lunes, diciembre 17, 2012

Las armas y las letras


Además de dejaros algunas recomendaciones breves sobre lecturas recomendables en estas fechas de mayor asueto, os dejo una un poco más profunda.

Cuando, hace cosa de un mes y pico, un amigo me regaló Ayer no más, la novela de Andrés Trapiello, acababa de recibir de Amazon una copia de Las armas y las letras. Había resuelto leerla cuando comprobé que se había publicado una reedición del libro, pues la misma persona que me regaló la novela me había hablado de él con anterioridad. Cualquiera que siga este blog sabe que el asunto de la intelectualidad, especialmente la de izquierdas, tiene su interés para mí. Así, a bote pronto, en este blog se puede leer un perfil de Ilya Ehrennburg, personaje que siempre me ha interesado mucho; también he hecho un par de apreciaciones sobre la polémica, fundamentalmente francesa, en torno a eso que se ha dado en llamar «terrorismo intelectual»; sin dejar de mencionar una pieza específicamente dedicada al modo y forma en la que la intelectualidad europea se las arregló para no ver el genocidio chino.

En otros muchos puntos de este rincón de internet he dicho y he escrito que, de las variadas guerras que se produjeron en el siglo XX entre Estados Unidos y la URSS, esto es entre la cerrada defensa del capitalismo y la cerrada defensa del marxismo, la de la opinión pública fue, sin duda, la que los segundos ganaron más de calle. La URSS y, sobre todo, sus corifeos y turiferarios, conscientes o inconscientes, demostraron durante 70 años una capacidad de adaptación al entorno que ya la quisiera para sí el más esforzado marine de las Fuerzas Especiales. Como bien relata el poumista Víctor Alba en su libro El Frente Popular, la URSS pasó, en apenas unos meses, de calificar a los socialistas europeos de socialfascistas a formar con ellos coaliciones políticas (entre otros países, en España) sin que nadie, en realidad, se levantase para afearles el gesto. Y así siguieron durante todo el siglo. Hace muchos años, había un tipo, que pretendía ser mago, que salía en los programas de Íñigo en la tele asegurando que era capaz de hipnotizar a un burro con un dedo. En realidad, nunca sabías si el burro obedecía al dedo, o es que aquel tipo movía el dedo adonde movía el burro la cabeza. En la segunda mitad del siglo XX, a la alternativa comunista le pasa un poco lo mismo; ya no se sabe si crea ella la ilusión de los jóvenes sacando a pasear la igualdad racial y los derechos del Tercer Mundo, o es que son los comunistas los que adoptan esas banderas porque son las que le molan a la gente. Pero el caso es que les funcionó. De cojones.

En toda esta batalla propagandística, los intelectuales, reales y sedicentes, son una pieza fundamental. Es anécdota bien conocida la cacofónica manera que tenían de presentarse, en la Barcelona de la Transición, los impulsores de los manifiestos de izquierdas: «Fírmalo, que ya lo han firmado Llach y Lluch». El segundo aportaba el apoyo partidario; el primero, el de la intelectualidad, porque, para entonces, los cantantes-protesta, los cantantes con sentido, con letra, eran ya considerados intelectuales. Con los años, el caño se ha abierto hasta convertirse en una boca de metro por la que se han colado hasta los comediantes.

La base de la cuestión es bien clara: un intelectual es, por definición, alguien que utiliza el intelecto más que la media; que, consecuentemente, puesto que lee y se cultiva, tiene más datos para formarse una opinión que la media; y, consecuentemente, tiene una opinión que vale más que la media. Nadie se preocupa de sustentar su propuesta Bla con la firma de 60.000 tornero-fresadores (aunque la propuesta vaya de siniestralidad laboral, de la cual saben mucho); les vale con que la firme Almodóvar. Es más, si se la firma el manchego, saben que, en días tres o cuatro, no les van a faltar cientos de firmas, porque un buen intelectual, en política, es como un cometa: porta una larga, larguísima cola de rocas heladas.

Las armas y las letras, sin embargo, no va ni de Llach, ni de Lluch (aunque, como veremos al final de este comentario, acabe hablando de un Lluch...). No va, por lo tanto, ni de los políticos con veleidades de pensamiento; ni de los profesionales del espectáculo que pretenden vivir de los réditos de quienes sí visitan las bibliotecas. Es un libro coral por el que desfilan decenas de intelectuales, sin cursivas. Poetas, pensadores, dramaturgos. El tipo de gente que respira el mismo tipo de oxígeno cargado de sentido que respira el autor del libro.

Estamos ante una obra en constante construcción. En realidad, la edición ahora publicada es como una especie de revisión de las anteriores, a la luz de las novedades producidas en los últimos años, entre ellas no, desde luego, la menos importante, el trabajo realizado por Trapiello con los escritos de guerra del chileno Carlos Morla Lynch. Más aumentado que corregido, el libro gana en peso y en poso y, si antes podía ser una aproximación interesante al fenómeno de los intelectuales españoles y la Guerra Civil, ahora se ha convertido en una obra de consulta imprescindible para los estudios en este terreno. A pesar, eso sí, de sus limitaciones.

Bueno, no se trata exactamente de limitaciones. Se trata de que la aproximación del autor es la que es. Trapiello, lo dice en algún punto del libro si no recuerdo mal, ni es historiador, ni pretende hacer un libro de Historia, en el sentido de explicar los fenómenos que están pasando mientras los protagonistas de su obra, los intelectuales, se mueven, hablan, callan, publican, son censurados, se quedan, se exilian, regresan, mueren fusilados y, sobre todo, huelen la muerte a su alrededor. La suya es una nómina extraordinariamente bien documentada de vivencias. Un caleidoscopio de errores, de sufrimientos, y de consuelos, por lo general, si existen, bastante magros. Pero esta condición de cronista literario, mejor dicho de cronista de la literatura (el devenir de sus sujetos se describe más a través de lo que escriben que de lo que viven) hace que, en ocasiones, los desarrollos se queden un poco cortos.

Tomemos el ejemplo de uno de los personajes más citados en la obra: el poeta Rafael Alberti. No sale nada bien parado este hombre del libro de Trapiello, por mucho que sea tratado con una deferencia que me quedo por saber si es fruto de la admiración, de la distancia intelectual, de ambas cosas o de ninguna de ellas. Trapiello, ya lo he dicho, lo cita muchas veces, las más en combinación con su señora María Teresa León (a la que, prístino se hace, admira bastante menos), y no pocas de ellas son para construir, con sutileza, la imagen de un revolucionario de salón que, lejos de sufrir en los frentes, vive la vida de un huido marqués en su palacio madrileño, aunque se pone el mono de obrero para salir a la calle. Los zamburdiazos también son varios, y muy graves, para Pablo Neruda, el único señor que conozco que ha confesado una violación en sus memorias y es admirado por ello. En ambos casos, como digo, la labor analítica del escritor del libro es encomiable. Pero Alberti, como todo comunista de los años treinta del siglo pasado, no puede ser analizado, tal es mi opinión, en absoluta desconexión con el partido al que perteneció, y al que, en consecuencia, obedecía. Trapiello elabora hipótesis en su libro sobre qué puede haber de verdad sobre lo que Alberti y su costilla dicen en sus memorias sendas sobre el Miguel Hernández de los últimos estertores de la guerra; está prácticamente seguro de que la versión de León (Miguel Hernández estaba en Madrid, y decidió ir al frente en lugar de aceptar un puesto en un avión que lo llevaría a Elda) es errónea, y caracolea con la idea de que la de Alberti (misma escena, pero ahora Hernández está en Elda, o en Monóvar, y lo que rechaza es salir de España) también lo sea. Pero no hace mención, o no suficiente en mi opinión, de la hipótesis más probable: que tanto León como Alberti, en su condición de disciplinados comunistas, simple y llanamente, mientan por eso mismo: por disciplina. Que las memorias comunistas de aquella época están, por lo general, convenientemente teledirigidas, es algo que se hace bastante evidente en cuanto se lee un par; por no mencionar la saña con la que (aun hoy en día) la Historia oficial comunista (que, pásmate lector, muerta muerta, lo que se dice muerta, no está) se aplica a denigrar toda versión no coincidente (léase Walter Krivitski, un suponer).

