jueves, julio 07, 2011

De salarios reales

He leído en un reciente estudio patrocinado por Edad & Vida (accesible aquí), dedicado a las necesidades de jubilación, dos tablas que desplegaban los incrementos salariales medios producidos en la economía española desde 1920, así como la evolución estimada de los precios desde la misma fecha; combinación de datos que permite inferir el crecimiento real de los salarios, esto es con, o sin, ganancia de poder adquisitivo. Esto me ha llevado a mirarme las cifras un poco más a fondo y hacer algún que otro calculín.

El gráfico que sigue es la expresión de la evolución de los salarios reales (esto es, descontada la inflación) en el periodo considerado. De alguna manera, por lo tanto, este gráfico «dibuja» la evolución del poder adquisitivo de los salarios del trabajador español medio por cuenta ajena.




Bueno, este gráfico, supongo, responde a una cuestión que tal vez alguien se haya hecho una vez, y es la referente a la evolución del nivel de vida del español medio. Si por nivel de vida entendemos capacidad de compra, podemos entender que el español, o trabajador, español medio del año 2009 quintuplica en nivel de vida al de 1920. Viéndolo en términos históricos, pues, una explicación de por qué en los años veinte existían el pistolerismo, las ideologías revolucionarias y la lucha de clases en una intensidad distinta a la actual, ello tiene que ver con que los trabajadores eran cinco veces más pobres que sus homólogos del tiempo presente.

En el gráfico se aprecia perfectamente, por otra parte, el impacto que supuso la llegada de la II República que, como sabemos, actuó en el terreno de los salarios, sobre todo de los rurales, a través de la famosa Ley de Términos Municipales, que en no pocos lugares del sur de España multiplicó los jornales por dos. La citada ley impedía que los contratadores (o sea, los terratenientes; porque esa dinámica retórica de decir que se hacían leyes contra los ricos ya se daba entonces, mucho más incluso) pudiesen especular a la baja con los jornales que ofrecían a los eventuales del campo amenazándolos con irse a otro pueblo a buscar gente más necesitada que ellos. En suma, un empleador de Bollullos de Abajo no podía ir a Bollullos de Arriba a buscar jornaleros mientras quedase un solo parado en la plaza de su pueblo. A esta ley, llena de buenas intenciones, le pasó lo que a muchas otras normas bienintencionadas, y es que fue agarrada por las hojas por algunos, más concretamente los sindicatos; los cuales, en muchos lugares, la convirtieron, en la práctica, en una Ley de Términos Municipales y Afiliación Sindical; esto es, no sólo has de contratar a los del pueblo, sino, con prevalencia, a los afiliados al sindicato fuerte de la comarca.

El poder adquisitivo de los salarios cae dramáticamente al iniciarse la pavorosa década de los cuarenta, es decir los años de las privaciones, las cartillas de racionamiento, la autarquía y los errores. A España, ser fascista le sentó de pena, y los trabajadores españoles pagaron la autarquía franquista con veinte años de comida de mocos, durante los cuales hubieron de vivir con el mismo nivel de vida que habían tenido veinte, treinta o cuarenta años antes; o sea, como si hoy tuviésemos que vivir como vivíamos en 1971.

El gran momento de la recuperación de los salarios reales se produce durante la famosa, por muchas causas, década de los sesenta; que aquí lo es, fundamentalmente, por dos fenómenos: los planes de desarrollo, que impulsan la economía no agrícola a cotas hasta entonces inimaginables; y la emigración masiva, sobre todo hacia una Europa que va también como un tiro, que eliminó de la economía española el fenómeno del paro obrero masivo; España no tenía parados porque los parados, en España, se iban a Alemania, como el pariente aquél con el que hablaba Josele por teléfono en su famoso sketch Vente p'España, tío.

La gráfica explica perfectamente el baby boom. Es lógico que los trabajadores jóvenes de los años sesenta hiciesen caso de la máxima católica -hijos, los que Dios te de-, puesto que estaban en un entorno histórico de ganancia de poder adquisitivo; los años en los que llegó la capacidad de comprarse la tele, el coche, las vacaciones en la costa de Tarragona, y esa gitana de porcelana que compró tu padre en Málaga y que tú todavía tienes en tu salón, no sabes muy bien por qué dado que es de dudoso gusto. Aquello no se volvió a repetir ni, probablemente, se repetirá. Y es una lástima, porque, en realidad, al menos en mi opinión, es una tontería discutir sobre políticas de apoyo a la familia. La mejor política de natalidad es empinar esta gráfica.

Hasta que se murió, en 1975, Franco le repetía en los consejos a sus ministros económicos la misma cantinela cada vez que le contaban lo mal que estaba la cosa: ya, pero no suban la gasolina. Desde 1973 había una crisis de mil demonios pero el franquismo, cuya economía tenía multitud de precios sometidos a decisión pública (el teléfono, la gasolina, etc.), consideraba que había que mantener la baratura del carburante y que así se le evitarían males mayores a la gente corriente. Franco, pues, tuvo una grave laguna teórica, consistente en pensar que una crisis económica se puede superar a base de hacer como que no está ahí, y así nos fue.

Aquello era algo lógico del carácter militar de nuestro caudillo. En la monumental Historia de los Forrenta Años, de Forges, hay una viñeta impagable en la que se ve a Franco estudiando los planos de un Valle de los Caídos en construcción, rodeado de arquitectos falangistas que sudan la gota gorda. Uno le musita: «Excelencia, dicen los ingenieros que el terreno no tiene consistencia». Y Franco, sin despegar los ojos del plano, contesta: «Díganle a la consistencia ésa que venga». Igual que se creía con capacidad de darle órdenes a la consistencia del terreno, también la creía tener para darle órdenes al precio de la gasolina.

La consecuencia, en términos de salarios, es que a partir de 1976, cuando la cosa cambia, el ritmo de ganancia de poder adquisitivo se frena. No se para, desde luego, y esto es algo que es atribuible a los Pactos de la Moncloa, primero, y a la política realista practicada por los primeros gobiernos socialistas, después. El crecimiento de los salarios se frena aún más en los años noventa, a pesar de que son años expansivos; y, en lo que se refiere a la presente crisis, puesto que es presente, la serie carece de datos que permitan juzgar adecuadamente la cosa.

