miércoles, noviembre 27, 2019

Isabel al poder (12: Una boda en pecado, un legado papal corrupto, y el momento más bajo para los esposos)

Otros escalones de esta escalera:

El rey Enrique dejó sin contestar la carta de los esposos, como había hecho y antes con otras de Isabel. Al conocer la noticia de la boda, había picado espuelas hacia Segovia, de vuelta de su aventura sureña. Fue en la ciudad castellana donde recibió a los mensajeros con la carta de Isabel y Fernando, a los que despachó sin respuesta porque, dijo, tenía que consultar con su Consejo. La disculpa le venía al pelo pues, a la altura de Ocaña durante el regreso, Pacheco se sintió enfermar y hubo de quedar en la villa toledana nada menos que diez meses. Enrique, pues, estaba falto de su principal consejero, así pues la disculpa era plausible.

A Isabel, la renuencia de Enrique no le pareció ninguna buena noticia. En su mentalidad, y prácticamente en la de cualquiera, era obvio que aquella espera no se produciría en favor de sus tesis; lo más probable era que Enrique estuviese reagrupando fuerzas para poder contraatacar. Como siempre que una persona de alta mentalidad estratégica no es dueña de lo tiempos, la infanta de Castilla se sintió contrita y decidió que debía de hacer algo. A finales de octubre, y a despecho de espías y la posibilidad de que su correo fuese interceptado, le escribió a su amiga Leonor de Pimentel, condesa de Plasencia. Fue una jugada arriesgada. Leonor estaba casada con Álvaro de Stúñiga, uno de los grandes de Castilla que le habían sido parciales pero se habían pasado a la causa constitucionalista; no podía tener claro Isabel que Leonor no hubiese hecho el mismo viaje. Y algo de tráfico ilegal de comunicaciones tuvo que haber, pues, cuando menos para mí, nada puede haber de casualidad en el hecho de que la carta de Isabel a Leonor lleve fecha de 30 de octubre; y que apenas tres días después, el día 2 de noviembre, el rey firmase la adjudicación en favor del conde de Plasencia de la villa de Arévalo, esto es, la perla de la herencia dejada por el rey Juan a su hija Isabel.

Semanas después, Enrique respondió, por así decirlo, a la carta de Isabel y Fernando, haciendo público una especie de manifiesto en el que afirmaba que la bula papal presentada en el matrimonio era falsa y que, por tanto, Isabel y Fernando no eran esposos; todo lo más, follamigos. Y la cosa es que el Trastámara tenía razón: la bula que Carrillo había agitado delante del belfo de los testigos de aquella boda era falsa; la habían muñido entre él mismo y el rey Juan. Había sido, pues, el penúltimo movimiento realizado por el arzobispo sin autorización ni conocimiento de su (más que teórica) jefa, aun sabiendo que, el día que Isabel, la tiquismiquis católica DEFCON 1, se enterase, cuando supiese que había tenido por esposo a quien no lo era a los ojos de Dios y, además, le había frotado la pilila, se daría cuenta de que estaba en pecado. ¡En pecado!

En descargo de Carrillo y Juan de Aragón hemos de decir que ambos se rompieron los cojones tratando de que la boda fuese plenamente canónica. El rey Juan había pedido de Roma la dispensa en 1467; lo que pasa es que había pedido una especie de salvoconducto matrimonial para su hijo, esto es, que el Papa lo autorizase a casarse con cualquier mujer que fuese pariente cercana suya. El Papa, por una vez (y sin que sirva de precedente) con teológico acierto, le contestó que una dispensa matrimonial no se concede en términos generales, sino para un matrimonio en concreto; la Iglesia autoriza, por virtuoso, el matrimonio entre A y B, no autoriza a A a tirarse a todo lo que se mueva. Juan, enterado de ello, solicitó de nuevo la dispensa, poniendo esta vez el nombre de Isabel; pero el Papa, probablemente para no malquistarse con el rey de Castilla, se hizo el orejas.