Yo diría que los personajes que salen peor parados de este libro son: Rafael Alberti, José Bergamín y no pocos de los «intelectuales», formalmente considerados como tales, de la mitad franquista de la Historia, como Pemán (eso, los muertos; de los vivos citados, el peor parado, sin duda con merecimiento, es Ian Gibson). Eso quiere decir que un lector apasionado de la memoria histórica no debe leer estas páginas. Primero, porque, ya lo he dicho, no son un libro de Historia. Y segundo porque, conforme a la premisa primera, y al propio sentir del autor sobre la guerra civil, no la verá convertida en un problema de buenos buenísimos y malos malísimos; incluso encontrará, ya lo he dicho, frases no precisamente encomiásticas hacia el circo lorquiano patrocinado por el intelectual otrora irlandés. Lejos de ser éste un libro binario, en ambos lados encontrará el lector logreros de pacotilla, versadores industriales suscritos a una causa, a veces cegados por ella, a veces impulsados a actuar así por el miedo simple, puro y acerado. Y en ambos lados encontrará, oh sorpresa, personas que querrán creer en lo que creen. Todo ello, bajo el factor común, lógico en un intelectual, de considerar la producción republicana, con todos sus defectos, de muy superior factura que la franquista; lo cual es lógico, pues el franquismo no deja de ser un régimen político en buena parte instrumentado contra la intelectualidad, exactamente igual que se instrumentó contra todo lo demás que se consideraba responsable de los males de España: los partidos políticos, la expresión libre, el debate abierto, el cosmopolitismo. Culturalmente hablando, en realidad, y esto es algo que Las armas y las letras describe muy bien, el franquismo vivió de las vacas sagradas intelectuales que, basadas en una esperanza primera (porque no siempre pareció que Franco fuese a montar el franquismo), o en una suerte de acomodación posterior a los hechos, se acabaron quedando en aquella Casa Común del Orden y el Concierto. Para los intelectuales puramente orgánicos del franquismo, puramente franquistas, como Pemán, como Laín, no guarda Trapiello juicios como para enmarcarlos del orgullo. Ni siquiera Ridruejo, tan admirado por cierto antifranquismo, merece,me parece a mí, su nihil obstat, cuando menos incondicionado.

Lo que casi no hay en Las armas y las letras, al menos en mi visión (un libro es un porcentaje lo que escribe su autor, y otro lo que su lector lee) son gentes que estén, verdaderamente, a la altura de los tiempos que viven. Por eso, precisamente, creo que su lectura es recomendable; eso sí, para personas con alguna proporción de humildad en su forma de ser; como no la tengan, sea cual sea su cojera, se van a cabrear leyendo. Cita Trapiello en su libro una obrita (no tengo delante el libro, pero creo que es algo así como Meditaciones en el desierto, de Agustí Calvet o, como se seudonombró, Gaziel) que me he quedado con ganas de leer, pues parece que conecta con esta idea de que los intelectuales pudieron ser, hacer, otras cosas distintas en medio de aquella batahola de actos repuganantes que fue la guerra civil; no digamos, ya, en el franquismo, durante el cual habría sido mucho más fácil haber completado la célebre nómina de Azaña, añadiendo a la Paz las otras dos P de las que habló.

Hay una cosa en la que yo, personalmente, me siento distante de Andrés Trapiello. En sus líneas, en lo que escribe, creo reconocer esa posición de quien coloca distancia con la militancia en ambos bandos de la guerra civil, aunque establece diferencias basándose en el distinto nivel de brutalidad de ambos. En esto, en todo caso, no sé si habrá experimentado el autor alguna evolución, porque el personaje central de su última novela, en alguno de sus puntos, argumenta precisamente contra esta discriminación matemática, basada en el número de víctimas. Sea así o no, lo cierto es que a mí es un punto de vista que me cuesta compartir; no, en modo alguno, porque todos los muertos me parezcan iguales, sino porque los veo salir del mismo sitio, y eso sí que los iguala.

Creo que la distancia temporal de la guerra civil, el atemperamiento de sus pasiones, la innecesariedad del concepto de reconciliación, la progresiva desaparición del hecho como negocio editorial/fílmico/mediático (hablamos, pues, del día que lleguen las famosas calendas griegas, y pasen, y sigamos aun más allá...) acabarán por colocar en el frontispicio de la guerra civil el concepto de error. Porque todo en España, entre 1936 y 1975, es una excrecencia del mismo pozo ponzoñoso. Todo proviene del mismo error y del hecho de que, cuando menos en mi opinión, nadie, salvo quizá el Besteiro del discurso con el que, como presidente de las Cortes, saluda a la Constitución del 31; nadie, digo, estuvo ni medio a la altura de los hechos.

Hombres y mujeres del presente tenemos la puta manía de observar a los hechos y personas del pasado asumiendo que eran distintos. Sabemos que nuestros políticos de hoy son corruptos, ignorantes e interesados; pero nos resistimos a pensar eso mismo de quienes admiramos en el pasado. De ahí surgen mitos extraños, como la pretendida santidad de Pablo Iglesias (y cito a éste por ser figura histórica de proporciones especialmente angélicas), o la pretendida alta calidad de los debates parlamentarios de la República.

Pablo Iglesias llegó a hacer, en sede parlamentaria, una llamada al asesinato del jefe conservador. Por su parte, el Diario de Sesiones de la República está repleto de debates zafios; que, de hecho, las Cortes del 31 petaron el palacio de la Carrera de San Jerónimo de personas que eran incapaces de hilar dos pensamientos con elegancia; así como de personas que realizaron afirmaciones tan repugnantes que desaparecieron de las actas (aunque fuesen chulescamente publicadas por los medios partidarios de quienes las habían pronunciado).No ha habido, quizás, en democracia, un político más corrupto que Alejandro Lerroux; y las andanzas de Maura o de Cambó como empresarios no son, precisamente, como para contarlas en Caritas.

La II República española, lejos de ser la oportunidad de arrancar, sin ira, el motor del progreso social en España, como pretendió, con muy bellas palabras, Niceto Alcalá-Zamora en el primer discurso que pronunció ante aquellas Cortes, fue también la misma almoneda de cieno que pueda ser la hora presente; con el agravante de que en aquellos momentos, y ello era patente, llevaban los españoles décadas incubando el proyecto inacabado de exterminarse mutuamente. A pesar de ello, nadie movió un dedo para parar aquel golpe. Lejos de ello, empujaron la maza para acelerarla. Nunca he comprendido, y es por ello que aquí ya le he dedicado varias tomas, lo poco que la Historia de la guerra civil se ocupa de los seis meses primeros de 1936. Menos de 200 días durante los cuales decenas y decenas de personas murieron presa de la violencia política de ambos bandos; algunos de ellos infumablemente linchados en plena calle, muertos a golpes de azada, o tiroteados de la forma más vil, por ser obreros, por ser católicos, por ser cualquier cosa; no pocos de ellos, como simple medida preventiva, pues no masacrarlos era darles la oportunidad de masacrar, ellos, en la hora siguiente.

