minh muon nam!; que viene a ser algo así como un viva al líder. Es más que posible que sea el único combatiente español jamás muerto gritando en vietnamita. El reportaje de Leguineche, por cierto, aporta incluso una foto del tal Diego, formando con un pelotón del Vienminh; lo digo por si alguien tiene interés en ella.

En un artículo de internet se hace referencia a un tal Robert Pujol, que habría pasado a Indochina. 

De nuevo según Leguineche, en la definitiva batalla de Dien Bien-Phu, el general Giap tuvo al menos dos asistentes españoles: un comunista llamado Ribera, que se había pasado a la Resistencia en Francia en 1944 y que fue enviado por el PCF a Indochina, donde se pasó a las filas de Ho. Y un mítico coronel Pérez, del que, que yo sepa, poco o nada se sabe. En Dien, en todo caso, combatieron centenares de españoles republicanos del lado francés y, consecuentemente, fueron detenidos y llevados a campos de reeducación. Muchos de ellos se casaron con vietnamitas y, que yo sepa, comenzaron a volver a España de una forma escalonada, de forma que en 1967 todavía había antiguos republicanos volviendo a nuestro país, gracias a la vitola de haber sido reprimidos por los comunistas vietnamitas. He tratado de buscar trazas pensando que no sería difícil conocer relatos de españoles casados con mujeres vietnamitas en la España del 600, pero mi búsqueda ha sido, de momento, bastante infructuosa. No debieron, en todo caso, de ser muchos. El anteriormente mentado artículo en internet se refiere al libro de Joaquín Mañés, Españoles en la Legión Extranjera francesa, que afirma que fueron 16. Otros, probablemente bastantes más, nunca regresaron: un ex legionario canario, según informó en su día la revista Interviu, estuvo en Dien y luego se quedó en la zona, estableciéndose en Tailandia. La referencia de internet se refiere, también, a un médico catalán, apellidado Ripoll Fonte, alistado en la Legión Extranjera, y que acabó establecido en Camboya.

Pero no hay que olvidar que en el otro lado de la lucha también quedaron españoles, o de origen español. Como Vanderberghe, un holandés asesinado en 1952, hijo de española, que de niño había sido pastor en el País Vasco.

Leguineche, de hecho, dejó escrito que, a su llegada a Saigón en 1966, en plena guerra de Vietnam, oyó hablar allí de las unidades clandestinas estadounidenses que operaban en la oscuridad, y de que en las mismas estaba integrado un legionario español, llamado Carlos Molina, admirado por sus compañeros por su audacia y frialdad. Las otras referencias que he encontrado hablan de un legionario llamado José Cortés, prisionero en la batalla de Dien; y de un natural de Valverde del Camino llamado Antonio Palanco Pérez, quien al parecer habría andado a caballo entre Argelia y Vietnam unos años (¿podría ser el misterioso coronel Pérez?)

martes, octubre 02, 2012

Yo, y la Historia.

Hoy es 2 de octubre. El día que he cumplido 50 años. Mi padre solía contar la anécdota de un gallego más o menos ilustre que un día fue llamado a Meirás, a una audiencia veraniega del Caudillo. El general le preguntó la edad, y el tipo le contestó: 45 años. "Mire usted", dijo él, "media vida..." Así las cosas, cuando el jefe del Estado comenzó a estar mal de salud, solía decir: que no, que no, que aguanta hasta los noventa. La cosa es que mi padre se equivocó; pero el general apuntaba maneras.

Si para Franco 45 era media vida, justo es pensar que 50 es mi mitad. No sentí en su día la crisis de los 40 y parece que tampoco me va a afectar la de los 50. No sé muy bien por qué, pero estos aniversarios no me saben mucho. Pero es verdad que miro atrás. Y algunas cosas que veo son, creo yo, relativamente interesantes para este blog.

En el catalejo del recuerdo veo la imagen de un adolescente de 16 años, que no había leído en su puta vida. Es primavera, ya casi verano en La Coruña, y el adolescente está en la cama, enfermo de algo. No muy jodido, pero sí lo suficiente para tenerlo en el dique seco. Ese tipo en la distancia que soy yo se aburre soberanamente, hasta que su hermano mayor llega de la calle diciendo: hay una feria del libro en Méndez Núñez, y he comprado este libro.

Era un libro de Labor sobre la aventura arqueológica del Valle de los Reyes. Mi hermano y yo lo leímos al alimón, aunque yo lo terminé antes porque tenía más tiempo. Aquel libro me cambió para siempre. Sé que es tremendamente del montón contar "me enganché a la Historia por el Antiguo Egipto". Sé que le ha pasado a mucha gente. Pero es un hecho que así fue en mi caso. Aquel verano, ya respuesto, leí El tambor de hojalata; luego La Regenta. En los tres libros de aquel verano, percibí el intenso dolor de llegar a la última página; ese abismo en el que, repentinamente, pierdes pie, y se te anida en el pecho del deseo de encontrar otro libro que te permita continuar ese recorrido de placer. Con la Historia es más fácil que con la Literatura. Ese mismo otoño me regalaron El rodaballo, pero ya no me pareció ni medio bueno comparado con el Tambor. En la no ficción, como digo, es relativamente más fácil encontrar obras que prolonguen tu bienestar. Cumplí 15 años sin haber leído una página. Pero no cumplí los 17 sin haberme leído el monumental manual de Historia de Egipto de Etienne Drioton y Jacques Vandier, además de otras muchas obras menores sobre Ajenaton, Keops, y Nefertiti.

Después fue la India. Más concretamente, Esta noche, la libertad; el excelente libro-reportaje de Dominique Lapierre y Larry Collins sobre la independencia de la India y la partición del país en dos. Es la primera vez en mi vida que al llegar a la última página, simplemente he cerrado el libro, lo he vuelto a abrir, y he vuelto a empezar por la 1; como en los viejos cines de sesión continua donde los niños pasábamos la tarde entera viendo la misma película dos, tres, o cuatro veces.

Leyendo aquel libro, que hablaba de cosas lejanas en el tiempo pero a la vez cercanas en la realidad, pues el mundo de mi adolescencia todavía era el mundo de la descolonización, fue cuando me dí cuenta de que el presente es un anciano y los libros de Historia son como álbumes de fotos antiguos donde ese anciano posa con muchos años menos. Cuando nos plantamos delante de alquien que ya tiene una edad provecta, pero a quien hemos conocido joven o niño, apenas nos cuesta espiar en su rostro actual, en sus gestos presentes, las trazas de la persona que fue un día. El niño que fue ese hombre maduro parece vivir encerrado dentro de esa faz arrugada, y aparece, pícaro, de cuando en cuando, cuando el dueño de ese rostro se enfada, se sorprende o, simplemente sonríe. La Historia también es un poco eso; así es, al menos, como yo he entendido siempre la famosa frase de Santayana de que todo aquél que desconoce la Historia está condenado a repetirla.

