viernes, diciembre 30, 2011

Dos amigos de Madrid

Corría el año 1390 en la pequeña villa de Madrid, que entonces distaba mucho de poder considerarse ciudad. Madrid era entonces un villorio acostado sobre sus alcázares, de modo que apenas a un tiro de piedra de lo que hoy conocemos como Palacio Real, el pueblo se disolvía en fincas y labrantías. Cerca de la actual confluencia de la calle Leganitos (o sea, la calle de la huerta) y la plaza de España, había una fuente que con los siglos se llamó como la calle: fuente de Leganitos.

Allí, donde hoy pasan los coches y las personas con rapidez, hubo una vez una finca con huerta, ancha y con una villa antigua, que era propiedad de don Aparicio Guillén. Un día de 1390, el señor de la casa falleció. Al punto, la familia comunicó el evento al prior más cercano, que lo era el de la iglesia de San Martín, en la calle Desengaño, que debe su nombre a un suceso que, la verdad, no está muy claro, para que se presentase allí con dos presbíteros y la cruz, y se llevase el cadáver al cementerio. Entonces, en verdad, lo que se hacía era dejar el oficio de enterradores a los sacerdotes.

Al llegar a la casa, sin embargo, el prior se dio la vuelta y se marchó sin el muerto. ¿La razón? Pues que se encontró, allí, dos hombres y tres mujeres llorando al finado y, con su excelente ojo clínico para esas cosas, el cura se dio cuenta de que los cinco eran judíos.

La costumbre de alquilar plañideros para los funerales es mundial y se pierde en la noche de los tiempos. En el Madrid tardomedieval, este oficio, temporero y un tanto arrastrado como pocos, no era ejercido por cualquiera. Contratar judíos de baja extracción social era una manera de conseguir duelo para el entierro propio y, al mismo tiempo, no tener que rascar el bolsillo. Sin embargo, diez años antes de la muerte de Aparicio Guillén, las Cortes de Soria, ante las presiones clericales que observaban escándalo para la Fe en estas prácticas, habían prohibido estos alquileres. En realidad, la familia Guillén se podía dar con un canto en los dientes pues el prior, al fin y al cabo, se limitó a marcharse, en lugar de denunciarlos. Eso sí, no volvió en tres días, por lo que el muerto se quedó allí, descomponiéndose, hasta que lo vinieron a recoger.

A pesar del relativo sigilo con que se había llevado el tema, finalmente no se pudo evitar que las autoridades se enterasen del asunto, así pues Gabino, el hijo del fallecido, perdió el diezmo de herencia que le pertenecía; aunque su madre logró recomprarlo al ayuntamiento. Por esas cosas, Gabino Gillén quedó heredero de la finca.

Era niño Gabino y se crió allí, viviendo de los réditos que daba la huerta, que cultivaban dos viejos sirvientes. Pero había una persona más allí, Guillén, otro niño de su aproximada edad, también huérfano. Algunas crónicas dicen que Guillén era propietario de la huerta inmediata, otras nos dicen que los dos niños practicaban la propiedad de la misma huerta. Yo tengo por más cierta esta segunda versión. Sin saber muy bien de dónde pudo aparecer el amigo, es probable que el niño Gabino lo dejase vivir con él, y con los dos jardineros, pues su madre murió pronto.

Antonio Capmani y Montpalau, un excelente cronista decimonónico de Madrid, nos cuenta que entre Gabino y Guillén «no había tuyo ni mío, los productos eran de ambos, y luego que crecieron contaban los años por los arbolitos de la huerta (...) paseaban juntos y comían en la misma mesa, reinando entre los dos una misma voluntad»; tanta insistencia sobre el trato igualitario que recibía Guillén me hace pensar que, tal vez, en su origen pudo ser sirviente de la casa.

A 800 metros de la finca, cuatro minutos andando (según Google Maps), estaba la iglesia de los santos Justo y Pastor, dos niños mártires, por cuya historia estaban los infantes, según las crónicas, más que obsesionados, asaeteando a preguntas sobre su vida y milagros al capellán de la ermita. Es posible que los niños fuesen muy beatos, por qué no. Aunque también hay que tomarse esto con cautela. En un mundo como aquel, con bastantes pocas diversiones, y viviendo los infantes una vida bastante modesta, es probable que no tuvieran otra distracción que fantasear con la grandeza de unos niños que se dejaron matar por amor a Dios.

Siendo aún niños o adolescentes los dos amigos, estalló una terrible tormenta sobre Madrid; una tormenta de la que se sabe que se llevó por delante enormes haciendas de la villa e incluso se hizo famosa porque un relámpago dejase ciego a un labriego. Tormenta, al fin y a la postre, que destrozó todos los árboles de la huerta y dejó a los chicos sin medio de vida.

Las crónicas dicen que el capellán de la iglesia de los niños mártires recogió a los dos niños y los ingresó en el colegio de la Doctrina (más conocido como de San Ildefonso, a la postre inventor del soniquete insoportable del día de la lotería), lo cual es curioso porque no son pocas las fuentes que sitúan la fundación de esta institución más tarde de cuando pudieron ocuparla Gabino y Guillén. El cura resolvió rehacer la huerta, cosa que le llevó tiempo; tiempo que no tenían los niños, pues Gabino falleció en la escuela, no sabemos, o al menos yo no sé, exactamente por qué causa.

Guillén volvió a la casa, pero, de nuevo según Capmani, ya no fue el mismo. Echaba de menos a su amigo, y pasaba las horas en la capilla dedicada a los dos niños mártires, rezando por él, hasta que incluso se quedó doblemente solo, porque el buen capellán de la ermita, que los había acogido, también murió.

El cronista incluso insinúa la posibilidad, o al menos a mí me lo parece, de que Guillén se volviese loco o desequilibrado, pues, nos informa, a Guillén «en todas partes le parecía ver y oír a su amigo». Pero sufrió poco; murió al poco tiempo, y nadie dudó de que las enfermedades que lo habían matado eran la tristeza, y la melancolía.

El prior de San Martín, conforme a derecho, se convirtió en propietario del bien intestado. En homenaje a la sólida amistad que allí habían mostrado los niños, llamó a la hacienda de los Dos Amigos, nombre que conservó por mucho tiempo y que quedó legado a la calle hoy situada en lo que fueron sus predios, haciendo esquina a San Bernardino.

jueves, diciembre 29, 2011

Nosotros, y la conflictiva relación con nuestra Historia (notas desde Menéame)

Cierto es que, sin llegar a estar enganchado, soy visitante asiduo del agregador de noticias Meneame. Me parece tremendamente útil poder beneficiarme del trabajo navegador de otros cientos o miles de internautas que, al encontrar cosas en la red que les parecen interesantes o criticables, las pongan en conocimiento de la comunidad para que las vea. Algunos de los posts de este blog, de hecho, han sido colocados en el agregador y dos, que yo sepa, llegaron a ser portada, que es algo que parece que muchos publicantes de internet desean.

La verdad es que no tengo demasiada idea sobre eso del karma de cada participante; ésos sí que son temas que me resbalan un poco. A mí lo que más me gusta de Menéame, como digo, es la posibilidad que me aporta de descubrir cosas que por mí solo no habría encontrado; y los comentarios. Por igual ambas cosas.

No es lo más habitual que en Meneame lleguen a portada noticias relacionadas con la Historia (aclaración: yo sólo sé mirar la portada y la página de las últimas noticias que han sido meneadas), pero cada vez que llega alguna, pincho en los comentarios para leerlos. Asumo que el viajero habitual de Menéame puede ser considerado, de alguna manera, arquetípico de lo que hay por ahí hoy en día en España, especialmente si hablamos de algos de cierta juventud. Así pues, entiendo que los comentarios permiten saber algo sobre la percepción social respecto de los temas históricos.

Hace tan sólo unas cuantas horas, alguien colocó en el agregador una entrevista publicada en La Opinión de Murcia en la persona de Luis Delgado, un novelista histórico cartagenero. Yo no lo conocía, porque entre otras cosas el tema naval no es lo mío y, además, suelo leer no ficción; pero he llegado a la conclusión de que Delgado debe de ser una versión huertana del famoso Patrick O'Brien, autor de la serie de novelas de Master & Commander. Como buen cartagenero, Delgado es un buen conocedor de la Historia naval española y, además, parece estar embarcado (nunca mejor dicho) en la labor de reivindicar la importancia de la Armada patria durante el siglo XIX; que es un siglo, en verdad, en el que da un poco la impresión que nuestros barcos se dedicaron, básicamente, a naufragar; aunque, en mi conocimiento al menos, no le faltan episodios notables, como el de la batalla del Callao, que ya hemos relatado en este blog (para gran cabreo de algunos lectores peruanos, a juzgar por los comentarios) aquí y aquí.

En fin. Aparte de la calidad literaria y/o histórica de los trabajos de Delgado, asunto sobre el que no puedo hablar porque no los he leído, voy a una cosa que él dice en la entrevista: dice que la visión que los propios españoles tenemos de la Historia naval de España en el siglo XIX es injusta y que deberíamos conocer mejor, y admirar más, los episodios de nuestro pasado. Y a este asunto es al que han entrado los comentantes de Menéame a saco, con intervenciones que, como decía, tienen su interés a la hora de analizar la relación que nosotros mismos tenemos con nuestro pasado.

El comentario general que se puede hacer, a mi modo de ver, se resume en una palabra: desconocimiento. De otras cosas no sé porque el que no sabe soy yo; pero de Historia, y de historiadores, en España se habla sin tener demasiada idea. Dice un comentador (todas las cursivas, desde aquí, son mías): «[La Armada] Fue sacrificada en Cuba y se mantuvo fiel a la legalidad republicana en el 36... quizá por ello los reivindicadores de lo militar la reivindican menos». Yo, sinceramente, no sé cuántas librerías especializadas en literatura militar habrá visitado este contertulio; no sé cuántos números de revistas militares o de Historia Militar habrá visto; pero, lo cierto, es que esa afirmación de que los reivindicadores de lo militar pasan de puntillas por la Armada como si no existiese, tiene menos base que el barcelonismo de Iker Casillas.

El desconocimiento básico de la Historia de España aflora en comentarios como éste, que justo es decirlo, ya se lleva un buen ramillete de cebollazos en la propìa página de Menéame: «Es increible que Andalucía haya olvidado que fue un imperio en la edad media mucho mas importante que el español. Es increible que Euskal Herria haya olvidado que fue una potencia cultural durante miles de años en toda europa. Ah eso no cuenta, que son de segunda vaya».

Supongo, pero sólo lo supongo, que el «imperio» andalusí al que se refiere el opinante es el califato musulmán que existió en España por aquellos tiempos. Se basaba, cierto, en el concepto de Al-Andalus; pero alguien debería explicarle a este ser que Al-Andalus y Andalucía son cosas distintas; vamos, que en los tiempos de Abderramán III, por poner un ejemplo, los que hoy se sienten andaluces no tenían sentimiento tal.

Por lo demás, eso de que los omeyas mandaron sobre un imperio más importante que el español, en fin, ni sumando todas las posesiones califales del mundo mundial (lo cual supone cagarse y mearse encima del hecho de que no obedecían a un mando común; especialmente en España, donde existió una cosita que se llamaba reinos de taifas) logra ser cierto.

Lo de Euskal Herria es más difícil de comprender aun, porque difícilmente Euskal Herria puede exhibir realidad alguna datable en miles de años, siendo como es un concepto desarrollado por Sabino Arana, que es un señor que todavía respiraba hace tres o cuatro pedetes. Y lo de la supremacia cultural de los vascones en Europa, es tan, tan, tan cierto, que hubo un tiempo, todo el mundo lo sabe, que en el continente, desde La Coruña hasta Moscú, todo el mundo hablaba vasco. De hecho, sólo una monumental conspiración francmasona puede explicar la Gran Mentira que se nos ha hecho creer en el sentido de que el segundo idioma que dominaba Marco Polo cuando hizo su famoso viaje era el francés, porque era la lingua franca del comercio internacional en aquella época. Lo que hablaba Polo era vasco y, de hecho, cuando llegó a la China, los mongoles le recibieron bailando un aurretxu.

Hay dos teorías para explicar comentario tan jugoso. Una, la menos mala, es que estas cosas las diga el comentante porque se las han contado en un bar, o las ha leído en el prólogo de un folleto. La otra, mucho más grave, es que se las haya contado su profesor de Historia en el colegio. Esta segunda nos llevaría a una conclusión curiosa: no se trata de que a los españoles no nos guste admirar nuestro pasado sino que, simplemente, hemos desplazado dicha admiración; ahora admiramos el pasado de nuestra Comunidad Autónoma y, para alimentar dicha admiración, somos capaces de inventarnos lo que sea.