Todo eso es el Error. El Error, así, con mayúsculas. El Error que convierte en una soberana gilipollez la discusión sobre cuándo, cómo, con quién, se fraguó el golpe de Estado del 36, cuál era la nómina de los tirios, cuál de los troyanos, bla. Qué más da cuándo y con quién habló Mola por primera vez de dar un golpe de Estado. Lo realmente importante es que el 17 de julio tuvo claro que podía darlo, que pisaba terreno razonablemente firme (y, aun así, se equivocó, porque el golpe fue un fracaso). Lo realmente importante es que había un Error, y que en julio del 36, estaba maduro, como ese monstruito que sale del huevo en las películas de Alien. Y lo más interesante del libro, o quizás de otro libro que acaso escriba alguien alguna vez, es el repaso meticuloso, nombre a nombre, hombre a hombre, de qué hizo y qué no hizo cada uno para evitar ese Error.

Nadie, lo he dicho, hizo nada por evitarlo, y sí por alimentarlo. Nadie trabajó contra el Error.

La República la traen unas derechas dinásticas hasta antesdeayer, oportunistas, maniobreras, caciquiles, que no buscan sino seguir reproduciendo ese machito. Sólo así se explica que un jurisconsulto fino y sabedor  como Alcalá-Zamora se inventase ese fistro, increíble incluso en una Historia tan surrealista como la española, de un gobierno que no apoya nadie, y esperar que gane unas elecciones.

El gran sustento de República, el Partido Socialista, está dirigido por un hombre que tiene una ciega pasión de liderazgo, a la que es capaz de sacrificarlo todo y que le lleva a bombardear lo que haga falta: el gesto de Prieto de acudir al Pacto de San Sebastián, luego las tendencias moderadoras de Besteiro, a quien acorrala y desprecia a través de sus terminales en la UGT, como bien reflejan las actas de las reuniones del sindicato donde decidió dar el golpe de Estado del 34, reproducidas en el libro sobre la materia de Amaro del Rosal. Francisco Largo Caballero pactó con un dictador militar para machacar a la CNT y terminó su vida política efectiva con el único apoyo de peso de la CNT en el llamado gobierno de la Victoria; no creo que hagan falta más pruebas de que le daba igual ocho que ochenta, con tal de ser él el ochenta. Por el camino, colocó en el frontispicio del PSOE el dudosísimo mérito de haber organizado un golpe de Estado contra un régimen votado por las urnas e inflamó a las masas, trabajándose a cincel el estallido de una guerra civil que él creía que ganaría con apenas amagar con sacarse el huevo izquierdo de la bragueta.

La derecha pura y dura, ciega y ultramontana, hizo bien poco, si es que hizo algo, por integrar, aunque fuese a trompicones o de una forma meramente estética, a las clases propietarias en el proyecto republicano. Como consecuencia de ello, le hizo ofertas tan elevadas que, cuando gobernó, para cumplirlas tuvo que romper el país en dos. Tampoco hizo gran cosa por evitar la deriva del poder eclesial porque, contra lo que sus líderes propugnaban, ellos no controlaban a los curas, sino al revés. Para colmo, aquella República tan timorata para todo les dio el salvoconducto que necesitaban para alimentar su cabestrez con los sucesos de mayo del 31. Imagínese el lector qué pensaríamos de un gobierno constitucionalista en el País Vasco que, apenas mes y medio después de haber ganado las elecciones, observase sin actuar cómo turbas de incontrolados arrasaban los batzokis, las ikastolas y las herrikotabernas. Imagínese el lector, digo, el discurso del PNV al día siguiente.

Todo ello, por no mencionar a los monárquicos, que trabajaron desde el primer segundo de la República, no para el retorno de la monarquía, sino para el retorno de una monarquía poco menos que censitaria, orgánica y con olor a la naftalina de la Historia. Todavía años después de aquella República, cuando el general Franco decida pilotar la Restauración de la Restauración, el titular de la corona escribirá comunicados al mundo en el que pasará de hablarles a los españoles de democracia, de libertades, y se explayará sobre sus derechos históricos a reinar. Empeñados en ser históricamente tontos del culo, aquellos monárquicos seguían esposados a la pata del Cid. Y qué decir de los tradicionalistas, aquellos trabucaires que llevaban ya, de aquella, cien años recetándole a España una ordalía de sangre.

De José Antonio Primo de Rivera se ha producido todo un intento de décadas por convertirlo en un atormentado derechista de tendencias moderadas, un buen hombre que vivió una mala hora. Pero no hay que olvidar que José Antonio se estrenó en la vida pública saltando desde las localidades del público a darle una mano de hostias a un conferenciante que se estaba metiendo con su padre. Y, sobre todo, que mandaba a decenas de adolescentes, de cuya simplista fogosidad tenía que estar bien informado, a montarla en cada esquina. Y los mataban. Y los mandaba de nuevo. Y los volvían a matar.

Indalecio Prieto es el corolario histórico del maniobrero. Lo cual tiene su lógica, porque al fin y al cabo competía por conseguir espacio bajo la canasta socialista, esperando ver caer el rebote del Poder, con otro político como Largo, todo él codos y codazos. Sea por lo que sea, el hecho es que se pasó cinco años empujando, él también, el cajoncito de la República hacia el precipicio, colaborando para enmerdar las cosas, con sus medias palabras y sus giros veletoides, hasta el punto de conseguir que en un mitin de su propio partido, los de su propio partido intentasen matarlo. Salió de allí a la naja, dejando a su secretario detrás, sin que se sepa que le importase gran cosa.

Como bien cuenta Eduardo de Guzmán en su libro sobre 1930, la gran parte de la histórica reunión de San Sebastián se invirtió en discutir los intereses de los nacionalistas. Vascos y catalanes, especialmente estos últimos, condicionaron cada uno de los históricos pasos que quería dar esa República con un persistente qué hay de lo mío, sin lo cual no había consenso posible. Para cuando estalló la guerra civil, en las calles de Barcelona, donde se podría perder la vida por llevar unos zapatos medio caros, quedó bien claro lo de puta madre que lo habían hecho aquellos gobernantes para reducir las tensiones sociales. Por no mencionar el acto de deslealtad constitucional del 34, en cuyo diseño y aliento no faltó la participación de elementos que lo mejor que se puede decir de ellos es que eran parafascistas.

Las llamadas izquierdas burguesas, por su parte, fueron los surfistas de la República. Juntos como hermanos, miembros de su Iglesia, se aplicaron a destruir, a golpes de pica, no muy certeros pero constantes, el bloque radical, pensando que lo heredarían; ciegos y ajenos al proceso que las izquierdas obreristas diseñaban, para más inri con su aquiescencia, no se dieron cuenta de que con el PR desaparecía el último bloque burgués cohesionado. A partir de entonces, ya no eran sino pequeños lobbies de poder, carne de Frente Popular; temblorosos politicastros entrados en carnes, subidos sobre una tabla de surf, apenas en equilibrio sobre la creciente ola de la Historia. Lo que no es perdonable es la ciega ilusión con que se prestaron. En el exilio se quedaron al frente del machito, con un éxito, lógicamente, más que cuestionable.

Todos, absolutamente todos, empujaron el trenecito de la Historia de España hacia la cuesta abajo de una nueva guerra. Y los intelectuales, esta vez, no fueron cometa, sino esa cohorte de rocas frías y obedientes que lo siguen (y hasta hoy). Un proceso que se adivina en la obra de Trapiello, pero que aun tiene, creo yo, mucho terreno que hollar. Una más de las muchas cosas que, después de 70 años de historiografía, de más de 50.000 libros, permanece impoluto, esperando una investigación.

