lunes, septiembre 16, 2019

Isabel al poder (2: Enrique, el que a todos contentaba)

Otros escalones de esta escalera:
El reino no es para ti, bonita




Enrique IV de Castilla fue coronado en Valladolid el 23 de julio de 1454. Era el suyo, a los ojos de quienes los tenían para juzgar la situación política de Castilla, un reinado que tiraba a continuista. Enrique tenía edad para haber sido contemporáneo de algunas de las gravísimas escaramuzas civiles que enfrentaron al rey Juan con sus rivales aragoneses; de hecho, en alguna movida se había implicado y había terminado como el gallo de Morón; razón por la cual su mensaje central era el que preside este post: Keep calm and be the King.

miércoles, septiembre 11, 2019

Isabel al poder (1: el reino no es para ti, bonita)

Comienzo hoy otra nueva serie de posts, que discurrirá anchurosa y pacífica como el río Orontes junto al Tigris de la historia de los partos. Así, con la variación, tendréis, más o menos, cada semana una aportación de cada historia, con alguna que otra novedad que ando preparando. Esta serie va dedicada a la subida al poder de Isabel de Castilla, operación que, no hay que decirlo mucho, fue fundamental para la Historia de España tal y como la conocemos.

lunes, septiembre 09, 2019

Partos (2: Tirídates y Artabano)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco


Como suele ocurrir en estas circunstancias, cuando a Antíoco las cosas se le complicaron, se le complicaron bien y a tope. El principal de los problemas que tuvo fue que un sátrapa sirio, a base de ejercer el poder como le daba la gana, acabó por ambicionar la idea de ser él su propio rey, sin sometimientos ni leches. Hablamos del griego Diodoto, gobernador todopoderoso de Bactria. Diodoto tuvo el gesto que hoy, principalmente, nos sirve para conocer las veleidades monarquistas de alguien, esto es, la acuñación de monedas con su esfigie y, de hecho, estableció casi sin problemas su propio poder sobre Bactria, ya que en las satrapías apenas había, por así decirlo, estructuras de poder federal. En el fondo, es bastante lógico que la disgregación de aquella gran Siria, por llamarla de alguna manera, comenzase por Bactria, pues era ésta una satrapía que había sido tratada con mano dulce por los persas, siempre conocedores de las ínfulas independentistas de los bactrianos.

miércoles, septiembre 04, 2019

Partos (1: los súbditos de Seleuco)


Todo el mundo que está algo versado en la Historia de Roma sabe que cuando la vieja tocahuevos interrumpió el paso de Julio hacia el Senado y le advirtió sobre los peligros derivados de los ictus de cuarzo, advertencia que Julio, que ya estaba algo teniente, entendió se refería a los idus de marzo, el valiente general y dictador avant la lettre estaba a punto de dejar Roma. Se iba en una expedición militar muy ambiciosa. El día que Marco Bruto y los de Palacagüina se cargaron al general al que habían dado una categoría con nombre de ensalada, varias legiones habían cruzado ya el Adriático y le esperaban en Asia Menor, convencidas de su victoria. Las crónicas nos dicen que el objetivo de César era someter, de una vez por todas, a los partos.

Varias veces le he preguntado a gente de mi entorno cómo imaginan a esos enemigos del romano. He podido comprobar que la visión general tiende a ver a los partos como probablemente eran entonces los miembros y miembras de otro pueblo que empezaba por p, los pictos. Esto es: tipos en taparrabo, infraevolucionados, brutales, montaraces y sucios. Los partos, sin embargo, estaban lejos de ser así. Eran, en buena parte, los herederos de las civilizaciones mesopotámicas que, no lo olvidamos, ya tenían cagaderos con chorrito cuando los romanos todavía se limpiaban el ojete con hojas de morera. La tradición nos dice que cuando el rey parto Orodes recibió la cabeza de su enemigo romano, Marco Licinio Craso, estaba en el teatro, asistiendo a la representación de una tragedia griega. Por mucho que la anécdota sea más que probablemente espuria, denota que a nadie extrañaba en el mundo antiguo que los partos estuviesen al cabo de la calle de los éxitos del Broadway ateniense. Por eso, porque los partos eran bastante más de lo que habitualmente pensamos, vamos a dedicarles algunos puntitos. Espero que os gusten.

lunes, septiembre 02, 2019

Dictionary wars



Qué: Dictionary wars. The American fight over the English language.
Quién: Peter Martin.
Dónde: Princeton University Press.
Cuánto: 22,86 euros en el Kindle.
Calificación: 8,5 sobre 10.

Llevo toda la vida estudiando inglés. Desde que Miss Susan, el día de su primera clase, me enseñó, a mí y a mis compañeros, que para pedir permiso para salir del aula debía decir may I go to the toilet?, hasta el día presente, no he dejado de estudiarlo. Hace ya mucho tiempo que no lo hago por necesidad; de una de las paredes de mi despacho cuelga un papel que me certifica como bilingüe, y eso es bastante más de lo que necesito para mi vida. Lo sigo estudiando, sin embargo, porque me gusta. O mejor debería decir, me encanta.

Hay otra característica en mi aprendizaje: no he usado la inmersión. De chaval, los veranos en Bradford no eran para mí; si no podíamos pagar una puta cena en un restaurante de la playa de Santa Cristina, menos íbamos a poder pagar un verano en otro país. Las facilidades que aporta la inmersión para un idioma las suplí con estudio y con lectura. Y, la verdad, no me arrepiento. El aprendizaje por inmersión es como la experiencia del usuario de un software; pero el aprendizaje sistemático es como la experiencia de un ingeniero informático. Te ayuda a entender no sólo el idioma, sino cómo funciona. Por qué es así. Es una dimensión más dura pero, a la larga, intelectualmente mucho más venturosa. Hablar un idioma y entender un idioma son cosas diferentes. Lo primero, bueno, puedes llegar a conseguirlo en una vida; para lo segundo, siempre te quedarán pasos pendientes.

Hay otra cosa importante respecto de los idiomas que los, digámoslo de forma políticamente correcta, residentes en España conocemos bien: su dimensión política. La lengua, además de un vehículo de comunicación y de una herramienta para la transmisión de la belleza o del horror, puede ser un arma. Algo que se blande y se lanza contra los adversarios. Como digo, en España sabemos muy bien de qué va esto, nosotros que hemos inventado, en varios estatutos de autonomía (y ante la complicidad de la clase política patria sin excepciones) ese meconio que llamamos "lengua propia". Ése que hace que, legalmente, un gallego pueda decir que el español o castellano es oficial en Galicia, pero que la lengua propia de un gallego es el gallego.

