jueves, junio 30, 2011

Franco y el poder (5: a lo tonto, a lo tonto, voy y me lo monto)

Tras el 1 de abril de 1939 y el final de la guerra, el general Francisco Franco, máximo urdidor de la estrategia que lo ha llevado a ser la cabeza indiscutible de un Nuevo Estado que apenas tres años antes tenía candidatos mucho más netos, no sólo no hace el menor gesto de considerar su jefatura provisional y, consecuentemente, consumida tras la victoria, sino que se mueve rápido para quedarse aún más solo. De alguna manera, el 31 de marzo de 1939 todavía puede haber algún incauto analista en el bando nacional que piense que Franco aceptará ser un dictator a la romana, esto es una persona dotada de un imperium especial para ganar una guerra, pero carente de la auctoritas de un gobernante en tiempos de paz. Lejos de ello, sin embargo, la paz será el gran beneficio de Franco; y el chantaje de su pretendida fragilidad, su gran aval.

Franco se queda solo; y lo hace, además, aprovechando las primeras semanas de la paz, cuando sabe que nada le va a ser cuestionado. El 19 de julio, por ejemplo, cesa al general Queipo de Llano como capitán general de Sevilla, fulminantemente sustituido por Saliquet. El franquismo oficial quiso atribuir dicho movimiento a un comentario despectivo de Queipo con motivo de la concesión de la Laureada a la ciudad de Valladolid, en el sentido de que Sevilla la merecía más (comentario con el que, si cierto, coindido plenamente). Sin embargo, más allá de interpretaciones más o menos torticeras, resulta difícil no sostener que este movimiento por parte de Franco tiene como objetivo eliminar del ámbito del poder a un militar con criterio propio, notable carisma en su capitanía general, habilidades de las que él carece (la famosa capacidad comunicativa radiofónica de Queipo), y, además, veleidades republicanas; haciendo uso de una tradición que se ha mantenido con la democracia, Queipo fue exiliado a la embajada en Roma.

Hay que tener en cuenta, además, que un cese que Franco no podía realizar era el del cardenal Segura, titular de la diócesis sevillana y sacerdote que le profesaba una hostilidad manifiesta, lo que abría, siquiera teóricamente, las posibilidades de una entente entre la espada y el cirio en Sevilla que acabase por ponerle las cosas difíciles al general. Sevilla nunca fue plaza fácil para Franco; en realidad, si nos paramos a pensarlo, Sevilla ha sido plaza difícil para casi cualquier gobernante, hasta el día, claro, en que dicho gobernante resultó ser de Sevilla.

El segundo movimiento de Franco es reestructurar el gobierno creado en plena guerra y que, por mucho que la propaganda oficial dijese lo contrario durante el enfrentamiento, se podía considerar que todavía tenía la vitola de ejecutivo provisional ligado a los movimientos de Estado Mayor. Hacía falta un gobierno como tal, un gobierno de la paz, que si bien estuviese (como lo estuvieron los gobiernos y la administración de Franco en general) trufado de militares, sustantivase la realidad de una normalización política.

En principio, pues, es algo que tiene su razón de ser, porque un gobierno en guerra no es un gobierno en paz. Pero, en realidad, el cambio, más que para adaptarse a las nuevas circunstancias, se hizo para quitarse de enmedio a un conspicuo representante monárquico, Pedro Sáinz Rodríguez. Parece ser que Rodríguez le puso el cese a huevo a Franco con un comentario totalmente fuera de lugar, relativo a la voz de pito del general; cuando Carmencita, la vástaga del gallego, comenzó a hablar, diría el ministro: «esta niña ha sacado la misma voz que su padre». Pero, una vez más, corredurías de lengua aparte, el cese de Sáenz Rodríguez, esto es, el apartamiento del suelo monárquico, es la gran idea-fuerza de este gobierno, junto con el deseo de Franco de rodearse de su entourage personal. Entra en el gobierno Yagüe, retribuido así por haber sido un franquista de primerísima hora, desde los tiempos de la toma de Cáceres (sustituido poco después por Vigón, de igual perfil); toma poder Serrano; y entra Esteban Bilbao, el cordón umbilical de Franco con el tradicionalismo, que luego será presidente de las Cortes y, con los años, fino ariete contra las intenciones del falangismo.

Eso sí, el primer gobierno de Franco ya es una expresión de algo sobre lo que escribiremos hasta la saciedad en esta serie, y que es el problema fundamental del franquismo: el difícil equilibrio entre las tendencias, o familias, del régimen. En ese Ejecutivo, de hecho, Franco mezcla el agua y el aceite en la persona de José Larraz, ministro de Hacienda, y el propio Serrano.

Si a alguien le pudieran quedar dudas de las intenciones de Franco de quedarse en El Pardo, la ley de 9 de agosto de 1939 lo dejó bien claro. Recomiendo encarecidamente a mis lectores que la lean. En ella se practica un doble lenguaje muy curioso. En el preámbulo, por ejemplo, nos encontramos con la justificación de la ley, que es sencilla: terminada la guerra, es lógico reorganizar la administración de guerra para hacerla una administración como es debido; en la cual administración, se añade, se hace necesaria «una acción más directa y personal del Jefe del Estado». Pero en el mismo texto se dice que se creará un Alto Estado Mayor que estará «a las órdenes directas del Generalísimo». Franco, por lo tanto, es un máximo jefe militar en los minutos impares, y el jefe civil de un gobierno civil en los pares, según le va petando. Y todo se hace para llegar, tacita a tacita, al artículo séptimo, donde se abroga el Jefe del Estado la potestad «de dictar las normas jurídicas de carácter general», así como de radicar en su persona «de modo permanente las funciones de gobierno». Las disposiciones dictadas por Franco, «adopten la forma de leyes o decretos» (una forma elegante de escribir: me cago y me meo en el derecho constitucional, el contencioso-administrativo y la madre que los parió) podrán ser aprobadas incluso sin deliberación del Consejo de Ministros cuando razones de urgencia así lo aconsejen (obviamente, no se explica quién es el responsable de dirimir si esas razones de urgencia se dan, con lo cual, por la vía de la práctica, Franco se convierte en juez y parte del proceso). Esta ley viene firmada por Francisco Franco, a secas. Ni cargo, ni Cristo que lo fundó. A partir de ahí, ya sólo los muy disléxicos podrían darse por no enterados de que España se había convertido en una dictadura personal.