De hecho, este comentario es jaleado por éste otro: «También es increible que Galicia olvidase que fue un reino muy importante, independiente del Reino de León, en la edad media... cosas de ser de segunda, como tu dices». Comentario en sí muy interesante, porque demuestra cómo, probablemente, actúa cierta Historia, o cierta enseñanza de la Historia, actualmente: apropiándose, por así decirlo, de cosas que pasaron en ciertos territorios. Esto es: si Galicia formó parte de una cierta unidad política (supongo, pero sólo lo supongo, que el posteador se refiere a los tiempos de lo que podríamos denominar, en palabras de hoy, el Estado suevo; pero su referencia a la Edad Media me deja un tanto pijarriba), entonces se concluye: a) que la idea de Galicia como unidad ya existía entonces; b) que fue la idea-motor de la dicha unidad estatal. Con un par.

Comentario igualmente impagable es el del contertulio que tercia: « Otra cosa es que sojuzgar a otros pueblos para expoliar sus recursos sea motivo de orgullo, como defiende este señor». Este pobre señor Delgado se refiere a la Historia naval de España en el siglo XIX; precisamente el siglo en el que todas las colonias españolas, casi sin faltar una, da la casualidad que se des-sojuzgaron. En Historia, confundir años es normal y desde luego perdonable. Pero confundir siglos...

Abundan, también, las intervenciones modelo «dónde vas, manzanas llevo» que, a mi modo de ver, están aflorando una actitud un tanto torpe, de quien quiere atacar la tesis central (los españoles deberíamos admirar nuestro pasado) pero no sabe cómo. Así, otro comentante nos dice: «Bastante tenemos con reivindicar una vivienda digna y un curro que no nos esclavice más de lo preceptivo». Reconozco que es un argumento novedoso: la razón principal para que alguien no conozca la Historia de su país reside en los metros cuadrados de su salón. Debería fijarse este comentante en el pequeño detalle de que, en este mundo en que vivimos, los pueblos que más saben sobre su Historia suelen ser los que menos tienen. Españoles que no saben quién fue Isabel de Castilla los hay a puñaos. Muchos más que kurdos que no saben quién fue Saladino.

Otro comentario del mismo tenor: «Más sorprendente es que en menos de unos pocos meses la gente se olvide de políticos que les han choriceado, puteado, y pisoteado y para más inri les vuelvan a votar, como para estar pensando en la armada». La gallina. Inasequible al desaliento, este comentante continúa: «Y es que en España se nos da muy bien por desgracia, olvidarnos de todo lo importante. Eso sí cosas como : el día, año y alineación de la selección española cuando ganó el Mundial , se la sabe más de media España». Talmente: conocer la personalidad y hazañas de Blas de Lezo es lo mismo que saberse que Juan Señor metió el gol definitivo en el España-Malta. Y olé.

Otrosí dicen los posteadores: «Sin querer renegar de la historia de nuestro país, ya va siendo hora de que seamos un poco conscientes de cual es nuestra situación actual, y nuestro papel en el panorama internacional». De nuevo, nos encontramos con una frase que abrocha dos cosas que no tienen nada que ver. Llevando esta teoría al extremo, en las escuelas españolas debería suspenderse la enseñanza de la Historia cada vez que España dejase de tener silla en el Consejo de Seguridad de la ONU, o perdiese una votación en el Consejo de Ministros de la Unión Europea.

Otra técnica típica de quien quiere criticar pero no sabe muy bien cómo, postura que como he dicho es muy normal cuando se habla de la Historia de España, es hacer juicios de intenciones de quien habla: « Yo no he "olvidado" eso de que España tuvo una gran armada pero no voy por ahí con camisetas con mensaje y cantando consignas con un megáfono [que hemos de entender que es lo que hace Delgado con sus declaraciones]. Es que me imagino al hombre este pensando cada vez que se cruza con alguien "mira, otro que se ha olvidado de que fuimos un imperio ultramarino». Ya. Puestos a imaginar, todos podemos imaginar cosas de todos.

El fondo de la cuestión, en todo caso, es prístimamente planteado por otro comentario. Éste: «Una cosa es conocer la historia, algo totalmente recomendable, y otra ensalzar las gestas y conquistas militares del siglo XIX. Aquí, afortunadamente, estamos vacunados contra esas tonterías que no llevan a ningún lado (bueno). Francamente, es una de las cosas que más aprecio de la cultura española, lo crítica que es con sus propios héroes añejos salvapatrias, ya que la crítica racional es la única que nos deja ver lo más parecido a la historia real, a lo que pasó realmente. Lo otro es autofelación y sólo lleva a mentiras y brazos en alto».

Entiendo que lo de los brazos en alto se refiere al franquismo; porque es práctica bastante habitual de todos aquellos que, como este comunicante, disfrutan de la «crítica racional» que se practica en España sobre su Historia que confundan todo régimen totalitario de derechas con el fascismo; lo cual es una gilipollez de libro, dicho sea de paso. Pero, bueno, en Historia lo importante no es conocer los hechos, sino ser suficientemente crítico con los propios héroes añejos salvapatrias. Lo que no sé es qué pensará este comunicante sobre la actitud que España debe de tener respecto de héroes de su Historia tales como Lluis Companys o Rafael Casanovas, por poner un par de ejemplitos.

Digo que en este mensaje está la raíz de la cuestión porque refleja, una vez más, lo extraña e increíblemente apegados que seguimos viviendo en España, casi 40 años después, al franquismo. El pilar maestro ideológico del franquismo, el falangismo, hizo del pasado de España, que calificaba de imperial y glorioso, uno de los leiv-motiv de su formulación. Así llegaron aquellas salidas de pata de banco en las que se calificaba a España de martillo de herejes, espada de Trento y no sé qué cosas más. Cuando Franco va y se muere, se supone que lo que hay que hacer, inteligentemente, es olvidarse de eso y construir con criterio propio. Pero eso, a lo que se ve, no es lo que hemos hecho. Lo único que hemos hecho ha sido continuar el franquismo, sólo que le hemos dado la vuelta: ahora lo que antes era bueno es malo y lo malo, bueno. Ahora resulta que, un suponer, Buenaventura Durruti, que era un asaltador de bancos que propugnó la creación de un régimen egalitario en Aragón en el que se repartieron más de tres y más de cuatro hostias, es un santo varón revolucionario. Y, sin embargo, un señor cartagenero que se atreva a decir que es intolerable que España no admire a sus marinos del siglo XIX es alguien que está alimentando «mentiras y brazos en alto». Un facha, vaya.

Nunca dejará de sorprenderme la medida en la que un viejo que se murió en 1975 sigue gobernando nuestras vidas y nuestra forma de pensar.

lunes, diciembre 26, 2011

Impuestos en España (hasta los Reyes Católicos)

Informo a la amable audiencia de este blog que el pasado sábado Papá Noël tuvo el detalle de dejar al lado de mi calcetín la última toma de Call of Duty. Por el dicho motivo, mi intensidad bloguera se verá resentida, porque la carne es débil y yo, al fin y al cabo, tengo que alimentar a esa parte de mí que todavía tiene doce años. No obstante, trataré de responder en fondo y forma al ritmo habitual de posts del blog. A ello, ya lo puedo anunciar, me va a ayudar Tiburcio el año que viene con un post de gran, gran calidad.

En fin, al torrao.

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Seguro que piensas que pagas muchos impuestos, y demasiado. Ni te culpo ni te desmiento. Algunos economistas dicen que el 9% del PIB marca el techo de lo que se puede llegar a cobrar en impuestos; pero, sea como sea, el Estado, cualquier Estado, se aplica siempre en alcanzar esa frontera en la medida de lo posible.

Este post no busca demostrarte que pagas muchos impuestos, ni pocos. Sólo pretende demostrarte que esto de pagar impuestos es tan antiguo como las sociedades mínimamente organizadas. En éste y en otros posts futuros, iré desarrollando las principales figuras fiscales de las que al menos yo tengo noticia para que te puedas ir dando cuenta de qué va la movida. O, más bien, de qué iba. Mejor dicho: de qué sigue yendo.

La historia de las naciones, como tal, es una historia impositiva. Si los Estados centralizados nacen y se reproducen, es por la necesidad de recaudar impuestos con eficiencia. Los impuestos están ahí para hacer fuertes a las naciones. Y, como Hispania ha sido una nación fuerte de tiempo atrás, de tiempo atrás está gravada con impuestos.

En la España romana, como es lógico, se cobrarían los mismos impuestos que gravaban al resto de la república o el imperio. Por lo tanto, hemos de entender que se cobraría la indicción, un impuesto sobre la renta de la propiedad rural; así como la superindicción, un impuesto especial recaudado en momentos de especial necesidad por parte del Estado (o sea, cuando había hostias). Para recaudar este impuesto, la propiedad rural era censada cada quince años.

Los agricultores pagaban la vigésima, o contribución del 5% de sus cultivos. Y era ésta una tasa fundamental para el funcionamiento de Roma, porque se pagaba en especie, y es, por lo tanto, la contribución que permitía la supervivencia de uno de los pilares de la civilización romana desde la Lex Frumentaria de los Gracos, merced a la cual el Estado facilitaba a los ciudadanos trigo a precio político. Medida ésta que fue la que alimentó durante siglos al lumpenproletariado romano, hacinado en barrios como la Subura, permitiendo con ello la pervivencia del régimen político hípercensitario, en el cual sólo eran políticos los patricios con pasta.

Romano es también el impuesto de sucesiones, del 5%, aunque dejó pronto de cobrarse a las sucesiones entre parientes cercanos, así como a las herencias medias y pequeñas. Existía el IVA en Roma, en forma de un impuesto del 1% sobre las ventas, así como una especie de IRPF: la capitación que, sin embargo, se aplicaba sólo a los hombres libres, los cuales la repartían, asimismo, entre los colonos que explotaban sus tierras.

Aquellos labradores que trabajaban tierras cedidas por el Estado pagaban el ager publicus: un décimo del grano cosechado y un quinto de la leña cortada. En lo que se refiere a cobros públicos ligados a los monopolios, el principal, en el caso de Roma, era el impuesto derivado por operar en el comercio de sal, establecido como de titularidad estatal.

Como podemos ver, los romanos, como civilización muy compleja, cobraban también un número elevado y complejo de impuestos. En España, la llegada de los godos dio un giro a esta situación, aunque sólo en parte porque, como es bien sabido, los reyes visigodos permitieron que los hispanorromanos mantuviesen su organización e instituciones, con lo que se creó una sociedad dual: por un lado, los antiguos hispanorromanos seguían pagando impuestos; y, por otro, los godos casi no pagaban nada, porque, al ser la corte visigoda pequeña y sencilla, no reclamaban los reyes demasiados ingresos. Los reyes godos, por lo tanto, vivían de los productos de las tierras que les habían tocado, de los impuestos pagados por los ciudadanos hispanorromanos, y de una pequeña contribución de sus pares, llamada eudo. El Fuero Juzgo prohíbe que romano pueda vender tierras a godo, en una medida que, claramente, está buscando evitar que la producción agrícola que está pagando impuestos deje de hacerlo.

Existían algunos impuestos ligados a la situación de cada momento, como las angarias y los bagages, pero los sucesivos concilios de Toledo se preocuparon mucho de que los obispos refrenasen su imposición (probablemente, como medida anticorrupción).

Esta estructura permanece básicamente inalterada hasta que estos godos originales, convertidos en reyes cristianos de la Reconquista, comienzan a gobernar sobre un terreno cada vez mayor, lo que les obliga a realizar crecientes exacciones fiscales para poder financiarse. Así pues, los tiempos de la primera reconquista generan una muy variada casuística fiscal.

Empecemos por la justicia, por la cual el rey se hacía dueño de multas impuestas a los súbditos por causas diversas.

La moneda o señoreage, que era un impuesto que cobraba la corona por acuñar moneda.

La fonsadera era un impuesto pagado por aquéllos a los que el rey concedía tierras en las zonas reconquistadas y que, al ser llamados a guerrear con él, preferían no ir y equilibrar su obligación en metálico.

Tampoco podemos dejar de citar los yantares, que eran servicios y pagos que tenían que hacer los pueblos de la zona donde se encontrase el rey y/o su familia (piénsese que entonces la Corte era poco menos que nómada) para mantenerlo. Esta contribución debió dar para protestas bastante ruidosas, porque Juan II de Castilla retiró a la reina y al príncipe el derecho a reclamar yantar por su cuenta y, al tiempo, eximió a los pueblos de menos de 100 habitantes de pagarla. Los yantares estuvieron en vigor hasta que las Cortes de Castilla establecieron un estipendio anual fijo para la Casa Real.