Cualquier persona que atienda a las noticias de la prensa sobre la inmersión lingüística y sus conflictos sabe que la lengua no es un actor neutral en los enfrentamientos políticos. Al mismo tiempo, sin embargo, tal vez le dé por pensar que el inglés, ese idioma imperial que ha trepado en los últimos trescientos años al pedestal donde antes estuvieron el francés, el latín o el griego, el pedestal al que se sube la koiné, la lengua franca de referencia de los comerciantes y de los soldados; el inglés, digo, está por encima de todo eso. Sufre, sí, los embates del gaélico, del galés, del hindi y de todas las lenguas que algún día colonizó; pero como tal lengua no tiene vis política.

Si estás en este error, este libro te sacará de él.

Dictionary wars cuenta, en paralelo o más bien mezcladas, tres historias. La primera de ellas es la historia de cómo los primeros americanos, las primeras generaciones de habitantes de los Estados Unidos que estrenaron nación y proyecto común, lógicamente obsesionados con distinguirse de la metrópoli con la que, la verdad, no terminaron muy bien, también quisieron distinguirse en materia de lenguaje. Como sabe cualquiera que vea pelis en versión original, ingleses y estadounidenses hablan el mismo idioma, pero lo hablan de forma muy diferente. Una de las conclusiones que yo saco de la lectura de este libro es que esa distancia debía de ser mucho mayor, y mucho más perceptible, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Hay una razón para ello, y es que a nadie se le escapa que el perfil socio-educativo medio del estadounidense era, probablemente, mucho más bajo que el del inglés. Estados Unidos, un país de aluvión que, por mucho que ahora se deje llevar por la tendencia de considerar que los americanos sólo deben hablar inglés, tuvo que regular en las leyes de varios Estados, durante todo el siglo XIX, que fuesen oficialmente utilizados idiomas como el español o el alemán porque para amplísimas minorías de entre sus habitantes era lo único que hablaban; América, digo, no se forjó en aquellos tiempos mediante la llegada masiva de ingenieros, profesores de filosofía y neurocirujanos, sino a base de italianos, irlandeses, alemanes, mexicanos y chinos básicamente hambrientos, que aprendían (o no) a hablar inglés o ya lo traían de serie, pero pronunciándolo y usándolo de formas muy diversas. El corolario, en el mundo anglosajón, de un idioma entregado para ser gestionado por un colectivo de habitantes inicialmente de muy baja extracción social es el acento australiano que, en ocasiones, se parece más al checo coloquial que al inglés que exhibe John Cleese en A fish called Wanda.

Traigo a colación el tema de Australia porque, exactamente igual que hoy en día los australianos se muestran orgullosos de sus antepasados ladrones y asesinos, y no pocos de ellos los rastrean con pasión en su árbol genealógico, Estados Unidos levantó y agitó la bandera del inglés hablado por los americanos contra la pureza (bueno, pureza...) del inglés de Inglaterra. E impulsó un proceso planificado de distinción idiomática, un proceso algunos de cuyos apóstoles llegaron a decir, en aquel siglo XIX, que llegaría a ser tan profundo que algún día el inglés de Inglaterra y el de Estados Unidos llegarían a ser idiomas diferentes. Contemplaban con ilusión la posibilidad de que, algún día, a un hablante de York y a otro de Dallas les fuese imposible entenderse (aunque, bueno, reconozcamos que, tal vez, York y Dallas son dos ejemplos demasiado extremos).

El idioma, pues, fue para los estadounidenses un arma arrojadiza, y las escuelas de los Estados Unidos, su campo de batalla. Todo el mundo que ha estudiado inglés sabe que la pronunciación es una carallada del huevo. Es un problema para los estudiantes extranjeros, pero no es un problema menor para los educandos, sobre todo para los más jóvenes; por eso los angloparlantes son tan dados a esos torneos escolares de deletreo, ésos que borda Lisa Simpson; torneos que, la verdad, celebrados en España serían básicamente una gilipollez. Hace ya muchos años, un vicepresidente de los Estados Unidos (quiero recordar que era Dan Quayle, que lo fue de Jordi Bush padre) hizo el ridículo en una visita electoral a una escuela porque, después de que un niño pequeñito había escrito en la pizarra potato, él tomó la tiza y le corrigió escribiendo potatoe y, claro, la cagó. La verdad, para llegar a ser vicepresidente tampoco hay que ser muy listo, pero la anécdota revela bien, creo, el constante conflicto que experimentan los angloparlantes con un idioma que es capaz hasta de colocar el mismo conjunto de fonemas dos veces en la misma palabra, y pronunciarlos de forma diferente (snowplow).

Estados Unidos resolvió ganarle la partida al inglés original con su nuevo inglés en las escuelas. Y, por eso, durante sobre todo la primera mitad del siglo XIX, en aquel país se vendrían por cientos, por cientos de miles, por millones, los diccionarios escolares, las gramáticas y las guías de deletreo o spelling. El país tenía prisa por conseguir que sus infantes asumiesen que from es out of, y tantas otras diferencias, sutiles o no tan sutiles. Pero no era, o no era sólo, un proyecto educativo; era una guerra de posiciones.

Ésta es la primera historia que cuenta el libro. La segunda, más importante, es la vida y obra de Noah Webster, probablemente el creador del diccionario de inglés (americano) más famoso de la Historia; la vida, la obra, y la medida en la que Webster se implicó en este proyecto nacionalista, que hizo suyo y, de hecho, intentó, si no monopolizar (que, la verdad, le habría gustado), sí por lo menos liderar.

Webster se ha convertido en una autoridad y, por ello, lo más probable es que, al empezar a leer el libro, uno se prepara para conocer la historia de un hombre decididamente por encima de los demás, capaz de una erudición muy superior a la de otros hombres de su tiempo. Pero la verdad es que no es así. Dictionary wars tiene la gran virtud de presentarnos a Noah Webster en toda su autenticidad, con sus pros y sus contras, sus muchas luchas y sus incontables sombras. Ante nosotros aparece un hombre para el cual, la verdad, y ésta es una opinión mía, tal vez la labor que se cargó sobre las espaldas lo sobrepasaba; sobre todo porque da todas la impresión de que Webster era mucho peor etimologista de lo que debería haber sido para afrontar la labor de hacer un diccionario definitivo de inglés americano. Además, fue fuertemente criticado por sus propuestas de simplificación ortográfica. Siendo, además, Webster persona de poca inteligencia de negocios, y siendo la labor de publicar diccionarios completos bastante arriesgada por los costes que entonces comportaba, fue hombre que vivió gran parte de su vida en situaciones un tanto comprometidas y, de hecho, tuvo que ser su yerno, Chauncey Goodrich quien, tras la primera publicación del Gran Diccionario, le sacase leche a aquella ubre comprándole los derechos de las ediciones resumidas (que fueron las que se vendieron para los colegios).

