viernes, septiembre 25, 2009

Little Big Horn

Las grandes potencias, mientras lo son, atesoran básicamente el recuerdo de grandes victorias militares. Las grandes potencias son como los líderes de la liga de fútbol. Están acostumbradas a tener la pelota y a ganar. Pero a veces, eso todos lo sabemos, un club modesto salta al campo y le enchufa un pepino al más pintado. Estos son los dolorosos recuerdos de todo poderoso.

Estados Unidos, la potencia que nos ha tocado observar en nuestra generación, no es ajena a este efecto. La mayor parte de los soldados que han combatido para Estados Unidos en los últimos 150 años, han ganado. Esto no es algo que puedan decir muchos; sin ir más lejos, nosotros llevamos bastante más de siglo y medio perdiendo casi todos los partidos. Quizá por eso, para los americanos son tan dolorosas las derrotas. A ellos les duelen más que a nosotros, porque nosotros, las más de las veces, hemos saltado al campo de batalla con la derrota descontada.

De todas las derrotas de los Estados Unidos hay dos que me parecen especialmente humillantes. Una es la de Vietnam, por lo convencido que fue el país a esa guerra de que e,l enemigo era una puta mierda de enemigo. Pero por la misma razón, multiplicada, resulta, o resultó en su momento, especialmente dolorosa la segunda derrota, que es de la que hoy quiero escribiros unas notas. Se trata de la batalla de Little Big Horn, conocida así porque ocurrió a las faldas de un río y de unas montañas que llevan este nombre oxímoron.

Echando cuentas, Little Big Horn es el único caso en el que los estadounidenses han sido derrotados por sí mismos. Cierto es que quien se sienta confederado también puede decir lo mismo de las grandes victorias de la guerra civil; pero la batalla de Little Big Horn no se produjo en el marco de un enfrentamiento civil, sino guerra pura y dura. Y, para más coña, el ganador de la batalla, encima, hacía tiempo que se había rendido. Así pues, no se puede pensar en una derrota más humillante, en el fondo.

Little Big Horn enseña muchas cosas. Enseña que nunca se es suficientemente grande. Enseña que no hay que dejarse llevar por la falsa seguridad. Enseña que hasta unos tipos que parecen sacados de la Edad de Piedra pueden tener grandes generales, como el véhon (jefe) Dos Lunas, de la nación cheyene. Y enseña que, en esta vida, para ser inteligente, para ser listo, se pueden escoger muchos caminos; pero todos ellos, ésta es la enseñanza que nos dejó el hechidero Toro que se Levanta, más conocido como Sitting Bull o Toro Sentado, todos ellos, digo, pasan por saber ser paciente. A veces, desesperadamente paciente.

En las riberas del Little Big Horn river se enfrentaron dos cosmovisiones. No, desde luego, la de los blancos y la de los pieles rojas; eso ya se había ventilado años antes. Eran las del teniente coronel Custer y las del gran hechiero Sitting Bull. Custer carecía de toda la paciencia de Sitting Bull. Y así le fue.

Todo esto ocurrió en 1875 y 1876. Desde principios del siglo XVII, los blancos habían venido desarrollando un largo rosario de guerras contra los amerindios, guerras que habitualmente terminaban con el apartamiento de éstos y la expansión de aquéllos hacia el Oeste. Aunque las guerras indias permanecieron hasta finales del siglo XIX, para el momento en que relatamos ya estaba todo el pescado vendido y la mayoría de las grandes naciones indias habían sido ya vencidas y razonablemente pacificadas. Sin ir más lejos, en la nación sioux, a la que pertenecía Sitting Bull, ya casi no quedaban guerreros que pudiesen contar que una vez lucharon contra el hombre blanco.

La Casa Blanca, por su parte, había inventado eso que hoy conocemos como reservas indias, es decir territorios donde los indios eran autorizados a vivir bajo su propia administración, generalmente en los lugares que los blancos no querían aprovechar. En Dakota, los sioux habían sido confinados dentro de una reserva en la que estaban los llamados montes negros (o sea, como los Monegros de Aragón). Esa reserva le fue concedida a los sioux en virtud del Tratado de Fort Laramie, que limitaba muy significativamente la acción de los blancos en aquel territorio (sin ir más lejos, les impedía construir carreteras).

¿Por qué se rebotaron los indios? Hay algunas interpretaciones, sin ir más lejos la que se puede leer en la Wikipedia, que hablan de que el problema fueron las tensiones surgidas con los indios porque querían seguir siendo nómadas, como siempre habían sido y, en su nomadismo, acabaron por desbordar los límites de su reserva. Esta explicación tiene sus agujeros. Fundamentalmente, que los acuerdos entre Washington y los indios recogían, muy a menudo, su derecho al nomadismo, permitiéndoseles, por ello, rebasar los límites de sus reservas cuando el seguimiento de la caza (razón última de los movimientos los indios) así lo aconsejase, si bien luego debían regresar a sus reservas.

Las razones, en verdad, pudieron ser otras. Lo que pasó, más bien, fue que el hombre blanco se dio cuenta de que tal vez se había precipitado dejándole a los sucios sioux los famosos montes negros. A lo largo de 1875 se extendió el rumor de que en dichos montes alguien había encontrado oro; y, como tantas otras veces en la Historia del país, el rumor provocó un auténtico exilio de aventureros hacia la zona. A los sioux, probablemente, que aquellos friquis se pasaran el puto día entero lavando arena de los ríos no les daba ni frío ni calor. Pero ocurrieron dos cosas que sí les cabrearon.

La primera cosa que ocurrió es que los buscadores de oro se cansaron de comer conejitos y chorradas, y acabaron por darse cuenta de que la zona bullía de sabrosos búfalos. Así que comenzaron a matarlos. Para los sioux, como para otras muchas tribus cazadoras como sus vecinos los cheyenes (sioux y cheyenes se apelan entre ellos de primos), el búfalo era el epicentro de su existencia, así pues no les gustaba nada que alguien pusiera las manos, y las balas, en sus animales.

La segunda cosa que pasó fue que la noticia del oro llegó a Washington. El gobierno norteamericano envió allí al mal llamado general George Amstrong Custer, que en realidad era teniente coronel y se hacía llamar general porque, al tener mando sobre una famosa unidad del ejército americano, el Séptimo de Caballería, había tenido el mando en diversas acciones bélicas. La presencia de Custer sí que puso nerviosos a los sioux, que ya sabían lo suficiente de cómo se las gastaba el hombre blanco como para saber que cuando envía militares por delante, acaba ocupándolo todo. Así que los indios comenzaron a hostigar a quienes cazaban búfalos, apiolándoselos y cortándoles la cabellera cuando se terció.

La situación cambió de forma dramática. En teoría, el Séptimo de Caballería estaba emplazado en el área de la reserva para proteger a los indios de los blancos. Pero, ahora, los indios atacaban a los blancos, lo cual cambiaba notablemente las cosas.