Según el Fuero de León, aquellos taberneros que hubieran de servir al rey, por encontrarse éste en su ámbito de residencia, le tenían que pagar seis dineros por día, a cambio de lo cual, durante el tiempo de servicio, el rey les mantenía, tanto a ellos como a sus asnos; los panaderos habían de pagar una pieza de plata cada semana, y los carniceros venían obligados a satisfacer un convite para todo el Concejo de la población; el fuero 37, por último, establece la obligación de toda mujer de amasar pan para el Rey, aunque exime a las féminas que no sean siervas. Eso sí, de amasar pan o amasar otras cosas para Urdangarín, no dice nada.

El rey se hacía dueño, asimismo, de los bienes de los condenados a muerte, salvo en algunas poblaciones que, como Córdoba, tenían fuero para conservarlos. Este derecho fiscal era una fuente de corrupción en sí misma; por ejemplo, no pocos historiadores consideran que Isabel de Castilla, a la hora de impartir justicia, solía tener cierta tendencia a apiolarse a acusados que tuviesen pasta, porque de esa manera financiaba las campañas de reconquista de su marido.

La martiniega era un impuesto que se cargaba sobre las tierras entregadas por la corona con dicho gravamen (una especie, por lo tanto, de ager publicus, que muchos nobles no habían dejado de cobrar en los tiempos feudales). Su nombre deriva de que su tasa era 12 maravedíes por cada plebeyo residente en el dicho terreno el día de San Martín. Asimismo, la marzadga era un impuesto satisfecho por los explotadores de las behetrías a sus señores; pago que se realizaba en marzo, de ahí el nombre.

También existía, en aquellos tiempos tardomedievales, un complejo sistema de impuestos de sucesión. La mañería era un impuesto que se pagaba por los que morían sin sucesión, incluidos los clérigos y frailes; consistía, simplemente, en que los bienes del mañero fallecido pasasen a manos de la corona, o del señor de las tierras donde residiese. Por mor de la aubana, albana o albinagio, el rey se quedaba con los bienes de un extranjero que falleciese en Castilla sin haberse naturalizado castellano o, aun habiéndolo hecho, no testase a favor de un castellano o extranjero naturalizado; este derecho, por cierto, existía en casi toda Europa, y en Francia no fue abolido hasta la Revolución Francesa.

Los moros residentes en Castilla satisfacían la morería, así como la aljama o judería los judíos. La base imponible de dicho impuesto era la protección prestada por el rey a estos ciudadanos, aunque, la verdad, mucho, mucho, no los protegía. Moros y judíos pagaban, asimismo, la alfarda, alfardón o lafardilla, que se les imponía por permitirles el rey vivir en sus tierras. Los moros, asimismo, pagaban los llamados diezmos morunos, de los cuales el principal era el alfarafe.

La almocatracía gravaba la producción textil lanera, motivo por el cual los vestidos debían llevar el correspondiente sello (como hoy en día las cajetillas de tabaco, por ejemplo).

Por supuesto, cuando se habla de la recaudación impositiva en los tiempos tardomedievales, no se pueden olvidar los montazgos, pontazgos o portazgos, todos ellos impuestos por el tráfico aduanero entre provincias, ciudades y aun pueblos.

Todos los citados eran los impuestos regulares, sobre los cuales los reyes castellanos podían pedir ayudas o pedidos de carácter extraordinario; o la moneda forera, un pecho quinquenal que cobraba el rey sobre sus tierras.

Las necesidades crecientes de los reyes de la Reconquista les obligaron a sumar diversos impuestos. Así, en el siglo XIII nacen los derechos de cancillerías, especie de tasas cobradas sobre actos de la Administración (gracias, títulos, nombramientos…)

De tiempo muy antiguo, además, se cobraran en la Castilla cristiana los diezmos, tal y como prescribe la Iglesia. Durante mucho tiempo, Corona e Iglesia se repartieron este impuesto, hasta que el concilio lateranense prescribió la naturaleza plenamente eclesial de este impuesto. A partir de ese momento, los reyes españoles iniciaron un lobby superpresionante sobre Roma para que se aceptase una participación de la corona en estos dineros, que suponían una recaudación muy regular, dado que nadie o casi nadie osaba no pagarla y enfrentarse a los fuegos del Infierno. Finalmente, el papa Alejandro II reconoció que dos novenas partes del diezmo debieran corresponder a la corona, momento a partir del cual esta exacción comenzó a conocerse como tercia real.

Con todo, en esos tiempos es cuando nace quizá el impuesto más importante de la Historia fiscal española: la alcabala. Era la alcabala el IVA tardomedieval, y gravaba un porcentaje sobre las ventas producidas. Es bastante claro que el origen de la alcabala es está ya en Roma pero, en lo que a León y Castilla se refiere, se puede decir que nace formalmente en 1342, año en el que las Cortes le conceden su recaudación a Alfonso XI para que así pueda financiar el sitio y toma de Algeciras.

En 1393 la alcabala pierde su carácter coyuntural pues, en la declaración de mayoría de edad de Enrique III por las Cortes de Madrid, éstas declaran: «El reyno vos otorga alcabala veintena, que son tres miajas al maravedí é mas seis monedas por este año, é face cuenta que montara la alcabala veintena doce cuentos é mas las rentas vuestras viejas, que son foreras é salinas, é diezmos de mar e tierra, é juderias, é morerias, é montazgos, é portazgos, é algunos pechos tales, siete cuentos, é tienen que es asaz». Al declarar las Cortes, pues que el reino consideraba «que es asaz» la recaudación de las rentas del rey más la alcabala, venía a integrar dicho impuesto dentro de los de recaudación continuada. Y hasta hoy.

Las Cortes de Burgos que concedieron alcabala a Alfonso XI la establecieron en el 5%. Los Reyes Católicos la subieron al 10%. En 1539, las Cortes de Madrid la llevaron a su primer tipo de nuevo. No sé por qué motivo y medio, a finales del siglo XVIII era del 14%, y fue reducida a la mitad, y al 4% cuatro años más tarde.

¿Más impuestos? Pues sí. Cada vez que un rey castellano se casaba, los vecinos de la nación pagaban 150 millones de maravedíes, impuesto denominado chapín de la Reina. Asimismo, el alesor, impuesto que se pagaba al propietario de un terreno en el que se levantaba un edificio, se satisfacía a favor del Estado (o sea, el rey) cuando el edificio se construía sobre tierra recuperada a los moros.

La maquila, que era la porción de grano que el molinero tomaba por sus servicios, también sirvió de base para crear una proporción de lo producido para el rey (maquila del Rey, pues).

Las leyes leonesas, asimismo, establecían una contribución anual de los viticultores al rey, consistente en «tres buenos cueros con sus arretas de sebo».

Los censos, que yo interpreto algo así como exacciones sobre la propiedad, eran de muchos tipos: silvático (sobre los bosques), montático (montes), pascuario (pastos), annonario (sobre las tierras de pan llevar, o sea cerealeras); censos paráticos, mansionáticos, también llamados fredas, paradas o albergas, satisfechos por los posaderos. Censos estáticos o estaciones (pagados por los tenderos). Así como el censo portático, también conocido como carrigamiento o tragina, que era una exacción pagada en aduana de acuerdo con la carga llevada.

Puesto que el censo pudiera ser pagado por el arriero, el carretero o un peón, tenía distintos nombres: respectivamente, tasca, censo rotático o pedaje. Cito esto porque entiendo que es de la última acepción, es decir de la tragina pagada por un peón, de donde viene el término peaje.

Y, bueno, preparar los bolsillos, que otro día los iré rascando. Especialmente, atentos los zaragozanos, valencianos y catalanes, que a la próxima iremos, seguramente, con el reino de Aragón.

viernes, diciembre 23, 2011

Algunas notas sobre la longevidad del franquismo

Tras lo escrito, y sobre todo lo comentado, con ocasión del último post de la serie sobre Franco y el poder, me siento poco menos que con la obligación moral de escribir algo sobre el asunto que se apuntaba en el epílogo de aquellas notas, y que ha despertado el interés de varios lectores: la cuestión de qué elementos podemos encontrar que expliquen la extremada longevidad dictatorial del general Francisco Franco.

Sin menoscabo de otros factores que han sido ya señalados en dichos comentarios o lo puedan ser en el futuro, yo veo las siguientes cosas.

El enemigo. Todas las dictaduras longevas tienen, si os fijáis, un enemigo. Un Godzilla que les permite vivir de la amenaza de que algún día surja el lagarto del mar y haya que matarlo. La URSS sobrevive a los primeros tiempos de la revolución porque Stalin tenía un enemigo llamado Hitler y, posteriormente, otro llamado Estados Unidos, que legó a los siguientes secretarios generales del PCUS. Es el mismo enemigo que tiene Fidel Castro. Casi el mismo que tiene Corea del Norte. El mismo que tenían todos los países europeos que, en el Congreso de Viena, detuvieron bruscamente el reloj de la evolución sociopolítica, regresando a eso que llamamos Antiguo Régimen a base de agitar frente a sus pueblos la bandera negra de la Revolución.

El primer elemento del franquismo es el enemigo. Alimentado por su propaganda, por su historiografía, pero también alimentado por el propio enemigo. Y, ¿por qué? Pues porque el franquismo contó con

La excesiva duración de la República. ¡Coño! ¿Excesiva? ¡Si sólo duró tres(cinco; me lié con mis propias cronologías) años! Pues sí, excesiva.

Hay dos tipos de hechos o vivencias. Los del primer tipo o los olvidas o te dejan un recuerdo vago que apenas influye en tu evolución. Los del segundo tipo son, o tan traumáticos, o se producen con tanta permanencia, que su huella es indeleble e, indefectiblemente, cambian tu cosmovisión y tu forma de ver la vida para siempre. Por ejemplo: una persona puede vivir una crisis de precios inmobiliarios, digamos, corta. En su país hay una recesión y durante un año o dos, los precios de los pisos se estancan o incluso bajan. Eso le jode, pero si a los dos años la cosa se recupera y los precios vuelven a subir, en diez o quince años esa persona probablemente habrá olvidado que una vez los precios bajaron. Pero si los precios bajan mucho, o durante mucho tiempo, o ambas cosas, nunca lo olvidará. Nunca volverá a confiar en el ladrillo para meter sus ahorros. Se ha generado un cambio de actitud permanente.

Claudio Sánchez Albornoz, una voz que no se puede considerar sospechosa de franquista, entre otras cosas porque pertenecía a una recia familia abulense con notable patrimonio que lo perdió todo, absolutamente todo, el 1 de abril del 39; don Claudio, digo, decía que lo mejor que le podía haber pasado a España es que el golpe de Estado del 36 hubiese triunfado en 72 horas. Nos habrían fusilado a unos cuantos, decía, pero España no habría tenido que sufrir 40 años de comida de mocos. Si hubiese pasado lo que Albornoz decía, estaríamos ante una crisis relativamente corta, capaz de no dejar huellas indelebles en el sentir colectivo. Sin embargo la guerra duró tres años, durante los cuales el odio hirvió hasta temperaturas dignas del núcleo de una supernova, y el efecto fue permanente.

Yo discrepo con don Claudio. Si la guerra hubiese durado sólo 72 horas, para mí los únicos dos cambios sobre la Historia vivida que se habrían producido sería que a Franco no le habría dado tiempo de ser generalísimo (luego no habría sido, por lo menos en primera lectura, el jefe del Estado); y que José Antonio Primo de Rivera habría sobrevivido (neto de alguna matanza desesperada en Alicante, claro). Pero más allá, punto pelota.

Los conspiradores del 36 llevaban en el libro de instrucciones, bien clarita, la intención de fusilar a todo bicho viviente que oliese siquiera remotamente a activista rojo. Yerra, o erraba, Sánchez Albornoz con su impresión; no habrían sido 200 o 300 los fusilados, sino los mismos 40.000 que fueron (contando con la inexistencia del exilio, en realidad muchos más), porque la República había colocado a la sociedad española en una dinámica «o tú, o yo», y esa cosmovisión estaba ya indeleblemente impresa en la sociedad.

