viernes, diciembre 23, 2011

Algunas notas sobre la longevidad del franquismo

Tras lo escrito, y sobre todo lo comentado, con ocasión del último post de la serie sobre Franco y el poder, me siento poco menos que con la obligación moral de escribir algo sobre el asunto que se apuntaba en el epílogo de aquellas notas, y que ha despertado el interés de varios lectores: la cuestión de qué elementos podemos encontrar que expliquen la extremada longevidad dictatorial del general Francisco Franco.

Sin menoscabo de otros factores que han sido ya señalados en dichos comentarios o lo puedan ser en el futuro, yo veo las siguientes cosas.

El enemigo. Todas las dictaduras longevas tienen, si os fijáis, un enemigo. Un Godzilla que les permite vivir de la amenaza de que algún día surja el lagarto del mar y haya que matarlo. La URSS sobrevive a los primeros tiempos de la revolución porque Stalin tenía un enemigo llamado Hitler y, posteriormente, otro llamado Estados Unidos, que legó a los siguientes secretarios generales del PCUS. Es el mismo enemigo que tiene Fidel Castro. Casi el mismo que tiene Corea del Norte. El mismo que tenían todos los países europeos que, en el Congreso de Viena, detuvieron bruscamente el reloj de la evolución sociopolítica, regresando a eso que llamamos Antiguo Régimen a base de agitar frente a sus pueblos la bandera negra de la Revolución.

El primer elemento del franquismo es el enemigo. Alimentado por su propaganda, por su historiografía, pero también alimentado por el propio enemigo. Y, ¿por qué? Pues porque el franquismo contó con

La excesiva duración de la República. ¡Coño! ¿Excesiva? ¡Si sólo duró tres(cinco; me lié con mis propias cronologías) años! Pues sí, excesiva.

Hay dos tipos de hechos o vivencias. Los del primer tipo o los olvidas o te dejan un recuerdo vago que apenas influye en tu evolución. Los del segundo tipo son, o tan traumáticos, o se producen con tanta permanencia, que su huella es indeleble e, indefectiblemente, cambian tu cosmovisión y tu forma de ver la vida para siempre. Por ejemplo: una persona puede vivir una crisis de precios inmobiliarios, digamos, corta. En su país hay una recesión y durante un año o dos, los precios de los pisos se estancan o incluso bajan. Eso le jode, pero si a los dos años la cosa se recupera y los precios vuelven a subir, en diez o quince años esa persona probablemente habrá olvidado que una vez los precios bajaron. Pero si los precios bajan mucho, o durante mucho tiempo, o ambas cosas, nunca lo olvidará. Nunca volverá a confiar en el ladrillo para meter sus ahorros. Se ha generado un cambio de actitud permanente.

Claudio Sánchez Albornoz, una voz que no se puede considerar sospechosa de franquista, entre otras cosas porque pertenecía a una recia familia abulense con notable patrimonio que lo perdió todo, absolutamente todo, el 1 de abril del 39; don Claudio, digo, decía que lo mejor que le podía haber pasado a España es que el golpe de Estado del 36 hubiese triunfado en 72 horas. Nos habrían fusilado a unos cuantos, decía, pero España no habría tenido que sufrir 40 años de comida de mocos. Si hubiese pasado lo que Albornoz decía, estaríamos ante una crisis relativamente corta, capaz de no dejar huellas indelebles en el sentir colectivo. Sin embargo la guerra duró tres años, durante los cuales el odio hirvió hasta temperaturas dignas del núcleo de una supernova, y el efecto fue permanente.

Yo discrepo con don Claudio. Si la guerra hubiese durado sólo 72 horas, para mí los únicos dos cambios sobre la Historia vivida que se habrían producido sería que a Franco no le habría dado tiempo de ser generalísimo (luego no habría sido, por lo menos en primera lectura, el jefe del Estado); y que José Antonio Primo de Rivera habría sobrevivido (neto de alguna matanza desesperada en Alicante, claro). Pero más allá, punto pelota.

Los conspiradores del 36 llevaban en el libro de instrucciones, bien clarita, la intención de fusilar a todo bicho viviente que oliese siquiera remotamente a activista rojo. Yerra, o erraba, Sánchez Albornoz con su impresión; no habrían sido 200 o 300 los fusilados, sino los mismos 40.000 que fueron (contando con la inexistencia del exilio, en realidad muchos más), porque la República había colocado a la sociedad española en una dinámica «o tú, o yo», y esa cosmovisión estaba ya indeleblemente impresa en la sociedad.

El marxismo y, en menor medida, el bakuninismo (así pues, no exactamente todo el anarquismo) es extraordinariamente importante en la Historia de la Humanidad por varias cosas, y una de ellas, para mí la de mayor importancia, es la introducción, o resurrección, de la filosofía exclusivista: la forma de ver el mundo según la cual la supervivencia de los buenos sólo es posible aplastando, eliminando a los malos. Ésta era una filosofía clara en mundo antiguo (los vencidos eran masacrados, o esclavizados) y que adoptó la Iglesia católica con las herejías. El marxismo la retoma y la aplica a la dialéctica política: no hay más forma de implantar la justicia social y bien común que haciendo que la clase de los buenos, la clase obrera, no sólo tome el poder, sino que aplaste o haga desaparecer a la clase de los malos, la burguesía. Por eso se habla de democracia obrera, de justicia popular, de gestión popular, etc. Todo eso quiere decir: elementos de la vida social y política, democracia, justicia, gestión, en las que a la burguesía se le niega incluso el derecho a existir.

En ese choque de trenes entre marxismo y fascismo que es el primer tercio del siglo XX en Europa, a España le toca lidiar, fundamentalmente, con el marxismo. El fascismo, entre el 31 y el 36, es una amenaza que nunca llega; si tan fascistas eran las derechas republicanas, en el 34, tras sofocar el golpe de Estado revolucionario llamado Revolución de Asturias, habrían cerrado las Cortes, fusilado a Largo Caballero, ilegalizado los sindicatos, el PSOE y el PCE y, por supuesto, jamás habrían permitido que las elecciones del 36 se celebrasen. Que tenían gente a la que le iba esa marcha no se duda; Francisco Franco era su jefe de Estado Mayor.

Hoy es el día, año 2011, que si alguien, sea de derechas, de izquierdas o mediopensionista, ve a un tipo por la calle agitando una bandera republicana tricolor, automáticamente asume que esa persona es de izquierdas. Muy de izquierdas, quiero decir. Esta asunción es la traza que nos queda, 70 años después, de la huella indeleble que la República dejó en la sociedad española, una huella que identifica la República con una parte minoritaria de su desarrollo.

Una vez hice un ejercicio matemático que me resultó bastante curioso. Yo no sé si alguno de mis lectores está familiarizado con el concepto de vehículo/kilómetro. Es la medida de tráfico más normal y parte de la base de que el tráfico no se puede medir según los vehículos que se mueven, porque unos se mueven para ir a la esquina de enfrente mientras que otros cruzan España entera. Por lo tanto, se utiliza la medida de vehículos/km. Un coche que recorre 100 km equivale a 100 vehículos/km.