Juan de Aragón, sin embargo, como su propio título indica, era aragonés. Y a un aragonés no le dices que no sin embarcarte en una interminable serie de peticiones y presiones. El rey, literalmente, ahogó al Papa en peticiones de diversa laya, buscando torcer su cerviz. Al final, medio lo consiguió o, al menos, es lo que dijo el rey Juan (y lo escribo así porque, la verdad, yo no le creo). Según Juan, el Papa accedió a dictar la dispensa para que los futuros reyes católicos se pudieran casar, pero sólo la redactaría después del matrimonio. Como digo, personalmente me resisto a creer la versión de Juan de Aragón porque, si bien es cierto que, históricamente, a los papas les ha sudado el pene Juana, su hermana o su perrita sharpei, no veo yo a un padre santo aceptando un estado de cosas en el cual dos primos van a celebrar una boda canónica y luego frotarse por las noches para que la Iglesia diga a posteriori que eso es bien.  O, por decirlo con precisión, lo que no veo yo es que Juan de Aragón tuviese en ese momento suficiente pasta como para convencer al Papa de hacer algo tan jodido.

Luego, según el relato del rey aragonés, y tal y como ya hemos referido, Palencia se dejó caer por Zaragoza, anunció que la operación Picha en Infanta tenía que hacerse en el plazo más corto posible, y el rey aragonés, junto con Carrillo, se dio cuenta de que no había tiempo para seguir convenciendo al Papa. Así pues, redactaron una bula falsa, la fecharon en 1464 y se la hicieron firmar al difunto Pío II.

¿Quiere decir esto que el matrimonio que inició el proyecto de la nación española fue un matrimonio ilegal, basado en un documento falsificado? Pues, la verdad, sí.

Los más versados en religión católica y/o en diplomacia vaticana tal vez estéis pensando, en este punto de este relato: pero, ¿no ha escrito este rocapollas que en la boda estaba presente el legado papal, Antonio Jacobo Veneris? Pues sí, lo he escrito; y si lo he escrito, es porque su orondo rostro, efectivamente, sale en todos los selfies que se hicieron en la ceremonia. ¿Cuál era, entonces, el papel de Veneris en toda aquella movida?

Lo más probable es que Juan y Carrillo, tras haber lubricado adecuadamente la casulla del buen legado (quien, como todos los de su especie, era extremadamente sensible a cualquier alabanza que engordase su cuenta corriente), lo trajesen a la boda para dar un martillazo más en el clavo de su conspiración. Allí se dijo, en efecto, que el Papa había entregado a Veneris in extremis una dispensa secreta; pero el legado nunca la mostró. A cambio del sustancioso soborno que recibió (porque los designios del Señor a veces son inescrutables, pero normalmente, lo que son, es carísimos), Veneris otorgó a aquel enlace la vitola de totalmente legal a los ojos de Dios.

Así las cosas, tras el manifiesto del rey, los temas se pusieron muy negros para los de Valladolid. Los más legalistas de entre los nobles isabelistas o neutros se colocaron detrás del rey Enrique, escandalizados por aquel matrimonio ilegal. En el corto plazo, pues, a Aragón aquella boda le salió como el culo; la había hecho para ganar apoyos en su enfrentamiento con el francés pero, sin embargo, se encontró con que Fernando, desesperado, le pedía a su padre el envío de mil lanceros a Valladolid para poder protegerse. El rey Juan, además, siguió presionando al Papa.

Fue en esos primeros tiempos del matrimonio, por cierto, cuando, siguiendo las tradiciones medievales en estas movidas, los novios escogieron un objeto que debía representar a cada esposo. Isabel eligió las flechas, pues flecha es palabra que comienza por la F de Fernando. El marido, en la misma línea, y puesto que entonces escribía Ysabel, escogió el yugo. El yugo y las flechas, combinadas con las armas de Castilla y Aragón, encerrados en una cadena y combinados con una esfera, serían el nuevo escudo del matrimonio y de la nación. Y, con los años, de Falange, pero ésa es otra historia (es importante redactar este párrafo porque la cantidad de gente que hay en España que cree que el yugo y las flechas los inventó José Antonio la misma tarde que inventó la camisa azul y el Cara al Sol, es legión).

El matrimonio, además, estaba siendo sitiado por hambre por el rey Enrique. Como respuesta al enlace, el Trastámara, a quien ya hemos visto siendo notablemente cutre a la hora de concederle a Isabel los pechos prometidos, incluso los que le correspondían por legación de su padre, intensificó esa política, sabedor de que, si lo hacía, la única salida que le quedaba a los esposos era volver el rostro hacia un rey que estaba en guerra abierta con una potencia europea. Isabel, de hecho, en un gesto, la verdad, poco solidario con su suegro, tuvo el cuajo de escribirle al rey Juan reclamándole los ingresos de las ciudades que le habían sido concedidas en las arras de su marido; dinero que no llegó porque el rey Juan lo necesitaba para la guerra y porque esas mismas ciudades estaban ya en medio rebeldía ante la posibilidad de financiar a la infanta castellana, un signo más de cómo cayó la boda (o, más bien, las capitulaciones) en Aragón.