Leo Historia desde hace 34 años porque quiero abrir un candado que ni siquiera sé dónde está. El hombre, como cuerpo y organismo, difícilmente se comprenderá a sí mismo si no acierta a entender cuáles son los sucesos que le han llevado a no tener cola, a disponer de cinco dedos en cada mano, o a ser omnívoro. Es verdad que se puede vivir muchos años y morir feliz sin haberse preguntado jamás eso. Pero, exactamente igual que el conocimiento de la evolución plantea preguntas que nunca te abandonan, cada historia de la Historia que aprendes es una caja dentro de la cual encuentras otra caja que es una pregunta que no sabes responderte, y ya no puedes dejar de jugar al juego de buscar en qué página de qué tomo escondido está la puta llave.

He pasado por muchas etapas. Empecé, ya lo he dicho, por la etapa "me lo leeré todo sobre". Leí todo sobre Egipto, luego sobre la independencia de la India. Leí todo lo que logré encontrar sobre el origen del cristianismo; supongo que era cierto sentido de culpa por haber descreído. Entonces llegué a la Historia de España. Para entonces tenía veintitantos y quedé atrapado por la guerra civil española. Los falangistas años sesenta, utilizando para ello la colocación en Madrid de la Secretaría General del Movimiento, solían hacer la chanza de que la Falange era un partido en el que se entraba por José Antonio (hoy Gran Vía) y se salía por Desengaño. A mí me pasó un poco eso. Entré a hacer un puzzle de ésos de los bebés, de dos o tres piezas, y me encontré con un misterio encerrado dentro de un enigma situado dentro de una adivinanza que reposa dentro de una duda encerrada en una pregunta. Pero fue algo fascinante. La sensación de que la siguiente página, cualquier siguiente página, tenía el poder de poner en duda todo, o casi todo, era casi erótica. Creo que comprender la guerra civil española es el proceso más ilusionante, por imposible, que puede abordar un intelecto.

Desde que empecé el blog colecciono polladas. Y es curioso, porque la mayoría ni siquiera las escribo. Pero en las ferias de libros usados, en Ebay, en las escasas subastas de libros que hay, siempre estoy buscando libros que me sorprendan; libros en los que alguien se haya dedicado a contestar preguntas un poco pollas, del tipo de: ¿han sufrido los reyes de España de hemorroides? ; o: ¿a cuántos padres de la bomba atómica se les plantearon problemas morales? Ahora mismo, mi compra ideal es ésa: un librito pequeño, sincrético, dedicado a algún aspecto concreto de algún pasado concreto, cuanto más inesperado en el enfoque, mejor. Me da la impresión de que lo que estoy haciendo es eso que los taurinos llaman adornarse. Mola.

Supongo que debería preocuparme por mí mismo. Tengo 50 años, y la dicotomía que tengo esta noche, cuando esté en casa tranquilamente, será: o leer la historia de Alarico, el saqueador de Roma; o tratar de avanzar en mi cursus honorum como piloto en el Need for speed, haciendo uso de mi volante Xbox inalámbrico. De verdad que muchas veces he pensado: macho, en una de las dos cosas, o en las dos, está aflorando tu futilidad, o tu locura. Pero tener 50 es, también, ganar la capacidad de dejar estas preguntas atrás y decirte: qué coño...

Hay miles de mundos esperándome en las páginas con olor a tostado que embarazan los libros que ya he comprado y que algún día compraré. Pero lo realmente grande de la Historia es que en todos esos mundos hay algún cuanto de información que eres tú mismo. Esos mundos te han hecho a ti. Tú eres el resultado de lo que ha quedado detrás de los terremotos que se describen en esas obras. Y, además, cada dato nuevo, cada enfoque nuevo, es una llave pequeñita que, quizás, abre alguna de las muchas cajitas cerradas que atesoras en tu memoria; o abrirá alguna que tal vez encuentres mañana en otro libro.

No entiendo, la verdad, a las personas que se aburren con la Historia. Porque se aburren consigo mismos. O, tal vez, es que no entienden que con la Historia empiezas porque alguien te dice que bajo la tierra hay un tesoro, y cavas, cavas y cavas para encontrarlo. Hasta que un día, como si tal cosa, descubres que lo verdaderamente importante es que el tesoro no aparezca jamás.

Porque a ti, gustarte, gustarte, lo que se dice gustarte, lo que te gusta no es encontrar tesoros. Lo que te gusta, es cavar.

lunes, octubre 01, 2012

Fra Girolamo (13)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primer y décimo segundo capítulo.



Los revolucionarios se caracterizan, todos, por un detalle que proviene de su tendencia a concederle a sus revoluciones inmanentes poderes traumatúrgicos, es decir, la capacidad de poder con todo y todos: siempre, cuando inician sus revoluciones, no piensan en las consecuencias.

La revolución, las más de las veces en la Historia, es el producto de la  fatiga de material de la evolución. En términos sociales, el hombre no suele ser proclive a cambios radicales hasta que el no-cambio se convierte, en sí, en una propuesta radical. Las revoluciones, muy a menudo, son poca cosa sin el concurso del contrarrevolucionario que, antes, cierra puertas y ventanas en su estatus, permite que dentro el ambiente se cargue y se vicie, y genere, con ello, que cada vez sean menos los que quieran vivir dentro de su edificio conceptual. La revolución florentina, en este sentido, es hija directa de la falta de escrúpulos y de capacidad de planificación política de la familia Medici, que no entendió que la condición feudal, en Italia, era cosa matizada, y que una suma de errores, puestos todos en fila, podía convertirse en un aliciente objetivo para el cambio.