Lo primero que, por lo que se ve, nunca consiguieron entender ni Custer ni sus jefes ni sus subordinados fue que los sioux estaban razonablemente bien mandados por líderes que conocían bien al hombre blanco. Consecuentemente, sabían que tenían que proceder despacio, con cautela y con unión. Consecuentemente, cuando Sitting Bull tuvo claro que el hombre blanco estaba dispuesto a romper los términos que él mismo había propuesto (más bien impuesto) en el Tratado de Fort Laramie, cursó mensajes criticando esta falta de honor a todos sus vecinos. Con ello captó, además del apoyo de su propia tribu Uncpapa y de sus jefes Rey Cuervo y Luna Negra, la solidaridad de los sioux Ogallala, comandada por el otro gran jefe de la nación, Caballo Loco, y por los jefes Perro Bajo y Gran Camino; los minneconjous de Jefe Jorobado; los Sin Arco del jefe Águila Descubierta; e incluso sus primos, los cheyenes de los jefes Dos Lunas y Toro Blanco.

Esto garantizaba a los partidarios de atacar el concurso de muchos miles de indios, entre ellos no pocos guerreros. Aunque aquí está la inteligencia de Toro Sentado. El jefe sioux, a juzgar por su actuación, se dio cuenta de que si lanzaba a sus partidas de guerreros a la pradera a cargarse a todo blanco que viesen por la reserva, eso sólo serviría para que el ejército agarrase el canasto de las chufas, entrase en la reserva e hiciese una guerra de exterminio. Es más que probable que Sitting Bull tuviese bien claro que no podía ganar la guerra; para aquel entonces, los indios americanos ya conocían bien su lugar en el mundo. Es probable que resolviese hacer las cosas para, por lo menos, tener la oportunidad de ganar una batalla. Pero para eso necesitaba paciencia. Sacar a Custer de sus casillas.

Cuando las noticias referidas a muertes de colonos blancos en la reserva llegaron a Washington, el presidente Ulysses S. Grant decidió lavarse un poco la cara y negociar. Ofreció mucha pasta a los indios por los terrenos que apenas unos años antes les había obligado a ocupar. Incluso se llevó a Toro Sentado a Washington y lo paseó por el centro del mundo un rato. Pero los indios dijeron que no. Si les daba por culo el oro (del cual, al parecer, había bastante), ¿por qué les iba a valer un cheque? No hubo acuerdo. En la primavera de 1875, conforme regresó el buen tiempo, los ataques de los indios a los colonos se redoblaron. Pero los indios hicieron una cosa más.

Ya hemos dicho antes que, bajo los acuerdos de Fort Laramie, los indios tenían derecho a salir de la reserva durante algunos meses, siguiendo a la caza. En la primavera de 1875, así lo hicieron. Pero lo hicieron todos. De una forma muy paulatina y cadenciosa (como todo lo que hacía Sitting Bull), las tribus sioux y cheyene fueron abandonando sus lugares normales de residencia y, bajo la disculpa de estar siguiendo a la caza, fueron estableciéndose fuera de su reserva. Esto no era un movimiento normal. Además, era un movimiento extraordinariamente problemático desde el punto de vista de la seguridad. Cuando estaban confinados en la reserva, los indios eran relativamente sencillos de vigiliar con fuerzas relativamente escasas. Pero ahora que estaban distribuidos por toda la pradera, en pequeños y grandes poblados, hacía falta el triple de efectivos para realizar la vigilancia.

A eso se unió la propia campaña de Sitting Bull. El gran hechicero era consciente de que su tribu, los Uncpapa, era considerada una de las principales del mundo sioux, tomó sobre sus hombros la labor de liderarlos. Así, durante aquellos meses, visitó pacientemente los poblados, instando a todos, sioux y cheyenes, a permanecer fuera de la reserva una vez terminase la temporada de caza. Les dijo que la reserva, con sus límites, no era más que una mentira del hombre blanco. Y los indios, después de lo que el hombre blanco había hecho con las cláusulas del tratado de Fort Laramie apenas dos minutos después de descubrir oro en los montes negros, le creyeron.

Custer conocía bien a los indios, y sabía que ahora era una cuestión de tiempo. Sitting Bull aprovecharía la primavera y el verano para tocar los cojones y poner al personal de canto y para el invierno tendría a todos los sioux y cheyenes fuera de la reserva, y dispuestos a liarse a hostias en cuando les diesen una oportunidad. Si por él hubiera sido, desde luego, habría actuado con total rapidez; lo cual tampoco garantiza que hubiese cambiado la Historia pues uno de los errores de Custer, como veremos, fue infravalorar la capacidad guerrera de los indios, y eso es algo que hizo en 1876 pero habría hecho igual el año anterior. No obstante, su decepción no vino por ahí.

La guerra es una cosa complicada en los países democráticos. Mediado el año 1875, los Estados Unidos vivían cierto movimiento de la opinión pública en contra de los indios, a causa de las agresiones y asesinatos cometidos contra los colonos de los montes negros, pero también tenían sus defensores. Cuando Custer llegó a Washington convencido de que la visita era un mero trámite para que su superior, el general Terry, le diese la orden y los medios para encenderle el pelo a los pieles rojas, se encontró con la cuestión india empantanada. La instrucción era clara: no se movía ni un puñetero papel en el asunto de los indios de Dakota/Montana sin que lo hubiesen aprobado, o el presidente Grant, o su secretario de Guerra.

En octubre de 1875, cuando se suponía que los indios tenían que estar volviendo a la reserva, seguían saliendo. Pretextaban la necesidad de hacer una última supercaza de búfalos antes del invierno. La población india fuera de la reserva era ya tan numerosa que comenzaron a establecerse pueblos sioux y cheyenes en las riberas de los ríos Powder y Yellowstone, que da el nombre al parque natural donde viven Yogui y Bubu.

No fue hasta el 3 de diciembre de 1875 que Custer no recibió el ansiado telegrama en el fuerte Abraham Lincoln. Este histórico telegrama:


To Lt-Colonel Custer, commanding 7th US Cavalry, Fort Abrahan Lincoln, North Dakota, USA.

By order of the Secretary of War, envoys have gone to all principal chiefs of the Sioux Nation instructing them and their people than unless they shall remove within the bounds of their Reservation (and remain there) before the 31st January next, they shall be deemed hostile and treated accordingly by the military force.

You will receive detailed orders by further telegraph.

Alfred E. Terry, General

Commanding Officer, Department of Dakota.


La Casa Blanca había tardado tres meses, pero finalmente se había decidido. Si los indios no volvían a la reserva para el 31 de enero, estarían en guerra con los Estados Unidos. Pero lo hicieron tarde. Para entonces, el efecto de esta orden fue el contrario del buscado. A esas alturas de la película, aquella amenaza, en realidad, era todo lo que necesitaba Sitting Bull para terminar de cohesionar a los suyos.