Quizá el capítulo que peor entiendo del libro es el último. ¿Por qué dedicarle un capítulo a Manuel Azaña? Su condición intelectual no la pongo en duda yo; la pone él, con sus acciones. En mi opinión, Manuel Azaña estuvo muy lejos de ser la persona moderada, interpolada entre los sentimientos encontrados, que a su condición de reflexionador cabría otorgarle (y de la que él cree en sus diarios, o en su tan insulsa como lacrimógena Velada de Benicarló). Fue, primero que todo, un hombre ambicioso, al que no le importó forzar la máquina de la demagogia, en sus masivos discursos, dándole a la gente lo que quería oír, a pesar de que, si no era capaz de ver adónde le llevaba aquella retórica, es que, sobre no ser listo, además, va a resultar que era, más que tonto, gilipollas. La cerrada ceguera de las derechas implicándolo en un golpismo que le era ajeno, el del 34, ha tenido para Azaña la virtud de enlodar, hasta disimularla, la ira poco contenida con que recibió la derrota del 33, ira que demuestra que tenía lo que ningún político equilibrado debería tener (y todos poseen): un concepto patrimonial del Poder. Luego, a mediados del 36, acabaría sosteniendo reuniones masturbatorias con Giral, con Sánchez Albornoz, con Barrio, con todos esos tipos que todos juntos pesaban ya menos en España que un buen líder sindical de cualquier tajo de la construcción de Madrid, para provocarse mutuamente placer con la idea de instaurar una dictadura republicana que retrotrajese el orden. Si hubiesen hablado de pedirle ayuda a Los Cuatro Fantásticos no habrían sido menos realistas.

Azaña tiene bien poco derecho, creo yo, a tener sitial en un libro que se subtitula los intelectuales y la guerra civil. Ninguna de las dos cosas es cierta; ni es un intelectual, ni en la guerra civil; ni siquiera semanas, si no meses, antes, tocó pito. Con ambas afirmaciones, está todo dicho.

Lo mejor de los buenos libros es ese poso que te dejan al voltear la última página. A partir de ese momento, la lectura pasa a engrosar las vivencias pasadas, y lo que te deja es un sentimiento; las imágenes, dolores o risas que te convocará, a partir de ese día, pensar en ese tomo que leíste un día. La sensación indeleble de este libro, para mí, es agria. Yo diría que muy agria. En mi caso, por dos razones. La primera es la cantidad de sufrimiento, a menudo gratuito, que contienen sus páginas.

La segunda es la sensación, recocida página a página, de que las cosas, tal vez, no podían haber ocurrido de otra forma.

viernes, diciembre 14, 2012

Algunas lecturas navideñas


La semana que viene comenzará la cuesta abajo de mis breves vacaciones navideñas, que terminarán con el año. Lo cual quiere decir que es probable que, entre los humos del alvariño y la irresistible atracción de las fabas de Lourenzá, os haga menos caso que Yoda a la Real Academia de la Lengua. 

Como ya me ha advertido el Ministerio del Interior que tamaña ausencia podría causar alarma social, lo cual sería una pena en un país que está tan tranquilo y sosegado, he pensado en dejaros aquí alguna que otra recomendación de lectura. Ya lo siento por mis lectores monolingües, pero obviamente yo hablo de las lecturas que hago y me interesan, que no siempre son en la lengua de Cervantes. 

Espero que alguno de estos libros os procure una navidad provechosa en el sillón, mientras fuera llueve o hace un frío de cojones.

Interesante a más no poder es The origins of sex: a History of the First Sexual Revolution. Está escrito por Faramerz Dabhoiwala (que al parecer es un tío). El libro analiza la que considera primera revolución sexual de la sociedad, ocurrida en Europa durante el siglo XVII. Las cosas que cuenta, en muchos puntos, dejan chiquitos a los años del amor libre, en los sesenta del siglo XX.

También os ha de molar Round about the Earth, libro de Joyce E. Chaplin. Es una obra fascinante sobre un proyecto humano fascinante, cual es abarcar el mundo. Hoy nos parece el temita una chorrada; pero para el hombre, durante la mayor parte de su existencia, abarcar el mundo, ser consciente de sus dimensiones y, sobre todo, ser capaz de recorrerlas, ha sido un reto imposible.

El libro comienza precisamente en el momento en que dicho reto deja de ser una quimera, esto es con el viaje de Magallanes, completado por Juan Sebastián Elcano. Aquella hazaña, sin embargo, y esto nos lo recuerda el libro, fue como aquel famoso 8,90 que saltara Bob Beamon en México, que luego nadie fue capaz siquiera de igualar por mucho tiempo. Durante dos siglos y medio, circunnavegar la tierra se convirtió en un tema casi imposible, cuando menos hasta que Cook encontró formas de combatir el escorbuto, pues esta enfermedad era el principal obstáculo para que las tripulaciones pudieran estar en la mar todo el tiempo que necesitaban para hacer viajes por todo lo largo y ancho de la Tierra.

El texto de Joyce Chaplin relata otros muchos hitos de este proceso tendente a abarcar la Tierra, algunos de ellos hoy prácticamente olvidados, como aquella gesta financiada por Joseph Pulitzer para que alguien demostrase que el reto de La vuelta al mundo en ochenta días era practicable; reto que fue confirmado por Nellie Bay, que dio la vuelta al mundo en 72 días, 6 horas y 11 minutos. 

¿Sólo lees en español? En ese caso, no puedes perderte el libro de la investigadora de la USAL Ana María Carabias Torres, Salamanca y la medida del tiempo. Un gran libro dedicado a describir el papel que tuvo la Universidad de Salamanca en el proyecto papal de poner de una vez orden en el calendario y la medición del tiempo, pero que, lógicamente, por el camino cuenta todo ese proceso, repleto de interesantísimas aportaciones. Se disfruta su lectura. Mucho.

 Dentro de las novedades de este año de las que puedo hacer notaría, me gustaría destacar también A History of modern Lybia. En realidad, no estamos ante un libro totalmente original, puesto que su autor, Dirk Vandewalle, ya había historiado la evolución del Estado libio durante el siglo XX. Sin embargo, la edición que ahora ha elaborado la Universidad de Cambridge tiene como objeto, lógico, completar los análisis realizados hasta el momento sobre la evolución de Libia hasta incluir los hechos que han ocurrido hace bien poco.

La principal aportación del libro es, en mi opinión, su descripción del Estado libio, y la demostración somera del hecho de que incluso en los mejores años de Gadafi no dejó del todo de ser un Estado bastante invertebrado, de carácter tribal. La lectura, todo hay que decirlo, no mueve precisamente al optimismo.

Y, por último, por dejaros alguna recomendación un tanto más «ligera», aquí tenéis Faking it, que viene a ser el catálogo de una exposición realizada en el Metropolitan Museum sobre la manipulación fotográfica antes del Photoshop. Porque las fotos arregladas han existido desde que hay fotos, y hay trabajos realmente encomiables, algunos de ellos muy conocidos, como los realizados durante la URSS de Stalin para borrar todo rastro de sus enemigos.

Espero que al menos uno de estos libros os pueda dar horas de placer estas navidades. En todo caso, si tengo tiempo, nos leeremos.

miércoles, diciembre 12, 2012

Agincourt

Quienes hayan echado un vistazo a mi reciente artículo sobre el arco largo habrán observado que en la zona de comentarios se ha producido un debate interesante, sobre todo con un lector que firma Arauco, sobre si la importancia de esa arma ha sido o no sobrevalorada. Este debate, que yo desde luego no quisiera más que ver continuar, se ha centrado en la batalla de Agincourt, durante la llamada guerra de los cien años. El deseo de que, como digo, sigamos debatiendo, que para eso se escribe de y la Historia, me lleva a dedicarle unas notas a lo que sé de aquella batalla, que es una manera de tratar de acotar, en la medida de lo posible, la importancia que en la misma juega el famoso longbow.