He hecho el ejercicio de simular carreras salariales continuadas de 30 años, para ver cuál es la ganancia de poder adquisitivo en cada una. Luego las he ordenado de mayor a menor. El resultado es que el chollo total de ganancia de poder adquisitivo del siglo XX en España es la carrera laboral 1952-1982. El pollo o gallina que curró esos años obtuvo, en términos medios, un nivel de vida en el año de Naranjito que era 3,87 veces el del primer año que curró; seguido muy de cerca por la carrera 1951-1891, con un multiplicador de 3,81, y la carrera 1960-1990 (3,71).

El cagao maravillao de la serie es el español que comenzó a trabajar en 1934 y terminó en 1964, pues lo hizo, según los datos, con un nivel de vida que era, mutatis mutandis, la mitad de cuando era joven (y el modelo no tiene en cuenta, además, que se retiró prácticamente sin derechos de pensión).

En el largo plazo, las volatilidades de las dos magnitudes básicas (aumento de salarios y aumento de precios) son bastante parejas. La desviación estándar de la serie 1920-2009 de incrementos salariales es 0,0864, mientras que la de los precios es 0,0733.

miércoles, julio 06, 2011

Franco y el poder (6: the caudillo goes fascist)

Esta parte de la descripción de la Historia de la relación del general Franco con el poder no es apta, quiero dejarlo claro desde el principio, para todos aquéllos que consideren que autoritario o dictatorial son términos sinónimos de fascista. Estos lectores no entenderán por qué se habla, en estas notas, de una etapa fascista de Franco y se postula, por lo tanto, que las hubo no-fascistas. Para mucha gente, en efecto, Franco fue un devoto creyente del fascismo del primer tercio del siglo XX que lo practicó hasta el último día de su vida. El autor de este blog siente confesar que considera esta visión, digamos, limitadita. Franco tuvo una etapa fascista que no coincide ni siquiera con los años de pujanza del fascismo alemán e italiano. Una dictadura es un régimen que niega las libertades de los individuos y la expresión de una o más ideologías. Un régimen fascista niega todo lo que no es él mismo; hay, pues, una diferencia entre dictatorial y fascista que no hace al primero más deseable; pero sí lo hace distinto. Éste es un postulado capital para entender todo lo que viene detrás.

El fascismo exige un partido único y una táctica, práctica y cosmovisión única. Todos los regímenes fascistas, desde Mussolini hasta Kim Yong Il, se han caracterizado por ello. El franquismo, sin embargo, tenía vocación de ser un equilibrio entre diversas fuerzas, las dos teóricamente principales de las cuales (falangismo y tradicionalismo) daban nombre al partido único. No obstante, el intento fascista fue sólo de una de estas organizaciones: Falange. Podemos discutir, y hay mucho que discutir ciertamente, si Falange era o no un partido fascista antes y durante la guerra civil. Pero lo que no tiene discusión es que conforme Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco y hábil político cedista, fue consolidándose en el poder tras convertirse en el gran estratega de la triple invasión del poder de Franco durante la guerra (Ejército, Falange, Iglesia), Falange se acabó convirtiendo en el gran caldero donde se cocía la solución fascista para España.

A lo largo de la guerra, de forma más o menos callada, y de manera especial tras los sucesos de Salamanca, Serrano fue ganándole posiciones al gran teórico heredero de José Antonio, que era Raimundo Fernández Cuesta, el verdadero camisa vieja. Desde los resortes del embrionario Estado franquista, sin embargo, Serrano maniobró a favor de sí mismo y a favor de conspicuos elementos del régimen profalangistas, que lo fueron más aún cuando se dieron cuenta de que el cuñado era una chimenea que daba mucho calor. Yagüe, Beigbeder, o Muñoz Grandes, todos ellos ambiciosos, comprendieron pronto que la alianza táctica con el falangismo dirigido por Serrano era lo más lógico, y la llevaron a cabo. No sabemos a ciencia cierta cuándo se dispara la ambición de Serrano Súñer por el ser el gran Conducator español. Es difícil que lo fuese durante la II República, en la que fue un devoto y disciplinado cuadro partidario en el parlamento. Sin embargo, su paso a zona nacional en la guerra, el recogimiento de Franco, y los excelentes servicios que, como buen conocedor de la alta política, le hizo al general su cuñado en el manejo de las manijas del poder, le enseñaron que era, por decirlo mal y pronto, la hostia.

Hay que entender, por lo demás, que los políticos de derechas republicanos, o quizá sería mejor decir de los tiempos de la República, no veían todos con buenos ojos una solución militar para el poder en España, que reputaban, al fin y al cabo, provisional. Es por eso que, en mi opinión, la mejor forma de describir el régimen franquista es la expresión dictadura militar, porque el ejército fue el valedor de Franco desde el principio hasta el final. El cadáver de Franco fue rodeado por unos azules, tecnócratas del partido único, que estaban ya jugando otro partido; una Iglesia católica que, dirigida por el cardenal Tarancón, tampoco le era afecta al franquismo; una Falange que luchaba por recuperar sus esencias y marcar distancias con el franquismo, un carlismo que se había hecho socialdemócratas, unos monárquicos que se habían hecho constitucionalistas. Lo único que le quedaba a Franco, el 21 de noviembre de 1975, eran esos viejos legionarios que se cuadraban ante su cadáver, saludaban brazo en alto y musitaban: adiós, mi general.

Esto que ocurrió a finales de los sesenta o principios de los setenta (y que tardase tanto en ocurrir es lo que hace del franquismo un hecho muy interesante para el análisis histórico) muchos, quizá Serrano, lo esperaban en 1940 para mucho antes. En el fondo, es muy probable que Serrano pensara que era inevitable buscarle una solución estable al Nuevo Estado, adecuadamente articulada. Por lo demás, en los dos principales modelos que tenía para mirarse, Italia y Alemania (por este orden), el líder elegido estaba lejos de ser un militar de prestigio; era, más bien, un líder de masas, totalitario. En mi opinión, Serrano Súñer llegó, en algún momento quizá de la segunda mitad del 38, que lo que España demandaría sería un José Antonio Primo de Rivera; y decidió ser él ese alguien. A partir de ahí, maniobró como un pájaro cuco para echar del nido a Raimundo Fernández Cuesta y buscó dentro de Falange bases sólidas que le aportasen militantes, fuerza de empuje y capacidad de influencia. Su elección por el fascismo como modo político de organización fue, probablemente, meramente accidental o pragmática; nació del hecho de que estaba convencido del triunfo de las potencias fascistas en Europa; creía nadar a favor de corriente. Pero si lo que hubiese habido en ese momento en Europa fuese una vuelta a las esencias de la vida monacal medieval, se habría hecho trapense con la misma convicción con que se convirtió en el líder de la Falange más irredenta y relapsa, franquistamente hablando.

