miércoles, octubre 23, 2019

Partos (7: Roma entra en la ecuación)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates
El ocaso de la Siria seléucida
Y los escitas dijeron: you will not give, I'll take

Bien, como dije, sigamos contando un poco la petit histoire de los antiguos armenios.

Como he dicho, conforme el pueblo armenio se arianizó, sus resistencias a aceptar conexiones y dependencias respecto de los pueblos arios de su área geográfica se fueron atenuando. De hecho, la independencia de los armenios en aquella época llegó más bien de una forma indirecta, cuando Antíoco el Grande sufrió una derrota frente a los romanos, en el año 190 antes de Cristo. Artaxias, el viejo gobernador de la Gran Armenia para la administración seléucida, interpretó con astucia el momento histórico de debilidad de su metrópoli y supo agitar, o tal vez recoger eso no lo sabemos bien, las ansias independentistas de todo o parte de su pueblo. Por todo ello, se levantó en armas y en la batalla de Magnesia (no confundir con la batalla de Gimnasia) consiguió el poder suficiente como para dimitir como sátrapa para ser inmediatamente nombrado rey.

Sin embargo, en el fondo de aquellos armenios seguía latiendo la baja proclividad a la guerra. La elevación de Artaxias como soberano independiente no necesitó de más batallas que la de Magnesia porque bastantes problemas tenía Antíoco para encima enviar tropas a Armenia. Sin embargo Epífanes, su hijo, cuando expiró el plazo delimitado en los tratados de independencia, 25 años, sí que se planteó recuperar lo que había sido suyo o, más bien, de su padre. Cuando los sirios se acercaron a Armenia, los armenios se hicieron los orejas. En el 165, apenas comenzadas las hostilidades,  Artaxias ya era prisionero de los seléucidas.

Las cosas permanecieron así, aparentemente, hasta más o menos el año 150 antes del amigo de la Paloma. Ésta fue la fecha, si habéis estado atentos, en que Mitrídates I comenzó a invadir los territorios del imperio sirio oriental, haciendo suyos reinos como Media o Babilonia. Este tipo de movimientos, al parecer, excitaron los deseos de independencia de Armenia. Parece ser que en el país se impuso un rey relacionado con los arsácidas que se llamaba Wagharshag; aunque los que bebemos de fuentes griegas, más que nada para que no parezca que cada vez que decimos su nombre estamos echando un esjarro, lo solemos llamar Valarsaces. Vali, como he dicho, o tenía relaciones con los reyes partos o era él mismo miembro de la familia arsácida, pero aun así parece también que fue un rey independiente. Reinó 22 años, y su hijo, Arsaces, 13, que no son malas cifras para la época. Arsaces era un tipo bastante chulo que siempre estaba buscando pelea y, con mayor frecuencia que en ningún otro caso, la encontraba con sus vecinos del Ponto. A su muerte le dejó el trono a su hijo Ardases, quien se suele identificar con el Ortoadisto de quien ya hemos hablado.

Así pues, ahora podemos situarnos. Cuando Mitrídates II se fijó en Armenia para hacerla suya, parece obvio que las vinculaciones arsácidas de la casa real armenia habían desaparecido de mucho tiempo antes. Eran Partia y Armenia, pues, dos reinos avecindados pero ni coligados ni se puede decir que amigos. No parece de Mitri tuviese ningún tipo de problema con que el rey al que iba a atacar fuese pariente suyo (bueno, la verdad es que nunca lo han tenido los reyes, se llamen Arsaces, Windsor o Borbón).

De lo que pasó en la pelea no sabemos más cosa. Pero siempre hemos imaginado que los armenios debieron perder porque Estrabón, al referirnos la historia de Tigranes, el gran rey armenio, nos cuenta que, en su juventud, fue un rehén de los partos, lo cual sugiere que fue en la guerra entre Mitri y Orto cuando se produjo su captura. El hecho de que los partos tuviesen un rehén real armenio indica que debieron llegar a algún tipo de acuerdo por el cual convertían a Armenia en su tributario o súbdito, y que retuvieron a Tigranes como caución del cumplimiento de estas condiciones.

En la Historia hay, a veces, circunstancias que dan que pensar que todo está pensado por alguien; un poco demente, cierto es, pero alguien. La guerra entre Partia y Armenia, que ni siquiera sabemos si fue propiamente una guerra o simplemente una amenaza, vino a suponer para Mitrídates II una situación de estabilización para su nación como no se conocía de bastante tiempo atrás. ¿Había llegado el momento de relajarse? Pues la verdad es que no pues, tomando la Historia como lo que es, esto es un recorrido temporal en el que una o dos décadas significan poco, debemos hacer notar que, para los partos, consolidar el poder sobre Armenia y comenzar a saber de unos extraños tipos llamados romanos, fue todo uno.