Esta ley, a mi modo de ver no demasiado citada, es una importante expresión del pensamiento de Franco, según el cual la debilidad de una dictadura es mostrar su disposición a acabarse. Ya en 1939, por lo tanto, el general Franco pensaba encabezar el Estado español hasta el último aliento; y lo cumplió. Para desgracia de España, Franco no era Sila.

Exactamente el día antes de que el BOE sancionase la posesión de poderes políticos casi ilimitados por la persona de Franco, el 8 de agosto, al régimen se le abrió una pequeña vía de agua. El cardenal José Gomá, en su condición de primado de España y consciente de tener ante sí una nación rota por una guerra civil de tres años, publica una carta pastoral en la que, entre otras cosas, reclama el derecho de los católicos a participar como tales (esto es, no como franquistas) en el poder temporal. De alguna manera, pues, la jerarquía católica venía a reclamar su parte en el botín político de la victoria, quizá soñando con los tiempos en los que la Alianza Nacional era un partido confesional de amplísimo espectro. Aunque leyendo la pastoral, más parece que la intención del purpurado era reconocer a los propagandistas católicos una especie de estatus de Guardianes de la Revolución, al estilo iraní, pero con palios y buenas palabras.

Franco, ni corto ni perezoso, prohibió la difusión de la pastoral. No le importó ni poco ni mucho deberle a Gomá el gran favor de la pastoral colectiva durante la guerra; España no se enteró de aquellas ponderadas palabras del prelado, excepción hecha de los lectores del boletín de la diócesis toledana, el único periódico sobre el que Gomá tenía mando directo y que, claro, se saltó la censura.

Por su parte Serrano Súñer, jefe de la diplomacia franquista, trabajó mucho ese verano enfriando el reactor nuclear monárquico que bullía en la cabeza de Mussolini. A base de echar toneladas de agua fría, para finales de agosto el Duce ya estaba razonablemente convencido de que restaurar la monarquía a corto plazo en España no era buena idea, y por mucho que el principal militar monárquico, Ramón Kindelán, poco menos que se fue a vivir a Roma para comerle la oreja a los fascistas, nada consiguió.

Con todo, el principal problema de Franco, y él lo sabía bien, era la economía. La gente, cuando vive mal, no entiende de ideologías ni de fidelidades, y apoya lo que haga falta que le llene el estómago; la indignación está inventada desde la antigua Grecia, y la demagogia frente a la misma la inventaron ya los Gracos.

En 1939, Franco tenía un país descojonado, falto de infraestructuras, no exactamente implicado en una guerra mundial pero tampoco apóstol de la paz. Esto, aparte de cosas que son bien conocidas como la entrevista de Hendaya y todo eso, tiene que ver con el hecho de que la ya de por sí difícil reconstrucción de España se hizo todavía más difícil en un entorno en el que proveedores necesarios para nosotros, tales como Reino Unido y, sobre todo, Estados Unidos, estaban de canto.

El embajador USA Carlton Hayes ha dejado escrito que la estrategia de Roosevelt frente a Franco consistió básicamente en darle acceso aproximadamente al 60% del combustible que necesitaba el país, para así tenerlo siempre con la lengua fuera y pidiendo árnica. Si no miente el diplomático, así fue como este embajador y el siempre laberíntico Sam Hoare, por Reino Unido, consiguieron que España comenzase a sisarle wolframio y otras cosas a Alemania. La gran ilusión de los republicanos exiliados, por todo ello, era que la economía española colapsara, porque sabían que eso podría acabar con Franco mucho más que las ideas prodemocráticas del mundo occidental (que son de quita y pon cuando interesa; véase, sin ir más lejos, el caso de las muertes musulmanas de primera -libios- y de segunda -sirios).

El problema económico era muy grave, y Franco tenía voces diferentes para escuchar. Larraz, el gran economista franquista, podría bien haber sido director del Fondo Monetario Internacional de su época. Por su parte, estaban los falangistas, con su sedicente líder Serrano Súñer, que jugaban descaradamente la baza de un estado nacionalsindicalista. En el punto medio se situó Franco, solucionando las cosas como un militar puro y duro: imponiendo la autarquía.

Piénsese bien. Así es como reacciona un militar. La obsesión de los ejércitos es ser autosuficientes; por esta razón tienen de todo. Tienen cocinas, hornos de pan, talleres de reparación, depósitos de componentes, lo que haga falta. Un ejército no puede parar la guerra porque no han llegado unas piezas que tienen que venir desde Alemania. Los ejércitos se abastecen a sí mismos y no necesitan de nadie; los medievales y renacentistas, por llevar, hasta llevaban los burdeles en su seno. Dado que Franco siempre pensó que España no se diferenciaba en nada del patio de un cuartel, pensó que la solución al problema económico era ése: concebir el país entero como una mostruosa brigada mixta que sería capaz de producir por sí sola todo lo que consumiese. Una idea delirante que en la Historia reciente de Europa sólo han tenido dos estadistas: el propio Franco y Enver Hoxa, el marxistodictador de Albania. A ambos les salió de puta angustia.

La teoría de la autarquía tuvo un gran defensor: el ingeniero naval militar José Antonio Suances, marqués de Suances. Dicen que Suances tenía un predicamento con el caudillo que pocos tenían; cierta vez , al parecer, hablando de la situación económica, se permitió el lujo de bromear sobre los discursos de Franco preguntándole: «Excelencia, si estamos tan bien... ¿por qué estamos tan mal?».

Suances fue ministro de Industria ya en el gobierno bélico del 38, y repitió después. Pero, sobre todo, creó el Instituto Nacional de Industria, corporación industrial pública que estaba llamada a garantizar la autosuficiencia productora de España; empresa en la que estuvieron enclavadas, en diferentes épocas, empresas como diversos astilleros, la minera Hunosa, Endesa, Trasmediterránea, Elcano, Inespal, SEAT, Pegaso... En la práctica, con los años, el INI se convirtió en un vertedero de activos industriales tóxicos. Los grandes amigos del franquismo, una vez que veían que sus empresas se iban al garete, se las colocaban al Estado, que se convirtió en un gestor de ineficiencias. El INI se convirtió, pues, en un extraño panaché de activos industriales donde convivían reyes Midas del beneficio (como Endesa, o Inespal) con empresas condenadas a ser casi estructuralmente deficitarias, como los astilleros o las hulleras. A través del INI, en todo caso, el Estado franquista controlaba una parte nada desdeñable de la producción nacional, así como la gestión de algunos recursos estratégicos. Fue un proyecto tan importante que sobrevivió (con un tamaño respetablemente grande, se entiende; en puridad, el INI todavía existe) más de treinta años a la autarquía que lo creó.