Serrano, y ésta es es cuestión discutida, (entre otros, por él mismo) creía firmemente, en mi opinión, en las virtudes de una entrada de España en la guerra mundial. Al contrario que Franco, que sí dudaba (Franco temió toda su vida que un mal paso por su parte reavivase a sus enemigos en la guerra; por eso nunca salía del país), no tenía el menor temor que este paso generase la creación de una resistencia interior a la francesa (apoyada por los aliados y a la que, consecuentemente, los aliados prometiesen la entrega del poder) y, además, inflamado por las ampulosas declaraciones en los actos falangistas, tampoco veía que España no estuviese en posición de aceptar un esfuerzo bélico, cual era la opinión de la mayoría de los militares con dos dedos de frente; muchos de ellos convenientemente animados a ello por las sustanciosas transferencias que llegaron desde Inglaterra, al parecer intermediadas por el más famoso banquero español de aquellos tiempos.

Para Serrano, además, entrar en la guerra mundial significaba ganarla, pues en las primeras boqueadas de la Paz española ni se planteaba la posibilidad de que Hitler fuese a perder; y ganar la guerra, con la Falange apoyando a los vencedores, significaba la prevalencia definitiva del falangismo sobre carlistas, monárquicos, cedistas y todos los demás franquistas; una vía libre para constituir un Estado fascista, de partido único, con un gran conductor, él mismo, que movería realmente los hilos mientras su cuñado ostentaba una jefatura del Estado más bien estética. Este orden de cosas todavía puede leerse en los proyectos de leyes fundamentales del Estado que salieron de Falange en fecha tan tardía como 1956.

Éste era el plan básico de Serrano, y se basaba en su convencimiento de que Franco no quería otra cosa distinta de salir de las catedrales bajo palio y organizarle a los embajadores unas cuchipandas de puta madre en El Pardo; signo inequívoco de que se fijaba poco en las barcacoas familiares, porque si en algo coinciden quienes conocieron a Franco es en que bastaban tres minutos a su lado para darse cuenta de que le gustaba mandar más que a un tonto un lapicero.

En el verano de 1939, pocos días antes de la remodelación del gobierno en la que Falange escaló posiciones, se habían modificado los estatutos de FET y de las JONS, de modo que en su organigrama se colocó una cajita más entre Franco (Jefe Nacional) y Muñoz Grandes (Secretario General). Esa cajita era la del Presidente de la Junta Política, y fue ocupada por Serrano. De esta manera, Súñer se hizo llamar, desde entonces, «ministro-presidente», lo que le permitía dar a entender que presidía el gobierno (cosa que no era cierta; hasta el nombramiento del almirante Carrero, a finales de los sesenta, Franco no tuvo más presidente del gobierno que su mano derecha).

Desde un punto de vista político, Serrano se apoyó en falangismo más irredento. Sus grandes valedores dentro del partido fueron los falangistas más convencidos de las bondades del fascismo, como Dionisio Ridruejo (que moriría, décadas después, socialdemócrata y antifranquista); y, sobre todo, los entonces llamados falangistas legitimistas, que eran aquéllos que habían pasado la guerra en zona republicana, habían probado las cárceles del bando contrario y reclamaban unos méritos que nadie, en el partido, les podía igualar. Legitimista era la mano derecha de Serrano, Rafael Sánchez Mazas, el hombre cuyo fusilamiento se invoca en la conocida novela Soldados de Salamina; fue nombrado por Serrano ministro sin cartera y cesado en 1940 sin razón aparente, aunque debió de ser muy poderosa porque Mazas puso tierra de por medio y se fue a Roma. O Manuel Valdés Larrañaga, uno de los elementos fundamentales de la Quinta Columna madrileña, que había negociado directamente con Casado y Besteiro la rendición republicana y que, por ello, se creyó con ínfulas de mandamás falangista hasta que Franco se las bajó.

Este tipo de gentes fue el que usó Serrano para dar codazos y acaparar cargos en la Administración franquista, como demuestran episodios como la promoción de Valdés Larrañaga a la subsecretaría de Trabajo, en detrimento del ex jonsista Martínez de Bedoya que, según algunos, iba para ministro de Trabajo (es probable que fuese así, pues Girón responde parcialmente al mismo fenotipo falangista que Bedoya).

Con todo, el principal puntal, aparte de Serrano, del nuevo Estado falangista, cosa lógica puesto que el fascismo de Falange era nacionalsindicalista, fue la Delegación Nacional de Sindicatos del partido, al frente de la cual se situó Gregorio Salvador Merino. Las centurias de montañeros y balillas de los años cuarenta y primeros cincuenta, hasta que después de lo de Miguel Álvarez y todo aquello Franco forzase su conversión en poco menos que partidas de boy scouts, gritaban: «¡Estado sindical!» Por otra parte, es bien sabido que los pilares del Movimiento Nacional eran la Familia, el Municipio y el Sindicato. El falangismo, como ideología, es un fascismo, o si se prefiere un pseudofascismo, nacionalsindicalista. En la concepción falanjo-fascista del Estado y la sociedad, los sindicatos juegan un papel fundamental; algo que, de alguna manera, aún nos llega, como leve recuerdo, a los tiempos presentes, pues vivimos en un país en el que la función de los sindicatos está reconocida en la Constitución, esto es se articula, no desde su fuerza y representatividad propiamente dicha, sino desde una especie de derecho inmanente a articular las relaciones laborales (eso sí, mediante la negociación).

Si alguno de los lectores de este post se ha tomado la molestia de leer uno reciente sobre las recetas de Hitler para acabar con el paro, entenderá, creo yo, que todo lo que tiene que ver con el trabajo, la economía y, en el fondo, la vida social, se articula, en estados de corte fascista, a través de la disciplinada integración de todos los elementos en una sola organización. El fascismo es, fundamentalmente, identificación del Estado con algo; normalmente un partido, pero, en el caso del falangismo, es más bien con un sindicato (aunque el sindicato nace del partido, por lo que volvemos a la casilla de salida).