El punto más complicado en la vida de Webster llegó en ese momento que se conoció como la guerra de los diccionarios, que da título al libro, y que es la tercera historia del mismo: su enfrentamiento con Joseph Emerson Worcester. Worcester había sido el revisor del Gran Diccionario de Webster en el proyecto de resumirlo y reducirlo, un trabajo que al parecer hizo con elevadas cotas de calidad; pero, en todo caso, ya cuando aceptó el trabajo de la revisión estaba decidido a crear su propio diccionario. La edición, por parte de Worcester, de esta obra, abrió una zanja entre ambos autores, un enfrentamiento que, en el fondo, estaba causado por el diferente punto de vista que tenían: Worcester, menos temerario, era, digamos, conservador, tendente a mantener en muchos casos la vieja pronunciación y ortografía de las palabras; mientras que Webster, aplicado a su labor de americanizar el inglés al máximo, era partidario de hacer muchos cambios.

Cuando Worcester sacó su diccionario y sus obras escolares, Webster se sintió directamente atacado y, primero sin dar la cara, después ya firmando cartas con su nombre, comenzó a atacar a Worcester en la prensa, acusándolo de haberle plagiado en centenares de lemas de su diccionario. De repente, pues, una parcela del saber, terreno en el que es de esperar la colaboración entre expertos, se convirtió en un campo de batalla. Una guerra cuya meticulosa crónica se hace en este libro.

Con todo, los ataques que Webster alcanzó a poder hacer antes de morir acabaron por ser poca cosa. A su muerte, y cuando el legado intelectual de Webster quedó básicamente en manos de Goodrich, es cuando entran a jugar los hermanos Merrian, editores responsables de que hoy al diccionario se lo conozca como Merrian-Webster. Con la intervención de Charles y George Merrian, el enfrentamiento adquiere otra escala porque los editores están mucho menos preocupados por el fondo intelectual de la discusión, y más con conseguir el descrédito de Worcester a la mayor gloria de las ventas de sus Webster. En este punto el libro, en toda su segunda mitad pues, se convierte en una pastoral americana en toda su extensión, un enfrentamiento entre mercaderes y sabios en cuyo fondo está lo de siempre (lo siempre, sí lo de siempre. La pasta. Es que no aprendes...) Es un momento en el que el libro adquiere una tensión inesperada, un tono diferente; que es, precisamente, lo que consigue que el relato buscado sea integral, completo.

Nos encontramos, en suma, ante un libro entretenido que, sin embargo, no por ello deja de desplegar una interesante y exigente investigación histórica. Reconozco que el tema es un tanto elitista (sin ir más lejos, a todos aquéllos de mis lectores que no dominen la angloparla les resbalará, lógicamente); pero es interesante y, como he dicho, está muy bien escrito. Lo recomiendo porque aporta esa cosa que a mí tanto me gusta, que es cuando abres un libro que cuenta cosas sobre algo de lo que no sabes absolutamente nada y, más pronto que tarde, la historia te cautiva.

Además, ejem, no es por dar por culo, pero es que yo tengo un Webster de 1848, de los que monitorizó Goodrich y todavía no editaron los Webster. Y, si no me crees, checa, como dicen los latinos:


lunes, julio 29, 2019

Pericles (15: a modo de epílogo: atenienses, mentiras y libros de Historia)

[Nos vemos en septiembre]

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
El último espich


La gente, normalmente, cuando se imagina la Atenas de Pericles, se imagina una ciudad pequeña, armónica, llena de los edificios que se pueden adivinar en el Partenón, por la que discurren hombres barbados vestidos por túnicas, filosofando o tocando la lira. Sin embargo, como acertadamente han destacado muchos de los estudiosos que se han dedicado a la Historia Social de la antigua Grecia, la Atenas de Pericles se parecía mucho más a una abigarrada zona de la actual Estambul. Pero, la verdad, era una ciudad única.

viernes, julio 26, 2019

Pericles (14: el último espich)

Los que me leéis habitualmente sabéis que mi costumbre es acudir a la cita los lunes y los miércoles, a las ocho si es posible. Hoy, sin embargo, os regalo un post más, que me permitirá dejar el final de la serie pericleana programada para el lunes que viene, tras lo cual abriré mi periodo vacacional, para el que tengo programas dos o tres lecturas jugosas.

En fin, ahí va.

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...



Acabo de decir que, personalmente, creo que el último de los discursos de Pericles que nos relata Tucídides contiene, en mucha mayor medida, las ideas Tucídides habría querido que Pericles expresara que las que verdaderamente dijo. Como he dicho, hay bastantes elementos, creo, para pensar que es así. Y la última y más importante es el epílogo del propio discurso, en el que el historiador nos hace una glosa de la vida de Pericles en la que, la verdad, dice cosas que son bastante complicadas de tragar.

miércoles, julio 24, 2019

El cisma (y 19: las últimas boqueadas)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Partiendo peras


El intento de que los poderes temporales tomasen el control del problema conciliar se concretó en una estrategia por parte de acercamiento de la dupla Castilla-Francia hacia Segismundo. Como he dicho, los intereses de ambos bandos habían sido antagónicos hasta ese momento; pero en ese momento, por así decirlo, les acercaba, si bien no les unía, la preocupación de que la bula papal convocando concilio en Ferrara y la violenta reacción de los reunidos en Basilea abría la posibilidad de que se produjese un cisma, aún de raíces y consecuencias mucho peores que la división que teóricamente se estaba cerrando. Así pues, las partes comenzaron a hablar, con un intermediario de gran importancia que fue Alfonso de Santa María.

lunes, julio 22, 2019

Pericles (13: ahí viene la plaga, me gusta bailar...)

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo

En el año 431, por lo tanto, una masa informe de atenienses de campo, acompañados por lo principal de sus enseres, sus animales y sus pertenencias en general, se abigarró en el espacio existente entre las murallas de la ciudad y el puerto del Pireo, así como dentro de los templos. Este gesto es uno más de los que viene a demostrar que la estrategia bélica es, realmente, una disciplina muy difícil de dominar y que, por lo general, un buen estratega apenas puede aspirar a controlar la mitad de las variables que se mueven en las acciones que diseña. La masificación de atenienses en la ciudad, en unas condiciones de salubridad inexistentes, habría de abrirle un nuevo frente a Pericles: aquél que lo enfrentaba a virus, bacterias y microbios. Se generó una gravísima epidemia que, muy probablemente, mató a muchas más personas que los ejércitos lacedemonios.

miércoles, julio 17, 2019

Pericles (12: Pericles, el demagogo)

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!