En el marco de esta política autárquica, el franquismo también tuvo su vertiente social. Lo cual es lógico, teniendo en cuenta que una parte no desdeñable del franquismo era jonsista, y las JONS fueron en su inicio, en buena parte, una especie de invento fascista-obrerista. De hecho, el principal elemento del jonsismo con entrada en El Pardo, el pucelano José Antonio Girón de Velasco, fue nombrado ministro de Trabajo, tras lo cual generó un mercado laboral fuertemente intervenido, sin derechos, pero también extraordinariamente rígido, por el que, cosas de la vida, suspira hoy en día más de un sindicalista. La política de Girón es en buena parte responsable de lo difícil que ha sido, y sigue siendo, flexibilizar el despido en España (aunque también es la responsable de que los salarios en España tiendan a ser bajos en comparación con otros países).

El ministro falangista, por lo demás, practicaba una especie de socialismo impasible el ademán, estrecho e ignorante. En los años cincuenta, ante las protestas por los bajos salarios, decretó por la jeró una subida del 25% de una tacada, que todo lo que consiguió fue disparar la inflación y hacer, a la postre, a los obreros más pobres de lo que lo eran antes. En todo caso, justo es apuntar en el haber de Girón cosas como el seguro de enfermedad, los pluses familiares (los famosos puntos), los jurados de empresa y el subsidio de invalidez.

Y aquí dejamos, por el momento, al general Franco. Al borde de lo que podemos llamar, sin miedo a equivocarnos, su etapa fascista.

El siglo (III)

El siguiente pequeño capítulo en la historia de la relación entre Franco y el poder, aquélla que cuenta cómo el caudillo siguió dando codazos para hacerse sitio bajo la canasta inmediatamente después de terminada la guerra, está ya casi terminada y sólo le falta apuntalar un par de datos. Dicho lo dicho, no obstante, el artículo escrito por Tiburcio y que colgué el miércoles me ha parecido muy interesante, y no me puedo resistir a apostillarlo en alguna medida.

Y apostillo porque hay algunas cosas que no comparto del todo. Por ejemplo, el concepto de que nuestros avances han comenzado a ir más deprisa que nuestro ingenio. Yo en esto tengo una visión más optimista. El error de apreciación en este punto estriba en olvidar algo que Tiburcio dice en su post, y que no por simple se deja de obviar: hoy somos muchos más que ayer, y mogollón más que antes de ayer. Por lo tanto, parece que la Humanidad es más destructiva que nunca y, si bien ello es verdad en términos absolutos, no lo es tanto en términos relativos.

Los españoles de los siglos XX y XXI, con toda nuestra especulación inmobiliaria que ha mandado, dicen algunos, nuestras costas a tomar por saco, no hemos cambiado nuestro país ni la mitad de lo que lo cambió el imperialismo naval hispano que, en apenas unos pocos siglos, se llevó por delante buena parte de la riqueza boscosa de la península. Esto es así, entre otras cosas, porque Felipe II no repoblaba lo que talaba, y nosotros repoblamos nuestros bosques. En mi opinión, el mundo se estaría enfrentando a ese horizonte apocalíptico que dibujan muchas organizaciones ecologistas si la Humanidad, hoy, tuviese las intenciones de Felipe II y las capacidades de Zapatero. Pero no es el caso, porque la Humanidad ha sabido entender, mutatis mutandis, las consecuencias de tener cada vez más capacidad de cambiar las cosas.

A todo ello se une un principio moral que tiene su aquél, que se podría enunciar así: ¿por qué la conservación del medio ambiente tiene que ser el límite del progreso? La respuesta a esta pregunta es bastante obvia para un ciudadano de clase media de Hamburgo; pero Hamburgo no es el mundo.

Imaginemos que es cierto que la temperatura de la Tierra va a subir dos grados; imaginemos que esto será así por los cienes y cienes de miles de miles de toneladas de C02 que se van a verter a la atmósfera en los próximos cien años. Un residente en Barcelona, probablemente, considerará esto intolerable. Pero si le preguntamos a un ciudadano de Namibia, quizá nos diga: «oye, depende. Porque si todas esas emisiones industriales se van a hacer para que mi país se desarrolle y yo pase de tener una renta per cápita negligible a un nivel de vida europeo, pues que le vayan dando por culo a la temperatura de la Tierra». Así las cosas, ¿por qué la situación actual del planeta es la que hay que conservar? La respuesta habitual es aquélla de: porque es la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. Ya. Pero, ¿seguro que el tipo que ahora mismo tiene la expectativa de dejarle en herencia a su hijo un país sin futuro, una economía casi de la Edad de Piedra, corrupción, dictadura, guerras, violaciones y hambre, piensa lo mismo?

Es porque pienso que a los africanos no les va a parar el milenarismo del camjbio climático por lo que postulo la idea de que África protagonizará el «milagro económico» del siglo XXI, aprovechando las limitaciones europeas a la actividad industrial y la relativa saturación de los gigantes asiáticos y latinoamericanos, lo que le permitirá buscar su lugar bajo el sol. El siglo XXI va a cambiar, en buena parte, la faz de la cooperación internacional: primero fue darle de comer; luego fue enseñarle a pescar; y ahora será dejarle que produzca rodamientos a lo bestia. Y aquí no hay nada que imaginar; es lo que hemos hecho con China, sin ir más lejos.

Esto hará desaparecer, quizá, los gorilas, ciertamente. Pero un futuro presidente congoleño bien nos podrá decir a los europeos: cuando usted se apioló a todos los uros de su continente, a todos los osos, yo no dije nada, así que ahora déjeme usted en paz.