Basado en esta metodología, me hice el cálculo de ministros/día, por partidos. Esto es, un ministro que lo fue durante tres meses equivale a 90 ministros/día. De esta manera, sumando ministros, trataba de hacerme una idea de qué partido acumulaba más.


Para sorpresa de propios (hasta ahora, no le había enseñado este gráfico a extraños), resulta que es el Partido Republicano Radical de don Alejandro Lerroux el que acumula más ministros/día en la República o, si se prefiere, el que toca más poder, cuando menos oficial. Aún poniéndonos a sumar quesitos de los diferentes partidos de la izquierda burguesa y sus múltiples escisiones, en mi opinión es muy difícil eliminar la sensación de que la República fue, básicamente, gobernada por los radicales y los que la historiografía viene considerando políticos independientes, de variado pelaje.

La duración de la República, yo diría que más allá del 34, ha cambiado esta impresión; como la ha cambiado, sobre todo, el desarrollo de la guerra civil, donde aparece, y éste es un concepto que manejó mucho la historiografía franquista, a mi modo de ver esta vez con acierto, algo que deberíamos denominar la III República: una república gobernada por quienes, en realidad, no habían gobernado la II y que, como no puede ser de otra manera, la gobernaron de otra forma. Y no sólo la gobernaron de otra forma, sino que se aplicaron a una operación de propaganda destinada a convencer: primero a ellos mismos; después al resto de los españoles; y, finalmente, al mundo mundial, de que en la Historia de España no había habido más república que ellos. Mediante este trile ideológico, bastante típico de las estrategias propagandísticas de la URSS de la época por otra parte, un régimen de bastante escasa calidad democrática (un país en el que, como acertadamente señaló su ministro de Justicia en un informe bien conocido, no se practicaba la libertad de religión; o en el que se presionaba a las embajadas para que devolviesen civiles, sin negar en momento alguno que el motivo de la reclamación fuese fusilarlos); en un país, digo, con bastante baja calidad democrática, se reivindicase apoyo en su favor for the sake of democracy.

La II República española nació como un sueño muy bello. El discurso de Niceto Alcalá-Zamora, entonces primer ministro, en la apertura de las Cortes Constituyentes, es, a mi modo de ver, una de las obras cumbres del parlamentarismo español y la mejor expresión de los porqués del surgimiento del sueño tricolor. Pero quien lo lea no encontrará ahí las líneas del revolucionarismo obrerista de la época, mucho menos las trazas del sueño ácrata o anarcoide; no puede encontrar tales cosas en las palabras de un político que había sido dos veces ministro del rey.

La II República la trajeron las derechas republicanas. Por eso vino como vino, porque si Alfonso XIII hubiese tenido la sensación de que tomando el portante camino de Cartagena dejaba el país en manos de los marxistas o los bakuninistas, de seguro habría hecho caso de su ministro La Cierva, el único que, en su último consejo de ministros, le conminaba a quedarse. Si la república llegó fue porque el conde de Romanones, a la hora de negociar la salida del rey, encontró que su interlocutor era Alcalá-Zamora (hombre que, apenas un año antes, había abogado en la Universidad de Valencia por una república confesional y bicameral, con un Senado a dedo que operase como freno objetivo del radicalismo); y, mientras ambos señores negociaban, los futuros políticos republicanos esperaban en la calle Príncipe de Vergara, en el palacete que era vivienda de Miguel Maura, líder de la derecha republicana; porque es que de aquélla, cágate lorito, había una derecha republicana.

Pero no fue esa República, esa primera segunda república, la que grabó a los españoles al rojo impresiones que durarían cuarenta años (en realidad, setenta, y lo que te rondaré, Morena). Fue la segunda segunda república, la que llegó después de que el proyecto evolucionario se comenzó a convertir en un proyecto revolucionario; con la inexplicable, a la par que irresponsable, colaboración de una serie de políticos minoritarios, que no tenían nada que ganar en las movidas revolucionarias, pero que lo dieron todo por tocar pelo. El franquismo explicó esto durante décadas afirmando que Martínez Barrio, Azaña, Domingo, et alia, eran masones. Con permiso de todos aquellos a quienes les mola acudir a la masonería para explicar los bienes y males del mundo, yo no creo eso. Yo es que fueran masones. Lo que eran, es ambiciosos. Querían su cuota de ministros/día. Sabían que los obreristas tenían un prurito no colaboracionista. Que los socialistas seguían, en buena parte, teñidos de la filosofía de Pablo Iglesias, es decir el yo no quiero saber nada con los gobiernos burgueses porque lo que yo quiero es aplastar a los gobiernos burgueses. Sabían, en consecuencia, que la presencia en los gobiernos de la República siempre sería problemática para el PSOE, fuente de querellas y discusiones internas sin fin; y, por eso mismo, soñaban con manejar a los socialistas a su gusto. La deriva de la República en la guerra civil es una buena demostración de quién acabó manejando a quién.

La República 2.1 todavía pudo acabar bien. Sobre todo si hubiese aceptado el turno de poder en favor de las derechas de una forma más deportiva y leal. Lejos de ello, las elecciones del 33 despertaron lo peor del republicanismo de izquierdas, incluyendo la intención de declarar inválidas unas elecciones de cuya limpieza no cabe dudar, y, además, arrojaron a los socios revolucionarios al monte. A lo cual tampoco colaboraron las derechas, que olvidaron, en días tres, las lecciones de Cánovas según las cuales el buen turnismo político se basa en que los conservadores no se apliquen, cada vez que llegan al poder, a desmontar hasta el último ladrillo de la obra construida previamente por los liberales.

Franco, pues, se apoyó en todo lo que pasó en la II República a partir, más o menos, del primer martes después de Casas Viejas. Porque lo que pasó en esa República 2.2 sí que nos dejó a los españoles huellas que, probablemente, no se irán jamás. A todos. Esos 800 días, cuarta arriba, cuarta abajo, se convirtieron en 800 oportunidades para convencerse: o bien de que era necesaria una Mano de Hierro que colocase todo aquello en orden; o bien, que aquéllos que demandaban una Mano de Hierro no deberían tener derecho ni a ir a mear. Las dos Españas existen desde hace 200 años, pero hay momentos en la Historia en los que, por razones diversas, llegan a odiarse con una intensidad y un refinamiento estratosféricos; la posguerra de Independencia y la República 2.2 son dos de esos momentos; la primera guerra carlista y la guerra civil no son sino consecuencias lógicas, e inmediatas, de ello.

El camaleonismo. Una de las principales pruebas que detecto cuando discuto con alguien sobre el franquismo de que no tiene gran idea de lo que habla es su concepción primaria de aquel régimen. Yo diría que una amplia mayoría de españoles conciben el franquismo como el Antiguo Egipto, es decir algo que permaneció básicamente igual durante siglos. Sin embargo, una de las razones por las que el franquismo sobrevivió tanto tiempo es porque no fue así. Dentro del franquismo hubo varios franquismos, porque a su gran mentor, el general Francisco Franco, todo lo que le importaba era seguir en el poder, y estaba dispuesto a hacer muchas cosas para ello.