Como ya he dicho, el enfrentamiento entre Antíoco III y las tropas romanas, en el año 190 antes de la cagada de Dionisio el Exiguo, fue como un Barcelona-Viveiro de copa. No obstante, a pesar de que los romanos ganaron por goleada aquella guerrita, pasaron de poner el pie en Asia. En ese momento, no terminaba de convencerles aquella expansión. Para los romanos, Asia Menor, el Oriente Medio, por decirlo en lenguaje actual, y Mesopotamia, por decirlo en el antiguo, era como abrir una tienda de forros polares en la playa de Ipanema. Veían la zona como un área presidida por las guerras intestinas y extentinas entre el dédalo de pueblos que poblaba aquellas estepas, aquellos valles y aquellas montañas, todos ellos emparentados de alguna manera, todos ellos profesándose calculados odios interminables. Los generales romanos habían calculado que extender las posesiones imperiales por Asia les iba a obligar a multiplicar los puestos de vigilancia por todas partes, sangrando sus legiones con efectivos que necesitaban para otras cosas, puesto que, por aquel entonces, estaban, desde luego, mucho más atraídos por la Galia o Hispania que por aquellas tierras tan complicadas. Que me perdonen mis numerosos lectores persas, pero entre invadir La Carihuela y el Irán, la verdad, no hay color.

Llegó, sin embargo, el momento en que eso cambió. Roma absorbió Grecia y Macedonia dentro de sus posesiones y, en el 146, no dejó en pie en Cartago ni los videoclubs. Ahora Roma, o al menos ésa era la impresión generalizada en el Senado, sí que tenía músculo sobrante suficiente para intentar poner orden en el cachondeo asiático (léase hacerlo suyo).

El fulminante que disparó la bala fue la noticia de que, en Pérgamo, la dinastía dominante parecía llegar al agotamiento, sin herederos viables. Formalmente, el Senado romano consideraba que la soberanía sobre Pérgamo le correspondía a la República; así pues, ahora se dejó seducir por los halcones que, desde sus gradas, clamaban por la recuperación de lo que ya era de Roma. Así pues, fueron convenciendo a Atalo III de que, en pago por las obligaciones adquiridas por su padre con los romanos, le dejase en herencia su reino a Roma. Atalo tenía un medio hermano, Aristónico, que defendía la idea de que la dinastía de Pérgamo no se había extinguido y que aquel testamento era ilegal. Sin embargo, los romanos buscaron un aliado en la zona, y lo encontraron en Mitrídates IV del Ponto; entre los dos contrarrestaron fácilmente a Aristónico. Ponto recibió como pago por sus desvelos la porción de Frigia que había sido de dominación pergamenona (porque no, amigo; aunque no lo creas, el gentilicio de Pérgamo no es pergamino).

Ahora el primo de Zumosol estaba presente en Asia. Esto quiere decir que, de repente, los muchos asuntos de la zona, las luchas entre reinos, facciones o señores de la guerra, dejaban de ser temas de los que el Senado tenía conocimiento en las tardes más tediosas, para ser parte de su política exterior pues, repentinamente, la República tenía la necesidad de obtener aliados en la zona, asegurar pertrechos.

Partia y Roma, sin embargo, estaban todavía lejos la una de la otra; se les interponían sirios, capadocios y armenios. Pero ambos eran ahora actores del mismo teatro. Mitrídates V del Ponto, hijo y sucesor del rey que hemos leído ayudando a los romanos, había aprovechado las ganancias de terreno obtenidas en su alianza con éstos para construir un pequeño imperio (en realidad, no tan pequeño), puesto que había adquirido autoridad, o capacidad tributaria, sobre Armenia Minor, Colcis, toda la costa oriental del Mar Negro, el Chersoneso Táurico o reino del Bósforo e incluso terrenos al oeste del estrecho hasta la desembocadura del Dniester. De un acuerdo con Nicomedes de Bitinia había sacado la Paflagonia; había invadido la tierra de los gálatas; y, last but not least, estaba intentando hacer a los capadocios súbditos suyos.

Mitrídates, además, había alcanzado una alianza muy estrecha con Tigranes, quien ya era rey de Armenia, entre otras cosas tras haberlo casado con su hija Cleopatra.