La primera intervención de Pericles de la que tenemos testimonios como tal se basó en un discurso duro y de tintes demagógicos, basado en el no es no y en excitar los sentimientos de los atenienses sobre la excesiva prepotencia de los espartanos por su intervención en asuntos como Egina y Megara; cosas que hacían necesario, le dijo el general a sus conciudadanos, que los espartanos entendiesen que “deben tratarnos como sus iguales”.

lunes, julio 15, 2019

El cisma (18: partiendo peras)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil

Al alborear el año de 1436, Castilla realizó un importante cambio estratégico en su embajada conciliar. Gonzalo de Santa María, un miembro más de la muy influyente familia de conversos que había adoptado este apellido y obispo de Plasencia, se llegó hasta Basilea junto con Gutierre de Sandoval para sustituir a un miembro del equipo, Luis Álvarez de Paz, quien fue trasladado a Bolonia. Fue un movimiento muy diplomático, provocado por el hecho de que se había producido una importante novedad en materia de política exterior, que podía e incluso debía dirimirse en el seno del concilio, ya que ahí estaban representadas todas las naciones importantes: Juan de Castilla quería mejorar su presencia en Basilea y también en Bolonia, ciudad papal, para mejorar su capacidad de influencia en torno al conflicto con Portugal sobre la posesión de las Islas Canarias.

miércoles, julio 10, 2019

El cisma (17: los castellanos en Basilea)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil


Las cosas iban de mal en peor. En el concilio, y fuera del concilio, reformadores y pontificios se atacaban continuamente unos a otros. De hecho, estos enfrentamientos se produjeron, en el inicio de 1433, incluso delante del propio rey castellano, quien quedó impresionado por las fuertes disensiones en la Iglesia que demostraban aquellas querellas. El abad de Bonneval había exigido ante el rey castellano un gesto claro de apoyo a las intenciones del Papa mediante el nombramiento de los oportunos embajadores para el concilio; pero la potencia política europea se resistió y, de hecho, las cosas no cambiaron hasta que no llegaron de Basilea noticias de que el Papa había llegado a entenderse con los conciliares suizos.

lunes, julio 08, 2019

Pericles (11 ¡Tora, tora, tora!)

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón

Finalmente, los atenienses asistieron a los corfiotas en la batalla de Sibota, que libraron contra los corintios en el 433, y que lograron ganar. Aquella victoria conjunta le dio alas a los atenienses para ir más allá, y por eso se dirigieron Potidea. Este emplazamiento, situado en el norte de la Hélade, era un caso curioso porque, siendo como era una colonia corintia, era tributario de Atenas, así pues había ya una relación de partida. Los atenienses ordenaron a los poti-potis que echasen de la ciudad a los magistrados corintios.

miércoles, julio 03, 2019

Pericles (10: primero Samos, luego los corfiotas)

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Cuando los colonos ingleses lograron imponerse sobre los primigenios holandeses que se habían establecido en la isla que los indios locales llamaban de Manhattoes, quisieron llamar al lugar donde se establecían en referencia a aquél del que venían, y lo llamaron Nueva York. De haber sabido que su emplazamiento iba a tener el éxito que ha tenido, probablemente lo habrían llamado Gran York. Eso y no otra cosa es lo que hicieron los romanos cuando, a la hora de ponerle nombre a los emplazamientos itálicos sobre los que fueron extendiendo su dominio, comenzaron a conocer al conjunto del sur de la península italiana como Magna Grecia, la Gran Grecia.

lunes, julio 01, 2019

El cisma (16: Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Como ya hemos contado, en el momento en que se producían los enfrentamientos teológicos relativos al cisma en Pavía y Siena, en el principal Estado de Europa, Castilla, se ponía la primera piedra de importancia en la construcción de España a través de la última gran guerra entre la monarquía y la aristocracia, guerra de la que habría de salir, a la larga, un Estado centralizado más fuerte. En ese momento, sin embargo, los infantes de Aragón, claros partidarios del mantenimiento en Castilla de un sistema de poder aristocrático, estaban impulsando a la península ibérica hacia una guerra civil.

jueves, junio 27, 2019

Pericles (7bis: ...y Damón inventó el Estado del Bienestar)

Como acertadamente apreció Alberto MdH, en la serie de Pericles me salté un capítulo. que es éste. Por lo tanto, debéis de tener en cuenta que este texto que hoy os ofrezco va de la siguiente forma:

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón


De las cosas que se dijeron de Pericles poco después de su existencia, o incluso cuando todavía estaba vivo, es difícil no discernir que, cuando menos al principio de su carrera política, no fuera un demagogo con todas las letras. Aunque sobre su carrera política resulta difícil tener datos precisos en ese momento, lo que sí parece claro es que desarrolló una importante carrera militar. Cuando menos a partir del 455, si no antes, Pericles comenzó a ser un visitante usual del alto mando de generales atenienses, ése que Cimón ya había aprovechado en su beneficio antes que él. Mi visión particular (aquí muchas cosas, ya lo he dicho, son hipótesis porque no pueden ser otra cosa) es que Cimón abrió un camino que Pericles supo aprovechar muy bien. En los tiempos cimónidas, cuando menos, los generales atenienses adquirieron un poder de influencia muy elevado. Eran escuchados por la asamblea, y no sólo en lo relativo a las cosas militares que eran lo suyo; en realidad, y puesto que en aquellos Estados permanentemente en guerra todo acababa por tener relación con las cosas militares, los generales eran escuchados en todas las materias. Pericles se encontró ese surco bien trazado, y no hizo sino ampliarlo y profundizarlo.

miércoles, junio 26, 2019

El cisma (15: el concilio de Pavía-Siena)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Se suponía que la elección de un nuevo Papa, en la persona de Martín V (11 de noviembre de 1417) iba a resolverlo todo. Eso, al menos, era lo que decía el guión de Constanza. Pero, en realidad, nada de eso ocurrió, salvo la elección, claro. Martín recibía la misión de reinar sobre una cristiandad que estaba lejos de estar unida, y muy especialmente en Castilla, donde los partidarios aviñoneses se contaban por legión; especialmente en algunas zonas, como Burgos, donde para encontrar un cura de obediencia romana había que fabricar un holograma. Un dato venturoso para Martín, sin embargo, es que por lo menos había conseguido que Castilla, formalmente, se colocase de su lado, ya que la Corte castellana había abandonado a Pedro de Luna. Pero eso no era lo que ocurría en Aragón, donde el rey Alfonso V seguía protegiendo al ex-Papa, encerrado en su castillo de Peñíscola, consciente de que todavía podía ser un activo para él. Desde allí, por ejemplo, el 22 de agosto de 1418 emitirá una bula en la que declaraba cismáticos a todos los que apoyaren las decisiones de Constanza, y jactándose de que tenía el control del clero aragonés y gran parte del castellano.