El marxismo y, en menor medida, el bakuninismo (así pues, no exactamente todo el anarquismo) es extraordinariamente importante en la Historia de la Humanidad por varias cosas, y una de ellas, para mí la de mayor importancia, es la introducción, o resurrección, de la filosofía exclusivista: la forma de ver el mundo según la cual la supervivencia de los buenos sólo es posible aplastando, eliminando a los malos. Ésta era una filosofía clara en mundo antiguo (los vencidos eran masacrados, o esclavizados) y que adoptó la Iglesia católica con las herejías. El marxismo la retoma y la aplica a la dialéctica política: no hay más forma de implantar la justicia social y bien común que haciendo que la clase de los buenos, la clase obrera, no sólo tome el poder, sino que aplaste o haga desaparecer a la clase de los malos, la burguesía. Por eso se habla de democracia obrera, de justicia popular, de gestión popular, etc. Todo eso quiere decir: elementos de la vida social y política, democracia, justicia, gestión, en las que a la burguesía se le niega incluso el derecho a existir.

En ese choque de trenes entre marxismo y fascismo que es el primer tercio del siglo XX en Europa, a España le toca lidiar, fundamentalmente, con el marxismo. El fascismo, entre el 31 y el 36, es una amenaza que nunca llega; si tan fascistas eran las derechas republicanas, en el 34, tras sofocar el golpe de Estado revolucionario llamado Revolución de Asturias, habrían cerrado las Cortes, fusilado a Largo Caballero, ilegalizado los sindicatos, el PSOE y el PCE y, por supuesto, jamás habrían permitido que las elecciones del 36 se celebrasen. Que tenían gente a la que le iba esa marcha no se duda; Francisco Franco era su jefe de Estado Mayor.

Hoy es el día, año 2011, que si alguien, sea de derechas, de izquierdas o mediopensionista, ve a un tipo por la calle agitando una bandera republicana tricolor, automáticamente asume que esa persona es de izquierdas. Muy de izquierdas, quiero decir. Esta asunción es la traza que nos queda, 70 años después, de la huella indeleble que la República dejó en la sociedad española, una huella que identifica la República con una parte minoritaria de su desarrollo.

Una vez hice un ejercicio matemático que me resultó bastante curioso. Yo no sé si alguno de mis lectores está familiarizado con el concepto de vehículo/kilómetro. Es la medida de tráfico más normal y parte de la base de que el tráfico no se puede medir según los vehículos que se mueven, porque unos se mueven para ir a la esquina de enfrente mientras que otros cruzan España entera. Por lo tanto, se utiliza la medida de vehículos/km. Un coche que recorre 100 km equivale a 100 vehículos/km.

Basado en esta metodología, me hice el cálculo de ministros/día, por partidos. Esto es, un ministro que lo fue durante tres meses equivale a 90 ministros/día. De esta manera, sumando ministros, trataba de hacerme una idea de qué partido acumulaba más.


Para sorpresa de propios (hasta ahora, no le había enseñado este gráfico a extraños), resulta que es el Partido Republicano Radical de don Alejandro Lerroux el que acumula más ministros/día en la República o, si se prefiere, el que toca más poder, cuando menos oficial. Aún poniéndonos a sumar quesitos de los diferentes partidos de la izquierda burguesa y sus múltiples escisiones, en mi opinión es muy difícil eliminar la sensación de que la República fue, básicamente, gobernada por los radicales y los que la historiografía viene considerando políticos independientes, de variado pelaje.

La duración de la República, yo diría que más allá del 34, ha cambiado esta impresión; como la ha cambiado, sobre todo, el desarrollo de la guerra civil, donde aparece, y éste es un concepto que manejó mucho la historiografía franquista, a mi modo de ver esta vez con acierto, algo que deberíamos denominar la III República: una república gobernada por quienes, en realidad, no habían gobernado la II y que, como no puede ser de otra manera, la gobernaron de otra forma. Y no sólo la gobernaron de otra forma, sino que se aplicaron a una operación de propaganda destinada a convencer: primero a ellos mismos; después al resto de los españoles; y, finalmente, al mundo mundial, de que en la Historia de España no había habido más república que ellos. Mediante este trile ideológico, bastante típico de las estrategias propagandísticas de la URSS de la época por otra parte, un régimen de bastante escasa calidad democrática (un país en el que, como acertadamente señaló su ministro de Justicia en un informe bien conocido, no se practicaba la libertad de religión; o en el que se presionaba a las embajadas para que devolviesen civiles, sin negar en momento alguno que el motivo de la reclamación fuese fusilarlos); en un país, digo, con bastante baja calidad democrática, se reivindicase apoyo en su favor for the sake of democracy.

La II República española nació como un sueño muy bello. El discurso de Niceto Alcalá-Zamora, entonces primer ministro, en la apertura de las Cortes Constituyentes, es, a mi modo de ver, una de las obras cumbres del parlamentarismo español y la mejor expresión de los porqués del surgimiento del sueño tricolor. Pero quien lo lea no encontrará ahí las líneas del revolucionarismo obrerista de la época, mucho menos las trazas del sueño ácrata o anarcoide; no puede encontrar tales cosas en las palabras de un político que había sido dos veces ministro del rey.

La II República la trajeron las derechas republicanas. Por eso vino como vino, porque si Alfonso XIII hubiese tenido la sensación de que tomando el portante camino de Cartagena dejaba el país en manos de los marxistas o los bakuninistas, de seguro habría hecho caso de su ministro La Cierva, el único que, en su último consejo de ministros, le conminaba a quedarse. Si la república llegó fue porque el conde de Romanones, a la hora de negociar la salida del rey, encontró que su interlocutor era Alcalá-Zamora (hombre que, apenas un año antes, había abogado en la Universidad de Valencia por una república confesional y bicameral, con un Senado a dedo que operase como freno objetivo del radicalismo); y, mientras ambos señores negociaban, los futuros políticos republicanos esperaban en la calle Príncipe de Vergara, en el palacete que era vivienda de Miguel Maura, líder de la derecha republicana; porque es que de aquélla, cágate lorito, había una derecha republicana.

Pero no fue esa República, esa primera segunda república, la que grabó a los españoles al rojo impresiones que durarían cuarenta años (en realidad, setenta, y lo que te rondaré, Morena). Fue la segunda segunda república, la que llegó después de que el proyecto evolucionario se comenzó a convertir en un proyecto revolucionario; con la inexplicable, a la par que irresponsable, colaboración de una serie de políticos minoritarios, que no tenían nada que ganar en las movidas revolucionarias, pero que lo dieron todo por tocar pelo. El franquismo explicó esto durante décadas afirmando que Martínez Barrio, Azaña, Domingo, et alia, eran masones. Con permiso de todos aquellos a quienes les mola acudir a la masonería para explicar los bienes y males del mundo, yo no creo eso. Yo es que fueran masones. Lo que eran, es ambiciosos. Querían su cuota de ministros/día. Sabían que los obreristas tenían un prurito no colaboracionista. Que los socialistas seguían, en buena parte, teñidos de la filosofía de Pablo Iglesias, es decir el yo no quiero saber nada con los gobiernos burgueses porque lo que yo quiero es aplastar a los gobiernos burgueses. Sabían, en consecuencia, que la presencia en los gobiernos de la República siempre sería problemática para el PSOE, fuente de querellas y discusiones internas sin fin; y, por eso mismo, soñaban con manejar a los socialistas a su gusto. La deriva de la República en la guerra civil es una buena demostración de quién acabó manejando a quién.

La República 2.1 todavía pudo acabar bien. Sobre todo si hubiese aceptado el turno de poder en favor de las derechas de una forma más deportiva y leal. Lejos de ello, las elecciones del 33 despertaron lo peor del republicanismo de izquierdas, incluyendo la intención de declarar inválidas unas elecciones de cuya limpieza no cabe dudar, y, además, arrojaron a los socios revolucionarios al monte. A lo cual tampoco colaboraron las derechas, que olvidaron, en días tres, las lecciones de Cánovas según las cuales el buen turnismo político se basa en que los conservadores no se apliquen, cada vez que llegan al poder, a desmontar hasta el último ladrillo de la obra construida previamente por los liberales.

Franco, pues, se apoyó en todo lo que pasó en la II República a partir, más o menos, del primer martes después de Casas Viejas. Porque lo que pasó en esa República 2.2 sí que nos dejó a los españoles huellas que, probablemente, no se irán jamás. A todos. Esos 800 días, cuarta arriba, cuarta abajo, se convirtieron en 800 oportunidades para convencerse: o bien de que era necesaria una Mano de Hierro que colocase todo aquello en orden; o bien, que aquéllos que demandaban una Mano de Hierro no deberían tener derecho ni a ir a mear. Las dos Españas existen desde hace 200 años, pero hay momentos en la Historia en los que, por razones diversas, llegan a odiarse con una intensidad y un refinamiento estratosféricos; la posguerra de Independencia y la República 2.2 son dos de esos momentos; la primera guerra carlista y la guerra civil no son sino consecuencias lógicas, e inmediatas, de ello.

El camaleonismo. Una de las principales pruebas que detecto cuando discuto con alguien sobre el franquismo de que no tiene gran idea de lo que habla es su concepción primaria de aquel régimen. Yo diría que una amplia mayoría de españoles conciben el franquismo como el Antiguo Egipto, es decir algo que permaneció básicamente igual durante siglos. Sin embargo, una de las razones por las que el franquismo sobrevivió tanto tiempo es porque no fue así. Dentro del franquismo hubo varios franquismos, porque a su gran mentor, el general Francisco Franco, todo lo que le importaba era seguir en el poder, y estaba dispuesto a hacer muchas cosas para ello.

El franquismo, en efecto, mostró, a lo largo de su historia, una asombrosa capacidad de adaptación, que le sirvió para conseguir que a los electrones situados en las capas externas del átomo les costase sentir la atracción de otros átomos cercanos. Es evidente que el franquismo comienza a sufrir, casi desde su primer día, la pérdida de efectivos, que se corresponden con personas que, por convicciones democráticas o excesivamente fascistas, se ven impelidas a colocarse contra el régimen. Sin embargo, cuando Franco muere, en 1975, aquellos que se siguen considerando franquistas siguen siendo, básicamente, los mismos que firmaron el contrato en el 39. Esto es así a base de un delicado juego de equilibrios, y a base de cambiar.

Es una tentación muy propia de mucha gente el etiquetar el régimen franquista como fascista; pero hacerlo es empezar a no comprender las razones de su longevidad. De hecho, si el franquismo hubiese dedicido no renunciar al fascismo, probablemente habría desaparecido no más tarde de 1947. Si no desapareció fue porque Franco lo mutó. A partir del dicho año 47, y sobre todo en la mitad de los años 50, Franco se asemeja a ese dependiente de ropa de la película Pretty woman que le pregunta a Richard Gere si ya se le ha hecho suficientemente la pelota. Sólo que en la película de Franco, Richard Gere es la Casa Blanca y su ministro en la Tierra, es decir el Foreign Office. El franquismo cambió lo que tuvo que cambiar, porque contaba con la ventaja de que Richard Gere nunca le exigió, ni le exigiría, elecciones libres, que era la única pelota que no estaba dispuesto a hacerles. Así, paulatinamente, dotó a los españoles de un Fuero (cáscara vacía), acabó formalmente con la censura en el 63 e, incluso, algunos meses más tarde, incluso se permitió dictar una ley de perdón para los crímenes de la guerra civil (con la cual, vale, amnistiaba a los criminales del bando contrario; pero también se amnistiaba a sí mismo).

El contrario. Un elemento muy importante de la longevidad del franquismo es su contrario. El antifranquismo es un movimiento dividido y perdido en querellas insolubles. Como ha dejado escrito el periodista anarquista Jacinto Torhyo, en la posguerra civil, en los campos de refugiados de Francia, a cualquiera que le preguntases quién tenía la culpa de la guerra te contestaba: «de los fascistas», si era comunista; y «de los comunistas», si era cualquier otra cosa. El antifranquismo se divide radicalmente desde sus inicios en dos mitades muy claras: por un lado, los comunistas (que son, además, los antifranquistas más activos, porque tienen más medios que nadie al disponer de un Estado que les apoya); y el resto. Para escenificar esta división, ahí está el episodio por el cual Sánchez Albornoz asume la presidencia de la República en el exilio (un cargo que en ese momento no le interesa a nadie) por la sola y mera razón de que, de no hacerlo, la previsión constitucional coloca el cargo en manos de Dolores Ibárruri, en su condición de vicepresidenta de las Cortes.