El franquismo, en efecto, mostró, a lo largo de su historia, una asombrosa capacidad de adaptación, que le sirvió para conseguir que a los electrones situados en las capas externas del átomo les costase sentir la atracción de otros átomos cercanos. Es evidente que el franquismo comienza a sufrir, casi desde su primer día, la pérdida de efectivos, que se corresponden con personas que, por convicciones democráticas o excesivamente fascistas, se ven impelidas a colocarse contra el régimen. Sin embargo, cuando Franco muere, en 1975, aquellos que se siguen considerando franquistas siguen siendo, básicamente, los mismos que firmaron el contrato en el 39. Esto es así a base de un delicado juego de equilibrios, y a base de cambiar.

Es una tentación muy propia de mucha gente el etiquetar el régimen franquista como fascista; pero hacerlo es empezar a no comprender las razones de su longevidad. De hecho, si el franquismo hubiese dedicido no renunciar al fascismo, probablemente habría desaparecido no más tarde de 1947. Si no desapareció fue porque Franco lo mutó. A partir del dicho año 47, y sobre todo en la mitad de los años 50, Franco se asemeja a ese dependiente de ropa de la película Pretty woman que le pregunta a Richard Gere si ya se le ha hecho suficientemente la pelota. Sólo que en la película de Franco, Richard Gere es la Casa Blanca y su ministro en la Tierra, es decir el Foreign Office. El franquismo cambió lo que tuvo que cambiar, porque contaba con la ventaja de que Richard Gere nunca le exigió, ni le exigiría, elecciones libres, que era la única pelota que no estaba dispuesto a hacerles. Así, paulatinamente, dotó a los españoles de un Fuero (cáscara vacía), acabó formalmente con la censura en el 63 e, incluso, algunos meses más tarde, incluso se permitió dictar una ley de perdón para los crímenes de la guerra civil (con la cual, vale, amnistiaba a los criminales del bando contrario; pero también se amnistiaba a sí mismo).

El contrario. Un elemento muy importante de la longevidad del franquismo es su contrario. El antifranquismo es un movimiento dividido y perdido en querellas insolubles. Como ha dejado escrito el periodista anarquista Jacinto Torhyo, en la posguerra civil, en los campos de refugiados de Francia, a cualquiera que le preguntases quién tenía la culpa de la guerra te contestaba: «de los fascistas», si era comunista; y «de los comunistas», si era cualquier otra cosa. El antifranquismo se divide radicalmente desde sus inicios en dos mitades muy claras: por un lado, los comunistas (que son, además, los antifranquistas más activos, porque tienen más medios que nadie al disponer de un Estado que les apoya); y el resto. Para escenificar esta división, ahí está el episodio por el cual Sánchez Albornoz asume la presidencia de la República en el exilio (un cargo que en ese momento no le interesa a nadie) por la sola y mera razón de que, de no hacerlo, la previsión constitucional coloca el cargo en manos de Dolores Ibárruri, en su condición de vicepresidenta de las Cortes.

Dentro del antifranquismo encontramos episodios tan poco edificantes como aquél por el cual se hace extraño que militantes del PSOE quieran homenajear a Juan Negrín; no sé si de dan cuenta de que intentan encumbrar a un señor que fue expulsado de su partido. En puridad, el PSOE de la posguerra se divide en dos: el negrinista, que habitualmente se suele alinear con los comunistas; y el prietista, que se puede decir es el tronco del que sale la rama actual, aunque sólo sea porque es el socialismo que acepta una solución monárquica constiticional para España. El exilio, por otra parte, sirve para dejar bien claro que los grupos burgueses de izquierdas eran cáscaras vacías, partidos formados por diletantes de salón y contertulios más o menos convincentes pero sin apoyo social alguno. Y, sobre todo, en un proceso del que, lo he escrito muchas veces, España bien puede felicitarse, la noche antifranquista se traga el anarcosindicalismo de acción directa y postulados irredentos; uno de los grandes responsables del fracaso de la II República. Los nacionalistas, por último, terminar la guerra y meterse en su caverna, fue todo uno. Algunos, de hecho, a día de hoy todavía no han salido.

Si alguna vez coquetearon las cancillerías occidentales con la idea de promocionar una solución democrática para España basada en los viejos socios republicanos, no habrían sabido ni por dónde empezar. Por eso los alemanes, cuando comienzan a verle a Franco temblón y más p'allá que p'acá, le dicen a Isidoro que se vaya a Suresnes y monte un momio presentable. Pero estamos hablando ya de los setenta. Mientras llegaron esos tiempos, para los diseñadores de la geopolítica europea siempre fue mucho más fácil diseñar soluciones en las que Franco se sucedía a sí mismo.

Hay una última cosa, relacionada con los contrarios, que también le vino muy bien a Franco. La República en el exilio, y no digamos el Partido Comunista, cometieron, cuando menos hasta mediados de los sesenta, un error garrafal, que fue saludar con alharacas todas las medidas contra Franco que apretaban el cinturón de los españoles de interior. En otras palabras: un gran problema del exilio republicano es actuar como si todo lo que le importase fuese el propio exilio. Cuando uno lee las memorias de antifranquistas de interior, y me quiero acordar de los Cabos sueltos de Enrique Tierno, cree detectar este tono un tanto reprochante. De hecho, es cierto que durante mucho tiempo los republicanos del exilio trataron a los antifranquistas de interior con una cierta displicencia, nacida del hecho de que los antifranquistas de interior solían ser mucho más posibilistas (sobre todo en el hecho de que fueron los primeros en considerar que si el futuro no era una república, pues no que no lo fuera).

Así las cosas, cada vez que un país retiraba sus embajadores, lo cual suponía, quizá, dejar de venderle a España cosas que los españoles necesitaban, los republicanos del exilio descorchaban champán... y la prensa franquista tardaba minutos dos en contarlo. Mensaje: mira cómo celebran estos cabrones que tú te mueras de hambre, o que no te puedas vestir decentemente. Aquello no hizo sino alimentar eso que los nacionalismos periféricos llaman el nacionalismo español, el yo soy el que soy, soy como soy, y al que no le guste que se pegue un tiro. Creo recordar que era Andrés Pajares el que tenía un sketch humorístico en el que pretendía ser un hooligan de un equipo español paseando medio borracho por París horas antes de la final de la Copa de Europa; aquel monólogo era una excelente descripción de ese sentimiento «me quiero porque los demás no me quieren» o, como diría el enemigo del pueblo de Ibsen, el hombre más fuerte es el que está solo.