lunes, junio 24, 2019

Pericles (9: las cosas no salen como se esperaba)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
En el año 454, la orgullosa flota ateniense se da de bruces con la derrota. Bueno, más que con la derrota, con el desastre. Aunque sea un tema que, como otros muchos, no esté del todo claro, existe la posibilidad de que los atenienses perdiesen en aquella expedición la totalidad de su flota de 200 barcos; lo que vendría a suponer que en torno a 40.000 combatientes y marineros perdieron la vida o la libertad.

miércoles, junio 19, 2019

El cisma (14: la cosa se pone violenta)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
El concilio de Constanza estaba en un impasse, que sólo podía romper un movimiento táctico de la delegación castellana. Éste acabó por producirse cuando los prelados españoles desarrollaron algunos contenidos sobre las condiciones mínimas que, en su opinión, debería tener la elección del nuevo Papa. Aceptaron, en este sentido que, de forma totalmente excepcional, dicha elección debería producirse con el concurso combinado de los asistentes al concilio y del colegio de cardenales. Si se garantizaba, pues, que los purpurados participarían de forma muy principal en la elección, entonces se unirían al concilio.

lunes, junio 17, 2019

Pericles (8: Nunca abras dos frentes a la vez)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón

No nos cabe ninguna duda de que, con el tiempo, Pericles logró ganarle la partida a Tucídides Melesiou, puesto que en el año 444 la asamblea ateniense votó su ostracismo de la ciudad durante diez años. La decisión fue clara por parte de los atenienses: cualquiera que quisiera gobernarlos desde entonces, debería partir de la base de que las decisiones relativas al pago de los miembros de jurados, así como la pasta gastada en obras públicas, eran intocables. Y hasta hoy; aunque, la verdad, hay que reconocer que los atenienses, precisamente los atenienses, han despertado recientemente, de forma bastante brusca, de su sueño de 2.500 años.

miércoles, junio 12, 2019

El cisma (13: los cardenales, a lo suyo)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil


El ambiente en que se celebró el concilio de Constanza no era el mejor del mundo, para qué negarlo. La reunión estaba fuertemente influida por Segismundo (porque la Iglesia va de espiritual y todo eso; pero todos los grandes concilios de su Historia han estado impulsados por el poder temporal, y en no pocos de ellos los príncipes lo han mandado todo); pero, al mismo tiempo, la reunión lo era, en una parte fundamental, del colegio de cardenales, que era el gruppeto que había provocado el cisma con sus veleidades.

lunes, junio 10, 2019

Pericles (7: la apoteosis de Efialtes)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¿Por qué los lacedemonios, que la verdad es que han pasado a la Historia más por ser tercos de narices y poco dados a los cambios de opinión, tomaron una decisión tan extrañamente diferente sobre los atenienses? Pues la verdad es que, en esto, como en otras muchérrimas cosas que ocurrieron en aquellos tiempos de la Historia del mundo, tenemos apenas unos pocos datos y un mucho de especulación. Quizá lo más sólido que se puede decir es que algo tuvo que pasar poco después de que los hoplitas saliesen de la ciudad camino de Esparta que hizo que éstos se mosqueasen.

miércoles, junio 05, 2019

Pericles (6: el juicio de Cimón y la estrella de Esparta se apaga)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón

¿De qué se acusó a Cimón o, cuando menos, qué sabemos nosotros de dicha acusación? Aunque pueda parecer lo contrario, y cuando menos por la información que nos aporta Plutarco, Cimón no fue encausado por las acciones de Tasos, que llevaron una fuerte carga de intereses personales; fue acusado de haber sido sobornado para no atacar Macedonia. En el análisis de los acusadores, atacar Macedonia era la consecuencia lógica desde un punto de vista naval-militar, una vez que los temas en Tasos habían sido razonablemente bien. Sin embargo, es aquí, decían los acusadores, donde Cimón se había dejado llevar en exceso por sus intereses personales, pues, contactado para darse la vuelta a cambio de pasta, habría aceptado la movida.

lunes, junio 03, 2019

El cisma (12: Catalina se pone de canto)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Con su terca negativa, el Papa aragonés había creado una situación potencialmente dañina, y patentemente caótica, en Europa. El montaje canónico, eso quiere decir legal o todo lo legal que puede decirse de algo que teóricamente es dictado por un Ente inimputable, que anda por el éter y cuyos designios son inescrutables; el montaje canónico de la Iglesia católica, puesto que lo que es en realidad, es lo que se han ido inventando los hombres según les ha petado con la disculpa de que era voluntad de una Paloma que no habla, tiene innumerables elementos absurdos e incluso incongruentes. Y éste, el que afloraba la actitud relapsa de Pedro de Luna, era uno de ellos; de los más gordos.

miércoles, mayo 29, 2019

Pericles (5: las vicisitudes de la Liga de Delos)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón

Contábamos un día de éstos que el final de la guerra contra los persas no le sentó demasiado bien a casi ninguno de sus protagonistas. Uno de los ganadores que salió finalmente mal parado fue Pausianas, el espartano, quien como sabemos fue acusado de corrupción y posible traición. El hecho de que en el 477, apenas dos años después de terminarse las leches con los persas, Pausianas fuese colocado en la picota pública y en eso que hoy llamamos pena de Telediario, abrió la posibilidad para que los atenienses enfrentasen el liderazgo espartano en la Hélade. Así las cosas, aquel año Atenas y algunos de los griegos jónicos (Asia Menor) habían formado una alianza de nuevo cuño, una especie de Liga Jónica, aunque es más conocida como la Liga de Delos, cuyo objetivo fundamental era plantar cara al aleve persa.

lunes, mayo 27, 2019

El cisma (11: Pedro de Luna pierde pie)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
El 1 de abril de 1407, Benedicto le había dado una concesión al rey de Castilla para cobrar tercias del diezmo eclesial en beneficio de la corona. Esta concesión se hizo por tres años, pero en 1410 fue prorrogada hasta 1412, con lo que la autorización se extendió a Catalina de Lancaster, el infante Fernando y Leonor, su churri. Sin embargo, ya no fue renovada. Los castellanos, sin embargo, siguieron cobrándolas en 1413, pero al año siguiente el Papa quería que esa pasta se gastase en la Iglesia, así pues retiró la potestad (en la persona de Catalina pues Fernando, como hemos visto, tenía otros destinos).

miércoles, mayo 22, 2019

El canto del cisne de la aristocracia española (o cómo echar a un rey a base de bailar)