Lo primero que me interesa decir de la batalla de Agincourt, de la guerra de los cien años en general, es que está situada en una bisagra cronológica. Eso de que la Edad Media terminó en 1453 es algo un tanto pollas, por mucho que no le falte parte de verdad. La Edad Media ni empezó ni terminó en un momento concreto y, en buena parte, el 25 de octubre de 1415, si no había terminado, sí cabría decir que lo estaba haciendo. El mero hecho de la guerra de los cien años en sí, es decir de un enfrentamiento que finalmente se convierte en un conflicto global a escala europea, demuestra un hecho, y es que el lento y doloroso alumbramiento de las primeras protonaciones europeas (tras el cual, en mi opinión, ya no cabe hablar de Edad Media en sentido estricto) se ha producido ya. Pero, además, nos encontramos en tiempo que, militarmente, están marcando un cambio. De alguna manera, Agincourt es un batalla ganada por quien supo entender dicho cambio mejor, y más deprisa.


Porque otra segunda cosa que hay que decir de Agincourt es que la ganó quien no debía ganarla. Los ejércitos ingleses de Enrique V eran poco numerosos, estaban agotados y, para colmo, eran presa de la disentería. Las tropas francesas eran mucho más numerosas, organizadas, y bien alimentadas. Y, sin embargo, los franceses perdieron, demostrando con ello que no siempre gana quien debe.

Aquel año de 1415 Enrique V, que ambicionaba controlar buena parte de lo que hoy es Francia, se vio espoleado a cruzar el canal con sus mesnadas ante la situación de enfrentamiento que se vivía en aquellas tierras. Desembarcó al final de la primavera y asedió la fortaleza de Harfleur, que tomó después de cinco semanas y de muchos sufrimientos, entre ellos un brote de disentería que hizo que sus tropas, literalmente, se fueran por los pantis. Para cuando logró tomar la plaza, comenzaba a hacer frío, así que decidió hibernar en Calais.

A pesar de diversas derrotas anteriores, los franceses estaban relativamente organizados, y eran más numerosos. El condestable Charles D'Albret, uno de sus generales, resolvió hacerle a los ingleses la vida imposible, para lo cual derribó puentes e inutilizó los cruces de los ríos, obligando a los invasores a dar grandes rodeos. Aunque, finalmente, los ingleses lograron cruzar el Somme en San Quintín, para cuando lo hicieron, estaban absolutamente faltos de provisiones. Fue tras el paso del río cuando se encontraron con las tropas francesas, acampadas y esperándoles. D'Albret había decidido plantarles batalla antes de llegar a Calais, puntualmente informado de que aquel ejército estaba agotado, hambriento y, para más inri, andaba, ejem, muy suelto.

La noche del 24 al 25 llovió de cojones en Agincout. Algo que a Charles le puso de muy buen humor, porque consideraba que eran los ingleses, que al fin y al cabo tenían que llegar a Calais, conseguir comida y un refugio para cuidar a sus diarreicos enfermos, los que tendrían que atacar.

La batalla planteada por los franceses fue la batalla medieval clásica: tres líneas sucesivas, las dos primeras formadas básicamente por infantes y la tercera por caballeros montados. De pasadas batallas, los caballeros habían aprendido a temer los arcos ingleses; razón por la cual incluso los caballos llevaban bardas protectoras. Francia contaba también con 3.000 ballesteros, situados detrás de la tercera línea. Demasiado lejos, pues, de los ingleses, y con demasiados franceses enmedio. Estaban allí, en parte, como consecuencia de lo ocurrido en Crézy, donde, una vez producido el caos, muchos ballesteros genoveses habían muerto pisoteados por los caballos de sus propìos aliados; lo que se dice muertes por casco amigo.

La formación francesa se completó, en ambos flancos, con sendas fuerzas de gran movilidad, de 600 hombres a caballo cada una, con las cuales los franceses esperaban dar buena cuenta de los arqueros, sabedores de que Enrique colocaría las compañías de bowmen en sus propios flancos, protegiendo a la exigua fuerza de a pie (750 hombres) con que contaba para cargar. Ambos, Charles y Enrique, sabían que la infantería inglesa era incapaz de ganar aquella batalla por sí sola.

Aquí, sin embargo, radica una de las diferencias entre ambos bandos que, en mi opinión, explica la relativa ineficiencia de los franceses.

Los francos, en efecto, estaban, aun, plenamente instalados en la Edad Media. Esto quiere decir que consideraban la guerra como un honor de gente principal; es más, eran renuentes a armar a los commoners, como les llamaban los ingleses, porque, al fin y al cabo, una vez armados, se podían volver contra ellos, y no contra el enemigo (lo cual no sería la primera vez que ocurriese, la verdad). Además, en una estricta interpretación cosmológica medieval, sentían poco respeto por quienes no eran nobles. En realidad, en las batallas medievales se mataban los nobles estrictamente necesarios; con el resto se procuraba ser clemente, porque un noble apresado vivo era todo un chollo en forma de rescate. Sin embargo, ¿quién iba a pagar por un puto arquero? Si a esto le unimos que los franceses odiaban a aquellos hombres que les habían causado tan dolorosas derrotas, entenderemos gestos como el que siguió a la recuperación de Soissons por los franceses, tras la cual 200 arqueros ingleses fueron ahorcados en fila sin piedad alguna.

Como consecuencia de todo lo dicho, los arqueros ingleses de Agincourt estaban, por así decirlo, sobre-motivados con su defensa. Se movían por el terreno llevando consigo unas estacas que, cada vez que paraban, clavaban en el suelo, inclinadas hacia delante, convirtiendo el reto de cargar contra ellos a caballo en un tema bastante espinoso.

Enrique V dispuso sus infantes en tres cuerpos y, tal y como habían previsto los franceses y dictaba la lógica, colocó los arqueros en ambos flancos de la formación. Es decir, en teoría presentó la yugular para que los franceses se la mordiesen. Pero sólo en teoría. En realidad. el ejército inglés avanzó lo justo para situarse en un punto en el que ambos flancos quedaban protegidos por sendos bosques: el de Tramcourt en el flanco derecho inglés, y el de Agincourt en el izquierdo.

Para sorpresa de los franceses, los ingleses, lejos de atacar, se pararon ahí, flanqueados por las dos masas boscosas. Cuatro horas. Sin embargo, la estrategia francesa no estaba exenta de lógica. En aquella guerra de nervios, Enrique V tuvo que terminar por reconocerse que el tiempo estaba con el enemigo, por lo que decidió avanzar.

Aquí, sin embargo es donde, con permiso de Arauco y de otros muchos que, en verdad piensan como él, las cosas cambiaron. Los ingleses avanzaron, sí; pero sólo hasta situarse a distancia de arco. En ese punto, la orden a los arqueros fue replantar las estacas, y comenzar a disparar.

Es cierto, como sostienen muchos, que los arcos largos no eran, quizá, tan efectivos como se dice. Para ello, en los tiempos actuales se han hecho muchos experimentos, usando arcos y armaduras para ver si penetran o no las flechas a diferentes distancias, y tal. Ya dejé dicho en los comentarios al anterior post que yo no creo demasiado en estos test. Podrán ser muy precisos; pero una batalla es más, mucho más, que dispararle a un dummie de paja en un fin de semana soleado. Las flechas inglesas caían a miles. Así las cosas, el hombre o animal que no estuviese adecuadamente protegido, ya sabía lo que le tocaba. Y el que sí lo estaba, aún asumiendo que las flechas disparadas, no se olvide, por hombres que en muchos casos llevaban practicando desde el día que se destetaron, seguía corriendo enormes riesgos bajo esa lluvia de flechas; sin ir más lejos, mirar hacia arriba, para verlas llegar, y que alguna le penetrase el yelmo.