La actitud del exilio republicano, además, tuvo la consecuencia tóxica de alimentar entre los españoles la duda metódica sobre lo que vendría detrás de faltar el general. Como principio general, una dictadura llega a hombros de sus incondicionales, pero se perpetúa a los de los indiferentes. De los que, no siendo incondicionales, prefieren no apostar por el cambio. A la historiografía más rabiosamente antifranquista, así como a las gentes que la leen y la creen, no le gusta ni decir ni que le digan que España fue alguna vez franquista. Prefiere dibujar, más bien, ese retablo de una sociedad acojonada en todos los minutos de su vida, que si no protestaba era por miedo a ser apalizada, o algo peor.

En realidad, no les falta razón. España, tal vez, no fue nunca franquista. Sólo tal vez, la verdad, porque hay que recordar la famosa admonición de Gil Robles ante la permanente de las Cortes, con el cadáver de Calvo Sotelo aún tibio, según la cual, de celebrarse elecciones aquel mismo día en España, de calle las habría ganado Falange; afirmación que no deja de ser una valoración personal, pero que yo creo tiene ciertos visos de certitud.

Sea como sea, España puede no haber sido franquista. Pero lo que sí fue, sin mácula de duda alguna en mi opinión, cuando menos hasta bien entrada la década de los sesenta, es indiferente. Indiferente quiere decir, en realidad, inquieta con el qué llegará. Que el gran grupo organizado antifranquista fuese el comunista, la verdad, no ayudaba mucho; máxime teniendo en cuenta que las maldades del comunismo eran multiplicadas por la propaganda franquista (y estadounidense). Más allá, lo cierto es que nadie fue capaz de elaborar un proyecto coherente. Hasta casi la muerte de Franco, el espíritu de los 13 puntos de Negrín permaneció incólume, o sea: los españoles deben decidir cuál quieren que sea su futuro... pero eso, claro, partiendo de la base de que lo que van a decidir es la vuelta de la República. Buena parte de la oposición que clamaba por un referendo en libertad en España lo hacía porque partía de la base de que dicho referendo les daría a ellos la razón.

Yo tengo una foto escaneada de un libro que recoje un momento de la entrada de las tropas nacionales en un pueblo extremeño; quiero recordar que se trata de Don Benito. Se ve a un militar entrando con paso que se adivina cansino. Al lado de él, a no menos de tres metros, hay tres mujeres. Tienen pinta de ser las primas del Tío de la Vara; con ello quiero decir que no tienen, precisamente, pinta de terratenientes. Aplauden como posesas y una de ellas parece estar a punto de tirarse al cuello del pobre soldado.

La ceguera de una parte del exilio antifranquista español, ceguera que le vino de perlas al dictador para perpetuarse, fue que jamás entendió este fenómeno: señoras de delantal y manos astrosas saludando a las tropas de Franco como quien saluda a un tipo que viniese a regalarte un décimo del Gordo de Navidad. Es una ceguera, de hecho, que se ha transmitido, en perfecto estado de conservación, a cierta historiografía y a sus lectores.

Lo que había en la España de la posguerra civil era una sociedad muy partidaria de Franco, otra muy partidaria de los antifranquistas y una enorme, elefantiásica, mayoría silenciosa. Quienes no se sentían muy algo, en los años cuarenta y cincuenta, no se sentían entre Godzilla y Ricitos de Oro, sino entre dos Godzillas. Esto es algo que muchas gentes que miran aquellos años con los ojos de hoy ni pueden, ni quieren, entender.

En otras palabras: Franco se las ingenió para conseguir que los españoles que no se sintiesen franquistas acabasen por pensar que los republicanos jamás aceptarían la reconciliación que decían impulsar y reclamar.

En esas circunstancias, a favor del franquismo se puso lo que durante muchos años sería su principal gasolina: la inercia.

miércoles, diciembre 21, 2011

Hellas (y 4)

Tras la nueva cagada de Chipre, los griegos vuelven a cantar, como Les Luthiers, aquello de Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. En consecuencia, las negociaciones con Turquía empiezan inmediatamente. Sin embargo, ahora es Ankara la que no está demasiado interesada en un acuerdo. A los pocos días, se levanta de la mesa y ordena una nueva operación militar, tras la cual llega a controlar un tercio de la isla. Unas 1.400 personas desaparecerán en la zona de ocupación turca, en la trastienda de Europa; sin que, por cierto, a las archifamosas ONG se les despeine el flequillo.

En Grecia, Caramanlis desmonta la estructura dictatorial, lo que supone aligerar muy significativamente las cárceles y un regreso masivo de exiliados. En 1974 Nea Democratia, el nuevo partido del primer ministro, gana las legislativas con comodidad. El Partido Comunista ha sido legalizado, pero apenas obtiene un 10% de los votos, la tercera parte que el PASOK de Andreas Papandreu. En Grecia, como en otros lugares de Europa, los comunistas sufren el trile de ser clandestinos mientras son importantes, para pasar a ser generosamente legalizados en cuanto su fuerza electoral se queda en un simple pedete.

Un referendo somete a los griegos la forma de Estado. Los desagradecidos helenos, a pesar de todo lo que sus reyes han hecho por ellos; a pesar de haberse desempeñado siempre como monarcas constitucionales conscientes de que la soberanía popular limitaba su libertad de acción. A pesar de todo ello, digo, y quizás porque esta acción idílica de los reyes griegos se produjo sólo en sus sueños, el 70% de la población vota por la República.

En la primavera del 77, nuevas elecciones, el PASOK es ya el primer partido de la oposición, por delante del centro, tras triplicar sus votos. Antes de que termine la década, Caramanlis negocia la adhesión de Grecia a la Comunidad Económica Europea y, acto seguido, dimite para presentarse a las elecciones a presidente de la República. En las legislativas, gana el PASOK.

Los socialistas gobernarán durante ocho años; y sé que lo que voy a escribir será muy difícil de asumir por un lector español, pero su final como partido mayoritario será labrado por la corrupción, con una cascada de escándalos que afectan a personajes del Gobierno. Sin embargo, la caída de los socialistas no se corresponde con una eclosión de la derecha, la cual obtiene resultados en votos tan magros que llega a tener que formar coalición de gobierno nada menos que con los comunistas.

La legalidad de los comunistas, y sobre todo un sentido de traición frente a la invasión turca, alimentan el antiamericanismo de Grecia. En agosto de 1974, Grecia anuncia su abandono de la estructura militar de la OTAN, aunque las bases americanas se mantienen. Esta medida de presión, sin embargo, no sirve para enfriar la olla turca. En 1977, los turcos declaran la creación de la república norchipriota, reconocida únicamente por Ankara. Esta decisión volverá a poner los temas muy jodidos entre griegos y turcos.