En el Madrid del siglo XIX, además de algún que otro espectáculo notable como el teatro, la zarzuela o los toros, lo que se podía hacer, y se hacía, era visitar. Los españoles, y muy particularmente los madrileños, de aquella época, tenían una agenda establecida de días y horarios durante los cuales abrían los salones de sus casas para la visita de sus parciales, amigos y socios. En Madrid, las personas visitaban a las familias Fulano o Mengano, y visitar, esto es, ser admitido en según qué tertulias, almuerzos o cenas, era signo de estatus. De hecho, a finales del siglo XIX, lo más de lo más del reconocimiento social era comer en casa de Emilio Castelar. El político republicano no estaba casado y vivía en una casa amplia, creo que en la calle Serrano, con un extenso comedor en el que había una mesa imperial con capacidad exacta para doce cubiertos. Por lo demás, Castelar, hombre muy querido en toda España, tenía corresponsales por todo el país que no paraban de enviarle las mejores viandas, así pues su casa estaba siempre repleta de chorizos, cecinas, arroz, lentejas, la mejor fruta. Comer en casa de Castelar era comer bien y, además, poder contar que uno había sido visto en la mesa del prohombre. Así pues, las mañanas, sobre todo de diario, se consumían en un tira y afloja constante, una competición entre pivotes debajo de la canasta, donde se buscaba conseguir, a codazos o como fuera, uno de los once puestos de oro.

Casi todo lo bueno y lo malo que ocurrió en el país durante aquel tiempo se fraguó en aquellos conciliábulos en los que, si se celebraban en la tarde como era habitual, el chocolate a la taza era el rey, el chisme la materia prima, y los negocios y apaños, matrimonios incluidos, el resultado.

lunes, mayo 20, 2019

Pericles (4: Cimón)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides

En torno al año 470, estos son los hechos que más o menos conocemos, los griegos tomaron finalmente la decisión de exiliar a Temístocles y, posteriormente, lo llamaron para responder por sus cargos.

miércoles, mayo 15, 2019

Pericles (3: Xántipo, Micala, y el coleguita Leotícides)

Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo

Clístenes, mediante sus reformas, se convirtió en el campeón, por así decirlo, del pueblo de Atenas. Sin embargo, este gesto habría de provocar la oposición cerril del otro gran poder naciente dentro de la Hélade, que era Esparta.

lunes, mayo 13, 2019

El cisma (10: los preparativos de Constanza)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Para ambos papas, el año 1408 se había convertido en una tormenta perfecta, dado que prácticamente en todas las monarquías que contaban algo en Europa se había instalado la idea de que había que solucionar el problema de la Iglesia sin su concurso. El colegio cardenalicio de Gregorio XII se reunió en Pisa, mientras que el de Benedicto XIII lo hizo en Livorno; y ambos partidos comenzaron a negociar a la vista de todos para acordar la celebración de un concilio unificado. De Luna, a través de sus terminales, inició negociaciones con los conciliares de Livorno y descubrió, desalentado, que allí todo el mundo contaba con su cese. Como sabemos, su reacción fue refugiarse en Aragón y convocar un concilio con sus partidario en Perpiñán.

miércoles, mayo 08, 2019

Pericles (2: por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo)


En la Grecia clásica no faltaban personas con criterio suficiente como para entender que la Ilíada es un cuento poético. Que Troya, tal vez, fue asediada y tomada por los griegos; pero en esa pelea, definitivamente, no participaron pollos que eran inmortales por todos los lugares de su cuerpo menos uno llamado talón. Sin embargo, la mayoría de los griegos creían esas versiones, las daban por perfectamente ciertas; y no sólo eso, sino que su existencia colectiva se identificaba, en muy buena parte, con el objetivo de alcanzar de nuevo esos momentos pretéritos.

lunes, mayo 06, 2019

Usureros


Una de las cosas que más nos sorprende a los ciudadanos occidentales de hoy en día es el hecho de que en los países musulmanes aún se aplique la sharia, el viejo derecho religioso surgido del Islam. Una de las consecuencias de esta regulación dictada por Dios es que, en los países más estrictamente musulmanes, las instituciones financieras se las ven y se las desean porque, formalmente, tienen prohibido prestar con interés. Es algo, digo, que puede extrañarnos, pero no sorprendernos; pues la verdad es que nosotros, en tanto que descendientes de una sociedad con raíces cristianas, venimos precisamente de ahí. De hecho, en ese tema pocas diferencias hay entre un islamista y un cristiano, pues ambos, en buena teoría, rechazan la usura o, si se prefiere, el préstamo con interés en términos generales.

miércoles, mayo 01, 2019

El cisma (9: la vía conciliar se abre camino)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
No todo, sin embargo, habría de ponerse en contra de los intereses del Papa cismático. El 25 de diciembre de 1406, sin haber podido completar sus diseños de alta política hacia la paz en la cristiandad, el rey castellano Enrique falleció. Detrás de él quedó Juan II, que entonces era un niño, y que por lo tanto tuvo que apoyarse en una regencia, formada por dos personajes de la Corte ajenos y enfrentados prácticamente en todo: Catalina de Lancaster y Fernando de Antequera. Sin embargo, si en algo la Alencastre y Antequera estaban de acuerdo era en su aviñonismo acérrimo. Esto convirtió a Alfonso Egea, el flamante arzobispo de Sevilla, en el gran muñidor de la política religiosa castellana.

lunes, abril 29, 2019

Después de Hitler (y 20: siempre, Polonia)

Batallas anteriores:

El hundimiento
De Krebs a Demnin
El Brezal de Luneburgo
Patton
Ike resiste la tentación
El genocidio praguense
La firma en Alemania

Bueno, la segunda guerra mundial había terminado en el teatro europeo. Sin embargo, guerras tan complejas como ésta surgen como resultado de procesos complejos y, en consecuencia, su resolución final, al fin y a la postre, es algo más que la firma de un papel. Si bien algunos de los actores de Karlshorst hubieran deseado que no fuera así, lo cierto es que la guerra no había terminado del todo. No en todas partes.

miércoles, abril 24, 2019

Después de Hitler (19: las últimas peplas de la rendición)

Batallas anteriores:

El hundimiento
De Krebs a Demnin
El Brezal de Luneburgo
Patton
Ike resiste la tentación
El genocidio praguense
La firma en Alemania

Buena parte de los periodistas en ejercicio en medios soviéticos sabían el día 8 de mayo que algo se había firmado en Reims en plan rendición de los alemanes; pero, obviamente, no escribieron nada porque no recibieron instrucciones en tal sentido. Ese día, sin embargo, sí comenzó a circular de forma, digamos, oficial, la información de que el mariscal Zhukov estaba en Berlín para realizar una firma con Keitel. Cuando las fotos llegaron a Moscú, todos supieron que era el momento de publicar. El día 9 de mayo sería el Día de la Victoria para los soviéticos.

lunes, abril 22, 2019

Pericles (1: un proyecto imperialista)


Muy probablemente, los atenienses podrían haber ambicionado ser una talasocracia, un imperio basado en el poderío marino, bastante antes de lo que lo hicieron. Al fin y al cabo, la Historia de Atenas mira desde muy pronto hacia el Egeo y las islas allí situadas, y concibe todos esos territorios como elementos lógicos de la expansión de la metrópoli continental. Sin embargo, como bien nos cuenta Fustel de Coulanges en su seminal La cité antique, los griegos, en realidad, eran gente profundamente constreñida por su religión, una religión que se basaba fundamentalmente en la conservación de los cuerpos muertos (que no consideraban propiamente muertos y, de hecho, vivían con sus parientes vivos en las mismas casas); por lo que la perspectiva de morir en el mar, ahogados, durante una batalla, no les molaba mucho.