La naturaleza de las revoluciones, en todo caso, hace que suelan ser dirigidas por los más echados p'alante (verbigracia, Girolamo Savonarola), que son seres que se suelen caracterizar porque conocen la puerta de entrada de los procesos que inician, pero desconocen totalmente la de salida. Es más: es que muchos revolucionarios, de hecho, tienen a gala ese desconocimiento, y abrazan la teoría de que ya nos llevará la revolución donde nos quiera llevar, que se parece al tradicional Dios proveerá como un muón a otro muón. Una de las características propias de una asamblea revolucionaria radicalizada es que ha renunciado a todo sentido crítico y, consecuentemente, será capaz de seguir la más retrasada mental de las consignas. Muchos revolucionarios españoles decimonónicos monopolizaban las tertulias de sus cafetines carbonarios llamando a la supresión del impuesto de consumos, el IVA de la época, y lo hacían como si España pudiese vivir sin recaudar impuestos (el impuesto de consumos era el único con capacidad recaudatoria realmente efectiva); y la gente que les quería creer, les creía. La II República española, ejemplo de revolución pacífica donde las haya, llegó en medio de (en realidad, llegó, en bastante medida, a causa de) una crisis económica pavorosa de mangitudes mundiales; y, aún así, muchos de sus impulsores creyeron sinceramente que podían multiplicar los salarios, darle la vuelta al 60% del PIB patrio (la agricultura), y que no pasaría nada.

La revolución tiene, siempre, algo de pasión religiosa, algo de Inch'Allah, algo de creencia sin fisuras en  cosas que van a pasar porque hay gente que dice que van a pasar, algo de talibanismo conceptual. Por eso, a mi modo de ver, la historia de Girolamo Savonarola es tan interesante y tan, por así decirlo, canónica. Su vida no va de la florencia finisecular del décimo quinto siglo de nuestra era. Va, en gran medida, de cómo se activan, en una revolución, los mecanismos de la creencia mesiánica; los argumentos propiamente religiosos no hacen sino de caja de resonancia de ese proceso, que se produce, a mi modo de ver, siempre.

Como digo, fruto habitual de este sentimiento de fe ciega es el hecho de que los revolucionarios no se preocupen de las consecuencias de sus acciones. Les basta con percibir que son justas. Pero luego, al correr del tiempo, la realidad se obstina en seguir ahí, como el dinosaurio de Monterroso.

Esto suele pasar en las revoluciones, y Girolamo Savonarola y sus amigos del Partido Popular no fueron una excepción. A base de tensionar Florencia, y todo ello sin dejar de cumplir con las gravosísimas condiciones impuestas por el rey francés, acabaron sumidos en una crisis de grandes proporciones. La ciudad había emitido empréstitos titulizados, pero en el resto de Italia los banqueros no los compraban si no era con una prima de riesgo de 9.000 puntos básicos (cabe recordar que, al llegar a los 10.000, el título, simplemente, ya no vale nada). El gobierno local trató de mejorar la recaudación subiendo impuestos e inventando unos nuevos, pero sólo recibió a cambio huelgas y conflictos. En la Toscana, plantar las tierras dejó de ser negocio, y se produjo una hambruna de grandes dimensiones. A todo esto hay que añadir el surgimiento de un foco pestífero, más las consecuencias de las enfermedades venéreas que el paso de los soldados franceses había provocado.

En estas condiciones, en el verano de 1496 la campaña para recuperar Pisa se hizo imposible. Soldados y mandos desertaban en masa, hartos de no recibir paga, ni comida, ni nada. De hecho, los pisanos contraatacaron con tanta dureza y éxito, que estaban ya a punto de hacerse con los puntos de embarque del grano toscano hacia el exterior; en otras palabras, de encerrar a la débil economía florentina dentro de sí misma. El éxito de los de Pisa no era casualidad, pues el apoyo de la Liga era descarado; el Papa, sin ir más lejos, envió a su sobrino, el duque de Gandía, en compañía de Piero de Medici.

Florencia apeló a su aliado; ése fue el momento que tuvo para descubrir, por si ya no lo sabía, que la palabra de Carlos tenía bien poco valor. No obstante, en un momento el rey francés volvió a hablar de la posibilidad de volver a invadir Italia, movimiento que fue respondido por la Liga fichando para su coalición a Maximiliano de Austria que, como buen austríaco, se pirraba por entrar en Italia y hacerla suya. Finalmente, lo que pasó es que Carlos el francés amagó sin dar, pero Maximiliano, en septiembre, invadió la península.

Su principal misión confesada era apisonar al principal aliado de Francia en la península, que no era otro que Florencia.

En octubre, Maximiliano estaba ya en Pisa. Con 4.000 soldados de diversas procedencias y la flota veneciana en las aguas, puso cerco a los puertos toscanos. En Florencia se fueron por la braga a la velocidad del bosón de Higgs. Fue, lógicamente, el momento elegido por los arrabiatti para denunciar la torpeza del gobierno frateschi. La imagen de la Madonna dell’Impruneta, una especie de Pilarica toscana, fue traída a la ciudad para ser sacada en procesión a todas horas.

Fra Girolamo Savonarola llevaba entonces cuatro meses de retiro, pero la Signoria le hizo salir de su celda. Se marcó el buen fraile una procesión monstruo y un sermón en el que exigió de los ciudadanos que le diesen a la Signoria todo el dinero que tuviesen. En medio de la procesión, alguien llegó corriendo con la noticia de que cinco barcos con grano y soldados franceses habían conseguido romper el bloqueo veneciano y desembarcar allí cerca. Fue la leche, obviamente; las iglesias comenzaron a tañir sus campanas a lo bestia, y cada vez que sonaba una, bajaban más los precios.

La solución, siquiera provisional, de la crisis, en términos tan milagrosos, colocó de nuevo a los florentinos en favor de Savonarola. Pero éste no por ello cambió su discurso. En su siguiente sermón, volvió a repetir sus conocidas llamadas al arrepentimiento y, en lo político, exigió a la Signoria una radicalización de su política ultraconservadora en lo religioso. Dicho y hecho: en Florencia, las tabernas fueron cerradas. Las carreras, a las que todos los italianos de la zona han sido siempre muy aficionados, prohibidas. Los jugadores fueron molidos a palos, las prostitutas detenidas, acopiadas en el palacio del gobierno de la ciudad y, después, expulsadas. Se decretó que la mujer que se mostrase en la calle vestida de forma inusual o provocativa sería fustigada y, en la segunda falta, encarcelada. Se limitaron las dotes matrimoniales a la modesta cifra de 500 ducados.

Se prohibió el baile.

La revolución radical de Savonarola incluyó también otra medida que, cosas de la vida, 500 años después ha terminado por considerarse progresista: la prohibición de abrir los comercios en domingo.