Cuando mucha gente piensa en la España fascista de los cuarenta, piensa en esas imágenes de los niños saludando en clase brazo en alto o los toreros ejercitando el mismo gesto antes de empezar la lidia. Ésta, con todo, es la parte estética. A mi modo de ver, el verdadero esfuerzo fascista de España se hizo a través del proyecto sindical, que era un proyecto destinado a controlar la vida económica toda. No por casualidad el primer enemigo frontar del sindicalismo falangista fue una persona salida de él, pero con un perfil empresarial (Demetrio Carceller). Los empresarios pronto se desafectaron del proyecto falangista, que en realidad los despreciaba casi tanto como despreciaba a los obreros. El proyecto falangista de Estado no se hacía a mayor gloria del capital ni del ejército, sino a la mayor gloria de una élite partidaria que se sentía con derecho a quedarse con el país después de haber ganado la guerra. De lo que no se dieron cuenta a tiempo fue de que la guerra no la habían ganado ellos; la había ganado Franco.

Pero volvamos al proyecto sindical, y a Gregorio Salvador Merino. Merino había sido jefe de Falange en La Coruña, aunque en realidad había nacido en la localidad palentina de Herrera de Pisuerga (donde también nació Girón, por cierto). Había quedado marcado por el atentado contra su padre, jefe de la CEDA en el pueblo palentino, en el que resultó muerta su madre. Al parecer, la madre exigió a los hijos, en el lecho de muerte, que perdonasen a sus asesinos, pero Gerardo no lo cumplió del todo.

De coquetear, según algunas versiones, con el socialismo, Merino pasó a conocer en 1933 a José Antonio y a ingresar en Falange el año siguiente; este tipo de sublimación política era relativamente frecuente en la época. Siendo notario en Puentes de García Rodríguez el 18 de julio de 1936, escapó del fusilamiento gracias a la ayuda de un amigo de izquierdas (al que, al parecer, devolvió exactamente el mismo favor tiempo después) y se incorporó, en zona nacional, al frente asturiano, donde fue herido. El gobierno franquista obligó a todos los notarios a reincorporarse a sus puestos, así pues Merino dejó el frente y regresó a La Coruña, donde conoció a otro falangista si cabe más radical que él: Germán Álvarez de Sotomayor.

Merino y Álvarez eran falangistas de la vertiente radical anticapitalista. Sotomayor confesaría, muchos años más tarde, que su deseo más ardiente, en sus primeros tiempos al frente del sindicato vertical, era que los empresarios les odiasen.

Ambos, Merino y Álvarez, tuvieron la ocasión de conocer directamente a Franco durante la guerra. Fue cuando tuvieron que ir a Salamanca para tratar la intención de Sotomayor de ingresar en la academia de Artillería e ir al frente y dejar la jefatura provincial coruñesa de Falange en manos de Merino. Al parecer, en la entrevista se quejaron también de algunos negocios no demasiado limpios que estaría haciendo en Galicia la hermana de Franco, Pilar (que, visto lo visto con la señora, no es como para no creerlo). También parece que ambos salieron de la entrevista decepcionados con Franco, al que reputaron persona de escasa talla política (traducción: demasiado poco radicalismo). Por lo que se refiere a Franco, ofreció a Sotomayor ser gobernador civil, de Orense, cargo que el falangista poco menos que despreció; y esto es algo que no se le hacía a Franco sin pagarlo, tarde o temprano.

Ya jefe coruñés, Merino impregnó al partido en Coruña de su talante radical. En mayo de 1938 organizó un mitin en la ciudad, al que invitó al general Yagüe. Ambos se despacharon a gusto con discursos de tinte demagógico obrerista. Merino llegó a decir que, si por él fuera, daría permiso a los obreros para que destruyesen las posesiones de la burguesía.

Ambos, Yagüe y Merino, fueron reprendidos por esta actuación, y Merino fue denunciado en la Junta Política de Falange a causa de sus querencias socialistas de juventud. Fue cesado y en marzo de 1939 estaba en el Castillo de Olite, el barco franquista que sufrió la mayor catástrofe naval nacional de toda la guerra, en Cartagena, con 1.500 muertos. Merino salió bastante ileso pero Sotomayor, que estaba con él, fue gravemente herido y quedó mutilado. Ambos fueron hechos prisioneros por los republicanos. A finales de ese mes, Merino participaría en la rebelión falangista que intentó hacerse con el control de la ciudad.

Merino, pues, era un falangista auténtico, de corte radical; uno de esos tipos en los que izquierda y derecha se funden en una extraña mezcolanza cuyo resultado es el anarconacionalsindicalismo. Al frente de la Delegación Nacional de Sindicatos, no perdió el tiempo. Merino interpretaba el punto 9 de la Falange en sentido estrictamente literal (y esto es fundamental, a mi modo de ver, para distinguir el falangismo fascista del fascistoide) y, consecuentemente, entendía que Falange tenía la potestad de dirigir y organizar la vida socioeconómica de España, a través de una herramienta, el sindicato único, que englobaría a todos los trabajadores y a todos los empresarios en un solo engranaje; teórica, pues, de pura raíz fascista.


El 26 de enero de 1940, Merino dio el paso fundamental en su proyecto nacionalsindicalista con la publicación de la Ley de Unidad Sindical, que prescribía la integración en el sindicato falangista de todas las organizaciones de estas características, con la única excepción de las cámaras de comercio y las de la propiedad urbana. En semanas posteriores, el servicio de colocación del Ministerio de Trabajo fue también transferido a la Organización Sindical, como también lo fueron los bienes incautados a los sindicatos ahora ilegales. Incluso se creó una especie de distribuidora de consumo, la CRASS (Central Reguladora de Abastecimientos y Suministros Sindicales).

En la práctica, la ley de 26 de enero suponía la desaparición de las organizaciones sindicales y patronales católicas, que habían sobrevivido a la guerra por estar la Iglesia dentro de los aliados del nuevo régimen. De hecho, cinco días después de publicada la norma, la OS ordenó mediante circular a sus delegados provinciales la inmediata intervención de los locales y medios de estas organizaciones. Estos sindicatos, por su parte, practicaron la resistencia pasiva, así como legal. Uno de estos sindicatos, la CNCA, presentó un recurso en los tribunales contra la aplicación de la ley en su caso. Por su parte, la Liga Nacional del Campo envió un escrito a Muñoz Grandes y a toda la jerarquía eclesial protestando contra una intrusión que, además, consideraba iluminada por la masonería. Ojo al dato, que tendrá su importancia algunos meses más adelante.

Cinco meses más tarde, las cosas se pusieron de cara para los partidarios del Estado fascista. La rapidísima invasión de Francia (en la práctica) por los alemanes disparó la convicción de una victoria rápida y fácil de Hitler en Europa. La Italia de Mussolini se apresuró a entrar en la guerra aquel mes, y España estuvo, según los indicios, a un pelo de hacerlo también.