En eso, como en otras muchas cosas, los griegos en general, y los áticos muy en particular, acabaron por evolucionar. En el sexto siglo antes de Cristo, los atenienses ya se habían anexionado la isla de Salamis, una conquista que marcó el inicio de una expansión hacia el noreste, con objetivos en el Egeo y el Helesponto que ser mantuvieron vivos hasta la dominación macedonia (dominación que, obsérvese el chiste gilipollas, fue muy variada). En aquel sexto siglo, Atenas vivió la dictadura conocida como de los pisistrátidas, que ya estuvo, en buena parte, teñida de estos deseos imperialistas. De hecho, en los tiempos por venir, en Atenas habría gobiernos de muy variada naturaleza; pero todos ellos compartirían el sueño talasocrático; pues para Atenas, que, a falta de la Unión Europea que todavía no se había inventado, basaba en buena parte su Producto Interior Bruto en el comercio de granos, era fundamental controlar el Helesponto.

Cito a los pisistrátidas (que gobernaron del 546 al 510 antes de Cristo) porque creo que son muy importantes en el dibujo de lo ateniense. Es cierto que muchos contemporáneos de Pericles ya los veían como lo que fueron, esto es, unos dictadores bastante poco consistentes con el ser de Atenas. Pero también lo es que, como le ocurre a muchos dictadores, en su momento no fueron percibidos como tales; y, de hecho, a los pisistrátidas los echaron de Atenas los espartanos, no los atenienses. Bajo su mando, Atenas se convirtió, en buena parte, en la ciudad poderosa que luego fue, por no mencionar que la etapa relativamente traumática de su gobierno sirvió, a la postre, para que el pueblo llano adquiriese conciencia de su posible papel en la gobernación.

La incorporación al mando ateniense de las pequeñas villas del Ática había comenzado ya en el octavo de los siglos antes de Cristo. Al fin y a la postre, Atenas conseguiría controlar una superficie de terreno tan grande que sólo Esparta sería capaz de competir con ella. Fue, en realidad, un proceso bastante generalizado dentro de la Grecia clásica en aquel periodo; un proceso en el que las ciudades-Estado del territorio que hoy conocemos básicamente con Grecia se aplicaron a una multitud de expediciones colonizadoras, que los llevaron desde las orillas del Mar Negro hasta, como sabemos bien, nuestras costas.

Atenas, de hecho, anduvo tardana en ese proceso. La gran mayoría de sus vecinas ya habían comenzado a explorar el Mediterráneo cuando Atenas seguía centrada, básicamente, en el Ática propiamente dicha. Sin embargo, allá por el 600 antes de Cristo, los atenienses ya se están dando cuenta de que están haciendo un poco el maula; que para defender el Pireo y su modelo de negocio necesitan ir más allá; así pues, ya los encontramos peleando para controlar la región de Sigeion, fundamental para hacerse con la llave del Helesponto.

De hecho, la política exterior ateniense, desde ese tiempo, se centrará en obtener la consiguiente influencia a ambos lados de ese estrecho estrecho sin el cual todas sus capacidades como potencia exportadora de cereales serían nada. Así las cosas, el principal interés de Atenas era lo que luego sería Macedonia y la Tracia septentrional, así como las islas del Egeo. Todo esto creó todo un espíritu ateniense basado en la necesidad de defender constantemente esa presencia de la ciudad-Estado como elemento fundamental de su poder y su capacidad de proveer bienestar a sus ciudadanos. Los atenienses, pues, eran gentes que hacían valer la famosa frase de John Fitzgerald Kennedy: antes de preguntarse qué podía hacer Atenas por ellos, se preguntaban qué podían hacer ellos por Atenas.

Aproximadamente en los cien años anteriores al momento del nacimiento de Pericles, Atenas estuvo en un estado de guerra prácticamente constante, impulsado por sus ambiciones imperialistas y colonialistas. Su gran problema era Megara, una ciudad situada en la hebilla del estrecho cinturón que une el Peloponeso con el resto de Grecia. Ambas ciudades se enfrentaron en una guerra bastante complicada cuyo botín era el control de la isla de Salamis. Los atenienses reclamaron la propiedad de esta isla invocando los poemas homéricos y afirmando que ellos eran los herederos, por así decirlo, de los descendientes de Ajax, ese potente guerrero que formó parte de la tropa griega que tomó Troya y que, por si no lo sabéis, era oriundo de Salamis. Según los atenientes Fileo, el hijo de Ajax, se había hecho ateniense, y de hecho la familia de Cimón, quien sería el gran contrario de Pericles, afirmaba ser descendiente de este Fileo y, por lo tanto, heredera de Salamis. Otros, sin embargo, acusaban a los atenienses nada menos que de interpolación, pues decían que las líneas de la Ilíada en las que más claramente se establece la identidad de Ajax con Salamis habían sido introducidas por Solón para así sustentar las reclamaciones atenienses. Y los más cultivados de entre todos venían a recordar que el papel de Atenas en la guerra de Troya había sido poco menos que decorativo (¿quién se acuerda de Menesteo? Pues fue el campeón ateniense que, según Homero, participó en dicha expedición); lo que no era otra cosa sino la constatación de que el papel de Atenas en la Grecia preclásica había sido más bien poca cosa. Atenas era un parvenu en el mundo de las reivindicaciones griegas, y por eso se vio obligada a jugar el complicado juego de carambolas relacionado con Ajax.

La importancia de la guerra (más precisamente, las guerras) por el control de Salamis queda afirmada por detalles como que tanto Solón como Pisístrato sirvieron en la armada ateniense en estas guerras. Les costó casi un siglo pero, al final del siglo VI, los ateniense habían arrimado el ascua a su sardina, o más bien el Salamis a su Pireo, y habían integrado el territorio dentro de los de su dominio común. Fue la de Salamis la última posesión de Atenas que les aportó, además de nuevos territorios y riquezas, también nuevos ciudadanos.