A todo esto cabe añadir que la mayoría de los caballeros franceses de Agincourt habían adoptado como arma principal la espada larga y pesada que se blande con ambas manos; por lo cual, habían abandonado el escudo como elemento de su equipamiento.

Prueba de que los franceses no estaban nada cómodos en esa situación es que enviaron a las dos fuerzas de los flancos a apiolarse a los bowmen. En ambos casos, las estacas y parte de las flechas repelieron el ataque. Esto venía a suponer, por lo tanto, que el intento de evitar la lluvia de flechas sobre el centro del ataque francés había fracasado. Lo cual, es al manos mi opinión, cambió el signo estratégico de la batalla, pues Charles D'Albert, que había pensado en wait and see, se tuvo que tragar sus primeros deseos, y avanzar.

Y ahí fue donde perdió la batalla.

Había llovido de la hostia, ya lo hemos dicho. Entre franceses e ingleses, mediaban toneladas de barro. En esas condiciones nada favorables, el ejército franco comenzó a avanzar, pesadamente, mientras la lluvia de flechas continuaba. Para colmo, los caballos, ya sin dueño, de los ataques de los flancos aparecieron en sentido contrario, poniendo las cosas aun más jodidas, mientras el avance se estrechaba como de hecho lo hacía el terreno entre las masas boscosas. Un Madrid Arena bélico.

Es cierto, yo no lo niego, que Agincourt fue, al fin y a la postre, un encuentro entre infantes y caballeros; hombres de armas, en una palabra. Pero lo que también es cierto es que, para cuando los franceses llegaron a la línea inglesa, es decir el momento en que por fin pudieron olvidarse de las flechas porque los arqueros ya no podían dispararles (so riesgo de matar a sus propios compañeros); para entonces, digo, los cansados, puteados, sofocados, ya no eran los hambrientos ingleses (algunos de los cuales estaban en tan mala situación por la diarrea que combatieron desnudos de cintura para abajo, para poder cagarse libremente mientras disparaban). Eran ellos.

Los arqueros habían terminado su labor. Casi.

Ya hemos dicho que aquellos ingleses rurales, sin título y sin apellido que enseñar, sabían que eran carne de horca si caían en manos de los franceses. Su arma principal, obviamente, era el arco; pero todos llevaban un puñal, una pequeña espada, o una maza. Cuando ya no pudieron disparar, dejaron los arcos, muchos de ellos inservibles porque se les habían terminado las 48 flechas que cada uno llevaba, agarraron sus armas cortas, y se lanzaron a matar franceses. En todo caso, las crónicas son inequívocas en el sentido de que a muchos de los franceses que murieron allí no los mató, propiamente hablando, humano alguno. Los mató el barro, el agua, y el hecho, que no hay que ser ningún experto para percibir, de que la gran debilidad de un hombre con armadura es que, una vez caído al suelo, ya no se puede levantar, a menos que lo levanten. En la operación de la 101 Airborne y otras unidades durante el desembarco de Normandía, hubo paracaídistas que, a causa del enorme pecho de la mochila que llevaban, perecieron ahogados por caer lejos del objetivo, en lagunillas de apenas unos centímetros de profundidad. Hasta un niño sabe sacar la cabeza del agua cuando es muy poco profunda; pero cuando quien cae en el agua o en el barro soporta con el cuerpo un peso enorme, le puede pasar que caiga de cara al agua y, simple y llanamente, no pueda voltearla para respirar, o levantarse. A muchos caballeros franceses les ocurrió eso mismo. Imaginad, además, un paso estrecho y embarrado, en el que se empiezan a apilar los muertos. El avance, hacia delante o hacia atrás, es imposible. El destino de muchos de aquellos caballeros fue bracear inútilmente, en el suelo, hasta morir aplastados por otros como ellos, o ser encontrados por el enemigo, que acababa con ellos.

El mérito de la infantería de Enrique es también, en parte, mérito de los propios arqueros. O bien les buscaban a los franceses intersticios en la armadura para clavarles el puñal, o bien los mataban a hostias de maza. Los franceses, mientras tanto, estaban de barro hasta las rodillas, apretujados, agotados por un avance terrible y de gran tensión nerviosa (piénsese en avanzar bajo una nube de flechas que llega cada seis segundos, más o menos).

Llegó el duque de Alençon con la segunda línea francesa, pero aquello no sirvió para otra cosa que para convertir la ya apretada batalla en el Metro de Sol un viernes a las siete de la tarde. Una vez que dos tercios de la fuerza de impulso francesa habían sido vencidos, Enrique envió un heraldo a los franceses conminándoles a abandonar el campo de batalla. Los francos comenzaron a pensárselo. Sin embargo, las cosas podían haber cambiado tras la iniciativa de Isembert D'Agincourt, quien realizó un ataque a la retaguardia inglesa, desprotegida, relativamente exitoso. Sin embargo, los ingleses se volvieron muy deprisa (a base de, entre otras cosas, degollar a toda prisa a muchos prisioneros que habían hecho).

La gran pregunta de Agincourt, en mi opinión, es cómo los ballesteros tuvieron un papel tan menor. Y la única explicación, como ya he dicho al principio, es la diferente consideración del concepto "batalla" que se dio en aquel campo.

Muchas batallas medievales eran relativamente cortas (incluso menos de una hora) y también relativamente poco sangrientas. Para el batallador medieval, la diferencia entre un torneo y una batalla era bastante más pequeña de la que existe para nosotros entre una batalla y un duelo. El rey de la guerra medieval era la carga a caballo con la pica en la sobaquera, y no eran pocas las veces en las que el resultado del first strike marcaba con bastante claridad quién sería el ganador. Los caballeros franceses que se presentaron en Agincourt, y que murieron a cientos, tenían este tipo de cosa en la cabeza. Fueron allí a sostener un típico enfrentamiento medieval, una carga de caballeros contra infantes a la antigua usanza. A pesar de que Agincourt no cae del cielo y las tácticas, como queda dicho, ya llevaban tiempo cambiando, en buena parte aquellos francos seguían creyendo en un modo de batalla poco táctico; un choque de honores y brazos, de donde debiera salir ganador quien más tuviese de ambas cosas.

Sigo pensando que el elemento táctico aportado por el uso masivo de arqueros es el factor fundamental que cambia en aquella batalla; en realidad, en un conjunto de las mismas producido durante aquel siglo XV. Y cambia para siempre. Desde aquellos hechos, la guerra se complica notablemente, y se convierte en lo que al menos yo creo que es hoy en dia: una cuestión de combinación inteligente de recursos. Hay elementos en este sentido, desde luego, que siempre han pertenecido a la táctica militar: tanto Cayo Mario como su mejor alumno, Julio, abominaban, se burlaban incluso, de los ejércitos muy numerosos, como los que solían resultar de las levas de los sátrapas persas, con 100.000 efectivos, o aun más. Aquellos generales ya sabían que una tropa que sea, a la vez, numéricamente manejable y esté bien entrenada, es mucho mejor negocio bélico que aquellas patotas de desharrapados que Jerjes y sus gentes desembarcaban en Europa, poco menos que con la instrucción de cargarse a todo lo que se moviese. El principio general, como digo, ha existido desde el primer día que ha habido un comandante que se ha pensado dos veces las cosas. Pero con el final de la Edad Media, adquiere carta de naturaleza definitiva.