Como la Ley de Murphy siempre se cumple, en esas circunstancias tan comprometidas, además, se presentó un problema añadido: la incompatibilidad entre Carrillo y Fernando de Aragón. Ya he dicho varias veces durante estas notas que quien contemple los tiempos que estamos describiendo como una dinámica entre una mujer fuerte, Isabel, rompe y rasga, mandona, empoderada, dándole instrucciones a un Carrillo obediente y respetuoso, desde luego no está contando esta historia. Durante buena parte de la rebelión castellana contra Enrique, rebelión que, no se olvide, estalló basada en los derechos de Alfonso de Castilla, Carrillo había sido la mano que mecía la cuna. En la mente del arzobispo, el matrimonio de Isabel y Fernando no cambiaba nada. En la mente del prelado, Fernando no dejaba de ser un humano casi sin pelos en el escroto, no castellano, alguien que había llegado a Castilla para escucharle a él, para obedecerle. Porque allí quien había mandado siempre era Carrillo. Quien pagaba la fiesta, era Carrillo. Quien tenía tropas para enfrentarse a Enrique si llegaban las hostias, era Carrillo. Los esposos no tenían ni ingresos propios, ni tropas, ni capacidad de allegar la voluntad de los nobles; no tenían nada.

En consecuencia, en las reuniones que empezaron a producirse en Valladolid, Carrillo debió adoptar, tras las peroratas de Fernando, una actitud tipo “bueno, ahora que ha hablado el niño, vamos a decidir los mayores”. Fernando, sin embargo, era mucho Fernando. Fue, desde luego, nuestro primer rey renacentista, y no en el sentido de que fuese por ahí esculpiendo cuerpos en bolas sino porque siempre tuvo muy claro de que eso que el rey era un primus inter pares se había acabado. El rey era el rey, y al que no le gustase, ajo y agua. Ítem más, era aragonés; no creo que haga falta decir mucho más.

Sus enfrentamientos con Carrillo comenzaron a ser tan públicos como frecuentes. En una de esas discusiones, Fernando fue bien claro al decirle a Carrillo: “no permitiré que me unzan a ningún yugo, como le ha ocurrido a tantos de los soberanos de Castilla”. Es decir, encima le fue al arzobispo con eso tan típico de “en Aragón las cosas las hacemos de otra manera” (que verdad es, pero sólo a medias).

Independientemente de que Fernando tuviese, por así decirlo, razón histórica, pues los vientos del tiempo claramente soplaban en la dirección en la que marchaba el flamante esposo de Isabel de Castilla, lo más probable es que interpretase con exceso ese apoyo. Todos los signos son de que el nuevo marido se desplegó, con Carrillo como con otros nobles de la Corte de Isabel, con una displicencia chulesca, impropia de una persona que estaba en una Corte que no era la suya. Sabemos esto porque sabemos que el rey Juan, advertido de lo que estaba pasando, envió a Valladolid a Juan de Coloma, un embajador suyo, quien sermoneó muy severamente al joven príncipe. Parece ser que Fernando hizo algo por mejorar su relación con Carrillo, pero el muelle ya no regresó nunca a su posición inicial.

En realidad, Coloma había ido a Valladolid para cerrar una vía de agua que se había presentado en el peor de los momentos posibles. En efecto, en buena medida la altivez de Fernando era probable producto de su desesperación, porque la causa de los esposos vivía el que probablemente era su momento más bajo. La propaganda en torno al matrimonio en pecado de los esposos había hecho mucho efecto en Castilla, de modo y forma que su causa había perdido el apoyo de muchas ciudades; y aun algunas que todavía les eran parciales se guardaban mucho de hacer pública ostentación de esas querencias. Toda Castilla, a finales de aquel año, era un hervidero de rumores sobre cuál sería el momento que elegiría el rey Enrique para sitiar Valladolid y apresar a los esposos. En la propia ciudad castellana, ante la perspectiva, los parciales del Trastámara cada vez se hacían ver con mayor claridad. Isabel y Fernando cada vez estaban más aislados, le escribía Coloma al rey aragonés.

1 comentario:

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