Los enemigos de Savonarola, en todo caso, no paraban. En noviembre de aquel año, el fraile recibió una carta del Papa en la que éste se desdecía de su pasada decisión de otorgarle autonomía predicadora. Se creaba una nueva congregación tusco-romana, y San Marcos era colocada bajo la autoridad de un Prior nombrado por el cardenal de Nápoles. Fue una jugada maestra de Alejandro, porque no hizo lo que el fraile habría esperado (y que sabía le habría generado muchas resistencias) que es obligarle a reintegrarse a la disciplina de la congregación lombarda.

Savonarola no contestó al Papa sino, en señal de que estaba inquieto y algo desorientado con el movimiento, lo hizo frente a sus fieles, en un sermón que en todo caso sabía que llegaría al Vaticano, en el que sostuvo que la unión tusco-romana era imposible.

Parecía que estaba contra la espada y la pared; pero Girolamo Savonarola era uno de esos tipos que a veces parecen haber nacido con una flor en el culo. Ese mismo mes de noviembre, la flota veneciana sufrió un naufragio frente a las costas, accidente en el que estuvo a punto de ahogarse el mismo Maximiliano. El austriaco decidió levantar el sitio y, consecuentemente, Florencia pudo volver a abastecerse, y abastecer, por mar.

Sin embargo, en parte para la ciudad ya era tarde. Florencia había multiplicado su población por efecto de los habitantes del campo que habían emigrado a la misma huyendo del hambre. Durante aquel invierno, las colas en las panaderías fueron soviéticas, y el mercado de grano fue varias veces asaltado por las turbas. El gobierno, ante la presión de los florentinos de que las cargas no recayesen siempre sobre los mismos, se rebajó el sueldo a la mitad e impuso un nuevo préstamo, pero no a los comunes sino a la Iglesia. Asimismo, se reformó la décima para convertirlo en un impuesto progresivo.

Las presiones de la gente obligaron también a los revolucionarios a ampliar el número de miembros del Gran Consejo, y a rebajar la edad mínima de sus miembros de 39 a 34 años. Ellos hicieron aquello obligados, porque temían que pasara lo que pasó: dar entrada a los jóvenes supuso que el Consejo se petó de arrabbiati.

Savonarola protestó contra la medida, pero no pudo hacer nada. Más aún: en el carnaval de 1497, los arrabbiati le jugaron un órdago al fraile, anunciando la celebración de muchas de las diversiones paganas propias de esa celebración. Savonarola contestó sacando a la calle a su ejército de adolescentes, que recorrió la ciudad, casa por casa, recogiendo máscaras, pelucas, libros, estatuas de desnudos, todo; todo lo que se llevaron lo “pagaron” con oraciones. Todos estos objetos se colocaron en una pirámide en la misma Piazza, y los quemaron.

Aquella ceremonia, que los savonarolianos llamaron La Hoguera de la Vanidad, terminó por apuntalar la imagen de intransigente fraile ultramontano con que Savonarola ha pasado a la Historia.

jueves, septiembre 27, 2012

El pecado español

Lo he estado pensando mucho en los últimos meses. Es cierto que es una pregunta que me vengo haciendo de tiempo atrás, pero, obviamente, la crisis, y esa sensación que te dejan veinte minutos en Facebook o en la barra de cualquier bar, de que el país se hunde, de que nada funciona, de que este país se divide en seres completamente estúpidos (aquéllos de los que te hablan) y plenamente inteligentes (los que te están hablando); todo eso, digo, ha cuadyudado para enervar la acción.

Lo he estado pensando mucho, digo. Y sigo pensándolo. Sigo preguntándome cuál es el principal pecado de España.

Mis querencias, que son bien obvias para todo aquél que lea este blog, se han dirigido inmediatamente al concepto: nuestro gran pecado es nuestra preparación. La verdad es que esta idea tiene sólidos groundings. Hay una prueba del nueve que aporta la Historia de la Ciencia, y es que lo que a un estudiante de Ciencias le cae durante años sobre el coco son las leyes de Newton, o de Faraday, o de Maxwell, los desarrollos de Descartes, de Leibnitz, de Euler, de Gauss, de Lovachevsky, de Halley, de Hooke, de Curie. Pero ni en la física ni en la química hay leyes de Pérez. Yo de pequeñito pensaba que al julio le habían puesto julio por algún julio español, pero hasta en esto me tuve que acabar cayendo del sicomoro.

Sin embargo, tal vez sea un caso de humildad, más que de pobreza intelectual. Tengo en mi casa un ejemplar de la Historia Natural de Odón de Buen, que comienza con una larga introducción sobre la historia de la ciencia española, que lógicamente se detiene en los finales del siglo XIX en que don Odón escribió el libro, y la verdad es que la lectura apasiona a la vez que refleja, hasta qué punto, España ha estado al cabo de la calle de los avances de la reflexión humana, a pesar de todo.

Además, en términos de educación considerado como un hecho social, lo siento pero pienso que la estulticia del español medio es fenómeno moderno. No es tanto un error de España como un error de la España de los últimos 50 años, que desde Villar Palasí hasta el día presente está cagándola con nuestra formación; eso sí, en intensidad creciente.

No. A la hora de buscar un pecado secular; a la hora de buscar un defecto español inmanente y dañino más que cualquier otro, no puede ser, he terminado por decirme, la educación.

El pecado español es el cortoplacismo.

Esta afirmación por mi parte quiere decir que España no planifica. Nunca. No prevé. Nunca. Nunca lo ha hecho. Y no sé si nunca lo hará.

Si miramos la Historia, a España los problemas casi siempre le han pillado sin haberlos previsto, incluso cuando le era bien evidente que los iba a tener (Cuba, sin ir más lejos).

No hay en el reinado de Carlos I demasiados indicios de que solicitase de alguien que reflexionase sobre los problemas que planteaba la construcción de un imperio en pleno Renacimiento; pero esos problemas existían, porque el imperio carlero (escribo esto porque me dicen que carolingio y carlista están ya cogidos) tenía que responder, administrativamente, a unos retos a los que ningún otro imperio moderno había tenido que responder; y otros, en la antigüedad, habían respondido colapsando.

La principal argamasa de la política imperial española fue el prestigio nacional, racial incluso, en mucha mayor medida que el beneficio, por lo que no cabe extrañarse que cuando el montaje explotó, tres siglos después, no es que fuésemos incapaces  de plantear una commonwealth (iniciativa ésta que es planificación pura y dura), sino que ni siquiera nos lo planteamos y lo fiamos todo, again, a conceptos sociofilosóficos como el amor a la Madre Patria y esas cosas. Si alguien quiere aprender lo que es una descolonización no planificada, que se estudie la Historia de Guinea Ecuatorial hasta el momento presente.