Por lo demás, el problema del siglo XXI no es, Samsa dixit, la superpoblación, a mi modo de ver, sino la estructura de la población. Los demógrafos parecen estar de acuerdo en que la longevidad en los países desarrollados (y no tan desarrollados; véanse, sin ir más lejos, las estimaciones demográficas a medio plazo de la ONU para América Latina y el Caribe) se desplaza a un ritmo relativamente regular, sin que le veamos aún el techo. La longevidad humana se asemeja al salto de pértiga: uno siempre piensa que habrá un límite, que habrá un listón que ya nadie pueda saltar, pero acaba surgiendo un Bubka que va y lo pasa. Hace años escuché una conferencia de un tipo que decía que el hombre está estructuralmente preparado para vivir mil años. Del yuyu que me entró casi me hago monje.

Humoradas aparte, por lo que he podido leer, si existe una clara tendencia de la longevidad, no está tan clara en lo que se llama EVLD, Esperanza de Vida Libre de Discapacidad. Hay datos que sugieren que la EVLD se desplaza con la EV a secas (es decir, que el número de años en los que el hombre debe soportar ceguera, sordera, invalidez, Alzheimer o similar permanece más o menos estable). Pero también hay otros datos que sugieren que se estanca mucho más que la EV: esto es, el hombre cada vez vive más, pero eso quiere decir que cada vez vive más años necesitando de otros para muchas cosas, todas incluso.

El problema demográfico, por lo tanto, es que el perfil de gasto del hombre medio (occidental) está cambiando. Hasta ahora, el humano acomodado medio gasta cada vez más con los años hasta alcanzar un pico más o menos en la cuarta década de la vida, que es cuando se casa, tiene los hijos, se compra el piso, sale por ahí de farra, se hace las vacaciones de puta madre de las que saca plúmbeos videos de cuatro horas… etc. A partir de los cuarenta la cosa cambia, con la excepción de las crisis pitopáusicas que generan divorcios y adquisiciones de vehículos con tracción a las cuatro ruedas. A partir de los cincuenta, puesto que la pulsión de gasto se modera y los hijos ya se han ido de casa, el gasto se modera aún más y con la jubilación el humano medio ingresa en un entorno más modesto aún, de escasas necesidades y también recursos más escasos.

La evolución asimétrica de EV y EVLD genera que esta dinámica cambie y genere unos últimos años de la vida en los que, en realidad, el perfil de gasto, lejos de moderarse, se dispara. El anciano de cuarta edad de hoy en día demanda centros de día, residencias, ayudas de terceras personas, pastillas, aparatos, rehabilitación, y toda la pesca. Esto cuesta dinero, y ese dinero debe teóricamente generarlo quien está en el momento de la vida en el que ya no genera, sólo consume.

Estos días de discusiones de altura sobre la economía española, el Estado de la Nación y de las JONS, escuchamos mucho decir eso de que la clave de la competitividad está en la productividad. Cierto es; pero menos que antes. Aumentar la productividad no es lo que nos hace competitivos; es, más bien, una conditio sine qua non para serlo. A mi modo de ver, la clave de la competitividad del siglo XXI estará en ser capaz de activar las potencialidades de las personas más mayores, y gestionar con habilidad sus necesidades. Dicho de otra forma: el país competitivo del 2060 será aquél país que no tenga que transferir a su tercera y cuarta edad más de un X% de su PIB, bien porque haya desplazado el concepto de tercera edad (como se está haciendo en casi todos los países y se quiere hacer en España); bien porque haya desdibujado la frontera entre vida activa y vida pasiva (eso de la flexiseguridad); bien porque generalice la eutanasia activa prescrita por el Ministerio de Asuntos Sociales (solución Hitler); bien porque se las arregle de alguna otra forma. En suma, yo no veo guerras en el siglo XXI porque en el siglo XXI lo importante no será tanto tener ejércitos potentes como retaguardias que no te retarden demasiado.

La otra cosa que no veo clara en la visión tiburciana y que me gustaría apostillar es eso de la globalización. En primer lugar, la globalización nos ha traído una parte de la crisis que ahora estamos viviendo (otra parte la han traído los políticos; por ejemplo Clinton, con su decisión sobre los límites de las operaciones hipotecarias de sus entidades semipúblicas, que origina la crisis subprime), pero también nos ha traído los periodos de crecimiento económico más largos y estables que casi recordamos.

En segundo lugar, como también apuntaba en mi post, la globalización, como fenómeno sociocultural, ha fracasado. El hombre del siglo XXI se siente más catalán, ruteno, kurdo o de Orcasitas que nunca. Creo recordar, escribo de memoria, que Saladino era kurdo de origen y aglutinó bajo su alfanje a todo tipo de musulmanes que se unieron por el objetivo común de echar a los infieles de Palestina. Hoy por hoy, en Palestina hay otros infieles, hebreos, y estos mismos musulmanes se han demostrado incapaces de echarlos, quizá porque ni los kurdos ni, un suponer, los suníes iraquíes aceptarían ir juntos ni a comprar lotería. ¿Dónde está la globalización?

El problema del siglo XXI es centrífugo. Eso que los libros llaman Edad Moderna, que no sé muy bien lo que es la verdad, lo concibo como el inicio de la pelea entre dos grandes concepciones de comunidad: la basada en los intereses compartidos y una idea de bien común (la nación); y la sociocultural, basada en el elementos inmateriales de cohesión como la lengua, la cosmovisión, la costumbre de comer con tenedor o con palillos, etc.

El siglo XXI está viendo el final de esa lucha, que ha ganado de largo la segunda de las alternativas. Ésta es la razón de que el concepto de nación, Zapatero dixit, sea discutido y discutible; mientras que nadie discute un concepto que hasta hace dos telediarios era un fistro diodenal, como la lengua propia.

La Humanidad se fragmenta, y esa fragmentación podría verse como una medida de protección contra sí misma. Es como si la sociedad mundial se diese cuenta de que el concepto de nación (y su expresión oligopolística, que es el concepto de imperio o potencia) crea monstruos, Godzillas que se lo comen todo, y se defiende fragmentándose. Porque Rusia podrá ser la polla de Montoya, no lo dudo; pero ni modo esa geometría fractal de nacionalidades de que se compone hoy el antiguo territorio de la URSS se puede comparar con el nivel de poder e influencia que tenía ésta. El poder de A más el poder de B más el poder de C no es equivalente al poder de A más B más C.