Washington diseñó una operación de castigo que no tuviese la más mínima posibilidad de perder. Al llegar la primavera de 1876, tres ejércitos convergerían en el teatro de operaciones delimitado por los ríos Yellowstone, Powder, Tongue y Little Big Horn. Irían a las órdenes de los generales Terry, Gibbon, y Cook. Obsérvese el detalle de que en la corta lista de los jefes-jefes, no aparece el nombre del teniente coronel Custer. Es un dato importante.

El plan era presionar desde tres puntos para embotellar a los indios contra la pared formada por las montañas Big Horn, y allí masacrarlos. El ariete de ese ataque debería ser el Séptimo de Caballería.

Custer estaba razonablemente contento, a pesar de no tener el protagonismo que, además de desear, creía merecer. Pero entonces pasó algo que, a la larga, cambiaría las cosas. El teniente coronel había escrito algún tiempo antes una inocente carta a un periódico del Este. Poco dado a las sutilezas de la política y de la opinión pública, pues al fin y al cabo era un militar de campo, Custer había observado ineficiencias en la provisión de medios para los ejércitos (esto de hacer legar a las tropas comida, ropas y otras cosas siempre ha sido negocio) y decidió denunciarlo en dicha carta, que el periódico publicó. La queja de Custer generó un escándalo en las ciudades del Este. Algo que Custer probablemente no sabía es que sus quejas o acusaciones venían a señalar con el dedo a proveedores con los que el presidente tenía estrecha relación personal. Grant, probablemente, montó el cólera. Custer fue llamado a Washington para declarar sobre sus acusaciones. Apenas se había marchado y en Fort Lincoln se extendió el rumor de que ya nunca volvería.

Mientras tanto, la llegada de nuevas tropas comenzaba en la zona. A Fort Lincoln llegaron tres compañías de infantería.

Pero Custer volvió. Lo que hizo, prometió o amenazó, no lo sabremos nunca a ciencia cierta. Pero volvió. Y, en cuanto lo hizo, se puso en marcha con su Séptimo y la infantería, camino de la cordillera del gran cuerno. Lo cual revela que, más que probablemente, aquel breve clinch con las sutilezas de la política de Washington lo volvió un ser aún más impaciente de lo que ya era.

El movimiento del Séptimo se estructuró en tres grandes partes. Como espadaña, al frente, iba Custer con dos compañías. Detrás de él, su segundo, el mayor Marcus A. Reno, con quien al parecer nunca se llevó ni medio bien, comandaba las compañías B, C, I, E, F y L, ayudado por los capitanes Keogh y Yates. El tercer grupo lo comandaba el capitá Benteen, con los capitantes Weir y French. Detrás del Séptimo iba el general Terry con tropas de a pie, carromatos, la caraba. Ese elefante con pies de barro tenía un buen día cuando era capaz de moverse 30 kilómetros. El 19 de mayo llegaron con grandes dificultades a Turkey Buzard Roost y el 22 a Thin Woman Creek; el movimiento era desesperantemente lento.

Este fue el gran problema de aquella expedición. Hay que reconocer que, en esto, Custer tenía razón. A un tipo como el indio, que no tarda ni una hora en montar o desmontar su casa, hay que perseguirlo a toda leche. A caballo y sin cargas que ralenticen la marcha. La columna de Terry/Custer tardó dos semanas, dos, en conseguir avistar, a través de sus exploradores, los primeros indios hostiles. Esto es mucho más de lo que Terry había calculado. Así pues, el centro de la operación soñada, es decir los soldados cayendo sobre una multitud de indios despistados, se fue al carajo. Para colmo, además de no producirse el avistamiento esperado, el 3 de junio, cuando Terry y Custer acampan en Beaver Creek, todavía no saben nada ni de la columna de Crook, que viene del norte, ni de la de Gibbon, que viene del oeste.

Algún tiempo tras acampar llegaron, finalmente, emisarios de Gibbon. Fueron ellos los que informaron de que los sioux se movían al sur del Yellowstone, en el área delimitada por las montañas Big Horn al oeste y el río Powder al este. Un segundo correo trajo buenas noticias: el barco de abastecimiento Far West, que se suponía navegando por el Yellowstone, había llegado a su punto previsto de llegada, Stanley's Stockade, y estaba descargando sus mercancías.

Terry ordenó a Custer moverse hacia la desembocadura del Powder en el Yellowstone mientras él se dirigía a Stanley's Stockade para tener una reunión con Gibbon.

Todo tiene que ver con afluentes del gran río Yellowstone (asimismo, afluente del Missouri). Mirando el mapa de este a oeste, encontramos: el Powder, donde ahora estaban las tropas; el Tongue River y una zona llamada Rosebud Creek donde en ese momento estaban los indios; y, más allá, el río y las montañas Big Horn. La estrategia de Terry, ahora que había perdido el factor sorpresa, era acorralar lentamente a los sioux y cheyenes. Sus tropas, es decir las de Custer, deberían ir avanzando río a río, primero el Tongue, luego el arroyo con resonancias de Citizen Kane, y luego el Big Horn. Los indios se irían retirando hasta quedar con el culo contra la cordillera. La estrategia de Terry contaba con Gibbon para cerrar el paso por los bancos sur del Yellowstone, al norte del área de batalla; y con Crook, que debía avanzar desde el sur, para evitar la huida en dicha dirección. Se quería, pues, meter a los indios en una bolsa, y luego explotarla.

Pero entonces Reno la cagó.

Marcus A. Reno recibió la orden de vigilar las riberas de Tongue, con órdenes de no continuar más allá. Pero, cuando recibió noticias en el valle del Tongue de que había indios en Rosebud Creek, se dirigió hacia allí, contraviniendo las órdenes recibidas y avisando, con ello, a los indios, no sólo del avance del ejército, cosa que ya suponían, sino de por dónde se producía dicho avance.

Definitivamente perdido el factor sorpresa, y temiendo que los indios se le escapasen de entre los dedos (no olvidemos que aún no había noticias de Crook), Terry no tuvo más remedio que precipitarse. Ordenó a Custer que moviese su caballería hasta Rosebud Creek y se preparase para atacar. Terry le prometió que llegaría lo antes posible con la infantería, pero le dijo que no atacase hasta que dicha llegada se produjese.

Custer, pues, recibió la orden de wait and see. Pero ya no estaba en condiciones de obedecerla.

En primer lugar, el teniente coronel, con casi total probabilidad, se consideraba más experto en la lucha contra los indios que el comandante de Dakota, general Terry, inquilino habitual de los salones de Washington donde habían estado a piques de darle por culo.

En segundo lugar, también con muy alta probabilidad, hacía semanas que Custer pensaba que se estaba perdiendo demasiado tiempo.

En tercer lugar, y éste es un factor que no cabe desdeñar, Custer sabía que su nombre no estaba en la lista de los comandantes de la operación. Así pues, si quería lograr la fama que sin duda su carácter infatuado le demandaba, esa fama que vivía cada día entre sus gentes del Séptimo que lo veneraban como a un semidios, tenía que hacer algo por sí mismo. Y solo.