Felipe II, el Rey Prudente, es el mayor ejemplo que tiene nuestra Historia de last minute worker (bueno, el mayor ejemplo de esto es Casares Quiroga; pero no vamos a poner a ambos al mismo nivel, que el post se descarrila...). Y por esta expresión entiendo ese tipo al que da igual de lo que le hables, da igual que le expliques que en tres días viene un tornado de fuerza 5 o que los hunos se encuentran a seis jornadas de la capital, porque todo lo que le importa es lo que tiene que hacer de aquí en un minuto.

Muchos historiadores han dicho que Felipe vivió su reinado bajo la dictadura de los muchos asuntos urgentes que lo agobiaban. Yo no estoy muy de acuerdo con ese punto de vista. En mi opinión, a Felipe II le encantaba esa dictadura. Prefería, en el fondo, pasar sus largas horas de gobierno leyendo memoriales sobre problemas que se le acababan de plantear, uno a uno, que reflexionando sobre los problemas en general, no para mañana, sino para los años, décadas o siglos por venir. La Gran Armada o Armada Invencible es un buen ejemplo de esto. Acérquese el lector, en los libros que lea, a la pequeña historia, no de cómo fue derrotada, sino de cómo se formó, cómo se seleccionaron sus mandos, cómo se cuadró su marinería, y entenderá, creo yo, lo que le quiero decir. Felipe II cometía a cada paso el mismo error de Hitler en Ucrania (o el republicano general Rojo en  nuestra guerra civil): no darse cuenta de que cada vez que las tropas llegan hasta Alcañiz, eso supone que hay que tener una estructura montada que permita llevar comida, gasolina, balas y condones hasta Alcañiz; porque si no, es sólo cuestión de tiempo que Alcañiz se pierda de nuevo.

Los países se gestionan también así. Pensar un país es una combinación de estudiar qué avances son soportables, y andarse con cuidado con que la retaguardia no se degrade. Ninguna de las dos cosas las ha hecho España. Muerto Felipe II, dejó el país (quiero decir, su clase política) bajo un trauma de orfandad tan enorme que todo, para el Consejo de Castilla, se redujo a realizar una performance similar a la del rey-mito. Felipe III tuvo la inteligencia de morirse pronto, pero Felipe IV continuó el momio, y de qué manera. Jamás nadie, en España, desde la derrota de la Invencible hasta que España acabó por perder la posesión o el control efectivo de Flandes, de la Valtelina, de absolutamente todo, jamás nadie, digo, se preguntó en serio: ¿cuánto podemos abarcar? Las enormes y riquísimas posesiones americanas fueron entregadas a virreyes que jamás se plantearon un Mercosur ni cosa parecida, total para qué. Su función era sacar de las minas peruanas cuanto más mineral mejor, que luego era enviado en barcos que, como la Armada española carecía también de plan estratégico, llegaban a Sevilla, o no. La Historia de España, en buena parte, es la historia de reyes y validos arrodillados, tengo yo que alguna vez hasta físicamente, ante los banqueros para conseguir créditos de circulante; el rey español medio es un Artur Mas de la vida: en los minutos impares hablo con voz engolada de mis inalienables derechos históricos y de las inmarcesibles victorias de mi pasado, y en los minutos pares lloro para que me transfieran pasta para poder cenar esta noche una pizza de Casa Tarradellas.

Otro ejemplo, por cierto, de la maravillosa capacidad de planificación hispana: una parte nada desdeñable de los banqueros con quien trataba Felipe IV, y el V, eran financieros judíos de Lisboa; que si vivían en Portugal era porque un día habían sido expulsados de España.

El siglo XIX español es otro portento de improvisación, modo de actuación que se mezcla con el concepto de traición en casos como el de Fernando VII y su famosérrimo avancemos todos, yo el primero, por la senda constitucional. Pero, ojo, que, cuando menos en este punto, el siglo XIX español no es ninguna película de buenos y malos. No es Ricitos de Oro Liberal contra los Temibles Orcos Absolutistas. De la parte del progresismo también se da mucho revanchismo, y muy pocas ganas de rediseñar el país. Hasta el punto de aceptar que la evolución liberal de España se va a hacer a través de un frágil pacto con la monarquía borbónica de Isabel, la Veleta. Por lo demás, cuando el liberalismo democratista español se hace con el poder, primero subasta la jefatura del Estado español en una almoneda vergonzosa, y después, cuando hasta esa mugre se sacude, sume al país en un caos de proporciones faraónicas.

Mientras pasaba todo esto, y aunque fuese regulando jornadas de doce horas, en Inglaterra se normaban las relaciones laborales desde el gobierno Peel de 1802; y en Francia Napoleón III trazaba una avenida en París capaz de albergar centenares de veces el tráfico efectivo de su época, en parte por grandeur, en parte por pensar que algún día los cuatro gatos que entonces paseaban por los Champs Elysées lo mismo serían centenares de miles; o sea, hoy. José Bonaparte, por cierto, muchos años antes que su ilustre pariente, proyectó lo mismo en Madrid: una gran avenida ancha que iría más o menos desde el Palacio Real hasta la Puerta de Alcalá. Pero José Bonaparte, decían los españoles, era un borracho que no servía para nada.

En mi humilde opinión, los únicos que planificaron en el siglo XIX fueron los navarricos, no así los euskaldunes, que a pesar de tener el ejemplo bien cerca se empeñaron en escornarse contra el muro. Tras la guerra carlista, y visto que esa tentativa la juzgaron de poco futuro, los navarros pactaron con el Estado español, a través de la Ley Paccionada, y su gesto demuestra lo que pasa cuando sabes planificar: hasta Franco los respetó.

Un ejemplo muy claro de lo que es la tradicional incapacidad española para la planificación y la mirada a medio plazo es nuestra actitud frente a la revolución americana. Contentos que estábamos de oponernos a los ingleses, apoyamos a los secesionistas, sin darnos cuenta de que, más temprano que tarde, chocaríamos con ellos en la cuestión de la navegabilidad del Mississippi. Corolario: se perdió el río, se perdió la Florida, se perdió todo.

Económicamente hablando, España no ha planificado medio en serio hasta que no ha formado parte de la Comunidad Económica Europea, con la única excepción del Plan de Estabilización franquista, sin el cual, nos guste o no, lo mismo ahora tendríamos menos conflictividad, porque las últimas décadas habrían sido más pobres.