Con todo, la principal evolución de Grecia en los quince años que van entre 1975 y 1990 es socioeconómica; es en estos tiempos cuando se construye buena parte del país (descojonado) que ahora tiene los problemas que tiene. El PASOK, como buen partido socialdemócrata, tiene en el estatismo su principal bandera. Además, es un movimiento que accede al poder en esos años, después de una larga espera y, por lo tanto, cuando, sobre todo en los ochenta, el mundo comienza a avanzar en una dirección muy concreta (reaganomics en Estados Unidos, thatcherismo en Reino Unido, fracaso del experimento Miterrand en Francia), los griegos deciden que, por su cara bonita, ellos son más listos que nadie y pueden ir en dirección contraria. Amagan con su marcha, de la OTAN, incluso de la CEE, pero nunca la llevan a cabo, porque saben que fuera de esa casa común morirían de frío (por no decir ahogados en su propia mierda). Pero, eso sí, la sociedad griega desarrolla con rapidez el concepto de «pertenencia crítica». Algo así como: estoy, pero soy consciente de que no debería estar.

El sector público siempre había sido muy importante en un país en el que el clientelismo político lo ha movido todo durante décadas. Sin embargo, lo de la década de los ochenta es una auténtica feria funcionarial. Grecia se convierte en el Eldorado de los movimientos que piden que todo sea público. El Banco Comercial y el Jónico, las dos grandes entidades privadas, acaban controladas por el Estado, lo que supone controlar también sus fuertes grupos industriales. El actor público compra o crea industrias en campos como el armamento, la metalurgia, el transporte, el pequeño sector de extracción de petróleo griego y hasta las líneas aéreas nacionales, que Aristóteles Onassis le deja en herencia al Estado griego. Ya en 1981, y de esto hace 30 años, uno de cada cuatro griegos con trabajo lo hacía para el Estado, directa o indirectamente.

La consecuencia lógica de esta estrategia nacionalizadora, mal que le pese a sus defensores, es la incompetencia de la empresa griega a la hora de competir con la europea; lo cual es un problema, porque a finales de los ochenta el país está a punto de ingresar en un club donde no se pueden cobrar aranceles. Es por ello que Grecia se adhiere a la CEE en unas condiciones que ya habría querido para sí España, o Portugal. El tratado de adhesión de Grecia está repleto de excepciones y derogaciones, algunas de las cuales han estado vigente casi hasta ayer por la mañana, en virtud de las cuales porciones de la economía helena quedaban, de hecho, protegidas de la competencia extranjera. La economía griega y el cine español son los dos mejores ejemplos que se me ocurren para explicar qué mierda pasa cuando a un sector productivo lo encierras en una torre de marfil, lo proteges, y lo financias haga lo que haga.

A principios de los ochenta, a las puertas pues de la crisis por la guerra irano-iraquí, Grecia exhibe ya cifras propias de la España actual: déficit público equivalente al 9,1% del PIB, con el agravante de que la inflación es del 24%. Quien diga que los problemas de Grecia son de ahora, no está hablando de Grecia.

En Grecia, las últimas tres décadas, una sola cosa ha sido sacrosanta y, por definición, ha permanecido intocada por cualesquiera gobiernos se han sucedido: la tasa de paro. El modelo económico griego es un modelo montado para que el paro esté entre el 4% y el 8%, más o menos. Si para respetar esa tasa hay que hacer a medio país funcionario y mantener en pie empresas que no le venderían una botella de agua a un saharaui que acabase de hacer footing, se hace. Eso, más gastarse, cada año, el 7% del PIB, que se dice pronto, en gastos militares, para acojonar al turco.

Básicamente, lo que los gobiernos griegos han hecho en el pasado ha sido devaluar la dracma a lo bestia (hasta el 12% de una tacada), para que así los productos de sus empresas se vendan, si no por buenos, al menos sí por baratos; y, en paralelo, conforme el Estado recibía la lluvia de financiación vía fondos estructurales comunitarios y préstamos que ahora no puede pagar, se incrementaban salarios y prestaciones sociales. El sistema fiscal prácticamente no ha recaudado de las empresas durante años ni, sobre todo, de los autónomos y profesionales liberales; abogados y médicos que, fiscalmente hablando, están en la puñetera indigencia, viven en casas en el norte de Atenas, la zona pituca, con anchas y profundas piscinas a sus pies. El IVA, un impuesto que tiene como consecuencia incrementar la racionalización en los procesos de creación de valor, sólo fue implantado en Grecia ocho años después de haber entrado en la CEE. Una más de las excepciones.

En la década de los ochenta el Estado, presa de su propia estrategia, comienza a sentir lo que se entiende como paradoja de la bicicleta; cuando estás pedaleando tienes la impresión de que tu situación es muy estable, pero cuando se te van cansando las piernas te das cuenta de que, en realidad, toda tu estabilidad depende de que sigas pedaleando. Así las cosas, conforme este sistema económico cuya conclusión final es financiar y fomentar la ineficiencia hace crisis y las empresas empiezan a caer como moscas, el Estado se ve obligado a comprarlas para mantener el momio. En 1985, son 230 las empresas que se han nacionalizado, con un total de 280.000 trabajadores. Para entonces, el 45% de la población activa trabaja, directa o indirectamente, para el Erario público. Por supuesto, miles y miles de los jefes y cuadros de estas empresas serán elementos de total fidelidad partidaria. No menos de una cuarta parte de la economía estaba, y está, sumergida.

No fue hasta 1996 que el gobierno conservador de Constantin Mitsotakis abordó un programa de privatizaciones y flexibilización de la economía, pero en medio de profundísimas divisiones en el propio partido gubernamental sobre la materia. En los noventa, la deuda exterior ha llegado al 93% del PIB, y la dracma se ha depreciado en un 30%.

En los años siguientes, bajo los gobiernos de Costas Simitis y Costas Caramanlis (junior), Grecia sigue impasible el ademán con sus problemas sempiternos. La economía no tira y, en lo que se refiere al problema turco, si bien la intervención del presidente Clinton parece en un momento capaz de aquietar las aguas (y retirar las tropas), el asunto Ocalan, en el que Grecia trata de escamotearle a Turquía el dirigente kurdo de tal nombre, vuelve a poner las cosas en punto de ebullición.

Fue Costas Simitis quien se planteó la entrada de Grecia en el euro, para lo cual puso en marcha una política de restricción presupuestaria y reorganización fiscal que, según vamos sabiendo en el momento presente, fue más contable que real. En 1998, para poder meter la dracma en el Sistema Monetario Europeo (condición sine qua non para poder soñar con el euro), es necesaria devaluarla un 14%, que se dice pronto. Pero las cosas, por lo menos sobre el papel, funcionan: la inflación cae por debajo del 3% y el déficit público del 3,5%.

En una política que tal vez le suene a alguno de mis lectores, mientras el país trata de apañar unas cuentas públicas que, cuando menos, parezcan aseadas, al mismo tiempo se lanza, gracias a los generosos fondos europeos, a una feria de obras públicas que lo flipas. Se ejecuta la Egnatia, o sea el eje rodado entre el Épiro y Tracia, con un puente de tres kilómetros sobre el mar; el metro de Atenas; su nuevo aeropuerto internacional; y, sobre todo, buscando la admiración del mundo, las obras faraónicas ligadas a la celebración de los Juegos Olímpicos en su centenario. Los JJOO quedan hermosos en su ceremonia de inauguración, pero para el país son una puta ruina.