Para España, la dominación de Francia por Alemania suponía reavivar las posibilidades de crecer a costa del vecino galo, especialmente en el Magreb y en el golfo de Guinea. El 14 de junio, mientras los alemanes entraban en París, tropas españolas ocupaban la zona internacional de Tánger. El general Juan Vigón, dos días después, llevó personalmente una carta de Franco a Hitler en la que se establecía el Marruecos galo (más en concreto: la unificación de todo Marruecos bajo protectorado español) como moneda de cambio para la entrada en la guerra. Lo cierto es que el Führer no aceptó esta condición, que le habría causado obvios problemas con la Francia colaboracionista, que le aportó mucho más que España (en la Francia ocupada se persiguió a los judíos como no se hizo en España, y se enviaron trabajadores forzados a Alemania a paletadas). Como poco, la oferta española de entrar en la guerra fue un trile; porque España no estaba pensando en prestarle divisiones a Hitler para que luchasen donde él necesitase sino, simplemente, en ocupar lo suyo: Marruecos y Gibraltar.

La marea profascista, sin embargo, tuvo aguas adentro de España la consecuencia de elevar a Serrano Súñer a los altares del Ministerio de Asuntos Exteriores (sin perder el control sobre la policía ni la presidencia de la Junta Política del partido). En septiembre, el flamante nuevo hombre fuerte del régimen había visitado Roma y Berlín, para preparar la entrada de España en la guerra a cambio de sus reivindicaciones territoriales, pero se encontró con un Ribentropp que, lejos de darle lo apetecido, le pedía alguna de las islas canarias y dos bases en el Marruecos español para Alemania (resulta admirable que Ribentropp supiese que las Canarias son unas islas; aunque es posible que se apoyase con notas). Este cambio de Hitler enfrió notablemente los ánimos tanto de Franco como del propio Führer, e hizo descarrilar la entrevista de Hendaya un mes antes de que se produjese. Con los años, muerto, fané y descangallao Hitler, ambos, Franco y Serrano, construyeron el mito de que habían salvado a España de la guerra, cuando los dos, aunque en distinta medida, la pretendían.

No obstante, la posición bélica de España tiene otras claves que las exteriores. Claves que tienen que ver con lo que estaba pasando dentro.

Que eran bastantes cosas.

lunes, julio 04, 2011

Sobre la(s) crisis económica(s)

Creo que no sería sano para el blog que me embarcase en una contestación a Tiburcio punto por punto, porque las polémicas han de terminar en algún momento o, si se prefiere lo mismo dicho de otra forma, un blog no puede convertirse en un matrimonio. Así pues no voy a puntualizar a mi colega probiscídeo, aunque no dejaré de invitarle a plantearse qué le habría pasado a la humanidad si, llevada por la necesidad de enfrentarse a un what if respecto del que carecía de constancia, se hubiese embarcado en hacerle caso a Malthus y hubiese practicado durante el siglo XIX el control consciente en el crecimiento de la población. En fin, eso de prevenir situaciones por si son ciertas parece ser un dechado de virtudes; pero sólo lo parece.

Más importante me parece reflexionar, un poco más a fondo, sobre las crisis económicas y su producción, ahora que estamos en medio de una de las gordas. En parte estas líneas tienen la intención, no la escondo, de colocarle un grano en el lacrimal a Tiburcio, pero también, de alguna manera, van más allá de lo que él ha escrito y tratar de ir hacia una visión histórica más general. A ver si lo consigo.

Mi primera proposición: yo no soy partidario, en el mundo moderno y concibiendo la expresión como la civilización occidental al menos desde 1750, de afirmaciones del tipo: «la crisis económica fue provocada por los Bla», siendo bla un colectivo finito de humanos distinto de los gobernantes. En realidad, ya me gustaría a mí poder creer que los banqueros, o la Mesta, o los catalanes, o los indignados, son capaces de crear una crisis sismética, esto es una crisis susceptible de arrastrar incluso a quien no tiene condiciones para entrar en crisis. Lamentablemente, al menos yo, no puedo.

Sé que la visión de un mundo dominado por un estrecho grupo de personas reunidas en un sótano es muy atractiva; hay incluso quien se ha forrado escribiendo libros que más o menos abonan esa tesis. Lo cierto es que el mundo moderno está formado por una multiplicidad de puntos de decisión que dificulta mucho esa concordancia, incluso si existiese; que yo, sinceramente, si no me creía las historias de Hitler sobre la conspiración mundial judía, si no me creía las de Franco sobre la masonería como fuerza internacional supragubernamental, no veo por qué me voy a creer que la cuna del mundo sea mecida por la mano del Club Chorranberg o de los pérfidos banqueros. Montar una crisis económica es algo tan difícil que ni siquiera las catástrofes lo consiguen. En agosto de 1983, el 8%, repetimos, el 8% del PIB del País Vasco desapareció en menos de una semana. Chao, finito, kaput. La patria de Sabino Arana valía un día 100, y una semana después 92. La diferencia se fue por el desagüe de una cosa que entonces se llamó gota fría. Seis meses, un año, dos años más tarde, que yo sepa, los pobres, famélicos niños euskaldunes no iban por la calle mendigando un mendrugo de pan, y sus padres no sesteaban en kilométricas colas de desempleo (al menos no más largas que las del resto de España, o de Europa). Como digo, una crisis no es tan fácil de montar.

Me cuesta entender este asunto de los banqueros, en primer lugar, por la cantidad de pasta que han perdido. Entiendo que las noticias que medren en los periódicos e internet sean aquéllas de los ejecutivos financieros que han conservado y aún incrementado sus sueldazos; pero eso no puede esconder el hecho de que hay países donde los banqueros privados han sido arrasados casi al completo (Irlanda, por ejemplo) y se han quedado sin bonus, o sin trabajo. No se acaba de entender que alguien monte un momio para quedarse con el culo al aire. De donde cabe deducir que, quizás, haya más cosas.

Una cosa que no veo que se destaque lo suficiente de la crisis del 2008 y de 1929 es que ambas son crisis de sobreproducción. La del 29 más industrial con remate en el sector financiera, la del 2008 financiera con remate en el sistema productivo. Pero en ambos casos se produce un recalentamiento económico que es el que provoca las prácticas que llevan a la crisis.

Veamos. El negocio bancario, dice un viejo aforismo sajón, es un 2-3-3: capta dinero al 2, préstalo al 3, y a las 3 vete a jugar al golf. Esto es lo que se denomina margen financiero y es el teórico centro del negocio del crédito; no se diferencia gran cosa del dueño del bar que paga tres céntimos por una taza de café por la que cobra un euro diez (práctica que, por cierto, por alguna razón mucha gente considera más ética que la del banquero), sólo que en este caso la materia del negocio es el propio dinero.