En cuarto y último lugar, aquella era una acción de guerra. Y, en guerra, los militares reciben órdenes que deben obedecer, pero siempre están sujetas al albedrío de cada uno según se presente la situación. Si Custer decidía hacer algo no totalmente ajustado a las normas, pues, no podía considerarse que estuviese desobedeciendo.

Así pues, casi desde el momento en que Terry se dio la vuelta, Custer dio la orden que quería dar: Strip for Action. Prepárense para la acción. Era el 22 de junio de 1876.

Sin duda, Custer infravaloró a los indios. Por el sur, Sitting Bull había estado recibiendo refuerzos, hasta juntar por lo menos un par de miles de guerreros. Custer, por su cuenta, tenía 600 combatientes, todo lo más. Los indios, además, se habían preparado a conciencia y se habían hecho con las armas más modernas del momento, los rifles Winchester de repetición.

La situación de Custer era la siguiente: a su espalda, muy a su espalda, Terry avanzaba como una tortuga minusválida. Al norte, llegaban noticias de que Gibbon no cruzaría el Yellowstone hacia el sur hasta el día 26, como muy pronto. Y de Crook nada se sabía.

Cualquier otro militar, en esa situación, habría pensado: toca esperar.

Pero no Custer. Custer, de hecho, pensó: ésta es la mía.

Ninguno de sus generales estaba en condiciones de hacerle sombra. Toda la gloria sería para el Séptimo. El 24 de junio, Custer acampó a menos de 40 kilómetros del Little Big Horn. Debería estar yendo despacio, para dar tiempo a sus compañeros a llegar. Y, en realidad, estaba haciendo justo lo contrario.

Durante cinco horas de la madrugada del 25 de junio, el Séptimo cabalgó en la oscuridad todo lo rápido que pudo, para situarse en la mañana en punto de batalla. A las cuatro de la mañana envió exploradores, aunque desde el punto en el que Custer desayunó su bacon se veía claramente el humo de un poblado indio cercano. Los exploradores volvieron blancos como la cera (eran todos indios) diciendo que lo que habían visto era una cantidad acojonante de tipis indios; que lo que había en el río era la puta estación de metro de Sol en hora punta. A Custer la advertencia le entró por el oído derecho y le salió por el ano, sin romperle ni mancharle. Ya había tomado una decisión.

Ordenó a Marcus Reno que tomase las compañías M, G y A, con las que debía cruzar el arroyo y atacar de frente. Benteen, con las compañías H, D y K debería quedar en reserva. La compañía B custoriaría las reservas de municiones, que debería movilizar si era requerida para ello. Custer y sus hombres (las compañías C, E, F, I y L), por su parte, deberían atacar por su cuenta para descongestionar la presión sobre Reno.

Marcus Reno y sus hombres entraron en el valle tocando la corneta, gritando sus consignas de guerra y disparando a tuti cuanti. Pero se encontraron con un valle petado de indios. Con seguridad, esperaban la mitad de la mitad de la mitad de guerreros de los que realmente había. Así pues, Reno primero tuvo que ordenar desmontar, para poder defenderse mejor y, algunos minutos después, ordenó una retirada total. La presión de los indios era imposible de soportar. Se retiró hacia los árboles, buscando allí más parapeto del que podía esperar tener en el valle.

Custer, mientras tanto, diseñaba el ataque que estaba llamado a dar soporte a Reno. Porque él no estaba pensando en ir detrás de él (que es, al fin y a la postre, lo que su segundo habría necesitado), sino poner problemas a los indios atacando por otro flanco. Sus exploradores le habían hablado de una cárcava en el extremo norte del valle que permitía bajar al mismo desde el otro lado, así pues diseñó una especie de pinza en la que esperaba pillar a los despistados indios. El teniente coronel Custer no había leído a Tsun Tzu; nunca había pensado que no se debe jamás despreciar al enemigo. Una vez que encontró la cárcava, envió mensaje a Benteen para que le trajese más munición, y se aprestó a bajarla con sus hombres. La orden del teniente W. W. Cooke que llevó aquel correo fue la única orden de guerra de la acción de Little Big Horn.

Benteen. Come on. Big village. Be quick. Bring packs.

Un pueblo grande. Date prisa. Da la impresión de que, para entonces, Custer ya se iba dando cuenta de que eran un huevo de indios los que había abajo. Sin embargo, con Marcus Reno ya lanzado, no podía recular.

Pero entonces brillaron los generales cheyenes. Esos tipos a los que Custer, seguramente, no concedía inteligencia militar.

En el extremo norte del valle, por donde atacó Custer, estaban los cheyenes. Éstos, al cargar el mayor Reno, se habían echado a los caballos como un solo hombre y se habían unido a sus primos sioux contra los atacantes. Pero los cheyenes estaban al mando de dos auténticos estrategas: Dos Lunas y Toro Blanco. En realidad, no fue Toro Sentado, sino ellos quienes ganaron la batalla de Little Big Horn. Sin ellos, Custer habría tenido una oportunidad, porque habría atacado por sorpresa desde el norte. Sin embargo, Dos Lunas y Toro Blanco adivinaron su movimiento. Sabían que el hombre blanco tenía la costumbre de atacar siempre en dos puntos distintos y, por eso, cuando la tropa de Reno estuvo diezmada entre los árboles, cuando vieron que los sioux se bastaban para vencerlos, ordenaron volver grupas. Hicieron un movimiento antibélico. Huyeron de la batalla.

Los cheyenes huyeron de la batalla. Hacia sus tipis. Hacia sus mujeres y sus hijos, para protegerlos. Dos Lunas y Toro Blanco sabían que si Pelo Amarillo, como conocían a Custer, seguía siendo el mismo, atacaría más o menos por ahí. Y no se equivocaron. Bajando la cárcava, Custer vio una nueve de polvo. Desgraciadamente para él y para sus hombres, aceleró, pensando que era la carga del mayor Reno poniendo en fuga a los indios. Hasta ahí llegó su ceguera. Cuando llegó abajo, descubrió, ya demasiado tarde, que todo ese polvo lo levantaban los cheyenes, que iban a por ellos.

225 hombres contra 2.000 indios. Las municiones de Benteen nunca llegaron. Se quedó en el otro extremo del valle, ayudando a Reno, que apenas pudo salvar un puñado de hombres. Pero en la bolsa donde quedó Custer, los indios los mataron a todos. A todos. Hasta el último hombre.

A las cuatro de la tarde del domingo, 25 de junio de 1876, todo había terminado para el general Custer y el orgulloso Séptimo de Caballería.