Enrique V se destacó en Agincourt por batallar en primera línea. Comandaba el cuerpo central de infantería y allí lo encontraron los hombres de Alençon, que habían jurado matarlo. No sólo se lo impidió, sino que le salvó la vida al duque de York cuando los franceses ya estaban a punto de hacer lonchas con él (chiste fácil). Terminó la batalla con la corona que rodeaba su yelmo partida y abollada.

Pero eso cada vez será menos así. Al commander in chief cada vez se le pedirá menos que esté en primera línea de batalla, o sea que sea el más cachoburro de todos, y que, a cambio, se quede en el sótano de la Casa Blanca, en la sala ésa llena de pantallas y teléfonos, dando órdenes.

La guerra, poco a poco, deja de ser un combate de boxeo, para pasar a ser una partida de ajedrez. Lo cual, paradójicamente, la hará mucho, pero mucho, más incivilizada.

lunes, diciembre 10, 2012

Soixante huit (7: El salto cualitativo)


De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto capítulo.

Resumen de lo publicado: Al final, como era de esperar, acaba montándose. Las huestes de Sauron ocupan Hobbiton para controlarla, no sin provocar con ello el nada secreto orgasmo de los Rojirrim, que en las horas impares declaran su solidaridad con los "hermanos hobbits", y en las pares hacen asambleas donde se solazan con la idea de que los orcos "no dejen ni las raspas de esos sucios pies grandes". En el mercado de Hobbiton, los hobbits se reúnen para ver qué hacer ante la escalada de la situación, pero son rodeados por los orcos, que les invitan a salir de la lonja en grupos pequeños. Los hobbits, sin embargo, se encabronan y comienzan a lanzar cascotes elfos sobre los orcos, causando heridas a varios de ellos, muy graves en un caso. Al final de la jornada, Sauron anuncia la invasión de la Tierra Media.

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Manifestantes de Mayo del 68 portan el maniquí de un policía antidisturbios. Obsérvese en la foto lo poco, poquísimo, que ha cambiado la estética de la resistencia clandestina.





La misma noche que el rector Roche anuncia el cierre de la Sorbona comienzan las reacciones. El SNE Sup, por ejemplo, saca una nota urgente solidarizándose con los estudiantes y llamando a la huelga general de profesores. La UNEF, por su parte, llama a todos los estudiantes de la región de París a unirse a la manifestación del 6. Cerca ya de la medianoche, los estudiantes que fueron detenidos son liberados en las comisarías, aunque 27 de ellos lo hacen imputados de cargos de posesión de armas prohibidas.

A la una de la mañana, se produce una reunión de prácticamente todas las organizaciones estudiantiles a la izquierda del Partido Comunista, además del SNE Sup: el 22M, por supuesto; pero también el MAU, la UNEF, los ESU, la JCR, la FER y la UJC (m-l).

UNEF, ESU y FER hacen frente común en la demanda de una llamada a las organizaciones sindicales. El resto, sin embargo, consideran que esa sería una respuesta demasiado tradicional que rompería la espontaneidad del movimiento (es extraño el voto en contra de la UJC (m-l) a esta propuesta, teniendo en cuenta que los maoístas siempre han defendido que el conflicto estudiantil debe convertirse en un conflicto obrero; sin embargo, la negativa tiene su lógica, porque la propuesta habla de convocar a los sindicatos mayoritarios, que son organizaciones donde el maoísmo tiene una presencia prácticamente testimonial). La UNEF, en todo caso, acabará por hacer por sí sola el llamado a las organizaciones sindicales.

Esa noche del jueves, 4, tras todo el movidón de la Sorbona con cierre incluido y antes de la reunión de madrugada, la principal actividad ha estado en un pequeño piso en el número 28 de la rue Monsieur-le-Prince, donde tiene su sede el SNE Sup. La directiva del sindicato profesoral celebra una reunión presidida por su secretario general, Alain Geismar (procedente de una familia judía alsaciana, militó en el ESU durante sus años estudiantiles en la Escuela de Minas. Dos años antes de los sucesos que ahora relatamos, se ha salido del PSU. Pasado Mayo del 68, organizará la Gauche Prolétarienne GP, de tendencia maoísta; actividad que le costará la cárcel. En 1986 recaló en el Partido Socialista, donde le nombran Inspector Nacional de Educación. Participa en el gobierno de Michel Rocard, primero en el ministerio de André Laignel, y luego con Lionel Jospin, tanto cuando fue ministro de Estado como, ya con Edith Cresson, fue nombrado ministro de Educación Nacional. Se retiró en el 2004. En el 2008 publicó sus memorias de Mayo del 68, un puntito autojustificativas).  Esta reunión repasa los intensos sucesos del día, durante los cuales los dirigentes del SNE Sup han multiplicado sus contactos con el SGEN, es decir el sindicato de enseñantes de la CFDT, o Confédération Française Démocratique du Travail, un sindicato de izquierdas, de orígenes cristianos pero no confesional, para unirlos a las protestas.

El SGEN (CFDT), sin embargo, marca distancias con las movidas. Condena la brutalidad policial, pero al mismo tiempo “rechaza toda solidaridad con grupos cuya acción incoherente compromete una reforma real y podría hacer popular la política educativa gubernamental”.

Por lo que se refiere al SNES, Syndicat National des Enseignements de Second Degré, mayoritario en la enseñanza secundaria y de tendencias comunistas, condena la violencia policial y el cierre de las facultades, sin más. Lo más probable es que el camarada Marchais ya les hubiera dicho, aquella noche, que, solidaridades, las justas.

Con todo, la principal novedad de aquella jornada del 6 se ha producido a mediodía, cuando seis de los estudiantes que han sido arrestados en el día anterior son finalmente conducidos ante la Chambre Correctionelle, esto es son definitivamente juzgados.


  • Jean-François Raguet, 24 años, llevaba una porra casera (Raguet, conocido por sus compañeros de instituto como “el bolchevique”, era entonces militante de la OCI, Organisation Communiste Internationale, trotskista lambertista, y era miembro del servicio de orden de la UNEF. Enquistado en su vida estudiantil, es la quintaencia del universitario eterno; se ha presentado durante muchos años a los exámenes para convertirse en profesor de Filosofía. Todavía en 1998, 30 años después de mayo del 68, fue excluido por un año en la Sorbona).
  • A Jean Barbaza, 21 años, le han intervenido un hacha en el maletero de su coche.
  • A la pareja formada por Marc Fenetrier (22 años) y Sylvie Riedacher, 21, les han intervenido en su coche un hacha y una barra de hierro.
  • A Georges Tcherkezoff, 19 años, le han intervenido un tirachinas para lanzar piedras.
  • A Marc Vernant, 19 años, le han intervenido una herramienta que usaba como arma.
  • A Dominique Colombani, 20 años, le han intervenido otro hacha.


Todos estos detenidos son acusados de poseer armas de sexta categoría (“objetos susceptibles de ser peligrosos en el curso de una manifestación”). Entre los abogados que les defienden se destaca, enseguida, Henri Leclerc (que será en los noventa, de hecho, presidente de la Liga Francesa por la Defensa de los Derechos del Hombre. Abogado defensor de diversas personas, siempre en temas de libertades civiles, ha tenido entre sus clientes a personajes públicos como Dominique de Vilepin e, incluso, el ahora famoso Dominique Strauss-Kahn, en su caso con la periodista Tristane Banon. En el 2011, formó parte del equipo de campaña de Martine Aubry en las primarias socialistas que perdió frente a François Hollande). Las apelaciones de Leclerc y de su compañero Michel Blum, asistidos por un tercer abogado con un nombre muy propio para su labor (Michel La Guardia), en el sentido de que las armas portadas por los estudiantes son un signo protector frente al clima de violencia en la universidad (argumento que, es, en parte, cierto), hace que las consecuencias para los detenidos sean menores: Raguet, Barbaza, Fenetrier, son condenados a tres meses de prisión y 300 francos de multa; Tcherkezoff, Vernant y Riedacher, a dos meses y 200 francos; y Dominique Colombani, a un mes y 200 francos. Todos ellos son indultados. Sin embargo, como veremos, ésta es sólo la primera intentona, y no la más importante. Estos juzgados no son los que tienen acusaciones de violencia más fuertes, o más probadas.