El proteccionismo decimonónico tenía su razón de ser, pero sólo en el corto y medio plazo. En el largo plazo era una locura, y acabamos pagándolo; de no haber estallado la primera guerra mundial, quizás habríamos alcanzado el estatus de nación pordiosera, sólo que sin Acrópolis. Del sistema fiscal español qué decir, si hasta entrado el siglo XIX, hasta la reforma de Mon, incluso se recaudaba, formalmente, la exacción de cruzadas. La desamortización de los bienes de la Iglesia, que a los ojos liberales aparece como un hito de valentía y tal, es una medida desesperada para poder pagar las soldadas de las muchas guerras intestinas de España; una medida de la que algunos políticos, analistas e incluso eclesiásticos venían hablando de siglos atrás, pero que, como no se había hecho, se acabó realizando a pelo puta y con unos resultados socialmente catastróficos. Aplíquese la frase anterior, casi hasta la última coma, a la reforma agraria de la II República.

En el siglo XX, España descubrió un trile que le permitiría evitar la planificación: el intervencionismo. En 1907, un gobierno Maura (conservador, de raíz teórica liberal) publica una ley que otorga al Estado el poder de dar el nihil obstat, o no, a la instalación de factorías azucareras en España. La Ley Azucarera pretendía atacar el exceso de oferta producida en España, que había reaccionado a la pérdida de la zafra cubana montando establecimientos de molturación de remolacha a tutiplén. Podía haber hecho dos cosas: sentarse a pensar en el mercado, a pensar el mercado; o intervenirlo. Los políticos descubrieron que era mucho más cómodo intervenirlo; y, desde entonces, no han parado, y hoy nos encontramos con cosas como políticos que se dicen liberales pero que son partidarios de prohibir las rebajas.

En 1925, Gobierno y empresarios de la Minería del Carbón se reunieron en una conferencia nacional. ¿Se preguntaron sobre el futuro del carbón español? No: aprobaron diversas resoluciones, entre ellas una que obligaba a la Marina española a alimentar las calderas de sus barcos con carbón español, aunque fuese más caro. Desde entonces, han pasado 87 años; y el carbón, como no podía ser de otra manera, sigue siendo un problema. Lo extraño es que no salga nadie diciendo que el problema es que los barcos de la Marina española ahora son diésel. Sin salir del carbón, en España hemos visto, durante los años dorados de la empresa pública, a Hunosa incumplir sus contratos-programa, un año tras otro, sin despeinarse. Porque en España era, entonces, delito fumarse un porro en la calle; pero en la puta vida ha sido delito incumplir un contrato-programa. Faltaría más, no te jode...

Los ejemplos son muchos. España se ha encontrado, al correr del tiempo, con un grupo de empresas públicas deslavazado, incoherente, formado de capas freáticas de compromiso político (me trago Astano para que no jodan los gallegos; me trato las minas de pirita para que no me apedreen en el Rocío; me trago Hunosa porque acuérdese del 34, mi general; etc...), y por supuesto deficitario. Se ha encontrado con una flota mercante muy por encima de las necesidades del transporte, toda financiada con créditos públicos. Se ha encontrado con una siderurgia que fabricaba laminados en frío que ya no eran necesarios. A veces oigo a la gente hablar y me da la impresión de que piensan que el estallido de la burbuja inmobiliaria es algo inusitado en nuestra Historia. Pero, la verdad, es que somos unos fabricantes de pompas de cojones.

Nos caen mal los alemanes. Pero los alemanes, a principios de este siglo, crearon una comisión mixta del Bundestag y el Bundesrat, llamada en inglés Committee on modernizing the Federal System. Tenían varios lander quebrados, y sabían que no tenían más remedio que planificar. Trabajaron cuatro años. Hoy, no tienen los mismos problemas. Como tampoco los tienen en su sistema de pensiones, que reformaron en esos mismos años; y también tenían ejércitos de inmigrantes para haberse creído ese mantra estúpido de que la inmigración lo iba a solucionar todo.

Ahora nos encontramos con un presidente autonómico que se quiere escindir y que advierte a los catalanes que resistan, porque les van a intentar convencer de que, siendo independiente, Cataluña va al abismo. Eppur va, President.

En el pecado lleva usted la penitencia: que sepa que eso de proponer un proyecto rompedor sin poner, en el mismo acto, un Plan Estratégico completo encima de la mesa, es un vicio español.

miércoles, septiembre 26, 2012

Fra Girolamo (12)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, y décimo primer capítulo.


Una de las cosas que se me hacen más irritantes de la Historia es que, por lo general, a la mayoría de la gente le importa tan poco, y es tan habitualmente enseñada por personas que la conocen de una manera apenas tangencial, que cae con enorme facilidad en la vulgarización; en algo que yo llamo la matematización de la Historia.

Me explico: el educando, que es la persona que más está en contacto con la Historia porque hay unos currícula que le obligan a aprendérsela en algún grado, siempre está buscando vías para simplificar ese proceso de conocimiento. Esta búsqueda cuenta con la complicidad de la pedagogía, que por creencia sincera, por comodidad, o por razones de eficiencia, también trata de simplificar al máximo la enseñanza en sí y su comprobación: el principal hijo de este proceso es el examen tipo test, que es, según cómo se mire, una puta aberración. Yo llegué, en mis tiempos universitarios, a hacer un examen tipo test de Ética. En fin...

La presión combinada de la pedagogía y de su objeto, o sea los estudiantes, hace, pues, que se trate de ir a métodos sencillos de aprendizaje, lo cual genera esa tendencia a matematizar las humanidades en general y la Historia en particular; a enseñar reglas sencillas, como si la Historia se pudiese desentrañar como se desentrañan las soluciones de una ecuación de segundo grado. El alumno exige que se le dé un esquema con tres o cuatro bullets cortos que explique el fenómeno que estudia (del tipo de: la Revolución Francesa surgió por: a) el descontento de las clases más humildes; b) las ambiciones sociales de la burguesía naciente; c) bullet patrocinado por Coca-Cola ¡bebe Coca-Cola!). Una vez que lo obtiene, bien porque su carísimo libro de texto de la ESO ya lo tenga, bien porque su esforzado maestro (suspirando para sus adentros si realmente le gusta lo que enseña) se lo provee, ya no se mueve de ahí ni medio milímetro: saberse la Revolución Francesa ha pasado a ser el simple y puro checkingde que sabe uno repetir en un papel, como un amanuense loro, los puntitos de marras.