Dentro del antifranquismo encontramos episodios tan poco edificantes como aquél por el cual se hace extraño que militantes del PSOE quieran homenajear a Juan Negrín; no sé si de dan cuenta de que intentan encumbrar a un señor que fue expulsado de su partido. En puridad, el PSOE de la posguerra se divide en dos: el negrinista, que habitualmente se suele alinear con los comunistas; y el prietista, que se puede decir es el tronco del que sale la rama actual, aunque sólo sea porque es el socialismo que acepta una solución monárquica constiticional para España. El exilio, por otra parte, sirve para dejar bien claro que los grupos burgueses de izquierdas eran cáscaras vacías, partidos formados por diletantes de salón y contertulios más o menos convincentes pero sin apoyo social alguno. Y, sobre todo, en un proceso del que, lo he escrito muchas veces, España bien puede felicitarse, la noche antifranquista se traga el anarcosindicalismo de acción directa y postulados irredentos; uno de los grandes responsables del fracaso de la II República. Los nacionalistas, por último, terminar la guerra y meterse en su caverna, fue todo uno. Algunos, de hecho, a día de hoy todavía no han salido.

Si alguna vez coquetearon las cancillerías occidentales con la idea de promocionar una solución democrática para España basada en los viejos socios republicanos, no habrían sabido ni por dónde empezar. Por eso los alemanes, cuando comienzan a verle a Franco temblón y más p'allá que p'acá, le dicen a Isidoro que se vaya a Suresnes y monte un momio presentable. Pero estamos hablando ya de los setenta. Mientras llegaron esos tiempos, para los diseñadores de la geopolítica europea siempre fue mucho más fácil diseñar soluciones en las que Franco se sucedía a sí mismo.

Hay una última cosa, relacionada con los contrarios, que también le vino muy bien a Franco. La República en el exilio, y no digamos el Partido Comunista, cometieron, cuando menos hasta mediados de los sesenta, un error garrafal, que fue saludar con alharacas todas las medidas contra Franco que apretaban el cinturón de los españoles de interior. En otras palabras: un gran problema del exilio republicano es actuar como si todo lo que le importase fuese el propio exilio. Cuando uno lee las memorias de antifranquistas de interior, y me quiero acordar de los Cabos sueltos de Enrique Tierno, cree detectar este tono un tanto reprochante. De hecho, es cierto que durante mucho tiempo los republicanos del exilio trataron a los antifranquistas de interior con una cierta displicencia, nacida del hecho de que los antifranquistas de interior solían ser mucho más posibilistas (sobre todo en el hecho de que fueron los primeros en considerar que si el futuro no era una república, pues no que no lo fuera).

Así las cosas, cada vez que un país retiraba sus embajadores, lo cual suponía, quizá, dejar de venderle a España cosas que los españoles necesitaban, los republicanos del exilio descorchaban champán... y la prensa franquista tardaba minutos dos en contarlo. Mensaje: mira cómo celebran estos cabrones que tú te mueras de hambre, o que no te puedas vestir decentemente. Aquello no hizo sino alimentar eso que los nacionalismos periféricos llaman el nacionalismo español, el yo soy el que soy, soy como soy, y al que no le guste que se pegue un tiro. Creo recordar que era Andrés Pajares el que tenía un sketch humorístico en el que pretendía ser un hooligan de un equipo español paseando medio borracho por París horas antes de la final de la Copa de Europa; aquel monólogo era una excelente descripción de ese sentimiento «me quiero porque los demás no me quieren» o, como diría el enemigo del pueblo de Ibsen, el hombre más fuerte es el que está solo.

La actitud del exilio republicano, además, tuvo la consecuencia tóxica de alimentar entre los españoles la duda metódica sobre lo que vendría detrás de faltar el general. Como principio general, una dictadura llega a hombros de sus incondicionales, pero se perpetúa a los de los indiferentes. De los que, no siendo incondicionales, prefieren no apostar por el cambio. A la historiografía más rabiosamente antifranquista, así como a las gentes que la leen y la creen, no le gusta ni decir ni que le digan que España fue alguna vez franquista. Prefiere dibujar, más bien, ese retablo de una sociedad acojonada en todos los minutos de su vida, que si no protestaba era por miedo a ser apalizada, o algo peor.

En realidad, no les falta razón. España, tal vez, no fue nunca franquista. Sólo tal vez, la verdad, porque hay que recordar la famosa admonición de Gil Robles ante la permanente de las Cortes, con el cadáver de Calvo Sotelo aún tibio, según la cual, de celebrarse elecciones aquel mismo día en España, de calle las habría ganado Falange; afirmación que no deja de ser una valoración personal, pero que yo creo tiene ciertos visos de certitud.

Sea como sea, España puede no haber sido franquista. Pero lo que sí fue, sin mácula de duda alguna en mi opinión, cuando menos hasta bien entrada la década de los sesenta, es indiferente. Indiferente quiere decir, en realidad, inquieta con el qué llegará. Que el gran grupo organizado antifranquista fuese el comunista, la verdad, no ayudaba mucho; máxime teniendo en cuenta que las maldades del comunismo eran multiplicadas por la propaganda franquista (y estadounidense). Más allá, lo cierto es que nadie fue capaz de elaborar un proyecto coherente. Hasta casi la muerte de Franco, el espíritu de los 13 puntos de Negrín permaneció incólume, o sea: los españoles deben decidir cuál quieren que sea su futuro... pero eso, claro, partiendo de la base de que lo que van a decidir es la vuelta de la República. Buena parte de la oposición que clamaba por un referendo en libertad en España lo hacía porque partía de la base de que dicho referendo les daría a ellos la razón.

Yo tengo una foto escaneada de un libro que recoje un momento de la entrada de las tropas nacionales en un pueblo extremeño; quiero recordar que se trata de Don Benito. Se ve a un militar entrando con paso que se adivina cansino. Al lado de él, a no menos de tres metros, hay tres mujeres. Tienen pinta de ser las primas del Tío de la Vara; con ello quiero decir que no tienen, precisamente, pinta de terratenientes. Aplauden como posesas y una de ellas parece estar a punto de tirarse al cuello del pobre soldado.

La ceguera de una parte del exilio antifranquista español, ceguera que le vino de perlas al dictador para perpetuarse, fue que jamás entendió este fenómeno: señoras de delantal y manos astrosas saludando a las tropas de Franco como quien saluda a un tipo que viniese a regalarte un décimo del Gordo de Navidad. Es una ceguera, de hecho, que se ha transmitido, en perfecto estado de conservación, a cierta historiografía y a sus lectores.

Lo que había en la España de la posguerra civil era una sociedad muy partidaria de Franco, otra muy partidaria de los antifranquistas y una enorme, elefantiásica, mayoría silenciosa. Quienes no se sentían muy algo, en los años cuarenta y cincuenta, no se sentían entre Godzilla y Ricitos de Oro, sino entre dos Godzillas. Esto es algo que muchas gentes que miran aquellos años con los ojos de hoy ni pueden, ni quieren, entender.

En otras palabras: Franco se las ingenió para conseguir que los españoles que no se sintiesen franquistas acabasen por pensar que los republicanos jamás aceptarían la reconciliación que decían impulsar y reclamar.

En esas circunstancias, a favor del franquismo se puso lo que durante muchos años sería su principal gasolina: la inercia.

miércoles, diciembre 21, 2011

Hellas (y 4)

Tras la nueva cagada de Chipre, los griegos vuelven a cantar, como Les Luthiers, aquello de Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. En consecuencia, las negociaciones con Turquía empiezan inmediatamente. Sin embargo, ahora es Ankara la que no está demasiado interesada en un acuerdo. A los pocos días, se levanta de la mesa y ordena una nueva operación militar, tras la cual llega a controlar un tercio de la isla. Unas 1.400 personas desaparecerán en la zona de ocupación turca, en la trastienda de Europa; sin que, por cierto, a las archifamosas ONG se les despeine el flequillo.

En Grecia, Caramanlis desmonta la estructura dictatorial, lo que supone aligerar muy significativamente las cárceles y un regreso masivo de exiliados. En 1974 Nea Democratia, el nuevo partido del primer ministro, gana las legislativas con comodidad. El Partido Comunista ha sido legalizado, pero apenas obtiene un 10% de los votos, la tercera parte que el PASOK de Andreas Papandreu. En Grecia, como en otros lugares de Europa, los comunistas sufren el trile de ser clandestinos mientras son importantes, para pasar a ser generosamente legalizados en cuanto su fuerza electoral se queda en un simple pedete.

Un referendo somete a los griegos la forma de Estado. Los desagradecidos helenos, a pesar de todo lo que sus reyes han hecho por ellos; a pesar de haberse desempeñado siempre como monarcas constitucionales conscientes de que la soberanía popular limitaba su libertad de acción. A pesar de todo ello, digo, y quizás porque esta acción idílica de los reyes griegos se produjo sólo en sus sueños, el 70% de la población vota por la República.

En la primavera del 77, nuevas elecciones, el PASOK es ya el primer partido de la oposición, por delante del centro, tras triplicar sus votos. Antes de que termine la década, Caramanlis negocia la adhesión de Grecia a la Comunidad Económica Europea y, acto seguido, dimite para presentarse a las elecciones a presidente de la República. En las legislativas, gana el PASOK.

Los socialistas gobernarán durante ocho años; y sé que lo que voy a escribir será muy difícil de asumir por un lector español, pero su final como partido mayoritario será labrado por la corrupción, con una cascada de escándalos que afectan a personajes del Gobierno. Sin embargo, la caída de los socialistas no se corresponde con una eclosión de la derecha, la cual obtiene resultados en votos tan magros que llega a tener que formar coalición de gobierno nada menos que con los comunistas.

La legalidad de los comunistas, y sobre todo un sentido de traición frente a la invasión turca, alimentan el antiamericanismo de Grecia. En agosto de 1974, Grecia anuncia su abandono de la estructura militar de la OTAN, aunque las bases americanas se mantienen. Esta medida de presión, sin embargo, no sirve para enfriar la olla turca. En 1977, los turcos declaran la creación de la república norchipriota, reconocida únicamente por Ankara. Esta decisión volverá a poner los temas muy jodidos entre griegos y turcos.

Con todo, la principal evolución de Grecia en los quince años que van entre 1975 y 1990 es socioeconómica; es en estos tiempos cuando se construye buena parte del país (descojonado) que ahora tiene los problemas que tiene. El PASOK, como buen partido socialdemócrata, tiene en el estatismo su principal bandera. Además, es un movimiento que accede al poder en esos años, después de una larga espera y, por lo tanto, cuando, sobre todo en los ochenta, el mundo comienza a avanzar en una dirección muy concreta (reaganomics en Estados Unidos, thatcherismo en Reino Unido, fracaso del experimento Miterrand en Francia), los griegos deciden que, por su cara bonita, ellos son más listos que nadie y pueden ir en dirección contraria. Amagan con su marcha, de la OTAN, incluso de la CEE, pero nunca la llevan a cabo, porque saben que fuera de esa casa común morirían de frío (por no decir ahogados en su propia mierda). Pero, eso sí, la sociedad griega desarrolla con rapidez el concepto de «pertenencia crítica». Algo así como: estoy, pero soy consciente de que no debería estar.

El sector público siempre había sido muy importante en un país en el que el clientelismo político lo ha movido todo durante décadas. Sin embargo, lo de la década de los ochenta es una auténtica feria funcionarial. Grecia se convierte en el Eldorado de los movimientos que piden que todo sea público. El Banco Comercial y el Jónico, las dos grandes entidades privadas, acaban controladas por el Estado, lo que supone controlar también sus fuertes grupos industriales. El actor público compra o crea industrias en campos como el armamento, la metalurgia, el transporte, el pequeño sector de extracción de petróleo griego y hasta las líneas aéreas nacionales, que Aristóteles Onassis le deja en herencia al Estado griego. Ya en 1981, y de esto hace 30 años, uno de cada cuatro griegos con trabajo lo hacía para el Estado, directa o indirectamente.

La consecuencia lógica de esta estrategia nacionalizadora, mal que le pese a sus defensores, es la incompetencia de la empresa griega a la hora de competir con la europea; lo cual es un problema, porque a finales de los ochenta el país está a punto de ingresar en un club donde no se pueden cobrar aranceles. Es por ello que Grecia se adhiere a la CEE en unas condiciones que ya habría querido para sí España, o Portugal. El tratado de adhesión de Grecia está repleto de excepciones y derogaciones, algunas de las cuales han estado vigente casi hasta ayer por la mañana, en virtud de las cuales porciones de la economía helena quedaban, de hecho, protegidas de la competencia extranjera. La economía griega y el cine español son los dos mejores ejemplos que se me ocurren para explicar qué mierda pasa cuando a un sector productivo lo encierras en una torre de marfil, lo proteges, y lo financias haga lo que haga.