Los generales Terry, Gibbon y Crook todavía avanzaban hacia el teatro de operaciones.

miércoles, septiembre 23, 2009

El robo de la Monna Lisa

Una de las noticias de alcance en este verano que ya se nos acaba fue la de una tipa rayada que se fue al Louvre y le tiró algo, no sé si tinta, a la Monna Lisa. La cosa quedó en nada, porque la Monna Lisa, o Gioconda, obra de Leonardo da Vinci, está más protegida que un teniente general de Nebraska en Kabul. Pero ha sido un mojón de la larga carretera construida por la criminalidad con o contra el arte.

Confieso que nunca he entendido el halo de simpatía que suele rodear a los ladrones de arte. Especialmente a los que hacen de los museos y templos el lugar habitual de sus acciones. Ya que tanto nos gusta odiar casi para todo a los ricos, parecemos olvidar que un ladrón de arte, casi siempre, trabaja para los más ricos de entre los ricos, que son los tipos que pueden pagar cifras astronómicas por tener en su poder obras de arte que jamás podrán vender, porque no tienen mercado. Los ladrones de arte son tipos que hurtan a las personas comunes el placer de contemplar una cosa bella.

La Gioconda de Da Vinci es el Cadillac de las obras de arte, en lo que a robo se refiere. Cualquier ladrón importante se ha hecho pajas pensando que la robaba, cosa que hoy en día es poco menos que imposible. Sin embargo, y esto es lo que quiero contaros hoy, la Gioconda fue robada. Lo fue cuando ya era un cuadro famoso, mítico, y lo fue de una forma casi gilipollas. Robarla fue un juego de niños para su ladrón. Y, además, aquel robo tuvo algo más de original porque, a pesar de todo lo que he escrito antes, su ladrón tuvo motivos para hacer lo que hizo, además de los puramente crematísticos.

Pero antes hablemos un poco de la Gioconda. ¿Por qué se llama así? Pues se llama así porque la versión más aceptada sobre quién es la señora que sonríe enigmáticamente en el cuadro sostiene que se trata de Monna (diminutivo de Madonna, o sea, señorita) Lisa Gherardini, dama florentina que a los doce años de edad (sic) se casó con Francesco di Bartolomeo di Zanobi del Giocondo.

El cuadro se debió comenzar en 1502, porque fue el momento en que Leonardo estaba en Florencia, la grandiosa ciudad medicea, quizá la más bonita del mundo, después de haber terminado sus labores como ingeniero militar para César Borgia. Soderini, nombrado gonfaloniero perpetuo de la ciudad, lo necesitaba para que le echase una mano en el sitio de la vecina Pisa, donde Leonardo estuvo junto con el padre de otro nombre bien conocido del Renacimiento italiano como Benvenutto Cellini.

Giorgio Vasari, el artista que es la fuente de la teoría giocondesa, nos dice que Leonardo tardó cuatro años en terminar el cuadro, hasta el punto de que lo acabó estando ya en Milán, adonde se fue en 1506. También nos da Vasari la clave de la sonrisa del cuadro: dice que Leonardo, para conseguir en su modelo un estado beatífico, amén de vencer el aburrimiento de pasar horas posando, hizo instalar unos músicos en la misma habitación, que tocaban constantemente para elevar el alma de la señorita.

Sin embargo, hay mucha gente que duda de todo esto, pese a ser la versión que da nombre al cuadro. Dan que pensar dos datos: el primero, que Vasari nunca vio directamente el cuadro, del que, por lo tanto, habla por referencias. La segunda es que, según esta versión (y es que es más que seguro que es así), el marido de Elisa Ghirardini nunca llegó a poseer la pintura, lo cual no tiene mucha lógica pues, si no fue el marido, ¿quién habría encargado el trabajo a Leonardo?

A partir de ahí, las teorías. Hay quien piensa que el cuadro es un encargo de Giuliano de Médicis, y la persona retratada sería, entonces, una perica de su incumbencia. Antonio de Beatis, clérigo que visitó a Leonardo por aquellos años ya en Francia, recuerda que el artista le enseñó varios cuadros entre los cuales se encontraba uno de una dama pintado al natural y que, según el propio autor, habría sido encargado por Giuliano. Que el hijo adoptivo de Lorenzo el Magnífico no poseyese la pintura que había encargado tiene su lógica, ya que por aquel entonces se casó con Filiberta de Saboya; y es más que probable que a Fili no le gustase demasiado que su maridito colgase de la pared el retrato de alguna de sus anteriores burracas.

Otros eruditos identifican a la Gioconda con Constanza de Ávalos, una aristócrata italiana que se dice habría practicado el salto del tigre con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, durante la guerra de los españoles en Nápoles.

Francisco I, el rey francés que llamó a Leonardo a su seno, se lo encontró en Amboise recién llegado de Italia, y observó que llevaba un retrato femenino muy bonito. Leonardo fijó la cláusula de rescisión de la elegante Monna Lisa en 4.000 escudos de oro, un pastón de la época que, sin embargo, el rey pagó sin decir cette bouche est la mienne. Desde aquel día, La Gioconda es francesa. Ha pasado por Versalles y por el dormitorio privado de Napoleón, hasta recalar en el Louvre, donde está desde que otro Napoleón, el tercero, así lo decidió.

Pero llega el 22 de agosto de 1911. Ese día, los pintores copistas que pululan por el Louvre, y que suelen trabajar en la sala de la Gioconda precisamente, observan, al entrar en la misma, que el cuadro no está. Inicialmente, no se mosquean demasiado. En aquel entonces, había en el Louvre un equipo de fotógrafos tomando imágenes de las grandes obras del museo, trabajo que hacían por la noche para restituir los cuadros en la mañana antes de la apertura. Todo el mundo pensó que se trataba de un mero retraso. Sin embargo, cuando uno de los copistas decidió ir a ver a los fotógrafos y comprobó que ellos no tenían el cuadro, todo el mundo se puso muy nervioso.

El robo de la Gioconda aparecía como algo realmente improbable. Para empezar, el cuadro está pintado sobre una madera, así pues quien lo robe no puede enrollarlo; se lo tiene que llevar debajo del brazo y, aunque no es un cuadro muy grande, tampoco cabe en los calzoncillos precisamente.

Cuando la policía llega al Louvre, encuentra en una escalera que lleva al llamado patio de la Esfinge, fuera de las rutas propias de los visitantes, tanto el marco del cuadro como los restos del cristal que ya entonces lo protegía. Se sabe que el robo se produjo el día anterior, lunes (cerrado para los visitantes) por el testimonio de dos albañiles que pasaron por la sala, primero a las siete y luego a las nueve, observando, en la segunda pasada, que faltaba el cuadro. Así pues, ése es el rango de horas en que la sustracción se produjo. Observando los itinerarios, la policía observó que para poder ir desde la sala hasta la escalera de la Esfinge a la salida del edificio es necesario pasar por el llamado pasadizo Visconti, que tiene un vigilante. Pero a ese vigilante le tocaba el lunes por la mañana fregar unas dependencias, así pues no pudo vigilar.