Para Roma, toda aquella expansión por parte del Ponto era problemática y preocupante; pero lo que resultaba totalmente inaceptable era la eventualidad de que se hiciese con el poder sobre la Capadocia. El Senado consideraba que una eventual caída de este reino bajo la soberanía del Ponto crearía un desequilibrio excesivo en el área, y por eso se resolvió a impedir dicha expansión. En el año 92, pues, la República envió a Lucio Cornelio Sila a la zona, con la misión de restablecer en el trono capadocio al rey Ariobarzanes, expulsado por los pontino-armenios, y echar al rey marioneta que habían colocado éstos. Sila entró en guerra con los armenios, a los que derrotó provocándoles bajas muy numerosas.

Tigranes, el rey ahora derrotado en el campo de batalla, tenía unas relaciones difíciles y complicadas con los partos. Como sabemos, había sido rehén de los mismos y, aparentemente, durante su reclusión había llegado a algún tipo de acuerdo con ellos que incluía la cesión de algunos territorios. Una vez fue rey, sin embargo, acabó por revertir estos sentimientos positivos hacia los partos, o cuando menos hacia la colaboración con ellos, y de hecho guerreó para recuperar esos terrenos entregados en su momento.

Este cambio de opinión de Tigranes, lógicamente, no le gustó demasiado a Mitrídates II de Partia y justifica en buena medida el gesto que tuvo ahora de, cuando vio que los romanos entraban en guerra con los armenios, enviarle un embajador a Sila. Orobazo, que así se llamaba el plenipotenciario, llevaba en el portafolio la oferta de una alianza ofensiva y defensiva entre Roma y Partia.

A Sila, que estaba comenzando a hacerse una idea de lo complicadillo que era mantener las nalgas apretadas en un teatro bélico tan complicado como Asia, la idea le pareció bien; sin embargo, consciente de cuáles eran sus atribuciones, consideró que alcanzar este acuerdo lo superaba. Así pues, aquella embajada paró en poco más que el intercambio de regalos y buenas palabras que se suele producir cuando no se quieren firmar papeles.

Mitrídates, probablemente, tenía buenas razones para enviar a Orobazo; es probable que ya tuviese informes encima de su mesa que hablaban de la que le estaba montando el ambicioso Tigranes. En los años que siguieron a la embajada de marras, el rey armenio atacó con saña a los partos, y de hecho les arrebató extensos terrenos en la Mesopotamia septentrional o Gordiene, como se la conocía en ese momento, un pequeño reino que estaba bajo la autoridad de un rey tributario de los partos.

Es probable que, en medio de esta sub-guerra, Mitrídates falleciese, quizás en el 89 antes del nene de la Christotokos (valga este leve guiño duofisita). De nuevo Partia se quedaba sin un gran rey, que si bien es cierto que hubo de vivir los últimos años de su reinado bastante amargado y perseguido por los avances de Tigranes el armenio, no se puede decir que tenga una mala hoja de servicios. Por mucho que Armenia invadiese Gordiene, no hay que olvidar que la Partia que heredó Mitrídates era un reino que estaba casi en su totalidad en riesgo de invasión por los escitas; una tropa temible a la que dos reyes antes que él no había sabido parar, pero que él se arregló para poner en su sitio.

Por otro lado, Mitrídates tiene el mérito, que vale mucho a la luz de los hechos posteriores, de haber sido el primer monarca parto, el segundo asiático (el primero, sin duda, fue también Mitrídates, pero del Ponto), que se dio cuenta de que Roma era un poder emergente en Asia,y que lo interesante era amigarse con ella. Para ser exactos, el rey de los partos entendió esto a medias, pues nunca asumió que Roma podía ser un poder equiparable al suyo; de hecho, Mitrídates hizo ejecutar a Orobazo, su embajador, porque había permitido que Sila lo recibiese desde una posición formal excesivamente superior. Pero, aún así, aun tratándose de un rey al que le costaba entender el poder absoluto de Roma, sí que fue un monarca capaz de entender sus capacidades.

2 comentarios:

  1. Hace muchos años, allá por 1986, tuve como profesor de Historia Antigua a un alumno del desaparecido Presedo Velo, por lo que sólo tuvo tiempo, en todo el curso, de explicarnos el Antiguo Egipto y Mesopotamia. No vimos nada, pero nada nada, de Grecia y Roma.

    He ido leyendo por mi cuenta a lo largo de los años, así que se agradecen estos informes (que aprovecho para buscar mapas por esos mundo interneteros)

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  2. Hola excelente blog me viene muy bien este tipo de información ya que siempre ando investigando sobre historia saludos y se aplaude tu trabajo ;)

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