A principios de los ochenta, a las puertas pues de la crisis por la guerra irano-iraquí, Grecia exhibe ya cifras propias de la España actual: déficit público equivalente al 9,1% del PIB, con el agravante de que la inflación es del 24%. Quien diga que los problemas de Grecia son de ahora, no está hablando de Grecia.

En Grecia, las últimas tres décadas, una sola cosa ha sido sacrosanta y, por definición, ha permanecido intocada por cualesquiera gobiernos se han sucedido: la tasa de paro. El modelo económico griego es un modelo montado para que el paro esté entre el 4% y el 8%, más o menos. Si para respetar esa tasa hay que hacer a medio país funcionario y mantener en pie empresas que no le venderían una botella de agua a un saharaui que acabase de hacer footing, se hace. Eso, más gastarse, cada año, el 7% del PIB, que se dice pronto, en gastos militares, para acojonar al turco.

Básicamente, lo que los gobiernos griegos han hecho en el pasado ha sido devaluar la dracma a lo bestia (hasta el 12% de una tacada), para que así los productos de sus empresas se vendan, si no por buenos, al menos sí por baratos; y, en paralelo, conforme el Estado recibía la lluvia de financiación vía fondos estructurales comunitarios y préstamos que ahora no puede pagar, se incrementaban salarios y prestaciones sociales. El sistema fiscal prácticamente no ha recaudado de las empresas durante años ni, sobre todo, de los autónomos y profesionales liberales; abogados y médicos que, fiscalmente hablando, están en la puñetera indigencia, viven en casas en el norte de Atenas, la zona pituca, con anchas y profundas piscinas a sus pies. El IVA, un impuesto que tiene como consecuencia incrementar la racionalización en los procesos de creación de valor, sólo fue implantado en Grecia ocho años después de haber entrado en la CEE. Una más de las excepciones.

En la década de los ochenta el Estado, presa de su propia estrategia, comienza a sentir lo que se entiende como paradoja de la bicicleta; cuando estás pedaleando tienes la impresión de que tu situación es muy estable, pero cuando se te van cansando las piernas te das cuenta de que, en realidad, toda tu estabilidad depende de que sigas pedaleando. Así las cosas, conforme este sistema económico cuya conclusión final es financiar y fomentar la ineficiencia hace crisis y las empresas empiezan a caer como moscas, el Estado se ve obligado a comprarlas para mantener el momio. En 1985, son 230 las empresas que se han nacionalizado, con un total de 280.000 trabajadores. Para entonces, el 45% de la población activa trabaja, directa o indirectamente, para el Erario público. Por supuesto, miles y miles de los jefes y cuadros de estas empresas serán elementos de total fidelidad partidaria. No menos de una cuarta parte de la economía estaba, y está, sumergida.

No fue hasta 1996 que el gobierno conservador de Constantin Mitsotakis abordó un programa de privatizaciones y flexibilización de la economía, pero en medio de profundísimas divisiones en el propio partido gubernamental sobre la materia. En los noventa, la deuda exterior ha llegado al 93% del PIB, y la dracma se ha depreciado en un 30%.

En los años siguientes, bajo los gobiernos de Costas Simitis y Costas Caramanlis (junior), Grecia sigue impasible el ademán con sus problemas sempiternos. La economía no tira y, en lo que se refiere al problema turco, si bien la intervención del presidente Clinton parece en un momento capaz de aquietar las aguas (y retirar las tropas), el asunto Ocalan, en el que Grecia trata de escamotearle a Turquía el dirigente kurdo de tal nombre, vuelve a poner las cosas en punto de ebullición.

Fue Costas Simitis quien se planteó la entrada de Grecia en el euro, para lo cual puso en marcha una política de restricción presupuestaria y reorganización fiscal que, según vamos sabiendo en el momento presente, fue más contable que real. En 1998, para poder meter la dracma en el Sistema Monetario Europeo (condición sine qua non para poder soñar con el euro), es necesaria devaluarla un 14%, que se dice pronto. Pero las cosas, por lo menos sobre el papel, funcionan: la inflación cae por debajo del 3% y el déficit público del 3,5%.

En una política que tal vez le suene a alguno de mis lectores, mientras el país trata de apañar unas cuentas públicas que, cuando menos, parezcan aseadas, al mismo tiempo se lanza, gracias a los generosos fondos europeos, a una feria de obras públicas que lo flipas. Se ejecuta la Egnatia, o sea el eje rodado entre el Épiro y Tracia, con un puente de tres kilómetros sobre el mar; el metro de Atenas; su nuevo aeropuerto internacional; y, sobre todo, buscando la admiración del mundo, las obras faraónicas ligadas a la celebración de los Juegos Olímpicos en su centenario. Los JJOO quedan hermosos en su ceremonia de inauguración, pero para el país son una puta ruina.

El país experimenta una explosión del crédito bancario y del mercado inmobiliario. Mogollón de gente se hace rica y Grecia se convierte en un país caro. No sé si le sonará a alguien esto también. El 31 de diciembre del 2001, un café en una barra de un bar ateniense vale 200 dracmas. Al día siguiente, 1 de enero del 2002, pasa a costar un euro; o sea, 340 dracmas. Con dos cojones.

Desde 1996, los griegos descubren la Bolsa y se dedican a especular como gorrinas en los miles de chiringuitos que florecen por todas partes.

El PASOK gana en el 2000, y pierde en el 2004, dejando paso a Caramanlis con una mayoría cómoda. Sin embargo, el regreso de Nea Democratia apenas cambia las cosas, porque las eventuales reformas que el sector liberal de la derecha pretende hacer encuentran dos obstáculos fundamentales: por un lado, el ala conservadora de su propio partido, que todo lo que pretende es prolongar el momio clientelar. Y, por otro lado, los sindicatos, fortísimos dado el elevado porcentaje de funcionarios que tiene el país, renuentes a cualquier tipo de reforma. En el 2009, el propio Caramanlis hará una confesión pública curiosa: «en Grecia», dice, «el gobierno no puede hacer nada frente a un funcionario que decida no hacer su trabajo».

En octubre del 2009, cuando el gobierno Caramanlis da paso al de Giorgos Papandreu, el primer ministro saliente afirma dejar un déficit público del 5%. Apenas unos días más tarde, el gobierno entrante corrige el cálculo y lo cifra en el 7%. Dos meses después, ha aflorado ya tanta mierda que el déficit ha trepado al 13%.

Es en esos días, a caballo entre el final del 2009 y el principio del 2010, cuando el modelo griego, ciento y pico años después de haber comenzado, estalla por los aires. Dice un dicho español que se puede engañar a unos pocos todo el tiempo o a todos durante un rato; pero es imposible engañar a todos todo el rato. Para Grecia llega el momento, un siglo después, de enfrentarse con los hechos, simples y sencillos: la griega es una economía que jamás, desde que es un país independiente, se ha autofinanciado. Siempre, desde los lejanos días de lord Byron, se las ha arreglado para conseguir que alguien le regalase papel higiénico para limpiarse el culo.

Pero a las puertas del 2010, es un país de funcionarios, con miles de personas de 50 y hasta de 40 años jubiladas con generosas pensiones (la tasa de sustitución de la pensión griega, es decir el porcentaje de salario que cubre, es del 97%; la española es del 82%; pero en la mayoría de Europa, la tasa suele estar entre el 40% y el 60%). Es un país con enormes bolsas de economía sumergida, un fraude fiscal que en realidad nadie puede ni valorar, con enormes cotas de corrupción.

Grecia es un ejemplo clarísimo de adónde conduce la política del avestruz. La incapacidad de autocrítica de la sociedad griega es, por ejemplo, lo que tiene cabreados a muchos alemanes, que no pueden evitar la sensación de que las piscinas que se construyen en sus chalés atenientes abogados y arquitectos que pagan menos impuestos que un mecánico de taller germano, en realidad, han sido construidos con su dinero. Para la Unión Europea, además, Grecia está siendo un despertar muy jodido. Los alemanes creyeron que podrían hacer de Grecia lo que, quizá, conseguirán hacer de Hungría, o de la República Checa: a base de colocarlos al lado de alguien que hace las cosas con austeridad, les volverá austeros. Pero lo que ha pasado ha sido exactamente lo contrario. Lejos de limpiar Grecia con el euro, ha sido Grecia quien ha manchado la moneda.

La Historia de la Grecia moderna demuestra, a mi modo de ver, la importancia de contar con una moral social adecuada, una cultura del esfuerzo y una elevada calidad democrática, que son las cosas que acaban generando clases políticas que, a pesar de sus errores, acaben haciendo lo que tienen que hacer, razonablemente a tiempo. Lejos de ello, la clase política griega, desde hace cien años, se asemeja a aquel tipo que se tiró desde la terraza del Empire State y al que un amigo preguntó, a la altura del piso veinte, que tal le iba.

«Pues no es para tanto», contestó el pollas; «llevo un rato cayendo, y no ha pasado nada».

lunes, diciembre 19, 2011

Franco y el poder (y 20: El Hundimiento, y el epílogo)

El 22 de julio de 1969, ante las Cortes, Franco pronunció su frase más famosa: «todo queda atado y bien atado». Se refería a la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor suyo y futuro rey de España, contra el parecer de los monárquicos más demócratas, que consideraban que ambas condiciones, la de sucesor de un dictador militar y rey constitucional, no se pueden dar en la misma persona.

Las cosas, como ya hemos intentado explicar antes en esta serie, no fueron, sin embargo, como el dictador esperaba. El escándalo Matesa, en lo que tiene de enfrentamiento cainita dentro del franquismo; el desorden creciente de la calle; y la trastienda del proceso de Burgos, en el que Franco, se ponga como se ponga, tiene que doblar la cerviz e indultar, muy al contrario de sus deseos (que tendrá la oportunidad de dejar claros en el 75), marcan un desvío claro en los planes.

Así las cosas, y en medio de esta abulia en el poder crecientemente contestada en la calle, llega la crisis de gobierno de 9 de junio de 1973, en la que Franco debe rectificar de nuevo, dando el paso, inusitado en su vida, de compartir el poder, siquiera teóricamente, con alguien: el almirante Luis Carrero Blanco, que es nombrado presidente del Gobierno.

Nunca sabremos, a ciencia cierta, si esta designación fue el fruto de una presión por parte de Carrero, o sea por parte de la vertiente del Régimen que aspiraba a perpetuarse y prefería nuclearse alrededor de un señor que no estuviese enfermo de Parkinson; o se identificó con el deseo de Franco de retirarse a la vida civil.

A mí, personalmente, creer la segunda hipótesis se me hace, sobre difícil, imposible. Es posible que Franco llegase a pensar con cierta seriedad en retirarse como Sila. Si fue así, quizás 1969 fue el año en que lo pensase con más fuerza; en dicho año, por cierto, se hicieron obras en el coruñés Pazo de Meirás para instalarle un sistema de calefacción del que carecía, lo que podría indicar que Franco se aprestaba a pasar allí los inviernos. Más allá del 69, sin embargo, no creo en esta hipótesis. Más allá del 69, Franco se encontró con un franquismo que amenazaba romperse por el cigüeñal si él no estaba; con lo que obtuvo la excusa perfecta para hacer lo que siempre había querido: ejercer, y conservar, el poder. El proceso de Burgos, sin embargo, lo convirtió en un dictador obsoleto; en la última bombilla de alto consumo procedente de la segunda guerra mundial; y la España del poder, la España banquera, exportadora y a la última, necesitaba otra receta para poder seguir avanzando, la CEE, que quedaba cerrada para el país mientras quien llamase a la puerta fuese aquel anciano tembloroso que, sin embargo, aún firmaba sentencias de muerte en la trastienda del siglo XX.

En los tiempos anteriores al nombramiento de Carrero, además, se produjo un hecho importante más: la boda de una azafata de Iberia, María del Carmen Martínez-Bordiú Franco, con Alfonso de Borbón Dampierre, aristócrata de rancio abolengo, tan enraizado en la francesa (bueno, a día de hoy franco-griega) familia real de España que incluso su hijo es para algunos legitimistas galos la persona con derechos a reinar en el país vecino si algún día deja de ser una República (suponiendo que no sea para fundar la dinastía Sarkozy-Bruni, claro). La pareja se casó el 8 de marzo y el 22 de noviembre ya tenía su primer hijo, en un gesto que parece calcado de la vieja obligación reproductiva de las dinastías reales pues, si echáis cuentas, veréis que poco faltó para que el niño naciese a los nueve meses justos, así pues la cosa sabe a aquellos reyes que incluso tenían en su noche de bodas un edecán metido en la alcoba, en plan mamporrero/auditor.