Quizá por eso creo que Estados Unidos está lejos de perder su posición mundial prevalente: porque es una nación que hizo su guerra civil en el momento justo, con las elevadísimas dosis de violencia necesarias como para que a nadie le quedasen ganas de repetirla y, consecuentemente, es una nación que muestra una enorme resiliencia frente a estas tendencias centrífugas; es más: de las tendencias centrífugas del Canadá, con el tiempo, puede acabar sacando petróleo (bueno, quien dice petróleo, dice pescadilla). Ni China, ni India pueden decir eso. Brasil, sí. Brasil tiene un gran futuro en el ámbito geopolítico mundial.

Nuestros problemas por venir, por lo tanto, tienen que ver, sobre todo, con cómo vamos a reinventar y gestionar el concepto de comunidad y, sobre todo, cuánto podremos pagar del viejo concepto que aún está vigente. Acabaremos, me temo, por ponerlo todo en duda. Pero, como soy optimista por naturaleza, nada me dice que lo que venga tenga que ser, necesariamente, peor. Sólo distinto.

miércoles, junio 29, 2011

El siglo (versión Tiburcio)

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis la versión de Tiburcio Samsa sobre lo que pasará en el resto de este siglo.

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Tarde o temprano todo aficionado a la Historia cae en la tentación de jugar al adivino y hoy aprovecho para hacer lo propio la excusa de una pregunta que le hicieron a JdJ en su blog sobre si pensaba que habría una guerra entre EEUU y China.

Mi idea de lo que nos espera en las próximas nueve décadas se basa bastante en las observaciones de Ian Morris en su libro “Why the West rules-for now”. No pretendo ser original, sólo pretendo ser acertado en mis predicciones. Al menos algo más que el Presidente del Gobierno cuando dijo en 2008 que a España apenas le afectaría la crisis y sería de los primeros países que saldría de ella.

La Historia de la Humanidad ha sido una carrera continua entre los problemas y los avances. Descubríamos la agricultura y al momento nos encontrábamos con el problema de cómo guardar los excedentes. Descubríamos la cerámica para guardarlos y ahora el problema era qué hacer como el crecimiento demográfico provocado por una alimentación más abundante. Inventábamos la irrigación para explotar nuevos terrenos de cultivo y nos encontrábamos con que hacían falta especialistas y la sociedad igualitaria y matriarcal original se iba al carajo… Cuando nuestra capacidad inventiva ha ido más rápida que los problemas, hemos ido para arriba. Cuando los problemas se han multiplicado más rápido que nuestro ingenio, nos hemos ido a la eme.

En torno al siglo I d.C. el Imperio Romano en Occidente y el Imperio Han en China alcanzaron una cima de desarrollo social y luego vino el marasmo. Hacia el siglo XII el Imperio Song en China y la Europa cristiana en el siglo XIV recuperaron las cotas alcanzadas antes por romanos y han y zozobraron poco después.

Estas experiencias parecen mostrar que hay un techo de desarrollo social cuando una sociedad está basada en la agricultura y no conoce más fuentes de energía que la muscular del hombre y los animales. Si en el siglo XVIII, después de tres siglos de progreso, no volvimos a colapsar fue porque tuvimos la Revolución Industrial. La Revolución Industrial, con su empleo de nuevas fuentes de energía (el carbón primero y luego el petróleo) y sus avances tecnológicos, nos permitió romper ese techo de desarrollo social.

Mi opinión es que hemos llegado al límite de las potencialidades de la Revolución Industrial que empezó en el XVIII y de la revolución científica que la acompañó. Nos hemos encontrado con otro techo. Los problemas generados por nuestro progreso en los últimos 250 años han empezado a correr más deprisa que nuestro ingenio.

Algunos de los problemas, que se están haciendo cada vez más acuciantes y para los que no parece que seamos capaces de encontrar una respuesta con las herramientas que pusieron a nuestra disposición la Revolución Industrial y la revolución científica, son:

- La superpoblación: La combinación de alimentos abundantes (que puede que esté a punto de acabarse) y desarrollo de nuevas técnicas agrícolas ha permitido que la Humanidad se cuadruplique en 200 años. Ha llegado el momento de preguntarse si el planeta está preparado para albergar a tanta gente. Hasta ahora los avances tecnológicos han ido permitiendo que el ritmo de producción de alimentos fuese más rápido que el crecimiento de la población. No está claro si esta tendencia se va a mantener. De hecho la perspectiva a medio plazo es que nuestra capacidad para producir alimentos disminuya por los siguientes hechos: el cambio climático está afectando a las cosechas; la contaminación y la sobreexplotación están poniendo en peligro los recursos pesqueros; el desarrollo urbanístico se está comiendo algunas de las mejores tierras de cultivo; la producción de biocombustibles está compitiendo con la producción de alimentos.

- La contaminación y el cambio climático: La contaminación empezó el día que el primer ser humano tiró por la ventana los restos de una vasija que se le había roto. Cuando éramos pocos y estábamos poco avanzados, que fuésemos guarros tenía poca importancia. Ahora, ya no. Nuestra capacidad para contaminar ha crecido mucho más deprisa que nuestra tecnología para limpiar lo que hemos contaminado, nuestra sabiduría para saber que el crecimiento económico a corto plazo no compensa el desastre ecológico a largo plazo y nuestro conocimiento sobre los efectos de nuestras acciones sobre el clima. Parece que los expertos ya dan por descontado que para 2100 las temperaturas habrán aumentado dos grados. Pero hay tanto que ignoramos sobre el funcionamiento del clima que no sabemos si esos dos grados de incremento tendrán un efecto malo, muy malo o catastrófico.

- La globalización: El resurgir de los nacionalismos, el fracaso del multiculturalismo, la pérdida de diversidad cultural, la anomia social, hacen pensar que el ser humano tiene problemas para adaptarse a una situación caracterizada por: sociedades masificadas y con cambio social muy rápido, en las que además convergen elementos culturales de distintas procedencias y se producen movimientos masivos y rápidos de poblaciones. En un lado tenemos al progre de buen rollito y tolerancia con todas las culturas y en el otro al fundamentalista saudí que no quiere saber nada de otras culturas. Ambos son reacciones extremas ante un problema: ¿qué hacemos cuando las sociedades se convierten en lugares de encuentro de distintas etnias y culturas a un ritmo más rápido del que pueden absorber? ¿qué normas pueden darse en una sociedad así? ¿hay que forzar la integración o hay que dejar que se formen guetos de minorías étnicas? si se opta por lo primero, ¿es posible realmente esa integración forzada?