El país experimenta una explosión del crédito bancario y del mercado inmobiliario. Mogollón de gente se hace rica y Grecia se convierte en un país caro. No sé si le sonará a alguien esto también. El 31 de diciembre del 2001, un café en una barra de un bar ateniense vale 200 dracmas. Al día siguiente, 1 de enero del 2002, pasa a costar un euro; o sea, 340 dracmas. Con dos cojones.

Desde 1996, los griegos descubren la Bolsa y se dedican a especular como gorrinas en los miles de chiringuitos que florecen por todas partes.

El PASOK gana en el 2000, y pierde en el 2004, dejando paso a Caramanlis con una mayoría cómoda. Sin embargo, el regreso de Nea Democratia apenas cambia las cosas, porque las eventuales reformas que el sector liberal de la derecha pretende hacer encuentran dos obstáculos fundamentales: por un lado, el ala conservadora de su propio partido, que todo lo que pretende es prolongar el momio clientelar. Y, por otro lado, los sindicatos, fortísimos dado el elevado porcentaje de funcionarios que tiene el país, renuentes a cualquier tipo de reforma. En el 2009, el propio Caramanlis hará una confesión pública curiosa: «en Grecia», dice, «el gobierno no puede hacer nada frente a un funcionario que decida no hacer su trabajo».

En octubre del 2009, cuando el gobierno Caramanlis da paso al de Giorgos Papandreu, el primer ministro saliente afirma dejar un déficit público del 5%. Apenas unos días más tarde, el gobierno entrante corrige el cálculo y lo cifra en el 7%. Dos meses después, ha aflorado ya tanta mierda que el déficit ha trepado al 13%.

Es en esos días, a caballo entre el final del 2009 y el principio del 2010, cuando el modelo griego, ciento y pico años después de haber comenzado, estalla por los aires. Dice un dicho español que se puede engañar a unos pocos todo el tiempo o a todos durante un rato; pero es imposible engañar a todos todo el rato. Para Grecia llega el momento, un siglo después, de enfrentarse con los hechos, simples y sencillos: la griega es una economía que jamás, desde que es un país independiente, se ha autofinanciado. Siempre, desde los lejanos días de lord Byron, se las ha arreglado para conseguir que alguien le regalase papel higiénico para limpiarse el culo.

Pero a las puertas del 2010, es un país de funcionarios, con miles de personas de 50 y hasta de 40 años jubiladas con generosas pensiones (la tasa de sustitución de la pensión griega, es decir el porcentaje de salario que cubre, es del 97%; la española es del 82%; pero en la mayoría de Europa, la tasa suele estar entre el 40% y el 60%). Es un país con enormes bolsas de economía sumergida, un fraude fiscal que en realidad nadie puede ni valorar, con enormes cotas de corrupción.

Grecia es un ejemplo clarísimo de adónde conduce la política del avestruz. La incapacidad de autocrítica de la sociedad griega es, por ejemplo, lo que tiene cabreados a muchos alemanes, que no pueden evitar la sensación de que las piscinas que se construyen en sus chalés atenientes abogados y arquitectos que pagan menos impuestos que un mecánico de taller germano, en realidad, han sido construidos con su dinero. Para la Unión Europea, además, Grecia está siendo un despertar muy jodido. Los alemanes creyeron que podrían hacer de Grecia lo que, quizá, conseguirán hacer de Hungría, o de la República Checa: a base de colocarlos al lado de alguien que hace las cosas con austeridad, les volverá austeros. Pero lo que ha pasado ha sido exactamente lo contrario. Lejos de limpiar Grecia con el euro, ha sido Grecia quien ha manchado la moneda.

La Historia de la Grecia moderna demuestra, a mi modo de ver, la importancia de contar con una moral social adecuada, una cultura del esfuerzo y una elevada calidad democrática, que son las cosas que acaban generando clases políticas que, a pesar de sus errores, acaben haciendo lo que tienen que hacer, razonablemente a tiempo. Lejos de ello, la clase política griega, desde hace cien años, se asemeja a aquel tipo que se tiró desde la terraza del Empire State y al que un amigo preguntó, a la altura del piso veinte, que tal le iba.

«Pues no es para tanto», contestó el pollas; «llevo un rato cayendo, y no ha pasado nada».

lunes, diciembre 19, 2011

Franco y el poder (y 20: El Hundimiento, y el epílogo)

El 22 de julio de 1969, ante las Cortes, Franco pronunció su frase más famosa: «todo queda atado y bien atado». Se refería a la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor suyo y futuro rey de España, contra el parecer de los monárquicos más demócratas, que consideraban que ambas condiciones, la de sucesor de un dictador militar y rey constitucional, no se pueden dar en la misma persona.

Las cosas, como ya hemos intentado explicar antes en esta serie, no fueron, sin embargo, como el dictador esperaba. El escándalo Matesa, en lo que tiene de enfrentamiento cainita dentro del franquismo; el desorden creciente de la calle; y la trastienda del proceso de Burgos, en el que Franco, se ponga como se ponga, tiene que doblar la cerviz e indultar, muy al contrario de sus deseos (que tendrá la oportunidad de dejar claros en el 75), marcan un desvío claro en los planes.

Así las cosas, y en medio de esta abulia en el poder crecientemente contestada en la calle, llega la crisis de gobierno de 9 de junio de 1973, en la que Franco debe rectificar de nuevo, dando el paso, inusitado en su vida, de compartir el poder, siquiera teóricamente, con alguien: el almirante Luis Carrero Blanco, que es nombrado presidente del Gobierno.

Nunca sabremos, a ciencia cierta, si esta designación fue el fruto de una presión por parte de Carrero, o sea por parte de la vertiente del Régimen que aspiraba a perpetuarse y prefería nuclearse alrededor de un señor que no estuviese enfermo de Parkinson; o se identificó con el deseo de Franco de retirarse a la vida civil.

A mí, personalmente, creer la segunda hipótesis se me hace, sobre difícil, imposible. Es posible que Franco llegase a pensar con cierta seriedad en retirarse como Sila. Si fue así, quizás 1969 fue el año en que lo pensase con más fuerza; en dicho año, por cierto, se hicieron obras en el coruñés Pazo de Meirás para instalarle un sistema de calefacción del que carecía, lo que podría indicar que Franco se aprestaba a pasar allí los inviernos. Más allá del 69, sin embargo, no creo en esta hipótesis. Más allá del 69, Franco se encontró con un franquismo que amenazaba romperse por el cigüeñal si él no estaba; con lo que obtuvo la excusa perfecta para hacer lo que siempre había querido: ejercer, y conservar, el poder. El proceso de Burgos, sin embargo, lo convirtió en un dictador obsoleto; en la última bombilla de alto consumo procedente de la segunda guerra mundial; y la España del poder, la España banquera, exportadora y a la última, necesitaba otra receta para poder seguir avanzando, la CEE, que quedaba cerrada para el país mientras quien llamase a la puerta fuese aquel anciano tembloroso que, sin embargo, aún firmaba sentencias de muerte en la trastienda del siglo XX.