Los bancos captan pasivo, y lo captan retribuyéndolo porque el pasivo también tiene su ley de la oferta y de la demanda. Una vez que han captado pasivo, no ganan nada reteniendo ese dinero en sus cajas; tienen que ponerlo a trabajar para que gane tanto dinero como el necesario para pagar los intereses comprometidos, y algo más. Un banquero, por lo tanto, no gana nada teniendo un pasivo de la leche junto con un activo negligible. En este caso, lo más probable es que sus accionistas lo reputen de gilipollas.

El negocio bancario se asemeja al gesto que hace Iniesta en el anuncio de Kalise: vamos, tiki-taka, tiki-taka. El dinero tiene que moverse. Y tiene que moverse, además, en condiciones de liquidez. Porque si suponemos un banco que ha captado 1.000 euros prometiendo el 3% anual y luego va y presta esos 1.000 euros comprando un bono cupón cero a siete años, es evidente que hay un problema: al final del primer año, el depositario de los 1.000 euros exigirá sus 30 de intereses, pero el banco, como no va a cobrar hasta seis años más tarde, no tendrá con qué pagarle.

De aquí podemos sacar una conclusión lógica: si el dinero tiene que moverse, si una mano presta lo que la otra capta, cuando más dinero capte el sistema bancario, más créditos dará. Porque si no los da, entonces está concentrando en sí mismo las pérdidas del sistema. Es su cuenta de resultados, que capta pero no presta, la que presentará pérdidas.

Este efecto ha sido descubierto desde hace décadas, en puridad más de cien años, por los bancos centrales. Teóricamente, los bancos centrales están ahí para vigilar la solvencia de las entidades financieras. Solvencia quiere decir que la entidad tiene (o va a generar en el futuro) recursos suficientes para responder por todo lo que ha prometido. En la práctica, sin embargo, los bancos centrales, y muy especialmente desde que Milton Friedman escribió sus libros, existen también como instrumentos de política económica. Los bancos centrales pueden controlar, más o menos, la masa monetaria; la cantidad de dinero que hay en el sistema. También pueden controlar lo que los bancos hacen o no hacen. Por lo tanto, pueden controlar la temperatura de la olla llamada economía. Si concebimos la economía como un metrónomo de ésos que usan los estudiantes de música, el banco central tiene la capacidad de establecer la cadencia con la que va a sonar dicho metrónomo.

Los economistas, y los políticos, y por supuesto los gobernadores de los bancos centrales, saben desde hace mucho tiempo, otra vez cien años como poco, que lo importante de la economía son los fundamentals y los equilibrios. Que, en el fondo, son la misma cosa. Una economía sana correlaciona sus grandes elementos de una forma sana. Conseguir mucho crecimiento con mucha inflación es relativamente sencillo. Es lo que ha hecho Islandia durante décadas, sin ir más lejos, y es por eso que en los años en los que en toda Europa había parados a tutiplén en Islandia no había paro, pero había inflación de dos dígitos. También es relativamente fácil controlar los precios sin crecimiento; las economías centralizadas lo hicieron durante décadas, eso sí, a base de tumbar su competitividad por los suelos y generarle a sus ciudadanos un nivel de vida subsahariano. Lo jodido es crecer, generar empleo, tener una inflación baja, y poder financiar todo eso con dinero básicamente propio.

Toda economía se asemeja, pues, a un anciano que sufre diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia y fibrilación auricular ( o sea: la economía es mi madre) y todas esas dolencias las trata. A base de insulina, inhibidores de la angiotensina, sinvastatina y sintrón, el anciano tiene calidad de vida; tiene, incluso, la sensación de que cada año está mejor. No obstante, es ineluctable que, algún día, alguno de estos cuatro fundamentos de su salud se descojone; y, además, ese descojone suele correlacionar con algún otro que también comienza a dar problemas.

La economía mundial que salió de la primera guerra del golfo era ese anciano; lo que pasa es que el subidón de autoestima que le provocó la bajada del petróleo le hizo creer que no sólo se sentía bien, sino que se iba a sentir cada vez mejor. Tuvo una recaída breve pero muy grave en el 92, pero no le hizo ni puto caso. Lo mismo ocurrió, por cierto, en la Europa y los EEUU de entreguerras, embarcados en una razzia expansiva hija del concepto de que el mundo había cambiado, que no habría más guerras, que Versalles lo había dejado todo tied, and definitively tied, y que el mundo entraba en una fase de movimiento uniformemente acelerado.

Los años noventa animaron a los gurús del momento, no pocos de ellos asesores gubernalmentales, a anunciar el fin de la Historia a lo Fukuyama y a sostener que el crecimiento continuado era posible. Esto se postuló, por ejemplo, de los precios inmobiliarios, que jamás descenderían ya. En este entorno, los gobernantes vieron el cielo abierto. Para ellos, la novedad era ambrosía.

Entiéndase. Ningún gobernante quiere gestionar entornos a la baja. Tienes que parar carreteras que otros comenzaron a construir. Tienes que negarle a la gente cosas que otros les prometieron. El nuevo entorno económico fue abrazado, primero que por nadie más, por los gobernantes, porque les ponía un piso. Les permitía pensar en su oficio como un eterno ofrecer más que el anterior. Al fin y al cabo, la paga con la que un gobernante ofrece cosas es un determinado porcentaje del PIB; si el PIB cada vez es más grande, el porcentaje también lo será, luego la capacidad de comprar cosas para el pueblo también será más grande.

Una cosa que me sorprende no se destaque lo suficiente, en este punto, es que la crisis de las hipotecas subprime nace de una decisión del Congreso de los Estados Unidos, animada por el presidente Clinton, que obligaba a las dos entidades hipotecarias semipúblicas, Freddy Mac y Fanny Mae, a que concediesen el 55% de sus préstamos a personas cuyos ingresos estuviesen por debajo del ingreso mediano americano. Dicho de otra forma: ¿cómo podemos ahora reprochar a los banqueros que prestasen dineros a personas con alto riesgo de insolvencia, si los gobiernos poco menos que se lo estaban pidiendo (cuando no obligando)?