Hablo de la escuela, pero el fenómeno es general. Los niños del cole se hacen adultos y cuando son adultos, acostumbrados ya a este esquema neuronal, lo replican ad infinitum, lo convierten en una suerte de verdad inmanente, y lo graban en piedra en sus conciencias. Fruto de este fenómeno son las personas que viven convencidas de que por las calles de Constantinopla, horas después de entrar los turcos por la puerta no con muy buenas maneras, pasó un pregonero anunciando el Fin de la Edad Media. O las que opinan que el feudalismo se acabó un día a las cinco y cuarto de la tarde. O las que opinan que el Renacimiento alumbró hombres más perfectos que sus abuelos medievales.

En efecto, una de las etapas de la Historia (y no olvidemos que esas etapas no dejan de ser una división arbitraria, una de muchas que se podrían hacer) que es mayor pasto de los lugares comunes y las explicaciones sencillas, es el llamado Renacimiento. La propia palabra que define la época está denunciando ya la fastuosa carga de autocomplacencia que lleva en su interior. Renacimiento es evolución respecto de una etapa oscura e inmovilista. Sin embargo, como siempre en la Historia, las cosas no son tan fáciles de explicar. El Renacimiento, como todos los momentos históricos, como la Grecia de Solón y la Hungría de ayer por la tarde, está compuesto de fuerzas distintas, incluso contrarias, incluso opuestas. Es la época del gran empujón de las ciencias y los conocimientos, sí; pero puede que los musulmanes tengan algo que decir sobre algunas cositas que hicieron durante la llamada Edad Media en ese campo. Por lo demás, muy al contrario de esa impresión que se tiene del Renacimiento como una especie de triunfo de la razón, desde muchos puntos de vista es una etapa mucho más santera, mucho más supersticiosa, mucho más irracional, que la Edad Media. Es en el Renacimiento, y siglos posteriores, cuando se quema a las brujas; no la Edad Media. Es el Renacimiento la edad de oro de la alquimia, de los movimientos tipo Rosacruz, de las Monas Hieroglyphica de John Dee; y así mucho.

El Renacimiento, más que una edad en la que la Iglesia católica es puesta en duda, es la época en la que la Iglesia católica implosiona, colapsa bajo el peso de sus contradicciones y enfrentamientos internos; fenómeno que es amplificado por otro elemento de gran importancia de la época, que es el nacimiento de las naciones-Estado donde hoy vivimos; fenómeno que genera una fricción entre poder espiritual y temporal que, como toda fricción, eleva la temperatura social del planeta hasta niveles casi insoportables.

Es importante entender esto, entender el Renacimiento, no como evolución, sino como conflicto (y en este punto yo soy hegeliano: es el conflicto el que genera la evolución, no la evolución la que provoca conflicto), para entender a Girolamo Savonarola; un fraile conturbado por sus ideas milenaristas, un hombre que proyecta en su Misión, a la vez temporal y espiritual, el miedo y la decepción por la vida mundana, provocando lo que puede parecer, pero no lo es del todo, una reacción conservadora. No lo es del todo, digo, porque el mundo del Renacimiento italiano no es tan progresista como lo imaginamos.

Para el hombre del Renacimiento, el orden religioso es de extremada importancia. Rige su vida, rige su economía, rige su libertad. La creencia en Dios Todopoderoso, Señor y Dador de Vida, juega en el hombre renacentista un papel muy parecido al que la democracia y las libertades civiles juegan para el hombre contemporáneo. La religión es fundamental para el europeo siglo XV quien, además, se barrunta que la cosa no va bien. La escandalosa existencia de los papas, su constante imbricación en los problemas del siglo, la aparición de las tensiones entre civiles y eclesiásticos (eso que llamamos anticlericalismo) y el inicio, embrionario, del proceso por el cual el hombre comienza a divorciarse de la Creencia, son retos a los que la Iglesia de Roma responde con escasa habilidad, provocando, como digo, su implosión. Girolamo Savonarola, a mi modo de ver, forma parte de ese fenómeno cuyo elemento más conocido será Martín Lutero. Hay que entender la revolución moral savonaroliana, sus medidas contra la homosexualidad, la blasfemia, su intento de construir una sociedad regida por normas morales muy estrechas, como un resultado de ese proceso; un resultado plenamente lógico y en modo alguno, como pretenden algunos, una especie de rareza facha en el marco de una evolución histórica unívoca hacia el librepensamiento y los caramelos de menta.

La Historia nunca evoluciona en una sola dirección. Aunque, al fin y a la postre, todas las cosas que hace, incluso cuando anda para atrás, acaban construyendo ésta.





El Carnaval de 1496 presenció el primer acto de la nueva Florencia creada por Savonarola. Se había hecho tradición cantar en las procesiones, de signo pagano, cancioncillas que habían sido compuestas por el músico de la corte de los Medici. Henrik Isaac. Sin embargo, Savonarola modificó el sentido de las procesiones, que se convirtieron en una especie de pre-Semana Santa, e hizo que durante las mismas se cantasen salmos.

Tres semanas antes del Carnaval, y sin esperar más porque sabía de lo precario de su situación, había llegado el momento de defenderse en serio. Hizo una llamada desde el púlpito a los padres de la ciudad para que le enviasen a sus hijos y, una vez que éstos aparecieron por San Marcos, creyó con ellos una auténtica milicia civil. Los niños fueron organizados en escuadras, que debían elegir un jefe, cada una encomendada de la defensa de una porción de la ciudad. Como consecuencia, para cuando llegó la festividad carnavalesca, en Florencia se había creado una subclase de niños-soldado, al puro estilo africano, con mano sobre tropas armadas y una misión. Ese ejército de niños con poder fue el que cambió radicalmente el rostro del carnaval florentino. Como algún cronista describió no sin sorna, en realidad nada había cambiado: eran los mismos gichos ladronzuelos de siempre, sólo que ahora robaban en nombre de los pobres.

En cada esquina de la ciudad se elevó un altar. A su alrededor se juntaban los mozalbetes de hogaño, los chulos y rateros del día antes, ahora con una porra en la mano y una enigmática sonrisa en el rostro. Era imposible pasear por la ciudad sin tener que darles dinero. El último día del Carnaval, Savonarola, como siglos después haría el Estado soviético el día del aniversario de su revolución, hizo una magnífica demostración de fuerza: diez mil niños armados, de entre seis y dieciséis años, desfilaron por la ciudad, mostrando su poder. Como una monumental escoba, aquella manifestación de niños barrió de las calles a todos los florentinos y los arrastró hacia el Duomo, donde los esperaba Savonarola. Allí, hombres a la derecha, mujeres a la izquierda, todos aquellos adultos, acojonados por sus hijos y vecinos, “donaron voluntariamente” sus riquezas, sus cubiertos de plata, sus joyas, sus mejores vestidos.