En los tiempos anteriores al nombramiento de Carrero, además, se produjo un hecho importante más: la boda de una azafata de Iberia, María del Carmen Martínez-Bordiú Franco, con Alfonso de Borbón Dampierre, aristócrata de rancio abolengo, tan enraizado en la francesa (bueno, a día de hoy franco-griega) familia real de España que incluso su hijo es para algunos legitimistas galos la persona con derechos a reinar en el país vecino si algún día deja de ser una República (suponiendo que no sea para fundar la dinastía Sarkozy-Bruni, claro). La pareja se casó el 8 de marzo y el 22 de noviembre ya tenía su primer hijo, en un gesto que parece calcado de la vieja obligación reproductiva de las dinastías reales pues, si echáis cuentas, veréis que poco faltó para que el niño naciese a los nueve meses justos, así pues la cosa sabe a aquellos reyes que incluso tenían en su noche de bodas un edecán metido en la alcoba, en plan mamporrero/auditor.

La Boda, así, con mayúsculas, por mucho que acabara saliendo como salió, empalmó al franquismo renuente a confiar en Juan Carlos y comenzó a extender la idea de una alternativa a la sucesión; alternativa que tenía la gran ventaja, para qué negarlo, de asociar el apellido Franco a la propia solución. La pareja recibió el ducado de Cádiz y el derecho de trato de Alteza Real.

El partido azul (al que, con la llegada de la democracia, nos acostumbraremos a llamar ultra), dueño de las Cortes, decretó la esclerosis legislativa del régimen, repeliendo en sede parlamentaria todo lo que no le gustaba. Así las cosas, en medio de esta balsa de aceite cuyo gobernalle manejaba el anciano de Ferrol de Su Excelencia, se llegó al 1 de mayo de 1973, un hermoso día tranquilo más en el que, comme d’habitude, el estadio Santiago Bernabéu acogió la correspondiente demostración sindical. Sin embargo, el 1 de mayo pasó otra cosa. Un policía, Juan Antonio Fernández Gutiérrez, intervenía en una reyerta callejera en la calle del doctor Mata y recibía una puñalada que acabó por causarle la muerte.

De forma inusitada, porque estas cosas en el franquismo no se daban, entre los cuerpos policiales comenzó a moverse la protesta, como si el suceso fuese el corolario de una situación especialmente reprobable por alguna razón. El 7 de mayo, unas 5.000 personas, la mayoría de ellas policías que llevaban colgando su placa, se manifestaron por Madrid y en el interior de la Dirección General de Seguridad, hoy sede de la Comunidad de Madrid, pidiendo a gritos la dimisión de Tomás Garicano Goñi, ministro de Gobernación.

A la salida del funeral religioso, en San Francisco el Grande, el general Iniesta Cano, conocido por sus ideas ultras, es vitoreado como un líder. De seguido, se organiza la manifestación, presidida por Blas Piñar y por el marqués de La Florida, presidente de la Hermandad de Alféreces Provisionales. Para entonces, la reivindicación inicial, relacionada con la muerte de un policía como sabemos, ha crecido y se ha convertido en una auténtica movida contra la permisividad exhibida por el franquismo hacia los aperturistas. Una de las pancartas de la manifestación, por ejemplo, reza: «¡Tarancón, al paredón!»; en alusión al cardenal Vicente Enrique y Tarancón, quizá el mejor exponente de la vertiente aperturista de la Iglesia. Finalizada la marcha, se canta el Cara al sol y el Yo tenía un camarada.

El problema de aquella movida no fue la movida en sí, sino la reacción de Franco.

No reaccionó en lo absoluto.

Ésta fue, a decir de muchos, la señal definitiva por la que Carrero terminó de darse cuenta de que Franco, o ya no era el que era, o pasaba. Se dio cuenta de que tenía, de alguna manera, que inventar el franquismo sin Franco; o, lo que es más difícil, el franquismo sin franquistas. Porque, probablemente harto de la eterna pelea entre azules y tecnócratas, el gobierno Carrero fue un gobierno de personas de la confianza del almirante, muchas no excesivamente significadas hasta el momento. Nombres como el de Carlos Arias Navarro, designado para el crucial ministerio de la Gobernación, un hombre desde luego franquista pero al cual, si a principios de los años setenta, alguien le hubiese susurrado al oído que sería quien anunciaría a los españoles la muerte de Franco, le habría dado un patatús.

De alguna manera, en la calle Claudio Coello de Madrid, la mañana que el coche de Carrero voló por los aires impulsado por los explosivos del terrorismo abertzale, el franquismo voló con él. Franco, a la muerte de su fiel pretoriano, diría aquello de «no hay mal que por bien no venga», pero más suena esa frase a desesperada autojustificación de un optimismo imposible, que a otra cosa. Con Carrero murió el último intento del franquismo por perpetuarse, ya sin Franco; en una intentona que, de todas formas, y si hemos de creer a algunos de los testigos de la época, estaba condenada al fracaso, porque a España no le quedaba, en 1973, ni una sola cancillería importante en el mundo que no tuviese claro el camino que debía tomar el príncipe al heredar la jefatura del Estado. Era la Transición la que estaba atada.

Franco se pasó los últimos dos años de su vida dejando hacer. Seguía recibiendo en El Pardo a los elementos ultras o inmovilistas del entorno del poder franquista, seguía palmeándoles la espalda y diciéndoles que confiaba en ellos para que la nave no se desviase del rumbo que le había marcado la Historia. Pero no podía ser tan tonto ni estar tan senil como para creérselo. En 1973, menos de un tercio de los españoles vivos, dentro y fuera de España, habían vivido la guerra, ganándola o sufriéndola. La gran gasolina del franquismo, que fueron los muchos, palmarios, evitables y en ocasiones hasta sádicos errores cometidos por las izquierdas y los nacionalismos en tiempos de la II República, se había secado; ya nadie se acordaba de las checas y, de hecho, ha seguido sin acordarse hasta que los zoupas torpones que animan la memoria histórica las han resucitado. A mi modo de ver, hay algo en el testamento de Franco, que si hemos de creer a alguno de los miembros de su equipo médico habitual fue escrito en los primeros estadios de su fase terminal, cuando el dictador aún regía razonablemente; hay algo, digo, en ese testamento de asunción de la idea, por parte del general, de que el texto habrá de ser leído por una sociedad que no lo va a entender; porque aquéllos para quienes él escribió esas líneas ya estaban mayoritariamente muertos cuando las escribió.