¿Por qué hacían eso los gobiernos? Pues, sencillo: para cebar la máquina de la expansión. En Brasil, cada año, centenares de miles de ciudadanos abandonan la pobreza e ingresan en las clases medias. Este tipo de política practicada por Lula (afortunadamente para él, con mayor mesura y planificación que en otros lugares) es el tipo de política que se ha generalizado en las casas blancas del mundo en los últimos veinte años. Los españoles no somos ajenos a eso; ¿acaso todas las prestaciones que hemos visto incluirse en el catálogo de pagadas por la sanidad pública pueden considerarse imprescindibles para la salud? No. Pero ganan votos. Si los políticos se rigiesen por el bien común, gastarían el dinero teóricamente sobrante de la sanidad pública en habilitar plazas para enfermos psiquiátricos; lo que da votos, sin embargo, es financiar operaciones de cambio de sexo. Desde cualquier punto de vista, es inmoral prestarle un solo euro a alguien que quiere ser mujer, por mucha angustia que le provoque ser tío, mientras haya una sola familia en España pasando las noches acojonada temiendo que su joven hijo esquizofrénico se brote, saque el cuchillo jamonero y se los pase a todos, uno a uno, por la piedra.

«¡Más madera, es la guerra!», gritaba Groucho Marx. Los modernos grouchos están en los consejos de ministros y gritan: «¡Más masa monetaria, es la expansióooon!» Cada vez más crecimiento. Cada vez más rentas, más consumo. Cada vez más dinero. O sea, cada vez más pasivo bancario. Ergo activo; hay que prestar. Hasta llegar a un punto que se prestaba sin tasa y sin garantía. Cuando los banqueros se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y éste es el punto en el que converjo con Tiburcio, titulizaron la mierda para esconderla. Pero la mierda, al final, huele.

Lamento opinar que los libros de Historia Económica del siglo XXII harán poco hincapié en la titulización de hipotecas subprime y la culpa de los consejos de administración de los bancos. Esos manuales, muy al contrario, hablarán de las estrategias de recalentamiento sin red, amasadas por los bancos centrales, por ejemplo en Alemania, donde el Bundesbank sabía muy bien cuáles iban a ser las consecuencias del cambio 1:1 entre marcos del Este y del Oeste dictada por Helmut Kohl, pero le dio igual; porque en ese momento, ni la inflación interna ni la estabilidad monetaria le importaba un guaino, todo lo que le importaba es que el Jefe se hinchase a conseguir votos en aquellas tierras donde la gente se había acostado proletaria y se había levantado clase media, sin solución de continuidad.

Lo dicho: el poder sobre el bien común en su vertiente financiera, es decir los bancos centrales, sabe medir la temperatura de la olla, y tiene la capacidad de regularla. No puede mirar ahora la olla reventada con ojos de tontuelo, simulando que no logra entender lo que ha pasado. Somos hijos de la convicción de los gobernantes de que ya nunca jamás le tendrían que prometer a sus ciudadanos sangre, sudor y lágrimas.

Y lo realmente, realmente, realmente preocupante de la presente crisis económica, a mi modo de ver, es que lo siguen pensando.

domingo, julio 03, 2011

El siglo (Tiburcio ataca de nuevo)

Me manda un post Tiburcio que repostea otro mío. No está completo, pero lo completará en las próximas horas. Aquí está, en todo caso, lo que hay hasta el momento.

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Me gusta cómo escribe JdJ hasta cuando se equivoca, como ocurre cada vez que me rebate.

A nivel geopolítico los próximos años estarán marcados por la crisis sistémica en la que estamos entrando. Crisis sistémica es como llaman los enterados a una crisis del carajo. En mi opinión los elementos principales de esta crisis serán:

+ La crisis económica: sólo conozco a dos tipos de personas que afirman que la crisis económica que empezó en 2007 se ha terminado: los políticos, que no saben cómo salir de ésta, pero tampoco quieren alarmar a los votantes, y los periodistas de The Wall Street Journal”porque a Murdoch y a unos cuantos más les ha ido muy bien en estos años.

Resumiendo un poco las cosas. La crisis de las hipotecas basura norteamericanas se extendió a medio planeta porque los maestros en ingeniería financiera (que solían ser llamados estafadores, antes de que el neoliberalismo económico triunfase) habían ideado métodos para diversificar riesgos que lo que hicieron fue aumentarlos. La idea base es que si creo un producto que englobe hipotecas malas, regulares y buenas, por arte de birlibirloque consigo que las hipotecas malas se contagien de la bondad de las hipotecas buenas. En la práctica lo que ocurría es que eran productos tan complicados que el comprador no tenía ni idea de lo que realmente estaba comprando. Esos productos al final funcionaron como células cancerosas, que transmitieron el cáncer del mercado hipotecario norteamericano al sistema financiero de medio mundo.

En la segunda mitad de 2008 el sistema financiero occidental estuvo a punto de irse al carajo y sus banqueros de irse a la cárcel. Lo segundo era menos lamentable que lo primero. Se sabía que había mucha deuda incobrable en el sistema, pero los nuevos productos financieros habían enturbiando tanto las aguas, que nadie sabía quién la tenía. Los Estados resolvieron la situación inyectando dinero a los bancos. Nos salvamos del peligro de la quiebra del sistema financiero para caer en el abismo de la deuda de los Estados. En otras palabras: el contribuyente corrió con la factura de los banqueros, que no habían sido diligentes en los años anteriores y habían permitido que todo esto ocurriera.

La situación a la que hemos llegado en 2011 es jodida. Los Estados occidentales tienen unas deudas elevadísimas, lo que hace que la tradicional receta keynesiana de inyectar dinero en la economía vía gasto público no sea aplicable. Si la economía se tiene que recuperar, tendrá que hacerlo por sus propios esfuerzos (demanda interna), porque por la vía del gasto público o por la del comercio exterior (cuando la mitad de tus clientes lo están pasando igual de mal que tú) no podrá. Ahora bien, en un contexto de elevadas tasas de paro, bajada de los salarios y recorte de los beneficios sociales, ¿quién se va a poner a consumir?

Los capitales especulativos que tanto tuvieron que ver con la burbuja inmobiliaria de la primera década del siglo, andan a la búsqueda de nuevas burbujas. Lo de tener rentabilidades del 0’25% (tipo de interés del Fed norteamericano) no mola cuando la inflación es del 3’6% y te acostumbraste a beneficios del 15% durante los años del boom inmobiliario. Desde que reventó la burbuja inmobiliaria en EEUU y Europa ha habido subidas sospechosísimas de precios en: los alimentos, el petróleo, el oro, los bienes inmuebles en Asia… Algo me dice que hay capitales esperando que se repitan los pelotazos de la década de los 90 y los inicios de los 2000. Lo malo es que si vuelve a pinchar la burbuja, papá Estado ya no tiene dinero para venir a rescatar a los inversores, a los especuladores y a los estafadores.