Esto hizo bastante evidente que el ladrón, por fuerza, era alguien que conocía muy bien las rutinas del museo. Interrogando a los testigos, se obtuvieron testimonios de un hombre saliendo el lunes por la mañana por el pasaje Visconti, llevando un paquete de relativas dimensiones. Los testigos le vieron arrojar a los pocos pasos un objeto brillante. Buscando en el área, la policía encontró el pomo de cobre que faltaba en la puerta que daba al patio de la Esfinge.

Así pues, el ladrón se disfrazó de albañil con una blusa blanca, pero iba vestido con traje y corbata por debajo. Una vez solo en la sala, descolgó el cuadro y se fue a la escalera de la Esfinge, donde se escondió, tiró el marco y el cristal. Luego aprovechó que pasaba un fontanero para, siempre haciéndose pasar por albañil, pedirle que le abriese la puerta al pasadizo Visconti. Cosa que hizo en el momento en que el vigilante estaba fregando. Se quitó la blusa blanca, envolvió en ella el cuadro, et voilá!

Ni Ocean's Eleven, ni leches. Fue un robo a lo Clemente: patadón p'alante y, si hay que dar hostias, se dan.

Los policías se las prometieron muy felices: en uno de los cristales rotos de lo que había sido la protección del cuadro, apareció una huella dactilar. Convencidos como estaban los policías de que el ladrón tenía que haber sido alguien que trabajase en el museo, tomaron las huellas de absolutamente todas las personas en esa circunstancia. Para su disgusto, no encontraron ninguna que coincidiese.

El robo de la Monna Lisa fue el no va más informativo del año 1911. Los periódicos ofrecieron grandes recompensas por devolver el cuadro. Un inglés llamado Harde Rathborne se presentó con toda su buena voluntad en la embajada británica en París para entregar un cuadro que había comprado en una subasta creyendo que era el Leonardo, pero que al final resultó ser una copia (aunque de cierto valor).

Y luego, nada.

La Monna Lisa no apareció, y el tiempo pasó.

Estamos ahora casi en 1914, el año que acabaría por estallar la primera guerra mundial. Alfredo Geri, un industrial florentino aficionado al arte, inserta un anuncio en la prensa de su ciudad ofreciéndose a comprar objetos artísticos para realizar una exposición. Entre las muchas ofertas recibidas por Geri se encuentra una carta remitida desde París por un tal Vincenzo Leonardi. El comunicante le afirma en la carta, sin tapujos, que se ha hecho con el cuadro de Leonardo, porque lo quiere ver colgado de la galería florentina de los Ufizzi o, quizá, en algún museo romano. Tras algunas dudas iniciales, Geri contesta a la carta, así pues Leonardi se desplaza a Florencia. El 11 de diciembre, se presenta en su despacho un joven delgado y vestido como un obrero, que le pide, con toda frialdad, medio millón de francos por el cuadro.

Leonardi, en efecto, tenía un interés crematístico. Eso sí, moderado, porque a principios del siglo XX mucha gente opinaba que cinco o seis millones de francos era una ganga por aquel cuadro. Pero también tenía otro motivo: deseaba ver la obra del maestro italiano colgado de la pared de un museo italiano. Fue, pues, un robo nacionalista.

Geri y los responsables de los Ufizzi montaron una compraventa del cuadro en un hotel de la ciudad, para poder comprobar, como hicieron, que la pintura era auténtica. Una vez hecha esa comprobación, Leonardi fue detenido sin oposición. En realidad, se llamaba Vincenzo Perugia, era pintor de brocha gorda y, efectivamente, había trabajado en el Louvre, aunque no en el momento del robo. La policía parisiense, cuando comprobó las huellas digitales de los empleados, se olvidó de los que habían dejado de serlo corto tiempo antes. De hecho, como se acabó por descubrir, incluso había sido interrogado por los policías; los cuales, para terminar de señalar su impericia, ni siquiera cayeron en la cuenta de que Perugia había sido ya condenado dos veces, una por tentativa de robo y otra por tenencia ilícita de armas.

Más aún. Para sonrojo de la policía y pavor de los amantes del arte, se acabó por saber que el domicilio de Perugia en París fue registrado. Durante dicho registro, Perugia escondió el cuadro colocándolo sobre una mesa y poniendo un tapete sobre ella, para hacer pasar la tabla por un tablero más. El comisario encargado del registro se sentó precisamente en esa mesa para escribir su informe. Escribió su atestado apoyando el papel sobre la Gioconda de Leonardo y, lo que es peor, apretando uno de sus codos contra el tablero.

Tras aquel registro, Perugia instaló el cuadro en su cuarto trastero, y esperó dos años a que la pasión de la desaparición se disolviese para intentar su regreso a Italia.

Justo antes de la Navidad de 1913, el gobierno italiano trasladó el cuadro de Florencia a Roma, y lo exhibió en el edificio del Ministerio de Instrucción Pública. El rey y miles y miles de italianos acudieron a comtemplar en directo la obra de arte. Sin embargo Italia nunca albergó la idea de quedarse con la obra. Los gobernantes del país, con buen criterio, siempre tuvieron claro que la obra pertenecía a Francia, por lo que se apresuraron a anunciar su devolución. La Monna Lisa regresó a París el primero de enero del aciago año de 1914.

En el juicio de Perugia su abogado, con habilidad, expuso los motivos altruistas de la acción del pintor de brocha gorda y excitó la grandeur de los franceses destacando lo mucho que el mundo agradecería que Francia mostrase clemencia con el encausado. Los franceses, que son bastante pacatos en lo que concierne a las ideas chauvinistas, tragaron el anzuelo y lo condenaron a poco más de un año de cárcel. El ladrón de la Monna Lisa aún viviría hasta 1947.

lunes, septiembre 21, 2009

La construcción de las pirámides

Si hay un hecho que es oro molido y habitualmente visitado por los mistabobos, charlatanes, inventagilipolleces paranormales y demás comerciantes de la inopia ajena, ese hecho es la construcción de las pirámides. Siete de cada diez veces que un escritorcillo de lo paranormal no sabe con qué orear chorradas, le da la matraca a la idea, extendidísima, de que los egipcios o bien eran extraterrestres ellos mismos, o bien contaron con la ayuda de extraterrestres o seres superiores para construir las pirámides.

La verdad es que si es cierto que los antiguos egipcios fueron ayudados por una ONG de Alpha Centauri (Cabezones Verdes Sin Fronteras), cabe concluir que aquellos extraterrestres eran una panda de cabrones. Porque hay que tener muy mala idea para ayudar a una civilización a construir edificios y, a cambio de su esfuerzo, no darles ni la más pequeña ayuda para superar el problema que tenían con el pan y los alimentos que cocinaban, que a menudo llevaban residuos de arena y les mellaban las dentaduras, provocando no pocos abscesos y lesiones dolorosísimas, que están documentadas en muchas momias. Eso, a menos que aceptemos hechos, que estos mistabobos acientíficos parecen aceptar sin problemas, como que civilizaciones capaces de levantar con la punta de la minga pedrolos de toneladas de peso no sabían cómo tratar una puta caries.