La Boda, así, con mayúsculas, por mucho que acabara saliendo como salió, empalmó al franquismo renuente a confiar en Juan Carlos y comenzó a extender la idea de una alternativa a la sucesión; alternativa que tenía la gran ventaja, para qué negarlo, de asociar el apellido Franco a la propia solución. La pareja recibió el ducado de Cádiz y el derecho de trato de Alteza Real.

El partido azul (al que, con la llegada de la democracia, nos acostumbraremos a llamar ultra), dueño de las Cortes, decretó la esclerosis legislativa del régimen, repeliendo en sede parlamentaria todo lo que no le gustaba. Así las cosas, en medio de esta balsa de aceite cuyo gobernalle manejaba el anciano de Ferrol de Su Excelencia, se llegó al 1 de mayo de 1973, un hermoso día tranquilo más en el que, comme d’habitude, el estadio Santiago Bernabéu acogió la correspondiente demostración sindical. Sin embargo, el 1 de mayo pasó otra cosa. Un policía, Juan Antonio Fernández Gutiérrez, intervenía en una reyerta callejera en la calle del doctor Mata y recibía una puñalada que acabó por causarle la muerte.

De forma inusitada, porque estas cosas en el franquismo no se daban, entre los cuerpos policiales comenzó a moverse la protesta, como si el suceso fuese el corolario de una situación especialmente reprobable por alguna razón. El 7 de mayo, unas 5.000 personas, la mayoría de ellas policías que llevaban colgando su placa, se manifestaron por Madrid y en el interior de la Dirección General de Seguridad, hoy sede de la Comunidad de Madrid, pidiendo a gritos la dimisión de Tomás Garicano Goñi, ministro de Gobernación.

A la salida del funeral religioso, en San Francisco el Grande, el general Iniesta Cano, conocido por sus ideas ultras, es vitoreado como un líder. De seguido, se organiza la manifestación, presidida por Blas Piñar y por el marqués de La Florida, presidente de la Hermandad de Alféreces Provisionales. Para entonces, la reivindicación inicial, relacionada con la muerte de un policía como sabemos, ha crecido y se ha convertido en una auténtica movida contra la permisividad exhibida por el franquismo hacia los aperturistas. Una de las pancartas de la manifestación, por ejemplo, reza: «¡Tarancón, al paredón!»; en alusión al cardenal Vicente Enrique y Tarancón, quizá el mejor exponente de la vertiente aperturista de la Iglesia. Finalizada la marcha, se canta el Cara al sol y el Yo tenía un camarada.

El problema de aquella movida no fue la movida en sí, sino la reacción de Franco.

No reaccionó en lo absoluto.

Ésta fue, a decir de muchos, la señal definitiva por la que Carrero terminó de darse cuenta de que Franco, o ya no era el que era, o pasaba. Se dio cuenta de que tenía, de alguna manera, que inventar el franquismo sin Franco; o, lo que es más difícil, el franquismo sin franquistas. Porque, probablemente harto de la eterna pelea entre azules y tecnócratas, el gobierno Carrero fue un gobierno de personas de la confianza del almirante, muchas no excesivamente significadas hasta el momento. Nombres como el de Carlos Arias Navarro, designado para el crucial ministerio de la Gobernación, un hombre desde luego franquista pero al cual, si a principios de los años setenta, alguien le hubiese susurrado al oído que sería quien anunciaría a los españoles la muerte de Franco, le habría dado un patatús.

De alguna manera, en la calle Claudio Coello de Madrid, la mañana que el coche de Carrero voló por los aires impulsado por los explosivos del terrorismo abertzale, el franquismo voló con él. Franco, a la muerte de su fiel pretoriano, diría aquello de «no hay mal que por bien no venga», pero más suena esa frase a desesperada autojustificación de un optimismo imposible, que a otra cosa. Con Carrero murió el último intento del franquismo por perpetuarse, ya sin Franco; en una intentona que, de todas formas, y si hemos de creer a algunos de los testigos de la época, estaba condenada al fracaso, porque a España no le quedaba, en 1973, ni una sola cancillería importante en el mundo que no tuviese claro el camino que debía tomar el príncipe al heredar la jefatura del Estado. Era la Transición la que estaba atada.

Franco se pasó los últimos dos años de su vida dejando hacer. Seguía recibiendo en El Pardo a los elementos ultras o inmovilistas del entorno del poder franquista, seguía palmeándoles la espalda y diciéndoles que confiaba en ellos para que la nave no se desviase del rumbo que le había marcado la Historia. Pero no podía ser tan tonto ni estar tan senil como para creérselo. En 1973, menos de un tercio de los españoles vivos, dentro y fuera de España, habían vivido la guerra, ganándola o sufriéndola. La gran gasolina del franquismo, que fueron los muchos, palmarios, evitables y en ocasiones hasta sádicos errores cometidos por las izquierdas y los nacionalismos en tiempos de la II República, se había secado; ya nadie se acordaba de las checas y, de hecho, ha seguido sin acordarse hasta que los zoupas torpones que animan la memoria histórica las han resucitado. A mi modo de ver, hay algo en el testamento de Franco, que si hemos de creer a alguno de los miembros de su equipo médico habitual fue escrito en los primeros estadios de su fase terminal, cuando el dictador aún regía razonablemente; hay algo, digo, en ese testamento de asunción de la idea, por parte del general, de que el texto habrá de ser leído por una sociedad que no lo va a entender; porque aquéllos para quienes él escribió esas líneas ya estaban mayoritariamente muertos cuando las escribió.

A Franco, lo he escrito machaconamente a lo largo de estas notas, todo lo que importó, desde el lejano día en Zaragoza en que parece se empezó a interesar por leer libros sobre política económica, fue el poder. El PODER, con todas sus letras mayúsculas. Primero, obtenerlo. Después, conservarlo. No quiero decir, exactamente, que al anciano general le importase un cojón lo que le pasara a España tras su muerte. Probablemente le puso sus exigencias al príncipe; que jamás regresaran los comunistas, por ejemplo. Supongo que Juan Carlos le diría que sí a todo; habría sido estúpido poner en peligro su sucesión por una discusión de principios.

El fusilamiento de los activistas de ETA y del FRAP es el último canto del cisne (negro). Es tristísimo escribir esto, porque escribirlo supone segar vidas, pero, ¿cómo podríamos esperar que alguien para quien toda la obsesión fue el poder no acabase su vida con una exhibición del mismo por encima de todas? No hay más prueba de poder que disponer de la vida de otros. De los señores feudales se decía que lo eran de vidas y haciendas. Los fusilamientos del 75 han de analizarse, a mi modo de ver, en directa conexión con los fusilamientos (nonatos) de Burgos. En Burgos, Franco aún tenía alguna ambición de conservar el poder, y por eso transigió, se mostró comprensivo ante la falta de consenso en el seno de su régimen en el sentido de que a los condenados a muerte en el proceso había que coserlos a balazos. En el otoño del 75, sin embargo, Franco ya no tiene horizonte por delante, y lo sabe. Además, tiene la sensación del deber cumplido. Tiene en la cabeza el diseño que sus allegados han hecho de la transición política posfranquista, un proceso al estilo Arias, con elecciones libres probablemente limitadas a los ayuntamientos y unas cortes francocensitarias que garanticen el aliento de la Bestia en la nuca del nuevo rey. Todo está atado, y bien atado. Lo único que sobra en el cuadro son los terroristas.

Así las cosas, Franco baja el pulgar. Pam. El dicho español formula: el que venga detrás, que arree. El de Franco era algo diferente: el que venga detrás, que obedezca.


Hasta aquí el relato. Ahora, el epílogo...

El dictador de España Francisco Franco Bahamonde murió en la cama y tan sólo por unos días, apenas una veintena, no lo hizo en plena posesión del poder político omnímodo del país. Estos son los hechos. Unos hechos tristes y poco edificantes para nosotros, los españoles, pero hechos al fin y al cabo, que se sobreponen a diversas interpretaciones exóticas y folklóricas, amén de toda esa plétora de relatos quizá no muy verídicos que suele hacer tanto antifranquista de la época en plena ceremonia autojustificativa. Alguna vez he leído al escritor Arturo Pérez-Reverte afirmar que uno de los problemas de la Historia de España es que nosotros nunca hemos subido a nuestro rey al cadalso y le hemos separado la cabeza del cuerpo; el gran problema de la Historia de España en el siglo XX es ése, sin duda; Franco no tuvo la muerte que para muchos mereció. La muerte, por ejemplo, de Julián Besteiro, aquel pobre socialista honrado que pensó que el general sería capaz de ser razonablemente clemente, y se equivocó.

Franco obtuvo y conservó el poder desde septiembre del 36 hasta noviembre del 75; cuarenta años, en números redondos. Un hecho que escuece, escuece mucho. Escuece tanto, que mueve a muchos a buscar, con cierta desesperación intelectual, explicaciones facilitas que sostengan este hecho y salven los muebles de nuestra Historia en el siglo pasado. Si Franco se sostuvo, se nos dice, fue gracias a la represión.

Esta interpretación, en mi opinión, es de una simpleza digna de un repetidor de la LOGSE. Franco no es, ni de lejos, el dictador más sanguinario de la Historia. Otros muchos que han arramblado con sus pueblos a lo bestia-bestia, sin embargo, no consiguieron durar en el poder, en ocasiones, ni la quinta parte que él. Pero, si es así, ¿acaso no debiéramos pensar que la represión no lo puede explicar todo?

Hay dictadores en este mundo; dictadores como Stalin, o Fidel Castro, o Hitler, o Sila. O Franco. Dictadores que anotan centenares o miles de personas asesinadas, torturadas. Dictadores que le han cagado la vida a millones de personas, que han abocado a sus países a atrasos que luego se han pagado carísimos. Dictadores, por lo tanto, hacia los que no cabe dedicar ni media sonrisa pero que, sin embargo, tienen algo. Algo que los diferencia de un simple espadón que llega, se instala en el palacio real, y se mantiene ahí a base de hostiar a todo el que pide repetir de las lentejas del primer plato.

Alemania lleva, a día de hoy, 70 años reflexionando. Preguntándose por qué, y cómo. Por qué, y cómo, una sociedad como la suya pudo contemplar cómo llegaba a la cancillería del país un tipo ridículo de bigotito, que propugnaba cosas como que las mujeres que trabajaban dejasen de trabajar para dejar paso a los hombres. Es posible que Alemania no llegue a comprender hasta dentro de algunas décadas por qué se secuestró de esa manera; aún hoy es el día que el Centro Simon Wiesenthal sigue aspirando a cazar nazis; los hechos, aun, están demasiado cerca. Pero han hecho progresos. Nosotros, los españoles, no.

Este pequeño ensayo sobre Franco y el Poder que se termina en este post debería ser sólo la introducción de otro más importante, y mucho más largo (que, eso sí, debería hacer otro; a mí, éste ya me ha dejado a little bit exhausted). Porque hasta aquí todo lo que ha hecho este humilde bloguero ha sido describir cómo un tipo ambicioso y con una notabilísima habilidad en el manejo de los tiempos llegó a ambicionar, conseguir, y conservar el Poder. Pero ésta es sólo la mitad de la historia, y ni siquiera es la más interesante. La parte más interesante sería contar cómo, de qué manera, movida por qué egoísmos, por qué miedos, por qué recuerdos y, en definitiva, por qué hábitos colectivos, la sociedad española le dio a ese general el sostén principal para conservar el poder. Durante cuarenta años.

Estas notas, sin embargo, son muchísimo más difíciles de ensayar que las ya escritas. Porque la mayoría de la Historia escrita sobre esta materia, esto que podríamos llamar la Historia Social de España bajo Franco, no es una Historia analítica, sino justificativa. No busca analizar las cosas, sino conseguir demostrar que de todo tuvo la culpa una estrecha élite de franquistas que lo mangonearon todo. Revise el lector la primera historiografía alemana de posguerra, y encontrará la misma tesis. Lo que pasa es que los alemanes han superado, en buena parte, ese estadio.

Los españoles, en cambio, seguimos abriendo cada cierto tiempo la Larousse de la estantería del salón, con el falso, vano, estúpido deseo de encontrar un artículo en la enciclopedia que nos cuente que Francisco Franco murió en la cárcel, o en el exilio.

Cualquier cosa menos reconocer que murió en la cama; porque si lo reconociésemos, acto seguido tendríamos que preguntarnos por qué.


Y puede que contestarnos esa pregunta nos arrugase un tanto la pilila.