Para colmo, estamos tocando techo en un momento de cambio geopolítico. Los momentos de cambios geopolíticos son muy peligrosos, porque cambian los actores y las reglas del juego y es muy fácil que ocurran accidentes (guerras). Si consideramos los momentos geopolíticos por los que hemos pasado desde 1900, tenemos:

1.- 1900-1918: El Imperio Británico estaba desinflándose y varias potencias iban recortando posiciones (EEUU, Alemania, Rusia y Japón). Las tensiones causadas por la pugna entre los que querían mejorar su lugar bajo el sol y los que querían mantener su posición (Imperio Británico y Francia) acabaron desembocando en la I Guerra Mundial.

2.- 1918-1945: Versalles cerró en falso la herida de la I Guerra Mundial y no dio paso a un sistema geopolítico estable. Estaban las potencias en declive que querían mantener el status quo, pero carecían de fuerza para ello (Imperio Británico y Francia), una potencia ascendente, que se negaba a jugar el papel global que le correspondía (EEUU) y cuatro potencias descontentas con el resultado de la I Guerra Mundial que querían que les dieran lo suyo (Alemania, Japón, Italia y la URSS). La URSS además introdujo un elemento ideológico en las relaciones interancionales, que no había existido desde la época de la Revolución Francesa.

3.- 1945-1989: El sistema bipolar que surgió de la II Guerra Mundial trajo la etapa más estable y predecible que hemos tenido en las relaciones internacionales en los últimos 110 años. Cierto que siempre estuvo la amenaza de una guerra nuclear entre las dos superpotencias, pero la gente no era consciente de que el sistema funcionaba de tal manera que dicha guerra hubiera sido muy difícil. EEUU y la URSS sabían que no era en su interés echarle un órdago nuclear al otro.

4.- 1989-…: No sé cómo calificar el sistema geopolítico actual. El final de la Guerra Fría parecía que había generado un sistema monopolar, que yo llamo Blancanieves (EEUU) y los siete enanitos (China, Japón, la UE, Rusia, India, Brasil y el resto). El poderío norteamericano parecía tan abrumador que parecía que se mantendría durante décadas sin nadie que le hiciese sombra. Bush II sólo necesitó ocho años de mandato para echar por tierra la mayor parte de las bazas de las que disponía EEUU: con su chulería y prepotencia, dañó una de las grandes bazas de EEUU, la “soft diplomacy” y su capacidad persuasiva; su insistencia en el neoliberalismo con su mantra de privatizaciones y desregulación condujo a una crisis que algún día nos daremos cuenta que ha dejado pequeña a la Gran Depresión (quienes piensan que la crisis que empezó en 2007 se ha terminado o está a punto de hacerlo, son los mismos que responden llenos de entusiasmo a las ofertas que les llegan por internet de banqueros nigerianos); endeudó al país hasta las cejas y lo dejó empantanado en dos guerras inganables. Me pregunto si el EEUU de 2011 no será un poco como la España de Felipe III, un país que por fuera parecía imbatible y por dentro estaba todo carcomido.

Es posible que EEUU sea ahora como el Imperio Británico cuando murió la Reina Victoria (1901): la potencia dominante, que estaba empezando a perder delantera.

China es la gran competidora de EEUU, pero China es consciente de sus debilidades: gravísimos problemas medioambientales; riesgo de problemas sociales; retraso tecnológico con respecto a EEUU; carencia de una “soft diplomacy”. En la actualidad y durante muchos más años, China sólo pedirá que se la trate con un respeto acorde con su poderío. Sabe que no está en condiciones y que sería muy peligroso que intentase reemplazar a EEUU por las bravas.

No habrá guerra entre los dos. No sólo porque China sabe que la perdería, sino porque ambos saben que sería tan costosa, que tampoco le serviría de mucho a EEUU el ganarla. Económicamente se harán todas las zancadillas que puedan. China sigue necesitando el mercado norteamericano y EEUU sigue necesitando el dinero chino. Siendo así las cosas, la ventaja en la guerra económica a largo plazo está del lado de los chinos.

Pero reducir la previsión para los próximos años a un mero problema geopolítico es un error. En los próximos años vamos a tener que enfrentar tantísimos problemas, que afortunados son aquéllos a los que lo único que les quita el sueño es la posibilidad de una guerra entre EEUU y China.

lunes, junio 27, 2011

Este siglo

Felipe ha dejado recientemente un comentario en un post del blog lanzando el guante de un artículo, no sobre el pasado, sino sobre el futuro, o sea qué creo yo que será historia del siglo XXI en el siglo XXII. Tiburcio y yo leímos ese comentario casi al mismo tiempo y hemos decidido abordar el asunto cada uno por nuestra cuenta. Lo que vas a leer ahora, por lo tanto, es mi aportación; la de Samsa llegará, espero, algo más tarde.

Lo primero que me gustaría comentar sobre el tema es que estamos en el 2011; así pues, nuestra capacidad de imaginar lo que va a pasar en el conjunto del siglo XXI es la misma que tenían del siglo XX los ciudadanos de 1911, esto es personas que desconocían que en unos pocos años se produciría una guerra global que lo cambió todo (y que, sin embargo, apenas fue el preludio de otra más global todavía); así como la eclosión de la clase proletaria en el mundo del poder a través de la revolución rusa. Hemos de ser, por lo tanto, humildes y reconocer que somos ciudadanos de principios de siglo, vamos por la vida con nuestras levitas, nuestras chisteras y nuestras patillas abundantosas, y no podemos saber lo que va a pasar dentro de cincuenta años. Salvo los expertos en cambio climático, claro, que saben perfectamente la temperatura que va a hacer en la afueras de Sotillo de la Adrada a las 16,35 horas del 8 de marzo del 2076.

La única pregunta que se hace Felipe es si va a haber una guerra entre EEUU y China. Querrá decir otra, porque China y Estados Unidos están en guerra desde que son amigos, esto es desde que Nixon visitó Pekín. Las guerras hoy en día son más elegantes, pero no dejan de ser guerras. Alemania, escaldada en la primera mitad del XX, llegó a la conclusión de que era más fácil invadir con el Commerzbank que con las Panzerdivisionen, y es a lo que se ha dedicado en las últimas décadas. Por lo tanto, la guerra chino-americana no ha disparado ni un tiro (entiéndase en EEUU y China; en países terceros, unos cuantos), pero ha tenido sus batallas bien definidas.