Cerca de las nueve y media de la noche, son liberados. Cuatro horas después, tras largos interrogatorios, lo son Daniel Cohn-Bendit, Jacques Sauvageot y Pierre Rousset (hijo de un famoso escritor de la primera mitad del siglo, David Rousset, a quien personas como Jorge Semprún consideraban un gran olvidado de la literatura francesa, es posible que sea el mismo Pierre Rousset que milita en el NPA o Nuevo Partido Anticapitalista francés). Al mismo tiempo, los vespertinos parisinos están saliendo en la calle para informar que el brigadier Brunet está en coma.

El sábado día 4, la acción estudiantil da un paso más con la creación de comités de acción. El centro de París aparece esa mañana empapelado de manifiestos llamando a su constitución. También anuncian la creación, durante la noche anterior, del llamado Comité de Defensa contra la Represión, que ha sido formado por los maoístas de la UJC (m-l). Pero éste es sólo el primero de los comités. En una dinámica muy de guerrilla (recuérdense las muchas juntas creadas en la España que luchaba contra el francés) en pocos días habrá un comité por cada facultad, casi por cada curso; un comité de acción en cada baño, en cada cagadero. Los manifiestos los definen como organizaciones totalmente centradas en la agitación. Son células de base al más puro estilo revolucionario, según el catón trotsko-maoísta. El sábado día 4, por si antes le quedaba algo (éste cronista, desde luego, piensa que Mayo del 68 nunca fue de eso), la creación de los comités de acción acaba con todo viso que permitiese considerar M68 como un movimiento político-cultural, de rebelión pacífica, basado en églogas más o menos imaginativas pintadas en una pared (que es, paradójicamente, el recuerdo que se trajeron la mayoría de los 234 millones de jóvenes españoles que aquel año estudiaban en París). Tal vez Cohn-Bendit y los otros anarquistas asamblearios que lo iniciaron no se diesen cuenta todavía. Pero, en fecha tan temprana, la concepción de Mayo del 68 como un enfrentamiento frontal con el orden establecido, destinado a derribarlo; y la idea, de honda raigambre maoísta, de realizar esta labor mediante una alianza y supeditación final a la clase obrera, está, ya, plenamente vigente. De hecho, el movimiento de Geismar de intentar implicar al SGEN y al SNES en una huelga profesoral, puede interpretarse de dos modos. En el modo Rita Irasema, podemos pensar que lo que intentaba el dirigente sindical de los profesores era apoyar a los estudiantes. En un modo más maoísta, esto es más coherente con el punto de vista ideológico y estratégico adoptado por el propio Geismar al implicarse en la Gauche Prolétarienne, se puede pensar que lo que se intentaba era mutar el conflicto estudiantil en un conflicto profesional y obrero. Que, oh casualidad, es lo que acabará pasando.

El movimiento del 4 de mayo es un intento de los grupúsculos de ultraizquierda de superar el liderazgo semioficial de la UNEF, el sindicato de estudiantes. Les estructures du syndicat UNEF ne suffisent pas, ne sont pas adaptées, clama uno de los manifiestos que aquella mañana de sábado se distribuyen a tutiplén por el boulevard Saint-Michel. Otro de los manifiestos habla, en su titular, de la necesidad de formar los comités pour developper la revolte commencée vendredi. Esto es, aquellos manifiestos entienden la movida del viernes como el comienzo de algo, de un enfrentamiento. Un enfrentamiento global porque, si bien estos papeles siguen hablando de la lucha contra la burocracia universitaria, añaden, además, “et le pouvoir gaulliste”.

Al día siguiente, domingo, se celebra una sesión especial de la segunda Cámara Correccional, para juzgar a otros siete jóvenes detenidos el viernes anterior durante la manifestación. El mero hecho de esa sesión revela hasta qué punto el Gobierno está intentando, en ese momento, evitar los incidentes el lunes. La cámara casi nunca ha celebrado sesiones en domingo.

Sin embargo, hay países en los que la Justicia es independiente. O, tal vez, es que el Gobierno, el Poder, nunca pensó que necesitaría tener terminales en las cortes encargadas de juzgar los delitos y faltas de los jovenzanos, cual son las cámaras correccionales. El caso es que aquellos jueces, obligados a currar en domingo, harán lo que les parezca, y haciéndolo echarán gasofa a la hoguera. 

Roger Grosperrin, subdirector de la Prefectura de Policía; Jacques Quilichini, jefe de una de las compañías de fuerzas de intervención; y Leon Demurier, comandante de los gardiens de la paix, tratan de convencer a los magistrados de que los jóvenes deben recibir duras penas, entre otras cosas por los hasta 70 heridos que ha habido entre las fuerzas policiales.

Los juzgados son:


  • Jean Clément, estudiante de Letras y presidente de los estudiantes cristianos de la Sorbona. Será condenado a dos meses de prisión y 200 francos de multa.
  • Marc Lemaire, auxiliar de química. Le caen dos meses y 600 francos.
  • Guy Marnat-Damez, estudiante de quinesiterapia [sic]. Dos meses y 600 francos.
  • Bernard Malabre, estudiante de Bellas Artes, será juzgado en junio (el agente que le acusa está enfermo). El sábado anterior, por estar detenido, Malabre no se ha podido presentar a un examen, y ha perdido el curso.
  • Yves Lescroat, estudiante de arte y arqueología. Dos meses y 200 francos (una persona con este nombre ha escrito varios libros de arte, entre ellos sobre la catedral de Rouen; teniendo en cuenta los estudios del joven juzgado en mayo del 68, podría tratarse de la misma persona).
  • Daniel Legros, un pastelero de Montrouge; le caen tres meses y 300 francos, pero será indultado.
  • Jean-Pierre Leboleux, estudiante de Derecho. 15 días de prisión, con indulto, y 500 francos.


El comité nacional de la UNEF se reúne en la tarde del domingo, nada más conocerse los fallos. Se lanza un manifiesto anunciando una huelga general indefinida, además de la manifestación el lunes a las seis y media de la tarde.

El gobierno, a través del ministro Peyrefitte, también reacciona esa tarde argumentando, en un comunicado, que no puede dar carta de naturaleza a un proceso de conflicto permanente.

A las diez de la noche, Alain Geismar, como secretario general del SNE Sup, que horas antes ha hecho un comunicado conjunto de solidaridad (pero sin comprometer la participación en la huelga) con el SGEN y el SNES, da una rueda de prensa. Geismar reclama la liberación de todos los estudiantes detenidos (esa misma tarde, unos cuantos lo han sido mientras repartían pasquines de la UNEF) y se adhiere a la huelga, como acabamos de ver, sin haber logrado arrastrar a las otras organizaciones.

Horas después, 20 profesores universitarios, entre los cuales hay dos premios Nobel (Alfred Kastler y Laurent Schwartz) firman un manifiesto en el mismo sentido.



El lunes, 6 de mayo, el día en que el salto cualitativo de Mayo del 68 se habrá de ver bien claro, el Quartier Latin amanece sitiado por la policía.