A mediados del siglo VI se produjo en Atenas la dominación dictatorial de los pisistrátidas. En esa época, Atenas guerreó para controlar Sigeion y también el Chersoneso; de hecho, un ateniense, Miltíades, tío del vencedor de Maratón, se convirtió en el tirano de la zona, inaugurando una dinastía de poder que conocemos como los cimónidas o, en ocasiones, como los filaides. El último de los cimónidas que dominó el Chersoneso fue el propio Miltíades que resultaría ganador en Maratón, y siguió conquistando territorio, pues se hizo con el control de la isla de Lemnos (muy cerquita de Monmforte). Toda esta red de influencias y poder, y teniendo en cuenta que los cimónidas y los pisistrátidas colaboraban muy estrechamente entre ellos, hizo que Atenas consiguiese en aquella época, aproximadamente medio siglo antes de que naciera Pericles, su ansiado objetivo de controlar ambos lados del Helesponto; lo que la convertía, digamos, en algo así como la dominadora del Canal de Panamá o de Suez de su época. Así es como debe de entenderse el salto de poder dado por la polis en relativamente poco tiempo, y que justifica que los atenienses, por lo general, y a pesar de reconocer que Pisístrato había sido un poco mala burra, guardasen un excelente recuerdo de él (imagínese el lector que el general Franco hubiera, durante su dictadura, obtenido para España el control de la Costa Azul francesa, y trate de imaginar cómo influiría esto en su juicio histórico contemporáneo).

Pisístrato, además, fue el responsable de la conquista ateniense de la isla de Naxos. Sin embargo, en algún momento, aproximadamente en el 510, los pisistrátidas fueron expulsados de Atenas, pues nada dura eternamente. Pero dejaron su impronta militarista, porque es un hecho que, con su desaparición, Atenas no cedió en su política de reforzamiento militar. En torno al año 506, por ejemplo, realizaron una expedición a la isla de Eubea, donde tomaron grandes porciones de territorio que hasta entonces habían sido propiedad de la ciudad de Chalkis.

Fue en esta Atenas peleona, talasocrática e imperialista, en las que había de nacer Pericles.

Los pisistrátidas, como ya os he dicho, fueron tiranos de Atenas a mediados del siglo VI y, como una prueba más (por si hacen falta) de que no hay que mirar nunca el pasado con los ojos del presente, que eso no es Historia sino relato (y del malo), los atenienses clásicos siempre contemplaron esos años como una edad de oro. Lo realmente importante, sin embargo, son las consecuencias permanentes que parece dejó aquel gobierno en la ciudad. Parece ser, por ejemplo, que una de las consecuencias permanentes del dominio pisistrátida en Atenas fue la pérdida de poder por parte de algunas familias aristocráticas que hasta entonces habían dominado el momio. Según la mayoría de los indicios de que disponemos, los tiranos de Atenas, entre otras cosas, trataron de construir en la ciudad estructuras centralizadas, ensayando los primeros intentos de exacción tributaria, para conseguir construir eso que hoy nos parece tan natural: la existencia de un poder centralizado, con capacidad económica, que pueda abordar las inversiones y los gastos por el bien común. Los pisistrátidas, de hecho, abordaron diversas obras públicas en la ciudad, en lo que más que probablemente fue un intento de hacer las cosas de manera que esos desarrollos ya no dependiesen, nunca más, del albedrío de las familias dominantes en la ciudad.

Cuando los tiranos cayeron, este modelo, cuando menos parcialmente, se quedó ahí. Atenas, por así decirlo, se había acostumbrado a que existiese un poder centralizado, independientemente de que lo ejerciese un tirano o un cargo electivo; lo importante es que la ciudad ya no estaba dispuesta a cederlo de nuevo a quienes habían tenido, por derecho natural por así decirlo, ese poder de decisión antes del periodo tiránico. En términos actuales que podamos entender, tras la caída de los pisistrátidas se dio el primer paso, pequeñito obviamente, en una dirección en la que no han dejado de avanzar ya nunca los sistemas políticos, esto es, hacia la dominación de la economía de los particulares por parte del Gobierno; pues, a los políticos, tengan en el color que tengan, eso de firmar en el BOE estatuyendo que tienes que hacer esto o aquello, les gusta más que a un tonto un lapicero. Y por mucho que digan, cuando todavía no se han subido al pedestal, que cuando lo hagan van a dejar de presionar el botoncito del mando social luego, cuando llegan, seguirán apretándolo.

Existe otra razón para que Atenas desarrollase, durante el sexto siglo antes de Cristo, una política tan ambiciosa de expansión y poder: la plata. Era la ciudad la única de toda Grecia que poseía minas propias de este metal y, como no quería dejar de tener ese poder, por eso, en parte, se expandió por todo el Egeo, precisamente por las islas que también tenían minas de este tipo. Dado, además, que el descubrimiento de los mejores yacimientos parece haberse producido en plena dominación tiránica pisistrátida, esto explicaría que, desde el inicio de la explotación intensiva de la plata, los atenienses considerasen las minas como propiedad pública (lo que inicia toda una tendencia jurídica, sólidamente establecida, según la cual es subsuelo es público, es de todos; y, por eso, aquél que tiene una mina tiene, en realidad, una concesión).

Esto explica, en buena parte, el proyecto centralizador ateniense: antes del periodo tiránico, apenas se explotaban minas de plata. Éstas fueron perfeccionadas durante la tiranía, lo cual hizo que los pisistrátidas las poseyeran en nombre de la ciudad. Cuando los tiranos fueron expulsados, la ciudad, sin embargo, se había acostumbrado a ser empresaria de la plata, además de que, en puridad, no tenía a nadie a quien devolverle las minas, puesto que nadie había sido su propietario antes. Así pues, se las quedó. Este detallito sin importancia marca, sin embargo, un antes y un después en la Historia de Atenas, pues supone que, de golpe y porrazo, la ciudad accedió a una fuente generosa y continuada de ingresos públicos, con los que, por ejemplo, pudo construir la potente flota con que obtendría resonantes victorias ya en el siglo V.

De alguna manera, pues, el juicio de Pericles debe comenzar por una paradoja: este personaje, que es tomado por mucha gente (muy notablemente por los ignorantes que ni siquiera saben señalar a Grecia en un mapa, pero que aun así se presentan a elecciones y esas cosas) como el epítome de la democracia, fue, sí un gobernante democrático y todo eso. Pero todo lo que pudo hacer, pudo hacerlo porque alguien había sentado las bases socioeconómicas para que pudiera hacerlo; y ese alguien era un tirano o, más propiamente, una familia de tiranos.

La Historia, hermanos, se escribe con renglones torcidos.