Pero es que, además, esa afirmación de que las pirámides sólo pudieron construirse con ayuda tecnológica extraterrestre es una imbecilidad. Las pirámides no fueron obras sencillas, en modo alguno; por eso su construcción duraba años. Fueron posibles por la conjunción de una serie de factores que no tienen nada que ver con encuentros en la tercera fase. Estos factores son, entre otros: la existencia de grandes contingentes de trabajadores que podían ser empleados, sobre todo entre crecidas del Nilo (y hemos dicho trabajadores; esa imagen de los esclavos tirando de la piedrita a las órdenes de un capataz que les obliga con un látigo, mejor os la vais sacando de la cabeza). La existencia de una religión estatal que pervivió durante un tiempo inusitado en la Historia de la Humanidad, y que otorgaba a esas construcciones un altísimo valor simbólico y patriótico. Y, por supuesto, la existencia de las técnicas que permitían la construcción.

Las pirámides egipcias tienen siempre situaciones muy parecidas. Están situadas en la ribera oeste de los ríos (dado que la religión egipcia era un culto solar, es probable que esta situación tuviese que ver con situar la pirámide, monumento funerario, allí donde el sol se pone). Asimismo, todas las pirámides están situadas en áreas donde el substrato de roca es poco proclive a resquebrajarse o partirse; pero esto no tiene nada que ver con conocimientos abstrusos, sino con el nivel geológico alcanzado por los propios egipcios ellos solitos.

Lo primero que se hacía una vez escogido el emplazamiento era limpiarlo, por así decirlo, de arena y de grava, para garantizar que el sustento del edificio sería la roca. De hecho, en la Gran Pirámide de Giza se ha calculado que la diferencia existente entre la inclinación del sustrato de roca y un basamento perfecto es de menos de media pulgada (mis fuentes son sajonas, así pues así la midieron).

Ya tenemos aquí un dato para los mistabobos. ¡Tal precisión sería imposible hace más de dos mil años!

Quien eso diga moteja de subnormales a los humanos de hace dos mil años. Más cierto es que los egipcios que construyeron las pirámides tenían los huevos pelados de haberse pasado ya siglos canalizando las aguas y las crecidas del Nilo para las irrigaciones que hicieron grande a aquel país. Y de esa experiencia sacaron lo que necesitaban para esa precisión tan sorprendente. Porque para conseguir la perfección observada en la Gran Pirámide no hace falta llamar a Han Solo. La metodología más probable se basaría en «cerrar» el espacio elegido con cuatro canales bajos de limo del Nilo, para posteriormente llenar el espacio así delimitado de agua, no sin antes haber abierto en la roca una red de pequeñas trincheras para garantizar su fluidez. Así las cosas, sería el agua, y esto es un fenómeno que los egipcios conocían bien sin necesidad de hacer psicofonías, la que operaría la mayor parte de la nivelación, y todo lo que habría que hacer sería retirarla y llenar los huecos a mano.

La siguiente operación que hacían los egipcios es, probablemente, la preferida de los mistabobos. Conscientes de que iban a construir un edificio de cuatro lados, los egipcios querían que cada uno de éstos coincidiese con los cuatro puntos cardinales. ¡Exactitud astronómica! ¿Cómo aquella pandilla de lerdos podía conseguir eso? ¿Cómo, si no es con ayuda extratrerrestre, se puede conseguir que la diferencia entre el lado más largo y el más corto de la Gran Pirámide sea de 9 putas pulgadas? ¿Cómo, sino, explicar que, en la pirámide de Kefrén, el lado más desviado respecto del punto cardinal exacto (el lado Este) esté desviado en apenas 5 minutos y 30 segundos de grado?

Voy a dejar aparte de la discusión un argumento que siempre me surge cuando escucho a algún charlatán contar su movida. 5 minutos y 30 segundos es poco, ciertamente. Pero, ¿acaso no es mucho, muchísimo, para alguien capaz de salvar distancias de centenares o miles de años-luz? ¿Cómo se pueden subvertir los mandamientos de la Teoría de la Relatividad y viajar a mayor velocidad que la luz sin haber inventado algo tan sencillito como la brújula? ¿A quién nos enviaron los extraterrestres: al pelotón de los torpes? ¿Acaso los egipcios fueron invadidos por una flota de alienígenas becarios que ni siquiera sabían fijar con exactitud de billonésimas de segundo un punto cardinal, que es lo menos que se le puede pedir a alguien que tiene tal nivel tecnológico?

Pero vayamos al fondo de la cuestión. O sea: cómo fijar los cuatro puntos cardinales sin brújula (pues los egipcios, de esto estamos casi seguros, no la tenían). ¿Imposible? Pues, bueno; cuando se es imbécil, o mistabobo, es, efectivamente, imposible.

Partamos de una base: si fijo un solo punto cardinal, es decir si sé exactamente dónde está el norte, ya tengo los cuatro puntos. Mi problema no es encontrar los cuatro puntos cardinales, sino encontrar uno. Pero resulta que el sol sale o se pone exactamente por el Este y Oeste en los días equinocciales del año, que son dos. Y el conocimiento de este fenómeno era bien conocido por los antiguos, que de toda la vida de Dios (y antes, incluso, de la vida de Dios) celebraban el nacimiento del Sol en diciembre. Por lo demás, el norte ha sido buscado sin brújula de cienes y cienes de marineros y viajeros de la Historia con la ayuda de la Estrella Polar. No obstante, démosle un crédito a los mistabobos: simplemente observando los equinoccios o la Polar no se consiguen los niveles de precisión observados en las pirámides.

El egiptólogo británico I.E.S. Edwards, en su libro The pyramids of Egypt (Pelican Books, London, 1947), describe un sencillo método, bastante exacto, para fijar la situación exacta del Norte. Aquí os dejo el diagrama de Edwards (que, ahora que lo pienso, lo mismo era de Venus y por eso accedió a esta complejísima tecnología) con una breve explicación del mismo.


Para llevar a cabo este cálculo, es necesario poder ver el punto de salida y de puesta de una estrella. A continuación, se fabrica una especie de corralito de una altura inferior a estos puntos de salida y de puesta. Este corralito tendría como función crear un horizonte artificial, uniforme y recto, que evitase errores de cálculo causados por irregularidades del terreno del horizonte real. ¿Cómo conseguir un corralito exactamente de la misma altura, sin errores? Pues hay dos formas. La primera es coger el teléfono mistabobo, pedir conferencia con Alpha Centauri y pedirle ayuda a los extraterrestres. La segunda es llenar el corralito de agua, o de limo, e igualarlo. Porque, ¿qué pasa cuando los bordes de un vaso están a diferente altura? Pues que el agua se vierte, ¿a que sí?