A Franco, lo he escrito machaconamente a lo largo de estas notas, todo lo que importó, desde el lejano día en Zaragoza en que parece se empezó a interesar por leer libros sobre política económica, fue el poder. El PODER, con todas sus letras mayúsculas. Primero, obtenerlo. Después, conservarlo. No quiero decir, exactamente, que al anciano general le importase un cojón lo que le pasara a España tras su muerte. Probablemente le puso sus exigencias al príncipe; que jamás regresaran los comunistas, por ejemplo. Supongo que Juan Carlos le diría que sí a todo; habría sido estúpido poner en peligro su sucesión por una discusión de principios.

El fusilamiento de los activistas de ETA y del FRAP es el último canto del cisne (negro). Es tristísimo escribir esto, porque escribirlo supone segar vidas, pero, ¿cómo podríamos esperar que alguien para quien toda la obsesión fue el poder no acabase su vida con una exhibición del mismo por encima de todas? No hay más prueba de poder que disponer de la vida de otros. De los señores feudales se decía que lo eran de vidas y haciendas. Los fusilamientos del 75 han de analizarse, a mi modo de ver, en directa conexión con los fusilamientos (nonatos) de Burgos. En Burgos, Franco aún tenía alguna ambición de conservar el poder, y por eso transigió, se mostró comprensivo ante la falta de consenso en el seno de su régimen en el sentido de que a los condenados a muerte en el proceso había que coserlos a balazos. En el otoño del 75, sin embargo, Franco ya no tiene horizonte por delante, y lo sabe. Además, tiene la sensación del deber cumplido. Tiene en la cabeza el diseño que sus allegados han hecho de la transición política posfranquista, un proceso al estilo Arias, con elecciones libres probablemente limitadas a los ayuntamientos y unas cortes francocensitarias que garanticen el aliento de la Bestia en la nuca del nuevo rey. Todo está atado, y bien atado. Lo único que sobra en el cuadro son los terroristas.

Así las cosas, Franco baja el pulgar. Pam. El dicho español formula: el que venga detrás, que arree. El de Franco era algo diferente: el que venga detrás, que obedezca.


Hasta aquí el relato. Ahora, el epílogo...

El dictador de España Francisco Franco Bahamonde murió en la cama y tan sólo por unos días, apenas una veintena, no lo hizo en plena posesión del poder político omnímodo del país. Estos son los hechos. Unos hechos tristes y poco edificantes para nosotros, los españoles, pero hechos al fin y al cabo, que se sobreponen a diversas interpretaciones exóticas y folklóricas, amén de toda esa plétora de relatos quizá no muy verídicos que suele hacer tanto antifranquista de la época en plena ceremonia autojustificativa. Alguna vez he leído al escritor Arturo Pérez-Reverte afirmar que uno de los problemas de la Historia de España es que nosotros nunca hemos subido a nuestro rey al cadalso y le hemos separado la cabeza del cuerpo; el gran problema de la Historia de España en el siglo XX es ése, sin duda; Franco no tuvo la muerte que para muchos mereció. La muerte, por ejemplo, de Julián Besteiro, aquel pobre socialista honrado que pensó que el general sería capaz de ser razonablemente clemente, y se equivocó.

Franco obtuvo y conservó el poder desde septiembre del 36 hasta noviembre del 75; cuarenta años, en números redondos. Un hecho que escuece, escuece mucho. Escuece tanto, que mueve a muchos a buscar, con cierta desesperación intelectual, explicaciones facilitas que sostengan este hecho y salven los muebles de nuestra Historia en el siglo pasado. Si Franco se sostuvo, se nos dice, fue gracias a la represión.

Esta interpretación, en mi opinión, es de una simpleza digna de un repetidor de la LOGSE. Franco no es, ni de lejos, el dictador más sanguinario de la Historia. Otros muchos que han arramblado con sus pueblos a lo bestia-bestia, sin embargo, no consiguieron durar en el poder, en ocasiones, ni la quinta parte que él. Pero, si es así, ¿acaso no debiéramos pensar que la represión no lo puede explicar todo?

Hay dictadores en este mundo; dictadores como Stalin, o Fidel Castro, o Hitler, o Sila. O Franco. Dictadores que anotan centenares o miles de personas asesinadas, torturadas. Dictadores que le han cagado la vida a millones de personas, que han abocado a sus países a atrasos que luego se han pagado carísimos. Dictadores, por lo tanto, hacia los que no cabe dedicar ni media sonrisa pero que, sin embargo, tienen algo. Algo que los diferencia de un simple espadón que llega, se instala en el palacio real, y se mantiene ahí a base de hostiar a todo el que pide repetir de las lentejas del primer plato.

Alemania lleva, a día de hoy, 70 años reflexionando. Preguntándose por qué, y cómo. Por qué, y cómo, una sociedad como la suya pudo contemplar cómo llegaba a la cancillería del país un tipo ridículo de bigotito, que propugnaba cosas como que las mujeres que trabajaban dejasen de trabajar para dejar paso a los hombres. Es posible que Alemania no llegue a comprender hasta dentro de algunas décadas por qué se secuestró de esa manera; aún hoy es el día que el Centro Simon Wiesenthal sigue aspirando a cazar nazis; los hechos, aun, están demasiado cerca. Pero han hecho progresos. Nosotros, los españoles, no.

Este pequeño ensayo sobre Franco y el Poder que se termina en este post debería ser sólo la introducción de otro más importante, y mucho más largo (que, eso sí, debería hacer otro; a mí, éste ya me ha dejado a little bit exhausted). Porque hasta aquí todo lo que ha hecho este humilde bloguero ha sido describir cómo un tipo ambicioso y con una notabilísima habilidad en el manejo de los tiempos llegó a ambicionar, conseguir, y conservar el Poder. Pero ésta es sólo la mitad de la historia, y ni siquiera es la más interesante. La parte más interesante sería contar cómo, de qué manera, movida por qué egoísmos, por qué miedos, por qué recuerdos y, en definitiva, por qué hábitos colectivos, la sociedad española le dio a ese general el sostén principal para conservar el poder. Durante cuarenta años.

Estas notas, sin embargo, son muchísimo más difíciles de ensayar que las ya escritas. Porque la mayoría de la Historia escrita sobre esta materia, esto que podríamos llamar la Historia Social de España bajo Franco, no es una Historia analítica, sino justificativa. No busca analizar las cosas, sino conseguir demostrar que de todo tuvo la culpa una estrecha élite de franquistas que lo mangonearon todo. Revise el lector la primera historiografía alemana de posguerra, y encontrará la misma tesis. Lo que pasa es que los alemanes han superado, en buena parte, ese estadio.

Los españoles, en cambio, seguimos abriendo cada cierto tiempo la Larousse de la estantería del salón, con el falso, vano, estúpido deseo de encontrar un artículo en la enciclopedia que nos cuente que Francisco Franco murió en la cárcel, o en el exilio.

Cualquier cosa menos reconocer que murió en la cama; porque si lo reconociésemos, acto seguido tendríamos que preguntarnos por qué.


Y puede que contestarnos esa pregunta nos arrugase un tanto la pilila.


PS: El texto completo de esta serie está a tu disposición en formato pdf en la Biblioteca del blog.