PS: El texto completo de esta serie está a tu disposición en formato pdf en la Biblioteca del blog.

jueves, diciembre 15, 2011

Hellas (3)

No sabríamos decir si afortunada o desgraciadamente para Grecia, el mariscal Papadagos se va por el desagüe de la Historia en 1955, sin haber designado sucesor (obsérvese el leve detalle de que, en la sedicente democracia griega, los gobernantes se supone que dicen quién les va a sustituir). Por esta razón interviene el rey designando a quien le parece bien, en la persona de Constantin Caramanlis. Aunque la elección sorprende a propios y extraños, el rey tiene sus razones. Caramanlis tiene unas excelentes relaciones con Washington, con quien ha de renegociar Grecia las ayudas recibidas y por recibir. En febrero de 1956 hay elecciones que, oh sorpresa, gana Caramanlis. Seguirá en el machito hasta 1963.

En todo caso, a la Grecia de los años cincuenta le saldrá un grano jodido: la cuestión chipriota.

Chipre fue, en su día, cedido por el imperio otomano a Gran Bretaña (1878). La isla estaba, a mediados del siglo pasado, habitada por un 80% de grecochipriotas y un 20% de turcochipriotas. Por lo tanto, la mayoría de los chipriotas aspiraban a la Enosis; la unión con Grecia. Ya hemos dicho en estas notas que los griegos no están muy acostumbrados a respetar a las minorías.

A partir de 1950, cuando el arzobispo Makarios accede a la dicha categoría religiosa, la reivindicación progriega adquiere mayor aliento. Pero lo último que quiere Londres es que el avispero balcánico no comunista se mueva de nuevo. Durante cinco años, el ultranacionalismo grecochipriota se va alimentando, al calor de la reivindicación inatendida, hasta que en 1955 nace la EOKA, una organización seudoterrorista que comienza a atacar intereses británicos en la isla.

La reivindicación de la Enosis en Chipre despierta todos los sentimientos vengativos de los turcos, que son muchos y muy refinados, como bien puede contar cualquier turcokurdo que no sea sordociego de nacimiento. Los paganos de la situación son los griegos de Estambul, que empiezan a ser severamente puteados por las autoridades herederas del kemalismo.

Durante cuatro años, Washington despliega toda su capacidad de diplomacia y de presión para conseguir que Gran Bretaña abandone la isla. Lo consigue finalmente en 1959, mediante el Tratado de Zurich, por el cual Chipre se convierte en un Estado independiente, bajo la tutela británica, griega y turca, cada país con soldados establecidos en suelo chipriota. Se elabora una constitución un tanto esquizofrénica, a la belga, que prevé la existencia de dos grupos de instituciones para cada colectividad que, prácticamente, no van juntas ni a mear. Makarios es elegido presidente y vicepresidente el doctor Kütchück, líder de la comunidad turcochipriota.

Cuando decimos que la constitución chipriota recuerda a la belga lo decimos por una razón: en Chipre, como en Bélgica, el deseo de no malquistar a la minoría (los turcos) es tan fuerte que se les ha de dar el poder efectivo para, con su veto, paralizar cualquier decisión medio importante del Estado. Este equilibrio desequilibrado tiende a dar razón a los más radicales, a los que en cada bando lo que quieren son hostias, así pues los años sesenta comienzan con un rosario de enfrentamientos entre bandas y grupos más o menos descaradamente financiados y apoyados desde ambos países. A mediados de los sesenta, Grecia y Turquía están, una vez más, al borde de la guerra. Sin embargo, ésta no llegará, en gran parte por la actitud de los grecochipriotas, los cuales, con el tiempo, van a generar en su parte del país una economía mucho más abierta y dinámica que la griega, lo cual hace que, para muchos de ellos, la Enosis empiece a parecerles lo mismo que a la Merkel: mal negocio. Además, Makarios se sentirá cada vez más atraído por el denominado Movimiento No Alineado, por lo que desarrollará resistencias hacia el occidentalismo de Atenas.

La verdad sea dicha, durante esos años, el ambiente en la Grecia continental es casi irrespirable: en 1960, un ministro de Cultura llega a prohibir, por subversivos, los textos de… Aristófanes. Menudo capullo. Con haber inventado la LOGSE, ya le habría bastado, y sobrado.

Los tiempos de la hegemonía de derechas, sin embargo, están a punto de terminar. Un dirigente liberal, Georges Papandreu, alza la voz contra la semidictadura conservadora y le declara la guerra. Para sus objetivos le viene a ayudar la escisión, en 1968, del Partido Comunista, que permite crear, a partir de la facción moderada, la hasta entonces inexistente socialdemocracia griega.

John Fitzgerald Kennedy, desde la Casa Blanca, se da cuenta rápidamente de que la política estadounidense respecto de Grecia es un desastre. En los tiempos de la posguerra mundial, se optó por impulsar en el país un régimen sólo formalmente democrático que, precisamente por no serlo de verdad, genera unos enfrentamientos cada vez más radicales. En consecuencia, JFK empieza a temer que algún día se produzca una especie de primavera griega, dicho sea en términos actuales, que le dé una auténtica vuelta de tuerca a la tortilla y termine con lo único que realmente temen los americanos: una Grecia fuera de la OTAN que, además, tiene todos los motivos del mundo para enfrentarse al otro otanero de la zona: Turquía.

En 1961 se celebran elecciones, bajo un clima de presión asfixiante de las organizaciones de derecha radical, civiles y militares. Los liberales consiguen crear una sola coalición, la Unión de Centro, al frente de la cual se sitúa Papandreu. Obtienen un 30% de los votos. Caramanlis gobernará pero Papandreu, que ahora se sabe representante de un tercio de los griegos, demandará libertad real. Caramanlis intenta algunas reformas, entre otras que la Casa Real no haga y deshaga como le salga de los cojones como si todavía estuviese en el Antiguo Régimen (esto es lo que hacían los papás de aquella niña que, casi por esas fechas, tanto sufría ante la vista de Francisco Franco, porque, los guionistas de TVE dixerunt, por lo visto todo lo que había vivido en su vida era la democracia). Incluso logra asociar Grecia a la Comunidad Económica Europea en 1961. Pero no basta.

En mayo de 1963, miembros de una organización paramilitar, y también parafascista, asesinan en Tesalónica al diputado de izquierdas Lambrakis. En todas las ciudades del país la gente sale a la calle a montar unas bullas del copón; el primer ministro dimite tras dos meses de batallas campales en las aceras, y en las calzadas también. En febrero de 1964, Papandreu accede al poder.

El programa de Papandreu es bien claro: democratización del Estado, persecución de las organizaciones paralelas y paramilitares, etc. Pero eso es el programa. Fiel a su tradición de clase endogámica, los miembros del nuevo poder lo que hacen, por encima de todo, es crear una nueva clientela que les deba favores, a base de echar de los machitos del Estado a los que han estado siempre y poner a sus amigos. Entre otros colocados, el propio hijo del viejo Georges, Andreas Papandreu, es repatriado de Berkeley, donde da clases, para ser colocado de consejero económico del gobierno y comenzar, con ello, su propio cursus honorum en la política griega que le llevará, cómo no, a la primera magistratura, tras decidirse a liderar el ala izquierda del liberalismo.

La derecha, mientras tanto, no se queda quieta. Contando con la actitud de Palacio, que podríamos definir como fría hacia Papandreu por no tener que utilizar palabras más gruesas (¡ole con ole y ole las monarquías constitucionales!), la derecha ataca a la opinión pública con un símil un tanto apolillado. Papandreu, dicen, es el Kerenski griego; el hombre que, bajo la apariencia de la llegada de una izquierda moderada, no está sino abriendo el camino al abyecto comunismo (que, por cierto, Papandreu se resiste a legalizar).

Pablo de Grecia muere en marzo de 1964, para ser sustituido por un joven de 24 años, Constantino, cuyo único mérito en la vida es haber obtenido una medalla olímpica en Roma en 1960. De vela. Hay gentes en este mundo que piensan que mejor es ver a un príncipe leyendo un libro o resolviendo integrales que patroneando un barquito; pero deben de ser pocas. En Grecia, quiero decir.

Lejos de usar el teórico catón marxista, ése que las izquierdas jamás usan cuando se trata de tensiones nacionalistas, ése según el cual todos los obreros del mundo son hermanos y, consecuentemente, el nacionalismo es un sentimiento pequeñoburgués; lejos de ello, digo, Papandreu no es que le ponga sordina al conflicto chipriota; es que lo excita. Tantas son las provocaciones de palabra, obra y omisión, que los turcos, a los que tampoco hace falta proponérselo mucho, acaban por bombardear la isla en 1964.

Más conflictos. En 1965 Papandreu, que por lo visto se debía de haber creído que Grecia era una democracia, se apresta a nombrar los altos mandos en el ejército y la policía secreta; que hasta entonces habían sido prerrogativa del rey. Asume personalmente para ello la cartera de Defensa. El rey, por toda respuesta, le señala el columpio de sus jardines, y le invita a usarlo. Para colmo, el Estado, al que le sale la corrupción, el pasotismo y la mala hostia por las orejas, no funciona.

En febrero de 1967, Canelopoulos preside un gobierno tecnocrático, que ha de preparar unas elecciones que se celebrarán en mayo. Pero el 21 de abril, un grupo de coroneles dice que ya vale, y que a tomar por culo. Comienza el que la Historia conoce como régimen de los coroneles.

Los coroneles ilegalizaron los partidos, capitidisminuyeron a los sindicatos, establecieron una estricta censura de prensa y arrearon hostias en las comisarías y en las cárceles como para empedrar el mar entre Santander y las Highlands; eso sin contar asesinatos variados. Pero la verdad, la puñetera verdad que, vaya a usted a saber, quizás ahora mismo está negando el movimiento griego por la memoria histórica, es que ni Zeus derramó una lágrima por la democracia perdida, porque la democracia perdida era, por decirlo con elegancia, una puta mierda.

Los coroneles arramplan con todo lo que había; hasta con el rey, que en diciembre del 67 intenta un cambio de las cosas apoyado por mandos militares (de las intenciones democráticas de éstos, poco sabemos), pero como los coroneles le pillan con el carrito del helao, acaba exiliado. Lo cual, supongo, le habrá permitido elevar a la excelencia sus virtudes marineras. Pues raramente, la verdad, los exiliados reales, pese a serlo habitualmente en condiciones envidiables, dedican sus tiempos de distancia a cosas como la imitación del estilo prerrafaelista o la búsqueda del bosón de Higgs; suelen preferir el patroneo de yates y los partidos de polo.

A los coroneles les va de coña. Son unos hijos de puta; pero, también, son los hijos de puta de Washington, y eso da bastante estabilidad. Sin embargo, les acaba pasando lo que a Franco: es inevitable que la viga termine sufriendo fatiga de material. Como el franquismo, el régimen de los coroneles respira por la comprensión social; por la sensación de los griegos que mejor esos pollos de gorra de plato que el cachondeo que había antes. Peso eso dura, como en el chiste, lo que dura dura.

En 1973, las universidades griegas se agitan. Ese mismo año, un grupo de oficiales de marina trata de dar un golpe de Estado que se supone democrático. El líder del régimen, Papadopoulos, intenta, como Franco más o menos por esas fechas, la evolución del régimen. En el verano, proclama la república, se nombra presidente, y designa un gobierno de políticos tradicionales que no se han opuesto frontalmente a la dictadura (otra vez, pues, los mismos). Se autoriza la formación de partidos y se anuncian elecciones para el año siguiente. Se abren las cárceles. Sin embargo, al recomenzar el curso universitario, las manifestaciones también se lanzan de nuevo y en la Escuela Politécnica de Atenas se acaba produciendo una batalla campal entre estudiantes y fuerzas del orden que deja 30 muertos. Tras este suceso, el ala dura del régimen se impone. La apertura se frena, a Papadopoulos le sucede el brigadier Yoannidis, y recomienza la más brutal represión.

En julio de ese mismo año, Atenas ilumina un golpe de Estado en Chjpre cuyos impulsores destituyen a Makarios y llaman a la Enosis. El arzobispo, sin embargo, se escapa, y desde refugio seguro clama por la vuelta a la normalidad. Pocos días más tarde, los turcos desembarcan en la isla y bombardean Nicosia.

El 22 de julio, un ejército griego más acojonado que otra cosa pide tiempo muerto. El alto el fuego precipitará el fin de la dictadura. El 23 de julio de 1974 se forma un gobierno de unión nacional. Al frente del mismo… ¿algún demócrata vocacional? Pues no: Constantin Caramanlis.



Grecia juega de nuevo al juego de Maricón y Tontico. Hoy gobierna Maricón, mañana Tontico. Y así mucho.