Florituras semánticas aparte, yo no soy demasiado optimista (o pesimista, según se vea) sobre las posibilidades de China a medio plazo. En los años noventa se filmó una película de Sean Connery, Sol Naciente creo que se llamó en España, que describía la investigación de un asesinato en el mundo de altos negocios de Tokio. El ambiente de aquella película era el del mundo financiero e industrial de la época: los japoneses lo estaban comprando todo. Compraban siderúrgicas en Estados Unidos de siete en siete, eran los líderes en tecnología, bla. Por aquel entonces, recuerdo haber oído al presidente mundial de la IBM, de paso por Madrid, declamando en una conferencia: «el día que los japoneses quieran vivir como nosotros, las cosas ya no serán tan fáciles para ellos». Y acertó. El milagro japonés se asentaba sobre millones de familias viviendo en cajas relativamente amplias, que ellos tenían por pisos, con niveles de consumo relativamente modestos. La mayoría de edad de la economía y la sociedad japonesas abocó al país a una recesión larguísima, de la que en buena parte no ha salido; hoy, nadie habla del dragón japonés y el sushi se ha pasado de moda.

China tiene, que diría Marx, enormes y crecientes contradicciones internas. Es un país crecientemente contaminado. Es un país con unas diferencias sociales entre el campo y la ciudad que asustan. Es un país enormemente monetizado, porque exportar al ritmo que ha exportado durante tantos años ha recalentado de tal manera su masa monetaria que la única forma de evitar la hiperinflación ha sido comprar deuda a lo bestia (lo cual no evita que sea un país hiperinflacionario, que lo es). Asimismo, es un país que carece de pilar de bienestar (tan sólo hay sistema de pensiones como tal concebido para los funcionarios, y no todos) y, sin embargo, se enfrenta a unas tensiones demográficas impresionantes; algunos teóricos han dicho de China que es el primer país del mundo que es viejo antes que rico (todos los demás, antes de envejecer, nos hemos forrado en mayor o menor manera) y que, en realidad, nadie sabe cuál va a ser el resultado de esa realidad. La guinda del pastel es la pregunta de si China va a poder aguantar una década más, o un cuarto de siglo más, fagocitando sus tensiones democráticas internas.

China es, pues, una bomba de relojería económica (lo cual explica su crecimiento acelerado) que podría estallar conforme se acerquen los años malos de la pirámide demográfica. Todos los países que sufrieron la segunda guerra mundial tienen un crédito demográfico derivado del hecho de que un montón de gente que debería haber nacido en los años cuarenta, y que hoy estaría cobrando sus pensiones y generando sus gastos, nunca nació. Pero eso se acaba.

Yo no creo, por lo tanto, en una guerra entre Estados Unidos y China; entre otras cosas porque desde que surgió la Guerra Fría, las guerras entre potencias ya no se producen agrediéndose entre ellas, sino a través de países terceros.

En lo que creo es en la posibilidad de una recesión mundial aproximadamente en el 2030 provocada por China, puesto que buena parte del esquema económico presente se basa en la existencia de una potencia monetizada, fuertemente exportadora, y monopolística en esa posición. Ese monopolio, sin embargo, está en entredicho: India y Brasil ya están al acecho, y África no se va tirar toda la puta vida en el banquillo esperando su oportunidad. De hecho, creo que el siglo XXI vivirá eso que llaman un «milagro económico» en África; mi apuesta personal es Senegal. Otros países del mundo, como Indonesia, tienen también altas capacidades teóricas. Económicamente, de hecho, el siglo XXI será, en mi opinión, el de los países antes considerados musulmanes.

China, además, tiene un potencial disgregador que yo al menos veo cada vez más evidente. Hay muchas chinas dentro de China pero, sucintamente, hoy ya podemos hablar de una China moderna, flexible, dinámica; y una china pobre, tradicional y menos densa. Más abajo hablo de los nacionalismos; ¿por qué no consideraremos que los chinos no se van a ver golpeados por ello? ¿Puede romperse China? Pues sí, sin duda. Como poder, puede, sobre todo si su argamasa socialista cae como el Muro de Berlín, cosa que también puede pasar si, finalmente, los jerifaltes chinos son incapaces de contener la hiperinflación.

Pero vayamos con eso del tiempo de los países antes considerados musulmanes. Creo que el siglo XXI va a vivir unas tensiones importantes en el seno del mundo musulmán. Lo que empezó en la plaza Tahir aún no ha terminado. Los países musulmanes viven, de momento, revoluciones imperfectas; pero esto se corregirá cuando en esos países acaben surgiendo cohortes demográficas jóvenes básicamente laicas. De hecho, mucha gente cree que el integrismo educativo musulmán es una forma de agredir a Occidente; yo creo, más bien, que son medidas defensivas. Buscan evitar el efecto de desafección respecto de las verdades sociales de origen religioso, que los gobernantes saben que acaba ocurriendo en cuando a la gente le pones una tele o un ordenador en su casa y se pone a ver Friends; exactamente igual que, a su manera, La tribu de los Brady acabó con la forma un tanto pacata que teníamos de ver la vida los españoles.

A mi modo de ver, será el Indostán el área donde surgirán estas tensiones de forma más perceptible, en cuanto la renta per cápìta suba unos puntos. Creo que si hay un país que va a dar un giro copernicano en el siglo XXI, es India, que está llamada, mucho más que China, a ser la Alemania de Asia. Indios ricos significa paquistaníes económicamente colonizados y, a la larga, elevación del sentido crítico social. El 13 de agosto del 2047, el Casino de Montecarlo estará petado de millonarios de tez oscura, no pocos de ellos nacidos parias o talibanes.

Europa se enfrenta ya a su propia crisis. La Europa de la Comunidad Económica Europea era una Europa de los despachos, y es bastante obvio que éste es un esquema que deja insatisfecha a buena parte de la sociedad europea; sociedad que, en todo caso, está escasamente armada para enfrentarse a los cambios del mundo, porque mira el mundo con gafas de hace cincuenta años, por lo que su capacidad de adaptación prácticamente no existe.