El observador se sitúa más o menos en el centro del círculo, en todo caso a una distancia equivalente a su radio (punto O del dibujo). En el momento en el que la estrella apareciese por encima de la valla (punto P1 del dibujo), una segunda persona haría una muesca en dicha valla correspondiente con el punto de dicha aparición. Después de eso, observador y marcador se podrían dedicar a hacer botellón durante unas horas hasta que la estrella se pusiese por el Oeste, en el punto Q1 del dibujo, que provocaría la muesta q en la valla.

Una vez hecho esto, el agrimensor dispondría del triángulo pOq. Q se correspondería con el punto por el que salió la estrella. Un punto situado en algún lugar del Este, a una determinada distancia angular del Norte. Por su parte, el punto p designaría el punto por el cual la estrella se puso, por el Oeste. De nuevo un punto en algún lugar del Oeste, pero a la misma distancia angular del Norte exacto. Todo lo que tendría que hacer el agrimensor, pues, es hallar la bisectriz del ángulo pOq, bisectriz que le daría la posición exacta del Norte y, consecuentemente, del Sur. Repitiendo el ejercicio varias noches con varias estrellas, se podría refinar el cálculo.

A partir de ese momento, buena parte del trabajo era la fabricación de las piedras en las canteras. Hace ya cosa de ochenta años que egiptólogos como W. B. Emery demostraron que incluso los egipcios de la I Dinastía poseían herramientas de cobre; pero muchos mistabobos, impasible el ademán, siguen creyendo que eran incapaces de tallarlas y fabricarlas. Es cierto que cortar la roca no es una labor fácil. Eso lo sabe cualquier cantero. Pero los canteros saben hace miles de años que muchas de las rocas más comunes, como el granito, reaccionan a un calor inmediato seguido de un enfriamiento también inmediato quebrándose y abriendo estrías que pueden ser aprovechadas para cortar la roca. Así las cosas, no hace falta ser premio Nobel para hacer una hoguera sobre el granito, dejarla arder y, acto seguido, apagarla con cantidades generosas de agua helada, y así conseguir dichos agrietamientos.

Todos esos grandes bloques, que solían pesar unas dos toneladas y media pero que podían alcanzar hasta 200 toneladas, tenían que ser transportados hasta la pirámide y luego colocados en su sitio. Y aquí son muchas, de nuevo, las voces mistabobas que tratan de convencernos de que eso es algo imposible de hacer por el hombre antiguo.

Hay una cosa que se puede observar en cualquier puerto del mundo, y que no deja de asombrar. Una mole de miles de toneladas cargada de contenedores que pesan otros miles flota mansamente en el muelle, sin dar la impresión de ir a hundirse nunca. Esto es algo que creo que tiene que ver con alguien llamado Arquímedes. La pregunta es: si un astillero noruego es hoy capaz de construir un barco que puede transportar miles de toneladas sin hundirse, ¿cuál es la tecnología que posee, y no poseían los egipcios, para que éstos no pudiesen transportar por el Nilo bloques de piedra en barcos?

En todo caso, si los mistabobos se ocupasen de echarle un vistazo a las muchísimas muestras de arte funerario y religioso egipcio, sabrían cómo se producía el transporte de estos bloques de piedra, pues ha quedado inmortalizado en estos relieves. Se hacía usando una especie de trineos, con o sin el concurso de troncos en el suelo que facilitasen el movimiento. En la tumba de Jehutihetep, un noble de la XII dinastía, hay una pintura que reproduce el traslado de una monumental estatua del señorito. Se ha calculado que dicha estatua podría pesar unas sesenta toneladas; está sobre un trineo del que tiran 172 hombres. Casi 350 kilos por hombre. Pero eso sólo suponiendo que el número de la pintura sea exacto.

Supongo, de todas formas, que es misión imposible conseguir que deje de haber mistabobos que vayan por ahi diciendo que levantar aquellas piedras y subirlas a lo alto de la pirámide era imposible con los medios disponibles en la época. Pero eso no significa otra cosa que los documentadísimos expertos de lo paragilipollesco no han hecho algo tan sencillo como leer a Heródoto, el cual cuenta con bastantes pelos y bastantes señales el modo de construcción de las pirámides, con datos que han sido fundamentalmente confirmados por la arqueología. Para empezar, hay que tener en cuenta que muchas pirámides son, en realidad, pirámides escalonadas y posteriormente «rellenadas», de arriba a abajo (es decir, empezando por el pico). La presencia de estos escalones permitía situar en los diferentes niveles de la pirámide las oportunas máquinas para mover las piedras. Es cierto que los egipcios, muy probablemente, carecían de la polea. Pero eso no quiere decir que no pudiesen subir las piedras; quiere decir que lo tuvieron que hacer mediante sistemas mucho más trabajosos, es decir mediante la creación de rampas que rodeaban la pirámide en sentido ascendente. Más trabajosos, pero no imposibles.

¿El secreto? El secreto, como decía ya al inicio de este post, no es la tecnología romuliana. El secreto es la increíble disponibilidad de mano de obra asalariada que tenían los faraones. Heródoto, en afirmaciones que se tienen por exageradas, asevera que el transporte de las piedras para la Gran Pirámide de Giza demandó durante sus 20 años de construcción un total de 400.000 obreros anuales, en cuatro turnos trimestrales de 100.000 obreros. Modernos cálculos consideran exagerado el plazo de 20 años para tanta fuerza laboral, así pues quizá las cifras están de alguna forma maquilladas. En la Gran Pirámide hay 2,3 millones de bloques de piedra. Si la construcción duró 20 años, entonces hizo falta transportar unos 115.000 bloques anuales o, si lo preferís, 315 diarios. Como he dicho antes, el peso medio de estos bloques es de 2.500 kilos. El eminente egiptólogo británico Flinders Petrie calculó que una cuadrilla de 8 hombres se basta para transportar un bloque de ese peso. Pero aún elevando la cifra a 15 hombres, 315 bloques diarios a 15 pollos por bloque nos llevan a que para el transporte de la piedra (con mucho, el trabajo más jodido y demandante de brazos) haría falta tener trabajando cada día apenas 4.275 obreros; todavía quedarían, pues, 95.275 para el resto de labores; lo cual es claramente exagerado, pues los estudios hechos en las villas de artesanos, masones y otros oficios piramideros nos hablan de una población de unos 4.000 trabajadores en lo que es la construcción en sí.

En fin, es lo que hay. De todas las historias que se pueden estudiar, pocas hay tan cautivadoras, tan poéticas, tan admirables e impresionantes como la Historia del Antiguo Egipto. Desde luego, lector, si nunca te has comprado un libro sobre Egipto, si nunca te has interesado por esta cultura milenaria, te recomiendo vivamente que lo hagas. Pero los marcianos no tienen nada que ver con esto. Creer en marcianitos levantapiedras es una gilipollez del mismo calibre de creer en momias que reviven de sus tumbas para darse un paseo por la calle Recoletos.

Ojo, pues, con el libro que te compras. Porque de pocos periódicos históricos se ha escrito más mierda que de éste.