Para terminar de complicar las cosas, tenemos el dólar norteamericano, que desde 1971 ha funcionado como la divisa de referencia y la divisa refugio. Hace ya algún tiempo que muchos se preguntan si se pueden fiar de una divisa emitida por un país tan endeudado como EEUU que, además, ha recurrido a su manipulación para salir de la crisis. EEUU sigue teniendo unos activos que le hacen atractivo: es la primera economía mundial; tiene estabilidad política; no suele dar sorpresas demasiado desagradables a los inversores extranjeros. A eso se añade que no hay alternativas creíbles al dólar en estos momentos. Pienso que las debilidades del dólar se harán cada vez más evidentes, a medida que se vea que la economía norteamericana no consigue recuperarse. Tal vez a medio plazo acabemos funcionando con algún tipo de cesta de monedas en la que el dólar tenga un papel preponderante, pero no único.

Vuelvo a resumir: nos esperan económicamente unos años de Estados endeudadísimos, con poco margen de maniobra; sistemas financieros tocados del ala (sospecho que si supiéramos más cosas de los balances bancarios no podríamos dormir por las noches); demanda interna renqueante; tasas de desempleo enormes; sueldos reales deprimidos (menos para los banqueros) y brutales desequilibrios mundiales.

+ La crisis demográfica que va acompañada del cambio en la pirámide de edades a la que aludía JdJ. Nadie sabe cuántos seres humanos puede acomodar el planeta con un nivel de vida decente, aunque parece que estamos decididos a descubrirlo por nosotros mismo vía polvos sin condón. Se calcula que en los próximos meses podríamos alcanzar los 7.000 millones, algo por delante de lo que decían algunos pronósticos que nos daban un par de añitos más antes de que alcanzáramos un número tan redondo. Cierto que las tasas de fertilidad están bajando en todo el mundo, pero dudo que lo hagan a una velocidad tal que impidan que para el 2050 seamos como poco 9.000 millones. Desde el siglo XVIII cada vez que los maltusianos han gritado con alarma que el ritmo de crecimiento de la población era más rápido que el de creación de recursos, han venido los avances tecnológicos a desmentirlos. Puede que ocurra lo mismo en el siglo XXI o puede que no. Un romano del siglo II d.C. también tenía derecho a pensar que el limes resistiría a los bárbaros como había venido haciendo durante los 200 años precedentes.

El tema de la pirámide poblacional es bastante jodido y tiene un agravante: carecemos de precedentes históricos que nos indiquen lo que cabe esperar. No sabemos bien cómo puede ser una sociedad donde más de la tercera parte de la población tengan más de 65 años. La experiencia más parecida en la japonesa de finales del siglo XX, que además se les juntó con una burbuja reventada, y no resulta muy apetecible.

Por cierto que en algunos países de Asia, a ese mogollón del envejecimiento de la población se le sumará el de la falta de mujeres. Las ecografías han permitido la realización de abortos selectivos, cuando lo que viene es una niña en lugar del ansiado varón. Es más limpio que el infanticidio. El resultado es que en varias partes de Asia ya se ha empezado a notar la falta de mujeres. El caso más extremo es el de la ciudad de Lianyungang en China, donde nacen sólo 100 niñas por cada 163 niños. Los efectos los veremos muy pronto, cuando todos esos niños alcancen la pubertad. Por orden de más a menos probable puede ocurrir: 1) Que tengan que importar mujeres para emparejarse (ha ocurrido regularmente en Asia y mientras no se sequen las fuentes de suministro…): 2) Que se produzca un aumento de la violencia social, porque lo de tener 18 años y no poder echar un quiqui irrita al más apacible; 3) Que se multiplique lo que se denomina la homosexualidad situacional: a falta de pan, buenas son tortas.

Finalmente, está la cuestión de los desequilibrios. Unos no se reproducen nada (los europeos, por ejemplo) y otros no paran de parir (los africanos subsaharianos, por ejemplo). Por más controles aeroportuarios que pongamos y más pateras que paremos, no se pueden poner puertas al campo: los que se reproducen con mayor entusiasmo, que suelen ser también los que vienen de países más cutres, desean emigrar a sociedades ricas y con déficit demográfico. ¿Cómo reacciona una sociedad cuya composición demográfica cambia drásticamente en dos o tres décadas? Mal, si nos atenemos a los ejemplos francés y británico.

+ El cambio climático: Podremos discutir si es culpa humana o no, pero lo que resulta indiscutible es que el planeta se está calentando a ritmo allegro y troppo. Incluso parece que el ritmo del calentamiento va en aumento. Me pregunto si no existe el peligro de que el calentamiento adquiera vida propia, que no haya mecanismos naturales o humanos que lo frenen y que un día nos encontremos con que las playas de Siberia con sus 40 grados a la sombra son un lugar demasiado caluroso para pasar el verano. Para quienes piensen que pase lo que pase la Tierra seguirá siendo un lugar hospitalario para la vida, tengo malas noticias. Los científicos piensan que durante sus primeros mil millones de años Marte tuvo un clima como el de Torrevieja y que el Venus primigenio hubiera sido un buen lugar para que el Club Mediterranée colocase un resort. Hoy Marte es un desierto con temperaturas bastante por debajo de los cero grados y si vas a Venus y te asfixian sus 460 grados de temperatura, espera a que llueva un poco de ácido sulfúrico y se refresque el ambiente.

El cambio climático ya nos está causando problemas del carajo, tantos que hasta lumbreras como el ex-Presidente Bush han empezado a reconocer que después de todo puede que sea un poco marroncete. Entre estos problemas podemos señalar: inundaciones, sequías, cosechas más irregulares y, en general, menores, enfermedades tropicales que se aclimatan a nuevas latitudes, extinciones masivas… ¿Qué se está exagerando lo del cambio climático? Puede, pero en la duda, prefiero ponerme del lado de los que exageran, que no tomármelo en serio. Si en 2100 descubrimos que los alarmistas tenían razón, será demasiado tarde para remediarlo. Como curiosidad, puedo aconsejar a los interesados el libro “Colapso” de Jareed Diamond, que describe varias civilizaciones a las que los desastres ecológicos que ellas mismas habían creado se las llevaron por delante.

Y mañana me meto con mis pronósticos geopolíticos.