Esta crisis contra la euroburocracia se junta con otra de mayor calado, y es que en Europa, en los años sesenta y setenta, compramos un piso cuya comunidad ya no podemos pagar porque es demasiado cara. La encrucijada, ya hoy, es si mantener, reinventar o recortar eso que se llama Estado del Bienestar. Dicen los teóricos que es imposible que un Estado pueda recaudar más del 9% del PIB en impuestos. Y bien, nuestro Estado del Bienestar corre peligro de llegar a costar mucho más que eso (el 15% en el caso español, obviamente antes de la reforma que ahora se ha pactado). Podemos hacer varias cosas: podemos trabajar más, para así poder pagar la comunidad; podemos irnos del piso y cambiarnos a otro más modesto, pero más barato; o podemos permanecer en el viejo caserón, como las viudas ignotas del centro de nuestras ciudades, rodeados de los muchos recuerdos de nuestros años guapos, pero sin gastar ni un céntimo en nada, porque en el fondo seremos unos pordioseros con mansión.

El del Estado del Bienestar, en todo caso, no es el fondo del problema. El fondo del problema, a mi modo de ver, es si Europa va a poder enseñar al mundo una capacidad de converger en políticas económicas y sociales de la que hasta ahora ha carecido. Si realmente va a poder exhibir una fuerza económica común. Es un punto en el que yo soy pesimista, y es por eso que veo fortísimas tensiones centrífugas en la Unión Europea. Si se intensifica la colaboración del eje franco-alemán, nuestro aliado natural es Italia. ¿Italia? Sí, Italia.

Pero eso será, claro, si Italia, o nosotros mismos, seguimos existiendo.

Una de las grandes preguntas del siglo XXI, que condiciona todo el entorno geopolítico, es si el nacionalismo, como forma de pensar, va a seguir gozando de buena salud. Ahora mismo, es la ideología más fuerte en la sociedad mundial, sin duda. El nacionalismo pudo con la URSS, y eso es mucho, pero mucho, poder. La potencia de esta incógnita x determina toda la ecuación. Yo, sinceramente, no veo tendencias de reducción del nacionalismo; es más, se da la circunstancia paradójica de que internet (la interconexión global de los ciudadanos del mundo, y bla) ha incluso aumentado las tensiones nacionalistas, porque ha sido habilísimamente utilizado por los nacionalismos en su provecho. Creo que el nacionalismo explica el 80% del siglo XX y explicará un porcentaje no mucho menor del XXI. La tendencia del mundo le va a favor de corriente; véase, sin ir más lejos, el leve detalle de que el euro, en lugar de estar donde se pensó en su día, es decir a punto de comerse la libra esterlina y las monedas escandinavas y tal, lo que está es a punto de desaparecer. Este párrafo significa, sí, que España seguirá registrando tensiones muy fuertes por el flanco nacionalista, que podrían llegar a obligarla a reinventarse.

Si el nacionalismo pervive y la gripe, si no pulmonía mortal, del Estado del Bienestar, alimenta los radicalismos intervencionistas (como lógica reacción contraria), esto vendría a suponer que la inmigración será en el siglo XXI un problema aún mayor de lo que lo fue en el XX y que, en general, el siglo XXI será una sopa de Oparin para los radicalismos. Eso siempre, o casi siempre, quiere decir totalitarismo; lo totalitario, como los sombreros, volverá. A mi modo de ver, existe la posibilidad de que, como poco, dos, si no tres o más, de los seis grandes jugadores del tablero mundial del siglo XXI (Estados Unidos, Rusia, China, Brasil, India, Europa) sean políticamente de índole totatlitaria o cuasitotalitaria. Esto depende también de la violencia que generen los problemas del Estado del Bienestar (véase Grecia).

El siglo XXI no verá una solución para el problema del Estado de Israel. Entre otras cosas, porque veo muy difícil que los países musulmanes del área sean capaces de mantener su inestable unidad. A mi modo de ver, el tiempo (o sea, el proceso de laicización de los países musulmanes) juega en contra de Hamas y movimientos adyacentes; pasado el primer tercio de siglo, Israel podría entrar en la UE (incluso antes que Turquía, que anda un poco despistada). Pero eso será, claro, si no hay guerra civil en Egipto, porque ésta cambiaría el mapa completamente.

No sé; no soy, como se ve, demasiado optimista.

domingo, junio 26, 2011

Un país, dos guerras

Bueno, pues el país que yo tengo documentado estuvo en guerra, al mismo tiempo, con los dos bandos de la segunda guerra mundial, es... Bulgaria.

El rey búlgaro Boris III falleció en Sofía, en extrañas circunstancias, en 1943, poco después de una visita de Hitler al país. Bulgaria estaba adherida al Eje y era firmante del Pacto AntiKomintern, aunque nunca realizó acción bélica alguna contra Rusia. La sociedad búlgara no era partidaria de pegarle tiros a los rusos, a los que estaba históricamente agradecidos por haberles ayudado a sacudirse la dominación turca. Por ello, el gobierno pronazi del arqueólogo Bogdan Filov le declaró la guerra a Reino Unido y, después de Pearl Harbour, a Estados Unidos, pero no actuó contra Rusia por mucho que Hitler porfió en dicho sentido.

La muerte de Boris III provocó la creación de un consejo de regencia en el que estaban presentes un miembro de la familia real, el principe Zyrill; el propio Filov; y el general Nicola Michov, ministro de Defensa. El joven príncipe, Simeón, se fue dando cuenta de la pérdida de poder de Alemania, especialmente después de que los frecuentes bombardeos de Sofía le obligaron a refugiarse en la estación de Tscham Kuria. Desde allí, trató de influir al nuevo jefe de gobierno, Konstantin Murawjev, líder del Partido Agrario, para que buscase fórmulas de entendimiento con los aliados.

El 4 de septiembre de 1944, cuando los rusos terminan la ocupación de Rumania y se asoman a la ribera del Danubio, Murawjev denuncia el Pacto AntiKomintern, y el 5 le declara la guerra a Alemania. En la tarde del 5, la URSS hace saber por conducto oficial que considera la declaración búlgara insuficiente y, al alba del 6, la ataca.

Es en ese momento, pues, en el amanecer del 6 de septiembre de 1944, cuando el Estado búlgaro se encuentra en guerra con: Alemania (desde el día anterior), URSS (que la está atacando), Reino Unido y Estados Unidos. Esto es, con todos los grandes contendientes de ambos bandos a la vez. De hecho, el día 9 el gobierno cambia por el dirigido por Georgiev, y se firma un armisticio con la URSS.