En teoría, la armada infantil se había formado para el Carnaval. Pero fue tal su éxito, que Savonarola la convirtió en permanente (en mi opinión, ésta es una decisión que ya tenía tomada de tiempo atrás). Con el pelo cortado hasta mostrar los orejas (todo un distintivo en la época, que era muy melenuda), los niños fueron clasificados en: pacificadores, cuya función era impedir peleas; correctores, encargados de ejecutar los castigos físicos; inquisidores, o sea espías; y limpiadores de las calles que, en realidad, se ocupaban de limpiar los altares, y poco más.

Conozco un ejemplo posterior parecido al montaje de Savonarola: las bandas armadas de partidarios de Macías que el presidente guineano montó en la ex colonia africana. El resultado, en efecto, fue el mismo. Muy pronto, las patotas de niñatos abandonaron su estilo de buen rollo y Dios te ama y bla, y se convirtieron en los ejecutores de un régimen de terror en las calles. Paraban a las mujeres en las calles y, con el pretexto de que encontraban sus vestidos pretenciosos a los ojos de Dios, las desnudaban y, por el camino, les metían mano (eso en la versión light). Emulando a Jesucristo, llegada la Semana Santa atacaron y destrozaron los puestos callejeros de venta de dulces. Comenzaron a entrar en las tabernas, amenazando a bebedores y jugadores. Para entonces los llamaban Los Muchachos del Fraile. Comenzaron a espiar a sus propios padres, labor en la que implicaron también a los sirvientes de las casas. Para cuando llegó el momento de celebrar la Pasión de Cristo en Florencia, la ciudad vivía en una especie de situación seudoestalinista, en la que todo el mundo delataba a todo el mundo. Los niños inquisidores, por lo demás, caminaban por la ciudad con escolta; niños y todo, si la gente los pillaba solos, les abría la cabeza a hostias.

Savonarola, al llegar la Semana Santa, estaba afectado por la prohibición papal de predicar. En atención a la especialidad de la fecha, la Signoria cursó una petición a Roma para que se le dejase hacerlo. De forma extraoficial (a mezza voce, dice el lenguaje administrativo vaticano), Roma lo permitió, a condición de que moderase sus mensajes; o sea, como en el chiste del cura que odiaba a los catalanes, a condición de que predicase que Judas era de Calatayud. En realidad, esta actitud comprensiva tiene su sentido, pues, con el poder total sobre Florencia, la posición de Savonarola se había consolidado mucho. Incluso se había permitido el lujo de absorber para la disciplina de San Marcos al monasterio de San Domenico di Prato.

El Papa envió a un dominico a Florencia para que le diese verbalmente a Savonarola la instrucción de que predicase sólo con la puntita. Fríamente, el prior de San Marcos le contestó: “Venga a mi próximo sermón, y verá mi respuesta”. Al día siguiente, en el Duomo, Savonarola arremetió contra el vicio y la venalidad de la Puta de Roma como pocas veces. Se montó un discurso indignado de la hueva y, ante los asombrados ojos del mensajero dominico, en los días siguientes hubo que montar un anfiteatro anejo al Doumo, porque no se cabía dentro de la cantidad de gente que venía a escuchar al fraile. Acusó al mando vaticano de haber convertido las iglesias en “establos de putas” (algo de eso hay, por cierto; pocas décadas después, en España, el muy formal Felipe II bramará contra el magreo-cachondeo que se montaba en los templos de Madrid durante la Semana Santa). Acto seguido, profetizó lo peor de lo peor para Italia; habrá, digo, guerra después de hambre, y peste después de guerra. Los muertos habrán de ser amontonados en la calle y quemados… Toda aquella Semana Santa se invirtió en esta propaganda.

De aquella época data, también, las demandas de Savonarola a los artistas florentinos, que eran muchos y muy buenos. Girolamo Savonarola ha pasado al imaginario histórico como un fraile radical que, en su radicalismo, hizo desaparecer obras de arte sin cuento, porque mostraban sin pudor el cuerpo humano. Se dice que sólo algunas obras de algunos artistas, como Sandro Boticelli que era medio partidario suyo, fueron respetadas. La verdad no es tan así. A Savonarola le preocupaba mucho más, por ejemplo, la riqueza de vestidos y joyas con que los artistas solían pintar a la Virgen; “os juro, les dijo, que la Madre de Dios iba vestida como un pordiosero”. El otro gran punto de protesta fue el uso de cortesanos y adinerados como modelos de los cuadros religiosos (y hasta hoy: hace bien pocos años, la cadena SER montó un pollo en uno de sus informativos exactamente por lo mismo: un alcalde del PP había encargado una pintura para la iglesia local, y la artista había retratado a su mujer entre los personajes).

Lejos de ser Savonarola un destructor y obstáculo del arte, como pretenden algunos mitos, la verdad es que no pocos de los artistas de la época le fueron proclives. Lo fue Miguel Ángel, por ejemplo, gustó de leer sus sermones, incluso hasta el final de sus días. Y Boticelli, ya lo hemos dicho. Pero también Cronaca, y Lorenzo di Credi. Dos hermanos della Robbia, así como Bartolommeo della Porta, incluso procesaron en San Marco.

La influencia de Savonarola en Buonarotti, de hecho, llegó a provocarle cierta obsesión. Miguel Ángel vivía obsesionado con la muerte, como le confesó a otro grande del arte florentino, Giorgio Vasari. El artista, probablemente torturado por su homosexualidad, vivía pensando constantemente en todo aquello a lo que debía renunciar para alcanzar la virtud. Lo de Boticelli fue peor. Antes de conocer a Savonarola, era un hombre vital, notable engullidor de meriendas y cenas en la mesa de Lorenzo el Magnífico. Cuando se convirtió, sin embargo, fue tal el arrepentimiento en que se auto-sumió, que casi acaba consigo mismo.

La mayor dureza la aplicó Savonarola con los literatos. Pero, más que quemar montañas de libros, lo que hizo fue prohibir la circulación en la ciudad de los que, en su opinión, eran impíos.